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Title: Volvoreta
Author: Fernández-Flórez, Wenceslao
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Volvoreta" ***

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produced from images generously made available by The
Internet Archive/Canadian Libraries)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
    versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía del original, normalizándola a la
    grafía de mayor frecuencia.



VOLVORETA



  OBRAS
  DE
  WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ


  LA PROCESIÓN DE LOS DÍAS. (Novela.) (3.ª edición.)--4 pesetas.

  VOLVORETA. (Novela premiada en el concurso del Círculo de Bellas
  Artes.) (5.ª edición.)--5 pesetas.

  SILENCIO. (Novelas.) (2.ª edición.)--4 pesetas.

  LAS GAFAS DEL DIABLO. (Ensayos de humorismo, obra premiada por la
  Real Academia Española.) (3.ª edición.)--4 pesetas.

  ACOTACIONES DE UN OYENTE. (Crónicas parlamentarias.)--4 pesetas.

  HA ENTRADO UN LADRÓN.--5 pesetas.

  EL ESPEJO IRÓNICO. (Ensayos de humorismo.)--5 pesetas.



  WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ

  VOLVORETA

  (NOVELA PREMIADA EN EL CONCURSO DEL CÍRCULO
  DE BELLAS ARTES)

  (QUINTA EDICIÓN)

  MADRID
  EDITORIAL PUEYO
  ARENAL, 6
  1920



  ES PROPIEDAD

  Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid.



CARTA AL ILUSTRE DOCTOR FIAÑO


_Cuando terminé de corregir las pruebas de este libro, amado y culto
doctor Fiaño, en ese angustioso momento que precede a la aparición
de una obra propia ante el público, pensé en ti con terror, con un
terror hondo y repentino. Súbitamente vi tus grandes bigotes caídos, tu
cráneo calvo, tus ojos menudos en los que luce toda la sabiduría de un
doctorado en Filosofía y Letras; te vi detrás de la ventana del Casino
y en la tribuna del Ateneo, bajo la terrible oleografía de nuestro
señor el Rey, esa oleografía azul, amarilla y roja--irrespetuosamente
maculada por todas las moscas de avanzadas ideas que han tenido el
honor de volar en ese sabio ambiente, de quince años a esta fecha--y
hacia la que tú has extendido fervorosamente tu mano pidiendo un «viva»
siempre que al final de tus discursos te ha faltado la inspiración._

_Cuando leas esta novela, ¿qué gesto será el tuyo, eminente crítico?...
Yo lo sé. Yo sé que con este puñado de cuartillas te voy a producir un
lamentable disgusto. Al llegar al final, tú arrojarás el volumen con
desaliento; tú harás un gesto de tristeza que será corregido por un
gesto de desdén._

_Habrás descubierto que esta novela no tiene tesis._

_No tiene tesis, ¡ay de mí!, es verdad. ¿Qué viene, entonces, a hacer
al mundo?... ¡Dios mío, no lo sé!... Yo bien comprendo que mi deber
sería enriquecer la moral del lector con una máxima, o su experiencia
con un relato instructivo. Yo no puedo ni aun alegar ignorancia de mis
obligaciones. He leído muchos libros en los que hombres más profundos
practicaban esa conducta ejemplar. En unos se convencía a las gentes de
que el amor de un anciano a una joven es fuente de desgracia; en otros
nos advertían los peligros de querer a una mujer morena y voluptuosa;
tal novela me enseñó que el ideal huye delante de nosotros; alguna me
instruyó acerca de la crueldad de enamorar a una doncellita provinciana
cuando uno está de paso por el pueblo. He visto muchos dramas en los
que la fatalidad desanudaba las corbatas de los personajes, por esa
extraña relación que la tragedia guarda siempre con las corbatas de los
cómicos. Todo esto templa el espíritu, es elevado, es educador. Sin
duda las moralejas de los libros van delante de la Humanidad, guiándola
por el camino del bien y de la ética escrupulosa, y es triste pecado de
banalidad haber escrito estas páginas sin que de ellas pueda salir al
final, como de una cajita de sorpresa, un apotegma más que se agarre a
las riendas del alma y las separe del sendero del mal, por el que han
ido tantos estudiantes enamorados de tantas modistas._

_No supe, formidable Fiaño, no supe. Cogí, para hacer la novela, el
espejo aquel de la frase de Saint-Real que tomó por lema Enrique Beyle,
el que amó la Sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él
quería, a lo largo de un trozo de camino. Nunca copió mi espejo más que
la misma vida, y al rebuscar en ella no encontré el sistemático triunfo
de una idea, ni el de la acción moral, ni el de la acción impura. Hace
tiempo que ha muerto aquella cruel Fatalidad que pasaba lentamente, con
sus ojos inmóviles y sin luz, como los de una estatua, a lo largo de
las viejas fábulas. Los hombres la vemos apenas como una sombra alta y
negra en los horizontes de la antigüedad. Tras ella hicimos surgir otro
fantasma: el del Destino moral. Y el Destino moral pasó por nuestras
novelas también rígido, también inconmovible, llevando en una mano
el premio y en la otra el castigo, para repartirlos con una severa
equidad._

_Pasó... Yo no alcancé a verlo en los caminos de la Vida, considerable
Fiaño. En las novelas que va tejiendo esa Vida, muy pocas veces se
preocupa de escribir moraleja. Las mejores páginas son las que ella
sabe trazar, y, sin embargo... ¡cuánta sería tu indignación, erudito
Fiaño, si un osado escritor recogiese en un libro alguna de esas
novelas!... ¿Te acuerdas de Martín?... Martín era joven, era amable,
tenía una existencia lógica y feliz. Un día jugó su partida de tresillo
en el Club, comentó las murmuraciones del momento, te dió una palmadita
en la espalda y se marchó a dormir. Fué a dormir, naturalmente,
tranquilamente. Había de madrugar para despedir a su novia, que iba a
un balneario._

_Martín se acostó tarareando una mazurka, desprendió los tirantes
de sus pantalones con una habitual sencillez... Al día siguiente os
enterasteis con sorpresa de que Martín había muerto de una inesperada
manera repentina. Algo se le había roto en el corazón. Medita, Fiaño,
¡qué absurda manera de terminar el libro! El protagonista ha jugado a
las cartas, tiene una novia que va a emprender un viaje, no hay asomos
de tragedia, todo circula por un cauce suave y normal. De pronto la
novela termina: el hombre hizo una contorsión entre las sábanas y murió
estúpidamente. La vida es así, y en la vida, sin embargo, todo puede
ser una novela._

_Quizás, austero Fiaño, en el rostro de alguno de los personajes que
van a desfilar ante ti creas advertir rasgos conocidos, de seres
reales. Entonces te indignarás. En mi descargo yo te suplico que
recuerdes aquellas palabras de Beyle, mi consejero_:

«_--¿Cómo se ha atrevido usted a decir tal cosa? Ha pintado usted a lo
vivo a Fulano o a Fulana: eso es indiscreto, poco delicado, terrible.»
«Los interpelados sonríen. ¿Qué es lo que han tomado ellos de esas
personas? Su superficie de muñecos moviéndose en el aire, mientras
que ellos mismos, dando vida a esos muñecos, nos han revelado otras
cosas. En su ficción nos dejan ver que han sido los amantes, los amigos
cobardes o atrevidos de los personajes que han creado en su novela. Han
vivido la vida de todos en una ubicuidad mortífera; han sembrado en
cada uno los trastornos, los cariños, los errores, las bellezas, las
sequedades, las desesperaciones, los sufrimientos, las alegrías que
su personaje, diversificándose, ha imaginado sentir. Y todo esto lo ha
exagerado o atenuado según el capricho de su fantasía.»_

       *       *       *       *       *

_Lo que mi espejo copió aquí está: una brizna de dolor, una brizna de
ironía; una sonrisa y algunos de esos episodios que todos pueden vivir.
Si no existieses tú, inmenso Fiaño, yo estaría contento, con la ilusión
de haber hecho una labor sencilla y clara. Pero el terrible gesto
desdeñoso que adivino bajo tus bigotes me preocupa y me amedrenta._

_Fiaño: comparezco ante ti con una novela sin tesis... ¡Perdón, Fiaño!_

  W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ.



I


Erguida en el umbral, doña Rosa Abelenda clavaba el mirar agudo de sus
ojos en la rapaza, recogida en una modesta actitud.

--¿Quién te mandó venir?

--Mandóme la señora de la Cruz del Souto.

--¿Serviste tú a la señora de la Cruz del Souto?

--Serví en casa de su hermana, en la ciudad, hay dos años por San
Martín.

--Y ¿qué sabes hacer?

La moza balanceó el hatillo que llevaba colgante en la diestra. Miró al
ama serenamente:

--Sé hacer lo que manden. Pero en la tierra no puedo trabajar; me
enferma. Por eso me puse a servir. La señora del Souto me dijo que aquí
se necesitaba una muchacha para la labor casera nada más.

Doña Rosa aclaró:

--Pero tendrás que lavar y tendrás que cuidar de la comida del ganado.

--Bien está, sí, señora.

--Y te daré doce reales al mes y un traje por la fiesta.

--En la ciudad ganaba más.

--Pero esto no es la ciudad. Tú dirás si te conviene.

--Bien está, sí, señora.

--Entonces, entra; te voy a enseñar tu habitación.

La moza entró. En la mitad del pasillo inquirió doña Rosa, sin
detenerse:

--¿Cómo te llamas?

--Federica.

--¿Federica?... Ese no es un nombre de criada.

Y se volvió para mirar recelosamente el aspecto poco rústico de la
moza, en la que la sencilla blusa blanca y la negra saya y los cabellos
rizados junto a las sienes delataban un leve refinamiento ciudadano.
Doña Rosa observó con cierto disgusto que los zapatos de la muchacha
tenían alto el tacón y que llevaba al aire la rubia cabeza, sin el
habitual abrigo del pañuelo de seda atado bajo el mentón, con el que
doña Rosa había visto, sin excepción alguna, a toda cuanta criada llamó
a sus puertas en busca de jornal.

Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que
imprimía al hatillo, y que era en ella la expresión de un ligero
azoramiento. Explicó, sonriente:

--En mi tierra me llamaban también _Volvoreta_.

--¿Por qué te llamaban _Volvoreta_?

--No sé.

Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo:
_Mariposa_... ¡Hum!... Más bien creía ella descubrir en el remoquete
condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de
ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de
trabajo; siguió andando, y gruñó:

--Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las
muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaban así.

Subieron unos crujientes escalones. En el último piso, en un cuarto
formado por tabiques de madera, sin cal y sin papel, y cuyo techo en
declive se juntaba al suelo en una tenebrosa angostura, estaba la
alcoba de la sirvienta: el catre de lona, y sobre él el jergón de secas
hojas de maíz, que mostraba su contenido en las dos aberturas por las
que habían de entrar a diario las manos que hubiesen de mullirlo. Una
estampa de Santiago el Mayor, tieso en su cabalgadura, que atropellaba
a unos pobres moros despavoridos, era todo el adorno de la pared. El
viento marino pasaba, estremeciendo una alta ventana casi horizontal,
por cuyas uniones hacía entrar, en los días de lluvia, algunas gotas de
agua. Y aquella ventana inundaba la estancia de una luz a la que hacía
dorada el dorado tono de las desnudas tablas de castaño de la pared.

La casa estaba en medio de la gándara verde y riente. Había sido
construída con pretensiones de _chalet_, con arreglo a un gusto poco
común, sin la pesada abundancia de granito que las lluvias frecuentes
aconsejan en el país galiciano, con balcones de madera pintada bajo
tejados puntiagudos y de salientes aleros. Parecía una casa arrancada
de un cromo holandés. Seguramente fuera construída para recreo de
veraneantes, y, en algún tiempo, todos los terrenos que la rodeaban
habían sido jardín. Aun ahora, frente a la entrada principal, se
conservaban unos macizos con camelios y rosales pobres; la hierba que
antes bordaba cenefas en sus orillas había aprovechado la ausencia
de jardineros para invadir la tierra, y sólo sucumbía en el centro
de los caminos, donde las pisadas frecuentes la extirpaban. Las
tenaces matas de alhelíes se habían salvado de aquella catástrofe y
sobresalían multiplicadas, entre la hierba, con su tono más apagado. Y
en primavera, todo su aroma delicioso invadía la vieja casa y el viejo
jardín y pasaba a la carretera--entoldada de olmos gigantescos--sobre
la verja de barrotes aguzados, rota en tantos sitios y que mal zurcía
la hiedra. Un mirto, en algún tiempo recortado en forma de cono, crecía
ahora libremente; el antiguo estanque se había ido llenando poco a poco
de tierra, y sólo su borde de cemento, cubierto de musgo, sobresalía
del nivel del jardín. El angelote mofletudo que soplaba el surtidor a
lo alto por un caracol, yacía, roto, con una pierna encogida, como si
le doliese aún el quebranto de la otra. Al lado opuesto del edificio
extendíanse los campos de labranza, repentinamente cortados por un
bosque. Más allá estaba el mar tranquilo de la ría, y los árboles
bajaban de la gándara casi hasta la misma orilla y se detenían allí,
como gigantes que vacilasen ante un vado.

En su interior la casa perdía aquel exotismo de sus fachadas; pero
guardaba en sus muebles y en sus paredes una estrecha relación de
ancianidad con lo externo. En las alcobas las camas de hierro habían
perdido en parte su barniz, no todas las sillas poseían íntegros sus
travesaños; las obscuras maderas de los pisos estaban, en el centro
de los corredores y en torno a los muebles de colocación inmutable,
desgastadas hasta quedar sus nudos en relieve, y el retrato del señor
Abelenda--jefe de la familia, cuyos huesos estaban ya, seguramente,
mondos en el camposanto de la ciudad--difícilmente podía conservar
el grave prestigio que le daban su condición de jefe y de difunto y
la severa toga y el austero birrete de abogado con que el lápiz del
dibujante se había complacido en representarle, dentro del marco cuyos
dorados se descascarillaban lamentablemente. Rafaela, la vieja fámula
que había sido acicalada doncella al servicio de la señora en la casa
de la ciudad en los primeros años del matrimonio, la mocita traída por
doña Rosa de su solar como azafata, y por ella pulida y educada hasta
en los más pequeños ademanes que convienen a una doncella de casa
señorial, solía detenerse frecuentemente ante este retrato, con las
manos bajo el mandil azul, reposando sobre el vientre, para considerar
con una honda tristeza:

--¡Ay, si el difuntiño viese estas cosas!...

Lo primero que «el difuntiño» desconocería, probablemente, sería a
la propia Rafaela. En la ruina de las casas los criados son siempre
los que, aun a su pesar, revelan claramente, milímetro a milímetro,
la velocidad de la caída. Los señores saben, con frecuencia, guardar
un gesto de disimulo y un traje cuidadosamente repasado y teñido;
los criados, con menos vanidad que defender, se entregan antes a los
arañazos de la suerte, así como un vendaval arranca primero todas las
hojas secas de un árbol, y aun sus débiles ramas, antes de romperlo.
Cuando el señor Abelenda murió y se perdió el pleito contra sus
hermanos y se fué a pique su pesquero _Rosita_ en los bajos de la
Lobeira--cuatro años seguidos de malaventuras--, la viuda se refugió
en aquella casa de la Gándara, que era toda su riqueza, y después de
unos meses de desorientación y de anonadamiento, se dedicó, con aquella
gran decisión de espíritu, con aquella fuerte voluntad que constituía
el fondo de su carácter, a explotar por sí misma las escasas tierras
anejas a la finca, y que, dadas en arrendamiento, producían apenas para
tapar las goteras del _chalet_. Licenció a sus terratenientes, y era
ella la que discutía el precio del pino cortado y el del ferrado de
trigo, y la que alguna noche aparecía en el umbral de la amplia cocina,
ordenando:

--Que se acueste Chinto en seguida, que mañana hay que ir temprano con
los terneros a la feria del Quince.

Siguiendo la evolución, Rafaela, la doncellita meticulosa, que había
ido envejeciendo junto al ama, abandonó poco a poco el negro vestido
y el menudo delantal de encajes, y fueron entrando en sus baúles y
acumulándose en los clavos de la pared de su alcoba los rojos refajos,
los pañuelos de lana y las chambras de franela; engordó lentamente, se
tostó su faz y fué cubriéndose de arrugas, desdeñó las tenacillas para
peinar sus cabellos, muy estirados hacia atrás, y ató el cabo finísimo
de su trenza con cintas de algodón; finalmente, olvidó el castellano.
De la cámara de la señora pasó a la cocina; ella hacía el condumio
de los jornaleros y empuñaba alguna vez la azada o volvía del campo
oculta bajo un enorme y verde haz de hierba, y, despertado atávicamente
el cariño a los animales provechosos, común a los labriegos de que
descendía, jamás nombraba a la vaca, ni al cerdo ni a las gallinas, sin
aplicarles uno de los diminutivos cariñosos en que es tan pródiga la
lengua gallega:

--¿Diste de comer a la vaquiña, hom?

O bien:

--Mañana hay que matar al cerdiño pequeño.

Y era un poco cómico ver cómo ella misma ayudaba a sujetar al puerco
sobre el banco de la matanza y le dirigía tiernas expresiones mientras
el animal lanzaba sus berridos agónicos.

Al servir la cena, Federica curioseó con disimulo el grupo familiar.
Isabel, la primogénita, delgada y alta, con el rostro alargado, lo
mismo que su madre, y la misma contracción de voluntad en su boca;
pálida, a pesar de la vida campestre; perdidas las redondeces de
las formas en el frío de sus treinta años de soltera, cumplidos ya.
Sergio--al otro lado de doña Rosa, en la mesa de albo mantel--, menudo,
enmarañado el pelo, naciente apenas el bozo sobre su boca un poco
sensual. Cuando los dos hermanos la miraron, Federica bajó los ojos,
recogió la fuente vacía y se marchó.

--¿Es la nueva criada?--inquirió Isabel.

--Es. ¿Qué te parece?

Isabel contestó a su madre con un mohín:

--Bien. Los primeros días todas parecen bien.

Y se sirvió agua, tocando antes con el índice y el pulgar en cruz
el borde de la jarra y de la copa, rápidamente. Era uno de los que
pudiéramos llamar en ella _tics_ de misticismo. Sin ser de exaltada
devoción, más bien fría cumplidora de sus deberes religiosos, estaba
poseída y esclavizada por cien preocupaciones de una extravagancia
inverosímil. Antes de coger un objeto había de tocarle con sus dedos
en cruz; suponía que su mano y su pie izquierdos tenían funesta
influencia en sus contactos con las cosas, había dentro de ella una
voz misteriosa que le hacía las más absurdas amenazas. Le decía, por
ejemplo, esa voz, yendo ella por los campos:

--Debes cambiar de vereda e ir hasta aquel pino alto que hay cerca del
trigal.

Y aunque llevase prisa y el camino que le designaba la voz le obligase
a un rodeo, iba y tocaba el árbol con sus dedos en cruz; y seguía
después, satisfecha. Otras veces se le ocurría pensar, al sonar una
hora en el reloj de la casa:

--Debo rezar una salve para que en esta hora no muera mamá.

Y rezaba, y a la hora siguiente volvía a ocurrírsele el mismo temor, y
aquella salve la rezaba ya siempre que el timbre del reloj abría una
nueva hora. Era, en verdad, una esclavitud que se le hacía muchas veces
acongojante. En ocasiones había intentado resistirse a esa tiranía;
pero quedaba tan sobresaltada y medrosa, tan desasosegada por la
certeza de que había de ocurrirle algún mal, que prefería obedecer el
impulso histérico.

Terminada la cena de los amos, Federica ocupó su puesto en la gran mesa
de blanco pino, cerca del hogar, en la amplísima cocina de la casa.
Rafaela le señaló un lugar, bajo la lámpara de petróleo colgada en la
pared. Rafaela era el ama en aquel recinto. Colorada por el fuego, iba
y venía distribuyendo el caldo sabroso y el pan dorado de maíz. Sólo
Chinto no comía en la mesa. Falto de costumbre, apenas rebosaban en su
cuenco las verdes coles tronzadas en menudos pedazos y humeaba entre
ellas el caldo en que las costillas de cerdo habían dejado pequeños
discos de grasa, Chinto, el mozo de labor, alargaba para cogerlo sus
anchas manos recias, deformadas por el rudo trabajo, negras por la
tierra, con cicatrices de cortes de hoz, grandes, de dura piel callosa;
y apartaba su taburete de la mesa y se encorvaba sobre la taza, izando
el contenido hasta la boca con su fuerte cuchara de boj. Cuchara de
boj: Chinto no concebía que se pudiese comer el caldo con una cuchara
de metal. Ningún sibarita puso jamás en el saboreo de manjar alguno la
delectación con que el labriego engullía el clásico alimento, hasta
limpiar con sus labios endurecidos la harina de la deshecha patata,
que se adhería al boj; en los días señalados, cuando bajaba el vino a
la cocina, Chinto vertía una parte de su ración en el cuenco de barro
esmaltado para limpiarlo con él, y lo bebía tras de agitar la taza
lentamente.

--¡Por eso!--alababa--... no hay casa de rico en la Gándara donde se
tome el caldo como en la casa de Abelenda. ¡Así Dios me salve!

Federica comió calladamente, oyendo la charla de los jornaleros, que
despertaba en ella el recuerdo de las charlas en torno al hogar, en su
casita de Dumbría, entre los pinares abundantes que llenaban montes y
montes. Desde la pared la lámpara daba luminosidad de halo a sus rubios
cabellos. Después, poco a poco, dejó de escuchar porque su alma marchó
tras el recuerdo. Doña Rosa apareció bruscamente en lo sumo de la breve
escalera que daba acceso a la cocina. Se destacaba sobre el negro vano.

--Chinto, puedes cerrar. Buenas noches a todos.

--Buenas noches nos dé Dios--contestó el coro de voces.

Y los zuecos claveteados de Chinto resonaron, arrastrándose por el
cemento. Los jornaleros marcháronse tras él. Rafaela fregoteaba,
envuelta en un mandil de arpillera. Menguaba la llama en el quinqué. La
vieja servidora advirtió a Federica:

--Puedes irte a acostar.

Y la moza se puso en pie:

--¿Quiere que le ayude?

--No; vete a acostar.

Se oyó en toda la casa el chirrido del pasador de hierro que Chinto
corría en la recia puerta. Federica deseó, humildemente:

--¡Descansar!...

Aún le avisó Rafaela, sacando del barreño un brazo humeante:

--Si tienes miedo por la noche, llamas a la pared. Yo duermo al lado.

La moza sonrió:

--Nunca tengo miedo.

Y subió a su alcoba y se acostó. Vió lucir una estrella sobre su cabeza
al través del amplio tragaluz; después vió cómo una nube la tapaba;
luego sintió el rumor de los árboles, y oyó correr, empujada por el
viento, una arenita por el cinc del tejado. En el crujiente jergón de
hojas su cuerpo hizo pronto un hueco profundo. Y todas esas pequeñas
cosas: la estrellita lejana, y la arena, y el remoto rumor, y la
sensación de estar hundida blandamente, la llenaron de dulce pereza y
estiró su cuerpo entre el alboroto de las hojas, y sonrió, pensando:

--En invierno se debe de dormir muy bien aquí.



II


En las tardes serenas, Sergio bajaba a estudiar al viejo jardín. Más
que a estudiar, a dejar correr su alma, libre de fiscalizaciones que
leyesen la distracción en sus ojos fijos en las páginas. Doña Rosa
se había obstinado en que Sergio fuese bachiller. Se abrió luego un
paréntesis duradero de vacilaciones y de dudas respecto a su porvenir.
Doña Rosa hubiera querido hacerle abogado para que la toga y el birrete
tuviesen en la familia otra representación más eficaz que en el retrato
del difunto; pero ni aun con grandes esfuerzos podría sostenerse el
largo derroche de una estancia en Santiago. Un día, al fin, don Miguel,
el cura de Santa María de la Gándara, al volver de un viaje a la
ciudad se detuvo en la quinta para ofrecer a doña Rosa la solución del
porvenir del pequeño Abelenda. Desplegó un ejemplar de la _Gaceta_ y
leyó una convocatoria para cubrir buen número de plazas del Cuerpo de
Correos.

--Un porvenir, doña Rosa, un porvenir. Esto es cosa que está naciendo
aún y puede hacerse carrera. Y nada de gastos, ¿sabe?; se le compran
los libros y que estudie en casita, ¡caramba!, que algo ha de hacer.

Doña Rosa torció un poco el gesto. Y aquello, ¿qué era?...
Verdaderamente, don Miguel no debía olvidar que los Abelendas eran
gente de distinción, que habían tenido siempre profesiones brillantes.
Mal estaban los tiempos; pero también... convertir en cartero a un
Abelenda... Quizás valiese más esperar, con la ayuda de Dios...

Mas don Miguel protestó, indignado. ¿Cómo, cartero?... Entonces su
señora doña Rosa no tenía ni la más remota idea de lo que se trataba.
Eran plazas de oficial, de o-fi-cial de Correos. Los hijos del coronel
Varela se estaban preparando ya, y un sobrino del fiscal de la
Audiencia con ellos. Mucho señorío.

--No; no es cosa trivial.

Argumentó aún, como para derrotar todo escrúpulo:

--Además tienen uniforme con espadín. Y digo yo que un hombre que lleva
un espadín lleva un diploma. ¿No es esto?

Doña Rosa meditó:

--¿Llevan espadín?

--Llevan espadín, doña Rosa. Me consta.

La madre se dejó vencer. Como pariente del coronel, el cura
comprometióse a suministrar más amplios detalles y a traer de la ciudad
los libros precisos; más aún: él ayudaría a Sergio en los estudios
conforme su humilde ciencia se lo permitiese. Un par de veces por
semana que fuese a la rectoral. Ya era tiempo de decidirse: diez y ocho
años hechos por San Juan y sin camino abierto... Los vicios podrían
posarse en él, a pesar del edificante ambiente de la casa. ¡A estudiar,
señor!... Y así quedó decidido el porvenir de un Abelenda.

Pero Sergio acogió de mala gana las áridas materias de la preparación.
Especialmente entre los millares y millares de nombres de la Geografía
postal, su memoria naufragaba. Bajo la vigilancia de su madre o de
Isabel, sentado cerca de ellas en la galería, le irritaba, en medio de
una distracción, la voz que le recriminaba con acento eternamente igual:

--Estudia, Sergio.

Y optó por hacer del jardín su lugar de estudio, al amparo de sutiles
pretextos. Una hora después de comer bajaba con sus libros y se tumbaba
sobre la hierba, bajo la sombra de los manzanos y de los perales
mandados plantar por doña Rosa en un triunfo del utilitarismo sobre
la estética. Y tumbado cara al cielo, se dejaba mecer en el poderoso
runrún de vida del campo: el insecto zumbador, la inquietud de las
hojas, el agua de los surcos... todo, en fin, lo que entraba en aquella
vibración perenne, en aquel hervor de existencias a ras de la tierra,
sobre la tierra y bajo la tierra; la mies que ondea, los pájaros
piadores, el topo que socava, y el viento y el mar y los regatos y las
nubes lentas, de formas cambiantes, que al pasar ante el sol hacían
correr unas largas manchas de sombra por el suelo.

A veces, por entre los podridos barrotes que separaban ambos jardines
venía Juan, el hijo de la vecina señora de Solís, a solicitar de
Sergio una fruta. La casa de los Solís estaba contigua. La envolvía
siempre una preocupación de tristeza. Ni en las ferias, ni en las
romerías, ni en las reuniones en que se juntaban de cuando en cuando
los señores de la Gándara, se vió jamás a los vecinos de los Abelendas.
Tan sólo alguna vez, en las mañanas veraniegas, doña María, envuelta
en sus negros vestidos, flaca y adolorida, paseaba por la carretera
el cochecito en que su hijo menor estaba, hacía tres meses ya,
entablillado, tieso, siempre mudo, lívido, como un cadáver que sólo
conservase vivos sus ojos, ojos grandes que parecían tener la grave
mirada de un hombre maduro, en aquel cuerpecito enclenque de siete años.

Doña María de Solís había tenido cinco hijos. Al cumplir los
diez y seis años murió el mayor; cerca de ellos también murió la
segundogénita. Doña María, arrebatada de horror y de duelo, se propuso
defender a los aún vivos contra aquel horrible destino. Y se enterró
en el campo para siempre, dispuesta a la lucha diaria y heroica con la
muerte, pero invadida de tristes presentimientos. Todos cuantos medios
de prevención pudo conocer los puso en práctica. Se dormía en la casa
con las ventanas abiertas, entre el susto de las criadas aldeanas; se
ajustaban las comidas a métodos dispuestos por el doctor; una fámula
fué despedida por haber dejado beber a los niños un sorbo de leche
sin hervir; ante el temor de que pudiesen, a hurtadillas, comer fruta
verde en el huerto, los árboles fueron talados. En el centro del
jardín, doña María hizo construir una choza de tablas bien unidas,
techada de cristal. Allí, tendidos sobre un colchón, todos los días
sus hijos tomaban, bajo su dirección meticulosa, un largo baño de sol.
El sol era la máxima esperanza de la madre infeliz; ella había oído
asegurar a alguien la salvación de un hemoptísico por ese medio. El
doctor consultado no negó la posibilidad. Doña María entonces sintió
encenderse la llamita de la fe en su pecho. Si podía curar, ¿cómo no
había de prevenir?... Y el sol iba tostando, a la hora de sus mayores
energías, los cuerpos delgados y angulosos, de fina piel, de Maruja y
de Juan--al pequeñín no podía sacársele de su tabla--, cuyos quince y
cuyos diez años iba viendo doña María, con una mezcla de temor y de
confianza, aproximarse al plazo fatal.

Esta tarde, como casi todas, Juan asomó el estrecho cráneo entre los
barrotes y siseó, para advertir a Sergio de su presencia.

--¿Me das una manzana?

Pedía con una vocecita triste, con acento aldeano, alargando las
vocales. Estaba envuelto en un mandilón de luto que hacía mayor su
palidez de raquítico. A Sergio le inspiraba una piedad mezclada con
repulsión, una repulsión orgánica: la del fuerte para el débil. Cuando,
alguna vez, tocaba las manos del niño, siempre frías, frotaba luego las
suyas, sin darse cuenta, contra las ropas.

--¿Me das una manzana?

--No hay manzanas hoy.

Retiró un poco la cabeza el pequeño, y se elevaron más los arcos de
sus cejas inclinadas hacia afuera, en una constante expresión penosa.
La mirada de sus grandes ojos vagó por los árboles. Volvió a hablar,
lento, con su tono de mendigo:

--Sí las hay. Yo las veo.

El joven le entregó la fruta apetecida, de mal humor. Luego fingió
abstraerse en el estudio. Pasó un rato aún. Federica apareció de pronto
en el extremo de la calle de arbustos, con un cestón vacío en sus
manos. Sergio miró rápidamente para la verja donde, entre yedra, la
pálida cara de Juan permanecía aún, contemplándole.

--¿Todavía estás ahí?--gruñó él, incorporándose.

Se sentían cercanos, al otro lado de la valla, los pasos de la criada
de los Solís, que volvía arrastrando el cochecito del enfermo. Juan
ocultó apresuradamente la manzana bajo su ropa y huyó, temeroso.
Entonces Sergio volvió a inclinar su cuerpo, medio soliviado, para
contemplar a Federica, que había arrojado al suelo el cestón y
comenzaba a llenarlo con los frutos de que despojaba a las ramas. Y
cuando el joven se vió sorprendido en su mirada por la de la moza,
preguntó, como si quisiera justificar su curiosidad:

--¿Para quién son?

--No sé, señorito; me mandó doña Rosa.

Y él volvió los ojos al libro. Pero sentía palpitar su corazón en el
cobarde deseo de hablar algo más. Poco a poco, en los quince días que
la joven llevaba en la casa, había ido sintiendo crecer su interés por
ella. La tez levemente rosada, los grandes ojos cándidos, de verde
tono; el pelo del color de la miel, de un rubio apagado; el joven
cuerpo arrogante, lleno sin abundancia, de turgencias firmes, había ido
grabándose, detalle por detalle, en el recuerdo de él. Noches atrás,
en el obscuro corredor que conducía a la cocina, se habían tropezado
sin verse. La mano del varón, en la instintiva defensa, se apoyó
fuertemente en el pecho de Federica. Ella rió, tras un «¡Jesús!» de
susto. Él quiso reir también; pero su mano conservaba la sensación del
dulce contacto, y al evocarla aún quemaba más la sangre en sus venas.

El deseo de hablar, de decir a la joven cualquiera palabra, por banal
que fuese, se acrecentaba en aquella soledad del rincón huertano y
se hacía en Sergio casi doloroso. Miraba ir y venir la gentileza de
aquella figura--quizás demasiado plena ya, demasiado hecha para sus
diez y seis años--, y la frase que parecía ir a brotar no se formulaba
en su cerebro.

Federica, al fin, llena la cesta, volvióse hacia él:

--¿Quiere ayudarme, señorito?

Y él acudió, y alzaron la carga hasta la cabeza de la servidora.

--¿Va bien?

--Va bien; muchas gracias.

Se alejó hacia la casa. Volvió Sergio a tenderse y a mirar al cielo
y a soñar, ahora con un fuerte latido en sus arterias. En el ensueño
se refugiaba su timidez de muchacho alejado por la vida aldeana del
trato con el sexo femenino. Sus vagos anhelos, los requerimientos de
su sana juventud no habían tenido nunca más que una sola concreción
sentimental, grotesca--él se lo confesaba: grotesca--. A los diez
años Sergio se había enamorado profundamente de Celsa Ruiz, ya casada
entonces con Poupariña, José Poupariña, el dueño de la casa del
Pinar. Celsa Ruiz era gran amiga de Isabel y solía pasar las tardes
en la quinta de los Abelendas. Desde su rincón, Sergio la miraba
arrobado. ¿Sabéis lo que son esas prematuras pasiones de los niños, tan
frecuentes, tan tiernas, conservadas en un extraño secreto, llenas de
detalles conmovedores, que después la gravedad de los años va haciendo
olvidar?... Sergio guardó una horquilla caída de la amada cabeza y
el hueso de una claudia que ella comió, y vagaba por el Pinar para
extasiarse en la blanca casa de Poupariña, y un día en que Celsa le
besó como se besa a un niño, Sergio corrió a su alcoba, enloquecido, y
se arrojó sobre la blanca cama y rompió a llorar.

Nunca otro nombre tuvo para él la dulce música de aquel nombre. Su
exaltación cristalizó en unos versos absurdos en los que mezcló
todos cuantos tópicos habían ido dejando en su memoria las lecturas
escolares. Les tituló _A C***_, con tres estrellitas junto a la
_C_, como escapándose por su boca abierta, como él había visto en
dedicatorias análogas. Luego pensó que el nombre de Celsa tenía cinco
letras y le pareció imprescindible añadir una estrellita más. _Tus
ojos_--decía el primer verso--_Tus ojos causan enojos_...

Dos años duró esta pasión. Celsa dejó de pronto de hacer tan
frecuentes visitas a Isabel. Advertía Sergio, alarmado, un evidente
desmejoramiento en la amada. Celsa estaba pálida. Celsa tenía unos
cercos obscuros en los ojos. El mal fué creciendo. Se hundieron las
suaves mejillas, se ensanchó la cintura, se deformó el cuerpo adorado
en una lamentable hinchazón. Celsa caminaba lentamente, gemía alguna
vez, y, cuando engullía en el amplio mirador, a la hora de la merienda,
el sabroso dulce de cerezas de doña Rosa, se lamentaba:

--Acaso mañana no pueda venir a probarlo. Sírvame un poco más, doña
Rosa. ¡Qué manos de mujer! ¡Cómo sabe darle el punto al almíbar!

Y un día, en efecto, no fué; ni al siguiente, ni en la semana, ni
en el mes. Sergio supo que no salía de la casa del Pinar. ¡Oh, si
ella muriese!... El rapazuelo se entenebreció, obsesionado por la
fúnebre idea; comía poco; vagaba, siempre que podía escapar, por
los alrededores de la blanca casita, jaula de la doliente. Cierta
noche, después de un día angustioso en que la lluvia había impedido
su habitual correría, oyó pronunciar entre la servidumbre, sentada en
torno a la amplia mesa de la cocina, el nombre del señor del Pinar.
Chinto había estado allí aquella tarde, a llevar un regalo de la
señora: un bote del dulce tan grato a la enferma. Entonces Sergio
inquirió:

--Y ¿sabes cómo está doña Celsa?

--Va marchando--contestó el labriego.

El niño insistió, tras una pausa, fijos sus ojos en el ascua del hogar,
con la emoción de quien teme perder para siempre algo muy caro:

--¿Quedará siempre así, tan hinchada?

Estallaron risas unánimes. Chinto, socarrón, uniendo sus manazas en
torno al cuenco de barro, replicó:

--No quedará, hom, si Dios quiere.

Sergio indagó, cándidamente intrigado por las risas:

--Entonces, ¿qué tiene?

--¡Ay--zumbó Chinto--, lo que tiene que te lo explique el señor
Poupariña, a ver qué demontres le hizo, que él lo sabe bien!

Tornaron a sonar las carcajadas chillonas. Rafaela, riente también,
censuró:

--¡Vaya, Chinto!...

Sergio, azorado ante la hilaridad inexplicable, enmudeció y se fué;
pero a solas interrogó al criado:

--Dime ahora qué tiene doña Celsa.

--Y ¿qué va a tener, rapaz?... Está embarazada.

E hizo un breve y brutal comento, riéndose apagadamente, con la
negruzca punta del cigarrillo colgando, pegada a un solo labio.

Aquello fué un golpe de hacha en la pasión infantil. Vibró de
indignación y de asco su tierno espíritu. Durante varios días se
obsesionaron en su oído las palabras del gañán, y le martirizaban
más agudamente aún que un sufrimiento físico. Nada fué entonces tan
innoble para él como Celsa. Su imaginación se la representaba de
continuo entregada a actos repugnantes, que él no podía precisar
concretamente, en unión del protervo Poupariña. Y odió a Poupariña, a
sus ojos saltones, que se le antojaron desencajados por curiosidades
abyectas, a su barbita de chivo, a sus manos peludas... ¿Cómo podría
Celsa soportar las caricias de aquellas manos de ogro?... Celsa murió
dolorosamente en el corazón del rapaz; quedó bajo la losa de un
recuerdo de humillación y asqueamiento. La revelación brusca de la
triste y miserable verdad de la vida casi enfermó al niño. Una noche,
heroicamente, rompió sus versos y tiró por la ventana, al obscuro
jardín, el hueso de claudia amorosamente guardado. Lo tiró con tanta
rabia y con tanto desprecio como si hubiese estado en la boca de
Poupariña, bajo el bigote, en el que un día, comiendo en el Pinar, vió
quedar colgantes unos pequeños trozos de fideos.

Desde aquella ocasión desventurada, Sergio no volvió a sentir al
amor llamar francamente a las puertas de su corazón ya juvenil.
Pero el ansia palpitaba en su interior y él sentía muchas veces sus
estremecimientos, como las madres sienten los de los hijos ocultos aún
en sus entrañas. Y ahora era Federica la que le agigantaba, de una
manera bien distinta, ciertamente, a aquella de los años de la niñez,
sin tópicos en verso, sin el ensueño candoroso, sin huesos de claudia
guardados a hurtadillas, con una mareante emoción en el alma trémula.
Ahora, Sergio, más que manías de fetichismos amorosos, tenía la de
recorrer frecuentemente el obscuro pasillo que unía el comedor con la
cocina, y cuando, por casualidad, la nueva criada transcurría al mismo
tiempo por él, irremediablemente tropezaban.

Aquella tarde, caídas ya las primeras sombras azules sobre la aldea,
Sergio halló a Federica en el umbral. Con esa brusca valentía que a
veces tienen los tímidos, él, alentado por el ambiente y la soledad
confidencial de los anocheceres, le asió una mano por la espalda, como
en juego, y al volverse la moza, aun sin intentarlo, el brazo de Sergio
rodeó el talle femenil, libre de corsé, en el que la carne palpitaba.
Los grandes ojos verdes lo miraron con su cándida serenidad. Sonreía
él, azorado. Dijo Federica, en voz baja, con un misterio de cómplice:

--Suelte, que van a vernos.

Y marchó hacia el campo. Sergio entró en su casa, tembloroso de dicha.



III


Al día siguiente, doña Rosa y su hija disponíanse a salir para visitar
a los Poupariña. Celsa ya no aparecía por la Gándara sino de tarde
en tarde; la prole había aumentado en aquellos nueve años, y los
quehaceres de la casa con ella; Celsa, además, estaba siempre entregada
a las molestias de la concepción. Su prolijidad era tal, que no se
la concebía sin el vientre hinchado y la tez pálida, hundidas las
mejillas, lento el andar. Doña Rosa e Isabel, cuando algún ocio se lo
consentía, si las corredoiras estaban sin barro, iban a charlar un
rato con la vieja amiga, y estas visitas, cada vez más rareadas, se
revestían de caracteres de acontecimiento, en la soledad en que unas y
otras veían transcurrir su vida.

Sergio esperaba con impaciencia el momento en que la marcha de las
mujeres le dejase dentro de la casa en libertad de arrojar sus libros
y consagrarse a la persecución de Federica. Vió irse rehaciendo sobre
la cabeza de su madre el alto moño que nunca quiso trocar por otro
peinado; vió cómo Isabel se empolvaba ligeramente ante el espejo... Al
fin las vió dirigirse a la puerta. Pero desde la carretera llegó el
sonido de un cascabel, y un tílburi tirado por un caballo del país,
pequeño y peludo, se detuvo ante la verja; Isabel adivinó:

--Es Rodeiro.

Era Rodeiro. Pronto se vió su corpulenta estatura envuelta en el
invariable traje de pana de color caramelo. Sus grandes bigotes
obscuros dividían en dos la redonda cara picada de viruelas, como si
hubiesen pasado por ella un ancho pincel embetunado. Isabel y su madre
se miraron, indecisas. Isabel había sentido siempre cierta cordialidad
hacia el mocetón. Aun ahora, pese a los cuarenta años de Rodeiro, que
hacían resaltar la panza bajo la chaqueta abotonada hasta el cuello
como una casaca, la señorita de Abelenda tenía ante él ciertos rubores
y ciertas alegres risas inusitadas, y sus ojos vulgares brillaban
más. Acaso Rodeiro la había querido secretamente alguna vez. La
verdad era que sus atenciones para con ella nunca habían pasado los
límites de cortesías de amigo. Cuando perdió casi toda su hacienda
y arrendó su casita de la Gándara para marchar a hacerse cargo de su
destinejo en Madrid, se afirmó en los contornos que Rodeiro volvería
a pedir a Isabel. Rodeiro volvió, pasados tres años, trasladado a la
capital gallega; entonces iba frecuentemente a la Gándara, donde una
vieja servidora cuidaba de su caserón y del minúsculo huerto. Pero el
repatriado no habló jamás de amor con la hija de doña Rosa. Llegaba a
veces, bebía un gran vaso de claro vino de la tierra, rogaba a la joven
que tocase una canción gallega en el piano, hablaba mal de Castilla,
con la estentórea pasión que ponía siempre en sus afirmaciones, y
volvía a marchar alegremente. Sergio lo vió ahora entrar, maldiciendo
de la inoportuna visita.

--¿Qué?... ¿Iban a salir?... Me marcho.

Isabel le disuadió cortésmente:

--Salíamos por no saber qué hacer. Puede quedarse.

--¿Es que hay misión en la iglesia?

Doña Rosa rechazó la sorna de la pregunta:

--No hay misión, republicanote; no hay misión, aunque buena falta
hacía. ¿Es verdad que le da a usted ahora por escribir en _El Avance_?

Rodeiro sonrió:

--¿Quién lo dijo?

--Lo dijo don Miguel.

Rodeiro se acomodó en una silla, echando hacia adelante el robusto
pecho, que parecía ir a hacer estallar la pana.

--No; no es totalmente exacto. No puedo negar que los de _El Avance_
me han pedido que les lleve algo alguna vez. Pero hasta ahora estoy
indeciso. Lo que hice el otro día fué un suelto contra don Rosendo,
el cacique de la Gándara. Bien lo merece, ¿eh?... Ya sabe usted
cuánto daño le debo. ¿Leyeron el artículo?... No estaba mal. Firmaba
_Oriedor_, un seudónimo que se me ocurrió: es el apellido al revés.

Se dejó admirar, retrepado en la silla.

--Pero de eso a que me haya alistado con ellos, hay un abismo... Yo
tengo mis ideas; voy más allá. Creía en Rosales, ¿sabe usted?... En
Rosales, sí, ¡caramba!... Tan austero, tan grave, tan puro... Toda
aquella gente lo adora. A los «fondos» de _El Avance_ que hace él no
hay nada que pedirles. Realmente, el partido tiene fuerza en la ciudad
y gana elecciones desde que ese hombre está a su frente... Sin embargo,
tengo que confesar que hoy... que hoy me encuentro un poco distanciado
de él... Hay cosas...

Hizo chasquear la lengua, con un gesto de disgusto en la ancha cara.
Luego, como adoptando una resolución, contó:

--Aquí, en confianza... El otro día jugábamos en el Casino... entre
amigos... por distraernos... Tallaba yo. Entonces entró Rosales y dió
unas vueltas alrededor de la mesa, y al cabo de un rato apuntó una
peseta. Ganó. Se me ocurrió pensar: «He aquí una ocasión de conocer
a este hombre», y al pagarle grité, como si me distrajese: «Dos, que
hacen cuatro», y le dí cuatro pesetas. «Si es el hombre austero que
imagino, las devolverá», me dije. Pero Rosales se guardó las cuatro
pesetas y se marchó. Al llegar a casa anoté en mi diario: «Todos son
unos.» Y para mí es como si le hubiese puesto un epitafio.

Doña Rosa opinó:

--No debe usted jugar.

Él hizo un mohín:

--No juego casi nunca, más que por distracción. Jugar alguna vez
está bien. Debiera ser obligatorio. Presta energía, acostumbra a la
conformidad con la desgracia. El jugador piensa: «Ha venido la mala»; y
tiene la fortaleza de la fatalidad.

Isabel le miraba cariñosamente:

--Y ese ascenso, ¿cuándo llega?

Él hizo un gesto ambiguo:

--No sé; le temo mucho al ascenso. Pudieran trasladarme, alejarme de
aquí, quizás hacerme marchar otra vez a Castilla. ¡Aquella Castilla
horrible, seca, amarillenta!...

Su amor a la tierra, siempre extremoso desde que advirtió el
menosprecio fuera de ella, se agudizó en aquel instante. Suplicó:

--¿Quiere tocar algo, Sabeliña?

Isabel sonrió, abriendo con lentitud la tapa del viejo piano de teclas
gastadas a través de los años por sus dedos. Pasó el índice y el pulgar
en cruz por toda la escala suavemente, sin despertar los sonidos.
Inquirió, mirando al techo:

--¿Y qué quiere que toque?

--_Negra sombra._ Haga el favor, Sabeliña.

Y Sabela continuó un momento mirando al techo, como si estuviese
recordando la melodía que tantas veces había tocado ya. Era la favorita
de Rodeiro. Como su voz, un poco dura, no le permitía cantar, seguía a
boca cerrada las inflexiones de la triste sonata, elevando las cejas,
estirando lentamente el cuello con un leve balanceo de su humanidad,
cabeceando. Alguna vez se atrevía a pronunciar en falsete una frase del
canto, pronto cortada:

    _ô pe d’os meus cabezales_...

Una noche en Madrid, oyendo cantar inesperadamente en el Real a las
masas Clavé este coro, rompió en sollozos, invadido por una morriña
gigantesca, y si al salir del teatro pudiese hacerlo, aquella misma
noche hubiese tomado el tren para Galicia.

Del viejo piano salieron de pronto las primeras notas melancólicas de
la balada. Sergio, oculto en un extremo de la amplia galería, abandonó
su libro y se asomó. Con esa admirable facilidad con que el alma
sabe encontrar en los paisajes el mismo matiz de su sentimiento, le
pareció que la gándara toda estaba invadida de aquella misma suave y
enamorada tristeza del cantar. Moría el sol, y al morir besaba a la
casita y parecía encenderla en rubor. Los pinos del bosque se iban
tornando negros. Todo el campo estaba en una gran quietud, y en una
negra parcela recientemente roturada, los montoncitos de tierra y
raíces ardían lentamente, dejando escapar columnitas de humo blanco y
azul. Cuando el disco luminoso y sangriento se hundió subieron haces de
luz enrojecida al sereno cielo de otoño, y la serenidad misma de los
cielos cayó sobre la tierra toda. Se hicieron más sombríos los hondos
surcos de las corredoiras que cruzaban los sembrados como cauces secos;
nació tras el bosque la sutil neblina del mar callado; una creciente
vaguedad envolvió el verdor de la tierra, la blancura de las casitas
diseminadas, el grupo de castaños de un soto; y en una heredad, el agua
de un regato brilló de pronto metálicamente, como una lanza de plata
tendida en el suelo. La noche nacía abajo, como nace en la aldea; en
los surcos hondos y entre las copas de los árboles y bajo los rústicos
alpendes y en las laderas de los montes, donde el rudo tojo comenzaba a
cubrirse con su hermosa flor dorada. Y en los montoncitos de rastrojo
que ardían se hizo más blanco el humo, y en uno de ellos se vió--cuando
las sombras crecieron--la mancha roja del ascua. Al final de la
gándara, al través de la noche, parpadeó una luz blanquecina: la de la
casa del Pinar...

Sintiéronse, bajo la galería, los pasos pesados de los bueyes que
tornaban, conducidos por Chinto, invisibles todos en las tinieblas.

Y hacia aquel tierno desleimiento de las cosas, hacia aquella
dulzura, volaban por las ventanas abiertas las notas de las baladas
de melancolía, como si volviesen a la tierra que les hizo nacer, para
transformarse en el grato misterio de la noche y ser al día siguiente
florecillas de tojo o mariposas, o sumarse perpetuamente al rumor de
los pinos o al ronroneo del mar, donde el músico las había hecho
cautivas, y en aquella dulzura crecía en Sergio la multiforme ansia
juvenil: obscuro deseo de llorar, obscuro deseo de cariño, confuso
despertar acongojado de recuerdos: el de un verso, el de un rincón
umbroso del pinar, el del cuerpo tibio y duro de Federica...

Y Federica entró. Dibujóse toda ella en la luz que llegaba del comedor
hasta la galería y hasta un trozo del huerto. Fué descolgando del
cordel donde se secaban los encajes trabajados por Isabel, puestos
aquella tarde al sol. Cuando se acercó al extremo obscuro donde Sergio
anhelaba, los brazos del joven la ciñeron fuertemente. En voz muy
tenue, junto al rostro de la rapaza, afirmó como si suplicase:

--¡Te quiero; te quiero!

Y la besó. El cuerpo de la joven, sudoroso por el ajetreo de la
jornada, olía a romero, un humano olor a romero. Y aquel olor se
obstinó toda la noche en la memoria de Sergio y le permitió volver a
gozar el instante dichoso y paladearlo diez veces, cien veces, con la
misma fuerza de la realidad gustada.

       *       *       *       *       *

Cuando Sergio veía salir a Federica por el portón con el enorme lío
de ropa, bien atado, puesto sobre la rubia cabeza, marchaba él hacia
el río por caminos recónditos. Se encontraban allí. Ocurría una vez
por semana. El resto del tiempo, encerrados en un disimulo cuidadoso,
apenas si podían concederse una breve charla en el jardín, un furtivo
beso en un pasillo, un contacto de apariencia casual cuando Federica
servía a la mesa. Todo con un sobresalto, con un temor que hacía
palpitar sus corazones.

El río estaba distante, oculto de la casa por la suave curva de la
gándara y por tojos crecidos. A sus orillas erguíanse sanguiños y
álamos jóvenes de hojas plateadas, que cruzaban sus copas de una a
otra margen. Charlaban los novios mientras ella batía en la piedra
blanqueada del lavadero las telas chorreantes y enturbiaba el agua
con el jabón. Sentía Sergio, viéndola así, un sordo rencor contra la
injusticia de la suerte.

--No debías tú venir al río. Mi madre hace mal en mandarte...

Ella le miraba riente, sin compartir su cólera:

--No me hace daño.

--Tú naciste más bien para señorita.

Se sentía halagada y suspendía el recio frote en la tela:

--¿Por qué?

Y le gustaba oir cómo él analizaba sus gracias: las cejas de trazo
fino, el suave color de miel del pelo recogido sobre la nuca, los
grandes ojos, la silueta airosa, pese a la redondez especial de las
formas. Terminaba él:

--Tú eres la hija de unos señores que te abandonaron en la aldea.
Cuando menos lo pienses te reclama el príncipe, tu padre.

Una vez preguntó:

--¿Por qué te llaman Volvoreta?

Y ella, sencillamente:

--Por ser así, ¿sabes?, un poco traviesa... Tenía muchos novios... A
lo mejor, tres a un tiempo... Los sábados llegaban los mozos de aldeas
distantes a llamar a la puerta de nuestra casa para tunar conmigo.

Él calló, pensativo y celoso.

--Era por risa, no creas: no me gustaban. Ya ves, en cuanto pude me
marché a la ciudad.

Los domingos eran para el enamorado los días más felices. Esperaba,
soñando, la hora de la tarde en que Federica había de obtener licencia
para alejarse del _chalet_. Por la mañana era preciso acompañar a
su familia a la misa de Santa María de la Gándara. Atravesaba los
caminitos aldeanos sin advertir el airecillo mañanero, lleno de
todos los perfumes del monte, ni el brillo del sol, ni aquel aspecto
especial de los campos, sin gente más que en las veredas; mujeres
engalanadas con pañuelos en la cabeza y refajos chillones o negras
faldas de merino, y aldeanos que lucían la blanca camisa de lienzo, y
sobre un hombro la chaqueta de remontas de pana; gentes que saludaban
respetuosamente, cediendo el angosto paso:

--Buenos días nos dé Dios, doña Rosa y la compaña. ¿Y luego?... ¿Se va
a oir la misa?

--Para allá vamos.

--¡Vaya, que Dios les ayude!

La pequeña iglesia, cercana al mar, amarilleaba bajo los líquenes. La
cuerda de las campanas caía sobre la fachada, y el acólito las hacía
sonar desde el mismo atrio. Don Miguel decía la misa con lentitud.
Después, en el presbiterio, pronunciaba invariablemente un sermón, en
el que a veces hasta hacía reproches a personas determinadas, a las que
nombraba sin eufemismo. Los aldeanos le oían con sumisión. Sus homilías
tenían a veces este tono:

--Ved el caso de Mingos, el del Pinar, que hizo un pozo en la Xesteira
y se gastó todo el dinero que le dieron en la taberna de la _Miñoca_.
Y su mujer anda layando con el hambre y sus hijos también. Después
queréis que con estos ejemplos en la feligresía ampare Dios vuestras
cosechas, y cuando pedís que cesen las lluvias no vos acordáis de
vuestros pecados. En cuanto a María, la de Gayoso, y a Rosendo _el
Tolo_, que den gracias a que están presentes los señores de Abelenda y
de la Cruz del Souto, más los del Pinar; si no, bien les iba a poner
colorados por los ejemplos que están dando en todas las corredoiras de
la Gándara, que parece que no, pero yo bien me entero de todo.

Después de la misa, en el atrio, los aldeanos formaban grupos
pintorescos. Los señores de los contornos que tenían asiento en el
presbiterio se detenían también a charlar brevemente antes de seguir
los divergentes caminos. El atrio estaba alfombrado de hierba. En un
rincón veíase el sepulcro de los Rodeiros--el más hidalgo apellido
de la Gándara--, humilde y blanco, con un escudo borroso. Cerca de
él, un corpulento castaño lo envolvía totalmente en sombra, y a
veces sentábanse las rapazas en la losa para palicar. Poco a poco se
diseminaba por el campo el gentío, alegrándolo con los colorines de
sus trajes, y don Miguel salía presuroso hacia la blanca y vecina casa
rectoral, en hambrienta demanda del desayuno.

Por la tarde doña Rosa y su hija salían casi siempre a visitar a alguna
amistad. Entonces Volvoreta, bien rizada, bien gentil dentro de su
blanca blusa y de su falda negra, con una anilla de cobre, brillante
a fuerza de frotarla con arena, en un dedo, se presentaba a pedir
permiso y salía a pasear. Sergio la esperaba en la arboleda y por ella
vagaban, al abrigo de las miradas de todos, hundiendo sus zapatos en el
musgo, un poco sojuzgado él por esa solemne gravedad misteriosa de los
bosques.

Los árboles iban cambiando lentamente el tono de sus hojas. Desde la
quinta se veían sus copas como masas moradas y amarillentas y de color
sepia y verdes aún.

Cubrían a veces los senderillos del bosque las hojas caídas, y
estallaban bajo los pies las pequeñas ramas secas desprendidas por los
vientos de otoño. El mar iba tomando un color plomizo, entre la augusta
calma de las altas riberas.

Al fin vinieron las primeras nubes en masas formidables, por el
Sur. El sol, débil, miró tristemente a la tierra, en una despedida
para sabe Dios cuántas semanas. Las nubes avanzaron y cubrieron la
redondez del cielo. Aún se sostuvo el tiempo así algunos días. Las
primeras gotas sorprendieron a los novios en lo alto del monte, cierta
tarde en que Volvoreta había ido a recoger, para el fuego, las piñas
caídas de las ramas. Abandonaron el saco a medio llenar y corrieron
los jóvenes a ocultarse bajo el saliente de una roca quebrantada por
la dinamita para alguna construcción aldeana. Todo el paisaje de la
gándara estaba ante ellos. Vieron blanquear, bajo el choque de la
lluvia, las aguas pizarrosas de un trozo de la ría; vieron el turbión
deshacerse en largos hilos y borrar los horizontes, y, en una cañada
frontera, al otro lado de la gándara, fingir humo en los remolinos
a que le obligaba el viento. Brillaron las tejas de las casitas, y
todas las parcelas que guardaban ya entre sus surcos la siembra de los
cereales, se ennegrecieron más aún bajo la lluvia. Recogidos, apretados
sus cuerpos, un poco inclinados bajo el reborde de la roca, veían los
jóvenes llover, con esa alegría extraña que la lluvia produce cuando
se presencia bajo la guarida segura. No hablaban. El espectáculo de un
labriego que allá abajo abandonaba su labor, saltando sobre la húmeda
tierra, para recogerse bajo un alpende vecino, les hizo reir, gozosos.
Y nuevamente enmudecieron, y del vasto espectáculo de la lluvia en
el monte redujeron su mirar, un poco abstraídos, a la visión de cómo
unos erizos de castaña, vacíos ya, tirados ante la roca, iban siendo
limpiados de tierra por el golpear de las gotas, y cómo otros, con sus
púas hacia abajo, iban llenando de agua la blancura de su concavidad.



IV


Al través de los surcos que las gotas de lluvia trazaban en los
cristales de la galería veíase el campo tan sólo como una informe
mancha verde. Sergio, en pie, frotaba sus dedos húmedos contra las
láminas de vidrio, y se complacía en arrancar estridentes gorjeos que
crispaban los nervios de Sabela.

--¿Quieres estar quieto?--le gritó.

Y él enfundó sus manos en los bolsillos y dió un suspiro ruidoso que
empañó el cristal:

--Entonces... ¿qué quieres que haga?... No he visto cosa más
desagradable que la lluvia.

Doña Rosa intervino, mirándole severamente sobre sus gafas:

--Yo creo que sí: los libros de estudio.

Él calló. Realmente estaba desesperado contra aquel incesante aguacero
que encharcaba los campos desde hacía una semana ya. Las deliciosas
entrevistas con Volvoreta habían terminado desde entonces. ¡Oh, aquel
tedio de la casa, llena siempre del rumor de la lluvia, alterada alguna
vez la quietud por los gritos de Rafaela contra los aldeanos que no
limpiaban sus zuecos antes de entrar y manchaban de lodo los pisos!...
Sergio iba frecuentemente a la cocina, con el pretexto de fumar. Aunque
doña Rosa lo sabía, no consentiría jamás que su hijo arrancase ante
ella una bocanada a un cigarro. Desde que era bachiller, Sergio podía
fumar en la cocina, por un acuerdo tácito. En alguna de sus frecuentes
ausencias, preguntaba ahora la madre a Isabel:

--¿Dónde está tu hermano?

--Debió de ir a fumar.

Doña Rosa observaba:

--Fuma mucho estos días. No me gusta eso.

--¿Qué le vas a hacer?... Se aburre.

Federica entró aquella tarde en el comedor a anunciar:

--Está ahí doña María, la de Solís, que pregunta por la señora.

Doña Rosa alzó la cabeza de la costura para inquirir, con un leve
asombro:

--¿Doña María, la de Solís?

--Sí, señora.

--Que pase, mujer.

Y madre e hija abandonaron sus quehaceres, y sacudieron de sus regazos
los trozos de hilo que se habían desprendido de las labores.

Avanzaron al encuentro de su vecina. Sabela dió, como siempre, un
ligero saltito para no pisar una baldosa de la galería, donde el pico
del carpintero había trazado, quizás para distinguirla, una pequeña
cruz.

La señora de Solís entró. No eran frecuentes sus visitas. Tan sólo en
alguna ocasión señalada--Año Nuevo, fiesta de días, enfermedad--la
triste señora aparecía un momento «para cumplir», y, pretextando el
cuidado de los hijos, volvía a marchar sin haber reído, sin haber
hablado apenas, sin haber aceptado un dulce ni una fruta, ni un
dedalito del vino tostado del Rivero que doña Rosa solía ofrecer sólo
en esas grandes ocasiones.

--¿Qué milagro, doña María?... Siéntese.

A pesar de la vecindad, se veían, en efecto, mucho menos que los demás
señores de la Gándara. Doña María se sentó, quedamente, con aquel aire
silencioso que le había impuesto su dolorosa costumbre de andar por
alcobas de enfermos. Resaltaba su palidez sobre las negras vestiduras,
y el carmesí de los párpados, irritados por el llanto y el insomnio,
sobre su palidez. Pero en toda su figura había una gran distinción, y
en su rostro esa dignificación amarga que dan los pesares. Cruzó las
manos lívidas, y habló:

--A molestarlas, doña Rosa, a molestarlas.

--¡Por Dios!...

--Quería saber si tienen ustedes alguna estufa, algún calorífero, para
pedírselo prestado.

Doña Rosa miró a su hija, como en consulta.

--Hay mucha humedad--continuó doña María--; ya ve, para dormir los
niños con las ventanas abiertas... Y como la casa es grande... Yo
encargué a la ciudad una salamandra. Pasado mañana me la traerán, y
pasado mañana les devolvería la estufa.

Doña Rosa se lamentó:

--¡Dios mío, nosotras no hemos tenido jamás nada de eso! ¡Qué pena,
doña María!... Gracias al Señor, como salud tenemos, y el frío no es
mucho en esta tierra...

--No, el frío no; pero la humedad, la humedad...

Casi gimió, con los ojos espantados:

--¡Un catarro viene tan pronto!... ¡Y después!...

Hubo un silencio. Doña María miró al través de los cristales el cielo
plomizo, cubierto por una sola nube inmóvil.

--Hace siete días que no hay sol...

Luego clavó sus ojos en las pálidas manos cruzadas:

--¡Yo no sé qué hacer...; no sé qué hacer!...

Doña Rosa intervino con consuelos. ¿No era exagerado todo aquel
temor?... Los niños no parecían estar mal; paliduchos y delgados, sí;
pero la aldea se encargaría de darles colores y grasas. Allí estaban
los hijos de los labriegos, semidesnudos, durmiendo en paja, mojados
cuando llovía y quemándose con el sol; comiendo tan sólo borona y
caldo de unto. Y tan fuertes y colorados. La aldea es salud. No había
que tener preocupaciones extremadas. Dios es bueno: aprieta, pero no
ahoga. Y si Maruja tenía quince años ya, y Dios se había llevado a los
otros a los diez y seis, ¿iba a suponerse que se había de repetir la
desgracia?... ¿No era absurdo?...

Doña María la miraba sin cambiar su expresión de pena. Después suspiró
hondamente. Se levantó como una sombra:

--¡En fin!... Perdonen la molestia.

--¿Qué molestia?... Lo que siento yo es no tener lo que desea, doña
María. Ya sabe que toda la casa y todos nosotros... Y cualquier cosa
que se le ocurra...

Acompañáronla hasta los mismos umbrales del portón. Ella marchó como
una sombra negra, entre la lluvia; y doña Rosa suspiró al volver,
penetrada de toda aquella honda angustia de madre que en su propia
maternidad hallaba un eco de compasión gigantesca.

       *       *       *       *       *

Por la noche, deslizándose al amparo de los salientes aleros, esperó
Sergio bajo el alpende la presencia de Federica, avisada por él. Esperó
unos minutos que se le antojaron inacabables. Desde los canalillos que
las tejas formaban caían al suelo chorros de agua, que habían cavado
débilmente la tierra, a lo largo del cobertizo, en su persistente
choque. Cuando Sergio chupaba el cigarrillo, se avivaba el ascua y veía
brillar los goterones en su rápido descenso. La lluvia, invisible en la
noche, dejaba oir su sordo rumor en todo el campo encharcado.

Federica llegó al fin, cubriendo su cabeza con parte de la falda,
recogida sobre los rubios cabellos como un mantón:

--¿Qué quieres?

Él arrojó el cigarrillo, que se apagó en el agua:

--Que no podemos seguir así. Es preciso idear algo para vernos.

Ella meditó:

--¡Esta dichosa lluvia!...

Callaron un instante. A sus espaldas, hasta tocar con el techo del
alpende, se hacinaba el tojo tierno, dispuesto para mullir los establos
y hacer de él, ya pisado, cama para las bestias, y después abono de
las tierras. Y su recio olor de monte bravo se diluía en el ambiente
húmedo. Sergio opinó:

--¿Quieres que le hable a Mingos, el casero, para que nos deje reunir
en su choza?

Receló ella:

--Lo sabría tu madre.

--¡Entonces... no sé!

Descubrió de pronto Volvoreta:

--Podías subir a mi alcoba cuando todos durmiesen.

Sergio quedó un momento confuso. Le latió más fuerte el corazón al
escuchar la proposición inesperada, como si antes de precisarse en
su magín, toda la encantadora sensación de la aventura le hubiese ya
recorrido la sangre, en un giro loco. Pero Volvoreta había sugerido el
recurso con un absoluta naturalidad. Sergio, temeroso de despertar un
arrepentimiento, dijo con sencillez:

--Es verdad.

--Pero ve con cuidado. Ya sabes que el cuarto de Rafaela está al lado
del mío. ¡Si nos sintiesen!... ¡Por Dios!...

Y separáronse. Sergio permaneció unos minutos bajo el cobertizo,
saboreando la temerosa delicia del proyecto. Le pareció estar abocado
a una empresa de novelón. La densa obscuridad de la noche le sugería
ideas de sagacidad y de astucia, y se vió a sí mismo atravesar la casa
entre las tinieblas y trepar hasta los cuartos de la servidumbre, cauto
y silencioso, como un ladrón de folletín o como un conspirador heroico.
Chinto salía entonces de la casa y pasó junto al cobertizo sin verle,
en las sombras profundas. Él se había recogido y hasta había contenido
el aliento. Este incidente le dió una alta idea de su disposición de
hombre misterioso y le hizo tener una alegre confianza en sí.

Durante la cena miró alguna vez a Federica, como para recordarle el
complot. Federica, gravemente, no parecía darse por enterada. Sergio
pensó entonces, ante toda aquella serenidad, que ella tenía una
decisión y una valentía superior a la suya, y se reprochó el no haber
tenido él la misma idea de la cita en la alcoba. Se escrutó y tuvo que
confesarse que no se le habría ocurrido nunca.

Cuando, después de su habitual presencia en la cocina para dar órdenes
a la servidumbre, doña Rosa reapareció en el comedor y deseó buenas
noches a sus hijos, Sergio sintió agigantada su emoción. Besó a su
madre y se retiró a su cuarto. Eran las diez. Sentóse indeciso, sin
saber cómo llenar todo aquel tiempo que faltaba aún para el momento de
la aventura. Al fin, temeroso de que la luz le delatase, desnudóse, se
metió en cama y sopló la bujía.

Esperó. Llegaba de la cocina muy amortiguado el ruido del fregoteo de
Rafaela. Podía saberse cuándo agitaba la vajilla dentro del barreño
y cuándo la colocaba sobre la limpia piedra del vertedero para que
escurriese el agua humeante. Los platos hacían al superponerse un
ruido más agudo; los pucheros de hierro, más hueco y sordo. Después
tintinearon, al caer sobre el granito, desde el paño que las secaba,
las cucharas, los tenedores... Sergio seguía a la vieja criada en todos
los momentos de su ocupación, hasta en todos sus ademanes, como si la
estuviese viendo. De pronto un portazo estremeció la casa, y se oyó el
ruido metálico de la barra de hierro que ajustaba Chinto en sus encajes
para reforzar la seguridad de la vivienda. Luego, unos pasos resonaron
en la escalera que conducía al piso aboardillado donde estaban las
habitaciones de la servidumbre, de las dos criadas nada más, porque
Chinto dormía en el bajo, para mayor tranquilidad de doña Rosa. Sergio
pensó que aquellos pasos eran los de Federica, que se retiraba siempre
antes que Rafaela.

Y esperó más. Por fin los tramos rechinaron bajo el andar de la vieja
criada. Arriba, al través del techo, se sintió aún el rastrear de sus
pies. Más tarde cayó el silencio sobre la casa toda; un silencio en el
que al joven le parecía que toda idea de tiempo diluíase y escapaba al
cálculo. Pero en el silencio fueron naciendo mil pequeños rumores y
mil ruidillos sólo perceptibles en la anhelosa atención del enamorado:
el crujir de una viga, las pisadas misteriosas del gato, que cruzaba
ante su dormitorio, dueño de las estancias y de los pasillos llenos de
sombra; después el viento comenzó a quejarse bajo las puertas, como
en invierno. Fué un momento en que la lluvia dejó de caer. La ventana
del cuarto se estremecía en sus encajes, y a veces se sentía la furia
de las ráfagas estrellarse contra la casa toda, hermética y muda en
la enorme soledad del campo, entre tinieblas, mientras los árboles
se encorvarían gimientes, y en los prados la hierba sería como una
cabellera peinada en un mismo sentido por el viento.

Las ráfagas traían hasta la casa un sordo rumor--quizá el de los
árboles, quizá el del mar--en el que Sergio creía descubrir también el
silbido arrancado en los alambres del telégrafo que seguían la cercana
cinta de la carretera, y que cortaban el vendaval como una espada
afiladísima, oscilando un poco entre poste y poste.

Pero las ráfagas cesaron. Cayó un fuerte aguacero, y su apremiante
llamada en los cristales llenó toda la casa con su ruido. Después
amainó, y volvió la lluvia a su lenta mansedumbre.

Sergio esperó aún, receloso. Se le ocurrió pensar--tumbado boca arriba
en el lecho, abiertos los ojos en la obscuridad--qué clase de mujer
era aquélla, inocente o ducha en amores, que por propio impulso y
con tal sencillez daba una cita de tamaño riesgo--él no pensó «tan
escabrosa»--. Pero ni su inexperiencia, ni su edad, ni la inquietante
emoción que sufría, le permitieron grandes meditaciones acerca del
tema. El reloj del comedor dió las doce. Temió él haber contado mal, y
esperó a que las repitiese. Entonces se deslizó de su cama; a obscuras
se embutió en el pantalón, en la chaqueta... Iba descalzo... Abrió la
puerta de la alcoba... Salió...

Ante la puerta, sin separar sus dedos del pestillo, aún escuchó un buen
rato. Después se decidió a andar... Apoyaba ambas manos en la pared,
como si quisiese descargar sobre ellas todo el peso de su cuerpo. El
piso estaba enarenado, según la costumbre del país, con una arena
traída de la playa, y al ser restregada contra la madera producía un
leve rechinamiento. El joven ponía, para impedirlo, sus pies de plano,
y algunas arenas gruesas le producían dolor.

Llegó a la escalera. Tenía en sus oídos el tic-tac del corazón y el
sordo runrún de la lluvia... Subió un peldaño, otro... algunos crujían,
y Sergio se detenía entonces, anhelante, con los ojos abiertos,
abiertos... Creía él que en aquel momento su madre y su hermana y
Chinto y Rafaela se removían entre las sábanas, prontos a despertar.
Pensó también en que a veces doña Rosa sufría insomnios duraderos... Al
llegar al primer recodo de la escalera, un tablón carcomido gimió bajo
sus pies largamente. Entonces pensó en desandar el camino y volver a
su cuarto; pero ya estaba más próximo el de Federica... Continuó... En
el pequeño pasillo, al que daban los dormitorios de las dos mujeres,
se oía la fuerte respiración de Rafaela. Esto le dió vigor. Empujó
lentamente la puerta de la alcoba de Federica. Pensó que estaría ella
detrás. Esperaba que sus manos avanzasen para guiarlo. Creía ser
tocado por ellas a cada instante, y esta presunción de unos brazos
en la sombra le produjo una inquieta nerviosidad. Pero ningún cuerpo
vivo rozó el suyo. Entró con cautela extremada, temiendo derribar
algo, extendidas sus manos hacia el frente, comenzando a encontrar
interminable aquella horrible excursión entre las tinieblas y el
silencio, respirando con la boca abierta para que ni aun se advirtiese
el rumor de sus aspiraciones.

Al fin sus muslos tropezaron con algo. Bajó las manos, cuidadoso. Bajo
ellas sintió el tibio bulto de Federica, acostada, cubierta por las
ropas del lecho. Le secó los labios una oleada de emoción. Se inclinó
sobre la bella cabecita; susurró tenuemente:

--Soy yo...

Ella no se movió; volvió a advertirle:

--Federica, soy yo...

Apoyó sus manos en el cuerpo tendido, con una suave presión. Federica
dió un fuerte suspiro y se estiró en el lecho. ¡Dormía! ¡Gran Dios,
dormía!... Sergio se maravilló sinceramente. Volvió a apremiar, con la
punta de sus dedos, el cuerpo perezoso. Y de pronto, tras un rebullir
que se tradujo en un ruidoso alboroto de las secas hojas del jergón,
los calientes brazos de Federica se enroscaron a su cuello. Y él,
entonces, buscó sus labios y los besó, estremecido:

--¿Dormías?

Y ella, con voz aún enronquecida por el sueño y llena de añoranza de él:

--Sí.

Sergio tuvo que sacudirla:

--¡No grites, mujer!... Pueden oirnos...

Entonces bajó mucho la voz, como una niña a quien se reprende, para
repetir:

--Sí.

Continuaba con los desnudos brazos sobre el cuello del joven. No se
veían. El rumor de la lluvia era más fuerte en el pequeño cuarto; se
sentía su repiqueteo en el cinc del tejado y sobre los vidrios del
tragaluz. Sergio se iba sintiendo presa del frío. En la cima de su
empresa ocurríasele ahora, preferentemente, la terrible idea de tener
que volver a su estancia con todas las mismas minuciosas precauciones.
En la alcoba contigua, al través del delgado tabique de madera, se oyó
el ruido del jergón donde Rafaela debía de haberse agitado. Entonces
Federica iba a decir algo al oído de Sergio; pero éste la hizo callar,
con sobresalto.

--¿No oíste?--dijo apenas él, con la tenuidad de un suspiro--. Debe de
estar despierta.

Le invadió el miedo. Dió otro beso a la novia:

--Bueno, me voy.

Ella tornó a abrazarle. Aún le retuvo para pedir:

--Tápame bien.

Sonrió él en la sombra. Metió parte del embozo bajo la espalda de
Volvoreta, le dió una palmadita de despedida; y súbitamente, esclavo de
su hondo temor, comenzó otra vez el peregrinaje. En la escalera sufrió
angustias mayores, porque el descender en la obscuridad era mucho más
difícil que el subir. Creyó que no se acababan nunca los peldaños. Ya
en el pasillo del primer piso, sus pasos fueron más ligeros. Entró en
su dormitorio, dando un profundo suspiro de placer, como si saliese de
una pesadilla. Se zambulló en cama. Tenía los pies helados, helados,
con algunas arenas del pasillo incrustadas en ellos. Se arrebujó
apretadamente y quiso saborear sus sensaciones de la noche; pero se
durmió.

Soñó que quería correr hacia Volvoreta. Volvoreta le esperaba con
sus rizados cabellos del color de la miel y su blusa blanca de los
domingos. Él quería correr, porque su madre le perseguía; pero sus pies
no podían apartarse del suelo. Corría, corría, y no avanzaba ni un solo
punto...



V


Meditó Sergio después en su cobardía de la víspera, en la brevedad
de su estancia en el cuarto de Volvoreta, y se hizo reproches y se
prometió una mayor decisión. Vencido el misterio de la empresa, el
éxito obtenido le alentó. Tenía para él una enorme e intensa poesía
de aventura aquella visita cautelosa, aquella obscuridad que los
hacía invisibles, el secreto de la andanza mientras la gente confiada
dormía... Le pareció que los pasillos y las escaleras que recorrió,
sin ver, en una duradera y lentísima caminata, no eran los pasillos y
las escaleras tan conocidas de su casa, sino que el genio travieso de
la noche y el de los amores lo habían transformado todo. Sentía aún la
dulce presión de los tibios brazos en torno al cuello, y ansiaba volver
a entregarse a aquella caricia turbadora, no probada jamás.

Al encontrarse Federica y él se sonrieron, como cómplices de una misma
travesura. Pero, evidentemente, ella no concedía una gran importancia a
lo ocurrido. Hubiera ansiado Sergio contarle con todo lujo de detalles
la excursión nocturna; mas no hubo ocasión. Tan sólo al cruzarse en un
pasillo pudo decir brevemente:

--Hoy volveré.

Y ella, que marchaba hacia el comedor, no hizo el menor gesto, y al
hablar con doña Rosa su voz tenía el mismo bello timbre de siempre, sin
que lo alterase la emoción.

Fingió estudiar durante toda la tarde en la galería. En realidad
soñaba. Vió cómo los árboles se doblaban ante las ráfagas. Vió salir
a Chinto, cubierto por un capote de paja cosida, que era su aldeano
impermeable, chapoteando en el lodo con sus zuecos de aguda punta
retorcida. Vió en el mirador de la casa de los Solís cómo doña María
asomábase, enlutada y triste, a contemplar el cielo. Los ojos de
la madre se apenaban más ante aquel espectáculo de la nube igual y
plomiza, sin principio ni fin, uniforme, que vertía incansablemente la
lluvia. Apenas se adivinaba por una ligerísima luminosidad el sitio
donde el sol estaba oculto en el cielo. Y en aquel sitio se obstinaba
el mirar de doña María, como si rogase, como si mentalmente hiciese
al astro magnífico la confidencia de todo su drama y le pidiese que
dejase llegar alguno de sus rayos vivificantes a aquella caseta del
jardín, techada de vidrio, donde las tablas estaban ya ennegrecidas por
la lluvia, para que el rayo fuese como una lanzada que matase el germen
del mal en los pechos aquillados de sus hijos.

Pero a Sergio el espectáculo del agua implacable le producía ahora un
íntimo contento. Sentía gratitud hacia los hilos de lluvia que rayaban
el campo y hacia la negra nube inmóvil que los dejaba caer, porque
a esto debía el sabroso goce de su alma. ¡Bendita lluvia!... Aunque
llegase a pudrir el grano en los surcos, ¿no había sido ella la madre
de este florecimiento de sensaciones felices en su corazón?...

Y aquella noche volvió a subir; y a la siguiente, y todas... Cada
vez tenía mayor confianza en la impunidad; pero no lograba sacudir
por completo el temor que se enroscaba en él, a lo largo de aquellas
inacabables excursiones, en las que antes de asentar un pie tanteaba el
sitio donde apoyarlo, para resbalar después con igual cautela las frías
manos por las ásperas paredes. Llegó a familiarizarse hasta tal punto
con los incidentes del trayecto, que sabía en qué lugar rechinaba una
tabla del piso y cuál era el peldaño que crujía escandalosamente bajo
su presión. Volvoreta casi siempre estaba dormida al llegar él, y él
tenía siempre el mismo sobresalto, el mismo miedo a sorprender con su
llegada y que gritase, sin darse cuenta exacta de quién era el nocturno
visitante. Pero ahora Volvoreta ni aun rebullía en el lecho. Extendía
siempre sus brazos, como en la primera noche, y, juntas las cabezas,
se hablaban nimiedades de enamorados; él, de pie, encorvado, en una
violenta postura, sin apoyarse mucho en la cama, por miedo al crujido
del jergón. A veces se desprendía del lazo tibio de los brazos y se
incorporaba para librar a su espalda de la tortura de aquella actitud
de arco. Pero conservaba entre sus manos las manos de Federica, como si
temiese al soltarlas que las sombras cavasen un abismo entre ellos.

En alguna ocasión, el mismo contenido tono de su charla, una frase
trivial cualquiera, les provocaba un loco deseo de reir, tanto más
fuerte cuanto más se lo prohibían sus temores. Y entonces Volvoreta,
menos dueña de sí, sentía hinchar sus carrillos de risa y la risa se
escapaba al fin de pronto, con el mismo ruido que hace una gaseosa al
destaparse; esto terminaba por vencer los esfuerzos de Sergio sobre su
hilaridad, y ambos reían ahogadamente; ella escondía la cabeza bajo
las mantas, para sofocar el rumor, y él sentía su cuerpo hipar en la
jocundidad contenida. Después se asustaban mucho y quedaban un largo
rato escuchando, por si en la alcoba de Rafaela se advertía algún ruido
sospechoso.

--Querría estar siempre a tu lado en esta alcoba--susurraba Sergio.

Y era verdad; no había para él en toda la casa un lugar de mayor
sugestión. Pensaba, ya en su lecho, muchas veces, que era más
grata aquella otra estancia de techo aboardillado, donde se sentía
fuertemente el paso de las ráfagas, donde la lluvia tecleaba
ruidosamente sobre el cinc, donde se veían pasar, tras los cristales
del tragaluz, las nubes negras y las blancas nubes, procesionales, y
también el parpadeo de una estrella que parecía estar en lo sumo nada
más que por curiosear lo que en la alcoba ocurría: tal brillo de mirada
humana tenía su mirada; tal se veía, entornando un poco los párpados,
cómo el haz de sus rayos llegaba hasta dentro de la misma alcoba, al
través del cristal.

Cuando el nimbus se abría, alguna vez en descanso de la lluvia, y la
luna asomaba por el desgarrón momentáneo, entraba poco a poco en la
alcoba una suave luz misteriosa, que iba creciendo a medida que la gasa
de nieblas disminuía ante el satélite. Entonces surgían todos los
objetos de la obscuridad; se veía la blancura de la palangana de hierro
esmaltado, lucir en un rincón; y las sayas colgadas de clavos en las
paredes, como pequeños fantasmas con un capuchón puntiagudo; y brillaba
extrañamente un diminuto espejo, semejando una ventana abierta en el
tabique, y a la cama llegaba a veces la luz azulada del astro y se veía
su raudal bajar del vidrio, recortando en el aire su forma prismática,
a la manera de esos raudales que en los cuadros místicos bajan desde
el cielo para envolver las figuras de los santos. Las sombras huían
hasta el rincón donde el tejado y el suelo se unían en una arista, y
se agazapaban allí. Y Sergio podía ver, un poco confusa, sin embargo,
la cara de Federica, en la que los cándidos ojos verdes lucían como
si concentrasen la dulce luz; y veía también el bulto de su cuerpo
adorable acusándose bajo la colcha de tela rameada. Callaban entonces,
porque les parecía que en la claridad habían de sonar más fuertes
sus palabras. Sergio conservaba en los ojos la visión de la silueta
adivinada bajo las ropas, y cuando se volvían a hacer las tinieblas
paseaba sus dedos sobre la colcha, desde los pies hasta la garganta de
la novia, y al llegar allí la besaba. Volvoreta permanecía inmóvil, sin
protestar, sin estremecerse.

Cuando sus manos, heladas por el contacto de las paredes, tocaban
los brazos o los hombros de la joven, ella sofocaba un grito que
la fría impresión estaba a punto de arrancar. Entonces guardaba un
momento aquellas manos bajo las tibias sábanas, y él permanecía un
instante así. Pero a medida que se aproximaba el invierno, el aire
que se deslizaba en la casa por las rendijas de las puertas, el
tránsito brusco de su lecho templado a la atmósfera húmeda y fría de
los pasillos, le aterían. Llegaba a veces al final de su peregrinaje
tiritando, y tenía que esperar un poco para poder hablar, porque sus
dientes entrechocaban.

Y fué una de esas noches crudas, que en los vidrios del tragaluz hacía
condensar en gotitas de agua el vapor de la atmósfera, cuando la
destemplanza le decidió a cortar su visita.

--Me muero de frío; me voy.

Y ofreció ella entonces, sin pensarlo, con aquella misma sencillez con
que había hablado en la noche lluviosa, bajo el alpende:

--Entra en la cama; te abrigarás un poco, hasta entrar en calor.

Aún preguntó él, sobrecogido:

--¿Me dejas?

Federica bajó el embozo. Fué él, lentamente, lentísimamente,
inclinándose sobre el lecho, tendiéndose poco a poco... Pero las hojas
de maíz seco crujían y alborotaban, con un ruido semejante al del agua
que cayese abundantemente sobre una plancha de hierro enrojecida.
Decidió abreviar aquella tortura y se acostó de un golpe sobre la cama.
Volvoreta estiró las mantas sobre él. Estuvieron un instante inmóviles.
El corazón del joven latía con fuerza. Estaba tendido sobre un brazo y
lo estiró para librarlo de la presión dolorosa. Entonces tropezó con
los duros pechos femeninos. Entre las sábanas había aquel olor a romero
de Volvoreta, el olor de su fina piel... En el declive que formaba
el jergón hacia el centro fué resbalando el joven, hasta encontrar
el cuerpo de la moza. Todo el cuarto era tinieblas y toda la casa
silencio...

       *       *       *       *       *

Así fué cómo Sergio Abelenda tuvo su primera querida.



VI


El grito de doña María de Solís llegó hasta la casa.

Vióse correr a una criada por el mirador con aire azorado, y un minuto
después volver a cerrar apresurada las ventanas de guillotina, que
batieron fuertemente en su encaje. Entonces doña Rosa, asustada, se
echó un viejo chal sobre los hombros y salió.

--¡Dios mío: algo ha pasado en casa de los de Solís!...

Y atravesó el jardín y orilló un pequeño trozo de carretera y entró en
la finca próxima. El jardinero ensillaba nerviosamente un caballejo
castaño, de larga crin.

--¿Qué ha ocurrido?

--La señorita Maruja se puso mala de repente.

Doña Rosa subió. La niñera, trémula aún, torturaba entre sus dedos
la punta del delantal, en el comedor, a la puerta de una alcoba en
penumbra. Doña Rosa preguntó en voz baja, llena de ansiedad sincera:

--¿Están ahí?

Y como la criada afirmase, pasó.

Pero se detuvo casi a la entrada. Hacia el fondo de la amplia alcoba se
veía blanquear la cama de Maruja: la luna de un armario reflejaba un
trozo. Habían entornado, casi hasta unirlas, las contraventanas, y la
claridad exterior se dibujaba en sus intersticios formando como una T
que en el trazo superior, junto al dintel, tenía los extremos aguzados.
En la semisombra, los lienzos que en la pared pendían de cordones de
seda, eran imprecisas manchas obscuras. Doña María inclinaba su sutil
silueta, más enflaquecida aún por el luto, sobre el lecho donde su hija
reposaba. Se oía su voz, toda llena de inflexiones dolorosas, como si
de un momento a otro fuese a romper a llorar.

--Muy quietecita, ¿sí?... ¿Has de estar muy quietecita?... Así, boca
arriba; sin moverte...

Sus manos arreglaban las almohadas en torno a la cabeza de la enferma.
Hubo un silencio. Después, la voz débil de Maruja indagó, temerosamente:

--¿Era sangre, mamá?

Se hizo mimosa el habla de la madre:

--¡No, hijiña, no!... ¿Cómo iba a ser sangre?... ¡Qué tonterías se te
ocurren!... Fué el desayuno que te hizo daño, bobiña. ¿Cómo iba a ser
sangre?

Quería fingir risa ante la sospecha de la adolescente; pero sus
palabras temblaban con un espanto contenido. Doña Rosa, inmóvil, sintió
llenarse de lágrimas sus ojos.

--Quietecita, ¿eh?

Y doña María se alejó. Entonces se vió sobre la blancura del embozo
y de las almohadas amarillear el rostro de la enferma, con los ojos
hundidos en un halo de negrura. Al dar espalda al lecho, el llanto
retenido arrugó en mil arrugas la flaca cara maternal, e hizo bajar
como para un sollozo las comisuras de sus labios. Acudió a sofocarlo
con su pañuelo. Miró a doña Rosa con una mirada de desesperación, a
la que los párpados rojos y el brillo de las lágrimas silenciosas
daban una trágica intensidad, y salió al comedor y avanzó hasta el
último rincón de la galería. Entonces abrazó a doña Rosa y lloró
convulsivamente sobre su hombro:

--¡También ésta se me va; también ésta!...

Doña Rosa balbuceaba consuelos:

--¡Vamos, doña María... no se ponga así!... ¡Dios es bueno!...

--¡Oh, bien sé lo que tengo que esperar!...

Entonces la criada rompió a llorar en el comedor. Doña María la llamó,
imperiosamente:

--¿Qué le ocurre a usted? ¿Por qué llora?...

Calló la rapaza, hipando aún, con las mejillas rojas. Doña María ordenó:

--Pase en silencio a la alcoba. Como la señorita la oiga llorar, la
despido a usted.

Después, a solas en la galería, explicó. Había sido una cosa
imprevista. Maruja parecía estar bien de salud; comía regularmente, no
se quejaba de nada; alguna que otra vez, dolores de cabeza que pasaban
pronto. Aquella mañana había estado jugando con su hermano Juan.
Repentinamente, al bajarse a coger la pelota con que se distraían, tuvo
un vómito de sangre, poca. Doña María, al verla, había dado un grito, y
Maruja, asustada, sufrió un desvanecimiento.

--Creo que ha visto la sangre; yo quise engañarla, pero me parece que
la desdichada lo sabe tan bien como yo... ¡Pobre hija mía!...

Doña Rosa volvió a intervenir para deslizar un rayo de esperanza.
¿Cuántas personas conocía ella y también la señora de Solís que habían
tenido hemoptisis en su juventud y que después habían curado?...
Allí estaba en el cementerio de la Gándara el antiguo cura, don
Francisco Javier, que hasta cumplir los cuarenta todos los años tenía
algún vómito de sangre, y que murió a los sesenta y tantos, de una
indigestión. Las cosas ocurrían siempre como Dios las ordenaba, y no
estaba bien entregarse a desconsuelos prematuros.

--¡Pero en esta edad, doña Rosa; como los otros!...

--Los otros estaban en la ciudad. La aldea es más sana.

--Sí, la aldea... la aldea...

Doña María paseó una mirada por el campo entero, por la carretera donde
el agua brillaba en los surcos, por los olmos crecidos, sin hojas ya,
por la lejanía de los prados y de las tierras donde las semillas, bajo
la humedad, iniciarían entonces la misteriosa evolución de la vida
en sus entrañas harinosas, y miró también al cielo gris, sin sol, y
al trozo de mar que ahora se veía al través de los desnudos troncos
del bosque. Y parecía pedir a todas estas cosas indiferentes algo del
oxígeno que exhalaban y de la vida que sabían hacer germinar, y también
su suprema e inmóvil quietud, su insensibilidad para todos los males
que conturban al hombre.

       *       *       *       *       *

El médico llegó por la tarde y permaneció un largo rato en la casa de
los Solís. Antes de que regresase a la ciudad, Chinto fué a requerirle
en nombre de doña Rosa, y él acudió a saludarla.

--¿Qué?... ¿Muy mal?...

Naturalmente; muy grave. Para ir tirando unos meses. Y el hijo menor,
el entablillado, con el mal de Pot. Aquello no tenía remedio. Era
una familia de tuberculizados. Gracias a la higiene meticulosa, y a
la existencia ordenada, y a la sobrealimentación, podían fingir una
apariencia de vida; pero en cuanto el organismo hacía una demanda de
fuerzas para su desarrollo, la economía presentaba su quiebra. Habló,
luego, con cierta circunspección, del difunto señor Solís, de su vida
de crápula, de taras y de estigmas... Doña Rosa le ofreció una copita
de tostado del Rivero, y él la bebió, desnudando lentamente su mano
derecha para cogerla.

Al salir, Chinto se acercó, levantando un poco por el ala su sombrero
mugriento:

--Entonces... Ya que el señor facultativo está aquí..., bien podía, de
paso, echar un ojo a mi hermano Ramón, que el pobre no se tiene de pie
hace diez días.

El doctor, contrariado, miró su reloj. Inquirió doña Rosa:

--Y ¿qué tiene tu hermano, Chinto?

--Yo no sé... Para mí que es «andacio».

El médico intervino:

--¿Está aquí?

--Como estar aquí, no está, no, señor; pero le coge de camino.

--Andando, entonces.

Sergio fué también, más por dar un paseo en el automóvil del doctor que
por cariñosa curiosidad hacia el doliente. Chinto, al fin, indicó una
choza, situada casi al borde de la carretera. Entraron. La choza estaba
formada por trozos de piedra pizarrosa, unidos, más que con argamasa,
con arcilla. Tenía la forma de un cajón negruzco, con vetas de líquenes
amarillentos, y el tejado bajaba desde el muro posterior, con un
pronunciado declive. Entre las tejas crecían ortigas y se escapaba el
humo del hogar, falta de chimenea la vivienda. Una sola ventana daba
una dudosa luz al interior; el suelo estaba pisado de tierra. Empujaron
la puerta, pintada de verde y partida horizontalmente en dos, y nadie
salió, ni se alzó voz alguna en el obscuro recinto. El médico comentó,
esperanzado:

--No hay nadie dentro.

--No hay, no, señor--replicó Chinto--; porque van en el campo. Pero
Ramón está.

Y gritó:

--¡Ay, Ramón!

Una voz, entre malhumorada y doliente, contestó:

--¿Qué quieres?

Y en una especie de arca, próxima al muro del fondo, hubo un rebullir
de trapos.

--¡Ay, Ramón--insistió Chinto--, levántate, hom, que aquí te traemos al
facultativo!...

Pero el doctor ya se había aproximado. Encendió una cerilla. El
enfermo, con la barba descuidada, revuelto el pelo, se incorporó,
parpadeando ante la proximidad de la luz. Se dejó tomar el pulso;
enseñó la lengua, y mientras apretaba el brazo contra el cuerpo para
sostener el termómetro en la axila, Chinto paseó su mirada, satisfecha,
por el grupo del médico y de Sergio y del _chauffeur_, imponente con su
chaqueta impermeable y sus polainas de cuero, y murmuró, alegre:

--Lo que es... bastante señorío te traigo. ¡Si no sanas de ésta!...

En una hoja arrancada de su cartera, el doctor, sin detenerse a
explicar, recetó nerviosamente. Chinto tomó el papel entre sus dedos
deformes.

--Dios se lo pague, señor.

Ordenó el médico entre dientes, al marchar:

--Tres cucharadas al día. Dieta. Que no salga al trabajo.

Y saltó al coche. Chinto aún indagó, un poco defraudado por todo
aquello:

--Dígame, señor: y esto, ¿costará mucho?

Repasó el doctor la receta de una ojeada:

--Unas doce pesetas. Manden a buscarlo a una botica de la ciudad.

--Bien está, sí, señor.

Y mientras el automóvil se alejaba salpicando la turbia agua de los
baches hasta las cunetas, Chinto, caviloso, dobló muy bien doblado
el papel, y lo guardó en el bolsillo del chaleco, donde acostumbraba
guardar las colillas de sus propios cigarros.

Dos mujerucas, atraídas por la detención del automóvil ante la choza,
se habían acercado a observar, con las manos ocultas en el pañolón
cruzado sobre el pecho, surgiendo sus canillas de las zuecas como dos
estacas.

--¿Qué dijo?--curiosearon.

--Lo que dijo no sé; pero como él dejó la receta...

Y meditó, rascándose la frente:

--¡Caray!... ¡También... doce pesetas!

--¡Ave María!--comentó una mujer.

--Mércase un cocho pequeño--calculó la otra.

Chinto encogióse de hombros.

--Mi padre verá...--resumió; y volvió a entrar, buscando la receta en
el bolsillo para dejársela a su hermano.

Una mujeruca gritóle aún desde la puerta:

--Eso no es más que el andacio, Chinto, que hay mucho andacio en la
Gándara y más allá de la Gándara.

Sergio saltó a la carretera y volvió hacia la quinta, sin esperar
por el criado. La tarde declinaba, y el verdor de las matas era más
obscuro, y el aire tenía, en el crepúsculo que se iniciaba, una
extraña diafanidad. El camino estaba desierto, bajo el varillaje de
los olmos que sobre él se cruzaba y al través del cual se veía el
cielo como al través de una red; todas las hojas habían caído ya, y
en alguna horquilla de las ramas se veía quizá un nido abandonado,
negro, del mismo color de la corteza. Las llantas de goma del automóvil
habían dibujado sus relieves en la blanda superficie de la carretera,
y Sergio las seguía, silbando, con aquella abstracción, con aquel
extraño sentimiento que diluía su espíritu cuando se hallaba solo en
la vastitud del campo callado. Pero súbitamente se detuvo. De una
corredoira que salía al camino real acababa de surgir Volvoreta. Y
Volvoreta no iba sola. Sergio lo advirtió, con un furioso afluir de
sangre al cerebro. Volvoreta iba con un jovencillo vestido de cadete.
Después de la ceguera de sorpresa, Sergio conoció en él al hijo de los
señores de la Cruz del Souto, que había vuelto de Toledo a pasar en
el pazo las Navidades. Hirviente en cólera, conteniendo el impulso
celoso, se acercó. Pudo oir decir al cadete:

--... paso poco tiempo; pero estaba seguro de no haberla visto... Tan
hermosa como es usted...

Sergio los sobresaltó con su presencia repentina. Prescindiendo
del acompañante, el joven, pálido, cruzó sus brazos ante Federica,
asestándole una fiera mirada:

--¡A casa!...

Ella dió un paso atrás.

--¡Pronto!...

Marchó, acelerando el andar, sin volver la cabeza. Entonces él se
volvió hacia el cadete, que batía su pantalón gris con el espadín
jactanciosamente. Miró su figurilla menuda, de adolescente, y alzó la
cabeza para preguntar con una sonrisa desdeñosa:

--Y tú, Souto, ¿qué haces aquí?...

--¡Ya ves!--fanfarroneó el pequeñuelo.

--¿Vienes de enseñarte por las fincas con tu traje de máscara, Souto?

--Vengo de donde quiero.

El enamorado avanzó un poco:

--Pues si te vuelvo a encontrar entreteniendo a mis criadas, te hincho
las narices de un puñetazo, y no sería la primera vez. Recuerda.

Hablaba casi pegado a él, dominándolo con su estatura, con fuego en
los ojos. El cadetillo, un poco pálido, quiso protestar:

--Yo haré lo que me parezca.

Pero él lo empujó:

--¿Harás que te golpee ahora?...

Souto le miró rencorosamente y marchó. Cuando estaba algo lejos,
arrepintióse Sergio bruscamente de no haberle pegado. En un impulso
de ira, miró en rededor, cogió un trozo de cuarzo de un montón que
blanqueaba al margen del camino, y lo arrojó contra el jovenzuelo.
Souto, sin volverse, dignamente, torció por una corredoira. Entonces
echó a correr. Sergio lo adivinó, porque la teresiana sobresalía de las
paredes que encajonaban el sendero. Y esta huída le llenó de orgullo y
aquietó su rencor. Continuó hacia la finca, sin cólera ya, pero con un
celoso roer de amargura contra Volvoreta.



VII


Como reiteración de este enfado celoso, Sergio no subió aquella noche
las carcomidas escaleras que llevaban al cuarto de Federica. Hasta bien
tarde meditó, ceñudo--en las sombras de su habitación, embozado en las
mantas del lecho--, en aquel que se le antojaba asomo de coquetería y
de falacia. La primera pasión siempre es celosa, y Sergio encontraba
fácilmente graves motivos con que robustecer esta condición. ¿Podía
creer que Volvoreta le quisiese?... Repasó hasta sus orígenes el breve
curso de sus relaciones. Ella había cedido a todo sencillamente,
naturalmente, sin arrebatos ni hipocresías, con la fluidez con que una
fuente mana y con la indiferencia con que deja a unos labios acercarse
a ella y beber. Jamás Federica le instigaba a ardor alguno y jamás lo
rehusaba tampoco. Sus palabras de cariño, bien compendiosas, eran
siempre contestaciones a las inquietas preguntas del mozo; por sus ojos
verdes no pasaba nunca una turbación, ni un rubor por su rostro. Era
como si las fuerzas sencillas de la Naturaleza, que hacen germinar al
grano en el surco y florecer a las plantas humildes en los rincones
de las tapias, sin estremecimientos, sin complicaciones, por pura
función biológica, la llevasen a ella también a ser el manso eco de
aquel amor que la había requerido. Nunca una caricia espontánea ni una
charla de cariñosas naderías. Los elogios a su belleza la halagaban
fugitivamente, con un halago invisible que hacía sonreir los labios
bermejos y los verdes ojos grandes, tan llenos de candor, un candor que
supervivía a todo, que quizá fuese el secreto fondo del alma.

--Lo mismo hubiese hecho caso a Chinto--pensaba ahora Sergio.

Desde la noche en que las hojas de maíz habían crujido bajo el peso
de los dos cuerpos jóvenes, Sergio estaba roído por esta inquietud.
Le parecía que, lo mismo que a él, Volvoreta había de entregarse
a cualquiera. Cuando tardaba en volver de un recado, el novio,
impaciente, atalayaba desde todos los balcones, víctima de tremendas
sospechas. Mientras fumaba su cigarrillo en la amplia cocina, oía
alguna vez las bromas de Chinto a la rapaza, bromas que a veces
llevaban socarronamente disimulada alguna malicia que todos, hasta
Volvoreta, reían sin reservas. Pero Sergio fruncía el ceño y clavaba en
ella una dura mirada. Cierta vez, Rodeiro había elogiado a la servidora:

--Eres bien garrida.

Y Sergio le odió. Cuando, por las noches, después de regresar a su
alcoba, se oía en el silencio de la casa el crujir de una viga o
el gato fingía ruido de pisadas, Sergio cavilaba que alguien podía
sucederle a él junto a la novia y salía al pasillo a escuchar. Todo
callaba. Un minuto, cinco, diez, estaba él así, inmóvil, anhelante; por
fin le atería el frío, y sus ojos, cansados de mirar en las sombras,
comenzaban a ver como manchitas de colores que parecían volar en la
obscuridad y que se extinguían cuando él parpadeaba. Entonces volvía al
lecho, tiritando, un poco más tranquilo, pero dudoso aún en su deseo de
volver a subir.

Se reprochaba a veces la propia flaqueza, pero la sinrazón vencía. ¡Tan
guapa era, tan guapa!... No podía haber ningunos labios que tuviesen
aquel sabor, ni ningún cuerpo aquel suave olor de romero y aquella
gallardía, aquellas líneas, aquella tersura, ni ninguna cabellera el
suave tono de color de miel, tan justo, tan bello... Una vez había
visto todos estos encantos cuando la luna entraba por el tragaluz y
llenaba el lecho con su dulce luz azulada. Volvoreta sólo protestó
cuando el frío mordió en sus duras carnes, puestas al descubierto.
Aquella única visión turbaba siempre con su recuerdo al enamorado.
¡Tan guapa, tan bien hecha!... Ni la hija de los Acevedo, que a veces
llegaba a la playa toda vestida de blanco, en un bote, desde el otro
lado de la ría, remando como un varón, ni ninguna señorita de la ciudad
podía ser comparada con ella. Pensaba a veces que aquella broma suya de
que un príncipe la había dejado abandonada en una choza al pasar por
Dumbría podía ser una adivinación.

       *       *       *       *       *

No se atrevió a reñir al día siguiente, ya templado su rencor. El agua
del río amorataba las manos de Volvoreta, y él la contemplaba serio
y meditativo, con cierta piedad. Pero una pregunta iba barrenando
obstáculos dentro de su alma para formularse. Cuando ella terminó y
tendió la blancura de las ropas sobre los tojos vecinos, para que el
viento, ya que no el sol, las secase, rogó él:

--Siéntate un poco.

--Pueden venir.

Entonces Sergio se puso en pie y miró en torno. En un prado vecino,
un rapazuelo de unos siete años, gravemente enfundado en un traje de
hombre, apoyado en la larga vara de fresno, vigilaba el pacer de unas
vacas. Sergio le gritó:

--¡Ei, Santiaguiño!

El rapaz berreó, sin moverse:

--¿Qué quer?

--Avisa si viene alguien, hom, que he de darte un pitillo.

--Bien está, sí, señor.

Se sentaron. El tránsito del agua por el cauce pedregoso llenaba todo
el aire de un rumor. Callaron unos instantes. Sergio inquirió al fin,
sin mirarla:

--¿Me has de decir lo que te pregunte?

Ella le contempló, sorprendida:

--Diré.

Hubo otra pausa. Él arrancó unas hierbecillas:

--¿Quién fué el primero?

Sonrió la moza:

--Tú.

Sergio arrojó las hierbecillas a la corriente del río:

--¡Boh!... Bien sabes que no. ¿Quién fué el primero?... Dime.

Aun añadió suavemente, para facilitar la confesión, mientras rapaba el
suelo con sus dedos nerviosos:

--Es por saberlo, nada más...

Entonces Volvoreta fué atenuando poco a poco su sonrisa. Contestó, con
su sencillez habitual:

--Fué allá, en Dumbría.

--¿Un mozo?

--Un mozo.

Y Federica, sin nuevo requerimiento, contó, en una evocación en la que
más que el suceso descollaba el ambiente y las figuras de la aldea
lejana:

--Nuestra casa estaba en el medio de un monte...

Y habló... Aquellos montes de Dumbría, todos llenos de pinos; manchas
y manchas de pinares siempre verdes, siempre llenos de rumor, como el
mar... En algunos de ellos se había perdido cuando era muy pequeña
y abandonaba las vacas para ir a buscar entre el bosque algún pino
macho y después tostar sus piñones al fuego del hogar. A veces, los
leñadores derribaban centenares de árboles robustos; pero los pinos
recién plantados iban creciendo y pronto volvía la fronda a extenderse.
Después de la tala, quedaba el bosque aquí y allá lleno de las manchas
blancas del tronco segado casi al ras del suelo. Gustaba ella de
sentarse allí, y la fresca resina se pegaba a sus ropas humildes. Más
tarde, las lluvias y el sol iban volviendo el tallo del color de la
tierra, más ceniciento aún, y se resquebrajaba, con sus raíces secas
hundidas todavía en el monte. Por la carretera, una larga procesión de
carros chirriantes conducía los troncos hasta el mar, y embarcábanlos
en pataches ventrudos que se balanceaban dentro de la barra de
Puenteceso. Y en cada barco había un perro sucio que ladraba siempre
desde la borda, como los perros de los pajares aldeanos. Ella había ido
allí una vez. Y tan ajeno estaba ahora su pensamiento a la pregunta del
amante que había motivado la evocación, que se detuvo a describir el
aspecto del Monte Blanco--como si todo él estuviese hecho de arena--que
hay a la orilla del mar. Sonreía, maravillada de hallar en su memoria,
a pesar de los años transcurridos, un tan claro recuerdo del paisaje.
Sergio preguntó, rencoroso contra aquella delectación y aquella memoria
anterior a él, donde él no podía surgir nunca:

--¿Y tu novio?

No era novio. La pretendía; pero ella era niña aún: catorce años. Él
tendría veinte. Sus viviendas no estaban lejanas. Los sábados, de
noche, acudía él invariablemente a repiquetear con el canto de una
moneda en la puerta de Federica, y una vez la emprendió a garrotazos
con un mozo de parroquia distante que tunaba con ella. En las romerías
la buscaba para bailar, pero ella le huía; quería libertad para
divertirse. Una vez habían ido a una «palillada»; era en una casa
distante, donde las mozas se reunían para hacer sobre sus almohadillas,
moviendo rápidamente los palillos de boj, con un constante ruido, el
encaje de Camariñas, que después vendían a los exportadores.

--¡Reímos bien! Al volver, él quería acompañarme; pero yo me escapé.
Era ya muy tarde. Había que pasar un monte para llegar a mi casa. En el
monte me alcanzó.

--¿Y fué entonces?...

--Fué.

Sergio censuró, malhumorado:

--Porque tú quisiste.

--Y ¿yo qué iba a hacer?... En un monte; fíjate... La vivienda más
próxima estaba a un cuarto de legua... Ni gritar valdría.

--¡Ah!--exclamó él, sorprendido y colérico--. ¿Tampoco gritaste?

Y Volvoreta, sin bajar los ojos y como si apelase con su tono al buen
sentido del enamorado:

--Ya ves...

--¡Oh!...

Y tras la exclamación de despechada ira, él continuó arrancando las
hierbas una a una, con la mirada fija en el suelo. Después de una
pausa, ella siguió:

--Luego, estaba empeñado en casarse conmigo; pero no quise. Se fué a
América.

Alzó Sergio la cabeza para interrogar; pero volvió a su abstracción sin
haber hablado. Todo aquello era absurdo: la indiferencia de la moza,
su negativa a la proposición matrimonial... Y aquel tono sencillo que
utilizaba en el relato que él creyó tener que escuchar entre lágrimas y
rubores... Y no era por vicio; le constaba bien: ¡mujer más fría, más
inerte!... «Es que no se da cuenta», meditó. Ahora tenía la dolorosa
seguridad de que entre el aldeano que la asaltó en el monte, en la
negrura nocturna, y sus relaciones presentes, Federica había vivido
otras aventuras, resbalando por ellas con aquella naturalidad que
conservaba toda la expresión infantil de sus ojos. En la capital...
mientras sirvió en la capital... Preguntó bruscamente:

--¿Tú estuviste en casa del cuñado de los de Souto?

--Estuve dos años.

--Y él, ¿no te hizo el amor?

Volvoreta rió francamente, con los ojos llenos de alegría. Se
incorporó un poco como quien va a contar algo interesante:

--Hizo...; don Gerardo... ¿sabes?... Una vez me regaló un pañuelo de
seda, y otro me enseñó unos pendientes... ¡Qué risa con don Gerardo!...
Era un sucio: en los dos años que llevé en la casa nunca pidió agua
para bañarse.

--Pero tú le harías caso.

Ella hizo un gesto de repugnancia:

--¿Sabes qué?... Que siempre que tenía yo al pequeñito en los brazos,
venía a cogérmelo para pellizcarme... Nada más.

Él se indignó:

--¡Bueno, vete; no quiero oirte!

--Si te digo que no hubo nada. ¡Asco de viejo!

--¡Vete!

Se levantó y se fué haciendo un mohín.

Sergio siguió la margen del río hacia el mar, desazonado por el
disgusto de aquellas revelaciones provocadas por él y en las que aún se
complacía en escarbar su alma. Santiaguiño atravesó el prado corriendo
y se plantó frente a él, muy grave dentro de su chaqueta de pana, las
manos en los bolsillos y la vara de fresno bajo la axila:

--¿Y luego? ¿No me da ese pitillo?

Se lo arrojó. Santiaguiño se puso al socaire de un vallado para
encenderlo. El joven siguió su caminata. Desvióse un poco del río
para subir a las viejas ruinas de un fortín abandonado que, a la vera
del mar, sobre un promontorio, atalayaba la ría. Apenas quedaban en
pie algunas dentadas paredes. Sobre su suelo crecían la hierba y las
ortigas, cubriendo las piedras en que se desmoronaban los muros. Una
puerta conservaba aún su dintel, y, borrosamente esculpido, un escudo
de armas. Cuando Sergio leía alguna novela de Benito Vicetto, la imagen
de estas ruinas se suscitaba en él. Las reconstituía, las ornamentaba,
y se figuraba que dentro, en las remotas edades del feudalismo, se
había entregado a la orgía el feroz caballero Corno-de-boi, o se había
desarrollado la terrible tragedia de los Boborás. Y veía también a las
Hermandades de Galicia sitiar el castillo y arrasarlo, y se imaginaba
el penacho de humo, torcido por el viento del mar, y las ventanas
transparentando en la noche la interna hoguera. Rodeiro, que era un
fervoroso admirador del Walter Scott galiciano, le facilitaba estos
libros.

De la playa, bajo las mismas murallas del fortín, subía una tenue
humareda. Sergio, sentado sobre las piedras grises, con las piernas
colgantes en el vacío, miró. Unos marineros habían encendido una
fogata, y sobre ella, apoyado en dos pedruscos, se ennegrecía un
caldero donde cocían peces. La lancha fondeada cerca de las rocas
apenas se movía en la unánime calma del mar. Los hombres estaban
tumbados sobre la arena. Un marinero le saludó. Era de la Gándara. A
veces llegaba hasta la casa de Abelenda a vender pescado. El padre del
mozallón había muerto hacía apenas una semana, envuelta su barca por
una ola al salir de la ría. El hijo llevaba un pañuelo negro como luto.

--¿Quiere un bocado?--ofreció.

Y Sergio:

--Gracias. ¿Qué tal de pesca?

--Aún no empezó. Vamos a la ardora.

Un viejo de mentón pronunciado intervino:

--No: buena pesca ya la hicimos. Ahí va un arroás[1], con el vientre
abierto, por el medio de la ría. Aprecio más su muerte que llenar la
lancha de pescado. Toda la sardina escorrentan...

  [1] Delfín.

Los marineros comentaron riendo la caza del odiado enemigo. El viejo
opinó aún:

--Pues yo digo que los barcos de guerra debían dedicarse a matar
arroás. Así servirían para algo útil.

Los pareceres dividiéronse. Sergio volvió a entregarse lentamente a
su preocupación dolorosa. ¿Qué concepto era el que Federica guardaba
de su propia honestidad, hasta de su propia valía de mujer guapa?...
¿Cómo se formularían los deberes y los derechos sentimentales dentro
de aquella adorable cabeza, en aquel corazón de ritmo uniforme, que
no suscitaba desequilibrios, ni arrebatos, ni alteraciones, que no
ponía una inflexión emocionada en la voz que contaba el drama de la
iniciación?... El drama: para Sergio era un drama bestial. El monte
negro..., los foscos pinares todos llenos de rumor..., la inmensidad
hostil del cielo en los novilunios..., las ásperas manos forzudas
del campesino... ¡Si pudiese imaginar también el rostro de Federica,
contraído por el terror!... Pero la veía con aquel mismo gesto con que
hizo el relato. ¿Por qué este absurdo había ocurrido así?

El gris del mar brillaba ahora herido de soslayo por las últimas
luces de la tarde. Después se tornaría más obscuro y opaco; simularía
en su quietud como una llanura donde los pies podrían asentarse y
andar. Y con la noche tendría también esos misteriosos matices que
luce el mar bajo la suave claridad de los astros. Las montañas de la
opuesta orilla iban sumergiéndose lentamente en sombras... La eterna
y vieja belleza del crepúsculo, suavemente tamizado por las nubes,
se mostraba un día más con su sencillez inmutable. Y los humildes
hombres de la playa caminaron hacia su embarcación. El hijo del
ahogado saludó, riente. Y Sergio pensó en lo extraño de aquella risa,
cuando entre las aguas que iba a surcar el mozo vagaba aún el hinchado
cadáver del padre, esperando ser arrojado un día a cualquier playa,
sin ojos, con los labios comidos por los cangrejos, con el vientre
deforme... Sin embargo, era así y debía ser así... En aquella hora de
paz, atalayando los montes y el mar y la curva línea de la Gándara,
imbuído por la gigantesca solemnidad de las cosas, Sergio tuvo un
atisbo de comprensión: comprendió la pequeñez del cadáver del marinero,
invisible, perdido entre las aguas con la misma indiferencia que el
del delfín; comprendió la naturalidad del amor... ¿Por qué torturarse
complicándolo con morbosidades? Para la muerte y para el amor, para
las miserias que sabemos miserias y para las miserias que creemos
grandezas, la Naturaleza tiene el mismo gesto dulce, la misma mirada
candorosa de Volvoreta: la misma misteriosa tranquilidad. Las fuentes
brotan para los labios; del mantillo que forman en el bosque las
hojas caídas y muertas se nutren árboles nuevos... Y todo en una gran
placidez inmutable.

Estos viejos axiomas se insinuaron en el alma de Sergio, y la idea de
su egocentrismo se diluyó y sintió un gran bien en advertirse ligado
sutilmente a los montes, al mar, a las rocas, al río, a las nubes
obscuras, como átomo de una obra gigantesca, de obscuro significado, en
la cual sus sentimientos y sus voliciones eran como el estallido de una
burbujita en el mar.



VIII


El día primero de todos los años, don Manuel Souto reunía en su pazo a
las familias señoriales de los alrededores y celebraba su fiesta con
un almuerzo. Don Manuel Souto era el segundón de una casa distinguida,
que había emigrado a Cuba casi en la niñez y que había hecho allí, tras
veinte años de trabajo en un almacén de ropa blanca, una fortunita
codiciable. Entonces compró un billete de primera en el más ostentoso
vapor de lujo que salió de la Habana después de la fecha en que liquidó
sus asuntos, y desembarcó en La Coruña, seco, como si toda la humedad
de su organismo la hubiese sudado en aquellos cuatro lustros de calores
tórridos, con el estómago averiado, hundidas las sienes, bailándole las
canillas dentro de un blanco pantalón y oculta la precoz calva bajo un
_jipi_ de quinientas pesetas. Su familia se había ido extinguiendo. La
casa de la Gándara (un viejo y enorme edificio de piedra, de esos que
los antiguos señores hacían alzar estratégicamente como centro para el
cobro de sus rentas forales) estaba casi derruída. Él la reconstruyó
confortablemente. Mientras las obras se realizaban vivía en la capital,
donde su pesada cadena de oro y los puros con su retrato en la anilla
le habían dado una reputación y, consecuentemente, una consideración de
hombre riquísimo.

Pensó en matrimoniar; quería que cuando la casa de la Gándara estuviese
terminada, fuese su inauguración pareja de la inauguración de una
nueva vida que le llevase, por de pronto, calor de cariño; y después,
unos rubios chicuelos; precisamente rubios. Como fruto de las lecturas
folletinescas con que alguna vez distraía en la Isla sus escasos ocios,
don Manuel tenía un concepto excesivamente literario de los niños, y se
los imaginaba tiernamente blondos, con exclusión de todo otro matiz.

Pensó en casarse, pero cierta timidez, cierto enmohecimiento por
desuso de sus facultades de conquistador, le retenían en el celibato.
Una mañana veraniega, don Manuel, según su costumbre, tomó su baño de
mar. Salió de su caseta de lona un poco cohibido, porque se le ocurría
siempre pensar, al verse a pleno sol sobre la arena de la playa, que
sus piernas eran demasiado peludas y demasiado prominente su nuez.
Creía que todas las miradas se clavaban en él con mofa. Entonces daba
una carrerita, sofocaba un grito al tocar el agua, se zambullía y
surgía después, con los ojos cerrados, resoplando, caído el escaso pelo
sobre la frente, desmoronado el bigote a la usanza china, goteando por
los codos taladrantes y por la nariz y por la bolsa que formaba el
flojo bañador. Luego volvía a hundirse en el agua y se alejaba nadando.

Pero aquella mañana, a veinte metros mal contados de la orilla, donde
ya no hacía pie, el señor Souto sufrió un calambre; sintió que los
músculos de sus piernas se entorpecían, se inmovilizaban... le acudió
súbitamente la idea de la muerte; dió unos chillidos, manoteó en vano y
tragó al hundirse un gran sorbo de agua. En la arena, la gente comenzó
a gritar. Un bañero se echó a nado en su auxilio. La señorita Simona
Rúa, hábil nadadora, que estaba cercana a don Manuel, dió unas brazadas
y le asió por el bañador. Entre sus dos salvadores, Souto fué llevado
a la playa: lo pusieron diez minutos boca abajo, le friccionaron,
hiciéronle beber coñac, y el hombre pudo ir por su pie hasta casa.
Aquella noche tuvo corro en el casino y se vió obligado a explicar
muchas veces lo que había sentido al irse al fondo.

Al día siguiente, un periódico contó el suceso bajo este título:
«Salvado por una señorita.» Y en la narración había párrafos elogiosos
para «el arrojo temerario de la distinguida señorita de Rúa, que,
despreciando su propia vida, salvó la de nuestro opulento convecino el
señor Souto». Tras el elogio desmesurado había una enérgica excitación
a las autoridades para que se concediese a la salvadora una medalla o
una cruz.

Souto, al leer el periódico, se acusó repentinamente de ingrato. En
verdad, él no se había dado cuenta de quién le había llevado a tierra
firme. Alguien le dijo que la de Rúa «había echado una mano». Inquirió:
«¿Cuál de las hermanas?» «La mayor.» Y procuró recordar el rostro
huesudo y el cuerpo sin garbo de Simona, a quien él había visto alguna
vez en los paseos. Pero creía haber cumplido ya con las cien pesetas
que había dado al bañero el mismo día del accidente.

El suelto del periódico le inquietó. Algo había que hacer. ¿Qué
pensaría aquella señorita?... Se dió a meditar, salió apresuradamente,
compró en la primera joyería una sortija de brillantes y se la envió
a Simona con una carta en que reconocía galantemente deberle la
existencia, y le rogaba que aceptase «aquellas tres gotas de luz
cristalizadas, en recuerdo de las incontables y amargas gotas en
que él había estado a punto de fenecer». La señorita de Rúa aceptó
el reconocimiento, pero devolvió la sortija. Él entonces, confuso,
advirtiéndose culpable de indelicadeza, la visitó para dar fe más viva
de su gratitud. Simona declaró solemnemente que no había hecho más
que cumplir con su deber. El señor Rúa, viejo magistrado, pronunció
acerca de todo aquello un breve discurso y le invitó a almorzar.
Presentólo a los demás invitados con una frase concisa: «El salvado por
Simona»; como si Souto no pudiese ser ya otra cosa en el mundo, y sus
veinte años dando salida a la ropa blanca del almacén, y sus dolores
de estómago y su riqueza fuesen caminos misteriosos por los que la
Naturaleza le hubiese ido llevando, previsora, a aquel destino.

Luego, alguna vez, en los paseos, se acercaba a saludar a la
familia Rúa y aun daba unas vueltas con las jóvenes por la alameda.
En el casino, en sus círculos de amistad, le hablaban de Simona
frecuentemente:

--Porque usted le debe la vida...

--¡Claro, como usted le debe la vida!...

A don Manuel, el novelero romanticismo de la historia le placía; pero
se lamentaba en su interior de que su salvadora fuese tan fea y tan
flaca, con aquel largo mentón y aquellos ojos diminutos y aquella nariz
que colgaba sobre los labios, como una gota de carne pronta a caer en
el exiguo pecho desde su altura. Intentó enamorar a la hija de un rico
conservero, francamente guapa; pero a las primeras insinuaciones ella
protestó:

--¡Si le oyese a usted Simona Rúa!...

--¿Y si oyese?--se atrevió a desdeñar él.

--Pero, ¿no está usted comprometido con su salvadora?

Desde entonces Souto comprendió, melancólicamente, que su destino
estaba trazado, y que aquel chapuzón iba a tener en su vida
consecuencias más transcendentales de lo que hubiera podido presumir.
Las gentes le empujaban a un romántico desenlace. Creyó adivinar que si
no procedía de acuerdo con esta opinión de las gentes, su descrédito
sentimental estaba consumado. Se le tendría por un hombre sin corazón,
incapaz de la virtud suprema del reconocimiento. Él mismo se dijo que
su deber le impelía categóricamente a tal solución. Y sus relaciones
con Simona se hicieron más frecuentes, y un día, en medio de la
satisfacción de quienes ya lo habían previsto, se casaron.

Cerca de cuatro lustros habían transcurrido ya. Sin embargo, la
historia del salvamento no había cesado de ser recordada entre
ellos, con sucesivas modificaciones, que le daba una novedad lenta y
constante. Don Manuel solía decir siempre:

--Si no fuese por mi mujer, no tendría el gusto de hablar con ustedes...

Pero su gesto aburrido y la escasez de su entusiasmo sugerían la idea
de que estaba pagando una tremenda deuda día por día y mes por mes...

       *       *       *       *       *

Rodeiro fué a buscar en su tílburi a los de Abelenda para llevarlos
hasta casa de don Manuel. Al llegar al crucero que se alzaba frente al
parque, y que daba nombre al lugar, se apearon. Don Miguel se había
anticipado a ellos y paseaba bajo los castaños sin hoja, charlando con
otro cura que en los días de fiesta acudía a decir misa en la capilla
de los Soutos. El cadete, vestido con su uniforme, pequeño y caprichoso
como un _groom_, acudió a estrechar las manos de las mujeres, haciendo
una estudiada ostentación de finura. Sergio y él se miraron apenas.
Más tarde llegaron los de Acevedo; un matrimonio distinguido, que no
tenía propiedades rurales, pero que había alquilado un hermoso _chalet_
al otro lado de la ría. Él era banquero y estaba ligado a Souto por
razón de intereses. Habían llegado en automóvil. La hija, una joven de
diez y ocho años, tenía entre las pieles, en que, pese a su opulencia,
no se perdía su esbeltez, la delicada belleza de una joya en un
estuche de terciopelo. Vestía con gran elegancia, y sus modales eran
de distinción. Ahora venían directamente de la ciudad: tenían cerrado
el _chalet_ hasta la primavera. El pequeño Souto se hizo su caballero
desde que saltó del estribo del _auto_.

Todos iban diciendo:

--Felicidades, don Manuel.

Y luego se deseaban entre sí, muy afectuosos:

--Buen año nuevo; buen año nuevo.

Souto quiso enseñar las reformas que había hecho en su finca, y,
pisando los húmedos senderos, fué preciso ver un nuevo estanque en el
jardín, la parcela para los espárragos en la huerta, y el gasógeno
para el acetileno, que había hecho instalar fuera de la casa, por
temor a explosiones. Sergio, un poco turbado por la presencia de Luisa
Acevedo, no hablaba, y aun procuraba esconderse tras el grupo, lleno de
preocupación por sus botas recias de piel de becerro sin lustrar.

Avisaron para comer; pero los Poupariña no habían llegado. Aún se dejó
transcurrir algún tiempo en el mirador de la casa--una amplia galería
de cristales--, desde el que se dominaba el paisaje maravilloso. Al
fin, los Poupariña entraron, deshaciéndose en disculpas. El marido
explicaba:

--Con ésta así, tal como está, no se puede ir a ninguna parte: ni en
caballo, porque teme caerse; ni en coche, por el traqueteo...

Y señalaba el vientre hinchado de su mujer.

--¿Otra vez?--observó, amablemente, el banquero.

--Siempre--afirmó Poupariña--. Siempre. Es infatigable.

Era verdad. En sus nueve años de matrimonio, Celsa había lanzado al
mundo seis hijos. Delgada, envejecida, nadie se la podía imaginar sin
el vientre abultado y el andar balanceante de su casi ininterrumpida
preñez. Poupariña no sabía qué remedio poner, ni cómo reducir aquella
obstinada maternidad. Le preocupaba el porvenir de tanto arrapiezo,
para la vida de los cuales había de ser exiguo su patrimonio. Al fin
concluyó por adoptar una alegre despreocupación ante lo irremediable.
Fingía no saber nunca, de una manera cierta, el número de sus hijos y
haberse olvidado de sus nombres. Para reducir a su mujer había ideado
una coacción extraña. El romanticismo de Celsa le impelía a bautizar
a sus retoños con nombres noveleros, que alarmaban al párroco de Santa
María de la Gándara. A la hija mayor la llamó Irma; al segundogénito,
Sigfredo; el tercero se bautizó con el nombre de Raúl. Poupariña fué
tolerante y dejó hacer. Pero al llegar a este número planteó a su
mujer, medio en broma, el problema:

--O no hay más chiquillos o los bautizo yo y les pongo los nombres que
se me antojen.

Y nació el cuarto, y Poupariña le hizo llamar José, como él mismo;
y nació el quinto, y se apeló Nicolás; y al sexto lo puso bajo
la advocación del santo del día, que era San Robustiano. En un
refinamiento de crueldad, cuando su mujer le enteró de que el séptimo
comenzaba a bullir en sus entrañas, le buscó nombre ya antes de que
naciese.

--Si se atreve a salir se llamará Exuperio.

Celsa protestaba:

--¡Eres un mal padre; estás matando el porvenir de tus hijos con esos
nombres horribles!

Pero Poupariña era verdaderamente implacable.

Cuando les requirió doña Simona, sentáronse a la mesa. En casa de
Souto se comía siempre espléndidamente, y en ocasiones señaladas,
hasta con lujo. La mezcla de vinos alegraba a los comensales y soltaba
las lenguas, y al final, cuando pasaron a la sala contigua, para
fumar, se charlaba abundantemente. Don Manuel contó la historia de su
salvamento una vez más; los invitados apreciaban, no obstante, de año
en año, algunas sensibles diferencias en la historia. Del bañero, que,
en rigor, había sido el que apresara al indiano ya entre aguas, no se
hablaba en las últimas narraciones. Primero compartía el mérito con
Simona; después fué un simple auxiliar; luego «había llegado tarde»;
por último, su silueta, lentamente borrosa, se extinguió como la de un
fantasma. Ahora, si alguien llegase a recordar su ayuda, el matrimonio
Souto se hubiese reído buenamente como de una invención.

--Conque yo--explicaba don Manuel--me sentí ir para el fondo. A mí
no me consta si fué el calambre o que me había agarrado algún pulpo,
¿eh?, porque por allí hay muchos. Y empecé a gritar y empecé a tragar
salsa... Y una ola va y otra viene... ¡Tremendo aquello; estaba
tremendo!...

--Como montañas--intervenía doña Simona.

--Claro está, nadie se atrevía a lanzarse al agua. Entonces ésta,
¡zas!, de cabeza. Todo el mundo se puso a gritar desde los andenes;
estaba allí lo mejorcito de la ciudad: el capitán general, el
gobernador, sus señoras... Y todos a gritar. Y ésta llega al fin junto
a mí, después de una brega terrible; alargo los brazos para asirme...

--Y yo le dí una patada en la cabeza.

Don Manuel vaciló un poco, porque aquel detalle era nuevo. Pero lo
suscribió en seguida:

--Eso es; tú me diste una patada en la cabeza. Una terrible patada...

--Naturalmente--explicó doña Simona a la concurrencia--; es lo que se
hace siempre. Las personas que se están ahogando no reflexionan, y lo
primero que hacen es aferrarse a su salvador y ponerlo en idéntico
peligro. Lo que se suele hacer es darles, según se va nadando, una
patada; se les atonta, y ya se les conduce fácilmente.

--Así fué, así fué...

Las señoras oían emocionadas. Los dos curas y Poupariña jugaban al
tresillo cerca de una ventana. Rodeiro, desmoronado en un butacón,
junto a ellos, fumaba un enorme puro. Su ancha cara hoyosa se había
teñido de púrpura. Interrumpía a los jugadores con su charla constante
y con sus advertencias:

--¡Entre sin miedo, Poupariña!

Poupariña miraba y remiraba sus cartas, haciendo un recuento de
probabilidades. Argüía, festivamente:

--¡Que tengo treinta hijos, Rodeiro!

Rodeiro se desmoronaba melancólicamente en el sillón:

--¡Boh!--lamentaba--, ¡boh!... Más valen treinta que ninguno.

--¡Cásese, diablo!--gruñía don Miguel.

--¡Ah, terrible capitán Araña!... ¡Cómo gustamos de embarcar a la gente
y quedarnos en tierra!... ¿Y usted?

--¡Hereje!--sonreía don Miguel, barajando.

Rodolfo mordía el puro y despedía como una bala el trozo seccionado.

--Oiga, don Miguel: hereje, y de los gordos, es un huésped que le voy a
traer a mediados de mes: Rosales, el director de _El Avance_.

--¡Dios nos libre!

--Oiga: no viene en clase de ateo; viene a cazar, ¿sabe?... Ya le hablé
de usted. Tenemos que armar una batida.

--¡Si caza lo que usted, no peligran las piezas!

--No, no; es una escopeta de cuidado.

Entonces comenzó a tocar un gramófono un trozo de _Elisir d’amore_.
Rodeiro gritó:

--Ponga algo gallego, don Manuel. ¿No tiene nada de la tierra?...

Don Manuel asintió y le impuso silencio sin hablar.

Sergio, en un rincón ya penumbroso, se iba dejando invadir por el
blando sentimentalismo de la música, propicio como nunca a él en
la laxitud posterior a la comida. Miraba enfrente a Luisa Acevedo,
tan hermosa, tan elegante; tenía una mano puesta sobre el brazo de
la butaca, y se veía lucir las uñas pulidas y una esmeralda en un
dedo, rodeada de pequeños brillantes. La alta bota de charol, la
piel mate del escote insinuado, los rizos negros que bajaban a la
frente, aquel sutil trazo de las cejas, que parecía hecho con lápiz...
Sergio iba examinándolo todo detenidamente, y todo se le antojaba
exquisito, insuperable en distinción y en gracia. A veces creía
advertir que llegaba hasta su rincón el perfume de la joven, y aspiraba
profundamente, cerrando los ojos.

Luisa no le había mirado ni una vez. El pequeño Souto charlaba de
continuo con ella. En ocasiones llegaba hasta el rincón alguna frase:

--Este año, en el _skating_...

--... mañana dan un té...

Y se despreciaba a sí mismo y advertía crecer a Souto en su admiración.
Él querría también entonces tener un traje distinguido y el don de
hablar de aquellas cosas y aquellas personas brillantes, y poder,
como Souto, inclinarse sobre el brazo del sillón para charlar con
la joven y recoger tan de cerca su divina sonrisa. Se acordó de
Volvoreta con cierto desdén. Si aquellas gentes supiesen que era el
novio de Federica, una criada, ¡cómo se reirían de él!... Se advirtió
insignificante. Cuando, pasado un momento, se encontraron solos el
cadete y él en la galería, Sergio se acercó, un poco colorado, para
decir:

--Supongo que no te habrá parecido mal lo de la otra tarde...

Souto fingió no recordar:

--¿Cuál?

--Lo de Federica.

El cadete echó un hilillo de humo entre sus labios exangües, como para
indicar su indiferencia:

--¡Figúrate tú!... ¡Lo que me podrá importar a mí una criada!

Sergio asintió, vivamente:

--Por eso...

--¡Nada, hombre, por Dios; ya me había olvidado!

Dió otra bocanada y otorgó, petulantemente:

--Si tú tienes interés, puedes trabajarla...

--¡Oh, no! ¡Qué tontería!... ¡Ningún interés!

--No la creo difícil...

Tiró el cadete su colilla y entró, cortando la charla. Sergio se
sentía humillado y permaneció un instante viendo cómo la noche iba
envolviendo el paisaje, invadido él de amargura y de celos por Luisa.

A las seis, ya con noche, marcharon. Chinto, que había ido a llevar
paraguas, porque la tarde tenía mal cariz, había enganchado el tílburi.
Comentó confidencialmente con Sergio:

--Mucha grandeza hay en la Cruz del Souto. Comí un plato de carne
asada, con unas cosas que diz que le llaman batatas, que así Dios me
lleve como no probé cosa de dulce más rica en la vida mía. ¡Vaite que
hay buenas larpeiradas en el mundo!

El tílburi pronto corrió por la carretera, bajo las altas ramas de los
olmos centenarios. En un sendero, campo traviesa, brillaba la linterna
con que Poupariña alumbraba cuidadosamente el camino para evitar a
Exuperio bruscos sobresaltos dentro del hinchado vientre de la madre.
El automóvil de los Acevedo bramó de pronto detrás del tílburi. Los
focos potentes iluminaron la carretera hasta muy lejos y alargaron por
ella, en caricatura, la sombra del cochecito y del caballejo. Pasaron,
saludando, y pronto se perdieron en la lejanía. Isabel comentó:

--¡Qué bien vestida estaba la hija de Acevedo!

--¡Uf!; es insoportable... ¡Más orgullosa!...

La madre intervino:

--No diga, Rodeiro; es una muchacha muy guapa.

--¡Boh!... sin salir de la Gándara encuentra usted cualquier aldeana
mejor. Volvoreta, sin ir más lejos...

--No diga, Rodeiro, no diga...

Y Sergio recibió aquellas palabras como un alivio a su tristeza. Volvió
bruscamente todo su amor y le sacudió un ansia aguda de ver a Federica.
El tílburi saltaba sobre los baches, y sus faroles alumbraban el camino
con una luz amarillenta y hacían girar las sombras de los árboles
alrededor de sus troncos; y a veces se advertía la tenue humareda que
se desprendía del sudoroso caballo. Rodeiro lo animaba con chasquidos.
Aquí o allá brillaba de pronto una charca. Los perros ladraban a lo
lejos. Bajo las ramas de los olmos, cerrada entre muros de sombra, la
carretera semejaba un túnel enorme.

Llegaron a la finca. Sergio entró el primero, con la esperanza de
hallar a Volvoreta y besarla. Doña Rosa, después. Junto al camelio
donde las blancas flores se deshojaban, en el enorme silencio de la
noche, Rodeiro asió una mano de Isabel, emocionado:

--Sabeliña...

La joven se detuvo.

--¿Qué, Amaro?

Pero Rodeiro nada añadió. Estrechó lentamente la mano femenina y
marchóse. Desde el umbral Sabela oyó los cascabeles del caballejo que
desandaba el camino, y vió pasar y alejarse las lucecitas amarillentas
del coche.



IX


Aquella noche de Reyes tuvo una decisiva influencia en el noviazgo y
hasta en la vida de los dos jóvenes. Aún no habían concluído de cenar
los de Abelenda cuando Federica entró, con cierto misterio en la voz y
en las pisadas:

--Están ahí los de Carballo. Vienen a cantar los Reyes. ¿Pasan?

--Que pasen.

Sonaron en el vestíbulo las recias pisadas de unos zuecos. El ruido
llenó la casa, envuelta ya en la obscuridad de la noche. En el corredor
detuviéronse los pasos. Interrogó una voz:

--¿Se puede?

Entraron cuatro hombres. En el umbral inmovilizáronse, parpadeando,
deslumbrados por la claridad del comedor. Dos eran casi ancianos; dos
eran casi niños. Siguiendo la costumbre de todas las aldeas de Galicia,
caminaban aquella noche de pazo en pazo y aun de choza en choza,
cantando un romance de viejo sabor en que se cuenta la mística historia
de los tres Reyes Magos que van desde el lejano Oriente de todos los
relatos misteriosos, a hacer la ofrenda de sus dádivas al Niño Dios.

Saludaron; hubo un instante de silencio. Se miraron, tras unas toses
de carraspera. Luego rompieron a cantar. Y la canción iba hablando del
peregrinaje tras la estrella, y de cómo los tres monarcas llegaron
a Belén, y de cómo la Virgen María salió a recibirles, y ellos se
quitaron las coronas, respetuosamente. Todo el romance tenía una dulce
ingenuidad. Los hombres, con una mano aplicada a la oreja, apoyada la
otra en la larga vara de castaño, cantaban a grito herido. El más joven
era un caso de unción, inmóvil, con su chaleco rojo, con sus zuecos
ocultos bajo la gruesa capa de barro, cerrados los ojos, chillando
hasta hacer hinchar las gruesas venas de su garganta... El romance
terminaba con un galano llamamiento a la generosidad de los «fidalgos»,
y el asonante «aguinaldo» surgía finalmente y fatalmente. Hubo una
pausa; y después de embolsada la peseta y de trasegado el buen vaso
de vino, los hombres hablaron de la feria pasada, de las arrobas que
pesaba el cerdo muerto, del coste de los bueyes... Entonces fué cuando
doña Rosa se fijó en un rostro que asomaba a veces a curiosear por la
puerta, a dos palmos del suelo, casi entre las piernas de los cantores.

--¿Quién está ahí?

Los del Carballo se rieron.

--Es Santiaguiño.

Le empujaron. Santiaguiño entró, algo ruboroso, alzando la boina sobre
la frente, pero sin quitársela por completo. Traía su chaqueta de pana
negra y la vara de fresno, más alta que él, bajo el brazo. Toda su
carita redonda sonreía con la malicia aldeana.

--A las buenas noches--saludó.

--Empeñóse en venir con nosotros...--explicaron sus acompañantes.

--¿Y tu amo te deja, Santiaguiño?--preguntó Sergio, divertido con el
aspecto del rapaz.

--Ya no tiene amo, señor--respondieron--. Marchóse de su casa porque no
le pagaba el jornal.

Rieron todos. ¡Oh, Santiaguiño incomodado, requiriendo su hatillo de
ropa y su vara de fresno, plantándose ante el labrador formidable que
contrató sus servicios, y solicitando su dinero en una disyuntiva de
reclamación judicial!...

--¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?

--¡Je!...

A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona, y mira de soslayo
las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña
nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las
morenas casitas aldeanas los pequeñuelos no esperan la visita de los
Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer;
sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de
los bueyes solemnes, de paso perezoso, que van arrojando dos conos
de humo por sus narices contra el húmedo suelo, de los locos rebaños
asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los
tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se
durmió sin esa inquietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de
lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado.
No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa
madre Tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las
alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va
a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama
dura, cómo pasan cantando los del Carballo, o los del Pinar, o los de
la Cruz del Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el
señor Mingos, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que
su amo no se niegue a pagarle los jornales.

Y pasará el canto, conmoverá una ráfaga las ventanas, se agitará
una vaca en el establo, y los Reyes habrán transcurrido ya para el
rapazuelo.

Ahora, bebido el último sorbo, enjugada la boca con el revés de la
mano, se van los cantores. Vuelven a sonar sus fuertes pisadas.

--Vaya, ¡a la obediencia de ustedes!...

Y se pierden en el silencio y en las tinieblas.

       *       *       *       *       *

Dos horas después, cuando Sergio creyó dormidos a todos los moradores
de la casa, emprendió su caminata misteriosa. Federica estaba
despierta. Al entrar en el cuarto, Sergio derribó el aguamanil,
torpemente situado cerca de la puerta. Entonces una mano de la joven lo
buscó entre las sombras y le apresó fuertemente con cierta angustia.
Juntas las cabezas, Federica susurró a su oído:

--¡Por Dios! Rafaela no duerme...

Y quedaron inmóviles mucho tiempo. Se oyó rebullir--al través del
tabique--en el jergón de la vieja criada. Después volvió a caer la
quietud, más pesada y más honda, esa quietud en la que las arterias
baten ruidosamente.

Sergio indagó:

--¿Está despierta?

Y con un soplo refirió Federica:

--La he oído quejarse hace un momento.

Esperaron aún. Volvoreta volvió a atraerlo para conjeturar,
tranquilizadora:

--Quizás fuese en sueños.

Y como nada extraño ocurriese, ni turbase la calma de la casona
ningún rumor, fué renaciendo la confianza en sus ánimos. La costumbre
les había dado cierta seguridad en sus entrevistas, y a veces hasta
saboreaban el peligro de una risa que pudiera ser escuchada o de un
crujir del piso o del lecho que pudiera ser delator. El joven gustaba
de permanecer inmóvil oyendo el ruido de las ráfagas que pasaban tan
cerca, sobre sus cabezas, experimentando esa sensación de desleimiento
que sufrimos cuando ponemos toda nuestra atención en el magno silencio
de las noches. En esos instantes era feliz y se estremecía al pensar en
salir de aquel abrigo y aquella inmovilidad para descender a su alcoba,
por los fríos corredores de la casa. En estos momentos suyos de quietud
satisfecha, Volvoreta solía dormirse, y a él se le antojaba tener una
misión amparadora cerca de ella, y soportaba la molestia del brazo
extendido bajo la cabeza femenina, para no turbar aquel sueño suave,
seguro, venturoso.

De pronto, una mariposa de luz, un luminoso hilito, corrió por la
pared del cuarto. Se lo advirtieron mutuamente, con un sobresalto que
hizo separar sus cuerpos. Miraron. Bajo la puerta brillaba una línea
amarillenta. Sergio se arrojó del lecho, temeroso. No habían sentido
las pisadas; pero él pensó que acaso Rafaela... En un instante, las
ideas se entrecruzaron y confundieron en su cerebro, como las alambres
de un soporte caído. La raya de luz estaba inmóvil; el silencio era
obstinado... Sospechó que la vieja criada, a quien Federica había oído
quejar, se habría levantado para ir a la cocina a prepararse cualquier
tisana... Eso debía de ser, porque la luz no se movía. Advertíase
aquella raya amarilla, y también el ojo de la cerradura, encendido,
y, en un lugar del estrecho tabique, donde faltaba un nudo, se
transparentaba un pequeño disco de madera, con color sonrosado, como de
carne...

Pero he aquí que se sintió un ligero rumor en el picaporte. Y
lentamente, la puerta se abrió. Sergio estaba como petrificado, en
pie junto a la cama. La puerta se abrió, y entró la mano de Rafaela,
sosteniendo la palmatoria de cobre; y después el propio rostro de la
mujer... Todo muy despacio, muy en silencio...

--¡Jesús!...

Y volvió a cerrar la puerta. Sergio seguía viendo, en la obscuridad,
la cara de la vieja servidora, iluminada de abajo arriba por la luz,
y sus ojos asustados fijos en él. La exclamación de sorpresa y de
escándalo duró también mucho tiempo en sus oídos... Desapareció la luz;
se oyó crujir el catre de Rafaela... Sin hablar, sin volverse hacia
Federica, sin pensar casi, Sergio salió. Se fué en puntillas; no sentía
el frío ni le importó pisar aquel escalón que chirriaba siempre y que
él evitaba tocar... Entró en su alcoba, se arrojó en cama, y se tapó la
cabeza, consternado.

Cuando despertó supuso que era temprano todavía; no había entrado aún
su madre a llamarle, según costumbre; la casa estaba en silencio.
Filtrábase una débil claridad por los resquicios de las contraventanas.
Decidió esperar a que le avisasen, como habitualmente; y lo ocurrido
la noche anterior volvió a su memoria con una intensidad que le
hacía sufrir. Rafaela lo había descubierto todo. ¿Qué ocurriría?...
Temblaba al escándalo como a una catástrofe. ¿Cuál sería la cólera y
el desprecio hacia él de su madre, tan rígida, tan severa, sorprendida
por el relato de un hecho indigno?... Tan monstruoso le pareció
entonces a Sergio su proceder, que no creyó que Rafaela se decidiese a
denunciarlo. Se prometió tener con ella una entrevista en la que había
de procurar engañarla acerca del verdadero motivo de su presencia
en el cuarto de Federica. Engañarla...--se paró a pensar--; pero,
¿cómo?... Resolvió confiarse a ella absolutamente, referir la verdad,
atenuándola en lo posible, y suplicar el silencio, con la promesa de
no reincidir nunca... Y no reincidiría. Ahora hacía un voto solemne de
sustraerse a la tentación. Dedicóse a imaginar lo que había de decir a
Rafaela. Oía mentalmente sus admoniciones y se dictaba las respuestas
que creía indicadas.

Cuando sonaron pasos próximos a su estancia fingió dormir. Entró doña
Rosa. Casi desde el umbral, gritó:

--¡Sergio!

Simuló no oir.

--¡Sergio!

Se desperezó y abrió un ojo.

--Es tarde ya.

Gruñó, como de costumbre:

--Voy... ahora...

Y volvió a cerrarse la puerta.

Lo de siempre, todo había pasado como siempre. Rafaela, pues, no
había hablado. Se levantó, se zambulló en el agua y fué al comedor.
La inquietud latía, sin embargo, en su pecho. En la mesa humeaba su
gran taza de café; pero en los sitios donde solían desayunar la madre
y la hermana tan sólo quedaban algunas migas de pan y unas manchitas
de café sobre el tapete de hule. Miró el reloj y eran las diez. ¡Las
diez!... ¿Por qué le habían dejado en cama hasta las diez?... Su madre,
de pronto, se detuvo ante él, al otro lado de la mesa, y le dijo,
severamente:

--Desde hoy irás todas las tardes a dar tus lecciones a don Miguel.

Nada más. Sergio bajó los ojos hacia el tazón. Al concluir tomó su
libro y fué a estudiar al huerto. Rafaela fingió no verle pasar. Aquel
día hizo una observación el enamorado. Volvoreta no sirvió la comida ni
la cena, ni estuvo en el huerto ni en el jardín, ni se oyó en la casa
su voz cantarina. Y tampoco al día siguiente, ni al otro...

Sergio supo, al fin, que en la mañana de eterna memoria Federica había
recibido su salario, había recogido sus ropas y se había marchado a la
ciudad. Supo también--Rafaela lo contaba en la cocina--que «ni aun se
había puesto encarnada».



X


Todas las tardes, después de comer, Sergio seguía el camino de Santa
María de la Gándara, y, ya en la casa rectoral, recitaba sus lecciones,
mal aprendidas casi siempre, ante don Miguel, inmovilizado en una
actitud seria e importante.

Sergio no recibía grandes luces de aquella enseñanza, porque las
asignaturas que había de estudiar eran totalmente desconocidas para
el párroco; en realidad, éste se limitaba a mirarle severamente
cuando, en la enumeración del itinerario que había de seguir una carta
certificada, olvidábase el estudiante de citar algún pueblo. Transigía
difícilmente con que Sergio alterase, en su explicación, las frases
empleadas por el autor de la obra. Terminada la clase, escribía en un
cuadernito su parecer acerca de la aplicación del alumno, le sermoneaba
a propósito de su conducta y de su misión en la tierra, y, a veces, le
hacía merendar una taza de leche en la que desmigaba dorado pan de maíz.

Algunas tardes, Rodeiro, cuya hacienda no estaba lejos de la rectoral,
aparecía en ella y disparaba contra don Miguel sus apotegmas
revolucionarios o menospreciaba las condiciones de cazador de que
el párroco hacía gala insistente. Le amenazaba de continuo con la
presencia de Rosales, el director de _El Avance_, que, según él, había
de instruirle en lo que era tirar a liebres y avesfrías. Don Miguel
sonreía un poco picado en su amor propio:

--Bueno, hombre; pues que venga... Ya se verá. A aprender estamos.

Y Rosales apareció con Rodeiro en la tarde de un sábado. Rosales era
un hombre de pequeña estatura, seco de carnes, de color cetrino, con
ásperos bigotes recortados y largos dientes de tono marrón. Un vello
abundante y negrísimo envolvía sus muñecas, y no se detenía más que
ante la imposibilidad de crecer también en las uñas. Ante todo--él lo
confesaba--era cazador; después, radical. Tenía algún dinero, que le
permitía vivir con cierto desahogo, y gozaba en la ciudad reputación
de periodista formidable, nunca vencido en polémicas, en las famosas
polémicas con que él, muy de cuando en cuando, porque no gustaba de
prodigarse, desvanecía de satisfacción a sus correligionarios.

Aquella tarde Sergio no dió su lección. Enfrascáronse deliciosamente
don Miguel y su huésped en una charla acerca de su afición común,
y al llegar la hora de la merienda--la partida había de ser al
día siguiente, después que don Miguel dijese su misa, casi con el
alba--sentáronse todos frente a un lomo de cerdo fiambre y a una
panzuda botella de vino del Avia, el mejor de todos los vinos del
mundo, en la opinión bien fundamentada de Rodeiro.

Las anécdotas inevitables surgían entre trago y bocado. Don Miguel
suplicó:

--Venga mañana con nosotros, Rodeiro. Yo le presto escopeta.

--_Vade retro._ No están los caminos para andanzas.

Abrió un paréntesis para elogiar el vino y afirmó después, siguiendo el
tema:

--Yo no creo en eso: bien lo saben. Yo continúo afirmando que es
imposible cazar. Existe la escopeta, el perro, el monte, el cazador, la
perdiz... todos los elementos. Pero lo que no ha ocurrido nunca es que
ese cazador, auxiliado por su perro y haciendo uso de la escopeta, mate
a la perdiz, o al conejo, o a la liebre.

Los otros soltaron la risa.

--¡Este Rodeiro!...--exclamó el radical.

--Pero si en su vida ha encañonado a un triste gorrión... ¿cómo se
atreve a hablar, hombre?... ¡Venga con nosotros: venga a ver y a creer,
caramba!...

--¡Oh!--ponderó el menospreciado--; ¡oh!... ¿quién le contó que yo
no he ido de caza?... Mientras viví en Madrid, en aquel insoportable
Madrid, todos los domingos... Iba con el jefe de mi negociado, don
Ismael Zanón. Iba, claro está, a oxigenarme... Cazar, nunca he cazado
nada.

Y contó largamente. Medio Madrid salía al campo los domingos. Las
estaciones se llenaban de gentes que aún llevaban los ojos hinchados
por el sueño y se dejaban arrastrar por canes corpulentos atados a una
cadena, y sudaban bajo su chaquetón de pana, y su morral, y su cinto
de cartuchería, y su terrible escopeta, y sus polainas, y su sombrero,
en el que triunfaban las plumas de una perdiz o el rabo de una liebre
sacrificados en un festín familiar. Los trenes mañaneros iban invadidos
por este ejército de utopistas. En cuanto arrancaba la locomotora,
los feroces perseguidores de alimañas abrían sus morrales y extraían
el grasiento envoltorio, en cuyo interior hay siempre una tortilla de
patatas o el yerto alón de un pollo. Y comían terriblemente, con un
gesto que haría estremecer a las más animosas perdices.

Rodeiro iba también, cuidadoso de no revelar su escepticismo. Suponía
de buena fe que si sus compañeros llegaban a descubrir que no era
cazador ni creía en las patrañas cinegéticas, le fusilarían en un
rincón del monte, como a un espía que pudiese venderlos. Callaba
y andaba; sobre todo, andaba: kilómetros, leguas, miriámetros, y
a veces, por el buen parecer, disparaba la escopeta, procurando
hacer--decía--mucho ruido.

Su consciente complicidad le causaba divertimiento. En ocasiones se
dividían los cuatro compañeros habituales, e iban dos por aquí y dos
por allá, con el arma preparada, ojo avizor, escrutando en las matas de
tomillo.

--En las matas--explicó él--, que apuntan en aquellos horribles montes
castellanos como mechoncitos de pelo en un cráneo tiñoso.

Don Ismael y Rodeiro iban juntos frecuentemente. Don Ismael tenía un
perro elefantíaco y estaba equipado espléndidamente para cazar; no le
faltaba una tilde: desde las polainas al sencillo alicate para sacar
el cartucho cuando el extractor está reacio. Don Ismael, sin embargo,
nunca mataba pieza alguna. Un día, fatigados ya, sentáronse a la sombra
de un olivar. Era en Aranjuez. En el valle se veía la fronda de los
famosos jardines. Sobre la cinta acerada del Tajo se alzaba una neblina
que seguía el curso del río: semejaba una rúbrica de humo en el aire.
Descansaban los dos cazadores al lado de sus escopetas. Don Ismael
miraba al cielo con melancolía.

--¡Poca suerte!--gruñó.

--¡Sí; poca suerte!--apoyó Rodeiro.

Don Ismael preguntó de pronto:

--¿Ha cazado usted mucho en su vida?

Rodeiro dió un silbido para hacer entender que el número de sus
víctimas no podía contarse con palabras. Pero comprendió al mismo
tiempo que un buen cazador debía saber referir alguna hazaña
insuperable.

--Este verano--aseguró--cacé en mi tierra cincuenta liebres en un solo
día.

--¡Oh, cincuenta liebres!--el asombro de don Ismael era sincero--.
¿Quizás con galgos?

Rodeiro replicó prontamente, sin dar importancia a su declaración:

--No; fué con reclamo.

Don Ismael tuvo un éxtasis de sorpresa.

--Es singular--murmuró como hablando consigo mismo--. Jamás he oído
contar cosa semejante.

Y sintiéndose evidentemente inferior, confesó, tras pequeñas
vacilaciones, como si se hubiese detenido a considerar si Rodeiro era
hombre capaz de guardar una confidencia:

--Yo soy muy desgraciado. No acierto jamás. ¡Nunca he cazado nada,
amigo mío!...

Y sin embargo, había ensayado, había consagrado un mes entero a
ejercicios preparatorios. Compró entonces un conejo. Lo soltaba en el
pasillo de la casa, y el pobre animal huía, azorado, a refugiarse donde
se creía más seguro. Entonces don Ismael salía con el perro por el otro
extremo del pasillo:

--¡Búscalo!...

Y el perro olfateaba y comenzaba su tarea investigadora. Don Ismael
marchaba detrás con una escopeta de aire comprimido. Así se adiestraba
él y adiestraba al perro.

--Nada conseguí--concluyó, mirando a la tierra, donde incontables
esferitas daban fe de la existencia de los conejos y de las liebres--.
Sin embargo, no se puede negar que hay caza. Ahí tiene usted al rey. El
rey mata centenares de piezas en un solo día.

--¡Bah!--respondió Rodeiro, para consolar a su jefe--. ¡Así caza
cualquiera!... Todas las piezas que le sueltan al rey llevan un collar
de cascabeles.

--¿Usted cree?...

--Estoy bien seguro.

Y reanudaron su marcha en silencio. Don Ismael meditaba. En su
cinturón los casquillos de los cartuchos brillaban como las tachuelas
de una cincha... De pronto agarró a Rodeiro por un brazo. Jadeaba de
emoción, inmóvil, con los ojos muy abiertos fijos en un punto del
monte. Indicó en voz baja:

--¡Allí!...

Rodeiro sintió tambalearse su incredulidad. Junto a una mata de
tomillo, a unos treinta pasos, se veía el cuerpo de un conejo, con las
grandes orejas erectas. Lo contemplaron un minuto con estupefacción,
como si fuese el primero que viesen en toda su vida. Después lo
encañonaron. ¡Pum! ¡Pum! ¡Zas! ¡Plim!... Cuatro tiros. Enloquecían. Si
en lugar de dos cartuchos tuviesen veinte en cada escopeta, hubiesen
continuado hasta acabar. Cuando miraron, el conejo estaba en el mismo
lugar en que lo habían divisado al principio. Vociferaron entonces como
energúmenos:

--¡Hurra!

--¡Cayó! ¡Cayó!

Y corrieron hacia él, embriagados de alegría.

Muerta estaba, en verdad, la pieza. Pero su muerte era remota. Un sutil
lazo de alambre unido a una estaquita le rodeaba el cuello. En la parte
que descansaba en la tierra, su cuerpo se había hecho plano; corrían
las hormigas por él; un ojo había desaparecido por completo. Podía
hacer un día o dos que el animal había exhalado el último suspiro.

--¡Qué lástima!--gruñó don Ismael.

Y añadió, vacilante:

--Si a usted le parece... nos lo llevaremos... para no ir así, de
vacío...

Cuando bajaron a Aranjuez ya era de noche. Brillaban los farolillos de
la estación--rojos, verdes, blancos--como una verbena. Una muchedumbre
de pescadores y de devotos de la cetrería--todo el gentío que por la
mañana había salido de Madrid para asolar los montes y despoblar el
Tajo--asaltó el convoy. Don Ismael, ya en el coche, colocó el conejo
bien a la vista; un pescador colgó, próxima a él, la red con el botín
ganado. En la red había hasta una docena de sardinas. Aquel vecino
genial, desconocedor de la ictiología, trataba de encubrir su fracaso
y había adquirido en Aranjuez los primeros pescados que le ofrecieron.
¡Gentes felices con sus inocentes patrañas!...

Pero he aquí que, ya en marcha el tren, comienza a difundirse por el
vagón un olor sospechoso; se acentúa, se hace más y más intolerable...
Rodeiro y su amigo comprenden y palidecen al mirarse. ¡Maldito
conejo!... ¿Cómo es posible que sus compañeros de excursión creyesen
la bella historia inventada por don Ismael acerca de la muerte de un
animal que exhalaba un hedor tan repugnante?...

El pescador había olfateado varias veces. Luego dirigió una mirada de
recelo hacia la carroña putrefacta que se escondía bajo la piel del
conejo. Si se descubría todo... ¡Era el deshonor!... Pero don Ismael,
tembloroso de miedo ante el ridículo, tuvo una idea. Se levantó, cogió
el cadáver como para guardarlo en el morral, se acercó después a la
ventanilla fingiendo mirar el paisaje, y arrojó disimuladamente el
pequeño cuerpo corrompido.

Respiraron.

--Los conejos y las liebres--concluyó Rodeiro--que se sientan por las
noches a ambas orillas de la vía para ver regresar el tren de los
cazadores, han debido reirse entonces largamente.

Rosales y don Miguel habían celebrado la narración con carcajadas. La
botella de Rivero de Avia estaba vacía. Mandaron servir otra, y el
sacerdote reprendió jovialmente a Rodeiro:

--¡Cómo inventa, Dios mío!

Él aseguró que todo lo narrado era verdad.

--Tan convencido estoy de que en el monte no se puede cazar nada, que
si alguna vez me acomete esa pasión seguiré un procedimiento distinto:
haré que mi criada ate por una pata en mi huerto, aquí y acullá,
conejos y gallinas. Luego saldré yo con mi escopeta... Esa es la caza
ideal; créame.

Don Miguel lloraba de risa, porque se imaginaba los esfuerzos de un
conejo para escapar, con la pata sujeta a una col, y el alborotado
cacareo de las gallinas, y a su feligrés avanzando cautelosamente y
haciendo fuego con tanto orgulloso contentamiento como si los cazase en
pleno campo. Cuando pudo hablar, arguyó:

--¡Pero, hombre, no gustarle la caza!... Aunque no sea más que por
admirar el trabajo de los perros... Mire usted que un buen perro,
parándose...

Iba a perderse en una descripción; pero le interrumpió a gritos Rodeiro:

--¡Alto!... No siga usted. ¿Cómo voy yo a admirar a los canes?...
¿Entonces, usted no conoce mis ideas?... Todo lo que se dice acerca
del perro es literatura, nada más que literatura. Eso de que es «el
amigo del hombre»... «el fiel compañero»... ¡literatura! El perro es un
animal de tendencias retrógradas; el perro llega a tener el concepto
de la propiedad; defiende a ladridos y a dentelladas la hacienda del
amo; es individualista; un instinto especial le hace abominar de los
pobres; hasta los canes de los ciegos, que debían conocer la humildad,
enseñan los dientes a los transeuntes. Además, tienen antipatías
voluntariosas. Yo no puedo pasar delante de la taberna de «Miñoca»
sin que su perro se lance contra mí. Una vez me mordió. Sin embargo,
yo nunca le hice mal. Le digo a usted, señor cura, que cuando los
hombres tengan sentido común, en vez de llamar amigo suyo al perro lo
constituirán en símbolo de la burguesía.

--¡Calle usted, calle usted!

--¡Naturalmente!--vociferó Rodeiro--. Si el clero no defiende a
los burgueses y a los esbirros de los burgueses, ¿quién los va a
defender?...

--¡Es que usted es un ácrata!

Y la discusión derivó ya por esta senda tantas veces recorrida por
ambos. Rosales no creyó correcto intervenir. Él era, al fin, huésped
del cura. Sonreía y vaciaba la copa. Cuando los adversarios contendían
acerca de Marx, se oyó un resollar profundo. El ilustre director de
_El Avance_ había llevado su neutralidad hasta el discreto punto de
quedarse dormido.



XI


Los senderos del bosque conocían la tristeza del enamorado. Con la
lejanía de la amada su cariño se sublimó en sentimentalidad y hasta
los menores detalles del pasado feliz se poetizaban. Había llegado
a exaltar en términos novelescos aquella separación violenta, aquel
extrañamiento de la dulce moza rubia y sumisa, cuyas actitudes de
candor eran, precisamente, las que con más ahinco perseveraban en su
memoria.

Y en esta hiperestesia espiritual, las sensaciones se hacían en él
agudas, y muchos viejos espectáculos se le ofrecían como llenos de
un vigor nuevo y como preñados de revelaciones. Era como si hasta
aquel momento la vida, las gentes, las cosas mismas, hubiesen
tenido guardados, hoscamente, secretos que ahora le revelaban con
prodigalidad, con la misma con que en primavera nacen en todos los
rincones y en todos los lugares del campo las cándidas flores de
manzanilla. Los paisajes acentuaron su expresión ante él. Todas las
tardes, al volver de Santa María, Sergio se internaba en el bosque; y
aquel rumor solemne y continuo que iba y venía entre los árboles, y
aquel estremecerse de las ramas desnudas, le invadían de emoción. Todo
tenía un significado de ternura a sus ojos. A veces cesaba bruscamente
el soplo del viento y el bosque entero quedaba inmóvil y silencioso,
como si le sobrecogiese una aparición: las verdes agujas de los pinos
ni aun se estremecían... Sergio pensaba entonces que su alma crecía
en el silencio hondo y extraño y que su pensamiento se extraviaba en
él, como si el Infinito le rozase. Era un vértigo momentáneo. Después
volvía el rumor, desde lejos, desde la linde del bosque, y los árboles
más próximos respondían y los inmediatos, y otra vez los remotos, y
alguna piña verde caía con sordo golpe sobre el musgo, o cruzaba,
piando, un ave invernal de obscuro plumaje. Casi en el centro de la
arboleda había un pequeño claro. El musgo era allí suave y mullido,
en grandes manchas, como cojines de terciopelo. Dos castaños muertos
en la primavera pasada estaban aún en pie; pero sus ramas eran de
negro color, carcomidas y rotas. La corteza de los abedules jóvenes
brillaba con un tono de plata; el tojo crecido tapaba los huecos
entre árbol y árbol; las ráfagas de viento marino no llegaban allí;
era un relicario, donde el invierno vivía, el invierno gallego, verde,
húmedo, melancólico, sentimental; pinos rumorosos, blanco plumón de
espuma sobre las aguas de la ría, unos giros más revoltosos en el humo
azul que sale entre las tejas, un abad bonachón que vigila el paso de
su rocín peludo por el lodo de las corredoiras, risas de mozas en las
«fiadas» o junto a las amplias chimeneas donde duerme el can y donde
el pote ventrudo, que cuelga sobre la hoguera, tiene también cierto
aspecto abacial y bondadoso.

Y pensaba el joven en cien cosas pueriles en esos largos instantes
en que permanecía allí, recogido sobre el corazón de la Naturaleza;
en esas cien nimiedades que salen de lo íntimo de un amor, suaves,
cautelosas, meditativas, como lagartos al sol; pensaba en el frío de
las cosas bajo el invierno: en el frío de un castaño lleno de humedad;
en el aterimiento de todo el pinar, cuando, por las noches, bajo las
estrellas inmóviles, pasaban las ráfagas del Noroeste, impetuosas y
duras, llenas de olor de mar... Cuando desde su casa veía parpadear
entre las tinieblas la luz de otra morada, distante, le parecía que
era una luz perdida en los caminitos de la Gándara, que temblaba de
frío... Tenía ahora esa irresistible propensión a personalizar los
objetos, y sentía a veces en el misterioso mutismo de los árboles
súbitos temores a lo sobrenatural. En más de una ocasión marchó,
apresurado, por ocurrírsele de pronto que en el claro iba a aparecer
con pisadas quedas y la boca entreabierta, como en una sonrisa taimada,
el lobo astuto y hambrón de los cuentos gallegos, que habla con las
gentes y finge la voz de los familiares cuando va a llamar a la puerta
de las chozas, porque sabe que han quedado solas las mujeres.

Su más grande pena era no saber el paradero de Federica. ¿Se había
marchado, en efecto, a la ciudad?... Soñaba frecuentemente que ella
habría buscado acomodo en alguna casa de las cercanías, y que en
cualquier impensado momento la había de hallar, quizá--se enternecía
pensándolo--en la vivienda de unos labradores. Dormiría en la cama
de castaño, de forma de arca, y comería el pan de maíz, y acarrearía
brazadas de hierba húmeda, y se encorvaría sobre la tierra, y los
instrumentos de labranza endurecerían la piel de sus manos... Todo esto
por cariño hacia él, para vivir bajo el mismo trozo de cielo. Cuando
la hallase así, las madreñas hundidas en el fangal de una encharcada
corredoira, la apretaría contra su pecho; el olor aldeano habría
triunfado del suave olor a romero que envolvía su piel; pero Sergio
sabría encontrarlo escondido bajo el pañolón atado a la espalda, cerca
de la carne joven.

O quizá... ¡Si Federica hubiese ido a la casa de la Cruz del Souto!...

Sergio se estremecía de iracundia y de celos. El cadete había marchado
ya; pero tan sólo el recuerdo de aquella tarde en la carretera... Y la
imaginación del joven se hacía trágica y se veía machacando con sus
gruesas botas claveteadas el cráneo del pequeño Souto, con la teresiana
puesta, sobre la misma gradería de piedra de la cruz.

En una de sus meditaciones le asaltó una sospecha. Acaso la novia,
falta de ocupación, sin dinero, hubiese marchado a la casa de sus
padres. Esto le obsesionó tan penosamente como lo anterior. Trataba de
imaginarse a Dumbría como un inmenso pinar; sin saber por qué, asociaba
a la imagen el puertecillo de Puenteceso y los pesados pataches en
cuya cubierta ladraba un perro, y los carros rechinantes, cargados de
troncos de pino... Volvoreta estaba en el pinar, o en los pataches, o
en el carro... y cerca de ella, siempre cerca de ella, en el carro y
en la barca y en el pinar, el aldeano aquel... el desconocido rival
vehemente y furioso como un sátiro...

Pero Sergio se inclinaba más a creer que Volvoreta no se había alejado
de la Gándara, y aun hacía solapadas indagaciones para descubrirla. Un
día, al fin, lo consiguió. Carmela, la aldeana cuarentona que trabajaba
a jornal en la finca, mientras desparramaba la simiente en los surcos,
le dijo, socarrona:

--¿Sabe a quién vi ayer, señorito Sergio?

Aguardó un momento antes de añadir:

--A su rapaza.

Él sintió un vuelco en el corazón. Tardó también en preguntar:

--¿A qué rapaza, Carmela?...

--¡Boh!--la aldeana sonreía maliciosamente--. ¡Boh!... ¿A quién ha de
ser, señor?...

Sergio la miró, vacilante. Decidióse y se acercó a ella, bajando la voz:

--¿Viste a Volvoreta?

--Vi. Así Dios me salve.

--¿En dónde está?

--¡Ay!... Dónde está no sé. Pero ayer, por lo menos, que fuí yo a la
ciudad, en la ciudad estaba.

El mozo suplicó:

--¡Carmeliña... te he de regalar...!--no encontró qué regalar en el
momento--. ¡Te he de regalar lo que quieras si me cuentas todo!...

La jornalera fruncía sus labios, llenos de arruguitas, satisfecha del
apuro del joven.

--Pues todo... ya está. ¿Qué más quería?...

--¡Anda, Carmela!...

Y tras largo regateo de detalles, Carmela contó:

--Vive en la plaza...--no se acordaba del nombre--. ¿Sabe dónde está
el Instituto?... Pues allí, en el 9. Hay una posada, y tienen cuadra
también, que es donde yo dejo la caballería cuando voy al pueblo... Aún
no encontró casa donde servir.

Agregó, volviendo al trabajo:

--Como guapa, es bien guapa, señorito.

Y Sergio aquella noche, encerrado en su alcoba, escribió a Volvoreta
una larga carta en la que nada decía: era la espuma del contenido amor:
una carta lírica en la que vertió una romántica tristeza. La releyó y
quedó satisfecho.

Pensó en los medios de que la respuesta pudiese llegar a sus manos,
y tras una larga cavilación resolvió que se la dirigiese a nombre
de Ramón, el hermano de Chinto, que aún yacía enfermo en la choza.
Él mismo escribió el sobre para sí propio, pegó el sello y lo mandó
dentro de su carta, con un ruego porfiado de réplica: «¡Escribe pronto,
escribe pronto; no vivo sin ti!»

Al siguiente día preparó a Chinto. Fué a verlo a la huerta.

--¿Cómo marcha tu hermano, hom?...

--Va yendo, nada más--se lamentó, sin gran pesadumbre, el criado--. No
sé qué tiene en aquel cuerpo el pobre, que no sale de penas.

--¿No volvió el médico?

Chinto se encogió de hombros.

--¡Boh!... ¡Los médicos!... Ya vió... No le dan con el mal... Allí
tenemos la receta...

--¡Pero Chinto!...

--¿Y usted sabe lo que costaba, señor, que no llegaban dos duros para
ella?... ¡Y total... si ha de estar de Dios!...

Luego añadió, como para justificarse:

--Pero ya lo visitó la saludadora del Carballo, que tiene manos
de santa. Dice que lo que trae a mal traer a Ramón es un «aire de
difunto». Y luego él recordó que en el velatorio del zoquero de Treves
se había sentado en la cama donde murió el hombre. Mañana quedó en
venir la saludadora para quitarle el aire.

--¡Si mi madre se entera, Chinto!

Chinto volvió a hacer un mohín:

--¡Ojalá hubiésemos empezado por esto, que ya estaría bueno el
pobriño!...

Sergio entonces deslizó su propuesta:

--Mira... Tengo un amigo que... ¿sabes?... no quiero que me escriba
a casa... Mandará los sobres dirigidos a Ramón... Que no los abra,
¿eh?... Ya iré yo a recogerlos.

Chinto asintió y ofreció advertirle. Sergio, radiante, volvió a
escribir el mismo día otra larga carta sentimental.

       *       *       *       *       *

Con el aparente motivo de presenciar la curación del mozo, Sergio fué
al siguiente día a la choza donde Ramón era consumido por el mal. Un
grupo de aldeanas esperaba a Chinto; la saludadora del Carballo estaba
entre ellas; era una anciana de ademán recogido, de boca picuda, y
cuyas piernas salían como dos estacas ennegrecidas de los zuecos, de
gruesa suela de castaño. El padre del doliente había abandonado también
sus labores para estar presente al exorcismo. Las cortas patillas
blancas lucían en su rostro carmíneo, y, apegado a las costumbres de la
mocedad, gastaba el corto calzón de botones azules y la parda montera,
y la gruesa polaina rematada sobre el pie en una borla decorativa.
Sentado cerca del hogar, picaba sobre sus propias manos, callosas, los
tabacos de a cuarto. Chinto le deseó al entrar:

--Buenas tardes, mi padre.

--Buenas tardes, hom.

La saludadora comenzó sus funciones. Se había comprado un barreño nuevo
y la vieja lo puso sobre un banco, cerca de la cama del adolorido.
Vació en él unos cuencos de agua. Fué preciso darle alguna prenda de
ropa que hubiese estado en contacto directo con el cuerpo del mozo, y
Chinto le entregó una tosca camisa de Ramón, de la que ella arrancó un
trozo y lo apretó entre sus manos, hasta formar con él una pelota.

Luego cruzó sobre el barreño dos ramas de laurel. Era de rigor que las
sostuviesen dos personas de la familia, y tuvieron que esperar a que el
viejo concluyese de hacer llegar las chispas de su pedernal a la yesca
guardada en el fondo de un trozo de cuerno de buey. Conseguido esto,
encendió su cigarro y se acercó, cachazudo. Sobre las ramas cruzadas,
la saludadora depositó el apelotonado jirón de tela, y prendió fuego
por los dos extremos libres a la cruz. Se alzó un humo oloroso. La
saludadora recitó en alta voz, solemnemente:

      _¡Loureiro que fuches nado_
    _e non fuches enxendrado,_
    _sácall’o aire de vivo,_
    _de morto ou d’escomulgado!_

Un profundo silencio. La emoción supersticiosa se había adueñado de
todos aquellos espíritus propicios a ella. Se oía crepitar las ramas
secas de laurel en la calma aparatosa, llena de misterio. El trozo
de tela comenzó a arder con un humo espeso. Sobre el humo, las manos
descarnadas de la vieja se extendían, y sus labios murmuraban un
susurro de frases como en una oración. Cuando las ramas--apoyadas ya en
los bordes por sus cuatro extremos--se quebraron, carbonizadas, cayeron
al agua y en ella chirriaron los tizones.

La saludadora tomó en la oquedad de una mano el líquido y roció con
él el rostro y la cama de Ramón. El exorcismo había llegado a su fin.
Después buscó la anciana en el barreño el trozo de camisa, quemado ya,
y entre sus dedos nudosos lo abrió al medio, como un fruto de madura
pulpa, y se acercó a mirarlo a la luz. Escudriñaron en él sus ojillos
grises. Opinó al fin:

--No fué otro que el zoqueiro de Treves, meu filliño. Ve aquí uno de
sus pelos rubios.

Acercáronse todos a mirar.

--¡Infeliz!... ¡Era aire de muerto!

--¡Bien tiraba de él el camposanto, infeliz!

--¡Malpocado!

La choza estaba obscura ya; pero por la puerta abierta de par en par
se veía una perspectiva de paisaje lleno del luminoso azul de los
anocheceres.

       *       *       *       *       *

La primera carta llegó, al fin. Sergio la recogió con la misma sorpresa
y la misma alegría que si no llevase cerca de una semana esperándola.
Huyó con ella, buscando un sitio donde poder entregarse a la lectura
con un absoluto aislamiento. Su inquietud le hacía vacilar. El ruido de
un regato que caía entre rocas le molestaba; más allá, era el rumor de
un grupo de robles el que parecía turbar indiscretamente su atención.
Por último, rasgó el sobre en la carretera; extrajo el papel: era
la hoja de un cuaderno de notas, rayada fuertemente de azul. Leyó:
«Apreciable Sergio»... Y cayó sobre su espíritu una gran tristeza.
«¡Apreciable Sergio!»... Creyó adivinar que la carta le traía la
decisión de una ruptura. Continuó leyendo con el corazón estremecido.
«Apreciable Sergio: Sabrás que me alegro tener noticias de tu salud, y
la mía es buena.» Continuaba después: «No me engañes con otra: quién
sabe con qué mujer te estás entreteniendo; pero yo lo sabré... Suya
afectísima», terminaba diciendo.

El joven quedó con los brazos caídos, inmovilizado de estupor. Tardó en
comprender la carta. ¿Qué quería decir todo aquello, tan desatinado e
incongruente? Él no había dado noticia alguna de su salud, ni Volvoreta
podía presumir un engaño. ¡Un engaño!... ¿Con quién?... Volvió a leer
la carta y tuvo tentaciones de romperla. La letra era ancha y desigual,
y aun con el amparo de las rayas azules no consiguieron los renglones
ser trazados derechamente. En algunas palabras faltaban sílabas y la
ortografía en todas. Sergio creyó al principio que se trataba de una
burla. La idea de que alguien hubiera podido interceptar su carta y
mofarse de su lirismo extremado--en mofa soez de gente reunida en torno
a una mesa de posada--y pergeñar aquella respuesta imbécil, le encendía
en vergüenza y en coraje. Esperaba él una contestación como la suya,
apasionada; el relato, también, de la odisea de Federica... Todas las
preguntas de su carta quedaban sin réplica.

Pero pasados los primeros instantes, sosegada su razón, pensó que era
un absurdo exigir de Volvoreta sentimentalidades literarias, y que los
renglones trazados en aquel humilde trozo de papel correspondían a la
comprensión aldeana de una carta de amor. Volvoreta había querido, sin
duda alguna, mostrar cierta elevación epistolar, y había estampado
al final aquel «suya afectísima», que habría retenido en su memoria
alguna vez como detalle de distinción. Probablemente, las lucubraciones
del enamorado eran ininteligibles para su lectora, y las cartas
escritas hasta aquel día habrían quedado sin traducción, sin aprecio
posible.

Rectificó su conducta, se afanó en ser sencillo y en usar expresiones
vulgares en las misivas posteriores. Volvoreta contestaba sin
apresuramientos, cada tres, cada cuatro días; sus cartas comenzaron
a ser pintorescas. Rara era aquella en que su cordialidad no hallaba
concreción en algún verso, probablemente copiado del cancionero
popular. Uno, con especialidad, era frecuentemente repetido:

      Te quiero más que a mi madre,
    y, si no fuera pecado,
    más que a la Virgen del Carmen.

En ocasiones venían también hojas de calendario, con poesías, dentro
del sobre. Las cartas llegaban orladas, con unas ingenuas orlas hechas
a mano, y al final, después de la rúbrica--en la que casi siempre se
clavaba la pluma en el papel y despedía borrones--, Volvoreta dibujaba
unas ramitas, o una flor, o una paloma. Una vez trazó un macaco
abominable, con un cigarro en un oído, aunque bien se advertía que la
intención era habérselo dibujado en la boca. Debajo decía: «A ver si
te conoces.» Federica observó que Sergio usaba algunas veces los puntos
suspensivos, y, creyéndolo de rigor, llenaba con ellos renglones de
extremo a extremo, con una copiosa complacencia.

Al joven todo esto le parecía poco formal; pero quería sospechar que
bajo tales inconsciencias se ocultaba, en su primitivismo adorable,
un sincero amor. Cierto día en que el revés de la carta estaba
absolutamente invadido por una rama formidable, en la que Volvoreta
debía de haberse cegado a fuerza de trazar los redondelitos que
simulaban las hojas, pensó Sergio:

--¡Pobre muchacha...! ¡Lo que ha trabajado aquí!...

Aquella frondosidad le enternecía, y para corresponder de alguna manera
a semejante esfuerzo, le envió una postal de peluche, preciosa postal,
casi tan gruesa como un libro, que tenía unos recortes de celuloide y
un espejito en el centro.



XII


Fué en una de las noches finales de Enero cuando llamaron fuertemente a
la puerta de la quinta. Los Abelendas se disponían a acostarse. Rafaela
entró en el comedor, con un gesto de compunción en el rostro:

--Es el jardinero de la señora de Solís. Viene a pedir el caballo de
Chinto, porque tiene el suyo cojo y ha de ir a la ciudad...

Doña Rosa preguntó, inquieta:

--¿Pasa algo en casa de los Solís?

--La niña, señora, que está a la muerte la cuitada.

--¡Válgame Dios, válgame Dios!... ¡Qué tormento para la pobre madre!...
¡Que vaya Chinto a sacar el caballo de la cuadra; en seguida!

Se asomó al pasillo para gritar a Rafaela, que se alejaba:

--Y que pregunten a la señora si podemos servirle para algo..., que
iríamos allá...

Comentó después, suspirante:

--¡Qué desgracia!... ¡Jesús!...

Sabela suspiró también, contristada; pero no habló. Daban las once y
rezaba a toda prisa una salve que, según sus preocupaciones, debía
terminar antes de que cesasen las campanadas. Madre e hija fueron al
mirador. Al través de los vidrios, donde espejeaban vagos reflejos,
vieron la masa sombría de la casa de los Solís y, en ella, un mirador
iluminado. Y esa luz que, a lo lejos, debía sugerir ideas de tibio
hogar apacible, las espantó como la luz de un velatorio. En medio de
la inmensa negrura del campo, entre la quietud y la indiferencia de
todas las cosas y de todos los seres, ¡qué llamada desesperante hacia
lo Infinito aquel resplandor que huía de la casa como para pedir el
socorro de la enorme tristeza que alumbraba!...

Doña Rosa sintió lágrimas en sus mejillas. Se envolvió en una toca y
salió. Isabel intentó acompañarla.

--No; acuéstate tú. Yo no podría dormir sabiendo tan cercana esa
angustia. Sergio vendrá conmigo.

Y fueron. En casa de la Solís, la criada que les abrió la puerta tenía
los párpados enrojecidos de llorar. Doña María, más pálida que nunca,
con un extraño fuego en el fondo de los ojos, envuelta en un chal
negro, los recibió. Fingió ánimos doña Rosa:

--Como supe que mandaba usted a buscar al médico... Por si acaso yo
podía serle útil, he venido. Ya sabe que a las madres de familia la
experiencia nos permite a veces poder servir... Pero no será cosa
grave... ¿Verdad?

Doña María se sentó en una pequeña butaca, muy envuelta en un chal:

--Sí es. Es todo: es lo que faltaba... Esta maldición que me
persigue... ¡No sé; yo no sé!... Maruja está muy grave, doña Rosa.

Tiritaba en su envoltura, hasta el extremo de oirse a veces cómo sus
dientes chocaban. Explicó:

--Llevo tres noches sin dormir; por eso estoy así, destemplada...

--¡Dios mío!... ¿Cómo no avisó, cómo no avisó?...

Doña María bebió unos sorbos de una tisana humeante:

--Gracias, muchas gracias, amiga mía. No era cosa de causar molestias...

Tenía, casi constantemente, en los labios un ligero temblor que a veces
se acentuaba y distendía las comisuras, como si fuese a llorar. Pero
sus ojos estaban secos. Habló, refiriendo, con esa maternal prolijidad
de detalles, las últimas evoluciones de la dolencia. Había sometido
a Maruja a una sobrealimentación. La pesaba frecuentemente, y la vió
aumentar un kilo en su peso. Mas de súbito, el estómago de la enferma
se había negado a admitir alimentos. Toda la labor cuidadosamente
realizada se desmoronó. En quince días, nada más que en quince días,
consumóse el aniquilamiento. Maruja no pudo abandonar la cama. Estaba
allí, inmóvil, blanca... Parecían haberle crecido los ojos....

--Lo horrible--confesó doña María, bajando la voz, en la que había un
susto secreto del corazón--, lo horrible es que ella se ha dado cuenta
ya... Muchas veces la he sorprendido llorando... ¡Llorando sin ruido,
con un llanto espantoso!...

Ocultó ella la faz entre las manos y rompió a sollozar, angustiadísima.
Todo su encorvado cuerpo se sacudía, como si lo fuese a romper el hipo
convulsivo. Doña Rosa, traspasada por el horror de la confidencia,
no pudo hablar. En un tremendo dominio de su desconsuelo, la madre
se repuso bruscamente y calló, mirando para el obscuro vano de la
alcoba, amedrentada ante la idea de haber sido oída. La de Abelenda la
reprendió con dulzura...

--Se atormenta usted recordando...

Pero ella siguió:

--¡Oh, si usted la hubiese visto!... Pasa a lo mejor minutos y minutos
mirando sus pobres manos, en las que no hay sobre los huesos más
que la piel, tan transparente y tan sin sangre... «¿En qué piensas,
Maruja?» «No pienso en nada, mamá»; y se vuelve, lentamente, hacia la
pared, y está callada, con un silencio tenaz, una hora y otra. A veces
finge dormir, pero yo la sorprendo de pronto, con los ojos abiertos
y la cara humedecida de lágrimas... Y yo, entonces, pido mi muerte a
Dios... Ya ve usted, doña Rosa, ya ve usted; son quince años los de mi
Maruja; los otros dos murieron casi a esa edad. Los he amparado, los
he defendido..., y murieron. ¿Es justo, es...? ¿Podrá haber quien sepa
resignarse...? ¿Se puede morir a los quince años?... Si esto lo hace
Dios, ¿por qué Dios me los dió?... Yo fuí buena; yo fuí siempre buena...

Lloraba esta vez sin sollozos; y entre el llanto repetía su frase
obsesionadora, que era, en sus labios, como una acusación contra la
saña de su destino:

--¡Yo fuí siempre buena... siempre buena!...

Cerca de las doce, un débil quejido de la moribunda la hizo levantar de
la butaca. La alcoba estaba tenuemente alumbrada por una lamparilla.
Los gemidos de la enferma se acentuaron. La madre, cerca de ella, le
hablaba con una voz de sobrehumana ternura:

--¡Marujiña... vamos!... ¿Qué es, qué tienes tú?...

La adolescente agitaba el flaco cuerpecillo bajo las sábanas... Sus
brazos se movieron un poco en el aire y se ciñeron a la materna cabeza,
para volver a abrirse y caer nuevamente sobre el embozo, como si toda
ella estuviese sacudida por una gigantesca angustia interior.

De pronto hizo esfuerzos por incorporarse, con los ojos iluminados
por el miedo--los grandes ojos, que parecían mayores en las cuencas
obscuras--; jadeaba en una congoja escalofriante. Doña María la ayudó a
sentarse en la cama, de la que salió un tenue vaho de sudor de cuerpo
enfermo:

--Pero, ¡qué es... di qué es! ¿Qué sientes, hijiña?

Casi había en su rostro el mismo terror y la misma ansia que en el de
su hija. Y ésta acezaba, como si el pronunciar cada letra le costase un
esfuerzo vital:

--No sé... no sé...

Después miró a su madre. Aseguró con su voz infantil, hecha más aguda y
más débil por el sufrimiento:

--Esto es horrible, mamá... Yo no sé...

Y bruscamente se agarró a ella con una energía desesperada para gritar:

--¡No quiero morirme!... ¡Yo no quiero morir!... ¡Por Dios, yo no
quiero morirme!...

Sonó, alterada por el espanto, la voz de doña María:

--¡Si no morirás, hijiña, no morirás! ¿Quién pensó en tal cosa?...

Sin fuerzas ya, Maruja volvió a caer en el lecho. Doña María se apartó
para que no viese sus lágrimas. En medio de la alcoba se arrodilló,
cayó más bien, y alzó al cielo sus manos, huesosas y marfileñas, en
cuyos dorsos los dedos se clavaban con furia. Y elevó los ojos, llenos
de ira y desesperación:

--¡Dios!... ¡Dios!...

Podía ser una súplica o una imprecación rencorosa la suya. Hízola salir
la de Abelenda y la llevó a la butaca. Sergio, mudo, invadida el alma
por un creciente miedo y una creciente piedad, no se movía del rincón
donde al entrar se había sentado. Tenía también él un punzante deseo de
llorar.

       *       *       *       *       *

Casi al amanecer llegó el médico. Entonces el mozo salió de la
estancia a desentumecer, más que el cuerpo, el espíritu, angustiado en
aquella persistente presencia del dolor. En la cocina la servidumbre
estaba levantada y despierta. No había más que una pequeña lámpara
de acetileno encendida, y a veces corrían sombras misteriosas por
las paredes. Cuando alguien andaba lo hacía en puntillas. La voz del
jardinero resonaba como resuenan las voces en las casas desiertas, de
donde han sido retirados los muebles. Un silencio, que era somnolencia
o era expectación de lo sobrenatural, llenaba las habitaciones y los
pasillos.

Cuando transcurrió Sergio le preguntaron:

--¿Cómo está la pobriña?

Y la más vieja criada opinó:

--Aún durará hasta que suba la marea.

Volvieron a callar. Sonaron después unas tenues pisadas. Doña María,
envuelta en un chal negro, apareció. Llamó al jardinero:

--Llévate a los perros. Bien distantes... Adonde tú veas.

Se lo ordenó casi al oído, como temerosa de escuchar su propia voz,
obsesionada por la idea de que un aullido advirtiese a Maruja...

Sergio se estremeció. Le parecía que toda la casa estaba ya ocupada por
la Muerte.

       *       *       *       *       *

Maruja expiró al amanecer. Aniquilada, sin fuerzas, vencida por lo
implacable del Destino, doña María tuvo, sin embargo, tan sólo un
momento de absoluta entrega al dolor. Después se dejó llevar. No
hablaba ni sentía; sentáronla en un sillón en la galería de la casa,
para que el fresco mañanero la reanimase y le hiciese bien, y allí se
dejó estar, tiritando, con la mirada fija en un punto, tan refugiado su
espíritu cuerpo adentro, que hasta la expresión había huído de sus ojos.

Era invernal el amanecer, y a la vista de aquellas gentes, fatigadas
por la emoción y la vigilia, parecía más triste aún y más plomizo.
Algunas aldeanas que arrendaban tierras de los Solís habían acudido
e invadían la amplia cocina o se agrupaban en el jardín que rodeaba
el edificio. Una, llegada de lejos, refería cómo había visto a media
noche caer una estrella hacia el lado de la casa donde agonizaba la
adolescente. Entonces se acordó de ella y adivinó que iba a morir.

--Es el tercer hijo que pierde--explicó un antiguo casero.

Y entonces, una vieja aldeana afirmó, avanzando en el grupo su mano
encallecida:

--¡Es un meigallo; es un meigallo que cayó sobre los señores!... Algún
mal ojo los vió que embrujó a sus hijos. ¡Mucha envidia hay por el
mundo!... ¡Uno tras otro, los tres caraveles de mi alma! ¡Pobriños!...

Algo más tarde, los señores de la Gándara comenzaron a acudir.
Poupariña llegó disculpando a Celsa, que no podría comparecer hasta
la tarde, retenida por la turba infantil; doña Simona, la de Souto,
traspasada de un dolor sincero ante aquel infortunio; Rodeiro, que
tropezaba en los muebles y en las personas, sin dejar de murmurar a
cada instante:

--¡Gran desgracia! ¡Gran desgracia, caray!

Más tarde fué don Miguel, al trote de su extraño caballejo color
corinto. Había llegado hasta él la noticia por casualidad, cuando se
preparaba a marchar al Carballo, donde se celebraba una fiesta.

Los labriegos abrieron camino y le saludaron respetuosos. Él se encaró
con las criadas de la casa:

--¿Cómo no se me ha avisado a mí? ¿Por qué no mandasteis un propio a
cualquier hora?... ¿Está eso bien?... ¿Qué habrá pensado de mí doña
María?

Su indignación era sincera. Los criados intentaron disculparse.
La señora no había ordenado... Ellos bien se habían acordado del
sacerdote; pero... como el ama no lo mandase... ¿qué iban a hacer?

--¿Y luego?... ¿Va a estar en todo doña María?... ¡Bastantes cuidados
le manda el Cielo a la infeliz!... ¡Andad, galopines, id a avisarla de
que he llegado!

Entre los labriegos corrió un susurro de murmuraciones. ¡Entonces,
habían dejado morir sin confesión a la señorita!... La aldeana vieja
gimoteó:

--¡Mi joya!... ¿Qué pecado iba a tener? A estas horas es más feliz que
nosotros.

La niñera había subido a advertir a su ama. Se detuvo temerosamente en
la galería para anunciar:

--Está ahí el señor cura de la Gándara.

Y entonces doña María pareció salir de su ensimismamiento. Volvió la
luz a sus ojos y oyó:

--¿Le digo que suba?

Doña María se volvió en la butaca para mirar a la servidora, como si
desconociese su voz. Luego irguióse, casi bruscamente, con una insólita
dureza en su rostro. Extendió una mano imperiosamente:

--¡No!

La criada vaciló, sin comprenderla.

--¡No, te dije!

Volvió a caer en el sillón... Le parecía que al arrojar de su casa al
sacerdote en aquel momento había roto con el Señor, en una rebeldía
contra su propio infortunio.



XIII


La cercana visión de la Muerte, su condición de próximo espectador
de aquella dolorosa agonía y de aquella desesperada rebelión
maternal, llenaron durante algún tiempo el ánimo de Sergio de una
honda melancolía y de terrores súbitos. Toda la aldea le pareció
repentinamente asombrada por la tristeza: los grandes olmos sin hoja,
las brumas que entraban por la boca de la ría, densas y pesadas y
blancas, como una pared que fuese avanzando lentamente; la mansedumbre
del paisaje... todo le sugería pensamientos de desolación. ¡Y aquella
lluvia eterna, insistente!... Miraba largo tiempo cómo en la vastitud
de la gándara el viento arremolinaba los largos hilos que caían de las
nubes plomizas, y cómo a veces hacía correr horizontalmente jirones
tenues de humo, que eran agua menuda, y cómo los árboles se curvaban,
luchando, y toda la casa se llenaba de frío y de rumor. Súbitamente,
una racha impelía contra los vidrios un turbión, y el paisaje quedaba
velado, como visto al través de un cristal de esmeril... Entonces
Sergio, recogido en su rincón, invadida el alma de aquella tristeza,
sentía el recóndito deseo de llorar.

Creía a veces advertir misteriosos dolores; se supuso enfermo, y la
diaria contemplación de las tumbas del atrio y de la pequeña necrópolis
de crecida hierba, guardada por dos cipreses, envuelta en la franja de
un tapial, silenciosa y humilde, hacía acudir a sus ojos la humedad de
una emoción.

Pero tuvo un sacudimiento. Una carta de Volvoreta le anunció que había
hallado colocación. La casa parecía buena, aunque había muchos niños,
y no la dejarían salir más que un domingo de cada mes. Sergio sintió
una cólera irrazonable. Le indignaba la idea de que Federica hubiese
de prestar humillantes servicios a unas gentes desconocidas. Aquello
no debía ser. Escribió pidiendo detalles de las personas, de las
costumbres, del trabajo que la imponían. Volvoreta tardó en contestar.
Entonces el enamorado sintió recrudecidos sus celos.

Pensó que, como había ocurrido en la Gándara, ocurriría también en la
ciudad. Otro señorito joven... u otro señorito no tan joven--recordó
los requerimientos repugnantes de don Gerardo--le sucederían a él.
Y él no pudo hallar, tras un examen detenido de las condiciones de
Volvoreta, de aquella extraña naturalidad con que hacía donación de
sí misma, ningún motivo de seguridades para creer en la lealtad de
la novia. Llegaría a ocurrir, acaso habría ocurrido ya... Impotente
y colérico, el enamorado lanzaba a su mente por el obscuro cielo de
sus temores, y la mente volvía como un azor trayendo en el pico y en
las garras imaginaciones celosas. Otro hombre avanzaba como él por un
pasillo enarenado, por unas escaleras crujientes...; y Federica tenía,
bajo sus ternuras, aquella misma expresión de tranquila inconsciencia...

Tardaban las respuestas de la ciudad. En una semana no llegó a su poder
noticia alguna de Volvoreta. Y una noche, al volver de la rectoral,
Sergio halló que su madre le esperaba, con un gesto serio en el
semblante. Llevólo al comedor y cerró la puerta. Después extrajo de su
bolsillo un papel en el que el amante advirtió las orlas rameadas y la
tosca letra de Federica. Dióle un vuelco la sangre. Balbució:

--¿Qué es?

Y doña Rosa, muy grave, con un temblor en la mano que sostenía la
carta reveladora, le dijo:

--Me da vergüenza hablarte de este asunto. Te has olvidado de quién
eres y de quiénes somos, y tengo que recordártelo. Creí que no
insistirías en eso que tuve como una falta de respeto a tu propia casa;
pero eres un mal hijo y eres un hombre sin estimación.

Sergio callaba, arañando el mantel, con los ojos fijos en el suelo.

--¡Con una... criada; tienes amores con una criada!--escupía el
humillante vocablo--. ¿Es eso digno?... Tu padre moriría de vergüenza,
si pudiese verte, desdichado.

Avanzó, en un arranque de iracundia; puso sus manos sobre el hombro
filial y le hizo encararse con el retrato en el que el señor Abelenda,
envuelto en su toga, parecía ir a pronunciar un informe.

--¡De rodillas; a pedirle perdón, a jurarle que no volverá usted a
ofender su memoria en el apellido que lleva!

Sergio se hincó.

--¡Rece usted!

Lo miró, ceñuda, y tras un silencio dirigióse a la puerta. Desde allí
conminó, con voz encalmada, solemne, como si pronunciase un juramento:

--Si llego a saber que insistes en esta locura, te haré embarcar para
América. Quedas advertido.

       *       *       *       *       *

Al amanecer el día siguiente, Sergio huyó a la ciudad.

Durante la noche había madurado su decisión. Se había negado a cenar,
y en la soledad de su alcoba se sintió torturado a la vez por la
vergüenza y por la ira. Le sonrojaba que su madre se hubiese enterado
de aquella continuidad del noviazgo y, más que nada, que hubiese
leído la carta de Volvoreta, con sus incorrecciones, sus versos y
sus corazones ardientes y sus palomas absurdas dibujadas con una
sentimental sencillez. Pensó que todo aquello debía obedecer primero
a una indiscreción y después a una deslealtad de Chinto, que habría
hablado de las cartas consignadas a Ramón y se habría avenido a
secuestrar alguna.

En aquel estado de rencorosa exaltación, Sergio se creyó más enamorado
que nunca y menos dispuesto a consentir que se alzasen nuevas vallas
entre él y la campesina de Dumbría. Desde el momento en que la idea de
escapar se formuló en su voluntad, la acogió con resolución irrazonada.
Huiría. Huiría para no volver. Se imaginó que aquella huída suya a la
ciudad era como si se marchase a una región recóndita y lejana en la
que su rastro se perdiese, y que detrás de él no había de quedar otra
cosa que el sentimiento de quienes le impelían a abrazar el heroico
partido. Hasta tuvo un momento de melancólica complacencia al suponer
a su madre acongojada, arrepentida ya de su rigor, y a Rafaela y a
Chinto paseando por la Gándara, durante el resto de sus días, el hondo
pesar de haber provocado aquella catástrofe de la desesperación de un
Abelenda que huía de su hogar con un hatillo y andaba cuatro leguas a
pie para no volver nunca.

Pensó en escribir una carta, y hasta llegó a precisar algunos términos
pomposos. Pero desistió. En una antigua maleta de cuero agujereado por
la polilla guardó alguna ropa y todas las cartas de la ausente. Guardó
también los libros de estudio--él se proponía ser un hombre y ganar
«a pulso» su carrera--. Esperó el alba, despidiéndose mentalmente de
los obscuros pasillos tantas noches cruzados con los pies descalzos,
y de aquella alcoba donde, en lo sumo de la casa, entraba a veces la
luna por un tragaluz. Con las primeras tintas grises del día abrió
su balcón, arrojó la maleta y se descolgó él mismo sobre el blando y
húmedo suelo del jardín. Una idea sentimental le hizo coger una flor
del frondoso camelio; envolvió la casa en una mirada, creyó un deber
suspirar hondamente y echó a andar carretera arriba...

Por fortuna suya, no llegó a llover; manteníase el cielo entoldado y
corría todo a lo largo del camino un fresco viento que agitaba las
ramas desnudas y hacía rizar el agua de los charcos. Dormía aún la
Gándara; pero en algunas heredades veíase confusamente las sombras de
aldeanos madrugadores. Sergio apresuraba el paso, con un creciente
temor a ser descubierto. Cuando llegó a lo alto de la cuesta se volvió
para abarcar el paisaje que abandonaba, como había visto en una estampa
de asunto de emigración que había en su casa... _El adiós a la aldea._
Cambió de mano su carga y siguió apresurado.

La primera legua la anduvo sin fatiga. Después comenzó a estorbarle la
maleta. El día había abierto ya y pasaban por el camino, en la misma
dirección que el joven, vendedores de piñas y aldeanos que llevaban
a la ciudad la leche de sus vacas en panzudos jarros de metal. Sus
caballejos menudos, de abundante crin negra, arrojaban en el frío
mañanero largos chorros de vapor. Al pasar, las gentes saludaban:

--Buenos días nos dé Dios.

Sergio contestaba:

--Buenos días.

Y las veía alejarse, estimulando con sus voces a las bestias.

La doble fila de olmos había quedado muy atrás. Ahora la carretera
corría casi bordeando el mar, lleno de olas perezosas que tenían
blancas tildes de espuma. La ría era ancha y los montes fronteros
aparecían brumosos. Un bote de parda vela venía hacia la costa, dando
bordadas, muy caído hacia estribor. Y allá lejos, cerca ya del mar
libre, se veía como puntos negros la escuadrilla de traineras salida
antes del alba de todos los pequeños puertos vecinos, arriadas las
velas, dejándose zarandear por las olas llegadas del confín temeroso.

Cuando hubo andado la segunda legua, Sergio se arrepintió de aquel
arrebato de amor a la ciencia que le había hecho guardar en la maleta
los libros de estudio. Seguramente eran ellos los que la hacían
pesada. La dejó sobre un poyo y flexionó varias veces el brazo para
desentumecerlo. Entonces se tronchó el peciolo de la camelia que
llevaba en el ojal del gabán, y hubo de continuar el viaje asiéndola
blandamente con la mano libre. Por último, como le molestase, la
arrojó sobre un montón de grava. Hacia el final de la legua número
tres tuvo tentaciones de solicitar que le dejasen ir en alguno de los
caballejos que aún pasaban, o subirse a los carros chirriantes bajo
montañas de hortalizas. Pero desde un pino paraje vió, repentinamente,
la torre del faro de la ciudad, que se alzaba a lo lejos, destacándose
sobre el fondo gris del cielo y el fondo gris del mar. Cobró alientos.
Comenzaron a aparecer a los lados del camino alegres casas de recreo,
con bosques de eucaliptos y verjas labradas; en la carretera el lodo
había crecido--un lodo negruzco--y las rodadas de los carros lo
surcaban profusamente. Más allá eran pequeñas casitas de obreros las
que formaban calle; los chiquillos, medio desnudos, jugaban en las
cunetas, y las gallinas se paseaban con sordo cacareo entre su prole,
huyendo despavoridas al advertir la proximidad de un transeunte o el
ruido de un carro.

Y en otro instante, más lejos, por encima de los tejados de una
fábrica, otra vez el mar... y la ciudad entera, con su semicírculo de
blancas casas y la mancha obscura de los jardines casi en la ribera,
y el castillo alzado en un islote a la entrada del puerto, y el
rebrillar de los cien mil cristales de los miradores y tres grandes
buques anclados hacia el centro de la bahía, más allá de los vaporcitos
pesqueros y de los barcos de cabotaje. Y sobre todo el conjunto, las
cúpulas de las iglesias, rompiendo aquí y allá la confusión de tejados,
y más alta aún, como una flecha hundida en la pesada nube gris, la
torre del faro, obscura, aguzada, firme, haciendo la centinela del
pueblo y del mar, envuelta en el pardo capotón de su granito...

Silbó cerca un tren. Como respondiéndole, el ronquido de una sirena
llenó todos los ámbitos, y todos los ecos lo repitieron. Y entonces,
uno de los grandes buques se movió lentamente sobre el agua quieta
de la bahía y el humo de sus chimeneas se extendió, agitándose, como
un pañuelo en una despedida... Sergio se sintió alegre y entró en la
ciudad.

       *       *       *       *       *

Fué a albergarse el enamorado a la misma modesta casa de huéspedes en
donde estuvo en los días en que lo llevaban a la capital para hacer sus
exámenes del Bachillerato. Pretextó ir a continuar sus estudios. Puso
a la vista sus libros, desembarazó de lodo su calzado, se acicaló todo
lo que el contenido de su maleta le permitía, y, después de comer, se
lanzó a la calle.

Dedicóse a vagar ante la casa donde Volvoreta había encontrado empleo.
Le pareció un poco estrecha, con cierto aspecto de humildad que le
hacía tener la vieja pintura verde de sus galerías, que el sol había
ido rebajando de tono. La calle no era muy concurrida y Sergio pudo
avizorar desde un extremo el portal de la vivienda, en palpitante ansia
de la aparición de la amada. Transcurrió una hora, dos. Sergio se
apoyó en la jamba de una puerta y continuó esperando. Federica habría
de salir o de entrar en algún momento... Pero Federica no entró ni
salió. Otra hora, otra... El enamorado pensó en subir; pero le retenía
el temor de comprometer a la moza. Desde la acera opuesta atisbó
largamente la galería; vió aparecer en ella una mujer de media edad,
en cierto desarreglo; después unos chiquillos, que consagraron diez
minutos al deporte de aplastar, en competencia, sus naricillas sobre
el cristal; luego, un hombre, maduro ya, que miró insistentemente a
Sergio, tamborileó en los vidrios y volvió a entrar. En toda la tarde
no pasó en la galería cosa de mayor transcendencia que las narradas.

Desanimado, mustio, Sergio vagó por la ciudad, en un soliloquio de
conjeturas. Su anhelo le condujo a la posada donde antes se había
hospedado Volvoreta. Estaba próxima al gran edificio cuadrado y sobrio
del Instituto, en un grupo de casitas humildes. A la puerta, sentadas
en la piedra del umbral, departían dos mujeres del pueblo. Tras sus
cabezas se veía el estrecho portal y un pasillo, y más allá la amplia
cocina, donde había el resplandor de una cansada luz vacilante.

Sergio inquirió:

--¿Está la dueña?

Una de las mujeres respondió, sin alzarse:

--¿Qué le quería?

El joven explicó, un poco turbado:

--Deseo saber si conoce el paradero de Federica, de una tal Federica
que estuvo aquí.

--¿De una que anda a servir?

--Sí.

--¿Que es de allá, de Dumbría?

--Eso es: de Dumbría.

--¿Y luego? ¿Qué le quiere?

--Le traigo un encargo de sus parientes.

La mujer volvió la cabeza hacia el portal y gritó:

--¡Ay, Federica!

Sergio balbuceó, asombrado:

--Pero... ¿está aquí?

--¡Federica!--tornó a vocear la mujer.

En el vano del pasillo, sobre el fondo de luz, destacóse la negra
silueta de la joven.

--¿Qué?

--Ven, que te llaman.

Avanzó. La enorme plaza estaba sumida en el azul de Prusia del
crepúsculo. Preguntó Volvoreta desde el portal:

--¿Quién es?

Y Sergio, con la voz conmovida:

--Soy yo.

Se admiró la joven:

--¿Y tú?... ¡Vaya, Señor!... ¡Quién contaba contigo!...

Salió a la calle. Llevaba una saya vieja y una blusa de algodón,
desprendida de la cintura. Sonrió frente al novio:

--¿Cómo estás aquí?

Las dos mujeres le miraban con atención. Sergio, un poco azorado,
propuso:

--¿Puedes salir?

Hizo ella un gesto y bajó la voz para contar:

--Les estoy ayudando ahí dentro. Pero un momentito, si no es más que un
momentito... Espérame...

Marchó y volvió a salir con una negra toquilla sobre los hombros.
Fueron hacia el centro de la plaza.

--Pues yo estoy aquí por ti.

--¡Boh!--rió ella, incrédulamente.

Sergio se incomodó. ¡Era aquél un buen recibimiento!... Le había visto
llegar como si acabasen de verse la víspera: ni un arrebato, ni un
cariño, ni una frase de júbilo. ¡Era de mármol!... Se lo había dicho
mil veces. ¡Era de mármol!... El tonto era él en seguir queriéndola y
en preferirla a todo y en pasar apuros y correr aventuras por ella.
¿Así es como se paga un amor?

Ella callaba, un poco sorprendida, sin comprender la razón de aquella
iracundia. Y así hubo una pausa. Sergio al fin la rompió, preguntando:

--¿Por qué has vuelto a la posada?

Y ella explicó. Había abandonado a aquella familia; no estaba contenta;
era preciso pasarse los días con los cuatro pequeñuelos arracimados...;
no podía salir...; la cocinera, por otra parte, le tenía muy mala
voluntad. Se detuvo a contar con aire lastimoso alguna mala jugada
padecida. Sergio escuchaba, con un sordo rencor contra aquella gente:

--¡Salvajes!...

Añadió después, meditativo:

--No me gusta que andes así... de casa en casa...

Ella se encogió de hombros. ¿Qué iba a hacer?... Era verdad: ¿qué iba a
hacer?... ¡Si ellos pudiesen estar juntos!...

--¿Tú querrías?

Y ella, con el mismo ademán y la eterna sencillez inconmovible:

--¿Por qué no?...

--¿Cuánto te cobran en la posada?

Una peseta; le cobraban una peseta diaria. Le daban caldo y pescado;
como había mucha gente, Volvoreta tenía que compartir su cama con una
moza de Narahío que estaba también sin empleo. No lo pasaba mal: era
gente muy buena.

Sergio oía, malhumorado. La situación de Federica no era fácil y la
suya mucho peor aún. Se le descubrió, en un atisbo, la locura cometida;
pero de su debilidad propia sacó fuerzas de rebelión. Fué preciso que
acallase tiránicamente sus meditaciones, porque ahora que veía logrado
su objeto, advertía que en la ausencia había poetizado con exceso a la
novia, y aquella blusa desceñida y aquella toca de pelo de cabra, rota
en algún punto, y los viejos zapatos que asomaban bajo la sucia falda,
le causaban cierto malestar. El reloj del Instituto dió una hora con el
toque apresurado de sus campanas. Volvoreta quiso tornar. Anunció él
entonces:

--Mañana vendré a buscarte.

--Bueno.

--Pero...--vaciló un instante--quiero que estés arreglada...; no como
hoy...

--Estaré arreglada.

Atravesaron la plaza sombría, y en el portal obscuro la besó. Entre el
resplandor amarillento de la cocina se veían pasar unas sombras, y a
veces llegaba el estrépito de una tapadera de metal que caía sobre las
losas. Como sintiese el ruido de las pisadas en el portal, salió la
posadera y miró:

--¿Quién está ahí?

Acercóse. Era una mujer gorda y pequeña, de fuertes brazos desnudos:

--¿Quién está ahí?

--Estoy yo--contestó Volvoreta.

Continuó la otra avanzando; curioseó a Sergio muy de cerca para ver su
cara en la penumbra. Dulcificó la voz:

--Buenas noches.

Y después, limpiándose las manos con el mandil:

--¿Es éste tu mozo?

--Es, sí, señora.

--Vaya...; por muchos años.

Sergio sonrió y dió un gruñido, saludando para marchar. Sin saber
por qué, le había molestado aquella pregunta y aquella respuesta. Y
mientras se alejaba a buen paso, se dibujó en su memoria el retrato al
carbón del señor Abelenda, con su toga solemne y su birrete hexagonal.



XIV


Al día siguiente Volvoreta no fué sola al paseo; acompañábala la moza
de Narahío, recia, pequeñita, casi cuadrada, picado por las viruelas
el rostro, y con reciente olor a los bueyes que cuidaba en los montes
de su tierra. Sergio tuvo un disgusto, y aun suplicó a Federica que
influyese para que su amiga se quitase el mandil. Pero el mandil tenía
un precioso «entredós» y formaba un lazo fastuoso sobre la grupa de la
moza, y ella se resistió tenazmente a despojarse de la prenda servil.
Alumbrados por el brillante sol de la tarde, bajo las miradas de los
vecinos, marcháronse los tres. Sergio, contrariado, yendo un paso
más adelante que las jóvenes, creyendo que todo transeunte que por
casualidad les miraba seguía pensando: «¡Vean al de Abelenda con dos
criadas, el muy...!»

Procuró conducirlas hacia las afueras. Al morir el día, como se
tratase de volver a la ciudad, pensó Sergio con rabia en su tránsito
ante los ojos de la multitud junto a la moza de Narahío, y decidió
hacerlas entrar a merendar en un figón que descubrió en los arrabales.
La moza de Narahío pidió pasteles; no los había; entonces reclamó una
lata de pimientos morrones; le gustaban mucho y tenía formada un alta
idea de su distinción. Los comió con pan y bebió una botella de vino.

--La gaseosa--declaró, disculpándose--tira por el flato y no la puedo
tomar.

Sergio casi no despegó los labios durante el paseo, ceñudamente
preocupado en la contemplación del ridículo. Al despedirse recriminó a
Federica:

--Otra vez, si no has de salir tú sola, me avisas. A la moza de
Narahío, que la pasee su padre.

¡Se había atrevido a darle la mano al despedirse; una mano sudorosa y
dura!... Si no estuviese tan indignado, se habría echado a reir.

Después, vagando él solo por las calles, entre el hervidero de la
Avenida, bajo las cascadas de luz de los focos, mareado por el bullicio
de la ciudad, Sergio se advirtió aislado, empequeñecido, falto de
ayuda, y sintió la melancolía trepar por él. Le causó tristeza en
ese momento, hasta que su madre no hubiese ordenado su captura... A
nadie importaba; nadie le recordaba. ¿Qué hacer ahora en la ciudad,
desconocido, inservible, aislado?... Había traído de la Gándara veinte
pesetas, todos sus caudales; aquella tarde había gastado dos. Como en
la fonda le cobraban diez reales diarios, tenía apenas dinero para
vivir una semana. Después... tendría que claudicar, volver a cerrar su
maleta y desandar las cuatro leguas. ¡Qué grotesca entrada la suya en
la finca!... Llegó a pensar que su madre no querría recibirle. Pero él
no volvería así. Primero--lo pensó con lágrimas en los ojos--, primero
embarcaba de polizón en un trasatlántico, como había hecho el hijo de
Miñoca, y se iba a América.

Poco a poco la animación de la Avenida le separó de sus meditaciones.
Encontró un placer en mezclarse entre los grupos, en aspirar el olor a
flores de las mujeres que pasaban, en ver cómo la caja llena de luz de
un tranvía se acercaba o marchaba con destellos lívidos de vez en vez
entre sus ruedas o en el trole, en admirar la extensión pulimentada del
asfalto, donde la luz de los focos tenía un suave reflejo, en dejarse
absorber por la compacta masa humana que iba y venía por la calle
Real, brillante como un ascua entre los resplandores que cruzaban los
escaparates de acera a acera.

Inesperadamente una mano se posó en su hombro. Se volvió. Los ojos
pequeños y vivos de Amaro Rodeiro le miraban severamente, casi al
través de los grandes bigotes.

--¿Qué haces tú aquí?

Sergio tuvo un sobresalto:

--Nada.

--Ven conmigo.

Siguieron una calle transversal y se detuvieron cerca de los malecones
penumbrosos en que el mar chapoteaba.

--A ver. ¿Cómo fué eso?

Pero el joven había recobrado su entereza. Adivinó en Rodeiro un
enviado de su madre. Replicó:

--¡Cómo había de ser!... Que yo soy un hombre ya, e hice lo que debía.

Quiso verter un capítulo de quejas; pero no encontró qué decir.
Embrollóse en puerilidades. Rodeiro interrumpió entonces:

--Todo eso es una estupidez. Es preciso que pidas perdón a tu gente. Lo
malo es--se retorcía el bigote, preocupado--, lo malo es que tu madre
no quiere ni oirte. Está furiosa contra ti.

Y luego, como si hablase consigo mismo:

--Y no hay para tanto, ¡qué diantre!... La moza lo vale, ¿eh?... Yo en
tu caso... no sé...

Sergio declaró, envalentonado:

--No volveré a la Gándara. Si ustedes me llevan, escaparé otra vez. Me
iré a América.

--Tú no eres más que un majadero. ¡América!... ¿Qué ibas a hacer en
América, desdichado?...

Sergio no sabía qué hacer en América y calló. Más sumiso, fué contando
dónde se albergaba y cuánto dinero tenía. Rodeiro le preguntaba
secamente. Al fin le despidió:

--Ya veremos lo que puedo hacer, mientras no se dulcifica tu madre.
Quiere que la vida te dé una lección, y hace bien. Pero no es cosa de
dejar que te mueras de hambre. Ven a verme todos los días. A la una y
media salgo del despacho. Espérame a esa hora. ¡Valiente lío has venido
a armar tú!...

Y se marchó, con un gesto de disgusto. Abelenda fué, en lo sucesivo, a
esperarle a la puerta del viejo caserón donde funcionaban las oficinas
de Hacienda. Al tercer día le dijo Rodeiro:

--Tu madre no quiere saber de ti, y le sobra razón. Tengo seis duros
que te manda tu hermana, pero no te los doy; pudiera ocurrir que los
gastases en tonterías. Serán para la dueña de la fonda.

La suerte del joven le preocupaba. Gruñía delante de él,
frecuentemente:

--¡Si pudiese encontrar para ti algún destino!... Pero está tan mal
esto...

Sin embargo, antes de que la semana transcurriese pudo brindarle una
ocupación. Fueron juntos a visitar a Rosales, y Rodeiro presentó a su
protegido:

--Aquí está el cristiano de quien le hablé: un mozo despierto, que ha
de dejarme quedar bien.

Rosales le miró apenas:

--Créame, Rodeiro, le admito por ser usted el recomendante; pero no
estamos en condiciones de hacer aumentos en la nómina. Aquello no
marcha todo lo bien que debiera. La gente es así: se pasa la vida
clamando por alguien que la defienda, y cuando surge un Quijote le
vuelve la espalda. Éste es un país muerto, querido; no hay salvación.
Si no fuese por los compromisos que uno ha aceptado locamente, yo me
habría retirado ya a mi casita y mandado a paseo a todo el mundo...

Rodeiro ponderó:

--De este muchacho no tendrá usted quejas que darme.

El periodista se detuvo en sus paseos por el gabinete:

--¿Trabajó ya en otros sitios?

--No; no ha trabajado; la verdad...

--¡Mejor, caray!; prefiero gente nueva; así la forjo a mi gusto. En
cuanto vienen de hacer una gacetilla en cualquier papelucho no hay
quien les aguante. Bien; pues que vaya mañana por la redacción, a las
cinco, y charlaremos...

Al salir, Sergio oyó, estupefacto:

--Ya lo sabes; mañana, a las cinco, en la redacción de _El Avance_.
Hete aquí hecho un periodista.

Y ante el susto del joven, Rodeiro rió de buena gana:

--No hay otra cosa, chico; aún tenemos que bendecir nuestra suerte.
¿Qué? ¿No te agrada eso?

Sí, le agradaba, pero sentía un gran temor; asustábale el exceso de
prestigio del cargo y el misterio que sospechaba él tras la palabra
«periódico». Rodeiro le tranquilizó: ya se iría enterando; la labor
de él no podía ser más fácil: recorrer los centros oficiales en busca
de noticias que ni aun tendría que redactar. Poco trabajo. Verdad era
que también daban poco dinero: diez duros. El resto, hasta reunir lo
preciso para la fonda, se lo daría el propio Rodeiro, mientras no se
ablandaba doña Rosa. Y ¡qué diablo!... entrar así, en un periódico, no
era cosa baladí, ni mucho menos. El periodismo es una escala...; siendo
avisado... Podía citar él centenares de personas que habían conseguido
altos puestos, hasta la celebridad, escribiendo para la Prensa. Todo
consistía en saber manejarse. Sergio era joven, no era tonto... podía
hacerse un porvenir.

--Yo creo que tu madre se pondrá muy contenta.

       *       *       *       *       *

Veinticuatro horas después, Sergio Abelenda era gacetillero de _El
Avance_ y ocupaba un puesto en la larga mesa común.

_El Avance_ era redactado casi todo él durante la noche. A las diez
en punto, don Agustín Rosales entraba en su despacho, y poco después
sonaba imperioso el timbre en demanda de café. Don Agustín no escribía
nunca; pero ingería pasmosas cantidades de café para tener despierta
la inspiración en caso preciso. Su principal labor era poner títulos y
apostillas a los trabajos de sus redactores. Un telegrama, por ejemplo,
en que se reproducían las declaraciones de un ministro, lo encabezaba
con este epígrafe: «Palabras, palabras y palabras»... Si era una simple
noticia local en la que se contaba cómo un marinero borracho había
golpeado a su mujer, don Agustín, tras leerla con escrúpulo meditativo,
trazaba debajo, sumariamente: «¡Lástima de cárcel!»... A veces era aún
más compendioso. Escribía: «¡Bestia!»... Los lectores de _El Avance_
sabían encontrar la sabia mano de Rosales en estas filigranas, y la
admiración hacia el terrible polemista crecía.

Dos eran los redactores del periódico: Muñiz, que era el literato
de la casa, y Prego, que escudriñaba durante el día los periódicos
de la región, y por la noche se encorvaba sobre los telegramas,
siempre mustio, siempre callado, con las solapas sucias, con los ojos
enrojecidos... Era un republicano de corazón; había hecho promesa de
andar de luto hasta que volviese el régimen de la democracia, y las
pocas veces que dejaba oir su voz era para hacer citas de Nakens y de
Alfredo Calderón; su espíritu no podía soltar esas muletas. Despreciaba
a Muñiz por banal y culpaba a Rosales de comedimiento. No había escrito
más que un solo artículo, titulado «¡A la lucha!», en el que excitaba
a los hombres de ideas avanzadas a una actuación violenta; ofrecíase
a morir el primero en las barricadas y opinaba que «era preciso
correr si no se quería llegar tarde», porque a él le constaba que
España hallábase agonizante, bajo la tiranía y la concupiscencia. De
este artículo nadie le habló jamás, y su amargura se acrecentó desde
entonces, inconfesadamente.

Muñiz simpatizó en seguida con Sergio. Muñiz firmaba con el galano
seudónimo _Juan del Lirio_. Sergio, al enterarse, se admiró: ¿era
Muñiz _Juan del Lirio_?... Él había visto esa firma muchas veces
y admirado sus divagaciones preciosistas, y hete aquí que este
joven vestido con afectación, grueso y con los ojos abultados, era
auténticamente _Juan del Lirio_... ¡Quién iba a suponer!... Muñiz lo
envolvió en su protección. En su primera charla aseguró que él era,
positivamente, el escritor regional que con más lectores contaba.
Después, ya puesto en el camino de las confidencias, no tuvo recelo
en afirmar que su sentimentalidad le daba un gran partido entre las
mujeres.

--Y mire usted, debe ser mi sino: todas me tocan histéricas. Cada amor
mío es una novela de refinamientos y de exaltaciones. Figúrese: ellas
histéricas y yo histérico también...

--¡Ah!--balbuceó Sergio, sin comprender, en tono de condolencia ante el
mal--; ¿usted también es histérico?

--Histérico; sí--aseguró, resignadamente, Muñiz.

Continuó. Ahora estaba en relaciones con una estupenda mujer, que
tocaba el piano vestida con una bata de encaje y con lazos azules en
los muslos. A lo mejor interrumpía la ejecución, vertiendo lágrimas, y
se abrazaba a él, pidiendo que le jurase que morirían juntos.

--Ya ve usted; esto es terrible.

Pero tenía otras dos... Era para no acabar la historia.

--Y luego, como yo soy así... tan pasional... ¿Vió usted ese cuadro
que hay en la dirección: una matrona que simboliza la República? ¿No
se fijó usted en que tiene un pecho desnudo?... Pues yo, amigo mío, no
puedo mirar para ella apaciblemente. Ya le he pedido a don Agustín que
lo mande repintar para ocultarlo...

A la una de la noche Muñiz se marchó con el director. Sergio, sentado
en su silla, después de leer todos los periódicos que se amontonaban
en la mesa, comenzó a sentir sueño. La redacción estaba en un silencio
profundo; rasgueaba, incansablemente, la pluma del triste autor de «¡A
la lucha!» Llegó la canción de un borracho. Después toda la casa se
llenó del ruido de las máquinas, que comenzaban a tirar las primeras
planas del periódico. Y aquel ruido, constante e igual, un poco
amortiguado por los tabiques, acunó a Sergio y lo durmió.

Pero despertó al sentirse sacudido. Prego le miraba fríamente, con sus
ojillos rojos:

--Dé una vuelta por ahí antes de que cerremos, a ver si ha ocurrido
algo.

El joven se levantó, ruboroso por su falta:

--¿Qué debo hacer?

--Vaya a la Delegación de Policía. Todas las noches es preciso hacer
eso a las dos.

Envolvióse Sergio en su gabán y salió. Una fuerte ráfaga le abofeteó
en la puerta. La calle estaba en una completa obscuridad; cuando los
calendarios anunciaban plenilunio, y aun en los primeros días de cuarto
menguante, el Municipio apagaba las luces después de media noche. Pero
la luna se había puesto ya o los nubarrones la ocultaban; y así la
calle estaba sumida en una negrura amedrentante. Sergio, sobrecogido,
se arrimó a una jamba. Llovía misteriosamente entre las sombras y
en todos los alambres silbaba el viento con angustiosos quejidos.
En una y en otra acera, las azules llamitas de gas de los faroles,
no totalmente extinguidas, temblaban, tan sutiles y tan tenues, que
parecían ir a morir. Y eran como fuegos fatuos que fuesen en procesión
entre la noche... El rumor del mar agitado se advertía en toda la
ciudad, y el viento parecía traer el olor y la humedad de aquellas
olas que su misma furia hacía estrellar contra los malecones, en una
explosión de espuma... Sergio sintió miedo; miedo a lo sobrenatural que
podía existir cabalgando en las rachas, o agazapado en las tinieblas,
o gimiendo en los hilos telefónicos; miedo también a las historias
de perversidad que había oído referir acerca del pueblo en la paz
aldeana: el ladrón audaz, el asesino siniestro, el vagabundo impío...
Suponía él una legión de malhechores deslizándose cautelosamente en
la sombra propicia y asaltando con el puñal en la mano aquellas casas
silenciosas, como ocupadas por difuntos, perdidas en penumbra... Esperó
de un momento a otro oir entre los aullidos del temporal el grito de
agonía de una voz humana... Y se apretó más contra la puerta...; no se
atrevió a marchar. Esperó. El agua de la lluvia corría por su rostro;
el miedo lo sujetó, empujándole hacia el quicio con su mano fuerte
y helada... Cuando pasaron veinte minutos entró. Prego le interrogó
fríamente:

--¿Ocurre algo?

--No.

--Pues márchese.

Sergio vaciló. Pudo encontrar una disculpa con que encubrir su pánico:

--Está lloviendo a mares.

Se tendió en el largo diván, y el constante y lejano runrún de las
máquinas volvió a dormirle.



XV


Al anochecer solían verse los enamorados. Atravesaban la amplia plaza
e iban hacia los andenes que orillaban el mar. Alzábase la ciudad
en una península, y a uno y otro lado las aguas formaban dos senos:
en el mayor y más resguardado agolpábase todo el tráfico marítimo:
grúas chirriantes, malecones ennegrecidos por el carbón, muelles
laboriosamente asentados entre las arenas, y sobre el mar las lucecitas
de los grandes buques y el cabeceo continuo de las lanchas, que, cuando
se movían al impulso de los flexibles remos, eran como un enjambre de
moscas de río, yendo y viniendo y entrecruzándose en la vastitud de la
bahía.

La ensenada que al lado opuesto de la ciudad abría su semicírculo
rocoso, apenas tenía otra utilización que la veraniega de los
baños. En las demás estaciones quedaba en el abandono y en la
soledad. Desaparecían las alegres banderas de los mástiles pintados;
encerránbase, desarmadas, las casetas de lona; el mar, hinchado por
los vientos del Noroeste, batía obstinadamente, un mes y otro mes, en
los cantiles y en la mampostería del andén... Hoscos edificios--una
fábrica, un convento, después las tapias de un solar, casitas humildes
de mareantes--daban su espalda a las olas, que a veces escupían sobre
ellos su espuma. Ni una luz, ni una ventana que dejase resbalar un
resplandor hasta la arena. Y en la arena, a veces, una vieja barca
cansada, quilla al sol, dejándose rellenar de estopa sus grietas y
acariciar por las brochas alquitranadas, con la misma complacencia
perezosa de un animal espulgado por su dueño.

Los novios caminaban por el andén. Al embocarlo, el enorme raudal
del aire libre llegado de lo infinito, bravo aún, todo saturado de
olor a mar, la ráfaga inmensa que venía de silbar en los palos de un
bergantín, de estorbar la marcha de un trasatlántico, de arrugar el
océano en olas formidables, de guiarlas después, corriendo ante ellas
y sobre ellas, hasta los cantiles y las playas, les envolvía, les
empujaba, en prisa por entrar en la ciudad y asaltar las calles en un
revuelo de papeles viejos y en un susto repentino de las galerías,
que temblaban, y de las muestras, que comenzaban a oscilar en el
dintel de los comercios. Después, el estruendo de las olas que venían
entre las tinieblas, desmoronadas ya por su choque contra los bajos,
rodando sobre sí mismas, misteriosas, invisibles, en toda la longitud
de la playa... Este ruido acompañábales como una amenaza continua. En
un extremo del andén, cerca de un bosquecillo de pinos jóvenes, se
sentaban, y les parecía quedar aislados de todo, en aquella sombra
densa, bajo la grave admonición del mar. A veces, el ascua del cigarro
de un carabinero vigilante les alarmaba en su refugio escondido. A
veces también, el rumor de los arbustos les hacía evocar la fronda de
la Gándara o los bosques plácidos de Dumbría. En un lejano promontorio,
en la boca de la ensenada, la linterna del faro parecía morir por
instantes. Temblaba su reflejo, como una flecha de oro en el mar, y se
veía el largo brazo de luz ir recorriendo lentamente los cuatro puntos
cardinales. Cuando llegaba a ellos el fuerte haz luminoso, se separaban
cohibidos, instintivamente, como si fuesen descubiertos por un severo
ojo vigilante que desde un agujero abierto en el cielo negral, hiciese
la centinela de las malas acciones humanas en el desamparo del mar y en
el desamparo de las sombras terrenas.

Y este mismo vago temor les sobrecogía largo tiempo, deliciosamente;
pasaban a veces siluetas calladas, otras parejas de enamorados que se
ocultaban en la noche y a las que sólo se advertía por el crujido de
la arena en el andén; se veía la lucecita remota de un barco cruzar,
rayando las tinieblas... En ocasiones se alzaba la espuma de una ola
cerca de ellos, como un fantasma blanquecino, y caía después con el
son de una fuerte tela desgarrada. Entonces huían, entre amedrentados
y rientes, como si hubiesen visto al océano asomar una mano robusta
y ávida sobre los malecones para llegar junto a ellos, apresarles y
sumirles después en su hervor.

--¡Nos va a alcanzar!...

Y corrían, cogidos de la mano, con una angustia que era al mismo tiempo
placer... Y cuando las luces de una calle herían sus ojos, se admiraban
secretamente de encontrarse ya en la ciudad, tranquila junto a aquella
furia cercana.

       *       *       *       *       *

Las inquietudes de Sergio no desaparecieron totalmente con su presencia
en la capital; en más de una ocasión despertaban sus celos ciertas
observaciones que él agigantaba. Alguna vez Volvoreta no estaba en
casa al anochecer, y aparecía ya tarde, justificándose con la busca
de ocupación. Pudo sorprenderla en coloquio con un sargento, y,
por último, después de una labor de investigación que realizó para
averiguar el origen de una peineta de celuloide que apareció un día
entre los rubios cabellos de Federica, logró saber que se la había
regalado un mozo vecino con quien solía charlar. Sergio se enfureció
y aun dedujo de esa conducta de Volvoreta amargas máximas filosóficas
acerca de la condición de las mujeres. Con ansia de batir al enemigo en
su propio terreno, fué poco a poco comprando para ella estupendas joyas
en los comercios que poseían brillantes al boro y piedras americanas.
El anillo de cobre que lucía aún en la mano de la moza fué sustituído
por una intachable esmeralda de dos pesetas; Federica tuvo, por el
mismo procedimiento, fastuosos pendientes de amatista, un _pendentif_
de platino y brillantes, y un imperdible que figuraba un lagarto, con
los ojos formados por dos rubíes. Total: nueve pesetas y cincuenta
céntimos. Federica daba brincos de alegría ante cada nuevo despilfarro
del novio, y los domingos iba como una india, toda llena de cristales
de colores engarzados en latón. Pero era feliz.

Una noche, en la cocina de la posada, se trató de ir a un baile.
Era Carnaval; llovía; y Sergio había entrado, después de la repetida
invitación de la hospedera. Un campesino borracho de aguardiente dormía
sobre las losas, con la chaqueta enrollada bajo el cráneo, teniendo aún
pegada a los labios la negruzca colilla. Dos mozas recién llegadas a la
ciudad, mustias y silenciosas, contemplaban el fuego desde un rincón,
pensando quizá en sus hogares de la montaña. La joven de Narahío
mondaba ligeramente un montón de patatas y las dejaba caer en un balde
de cinc. Propuso la posadera, ordenando los leños bajo el trípode:

--Lo que debíais hacer era ir al baile.

La moza de Narahío suspendió su labor:

--También es verdad, señora. Pues por mí que no quede.

Volvoreta rió; las rapazas del rincón siguieron mudas. Entonces la
posadera cruzó sus manos sobre el vientre deforme:

--¡Válgame Dios, qué juventud ésta!...

Increpó a las del rincón:

--¿No vos da vergüenza, soiniñas?... ¿Qué vades vos a buscar a la
América, coitadas?... Quisiéralo saber. A vuestros años no había baile
ni romería donde yo no estuviese.

La de Narahío apartó el balde de sí, arrastrándolo con estrépito sobre
las losas.

--¡Vamos nosotras, porra!... ¿Qué tenemos que ver con ellas?

Y se puso en pie como si ya fuese a partir para el baile. La posadera
se echó a reir, haciendo temblar la blanca masa de sus pechos. Idearon
el disfraz y requirieron a Volvoreta para acompañarlas. La joven se
negó tibiamente, con cierta envidia hacia la dichosa independencia de
las demás. Al despedirse aclaró Sergio:

--Supongo que no te dejarás convencer. ¿No irás al baile?

Y ella, con brusquedad de incomodo:

--¿No me has oído decir que no iré?...

Sin embargo, Sergio no pudo desechar la celosa inquietud. A las doce
se escapó del periódico y fué al baile. La luz de los focos parpadeaba
sobre las puertas del teatro; un hombre ebrio, disfrazado con un tieso
y crujiente impermeable de pescador, canturreaba inmóvil, resignado a
no poder separarse de la pared, en la que se había apoyado. Era aquél
un baile público, en el que los arrabales volcaban sus legiones de
mozos inciviles y la ciudad sus mujerzuelas y sus jayanes. Una mezcla
de cargadores del muelle y de señoritos devotos de la crápula fácil.
En los pasillos se alineaban, detrás de sus cestas, las vendedoras de
naranjas y de refrescos gaseosos: una murga atronaba todo el ámbito.
Pero los gritos, los zapatazos, los rugidos de la muchedumbre eran más
poderosos que el estrépito musical. Sergio se detuvo en la entrada del
patio, sobrecogido por cierto temor. Le pareció haberse asomado al
infierno, tal y como don Miguel lo describía en los sermones de la misa
dominguera. Cada ser humano era un energúmeno, cada boca un grito, cada
brazo un aspa, y en todos los rostros había llamaradas del incendio de
alcohol. A veces un grupo de gente se extendía como una cadena, trabada
por los brazos--cincuenta, sesenta locos--, y brincaba desaforadamente
sobre el tablado, haciéndolo cimbrear, con un ruido como si todo el
teatro se derrumbase. En los palcos se habían guarecido mujeres que
llevaban un mantón de Manila o un traje escotado; la turba que llenaba
el salón lucía disfraces de una arbitrariedad nauseabunda; algunos
eran sencillamente colchas llenas de lamparones; otros, ajados trajes
de campesinos; otros, capuchones desgarrados que aún conservaban el
lodo por donde los había arrastrado la máscara que lo alquilara en la
fiesta anterior; ciertos bailarines se habían contentado con ponerse
la americana con los forros hacia afuera; en muchas caras, el hollín
había sustituído a la careta, y entre la negrura abrillantada por el
sudor, los ojos y los dientes lucían una aguda ferocidad. Y todo estaba
envuelto en una niebla de polvo y de humo y de vaho vinoso de dos mil
bocas, que atenuaba la luz de las lámparas; y olía a vómito y a sudor
agrio de cuerpos sucios y a la miseria que aquellas gentes dejaban en
sus chozas de los arrabales y en sus casitas del barrio de pescadores,
y a las esencias baratas del tocador de las mujerzuelas...

Sergio pensó en marchar; pero se sobrepuso su ansia. Cuando pisó el
salón rompía a tocar la murga, y se vió repentinamente envuelto en
el ir y venir atropellado de las parejas. Fué empujado, prensado,
pisoteado; le pareció que iba a ahogarse e intentó salir; pero lo
rechazaron hacia el centro del patio, y allí quedó, un poco más en
calma.

Entonces se dedicó a escrutar las mujeres. Vió pasar a la posadera con
un solo trozo de antifaz sobre la cara envejecida, imponente con la
doble ampulosidad de sus carnes y de una sábana flotante; llevaba en
las manos un soplillo de mimbres y se abanicaba con él, a la vez que se
dejaba remolcar al compás de la danza por un hombre macilento, huesoso,
que clavaba los dedos engarabitados en la espalda de la posadera y
dejaba caer el cráneo casi sobre el suculento cogote de su conquista,
en una traza que podía ser de lujuria o de hambre avivada por tanta y
tan próxima carnosidad.

En una joven que entrevió bailando con alguien que llevaba un disfraz
de labriego creyó descubrir a Volvoreta: la misma estatura, el mismo
pelo del color de la miel... Luchando a codazos entre el gentío intentó
seguirla. Se extravió, injurió a un marinero que le había aplastado un
pie, enredó los botones de la americana en el fleco de un mantón...
Quiso volver al centro del patio y no pudo lograrlo. Cuando cesó la
música lanzóse en descubrimiento de la máscara sospechosa. La encontró
entre un tumulto; el labriego se la había echado a la espalda, como
quien carga un saco, y daba torpes brincos. La mujer agitaba las
piernas en el aire, chillando y riendo. Al fin logró desprenderse.
En la parte que la careta dejaba ver del rostro del rufián, entre la
barba, sin rasurar, corría el sudor en gotas. Sergio, ceñudo, contempló
a la muchacha; no era Federica: más gruesa, más alta, con una voz
chillona... No era...

Y corrió detrás de todos los cabellos rubios y de todos los cuerpos
de talle análogo al de la novia. Veinte veces le pareció divisarla,
y otras tantas se convenció de su error. Subió los diversos pisos
del teatro. En los pasillos, ocupados por mesas, se cenaba
bulliciosamente. Arriba ya, en los corredores que llevaban al paraíso,
había apenas doce o quince parejas misteriosas. Ellos, hombres
casados o jóvenes enemigos de la turbamulta; ellas, tal vez criaditas
recatadas, modistas aventureras o entretenidas infieles. Cuando alguien
subía hasta el corredor había una misma actitud de disgusto y de
azoramiento en las parejas; se cuchicheaba; las caretas no se separaban
ni un instante de la faz... Los disfraces eran igualmente meticulosos:
«viudas», «dominós», una «doncella», una «Colombina» con medias de lana
roja y peluca color canario...

Muñiz pasó con una mujer hinchada, monstruosa, que se balanceaba bajo
su capuchón al andar, como si fuese un globo pleno de hidrógeno que
estuviese a punto de desprenderse del suelo. El periodista la abandonó
un momento para acercarse a su amigo:

--¿Va a ir al diario? No diga que me vió, ¿sabe?

Después, bajando la voz:

--Es una mujer estupenda, ¿eh?... Fíjese qué pechos.

--¿Histérica también?

--¡Ay, amigo!... Perdidamente... ¡La peor, la peor!... Ya se lo contaré
mañana.

Y huyó a brinquitos. Sergio no le envidió. Le había parecido una
anciana la amiga de su compañero. Cuando quiso comprobarlo, otra
máscara le volvió a su obsesión primera. Ahora se trataba de una
«viuda», que al pasar había clavado en él sus ojos verdes. Ésta podía
ser... seguramente era... Hasta juraría Sergio que advirtió en ella
un movimiento de sorpresa, y que le había visto apretar más fuerte el
brazo de su galán. Les cortó el paso y la miró con ansia. Ella entonces
sujetó con la mano enguantada la barbilla del antifaz. Descendieron las
escaleras. En el piso inferior los distanció el gentío. Aún pudo ver la
cabeza del acompañante de la máscara sobresalir entre un grupo. Luego
los buscó inútilmente. Subió, bajó, se internó en el salón, escrutó en
los palcos, persiguió a otras mujeres vestidas de negro... Nada vió...
La moza de Narahío, sin careta, pequeña y redonda, encendida con el
buen color montañés, bailaba una jota sin música entre las cestas de
fruta, en el desenfreno de la dinámica. Abelenda la llamó:

--¿Viste a Federica?

--No--respondió ella, limpiándose el copioso sudor.

--Di la verdad: ¿vino Federica?

--No. Págueme una naranja.

--Mira--amenazó Sergio, con toda la rabia acumulada aquella noche--,
como yo descubra que ha venido Federica, a la posadera y a ti os pateo
como a odres. Ya lo sabes.

Y se dirigió a la puerta para marchar. La de Narahío quedó un momento
confusa; pero después corrió tras él, indignada:

--Oiga... ¿A quién va a patear usted, señorito esfamiado?... ¡Atrévase,
que me basto yo sola para escorrentarlo!... ¡Lampantín!...



XVI


Don Agustín le confió cierta vez a Rodeiro con aire de honda melancolía
su mala impresión acerca del futuro de Abelenda en el periodismo.
Tenía dos capitales defectos: falta de instinto reporteril y una gran
timidez. En los centros oficiales se burlaban de él, dándole noticias
absurdas; desconocía en absoluto todo cuanto pudiera relacionarse con
la política; las referencias que llevaba al periódico eran siempre
vagas y deficientes.

--Y es una pena, ¿sabe?, porque el muchacho no es tonto.

Y cuando Amaro refirió a Sergio el descontento del director, el joven
no pudo justificarse. Sin duda, no había nacido para hacer gacetillas.
Jamás podría decidirse, por ejemplo, a molestar a un señor, afligido
por un incendio en su casa, para interrogarle ante la hoguera
desoladora acerca de cuánto importaba el seguro y cuál era la edad de
la vieja que se había achicharrado en las boardillas. La inoportunidad
del cuestionario se le revelaba tan vivamente que volvía a la redacción
sin las notas. Podría ser «falta de instinto reporteril», como afirmaba
Rosales, y era, desde luego, timidez, la timidez que en las ciudades
cohibe a las gentes del campo. Esto constituía para él frecuentemente
motivo de conturbación. Uno de los fracasos a que su cortedad le
arrastraba había ocurrido unos días antes en el café París. Un domingo,
cierto compañero suyo del Bachillerato le había descubierto, entre
grandes ponderaciones, a una bailarina que trabajaba en el tal café.
Fraguaron una aventura.

--Tú--insinuó el amigo--, con tu carácter de periodista... ¡figúrate!...

Y tomaron asiento en una mesa, después de convencerse de que sumaban
seis reales las monedas de cobre que guardaban en sus bolsillos.

La bailarina se llamaba Lulú. Lulú es un nombre típico, ligero, de
frivolidad, representativo de una época. Cuando queráis penetrar en
el espíritu de un siglo, averiguad qué nombres llevaban las mujeres
que vivían en él. En las edades heroicas se llamaban Brunequilda,
Fredegunda... palabras fragorosas y recias. Cuando el romanticismo
paseaba por los senderos la pluma enhiesta de los trovadores había
Isaura y Graziella... La época de misticismo bautizó a muchas Diosdada
y Luzdivina. Este siglo comenzó creando a Lulú, y a Fifí, y a Frufrú:
lo sutil y lo trivial, la bagatela aterciopelada.

Esta Lulú presentábase embutida en un trajecito de hombre. Tenía en los
ojos obscuros una mirada pecadora, y la corta melena le envolvía el
rostro en algún rápido giro del cuerpo sobre sus pies de niña. Sergio
asistió a esta revelación deslumbradora con el mismo interno cosquilleo
de quien vende el alma al diablo o del que da el primer mordisco en
la fruta del árbol del Bien y del Mal. Tomaban los dos amigos el
deplorable café entre un cabo de Artillería que fumaba un cigarro
hediondo, y un cochero de punto que escupía en el mármol de la mesa. A
veces el cabo apartaba el puro de la boca para gritar «¡ole!» con el
mismo tono con que podría decir «¡marchen!» Y entonces, el cochero,
transportado de La Coruña a Triana, se decidía a vociferar:

--¡Tu mare!...

¡Oh! ¡Sergio y su amigo hubiesen dado sus títulos de bachilleres por
poder gritar como aquel cabo o como aquel cochero pervertido! Pero el
mozo del café, próximo a ellos, con su negro traje y su pelo brillador
partido pulcramente, les inspiraba un respeto temeroso... Por fin
se decidieron a acompañar con los tacones bajo la mesa. Y cuando el
camarero les miraba, al acaso, se aquietaban, como cuando les miraba en
clase el profesor de latín.

Terminado el baile, la mocita saltó del tablado. Fué y vino entre las
mesas. El cabo le gritó al pasar su ¡ole! imperativo. La pequeña Lulú
se detuvo entonces, ocultas las manos en los bolsillos de su chaqueta:

--¿Convida usted?

El cabo expuso bruscamente su opinión de que debía convidarla su madre.
Ella hizo un mohín. Miró después a los dos amigos con su obscuro mirar
malicioso, y preguntó sonriente:

--¿Convidáis?

Enrojecieron; sonrieron también, pero con esa sonrisa de los azorados,
que sólo dilata un extremo de la boca. Al fin, el camarada de Sergio
balbució:

--¡Si a usted le gusta el café!...

Mas el cochero agarró a la bailarina por un brazo y la hizo sentar
junto a él.

--¡A ver, mozo!...

En la calle detuviéronse los amigos, desesperados:

--¡Mira que si llegamos a tener dos reales más, nada más que dos
reales, lo suficiente para haber quedado bien!...

       *       *       *       *       *

La consecuencia de su apocamiento proporcionaba al joven agudos
sobresaltos. Casi todos los días, sobre su carpeta, el implacable don
Agustín acumulaba, marcados con lápiz rojo, los recortes de los otros
periódicos que contenían relatos de sucesos de los que Abelenda no
había tenido ni la sospecha. Esto le producía una constante inquietud.
Singularmente Boado, el repórter de _La Independencia_, un joven
diminuto, activísimo, conocedor de todas las gentes y por todas las
gentes conocido, conmovía sus nervios con su sola presencia. Cuando
Sergio le veía pasar con su paso rápido y menudo, haciendo girar el
bastón en grandes círculos, se advertía presa de la angustia. ¡Gran
Dios! ¿Qué noticia transcendental había adivinado aquel hombrecillo
de azogue? ¿Adónde caminaba? ¿En busca de qué suceso recóndito?...
Sergio concluía por seguirle cautelosamente. De buena gana le hubiese
acometido muchas veces para arrebatarle las cuartillas en que le veía
trazar rápidas anotaciones. ¡Y cómo envidiaba aquel desenfado con que
el rival charlaba con el capitán general, y aquella sencillez con que
detenía al gobernador en la calle, y aquella audacia con que, en la
visita hecha por un príncipe a la ciudad, le vió subirse a uno de los
automóviles del séquito!... ¡Oh, Boado era su pesadilla constante!...
Deseaba arrodillarse ante él con las manos juntas y suplicar, gemebundo
y rendido:

--¡Boado, por Dios, no corra usted por las calles, no dé vueltas
nerviosas al bastón, no tome notas en sus cuartillas, no tutee usted al
inspector de policía, Boado!

Un día presentáronle en el café a un periodista madrileño que había
hecho el largo viaje para servir a su diario una _interview_ con
_Manazas_, un afamadísimo torero que debía desembarcar, de regreso de
América, en la ciudad. El recién llegado estaba radiante porque era
el único revistero de la corte que iba a tener el honor de hablar a
Vicente--él llamaba al diestro por su nombre de pila--al pisar tierra
española. Comunicó a Abelenda noticias del entusiasmo que el «fenómeno»
despertaba en Madrid.

--Es una locura. Mire usted: en un cine se exhibió una película de
cierta faena de Vicente en Méjico. Antes aparecía Vicente de paisano,
en un café, y hacía así, saludaba y se quitaba el sombrero, sonriente.
Bueno, pues... fué un delirio. El público del cine aplaudía y
vitoreaba... Fuera había empellones por entrar... Y es que vale mucho,
¡mucho!... Ese hombre... si no fuese demasiado modesto...

Y preguntó de pronto:

--Aquí se le dará un banquete, ¿no?

Sergio tuvo que responder, con cierta pena:

--No.

--Bien, pero irán comisiones o algo así, ¿eh?...

Repitió, ya avergonzado:

--No.

--Pero--clamó, sorprendido y colérico, el colega--, ¿no se hará nada?...

Y Sergio, ya francamente consternado:

--¡Nada; ni aun se sabe que va a llegar; ni aun importa que llegue!

Se miraron con desolación. Abelenda creyó su deber bajar la vista
humildemente.

Meditando después, en su ansia de merecer alguna alabanza de Rosales,
decidió Sergio que había llegado la ocasión de lucimiento, y se
resolvió a la _interview_ con el coloso de la tauromaquia. Cuando fué
divisado el trasatlántico, casi de noche ya, embarcó con el periodista
madrileño en la lancha de vapor donde ya se acumulaban varias personas:
los carabineros, los consignatarios, algún mozo de hotel. El joven
indagó anhelosamente y no vió a Boado. Le dió un brinquito de júbilo
el corazón. Por esta vez, él le _pisaría_ un suceso de importancia al
terrible rival... Trepidaba la lancha, avanzando. Casi en la boca de
la bahía se detuvo a esperar al monstruo, que mostraba a lo lejos las
filas de sus luces. De noche ya; con una neblina ligera; velada la luna.

Pasó un vapor de pesca, mirándoles con su ojo verde y su ojo bermejo.
Un frío húmedo entumecía a los que esperaban. El trasatlántico seguía
aproximándose lentamente. Fondeó, al fin. Acercóse la lancha. En lo
alto de la escalerilla, los ojos atónitos de Sergio descubrieron la
figura desmedrada e inquieta de Boado, que había ido a bordo con el
personal de Sanidad, antes que nadie.

--¿Y Vicente?--gritó, ya en la cubierta, el revistero cortesano--.
¿Dónde está Vicente?

Vicente estaba allí, envuelto en un gabán, calada la gorra de viaje.
Le cercaron. Atisbando entre el colega de Madrid y el rival de _La
Independencia_, Sergio pudo ver el largo rostro y las cejas pobladas y
la nariz abundante y los abultados labios del ídolo. El ídolo contó que
el viaje había sido bueno, que el día de su beneficio le había dado un
toro un puntazo y que estaba ansioso de pisar tierra firme. Pero esta
última declaración confidencial fué interrumpida por el madrileño; el
madrileño quería saber detalles del puntazo. El diestro explicó:

--Fué al capear el cuarto. Lo quise pasar por delante y se pasó por
detrás... Entonces amparé el golpe con una mano... Perdí dos domingos.

Aquello era muy confuso para Abelenda... El fotógrafo llevado a bordo
por el revistero intervino para disponer la _pose_ del _Manazas_. El
hombre de la corte se apresuró a colocarse junto al torero y aun apoyó
una mano en su hombro, con un aire de familiaridad llamado a suscitar
la envidia de media España. Surgió el fogonazo del magnesio. Luego
marcháronse todos, deslumbrados, tropezando en los baúles y las sillas
desparramadas sobre cubierta.

En el _fumoir_ del buque, mientras el coloso tomaba café, Sergio,
que le había seguido y que palpitaba de emoción en aquel _vis-à-vis_
ambicionado, se esforzaba por ordenar en su ánimo las preguntas que
debía dirigirle. Meditaba en que las ocasiones de hablar con un
hombre notable son pocas y es preciso exprimirlas. Por algo la Prensa
madrileña hacía viajar a sus redactores, y los fotógrafos derrochaban
el magnesio, y el público se batía en la corte a la puerta de un
«cine» para ver proyectada aquella faz tosca, como hecha a puñetazos,
y admirar en ella una sonrisa de la enorme boca de labios callosos.
Sergio sospechaba que tenía ante sí la _interview_ sensacional con que
enloquecer a los mil setecientos noventa lectores de _El Avance_. Pero
no acertaba... Preguntó una vez, con el tono de quien pregunta por la
familia de su interlocutor:

--¿Y los toros?

--Bien... Unos buenos, otros malos... De todo.

Abelenda sonrió, como si esta declaración le desentrañase un misterio.
Intentó el aspecto internacional.

--¿Cómo andan las cosas en Méjico?

El _Manazas_ encendió un cigarro, puso la caja de cerillas sobre la
mesa y el puro sobre la caja. Después revolvió el azúcar en el vaso.
Murmuró:

--¡Muy mal, muy mal!... ¡Aquella revolución, amigo!...

Y se consagró a beber el café. Sergio le vió alargar los labios, en
la succión, como si quisiese llegar al fondo, y miró luego cómo la
prominente nuez del torero se agitaba en la garganta, en un goloso
subir y bajar, con un ruidillo de contentamiento. El _Manazas_ dijo
después:

--El día que llegamos a la Habana hicieron volar los restos del _Maine_.

Sergio se animó.

--Se puede hablar de su emoción al ver cómo desaparecían esos penosos
recuerdos, ¿eh?

Y el _Manazas_, recapacitando, concedió:

--Bueno.

Abrióse otra pausa. Sergio mordía el lápiz, interiormente desesperado
por no saber hacia qué asunto dirigir sus inquisiciones. Iba a abrir
la boca para preguntar al ídolo qué color prefería y cuál era su autor
predilecto, cuando Vicente se levantó. ¡Diablo!... Ahora recordaba
que debía afeitarse. Desde otra mesa, donde apuraba un _cok-tail_, el
revistero madrileño, temeroso de separarse del _Manazas_, gritó:

--¿Adónde va el astro?

Y cuando el astro explicó, meneó el revistero la cabeza, y lo vió
marchar, con mirada cariñosa.

--«¡Oh--se leía en aquel mirar--, con qué estremecimiento de veneración
tocará el peluquero de a bordo esa coleta!... Con qué voz respetuosa
y temblona detendrá un momento la navaja para preguntar: ¿Lastima,
maestro?»...

       *       *       *       *       *

Las cuartillas en que Abelenda consignó, tras grandes sudores, la
_interview_ con _Manazas_, no tuvieron éxito. Rosales las rasgó,
desdeñoso:

--Esto no importa a nadie aquí. Haga simplemente una gacetilla.

Y aun tuvo una crueldad. Al pie de las tres líneas en que se daba
cuenta del regreso del astro, puso el notable polemista uno de sus
rotundos comentarios lacónicos:

«¡Bien pudo quedarse!»

Decía así: «¡Bien pudo quedarse!» Sergio, desolado, pensó en que si
alguna vez llegaba a encontrarse con el _Manazas_, era hombre muerto.



XVII


Con una alegría que se vislumbraba al través de aquella su apacibilidad
constante, Volvoreta le anunció, mientras paseaban por los andenes,
cerca del océano amansado ya, dormido en la dulzura de las primeras
noches primaverales:

--Mañana entraré a servir en casa de los Acevedo.

Refirió muy prolijamente las preguntas que le había hecho la señora,
el aspecto del comedor, con sus bandejas de plata por las paredes,
el susto que había sentido ante un terrible perrazo que vió en el
vestíbulo, y que resultó ser de cartón piedra... Toda la casa era
señorial. La habían admitido para doncella de la señorita Luisa, y
afirmaba ahora que no podía haber encontrado una ocupación mejor en
todo el pueblo.

Callaba el joven, oyéndola, internamente roído por aquella celosa
prevención contra el bajo oficio de la novia. Inquirió, al fin,
malhumorado:

--Y ahora, ¿cómo hemos de hacer?

Federica no podía aún decírselo. Era necesario esperar, conocer las
costumbres de la casa, saber los días en que habían de permitirle
salir...

--Tú escríbeme.

Sergio no escribió. Espiaba la puerta de los Acevedo y podía ver
alguna vez a su amada, vestida de nuevo de pies a cabeza, airosa,
gentil, notoriamente satisfecha al lado de la lujosa Luisa. Cuando,
inopinadamente, se cruzaban, Sergio solía saludar con un rendimiento
cortés, al que la señorita contestaba apenas con un leve movimiento
de sus ojos más que de su cabeza. Federica mirábale rápidamente, y
nada más. El primer domingo, Sergio hubo de soportar el copioso relato
de todas las costumbres y peculiaridades de la casa, y la referencia
minuciosa de un viaje que Volvoreta había hecho en el automóvil, al
lado del _chauffeur_, desde la calle donde vivían hasta la cochera,
que estaba doscientos metros más allá. Y todo con una hiperbólica
alabanza: la señora, un alma de Dios que se detenía muchas veces a
charlar con ella; la señorita, un ángel que ya le había regalado un
montón de puntillas y ropa blanca casi sin usar; ¡como tenían la misma
estatura!... Ropas de hilo, finísimas... Precisamente llevaba puestos
unos pantalones que... en su vida había soñado.

En los días de la segunda semana Sergio advirtió que Luisa no
contestaba ya, ni con los ojos, a su saludo. Volvoreta, en cambio,
se permitía sonreir para él y aun murmuraba un adiós sin el antiguo
recato. El nuevo domingo llegó, y mientras el joven paseaba en espera
de la salida de la moza, como alzase los ojos a los balcones, vió a la
señora de Acevedo, que le hizo amablemente la insinuación de subir,
varias veces repetida, porque Sergio, entre receloso y admirado, no
obedeció a las primeras indicaciones.

Mientras ascendía por la escalera pensaba él que quizá fuese llamado
para hacerle oir una reprensión por sus amores con Federica. Pero ya
en el comedor, ante el gesto sonriente y la melosidad de la señora de
Acevedo, se aminoraron sus temores. Sin embargo, la presencia de Luisa,
sentada con cierto abandono junto al balcón, y también la de Volvoreta,
endomingada ya, de pie, medio oculta tras una cortina, en una actitud
pudorosa, conservaron viva la inquietud de Abelenda.

La de Acevedo le observaba al través de sus impertinentes de mango de
concha. Le interrogó con su voz atiplada e insinuante, que repetía
monótonamente las palabras:

--¿Y usted es de allá, de la Gándara? ¿No es eso?... ¿De una familia de
la Gándara?...

--Sí, señora; de la familia de Abelenda.

--¡Vaya, sí; ya sé: de la familia de Abelenda!... Y ¿qué tal? ¿bien?
¿su familia bien?...

--Bien, sí, señora.

Daba vueltas al sombrero. La mujer no dejaba de observarle con una
curiosidad escrupulosa:

--Claro; la familia bien... Naturalmente... Pues me alegro, hombre...

Conocíase que hablaba sin pensar sus frases. De pronto se volvió hacia
Luisa, para exclamar:

--No comprendo por qué decías tú que yo le conocía. En mi vida he visto
a este joven.

Luisa calló. Sergio, sin comprender nada de lo que ocurría, explicó:

--He tenido el gusto de saludar a ustedes en casa de don Manuel del
Souto.

La de Acevedo volvió a alzar los impertinentes como si le fuesen
precisos para mirar al pasado. Recordó, o fingió recordar:

--Sí... sí... La Cruz del Souto... En efecto... Muy bien.

Y sin transición, pero acentuando más aún la empalagosa dulzura de su
acento:

--¿De modo que usted es el que está tan enamorado de Federica?

La inopinada pregunta y aquel ponderativo adverbio con que aparecía
admirativamente agigantada su condición de amador, le hicieron
enrojecer bruscamente. No se atrevió a mirar a Volvoreta, que, turbada
asimismo por el rubor, enrollaba la cortina entre sus manos casi hasta
hacer de ella una cuerda. La señora continuó:

--Ya me dijo ella que usted tiene muy buenos propósitos y que piensa
casarse en seguida... ¿cuándo piensa usted casarse?...

Las mejillas de Sergio se pusieron al rojo cereza. Sentía sobre él un
enorme ridículo, y aquel desdén con que Luisa continuaba mirando a la
calle le hacía más daño que si se hubiese reído de él. Quiso negar, y
dirigió una ojeada a Volvoreta, que continuaba retorciendo la cortina,
sonrosada y riente, clavados en él los cándidos ojos color de mar. Le
faltó valor para desmentirla. Balbució:

--¿Casarnos?... pues... no sé...

Entonces la de Acevedo le dirigió un discurso conmovedor, para explicar
su ingerencia. Ella era siempre como una madre para la servidumbre
de su casa. La bondad de su corazón se vertía especialmente sobre
Federica, joven, hermosa y desamparada. Por eso había querido conocer
detalles del noviazgo, para impedirlo si llegaba a sospechar de su
rectitud. Pero Sergio le agradaba, le parecía «un muchachito bien
educado». (Al llegar a este punto se interrumpió para advertir a
Volvoreta que la cortina no podría soportar por más tiempo aquella
tortura.) Exhortó al joven para que se convenciese de que la verdadera
riqueza está en el espíritu, y añadió que aunque Federica no tuviese
más que dos ferrados de tierra en Dumbría, sus condiciones de mujer
trabajadora, honrada y obediente hacían de ella un partido ventajoso
para un hombre sensato. Para terminar ofrecióse generosamente a ser
madrina de boda, y declaró su satisfacción porque Sergio quisiese de
tan pura y noble manera a la criada.

Volvoreta, radiante, se creyó en el caso de intervenir con mimo:

--¡Boh!... Lo que él tiene es zalamería y nada más...

Sergio desfallecía, agobiado por la sensación del ridículo. En la calle
sintió pesar sobre él la mirada de la de Acevedo, asomada nuevamente
al balcón para verlos marchar. Federica intentó ofrecer a su señora el
espectáculo de sus ternuras y dió un pellizco en un brazo a su novio.
Pero Sergio rugió sordamente y le respondió con un empujón.

Enteróse Abelenda aquella tarde de que la infatigable curiosidad de
la mujer del banquero había obtenido de la vanidosa locuacidad de
Volvoreta abundantes revelaciones de sus amoríos. Hasta aquellas cartas
de los primeros días, trazadas bajo la inspiración del lírico incendio
en que el enamorado se consumía, fueron puestas en manos de la de
Acevedo.

--Las leyó y dijo que eras muy listo--le confesó, satisfecha, la moza.

Desde entonces la intervención de la dama en el noviazgo fué constante.
Un día le mandó por conducto de Volvoreta un ejemplar de _Los tres
mosqueteros_, «porque como se dedicaba al periodismo, le convenía
conocer los buenos modelos para saber escribir». Otro día, la señora
insinuó su disgusto porque Sergio perteneciese a la redacción de
un diario radical que no publicaba «Ecos de Sociedad» y que ponía
comentarios impíos a los sermones de Semana Santa. Cierto domingo en
que Volvoreta no pudo salir encontró el joven en la fonda una carta
concisa en la que se citaban varios refranes que convenían en demostrar
cómo el deber es primero que el amor y cómo ve Dios con agrado a las
jóvenes que prescinden del deleite de pasear con sus novios para
atender a las ocupaciones caseras. La letra y el estilo no eran los de
la moza. La de Acevedo intentó conseguir que Volvoreta consagrase las
horas libres a asistir a las escuelas dominicales, para que pudiese ser
una digna esposa con rudimentos ortográficos. Pero Sergio se opuso,
ardiente en ira, contra aquella tutela que sólo le proporcionaba
el placer un poco perverso de admirar los amplios pantalones y las
tenues camisas de la hija de los Acevedos junto a las carnes firmes de
Volvoreta.

Al cabo de dos meses la situación tomó de pronto un rumbo distinto.
Federica anunció sus propósitos de abandonar la casa de sus amos.
Sergio supo que cierta señora, ligada a Volvoreta por un parentesco
remoto, había llegado de América y se quedaría a vivir en la ciudad.
Federica, llamada a su lado, recibiría de ella una consideración
filial. Se había acabado la esclavitud. Insinuó hasta la posibilidad de
heredarla. Y todo esto mereció de su novio una aprobación sin reparos.

Trasladóse la joven a su nueva vivienda. Era una casita limpia y de
construcción reciente, pero pequeña y humilde, enclavada en una calle
del arrabal eternamente sola. Sergio había logrado permiso para ir por
las tardes, hasta el anochecer, a conversar con Volvoreta, a la que la
anciana daba el nombre de sobrina y un trato hasta tal punto cariñoso,
que más parecía ser la moza la que mandase. Servíalas una mujer de la
vecindad, que no dormía en la casa, y la vieja no vigilaba jamás las
conversaciones de los enamorados, aunque, por síntomas diversos, no
parecía distinguir consideradamente a Sergio Abelenda.

Federica era feliz con su cambio de fortuna. Poco a poco advertíanse
en ella refinados progresos: se cortaba las uñas en pico, y el olor
a romero de sus carnes había sido derrotado por el olor a violeta
de un bote de perfume de escaso precio. Su dormitorio era en los
primeros días un lugar de estupefacción, donde la vista caminaba
de sorpresa en sorpresa. Cerca de la cama--demasiado grande para
servicio de una soltera--había hecho colocar un aparador de pino,
porque tenía un espejo que ella quería utilizar en su tocado. Una
enorme lámpara con muchas arandelas y brazos retorcidos pendía sobre
la cama... Sergio no comprendía cómo se pudiese dormir allí sin la
pesadilla de morir aplastado por un desprendimiento. La pared estaba
cubierta de litografías arbitrarias. Sobre la cabecera del lecho,
un cuadro exhibía la visión simbólica de una balanza, uno de cuyos
platillos tocaba el cielo resplandeciente, llevando la dulce carga
de los bienaventurados, mientras que el otro, donde se hacinaban los
pecadores, descendía hasta el pavoroso y ennegrecido antro infernal,
donde unos cuantos demonios bailaban contentos ante la copiosa remesa.
La mano de Dios, entre nubes esplendorosas, sostenía la balanza. Cerca
de la estampa simbólica, igualmente encerrada en un marco obscuro y
sutil, otra litografía suavizaba la honda impresión que la anterior
pudiera dejar en el espíritu, solazando los ojos con el espectáculo
de unas perdices muertas junto a un besugo, al frondoso amparo de una
coliflor depositada junto a sus suculentos cadáveres como una ofrenda
lírica. En otro cuadro, un cazador besaba a una pastora. En otro podía
admirarse la escala de las categorías, desde el labrador--«Yo mantengo
a todos»--hasta el Papa--«Yo rezo por todos»--, muy solemne, con dos
dedos erguidos para bendecir.

Todo este desorden, provocado por el afán de Volvoreta de acumular
junto a sí las riquezas del modesto mobiliario, fué siendo corregido
poco a poco por una mano misteriosa. El aparador y la lámpara pasaron
al comedor; luego aparecieron en el pasillo los cuadros eclógicos. En
el techo de la alcoba fijóse un farolón de cristales rosados que daban
una voluptuosa luz. Y un día Volvoreta mostró a su novio, emocionada
como ante un suceso que cambiase el curso de su vida, un amplio baño
de cinc colocado en un cuarto interior, sobre un trozo de linoleum.

Sergio pudo observar cómo en el alma de Volvoreta se despertaba--quizá
por el fenómeno de su liberación--una fuerte antipatía contra las de
Acevedo. Le hablaba de ellas largamente y sin que nada provocase el
tema. Diríase que estaba rencorosamente poseída por la obsesión de sus
últimas amas. Sergio supo que la señora tenía los dientes postizos
y que en su juventud había sido modista de sombreros. Se enteró
también de que usaba medias de goma porque padecía várices, y de que
su edad excedía en cinco años a la de su marido. En cuanto a Luisa,
era una criatura insubstancial, llena de orgullo, que, aunque supiese
disimularlo, se perecía por los hombres.

--A mí me odiaba--dijo un día--porque cuando íbamos juntas por la calle
me miraban más que a ella. ¿Te gusta esa mujer?...

Sergio opinó:

--Vales tú más, naturalmente; pero... vamos... no es fea.

Federica hizo un mohín. Concedió que, en efecto, algo valía; pero la
acusó de tener los pechos muy blandos.

Después contó:

--A ti no te quería bien. Una vez, al pasar tú, dijo a sus amigas:
«Ese es el novio de mi criada».

--¿Dijo así?

--¡Y con un desprecio!... Yo estuve a punto de protestar... Porque eso
de llamarle a una «criada»... aunque una esté a servir, que bastante
desgracia es... «Criadas» son las escobas... No sé cómo la he podido
soportar durante esos dos meses...

Desde aquella charla, Sergio compartía la indignación de su novia
contra Luisa. Y más de una vez, cuando sus manos acariciaban sobre
Volvoreta las sutiles camisas o los holgados pantalones de la hermosa
hija del banquero, saboreaba voluptuosamente con los ojos cerrados el
placer de una dulce venganza...



XVIII


La redacción de _El Avance_ tenía en las primeras horas de la noche
una animación de casino. En el despacho del director reuníanse
siempre varios personajes, accionistas del periódico o ligados a él
por afinidad de opiniones, y se comentaba muchas veces la vida de
los convecinos y alguna vez los altos problemas nacionales. El mozo
del café entraba con refrescos y licores. Y al oir el anunciador
tintineo de las copas en la bandeja, Prego alzaba el pálido rostro de
las cuartillas, miraba a Sergio y a Muñiz y decía todas las noches,
indicando con un movimiento de cabeza el cuarto de Rosales, donde
penetraba el camarero:

--¡Y a nosotros que nos parta un rayo!... ¡Vaya una democracia!...

A la una el último visitante se había marchado ya. Pendientes tan sólo
de las noticias telegráficas, cada cual aprovechaba aquel descanso a
su manera. Muñiz solía hojear el Enciclopédico, en busca de palabras
desconocidas con que deslumbrar a los lectores de sus crónicas. Prego
extraía de su cajón un voluminoso legajo y se dedicaba a trazar números
y nombres. Había conseguido que un alcalde rural le confiriese la
misión de confeccionar el reparto de Consumos. A Prego le molestaba
esta colaboración en una obra del caciquismo; pero los cuarenta duros
que había de cobrar por ella le hicieron sucumbir. Tenía un hijo
anémico... Pensaba alquilar una casita en las afueras y llevarlo allí.
Algunas tardes el pequeñuelo iba a buscarlo a la redacción para ser
paseado por veramar, y asustaba el verlo tan pálido, tan sutil, con
esa atroz gravedad de los niños tristes, una gravedad que parecía
reflexiva. Cuando Prego y su hijo, igualmente enlutados, igualmente
taciturnos, igualmente verdosos, paseaban de la mano por la ribera,
diríase que aquel niño de seis años llevaba también en su espíritu la
indesterrable melancolía del fracaso de la República.

Don Agustín, cuando sus contertulios se retiraban, solía consagrarse
a su voluptuosidad favorita: se armaba con un grueso garrote,
subía el cuello de su americana, como si quedase así disfrazado
incognosciblemente, y salía a cazar. Cazaba gatos. Su lugar de
operaciones era un sucio y próximo callejón, al que acudían en busca
de despojos algunos escuálidos felinos sin hogar o de espíritu
aventurero... Don Agustín se acercaba cautelosamente y caía sobre
los infelices con el bastón enarbolado. A veces se sentía desde la
redacción el ruido del garrote rebotando sobre las losas, arrojado por
Rosales contra algún huído animal. Entonces los periodistas se miraban
riendo:

--¡Ahí anda ya don Agustín!...

Y cuando don Agustín entraba, inquirían:

--¿Qué tal se dió hoy?

--¡Pch!... Quedan ahí dos piezas...

Le brillaban los ojos de júbilo, y en ocasiones obstinábase en que
saliesen a ver el cadáver de algún buen ejemplar, tendido, con la
boca contraída aún, mostrando los dientes agudos, y un ojo saltado
por la violencia del golpe. A Abelenda se le encogía el corazón,
Rodeiro censuraba muchas veces aquella crueldad; pero el terrible
polemista perseveraba en su afición y hasta la defendía con argumentos
sensacionales.

--Entonces, ¿qué?... ¿He de reducirme a la caza inocente de la liebre
y de la perdiz?... Yo soy un cazador de sangre; yo debía estar
persiguiendo águilas y preparando trampas para los leones. Ahora, éste
es un país atrasado, donde no hay ni un triste chacal, y yo no puedo
irme al centro de África. Pues seguiré cazando gatos. Al fin, el gato
¿qué es?... El gato es un tigre pequeño. Cuando los acoso, se agazapan,
se les hincha el pelaje, bufan como una pantera, brillan sus ojos, de
furor, como el ascua de mi cigarrillo... Y saltan sobre mí... Como
usted lo oye: saltan sobre mí, magníficamente. Es el minuto de mayor
emoción... Además, cada gato tiene su manera especial de morirse: no
hacen como los conejos, ni como las liebres... Ayer le rompí a uno la
espina dorsal... Se arrastraba hacia mí sobre las patas delanteras,
mayando, con medio cuerpo vivo y el otro medio inerte, mirándome con la
rabia de su impotencia para herirme... Fué emocionante... Palabra de
honor...

Rodeiro gemía, compadecido:

--¡Es horrible! ¡Es horrible!... ¡Usted no tiene entrañas!...

       *       *       *       *       *

Algunos tipos pintorescos rompían de cuando en cuando la monotonía de
las noches de redacción. Era a veces un _globe-troter_, que refería
cómo estaba ganando un premio de miles de pesetas por andar por el
mundo a pie y sin dinero, por incomprensible capricho de una sociedad
científica; o era el personaje notorio recién llegado a la ciudad y en
torno del cual se formaba grupo; o era el prestímano o el guitarrista
que iba a trabajar en este o el otro teatrito y que se obstinaba en
hacerles anticipadamente testigos de su mérito.

Cierta noche la puerta de cristales se abrió para dejar paso a un
hombre gordo, de largas barbas, de abundante ceño, que conservaba un
aire atrayente y de distinción dentro de su pantalón raído y sus botas
despedazadas y su corto gabán color café, visiblemente cosido para
otras espaldas menos robustas.

El hombre hizo una reverencia en el umbral y se acercó a la mesa:

--Salud. El señor director, ¿está visible?...

Se avisó a Rosales. Cuchichearon largamente. Al fin avanzaron hacia el
despacho, y el polemista, entre la vaga curiosidad de sus contertulios,
dejó caer estas palabras:

--Un compañero nuestro, expulsado de Portugal por conspirar por la idea.

Corrió un murmullo de simpatía. El hombre del gabán color café hizo
otra reverencia y volvió a decir:

--¡Salud!...

Cediéronle un sitio en el sofá y dirigiéronle algunas preguntas. Él
contó su odisea. Era portugués, de Matusinhos, pero criado en Buenos
Aires; se había puesto de acuerdo con la masonería lusitana. Tratábase
de hacer saltar la Monarquía con la fuerza redentora de una máquina
infernal que habían construído en un sótano. Todo estaba tramado. Pero
surgió un traidor: descubriéronles. Dos conspiradores habían fallecido
misteriosamente en la cárcel.

--Los otros ocho fueron enviados a Lourenço Marques, donde hay
antropófagos.

--¿Antropófagos?--clamó, asombrado, el concurso.

--¡Antropófagos!--afirmó el hombre de las barbas, con una sombría
seguridad, moviendo el ceño peludo como los pliegues de un acordeón--.
¡Antropófagos!... La Monarquía sostiene algunas tribus en ese instinto
para que se nutran con los deportados... Mis pobres compañeros--agregó
con voz ronca--han sido devorados ya a estas fechas...

Elevó, con lento ademán de comprimida iracundia, una de sus anchas
manos vellosas, en las que las uñas negreaban. La mano se mantuvo un
poco tiempo en el aire, entre el silencio piadoso; después descendió
sobre la copa de coñac de Rosales, la apresó y la vació en la boca del
fugitivo. Todos comprendieron que su tribulación era amarga y profunda.

Continuó su relato. Él había conseguido huir, disfrazado de buhonero.
Anduvo y anduvo--allí estaban sus botas destrozadas--al través de los
campos, durmiendo en los pajares, muerto de ansia y de hambre... Cuando
pisó tierra de Orense se volvió para enseñar su cerrada mano peluda
a Lusitania. Luego... él pensó que en la capital de Galicia había
radicales organizados y numerosos que le ampararían... Y helo aquí...

Prego, que se había ido acercando a la dirección, y que durante la
historia había tenido estremecimientos de furia y crispaciones de
piedad, se adelantó, conmovido, y estrechó fuertemente las manos
del hombre que había luchado contra la tiranía. Don Agustín puso al
terrible relato una de sus apostillas dogmatizantes...

--La hora de la libertad--dijo--no está lejana, sin embargo.

Y descendiendo al bajo nivel de las necesidades físicas, ofreció:

--¿Quiere usted café, camarada?... Aún queda un vaso bien cumplido...

El portugués aceptó, y aceptó también un cigarro. Sujeto por la
gratitud, ya no se separó de ellos en toda la noche. Desatendido por
los redactores, que trabajaban, consagróse a hojear periódicos. A las
cuatro y media, cuando Prego se puso en pie para marchar, el hombre de
Matusinhos leía el vigésimosexto diario. Prego insinuó:

--Cuando usted quiera.

El conspirador sonrió tristemente.

--¿No podría quedarme aquí?... Dormiría en este diván un par de
horas... Si usted me permite...

Prego comprendió, e invadió su espíritu una honda pena. Por impulso del
bien llevó la mano a sus bolsillos; pero la mano volvió a salir vacía y
no pudo ofrecer más que un apretón cordial.

--Quédese usted, compañero. Si le llevase a usted a mi casa estaría
peor. Ni aun tengo un diván como éste...

El luso hizo un amplio gesto de comprensión y estrechó otra vez con sus
dos manos la del periodista.

--Dormiré aquí muy bien, compañero.

Se tumbó, con los pies por alto, como un toro herido. Prego contempló
con amargura las botas gastadas, descosidas, del mártir de la idea, que
dejaban ver un dedo sucio y engarabitado. Suspiró y despidióse.

--¡Salud!

--¡Salud!--gruñó, al través de sus barbas, medio dormido ya, el
extranjero.

       *       *       *       *       *

Fué cotidiana la visita del portugués, adueñado ya del diván como de
un lecho definitivo. Contaba episodios de su vivir en la Argentina
y pedía tabaco a los contertulios, sin abdicar de la dignidad de sus
ademanes. Su vivir era paupérrimo. Una noche salió a recoger un gato
asesinado por Rosales, y ante la repugnancia de _Juan del Lirio_ lo
envolvió en varios periódicos, sobre la mesa de redacción, asegurando
que al día siguiente lo haría convertir en un guiso suculento.

Pasada la primera impresión novelesca, fué extinguiéndose la aureola
del fugitivo. En el despacho de don Agustín comenzaba a verse con
desagrado su gabán marrón y sus calzones con flecos y su avidez para
el café con leche. Se prescindía de su opinión en las discusiones, y
cierta vez que estalló una tormenta, don Agustín se atrevió a rogarle
que saliese a pedir un paraguas a su mujer. El revolucionario concluyó
por refugiarse junto a Prego. Terminados sus quehaceres, Prego atendía
con solicitud al de Matusinhos y sostenían eternos diálogos en voz
misteriosa. A veces, sin embargo, se oía a Prego asegurar:

--¡Es preciso que libremos la gran batalla!

El luso asentía, agitando sus barbas rubias.

Prego añadía aún:

--La Patria sufre.

Y el conspirador entonces fruncía varias veces el abundante ceño, como
si se advirtiese él mismo traspasado por aquel dolor.

Fué una madrugada, solos ya, cuando el extranjero puso solemnemente su
mano sobre un hombro del periodista y le miró con fijeza.

--Usted, camarada, tiene un corazón apostólico. Usted sería incapaz de
una traición.

Prego se sintió impresionado por estas frases. Llevó su diestra hacia
donde latía la víscera elogiada e intentó hablar. Pero el conspirador
lo impidió con un gesto:

--¡Lo sé, lo sé, amigo mío!

Y bruscamente se puso a recorrer la estancia, mesándose las barbas,
agitado, como en lucha consigo mismo. Al fin arrastró hacia Prego una
silla, después de arrojar sobre la mesa el cadáver de un gato que
había tendido sobre el asiento, con un desdén que reveló al periodista
toda la grave preocupación que embargaba al radical, alejándole de los
bienes terrenos.

--Amigo mío--confesó el portugués--, mi misión no ha terminado aún. Yo
he hecho promesas a nuestros correligionarios de la Argentina, que he
de cumplir a todo trance... La muerte no me aterra... Mi sangre será la
que fertilice muchos espíritus...

Abrió una pausa y aclaró. El plan del comité revolucionario era dar
primero «el golpe» en Portugal, y poco después en España. Prevenidas
las autoridades, dificultado hasta la imposibilidad su regreso a
Lisboa, la primera parte del complot debía ser aplazada prudentemente.
Pero él estaba decidido a realizar la segunda. Él rompería las cadenas,
él iría a Madrid... ¿Cómo?... He ahí la cuestión. Todo el dinero
enviado de la Argentina--muchos miles de duros--estaba en poder de
uno de los deportados. El brusco y desdichado fin de aquella conjura,
que terminó obscuramente en la panza de unos caníbales, le había
impedido coger ni un solo _vintem_ de los fondos comunes. Él no podía
presentarse así en la corte; su aspecto de vagabundo despertaría la
atención de los agentes; le vigilarían...

--Además, yo tengo esta desgracia... Fíjese usted... Mis ojos, mi
barba, el color de mi rostro... Yo tengo todo el aspecto de un
anarquista ruso... Esto me ha causado grandes perjuicios más de una
vez. ¿No me nota usted, en verdad, la traza de un anarquista ruso?

Prego convino en que «tenía un aire»... Después de esta corroboración
el hombre de Matusinhos mesó, como si las fuese a arrancar, aquellas
barbas con las que le había castigado su estrella.

--Necesito cierta cantidad para cambiar todo este aspecto; usted debe
orientarme. Algunas insinuaciones que hice a don Agustín y a sus
amigos no dieron resultado. Son gente tibia... No tienen opiniones
firmes.

--Son burgueses--condenó el periodista.

--¡Son burgueses!--rugió el portugués--. ¿No habrá nadie que quiera
colaborar en esta obra de redención?... ¡Oh, qué terrible tristeza para
quien como yo tiene hecho el sacrificio de su vida, ver que los demás
no quieren hacer el de unas cuantas despreciables pesetas!...

Y exaltadamente, quemando con su aliento fétido la cara de su
interlocutor, expuso el plan terrible. El régimen herido en la persona
de su más alto representante. España libre y feliz, la democracia
triunfando. Invitó a Prego a considerar el espectáculo de una larga
hilera de frailes y monjas marchando hacia las fronteras, diligentes y
numerosos como hormigas que huyesen de su hormiguero inundado... Las
catedrales convertidas en escuelas, el pan libre, disuelta la Guardia
civil, y un Gobierno de amor y de concordia asentándose sobre estas
sólidas bases.

El periodista reflexionaba sombríamente.

--¿Cuánto dinero necesita usted?

Poca cosa. Con mil pesetas, el más rotundo de los éxitos estaba
asegurado. Prego gimió invadido por el desaliento:

--¡Mil pesetas!... Es una enorme cantidad... Nunca podríamos encontrar
mil pesetas.

Sepultó su rostro entre las manos para meditar. Inclinado sobre
él, como un rubio y gordo Satán que tentase un alma, el hombre de
Matusinhos fué rebajando poco a poco la cifra. Quizás con seiscientas
pesetas... Acaso con quinientas... Apurando mucho, con trescientas
cincuenta... Tendría que hacerse un traje, que vivir en Madrid unos
días o unas semanas, mientras la ocasión no llegase. Sin alzar la
cabeza, como quien aventura una loca esperanza, preguntó el periodista:

--Cuarenta duros... ¿podrían bastar?

Los brazos del portugués cayeron melancólicamente a lo largo del
cuerpo y se abatió su abultada frente. ¡Pch!... Cuarenta duros... poco
dinero...

--¡En fin!--suspiró--. Mi suerte está ya decidida... Pensaba suicidarme
después... De esta manera no hará falta... Moriré de hambre... Sólo
deseo que mis fuerzas duren lo bastante para poder apretar el gatillo...

Prego ofreció entonces, como quien acaba de resolverse a algo heroico:

--Cuente usted con los cuarenta duros. Se los daré yo.

Brillaban sus ojos. El fugitivo le abrazó fuertemente, con una alegría
reveladora de un monstruoso amor por la causa. Desparramó sobre Prego
una lluvia de encomios; después, como para premiar su buena acción, le
hizo el regalo de una confidencia importantísima:

--Es preciso que usted conozca todo el alcance de nuestra obra... Jamás
se habrá hecho una extirpación tan radical de la tiranía...

Se alzó, hizo jugar los ojos terriblemente bajo las peludas cejas
movibles. Y como sus dedos tropezasen con el cadáver del gato,
crispáronse sobre él y lo suspendieron en el vacío.

--Morirá la fiera--dijo, con una significación que estremeció a
Prego--; pero morirán también sus cachorros.

El periodista se opuso. No, los cachorros no. Él era padre.
Precisamente aquel dinero que había de entregar al conspirador estaba
destinado a llevar salud a su hijo. Él suplicaba respeto para la tierna
vida de las criaturas. El portugués, visiblemente disgustado por aquel
sentimentalismo, dejó caer el cuerpo del gato.

No estaba conforme. Su procedimiento alejaba todo peligro para lo
futuro. Al fin se allanó a respetar la vida de las mujeres. Pero los
infantes... Volvió a interceder el periodista. Su cómplice rogó:

--Siquiera el primogénito...

--¡Ni una gota, ni una gota de sangre inocente!

Resignóse el conspirador. Estrecháronse las manos.

Y aquella noche, mientras deshacía para acostarse el lazo de su corbata
de luto, Prego pensó que bien pronto podría sustituirla por otra de
más vivos colores. Besó a su hijo y suspiró--metiéndose en la cama al
pensar que a costa de los glóbulos rojos de aquella escuálida criatura
se estaba preparando un porvenir de libertad para la patria.

       *       *       *       *       *

Dos días después de la marcha del luso, que desapareció con el sigilo
que convenía a sus trágicas intenciones, Sergio contó al llegar al
periódico, arrojando sobre la mesa unas cuartillas de notas:

--Hoy traigo una noticia interesante para Prego. La Policía está
buscando a su amigo.

Prego se puso un poco más verde:

--¿Al portugués?

Sergio rió. ¿Portugués?... El hombre de las barbas era de Túy y se
llamaba Cadaval. Había trabajado en Vigo como vigilante de Consumos y
estaba reclamado por un delito de abusos deshonestos.

--Parece que es de todo cuidado el señor...

Prego calló. Inclinóse sobre las cuartillas y continuó escribiendo:

«Telegrafían de Salónica...»



XIX


Inesperadamente le vió pasar montado en el caballejo peludo, con los
pies casi llegando a las losas, seco y desgarbado, luciendo la chaqueta
de pana que no salía del arcón más que en los días dominicales o para
acompañar a su dueño en las excursiones a la ciudad. Abelenda quedó un
instante inmovilizado por la emoción. Luego dióse a correr tras él,
gritando:

--¡Chinto!... ¡Eh, Chinto!...

El servidor detuvo al fin su cabalgadura; hizo un aspaviento de asombro
y se apeó, alzando levemente el ala de su fieltro:

--¿Y luego, señorito?

Miráronse largamente, con júbilo:

--¿Cómo están en la Gándara?

Bien. Estaban bien. Chinto había venido a hacer unas compras. Detalló
con minuciosidad el contenido de los paquetes sujetos a la albarda.
Sergio miró al caballo con ternura y acarició su pescuezo oculto bajo
la larga crin negra. Tuvo placer en llamarle por el nombre que la
bestia llevaba, impuesto por admiración de Chinto hacia el bandolero de
Grañas del Sor.

--«¡Mamed!»... ¡Oooh, «Mamed»!

Y todo suspirante de añoranzas, inquirió:

--¿Y... por allá, Chinto?

«Por allá»... nada. Chinto comenzó afirmando que no pasaba nada.
Después, poco a poco, con la cautelosa mesura del paisano gallego, se
decidió a verter en los ávidos oídos del joven unas cuantas noticias.
Exuperio había brotado ya del inagotable vientre de la de Poupariña.
Los castaños estaban enfermos de una plaga incombatible, muchos con
la hoja amarilla, como si fuese en otoño, ¡una pena!... Doña María de
Solís «llevaría el ramo» en la fiesta de la patrona de la Gándara.
Había hecho donación de un altar nuevo, y todas sus alhajas lucían
ahora sobre la imagen de la Virgen, en la iglesia parroquial. Iba para
santa doña María de Solís. Con lluvia o con viento, todas las mañanas
marchaba a pie por las corredoiras hasta el lejano templo para oir la
misa con una devoción edificante. Desde que entraba hasta que, un buen
rato después de terminado el oficio, volvía a su hogar, permanecía
arrodillada sobre las duras losas, cubierta de luto, rezando con un
fervor que conmovía. Una vez desmayóse en la iglesia. Había hecho
construir un oratorio en su casa, y se ofreciera a ir andando a visitar
la Virgen milagrosa de Pastoriza, para llevarle un niño de cera del
tamaño de su hijo Juan. De la piedad de doña María se hablaba dos
leguas más allá de la Gándara. Por las tardes, cuando bajo la bóveda
de los olmos paseaba el enfermito del mal de Pot, entablillado en su
coche, la madre infeliz iba detrás orando siempre, con su rosario entre
los dedos sin sangre, con su rostro de Dolorosa, sin ver, sin oir los
saludos, mentalmente arrodillada ante Dios, tendidos sus brazos, toda
su alma prosternada en una constante súplica de misericordia para los
dolientes hijos.

Pero Sergio apenas escuchó la ponderación de los cristianos méritos de
la infortunada. Preguntó, extrañándose él mismo de advertirse lleno de
cordial interés hacia la causante de sus tribulaciones:

--¿Y Rafaela?

--Va yendo.

--¿Y «Miñoca»? ¿Y el señor cura de Santa María?

--Va yendo, también.

Todos «iban yendo»: los criados, las vacas, los de la Cruz del Souto,
el camelio del jardín, los albaricoques de la huerta... En aquel
modismo galiciano, que es respuesta grata y preferida porque nada dice
ni compromete, Chinto abarcó a todos los seres de la Gándara. Tras un
silencio, el joven se decidió a indagar.

--Y mi madre... ¿habla de mí?

--Hablará--evadió el campesino--. Conmigo no habla.

Sergio suspiró. Hubo otro silencio. Después el aldeano aventuró su
parecer de que el mozo no estaba tan grueso como antes, ni tenía aquel
buen color. Abelenda apresuróse a afirmar:

--Pues estoy muy fuerte. No se te ocurra decirles...

Volvió a acariciar melancólicamente el cuello de «Mamed» y enredó con
sus crines de potro cosaco venido a menos. Chinto despidióse porque las
sombras se avecinaban. Montó. Cuando iba a partir, Sergio tuvo una idea
repentina. Sacó fanfarronamente la única peseta que llevaba y se la
entregó:

--Toma para que bebas en la taberna de «Miñoca».

Pensó que acaso Chinto lo contaría y que era ésta una suave y elocuente
manera de afirmar su triunfo, su medro, su conquista del vivir, ante
aquellos que le habían tan fácilmente o con tanto rigor abandonado. Vió
cómo «Mamed» emprendía un trote dificultoso, y a medida que se alejaban
el hombre y la bestia, sintió él crecer la añoranza en su espíritu.

Cuando dejó de verlos suspiró y echó a andar lentamente.

Más que nunca se advirtió en aquellos instantes abandonado y solo, y
como nunca le fué hostil la ciudad y las gentes. Anochecía, y la larga
calle de San Andrés, la de mayor tráfico, estaba en esa hora de máxima
animación en que a los grupos de paseantes se suman los grupos de
obreros que salen del trabajo y los de modistas alegres, y en que los
carros pasan con prisa, retumbando sobre los adoquines, vacíos ya, con
una trepidación que hace saltar incesantemente al guía, de pie sobre
las tablas, como el conductor de un carro de combate. En una acera y
en otra, el río humano iba y venía. Apenas lograba hacerse oir, entre
el estrépito, la campana de San Andrés, que tocaba al _Ángelus_. Ante
la iglesia, un enjambre de niños chillaban como golondrinas y corrían
entre la luz azul que ya llenaba la tarde. Desde los bancos de piedra,
unos mendigos harapientos les miraban correr, indiferentes. Poco a
poco, el crepúsculo se hizo más azul. Desembocó un tranvía, iluminado
ya, como una carroza de mascarada. Fueron encendiéndose perezosamente
los faroles, casi ocultos por las acacias de bola. Y de acera a acera,
como en una batalla, los escaparates fulmináronse los reflejos de su
luz.

Abelenda sentía un afán de ternura. Como un lazarillo a un ciego,
su corazón íbalo guiando hacia la casa de Volvoreta. Todo el
sentimentalismo de aquella hora de nostalgias concretóse en torno
de Federica y la nimbó. ¡Dulce Federica!... ¡Cómo fué para el joven
un blando sedante el recuerdo de tu tibio regazo y de tus cándidos
ojos y de los frescos colores de tu cara de niña hecha prematuramente
mujer!... Ahora no le esperaría ya; jamás había ido tan tarde. Junto
a ella, sentados cerca de la ventana, a obscuras aún el gabinetito,
Sergio cogería las manos de la novia y murmuraría con voz de emoción:

--¿Sabes a quién he visto?... He visto a «Mamed».

Y evocarían. Volvoreta quería bien a «Mamed», con el cariño de
las aldeanas hacia las bestias. Sergio la oiría contar nuevamente
aquel episodio de la blusa que medio le había comido «Mamed» con la
indiferente voracidad de los caballejos galicianos, cuyos estómagos
tienen un eclecticismo generoso para todas las substancias, aun para
aquellas de las que nunca se soñó que pudieran sufrir la acción de los
jugos gástricos: papeles, cuerdas, tojo, zapatos viejos, hasta cascos
de botella, según afirmaba Rodeiro, conmovido por esta superioridad del
caballo de Galicia sobre sus congéneres de las demás partes del mundo.

Llegó Abelenda ante la casa. Estaban cerrados los balcones. Subió.
Tardaron un instante en contestar a su aldabonazo. Al fin la anciana
tía de Volvoreta abrió.

--Buenas noches, señora.

La vieja le detuvo.

--No me gusta que venga a esta hora, Sergio. Se lo he dicho ya. Los
vecinos ven y murmuran.

Sergio sonrió, amablemente:

--Por una sola vez...

--No; ni por una sola vez. Ya es de noche. No quiero andar en lenguas
de nadie. Si no se marcha ahora, no le dejaré entrar ni aun por el día.

Abelenda se admiró del rigor de la amenaza. La puerta estaba
entreabierta nada más y la anciana la retenía, evidentemente dispuesta
a impedir que entrase. Sergio fingió acceder:

--Por lo menos, avise a Federica de que estoy aquí.

La vieja gruñó, malhumorada:

--Federica no está. Váyase.

Empujó contra él las tablas de pino.

Bruscamente, Sergio sintió como un golpe en el corazón. Extendió su
brazo por la abertura hacia el interior de la casa y gritó, ceñudo:

--¡Ese sombrero!... ¿De quién es?

Acababa de ver, colgado de la percha, frente a él, en el pasillo
angosto, un sombrero de varón. Sin responder, la anciana empujó
desesperadamente la puerta, ahincando todo su cuerpo con una
contracción que llenaba su rostro de arrugas. El joven forcejeó
también, lleno de una rabia silenciosa. Entró. La mujer abalanzóse a él
para sujetarle. Cerróse la puerta con gran ruido. Abelenda se apoderó
del sombrero, nerviosamente, temblando como ante un drama terrible, y
corrió al comedor. En la alcoba de Volvoreta había luz. Sergio intentó
entrar; pero la puerta estaba cerrada. Gritó a la mujer, que le había
seguido llena de espanto:

--¡Llame usted a Volvoreta; llámela usted!

Y sin esperar a que le obedeciese, dió dos terribles patadas en las
vidrieras.

--¡Llámela usted!

Dió otra patada, que estuvo a punto de hacer saltar los cristales.

Entonces oyéronse pasos en la alcoba. Una mano hizo girar la llave.
Sergio plantóse ante la puerta, blandiendo el sombrero hongo, apretados
los dientes, pálido, enardecido, clavado su mirar en los cristales
esmerilados que transparentaban la luz tenue y rosada del dormitorio.

Y bañado en aquella luz rosada y tenue, tranquilo, sonriente, en mangas
de camisa, balanceándose tras él los sueltos tirantes, apareció ante el
joven el señor Acevedo. Como si se hubiese empapado en la luminosidad
de la alcoba, su calva estaba enrojecida; de las orejas parecía brotar
la sangre. Pero la idea de la agitación que simulaba delatar este
bermejo tono de la cabeza del banquero era disipada por la serenidad de
su sonrisa, un poco burlona... Sergio, inmovilizado por la sorpresa,
permaneció con el hongo revelador en el aire, en actitud de quien va a
cazar una mariposa. La sonrisa del banquero se llenó de bondad.

--Siéntese, joven.

Se sentó él mismo, cabalgando una pierna.

--¿Qué le ocurre a usted?

Sin reponerse aún del asombro, Sergio pudo encontrar un ademán lleno de
un desdén en el que bullía la cólera.

--Nada tengo que hablar con usted. A Federica es a quien necesito ver
ahora mismo.

El banquero repuso con su más dulce voz:

--Federica sentirá mucho no poder salir de su cuarto, mi joven amigo.

--¿Es que lo va a impedir usted?--indagó retadoramente el despechado.

--No--explicó con sencillez Acevedo--. No. Es que está en camisa.

Abelenda dió un paso hacia él, con lumbre en los ojos. Extendió una
mano airada, indicando el pasillo, y gritó:

--¡Salga usted de esta casa!

El banquero rió sabrosamente, con el mismo sosegado regocijo de quien
en su butaca del teatro oye un chiste feliz.

--¡Es curioso!--comentó--. Durante un mes le he dejado visitar a
Federica, se ha sentado usted en mi diván, me ha arañado la mesa del
comedor para grabar sus iniciales, me ha roto la lámpara de la mesa
de noche y el travesaño de una silla, y en nuestro primer encuentro,
cuando usted me debía dar rendidamente las gracias, quiere arrojarme de
una casa que es mía, porque la pago yo. ¡Juventud, juventud!... En fin,
querido, yo le perdono todo esto de buena gana; pero hágame el favor
de dejar mi sombrero, en el que ya advierto desde aquí una dolorosa
abolladura.

Abelenda, afrentado y lívido, aulló:

--¡Es usted un miserable y ella una mujerzuela sin decoro!... Pero yo
me vengaré de los dos.

Arrojó con furia el sombrero contra el aparador, derribando las copas,
y se lanzó contra su rival. Acevedo se puso en pie bruscamente y apresó
con su fuerte mano la del agresor. Luego, sin abandonar su tono de
extremada finura, que la camisa desabrochada y los caídos tirantes
subrayaban con fuerza cómica, aconsejó paternalmente:

--Querido joven: ha dado usted sus buenas tres patadas contra la puerta
de la alcoba, abolló mi sombrero y hasta me parece que consiguió romper
la vajilla. Basta ya. Debe usted estar satisfecho de sí mismo. Por otra
parte, como los espectáculos heroicos muy prolongados me impresionan y
despiertan mi emulación, le ruego que elija rápidamente entre marcharse
por la puerta o salir por la ventana... ¿Me oye?

Le arrastró hasta el pasillo. Su mano era una tenaza sobre la muñeca de
Sergio, y tanta era la energía de su presión, que ya en los peldaños,
después de cerrada la puerta tras el joven, sintió éste en sus ojos
lágrimas de dolor, de dolor físico y de rabia, de humillación y de
vencimiento. Lloró en la obscuridad de la escalera. ¡Oh..., si tuviese
un arma!... Por el placer de apuñalar el cuerpo de los traidores daría
su propio vivir... Frente a la casa juró, con llanto de ira en el
rostro:

--¡He de vengarme! ¡He de vengarme!... ¡Habéis de acordaros de mí!...

Anduvo por calles obscuras, para evitar que las gentes advirtiesen
su agitación y sus ojos enrojecidos. El ansia rencorosa le dominaba.
En aquel momento, más que el abandono de Volvoreta le dolía la burla
glacial de Acevedo, su tono de irónica finura, aquella consciencia
de superioridad con que le había abrumado. ¡Y aquel sutil rasgo de
desdén que le aconsejó presentarse con los tirantes caídos!... ¡Oh, los
tirantes caídos del señor Acevedo!... No podría olvidarlos ya nunca,
aunque viviese una eternidad, aunque en lo sucesivo todo fuese dicha en
su existencia. Comprendía que el recuerdo de los tirantes balanceándose
tras las piernas de su rival serían como un fantasma de oprobio perenne
en su memoria.

Se detuvo un instante, vacilando, porque se le había ocurrido la idea
de esperar al banquero y agredirle. Pero desistió al evocar el tipo
alto, fuerte, musculoso, de su burlador. Tuvo de pronto una inspiración
luminosa. Casi saltó de alegría al advertirla brotar en él, seguramente
urdida por los diablillos de la venganza. ¿No tenía en sus manos el más
clamoroso medio de devolver el mal, centuplicado? Haría en _El Avance_
un terrible artículo contando los devaneos del monstruo. Vertería toda
su hiel, acumularía en torno del asunto tantos detalles protervos
que sería el escándalo de toda la ciudad. Súbitamente se le ofreció
el título: _Las hazañas de un sátiro_. Añadiría otros subepígrafes:
_Doncella secuestrada._--_La complicidad de una bruja_... Veía ya en
su imaginación la primera plana de _El Avance_ con estas líneas en las
grandes letras del tipo reservado para lo sensacional. Veía también
al banquero arrastrado a la ruina, sin reputación, perseguido por el
desprecio de la gente...

Pero se le ocurrió que acaso Rosales no quisiera... Meditó, calculó...
Al fin decidióse astutamente a deslizar en la sección de sucesos la
noticia de que «un conocido banquero, cuyas iniciales eran J. A., y una
joven con la que hacía vida marital, habían promovido un escándalo»...
Esto le pareció ya de una habilidad refinada. El pueblo se enteraría lo
mismo; la familia de Acevedo también... ¡Su familia!... ¡La vieja beata
de los dientes postizos, la niña cursi de los pechos blandos!... ¡A
todos ellos debía humillaciones y rencor!

Y... ésta sí que era la más cabal venganza: llevar la guerra a su
hogar, referir a la esposa todo lo ocurrido, encender la hoguera de
los celos... Era un arma de doble juego, con la que hería de un golpe a
dos enemigos. Visitaría a la mujer antes de que el banquero regresase.
Espoleado por la maligna idea, corrió, más que anduvo, hacia la casa de
su rival. Reía y pronunciaba en alta voz frases conminatorias. Preguntó
en la puerta:

--¿Está el señor Acevedo?

No estaba.

--¿Y la señora?

Le invitaron a pasar. Lleváronle al comedor, que ya conocía.

--Haga el favor de esperar un instante.

Esperó en pie, nerviosamente, palpitándole con fuerza el corazón. Vió
sobre la albura del mantel la fina vajilla, ya dispuesta, y pensó,
lleno de gozo, que quizá aquella noche no se cenaría en la casa.

Oyó pasos en el corredor; volvióse bruscamente. Era Luisa. La joven
le dirigió apenas su habitual mirada de indiferencia, fué hacia el
costurero, revolvió después en el cajón de una mesita, de espaldas a
él. Sergio sentía hervir la sangre; torturaba sus manos, con una amarga
sonrisa de victoria. No pudo contenerse. Habló, subrayando todas sus
frases.

--No me saluda usted porque me cree el novio de su criada.

Ella se volvió a mirarle, sorprendida, con sus grandes ojos obscuros
llenos de altivez, soberbiamente hermosa, más morena la piel del escote
en el contraste con la nítida blusa.

El joven sucumbió al deseo de humillar aquella belleza. Agregó:

--Pero se equivoca, señorita; ahora el novio de su criada es su padre
de usted.

Luisa se irguió, coloreado bruscamente el rostro. Sergio avanzó hacia
ella, implacable, encendidos los ojos:

--¡Su padre de usted!... le ha puesto un cuarto a Federica en la calle
del Inferniño, en el número doce...

Luisa gritó, llena de vergüenza y de miedo:

--¡Mamá!

--¡Llámela usted; he venido a decírselo!...

--¡Mamá!...

Ahora se había puesto pálida y su voz tenía un velo de emoción. La
señora de Acevedo entró apresuradamente:

--¿Qué ocurre?

Abelenda repitió, enardecido:

--¡Ocurre que su esposo es el amante de su antigua criada; ocurre que
la tiene sostenida en la calle del Inferniño, en el doce!... Puede
usted ir. ¡Yo lo he dejado allí hace un instante!...

Estaba rojo de cólera; hablaba con voz roncamente contenida, a
borbotones, jadeando:

--¡Puede usted ir! ¡Hace un mes! ¡Él la hizo salir de esta casa!... ¡Se
han estado burlando de usted y de mí!... ¡Ya lo sabe!

Los ojos aterrados de la mujer iban de su hija a Sergio y de Sergio a
su hija.

--¿Qué insolencia es ésa?... ¡Salga usted!...

El joven insistió gritando:

--¡Es verdad! ¡Es verdad!... ¡Los he visto yo; les pueden sorprender
ustedes si se dan prisa! ¡Con la criada!... ¡Es el novio de la
criada!...

La señora alzó sus manos, traspasada de horror, gemebunda:

--¿Qué dice este hombre, Luisa; qué dice este hombre?

Pero Luisa, más grave, más pálida que nunca, se limitó a hacer sonar
un timbre. Acudió un servidor. La hija del banquero extendió un poco
teatralmente su índice para indicar a Sergio:

--¡Échelo usted a la calle!

El joven se resistió; pero las manos vigorosas del hombre lo levantaron
casi en vilo. Entonces, a medida que se iba viendo alejado del comedor,
dióse a vociferar, cada vez con más energía:

--¡En la calle del Inferniño, en el número doce!...

Era como si desease dejar bien grabado en la memoria de ambas mujeres
el lugar del nefando delito. Hacíase arrastrar por el mozo; luego
pataleó. Lastimado en las canillas, el hombre blasfemó en voz baja y le
dió disimuladamente un puñetazo en el estómago. Esto obligó a Sergio a
atenuar sus berridos; pero siguió más lastimosamente, sosteniendo:

--¡En el Inferniño!... ¡En el doce!... ¡En el Inferniño!...

Y ya en la escalera, se sentó, heroicamente decidido a seguir gritando
las señas de la casa hasta enronquecer. Pero oyó abrir la puerta y
echó a correr por los escalones, temeroso de los puños del fámulo. El
fámulo, no obstante, limitóse a arrojar el sombrero del joven, que
había quedado en el pasillo. Sergio lo sintió caer blandamente a su
lado; lo limpió con un codo y se marchó...



XX


Hizo a Muñiz la confidencia de su desgracia una noche en que volvió
a ver a Volvoreta presenciando una función desde una butaca de
anfiteatro. Él había subido buscando un seguro rincón desde donde
contemplarla a su antojo sin que le sorprendiesen. Con Federica estaba
la vieja aborrecible. ¡Tan galana la moza! En sus orejas había unas
chispitas de luz que sustituían los largos pendientes de amatista
regalados por Sergio, unas maravillosas amatistas de dos centímetros,
que colgaban en péndulo y que le habían costado tres reales. Volvoreta
reía a veces con una sencilla felicidad. Buscó el enamorado al banquero
con mirada de odio y no lo vió. Acaso aquel día se habría marchado a la
aldea, adonde poco después de la terrible escena en su casa se había
ido su familia, según la costumbre anual. Sergio se advirtió invadido
de melancolía; reabrióse y sangró la reciente herida del engaño. Luego,
en el diván de _El Avance_ hizo a _Juan del Lirio_ la confesión de todo
su drama.

El compañero le animó con algunas sabias máximas de su experiencia.

--El ramo de criadas--dijo--tiene, en efecto, procederes indelicados.
Ha hecho usted mal en confiar. Carece usted de experiencia, y me
causaría satisfacción que mi ejemplo pudiese ser provechoso para usted.
De todas maneras, lo que a usted le ocurre no tiene interés.

Suspiró y pasó la mano por sus cabellos.

--Dramas, los que yo vivo, compañero. No puede usted ni soñar... ¡Si yo
quisiese escribir novelas!...

Adoptó a su vez el tono confidencial.

--¿Sabe por qué no vine anoche al periódico?... ¿Recuerda usted aquella
mujer que fué al baile conmigo?

Sergio indagó, después de explorar en su memoria.

--¿Aquella tan gruesa?

Muñiz vaciló antes de afirmar. Sí... un poco gruesa... pero tenía las
carnes como el mármol.

--Ya le dije que yo tengo la desgracia de tropezar siempre con
histéricas. Anoche me recibió a obscuras, envuelta en una túnica
blanca, con la melena suelta. Entraba la luna por los cristales de
la galería y ella me esperaba en aquel raudal de luz. Quiso que yo
recitase unos versos que la he dedicado, y ella fué, ínterin yo
declamaba, tocando levemente en el piano el «Sueño», de _Manón_. La
poesía es estupenda. Voy a decirle a usted...

Y a media voz repitió las estrofas. Hablaban de una noche de verano.
El poeta había salido a recorrer por los montes, porque se le había
incendiado en lujuria toda la sangre. Por fin encontraba una fuente;
pero a su alrededor había siete ninfas, que resultaban ser los siete
pecados capitales. El desdichado seguía abrasándose y trotando por
valles y colinas. De pronto sonaba una música: era la música de las
esferas celestes, verdaderamente inefable, entre la que se distinguía
el arpa de la luna. Todos los astros expresaban de este modo su
condolencia por la satiriasis que aquejaba al poeta, y le decían:
«¡Amor, amor!» Él gritaba también desesperado: «¡Amor!», y la fuente
suspiraba asimismo, excitada por aquel espectáculo. Se advertía después
que temblaba la tierra, «como una amada ardiente», y un fantasma
envuelto en gasas corría a los brazos del vate. ¿Era un rayo de la
luna? ¿Era su novia?... El poeta no lo sabía. En aquel instante todo
le era igual. Los instrumentos siderales terminaban acometiendo un
_fortísimo_, y el escritor agradecía el interés que demostraban por sus
ansias carnales.

--Cuando terminé, los dos teníamos los ojos llenos de lágrimas.
Después, entre mis brazos, ella tuvo una de esas crisis de histerismo.
«¡Llámame Filis, llámame Filis!»--decía. Y yo:--«¡Mi Filis divina, mi
Filisiña adorada!...» De pronto se queda rígida, pone en blanco los
ojos y comienza a debatirse en un ataque y a gritar. Figúrese usted el
tremendo conflicto, porque tiene alquilada una habitación a un empleado
de Aduanas, que podía acudir y sorprendernos. No pude salir hasta el
amanecer.

Hizo un gesto de profunda amargura.

--Estas escenas acaban conmigo. Tengo el corazón destrozado, los
nervios rotos; sé que mi vida será corta; pero la habré consumido en
amar.

Rodeiro interrumpió el diálogo con un saludo:

--Buenas noches a todos. Y denme el pésame.

En el despacho del director suspendióse la charla.

--¿Qué le ocurre entonces a don Amaro?

Lo peor, lo peor que ocurrirle podía. Aquella mañana habían llegado las
órdenes de ascenso y estaba trasladado a Segovia. Con la categoría
a que ahora se elevaba ya no podría nunca, hasta alcanzar el retiro,
desempeñar sus funciones en la provincia. Su dolor era grande.

--Estuve a punto de renunciar a todo...

Intentaron consolarle; pero él se obstinó en sus lamentos. Fuera de
Galicia viviría en una eterna nostalgia. Él no se sentía hermano de un
rudo aragonés, de un frívolo andaluz, de un castellano seco y rígido.
Eran otras razas, como eran otras las tierras en que vivían, sin la
dulzura, sin el tierno encanto de las tierras galicianas; países en
los que se creía que el gallego es un eslabón entre el hombre y las
bestias; que vive en la inmundicia y en la sordidez; que habla una
jerigonza en la que la _o_ es cambiada en _u_; que es incapaz de toda
delicadeza... ¡Dulcísimo idioma de la poetisa del Sar y del enamorado
Macías, en que el amor tiene una cuna de palabras mimosas y blandas
como el plumón de un ave!

En el enternecimiento de su espíritu Sergio escuchaba las frases de su
protector, refiriéndolas a su obsesión penosa. Se preguntaba en qué
otra lengua podría hallarse un nombre tan suave, tan bien timbrado,
tan justo para representar la mariposa--con la fragilidad de sus alas
bonitas, con el ir y venir ocioso de su vuelo juguetón, vacilante--,
tan grato para ser dicho, que tanto se hincase en el alma y se fijase
en la memoria como el amado nombre de «volvoreta». Repitió la palabra
una vez y otra vez, saboreándola. Sintió entonces en el corazón como
un ansia de ser poeta, para rimarla, para poderla engarzar en otras
muy tiernas, henchidas de saudade, de agarimos, de dulce y tembladora
emoción... Hacer un collar de inmateriales palabras y ceñirlo a aquella
alma que un vuelo juguetón trajo hasta él y otro vuelo juguetón había
llevado. ¡Volvoreta, volvoreta!...

Amaro recordaba entonces unos versos de Pondal, quejumbrosos y
solitarios y sencillos, como el _alalá_ de un mozo en un anochecer:

    _San Pedro de Bradomín_
    _n’a pobre terra de Xallas:_
    _¡cánto fai que non te vin!_

Y Sergio pensó en la Gándara y se llenaron sus ojos de llanto. «¡Cuánto
tiempo hace que no te veo, amada tierra de la Gándara!--meditó--.
¡Cuánto tiempo hace!...» Y la nostálgica marea creció en él: su
espíritu se aromó con el aroma bravo del bosque donde él creyó a veces
ir a encontrar el lobo de los cuentos, y con el aroma que traían los
aires del mar, y con el aroma del tojo quemado en los hogares; se
arrodilló ante el recuerdo del pinar rumoroso, siempre en verdor, y
de las tardes en que las casas enrojecían bajo el beso del sol, y de
los días en que la niebla guardaba en algodones el campo, y de aquella
lluvia sugeridora que invitaba a sentarse en un rincón de la galería y
a soñar, hablando en pereza.

Él quería vivir siempre allí; tener un caballo que le pasease bajo
los toldos de zarzas de las corredoiras, y una lancha en que acunar
su melancolía en el quieto mar, cerca del romántico rincón en que se
alzaban las ruinas del castillo poblado por él con los fantasmas de
los héroes de _El lago de Limia_ y de _Los hidalgos de Monforte_. Y
que cuando en el atrio de la iglesia su cuerpo hallase una tumba, los
señores de la Gándara que tuviesen asiento en el presbiterio dijesen al
salir de la misa:

--Ved dónde yace un amador desgraciado que no pudo nunca olvidar.

Alguien preguntó:

--¿Cuándo marcha, Rodeiro?

--Dentro de un mes.

Abelenda decidió marchar también. Regresaría a la Gándara, después
de escribir a Volvoreta una carta rebosante de amargura, en la que le
culpase de haber destrozado para siempre su alegría. Pensó súbitamente
que quizá su madre se negase a recibirle. Se vió forzado a deducir
que no le quedaba otro camino que el de América; iría a América a
morir sin ambiciones, sin cariños, encerrado en una fiera misantropía.
Durante toda la noche contempló ceñudamente su porvenir. Hizo en una
cuartilla el borrador de la carta a la ingrata, rebosando lirismo; pero
se acordó de la incomprensión en que habían quedado las otras epístolas
y desistió de enviarla. Rompió el papel lentamente y aventó sus trozos.

--Soy--decidió--el más desventurado de los hombres.

Y la seguridad de esta supremacía le hizo quedarse más satisfecho de sí
mismo.



XXI


Amaro Rodeiro no tuvo que insistir para convencimiento del mozo.
Le había dicho con voz grave, con cierta tristeza en la ancha faz
bondadosa:

--Es preciso que vuelvas. Se acabó la aventura. Tu madre conviene en
que no se hable jamás de lo ocurrido. Cree la pobre que estos meses
de vida fuera de su amparo te han servido de lección. Ahora quedarías
abandonado en la ciudad. Mi ascenso me obliga a partir... ¡Otra vez a
Castilla!...

Había suspirado melancólicamente. Añadió:

--Esta tarde marcharemos en mi tílburi.

Y Sergio calló, también melancólico.

Partieron. Fué como una caminata hacia la paz. Cuando la copa de un
árbol ocultó la última pared blanca y el más saliente tejado rojo del
pueblo, llegó el blando sosiego campesino hasta el último rincón de sus
ánimos. Atrás quedaban las preocupaciones ciudadanas, dispersas como
tropel de brujas sorprendidas por el canto del gallo o por la aparición
del ofuscante sol a la mitad de su aquelarre.

Sergio iba sintiendo poco a poco penetrar en él la suave paz campesina
y levantarse evocadores mil recuerdos sutiles, como si volviese de un
largo destierro. Callaba, mirándolo todo con avidez. En el polvo de la
carretera, las rodadas le parecían como la indicación bondadosa que en
los cuentos de niños guía a los personajes hacia la hospitalaria casita
del bosque o hacia el palacio extraño donde un buen rey de barbas
blancas pide la solución de tres enigmas como precio fijado a una breve
mano de princesa.

Al pasar el coche, saludaba un campesino o miraba, curiosa, una
mujercilla jineta en un caballejo de piel obscura, de larga crin. Todo
era quietud veraniega; hasta en el cansado rodar del coche parecía
sentirse el mandato imperativo de la calma. Humeaba una casita junto
al charco de una represa, y un álamo negro, torcido, parecía ir a caer
para formar puente sobre el terso cristal. Y en un recodo se mostró de
pronto la ría, plana, inmóvil, en el verde vaso de los montes que la
rodeaban; y en medio de un intenso azul, robado al cielo, la mancha
sepia de una dorna, y en la dorna la motita roja de un pañuelo de
mujer, que volvía acaso de mariscar en los bajos arenosos que descubría
el reflujo.

La amargura de su desengaño tuvo aún un aleteo en el alma juvenil, al
divisar los grandes olmos de la carretera de la Gándara. Pero el mismo
paisaje amigo le devolvió la paz. Deseó fundirse en él. ¡Sentirse
árbol, sentirse mata, sentirse hierbecilla!... ¡Dios mío; si pudiese
contarse todo lo que dice al alma el enorme silencio de la tarde
aldeana!... ¿Quién lo narró jamás? ¿Imagináis el contraste de la verdad
con el artificio del poeta que busca palabras, del pintor que elige
colores? ¿No habéis advertido muchas veces esta sugestión del campo,
esta enérgica reclamación que hace de vuestra alma, de vuestro cuerpo
mismo? Llegáis; habéis saltado del automóvil o del coche; tenéis en lo
íntimo cierta sensación de hombre que está descentrado, fuera de medio;
que condesciende a pisar el barro de los caminos estrechos y a escuchar
la infantil charla aldeana; entráis como un ateo cortés en un templo.
Y poco a poco, el recogimiento, la grave quietud, penetra en el alma
como una suave admonición, y corre por vuestro espíritu como si hallase
abierto en él un viejo cauce. ¿Qué eres tú, voz aldeana, qué eres tú,
que tienes tan aguda angustia en tu paz?

Y la voz habla lentamente, y el alma la oye con un íntimo amargor, como
una mujer que llorase al saber la pena de un amador desdeñado.

Eres la verdad. Eres el aldeano ignorante, que no siente el ansia
ponzoñosa de saber; que siembra y recoge; que al sembrar piensa
que el desamor ajeno no puede estorbar el crecimiento de la planta
nueva; que al recoger tiene el alto orgullo de su obra. Eres la mujer
sencilla que no sabe engañar. Eres la ley sabia y la ley fuerte de la
Naturaleza. Y en ti es santa la ignorancia del hombre y en ti es santa
siempre la caricia de amor, por ser de amor, y en la fuente donde bebió
un sediento, bebe otro sediento, feliz por hallar el agua fresca y
rumorosa, sin el escrúpulo atormentante de que otro cariño descubrió
antes el manantial y aplicó a él sus labios ansiosos.

Y la voz aldeana os dice:

--Tú eres así también; tú debes ser así; las pobres ideas tuyas son
como las plantas parásitas de mis campos, y ellas te han podido ocultar
la verdad.

Y sentís entonces un punzante dolor, como si hubieseis negado a la
madre humilde, a la madre buena, porque no fuesen de moda sus vestidos
o fuese torpe su hablar. La vida debiera ser así: conocer tan sólo los
pequeños misterios, las pequeñas sensaciones del campo, sin torturas,
sin retorcimientos del alma. Sentirse aldeano rudo. Mejor, sentirse
alondra que canta, cuervo que pasa, mastín perezoso y atento a la vez.
Mejor aún: sentirse árbol, mata, hierbecilla.

Ser primero semilla en el surco, en la grieta, donde el azar la
pusiese. Romper la tierra, subir. Ser alfombra blanda, ser sombra
amparadora. Gustar el bien de soportar un nido; gustar la alegría de
la lluvia y la caricia del sol. Y a veces, cuando el viento llegase
del mar o bajase de las montañas, mover la copa poblada y cantar como
cantan los árboles: sordamente, con un contenido placer de sanidad.

Y al fin, un día, muchos días, ir muriendo poquito a poquito, secándose
una a una las hojas, haciéndose leñoso el tronco flexible; y morir así
con la más bella muerte, sin saber de pasiones, sin saber de tristezas,
sin saber del bien ni del mal. En un divino egoísmo; con un alma
diminuta, extraña, que no conociese una traición, que no debiese una
gratitud, que no hubiese soñado nunca con moverse del palmo de tierra
del barranco o del cerro donde cayó una vez la semilla que trajo una
ráfaga loca.

¡Si se pudiese borrar la vida y recomenzarla! ¡Si se pudiese elegir!
¡Si pudiésemos matar el germen atormentante, venenoso, de la vida
ciudadana!... Con qué tristeza se piensa que en todo el campo no hay
tierra bastante para sepultar el maleficio del ambiente vivido, tan
poderoso que una sola amargura suya entenebrece. Con qué devoción, con
qué ansia extrahumana se recibiría la limosna de esta paz en que nos
sentimos extraños.

¡Oh, ser árbol, ser roca, no saber, no querer, no importar nada, no
tener un alma enloquecida siempre con uno, siempre en un monólogo de
obsesión, de tormento!

       *       *       *       *       *

Pero en el joven el ambiente amigo recuperó súbitamente su influjo.
¡Tanta ternura había en el olor de la brisa que llegaba del mar,
atravesando el bosque de pinos!... Cuando abrazó a doña Rosa, grave,
pálida, rompió a llorar. Luego, ante el severo retrato de su padre,
entogado, solemne, tuvo la tentación de una reverencia.

Amaro cenó con ellos, para atenuar lo violento de las primeras horas.
Después, acodado en la galería, mirando la negrura de la noche, esperó
a que enganchasen el caballejo que había de llevarle a su caserón.
Isabel asomóse también. Callados, desvaída la atención en la sombra
infinita, permanecieron así largo tiempo. Un fuerte aroma campesino
crecía en la tibieza del aire encalmado. Débiles rumores llegaban
alguna vez, acaso el zumbido de un insecto, acaso el rozar de las
tiesas hojas de maíz contra el cuerpo del invisible perro vigilante que
atravesaba la era... Muy lejos se oyó el chirrido de los carros que
venían de las aldeas remotas a buscar la arena de la playa. Entornando
los ojos, Isabel hacía llegar los destellos de algún astro de cambiante
color hasta la misma tierra tenebrosa, claros y rectos como un haz de
saetas milagrosas de suave luz.

En la casa de los Solís había una ventana iluminada: la del oratorio
donde doña María, entre su servidumbre, guiaba con suspirante voz el
santo rosario. Las cuentas de azabache eran invisibles sobre su negro
traje; destacábanse en el marfil de las manos y volvían a fundirse con
el triste luto. Ella, cerrados los ojos, pálida, esquelética, gemía
las palabras de la oración, que el murmullo de voces le devolvía.
Después, cuando los servidores marchaban, aún rezaba largamente ante el
Cristo sangrante y trágico, cuya sombra hacía temblar en la pared la
lamparita de aceite. Cada noche doña María pronunciaba un nuevo voto de
sufrimiento, de penitencia cruel, a cambio de la vida de sus hijos,
más transparentes, más ahilados de mes en mes, cargados de amuletos
ineficaces, tristes, serios...

Isabel dijo al fin, en voz baja, como si temiese romper el encanto de
la enorme quietud:

--¡Cuánta paz hay en la noche! ¡Parece que alrededor de nosotros todo
ha desaparecido!

Rodeiro calló. Pasaron unos instantes.

--Isabel.

--¿Qué?

Pero Rodeiro tornó a enmudecer. La joven contempló nuevamente la
estrella diminuta para prolongar sus hilos de luz. Otra vez, pero más
mimosa, más cerca, más apagada, la voz varonil susurró:

--Sabeliña.

Y siguió todavía más próxima:

--Tengo que decirle que estoy enamorado de usted, que siempre estuve
enamorado de usted...

Un silencio. La voz, más emocionada, casi temblorosa, agregó:

--Dentro de un mes marcharé; si quiere, antes de un mes nos despedimos
los dos de la Gándara en la iglesia de Santa María...

       *       *       *       *       *

Al dar las once el reloj, doña Rosa miró, soñolienta, la esfera:

--Ya son las once.

Sergio repitió con la misma entonación de escándalo de su madre:

--¡Ya son las once!...

En la estancia parecía haberse amortiguado la luz; había un suave sopor
en el ambiente, en las personas, en las cosas. Se había oído correr en
la puerta los pasadores de hierro, y después, las pisadas estrepitosas
de los zuecos de Chinto, que regresaba, cumplido aquel su último deber
de la jornada. Rafaela, antes de subir a su alcoba, había entrado en
el comedor. Arrimada al quicio, con sus manos ocultas bajo el mandil,
contemplaba a Sergio visiblemente, casi maternalmente complacida de su
regreso. Chinto apareció también a recibir órdenes. Era preciso que
acompañase a Rodeiro con un farol por entre los campos tenebrosos.
Rafaela inquirió, viendo soliviarse a Sergio en su silla:

--¿Tiene sueño ya?

--Sí, tengo sueño.

--«Allá» no se acostaría tan temprano.

--No.

Aventuró aún:

--Acaso a la una de la noche.

--Más tarde.

--A lo mejor, a las tres.

--Más.

Rafaela interrogó, asustada:

--¿Y qué harán a esas horas, señor?...

Explicó Chinto con aire de hombre bien enterado, que habla a un ser de
inferior cultura:

--Hacen esas cosas que ponen los papeles, mujer.

Sergio entró en su cuarto. En los vidrios del balcón, el fondo negro
de la noche hacía espejo para su imagen. Desde fuera, aquella ventana
iluminada tendría a lo lejos un apacible encanto misterioso. ¡Oh, el
grato hogar!... Desnudóse, se zambulló en el lecho, apagó la luz. Oyó
el crujido de aquellas escaleras que tantas veces había subido, y que
gemían ahora bajo el peso de la anciana criada. Y entonces volvió a
pensar en Federica, pero sin rencor ni pasión, como algo muy distante
ya. Pensó un minuto. El sueño envolvía en gasas su facultad evocadora.
¡La cama era tan blanda, tan amparadora la quietud, tan profundo el
recogimiento de la noche!...

Y casi vencido ya por el sopor, recordó con el mismo espanto de Rafaela
aquellos hombres que a esa hora comenzarían su labor en _El Avance_,
llenando cuartillas con «esas cosas» complicadas y absurdas que «se
ponen» en los periódicos...


FIN





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Volvoreta" ***

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