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Title: Si yo fuera rico - Novela
Author: Larra, Luis Mariano de
Language: Spanish
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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_, las
    negritas entre =iguales= y Las versalitas se han convertido a
    MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía del original, que difiere ligeramente
    de la actual —especialmente en el uso de tildes, leísmos y laísmos—,
    normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * No obstante, se han añadido tildes a las mayúsculas que las
    necesitan.

  * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de exclamación y de
    interrogación.

  * El género de la palabra «dote» es unas veces masculino y otras
    femenino. No se ha normalizado.



¡SI YO FUERA RICO!



[Ilustración]



  BIBLIOTECA UNIVERSAL

  ¡SI YO FUERA RICO!

  NOVELA ORIGINAL
  DE
  DON LUIS MARIANO DE LARRA

  ILUSTRADA POR ALEJANDRO DE RIQUER

  [Ilustración]

  BARCELONA
  —
  MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
  CALLE DE ARAGÓN, NÚMS. 309-311
  1896



  ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES



=Al Sr. D. José Laméyer=


_Siento, querido Pepe, que no seas ya un_ =conspicuo= _abogado de los
más célebres de la península, ni un_ =eximio= _diputado de los más
influyentes en la cosa pública, para hartarme de endilgarte epítetos
y calificativos modernos, entre los que descollarían el_ =valioso= _y
el_ =docto= _y el_ =perspicuo=, _y tantos otros dictados académicos,
arcaicos y churriguerescos, tan del gusto de los críticos_ =fin del
siglo=, _que felizmente nos corrigen, guían y desmenuzan_.

_En vez de toda esa hojarasca ditirámbica, te habrás de contentar con
que te tenga por lo que eres: un joven de gran talento, de sólida
instrucción y de sentimientos nobles y generosos, digno heredero de
aquel honradísimo y cumplido caballero D. Gerardo Laméyer, que te
dió el ser, y á quien jamás he olvidado ni en mi recuerdo, ni en mis
oraciones._

_Siguiendo su ejemplo y sus lecciones, ocupas hoy, aunque muy joven
todavía, un puesto distinguido en el partido liberal, en el foro y
quizás pronto en el Parlamento. Á todas partes te seguirá solícito
mi nunca desmentido afecto, y en todas te deseo triunfos sin cuento y
dichas sin número._

_Compártelos con todos los seres caros á tu cariño, y no olvides
entre ellos, por muchos que sean, que siempre será tu invariable y
apasionado amigo,_

  =Luis Mariano de Larra=

10 diciembre 1892



[Ilustración]



CAPÍTULO PRIMERO

LA FÁBRICA DE BERNAREGUI


Era doña Bernarda Bonet, mujer que frisaba en los cincuenta años, de
morenas y apretadas carnes, de complexión robusta, de carácter agrio,
de palabras secas y desabridas, y de corto y revesado entendimiento.
Sabía comprender todas las cuestiones propias ó extrañas que se
sujetaban á su criterio por el lado más ilógico é irracional; y todos
sus actos, como consecuencia natural de tales premisas, eran casi
siempre los menos acertados en la marcha normal de su existencia. No
había sido en su juventud ni más fea ni más bonita que en su edad
madura, y si hemos de creer á cuantos la habían conocido desde sus
primeros años, siempre había sido igual; diríase que había nacido
de cincuenta años, con el mismo vestido de merino negro, el mismo
delantal de cuadros azules y blancos, el mismo pelo pegado á las
sienes y el mismo gesto de vinagre. Huérfana casi desde su infancia,
siempre había vivido con su hermano Benito, hombre de bonísima pasta
á quien conoceremos dentro de poco; y en honor de los dos hermanos
debemos decir que se querían entrañablemente y que su conducta moral
pública y privada podía servir de ejemplo y de modelo á la clase
social á que pertenecían.

Nunca se supo de doña Bernarda si había aspirado en su juventud á los
dulces y legales placeres del matrimonio; pero en su calidad de mujer
es muy probable que así hubiera sucedido. Sea porque su desabrido
carácter hubiera alejado á los pretendientes, ó porque su adocenada
y ancha figura no hubiera inspirado simpatías, ó también porque su
género de vida la apartaba de fiestas públicas y de recreaciones
caseras, ello es que habían transcurrido los años sin que un mal
noviazgo ni un ligero proyecto matrimonial hubieran venido á romper
la monótona soltería de doña Bernarda. Esto era lo que la opinión
pública sabía de sus asuntos; pero en el fondo del corazón de la
solterona, y sin que nadie pudiera sospecharlo, había un drama, y un
drama terrible, desarrollado en el misterio, en la soledad y en el
fuero impenetrable de la conciencia.

  _Où le terrible va t’il se nicher?_

Eso dijo el poeta y eso creen los satíricos; pero en la práctica
de la vida vemos continuamente tragedias y crímenes de que son
autores ó protagonistas seres vulgares y tontos de capirote. La
prosaica, la robusta, la vulgarísima doña Bernarda tenía su drama
correspondiente. Por sainete le juzgaría quizá el mundo si le
hubiera conocido, pero para ella drama era, y drama fatalista, drama
viviente, drama sentimental y hasta filosófico. Desentrañemos su
pensamiento y ofrezcámosele como espectáculo á nuestros lectores.

La escena pasa en el corazón de doña Bernarda. ¡Pobre doña Bernarda!
En la escena no hay muebles de ningún género, ni puertas públicas ni
secretas, ni siquiera una mala ventana. La escena está completamente
á obscuras; de pronto entra, recatándose, un personaje...: á la
tenue claridad del crepúsculo vespertino parece un hombre: no habla
una palabra; no hace más que pasearse y mirar al cielo de cuando en
cuando. Y entra y sale y vuelve á entrar y vuelve á salir, y repite
esta situación durante cinco actos. Al final se va para siempre y
no vuelve más: cae el telón y se acaba el drama. Ni Shakespeare ni
Calderón pueden imaginar tragedia más terrible. ¡Pobre doña Bernarda!

Pero y ¿cuál es el argumento del drama, de ese drama inédito que
nadie conoce, y que debe estar como todos dividido en actos y en
escenas, y escrito sin duda alguna en prosa ó verso, según los
gustos ó la idiosincrasia del autor? El drama no sabemos cómo estaba
escrito, pero sí afirmaremos que parecía escrito con sangre en vez
de tinta y que sus escenas debían ser patéticas y reconcentradas, y
exornado además con todo el aparato que exigía su argumento.

El argumento--helo aquí--no podía ser más sencillo ni más humano. La
fábrica de tejidos de Joaquín Bernaregui, establecida en Barcelona,
era si no una de las más pingües en rendimientos de Cataluña, una
de las más consideradas y de reputación más sólida del Principado.
Habíase establecido en 1824 con los escasos elementos con que
contaba entonces la industria española, y sólo á fuerza de años
y discutiéndolas palmo á palmo se habían introducido en ella las
reformas y adelantos que el progreso extranjero había sancionado en
sus continuos trabajos. Á fines del año 1880, el balance general de
la casa acusaba un capital de dos millones de pesetas, después de
cubiertos todos los gastos y de equipararse con poca diferencia los
créditos no cobrados con los giros y letras á pagar. Puede decirse,
por lo tanto, que el estado de la casa de comercio de Bernaregui era
desahogado y su situación financiera sólida y segura. Cierto que
los dos millones de pesetas no podían ser realizados en metálico
contante y sonante, si se hubiera querido liquidar en el acto, y que
el valor en coste de la fábrica con sus máquinas, telares, géneros,
utensilios y mobiliario industrial y particular nunca hubiera dado un
efectivo de la mitad de lo que importaba en los libros de comercio.
Para que la fábrica hubiese ido creciendo en importancia y ganancias
desde que Bernaregui padre la fundó en 1824 hasta que Bernaregui hijo
firmó el balance de 1880, se había acumulado en los últimos veinte
años el trabajo asiduo de tres individuos casi de la misma edad y de
idénticas condiciones y aptitudes comerciales, aunque de carácter
antagónico y desemejante. Uno de ellos era Joaquín Bernaregui, el
dueño, el propietario y el jefe de la industria: otro era Juan Puig,
el cajero de la casa, honrado á carta cabal, serio y grave en su vida
privada como en su cargo oficial; y el tercero Benito Bonet, hermano
benévolo de nuestra amiga doña Bernarda. De los tres amigos sólo
éste tenía familia: una hija bellísima, que frisaba en los catorce
años en el de 1880, y la hermana en cuestión, pues su esposa había
muerto al dar á luz á Lucía, la alhaja de la casa, y de la que había
sido padrino en la pila bautismal el mismo D. Juan Puig, compañero
de Benito. Estos tres hombres, asiduos en el trabajo, morigerados en
sus costumbres y económicos en sus gastos, no tenían más objetivo en
su existencia que la marcha acertada de la casa comercial y el mayor
rendimiento posible de la fábrica. Bernaregui dirigía, emprendía
y reglamentaba, por decirlo así, las exterioridades generales de
la empresa: celebraba los contratos, llevaba á cabo las compras
y ventas por mayor, y como amo y propietario, se embolsaba las
ganancias, dando una pequeñísima participación de ellas á sus dos
amigos, que nunca habían llegado á ser sus socios y se contentaban,
ó lo parecía al menos, con ser los dos principales empleados de la
casa. Puig, el cajero, tenía á su cargo, como era natural, la parte
administrativa: letras, giros, pagos, asientos; en una palabra,
cuanto en casas de más fuste está encomendado al tenedor de libros,
al cajero, al apoderado y al tesorero. Ni una peseta entraba en la
casa, ni un real salía del bolsillo del principal, sin pasar por las
manos y los libros de Puig, y hasta su sueldo, que no pasó nunca de
tres mil pesetas anuales, sólo se cobraba después de probarse por
balances y arqueos que no había ni la equivocación de un céntimo
en los libros ni en las esportillas. Benito Bonet tenía á su cargo
la dirección práctica de la industria. Los talleres diversos, los
complicados telares, los almacenes, las salas de trabajo, todo
estaba bajo la vigilancia, la inspección y la dirección de Bonet,
que por su carácter dulce era mirado por todos los obreros como su
verdadero jefe y su defensor nato en todas sus quejas ó sus deseos.
Estos tres hombres, solteros los dos primeros y viudo el último,
formaban una trinidad de idénticos poderes aunque con distintos
atributos, y su vida mutua se pasaba en mancomunidad de trabajos, de
inteligencias y de gustos. Bernaregui vivía en la fábrica, ocupando
dos modestísimas habitaciones del piso principal, pared por medio de
la oficina, gran salón atestado de piezas de tela, libros comerciales
de cada año, mesas de escritorio, caja, taburetes altos para los
escribientes, y estantes con legajos de correspondencia, facturas,
partes telegráficos, etc. Dos ancianas, obreras jubiladas de la
fábrica, cuidaban de la limpieza, digámoslo hasta cierto punto, de
las habitaciones principales y de la ropa interior y de cama del
amo, no siendo necesario cuidar de la de mesa, por comer y almorzar
siempre Bernaregui en un fonducho en sus años juveniles, en una
fonda en los de su edad viril, y en un restaurant en los últimos
de su vida. Tampoco Puig y Bonet vivían en la fábrica. El cajero
ocupaba un gabinete en un piso tercero de una calle cualquiera como
huésped de paga segura, y Benito vivía con su hija y su hermana en
un piso modesto, que no para otros lujos daban los doce mil reales
de su sueldo, equiparado al de Puig en la decena de años de 1870 al
1880 á que nos referimos. Y aquí empieza el argumento del drama de
Bernarda. Puig visitaba á menudo á su compañero y amigo Bonet, y como
éste era el único de los tres amigos que tenía casa y hogar, en este
hogar y en esta casa se celebraban todas esas fiestas caseras que
hacen algo menos monótona la vida de los que diariamente se entregan
á un trabajo periódico y uniforme. Las pascuas de Navidad, la noche
de ánimas, el día de año nuevo y los respectivos santos de los tres
inseparables, siempre los veían reunidos bajo el techo patriarcal y
modesto de Benito y Bernarda, si bien en cada circunstancia solemne
pagaban los convidados su escote con oportunos obsequios, para no
aligerar demasiado con excesos gastronómicos la exigua bolsa del
anfitrión.

¿Dió á entender alguna vez Puig á Bernarda Bonet con palabras claras
ó indirectas embozadas que no la era indiferente? Nadie puede
asegurarlo. ¿Figuróse la pobre mujer que las miradas de Juan tenían
una significación que estaban muy lejos de tener? Todo es posible;
pero de un modo ó de otro la suposición ó la esperanza nada tenían
de absurdo ni de desatinado. Los dos amigos tenían idéntica posición
y hasta el mismo sueldo en casa de Bernaregui. Su constante amor al
trabajo y el empleo eterno de su tiempo alejaba á ambos de intrigas
y hasta casi de conocimientos superficiales femeninos. Siendo ella
la única mujer á quien visitaban Bernaregui y Puig, milagro es que
Bernarda se contentara con ser amada del compañero de su hermano y
no soñara serlo por el mismo opulento jefe de la fábrica y señor de
todas aquellas vidas y haciendas.

No fué así, sin embargo. Ella creyó que Puig la amaba ó que podía
amarla, que aspiraba á su mano ó que no sería difícil que aspirase
á ella; y como su edad era poco más ó menos la misma de su amador
en ciernes, y como ambos eran pobres, que pobres son los que sólo
tienen por todo capital un sueldo modesto; y como ambos eran feos
y honrados y económicos, el plan no tenía nada de descabellado
ni de irrealizable. Y sin embargo no se realizaba nunca. En esta
situación beatífica y serena sorprendió la muerte un día á Joaquín
Bernaregui. Tras rápida enfermedad y rodeado de aquellos únicos seres
que constituían, si no su familia, sus únicas afecciones, murió el
honrado fabricante, pocos días después de hecho el balance de la casa
en 1880.

Abierto el testamento la misma tarde que era conducido el cadáver
á su mansión eterna, se vió con sorpresa de todo el mundo y con
mayor sorpresa del interesado, según aseguraba él mismo, que el
heredero universal de Bernaregui, por carecer éste de parientes en
ningún grado, era Juan Puig, su constante cajero y su más constante
amigo. Para él la fábrica, la casa comercial, algunos solares, alguna
finquita rústica y todo lo que constituían los dos millones de
pesetas del último balance.

¡Qué situación final para el drama de Bernarda! Puig no se había
casado con ella antes de heredar: ¡no era ya probable ni lógico que
se casara después! Quizá ella pensaba, cuando sucedió la catástrofe,
en la posibilidad de un atrevimiento por su parte para obligar al
hombre á ser más explícito; pero la herencia destruía todos sus
planes y sus propósitos. Además ¿quién podía prever cuáles serían las
intenciones del nuevo rico respecto á su eterno amigo y compañero?

La humilde casa de Benito, Bernarda y Lucía Bonet, que hasta entonces
había sido morada de paz, fué por aquellos días centro de luchas
intestinas y de amargas quejas contra el implacable destino. No
llegaban á la vecindad gritos ni juramentos, pero oíase el sordo
murmullo de las murmuraciones y el continuo silbido de la envidia.
¿Por qué Bernaregui había legado toda su fortuna á Puig? ¿No tenía
Bonet los mismos méritos que el agraciado? ¿No habían trabajado los
dos del mismo modo durante treinta años para poner la fábrica y la
casa de comercio á la dichosa altura en que se encontraba? Si los
méritos de ambos eran iguales y el carácter de Benito era mucho
más apacible, más benévolo, más dulce que el de Puig, ¿no parecía
natural que el difunto hubiese preferido á Bonet? Y si se tenía en
cuenta que Bonet tenía familia, una hermana á la que sin cesar habían
molestado los tres en sus francachelas, y una hija única sin dote,
¿no era más lógico y sobre todo más equitativo que Bernaregui hubiese
nombrado á Bonet su heredero universal, puesto que Puig carecía de
familia y sus necesidades eran menores que las de Benito? Y por
último, y á este pensamiento se aferraban no sólo los interesados,
sino hasta los empleados y obreros de la fábrica, ¿por qué Bernaregui
no había repartido su fortuna por igual entre los dos amigos, los
dos empleados modelos que le habían ayudado á consolidarla? Cierto
que en una cláusula del testamento se encargaba expresamente al
nuevo poseedor de la fábrica que atendiera siempre á la persona y
familia de Benito; pero dejábase al heredero la facultad de cumplir
ó de interpretar semejante recomendación; y como el dinero ciega
tanto, ¡Dios sabe en qué términos se daría cumplimiento al deseo del
testador!

No seríamos justos si creyéramos unánimes los juicios de los tres
individuos que constituían la familia desheredada. El jefe, el
pacífico, el honrado Benito se lamentaba de su suerte con sencillas
exclamaciones: se alegraba públicamente de la fortuna de su querido
amigo y compañero Puig, y sólo hostigado por las agresivas indirectas
de su hermana y los profundos suspiros de su encantadora hija Lucía,
solía exclamar de modo que sólo lo oyese él mismo: «Si Bernaregui
hubiera querido, yo sería ahora rico; y ¡qué felices seríamos
todos... si yo fuese rico!» El desahogo no podía ser más prudente. De
doña Bernarda no hay que hablar. Quejas, lamentaciones, disparates,
malos pensamientos y peores palabras eran el fruto de su extraviado
entendimiento, y hasta se permitía mentir á sabiendas, dando á
entender con sus reticencias á propios y á extraños, que Puig había
bebido los vientos por ella cuando era pobre; que hasta la había
hablado de matrimonio más de una vez, y que su deber era haberla
ofrecido su mano en el mismo momento en que se vió favorecido por la
fortuna de Bernaregui. Lucía suspiraba, pero sin decir por qué: sus
tíos la suponían tan interesada como ellos en los asuntos financieros
de la familia, y es posible que se equivocaran, como veremos más
adelante y como podía esperarse de sus catorce años de edad, que aún
no había cumplido en aquella época.

Pasó el novenario de la muerte del testador, y como los negocios
comerciales no pueden paralizarse y los trabajos de la fábrica
exigían la continuación metódica de los mismos, se convino
tácitamente por todos en seguir en la misma situación hasta que el
nuevo principal diera cuenta de sus nuevos propósitos. La solemne
conferencia que se celebró un mes más tarde en el despacho-oficina de
la fábrica y á la que fué invitada doña Bernarda, dejó más amargos
desengaños en el alma de la atrabiliaria señora, calmó los poco
excitados nervios del bueno de Benito, y fué aprobada y aplaudida
por todos los empleados y dependientes. Puig declaró que al heredar
á Bernaregui sólo se creía depositario de su fortuna, y por lo tanto
seguiría con la fábrica en el mismo pie que el difunto la había
dejado. Si la generosidad sin límites de su difunto amigo mermaba su
capital con dádivas y alguno que otro sueldo innecesario, él seguiría
el mismo camino, y todos los empleados, operarios y obreros tenían en
la casa asegurada su subsistencia. Su única aspiración era que todos
pudiesen creer que aún vivía Bernaregui.

En cuanto á Benito, á su inseparable amigo, á su querido compañero,
al que era más digno que él de haber heredado al difunto, nada más
justo que conferirle el cargo de cajero que él había desempeñado.
Puig se reservaba, además de su empleo de _amo_, el de inspector
general de los trabajos del escritorio y de los talleres, que
había sido el destino de Bonet hasta aquel día. Allí sólo se había
verificado un cambio de nombre en el Registro de la Propiedad y en el
Tribunal de Comercio, y la muerte de un amigo del corazón. Todo lo
demás era exactamente lo mismo que diez, veinte, treinta años antes.

Puig sólo había llegado á tener tres mil pesetas de sueldo al año, lo
mismo que Benito; pero desde aquel momento Benito tendría cinco mil,
y como además la casa era grande y Puig carecía de familia y siempre
había querido á la de Benito como si fuera propia (¡qué rubor el de
Bernarda al escuchar aquellas palabras!), quería que su amigo y su
familia se viniesen á vivir con él á la fábrica. Aquí ya el abanico
de Bernarda empezó á echar tanto aire en la sala donde se celebraba
la conferencia, que todos los presentes se apartaron de su lado por
temor á una pulmonía. Esto no podría causar escándalo ni sorpresa á
nadie--prosiguió el orador,--porque su edad y la de doña Bernarda
no se prestaban á malos pensamientos; porque Lucía era su ahijada
y de su cuenta corría dotarla cuando más adelante eligiera esposo
de su clase y merecedor de su cariño, y porque, en fin, para que no
se hiriera la delicadeza de doña Bernarda haciéndola aceptar una
posición equívoca, desde luego la confería la dirección completa de
su hogar, nombrándola su ama de gobierno y señalándola para alfileres
quince duros mensuales.

¡Horror de los horrores! Oir los aplausos y plácemes de empleados
y obreros, sentir los cariñosos brazos de su sobrina oprimiendo su
cuello con muestras de felicidad, y ver á su hermano..., al mismo
Benito, llorar de placer y agradecimiento en los brazos del tirano,
del amo, del ser sin entrañas que la relegaba á la categoría de
criada..., ¡á ella, á la que merecía ser ama de todos, á la que tenía
derechos antiguos..., derechos sagrados á ocupar, no el comedor ni el
cuarto de costura, sino el mismo tálamo del emperador de la China!

¡Falso y calumnioso pensamiento que abrasaba su cerebro y hacía
enmudecer su lengua de víbora! Ella había sido siempre honrada, sin
darse cuenta de ello; Puig había sido siempre casto, y jamás ni con
el pensamiento, si hemos de dar crédito á sus antecedentes y á su
conducta, había tratado de conceder derechos de ningún género á la
ilusa doña Bernarda; pero ésta, en su rabia por no ser el ama, en su
despecho por no ser rica, ni apenas se daba cuenta de que echaba su
honra por los suelos con tal de zaherir y desacreditar al que los
colmaba de beneficios.

Por no dar una campanada escandalosa quizá, y por no perder del todo
la esperanza de que aún pudiera conquistar con sus encantos aquel
corazón de roca, aceptó en silencio y con cara y ademanes de víctima
propiciatoria el puesto que se la brindaba; hiciéronse en la casa las
obras indispensables para el nuevo género de vida de unos y otros, y
á los tres meses escasos de la muerte de Bernaregui quedó instalada
la nueva familia en las mejores habitaciones de la fábrica.

Así pasaron tres años, tolerándose mutuamente unos y otros los
defectos de carácter inherentes á toda criatura humana, aunque
acentuándose más en la vida íntima todos los puntos salientes que
causan rozamientos y divergencias. En esos tres años Benito adornó
con un tinte amargo y melancólico su obediente asiduidad; Lucía se
desarrolló rápidamente y cumplió sus diez y siete abriles, proclamada
por todos los que la conocían como un prodigio de belleza, y doña
Bernarda había casi enmudecido echando á solas espuma por la boca,
y lanzando por ella suspiros capaces de ablandar las piedras cuando
alguno la preguntaba por su salud ó por su dicha.

Puig seguía inalterable desempeñando su papel de amo y de principal,
dictando sus órdenes, vigilando su fábrica, haciendo sus balances,
algo menos brillantes que los de su predecesor, y más silencioso aún
que de costumbre. Cuando se retiraba á su dormitorio y todo era calma
y soledad en aquel edificio tan bullicioso durante el día, diríase
que una pena profunda embargaba toda su ánima, y que una cadena de
pensamientos tristes ataba aquella existencia que tantos envidiaban
y que todos creían una de las más felices y bienaventuradas de la
tierra.

Formando contraste con estos melancólicos personajes vivía también en
la fábrica, en calidad de dependiente, pero con el verdadero empleo
de criado de todos y para todo, un hombre de treinta y seis años, de
no mala figura, de desenvueltos modales y de rostro no desprovisto
de gracia. Llamábase Rispall, había nacido en Villanueva y Geltrú, y
gracias á sus _buenas referencias_ no tuvo inconveniente el principal
en admitirle á su servicio. Lo malo fué que á pesar de asegurar
el hombre con inaudito aplomo que sabía de todo, lo mismo para el
escritorio que para el servicio doméstico, se vió muy pronto que no
sabía nada, ni para nada servía.

Cuando se le enviaba á la calle con un recado urgente, empleaba dos
ó tres horas en cumplir su cometido, y cuando pillaba por su cuenta
_El Porvenir_, órgano de Ruiz Zorrilla y su periódico favorito, hasta
que no leía el último anuncio no se daba por satisfecho, ni había
forma de hacerle dejar la lectura por más necesarios que fueran sus
servicios. Pero era tan agradable su conversación, tan cómicas sus
lamentaciones filosófico-sociales y tan originales sus protestas para
disculpar la pereza y la afición á la holganza que le caracterizaban,
que se había hecho simpático á todos sus jefes; y es de advertir que
sus jefes eran todos los empleados de la fábrica, y las familias
de los mismos, y cuantos más ó menos directamente tenían algo que
ver con el principal. Á bien que á Rispall le importaba muy poco el
excesivo número de sus amos; no obedecía á ninguno, con pretexto
de obedecer á todos, y hacía en todo y por todo lo que se llama
vulgarmente su santa voluntad.

El innato espíritu de rebeldía que domina en el hombre y que á duras
penas logra vencerse con la educación y las costumbres sociales,
parece que adquiere mayor desarrollo en los grandes centros fabriles
y dondequiera que una masa de individuos creen tener iguales derechos
y contribuir por igual con su trabajo al desarrollo y prosperidad
de una industria. Cada uno de los que se creen con iguales méritos
que los otros pretende tener un mérito especial para ser distinguido
de sus mismos iguales, y de aquí el afán constante en cada uno de
creerse más necesario, de oponer mayor resistencia á las órdenes
generales y de suponerse exceptuado por derecho propio de respetar
ciegamente las leyes que regulan el orden y la disciplina del
establecimiento. _Todos bien, pero yo_... es la frase que, si no se
atreve á salir de los labios, se cuece en todos los cerebros desde
el primer dependiente hasta el último obrero, y que perturba sin
cesar la armonía exterior, aquel conjunto de voluntades sujetas á la
voluntad única y superior del principal. Mientras la resistencia es
pasiva y permanece en el estado latente de una enfermedad endémica,
nadie se da cuenta de ella y el orden impera en los diversos órganos
de que consta aquel cuerpo social; pero hay ocasiones en que el
mal toma carácter epidémico, la fiebre se apodera de todos, la
invasión estalla, y nacen las huelgas, los motines, las asonadas, las
colisiones entre obreros y patronos, los incendios y las ruinas. Por
fortuna nosotros no tenemos que describir ninguna de esas escenas
terribles, en el día tan comunes, no sólo en nuestra nación, sino
hasta en las más ilustradas de Europa y América.

Nuestros cuadros serán más tranquilos, más sosegados, y la lucha, si
lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de
nuestro relato será una lucha íntima, sorda, malévola siempre, pero
encerrada también en los límites de la mutua conveniencia y del orden
establecido.

Para ser verídicos debemos hacer constar que el estado de la
fábrica, en cuanto se refiere á su atmósfera moral, no era, en la
época que da principio á nuestra historia, tan limpia y sana como
en los tiempos de Bernaregui. La enérgica voluntad de su antiguo
dueño, causa primera sin duda de su situación brillante, había
desaparecido con él, pues el carácter de Puig, reservado y triste,
se doblegaba con más facilidad, por su deseo de paz y concordia, á
las exigencias de unos y otros y á las aspiraciones no siempre justas
y nunca desinteresadas de los más bulliciosos. Y sucedió lo que
lógicamente debía suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sabían
que sus órdenes eran irrevocables y que justas ó injustas no había
medio de protestar contra ellas, y de aquí nacía la tranquilidad
de la obediencia. Puig, por el contrario, admitía observaciones,
oía consejos y muy á menudo revocaba alguna de sus órdenes; gran
disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en
el uno había sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el
otro por exigencias desmedidas y tiránico despotismo. Los mismos que
callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y
efervescente espíritu de rebelión cundía injustamente de taller en
taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa
de comercio y fábrica de tejidos.

Si en otro tiempo obreros y empleados hubieran podido con algo de
razón llamar autócrata á Bernaregui, hoy carecían de ella en absoluto
al apostrofar con el dictado de tirano al tolerante y reconcentrado
Puig. No se traducían aún en hechos estos temerarios juicios que
de él se hacían en conversaciones más ó menos públicas; pero, á la
primera ocasión que se presentaba, les faltaba tiempo á todos para
quejarse de las exageradas autocracias del antiguo _cajero_ de la
casa.

Y ésta era la verdadera piedra de toque de aquellos juicios
inmerecidos y de aquellas quejas inmotivadas. Si á Bernaregui hubiera
sucedido en la dirección de la fábrica un hijo, un hermano, quizá
un lejano pariente, nadie se hubiera dado cuenta del cambio de amo,
por más que su carácter, sus costumbres y hasta su inteligencia
fueran peores que las de su antecesor. Pero heredar la fábrica _uno
de ellos_, por más que fuese el mejor y el más inteligente de todos,
un _obrero_ como los demás, un individuo ajeno á Bernaregui, eso era
el colmo de la injusticia, un golpe de la loca fortuna, un capricho
de la suerte, que lo mismo y con la misma razón hubiera podido
favorecer á otro. Todas las buenas cualidades, todo el mérito, toda
la inteligencia que se reconocían con gusto en Puig cuando _criado_,
aunque de la primera categoría, se desconocieron en él cuando _amo_;
y es porque todos sin excepción se creían con el mismo mérito, con
las mismas circunstancias que el agraciado.

Como siempre, se exageraba la cuantía en la herencia, haciendo subir
á cuatro, seis y más millones de pesetas el capital de la casa, que,
según el balance de 1880 á que nos hemos referido anteriormente, sólo
arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la
fortuna, mayor era el descontento de los que la veían en manos que no
eran las suyas.

Estas indicaciones acerca del estado de los ánimos de cuantos
dependían de la fábrica de Bernaregui, que así continuaba llamándose
y así había de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto,
explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse
en ella.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO II

QUEJAS DE UNA ADEPTA DE NOCEDAL Y REFLEXIONES DE UN CORRELIGIONARIO
DE RUIZ ZORRILLA


Las ideas políticas se han apoderado de todos los cerebros y han
invadido todas las conciencias. En otros tiempos, no sé si más
venturosos ó menos desdichados que los presentes, sólo los actores
que tomaban parte en la representación de la comedia política se
interesaban verdaderamente por ella, ó mejor dicho, por ellos mismos;
pero el público que presenciaba el espectáculo apenas le prestaba
atención pasajera; y lo que es la multitud que llenaba el mundo, ni
sabía la existencia del teatro, ni conocía á los actores, ni acertaba
á deletrear el título de la comedia.

Como la piedra lanzada á un lago lleva hasta el último límite de
su superficie los círculos de sus ondas; como el sonido atraviesa
las capas atmosféricas repercutiéndose en las ondas sonoras hasta
el infinito inapreciable á muchos oídos, llegaban al pueblo los
acontecimientos políticos. Sentía el movimiento, percibía el sonido,
pero ignoraba por completo la piedra que causaba el primero ó el ¡ay!
que producía el segundo.

La Revolución francesa al declarar los derechos del hombre, haciendo
á éste partícipe consciente de la vida de la humanidad, como el
Nuevo Testamento le había antes dado equitativa participación en la
vida eterna, hizo á todos los humanos actores del drama político, de
la comedia social, del sainete de costumbres y aun de la tragedia
religiosa: _Uno para todos y todos para uno_ es el lema moderno;
socialismo práctico más infalible, más inevitable y más eterno que
todos los sistemas teóricos de Prudhones y Smithes presentes y
futuros.

La nueva ley social necesitaba un Nuevo Testamento, y ese Nuevo
Testamento de la nueva ley social fué la _prensa periódica_. Por
ella es hoy el hombre _ente social_, y _factor político_, y _miembro
científico_ y parte integrante del todo humano.

El periódico, que ahorra el libro, por ser la síntesis pública é
impresa de todos los libros; que da diariamente impresa la opinión
ya concreta y condensada sobre todos los hechos, todas las ideas y
todos los sistemas políticos, científicos, artísticos, literarios,
morales, filosóficos y sociales; que ahorra el estudio, el tiempo,
el trabajo intelectual previo para entender de todo, hablar de todo
y juzgar de todo, es hoy, no ya la palanca de la idea, sino la idea
misma, asequible por igual á todos los criterios y á todas las
inteligencias.

Si la invención de la moneda ha hecho fácil y práctico para la gran
masa humana el _pan nuestro_ de cada día indispensable para el
cuerpo, así la invención de la prensa periódica ha dado al mundo
el _pan nuestro_ de cada día para satisfacer las necesidades del
espíritu.

Y como la eterna ley del progreso más se refiere al espíritu que á
la materia; como la humanidad, al irse modificando á través de la
historia y de las vicisitudes del planeta terrestre, ha modificado
su esencia moral, sin alterar en nada su estructura física, puesto
que el hombre y la mujer tienen hoy los mismos órganos, las mismas
funciones fisiológicas y las mismas formas externas que Adán y
Eva, sus primeros padres, claro es que la necesidad del _pan_ es
igual para todos los estómagos humanos, como lo ha sido desde el
pecado original, variando sólo según los progresos del espíritu las
necesidades de éste.

Por eso durante muchos siglos el hombre resumió sus aspiraciones
gritando en todos los tonos: _Pan y palo_.

Por eso los españoles gritaban en los albores del gran siglo XIX,
como resumen de todos sus goces: _Pan y toros_.

Por eso, sin gritarlo, pero sintiéndolo en todos sus actos, en todos
sus juicios y en todos sus deseos, el hombre moderno pide para vivir,
como únicos factores de su existencia: _Pan y periódico_.

Siento corrérseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un
estudio monográfico del periodismo, pero como otros ingenios más
peritos que el mío en la materia lo han de hacer de seguro alguna
vez, y como, después de todo, para mi novela sólo hacen falta algunas
reflexiones que indiquen la importancia del periódico en la vida
social moderna, me contentaré con aquellas que, por ser pocas y venir
á cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.

El hombre es eminente y fatalmente holgazán. Como se le dió hecho el
mundo, lo tomó á beneficio de inventario, y así toma siempre todo lo
que le dan hecho: la religión, las leyes, las costumbres y hasta las
modas. Como rezan todos, así reza; como le mandan todos, así obedece;
como lo quieren todos, así se viste. Si no fuera por las excepciones
de esta regla general, por los cuatro ó seis hombres que en el
transcurso de cada siglo dan un empujón, ó una sacudida, al mundo
moral donde vegetan mil millones de seres humanos, él viviría hoy,
como al principio del mundo, en paños menores, tumbado á la bartola
debajo de las encinas y alimentándose de las bellotas que por su
propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca,
con cáscara y todo.

Convencidos de esa triste verdad

  «los pocos sabios que en el mundo han sido,»

esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera
de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han
dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias
conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:

  1.º Ganar tiempo.

  2.º Ahorrar trabajo.

Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del
espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones
de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años,
ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios
prolongados, á los interminables preliminares.

Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor
emplea es la de la _inercia_, la otra fase de los descubrimientos
y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de
economizar el _sudor de la frente_ á los seres humanos condenados al
trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el
hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte
de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el
empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso
recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su
perfectibilidad.

Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la
escala del trabajo humano.

El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede
ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de
preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la
ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea
ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y
discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico
y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al
día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de
todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas
las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto
de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en
participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El
suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos
los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los
grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio)
á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de
mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta
terrestre.

Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo
algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio
que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor
dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.

Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro
relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores.
Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama
y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada
población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que
la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil
almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á
todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de
_criterios_ individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto
de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la
misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las
aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos
diario de nuestra moderna civilización.

_Tot cápita, tot sensus_, dice un proverbio latino, y si á él
añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento
propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres
encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de
pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer
pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana.
Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de
nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad
intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto
leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi
escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran
de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos,
aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al
unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo
existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.

Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por
despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su
terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos
tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en _Una
Cristiana_, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por
instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en
arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se
querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el
castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido
formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los
verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos
de su gloria.

Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía
la llegada de su confesor, un número de _El Siglo Futuro_, y tan
de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los
_neocatólicos_, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se
suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus
acciones y órgano de todas sus creencias.

Ya no pensó ni habló sino como los redactores de _El Siglo_, y dió
por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo
bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez
y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo
político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los
seres humanos.

Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la
fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba
su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos
del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes;
el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo
social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el
paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.

       *       *       *       *       *

Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia
de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio
del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor
de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de
pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el
silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados
sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados
de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza
cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado,
descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos
y _El Porvenir_ sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus
ojos, para ser leído con toda comodidad.

Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba
al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con _El
Siglo Futuro_ en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los
grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un
llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente
las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado
continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en
toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.

--Nadie por aquí todavía...--dijo al penetrar en el despacho,
creyéndose sola;--aún estará durmiendo el _usurpador_.

Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la
fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada
legítimamente.

--¡Ojalá!--la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la
butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como
si su lectura le hubiera excitado los nervios.--Si él se levantara
más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que
amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día
despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga
si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los
dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la
actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más
Narváez que el principal?

--¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus
flaquezas, según la doctrina cristiana--respondió Bernarda con un
mohín más sarcástico que religioso.

--Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus
errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben
perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!

--No por rico deja de ser nuestro prójimo.

--¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos
no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos
esclavos ó enemigos.

--¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!--dijo sonriéndose
amargamente el ama de llaves.

--Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra
sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados--que
eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en
su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa
de machete.--Soy republicano federal--continuó, alzando la voz--y fuí
alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si
hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!

--¡Ave María Purísima!--objetó entre dientes doña Bernarda.

--¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de
artillería á los dos años de haber caído soldado?

--Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del
liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del
liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la
humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder
temporal al Soberano Pontífice--que así decía aquella mañana el
periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.

--¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro
autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos
los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos
tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales,
que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que
trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!

--¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!

--El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!

--Pero la Biblia...

--La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del
vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!...
¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis
principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que
sean y vengan de donde vengan!

--Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace
al caso. Benito no tolera tales exageraciones.

--Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de
usted está de _non_ en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener,
ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa.
D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el
jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el
último.

--Los juicios de Dios son incomprensibles.

--¡Y tanto, que no hay manera de conformarse con ellos! En la fábrica
todos opinan lo mismo que yo. ¡Si fuera D. Benito el principal!
¡Anda!, ¿quién trabajaba?

--¡Hombre, me gusta la franqueza!

--Es decir..., se trabajaría..., pero con cierto método..., con
cierta medida; porque su hermano de usted es bueno, es compasivo...,
mientras Puig..., ¡oh!..., ¡ése!...

--Cuidado no le oiga á usted; ya debe andar por ahí...

--¡Á mí no me importa que me oiga todo el mundo! ¡No pertenezco á la
inmunda clase de los aduladores del poder! ¡No soy esclavo!

--Pero al fin hay que tener en cuenta--le interrumpió doña Bernarda,
acentuando más su irónica sonrisa--que nos da sueldo, casa...

--Comerciando con nuestro sudor.

--¡Prudencia y calma, Rispall!

--¡Chupando la sangre de los ciudadanos, asesinando al pueblo libre!

--No digo que no tenga usted razón..., pero al fin es el amo.

--¡Amo! ¡Jefe! ¡Dueño! ¡Principal! ¡Señor! ¡Vergüenza da que en el
último tercio del siglo diez y nueve se usen aún tales calificativos!
¿De qué nos ha servido entonces que matáramos á César en Roma hace
más de dos siglos?

Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no
se equivocaba mucho en las fechas.

--Vamos, cállese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no está
limpio y arreglado cuando venga...

--Sí, dirá que le sirvo mal...

--Será muy capaz de ello.

--Y que le robo el pan que como... ¡Canalla! Vamos, por más que lo
pienso, no me explico cómo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito
como de don Juan Puig, no le dejó á aquél su fortuna en vez de
dejársela á éste. ¡Claro! Procedió como proceden siempre los tiranos.
Olvidó al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para
hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al egoísta, al solterón
empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quizá
de crímenes. Digo: ¡qué hombre será él cuando no tiene ni padres ni
hijos!

--Eso digo yo--murmuró doña Bernarda sonrojándose.

--Usted misma debe ser su juez más inflexible. Todos creíamos en la
fábrica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su
primera determinación sería pedir á usted su mano y hacerla su esposa.

--Como lo manda la Santa Madre Iglesia...

--Y como, según parece, tenía usted motivos para esperar, dada la
antigua amistad que les unía á ustedes con el nuevo propietario, y
hasta quizá sus ofrecimientos en épocas anteriores.

--Me ha hecho su ama de llaves--respondió doña Bernarda, pintándose
en su rostro una expresión de despecho y de indignación imposibles de
describir, aunque veladas por cierto tinte de resignación cristiana.

--Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el
corazón que la despensa. ¡Alma de conservador, y está dicho todo!

--¡Silencio, que viene gente!

Oyéronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareció en el umbral
de la puerta del escritorio la bellísima figura de Lucía.

--Es mi sobrina. ¡Calle usted y limpie!--dijo á Rispall doña Bernarda
en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.

--Otra víctima del monstruo--dijo Rispall con voz apenas perceptible;
y con ademanes rabiosos dió dos ó tres plumerazos á los muebles
y colocó los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado,
disponiéndose sin embargo á escuchar lo que hablaran las dos mujeres
y á meter su cuarto á espadas en la conversación, si lo creía
necesario.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO III

DONDE APARECE EL INDISPENSABLE DIOS CUPIDO, SIN CARCAX NI FLECHAS Y
VESTIDO AL USO DEL DÍA


¡Oh Madrid, tierra de promisión, paraíso soñado, ciudad santa
para todos los cerebros provincianos, para todas las ambiciones
desordenadas, para todos los corazones aventureros, para todos los
ideales artísticos y literarios; sima sin fondo, mar sin orillas
para los apocados de voluntad, para los pobres de espíritu, para los
que careciendo de la energía que se impone ó de la ductilidad que se
arrastra, aspiran á escalar los altos puestos siempre asequibles á la
audacia y á la adulación! ¡Madrid, tienda de asilo de media España,
oasis hospitalario de la eterna caravana de la miseria, gigantesco
coloseo donde hay luchas á diario entre las fieras y los hombres,
necrópolis de todas las esperanzas, tribuna pública de todas las
oratorias, salón del trono de todas las soberanías y manicomio ó
falansterio de todas las insanias, manías, chifladuras y aberraciones
cerebrales de los españoles: yo te saludo, no como el ángel, sino
como el gladiador romano!

  _Ave, Cæsar, morituri te salulant!_

Á Madrid se dirigieron madre é hijo, desde la humilde y escondida
ciudad de Cuenca, al año escaso de haber fallecido D. Jerónimo
García, oficial primero de aquel Gobierno civil durante catorce
años, contando en su hoja de servicios treinta y seis de carrera
administrativa. La Junta de clases pasivas había hecho su
clasificación y correspondían á la viuda mil quinientas pesetas de
viudedad con la natural rebaja del diez por ciento establecida. Mal,
muy mal pueden vivir en el mundo una mujer de cincuenta años y un
hijo de diez y nueve, teniendo por toda renta la exigua cantidad de
cinco mil cuatrocientos reales; pero cuando ese mundo es Cuenca, y
se tienen los muebles y las ropas de toda la vida, y se pagan tres
reales diarios por una casa ventilada y alegre, y no hay exigencias
sociales en trajes y gastos de representación, aún es posible no
morirse de hambre. Trasládese á Madrid esa exigua renta; nazcan los
deseos casi necesarios de vivir con cierto decoro y de atender á
ciertas necesidades sociales en busca de porvenir más halagüeño, y se
verá en lontananza aparecer la desmantelada buhardilla y las eternas
noches de la miseria.

Era la madre, doña Antonia Rubielos, una buena mujer, de cortos
alcances, de dulce carácter, de irreprochables costumbres y de
limitadísimas aspiraciones. Su condición pasiva la había dado la
felicidad de vivir en paz con todo el mundo, y puede decirse que
durante sus treinta y dos años de matrimonio no había conocido más
penas ni más dolores que algún que otro resfriado y el embarazo y
crianza de su hijo Ramiro, joven de diez y nueve años á la sazón.
Contenta siempre con su suerte y satisfecha con su posición de
oficiala primera del Gobierno civil de Cuenca, la muerte de su
marido D. Jerónimo fué el primer problema serio que se le presentó
en su vida, ¡á ella que no había tenido nunca otro problema que el
matemático de ajustar la cuenta del gasto diario!

¿Qué debía hacer con sus cinco mil cuatrocientos reales de viudedad?
¿Continuar en Cuenca con su hijo comiéndoselos en santa paz, sin
darle carrera, puesto que á los diez y nueve años no había aún
emprendido ninguna, si bien tenía ya su título de bachiller en
letras en el bolsillo, ganado fácilmente en el Instituto de segunda
enseñanza de Cuenca; ó buscar en otros horizontes más dilatados
campo ancho y abierto al porvenir de aquel hijo que era ya el jefe
de la familia? Cierto que su hijo no sabía hacer nada; que carecía
además de esa vocación, segura en unos hombres é incierta en otros,
hacia una profesión determinada, que desde la infancia revela la
predilección á las armas, las bellas artes ó el sacerdocio; que
el niño miraba con aversión toda ocupación seria y todo trabajo
continuado; pero por esa misma indiferencia, por esa misma vaguedad
de propósitos era indispensable empujarle á cualquiera de los caminos
que á la juventud se ofrecen, si no se quería que, andando el tiempo
y desperdiciados los años oportunos, el niño se convirtiera en un
vago, no accidental, sino de profesión.

Muy encontradas fueron las opiniones de los varios amigos del difunto
esposo á quienes doña Antonia recurrió en busca de consejos para su
difícil situación. Uno opinó que en Cuenca podía encontrar Ramirito
ocupación modesta; otro, que en una capital tan miserable no hallaría
jamás Ramiro ni porvenir ni presente; el de más allá, que dedicándose
con empeño á estudiar el francés y la partida doble, ningún joven
se moría de hambre; el de más acá, que en Madrid hay campo para
todas las ambiciones y para todos los gustos, y que sólo en Madrid
hallarían madre é hijo bienestar y quizá fortuna. Como ésta era la
opinión más desatinada, ésta prevaleció en el ánimo de la viuda, que
malvendiendo casi todo su ajuar y gastando casi todos los miserables
ahorritos de su larga existencia de servidora del Estado, se trasladó
á la villa y corte, fijando su residencia en un cuartito sotabanco de
la calle de Ministriles.

Cómo pudieron comer, vestirse, vivir, en fin, madre é hijo durante
tres años, sin más recursos que la paga y algunos trabajos de aguja
hechos por la pobre Antonia, es inexplicable. Eso pertenece al orden
de los milagros modernos, casi tan absurdos como el sustento de los
santos antiguos con hierbas silvestres y panes traídos por cuervos.

En aquellos tres años emprendió Ramirito más de tres carreras, que
siempre abandonó antes de acabarse el año; pero aprendió en cambio
en aquellas perpetuas vacaciones á fumarse dos infernales cajetillas
diarias, á pasarse tres horas seguidas todas las noches en una mesita
del café de Zaragoza con otros jóvenes tan aprovechados como él, á
gritar y silbar en todos los motines universitarios, á ejercer la
profesión de estudiante sin coger un libro en sus manos, y á gastar
en tonto, sin vicios, pero también sin virtudes, los hermosos años
de la primera juventud, que ni vuelven nunca, ni jamás se recobran,
cuando se desperdician en la vagancia.

Al ver la pobre madre estériles todos sus sacrificios y desvanecidas
sus esperanzas, comenzó á enfermar, tanto de pena cuanto de escasez
y falta de ambiente, y ya enferma y presintiendo su próximo fin,
consiguió de su hijo que, dejándose de estudios hipotéticos, se
dedicara con empeño á reformar su letra, á escribir con ortografía
y á _entender de cuentas_. Con estos humildes, pero prácticos
conocimientos no era difícil que encontrara una casa de comercio
donde ganar un pedazo de pan, ya que dentro de poco tiempo iba á
faltarle la limosna del Estado.

Y así sucedió en efecto. Las lágrimas y las súplicas de Antonia
hicieron mella en su hijo, y en pocos meses consiguió poseer
una hermosa letra inglesa, no escribir con demasiados errores
ortográficos y afirmarse algo en su descuidada aritmética. Todo esto
era muy poco para un hombre, pero era algo para un chico, y como
decía muy bien su madre, consolándose con aquel algo, «muchos hay que
á los veintidós años no saben ni eso.»

La pobre mujer murió antes de que Ramirito aprovechara aquel algo de
educación tardía, y quedóse en Madrid el huérfano sin más recursos
que la tierra que pisaba como presente y el espléndido cielo azul
como porvenir. Buscó una casa de comercio donde vender, que no
prestar, sus servicios, y sólo se le ofrecieron alguna que otra
trastienda y diversos mostradores para medir telas y llamar madamitas
á las compradoras. Él aspiraba á algo más dentro de sus modestas
aspiraciones; no le parecía decoroso descender desde el estado civil
de estudiante de Derecho ó de Medicina al de hortera, ni cambiar el
veladorcito del café de Zaragoza por el mostrador del comercio de la
calle de Postas.

Urgía, sin embargo, poner remedio á su situación apurada: comenzaba á
vivir con el vergonzoso recurso de los préstamos amistosos: el tiempo
se iba, la ropa se iba más aprisa que el tiempo, y de pedir prestado
á pedir limosna no hay más que un paso. No quiso con muy buen acuerdo
franquearle Ramirito, y aceptó la eficaz recomendación que para la
casa Bernaregui, de Barcelona, le ofreció el mismo dueño del café de
Zaragoza. La casa era segura; el sueldo, aunque módico al principio,
podía ir aumentando conforme aumentaran su asiduidad y sus servicios,
y ¡quién sabe lo que una casa de comercio puede dar de sí en algunos
años!

Salió Ramiro de Madrid, quizá para no volver jamás á entrar en él;
llegó á Barcelona, agradó con su buena presencia y hermosa letra
inglesa á Puig y á Benito, y quedó instalado en el escritorio, para
llevar la correspondencia y el copiador de la fábrica, con mil
quinientas pesetas de sueldo al año. Poco era para fin, pero bastante
para comienzo, y aunque el amanuense no contaba entre sus buenas
cualidades con el amor al trabajo, verdadera virtud de los catalanes,
la carencia de amigos y conocidos y la ignorancia de la localidad le
hicieron asiduo al escritorio, más por aburrimiento que por afición
espontánea.

En la casa no había muchachos de su edad: en la de huéspedes donde
comía y dormía no había aficionados á gastar el tiempo y el dinero
en el café ó en teatros, de modo que sus distracciones, las horas y
los días libres, se limitaban á las diversiones públicas gratis, que
no escasean en Barcelona. Paseos al parque, al puerto, á la montaña;
audición de conciertos al aire libre, ejercicios de las tropas de la
guarnición, entrada y salida de buques de guerra ó correos, regatas
y procesiones, todo lo vió Ramiro siempre solo, y pronto se aburrió
de su soledad y su aislamiento dentro de aquella ciudad comercial,
donde hasta la amistad necesita del negocio para ser duradera.

Aburrido, cansado y con el espíritu predispuesto para el
sentimentalismo y la melancolía, se encerraba en el escritorio ó
vagaba por los patios de la fábrica, no sin sorpresa de sus jefes que
no comprendían cómo renunciaba aquel muchacho á sus horas de libertad
y que elogiaban su buen juicio, su formalidad y sus morigeradísimas
costumbres. Doña Bernarda sobre todo estaba encantada con aquel
muchacho, y en cuanto á Lucía... ¡oh!, en cuanto á la bellísima
Lucía..., el asunto merece párrafo aparte.

Acababa de cumplir diez y siete años; era alta, esbelta, de andar
airoso, de fisonomía expresiva, de negros ojos, de lindísimo talle,
y de formas amplias, impropias para su edad, sobre todo dadas las
costumbres estéticas de la capital de España, pero no anómalas en la
del Principado. Su abundante y sedoso cabello castaño claro, elegante
y naturalmente rizado sobre su frente; sus finas y largas pestañas, y
sobre todo su linda boca de labios algo gruesos, pero encarnados como
cerezas, de apretados y menudos dientes y de frescura incomparable,
merecían llamar la atención y fijar las miradas de cuantos la
encontraban á su paso.

Pocos eran, sin embargo, los que podían encontrarla. En primer lugar,
los catalanes, por regla general, sean jóvenes ó viejos, van siempre
por las calles á su negocio, y apenas conceden una rápida ojeada
á las mujeres guapas que se encuentran en su camino. En cuanto á
seguirlas ó á echarlas piropos, como los andaluces y madrileños,
lo reputan por de poca seriedad ó de mala educación, y creo que
aciertan en ambas cosas; pero en cambio quitan alegría y encanto á
los paseos y á los encuentros fortuitos del sexo fuerte con la más
linda mitad del género humano. En segundo lugar, Lucía apenas salía
de la fábrica. Los domingos casi de madrugada á misa con su tía doña
Bernarda y cubierto su lindo rostro con el tupido velo; los mismos
días por la tarde al campo con su tía, su padre, y alguno de ellos,
muy pocos por cierto, con Puig, con quien disputaban siempre Bernarda
y Benito y que se despedía de ellos antes de terminar la expedición,
por no poder aguantarlos. Algunas calurosas noches de estío, de
esas en que la falta de brisa convierte las movibles hojas de los
árboles en inmóviles recortaduras de cinc, á sentarse en el paseo de
Gracia. Ni más teatros, ni más bailes, ni más reuniones de cumplido
ó de confianza. La vida de la fábrica, monótona, trabajadora,
sin interrupción, sin vacaciones, relegaba al hogar doméstico á
aquella linda joven que en otros círculos y en diferente posición
social hubiera podido ser encanto de los salones y ornamento de las
tertulias.

El desarrollo físico de Lucía era completo. Hermosa, robusta, sana,
podía competir con la aldeana más bizarra, y en gracia y gentileza
aventajar á la más distinguida señorita. ¿Habíanse desarrollado
igualmente su inteligencia y su corazón? Eso á nosotros toca
decirlo; que ni ella hubiera sabido explicarlo, ni su padre y su tía
comprenderlo.

La fábrica de Bernaregui no era terreno á propósito para cultivar
inteligencias privilegiadas, ni una casa de comercio bien
reglamentada y concienzudamente dirigida podía ofrecer ancho campo
á la imaginación para desarrollar sus brillantes aptitudes. Así es
que Lucía, naturalmente más sensata y de criterio más inteligente
que su padre, y de más recto juicio y más nobles pensamientos que su
tía Bernarda, simpatizaba con Puig más que con nadie de los propios
y extraños que la rodeaban. Veía en él una víctima de los enconos y
las envidias de los desheredados por Bernaregui, y hacía justicia á
sus rectas intenciones y á su carácter misantrópico y reflexivo. Pero
todo esto lo hacía ella casi inconscientemente y sin ser el resultado
de los esfuerzos de su inteligencia para estudiar los secretos de la
vida y la lucha de los caracteres. Podemos decir por consiguiente,
sin temor de equivocarnos, que Lucía poseía una inteligencia innata,
susceptible de gran desarrollo á caer en buenas manos, pero que hasta
el día sólo había dado de sí los frutos espontáneos de una regular
semilla caída en buena tierra. Faltábanle el cultivo y la atmósfera
apropiada á su completa y sabrosa madurez.

En cuanto á su corazón, justo es decir que hasta cumplir sus diez y
siete años no se había ejercitado en grande escala. Amar á Dios sobre
todas las cosas, en la forma platónica y teórica con que todos los
católicos pasivos aman al Ser Supremo, que es un modo de amor muy
parecido á la indiferencia; honrar padre y madre, al uno vivo y á
la otra muerta sin haberla conocido, á la manera de como el criado
obedece las órdenes indiferentes del amo á quien sirve, y amar al
prójimo como á sí misma, sin más prueba de este amor que dar algunos
céntimos de limosna á los mendigos que la importunaban á su paso,
esas eran las virtudes sentimentales de aquel corazón dormido hasta
entonces á todos los verdaderos afectos humanos.

Y justo es también decirlo, ¿qué otros sentimientos más vivos podían
despertar en su tierno corazón, por vehemente, por apasionado que
llegara á ser andando el tiempo, la quejumbrosa pasividad de su
padre, la gárrula y envenenada palabrería de su despechada tía,
la seria y reconcentrada amargura del ya viejo Puig, la charla
demagógica de Rispall y la eterna murmuración que á guisa de ruido de
colmena se extendía por todos los ámbitos de la fábrica, comentando,
criticando ó protestando de todas las leyes divinas y humanas y de
todas las órdenes, disposiciones y reglamentos de la tierra?

En este estado casi beatífico de su espíritu se encontraba la
encantadora Lucía cuando llegó Ramiro á pisar el escritorio. Por
curiosidad primero, por simpatía después, por interés más tarde,
fueron ambos jóvenes aproximándose uno á otro; y descubriendo la
homogeneidad de sus ideas, viendo con satisfacción mutua que casi
siempre tenían idéntico punto de vista en todas las cuestiones y les
producían el mismo efecto los acontecimientos, cayeron en la cuenta
de que sus corazones se entendían perfectamente. De esto á creer
que habían nacido el uno para el otro no hay más que un paso, y lo
creyeron con fe profunda y alegría inmensa, como cumple á corazones
que no han amado nunca y que ven realizadas por vez primera sus
aspiraciones á amar y ser amados.

¡Cambio profundo en aquellos caracteres! Ramiro, menos apasionado,
pero más aburrido que su bella conquista, encontró en aquellas cuatro
paredes mujer á quien amar, amiga con quien discutir y compañera de
sus largas horas de aburrimiento y soledad, y esta era la razón de su
alejamiento del mundo exterior, de su aire melancólico y sentimental
y de su constante permanencia en el hogar algo falansteriano de su
Lucía. Ésta lloraba á lo mejor sin motivo por los rincones de la
casa, reía á carcajadas sin razón aparente, corría á veces, y otras
vagaba silenciosa por patios y talleres, y un día llegó hasta á besar
con emoción profunda las secas y arrugadas mejillas de Bernarda, que
no acostumbrada á recibir de nadie semejantes pruebas de afecto, se
contentó con murmurar: _Esta chica está tonta_. Si la pobre aunque
antipática mujer hubiera sido más práctica en conocer los misterios
del alma humana, y sobre todo del alma femenina, no hubiera vacilado
en decir: «Mi sobrina está enamorada.»

Tales fueron, sin embargo, las chiquilladas de los dos inocentes
amantes, tantas sus cándidas imprudencias y tan á las claras
dejaban ver el estado de sus mutuos corazones, que no necesitó
nadie gran penetración para conocer su, según ellos, guardadísimo
secreto. Sonrióse malignamente todo el mundo, y sin hablar palabra,
todos aceptaron como un hecho natural y consumado el amor de
Lucía y Ramiro, extrañando mucho á ambos no encontrar en nadie la
contrariedad y oposición que, según todas las novelas y dramas
antiguos y modernos, convierte en incendio devastador y en llama
asoladora el más puro y sencillo amor de la tierra.

Puig, que á pesar de su prudente reserva veía con gusto aquel amor
naciente entre el asiduo empleado y la hija de su mejor amigo,
ahijada suya, se permitió un día poner roja de placer y de vergüenza
á la muchacha, prometiéndola un modesto dote para el día que algún
muchacho honrado y de buenas referencias pidiese su mano y la
obtuviera de buen grado de su mismo padre.

--¡Oh! De aquí á entonces... ¡ya va largo!--contestó Benito, mirando
fijamente á su hija, que no sabía dónde esconder los ojos.

--Si tan largo me lo fías..., ¡echa un cuartillo!--exclamó Bernarda,
sonriéndose irónicamente y fijando su mirada inquisitorial en el
aturrullado semblante del pobre escribiente.

Hasta el mismo Rispall, el criado irreverente que tenía la fatal
costumbre de meterse en todo, añadió en voz baja:

--Para entonces ya habrá venido Ruiz Zorrilla.

Aquello era una conspiración. Todos parece que se habían propuesto
burlarse de los dos amantes, ó darles aquel mal rato para aguar sus
alegrías y sorprender su dichoso misterio. El único resultado de
aquella inocente escaramuza fué que Puig aquel mismo día aumentó el
sueldo á Ramiro, sin indicación de nadie, y que éste pudo contar
con dos mil pesetas anuales en premio de sus méritos aritméticos y
caligráficos. Hacía escasamente un año de su entrada en la casa.

Todo siguió en el mismo estado durante otros doce meses, y llegó
la época en que da principio nuestro relato. Es de sentir, para el
interés necesario á toda historia, que no ocurrieran peripecias ni
sucesos extraordinarios en aquellos amores; pero la nube, como dicen
los labradores aragoneses, no iba por aquel lado. La animadversión
hacia Puig se había acentuado en todos los que de él dependían. Lo
que empezó por quejas aisladas y lamentaciones individuales tomaba
proporciones de guerra sorda, pero sin cuartel. Se interpretaban
torcidamente todas sus disposiciones; se desobedecían, con el
pretexto de dificultades en su cumplimiento, todas sus órdenes; se
exageraban todos los inconvenientes de sus reformas, y todos bajo la
capa de una hipócrita resignación, ó de un interés excesivo por los
negocios de la casa, eran constante rémora á todos los proyectos del
principal y jueces inflexibles y tiránicos de todos sus actos.

No era un complot, pero lo parecía. Sin previo acuerdo, todos estaban
unánimes en su conducta; y Puig se encontraba cada vez más aislado
y más lejos de todos aquellos seres que le debían su subsistencia
y su bienestar. Á haber tenido un carácter más enérgico, quizá
hubiera cortado por lo sano ejerciendo su suprema autoridad, y
poniendo á raya á los rebeldes les hubiera dado á escoger entre la
obediencia ciega á sus órdenes ó la inmediata dimisión de sus empleos
y condecoraciones. Verdad es que si desde su elevación al poder se
hubiera revestido de la energía que le faltaba, no hubieran llegado
las cosas al extremo en que se encontraban.

Esta era la situación de los ánimos cuando el diálogo que sostenían
Bernarda y Rispall en el capítulo precedente se interrumpió por la
llegada de Lucía, única persona ajena á la conspiración y que sin
querer se encontraba metida en ella, pues hasta el mismo Ramiro,
espoleado por su amor y con la impaciencia propia de un enamorado,
iba ya sospechando que Puig era la causa de que se retrasase el logro
de sus esperanzas.

Precisamente el día anterior se había celebrado una conferencia de
familia, y en ella se decidió por mayoría de votos, dos contra uno,
el de Lucía y Bernarda contra el de Benito, que éste hablaría desde
luego á Puig de las relaciones amorosas declaradas entre Lucía y
Ramiro. Le diría que los chicos se amaban con delirio, que deseaban
casarse, que ya tenían edad para constituir una nueva familia y que
él, como padrino de la muchacha y jefe del novio, debía señalar época
para el casamiento, cuanto más próxima mejor, entregar á la chica
el dote prometido y dar al muchacho otro ascenso para que con ambas
cosas pudieran ya atender á sus nuevas obligaciones. No haría nada
de más tampoco el rico por chiripa en ensanchar un poco su hogar,
para que cupieran todos, hasta los seres que podrían venir después
á coronar el edificio, y de ese modo tan sencillo y tan natural
hacer algo por el bien de sus semejantes, ya que debía al cielo, sin
merecerla, la casualidad de disfrutar de una fortuna que lo mismo
podía haber sido para otro, que hubiera hecho sin duda mejor uso de
ella.

Todas estas reflexiones de doña Bernarda, que parecieron al pronto de
perlas á Benito, no le fueron ya tan fáciles de formular cuando pensó
en ellas; y según temían los interesados, no hizo nada en el asunto.

--¿No está aquí papá?--preguntó Lucía asomando la cabeza por entre
las dos hojas de la puerta del escritorio.

--No ha parecido aún por estos barrios--contestó Bernarda,--y Dios
sabe si estará escondiéndose de nosotras para evitar las preguntas
que con sobrada razón sabe que hemos de hacerle.

--¿De modo que usted cree que no habrá hecho nada, á pesar de todo lo
que ayer convinimos los tres?

--Nada absolutamente. Desengáñate, chiquilla, mi hermano es un
bendito, pero por lo mismo no sirve para nada. Tengo la certidumbre
de que pasarán días y días y no se atreverá jamás á ponerse frente á
frente de su amigote de otros tiempos, aunque le sobre la razón por
encima de los pelos.

--¡Como que D. Benito es un ángel!--dijo Rispall suspendiendo su
problemática limpieza del escritorio, adivinando que se trataba de
algo que pudiese mortificar al autócrata de la fábrica.

--Y ¿qué le parece á usted que hagamos, tía?

--¿Qué hemos de hacer, sobrina? Lo que está resuelto. Yo os he
prometido ayudaros en todo y por todo, y por lo tanto, si el cobardón
de mi hermano no sabe cumplir con los compromisos contraídos y con el
deber que le imponen las leyes de la naturaleza, yo los cumpliré por
él, y con muchísimo gusto mío. Ya lo sabes.

--¿De modo que usted hablará á D. Juan?

--¿Que si le hablaré? Y hoy mismo. Esta misma mañana.

--¡Muchas gracias, tía, por Ramiro y por mí!--añadió con cierta
timidez Lucía, como adivinando que la escena que se preparaba entre
doña Bernarda y Puig podía ser tempestuosa;--pero háblele usted de
modo que no se enoje. Él ha dicho espontáneamente, no una vez sola,
sino varias, que cuando yo me case será mi padrino de boda, como lo
fué de bautizo, y que piensa darme un dote, sin precisar de cuánto,
como prueba del continuo afecto y amistad que profesa á mi padre...

--¿Y qué menos puede hacer por usted ese vampiro--interrumpió con
gesto y ademán trágicos el vehemente Rispall,--sino darle á usted
algo á cuenta de nuestro sudor y de nuestra esclavitud?

--Y te olvidas--añadió doña Bernarda con sarcástica intención--de que
tu enlace, cuando llegue el caso, ha de ser á su gusto. Eso dijo muy
claro la última vez que habló de tal asunto.

--Y me parece muy justa la tal condición--dijo Lucía.--Si él es
quien ha de dotarme y de apadrinar mi casamiento, natural es que no
le desagrade el novio que yo elija. Demasiado sabe él quién es el
elegido de mi corazón y el que sólo vive por mi cariño.

--También puede ser una añagaza ó un pretexto para eludir el
compromiso de sus obligaciones. No gustándole jamás el esposo que
usted elija, sea el que sea, se guarda el dote y no tiene que aflojar
un cuarto ni para usted ni para él. ¡Como que es tonto!

--Eso no es posible--respondió con profunda convicción Lucía.--D.
Juan es incapaz de tan bajos pensamientos.

--Nada es imposible en el mundo, sobrina, y quien se ha vuelto tan
desagradecido y tan desmemoriado como D. Juan Puig, es capaz de
cualquier felonía, por terrible que parezca.

--¡Otra sería la conducta de su padre de usted, si se encontrase en
el caso de su amigo!

--Ya lo creo; siendo mi padre, el caso no es el mismo.

--Es que su padre de usted no andaría con reparos ni se detendría en
examinar antecedentes. El que usted eligiera, ese sería su marido de
usted sin más vacilaciones; y en cuanto al dote, la daría á usted lo
menos la mitad de su fortuna, y todos felices.

--¡Ah! Si mi padre fuera rico, es posible que lo hiciera como usted
asegura; pero como al fin D. Juan no es pariente nuestro, cuanto haga
hay que agradecérselo con alma y vida.

--Y pedírselo de rodillas humildemente...--añadió Rispall con burlona
sonrisa y aire de chacota.

--¡Y evitar que le dé un soponcio por el sacrificio!...--dijo
Bernarda.

Lucía miró fijamente á sus dos interlocutores, y con semblante
apenado y algo ceñudo, les dijo:

--¿Pero es que ustedes no quieren á D. Juan?

--¿Que si le queremos? Más que él se merece--contestó Bernarda;--pero
una cosa es quererle y otra conocer y lamentar sus defectos. En fin,
sobrina; déjate de consideraciones y de temores. Yo te prometo hablar
hoy á tu padrino resueltamente, y de mi cuenta corre arreglar el
asunto.

--Permita usted que la vuelva á recomendar la prudencia. No le enoje
usted, porque ese sería un gran mal para todos.

--¡Vaya, vaya, doña Bernarda, no haga usted caso de la señorita
y háblele usted con energía! Esté usted á la altura del siglo, y
trátele con el digno desprecio que merecen hoy todos los poderes
constituídos.

--No olvide usted que es nuestro protector...

--Sí, nuestro Cronwell, como si dijéramos--añadió Rispall, con su
superioridad histórica de costumbre.

En este momento se abrió de par en par la puerta del escritorio y
entró por ella Puig, sin casi reparar en los tres personajes que,
reprimiendo un grito de sorpresa, se quedaron clavados como estatuas
en el pavimento.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO IV

SIGUE CRECIENDO LA MAREA


Á dos pasos de Puig y con el semblante algo descompuesto, entró
Ramiro con varias cartas abiertas en la mano y se dirigió á ocupar
su puesto en la mesa grande que estaba en el rincón más obscuro del
escritorio. El principal se adelantó á Ramiro, y continuando la
conversación que debían traer por el corredor de entrada, le dijo:

--Se empeñan en no pagar el trimestre, y hay que averiguar si son
ciertas sus disculpas.

--Aseguran que la cosecha ha sido malísima, que no han podido vender
el grano.

--Por eso decía que es necesario saber la verdad. Si, por desgracia
de todos, los pobres no pueden satisfacer lo que me deben, yo nada
los exijo. El mal es más grande para ellos que para mí. Se les da un
plazo prudencial..., y se les espera. Si mienten, se les ejecuta;
digo, si no piensa usted de diferente modo.

--¿Yo? Líbreme Dios. Á usted le toca mandar, y á mí resignarme con
sus órdenes; pero siento que me dé usted comisión semejante.

--Á mí me parece que sin principios de orden y de justicia no hay
capital que pueda defenderse.

En este momento, los ojos de Puig, distraído hasta entonces, se
fijaron en los tres individuos que estaban en el escritorio antes
de su llegada y se habían quedado casi petrificados al verle. Doña
Bernarda aparecía en primer término, y detrás de ella casi se
escondía su sobrina con los ojos bajos y encendidas de rubor sus
mejillas, más sin duda por la inesperada presencia de Ramiro que por
la de su principal. Rispall pasaba el plumero con insistencia por
sillas y legajos.

--¡Ah! No había visto á ustedes--dijo D. Juan con acento de sorpresa,
comprendiendo que de algo inusitado se trataba cuando tan temprano
invadían el escritorio Bernarda y su sobrina. Miró á ambas fijamente
y ninguna de ellas sostuvo su mirada: contentáronse con responder un
«buenos días» que más parecía despedida que salutación. Rispall fué
el único que, conservando su aplomo y su superioridad cómica, añadió:

--Lo mismo digo--como si se dignara rebajarse saludando, no á un
compañero, sino á un mozo de cuadra ó á un mendigo.

Puig, al escuchar su voz y al advertir su gesto, se encogió de
hombros con indiferencia y se contentó con decirle:

--Qué, ¿estás aún aquí? ¿Dos horas para mal limpiar tres libros y dos
legajos?

--¿Qué es eso de mal limpiar? Desafío á cualquiera...

--¡Basta!--dijo Puig, señalando á Rispall la puerta del escritorio.

--¡Y sobra!--respondió éste, marchándose con su plumero en la mano á
guisa de espada, y dando un portazo que hizo retemblar las puertas
vidrieras de todas las ventanas.

Reprimió D. Juan un pequeño movimiento de ira, y dando dos pasos
hacia el centro de la habitación, se dirigió á Lucía preguntándola:

--¿Y tu padre? ¿No ha bajado por aquí todavía?

--No, señor...

--Está ya recorriendo los talleres...--dijo Bernarda, interrumpiendo
á su sobrina y disculpando la ausencia de su hermano.--Ha madrugado,
como siempre.

--¡No preguntaba yo tanto!

--Y á estas horas está toda la casa arreglada y limpia. No creo que
tenga usted motivo de queja de nosotros.

--Y ¿quién la dice á usted semejante cosa? ¿Cuándo ni cómo me he
metido yo en tales pequeñeces? ¿No es usted el ama verdadera de mi
casa? ¿No manda usted y dispone en ella á su antojo?

--Según y cómo, Sr. D. Juan, según y cómo. Me guardaré yo muy bien
de extralimitarme. Sé cuál es mi puesto y cumplo mi obligación de ama
de llaves con la mayor escrupulosidad. Á eso me atengo, que eso es lo
que usted ha dispuesto, y eso y no otra cosa es lo que verá usted en
mí toda la vida.

--¡Qué ama de llaves ni qué zarandajas! Señora, yo estimo á usted
tanto como quiero á Benito, mi compañero y amigo desde los primeros
años de nuestra juventud. Yo tengo á Lucía, mi ahijada, un cariño
verdaderamente paternal; y puesto que ustedes son mi única, mi
verdadera familia, puesto que en ustedes tengo vinculadas todas mis
afecciones y como á familia mía los trato y los riño, cuando viene al
caso, exijo de ustedes, no el ceremonioso afecto con que me pagan,
sino la leal amistad que les he tenido siempre. Esa es la única queja
que yo tengo de ustedes, y esa es la verdadera alegría que le falta á
mi corazón.

--Su corazón de usted se guarda de tal modo las cosas, que es punto
menos que imposible adivinarlas. Antiguamente...

--Antiguamente, como ahora, y ese es su error de usted, los he
querido y tratado del mismo modo. Si mi carácter no ha sido nunca
expansivo y alegre, si tengo el defecto, que todos tenemos alguno, de
reconcentrar en mí mismo mis sentimientos y de no dar dos cuartos al
pregonero para que el público sepa y se entere de mis penas ó de mis
alegrías, no por eso dejo de tener, como cualquiera, unas y otras; y
lo extraño es que ustedes, que deben conocerme al cabo de tratarme
tantos años, interpreten torcidamente, en perjuicio de nuestro mutuo
afecto, mis palabras y hasta mi silencio.

--Lo que es yo, padrino, no sé...--dijo tímidamente Lucía.

--Por mi parte no creo haber dado motivo á semejante filípica--dijo
Bernarda,--y si usted tiene hoy mal humor, como de costumbre, y
quiere pegarla injustamente con nosotros, podía decirlo más claro...

--¡Y volvemos á la misma tema! Parece que tiene usted decidido
empeño en no querer entenderme. Puesto que hoy, contra mi costumbre,
me manifiesto expansivo y he dejado á mi corazón que vierta algo
de la amarga hiel en que rebosa, procuren ustedes entenderme, que
bien claro hablo. Yo no me he quejado nunca, ni me quejo hoy, ni
me quejaría jamás, aunque no me faltara motivo para ello, de su
conducta de ustedes en el cumplimiento de las obligaciones que
ustedes, más que yo, se han impuesto. Usted, doña Bernarda, se ha
empeñado en llamarse ama de llaves; Benito sigue llamándose cajero,
y uno y otra son tan amos como yo de cuanto hay aquí, á pesar de no
querer aparecer más que como empleados míos. Santo y muy bueno, á su
gusto y con su pan se lo coman; pero yo he cumplido siempre lo que
les dije al morir mi querido Bernaregui y al encontrarme heredero
de su fortuna. Esta es su casa: aquí todo el mundo vive conmigo y
aquí nadie paga nada más que yo. Ustedes quisieron tener sueldo
fijo, para conservar su independencia, me dijeron, y se hizo lo que
ustedes deseaban. ¿Les parece poco el que entonces me pidieron? Pues
señálense el que quieran; á mí no me importa el dinero, y todo el que
yo tengo es tan suyo como mío. Hablemos claro de una vez: dejémonos
de suspicacias y de recelos y examinen su conciencia, que de seguro
no ha de estar tan limpia como la mía.

--Nuestra conciencia está al nivel de nuestra honradez--respondió con
gesto desabrido doña Bernarda;--y si administramos en cierto modo
algo de su casa, tanto mi hermano como yo somos incapaces de pagar
mal la confianza que en nosotros ha depositado.

--Pues la pagan ustedes muy mal, señora. ¿Por qué responden á
mi cariño con su frialdad y con ese constante aire de reserva
contrariada y de resignación ceremoniosa? ¿Qué notan de malo ó de
desconsiderado en mi conducta, para que á mis perseverantes pruebas
de afecto leal y desinteresado respondan con semblantes esquivos y no
con caras placenteras?

--La gratitud, Sr. D. Juan, no es un sentimiento alegre, y con tal de
tenerla, cada uno la manifiesta como puede.

--El respeto que todos tenemos á usted...--añadió Lucía.

--¿Y quién les pide á ustedes ni respeto ni gratitud? Cariño es lo
que creo tener derecho á pedirlas y eso es lo que les pido, y eso es
lo que ustedes, con muy mal corazón, se empeñan en negarme.

--¡Oh, no lo crea usted, padrino mío! Yo le quiero, y le quiero
mucho; pero también debe usted conocer que su carácter serio no es el
más á propósito para excitar en los demás, y con más razón en los que
de usted dependen, confianza y expansión. Y sin embargo, basta con lo
que usted acaba de decir, para que yo me enmiende desde hoy y le haga
comprender que no soy ingrata á sus beneficios.

--¡Y dale con la gratitud! Olvida esa palabra y dame en cambio las
muestras que quieras de tu cariño, pagando el que te profeso. Vamos
á ver. Sé franca. Á algo habrás venido aquí al escritorio con tu tía
tan de mañana. ¿Me buscabas? ¿Querías algo de mí? ¡Verás qué pronto
nos entendemos!

Sin duda Lucía esperaba alguna mirada que la diera ánimos para
contestar á D. Juan; pero Bernarda había bajado sus ojos, no sabemos
si convencida ó irritada por las palabras de Puig, y Ramirito...,
éste garrapateaba con furia en su pupitre fingiendo sin duda que no
oía la conversación ó dando á entender que no iba con él nada de
aquello. La pobre niña se vió desamparada en aquel trance supremo y
sólo balbuceó:

--Yo no sé..., no debo ser yo...

--Habla, hija, habla..., no temas...

--No me corresponde hablar á mí... Mi padre es el que prometió ayer
hablar á usted de un asunto muy importante.

--Tu padre nada me ha dicho, como nada me dice nunca.

--Pues á falta de mi padre..., yo creo que mi tía...

--Vamos, doña Bernarda, ¿qué ocurre? Deje usted ese aire de matrona
ofendida y de estatua. Baje usted de su pedestal y dígame qué sucede.

--Si para usted soy una estatua, no me faltarán motivos, señor mío.
Más valiera que no me pusiese usted en ridículo y no me exigiera lo
que yo no puedo darle. Soy su ama de llaves y no otra cosa. No tengo
más que decirle.

--Nos dejó pegados á la pared, hija, no hay manera de entendernos.
Habla tú, y cree que nos será más fácil á ti y á mí llegar á un
acuerdo.

--Á mí me parece que soy la única que no debe hablar. Si mi tía y mi
padre guardan silencio, quizá otra persona puede hablar por todos.

Respondiendo á esta indirecta, que no podía ser más clara, oyóse el
ruido de un taburete, y Ramiro, adelantándose con paso rápido, vino
á ocupar el centro de la estancia. Su aire resuelto, su enérgico
ademán, dieron valor á Lucía, que se acercó más á Puig. Éste se
sonrió con malicia, y fingiendo una sorpresa que estaba muy lejos de
sentir, por estar, como todo el mundo en la fábrica, enterado de los
misteriosos amores de los dos chicos, se dirigió á Ramiro diciéndole:

--¡Calla! ¿Es negocio que le corresponde á usted?

--D. Juan, me corresponde á mí y á todos nosotros.

--Me ponen ustedes en cuidado. Ya le escucho... ¡Veamos!

--Sr. D. Juan, yo amo á su ahijada Lucía con toda mi alma. Su
hermosura, sus bellísimas cualidades, su modestia y su virtud me
tienen completamente hechizado. Ella corresponde á mi pasión con toda
su alma y ambos hemos decidido acudir á usted para que nos conceda su
beneplácito.

--¿Pero qué dice mi amigo Benito á todo esto?

--El padre de Lucía--continuó Ramiro--me ha concedido la mano de su
hija, pero me ha exigido al mismo tiempo que alcancemos el permiso de
usted, ya que es usted el padrino y el protector de la que ha de ser
mi esposa.

--Eso es lo que sucede, y me parece que ahora no se quejará usted de
nuestra falta de confianza y de cariño--dijo Lucía acercándose á D.
Juan, que la estrechó tiernamente y por breves instantes entre sus
brazos.

--¿Conque tu padre aprueba tu elección?

--La aprueba completamente, y claro es que, aprobándola él, los demás
debemos conformarnos con su voluntad y no meternos en más--dijo
Bernarda, queriendo dar por terminada la conferencia.

--No sea usted tan súbita, señora, y déjeme usted meter mi cucharada,
que para algo habrán querido los chicos contar conmigo.

--Esperamos con ansiedad su consentimiento--dijo Ramiro.

--Su opinión, querrá usted decir--gruñó Bernarda.

--Y tiene usted razón; de mi opinión se trata, pues el consentimiento
lo ha dado Benito, que es á quien únicamente corresponde. Pues mi
opinión, muchachos, es que se debe aceptar en principio tal proyecto
y que yo, por lo que á mí toca, no lo desapruebo. Tú eres buena, hija
mía, pero me pareces un poco más impaciente de lo justo por dejar
tu feliz situación de hija de familia; él es honrado y trabajador,
pero no pone todo lo que puede para adquirir mayores conocimientos y
arrojarse decidido en la carrera comercial, que paga casi siempre la
actividad y la perseverancia con la fortuna. En una palabra, los dos
sois demasiado jóvenes para el matrimonio: por esperar no perderéis
nada, y por apresuraros en cargar con grandes obligaciones os
exponéis á perder mucho. Yo tomo á mi cargo el asunto. Daré á Ramiro
alguna participación en mis negocios; quizá convendrá que le mande
algún tiempo fuera de Barcelona, á Cette, á Marsella, por ejemplo.
Si es listo, si trabaja, si se hace digno de mi protección y de mi
afecto, tu mano será su recompensa. ¿Te parece bien?

--¿No lo dije? ¡Adiós boda!... ¡Si ya me lo temía, sobrina!

--Yo hablaré después de este asunto con Benito...

--No se moleste usted; ha resultado lo que temíamos--dijo doña
Bernarda con entonación resuelta y queriendo pluralizar sus malos
pensamientos para que Puig no se fijara sólo en ella.--¡Era natural
que así sucediese!

--¿Qué quiere usted decir, señora?

--Que del dicho al hecho hay gran trecho, y que no es lo mismo
prometer una cosa que cumplirla.

Lucía y Ramiro, que con la contestación de D. Juan se habían quedado
mudos y no disimulaban su desaliento, oyeron de distinta manera las
palabras de Bernarda, que iban sin duda á producir una tormenta.
Lucía protestó á su modo de aquellas palabras tirando á su tía del
vestido, como aconsejándola que debían ambas retirarse: Ramiro, por
el contrario, espoleó con su gesto de aprobación el partido adoptado
por Bernarda.

--Hable usted claro y de una vez, y no me venga con sarcasmos ni
indirectas. Sepamos lo que usted quiere darme á entender con su
refrán--la dijo Puig.

--Pues lo que quiero dar á entender no puede ser más claro. Quiero
decir, y digo, que si se ha arrepentido usted, como es costumbre
suya desde hace algún tiempo, de todas sus promesas y no quiere dar
hoy á mi sobrina el dote que la ofreció para cuando se casara...,
lo diga usted claro y no ande con disculpas y con pretextos que no
necesitamos.

--¡Pero qué mezquinos y miserables pensamientos son los de ustedes!

--Padrino, yo juro á usted que no he pensado nada malo.

--¿Cuál ha sido mi respuesta al plan de esa boda? Ó yo estoy loco ó
es que quieren ustedes hacerme perder el juicio. Yo quiero á Lucía
como si fuese mi propia hija, y si Benito tiene sentido común y no
se ha vuelto estúpido con los consejos disparatados de su hermana,
opinará lo mismo que yo. Lucía tiene diez y siete años; Ramiro,
veintitrés: ¿qué edad es esa para casarse y para empezar tan pronto á
llevar la pesada carga de padres de familia? Trabaje él algún tiempo,
espere ella, y si yo me muero de repente ó me arruino, lo que no es
difícil, que tengan algo propio con que mantenerse y dar carrera
á sus hijos. ¿Qué hay en esto de tiránico ni de egoísta? ¿Con qué
ojos me miran ustedes, que ven en todos mis actos, hasta en los más
racionales y sensatos, un cálculo interesado, no un cariño previsor?

--Yo hago justicia siempre y hoy más que nunca á sus determinaciones
de usted y estoy dispuesta á obedecerle en todo--respondió Lucía
conmovida.

--¡Eso es! Hágala usted llorar ahora. ¿Á que tenemos todavía que
pedirle perdón después de haber destruído todos nuestros planes?

--Señora, ¡es usted capaz de concluir con la paciencia de un
santo!--dijo ya casi fuera de sí D. Juan, paseándose por el
escritorio.

--¡Póngase usted ahora como un energúmeno, después de querer
tiranizarnos aun en nuestros más pequeños negocios, cual si fuéramos
sus esclavos!

--Doña Bernarda, haga usted el favor de retirarse--la dijo Ramiro,
interponiéndose entre ella y D. Juan.--El principal no está ahora
para atender á razones y podríamos tener un disgusto muy grande.

--Oiga usted, D. Chiquilicuatro--gritó Puig, ya en el colmo de su
furor;--yo estoy siempre para escuchar razones; lo que no estoy
dispuesto á escuchar nunca son necedades ni disparates.

--¡No todos podemos ser sabios!

--Tía, por Dios... Tranquilícese usted.

--Repare usted, Sr. D. Juan.

--¡No me da la gana de reparar en nada!...

No sabemos dónde habría llegado á parar la exasperación de los
ánimos, y más que nada los gritos y manoteos de doña Bernarda, si no
hubiera aparecido de repente Benito exclamando:

--¿Pero qué pasa aquí? ¿Qué voces son esas?

--Hombre, á buen tiempo vienes--exclamó al verle Puig, dirigiéndose á
él que le contemplaba absorto.--Veremos ahora lo que tú me contestas.

--¡Yo! ¿Pero de qué se trata? ¿Qué es lo que te sucede?

El bueno de D. Benito no hacía más que mirar alternativamente á todos
aquellos energúmenos, sin poder comprender lo que veía.

--¿Qué me sucede? Ahora mismo vas á saberlo y de una vez para todas.
Ya estoy cansado, ya estoy harto de sufrir vuestras injusticias.
Sucede que haciendo por todos vosotros cuanto es mi deber, y
mucho más que mi deber, cuanto el cariño de la amistad impone,
vuestras suspicacias ó cavilosidades, vuestro rigor y hasta vuestro
desagradecimiento me ofenden sin cesar y me hacen renegar hasta de mí
mismo.

--Ya oyes cómo tu eterno amigo nos juzga y nos insulta.

--¿Pero qué sucede para que nos trates así?

--Peor me tratáis vosotros, y ya es hora de que yo me queje... Sucede
que con vuestros rostros huraños, con vuestras palabras ofensivas y
con vuestras suposiciones infames pagáis mi constante y bien probado
afecto. Que todos vosotros, en vez de mirar en mí un padre, un
hermano y un amigo cariñoso, os gozáis en interpretar de mala manera
todos mis actos, y que no hay forma de merecer vuestra aprobación en
nada de cuanto haga ó diga, aunque sea sólo en provecho vuestro. ¿Lo
entiendes ahora? Pues eso es lo que pasa hace ya mucho tiempo. ¿Crees
que no comprendo los eternos suspiros, las malévolas insinuaciones
y los aires de víctima sacrificada de tu ridícula hermana? ¿Crees
que no me desespera el aire de timidez y la reserva incomprensible
de tu hija, siempre que á ella me dirijo? ¿Acaso te figuras que no
te oigo cuando te quedas solo en el escritorio y alzando los ojos
al cielo exclamas con plañidero acento: «¡Si yo fuera rico!»? ¿Qué
harías, pobre necio, si fueras rico, con una familia como la tuya y
un carácter como el tuyo?

--Hombre, hombre, me parece que te excedes...

--¡Déjale que nos befe y nos insulte!...

--Hoy es día de verdades, y han de salir todas de mis labios. Vamos
á ver, deja esa apatía y respóndeme sin rodeos. ¿Qué quejas tienes de
mí?... Respóndeme: ¿cuál es tu conducta para conmigo en pago de la
mía?

--¿Mi conducta? La más correcta, la más exacta en el cumplimiento de
todos mis deberes. Me levanto siempre al ser de día, doy una vuelta
por los talleres, examino los almacenes, vengo al escritorio, en él
estoy sin levantar cabeza seis ó siete horas... Mi adhesión hacia
ti y mi interés por los negocios de la casa no tienen límites; y
en cuanto á exactitud en mis cuentas..., ahí tienes los libros;
examínalos despacio...

--¡Cuentas!... De tu corazón te las pido, que no de tus libros.
¿Cuándo ni cómo he dudado yo de tu honradez?

--¡Pues sólo faltaba eso!--se atrevió á decir todavía doña Bernarda.

--Yo te ruego que las confrontes... desde el último arqueo...

--¡Vete al infierno con tu arqueo y tus números! Ya te he dicho que
no se trata de tu probidad comercial, de tu conducta como cajero, ó
como empleado, ó como dependiente ó como quieras, sino de tu amistad
para conmigo. Estos no son negocios de dinero, ¿lo entiendes?, sino
de alma.

--Pero vamos á ver..., ¿qué ha pasado aquí? ¡Á ver si nos entendemos!

--Nada más sencillo...: que le hemos hablado de la boda de tu hija...

--¡Ah, vamos, ya lo comprendo! ¿Y quién os ha metido á vosotros en
semejante cosa? ¿No quedamos en que yo sería el que le hablara de tan
delicado asunto? Incontinencia de mujeres, Juan...

--Y parece que ese plan no le acomoda hoy á tu amigo. ¡Puede que no
vayan bien sus negocios! Y como prometió dotar á tu hija, nada tiene
de particular que nosotros hayamos pensado...

--¿La oyes? ¡Pero no la oyes! ¡Si parece que la inspira Satanás!

--No, no, en eso tiene razón, amigo mío. Y si te opones á esa boda
por el dinero que haya de costarte..., yo desde ahora...

--¡Vamos! ¡Dios me dé paciencia!--dijo Puig, reprimiéndose.

--Si no quieres ó no puedes darla hoy lo que la has prometido...

--¡Benito!...

--Tú eres el amo..., y nosotros no hemos de pedirte nada. Hartos
favores te debemos. ¡El pan que comemos es tuyo!

--¡Si cuanto más me explico, más estúpidos se vuelven!--le respondió
D. Juan sin poder ya contenerse.

--No es necesario para eso que nos insulte usted. No le hemos faltado
en nada y no merecemos trato tan indigno...

--Y si es que quieres echarnos de tu casa..., lo dices claro...

--¡Esto ya no puede sufrirse!...--decía Puig desesperado.

--Y nos iremos sin despegar los labios, ¿lo entiende usted?

--Y ahora mismo, si tal es tu deseo...

--Papá..., tía..., ¡por Dios!

--¡Tu hermana está loca... y tú eres un tonto!

Y sin decir ni escuchar más palabra, Puig salió del escritorio.

Había acumulado durante tanto tiempo en lo más profundo de su corazón
tal cantidad de desencanto y de pena, que se sintió aliviado de su
peso con el esfuerzo que acababa de hacer. Su carácter reconcentrado,
su calma habitual no habían bastado á contenerle en el límite de las
conveniencias sociales, y es que lo que más subleva al hombre, por
resignación que tenga y por sangre fría que atesore, es la injusticia.

Al ver mal interpretadas sus mejores intenciones, al escuchar las
ruines sospechas de aquellos desagradecidos, al sentirse herido por
los injustos dardos de la ingratitud y de la envidia, dejó de ser el
hombre reflexivo y el espíritu tranquilo que estaba acostumbrado á
desdeñar las pequeñeces humanas. Había gritado, vociferado, insultado
á sus falsos amigos, y al recordar la triste escena, sentía haberse
dejado arrastrar por la ira, pero experimentaba al mismo tiempo el
dulce bienestar de una necesidad satisfecha, la de la defensa propia.

Pero volvió á poco rato la calma á triunfar de su razón. Entró
en su cuarto de vestir, cogió el sombrero y se lanzó á la calle,
necesitado de aire puro para respirar á sus anchas y de movimiento
para distender sus nervios.

Los que encuentran en las obras dramáticas inverosímiles los
monólogos, y fundan su equivocado juicio en que en el mundo real sólo
hablan solos los locos, están en uno de los errores más crasos de la
inteligencia humana.

El teatro es una copia de la vida, y el autor dramático sólo usa
de la licencia de hacer hablar alto al que piensa, para poner de
manifiesto al público sus ideas y su pensamiento; pero el hombre
monologuiza en todas las situaciones graves de la vida. Cuando la
pasión se pone en lucha con el raciocinio, cuando un vasto proyecto
necesita del cálculo para su completa elaboración, el hombre habla
solo, aunque no sea en voz alta, y muchas veces, muchas, sorprendemos
en la calle, en los paseos, hasta en las reuniones públicas, á
hombres y mujeres que en medio de su abstracción profunda lanzan
palabras sueltas ó suspiros entrecortados ó carcajadas expansivas,
y aquellos hombres y mujeres no están ni más ni menos locos que el
resto de los humanos.

En esa situación de ánimo estaba Puig al encontrarse sin saber cómo,
y llevado inconscientemente por sus pies distraídos, en el paseo de
Gracia.

«Todo es inútil--pensaba y se decía á sí mismo;--ni la bondad, ni la
tolerancia, ni el amor pueden conseguir que nos perdonen la riqueza
los que se creen con más derecho á ella que nosotros. Yo procuro ser
bueno, generoso, justo con todos los que me rodean, y sólo recojo
de mi siembra de beneficios cosecha de ingratitudes y de odios mal
encubiertos. ¡Oh envidia del bien ajeno! ¡Oh codicia de los bienes
de fortuna, tan inútiles para conquistar corazones! ¿Qué extraño es
que el hombre busque por todos los medios la posesión del oro, si ese
metal codiciado es la piedra de toque de todos los afectos humanos?

»Mi amigo Benito, á quien hoy juzgan todos bueno, sensible, humilde,
generoso, ¿sería juzgado del mismo modo si poseyera mi fortuna? ¿No
se deja decir á boca llena que, _si él fuera rico_, nadie padecería
á su lado y que sólo emplearía su fortuna en hacer dichosos? ¿Y no
quiero yo hacer lo mismo que él pretende y sólo consigo su desdicha y
la mía?

»¿Si seré yo el injusto y el desconsiderado, y tendrán todos razón
contra mí, que me creo el único sensato y razonable? ¿Quién sabe si
el dinero me habrá hecho adusto, tiránico, despótico, y lo que yo
creo razón, justicia, derecho, no son más que palabras mentidas con
las que el egoísmo y el amor propio pretenden disfrazar mis defectos
y mis vicios?

»Con esta duda es con la que no puedo vivir. Esta es la verdadera
causa de mi tristeza continua; esta desconfianza de mí propio es la
que me condena á perpetua melancolía. Ó ellos ó yo nos equivocamos, y
yo quiero salir de esta incertidumbre. He vacilado mucho, pero hoy
estoy resuelto... ¡Ayúdeme Dios y dé con su eterna sabiduría razón al
que la tenga!»

Y diciendo estas últimas palabras casi en voz alta, como en monólogo
de teatro, apresuró el paso y se dirigió á una casa de la rambla
del Centro. En el portal y grabado en una placa dorada se leía este
letrero: _Ortiz de Llauder, Notario_.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO V

CONCILIÁBULO DE FAMILIA


Á lo menos D. Juan Puig había tenido el buen acuerdo de salir á la
calle á tomar el fresco, logrando disipar con la impresión del aire
libre sobre su frente la excitación de su cerebro. Los dos hermanos
Bonet y Lucía y Ramiro se habían quedado asombrados de sí mismos y
aturdidos aún de la terrible escena de que habían sido autores é
intérpretes al mismo tiempo.

Su primer y simultáneo movimiento fué mirarse unos á otros como para
cerciorarse de que era verdad cuanto había pasado, y el segundo
acuerdo, tan lógico y natural como el primero, fué echarse la culpa
unos á otros de todo lo ocurrido.

¿Cómo una señora de juicio, tan buena cristiana como doña Bernarda,
había abrigado en su alma tan malos pensamientos respecto al prójimo,
y lo que es peor y más torpe, había increpado en voz alta á Puig,
sin pruebas y sólo por sospechas, de que éste pensaba guardar en sus
arcas el dinero del dote que había ofrecido á su sobrina?

¿Cómo el justo, el sensato, el angelical D. Benito había supuesto que
su amigo de toda la vida, por rico que fuese, por tiránico que se
mostrase con sus empleados y dependientes, quisiera echar á la calle
á él y á su familia, y á quién sino á un tonto podía ocurrírsele
apuntar semejante idea, para que el otro pudiera aprovecharla el día
menos pensado y sumirlos en la desesperación y en la miseria?

¿Por qué el tal Ramirito, que no servía para nada, en vez de ponerse
en la disputa al lado de su principal y darse por muy contento con
los ofrecimientos de éste, había tratado de exigir su cumplimiento
á plazo fijo, ayudando en su rebeldía á su futuro suegro y á su
tía política, desconociendo que éstos debían á Puig respeto,
consideración y cariño?

Y aquel diablo de chiquilla, siempre dispuesta á defender á su
padrino en todas las pequeñísimas discusiones que á diario estallaban
entre unos y otros, ¿por qué no había encontrado aquella mañana, en
una situación más grave que las demás, acentos conmovedores y aun
lágrimas oportunas que hubieran podido calmar la tormenta y hasta
aumentar quizá la cantidad desconocida, que Puig había prometido
entregarla como dote el día de su casamiento?

Esto pensaba de los demás cada uno de los quejosos, que á su vez
estaban dispuestos á jurar, si llegaba el caso, que ninguno de ellos
tenía la culpa de lo ocurrido y que sólo los otros tres eran con su
imprevisión y su incontinencia de palabra culpables del suceso.

Pero el tiempo transcurría, al escritorio iban llegando los otros
dependientes, por los corredores de la casa iban y venían mozos y
comisionistas, y allí no se podía hablar en secreto, ni cambiarse
impresiones, ni tomar determinación ninguna. Y la situación era
grave, y podía serlo más, si al regresar Puig á la fábrica los
encontraba indefensos y sin haber convenido en su plan de ataque ó
por lo menos de defensa. Tan sentida fué por todos esta necesidad,
que á una seña casi imperceptible de doña Bernarda los conspiradores
echaron á andar detrás de ella, y fingiéndose los distraídos y
adoptando el aire más indiferente del mundo, dieron con sus cuerpos
en el gabinete-tocador de la señora que los precedía, situado como
todas las habitaciones de la familia Bonet en el piso segundo del
edificio.

Entrar todos y cerrar la puerta por dentro doña Bernarda fué una
misma cosa. El cuarto era pequeño; los muebles modestos y viejos, sin
llegar á ser antiguos, pero veíase en el arreglo y lustre de todos
ellos el solícito cuidado y la constante limpieza de su propietaria.
Un retrato fotográfico de Lucía, más parecido que artístico, y un
_Eccehomo_ al óleo, ni artístico ni parecido, eran los dos únicos
cuadros que adornaban las paredes. Separaban el gabinetito de la
alcoba unas colgaduras de yute sencillas y chillonas, y sobre un
velador ovalado aparecían en correcto legajo los últimos veinte
ó treinta números de _El Siglo Futuro_, órgano político de doña
Bernarda.

La ventana, orientada al Norte, daba á la calle, y por la disposición
del edificio, desde ella se veía forzosamente á todo ser humano que
en él penetrara: por eso había elegido doña Bernarda su gabinete, en
un arranque de previsión, para celebrar aquella magna conferencia
que iba sin duda á decidir de la suerte de todos. Desde aquella
ventana, verdadero observatorio, verían volver á Puig á su domicilio,
y tendrían tiempo, antes de que él penetrara en la fábrica, de ocupar
cada uno su puesto y fingirse abstraídos en el cumplimiento de sus
respectivos deberes.

Ya hemos indicado que doña Bernarda, como casi todas las neocatólicas
españolas de pocos alcances, y según describe la ilustre Pardo Bazán
á la doña Benigna de su admirable novela _Una Cristiana_, tenía como
concepción religiosa arraigada la de un Dios airado, rencoroso é
implacable: el Dios bíblico que visita la iniquidad de los padres
en los hijos hasta la tercera y cuarta generación. Creía buenamente
que Dios lo castiga todo á raja tabla, aquí de tejas abajo; y se
imaginaba además que esas venganzas y represalias celestiales
estaba el Señor dispuestísimo á ejercerlas contra todos los que
la molestasen á ella, Bernarda Bonet[1], por cualquier causa ó en
cualquier asunto. Gracias á aquella incapacidad suya de generalizar
las ideas, presumía que sus agravios y resentimientos personales
interesaban muchísimo á la Divinidad; así es que las primeras
palabras que pronunció, al ver reunidos á los conspiradores en su
gabinete-tocador, fueron casi las mismas que la habitante de la
Ullosa:

  [1] Benigna Unceta, en _Una Cristiana_.

--¡Ya verán ustedes como Dios castiga á ese hombre, sin palo ni
piedra! Ya lo verán..., dejen correr al tiempo. ¡No se escapa! La que
á mí me ha hecho, ¡ya se la tomará Dios en cuenta!

--¡Y á mí que me ha llamado tonto! ¡Á mí que me está siempre
calificando de débil, de apocado, de rutinario! Ya se ve..., como
que no soy nadie; como que mis escasos medios no me permiten tener
grandes ideas. Si yo fuera rico, no sólo no me insultaría, sino que
todo lo que yo pensara ó dijera lo tendría por sublime, por acertado,
por inmejorable.

--¿Qué quiere usted, amigo D. Benito? ¡Ese es el mundo! ¡Poderoso
caballero es don dinero!..., que dijo el poeta; sin él todos somos
unos necios: con él todos seríamos unos grandes hombres.--Y creyendo
haber dicho una gran cosa, Ramiro buscó su aplauso en los ojos de
Lucía, que no estaban en aquel momento para aplaudir á nadie.

--De todo esto resulta, sobrina--dijo doña Bernarda, queriendo sentar
conclusiones que sirvieran de base á la conferencia,--que se aguó tu
casamiento y que nuestro plan era tiempo perdido.

--¿Y por qué hemos de dar por desbaratado el matrimonio?--contestó
Ramiro con ademán resuelto, decidido á afrontar la situación.--Yo sé
trabajar: no soy un holgazán ni un ser inútil, y si las puertas de
esta casa se me cierran, yo sabré encontrar trabajo en cualquiera
otra. En Barcelona, y fuera de ella, lo que sobran son casas de
comercio ó de banca, fábricas ó empresas industriales que necesitan
hombres honrados é inteligentes..., y trabajando en cualquier
escritorio como trabajo en éste, seré mejor recompensado.

--Pero, hombre, la cosa no es para tanto, ¿ni quién le ha dicho á
usted que está de más en esta casa? Ni Juan ha extremado su oposición
á la boda de mi hija, á lo menos delante de mí, ni le ha dado á
entender que le eran innecesarios los servicios que usted le presta.

--No me lo ha dicho claro, pero quizá me lo haya querido dar á
entender; y yo no estoy en el caso de tolerar que nadie me falte. Hoy
he sido prudente; pero, si se propasa otra vez, no respondo de mí.

--Hombre, á mí me parece que con usted no se ha propasado. En medio
de todo hay que hacerle justicia... Juan es bueno..., muy bueno...

--¡Bonísimo!--dijo doña Bernarda, con su sonrisa irónica
habitual,--¡inmejorable! Tú sí que eres el bueno, el santo, el
infeliz, y por eso le defiendes sin cesar y á todo propósito. ¡Ya le
ajustará Dios las cuentas!

--Yo no puedo olvidar nunca que cuanto tenemos y cuanto somos se lo
debemos á él, á él exclusivamente. Bueno, muy bueno era Bernaregui:
mucho me debía, y sin embargo, si no hubiera sido por Puig..., su
heredero universal, no sé qué hubiera sido de nosotros. Pediríamos
limosna á estas horas.

--Ni tanto, ni tan calvo. Cajero eres en esta casa, pues cajero
hubieras sido en otra: yo trabajo aquí hasta echar el alma por la
boca, pues lo mismo hubiera trabajado en otra parte; en una palabra,
si él no nos debe nada á nosotros, nosotros no le debemos nada á él,
y no estamos en el caso de sufrir siempre en silencio sus tiranías y
sus palabrotas.

--En eso no tienes razón. Juan no es hombre de malas palabras.

--Si el llamarme á mí estúpida, y á ti tonto, y á Ramiro
chiquilicuatro, te parecen elogios y dulces frases, ya no hay más que
hablar: con tu pan te lo comas y buen provecho te haga. Pero yo, por
mi parte, no estoy dispuesta á tolerárselos por más tiempo, y por eso
he querido que nos reuniéramos aquí inmediatamente, para resolver
lo que hemos de hacer y para llevar á cabo nuestras determinaciones
desde este momento.

--Nada de precipitaciones, Bernarda: tú tendrás razón en ciertos
detalles, pero aquí hay que considerar el fondo de las cosas. Esta
casa es como nuestra, puesto que en ella vivimos y comemos, sin
costarnos un céntimo. Yo puedo guardar todo mi sueldo, como le guardo
efectivamente, y no un sueldo de tres mil pesetas, que es el que
tuvo aquí siempre Puig cuando vivía Bernaregui, sino de cinco mil.
Tú puedes también economizar imponiendo en la caja de ahorros, como
le impones, todo tu salario de ama de llaves ó de gobierno, y de ese
modo...

--¡Mi salario! ¡Ahí tienes su mayor infamia! Ama de llaves..., ese es
el humillante puesto que yo desempeño aquí. ¡Yo que tenía derecho á
esperar que me ofrecería el primero, el único que me corresponde!...

--En cuanto á eso, yo creo que á él no se le ha pasado jamás por la
imaginación la idea de casarse, y por lo tanto...

--¿Y por qué no se le ha ocurrido semejante idea? ¿No podía haber
comprendido que una mujer casadera podía y debía esperar de un amigo
de toda la vida otra situación más definida, más digna y más decente?

--Pero, hermana, si tus quejas no tienen más razones que tus propios
deseos, no creo que estés en lo justo al acusarle.

Como se ve, aquella conferencia, que parecía haberse empezado á
celebrar para el bien general, tomaba el carácter de una situación
particular, y no siendo muy edificante por cierto para los castos
oídos de una doncella, obligó á Lucía á refugiarse en el quicio de
la ventana y á separarse en cierto modo del grupo beligerante de los
dos hermanos. Por prudencia, ó por deseo de aprovechar la ocasión de
cambiar impresiones con su amada, Ramiro se acercó á ella y casi se
desentendió de la conversación de los dos hermanos que continuaron
del siguiente modo:

--¿Y hubiera hecho algo de más ese hombre en ofrecerme su mano? Hasta
por el bien parecer, puesto que todos vivimos bajo el mismo techo,
¿no hubiera sido más natural y más decente que me hubiera hecho su
esposa?

--Hombre, eso no pasa de ser una opinión tuya.

--¿También vas á defenderle en ese terreno?

--¡Yo no! Pero hay circunstancias..., tu mismo carácter...

--Cuando no era rico, cuando él y tú erais dos dependientes, y no
otra cosa, de Bernaregui, bastantes bromas me daba y bastantes veces
me dió á entender, con sus miradas y con su silencio, que no le
parecía yo tan desprovista de mérito ni tan insignificante como ahora.

--¿Qué me cuentas? Pues te juro que nunca me dijo á mí la menor
palabra sobre tal asunto...

--Me parece que con indicármelo á mí tenía bastante. «¡Qué buena
está usted, vecina!,» me decía á menudo; «¡qué colores de rosa se
ha traído usted esta mañana!; ha dicho usted eso con mucha gracia;
¡qué cutis tiene usted tan suave, Bernardita!» y siempre cosas por
el estilo. Pero desde que se vió amo y señor de la casa, desde que
nos vinimos á vivir con él por expresa voluntad suya: «Tome usted el
dinero del mes; cuatro y cuatro ocho, y nueve diez y siete, y cuatro
veintiuno; tome usted por junto el bacalao; el aceite ha subido...»
¡y eso es todo! Ni me mira, ni me escucha, ni atiende casi á mis
observaciones. ¡Está visto que para ese hombre ni tengo ya frescura,
ni gracia, ni cutis!

--Yo ignoraba todo eso; pero, hija, nada tiene de extraño semejante
cambio. Es difícil que el hombre pueda sobreponerse á su mudanza de
fortuna.

--Pero cuando un hombre es bueno, como tú dices que lo es Puig,
cuando se tiene buen corazón, aunque la cabeza se desvanezca algo con
la fortuna, no se debe hacer sufrir á los seres que nos rodean. ¿No
opinan ustedes lo mismo, niños?--concluyó Bernarda, dirigiéndose á
los dos amantes, que discretos y distraídos consigo mismos se habían
enfrascado en una conversación íntima.

--Indudablemente, señora--respondió Ramiro sin saber de lo que se
trataba.

--¡Ya lo creo, tía!--añadió Lucía, retirándose un poco de la ventana
y dispuesta á tomar parte en la conversación, si se generalizaba.
Precisamente tenía muchos deseos de dar su opinión clara y resuelta,
apenas se la pidieran.

--¡Pues qué!--continuó doña Bernarda, dirigiéndose á Benito,--si tú
hubieras sido el heredero universal de Bernaregui, ¿harías lo que él
hace? ¿Serías lo que él es? ¿No nos hubieras hecho felices á todos?
¡Habla, hombre, habla!

--Hermana mía, Dios lo ha dispuesto de otro modo, y tú mejor que
nadie sabes que hay que conformarse con sus designios.

--La verdad es que sólo por ser sus juicios incomprensibles se
pueden comprender ciertas cosas.

--No por mí, os lo juro, sino por el prójimo, hubiera querido ser
rico. Yo soy un hombre de modestas aspiraciones, de constante amor
al trabajo y de conformidad cristiana para soportar todas las
penalidades y escaseces. Pero quisiera haber heredado esa gran
fortuna sólo por no ver á mi lado ninguna tristeza ni ninguna
escasez. No por mí, lo repito, sino por mi hija, por mi hermana, por
esos desdichados obreros de la fábrica que ganan su mísero jornal
con tantos sudores, por usted mismo, Ramiro, tan digno de mejor
suerte, echo de menos los millones de Puig. No por ambición, sino por
filantropía, por deseos de hacer dichosos á todos los que me rodean,
incluso al mismo Puig, exclamo á todas horas: «¡Si yo fuera rico!»

--De seguro que entonces no habría ni un desgraciado en la
fábrica--dijo Ramiro, que de algún modo había de corresponder á los
buenos deseos de su futuro suegro.

--¡De seguro! Lo primero que haría era casaros y arreglar en la
casa habitaciones á propósito para la nueva familia. ¡Todos juntos,
siempre!

--Y en cuanto á Puig, á ese señor que nos trata con tanto despego hoy
y que nos considera como esclavos suyos...--dijo Bernarda.

--¡Oh!, á ése yo le aturdiría á beneficios. Por lo pronto, y que
quieras que no, le casaba contigo inmediatamente.

--Respecto á mi boda con su bellísima hija de usted, no es necesario
que usted sea rico para celebrarla en seguida. Yo la amo con delirio,
ella paga mi amor, y estoy resuelto, suceda lo que suceda, á llevarla
al altar inmediatamente. Si usted no quiere esperar á que D. Juan
señale la fecha que le agrade, aquí me tiene. Disponga lo que se le
antoje y déjeme darle pronto el nombre de padre.

--¡Eso es hablar!... Y si mi hija opina como usted...

--Yo tengo el sentimiento de no opinar como Ramiro. Le amo, ¿á qué
negarlo?; deseo, como es natural en toda muchacha soltera, casarme
con el hombre que mi corazón ha elegido; pero basta que mi padrino
desee retardar esa boda, por motivos que á él le parecen acertados,
para que yo no le contradiga y me resigne á seguir sus consejos y
aun á respetar sus órdenes, si como órdenes quiere imponerme sus
opiniones. Esta es mi resolución, que no creo debe desagradar á
ustedes y que de positivo nos ahorrará á todos serios disgustos, y
quizá una ruptura, de que todos tendríamos que arrepentirnos.

Con profundo silencio se oyeron las breves razones de Lucía. Doña
Bernarda quiso protestar, sin embargo, y hasta empezó á decir:

--Con todo..., repara, sobrina...

--D. Juan querrá tan sólo mi bien--prosiguió ésta con entonación
resuelta--y yo, como debo, me allano en todo á su gusto.

--Pero, Lucía..., mi amor...--dijo Ramiro.

--Su amor de usted tendrá la amabilidad de esperar como el mío. Y en
cuanto á mi mano, crea usted que se la tenderé con gusto, con mucho
gusto, el día que mi padrino se la conceda á usted solemnemente.

No había nada que contestar á una decisión manifestada tan
enérgicamente, y como si la casualidad quisiera concluir de hecho
aquella conferencia que había concluído de derecho por sí misma,
vióse venir á lo lejos á D. Juan Puig, que bajaba por la calle con
dirección á la fábrica.

--Ya vuelve--dijo Bernarda dando la señal de alarma.

--Ramiro, cada cual á su puesto. Ustedes, señoras, se quedan aquí:
nosotros al escritorio; aquí no ha pasado nada.

Eso dijo Benito con rapidez, y sin hablar más palabra salieron los
dos hombres del gabinete.

       *       *       *       *       *

Cuando Puig entró en el escritorio estaba todo el mundo en su sitio
como si efectivamente no hubiera pasado nada.

Volvía el principal un poco más pálido que de costumbre, pero
tranquilo y sereno al parecer: atravesó el escritorio, pieza grande
y algo destartalada, y sin detenerse en el sitio que acostumbraba en
el testero de la mesa donde escribía Ramiro, abrió la mampara que
daba á su despachito particular y entró en él, más pensativo que de
costumbre. D. Benito y Ramiro le observaban con el rabillo del ojo,
fingiendo estar ocupadísimos. La mampara quedó abierta y pudieron ver
que Puig dejaba en un rincón su bastón y su sombrero y se ponía á
escribir sobre su mesa con verdadero encarnizamiento.

Rispall, el furibundo demagogo, penetró en el escritorio, y con el
énfasis peculiar de su oratoria, dijo á D. Benito, casi á gritos:

--El corresponsal de Olot ha venido ya dos veces para decir que se
remitan hoy mismo los veinte fardos que ha pedido.

--¿Y por qué no has avisado antes?--dijo D. Juan desde su despacho.

--Porque he tenido otras cosas que hacer--respondió Rispall.--No
puede uno estar en todo, por más que quiera.

--Bien, bien--dijo Benito, tratando de apaciguar los ánimos,--no hay
más que hablar: dile que se le complacerá en seguida.

--Ya debía eso estar hecho--dijo D. Juan, saliendo del
escritorio;--desde ayer tiene Rispall la orden de avisarte.

--Se habrá distraído el pobre; pero nada hay perdido.

--Hay perdido el tiempo que emplea cada uno en no cumplir con su
deber. ¡Esto es ya de todo punto insostenible!

--Pero, Juan, me parece que yo siempre cumplo con el mío.

--Nada de esto va contigo... Me refiero á Rispall...

--El infeliz habrá querido hacerlo seguramente; pero una distracción
la tiene cualquiera, y... se habrá distraído.

--Eso es, me había distraído..., y no es culpa tan grande.

--¡Basta!--dijo Puig.

--Yo te ruego que le perdones...

--¡Siempre defendiendo á todo el que falta á su obligación! ¡Te has
hecho abogado perpetuo de holgazanes y de perdidos!

--Y no creo ofenderte con eso... Mi corazón es bueno.

--No creo que el mío sea malo; pero siendo el tuyo tan superior al
mío, bien podías emplearle más en mi provecho y en mi servicio.

--Me parece que en cuanto á cumplir mi obligación...

--Tu obligación primera es mirar por mis intereses, que después de
todo son también los tuyos, puesto que de ellos vivimos ambos.

--Yo protesto de tus palabras...

--Dejemos eso: vete á despachar ese asunto, y usted, Sr. Rispall,
aguárdese.

Salió Benito cariacontecido del escritorio, y no menos aturdido que
su defensor se quedó el criado adivinando el giro que iba tomando el
asunto.

Puig se paseaba de un extremo á otro de la habitación, como siempre
que tenía que resolver un negocio grave, y parándose de pronto frente
á Rispall, le dijo:

--Y tú, desde este mismo instante, puedes ahorrarte todo trabajo y á
mí el disgusto de tener que sufrirte...

--En eso estamos de acuerdo. Las elecciones municipales se aproximan,
y estoy resuelto á presentar mi candidatura para concejal... ¿Quién
sabe si antes de dos años vendrá Ruiz Zorrilla y seré gobernador ó
director de contribuciones?

--Tú serás siempre un imbécil, y lo único que debes hacer es
aprovechar la lástima que te tengo y comer en la fábrica de limosna,
sin robar un salario que desde hoy tendrá en mi casa quien me sirva
mejor.

--¿Cómo? ¿Me despide usted de su casa?

--Debía hacerlo por holgazán y por inútil; pero ¿dónde has de ir,
infeliz?

--Vamos: ¡si en eso había de venir á parar la antipatía que usted me
ha tenido siempre! Claro, ¡como que he sido cantonal!

--Lo que tú has sido y serás toda tu vida es tonto de capirote.

--¡No me trataría usted de este modo si hubiesen triunfado las Cortes
el 3 de enero! Pavía es el que tiene la culpa de lo que á mí me pasa.

--Bueno, pues quéjate á Pavía y quédate á comer y á dormir en mi casa
hasta que encuentres quien te admita en la suya, pero sin obligación
ni cargo alguno. Así podré á lo menos estar servido á gusto.

--¡No se concibe ingratitud semejante!

--¿De veras? Me gusta la palabra.

--Sí, señor, ¡ingratitud y despotismo! ¡Al fin conservador, ó
constitucional, que para mí es lo mismo!

--¡Ven aquí, animal!--dijo Puig ya fuera de sí, cogiendo al criado
por la solapa de la americana y zarandeándole con sus manos de
hierro.--Si otro que yo fuera aquí el amo, ¿crees que te hubiera
soportado un solo mes? ¿Te figuras que se puede servir á nadie con
tus negligencias y tus barbaridades? ¿Conque soy un tirano y un
desagradecido? ¡Vete, quítate de mi presencia inmediatamente, y si
cambias de amo, ya me echarás de menos algún día!

--Esa es su opinión de usted--dijo entre dientes Rispall,
desasiéndose de las garras del principal.

--¡Vete, te digo! ¡Que no vuelva yo á verte más!

--¡Ya me voy, ya me voy!--dijo el criado, saliendo á escape del
escritorio y murmurando por el corredor: «¡Si es peor que Calomarde!
¡Si es infinitamente peor que el Chaperón que pinta Pérez Galdós en
el _Terror de 1824_!»

Los escribientes en general y Ramiro en particular habían presenciado
la escena sin tomar la menor parte en ella. El día seguía tan
tormentoso como había empezado, y lo mejor era apartarse de la nube.
Mirólos á todos Puig, como ansiando que alguien le contradijera, y
no encontrando en aquellas fisonomías la menor señal de protesta,
volvió á su despachito, dejando otra vez abierta la mampara, cosa
que le sucedía raras veces, cuando se abstraía en algún trabajo
particular que exigía el silencio y la soledad. Diríase por esto, y
por las señales de impaciencia que se observaban en su semblante de
cuando en cuando, que esperaba algo ó á alguien con interés profundo.

Á los pocos momentos volvió á aparecer Benito por la puerta del
corredor con unas facturas; se las entregó á Ramiro y pasó á su mesa
á escribir, no sin haber echado antes una mirada escudriñadora al
despacho de Juan. Éste permanecía sentado en su sillón, con la frente
apoyada en su mano derecha. ¿Pensaba ó sufría?

No era tanta la calma y el silencio en el gabinete de doña Bernarda.
Ésta, que había visto derribarse su castillo de naipes de escándalo
y de reyerta con la atinada y enérgica decisión de su sobrina, la
emprendió con ella en cuanto se quedaron solas, y con burlas primero,
con indirectas después y con insultos por último, obligó á Lucía á
defenderse de sus injustas acusaciones y de sus malos juicios.

Lo que menos se le ocurrió decir á la irascible solterona fué que su
sobrina, más atenta á adular á su padrino para que aumentara su dote,
que á velar por la dignidad y el decoro de su padre, hacía causa
común con el enemigo de todos, poniendo á su familia en ridículo y á
su novio en una situación desairadísima. La pronosticó, como siempre
que alguien destruía sus planes de venganza y de ira, que Dios la
castigaría por su desobediencia y su egoísmo y que ya tendría algún
día que arrepentirse de la conducta que había observado con su padre
en aquella hora memorable.

Ni D. Juan la dotaba, ni la dotaría nunca. Pasarían años; Ramiro se
cansaría de esperar, ó si se iba fuera de Barcelona la olvidaría por
otra; ella seguiría solterona y desesperada, y pobre, abandonada y
huérfana, porque su padre y su tía se morirían de los disgustos que
les daba, quedaría á merced del avaro y del infame D. Juan, que la
tendría siempre hecha una fregona ó que quizá pretendería hacer de
ella su vergonzosa concubina.

Tales horrores causaron, como era natural, en la muchacha una
verdadera desesperación que terminó en un mar de lágrimas, mientras
su tía, más enojada aún con el llanto que con las palabras, daba
golpazos sobre los muebles y llamaba á Dios y á los santos para
que castigaran la desobediencia de su sobrina. Allí las dejaremos
para mejor ocasión, puesto que nos llama en el escritorio un
acontecimiento desacostumbrado.

       *       *       *       *       *

Vestido correctamente de negro, con un pliego sellado y lacrado en
la mano y con unas gafas de oro sobre su nariz aguileña, se acercó á
la mesa donde Benito escribía el notario D. Ramón Ortiz de Llauder,
persona apreciabilísima y uno de los más considerados de Barcelona.
Expuso á Benito la urgente necesidad que tenía de hablar á Puig,
y le rogó que le pasara recado, suplicándole diera de mano á sus
ocupaciones, por importantes que fuesen, toda vez que tenía que
hablarle en el acto de una cosa más importante que todas las que
podían referirse á la casa de comercio.

Extrañando Benito, no tanto la presencia de Llauder como sus
palabras, se levantó rápidamente de su silla y entró en el despacho
de su amigo y jefe. Éste, que parecía no haber reparado en la entrada
del notario en el escritorio, alzó los ojos y miró á Benito fijamente.

Diríase que pretendía rebuscar con su mirada el fondo de la
conciencia de su amigo.

--¿Qué traes? ¿Ocurre algo de particular?--le dijo.

--¿Estás ya de mejor humor que esta mañana?

--No le teníamos todos muy bueno--contestó Puig sonriendo.

--Me parece que el tuyo sobrepujaba al de todos; pero en fin, tú eres
el amo y puedes tener el que te acomode.

--Esa no es una razón; y si te ofendí en algo, te ruego que lo
olvides y me perdones.

--No hay nada que perdonar. Esas son libertades que puede tomarse la
amistad cuando es tan antigua como la nuestra.

--Así lo creo y te agradezco tus palabras. Ahora, ¿qué ocurre?

--D. Ramón Ortiz de Llauder, el notario de Bernaregui y creo que
sigue siéndolo tuyo, desea hablarte inmediatamente para un asunto muy
grave.

--¡Buscarme aquí y no citarme para su casa! Sin duda es negocio de
excepcional importancia. ¿Dónde está?

--En el escritorio; desde aquí puedes verle.

--Dile que pase inmediatamente..., ó mejor, se lo diré yo mismo. Sr.
de Llauder, pase usted, pase usted por aquí; para usted no estoy yo
nunca ocupado. No tiene usted nunca necesidad de quien le anuncie.

Y uniendo la acción á la palabra, tomó de la mano al notario y entró
con él en su despacho. Viendo que Benito se disponía á cerrar la
mampara y á dejarlos solos, empujó suavemente á su amigo dentro de su
despacho y le dijo:

--Cierra tú la puerta por dentro y quédate con nosotros. Para ti no
hay ni debe haber nunca secretos en mi casa.

--Te doy gracias: pero quizás se trate de algún asunto en que yo no
deba intervenir, y me retiro.

--No sólo lo permito--respondió el notario,--sino que yo mismo iba
á suplicar á usted que permaneciese con nosotros. Su presencia de
usted es no sólo conveniente en nuestra entrevista, sino que es
absolutamente necesaria.

Benito oyó sorprendido á Llauder; corrió el pestillo de la mampara, y
tomando asiento enfrente de Puig, se preparó á enterarse del urgente
é interesante asunto que, según le parecía, no había de importarle
maldita de Dios la cosa.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO VI

ABEL Y CAÍN


«Ustedes, que durante tantos años--dijo después de una breve pausa el
notario--fueron amigos, y más que amigos aún, compañeros inseparables
de Bernaregui: ustedes que con su laboriosidad, inteligencia y
entrañable afecto le ayudaron á labrar su fortuna y conocían tanto
como él mismo los negocios de la casa y el próspero estado de su
fábrica de tejidos, recordarán que me honraba con su amistad y que
tenía puesta en mí toda su confianza, seguro de que yo no había
jamás, por nada ni por nadie, de faltar á ella.»

--Es cierto--contestó Puig;--siempre le oí hablar de usted en los
términos más respetuosos y siempre le oí elogiar su acrisolada
honradez y la benéfica influencia que los consejos de usted y su
práctica en los negocios habían ejercido en la mayor parte de sus
especulaciones y proyectos.

Una señal de asentimiento de Benito y un movimiento de gracias del
notario respondieron simultáneamente á la interrupción de Puig.

«No extrañarán ustedes--prosiguió el depositario de la fe
pública--que así por las funciones de mi ministerio, como por la
verdadera y desinteresada amistad que con Bernaregui me unía, esté yo
mucho más enterado que ustedes mismos de algunas circunstancias de su
vida y de la marcha de un asunto completamente privado que fió á mi
honradez y á mi silencio.

»No fué hijo único Bernaregui de sus honrados padres, pero sí era
el primogénito, y si aquéllos hubiesen poseído una fortuna, á él
exclusivamente le hubiese correspondido con arreglo á nuestra
legislación regional. Pero aquellos padres, que querían á Joaquín con
delirio y que eran quizá algo injustos con Miguel, su hijo segundo,
no dejaron al morir á los dos hermanos más que lo necesario para
enterrar á sus padres con decencia y para vestir por su muerte el
luto reglamentario.

»Diez y siete años contaba Joaquín y quince Miguel cuando quedaron
huérfanos; pero tal era la diferencia de sus caracteres, de sus
aficiones y hasta de sus fisonomías, que nadie, á no saberlo, los
hubiera tenido por hermanos. Como Joaquín conocía y lamentaba la
preferencia que con él habían tenido sus padres respecto á su
hermano, y achacaba á esta injusta desigualdad casi todos los
defectos de Miguel, todo su empeño y su único afán fué hacerse
perdonar de éste aquellos errores paternales y lograr con su cariño y
sus eternos sacrificios conquistar aquel corazón que siempre había
permanecido cerrado al amor fraternal. Dióle á elegir carrera, pagóle
maestros particulares, vistióle con lujo, le rodeó de comodidades,
satisfizo todos sus caprichos, y mientras él economizaba el último
céntimo y vivía miserablemente matándose á trabajar sin tregua ni
descanso, su hermano vivía en la holganza, adquiría vicios, contraía
deudas, se hacía camorrista, jugador y tramposo, y sordo á los
consejos y ciego á los ejemplos, amenazaba ser con el tiempo un
criminal, un bandido.

»Decir á ustedes la pena de Joaquín Bernaregui; referirles las
veces que, sacándole de manos de tahures y busconas, esperó
en sus propósitos de enmienda y desesperó al ver su constante
reincidencia, sería el cuento de nunca acabar. Baste decirles que un
día desapareció Miguel sin participar á su hermano el lugar donde
iba á fijar su residencia y sin dejarle siquiera dos palabras que
expresaran su gratitud y su cariño, y que esta desgracia fué para
Joaquín, á pesar suyo, la base de su fortuna y el origen de su eterna
desdicha.»

--De su eterna dicha habrá usted querido decir--exclamó Benito,
interrumpiendo al notario.

«He querido decir, señores, lo que he dicho. El pobre Bernaregui fué
siempre desventurado, y si ustedes recuerdan bien los detalles de su
carácter, y si no se han explicado su profunda melancolía y no han
sabido darse cuenta de la verdadera enfermedad que le quitó la vida,
hoy, por necesidad triste para mí y por las circunstancias que á ello
me obligan, descorreré el velo que cubría, aun á los ojos de ustedes,
sus verdaderos y únicos amigos, aquella existencia tan desdichada.

»Diez años son generalmente plazo brevísimo para los hombres
inactivos ó perezosos que no saben aprovecharlos; pero para una
naturaleza activa, para un carácter emprendedor, para un alma
vehemente y perseverante al par, cualidades que rara vez se ven
juntas, diez años son casi una vida. En ellos, y gracias á la suerte
que ayudó en esta ocasión al inteligente trabajo de Bernaregui, vióse
éste dueño de la fábrica que aún hoy lleva su nombre, querido de
cuantos le trataban, considerado en el comercio y citado en Barcelona
como modelo de honradez, laboriosidad y acierto en sus empresas.
Contaba entonces treinta años, y al cumplirlos y al verse dueño de
una fortuna modesta, pensó por primera vez en compartirla con una
mujer honrada que llevara dignamente su nombre, que fuera su amante
compañera y á quien querer como mitad de su propio corazón y como
madre de sus hijos.

»Poco puede entender de achaques femeninos quien consagra su vida
á la constante labor del trabajo. Requiere el amor, como tirano
egoísta, la abstracción completa de ocupaciones y pensamientos, y no
suele dar su confianza, ni abrir la llave de sus secretos y de sus
placeres, sino al que renuncia por él y para él á toda otra pasión,
otro empleo y otro objetivo. Las mujeres sólo se apasionan de los
que dedican á ellas casi por completo su tiempo y sus energías, y el
honrado Joaquín había ya empleado la tercera parte de su vida en la
lucha material y moral por la existencia sin saber lo que era el amor
y sin conocer á la mitad del género humano que le inspira. Ese fué
su primer error. Quiso encontrar, á la primera exploración por aquel
mundo desconocido para él, una mujer buena, leal, honrada y amante, y
adornó en su imaginación con todas esas cualidades á la primera cara
bonita que encontró en su camino.

»Ignorante por completo del mundo moral en todo cuanto se relaciona
con la vida recíproca de los dos sexos, no había tenido tiempo para
conocer siquiera, no ya para estudiarlo, el problema que acerca del
matrimonio existía ya antes de que Dumas hijo le hiciera suyo, y la
clasificación que de las mujeres habían hecho los filósofos de todos
los países y de todos los tiempos antes de darla á la estampa el
autor del _Divorcio_. Joaquín no sabía que las mujeres se dividen en
tres categorías:

  »Mujeres del templo.

  »Mujeres del hogar.

  »Mujeres de la calle.

»Y que equivocar unas con otras, y elegir para compañera una de las
que han nacido para no tener compañero, ó de las que arrastran su
vida siéndolo de todos, es un error que como no puede enmendarse sino
con la muerte, en los países católicos, lleva consigo la desdicha
del hombre, la destrucción de un hogar y la ruina de una familia.

»Aquel hombre de treinta años, cuyo corazón, virgen al amor,
comenzaba á latir con tanta mayor violencia cuanto más tiempo
había vivido limitado á desempeñar sus funciones fisiológicas de
músculo cardíaco; cuya robustez se había desarrollado en la gimnasia
higiénica del trabajo y la continencia; cuya imaginación no había
roto sino en sueños la valla que separa la práctica cotidiana de la
vida, de la ilusión fantasmagórica de lo desconocido; aquel hombre,
en fin, en la plenitud de su fuerza, de sus sensaciones y de sus
deseos; aquel comerciante honrado, metódico y deseoso del bien, se
enamoró con todas las fuerzas de su corazón y de su espíritu de
una linda joven, sin bienes de fortuna y cuyos antecedentes, si
no escandalosos y probadamente perversos, no eran tan limpios de
sospecha como merecía la inocente sencillez de su enamorado.

»Pero ¿quién se atreve á descorrer la venda del amor, y á acusar
sin pruebas tan claras como la luz del sol á la que es objeto de
adoración, y á la que, conociendo su decisiva influencia sobre un
corazón enamorado, ha de tener de sobra medios y recursos para salir
victoriosa, y para convertir en enemigo mortal del hombre que la
adora al que se atreve á indicarla como poco digna de merecer la
estimación pública y de legitimar su pasión con el santo sacramento
del matrimonio?

»Yo mismo, á cuya noticia habían llegado algunas primeras aventuras
de Pilar Suárez, que así se llamaba la novia de Joaquín Bernaregui,
me atreví un día á rogarle que procurase refrenar su pasión, y
dedicara algún tiempo á examinar el breve pasado de aquella mujer que
no contaba aún veinte años y de la que no todos cuantos la conocían
hablaban con respeto. Hasta me atreví á indicarle que, viviendo
los parientes de Pilar en un pueblecito de la costa de Levante y
habiéndole ella manifestado muchas veces que sólo la separaban de
ellos incompatibilidad de caracteres, convenía que él mismo fuese
á hablar con ellos, sin noticiárselo á la interesada, y adquirir
allí datos fidedignos sobre su vida y sus costumbres. Rechazó mis
consejos, desoyó cuantas advertencias más ó menos embozadas le
hicieron algunos compañeros, y decidió resueltamente dar su mano á la
amada de su corazón por ser la única mujer que le había comprendido,
que le había amado entrañablemente y que podía hacerle dichoso..., ¡á
él, pobre neófito en pasiones amorosas y que oía sin duda por primera
vez pronunciar semejantes palabras de labios femeniles!

»Así las cosas, reapareció un día en Barcelona Miguel Bernaregui,
sin avisar su regreso, como no había avisado su partida: se enteró
de cuanto á Joaquín se refería, supo el estado de su fortuna, sus
relaciones amorosas con Pilar, el proyectado enlace de ambos, y
sin darse, no ya por ofendido, sino casi por enterado de tales
acontecimientos, se presentó en casa de su hermano como el hijo
pródigo, pidiéndole perdón de sus pasados extravíos y prometiéndole
una enmienda que había de hacer la felicidad de todos.

»Pero el hijo pródigo de la Biblia era falsificado. Quizá entre los
harapos de su miseria, en los horribles crepúsculos de mil días sin
pan, entre las brumas mortíferas de aquella América donde había
arrastrado los diez años de su estéril juventud, sintió brotar en
su corazón la chispa del remordimiento y el anhelo de la paz de la
conciencia y del bienestar del cuerpo. Es posible y aun probable
que, al desembarcar en su patria, aquellas ideas llegaran á querer
apoderarse de su cerebro; pero un hecho triste, brutal, aterrador,
le había vuelto á sumir en la perversidad de su pasado. Su hermano,
aquel que iba á perdonarle, á abrirle sus brazos, á instalarle en
su propia casa, á darle participación en sus trabajos y en sus
alegrías, el que había de dejarle al morir toda su fortuna, tenía
resuelto casarse; había ya elegido la madre de sus hijos, y éstos y
ella misma le desheredarían á _él_, al único heredero, al legítimo
sucesor del comerciante rico y célibe. Volvía á escuchar, después de
veintiocho años de lucha, la terrible maldición que había presidido
á su nacimiento. Era el _segundón_, el paria, el mendigo eterno; y
ahora sin esperanza, sin probabilidades, sin enmienda en el _Mane_,
_Texel_, _Phares_, de su destino.

»Su consternación fué terrible, su resolución rápida y sublime para
el genio del mal que se la dictaba. Si hubiera poseído la cualidad
del valor, que no suele faltar á los grandes criminales, la muerte
de su hermano hubiese sido decretada y llevada á cabo con el puñal
ó el veneno; pero práctico en los lados horribles de la existencia,
pensó que las puñaladas morales son tan seguras como las que pueden
hacerse con una hoja de Albacete, y no se corre con ellas el peligro
del código y el castigo de la justicia humana.

»Esto en el caso de que el herido se dé cuenta de la mano que le
hiere, cosa que no sucede siempre, pues las circunstancias que rodean
al crimen y la destreza é hipocresía del criminal pueden alejar de la
víctima hasta la menor sospecha de quién puede haber sido su verdugo.

»En el plan que concibió Miguel se presentaban dos soluciones, y
ambas, calculadas con la frialdad perversa de un odio inveterado, le
aseguraban el porvenir de una impunidad perpetua y la posesión de la
fortuna del desdichado inocente que abrigaba con el calor de su seno
á la víbora que debía matarle con su incurable veneno.

»Veamos su proyecto. Ante todo y como base de sus ulteriores
resoluciones, era preciso conquistar el amor de Pilar, empresa que
él juzgaba, y con razón, no muy difícil, dados los antecedentes de
la joven y la diferencia que para una muchacha de poco austeros
principios había de existir entre el honrado comerciante esclavo
del trabajo, siempre ocupado en los negocios y desconocedor de las
superficiales, pero agradables pequeñeces del amor, y el hombre
corrido en conquistas amorosas, dueño de todo su tiempo, y práctico
en manejar las ventajas que la ociosidad, el trato de gentes y
el conocimiento de las flaquezas humanas pueden dar á un hombre
sobre una mujer superficial y amiga de los placeres materiales. Si
Joaquín Bernaregui, sencillo, serio, rico y desconocedor del corazón
femenino, era el bello ideal del marido, Miguel, calavera, elegante,
audaz y apasionado, era el modelo de los amantes. Claro es que si
éste se hubiera presentado á Pilar como aspirante á su mano, no era
ella tan necia ni estaba tan desprovista de sentido práctico que
le hubiese preferido á su futuro esposo; entre los dos hermanos la
elección no era dudosa. Aplicando á los hombres la clasificación que
Dumas hace de las mujeres, Joaquín era el hombre del hogar, Miguel
el de la calle, y Pilar tenía bastante pervertido el corazón para no
contentarse con el primero y para dejar de ver con agrado al segundo.
Podía ser al mismo tiempo, si las circunstancias la empujaban á tal
extremidad, amante del segundo y esposa del primero. No se equivocó
Miguel en sus juicios, ni vió fallidos sus proyectos. La tierra era á
propósito para la semilla que él pensó echar en ella, y la cosecha no
había de tardar en ser recogida.

»No tuvo necesidad de emplear todos sus recursos para aquella
conquista. Dos ó tres conferencias á solas, algunos obsequios
insignificantes y oportunamente ofrecidos, y más que nada una pasión
vehemente, perfectamente fingida, y una audacia repulsiva para las
jóvenes pudorosas y embriagadora é irresistible para casi todas las
mujeres que ya han conocido el placer de los sentidos, hicieron al
seductor dueño de aquella linda joven, elegida por Joaquín para ser
la guardiana de su honrado nombre y la sacerdotisa de su hogar.

»¿Cómo había de imaginar nunca el leal, el noble corazón de
Joaquín, que su propio hermano, el que le debía cuanto era y cuanto
pudiera ser en el mundo, y la mujer que iba á cambiar su posición
modestísima, casi miserable, por la consideración pública y la
fortuna santamente adquirida, se burlaban, le ofendían y encontraban
en su santo propósito la salvaguardia de su crimen y la impunidad de
su delito?

»Bien podían los infames saborear á mansalva todos los goces de su
pasión criminal; bien podían entregarse á todos los extremos de un
amor indigno: más seguros estaban aún por la cándida honradez del
ofendido que por sus bien pensadas precauciones. Hasta el cambio de
conducta que al parecer se efectuaba en Miguel era un nuevo lazo
en el que cayó Joaquín. De Pilar nada hay que decir: para mujeres
como ella el fingimiento es cosa baladí, y tanto cuanto mayor sea
la ofensa que hacen al hombre á quien engañan, tanta mayor es la
habilidad para fingirle cariño, ternura y simpatía. Nunca fué más
feliz el burlado Joaquín, nunca estuvo más seguro de su dicha en
la tierra, que durante aquellos pocos meses que habían de preceder
á su matrimonio. Dios, compadecido sin duda de sus anteriores
sufrimientos y premiando su laboriosidad, sus hermosos pensamientos y
su alma bellísima, le daba ya en la tierra el premio que pocas veces
concede al bueno antes de abrirle las doradas puertas de su cielo
perdurable.

»Y he aquí las dos soluciones previstas por Miguel al llevar á cabo
con tanta facilidad como perversión la conquista de su futura cuñada.
Si la casualidad ó el propósito deliberado hacían descubrir á su
hermano los criminales amores y la traición inaudita de los que le
ofendían, la puñalada moral estaba dada. ¿Sería bastante eficaz el
golpe para arrastrar á Joaquín al suicidio ó á la muerte natural,
como lógico resultado de uno de los más horribles desengaños de la
existencia? Y en caso afirmativo, lo que después de todo no era sino
una presunción verosímil, ¿no sería posible, y aun tan lógico como
el hecho mismo, que el herido de muerte, la víctima en fin de tan
odiosos manejos, desoyendo los consejos de su resignación cristiana,
se vengara de sus asesinos desheredándolos á la hora de su muerte, y
legando toda su fortuna al primer extraño, ó á los establecimientos
piadosos, echando por tierra su inicuo plan y sus infames cálculos?
Esta solución, pues, fué desechada de común acuerdo por los dos
amantes, que extremaron sus precauciones para que por entonces
quedara secretamente envuelto en el más profundo misterio su culpable
amor.

»La otra solución, si de término más largo, de más seguro éxito en
vida y luego en la muerte posible de Joaquín, era revestir con
caracteres de perpetuidad aquellas relaciones. Si el matrimonio tenía
hijos, hijos legales habían de ser siempre del marido, y por lo tanto
herederos de toda su fortuna, si grande entonces, mayor de seguro en
el porvenir. Si no los tenía, todo dependía de la maña, del engaño,
de la hipocresía de Pilar. ¿Quién con más derecho á la herencia del
esposo que la esposa fiel, tierna y cariñosa?

»No contaron, sin embargo, con lo que más tarde llamaron casualidad
imprevista y no era sino resultado lógico de sus actos. La vida
ofrece perpetuamente ejemplos de casos análogos. Lo mismo los
criminales, que los grandes pensadores, que los hombres de Estado,
incurren en torpezas totalmente indisculpables hasta á los ojos de
los tontos, de los locos y de los niños. En sus vastos proyectos, en
sus científicas lucubraciones, en sus cálculos profundos, miden y
pesan todas las dificultades, combinan todos los elementos, prevén
todas las eventualidades, atan en fin, como se dice vulgarmente,
todos los cabos, y dejan suelto el más sencillo, el más natural, el
que antes que ningún otro debía haber sido previsto y calculado.

»Y por eso el amor propio humano, que jamás quiere declararse
vencido y menos convencerse de su efímero acierto, apela para su
tardía y estéril defensa á la mudable suerte, y llama golpes de azar
y fatalidad de las circunstancias á lo que debía reconocer como
torpeza propia y como loca instabilidad y certidumbre de los cálculos
humanos. Por eso la fatalidad es la diosa de los soberbios y la
Providencia el Dios de los humildes. Por eso los que no conciben que
su talento sea tan torpe y su saber tan inútil, llaman á sus errores
el libro del destino; y los que no se fían de sí propios para acertar
en los cálculos á que dan lugar los acontecimientos de la vida, ven
en todos los resultados de sus equivocados juicios el dedo de Dios.

»¿Cómo no habían previsto los dos amantes, á pesar de todos sus
cálculos previsores, á pesar de todas las combinaciones de su
infernal proyecto, que abrazaba tan distintas y tan múltiples
probabilidades, la más sencilla, la más natural, la más fácil de
evitar de todas? ¡Ceguedad humana incomprensible, que había de
comprometer el éxito de todos sus planes y echar por tierra en un
momento sus laboriosas maquinaciones!

»Pilar estaba encinta. Si la boda no se celebraba con rapidez,
la solución del compromiso era, si no imposible, dificilísima.
Retardar con fingidos motivos el matrimonio y apelar al recurso de
una enfermedad para buscar, con el pretexto de necesitar los aires
nativos y la higiénica vida del campo, un hogar seguro donde dejar
ocultamente en poder de sus parientes la prueba de su deshonra, era
también expuesto á mil peripecias. Aquellos parientes, que no eran
después de todo más que un primo de la madre de Pilar y su esposa, no
podían tener gran cariño á la que voluntariamente se había eximido de
sus consejos y de su tutela moral, viviendo á su gusto, libre y no
con excesivo recato, desde la edad de diez y seis años; es decir,
desde la época en que más necesitaba la protección y la vigilancia de
unos parientes honrados. Si las noticias que de su sobrina llegaban
á sus oídos no eran para tranquilizar los escrúpulos de unas gentes
morigeradas en sus costumbres y firmes en sus creencias, y ellas
habían motivado la frialdad de aquel afecto de familia hasta el
punto de que una y otros sólo se escribieran en las solemnidades de
pascuas y celebración de natalicios, ¿cómo recibirían á la huéspeda y
cómo iba ésta á hacerlos cómplices discretos de su deshonor y de su
infamia?

»Si al tener noticia, por ella misma, del próximo casamiento de
su sobrina con el honrado y rico Bernaregui, se habían atrevido
á contestarla que antes de darle su mano le confesara todas sus
imprudencias ó ligerezas que podían haber comprometido su nombre,
y jurara en manos de su futuro esposo el firme propósito de la
enmienda, no suponiéndola, sin embargo, culpable de completos y
trascendentales errores, sino de coqueterías y noviazgos repetidos,
¿cómo contar con ellos para que en su honrado hogar cayera aquel
borrón indeleble, y más aún, para que ocultando al mundo entero la
falta de su sobrina, la ayudaran á engañar villanamente al hombre
digno que la recibiría después en los altares como doncella honrada y
esposa digna de llevar su nombre?

»Esto era imposible, absurdo, irrealizable. Y ¿cómo teniendo familia
ó personas de ella que pudieran acompañarla en otro viaje á más
lejanos climas, había de inventar la prescripción médica de ese
plan curativo, si carecía de los medios de realizarle sola, y no
era natural que su futuro cuñado la acompañase? ¿Y si Bernaregui
se resolvía á abandonar su fábrica con el objeto de acompañar á su
prometida, para ver por sí mismo cómo se curaba de aquella enfermedad
tan repentina é incomprensible?

»Decididamente, lo mejor, lo más oportuno para conjurar todos los
peligros de aquella terrible situación, era obligar á Bernaregui
á acelerar la boda. ¿En qué fundar aquel deseo, poco disculpable
en una joven honrada? ¿Por qué medios conseguir que fuera el mismo
novio quien propusiera á Pilar la rápida celebración del matrimonio
acordado para algunos meses después, y para el que, creyéndole
relativamente lejano, no había nada dispuesto?

»Esta era la cuestión difícil, y los cómplices apelaron para
resolverla á un recurso ingenioso. Se escribieron dos anónimos, uno
dirigido á Bernaregui y otro á Pilar. Claro es que la redacción de
ambos corrió á cargo de Miguel, y que en ellos se encontraron después
las pruebas de su culpable connivencia.

»El dirigido al novio estaba concebido en estos términos:»

Al decir estas palabras el notario sacó de su bolsillo una cartera y
de ella dos cartas, que demostraban por su color y la señal de sus
dobleces que habían sido leídas con frecuencia. Desdobló la primera y
leyó lo siguiente:

  «SR. D. JOAQUÍN BERNAREGUI.

  «Un leal amigo, que debe á usted muchos favores y se interesa
  como es justo por su felicidad, le avisa que hay quien pretende
  arrebatar á usted el amor de su prometida; que reune atractivos
  de juventud y riqueza, y emplea todo su tiempo, que le tiene de
  sobra, para hacer valer sus méritos personales, y que si usted
  por apatía ó demasiada confianza retarda alcanzar la dicha que
  espera, es posible que cuando se decida usted á reclamar las
  promesas de la mujer que adora, sea ya tarde para conseguirla.»

»El segundo anónimo era de otro género, y debía dar margen, caso de
que Bernaregui no diese importancia al primero, á una resolución
sensata y digna al parecer por parte de la novia.

»Este era el segundo.»

El notario abrió otra carta y la leyó:

  «Adorable Pilar: Soy demasiado hombre de mundo para caer en el
  lazo que ha tendido usted á los necios, creyendo en la anunciada
  boda de usted con Bernaregui. Los amores de ustedes son demasiado
  públicos, y sus continuas entrevistas demasiado secretas, para
  no descubrir su verdadera significación. Y como la irresistible
  belleza de usted y sus naturales aspiraciones la hacen digna
  de posición mucho más brillante y de porvenir más positivo que
  el que puede ofrecerla un modesto comerciante, me apresuro á
  confesarla mi pasión amorosa. Soy sumamente rico, libre, joven,
  y poseo un título nobiliario. No tengo familia á quien dar
  cuenta de mis actos; mis inmensas posesiones en Francia é Italia
  la ofrecen á usted seguro y fastuoso asilo en nuestra luna de
  miel, y de ellas puede usted elegir la que más le agrade como
  regalo _de boda_. Si un día, lo que no es creíble, usted ó yo nos
  convenciéramos de que no podíamos ser felices prolongando nuestra
  unión, siempre le quedaría á usted, en cambio de un amante
  aborrecible, una fortuna soberbia, constituída legalmente en dote
  el día antes de ponernos en camino.

  »Una maceta de flores colocada mañana en su balcón me indicará
  que acepta usted en principio mis proposiciones, y me autorizará
  para pedir á usted una entrevista con los testigos que usted
  elija, para que en ella, y escuchando de viva voz el inmenso amor
  que la profeso, decida usted de su suerte y de la mía.»

»Entre las dos cartas habían de mediar cuatro días: no era posible
esperar más; el tiempo urgía, y antes de tomar otra determinación
extrema, convenía ver el resultado de los dos anónimos.

»El que recibió Bernaregui no dió solución al asunto. El comerciante
se guardó muy bien de leérsele á Pilar, y sólo la manifestó que
convendría fijara ella misma la fecha de su matrimonio, dentro de
tres ó cuatro meses. Desde luego empezarían á elegir telas para el
_trousseau_, se encargarían los muebles que Pilar deseara tener para
su tocador, y nada más. Del anónimo ni una palabra. Era demasiado
noble el corazón de Bernaregui para concebir la menor sospecha
respecto al desinteresado y fiel amor de su futura; y si por desdicha
hubiera abrigado una duda ofensiva respecto de ella, su castigo era
devorarla en silencio y no ofender á una mujer honrada con infames
sospechas.

»El que recibió Pilar no hubiera quizá producido tampoco efecto
alguno, á ser entregado por ésta á su futuro; pero tomó otro camino
que, aunque más largo, debía llevar más pronto al término deseado.

»Pilar, que no frecuentaba asiduamente el confesonario, iba á él
sin embargo en el tiempo que marca como máximum el padre Ripalda,
y no debía cumplir muy bien con los preceptos del sacramento de
la penitencia cuando, contando á su confesor, la misma mañana que
recibió el anónimo, toda su falsa vida y ocultándole la verdadera,
le pidió consejo en aquella tribulación. Juró y protestó que era
honrada y por nada ni por nadie quería dejar de serlo: que amaba á
Bernaregui y de él sólo quería ser esposa; pero que la duración de
sus castas relaciones, la soledad en que vivía y quizá la diferencia
de fortuna de ambos novios daba lugar á los malos juicios de las
gentes ociosas ó mal pensadas. En situación tan delicada y expuesta
para su honra, puesto que autorizaba al primer atrevido á faltarla
al respeto y á la consideración que se merece la virtud, por modesta
y humilde que sea, lo que convenía era acelerar el matrimonio,
llevarle á cabo en seguida, y dejarse de _trousseaux_ y muebles para
después de celebrado, y acabar así de repente y para siempre con la
maledicencia y la audacia. Ella no debía hacerlo por decoro, pero un
sacerdote no estaba en ese caso y podía y debía proponerlo en bien de
todos.

»El confesor cayó en el lazo: aprobó la discreta y cristiana
resolución de su penitente, secó sus lágrimas, y resuelto á cumplir
con los deberes de su ministerio, calificó de urgente el asunto y se
dirigió con paso rápido á casa de Bernaregui.»

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO VII

CATÁSTROFE DICHOSA


«No hay drama ó novela que no contenga alguna situación tachada por
el público de inverosímil. Y sin embargo, vemos continuamente en la
vida actos humanos y hechos que serían estimados de imposibles si
no sucedieran continuamente. No hay causa célebre, no hay crimen
misterioso que no contenga algún detalle absurdo, suficiente para el
descubrimiento del delito.

»Absurdo, increíble es que Pilar y Miguel no previeran en la forma
de llevar adelante su plan lo más natural, lo más sencillo. Los dos
anónimos estaban escritos con la misma mano. Un mismo amanuense los
había copiado; y cuando el confesor de Pilar, después de hablar
largo rato con Bernaregui, le mostró la carta que su penitenta había
recibido, éste sacó de su bolsillo la otra misiva, comparó las dos
y devolvió ambas al sacerdote para que las confrontara y examinara
detenidamente.

»La sorpresa de ambos concluyó con un parecer unánime. Aquello era
una farsa, un proyecto, cuyo objeto era preciso desentrañar y cuyos
autores era necesario conocer. ¿Á quién podía interesar la rápida
celebración del matrimonio sino á Pilar? Y para que ésta pusiera
en juego tales medios con el objeto de conseguir tal fin, ¿cuáles
podían ser sus motivos? De deducción en deducción ambos supusieron
la verdad, pero siempre como el último término á que podían llegar
sus sospechas. Quizá Pilar temía que Bernaregui no estuviera bastante
enamorado de ella para cumplir su mil veces repetida promesa de
matrimonio: tal vez las necesidades de la vida obligaban á la
pobre muchacha á desear su inmediato casamiento para mejorar de
posición y favorecer á su familia, si ésta necesitaba de su amparo y
protección. Con estas ideas trataban de atenuar el comerciante y el
sacerdote la gravedad del caso; pero el golpe estaba dado; la duda
había nacido en sus corazones, y el alma cándida, leal y honrada de
Bernaregui había recibido un golpe mortal. La que iba á ser compañera
de su vida, la que iba á recibir con su mano un tesoro de honradez
inmaculada, patrimonio más rico aún que el de su fortuna, no merecía
ya su confianza. Fuera el que fuera el motivo que la había impulsado
á recabar de Bernaregui una resolución contraria á su deseo, los
medios que había empleado para conseguirlo eran reprobables y
repulsivos. El anónimo, arma siempre vil y traidora, el engaño
llevado hasta el pie del mismo confesonario, demostraban un alma
fría y un espíritu calculador é irreligioso, cualidades todas de mal
pronóstico en una esposa cristiana y en una honrada madre de familia.

»De todos modos, y mientras cada uno ponía en juego sus recursos
de sagacidad y prudencia para averiguar toda la verdad del caso,
ambos decidieron que convenía dar largas al asunto y engañar, si
era posible, á la que ó á los que habían tratado de engañarlos.
Bernaregui pretextaría y llevaría á cabo un viaje fuera de España con
el fin ostensible de realizar la fusión de su fábrica con otra de
más importancia, negocio gravísimo que podía duplicar su capital en
corto número de años: á su regreso de aquel viaje se celebraría el
matrimonio. Durante su ausencia, el sacerdote vigilaría y visitaría á
menudo á Pilar, fingiendo la mayor confianza en ella, y ó conseguiría
quizá descubrir el misterio, si misterio había, ó provocar tal vez la
confesión espontánea y minuciosa de su bella penitenta.

»De los anónimos nada se hablaría. El confesor, sin devolver el suyo
á Pilar, la diría que Bernaregui le había roto en el acto, así como
otro que había recibido algunos días antes, pues tenía la costumbre
de romper sin leerlas todas las cartas que recibía sin firma. Además,
que el anónimo dirigido á Pilar sería sin duda obra de un chistoso
desocupado, ó fruto de alguna apuesta entre muchachos de buen
humor, para ver si la joven caía en el lazo y colocaba una maceta
con flores en su balcón y excitaba de ese modo la burla de cuantos
estuviesen en el secreto. Con no hacer caso de la misiva, continuar
su vida modesta y retirada, y esperar con calma y tranquilidad el
regreso de su futuro, todo estaba arreglado. Así se hizo en efecto,
y así Pilar y Miguel quedaron confundidos viendo el poco fruto de
su conspiración, pero no sospechando ni por asomo que su intención
había sido descubierta. Achacaron á mala suerte lo que había sido
impremeditación suya al escribir las cartas, y no cayeron en el
verdadero motivo que había destruído su bien combinado plan.

»Quince días después salía Bernaregui de Barcelona con dirección á
Marsella, y quedaba el sacerdote fingiendo una cándida buena fe, que
estaba muy lejos de tener, en las palabras y en la pena de Pilar.
Miguel quedaba al frente de la fábrica en cuanto á su dirección
material, pero respecto á la marcha administrativa de la casa de
comercio, cobros, pagos y operaciones mercantiles de la misma, tenía
el cajero amplios y exclusivos poderes del principal.

»Pasaron tres meses con dilaciones intermitentes respecto al regreso
de éste y con quejas repetidas del cajero respecto á la conducta
de Miguel en la fábrica, verdaderamente abandonada por su continuo
descuido. Tres meses que aprovecharon los amantes para gozar
imprudentemente de la libertad en que los dejaban, y que sirvieron
para que el confesor de Pilar, tomando informes de la vecindad,
inquiriendo los antecedentes de la joven y poniéndose en comunicación
con la familia de la misma, adquiriera el convencimiento de su
culpabilidad y averiguase mucho más de lo que podía haber sospechado.
Una indisposición repentina de la novia de Bernaregui la obligó á
llamar á un médico, que la visitó cuatro ó seis días. Éste hubiera
guardado el secreto propio de su profesión á tratarse de un caso
indiferente y con personas entrometidas é indiscretas; pero ante la
gravedad de las circunstancias y el carácter sacerdotal del que le
expuso las excepcionales consecuencias que podría tener su silencio,
le manifestó toda la verdad.

»Aterrado el buen sacerdote con la gravedad de la noticia, y
convencido, por los juramentos que Bernaregui le había hecho de la
pureza de sus relaciones con Pilar, de que otro era el amante de la
joven, y explicándose ahora la intención de los anónimos, escribió
al ausente todo lo que ocurría, pero sin atreverse aún á estampar la
sospecha de quién podía ser el seductor de la joven, á pesar de estar
ya seguro de la complicidad de Miguel, espiado por él muchas veces y
señalado por todos los vecinos como continuo visitador de la joven.

»Llegó Bernaregui, no á su casa, sino á la del sacerdote, sin dar
noticia á nadie de su regreso á Barcelona, y sólo Dios sabe lo que
aquellas dos almas honradas, lo que aquellos corazones rectos
sufrirían en tan solemne entrevista.

»El dolor de Bernaregui, sobre todo, no tuvo límites cuando escuchó
de labios de su amigo las razones en que se fundaba para sospechar de
su hermano. El desengaño era tan horrible, la ingratitud tan infame,
que aun la resignación cristiana y los sabios y elevados consuelos
del sacerdote fueron inútiles para sobreponerse á ellos. Cayó enfermo
Bernaregui, y sólo después de un mes de sufrimientos y de lágrimas
pudo abandonar el lecho hospitalario que el sacerdote le brindó
en su misma casa, conservando para todo el mundo el secreto de su
permanencia en ella.

»De aquel mes de lucha entre sus justos deseos de venganza y los
benéficos consuelos de la religión, salió aún más depurada la lealtad
del alma de Bernaregui, formada sin duda por el Creador para el
sufrimiento y el martirio. Aquel hombre de bien sólo pensó ya en
apartar del crimen á los dos pecadores; en ofrecer un porvenir y
un nombre al ser inocente que iba á nacer entre la infamia y la
deshonra, y en dar posición, esposo y fortuna á la mujer que le había
engañado miserablemente y había querido manchar su honrada vida con
los extravíos de su conducta y la falsedad de sus sentimientos.

»Él mismo hablaría á Pilar y Miguel: dotaría á ambos, los casaría
inmediatamente, y renunciando para siempre al matrimonio y á la dicha
que el cielo le había negado, instituiría por universal heredero de
sus bienes al niño que iba á nacer, fruto de la falta de sus padres.

»El sacerdote oyó enternecido y aprobó con entusiasmo las palabras
del comerciante; pero deseoso de evitar á éste una primera entrevista
dolorosa con Pilar, que pudiera hacerle recaer en su enfermedad
y agravar más la situación de todos, resolvió hablar primero á
Miguel, enterarle de que todo estaba descubierto y decirle que lo
que convenía era que ambos culpables pidieran perdón al ofendido,
le confesaran su crimen y esperaran humildes su castigo, en la
confianza, que él mismo les daba, de que el único castigo que él
podría darles sería su perdón y su protección eterna. Dios, sin duda,
lo había dispuesto de otro modo.

»Verificóse la entrevista; pero el cobarde Miguel no concluyó de oir
el relato del sacerdote, que no tuvo tiempo para enterarle de que
Bernaregui estaba en Barcelona y en su casa hacía más de un mes.
Huyó, presa del terror, á contar á Pilar lo que ocurría. Estaban
descubiertos: su hermano quería vengarse de ambos, y lo urgente, lo
indispensable era huir antes de que Bernaregui, enterado por el cura,
regresara á la ciudad.

»En efecto, aquella misma noche forzó Miguel la caja del escritorio
de su hermano; se apoderó de trece mil duros en oro y en billetes,
y huyó solo de Barcelona en el tren de Francia, sin dejar rastro ni
huella y abandonando cobardemente á la mujer que había perdido por él
su honra, su nombre y su porvenir. ¡Castigo providencial y triste
desenlace de aquel drama!

»Pero Pilar no era de esas mujeres á quienes la desgracia abate
y que creen en la Providencia cuando ven deshechos sus cálculos
humanos. Su alma, acostumbrada desde la infancia al fingimiento y á
la malicia, sin haber tenido en su primera juventud un guía enérgico
y previsor, sin más principios religiosos que la práctica exterior y
poco continua de un culto superficial, ni sospechaba la virtud del
sacrificio de que era susceptible Bernaregui, ni se contentaba con
la limosna de un perdón que, en sus malos pensamientos y juzgando el
ajeno corazón por el suyo, no podía creer noble y duradero. Tenía
además una venganza que cumplir. Encontrar al hombre que la había
ultrajado y abandonado, y hacerle sentir todo el peso de su eterno
enojo y de su odio imperecedero.

»Huyó también de Barcelona, antes de que Bernaregui pudiese hablarla,
en seguimiento de Miguel, y sin duda con algunos recursos cuya
existencia se ignoraba, llevándose consigo su padrón de infamia.

»Desde aquellos tristes acontecimientos, Bernaregui no descansó un
momento. Entró en su fábrica; despidió á todos los dependientes y
empleados que hasta entonces le habían servido y que conocían, cuál
más, cuál menos, la triste historia que acabo de contar á ustedes, y
desde esa fecha data la entrada de ustedes en la casa y la amistad
que habían de profesarle durante tantos años.

»En ellos no dejamos el sacerdote, Bernaregui y yo mismo de hacer
continuas averiguaciones por descubrir el paradero de los fugitivos.
Algunos años antes del fallecimiento de Joaquín, supimos la
desgraciada muerte de Miguel, acaecida en Buenos Aires en el incendio
de un buque surto en un puerto de la costa, pero respecto á Pilar y á
su hijo no volvimos á saber nada.

»Así las cosas, y arrastrando su amigo de ustedes una existencia
aislada y triste, cuya causa habrán comprendido ahora, vió llegar
el término de su vida con la calma del justo en la conciencia y el
nombre de Dios entre sus labios. Por su testamento, que yo mismo
leí á ustedes, instituyó á Puig por heredero universal de todos sus
bienes, pero disponiendo en una cláusula que reservara siempre la
tercera parte del capital á que entonces ascendía su fortuna, para
un caso de conciencia, si llegaba el momento en que yo le reclamara
dicha cantidad para emplearla en la forma en que él mismo había
dispuesto en un escrito confidencial que sellado y lacrado dejaba en
mi notaría. Á mi fallecimiento, debía pasar aquel escrito á poder del
notario más antiguo domiciliado en Barcelona, y así sucesivamente,
hasta que, transcurridos quince años después de su muerte, se quemara
aquel pliego, sin abrirle, por el que entonces fuera su depositario.»

--Según eso--dijo Puig, al ver que el notario guardaba silencio,--ha
llegado el caso de abrir el pliego en cuestión. ¿No es eso?

--No precisamente, señores--respondió el interpelado,--pero sí el
de poder descubrirles el motivo de esa cláusula y el cumplimiento
de otro encargo tan sagrado como el primero. El primer escrito es
inútil. Se refería al caso en que yo, por mis gestiones incesantes ó
por casualidad, me proporcionara noticias fidedignas de la existencia
y paradero de Pilar ó de su hijo. Ya no nos cabe abrigar duda
respecto á ambos extremos. Pilar abandonó á su hijo en la Casa de
Maternidad de Lyón y continuó por algún tiempo arrastrando una vida
escandalosa por varias ciudades de Francia. Á su muerte, acaecida
el año pasado, se supo cuál había sido el nombre y las señas que
depositó al lado de su hijo en el torno de Lyón. Con ellas se ha
podido comprobar que el niño falleció antes de cumplir el año de
existencia, y por eso puedo decir á ustedes que, no existiendo las
personas en favor de las cuales reservaba Bernaregui la tercera parte
de su fortuna, puede su heredero disponer libremente de ella de hoy
para siempre, sin traba ni limitación de ninguna clase.

--La triste historia que usted nos ha relatado tan minuciosamente
había llegado á nuestros oídos--contestó Puig--de un modo vago é
incompleto. Sabíamos, como todos los que le trataban, que algún
pesar hondo y profundo minaba la vida de Bernaregui. Su carácter
dulce, pero reservado y melancólico, acusaba una de esas penas que el
tiempo no consigue aliviar, y aunque él jamás permitió á nadie la más
pequeña alusión á sus infortunios, más de una vez nos dejó á Benito
y á mí sorprenderle con lágrimas en los ojos ó lanzando suspiros
entrecortados y profundos. Era nuestro amigo leal, nos quería tanto
como si fuéramos sus hermanos, y sin duda al estrecharnos entre sus
brazos recordaba los de aquel Caín que debían haberle sostenido en
las luchas de la vida. Pero, en fin, puesto que este asunto, según
usted mismo nos ha dicho, está completamente terminado, ¿cuál es el
otro que usted juzga casi tan importante y que nada tiene que ver con
la cláusula testamentaria de nuestro amigo?

--Un asunto de conciencia; un negocio que ha de resolverse
amistosamente y sin acudir á los tribunales de justicia, si, como
creo, usted, Sr. Puig, da crédito á mis palabras y á este papel que
sin saber cómo ha llegado á mi poder de un modo que no me es posible
revelar á ustedes.

--Por mi parte, puede usted hablar--respondió Puig,--puesto que á mí
se dirige usted particularmente; y esté seguro de que yo no he de
dudar nunca de la veracidad de sus palabras, ni sospechar la menor
ligereza por su parte en el cumplimiento de su deber. Su reputación
de usted, su probidad y su talento están muy por cima de mi pobre
criterio, y oyéndole á usted, sólo me toca respetarle y seguir
ciegamente sus consejos.

--En ese caso, y dándole á usted gracias por el inmerecido concepto
en que me tiene, paso á comunicar á ustedes el asunto que me ha
traído á verles.

--Y si se trata del señor Puig y de asuntos de esta casa, ¿qué tengo
yo que ver, señor notario, en todo eso?--dijo Bonet, cansado ya sin
duda de desempeñar tanto tiempo el papel desairado de oyente.

--De usted se trata en primer lugar, Sr. D. Benito.

--¿De mí?--dijo no sin sorpresa el fiel cajero de la casa de comercio.

--De usted y de Puig mancomunadamente. Óigame usted con calma, y
tómense después todo el tiempo que quieran para resolver lo que
juzguen más acertado. En primer lugar, y como base de toda resolución
ulterior, debo decir á ustedes y asegurarles bajo mi palabra de
hombre honrado y con mi pobre condición de hombre de ley, que el
testamento de D. Joaquín Bernaregui es incuestionable é indiscutible.
Ese testamento reune todas las condiciones exigidas por las leyes:
está protocolizado en mi notaría; los bienes inmuebles de que en él
se trata están inscritos en el Registro de la Propiedad á nombre del
nuevo poseedor; los muebles ó semovientes pertenecen de hecho como de
derecho al Sr. de Puig, y nadie puede disputarle el usufructo total
y la posesión real de toda la fortuna del testador. Esto es, no un
parecer, sino un hecho absolutamente legal y consumado y sobre el
cual no hay discusión posible.

--¿Ni quién puede discutirle, ni quién piensa en disputársele?--dijo
Benito, más absorto cada vez del giro que tomaba aquella conferencia.

--Nadie por ahora; ¿quién sabe si alguien, después de lo que yo
voy á decirles? El mismo día que fuí llamado por Bernaregui enfermo
para otorgar su testamento, usted recordará, Sr. Puig, que tuve que
esperar más de media hora en su despacho á ser recibido por él en su
misma alcoba, porque estaba con usted en una secreta conferencia que
duraba hacía ya cerca de dos horas.

--En efecto--contestó Puig, turbándose de tal modo que otros menos
preocupados lo hubieran advertido fácilmente.--Me llamó temprano
aquella misma mañana para enterarse minuciosamente del estado de la
casa, cosa muy natural, dado el acto que había de celebrar con usted
después, y en razón á que durante su enfermedad, no corta, no había
querido intervenir en ningún asunto, por la mucha confianza que en mí
había depositado siempre, y en aquel tiempo más que nunca.

--Eso mismo me dijo usted entonces, y eso me repitió él mismo al
pedirme le disculpara por haberme hecho esperar. Salió usted de su
alcoba; se llamó á los tres obreros más antiguos de la fábrica, que
sirvieron de testigos, y en voz clara y en sano juicio me dictó
sus disposiciones testamentarias, firmó con pulso sereno y quedó
concluído el acto. Antes, sin embargo, de dar por terminada nuestra
entrevista, y después de haberme entregado el pliego, hoy ya inútil
por el final de la historia que antes les he referido, me preguntó
el testador, no sin sorpresa mía, qué valor podría tener cualquier
escrito suyo encontrado después de su muerte, por el que se alterara
el testamento que acababa de otorgar y firmar aquel mismo día.

--«Ningún valor legal--le dije.--Para que un testamento ológrafo
(esto es, escrito todo y firmado por mano del testador) sea válido
(caso de que sea posterior al otorgado con todos los requisitos de la
ley, pues si es anterior á éste, dicho se está que es nulo de origen
por la fecha), hace falta que se lacre, selle y firme en la cubierta
por el que testa; que allí firmen también los testigos, que aunque
ignoran el contenido del pliego, juran que está escrito y sellado
por el testador, y que además se protocolice en la notaría, firmando
á su vez el notario en el mismo pliego y dando fe que aquel es el
testamento ológrafo de D. Fulano de Tal.

--»¿De modo--me dijo Bernaregui después de oirme--que si apareciese
algún día un papel, memoria ó escrito, todo de mi puño y letra, pero
sin ninguna otra condición legal, que variase, anulase ó tratara de
invalidar el testamento que acabo de otorgar ante usted, aunque ese
escrito fuera de fecha posterior á la de hoy, no tendría fuerza legal
ninguna y subsistiría por lo tanto en todas sus partes mi referido
testamento?

--»Exactamente, amigo mío; y para más seguridad y para que usted
quede más tranquilo en este instante, puede llamarse otra vez á los
testigos que han intervenido en el acto, y ante ellos, y dando yo fe
como anteriormente, puede usted explicar su deseo ó su temor y dar
desde ahora por nulo y de ningún valor en ningún tiempo el papel ó
memoria á que usted se refiere.

--»Todo lo contrario, amigo mío--repuso Bernaregui.--En la seguridad
que usted me da, muero tranquilo. ¡Quién sabe si en los días que
me restan de vida, un extravío de mi razón ó un fútil pretexto
pueden hacerme escribir lo contrario de lo que ahora pienso y he
determinado! Y si ese escrito mío, ó memoria, ó disposición no pueden
alterar mi decisión primera, nada me importa cometer la locura ó la
injusticia de escribirlas.

--»Así es en efecto. Usted puede otorgar nuevo testamento cuando
quiera, ó dictar un codicilo que amplíe ó limite el que hoy ha
firmado; pero mientras no revista los mismos caracteres y los
requisitos legales que en el de hoy han concurrido, todos serán
inútiles y como si no existieran.»

Puig, que cada vez parecía turbarse más conforme escuchaba al
notario, sólo respondió á éste casi entre dientes.

--¡Ah! ¿Todo eso dijo á usted Bernaregui?

--Todo eso; y aseguro á usted que hasta que le repetí varias veces
lo mismo que acabo de explicarle no parecía tranquilo mi cliente. Á
los seis ú ocho días, que no lo recuerdo hoy precisamente, falleció
Joaquín Bernaregui, dejando á usted por heredero universal de todos
sus bienes. Han transcurrido con exceso tres años desde aquel
triste acontecimiento, y usted, cumplidas todas las formalidades
del caso, obedeciendo su postrera voluntad y sin nadie que pueda
disputarle el derecho y justo título con que es dueño y poseedor
de esa fortuna, recibe de mi mano este pliego que se refería á la
cláusula limitatoria de ese absoluto derecho, por ser ya imposible
su cumplimiento, toda vez que entrego á usted al mismo tiempo los
documentos, legalizados debidamente, del óbito de Pilar y de su hijo.
Todo esto es sencillo, legal y no presenta dificultad ninguna. Y sin
embargo, Sr. de Puig, y usted, Sr. de Bonet, juzgarán ahora de la
gravedad de lo que voy á comunicarles. Hace apenas hora y media que
he recibido por el correo interior, medio el más seguro para impedir
las investigaciones á que el hecho pudiera dar lugar, el presente
pliego, lacrado y sellado con la sortija que usaba Bernaregui y que
usted sacó de su dedo anular, Sr. Puig, después de cerrarle los ojos,
pasándola al suyo, en el cual la veo todavía.

--Y que llevaré mientras viva, en recuerdo de aquel hombre generoso y
honrado que pagó con creces mi cariño.

--¿Sellado con su sortija?--preguntó Benito en el colmo del estupor.

--Aquí le tienen ustedes: abierto, porque está dirigido á mi nombre,
y escritos sobre y papel interior todo de puño y letra del difunto.

--¿Qué quiere decir esto?--dijo Benito, mirando á Puig con sobresalto.

--Todo, menos que nuestro querido amigo haya escrito al señor notario
desde el otro mundo, donde descansa hace tres años de las infamias
de éste--respondió Puig con una sonrisa tan maliciosa como casi
impropia del asunto.

--En efecto, Sr. Puig: su amigo de ustedes no me dirige hoy ni ayer
ese documento extraño. Tiene la fecha del día siguiente al del
testamento firmado por él ante mí y los testigos. Es el escrito
ológrafo á que él mismo se refería con sus preguntas y que por modo
inconcebible no ha llegado á mis manos hasta hace un momento.

--¿Pero es que en ese escrito se alteran las cláusulas de su
testamento legal?--preguntó con cierta inquietud Benito.

--No sólo se alteran, sino que se varían por completo; y de todo esto
deduzco yo que este escrito debió ser confiado á alguna persona, en
cuanto lo redactó Bernaregui al día siguiente de testar ante mí, y
que esta persona, ó por condición expresa del difunto, ó por haberle
dejado éste la elección del momento oportuno de presentarle, ha
aguardado hasta hoy para hacerlo, convencido quizá, como yo lo estoy,
de que es un documento que para nada sirve.

--¿Pero qué dice ese papel?--preguntó nerviosamente Bonet.

--Salgamos de dudas, señor notario--dijo Puig,--y preparémonos de
cualquier modo á cumplir con la voluntad del difunto.

--Usted será el que haya de cumplirla. El pliego dice así:

  «En el nombre de Dios.

  »Por razones especiales que no me es dado revelar, y cumpliendo
  con un deber de justicia que mi amigo D. Juan Puig no podrá menos
  de respetar (tanta es la confianza que me inspiran sus nobles
  sentimientos y el afecto desinteresado que me consagra), revoco
  por esta mi última voluntad el testamento que á su favor dicté y
  firmé ayer ante el notario mi amigo Ortiz de Llauder, é instituyo
  por heredero único y universal de todos mis bienes á D. Benito
  Bonet, mi compañero y primer dependiente de mi casa, exhortándole
  á que atienda al desahogado porvenir de Puig, como á éste le
  rogaba en mi testamento de ayer no abandonase nunca al que desde
  hoy va á disfrutar de toda mi fortuna.

  »Firmado en mi casa á tantos días, etc.»

--¿Qué?, ¿qué es eso?, ¿qué dice ahí? ¿Que yo soy el heredero
de Bernaregui? ¿Que él mismo revoca y anula con ese escrito el
testamento por el que instituyó su heredero á Puig? ¿Dice ahí
eso?--exclamó Benito levantándose y casi arrebatando de la mano al
notario el papel que éste le presentaba.

--Véalo usted por sus propios ojos--contestó Ortiz;--y usted, Sr.
Puig, examínelo si gusta.

--¡Es su letra, su misma letra! ¡Lo dice bien claro! No cabe duda.
¡Soy yo, yo su heredero! ¡Entonces, durante tres años, puede decirse
que esa fortuna no ha pertenecido á su legítimo dueño!

--Yo la he disfrutado, como dice el señor notario, con derecho y
justo título, y nadie, y tú menos que nadie, puede culparme por un
acto que ha revestido todos los caracteres legales.

--Y que los reviste aún, señores. No olviden ustedes que la respuesta
que yo dí aquel día á las dudas de Bernaregui es la misma que daré
hoy á sus preguntas. Sea el que sea este documento; sea cualquiera la
fecha en que está escrito y la del día en que ha llegado á mi poder;
sea ó no auténtico y declárenlo ó no apócrifo los tribunales, si á
ellos se apela para resolver este litigio, el Sr. D. Juan Puig es el
único y legal heredero de Bernaregui. Usted podrá en último caso,
Sr. de Bonet, poner pleito á su amigo; pero desde hoy le prevengo
que está perdido desde luego, que este pliego nada significa, y que
no hay jueces humanos que puedan privar á Puig de la fortuna que
legalmente posee.

--¿Quién habla de pleitos, ni cómo yo había de intentar semejante
cosa con mi amigo de toda la vida, con mi compañero en los días
de trabajo incesante? Término hay más hábil, y yo creo que si,
como ustedes sostienen y yo no dudo, esa carta es efectivamente
de Bernaregui, una transacción amistosa será el mejor medio de
arreglarlo todo--dijo Benito.

--¿Quién habla de pleitos ni de transacciones innecesarias?--dijo
Puig, estrechando la mano de Benito entre las suyas.--¿Nuestro amigo
Bernaregui me nombró á mí su heredero, y al día siguiente, por
razones que yo no debo averiguar, revocó esa disposición y te eligió
á ti como más merecedor de sus beneficios? Bien hecho está cuanto
él hizo. Tú eres el dueño de toda su fortuna, y á mí sólo me toca
pedirte perdón por haber disfrutado de ella durante tres años, por la
inexplicable dilación de la entrega al Sr. Ortiz de ese documento.
Yo reconozco la letra y su sello; yo doy por válido y por auténtico
ese escrito, y cumplo la última, la posterior voluntad de Bernaregui
haciéndote á ti hoy mismo la entrega de todos los bienes, que
juzgaría usurpados si los disfrutara un solo día más. _¡Si yo fuera
rico!_, decías á menudo, como si el corazón te anunciase semejante
cambio de la suerte. Ya lo eres; tuyo es cuanto aquí existe: yo
vuelvo á ser, como lo fuí en tiempo de nuestro bienhechor y como tú
en el mío, el primer empleado de la casa, si en tal cargo quieres
conservarme.

--Todo eso es muy digno, muy noble, Sr. Puig, pero no es legal. El
testamento dictado en debida forma...

--Aquí no se trata de leyes, señor notario. La ley primera es la ley
de la conciencia para todo hombre honrado, y yo me tendría por un
ladrón, aunque todas las leyes de la tierra me declararan inocente,
si detentara un solo día, un solo minuto la fortuna de Bernaregui,
que por ese escrito no me pertenece. Doy á usted gracias, señor
notario, porque me proporciona la ocasión de seguir siendo hombre
de bien, y tú, mi querido amigo, prepárate á examinar todos los
documentos de la casa y á entrar en posesión de la fortuna que más
que yo has ambicionado.

Como el que es presa de una pesadilla conoce dentro de su mismo
sueño que nada de aquello es real y efectivo, y hace desesperados
esfuerzos para despertarse ó para gritar, buscando alguien que le
ayude á salir de aquella tortura que reviste todos los caracteres de
un drama sangriento, así el pobre Benito hacía esfuerzos desesperados
para alejar de su imaginación todo lo que oía, para cerrar los ojos
á aquella que á él le parecía engañosa evidencia y para juzgar como
un sueño la repentina ó inexplicable realidad de sus ilusorias
esperanzas.

Él, que siempre había repetido, en sus horas de envidiosa tristeza,
la frase tan común á los pobres: _¡Si yo fuera rico!_, á creer en
todo lo que aquellos hombres decían, á ser cierto el documento
que habían leído, se encontraba en efecto _rico_, y de un modo
imprevisto, absurdo, increíble. Por fuerza sólo una imaginación
soñando era capaz de inventar aquella carta misteriosa redactada y
firmada al siguiente día de otorgar un testamento. Si el testador,
por cualquiera razón gravísima y secreta, que por una fútil y pequeña
no era posible que lo hiciera, había cambiado completamente de idea
en veinticuatro horas, ¿por qué no llamó al notario y con las mismas
circunstancias y formalidades legales anuló el primer testamento y
dictó otro nuevo, sin dar motivo á pleitos y á querellas, como lo
daba en efecto, con su inexplicable escrito?

Y aun dado caso que todo aquello fuese cierto, ¿quién había sido el
depositario de aquel papel y á quién pudo confiar Bernaregui en su
lecho de muerte documento tan extraordinario, y por qué éste no se
había entregado al notario sino tres años después?

Todas estas rápidas reflexiones aturdieron de tal modo al pobre
Benito, que, presa de mortal congoja, se levantó gritando:

--¡Yo, yo rico! ¡Yo millonario! ¡Abrid esas puertas! ¡Me ahogo!
¡Socorro!

Y cayó pesadamente sobre la alfombra.

Abrióse la puerta del despacho, y acudieron á sus voces primero los
escribientes y luego Lucía y Bernarda.

--Es papá quien grita--dijo Lucía al entrar precipitadamente en el
despacho de Puig, cuya puerta había abierto el notario en busca de
auxilio.

--¡Es mi hermano! ¿Qué sucede? ¡Alguna infamia de ese hombre!

Lo menos se figuró la _amable_ doña Bernarda que su pobre Benito
había sido asesinado por Puig, como consecuencia de la pacífica
discusión de aquella mañana.

Ramiro, que estaba en el escritorio cuando se oyeron las primeras
voces de Bonet, saltó de su asiento y llegó al despacho de su
principal en el momento en que el notario abría la mampara. Contra
su costumbre de no acudir nunca cuando se le llamaba ó era necesaria
su presencia para cualquier asunto, Rispall se presentó llevando en
la mano una bandeja con vasos de agua. Unos rociando el rostro de
Benito, otros haciéndole beber dos ó tres sorbos, su hija dándole
fricciones en las sienes, su hermana poniendo el grito en el cielo,
y Puig, único dueño de sí mismo, contemplando con estoica curiosidad
aquel cuadro, consiguieron que el desmayo del nuevo millonario fuese
muy pasajero. En cuanto volvió en sí, lanzó una mirada de asombro
sobre todos los presentes, y recordando repentinamente todo lo
que dió ocasión á su síncope, sólo pudo pronunciar las siguientes
palabras:

--¡Sí, soy rico! No creáis que estoy loco... Aquí está el documento.
¡Carta canta! Toma, hija, lee..., leed todos...

Y arrebatando al notario el pliego que éste había leído y conservaba
aún entre sus manos, se le dió á Lucía, que casi no se atrevía á
leerle, temiendo que en efecto la razón de su padre se hubiese
perturbado. Mientras Bernarda y Ramiro leían por encima del hombro de
Lucía el papel que ésta, con menos avidez que ellos, casi deletreaba
para comprenderle mejor, Benito seguía hablando á voces y paseándose
por el despacho de Puig.

--¡Lean ustedes!... No son ilusiones mías. Por algo decía yo siempre:
¡si fuera rico!... Y es que el corazón me anunciaba que había de
llegar á serlo cuando menos lo esperara. ¡Aquí el único heredero de
Bernaregui soy yo!... ¡Yo soy el amo de la fábrica, de la casa, de
cuanto hay aquí!... ¡Soy rico!

--¡Oh!--murmuró con rabia Rispall en el colmo de su sorpresa y de su
odio á los patronos, amos y propietarios.

--¡Es verdad!--dijo Bernarda, abrazando á su hermano después de haber
leído.

--Sí, aquí lo dice--añadió Lucía, devolviendo el papel á su
padre.--Pero entonces, ¿cómo hasta hoy no se ha sabido nada? Y si
usted, Sr. de Puig, había sido nombrado heredero de Bernaregui en su
testamento, y por eso ha podido usted disponer de su fortuna durante
tres años, ¿cómo va usted á renunciar á ella en favor de mi padre? Yo
no entiendo de leyes; pero aquí hay un misterio que no comprendo y
una informalidad que no acierto á explicarme en asunto tan grave.

--Y tiene usted razón, señorita--dijo el notario, sin dejarla
casi acabar la atinada reflexión.--Este es un caso, por lo menos,
litigioso, y yo ruego á estos dos señores que lo piensen mucho antes
de tomar una determinación extrema que después pueda pesarles.

--Yo lo que veo es lo que dice aquí bien claro; yo no veo otra cosa,
y si el Sr. Puig tiene conciencia...

--Porque la tengo, amiga doña Bernarda, porque la tengo, insisto en
lo que he dicho á su hermano de usted y al señor notario que nos
escucha. Yo respeto la voluntad de mi amigo Bernaregui, yo venero
su memoria, y como este, para mi corazón, no es asunto que debe
arreglar el código civil, sino el alma, renuncio desde ahora á todos
los derechos que pudiera hacer valer y á cuantos me den las leyes,
y me declaro á mí mismo pobre de solemnidad, haciendo entrega á
mi querido amigo y constante compañero D. Benito Bonet de toda la
fortuna que constituye la herencia de Bernaregui.

--Eso se llama cumplir con su deber, y cualquier hombre honrado haría
lo mismo que usted hace en este momento.

--Señora, en eso hay mucho que hablar--respondió el notario á doña
Bernarda.--Yo me tengo por muy honrado, y si en este caso estuviera
en el pellejo del Sr. Puig y oyera que usted interpretaba tan
secamente mi acción sublime, que sublime es por lo menos lo que
el señor hace, no sé si tendría serenidad para no acudir á los
tribunales, aunque no fuera más que para convencer á ustedes de que
todo es legalmente suyo y que sólo por un quijotismo, que será de
seguro mal comprendido y peor pagado, cede á ustedes su fortuna.

--No faltará abogado que nos defienda...

--No faltarían de seguro, aunque no fuese más que para comerse parte
de la herencia, si yo diera lugar á ello--respondió Puig;--pero ya
he dicho, y mi resolución es irrevocable, que yo soy pobre, que esta
es para mí una cuestión de conciencia, y que mi conciencia me manda
proceder como procedo.

--Y yo no insisto. Dios guarde á ustedes y les ilumine. Ha terminado
mi misión, y en mi casa me encontrarán si en algo puedo serles útil.
Es la primera vez que me veo en situación semejante á la presente, y
abrigo la profunda convicción de que ha de ser la última.

Dió el notario un afectuoso apretón de manos á Puig, saludó fría
aunque cortésmente á los demás, y salió del despacho y de la casa con
aire profundamente preocupado.

Libres de aquel personaje, extraño para todos, parece que respiraron
con más holgura aquellos corazones, impresionados aún por el raro
acontecimiento.

--¿Conque de veras eres rico?--dijo Bernarda á su hermano.

--¡Casi lo siento, padre mío!--murmuró Lucía, mirando á Puig.

--Pues, hija, muchas gracias--dijo Benito, sin comprender á su hija.

--Tú eres un ángel--la dijo Puig, abrazándola con efusión,--y tú, de
cualquier modo que terminen estos asuntos, siempre saldrás ganando.

--Excuso decir á usted, amigo mío, y compañero hasta hoy, lo que
celebro su cambio de posición y de fortuna, y cada día me contentará
más haberle manifestado con anterioridad mis fervientes deseos de
entrar en su familia--le dijo Ramiro, tendiendo su mano á doña
Bernarda.

--Ahora mismo van á saber los chicos de la fábrica lo que ocurre.
¡Qué alegría para ellos! ¡Qué felicidad para todos nosotros!--dijo
Rispall, mirando fijamente á Puig, como queriendo darle á entender la
diferencia de amo que iban á tener desde aquel día y echando á correr
hacia los almacenes y los patios.

Algo hubo de decir en voz baja Lucía á su padre, mientras doña
Bernarda leía de nuevo el papel que éste había dejado sobre la mesa,
porque Benito, sin que dejara su brazo izquierdo de rodear la cintura
de Lucía, se dirigió á Puig y con acento conmovido le dijo:

--Por supuesto, Juan, que, mientras yo viva, aquí no ha cambiado
nada. Tú mandas, tú dispones en la fábrica como si fuera tuya; tú te
señalas el sueldo que quieras, y si no tienes bastante con el que á
mí me dabas, eso no importa. Yo no soy el amo, soy tu amigo y nada
más.

--No esperaba menos de ti y acepto tus ofrecimientos hasta cierto
punto. Pero como yo no tengo familia y mis necesidades son mucho
menores que las tuyas, con el sueldo que Bernaregui nos daba á cada
uno tengo bastante. Seré tu cajero; me darás tres mil pesetas al año
y un sitio en tu mesa...

--¡No hablemos de tales miserias, papá!... Ustedes son dos hermanos,
todo es de los dos... y aquí no debe haber tuyo y mío, ¿no es verdad?

--¡Justamente! ¡Eso quise decir yo! ¿Para qué quería yo ser rico sino
para hacer dichosos á cuantos me rodean? ¡Para eso! ¡Para eso!

--Entonces, Juan amigo, cada vez estoy más contento de lo que sucede.
Veo que tú eres mil veces mejor que yo, y que de seguro harás lo que
yo no he sabido hacer, la felicidad de todos. Sé rico, puesto que
sabrás serlo, y Dios te evite las ingratitudes y los desengaños.
Ahora, Juan, déjame salir de aquí. Necesito aire para respirar; tú,
hija mía, acompáñame, porque no está mi cabeza muy segura y temo
salir solo. Quiero recorrer los talleres, dar después un paseo largo,
cansar mi cuerpo para que descanse mi espíritu, y acostumbrarme á la
realidad de lo que hasta hoy sólo había sido un sueño.

--¡Oh, qué felicidad!--decía doña Bernarda á Ramiro.--¡No tener que
agradecer nada á un hombre que sólo ha visto siempre en nosotros unos
criados! Ahora somos nosotros los que le pagaremos sus servicios,
nosotros los amos, los bienhechores, los que perdonaremos sus faltas
y toleraremos su carácter. Crea usted, amigo Ramiro, que hoy es el
día más dichoso de mi vida.

--Pues figúrese usted lo que será para mí--contestó en voz más baja
Ramirito.--Ya me veo dueño de la mano de mi adorada Lucía, sin
dilaciones innecesarias, sin retrasos injustificables.

--¿Por qué no viene usted con nosotros?--dijo Lucía á Puig, que se
sentó tranquilamente en su sillón acostumbrado.

--Tengo hoy que trabajar más que nunca, hija mía. He de hacer
minuciosas cuentas de estos tres años en que me he creído rico, y
deseo cuanto antes poder rendir esas cuentas á tu padre para que las
examine y las apruebe. El tiempo no me pertenece y la obligación es
lo primero.

--Mi padre no quiere cuentas; y sobre todo, hoy es día
extraordinario...

--Para vosotros; para ti que vas á tener un gran dote; para tu padre
que va á manejar una fortuna, y para tu tía que tirará las llaves por
la ventana ó se las confiará á quien no sepa manejarlas tan bien como
ella; pero para mí nada hay de extraordinario: la firma de tu padre
en vez de la mía, y todo lo demás lo mismo que siempre.

Oyóse en esto una gran gritería por los corredores; invadió el
escritorio la multitud de los obreros capitaneados por Rispall, y las
voces de «¡Viva Bonet! ¡Viva D. Benito!» aturdieron la casa.

--¡Hijos míos, abrazadme!--decía Benito, que salió á su encuentro; y
en efecto, todos le abrazaban, le vitoreaban y le llevaban casi en
volandas.

--Vamos, á lo menos todos son hoy felices--decía por lo bajo Puig,
mirando esta escena desde su despacho.

--¡Viva nuestro principal! ¡Viva!--gritaba desaforadamente Rispall.

--¡Viva!--repetían en coro los obreros.

--¡Á los talleres!, ¡á los talleres!

Y en efecto, estrujado por unos, empujado por otros, vitoreado y
aplaudido por todos, el buen Benito se dirigió adonde le llevaban: á
los talleres.

Doña Bernarda, aunque nadie se acordaba de ella, se colocó al frente
de las operarias; Ramiro presidió á todos los escribientes, y Lucía,
la última de todas, entró en el despacho de Puig y le tendió la mano.
Puig se levantó, la atrajo hacia sí con lágrimas en los ojos y
estampó en su frente un beso. La niña echó á correr para reunirse con
los manifestantes. Puig volvió á sentarse con sublime indiferencia;
se vió solo, completamente solo, y con sonrisa más benévola que
amarga, únicamente pronunció estas palabras:

«¡Lo que hace el dinero!»

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO VIII

ANÁLISIS


Acariciar una idea durante muchos años, por absurda, por disparatada
que sea; comer, vivir y dormir con ella; soñar con ella, despierto y
dormido, formando esos mil castillos en el aire que á sabiendas han
de desvanecerse como el humo todos los días, para volver á edificarse
al siguiente con más disparatada arquitectura y más imposible
realización, labores de todos los humanos y á ella están más ó menos
sujetos todos los seres que pueblan el planeta terrestre.

Luchar para conseguir la realización de esa idea y verla irse poco
á poco desarrollando, tomando cuerpo, y á fuerza de perseverancia,
insistencia y concentración de todas las energías, poder entrar con
ella en el país de las realidades á los diez, veinte, treinta años
de combate, y cuando apenas queda vida para disfrutarla, propio es
de los hombres de fuerza de voluntad y que no están completamente
reñidos con la fortuna.

Pero contentarse con el deseo platónico de una idea única y
persistente, avasalladora por lo irrealizable, pero soñolientamente
expresada; viviendo sólo en el fuero interno de la conciencia,
como aspiración imposible, y encontrarse de súbito con su realidad
inverosímil; ver convertida de repente la ilusión en hecho tangible,
sin haber hecho nada para su realización, sin fe en su conquista, sin
esperanza en su adquisición, cosa es que ven poquísimos seres en el
mundo, y que sólo la mitad de los que lo consiguen pueden soportarlo.

Estando aceptada la idea de que _el mundo es un valle de lágrimas_
por la generalidad de los humanos, sufren éstos mejor la súbita
desgracia que la impensada fortuna, y por inmerecida que sea la
primera y por injustísima que sea la segunda, hay más espíritus
rebeldes á la alegría del triunfo que á la pena del vencimiento.

Si pudiera existir una oficina de estadística moral, aplicada al
censo de población, con estudios comparativos y tablas de mortalidad,
de seguro veríamos muchas más defunciones causadas por fortunas
inesperadas que suicidios por ruinas imprevistas, dada siempre la
mayor cantidad de desdichas que de faustos acontecimientos en este
infeliz globo sublunar.

Por eso la primera impresión producida en el cerebro de Benito Bonet
por la increíble herencia que se le venía á las manos por modo
absurdo y antilegal, fué un aturdimiento parecido á la embriaguez;
dábase cuenta del hecho, pero se le escapaban los detalles; sentía
un exceso de enternecimiento que se le desbordaba por el alma y
llenaba de lágrimas sus párpados, al mismo tiempo que una carcajada
nerviosa é involuntaria abría su boca y coloreaba sus labios, de los
que parecía que iba á saltar la sangre á borbotones. Sus ojos se
abrían desmesuradamente, sus piernas flaqueaban, y su paso incierto é
inseguro amenazaba echar por tierra toda aquella máquina humana que
había perdido su equilibrio y parecía estar completamente fuera de su
centro de gravedad.

Á este período sucedió un aplanamiento parecido á la indiferencia. El
estupor se pintaba en su semblante y tenía que hacer un esfuerzo de
voluntad y de memoria para conocer á los que le hablaban; los ruidos
del exterior no llegaban con claridad á sus oídos y por grandes
que fueran no lograban fijar su atención un solo momento. Diríase
que su cerebro se había quedado hueco, y es probable que un golpe,
una herida ó un dolor material no hubieran sido sentidos por aquel
organismo desequilibrado.

Así pasaron los primeros días que sucedieron al acontecimiento. Por
fin llegó poco á poco la calma, y con ella la tranquilidad en todos
los que rodeaban á Benito. Ni uno solo dejó de temer que aquella
brusca sacudida que había empezado por aturdirle, concluyera por
quitarle la razón, desmintiendo la errónea creencia de que los tontos
no pueden volverse locos. De tonto á imbécil hay menos distancia
que de discreto á loco, y más si se tiene en cuenta que, según la
opinión del gran satírico, la única diferencia que existe entre los
tontos y los sabios es que los tontos dicen las tonterías y los
sabios las hacen.

Nuestro buen Benito llevaba gran ventaja á los demás sabios y tontos
de la tierra: él las decía y las hacía; las había dicho, las había
hecho y seguiría diciéndolas y haciéndolas, feliz ó desdichado, joven
ó viejo, pobre ó rico.

Por fortuna para todos, el hombre había sido hasta entonces
inofensivo, y no parecía natural que un puñado de oro le convirtiera
en animal dañino. No así la soberbia y desabrida doña Bernarda.
Eran tantas, según ella, las ofensas que tenía que castigar y las
injusticias de que vengarse, que no la herencia de Bernaregui, sino
todos los millones del Banco de España aún le parecían pocos para dar
á su persona todo su verdadero valor y su augusta supremacía.

Aquel hombre, aquel Puig aborrecible, era ya á sus ojos el pigmeo más
despreciable de la creación. ¡Qué dicha verle desde el despacho de su
hermano como su primer dependiente, sin voluntad propia, sin voz de
mando, convertido en un amanuense, en un servidor, en un cualquiera!
¡Y puede que aquel hombre se atreviera entonces á elogiar otra vez su
frescura, su sonrisa, su cutis! ¡Ya sabría ella contestarle y ponerle
á raya, y hasta quién sabe si concederle su mano en un arranque de
generosa clemencia y de misericordia cristiana!

¡Qué de planes, qué de proyectos, qué de propósitos en aquellos
cerebros durante los primeros días! Y presidiendo la terrible
tempestad de aquel mar embravecido, con la calma del Dios de las
olas, don Juan Puig, tan silencioso como siempre y algo más expansivo
que de costumbre, yendo y viniendo como si nada hubiese sucedido,
exacto en el trabajo, tranquilo en su indiferencia, idéntico en sus
costumbres: decididamente era un oficinista de cartón piedra, un
catalán de mármol.

Dos ó tres veces indicó á Benito la conveniencia de empezar á
arreglar los asuntos de la casa bajo el nuevo régimen: pero Benito
había sentido germinar dentro de su alma un desabrimiento incipiente,
calificado de mal humor por cuantos le observaban, y respondió á Juan
que sobraba tiempo para examinar cuentas y arreglar papeles. Que él
necesitaba distraerse algo, pasear al aire libre, darse verdadera
cuenta de su nuevo estado, tomar posesión en detalle, y no _grosso
modo_, de su fortuna, y adquirir el convencimiento de que Juan no
trataba de disputársela entonces ni nunca, á pesar de los derechos
legales que pudiera tener á ella. Esto era lo primero, lo más grave,
lo que debía tener una solución indiscutible: pues respecto á lo
demás, á la marcha de la casa y á los planes que él abrigaba sobre
la fábrica, tiempo sobraría para llevarlos á cabo, por grandes que
fueran.

Juan respondía que todo lo juzgaba acertadísimo; pero que siendo
aquel asunto, como había dicho desde el principio, una cuestión de
conciencia y no de derecho, á la conciencia debían ambos atenerse.
Que vinieran las cuentas primero, y los planes después; que recibiera
Benito la fortuna de Bernaregui, como vulgarmente se dice, á
beneficio de inventario, y que ya se vería después el modo y forma de
dar sanción legal á aquella modificación de derecho.

De modo que ya surgía á los comienzos una diversidad de criterio y
una divergencia en el punto de vista, de donde habían de partir las
resoluciones sucesivas. Conocedora doña Bernarda de esta disparidad
de opiniones, pues se permitía con frecuencia asistir al escritorio,
y más aún al despacho de su hermano, dijo claramente á Puig que él
era quien debía allanar todos los obstáculos que se opusieran á la
inmediata reversión de aquel capital á su legítimo dueño; que cuanto
antes se arreglara todo, mejor, y que la ira de Dios castigaba
siempre como un crimen la morosidad en el cumplimiento del más
pequeño de los deberes.

Puig insistió en afirmar que lo primero eran las cuentas, los
balances y el examen de papeles y títulos; que desde luego dispusiera
Bonet de cuanto dinero había en caja; que gastara y derrochara á su
gusto, si tan malo le tenía, rentas y capitales; y que luego, cuando
ambos supieran fijamente, después de aprobar y firmar una liquidación
general, el estado de la casa y la cuantía de la fortuna, acudirían
de común acuerdo á Ortiz de Llauder, para que éste llevara á cabo
con todas las formalidades exigidas por la ley la donación ó cesión
ó reversión, ó como quiera que se llamase en el código civil el acto
por el cual Bonet sería rico de derecho, como de hecho lo era desde
aquel mismo momento.

Oponerse abiertamente á esta opinión, defendida con insistencia por
Puig, era, según doña Bernarda, lo más lógico y conveniente; pero no
contando con la enérgica aquiescencia de su hermano y no habiendo
aún transcurrido más que seis días desde la escena del notario, era
proclamar la guerra civil en el escritorio y llevarla quizá á todos
los ámbitos de la fábrica: era romper lanzas, y publicar sospechas
y recelos, y dar quizás proporciones de desunión absoluta á lo que
tal vez no era más que diferencia de procedimientos. Doña Bernarda
se contentó, sin contentarse, con alzar los hombros, dar un portazo
á la mampara del despacho y refugiarse en su tocador, descontenta de
todos, y más aún de sí misma, por no haber podido dar expansión á
todos los rencores que durante tantos años se habían amontonado en su
alma.

Benito se lanzó á la calle, que era donde estaba verdaderamente á
gusto, sin nadie que le molestara, sin nada que le distrajera de
sus preocupaciones, y desarrolló en la soledad de su espíritu una
serie de proyectos que como otras tantas sombras chinescas pasaban y
repasaban por su imaginación atareada. Jamás había pensado tanto.

Los que verdaderamente sacaban la tripa de mal año, según la frase
gráfica de Rispall, eran los novios. Mientras los graves problemas
que preocupaban á los señores mayores los hacían olvidarse de las
pequeñeces de la vida, Lucía y Ramirito se veían y se hablaban
á todas horas. Sus relaciones amorosas, oficiales, por decirlo
así, desde el principio, no habían tenido las expansiones íntimas
necesarias para consolidarse, y ahora, que por afortunado decreto
de la suerte parecía más inmediata y más fácil su solución, se
entregaban, aprovechando descuidos ajenos, al inocente placer de
conocerse y agradarse en toda ocasión y á todo momento.

Era tan hermosa Lucía y adornaban su alma tan buenas cualidades, que
al amor no le costó ningún trabajo desarrollar en ella la bondad
y la belleza, hasta el punto de que cada día que pasaba, estaba
la muchacha más hechicera. Ramirito, que comenzó sus amoríos por
distracción y los continuó después por cálculo, iba interesándose
de veras en aquel juego inocente; y justo es decir que á los nobles
pensamientos y á las honradas y dignas ideas de Lucía iba debiendo
el joven la modificación de su carácter indolente y la elevación de
sus ideas vulgares. ¡Milagros del amor, que los ha hecho siempre
mucho mayores, destruyendo preocupaciones, igualando condiciones
desemejantes, y burlándose de leyes, tradiciones, usos y costumbres!

Ya hemos dicho que Lucía siempre había tenido para Puig un cariño
verdadero y respetuoso, no sólo porque su corazón agradecido conocía
lo que toda su familia debía á aquel generoso amigo, sino porque
veía que en todas las cuestiones más ó menos graves que surgían en
la casa, Puig defendía siempre lo razonable y lo justo y sus tíos
lo absurdo y lo ilógico. Pero desde que un acontecimiento, aún no
bien comprendido por ella, le había relegado á posición más humilde
y parecía como que todos en la fábrica y en el escritorio celebraban
con sonrisas insidiosas y hasta indirectas malévolas aquel juego de
la fortuna, se había despertado en ella con mayor fuerza el afecto
anterior, y ni un solo día dejaba de buscarle para pedirle el abrazo
de todas las mañanas y la despedida de todas las tardes. Y como si al
perder Puig el derecho á mandar en todos, hubiera perdido Lucía la
timidez respetuosa con que en medio de su cariño le trataba, debida
quizá, más que á su propio deseo, á la ceremoniosa y fría conducta
que veía observar á sus tíos con su amigo, ahora le escuchaba con más
confianza y le hablaba con más franqueza, produciendo en el ánimo
del bonísimo D. Juan una expansión cariñosa casi desconocida en él
durante su reinado.

Aquel hombre, avaro nunca satisfecho del cariño ajeno, para cuya
conquista había empleado todos los recursos de su corazón y las
delicadezas de su alma, sin conseguir más que la frialdad de las
conveniencias sociales y el ceremonioso respeto de una obediencia
casi siempre manifestada en son de protesta, parecía rejuvenecerse
con el cariño de Lucía, y ella era la única que tenía el privilegio
de hacerle sonreir con sus infantiles caprichos y entusiasmarle con
sus atinadas observaciones.

En cuanto á los indiferentes, á los que, considerándole como amo,
ayer le obedecían murmurando, y hoy que le adivinaban dependiente
empezaban á mirarle menos que igual suyo, Puig no tenía ni una
palabra ni una mirada. Diríase que, existiendo para una más alta
misión, reconcentraba en ella todas sus facultades y apenas se daba
cuenta de que existía para él el resto de los humanos.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO IX

LAS CUENTAS DEL GRAN CAPITÁN


Ya había transcurrido un mes desde el día en que Ortiz de Llauder
llevó á la casa de Bernaregui la perturbación y el trastorno.
Bernarda había ya apurado todas las pueriles satisfacciones del amor
propio, regalando á algunas obreras ancianas todos sus delantales
listados, con grandes bolsillos; poniéndose á diario un caprichoso
prendido de terciopelo negro y encajes, con algún pensamiento
que otro, y adornando su cuarto tocador con varios detestables y
presuntuosos cromos místicos, calumnias artísticas de Murillo y de
Velázquez.

Ya Benito había paseado á pie por todo Barcelona y sus alrededores
una vez, ciento, mil, silencioso siempre, preocupado á menudo y casi
nunca acompañado.

De tanto paseo higiénico y de tantas horas de ensimismamiento sólo
había logrado adquirir una seriedad algo presuntuosa y una dureza en
la mirada desconocida hasta para sus propios ojos.

La vida continuaba siendo idéntica entre todos á la que durante tres
años se había observado en la casa.

Puig continuaba en sus dos modestas habitaciones; Benito y Bernarda
seguían con su hija en las del piso segundo, y la única, la verdadera
diferencia para propios y extraños existía en la mesa de comedor.
Puig se había obstinado, al día siguiente de la visita del notario,
en ceder el puesto de honor, el que él había disfrutado siempre, á su
amigo Benito, y éste, no haciéndose mucho de rogar, ocupó el sillón
de más elevado respaldo y se dejó servir el primero de todos los
platos. Después se servía á doña Bernarda, luego á Puig y últimamente
á Lucía. El desayuno lo tomaba cada cual á su gusto en su dormitorio
ó en el mismo comedor, pero sin orden de prelación ni categorías.

Las dos horas solemnes, la de la comida á la una de la tarde y la de
la cena á las ocho de la noche, reunían á los cuatro, excepto los
domingos, que se había permitido Bernarda convidar á Ramirito, y en
los que ya eran cinco para repartirse las conversaciones generales y
las ojeadas particulares.

Por fin, en ese mes transcurrido, se habían puesto de acuerdo Puig y
Bonet, ó mejor dicho, había impuesto á Bonet Puig su opinión en el
orden de arreglar el grave asunto de la herencia, y retardándolo un
día y otro, por consejo sin duda de Bernarda, se llegó por fin al día
en que encontramos á los dos amigos, sentado uno enfrente de otro,
en el despacho pequeño, que debía ser desde aquel mismo día de la
exclusiva propiedad señorial de Benito.

Á las ocho de la mañana habían empezado á examinar libros y papeles,
y eran más de las once cuando Benito, echándose atrás en el respaldo
de su silla, arqueando las cejas y mirando fijamente á Puig, le dijo:

--Pero, en resumidas cuentas, amigo mío, ¿se puede ya calcular lo que
tengo?

Esta era la primera vez que usaba Benito la primera persona del
singular del presente de indicativo del verbo _tener_, tratándose de
la casa, y hasta á sí mismo debió parecerle extraño el oirlo, cuando
tuvo en la punta de la lengua la rectificación de la palabrilla;
pero haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, que sólo se advirtió en el
encendido color de sus pálidas mejillas, dejó la frase tal cual la
había pronunciado, sin enmienda ni rectificación.

Puig, que no dió importancia á la pregunta ó que quizá no oyó los
términos en que estaba hecha, le contestó tranquilamente:

--La fábrica vale poco en estos tiempos.

--¡Poco! ¿Qué quieres decir?

--Para que pudiera adquirir más valor verdadero, sería preciso
montarla mucho más á la moderna. Ya ves, puede decirse que desde el
año 75 no se ha hecho nada en ella de importancia. Los motores son
viejos; los telares son antiguos, y aunque varias veces he pensado
en adquirir para la fábrica todos los progresos de la industria, he
temido que esos grandes gastos, reproductivos desde luego por el
aumento y perfección de la fabricación, nos harían dejar sin trabajo
á un gran número de obreros y operarios.

Como se ve, Puig empleaba el plural hasta hablando de los tiempos
en que él era el dueño exclusivo de la casa. Benito no se dió por
entendido y se contentó con pronunciar un «¡Ya!...» que lo mismo
podía ser prueba de aquiescencia que de distracción.

--Y ahí tienes--prosiguió Puig--el motivo de por qué la fábrica vale
hoy mucho menos de lo que podía valer. Porque los pobres ganaran más,
yo preferí ganar mucho menos: ellos lo necesitaban más que yo.

--Gran cosa es la filantropía y la generosidad. Líbreme Dios de
quitar el mérito á tu acción y á tus principios cristianos, que todos
debemos elogiar; pero lo que es guiándose por ellos exclusivamente,
no me parece que se pueda hacer dar al dinero la renta debida.

--¡Ah, eso es claro!

--Vamos, adelante, ¿qué más hay?

--La casa del Ensanche... Bien la conoces.

--Ya lo creo que la conozco. Cuatro años nos estuvo mareando
Bernaregui con semejante proyecto, y no descansó hasta que le vió
realizado. Allí nos llevaba todos los días á la fuerza de paseo, para
que presenciáramos la construcción. ¡Vaya un capricho extravagante
para un hombre sin familia! Y me acuerdo perfectamente que le costó
más de doscientas mil pesetas. ¡Cuarenta mil duros largos, gastados
en hacer un caserón destartalado en un arrabal!

--¡Y no es eso lo peor! Lo peor es que ese capital es también inútil
como renta; mejor dicho, cuesta encima la contribución y los reparos.

--¡Pues es una ganga la finquita!

--Recuerda, puesto que lo sabes como yo, que en esa casa viven
gratis, en habitaciones modestas, pero higiénicas y espaciosas, todos
los trabajadores ú obreros de la fábrica que por viejos ó enfermos
están inutilizados para el trabajo. Hay en alguno de ellos viudas
con cuatro ó cinco hijos; octogenarios con nietecillos; jóvenes
inválidos, que han perdido alguno de sus miembros en los talleres ó
en las máquinas: esa casa, en fin, es un refugio seguro para todos
los que han gastado sus fuerzas ó sus años en favor de Bernaregui; y
ya que no era posible que atendiese á la manutención de todos cuantos
le habían servido, quiso darles techo y abrigo hasta que terminaran
su vida, bendiciéndole ó debiendo bendecirle.

--Lo que es si confiaba en sus bendiciones de gratitud para salvarse,
algunos siglos debe estar todavía en el purgatorio. Pero en fin, esa
no es cuenta nuestra, sino exclusivamente suya: nosotros volvamos al
asunto. Muy justo es y muy natural que el Gobierno tenga hospitales
para los enfermos y asilos para los menesterosos: el Estado es rico
y puede hacerlo hasta por propio decoro; pero es ridículo que quiera
hacer lo mismo un humilde comerciante. Si á su pequeño capital le
cercena cuarenta mil duros para emplearlos en alardes filantrópicos y
humanitarios, ¡bonito negocio ha hecho!

--Por eso no conceptuó Bernaregui nunca la construcción de esa finca
como negocio, sino como obra de misericordia. Así la acepté yo al
hacerme cargo de su herencia, y al mismo empleo la he destinado desde
que la inscribí á mi nombre en el Registro de la Propiedad. No consta
su deseo en ninguna escritura pública y yo pude darla el destino
que me pareciera conveniente, seguro de que nadie había de exigirme
cuentas de mi determinación. Pero yo soy esclavo de mi conciencia,
y sin faltar á ella no podía ni debía contar con el valor de esa
finca para nada. Es por lo tanto, mientras yo he dispuesto de ella,
un capital muerto, y en la misma forma te la entrego. Ahora tú eres
muy dueño de considerarla como un producto ó como una carga. Yo no he
hecho más que conceptuarla, como él la consideró, como una obra de
caridad.

--Algo cara, lo mismo para él que para ti.

--Si era cara para él, no puedo decírtelo; aunque supongo que no
sería mucho, puesto que él la instituyó y la llevó á cabo. Para mí no
lo fué en ninguna manera. Yo con poco tengo bastante, y su fortuna,
aunque hubiera sido mucho más pequeña, era para mí una riqueza
colosal. Y si no, amigo mío, hablemos de ella en el terreno práctico.
Si esa fortuna me daba á mí todo cuanto necesitaba en mis modestas
aspiraciones: si me permitía darte á ti y á tu familia con que vivir
holgadamente; si mantenía con ella á más de ochocientos obreros, y
si con ella le proporcionaba á la industria capital suficiente para
sostener el crédito de la casa, ¿qué me importaba á mí que produjera
algo menos ese capital heredado inesperadamente y que, aunque mío, yo
consideraba siempre como ajeno, en lo que no me equivocaba, puesto
que ajeno ha venido á ser al cabo de pocos años? ¿No te parece lo
mismo, amigo Benito? ¿No estás conforme con mis ideas?

--¡Sí, sí, naturalmente! Pero en fin, sigamos las cuentas. Sepa yo al
fin á qué atenerme, porque á este paso... ¿Qué más hay?

--Tú sabes, tan perfectamente como yo, cuáles son los rendimientos de
la casa, cuáles son sus créditos, cuáles sus beneficios. Si en tiempo
de Bernaregui podías ignorar todo eso, porque sólo te ocupabas en
dirigir y vigilar la fábrica y sus dependencias, mientras yo estaba
empleado exclusivamente en los trabajos de la caja y el escritorio;
en mi tiempo tú pasaste á ocupar mi puesto y no te es posible ignorar
nada de lo que á la casa se refiere.

--Pero yo me figuraba que había aquí más dinero de que disponer.
Podías tú tener algunos negocios particulares, emprendidos por ti
solo..., quizá algunos productos secretos..., algunas empresas
especiales...

--¿Dónde has visto semejante extravagancia en el comercio? Todo
lo que ingresa aquí y todo lo que aquí se gasta, tiene su asiento
natural en los libros, como lo ha tenido siempre.

--¡Todo eso es muy claro!

--¿No eres tú el cajero de la casa?

--Sí que lo soy.

--Pues tú mejor que yo mismo sabes que la casa de comercio de
Bernaregui, que esa es la razón social de la fábrica y de cuantos
negocios abarca, como yo pensaba que fuese mientras viviera, da por
término medio al año doce ó trece mil duros de ganancia. Esa es,
pues, la renta con que puedes contar mientras sigas en los negocios.

--¡Pues es una miseria!

--No digo que no lo sea, pero yo he tenido muy bastante.

--Lo sería si esos trece mil duros fueran verdadero sobrante, y por
lo tanto nuevo ingreso para aumentar el capital el año próximo.
Pero si con esos trece mil duros hay que atender á obligaciones
imprescindibles, ni eso es ganancia, ni siquiera renta.

--Tu modo de raciocinar es nuevo en el comercio. Supongamos que
mañana quieres realizar todo lo que posees: vendes la fábrica,
la casa del Ensanche, los censos de Olot, los dos solares de la
Barceloneta, y una de dos, ó esperas á realizar todo eso vendiéndolo
bien y cuando haya ocasión oportuna, en cuyo caso podrás reunir
millón y medio de pesetas, más los créditos que puedas cobrar,
ó lo malvendes para hacer dinero pronto y sólo puedes realizar
como máximum un millón de pesetas en junto. En cualquiera de los
dos casos, ¿cuál será la renta de ese capital? Diez y ocho ó doce
mil duros. Con ellos tendrás entonces que atender á todas tus
necesidades, y por muchas que sean, no teniendo más que á tu hija y á
tu hermana, podrás considerarte como un hombre rico.

--¡Ya ves! Si de esos doce mil duros de renta he de atender á mi
familia y á ti, que al cabo esa es la recomendación de Bernaregui y
mi deseo, y no he de dejar sin casa á los que la disfrutan vitalicia
por inválidos ó jubilados, digámoslo así, en la fábrica, y he de
dotar á mi hija cuando se case, etc., etc., seré tan pobre casi como
lo soy ahora, de modo que lo más acertado no es vender, ni malvender,
sino ordenar lo que existe y hacer que el capital existente produzca
más de lo que produce.

--¡Eso es indudable! Yo creo que puede producir más.

--Mucho más, casi el doble.

--Demasiado me parece; pero, en fin, si esa es tu creencia, no
debes vacilar un momento. Y si crees que, sin meterte en negocios
aventurados ni en préstamos usurarios, el capital que tienes te puede
producir doble renta, haz que la produzca, y Dios te ayude.

--Pero, para lograr tales ingresos, hay que hacer en la casa grandes
reformas, que bien las necesita.

--Pues hazlas. ¿No eres tú el dueño?

--Ya lo creo que las haré, y mucho más pronto y más radicales de lo
que á muchos les puede convenir.

--No comprendo bien á quién puedes referirte, puesto que aquí nadie
hay que se atreva á desobedecerte y ni siquiera á saber tus planes
hasta que tú los lleves con más ó menos acierto á cabo.

Benito, ó no comprendió lo que Puig quería decir, y eso que la
indirecta no podía ser más clara, ó se hizo el desentendido para no
contestarle. Se levantó de su silla, y colocándose de espaldas á la
mesa de escritorio y encarándose con su amigo, le dijo frunciendo el
entrecejo:

--¡Hay muchos gastos!

--Convengo en ello.

--Hay también mucho empleado inútil.

--No digo que no tengas razón. Pero entonces se me ocurre
preguntarte: ¿cómo no has caído en ello cuando yo era el principal?
¿No creíais todos vosotros que yo hacía poquísimo en favor vuestro?
¿No os parecía que todos erais pocos y no muy bien retribuídos? ¿Cómo
diantres has caído hoy en la cuenta de lo contrario? ¿Á qué se debe
ese cambio de opiniones?

--No es de hoy como tú supones. Hace ya un mes que observo
diariamente lo que aquí sucede, y cada día me aferro más en mi
creencia de que esta casa está lamentablemente organizada.

--¡Un mes! Vamos, desde que el notario nos entregó la carta de
Bernaregui en favor tuyo. No has perdido el tiempo.

--No es eso, no es eso--dijo Benito, encontrándose sin saber qué
responder á la filípica de su amigo,--sino que cada uno ve de un
modo diverso los negocios. Y hay muchísimas cosas que no pueden
verse desde fuera, sino desde dentro, que es su verdadero punto de
vista. No es lo mismo _cobrar_ que _pagar_, y aunque yo no estoy
aún en el práctico ejercicio de mis funciones y sólo puedo hablar
de estos asuntos en teoría, en ella te digo que este sistema es
insostenible; que esta casa produce hoy mucho menos que en tiempo de
Bernaregui; que cada día produciría menos si yo continuase en ella el
orden establecido por ti, y que todo necesita una reforma inmediata,
radical. Todo, absolutamente todo: desde lo primero hasta lo último,
desde el jefe hasta el más ínfimo criado.

--En eso estamos completamente conformes, y ya recordarás que sólo
por lástima no llevé yo á cabo algo de lo que indicas.

--Pues la lástima es lo que estaba de más en tu tiempo y lo que yo
procuraré eliminar de mi corazón en el mío. Los negocios son una cosa
y los sentimientos otra. No creo que los asuntos de partida doble se
puedan arreglar por las palpitaciones del corazón; así como sería un
absurdo reglamentar los afectos humanos por el _debe_ y _haber_ de un
libro de caja. Dejemos á cada cosa para su cosa, y volvamos á hablar
de todo esto en hombres de negocios. Y como quiera que ya te he
dicho que es preciso arreglarlo todo, empezando por mí, y yo cuidaré
muy bien de cumplir respecto de mí con mis propósitos, y tú eres el
segundo en la casa, pasemos á ocuparnos de ti, puesto que de ti han
de tomar ejemplo todos los demás y puesto que sobre ti no hay nadie
más que yo.

Si á otro que á Puig se hubiese dirigido este abigarrado discurso,
indudablemente le hubiera causado singular extrañeza. Pero Puig debía
estar muy seguro de los puntos que calzaba Benito y preparado de
antemano para oir sus nuevos planes, cuando le escuchó con la mayor
indiferencia y como si de él no se tratara.

Había en la fisonomía del nuevo principal, en su ademán, en su
apostura, un énfasis risible, que hubiera producido la hilaridad más
franca en todos los que le hubiesen conocido empleadillo de tres al
cuarto, pero que en Puig no produjo ni la impresión más pequeña.

--Me parece que te tomas demasiado trabajo y excesivos circunloquios
para manifestarme tus ideas y darme cuenta de tus proyectos. Sé
franco por entero, ahórrate digresiones y díctame tus órdenes, si eso
es lo que deseas. Dices que quieres que nos ocupemos de mí, puesto
que soy el segundo en la casa: dispuesto estoy á escucharte; no
vaciles en decirme cuanto se te ocurra.

--Yo he sido en tu casa empleado durante tres años, ó lo que es lo
mismo, desde que Bernaregui te hizo dueño de su fortuna.

--Me parece que equivocas las fechas. Tú eres empleado en la
casa hace veinticuatro años, los mismos que yo. Nuestras hojas
de servicio, si se acostumbrara á llevarlas en las oficinas
particulares, son idénticas. Adelante.

--Quiero decir que yo he sido tu cajero, tu primer dependiente, tu
más alto empleado, como quieras llamarlo. Pues bien: si yo he servido
en tu casa, tú debes servir en la mía.

--Si esa es tu opinión, nada tengo que objetar á ella.

--Yo te dí el ejemplo. Seguí en mi puesto; acepté que me aumentaras
en tres mil pesetas anuales mi sueldo; me vine á vivir contigo con mi
hermana y con mi hija...

--Bueno, ¿y adónde vas á parar?

--Á que tú debes seguir viviendo con nosotros.

--La idea no me parece muy nueva. ¿Acaso tengo yo otra casa?

--No la tienes; pues por eso precisamente quiero yo que vivas siempre
en la mía. Que seas mi cajero como yo lo he sido tuyo, pero que
prestándote á las reformas que son indispensables, te contentes con
un sueldo más modesto que el que yo he tenido hasta hoy. Ya ves...,
yo era padre de familia..., necesitaba naturalmente más; tú en cambio
eres solo..., no tienes que mantener ni vestir á nadie... ¡Dichoso tú
que con menos tienes bastante!

--No hablemos de semejante cosa. Haz lo que quieras: dame el sueldo
que se te antoje, y si es que mi personalidad puede serte molesta y
mi empleo gravoso ó inútil en tus nuevos planes, me lo dices, y en
paz y jugando, y tan amigos como antes y como siempre.

--¡Hombre, yo no te he dicho semejante cosa!

--No me lo has dicho, pero pudieras querer decírmelo. Piensa bien
y de una vez lo que te conviene. Las reformas, y mucho más las que
tienen carácter de radicales, deben hacerse al principio: después es
muy difícil y muy expuesto llevarlas á cabo. ¿No te parece lo mismo
que á mí?

--Sí que me lo parece. Pero respecto á ti no tengo más reforma que
indicarte que la del sueldo. Te daré tres mil pesetas, con las cuales
supongo que tendrás bastante para tus necesidades..., ¿eh? Seguirás
viviendo en tus dos habitaciones; comerás con nosotros, ¿no es
verdad?, y dicho se está que siempre que quieras puedes usar de mi
despacho como si fuera tuyo.

--¿También eso?--dijo sonriendo Puig, con la fisonomía más candorosa
del mundo.--Pues dígote que nadie sabrá distinguir á primera vista al
principal del dependiente. Nada, nada: el orden es lo primero y la
necesaria separación de todas las categorías. Yo desde hoy me vuelvo
á mi mesa en el escritorio grande, y tú te quedas en tu despacho.
Cada cual en su puesto. De sueldo nada hay que hablar entre nosotros.
Yo acepto el que me señales, y si algún día, más ó menos lejano, no
te fuera posible ó te conviniera poco satisfacérmele, con no hacerlo
estamos en paz. Á mí, como dices muy bien, todo me sobra por ser solo
en el mundo.

--¿De manera, y precisemos esta cuestión de las cuentas para no
volver á ocuparnos más de semejante cosa, que yo, por hoy, puedo
calcular que poseo unos doce mil duros de renta, con los que tengo
que atender á todas las necesidades de mi familia y á todas las
obligaciones de mi casa? Te confieso que creía ser mucho más rico.

--Yo te he oído siempre decir, y esa es generalmente la aspiración
de todos los pobres, _¡si yo fuera rico!_, y rico eres. Nunca
he supuesto que quisieras poder llamarte inmensamente rico ni
archimillonario, ni entrar en lucha con los Rothschild y los Bahuer
y los Mudelas, y manejar trescientos y quinientos y ochocientos
millones de pesetas, como los manejan en el papel los ministros de
Hacienda, para perpetua desventura de todos los españoles. Para
realizar esos sueños, si los has tenido ó los tienes, me parece que
te faltará tiempo, aunque te sobrara capacidad. Eres ya muy viejo
para lanzarte á nuevas y arriesgadas especulaciones. La fábrica nació
modestamente con Bernaregui y modesta debe vivir y morir en tus
manos. Allá tus herederos la liquiden, la permuten ó la destruyan.
Tú vive con lo que produce; reforma, administra, innova, si tienes
inteligencia para concebir y energía para llevar á cabo lo que
concibas; tente por rico, puesto que lo eres con relación á lo que
antes tenías y á lo que tenemos todos los que te rodeamos. Yo, como
te he dicho y te repito, ultimaré todas esas cuentas, y juntos iremos
á que Ortiz de Llauder nos entere de lo que hay que hacer. Y quédate
con Dios en tu despacho y déjame ir á ocupar mi puesto definitivo en
el escritorio grande para lo que quieras ó tengas que mandarme.

Y sin esperar á que Benito volviera á detenerle con sus discursos ó
sus reflexiones, salió Puig del despacho, y con el aire más tranquilo
y la fisonomía más placentera se sentó en el sillón de baqueta, no
antiguo, sino viejo, que descollaba entre los taburetes destinados á
los escribientes.

Benito Bonet quedó solo en su alcázar, en su catedral, en su
sanedrín, en su basílica, en su areópago, en su tribunal; que todo
esto y mucho más era para él aquel despachito con un estante de
libros viejos y una mampara de gutapercha roja con clavos dorados,
que separaba el templo de la sacristía. Leía y releía la nota que
Puig le había entregado, en la que figuraban, formando alineadas
columnas de guarismos claros, todas las cantidades que constituían el
capital de su casa.

¡Su casa! Era verdad. _¡Su casa, su fábrica, su capital, su renta, su
dinero, sus planes, su voluntad, sus energías!_ Todo eso se lo había
dicho Puig y se lo decía él á sí mismo.

Pero, en resumidas cuentas, ya que de cuentas se hablaba, ¿cuánto
tenía? ¿Hasta qué punto era rico? _That is the question!_

Ni Benito sabía inglés, ni se hacía esa reflexión en la misma forma
en que el maestro Shakespeare ampliaba su célebre _To be or not to
be_; pero en catalán cerrado ó en castellano abierto, eso es lo que
él quería saber y se afanaba por averiguar entre aquel fárrago de
notas y de guarismos.

Puig tenía razón: doce ó trece mil duros de renta y _nada más_. ¿Y
con ellos tenía que satisfacer los arranques autocrático-rentísticos
de Bernarda, y las esperanzas de una cuantiosa dote prometida por él
mil veces á su hija en los tiempos en que no hubiera podido darle
ninguna, y un sueldo mayor á su yerno en ciernes, y más jornal á los
obreros, y más descanso á los trabajadores?

Encontrábase el bueno de Benito Bonet en el mismo caso en que se
encuentran los jefes de los partidos políticos cuando, después
de predicar durante unos cuantos años en la oposición reformas,
economías y felicidad general, se ven de buenas á primeras dueños del
poder que ambicionaban y sin saber cómo llevar á cabo todo lo que
prometían y destruir todo lo que censuraban.

Y si son exigentes propios y extraños, y reclaman el cumplimiento
de promesas políticas y administrativas los correligionarios y
los amigos políticos, que al fin y al cabo saben que su patrono y
su jefe no es más que un administrador de la fortuna pública y un
distribuidor de los fondos del Estado, ¿qué no han de ser los que
saben que se trata, no de un administrador, sino de un dueño, y que
ellos son los llamados por derecho propio á gozar personalmente de
aquella fortuna?

Ante esos pavorosos problemas temblaba Benito como la hoja en el
árbol, y manoseaba y arrugaba el pliego de las cuentas, maldiciendo
de la aritmética y de la partida doble y renegando de las ciencias
exactas, que no le permitían echar cuentas á su gusto sin sujetarse á
sus infalibles reglas.

De repente y como si una fuerza motriz interior le impulsara á tomar
nuevas actitudes y á dar á su semblante nueva expresión, se irguió
altanero, dibujó en sus labios una sonrisa, arrugó su frente, y
colocando sus manos cruzadas á la espalda y dejándolas caer sobre su
cintura, comenzó á pasear primero por su despacho, después por el
escritorio, luego por los corredores, y de patio en patio y de taller
en taller recorrió impávido todas las dependencias de la fábrica,
mientras empleados, obreros, y hasta los chiquillos, le contemplaban
sorprendidos de su fisonomía de estuco y de su glacial indiferencia.

Y es que en aquel mismo instante se estaba llevando á cabo en
su cerebro un trabajo de elaboración complicada á que no estaba
acostumbrado, y que había de convertir al insignificante Benito
en ser consciente, en personaje propio, en individuo de marcada
personalidad.

El que hasta aquel día había pertenecido al rebaño de los corderos
de Panurgo, y en mejor ó peor fortuna no había salido del trazado
surco donde la casualidad le colocaba, labrando con el sudor monótono
de su ancha frente, limpia de arrugas, el pedazo de tierra confiado
á su trabajo, ya iba á ser desde aquel momento suelto eslabón de la
cadena; res aislada, quizá destinada al matadero, pero no en piara;
perro tal vez atacado de hidrofobia, pero sin traílla, sin trabas,
sin esclavitud. De aquel trabajo cerebral hubiera podido salir un
grande hombre, existiendo el germen, pero por lo menos saldría un
hombre; no podría salir un gran carácter, pero lo que es un carácter
saldría de seguro.

Y por eso sin duda, instintivamente y como si los grandes misterios
de la naturaleza llevaran en sí propios el resplandor de sus
maravillas, cuantos se habían encontrado aquel día al antiguo _pobre
Benito_ en su camino habían observado en todo su ser un _no sé qué_,
una expresión distinta, un nuevo prospecto de aquel libro hasta
entonces conocidísimo, pero miserablemente encuadernado en rústica, y
tan huérfano de primores literarios como de bellezas tipográficas.

¿Sabía el mismo Benito cómo se transformaba su espíritu en aquel
momento? Es dudoso; pero lo que él sentía, creía hacérselo comprender
á los demás; lo que él decidía, tenía la seguridad de que había de
ser obedecido por todos; lo que él quería..., ¡oh! lo que él quería,
quizá no lo precisara él mismo, pero es seguro que lo que quisiera
_de veras_ desde aquel momento... aquello sería.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO X

DONDE EL REY ABSOLUTO SE QUITA LA MÁSCARA


Y se acabaron las buenas digestiones y el sueño reparador y
tranquilo. Á la preocupación del espíritu siguió la demacración del
cuerpo, y un tinte terroso y amarillento se derramó por aquellas
mejillas y por aquellos ojos, fríos é insignificantes hasta entonces,
pero sanos y pacíficos. Benito Bonet, aquel Benito á quien todos
miraban con lástima benévola cuando pobre, iba ya llamando la
atención por agreste y receloso cuando rico, y ya daban qué decir y
ocasión para murmurar sus respuestas desabridas, sus distracciones
malhumoradas ó su silencio inoportuno.

Donde el cambio fué más radical y se hizo más notable y más
incomprensible fué en el hogar doméstico; en aquellas habitaciones
destinadas antes á las efusiones recíprocas, á las quejas en
comandita, á las expansiones más ó menos justas de agravios y de
ofensas, y hoy mudo _at home_ de personajes sesudos y reflexivos.

Tanto que allí era donde el nuevo rico se encerraba en su sombría
reserva, en sus monólogos _monosilábicos_, en sus ademanes grotescos
de puro serios y ridículos de puro sublimes; donde doña Bernarda
no podía conseguir de él más que gruñidos fraternales, y su hija,
su bellísima Lucía, más que algún que otro abrazo fugitivo, y el
amartelado Ramirito..., ése ni casi el saludo debido á los extraños.
¡Quién había de figurárselo!

Llegó, como tantos otros, un domingo, y al ruido de la colmena
humana propia de una fábrica sucedió el exagerado silencio y la
dulce quietud de los días festivos, con que en todas partes y más
en las capitales de provincia se celebra el descanso de la semana,
por llevar al campo ó á la playa, según las condiciones del país,
el bullicio y la animación. Dependientes, obreros, criados, hombres
y mujeres, jóvenes y viejos, todos sin distinción de sexos, edades
y empleos, abandonaron por más ó menos horas la casa donde ganaban
su subsistencia, y buscaron en el ambiente espacioso de la libertad
la autonomía individual, ese libre albedrío tan cacareado por los
filósofos y tan avaramente repartido por las circunstancias sociales
entre todos los que según la religión y las leyes debían tener á él
derecho.

Hasta el austero y melancólico Puig salió de la casa y de sus
casillas á las ocho de la mañana, diciendo á su amigo y jefe
que comería en el campo y no volvería hasta la hora de cenar, si
acaso. Los que necesitaban permiso para ausentarse le pidieron _pro
fórmula_, y los demás yo creo que ni amanecieron en la casa; con tal
gana tomaron por suyo aquel día en que el sol brilló espléndido y sin
la menor nube en el horizonte.

Solos, completamente solos se encontraron de sobremesa aquellos tres
individuos que componían la trinidad dinástica de aquella monarquía
absoluta. No como en los días de su modesta medianía se oían risas
y exclamaciones acompañadas por los acordes y escalas del piano
donde Lucía, mal que bien, rendía culto á esta mala costumbre de la
educación moderna; sino que, por el contrario, el piano permanecía
cerrado, como cerradas á las risas las bocas y casi á los movimientos
las manos. Bernarda casi se hería el labio inferior por apretar sobre
él la fila de sus dientes superiores, mirando sin cesar á su hermano
que cada vez fruncía más su entrecejo al sentirse observado con tal
insistencia; y Lucía, aburrida de aquella escena muda que se repetía
con mucha frecuencia y que aquel día tomaba proporciones solemnes, se
levantó de su silla y se asomó á la ventana, echándose casi de bruces
en ella, para alejar su espíritu y hasta casi su persona de aquel
cuadro familiar tan monótono y tan íntimo, al que parecía estorbar
todavía su presencia.

Temió doña Bernarda que su hermano, como había hecho ya varias veces,
aprovechara aquel movimiento independiente de su hija para huir
de las intimidades fraternales, y antes de que Benito indicara el
movimiento, le puso una mano sobre el hombro, y obligándole á estarse
quieto le dijo:

--Ya es hora de que hablemos tú y yo á solas. La niña no estorba, y
aunque estorbara, su atención se fija en la calle en este momento y
no se ocupa para nada de nosotros. Han pasado muchos días, muchos,
y no he querido molestarte suponiéndote ocupadísimo en terminar los
asuntos de esa herencia: tal vez hayan surgido serias dificultades, y
á eso se deba tu brusca mudanza de carácter; pero de todos modos, ya
es hora de que se concluyan este silencio y estas dudas y sepamos, yo
sobre todo, á qué atenernos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Qué significan
tus gestos, tus distracciones, tu preocupación constante y sobre
todo ese humor atrabiliario, tan desacostumbrado en ti, y que parece
síntoma de enfermedad ó certidumbre de desdichas? ¿Somos otra vez
pobres? ¿No hemos dejado de serlo nunca? ¿Fué un cuento la historia
del notario? ¿Se ha negado Puig á reconocer el escrito de su amigo
Bernaregui?

--No disparates y no busques argumentos absurdos á tus propias
figuraciones. Yo no tengo nada, y si lo tuviera no reconocería por
causa nada de cuanto has supuesto. Puig está conforme con todo; el
notario dijo la verdad, y yo soy rico. Ya lo sabes. No hay motivo
para que te devanes los sesos.

--¿De modo, querido hermano, y perdona que hoy te hable por fin
con toda la expansión digna del caso, ya que hasta hoy no he podido
hacerlo, que no es un sueño que somos ricos de verdad y que Puig no
tiene nada? ¿Cuándo entras en verdadera posesión de tu fortuna, y
sobre todo á cuánto asciende ésta? Eso es lo que ya es tiempo que me
digas y lo que no comprendo que hayas tenido calma y frialdad para
ocultarme hasta ahora á mí, á tu hermana, al único ser que tiene
derecho á disfrutar de todas tus felicidades y á llorar por tus penas.

--Aquí no hay penas por que llorar; pero tampoco la felicidad es tan
grande que sea cosa de volverse loco.

--¿Cómo que la felicidad no es tan grande? ¡Pues no eres rico!

--¡Rico! ¡Rico! Cuando uno es pobre y piensa en la fortuna de los
demás, siempre le parece inmensa esa fortuna, sobre todo cuando no
tiene uno ni la esperanza más remota de que pueda llegar un día á
pertenecernos. Miramos con tanta envidia todos los caudales ajenos,
que sólo por no ser propios se nos figuran colosales. Y luego,
cuando llega la realidad, se empequeñecen hasta aturdirnos por su
insignificancia. Créeme, pobre Bernarda, todo en el mundo es cuestión
de óptica.

--¿Qué me cuentas?

--¡Miseria, miseria y miseria!

--Me asombra todo lo que me dices, y ahora comprendo perfectamente
que no hayas querido darme un mal rato hasta ahora. Vamos, explícate
de una vez.

--Poco tiene que explicar y ya puedes haberlo comprendido. Nuestra
fortuna es regular, menos que regular; y en vez de ser millonarios,
verdaderamente millonarios, somos unos burgueses adocenados, unos
ricos de tres al cuarto. No me mires con esos ojos espantados como si
temieras que me voy á volver loco; tenemos lo bastante para vivir,
nada más que para vivir, y eso según y conforme...

--La loca voy á ser yo, si sigues hablándome de este modo.

--Vamos á ver; ¿qué te figuras que tenemos? ¿Á cuánto crees que
asciende toda la fortuna de que podemos disponer?

--Tanto me has asustado que yo no sé ya qué decirte.

--Pues apenas pasa de doce mil duros de renta. ¡Ya ves! Eso lo tiene
hoy cualquiera, y al fin del año lo comido por servido, y gracias que
no haya uno tenido que contraer deudas y empezar con déficit el año
sucesivo.

--¡Doce mil duros de renta y te parece poco, cuando no teníamos más
que cinco mil pesetas y estábamos tan contentos! Es decir, contentos
no, porque siempre nos quejábamos de no ser ricos; pero en fin,
teníamos bastante para todo.

--Cierto que no teníamos más que cinco mil pesetas, pero eran de
sueldo, y además nos daba Puig de comer y casa y muchos regalos,
y ahora todo lo que necesitemos tendrá que salir de la renta, y
daremos de comer á los demás, y los regalos los pagaremos nosotros,
y las contribuciones y el sastre y la modista y el infierno.
Convéncete, Bernarda, de que esto es una ruina y de que es preciso,
absolutamente indispensable, dar una solución económica á todos los
problemas de esta casa. He reflexionado mucho estos días, he pensado
con detenimiento lo que nos conviene, y he adoptado un plan general
irrevocable.

--Antes me consultabas todas tus determinaciones, y no sólo las
graves y trascendentales, sino las más sencillas.

--Se acabó aquel tiempo para siempre. Sé ya por experiencia que los
consejos que da todo el mundo son siempre interesados, y he decidido
pasarme sin ellos. No opiniones, sino órdenes son las que han de
salir de mis labios en adelante, y vosotros los primeros que tendréis
que obedecerlas ciegamente.

--Pero, Benito, no te conozco...

--Yo tampoco me conozco; pero esto ha de ser y esto será. El orden y
la economía, que aquí eran desconocidos del todo, serán los que en lo
sucesivo regulen nuestros gastos. He examinado minuciosamente todas
las cuentas, y asusta ver lo que aquí se gastaba. ¡Qué desorden,
qué despilfarro! Tú gastabas en mantenernos á los cuatro y á las
dos criadas y á Rispall, es decir, lo que constituye _el plato_ de
la familia, de cuatro á cinco duros diarios, que es un escándalo,
y el tonto de Puig jamás te tomaba cuentas. Le pedías más dinero
cuando se te concluía el que te había dado anteriormente, y en paz.
Él gastaba por su parte lo que le parecía y no lo apuntaba siquiera.
Pues ¿y los extraordinarios? Llegaba el día de tu santo..., un
vestido...; el de mi hija..., otro ú otros dos... ¡Lo que aquí se ha
derrochado en trapos, en labores, en cosas superfluas! Y luego una
casa, que puede producir renta pingue, destinada á hospital ó refugio
de vagos, y suscripción para escuelas, para iglesias católicas, para
construcción de templos, para periódicos políticos é ilustrados. Y
padrinazgo de boda por aquí, y de bautizo por allá, y encargar misas
á capellanes pobres, y pagar entierros á obreros necesitados... ¡En
fin, el caos! ¿Y qué ha sucedido? Lo que no podía menos de suceder.
Según la liquidación de los tres últimos años, de toda la renta de
la casa á Puig no le ha quedado ni un real. Es decir, que se han
gastado aquí los doce mil duros largos anuales. Así se tira el dinero
y así se arruinan los más ricos, y así no quiero arruinarme yo. Tenlo
entendido y sabe á lo que has de atenerte.

--¡Los ricos deben gastar, porque para eso lo son!

--Te equivocas: lo primero es ahorrar para poder ser rico. El que
gasta todo lo que tiene no puede ser rico jamás, y yo quiero ser
rico, puesto que lo soy. ¡Y todo el mundo me ayudará á serlo, de
grado ó por fuerza!

--Muy bien que exijas de los extraños orden y economía; pero á tu
hermana y á tu hija no creo que necesites recomendárselos.

--Pues te equivocas de medio á medio. Ustedes dos son las primeras
que necesitan reformarse, y lo primero que hay que suprimir es el
ocio.

--¡El ocio! ¿Qué quieres decir?

--Que aquí se desperdicia el dinero y el tiempo y hay que aprovechar
ambas cosas. Mi hija ya sabe bastante francés y suficiente piano. Se
suprimen los maestros.

--Pues ya lo creo que los maestros están de más. Una chica de diez y
ocho años que va á casarse en seguida...

--De eso ya hablaremos más adelante..., que prospere el novio...

--¿Qué dices? ¿Pero eres tú el que habla? ¿Qué significa esto?

--Esto significa que esta casa ya no es la misma; que ha variado de
dueño y que yo soy sólo el que manda y gobierna en ella.

--¡Jesús, María y José!

Á este grito de doña Bernarda, salido de lo más profundo de su alma,
volvió el rostro hacia la habitación, apartándole de la calle, la
linda Lucía, y suponiendo que su padre sería el causante de aquel
grito de su tía, se dirigió á él preguntándole:

--¿Qué es eso, papá? ¿Ocurre algo?

--Ocurre lo más inaudito que puedes figurarte--contestó doña
Bernarda, preparándose á detallar á su sobrina los proyectos de
Benito, y en particular los que se referían á la boda de la niña,
causa hacía apenas un mes de aquella acaloradísima discusión con
Puig.

--No ocurre nada que no sea justo y razonable. Recordaba á tu tía una
máxima que oí siempre á mis padres en mi infancia y que lamento que
hayan olvidado los que más debían haberla seguido.

--¿Y cuál es esa máxima, papá, para que no la olvidemos?

--Que en esta tierra caduca, el que no trabaja no manduca.

--¿Y por qué se refiere á nosotros ese refrán ó esa aleluya?

--Porque tu padre--gritó ya doña Bernarda, que no podía contenerse
por más tiempo,--tu padre que encontraba excelente tu educación
hasta ahora, y te mimaba y sólo quería ser rico, según aseguraba á
todas horas, para mimarte más y darte más gustos y más maestros, se
arrepiente de las ideas de toda su vida y quiere que trabajes como
una menestrala y que olvides y abandones tu educación de señorita
para dedicarte desde hoy, ¡á buena hora!, á oficiala de modista ó á
cigarrera para mantener á tu pobre padre el millonario.

--Nada de burlas ridículas, ni de exageraciones inconvenientes; lo
que yo quiero es que mi hija trabaje como trabaja aquí todo el mundo.

--Pero, papá, ¿en qué quieres que trabaje si no sé hacer nada para
ganar un jornal ó un sueldo cualquiera?

--No se trata de eso; se trata de dedicar menos tiempo al piano,
y de despedir á la profesora de francés, y de atender más á los
quehaceres domésticos. Así podrás ser más mujer de tu casa cuando
la tengas, porque el casado casa quiere, y cuando llegue la hora de
casarte, tú tendrás que estar al frente de ella y dar el ejemplo
primero á tus criadas, si las tienes, y luego á tus hijas cuando las
tengas. Así pues, desde mañana mismo hay que disminuir todas las
labores de adorno y aumentar las de necesidad verdadera y las de
utilidad práctica.

--Pero y si no se toca el piano ni se estudia, ¿qué se hace?

--Se cose, se plancha, y puedes ahorrarte la doncella, cuando seas
una verdadera señorita de tu casa.

--Pero, tía, ¿qué opina usted de esto?

--¿De esto? Una de dos, ó que tu padre se chancea para darnos después
la buena noticia de que es más rico aún de lo que creíamos, ó que
las palabras son una cosa y los hechos otra muy distinta, puesto
que todos sus planes de hoy son completamente diferentes de los que
echaba cuando éramos pobres.

--Eso prueba que entonces estaba yo loco ó tonto y sólo se me
ocurrían simplezas y pamplinas, y que hoy sé lo que traigo entre
manos y no quiero ser víctima de los desarreglos, de los derroches y
de la holgazanería de los demás.

--¿Pero quiénes son aquí los holgazanes?

--Vosotras y después todos, todos los que comen egoistamente de mi
pan y viven de mi sangre. ¡Desde mi hija hasta el último obrero!

--Hay que disculparlos á todos, porque todos te han oído decir
constantemente, cuando eras sólo cajero de Puig, que si la fábrica
hubiera sido tuya, nunca te hubieras mostrado tirano con los
trabajadores y operarios, antes bien les hubieras dado mayor jornal y
exigido de ello menos trabajo.

--¡Yo! ¿Yo he dicho eso? Pues he dicho muy mal y nadie debía haberme
hecho caso.

--Y recuerdo perfectamente, papá, que cuando trabajaba alguien poco,
en las oficinas ó en los talleres, tú siempre le disculpabas.

--¡Yo, yo disculpaba á los holgazanes!... ¡Yo defendía á los
bigardos!... ¡Y tú te atreves á decírmelo á mí..., á mí..., á tu
padre!...--exclamaba Benito fuera de sí; y dando palmadas huecas
y alzando los brazos al cielo y gritando como un energúmeno, se
acercaba á su hija.

--¡Tú!, ¡tú!, y no trates de aturdir y atemorizar á la chica,
porque no tiene la culpa de nada de lo que sucede--dijo Bernarda,
interponiéndose prudentemente entre la hija y el padre.

--No; yo no puedo haber dicho nunca nada de lo que aseguran ustedes.

--Lo has dicho una, mil veces y toda tu vida.

--¡Y tú mientes, mientes y mientes!--dijo ya Bonet en el colmo del
furor.

--Y lo que yo puedo jurarte, papá--dijo Lucía con un acento en el
que se traslucían los sollozos,--es que tú no te enfadabas nunca
cuando eras pobre, y mucho menos conmigo: que bastaba una palabra
mía para quitarte el mal humor, si le tenías alguna vez, cosa que
no manifestabas jamás con voces, gritos ni amenazas: que todo se
te volvían palabras dulces y cariñosas para tu hija, y que desde
que eres rico, cosa que después de todo no se ha conocido en nada
hasta hoy, sonríes muy pocas veces, hablas mucho menos, estás menos
contento, y lo que es reirte, yo no te he visto reir desde hace un
mes. Vamos, papá, serénate, y convéncete de paso que si al perder
la pobreza has perdido la bondad de tu carácter, el buen humor, la
alegría y el amor que nos profesabas, más vale que no seas rico nunca
y que pidamos todos á Dios que te vuelva á dejar tan pobre como antes.

--Tú y tu tía sois dos necias y no hay que haceros caso. Vuestras
exageraciones son ridículas: yo soy el mismo de siempre, sino que
antes pensaba menos y peor, y hoy pienso como debo, y quiero que
todo el mundo me obedezca ciegamente y no proteste de mis órdenes
ni de mis actos. Sin enérgica voluntad y sin despotismo ilustrado,
no hay orden posible. Todos los que están abajo en la escala social
tienden á la rebelión, y es preciso cortar de raíz los más pequeños
síntomas de desobediencia ó de protesta, si ha de marchar la fábrica
por el camino debido. En vosotras estarán fijas las miradas de todos.
Vosotras habéis de dar el ejemplo, y desde mañana vosotras seréis en
la casa el modelo de la obediencia, del trabajo y la laboriosidad. He
concluído y no tengo más que deciros.

Y en efecto había concluído, porque ni él dijo más palabra, ni
las dos mujeres, absortas y mirándose una á otra, supieron qué
contestarle.

Transcurridos unos cinco minutos de mutuo silencio, Benito se dirigió
á su alcoba y se echó vestido en su cama con propósito de dormir la
siesta, cosa en él desacostumbrada; pero como por la noche hacía ya
muchas que conciliaba con dificultad el sueño y se desvelaba con
frecuencia, quiso ver si lograba de día lo que no conseguía de noche.

Lucía y Bernarda le miraron irse con la alegre satisfacción del
que se libra de un peso que le molesta, y acercándose una á otra y
bajando la voz, comenzaron á hacer comentarios de la escena pasada.
La tía enteró á su sobrina del principio de la conversación, que
ella no había oído por haberse retirado á la ventana, y de los doce
mil duros de renta que á su padre le parecían una miseria. No le
pareció mucho más á la hija, pues siempre se había figurado que la
fortuna de Bernaregui era mucho más cuantiosa, y su padre y su tía
habían contribuído á tal creencia, exagerando la avaricia de Puig y
ridiculizando su trato modesto. Á este chasco, en sus esperanzas de
mayor fortuna, había que achacar el mal humor de Benito, y era seguro
que, en serenándose, todo volvería á verlo del mismo color que en sus
mejores días.

Puede que le sucediera eso despertándose, pero dormido le sucedía
lo contrario. Aquella siesta bienhechora, que por lo pronto que
se rindió al sueño parecía que iba á servirle de verdadero
descanso, fué peor para su espíritu que los insomnios de las noches.
Aterradoras imágenes que en sucesiva fantasmagoría cruzaban por
el espacio; monstruos de especie desconocida que sentándose á
horcajadas sobre su pecho, espoleaban sus costillas y dificultaban su
respiración oprimiendo los pulmones; la digestión penosa y difícil
de una comida amargada por preocupaciones incesantes; la pérdida de
la conciencia de las horas, que hacía suponer á su imaginación que
eran las cuatro de la madrugada siguiente las cuatro de la tarde del
mismo día; todo aquel trastorno mental fué obra de la intempestiva
siesta. Benito se levantó realmente enfermo, él que nunca había visto
alterada su salud ni aun en los días de verdadera penuria.

Y mientras, Ramirito esperaba impaciente que Lucía le hiciera una
seña desde la ventana de su cuarto para tener con ella el rato de
palique acostumbrado todos los días festivos. Más que de costumbre
se hizo esperar la seña, pero se hizo al cabo, y el amartelado novio
bebió los vientos y se tragó la distancia que le separaba de su
lindísima pareja; y en la galería acristalada, de hermosas vistas
y ambiente fresco, comenzó ese eterno coloquio, siempre el mismo y
siempre nuevo, en que los juramentos de amor son tantos como las
palabras, y en que, pareciendo la vida una eternidad, prometen todos
amarse por toda la vida.

Pero aquella tarde era preciso hablar de algo más grave. La extraña
transformación que había sufrido el carácter y aun la salud del
futuro suegro, y que los había tenido con gran cuidado por ignorar su
trascendencia, ya se había manifestado á las claras, y de ella eran
los amantes las primeras y más lamentables víctimas.

¡Pues no se antojaba al nuevo rico que su hija había de trabajar como
una menestrala y suspender sus lecciones de piano y de francés! ¡Pues
no se había atrevido á decir que de la boda se hablaría más tarde,
sin fijar plazo, cuando precisamente se figuraban ambos que _ahora_
no habría dificultad ninguna y que su mayor gusto era dotar en grande
á su hija y dársela inmediatamente en matrimonio al aventajado joven
que cifraba en ella su felicidad!

--Y no te creas--concluyó Lucía, conteniendo á duras penas los
sollozos que querían salírsele del pecho--que todo esto lo ha dicho
mi padre con frases de cariño y con la dulzura de voz y de expresión
á que me tenía acostumbrada, sino con faz torva, con miradas hoscas y
con palabras secas y desabridas. «¡Á coser, á planchar, á ahorrarte
la modista y á vivir con orden y economía!--Así me ha dicho,--y de tu
boda ya hablaremos más tarde, cuando llegue el caso.»

--Pero entonces, alma mía, aquí debe haber un misterio que nosotros
no sabemos adivinar. Ó la herencia no ha sido verdad, ó Puig se ha
negado á entregarla y reclama ante los tribunales su derecho y el
cumplimiento del primitivo testamento de Bernaregui, y por lo tanto
tu pobre padre se ve expuesto á quedarse no sólo sin la herencia,
sino sin la posición que su amigo le había dado, pues claro es que
reñirán y no podrán vivir como antes, ó la alegría del cambio de
fortuna ha perturbado sus facultades intelectuales. Créeme, niña,
sin una causa gravísima, sin una razón poderosa, no se cambia así
repentinamente de ideas, proyectos y carácter. Tu padre era la suma
bondad, tu padre se había hecho querer con locura por todos los
que le habían tratado; tenía en cuantos dependían de él amigos,
y no dependientes ni criados; de ti no hay que hablar, pues todo
le parecía poco y pobre y mezquino tratándose de su hija. ¿Qué ha
sucedido en tan breve espacio de tiempo para el cambio radical que en
él observamos?

--Es que tú no puedes formarte una idea exacta de ese cambio de
que hablas. Los extraños, por muy íntimos que sean, por mucha
penetración que tengan, sólo pueden dar valor á las exterioridades
de un carácter, á lo que puede ver todo el mundo. Pero un hijo,
y más aún una hija, puede apreciar la más pequeña diferencia y
el más mínimo cambio. Mi padre no es el mismo; es otro hombre
completamente distinto, y milagro será que no obedezca toda esta
desdicha á una repentina enfermedad que no conocemos y que quizás ni
él mismo sospecha. No come, no duerme, no descansa; nada le alegra,
con nada se distrae y todo le aburre y le desagrada. Los platos
que antes saboreaba con delicia son los que hoy más aborrece; las
conversaciones que antes le distraían, hoy le aburren y le cansan,
y no hay para él verdadera tranquilidad ni gusto en nada. Créeme,
Ramiro; es preciso que tú y yo, sin contarle á nadie, ni á mi misma
tía, porque ésta desconoce ciertas delicadezas, lo que sospechamos y
lo que intentemos para salir de dudas, pensemos lo más urgente y más
acertado. Dime tú qué te parece lo que te digo y qué se te ocurre
para tranquilizarme.

--Creo que puedes tener razón, y basta con esa posibilidad para
que yo suscriba desde luego con gusto á todo lo que determines.
Lo más conveniente en este caso es que una notabilidad médica, no
uno de esos charlatanes científicos modernos que todo lo arreglan
con artículos de periódicos y polémicas teóricas, sino uno de esos
médicos prácticos que saben, por haberlos estudiado _in ánima vili_,
todos los secretos del organismo humano, examine minuciosamente á tu
padre, sin que éste pueda adivinar el examen de que es objeto, y me
diga á mí, pues á ti, si es cosa grave, ninguno querría decírtelo, el
verdadero estado físico y moral del enfermo, si lo está en efecto, y
pueda darnos la seguridad de que nos equivocamos en nuestra creencia.

--Eso es lo que yo quería Ramiro, y me has adivinado. Yo nada puedo
hacer por mí sola, pues ni conozco á nadie, ni es natural que yo
afrontara la difícil situación en que una connivencia contigo en este
asunto podía colocarme respecto de un extraño.

--Por eso no debes pensar más en ello, ni preocuparte por los medios
de que yo me valdré para llevar á cabo nuestro propósito. Yo
correré con todo. Buscaré á ese médico, le hablaré minuciosamente;
juntos inventaremos una historia, un negocio, el motivo en fin que
haya de ponerle en contacto con tu padre, no en una sola y rápida
conferencia, sino justificando algunas visitas sucesivas y dando
ocasión á que pueda examinarle con profundo detenimiento. Así podrá
después razonar bien su diagnóstico y yo te daré cuenta de todo tan
por menor como sea preciso. Si te equivocas y tu padre no padece
enfermedad ninguna; si su cambio de carácter no es más que una
evolución moral más ó menos lógica, nada tendremos que hacer; pero
si en efecto la enfermedad existe y necesita tratamiento y régimen
para su curación, á tiempo estamos entonces para llamar pública y
abiertamente á la ciencia en nuestro auxilio, y para que tú sobre
todo salgas de esta mortal incertidumbre en que hoy te encuentro.

--Y si no tuviera yo motivos suficientes para quererte mucho y bien,
tu conducta para conmigo en este momento me haría adorarte. Gracias,
Ramiro mío, por tus consejos, por tu auxilio y por tu amor. Y al
llamarte mío es porque quiero jurarte otra vez más que yo he de ser
tuya y sólo tuya, suceda lo que suceda. Si mi padre, como en otro
tiempo Puig, quiere retrasar nuestro matrimonio, retráselo en buen
hora: todo ese tiempo que tarde yo en ser tuya lo emplearé en hacerme
más acreedora á esto que para mí es una dicha. Si, por el contrario,
nuestro cariño le convence y quiere apresurar nuestra felicidad, con
ver que ésta es grande y duradera podremos contribuir mucho á la
suya.

--Y como la ocasión es solemne y yo te he de probar mi gratitud por
el amor con que pagas el mío, te diré también lo que hasta hoy no
he creído necesario. Si entre los diversos cálculos á que el cambio
de tu padre ha dado motivo, saliera cierto el que por desgracia he
tenido, de que perdiendo la herencia y aun la medianía se viera sin
recursos en su vejez, yo te juro, alma mía, que no sólo no sería
obstáculo su pobreza á nuestra boda, sino que entonces me creería
yo mil veces más obligado á ella, y ambos trabajaríamos unidos para
hacerle á tu padre más llevadera su desgracia. Hoy te juro, como
antes, que en ser tu marido cifro mi única felicidad y que á serlo
aspiro con todas las fuerzas de mi alma. Más rica, más pobre, con
algo de dote, sin ninguna, ó de cualquier modo que la suerte te
traiga á mis brazos, yo en ellos te estrecharé para toda mi vida, y á
tu amor deberé cuanto yo pueda llegar á ser en el mundo.

--¡Y yo á ti mi suprema felicidad!

--No vuelvas á decírmelo, porque me siento cobarde, niña mía, tan
cerca de ti, y tu acento divino me embriaga de amor y de dicha. Te
adoro y tú me quieres; nuestras manos se lo juran y nuestros labios
están sedientos. Adiós, niña; retírate á tu habitación cuanto antes,
déjame respirar en calma lejos de tu presencia adorada, y hasta
mañana.

--¡Hasta mañana, y no me olvides!

--Y si te olvidara..., ¿qué harías?

--¡Ah! ¿Conque quieres olvidarme? Yo lo impediré...

--¿Y cómo, vida mía?

--¡Así!

Oyóse un beso, rápido y sonoro, tan inocente como el de un niño, el
crujir de un vestido, un suspiro de amor y de dicha, y una alegre
carcajada que se fué perdiendo por la galería. El pobre Ramiro no
durmió aquella noche.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO XI

SIGUE OTRA VEZ CRECIENDO LA MAREA


Si el célebre axioma filosófico é histórico _vox pópuli, vox Dei_,
no tuviera la inmensa ventaja de no ser tal axioma, y de estar
por lo tanto sujeto á la humana controversia como todos los demás
errores humanos, no serviría más que para renegar de su autor y para
calificar de locuras todas sus consecuencias.

¿Cómo ha de ser axioma una idea que se ve constantemente desmentida
por los hechos, y un hecho que está en constante contradicción con
la idea de que ha nacido? Si la voz del pueblo fuera la voz de Dios,
siempre tendría razón, y disfrutaría sobre todo de ese carácter de
constancia y de inmutabilidad que tienen todos los atributos del Ser
Supremo. La voz del pueblo, unas veces cruel, otras estúpida, siempre
vengativa y por todo extremo inconstante y voluble, está casi siempre
reñida con la bondad, con la clemencia y con la misericordia. Sobre
todo la voz del pueblo no razona, no convence, no corrige; chilla,
pide, juzga y castiga sin criterio, sin majestad, sin inteligencia;
lo que hoy eleva, mañana lo deprime; lo que ayer reclamaba, hoy lo
abandona, y lo que mañana creerá justicia, pasado mañana estimará
crimen. En una palabra, la voz del pueblo, conjunto inconsciente de
todas las voces sociales, en vez de ser fiel intérprete de la voz de
Dios, es el colosal berrido de la bestia humana.

¿Cuándo tiene razón? ¡Dios lo sabe! Unas veces parece como que el
Espíritu Santo ha descendido hasta ella inspirándola santamente, y
engañaría hasta á los más escépticos si lo que empezaba en plegaria
no concluyese en maldiciones: otras imita con sus quejidos dolorosos
la desdichada suerte de la víctima, y cuando se trata de socorrerla,
responde con las carcajadas salvajes del verdugo; digámoslo de una
vez: creer que la voz del pueblo es la voz de Dios, sería destruir la
historia, la religión, la sociedad y el mundo que habitamos. _Suum
cuique._

No hace dos meses, según puede desprenderse de nuestro relato, que
la voz general, _vox pópuli_, acusaba á Juan Puig de avaro, de
exigente, de amo tiránico y sin entrañas; juzgábanle todos como
indigno heredero de la fortuna de Bernaregui, como olvidadizo de
favores recibidos con sus antiguos compañeros, como desconsiderado
con los que ganaban á sus órdenes su sustento, y todos volvían sus
ojos enternecidos hacia el bondadoso, el humilde, el justo Benito
Bonet, que compartiendo con los quejosos el _vox pópuli_, era la
verdadera personificación de la virtud, de la razón y del derecho.
¡Instabilidad de los juicios humanos!

Juan Puig había descendido del trono para confundirse con la
multitud: era ya uno de tantos; la justicia humana estaba satisfecha,
puesto que oyendo sus voces se había desencadenado sobre él
la justicia divina, cruel, vengativa, justiciera, inapelable,
volviéndole á la nada de donde había salido.

Hombre muerto, hombre enterrado; no había que hablar de él. _Ei fiu._

¿Y el justo y el probo y el simpático Benito? Ahora vuelve la _vox
pópuli_ á hacer de las suyas, y milagro será que no haga una de
_pópulo bárbaro_.

Por lo pronto, el pobrecito ex cajero ya no era tan asequible á las
quejas de sus subordinados, y no faltaron algunos que trataron de
intimar con el ex principal Puig para lamentar el cambio brusco del
carácter del nuevo rico. ¡Qué demonio! Cierto que Puig era excesivo
en sus exigencias cuando mandaba en todos: se levantaba á las ocho
de la mañana; recorría todas sus dependencias, notaba las faltas,
reprendía á los morosos, estimulaba á los holgazanes, pero no pasaba
de ahí. En cambio el suave y dulce Benito se levantaba al ser de día,
esperaba inquieto la llegada de todos, no saludaba á nadie, no pagaba
ni con una sonrisa la exactitud de los que llegaban primero, ni los
últimos dejaban de oir la terrible amenaza de quedarse en la calle en
caso de reincidencia. Nada; que era cien veces peor que el otro, y
eso que estaba en los comienzos de su reinado. ¡Qué sería cuando ya
se hubiera acostumbrado al uso absoluto de sus derechos!

Indudablemente los juicios hubiesen sido más pesimistas á conocerse
la terrible escena doméstica de la víspera; pero, por fortuna, ni
Lucía ni doña Bernarda creyeron oportuno hablar con nadie de tal
acontecimiento. Es más, las dos convinieron en la conveniencia de
guardar acerca de él el más profundo silencio. Pero Lucía habló
necesariamente á Ramiro, y éste casi juraríamos que no guardó el
encargado secreto con algún compañero, y así de uno en uno y de uno
en otro se fué sabiendo sin saber cómo, y ¡vamos!, que á la hora del
almuerzo nadie ignoraba en la fábrica los proyectos económicos de
Benito, ni sus arranques autoritarios, ni sus exabruptos familiares.

Malhumorado estaba el hombre, cuando después de atravesar los patios
y de subir de dos en dos los peldaños de la escalera que conducía al
piso principal del edificio penetró en el escritorio grande. En él
no había nadie más que Rispall, el demócrata, el sublime Rispall,
arrellanado en un sillón de baqueta, con _El Porvenir_ ante los ojos,
la espalda en el respaldo y una escoba, una humillante escoba caída á
sus pies como signo de vergonzosa esclavitud y servidumbre.

Benito echó una mirada de águila por la habitación, y dirigiéndose al
gran político, después de un _¡hola, de pie!_, que cayó en los oídos
de Rispall como una bomba de dinamita, prosiguió en el mismo tono:

--El escritorio está hecho una vergüenza; ¡pronto, á limpiarlo!

--¡Hoy es ya tarde...; mañana se limpiará temprano!--respondió el
tribuno.

Si fuera posible que se amontonaran en un individuo en un solo
momento todas las fuerzas físicas que hubiera dejado de emplear
durante su vida, ese hombre podría levantar con un solo esfuerzo la
aguja de Cleopatra ó la Giralda de Sevilla.

Suponemos del mismo modo que si la suma de talento de que un hombre
puede disponer á diario, la depositara íntegra en una caja de ahorros
intelectuales y en un día dado la empleara toda de una vez, por
pequeña que fuera la dosis con que Dios le dotara, podría quizá
escribir, no _El Quijote_, obra sobrehumana que se escapa al peso y á
la medida, pero sí muchas de esas obras tenidas por sublimes y casi
inmortales.

Pues ahora, bajando al terreno de la práctica nuestra suposición, sin
duda Benito había acumulado, dentro de su carácter pacífico, todas
las resistencias y todas las protestas de una vida de obediencia
pasiva y de docilidad sistemática, y esa fuerza junta, formando una
masa compacta y poderosa de mando y de energía, salió en un momento
dado como avalancha asoladora y terrible al escuchar la respuesta
desdeñosa del admirador de Ruiz Zorrilla.

Torva la mirada, adusto el ceño, pronunciado el entrecejo, pálida y
desencajada la voz, y airado y decidido el ademán, adelantóse al
tranquilo Rispall y uniendo la acción á la palabra le dijo:

--Tire usted ese periódico, ¡ahora mismo! Coja usted esa escoba...

--¿Eh? ¿Qué es esto, D. Benito?

--Á barrer á escape la habitación. ¡Sin disculpa, sin perder un
minuto!

--Me parece que me ha empujado usted.

--Aquí no se paga á nadie por leer la prensa periódica, ni por
arrellanarse en las butacas de un modo indecoroso.

--Yo estaba sentado con comodidad, pero con decoro, y esa frase...

--Aquí se gana el salario trabajando, y ha concluído para siempre
la holgazanería y la vagancia. Cada cual ha de cumplir con sus
obligaciones, sin disculpas y sin protestas, si no quiere verse
arrojado de la casa ignominiosamente y para siempre.

--Yo creo que no he dado motivo...

--Y no me conteste usted una palabra. Todos los días, sin exceptuar
uno siquiera, á las siete de la mañana en invierno y á las seis en
verano, han de estar el escritorio grande y mi despacho pequeño
hechos un oratorio de limpios y de arreglados, sin una partícula de
papel, sin un átomo de polvo. Sillas, mesas, legajos, libros, todo en
orden, y á la menor falta, al menor descuido, busca usted otra casa
donde robar su salario.

--Esa palabra es dura y no creo que hasta aquí...

--¡Hasta aquí esta casa no ha sido casa, sino una venta, y todos
ustedes una camada de ladrones!

--¡De ladrones! ¿Usted sabe lo que dice?

--¡Una compañía de bandidos! ¡El que cobra y no trabaja es tan ladrón
ó más que el salteador de caminos!

--¡Qué principios políticos tan absurdos!

--Y como hable usted una palabra de política, ¡á la calle!

--Pero, Sr. D. Benito, mis derechos...

--Sus derechos de usted son comer y cobrar su salario, y yo se lo
pago á usted religiosamente. Sus deberes son el manejo de la escoba
y del plumero, y si usted trata de seguir siendo un bigardo, ya se
lo he dicho de una vez para todas, ¡á la calle á buscar amos tontos,
porque aquí se han concluído!

--¡Esto es inaudito! ¿Es usted quien habla? ¡Quién se podía figurar
que aquel señor tan amable para todos nosotros, cuando estaba en la
oposición!...

--Basta y sobra. Ni una palabra más. ¡Á barrer y á callar!

Bajó humildemente la cabeza el soberbio Rispall, y murmurando en voz
baja frases incoherentes, dióse á barrer con tal furia, que pronto se
convirtió el escritorio en un ventisquero de polvo: tal era el coraje
con que el furibundo demagogo manejaba el instrumento de su deshonra.
¿Trató sin duda de que no pudiendo respirar allí su nuevo monarca, le
dejara libre murmurar y barrer á su gusto? Es posible: pero Benito
continuó impertérrito paseándose y dándosele un ardite del polvo y
de la soledad en que estaba sumida aquella oficina, verdadero salón
del trono de su palacio burocrático.

Abierta una vez la válvula de salida en la máquina de vapor, éste
se escapa silbando y atronando los oídos de los que la rodean: así
destapada la fatal caja de Pandora del depósito de bilis de Benito,
sólo aguardaba ocasiones nuevas para repartir sus miasmas por la
atmósfera.

El primero que penetró en el recinto, donde paseaba dando resoplidos
la fiera, fué Ramirito, que no pudo distinguir al pronto la figura de
su principal entre aquella nube de polvo.

--¡Qué barbaridad! Tú, mocito, barre con menos alientos ó hazlo más
temprano. ¡Aquí no se puede parar! ¡Qué nube!

--Si él lo hiciera más temprano y usted no viniera tan tarde, se
evitaría esa molestia que ahora le mortifica--dijo Benito cuadrándose
delante de Ramiro y en son de guerra.

Ramiro, que sabiendo ya por su Lucía el estado en que su principal se
encontraba, no quería darle el menor pretexto para que ensayara con
él sus arranques bélicos, hizo como que no había oído la indirecta,
y prestando á su fisonomía toda la bondad y la deferencia debidas,
saludó cortésmente á su jefe y le tendió la mano.

--¡Ah, que estaba usted aquí, Sr. D. Benito! Buenos días... Dispense
usted que al entrar no le viera, porque este zopenco con esos
escobazos nos ha puesto casi invisibles. ¿Qué tal se pasó ayer el día?

--Bien, gracias--contestó Benito con desabrido acento, tocando apenas
la mano que el escribiente le tendía con la efusión acostumbrada.

--¿Y doña Bernarda y la linda Lucía, qué tal se encuentran?

--Se encuentran perfectamente, trabajando desde hace una hora; que es
lo mismo que debían hacer todos los demás.

--¡Vamos!, parece que ha madrugado usted también. Me han dicho que ya
había usted bajado al almacén. ¿Ocurre algo de particular?

--Ocurriría si hubiese alguien en su puesto, porque aquí lo general
es que nadie cumpla con su deber. Pero desde mañana todo habrá
cambiado, y lo particular será que haya siquiera una sola persona
que no cumpla mis órdenes y que no imite, siquiera por vergüenza, mi
ejemplo.

--No debe usted extrañar--respondió Ramiro, que ya iba cansándose
de no contestar á tan repetidas indirectas--lo que ocurre, porque,
si no recuerdo mal, usted mismo que se ha vuelto tan madrugador no
entraba nunca en el escritorio antes de las nueve; y para eso, según
me ha dicho usted mil veces, tenía que llamarle su señora hermana
con una insistencia no siempre coronada de buen éxito. ¿No fué usted
el que rompió un despertador una mañana, desesperado por el ruido
insoportable de aquel mueble servicial?

Una de las cosas que menos puede tolerar el hombre es no tener
razón. Y cuando el que nos hace notar nuestra injusticia es nuestro
inferior y podemos descargar impunemente sobre él todo nuestro enojo,
no desaprovechamos nunca aquella oportuna ocasión de vengarnos
cobardemente. El ataque fué, sin embargo, tan certero, que Benito no
encontró palabras para responder á su dependiente; así es que, como
si no le hubiese oído, se desentendió de cuanto había escuchado y,
encarándose con él, se dirigió á la mesa grande, diciéndole:

--Aquí hay una porción de asuntos pendientes. Hay cartas sin
contestar, y lo que no puede ni debe suceder nunca en una casa de
comercio es que el copiador esté atrasado. No le digo á usted más.

--Bien, pues yo cuidaré desde mañana que no tenga usted motivo de
queja, por más que, según creo, de la conferencia que deseo celebrar
hoy con usted resultará naturalmente algún cambio en estos asuntos.

--No le comprendo á usted.

--Ahora, si usted me lo permite, voy á saludar á su señora hermana y
á su hija, y después cuando vuelva...

--Mi hermana y mi hija están atareadas en sus quehaceres domésticos y
no pueden perder su tiempo en recibir visitas intempestivas. Déjelas
usted en paz, y atienda sólo á cumplir con su deber.

--Permítame usted, D. Benito, que me extrañe la conducta que observa
usted hoy conmigo. Todos los días, sabe usted que desde hace mucho
tiempo he cumplido siempre con su familia ese deber de cortesía, y no
comprendo...

--Pues yo no comprendo que se malgaste el tiempo en esas ceremonias
ridículas; y si hasta hoy ha tenido usted esa costumbre, desde
hoy deja de tenerla y será mejor para todos. Cuando su trabajo se
concluya, puede usted dar rienda suelta á sus gustos sociales; pero
antes y sobre todo es cumplir con su obligación, y la de usted está
en esta mesa y no en mis habitaciones.

--Permítame usted que, aunque obedeciendo sus órdenes, proteste no
sólo de la forma en que me hace usted esas advertencias, sino del
fondo mismo de ellas. Siempre ha elogiado usted mi asiduidad y mi
buen deseo en excederme de los trabajos que me estaban encomendados,
y me extraña tanto más este sermón que me ha predicado usted hoy,
cuanto que recuerdo que usted mismo, cuando yo me atareaba demasiado,
me decía: «Vamos, Ramirito, descanse usted; no conviene trabajar con
exceso. Hay tiempo para todo: echemos un cigarrito...» Y usted mismo
me lo daba y hasta me lo encendía, y charlábamos alegremente... ¿No
lo recuerda usted?

Decididamente, el inoportuno Ramiro se había propuesto exhibir ante
los ojos de Benito todo su pasado, para ponerle en lucha abierta con
su presente. Aquellos recuerdos insistentes de una vida sometida al
trabajo y á la dependencia no podían ser más inconvenientemente
evocados, en tan distintas circunstancias.

--¡Bien, bien..., ya recuerdo!...--fueron las únicas palabras que se
le ocurrieron á Benito para contestar á Ramiro.

Éste, no dándose aún por vencido, y hasta decidido á jugar el todo
por el todo en aquella misma mañana, en obsequio á su adorado
tormento y de sus mismas afecciones, pareció empezar á ocuparse
en el arreglo de libros y papeles; pero prosiguió en voz alta la
conversación.

--Ahora voy á proceder al definitivo arreglo de libros y documentos.
Quiero ponerlo todo en orden, dejarlo al día, y cuando todo esté
hecho, cosa que no ha de llevarme más que los días de esta semana,
podrá hacer en toda regla entrega oficial al que haya de sustituirme
en este puesto.

--¿Al que haya de sustituir á usted? No comprendo bien lo que quiere
darme á entender. Yo no he dicho que trate de despedir á usted de
esta casa, y como tampoco me ha indicado usted que intentaba dejarla,
necesito que me explique usted su pensamiento, sin ambages ni
circunloquios, con entera franqueza.

--Tampoco se me había pasado por la imaginación ninguna de esas
dos determinaciones. Por el contrario, es que me parecía, y sigue
pareciéndome, que no es natural que continúe yo desempeñando en su
casa de usted el empleo de escribiente más ó menos distinguido,
cuando voy á llamarle padre de un día á otro. Creo que más aún por
usted que por mí es convenientísimo que mi situación cambie por
completo á sus mismos ojos y á los de todo el mundo, y que cuanto
menos tiempo se tarde en hacerlo, más ganaremos todos.

El ataque era esta vez tan directo, tan clara la alusión, tan
decidido el tono de Ramiro, que parecía inevitable una respuesta
categórica y definitiva. No debió opinar del mismo modo el
interpelado, porque mordiéndose los labios y afectando un aire
indiferente, sólo balbuceó:

--¡Sí..., eso!... ¡Hasta cierto punto!...

Esperó un momento más Ramiro, y viendo que la conversación no
continuaba por parte de su futuro padre político, como si nada
hubiera sucedido y como si empezara entonces á formular su
pensamiento, continuó:

--Debo dar gracias á la suerte por haber abreviado el plazo de mis
esperanzas, que contra todo mi deseo parecía estar todavía muy
distante de su cumplimiento. Á haber continuado D. Juan Puig siendo
mi principal y el de usted mismo, ¡Dios sabe cuándo hubiera yo
podido llamarme dueño venturoso de mi idolatrada Lucía! Su egoísmo,
según opinaban ustedes mismos, su tiranía y sobre todo su sórdida
avaricia, según la creencia de todos ustedes, eran los que retardaban
mi felicidad y la de su hija, puesto que tiene la bondad de cifrarla
en mi cariño verdadero, según ella misma se lo ha confesado á su
padre y á su señora tía muchas veces. Pero como por un milagro de la
Providencia, D. Juan no es ya el rico capitalista, y sí lo es usted,
que cifraba toda su dicha en ver casada á su hija á su gusto; y como
hoy ya no hay obstáculos ajenos que retrasen ese matrimonio, claro es
que éste se ha de verificar cuanto antes. Eso es lo que los cuatro
ambicionábamos cuando D. Juan quiso impedírnoslo, y lo que de seguro
haremos en seguida. ¿No es cierto?

--¡Parece!... Mirado de ese modo...

--Como usted comprende, antes había muchas dificultades, aun no
suponiendo insuperable la voluntad de D. Juan. Hoy esas dificultades
han desaparecido por completo. Veamos, pues, todo lo que se necesita
para llevar á cabo ese matrimonio con la rapidez de nuestro deseo.
¿Dotar á su hija de usted? Eso es una formalidad insignificante que
se lleva á cabo en la notaría en media hora.

--¡En quince minutos!--contestó á media voz Benito, con cierto dejo
irónico que no debió ser muy bien comprendido por Ramirito, que
continuó impertérrito:

--¿Comprar el _trousseau_, que no ha de ser de una esplendidez
presuntuosa, ni de una riqueza exagerada? Cuestión de un día...

--¡De medio!--replicó Benito, con una sonrisa burlona en la que se
veía claro el dominio que de su persona iba adquiriendo el principal.

--Tanto mejor entonces, puesto que usted mismo va disminuyendo
el tiempo. ¿Qué puede tardarse en arreglar los papeles de ambos
contrayentes? ¡En pagándolo bien, nada! Ya se sabe que todos estos
asuntos de la Iglesia están sujetos á tarifas generales; pero con el
sistema de propinas y regalos, en un caso particular, todo se hace á
escape y con legalidad.

--¡Claro! En pagándolo bien..., y siendo yo por supuesto el que haya
de pagarlo, la cosa no puede ser más sencilla. ¿Qué más se le ocurre
á usted?

--Ya sabe usted tan bien como yo, que hay agentes especiales que se
encargan de vicaría, parroquia, amonestaciones, matrículas, etc.,
etc. Para ellos no hay nunca inconvenientes ni dificultades; están
prácticos en todos esos asuntos, tienen influencia, gentes á su
servicio, y con ellos se puede hacer todo cuando y como se quiera.
No hay más que decirle á uno de esos: «El día 30 de tal mes, por
ejemplo, á las siete de la mañana quiero casarme en Santa María, ó en
mi casa, ó en la capilla de San Andrés,» y así se estipula...

--¡Muy bien hecho! Me parece muy bien.

--Y ese mismo día, á esa misma hora y en ese mismo sitio se casa uno.

--¡Bravo, magnífico!... Eso es, se casa uno..., pero no dos.

--¿Cómo no dos? No le entiendo á usted.

--Pues es muy claro. Se casa uno, que es usted, si eso le agrada;
pero no dos, porque mi hija no es la que ese día y á esa hora y en
ese sitio se casa con usted.

--¿Cómo que su hija de usted no se casa conmigo?

--Como que no se casa; como que es todavía muy joven para casada;
como que no quiero que contraiga tan pronto obligaciones terribles;
como que conviene pensarlo con más calma, y como que, gracias á Dios,
no tiene ningún motivo apremiante para cambiar de estado, y en él
quiero que continúe por el tiempo que me parezca conveniente. ¿Se va
usted ya enterando de lo que he resuelto?

--Pero, Sr. D. Benito, yo estoy absorto y no acierto á darme cuenta
de todo lo que me dice usted esta mañana.

--Pues, señor mío, me parece que no se puede hablar más claro y que
no cabe menos motivo de interpretación en mis palabras.

--Pero usted no ha pensado siempre lo mismo, sino precisamente todo
lo contrario. Aún no hace un mes, ó hace el mes todo lo más, ¿no me
dijo después de una grave y seria entrevista con el Sr. de Puig:
«Amigo Ramiro, si yo fuera rico mi hija se casaría al momento con
usted, todos viviríamos en mi casa en santa paz y eterna compañía?»
¿No protestó usted de la negativa de Puig á darnos su consentimiento
para la boda, diciendo que le obedecía usted por fuerza, que su
deseo de usted era vernos unidos en seguida, y que ni era justo,
ni decoroso, ni aun prudente obligarnos á esperar un tiempo
indeterminado la realización de nuestro amor?

--¿Yo dije...? Puede que dijera...; pero eso, después de todo, nada
significa. Las circunstancias no siempre son las mismas, y lo que un
día puede ser lógico, otro puede ser absurdo...

--¡Conque las circunstancias! ¿En qué han variado de un mes acá? Aquí
no hay más que una diferencia, y esa sólo á usted atañe, pues á todos
los demás nos deja en la misma situación. La diferencia es que usted
era ayer pobre y hoy es rico, y para el asunto de que tratamos, esa
diferencia más bien es ventajosa que perjudicial.

--Pero, señor mío, hablemos en razón y como Dios manda. ¿Con qué
cuenta usted para sostener las cargas matrimoniales?

--¡Esto tiene gracia! Con lo mismo que contaba cuando usted
patrocinaba mis proyectos y me concedió la mano de su hija: con mi
sueldo, que si ayer era mezquino y el mismo Sr. Puig lo aumentó, hoy
sería ridículo siendo su yerno; y con la renta del dote que dará
usted á su hija, mucho, muchísimo mayor que el que Puig la hubiera
dado, pues usted mismo llegó á decir que, _si fuera rico_, le daría
la mitad de su fortuna...

--¡Yo! ¿Yo he dicho semejante disparate? ¡Nunca!, ¡en mi vida!

--Lo ha dicho usted y hay mil testigos que se lo han oído á usted, no
una, sino muchas veces.

--Pues si lo he dicho estaba loco, y de los locos nadie debe hacer
caso; y basta de recuerdos y acabemos de una vez. Sepan ustedes
todos, _todos_, sin distinción de clases ni de sexos, que cuanto
yo dijera antes era porque suponía que nunca había de ser rico;
pero que el serlo trae multitud de deberes que yo ignoraba por
completo. El ayer no existe ni para mí, ni para nadie: lo que existe
es el _hoy_, y á ese _hoy_ tenemos todos que sujetarnos, como nos
sujetaremos al mañana cuando llegue. De manera que aunque yo no
retracte mi palabra de dar á usted mi hija, para que ese caso llegue
es necesario que pase algún tiempo; que trabaje usted más y mejor;
que vaya ascendiendo; que posea usted lo suficiente para sostener su
casa. Dejemos pasar algunos años, y si para entonces persiste usted
en su amor y mi hija no se ha casado, entonces será ocasión de darle
á usted su mano.

Esto era ya demasiado. Si no era una repulsa clara y contundente,
tenía todos los caracteres de una evasiva, y poner en caso dudoso
lo que Ramiro había tenido hasta entonces por artículo de fe, no
podía ni debía tolerarse. Así fué que el joven, perdiendo la calma y
la serenidad con que hasta entonces había llevado la conversación,
apartándose de la mesa y con ademanes no muy comedidos, dijo á D.
Benito:

--Pues señor: siempre había oído decir que el dinero cambia á las
gentes y que es miserable piedra de toque de espíritus vulgares y
mezquinos; pero nunca creí que hiciera cambiar tan pronto y tan
mal de ideas y de promesas. Usted es hoy otro hombre distinto del
que fué: usted no recuerda sus juramentos, ni sus ofertas, ni sus
propósitos, y lo increíble, lo triste es que ese cambio radical de
carácter, de criterio y de corazón se ha efectuado por el dinero en
poco más de treinta días. Si esto era todo lo que quería y pensaba
usted hacer _si fuera rico_, como usted decía, más valiera que no
hubiese usted dejado nunca de ser pobre para decoro de usted y
felicidad de cuantos le rodean. Yo mismo le diré á su hija de usted
todo lo que pasa y...

--Usted... no le dirá nada á mi hija, porque nada tiene que decirla y
porque sus palabras en nada torcerían mi resolución. Yo soy su padre,
y á mí sólo es á quien corresponde hablarla, y ya lo haré cuando y
como me parezca conveniente, si ya no lo he hecho, cosa que á usted
no le importa. Mi hija me obedecerá como es su deber, y aquí paz y
después gloria. Hemos concluído.

--¿Conque, según se deduce de todo lo que usted ha dicho, ahora
resulta que quien tenía razón y acertaba en sus decisiones era D.
Juan Puig, cuando era rico?

--¡Y tanta como tenía! Él era el único que pensaba acertadamente, que
se quejaba con razón y que estaba en su sano juicio.

--De modo que usted...

--Yo... estaba tonto y ciego, y no decía más que necedades.

--Bueno es que lo confiese. ¿Y su hermana?...

--Mi hermana era una loca, si no otra cosa peor.

--¡Vamos, quién lo hubiera creído!... ¿Y su hija de usted?...

--Mi hija era una sandia... ¡Clarito!

--¿Y yo?

--¡Usted era un joven chiflado, lleno de pretensiones y de vanidad!...

--¡Vamos, pues estaba buena la casa!

--Pues porque estaba así, es mi propósito ponerla en orden completo.
Y ya lo sabe todo el mundo. Desde mañana vida nueva, y esa vida
comprende desde el amo, que soy yo, hasta el último obrero. Ni
contemplaciones, ni permisos, ni disculpas. Todo el mundo á trabajar,
y mucho y bien. Y como usted no me parece que está muy decidido á
aceptar mis nuevas condiciones, y como la proyectada boda con mi hija
se retrasa indefinidamente, y como por otra parte no es decoroso
que usted siga empleado en la casa, y vea á su novia á todas horas,
y la haga el amor y se burle de mí en mis barbas, he tomado ya mi
determinación, que es irrevocable y que, si usted la rechaza, me
dejará en completa libertad de acción en adelante.

--¿Y se puede saber cuál es esa determinación?

--No sólo puede saberse, sino que va usted á saberla inmediatamente.
Yo esperaba á fin de mes para decírselo; pero supuesto que usted
mismo ha llevado la cuestión á ese terreno, y ya no debemos andar ni
uno ni otro en contemplaciones, cuanto más pronto mejor. Le nombro á
usted corresponsal de la fábrica en Tarrasa, con dos mil quinientas
pesetas de sueldo. Ya ve usted que le asciendo y que hago justicia á
sus trabajos pasados y á sus méritos futuros. Mañana mismo, en el
tren de las ocho de la mañana, sale usted de Barcelona, adonde no
volverá hasta que yo se lo mande, y allí su conducta y su obediencia
me proporcionarán ocasión de hacerle justicia. Esto es todo lo que
tenía que decirle. Puede usted retirarse, y ya recibirá usted antes
de mañana mis órdenes y mis instrucciones.

--Puede usted quedarse con unas y con otras para el que las necesite,
ó se las pida; que yo con no volver á traspasar los umbrales de esta
casa, ni volver á ver á usted en mi vida, me daré por muy contento.

--Oiga usted, joven, mi proposición es tan ventajosa y...

--Y en cuanto á su hija, á la pobre víctima á quien quiere usted
tiranizar hasta rebajarla al nivel de una criada, si pensara como yo,
á lo cual juro á usted que he de contribuir con todas mis fuerzas, ya
veríamos lo que haría...

--Oiga usted, ¿se atreve usted á amenazarme con mi propia hija? ¿Qué
quiere usted decir con estas reticencias?

--Que beso á usted la mano; que guarde usted sus riquezas, y que si
te vi no me acuerdo.

--¿Qué es esto? ¿Adónde va usted?--dijo Lucía, entrando de pronto en
el escritorio y adivinando en el gesto de su novio que se despedía de
la casa.

--Adonde no encuentre hombres que por un miserable puñado de oro
olviden todas sus promesas y renieguen de sus palabras.

Y sin dar la mano á la joven ni saludar al viejo, el desesperado é
iracundo Ramiro salió del escritorio y pocos momentos después de la
casa.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO XII

MEDIA VUELTA Á LA IZQUIERDA ES LO MISMO QUE MEDIA VUELTA Á LA
DERECHA, SINO QUE ES PRECISAMENTE TODO LO CONTRARIO


--Pero, papá, ¿me quieres decir lo que significa esa despedida, lo
que sucede hace un mes en esta desdichada casa? Esto es un manicomio,
aquí nadie se entiende, todo sucede al revés de lo que debía ocurrir:
mi tía llora, tú rabias, Ramiro se marcha: ¡yo no sé qué pensar de
todo esto!

--Pues _esto_ significa que _esto_ era un caos; un presidio suelto,
como decía de España el célebre O’Donnell, y que desde hoy será
lo que debe ser y lo que nunca debió ser de otra manera. Y no te
obstines en llevarme la contraria, no me exasperes, ó nos oirán los
sordos.

--Ya te están oyendo ahora mismo, puesto que sin motivo ni razón
gritas y te enojas.

--Si hay ó no motivo, no eres tú quien pueda juzgarlo. Sufre mi
enojo, si le tengo; obedece mis órdenes, y no te metas en dibujos.
El primer deber de una hija es la obediencia: cumple con él, y tú y
yo ganaremos mucho.

--Pero, papá mío--replicó Lucía acercándose cariñosamente á Benito
y colocando sus bonitas manos sobre los hombros de su padre,--papá
de mi alma, tú, que hasta hace un mes has sido el hombre más amable,
más bondadoso, más dulce de la tierra, y no es mi cariño de hija
quien me ciega para juzgarte así, sino que esa es la opinión de todos
cuantos tuvieron la dicha de tratarte ó de estar á tus órdenes; tú,
cuyo único disgusto, según nos decías muchas veces, era ver á tu
amigo Puig siempre malhumorado y misántropo; tú, que sólo pensabas
alguna vez en el milagro de _ser rico_, para hacer la felicidad de tu
familia y de todos los que te rodearan; tú, defensor continuo de los
obreros, de los criados, de los pobres, de todos aquellos, en fin,
que por el solo hecho de servir y depender y trabajar eran dignos de
la conmiseración y de la tolerancia de los amos y de los jefes, según
tú mismo decías continuamente; tú, papá mío, que jamás desatendiste
una recomendación ni negaste una súplica de tu hija; tú, que siempre
buscabas mi sonrisa y me tendías tus brazos, ¿cómo hoy te apartas
de mí, huraño y fosco, y regañas con todo el mundo, y todo cuanto
hacen los que te rodean te irrita y te desagrada? Vamos á ver, ¿quién
te ha enojado hasta el extremo de que seas injusto con los demás
y desabrido con todos? ¿Quién ha cambiado tu carácter? ¿Quién te
aconseja?

--La razón es mi consejera única. Ella sola guía hoy mis
razonamientos y mis actos, y á ella sola, serena y fría, he de
obedecer en adelante, ya que por desdicha mía la he desconocido tanto
tiempo.

--Pues yo creo, papá de mi alma, que para pensar de modo distinto
y para proceder de diferente manera durante toda tu vida, tendrías
razón tan lógica y natural como te parece ahora la que tienes.

--Pues eso quiere decir que no la tenía, y que no la he tenido
hasta ahora. Ayer por la tarde ya dije lo bastante de sobremesa, en
nuestra misma habitación, para que no me culparan ustedes de hacer
públicas, sin necesidad, nuestras discusiones de familia; y por si
tú al retirarte á la ventana discretamente, dejaste de oir todo
lo que dije, ahora te lo diré á ti exclusivamente, ya que estamos
solos y que tu tía no puede envenenar con sus interrupciones y sus
malos juicios la rectitud de mis palabras. Sábelo de una vez, y
juzga tú misma si es natural y decoroso que siga esta casa por la
pendiente de desorden y ruina en que hace tiempo se encuentra por
culpa de todos. Mi hermana, que como ama de gobierno y verdadera
administradora de los fondos particulares de la casa, debía imprimir
una marcha económica y sensata á todos sus actos, por su derrochar
continuo y su poco cálculo era rémora de toda mejora y mal ejemplo
de los demás. Tú misma, en vez de considerar que eras pobre y que
debías, como yo y como todos, tu sustento á la generosidad, digo
mal, á la prodigalidad de Puig, en vez de vivir con la modestia
correspondiente á tu situación y tu clase, sólo te ocupabas en
vestirte á la moda, en andar siempre á vueltas con los figurines
y los peinados, en rizarte el flequillo, en llevar cada día los
guantes más largos, y los matinés más cortos, y los sombreros más
anchos, y los vestidos más estrechos. Y mucho de francés, y de piano,
y de ópera, y de baile, y nada de costura, ni de plancha, ni de
cocina. Y en vez de ser una muchacha humilde, juiciosa, concertada y
discreta, eras una caricatura, una copia ridícula del figurín último.
Cobrando un sueldo, mal servido y mucho peor ganado, estaba en este
mismo escritorio tu necio y presuntuoso novio, esperando con sus
marrullerías y poca delicadeza que le cayera del cielo, como el maná,
el dinero de la dote que te había ofrecido Puig para el día que te
casaras; y ese es todo su amor y su impaciencia y su desinterés. Aquí
el tunante de Rispall era un vago, un estúpido, siempre ocupado en la
lectura de periódicos disolventes, y creyéndose rebajado por tener
que barrer y sacudir el polvo, que es sólo su deber y por el que roba
el salario que se le da. Todos los obreros eran unos holgazanes,
y hoy como entonces, siempre que pueden, roban tiempo, ya que no
pueden otra cosa, al infeliz que los paga; los dependientes hacían
lo mismo; y todos, todos los que comían el pan del pobre Puig eran
unos infames, unos desagradecidos, unos tunantes sin decoro y sin
vergüenza...

--Pero entonces..., tú, papá..., ¿qué eras?

--¡Yo! Un monstruo de iniquidad y un filántropo estúpido; puesto que
no vi ó no me cuidé de todo lo que sucedía en la casa, y dejé que
ésta se fuese hundiendo cada vez más, por cobardía, por ineptitud ó
por desagradecimiento.

--¡Cruel eres contigo mismo!

--Por eso tengo derecho á serlo desde hoy con todo el mundo. Esa es
la causa verdadera de mi mal humor, de mi enojo, de mi tristeza.
Yo era injusto, yo era infame con mi amigo, con mi protector, con
mi amo, ¿por qué no decirlo claramente? Y el conocimiento exacto
de mis faltas y de las de todos para con él, me han traído á la
situación actual. Si Puig, por debilidad ó por buen corazón, ó quizá
porque tenía la certidumbre de que aquella fortuna no era realmente
suya, gastaba mucho más de lo que podía y debía, y se dejaba robar
miserablemente por todos, y era un monote y un esclavo de las
exigencias ajenas...

--Pero, papá, si mil veces te oí decir que era un tirano; y á mi tía
que era cruel y desconsiderado y miserable, y á los demás...

--Mentira, calumnia é ingratitud. Era un infeliz, un pobre hombre, y
como yo no quiero ser víctima, como él, de la infamia humana, desde
hoy tendré á raya á todos y me erigiré en su vengador, defendiéndome
á mí mismo. Yo soy el amo, el principal, el único jefe, y á todos,
á todos indistintamente los haré cumplir con su obligación, mal que
les pese. Y para que no pueda tachárseme de injusto y de parcial, la
reforma empezará por ti, por mi propia hija. Se acabaron los moños y
las modas, como te dije ayer. ¡Á coser!, ¡á planchar!, ¡á zurcir!

--No te enojes, papá; yo haré lo que tú quieras.

--Ya lo creo que lo harás, y ¡pobre de ti si no lo hicieres! Rispall
á barrer desde que salga el sol hasta que anochezca: mi hermana á ser
desde hoy despensera, no ama de llaves ni de gobierno: las llaves
no hacen falta, y del gobierno yo me encargo. Irá á la compra con
la cocinera, para ahorrar, y la enseñará á guisar en vez de dejarla
que se ejercite en la sisa; y todo el que cometa una falta ó me
desobedezca irá á la calle inmediatamente, desde el primer empleado
hasta el último operario de la fábrica.

--De modo que al realizar Dios tu deseo de ser rico, no te ha hecho
á ti venturoso y nos ha hecho infelices á los demás. Ahí tienes,
papá, cómo lo mejor es conformarse con todo lo que Él hace, y no
querer modificar ni alterar sus supremas decisiones. Todos éramos
antes felices; todos debíamos haber estado contentos; sin embargo,
todos pedíamos á Dios ser ricos, y al concedernos la riqueza, nos ha
quitado la felicidad, que no apreciábamos y que por eso no merecíamos.

Y la bella Lucía, sin poder dominarse, prorrumpió en amargo llanto,
motivado sin duda, más por la marcha de Ramiro, que por los
razonamientos de su padre.

--Y de todas esas cosas--continuó entre sollozos,--¿qué queda de mi
matrimonio, que ya estaba aprobado por ti?

--Ya lo he dicho cien veces, y esta es la última. Pase el tiempo, y
dentro de dos ó tres años hablaremos de ese asunto.

--Pues pasaré llorando, como ahora, esos dos ó tres años.

--Pues llora, no tres sino veinte, si se te antoja, y déjame en paz
con semejantes necedades...

Y sin dar á su hija la menor señal de ternura, ni tratar de
consolarla, como hubiera siempre hecho antes en idénticas
circunstancias, la dejó entregada á su propio dolor.

Con la oportunidad previsora de las comedias de magia, abrióse de
pronto la puertecilla del despacho pequeño, y apareció por ella la
figura seria, pero no triste ni melancólica, como lo era antes, de D.
Juan Puig. Indudablemente se había guardado una llave de la mampara,
pues tan temprano salía de aquella habitación, verdadera cámara
regia del _señor_, y que por lo mismo ya no le pertenecía á _él_,
cajero y no más de la casa Bernaregui. Para salir á aquellas horas,
preciso era que hubiese entrado de noche; y ¿qué tenía que hacer de
noche en aquel despacho el que ya no era dueño de él, y sólo en el
escritorio común tenía su mesa y su silla de trabajo? No hubiera
dejado de hacerle Benito todas estas preguntas, y alguna quizá más
honda, si le hubiese visto salir por la puerta que nosotros. Pero
el buen Benito estaba aquel día atacadillo de los nervios, y sólo
se ocupaba en ir de sala en sala, dejando en cada una pruebas de su
mal humor ó protestas vivísimas, las más en voz baja, de sus órdenes
estrafalarias.

--Vamos, ahijadita..., ¿por qué lloras?, ¿qué te sucede?, ¿qué ha
hecho tu padre?

Con estas cariñosas palabras sacó Puig á Lucía de su aflicción; y
en su modo de pronunciarlas, cualquiera hubiera creído que conocía
la causa de aquellas lágrimas. ¿Había oído Puig, á través del débil
tabique de lienzo, la conversación anterior entre hija y padre? Todo
era posible; ello es que Lucía alzó su faz llorosa; y echándose casi
en brazos de su padrino, le dijo amargamente:

--¡Que ha despedido á Ramiro de esta casa!

--No estás en lo cierto, hija. Tu padre con muy buen acuerdo, aunque
con mucha peor forma que yo, le ha indicado la inconveniencia de que
siguiera en la casa siendo tu novio, cuando no estaba aún fijada la
época de vuestro matrimonio. Y en vez de despedirle, como tú dices,
le ha nombrado corresponsal de la fábrica en Tarrasa, aumentándole
el sueldo. Tu novio ha sido quien, viéndose colocado en la misma
situación en que yo le coloqué hace un mes, por el mismo papá suegro
en quien tenía todas sus esperanzas puestas, ha montado en cólera;
y sin tener en cuenta su amor y tus lágrimas, se ha despedido con
ínfulas de capitalista ultrajado, y hasta con amenazas no del mejor
gusto respecto de ti misma.

--¡Ah! Yo no sabía nada de eso. Cuando al oir las voces de mi padre
entré en el escritorio, salía Ramiro despidiéndose como para siempre;
y yo supuse que mi padre le había arrojado de la casa. ¡Como está tan
terrible!

--¿Conque tan terrible está tu padre? Vamos á ver, cuéntame qué más
ha hecho para merecer de su propia hija tan dura calificación.

--¿Qué ha hecho? Querer que mi tía en vez de ama de casa se convierta
en despensera, y hasta en criada, si viene al caso.

--Pues mira, no haría nada de malo en eso. Creo más; creo que hasta
haría perfectamente si lo consiguiera.

--¡Cómo! ¿Usted aprueba que mi tía doña Bernarda pierda de tal modo
en la consideración de las gentes y quede relegada en la casa á los
vergonzosos y denigrantes servicios de una criada cualquiera, siendo
la hermana de un hombre rico?

--¡Ya lo creo que lo apruebo! ¡Quién viera á doña Bernarda cambiar el
trono de su estrado con el fogón de su cocina! ¡Si lo hubiera hecho
y dispuesto yo..., qué no se hubiese dicho, qué no se diría de mí
eternamente!

--¡Pero es posible que á usted le parezca bien semejante cosa!

--Mira, hija, escúchame y entérate bien del caso. Siendo ella y
yo pobres; esto es, cuando tu padre y yo sólo éramos empleados
de la casa y teníamos el mismo sueldo, y eran comunes nuestras
pobres rentas y ningunas nuestras esperanzas, yo tuve el atrevido
pensamiento de sacarla de doncella crónica y de darle mi nombre y mi
mano. Esto aquí para entre nosotros y sin que jamás des á entender
semejante cosa, que sólo hasta hoy sabíamos Dios, ella y yo. Pues
bien: entonces ella, juzgándome sin duda muy poco para ser su esposo,
porque tenía el atrevido pensamiento de conquistar á Bernaregui, rico
y solterón, me dió con la puerta en los hocicos y me desahució por
completo, de lo que doy y daré á Dios toda mi vida las más expresivas
gracias.

--¿Qué me dice usted? ¿Cómo había yo de suponer semejante cosa?

--Pues ahí verás. Pero hay mucho más todavía, que tú ignoras.
Cuando Bernaregui no quiso darse por entendido de sus añagazas y
coqueterías, y murió sin sacar de penas á doña Bernarda, y me dejó á
mí por heredero de su fortuna, la prójima tuvo el descaro de decirme:
«Amigo mío, ahora ha llegado la ocasión de que yo premie su amor de
usted y acepte el ofrecimiento que de su mano me hizo en otro tiempo.
Aquí tiene usted la mía y las llaves de mi corazón.»

--¡Á buena hora!

--Esa fué precisamente mi respuesta. Y acto continuo, para no dejarla
abrigar la menor duda acerca de sus esperanzas, añadí: «No hablemos
ya de esas cosas pasadas y por lo tanto concluídas para siempre:
yo ya soy viejo, usted no es joven y ambos debemos pensar con más
juicio y menos vehemencia. Si usted no me quiso cuando pobre, no
me ha de querer ahora cuando rico; que ni el dinero puede haberme
quitado defectos, ni dado cualidades buenas de que careciera antes;
y si se trata sólo, no de un afecto, sino de un negocio, para saber
hacerle me basto y me sobro yo solo. Y para que vea usted que yo la
estimo y que quiero recompensar sus méritos, ya que no puedo hacerla
á usted ama de mi corazón, sea usted desde hoy mi ama de llaves.»

--¡Duro y terrible fué el castigo!

--Pero me parece que fué justo. Eso es lo que tu tía doña Bernarda
no me perdonó, ni me perdonará jamás, ni yo se lo perdonaré nunca
á ella. Y ahí tienes ahora explicadas muchas escenas y no pocas
indirectas que te habrán parecido siempre inexplicables.

--Parece que le encuentro á usted hoy, al hablar de estos asuntos,
más alegre y más comunicativo que de costumbre.

--Lo estoy, niña mía, lo estoy, porque puedo explicarme contigo, que
lo vas sabiendo ya todo y que eres mi único confidente, mientras
durante mucho tiempo he encerrado dentro de mí mismo mis amarguras
y mis desengaños. Todo lo que hoy sucede, que para todos ustedes
reviste un carácter serio, grave y quizá terrible, toma á mis ojos
un tinte cómico y grotesco, que hace asomar la risa á mis labios
y refresca al mismo tiempo mi lacerado corazón. Y si no, dime,
ahijadita, si tu tía me tuvo siempre, y así se lo dió á entender á
todo el mundo, por un tirano, por un egoísta, por un infame, ¿no es
gracioso que su mismo hermano, que compartía con ella esas opiniones
respecto á mí, la arranque el gobierno de la casa, que yo la había
confiado por completo, y la relegue á la cocina, á la despensa y á
la compra de la plazuela? ¿No es cómico que tu novio Ramirito, que
me culpó de avaro y supuso que yo quería retardar su boda por no
entregarte la dote que te había prometido; tu amantísimo futuro,
que esperó alcanzar de tu padre en cuanto lo vió rico la inmediata
ejecución del matrimonio proyectado, se haya visto despedido ó por
lo menos desahuciado por su mismo papá-suegro, el bondadoso, el
benéfico, el dulcísimo D. Benito?

--¿Y usted se alegra de todo el mal que hoy nos entristece?

--No sería hombre, y no estaría sujeto como tal á las debilidades
de la especie humana, si no me alegrase. Sí, me alegro de que
todos cuantos me juzgaban mal caigan en mis mismos errores, si por
tal deben tenerse, y sufran las mismas injusticias y los mismos
malos ratos que me hicieron sufrir con sus malos juicios y peores
pensamientos. Á nadie excluyo: todos en general y cada uno en
particular me ofendieron, me criticaron y me desconocieron. Tu padre,
más que todos y que era el más obligado á conocerme más y á tratarme
mejor, tu aborrecible tía doña Bernarda, tu D. Ramirito..., tú
misma...

--No, padrino, no; en cuanto á mí no tiene usted razón ninguna para
no juzgarme bien y para querer vengarse de mí. Yo no acusé á usted
nunca de tirano, ni para mí ni para con los míos...

--Eso lo sé, y sentiste además la pérdida de mi fortuna; lo recuerdo
perfectamente y me complazco en hacerte esa justicia.

--Yo siempre le juzgué á usted bueno y generoso, cuando los demás
le tenían por avaro y exigente: cuando todos maldecían el despótico
rigor con que usted, según ellos, trataba á todo el mundo, yo
protesté siempre de la injusticia con que le trataban, y con
terquedad impropia de mis años y con profunda convicción ajena á mi
carácter superficial de chiquilla á la moda, sostuve contra todos,
y en particular contra los míos, que era usted el mejor hombre del
mundo: comedido y tolerante como jefe; leal y considerado como amigo,
y digno por todos conceptos de la obediencia y del cariño de cuantos
estaban á sus órdenes. Si todos ellos, por envidia ó poco talento ó
perversidad humana, le juzgaron mal, y yo fuí la única que le dí la
razón en todo, ¿por qué he de pagar hoy culpas que no he cometido
nunca? ¿Por qué usted, que siempre ha sido bueno y generoso con
todos, quiere hoy ser injusto y cruel conmigo, y se alegra, como si
yo lo mereciese, de todo el mal que pueda sobrevenirme?

--Tienes razón, niña mía: perdóname y no temas que pueda sucederte
nada malo. Yo velo por ti; yo no dejaré que nadie te moleste ni te
mortifique, y yo te juro, sin que pueda decirte hoy más, porque
me lo vedan causas que tú no puedes comprender, que puedes siempre
contar conmigo, que te quiero como si fueras mi propia hija y que
nada tienes que temer de nada ni de nadie mientras yo esté en el
mundo.

--¡Ahora le entiendo á usted menos!

--Quieran ó no, yo les haré entrar en razón, y tú no perderás nada.

En esto se oyó fuera de la oficina un estrépito desusado: voces,
gritos, algún que otro juramento, y repentinamente aparecieron,
encarnado como un tomate y pálido como un muerto, Rispall primero y
Benito después.

--Silencio, niña: es tu padre; observa y calla; ¡ten prudencia y
aprende!

Así dijo D. Juan á Lucía. El primero se sentó, afectando la mayor
indiferencia, en su sillón de vaqueta, y la segunda se retiró al
quicio de uno de los balcones.

Rispall, empujado por un vigoroso empellón de Benito, llegó hasta el
centro del escritorio con la escoba en la mano.

--¡Pero, señor, esto es inaudito!...

--¡Silencio! ¡Á callar y á barrer! Ya lo he dicho hoy tres veces:
¡Aquí no hay ya más holganza ni más sopa boba!--dijo fuera de sí el
Sr. de Bonet.

--¿Pero es que quiere usted que forme la escoba un tercer brazo de mi
individuo? ¿Y la dignidad humana? ¿Y el decoro?

--¡Pues barre con dignidad y con decoro hasta que se rompa la escoba!

--¡Esto es una arbitrariedad ridícula!

--¿Qué dice este bruto?

--¡Que yo no quiero ser un esclavo sin vergüenza; que no soy ningún
negro; que no soy barrendero crónico; que tengo mis opiniones
políticas; que soy un hombre libre; que por el sufragio universal soy
tan ciudadano como el primero, y que si me viera en situación tan
humillante, renegaría de mi abyección todo el partido republicano!
¡Eso es lo que tenía que decir, y eso es lo que quiero que conste!

--Y en eso tienes razón que te sobra; y constará--dijo Puig
conteniendo su risa y con la mayor sangre fría.

--¡Cómo! ¿También tú?--dijo Benito, encarándose con Puig y no
comprendiendo el tono burlón con que había hablado á Rispall.

--¡Hombre..., le tratas de un modo tan humillante! ¡Abusas de
tal manera de tu poder con un elector influyente y con un hombre
político!...

--¿Pero es que te has propuesto meterte en todo? ¿Es que vas á
erigirte en fiscal intempestivo de todas mis acciones?

--¡Es que me parece justo defender á este pobre muchacho!

--¡Pues tú bien le llamabas antes haragán y ridículo y estúpido!

--¡Y tú le defendías siempre que yo me enojaba con él por sus
torpezas ó sus barbaridades ó sus insolencias!

--Pues si tú lo tolerabas, yo no quiero tolerarlo. ¡Clarito! Esa es
la diferencia de ayer á hoy. Aquí nunca ha habido un amo; desde hoy
le hay, y duro y enérgico é inflexible...

--Con todo, yo... debo decirte...

--¡Tú á tu caja, y no me vengas con consejos que nadie te pide!

--¡Pero, papá, por Dios!...--dijo Lucía acercándose á su padre, sin
ver el estado de exaltación creciente en que iba estando Benito,
ni notar las señas imperceptibles que la hacía Puig, para que no
temiese, ni se mezclara en aquella escena.

--¡Benito, poco á poco!... Mira lo que dices.

--Ya está dicho: aquí todo el mundo ha de callar, trabajar y
obedecerme. Los dos somos viejos, y ya sabe cada uno lo que debe
hacer, sin necesidad de cirineo. Así pues, limítate á tu ocupación y
no me vengas con músicas.

--Repara primero...

--Nada tengo que reparar. Aquí el que no trabaja, me roba... Conque
así...

--Puedes buscar cajero desde este instante.

Profundo silencio siguió á estas palabras. Se levantó Puig de su
asiento; cerró el libro mayor que estaba abierto en el atril; bajó
la tapa del pupitre, le cerró, y cogiendo el llavero donde estaban
las llaves de la caja, que aún no se había abierto aquel día, se las
entregó á Benito, que le miraba estupefacto, pero cada vez más pálido
y desencajado.

--¡Ea! Aquí tienes las llaves. Haz el balance y el recuento con quien
quieras, y no me vuelvas á ver en toda tu vida.

--Tú te vas por tu gusto y tu capricho. De aquí nadie te ha echado, y
por lo tanto yo no soy responsable de lo que suceda.

--Aquí no sucede nada, sino que no me acomoda sufrirte más y no te
sufro. Que en cualquier parte puedo ganar el sueldo que me das, y que
no habrá nadie que se crea con derecho para tratarme de manera tan
humillante.

--¡Falso, falso! Yo no te he tratado mal; tú eres el que me ha
faltado, y yo no te he despedido.

--Adiós, Sr. de Bonet. Sea usted dichoso y tome usted las llaves...

--Y aquí tiene usted la escoba--dijo Rispall con la melodramática
entonación de un rey que abdicara su corona y entregara su cetro al
mismísimo Senado, dejándola caer al pie de la mesa grande.--Yo me voy
con usted, Sr. D. Juan, una vez que aquí se desconocen mis servicios
y se me insulta y escarnece. Me llevaré el plumero, porque ese al
menos no es un mueble tan deshonroso como la escoba.

--Gracias, Rispall, gracias; pero no te necesito y puedes ahorrarte
la molestia de acompañarme. Cuando yo te llamaba holgazán y te hacía
limpiar, tú solías responderme que si D. Benito fuera el amo no te
trataría tan mal como yo. Él es el amo; ahí le tienes, quédate con él
y barre hasta que se te caiga la mano.

--¿Y va usted á abandonarme en esta situación?--dijo Lucía á Puig,
saliéndole al encuentro antes de que transpasara los umbrales de la
puerta y de modo que su padre no pudiera oirla.

--Ya te he dicho que nada temas--la respondió éste abrazándola y en
voz apenas perceptible.--Calla, confía y espera.

--¡Todos rebeldes, todos ingratos!--decía Benito, rugiendo de coraje
y mordiéndose los puños.--¡Mejor..., que se vayan! Yo quedaré solo en
mi puesto cumpliendo con mi deber y no dejándome insultar de nadie.

Sordo murmullo estalló en el patio central de la fábrica. Puig, que
ya transpasaba el umbral de la puerta grande del escritorio, volvió
adentro; y Lucía, separándose repentinamente de los brazos de su
padrino, se dirigió al balcón y le abrió de par en par. Entonces
la gritería aumentó de un modo terrible, al mismo tiempo que doña
Bernarda, no muy embellecida todavía por el tocado matutino, se
presentaba temblando de indignación y roja de cólera.

--Pero, hermano, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que has ordenado en tus
arrebatos furiosos?

--¿Tú también vienes á insultarme y á volverme loco?

--¡Temo un atropello..., un horror!

--Pero ¿qué sucede?--dijo Puig, con acento enérgico y como
disponiéndose á intervenir en el conflicto que preveía.

--¡Acaba de hablar con mil de á caballo!

--Que hay un motín en la fábrica. Que dicen que has aumentado las
horas de trabajo, sin aumentar los jornales...

--¡Cierto, eso he hecho porque me parece justo!

--¡Y todos se van! ¡Y se declaran en huelga!

--¡Bien hecho, ciudadanos! ¡Mueran los burgueses!--gritó Rispall
desde la puerta.

--¡Todos fuera!, ¡que se vayan todos!, ¡yo no necesito á
nadie!--gritaba Benito como un energúmeno.

--Pero, hermano, repara lo que dices, reflexiona lo que haces.

--¿Pero no has comprendido, infeliz hermana, que esto no es un
hecho aislado y sin importancia? ¿Ignoras que esto es una rebelión
completa, amasada sin duda por algún infame, atentatoria no sólo á
mi fortuna, sino quizá también á mi vida? Tú misma ayer la primera,
luego el inepto Ramirito, mi constante amigo y compañero Puig, mi
hija, ese mismo imbécil de Rispall que da mueras á mi persona desde
mi misma casa; todos, todos contra mi opinión, contra mis justas
órdenes de economía, de orden y de trabajo, convierten la fábrica en
un infierno.

--¡Pero si es que tu fisonomía es otra! ¡Si es que tus ojos son de
fiera, y tus palabras de demente furioso!

--¡Ni el czar de Rusia está más espantoso!--añadió Rispall.

--¡Papá, por Dios, serénate! Asómate al balcón; habla á esos hombres
que vociferan contra ti, que gritan como furiosos...

--¡Todo el que no esté conforme con lo que yo dispongo, que se vaya,
y que me deje y no vuelva nunca! ¡Afuera, afuera todo el mundo!

--Esto es inútil... ¡Vámonos todos! ¡Muchachos, á su casa cada
cual!--dijo Puig asomándose al balcón y arengando á la multitud
amenazadora.--Mañana por la mañana temprano enviad una comisión y
hablaremos. Ahora, orden, silencio y todo se arreglará.

Los amotinados cesaron en sus voces como por encanto, y fueron
desfilando poco á poco, que era sin duda lo que quería Puig. Ganar
tiempo y apaciguar si era posible antes del nuevo día á su furioso
amigo. ¡Ilusión engañosa! Benito seguía echando espuma por la boca y
con los ojos casi fuera de sus órbitas.

--¡No hay nadie que resista á mi voluntad! ¡Yo soy el amo!

--¡Pero atiende á la razón, hermano!

--¡Y las mujeres no tienen nada que hacer aquí! ¡Á obedecer y á
callar!

--¡Cómo! ¿De esa manera nos tratas?

--¡Y Dios os libre de que me resistáis!

--¡Pues, hermano mío, lo siento mucho! Para servir de criada á un
loco, y para que me maltrate hoy de palabra y mañana de obra un amo
tan bravío y tan salvaje, en cualquiera parte encontraré donde ganar
el sustento con mi trabajo. ¡Desde este momento puedes buscar quien
te sirva, que yo no sirvo para esclava!

--¡Bravo, doña Bernarda, eso es portarse dignamente!--dijo Rispall
con entusiasmo.

--¡Me alegro, así te perderé de vista cuanto antes!

--¡Papá, por Dios!...

--¡Y tú, vete también con ella, fuera de mi casa!

--Cuando atropella á su hija, ¿qué no hará con todos nosotros?

--¡Papá..., mira lo que dices!

--¡Afuera, afuera todo el mundo!

--Ven, sobrina, ven; tu padre está loco y no debemos permanecer ni un
solo momento á su lado. ¡Sería capaz de matarnos!

--¡Adiós, Benito! Dios te ilumine y te tranquilice--dijo Puig,
dirigiéndose á la puerta.

--¡Muera el tirano!--gritó Rispall, queriendo asomarse otra vez al
balcón.

Pero encontró en su camino á Puig, que dándole un puntapié le hizo
salir á escape del escritorio apagando su entusiasmo revolucionario.

--¡Qué barbaridad! Usted se ha equivocado sin duda.

--Sí, han debido ser dos; pero descuida, que tiempo habrá de darte el
otro, si vuelves á pronunciar otra palabra, ¡imbécil!

--¡Adiós para siempre, hermano! ¡Hasta nunca!

--¡Papá, papá!

--¡Afuera, afuera!--gritaba Benito en el colmo del furor.

Y todos, huyendo de la habitación, salieron sollozando, gritando ó
jurando, mientras Bonet caía sin fuerzas sobre un sillón, quedándose
absolutamente solo; y mientras, se oían á lo lejos los gritos de los
obreros que repetían furiosos: «¡Mueran los burgueses, abajo los
patronos!»

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO XIII

EL INCENDIO


Era la una de la noche. Un viento sudoeste, no muy violento, pero
sí persistente, arrastraba las hojas de los árboles por la Rambla.
Apenas un transeunte trasnochador cruzaba de tarde en tarde por
alguna calle extraviada. La luz de los mecheros de gas oscilaba
impulsada por el aire, y todo dormía en calma en la capital del
Principado.

Al mirar herméticamente cerradas aquellas puertas, en alguna de las
cuales se apoyaba algún sereno ó vigilante soñoliento, nadie hubiera
adivinado que pertenecían á un café concurrido, á un comercio lujoso
ó á una tienda de modas. De tarde en tarde se oían las palmadas de
un vecino y el golpe del palo en el suelo con que le respondía el
sereno. Era la hora del descanso de la ciudad, del sueño de sus
habitantes.

Pero de pronto, rompiendo el monótono silencio nocturno, oyóse un
silbido estridente; y como si sólo se hubiera esperado esa señal
para un plan convenido, pronto repercutieron en el espacio otro igual
y otros después y mil luego, que en diferentes direcciones y con
desigual sonido llenaron la atmósfera con sus desentonados ruidos. Á
poco comenzaron á correr algunos hombres por las calles principales,
y luego otros que en confuso desorden corrían y se atropellaban,
disputándose la gloria de dejar atrás á los que les precedían. Á lo
lejos y por entre casas y tejados comenzaba á percibirse una columna
de humo que tardó muy poco en ser reemplazada por un resplandor
rojizo, seguido de chispas mil que iluminaban el espacio, semejando
una lluvia de menudas estrellas ó las últimas vueltas de una
gigantesca rueda pirotécnica.

Muchos curiosos abrieron las ventanas de las casas y se quedaron en
ellas contemplando el movimiento de las calles: otros, más decididos
ó más curiosos aún, vestidos de cualquier modo, se lanzaron á la
corriente, siguiendo á los que parecían saber adónde se dirigían, y
una multitud cada vez más compacta invadió el barrio donde estaba
situada la fábrica de Bernaregui.

La señal general de alarma se había dado muy tarde. Necesariamente
hacía lo menos dos horas que había estallado el incendio, á juzgar
por el incremento que éste había tomado y por el número de los que ya
habían acudido á sofocarle. Pertenecían á este número en primer lugar
los dueños y habitantes de la casa, y después los vecinos de todas
las inmediatas, y luego todos los operarios y obreros de la fábrica,
que apenas se habían enterado de lo que ocurría, en mangas de camisa
los más y mal vestidos los restantes, habían acudido decididos y
valientes á sofocar un incendio que podía dejarlos por mucho tiempo
sin trabajo, y de resultas sin medios de subsistencia. ¡Era su
fábrica la que ardía!

Las más absurdas patrañas circulaban de boca en boca. Quién aseguraba
que el fuego había sido motivado por un petardo; quién que hacía tres
días que estaban ardiendo unos pies derechos sin que nadie lo hubiese
advertido: unos atribuían la catástrofe á una mano criminal, otros
al dueño del establecimiento, que por tenerle asegurado esperaba
consolidar su fortuna comprometida en empresas arriesgadas, y cuál
más cuál menos contribuía con la propagación de tales absurdos á la
calumnia y á los despropósitos.

La verdad no era aún conocida sino de muy pocos, y por lo natural y
sencilla hubiera sido rechazada por las imaginaciones impresionables,
ávidas siempre de dar á los hechos más triviales proporciones
desmedidas y melodramáticas.

Hecha, como todas las noches, la requisa acostumbrada, el gasómetro
había quedado abierto, por uno de esos descuidos tan comunes como
inexplicables: uno de los dos mozos que estaban de patrulla quiso
penetrar en la habitación, hostigado por un presentimiento de que ni
él mismo podía darse cuenta, y en vez de llevar, como estaba ordenado
por el ingeniero, una lámpara de seguridad Davis, entró en ella con
un farol de aceite. El cuarto estaba saturado de gas y enrarecida,
por lo tanto, la atmósfera: la llama del farol inflamó el gas, y se
produjo en el acto una terrible explosión, por lo que quedó muerto
el pobre guarda, portero al mismo tiempo de la casa. Á la terrible
detonación se habían desplomado dos tabiques, se había roto un
sinnúmero de cristales y se había resentido toda el ala derecha del
edificio. El espectáculo era terrible, pero hermoso. Los ingenieros
no habían llegado aún: los operarios trabajaban con fe, con ahinco,
con rabia, pero sin concierto, sin dirección. Un señor desconocido
cogió una bocina y empezó á dar órdenes á su capricho. Sin duda
comprendió que lo más esencial era localizar el fuego antes de
proceder, como ya habían empezado á hacerlo los obreros, á desocupar
los almacenes de la izquierda, pues en los de la derecha era donde
el incendio estaba haciendo ya sus estragos. Desocupar éstos hubiera
sido expuestísimo por amenazar hundirse pronto el pavimento. Si esto
hubiera ocurrido en el acto era probable la extinción del incendio,
pues tantos fardos como en él había y los escombros del piso hubieran
sido bastantes á apagar las llamas que hasta entonces estaban
circunscritas á las paredes del cuarto del contador del gas. Pero no
era posible esperar aquel hundimiento, con tanta más razón, cuanto
que el incendio había empezado á propagarse hacia la galería de la
casa, cuya pared medianera lamían ya las llamas.

Un piquete de bomberos, las bombas del distrito y las de la sociedad
de seguros donde estaba inscrita la fábrica, cincuenta soldados con
un capitán, los dos ingenieros industriales de la casa, el arquitecto
municipal, el teniente alcalde, el gobernador de la provincia y un
piquete de guardias civiles, amén de varios municipales y guardias
de seguridad pública, componían el total de las gentes que habían
acudido á las repetidas llamadas de los pitos, sin contar con la
multitud de curiosos más ó menos atrevidos y más ó menos filántropos
que invadían los alrededores, estorbando el paso y perjudicando la
libre circulación.

Obreros y operarios rivalizaban con los bomberos en valor y trabajo,
si no en maestría. Á una voz que gritó: «Abajo la pared medianera,»
siguieron otras que decían: «¡Fuera, fuera!,» y á los pocos momentos
caía sobre la tierra lo que de la tierra había salido: piedras,
barro, ladrillos, yeso: todo negro, todo humeante, todo candente,
produciendo en su rápida caída un humo espeso, mezcla de polvo y
llamas, que cegaba la vista y ensordecía los oídos.

Apenas derribado el paredón, se precipitó sobre la galería una densa
y obscura nube de humo, que á los cinco segundos estaba convertida
en imponentes y azules llamaradas. El calor se hacía insoportable
en el patio central: los hombres trabajaban con más bríos, pero con
menos fuerza: el hombre de la bocina gritaba: «¡Relevarse; los que
están sacando al patio los fardos, que suban ahora al tejado!,» y
los obreros obedecían como soldados; los soldados trabajaban como
obreros, y los bomberos como héroes de la antigüedad, como gigantes,
como Hércules.

El gobernador y el teniente alcalde, que estaban en el centro del
patio, asentían á las órdenes del de la bocina; sólo el capitán de
ingenieros dijo por dos veces que á él le parecía que allí no se
hacía nada y que se dejaba un camino franco á las llamas para que se
apoderaran de todo el edificio.

¡Agua y más agua, brazos y más brazos! Ya se había desplomado el
piso del almacén con todos sus efectos, que ardían á más y mejor.
Tres tabiques habían sido echados abajo por los bomberos y dos por
las llamas, y éstas no cedían: habían penetrado ya en la sala de las
máquinas. Por fortuna los telares estaban en el fondo del segundo
patio, y el gran depósito de balas de algodón, donde acababan de
instalarse hacía escasamente una semana más de quince toneladas para
sufrir la primera carda, parecía estar completamente á cubierto del
voraz elemento.

De repente de entre un grupo de cíclopes apareció un fantasma
envuelto en llamas y gesticulando, roja la cara, rojo el traje, roja
la barba, como el Mefistófeles de la ópera, como el Boccacio de la
zarzuela.

Todos los ojos se fijaron en él, absortos y aterrados, como si de
aquel hombre dependiera la vida de todos; como si tuviera en sus
manos por misterioso decreto de la Providencia la dirección de la
catástrofe: un silencio sepulcral sucedió, repentino y solemne, á los
gritos, á las vociferaciones, á los ruidos de piqueta y azadones.
¿Quién era aquel hombre? ¿Qué decía?

Aquel hombre era el maquinista, que llegándose al de la bocina y
arrebatándosela de las manos, gritó jadeante con toda la fuerza de
sus pulmones:

--¡La máquina grande está cargada; el agua hierve; va á estallar!

Paralizáronse todos los brazos; inmutáronse todos los semblantes,
como si las fuerzas de todos se hubiesen agotado en un segundo, como
si de un solo golpe y por modo sobrenatural y prodigioso se hubiesen
concluído en aquella masa heterogénea, á un mismo tiempo y de un solo
golpe, la serenidad, la fuerza y el valor.

Á pesar del color rojizo de la atmósfera, todos los semblantes se
tornaron lívidos, amarillos. El estupor de aquella multitud no
impedía á su razón comprender que era preciso, inminente, tomar
una resolución rápida y salvadora. Nadie, sin embargo, se atrevía
á llegar á la máquina, nadie á lanzarse á la válvula salvadora. El
bronce estaba ya candente; el riesgo aumentaba á cada segundo, y
todos se hacían, sin atreverse á formularle en voz alta, el siguiente
dilema: Ó huir abandonando la fábrica á su total ruina, ó morir allí
diezmados, quintados los más valientes, sin posibilidad de éxito, ni
salvación humana; porque es indudable, los que no hubieran perecido
mortalmente heridos por los mil proyectiles que lanzaría al espacio
la máquina al estallar, hubieran muerto entre los escombros, porque
no resistiendo los muros cuarteados el tremendo estallido, unos
antes y otros después se hubieran ido desplomando sobre todos.

Algunos retrocedieron de los puestos donde estaban, otros quisieron
apelar á la fuga, pero se encontraron con una muralla viviente que
los cerraba el paso, y unos y otros se miraban consternados como
pidiéndose mutuamente una idea salvadora que los tranquilizara de
repente, como de repente se habían visto aterrados por el peligro.
En aquella vacilación, en aquella duda, en aquel pánico, nadie se
atrevía á dictar una orden, á tomar una medida, á realizar un acto
más ó menos desesperado, pero que estuviera á la altura de las
circunstancias, de aquellas circunstancias que duraban ya quince ó
veinte segundos, la nada en el tiempo, y que parecían haber durado
veinte siglos.

Un ruido análogo al de cien locomotoras partiendo simultáneamente de
una estación, pero inmenso, imponente, aterrador; ruido semejante
al que produce la lava de un volcán al salir del fondo de su
hirviente cráter; ruido parecido al de las aguas al despeñarse por
las montañas con la fuerza de la catarata del Niágara, pero no seco,
no estridente, no ensordecedor, sino prolongado, viviente, humano,
hizo adivinar á aquella multitud aterrada que la válvula había sido
abierta, y que por lo tanto el peligro quedaba reducido á que la
máquina se fundiese como plomo.

¿Qué había sucedido? Nadie pudo explicárselo entonces; pero el hecho
inexplicable pronto corrió de boca en boca, como habían corrido una
hora antes los absurdos acerca del origen del incendio, y pronto tomó
el acontecimiento la sublimidad de un poema.

Un hombre, cubierto con un capote que había arrebatado á un guardia
civil, empapado en agua y con una piqueta en la mano, se había
aproximado á la máquina grande: á su espalda una manga no dejaba de
lanzar sobre su cuerpo gruesa columna de agua, y de frente otra hacía
lo mismo sobre su pecho. Si el calor era insoportable, asfixiante,
en el patio, ¿qué no sería en el cuarto de las máquinas, rodeado
de llamas por todos lados? Aquel hombre enarboló la piqueta, dió
dos ó tres golpes hercúleos sobre la válvula; cedió ésta, y el agua
hirviendo á borbotones, con un ruido infernal, se precipitó sobre
el pavimento, no sin haber quemado antes un pie al héroe de aquella
noche. Cuando éste se presentó herido sobre un paredón, sosteniéndose
apenas entre los brazos de un bombero, los vivas y las aclamaciones
ensordecieron el espacio. ¿Quién era? ¿Quién le conocía? ¡Todos:
casi todos los que habían temblado ante el peligro! ¡Era Puig!, ¡el
cajero!, el dependiente de D. Benito Bonet, según decían y sabían
todos los de la fábrica; el dueño del edificio, el jefe de la casa de
comercio de Bernaregui, según creía aún la mayor parte del comercio y
del vecindario de Barcelona.

¡Oh! El riesgo que aquel hombre había corrido por salvarlos á todos,
era inmenso, mortal, seguro, y su audacia y su valor increíbles. En
un solo momento, y con exposición casi cierta de su vida, había
salvado las de cien infelices: había devuelto cien padres, cien
maridos, cien hijos, á sus madres, á sus esposas, y había ahorrado á
la empresa de seguros muchos miles de duros que ya podía contar como
fuera de su caja.

Hubo que retirarle del incendio en una camilla, pues el agua
hirviente había abrasado su pie izquierdo; y entre gritos de
entusiasmo y vivas prolongados le acompañó la multitud á la casa de
socorro más próxima; sus habitaciones estaban situadas encima del
cuarto de las máquinas y amenazadas por lo tanto de una destrucción
inmediata.

Á todo esto, el inminente peligro de la explosión de la máquina había
desaparecido, pero el incendio continuaba extendiendo su estrago.
Ya no existía el techo, ni los pisos de las tres salas grandes de
los almacenes de la derecha, y ya parecía que el incendio iba á
propagarse al piso segundo, cuando un vivísimo relámpago, seguido
inmediatamente de un estridente trueno, vino á anunciar que lo que
hasta entonces y desde las siete de la tarde había sido viento seco
debía convertirse pronto en fuerte chaparrón. En efecto, precedida
de algunas gotas gruesísimas y perezosas, abrióse la nube, y un
torrente, un río caudaloso cayó con inusitada furia sobre las llamas
y los hombres. Apagáronse los hachones con que éstos se alumbraban
en las partes no incendiadas del edificio, y por espacio de treinta
y cinco minutos dejóse trabajar sola al agua del cielo, pues tal era
la furia y la abundancia con que caía, que hubiera sido imposible
trabajar durante la tempestad.

Cuando pasó la nube y aquélla cedió, aunque no del todo, el cuadro
era distinto por completo: barro y cenizas; llamas expirantes; olor
á tierra mojada, á madera y tela quemadas, á metal fundido. Sobre
aquellos escombros humeantes cayó á una vez por unánime esfuerzo
de todos el torrente de las mangas de incendios, y á las cuatro
de la madrugada se retiraba la fuerza de ingenieros, los guardias
de seguridad, los curiosos y las autoridades. Sólo quedaron media
docena de bomberos, para evitar la reproducción del incendio con su
persistente vigilancia, y otros tantos obreros de la fábrica, para
separar en los restos de los almacenes quemados lo totalmente perdido
de lo que, aun con averías, podría ser utilizado.

En cuanto á desgracias personales, sólo había que lamentar la herida
del pie de Puig, una contusión de pronóstico reservado en un bombero,
un soldado herido en la cabeza y una mujer que se había lanzado entre
las llamas para salvar á su marido, á quien un vahido había hecho
caer sobre unos maderos incendiados. Las pérdidas materiales debían
ser considerables; pero estando asegurado el edificio y además todas
las mercancías, maquinaria y telares, claro es que la casa nada
perdía, excepto el trastorno y el tiempo que había de tardarse en
reponer lo perdido. Dos sociedades de seguros eran las que habían de
liquidar el estrago y repararle á la mayor brevedad posible.

Justísimo es hacer mención de los que en aquella horrible noche
habían trabajado con alma y vida para atajar el incendio. Todos los
dependientes, todos los obreros de la fábrica, habían rivalizado en
valor y heroísmo. Desde los barrios más apartados de la ciudad, desde
las afueras muchos, desde la Barceloneta sobre todo, habían corrido
presurosos á tomar parte en la lucha contra el elemento devastador,
y todos á porfía, con palas, picos y azadones, habían derribado
paredes, aislado tabiques, destruído medianerías y contribuído, en
fin, á la extinción del incendio con todas sus fuerzas y su energía.

Pero mientras eso hacían todos los interesados en la catástrofe y
muchos valientes ajenos por completo á ella, ¿qué había sido de
Benito y de su familia, los más amenazados por cierto, puesto que
tenían sus habitaciones precisamente encima del gasómetro, por donde
el fuego había empezado á las altas horas de la noche? Veamos lo
ocurrido.

Al ruido de la explosión se despertaron sobresaltadas Lucía y
Bernarda, cuyas dos alcobas sólo estaban separadas por un tabique
sencillo. En cuanto á Benito, no tuvo necesidad de despertarse, pues
hacía muchas noches, y aquella menos que todas, que apenas podía
conciliar el sueño. La sobrexcitación de sus nervios era cada vez
mayor, y el día había sido de prueba para el _pobre rico_. Todos le
habían abandonado, según él, por envidia é ingratitud; según ellos,
por malos tratos y peores razones. Á ser supersticioso hubiera
podido creer el desdichado Bonet que Dios se había apresurado á
complacer sus deseos, pues no una, sino muchas veces, le había
pedido que le mandara una inesperada solución á sus cavilaciones y
propósitos, puesto que de tan mala manera eran recibidos por los que
él creía debían ser obedientes y sumisos á sus mandatos.

No habían acabado los tres de vestirse apresuradamente, cuando ya se
oían los golpes que en todas las puertas daban los guardias y las
voces y preguntas angustiosas con que se respondía á aquellos golpes.
Cuando salió Benito al corredor ancho que comunicaba con la escalera,
ya se veía el resplandor de las llamas salir del contador incendiado.
Bernarda y Lucía comenzaron á dar gritos desgarradores, á tiempo que
Ramiro, huésped en una casa de la misma calle, acababa de asomarse al
balcón y preguntar á gritos lo que ocurría. Vestirse apresuradamente
de cualquier modo y lanzarse á la calle fué todo uno. Penetró en la
fábrica, subió los escalones de cuatro en cuatro y tropezó con las
dos señoras que los bajaban casi del mismo modo.

--¡Á mi casa!, ¡á mi casa!--dijo el joven enamorado;--salvar las
vidas es lo primero, que tiempo habrá para lo demás.

Y dicho y hecho, dió su brazo á las dos damas atribuladas y con ellas
subió á su modesta habitación, donde la patrona, ya vestida, atendió
lo primero á cuidar de aquellas dos huéspedas, mientras Ramiro
volvía á buscar á Benito, que presa de mortal congoja y sin fuerzas
para moverse, continuaba en su habitación, á pesar de haberle ya
ido á buscar guardias y dependientes esperando sus órdenes en aquel
conflicto.

--¿Y mi hija y mi hermana?--preguntó el pobre hombre á Ramiro, en
cuanto le vió de regreso.

--Están en salvo y usted debe hacer lo mismo. Ni su edad ni su estado
son á propósito para resistir las emociones que se preparan. Véngase
usted conmigo y reúnase á ellas. Desde mi cuarto se ve todo lo que
aquí pueda ocurrir, y aun desde allí pueden dictarse órdenes si llega
el caso. Dígame usted qué es lo primero que quiere que se salve, y
antes de que el fuego tome más incremento, lo que me parece que ha de
suceder muy pronto, se traerá todo á mi casa.

--¡La caja! ¡Los papeles del despacho pequeño!

--La caja es imposible transportarla en estos momentos. Pero D. Juan
Puig tiene la llave; y como cajero, á él le corresponde atender á su
obligación: en casa estará de seguro y ya habrá atendido á eso. Voy
á buscarle en el acto, pero después que deje á usted instalado en mi
domicilio.

--¡Oh, gracias, gracias! No sé si debo abusar; traté á usted mal esta
mañana y no me parece correcto ahora...

--Déjese usted de cavilaciones: tiempo hay para colocar las cosas en
el mismo estado en que quedaron esta mañana. Las circunstancias son
extraordinarias y hay que atender á ellas en primer lugar. Vamos,
aprisa, aprisa, recoja usted papeles ó alhajas si están á mano y
salgamos cuanto antes.

--Sí, algo hay, aunque poco; yo todavía no tengo fondos. Los asuntos
de la Notaría no están arreglados...

--Mejor, mejor; dése usted prisa. El tiempo urge...

Benito dió varias vueltas por sus habitaciones sin aplomo ni calma
para sobreponerse á las circunstancias, y merced á estar abiertos
los cajones de la cómoda de su hermana, cogió de ellos dos ó tres
estuches pequeños; se metió en los bolsillos á granel los cubiertos
de plata que estaban en el comedor, y cogiendo en el aturdimiento
dos ó tres prendas de ropa de las peores y que menos falta podían
hacerle, salió de su cuarto, dejándole abierto, y bajó con Ramiro la
escalera. Éste había recogido del cuarto de Lucía varios vestidos y
otras prendas de vestir, y oprimiéndolos contra su pecho acompañó
á Benito á su domicilio. Ya instalados allí los tres y asomados al
balcón pudieron presenciar la llegada de las autoridades, la tropa y
los bomberos.

D. Juan Puig entretanto, ayudado sólo del conserje, entró en el
escritorio, abrió la caja de caudales, recogió á granel los billetes
y el oro y cargó á su acompañante con seis grandes libros. La plata
quedó en cuatro talegos y varias esportillas dentro del arca. Ya no
había tiempo ni aquella era ocasión para recogerla, y si el fuego
llegaba á ella, lo más probable es que se encontrara después fundida
entre los escombros: no pasaría, después de todo, de tres ó cuatro
mil duros, pues el día anterior, como sábado, se había hecho el pago
general de operarios y obreros en ese metal.

Apenas hubo Puig recogido el verdadero numerario de la caja, que
ascendería á cerca de treinta mil duros, salió de la casa con el
conserje y se dirigió á una plaza próxima, donde á pesar de lo
intempestivo de la hora no tuvo que llamar más que dos veces á un
gran almacén cerrado. Al ir á hacerlo la tercera, salió un mancebo,
y apenas reconoció á D. Juan le hizo entrar seguido del conserje.
Á los diez minutos salieron otra vez los dos hombres, y pocos
momentos después de ellos el dueño del almacén y uno de sus hijos.
Era el principal antiguo amigo de Puig y uno de los más honrados y
laboriosos almacenistas de géneros coloniales de Barcelona.

En aquella acreditada casa dejó Puig sin escrúpulo, y sin recibo por
supuesto, ni otro documento alguno, el contenido de la caja y los
libros de contabilidad de la fábrica. No podían estar más seguros.
Antes hubiera perdido Parellada, que así se llamaba el comerciante,
toda su fortuna, que negar la entrega de su amigo, ni distraer un
solo céntimo de toda la cantidad depositada. Así el tendero como su
hijo mayor corrieron al lugar del incendio para trabajar como todos,
dejando su tienda al cuidado de su hijo menor y de los dos mancebos.
Parellada era viudo y no tenía más mujer en su casa que una criada de
cincuenta años de edad, hermana de leche de su esposa, muerta hacía
diez años de la epidemia colérica.

Cuando Puig regresó á su casa, ya las llamas salían por las rejas del
piso bajo, y le costó trabajo hacerse reconocer por los guardias de
seguridad para que le dejaran penetrar en su domicilio. No fué poca
su sorpresa cuando no encontró á nadie en las habitaciones de Bonet,
y más aún cuando nadie supo darle noticias suyas. En los primeros
momentos de aturdimiento, como en los que le seguían de angustia,
nadie los había visto, ni sabía de ellos. Además, tampoco Puig podía
entretenerse en tales averiguaciones, cuando la catástrofe arreciaba
y todos los esfuerzos eran pocos para vencerla ó por lo menos
resistirla.

Desde aquel momento se le vió en los sitios de mayor peligro.
Trabajando sin cesar, ya con los picos, ya dirigiendo las mangas, ya
echando abajo los tabiques; hasta que al oir la fatal amenaza del
maquinista llevó á cabo él solo el acto más heroico de la noche.
Cuidado en la casa de socorro con el mayor esmero después de haberle
hecho la primera cura, fué visitado en ésta al día siguiente por el
gobernador de la provincia, el alcalde y hasta el capitán general,
todos los cuales á porfía elogiaron su comportamiento y ensalzaron su
acto de valor, conforme lo hacían los mejores órganos de la prensa de
la localidad.

No dejaron de acudir todos los obreros de la fábrica y hasta multitud
de curiosos, ávidos de hablar y contemplar de cerca al que ni en su
fisonomía, ni en sus palabras demostraba tener el temple superior de
alma que parecía necesario para descollar entre tantos como aquella
noche habían merecido el dictado de héroes. ¡Tal era su sencillez de
semblante y de expresión!

¿Cómo entre tantos no había acudido ni un momento á estrechar su mano
su compañero, su amigo, su principal? ¿Cómo Benito Bonet, al que ya
debían haber contado todos los pormenores de aquella escena terrible,
el que como nadie debía agradecer que Juan hubiera expuesto su vida
por salvar de una ruina completa la fábrica y de una muerte segura á
tantos valientes, no estaba á su cabecera en unión de Bernarda, su
esposa de deseos, ya que no de hechos, y de Lucía, su ahijada en las
pilas bautismales y á la que amaba como á una hija?

¿Es que llegaba á tanto el rencor en el corazón de aquel rico
improvisado que no podía olvidar, ni con tan extraordinaria causa,
las palabras de queja y de despedida con que se había separado de
él, quizás para siempre, el infeliz cajero? ¿Y ellas? ¿Tan terrible
había sido la orden, tan ajenas estaban sus almas de sentimientos
generosos, que no habían querido afrontar el enojo de su padre y su
hermano respectivos, por cumplir con lo que debía dictarles su cariño
de tantos años?

Nada de esto era cierto, sin embargo, aunque los hechos las acusaran
de ingratitud y de olvido. Las pobres mujeres habían caído enfermas
del susto y del terror de la noche pasada. Sus habitaciones, que
habían vuelto á ocupar desde las primeras horas de la mañana y
que sólo habían sufrido ligerísimos desperfectos, estaban también
desiertas. Así Lucía como Bernarda estaban acostadas cada una en su
lecho con algo de fiebre y con los miembros doloridos. Una tenaz
neuralgia las oprimía las sienes y no se daban bien cuenta de todo
lo ocurrido. En cuanto á Benito, al volver á su casa recorrió todo
el edificio para enterarse minuciosamente de cuanto en él había
ocurrido, y después de examinar todos los estragos del incendio y
de calcular el tiempo y el dinero que harían falta para volver á
contemplar su casa en el estado en que estaba antes del siniestro, se
dirigió rápidamente á casa de Ortiz de Llauder el notario.

--Ya sabrá usted por la prensa de la mañana lo ocurrido anoche en
la fábrica. El fuego ha sido terrible, las pérdidas son de gran
consideración, y aunque todo estaba asegurado, la paralización en los
trabajos, la compostura del material susceptible de ella y la compra
de maquinaria nueva retardarán algún tiempo la reapertura de la
fábrica y producirán un gran déficit en los ingresos de la casa, ¿no
le parece á usted?

--Indudablemente; no puedo juzgar de la importancia de una catástrofe
que no conozco más que por el relato de los periódicos y por lo que
usted me dice; pero si el hecho es tal como usted asegura y yo creo,
me parece muy difícil que las obras que corresponden á la compañía
de seguros y las indemnizaciones en metálico que se han de percibir,
previas tasaciones y cálculos, estén terminadas antes de medio año.

--Y como usted comprende, señor Notario, una casa en donde son nulos
los ingresos durante medio año, ingresos que no son más que la renta
de todo el capital que constituye mi fortuna, reduce á la mitad por
lo menos dicha renta, precisamente en el primer año de ser explotado
el negocio por el nuevo poseedor.

--Todo eso es muy cierto. Pero ignoro adónde va usted á parar.

--Mi venida en estos momentos significa que vengo á hacer á usted
dos preguntas importantísimas; y tanto, que las he antepuesto á
mis necesarias visitas á las autoridades, por si como es natural
necesitan mi concurso para esclarecer los hechos ocurridos anoche, y
á las oficinas de las dos compañías de seguros donde están inscritas
casa, mercancías, máquinas, etc. Ya ve usted si será grave para mí la
consulta.

--Pues hable usted sin más dilación. Ya sabe usted que estoy
dispuesto á servirle y que por mi profesión debo ser reservado,
trátese de lo que se trate.

--Confío en ello sin necesidad de que usted lo asegure y paso á
explicarme. Mi primera pregunta es la siguiente: Anoche, en los
primeros momentos del incendio y poco después de la explosión de gas,
origen del siniestro, gracias á la bondad de uno de mis empleados
pudimos albergarnos mi familia y yo en la casa donde vive dicho
sujeto. Desde los balcones de dicha casa, situada cerca de la mía,
pudimos ver casi todo lo ocurrido y admirar los rasgos de valor de
cuantos con más ó menos acierto contribuyeron á atajar el incendio,
y en particular el de mi cajero hoy y antiguo amigo de toda mi vida,
Juan Puig, que según habrá usted leído en la prensa, está herido,
aunque no de gravedad, por haberse lanzado á abrir la válvula de la
máquina grande en un momento decisivo. ¿Ha leído usted ya ese rasgo
notable?

--De resultas de haberlo leído salí en el acto esta mañana y fuí á
la casa de socorro donde se encuentra. Quise traérmele á mi casa por
si sus habitaciones de la fábrica y las de ustedes, además de las
suyas, habían sufrido hasta el punto de no poder utilizarse; pero los
médicos han asegurado que convenía la quietud al enfermo, durante dos
ó tres días por lo menos, y la asistencia continua que allí pueden
darle. De manera que mi propósito ha sido vano. Todo esto lo sabrá
usted ya sin duda, pues supongo que habrá usted ido á verle y que
quizá venga de allí en este momento.

Una ligera tinta de carmín tiñó los pómulos de Benito, que respondió:

--Aún no he ido á verle, pero lo haré hoy mismo en cuanto me sea
posible. Una reyerta de poca importancia que tuvimos ayer mañana ha
venido á turbar nuestras buenas relaciones; y no sé si una vez curado
persistirá Puig en la resolución de separarse de mí, que es lo que
decidió ayer, creo que irrevocablemente.

--¿Y fué de poca importancia el asunto? ¡Pues no sé lo que hubieran
decidido ustedes á haber sido grave la reyerta!

--Cuestión de caracteres nada más.

--Adelante, amigo mío, adelante.

--Como le iba á usted diciendo, á poco de iniciarse el incendio vi
salir á Puig de la fábrica, acompañado del conserje, que llevaba en
su cabeza los libros de la oficina y según me pareció adivinar los
fondos de la caja de caudales.

--Naturalísimo era que procurara salvar antes que nada lo que estaba
confiado á su custodia.

--Y esta es mi pregunta: ¿depositó en su casa de usted dichos
efectos? ¿Están aún en ella?

--Amigo mío, si le hubiera usted interrogado á él, que es lo primero
que creo debía usted haber hecho, después de enterarse de su salud,
sabría usted ya que ni yo soy el depositario de tales objetos, ni
vino aquí Puig anoche á ninguna hora. Puede usted interrogar al
conserje, y éste le dirá cuanto sepa en el asunto.

--He creído ofensivo tal proceder para con Puig, y por eso no lo he
hecho.

--Y ha hecho usted muy bien. En fin, Juan le dará á usted cuenta de
todo, en cuanto le vea, y debe usted estar tranquilo. ¿Cuál es la
otra pregunta que deseaba usted hacerme?

--Como usted comprende, yo no he dudado nunca de las intenciones ni
de la rectitud de mi amigo...

--Jamás ha tenido usted motivo para semejante cosa.

--Pues por eso mismo aseguro á usted que nunca he dudado de él. Sin
embargo, al ver que pasan días y días y va ya transcurrido un mes
y nada se ha formalizado aún respecto á mi herencia, ó donación, ó
como quiera que se llame, vengo á preguntar á usted en qué estado se
halla ese negocio. Hoy mismo, después de la catástrofe de anoche, y
al tener yo que intervenir en todos los asuntos que de ella dependan,
¿con qué carácter voy á hacerlo? ¿Soy ya legalmente, á pesar de no
estar aún inscritas á mi nombre en el registro mis propiedades, el
dueño de ellas? ¿El acta de renuncia de Puig á sus derechos, está ya
redactada y firmada por él, ó no está aún protocolizada ó no ha de
estarlo? En una palabra, señor Notario, ¿qué hay en esto? Me parece
que es muy lógico que yo sepa á qué atenerme, tanto más, cuanto que
la situación tirante en que Puig y yo nos encontramos, podía dar
lugar á retractaciones por su parte, ó lo que no es imposible, á
entablar alguna demanda en perjuicio mío.

--Diré á usted, aunque le interrumpa en su discurso, que Puig es
esclavo de su palabra; que ésta ha valido para mí más que todos los
documentos juntos; que usted la tiene de que todo lo que constituía
la fortuna de Bernaregui es de usted por renuncia de Puig, y que si
aún no ha tomado usted posesión plena y entera de dicha fortuna, es
por las dilaciones naturales que tan extraño caso hace precisas.
Nada más me es posible decir á usted en esta materia, y como ya he
respondido á las dos preguntas que deseaba usted hacerme, le ruego no
prolongue más su visita, que agradezco, pero que me roba un tiempo
precioso para otros clientes.

Todo esto fué dicho con suprema cortesía, pero con una frialdad
ceremoniosa que dió bastante en que pensar á Benito. Saludó éste sin
encontrar casi palabras para despedirse de Ortiz, y ya en el quicio
de la puerta, al darse la mano, le repitió el Notario:

--Y en adelante, créame usted, Sr. de Bonet, cuando desee averiguar
asuntos relacionados con su amigo Puig, diríjase á él mismo y verá
usted con cuánta lealtad, con cuánta exactitud y con cuántos detalles
responde á todas sus dudas.

[Ilustración]



[Ilustración]



CAPÍTULO XIV

LA RECOMPENSA


Hay que hacer justicia á la humanidad. Si todos los días se registran
en los anales del crimen hechos aislados monstruosos que casi nos
producen el deseo de no pertenecer á la familia humana, no faltan en
cambio ejemplos continuos de abnegación, de filantropía y de caridad.
Sobre todo, cuando esa familia se reune en grupos y casi forma
multitudes, una voz generosa, una exclamación heroica bastan para
que la chispa eléctrica del bien estalle en todos los corazones y se
acometan por todos actos de sublime valor ó de caridad evangélica. El
vulgo, impresionable, susceptible de amar y de odiar en un minuto,
irreflexivo y vehemente, es capaz de todo lo sublime y de todo lo
infame con idéntica facilidad de asimilación, y así se le ve siempre
en la historia formando legiones de mártires ó de verdugos.

Pero cuando ese vulgo se hace terrible, ejerciendo su feroz
poderío en provecho del mal, preciso es reconocer que causas más
ó menos lógicas, pero siempre graves, persistentes y terribles,
le han empujado á aquel extremo. Cuando incendia, cuando asesina,
cuando arrastra lo que se opone á su paso, es que se erige en
juez y pretende castigar agravios, injusticias y tiranías con más
equidad y rapidez que lo han hecho los jueces legales, los reyes,
los sacerdotes ó los ministros. En cambio cuando el vulgo se hace
compasivo, heroico, sublime, no necesita causas anteriores; es bueno
por instinto, con rapidez, con energía, espontáneamente.

Así se ven siempre en las catástrofes públicas grupos numerosos de
hombres y mujeres que se sacrifican por sus semejantes, á quienes no
conocen; que exponen su vida por salvar las de sus hermanos extraños,
y que obedeciendo al ciego impulso de la caridad y del entusiasmo,
realizan actos sublimes á que no podrían haberlos conducido discursos
morales, sermones religiosos ni órdenes superiores.

En los incendios casuales ó intencionados, en los accidentes
ferroviarios, en las invasiones epidémicas, en las inundaciones, en
todas las catástrofes públicas, es donde se ven con más frecuencia
las acciones sublimes de ese vulgo tan calumniado y de esa humanidad
tan miserablemente pintada por los secuaces monomaníacos de la
escuela naturalista; escuela tan hermosa y tan docta como todas las
demás en manos de los maestros, pero más perniciosa que ninguna en
las de los indoctos apasionados.

No es, no, la humanidad raza perversa de Caínes, vergüenza del
Criador que la formó, y manada de tigres y de hienas, alimentándose
sólo de la mísera oveja ó del inocente cervatillo desprevenido á sus
ataques; irredimible é irresponsable de sus actos de piratería y
canibalismo, por ser engendrada del espíritu del mal y engendradora
á su vez de la perpetua escoria de la creación; sin Dios, sin ley,
sin conciencia, sin ayer, sin mañana, sin otra misión que la de vivir
y morir, sin otro mundo más que el del planeta que habita, sin más
leyes que las físicas y las naturales.

Eso sería bueno si el hombre sólo poseyera su envoltura mortal,
efímera y deleznable, como todo lo que es materia; si no existiera en
él el libre albedrío, la voluntad, el entendimiento, la memoria, los
atributos, en fin, de su alma imperecedera:

  esa noble porción alta y divina,
  á mayores misterios es llamada
  y en más nobles esfuerzos se termina.

Y de ello da pruebas inconcusas, ya aislada, ya colectivamente, en
distintas ocasiones, en diferentes países, en diversas épocas. No á
todos los hombres les es dado, ni todos los días es fácil encontrar
hechos que lo demuestren, probar que por virtud de su propio ser son
hijos de Dios ni herederos de su gloria; pero si el bien fuera tan
escandaloso como el mal, y nuestra prensa periódica moderna, sobre
todo, dedicara una sección á la virtud, como se la dedica al crimen,
nos admirarían los relatos diarios de virtudes desconocidas y de
heroísmos domésticos.

En el incendio de la fábrica de Bernaregui sobraron ejemplos de esta
verdad consoladora. Lo que empezó en casi todos por curiosidad, se
convirtió pronto en interés, cambiándose en seguida por lástima,
para terminar en entusiasmo contagioso de heroicidad y sacrificio.
Hombres, mujeres, niños, soldados, bomberos, autoridades; todos, en
fin, cuantos presenciaban la catástrofe, tomaron parte activa en
ella para dominarla y vencerla; y cuando á la madrugada siguiente,
quedaron sólo en el lugar del incendio los escombros humeantes,
sobre un río de fango, ni una sola persona pensó en hacer valer
sus sacrificios, ni un solo hombre reclamó premio por sus heridas,
sus quemaduras, su heroico trabajo, su sublime cansancio, su ropa
destrozada ó sus enfermos abandonados. Todos se escaparon á la
gratitud de los interesados, todos se escondieron á la admiración de
sus paisanos, todos buscaron en el hogar doméstico, de donde habían
desertado por el bien público, la alegre compensación de su trabajo
en la modesta obscuridad de su retiro. Todos lo habían hecho todo,
nadie había hecho nada.

¿Cómo y de qué manera se fué sabiendo quiénes eran los que más se
habían distinguido en aquella noche memorable? Difícil es saberlo:
de boca en boca y empezando por un recuerdo vago hasta concluir en
una afirmación múltiple, llegó á oídos del elemento oficial cada
rasgo notable, y desde la viuda y los huérfanos del guarda víctima
de la explosión, recogidos en un asilo provincial, hasta el último
bombero á quien fué preciso amputar un brazo y á quien se colocó de
guarda en un jardín público, para cuando terminase la curación, todos
encontraron un premio, si no igual á su merecimiento, apropiado á
su necesidad más perentoria. Los que de nada necesitaban oyeron los
entusiastas plácemes del gobernador de la provincia y del capitán
general, y fueron propuestos para la cruz de Beneficencia, única
que quedará de seguro en el mundo de las condecoraciones, cuando
el viento de la verdad arroje para siempre del templo oficial esos
ridículos cintajos de la vanidad humana.

Puig fué uno de estos últimos, y cuando después de haber permanecido
seis días en la casa de socorro, pudo volver por su pie, aunque
cojeando y del brazo de dos ayudantes, á sus habitaciones de la
fábrica, todos los obreros que le esperaban en el portalón de la casa
y en la calle prorrumpieron, al verle, en gritos de entusiasmo y
aplausos ensordecedores, parecidos á los de la multitud en la noche
del incendio.

Lucía fué la primera que le dió el brazo en el zaguán, para relevar
á uno de los que le habían conducido hasta la casa, y de su brazo
subió hasta sus habitaciones, en cuya puerta esperaba Bernarda, más
digna y cariacontecida que de costumbre, pero también menos huraña
y más tratable que siempre. Dos días antes habían ido las dos juntas
á la casa de socorro á hacerle la visita oficial, digámoslo así, y
á rogarle que á pesar de la desagradable escena del escritorio, no
tomara determinación ninguna sino después de haberse instalado en su
cuarto y de haberse restablecido del todo.

El bueno de Puig, á pesar de haber decidido no volver á pisar los
umbrales de aquella casa, donde había vivido tantos años, accedió á
los ruegos de sus dos antiguas amigas, prometiéndoles que hasta su
total restablecimiento aceptaría su hospitalidad, puramente familiar
y femenina, pero que no había de hablarse una palabra de negocios ni
de arreglos con Benito, el cual no había ido á verle, siquiera por
fórmula, á la casa de socorro en los seis días que había permanecido
en ella, con gran sorpresa de todos.

¿Qué más? En aquel momento tampoco estaba allí, como todo el mundo,
para darle la bienvenida y para recibirle. ¿Es que se había propuesto
no volver á hablarle, considerándole como el último de los extraños,
ó que llevaba tan adelante su puntillo de principal, que no quería
dar á torcer su brazo en la reyerta anterior? ¿Quién sino él se
acordaba ya de ella?

Lucía y Bernarda se apresuraron á disculpar su ausencia en aquel
momento, diciendo á Puig que Benito había sido llamado por la
dirección de la sociedad de seguros, y que en cuanto regresara,
pasaría á verle. Ni una palabra se habló, como era natural y
convenido, de las disidencias pasadas, y su larga conversación se
redujo al acontecimiento supremo y á comunicarse los diferentes
detalles que unos y otros ignoraban. Los trabajos de la fábrica
estaban paralizados totalmente, hasta la recomposición de alguna
máquina, la compra de otras y la limpieza y separación de escombros
de las partes principales del edificio. Luego empezaría el examen y
clasificación de mercancías averiadas, seguido de ventas en grueso
y en pública subasta de las que se encontraran en este caso, con
absoluta separación de las que existían incólumes; reconstrucción del
edificio para más adelante, y reapertura completa de la fábrica para
dentro de seis meses, que era el plazo marcado por los arquitectos.

La quemadura de Puig no ofrecía cuidado, siempre que continuara con
la medicación y la cura dispuesta y permaneciendo en una quietud
absoluta hasta ser dado de alta por los médicos: cuestión de veinte ó
treinta días todo lo más. Con su grata compañía y su asidua tertulia,
sobre todo por las noches, harían las dos mujeres lo posible para que
no fuera tan largo el plazo señalado por la ciencia, y ningún enfermo
sería más atendido ni mejor cuidado que él, en la que ahora, como
antes y como siempre, no podía dejar de ser su casa.

Si el que calla otorga, otorgaba á todas estas razones Puig, porque
respondía con el silencio á tan amables ofrecimientos y á tan
cariñosas promesas. Una sola vez abrazó cariñosamente á su ahijada,
y fué cuando la suplicó que indicara á Ramiro, si tenía ocasión de
verle, que desearía hablarle, para darle gracias por lo bien que se
había portado la noche del incendio, salvando, casi él solo, todo el
escritorio y los copiadores y libros de correspondencia comerciales.
Lucía, encarnada como una amapola, le contestó en voz alta, pues no
guardaba misterios en este asunto con su tía, que sólo veía á Ramiro
un rato por las tardes, cuando su padre se iba á pasear solo por la
Rambla, pero que aquella misma tarde le manifestaría su deseo.

--¿De modo--la respondió Puig--que el mozo se considera despedido
desde el otro día y no ha habido avenencia?

--Desde la otra mañana no ha vuelto á la oficina, y mi padre no ha
preguntado por él ni por nadie. Se conoce que se considera libre
de todo compromiso con sus antiguos empleados, y ni ha buscado
otros nuevos, ni se lamenta de la ausencia de los antiguos. Ni sé
lo que piensa, ni á nosotras nos habla más que lo indispensable
para mandarnos. Esta es una situación insostenible, que no puede
prolongarse y que no sabemos en lo que vendrá á parar.

Las lágrimas se agolparon á los hermosos ojos de Lucía, y diríase que
Bernarda, á haber podido llorar de otra cosa que de rabia, la hubiese
acompañado en aquella circunstancia solemne.

--Tu padre, hija mía, está enfermo; no me cabe duda. Yo no me
acuerdo, ni quiero acordarme de lo que me ha ofendido; no le guardo
rencor por el modo con que me ha tratado, y emplearé todos los
medios que me sugiera mi afecto entrañable y mi pobre entendimiento
para curarle. Su mal es tan grave, que de no hacer pronto crisis y
encontrar en su propia intensidad una rápida y total curación, podría
darnos que sentir. Fía en Dios, ahijada mía, y fía también en mí. Yo
creo que muy pronto le volverás á ver como siempre fué, padre amante,
amigo leal y hombre de bien, y su amor por ti volverá á ser tan
grande como antes.

--Si para ello fuera preciso pedir á Dios la miseria, mi enfermedad ó
mi muerte, crea usted que no vacilaría en pedírselas ahora mismo.

--Lo sé. Te quiero por buena hija y por buena muchacha, y
si aprovechabas tú también la lección que Dios te ha dado
indirectamente, nada habrás perdido en este cambio de tu padre, que
tanto te ha afligido.

--No sé lo que quiere usted decir; pero estoy dispuesta á secundarle
en todo y fío completamente en sus palabras.

--Y creo que para un enfermo son demasiadas las que nuestra charla le
proporciona--dijo Bernarda levantándose.

Imitóla Lucía, y ambas dejaron solo á Puig, ofreciéndole volver en
cuanto cenaran, para pasar á su lado las primeras horas de la noche.

Algunas después penetró Benito, con el ceño adusto de costumbre y una
solemnidad que no dejaba de ser cómica, en la habitación del enfermo.

Poco expansiva y menos tierna aún fué la entrevista de los dos
amigos. Disculpóse como pudo Benito, por sus muchas ocupaciones en
circunstancias tan tristes, de no haber ido á visitarle á la casa de
socorro: hízole de un modo más frío los mismos ofrecimientos que le
habían hecho su hermana y su hija, y no abordando ninguna cuestión
de intereses, ya se disponía á marcharse, cuando Puig le detuvo,
diciéndole con semblante severo y fijando en él su mirada:

--Sé por Ortiz de Llauder, que me ha acompañado algunos ratos,
la visita que le hiciste, apenas dominado el incendio, la otra
mañana, y á las dos preguntas que le dirigiste, y á que él no podía
contestarte, voy á hacerlo yo en el acto para no retardar más tu
natural inquietud y tu no muy benévola impaciencia.

--Yo ignoraba la gravedad de tu herida, y era muy lógico que deseara
saber la situación de mis intereses en aquel momento.

--Tienes razón; pero respecto á lo primero te diré que la mejor
manera de saber si era ó no grave mi estado, era haberlo ido á ver
por ti mismo, y allí á mi lado hubieras podido saber por mi boca lo
que en vano fuiste á preguntar al notario, con gran sorpresa suya y
no mucho contento mío.

--Te has vuelto tan suspicaz de poco tiempo á esta parte, que me veré
precisado, para entenderme contigo en adelante, á no dar el menor
paso que contigo se refiera. ¿Qué más da que te lo preguntara á ti ó
á Llauder?

--Algo da más, puesto que sólo con haber ido á verme, como ha
ido todo el mundo al saber mi accidente, te hubieras evitado las
preguntas al notario ó á mí. Yo antes que lo hubieras preguntado
te lo hubiese dicho, y de esa manera, sobre haberte portado bien
conmigo y como nuestra antigua amistad exigía, te hubieras ahorrado
el disgusto que aún debe durarte por tu curiosidad no satisfecha. En
casa segura, que tú conoces, están los fondos que existían en la caja
del escritorio, en billetes y oro, y que traté de salvar lo primero
aquella triste noche, así como los libros mayor y diario y otros, que
llevó sobre su cabeza un dependiente de la casa. Ahora mismo, puesto
que ya estoy aquí, mandaré por todo: lo traerá el amigo leal que
admitió el depósito sagrado, sin darme recibo ni documento ninguno, y
por este punto ya puedes estar tranquilo.

--Ni lo estoy ni puedo estarlo. ¿Quién te dice que ese hombre,
tentado de la codicia, en esos seis días que ha tenido en su poder
esos fondos, no niegue ahora semejante depósito, y tú sin testigos
ni prueba te encuentres conmigo en tan terrible descubierto? Vamos á
ver, responde: y dime si soy yo el desconsiderado ó tú el visionario
y el demente en fiarte así de cualquiera.

--¿Pero es posible que el afán del dinero tuerza los caracteres
hasta el punto de hacer del tuyo un almacén de malos pensamientos y
un depósito de peores juicios? No quiero contestar á tu idea de que
la mala conducta de mi amigo me hiciera quedar á mí en descubierto
contigo, puesto que en caso idéntico yo hubiera dicho con _nosotros_,
haciéndome solidario de la pérdida; y responderé sólo á tu temor
primitivo. Mi amigo, que no lo es tuyo ya, puesto que tan mal le
juzgas, es un honrado comerciante incapaz de cometer acción tan
villana y miserable. No te digo su nombre por evitarle la vergüenza
de tener que sonrojarte ante él cuando le veas. Mi amigo, como te
decía, ha ido á verme todos los días, y esta misma mañana quería aún
dejarme el recibo que tiene hecho desde el momento que salí de su
casa entregándole los fondos y que yo no quise recibir entonces ni
hoy. Esta misma tarde vendrá con su hijo á hacerme la entrega, y en
el acto puedes tú mismo volver á encerrar en la caja, cuya llave te
entrego en este momento, cuanto yo saqué de ella. Cuéntalo, no en mi
presencia, porque yo no necesito semejante exactitud fiscal, y date
por respondido y enterado de todo esto. Pasemos al otro asunto.

--De ese hablaremos cuando estés completamente restablecido, que
ya no puede tardar. Tengo tu palabra de que respetas y cumples con
la carta postrera de Bernaregui, y me considero por lo tanto como
heredero universal de todos sus bienes. Yo haré el balance, como es
justo entre comerciantes, de todo lo que dejó á su fallecimiento
y de cuanto hoy me entregues, y la diferencia ó déficit que ha de
existir de seguro entre ambos capitales, servirá de base para un
arreglo definitivo entre nosotros. Yo no he de exigirte judicialmente
el reintegro; pero será preciso que de esa liquidación te obligues á
devolverme, en los plazos que convengamos, lo que seas en deberme, y
uno y otro quedemos como nos corresponde en asunto tan delicado y de
tal trascendencia.

--¿Conque es decir, amigo Benito, que siendo yo el heredero legal de
nuestro común amigo Bernaregui, y habiendo yo usado de su herencia
con derecho y justo título, al respetar una carta, que á nada me
obliga judicialmente, me exiges la entrega total de esa fortuna, como
si yo tuviera otra con que responder á tu deseo, y como si al poseer
tú hoy todo lo que de ella quede, no fueras impensadamente mucho más
rico que tú podías figurarte haberlo sido nunca? ¿Conque es decir
que cuando yo no apelo á mi derecho para disputarte esa herencia,
sólo mía por la razón y por la ley, tú vas á apelar á la ley y á
la justicia para liquidar esa herencia, que no es tuya sino por mi
conciencia, y á obligarme á reconocer como deudor tuyo los pagos de
la diferencia que resulte entre la fortuna que recibí de Bernaregui,
y que he gastado en todos vosotros, y la que hoy representa la casa?
Pues dígote, amigo mío, que ó estás loco, ó todo lo que haces debes
hacerlo soñando. Despierta á tu razón, si te es posible, y no tires
de la cuerda hasta hacerla saltar en perjuicio tuyo, cosa que podrá
suceder con gran facilidad.

--Concluyamos de una vez, Juan, con estas cuestiones enojosas que á
ambos nos pueden sacar de quicio. Yo he pensado mucho, yo he cavilado
muchísimo desde hace un mes, y todo lo que veo me confirma en mis
creencias y en mis resoluciones irrevocables. Seamos francos, y aquí
que nadie nos oye, aclaremos para siempre el asunto. Á Bernaregui se
le cohibió en su última enfermedad. Eso es indudable. De buen ó mal
grado, esto es más probable, se le obligó á hacer un testamento que
repugnaba á su conciencia y á su voluntad, y tomaras tú parte activa
en ello, ó fueras inocente de esa infamia, te encontraste heredero
de toda su fortuna, sin que el testador tuviese en cuenta en aquel
testamento mi amistad, tan antigua como la tuya, ni mis servicios,
tan grandes como los tuyos. Arrepentido el mismo, antes de morir, de
su injusticia, y creyendo castigar á los que habían abusado de él,
escribió la carta testamento, que no es otra cosa, que confió á otra
persona para que la presentara en seguida en la notaría. ¿Qué persona
fué esa, y cómo cometió la nueva infamia de no presentarla hasta tres
largos años después de la muerte del testador? Esos son misterios
que puede muy bien descubrir una información judicial, si llegara
el caso de tener que entablarla. Pero el hecho existe, y todas las
argucias del mundo no bastarán á destruirle. Yo ya he tomado mis
informes, como era muy natural que lo hiciera quien como yo no
está versado en cuestiones de derecho, y sé perfectamente, por los
abogados á quienes he consultado, que toda la razón está de mi parte;
que puedo impunemente apelar á un pleito, y aunque su tramitación
fuera larga, recaería sentencia en mi favor. En este caso estamos,
y por lo tanto creo que lo que exijo de ti es lo más razonable y
lo más justo. Yo olvido el testamento primero, ofensa directa de
Bernaregui; yo olvido que el testamento segundo ha estado oculto
intencionadamente por espacio de cerca de cuatro años, detentando mis
derechos y mi fortuna; yo olvido tu negligencia en darme posesión de
ella y tu intención, como veo, de que yo tome lo que tú quieras darme
á beneficio de inventario y en cualquiera forma; pero fuerte en mi
derecho, reclamo todo lo que me corresponde; y lo que haré, en prenda
de amistad y como recompensa á tu heroica acción de la otra noche, es
aceptar los plazos que me propongas y en la forma que elijas, para
reintegrarme de las cantidades que seas en deberme al hacer juntos la
liquidación necesaria.

--La recompensa es tan sublime, que prueba lo meritorio de la acción.
¡Lástima grande que no hubieras estado la otra noche, como era tu
deber, al frente de cuantos trabajaban para librar tu hacienda, y yo
no hubiese llegado á tiempo para romper la válvula que salvó algunas
vidas! Entonces la tuya hubiera concluído, sin tener jamás que
avergonzarte de ella. ¿Era para todo esto para lo que exclamabas tan
á menudo: «_¡Si yo fuera rico!_»? Rico eres ya, según parece; pero
rico sin entrañas, rico sin creencias, rico sin generosidad, rico sin
memoria, y lo que es peor, ¡rico sin _alma_! En tu hidrópico afán de
contar tu dinero, de manosear tu fortuna, de gozar de tu herencia,
calumnias á tu bienhechor, insultas al amigo de toda tu vida, ofendes
á cuantas personas han intervenido en su última voluntad, reniegas
de tu pasado, desconoces la razón, la justicia y el derecho y te
revuelves airado contra las leyes divinas y humanas, contra la razón,
contra todo lo que ataja tu insaciable apetito. Ya para ti no hay
familia, porque la desconoces y la maltratas; ya para ti no hay
amistad, porque reniegas de ella y la invocas sólo para tiranizarla
y desconocerla; ya para ti no hay deberes de conciencia, porque
tu egoísmo y avaricia acallan las voces de la propia y no quiere
reconocer la santidad de la ajena. Mal padre, mal amigo, mal hombre
y mal rico, en vez de consolar, de agradecer y de amar, calumnias,
injurias, odias y maldices. ¡Miserable eres, y miserablemente
acabarás!

Olvidándose de sus dolores y de las prescripciones médicas, Puig se
había levantado del sillón donde estaba casi tendido, y pálido y
conmovido, pero severo, frío y amenazador, accionaba con energía y
daba á su voz entonación solemne y vigorosa.

Benito, absorto al principio, había recobrado su serena actitud, y
con los ojos casi fuera de las órbitas, el semblante torvo y la boca
convulsa escuchaba, rojo de indignación y de soberbia, las irritadas
palabras de Puig.

Apenas concluyeron de sonar en sus oídos, sin tener en cuenta la
situación excepcional en que su amigo se encontraba, sin reparar en
que le daba hospitalidad en su propia casa, y un techo hospitalario
es sagrado siempre, echando espuma por su boca y como si fuera á ser
presa de una congestión, rojo como la grana y balbuciente, respondió,
ó mejor dicho, gritó:

--¡Mientes, mientes una y mil veces! Vosotros sois los infames, los
injustos, los calumniadores. Todos, todos los que me contradicen y
me desobedecen y me injurian son los que muy pronto tendréis que
responder ante la justicia humana primero y la divina después de
vuestras palabras y vuestros actos. Yo he sido eliminado, robado,
ultrajado por todos vosotros, y tú con tu fingida y traidora amistad,
y mi familia con su exigente y desordenada conducta, y el notario con
su culpable complicidad, y cuantos me rodean y cuantos me desafían,
sufrirán las consecuencias de mi justa cólera. Para unos la cárcel,
para otros el presidio, para todos la ruina y la miseria: ¡para mí
solo la riqueza, el fausto, el dinero, la tranquilidad de espíritu y
la felicidad sobre la tierra!

--Vete, Benito, vete, y no me obligues á que ahora mismo, sin reparar
en nada, sin poder moverme, huya de tu casa para siempre y te
castigue del modo más cruel que puedas imaginarte.

--Tu herida..., ¡farsa!; tu generosidad..., ¡mentira!; tu amenaza...,
¡risible y estúpida! ¡Vete, en buen hora, puesto que has desoído
mis razones, y prepárate mañana á responder de tu conducta ante los
tribunales!

--Abusas de mi estado y eres un miserable y un cobarde. Mañana, ni un
día más tarde que mañana, te habré castigado como mereces.

Y pálido y sombrío, sin reparar ni recordar su herida, Puig se lanzó
á la puerta para salir de la habitación. Sus fuerzas le engañaron; y
mientras Benito huía por el corredor, y acudían á las voces Bernarda
y Lucía, él, vencido por el dolor, cayó desplomado sobre el pavimento.

Levantado por las dos mujeres, fué preciso echarle en el lecho, y
sólo á sus ruegos y á sus lágrimas cedió vencido, exigiéndolas que á
la mañana siguiente viniera temprano un coche para conducirle á una
fonda. Ni ellas se atrevieron á preguntarle lo ocurrido, ni él las
dió explicación ninguna para calmar su ansiedad, aumentada con el
tenaz silencio de Puig y sus quejidos por el dolor que le causaba la
herida. Curáronle con esmero sumo, y cuando le vieron reposado y más
tranquilo salieron de puntillas de la habitación. Benito había salido
de la casa, casi huyendo de sí mismo.

Pocos momentos después contaba Lucía á Ramiro la llegada de Puig, su
deseo de hablar con él, manifestado por éste, y el resultado de la
entrevista de su padre con el enfermo, que había producido la crisis
inexplicable en que el enfermo se encontraba.

Dos hombres modesta y limpiamente vestidos preguntaban por Puig en
aquel momento. Eran el comerciante y su hijo, que traían el dinero
y los libros depositados por el cajero en casa de aquéllos la noche
del incendio. Ramiro se encargó de recibirlos, y juntos entregaron
á Bernarda, delante de Lucía y del conserje, á quien llamaron como
testigo, aquel dinero recibido sin documento alguno. No podían
colocarle en la caja, porque Ramiro no tenía la llave y no quisieron
molestar á Puig por su dolencia exacerbada.

Mientras, Benito andaba como un loco y casi corría hablando solo,
gesticulando y llamando la atención de cuantos encontraba á su paso.

Triste, tristísima noche fué para todos la que siguió á aquel día
de emociones y de disgustos. Lucía apenas quiso conceder á su amado
Ramiro un cuarto de hora de amoroso coloquio, temiendo la repentina
llegada de su padre. Bernarda, que seguía con decidido empeño su
proyecto de abandonar para siempre la compañía de su hermano,
excitada por la escena que había supuesto entre los dos amigos, pasó
la mayor parte de la noche en colocar toda su ropa y sus efectos
propios en dos baúles mundos, dejando desocupados los cajones de la
cómoda.

Puig, aunque calmado ya de la excitación nerviosa que le obligó á
decir frases que no hubiera querido pronunciar nunca, apenas pudo
conciliar el sueño, revolviendo en su mente todo un plan de conducta
que quería desarrollar con frialdad y calma al siguiente día; y el
pobre Ramiro, sin darse exacta cuenta de lo que ocurría en aquella
casa, centro antes de la paz y la concordia, se devanaba los cascos
por adivinar misterios que no estaban de seguro al alcance de su
inteligencia. Si aquella situación se prolongaba, hasta su mismo
modesto presente se vería comprometido: ¿cómo no había de considerar
expuesto su venturoso porvenir?

Las horas transcurrían, y Benito no había regresado á su casa, contra
la costumbre de treinta años, antes de las doce. Cerca de la una era
ya cuando llamó á la puerta de la calle, y sin hablar con nadie y
sin responder á su hija que salió azorada á recibirle, penetró en su
alcoba y se arrojó vestido sobre su cama.

Más horrible que para todos fué para él aquella noche, precursora
inconsciente de su salvación y de su dicha.



[Ilustración]



CAPÍTULO XV

EL ESPEJO.--¡QUIERO SER POBRE!--CONCLUSIÓN


Dice con su incomparable talento el ilustre novelista gloria de la
literatura española contemporánea José María de Pereda que no puede
negarse que el _medio ambiente_, tan traído y llevado ahora por la
gente de su oficio, influye mucho en la condición moral y hasta en
el desarrollo físico de los caracteres y de las naturalezas; pero
no es menos cierto que los hay de tal fibra que, con ambiente ó sin
ambiente, echan impávidos por la calle de en medio, y por ella siguen
sin torcerse ni extraviarse, aunque los ladren canes y los tiren
vestiglos de la ropa.

Prueba certísima de la exactitud de esta reflexión fué en esta
nuestra verídica historia el cambio brusco total y absoluto acaecido
en el carácter, costumbres é idiosincrasia del bonísimo Benito. No
bastó el medio ambiente en que vivió cuarenta años, ni lo pacífico y
sencillo de sus gustos, ni la humildad de sus modestas aspiraciones
para que perseverara en la práctica de sus virtudes, si así pueden
llamarse las condiciones negativas de un carácter para pensar el mal
á sabiendas y llevarle á cabo con premeditación y alevosía. Benito se
había tenido siempre por bueno, y por tal le habían juzgado cuantos
le conocían durante los cuarenta años que vivió como dependiente de
su principal y como principal de los otros dependientes. Tolerante
con los holgazanes y los viciosos, protector de los quejosos en todos
terrenos con razón ó sin ella; siempre dispuesto á pedir favores para
otros, exagerando la imposibilidad en su posición de hacerlos por sí
mismo; amable hasta la llaneza con los inferiores, sumiso hasta la
servidumbre con su superior jerárquico, alcanzó fama universal de
hombre de bien, de débil, de manso, de infeliz.

Jamás se atrevió á contradecir los gustos y preferencias de su hija,
ni mucho menos á luchar con los caprichos y órdenes de su hermana
Bernarda, á quien siempre consultó como á un oráculo y respetó como
á un jefe. Falto por completo de iniciativa, lo mismo en los asuntos
de la casa de comercio que en los de su hogar, jamás interpretó el
espíritu de las leyes humanas ni divinas: atúvose á la letra, y en
su fiel y completa observancia creyó que estaban vinculados el deber
y la obligación del hombre honrado. Parecíase á esos militares
subalternos modelos, capaces de morir defendiendo el puesto que
se les confía, pero incapaces de dirigir con acierto cualquier
operación estratégica encomendada á su dirección. Pertenecía,
pues, por derecho propio y sin duda por ley de nacimiento á esa
serie de hombres destinados á obedecer é inútiles para mandar;
ejemplares preciosos y correctos en el primer caso, y detestables
en el segundo. Como el caballo de carga ó acarreo, robusto, fuerte,
incansable en su servicio, dócil á la voz, que se viese destinado,
sin preparación ni condiciones, á disputar un premio de velocidad
en la brillante carrera de un hipódromo, así el bueno de Benito se
había visto elevado desde la mansedumbre pacífica de su medianía
á la voluntariosa iniciativa del mando, y en vez de afirmarse en
aquella altura, había caído despeñado al abismo de la nulidad y de la
impotencia, no sólo á sus propios ojos, sino _coram pópulo_.

Pero la indomable vanidad humana, rémora verdadera de todo
sentimiento racional, le ponía una venda en los ojos, cada día más
tupida, para impedirle ver el desastre de su propia derrota, y por
ella achacaba á errores y faltas ajenas lo que debía tratar de
enmendar en sus actos y en sus ideas. Altiveces desacostumbradas en
su carácter, deficiencias de su criterio empeoraban su estado moral y
aturdían su inteligencia, antes perezosa, pero sensata, y hoy activa,
pero disparatada.

¡Horrible noche la que siguió al día de los últimos acontecimientos,
y más horrible amanecer! Pálido, demacrado, lanzóse del lecho á
los primeros rayos del nuevo sol, y como si sólo hubiese esperado
una ráfaga de luz para librarse de las horrendas tinieblas de su
espíritu agitado, salió de su alcoba y se encaminó con paso vacilante
y receloso á las habitaciones de su familia. El espectáculo que
presenció le heló la sangre en las venas por breve espacio y le hizo
con la rapidez de una reacción congestiva afluir á su rostro aquella
sangre en negros borbotones. Su hermana cerraba sus baúles con ayuda
de su hija y el gabinete parecía desmantelado. Cuantos objetos
de adorno ó de tocador publicaban el sexo de sus dueños habían
desaparecido. Trajes, telas, ropas, cuadritos preferidos de devoción
ó de arte, éstos en cortísimo y no muy escogido número, estaban ya
guardados en los mundos para ser transportados inmediatamente lejos
de su acostumbrado sitio, y sólo quedaban en aquellas habitaciones
los muebles más viejos que antiguos en completo desorden y cubiertos
de polvo desacostumbrado. Papeles rotos por el suelo, algunas prendas
en desuso y distintos paquetes que habían de llevarse á la mano,
daban á la casa el triste aspecto de vivienda que va á ser en el acto
abandonada, pregonando una desgracia repentina ó la muerte de un
ser querido. Tendió los ojos Benito por aquel desastroso aparato, y
sorprendiendo á las que lo causaban en su apresurada faena á aquella
hora intempestiva, no hizo más que una rápida pregunta:

--¿Qué es esto?

Lucía bajó los ojos, aún encendidos por el llanto vertido aquella
noche, y no se atrevió á responderle; pero Bernarda, procurando dar
á su contestación el tono más natural y sencillo, le dijo, casi sin
mirarle:

--Dejarte en libertad y obedecerte. Tu hija y yo nos vamos para no
presenciar los horrores de tu continuo enojo y las consecuencias de
tu carácter. Ya tengo arreglados mis asuntos, elegida la honrada casa
donde hemos de vivir, y ya sabrás de nosotras diariamente para que
nos dictes tus órdenes desde lejos, ya que no puedes sufrirnos de
cerca.

En aquel momento la vela que aún ardía expirante en su candelero, y
que manifestaba haber ardido toda la noche para alumbrar el trasiego
de la mudanza, arrojó su última llamarada. Hacia aquel objeto
indiferente y trivial lanzó su mirada Benito, y devorando su enojo,
respondió á su hermana, sin mirarla:

--¡Bien hecho! ¡Cuanto antes mejor!

Lucía rompió á llorar, y sus sollozos en vez de templar la cólera de
su padre, la enardecieron y la excitaron.

--¡Fuera lágrimas ridículas! ¡Fuera desobediencias hipócritas! ¡Yo, y
sólo yo! ¡Yo soy el amo, yo el jefe, yo el rey, yo el Dios! ¡Lejos de
mí todo lo que me ofenda, me desobedezca, me injurie, ó me resista!

Vió sobre la cómoda de Bernarda los sacos de oro y los fajos de
billetes que habían dejado la tarde anterior el comerciante amigo de
Puig y su hijo, y cogiéndolos con ambos brazos, y sin dirigir más
palabra á las afligidas mujeres, se dirigió con ellos al escritorio
y corrió por dentro el pestillo de la puerta. Estaba completamente
solo en aquella habitación grande y aun no del todo alumbrada con la
luz del nuevo día. Abrió con mano trémula el arca de valores, y con
agitación nerviosa vertió en ella los talegos que había llevado hasta
la mesa grande. Rodaron las monedas de oro por el mostrador de la
caja en desordenado arroyo, formando grupos irregulares y produciendo
el sonido _sui géneris_ que no puede confundirse con ningún otro.

Desencajado, lívido, con el cabello en desorden, las manos crispadas
y la mirada más aterrada que terrorífica, cayó Benito sobre aquel
montón del áureo metal como el tigre sobre su presa, como el avaro
sobre su tesoro. Jamás hasta aquel momento habían producido en él
efecto tan extraño la vista y el ruido del oro. Mil veces había
traído sobre sus hombros, desde otra casa de comercio á la de
Bernaregui, mayores cantidades que las de aquel día: en los tres años
que desempeñó con Puig el empleo de cajero, muchas noches había hecho
los balances, pudiendo contar y recontar con tranquila serenidad
mayores sumas, y jamás hasta aquel momento le había parecido que las
monedas y los billetes de Banco formaran parte de su ser y sangre de
su sangre.

Contaba muchas veces la misma cantidad, y la colocaba apilada en la
caja: deshacía los fajos de billetes, los examinaba, los contaba
también y los colocaba sobre las pilas de oro, y todo esto con
nerviosa inquietud, con placer, con recelosas miradas, pronunciando
frases entrecortadas, entre las que se oían las siguientes:

--¡Así lo quieren todos! ¡Sea! Ya me explico su rebeldía, sus
protestas... Desde que soy rico, todos desean mi ruina..., todos
quieren robarme. ¡Mundo cruel, egoísta, injusto!... ¡Cuantos me
querían, hoy se conjuran para dejarme solo!... ¡Mejor! ¡Tanto mejor!
¡Qué á gusto voy á quedarme sin ellos! ¡Haré todo cuanto me convenga
y nadie se opondrá á mis deseos! ¡No seré amigo de nadie, ni hermano,
ni padre! ¡Seré rico y nada más que rico, y feliz y millonario!

Y á cada palabra que en su soñar despierto pronunciaban sus trémulos
labios, hundía sus manos calenturientas en los montones de monedas,
que rodaban, se apilaban, se sobreponían unas á otras y llenaban
extendidas la mesa mostrador y las planchas de hierro del arca de
caudales.

De repente y como si un ruido inusitado le hubiese sacado de su
abstracción, alzó la cabeza y giró en derredor suyo una mirada
inquieta y recelosa. Por primera vez en su vida le vino de repente á
la imaginación la idea de ser robado, y á pesar de haber corrido él
mismo el pasador de la puerta de entrada, la examinó de nuevo, así
como las maderas de los balcones y las mamparas de su despacho. No
satisfecho con aquella rápida, pero minuciosa revista domiciliaria,
abrió la mampara y penetró en la pequeña habitación, que, como hemos
dicho otras veces, servía de despacho particular al principal de la
casa.

Allí, entre aquellas cuatro paredes, había vivido años y años su
amigo Bernaregui, dirigiendo sus negocios, calculando sus operaciones
comerciales, inspeccionando los trabajos de la fábrica, protegiendo á
unos, premiando los afanes de otros, y siendo el alma de aquella casa
que por él se elevó á gran altura y para él fué ocupación constante y
trabajo cotidiano y alegría y distracción continuas. En aquel sillón,
que nadie ocupaba en aquel momento, le había visto meses y años, con
su afable sonrisa, su dulce palabra, su confiado gesto, hablarle
cariñoso y ordenarle benévolo.

Surgió de pronto aquella sombra evocada por su conciencia, y le
pareció que Bernaregui vivo le contemplaba airado desde su asiento.
Dió dos pasos hacia adelante para cerciorarse de si estaba bien
despierto, y apartó de su frente, no el cabello que sudoroso y
frío casi le cubría los ojos, sino la idea que tenaz y sombría se
enseñoreaba cada vez más de aquel cerebro enfermo y extraviado.

Á la imagen de Bernaregui reemplazó en el acto la de Puig, que
también había ocupado aquel asiento durante cuatro años; pero esta
imagen aún era más triste y su mirada más iracunda y más enojada.

--¿Qué me quieres, y por qué estás á estas horas en mi despacho? Ese
sitio no es ya tuyo, sino mío: pertenece al principal de la casa,
y yo lo soy únicamente; no tú que ya no eres el heredero de nuestro
amigo, ni más que mi dependiente. ¡Levántate, sal de aquí y espera
mis órdenes!

Y con la mano levantada y el ademán enérgico avanzó resuelto hacia el
sillón vacío, con intención sin duda de unir la acción á la palabra y
arrancar por la fuerza de su sitio á aquel incómodo huésped, tirano
de su reposo y verdugo de su dicha.

Á la mitad del breve camino que le separaba de aquella fatídica
visión, de aquel fantasma irritado, le detuvo un ruido seco y
prolongado que partía de la calle. Rápido como el pensamiento se
dirigió al balcón, y abriendo las vidrieras, una bocanada de aire
fresco y benéfico que entró por ellas refrescó sus sienes y disipó
las sombras de su espíritu. En cambio lo que vió le hizo estremecer.
Era un coche, destinado sin duda á llevarse de aquella casa, que era
la suya, á su hermana y á su hija, tal vez para siempre, huyendo
de su lado, escapándose de la desdicha de tener que obedecerle y
sufrirle. En el mismo instante que contemplaba absorto el carruaje,
otro coche, viniendo por distinta dirección, se paró también en la
puerta de la fábrica. Salieron de él dos hombres, en quienes Benito
reconoció al comerciante y su hijo amigos de Puig, que sin duda
venían á buscarle para llevársele á su casa.

Retrocedió Benito del balcón, pálido como un muerto, y dando rienda
suelta á su furor, y no presa ya de fantasmas ni visiones, sino en
el pleno uso de sus facultades, prorrumpió en frases de ira y en
ademanes amenazadores.

--¡Todos! ¡Todos fuera de aquí! ¡Yo los despido, yo los arrojo de mi
lado! ¡La casa es mía! ¡Mío el oro! ¡Mía la fortuna!

En aquel instante se retrató su imagen en un espejo colocado frente
al sillón vacío sobre una mesita llena de papeles y retratos
fotográficos. Verse Benito retratado en el cristal y retroceder
aterrado fué obra de un segundo.

--¡Dios mío! ¿Yo?..., ¿soy yo ese hombre? ¿Ese cadáver abortado en
mal hora de su propia tumba?

Y se miraba con avidez, y se contemplaba absorto.

--¡Yo!... ¿Es ese mi semblante siempre risueño y apacible? ¿Es
esta mi frente sin arrugas, mis labios sin ceño? ¡Esto es un sueño
horrible ó una realidad más horrible que el mismo sueño! ¡Solo!
¡Estoy solo! ¡Antes todos me querían, me buscaban, y hoy..., hoy...,
todos huyen de mí... y se alejan y me dejan morir como un perro!...
¡No quiero! ¡No puede ser!

Y dió varios pasos, y salió del despacho, y cruzó el escritorio, y
descorriendo el pestillo de la puerta, hiriéndose en la mano, gritó
desde el umbral:

--¡Socorro, socorro! ¡Á mí! ¡Yo me muero! ¡Favor!...

Y cayó exánime y sin aliento en el mismo sitio.

Sus gritos habían sido tan estridentes, tan terribles, que aún duraba
el eco de aquel sonido aterrador, cuando apareció por el corredor un
mozo de la fábrica. Corrió á ver quién era aquel hombre que gritaba
de aquel modo, y al reconocerle salió gritando más que el mismo
Benito.

--¡Socorro! ¡El amo se muere! ¡Aquí todos!...

Pasó algún tiempo antes de que acudieran á sus voces; pero el criado
se dirigió á las habitaciones del principal, de donde salían ya,
precedidas de sus baúles mundos, Lucía y Bernarda, y que en cuanto
supieron de lo que se trataba, corrieron solícitas y sobresaltadas al
escritorio. Por su puerta pasaba en aquel momento Puig, apoyado en
los brazos de sus dos amigos, y los tres se detuvieron aturdidos ante
el triste espectáculo que se presentaba á sus ojos.

Lucía, la hermosa Lucía, abrazaba á su padre y le besaba con todas
las fuerzas de su alma, inundado su bello rostro por un mar de
lágrimas, mientras Bernarda gritaba y pedía socorro con estridentes
chillidos.

No tardó en acudir una criada con un vaso de agua y algunos hombres
con botellas de vino, vinagre y aguardiente, según sus gustos y la
opinión de cada uno acerca del líquido conveniente para devolver el
aliento á un padre desmayado; y en los brazos de Lucía y después de
suspirar como un moribundo, abrió Benito los ojos, y al reconocer á
los que le asistían y al verse rodeado de rostros antes tan queridos
y momentáneamente para él tan odiados, dijo:

--¡Ah! ¡Ya sé lo que es..., amigos míos, queridos seres de mi alma!
Ya sé la enfermedad que padezco.

--Vamos, vamos, déjate ahora de reflexiones y ven á la cama; nosotras
te llevaremos--dijo doña Bernarda con el acento de mando que antes
usaba para tratar con su hermano.

--Sí, papá..., no hables ahora; dame un beso y vente conmigo.

--Un beso, no; ¡mil, cien mil, vida mía!--dijo el pobre anciano,
comiéndose á besos el hechicero rostro de su hija, que lloraba cada
vez más, sonriendo ahora de placer y de dicha, mirando sin cesar á su
padre.

--¡Dejadme, dejadme!--decía Benito, sin querer moverse de aquel
sitio, donde ya estaba de pie, gracias á los esfuerzos de los varios
obreros que le rodeaban.--Aquí, aquí mismo, delante de todo el mundo,
y á gritos, como los que he dado para que me socorráis, he de decirlo
todo. ¡Ya sé lo que tenía, lo que me hacía infeliz, lo que me quitaba
el sueño y la felicidad!

--¡Vamos á ver! ¿Qué era, pobre tonto?--le preguntó riéndose Puig.

--¡El dinero! Ese maldito dinero que está aún rodando por la mesa y
por la caja, sin que nadie se cuide de esconderle. Yo viví siempre en
la modesta medianía, casi en la pobreza. ¡Yo anhelé, yo pedí siempre
á Dios la dicha de poseerle; y en cuanto le he visto caer á espuertas
en mi bolsillo, se me ha subido á la cabeza y le tenía aquí!..., y
aquí me asesinaba..., y aquí me volvía loco...

Y el pobre hombre se golpeaba la frente con sus puños cerrados.

--Y no sirve que yo quiera y que yo procure y hasta prometa
enmendarme. Si continúo teniéndole, volveré más tarde ó más temprano
á caer en la misma locura y en idénticas aberraciones; y llegaré á
aborreceros á vosotros, á quien quiero con todo mi corazón; y no
seré el buen Benito que siempre he sido, sino un miserable avaro, un
estúpido vanidoso, un amo cruel y un demente furioso á quien será
preciso matar á palos, ó encerrar en una casa de orates, para verse
libre de sus infamias. ¡Afuera de mí semejante peligro! ¡Yo no quiero
oro ni fortuna! ¡Yo no quiero perder mi razón y mi calma y mi dicha,
y mi alma después de mi cuerpo! ¡No, Juan mío! ¡Yo no sé ni quiero
ser rico! ¡Todo es tuyo! ¡Te lo devuelvo! ¡Líbrame de ese peso y de
ese castigo! ¡Quiero ser pobre! ¡Quiero ser pobre!

Y con un afán cada vez más creciente abrazaba á Puig, que sonriendo
y sin responderle palabra, le indicaba con un gesto negativo que no
pensaba en acceder á lo que le pedía. Lucía y Bernarda procuraban
tranquilizarle y le rogaban que dejara entonces de ocuparse en nada,
más que en recogerse y buscar en el lecho el descanso necesario,
después de haber sufrido aquel ataque nervioso; pero Benito, cada
vez más aferrado á su idea, continuaba en alta voz, asombrando á los
obreros y al comerciante y su hijo, que le escuchaban sin comprender
bien la causa de aquella escena:

--Ya no os movéis de mi lado ni poco ni mucho; ya no os dejo un
instante de libertad, y si me amas, Juan mío; si me perdonas todo
lo que te he hecho sufrir, y si olvidas mi injusticia, mi desvío y
mi ingratitud, y no quieres empujarme á la desesperación y quizá
al suicidio, recobra esa maldecida herencia que detesto, y déjame
otra vez, no con cinco mil pesetas de sueldo, sino con tres mil como
he tenido durante más de veinte años, y que es todo lo más que yo
merezco y que sabrá administrar mi hermana, pues yo te juro no volver
á tener en mi poder ni veinticinco pesetas.

--¡Bueno, bueno! Ya hablarás de eso más tarde; ven ahora á tu cuarto.

--No me muevo de aquí sin ultimar ese asunto. Yo hasta hace un mes
he sido, no un pozo de ciencia, ni un modelo de virtud y de nobles
cualidades, pero sí un hombre sensato; y hoy, ya lo ves, soy un
mentecato y un ser intratable, y me desprecio á mí mismo y me abomino
y me execro. El oro, la fortuna, que yo creía una felicidad y que yo
deseaba continuamente para hacer el bien de mis semejantes, sólo me
ha servido para hacer vuestra desdicha y la mía, y me ha convertido á
mí, pobre hombre sencillo y modesto, en una fiera insaciable. Líbrame
de ese peso, Juan mío, ó mañana mismo hago donación completa de esa
fortuna al hospital, y para curarme de esta enfermedad horrorosa me
voy á morir en él de limosna.

--¡Bueno, bueno, lo que quieras..., ahora lo arreglaremos todo!--le
contestó Puig.

Y dirigiéndose á las habitaciones de Benito, del brazo de los que le
conducían, logró que aquél abandonara la puerta del escritorio, que
Bernarda cerró con llave, siguiendo á su hermano que andaba despacio
abrazando á su hija.

Y penetraron en su cuarto, y colocaron á Puig en una butaca.

Los que le habían conducido y los obreros fueron despedidos en el
acto por Bernarda, que había tomado por las señas la dirección
antigua de su casa, y quedaron solos los cuatro.

--Lo primero que hay que hacer, si quieres que me tranquilice y que
podamos seguir hablando en paz y en gracia de Dios, es despedir esos
dos coches, pagándoles generosamente su frustrada carrera--dijo
Benito á su hermana:--de aquí no se va nadie nunca, ni mi hija cuando
se case. Yo no quiero estar ni un minuto separado de todos vosotros.

--Concedido, y déle usted gusto, señora, siquiera por esta
vez--respondió Puig sonriendo.

--Por esta vez y por todas se le daré, si gracias á la misericordia
de Dios le veo tan razonable como lo ha sido siempre.

Y llamando á la doméstica, le dió dinero y el recado que había de dar
á los cocheros.

--Y sigo con mi tema, y de ella no me saca ni vuestro cariño ni
vuestro perdón.

--¿Conque es decir, Benito amigo, que confiesas?...

--Confieso en voz alta y de ahora para siempre, que tú eras un amo
ejemplar, bueno, inteligente y cariñoso, y todos nosotros unos
bolonios que ni lo conocíamos ni lo apreciábamos. Confieso que yo he
desempeñado mi oficio de rico, en el breve tiempo que lo he ejercido,
de un modo deplorable.

--¡Papá, no se puede hacer peor!

--¿Ves? Cuando mi hija lo dice... Nada, nada; yo no sé ser rico, y
por lo tanto no quiero hacer más el oso, ni morirme en cuatro días,
ni mataros á todos á disgustos: dime ahora mismo lo que vamos á hacer
con esa herencia; y si no me lo dices tú, te lo diré yo, que en este
momento acaba de ocurrírseme.

--Veamos cuál es esa ocurrencia, y quiera Dios que no sea tan
disparatada como las anteriores--dijo sonriendo Puig y atrayendo á
Lucía á su lado.

--Aquí tenéis la carta última de mi amigo Bernaregui, su memoria
testamentaria, como la llamaba Ortiz de Llauder--dijo Benito, sacando
de su cartera el pliego que le entregó el notario.--En virtud de
esta carta, Puig creyó cumplir con un deber de conciencia haciéndome
donación de toda su fortuna, y yo la acepté gustoso, porque al
obedecer esta extraña voluntad del testador, me figuré que iba á
hacer maravillas. Ya veis las que he hecho y las que el diablo me
sugeriría aún, si yo le diera ocasión para ello. Cuando yo era
joven vi una tarde un drama que se titulaba _Adriana_; y en él, un
señor viejo como yo, y que lo hacía muy bien por cierto, decía, al
concluir un acto:

    Las puertas del harén se cierren,
  y todo vuelva á su primer estado.

Así hago y digo yo, amigos míos: esta carta no existe ni ha existido
nunca, y todo vuelve á su primer estado.

Y uniendo la acción á la palabra, y antes que ninguno de los
presentes pudiese impedirlo, hizo mil pedazos la carta de Bernaregui,
y tiró por el aire, loco de alegría, como antes lo había estado de
pena, aquellos mil fragmentos de sus verdaderos títulos de propiedad.
Bernarda dió un grito, y quiso recogerlos: Lucía ni se movió
siquiera, entre admirada y gozosa; sólo Puig, extendiendo los brazos
para que en ellos se precipitase Benito, respondió á todos:

--Ahora sí que te reconozco y te quiero. Eres el mismo hombre de bien
de siempre, y aunque has tardado en hacerlo, al fin lo has hecho
espontáneamente y como yo lo había esperado un mes en vano. Sólo
siento todo lo que has sufrido en esos días y lo que nos has hecho
sufrir á todos. Pero para tranquilizar por completo, no á ti, que ya
estás bien tranquilo y bien contento, sino á tu hija y á tu hermana
sobre todo, quiero que ahora mismo sepas toda la verdad de este
extraño asunto.

Y metiendo su mano derecha en el bolsillo del pecho de su gabán, sacó
su cartera grande de comerciante y de ella un pliego muy parecido en
su forma al que Benito acababa de hacer añicos.

--¿Qué me quieres decir?

--Toma y lee en voz alta ese documento. Él te explicará mejor y
más pronto que yo pudiera hacerlo todo lo que aún no acababas de
comprender y yo no había de decirte nunca, si hubieras sido como tú
mismo creías, pero que hoy es indispensable que conozcas para bien de
todos.

--Letra de Bernaregui también--dijo sorprendido Benito al desdoblarle.

--Léele en voz alta y despacio para que nos enteremos todos.

Acercó Benito su silla á la butaca donde estaba sentado Puig: Lucía
se sentó en uno de los brazos de ésta, y Bernarda comenzó á leer en
voz baja y para sí lo mismo que Benito leyó en voz alta. La carta
decía lo siguiente:

  «Accediendo á tus reiteradas instancias, querido amigo y casi
  hermano mío, he escrito ayer la carta que me pediste declarando
  heredero de mis bienes á nuestro común amigo Benito, después de
  haber hecho anteayer testamento formal y legal á tu favor. Tú
  te obstinas en creer que tal vez al verte rico no sabrás hacer
  de mi caudal el buen uso que yo espero, y que cayendo en las
  redes de la avaricia ó en las más terribles de la ingratitud, no
  seguirás el ejemplo de honradez y de justicia que yo he procurado
  daros durante mi vida. Tal temor, Juan mío, es infundado. Yo
  te conozco y te quiero, y porque te conozco y hago justicia
  á tu buen corazón y cristianos y puros sentimientos, creo en
  conciencia que mereces ser mi heredero. Pero en fin, por si ambos
  nos equivocamos y tanto puede el oro, que sea capaz de hacer de
  ti un hombre indigno de pronto de poseerle, he escrito la carta
  que me pediste y que mi notario Ortiz de Llauder tendrá en su
  poder hasta el día en que tú mismo le ordenes que la haga llegar
  á manos de Benito. Y como puede suceder, porque todo es posible
  entre los hombres en este miserable mundo, que una vez entregada
  esa carta, Benito sea el dueño de mis riquezas, y las emplee mal,
  ó se porte contigo indignamente, te escribo hoy esta, que será ya
  la última, para explicarle todo lo ocurrido y para que sepa que
  siempre fué mi única idea dejarte á ti por mi universal heredero,
  como consta en el único testamento que tengo hecho á tu favor
  con todas las circunstancias legales. Pocos días me restan ya de
  vida, amigos míos, y hoy que por última vez me ocupo de estas
  miserias de la tierra, abocado ya á presenciar las venturas de
  otro mundo mejor, sólo os encargo que si algún día llegáis á leer
  juntos esta carta, sea ella prenda sagrada de vuestra amistad
  eterna; y si por desdicha y por culpa de alguno de vosotros
  dos, sea el que sea, vuestra amistad se hubiera entibiado, y
  los lazos de afecto que siempre os unieron se hallasen rotos ó
  próximos á romperse, los reanudéis en memoria mía, y juntos y en
  perfecta armonía viváis luengos años, hasta que el último que me
  sobreviva rece por los dos que le hayan precedido en este trance
  de la muerte en que yo me veo, y desde el que os envía su postrer
  abrazo y su eterna bendición--JOAQUÍN BERNAREGUI.»

Lágrimas de ternura, silenciosas y suaves, corrieron por las mejillas
de Benito al leer la carta, y arrojándose en los brazos de Puig,
juntos rezaron en memoria de Bernaregui por breves momentos.

Lucía abrazaba conmovida á Bernarda, y hasta la rígida y desabrida
matrona pugnaba por ocultar la emoción que la embargaba.

--¿Conque eres tú quien hizo escribir á Bernaregui la carta que me
entregó el notario? ¿Y tú me cedías tu fortuna espontáneamente?

--No hablemos ya jamás de este asunto, Benito. La herencia es de los
dos. Yo la administraré, porque creo tener carácter más á propósito
para ello; pero todo lo que hay aquí y lo que pueda haber en adelante
es tanto tuyo como mío.

--Entiéndete con mi hija para dotarla y casarla cuando tú quieras
y cuando llegue el caso, y con tu ama de llaves para todo lo que
pertenezca á los gastos de la casa. Yo soy y seré siempre el cajero
de la casa de Bernaregui.

En aquel momento se abrió la puerta de la habitación y entró jadeante
y cariacontecido Ramirito, á quien ya habían contado algunos obreros
el desmayo de Benito.

--¡Adelante, adelante, buen mozo!--dijo Puig sonriendo.--No ha sido
nada; todos estamos buenos y restablecidos, excepto yo, al que aún
dará que hacer algunos días esta pata-folica; pero agradecemos sus
cuidados y le convidamos á almorzar, no para hoy, que está todo
revuelto y mangas por hombro, sino para el domingo próximo. En la
mesa señalaremos el día de la boda, que será, si no me engaño, el de
la reapertura de la fábrica.

--¡Así sea!--gritó Rispall, que apareció con el plumero en la mano.

[Ilustración]



ÍNDICE


                                                               PÁGINAS

  CAPÍTULO PRIMERO.--La fábrica de Bernaregui.                       7

     --    II.--Quejas de una adepta de Nocedal y reflexiones
             de un correligionario de Ruiz Zorrilla.                27

     --    III.--Donde aparece el indispensable dios Cupido,
             sin carcax ni flechas y vestido al uso del día.        43

     --    IV.--Sigue creciendo la marea.                           63

     --     V.--Conciliábulo de familia.                            83

     --    VI.--Abel y Caín.                                       105

     --    VII.--Catástrofe dichosa.                               125

     --    VIII.--Análisis.                                        155

     --    IX.--Las cuentas del Gran Capitán.                      165

     --    X.--Donde el rey absoluto se quita la máscara.          185

     --    XI.--Sigue otra vez creciendo la marea.                 207

     --    XII.--Media vuelta á la izquierda es lo mismo que
             media vuelta á la derecha, sino que es precisamente
             todo lo contrario.                                    229

     --    XIII.--El incendio.                                     251

     --    XIV.--La recompensa.                                    275

     --    XV.--El espejo.--¡Quiero ser pobre!--Conclusión.        295





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