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Title: De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)
Author: Benavente, Jacinto
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.



                           Jacinto Benavente


                             De sobremesa

                               CRÓNICAS

                            _QUINTA SERIE_


                                MADRID
                       PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
                         SUCESORES DE HERNANDO
                    Arenal, 11 y Quintana, 31 y 33
                                 1913



                  ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS

          Artes Gráficas MATEU.--Paseo del Prado, 30.--MADRID



[Ilustración]



De sobremesa



I


Los ojos y las almas se van tras lo que brilla, y la botadura del barco
_España_ ha sido lo más brillante en esta semana pasada.

¡Un barco de guerra magnífico! La consideración de la cantidad pudiera
entibiar el entusiasmo por la calidad, si, como dijo Shakespeare, lo
que es hambre para un gigante, no fuera hartazgo para un enano.

Los que no se deslumbran por lo que brilla, acaso más relumbrón que
lucimiento, sin quitarle importancia al flamante acorazado, estiman en
tanto el saber que muy pronto la Transatlántica Española contará con
dos nuevos barcos, barcos de paz, con todos los adelantos y comodidades
de los mejores transatlánticos ingleses y alemanes.

Como en España todo se hace cuestión de ideas, por lo mismo que nos
tienen todas sin cuidado, el hablar mal y por sistema de la Compañía
Transatlántica Española es uno de los tópicos anticlericales.

Aquí, hasta del hallazgo de un supuesto retrato de Cervantes se hace
programa de partido y poco menos que dogma católico. D. Alejandro Pidal
ya comprometió á la Divina Providencia en el hallazgo.

Se ha censurado á la Compañía Transatlántica porque en sus barcos
se dice misa y se reza la oración y el rosario. Yo no creo que la
asistencia á estos actos sea obligatoria para los pasajeros. Pero,
nótese: siempre censuran la celebración de estas ceremonias los que,
sin creer en ellas, no se atreven á proclamar su descreimiento y...
porque no se diga, se molestan en presenciarlas. Es cobardía suya y
dicen que es intolerancia ajena.

A mí me parece más intolerancia la de los barcos ingleses, que, al
viajar por líneas donde son muchos los pasajeros católicos, sólo
celebran el culto protestante y no llevan un sacerdote que pueda
auxiliar á un moribundo de religión católica.

Pero, en este caso, nadie habla de intolerancias ni de intransigencias,
y lo más gracioso es que los más libres pensadores no pierden ceremonia
del culto protestante por... curiosidad, por pasar el rato. Y eso que,
al final, hay colecta.

También habrá oído usted decir que los camareros de los barcos
españoles, con esa democracia tan nuestra, se permitían andar en mangas
de camisa entre los pasajeros. No he podido comprobarlo; pero sí que,
en barcos ingleses, con esa aristocracia tan suya, andaban... no en
mangas de camisa, en calzoncillos.

En esto, como en todo, así hemos escrito nuestra historia y así vamos
contándola por el mundo.

El saludo al nuevo barco de guerra _España_ no debe ser cuestión de
ideas; tampoco debe serlo el saludo á los barcos de paz de la Compañía
Transatlántica Española.



II


Distinguidos escritores y críticos de Arte han solicitado, para la
próxima Exposición Nacional de Bellas Artes, una instalación destinada
á exponer obras de don Ignacio Pinazo.

Tan de justicia es la demanda que, sin duda, la inmediata respuesta
será la concesión, y aun ha de parecemos tardía, pues quizás hubiera
debido anticiparse á la petición el ofrecimiento en este caso.

En la inquietud algo anarquista de nuestra moderna pintura, entre
oscilaciones de la moda, influencia de fuertes individualidades,
titubeos de los unos y afirmaciones prematuras de los otros, Pinazo
ha sido de esos grandes y seguros artistas que, fieles á la realidad
objetiva del Arte, sobre modas y gustos pasajeros, son como estrellas
fijas guiadoras infalibles del derrotero cierto.

No quiere decir que la moda no sea legítima en arte y que no tenga sus
encantos. La moda es siempre expresión de una modalidad espiritual en
el tiempo, y por ser documento interesante en la Historia del Espíritu
Humano, también puede serlo en la Filosofía del Arte.

Mas si nada pierde una mujer hermosa con ir vestida y adornada al gusto
del día, y aun lo gracioso del atavío es picante realce de la hermosura
á los ojos vulgares, solicitados por lo llamativo del adorno antes que
por la verdad de la hermosura, no es menos cierto que, si el adorno es
gracia, sólo la desnudez es verdad.

Un figurín es muy poco; una hermosa mujer, bien vestida, es algo; una
mujer desnuda y muy hermosa, es hermosa de veras.

Pues de esta sólida hermosura es la obra de Pinazo. Por las obras
de otros pintores han dejado figurines y modas sus gracias y sus
artificios; en unas, eso fué toda su razón de ser; de otras, quizás por
haber atendido demasiado á lo pasajero no quedó todo lo que debiera
haber quedado. En Arte sólo sobrevive lo que es vida, lo que es
Espíritu.

La obra de Pinazo es algo más que un figurín, y la exposición de sus
obras puede ser saludable enseñanza para tantos jóvenes artistas en
camino de perderse desorientados; unos, por andar á la última moda;
otros, por sacar moda nueva, como no se haya visto, si es posible.

Hay obras de arte de contemplación recomendable contra neurastenias
artísticas, como el campo y el mar y sus aires puros contra la
neurastenia física.

Las obras de Pinazo son de estas obras privilegiadas; obras de salud,
de fuerza, de verdad, como las de Velázquez, sus hermanas mayores.

       *       *       *       *       *

En París han andado á cachetes un autor y un crítico por un quítame
allá esa obra. El autor es M. Caillavet, fecundo colaborador de M.
Flers, con algunas infidelidades, como es natural en toda colaboración,
ya sea matrimonial, ya literaria; el crítico es M. Mas, del periódico
_Comedia_; y la obra en cuestión es _Primerose_, representada en la
Comedia Francesa.

En los Círculos teatrales de París ha sido sabrosa comidilla el
incidente. Unos ponen por Tenorio y otros por Mejía. No estoy seguro,
pero me atrevería á jurar, supuesto el compañerismo entre gente de
letras, que los autores estarán á favor del crítico y los críticos á
favor del autor. Los actores, naturalmente, á favor del autor y del
crítico, en presencia de cada uno de ellos, y en ausencia... deseando
que no hubieran quedado ni las plumas del uno y del otro.

En París, como en todas partes, la crítica teatral peca de benévola.
Su mayor injusticia consiste, quizás, en tratar con igual benevolencia
á todo el mundo. En este caso particular M. Caillavet no ha tenido
razón para incomodarse. M. Mas es un fanático admirador de la Comedia
Francesa. Considera dicho teatro como una preciosa institución nacional
y vela celoso por sus prestigios y por sus excelencias. M. Mas cree
que el teatro Francés no puede ser como otro teatro cualquiera, atento
sólo á lo productivo del negocio; cree que son más elevados sus deberes
y sus atenciones. Se lamenta de continuo porque los actores de la
Comedia andan desperdigados por esos mundos y dificultan con sus
continuas ausencias la esmerada interpretación de las obras. Deplora
que las actrices del severo teatro conviertan la clásica escena en
escaparate exhibitorio de atrevidas creaciones modistiles, y truena
contra el predominio de las obras modernas sobre el repertorio clásico
de Corneille, Racine y Molière.

Lo mismo que ahora contra _Primerose_, la obra de Flers y Caillavet,
ha protestado contra otras muchas obras de Lavedan, de Donnay, de
Bataille, de Hervieu.

Era un sistema, y ya se sabe que contra un sistema sólo es posible
otro sistema. Como las bofetadas no pueden ser un sistema, el mejor de
todos era el seguido por los demás autores y por el administrador de la
Comedia Francesa, M. Claretie, hombre de mundo y de teatro: Dejar decir
y... ¡que critiquen!, como decía Pina Domínguez al cerrar con ímpetu la
portezuela de su elegante berlina.

Monsieur Mas sostiene, con razón, que sólo por tratarse de un teatro
subvencionado se permitía protestar contra el excesivo número de
representaciones de _Primerose_.

Monsieur Claretie opina que, no sólo de la subvención oficial vive
su teatro, y con números, vencedores siempre de las letras, puede
demostrar que el público prefiere las obras modernas á las de
Corneille, Racine y Molière.

En un país republicano y democrático el sufragio universal es la razón
suprema.

Y en cuestiones de Arte es en lo único que estará de acuerdo la
aristocracia con la democracia. Votarán siempre por la vulgaridad y por
la tontería.

En un salón se notaría gran diferencia entre una duquesa y una
cocinera. En el teatro, si hay alguna, es en ventaja de la cocinera.



III


Un curioso impertinente ha descubierto y publicado la verdadera fecha
del natalicio de algunas celebridades.

La gente goza mucho con estas indiscreciones.

Nuestra admiración se trocaría en odio si no considerásemos á los seres
superiores sujetos á estas miserias, patrimonio de la humanidad.

Necesitamos saber que en algo son nuestros iguales, y en algo, tal vez,
inferiores.

La tristeza de admirar sólo está comparada por la alegría de compadecer.

Pobre del grande hombre de quien no se haya dicho alguna vez ¡Pobre
hombre!

Por eso la admiración á los grandes hombres es más espontánea cuando
son más viejos. No se les admira por haber sido grandes más tiempo,
sino porque ya les queda menos tiempo de serlo.

Los setenta años de la Patti, los sesenta y pico de Sarah,
despertaron generales simpatías y admiración. Cuando un artista es
tan declaradamente viejo, quisiéramos que, á poder ser, no se muriera
nunca. Las gracias seniles hallan tan propicia nuestra admiración como
las gracias infantiles. Todo lo que sea poder decir: ¿Ha visto usted?
¡A su edad! ¡Es admirable!

Los perjudicados con estas indiscreciones son los de la edad ingrata:
Caruso y D'Annunzio, con sus cuarenta y tantos años, y las artistas
cincuentonas. Para estas edades no hay compasión. Son los años crueles,
sin amor y sin respeto. Años en que todo es ridículo, en que todo
parece afectado, impropio, equivalentes á las horas de la tarde en
el día, las más difíciles de distraer, las más difíciles en acertar
con el traje adecuado. Cualquiera es elegante por la mañana ó por la
noche; pero ¡por la tarde! La tarde es la verdadera piedra de toque
de la elegancia; como la tarde de la vida lo es del saber vivir. ¡No
ser ridículo en esa edad ingrata, de los cuarenta á los sesenta!
¡Insuperable dificultad!

Y ¡si hombres y mujeres se limitaran en esa edad terrible al trato y
sociedad de sus contemporáneos! Mas, justamente, en esa edad, como
se teme al espejo, se huye de la confrontación con los que pueden
servirnos de espejo.

Las señoras y los señores maduros se rodean de jovencitos. Es la edad
de los amores desproporcionados, trágicos. La edad en que á nuestro
llanto responden las risas; á nuestra fidelidad el engaño; en que
decimos: Tú, y nos dicen: Usted. Besamos en la boca y nos besan en la
frente.

       *       *       *       *       *

También ha sido sabrosa indiscreción la de haber enterado al público de
lo que cobran anualmente los más aplaudidos autores y compositores.

A estas horas habrá quien crea que no hay profesión en España como la
de compositor ó autor dramático.

Yo me permito advertir á los deslumbrados por esas cifras, más
verdaderas que elocuentes en esta ocasión, cómo esas cantidades
apetitosas, cobradas por algunos autores durante algunos años de su
vida teatral, son, en parte, los atrasos de muchos años de penuria y
de lucha, y en parte anticipo de otros que llegarán, de agotamiento y
decadencia.

Si el público quiere saber la verdad que se esconde detrás de esas
cifras, no mire lo que cobran los autores; mire cómo viven muchos de
ellos, y sabrá mejor á qué atenerse.

Y no es que pequen de ahorradores ni de avarientos. ¡Si el público
supiera los apuros que pasan á veces, por muy poco dinero, muchos de
esos que cobran tanto!

No hay duda que sobre el dinero del teatro pesa alguna maldición, sin
duda por ser el teatro cosa diabólica. Lo cierto es que no hay dinero
que menos luzca. Ni renta que en menos tiempo consuma el capital.

Todo autor pudiera decir, como la actriz francesa Mme. Dorval, ante los
aplausos del público: Bien pueden aplaudirme; les doy mi vida.

En fin, si será teatral el dinero del teatro, que estoy seguro de que,
al leer las cantidades cobradas, los primeros sorprendidos habrán
sido los mismos autores. Pero ¿es posible que yo haya cobrado todo ese
dinero?--pensarán algunos.

Y no hay duda; las cifras no mienten, todo eso es verdad. La de autor
dramático debe ser profesión envidiable. ¡Ojalá pudiera cederse ó
traspasarse como un comercio ó establecimiento cualquiera con todos sus
enseres! Y ¡ojalá pudiera anunciarse la cesión ó el traspaso como en
Francia: _¡Après fortune faite!_

       *       *       *       *       *

Entre dos amigos:

--Pero ¡chico! ¿Estás comprando ostras? ¿Quieres suicidarte?

--No. Yo no soy aprensivo. Además, tengo convidada á la familia de mi
mujer.



IV


Como anticipo al centenario de Shakespeare, y ya nos contentaríamos
para suma total con un anticipo como ese en nuestro centenario de
Cervantes, durante el próximo Mayo ha de inaugurarse en Londres una
curiosa reconstitución de dicha capital en tiempos de Shakespeare, con
sus tortuosas callejas, sus casas de madera. Habrá suntuosas fiestas,
en que tomarán parte más de tres mil personas de la mejor sociedad,
vestidas á usanza de la época en la severa pero fastuosa corte de la
reina Isabel, la vestal de Occidente. Habrá torneos y pasos de armas,
con históricas armaduras en caballeros y palafrenes.

En el teatro del Globo, copia exacta del que fué dirigido por
Shakespeare en unión de Burlage, serán representadas obras de
Shakespeare, de Marlowe, de Ben-Johnson, de Beaumont y Fletcher y de
otros gloriosos autores contemporáneos del que logró oscurecer la
gloria de todos.

Una _kermesse_ revivirá costumbres populares, las canciones y danzas de
la época, pavanas y gallardas.

En la sala de los festines podrá asistirse á una comida de ceremonia de
la reina Isabel, rodeada de sus adoradores y de sus cortesanos.

Habrá conciertos de música del siglo XVI y mascaradas á la italiana,
tan del gusto de aquella corte, rara mezcla de rudeza y refinamiento,
de energía y de corrupción.

No faltará el recuerdo triste para nosotros; la reproducción del
_Revenge_, el barco que mandaba lord Ricardo Granville en el combate
contra nuestra Armada Invencible; el mismo, también, en que nuestro
mortal enemigo el Drake dió por primera vez la vuelta al mundo.

Tan magnífico espectáculo ha sido organizado por una empresa particular
y será á modo de heraldo anunciador de las grandiosas fiestas que
dispone Inglaterra para el año diez y seis.

Lo mismito que aquí, ¿no es verdad, amigo Cávia? Aquí ya hemos
convertido la conmemoración de Cervantes en algo religioso, en declarar
dogma católico y conservador la Invención del escondido retrato;
Invención no menos gloriosa que la de la Santa Cruz por Santa Elena.

Ahora van á enviarse fotografías y foto-grabados del retrato por esos
mundos. ¡Quiera Dios que no vuelva maltrecho y vapuleado, como Don
Quijote de sus aventuras y andanzas!

       *       *       *       *       *

En nuestro espíritu nada se pierde ni se destruye, aunque mucho se
oculte. De continuo allegamos experiencia y conocimiento, y por
una serie de superposiciones, juzgamos tal vez terreno de solidez
fundamental lo que sólo es arena de aluvión movediza. Cuando creemos
más perdida alguna primera cualidad de nuestro espíritu, una emoción,
un recuerdo, una sacudida cualquiera, arrastra todo lo superpuesto y
reaparece en nosotros lo que más enterrado parecía.

Sólo así se comprende cómo sobre una balumba de ciencias filosóficas y
naturales surje y se alza de pronto un libro diminuto: el Catecismo.

Sólo así se explica cómo después de haber leído á Mæterlink y á Ibsen,
nos interesamos en el teatro con pueril interés, con emoción plebeya,
por el melodrama de burdas complicaciones. Cómo, después de haber leído
á Flaubert y á D'Annunzio, nos divierte el folletín policíaco ó el
cuento de niños.

Por eso hay espectáculos y libros y cuentos que durarán cuanto dure la
Humanidad. Y no porque al renovarse las generaciones cada generación
celebre las novedades, sino porque, como en la Humanidad, con ser
tan vieja, siempre habrá niños y juventud, en el hombre, por muchos
años y mucha experiencia y muchos desengaños que pesen sobre su vida,
siempre existirán el joven y el niño, prontos á mostrarse apenas una
emoción de su mocedad ó de su infancia los solicite. Como la tierra
madre, el corazón del hombre se abre en grietas, simas, para decirnos,
una, la historia, de sus edades geológicas; el otro, la de sus edades
espirituales.

He aquí por qué unos cuantos hombres maduros y muchos viejos estábamos
encantados una de estas noches con los juegos de prestidigitación y de
ilusionismo del caballero Watry.

Este es un espectáculo en que se ha progresado muy poco. Quizá en eso
está su mayor encanto. Las innovaciones le perjudican. Preferimos á los
modernos aparatos de electricidad, combinaciones de espejos y cámaras
oscuras, las antiguas suertes de baraja y de escamoteos; las que dieron
inmortal prestigio á Roberto Houdin, á Benita Anguinet, á Herman, al
conde Patricio y demás célebres figuras de un arte siempre antiguo
y siempre nuevo, como todo lo que tiene raíces profundas en lo más
profundo de la Humanidad.

¿No es este todo el secreto del Arte? ¿Hay novedad que valga tanto como
acertar con una de vejeces que nunca envejecen; el cuento de ilusión
que al niño maravilla por ser niño y al hombre le ilusiona porque se
cree niño al recordarlo?



V


Bien dice el refrán: «No hay peor cuña que la de la misma madera».
Cuando entre los pintores hay más literatos, deciden los pintores
recusar el juicio de los literatos.

Para la próxima Exposición de Bellas Artes desean los pintores que
nadie, ajeno á la pintura, intervenga en la admisión de cuadros. Grave
pecado de ingratitud me parece. ¿Qué sería de la mayor parte de los
pintores modernos si los literatos no se encargaran de comentar y de
explicar sus cuadros al público?

Sin los literatos, ¿hubiera logrado imponerse el impresionismo francés?
¿Qué hubiera sido sin Ruskin de los hermanos prerrafaelistas de
Inglaterra? Y ¡de cuántos pintores modernos no puede decirse lo que el
conde Tolstoi decía de Ibsen: «Ibsen es feliz; él escribe lo que le
parece, sin saber lo que escribe, y después los críticos se encargan
de explicárselo». ¡Ah! ¡Si algunos de nuestros pintores modernos
tuvieran que entendérselas directamente y cara á cara con el público! Y
también muchos de los antiguos.

Uno de los experimentos más interesantes es el de acompañar en su
visita al Museo á una persona que no esté tocada de literatura,
á un espíritu virgen y sincero. Yo les aseguro á ustedes que las
convicciones más firmes se tambalean. ¡Ven tan claro y tan limpio estos
ojos vulgares! ¿No veríamos nosotros como ellos, si sólo percibiéramos
la objetividad de la belleza en los cuadros, en vez de ir saturados
de subjetivismos de escritores y críticos? ¡Cuántas obras de arte no
deben su gloria á su propia hermosura, sino á la hermosa página que
inspiraron! Cuando contemplamos la Venus de Milo, ¿es la Venus de Milo
la que nos admira, ó tantas famosas páginas literarias escritas en su
honor?

La cultura es la buena educación del entendimiento, mas por lo mismo
que es buena educación, no puede ser siempre sinceridad.

Hay buenas formas, indispensables para frecuentar el mundo artístico,
como para andar en sociedad. ¡Si dijéramos siempre lo que pensamos y lo
que sentimos!

Pero, como dice en la comedia de Pailleron _Le monde oú l'on s'ennuie_,
en castellano, _Las tres jaquecas_, el subprefecto republicano á la
duquesa monárquica, que le propone hablar mal del Gobierno: «¡Ah,
duquesa, yo no puedo hablar mal, soy empleado; pero la oiré á usted con
mucho gusto». Cuando no nos atrevemos á ser sinceros ni con nosotros
mismos, ¡cómo agradecemos y cuánto celebramos que alguien se atreva á
serlo!

Por esto, los reyes y los grandes señores, obligados á fingimientos de
cortesía, gustaban de traer á su lado bufones y chocarreros, que, con
achaque de burlas, dijeran las verdades. Por esta misma razón, todavía,
en muchas casas aristocráticas gustan de convidar á unas cuantas
personas mal educadas, que puedan, de cuando en cuando, soltar cuatro
frescas á los demás invitados, con gran susto, aparente, de los señores
de la casa; en realidad, con gran regocijo, porque son las cuatro
frescas que ellos soltarían con mucho gusto, si la buena educación no
se lo estorbara.

Y hay que convenir en que si la sinceridad y la mala educación á todas
horas serían intolerables, son muy convenientes alguna vez, como
ventiladores. Sin ellos no se podría respirar en algunos momentos. ¡Tan
cargada de mentiras y de convencionalismos está la atmósfera social!

Hay salidas de tono, ó dígase coces, inapreciables para determinar una
corriente de aire puro.

Ahora, que á las personas de buen talante ni les gusta acocear ni
ser acoceadas. Por eso suelen acompañarse de quien sepa hacerlo con
oportunidad.

Un empresario de mucho entendimiento decía que todo empresario
necesitaba tener dos representantes: uno, honrado, para entenderse con
él, y otro, pillo, para entenderse con el público. Del mismo modo,
es muy conveniente en la vida tener dos amigos de confianza: uno,
bien educado, para tratar con él; otro, mal educado, para que trate
á los demás amigos. Y ¡si fuera posible reunir en uno solo al que
supiera decirnos las mentiras agradables á nosotros y las verdades
desagradables á los demás!

Pero esta suerte es patrimonio de los grandes personajes políticos. Por
lo regular, cuando se tiene un amigo mal educado, somos sus primeras
víctimas. Pero, en fin, en gracia de que puede molestar á todo el
mundo, le perdonamos gustosos que nos moleste.

       *       *       *       *       *

La huelga carbonera de Inglaterra, de interés mundial, como ahora se
dice, nos preocupa muy poco. La actitud de Francia en la cuestión de
Marruecos, de interés tan nacional, nos preocupa lo mismo; menos, es
imposible.

Los temas de conversación preferentes son: la crisis probable, el
nuevo arrendamiento de la Plaza de Toros, la opereta vienesa, las tres
peticiones en la Iglesia de Jesús, la chismografía de sociedad y de
bastidores... Amenidades todo: como en los pueblos felices y en las
casas en donde hay que comer.

Y bien mirado, ¿no es admirable esta despreocupación nuestra? Los
destinos futuros de la Humanidad ¡son tan inciertos! ¡Todo el poderío,
toda la riqueza del Imperio británico á merced de una huelga proletaria!

¡Oh! ¡El brazo de reyes, emperadores, hombres de guerra y hombres de
Estado, ese brazo extendido, que parece en nuestras estatuas imperioso,
dominador!

Ya son los brazos cruzados del obrero, del trabajador, del miserable,
los que rigen, gobiernan y mandan en el mundo.

Ante esta pasiva acción, ¿qué puede otra acción? ¿Qué puede el
pensamiento? Los bárbaros no necesitan esta vez ni avanzar sobre el
Imperio; les basta con cruzarse de brazos, y el Imperio caerá por sí
solo.

Mientras el mundo viva preocupado por esta amenaza, y hasta realizarse,
nosotros, que ni aun entonces nos preocuparemos gran cosa, podemos
ser el rincón apetecible del mundo, que sirva como de Sanatorio á los
pensadores europeos que se hayan vuelto locos de tanto preocuparse por
lo que nosotros nos tendrá sin cuidado.



VI


No hay que echar á mala parte nuestra ingratitud con los grandes
hombres. Se ha dicho que la ingratitud es la independencia del corazón.
Entre nosotros no es sino la independencia del cerebro. Nuestra
ingratitud sólo es olvido, y somos olvidadizos por pereza.

Como la soberanía nacional en unos cuantos políticos de profesión,
delegamos gustosos la facultad de discurrir, con tal de molestarnos lo
menos posible.

Cuando admiramos ó cuando dejamos de admirar, no hay que tomar en
serio nuestro entusiasmo ó nuestro desvío. Nada es convicción, todo es
comodidad.

Así, no hay gloria duradera entre nosotros. Y no por combatida, por
ignorada. La crítica, aunque fuera para negar, ya sería conocimiento,
pero ya sería molestia. Es mejor suprimir.

La fama de todo gran escritor, por glorioso que sea, padece un
eclipse peligroso: cuando extirpada la generación de sus admiradores
contemporáneos, se suceden otras nuevas generaciones, solicitadas por
nuevos nombres y nuevas glorias; cuando la obra es vieja y aún no es
antigua; cuando ya no es actualidad y aún no es historia; cuando ya no
creemos en el Revilla que la celebró en su tiempo y aún no llegó para
ella el Menéndez y Pelayo que haya de consagrarla á nuestra admiración
definitiva.

La gloria de Campoamor ha podido tener este eclipse. Los jóvenes
dejaron de admirarle porque era el mejor pretexto para no leerle. Lo
mismo ha sido con Víctor Hugo, con Lamartine, con otros muchos.

Apenaba la escasez de estudios biográficos y críticos de Campoamor
y de sus obras. Entristece que el poeta de las mujeres no tenga una
edición de sus obras, elegante, artística, digna de ser ofrecida á una
mujer como regalo. Las mujeres ¡ingratas! dejaron morir al poeta sin
ofrecerle el homenaje de su admiración y de su cariño.

Ahora, patrocinada por leales amigos, se abre una suscripción para
erigir un monumento al poeta. Las hijas de aquellas madres que amó
tanto, como él decía, ¿se acordarán del poeta? «Me besan hoy como se
besa á un santo»; exclamaba con ternura de abuelo, en el noble ocaso de
su vida.

Las jóvenes de ahora no besan á los poetas ni los tienen por santos,
y á los santos tampoco los besan, se los comen. Como no ande en ello
batuta eclesiástica, poco puede esperarse de las damas aristocráticas y
de las jóvenes distinguidas.

De este modo, como decía Hamlet, bien puede asegurarse que la memoria
del más ilustre hombre vivirá cuatro días, y eso si fué fundador de
iglesias, que si no, podrá decirse como del caballito de palo se canta:

    ¡Ya murió el caballito de palo,
    y ya le olvidaron así que murió!

Sería muy triste que sólo contribuyeran los hombres al monumento que ha
de perpetuar las glorias del poeta de las mujeres, del que poetizó el
dolor en femenino con nombre de dolora.

Andrés González Blanco ha redimido culpas de la juventud literaria
de nuestros días con un magistral estudio sobre Campoamor; libro de
crítica seria, sin impresionismos, sin nerviosidades; un estudio todo
serenidad, como corresponde á uno de los pocos poetas españoles del
siglo XIX, que ha de hallar, por lo menos cada veinte años, un crítico
de entendimiento que lea sus obras y sepa imponerlas á la admiración de
los que no leen.

En España, este público que no lee nunca es el que más sostiene el
esplendor de las glorias literarias; como la multitud que nunca piensa,
el esplendor de las religiones.

       *       *       *       *       *

Los deportistas de nuestra Sierra del Guadarrama se oponen á la
construcción de un Sanatorio para tuberculosos.

El deportista ha leído á Nietzche; el deportista no tiene compasión.
Como aquel hombre frío, del que habla Wordsworth en una poesía, capaz
de estudiar botánica sobre la sepultura de su madre, el deportista
considera el mundo como un inmenso campo de recreo. Si su afición
es el automóvil, quisiera que el mundo fuera una inmensa carretera
asfaltada y que hasta los cráneos de los transeuntes fueran de asfalto
para deslizarse con suavidad sobre ellos.

Sobre la Sierra han puesto sus grandes patines dominadores. Bien está
que se expongan por gusto á romperse la cabeza en un ejercicio tan
saludable y tan útil en España; pero ¡exponerse, por sensiblerías
impropias de hombres fuertes, á contagiarse de tuberculosis! Una cosa
es tener valor ante un riesgo seguro, y otra ante un riesgo imaginario.
Sí sabe uno cómo puede matarse, pero ¡cómo puede morir!

En este caso, los higienistas se ven combatidos con sus propias armas.
¡Se ha exagerado tanto el peligro de los contagios! Ya es casi heroísmo
acercarse á un enfermo.

Lo que debieron considerar esos intratables deportistas opuestos á la
construcción del Sanatorio en el Guadarrama es que, más vale prevenir
y curar á los tuberculosos en un Sanatorio apropiado, que no vivir de
continuo entre ellos sin medios de evitar el contagio. ¿Es el nombre
lo que asusta? Pues si en el edificio de la Sierra puede escribirse:
Sanatorio, por todo Madrid puede escribirse: Foco. Véase lo que es
preferible y dónde es mayor el peligro.



VII


Es la Academia Española institución tan aristocrática y conservadora,
que tiene á gala no dejarse guiar en sus acuerdos y en sus
determinaciones por nada que trascienda á dictado de la opinión pública
y democrática. Por esto, tal vez sea contraproducente el movimiento
general de la opinión á favor de la candidatura de la condesa de Pardo
Bazán para ocupar uno de los sillones académicos vacantes.

Aunque tanto blasonan de su mayoría, cuando les conviene, es axioma
de nuestras clases conservadoras que la mayoría no tiene razón nunca.
Pero es, claro está, cuando se trata de la otra mayoría. En España,
tratándose de literatura, la mayoría, por desgracia, es una mayoría
relativa, que solo puede considerarse mayoría como D. Hermógenes
consideraba numerosos los tres ejemplares vendidos de _El cerco de
Viena_, con relación á uno. La opinión general ¡se interesa tan poco
por estos asuntos! Tener cinco mil lectores en España, ya es ser un
escritor popular. Como nuestro poeta más popular hemos celebrado
siempre á Zorrilla, y, aparte _Don Juan Tenorio_, ¡cuántos de los que
conocen la obra ignoran el nombre de su autor! De sus restantes obras,
¿qué razón puede dar el pueblo, lo que se llama el pueblo?

La Academia Española debiera, pues, atender de vez en cuando
indicaciones de la opinión, sin temor á verse atropellada por el vulgo
y mucho menos por el populacho. Los que se preocupan en España por la
literatura, aun los más vulgares, ya constituyen una aristocracia.

En el caso de la condesa de Pardo Bazán no podrá atribuirse la demanda
á espíritu sectario de ninguna clase. La condesa de Pardo Bazán ha
sido siempre una gran señora de las Letras, y ya que tan mal parece á
nuestras clases conservadoras el escritor metido en política--cuando
esta política no es la suya, por supuesto, pues á los suyos bien les
celebran el civismo y la literatura,--no se dirá en esta ocasión que
la política y el sectarismo y las pícaras ideas desnaturalizan el puro
desinterés artístico de lo solicitado.

¿Qué puede oponerse á la concesión? Fundar la negativa en el sexo de
la ilustre escritora sería notoria injusticia, y ni siquiera puede
alegarse como tradición. Justamente las primeras Academias de España,
aquellas Academias de poesía, famosas en lo antiguo, eran presididas y
congregadas por mujeres y las más nobles y discretas damas concurrían á
ellas. Los Juegos Florales, las Cortes de Amor, origen de las modernas
Academias, por la mujer tuvieron vida y espíritu.

Por lo mismo que las Academias son instituciones aristocráticas,
conservadoras, y está bien que así sea y esa es toda su razón de ser,
yo creo que nada puede aristocratizarlas tanto como el ingreso de las
mujeres distinguidas.

Sin negar ni desconocer el mérito de algunos escritores, indicados á
cada vacante por la opinión pública, no dejo de conocer que su sitio
no está en la Academia; desentonan. La Academia no debe atender sólo
al mérito literario. No es en círculo tan selecto como una Academia,
es en cualquier reunión de café, y hay escritores de gran talento
y de grandes merecimientos á quienes no se les puede tolerar de
contertulios...

Por eso está muy justificada la resistencia de la Academia Española á
ciertos nombramientos.

Ahora, tratándose de la condesa de Pardo Bazán, ninguna oposición lo
estaría.

¿Se teme que, una vez abierta la puerta á las mujeres, no habría
marisabidilla ni literata de las perniciosas que no se creyera con el
mismo derecho á ser académica? Esta objeción lo mismo reza con los
hombres. ¡Pues sí que hay entre los escritores varones alguno que no se
crea academizable!

Nos quejamos á todas horas de la inferior cultura y capacidad de la
mujer, y cuando alguna mujer sobresale entre todas, la negamos el
debido premio á sus merecimientos á pretexto de que es mujer.

Hay, además, una razón patriótica para que la condesa de Pardo Bazán
sea nombrada académica. Muy pronto ha de ir á la República Argentina,
quizás á otras Repúblicas americanas. Son pueblos progresivos, donde
la mujer es el alma de la cultura, donde se tiene muy triste idea de
nuestro atraso y de nuestro espíritu tradicionalista. Conviene, ya
que una infanta de España fué nuestra embajadora política con todos
los honores, que nuestra embajadora literaria vaya rodeada de todos
los prestigios y pueda dar testimonio, no sólo de lo que puedan valer
las mujeres entre nosotros, de esto se basta la ilustre escritora
para responder, sino de algo que significa más para nosotros: de cómo
sabemos honrarlas y enaltecerlas. Cuando al saber y al talento se le
regatean satisfacciones en su patria, por donde va, más que grandezas,
va atestiguando mezquindades.

       *       *       *       *       *

Se anuncia el estreno de una refundición, reducción, adaptación, ó como
quiera llamarse, de _El barbero de Sevilla_, de Rossini, con destino á
los teatros de zarzuela española y de género chico.

Hay quien clama contra esto, que le parece atentado y profanación
contra la ópera de Rossini.

No lo creo así. Si las obras musicales fueran profanadas en cuanto no
se presentan en toda su integridad y en su marco adecuado, profanadas
están todos los días en interpretaciones detestables, en ejecuciones
parciales, en sextetos, pianos, discos fonográficos, etc.

Popularizar y vulgarizar estas obras en condiciones decorosas me parece
obra muy laudable. Sobre que el interés del refundidor y el de los
artistas que han de interpretar estas refundiciones, han de tener en
cuenta con quién y hasta dónde pueden atreverse. Seguramente, á nadie
se le ocurrirá reducir _El ocaso de los dioses ni La Walkiria_.

Pero la música ligera y alegre de _El barbero_, ¿por qué no ha de oirse
en nuestros teatros de zarzuela? En Romea oímos la «Quinta sinfonía»,
de Beethoven, entre las danzas de la Tórtola de Valencia.

El teatro Real es teatro caro. Hay muchos que no pueden ir á la
montaña; hay que llevarlos á la montaña--_El barbero_ no son los
Andes--aunque sea en pedacitos.

Créanlo esos críticos celosos del respeto debido á una obra. No es tan
grave falta descender una ópera al género chico como elevar el género
chico á categoría de ópera.



VIII


La obra literaria, el Arte moderno en general, aun en lo más serio y
meditado, adolecen de inconsistencia, con aire de improvisación, de
algo ligero y provisional.

En cada época hay un género literario dominante que, por decirlo así,
da el tono á toda la literatura de una época. Hay un período literario
épico, hay otro dramático, los hay líricos y los hay novelescos.

En la época actual el género dominante, el que da el tono á toda
la producción artística, es el género periodístico. La literatura
periodística domina sobre todo el Arte moderno.

El poeta lírico, el autor dramático, el novelista, el orador sagrado,
el historiador, pintores y escultores; todos ellos son periodistas
en sus poesías, en sus dramas y comedias, en sus novelas, en sus
sermones, en sus historias, en sus cuadros y en sus estatuas.

La actualidad periodística con alas de mariposa; polvillo de sus alas,
tinta fresca y pegajosa de imprenta, es la musa del Arte moderno.

Por eso cuando los mismos edificios, sólidas obras de arquitectura,
los monumentos escultóricos de mármol ó de bronce nos parecen hojas de
volandera actualidad, más nos sorprende hallar la obra de serenidad y
de reposo en la obra periodística juntamente.

Tal es el libro de _Azorín_ «Lecturas de España», formado con artículos
de periódico que tuvieron su día de actualidad y entran ahora, por
derecho propio, en la eterna actualidad de las obras maestras.

Cuando tantos libros grandes ofrecidos á la inmortalidad por sus
autores, desdeñosos del juicio y del aplauso de sus contemporáneos,
pasaron como pasa el artículo de periódico, este libro de artículos
de periódico sólo ahora parece en su verdadera forma, con su prosa
robusta, sano equilibrio de músculos y nervios, sus juicios certeros,
su noble continente de hidalgo castellano.

Para mí, tan propenso á nerviosismos y destemplanzas, nada tan
admirable como esta prosa de _Azorín_, tan distinta de casi toda
nuestra moderna prosa. Entre tanto asomo de chillones colorines, es la
prosa de _Azorín_ como un buen grabado en acero, como un aguafuerte,
donde claros y obscuros dan la exacta equivalencia de todos los colores
y de todos los tonos.

Tiene este libro, además, para los que siempre hemos admirado á
_Azorín_, aunque alguna vez haya irritado nuestra sensibilidad, la
ventaja, sobre otros libros suyos, de que nada, al leerle, en nuestro
sentimiento protesta contra nuestra admiración.

_Azorín_, como no podía ser menos, parece curado de su «maurismo»
agudo. Ya no cree, como creen los conservadores, que el mundo es sólo
un medio para que don Antonio Maura y don Juan de la Cierva gobiernen
en España.

_Azorín_ es demasiado inteligente, demasiado artista para limitar su
ideal á los ideales de ninguno de nuestros partidos políticos. Su
apasionada ceguedad conservadora fué... natural reacción de protesta
contra los liberales.

Nuestros partidos liberales se dan tal arte que, en España, parece
incompatible el ser liberal y el ser inteligente. Los conservadores
tienen de bueno el no ser liberales; pero el no ser algo es ser muy
poca cosa. Como la única ventaja que tiene un partido español sobre
otro es no ser el otro, lo mejor es echar por la calle de en medio,
aunque se exponga uno á que le miren de mala manera los de una acera
y los de la otra, y más si ven que uno va por su camino sin hacerles
maldito el caso.

Se quejan los políticos del desvío de los escritores, de los artistas.
Pero ¿estiman en algo los políticos á los escritores, á los artistas?
Lo que ellos estiman en el escritor no es la inteligencia, es la
sumisión de la inteligencia.

Los políticos, como las mujeres, no se contentan con dominar en el
corazón si no dominan en la cabeza. No se contentan con que los
perdonemos sus faltas por cariño, quieren que no las conozcamos por
ignorancia. Los políticos y las mujeres perciben claramente, aunque la
envolvamos en palabras de afecto, la mirada de inteligencia que parece
decirles: «Aunque te quiero... te conozco; á mí no me engañas.»

Las mujeres y los políticos odian á todo el que no pueden engañar.

Por eso los hombres inteligentes no son nunca afortunados en amor ni en
política.



IX


En la historia del teatro español, durante la segunda mitad del siglo
XIX, es de gran importancia el estudio de los actores italianos que han
pasado por nuestros escenarios y de su influencia sobre nuestro arte
dramático y nuestro arte escénico.

Los actores italianos han sido siempre los que mejor han realizado el
ideal de la representación escénica: verdad en la poesía y poesía en la
verdad.

Este era el arte de sus grandes trágicos: la Ristori, Salvini, Rossi.
Este es el arte de sus modernos comediantes.

Lo extraño es que, tierra de admirables actores, no lo haya sido de
grandes autores. Italia no ha tenido un Shakespeare, un Calderón, ni
siquiera un Molière. Sus actores, más que del teatro patrio, han sido
por todo el mundo mensajeros y vulgarizadores del teatro de Shakespeare
y del teatro francés.

La Ristori apenas representaba obras italianas: _Medea_, _Fedra_,
_María Estuardo_, _Macbeth_ eran las obras de su repertorio. Alguna
tragedia de Alfieri, como _Mirra_, y la _Francesca de Rimini_, de
Silvio Pellico, eran las únicas obras italianas de su repertorio.

Salvini y Rossi eran los intérpretes de Shakespeare.

Virginia Marini, con su excelente compañía, la mejor compañía italiana
que hemos visto en Madrid, en la que figuraban segundas actrices que
luego fueron eminentes y primerísimas, como la Vitaliani, la Reiter y
la Belli-Blanes, y actores como Ceresa, Cola, Vitaliani y Zoppetti,
nos dió á conocer el repertorio, antes modernísimo, de Sardou y Dumas,
hijo: _Dora_, _Fernanda_, _Rabagás_, _Demi-monde_, _Monsieur Alphonse_,
_La princesa Jorge_, etc.

Estas obras parecían la última palabra del realismo en el teatro. La
falsedad esencial se ocultaba bajo la minuciosidad de los detalles y
el verismo de la presentación escénica. Los árboles no dejaban ver el
bosque.

Después de Virginia Marini fueron la Pía Marchi, Novelli; después la
Mariani, Zacconi, la Vitaliani, Tina di Lorenzo, y entre ellos Emmanuel
con la Glech, primero, después con la Reiter, y, sobre todos, la Duse
incomparable: la divina y la humana, dolorosa del Arte, cuerpo de nube
fulgurada por intensa luz espiritual, resplandeciente en relámpagos de
pasión ó ensombrecida de tristezas profundas como la noche sobre el mar.

Todos estos actores han influído con su arte sobre nuestros actores,
sobre nuestros autores y sobre nuestro público. Han sido educadores
de nuestro gusto y vulgarizadores del teatro extranjero. Gracias á
ellos, nuestro público sabe que hay algo mejor, algo lo mismo, y mucho,
también, peor que lo nuestro.

Hoy su influencia no es tan notoria, las novedades teatrales que pueden
ofrecernos son pocas, y el interés por asistir á sus representaciones
se limita al aprecio del mérito personal de los actores.

Lyda Borelli es la actriz italiana de este año. Llega la última, sin
novedades llamativas en su repertorio, y lucha con desventaja en el
terreno ocasionado de las comparaciones. Pero su figura, su arte, son
tan personales, es tan _ella_, que la comparación más inevitable se
desvirtúa. Lyda Borelli es la última... como el último amor, que nos
parece el primero.

En esa melo-comedia de _Zazá_, que es á _La dama de las camelias_ lo
que la República francesa es al Imperio, en lo social y político, y lo
que Zola es á Víctor Hugo, en imperios y repúblicas literarias, Lyda
Borelli consigue, con ser obra de tantos recuerdos, que no recordemos á
ninguna otra actriz; y esto, sin preocuparse de no recordar á ninguna,
sin rebuscar nuevos efectos ni caer en extravagantes originalidades. La
mayor originalidad de Lyda Borelli es ésa: que no pretende ser original.

Y, por eso mismo, lo es, del único modo que se puede ser original en
Arte: por sentimiento propio, íntimo.

Lyda Borelli, sobre todas las excelencias de su arte, posee la
_gracia_; la gracia, en el sentido artístico de la palabra, más cerca
del teológico que del vulgar significado. Es la gracia, ese don de
esclarecerlo todo, de ver alegría hasta en la tristeza; en una armonía
de la inteligencia y del sentimiento, que siempre es claridad.

Esa gracia que es todo el arte griego y pone la divina alegría de
comprender sobre el humano dolor de sentir; como la serenidad del
mármol, en la escultura, ennoblece el dolor inquietante de la carne.

El arte de Lyda Borelli culmina en _Salomé_, de Oscar Wilde.

Ella consigue lo que no pudo conseguir el desdichado poeta inglés en su
obra ni en su vida: con nervios modernos, actitudes esculturales.



X


La Exposición Beruete, con fervorosa atención ordenada por el cariño
filial y el noble afecto de un insigne artista, Sorolla, quizás haya
sido una revelación para lo que hemos convenido en llamar el gran
público.

Aquí, donde el Arte sólo es cultivado por los pobretes, nadie suele
tomar en serio las aficiones artísticas de un gran señor que para nada
necesita del Arte. El título de buen aficionado es el más alto á que
puede aspirar.

Que don Aureliano Beruete era un admirable paisajista han de
reconocerlo ahora todos al visitar la Exposición de sus obras, y esta
hora de justicia quizá sea para muchos de remordimiento.

Con ser un gran lírico del paisaje, como lo es todo gran artista,
era Beruete, como todos los grandes líricos, un espíritu abierto y
receptivo que en todo se transformaba, en vez de transformarlo todo á
la propia comodidad de una manera y de una técnica, como tantos falsos
líricos del Arte. Conviene no confundir el carácter con la tozudez, y,
en el artista, la personalidad con el amaneramiento.

Ha de ser el artista, como la luz del sol, más admirada en cuanto
alumbra al esparcirse que en el sol mismo. Y ¡el sol es un gran lírico!

Toledo, Guadarrama, Avila, Suiza, nada perdieron de su objetividad, con
ser tan diversa, porque todo fué contemplado sin la preocupación del
procedimiento. No era el paisaje el que se acomodaba á la técnica; era
la técnica la que se acomodaba al paisaje.

No es siempre lo que más se admira lo que más enamora. Para mis
simpatías hay, entre todos, un cuadro; una vista de Madrid, castiza
como un sainete de Ricardo de la Vega: entre solares y tapias de
ladrillo rojo, desmontes areniscos, unas pobres casuchas bajas, y,
sobre ellas, una de esas casas madrileñas, tejado color de puchero,
balcones de colorines, la fachada con sucio revoque amarillento, y el
sol de Madrid alegrándolo todo; el sol, que rosea y dora los sucios
revoques descoloridos como si fueran mármoles y jaspes de palacios
señoriales.

Es preciso ser muy madrileño para hallar poesía en estas cosas. Es
preciso ser muy artista para saber decir á los demás: Aquí hay poesía.

       *       *       *       *       *

Los países meridionales, tan calumniados por las personas serias,
ejercen una gran atracción sobre los artistas y los escritores del
Norte. Italia, España, su Arte, su Historia, son de continuo estudiados
por ingleses, alemanes, rusos y escandinavos.

Ahora es el dinamarqués Joerguensen, enamorado de San Francisco de
Asís, peregrino fervoroso por los lugares que en su vida recorrió aquel
caballero andante de Cristo, vestido el sayal de la fuerte humildad por
toda armadura.

Es el sueco Bratli, estudioso investigador de la vida y la obra de
Felipe II, con imparcialidad desacostumbrada en autores extranjeros,
y aun nacionales, al tratarse de rey tan desgraciado con los
historiadores como con los novelistas y autores dramáticos.

De estos últimos, el que le ha presentado con menos sombríos colores ha
sido el más cercano á sus días, el español Enciso, en su comedia _El
príncipe Don Carlos_.

El escritor sueco, en su monografía, pretende, y no en vano, esclarecer
la sombría figura del monarca español, tan mal estudiada y comprendida
por sus apologistas como por sus detractores.

Se considere la Historia como Ciencia ó como Arte, sólo cabe poner en
ella el calor de una pasión, la pasión por la verdad.

La obra de Bratli debe ser agradecida por los españoles. Nuestra
Historia corre por el mundo en libros extranjeros y en libros casi
siempre inspirados por odios y antipatías. Diríase, al leerlos, que
sólo en España hubo Inquisición; que sólo en España hubo persecuciones
religiosas, cuando fué, en realidad, donde hubo menos; que sólo España
conquistó y colonizó cruelmente, y que sólo la Ciencia y las Artes
españolas padecieron bajo la presión de la Iglesia y del Poder real. Y
no es lo malo que los extranjeros hayan contado así nuestra Historia;
lo peor es que nosotros la hemos aprendido también en sus libros, sin
tomarnos el trabajo de aprender las Historias de otras naciones, para
comprender cómo, calumniados y todo, la nuestra no desmerece nada.

Felipe II era el soberano más noble, más culto y más humano de su
tiempo. Su mayor defecto fué el que tan donosamente le señaló don Juan
Valera: el de ser un tanto _engorroso_. Y esto fué lo que alabaron en
él de prudencia.

       *       *       *       *       *

El alcalde de Madrid se ha creído en el caso de amonestar al
concesionario del teatro Español, el sabio doctor Madrazo, por la
baratura del precio en las localidades.

Yo creo que el Ayuntamiento debiera agradecer el desinterés del señor
Madrazo y congratularse de que un teatro municipal sea, por fin, un
teatro popular, por sus precios, al alcance de las clases menos
acomodadas.

¿No es deber del Ayuntamiento procurar por todos los medios el
abaratamiento de las subsistencias? ¿Quieren que el teatro español sea
un teatro aristocrático? Entonces debieron empezar por no concedérselo
al doctor Madrazo, tan conocido por sus ideas democráticas y
republicanas.

Entonces, si un millonario generoso se ofreciera como empresario del
teatro Español para obsequiar al público con funciones gratuitas, ¿no
se le concedería el teatro?

Además, ¿cree el Ayuntamiento que es el precio de las localidades lo
que da ó quita al teatro el decoro debido á sus prestigios?

No es al precio, sino á la calidad del espectáculo á lo que debiera
atender el Ayuntamiento.

Bien está á peseta el chocolate de á peseta. El Ayuntamiento, en este
caso, al contrario que en el sabido cuento, lo pide más caro, sabiendo
que peor es imposible.



XI


Dice una antigua canción inglesa, parafraseada por Dante Gabriel
Rossetti: «El mar no tiene más rey que Dios».

Los archimillonarios, reyes del mundo, pasajeros del _Titanic_,
navegaban sobre el mar con toda confianza, seguros de haberle vencido.
En un palacio, fortaleza flotante, con la garantía de haber pagado
muchos miles de francos por el pasaje. La travesía, alegre: fiestas,
bailes y músicas y amoríos viajeros de esos que no comprometen á nada.
¿Naufragar? ¿Hundirse? ¿Quién pensaba en eso? El barco poderoso, con
toda su fuerza, con todas sus seguridades, era, en medio del mar, como
un símbolo de un Estado social capitalista, defendido por cañones y
escuadras pagados á buen precio, como el pasaje en el transatlántico de
lujo.

Algunos de aquellos millonarios, grandes industriales, hombres
de negocios, quizás buscaban en viaje de recreo descanso á sus
preocupaciones, al malestar causado por una huelga obrera en sus
fábricas, en sus industrias. Y las olas del mar les parecían de
mansedumbre; no amenazadoras, como las olas proletarias. Era el mar un
reposo y una caricia. ¿Cómo habían de imaginarse que pudiera ser el
vengador?

Vencieron la huelga de los hambrientos y no contaban con el hambre
vengativa del mar.

Ya no se ofrecen víctimas humanas en sacrificios religiosos. Pero hay
una divinidad justiciera para ordenarlos. Y esta imprevista nivelación
ante el dolor y la muerte es tal vez el único destello de justicia que
resplandece sobre la tierra.

Víctimas expiatorias son estos millonarios. Con su muerte ponen
inquietud sobre la soberbia de los poderosos y paz sobre el odio de los
miserables.

¡También los grandes transatlánticos pueden hundirse en un momento!

Entre ellos y las pobres embarcaciones veleras, donde van á ganarse
la vida pescadores y marineros de ventura, ya puede haber algo de
simpatía. ¡El mar no tiene más rey que Dios! Más grande y más fuerte
que la tierra, ni siquiera el dinero.

       *       *       *       *       *

Y el mar no cuenta sus historias con ruinas, epitafios ni monumentos,
como la tierra, vieja comadre, que nos va señalando á cada paso: «Aquí
fué Troya», «Estas son las ruinas de Nínive», «Esta fué la Acrópolis
de Atenas». En la mayor desolación hay siempre rastros visibles sobre
la tierra, efemérides de su historia. En el mar no hay señales ni
vestigios de ruinas ó grandezas. El mar no dice historias, sólo nos
dice: ¡Eternidad!

Por eso en él se templan las almas mejor que en la tierra. Unos pobres
músicos, los últimos tripulantes del barco, sin duda, que tal vez en
el incendio de un teatro, en una catástrofe terrestre, hubieran sido
los primeros en huir y en defender su existencia precaria de músicos
jornaleros, ante el mar se agrandaron como héroes de epopeya y fué su
pobre música destemplada un himno al espíritu: el salmo religioso en
que acepta el Dios de misericordia la música de valses y rigodones que
animó el danzar frívolo de los millonarios durante la alegre travesía
de recreo.

       *       *       *       *       *

Monsieur Le Bargy, el ex socio de la Comedia Francesa, en reciente
entrevista con el travieso _Duende de la Colegiata_, ha juzgado con
despectiva frase á los actores italianos.

Al decirle el inquieto duende que los actores italianos ensayan las
obras con mayor prontitud que los franceses, el celebrado actor hubo de
replicar: ¡Así las hacen!

¿Cree el aplaudido intérprete de _El marqués de Priola_ que es tanta la
diferencia y siempre en favor de los actores grandes actrices?

Ni por artistas, individualmente considerados, y por compañías, en su
conjunto, mucho menos, creo, y conmigo el público madrileño, que la
desventaja está de parte de los actores italianos.

Entre los actores franceses los hay excelentes ¡quién lo duda! Pero,
sea por culpa suya ó de los autores que para ellos escriben, lo cierto
es que su trabajo se limita á una especialidad. Ni Sarah, ni la Bartet,
ni la Réjane han interpretado en toda su carrera artística la variedad
de obras y de personajes distintos que nuestra María Guerrero ó
cualquiera de nuestras actrices.

Ahora mismo, en el último retrato de Sarah, intérprete de la obra
_Isabel de Inglaterra_, vemos á Sarah, la de siempre, vestida... como
Sarah, no como la reina Isabel; peinada... como Sarah... La misma Sarah
que se presentó rubia en _Cleopatra_ y ha sido Sarah eternamente; como
Guitry es Guitry siempre y Mounet Sully es Mounet Sully en cuantas
obras interpreta.

Actor por actor, ni Sarah es la Duse, ni ninguno de los actores
franceses que nos han visitado es comparable á Zacconi, á Novelli, á
Emmanuel, á Ceresa, á Flavio Andó; ni las compañías francesas, la de
Antoine inclusive, han presentado nunca un conjunto como cualquiera de
las compañías italianas.

En arte escénico no hemos podido aprender nada de los franceses; de los
italianos, sí.

Los actores franceses van demasiado poseídos de su superioridad por
esos mundos. Ya es hora de que se vayan desengañando.

Y conste que soy el primero en admirar á los buenos actores franceses
y, entre ellos, á M. Le Bargy, á quien es lástima que el público
madrileño no haya podido admirar como galán joven cuando, al sustituir
á M. Delonnay en la Comedia Francesa, era excelente intérprete de las
comedias de Musset.

Hoy, como primer actor, _grand premier sole_, habría algunos reparos
que ponerle. Pero no es cosa de complicar la cuestión de Marruecos.



XII


El actor M. Le-Bargy me ruega que inserte en esta sección la siguiente
carta. Así lo hago con sumo gusto y fina voluntad.

    «Sr. D. Jacinto Benavente.

  Muy señor mío: He tenido ocasión de decir á uno de sus compañeros
  que la improvisación en cualquier arte no me parecía un buen
  mecanismo de perfección en el trabajo y que para la _mise en scene_
  de una obra dramática prefiero, á los bruscos procedimientos de
  los comediantes italianos, el sistema de los ensayos lentos y
  minuciosos que han adoptado los teatros de París. Con tal motivo,
  se ha lanzado usted á la guerra como un conquistador y ha declarado
  que en la interpretación dramática, París ha sido eclipsado por
  Roma.

  Las opiniones son libres; mas tengo la costumbre, respetándolas
  todas, de no prestar atención sino á aquellas que se apoyan sobre
  pruebas ó sobre la autoridad de un juicio informado, prudente,
  comprensible. Respeto, pues, infinitamente su juicio sobre los
  actores franceses; pero excusándome de no poder detenerme en esto,
  pues se vislumbra en aquél una idea preconcebida de menosprecio, ó
  al menos el desconocimiento absoluto del genio de nuestra raza. Si
  yo tomase en consideración lo que ha dicho usted, en particular,
  de Sarah Bernhardt y de Mounet Sully, haría, al defender á estos
  gloriosos artistas, un esfuerzo más vano sin duda que el que hizo
  usted al atacarles.

  Antes de despedirme os ruego vengáis un día á París: tendré el
  honor y el placer de recibirle, enseñarle nuestro arte dramático en
  su propio marco y revelarle esos matices que parecen haber pasado
  desapercibidos á su fino discernimiento.

  Queda su más atento seguro servidor, q. b. s. m., _Ch. Le-Bargy_.»

Conste, en primer término, que mis ideas respecto á los actores
franceses podrán ser equivocadas, pero no preconcebidas, como M.
Le-Bargy asegura.

Contra la opinión de la crítica, en general, juzgué en la temporada
anterior al artista italiano Caravaglia como desdichado intérprete de
_Hamlet_. Ya ve M. Le-Bargy cómo no siempre es Roma la capital del
Arte. En Italia, por fortuna, el Arte está descentralizado y no es
Roma, ciertamente, la capital artística de mayor importancia.

He sido y soy gran admirador de Sarah, sin desconocer que la Duse es
artista de más sinceridad.

En cuanto á Mounet Sully, cuando tanto dió que reir al público
madrileño, fuí de los pocos defensores que tuvo. No me negará M.
Le-Bargy que el arte de Mounet Sully es un arte _sui géneris_, y en
el mismo París no todos son admiradores del fogoso artista. Monsieur
Le-Bargy procede con nobleza al defenderle, ya que todos sabemos que
no ha reinado siempre la mejor armonía entre el decano de la Comedia
Francesa y el propio M. Le Bargy.

¿No recuerda el excelente artista--han pasado algunos años,--durante
una representación de _Enrique III y su Corte_, de Dumas, padre, una
desagradable escena, _hors d'oevre_, ocurrida entre M. Le-Bargy y
Mounet Sully? Parece ser que Mounet Sully reprendió en tono algo
destemplado á M. Le-Bargy por haberse permitido una alteración en
la _mise en scene_ de la obra. Monsieur Le-Bargy replicó con la
misma viveza y dijo, refiriéndose á Mounet Sully: «Il se permet bien
d'autres».

Ya ve M. Le-Bargy que conozco las intimidades artísticas de los
teatros de París tanto como á sus actores, y que mi juicio podrá ser
equivocado, pero no ligero. Es el de todo el público madrileño, y M.
Le-Bargy sabe que empieza á ser el del americano.

Los actores franceses carecen de sinceridad; son muy especialistas.
¿Puede citarse una actriz francesa que haya interpretado la variedad de
personajes que María Tubau, María Guerrero ó Rosario Pino?

Los actores franceses cuentan por docenas lo que ellos llaman sus
«creaciones»; los actores españoles y los italianos, por cientos. Esta
intensidad en la variedad es tan estimable, por lo menos, como la
intensidad en la unidad. Y para el público, más interesante.

Si alguna vez vuelvo á París, tendré sumo gusto en saludar á M.
Le-Bargy y en atender sus indicaciones; aunque temo no consigan
rectificar mis juicios, ya que, actrices y actores, por dicha suya,
serán los mismos que tuve ocasión de aplaudir, hace treinta años,
cuando fuí á París por primera vez, y los mismos que he vuelto á
celebrar cuantas veces he vuelto. Y los actores ¡ay! no son como el
buen vino: con los años y con los viajes no ganan nada.



XIII


Existen industrias por esos mundos de las que no tenemos aquí la menor
idea. Una de ellas es la cría de mariposas. En Inglaterra, en el
condado de Kent, Mr. Newman ha destinado una granja á esta novísima
producción, recompensada con no despreciables rendimientos.

En Inglaterra son muchos los coleccionistas de mariposas. Son muchos
también los Museos que tienen por proveedor á míster Newman. La moda
también ha venido á favorecer su industria. Mesas y veladores se
cubren con una tela de seda y sobre ella mariposas disecadas de varias
especies y múltiples colores. Todo ello se cubre con un cristal y el
efecto es muy vistoso, como de bordado japonés ó chinesco.

Para obtener alguna nueva especie de mariposas es preciso un
procedimiento llamado «azucarar». Para azucarar se emplea una mezcla
de azúcar, melaza, ron, cerveza y jugo de pera. Con esta mezcla se
trazan rayas sobre la corteza de los árboles. Las rayas han de ser
verticales, á un metro del suelo, y han de tener 45 centímetros de
largo por dos de ancho. Entrada la noche, las mariposas acuden á
golosear. Las mejores noches de caza son las noches tormentosas. Cuanto
más cerrada la noche, más fructuosa recolección.

Para la caza hay que proveerse de una cajita, bien mullida de algodón
en rama, y de una linterna: con la linterna se ilumina la raya
azucarada; el cazador acerca la caja, cuya tapa sostiene abierta con
un dedo; el cazador elige su presa, toca ligeramente en la cabeza á la
mariposa, la mariposa cae en la caja, que se cierra de golpe. Desde
allí pasa á las jaulas de cultivo, cuando no es condenada á inmediata
muerte.

Míster Newman posee unas cien mil mariposas. Algunas de ellas, como
la llamada «Rey de la selva» (Purple Emperor), se paga á cinco y seis
francos. Aunque son muchas las pérdidas en tan frágil mercancía, las
ganancias compensan lo suficiente.

Y ¡es una industria tan poética! Aquí no se concibe. Y eso que el
procedimiento de «azucarar» es muy conocido. Es el medio empleado
por los Gobiernos para obtener mayoría en todas las votaciones. Los
caramelos repartidos con profusión en el Parlamento vienen á ser el
símbolo tangible y chupable de otras más apetitosas golosinas. Todo es
«azucarar».

Pero ¿quién ha de criar mariposas aquí, donde es preciso proteger á los
pájaros y donde no quedará dentro de poco animalito con alas, pájaro,
mariposa ó poeta?

Lo raro es no ver cazuelas de mariposas fritas como de pájaros. Entre
la substancia de una mariposa y la de un pájaro... ¡Comida de ilusión!
Por eso tan española, tan madrileña sobre todo. El pájaro frito viene
á ser para los madrileños la gallina que Enrique IV de Francia deseaba
para todo ciudadano francés, como garantía de paz y de ventura en sus
Estados.

En estos de España no pueden pedir los gobernantes más de lo que
asegura un pájaro frito.

Ahora se trata de proteger á los pájaros con detrimento de la popular
alimentación.

El pájaro tiene una leyenda sentimental de beneficioso para la
agricultura.

Yo sé de quien prohibió que se matara ni se hostigara á un solo pájaro
en sus huertas y tierras de labranza, y ¡vaya si notó el beneficio! De
la siembra dieron tan buena cuenta como administrador en «absentismo»
del amo. Y de la fruta... como si se hubieran propuesto anunciar un
remedio contra la obesidad: la dejaron toda en los huesos.

Por eso digo que lo de beneficiar á la agricultura debe ser leyenda
que han hecho correr los pájaros en combinación con los naturalistas.
Y es que la mayor parte de los naturalistas estudian á los animales...
disecados. Como al pueblo la mayor parte de los sociólogos. Así hay
tantas lamentables equivocaciones al legislar.

       *       *       *       *       *

Dentro de pocos días tendremos en el teatro de la Comedia una compañía
italiana con el repertorio del Gran Guignol, á imitación del tan
celebrado de París.

Género teatral, á ratos también literario, muy á la moderna. Rápido,
cinematográfico, violento, brutal en ocasiones, se apodera del
espectador por los nervios. ¡La inteligencia y el corazón se defienden
tanto! Los autores dramáticos, atentos á la psicología del público,
han comprendido que el espectador moderno es más atacable por lo
fisiológico. Se impone un teatro rascanervios. Como única emoción, el
espanto; como único razonamiento, la sorpresa; como único sentimiento,
la curiosidad.

El autor se entra por los nervios del espectador como un loco, como un
criminal, como un violador. Le considera como á una mujer histérica,
se impone á él como hipnotizador, como alienista, como juez de
instrucción. Es un teatro para estudiar á los espectadores. Obtendrá un
excelente éxito. Sobre todo con las señoras. ¡A las mujeres les gusta
tanto asustarse en público!

Después, y visto el buen éxito, padeceremos las imitaciones
consiguientes. Y aquí sí que puede decirse como de tantas otras cosas:
¡Bien vengas, Gran Guignol, si vienes solo!



XIV


Un escritor de alto entendimiento y generoso corazón, el señor Zozaya,
ha supuesto que yo era enemigo de los pájaros. De ningún modo.

Unas cuantas libras de fruta averiada por su glotonería no es
razón para malquistarse con los pájaros. Como unas cuantas pesetas
«sableadas» por un amigo no es razón para reñir con él, si el amigo es
simpático y sablea con gracia; que es el caso de los pájaros al picar
en la fruta.

Nadie como yo les defiende de asechanzas de gentes y de muchachos.
Para sazonarles la acidez de la fruta añado unas migajas de pan á su
merienda.

De no haber sido gato en otra encarnación--en ésta lo soy por gracia
de madrileño--ó ave de rapiña--menos probable, pues no me queda el
menor instinto,--no me remuerde la conciencia por haber perseguido,
maltratado, cazado, ó simplemente devorado, después de cazado por otro,
al más insignificante pajarillo.

A predicarles, como San Francisco de Asís ó San Antonio de Padua, no he
llegado. Pero versos de Rubén Darío, de Gabriel D'Annunzio y de Guerra
Junqueiro sí han podido oirme recitar en mis soledades, á las horas
de siesta canicular, en que todo se amodorra, como en la cantada por
Zorrilla. Todo, menos los pájaros y yo, bien hallados á la sombra de un
huerto, oasis en dorada llanura castellana.

Su piar y los versos por mí recitados son como escala de armonía
infinita, ascendente, que va del abecedario, balbucido por labios
infantiles, al libro todo sabiduría.

Por todo esto amo á los pájaros, sin pararme á considerar si son útiles
para la agricultura.

Mis poetas tampoco le serán de gran utilidad.

Pero yo no quisiera creer que los pájaros cantores y yo, recitador de
poetas, somos como un insulto á los campos de trabajo y de pena que nos
rodean.

Tampoco debemos creer, como algunos pájaros y muchos poetas, que todo
aquello no es más de apropiada decoración para nuestra escena poética.

Como el piar de los pájaros es preludio balbuciente de tanta música
y tanta poesía, mi recitar de versos en el silencio de los campos
abrasados acaso es también preludio de cosechas futuras. Los poetas no
pueden haber sembrado en vano. Entre tanto, sería injusto preguntarles
como á los pájaros: si son útiles para la agricultura.

       *       *       *       *       *

Los niños son muchas veces víctimas de la vanidad de los padres. Los
perros, de la vanidad de sus amos.

¿A qué otro sentimiento responde, en el primer caso, los concursos
de belleza infantil, los disfraces de Carnaval, la exhibición de
habilidades en los niños; en el segundo caso, las Exposiciones de
perros? Los pobres animales, encerrados en jaulas mal acondicionadas,
rodeados de personas extrañas, padecen, inocentes, el mal del siglo:
el exhibicionismo. Cuando ya no tenemos más que exhibir, exhibimos al
perro.

El perro, animal simbólico de la fidelidad, atributo de tumbas
conyugales en otros tiempos, simboliza en estas Exposiciones la
exhibición íntima de los hogares. Ya sabían ustedes cómo éramos todos
en casa: la señora, las niñas, los criados; ahí va el perro. Que no se
quede sin su fotografía.

El trabajo de los futuros historiadores no será, ciertamente, el de
juntar documentos, sino el de aportarlos. ¡Bien documentada va la
posteridad!

Ni siquiera tienen estas Exposiciones de perros la justificación de
contribuir á la mejora ó propagación de las razas mejores. Sabido que
no hay nadie tan egoísta como un poseedor de ejemplares de precio.

Es más difícil obtener la mano izquierda de uno de estos perritos de
lujo que la derecha de una linajuda y bien dotada heredera.

Ahora que ha vuelto á reconstituirse la Sociedad Protectora de
Animales, bajo la presidencia de una inteligente dama, debiera oponerse
á estas Exposiciones tan opuestas al verdadero amor por los animales.

En algunas partes las Sociedades protectoras han llegado á oponerse al
sostenimiento de las casas de fieras y jardines zoológicos.

Tratándose de animales feroces y salvajes, sin cesar perseguidos, yo
no sé, ignorante de su concepto y su aprecio de la libertad, si ellos
no pudieran preferir la cómoda y descansada vida de estos jardines y
_menageries_ á la azarosa vida de las selvas y de los desiertos.

Tratándose de animales domésticos, no hay duda. La protesta de las
Sociedades protectoras estaría más justificada.

El jardín zoológico puede ser civilizador para las fieras. Todas las
razas salvajes se han civilizado en jaulas, más ó menos holgadas.

El perro está ya bastante civilizado. Volverle á la jaula es un
peligro. Podría volver á sentirse lobo. Tal vez de puro civilizado
participe del sentimiento vanidoso de los hombres y goce con las
exhibiciones. Pero hay que concederle alguna superioridad mental.

Aunque lleva mucho tiempo de ser el mejor amigo del hombre. Mucho
más que Muley Hafid de ser el buen amigo de los franceses. Debe estar
contagiado del todo. Muley Hafid parecía más fiero y hoy está hecho un
falderillo. Dentro de poco también estará en París en su buena jaula y
¡tan contento!



XV


_Voces de gesta_ ha aparecido en las librerías antes de ser
representada en Madrid. Esto indica en cuánto más estima Valle-Inclán
el juicio reposado del lector que la emoción arrancada al público,
por sorpresa unas veces, con habilidades teatrales, que tienen más de
lo artificioso que de lo artístico; otras, con los recursos del arte
escénico: brillantez de la interpretación ó del decorado.

Son muy pocas las obras dramáticas que, como esta admirable tragedia
de Valle-Inclán, pueden permitirse el lujo de su desnudez artística al
presentarse sin engaños teatrales.

Al escribir estas líneas ignoro la opinión del público de teatro.
Importa poco. Obras como _Voces de gesta_ están sobre el público, y
su probable fracaso demostraría, una vez más, que hay un nivel medio
del que no conviene elevarse. Yo estoy seguro de que el público del
estreno, en el teatro de la Princesa, alcanza ese nivel con holgura.
No me atrevería á decir lo mismo del público en los días de abono
aristocrático.

_Voces de gesta_ es obra redentora. Ella sola se basta á redimir de
muchos pecados teatrales. Es obra de esas que sirven para justificar á
un empresario: «No dirán que no se hace Arte.» Y sirve para disculparle
cuando no lo hace: «Pero, ya ven ustedes, el Arte no da dinero.»

Por desgracia, los empresarios tienen razón... mientras el público se
obstine en dársela.

       *       *       *       *       *

Hay que afrontar la verdad cara á cara. La Prensa periódica ha
procurado, con alto patriotismo, realzar la tristeza de todos por la
muerte de Menéndez y Pelayo.

En este caso, la actitud de tristeza no ha bastado á determinar el
sentimiento, como afirma el psicólogo James.

Cierto que la persona de Menéndez y Pelayo ni su obra, por su índole
misma, podían ser populares. Lo triste ha sido que, entre la misma
gente culta, antes hemos advertido el revuelo alrededor de las muchas
vacantes dejadas por el muerto glorioso que la emoción por su prematura
pérdida.

En los mismos artículos necrológicos han podido advertirse más
amplificaciones de fórmulas encomiásticas que estudio detenido de
las obras de Menéndez y Pelayo. Sin duda el dolor embargaba las
inteligencias.

Es muy de la tierra lo de contar por cada lector cien admiradores.
Hablen los muchos que se decían admiradores de Costa, sin haber leído
uno solo de sus libros; hablen muchos de los que se decían admiradores
de Menéndez y Pelayo.

La fe y la admiración son muy amables formas de la pereza. Hay quien no
cree y quien no admira por la misma causa.

Por todo esto, sucede que la fe, como la admiración, como sus
contrarios, adolecen entre nosotros de una tibieza fundamental, por
falta de fundamento, que en vano pretende mostrarse calurosa entre
voces enfáticas y gestos exaltados.

Sólo parece al exterior, con luz del alma, lo que ha sido calor del
alma interiormente.

Por eso al morir Menéndez y Pelayo hemos oído clamar su nombre;
pero ese clamor sonaba como el eco de vacío aposento: un aposento
que debieran haber llenado las obras del escritor, más admirado que
conocido.



XVI


Los Museos de cuadros antiguos tienen algo de panteón. Un cuadro sólo
parece animado con vida propia como acorde justo en toda una armonía
de ambiente. El retrato del noble caballero ó de la dama infanzona,
en la sala señorial de linajudo palacio, entre sillones y escaños de
roble, mullidos de terciopelos ó damascos desvaídos; entre tapicerías
heráldicas, candelabros de plata ó de hierro forjado, armaduras
enmohecidas y códices miniados. La pintura religiosa de atormentado
ascetismo, á la indecisa claridad de lámpara votiva, en un rincón
de alguna antigua iglesia ó convento pobre. La pintura religiosa
risueña, de vírgenes y niños de Dios familiares, divinizados por
gozosa humanidad, en altares acariciados de sol, en iglesias muy
blancas, de algún convento de monjitas más hacendosas que rezadoras;
hadas de santidad con manos milagrosas para confituras, bizcochadas,
bordados al realce y randales sutiles como vilanos ó telas de araña.
Las triunfantes alegorías, entre mitológicas y caballerescas, con su
trompetear de oros y púrpuras, en la amplia galería del alcázar, frente
á los ventanales que dominan á la ciudad de leyenda.

Fuera de su lugar son los cuadros vago contorno espectral sin vida.
Siquiera en los Museos dice la tumba, que es cada cuadro, un nombre
glorioso. Y el nombre evoca un recuerdo vivo en nuestra memoria, y no
es todo muerte.

Pero estas Exposiciones de cuadros modernos son aun más tristes. Si
nos ponemos en la realidad, parecen almacén y dicen comercio. Si
poetizamos, son como galería de nichos; pero con nombres que no dicen
glorias; sólo dicen muerte, con la frialdad de una estadística.

Y uno por uno, en adecuado lugar, en propio ambiente, es posible que
todos los cuadros estuvieran bien. Figuraos una Exposición de niños:
al verlos allí solos, ante las miradas curiosas, indiferentes del
público, no pensaríamos en que era alegría de una casa; pensaríamos
en la Inclusa. El Arte necesita un calor que no puede hallar en las
Exposiciones. Todo parece allí muerto ó abandonado, y, con la multitud
de sepulturas, todo va en el recuerdo al hoyo grande.

Cuando la Exposición haya terminado, el Arte reconocerá á los suyos,
como Dios en la matanza de hugonotes.

       *       *       *       *       *

Los sultanes de Marruecos serán muy brutos, pero no tienen nada
de tontos. Cuando se hallan muy empeñados, en toda la magnitud de
la palabra, corte de cuentas, borrón y... sultán nuevo. Como su
dulce hermano, cuando se vió metido en el callejón sin salida de la
Conferencia de Algeciras, Muley Haffid, acorralado por los franceses,
tira por la calle de en medio y les deja con tres palmos de narices.
Esta insolvencia--también en toda la extensión de la palabra--supone
mucho trabajo y mucho dinero perdidos para los franceses. La diplomacia
marroquí es única en el arte de no pagar al casero. Aunque, en este
caso, el casero era el sultán y su arte ha sido el de quedarse con
la fianza y el mes adelantado por un inquilino que está pagando el
alquiler bastante caro.

Con este juego de sultanes compadres todo es tejer y tejer, para la
diplomacia europea, en los asuntos de Marruecos. Lo peor es que Europa
no consigue la civilización de Marruecos; pero Marruecos va á conseguir
la descivilización de Europa.

En Francia, en el propio París, en el corazón de su corazón, como si
dijéramos, ya se ha levantado cruzada contra el extranjero.

¡Si esto no es africanizarse!

       *       *       *       *       *

La opereta vienesa triunfante no será una fórmula suprema ni definitiva
del Arte para los teatros de género chico. Yo la juzgo reacción
saludable; tal vez extremosa, como todas las reacciones. Hay quien la
juzga inferior á nuestro género chico; hay quien, por el contrario,
asegura que ésto ha matado aquéllo. En mi opinión, mejor puede
decirse: Aquéllo ha traído ésto.

Aquéllo, es decir, nuestro género chico ¡había caído tan bajo! Hay que
convenir en que la gracia española es siempre agresiva, dura. ¿No ha
sido el hambre tema fecundo de chistes en nuestra novela y en nuestro
teatro?

También el error de muchos escritores, al creer que lo castizo sólo se
halla en las clases bajas de la sociedad española, porque es en ellas
más superficial y no cuesta desentrañarlo, como en las clases alta y
media, trajo la fatigosa repetición de cuadros populares, de cada vez
más falseados.

De la calle vinieron admirables cuadros al teatro: _La verbena de la
Paloma_, _El santo de la Isidra_; los hermanos Quintero trajeron las
calles andaluzas, con su sana alegría y sus limpios donaires. Pero
después llegaron los imitadores; como ya no quedaba qué traer de la
calle más que el arroyo, se trajeron el arroyo al teatro con toda su
suciedad y su grosería.

Esta opereta vienesa representa, en el género, la reacción idealista.
Su gracia es inocentona, sus chistes infantiles, su literatura de
novela sentimental á la moda del año 30; pero todo es dulce, amable,
de una fantasía sin perversión, como sueño de niña casadera. Los dúos
de amor terminan con besos en tiempo de vals y en el ritmo del vals se
espiritualizan. Los hombres son galantes y las mujeres coquetas. Nadie
se insulta ni salen á relucir las navajas. Las aldeanas visten de raso
y ofrecen flores. Los militares son como príncipes de cromo...

Todo es lindo, lindo. ¿Pondremos á la finura el reparo de cursi? De
ningún modo. Más vale que nuestras cocineras aprendan estas finuras de
las operetas vienesas que no nuestras señoritas aquellas ordinarieces.
Y perdonen los casticistas.



XVII


El conde de Pradére ha tenido un rasgo de verdadero españolismo al
adquirir _La Vicaría_, de Fortuny. Ya que del conde no puede decirse
nada, se dice del cuadro. Ha pasado de moda; Fortuny ya no se lleva.

Y ¿qué pintor no ha pasado por estas alternativas y veleidades de la
moda? Tiempo hubo en que Murillo era estimado sobre Velázquez, el Greco
era menospreciado y Goya no era tenido en mucho. Ahora mismo ¿no hemos
desempolvado á Lucas?

La pintura de Fortuny está, sin duda, en ese período crítico para toda
obra de arte: cuando se está viejo y no se ha llegado á ser antiguo.
Hasta muy pocos años ha ¿no eran risibles y ridículos los retratos
de señora con su miriñaque? Hoy ya tienen valor histórico. Actrices
modernas se han atrevido á presentarse con miriñaque en escena al
interpretar obras de aquel tiempo. Y obras dramáticas; á lo que
ninguna actriz se hubiera atrevido antes, segura de comprometer el
éxito, ante el público regocijado.

El polisón no ha logrado todavía estos honores. Dentro de algunos años
tendrá también su valor histórico y las actrices podrán atreverse con
él como ahora con el tontillo y con el miriñaque.

Fortuny, como Meissonier, como tantos otros pintores, indiscutibles
en su tiempo, pasan ahora por el período difícil del miriñaque y del
polisón.

La posteridad inmediata es el más recusable juez para las obras de
arte. Sólo nos interesa lo actual ó lo que ya parece muy lejano. Lo que
pasó, pero aun está cerca, diríase que nos envejece al considerarlo.
Mejor sabemos dar razón de las guerras púnicas que de la guerra
francoprusiana. Más sabemos de Carlos V que de Isabel II.

_La Vicaría_, de Fortuny, recobrará su puesto de honor en la historia
de la pintura española. Aunque no fuera más que por la numerosa
descendencia que tuvo. Durante medio siglo la pintura española fué
procedente de Fortuny. Los grandes cuadros de historia, teatrales
en sus personajes y en su indumentaria, los cuadros de género,
lindos, acabaditos, como miniaturas: de una España amable, bonita, de
terciopelos, rasos y blondas. Visión de un arte lisonjero que á todos
nos tenía adormecidos hasta el despertar cruel del desastre. ¡Oh! ¡El
arte optimista!

Hoy todavía dicen algunos de Zuloaga que nos calumnia. Zuloaga no
hubiera pintado nunca _La Vicaría_.

_La Vicaría_ era un cuadro de sueño. Los cuadros de Zuloaga son el
despertar. Pero ¡hay quien dormía tan á gusto!

       *       *       *       *       *

En Barcelona la opinión ilustrada de algunos médicos se ha creído en el
deber de llamar la atención sobre los perjudiciales efectos causados en
la imaginación de los niños por las películas cinematográficas.

El cinematógrafo, como el teatro, abusa de lo terrorífico.

Cuando la vida era más ruda y violenta; cuando la expansión individual
alternaba, por lo menos, grandes heroísmos con grandes crímenes, estos
espectáculos de horror no podían ser tan nocivos. En la vida moderna,
tan socialmente disciplinada, en que los buenos ciudadanos no son
capaces de grandes heroísmos ni de grandes virtudes, por no desentonar,
por no descomponer el conjunto, y sólo se manifiesta el individualismo
en los rebeldes y en los criminales, el contraste es más llamativo.
Para una imaginación inquieta, al huir del gris monótono, sólo ve la
intensidad del rojo de sangre. Los criminales son como héroes cuando no
vemos héroes mejores.

Los dramas y las novelas románticas de ahora son dramas y novelas de
ladrones y de asesinos. Sus aventuras son robos y asesinatos.

Estos son los modernos libros de caballerías, capaces á crear elementos
artificiales inspiradores de siniestros propósitos.

El teatro y el cinematógrafo para los niños es un problema de higiene,
un problema educador en que el Estado debe intervenir con urgencia.

Nuestras calles y nuestras casas, y el espectáculo todo de nuestra
vida, ya son bastante para manchar el alma de nuestros niños. Que al
asomarse con la imaginación á los sueños de nuestro Arte, nuestro Arte
no sea más sucio, más negro que la misma vida.

¿Llevaríais á vuestros hijos á pasear por un estercolero ó junto á una
charca pestilente?

Pues aun es más necesario el aire puro á su imaginación que á sus
pulmones.

       *       *       *       *       *

Al ver cómo se interesaba la opinión por el nombramiento del nuevo
director de la Biblioteca, alguien de buena fe habrá pensado: ¡Gracias
á Dios que nos interesamos por algo que no sea política menuda ó
torería!

¡Ay! Todo es uno y lo mismo. Si la gente se ha interesado en este caso
es por lo que ello ha tenido de política y de torería. La importancia
del cargo era lo de menos. Las personas designadas para ocuparle,
significaba poco. Lo divertido era la lucha, la competencia. Hasta se
han cruzado apuestas.

Como siempre, y muy á la española, los partidarios del uno negaban al
otro todo merecimiento.

La triste satisfacción que pueden tener uno y otro es la seguridad de
que los más fieros disputadores eran los que más ignoraban el valer de
los dos ilustres contrincantes.

En España sería millonario cualquier escritor si le leyeran todos los
que le admiran y la mitad siquiera de los que le odian.



XVIII


Desde Hamburgo me envía persona respetable el original y la traducción
de un artículo publicado en el diario _General Anzeigner_, de la ciudad
citada.

Extractaré lo más substancioso, según la traducción de referencia. El
artículo se titula «Deshonra de la raza», y dice, entre otras cosas:
«Varios periódicos publican relación de las impúdicas aproximaciones
de algunas señoras y señoritas de raza blanca, á los hombres de la
tribu de beduínos que actualmente se exhibe en el Jardín Zoológico de
Hagenbeck, en Hamburgo.

Los buenos beduínos vinieron á las manos por cuestión de faldas y fué
necesaria la intervención de la Policía y la repatriación de los más
levantiscos.

Aunque la empresa Hagenbeck ha tomado enérgicas medidas para evitar
la repetición de estos incidentes y ha dado á sus empleados orden
terminante de expulsar del parque á toda _señora_ que se aproxime á
los beduínos en forma sospechosa, todavía han ocurrido escenas tan
lamentables como la que acabamos de describir.

Triste y lamentable es que la mujer alemana, por lo general de carácter
y costumbres ejemplares, olvide hasta ese punto su decoro.»

Otras muchas consideraciones trae el artículo; pero no quisiera que,
al transcribirlo, nadie creyera que yo me complacía en publicar
debilidades de algunas señoras alemanas; debilidades que, si allí son
excepcionales, aunque numerosas, no son exclusivas de Alemania.

Cuando en París se han exhibido de estas tribus salvajes, en el Jardín
de Aclimatación ó con motivo de Exposiciones universales ó coloniales,
tampoco han faltado curiosas de amores exóticos.

Los mulateros de la calle del Cairo, en la Exposición de 1889, fueron
en aquella temporada, la _coqueluche de cés dames_.

Por aquí no menudea ese género de exhibiciones. Sólo hemos tenido una
de aschantis y otra de esquimales, en los malogrados Jardines del Buen
Retiro. Para prueba no es mucho. La mujer meridional, contra la vulgar
opinión, es mucho menos acometedora en amor que las mujeres del Norte.
Pero, en fin, celebremos que las exhibiciones no hayan sido muchas y
que los aschantis y los esquimales fueran, unos, demasiado negros, y
otros, demasiado descoloridos.

Las inglesas, por su parte, también se han significado bastante en
estas exhibiciones; con más cautela y decoro, claro está: con pretextos
de filantropía ó de evangelización. La raza inglesa ha sido siempre
maestra en hallar buenas razones para hacer lo que le conviene ó lo que
se le antoja. En esto tal vez consiste su superioridad. Los ingleses
tienen una religión ó una filosofía para justificarlo todo. Pero su
conducto no es nunca consecuencia de una religión ó de una filosofía,
sino lo contrario; la religión ó la filosofía, consecuencia de su
conducta. La conciencia procede del acto; como en todos los pueblos y
en todos los hombres fuertes.

Las alemanas, por lo visto, á pesar de hallarse en tierra de filosofías
para todos los gustos, no se andan por las ramas filosóficas y se
descaran buenamente en este sistema de colonización pacífica y casera.

La mujer tiende siempre á restaurar más que á revolucionar. Esta
manifiesta inclinación por los hombres de otras razas es, quizás, un
argumento á favor de la unidad de origen de las diversas razas humanas.
Pero aunque á la unidad volviéramos por estos procedimientos, respecto
á las mujeres, siempre habría dos razas, comunes á todos los pueblos y
en todas las latitudes: las unas y... las otras. Es á saber, para que
no haya duda en la clasificación: las limpias y... las puercas.

       *       *       *       *       *

De todas las intolerancias, la más intolerable es la pretensión de un
monopolio para ejercitar el bien ó cumplir un deber.

Por esta pretensión se ha planteado un desagradable conflicto en el
benéfico Instituto del doctor Rubio.

La Junta de señoras pretendía sustituir á las enfermeras laicas por
hermanas de la Caridad. Los fieles guardadores de la voluntad del
doctor Rubio se oponían á esta sustitución. No obstante, con mayor
espíritu de tolerancia, no se oponían á que alternara un número
determinado de hermanas de la Caridad con otro determinado número de
enfermeras en la asistencia de los enfermos.

Las señoras intransigentes no admitieron este _modus vivendi_.
Dimitieron sus cargos muy ofendidas y retiraron su valiosa protección
al benéfico Instituto.

No soy sospechoso; desde muy niño aprendí á respetar, á admirar á las
hermanas de la Caridad. En una de mis obras presento la figura de una
de ellas, de tal modo, que muchos la juzgaron por ideal; pero yo sé que
bien podía ser copia exacta de la realidad. Hay muchas hermanas como
aquella hermana.

Cuando se fundó el hospital del Niño Jesús, el primitivo, en el barrio
de las Peñuelas, era su directora una admirable mujer, por su talento
y por sus virtudes: sor Rosalía. El doctor Tolosa Latour la conoció
seguramente y podrá atestiguarlo. Ella sola podía ser honor de una
institución. Pero también, como aquélla, son muchas otras.

Pero también como éstas y como todas las hermanas de la Caridad, hay
otras mujeres inteligentes y honradas y buenas, capaces de cumplir con
su deber profesional tan santamente como las hermanas de la Caridad con
su deber religioso.

Cuando alguien cumple con su deber, no debe preguntársele en nombre
de qué ideal lo cumple. A buen seguro que si esas señoras de la
Junta se hallaran en peligro de muerte y supieran que sólo un doctor
especialista podía salvarlas, no se andarían preguntando si era buen
católico, protestante ó librepensador.

El personal facultativo del establecimiento se basta y se sobra para
juzgar si las enfermeras atienden con solicitud á los enfermos y
cumplen con su deber. Ellos son los más interesados en que así sea.

Ni el amor al prójimo, ni la más sublime caridad, ni el sacrificio por
la más alta idea del deber, son patrimonio de una creencia religiosa
determinada. ¿Con qué derecho puede negarse á nadie que cumpla con su
deber, porque sus razones no son las mismas que las nuestras?

Además, no hay religión en el mundo que llegue á imprimir uno solo de
sus mandamientos en nuestro corazón, si en nuestro corazón no estaban
ya impresos todos los mandamientos religiosos.



XIX


Doña Sol Rubio, hija del eminente fundador del Instituto Rubio, me
pide en carta abierta rectificación de algunos errores en que incurrí,
por equivocados informes, al relatar los hechos que dieron ocasión á
disidencias en dicho Instituto.

No fué descortesía mi retraso en acusar recibo de tan atenta carta,
sino el deseo de rectificar en esta misma sección.

Lo de menos eran los hechos en mis apreciaciones. Pero, en fin, conste
que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no podían admitir
la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la
voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que
propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras.

Lo importante era consignar que bien estaban unas y otras, como todas
cumplieran con su deber.

Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise significar el no hallarse
sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin poner en duda
su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad y,
sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión
determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión
católica resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes.

¿Estamos todos contentos?

       *       *       *       *       *

La noche del miércoles pasado fué de fiesta mayor en casa de Joaquín
Sorolla. Se obsequiaba á Mr. Huntington, hispanófilo americano,
meritísimo de cuantos honores pueda España ofrecerle.

La casa de Sorolla es un palacio del Arte, tan á la española trazado,
que allí la suntuosidad no es soberbia ostentación, sino hidalga
limpieza. Antes que el palacio os admire os acaricia el hogar, y antes
que las maravillas del Arte absorten vuestros ojos el amor y la paz
familiares ungieron de buenos pensamientos vuestra frente. Por inquieto
y perturbado que esté nuestro espíritu, cuando nos hallamos entre
gentes buenas y dichosas nos sentimos también dichosos y buenos, como
si las alas de nuestros ángeles custodios, los que nos guardaban de
niños, volvieran á traernos nuestra inocencia.

Con vuelo impetuoso más suele el Arte destruir que labrar nidos. Sus
glorias rara vez van unidas á la gloria de amar y ser amado. Por eso
al juntarse en la casa de Joaquín Sorolla, este hogar del Arte, este
palacio del Amor, parece como un templo ideal á una diosa más ideal
todavía: la felicidad.

La casa de Joaquín Sorolla es tan española como el alma de cuantos la
habitan; modelo de la verdadera familia española. ¡La familia española,
la más pura gloria de nuestra raza!

La casa de Joaquín Sorolla debiera ser provechosa lección de
edificaciones españolas enfrente de tantos esperpentos á la francesa,
á la inglesa y á la suiza con que la cursilería europeizante deshonra
nuestras tradiciones arquitectónicas.

Sorolla debe ahora recorrer toda España. Estudia tipos y paisajes para
el grandioso friso decorativo del Museo Español de Mr. Huntington en
los Estados Unidos.

¿Podíamos soñar mejor desquite de pasadas humillaciones? Detrás de una
puerta cerrada, en un gran salón, se nos dice que están los estudios
del natural apuntados por Sorolla para su gran obra. La entrada está
prohibida. Míster Huntington no quiere que nadie goce las primicias de
su encargo. ¡El simpático hispanófilo no lo es del todo!

Nada podemos ver, pero es mucho lo que adivinamos. Adivinamos, con los
ojos que tantas admirables obras del gran pintor español admiraron, la
más asombrosa evocación de España, la verdadera España: luz, color,
brío. Se abren ante nosotros páginas del Romancero y del _Quijote_, de
las novelas picarescas y de las hazañas de Italia y de Nueva España...

Y también tristezas, y también sombras que el pincel de Sorolla, al
no mentir, no lisonjea. Pero de esas sombras y esas tristezas no se
alza el pesimismo espectral, agüero de muerte; es más bien la sensación
caótica de algo muy fuerte y vigoroso que no puede morir porque no ha
nacido todavía.

He aquí la obra de un gran pintor, todo realismo, que, para poner
espíritu en su obra, le basta con poner verdad. Y todo es Arte.

Y es que en Arte hay dos grandes estilos: uno, en que el alma del
artista envuelve el alma de las cosas; otro, en que el alma de las
cosas envuelve el alma del artista.



XX


Con la firma de «Un concursante de buena fe» recibo una carta muy
atendible, de la que copio lo más interesante:

«¿Querría usted llamar la atención del Ayuntamiento respecto á lo que
está ocurriendo con el tercer concurso de comedias?

Es el caso que, iniciativa tan plausible, no ha dado hasta ahora otro
resultado práctico que molestar inútilmente á los Jurados y hacer
perder tiempo é ilusiones á los concursantes de buena fe.

Tres concursos van convocados; permítame que en pocas palabras le
recuerde el historial de cada uno.

El primero se convocó el 29 de Noviembre de 1909. Al expirar el plazo
de admisión se habían presentado 153 obras. El Jurado, que formaban
los señores Sellés, Rodríguez Marín, Répide, Gómez de Baquero, Linares
Rivas y Jurado de la Parra, falló el 25 de Junio. (Es decir, invirtió
menos de cuatro meses en examinar los 153 originales), premió la
comedia _Los jácaros_ y mencionó con elogio otras varias.

Bajo su firma declararon los señores del Jurado que el concurso era
excelente. ¿Recuerda usted el expresivo artículo que Répide publicó en
_El Liberal_? Pues si hubiera sido pésimo, no hubiera fracasado de más
completo modo. Ninguna de las obras elogiadas se ha representado, ni
siquiera la premiada, en el Español ni en ningún otro teatro.

Segundo concurso. Se convocó el 5 de Diciembre de 1910; se clausuró el
5 del siguiente Marzo, con 86 originales. El Jurado, que formaban los
señores Villegas, Linares Rivas, Zozaya, Bueno y Martínez Sierra, tardó
en fallar cerca de nueve meses. Por fin, premió la comedia _El bobo_ y
declaró por buenas otras cinco.

¿Resultado práctico? Acaso por la demora del fallo, _El bobo_ sólo
pudo estrenarse, al terminar la temporada oficial, en deplorables
condiciones. Así, mal ensayada, representada para salir del paso, la
obra sólo tuvo las tres representaciones á que obliga la ley. Las
demás comedias elogiadas siguen inéditas.

Antes de fallar en el segundo concurso--vea otra anomalía--se convocó
para el tercero. Al terminar el plazo de admisión--el 4 del pasado
Febrero--sólo había presentadas 46 obras. Esta progresión descendente
significa mucho también. Estamos á fines de Junio, esto es, han
transcurrido cinco meses, y ni hay fallo, ni se sabe si hay Jurado,
aunque en el Ayuntamiento son pródigos en dar noticias hasta de lo que
pasea cada concejal.

¿Considera usted justo hacer una excitación al Ayuntamiento, encaminada
á que se sepa lo que ha sido de esos originales y á evitar que, una vez
más, se esterilice la iniciativa con un fallo en exceso tardío?»

Queda complacido el comunicante. Muy razonables me parecen sus quejas;
pero ¡ay! ¡si el concursante de buena fe supiera lo que es ser Jurado,
también de buena fe, en uno de estos concursos! Por haberlo sido en
varios, no tengo ninguna fe en sus resultados.

Cierto que los autores desconocidos dirán: Y ¿cómo hemos de darnos á
conocer? Hay que ser algo fatalistas: lo que ha de ser, está escrito,
y cuando está bien escrito... es siempre. ¿Que puede existir algún
talento ignorado? Es posible. ¡Dichoso él, que, al verse desconocido,
llegará á dudar de su talento y podrá creerse tonto... y ser feliz!

       *       *       *       *       *

El cultísimo escritor Bernardo Cándamo abre información sobre la
conveniencia de establecer la previa censura teatral.

Un exceso de celo del jefe superior de Policía ha dado ocasión á que se
discuta de la moral y del arte.

De todo ello podrá discutirse, como de las ventajas y desventajas de
la previa censura. Lo que está fuera de discusión es que un jefe de
Policía, de no producirse alboroto ó grave escándalo en el teatro,
no es quién para juzgar de moral ni de arte, cuando ni artistas, ni
críticos, ni filósofos han logrado dictaminar de acuerdo en tan ardua
materia.

La vulgar opinión entiende por inmoral en arte algo que muchas
veces nada tiene que ver con la moral, en el más alto sentido de la
palabra. Hay quien se escandaliza en el teatro por algo que bien puede
calificarse de «mera porquería», como un ingenio peregrino calificaba
en picarescos versos algo que otro, no menos peregrino, diputaba por
pecado nefando.

En cambio, obras que pueden ser antisociales, demoledoras ó tal vez
peligrosas por inoportunas, no pasan por inmorales ni dan ocasión á que
se alarmen los jefes de Policía.

Estas otras, que tanto alarman á los pudibundos, me parecen la suprema
inocencia, y el público que con ellas se regocija de una simplicidad
infantil. Considérese que toda la gracia del espectáculo consiste en
que nos digan ante centenares de personas lo que estamos aburridos
de oir en reducidos grupos. La novedad no está en lo que oímos, sino
en oirlo delante de mucha gente. Ya sabemos lo que ha de parecemos
á nosotros; la picardía está en averiguar lo que les parecerá á los
demás.

Obsérvese al espectador durante la representación de una de estas obras
«inmorales». Más que á la escena, atiende al público. No dirá nunca:
¡Cómo me he reído!, sino: ¡Cómo se reían!

El efecto cómico de este género es el mismo que se logra en cátedra ó
en el salón de sesiones con un chiste malo que en los claustros ó en el
salón de conferencias no tendría maldita la gracia.

¿Previa censura? Voto en contra. En España estaría supeditada á todo
género de pasioncillas, caprichos y arbitrariedades, sin contar con la
influencia de los cambios políticos.

Y no sería la censura conservadora la más temible. Sabido es que
los liberales son los que aquí se toman mayores confianzas con las
libertades.

Hay una solución productiva. Este género alegre no es más nocivo que
el juego. ¿Por qué no gravarle con un impuesto especial? Es el mejor
partido que puede sacarse de todo lo malo. ¡Ay! ¡Menos de los malos
Gobiernos!



XXI


Las únicas cartas anónimas insultantes que recibo proceden de furiosos
aficionados á toros, cuando me permito atacar la sublime fiesta. Como
el blanco de mis tiros, más que la fiesta misma, ha sido siempre su
público, claro está que esas cartas llenas de improperios vienen
á confirmar lo que pienso respecto á los furibundos aficionados á
toros. Escriben como van á la Plaza. Son ellos, los mismos, los de las
almohadillas al redondel y los insultos á los lidiadores que arriesgan
su vida, y sólo por esto, ya merecen el mayor respeto.

En justa compensación recibo otras muchas cartas que bastarían á
sostenerme en mi empeño, si yo lo tuviera en combatir contra las
corridas de toros. Pero siempre he juzgado ineficaz toda predicación
destructora. En la vida no se destruye nada. Las cosas desaparecen por
sí solas cuando deben desaparecer. Es decir, cuando se ha edificado
lo que debe sustituirlas. No es la labor negativa de clamar contra las
corridas de toros lo que puede ser provechosa, sino la paciente labor
de promover en las gentes más nobles aficiones.

Entre las cartas agradables recibo una, firmada por un madrileño,
solicitando mi atención sobre un niño, verdadero «fenómeno»; así dice,
con razón, la carta.

Ese niño, fenómeno en España, se halla en el Asilo de la Paloma, quiere
y cuida á los pajarillos y ha llegado á inspirarles á su vez tal cariño
que, cuando sale por los patios y jardines, le siguen en bandadas,
se posan confiados en sus manos y sobre sus hombros y, á su modo, le
saludan y le agasajan.

Esto, que en otras partes del extranjero es cosa corriente; que en las
vidas de santos, como San Francisco de Asís y San Antonio de Padua,
pasa por milagroso; que Murillo juzgó como suprema bondad infantil,
al mostrarnos en su cuadro de _La Sagrada Familia_, conocida por la
del pajarillo, al niño Jesús en actitud de defender á un pájaro del
gozquezuelo que le espanta con sus ladridos, en un niño español es más
que milagroso por lo inaudito.

Cuántas veces he visto con pena, porque pensaba en los niños y en los
pájaros de España, en paseos y jardines de París á los niños rodeados
de pájaros. Los pájaros eran como los nuestros. ¡Eran los niños los
que no eran iguales! Aquí el niño es el enemigo, el hostigador; allí
era el buen amiguito, el esperado con impaciencia. Y nada excede en
poesía á la realidad cuando compone estos cuadros. Cuando el arte,
al imaginarlos, no pudo inspirarse en ella, nos parece arte falso y
sensiblero.

Nuestro arte, si quiere ser realista, por fuerza ha de ser duro y seco.
¿Dónde están las inspiraciones de dulzura en nuestra realidad?

Los que no sentimos la poesía de lo violento, ¿no hemos de agradecer á
ese niño su inspiración piadosa?

¿No habrá quien le premie por ella? ¿No ha de merecer la atención que
no le hubiera faltado de ser un precoz criminal?

El nombre de ese niño es Francisco Pancorbo, como dije, asilado en
la Paloma. Los amantes de los niños, ¿no harán algo en favor de ese
niño bueno? No estaría bien que se anticiparan los protectores de los
pájaros á recompensarle.

       *       *       *       *       *

Cuando la política apesta--y nunca apesta como al convertir en cuestión
política la que debiera ser cuestión nacional,--el único desinfectante
eficativo es volver los ojos á otras manifestaciones de la actividad: á
las corrientes aguas, donde va la vida española por más ancho cauce.

¡Si atendiéramos sólo al salón de sesiones del Congreso! ¡Si todo fuera
como la política en España! Por fortuna, fuera de ella, á despecho de
ella, casi siempre se trabaja, se camina y se progresa. Siempre que
nos sorprende alguna novedad agradable es algo que no se ha discutido
en las Cortes ó que pasó por ellas en silencio, en un renglón de los
presupuestos; esos presupuestos que nadie discute, cuya enunciación
basta para despejar la Cámara de diputados y de curiosos.

La admirable instalación de telegrafía sin hilos, en Carabanchel Alto,
es una de estas gratas novedades confortadoras.

¿Por qué nuestros modernos poetas, tan desmayados y luctuosos, por
regla general, no cantan estas cosas? ¿Son menos interesantes que los
parterres de Versalles? Hay para dar razón á los futuristas, con todas
sus exageraciones.

Yo os aseguro que la instalación de telegrafía sin hilos de Carabanchel
Alto bien merece una oda.

El invento pertenece á la Humanidad. Admira y deslumbra á nuestra
inteligencia. Pero aquella instalación es nuestra, es de España;
halaga y conforta el corazón. Y españoles, soldados de su ejército,
son los sargentos inteligentes, modestos, que allí prestan servicio y
han recibido ofertas tentadoras de empresas extranjeras de navegación
y prefieren servir á su patria: á esta patria que no suele ser muy
espléndida con los que trabajan por ella; porque los que trabajan no
intervienen en los presupuestos, y los que intervienen... no trabajan.



XXII


Tres muertos ilustres cuenta la crónica en estos días: Massenet, el
general Booth, y, el más grave de todos, Muley Hafid.

El músico francés no ha tenido á su fallecimiento la Prensa que podía
esperarse de su popularidad en vida. No es que la Prensa francesa y,
por reflejo, la europea le haya escatimado las necrologías; pero los
elogios han sido tímidos.

Desde que un aristocratismo intelectual y artístico ha sentado como
criterio fundamental en sus juicios la razón inversa del mérito con el
aplauso público, es preciso blasonar de independiente y despreocupado
para atreverse á celebrar lo que todos celebran. Por donde sucede que,
cuando una obra empieza á ser aplaudida, es cuando empezamos á dudar de
que merezca serlo. ¡Ah! ¡Si las obras de Massenet no hubieran sido tan
del gusto público! ¡Si Massenet hubiera muerto obscuro y postergado
como Bizet!

Yo no digo que Massenet fuera uno de esos genios musicales definitivos
en una época; pero supo agradar y agradará por mucho tiempo á los que
aun piensan ó sienten que la música no es una tabla de logaritmos. Al
fin y al cabo, genios, lo que se dice genios musicales, ¿cuántos han
sido? Por los dedos de una mano pueden contarse. Y algunos de ellos muy
discutidos por los grandes inteligentes. Por ejemplo, Bach, de quien
yo he oído decir perrerías á personas de muy buen gusto musical. Yo no
entro ni salgo, ni juzgo de música más que por sentimiento. A mí la
música de Bach me suena á capilla protestante, que es para mí el sonido
más antipático que puede tener música en el mundo. A otro gran músico,
César Franck, también se le cedo á ustedes por una friolera. Me parece
un filósofo de esos que pretenden explicar por razonamientos cosas
pertenecientes á la emoción íntima; conciliadores entre la Ciencia y la
Fe, que no concilian nada.

Por todo esto, bien merecía Massenet elogio más fervoroso de la
crítica. ¿Es que sólo puede haber dioses mayores?

En Madrid sólo hemos oído tres óperas de Massenet: _El rey de Lahore_,
_Manon_ y _Werther_. La primera es de las más endebles. Obra estrenada
en la Opera de París, confiado el éxito al aparato escénico, á la
espléndida figura de la Reskée y á la hermosa voz del barítono Lasalle.

_Manon_, mutilada con supresiones importantes, no tuvo al estrenarse
en Madrid favorable acogida. Hasta que no fué cantada por Anselmi, y
después por Anselmi y la Storchio, no logró el aprecio del público.

El estreno de _Werther_ también fué desgraciado. Batistini, primero,
luego, Anselmi, consiguieron rehabilitarla.

Massenet lo intentó todo, con desigual desempeño, pero con laudable
propósito siempre. Soñaba con hacer grande, y, como tantos otros, sólo
consiguió triunfar cuando menos se preocupaba por el triunfo. ¡Vanidad
del artista! En sus obras siempre prevalece un sentido inconciente que
está sobre los cinco sentidos puestos por el artista en su obra.

En las óperas de Massenet hay variedad de asuntos y de estilos.
Historias de amor en _Manon_ y en _Werther_; el cuento de hadas en _La
Cenicienta_; el poema lírico en _Don Quijote_; en _Esclarmonda_ la
mística leyenda; en _Lohengrin_ hembra, donde Massenet aspiró á Wagner
y fué su aspiración dulce suspiro de enamorado más que de creyente.

La crítica hostil llamaba á Massenet el músico de las _cocottes_. Ya
es algo ser el músico de alguien; porque ¿quién no tiene algo de todo
á sus horas? Sólo los espíritus superiores son siempre ellos mismos,
que es ser muy poca cosa. Los demás, á poco que soltemos las riendas,
ya nos interesamos con las peripecias de un melodrama como la _Margot_
de Musset--«¡vive le mélodrame oú Margot a pleuré!»,--ya relinchamos
como sementales rijosos ante un tablado de tangos y garrotines, ya,
como sencillas _cocottes_, nos emocionamos con las chulerías Luis XV de
Manon y de su caballero, puestas en música absolutoria por un músico
amable y francés.

El general Booth, el admirable fundador del Ejército de Salvación,
sólo hubiera podido salir adelante con su obra en Inglaterra. Sólo en
Inglaterra podía salvarse el peligro más terrible de su empresa: el
ridículo. ¿Qué hubiéramos hecho en España con un general Booth? ¿Qué
hubieran hecho en Francia? Sólo en Inglaterra es posible predicar el
Evangelio al son de una murga, entre una estrafalaria mascarada, y sólo
allí es posible sobreponer la intención de la obra á los procedimientos
hasta ser considerado por los Poderes públicos y colaborador suyo en
ocasiones difíciles.

Todavía, al contemplar el retrato del difunto general, publicado
en casi todos los periódicos ilustrados del mundo, una sonrisa de
escepticismo se disimula apenas en labios latinos. ¿Era un santo? ¿Era
un vividor? ¿Un grande hombre? ¿Un chiflado? ¡Ah! ¡Cuántas buenas obras
como la del general Booth se habrán malogrado en el mundo por temor á
que todos pregunten: ¿Quién es el hombre?

¡Y cuántas veces el hombre no puede dar mejor razón de sí que sus obras!

¿Nos da Dios, con ser Dios, otra razón de su existencia?



XXIII


Para la próxima temporada teatral la dirección artística del teatro
Español anuncia obras de casi todos los autores militantes y otras
de autores noveles en el teatro, pero no tan desconocidos que sea
aventurado esperar mucho y bueno de sus obras. Un nombre falta en
la lista, un nombre que está sobre todos, el del propio director
artístico: el de don Benito Pérez Galdós. Por delicadeza, estimada por
todos en cuanto significa, pero inatendible en esta ocasión, don Benito
se niega á estrenar obra suya y á que sean representadas las de su
repertorio; y eso no debe ser.

Cuando, por causas de enojosa explicación, las obras y el nombre de
don Benito Pérez Galdós no figuran en teatros de importancia, y, por
dificultades de interpretación, no pueden ser representadas como ellas
merecen en teatros de segundo orden, el teatro Español es el único
que puede ofrecerlas digno escenario. ¿Habrá un solo autor de los que
tienen obras anunciadas que pueda mirar con recelo la representación
de las obras de don Benito? Todo lo contrario; yo creo que todos se
apresurarán á firmar una solicitud pidiéndole que vuelva de su acuerdo.
Una campaña de Arte independiente, popular, como debe ser la que en el
teatro Español se emprenda en esta temporada, con actores de juveniles
alientos como Matilde Moreno y Francisco Fuentes, no sería completa
si faltaran las obras del maestro glorioso de la novela y del teatro
contemporáneo. Con palabras de _Un drama nuevo_ yo, soldado de fila,
me atrevo á dirigirme al maestro de todos para decirle: «Sed nuestro
general: conducidnos á la victoria.»

       *       *       *       *       *

Ni en costumbres, ni en leyes, ni en política, en nada se muestra
Francia tan republicana como en el arte de poner en ridículo á cuantos
reyes y soberanos, en activo ó pasivo, transeuntes ó residentes,
caen en ella. No son, por cierto, reyes y príncipes modernos héroes
de tragedia; mas si alguno lo fuera, al llegar á Francia quedaría
convertido en caricatura de opereta. Francia es la Dalila capaz de
tomar la cabellera al más fuerte Sansón. Ved á Muley Hafid, el sultán
esperanza de los creyentes, el que fué proclamado por ellos como
restaurador del espíritu nacional y religioso, contra su hermano, el
débil, el descreído, el europeo. Nada pudo contra los invasores de
su Imperio; pero todavía, en el recogimiento de su palacio, podíamos
suponerle, como á Prometeo encadenado, más alto y más noble en su
vencimiento que el vencedor injusto. ¡Estaba escrito! Pero ahora, al
permitir que se traduzca al francés--¡al francés de Montmartre!--lo
que el Destino escribió en árabe, ha perdido hasta el derecho á la
compasión. Es un triste león de feria, amaestrado como un perro.
Lastimosas fueron las femeniles lágrimas del último rey moro de
Granada; pero aun han podido hallar piadosa acogida en la leyenda y
en el poema. Para Muley Hafid sólo queda la musa «bulevardesca» del
café-concierto y de las revistas del año.

Olvidado en el último rincón de su Imperio, pudo ser una figura trágica
digna de ser representada en tiempos futuros por algún Monnet-Sully
del porvenir, en París mismo, en la escena del teatro Francés. Así, no
habrá clown que no le remede y ridiculice por circos y tablados. Al
ofrecerle Francia las libertades de su República ha sido más cruel que
si le hubiera encerrado en una jaula del Jardín de Plantas. Su libertad
es el ridículo. Y ¿qué hace en París el sultán caído que no hiciera en
su Imperio? Lo mismo: satisfacer todos sus deseos; pero lo que allí
parecían voluntades de un Dios, aquí parecen caprichos de niño ó de
loco.

       *       *       *       *       *

Nuestro aislamiento de la política internacional no era, ciertamente,
el espléndido aislamiento de que blasonaba Inglaterra al saberse odiado
de todos, pero, al fin, temida, en tiempos no muy lejanos.

Ahora, según noticias, nos disponemos á entrar en alianzas; esas
alianzas políticas en abstracto, que significan muy poco en concreto.
¡Francia, España, Inglaterra, Rusia! Está muy bien; no puede sonar
mejor. Pero... ¿y los franceses, los españoles, los ingleses y los
rusos?

Formidable alianza si fuera siquiera por conveniencia de todos, ya que
de amor no hay para qué hablar en estos matrimonios internacionales.
¡Cómo se reirá Alemania! Si es que las abstracciones pueden reirse como
pueden aliarse.

La alianza es preciosa; pero ¿qué apostamos á que, salvo entre Francia
y Rusia, hay muy pronto que lamentar algún _coup de canif_, como
dicen los franceses, en el contrato matrimonial? Pese á quien pese,
Inglaterra y Alemania están llamadas á entenderse; y en cuanto á
Francia y España... Al buen callar llaman Sancho; pero bueno sería que
le llamáramos Don Quijote.



XXIV


Como en todos los veranos, las «capeas» han originado conflictos por
esos pueblos. La autoridad gubernativa las prohibe, la autoridad de
los alcaldes es insuficiente para imponer la prohibición. Los mozos
se amotinan; la intervención de la Guardia civil ocasionaría mayor
conflicto. ¿Qué han de hacer los alcaldes? Dejar que los mozos se
salgan con la suya. ¡Es mucho salvajismo el de los pueblos!, se dice.
No es más del que se ha cultivado en ellos. ¡Si para ellos no hay otra
fiesta más que la «capea», y, suprimida, no les queda otra diversión!
Pero, aunque otra cosa crean los que por comodidad ó desidia declaran
al pueblo ineducable, ¡es tan fácil su educación!

Buen ejemplo es un humilde lugar de la provincia de Toledo: Aldeaencabo
de Escalona. Por la fiesta del Santo Patrón era inevitable la «capea».
Verdad es que á la «capea» quedaba reducido todo el festejo. En este
año se acordó organizar una función teatral, hubo unas cucañas, unas
carreras en sacos, unos fuegos artificiales y nadie echó de menos la
«capea» y nadie protestó contra su prohibición. Para ello ha bastado
con muy poco: con la autoridad de un sacerdote ejemplar, con la
influencia educadora de un maestro, con la buena voluntad de algunos
vecinos, y la fiesta se ha celebrado á satisfacción de todos, modelo de
orden y de cultura.

Con muy poco gasto y menor esfuerzo se conseguiría lo mismo en todos
los lugares de España. El paisaje de España es como su espíritu:
hosco, áspero. Pongamos dulzura en los paisajes y en las almas. No
escuchemos la voz egoísta de esos enamorados de lo característico, de
lo pintoresco. Son los que se asoman al campo y pasan de largo, sin
dejar á su paso amor ni bondad. El amor al paisaje por el paisaje es
como el amor á los animales: una forma del egoísmo, de la misantropía.
Los paisajes y los animales no dan disgustos como las personas.
Estos _dilettanti_ de lo pintoresco se complacen en la rudeza de los
campesinos. ¡Para lo que han de estar entre ellos! ¿Que se instruyen?
¡Qué lástima! ¿Que pierden carácter? ¡Qué profanación! Hasta el día de
la pedrada ó del garrotazo ó de la coz, que todo llega...

No hay derecho á mantener, en nombre de lo pintoresco, la ignorancia,
el atraso, que nunca son bondad, aunque puedan parecer sencillez.
Dulcifiquemos, dulcifiquemos, sin temor á que la dulzura desvirtúe
la virilidad. Los pueblos de vida amable serán siempre más ardorosos
defensores de su independencia que los pueblos de vida ingrata,
atormentada. Sólo entre los descontentos nacen los traidores. Es
preciso una gran virtud para amar á una patria en que nada es amable.

El señor Canalejas, que tan gubernamentalmente ha tronado contra los
inadaptados, debiera darse una vueltecita por algunos lugares de
España; y lo que había de admirarle entonces sería... que hubiera
tantos adaptados á lo inadaptable.

       *       *       *       *       *

Sarah Bernhardt celebra sus bodas de oro teatrales. ¡Cincuenta años de
teatro! Y todavía su arte extraordinario, único en la historia de la
escena, logra sobreponerse á los ultrajes del tiempo. Verdad es que
nunca el espíritu se sirvió de medios tan inmateriales de expresión
material como en la divina artista. El cuerpo de Sarah nunca tuvo edad;
su voz no fué nunca de humano timbre. No era la voz que se oye; era la
voz con que se sueña. Era como la luz musical del pensamiento. Y ¡la
noble armonía de sus actitudes! No hubo sensación fugitiva que no se
consagrara en ella, como en escultura, para la inmortalidad.

París, escéptico adorador de sus dioses, ya sonríe ante los cincuenta
años escénicos de la actriz bisabuela; pero sonríe cariñoso y admirado.
Sarah, con muy buen acuerdo, ha ido á celebrar sus cincuenta años de
teatro á Inglaterra. Los ingleses saben admirarla sin escepticismo.
La juventud espiritual de Sarah es para ellos tan respetable como la
propia juventud de la vieja Inglaterra. Un milagro de voluntad, si al
decir voluntad cabe decir milagro. Esa gloriosa vida de arte supone
una tensión constante de espíritu sin un desfallecimiento, sin una
desconfianza en las propias fuerzas. Sarah sólo ha vivido para su arte;
el arte ha correspondido, generoso, á tanta fidelidad.

       *       *       *       *       *

En las fiestas de Salamanca he podido apreciar los tristes efectos del
_absentismo_. De las casas grandes, de linajuda nobleza, cuyas más
saneadas rentas de Salamanca proceden, muy contadas han sido las que
contribuyeron al lucimiento de las fiestas. Y digo yo, y decían muchos:
«¿Qué mejor ocasión para un acto de presencia?» Son días en que los
humildes, no sólo miran sin odio el lujo de los señores, sino que lo
agradecen y lo admiran como un esplendor más de la fiesta. Son días de
acortar distancias y de suavizar asperezas.

Las hermosas muchachas premiadas en el Concurso de belleza, las que
vistieron los trajes clásicos de charra, tuvieron que pasear por la
población en deslucidos coches de alquiler. ¿Para cuándo guardan los
grandes señores de la provincia sus trenes de gala?

En la escolta de charros montaraces, que dieron guardia de honor á los
príncipes de Baviera, faltaron los de casas muy principales. ¡Buen
ejemplo para los de abajo!

¡Luego se quejarán del desamor de los humildes! ¡Pues qué!, ¿hacen algo
por merecer su amor ó su respeto?

Hay altas posiciones sociales que imponen muy altos deberes. No es de
los más penosos el de dejar, por unos días de fiesta en la provincia,
alguna playa ó balneario del extranjero, donde, sin pensar, se va en la
ruleta del Casino lo mejor de las rentas solariegas.

Los grandes señores han olvidado el arte de agradar, que, claro está,
no es más que el arte de saber aburrirse. Pero ese arte es un deber
de la nobleza y del dinero. Y ¡es un deber que está tan compensado!
Siempre que procuramos agradar acabamos por ser agradables; y... cuando
se es agradable, se está más divertido que nunca.



XXV


Bien pudiera algún predicador haber repetido las exclamaciones famosas
de Bossuet, en los funerales de una princesa de Francia: «¡Madame
se meurt!... ¡Madame est morte!» Las que pusieron espanto en aquel
auditorio de príncipes y grandes señores de la Corte, al considerar
cómo, en el breve espacio de dos exclamaciones, aun no vista llegar,
pasó la Muerte. La Muerte niveladora, y, por serlo, el más cierto
resplandor de la ideal Justicia sobre la tierra; el más seguro anticipo
suyo para otra eterna vida. La Muerte, de quien otro poeta francés
dijo: «Et les gardes qui veillent aux barriéres du Louvre, n'en
defendent pas nos rois».

Y triste actualidad recobran también los versos de Cervantes á la
súbita muerte de la reina Isabel de Valois:

      Cuando dejaba la guerra
    libre ya el hispano suelo,
    en un repentino vuelo,
    la mejor flor de la tierra
    se fué trasplantada al cielo.
    Y al cortarla de la rama
    el mortífero accidente,
    fué tan oculto á la gente,
    como el que no ve la llama
    hasta después que la siente.

Los poetas de ahora temen ser tildados de cortesanos, y, sólo cuando
se trata de lisonjear las malas pasiones de los de abajo, no se
juzgan aduladores. Así, los poetas no cantarán á la buena memoria de
la infanta María Teresa. Ni es necesario: estas vidas sencillas, de
bondad, de recogimiento, parece como si se profanaran con altisonancias
ditirámbicas. En el abultado libro de la Historia, sobre el trompeteo
de las grandes hazañas bélicas y de las intrincadas empresas políticas,
estas vidas han de ser como flor guardada entre las hojas del libro:
una meditación, un silencio entre el barullo de tantas grandes y de
tantas malas acciones, que son la Historia y son la vida...

Ni aun sientan bien ponderaciones cortesanas por el dolor que su
muerte causara á los suyos. ¿Para qué decirnos que las tristezas de los
grandes de la tierra son excepcionales como su grandeza? ¿No estará
nuestra mayor simpatía en saber que son iguales á las nuestras? ¿El
dolor de la madre? No digáis á las madres que es un dolor de reina;
decidles que es el dolor de todas las madres, y ¿cómo no han de
comprenderlo? Ved cómo la Religión cristiana, al divinizar el dolor de
Cristo, humanizó el dolor de la Virgen madre; porque divinizado hubiera
dejado de ser dolor, al gloriarse en la gloria del Hijo.

Ni es bien poner distancias ante el dolor que á todos iguala. Ofrezcan,
con grandeza de alma, los grandes de la tierra sus dolores, como
sacrificio aplacador de odios y envidias. Nunca como en la Cruz
comprendió á Dios la Humanidad; porque en la Cruz está más cerca de
nosotros.

       *       *       *       *       *

Cuando se estudia con serenidad algún problema económico, hay que decir
como aquel personaje de una comedia: «¿A quién se engaña aquí?» Esto
es: «¿Quién se lleva aquí el dinero?» Porque oye usted á los patronos,
y no es porque lo digan ellos, les ajusta usted las cuentas y no puede
usted por menos de darles la razón. Ellos no se llevan el dinero. Oye
usted al trabajador, al obrero, y la razón les sobra: no pueden vivir.
Y oye usted á todo el mundo, y el dinero no parece por ninguna parte.
El propietario de fincas, ya rústicas, ya urbanas, obtiene un menguado
interés de su capital, y el arrendatario y el inquilino dicen que ya
no pueden con la renta. El industrial se queja del comerciante, el
comerciante del industrial, y el comprador de todos. Todo el mundo está
mal servido y nadie está contento. Y, no obstante, á esto es á lo que
llaman orden social y esto es lo que, según dicen, hay que sostener á
toda costa.

¿No valdría la pena de hacer algún ensayito para cambiarlo todo?
Aunque fuera en seco; esto es, sin guillotina ni tiroteo por las
calles; un ensayo en buena armonía, puesto que nadie está á gusto y
todos se quejan. Y si viniera á resultar, como es de temer, que el
verdadero tenedor del dinero de todos es el Estado, con impuestos
desproporcionados, insoportables para el país, que el Estado se
encargue de todo y con dos suculentos ranchos al día nos alimente á
todos. Y no nos asustemos del socialismo, cuando la actual organización
social no es otra cosa: un socialismo con mala administración.

       *       *       *       *       *

Caricatura veraniega (sin dibujo y fuera de Concurso).

En el Casino:

--¿Qué le pasa á Juanito? ¡Tiene una cara!

--Que le han dejado sin una peseta.

--¿Sí? ¿Cuánto ha perdido?

--Pues eso: una peseta.



XXVI


Cuando un madrileño, en cualquier esfera social, ha llegado á ocupar
un puesto, alto ó bajo, ya puede asegurarse que se lo ha ganado por
su propio esfuerzo. Al madrileño no le gusta deber nada á nadie. Por
eso, aun de la clase más humilde, prefiere los oficios independientes,
en los que menos haya que obedecer y ser mandado. Así es muy raro
hallar un madrileño dedicado al servicio doméstico, y si, por razón
de sus ocupaciones, depende de algún patrón, maestro ó jefe, todo se
conseguirá del madrileño por la razón persuasiva ó por el ruego amable;
nada por el mandato indiscutible, ni por el rigor áspero.

El madrileño no tiene cacique á quien pedir recomendaciones; no trata,
ni siquiera conoce, á sus diputados; no tiene colonia que le proteja ó
le obsequie.

Por todas estas consideraciones, yo, que he perdido en absoluto mi
afición á los toros, siento muy viva simpatía por el torero madrileño
Vicente Pastor y celebro su triunfo en la última corrida. Lo celebro
con doble satisfacción, porque, aunque me esté mal el decirlo, entiendo
de toros una barbaridad y no soy de los admiradores del día siguiente.
Cuando Vicente Pastor, en sus años de desgracia, que fueron más de
los debidos, y apuntados van á su condición de madrileño, andaba
aperreado por esas Plazas, y en la madrileña sobre todo; favorecido por
los empresarios con todo el ganado de peor lidia, toros cornalones,
resabiados, mansos perdidos, nunca dejé de ver y de apreciar en él lo
que más tarde apreciaron muchos como un descubrimiento: que Vicente
Pastor es de los pocos toreros que saben para lo que sirve la muleta;
de los pocos que paran y castigan.

Y ¡vaya si ha bregado Vicente Pastor hasta colocarse en el lugar que le
corresponde! Nadie dirá que lo ha robado.

Los toreros madrileños luchan siempre con grandes desventajas. Por
la mayor baratura y facilidad de conducción, en las novilladas les
sueltan, por lo regular, ganado de la tierra que, si escogido para
corridas de toros, es siempre más duro y más dificultoso que el ganado
andaluz, que será en novilladas, donde todo boyancón es de recibo.
Hechos á torear mansos, al tomar la alternativa y encontrarse con toros
ligeros y bravos, los toreros madrileños andan de primeras torpes y
desmañados. Al contrario de lo que suele sucederles á los fenómenos
novilleriles de Andalucía, que, acostumbrados á torear allí toritos
fáciles y ligeros, al primer toro de la tierra que ven asomar por los
toriles andan de cabeza y se acabó el fenómeno.

Con Vicente Pastor hicieron horrores las empresas. Recuerdo una corrida
de novillos, con lucha entre un león y un toro como amenidad de mayor
atractivo, y en ella Vicente Pastor hubo de torear con el estorbo de
una gran jaula en medio del redondel; y por si esto no bastara, como
después de la lucha no hubo medio de sacar al toro de la jaula, el
presidente ordenó la salida del toro de lidia, el cual, naturalmente,
tomó la querencia de su compañero y semejante, y así hubiera tenido
que torearle y que matarle Vicente Pastor si la protesta unánime del
público no hubiera obligado al presidente á disponer la retirada del
toro enjaulado.

Luego se espantan los empresarios si los toreros, cuando llega la suya,
tienen exigencias.

Vicente Pastor no ha llegado por intrigas; no, ciertamente. Bien puede
estar orgulloso de ello; ha llegado, como buen madrileño, sin deber
nada á nadie. Y hoy habrá toreros más vistosos, más bonitos, más
alegres; pero lo único verdad, lo único serio, el único toreo de buena
ley que se ve en las Plazas es el de Vicente Pastor, el madrileño.

       *       *       *       *       *

El Hotel Palace se levanta soberbio como un gran transatlántico. Aquel
trozo de Madrid, de tan señorial aspecto cuando los tres linajudos
palacios, de Medinaceli, del Infantado y de Vistahermosa, eran todo un
caserío; tan desolado, cuando el inmenso solar del primero de dichos
palacios llenaba de obscuridad y de tristeza aquella parte de Madrid;
hoy, con el gran hotel á la moderna, ha cobrado un aire cosmopolita, de
playa ó de balneario á la moda, con su Casino resplandeciente de luces,
bullicioso de multitud pasajera, con su música bailable y su ejército
de servidores.

Con el hotel Ritz y el Palace ya cuenta Madrid con dos hoteles
europeos. Quizás los precios sean más asiáticos que europeos y, por
este lado, el problema de los alojamientos en Madrid no se haya
resuelto con arreglo á la capacidad española. Es de esperar que los
europeos y los americanos nos sostendrán estos lujos, que para nosotros
solos serían excesivos.

Ya no hay pretexto para no venir á Madrid. Y, en verdad, ahora que
tanto se habla del turismo y tendremos en Madrid un Congreso para
discutir cuanto al turismo se refiere, todo el problema es este: ¿No
acuden los turistas á España por falta de buenos hoteles, ó no hay
buenos hoteles en España por falta de turistas? Problema biológico: ¿Es
la función la que crea el órgano ó el órgano la función?

De cualquier modo, hay mucho que agradecer á los que así arriesgan su
dinero en el órgano, anticipándose á la función.

El viajero de raza no retrocede ante las incomodidades; pero el viajero
de raza es poco productivo; suele viajar á pie y sin dinero. Al
viajero _snob_, que es el más provechoso, hay que atraerle con mucho
mimo y cultivarle con todo regalo. Una catedral gótica, las ruinas
de un castillo son admirables después de una buena comida en un buen
hotel. Tan admirables, que algún viajero que sólo venía por admirar
la catedral ó las ruinas, deja de visitarlas por el gusto de volver á
un hotel donde tan bien se come. Porque si es verdad que un cuadro de
Velázquez compensa de una mala fonda, también es verdad que una buena
fonda compensa de no ver el cuadro.



XXVII


A los que se inquietan por mis obras futuras, á los que suponen mi
entrada en la Academia como una abdicación de mi independencia, puedo
asegurarles que no reniego de una sola de mis obras ni renegaré nunca;
ellas son toda mi vida, y unas mejores, otras peores, todas responden á
un estado espiritual. Ni de las culpas ni de los errores debe renegarse
cuando no se ha perdido en ellos nuestra conciencia, antes nos han
servido de provechosa enseñanza.

Nuestra vida no se gobierna por ideas, sino por sentimientos. Nadie se
asimila las ideas que no apetece, como nadie se alimenta de lo que no
le gusta, salvo en caso de necesidad extrema. Por fortuna, yo no me he
visto precisado á comer de ideas que me repugnaran. Es aventurado jurar
sobre nuestro estómago mucho más que jurar sobre nuestra conciencia;
pero me creo capaz de haberme dejado morir de hambre. Mas, si alguna
vez me hubiera visto en esa extremidad, como el miserable boticario de
_Romeo y Julieta_, hubiera dicho: «Mi necesidad es la que delinque; no
mi conciencia.»

De que son las ideas las que se coloran de nuestros sentimientos,
es buena prueba la idea religiosa. Ninguna parece más fija, más
determinada; parece que á todos los creyentes había de unificar en una
misma acción, encaminada al mismo fin; no obstante, unos prefieren la
vida contemplativa; otros, se consagran á obras de caridad con fervor
activísimo; otros, á la propaganda batalladora; todos creen seguir una
idea, y lo que siguen es las naturales inclinaciones de su corazón.
Lo mismo en Arte; si por ideas escribiéramos, diríamos siempre lo
mismo y diríamos una misma tontería siempre. Que nuestro arte sea
espontáneo, como juego de niños, expresión de vida y de fuerza y de
natural esparcimiento; después, nuestro arte, como los juegos también,
irá ordenándose con cierto ritmo, y lo que fué primero actividad será
luego belleza y al fin será bondad.

¿No habrá sido así la creación, como una obra de arte, como un juego
de niños; expresión de una fuerza que, por ser fuerza, es bella y por
ser bella es al fin buena? Actividad, Inteligencia, Bienaventuranza: el
«Tamas», «Rajas» y «Gattva» de la Teosofía india, en que Dios dice al
hombre: «Tú eres yo mismo, mi imagen y mi sombra; yo me he revestido
de ti y tú eres mi vehículo, hasta el día ¡sea con nosotros! en que
volverás á ser yo mismo y los demás tú mismo y yo.»

De donde se deduce que en la vida universal, como en la vida de cada
uno de nosotros, todo es armonía y no hay para qué maldecir de las
disonancias.

       *       *       *       *       *

Sería falsa modestia hacerme el desentendido. Amigos cariñosos
pretenden obsequiarme y, con el mejor deseo, acaso no aciertan con el
obsequio de mi gusto. ¿Queréis saber lo que más pudiera satisfacerme?
Nada de banquetes, nada de exhibiciones; podéis suponer que por grande
que fuera mi vanidad personal, estaría ya bien satisfecha.

Empieza el invierno; hay una obra meritoria que no consigue prosperar,
en lucha con la indiferencia: la obra del Desayuno Escolar. Yo os
agradecería con toda mi alma que ese fuera el obsequio: contribuir á
ella en lo que habíais de contribuir á obsequiarme en otra forma. A
todos nos quedaría mejor recuerdo; la buena obra del Desayuno Escolar,
atendida, será el mejor obsequio para mí y un obsequio más duradero en
el corazón de todos los que nos unamos en el amor á los niños.

Si me creéis capaz de una gran vanidad, permitidme que me envanezca de
este modo; si me estimáis lo bastante para creer que llevo más alto el
corazón que la inteligencia, ya que por amigos os estimo más que por
admiradores, sea el obsequio de corazón á corazón. Así el día que me
sienta vanidoso, podré decir: «¡Gracias á mi talento, he procurado el
desayuno á muchos pobres niños!» Y el día que me sienta modesto, por
lo menos tendré el consuelo de pensar: «¡Yo no tendré mucho talento;
pero los pobres niños de las escuelas tienen su buen desayuno en las
mañanas del invierno!»

De suerte que ya lo sabéis: con este obsequio no me obsequiais para
un día solo, que sería de vanidad; me obsequiais para muchos días:
unos, de vanidad; otros, de modestia, que allá se van alternados, como
los días tristes y los alegres; pero todos son buenos cuando sobre su
variable temperanza ponemos algo que esté sobre nosotros mismos, sobre
nuestras arrogancias ó nuestros desalientos.



XXVIII


Siento molestar á mis lectores con asunto referente en parte á mi
persona, aunque, por tratarse de una obra buena, tenga ya más alto
interés para todos. Pero debo satisfacción á cuantos han respondido
generosos, y es justo que responda la gratitud en donde mismo se elevó
el ruego.

De todas partes llegan á mí ofrecimientos en favor del «Desayuno
Escolar» y también importantes donativos. Gracias á todos. A Rosario
Pino, la insigne actriz, que ofrece el producto íntegro de la función
inaugural de su temporada en Valladolid. Y, en este caso, yo me atrevo
á solicitar de Rosario Pino que la mitad del ingreso se destine á La
Gota de Leche, institución fundada en Valladolid. Del mismo modo,
cuantos beneficios se den en teatros de provincias deben repartirse
entre la institución madrileña y alguna que, con el mismo fin de
protección á la infancia, exista en la provincia.

La empresa del teatro Español y, al frente de ella, Matilde Moreno,
la gran artista de todas las delicadezas, se apresuraba á ceder el
ingreso de otra función que ha sido aplazada á ruegos de la Comisión
organizadora de estos beneficios.

El Círculo de Bellas Artes me anuncia en carta de su presidente, don
Alberto Aguilera, que destina la cantidad de 1.000 pesetas para el
«Desayuno escolar».

El primer actor don Luis Echaide me ha entregado la cantidad de 500
pesetas, importe total de su sueldo durante los días en que ha actuado
en el teatro Español. Luis Echaide no quería cobrar dichas funciones y
sólo ha aceptado el cobro con la idea de ofrecerme esa cantidad.

En carta que firma «Un admirador» me envían 25 pesetas; don Santiago
Aragón, otras 25; el señor Gazul, de Llerena, otras 25; el señor
Sabito, de Infiesto, 7,50. Muchas gracias á todos.

Ahora yo suplico á los que me anuncian el envío de otros donativos y
á los que me preguntan á quién han de enviarlos, esperen por unos
días hasta que pueda organizarse convenientemente. Yo tengo sobradas
ocupaciones para entender en esto.

Muchas son también las solicitudes para que se atienda á otras
instituciones benéficas, todas muy laudables y muy dignas de ser
atendidas; pero como atender á todas es imposible, preferible es
atender á una sola con resultado.

Una hay, sin embargo, que yo creía identificada con el «Desayuno
escolar», y aunque no sea una misma en la organización, identificada
está en el propósito. Es la institución de las Cantinas Escolares.
Como todo hace esperar que la recaudación ha de ser importante, bien
puede repartirse el ingreso entre las dos benéficas instituciones, ya
que las dos realizan la misma buena obra y mal puede haber división ni
rivalidad entre ellas. De todas suertes, como el ofrecimiento primero
fué al «Desayuno escolar», no he de ser yo quien decida; apelo á la
generosidad de los señores organizadores de esta última institución, y
creo que no apelaré en vano.

       *       *       *       *       *

Entre los acuerdos de la Comisión reunida para festejarme hay uno con
el que no puedo estar conforme, y perdone la respetable Comisión. Todo
cuanto redunde en beneficio de los pobres niños me parece de perlas,
aunque sea á costa de mi exhibición personal. Pero la idea de erigirme
un monumento, por sencilla que sea, tendrá siempre mi oposición más
decidida. Soy enemigo de esos homenajes en vida, mucho más si la vida,
por desgracia ó por dicha, aun no toca á su acabamiento. Yo no sé si
habré ya escrito mis mejores obras; pero sé que aun puedo escribir las
peores. Esos homenajes esculturales que, por serlo, tienen algo de
funerarios, sólo pueden discernirlos con serenidad las generaciones
futuras. ¿Qué sabemos lo que pensarán los que vengan de nuestras obras?
Pesa mucha literatura sobre la Humanidad y de cada vez se impondrá una
selección más depurada.

Necesitan estos monumentos, además, para su contemplación gentes
desapasionadas; pero mientras vivimos entre amigos y entre enemigos
personales, ¿quién sabrá decirnos dónde acaba la pasión y dónde
empieza el conocimiento?

No, por Dios; nada de monumentos: todo para los niños pobres.

Y otra vez pido perdón á mis lectores por haberles hablado de mí; vaya
en gracia de la intención.



XXIX


Aquellas guerras de los cien años, de los treinta años, tan molestas
para los estudiantes de Historia Universal, ya no serían posibles.
Las guerras de ahora tienen la ventaja de la brevedad. Mueren en
ellas más hombres que en las antiguas; pero mueren más pronto. Puede
ponderarse su corta duración con las mismas expresivas frases de cierto
predicador, al considerar la rapidez de los deleites carnales: ¿Por qué
os condenáis, hermanos? Si fuera asunto de una hora... ¿Qué digo de una
hora? Si fuera asunto de cinco minutos... Pero, no; ¡zás, zás, zás, y
ya estáis en el infierno!

Por fortuna, las guerras modernas son un lujo muy costoso. Lo único
barato en ellas, por eso es lo único que puede derrocharse, es el
factor hombre. Un soldado, con su ración y todo, vale bastante menos
que los cartuchos por él disparados.

Esta baratura del factor hombre es consecuencia del poco coste de
producción.

En esta guerra de los Balkanes se ha dado el mismo edificante
espectáculo que solían dar en otros tiempos algunos príncipes
cristianos aliándose con el Gran Turco por enemistad con otros
príncipes cristianos. Mal disimuladas, por el buen parecer, las
simpatías de la culta y cristiana Europa estaban, en esta guerra, del
lado turco. No quiero pensar mal; pero sospecho que hasta oraciones, en
templos muy católicos, se han elevado al cielo en favor de las armas
mahometanas.

Los turcos tenían su deuda muy bien repartida. Los otros desgraciados,
por no tener, no tenían ni acreedores. ¿Qué interés podían inspirar á
nadie?

Todavía, después de las victorias conseguidas, han de esperar á que las
grandes potencias las den por buenas; porque los turcos habrán perdido
muchas batallas, pero ¡pensar que Europa va á perder su dinero!

Como que no hay quien mire por uno como los acreedores. Por
patriotismo, debiera procurar el Gobierno español, al levantar el
anunciado empréstito de 300 millones, que se cubriera en el extranjero;
de ese modo, tal vez en situaciones apuradas contaríamos con la
simpatía y el interés de otras naciones fuertes; interés y simpatía
que nos faltaron en momentos muy críticos, quizás porque no estábamos
bastante entrampados con el extranjero.

Todo el arte de la guerra moderna está en enzarzarse, no con quien
pueda menos que nosotros, sino con quien deba menos.

       *       *       *       *       *

Tan vulgar tópico era el de la alegría española que, por extremosa
reacción, han sido muchos los escritores á rectificarle con la
contraria afirmación de nuestra tristeza. Yo no sé si seremos alegres;
pero tristes, de ningún modo. El pueblo español no es un pueblo triste;
es un pueblo duro, que no es lo mismo.

De que no somos tristes es buena prueba nuestro modo de celebrar la
conmemoración de los difuntos. ¿Puede darse menos emoción, menos
recogimiento espiritual, menos ternura, en una palabra?

La gente pasea por los cementerios como por un jardín; ríe y bromea
y comenta con chistes los epitafios. Esto no puede llamarse alegría,
ni siquiera desprecio á la muerte, por fe religiosa ó por elevado
estoicismo filosófico; esto es, sencillamente, dureza; esa dureza
agresiva que está en la entraña de la vida española. En el hogar, en la
vida pública, en el Arte. Por eso hemos sido siempre tan retóricos; por
eso tenemos tantas fórmulas de cortesía y de cumplimientos. ¡Nuestra
naturalidad es tan áspera!

La fiesta de los muertos debiera serlo de gratitud para los muertos
gloriosos, para los buenos muertos... Y el amor acude á las sepulturas
en el primer año, la vanidad hasta cinco; mas la verdadera piedad del
recuerdo no tiene flores para los poetas, ni para los héroes, ni para
los humildes... ¡Allá nos esperen por muchos años!, dicen los que viven
á gusto. ¡Están muy ricamente!, dicen los que viven desesperados. Y
así, entre el egoísmo satisfecho de los unos y el egoísmo desesperado
de los otros, los vivos van á la muerte, los muertos al olvido, y la
vida española es muy alegre, si alegría es que nada importe, y muy
triste, si tristeza es no amar la vida, en verdad, ni alegre ni triste;
dura como el odio: la única pasión sin risas y sin lágrimas.

       *       *       *       *       *

_Don Juan Tenorio_, casi desterrado de Madrid, ha encontrado espléndido
refugio en Barcelona. En quince teatros, lo menos, se ha representado
allí en estos días.

Si no supiéramos que en Barcelona ha triunfado también durante
muchos años, y aun sostiene muy bien su cartel, el señor Lerroux,
que es el Don Juan Tenorio de la política española, por lo seductor,
por lo audaz y por lo de bajar á las cabañas y lo de subir á los
palacios--presidenciales, se entiende,--pudiera creerse que la
predilección del público de Barcelona por héroe tan nacional como Don
Juan Tenorio tenía mucho de ensañamiento despectivo: ¡Vean el personaje
que nos mandan esos castellanos!

Pero no; no hay segunda ni pérfida intención. El público de Barcelona
se entusiasma con nuestro Don Juan, como ya no nos entusiasmamos
nosotros. ¡Señales de los tiempos!

Váyase por el proyecto de mancomunidades, que tiene en Madrid más
decididos partidarios que en Barcelona.



XXX


En la sesión dedicada por el Ateneo de Madrid á la gloriosa memoria de
Menéndez y Pelayo, al oir algunos fragmentos de sus obras, sabiamente
glosados por el señor Bonilla San Martín en su magistral estudio de
las obras y del espíritu del gran don Marcelino; al sentir cómo la
prosa cálida, vibrante, toda emoción, toda elocuencia, del insigne
polígrafo conmovía hondamente al auditorio, pensaba yo cómo se debiera
en España, á imitación de Francia y de Inglaterra, sobre todo, publicar
selecciones de las obras maestras; medio eficacísimo para vulgarizar el
conocimiento de muchos escritores que, como Menéndez y Pelayo, por no
haber escrito siempre obras de un interés general, sólo consiguen ser
leídos por los especialistas interesados en aquellas materias.

Dije en otra ocasión que Menéndez y Pelayo era más admirado que leído.
Y no hay que espantarse por ello. Hay dos clases de lectores: los
estudiosos, atentos con preferencia á las obras que pueden servirles en
sus investigaciones especiales, y los desocupados, atentos sólo á la
amenidad de los libros; lectores de novelas, de poesías, de cuentos.

La obra total de Menéndez y Pelayo, cada una de sus obras en
particular, aunque nadie como él, por ser tan artista y tan poeta y
tan creador, supo dar amenidad y calor de vida á la crítica erudición,
todavía mantiene á respetuosa distancia á los que muy especialmente no
se interesan por la crítica y la historia literarias.

Una esmerada selección de sus obras, á semejanza de las muchas
publicadas en Inglaterra, de Ruskin, de Carlyle, de otros grandes
escritores, facilitaría la lectura de lo bueno á los asustadizos de lo
mucho.

En España no sabemos ser oportunistas; siempre por los extremos: ó todo
ó nada.

¿No convendría refundir, aligerar muchas de nuestras obras clásicas?
¿Es preferible que permanezcan ignoradas del todo? Ya sé que sus
admiradores incondicionales, muchos de los cuales las admiran de oídas,
no dejarían de clamar: ¡Profanación! ¡Sacrilegio!

Profanación sería recortar, borrar y repintar una pintura de Velázquez
ó de Goya, pues los cuadros sólo tienen un ejemplar. Pero una obra
literaria no padece detrimento por estas experiencias. Siempre queda el
original para los que quieran admirarla y estudiarla en su integridad.

Quevedo, Gracián, Saavedra Fajardo, otros grandes escritores, hoy
tan poco leídos; _La Celestina_, _Guzmán de Alfarache_, otras muchas
excelentes novelas, ¿perderían algo con estas selecciones?

De Inglaterra nos llegan todos los días libros pequeños, libros
amables, lindos como juguetes, con pensamientos y trozos escogidos
de los grandes poetas y escritores. Para quien de ellos sabe, son un
recuerdo, una flor del jardín, una rama del bosque; para el que nada
sabía, son una iniciación, tal vez la puerta de oro que se abre al
jardín encantado.

Pongamos estos libros ligeros en las manos perezosas, ante los ojos
distraídos de las almas frívolas, que vayan perdiéndoles el miedo...
El libro español trae siempre un severo ceño de maestro; es preciso
alegrarle con la sonrisa del buen amigo.

       *       *       *       *       *

Por fin, el señor jefe superior de Policía, tan riguroso cumplidor de
la ley de protección á la infancia, cuando de espectáculos teatrales se
trataba, se ha convencido de que lo menos perjudicial, el trabajo menos
penoso para un niño es el de representar un corto papel en el teatro.

Era ridícula esa severidad en el trabajo de los niños en el teatro,
cuando á todas horas del día y de la noche andan infelices criaturas
tiradas como perros por esas calles; cuando niños de cuatro y de cinco
años vocean periódicos á las altas horas de la madrugada; cuando hay
vendedoras de periódicos y décimos de lotería, menores de edad, que,
como los horteras complacientes, siempre le preguntan al comprador:
¿Desea usted algo más? No hablemos de los botones y recaderos de
Círculos y hoteles que, por razón de su oficio, muy semejante, en
ocasiones, al que Cervantes tenía por muy necesario en toda república
bien ordenada, han de enterarse y entender de todo.

Y ya que de niños hablamos, á las muchas personas que á mí se dirigen,
interesadas en la buena obra del «Desayuno escolar» y de las Cantinas,
les diré, que, nombrada una Comisión, ella es la que ha de disponer lo
más conveniente.

A mí estas andanzas, por ahora, no me han traído más que disgustos y
molestias. A disposición de la Comisión está lo recaudado por mí; y en
cuanto á la nube de pedigüeños que de continuo me envía solicitudes y
memoriales, ha de saber que el cargo de académico no tiene asignadas
rentas ni sueldos; que agradezco mucho las postales alegóricas, mesas
revueltas, platos pintados y otras chucherías, como toda prueba de
admiración, siempre que sea, por lo menos, gratuita. Sí, por Dios.
«¡Basta de aplausos ya, bravos pecheros!»



XXXI


Un crimen es un caso de una enfermedad social, que puede ser endémica
ó epidémica. Por eso todo crimen debe ser asunto de meditación, de
recogimiento de nuestra conciencia. No caigan todo el horror y toda la
culpa sobre el _caso_, tan irresponsable como el palúdico que en su
organismo debilitado recogió los miasmas perniciosos, inofensivos para
el fuerte.

¿El anarquista? Si le consideráis como un hombre de ideas, _sus
ideas_, ya le enaltecéis demasiado y al mismo tiempo eludís vuestra
responsabilidad. El anarquista viene á ser lo que en Teosofía llamamos
una forma de pensamiento, un elemental artificial, producto de esa
misteriosa energía animada por nuestros pensamientos, buenos ó malos,
de amor ó de odio.

¿Sabéis de qué está hecho un anarquista? Del espectáculo del lujo
insolente, de la ociosidad parasitaria, de la envidia que calumnia y
murmura, de la intriga y del favor encumbrados, del mérito desconocido,
de la justicia recomendada, y, sobre todo esto, de mil ligerezas que
consideramos insignificantes: amenidades, pasatiempos de la vida
diaria...

El orador que, por redondear un discurso con una frase de efecto,
preconiza el atentado personal contra el enemigo político á quien
después saluda respetuoso, á quien por sí mismo ó por tercera persona,
pedirá algún favor, á quien estima personalmente, á quien sería incapaz
de ocasionar el menor daño.

El escritor--y entremos todos--malabarista de frases que desmiente
en privado lo que escribió en público, y esas graciosas charlas que
desgranamos en los Círculos, en los cafés, y esas indignaciones que no
llegan á perturbar nuestra digestión... ¡Qué país este! ¡Los políticos!
¡El chanchullo! ¡El negocio sucio! ¿Sabe usted por qué se ha hecho
esto? ¡Todos lo mismo!...

Y todo ello, un día y otro, va condensándose en una forma de
pensamiento, en ese elemental artificial, ávido de tomar vida y
cuerpo, y, al fin, como espíritu diabólico en los antiguos posesos,
se entra por el cerebro débil del mastoide, ya perturbado con pobres
lecturas, se adueña de él y le deslumbra con la idea fija de ser el
reparador, el justiciero. Una idea fija siempre parece una gran idea,
no por ser grande, sino porque llena todo un cerebro. Y el brazo se
arma, y el crimen, como el rayo, hiere brutalmente, sin elección,
sin descernimiento... Un zarpazo de fiera desgarra una página de la
Historia. Los más inconscientes culpan al criminal, los más cándidos
á la Policía, los más solapados aprovechan la ocasión para culpar al
enemigo, para pedir represión violenta, prevenciones extremadas. Todo
se vuelve aspavientos sobre el _caso_. No es el caso, es la enfermedad,
endémica ó epidémica, lo que importa.

Hagamos escrupuloso examen de conciencia social, y todos tendremos de
qué acusarnos. ¿Quién no ha sembrado un granito de anarquismo? ¿Quién
no ha perturbado con algún pensamiento de odio?

¡Hay que reprimir, hay que escarmentar, hay que suprimir! Ya se sabe:
al energúmeno siempre responde el energúmeno.

No; no es por el campo exterior por donde hay que dar la batida;
intrinquémonos dentro de nosotros mismos, y será más segura caza y más
acertado remedio.

Cuando ocurre un caso de enfermedad contagiosa--y ninguna tan
contagiosa como el crimen,--desinfectar la vivienda es muy importante,
por lo pronto; pero es más importante sanear toda la ciudad, todo el
ambiente.

       *       *       *       *       *

La sesión del Congreso suspendida en señal de duelo por la muerte del
presidente del Consejo, fué de tan glacial severidad, que no parecía
sino que la mano trágica de la _Intrusa_ atenazaba todos los corazones.
Aquello fué hielito puro. Dícese que los grandes dolores son mudos y
que el verdadero sentimiento nunca es retórico. No lo creo yo así;
antes creo que el dolor, como todo sentimiento verdadero, son los
más grandes retóricos; que no fué la retórica la que dió reglas al
sentimiento, sino el sentimiento á la retórica.

Y la verdad es que un poco de retórica no hubiera sentado mal en
aquellos momentos. Se abomina, sin razón, de la retórica, y tal vez
creyóse dar más solemnidad al acto con aquel laconismo sin arte y sin
artificio.

Pero aquella elegante concisión, aquella noble sobriedad, no fueron
apreciadas en toda su delicadeza ni por los diputados en el Congreso,
ni por el público después.

El alma de la multitud es amplia y, como en los amplios lugares, se
pierden en ella los matices delicados; necesita de frases sonoras,
calurosas, vibrantes. Sin duda los oradores lloraban de verdad en
aquellos momentos; pero el público no pudo apreciar el valor de
aquellas lágrimas sin palabras...

Y es que el Arte será una mentira, pero es insustituíble para comunicar
verdades.



XXXII


El decreto para organización de la Policía ha promovido discusiones. La
Policía es uno de los organismos sociales más difíciles de acomodar á
gusto de todos. Si pretende ser previsora, es casi imposible que lo sea
sin profanar á cada paso las libertades públicas y hasta el sagrado de
la vida privada. Las indagaciones secretas, los informes privados, las
fichas; en una palabra, todo lo que viene á ser higiene en la Policía
es antipático á los ciudadanos. Sin perjuicio de censurarla airadamente
y de pedirle estrecha cuenta de la imprevisión, cuando no ha podido
evitar un delito, por falta, muchas veces, de esa higiene preventiva y
molesta.

¿Cómo conciliarlo todo? Llamamos inquisitorial á la Policía si se
excede en sus previsiones, y la censuramos por inepta si no es capaz de
impedir un delito ó, si cometido, no lo descubre y esclarece en todos
sus pormenores.

Sobre la Policía pesa una triste tradición en nuestro país, desde los
alguaciles siniestros de nuestras novelas picarescas y sus cuadrilleros
pavorosos hasta el polizonte del absolutismo y el guindilla de nuestras
jaranas populares. No se dignifica una institución en un día. ¿Qué
es preciso para ello? Que nadie considere vergonzosa la profesión de
policía, que nadie se desdore por ser auxiliar suyo.

Indicado el nombre de un distinguido personaje político para la
Jefatura de Policía, ¿no hemos leído la rectificación desabrida, como
de quien rechaza una injuria? Pues es preciso que la Policía llegue á
ser estimada como profesión noble.

Para ser un buen jefe de Policía son necesarias condiciones superiores
de inteligencia. Hay que ser hombre de mundo, ante todo, y no de un
solo mundo. Hay que ser gran psicólogo, para saber tratar las leyes
como á las mujeres; esto es: lo mismo cuando se las atropella que
cuando se las respeta, parezca siempre que es por amarlas, sobre todo.

En nombre del amor están justificados todos los atropellos. Un buen
jefe de Policía debe poseer con las leyes el supremo arte en que fué
maestro Don Juan Tenorio con las mujeres: el de violador que enamora;
al que, cuando atropella, se le dice: ¡Gracias!

       *       *       *       *       *

En París se ha conmemorado el trescientos cincuenta aniversario del
natalicio de Lope de Vega. En un teatro de los llamados allí «à coté»
se ha representado, precedido de una interesante conferencia, un acto
de _La estrella de Sevilla_, otro de _El mejor alcalde, el rey_, unas
escenas de _La Dorotea_, no representadas nunca, ni en España, decía
el cartel, y unas escenas de _El castigo sin venganza_. Todo ello
traducido con cierta libertad, pero muy lindamente.

Aquí se ha representado por estos días _El anzuelo de Fenisa_, una
de las más primorosas comedias de Lope de Vega. Ya sabemos que estas
obras antiguas, nunca viejas, no pueden despertar hoy la viva emoción
de cualquier obra moderna. El teatro, como la oratoria, como el
periodismo, vive de lo actual y su mayor gracia es lo efímero; como en
la flor, como en la mariposa. Son contados los genios poderosos que en
la oratoria, en el teatro ó en el periodismo lograron «eternizar el
instante».

Pero causa tristeza la displicente actitud de nuestro público ante
esas obras. Ello revela una incultura, un alejamiento de nuestra
historia, una incapacidad de ponerse en situación, todo ello á base
de ignorancia, que mal pretende disfrazarse de sabiduría, echándolo á
elegante escepticismo.

Dentro de poco nuestro teatro clásico será letra muerta. Y lo malo es
que no lo habremos sustituído en nuestra admiración con el teatro de
Ibsen ni con el de Mæterlink.

       *       *       *       *       *

El doctor Moliner anda por Madrid en busca de... cien millones de
pesetas, nada menos. El doctor Moliner no es hombre para desistir de
su propósito. Esos cien millones son su idea fija. Tener en España
una idea fija, constituirse en incansable propagandista de ella,
sacrificar comodidades, posición social, por esa idea, es sentar plaza
de loco ó, por lo menos, de monomaníaco.

Las ideas son bonitas para exponerlas un día en un brillante discurso,
en un artículo vibrante, en una crónica de actualidad; pero ¡por Dios!,
no conviene insistir sobre ellas...

A mí me advirtieron: Ya verá usted; el doctor Moliner le irá á ver á
usted, le hablará á usted de sus cosas, le dará á usted la lata; no
sabe hablar de otra cosa.

Y el doctor Moliner vino á verme y le oí con admiración, y volví
á oírle en la conferencia que dió en el Ateneo sobre lo mismo;
conferencia, por cierto, que no ha merecido una noticia en muchos
periódicos, y el doctor Moliner tendrá en mí otro incansable
propagandista de su locura, de su lata, como quieran llamarla.

Esa locura, esa lata, es pedir al Gobierno cien millones de pesetas
para Sanatorios marítimos, para colonias escolares, para escuelas
higiénicas... Es un presupuesto que pudiéramos llamar de la salud, de
la vida. ¡Ya veis si la cosa es disparatada! Las Sociedades obreras de
Valencia lo piden en respetuoso mensaje, de que es portador el doctor
Moliner.

Las Sociedades obreras de Madrid, la Casa del Pueblo, no se han dignado
tomarlo en consideración.

Manifiesta señal de la funesta orientación revolucionaria de esas
Sociedades.

No quieren tener que agradecer nada para conservar en toda su plenitud
el derecho á la queja; opinan como el sabio, en la comedia de Calderón,
que:

      A trueque de quejarse,
    habían las desdichas de buscarse.

Ya lo dicen en carta dirigida al doctor Moliner: «Todo eso no es más
que un calmante...»

Lo quieren todo ó nada. ¿Todo? Y ¿qué es todo en la vida? ¿Qué es todo
si no es un poco cada día, un paso en el camino de la perfección?
¿Serían ellos capaces de revolucionar su mundo interior en un día? ¡Y
de lo que no son capaces en su espíritu, se creen capaces con el mundo
entero!

Por lo mismo que así desvarían, hay que darles eso que ellas llaman
calmante, á pesar suyo, contra su voluntad; voluntad que ni siquiera
interpreta la voluntad de todos, como lo muestra ese mensaje de las
Sociedades obreras de Valencia.

El Gobierno del señor conde de Romanones puede hallar el mejor programa
de su política en ese «calmante», en ese presupuesto de salud, de
vida.



XXXIII


En el número de _El Libro Popular_, correspondiente al 5 de Diciembre,
en un artículo titulado «El príncipe de los dramaturgos», referente
al autor francés M. Curel, escribe don Enrique Gómez Carrillo lo que
textualmente copio:

  --¡Curel!--os oigo murmurar--¿quién es Curel?... En castellano
  nunca hemos visto ninguna de sus obras.

  Con su nombre no, efectivamente. Pero hay una comedia suya que fué
  traducida por Benavente y que obtiene desde hace diez años el más
  grande de los éxitos en España y en América. Me refiero al «Repas
  du lion», que en nuestra lengua se titula «La comida de las fieras».

  --Pero--vais, sin duda, á decirme con justa malicia--¿por qué esta
  pieza figura como original entre las obras de Benavente?

  --Sin duda por razones de empresa--os contestaré, repitiendo una
  frase del mismo dramaturgo madrileño.

  Una comedia que se da como traducida, no tiene nunca, para las
  compañías, la misma importancia que una comedia nueva.

  En todo caso, si el autor de «Los intereses creados», que es, ante
  todo, un hombre de honor, se apropia la paternidad del «Repas
  du lion», no por eso deja de entregarle los derechos que le
  corresponden al verdadero autor. En las cuentas que la Sociedad
  de Autores, de Madrid, manda cada trimestre á la Société des
  Auteurs, de París, los productos de «La comida de las fieras»
  figuran siempre en el haber de Curel. Entre gente del oficio esto
  no es un secreto para nadie. El gran Joaquín Dicenta, que tan
  admirablemente ha presidido el Sindicato de los comediógrafos
  madrileños durante algunos años, da testimonio de que en cuanto los
  «auteurs» parisinos reclamaron en nombre de uno de sus asociados la
  paternidad de la obra castellana, Jacinto Benavente fué el primero
  en reconocer que su «Comida de las fieras» no era, en efecto, sino
  un arreglo del francés.

Cuando un escritor de seriedad y respetabilidad como don Enrique Gómez
Carrillo asienta con tal aplomo semejantes afirmaciones, algo debe
haber de verdad en ellas. Veamos. ¿Será verdad que _La comida de las
fieras_ no es sino traducción ó arreglo de la obra de Curel _Le repas
du lion_? Por unas cinco ó seis pesetas que costarán los ejemplares de
las dos obras puede cualquiera salir de dudas. Ni por el asunto, ni
por la idea, ni por los personajes, hay el menor parecido entre una y
otra. Hasta la aparente similitud del título es una gran diferencia.
_Le repas du lion_--basta haber leído las fábulas--es, como todos
saben, la parte del león. _La comida de las fieras_ es... el domador,
según mi obra, basada, como recuerdan cuantos la han visto ó leído,
en escenas muy madrileñas y de actualidad cuando la obra se estrenó.
Pasemos.

¿Será verdad que don Joaquín Dicenta, como presidente de la Sociedad
de Autores Españoles, aseguró á don Enrique Gómez Carrillo que los
derechos de _La comida de las fieras_ eran enviados á la Sociedad de
Autores Franceses?

Don Joaquín Dicenta tiene la palabra; entre tanto, don Miguel Ramos
Carrión, actual presidente de la Sociedad, me escribe la siguiente
carta:

  Mi querido amigo: La Sociedad de Autores Españoles no envía ni ha
  enviado nunca á la de Autores Franceses parte, grande ni pequeña,
  de los derechos de representación correspondientes á las obras de
  usted, porque, para hacerlo, no hay ninguna orden.

  Claro es que á usted le consta; pero, por complacerle en lo que
  desea, así lo declaro oficialmente.

  Sirva, pues, para quien, sin fundamento, afirma lo contrario.
  Siempre de usted compañero y padrino literario,

                                         MIGUEL RAMOS CARRIÓN.

Todo esto aparte, mal podría M. Curel cobrar esos trimestres, de que el
señor don Enrique Gómez Carrillo está tan al tanto, cuando _La comida
de las fieras_ no se ha representado en España ni en América desde
hace once ó doce años. Como se ve, á pesar de mi buen deseo, no puede
hallarse el fondo de verdad que yo deseaba en las afirmaciones de don
Enrique Gómez Carrillo.

¿Ha sido ligereza? Para ligereza, es demasiado. ¿Ha sido mala
intención? Para mala intención, es poco. ¿Ha sido ironía? Para
ironía faltaba el fundamento de que _La comida de las fieras_ fuera,
en efecto, algo parecido á _Le repas du lion_. ¿Ha sido una broma
literaria? Como broma sí hubiera tenido gracia... allá en la juventud
de don Enrique Gómez Carrillo.

Contra la opinión de muchos, yo creo que sólo ha habido ligereza por
parte de don Enrique Gómez Carrillo, y espero que se apresurará á
rectificarla.

Don Enrique Gómez Carrillo, por su historia literaria, por su
significación, no está en el caso de que se le confunda con uno de
esos jovenzuelos cronistas que sueltan dos ó tres impertinencias, para
llamar la atención, en cualquier periódico de ventura.

Y conste que el menos molestado con «la ligereza» he sido yo. En esta
semana la actualidad era hablar, en pro ó en contra, de la Prensa.
Don Enrique Gómez Carrillo me ha dado asunto para no verme obligado á
opinar; asunto y argumento. Muchas gracias.



XXXIV


A cada año nuevo acude, con todo el valor de una gran verdad
filosófica, la reflexión que, en otras ocasiones, no es más de un
tópico adecuado á tertulias caseras: ¡Cómo pasa el tiempo!

Parece que fué ayer cuando estrenábamos siglo, y ya nos andamos por su
año 13. ¡Pavoroso número para los agoreros!

Por lo pronto, aparte la guerra de los Balkanes, ineludible legado de
su antecesor, para nosotros ha comenzado con su poquito de perturbación
política y, lo que es más grave, con la amenaza de una carestía general
de los comestibles si no sacamos pronto en rogativa á unas cuantas
imágenes de singular devoción.

A este respecto, sería muy de agradecer la buena intención del ilustre
jefe del partido conservador si, al retirarse de la vida pública,
hubiera pensado: «Después de mí, el diluvio». Hoy por hoy, un diluvio
es lo más necesario sobre esta tierra nuestra, siempre combatida por
los extremos: ó sequía hasta perecer, ó inundaciones y desbordamientos
hasta la ruina.

Por una vez, llovería á gusto de todos; conformidad tan dificultosa de
obtener en negocios del cielo y de la tierra.

En la noche primera del año una multitud alborozada, más que un nuevo
año, parecía estrenar una vida nueva. ¡A la flor de ilusión le basta
con tan poco para prender de nuevo en nuestras almas! Una fecha del
calendario es suficiente. A las once y media, nada esperamos de la
vida; al sonar de las doce, lo esperamos todo de un año nuevo. Doce
uvas nos bastan para embriagarnos de ilusiones y de esperanzas.

¿Qué nos traerá el año 13? Hasta ahora no trae, como cumple á todo
recién nacido, su correspondiente pan debajo del brazo.

La multitud gozosa, que le saludaba al nacer, no pensaba en esto. Ni
siquiera pensaba que, con el pan, subirá la carne, y con la carne el
precio de los toros de lidia.

La multitud, como los niños, es irreflexiva en su alegría.

       *       *       *       *       *

La moda tiene su significación en Arte. Y tiene su valor el artista que
logra imponer una moda, y más si la moda es natural expresión de su
espíritu y en él fué originalidad y sólo pareció moda al ser después
seguida y copiada por los imitadores. Y gran valor tiene también el
que, con ajustarse á la moda, logra, no obstante, destacarse entre los
uniformes figurines con fisonomía y aire muy personales.

Pero así como en una reunión de la mejor sociedad, aunque por lo pronto
se lleven la atención las mujeres más llamativas en el vestir y en el
adorno, las que ponen la moda, cuando nuestra curiosidad se ha reposado
agradecemos el sencillo atavío de alguna noble dama y en su señorial
sencillez aprendemos dónde está la verdadera distinción, así en Arte,
sobre las gracias y frivolidades llamativas de la moda, acabamos por
volver los ojos á la noble sencillez, que es de todos los tiempos.

Antes de ahora lo he dicho: creo que en ningún tiempo hubo en España
tantos y tan buenos poetas como ahora. De ellos, los hay favorecidos
por la moda; de ellos, á quien la moda perjudica. De ellos, y Manuel
Sandoval es el primero, de los que no vistieron su poesía con galas á
la última, de los que dejaron pasar figurines, seguros de que la moda
volvería á ellos, y ellos, aunque alguna vez pudieron desesperarse al
verse desairados, nada perdieron con esperar.

_De mi cercado_ es el último libro de versos de Manuel de Sandoval.
En los anteriores, _Cancionero_ y _Musa castellana_, había dado clara
muestra de su valer. Hay en uno de ellos una poesía á los primeros
pasos de su hija, de las que no se olvidan, de las que dejan esa
emoción perdurable que se suma á las emociones de nuestra propia vida y
es el verdadero valor de una obra de Arte.

_De mi cercado_ es la plenitud del poeta. Léase «Pátina»; léase
«Recompensa».

Como es esta última poesía la musa castiza, de noble prosapia
castellana de Manuel Sandoval, bien puede decir á los que á ella se
lleguen:

      Yo soy para vosotros deidad, sirena y maga;
    yo soy pasión sin celos y goce sin hastío;
    hoguera que el aliento del huracán no apaga
    y fuente que no seca los soles del estío.

      Tan sólo al que me ama someto á mi albedrío;
    me otorgo como premio, mas no como merced;
    exijo, si soy fuego, que me busquéis con frío,
    y quiero, si soy agua, que me busquéis con sed.

       *       *       *       *       *

Irá para tres años, día más, día menos, que empecé á escribir estas
charlas de Sobremesa. Muy agradecido á mis lectores, muy agradecido á
la dirección de este periódico, creo que ha llegado, con el año nuevo,
ocasión de despedirme por algún tiempo, no sin sentimiento por mi
parte; fuera ingratitud, de que soy incapaz.

Renovarse ó morir, ha dicho un excelso poeta. Ya que uno no pueda
renovarse á su voluntad, bueno es que la propia conciencia nos advierta
del peligro que hay en ser siempre el mismo, que es el de fatigar á los
lectores. A mí me conviene descanso, y á vosotros variedad.



XXXV


_Desde Algeciras._--Algeciras es una minúscula Cosmópolis. Picaresca,
linda andaluza de todos festejada, á quien nadie pregunta por su
abolengo y de quien nadie indaga el origen de su fortuna. Es bonita, se
presenta bien, sabe comportarse en sociedad, y basta.

Su nombre logró resonancia universal en los días de la Conferencia;
aquella Conferencia en que la diplomacia europea dejó arreglado todo...
lo que ha sido preciso arreglar después punto por punto.

Tiene dos excelentes hoteles muy á la europea, un _kursaal_ muy
concurrido, con recreos honestos; cinematógrafo, un buen sexteto.
Alguien echará de menos otros recreos, aliciente sabroso de estos
lugares. Yo no eché nada de menos. Algunos murmuradores dirán que allí
se juega; yo no he visto jugar.

Las mujeres de Algeciras son muy guapas y visten con verdadera
elegancia. El madrileño puede guardar para otro lugar y otra ocasión la
compasiva sonrisa que tuvo para otras elegancias provincianas. Aquí no
hay por qué sonreir.

Frente á Algeciras se alza el Peñón de Gibraltar como enorme
_dreadnought_ anclado. Un lejano atavismo nos mueve á indignación y á
tristeza. Bien será guardar el sentimiento patriótico en lo más amplio
de nuestra filosofía. De manifestarlo, nos expondríamos á observar en
torno esas actitudes y esas caras que podemos advertir cuando en una
visita cometemos alguna indiscreción de la que no es posible avisarnos
en voz alta sin cometer otra más grave.

Algeciras, La Línea, San Roque, toda la comarca debe mucho á la
vecindad del Peñón. Corren aires de Europa. Tal vez se piensa si no
sería más conveniente que razas y pueblos estuvieran así salpicados,
entremezclados, por pequeñas agrupaciones, sin la gran división de
extensos territorios y señaladas fronteras. Quizás la fraternidad
universal sería ya efectiva.

       *       *       *       *       *

_Desde Ceuta._--Estremece pensar que Ceuta, en manos de nuestros
Gobiernos, haya sido lo que fué hasta muy poco. Por fortuna, gracias á
los conjuros del general Alfau, se desvaneció la pesadilla. Aun dejó el
presidio alguna atmósfera angustiosa: los elementales artificiales de
que nos habla la Teosofía. No subsistirán. Ceuta despierta, Ceuta vive
y trabaja con fe y con entusiasmo.

Las tropas españolas animan y alegran la ciudad de situación
privilegiada, de suave clima, de sanos aires. Soldados y oficialidad
son orgullo de todo buen español. Los que hemos visto en ciudades
extranjeras muy guarnecidas, tumultos, indisciplinas, borracheras, y
vemos este orden, esta disciplina, esta confraternidad de nuestros
soldados, nos atrevemos á decir á nuestros inquietos antimilitaristas:
La perfección no es de este mundo; pero, dentro de nuestro estado
social, el Ejército es lo mejor que tenemos en España.

       *       *       *       *       *

En las canteras de Benzú trabajan españoles y moros en las obras del
puerto. Un moro jovenzuelo, de vivo mirar, fino de cabos, como una
gacela, como un antílope; resplandeciente de señorío sobre el pobre
jaique, con esa nobleza de origen, don celestial en todas las razas
hijas del Sol. Su vestidura es mísera, no teme al sol ni á las lluvias
y lleva, como pudiera llevar un atributo de realeza, un gran paraguas,
bien arrollada su tela de algodón. Los moros más pobres tienen
predilección por el paraguas. No es utilidad, es lujo. Como el sultán
bajo su imperial quitasol, ellos van orgullosos con su paraguas de tres
pesetas debajo del brazo. La democracia busca extraños senderos para
llegar á todas partes.

El morito busca trabajo, se conduele--Moro no tiene trabajo; busca y
no encuentra.--Y el morito sonríe ladino. Yo sé que en las obras del
puerto se da trabajo con facilidad. Le digo que no lo buscará con
muchas ganas. De seguro. Será su padre quien le mande. El morito se
ríe ya francamente.--Cuando trabaja, duele cabeza.--Y se tiende sobre
unas piedras como sobre un almohadillado diván; me pide un cigarro,
lo enciende y ni siquiera se divierte en mirar á los que trabajan en
derredor; alza los ojos y mira á lo alto.

       *       *       *       *       *

Desde Ceuta á Tetuán va pasando ante nuestros ojos todo el escenario de
nuestra guerra de Africa. ¿Cómo sobreponerse á la emoción del glorioso
recuerdo? La guerra de Africa fué el único redoble épico que sonó á
glorias españolas en nuestros días.

Recordamos cuanto oímos referir á nuestros padres, con el calor de
viviente actualidad. La entrada de las tropas victoriosas en Madrid,
después de la toma de Tetuán; el entusiasmo delirante del pueblo
madrileño; las bizarrías de Prim; la serena inteligencia de O'Donnell.
Recordamos el _Diario de un testigo de la guerra de Africa_, el libro
que prendió en nuestra infancia bélicas llamaradas, resueltas en peleas
á pedradas; juegos de moros y cristianos.

¡El _Diario de un testigo_, tantas veces leído en aquella edición de
Gaspar y Roig, con sus ingenuos grabados en madera, con sus terribles
morazos, terror de nuestros sueños infantiles!

Ahora, en la realidad, pasan ante nuestros ojos Sierra Bullones, Los
Castillejos, con su prestigio de épica leyenda. Ya puede haber caído
sobre nuestro espíritu una avalancha arrolladora de escepticismo, de
criticismo y de cuanto puede pesar sobre el corazón como losa sepulcral
de entusiasmos, que la losa saltará á latidos del corazón ante estos
lugares y la oración á la patria se alzará desde muy hondo; más hondo
que de nuestro propio corazón: desde el corazón de nuestra madre; como
las oraciones á Dios que ella nos enseñaba y surgen siempre cuando,
sobre todos los engaños de nuestra inteligencia, la verdad del corazón
se estremece al golpear de un verdadero sentimiento.

       *       *       *       *       *

Antes de llegar á Tetuán son bosquecillos de adelfales, frondosos de
laurel y floridos de rosa. El mar, muy azul, se festonea de blancura
al caer sobre la playa de las conchas; blanca también, más blanca que
las espumas; de albor calizo sus arenas.

Después, al fin, Tetuán, más blanco todavía; sus caseríos, como
terrones de azúcar, extendidos aquí, allá apilados. Como irisación de
tanta blancura deslumbradora, los alminares de las mezquitas con el
esmalte de sus mosaicos multicolores.

Un aura de encanto, de misterio sagrado, envuelve á la ciudad de las
cincuenta mezquitas y los innumerables morabitos. Yo tengo que recordar
algunas ciudades españolas para no asustarme.

Al entrar por la Puerta de Ceuta el encanto queda roto. Parece
imposible que toda aquella blancura total pueda descomponerse en tantas
negras suciedades. Nunca con más razón puede decirse que la suma no es
igual á los sumandos.

El «¿Quién vive?» á las puertas de la ciudad le da un acre olor á
tenerías; el olor que os perseguirá siempre, que sentiréis penetrar
hasta los huesos, correr por las venas.

Figuras y grupos interesantes restablecen pronto la atención
desilusionada. Un negro enano, con grandes anillos en las orejas,
loquea en la plaza. Es el _Garibaldi_ de Tetuán. Pasa un aguador,
vestido de los más pintorescos harapos que puede imaginarse. Toca
su cabeza con un canastillo de mimbres. Sólo nosotros le miramos
sorprendidos. El ni siquiera se sorprende de nuestra extrañeza.


Visitamos al nuevo bajá, recién llegado á Tetuán. Es mulato, de
arrogante figura y noble porte. Viste como un moro de romance: de sedas
sutiles como gasas, una túnica azul muy pálido, y sobre ella otra
blanca, y sobre todo ello un ropón también blanco y transparente. Nos
ofrece el té á la morisca. Sonríe y se lleva la mano al corazón.

El cónsul me presenta. Tiene una frase amable, que pudiera envidiar
cualquiera de nuestros hombres públicos: Las ciencias y las artes hacen
grandes á las naciones.

Las casas de los moros acomodados presentan graciosos contrastes.
Patios y salas á lo morisco, y, entre todo, lámparas de comedor,
procedentes de cualquier bazar europeo; cómodas dignas de la calle de
los Estudios, espejos de cafetín, floreros y baratijas de baratillo.

En la casa de un rico moro, sobre una cómoda se ostentaban dos floreros
de altar entre candeleros de la misma especie. Parecía dispuesto para
las Flores de Mayo ó para una devota novena casera. No falta el álbum
de retratos con música y profusión de relojes sin mérito alguno.

En el patio de un moro poeta, un patio todo recogimiento, todo poesía,
junto á una fuente de preciosos azulejos veíase un armario chinero, y,
al través de sus cristales, como preciosidades de vitrina, un frasco
de Odol. ¡Buen reclamo! Otros cachivaches, y... ¡oh, civilización!,
verdadero símbolo de la penetración pacífica, un instrumento... ¿Cómo
nombrarlo? Una soberbia lavativa, en fin, inglesa, de llave.

Este poeta, famoso entre los suyos, escribió en el álbum de uno de mis
acompañantes unos versos en árabe. Traducidos, decían así: «Cuántas
veces amamos á la ciudad, aunque sepamos que no es la mejor, ni su
cielo el más azul, ni buena el agua de sus manantiales... Pero ¡es la
Patria!»

Yo no sé si el poeta moro escribiría con intención y á la nuestra,
estos versos. En su fisonomía inteligente la ancianidad sonreía con
maliciosa resignación.



XXXVI[1]

       [1] Discurso leído en la fiesta que dió el _Mundo Gráfico_ á
       beneficio de los soldados heridos en campaña.


  Señoras y señores:

Si yo creyera que habíais tomado en serio el anuncio de esta, que
mal puede llamarse conferencia, ni lección, ni disertación, y no ha
de ser más que una charla veraniega, apropiada al lugar y al tiempo,
no sabría cómo disculparme antes de empezar, ni cómo pediros perdón
al haber terminado sin deciros cosa de provecho. ¡Ahí es nada! ¡El
arte de escribir! Toda una vida de escritor sólo puede mostrarnos las
dificultades de ese arte, que ni se aprende ni se enseña, por lo menos
con reglas fijas.

Cuentan de un señorón adinerado, que al recibir en su casa á un
glorioso poeta, con esa osadía que da el dinero, le preguntó:
«Dígame usted: ¿Es muy difícil ser poeta?» Y el poeta le contestó
sencillamente: «¡Oh, señor! O es muy fácil ó es imposible.»

De todo arte, del arte de escribir, por lo tanto, puede asegurarse lo
mismo. O es muy fácil ó es imposible.

¿Quiere esto decir que el estudio no sirva de nada, que el arte sea un
don ajeno á todo esfuerzo, á toda voluntad; que el verdadero artista
sea inconsciente y en su obra se limite á ser instrumento, poco menos
material que los materiales, y como dice la Escritura: «La voz sea de
Jacob; pero la mano de Esaú»?

Cierto que, sin ser fatalistas, es preciso creer en una predestinación.
Basta leer la vida de los grandes hombres de la Humanidad, basta con
observar nuestra propia vida para comprender cómo hay en toda criatura
una predisposición natural que le inclina, sin forzarle, como dicen los
teólogos, hacia una dirección espiritual determinada, y cómo hasta los
sucesos de nuestra vida que más parecen apartarnos de nuestro camino,
al fin vienen á ser como atajos de ventaja, y sin ellos veríamos que
algo faltaba á nuestra vida y no hubiéramos llegado tan seguros y tan
experimentados al derechero camino de nuestro propósito.

Sin esta inclinación natural, sin esta predestinación, ¿comprenderíamos
el ejercicio de algunas profesiones necesarias á la soberana armonía
del mundo? Si por libre elección procediéramos, todos elegiríamos las
profesiones más brillantes.

Ved una orquesta, por ejemplo; todos comprenderéis que haya quien
sea director, hasta violín, lleguemos hasta el clarinete; ¡pero el
bombo y los platillos!, ¿quien comprende que puedan tocarse sin una
predestinación irresistible? Y no obstante, como es preciso que haya
bombo y platillos para el perfecto conjunto instrumental, admiremos la
sabiduría infinita que no inclinó á todos los hombres al violín ó la
batuta. ¡Y desgraciados los pueblos en que todos quieren ser directores
de orquesta!

Que sobre la natural predisposición es preciso el estudio, ¿quién lo
duda? No creáis nunca en eso que llaman inspiración. Hay artistas
que prefieren pasar por geniales á pasar por estudiosos. Quieren dar
á sus obras la importancia de lo sobrenatural: «Yo no he estudiado
nada--afirman;--yo no sé cómo escribo, yo no sé cómo pinto...» No lo
creáis; son coqueterías de artista. Alguien dijo que el genio era una
gran paciencia; yo me atrevería á decir que el genio es siempre el
premio de un gran trabajo.

Ahora que, el trabajo del artista, es muchas veces lo más parecido á la
holganza. El artista pasea, el artista está tumbado, el artista fuma
ó saborea una taza de café; el artista, al parecer, no hace nada. Los
que andan como azacanes por la vida en trabajos de actividad material,
pasan por delante de él y sonríen despectivos: ¡Que buena vida! El
artista, tal vez pudoroso, ¿como convencerá al afanado de que aquel su
holgar es trabajo contra la vulgar opinión?--¿No se hace nada?--¡Phs!
Ya lo ve usted; nada.--Pero en esos aparentes ocios fueron engendradas
las grandes obras del espíritu; porque todo es trabajo para el artista,
siempre en actividad su conciencia, siempre al atisbo su percepción,
siempre vibrantes sus nervios... tan vibrantes, que muchas veces saltan
y se quiebran y en vez del bien templado acorde y la dulce armonía,
es el desgarrado desconcierto de la locura ó es el silencio pavoroso
de la muerte. ¡El arte de escribir! El más perfecto sería el que
llegara á comunicar esa exaltación de nuestro espíritu sin necesidad de
expresarnos con palabras.

Escribir es una limitación, como lo es toda obra, como lo es todo lo
creado. Sí; la creación es una resta del infinito; como toda obra es
una resta del espíritu creador del artista. Por eso, lo mejor de una
obra no es lo que está en ella, sino lo que de ella se escapa para ir á
sumarse al espíritu infinito.

Ved, pues, si es difícil espiritualizar materializando. Y eso es la
obra del escritor y eso es la creación. Somos los hombres como vasos
en que fué recogida un poco de agua de un mar espiritual infinito. El
mar se ignoraba en su infinidad y quiso conocerse, ganar conciencia
así limitado. Nuestra labor espiritual no es otra cosa: reintegrar una
conciencia á lo infinito inconsciente.

A pesar mío, he hablado demasiado en serio. La ocasión que aquí me
trajo á interrumpir por unos instantes el grato esparcimiento de esta
noche, era para mí seguridad de vuestra benevolencia.

Yo sí quisiera, en esta noche, poseer absoluto dominio del arte de
escribir para unir todos los corazones españoles en un solo sentimiento
de amor á nuestros hermanos. El nos juntó aquí esta noche, y por la
expresión de este material sentimiento hasta sería ofensa daros las
gracias.

Esperemos que esta fiesta de amor sea el precedente de otras muchas
en este verano en San Sebastián, en las playas y balnearios donde
la gente adinerada se esparce y se divierte. Olvidarnos de los que
luchan y mueren por España, sería criminal. Cuando allí se cumplen
deberes penosos, ¿olvidaremos nosotros los más fáciles? Ved que para
el triunfo glorioso de España en tan difícil empresa, si mucho importa
que nosotros confiemos en los que allá combaten, importa más que ellos
confíen en los que aquí quedamos. Al ¡alerta! de aquellos campamentos
en tierra extraña ha de responder el ¡alerta está! de la tierra
española. Sólo así comprenderán nuestros hermanos que donde ellos están
está con ellos toda España.



XXXVII[2]

       [2] Leído en la ciudad de Valladolid en una fiesta de los
       pájaros.


Si esta fiesta, queridos niños míos, solo significase una lección
aprendida en la escuela, poco significaría en verdad. No aprendida
por vuestra inteligencia, prendida en vuestro corazón la quisiera yo
para siempre; no por razonamientos de necesaria cultura y menos de
provechosa utilidad, sino por sentimiento muy íntimo, muy hondo, por
efusión de simpatía, por amor, en una palabra: aquella misma llamarada
de amor en que se ardía el corazón de San Francisco, el serafín de
Asís, cuando cantaba á todas las criaturas de Dios como á hermanos:
Hermano sol, hermana agua, hermano lobo, hasta la hermana muerte; el
mismo amor que se eleva en aquella sublime plegaria del Buda: ¡Dios
mío, evitad el dolor á cuanto existe!

Si esta fiesta solo significa una pública exhibición, algo como un
examen bien preparado de una asignatura, nada valdría, os digo.
No valdría más que esas ruidosas hazañas guerreras de tambores y
trompetería, que con ser mucho en la historia de los pueblos son muy
poco en su vida. Los héroes de la vida son muy otros que los reyes y
los guerreros de la Historia; son los trabajadores del telar, de la
aguja, los inventores humildes, que ni un nombre dejaron.

Si hoy diéseis suelta á estos pajarillos y mañana en casa atormentárais
al gato y al perro, y al otro día en el jardín ó en el campo, os
dedicárais á sorprender nidos y á destrozar árboles y flores, ¿qué
valdría esta fiesta?

No es que yo desconfíe de vosotros, queridos niños; aunque muy graves
sabios aseguran que sois de mala condición por lo general, esos
sabios no os conocen bien, porque sólo os han estudiado como hombres
de ciencia, y á vosotros hay que estudiaros con el corazón. Yo sé
que los buenos sentimientos son naturales en vosotros, que vuestro
corazón está siempre abierto á la generosidad, que en vuestro espíritu
alienta la más clara idea de justicia; pero sé también que los hombres,
cuando no con palabras y obras, con obras que desmienten á cada paso
sus palabras, os enseñan muy pronto la mentira, la crueldad, la
desconfianza. Y no sé yo qué sea peor, si malas palabras y malas obras
de acuerdo, ó buenas palabras en contradicción con las malas obras; aun
es más perturbador, más dañoso este desacuerdo.

¿Qué importa que digamos al niño: no se debe mentir nunca, si el niño
ve y observa y comprende que nosotros mentimos siempre que nos conviene
y á él mismo le engañamos muchas veces por comodidad nuestra?

¿Qué importa que le digamos: hay que ser afable con todo el mundo, si
él nos ve descompuestos y groseros con los criados, con la familia,
con él mismo, con enojo desproporcionado, más cuando una travesura
suya inocente nos molesta que cuando una verdadera manifestación de
peligrosa maldad no llega á molestarnos?

¿Y creéis que los niños no se percatan muy pronto de todas estas
contradicciones nuestras? ¿Creeis que todo ello no va labrando en su
espíritu recelos, hipocresía y rencores?

Por todo esto me atrevo yo á dudar de la eficacia de esta fiesta. Si
hoy los niños dan suelta á los pájaros y mañana los padres van á los
toros, ¿á qué lección se inclinará su espíritu?

Palabras buenas nos llegan de todas partes; pero ¿de dónde vendrá el
ejemplo? Y en la educación sólo el ejemplo es eficaz y sólo él tiene
virtud de imprimir bueno ó malo en las almas.

Ya lo dijo San Juan de la Cruz: más vale predicador de pocas letras,
pero de ejemplares costumbres, que muy sabio en letras humanas y
divinas y de mal arreglada conducta.

No lo que nos dijeron padres y maestros, lo que en ellos vimos es lo
que quedó para siempre grabado en nuestra inteligencia y en nuestro
corazón. Por eso la escuela sin la cooperación del hogar nada valdría:
casa y escuela ha de ser como un solo templo con un solo culto: el alma
del niño.

Con palabras y con ejemplos es preciso educar la sensibilidad del
niño, despertar su simpatía por cuanto existe y vive á su alrededor.
Los españoles carecemos de ese precioso don de la simpatía, que es
comprenderlo y amarlo todo. Si en lo geográfico somos una península, en
lo espiritual somos un archipiélago. Separados unos de otros como islas
espirituales. Somos hoscos y duros, y toda la vida española adolece de
esta sequedad de nuestro espíritu.

Somos pobres y nuestra vida es dura; como la vida es cruel con
nosotros, nosotros somos también duros y crueles. Y es que cuando somos
crueles con los demás, es que alguien fué antes cruel con nosotros.
Sólo muy altos y nobles espíritus saben volver el dolor en bondad y en
dulzura.

La historia nos lo dice: los reyes que dejaron nombres de sanguinarios
y de crueles, fueron los que antes de reinar tuvieron que soportar
penurias y afrentas: tal fué el caso de Nerón en Roma, de Don Pedro
llamado el Cruel en España. En cambio, los que se criaron entre
halagos y blanduras, sin que nadie les afrentara ni persiguiera,
fueron de condición apacible y magnánima: tales San Luis de Francia
y San Fernando de España, educados por aquellas dos nobles reinas de
Castilla, Doña Blanca y Doña Berenguela, de eterno ejemplo como madres
y reinas.

Yo sé que muchos son en España los que en nombre de un mal entendido
casticismo preconizan esta dureza nuestra como una preciosa virtud.
Juzgan que si fuéramos blandos de condición, acaso perderíamos en
virilidad. Nunca fueron á mi entender muy varoniles virtudes la
crueldad y la destemplanza. Mejor sienta al varón fuerte la noble
continencia y la apacible gravedad. Ni la dulzura de costumbres
debilita á los pueblos, antes por ser más amable la vida será en ellos
también más firme el amor patrio.

De los descontentos y los mal hallados salen los traidores y los malos
patriotas, y en verdad que gran virtud es preciso para amar lo que no
es amable.

Una patria en que todos fueran dichosos, ¿cómo no había de defenderse
con mayor entusiasmo que una patria en que nadie se hallara á gusto?

Meditad sobre la significación de esta fiesta. Al llegar á un pueblo no
hay que conocer á sus sabios, ni á sus artistas, ni su riqueza, ni su
poderío para apreciar su grado de educación y de bienestar; basta con
muy poco. Pueblo en que veáis que los pájaros no huyen espantados al
acercarse un niño; pueblo en que veáis que los gatos, esos mansos gatos
que se tienden al sol en las puertas de calle, no huyen como escaldados
y escarmentados cuando niños y mozalbetes se les acercan; pueblo en
que sobre las más pobres tapias se alza la frescura frondosa de unos
árboles y en las ventanas sonríen como saludo de paz las macetas
floridas, bien cuidadas, como á caricias de manos de mujer, bien puede
asegurarse que es un pueblo culto, de dulces costumbres, un pueblo
dichoso.

Queridos niños, vosotros sois el sol de mañana: que ese sol brille más
glorioso en nuestro cielo que aquel otro de nuestras grandezas, cuando
el sol no se ocultaba nunca en los dominios de España.



XXXVIII[3]

       [3] Leído en una función á beneficio del Montepío para médicos.


Para mostrarnos cómo no puede haber paz en el alma de los malvados,
como aun al verlos triunfantes y en apariencia dichosos, no por eso
debemos desconfiar de la eterna justicia, dice un Santo Padre de la
Iglesia: «En la conciencia del malvado hay siempre algo que tiembla».
Sí, es verdad...; pero también para los buenos, para los justos hay
algo que tiembla siempre. Ved; es un día feliz en la familia, tal vez
se celebra un santo, una fecha venturosa, más unidos que nunca los
corazones, padres, hijos, allegados... todos respiran esa confianza
mutua, ese enlace de unas almas con otras, probadas en alegrías y
dolores compartidos á todas horas... el corazón de cada uno engrana
en el corazón de los otros, como una piedra en sólido edificio... el
edificio familiar; ¡la familia! Nuestro pequeño mundo, en que nunca
pesa sobre nosotros la angustia de sentirnos abandonados, como Robinsón
en su isla, ni la tristeza de sentirnos perdidos, dispersos en la
multitud del mundo grande, indiferente, hostil, acaso... Es la hora de
la comida; la familia modesta, parte de su pan de comunión, bendito por
el trabajo honrado. En el silencio hay más efusiva cordialidad que en
las palabras. Los pequeños ríen alborozados.

Los padres sin mirarse se miran en sus hijos... De pronto la mirada
del padre se nubla de tristeza, un pensamiento triste ha pasado por
su frente, ha estrujado su corazón. Sí, también en el alma de los
buenos hay algo que tiembla, como en el alma de los malvados. El amor
de los suyos. Si yo me muero, ha pensado el padre, ¿qué será de estos
hijos? ¿Quién podrá darles esta alegría de ahora? Y en la desolación
de su alma, los ve con hambre, con frío, como esas criaturas de la
calle que estremecieron tantas veces su corazón de padre, tanto de
compasión por ellos como de egoísmo por los suyos... las criaturas
que piden limosna, que venden periódicos, la mozuela desvergonzada,
víctima de hombres soeces... el ladronzuelo conducido entre guardias á
empellones... Todo eso puede ser de sus hijos, de aquellas criaturas
que ahora son tan felices con tan poco, con la alegría de estar juntos,
de compartir con amor aquella comida de bendición... alegrada por
alguna golosina de extraordinario... Y el padre tiembla y palidece, y
cuanto más ríen los hijos más le cuesta contener el llanto que desborda
en su corazón.

--¿Qué te pasa?--le pregunta la esposa, que advirtió pronto la cerrazón
de su alma.

--Nada, mujer. ¿Qué quieres que me pase?

Pero ella lo sabe, porque también ha pensado lo mismo muchas veces...
sólo que la mujer, cuando piensa en la muerte, piensa en Dios antes,
y ella está segura, porque así se lo ha pedido á Dios muchas veces...
de que el padre no les faltará nunca, porque ella le pide á Dios todos
los días que de morirse alguno sea ella... ¡Yo no les hago tanta falta!
Sólo las madres saben ofrecer así su vida en el recogimiento de sus
rezos, sólo ella, por amor á sus hijos, llega á creer que no les hacen
tanta falta en el mundo como los padres...

¡Bendita institución esta, que para socorro de viudas y huérfanos de
médicos algún consuelo será en la vida de los que apenas logran con
su trabajo la seguridad del día de hoy, siempre angustiada por la
incertidumbre del mañana!

Penosa profesión es siempre la medicina, aun para los que logran
cumplida recompensa. No se comprende sin vocación tan decidida como
la del sacerdocio. Consagrarse al dolor... luchar contra la muerte...
enemigo que cuando huye parece que no hubo mérito en vencerle, y cuando
se vence siempre deja lugar á la sospecha de que faltó el acierto en
combatirle.

Juzga la vulgar opinión que los médicos, en fuerza de frecuentar el
dolor, tienen embotada la sensibilidad... A pocos médicos han conocido
en la intimidad los que así juzgan. Yo sé de médicos que han llorado
por muchos niños las lágrimas que no lloraba alguna madre indigna
de serlo; yo sé de algunos médicos que han salvado con abnegación
á muchos enfermos del abandono de familias despreocupadas, yo sé de
muchos médicos que han muerto sin enfermedad, sin saber de qué... del
corazón, certificaba otro médico, más bien por convencimiento íntimo
que por diagnóstico seguro... Lo que sucede es que el médico, cuando
nadie ve llegar á la muerte, cuando todos sonríen á su alrededor
confiados, es el único que no puede llorar todavía, y cuando todos
lloran porque la ven llegar implacable, es el único que ha de sonreir
hasta el supremo instante... interponiéndose con fingida calma entre
los ojos espantados del moribundo y la negrura insondable de la muerte.

Pues estos hombres que pasan sonrientes como la esperanza, entre todos
los dolores y males de la tierra no pensaron apenas en el dolor de los
suyos. Ellos que saben como nadie, que esa crueldad del sentimiento
egoísta, cuando al llorar la pérdida de un ser querido hace pensar con
animal instinto:

¡En qué situación hemos quedado! Ellos que saben la brutalidad de
la frase: El muerto se lleva la llave de la despensa. Realidad más
descarnada que la misma muerte, consideración brutal que parece
como si rebajara el sentimiento del alma al grito de la animalidad;
ellos no habían pensado nunca en los suyos para evitarles este dolor
vergonzoso...

Pues es preciso que, unidos todos, los predilectos de la ciencia y
de la fortuna con los humildes sea desde hoy tranquilidad de todos y
honra de la clase el que vuestras esposas, vuestros hijos, no tengan
que añadir á un dolor del alma el dolor del hambre. Que el padre
trabajador y honrado no se lleve al morir la llave de la despensa. Que
esas palabras crueles, sólo justificadas por la crueldad de la vida, no
vuelvan á oirse en duelos familiares.

Es mala disculpa de nuestra indiferencia ante los males exclamar
resignados: ¡La vida es así! ¡Cosas de la vida!

Hay un espíritu en nosotros que nada valdría si no fuera capaz de
sobreponerse á los males del mundo.

Tened en cuenta que la mayor seguridad de que hay una Justicia y una
Bondad infinitas está en que nuestro espíritu las comprenda y las
desea, y que en nosotros hay poder para realizarlas, poder que Dios
bendice desde el cielo, cuando cantan sus ángeles: «Paz en la tierra á
los hombres de buena voluntad».



XXXIX[4]

       [4] Discurso de D. Jacinto Benavente. 11 de Mayo de 1911. En
       los Juegos Florales de Badajoz.


  Señoras y señores:

Fuera descortesía solicitar vuestra benevolencia. Al haberme designado
para ocupar este puesto de honor, ya os anticipasteis á ofrecerme algo
más: un cariño, al que sabré corresponder con toda la gratitud de
mi alma, y una admiración, á la que ya no puedo aseguraros si sabré
corresponder del mismo modo. Y, no por vanidad propia, creedme, para
contento vuestro, hoy más que nunca quisiera corresponder á ella. Mas
si en algo habíais de ser defraudados, antes prefiero que lo seáis
por mi entendimiento que por mi corazón. Si el verdadero cariño es
el que más perdona, y el más verdadero el que ni aun se cree en el
caso de perdonar, porque ni advierte si hubo falta, mayor será mi
agradecimiento cuanto más crea yo en conciencia que mucho habéis
tenido que perdonarme; como perdona el noble, por natural nobleza,
sin darme á entender siquiera cuanto habéis tenido que perdonar. En
ocasiones como esta, os sentisteis entusiasmados y conmovidos por
la palabra de elocuentes oradores; la palabra vibrante, con todo el
calor del sentimiento, con toda la gracia de la espontaneidad. Hoy la
palabra escrita llegará á vosotros apagada y descolorida. Hay de la
elocuencia del orador, corriente de agua saltadora y libre, á estas
mansas aguas aprisionadas, de la palabra escrita, la diferencia que
hay, entre enamorados, de la declaración de amor trémula, que va de
la boca al oído, mejor diré, de boca á boca, á la carta en que el
amor se declara, con palabras muy comedidas, muy respetuosas, porque
no están delante, al escribirlas, los ojos que niegan ó conceden
licencia para mayor atrevimiento. Y, menos mal, si aunque cortés y
fría, aun indica, por su misma timidez, la verdad del sentimiento,
peor, si con frialdades retóricas, que quieren parecer apasionadas,
dice bien claro que fué copiada de alguna novela ó más vulgarmente del
secretario de los amantes. Yo no soy orador, ni soy elocuente. Aquí me
tenéis con mi carta de enamorado tímido. Las hermosas jóvenes que me
escuchan comprenderán mejor que nadie la verdad de esta comparación
entre oradores y escritores. Habéis tenido novios orales y escritos.
Porque habréis tenido más de un novio. No temáis que descubra aquí
vuestro secreto. Las mamás no escuchan. Las mamás no escuchan nunca;
sólo miran. ¿No lo habéis observado? Al despedirse algún rendido
galán de ingeniosa charla, cuando las jóvenes encantadas dicen: ¡Es
muy simpático!, cómo las mamás solo advierten: lleva muy rozados los
puños ó tuerce los tacones. Es que las jóvenes escuchan hasta con los
ojos; las mamás no escuchan, miran siempre, hasta cuando parece que
leen un periódico ó que duermen. Y ¡qué bien hacen en mirar mientras
escucháis vosotras! Porque su triste experiencia ve más lejos, porque
el matrimonio de mañana y la vida de todos los días, tienen más
relación con los puños rozados y los tacones torcidos que con las
palabras seductoras, eterna letra sin sentido, de esa divina música
del amor, con que la vida se burla eternamente, sin vencerlos nunca,
del eterno dolor y de la eterna muerte. Pensaréis: ya pareció el
escéptico, el ironista. Mal sientan ironías y escepticismo en fiesta de
amor y poesía. Pero el escepticismo no es negación absoluta, es duda y
nadie duda de una verdad aparente, si no lleva en lo más profundo de
su alma el sentimiento íntimo, la limpia imagen de la verdad verdadera
y con ella de lo que es bueno, y es bello, y es justo, y es noble, y
es grande. El escepticismo es comparación y, naturalmente, todos los
que quieren engañarnos quisieran que no hubiera comparaciones, que no
fuéramos escépticos. Ya lo creo... ¡Qué ganga para los falsificadores
de moneda si no hubiera moneda legítima para confrontarla...! Nunca
veréis que el verdadero creyente se escandalice porque haya quien
no crea santidad la hipocresía de muchos devotos por conveniencia.
Nunca veréis que la verdadera caridad se alarme porque no tomemos en
serio esas funciones y esas rifas benéficas organizadas por alguna
Junta de señoras aristocráticas; esa caridad que no cuesta mayor
sacrificio que enviar unas circulares á los amigos, lucir un lindo
traje y leer después la revista de algún cronista de salones--acaso
éste sea el mayor sacrificio--donde á vuelta de adjetivarlas á todas
muy primorosamente, el propio cronista, con guante blanco y llave
de aluminio, les abre de par en par las puertas del cielo. Pues á
no creer en cosas como éstas se llama escepticismo. En cuanto á la
ironía ¿qué es la ironía sino la bondad en la indignación? Vamos á
indignarnos y nos entristecemos tanto que acabamos por compadecer y ni
queremos entristecer compadecidos. Y así es la ironía... una tristeza
que no quiere llorar... y sonríe... porque compadece y perdona. El
escepticismo y la ironía son alas también del ideal, que, si no sirven
para elevarnos á grandes alturas, como la fe y el entusiasmo, sirven
para no tocar demasiado bajo en la tierra cuando á la realidad hemos
de acercarnos. Pero, ¡no creer en nada! Eso sólo es posible cuando
hemos dejado de creer en nosotros mismos. Cuando nada bueno hallamos
en nosotros, es cuando podemos decir: todo es malo; porque es nuestra
alma como nuestros ojos, que al asomarse á otros ojos lo primero que en
ellos vemos es nuestra propia imagen... Pero el bien existe mientras
el sentimiento del bien esté en nosotros, aunque no seamos capaces
de realizarlo por imperfección de nuestra voluntad. El amor existe
mientras seamos capaces de amar, aunque nadie nos ame. La verdad es,
mientras nuestra razón no llegue á persuadirse de que son verdades,
todas las mentiras con que nuestros intereses y nuestras pasiones y
nuestras cobardías procuran engañar á nuestra conciencia. En nosotros
está nuestra vida y está nuestra muerte y está lo que más importa,
nuestra eternidad, siempre que nuestra conciencia esté sobre todo. No
hay que pedir fuera de nosotros mismos esa satisfacción del premio y
del castigo, buena para desenlazar melodramas y folletines. Ved, en
las grandes tragedias de Shakespeare, la más amplia concepción de la
humanidad que produjo el arte. En ellas, como en la vida, el dolor, que
pudiera parecer castigo, cae por igual sobre los buenos y los malos,
con más ciega fatalidad que en la tragedia griega. El poeta mismo, tal
vez espantado de no percibir en la tierra un resplandor de justicia
divina, llega á exclamar: Como las moscas para los chicuelos traviesos,
somos los hombres para los dioses; nos matan por divertirse... Pero
él sabe que sobre el terrible juego de los dioses, si eso fuera, está
siempre la idea de justicia en nuestra conciencia, más alta que los
mismos dioses. Cuando envueltos en la misma trama de maldades mueren
con muerte violenta el infame Yago, el apasionado Otelo, Desdémona
sin culpa; aunque la fatalidad del destino sea para los tres dolor
y muerte, ¿no es verdad que nuestra conciencia basta para decirnos,
aunque el poeta no lo diga, que es infierno y condenación la muerte
para Yago, el que solo vivió para su egoísmo, y es muerte animal,
muerte de fiera, la de Otelo, el que amaba mucho pero no amaba bien,
porque sólo amó por instinto, y es gloriosa la muerte de Desdémona, la
inocente, la que culpada no supo hallar más que sencillas disculpas
porque las razones de la virtud son sencillas siempre? Y de los
tres, aunque solo Yago, por crueldad del poeta, hubiera sobrevivido y
triunfado de todos... ¿Quién quisiera ser Yago? No hay víctima inocente
que quiera cambiarse al sucumbir por su verdugo triunfante. El que hace
bien ni sabe decir por qué lo hace; el que hace mal, ved cómo busca
explicación á su conducta; más que convencernos necesita convencerse
á sí mismo de que hizo bien, tan cierto está de que hizo mal. Y es
que toda la maldad de los malos quizás llegara á suprimir el bien
sobre la tierra, pero no la justicia. Cuando todos los buenos fueran
desdichados, no habría un solo malvado que fuera dichoso. El mundo
moral está regido por rigurosas leyes mercantiles; todo valor recibido
representa el mismo valor abonado. Tal vez recibimos mal por bien, bien
por mal de quien no lo esperábamos. Es que el bien y el mal que hicimos
son créditos transferibles; cobramos ó pagamos unos por otros, pero al
cabo de cierto tiempo todo está satisfecho. Vuelve el mal al mal, el
bien al bien; la moneda tal vez es distinta, el valor es el mismo. El
malvado parece hombre dichoso, está alegre... No os engañéis. Impunes
todos sus delitos que _escaparon_ á las leyes humanas, absuelto por
todas las indulgencias, ó descreído de la justicia de los hombres como
de la justicia de Dios, sin temor á nada ni á nadie, hay siempre en el
fondo algo que tiembla... En la mayor tristeza del justo, abrumado de
todos los males, sobre todas las negruras que pudieran obscurecer su
conciencia, hay siempre una serenidad de cielo, que ya sería el cielo
aunque otro cielo no existiera... Es tan mezquina nuestra idea de la
eternidad, que no podemos concebirla sin que de ella forme parte lo
que más nuestro nos parece, por sentirlo más cerca de nosotros. Esto
es, nosotros mismos; esta mezquindad, esta limitación que es nuestra
persona, un nombre propio, una percepción reducida en una reducción
del tiempo y del espacio. Esperamos que la otra vida sea... casi como
esta vida, otra vez nuestra vida; un lugar de reunión en que hemos
de saludar á la familia y á los amigos por sus nombres y aun hemos
de continuar murmurando de sus asuntos y preocupándonos por nuestros
negocios. ¿Qué eternidad sería esta? Eternidad es no saber de nosotros
mismos; porque la eternidad no es material ganancia. La riqueza de
nuestra vida no será lo que hayamos atesorado, sino lo que hayamos
repartido. Vivirá de nosotros lo que de nosotros hayamos dado; más
se encontrará de nosotros cuanto más hayamos perdido. Y ¿cómo hemos
de entregarnos, cómo hemos de perdernos? ¿Dónde hallaremos nuestra
eternidad, que por serlo del todo, ni podremos decir que es nuestra?
En el amor y solo por el amor. Religión, Ciencia y Poesía; los tres
más claros luminares de nuestro espíritu, nos esclarecen el camino del
Bien, de la Verdad, de la Belleza, que es el camino de la eternidad del
espíritu. Amar inmensamente, amar infinitamente: ascender por escala
de amor desde el instinto á la inteligencia, de la inteligencia á la
divinidad. Hablemos sólo de la poesía... Sabio es el lema tradicional
de su torneo: Fe, Patria, Amor. Amor todo. Amor, primero instinto;
forma ya menos egoísta del instinto de conservación, del miedo á la
muerte, de su instintivo horror en toda criatura... Siente el hombre
que ha de morir y siente la necesidad de prolongar su existencia
en la prole, carne de su carne, vida de su vida. El amor es todavía
instinto... Después, siente que la conservación de la prole le impone
sacrificios, ha de defender á sus hijos, ha de cuidarlos... Empieza el
deber. Este deber se limita á la familia, todo lo más á la tribu... los
otros hombres son... el enemigo, el extraño... Pero el estado de lucha
no puede ser constante... Se pacta con la tribu vecina, tal vez para
combatir contra otra tribu más fuerte, tal vez porque la paz permita
el trabajo del campo, la quietud doméstica. Empieza la amistad. El
hombre, por su propio interés, se desinteresa ya en algo de sí propio
y de los suyos. Y al acercarse al extraño, que fué su enemigo, tal vez
se encuentra en él, porque el extraño también tiene hijos, también los
cuida y los defiende. Y empieza la simpatía, y tras la simpatía, que es
amor, la inteligencia. Sí; tan una es la inteligencia con el corazón
que no podremos nunca entender lo que no hemos sentido. Una vida de
estudios y de meditaciones no dará tanta luz á nuestra inteligencia
como una hora de amor. Cuántas veces nos sucede sentir por alguien una
antipatía invencible. Fulano es un ser odioso, insoportable; le oímos
hablar y sentimos la necesidad de llevarle la contraria, por poco le
mataríamos. Y aquel hombre odioso, antipático, llega un día á nosotros
con cara triste; habla de sus penas, tal vez perdió á su madre, tal
vez á su hijo, tal vez fué víctima de una crueldad, de una injusticia
de los hombres. Ya le escuchamos conmovidos; aquel hombre es un hombre
como nosotros, aquella pena ha sido nuestra alguna vez, puede volver
á serlo, no es una pena extraña, es una pena de nuestro prójimo. Ya
no parece aquel hombre tan odioso ni tan antipático, ya es nuestro
odio lo que nos parece injustificado. Y así todo se entiende cuando la
simpatía nos acerca... La virtud y sus más altos heroísmos, como el
vicio y el crimen. Hay en todo ello algo humano que puede ser también
nuestro. Para el amor no hay nada extraño ni nada incomprensible. Yo
he oído á una desdichada mujer, amante de un verdadero monstruo, un
criminal rematado de presidio: Me dicen todos por qué quiero á este
hombre tan malo; pues porque para mí no lo es, y si es malo para
todos y para mí no, señal de que á mí me quiere más que á nadie en el
mundo. Y era verdad, solo que ella equivocaba la razón de su cariño;
porque aquel hombre también era malo para ella, pero era ella quien le
quería más que nadie en el mundo, y aquel amor de mujer era bastante
para vestir de luz el alma del criminal, como de luz resplandecían las
llagas de los leprosos al posarse en ellas las manos de azucena de la
Santa Reina Isabel de Hungría. Milagros del amor, acaricie leprosos
ó criminales; milagros del amor, sobre todas las miserias del alma.
Nunca tuvo más hermoso gesto el Cid Castellano, que al tender la
mano sin guantelete al lazarino hundido en el fangal. Como esa mano
entonces y tantas manos de mujeres divinas y de santos gloriosos,
fueron las que vistieron en la Edad Media las armaduras de sayales,
los sayales de armaduras, en aquella empresa de bárbara grandeza, que
fueron las cruzadas y el incesante guerrear de los cristianos contra
los infieles. Y ved también cómo lo que empezó en odio y en guerra,
fué origen de civilización y de tolerancia, que si el Occidente y el
Oriente guerrearon, también se conocieron y también llegaron á amarse
y los poetas cristianos cantaron gentilezas y amores y bizarrías de
los infieles, y los poetas orientales hazañas milagrosas, noblezas de
corazón de los cristianos. Y sobre el sentimiento de Patria y el de
Religión, surgió el de Humanidad... Y prendiendo sus alas de luz en el
espaldar de las corazas, el espíritu alboreaba... Aun alborea. No hay
que desesperar porque tarde en brillar el día. ¿Qué importa la tardanza
de siglos en las auroras del Espíritu si amanece para la Eternidad? El
amor á la Patria es primero instinto también, es el amor á la tierra,
al campo que el hombre labra con su trabajo; la Patria es la parte de
tierra necesaria á la subsistencia del hombre y de la prole, es el
terreno en que ha de afirmarse la perpetuidad de la raza. Después van
despertándose emociones; recuerdos de horas felices, recuerdos de días
gloriosos. El espíritu de la Patria surge; van quedando más hondas las
raíces y elevándose más aéreo el ramaje, y en la rama hay flor, y en
la flor aroma. La Patria va teniendo conciencia y se constituye como
Estado, que es ya la Patria inteligente. La raza aspira á realizar
el bien, la justicia. A la venganza se sobrepone la ley y á la ley
el perdón, que es tal vez la más segura justicia. Por el amor á la
Patria comprende el hombre como debe respetarse la Patria de otros
hombres; como por el amor á sus hijos comprendió cómo era respetable
el amor de otros hombres á los suyos. También en otras Patrias hay
campos labrados con pena, y hay hogares de amor, y en torno abuelos
y nietecitos, y recuerdos de días felices y gloriosos, y tierra
que cubre los restos de muertos llorados. Y la simpatía va de unas
Patrias á otras, y contra el combate injusto la conciencia universal
protesta como contra una lucha fratricida. No es decir que toda guerra
sea injusta. Hay guerras inevitables; cuando una nación, un Estado
constituído, olvida, egoísta, las relaciones de amor y de justicia
con otros Estados; cuando un pueblo bárbaro, todavía de instinto,
opone tenaz resistencia al avance de la civilización, precisa es la
guerra, como es preciso limpiar de salteadores los caminos. Si por
ambición personal de un tirano, como Napoleón; si por codicias de una
oligarquía; si por intereses egoístas de un pueblo entero el camino de
la civilización se dificulta, deber es de las naciones inteligentes,
de las que no descendieron de su elevación espiritual, combatir
contra los merodeadores. La guerra entonces es justa y es legítima,
como lo fué nuestra guerra de la Independencia, hoy conmemorada entre
vosotros en una de sus más gloriosas y decisivas batallas, en que
la conciencia de tres nobles pueblos se unió contra el instinto de
un gran ambicioso, de quién apenas desaparecido, ya preguntaba el
poeta: «Fu vera gloria, Ai posteri l'ardua sentenza». La posteridad
ha sentenciado. Todos los arcos triunfales, todas las columnas, todos
los monumentos alzados en su honor por el pueblo cuyo nombre usurpó
para imponer sus ambiciones personales como aspiración nacional, no
hablan tan alto de justicia como cualquiera de esos humildes campos
aldeanos, cuyos terruños, nutridos con la sangre de sus labriegos,
que supieron morir gloriosos sobre la misma tierra que cultivaron
humildes, levantan las espigas de sus mieses, como si protestaran
de haber sido pisoteados por el extranjero. Extranjero de espíritu,
que extranjeros eran también por la Patria y no lo fueron al pelear
con nosotros en nombre de la justicia y del Derecho atropellados, los
nobles ejércitos de Inglaterra y de Portugal que en España y por España
combatieron. Si necesaria es en ocasiones semejantes la solidaridad de
naciones alejadas por la distancia, unidas sólo por el sentimiento,
¿qué debemos pensar de esas demencias separatistas que pretenden la
desunión en un Estado inteligente para volver á la Patria primitiva del
instinto? ¿Empequeñecer la Patria que antes debe tener por aspiración
constante destruir fronteras por el amor, que levantarlas por el odio?
Si una Patria se perdiera y hasta el recuerdo de todas sus tradiciones
y todas sus glorias, por realizar mejor la justicia al fundirse con
otras naciones, para constituir un Estado más perfecto, más apto para
realizar la justicia... bien perdida estaría; nunca había realizado
mejor el destino de su eternidad. ¿Y qué decir de esos que en nombre
de la Patria son constantes perturbadores del Estado? ¿Qué les impide
aportar su concurso inteligente á mejorar lo que sólo por solicitud
amorosa de todos llegará á ser perfecto? ¡Ah, no están conformes con
la forma de gobierno! ¿La forma? ¿No les dice bastante esta palabra?
¿Hay alguna forma de Gobierno en los pueblos modernos civilizados que
se oponga á la realización de los más altos ideales de justicia? Todo
será saber imponerlos y por el odio nada se impone. ¡Ah, cuantas de
esas brillantes inteligencias servirían mejor á la Patria trabajando
más por ideales de fondo que por ideales de forma! ¿Qué importa el
metro en que se versifica si la poesía es buena? Cuánto mejor fuera
que muchos de esos halagadores de instintos despertaran inteligencias
dormidas, y mejor que á prometer bienaventuranzas que ellos son los
primeros en saber que no consisten en cambiar de régimen, en vez de
decir al pueblo mentiras de la República fueran á los palacios á decir
á los Reyes, cara á cara, sin grosería pero con entereza, verdades
de la Monarquía... ¡Ah, ese amor á la Patria que lo pide todo de
los demás y nada ofrece por cuenta propia! El que no lee, pide que
se estudie; el holgazán, que se trabaje; el falsificador, que no se
engañe. El padre que no supo educar á sus hijos, se lamenta de la
falta de escuelas. No: en la escuela, en la Universidad, ilustran los
maestros, los libros. Educar sólo educan los padres. Y no con palabras
que se contradicen después en las acciones, sino con ejemplos. Por eso
son tantos los padres que dicen: Que vayan al colegio estos chicos,
hay que educarlos. Saben que ellos no los educarían nunca. Y cuando
no se educa á la Patria en nuestros hijos, cuando nada hacemos por
ella en nuestra propia casa, queremos que los gobiernos trabajen por
los que no trabajan, estudien por los que no estudian, piensen por
los que nunca pensaron, tengan una conciencia que nadie tiene. Nadie
barre la puerta de su casa y nos quejamos de que la calle esté sucia.
Pedimos gobiernos inteligentes. ¡Felices los pueblos que pueden ser
gobernados por tontos! Y ahora, ved otra grave falta de educación. Si
preguntáis al pueblo para qué sirve el Ejército, os dirá: para hacer la
guerra. Así lo aprendió, así se lo dijeron. No fuera mejor decirle: el
Ejército sirve para mantener la paz. El Ejército es la fuerza, sí, pero
es la fuerza á la orden de la razón y de la justicia. No es amenaza,
es seguridad. Si le juzgáis improductivo en su acción, no veis que
es todo vigilancia y la vigilancia no es nunca ociosa aunque parezca
improductiva. La espada del Ejército, como la espada de la justicia,
vela sobre vuestros campos, sobre vuestros talleres, sobre vuestros
amores y vuestros ideales; sobre las codicias de fuera y las traiciones
de dentro. Desconfiad de los que dicen: ¿para qué tanta fuerza, para
qué tantas precauciones? El que nada intenta contra la seguridad de
un domicilio, no se ofende si al llamar á la puerta observa que le
miran por el ventanillo. Sólo á la gente maleante le parece que sobra
la policía. Hasta del cielo cristiano, mansión de amor, donde la fe
del creyente ó la imaginación del poeta asientan todos los ideales de
perfección, se dice que hay milicias celestiales. Hasta la justicia y
el amor divino afirman el santo temor de Dios entre espadas flamígeras
de arcángeles. Aun no ha llegado el día en que la inteligencia sea
tan natural en los hombres como el instinto, cuando todo instinto
animal se haya espiritualizado en la conciencia de nuestra eternidad.
La fe religiosa del hombre es también instinto al despertar. Es anhelo
angustioso de no morir para siempre. El hombre mira dentro de sí y
halla una vida interior que es algo que no palpan sus manos, ni ven
sus ojos: es el pensamiento que vive en todo él y no está en parte
alguna de su cuerpo. No es el latir de su corazón, ni es el golpear
de su cerebro, es algo sutil, algo impalpable. Cierra los ojos, y le
parece que ha muerto al cerrarlos á la visión de cuanto le rodea y su
pensamiento vive todavía, dormido sueña... No hay duda, el pensamiento
es la parte inmortal de su ser. Morirá, pero seguirá pensando siempre.
Y su pensamiento sueña con una eternidad de vida. Vivirá eternamente,
pero ¿dónde vivirá? Y sus ojos entonces se vuelven adonde el horizonte
es limitado, al misterio insondable de los cielos donde todo habla
eternidad. Y allí va su esperanza y allí pone su fe. Después, aquel
cielo ignorado va poblándose de imágenes ideales. Primero, para el
hombre de instinto, hay un Dios de venganza; después es un Dios de
justicia, después un Dios de misericordia, un Dios que por amor se
hace hombre y siendo todo sabiduría y todo poder, no quiere juzgar á
los hombres sin haber padecido todo el dolor de la humanidad. Y padece
como si no supiera. El, que todo lo sabe, que es un Dios quien padece
y puede sobreponerse al dolor. ¡Hermosa verdad para el creyente!
¡Hermoso símbolo de la verdad para los descreídos! Al expirar en la
cruz, al gemir como una pobre criatura humana, ¡Padre mío! ¿por qué
me has abandonado? Habrá quien dude de que Dios pudiera nunca hacerse
hombre; no habrá quien dude de que en aquel instante, crucificado por
amor á todos los dolores de la carne y á todas las tristezas del alma,
el hombre se hizo Dios. Y nunca alboreó la aurora del espíritu como al
morir un Dios crucificado, señalando á los hombres el camino de nuestra
redención y nuestra eternidad. Poetas, reina, damas gentiles, señores
todos: vuestro corazón sea conmigo, el mío es con vosotros. Nada más.



XL[5]

       [5] Leído en la función de despedida de Rosario Pino.


Mi vida de autor dramático no podrá recordarse sin recordar á Rosario
Pino, la intérprete ideal de tantas comedias mías cuando mis comedias
no le gustaban á nadie más que á mí, al contrario de lo que ahora
sucede, que á muchos les gustan y á mí no me gustan nada. Y yo estoy
más triste ahora, que no puedo estar conforme con el aplauso, que
entonces cuando no sabía estar conforme con las censuras.

Sé que al despedirse Rosario Pino muchas obras mías se despiden
también; pero no seré yo, por eso, quien entristezca esta despedida.
¡Despedirnos, caminar, alejarnos... morir... olvidar al fin, que es
verdadera muerte...! Todo es lo mismo, todo es la vida... y hay que
afrontarlo cara á cara...

Si fuímos siquiera, ya que no luz de astro esplendoroso, amable luz
de lámpara familiar; si por algún alma pasamos como una caricia;
si supimos avivar á nuestro paso la simpatía de otros corazones,
capaces de sentir como propios toda alegría y toda tristeza humanas...
al alejarnos--despedida ó muerte--y sustituir la presencia con el
recuerdo, será como purificarnos, será como desmaterializarnos, será
un resplandor sin llamarada, será como una diafanidad de gloria... Lo
mejor de nuestra vida está en el corazón de los que nos aman. Para el
artista el amor es la admiración, que, como dijo Shelley, la gloria es
amor disfrazado... Por eso sólo puede decirse que se van ó que mueren
los que no supieron hacerse amar.

La dulce voz será silencio. Pero ¿qué música valdrá lo que el recuerdo
de esa voz en nuestras almas? No seré yo quien le salga á usted al paso
para decirle: No nos deje, que el callar de su voz es como si algo
también enmudeciera en nosotros... No; que aquí, en nuestro corazón,
queda para siempre y bastará poner atento el oído al corazón para
escucharla, como al acercar un caracol nos parece oir como recogidos en
sus repligues de nácar el oleaje del mar lejano...

No seamos egoístas en nuestra admiración... De una insigne actriz
francesa se cuenta que en triunfo de teatro exclamaba: ¡Bien me pueden
aplaudir; les doy mi vida! Usted nos ha dado lo mejor de su vida; justo
es que nuestra admiración le consienta á usted descanso.

El público no ve, no sabe que cuando á él llega una ráfaga de arte
puro, esa ráfaga... presupone una tempestad en el alma del artista,
como el aire apacible que refresca un día ardoroso nos llega tal vez de
un vendaval remoto que fué desolación y espanto...

Para el artista son las lágrimas crueles, para el espectador las dulces
lágrimas. Amor y gratitud para el artista que da por bien pagadas sus
tristezas más hondas con vuestro aplauso.

Rosario Pino no podrá olvidar nunca los aplausos de este público suyo:
su recuerdo será quizás toda su alegría en el descanso buscado... No
olvidéis vosotros pronto á la que supo haceros olvidar tantas veces las
emociones penosas de la vida con la elevada emoción de su arte.



XLI

CAMPOAMOR


Siempre he temido volver á los lugares que dejaran en mí gratos
recuerdos. Siempre he temido volver á leer los libros que fueron el
encanto de mi niñez ó de mi juventud. El lugar será el mismo, el libro
también. Pero ¿estaba en ellos el encanto ó el encanto era el de
nuestras almas, sorprendidas y admiradas de todo, como ojos de ciego
abiertos por milagro á la luz... y sólo de ver ya gozosos, porque ya el
ver es una hermosura, aunque no sea hermoso todo lo visto...?

Pero, entonces, ¿es que las cosas no son nada por sí? ¿No hay valor
alguno objetivo? Sí; las cosas son algo, son ellas, las mismas siempre;
pero la luz que las alegra ó las entristece, auroras ó crepúsculos,
pleno sol estival ó luz de luna, nubarrones tormentosos con relámpagos
de luz ó relámpagos de sombra, frecuentes en el cielo de las almas,
todo eso es nuestro, y todo eso es el espíritu de las cosas... y
también nuestro espíritu. Nos vemos en los ojos que nos miran y vivimos
en las almas que nos atienden...

Nosotros mismos no sabemos de nosotros más de lo que saben decirnos los
demás. Nuestra propia conciencia, lo más nuestro, se esconde ante la
conciencia ajena para que ella no pueda decirnos la verdad de nuestra
conciencia. Y este ocultarnos unos á otros la verdad para creernos
mejores de lo que somos, si es hipocresía cuando nos damos tan mal arte
á vestir el disfraz que todos advierten que es disfraz, bien pudiera
ser toda nuestra verdad cuando sabemos disfrazarnos de tal suerte
que el disfraz llega á ser más que el vestido, algo tan propio y tan
adaptado á nuestro espíritu como nuestra corporal hechura. El que logra
hacerse una cara con la más agradable de las caretas ha dejado de ser
hipócrita para ser virtuoso. Y no digáis: ¡Buena virtud de mascarada
será esa!, si consideramos que ya es virtud llevar de ese modo una
careta, y que estas caretas espirituales, si han de parecer como
nuestra propia cara, han de amoldarse de dentro á fuera, y han de ir
muy prendidas en nuestro corazón.

Pues si difícil es saber la verdad de nosotros mismos, ¡cuánto más
difícil será saber la verdad de las cosas! Y si al volver á ellas ya no
somos los mismos, ¿qué habrá sido de ellas?

Como decía Ronssard, el poeta que dió sus mejores canciones á la gloria
efímera, ¿dónde están las nieves de antaño...? Nuestro corazón es
caminante que aunque dos veces pase por un camino siempre le parece
camino nuevo.

Un amigo mío acababa de reñir con su novia, á la que había jurado
amar eternamente, y á los pocos días me daba á leer una carta de otra
novia. Y con otra carta en sus manos de la novia antigua, me decía como
loco: «Esta sí que me quiere. Lee esa carta y compara, compara con esa
carta». Yo leí las dos cartas, y comparé: las dos decían lo mismo. Y
cuando él, al verme reir, se dió cuenta de ello, sin darse á partido,
me decía: «Sí, sí, dicen lo mismo; pero esta es verdad y aquella era
mentira».

Después de esto no extrañaréis que aun no os haya dicho nada de nuestro
poeta. Si veis que la apariencia de las cosas, no me atrevo á decir su
verdad, está en nosotros más que en ellas, estas emociones suscitadas
por el poeta, ¿no os dirán más lo que del poeta siento que si de él os
hablara?

¡Campoamor! Yo le conocí. Era yo un niño y su fisonomía me era ya
familiar. Sólo una vez hablé con él en los postreros años de su vida;
yo comenzaba á _literatear_, literatura de señorito.

Un ferviente admirador del gran poeta, gran amigo mío, me presentó
á él. Era á la puerta de la librería de Fe. Don Ramón, antiguo
tertuliante de la librería, por aquellos últimos años de su vida,
llegaba en coche ante la puerta, y desde allí saludaba á los amigos;
todos salían un momento de la tienda, rodeaban el coche y conversaban
con el anciano poeta, de rostro rubicundo, de ojos azules, muy claros,
unos ojos que sonreían á todo, con tal gracia, que con no sonreir sus
labios nunca, pues la boca era de severa expresión, la gracia de sus
ojos bastaba á mostrarle sonriente, como abuelo bondadoso que con la
voz reprende al nietezuelo y con los ojos ríe la travesura.

Un amigo le dijo al presentarme: «Maestro, le presento á usted á
Jacinto Benavente, escritor; tiene mucho talento». Y el maestro, el
abuelo, me miró muy despacio y dijo: «¿Mucho, mucho talento? Porque
si no tiene mucho talento, vale más que sea bueno». Y yo no he
olvidado nunca aquellas palabras ni la mirada de bondad. Y como no
he estado nunca muy seguro de tener mucho talento, mucho talento, he
procurado siquiera, ya que en talento no fuese aventajado, aventajar en
bondad. Porque aquellas palabras del poeta y otras del obispo, que al
confirmarme me dijo: «Hijito, seas santo», no he dejado de repetirlas
un solo día desde que las oyera, y han sido acaso mis oraciones más
fervorosas, para que ellas me guarden de toda vanidad.

Ahora, de la vida de Campoamor, ¿que sabré deciros? La vida de los
poetas está en sus poesías. La poesía de Campoamor es toda inquietud
espiritual; pero una inquietud que pudiera decirse sosegada. Hay
hombres de vida azarosa, perdida en vanas agitaciones, que al parecer
responden á desasosiego interior, á inquietud espiritual, y si vamos á
ver, toda aquella turbulencia es epidérmica, de gestos y pasos.

Otras vidas hay de tranquila apariencia, sin sacudidas aparentes,
y toda aquella serenidad y placidez es muro de piedra en palacio
señorial, que parece al exterior alegre mansión de riqueza y es por
dentro mansión de dolor.

Nuestro poeta hubiera podido escribir como Goethe: «Tengo bien señalada
la demarcación entre mi vida política y social y mi vida moral y
poética. Demarcación puramente exterior, se entiende; pero me va muy
bien así». Goethe llamaba á Beethoven ser indomesticable, y él se decía
á sí mismo un ser social.

Campoamor era, como Goethe, un ser social. Y como el hombre era tan
amable de cerca, su poesía era también amable. Y el poeta de las
ironías y de los sarcasmos, el menos ortodoxo de los poetas españoles,
oía celebrados y repetidos sus versos en labios de las damas y de las
jóvenes más distinguidas de la mejor sociedad.

Fué el poeta preferido de las mujeres. Era el poeta que mejor las
comprendía; las perdonaba todo. Las mujeres ¡pobres mujeres! creían
por eso que las amaba mucho... No comprendían que aquel su amable
perdón, aquella su indulgencia para todas las faltas y errores que
pueden cometer las mujeres, tenía más de profundo conocimiento de que
no podían ser de otra manera, de que no se las debía pedir lo que no
pueden dar...

Las mujeres que saben de amor saben que el hombre que de verdad las
ama es el que peor habla de ellas y más abomina de sus engaños y más
se atormenta por sus traiciones... Lo otro no es amar, es comprender
y perdonar. Ahora, que la mujer, cuando sólo de poesía se trata, no
sabe distinguir al amigo del amante. El poeta amigo de las mujeres,
comprende y perdona. El poeta amante, maldice y castiga.

En la realidad, ya saben ellas distinguirlos. Al buen amigo es al que
las mujeres le cuentan las perrerías que les hace el verdadero amante,
y suelen decirle: ¿Por qué no será como usted? Usted sí que me quiere,
usted sí que es bueno para mí. No hay que creerlas mucho, porque si lo
creyeran así, con dejar al amante y tomar al amigo... Y ya se sabe que
las mujeres conceden rara vez ese ascenso.

El amor y la muerte fueron las dos grandes inquietudes que animaron
en la poesía de Campoamor. ¿Y qué pensaba Campoamor del amor y de la
muerte?

Del amor, tal vez como el filósofo pesimista. Es el lazo que la
Naturaleza nos tiende para perpetuar la especie.

¿Nada más? No, que de este lazo tendido por la Naturaleza, de este
instinto en que el hombre puede ser inferior al bruto, cuando el hombre
solo atienda al placer que engendra dolor, el espíritu puede elevarse
en sacrificio que, con ser dolor, será más alto goce, si nuestro
espíritu sabe elevarse al aceptarlo. Así, del placer instintivo, por
su conciencia de dolor, podemos elevarnos al amor espiritual. Cerrado
queda así el círculo de nuestra evolución. Completa será cuando en
sentido inverso, aceptado el deber, ya todo será espiritualidad en
nuestros amores, y del deber como instinto proceda el goce espiritual,
en vez de proceder del goce instintivo el deber doloroso.

Y de la muerte... La región ignorada, de cuyos límites ningún caminante
torna, como dice Hamlet, ¿qué pensó Campoamor?

Campoamor no sabía si había un Dios; creía que debía haberlo. Y
esta creencia ya era una realidad. Si encerrados en un aposento
obscuro, por donde entre las maderas entornadas llega un rayo de sol
á nuestra frente, no supiéramos que el sol estaba allí detrás; si
ese rayo viniera del cielo azul sin astro visible á nuestros ojos,
¿no pudiéramos creer que ese rayo de luz lo mismo pudiera llegar del
cielo á nuestra frente que de nuestra frente perderse en el cielo? ¿Y
dejaría su luz de ser luz por eso? ¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está? ¿Qué
es? ¿Qué importa? Si el sol fuese invisible á nuestros ojos pero su
luz no nos faltara... ¿qué importaría? Creyéramos que el rayo de sol
en el aposento obscuro era luz de nuestra frente ó luz de lo alto, su
resplandor siempre sería divino.



XLII[6]

       [6] Leído en la inauguración del Florilegio de poetas
       castellanos.


  Señoras y señores:

La Sección de Literatura sabe muy bien á lo que se expone con este
florilegio de poetas cuya lectura hoy comenzamos. Se expone á vuestro
aburrimiento. Y á conciencia de aburriros nos arriesgamos en esta
empresa. Sí, señores. En España es preciso que nos acostumbremos al
aburrimiento. Los españoles somos tristes por ser demasiado divertidos.
Parece paradoja, ¿verdad? Pues así es... Todo nos aburre y todo nos
fastidia, porque pretendemos divertirnos con todo. De la palabra lata
hemos hecho una pavorosa divinidad. Todo es lata. Lata es un discurso
de presupuestos; los diputados y senadores huyen apenas se inicia la
discusión, se refugian en el salón de conferencias, en los pasillos
y allí se bromea á costa de los oradores serios y se prefiere la
amenidad, la diversión de la comidilla política diaria...

Después nos sorprende algún impuesto oneroso, algún despilfarro que ha
de pesar sobre el contribuyente harto castigado.

Pero ¿qué importa? Nos hemos librado de una lata.

La Ciencia nos engorra, el Arte en serio nos fastidia. Faltos de
ambiente, son muy contados los que trabajan por la Ciencia y el Arte...
¡Asusta tanto que nos llamen lateros!

Un día las naciones de Europa llaman á concurso, se buscan nombres,
obras, no hay nombres ni obras que ofrecer á los extranjeros. La
vanidad nacional se siente herida... No tenemos Ciencia, no tenemos
Arte. Está bien. Pero tampoco hemos tenido que soportar latas, ¿y lo
que nos hemos divertido entre tanto?

Yo confieso que me encanta y me enamora este modo de ser nuestro y
prefiero para vivir las ciudades á lo morisco, en que las gentes se
tienden al sol y van reposadas por las calles en amables y ociosas
charlas á las ciudades á la europea, á la americana, por donde se
camina á empujones, á codazos, sin un saludo cordial, sin un piropo
chirigotero...

Lo malo es que la humanidad ha llegado á su madurez, y estos pueblos
infantiles, que sólo quieren diversión y juego como los niños, están
muy expuestos á ser traídos á la razón de mala manera. Porque en la
casa donde se trabaja, á la hora de trabajar molestan los niños.

Por eso conviene que los españoles empecemos á saber aburrirnos. La
cultura no es otra cosa. Sólo son grandes y cultos los pueblos que han
logrado por fin no aburrirse con todo lo aburrido. Cuando se ha llegado
á sublimar el aburrimiento hasta el éxtasis, como en la música de
Wagner, se ha llegado á esa civilización suprema.

Por fortuna, este aburrimiento disciplinado concluye por ser más segura
diversión que la otra, la diversión alocada de un día y otro. Porque la
vida, aunque parece que es eso, un día y otro y una hora y otra hora es
algo más. Es el día de la suma, la hora de las cuentas, en que todo se
paga.

Hay una parte de nuestro ser perezosa, casi inerte, su aspiración es el
reposo y todo lo más un dulce columpiarnos, una diversión del espíritu;
avanzar un poco para retroceder al mismo punto. Hay otra parte más
alta y más noble que aspira á desprendernos de todo esto que sujeta y
detiene, de esto que llamamos la vida y con decir «la vida es así» lo
disculpa todo. Pero esta parte, única evolutiva, creadora, única que
puede libertarnos al fin de la vida y de nosotros mismos, es la que
hemos de cultivar con dolor y con aburrimiento hasta vencerlos, hasta
sobreponerse á ellos.

Decir ¡Qué lata! Es decir pereza mental, indigencia de nuestro
entendimiento, sequedad de nuestro corazón.

Decimos ¡Qué lata! Y cerramos el libro y apartamos al amigo y por no
aburrirnos un día nos quedamos en soledad para muchos días, para toda
la vida.

Y esa soledad, que es desolación porque nada queda donde nada hubo y
por habernos divertido unas horas nos aburrimos para siempre.

He dicho, y como pocas veces he dicho lo que sentía, porque ¡deja uno
tantas veces de decir lo que siente por temor á parecer latero...!



XLIII[7]

       [7] Leído en la sesión en honor de Rubén Darío.


  Señoras y señores:

Por esta vez ¡Loado sea Dios! la Sección de Literatura no celebra
funerales literarios. Hoy podemos regocijarnos sin asomos de tristeza,
más ó menos espontánea. En otras ocasiones, al honrar la memoria de
algún difunto, veníamos á ser como la viuda rica, según dice el refrán:
«La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica». Hoy por fortuna
podemos repicar y tocar á gloria de todo corazón.

Vivo y entre nosotros está el poeta festejado, vivo y en plenitud
de su númen poético; así es que tampoco tiene esta fiesta ese dejo
amargo de las despedidas, como otras semejantes en que parece decirse
al festejado, al declinar de su vida y de su entendimiento: «Con esto
cumplimos; ahora á casita y no se moleste usted más por nosotros».
Estos homenajes á lo Carlos V vienen á ser algo así como el tercer
aviso ó como la salida de tono de aquel ingenioso cuanto iracundo
escritor, al increpar á un portero agonizante: Usted á morirse pronto,
que es su obligación.

La Sección de Literatura bien quisiera no ser siempre una especie de
funeraria. Y si no prodiga con los vivos estos homenajes es... porque
entre los vivos los hay tan vivos que se organizarían ellos mismos el
obsequio y habría que declararse en sesión permanente. Los muertos no
suelen valerse de recomendación ni son tan intrigantes. Aun así, yo no
sé, ahora que hemos dado en practicar el espiritismo, si no acudirá
alguno del otro mundo á solicitar su homenaje.

Pero, en verdad, estos honores, sólo son en verdad honores cuando más
honra á quien los ofrece que á quien los acepta. Y nadie dudará que hoy
es el caso para esta Sección de Literatura.

Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte,
ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos
lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en
congresiles discursos y brindis de banquetes.

¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en
noble lengua castellana?

¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar
el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra
religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio
de la poesía?

No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es
chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el
corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria
cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas
suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que
os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.

Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música
espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al
prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de
gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa
canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más
vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de
aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por
nuestras almas.

He dicho.



XLIV

JUAN DE LEPES


Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de Salamanca; el menor
de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de Lepes, tejedor
de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.

Viuda á muy poco su madre, y en extrema pobreza, pasó con sus hijos á
la villa de Arévalo y después á Medina del Campo. Allí halló Juan un
noble protector en don Alonso Alvarez de Toledo, administrador de un
Hospital de la villa. En este Hospital cuidaba Juan de los enfermos y
era en edad de doce años grave y pensativo.

A los veintiuno entró como novicio en el Monasterio de Santa Ana, de
los PP. Carmelitas, en Medina, y en este mismo Monasterio profesó á su
tiempo, con el nombre de Fray Juan de Santa María.

Enviáronle sus superiores á estudiar teología en Salamanca, y
aconsejado por Santa Teresa, ingresó en la Orden expresada de
Carmelitas descalzos. Discordias entre los calzados y los descalzos,
fueron causa de persecuciones para Fray Juan de la Cruz, que así se
llamó al cambiar de Orden. Fué trasladado á Toledo y allí encerrado en
el convento de observantes sujeto á duras penitencias.

Por inspiración divina, nunca nos falta en semejante caso, recibió
la orden de fugarse y así lo ejecutó, descolgándose por una ventana.
Refugióse en un convento de monjas y huyó después á Almodóvar. De
allí pasó á Granada y fué nombrado, primero, definidor de la Orden, y
después, vicario de la casa de Segovia.

Mal hallado su natural humilde en estos cargos, se retiró al desierto
de la Penila, en Sierra Morena, y allí, caballero andante á lo divino,
como Don Quijote, hizo penitencia, aunque por más alta Dulcinea.

Quebrantada su salud, hubo de recogerse en el convento de Ubeda, y allí
murió á 14 de Diciembre de 1591.

Fué canonizado en 1674. Su cuerpo está en Segovia en el convento de la
Orden.

       *       *       *       *       *

Fué San Juan de la Cruz el místico por excelencia. La vulgar acepción
considera místicos á muchos escritores, que en rigor sólo pueden ser
llamados devotos y cuando más, ascéticos. De los españoles, sólo Santa
Teresa, en «Las moradas», el beato Juan de Avila, algunas veces, pueden
ser considerados como místicos en el verdadero sentido del misticismo.

El misticismo, ha dicho Matter, se eleva sobre la ciencia positiva y
la especulación racional y aspira al elevarse, á la intuición en lo
metafísico, en lo moral á la perfección.

El misticismo llega al conocimiento por el amor como la filosofía y la
teología pretenden llegar por el entendimiento.

El misticismo no es luz que alumbra la razón, es llamarada que abrasa
sentidos y potencias y sublima el espíritu hasta confundirse con
el objeto de su amor. Amada en el amado confundido. Y para él la
verdad sólo tiene un nombre. Amor. ¡Amor! Unica verdad que no admite
contradicción ni razonamiento.

Cuando se dice: Creo, tal vez se dice: Dudo. La duda condescendiente
siempre se expresa así: Yo creo que... Cuando se dice: Amo, se dice:
Creo, creo con toda el alma.

De todos nuestros místicos ninguno tan desunido del mundo exterior,
de su propio mundo interior como San Juan de la Cruz. Su espíritu no
era siquiera mariposa que se abrasa á la llama del amor divino, era
la propia llama ardiente como el Espíritu divino en los zarzales de
Moisés, en el tabor de Cristo.

Voy á leeros la canción entre el alma y el Esposo, paráfrasis del
Cantar de los Cantares. San Juan de la Cruz escribió sobre estas
canciones: «El Cántico Espiritual», glosa y declaración de cada una de
sus estrofas.

Y según palabras del Santo. Por cuanto estas canciones parecen ser
escritas con algún fervor por el amor de Dios, no quiero yo decir toda
la anchura y copia que el espíritu fecundo del amor en ellos lleva.
Porque--añade después:--¿Quién podrá escribir lo que á las almas
amorosas donde él mora, hace entender?

Esta es la causa porque con figuras, comparaciones y semejanzas antes
rebosan algo de lo que sienten.

Las cuales semejanzas no leídas con la sencillez del espíritu de amor
é inteligencia que ellas llevan, antes parecen dislates que dichos
puestos en razón.

Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante
inteligencia mística, no se podrá declarar al justo, ni mi intento es
tal, sino dar alguna luz en general, y esto tengo por mejor, porque los
dichos de amor es mejor dejarlos á su anchura.

Sabia advertencia para los que pretenden razonar de lo que está sobre
toda razón.

Dejemos el amor á su anchura y ensanche el amor nuestras almas.



XLV


El proyecto de erigir una estatua á _Lagartijo_ ha escandalizado á
muchos. No hay razón para ello.

Nunca tan bien empleado el arte de la escultura como al reproducir en
bronce ó mármol la humana belleza en su más apreciable manifestación:
la belleza del cuerpo.

Sabido es que, hasta la representación simbólica de abstracciones por
medio de la escultura, no tiene otra forma de expresión que la más
bella forma del cuerpo humano.

¿Es preciso buscar antecedentes, razón suprema de muchas sinrazones
nacionales? En Grecia tuvieron más estatuas los atletas y corredores de
sus juegos olímpicos, que los hombres de Estado, los filósofos y los
poetas. No se diga en Roma y en Bizancio.

Un sabio, un escritor, cualquier intelectual, en suma, va mejor
servido con la reproducción y estudio de sus obras, y si de perpetuar
su memoria en efigie se trata, con un busto es suficiente. ¿A qué
afligirnos con la contemplación antiestética de su abdomen, doblemente
si se nos presenta enfundado en una levita?

Por mucho arte y mucha habilidad del escultor, no podrá evitarse que la
estatua de un caballero moderno más nos recuerde las figuras de cera
del Museo Grevin que las esculturas del Museo del Vaticano.

La prueba es, que los escultores modernos procuran desquitarse en
grupos ó figuras alegóricas, del inconveniente buen señor, que viene,
de este modo, á ser accesorio del monumento elevado á su gloria.

Lo que sí puede discutirse es si la figura del torero en general,
y la de _Lagartijo_, en particular, se prestan á la representación
escultórica.

El toreo es una habilidad. Sus apasionados y sus cultivadores aseguran
que es un arte. Vaya por el arte. De toda suerte--y aquí bien puede
decirse y _en todas las suertes_, es un arte cuya gracia está en el
movimiento.--Fijad cualquiera actitud de un lidiador, como cualquiera
actitud de una bailarina y habrá perdido toda su gracia en la
inmovilidad. No hay más que ver las fotografías instantáneas obtenidas
durante la ejecución de las más graciosas suertes del toreo.

Sin el ritmo y el garbo en la sucesión de movimientos, ni el lidiador
ni la bailarina tienen valor artístico alguno. Es difícil, casi
imposible, plantar en una sola actitud la gracia, resultado de varias
armónicas actitudes. _The moments monuments._ La eternidad de un
instante, que según Rossetti es el soneto, no puede serlo el arte de
torear.

Particularmente en _Lagartijo_, el ritmo era su mayor encanto. Aquella
dejadez señorial de sus pasos y de sus actitudes.

Este arte, de gracia dinámica, digámoslo así, tiene su mejor expresión
en la música. Por eso vemos que el toreo, con ser cosa tan española, no
ha inspirado grandes obras á los pintores ó los escultores españoles.
En cambio, es mucha y excelente la música torera de nuestros más
famosos compositores.

Y nótese, cómo un pasodoble brillante es más evocador de majezas
taurinas, que puede serlo una página literaria, un cuadro ó una
escultura.

Con ser figuras tan famosas y características, la pintura española
no ha legado á la posteridad un buen retrato de _Lagartijo_, ni de
_Frascuelo_, ni de _Guerrita_, ni del _Espartero_, ni de _Reverte_.

Los mejores cuadros inspirados por nuestra fiesta nacional, son los de
Zuloaga. Y no son por cierto un himno á sus gallardías y sus proezas.
Hay en ellos una sonrisa de amargura, más patriótica que las fanfarrias
coloristas de los aduladores de multitudes incultas.

Hay más luz interior en los cuadros de Zuloaga que en todos los cuadros
de esos pintores de la luz tan celebrados. Hay luz que debiera iluminar
la conciencia española. Por eso ofende, irrita á muchos.

--¡Es una España de fantasía!--dicen.--No; la de fantasía es la otra.

Por eso me parece muy bien el proyecto de erigir una estatua á
_Lagartijo_, y celebraría con toda el alma que se llegara á su
realización.

Esa estatua pudiera, al levantarse, ser una forma visible del
remordimiento, _como la sombra de Banguo en el festín de Macbeth_.

Hay conciencias tan dormidas que no necesitan menos para despertarse.

Ante la estatua de _Lagartijo_ se caería en la cuenta: ó de las muchas
que faltan, ó de que sobran todas.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "De Sobremesa; crónicas, Quinta Parte (de 5)" ***

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