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Title: España invertebrada - Bosquejo de algunos pensamientos históricos
Author: Gasset, José Ortega y
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "España invertebrada - Bosquejo de algunos pensamientos históricos" ***

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produced from images generously made available by The
Internet Archive/Canadian Libraries)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente
    de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

  * En la p. 158, y de acuerdo con ediciones más recientes, el adjetivo
    «superabundo» ha sido cambiado por «superabundante».

  * Las notas a pie de página se han renumerado y colocado al final
    del libro.

  * Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al
    cuerpo principal del texto.



ESPAÑA INVERTEBRADA



_OBRAS DE JOSÉ ORTEGA Y GASSET_


                                                                Pesetas.

  MEDITACIONES DEL QUIJOTE. Vol. I; 2.ª edición.                    5

  PERSONAS, OBRAS, COSAS.                                           3,50

  EL ESPECTADOR. Núm. 1. 1916.                                      5

  _Contenido_: Verdad y perspectiva.--Nada «moderno» y muy siglo
  XX.--Leyendo el «Adolfo», libro de amor.--Estética en el
  tranvía.--Tierras de Castilla.--Tres cuadros del vino.--Ideas
  sobre Pío Baroja.--El genio de la guerra y la guerra alemana. I.

  EL ESPECTADOR. Núm. II. 1917; 2.ª edición.                        5

  _Contenido_: Democracia morbosa.--Para la cultura del
  amor.--Muerte y resurrección.--Azorín: Primores de lo vulgar.--El
  genio de la guerra y la guerra alemana.

  EL ESPECTADOR. Núm. III. 1921.                                    5

  _Contenido_: Sobre Anatole France.--Musicalia.--De Madrid a
  Asturias o los dos paisajes.--Biología y Pedagogía o el «Quijote»
  en la escuela.--Meditación del marco.

  MEDITACIÓN DE DON JUAN. 1921.                                     6

  ESPAÑA INVERTEBRADA.                                              3,50

  VIEJA Y NUEVA POLÍTICA.                                           1,50


_EN PRENSA_

  ESTUDIOS FILOSÓFICOS: _La superación del subjetivismo._

  INTRODUCCIÓN A LA ESTIMATIVA O CIENCIA DE LOS VALORES.

  EL ESPECTADOR. Núm. IV.

  EL REVERSO DEL MOVIMIENTO OBRERO Y OTROS ENSAYOS DE SOCIOLOGÍA.



  ESPAÑA
  INVERTEBRADA

  BOSQUEJO DE ALGUNOS
  PENSAMIENTOS HISTÓRICOS


  CALPE
  MADRID
  1921



  Es propiedad.

  Queda hecho el depósito que marca la ley.


  ARTES DE LA ILUSTRACIÓN, PROVISIONES, 12.--MADRID



No creo que sea completamente inútil para contribuír a la solución de
los problemas políticos distanciarse de ellos por algunos momentos
situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía
parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente
la postura en que mejor se revela su profunda realidad.

En este ensayo de ensayo es, pues, el tema histórico y no político.
Los juicios sobre grupos y tendencias de la actualidad española que en
él van insertos no han de tomarse como actitudes de un combatiente.
Intentan más bien expresar mansas contemplaciones del hecho nacional,
dirigidas por una aspiración puramente teórica y, en consecuencia,
inofensiva.



INCORPORACIÓN Y DESINTEGRACIÓN



En la _Historia Romana_ de Mommsen hay, sobre todos, un instante
solemne. Es aquel en que, tras ciertos capítulos preparatorios, toma
la pluma el autor para comenzar la narración de los destinos de Roma.
Constituye el pueblo romano un caso único en el conjunto de los
conocimientos históricos: es el único pueblo que desarrolla entero el
ciclo de su vida delante de nuestra contemplación. Podemos asistir
a su nacimiento y a su extinción. De los demás, el espectáculo es
fragmentario: o no los hemos visto nacer, o no los hemos visto aún
morir. Roma es, pues, la única trayectoria completa de organismo
nacional que conocemos. Nuestra mirada puede acompañar a la ruda Roma
_quadrata_ en su expansión gloriosa por todo el mundo ecuménico, y
luego verla contraerse en unas ruinas que no por ser ingentes dejan de
ser míseras. Esto explica que hasta ahora sólo se haya podido construír
una historia en todo el rigor científico del vocablo: la de Roma.
Mommsen fué el gigantesco arquitecto de tal edificio.

Pues bien: hay un instante solemne en que Mommsen va a comenzar la
relación de las vicisitudes de este pueblo ejemplar. La pluma en el
aire, frente al blanco papel, Mommsen se reconcentra para elegir la
primera frase, el compás inicial de su hercúlea sinfonía. En rauda
procesión transcurre ante su mente la fila multicolor de los hechos
romanos. Como en la agonía suele la vida entera del moribundo desfilar
ante su conciencia, Mommsen, que había vivido mejor que ningún romano
la existencia del Imperio latino, ve una vez más desarrollarse
vertiginosa la dramática película. Todo aquel tesoro de intuiciones
da el precipitado de un pensamiento sintético. La pluma suculenta
desciende sobre el papel y escribe estas palabras: _La historia de
toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de
incorporación_.[1]

Esta frase expresa un principio del mismo valor para la Historia que
en la Física tiene este otro: la realidad física consiste últimamente
en ecuaciones de movimientos. Calor, luz, resistencia, cuanto en
la Naturaleza no parece ser movimiento, lo es en realidad. Hemos
entendido o explicado un fenómeno cuando hemos descubierto su expresión
foronómica, su fórmula de movimiento.

Si el papel que hace en Física el movimiento lo hacen en Historia los
procesos de incorporación, todo dependerá de que poseamos una noción
clara de lo que es la incorporación.

Y al punto tropezamos con una propensión errónea, sumamente extendida,
que lleva a representarse la formación de un pueblo como el crecimiento
por dilatación de un núcleo inicial. Procede este error de otro más
elemental que cree hallar el origen de la sociedad política, del
Estado, en una expansión de la familia. La idea de que la familia
es la célula social y el Estado algo así como una familia que ha
engordado, es una rémora para el progreso de la ciencia histórica, de
la sociología, de la política y de otras muchas cosas.[2]

No; incorporación histórica no es dilatación de un núcleo inicial.
Recuérdense a este propósito las etapas decisivas de la evolución
romana. Roma es primero una comuna asentada en el monte Palatino y
las siete alturas inmediatas: es la Roma Palatina, _Septimontium_, o
Roma de la montaña. Luego, esta Roma se une con otra comuna frontera
asentada sobre la colina del Quirinal, y desde entonces hay dos Roma:
la de la montaña y la de la colina. Ya esta primera escena de la
incorporación romana excluye la imagen de dilatación. La Roma total
no es una expansión de la Roma Palatina, sino la articulación de dos
colectividades distintas en una unidad superior.

Esta Roma palatino-quirinal vive entre otras muchas poblaciones
análogas, de su misma raza latina, con las cuales no posee conexión
política alguna. La identidad de raza no trae consigo la incorporación
en un organismo nacional, aunque a veces favorezca y facilite este
proceso. Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio, sus hermanas
de raza, por los mismos procedimientos que siglos más tarde había de
emplear para integrar en el Imperio a gentes tan distintas de ella
étnicamente como celtíberos y galos, germanos y griegos, escitas y
sirios. Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad
de sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluír la
incorporación histórica, subraya lo que hay de específico en la
génesis de todo gran Estado.

Ello es que Roma obliga a sus hermanas del Lacio a constituír un cuerpo
social, una articulación unitaria, que fué la _fœdus latinum_, la
federación latina, segunda etapa de la progresiva incorporación.

El paso inmediato fué dominar a etruscos y samnitas, las dos
colectividades de raza distinta limítrofes del territorio latino.
Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad históricamente
orgánica. Poco después, en rápido, prodigioso _crescendo_, el resto
de la humanidad conocido se agrega al torso italiano, formando la
estructura gigante del Imperio. Esta última etapa puede denominarse de
colonización.

Los estadios del proceso incorporativo forman, pues, una admirable
línea ascendente: Roma inicial, Roma doble, federación latina, unidad
italiota, Imperio colonial. Este esquema es suficiente para mostrarnos
que la incorporación histórica no es la dilatación de un núcleo
inicial, sino más bien la organización de muchas unidades sociales
preexistentes en una nueva estructura. El núcleo inicial, ni se traga
los pueblos que va sometiendo, ni anula el carácter de unidades vitales
propias que antes tenían. Roma somete las Galias; esto no quiere
decir que los galos dejen de sentirse como una entidad social distinta
de Roma, y que se disuelvan en una gigantesca masa homogénea llamada
Imperio romano. No; la cohesión gala perdura, pero queda articulada
como una parte en un todo más amplio. Roma misma, núcleo inicial de la
incorporación, no es sino otra parte del colosal organismo, que goza de
un rango privilegiado por ser el agente de la totalización.

Entorpece sobremanera la inteligencia de lo histórico suponer que
cuando de los núcleos inferiores se ha formado la unidad superior
nacional, dejan aquéllos de existir como elementos activamente
diferenciados. Lleva esta errónea idea a presumir, por ejemplo,
que cuando Castilla reduce a unidad española a Aragón, Cataluña y
Vasconia, pierden estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre
sí y del todo que forman. Nada de esto: sometimiento, unificación,
incorporación, no significan muerte de los grupos como tales grupos; la
fuerza de independencia que hay en ellos perdura, bien que sometida;
esto es, contenido su poder centrífugo por la energía central que los
obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Basta con
que la fuerza central, escultora, de la nación --Roma en el Imperio,
Castilla en España, la Isla de Francia en Francia-- amengüe, para que
se vea automáticamente reaparecer la energía secesionista de los grupos
adheridos.

Pero la frase de Mommsen es incompleta. La historia de una nación no es
sólo la de su período formativo y ascendente: es también la historia
de su decadencia. Y si aquélla consistía en una incorporación, ésta
describiría el proceso inverso. La historia de la decadencia de una
nación es la historia de una vasta desintegración.

Es preciso, pues, que nos acostumbremos a entender toda unidad
nacional, no como una coexistencia inerte, sino como un sistema
dinámico. Tan esencial es para su mantenimiento la fuerza central como
la fuerza de dispersión. El peso de la techumbre gravitando sobre las
pilastras no es menos esencial al edificio que el empuje contrario
ejercido por las pilastras para sostener la techumbre.

La fatiga de un órgano parece a primera vista un mal que éste sufre.
Pensamos, acaso, que en un ideal de salud la fatiga no existiría.
No obstante, la fisiología ha notado que sin un minimum de fatiga
el órgano se atrofia. Hace falta que su función sea excitada, que
trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Es preciso que el órgano
reciba frecuentemente pequeñas heridas que lo mantengan alerta. Estas
pequeñas heridas han sido llamadas «estímulos funcionales»: sin ellas,
el organismo no funciona, no vive.

Del mismo modo, la energía unificadora, central, de totalización
--llámesele como se quiera--, necesita, para no debilitarse, de la
fuerza contraria, de la dispersión, del impulso centrífugo perviviente
en los grupos. Sin este estimulante, la cohesión se atrofia, la unidad
nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen
que volver a vivir cada una como un todo independiente.



POTENCIA DE NACIONALIZACIÓN



El poder creador de naciones es un _quid divinum_, un genio o talento
tan peculiar como la Poesía, la Música y la invención religiosa.
Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de esa dote, y, en
cambio, la han poseído en alto grado pueblos bastante torpes para
las faenas científicas o artísticas. Atenas, a pesar de su infinita
perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo; en tanto que
Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos más
amplias estructuras nacionales.

Sería de gran interés analizar con alguna detención los ingredientes
de ese talento nacionalizador. En la presente coyuntura basta, sin
embargo, con que notemos que es un talento de carácter imperativo, no
un saber teórico, ni una rica fantasía, ni una profunda y contagiosa
emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un saber mandar.

Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar,
sino una exquisita mixtura de ambas cosas. La sugestión moral y la
imposición material van íntimamente fundidas en todo acto de imperar.
Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su
antipatía hacia la fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más
nos importa en el pasado, y si la excluímos del porvenir sólo podremos
imaginar una humanidad caótica. Pero también es cierto que con sólo la
fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena.

Solitaria, la violencia fragua pseudoincorporaciones que duran breve
tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. ¿No salta a la
vista la diferencia entre esos efímeros conglomerados de pueblos y las
verdaderas, sustanciales incorporaciones? Compárense los formidables
imperios mongólicos de Chengis-Jan o Timur con la Roma antigua y las
modernas naciones de Occidente. En la jerarquía de la violencia, una
figura como la de Chengis-Jan es insuperable. ¿Qué son Alejandro,
César o Napoleón emparejados con el terrible genio de Tartaria, el
sobrehumano nómada, domador de medio mundo, que lleva su _yurta_ cosida
en la estepa desde el extremo Oriente a los contrafuertes del Cáucaso?
Frente al Jan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora
todas las religiones y desconoce todas las ideas, Alejandro, César,
Napoleón son propagandistas de la _Salvation Army_. Mas el Imperio
tártaro dura cuanto la vida del herrero que lo lañó con el hierro de
su espada; la obra de César, en cambio, duró siglos y repercutió en
milenios.

En toda verdadera incorporación, la fuerza tiene un carácter adjetivo:
la potencia sustantiva consiste siempre en un dogma nacional, _un
proyecto sugestivo de vida en común_. Repudiemos toda interpretación
estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente.
No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión _a
priori_ sólo existe en la familia. Los grupos que integran un Estado
viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de
grandes utilidades. No conviven _por estar_ juntos, sino _para hacer_
juntos algo. Cuando los pueblos que rodean a Roma son sometidos, más
que por las legiones, se sienten injertados en el árbol latino por
una ilusión. Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital donde
todos podían colaborar; Roma era un proyecto de organización universal;
era una tradición jurídica superior, una admirable administración, un
tesoro de ideas recibidas de Grecia que prestaban un brillo superior
a la vida, un repertorio de nuevas fiestas y mejores placeres. El
día que Roma dejó de ser este proyecto de cosas por hacer mañana, el
Imperio se desarticuló.

No es el ayer, el pretérito, la tradición, lo decisivo para una nación.
Este error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la
comunidad nativa, previa, ancestral, en el pretérito, en suma, el
origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa
para el mañana.

En cuanto a la fuerza, no es difícil determinar su misión. Por muy
profunda que sea la necesidad histórica de la unión entre dos pueblos,
se oponen a ella intereses particulares, caprichos, vilezas, pasiones,
y, más que todo esto, prejuicios colectivos instalados en la superficie
del alma popular que va a aparecer como sometida. Nada de eso es hondo
históricamente, ni siquiera humanamente; son lo patológico del hombre,
los estorbos para la historia. Contra ello sólo es eficaz el poder de
la fuerza, la gran cirugía política.

Desde estos pensamientos, como desde un observatorio, miremos ahora en
la lejanía de una perspectiva casi astronómica el presente de España.



¿POR QUÉ HAY SEPARATISMO?



Uno de los fenómenos más característicos de la vida política española,
en los últimos veinte años, ha sido la aparición de regionalismos,
nacionalismos, separatismos; esto es, movimientos de secesión étnica
y territorial. ¿Son muchos los españoles que hayan llegado a hacerse
cargo de cuál es la verdadera realidad histórica de tales movimientos?
Me temo que no.

Para la mayor parte de la gente, el «nacionalismo» catalán y vasco es
un movimiento artificioso que, inventado, por decirlo así, «a nihilo»,
sin causas ni motivos profundos, empieza de pronto unos cuantos años
hace. Según esta manera de pensar, Cataluña y Vasconia no eran antes
de ese movimiento unidades sociales distintas de Castilla o Andalucía.
Era España una masa homogénea, sin discontinuidades cualitativas, sin
confines interiores de unas partes con otras. Hablar ahora de regiones,
de pueblos diferentes, de Cataluña, de Euzkadi, es cortar con un
cuchillo una masa homogénea y tajar cuerpos distintos en lo que era un
compacto volumen.

Unos cuantos hombres, movidos por codicias económicas, por soberbias
personales, por envidias más o menos privadas, van ejecutando
deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional, que sin ellos y
su caprichosa labor no existiría. Los que tienen de estos movimientos
secesionistas pareja idea, piensan, con lógica consecuencia, que la
única manera de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulación:
persiguiendo sus ideas, sus organizaciones y sus hombres. La forma
concreta de hacer esto es, por ejemplo, la siguiente: En Barcelona
y Bilbao luchan «nacionalistas» y «unitarios»; pues bien: el Poder
central deberá prestar la incontrastable fuerza de que como Poder total
goza, a una de las partes contendientes; naturalmente, la unitaria.
Esto es, al menos, lo que piden los centralistas vascos y catalanes, y
no es raro oír de sus labios frases como éstas: «Los separatistas no
deben ser tratados como españoles»; «todo se arreglará con que el Poder
central nos envíe un gobernador que se ponga a nuestras órdenes».

Yo no sabría decir hasta qué extremado punto discrepan de las
referidas mis opiniones sobre el origen, carácter, transcendencia y
tratamiento de esas inquietudes secesionistas. Tengo la impresión
de que el unitarismo, que hasta ahora se ha opuesto a catalanistas
y bizcaitarras, es un producto de cabezas catalanas y vizcaínas
nativamente incapaces --hablo en general y respeto todas las
individualidades-- para comprender la historia de España. Porque, no
se le dé vueltas: España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones
para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen
órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral.
Más de una vez me he entretenido imaginando qué habría acontecido
si, en lugar de hombres de Castilla, hubiesen sido encargados, mil
años hace, los unitarios de ahora, catalanes y vascos, de forjar
esta enorme cosa que llamamos España. Yo sospecho que, aplicando sus
métodos y dando con sus testas en el yunque, lejos de arribar a la
España una, habrían dejado la península convertida en una pululación de
mil cantones. Porque, como luego veremos, en el fondo, esa manera de
entender los «nacionalismos» y ese sistema de dominarlos es, a su vez,
separatismo y particularismo; es catalanismo y bizcaitarrismo, bien que
de signo contrario.



TANTO MONTA



Para quien ha nacido en esta cruda altiplanicie que se despereza del
Ebro al Tajo, nada hay tan conmovedor como reconstruír el proceso
incorporativo que Castilla impone a la periferia peninsular. Desde un
principio, se advierte que Castilla sabe mandar. No hay más que ver
la energía con que acierta a mandarse a sí misma. Ser emperador de
sí mismo es la primera condición para imperar a los demás. Castilla
se afana por superar en su propio corazón la tendencia al hermetismo
aldeano, a la visión angosta de los intereses inmediatos que reina en
los demás pueblos ibéricos. Desde luego se orienta su ánimo hacia las
grandes empresas, que requieren amplia colaboración. Es la primera en
iniciar largas, complicadas trayectorias de política internacional;
otro síntoma de genio nacionalizador. Las grandes naciones no se han
hecho desde dentro, sino desde fuera; sólo una acertada política
internacional, política de magnas empresas, hace posible una fecunda
política interior, que es siempre, a la postre, política de poco
calado. Sólo en Aragón existía, como en Castilla, sensibilidad
internacional, pero contrarrestada por el defecto más opuesto a esa
virtud: una feroz suspicacia rural aquejaba a Aragón, un irreductible
apego a sus peculiaridades étnicas y tradicionales. La continuada lucha
fronteriza que mantienen los castellanos con la Media Luna, con otra
civilización, permite a éstos descubrir su histórica afinidad con las
demás Monarquías ibéricas, a despecho de las diferencias sensibles:
rostro, acento, humor, paisaje. La «España una» nace así en la mente
de Castilla, no como una intuición de algo real --España no era, en
realidad, una--, sino como una idea abstracta de algo _realizable_,
un proyecto incitador de voluntades, «un mañana imaginario capaz de
disciplinar el hoy», a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende
el arco. No de otra suerte, los codos en su mesa de hombre de negocios,
inventa Cecil Rhodes la idea de la Rhodesia: un Imperio que podía
ser creado en la entraña salvaje del África. Cuando la tradicional
política de Castilla logra conquistar para sus fines el espíritu claro,
penetrante de Fernando el Católico, todo se hizo posible. La genial
vulpeja aragonesa comprendió que Castilla tenía razón, que era preciso
domeñar la hosquedad de sus paisanos e incorporarse a una España
mayor. Sus pensamientos de alto vuelo sólo podían ser ejecutados desde
Castilla, porque sólo en ella encontraban nativa resonancia. Entonces
se logra la unidad española; mas ¿para qué, con qué fin, bajo qué ideas
ondeadas como banderas incitantes? ¿Para vivir juntas, para sentarse
en torno al fuego central, a la vera unos de otros, como viejas
sibilantes en invierno? Todo lo contrario. La unión se hace para lanzar
la energía española a los cuatro vientos, para inundar el planeta,
para crear un Imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para
esto y por esto. La vaga imagen de tales empresas es una palpitación
de horizontes que atrae, sugestiona e incita a la unión, que funde los
temperamentos antagónicos en un bloque compacto. Para quien tiene buen
oído histórico, no es dudoso que «la unidad española fué, ante todo y
sobre todo, la unificación de las dos grandes políticas internacionales
que a la sazón había en la península»: la de Castilla, hacia África y
el centro de Europa; la de Aragón, hacia el Mediterráneo. El resultado
fué que, por vez primera en la Historia, se idea una «Weltpolitik»: la
unidad española fué hecha para intentarla.

En el capítulo anterior he sostenido que la incorporación nacional, la
convivencia de pueblos y grupos sociales, exige alguna alta empresa
de colaboración y un proyecto sugestivo de vida en común. La historia
de España confirma esta opinión, que emana ya de la historia de Roma.
Los españoles nos juntamos hace cinco siglos para emprender una
«Weltpolitik» y para ensayar otras muchas faenas de gran velamen.

Nada de esto es construcción mía; no es orla de mandarín que yo,
literato ocioso, pongo al cabo de quinientos años a esperanzas y
dolores de una edad remota. Entre otros mil testimonios, me acojo a
dos excepcionales que me ofrecen insuperable garantía, y se completan
ambos. Uno es de Francesco Guicciardini, que muy joven vino de
embajador florentino a nuestra tierra. En su _Relazione di Espagna_,
cuenta que un día interrogó al rey Fernando: «¿Cómo es posible que un
pueblo tan belicoso como el español haya sido siempre conquistado, del
todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos, moros?»
A lo que el rey contestó: «La nación es bastante apta para las armas;
pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes
cosas el que sepa mantenerla unida y en orden.» Y esto es --añade
Guicciardini-- lo que, en efecto, hicieron Fernando e Isabel; merced a
ello pudieron lanzar a España a las grandes empresas militares.[3]

Aquí, sin embargo, parece que la unidad es la causa y la condición para
hacer grandes cosas. ¿Quién lo duda? Pero es más interesante y más
honda, y con verdad de más quilates, la relación inversa: la idea de
grandes cosas por hacer engendra la unificación nacional.

Guicciardini no era muy inteligente. La mente más clara del tiempo
era Maquiavelo. Nadie en aquella época pensó más sobre política ni
conoció mejor el doctrinal íntimo de las cancillerías. Sobre todo,
a nadie preocupó tanto la obra de Fernando como al sagaz secretario
de la Señoría. Su «Príncipe» es, en rigor, una meditación sobre lo
que hicieron Fernando el Católico y César Borgia. Maquiavelismo es
puramente el comentario intelectual de un italiano a los hechos de dos
españoles.

Pues bien: existe una carta muy curiosa que Maquiavelo escribe a su
amigo Francesco Vettori, otro embajador florentino, a propósito de la
tregua inesperada que Fernando el Católico concedió al rey de Francia
en 1513. Vettori no acierta a comprender la política del «astuto Re»;
pero Maquiavelo le da una explicación sutilísima que resultó profética.
Con este motivo resume la táctica de Fernando de España en esas
palabras maravillosamente agudas:

«Si hubieseis advertido los designios y procedimientos de este católico
rey, no os maravillaríais tanto de esta tregua. Este rey, como sabéis,
desde poca y débil fortuna, ha llegado a esta grandeza, y ha tenido
siempre que combatir con Estados nuevos y súbditos dudosos,[4] y uno de
los modos como los Estados nuevos se sostienen y los ánimos vacilantes
se afirman o se mantienen suspensos e irresolutos, «é dare di se grande
espettazione», teniendo siempre a las gentes con el ánimo arrebatado
por la consideracion del fin que alcanzaran las resoluciones y las
empresas nuevas. Esta necesidad, este rey la ha conocido y usado bien:
«de aquí han nacido» los asaltos de África, la division del Reino[5] y
todas estas variadas empresas, y sin atender a la finalidad de ellas,
«perché il fine suo non é tanto quello o questo, o quella vittoria,
cuanto é darsi reputazione né popoli» y tenerlos suspensos con la
multiplicidad de las hazañas. Y por esto «fu sempre animoso datore di
principii», fué un gran iniciador de empresas a las cuales da el fin
que la suerte le permite y la necesidad le muestra».[6]

No puede pedirse mayor claridad y precisión en un contemporáneo. El
suceso posterior hizo patente lo que acertó a descubrir el zahorí de
Florencia. Mientras España tuvo empresas a que dar cima y se cernía
un sentido de vida en común sobre la convivencia peninsular, la
incorporación nacional no sufrió quebranto.

Pero hemos quedado en que durante estos años hay un rumor incesante de
nacionalismos, regionalismos, separatismos...

Volvamos al comienzo de este artículo, y preguntémonos: ¿Por qué?



PARTICULARISMO



Entre las nuevas emociones suscitadas por el cinematógrafo, hay una
que hubiera entusiasmado a Goethe. Me refiero a esas películas que
condensan en breves momentos todo el proceso generativo de una planta.
Entre la semilla que germina y la flor que se abre sobre el tallo, como
corona de la perfección vegetal, transcurre en la Naturaleza demasiado
tiempo. No vemos emanar la una de la otra: los estadios del crecimiento
se nos presentan como una serie de formas inmóviles, encerrada y
cristalizada cada cual en sí misma y sin hacer la menor referencia a la
anterior ni a la subsecuente. No obstante, sospechamos que la verdadera
realidad de la vida vegetal no es esa serie de perfiles estáticos y
rígidos, sino el movimiento latente en que van saliendo unos de otros,
transformándose unos en otros. De ordinario, el «tempo» que la batuta
de la Naturaleza impone al crecimiento de las plantas, es más lento que
el exigido por nuestra retina para fundir dos imágenes quietas en la
unidad de un movimiento. En algunos casos, tan raros como favorables,
el «tempo» de la planta y el de nuestra retina coinciden, y entonces
el misterio de su vida se hace patente a nuestros ojos. Esto aconteció
a Goethe cuando baja del Norte a Italia: sus pupilas intensas y
avizoras, habituadas al ritmo germinal de la flora germánica, quedan
sorprendidas por el «andante» de la vegetación meridional. Y descubren
la ley botánica de la metamorfosis, genial contribución de un poeta a
la ciencia natural.

Para entender bien una cosa es preciso ponerse a su compás. De otra
manera, la melodía de su existencia no logra articularse en nuestra
percepción y se desgrana en una secuencia de sonidos inconexos que
carecen de sentido. Si nos hablan demasiado de prisa o demasiado
despacio, las sílabas no se traban en palabras ni las palabras en
frases. ¿Cómo podrán entenderse dos almas de «tempo» melódico distinto?
Si queremos intimar con algo o con alguien, tomemos primero el pulso
de su vital melodía y, según él exija, galopemos un rato a su vera o
pongamos al paso nuestro corazón.

Ello es que el cinematógrafo empareja nuestra visión con el lento
crecer de la planta y consigue que el desarrollo de ésta adquiera a
nuestros ojos la continuidad de un gesto. Entonces la entendemos con
la evidencia misma que a una persona familiar, y nos parece la eclosión
de la flor el término claro de un ademán.

Pues bien: yo imagino que el cinematógrafo pudiera aplicarse a la
Historia y, condensados en breves minutos, corriesen ante nosotros
los cuatro últimos siglos de vida española. Apretados unos contra
otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni
discontinuidades, la historia de España adquiriría la claridad
expresiva de un gesto, y los sucesos contemporáneos en que concluye el
vasto ademán se explicarían por sí mismos como unas mejillas que la
angustia contrae o una mano que desciende rendida.

Entonces veríamos que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece
es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en
crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado puede
considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su
cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde ella
hacia nosotros, la historia de España es decadente y dispersiva. El
proceso de desintegración avanza en riguroso orden de la periferia
al centro. Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado;
luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes
provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de
América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a
su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con ésto la desintegración?
Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones
ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión
intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos,
nacionalismos, separatismos... Es el triste espectáculo de un
larguísimo, multisecular otoño laborado periódicamente por ráfagas
adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.

El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización:
grupos sociales que eran todos aparte, quedaban integrados como partes
de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del
todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida
histórica llamo particularismo, y si alguien me preguntase cuál es
el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo
contestaría con esa palabra.

Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar
el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos
nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son
ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de
descomposición en que ha caído nuestro pueblo; en ellos se prolonga
el gesto de dispersión que hace tres siglos fué iniciado. Las teorías
nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de
sus hombres carecen de interés y son, en gran parte, artificios. Pero
en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se
dice es siempre mero pretexto, elaboración superficial, transitoria y
ficticia, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional
y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y
obscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el
que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará
lamentablemente. Ni el programa del Tívoli expresa adecuadamente el
impulso centrífugo que siente el pueblo catalán, ni la ausencia de esos
programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragón, Valencia
no sientan exactamente el mismo instinto de particularismo.

Lo que la gente piensa y dice --la opinión pública-- es siempre
respetable; pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos
sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad.
El cardíaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su víscera
cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curarnos
es el hígado. Medicina y política, cuanto mejores son más se parecen al
método de Ollendorf.

«La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentir a sí
mismo como parte y, en consecuencia, deja de compartir los sentimientos
de los demás.» No le importan las esperanzas o necesidades de los otros
y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán. Como el
vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simpática transmisión
a los demás núcleos nacionales, queda abandonado a su desventura y
debilidad. En cambio, es característica de este estado social la
hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en
tiempos de cohesión son fácilmente soportados, parecen intolerables
cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia
nacional.[7]

En este esencial sentido podemos decir que el particularismo existe hoy
en toda España, bien que modulado diversamente según las condiciones
de cada región. En Bilbao y Barcelona, que se sentían como las fuerzas
económicas mayores de la península, ha tomado el particularismo un
cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retórica. En Galicia,
tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza
en sí mismas, el particularismo será reentrado, como erupción que
no puede brotar, y adoptará la fisonomía de un sordo y humillado
resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que
se libra sin protestas el cuerpo para reservar tanto más la íntima
adhesión.

No he comprendido nunca por qué preocupa el nacionalismo afirmativo de
Cataluña y Vasconia y, en cambio, no causa pavor el nihilismo nacional
de Galicia o Sevilla. Esto indica que no se ha percibido aún toda la
profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de cartón creen
resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en unas
elecciones los Sres. Sota o Cambó.

El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería
del pensamiento político al uso, que busca el mal radical de
catalanismo y bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es
allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues?

Para mí esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del
particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse
particularista fué precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha
pasado en España.

Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho.

Núcleo inicial de la incorporación ibérica, Castilla acertó a superar
su propio particularismo e invitó a los demás pueblos peninsulares
para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventa
Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas
ideas jurídicas, morales, religiosas; dibuja un sugestivo plan de orden
social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a
su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil.
Todas estas aspiraciones, normas, hábitos, ideas, se mantienen durante
algún tiempo vivaces. Las gentes alientan influídas eficazmente por
ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos
a la España de Felipe III, advertimos una terrible mudanza. A primera
vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartón y suena a
falso. Las palabras vivaces de antaño siguen repitiéndose, pero ya no
influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tornado tópicos.
No se emprende nada nuevo ni en lo político, ni en lo científico, ni
en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente «en no
hacer nada nuevo», en conservar el pasado --instituciones y dogmas--,
en sofocar toda iniciación, todo fermento innovador. Castilla se
transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta,
sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras
regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no
enterarse de lo que en ellas pasa.

Si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se
imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando ésta
comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente
con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado las
antiguas virtudes del centro y no habría, por ventura, caído en la
perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos
nuestra historia.

Analícense las fuerzas diversas que actuaban en la política española
durante todas esas centurias, y se advertirá claramente su atroz
particularismo. Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia,
ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido
el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de
la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se
sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: «se han obstinado en hacer
adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales»;[8]
han fomentado, generación tras generación, una selección inversa en
la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una
historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en
la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada
perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente
a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a
los irreprochables. Ahora bien: el error habitual, inveterado, en la
elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto,
es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada,
emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se
tiene el corazón lleno de un alto empeño, se acaba siempre por buscar
los hombres más capaces de ejecutarlo.

En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de
modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder público ha ido
triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional
casi exclusivamente para fines privados.

¿Es extraño que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los españoles,
y desde luego la mejor, se pregunte: para qué vivimos juntos? Porque
vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va
de este segundo al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir la
resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Por eso decía Renan
que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de
los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si
una nación puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder
público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho
tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles
existamos no más que para que él se dé el gusto de existir. Como
el pretexto es excesivamente menguado, España se va deshaciendo,
deshaciendo... Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que
queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran
pueblo...

Así, pues, yo encuentro que lo más importante en el catalanismo y el
bizcaitarrismo, es precisamente lo que menos suele advertirse en él; a
saber: lo que tienen de común, por una parte, con el largo proceso de
secular desintegración que ha segado los dominios de España; por otra
parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe
hoy en el resto del país. Lo demás, la afirmación de la diferencia
étnica, el entusiasmo por sus idiomas, la crítica de la política
central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podría
aprovecharse en sentido favorable.

Pero esta interpretación del secesionismo vascocatalán como mero
caso específico de un particularismo más general existente en toda
España queda mejor probada si nos fijamos en otro fenómeno agudísimo,
característico de la hora presente y que nada tiene que ver con
provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases
sociales.



COMPARTIMENTOS ESTANCOS



La incorporación en que se crea un gran pueblo es principalmente
una articulación de grupos étnicos o políticos diversos; pero no es
esto sólo: a medida que el cuerpo nacional crece y se complican sus
necesidades, origínase un movimiento diferenciador en las funciones
sociales y, consecuentemente, en los órganos que las ejercen. Dentro
de la sociedad unitaria van apareciendo e hinchiéndose pequeños orbes
inclusos, cada cual con su peculiar atmósfera, con sus principios,
intereses y hábitos sentimentales e ideológicos distintos: son el mundo
militar, el mundo político, el mundo industrial, el mundo científico y
artístico, el mundo obrero, etc. En suma: el proceso de unificación en
que se organiza una gran sociedad lleva el contrapunto de un proceso
diferenciador que divide aquélla en clases, grupos profesionales,
oficios, gremios.

Los núcleos étnicos incorporados, antes de su incorporación existían ya
como todos independientes. Las clases y los grupos profesionales, en
cambio, nacen desde luego como partes. Aquéllos, mejor o peor, pueden
volver a vivir solitarios y por sí; pero éstos, aislados y aparte cada
uno, no podrían subsistir. ¡Hasta tal punto les es esencial ser partes
y sólo partes de una estructura que los envuelve y lleva! El industrial
necesita del productor de primeras materias, del comprador de sus
productos, del gobernante que pone un orden en el tráfico, del militar
que defiende ese orden. A su vez, el mundo militar, «de los defensores»
--decía D. Juan Manuel--, necesita del industrial, del agrícola, del
técnico.

Habrá, por tanto, salud nacional en la medida que cada una de estas
clases y gremios tenga viva conciencia de que es ella meramente un
trozo inseparable, un miembro del cuerpo público. Todo oficio u
ocupación continuada arrastra consigo un principio de inercia que
induce al profesional a irse encerrando cada vez más en el reducido
horizonte de sus preocupaciones y hábitos gremiales. Abandonado a su
propia inclinación, el grupo acabaría por perder toda sensibilidad
para la interdependencia social, toda noción de sus propios límites y
aquella disciplina que mutuamente se imponen los gremios al ejercer
presión los unos sobre los otros y sentirse vivir juntos.

Es preciso, pues, mantener vivaz en cada clase o profesión la
conciencia de que existen en torno a ella otras muchas clases y
profesiones, de cuya cooperación necesitan, que son tan respetables
como ella, tienen modos y aun manías gremiales que deben ser en parte
tolerados y, cuando menos, conocidos.

¿Cómo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad?
Vuelvo una vez más al tema que es «leitmotiv» de este ensayo: la
convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una
coexistencia pasiva y estática como el montón de piedras al borde de
un camino. La nacionalización se produce en torno a fuertes empresas
incitadoras que exigen de todos un máximum de rendimiento, y, en
consecuencia, de disciplina y mutuo aprovechamiento. La reacción
primera que en el hombre origina una coyuntura difícil o peligrosa es
la concentración de todo su organismo, un apretar las filas de las
energías vitales, que quedan alerta y en pronta disponibilidad para
ser lanzadas contra la hostil situación. Algo semejante acontece en
un pueblo cuando necesita o quiere en serio hacer algo. En tiempo de
guerra, por ejemplo, cada ciudadano parece quebrar el recinto hermético
de sus preocupaciones exclusivistas, y agudizada su sensibilidad para
el todo social, emplea no poco esfuerzo mental en pasar revista, una
vez y otra, a lo que puede esperarse de las demás clases y profesiones.
Advierte entonces con dramática evidencia la angostura de su gremio, la
escasez de sus posibilidades y la radical dependencia de los restantes
en que, sin notarlo, se hallaba. Recibe ansiosamente las noticias que
le llegan del estado material y moral de otros oficios, de los hombres
que en ellos son eminentes y en cuya capacidad puede confiarse.[9] Cada
profesión, por decirlo así, vive en tales agudas circunstancias la vida
entera de las demás. Nada acontece en un grupo social que no llegue a
conocimiento del resto y deje en él su huella. La sociedad se hace más
compacta y vibra integralmente de polo a polo. A esta cualidad, que en
los casos bélicos se manifiesta superlativamente, pero que en medida
bastante es poseída por todo pueblo saludable, llamo «elasticidad
social». Es en el orden psicológico la misma condición que en el
físico permite a la bola de billar transmitir, casi sin pérdida, la
acción ejercida sobre uno de sus puntos a todos los demás de su esfera.
Merced a esta elasticidad social, la vida de cada individuo queda en
cierta manera multiplicada por la de todos los demás; ninguna energía
se despilfarra; todo esfuerzo repercute en amplias ondas de transmisión
psicológica, y de este modo se aprovecha y acumula. Sólo una nación
de esta suerte elástica podrá en su día y en su hora ser cargada
prontamente de la electricidad histórica que proporciona los grandes
triunfos y asegura las decisivas y salvadoras reacciones.

_No es necesario ni importante que las partes de un todo social
coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que
conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras._ Cuando esto
falta, pierde la clase o gremio, como ciertos enfermos de la médula,
la sensibilidad táctil: no siente en su periferia el contacto y la
presión de las demás clases y gremios; llega consecuentemente a creer
que sólo ella existe, que ella es todo, que ella es un todo. Tal es el
particularismo de clase, síntoma mucho más grave de descomposición que
los movimientos de secesión étnica y territorial; porque, según ya he
dicho, las clases y gremios son partes en un sentido más radical que
los núcleos étnicos y políticos.

Pues bien; la vida social española ofrece en nuestros días un extremado
ejemplo de este atroz particularismo. _Hoy es España, más bien que una
nación, una serie de compartimentos estancos._

Se dice que los políticos no se preocupan del resto del país. Esto,
que es verdad, es, sin embargo, injusto, porque parece atribuír
exclusivamente a los políticos pareja despreocupación. La verdad es
que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto
del país existen mucho menos los políticos. ¿Y qué acontece dentro de
ese resto no político de la nación? ¿Es que el militar se preocupa del
industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero? Y lo mismo
debe decirse del aristócrata, del industrial o del obrero respecto a
las demás clases sociales. Vive cada gremio herméticamente cerrado
dentro de sí mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en
el recinto de los demás. Ruedan los unos sobre los otros como orbes
estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus
tópicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del
grupo vecino. Ideas, emociones, valores creados dentro de un núcleo
profesional o de una clase, no transcienden lo más mínimo a las
restantes. El esfuerzo titánico que se ejerce en un punto del volumen
social no es transmitido, no obtiene repercusión unos metros más allá,
y muere donde nace. Difícil será imaginar una sociedad menos elástica
que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano
que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda España lo que
Calderón decía de Madrid en una de sus comedias:

    Está una pared aquí
  de la otra más distante
  que Valladolid de Gante.



EL CASO DEL GRUPO MILITAR



Para no seguir moviéndome entre fórmulas generales y abstractas,
intentaré describir someramente un ejemplo concreto de compartimento
estanco: el que ofrece la clase profesional de los militares. Casi todo
lo que de éstos diga vale, con leves mudanzas, para los demás grupos y
gremios.

Después de las guerras colonial e hispano-yanqui, quedó nuestro
Ejército profundamente deprimido, moralmente desarticulado; por
decirlo así, disuelto en la gran masa nacional. Nadie se ocupó de él
ni siquiera para exigirle en forma elevada, justiciera y competente
las debidas responsabilidades. Al mismo tiempo, la voluntad colectiva
de España, con rara e inconcebible unanimidad, adoptó sumariamente,
radicalmente, la inquebrantable resolución de no volver a entrar en
bélicas empresas. Los militares mismos se sintieron en el fondo de su
ánima contaminados por esta decisión, y D. Joaquín Costa, tomando una
vez más el rábano por las hojas, mandó que se sellase el arca del Cid.

He aquí un caso preciso en que resplandece la necesidad de interpretar
dinámicamente la convivencia nacional, de comprender que sólo la
acción, la empresa, el proyecto de ejecutar un día grandes cosas, son
capaces de dar regulación, estructura y cohesión al cuerpo colectivo.
Un ejército no puede existir cuando se elimina de su horizonte la
posibilidad de una guerra. La imagen, siquiera el fantasma de una
contienda posible, debe levantarse en los confines de la perspectiva
y ejercer su mística, espiritual gravitación sobre el presente del
ejército. La idea de que el útil va a ser un día usado es necesaria
para cuidarlo y mantenerlo a punto. Sin guerra posible no hay manera de
moralizar un ejército, de sustentar en él la disciplina y tener alguna
garantía de su eficacia.

Comprendo las ideas de los antimilitaristas, aunque no las comparto.
Enemigos de la guerra, piden la supresión de los ejércitos.
Tal actitud, errónea en su punto de partida, es lógica en sus
consecuencias. Pero tener un ejército y no admitir la posibilidad
de que actúe, es una contradicción gravísima que, a despecho de
insinceras palabras oficiales, han cometido en el secreto de sus
corazones casi todos los españoles desde 1900. La única guerra que
hubiera parecido concebible, la de independencia, era tan inverosímil,
que, prácticamente, no influía en la conciencia pública. Una vez
resuelto que no habría guerras, era inevitable que las demás clases
se desentendieran del ejército, perdiendo toda sensibilidad para el
mundo militar. Quedó éste aislado, desnacionalizado, sin trabazón con
el resto de la sociedad e interiormente disperso. La reciprocidad se
hacía inevitable; el grupo social que se siente desatendido reacciona
automáticamente con una secesión sentimental. En los individuos de
nuestro Ejército germinó una funesta suspicacia hacia políticos,
intelectuales, obreros (la lista podía seguir y aun elevarse mucho);
fermentó en el grupo armado el resentimiento y la antipatía respecto
a las demás clases sociales, y su periferia gremial se fué haciendo
cada vez más hermética, menos porosa al ambiente de la sociedad
circundante. Entonces comienza el Ejército a vivir --en ideas,
propósitos, sentimientos-- del fondo de sí mismo, sin recepción ni
canje de influencias ambientes. Se fué obliterando, cerrando sobre
su propio corazón, dentro del cual quedaban en cultivo los gérmenes
particularistas.[10]

En 1909, una operación colonial lleva a Marruecos parte de nuestro
Ejército. El pueblo acude a las estaciones para impedir su partida,
movido por la susodicha resolución de pacifismo. No era lo que se
llamó «operación de policía», empresa de tamaño bastante para templar
el ánimo de una milicia como la nuestra. Sin embargo, aquel reducido
empeño bastó para que despertase el espíritu profesional de nuestro
Ejército. Entonces volvió a formarse plenamente su conciencia de grupo,
se concentró en sí mismo, se unió consigo mismo; mas no por esto se
reunió al resto de las clases sociales. Al contrario: la cohesión
gremial se produjo en torno a aquellos sentimientos acerbos que
antes he mentado. De todas suertes, Marruecos hizo del alma dispersa
de nuestro Ejército un puño cerrado, moralmente dispuesto para el
ataque.[11]

Desde aquel momento viene a ser el grupo militar una escopeta cargada
que no tiene blanco a que disparar. Desarticulada de las demás clases
nacionales --como éstas, a su vez, lo están entre sí--, sin respeto
hacia ellas ni sentir su presión refrenadora, vive el Ejército en
perpetua inquietud, queriendo gastar la espiritual pólvora acumulada
y sin hallar empresa cóngrua en que hacerlo. ¿No era la inevitable
consecuencia de todo este proceso que el Ejército cayese sobre la
nación misma y aspirase a conquistarla? ¿Cómo evitar que su afán de
campañas quedara reprimido y renunciase a tomar algún presidente del
Consejo como si fuese una cota?

Todo tenía que concluir en aquellas jornadas famosas de julio de
1917. En ellas, el Ejército perdió un instante por completo la
conciencia de que era una parte, y sólo una parte, del todo español. El
particularismo que padece, como los demás gremios y clases, y de que
no es más responsable que lo somos todos los demás, le hizo sufrir el
espejismo de creerse solo y todo.

He aquí una historia que, «mutatis mutandis», puede contarse de casi
todos los trozos orgánicos de España. Cada uno ha pasado por cierta
hora en que, perdida la fe en la organización nacional y embotada su
sensibilidad para los demás grupos fraternos, ha creído que su misión
consistía en imponer directamente su voluntad. Dicho de otra manera:
todo particularismo conduce por fin, inexorablemente, a la acción
directa.



ACCIÓN DIRECTA



La psicología del particularismo que he intentado delinear podría
resumirse diciendo que el particularismo se presenta siempre que
en una clase o gremio, por una u otra causa, se produce la ilusión
intelectual de creer que las demás clases no existen como plenas
realidades sociales o, cuando menos, que no merecen existir. Dicho aún
más simplemente: particularismo es aquel estado de espíritu en que
creemos no tener por qué contar con los demás. Unas veces por excesiva
estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del
prójimo, perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos
a sentirnos, como todos independientes. Contar con los demás supone
percibir, si no nuestra subordinación a ellos, por lo menos la mutua
dependencia y coordinación en que con ellos vivimos. Ahora bien: una
nación es a la postre una ingente comunidad de individuos y grupos que
cuentan los unos con los otros. Este contar con el prójimo no implica
necesariamente simpatía hacia él. Luchar con alguien, ¿no es una de
las más claras formas en que demostramos que existe para nosotros? Nada
se parece tanto al abrazo como el combate cuerpo a cuerpo.

Pues bien: en estados normales de nacionalización, cuando una clase
desea algo para sí, trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo
con las demás. En lugar de proceder inmediatamente a la satisfacción
de su deseo, se cree obligada a obtenerlo al través de la voluntad
general. Hace, pues, seguir a su privada voluntad una larga ruta que
pasa por las demás voluntades integrantes de la nación y recibe de
ellas la consagración de la legalidad. Tal esfuerzo para convencer
a los prójimos y obtener de ellos que acepten nuestra particular
aspiración es la acción legal.

Esta función de contar con los demás tiene sus órganos peculiares: son
las instituciones públicas que están tendidas entre individuos y grupos
como resortes y muelles de la solidaridad nacional.

Pero una clase atacada de particularismo se siente humillada
cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas
instituciones u órganos del contar con los demás. ¿Quiénes son los
demás para el particularista? En fin de cuentas, y tras uno u otro
rodeo, nadie. De aquí la íntima repugnancia y humillación que siente
entre nosotros el militar, o el aristócrata, o el industrial, o el
obrero cuando tiene que impetrar del Parlamento la satisfacción de
sus aspiraciones y necesidades. Esta repugnancia suele disfrazarse de
desprecio hacia los políticos; pero un psicólogo atento no se deja
desorientar por esta apariencia.

Pica, a la verdad, en historia la unanimidad con que todas las clases
españolas ostentan su repugnancia hacia los políticos. Diríase que los
políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan
de las cualidades para su menester imprescindibles. Diríase que nuestra
aristocracia, nuestra Universidad, nuestra industria, nuestro ejército,
nuestra ingeniería, son gremios maravillosamente bien dotados que
encuentran siempre anuladas sus virtudes y talentos por la intervención
fatal de los políticos. Si esto fuera verdad, ¿cómo se explica que
España, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a
esos perversos elegidos?

Hay aquí una insinceridad, una hipocresía. Poco más o menos, ningún
gremio nacional puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos
y otros en ineptitud, falta de generosidad, incultura y ambiciones
fantásticas. Los políticos actuales son fiel reflejo de los vicios
étnicos de España, y aún --a juicio de las personas más reflexivas y
clarovidentes que conozco-- son un punto menos malos que el resto de
nuestra sociedad.[12] No niego que existan otras muy justificadas; pero
_la causa decisiva de la repugnancia que las demás clases sienten hacia
el gremio político me parece ser que éste simboliza la necesidad en que
está toda clase de contar con las demás_. Por esto se odia al político
más que como gobernante como parlamentario. El Parlamento es el órgano
de la convivencia nacional demostrativo de trato y acuerdo entre
iguales. Ahora bien: esto es lo que en el secreto de las conciencias
gremiales y de clase produce hoy irritación y frenesí: tener que contar
con los demás, a quienes en el fondo se desprecia o se odia. _La única
forma de actividad pública que al presente, por debajo de palabras
convencionales, satisface a cada clase, es la imposición inmediata de
su señera voluntad_; en suma, la acción directa.

Este vocablo fué acuñado para denominar cierta táctica de la clase
obrera: pero, en rigor, habría que llamar así cuanto hoy se hace en
asuntos públicos. La intensidad y desnudez con que este carácter de
acción directa se presenta depende sólo de la fuerza material con que
cada gremio cuente. Los obreros llegaron a la idea de semejante táctica
por un lógico desarrollo de su actitud particularista. Insolidarios de
la sociedad actual, consideran que las demás clases sociales no tienen
derecho a existir por ser parasitarias, esto es, antisociales. Ellos,
los obreros, son, no una parte de la sociedad, sino el verdadero todo
social, el único que tiene derecho a una legítima existencia política.
Dueños de la realidad pública, nadie puede impedirles que se apoderen
directamente de lo que es suyo. La acción indirecta o parlamentarismo
equivale a pactar con los usurpadores, es decir, con quienes no tienen
legítima existencia social.

Quítese a esto cuanto tiene de claridad conceptual propia de
una teoría;[13] tradúzcase al lenguaje difuso e ilógico de los
sentimientos, y se hallará el estado de conciencia que hoy actúa en el
subsuelo espiritual de casi todas las clases españolas.



«PRONUNCIAMIENTOS»



He mostrado la acción directa como una táctica que se deriva
inevitablemente del particularismo, del no querer contar con los demás.
A su vez, el no contar con los demás tiene su causa inmediata en una
falta de perspicacia, de vigilancia intelectual. Cuanto más torpes
seamos y más angosto nuestro horizonte de curiosidades e intuiciones,
menos cosas habitarán nuestro paisaje y con mayor facilidad nos
olvidaremos de que el prójimo existe.

La acción directa y la cerrazón mental de que proviene se presentan ya
en nuestra Historia del siglo XIX con carácter incipiente. Al menos,
yo no puedo acordarme de los castizos «pronunciamientos» sin pensar
que ellos fueron en pequeño lo que ahora se hace en grande. Algún
día publicaré ciertas notas compuestas tiempo hace sobre la curiosa
psicología de los «pronunciamientos». Ahora me interesa sólo destacar
un par de rasgos.

Aquellos coroneles y generales, tan atractivos por su temple heroico
y su sublime ingenuidad, pero tan cerrados de cabeza, estaban
convencidos de su «idea», no como está convencido un hombre normal,
sino como suelen los locos y los imbéciles. Cuando un loco o un
imbécil se convence de algo, no se da por convencido él solo, sino
que al mismo tiempo cree que están convencidos todos los demás
mortales. No consideran, pues, necesario esforzarse en persuadir a
los demás poniendo los medios oportunos; les basta con proclamar,
con «pronunciar» la opinión de que se trata: en todo el que no sea
miserable o perverso repercutirá la incontrastable verdad. Así,
aquellos generales y coroneles creían que con dar ellos el «grito» en
un cuartel toda la anchura de España iba a resonar en ecos coincidentes.

Consecuencia de esto era que los conspiradores no solían preocuparse
de preparar a tiempo grandes núcleos auxiliares, ni siquiera numerosas
fuerzas de combate. ¿Para qué? Los «pronunciados» no creían nunca que
fuese preciso luchar de firme para obtener el triunfo. Seguros de que
casi todo el mundo en secreto opinaba como ellos, tenían fe ciega en el
efecto mágico de «pronunciar» una frase. _No iban, pues, a luchar, sino
a tomar posesión del Poder público._

Yo creo que casi todos los movimientos políticos de los últimos años
reproducen esos dos caracteres de los «pronunciamientos».

Quedaría incompleto y aun tergiversado el análisis del estado presente
de España que estos artículos ensayan si se entendiera el régimen de
particularismo por mí descrito como un ambiente de feroz lucha entre
unas clases y otras. Parecerá vana sutileza, pero considero esencial
no confundir la disociación particularista con el temperamento
belicoso. ¡Ojalá que hubiese en España alguien con ansia de luchar! Por
desgracia, acontece lo contrario.

Es suficientemente notorio que para encender una vela hace falta a lo
menos que la vela esté apagada. Del mismo modo, para sentir afán de
combatir hace falta a lo menos no estar convencido de que se ha ganado
ya la batalla. No hay estados de espíritu más divergentes que el del
combatiente y el del victorioso. El que, en efecto, quiere luchar,
empieza por creer que el enemigo existe, que es poderoso; por tanto,
peligroso; por tanto, respetable. Procurará en vista de ello aunar
todas las colaboraciones posibles; empleará todos los resortes de la
gracia persuasiva, de la dialéctica, de la cordialidad y aun de la
astucia para enrolar bajo su bandera cuantas fuerzas pueda. El que
se cree victorioso procederá inversamente: tiene ya a su espalda e
inerte al enemigo. No necesita andar con contemplaciones ni halagar
a nadie para que le ayude, ni fingir actitudes amplias, generosas,
que arrastren en pos de sí los corazones. Por el contrario, tenderá a
reducir sus filas para repartir entre menos el botín de la victoria, y
marchando en vía recta, tomará posesión de lo conquistado. La acción
directa, en suma, es la táctica del victorioso, no la del luchador.

Vuélvase la vista a cualquiera de los movimientos políticos que se han
disparado en estos años, y se verá cómo la táctica seguida en ellos
revela que surgieron no para pelear, sino, al contrario, por creer que
tenían de antemano ganada la partida.

En 1917 intentan obreros y republicanos una revolucioncita. El
desmandamiento militar de julio les había hecho creer que era el
momento. ¿El momento de qué? ¿De batallar? No, al revés: el momento
de tomar posesión del Poder público, que parecía yacer en medio
del arroyo, como «res nullius». Por esto, aquellos socialistas y
republicanos no quisieron contar con nadie, no llamaron con palabras
fervorosas y de elevada liberalidad al resto de la nación. Supusieron
que casi todo el mundo deseaba lo mismo que ellos, y procedieron a dar
el «grito» en tres o cuatro barrios de otras tantas poblaciones.

Pocos años antes había surgido el «maurismo». D. Antonio Maura, en
medio de no pocos aciertos, cometió el error de «pronunciarse». Fué
un «pronunciado» de levita. Creyó que existía una masa de españoles,
la más importante en número y calidad, apartada de la vida pública
por asco hacia los usos políticos. Presumió que esta «masa neutra»,
ardiendo en convicciones idénticas a las suyas, gustaba del rígido
gesto autoritario, profesaba el más fervoroso y tradicional catolicismo
y se deleitaba con la prosa churrigueresca de nuestro siglo XVII.
Bastaba con dar el «grito» para que aquel torso de España despertase a
la vida pública. A lo sumo, convendría hostigar un poco su inveterada
inercia haciendo obligatorio el sufragio. ¿Y los demás, los que no
coincidían de antemano con él? ¡Ah!, esos no existían, y si existían,
eran unos precitos. En vez de atraerlos, persuadirlos o corregirlos, lo
urgente era excluírlos, eliminarlos, distanciarlos, trazando una mágica
línea entre los buenos y los malos. De aquí el famoso «Nosotros somos
nosotros». En su época culminante, don Antonio Maura no ha hecho el
menor ademán para convencer al que no estuviese ya convencido.

Años de soledad han enseñado al egregio espíritu del Sr. Maura que
para hacer grandes cosas es la peor una táctica de exclusiones.
Precisamente para que sean fecundas ciertas eliminaciones ejemplares es
necesario compensarlas con magnánimos apelativos de colaboración, con
llamamientos generosos hacia los cuatro puntos cardinales que permitan
a todos los ciudadanos sentirse aludidos. Las revoluciones y cambios
victoriosos han solido hacerse con ideas de amplísimo seno, al paso
que la revolución obrera va en derrota por su absurda pretensión de
triunfar a fuerza de exclusiones.

Es penoso observar que desde hace muchos años, en el periódico, en el
sermón y en el mitin, se renuncia desde luego a convencer al infiel y
se habla sólo al parroquiano ya convicto. A esto se debe el progresivo
encanijamiento de los grupos de opinión. Ninguno crece; todos se
contraen y disminuyen. Los «drusos» del Líbano son enemigos del
proselitismo por creer que el que es «drusita» ha de serlo desde toda
la eternidad. En tal sentido, somos bastante drusos todos los españoles.

Nos falta la cordial efusión del combatiente y nos sobra la arisca
soberbia del triunfante. No queremos luchar; queremos simplemente
vencer. Como esto no es posible, preferimos vivir de ilusiones y nos
contentamos con proclamarnos ilusamente vencedores en el parvo recinto
de nuestra tertulia de café, de nuestro casino, de nuestro cuarto de
banderas o simplemente de nuestra imaginación.

Quien desee que España entre en un período de consolidación, quien en
serio ambicione la victoria, deberá contar con los demás, aunar fuerzas
y, como Renan decía, «excluír toda exclusión».[14]

La insolidaridad actual produce un fenómeno muy característico de
nuestra vida pública --que debieran todos meditar--; _cualquiera tiene
fuerza para deshacer_ --el militar, el obrero, este o el otro político,
este o el otro grupo de periódicos--; _pero nadie tiene fuerza para
hacer, ni siquiera para asegurar sus propios derechos_.

Hay muy escasas energías en España: si no las atamos unas con otras,
no juntaremos lo bastante para mandar cantar a un ciego. Alguna vez
he dicho que la mejor política va sugerida en el humilde apotegma de
Sancho: «En trayéndote la vaquilla, corre con la soguilla.»

Pero en lugar de correr con la soguilla, parecemos resueltos a ir
trucidando todas las vaquillas.



¿NO HAY HOMBRES, O NO HAY MASAS?



Me interesa que las curvas impuestas por el desarrollo de toda idea
un poco compleja no despojen de claridad a la trayectoria seguida en
este ensayo. He intentado en él sugerir que la actualidad pública de
España se caracteriza por un imperio casi exclusivo del particularismo
y la táctica de acción directa que le es aneja. A este fin convenía
partir, como del hecho más notorio, del separatismo catalán y vasco.
Pero la opinión vulgar ve en él no más que una especie de tumor
inesperado y casual sobrevenido a la carne española, y cree descubrir
su más grave malignidad en lo que, a mi juicio, es solamente adjetivo
y mero pretexto que una desazón más profunda busca para airearse.
Catalanismo y bizcaitarrismo no son síntomas alarmantes por lo que en
ellos hay de positivo y peculiar --la afirmación «nacionalista»--,
sino por lo que en ellos hay de negativo y común al gran movimiento de
desintegración que empuja la vida toda de España. Por esta razón, era
interesante mostrar primero que estos separatismos de ahora no hacen
sino continuar el progresivo desprendimiento territorial sufrido por
España durante tres siglos. Luego convenía hacer patente la identidad
que, bajo muecas diversas, existe entre el particularismo regional y el
de las clases, grupos y gremios. Si se advierte que un mismo rodaje de
últimas tendencias y emociones mueve el catalanismo y la actuación del
Ejército --dos cosas a primera vista antagónicas--, se evitará el error
de localizar el mal donde no está. La realidad histórica es, a menudo,
como la urraca de la pampa,

  «que en un _lao_ pega los gritos
  y en otro pone los huevos».

De esta manera puede contribuír este estudio a dirigir la atención
hacia estratos más hondos y extensos de la existencia española, donde
en verdad anidan los dolores que luego dan sus gritos en Barcelona o en
Bilbao.

Se trata de una extremada atrofia en que han caído aquellas funciones
espirituales cuya misión consiste precisamente en superar el
aislamiento, la limitación del individuo, del grupo o de la región. Me
refiero a la múltiple actividad que en los pueblos sanos suele emplear
el alma individual en la creación o recepción de grandes proyectos,
ideas y valores colectivos.

Como ejemplo curioso de esta atrofia, puede servir el tópico, en
apariencia inocente, de que «hoy no hay hombres» en España. Yo creo que
si un Cuvier de la Historia encontrase el hueso de esta sencilla frase,
tan repetida hoy entre nosotros, podría reconstruír el esqueleto entero
del espíritu público español durante los años corrientes.

Cuando se dice «que hoy no hay hombres», se sobredice que ayer sí
los había. Aquella frase no pretende significar nada absoluto, sino
meramente una evaluación comparativa entre el hoy y el ayer. Ayer es,
para estos efectos, la época feliz de la Restauración y la Regencia, en
que aún había «hombres».

Si fuésemos herederos de una edad tan favorable que durante ella
hubiesen florecido en España un Bismarck o un Cavour, un Víctor Hugo
o un Dostoyewsky, un Faraday o un Pasteur, el reconocimiento de que
hoy no había tales hombres sería la cosa más natural del mundo. Pero
Restauración y Regencia no sólo transcurrieron exentas de tamañas
figuras, sino que representan la hora de mayor declinación en los
destinos étnicos de España. Nadie puede dudar de que el contenido
vital de nuestro pueblo es hoy muy superior al de aquel tiempo.
En ciencia como en riqueza, ha crecido de entonces acá España en
proporciones considerables.

Sin embargo, ayer había «hombres» y hoy no. Esto debe escamarnos un
poco. ¿Qué género de «hombría» gozaban aquellos que eran «hombres»
y hoy falta a los pseudo-hombres vivientes? ¿Eran más inteligentes,
más capaces en sus personas? ¿Había mejores médicos o ingenieros que
ahora? ¿Conocía Echegaray la matemática mejor que Rey Pastor? ¿Era
más enérgico y perspicaz Ruiz Zorrilla que Lerroux? ¿Se encerraba más
agudeza en Sagasta que en el conde de Romanones? ¿Había más ciencia en
la obra de Menéndez y Pelayo que en la de Menéndez Pidal? ¿Valían más
los estremecimientos poéticos de Núñez de Arce que los de Rubén Darío?
¿Escribía mejor castellano Valera que Pérez de Ayala? Para todo el que
juzgue con imparcialidad y alguna competencia, no es dudoso que en casi
todas las disciplinas y ejercicios hay hoy españoles tan buenos, si no
mejores, que los de ayer, aunque tan pocos hoy como ayer.

Sin embargo, tiene razón el tópico: ayer había «hombres» y hoy no. La
«hombría», que, sin darse cuenta de ello, echa hoy la gente de menos,
no consiste en las dotes que la persona tiene, sino precisamente
en las que el público, la muchedumbre, la masa, pone sobre ciertas
personas elegidas. En estos años han ido muriendo los últimos
representantes de aquella edad de «hombres». Los hemos conocido y
tratado. ¿Quién podría en serio atribuírles calidades de inteligencia
y eficacia que no fueran superlativamente modestas? No obstante, a
nosotros mismos nos parecían «hombres». La «hombría» estaba, no en sus
personas, sino en torno a ellas: era una mística aureola, un nimbo
patético que los circundaba proveniente de su representación colectiva.
Las masas habían creído en ellos, los habían exaltado, y esta fe, este
respeto multitudinarios aparecían condensados en el dintorno de su
mediocre personalidad.

Tal vez no haya cosa que califique más certeramente a un pueblo y a
cada época de su historia como el estado de las relaciones entre la
masa y la minoría directora. La acción pública --política, intelectual
o educativa-- es, según su nombre indica, de tal carácter, que el
individuo por sí solo, cualquiera que sea el grado de su genialidad, no
puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o, si se prefiere
llamarla así, la influencia social, emana de energías muy diferentes
de las que actúan en la influencia privada que cada persona puede
ejercer sobre la vecina. Un hombre no es nunca socialmente eficaz por
sus cualidades individuales, sino por la energía social que la masa
ha depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo,
ocasión o pretexto para que se condensase en él ese dinamismo social.

Así, un político irradiará tanto de influjo público cuanto sea el
entusiasmo y confianza que su partido haya concentrado en él. Un
escritor logrará saturar la conciencia colectiva en la medida que el
público sienta hacia él devoción. En cambio, sería falso decir que un
individuo influye en la proporción de su talento o de su laboriosidad.
La razón es clara: cuanto más hondo, sabio y agudo sea un escritor,
mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil su
asimilación por el público. Sólo cuando el lector vulgar tiene fe en el
escritor y le reconoce una gran superioridad sobre sí mismo, pondrá el
esfuerzo necesario para elevarse a su comprensión. En un país donde la
masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se
dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes
sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es
decir, los más rematadamente imbéciles.

Lo propio acontece con el público. Si la masa no abre, «ex abundantia
cordis», por fervorosa impulsión, un largo margen de fe entusiasta a
un hombre público, antes bien, creyéndose tan lista como él, pone en
crisis cada uno de sus actos y gestos; cuanto más fino sea el político,
más irremediables serán las malas inteligencias, menos sólida su
postura, más escaso estará de verdadera representación colectiva. ¿Y
cómo podrá vencer al enemigo un político que se ve obligado cada día a
conquistar humildemente su propio partido?

Venimos, pues, a la conclusión de que los «hombres» cuya ausencia
deplora el susodicho tópico son propiamente creación efusiva de las
masas entusiastas y, en el mejor sentido del vocablo, mitos colectivos.

En las horas de historia ascendente, de apasionada instauración
nacional, las masas se sienten masas, colectividad anónima que, amando
su propia unidad, la simboliza y concreta en ciertas personas elegidas,
sobre las cuales decanta el tesoro de su entusiasmo vital. Entonces se
dice que «hay hombres». En las horas decadentes, cuando una nación se
desmorona, víctima del particularismo, las masas no quieren ser masas,
cada miembro de ellas se cree personalidad directora, y, revolviéndose
contra todo el que sobresale, descarga sobre él su odio, su necedad y
su envidia. Entonces, para justificar su inepcia y acallar un íntimo
remordimiento, la masa dice que no «hay hombres».

Es completamente erróneo suponer que el entusiasmo de las masas depende
del valer de los hombres directores. La verdad es estrictamente lo
contrario: el valor social de los hombres directores depende de la
capacidad de entusiasmo que posea la masa. En ciertas épocas parece
congelarse el alma popular; se vuelve sórdida, envidiosa, petulante,
y se atrofia en ella el poder de crear mitos sociales. En tiempo
de Sócrates había hombres tan fuertes como pudo ser Hércules; pero
el alma de Grecia se había enfriado, e incapaz de segregar míticas
fosforescencias, no acertaba ya a imaginar en torno al forzudo un
radiante zodíaco de doce trabajos.

Atiéndase a la vida íntima de cualquier partido actual. En todos,
incluso en los de la derecha, presenciamos el lamentable espectáculo
de que, en vez de seguir al jefe el partido, es la masa de éste
quien gravita sobre su jefe. Existe en la muchedumbre un plebeyo
resentimiento contra toda posible excelencia, y luego de haber negado
a los hombres mejores todo fervor y social consagración, se vuelve a
ellos y les dice: «No hay hombres.»

¡Curioso ejemplo de la sólita incongruencia entre lo que la opinión
pública dice y lo que más en lo hondo siente! Cuando oigáis decir: «Hoy
no hay hombres», entended: «Hoy no hay masas.»



IMPERIO DE LAS MASAS



Una nación es una masa humana organizada, estructurada por una minoría
de individuos selectos. Cualquiera que sea nuestro credo político,
nos es forzoso reconocer esta verdad, que se refiere a un estrato de
la realidad histórica mucho más profundo que aquel donde se agitan
los problemas políticos. La forma jurídica que adopte una sociedad
nacional podrá ser todo lo democrática y aun comunista que quepa
imaginar; no obstante, su constitución viva, transjurídica, consistirá
siempre en la acción dinámica de una minoría sobre una masa. Se
trata de una ineludible ley natural que representa en la biología de
las sociedades un papel semejante al de la ley de las densidades en
física. Cuando en un líquido se arrojan cuerpos sólidos de diferente
densidad, acaban éstos siempre por quedar situados a la altura que a
su densidad corresponde. Del mismo modo, en toda agrupación humana se
produce espontáneamente una articulación de sus miembros, según la
diferente densidad vital que poseen. Esto se advierte ya en la forma
más simple de sociedad, en la conversación. Cuando seis hombres se
reunen para conversar, la masa indiferenciada de interlocutores, que al
principio son, queda, poco después, articulada en dos partes, una de
las cuales dirige en la conversación a la otra, influye en ella, regala
más que recibe. Cuando esto no acontece, es que la parte inferior del
grupo se resiste anómalamente a ser dirigida, influída por la porción
superior, y entonces la conversación se hace imposible. Así, cuando
en una nación la masa se niega a ser masa --esto es, a seguir a la
minoría directora--, la nación se deshace, la sociedad se desmembra, y
sobreviene el caos social, la invertebración histórica.

Un caso extremo de esta invertebración histórica estamos ahora viviendo
en España.

Todas las páginas de este rápido ensayo tienden a corregir la miopia
que usualmente se padece en la percepción de los fenómenos sociales.
Esa miopia consiste en creer que los fenómenos sociales, históricos,
son los fenómenos políticos, y que las enfermedades de un cuerpo
nacional son enfermedades políticas. Ahora bien: lo político es
ciertamente el escaparate, el dintorno o cutis de lo social. Por eso
es lo que salta primero a la vista. Y hay, en efecto, enfermedades
nacionales que son meramente perturbaciones políticas, erupciones o
infecciones de la piel social. Pero esos morbos externos no son nunca
graves. Cuando lo que está mal en un país es la política, puede decirse
que nada está muy mal. Ligero y transitorio el malestar, es seguro que
el cuerpo social se regulará a sí mismo un día u otro.

En España, por desgracia, la situación es inversa. El daño no está
tanto en la política como en la sociedad misma, en el corazón y en la
cabeza de casi todos los españoles.

¿Y en qué consiste esta enfermedad? Se oye hablar a menudo de la
«inmoralidad pública», y se entiende por ella la falta de justicia
en los tribunales, la simonía en los empleos, el latrocinio en los
negocios que dependen del Poder público. Prensa y Parlamento dirigen
la atención de los ciudadanos hacia esos delitos como a la causa de
nuestra progresiva descomposición. Yo no dudo que padezcamos una
abundante dosis de «inmoralidad pública»; pero al mismo tiempo creo
que un pueblo sin otra enfermedad más honda que esa podría pervivir
y aun engrosar. Nadie que haya deslizado la vista por la Historia
Universal puede desconocer esto: si se quiere un ejemplo escandaloso
y nada remoto, ahí está la historia de los Estados Unidos durante los
últimos cincuenta años. A lo largo de ellos ha corrido por la vida
norteamericana un Misisipí de «inmoralidad pública». Sin embargo, la
nación ha crecido gigantescamente, y las estrellas de la Unión son hoy
uno de los signos mayores del zodíaco internacional. Podrá irritar
nuestra conciencia ética este hecho escandaloso de que esas formas
de «inmoralidad» no aniquilen a un pueblo, antes bien, coincidan con
su encumbramiento; pero mientras nos irritamos, la realidad sigue
produciéndose según ella es, y no según nosotros pensamos que debía ser.

La enfermedad española es, por malaventura, más grave que la susodicha
«inmoralidad pública». Peor que tener una enfermedad es ser una
enfermedad. Que una sociedad sea inmoral, tenga o contenga inmoralidad,
es grave; pero que una sociedad no sea una sociedad, es mucho más
grave. Pues bien, este es nuestro caso. La sociedad española se está
disociando desde hace largo tiempo, porque tiene infeccionada la raíz
misma de la actividad socializadora.

El hecho primario social no es la mera reunión de unos cuantos hombres,
sino la articulación que en ese ayuntamiento se produce inmediatamente.
El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores
de un montón humano. Esto supone en unos cierta capacidad para dirigir;
en otros, cierta facilidad íntima para dejarse dirigir.[15] En suma:
donde no hay una minoría que actúa sobre una masa colectiva, y una masa
que sabe aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está
muy cerca de que no la haya.

Pues bien: en España vivimos hoy entregados al imperio de las masas.
Los miopes no lo creen así porque, en efecto, no ven motines en las
calles ni asaltos a los Bancos y ministerios. Pero esa revolución
callejera significaría sólo el aspecto político que toma, a veces, el
imperio de una masa social determinada: la proletaria.

Yo me refiero a una forma de dominio mucho más radical que la algarada
en la plazuela, más profunda, difusa, omnipresente, y no de una sola
masa social, sino de todas, y en especie de las masas con mayor
poderío: las de clase media y superior.

En el capítulo anterior he aludido al extraño fenómeno de que, aun
en los partidos políticos de la extrema derecha, no son los jefes
quienes dirigen a sus masas, sino éstas quienes empujan violentamente
a sus jefes para que adopten tal o cual actitud. Así hemos visto que
los «jóvenes mauristas» no han aceptado la política internacional
que durante la guerra Maura proponía, sino, al revés, han pretendido
imponer a su jefe la política internacional que en sus cabezas livianas
y atropelladas --cabezas de «masa»-- se había instalado. Lo propio
aconteció con los carlistas, que han coceado en masa a su conductor,
obligándole a una retirada.

Las Juntas de Defensa no son, a la postre, sino otro ejemplo de esta
subversión moral de las masas contra la minoría selecta. En los cuartos
de bandera se ha creído de buena fe --y esta buena fe es lo morboso
del hecho-- que allí se entendía de política más que en los lugares
donde, por obligación o por devoción, se viene desde hace muchos años
meditando sobre los asuntos públicos.

Este fenómeno mortal de insubordinación espiritual de las masas
contra toda minoría eminente se manifiesta con tanta mayor exquisitez
cuanto más nos alejemos de la zona política. Así, el público de
los espectáculos y conciertos se cree superior a todo dramaturgo,
compositor o crítico, y se complace en cocear a unos y otros. Por muy
escasa discreción y sabiduría que goce un crítico, siempre ocurrirá
que posee más de ambas calidades que la mayoría del público. Sería lo
natural que ese público sintiese la evidente superioridad del crítico,
y, reservándose toda la independencia definitiva que parece justa,
hubiese en él la tendencia a dejarse influír por las estimaciones del
entendido. Pero nuestro público parte de un estado de espíritu inverso
a éste: la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco
más que él, le pone fuera de sí.

En la misma sociedad aristocrática acontece lo propio. No son las
damas mejor dotadas de espiritualidad y elegancia quienes imponen sus
gustos y maneras, sino, al revés, las damas más aburguesadas, toscas
e inelegantes, quienes aplastan con su necedad a aquellas criaturas
excepcionales.

Donde quiera, asistimos al deprimente espectáculo de que los peores,
que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores.

¿Cómo va a haber organización en la política española, si no la hay ni
siquiera en las conversaciones? España se arrastra invertebrada, no ya
en su política, sino, lo que es más hondo y sustantivo que la política,
en la convivencia social misma.

De esta manera no podrá funcionar mecanismo alguno de los que integran
la máquina pública. Hoy se parará una Institución; mañana, otra; hasta
que sobrevenga el definitivo colapso histórico.

Ni habrá ruta posible para salir de tal situación, porque, negándose la
masa a lo que es su biológica misión, esto es, a seguir a los mejores,
no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y sólo triunfarán en
el ambiente colectivo las opiniones de la masa, siempre inconexas,
desacertadas y pueriles.



ÉPOCAS «KITRA» Y ÉPOCAS «KALI»



Cuando la masa nacional degenera hasta el punto de caer en un estado de
espíritu como el descrito, son inútiles razonamientos y predicación. Su
enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influír, en
que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuanto más se
la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor
violencia pisoteará a los predicadores. Para sanar será preciso que
sufra en su propia carne las consecuencias de su desviación moral. Así
ha acontecido siempre.

Las épocas de decadencia son las épocas en que la minoría directora
de un pueblo --la aristocracia-- ha perdido sus cualidades de
excelencia, aquellas precisamente que ocasionaron su elevación. Contra
esa aristocracia ineficaz y corrompida se rebela la masa justamente.
Pero, confundiendo las cosas, generaliza las objeciones que aquella
determinada aristocracia inspira, y, en vez de sustituírla con
otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático.
Se llega a creer que es posible la existencia social sin minoría
excelente; más aún, se construyen teorías políticas e históricas que
presentan como ideal una sociedad exenta de aristocracia. Como esto
es positivamente imposible, la nación prosigue aceleradamente su
trayectoria de decadencia. Cada día están las cosas peor. Las masas de
los distintos grupos sociales --un día, la burguesía; otro, la milicia;
otro, el proletariado-- ensayan vanas panaceas de buen gobierno, que
en su simplicidad mental imaginaban poseer. Al fin, el fracaso de
sí mismas, experimentado al actuar, alumbra en sus cabezas, como un
descubrimiento, la sospecha de que las cosas son más complicadas de lo
que ellas suponían, y, consecuentemente, que no son ellas las llamadas
a regirlas. Paralelamente a este fracaso político padecen en su vida
privada los resultados de la desorganización. La seguridad pública
peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y
desesperante; no hay donde tornar la mirada que busca socorro. Cuando
la sensibilidad colectiva llega a esta sazón, suele iniciarse una
nueva época histórica. El dolor y el fracaso crean en las masas una
nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a
todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor
contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención
específica en la convivencia social. De esta suerte, aquel ciclo
histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un período en que
se va a formar una nueva aristocracia.

Repito que todo este proceso se desarrolla, no sólo ni siquiera
principalmente, en el orden político. Las ideas de aristocracia y
masa han de entenderse referidas a todas las formas de relación
interindividual, y actúan en todos los puntos de la coexistencia
humana. Precisamente allí donde su acción pudiera juzgarse más
baladí, es donde ejercen su influjo más decisivo y primario. Cuando
la subversión moral de la masa contra la minoría mejor llega a la
política, ha recorrido ya todo el cuerpo social.

Hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de
épocas: épocas de formación de aristocracias, y con ellas de la
sociedad, y épocas de decadencia de esas aristocracias, y con ellas
disolución de la sociedad. En los _purana_ indios se las llama época
_Kitra_ y época _Kali_, que en ritmo perdurable se siguen una a otra.
En las épocas _Kali_, el régimen de castas degenera, los _sudra_, es
decir, los inferiores, se encumbran, porque Brahma ha caído en sopor.
Entonces Vishnú toma la forma terrible de Siva y destruye las formas
existentes: el crepúsculo de los dioses alumbra lívido el horizonte. Al
cabo, Brahma despierta, y bajo la fisonomía de Vishnú, el dios benigno,
recrea el Cosmos de nuevo y hace alborear la nueva época _Kitra_.

A los hombres de una época _Kali_, como es la nuestra, les irrita
sobremanera la idea de las castas. Y, sin embargo, se trata de un
pensamiento profundo y certero. Dos elementos muy distintos y de valor
desigual se unen en él.

Por un lado, la idea de la organización social en castas significa el
convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia, que
consiste objetivamente, queramos o no, en una jerarquía de funciones.
Tan absurdo como sería querer reformar el sistema de las órbitas
siderales, o negarse a reconocer que el hombre tiene cabeza y pies;
la tierra, norte y sur; la pirámide, cúspide y base, es ignorar la
existencia de una contextura esencial a toda sociedad, consistente en
un sistema de funciones colectivas de variado rango.

El otro elemento que, infiltrándose en el primero, forma el concepto
de casta, es la cuestión de cómo distinguiremos los individuos que
deben ejercer esas diferentes funciones. El indo, dominado por una
interpretación mágica de la Naturaleza, cree que la capacidad para
ejercer una función va adscrita, como mística gracia, a la sangre. Sólo
podrá ser buen guerrero el hijo de guerrero, y buen hortelano el hijo
de hortelano. Los individuos son, pues, repartidos en los diversos
rangos sociales en virtud de un principio genealógico, de herencia
sanguínea.

Elimínese este principio mágico del régimen de castas, y quedará
una concepción de la sociedad más honda y transcendente que las hoy
prestigiosas. Después de todo, la ideología política moderna ha estado
dirigida por una inspiración no menos mágica que la asiática, aunque de
signo inverso. Se pretende que la sociedad sea según a nosotros se nos
antoja que _debe ser_. ¡Como si ella no tuviese su inmutable estructura
o esperase a recibirla de nuestro deseo! Todo el utopismo moderno es
magia. No pasará mucho tiempo sin que el gesto de Kant, decretando cómo
_debe ser_ la sociedad, parezca a todos un torpe ademán mágico.



LA MAGIA DEL «DEBE SER»



La cuestión de las relaciones entre aristocracia y masa suele
plantearse desde hace dos siglos bajo una perspectiva ética o jurídica.
No se habla más que de si la constitución política, desde un punto de
vista moral o de justicia, _debe ser_ o _no debe ser_ aristocrática. En
vez de analizar previamente lo que _es_, las condiciones ineludibles
de una realidad, se procede desde luego a dictaminar sobre cómo
_deben ser_ las cosas. Este ha sido el vicio característico de los
«progresistas», de los «radicales», y, más o menos, de todo el
espíritu llamado «liberal» y «democrático». Se trata de una actitud
mental sobremanera cómoda. Es muy fácil, en efecto, dibujar una
organización social esquemática que presente una faz atractiva. Basta
para ello que supongamos imaginariamente realizados nuestros deseos
o que, abandonando nuestro intelecto a su puro movimiento dialéctico,
construyamos _more geometrico_ un cuerpo social dotado de todas las
perfecciones formales que tienen un polígono o un dodecaedro. Pero
esta suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es un
síntoma de puerilidad.[16] No basta que algo sea deseable para que sea
realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se
nos antoje deseable para que sea la más deseable. Sometido al influjo
de las inclinaciones dominantes en nuestro tiempo, yo he vivido también
durante algunos años ocupado en resolver esquemáticamente cómo _deben
ser_ las cosas. Cuando luego he entrado de lleno en el estudio y
meditación del pasado histórico, me sorprendió superlativamente hallar
que la realidad social había sido en ocasiones mucho más deseable, más
rica en valores, más próxima a una verdadera perfección, que todos mis
sórdidos y parciales esquemas.

Sólo _debe ser_ lo que _puede ser_, y sólo puede ser lo que se mueve
dentro de las condiciones de lo que _es_. Fuera deseable que el cuerpo
humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede tenerlas, porque
su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que _debe_
tener alas.

El ideal de una cosa, o, dicho de otro modo, lo que una cosa _debe
ser_, no puede consistir en la suplantación de su contextura real,
sino, por el contrario, en el perfeccionamiento de ésta. Por lo tanto,
toda sentencia sobre cómo deben ser las cosas presupone la devota
observación de su realidad.

Desde el punto de vista ético o jurídico no se puede construír el ideal
de una sociedad. Esta fué la aberración de los siglos XVIII y XIX. Con
la moral y el derecho no se llega ni siquiera a asegurar que nuestra
utopía social sea plenamente justa; no hablemos de otras calidades más
perentorias aún que la justicia para una sociedad.

¿Cómo? ¿Cabe exigir de una sociedad que sea alguna otra cosa antes que
justa? Evidentemente, antes que ser justa una sociedad tiene que ser
sana, es decir, tiene que ser una sociedad. Por tanto, antes que la
ética y el derecho, con sus esquemas de lo que _debe ser_, tiene que
hablar el buen sentido, con su intuición de lo que _es_.

Resulta completamente ocioso discutir si una sociedad debe ser o no
debe ser constituída con la intervención de una aristocracia. La
cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana: una
sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad.

Volvamos la espalda a las éticas mágicas y quedémonos con la única
aceptable, que hace veintiséis siglos resumió Píndaro en su ilustre
imperativo: «Llega a ser lo que eres.»



EJEMPLARIDAD Y DOCILIDAD



Una tosca sociología, nacida por generación espontánea, y que desde
hace mucho tiempo domina las opiniones circulantes, tergiversa estos
conceptos de masa y minoría selecta, entendiendo por aquélla el
conjunto de las clases económicamente inferiores, la plebe, y por ésta
las clases más elevadas socialmente. Mientras no corrijamos este _quid
pro quo_ no adelantaremos un paso en la inteligencia de lo social.

En toda clase, en todo grupo que no padezcan graves anomalías, existe
siempre una masa vulgar y una minoría sobresaliente. Claro es que
dentro de una sociedad saludable las clases superiores, si lo son
verdaderamente, contarán con una minoría más nutrida y más selecta que
las clases inferiores. Pero esto no quiere decir que falte en aquéllas
la masa. Precisamente lo que acarrea la decadencia social es que las
clases próceres han degenerado y se han convertido casi íntegramente en
masa vulgar.

Nada se halla, pues, más lejos de mi intención, cuando hablo de
aristocracia, que referirme a lo que por descuido suele aún llamarse
así.

Procuremos, pues, trasponiendo los tópicos al uso, adquirir una
intuición clara sobre la acción recíproca entre masa y minoría selecta,
que es, a mi juicio, el hecho básico de toda sociedad y el agente de su
evolución hacia el bien como hacia el mal.

Cuando varios hombres se hallan juntos, acaece que uno de ellos hace
un gesto más gracioso, más expresivo, más exacto que los habituales, o
bien pronuncia una palabra más bella, más reverberante de sentido, o
bien emite un pensamiento más agudo, más luminoso, o bien manifiesta
un modo de reacción sentimental ante un caso de la vida que parece más
acertado, más gallardo, más elegante o más justo. Si los presentes
tienen un temperamento normal sentirán que, automáticamente, brota en
su ánimo el deseo de hacer aquel gesto, de pronunciar aquella palabra,
de vibrar en pareja emoción. No se trata, sin embargo, de un movimiento
de imitación. Cuando imitamos a otra persona nos damos cuenta de que
no somos como ella, sino que estamos fingiendo serlo. El fenómeno a
que yo me refiero es muy distinto de este mimetismo. Al hallar otro
hombre que es mejor, o que hace algo mejor que nosotros, si gozamos
de una sensibilidad normal, desearemos llegar a ser de verdad, y no
ficticiamente, como él es, y hacer las cosas como él las hace. En
la imitación actuamos, por decirlo así, fuera de nuestra auténtica
personalidad, nos creamos una máscara exterior. Por el contrario, en
la asimilación al hombre ejemplar que ante nosotros pasa, toda nuestra
persona se polariza y orienta hacia su modo de ser, nos disponemos a
reformar verídicamente nuestra esencia, según la pauta admirada. En
suma: percibimos como tal la _ejemplaridad_ de aquel hombre y sentimos
_docilidad_ ante su ejemplo.

He aquí el mecanismo elemental creador de toda sociedad: la
ejemplaridad de unos pocos se articula en la docilidad de otros
muchos. El resultado es que el ejemplo cunde y que los inferiores se
perfeccionan en el sentido de los mejores.

Esta capacidad de entusiasmarse con lo óptimo, de dejarse arrebatar
por una perfección transeunte, de ser dócil a un arquetipo o forma
ejemplar, es la función psíquica que el hombre añade al animal, y
que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad
relativa de los demás seres vivos.

No es este lugar oportuno para rebatir las interpretaciones
materialistas, y, en general, utilitarias de la historia, arcaicos
armatostes, cien veces descalificados, que aportan soluciones
metafísicas a problemas de hecho como son los históricos. Y el hecho
es que los miembros de toda sociedad humana, aun la más primitiva,
se han dado siempre cuenta de que todo acto puede ejecutarse de
dos maneras, una mejor y otra peor; de que existen normas o modos
ejemplares de vivir y ser. Precisamente la docilidad a esas normas crea
la continuidad de convivencia, que es la sociedad. La indocilidad,
esto es, la insumisión a ciertos tipos normativos de las acciones,
trae consigo la dispersión de los individuos, la disociación. Ahora
bien: esas normas fueron originariamente acciones ejemplares de algún
individuo.

No fué, pues, la fuerza, ni la utilidad[17] lo que juntó a los
hombres en agrupaciones permanentes, sino el poder atractivo de
que automáticamente goza sobre los individuos de nuestra especie
el que en cada caso es más perfecto. Educados en un tiempo de
relativa disociación, nos cuesta, como es natural, algún esfuerzo
representarnos el estado de espíritu que lleva a la formación de una
sociedad, porque es justamente opuesto al nuestro.

Las más primitivas leyendas y mitos sobre creación de pueblos,
tribus, hordas, aluden patéticamente a personajes sublimes, dotados
de prodigiosas facultades, padres del grupo social. Con un torpe
evemerismo muy siglo XIX, se ha explicado esto siempre diciendo que
los hombres reales, un tiempo influyentes en el grupo, fueron luego
idealizados, ejemplarizados por la posteridad. Pero sería inverosímil
esta idealización _a posteriori_ si aquellos personajes no hubiesen,
en vida, suscitado ese ideal entusiasmo, si no hubiesen sido de hecho
ideales o arquetipos. No se hizo de ellos modelos porque en vida fueron
influyentes, sino, al revés: fueron influyentes, socializadores, porque
fueron, desde luego, modelos.

En la misma angostura de las paredes donde se desarrolla la sociedad
familiar, padre y madre son modelos natos de los hijos, y además,
ideales el uno del otro. Cuando este influjo se aniquila la familia se
desarticula.

No se debe olvidar nunca, si se quiere llegar a una idea clara sobre
las fuerzas radicales productoras de socialización, el hecho, cada
vez más comprobado, de que las asociaciones primarias no fueron de
carácter político y económico. El Poder, con sus medios violentos, y
la utilidad, con su mecanismo de intereses, no han podido engendrar
sociedades sino dentro de una asociación previa. Estas primigenias
sociedades tuvieron un carácter festival, deportivo o religioso. La
ejemplaridad estética, mágica o simplemente vital de unos pocos atrajo
a los dóciles. Todo otro influjo o _cracia_ de un hombre sobre los
demás, que no sea esa automática emoción suscitada por el arquetipo o
ejemplar en los entusiastas que le rodean, son efímeros y secundarios.
No hay, ni ha habido jamás, otra _aristocracia_ que la fundada en ese
poder de atracción psíquica, especie de ley de gravitación espiritual,
que arrastra a los dóciles en pos de un modelo.

Se dice que la sociedad se divide en gente que manda y gente que
obedece; pero esta obediencia no podrá ser normal y permanente sino en
la medida en que el obediente ha otorgado con íntimo homenaje al que
manda el derecho a mandar.

Un hombre eminente, en vista de su ejemplaridad, fué dotado por la
muchedumbre dócil de cierta autoridad pública. Muere aquel hombre y su
autoridad queda como un hueco social, especie de forma anónima, que
otros individuos vendrán a ocupar, unas veces con mérito bastante,
otras sin él. A la postre, el prestigio de la autoridad durará lo que
dure el recuerdo de las personas ejemplares que la ejercieron.

La obediencia supone, pues, docilidad. No confundamos, por tanto, la
una con la otra. Se obedece a un mandato, se es dócil a un ejemplo, y
el derecho a mandar no es sino un anejo de la ejemplaridad.

Todas las demás formas de sociedad, con su complicación y
especificación inextricables, suponen esa gravitación originaria de las
almas vulgares, pero sanas, hacia las fisonomías egregias.

De esta manera vendremos a definir la sociedad, en última instancia,
como la unidad dinámica espiritual que forman un ejemplar y sus
dóciles. _Esto indica que la sociedad es ya de suyo y nativamente un
aparato de perfeccionamiento._ Sentirse dócil a otro lleva a convivir
con él, y, simultáneamente, a vivir como él; por tanto, a mejorar en el
sentido del modelo. El impulso de entrenamiento hacia ciertos modelos
que quede vivo en una sociedad será lo que ésta tenga verdaderamente de
tal.

Una raza humana que no haya degenerado, produce normalmente, en
proporción con la cifra total de sus miembros, cierto número de
individuos eminentes, donde las capacidades intelectuales, morales
y, en general, vitales, se presentan con máxima potencialidad. En las
razas más finas, este coeficiente de eminencias es mayor que en las
razas bastas, o, dicho al revés, una raza es superior a otra cuando
consigue poseer mayor número de individuos egregios.

La excelencia de estas personalidades óptimas es de tipo muy diverso.
Dentro de cada clase o grupo se destacan ciertos individuos en quienes
las calidades propias a la clase o grupo aparecen extremadas. Una
nación no podría nutrir sus necesidades históricas si estuviese atenida
a un solo tipo de excelencia. Hace falta, junto a los eminentes
sabios y artistas, el militar ejemplar, el industrial perfecto, el
obrero modelo y aun el genial hombre de mundo. Y tanto o más que todo
esto necesita una nación de mujeres sublimes. La carencia perdurable
de algunos de esos tipos cardinales de perfección concluirá por
hacerse sentir en el desarrollo multisecular de la vida nacional.
La raza cojeará de algún lado, y esta claudicación acarreará, a la
postre, su total decadencia. Porque hay un cierto mínimo de funciones
vitales superiores que todo pueblo necesita ejercer cumplidamente,
so pena de muerte. A este fin, es necesario que en el pueblo existan
siempre individuos dotados ejemplarmente para el ejercicio de
aquellas funciones. De otra suerte, el nivel de ese ejercicio irá
descendiendo hasta caer bajo la línea que marca el mínimo de perfección
imprescindible. Tómese como ejemplo la actividad intelectual. Es
evidente que una nación contemporánea no puede vivir con alguna
plenitud, si no sabe ejercer sus funciones intelectivas --concepción
de la realidad, ciencias, técnicas, administración-- con elevación,
complejidad y sutileza. Ahora bien: si durante varias generaciones
faltan o escasean hombres de vigorosa inteligencia, que sirvan de
diapasón y norma a los demás, que marquen el tono de intensidad mental
exigido por los problemas del tiempo, la masa tenderá, según la ley del
mínimo esfuerzo, a pensar con menos rigor cada vez; el repertorio de
curiosidades, ideas, puntos de vista, menguará progresivamente hasta
caer bajo el nivel impuesto por las necesidades de la época. Tendremos
el caso de una raza entontecida, intelectualmente degenerada.

Este mecanismo de _ejemplaridad-docilidad_, tomado como principio de la
coexistencia social, tiene la ventaja, no sólo de sugerir cuál es la
fuerza espiritual que crea y mantiene las sociedades, sino que, a la
vez, aclara el fenómeno de las decadencias e ilustra la patología de
las naciones. Cuando un pueblo se arrastra por los siglos gravemente
valetudinario, es siempre, o porque faltan en él hombres ejemplares, o
porque las masas son indóciles. La coyuntura extrema consistirá en que
ocurran ambas cosas.

Véase hasta qué punto la cuestión de las relaciones entre aristocracia
y masa es previa a todos los formalismos éticos y jurídicos, puesto que
nos aparece como la raíz misma del hecho social.

Si ahora tornamos los ojos a la realidad española, fácilmente
descubriremos en ella un atroz paisaje saturado de indocilidad
y sobremanera exento de ejemplaridad. Por una extraña y trágica
perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo
español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando
menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja
conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún
personaje ruin e inferior.

El dato que mejor define la peculiaridad de una raza es el perfil de
los modelos que elige, como nada revela mejor la radical condición
de un hombre que los tipos femeninos de que es capaz de enamorarse.
En la elección de amada, hacemos, sin saberlo, nuestra más verídica
confesión.

Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que
suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me
parece hallar el más cercano a la verdad en la _aristofobia_ u odio a
los mejores.



LA AUSENCIA DE LOS «MEJORES»



Lo primero que el historiador debiera hacer para definir el carácter
de una nación o de una época es fijar la ecuación peculiar en que las
relaciones de sus masas con las minorías selectas se desarrollan dentro
de ella. La fórmula que descubra será una clave secreta para sorprender
las más recónditas palpitaciones de aquel cuerpo histórico.

Hay razas que se han caracterizado por una abundancia casi monstruosa
de personalidades ejemplares, tras de las cuales sólo había una masa
exigua, insuficiente e indócil. Este fué el caso de Grecia, y éste
el origen de su inestabilidad histórica. Llegó un momento en que la
nación helénica vino a ser como una industria donde sólo se elaborasen
modelos, en vez de contentarse con fijar unos cuantos «standard» y
fabricar conforme a ellos abundante mercancía humana. Genial como
cultura, fué Grecia inconsistente como cuerpo social y como Estado.

Un caso inverso es el que ofrecen Rusia y España, los dos extremos de
la gran diagonal europea. Muy diferentes en otra porción de calidades,
coinciden Rusia y España en ser las dos razas «pueblo», esto es, en
padecer una evidente y perdurable escasez de individuos eminentes. La
nación eslava es una enorme masa popular sobre la cual tiembla una
cabeza minúscula. Ha habido siempre, es cierto, una exquisita minoría
que actuaba sobre la vida rusa, pero de dimensiones tan exiguas en
comparación con la vastedad de la raza, que no ha podido nunca saturar
de su influjo organizador el gigantesco plasma popular. De aquí el
aspecto protoplasmático, amorfo, persistentemente primitivo, que la
existencia rusa ofrece.

En cuanto a España.... Es extraño que de nuestra larga historia no
se haya espumado cien veces el rasgo más característico, que es, a
la vez, el más evidente y a la mano: la desproporción casi incesante
entre el valor de nuestro vulgo y el de nuestras minorías selectas. La
personalidad autónoma, que adopta ante la vida una actitud individual
y consciente, ha sido rarísima en nuestro país. Aquí lo ha hecho todo
el «pueblo», y lo que el «pueblo» no ha podido hacer se ha quedado sin
hacer. Ahora bien: el «pueblo» sólo puede ejercer funciones elementales
de vida; no puede hacer ciencia, ni arte superior, ni crear una
civilización pertrechada de complejas técnicas, ni organizar un estado
de prolongada consistencia, ni destilar de las emociones mágicas una
elevada religión.

Y, en efecto, el arte español es maravilloso en sus formas populares
y anónimas --cantos, danzas, cerámica-- y es muy pobre en sus formas
eruditas y personales. Alguna vez ha surgido un hombre genial, cuya
obra aislada y abrupta no ha conseguido elevar el nivel medio de la
producción. Entre él, solitario individuo, y la masa llana no había
intermediarios y, por lo mismo, no había comunicación. Y eso que aún
estos raros genios españoles han sido siempre medio «pueblo», sin que
su obra haya conseguido nunca libertarse por completo de una ganga
plebeya o vulgar.

La nota que diferencia la obra ejecutada por la masa de la que produce
el esfuerzo personal es la «anonimidad». Pues bien: compárese el
conjunto de la historia de Inglaterra o de Francia con nuestra historia
nacional, y saltará a la vista el carácter anónimo de nuestro pasado
frente a la pululación de personalidades sobre el escenario de aquellas
naciones.

Mientras la historia de Francia o de Inglaterra es una historia
hecha principalmente por minorías, todo lo ha hecho aquí la masa,
directamente o por medio de su condensación virtual en el Poder
público, político o eclesiástico. Cuando entramos en nuestras villas
milenarias vemos iglesias y edificios públicos. La creación individual
falta casi por completo. ¿No se advierte la pobreza de nuestra
arquitectura civil privada? Los «palacios» de las viejas ciudades
son, en rigor, modestísimas habitaciones en cuya fachada gesticula
pretenciosamente la vanidad de unos blasones. Si se quita a Toledo, a
la imperial Toledo, el Alcázar y la Catedral, queda una mísera aldea.

De suerte que, así como han escaseado los hombres de sensibilidad
artística poderosa, capaces de crearse un estilo personal, han faltado
también los fuertes temperamentos que logran concentrar en su propia
persona una gran energía social y merced a ello pueden realizar grandes
obras de orden material o moral.

Mírese por donde plazca, el hecho español de hoy, de ayer o de
anteayer, y siempre sorprenderá la anómala ausencia de una minoría
suficiente. Este fenómeno explica toda nuestra historia, inclusive
aquellos momentos de fugaz plenitud.

Pero hablar de la historia de España es hablar de lo desconocido.
Puede afirmarse que casi todas las ideas sobre el pasado nacional
que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a
menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas,
sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes
rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida.

Yo no quisiera aventurarme a exponer ahora con excesiva abreviatura
lo que, a mi juicio, constituye el perfil esencial de la historia
española. Son de tal modo heterodoxos mis pensamientos; dan de tal modo
en rostro al canon usual, que parecería lo que dijese una historia de
España vuelta del revés.

Pero hay un punto que me es forzoso tocar. Hemos oído constantemente
decir que una de las virtudes preclaras de nuestro pasado consiste en
que no hubo en España feudalismo. Por esta vez, la opinión reiterada
es, en parte, exacta: en España no ha habido apenas feudalismo; sólo
que esto, lejos de ser una virtud, fué nuestra primera gran desgracia y
la causa de todas las más.

España es un organismo social, por decirlo así; un animal histórico
que pertenece a una especie determinada, a un tipo de sociedades
o «naciones» germinadas en el centro y occidente de Europa cuando
el Imperio romano sucumbe. Esto quiere decir que España posee una
estructura específica idéntica a la de Francia, Inglaterra e Italia.
Las cuatro naciones se forman por la conjunción de tres elementos,
dos de los cuales son comunes a todas y sólo uno varía. Estos
tres elementos son: la raza relativamente autóctona, el sedimento
civilizatorio romano y la inmigración germánica. El factor romano,
idéntico en todas partes, representa un elemento neutro en la evolución
de las naciones europeas. A primera vista parece lógico buscar el
principio decisivo de diferenciación entre ellas en la base autóctona,
de modo que Francia se diferenció de España lo que la raza gala se
diferenciase de la ibérica. Pero esto es un error. No pretendo,
claro está, negar la influencia diferenciadora de galos e iberos en
el desarrollo de Francia y España; lo que niego es que sea ella la
decisiva. Y no lo es, por una razón sencilla. Ha habido naciones que se
formaron por fusión de varios elementos en un mismo plano. A este tipo
pertenecen casi todas las naciones asiáticas. El pueblo A y el pueblo
B se funden sin que en el mecanismo de esa fusión corresponda a uno
de ellos un rango dinámico superior. Pero nuestras naciones europeas
tienen una anatomía y una fisiología históricas muy diferentes de las
de esos cuerpos orientales. Como antes decía, pertenecen a una especie
zoológica distinta y tienen su peculiar biología. Son sociedades
nacidas de la conquista de un pueblo por otro --no de un pueblo por un
ejército, como aconteció en Roma--. Los germanos conquistadores no se
funden con los autóctonos vencidos, en un mismo plano, horizontalmente,
sino verticalmente. Podrán recibir influjos del vencido, como los
recibieron de la disciplina romana; pero en lo esencial son ellos
quienes imponen su estilo social a la masa sometida; son el poder
plasmante y organizador; son la «forma», mientras los autóctonos son
la «materia». Son el ingrediente decisivo; son los que «deciden». El
carácter vertical de las estructuras nacionales europeas que, mientras
se van formando, las mantiene articuladas en dos pisos o estratos, me
parece ser el rasgo típico de su biología histórica.

Siendo, pues, los germanos el ingrediente decisivo, también lo
será para los efectos de la diferenciación, con lo cual llego a un
pensamiento que parecerá escandaloso, pero que me interesa dejar aquí
someramente formulado, a saber: la diferencia entre Francia y España
se deriva, no tanto de la diferencia entre galos e iberos, como de
la diferente calidad de los pueblos germánicos que invadieron ambos
territorios. Va de Francia a España lo que va del franco al visigodo.

Por desgracia, del franco al visigodo va una larga distancia. Si
cupiese acomodar los pueblos germánicos inmigrantes en una escala de
mayor a menor vitalidad histórica, el franco ocuparía el grado más
alto, el visigodo un grado muy inferior. ¿Esta diferente potencialidad
de uno y otro era originaria, nativa? No es ello cosa que ahora podamos
averiguar ni importa para nuestra cuestión. El hecho es que al entrar
el franco en las Galias y el visigodo en España representan ya dos
niveles distintos de energía humana. El visigodo era el pueblo más
viejo de Germania: había convivido con el Imperio romano en su hora
más corrupta: había recibido su influjo directo y envolvente. Por lo
mismo, era el más «civilizado», esto es, el más reformado, deformado
y anquilosado. Toda «civilización» recibida es fácilmente mortal
para quien la recibe. Porque la «civilización» --a diferencia de la
cultura-- es un conjunto de técnicas mecanizadas, de excitaciones
artificiales, de lujos o «luxuria» que se va formando por decantación
en la vida de un pueblo. Inoculado a otro organismo popular es siempre
tóxico, y en altas dosis es mortal. Un ejemplo: el alcohol fué una
«luxuria» aparecida en las civilizaciones de raza blanca, que, aunque
sufran daños con su uso, se han mostrado capaces de soportarlo. En
cambio, transmitido a Oceanía y al África negra, el alcohol aniquila
razas enteras.

Eran, pues, los visigodos germanos alcoholizados de romanismo, un
pueblo decadente que venía dando tumbos por el espacio y por el tiempo
cuando llega a España, último rincón de Europa, donde encuentra algún
reposo. Por el contrario, el franco irrumpe intacto en la gentil tierra
de Galia vertiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad.

Hay personas que cuando oyen hablar de vitalidad se representan una
figura humana dotada de enormes músculos, capaz de comerse un oso y de
trasegar una arroba de vino. Para estas personas vitalidad es sinónimo
de brutalidad. Yo quisiera que mis lectores entendiesen por vitalidad
simplemente el poder de creación orgánica en que la vida consiste,
cualquiera que sea su misterioso origen. Vitalidad es el poder que la
célula sana tiene de engendrar otra célula, y es igualmente vitalidad
la fuerza arcana que crea un gran imperio histórico. En cada especie y
variedad de seres vivos la vitalidad o poder de creación orgánica toma
una dirección o estilo peculiar.

Como el semita y el romano tuvieron su estilo propio de vitalidad,
también lo tiene el germano. Creó arte, ciencia, sociedad de una cierta
manera, y sólo de ella, según un determinado módulo, y sólo según él.
Cuando en la historia de un pueblo se advierte la ausencia o escasez de
ciertos fenómenos típicos, puede asegurarse que es un pueblo enfermo,
decadente, desvitalizado. Un pueblo no puede elegir entre varios
estilos de vida: o vive conforme al suyo, o no vive. De un avestruz
que no puede correr es inútil esperar que, en cambio, vuele como las
águilas.

Pues bien: en la creación de formas sociales el rasgo más
característico de los germanos fué el feudalismo. La palabra es
impropia y da ocasión a confusiones, pero el uso la ha impuesto.
En rigor, sólo debiera llamarse feudalismo al conjunto de fórmulas
jurídicas que desde el siglo XI se emplean para definir las
relaciones entre los «señores» o «nobles». Pero lo importante no es
el esquematismo de esas fórmulas, sino el espíritu que preexistía a
ellas y que luego de arrumbadas continuó operando. A ese espíritu llamo
feudalismo. El espíritu romano, para organizar un pueblo, lo primero
que hace es fundar un Estado. No concibe la existencia y la actuación
de los individuos sino como miembros sumisos de ese Estado, de la
«Civitas». El espíritu germano tiene un estilo contrapuesto. El pueblo
consiste para él en unos cuantos hombres enérgicos que con el vigor
de su puño y la amplitud de su ánimo saben imponerse a los demás, y
haciéndose seguir de ellos, conquistar territorios, hacerse «señores»
de tierras. El romano no es «señor» de su gleba: es, en cierto modo,
su siervo. El romano es agricultor. Opuestamente, el germano tardó
mucho en aprender y aceptar el oficio agrícola. Mientras tuvo ante
sí en Germania vastas campiñas y anchos bosques donde cazar desdeñó
el arado. Cuando la población creció y cada tribu o nación se sintió
apretada por las confinantes tuvo que resignarse un momento y poner la
mano hecha a la espada en la curva mancera. Poco duró su sujeción a la
pacífica faena. Tan pronto como el valladar de las legiones imperiales
se debilitó, los germanos resolvieron ganar los feraces campos del Sur
y el Oeste y encargar a los pueblos vencidos de cultivárselos. Este
dominio sobre la tierra, fundado precisamente en que no se la labra, es
el «señorío».

Los «señores» van a ser el poder organizador de las nuevas naciones. No
se parte, como en Roma, de un Estado municipal, de una idea colectiva e
impersonal, sino de unas personas de carne y hueso. El Estado germánico
consiste en una serie de relaciones personales y privadas entre los
señores. Para la conciencia contemporánea es evidente que el derecho
es anterior a la persona, y, como el derecho supone sanción, el Estado
será también anterior a la persona. Hoy un individuo que no pertenezca
a ningún Estado no tiene derechos. Para el germano, lo justo es lo
inverso. El derecho sólo existe como atributo de la persona. El Cid,
cuando es arrojado de Castilla, no es ciudadano de ningún Estado y, sin
embargo, posee todos sus derechos. Lo único que perdió fué su relación
privada con el rey y las prebendas que de ella se derivaban.

Esta acción personal de los señores germanos ha sido el cincel que
esculpió las nacionalidades occidentales. Cada cual organizaba su
señorío, lo saturaba de su influjo individual. Luchas, amistades,
enlaces con los señores colindantes, fueron produciendo unidades
territoriales cada vez más extensas, hasta formarse los grandes
ducados. El rey, que originariamente no era sino el primero entre
los iguales, «primus inter pares», aspira de continuo a debilitar
esta minoría poderosa. Para ello se apoya en el «pueblo» y en las
ideas romanas. En ciertas épocas parecen los «señores» vencidos y el
unitarismo monárquico-plebeyo-sacerdotal triunfa. Pero el vigor de los
señores francos se recupera y reaparece a poco la estructura feudal.

Quien crea que la fuerza de una nación consiste sólo en su
unidad juzgará pernicioso el feudalismo. Pero la unidad sólo es
definitivamente buena cuando unifica grandes fuerzas preexistentes. Hay
una unidad muerta, lograda merced a la falta de vigor en los elementos
que son unificados.

Por esto es un grandísimo error suponer que fué un bien para España
la debilidad de su feudalismo. Cuando oigo lo contrario me produce la
misma impresión que si oyese decir: es bueno que en la España actual
haya pocos sabios, pocos artistas, y, en general, pocos hombres de
mucho talento, porque el vigor intelectual promueve grandes discusiones
y lleva a contiendas y trapatiestas. Pues bien: lo que en la sociedad
actual representa la minoría de superior intelecto, fué en la hora
germinal de nuestras naciones la minoría de los feudales. En Francia
hubo muchos y poderosos; lograron plasmar históricamente, saturar
de nacionalización hasta el último átomo de masa popular. Para esto
fué preciso que viviese largos siglos dislocado el cuerpo francés en
moléculas innumerables, las cuales, conforme llegaban a madurez de
cohesión interior, se trababan en texturas más complejas y amplias
hasta formar las provincias, los condados, los ducados. El poder de
los «señores» defendió ese necesario pluralismo territorial contra una
prematura unificación en reinos.

Pero los visigodos, que arriban ya extenuados, degenerados, no
poseen esa minoría selecta. Un soplo de aire africano los barre de
la península y cuando luego la marea musulmana cede, se forman desde
luego reinos, con monarca y plebe, pero sin suficiente minoría de
nobles. Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros
gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente
que yo no entiendo cómo se puede llamar Reconquista a una cosa que dura
ocho siglos. Si hubiera habido feudalismo probablemente habría habido
verdadera Reconquista, como hubo en otras partes Cruzadas, ejemplos
maravillosos de lujo vital, de energía superabundante, de sublime
deportismo histórico.

La anormalidad de la historia española ha sido demasiado permanente
para que obedezca a causas accidentales. Hace cincuenta años se pensaba
que la decadencia nacional venía sólo de unos lustros atrás. Costa y
su generación comenzaron a entrever que la decadencia tenía dos siglos
de fecha. Va para quince años, cuando yo comenzaba a meditar sobre
estos asuntos, intenté mostrar que la decadencia se extendía a toda
la edad moderna de nuestra historia. Razones de método, que no es útil
reiterar ahora, me aconsejaban limitar el problema a ese período, el
mejor conocido de la historia europea, a fin de precisar más fácilmente
el diagnóstico de nuestra debilidad. Luego, mayor estudio y reflexión
me han enseñado que la decadencia española no fué menor en la Edad
Media que en la Moderna y contemporánea. Ha habido algún momento de
suficiente salud; hasta hubo horas de esplendor y de gloria universal;
pero siempre salta a los ojos el hecho evidente de que en nuestro
pasado la anormalidad ha sido lo normal. Venimos, pues, a la conclusión
de que la historia de España entera, y salvas fugaces jornadas, ha sido
la historia de una decadencia.

Esto, claro está, es absurdo. La decadencia es un concepto relativo a
un estado de salud; y como España no ha tenido nunca salud --ya veremos
que su hora mejor tampoco fué saludable--, no cabe decir que ha decaído.

¿No es esto un juego de palabras? Yo creo que no. Si se habla de
decadencia, como si se habla de enfermedad, tenderemos a buscar las
causas de ella en acontecimientos, en desventuras sobrevenidas a quien
las padece. Buscaremos el origen del mal fuera del sujeto paciente.
Pero si nos convencemos de que éste no fué nunca sano, renunciaremos
a hablar de decadencia y a inquirir sus causas; en vez de ello,
hablaremos de defectos de constitución, de insuficiencias originarias,
nativas, y este nuevo diagnóstico nos llevará a buscar causas de
muy otra índole, a saber: no externas al sujeto, sino íntimas,
constitucionales.

Este es el valor que tiene para mí transferir toda la cuestión de la
Edad Moderna a la Edad Media, época en que España se constituye. Y si
yo gozase de alguna autoridad sobre los jóvenes capaces de dedicarse
a la investigación histórica, me permitiría recomendarles que dejasen
de andar por las ramas y estudiasen los siglos medios y la generación
de España. Todas las explicaciones que se han dado de su decadencia no
resisten cinco minutos del más tosco análisis. Y es natural, porque mal
puede darse con la causa de una decadencia cuando esta decadencia no ha
existido.

El secreto de la desdicha española está en la Edad Media. Ensaye
quien quiera la lectura paralela de nuestras crónicas medievales y de
las francesas. El resultado será pavoroso por su misma evidencia y
luminosidad. Esa comparación revela que, poco más o menos, la misma
distancia hoy existente entre la vida española y la francesa existía
entonces.

Pero dejemos esto. En el índice de pensamientos que es este ensayo,
yo me proponía tan sólo subrayar uno de los defectos más graves y
permanentes de nuestra raza: la ausencia de una minoría selecta,
suficiente en número y calidad. La caquexia del feudalismo español nos
significa que esa ausencia fué inicial; que los «mejores» faltaron ya
en la hora augural de nuestra génesis; que nuestra nacionalidad, en
suma, tuvo una embriogenia defectuosa.

La mejor comprobación que puede recibir una idea es que sirva para
explicar, además de la regla, la excepción. La escasez y debilidad de
los «señores» explica la carencia de vigor que aqueja a nuestra Edad
Media. Pues bien, ella misma, sin añadidura, explica también nuestra
sobra de vigor de 1480 a 1600, el gran siglo de España.

Siempre ha sorprendido que del estado miserable en que nuestro pueblo
se hallaba hacia 1450 se pase, en cincuenta años o pocos más, a una
prepotencia desconocida en el mundo nuevo y sólo comparable a la de
Roma en el antiguo. ¿Brotó de súbito en España una poderosa floración
de cultura? ¿Se improvisó en tan breve período una nueva civilización
con técnicas poderosas e insospechadas? Nada de esto. Entre 1450 y 1500
sólo un hecho nuevo de importancia acontece: la unificación peninsular.

Tuvo España el honor de ser la primera nacionalidad que logra ser una,
que concentra en el puño de un rey todas sus energías y capacidades.
Esto basta para hacer comprensible su inmediato engrandecimiento. La
unidad es un aparato formidable que, por sí mismo y aun siendo muy
débil quien lo maneja, hace posibles las grandes empresas. Mientras
el pluralismo feudal mantenía desparramado el poder de Francia, de
Inglaterra, de Alemania, y un atomismo municipal disociaba a Italia,
España se convierte en un cuerpo compacto y elástico.

Mas con la misma subitaneidad que la ascensión de nuestro pueblo en
1500, se produce su descenso en 1600. La unidad obró como una inyección
de artificial plenitud, pero no fué un síntoma de vital poderío. Al
contrario: la unidad se hizo tan pronto porque España era débil, porque
faltaba un fuerte pluralismo sustentado por grandes personalidades
de estilo feudal. El hecho, en cambio, de que todavía en pleno siglo
XVII sacudan el cuerpo de Francia los magníficos estremecimientos de
la Fronda, lejos de ser un síntoma morboso, descubre los tesoros de
vitalidad aún intactos que el francés conservaba del franco.

Convendría, pues, invertir la valoración habitual. La falta de
feudalismo, que se estimó salud, fué una desgracia para España; y la
pronta unidad nacional, que parecía un glorioso signo, fué propiamente
la consecuencia del anterior desmedramiento.

Con el primer siglo de unidad peninsular coincide el comienzo de la
colonización americana. Aún no sabemos lo que propiamente fué este
maravilloso acontecimiento. Yo no conozco ni siquiera un intento de
reconstruír sus caracteres esenciales. La poca atención que se le ha
dedicado fué absorbida por la conquista, que es sólo su preludio.
Pero lo importante, lo maravilloso, no fué la conquista --sin que
yo pretenda mermar a ésta su dramática gracia--; lo importante, lo
maravilloso, fué la colonización. A pesar de nuestra ignorancia sobre
ella, nadie puede negar sus dimensiones como hecho histórico de alta
cuantía. Para mí, es evidente que se trata de lo único verdadero,
sustantivamente grande, que ha hecho España. ¡Cosa peregrina! Basta
acercarse un poco al gigantesco suceso, aun renunciando a perescrutar
su fondo secreto, para advertir que _la colonización española de
América fué una obra popular_. La colonización inglesa es ejecutada por
minorías selectas y poderosas. Desde luego toman en su mano la empresa
grandes Compañías. Los «señores» ingleses habían sido los primeros
en abandonar el exclusivo oficio de la guerra, y aceptar como faenas
nobles el comercio y la industria. En Inglaterra, el espíritu audaz del
feudalismo acertó muy pronto a desplazarse hacia otras empresas menos
bélicas, y, como Sombart ha mostrado, contribuyó grandemente a crear
el moderno capitalismo. La empresa guerrera se transforma en empresa
industrial, y el paladín, en empresario. La mutación se comprende
fácilmente: durante la Edad Media era Inglaterra un país muy pobre. El
«señor» feudal tenía periódicamente que caer sobre el continente en
busca de botín. Cuando éste se consumía, a la hora de comer, la dama
del feudal le hacía servir en una bandeja una espuela. Ya sabía el
caballero lo que esto significaba: despensa vacía. Calzaba la espuela,
y saltaba a Francia, tierra ubérrima.

La colonización inglesa fué la acción reflexiva de minorías, bien en
consorcios económicos, bien por secesión de un grupo selecto, que busca
tierras donde servir mejor a Dios. En la española, es el «pueblo» quien
directamente, sin propósitos conscientes, sin directores, sin táctica
deliberada, engendra otros pueblos. La grandeza y la miseria de nuestra
colonización vienen ambas de aquí. Nuestro «pueblo» hizo todo lo que
tenía que hacer: pobló, cultivó, cantó, gimió, amó. Pero no podía dar
a las naciones que engendraba lo que no tenía: disciplina superior,
cultura vivaz, civilización progresiva.

Creo que ahora se entenderá mejor lo que más arriba he dicho: en España
lo ha hecho todo el «pueblo», y lo que no ha hecho el «pueblo», se ha
quedado sin hacer. Pero una nación no puede ser sólo «pueblo»; necesita
una minoría egregia, como un cuerpo vivo no es sólo músculo, sino,
además, ganglio nervioso y centro cerebral.

La ausencia de los «mejores», o, cuando menos, su escasez, actúa sobre
toda nuestra historia, y ha impedido que seamos nunca una nación
suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de parejas
condiciones. Ni extrañe que yo atribuya a una ausencia, a una negación,
una actuación positiva. Nietzsche sostenía, con razón, que en nuestra
vida influyen, no sólo las cosas que nos pasan, sino también, y acaso
más, las que no nos pasan.

La ausencia de los «mejores» ha creado en la masa, en el «pueblo», una
centenaria ceguera para distinguir el hombre mejor del hombre peor; de
suerte que cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados,
la «masa» no sabe aprovecharlos, y a menudo los aniquila.

Somos un pueblo «pueblo», raza agrícola, temperamento rural. Es el
signo más característico de las sociedades sin minoría esto que llamo
ruralismo. Cuando se atraviesan los Pirineos y se ingresa en España, se
tiene siempre la impresión de que se llega a un pueblo de labriegos. La
figura, el gesto, el repertorio de ideas y sentimientos, las virtudes
y los vicios son típicamente rurales. En Sevilla, ciudad de tres mil
años, apenas si se encuentran por la calle más que fisonomías de
campesinos. Podréis distinguir entre el campesino rico y el campesino
pobre; pero echaréis de menos ese afinamiento de rasgos que la
urbanización, que la selección debía haber fijado en un tipo de hombre,
producto de una ciudad tres veces milenaria.

Hay pueblos que se quedan por siempre en ese estadio elemental de la
evolución, que es la aldea. Podrá ésta contener un enorme vecindario;
pero su espíritu será siempre labriego. Existen en el Sudán ciudades
--Kano, Bida, por ejemplo-- de doscientos mil y más habitantes, las
cuales arrastran inmutables su existencia rural desde cientos y cientos
de años.

Hay pueblos labriegos, «felahs»,[18] «muyiks»...; es decir, pueblos sin
«aristocracia».



IMPERATIVO DE SELECCIÓN



Que nuestra raza no haya conseguido superar el ruralismo es una
maldición para España. Pero que no habiéndolo logrado finjamos, con la
fantasmagoría de unas cuantas ciudades pseudomodernas, ser una nación
normal, es mucho peor. Toda reforma profunda de nuestro organismo
colectivo tiene que partir del reconocimiento de que somos un pueblo
_felah_, una humanidad campesina, y que es preciso volver la atención a
la gleba y al soto para ensayar de nuevo su organización.[19]

La gran desdicha de la historia española ha sido la carencia de
minorías egregias y el imperio imperturbado de las masas. Por lo mismo,
de hoy en adelante, un imperativo debiera gobernar los espíritus y
orientar las voluntades: el imperativo de selección.

Porque no existe otro medio de purificación y mejoramiento étnicos
que este eterno instrumento de una voluntad que opera selectivamente.
Usando de ella como de un cincel es preciso forjar un nuevo tipo de
hombre español.

Mas este asunto debe quedar aquí intacto para que lo meditemos en otro
ensayo de ensayo.



FE DE ERRATAS


  Pág.   Línea.             DICE                   DEBE DECIR
  ----  -------   ------------------------   -----------------------
   14      1      la de Roma, Mommsen        la de Roma. Mommsen

   14      6      frente al blanco papel.    frente al blanco papel,
                    Mommsen                    Mommsen

   17      6      _fœdus latina_             _fœdus latinum_

   18     19      pueblos, distintos         pueblos distintos

   25      8      un carácter, un adjetivo   un carácter adjetivo

   48      4      madurez                    desnudez

   50  1 (nota)   coms                       como



ÍNDICE


                                      Págs.

  Incorporación y desintegración.       13

  Potencia de nacionalización.          23

  ¿Por qué hay separatismo?             29

  Tanto monta.                          35

  Particularismo.                       45

  Compartimentos estancos.              59

  El caso del grupo militar.            69

  Acción directa.                       77

  Pronunciamientos.                     85

  ¿No hay hombres o no hay masas?       95

  Imperio de las masas.                105

  Épocas «Kitra» y épocas «Kali».      115

  La magia del «debe ser».             123

  Ejemplaridad y docilidad.            129

  La ausencia de los «mejores».        143

  Imperativo de selección.             167



NOTAS

[1] En la edición alemana no se habla de «incorporación» sino de
«synoikismos». La Idea es la misma: synoiquismo es literalmente
convivencia, ayuntamiento de moradas. Al revisar la traducción francesa
prefirió Mommsen una palabra menos técnica.

[2] En mi estudio, aún no recogido en volumen. _El Estado, la juventud
y el Carnaval_, expongo la situación actual de las investigaciones
etnográficas sobre el origen de la sociedad civil. Lejos de ser la
familia germen del Estado, es, en varios sentidos, todo lo contrario:
en primer lugar, representa una formación posterior al Estado, y, en
segundo lugar, tiene el carácter de una reacción contra el Estado.

[3] «Opere inedite», vol. VI.

[4] Esto es, ensaya la unificación en un Estado de pueblos por
tradición independientes, de hombres que no son sus vasallos y súbditos
de antiguo.

[5] Se refiere al de Nápoles.

[6] Machiavelli, «Opere», vol. VIII. Existe otro texto de esta carta
con algunas variantes, que subrayan más el mismo pensamiento. Por
ejemplo: «Cosi fece il Re nelle imprese di Granata, di Africa é di
Napoli; giacché il suo vero acopo no fu mai questa o quella vittoria.»

[7] Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a
vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos «oprimidos» por el
resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente,
que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quien
le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa
más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que
se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre
condenado a vivir con una mujer que no ama siente las caricias de ésta
como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión,
injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es
síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se
hallan.

[8] El caso de Carlos III constituye a primera vista una excepción,
que, a la postre, vendría, como toda excepción, a confirmar la regla.
Pero en la estimación que hace treinta años sentían los «progresistas»
españoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Podrá una parte de
su política ser simpática desde el punto de vista de la cultura general
humana, pero el conjunto es acaso el más particularista y antiespañol
que ofrece la historia de la Monarquía.

[9] Imagínese el entusiasmo con que el pueblo alemán habrá visto en
las horas crueles destacarse el gremio glorioso de sus químicos, de la
humilde obscuridad en que solía vivir y dar en proporciones geniales
el patriótico rendimiento que ha asombrado al mundo. De seguro que
en tales momentos habrá bendecido la nación entera el cuidado, en
apariencia superfluo, que otro tiempo puso en fomentar los estudios
químicos. En cambio, ese mismo pueblo ha maldecido cien veces su torpe
desdén hacia la política interior y exterior, que le impidió preparar
para el día de las urgencias un selecto cuerpo de diplomáticos y
políticos.

[10] Este esquema de la trayectoria psicológica seguida por el alma
del grupo militar español es muy posiblemente un puro error. Espero,
sin embargo, que se vea en ella el leal ensayo que un extraño hace de
entender el espíritu de los militares. Permítaseme recordar que en una
conferencia dada en abril de 1914, varios meses antes de la guerra
mundial, hablé ya de la desnacionalización del Ejército y anticipé no
poco de lo que, por desgracia, luego ha acontecido. Véase el folleto
«Vieja y nueva política», 1914. El sugestivo libro que acaba de
publicar el conde de Romanones --acaso el más inteligente de nuestros
políticos-- confirma con testimonio de mayor excepción cuanto voy
diciendo.

[11] Que material y técnicamente no estuviese ni esté aún dispuesto,
es punto que nada tiene que ver con esta historia psicológica que voy
haciendo.

[12] Estos días asistimos a la catástrofe sobrevenida en la economía
española por la torpeza y la inmoralidad de nuestros industriales y
financieros. Por grandes que sean la incompetencia y desaprensión de
los políticos, ¿quién puede dudar que los banqueros, negociantes y
productores les ganan el campeonato?

[13] El particularismo obrerista procede de una teoría, y, por lo
tanto, es un fenómeno histórico muy distinto del particularismo
espontáneo y emotivo que yo atribuyo a las clases sociales de España.
Por ser aquél teórico, de orden racional como la geometría o el
darwinismo, puede existir en todos los pueblos, cualquiera que sea la
densidad de su cohesión. El particularismo obrerista no es, pues, un
fenómeno peculiar de España; lo es, en cambio, el particularismo del
industrial, del militar, del aristócrata, del empleado.

[14] En 1915 me ocurría escribir: «No somos de ningún partido actual
porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más,
a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir
los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos
vigorosos.» _España_, número 1.

[15] Como luego verá el lector, no se trata exclusivamente, ni siquiera
principalmente, de directores y dirigidos en el sentido político; esto
es, de gobernantes y gobernados. Lo político, repito, es sólo una
faceta de lo social.

[16] Véase sobre psicología infantil mi ensayo «Biología y Pedagogía»,
publicado en el tomo tercero de «El Espectador».

[17] Fuerza y utilidad son como corrientes inducidas que se producen
dentro del circuito social, una vez que se ha formado.

[18] Con error se usa la palabra «felah» para designar exclusivamente
las clases humildes de Egipto. «Felah» significa en árabe «labriego»,
que es lo que significa «muyik».

[19] En el tomo III de «El Espectador» he publicado un ensayo escrito
en 1918, donde hablo del ruralismo español desde un punto de vista
complementario del que las páginas presentes procuran utilizar.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "España invertebrada - Bosquejo de algunos pensamientos históricos" ***

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