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Title: Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades
Author: Mendoza, Diego Hurtado de
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades" ***

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Libraries.)



                        Notas del Transcriptor

Se han respetado la grafía y la acentuación del original, así como las
inconsistencias en éstas.

Se han corregido los errores obvios de imprenta.

Las notas a pie de página se han renumerado y situado al final del
párrafo correspondiente mientras que la notas al margen se han
situado al principio de éste.

El texto en versalita se ha sustituido por mayúsculas mientras que el
texto en cursiva se indica entre _guiones bajos_.

Las páginas en blanco presentes en el original se han eliminado en la
versión electrónica.

                   *       *       *       *       *



              [Ilustración: D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.]



                                GUERRA

                              DE GRANADA

                     HECHA POR EL REY D. FELIPE II

           CONTRA LOS MORISCOS DE AQUEL REINO, SUS REBELDES.

                         HISTORIA ESCRITA POR

                     D. Diego Hurtado de Mendoza.

                              SEGUIDA DE

                   LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES,

                     SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.

                          por el mismo autor.

                             [Ilustración]

                              Barcelona.

                  IMPRENTA DE JUAN OLIVERES, EDITOR,

                     CALLE DE ESCUDELLERS, N. 53.

                                 1842.



                              El Editor.


BASTARIA citar la advertencia que precede á la última edicion de esta
obra hecha en Valencia, para acreditar que nos sirve de texto en la
reimpresion de esta historia un ejemplar de los mas cuidadosamente
impresos; pero no lo creemos necesario, cuando se deja entender
facilmente que para hacer ventajosa nuestra edicion debíamos valernos
de la mejor conocida. Son sin embargo demasiado buenas para omitidas
las líneas siguientes.

«Preferí por lo mismo la última edicion de 1776 como el texto mas
seguro y completo, si bien noté que no se habia guardado la exactitud
debida al copiar los pasajes publicados por Iriarte; pues he tenido
que verificar diez correcciones, algunas harto importantes, para
restituirlos á su verdadera y genuina lectura. Tambien he observado
en ella _modernizadas_ algunas voces de la edicion primitiva, la
cual ha llegado á mis manos, cuando esta andaba ya muy adelantada
y no podia dejar de seguirse el plan adoptado desde el principio.
Aprovecho esta ocasion para manifestar francamente, que en un texto
de nuestra lengua, tan respetable por su antigüedad como por su
diccion castiza, me sonarian mejor _agora_, _antigo_, _auctoridad_,
_baptizado_, _captivar_, _captivo_, _delictos_, _dubdoso_, _ducientos_,
_escriptores_, _Filipe_, _fructo_, _impeto_, _mesmo_, _perjudicial_,
_proprio_, _succeso_, _tiniendo_ y _via_, porque de este modo los
pronunciaban Mendoza y muchos de sus contemporáneos. Con todo no ha
sido inútil aquella adquisicion para rectificar algunos lugares de los
dos libros últimos.»

«He colocado al fin los párrafos del conde de Portalegre con que se
completaba en las cuatro primeras ediciones el libro III, á fin de que
ni este trozo, que ahora ya no es necesario, se eche de menos en la
presente. He resucitado además el prólogo de Luis Tribaldos, suprimido
en la última, tanto por no privarle de la gloria de ser el primero que
publicó la _Historia de la guerra de Granada_, como por explicarse allí
los motivos de la tardanza en darla á luz y la escrupulosidad con que
se siguió un manuscrito digno de toda fe. De los sumarios marginales,
que no son parto de D. Diego de Mendoza ni aun de Tribaldos, solo he
dejado, como notas al pie de las respectivas páginas, los pocos que
sirven realmente para aclarar ó ilustrar la historia.»

«Hubiera sido de desear que el primer editor y los que le siguieron
hubiesen tenido el cuidado de despejar algo, por medio de una buena
puntuacion, la oscuridad á que da márgen frecuentemente el estilo
cortado y conciso de nuestro historiador. «Ningun escritor» (observa
con razon Capmany en el tomo III del _Teatro histórico-crítico de la
elocuencia española_) «necesitaba de mayor exactitud en la puntuacion
ortográfica, y cabalmente ninguno la ha merecido mas desatinada y
monstruosa de sus editores, acabando por la impresion de Valencia de
1776, á pesar del esmero que allí se promete y no se cumple. Admira
como se han hallado lectores que se confiesen enamorados de las ideas y
estilo de este historiador; siendo imposible que leyendo las cláusulas
desatadas ó confundidas por la perversa ortografía, comprendan
claramente el sentido del escrito ni la mente del escritor.» Puedo
decir con ingenuidad que he aspirado á reparar este daño; mas lejos
de lisonjearme de haberlo conseguido cual quisiera, creo imposible
lograrlo en muchos pasajes, á no alterar el texto. No debe olvidarse
que la primera edicion se hizo á vista de una copia, y no del original,
y que ó bien la muerte subrecogió á Hurtado de Mendoza cuando acaba de
formar el bosquejo de su historia; ó pensando dejarla inédita, quedó
sin aquella última mano, reservada á la lectura de las primeras y
segundas pruebas de la impresion, y aun falta de la lima que suele dar
el autor á sus escritos despues de concluidos. Como quiera, no nos es
permitido tocar ahora en lo mas mínimo la produccion, ó el borrador,
ó sean los primeros apuntes de aquel grande hombre. Descúbrense en
ellos, á pesar de ciertos lunares, todas las dotes de un historiador
sesudo é imparcial, el puro y enérgico lenguaje de nuestros mayores,
y los golpes maestros que en tres ó cuatro palabras describen un
hecho importante, ó caracterizan con igual precision los personajes
de su historia. Al artista que contempla con asombro las formas, el
sobresalto y el expresivo dolor de las varias figuras que componen el
admirable grupo del Laocoonte, jamás le ocurre pararse en la cortedad
de la pierna de uno de los muchachos; imperfeccion que siendo debida á
falta del mármol, en nada rebaja el mérito del escultor griego. Así los
que leen con ojos inteligentes esta historia, hallan sobradas bellezas
que les arrebaten el ánimo, para hacer alto en lijeros descuidos, que
solo procuran abultar los que nunca serán capaces de escribir el trozo
mas débil de tan sublime modelo.»

Publicamos á continuacion de la _Guerra de Granada_ la _Vida del
Lazarillo de Tormes_ que es sin disputa trabajo de nuestro autor,
pues por tal le reconocen y han reconocido todos los literatos, si se
exceptúa á Fr. José de Sigüenza, que como verá quien la vida de Mendoza
leyere, lo atribuyó á un religioso gerónimo. Pero es de advertir que
los frailes hacian como algunos maniáticos anticuarios, que para
honrar el país en donde están ó en que nacieron se remontan á los
siglos fabulosos, y á trueque de dar mayor antigüedad á una ciudad
ó suponerla tal ó tal otro fundador, desmienten, niegan, critican y
zahieren á diestro y á siniestro para ganar una honrilla ilusoria.
Fraile ha habido que para dar prez á su órden habria hecho cristiano á
Virgilio, y puéstole un sayal por añadidura para hacer la Eneida obra
de un fraile. Dejemos pues aparte el voto de Sigüenza y no le quitemos
á Mendoza el honor de haber dado á luz el _Lazarillo_. Obra amena y de
agradable entretenimiento pertenece á otro género muy diferente y á
otro estilo que la _Guerra de Granada_, y esta seria ya una razon para
que la diésemos en el _Tesoro_, cuando no fuese la produccion segunda
del autor en mérito y valor literario.



                       LUIS TRIBALDOS DE TOLEDO

                              AL LECTOR.


SIENDO don Diego de Mendoza de los sugetos de España mas conocidos en
toda Europa, fuera cosa superflua ponerme á describirle; principalmente
habiéndolo hecho en pocos pero elegantes renglones el señor don
Baltasar de Zuñiga. Tampoco me detendré en alabar esta historia, ni
en probar que es absolutamente la mejor que se escribió en nuestra
lengua; porque ningun docto lo niega, y pudieráseme preguntar lo que
Archidamo, lacedemonio, á quien le leia un elogio de Hércules: _¿Et
quis vituperat?_ Solamente diré, qué causas hubo para no publicarse
antes; las que me movieron á hacerlo agora; qué ejemplar seguí en esta
edicion, y qué márgenes.

Cuanto á lo primero, es muy sabido y muy antiguo en el mundo el odio
á la verdad, y muy ordinario padecer trabajos y contradiciones los
que la dicen, y aun mas los que la escriben. Del conocimiento de
este principio nace, que todos los historiadores cuerdos y prudentes
emprenden lo sucedido antes de sus tiempos, ó guardan la publicacion
de los hechos presentes para siglo en que ya no vivan los de quien
ha de tratar su narracion. Por esto nuestro don Diego determinó no
publicar en su vida esta historia, y solo quiso, con la libertad que
no solo en él, mas en toda aquella ilustrísima casa de Mondejar es
natural dejar á los venideros entera noticia de lo que realmente se
obró en la guerra de Granada; y pudo bien alcanzarla, por su agudeza
y buen juicio; por tio del general que la comenzó, adonde todo venia
á parar; por hallarse en el mismo reino, y aun presente á mucho de lo
que escribe: afectó la verdad, y consiguióla, como conocerá facilmente
quien cotejare este libro con cuantos en la materia han salido. Porque
en ninguno leemos nuestras culpas ó yerros tan sin rebozo; la virtud, ó
razon tan bien pintada; los sucesos todos tan verisímiles: marcas por
las cuales se gobiernan los lectores en el crédito de lo que no vieron.
La determinacion de don Diego me prueban unas gravísimas palabras,
escritas de su letra, al principio de un traslado de esta historia
que presentó á un amigo suyo, en que juntamente pronostica lo que hoy
vemos. «Veniet, qui conditam, et sæculi sui malignitate compressam
veritatem, dies publicet. Paucis natus est, qui populum ætatis suæ
cogitat. Multa annorum millia, multa populorum supervenient: ad illa
respice. Etiamsi omnibus tecum viventibus silentium livor indixerit,
venient, qui sine offensa, qui sine gratia judicent.» Senec. Epistol.
79. Dije que no quiso sacarla: añado, que ni pudo, porque no la dejó
acabada, y le falta aun la última mano; lo que luego se echa de ver
en repetir cosas, que bastaban una vez dichas: como la significacion
de atajar y atajadores, los daños de la milicia concejil, y otras de
este jaez; y aun mas de algunas notables omisiones que hacen bulto, y
muestran falta, cual la de la toma de Galera, y muerte de Luis Quijada,
advertida y elegantemente suplida por el gran conde de Portalegre; y
otra no menor, cuando siendo encomendado lo de la sierra de Ronda á
los dos duques de Medina Sidonia y de Arcos, cuenta muy extensamente
el progreso de este; pero en el otro hace tan alto silencio, que
ni aun nos declara las causas de no venir á la empresa; siendo así
que para ello debió un tan gran señor tenerlas, y aun muchas, y muy
justificadas. Otras faltas apuntara, mas basten estas dos para ejemplo.
Muerto don Diego, viviendo aun personas que él nombraba, duraba el
impedimento, que en vida: demás de que los eruditos, á quien semejantes
cuidados tocan, quieren mas ganar fama con escritos propios, que
aprovechar á la república con dar á luz los ajenos.

Cuanto á lo segundo, hoy que son ya pasados cerca de sesenta años, y
no hay vivo ninguno de los que aquí se nombran, cesa ya el peligro
de la escritura, no doliendo á nadie verse allí mas ó menos lucido;
y aunque hay de ellos ilustrísimos descendientes, ó parientes, por
haber militado en esta guerra una muy gran parte de la nobleza de
España, seria demasiado melindre, y aun desconfianza, celar alguna
faltilla del difunto, que les toca, cuando ninguna de las que se
notan es mortal, ni de las que disminuyen la honra ó la fama; porque
estas no las hubo, ni se cometieron, ni don Diego, siendo quien era,
se habia de olvidar tanto de sus obligaciones, que las perpetuase,
aun cuando se hubieran cometido. Porque la historia escríbese para
provecho y utilidad de los venideros, enseñándolos, y honrándolos, no
corriéndolos, ó afrentándolos, aun cuando para escarmiento quiera tal
vez ensangrentarse la pluma. Tampoco me acordaba el quedar imperfecta;
pues si este Júpiter olímpico, estando sentado, toca con la cabeza el
techo del templo, ¿adónde llegara con ella, si se le levantara en pie?
¿adónde, si le colocaran y subieran en una basis?

En esta edicion lo que principalmente procuré, fue puntualidad, sin dar
lugar á ninguna conjetura, ni enmendar alguno por juicio propio: cotejé
varios manuscritos, hallándolos entre sí muy diferentes, hasta que me
abracé con el último, y sin duda alguna el mas original, que es uno del
duque de Aveiro, en forma de cuarto, trasladado de mano del comendador
Juan Bautista Labaña, y corregido de la del conde de Portalegre, con
el cual conocí cuan en balde habia cansádome con otros. Este texto
es el que sigo, sin alterarle en nada, y es el genuino, y propio, de
quien en su introduccion habla aquel gran conde. Deseaba yo ornar las
márgenes con lugares de autores clásicos, bien imitados por el nuestro,
y no me fuera muy difícil juntarlos, mas guardándolo para la postre,
me sobrevino esta enfermedad tan larga y pesada que me imposibilitó:
y porque se me da mucha priesa, los guardo para segunda edicion,
si acaso hubiere, que espero serán muy gratos á los doctos. Dábame
pesadumbre que fuese esta gran obra tan desnuda, que ni unos sumarios
llevase, hasta que se me acordó de los que leí en un manuscrito de
esta historia, que ha tres años me prestó aquí un caballero, que agora
está en Lisboa; adonde al amigo que atiende á la edicion, encargué
buscarlos, y ponerlos; y segun veo en los veinte pliegos que ya están
impresos, cuando esto escribo, podrán servir en el interin; y esto es
cuanto se me ofrece decir al lector.



                               NOTICIAS

                              DE LA VIDA

                    DE D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.


SIENDO las vidas de los varones ilustres eficacísimos ejemplares, que
persuaden prácticamente á la imitacion de sus acciones, determiné
escribir la de D. Diego Hurtado de Mendoza, excelente escritor y
discretísimo político; para que al mismo tiempo que de su historia de
Granada, se tenga noticia de sus estudios, aplicacion y manejo en los
negocios públicos, que fueron los que le proporcionaron para escribir
con tanto acierto.

Nació en la ciudad de Granada á fines del año 1503, ó principios del
siguiente: su padre, uno de los mas célebres generales que sirvieron á
los Reyes Católicos en la conquista de aquel reino, fue D. Iñigo Lopez
de Mendoza, segundo conde de Tendilla, y primer marqués de Mondejar,
hijo del conde de Tendilla, que fue hermano entero del duque del
Infantado, D. Diego Hurtado de Mendoza, y ambos hijos del célebre D.
Iñigo de Mendoza primer marqués de Santillana; su madre D.ª Francisca
Pacheco segunda mujer del marqués, é hija de D. Juan Pacheco marqués
de Villena, y primer duque de Escalona[1]. Fue el quinto entre sus
hermanos, que todos han merecido loable recomendacion en nuestra
historia: D. Luis el primogénito, capitan general del reino de Granada,
y despues presidente del Consejo: D. Antonio virey en ambas Américas:
D. Francisco obispo de Jaen; y D. Bernardino de Mendoza, general de
las galeras de España: consta tambien que tuvo dos hermanas, Doña
Isabel, que casó con D. Juan Padilla, y Doña Maria, mujer de D. Antonio
Hurtado, conde de Monteagudo[2].

      [1] _D. Luis de Salazar y Castro_, Hist. gener. de la Casa
      de Lara.

      [2] _Nicol. Ant._ Bibl. Hisp. _verb._ Didac. Hurtado de Mendoza.

No hay pruebas para persuadir naciese en Toledo, como quiso D. Tomás
Tamayo de Vargas, y consta que sus padres permanecieron en Granada
todos aquellos años, por ser necesaria su presencia en ciudad recien
conquistada, inquieta y sospechosa, y que con motivo del excesivo celo
del cardenal Jimenez por la conversion de los mahometanos, se levantó
al fin en el mes de diciembre de 1499, y duraron los movimientos de
aquel reino casi dos años[3].

      [3] _Marmol_, Hist. de la Rebelion, _lib._ I, _cap._ XVI.

No es creible que por huir de aquel peligro, se retirase á Toledo la
marquesa, heroina de ánimo tan varonil, que en la fuerza del alboroto
del Albaicin, luego que el marqués llegó á sosegar los sediciosos, se
quedó con sus hijos pequeños, en una casa junto á la mezquita mayor, á
manera de rehenes[4].

      [4] _Marmol_, ibid.

Logró D. Diego particular instruccion en su niñez, y verosimilmente la
mayor parte de ella de Pedro Mártir de Angleria; pues habiendo este
instruido á todos los magnates de aquel tiempo, viviendo en Granada, y
estando tan obligado á los Mendozas, que el primer conde de Tendilla
le trajo á España, y mantuvo estrecha comunicacion con el padre de D.
Diego[5], franquearia á este la instruccion que con menor obligacion
habia comunicado á los demás. Aprendió allí gramática, y algunas
nociones de la lengua arábiga, que cultivó toda su vida. Pasó despues
á Salamanca, donde estudió las lenguas latina y griega, filosofía y
derecho civil y canónico. En aquel tiempo fue cuando parece escribió
por entretenimiento, y como descanso de mas graves estudios, _La vida
del Lazarillo de Tormes_, obra ingeniosa, de buen lenguaje, y singular
invencion: Fr. Josef de Sigüenza afirma que el autor del _Lazarillo_
fue Fr. Juan de Ortega, religioso gerónimo, pero generalmente se cree
que fue D. Diego de Mendoza.

      [5] _Petr. Mart. Angler._ Ep. 521 _et_ 630.

Inclinado por su genio á engolfarse en acciones de mayor estrépito y
renombre, pasó á Italia, y militó muchos años. No constan en particular
las guerras, ni batallas en que se halló, pero hablando él mismo del
mal aparejo y desórdenes que veía en la guerra de Granada, los compara
con los _numerosos ejércitos en que yo me hallé_, dice, _guiados por el
emperador D. Cárlos, y otros por el rey Francisco de Francia_; de donde
se puede conjeturar se halló en el ejército que sitió á Marsella en
1524, y en la batalla de Pavía, en que afirma Sandoval se distinguió la
compañía de D. Diego de Mendoza, que es favorable conjetura para creer
fuese nuestro autor; si bien eran algunos los que en aquel tiempo se
conocian con el mismo nombre y apellido, que no se puede afirmar por
cosa cierta.

Igualmente es verosímil que concurrió á la guerra que se hizo contra
Lautrec sobre el ducado de Milan, y á la batalla de la Bicoca en 1522,
así como á la entrada de Cárlos V en Francia el año 1536. Lo cierto es,
que aun siguiendo la inquietud y estruendo de las armas, manifestaba su
ardiente inclinacion á la literatura, y en el tiempo del invierno en
que aquellas regularmente permitian mas descanso y ociosidad, dejaba
los cuarteles y pasaba á las mas célebres universidades, como Bolonia,
Padua, Roma y otras, para aprender de los maestros de mayor mérito,
matemáticas, filosofía y otras ciencias[6]. Oyó entre otros á Agustin
Nifo y á Juan Montesdoca, famoso filósofo sevillano, muy aplaudido y
premiado en las universidades de Italia, y que murió en 1532[7].

      [6] _Morales_, _en la_ Dedicat. de las Antigüedades.

      [7] _Nicol. Ant._, Bibliot.

Sus talentos, aplicacion y distinguida estirpe le hicieron tan
recomendable á Cárlos V, que formando concepto muy sublime de las
prendas de D. Diego, le apreció mucho en tiempo de su imperio, y le
confió los negocios y embajadas mas críticas de su reinado. En 1538 se
hallaba ya de embajador en Venecia. El año antes habia hecho la liga
santa contra el turco, el papa, el emperador, y los venecianos; y no
correspondiendo las ventajas á los deseos de la señoría, desconfiaba
ya, y temia mayores pérdidas: y como las instrucciones del embajador
tenian por objeto mantenerla firme contra el turco, y que no se
aliase con la Francia; luego que advirtió D. Diego las zozobras de
los senadores, y que habian destinado á Constantinopla á Lorenzo
Gritti para tratar de paces, hizo presente en una audiencia secreta
con elocuente vehemencia, aunque con igual modestia, sabia que la
república intentaba ajustar paces sin incluir á su soberano, que estaba
dispuesto á continuar la guerra, y aun asistir en la armada[8]. Pintó
la incierta fe de los bárbaros diferentes en costumbres, religion, en
leyes, y enemiguísimos de los cristianos, el sincero objeto de los
aliados, por defender la iglesia, y oprimir á sus enemigos; que si en
la pasada campaña no se habian logrado las esperanzas que esperaron
se podian resarcir los daños en la primera ocasion, humillar al
enemigo comun, y recobrar muchas de sus conquistas. Que si hacian
las paces, y el emperador quedase en guerra, no disminuirian gastos,
pues debian mantenerse armados, y perdian la esperanza de la mejora
que podian tener, perseverando en la alianza. Concluyó que confiaba
en la prudencia del senado, no querria buscar pretexto para abandonar
la liga, ni preferir á esta las paces siempre peligrosas con el
turco. Fue la respuesta, que habiendo sido infructuosa la liga años
anteriores, y habiendo propuesto el rey de Francia una tregua general
á todos los príncipes cristianos en Constantinopla, seria muy útil
su aceptacion, para que el César se dispusiese á las expediciones
que meditaba en Levante. Alcanzó en efecto Gritti con gran trabajo
treguas por tres meses, sin quedar esperanza de la tregua universal,
cuyo nombre aborrecian los turcos por el odio que tenian á Cárlos V.
Ajustaron paces despues, y para ellas influyó mucho Francisco I, rey
de Francia, que por contrarestar á Cárlos V estaba coligado con el
turco, y entre otros le envió dos embajadores, César Fragoso, genovés,
y Antonio Rincon, español, que muertos en el Pó por soldados españoles,
y registrados, les encontraron las instrucciones, y entre ellas muchas
concernientes á Venecia, y contrarias á sus intereses[9]. Dirigiólas el
marqués del Basto á D. Diego, y este las hizo presentes al senado, para
que comprendiese las potencias en que debia fiarse, y cuan gran yerro
habia cometido en abandonar la liga del emperador, procurando mantener
y afianzar la amistad del rey de Francia, que como constaba en aquellas
instrucciones, no cuidaba de los intereses de la república.

      [8] _Diedo_, Storia di Venecia, _tom._ II, _lib._ II.

      [9] _Ulloa_, Vita di Carlo V, _lib._ III.

Además de desempeñar la embajada con esplendor, perseveró con teson en
el estudio, y sobre todo puso particular esmero en juntar manuscritos
griegos, en hacerlos copiar á gran costa, buscarlos y traerlos de los
mas remotos senos de la Grecia; de suerte que envió hasta la Tesalia
y monte Athos á Nicolás Sofiano, natural de Corcira, á investigar y
copiar cuanto hallase recomendable de la erudicion griega. Valióse
tambien de Arnoldo Ardenio, doctísimo griego, para que le trasladase
con extraordinarios gastos muchos códices manuscritos de varias
bibliotecas, y particularmente de la que fue del cardenal Besarion.

Por su medio logró la Europa muchas obras que aun no habia visto,
y quizás no veria, de los mas célebres autores griegos, sagrados y
profanos, como son san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Cirilo
Alejandrino, todo Arquimedes, Heron, Apiano, y otros[10]. De su
biblioteca se publicaron las obras completas de Josefo; pero lo que
principalmente la ha hecho memorable fue el regalo que le hizo el gran
turco Soliman, por haberle enviado un cautivo, que amaba con extremo,
libre y sin rescate, aunque Don Diego lo compró á gran precio de los
que le habian hecho prisionero. El gran señor queria manifestar su
agradecimiento con dones correspondientes á su grandeza, pero D. Diego
admitió solo una recompensa propia de la nobleza de su nacimiento, y
del desinterés de un ministro público. La señoría de Venecia se hallaba
con extrema escasez de granos, y por sacarla de tan estrecho ahogo,
pidió á Soliman permitiese á los vasallos de Venecia comprar libremente
trigo en los estados turcos, y conducirlo á los de la república. Logró
esta súplica, y otra segunda, que fue la remision de muchos manuscritos
griegos, que preferia á los mas ricos tesoros. Varian mucho los autores
sobre el número de ellos: Andrés Escoto no duda asegurar, que recibió
una nave cargada de manuscritos: Claudio Clemente copia las mismas
palabras en la historia de la biblioteca del Escurial: Ambrosio de
Morales y D. Nicolás Antonio aseguran que fueron seis arcas llenas:
últimamente D. Juan de Iriarte en la Biblioteca de los manuscritos
griegos de la librería real de esta corte, obra recomendable por su
mérito y por las muchas noticias que da de varios escritos apreciables
de célebres autores aun no publicados, rebaja extraordinariamente el
número de volúmenes; y persuadido del catálogo de los manuscritos
griegos de D. Diego que copió de un códice propio de la librería del
duque de Alba, asegura que no fueron mas que treinta y un volúmenes;
cuyo catálogo inserta en dicha biblioteca.

      [10] _Morales_, Antigüedades de España en la _Dedicat. Alphon.
      Ciacon_, Bibliot. _verb._ Diegus: _Nicol. Ant._, Bibliot.

Esta es la noticia que nos queda de tan celebrado don, y no es difícil
resolver cual de las relaciones sea la verdadera; pues aunque de
una parte es inmenso el número que dan á entender Andrés Escoto y
Claudio Clemente, por otra es muy diminuto el que asigna el mencionado
catálogo; ni sabemos quien le formó, ni si copió todos los que vinieron
de Constantinopla: pudo tal vez elegir los mas selectos, ó aquellos
de quien tuvo noticia, sino es que creamos lo hizo cuando ya estaba
deshecha la librería de D. Diego, y solo numeró los códices que
restaban. Parece pues mas verosímil y cierta la relacion de Don Nicolás
Antonio; y así creemos que ni fue tanta la copia que pondera Escoto, ni
tan pequeña como expresa el catálogo, que á la verdad ni corresponde al
eco que corrió y corre en toda la Europa del mencionado regalo; ni á la
grandeza de Soliman, que no sabemos fuese avaro de estas riquezas que
poseia en tanta abundancia y que tan poco le servian. Sobre todo deja
fuera de duda la verdad de la relacion de Morales, el haberla hecho
este en una dedicatoria dirigida al mismo D. Diego, á quien conocia, y
á quien trataba; á quien consultaba, y á quien habria oido muchas veces
la verdadera narracion.

De la diligencia de D. Diego en adquirir los manuscritos se convence
la extravagante y atrevida maledicencia de Schochio, que fingió que
para juntar la biblioteca que meditaba, hurtó los manuscritos griegos
que dejó el cardenal Besarion á la república de Venecia, con tal
sutileza, dice, que no se puede pensar mayor. Asegura que ya se habia
venido á España cuando se advirtió que en lugar de aquellos habia
puesto otros libros vulgares de igual volúmen, para que de ese modo
no se descubriese tan facilmente el hurto. ¿Pero de quién habla este
beocio? ¿Juzga acaso este tardo aleman que D. Diego de Mendoza era
algun Glareano, algun Sciopio, ú otro oscuro gramático? Hay mucha
diferencia entre los sabios: el nacimiento y la crianza dan ideas muy
diferentes: el empleo y las riquezas de D. Diego le facilitaban la
ejecucion de sus designios. ¿Qué particular hizo mayores gastos? ¿Quién
tuvo valor para enviar á sus expensas á buscar manuscritos en los
mas retirados senos de la Grecia? ¿Ni quién logró circunstancias mas
oportunas? Además de esto se mantuvo muchos años en Venecia, incierto
si permaneceria ó no en aquella ciudad; ¿pues cómo podria cometer tal
desacierto sin exponerse á que lo descubrieran antes de retirarse? ¿Y
qué pruebas expone Schochio? ¿qué autores cita para apoyar proposicion
tan atrevida? Quede pues por cierto que afirma lo que él seria capaz de
cometer, y que creyó era algun Schochio el embajador de Cárlos V.

Era su casa la mansion de las personas eruditas, trataba á los sabios
de Italia con la estimacion de hombre que lo era. En el senado era un
Demóstenes, y un Sócrates en casa. En aquel admiraban el torrente de su
elocuencia los senadores; y en esta embelesaba con su erudicion, con
sus noticias y discursos filosóficos, á los cardenales, obispos, nobles
y literatos que con gran frecuencia le visitaban.

Buen testigo es Paulo Manucio, celebérrimo humanista, que en aquel
tiempo le dedicó las obras filosóficas de Ciceron, corregidas con
sumo esmero; si bien dice, que ya D. Diego con su continua lectura
y perspicacia habria hecho las mismas ó mas enmiendas. De aquella
dedicatoria sabemos que se aplicaba principalmente á la filosofía;
que tuvo una hermana sabia, muy instruida en la lengua latina, é
igualmente valerosa, y que el dictámen de D. Diego en órden á la
enseñanza de la juventud, era que gastasen el largo tiempo que dedican
á la lengua latina, en aprender las ciencias en la lengua materna, como
lo persuadió antes el cardenal Alcolti, que posaba en casa D. Diego.
Favoreció á muchos griegos que llegaban huyendo de la penosa esclavitud
del turco. Lázaro Bonamico le dirigió por este tiempo, ó poco despues
una carta latina en verso heróico, en que describiendo el método
de vida y estudios que él disfrutaba, le persuade se entregue á su
genio, esto es, al estudio y consideracion de la naturaleza; realza su
aplicacion á la filosofía, su vigilancia en procurar los intereses del
César, y resistir al turco, enemigo comun, pondera su elocuencia, la
estimacion que de su persona hacian los senadores, el socorro de trigo
que por su causa evitó una horrible hambre en los estados venecianos,
su generosidad en enviar á la Grecia personas que trajesen antiguos
monumentos; y últimamente lo acepto que era á Cárlos V, y como se
aprovechaba del valimiento, para que perdonase á unos, y favoreciese á
otros.

En estas ocupaciones pasaba, cuando le nombró el César gobernador de
la república de Sena, sin que dejase, á lo que parece, la embajada de
Venecia. Es Sena una ciudad de Toscana á cinco leguas de Florencia,
rica, populosa, amiga de su libertad, que conservó por muchos siglos
como república independiente; la discordia al fin dividió sus
habitantes, que por último recurso acudieron al emperador, á quien
pidieron patrocinio para poner freno á algunos ciudadanos turbulentos.
Condescendió Cárlos V y envió á D. Diego de Mendoza, que informado
de todas las disensiones, del orígen de ellas, y de los intereses
particulares que movian á los seneses, procuró vencer por buenos
términos todos los inconvenientes, y mantener los ciudadanos en
tranquilidad[11]. Sin duda manifiesta el afecto que tenia á aquella
república en una representacion vehemente que hizo al emperador cuando
pasó por la Italia el año de 1543, para asegurar aquellas costas del
desembarco é invasion que amenazaba el turco, movido por Francisco I
rey de Francia.

      [11] _Sandoval_, Hist. de Cárlos V, _tom._ II, _lib._
      XXXI, § 29.

Hallábase el César exhausto de dinero; tomó del rey de Portugal
cuantiosas sumas, vendió á Cosme de Medicis, duque de Florencia, las
fortalezas de Florencia y Liorna en ciento y cincuenta mil ducados, y
estuvo en Bugeto con el pontífice, que vino á verle con el pretexto
de ponerle en paz con el rey de Francia, y de adelantar el concilio
tridentino; pero principalmente con el designio de comprar los
estados de Milan y Sena para su nieto Octavio de Farnese. La escasez
de dinero con que se hallaba el emperador le hacian, aunque con
alguna repugnancia, dar oidos á estas cosas, y sin duda se hubiera
efectuado la venta, á no haberle hecho D. Diego de Mendoza una
representacion[12], en que exponia al emperador el deshonor que le
resultaba de efectuar esta contrata, como lo mal que habia hecho en
lo antecedente de las fortalezas de Florencia y Liorna: extendíase
despues sobre la conducta del pontífice, sobre los trabajos que
habia ocasionado al emperador, y como movió al rey de Francia, y
consiguientemente al turco. Esta representacion tuvo el efecto que
deseaba el autor de ella: desistió el emperador, pasó á Alemania
dejando á D. Diego las instrucciones que debian dirigirle en la
asistencia al concilio tridentino, que á grandes distancias de la
cristiandad, y principalmente del emperador, habia convocado el papa
Paulo III en bula de 22 de mayo de 1542. Despues de muchas dilaciones,
inconvenientes y dudas sobre el lugar en que debia celebrarse, se habia
elegido á Trento, ciudad que parte los términos de Italia y Alemania, y
sujeta á Cristóbal Madrucci, obispo de ella, y poco despues cardenal.

      [12] _La trae Sandoval en la_ Hist. de Cárlos V, _tom._ II,
      _lib._ XXV, § 30.

Ya el emperador habia expedido sus poderes desde Barcelona en 18 de
octubre de 1542, nombrando sus embajadores al gran canciller Granvela,
su hijo el obispo de Arras, y D. Diego de Mendoza, quienes llegaron
á Trento en 8 de enero de 1543; pues aunque el marqués de Aguilar
embajador en Roma estaba tambien nombrado, no se apartó de aquella
capital[13]. Daba el emperador á todos cuatro en comun, y á cada uno
en particular, poder y autoridad, para que representasen su persona,
defendiesen y promoviesen sus derechos, y mantuviesen sus prerogativas,
tanto como emperador, cuanto como rey de España, y señor de sus
restantes dominios. Visitaron los embajadores á los legados, que eran
los cardenales Moron, Paris y Polo, y extrañando la poca concurrencia
de padres, preguntaron si las demás naciones habian prometido su
asistencia al concilio, y en que términos debian ejercer la autoridad
de embajadores en aquel congreso; evacuadas ambas preguntas, quiso el
gran canciller exponer en la iglesia mayor con toda solemnidad los
poderes que traía del emperador, y manifestar los motivos de no asistir
personalmente. Resistiéronse los legados, hubo amargas quejas; pero en
fin se convino en que fuesen recibidos al siguiente dia públicamente
en casa del legado Paris, el mas antiguo de los tres cardenales. El
obispo de Arras expuso en una larga oracion, y ante gran concurso de
gentes, los deseos y diligencias del emperador porque se celebrase el
concilio: exhibieron sus poderes, é instaron en que se acelerase la
venida de los prelados y teólogos italianos, y se estimulase á los
franceses, pues ellos estaban prontos á permanecer allí, ó pasar á
solicitar los obispos de Alemania. En efecto, Granvela por dar mayor
calor á la celebracion del concilio, pues veía los pocos prelados que
habian concurrido, daba á entender seria mas conveniente un concilio
nacional en Alemania; proposicion que alteraba en extremo á los
legados y á la corte romana. Al fin padre é hijo pasaron á la junta de
Norimberg, y D. Diego quedó algunos meses en Trento. En este tiempo
hizo la representacion mencionada sobre la venta de Milan, y viendo que
los obispos de España no concurrian tan presto, y que muchos de los
que vinieron á Trento se habian retirado, se volvió á su embajada de
Venecia con grande sentimiento de los legados y del papa, que se quejó
al emperador, pero al fin se aprobó su conducta, y expidió una bula,
en que exponiendo las discordias sobrevenidas entre el rey Francisco
y Cárlos V, y juntamente el terror que infundia en toda la Italia el
turco con sus armas, retardaba el concilio á tiempo mas oportuno[14].

      [13] _Palavic._, Hist. Conc. Trident. _lib._ V, _cap._ IV.

      [14] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ IV, _n. 16_.

En 24 de agosto del año 1534 dirigió un diploma á Cárlos V exhortándole
á la paz, que efectuada con Francia proporcionó la nueva indiccion
del concilio para 15 de mayo de 1545, aunque se prorogó el principio
de él hasta 13 de diciembre. Por marzo volvió D. Diego de Venecia á
Trento; y ajustadas las ceremonias con que se le habia de tratar,
pretendió exponer en la iglesia mayor, lugar destinado á las sesiones
del concilio, las cartas que le autorizaban, pero se convino en
presentarlas en casa de los legados cardenales del Monte y Santa Cruz,
donde manifestó sus poderes, y juntamente expuso en una oracion latina
las intenciones del César, y el sincero ánimo en que se hallaba de
concurrir por su parte á dar cumplimiento á los deseos de toda la
cristiandad[15]. Halláronse presentes el cardenal Madrucci, en cuya
casa habitaban los legados y los obispos que hasta entonces habian
concurrido, que fueron Tomás Copeggi de Feltre, Tomás de San Félix
de la Cava, y Fr. Cornelio Muso, franciscano, obispo de Bitonto, y
el mas elocuente predicador de su tiempo. Á 8 de abril llegaron los
embajadores del rey de romanos; celebróse una solemne congregacion para
recibirlos; y en ella pretendió D. Diego preceder al cardenal Madrucci,
y sentarse despues de los legados, alegando que pues representaba al
emperador, debia tener asiento en el mismo lugar que ocuparia S. M.
Cesárea. Urgia el tiempo, y por no ser molesto, ni inutilizar aquella
junta, convino en colocarse de modo, que ni cedia ni tomaba precedencia
alguna.

      [15] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VIII, _n. 9_.

Volvió en otra ocasion á instar sobre lo mismo, diciendo que si se
hallasen juntos el padre santo y el emperador, ninguno podia pretender
ponerse en medio, y que lo mismo debian observar las personas que los
representaban; añadiendo que obraba con el parecer y consejo de hombres
doctos. Respondieron los legados en términos generales se hallaban
dispuestos á dar á cada uno su debido lugar; pero que por sí mismos no
tomaban resolucion sobre sus pretensiones; y que era necesario aguardar
la respuesta de Roma sobre ellas. Convino gustoso el embajador, porque
como sabia la grande autoridad que los emperadores habian tenido
siempre en los concilios, esperaba se hallasen en los archivos romanos
documentos incontestables que autorizasen su preeminencia: añadió
estaba pronto á ceder fuera del concilio á cualquier sacerdote, pero en
él, nadie despues del papa tenia mayor autoridad y preeminencia que su
príncipe[16].

      [16] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ VII, _n. 9_;
      _Liter. Legat., 12 et 16; Martii_.

Los legados deseaban principiar el concilio; pero el corto número de
obispos que hasta entonces habian llegado, y otros motivos que tenia el
emperador, obligaban á D. Diego á detenerlo con sus justos y fundados
reparos.

Ocupábase entre tanto en sus estudios; buscaba el trato de las personas
sabias, y ofreciéndose celebrar el nacimiento del infante de España
el príncipe D. Cárlos, acaecido en 8 de julio de 1545, dispuso tres
solemnes fiestas, en que oraron el obispo de San Marcos, napolitano,
sabio en latin y griego, Fr. Domingo Soto, y el elocuente fray Cornelio
Muso.

Los cuidados, la aplicacion, ó la mudanza de aires alteraron su salud,
y comenzó á padecer unas cuartanas, que le obligaron á retirarse
á Venecia, y le molestaron muchos meses; pero no por esto dejó de
cuidar de Sena, de su embajada de Venecia, y de lo del concilio,
donde pasaba algunas veces. Al fin celebrado el congreso de Worms, le
ordenó el emperador asistiese en Trento, porque no se dijese quedaba
por sus ministros dar principio al concilio. En 13 de diciembre de
1545 se hizo la abertura tan deseada, con la mayor solemnidad, y se
celebró la primera sesion, y en 7 de enero de 1546 la segunda, á las
que no pudiendo asistir D. Diego por hallarse enfermo en Venecia,
envió su secretario Alonso Zorrilla, para que hiciese presente su
indisposicion[17]. La sesion tercera se tuvo en 4 de febrero del mismo
año, y despues de la cuarta llegó á Trento D. Francisco de Toledo,
embajador de Cárlos V, porque reconociendo D. Diego la terquedad de su
indisposicion, y cuan necesaria era la asistencia de los embajadores
imperiales, habia suplicado al César enviase otro en su lugar, como se
le concedió, con la circunstancia de que el compañero ejerciese por
sí solo las funciones de la embajada, ó en compañía de D. Diego, si
la salud de este lo permitiese. D. Francisco pasó despues de cuatro
dias á Padua á visitar á su compañero, para que le enterase á fondo de
las instrucciones del emperador, de las de los legados, y del método
que era menester seguir en un congreso tan sagrado y de tan delicadas
circunstancias[18].

      [17] _Palavic._, _lib._ V, _cap._ XVII, _n. 7_.

      [18] _Palavic._, _lib._ VI, _cap._ XIII, _n. 1_.

Aun sin estar libre de sus cuartanas, que fueron tan perniciosas que
se llegó á temer de su vida, pasó de Padua á Trento á instancias de
D. Francisco de Toledo, que volvió á visitarle, y del doctor Paez de
Castro, que vino en su compañía; y juzgaron los padres tan necesaria su
asistencia á la congregacion general que precedió á la sesion quinta,
que la difirieron un dia, porque en el que se habia de celebrar, era el
mismo en que sobrevendria la fiebre á D. Diego. Queriendo los legados
proceder á la decision de los dogmas, D. Diego aconsejó á Don Martin
Perez de Ayala (que habia llegado á Trento en el mes de setiembre de
1546, y le habia aposentado despues de muchos ruegos en su propia
casa, tanto por el aprecio que hacia de sus virtudes y literatura,
como porque habia sido confesor de su hermano el obispo de Jaen, ya
muerto desde el año de 43), que como tan instruido en la materia _de
justificatione_, que á la sazon querian decidir, manifestase el modo de
pensar de los herejes, y notase las decisiones que pretendian hacer los
legados por diminutas, y que no comprendian todos los errores de los
protestantes. D. Martin Perez de Ayala pidió audiencia, peroró en ella
una hora, expuso la materia, y de tal modo pintó sus consecuencias,
que se examinó la doctrina mas de otros cuatro meses[19]. Aunque D.
Diego rara vez concurria á las congregaciones particulares á causa de
su indisposicion, quiso no obstante asistir á aquella en que fueron
recibidos los embajadores de Francia, por dar mas solemnidad al acto,
y manifestarles su buen ánimo, y la armonía que deseaba entablar, y
mantener con ellos[20].

      [19] Vida de D. Martin Perez de Ayala, _arzobispo de Valencia,
      escrita por el mismo_. _MS._

      [20] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 4_.

Por estos dias se publicó impresa en Venecia la Suma de los Concilios
de fray Bartolomé Carranza, dominicano, famoso por su valimiento y
su caida, dedicada á D. Diego, que respondió al autor en una carta
latina aunque breve, elocuente y nerviosa. Juan Paez de Castro, célebre
doctor cronista y capellan de honor de Felipe II, habia pasado á
aquella ciudad recomendado á D. Diego por Gerónimo de Zurita, exacto
historiador de Aragon, y por Gonzalo Perez, secretario de Felipe II,
conocido por la traduccion de la Odisea, y mucho mas por los excesos
de su hijo Antonio Perez. Procuró D. Diego adelantarle, comunicóle
sus libros, quiso llevarle á vivir consigo, animóle á estudiar con
teson, y á trabajar principalmente en la inteligencia y restitucion de
los autores antiguos. Consta por las cartas de aquel sabio escritas
á Gerónimo de Zurita, que habia leido la traduccion al castellano de
la mecánica de Aristóteles hecha por D. Diego, quien tambien le habia
hecho glosas: «Es tan bueno y tan humano, dice hablando de D. Diego,
que puede V. decir: _Nil oriturum alias, nil ortum tale fatentes_. Su
erudicion es muy varia, y extraña; es gran aristotélico y matemático;
latino y griego, que no hay quien se le pare; al fin es un hombre muy
absoluto. Los libros que aquí ha traido son muchos, y son en tres
maneras: unos de mano griegos en gran copia; otros impresos en todas
facultades; otros de los luteranos: todos estos están públicos para
quien los pide, si no son los luteranos, que no se dan sino á los
hombres que tienen necesidad de los ver para el concilio. Ha sido tan
gran cosa esta, y tan grandemente dispuesta, que allende de grandes
costas que ha excusado, ha dado gran luz á todos, que ni supieran que
libros eran necesarios, ni de donde se habian de traer; á lo menos yo
no sabia que hacerme en este lugar. Tienen todos creido que medrará
mucho concluido este concilio, y que S. M. le hará obispo, y su
santidad cardenal: plega á Dios que sea así, y en él estará todo bien
empleado[21].» Así se explica aquel sabio aragonés, testigo ocular de
las ocupaciones de D. Diego; y lo mismo aseguran cuantos eruditos le
trataron. Eran por cierto necesarios testimonios tan irrefragables para
creer que un político entregado á conocer, y manejar los intereses y
ánimos de los soberanos, encargado de negocios gravísimos, atento á
tantas formalidades como la vanidad ha introducido en aquella carrera,
tuviese el tiempo, la aficion, y la abstraccion que se requiere para
estudios tan profundos. El mismo D. Diego dice en una carta que en su
vejez escribió á Zurita: «Estoy maravillado de los muchos libros que
hallo leidos habiendo aprendido tan poco de ellos[22].» Anotaba lo que
leía, y como los viajes le imposibilitaban llevar consigo su librería,
le acaeció ilustrar tres y cuatro diferentes ejemplares manuscritos,
ó impresos de un mismo autor. Agregaba la curiosidad de las monedas
antiguas, de que habia hecho un gran tesoro. Ocurria á tantos gastos
la liberalidad de Cárlos V, que por este tiempo le libró 9,000 ducados
de ciertas cuentas, y le añadió una pension de 1,500 con el fin, segun
parece, de destinarle embajador á Roma.

      [21] _Dormer_, Progresos de la Hist. del reino de Aragon, _lib._
      IV, _cap._ XI; Cartas de D. Juan Paez de Castro,
      _fol._ 465.

      [22] _Ibid._, Carta de D. Diego de Mendoza, _escrita á Zurita_,
      _fol._ 593.

Á este tiempo declaró el emperador la guerra á los protestantes: toda
Alemania se conmovió, algunos padres del concilio meditaban ausentarse,
y aun los legados juzgaban oportuna la traslacion ó interrupcion del
concilio, asustados del riesgo en que creían hallarse, por estar tan
inmediato Trento á los paises enemigos. D. Diego sintió en extremo
esta resolucion de algunos; hizo presente, que habiendo emprendido el
emperador aquella guerra á favor de la religion, y principalmente á
favor del concilio, le seria muy dolorosa la retardacion de este, y
que no era buena correspondencia que el César emprendiese guerra de
tanta consecuencia por mantener el concilio, y se disolviese este por
causa de la misma guerra[23]. Pasó poco despues á Venecia, y antes se
despidió de los padres dia 17 de julio por la tarde, en que se celebró
junta con el motivo de la alteracion que habia ocurrido por la mañana,
entre Dionisio Sanetin, obispo de Chiron, y el obispo de la Cava[24].

      [23] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ V, _n. 5_.

      [24] _Ibid._, _cap._ VI, _n. 1 et 2_.

En Venecia se quejó amargamente á aquella señoría de las desconfianzas
que habian tenido del emperador, y de que en fuerza de ellas hubiesen
sospechado que Cárlos V intentaba sujetar toda la Alemania con pretexto
de religion; por cuya causa habia procurado la señoría disuadir al
pontífice la confederacion con el César, y habia recibido embajadores
de las potencias enemigas. La respuesta fue excusar la señoría lo que
se decia haber efectuado, y aparentar grande adhesion á los intereses
del emperador.

Regresó á Trento, y volvióse á tratar de la traslacion del concilio,
ya porque los legados recelaban de la inmediacion de los enemigos,
ya porque se hallaban disgustados en Trento. D. Diego, á quien habia
escrito el César su voluntad, expuso en una junta cuanto resistía este
á la traslacion, de suerte que ninguna cosa podian proponerle mas
repugnante, que la ejecucion de tales designios: manifestó con brio
y elocuencia cuantas consecuencias podian resultar[25]. Poco despues
se retiró D. Diego á Venecia, y D. Francisco de Toledo á Florencia,
dejando en su lugar á los cardenales Madrucci y Pacheco, que siguieron
con teson el empeño del César, aunque no con mucha felicidad, pues se
celebró la sexta sesion el 13 de enero de 1547, y se publicó el decreto
sobre la justificacion; y aunque D. Diego facilmente podia volver á
Trento desde Venecia, se mantuvo en esta capital.

      [25] _Palavic._, _lib._ VIII, _cap._ VIII.

El emperador creyó que enviando á la corte de Roma á D. Diego, que
la conocia exactamente, aceleraria las cosas del concilio. En efecto
pasó de embajador al pontífice en 1547 llevando en su compañía á D.
Martin Perez de Ayala. Pasó por Venecia, Bolonia, Florencia, Capilla,
Risa, Luna, donde se detuvo el mes de febrero y marzo, muy cortejado
del duque de Pomblin, con quien tenia que tratar varios encargos del
emperador. Por pascua de resurreccion entró en Roma con el mayor
triunfo y pompa que hasta allí habia entrado embajador alguno[26]:
hizo poco despues presente al pontífice en un escrito las razones del
emperador á favor del concilio, y los motivos que tenia para oponerse
á la traslacion, ó suspension. El pontífice respondió apoyando la
traslacion del concilio; y entre tanto se celebró la séptima sesion
en 3 de marzo de 1548, é insistiendo los romanos en la traslacion,
se valieron de la casualidad de haber muerto dos prelados, y algunos
familiares de los legados para aparentar que habia peste. Opusiéronse
con ardor los españoles, principalmente el cardenal Pacheco, pero al
fin se resolvió la traslacion á Bolonia en la octava sesion celebrada
en 11 de marzo, prevaleciendo cuarenta y cuatro votos contra doce que
se opusieron, casi todos españoles. Estos dieron inmediato aviso al
emperador, que cuatro horas despues de sabida la noticia, envió una
posta á Roma, para que antes que el papa confirmase la traslacion, y se
estableciesen los padres en Bolonia, se volviesen á Trento. Entre tanto
habia vuelto á Roma D. Diego de Mendoza, y con su gran teson y eficacia
logró se detuviesen todas las determinaciones en Bolonia. Mandó el
pontífice á los legados no declarasen por legítima la traslacion, sino
que prorogasen la sesion, como la prorogaron en la que se celebró el 21
de abril[27].

      [26] _Martin Perez de Ayala en su_ Vida.

      [27] _Palavic._, _lib._ XXIII, _cap._ XIII, _usque ad_ XX.

Empeñado Cárlos V en que el concilio volviese á Trento, mandó al
cardenal Madrucci, que habia pasado á verle á Alemania, fuese á Roma,
y de acuerdo con D. Diego de Mendoza persuadiesen al pontífice el
restablecimiento del concilio por todos los medios que pudiesen. Dióle
varias instrucciones para que las pusiese en ejecucion D. Diego, en
caso que el papa no asintiese á peticiones tan justas. En efecto todo
fue en Roma en vano, pues aunque D. Diego proponia que volverian
á la ciudad de Plasencia, que por aquellos dias habia sacudido el
yugo de los Farneses, pedia que primero se diese gusto al emperador
trasladando el concilio. El pontífice juntó los cardenales, manifestó
su agradecimiento al celo y buenos oficios del emperador, pero rehusó
volver el concilio á Trento; y preguntándole al cardenal Madrucci, si
queria oir el dictámen de los cardenales sobre la materia, respondió
Madrucci: que D. Diego de Mendoza tenia que exponer aun á su beatitud
y al sacro colegio otras órdenes del emperador. Cinco dias despues se
presentó D. Diego, pidió pública audiencia, y que asistiesen á ella
los embajadores de otros príncipes, para hacer una protesta con toda
formalidad; expuso en ella la necesidad de volver el concilio á Trento,
y los gravísimos inconvenientes que se originarian de la tardanza:
interrumpióle el pontífice muchas veces, imputó la culpa á los padres
de Trento, y añadió que deliberaria con los cardenales la respuesta:
retiróse D. Diego, y convinieron en consultar á los padres de Bolonia,
quienes respondieron no rehusarian la traslacion á Trento; pero que era
exponer la iglesia universal á mayores perturbaciones: manifestaban la
conveniencia y facilidad de que los de Trento volviesen á Bolonia; y en
resolucion dejaban las cosas en el mismo estado, y la determinacion en
la voluntad del pontífice[28].

      [28] _Palavic._, _lib._ X, _cap._ VI, _usq. ad_ XV.

Informado por D. Diego el emperador de las intenciones de la corte
romana, ordenó á Francisco de Vargas y á Martin Soria Velasco, sus
procuradores, protestasen tambien en Bolonia, como lo ejecutaron con
todas las formalidades de derecho; pero no recibiendo sino respuestas
generales, se ausentaron de Bolonia al siguiente dia[29].

      [29] _Ibid._

Todas estas contestaciones fueron leves respecto de la protesta
que volvió á hacer en Roma D. Diego, luego que tuvo noticia de la
que acababan de hacer los procuradores. Pidió audiencia pública al
pontífice, asistencia de los cardenales, el concurso de todos los
embajadores, y se presentó con toda ceremonia en aquel silencioso
congreso, é hincado de rodillas con la gravedad de su carácter leyó en
nombre del emperador una vehementísima protesta, y acabada se volvió á
los cardenales, y les intimó lo mismo, caso que el pontífice no pusiese
remedio: añadió las fórmulas del derecho, puso por testigos á todos los
presentes, y pidió á todos los secretarios pusiesen en las actas su
protesta. Oyóse con gran silencio el discurso, nadie le interrumpió, y
en todos hizo la impresion que se deja entender, de un emperador tan
poderoso é irritado[30].

      [30] _Palavic._, _lib._ X, _cap._ VI, _usq. ad_ XV.

El pontífice dijo á D. Diego se le daria respuesta en el inmediato
consistorio, en el que se leyó una compuesta por el cardenal Polo,
en que repetia las razones generales, celo del papa, trabajo, y
peligro del concilio, y tomaba por medio en ella imputar á excesos del
embajador las proposiciones mas vehementes de la protesta; de suerte
que decia ser írrita, porque el encargo que el emperador habia hecho á
D. Diego era, no de entablar contestacion alguna con el papa, sino de
quejarse ante su beatitud como juez de los padres de Bolonia: refutó
pues las razones del embajador, quien al acabar de oir la respuesta,
volvió á protestar, negó haberse excedido, y pidió que de lo actuado
no parase perjuicio á su soberano[31]. Sentido el papa, y confiado en
la liga con Francia, y en otros tratados políticos, respondió en otra
ocasion á varias instancias de D. Diego, «parase mientes en que estaba
en su casa, y que no se excediese:» á lo que respondió: «era caballero,
y su padre lo habia sido, y como tal habia de hacer al pie de la letra,
lo que su señor le mandaba, sin temor alguno de su santidad, guardando
siempre la reverencia que se debe á un vicario de Cristo, y que siendo
ministro del emperador, su casa era donde quiera que pusiese los pies,
y allí estaba seguro.»

      [31] _Ibid._

En los quince dias inmediatos se proyectaron varios medios para la
reconciliacion, particularmente por los italianos, que temian mas
ruidoso rompimiento; pero manteniéndose D. Diego firme, nada se
efectuó. En situacion tan difícil eligió el papa suspender el concilio:
D. Diego se opuso con la mayor eficacia; intimó al papa protestaria
mas fuertemente; pensáronse varios medios para restablecer la paz;
todo tenia sus inconvenientes, nada se efectuó, y en tan congojosa
incertidumbre murió Paulo III, á 10 de noviembre de 1549. Ascendió al
pontificado en 7 de febrero del siguiente año el cardenal Juan Maria de
Monte, que habia sido legado del concilio[32], quien tenia muy conocido
el mérito de D. Diego, y le estimaba tanto, que ya por su amistad, ya
porque esperaba llegaria por él á restablecer la buena armonía con
el César, y á recaudar los derechos de la Santa Sede sobre Parma y
Plasencia; concedió por solas sus súplicas el perdon á Ascanio Colona,
y le volvió todos los lugares y honores de que le habia despojado
muchos años antes su antecesor[33]. Pero en lo que mas se conoció su
amistad, ó su celo, fue en rendirse á las repetidas instancias que
le hizo para restablecer el concilio. Determinóse á ejecutarlo así,
y acelerar la determinacion, principalmente porque D. Diego le hizo
presente que el emperador pedia pronta respuesta sobre este punto,
significando que las resoluciones que habia de tomar en la dieta de
Augusta, asignada para 24 de junio, serian adversas ó favorables segun
la resolucion del papa. En efecto este expidió un diploma, para que se
diese principio al concilio en 1.º de mayo de 1551, y así se ejecutó,
asistiendo de embajador del César D. Francisco de Toledo, que llegó á
Trento en 29 de abril del mismo año[34].

      [32] _Palavic._, _lib._ II, _cap._ V _et_ VIII.

      [33] _Palavic._, _cap._ VII.

      [34] _Ibid._, _cap._ XI.

Por este tiempo se mantenia D. Diego en Sena, cuyos habitantes de dia
en dia se precipitaban mas. Habia en la ciudad dos bandos principales,
el de Danove afecto á los españoles; y el restante pueblo muy adverso;
y comprendiendo el gobernador por las enemistades de los particulares,
la imposibilidad de sujetarlos por la via de la moderacion y buen
término, como habia procurado en los principios, se arrimó á los
primeros, y cargó reciamente la mano sobre los contrarios para
sujetarlos. Habia edificado una fortaleza junto á la puerta Camoria,
camino de Florencia, y mandó que todo el pueblo condujese allí sus
armas, tratándolos con gran severidad y absoluto despotismo; pues
aquellos ánimos enconados requerian remedios mas fuertes que su encono:
estaban sumamente cansados de los españoles, y resueltos á sacudir
el yugo; buscaron el apoyo de los franceses, que le concedieron con
gran prontitud y complacencia, persuadidos les seria aquella ciudad
un seguro puerto, desde donde se extenderian á toda la Italia, como
pretendia Enrique II. Exasperados los seneses mas y mas, y llenos de
audacia con la proteccion de los franceses, hacian cuanto daño podian
á los españoles; y un dia que D. Diego paseaba á caballo al rededor
de la fortaleza, dispararon contra él y le mataron el caballo. No se
atemorizó por esto: pasó á Roma, y para conservar á Sena, y lo demás
que pudiese, pues sabia la venida de la armada turquesca contra las
costas de Italia, levantó tres mil italianos, los entregó al conde
Petillano, su íntimo amigo, disimulado enemigo de los españoles. En
conclusion Sena se levantó, sitiaron la fortaleza, levantaron tropa,
recibieron socorros y capitanes de Francia, y D. Diego, luego que tuvo
la noticia, se valió de Ascanio de la Corna, nepote del pontífice,
y llevándole consigo fue á Perugi, y al castillo de la Piebe,
confinantes á Sena, para proveer de allí lo que fuere conveniente; pero
considerando las muchas fuerzas de los seneses, dejó allí á Ascanio,
pasó á Liorna, y en naves del duque de Florencia se fue á Orbitelo,
adonde juzgaba querian dirigirse los enemigos. Al fin el marqués de
Mariñano, general de los imperiales, venció á Pedro Stroci, general
enemigo, sitió á Sena, y á los quince meses de sitio la rindió con
condiciones muy humanas y decorosas al emperador en 22 de abril de
1555[35].

      [35] _Ulloa_, Vita di Carlo V, _lib._ V.

Viendo el César que se necesitaba de mas continuo cuidado, nombró por
gobernador de Sena y sus dependencias al cardenal D. Francisco de
Mendoza, que como pariente de D. Diego habia contribuido mucho para
enviar socorros, y para que el duque de Florencia se resolviese á
defender el partido del emperador. D. Diego parece habia vuelto á Roma
á continuar su influjo sobre el concilio; y allí ocurrió que habiendo
faltado al respeto debido al emperador el barrachelo ó alguacil cabeza
de los esbirros, le hizo castigar; por lo que indignado el pontífice,
dió quejas al emperador, quien sabia muy bien no gustaba aquella corte
de D. Diego, porque la tenia muy comprendida; y así resolvió apartarle
de aquella embajada, y á principios del año 1551 habia enviado por
embajador extraordinario á Roma á D. Juan Manrique de Lara, hijo de
los duques de Nájera, con órden de que si no se hallaba en aquella
capital D. Diego, pasase por Sena donde estaria, y le comunicase las
instrucciones, para que como informado en los negocios, le advirtiese
y dirigiese en el manejo necesario y ejecucion de las órdenes que
llevaba. En el mismo año volvió otra vez Manrique á Roma, y escribiendo
al César el pontífice, le dice entre otras cosas, que no diese oidos
á malas lenguas que no comprendian las entradas de su corazon, ni él
se las queria descubrir; que no decia esto por D. Diego de Mendoza,
á quien queria mucho por su valor é ingenio, y depositaba en él la
misma fe que S. M.; pero que donde se trataba el interés público, el
particular y privado podian poco con él[36]. Esto fue en el tiempo en
que se ocupaba D. Diego de Mendoza en levantar gente en la Romanía,
tanto para defender las costas de Italia de los turcos, como para
enviar á las de África amenazadas por este enemigo comun, y así remitió
mil italianos y muchos pertrechos con Antonio Doria y D. Berenguer de
Requesens.

      [36] _Sandoval_, Hist. de Cárlos V, _tom._ III,
      _lib._ XXXI, § 9.

Parece se volvió á España por los años 1554, donde se mantuvo en
el consejo de estado, y acompañó á Felipe II en la gran jornada de
San Quintin el año 1557, como él mismo da á entender ponderando el
número, provision y buen órden de aquel ejército. Vuelto á la corte de
España se mantuvo en ella, no con la aceptacion de político tan sabio
como era, y de quien habia hecho tanta estima Cárlos V, ya porque su
conducta en la Italia no agradó á Felipe II, ó ya, porque como él mismo
decia quien decae en el valimiento, decae muchos grados.

Algun tiempo antes escribió dos célebres cartas críticas, agudas,
elocuentes, y llenas de los mas delicados primores del lenguaje
castellano sobre la Historia de la guerra de Cárlos V contra los
luteranos, que publicó en folio en 1552 Pedro Salazar. Tomó el disfraz
del bachiller Arcade: en la primera le critica abiertamente; y en la
segunda aparenta que le excusa, pero le agrava con igual acrimonia sus
yerros[37].

      [37] _Nicol. Ant._, Bibliot. _verb._ Petrus de Salazar.

Acaecióle tambien, que hallándose en palacio tuvo palabras muy pesadas
con cierto caballero, de suerte que se vió en la necesidad de quitarle
un puñal, y arrojarlo por un balcon. Desagradó mucho al rey D. Felipe
este hecho ruidoso; parece le mandó prender, como se infiere de algunos
lugares de sus poesías, y aun salió desterrado de la corte en la edad
de 64 años que habia gastado en importantes servicios de la corona. No
quebrantó su constante ánimo esta desgracia, y procuró justificarse en
una carta escrita á un ilustrísimo señor que quizá seria D. Diego de
Espinosa, obispo de Sigüenza y presidente de Castilla, de que hay copia
entre los manuscritos de Alvar Gomez de Castro en la Biblioteca Real.
En ella se mencionan varios lances mucho mas pesados que el suyo, sin
que se hubiese procedido contra los que los cometieron con tanto rigor,
y acaba así: «Pudiera traer muchos ejemplos demás de estos de hombres
que se ha disimulado con ellos, ó han sido restituidos brevemente,
y no fueron tenidos por locos; solo D. Diego de Mendoza anda por
puertas ajenas, porque de 64 años tornando por sí, echó un puñal en
los corredores de palacio, sin poder excusarlo, ni exceder de lo que
bastaba. Y porque no me tengan por historiador, dejo de poner otros
muchos ejemplos, y si estos no bastaren, allá irá mi mudo que hablará
por todos.»

No bastaron sus disculpas para aplacar el ánimo de Felipe II: se retiró
despues á Granada donde vivió tranquilamente en el estudio, separado
de los negocios públicos, aunque previendo las alteraciones que
sobrevendrian en aquel reino por causa de los moriscos, y poca armonía
del capitan general y presidente de la chancillería, como se vió en el
año de 1568, 69 y 70 que principió y duró aquella guerra, _parte de la
cual vió_ D. Diego _y parte oyó de las personas que en ella pusieron
las manos y el entendimiento_: así la escribió con verdad y con tan
útiles reflexiones, que con dificultad se hallará otra en castellano
que la iguale, y ninguna que la exceda.

Mantúvose en Granada todos aquellos años entregado á sus estudios, sin
que dejase la diversion de la poesía, como se ve en la cancion que
dirigió á D. Diego de Espinosa, presidente de Castilla, celebrando
el capelo que la Santidad de Pio V le confirió en marzo de 1568: en
ella le trata como amigo é insinua en la última estrofa lo que padecia
desterrado. Allí era consultado de los sabios sobre las ciencias,
principalmente sobre las antigüedades de España, como consta de
Ambrosio Morales en la dedicatoria que dirigió á D. Diego, donde
confiesa su extraordinaria erudicion en la geografía, y su gran juicio
y exactitud en averiguar qué sitios y pueblos modernos corresponden
á los nombres de los lugares y ciudades antiguas, para lo cual hacia
muy útil uso de las lenguas griega, hebrea y árabe, que nunca dejó
de cultivar; y en este tiempo particularmente se dedicó á investigar
las antigüedades arábigas, convidado de los muchos monumentos que se
encontraban en Granada. Juntó mas de cuatrocientos códices árabes de
erudicion muy recóndita, como lo aseguró á Gerónimo de Zurita con quien
tuvo particular amistad, y á quien habia servido con fineza, procurando
vencer los obstáculos que los émulos de aquel historiador opusieron á
los Anales de Aragon. Comunicóle tambien algunas noticias para ellos
con deseo de que insertase su nombre en aquella historia cuando ya casi
iba á cumplir setenta años, como lo dice en carta de 9 de diciembre de
1573: de donde se infiere con certeza el tiempo de su nacimiento[38].

      [38] _Dormer_, Progresos, _lib._ IV, _cap._ XII;
      Carta de D. Diego de Mendoza, _fol. 502_.

Por este tiempo en que la avanzada edad y enfermedades le iban
postrando el ánimo, buscó consuelo en la comunicacion con Santa Teresa
de Jesus, que le escribió una respuesta complaciéndose la santa, y
otras religiosas que nuestro autor comunicaba, por la resolucion que
habia tomado de aspirar á la virtud; nota en la misma carta que era muy
conocido y estimado del padre fray Gerónimo Gracian, que acompañó á la
santa en el restablecimiento de su reforma, que segun se infiere del
contexto de ella, habia pedido D. Diego en dia determinado particulares
oraciones, y la santa le responde, tenian concertado comulgar todas
aquel dia por D. Diego, y ocuparlo lo mejor que pudiesen[39]. No
vivió mucho tiempo despues de esta comunicacion. Parece que Felipe II
le permitió venir á la corte, ó para justificarse, ó para liquidar
algunos asuntos pendientes. Encomendó á Zurita le buscase vivienda
proporcionada, é inmediata á la suya: juntó sus libros que ofreció al
rey[40]: se puso en camino; á pocos dias de haber llegado á Madrid le
acometió la última enfermedad, procedida del pasmo de una pierna, y le
acabó la vida en abril de 1575, aunque Chacon en su Biblioteca afirma
murió en 1577.

      [39] Cartas de Sta. Teresa de Jesus, _tom._ I, _carta_ XI.

      [40] _Dormer_, Progresos, _lib._ IV, _cap._ XII;
      Cartas de D. Diego de Mendoza, _fol. 503_.

En 1610 publicó en un tomo en cuarto impreso en Madrid algunas de sus
poesías Fr. Juan Diaz Hidalgo, del hábito de San Juan, que las escogió
entre otras muchas del autor con este título: _Obras del insigne
caballero D. Diego de Mendoza, embajador del emperador Cárlos V en
Roma_, y le dedicó á D. Iñigo Lopez de Mendoza, cuarto marqués de
Mondejar. Dejó de publicar otras muchas, ya por lo raro de las materias
de que tratan, ya porque no son para que vayan en manos de todos.

Pero lo que mas crédito le ha dado entre los sabios es la Historia de
la guerra de Granada, de la cual, si se hubiese de hacer una analísis
exacta, era menester dilatarse mucho; con todo no podemos dejar de
notar que nuestro autor refiere en ella, no solo las acciones, sino
que copia con viveza los ánimos, caractéres, é intenciones de los
personajes; descubre las causas de las resoluciones, ó diferentes,
ó encontradas; nota las competencias fútiles é intempestivas y los
intereses particulares; é internándose en los corazones, los delinea
con tanta exactitud, que en vista de los sucesos convence no podian
pensar de otra manera. Pinta los enemigos como fueron, pero confiesa
nuestro descuido y pérdidas, reconoce sus yerros, pero manifiesta los
excesos de nuestras tropas: alaba á los moros cuando lo merecen, y
vitupera los defectos en que alguna vez incurrió su mismo hermano. En
fin yo no encuentro quien haya imitado con mas acierto á Salustio y
á Tácito, á quienes imita en las sentencias y estilo: la proposicion
es imitacion de la historia de Tácito, la oracion del Zaguer es
elocuentísima, concisa, muy nerviosa, cortada al aire de Demóstenes.
Las digresiones, aunque son en gran número, ganan la atencion por
su novedad, y porque toca en ellas muchos usos de nuestra antigua
milicia. El lenguaje y estilo son á juicio de D. Juan de Palafox
lo mejor que tenemos en castellano, y D. Nicolás Antonio coloca su
elocuencia inmediata á la verbosidad de fray Luis de Granada. Verdad
es que algunos le notan de que se vale de términos muy latinizados, ó
muy oscuros; pero esto puede ser porque así se usasen en su tiempo, ó
porque los creía mas puros mientras menos apartados de su orígen.

Por los hechos y escritos referidos, se puede hacer juicio de su ánimo
y carácter; tuvo religion sin mezcla de supersticiones; fue tenaz y
constante en los empeños que emprendia; resuelto é incapaz de miedo
en la ejecucion de ellos, zeloso del bien público que defendia, aun
exponiendo su persona; diestro en el manejo de los negocios, perspicaz
en el conocimiento de las personas, de las que se valia el tiempo
que le aprovechaban. Esto como ministro público. Como particular era
afable, humano, amigo y protector de los sabios, inclinado á honestas
diversiones, á la conversacion de hombres doctos, los que trató como
amigos. Declinaba tal vez en algunas chanzas y agudezas satíricas, como
lo manifiestan muchas de sus poesías inéditas, y algunas impresas. Aun
hablando del gravísimo empleo de embajador, se burla delicadamente, y
escribe así á D. Luis de Zúñiga:

  _¡O embajadores puros majaderos!
  Que si los reyes quieren engañar,
  Comienzan por nosotros los primeros._

La gloria inmortal con que este grande hombre corrió la carrera
militar, política y literaria, merece sin duda un elogio histórico
mas bien acabado que el que le hemos dado; mas por ahora solo puede
satisfacerse á los curiosos con este leve diseño: tal vez otro pincel
mas diestro nos dará con el tiempo retrato mas vivo de las prendas que
adornaron á este excelente escritor y discretísimo político.



                               LIBRO I.


Mi propósito es escribir la guerra que el rey católico de España
D. Felipe el II., hijo del nunca vencido emperador D. Cárlos, tuvo
en el reino de Granada contra los rebeldes nuevamente convertidos:
parte de la cual yo vi, y parte entendí de personas que en ella
pusieron las manos y el entendimiento. Bien sé que muchas cosas
de las que escribiere parecerán á algunos livianas y menudas para
historia, comparadas á las grandes que de España se hallan escritas:
guerras largas de varios sucesos; tomas y desolaciones de ciudades
populosas; reyes vencidos y presos; discordias entre padres é hijos,
hermanos y hermanas, suegros y yernos; desposeidos, restituidos, y
otra vez desposeidos, muertos á hierro; acabados linajes; mudadas
sucesiones de reinos: libre y extendido campo, y ancha salida para los
escritores. Yo escogí camino mas estrecho, trabajoso, estéril, y sin
gloria; pero provechoso, y de fruto para los que adelante vinieren:
comienzos bajos, rebelion de salteadores, junta de esclavos, tumulto de
villanos, competencias, odios, ambiciones, y pretensiones; dilacion de
provisiones, falta de dinero, inconvenientes ó no creidos, ó tenidos
en poco; remision y flojedad en ánimos acostumbrados á entender,
proveer, y disimular mayores cosas: y así no será cuidado perdido
considerar de cuan livianos principios y causas particulares se viene
á colmo de grandes trabajos, dificultades y daños públicos, y cuasi
fuera de remedio. Veráse una guerra, al parecer tenida en poco, y
liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en
cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes
amigos y enemigos, lejos y cerca: primero cubierta y sobresanada, y
al fin descubierta, parte con el miedo y la industria, y parte criada
con el arte y ambicion. La gente que dije, pocos á pocos junta,
representada en forma de ejércitos; necesitada España á mover sus
fuerzas, para atajar el fuego; el rey salir de su reposo, y acercarse
á ella; encomendar la empresa á D. Juan de Austria su hermano, hijo
del emperador D. Cárlos, á quien la obligacion de las victorias del
padre moviese á dar la cuenta de sí, que nos muestra el suceso. En
fin pelearse cada dia con enemigos; frio, calor, hambre; falta de
municiones, de aparejos en todas partes; daños nuevos, muertes á la
continua: hasta que vimos á los enemigos, nacion belicosa, entera,
armada, y confiada en el sitio, en el favor de los bárbaros y turcos,
vencida, rendida, sacada de su tierra, y desposeida de sus casas y
bienes; presos y atados hombres y mujeres; niños cautivos vendidos en
almoneda, ó llevados á habitar á tierras lejos de la suya: cautiverio
y transmigracion no menor, que las que de otras gentes se leen por
las historias. Victoria dudosa, y de sucesos tan peligrosos, que
alguna vez se tuvo duda si éramos nosotros, ó los enemigos, los á
quien Dios queria castigar: hasta que el fin de ella descubrió, que
nosotros éramos los amenazados, y ellos los castigados. Agradezcan y
acepten esta mi voluntad libre, y lejos de todas las cosas de odio ó
de amor, los que quisieren tomar ejemplo, ó escarmiento; que esto solo
pretendo por remuneracion de mi trabajo, sin que de mi nombre quede
otra memoria. Y porque mejor se entienda lo adelante, diré algo de la
fundacion de Granada, qué gentes la poblaron al principio, como se
mezclaron, como hubo este nombre, en quien comenzó el reino de ella;
puesto que no sea conforme á la opinion de muchos; pero será lo que
hallé en los libros arábigos de la tierra, y los de Muley Hacén rey de
Túnez, y lo que hasta hoy queda en la memoria de los hombres, haciendo
á los autores cargo de la verdad.

[Nota al margen: 724.]

[Nota al margen: 1014.]

La ciudad de Granada, segun entiendo, fue poblacion de los de Damasco,
que vinieron con Tarif su capitan, y diez años despues que los
alárabes echaron á los godos del señorío de España, la escogieron
por habitacion; porque en el suelo y aire parecia mas á su tierra.
Primero asentaron en Libira, que antiguamente llamaban Illiberis, y
nosotros Elvira, puesta en el monte contrario de donde ahora está la
ciudad, lugar falto de agua, de poco aprovechamiento, dicho el cerro
de los Infantes; porque en él tuvieron su campo los infantes D. Pedro
y D. Juan, cuando murieron rotos por Ozmin, capitan del rey Ismael.
Era Granada uno de los pueblos de Iberia, y habia en él la gente que
dejó Tarif Abentiet despues de haberla tomado por luengo cerco; pero
poca, pobre, y de varias naciones, como sobras del lugar destruido. No
tuvieron rey hasta Habúz Aben Habúz, que juntó los moradores de uno y
otro lugar, fundando ciudad á la torre de San José, que llamaban de
los Judíos, en el alcazava; y su morada en la casa del Gallo, á San
Cristóval en el Albaicin. Puso en el alto su estatua á caballo con
lanza y adarga, que á manera de veleta se revuelve á todas partes, y
letras que dicen: _Dijo Habúz Aben Habúz el sabio, que así se debe
defender el Andalucía_. Dicen, que del nombre de Naath su mujer, y por
mirar al poniente (que en su lengua llaman garb) la llamó Garbnaath,
como Naath la del poniente. Los alárabes y asianos hablan de los
sitios, como escriben; al contrario y revés que las gentes de Europa.
Otros, que de una cueva á la puerta de Bibataubin, morada de la Cava,
hija del conde Julian el traidor, y de Nata, que era su nombre propio,
se llamó Garnata, la cueva de Nata. Porque el de la Cava todas las
historias arábigas afirman, que le fue puesto por haber entregado su
voluntad al rey de España D. Rodrigo; y en la lengua de los alárabes
cava quiere decir mujer liberal de su cuerpo. En Granada dura este
nombre por algunas partes; y la memoria en el soto y torre de Roma,
donde los moros afirman haber morado; no embargante que los que tratan
de la destruccion de España ponen que padre é hija murieron en Ceuta. Y
los edificios que se muestran de lejos á la mar sobre el monte, entre
las Quejinas y Jarjuel al poniente de Argel, que llaman sepulcro de la
Cava cristiana, cierto es haber sido un templo de la ciudad de Cesarea
hoy destruida, y en otros tiempos cabeza de la Mauritania, á quien dió
el nombre de cesariense. Lo de la amiga del rey Abenhut, y la compra
que hizo á ejemplo de Dido la de Cartago, cercando con un cuero de
buey cercenado el sitio donde ahora está la ciudad, los mismos moros
lo tienen por fabuloso. Pero lo que se tiene por mas verdadero entre
ellos y se halla en la antigüedad de sus escrituras, es haber tomado el
nombre de una cueva, que atraviesa de aquella parte de la ciudad hasta
la aldea que llaman Alfacar, que en mi niñez yo vi abierta, y tenida
por lugar religioso, donde los ancianos de aquella nacion curaban
personas tocadas de la enfermedad que dicen demonio. Esto cuanto al
nombre que tuvo en la edad de los moros; tanta variedad hay en las
historias arábigas, aunque las llaman ellos escrituras de la verdad. En
la nuestra conformando el sonido del vocablo con la lengua castellana,
la decimos Granada, por ser abundante. Habúz Aben Habúz deshizo el
reino de Córdoba, y puso á Idriz en el señorío del Andalucía. Con esto,
con el desasosiego de las ciudades comarcanas, con las guerras que los
reyes de Castilla hacian, con la destruccion de algunas, juntos los dos
pueblos en uno, fue maravilla en cuan poco tiempo Granada vino á mucha
grandeza. Desde entonces no faltaron reyes en ella hasta Abenhut, que
echó de España los almoades, é hizo á Almería cabeza del reino. Muerto
Abenhut á manos de los suyos, con el poder y armas del rey santo D.
Fernando el III, tomaron los de Granada por rey á Mahamet Alhamar, que
era señor de Arjona, y volvió la silla del reino de Granada, la cual
fue en tanto crecimiento, que en tiempo del rey Bulhaxix, cuando estaba
en mayor prosperidad, tenia setenta mil casas, segun dicen los moros; y
en alguna edad hizo tormenta, y en muchas puso cuidado á los reyes de
Castilla. Hay fama que Bulhaxix halló el alquimia, y con el dinero de
ella cercó el Albaicin: dividióle de la ciudad; y edificó el Alhambra
con la torre que llaman de Comares (porque cupo á los de Comares
fundalla); aposento real y nombrado, segun su manera de edificio, que
despues acrecentaron diez reyes sucesores suyos, cuyos retratos se
ven en una sala; alguno de ellos conocido en nuestro tiempo por los
ancianos de la tierra.

[Nota al margen: 1492.]

Ganaron á Granada los reyes llamados Católicos Fernando é Isabel,
despues de haber ellos y sus pasados sojuzgado y echado los moros de
España en guerra continua de setecientos setenta y cuatro años, y
cuarenta y cuatro reyes; acabada en tiempo, que vimos al rey último
Boabdelí (con grande exaltacion de la fe cristiana) desposeido de
su reino y ciudad y tornado á su primera patria allende la mar.
Recibieron las llaves de la ciudad en nombre de señorío, como es
costumbre de España: entraron al Alhambra, donde pusieron por alcaide
y capitan general á D. Iñigo Lopez de Mendoza conde de Tendilla,
hombre de prudencia en negocios graves, de ánimo firme, asegurado
con luenga experiencia de reencuentros y batallas ganadas, lugares
defendidos contra moros en la misma guerra; y por prelado pusieron á
fray Fernando de Talavera, religioso de la órden de san Hierónimo,
cuyo ejemplo de vida y santidad España celebra, y de los que viven,
algunos hay testigos de sus milagros. Diéronles compañía calificada y
conveniente para fundar república nueva; que habia de ser cabeza de
reino, escudo y defension contra los moros de África, que en otros
tiempos fueron sus conquistadores. Mas no bastaron estas provisiones
aunque juntas, para que los moros (cuyos ánimos eran desasosegados y
ofendidos) no se levantasen en el Albaicin, temiendo ser echados de
la ley, como del estado: porque los reyes, queriendo que en todo el
reino fuesen cristianos, enviaron á fray Francisco Jimenez, que fue
arzobispo de Toledo y cardenal, para que los persuadiese; mas ellos,
gente dura, pertinaz, nuevamente conquistada, estuvieron rehacios.
Tomóse concierto, que los renegados, ó hijos de renegados tornasen
á nuestra fe, y los demás quedasen en su ley por entonces. Tampoco
esto se observaba, hasta que subió al Albaicin un alguacil, llamado
Barrionuevo, á prender dos hermanos renegados en casa de la madre.
Alborotóse el pueblo, tomaron las armas, mataron al alguacil, y
barrearon las calles que bajan á la ciudad; eligieron cuarenta hombres
autores del motin para que los gobernasen, como acontece en las cosas
de justicia escrupulosamente fuera de ocasion ejecutadas. Subió el
conde de Tendilla al Albaicin, y despues de habérsele hecho alguna
resistencia apedreándole el adarga (que es entre ellos respuesta de
rompimiento), se la tornó á enviar: al fin la recibieron, y pusiéronse
en manos de los reyes, con dejar sus haciendas á los que quisiesen
quedar cristianos en la tierra, conservar su hábito y lengua, no entrar
la inquisicion hasta ciertos años, pagar fardas y las guardas; dióles
el conde por seguridad sus hijos en rehenes. Hecho esto salieron
huyendo los cuarenta electos, y levantaron á Guejar, Lanjaron, Andarax;
y últimamente Sierra Bermeja, nombrada por la muerte de D. Alonso de
Aguilar, uno de los mas celebrados capitanes de España, grande en
estado y linaje. Sosegó el conde de Tendilla y concertó el motin de
Albaicin; tomó á Guejar, parte por fuerza, parte rendida sin condicion,
pasando á cuchillo los moradores y defensores. En la cual empresa,
dicen que por no ir á Sierra Bermeja, debajo de D. Alonso de Aguilar su
hermano, con quien tuvo emulacion, se halló á servir, y fue el primero
que por fuerza entró en el barrio de abajo, Gonzalo Fernandez de
Córdoba, que vivia á la sazon en Loja desdeñado de los Reyes Católicos,
abriendo ya el camino para el título de gran capitan, que á solas dos
personas fue concedido en tantos siglos: una entre los griegos caido
el imperio en tiempo de los emperadores Comnenos como á restaurador y
defensor del Andrónico Contestephano llamándole _megaduca_, vocablo
bárbaramente compuesto de griego y latino, como acontece con los
estados perderse la elegancia de las lenguas: otra á Gonzalo Fernandez
entre los españoles y latinos, por la gloria de tantas victorias
suyas, como viven y vivirán en la memoria del mundo. Halláronse allí
entre otros Alarcon sin ejercicio de guerra, y Antonio de Leiva, mozo
teniente de la compañía de Juan de Leiva su padre, y despues sucesor
en Lombardía de muchos capitanes generales señalados, y á ninguno de
ellos inferior en victorias. La presencia del Rey Católico dió fin con
mayor autoridad á esta guerra; mas guardóse el rincon de Sierra Bermeja
para la muerte de D. Alonso de Aguilar, que ganada la sierra, y rotos
los moros fue necesitado á quedar en ella con la oscuridad de la noche,
y con ella misma le acometieron los enemigos rompiendo su vanguardia.
Murió D. Alonso peleando, y salvóse su hijo D. Pedro entre los muertos:
salió el conde de Ureña, aunque dando ocasion á los cantares y libertad
española; pero como buen caballero.

Sosegada esta rebelion tambien por concierto, diéronse los Reyes
Católicos á restaurar y mejorar á Granada en religion, gobierno y
edificios: establecieron el cabildo, bautizaron los moros, trujeron la
chancillería, y dende á algunos años vino la inquisicion. Gobernábase
la ciudad y reino como entre pobladores y compañeros con una forma
de justicia arbitraria, unidos los pensamientos, las resoluciones
encaminadas en comun al bien público: esto se acabó con la vida de
los viejos. Entraron los celos; la division sobre causas livianas
entre los ministros de justicia y de guerra, las concordias en
escrito confirmadas por cédulas; traido el entendimiento de ellas
por cada una de las partes á su opinion; la ambicion de querer la
una no sufrir igual, y la otra conservar la superioridad, tratada
con mas disimulacion que modestia. Duraron estos principios de
discordia disimulada y manera de conformidad sospechosa el tiempo
de D. Luis Hurtado de Mendoza[41], hijo de D. Iñigo, hombre de gran
sufrimiento y templanza; mas sucediendo otros, aunque de conversacion
blanda y humana, de condicion escrupulosa y propia; fuese apartando
este oficio del arbitrio militar, fundándose en la legalidad y
derechos, y subiéndose hasta el peligro de la autoridad, cuanto á
las preeminencias: cosas que cuando estiradamente se juntan, son
aborrecidas de los menores y sospechosas á los iguales. Vínose á causas
y pasiones particulares, hasta pedir jueces de términos; no para
divisiones ó suertes de tierras, como los romanos y nuestros pasados;
sino con voz de restituir al rey ó al público lo que le tenian ocupado,
y intento de echar algunos de sus heredamientos. Este fue uno de los
principios en la destruccion de Granada comun á muchas naciones;
porque los cristianos nuevos, gente sin lengua y sin favor, encogida
y mostrada á servir, veían condenarse y quitar ó partir las haciendas
que habian poseido, comprado, ó heredado de sus abuelos, sin ser oidos.
Juntáronse con estos inconvenientes y divisiones, otros de mayor
importancia, nacidos de principios honestos, que tomaremos de mas alto.

      [41] Este D. Luis fue el segundo marqués de Mondejar y
      presidente de Castilla.

Pusieron los Reyes Católicos el gobierno de la justicia y cosas
públicas en manos de letrados, gente media entre los grandes y
pequeños, sin ofensa de los unos ni de los otros: cuya profesion
eran letras legales, comedimiento, secreto, verdad, vida llana y sin
corrupcion de costumbres; no visitar, no recibir dones, no profesar
estrecheza de amistades; no vestir, ni gastar suntuosamente, blandura
y humanidad en su trato, juntarse á horas señaladas para oir causas,
ó para determinallas, y tratar del bien público. Á su cabeza llaman
presidente, mas porque preside á lo que se trata, y ordena lo que se
ha de tratar, y prohibe cualquier desórden, que porque los manda.
Esta manera de gobierno, establecida entonces con menos diligencia,
se ha ido extendiendo por toda la cristiandad, y está hoy en el colmo
de poder y autoridad: tal es su profesion de vida en comun, aunque
en particular haya algunos que se desvien. Á la suprema congregacion
llaman consejo real, y á las demás chancillerías, diversos nombres
en España, segun la diversidad de las provincias. Á los que tratan
en Castilla lo civil llaman oidores; y á los que tratan lo criminal
alcaldes (que en cierta manera son sujetos á los oidores): los unos y
los otros por la mayor parte ambiciosos de oficios ajenos y profesion
que no es suya, especialmente la militar; persuadidos del ser de su
facultad, que (segun dicen) es noticia de cosas divinas y humanas, y
ciencia de lo que es justo é injusto; y por esto amigos en particular
de traer por todo, como superiores, su autoridad, y apuralla á veces
hasta grandes inconvenientes, y raices de los que agora se han visto.
Porque en la profesion de la guerra se ofrecen casos que á los que no
tienen plática de ella parecen negligencias; y si los procuran emendar,
cáese en imposibilidades y lazos, que no se pueden desenvolver; aunque
en ausencia se juzgan diferentemente. Estiraba el capitan general su
cargo sin equidad, y procuraban los ministros de justicia emendallo.
Esta competencia fue causa que menudeasen quejas y capítulos al rey;
con que cansados los consejeros, y él con ellos, las provisiones
saliesen varias, ó ningunas, perdiendo con la oportunidad el crédito;
y se proveyesen algunas cosas de pura justicia, que atenta la calidad
de los tiempos, manera de las gentes, diversidad de ocasiones requerian
templanza ó dilacion. Todo lo de hasta aquí se ha dicho por ejemplo,
y como muestra de mayores casos; con fin que se vea de cuan livianos
principios se viene á ocasiones de grande importancia, guerras,
hambres, mortandades, ruinas de estados, y á veces de los señores de
ellos. Tan atenta es la providencia divina á gobernar el mundo y sus
partes, por órden de principios, y causas livianas que van creciendo
por edades, si los hombres las quisiesen buscar con atencion.

Habia en el reino de Granada costumbre antigua, como la hay en otras
partes, que los autores de delitos se salvasen, y estuviesen seguros en
lugares de señorío; cosa que mirada en comun, y por la haz, se juzgaba
que daba causa á mas delitos, favor á los malhechores, impedimento á
la justicia, y desautoridad á los ministros de ella. Pareció por estos
inconvenientes, y por ejemplo de otros estados, mandar que los señores
no acogiesen gentes de esta calidad en sus tierras, confiados que
bastaba solo el nombre de justicia para castigallos donde quiera que
anduviesen. Manteníase esta gente con sus oficios en aquellos lugares,
casábanse, labraban la tierra, dábanse á vida sosegada. Tambien les
prohibieron la inmunidad de las iglesias arriba de tres dias; mas
despues que les quitaron los refugios, perdieron la esperanza de
seguridad, y diéronse á vivir por las montañas, hacer fuerzas, saltear
caminos, robar y matar. Entró luego la duda tras el inconveniente,
sobre á que tribunal tocaba el castigo, nacida de competencia de
jurisdicciones; y no obstante que los generales acostumbrasen hacer
estos castigos, como parte del oficio de la guerra; cargaron á color
de ser negocio criminal, la relacion apasionada ó libre de la ciudad,
y la autoridad de la audiencia, y púsose en manos de los alcaldes, no
excluyendo en parte al capitan general. Dióseles facultad para tomar á
sueldo cierto número de gente repartida pocos á pocos, á que usurpando
el nombre llamaban cuadrillas; ni bastantes para asegurar, ni fuertes
para resistir. Del desden, de la flaqueza de provision, de la poca
experiencia de los ministros en cargo que participaba de guerra, nació
el descuido, ó fuese negligencia ó voluntad de cada uno que no acertase
su émulo. En fin fue causa de crecer estos salteadores (monfíes los
llamaban en lengua morisca), en tanto número, que para oprimillos ó
para reprimillos no bastaban las unas ni las otras fuerzas. Este fue el
cimiento sobre que fundaron sus esperanzas los ánimos escandalizados
y ofendidos; y estos hombres fueron el instrumento principal de la
guerra. Todo esto parecia al comun cosa escandalosa; pero la razon de
los hombres, ó la providencia divina (que es lo mas cierto), mostró
con el suceso, que fue cosa guiada para que el mal no fuese adelante,
y estos reinos quedasen asegurados mientras fuese su voluntad.
Siguiéronse luego ofensas en su ley, en las haciendas, y en el uso de
la vida, así cuanto á la necesidad, como cuanto al regalo, á que es
demasiadamente dada esta nacion; porque la inquisicion los comenzó á
apretar mas de lo ordinario. El rey les mandó dejar la habla morisca,
y con ella el comercio y comunicacion entre sí; quitóseles el servicio
de los esclavos negros á quienes criaban con esperanzas de hijos,
el hábito morisco en que tenian empleado gran caudal: obligáronlos
á vestir castellano con mucha costa, que las mujeres trujesen los
rostros descubiertos, que las casas acostumbradas á estar cerradas
estuviesen abiertas: lo uno y lo otro tan grave de sufrir entre
gente zelosa. Hubo fama que les mandaban tomar los hijos, y pasallos
á Castilla: vedáronles el uso de los baños, que eran su limpieza y
entretenimiento; primero les habian prohibido la música, cantares,
fiestas, bodas conforme á su costumbre, y cualesquier juntas de
pasatiempo. Salió todo esto junto, sin guardia ni provision de gente;
sin reforzar presidios viejos, ó firmar otros nuevos. Y aunque los
moriscos estuviesen prevenidos de lo que habia de ser, les hizo tanta
impresion, que antes pensaron en la venganza que en el remedio. Años
habia que trataban de entregar el reino á los príncipes de Berbería,
ó al turco; mas la grandeza del negocio, el poco aparejo de armas,
vituallas, navíos, lugar fuerte donde hiciesen cabeza, el poder grande
del emperador, y del rey Felipe su hijo, enfrenaba las esperanzas, é
imposibilitaba las resoluciones, especialmente estando en pie nuestras
plazas mantenidas en la costa de África, las fuerzas del turco tan
lejos, las de los cosarios de Argel mas ocupadas en presas y provecho
particular, que en empresas difíciles de tierra. Fuéronseles con estas
dificultades dilatando los designios, apartándose ellos de los del
reino de Valencia, gente menos ofendida, y mas armada. En fin creciendo
igualmente nuestro espacio por una parte, y por otra los excesos de los
enemigos tantos en número, que ni podian ser castigados por manos de
justicia, ni por tan poca gente como la del capitan general; eran ya
sospechosas sus fuerzas para encubiertas, aunque flacas para puestas en
ejecucion. El pueblo de cristianos viejos adivinaba la verdad, cesaba
el comercio y paso de Granada á los lugares de la costa: todo era
confusion, sospecha, temor; sin resolver, proveer, ni ejecutar. Vista
por ellos esta manera en nosotros, y temiendo que con mayor aparejo les
contraviniésemos, determinaron algunos de los principales de juntarse
en Cadiar, lugar entre Granada, y la mar, y el rio de Almería, á la
entrada de la Alpujarra. Tratóse del cuando y como se debian descubrir
unos á otros, de la manera del tratado y ejecucion: acordaron que
fuese en la fuerza del invierno; porque las noches largas les diesen
tiempo para salir de la montaña y llegar á Granada, y á una necesidad
tornarse á recoger y poner en salvo, cuando nuestras galeras reposaban
repartidas por los invernaderos y desarmadas; la noche de navidad, que
la gente de todos los pueblos está en las iglesias, solas las casas, y
las personas ocupadas en oraciones y sacrificios; cuando descuidados,
desarmados, torpes con el frio, suspensos con la devocion, facilmente
podian ser oprimidos de gente atenta, armada, suelta, y acostumbrada
á saltos semejantes. Que se juntasen á un tiempo cuatro mil hombres
de la Alpujarra, con los del Albaicin, y acometiesen la ciudad, y el
Alhambra, parte por la puerta, parte con escalas; plaza guardada mas
con la autoridad que con la fuerza: y por que sabian que el Alhambra,
no podia dejar de aprovecharse de la artillería, acordaron que los
moriscos de la vega tuviesen por contraseña las primeras dos piezas
que se disparasen, para que en un tiempo acudiesen á las puertas de
la ciudad, las forzasen, entrasen por ellas y por los portillos;
corriesen las calles, y con el fuego y con el hierro no perdonasen á
persona, ni á edificio. Descubrir el tratado sin ser sentidos y entre
muchos, era dificultoso: pareció que los casados lo descubriesen á los
casados, los viudos á los viudos, los mancebos á los mancebos; pero á
tiento, probando las voluntades y el secreto de cada uno. Habian ya
muchos años antes enviado á solicitar con personas ciertas no solamente
á los príncipes de Berbería, mas al emperador de los turcos dentro
en Constantinopla, que los socorriese, y sacase de servidumbre, y
postreramente al rey de Argel pedido armada de levante y poniente en
su favor; porque faltos de capitanes, de cabezas, de plazas fuertes,
de gente diestra, de armas, no se hallaron poderosos para tomar, y
proseguir á solas tan gran empresa. Demás de esto resolvieron proveerse
de vitualla, elegir lugar en la montaña donde guardalla, fabricar
armas, reparar las que de mucho tiempo tenian escondidas, comprar
nuevas, y avisar de nuevo á los reyes de Argel, Fez, señor de Tituan,
de esta resolucion y preparaciones. Con tal acuerdo partieron aquella
habla; gente á quien el regalo, el vicio, la riqueza, la abundancia de
las cosas necesarias, el vivir luengamente en gobierno de justicia é
igualdad desasosegaba, y traía en continuo pensamiento.

Dende á pocos dias se juntaron otra vez con los principales del
Albaicin en Churriana fuera de Granada, á tratar del mismo negocio.
Habíanles prohibido, como arriba se dijo, todas las juntas en que
concurria número de gente; pero teniendo el rey y el prelado mas
respeto á Dios que al peligro, se les habia concedido que hiciesen
un hospital y cofradía de cristianos nuevos, que llamaron de la
Resurreccion. (Dicen en español cofradía una junta de personas, que
prometen hermandad en oficios divinos y religiosos con obras.) En
dias señalados concurrian en el hospital á tratar de su rebelion
con esta cubierta; y para tener certinidad de sus fuerzas, enviaron
personas pláticas de la tierra por todos los lugares del reino, que
con ocasion de pedir limosna reconociesen las partes de él á propósito
para acogerse, para recibir los enemigos, para traellos por caminos
mas breves, mas secretos, mas seguros, con mas aparejo de vituallas; y
estos echasen un pedido á manera de limosna, que los de veinte y cuatro
años hasta cuarenta y cinco contribuyesen diferentemente de los viejos,
mujeres, niños, y impedidos: con tal astucia reconocieron el número de
la gente útil para tomar armas, y la que habia armada en el reino.

[Nota al margen: 1568.]

Estos y otros indicios, y los delitos de los monfíes mas públicos,
graves y á menudo que solian, dieron ocasion al marqués de
Mondejar[42], al conde Tendilla su hijo, á cuyo cargo estaba la
guerra, á D. Pedro de Deza, presidente de la chancillería, caballero
que habia pasado por todos los oficios de su profesion, y dado buena
cuenta de ellos, al arzobispo, á los jueces de inquisicion, de poner
nuevo cuidado y diligencia en descubrir los motivos de estos hombres,
y asegurarse parte con lo que podian, y parte con acudir al rey y
pedir mayores fuerzas cada uno segun su oficio, para hacer justicia,
y reprimir la insolencia; que este nombre le ponian, como á cosa
incierta, hasta que estando el marqués de Mondejar en Madrid, fue
avisado el rey mas particularmente. Partió el marqués en diligencia, y
llevó comision para crecer en la guardia del reino alguna poca gente,
pero la que pareció que bastaba en aquella ocasion, y en las que se
ofreciesen por mar contra los moros berberíes. Mas las personas á cuyo
cargo era la provision, aunque se creyeron los avisos; ó importunados
con el menudear de ellos, ó juzgando á los autores por mas ambiciosos
que diligentes, hicieron provision tan pequeña, que bastó para mover
las causas de la enfermedad, y no para remedialla; como suelen
medicinas flojas en cuerpos llenos. Por lo cual, vistas por los monfíes
y principales de la conjuracion las diligencias que se hacian de parte
de los ministros para apurar la verdad del tratado; el temor de ser
prevenidos, y la avilanteza de nuestras pocas fuerzas, los acució á
resolverse sin aguardar socorro, con solo avisar á Berbería del término
en que las cosas se hallaban, y solicitar gente y armas con la armada,
dando por contraseño que entre los navíos que viniesen de Argel y
Tituan trajesen las capitanas una vela colorada, y que los navíos de
Tituan acudiesen á la costa de Marbella para dar calor á la sierra
de Ronda y tierra de Málaga; y los de Argel á cabo de Gata, que los
romanos llamaban promontorio de Caridemo, para socorrer á la Alpujarra
y rios de Almería y Almazora, y mover con la vecindad los ánimos de la
gente sosegada en el reino de Valencia. Mas estos estuvieron siempre
firmes: ó que en la memoria de los viejos quedase el mal suceso de la
sierra de Espadan en tiempo del emperador Cárlos; ó que teniendo por
liviandad el tratado, y dificultosa la empresa, esperasen á ver como
se movia la generalidad, con que fuerzas, fundamento, y certeza de
esperanzas en Berbería. Enviaron á Argel al Partal que vivia en Narila,
lugar del partido de Cadiar, hombre rico, diligente y tan cuerdo, que
la segunda vez que fue á Berbería, llevó su hacienda y dos hermanos,
y se quedó en Argel. Este y el Jeniz, que despues vendió y mató al
Abenabó su señor, á quien ellos levantaron por segundo rey, estaban en
aquella congregacion como diputados en nombre de toda la Alpujarra;
y por tener alguna cabeza en quien se mantuviesen unidos, mas que
por sujetarse á otras sino á las que el rey de Argel los nombrase,
resolvieron en veinte y siete de setiembre hacer rey[43], persuadidos
con la razon de D. Fernando de Valor, el zaguer, que en su lengua
quiere decir el menor, á quien por otro nombre llamaban Aben Jauhar,
hombre de gran autoridad y de consejo maduro, entendido en las cosas
del reino y de su ley. Este viendo que la grandeza del hecho traía
miedo, dilacion, diversidad de casos; mudanzas de pareceres, los juntó
en casa de Zinzan en el Albaicin, y les habló:

      [42] El tercer marqués de Mondejar es el que de aquí adelante
      siempre se nombra: llamóse don Iñigo y fue virey de Valencia y
      Nápoles, y sobrino del autor.

      [43] Algo difiere Marmol, _lib._ IV, cap. 7, véase.

«Poniéndoles delante la opresion en que estaban, sujetos á hombres
públicos y particulares, no menos esclavos que si lo fuesen.
Mujeres, hijos, haciendas, y sus propias personas en poder y
arbitrio de enemigos, sin esperanza en muchos siglos de verse fuera
de tal servidumbre: sufriendo tantos tiranos como vecinos, nuevas
imposiciones, nuevos tributos, y privados del refugio de los lugares
de señorío, donde los culpados, puesto que por accidentes ó por
venganzas (esta es la causa entre ellos mas justificada), se aseguran:
echados de la inmunidad y franqueza de las iglesias, donde por otra
parte los mandaban asistir á los oficios divinos con penas de dinero;
hechos sujetos de enriquecer clérigos; no tener acogida á Dios ni
á los hombres; tratados y tenidos como moros entre los cristianos
para ser menospreciados, y como cristianos entre los moros para no
ser creidos ni ayudados. Excluidos de la vida y conversacion de
personas, mándannos que no hablemos nuestra lengua; y no entendemos
la castellana: ¿en qué lengua habemos de comunicar los conceptos, y
pedir ó dar las cosas, sin que no puede estar el trato de los hombres?
Aun á los animales no se vedan las voces humanas. ¿Quién quita que
el hombre de lengua castellana no pueda tener la ley del Profeta, y
el de la lengua morisca la ley de Jesus? Llaman á nuestros hijos á
sus congregaciones y casas de letras: enséñanles artes que nuestros
mayores prohibieron aprenderse, porque no se confundiese la puridad,
y se hiciese litigiosa la verdad de la ley. Cada hora nos amenazan
quitarlos de los brazos de sus madres, y de la crianza de sus padres,
y pasarlos á tierras ajenas, donde olviden nuestra manera de vida, y
aprendan á ser enemigos de los padres que los engendramos, y de las
madres que los parieron. Mándannos dejar nuestro hábito, y vestir
el castellano. Vístense entre ellos los tudescos de una manera, los
franceses de otra, los griegos de otra, los frailes de otra, los mozos
de otra, y de otra los viejos: cada nacion, cada profesion y cada
estado usa su manera de vestido, y todos son cristianos; y nosotros
moros, porque vestimos á la morisca, como si trujésemos la ley en
el vestido, y no en el corazon. Las haciendas no son bastantes para
comprar vestidos para dueños y familias; del hábito que traíamos no
podemos disponer, porque nadie compra lo que no ha de traer; para
traello es prohibido, para vendello es inútil. Cuando en una casa se
prohibiere el antiguo, y comprare el nuevo del caudal que teníamos
para sustentarnos, ¿de qué viviremos? Si queremos mendigar nadie nos
socorrerá como á pobres, porque somos pelados como ricos: nadie nos
ayudará, porque los moriscos padecemos esta miseria y pobreza, que los
cristianos no nos tienen por prójimos. Nuestros pasados quedaron tan
pobres en la tierra de las guerras contra Castilla, que casando su hija
el alcaide de Loja, grande y señalado capitan que llamaban Alatar,
deudo de algunos de los que aquí nos hallamos, hubo de buscar vestidos
prestados para la boda. ¿Con qué haciendas, con qué trato, con qué
servicio ó industria, en qué tiempo adquiriremos riqueza para perder
unos hábitos y comprar otros? Quítannos el servicio de los esclavos
negros; los blancos no nos eran permitidos por ser de nuestra nacion:
habíamoslos comprado, criado, mantenido: ¿esta pérdida sobre las otras?
¿Qué harán los que no tuvieren hijos que los sirvan, ni hacienda con
que mantener criados si enferman, si se inhabilitan, si envejecen,
sino prevenir la muerte? Van nuestras mujeres, nuestras hijas, tapadas
las caras, ellas mismas á servirse y proveerse de lo necesario á sus
casas; mándanles descubrir los rostros: si son vistas, serán codiciadas
y aun requeridas; y veráse quien son las que dieron la avilanteza al
atrevimiento de mozos y viejos. Mándannos tener abiertas las puertas
que nuestros pasados con tanta religion y cuidado tuvieron cerradas,
no las puertas, sino las ventanas y resquicios de casa. ¿Hemos de ser
sujetos de ladrones, de malhechores, de atrevidos y desvergonzados
adúlteros, y que estos tengan dias determinados y horas ciertas, cuando
sepan que pueden hurtar nuestras haciendas, ofender nuestras personas,
violar nuestras honras? No solamente nos quitan la seguridad, la
hacienda, la honra, el servicio, sino tambien los entretenimientos; así
los que se introdujeron por la autoridad, reputacion y demostraciones
de alegría en las bodas, zambras, bailes, músicas, comidas; como los
que son necesarios para la limpieza, convenientes para la salud.
¿Vivirán nuestras mujeres sin baños, introduccion tan antigua?
¿Veránlas en sus casas tristes, sucias, enfermas, donde tenian la
limpieza por contentamiento, por vestido, por sanidad? Representóles
el estado de la cristiandad; las divisiones entre herejes y católicos
en Francia; la rebelion de Flandes; Inglaterra sospechosa; y los
flamencos huidos solicitando en Alemania á los príncipes de ella.
El rey falto de dineros y gente plática, mal armadas las galeras,
proveidas á remiendos, la chusma libre; los capitanes y hombres de cabo
descontentos, como forzados. Si previniesen no solamente el reino de
Granada, pero parte del Andalucía que tuvieron sus pasados, y agora
poseen sus enemigos, pueden ocupar con el primer ímpetu; ó mantenerse
en su tierra, cuando se contenten con ella sin pasar adelante. Montaña
áspera, valles al abismo, sierras al cielo, caminos estrechos,
barrancos y derrumbaderos sin salida: ellos gente suelta, plática
en el campo, mostrada á sufrir calor, frio, sed, hambre; igualmente
diligentes y animosos al acometer, prestos á desparcirse y juntarse:
españoles contra españoles, muchos en número, proveidos de vitualla,
no tan faltos de armas que para los principios no les basten; y en
lugar de las que no tienen, las piedras delante de los pies, que contra
gente desarmada son armas bastantes. Y cuanto á los que se hallaban
presentes, que en vano se habian juntado, si cualquiera de ellos no
tuviera confianza del otro que era suficiente para dar cobro á tan gran
hecho, y si, como siendo sentidos habian de ser compañeros en la culpa
y el castigo, no fuesen despues parte en las esperanzas y frutos de
ellas, llevándolas al cabo. Cuanto mas que ni las ofensas podian ser
vengadas, ni deshechos los agravios, ni sus vidas y casas mantenidas,
y ellos fuera de servidumbre; sino por medio del hierro, de la union y
concordia, y una determinada resolucion con todas sus fuerzas juntas.
Para lo cual era necesario elegir cabeza de ellos mismos, ó fuese
con nombre de jeque, ó de capitan, ó de alcaide, ó de rey, si les
pluguiese, que los tuviese juntos en justicia y seguridad.»

Jeque llaman ellos el mas honrado de una generacion, quiere decir, el
mas anciano: á estos dan el gobierno con autoridad de vida y muerte. Y
porque esta nacion se vence tanto mas de la vanidad de la astrología y
adivinanzas, cuanto mas vecinos estuvieron sus pasados de Caldea, donde
la ciencia tuvo principio, no dejó de acordalles á este propósito,
cuantos años atrás por boca de grandes sabios en movimiento y lumbre de
estrellas, y profetas en su ley, estaba declarado, que se levantarian á
tornar por sí; cobrarian la tierra y reinos que sus pasados perdieron,
hasta señalar el mismo año despues que Mahoma les dió la ley (hegira
le llaman ellos en su cuenta, que quiere decir el destierro, porque
la dió siendo desterrado de Meca), y venia justo con esta rebelion.
Representóles prodigios y apariencias extraordinarias de gente armada
en el aire á las faldas de Sierra Nevada, aves de desusada manera
dentro en Granada, partos monstruosos de animales en tierra de Baza,
y trabajos del sol con el eclipse de los años pasados, que mostraban
adversidad á los cristianos, á quien ellos atribuyen el favor, ó
disfavor de este planeta; como á sí el de la luna.

Tal fue la habla que D. Fernando el zaguer les hizo; con que quedaron
animados, indignados y resueltos en general de rebelarse presto, y en
particular de elegir rey de su nacion; pero no quedaron determinados en
el cuando precisamente, ni á quien. Una cosa muy de notar califica los
principios de esta rebelion, que gente de mediana condicion mostrada á
guardar poco secreto y hablar juntos, callasen tanto tiempo, y tantos
hombres, en tierra donde hay alcaldes de corte y inquisidores, cuya
profesion es descubrir delitos. Habia entre ellos un mancebo llamado
D. Fernando de Valor, sobrino de D. Fernando el zaguer, cuyos abuelos
se llamaron Hernandos y de Valor, porque vivian en Valor, el alto,
lugar de la Alpujarra puesto cuasi en la cumbre de la montaña: era
descendiente del linaje de Aben Humeya, uno de los nietos de Mahoma,
hijos de su hija, que en tiempos antiguos tuvieron el reino de Córdoba
y el Andalucía; rico de rentas, callado y ofendido, cuyo padre estaba
preso por delitos en las cárceles de Granada. En este pusieron los
ojos; así porque les movió la hacienda, el linaje, la autoridad del
tio; como porque habia vengado la ofensa del padre matando secretamente
uno de los acusadores, y parte de los testigos. De esta resolucion,
aunque no tan en particular, hubo noticia, y fue el rey avisado; pero
estaba el negocio cierto y el tiempo en duda: y, como suele acontecer
á las provisiones en que se junta la dificultad con el temor, cada
uno de los consejeros era en que se atajase con mayor poder; pero
juntos juzgaban ser el remedio fácil, y las fuerzas de los ministros
bastantes, el dinero poco necesario, porque habia de salir del mismo
negocio; y menospreciaban esto, encareciendo el remedio de mayores
cosas: porque los estados de Flandes desasosegados por el príncipe de
Orange eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que
las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo
de la disciplina del emperador, testigo y parte en sus victorias,
bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte
de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas
sospechas de príncipes de Alemania, y designios de Italia, daban
cuidado; y tanto mayor por ser la rebelion de Flandes por causas de
religion comunes con los franceses, ingleses, y alemanes; y por quejas
de tributos, y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque
sean livianas y ellos bien tratados. Esto dió á los enemigos mayor
avilanteza, y á nosotros causa de dilacion. Comenzaron á juntar mas al
descubierto gente de todas maneras: si hombre ocioso habia perdido su
hacienda, malbaratándola por redimir delitos; si homicida, salteador
ó condenado en juicio, ó que temiese por culpas que lo seria; los
que se mantenian de perjurios, robos, muertes; los que la maldad, la
pobreza, los delitos traían desasosegados, fueron autores ó ministros
de esta rebelion. Si algun bueno habia y fuera de semejantes vicios,
con el ejemplo y conversacion de los malos brevemente se tornaba como
ellos; porque cuando el vínculo de la vergüenza se rompe entre los
buenos, mas desenfrenados son en las maldades que los peores. En fin
el temor de que eran descubiertos, y seria prevenida su determinacion
con el castigo, movió á los que gobernaban el negocio, y entre ellos
á D. Fernando el zaguer, á pensar en algun caso con que obligasen y
necesitasen al pueblo á salir de tibieza, y tomar las armas. Juntáronse
tercera vez las cabezas de la conjuracion y otras, con veinte y seis
personas del Alpujarra á San Miguel en casa del Hardon, hombre señalado
entre ellos, á quien mandó el duque de Arcos despues justiciar. Posaba
en la casa del Carcí, yerno suyo: eligieron á D. Fernando de Valor
por rey con esta solemnidad: los viudos á un cabo, los por casar á
otro, los casados á otro, y las mujeres á otra parte. Leyó uno de sus
sacerdotes, que llaman faquíes, cierta profecía hecha en el año de los
árabes de... y comprobada por la autoridad de su ley, consideraciones
de cursos y puntos de estrellas en el cielo, que trataba de su libertad
por mano de un mozo de linaje real, que habia de ser bautizado y hereje
de su ley, porque en lo público profesaria la de los cristianos.
Dijo que esto concurria en D. Fernando, y concertaba con el tiempo.
Vistiéronle de púrpura, y pusiéronle á torno del cuello y espaldas una
insignia colorada á manera de faja. Tendieron cuatro banderas en el
suelo, á las cuatro partes del mundo, y él hizo su oracion inclinándose
sobre las banderas, el rostro al oriente (zalá la llaman ellos), y
juramento de morir en su ley y en el reino; defendiéndola á ella, y á
él, y á sus vasallos. En esto levantó el pie; y en señal de general
obediencia postróse Aben Farax en nombre de todos, y besó la tierra
donde el nuevo rey tenia la planta. Á este hizo su justicia mayor:
lleváronle en hombros, levantáronle en alto diciendo: _Dios ensalce á
Mahomet Aben Humeya rey de Granada y de Córdoba_. Tal era la antigua
ceremonia con que elegian los reyes de la Andalucía, y despues los de
Granada. Escribieron cartas los capitanes de la gente á los compañeros
en la conjuracion; señalaron dia y hora para ejecutalla; fueron los que
tenian cargos á sus partidos. Nombró Aben Humeya por capitan general á
su tio Aben Jauhar, que partió luego para Cadiar, donde tenia casa y
hacienda.

Pasaba el capitan Herrera á la sazon de Granada para Abra con cuarenta
caballos, y vino á hacer la noche en Cadiar. Mas Aben Jauhar el
zaguer, vista la ocasion tan á su propósito, habló con los vecinos
persuadiéndoles que cada uno matase á su huésped. No fueron perezosos;
porque pasada la media noche no hubo dificultad en matar muchos á
pocos, armados á desarmados, prevenidos á seguros y torpes con el
sueño, con el cansancio, con el vino: pasaron al capitan y á los
soldados por la espada. Venida la mañana juntáronse, y tomaron lo
áspero de la sierra, como gente levantada; donde ni hubo tiempo ni
aparejo para castigallos. Este fue el primer exceso y mas descubierto
con que los enemigos, ó por fuerza ó por voluntad fueron necesitados
á tomar las armas sin otra respuesta de Berbería mas de esperanzas,
y esas generales. Era entonces Selim el II, emperador de los turcos
recien heredado, victorioso por la toma de Zigueto, plaza fuerte
y proveida en Hungría: habia hecho nueva tregua con el emperador
Maximiliano el II, concertándose con el sofí por la parte de Armenia, y
por la de Suria con los jeques alárabes que le trabajaban sus confines,
y con los genízaros, infantería que se suele desasosegar con la entrada
de nuevo señor. Tenia en el ánimo las empresas que descubrió contra
venecianos en Cipro, contra el rey de Túnez en Berbería; y que como no
le convenia repartir sus fuerzas en muchas partes, así le convenia que
las del rey católico estuviesen repartidas y ocupadas. Dícese, que en
este tiempo vino del rey de Argel respuesta á los moriscos animándolos
á perseverar en la prosecucion del tratado, pero excusándose de enviar
el armada, con que esperaba órden de Constantinopla. El rey de Fez,
como religioso en su ley, y del linaje de los Jarifes, tenidos entre
los moros por santos, les prometió mas resuelto socorro. Todavía
vinieron por medio de personas fiadas á tratar ambos reyes de la
calidad del caso, de la posibilidad de los moriscos; y midiendo sus
fuerzas de mar y tierra con las del rey de España, hallaron no ser
bastantes para contrastalle: y aunque se confederaron, solo fue para
que el rey de Argel hiciese la empresa de Túnez y Biserta, en tanto
que el rey D. Felipe estaba ocupado en allanar la rebelion de Granada;
y juntamente permitir que de sus tierras fuese alguna gente á sueldo
en especial de moros andaluces, que se habian pasado á Berbería; y
mercaderes pudiesen cargar armas, municiones, vitualla, con que los
moriscos fuesen por sus dineros socorridos.

Alpujarra llaman toda la montaña sujeta á Granada, como corre de
levante á poniente prolongándose entre tierra de Granada y la mar, diez
y siete leguas en largo, y once en lo mas ancho, poco mas ó menos:
estéril y áspera de suyo, sino donde hay vegas; pero con la industria
de los moriscos (que ningun espacio de tierra dejan perder), tratable y
cultivada, abundante de frutos y ganados y cria de sedas. Esta montaña
como era principal en la rebelion, así la escogieron por sitio en
que mantener la guerra, por tener la mar donde esperaba socorro, por
la dificultad de los pasos y calidad de la tierra, por la gente que
entre ellos es tenida por brava. Habian ya pensado rebelarse otras dos
veces antes, una jueves santo, otra por setiembre de este año: tenian
prevenido á Aluch Alí con el armada de Argel; mas él entendiendo que el
conde de Tendilla estaba avisado y aguardándole en el campo, volvió,
dejándose de la empresa, con el armada á Berbería. En fin á los veinte
y tres de diciembre, luego que sucedió el caso de Cadiar, la misma
gente con las armas mojadas en la sangre de aquellos pocos, salieron en
público; movieron los lugares comarcanos y los demás de la Alpujarra,
y rio de Almería, con quien tenian comun el tratado, enviando por
corredores, y para descubrir los ánimos y motivo de la gente de Granada
y la Vega, á Farax Aben Farax con hasta ciento y cincuenta hombres,
gente suelta y desmandada, escogida entre los que mayor obligacion y
mas esfuerzo tenian. Ellos recogiendo la que se les llegaba, tomaron
resolucion de acometer á Granada, y caminaron para ella con hasta
seis mil hombres mal armados, pero juntos y con buena órden, segun su
costumbre.

En España no habia galeras: el poder del rey ocupado en regiones
apartadas, y el reino fuera de tal cuidado, todo seguro, todo sosegado:
que tal estado era el que á ellos parecia mas á su propósito. Los
ministros y gente en Granada mas sospechosa, que proveida; como pasa
donde hay miedo y confusion. Pero fue acontecimiento hacer aquella
noche tan mal tiempo, y caer tanta nieve en la sierra que llaman
Nevada y antiguamente Soloria, y los moros Solaira; que cegó los pasos
y veredas cuanto bastaba, para que tanto número de gente no pudiese
llegar. Mas Farax con los ciento y cincuenta hombres poco antes del
amanecer entró por la puerta alta de Guadix, donde junta con Granada el
camino de la sierra, con instrumentos y gaitas, como es su costumbre.
Llegaron al Albaicin, corrieron las calles, procuraron levantar el
pueblo haciendo promesas, pregonando sueldo de parte de los reyes de
Fez y Argel, y afirmando que con gruesas armadas eran llegados á la
costa del reino de Granada: cosa que escandalizó y atemorizó los ánimos
presentes; y á los ausentes dió tanto mas en que pensar, cuanto mas
lejos se hallaban: porque semejantes acaecimientos, cuanto mas se van
apartando de su principio, tanto parecen mayores, y se juzgan con mayor
encarecimiento. ¡Y qué en un reino pacífico, lleno de armas, prudencia,
justicia, riquezas; gobernado por el rey que pocos años antes habia
hecho en persona el mayor principio que nunca hizo rey en España;
vencido en un año dos batallas; ocupado por fuerza tres plazas al poder
de Francia; compuesto negocio tan desconfiado como la restitucion del
duque de Saboya; hecho por sus capitanes otras empresas; atravesado
sus banderas de Italia á Flandes (viaje al parecer imposible), por
tierras y gentes, que despues de las armas romanas nunca vieron otras
en su comarca; pacificado sus estados con victorias, con sangre, con
castigos; dentro, en el reposo, en la seguridad de su reino, en ciudad
poblada por la mayor parte de cristianos, tanto mar en medio, tantas
galeras nuestras; entrase gente armada con espadas de tantos hombres
por medio de la ciudad, apellidando nombres de reyes infieles enemigos!
Estado poco seguro es el de quien se descuida, creyendo que por sola su
autoridad nadie se puede atrever á ofendelle. Los moriscos, hombres mas
prevenidos que diestros, esperaban por horas la gente de la Alpujarra:
salian el Tagari y Monfarrix, dos capitanes, todas las noches al
cerro de Santa Helena por reconocer; y salieron la noche antes con
cincuenta hombres escogidos, y diez y siete escalas grandes, para
juntándose con Farax entrar en el Alhambra; mas visto que no venian al
tiempo, escondiendo las escalas en una cueva se volvieron, sin salir
la siguiente noche, pareciéndoles, como poco pláticos de semejantes
casos, que la tempestad estorbaria á venir tanta gente junta, con que
pudiesen ellos y sus compañeros poner en ejecucion el tratado del
Alhambra; debiéndose esperar semejante noche para escalarla. Mas los
del Albaicin estuvieron sosegados en las casas, cerradas las puertas,
como ignorantes del tratado, oyendo el pregon; porque aunque se hubiese
comunicado con ellos, no con todos en general ni particularmente; ni
estaban todos ciertos del dia (aunque se dilató poco la venida), ni
del número de la gente, ni de la órden con que entraban, ni de la
que en lo por venir temian. Díjose, que uno de los viejos abriendo
la ventana, preguntó: _cuantos eran_, y respondiéndole: _seis mil_,
cerró, y dijo: _pocos sois, y venis presto_, dando á entender que
habian primero de comenzar por el Alhambra, y despues venir por el
Albaicin, y con las fuerzas del rey de Argel. Tampoco se movieron los
de la Vega, que seguian á los del Albaicin; especialmente no oyendo
la artillería del Alhambra que tenian por contraseño. Habia entre los
que gobernaban la ciudad emulacion y voluntades diferentes; pero no
por esto así ellos como la gente principal y pueblo, dejaron de hacer
la parte que tocaba á cada uno. Estúvose la noche en armas; tuvo el
conde de Tendilla el Alhambra á punto, escandalizado de la música
morisca, cosa en aquel tiempo ya desusada; pero avisado de lo que era,
con mejor guardia. El marqués, aunque no tenia noticia del contraseño
que los moros habian dado á la gente de la Vega, y él le tenia dado
á la gente de la ciudad, que en la ocasion habia de disparar tres
piezas; temiendo que si se hacia pensasen los moros que estaba en
aprieto, y acometiesen el Alhambra, en que habia poca guardia, mandó
que ningun movimiento se hiciese, ni se pidiese gente á la ciudad; que
fue la salvacion del peligro, aunque proveido á otro propósito; porque
acudiendo los moriscos de la Vega al contraseño, necesitaban á los
del Albaicin á declararse y juntarse con ellos, y como descubiertos
combatir la ciudad. Bajó el conde á la plaza nueva y puso la gente en
órden: acudieron muchos de los forasteros y de la ciudad, personas
principales, al presidente D. Pedro de Deza por su oficio, por el
cuidado que le habian visto poner en descubrir y atajar el tratado,
por su afabilidad, buena manera generalmente con todos, y algunos por
la diferencia de voluntades que conocian entre él y el marqués de
Mondejar. Este, con solos cuatro de á caballo y el corregidor, subió
al Albaicin, mas por reconocer lo pasado, que suspender el daño que se
esperaba, ó asosegar los ánimos que ya tenia por perdidos, contento
con alargar algun dia el peligro; mostrando confianza, y gozar del
tiempo que fuese comun á ellos, para ver como procedian sus valedores;
y á él para armarse y proveerse de lo necesario, y resistir á los
unos y á los otros. Hablóles: «encareció su lealtad y firmeza, su
prudencia en no dar crédito á la liviandad de pocos y perdidos, sin
prendas, livianos; hombres que con las culpas ajenas pensaban redimir
sus delitos ó adelantarse. Tal confianza se habia hecho siempre, y
en casos tan calificados de la voluntad que tenian al servicio del
rey, poniendo personas, haciendas y vidas con tanta obediencia á
los ministros; ofreciéndose de ser testigo, y representador de su
fe y servicios, intercediendo con el rey para que fuesen conocidos,
estimados y remunerados.» Pero ellos respondiendo pocas palabras, y
esas mas con semblante de culpados y arrepentidos que de determinados,
ofrecieron la obra y perseverancia que habian mostrado en todas las
ocasiones; y pareciéndole al marqués bastar aquello sin quitalles el
miedo que tenian del pueblo, se bajó á la ciudad. Habia ya enviado á
reconocer los enemigos; porque ni del propósito, ni del número, ni de
la calidad de ellos, ni de las espaldas con que habian entrado se tenia
certeza, ni del camino que hacian. Refirieron que habiendo parado en
la casa de las Gallinas, atravesaban el Genil la vuelta de la sierra;
puso recaudo en los lugares que convenia; encomendó al corregidor la
guardia de la ciudad; dejó en el Alhambra donde habia pocos soldados
mal pagados, y estos de á caballo, el recaudo que bastaba, juntando á
este los criados y allegados del conde de Tendilla, personas de crédito
y amistades en la ciudad. Él con la caballería que se halló, siguió
á los enemigos llevando consigo á su yerno y hijos[44]: siguiéronle,
parte por servir al rey, parte por amistad, ó por probar sus personas,
por curiosidad de ver toda la gente desocupada y principal que se
hallaba en la ciudad. Salió con la gente de su casa el conde de Miranda
D. Pedro de Zúñiga[45], que á la sazon residia en pleitos, grande,
igual en estado y linaje: eran todos pocos, pero calificados. Mas los
enemigos, visto que los vecinos del Albaicin estaban quedos, y los de
la Vega no acudian; con haber muerto un soldado, herido otro, saqueado
una tienda y otra como en señal de que habian entrado, tomaron el
camino que habian traido, y por las espaldas de la Alhambra prolongando
la muralla, llegaron á la casa que por estar sobre el rio llamaban los
moros Dar-al-huet, y nosotros de las Gallinas, segun los atajadores
habian referido. Pararon á almorzar, y estuvieron hasta las ocho de la
mañana; todo guiado por Farax para mostrar que habia cumplido con la
comision, y acusar á los del Albaicin ó su miedo ó su desconfianza,
y aun con esperanza que llegada la gente de la Alpujarra harian mas
movimiento. Pero despues que ni lo uno ni lo otro le sucedió, acogióse
al camino de Nigueles arrimándose á la falda de la montaña, y puesto en
lo áspero, caminó haciendo muestra que esperaba. Pocos de la compañía
del marqués alcanzaron á mostrarse, y ninguno llegó á las manos por la
aspereza del sitio; aunque le siguieron por el paso del rio de Monachil
hasta atravesar el barranco, y de allí al paraje de Dilar, por donde
entraron sin daño en lo mas áspero.

      [44] Era este yerno D. Alonso de Cárdenas, que despues por muerte
      de su padre fue conde de la Puebla.

      [45] Fue este D. Pedro conde de Miranda, hermano y suegro del que
      en nuestros dias fue presidente de Italia y de Castilla.

Duró este seguimiento hasta el anochecer, que pareció al marqués poco
necesario quedar allí, y mucho proveer á la guarda y seguridad de la
ciudad; temeroso que juntándose los moriscos del Albaicin con los de la
Vega, la acometerian sola de gente y desarmada. Tornó una hora antes de
media noche; y sin perder tiempo comenzó á prevenir y llamar la gente
que pudo, sin dineros, y que estaba mas cerca; los que por servir al
rey, los que por su seguridad, por amistad del marqués, memoria del
padre y abuelo, cuya fama era grande en aquel reino, por esperanza de
ganar, por el ruido ó vanidad de la guerra, quisieron juntarse. Hizo
llamamientos generales pidiendo gente á las ciudades y señores de la
Andalucía, á cada uno conforme á la obligacion antigua y usanza de los
concejos, que era venir la gente á su costa el tiempo que duraba la
comida que podia traer á los hombros (talegas las llamaban los pasados,
y nosotros ahora mochilas). Contábase para una semana; mas acabada
servian tres meses pagados por sus pueblos enteramente, y seis meses
adelante pagaban los pueblos la mitad, y otra mitad el rey: tornaban
estos á sus casas, venian otros; manera de levantarse gente dañosa
para la guerra y para ella, porque siempre era nueva. Esta obligacion
tenian como pobladores por razon del sueldo que el rey les repartia por
heredades, cuando se ganaba algun lugar de los enemigos. Llamó tambien
á soldados particulares aunque ocupados en otras partes; á los que
vivian al sueldo del rey, á los que olvidadas ó colgadas las esperanzas
y armas reposaban en sus casas. Proveyó de armas y de vituallas; envió
espías por todas partes á calar el motivo de los enemigos; avisó y
pidió dinero al rey, para resistillos y asegurar la ciudad. Mas en ella
era el miedo mayor que la causa: cualquier sospecha daba desasosiego,
y ponia los vecinos en arma; discurrir á diversas partes, de ahí
volver á casa; medir el peligro cada uno con su temor, trocados de
continua paz en continua alteracion, tristeza, turbacion, y priesa;
no fiar de persona ni de lugar; las mujeres á unas y á otras partes
preguntar, visitar templos: muchas de las principales se acogieron á
la Alhambra, otras con sus familias salieron por mayor seguridad á
lugares de la comarca. Estaban las casas yermas y las tiendas cerradas;
suspenso el trato; mudadas las horas de oficios divinos y humanos;
atentos los religiosos y ocupados en oraciones y plegarias, como se
suele en tiempo y punto de grandes peligros. Llegó en las primeras la
gente de las villas sujetas á Granada, la de Alcalá y Loja: envió el
marqués una compañía que sacase los cristianos viejos que estaban en
Restaval, cierto que el primer acometimiento seria contra ellos: en
Durcal puso dos compañías, porque los enemigos no pasasen á Granada sin
quedar guarnicion de gente á las espaldas; y á D. Diego de Quesada con
una compañía de infantería y otra de caballos en guarda de la puente
de Tablate, paso derecho de la Alpujarra á Granada. El presidente
aliviado ya del peligro presente, comenzó á pensar con mas libertad en
el servicio del rey, ó en la emulacion contra el marqués de Mondejar:
escribió á D. Luis Fajardo, marqués de Velez, que era adelantado del
reino de Murcia y capitan general en la provincia de Cartagena (ciudad
nombrada mas por la seguridad del puerto y por la destruicion que en
ella hizo Scipion el Africano, que por la grandeza ó suntuosidad del
edificio), animándole á juntar gente de aquellas provincias y de sus
deudos y amigos, y entrar en el rio de Almería; donde haria servicio al
rey, socorreria aquella ciudad que de mar y tierra estaba en peligro,
y aprovecharia á la gente con las riquezas de los enemigos. Era el
marqués tenido por diligente y animoso; y entre él y el marqués de
Mondejar hubo siempre diferencias y alongamiento de voluntad, traido
dende los padres y abuelos. El de Velez sirvió al emperador en las
empresas de Túnez y Provenza, el de Mondejar en la de Argel; ambos
tenian noticia de la tierra donde cada uno de ellos servia. Comenzó
el de Velez á ponerse en órden, á juntar gente, parte á sueldo de su
hacienda, parte de amigos.

Entre tanto el nuevo electo rey de Granada, en cuanto le duró la
esperanza que el Albaicin y la Vega habian de hacer movimiento, estuvo
quedo; mas como vió tan sosegada la gente, y las voluntades con tan
poca demostracion, salió solo camino de la Alpujarra: encontráronle
á la salida de Lanjaron, á pie, el caballo del diestro; pero siendo
avisado que no pasase adelante, porque la tierra estaba alborotada,
subió en su caballo, y con mas priesa tomó el camino de Valor. Habian
los moriscos levantados hecho de sí dos partes; una llevó el camino de
Orgiba, lugar del duque de Sesa (que fue de su abuelo el Gran Capitan)
entre Granada y la entrada de la Alpujarra, al levante tierra de
Almería, al poniente la de Salobreña y Almuñecar, al norte la misma
Granada, al mediodia la mar con muchas calas donde se podian acoger
navíos grandes. Sobre esta villa como mas importante se pusieron
dos mil hombres repartidos en veinte banderas: las cabezas eran el
alcaide de Mecina y el corcení de Motril. Fueron los cristianos viejos
avisados, que serian como ciento y sesenta personas, hombres, mujeres
y niños: recogiólos en la torre de Gaspar de Saravia, que estaba por
el duque. Mas los moros comenzaron á combatirla; pusieron arcabucería
en la torre de la iglesia, que los cristianos saltando fuera echaron
de ella: llegáronse á picar la muralla con una manta, la cual les
desbarataron echando piedras y quemándola con aceite y fuego; quisieron
quemar las puertas, pero halláronlas ciegas con tierra y piedra.
Amonestábalos á menudo un almuedano desde la iglesia con gran voz, que
se rindiesen á su rey Aben Humeya. (Dicen almuedano al hombre que á
voces los convoca á oracion; porque en su ley se les prohibe el uso
de las campanas.) Llamaron á un vicario de Poqueira, hombre entre
unos y los otros de autoridad y crédito, para que los persuadiese á
entregarse; certificándoles que Granada y el Alhambra estaban ya en
poder de los moros: prometian la vida y libertad al que se rindiese,
y al que se tornase moro la hacienda y otros bienes para él y sus
sucesores: tales eran los sermones que les hacian. La otra banda de
gente caminó derecho á Granada á hacer espaldas á Farax Aben Farax y
á los que enviaron, y á recibir al que ellos llamaban rey, á quien
encontraron cerca de Lanjaron, y pasaron con él adelante hasta Durcal.
Pero entendiendo que el marqués habia dejado puesta guarnicion en él,
volvieron á Valor el alto, y de allí á un barrio que llaman Laujar
en el medio de la Alpujarra; adonde con la misma solemnidad que en
Granada, le alzaron en hombros y le eligieron por su rey. Allí acabó
de repartir los oficios, alcaidías, alguacilazgos por comarcas (á que
ellos llaman en su lengua tahas), y por valles, y declaró por capitan
general á su tio Aben Jauhar que llamaban D. Fernando el zaguer, y por
su alguacil mayor á Farax Aben Farax: (alguacil dicen ellos al primer
oficio despues de la persona del rey, que tiene libre poder en la vida
y muerte de los hombres sin consultarlo). Vistiéronle de púrpura;
pusiéronle casa como á los reyes de Granada, segun que lo oyeron á
sus pasados. Tomó tres mujeres; una con quien él tenia conversacion
y la trujo consigo, otra del rio de Almanzora, y otra de Tavernas;
porque con el deudo tuviese aquella provincia mas obligada, sin otra
con quien él primero fue casado, hija de uno que llamaban Rojas. Mas
dende á pocos dias mandó matar al suegro y dos cuñados, porque no
quisieron tomar su ley: dejó la mujer, perdonó la suegra, porque la
habia parido, y quiso gracias por ello como piadoso. Comenzaron por el
Alpujarra, rio de Almería, Bolodui, y otras partes á perseguir á los
cristianos viejos, profanar y quemar las iglesias con el sacramento,
martirizar religiosos y cristianos, que, ó por ser contrarios á su
ley, ó por haberlos dotrinado en la nuestra, ó por haberlos ofendido,
les eran odiosos. En Guecija, lugar del rio de Almería, quemaron por
voto un convento de frailes agustinos, que se recogieron á la torre,
echándoles por un horado de lo alto aceite hirviendo: sirviéndose de la
abundancia que Dios les dió en aquella tierra, para ahogar sus frailes.
Inventaban nuevos géneros de tormentos: al cura de Mairena hincheron
de pólvora y pusiéronle fuego; al vicario enterraron vivo hasta la
cinta, y jugáronle á las saetadas; á otros lo mismo, dejándolos morir
de hambre. Cortaron á otros miembros, y entregáronlos á las mujeres,
que con agujas los matasen: á quien apedrearon, á quien acañaverearon,
desollaron, despeñaron; y á los hijos de Arze, alcaide de la Peza,
uno degollaron, y otro crucificaron, azotándole, y hiriéndole en el
costado primero que muriese. Sufriólo el mozo, y mostró contentarse
de la muerte conforme á la de nuestro Redentor, aunque en la vida fue
todo al contrario; y murió confortando al hermano que descabezaron.
Estas crueldades hicieron los ofendidos por vengarse; los monfíes por
costumbre convertida en naturaleza. Las cabezas, ó las persuadian, ó
las consentian: los justificados las miraban y loaban, por tener al
pueblo mas culpado, mas obligado, mas desconfiado, y sin esperanzas
de perdon: permitíalo el nuevo rey, y á veces lo mandaba. Fue gran
testimonio de nuestra fe, y de compararse con la del tiempo de los
apóstoles, que en tanto número de gente como murió á manos de infieles,
ninguno hubo (aunque todos ó los mas fuesen requiridos y persuadidos
con seguridad, autoridad y riquezas, y amenazados y puestas las
amenazas en obra) que quisiese renegar; antes con humildad y paciencia
cristiana las madres confortaban á los hijos, los niños á las madres,
los sacerdotes al pueblo, y los mas distraidos se ofrecian con mas
voluntad al martirio. Duró esta persecucion cuanto el calor de la
rebelion y la furia de las venganzas; resistiendo Aben Jauhar y otros
tan blandamente, que encendian mas lo uno y lo otro. Mas el rey, porque
no pareciese que tantas crueldades se hacian con su autoridad, mandó
pregonar que ninguno matase niño de diez años abajo, ni mujer ni hombre
sin causa. En cuanto esto pasaba envió á Berbería á su hermano (que ya
llamaban Abdalá) con presente de cautivos y la nueva de su eleccion
al rey de Argel, la obediencia al señor de los turcos: dióle comision
que pidiese ayuda para mantener el reino. Tras él envió á Hernando el
Habaqui á tomar turcos á sueldo, de quien adelante se hará memoria. Mas
este dejando concertados soldados, trajo consigo un turco llamado Dali,
capitan, con armas y mercaderes, en una fusta. Recibió el rey de Argel
á Abdalá como á hermano del rey: regalóle y vistióle de paños de seda;
envióle á Constantinopla, mas por entretener al hermano con esperanzas,
que por dalle socorro. En este mismo tiempo se acabaron de rebelar los
demás lugares del rio de Almería.

Estaba entonces en Dalias Diego de la Gasca, capitan de Adra,
que habiendo entendido el motin víspera de Navidad (dia señalado
generalmente para rebelarse todo el reino), iba por reconocer á
Ujijar; mas hallándola levantada, fue seguido de los enemigos hasta
encerralle en Adra, lugar guardado á la marina, asentado cuasi donde
los antiguos llamaban Abdera; que Pedro Verdugo, proveedor de Málaga,
con barcos basteció de gente y vituallas, luego que entendió la
muerte del capitan Herrera en Cadiar. Pasaron adelante visto el poco
efecto que hacian en Adra, y juntando con su misma gente hasta mil y
cuatrocientos hombres con un moro que llamaban el Ramí, ocuparon el
Chitre (Chutre le dicen otros), sitio fuerte junto á Almería, creyendo
que los moriscos vecinos de la ciudad tomarian las armas contra los
cristianos viejos: escribieron y enviaron personas ciertas á solicitar
entre otros á D. Alonso de Vanegas, hombre noble de gran autoridad, que
con la carta cerrada se fue al ayuntamiento de los regidores; y leida,
pensando un poco cayó desmayado, mas tornándole los otros regidores y
reprendiéndole, respondió: _recia tentacion es la del reino_; y dióles
la carta en que parecia como le ofrecian tomalle por rey de Almería.
Vivió doliente dende entonces, pero leal y ocupado en el servicio del
rey. Estaba D. García de Villarroel, yerno de D. Juan, el que murió
dende á poco en las Guajaras, por capitan ordinario en Almería, y
tomando la gente de la ciudad y la suya, dió sobre los enemigos otro
dia al amanecer, pensando ellos que venia gente en su ayuda: rompiólos,
y mató al Ramí con algunos. Los que de allí escaparon, juntándose
con otra banda del Cehel, y llevando á Hocaid de Motril por capitan,
tomaron á Castil de Ferro, tenencia del duque de Sesa por tratado,
matando la gente, sino á Machin el tuerto que se la vendió. De ahí
pasaron á Motril, juntaron una parte del pueblo, y llevaron casas
de moriscos volviendo sobre Adra; de donde salió Gasca con cuarenta
caballos y noventa arcabuceros á reconocellos, y apartándose llamó un
trompeta, cuyo nombre era Santiago, para enviar á mandar la gente;
mas fue tan alta la voz, que pudieron oilla los soldados, y creyendo
que dijese Santiago, como es costumbre de España para acometer los
enemigos, arremetieron sin mas órden. Juntóse Diego de la Gasca con
ellos, y fueron cuasi rotos los moros, retirándose con pérdida de cien
hombres á la sierra. Iban estas nuevas cada dia creciendo; menudeaban
los avisos del aprieto en que estaban los de la torre en Orgiba; que
los moros de Berbería habian prometido gran socorro; que amenazaban á
Almería y otros lugares aunque guardados en la marina, proveidos con
poca gente. Temia el marqués si grueso número se acercase á Granada,
que desasosegarian el Albaicin, levantarian las aldeas de la Vega, y
tanto mayores fuerzas cobrarian, cuanto se tardase mas la resistencia:
daríase ánimo á los turcos de Berbería de pasar á socorrellos con
mayor priesa, confianza y esperanza; fortificarian plazas en que
recogerse, y no les faltarian personas pláticas de esto y de la guerra
entre otras naciones que les ayudasen, y firmarian el nombre de reino;
puesto que vano y sin fundamento, perjudicial y odioso á los oidos del
señor natural, por grande y poderoso que sea; daríase avilanteza á los
descontentos, para pensar novedades.

Estando las cosas en estos términos vino Aben Humeya con la gente
que tenia sobre Tablate, y trabando con don Diego de Quesada una
escaramuza gruesa, cargó tanta gente de enemigos, que le necesitó á
dejar la puente, y retirarse á Durcal. Estas razones y el caso de D.
Diego fueron parte para que el marqués, con la gente que se hallaba,
saliese de Granada á resistillos, hasta que viniese mas número con que
acometellos á la iguala; dejando proveido á la guarda y seguridad de
la ciudad y Alhambra á su hijo el conde de Tendilla por su teniente;
al corregidor el sosiego, el gobierno, la provision de vituallas, la
correspondencia de avisar al uno y al otro, con el presidente, de
cuya autoridad se valiesen en las ocasiones. Salió de Granada á los
tres de hebrero con propósito de socorrer á Orgiba: vino á Alhendin,
y de allí al Padul. La gente que sacó fueron ochocientos infantes y
doscientos caballos; demás de estos, los hombres principales, que ó
con edad, ó con enfermedad ó con ocupaciones públicas no se excusaron,
seguíanle, mirábanle como á salvador de la tierra, olvidada por
entonces ó disimulada la pasion. Paró en el Padul pensando esperar
allí la gente de la Andalucía sin dinero, sin vitualla, sin bagajes:
con tan poca gente tomó la empresa; pero la misma noche á la segunda
guardia oyéndose golpes de arcabuz en Durcal, creyendo todos que los
enemigos habian acometido la guardia que allí estaba, partió con la
caballería: halló que sintiendo su venida por el ruido de los caballos
en el cascajo del rio, se habian retirado con la escuridad de la noche,
dejando el lugar y llevando herida alguna gente; y el marqués para
no darles avilanteza, tornando al Padul, acordó hacer en Durcal la
masa. En tiempo de tres dias llegaron cuatro banderas de Baeza, con
que crecia el marqués á mil y ochocientos infantes, y una compañía de
noventa caballos; y teniendo aviso del trabajo en que estaban los de
Orgiba, y que Aben Humeya juntaba gente para estorballe el paso de
Tablate, salió de Durcal.

Entre tanto el conde de Tendilla recibia y alojaba la gente de las
ciudades y señores en el Albaicin; y porque no bastaba para asegurarse
de los moriscos de la ciudad y la tierra, y proveer á su padre de
gente, nombró diez y siete capitanes, parte hijos de señores, parte
caballeros de la ciudad, parte soldados, pero todos personas de
crédito: aposentólos, y mantúvolos sin pagas con alojamientos y
contribuciones. El marqués, dejando guardia en Durcal, paró aquella
noche en Elchite, de donde partió en órden camino de la puente; y
habiendo enviado una compañía de caballos con alguna arcabucería á
recoger la gente que habia quedado atrás, para que asegurasen los
bagajes y embarazos, y mandado volver á Granada los desarmados que
vinieron de la Andalucía; tuvo aviso que los enemigos le esperaban,
parte en la ladera, parte en la salida de la misma puente, y la estaban
rompiendo. Eran todos cuasi tres mil y quinientos hombres, los mas de
ellos armados de arcabuces y ballestas, los otros con hondas y armas
enhastadas: comenzóse una escaramuza trabada; mas el marqués, visto
que remolinaban algunas picas de su escuadron, arremetió adelante con
la gente particular de manera, que apretó los enemigos hasta forzarlos
á dejar la puente, y pasó una banda de arcabucería por lo que de ella
quedaba entero. Con esta carga fueron rotos del todo, retrayéndose en
poca órden á lo alto de la montaña. Algunos arcabuceros llegaron á
Lanjaron, y entraron en el castillo que estaba desamparado: reparóse
la puente con puertas, con rama, con madera que se trajo del lugar de
Tablate, por donde pasó la caballería: el resto del campo se aposentó
en él sin seguir los enemigos, por ser ya tarde y haberse ellos acogido
á lo fuerte, donde los caballos no les podian dañar. El dia siguiente,
dejando en la puente al capitan Valdivia con su compañía para seguridad
de las escoltas que iban de Granada á la Alpujarra, por ser paso de
importancia, tomó el camino de Orgiba donde los enemigos le esperaban
al paso en la cuesta de Lanjaron; y habiendo sacado una banda de
arcabucería con algunos caballos, mandó á don Francisco su hijo[46],
que con ellos se mejorase en lo alto de la montaña, yendo él su camino
derecho sin estorbo; porque Aben Humeya, con miedo que le tomasen los
nuestros las cumbres que tenia para su acogida, dejó libre el paso;
aunque la noche antes habia tenido su campo enfrente del nuestro con
muchas lumbres y música en su manera, amenazando nuestra gente y
apercibiéndola para otro dia á la batalla. Llegado el marqués á Orgiba
socorrió la torre, en término que si tardara, era necesario perderse
por falta de agua y vitualla, cansados de velar y resistir. He querido
hacer tan particular memoria del caso de Orgiba, porque en él hubo
todos los accidentes que en un cerco de grande importancia; sitiados y
combatidos, quitadas las defensas, salidas de los de dentro contra los
cercadores, á falta de artillería picados los muros, al fin hambreados,
socorridos con la diligencia que ciudades ó plazas importantes; hasta
juntarse dos campos tales cuales entonces los habia, uno á estorbar,
otro á socorrer, darse batalla donde intervino persona y nombre de
rey. Socorrida y proveida Orgiba de vitualla, municion y gente, la
que bastaba para asegurar las espaldas al campo, mandando volver á
Granada á órden del conde su hijo cuatro compañías de caballería, y una
de infantería para guarda de la ciudad, partió contra Poqueira donde
tuvo aviso que Aben Humeya habia parado resuelto de combatir: juntó
con su gente dos compañías, una de infantería y otra de caballos, que
le vino de Córdoba. Cerca del rio que divide el camino entre Orgiba y
Poqueira, descubrió los enemigos en el paso que llaman Alfajarali. Eran
cuatro mil hombres los principales que gobernaban apeados: hicieron
una ala delgada en medio, á los costados espesa de gente como es su
costumbre ordenar el escuadron; á la mano derecha, cubiertos con un
cerro, habia emboscados quinientos arcabuceros y ballesteros; demás
de esto otra emboscada en lo hondo del barranco, luego pasado el rio,
de mucho mayor número de gente. La que el marqués llevaba serian
dos mil infantes y trescientos caballos en un escuadron prolongado
guarnecido de arcabucería y mangas, segun la dificultad del camino. La
caballería, parte en la retaguardia, parte á un lado, donde la tierra
era tal que podian mandarse los caballos; pero guarnecida asimismo
de alguna infantería: porque en aquella tierra, aunque los caballos
sirvan mas para atemorizar que para ofender, todavía son provechosos.
Apartó del escuadron dos bandas de arcabucería y cien caballos, con
que su hijo D. Francisco fuese á tomar las cumbres de la montaña:
en esta órden bajando al rio, comenzó á subir escaramuzando con los
enemigos; mas ellos, cuando pensaron que nuestra gente iba cansada,
acometieron por la frente, por el costado, y por la retaguardia, todo
á un tiempo; de manera que cuasi una hora se peleó con ellos á todas
partes y á las espaldas, no sin igualdad y peligro; porque la una
banda de arcabucería estuvo en términos de desórden, y la caballería
lo mismo; pero socorrió el marqués con su persona los caballos, y
enviando socorro á los infantes. Viendo los enemigos que les tomaba
los altos nuestra arcabucería, ya rotos se recogieron á ellos con
tiempo, desamparando el paso. Siguióse el alcance mas de media legua
hasta un lugar que dicen Lubien: la noche y el cansancio estorbó que
no se pasase adelante; murieron de ellos en este rencuentro cuasi
seiscientos, de los nuestros siete; hubo muchos heridos de arcabuces
y ballestas. Don Francisco de Mendoza, hijo del marqués, y D. Alonso
Portocarrero, fueron aquel dia buenos caballeros, entre otros que allí
se hallaron: D. Francisco cercado y fuera de la silla, se defendió con
daño de los enemigos rompiendo por medio. D. Alonso, herido de dos
saetadas con yerba, peleó hasta caer trabado del veneno usado dende
los tiempos antiguos entre cazadores. Mas porque se va perdiendo el
uso de ella con el de los arcabuces, como se olvidan muchas cosas con
la novedad de otras, diré algo de su naturaleza. Hay dos maneras, una
que se hace en Castilla en las montañas de Bejar y Guadarrama (á este
monte llamaban los antiguos Orospeda, y al otro Idubeda), cociendo el
zumo de vedegambre á que en lengua romana y griega dicen eléboro negro
hasta que hace correa, y curándolo al sol, lo espesan y dan fuerza[47];
su olor agudo no sin suavidad, su color escuro, que tira á rubio. Otra
se hace en las montañas nevadas de Granada de la misma manera, pero de
la yerba que los moros dicen rejalgar, nosotros yerba, los romanos y
griegos acónito, y porque mata los lobos, lycoctónos; color negro, olor
grave, prende mas presto, daña mucha carne: los accidentes en ambas los
mismos, frio, torpeza, privacion de vista, revolvimiento de estómago,
arcadas, espumajos, desflaquecimiento de fuerzas hasta caer. Envuélvese
la ponzoña con la sangre donde quier que la halla, y aunque toque la
yerba á la que corre fuera de la herida, se retira con ella, y la lleva
consigo por las venas al corazon, donde ya no tiene remedio; mas antes
que llegue hay todos los generales: chúpanla para tirarla á fuera,
aunque con peligro; psyllos llamaban en lengua de Egipto á los hombres
que tenian este oficio[48]. El particular remedio es zumo de membrillo,
fruta tan enemiga de esta yerba, que donde quier que la alcanza el
olor, le quita la fuerza; zumo de retama, cuyas hojas machacadas he yo
visto lanzar de suyo por la herida cuanto pueden buscando el veneno
hasta topallo, y tiralle fuera: tal es la manera de esta ponzoña, con
cuyo zumo untan las saetas envueltas en lino porque se detenga. La
simplicidad de nuestros pasados, que no conocieron manera de matar
personas sino á hierro, puso á todo género de veneno nombre de yerbas:
usóse en tiempos antiguos en las montañas de Abruzzo, en las de Candia,
en las de Persia: en los nuestros en los Alpes que llaman Monsenis hay
cierta yerba poco diferente, dicha tora, con que matan la caza, y otra
que dicen antora, á manera de dictamno, que la cura.

      [46] Este D. Francisco es el almirante de Aragon, que despues
      de varios casos y fortunas se ordenó de clérigo y fue obispo
      de Sigüenza.

      [47] Algo difiere de lo que dice Laguna sobre Dioscórides, lib.
      IV, cap. 79 y cap. 153.

      [48] Plin. lib. VII, cap. 2, y lib. VIII, cap. 25.

Entróse Poqueira, lugar tan fuerte, que con poca resistencia se
defendiera contra mucho mayores fuerzas. Los moros confiándose del
sitio le habian escogido por depósito de sus riquezas, de sus mujeres,
hijos, y vitualla: todo se dió á saco; los soldados ganaron cantidad
de oro, ropa, esclavos, la vitualla se aprovechó cuanto pudo; mas la
priesa de caminar en seguimiento de los enemigos, porque en ninguna
parte se firmasen, y la falta de bagajes en que la cargar y gente con
que aseguraba, fue causa de quemar la mayor parte, porque ellos no se
aprovechasen. Partió el marqués el dia siguiente de Poqueira, y vino
á Pitres, donde se detuvo curando los heridos, dando cobro á muchos
cautivos cristianos que libertó, ordenando las escoltas, y tomando
lengua. Alcanzáronle en este lugar dos compañías de caballos de Córdoba
y una de infantería: en él tuvo nueva como Aben Humeya con mayor número
de gente le esperaba en el puerto que llaman de Jubiles, lugar á su
parecer de ellos donde era imposible pasar sin pérdida. Mas queriendo
los enemigos tentar primero la fortuna de la guerra, saltearon nuestro
alojamiento con cinco banderas, en que habia ochocientos hombres: el
dia siguiente á mediodia, aprovechándose de la niebla y de la hora
del comer, acometieron por tres partes, y porfiaron de manera hasta
que llegaron á los cuerpos de guardia peleando, pero en ellos fueron
resistidos con pérdida de gente y dos banderas: hubo algunos heridos
de los nuestros. Sosegada y refrescada la gente, dejando los heridos
y embarazos con buena guardia, partió el marqués ahorrado contra Aben
Humeya; y por descuidarle escogió el camino áspero de Trevelez por
la cumbre de la sierra de Poqueira, donde algunos moros desmandados
desasosegaron nuestra retaguardia sin daño. Pasóse aquella noche fuera
de Trevelez sobre la nieve, con poco aparejo y frio demasiado. Habia
venido á Pitres un mensajero de Zaguer que decian Aben Jauhar, tio y
general de Aben Humeya, á pedir apuntamientos de paz; pero llevándole
el marqués consigo le respondió; _Que brevemente pensaba dalle la
respuesta, como convenia al servicio de Dios y del rey_. Dícese que ya
el zaguer andaba recatado de que Aben Humeya le buscase la muerte; y
continuando su camino para Jubiles con una compañía mas de infantería
y otra de caballos de Écija, cuyo capitan era Tello de Aguilar, llegó
á vista de Jubiles donde salió un cristiano viejo con tres moros á
entregalle el castillo. Habia dentro mujeres y hijos de los moros que
estaban en campo con Aben Humeya, gente inútil y de estorbo para quien
no tiene cuenta con las mujeres y niños, y algunos moros de paz viejos;
mas porque era necesario ocupar mucha gente para guardallos, y si
quedaran sin guarda se huyeran á los enemigos, mandó que los llevasen
á Jubiles. Acaeció, que un soldado de los atrevidos llegó á tentar una
mujer si traía dineros, y alguno de los moriscos (ó fuese marido ó
pariente) á defendella, de que se trabó tal ruido, que de los moriscos
cuasi ninguno quedó vivo; de las moriscas hubo muchas muertas, de los
nuestros algunos heridos, que con la escuridad de la noche se hacian
daño unos á otros. Dícese que hubo gente de los enemigos mezclada
para ver si con esta ocasion pudieran desordenar el campo, y que
arrepentidos de la entrega que el zaguer hizo, los padres, hermanos y
maridos de las moras quisieron procurar su libertad: la escuridad de la
noche y la confusion fue tanta, que ni capitanes ni oficiales pudieron
estorbar el daño.



                               LIBRO II.


En tanto que las cosas de la Alpujarra pasaban como tenemos dicho,
se juntaron hasta quinientos moros con dos capitanes, Giron de las
Albuñuelas y Nacoz de Niguels, á tentar la guardia, que el marqués
habia dejado en la puente de Tablate; teniendo por cierto que si
de allí la pudiesen apartar, se quitaria el paso y el aparejo á
las escoltas, y nuestro campo con falta de vituallas se desharia.
Vinieron sobre la puente hallándola falta de gente, y la que habia
desapercibida: acometieron con tanto denuedo, que la hicieron retirar;
parte no paró hasta Granada, muchos de ellos murieron sin pelear en el
alcance, parte se encerraron en una iglesia donde acabaron quemados,
con que la puente quedó por los enemigos. Mas el conde de Tendilla,
sabida la nueva, envió á llamar con diligencia á D. Álvaro Manrique,
capitan del marqués de Pliego, que con trescientos infantes y ochenta
caballos de su cargo estaba alojado dos leguas de Granada. Llegó
á la puente de Genil al amanecer, donde el conde le esperaba con
ochocientos infantes y ciento y veinte caballos: avisado del número de
los enemigos entrególes la gente, y dióle órden que peleando con ellos,
desembarazado el paso le dejase guardado, y él con el resto de ella
pasase á buscar al marqués. Cumplió D. Álvaro con su comision hallando
la puente libre, y los moros idos.

En Jubiles llegó el capitan D. Diego de Mendoza enviado por el rey,
para que llevase relacion de la guerra, manera de como se gobernaba el
marqués, del estado en que las cosas se hallaban; porque los avisos
eran tan diferentes, que causaban confusion en las provisiones; como
no faltan personas que por pretensiones ó por pasion ó opinion ó buen
celo, culpan ó excusan las obras de los ministros. Partió el marqués
de Jubiles, vino á Cadiar donde fue la muerte del capitan Herrera;
de allí á Ujijar: en el camino mandó combatir una cueva, en que se
defendian encerrados cantidad de moros con sus mujeres y hijos, hasta
que con fuego y humo fueron tomados. Estando en Ujijar fue avisado
que Aben Humeya juntas todas sus fuerzas le esperaba en el paso de
Paterna tres leguas de Ujijar, y sin detenerse partió. Caminando le
vinieron dos moros de parte de Aben Humeya con nuevos partidos de
paz, mas el marqués sin respuesta los llevó consigo hasta dar con su
vanguardia en la de los enemigos; y en una quebrada junto á Iñiza
pelearon con harta pertinencia, por ser mas de cinco mil hombres y
mejor armados que en Jubiles: pero fueron rotos del todo tomándoles el
alto, y acometiéndolos con la caballería D. Alonso de Cárdenas, conde
de la Puebla: no se siguió el alcance por ser noche. Envió el marqués
doscientos caballos, que le siguieron hasta la nieve y aspereza de la
sierra, matando y cautivando; y él á dos horas de noche paró en Iñiza:
otro dia vino á Paterna; dióla á saco; no hallaron los soldados en
ella menos riqueza que en Poqueira. El rencuentro de Paterna fue la
postrera jornada en que Aben Humeya tuvo gente junta contra el marqués;
el cual partió sin detenerse para Andarax en seguimiento de las sobras
de los enemigos, habiendo enviado delante infantería y caballería á
buscallos en el llano, y en la sierra que dicen el Cehel cerca de la
mar: montaña buena para ganados, caza y pesca; aunque en algunas partes
falta de agua. Dicen los moros, que fue patrimonio del conde Julian el
traidor, y aun duran en ella y cerca memorias de su nombre; la torre,
la rambla Juliana, y Castil de Ferro. Llegado á Andarax envió á su
hijo D. Francisco con cuatro compañías de infantería y cien caballos á
Ohañez, donde entendió que se recogian enemigos; mas por avisos ciertos
del capitan de Adra supo que en él no habia cuarenta personas, y por
alguna falta de vituallas le mandó tornar. Recogió y envió á Granada
gran cantidad de cautivos cristianos, á quien habia dado libertad en
todos los pueblos que ganó y se le rindieron: recibió los lugares que
sin condicion se le entregaron. Estaba Diego de la Gasca sospechoso en
Adra, que los vecinos de Turon, lugar de los rendidos en Cehel, acogian
moros enemigos, y queriendo él por sí saber la verdad para dar aviso
al marqués, fue con su gente; mas no hallando moros entró de vuelta á
buscar cierta casa, de donde salió uno de ellos que le dió cierta carta
de aviso fingida, y al abrirla le metió un puñal por el vientre: hirió
tambien dos soldados antes que le matasen. Murió Gasca de las heridas,
y mandó en su testamento que las ganancias que habia hecho en la guerra
se repartiesen entre soldados pobres, huérfanos, viudas, mujeres y
hijas de soldados: era sobrino hijo de hermano de Gasca, obispo de
Sigüenza, que venció en una batalla á los Pizarros y pacificó el reino
del Perú.

En el mismo tiempo, D. Luis Fajardo marqués de Velez, gran señor en el
reino de Murcia, solicitado, como dijimos, por cartas del presidente
de Granada, habia salido con sus amigos, deudos y allegados, á entrar
en el reino de Almería: era la gente que llevaba número de dos mil
infantes y trescientos caballos, la mayor parte escogidos. La primera
jornada fue combatir una gruesa banda de moros, que atravesaban
desmandados en Illar: de allí fue sobre Filix: tomóla, y saqueóla
enriqueciendo la gente; peleóse con harto riesgo y porfía; murieron
de los enemigos muchos, pero mas mujeres que hombres, entre ellos su
capitan, llamado Futei, natural de Zenette. Hecho esto, por falta de
vituallas se recogió á los lugares del rio de Almería; donde para
mantener la gente y su persona vino á Cosar de Canjayar, barranco
de la Hambre le llaman por otro nombre en su lengua, porque en él
se recogieron los moros, cuando el Rey Católico D. Fernando hizo la
empresa de Andarax en el primer levantamiento, donde pasaron tanta
hambre que cuasi todos murieron.

La toma de Poqueira, Jubiles y Paterna puso temor á los enemigos,
porque tenian reputacion de fuertes, y indignacion por la pérdida
que en ellos hicieron de todas sus fortunas: comenzaron á recogerse
en lugares ásperos, ocupar las cumbres y riscos de las montañas
fortificando á su parecer lo que bastaba; pero no como gente plática,
antes ponian todas sus esperanzas y seguridad en esparcir, y dejando
la frente al enemigo pasar á las espaldas, mas con apariencia de
descabullirse, que de acometer. Pareció al marqués con estos sucesos
quedar llana toda la Alpujarra; y dando la vuelta por Andarax y Cadiar,
tornó á Orgiba, por estar mas en comarca de la mar, rio de Almería,
Granada, y la misma Alpujarra. Entre tanto, aunque la rebelion parecia
estar en el Alpujarra en términos de sosegada, echó raices por diversas
partes: á la parte de poniente por las Guajaras, tres lugares pequeños
juntos que parten la tierra de Almuñecar de la de Val de Leclin,
puestos en el valle que desciende al puerto de la Herradura; desdichado
por la pérdida de veinte y tres galeras anegadas con su capitan general
D. Juan de Mendoza, hombre de no menos industria y ánimo que su padre
D. Bernardino y otros de sus pasados, que en diversos tiempos valieron
en aquel ejercicio. El señor de uno de aquellos lugares, ó con ánimo
de tenellos pacíficos, ó de roballos y cautivar la gente, juntando
consigo hasta doscientos soldados desmandados de la costa, forzó á los
vecinos que le alojasen y contribuyesen extraordinariamente. Vista
por ellos la violencia dilatándolo hasta la noche, le acometieron de
improviso, y necesitaron á retraerse en la iglesia donde quemaron á él
y á los que entraron en su compañía. No dió tiempo á los malhechores la
presteza del caso para pensar en otro partido mas llano, que juntarse
llegando á sí de la gente de lugares vecinos tres mil personas de todas
edades, en que habia mil y quinientos hombres de provecho, armados
de arcabuces, ballestas, lanzas y gorguzes y parte hondas, como la
ira y la posibilidad les daba; y sin tomar capitan, de comun parecer
ocuparon dos peñones, uno alto de subida áspera y difícil, otro menor
y mas llano. Aquí pusieron su guardia, y se repararon sin traveses,
parte con piedra seca, parte con mantas y jalmas como rumbadas, á
falta de rama y tierra. Estos dos sitios escogieron para su seguridad,
juntando despues consigo algunos salteadores, Giron, Marcos el Zamar
capitanes, y otros hombres á quien convidaba la fortaleza del sitio,
el aparejo de la comarca, y la ocasion de las presas. Fue el marqués
avisado, que andaba visitando algunos lugares de la tierra como seguro
de tal novedad; y visto que el fuego se comenzaba por parte peligrosa
de lugares importantes guardados á la costa con poca gente, recelando
que saltase á la sierra de Bentomiz ó á la hoya y jarquia de Málaga,
deliberó partir con cuasi dos mil infantes y doscientos caballos,
avisando al conde que de Granada le reforzase con mas gente de pie y
de caballo. Eran los mas aventureros ó concejiles: tomó el camino de
las Guajaras dejando á sus espaldas lugares, como Ohañez y Valor el
alto, sospechosos y sobresaltados, aunque solos de gente segun los
avisos. Algunos le juzgaban, diciendo, que pudiera enviar otra persona
ó á su hijo el conde en su lugar; pero él escogió para sí la empresa
con este peligro: ó porque el rey vista la importancia del caso no le
proveyese de compañero, ó por entretener la gente en la ganancia. Tanto
puede la ambicion en los hombres puesto que sea loable, que aun de los
hijos se recatan. Sacar al conde de Granada, que le aseguraba la ciudad
á las espaldas y le proveía de gente y de vitualla, parecia consejo
peligroso; y partir la empresa con otro, despojarse de las cabezas;
que si muchas en número y calidad de personas, en experiencia eran
pocas. Estas dudas saneó con la presteza, porque antes que los enemigos
pensasen que partia, les puso las armas delante. Halláronse en toda la
jornada muchas personas principales, así del reino de Granada como de
la Andalucía, que en las ocasiones serán nombrados. Partió el marqués
de Andarax, y sin perder tiempo vino de Cadiar á Orgiba; y tomando
vitualla á Velez de Benabdalá, pasó el rio de Motril, la infantería á
las ancas de los caballos, y llegó á las Guajaras que están en medio.
Vino D. Alonso Portocarrero con mil soldados, ya sano de sus heridas,
y otras dos bandas de infantería, ciento y cincuenta caballos, gente
hecha en Granada, que enviaba el conde de Tendilla, el conde de
Santistévan con muchos deudos y amigos de su casa y vasallos suyos.
Mas los enemigos, como de improviso descubrieron el campo, comenzaron
á tomar el camino de los Peñones y víanse subir por la montaña con
mujeres y hijos. Viendo el marqués que se recogian á sus fuertes, envió
una compañía de arcabuceros á reconocerlos, y dañarlos si pudiesen;
pero dende á poco le trajo un soldado mandado del capitan, que por
ser los enemigos muchos y su gente poca, ni se atrevia á seguillos,
porque no le cargasen; ni á retirarse, porque no le rompiesen: pedia
para lo uno y lo otro mil hombres. Envióle alguna arcabucería, y él con
la gente que pudo llegar ordenada, le siguió hasta las Guajaras altas
por hacerle espaldas, donde alojó aquella noche con mal aparejo; pero
los unos y los otros sin temor, los nuestros por la confianza de la
victoria, los enemigos de la defensa.

Entre los que allí vinieron á servir, fue uno D. Juan de Villarroel,
hijo de D. García de Villarroel, adelantado que fue de Cazorla, y
sobrino (segun fama) de fray Francisco Jimenez, cardenal y arzobispo
de Toledo, gobernador de España entre la muerte del Rey Católico
D. Fernando, y el reinado del emperador D. Cárlos. Era á la sazon
capitan de Almería, y servia de comisario general en el campo:
hombre de años, probado en empresas contra moros, pero de consejos
sutiles y peligrosos, que habia ganado gracia con hallar culpas en
capitanes generales, siendo á veces escuchado y al fin remunerado.
Este, por abrirse camino para algun nombre en aquella ocasion,
gastó la noche sin sueño en persuadir al marqués que le mandase con
cincuenta soldados á reconocer el fuerte de los enemigos; diciendo
que del alojamiento no se descubria el paso del peñon alto. Concurrió
el marqués, mostrando hacerlo mas por permision y licencia que
mandamiento, pero amonestándole que no pasase del cerro pequeño que
estaba entre su alojamiento y la cuesta; y que no llevase consigo
mas de cincuenta arcabuceros: blandura que suele poner á veces á los
que gobiernan en grandes y presentes peligros. Mas D. Juan pasando
el cerro comenzó á subir la cuesta sin parar, aunque fue llamado del
marqués; y á seguillo mucha gente principal y otros desmandados, ó
por acreditar sus personas, ó por codicia del robo. Pasaban ya los
que subian de ochocientos, sin poderlo el marqués estorbar; porque D.
Juan viéndose acrecentado con número de gente, y concibiendo en sí
mayores esperanzas, teniéndose por señor de la jornada, sin guardar
la órden que se le dió ni la que se daba en hechos semejantes,
desmandada la gente no con mas acierto que el que daba su voluntad á
cada uno; comenzó la subida con el ímpetu y priesa que suele quien va
ignorante de lo que puede acontecer; mas dende á poco con flojedad y
cansancio. Vista por los enemigos la desórden, hicieron muestra de
encubrirse con el peñon bajo dando apariencia de escapar: pensaron
los nuestros que huían, y apresuraron el paso; creció el cansancio,
oíanse tiros perdidos de arcabucería, voces de hombres desordenados,
víanse arremeter, parar, cruzar, mandar; movimientos segun el aliento
ó apetito de cada uno: en ochocientas personas mostrarse mas capitanes
que hombres, antes cada cual lo era de sí mismo: el hábito del capitan
un capote, una montera, una caña en la mano. No se estaba á media
cuesta, cuando la gente comenzó á pedir municion de mano en mano:
oyeron los enemigos la voz, peligrosa en semejantes ocasiones; y viendo
la desórden, saltaron fuera con el Zamar hasta cuarenta hombres; esos
con pocas armas y menos muestra de acometer: pero convidados del
aparejo, y ayudados de piedras que los del peñon echaban por la cuesta
y de alguna gente mas, dieron á los nuestros una carga harto retenida,
aunque bastante para que todos volviesen las espaldas con mas priesa
que habian subido, sin que hombre hiciese muestra de resistir, ni la
gente particular fuese parte para ello; antes los seguian, mostrando
querellos detener: fueron los moros creciendo, ejecutando, y matando
hasta cerca del arroyo. Murió D. Juan de Villarroel desalentado, con
la espada en la cinta, cuchilladas en la cabeza y las manos, segun se
reparaba: D. Luis Ponce de Leon, nieto de D. Luis Ponce, que herido de
muerte, y caido le despeñó un su criado por salvalle, y Juan Ronquillo,
veedor de las compañías de Granada, y un hijo solo del maestre de
campo Hernando de Oruña, viéndole su padre y todos peleando. Fueron
los muertos muchos mas que los que los seguian, y algunos ahogados
con el cansancio; los demás se salvaron, y entre ellos D. Gerónimo
de Padilla, hijo de Gutierre Lopez de Padilla, que herido y peleando
hasta que cayó, le sacó arrastrando por los pies un esclavo á quien
él dió libertad. El marqués, vista la desórden, y que los enemigos
crecian y venian mejorados, y prolongándose por la loma de la montaña
á tomarle las espaldas, encaminados á un cerro que le estaba encima,
envió á D. Alonso de Cárdenas con pocos arcabuceros que pudo recoger;
hombre suelto y de campo; el cual previno y aseguró el alto. Estaba
el marqués apeado con la caballería, las lanzas tendidas, guarnecido
de alguna arcabucería esperando los enemigos, y recogiendo la gente
que venia rota: pudo esta demostracion y su autoridad refrenar la
furia de los unos, detener y asegurar los otros, aunque con peligro y
trabajo. Otro dia al amanecer llegó la retaguardia: serian por todos
cinco mil y quinientos infantes, y cuatrocientos caballos; compañía
bastante para mayor empresa, si se hubiera de tener cuenta con solo el
número. Ordenó solo un escuadron por el temor de la gente que el dia de
antes habia recibido desgracia, guarnecido á los costados con mangas
prolongadas de arcabucería. Era el peñon por dos partes sin camino, mas
por la que se continuaba con la montaña habia salida menos áspera: aquí
mandó estar caballería y arcabucería apartada, pero cubierta; porque
vistos no estorbasen la huida. Son los moros cuando se ven encerrados
impetuosos y animosos para abrirse paso, mas abierto procuran salvarse
sin tornar el pecho al enemigo, y por esto si á alguna nacion se ha de
abrir lugar por donde se vayan, es á ellos. Acometiólos con esta órden,
y duró el combatir con pertinacia hasta la escuridad de la noche, los
unos animados, los otros indignados del suceso pasado: mandó tocar á
recoger, y alojó pegado con el fuerte, encomendando la guardia á los
que llegaron holgados. Puso la noche á los enemigos delante de los
ojos el peligro, el robo, la cautividad, la muerte; trájoles el miedo,
confusion y discordia, como en ánimos apretados que tienen tiempo
para discurrir: unos querian defenderse, otros rendirse, otros huir;
al fin salió la mayor parte de la gente forastera y monfíes con los
capitanes Giron y el Zamar, sacando las mujeres y niños que pudieron,
y quedó todavía número de gente de los naturales; y aunque flacamente
reparada, si tuvieran esfuerzo y cabezas, con el favor de lo pasado y
el aparejo del sitio solas mujeres bastaban á defenderse. Hicieron al
principio resistencia, ó que el desdeño de verse desamparados, ó la ira
los encendiese; pero apretados enflaquecieron, y dando lugar fueron
entrados por fuerza: no se perdonó con órden del marqués á persona ni á
edad: el robo fue grande, y mayor la muerte, especialmente de mujeres;
no faltó ambicion que se ofreciese á solicitalla, como cargo de mayor
importancia. Escapó Giron; fue preso y herido de un arcabucero por el
muslo el Zamar por salvar una hija suya doncella que no podia con el
trabajo del camino; y llevado á Granada le mandó atenazar el conde de
Tendilla, que hizo calificada la victoria.

Tomado el fuerte de las Guajaras envió el marqués el campo con el conde
de Santistévan, que le esperase en Velez de Benabdalá; y fue á visitar
á Almuñecar, Salobreña, Motril, lugares á la marina guardados contra
los cosarios de Berbería, y quedó por entonces asegurada aquella tierra
hasta Ronda. Puso en el oficio de D. Juan de Villarroel á D. Francisco
de Mendoza su hijo; nombró veedores y otros oficiales de hacienda,
sin que el gobierno del campo no podia pasar. Pero no dejaron perder
sus émulos aquella ocasion de calumniarle, diciendo: ser él mismo
quien proveía, libraba, pagaba, repartia las contribuciones, presas, y
depósitos; pues sus hijos y criados lo hacian: cosa que los capitanes
generales suelen y deben huir. Pero la necesidad y la salida del
negocio mostró haber sido mas provechoso consejo para la hacienda del
rey en lo poco que se gastó con mucha gente y en mucho tiempo. Llegado
á Velez tornó á Orgiba, dióse á recibir gentes y pueblos que se venian
á rendir: entregaban las armas los que habitaban por toda la Alpujarra
y rio de Almería, y los que en las montañas andaban alzados rendíanse
á merced del rey sin condicion: traían mujeres, hijos, y haciendas;
comenzaban á poblar sus casas, ofrecíanse á ir con ellas á morar, como
y donde los enviasen; y si en la tierra los quisiesen dejar, mantener
guardia para defension y seguridad de ella, solamente que se les diesen
las vidas y libertad; pero aun estas dos condiciones no les admitió.
No por eso dejaban de venirse; dábales salvaguardia con que vivian
pacíficos, aunque no del todo asegurados; y hallando el campo lleno
de esclavos y cristianos libertados que comian la vitualla, depositó
quinientas moriscas en poder de sus padres, hermanos y maridos, y
sobre sus palabras las recibieron en Ujijar: y dende á poco envió
con alguaciles por ellas para volvellas á sus dueños, que sin faltar
personas las tornaron: cosa no vista en otro tiempo ó fuese el miedo
y la obediencia, ó fuese que restituían las mujeres de que hallan
abundancia en toda parte, y por esto son estimadas como alhaja; y los
hijos donde se los criasen; descargándose de bocas inútiles y embarazo
cojijoso; y aquí hizo particulares justicias de muchos culpados.

Discurrian los soldados de veinte en veinte sin daño; dábanse á
descubrir personas y ropa escondida por la montaña; combatian cuevas
donde habia moriscos alzados: todo era esclavos, despojos, riquezas.
No eran por entonces tantas las desórdenes que los moriscos no las
pudiesen sufrir, ni tantos los autores que no pudiesen ser castigados;
pero fuéronse los unos con la ganancia, vinieron otros nuevos
codiciosos que mudaban el estado de paz en desasosiego, y de obediencia
en desconfianza. Vióse un tiempo en el cual los enemigos (ó estuviesen
rendidos, ó sobresanados) pudieran con facilidad y poca costa ser
oprimidos, y venirse al término que despues se vino de castigo, de
opresion, ó de destierro; ó sacándolos á morar en Castilla, poblar la
tierra de nuevos habitadores, sin pérdida de tanto tiempo, gente, y
dineros, sin hambre, sin enfermedad, sin violencia de vasallos. No son
los hombres jueces de los pensamientos y motivos de los reyes; pero
mucho puede en el ánimo de un príncipe ofendido por caso de rebelion
ó desacato, la relacion aunque interesada ó apasionada que le inclina
á rigor y venganza; porque cualquier tiempo que se dilata, aunque sea
para mayor oportunidad, le parece estorbo.

En esto la gente de Granada, libre del miedo y de la necesidad, tornó
á la pasion acostumbrada: enviaban al rey personas de su ayuntamiento;
pedian nuevo general; nombraban al marqués de Velez, engrandeciendo
su valor, consejo, paciencia de trabajos, reputacion: partes que
aunque concurriesen en él, la mudanza de voluntades, y los mismos
oficios hechos en su perjuicio, dende á pocos dias que entonces en
su favor, mostraban no haberse movido los autores con fin de loallas
porque fuesen tales. Calumniaban al de Mondejar que permitia mucho
á sus oficiales; que no se guardaban las vituallas; que los ganados
pudiendo seguir el campo se llevaban á Granada; que no se ponia cobro
en los quintos y hacienda del rey; que teniendo presidente cabeza
en los negocios de justicia, tantas personas graves y de consejo en
la chancillería, un ayuntamiento de ciudad, un corregidor solícito,
tantos hombres prudentes; no solamente no les comunicaba las ocasiones
en general, pero de los sucesos no les daba parte por escrito, ni
de palabra; antes indignado por competencias de jurisdicciones,
preeminencias de asientos ó manera de mandar, sabian de otros antes
la causa porque se les mandaba, que recibiesen el mandamiento. Loaban
la diligencia del presidente en descubrir los tratados, los consejos,
los pensamientos de los enemigos; entretener la gente de la ciudad;
exhortar á los señores del reino que tomasen las armas, en particular
al marqués de Velez, y otras demostraciones que atribuidas al servicio
del rey eran juzgadas por honestas, y á su particular por tolerables:
empresas de reputacion y autoridad, no desdeñando, ni ofendiéndola; y
que en fin como quiera eran de suyo provechosas al beneficio público:
que la guerra no estaba acabada, pues los enemigos aun quedaban en pie;
que las armas entregadas eran inútiles y viejas: mostrábanse indignados
y rebeldes, resueltos á no mandarse por el marqués. Los alcaldes
(oficio usado á seguir el rigor de la justicia y aun el de la venganza,
porque cualquiera dilacion ó estorbo tienen por desacato) culpaban
la tibieza en el castigar; recibir á merced y amparar gente traidora
á Dios y al rey; las armas en la mano de padre y hijo; oprimida la
justicia y el gobierno; llena Granada de moros, mal defendida de
cristianos; muchos soldados y pocos hombres; peligros de enemigos y
defensores, deshaciendo por un cabo la guerra y criándola por otro.
Por el contrario los amigos y allegados del marqués y su casa decian:
que la guerra era libre, los oficiales y soldados concejiles, y esos
sin sueldo, movidos de su casa por la ganancia; los ganados habidos
de los enemigos; que por todo se hallaria que la carne y el trigo y
cebada se aprovechaba de dia en dia; que mal se podian fundar presidios
para guarda de vitualla con tan poca gente, ni asegurar las espaldas
sino andando tan pegados con los enemigos, que les mostrasen cada
hora las cuerdas de los arcabuces y los hierros de las picas; que los
quintos tenian oficiales del rey en quien se depositaban, y pasaban por
almonedas; que los oficios eran tan apartados, y los consejos de la
guerra requerian tanto secreto, que fuera de ella no se acostumbraba
comunicarlos con personas de otra profesion, aunque mas autoridad
tuviesen; porque como plática extraña de sus oficios, no sabian en que
lugar se debia poner el secreto; que tras el publicar venia el yerro, y
tras el yerro el castigo; y que como el presidente y oidores ó alcaldes
no le comunicaban los secretos de su acuerdo, así él no comunicaba con
ellos los de la guerra, ni se vian, ni habia causas porque hubiese
esta desigualdad, ó fuese autoridad ó superioridad. De lo que tocaba
al corregidor y la ciudad burlaban, como cosa de concejo y mezcla de
hombres desigual. Que los que eran para entender la guerra andaban
en ella y servian ellos ó sus hijos al rey, y obedecian al marqués
sin pasion. Que los cumplimientos eran parte de buena crianza; y cada
uno si queria ser mal quisto, podia ser mal criado. Que trayendo tan
á la continua la lanza en la mano, mal podia desembarazalla para la
pluma. Que la guerra era acabada, segun las muestras, y el castigo
se guardaria para la voluntad del rey, y entonces tenian su lugar la
mano y la indignacion de las justicias; y si decian que sobresanada
porque estaban los enemigos en pie y armados, lo sobresanado ó acabado,
lo armado y desarmado es todo uno, cuando los enemigos, ó se rinden,
ó están de manera que pueden ser oprimidos sin resistencia, como lo
estaban á la sazon los del reino y la ciudad de Granada. Que de aquello
servia la gente en el Albaicin y la Vega, la cual como entretenida con
alojamientos y sin pagas, no podia sino dar pesadumbre y desordenarse;
ni como poco plática saber la guerra tan de molde que no se les
pareciese que eran nuevos. Pero la carga de lo uno y de lo otro estaba
sobre los enemigos, á quien ellos decian que se habia de dar riguroso
castigo: lo cual aunque se diferia, no se olvidaba; que espantallos
sin tiempo era perder el fin y las comodidades que se podian sacar de
ellos; que las personas cuando eran tales siempre serian provechosas,
especialmente las que sirviesen á su costa, como la del marqués de
Velez, probada para cualquier gran cargo que estuviese sin dueño.

Mas el marqués, hombre de estrecha y rigurosa disciplina, criado al
favor de su abuelo y padre en gran oficio, sin igual ni contradictor,
impaciente de tomar compañía; comunicaba sus consejos consigo mismo, y
algunos con las personas que tenia cabe sí pláticas en la guerra, que
eran pocas: de las apariencias, aunque eran comunes á todos, á ninguno
daba parte; antes ocasion á algunos (especialmente á mozos y vanos),
de mostrarse quejosos. Tomó la empresa sin dineros, sin municion, sin
vitualla, con poca gente y esa concejil, mal pagada y por esto no bien
disciplinada; mantenida del robo, y á trueco de alcanzar ó conservar
este, mucha libertad, poca vergüenza, y menos honra; excepto los
particulares que á su costa venian de toda España á servir al rey, y
eran los primeros á poner las manos en los enemigos. Tuvo siempre por
principal fin pegarse con ellos; no dejar que se afirmasen en lugar ni
juntasen cuerpo; acometellos, apretallos, seguillos; no dalles ocasion
á que le siguiesen, ni mostrarles las espaldas aunque fuese para su
provecho; recibir los que de ellos viniesen á rendirse; disminuillos y
desarmallos, y á la fin oprimillos; para que poniéndoles guarniciones
con un pequeño ejército, pudiese el rey castigar los culpados,
desterrar los sospechosos, deshabitar el reino, si le pluguiese pasar
los moradores á otra parte: todo con seguridad y sin costa, antes á la
de ellos mismos. Hizo muchas veces al rey cierto del término en que las
cosas se hallaban: y aunque guiando ejércitos no hubiese venido otras
veces á las manos con los enemigos, todavía con la plática que tenia de
la manera del guerrear de estos, aprendida de padres y abuelos y otros
de su linaje que tuvieron continuas guerras con los moros, los trajo á
tal estado y en tan breve tiempo, como el de un mes; no embargante que
muchas veces se le escribiese, que procediese con ellos atentamente.
Puesta la guerra en estos términos, túvola por acabada facilitando lo
que estaba por hacer; con que se hizo mas odioso, pareciendo á hombres
ausentes cuerdos y de experiencia, que habia de retoñecer con mayor
fuerza como el tiempo diese lugar, y las esperanzas de Berbería se
calentasen, y los castigos y reformaciones comenzasen á ejecutarse: y
tuvieron por largo el negocio, por ser de montaña contra gente suelta y
plática de ella, y otras causas, que por nuestra parte se les habian de
dar.

En este mismo tiempo comenzó á descubrirse la guerra en el rio de
Almería, con la ida del marqués de Mondejar á las Guajaras y tierra de
Almuñecar. Ohañez es un lugar puesto entre dos rios en los confines
de la Alpujarra, marquesado de Zenette, y tierra de Almería: aquí
se recogieron moros que andaban huidos en la montaña (sobras de
los rencuentros pasados), convidados de la fortaleza del sitio, y
persuadidos por el Tahalí, á quien tomaron por capitan. Pusieron mil
hombres á la guardia del lugar donde habian encerrado sus hijos,
mujeres y haciendas; sin otro mayor número que defendian la tierra,
todos determinados á pelear.

Estaba el marqués de Velez en el rio de Almería entretenido con parte
de la gente del reino de Murcia; y la demás era vuelta, como es
costumbre, rica de la ganancia: esperaba órden del rey si tornaria á
la tierra de Cartagena, que confina con el reino de Granada por el rio
de Mojacar, que los antiguos llamaban Murgis; ampararia la tierra del
rey, y la suya vecina á la mar; defenderia que los moros del reino de
Granada no pasasen por aquella parte á desasosegar los del reino de
Valencia; recelado y cuasi cierto peligro en la primera ocasion de
pérdida nuestra importante: y convenia (ocupado el marqués de Mondejar
en las Guajaras) atajar el fuego de las espaldas. No habia en pie armas
tan cerca como estas, solicitadas por el presidente de Granada, mas
despues con aprobacion del rey.

Los que igualmente juzgaban lo bueno que lo malo, atribuían á
pasion esta diligencia, por excluir ó dar compañero al marqués de
Mondejar; pero las personas libres, á buena provision y en conveniente
conyuntura. Movióse el marqués de Velez con tres mil infantes y
trescientos caballos contra los enemigos, que le esperaban á la subida
de la montaña en un paso áspero y dificultoso: combatiólos y rompiólos
no sin dificultad; donde se mostró por su persona buen caballero. Mas
los enemigos recogiéndose á Ohañez estuvieron á la defensa. Acometiólos
con pocas armas, y rompiólos segunda vez; murieron cuasi doscientos
hombres con Tahalí su capitan, y en la entrada muchas mujeres; de los
nuestros algunos: salváronse de los moros por las espaldas del lugar
la mayor parte que estaba á la defensa sin ser seguidos; y pudieran,
si algun capitan plático los gobernara, hacer daño á los nuestros
embebecidos y cargados con el saco. Fue grande la importancia del hecho
por la ocasion. Á las gradas de la iglesia halló el marqués cortadas
veinte cabezas de doncellas, los cabellos tendidos, puestas por órden,
que los de aquella tierra cuando el rio de Almería se rebeló, en una
junta que tuvieron en Guecija, prometieron sacrificar juntamente con
veinte sacerdotes adoradores de los ídolos (que tal nombre dan á las
imágenes); porque Dios y su profeta Mahoma los ayudase. Poco antes
que el marqués entrase habian degollado las doncellas: los sacerdotes
hicieron mayor defensa; mas con quemar veinte frailes ahogados en
aceite hirviendo, pagaron el voto en la misma Guecija. ¡Cruel y
abominable religion, aplacar á Dios con vida y sangre inocente; pero
usada dende los tiempos antiguos en África, traida de Tiro, introducida
en la ciudad de Cartago por Dido su fundadora: tan guardada hasta
nuestros tiempos entre los moradores de aquella region, que es fama
que en la gran empresa que el emperador D. Cárlos, vencedor de muchas
gentes, hizo contra Barbarroja, tirano de Túnez, sacrificaron los moros
del cabo de Cartago cinco niños cristianos al tiempo que descubrieron
nuestra armada, á reverencia de cinco lugares que tienen en el alcoran,
donde se inclinan porque Dios los ampare y defienda en los peligros! El
marqués, habido este suceso en su favor, se recogió con la gente que
con él quiso quedar en Terque, lugar del rio de Almería, corriendo por
la tierra.

Las cosas de Granada estaban en el estado que tengo dicho. El rey habia
enviado á D. Antonio de Luna, hijo de D. Álvaro de Luna, y á D. Juan
de Mendoza, hombres de gran linaje, pláticos en la guerra, que habian
tenido cargos, y dado buena cuenta de ellos, para que asistiesen con el
conde de Tendilla como consejeros, estando á la órden que él les diese
en ausencia del marqués su padre; avisando al conde de la provision
con palabras blandas y comedidas; para que con ellos pudiese descargar
parte del trabajo. Puso el conde á D. Juan dentro en la ciudad con la
infantería cuyas armas habia profesado; y á D. Antonio á la guarda de
la Vega con doscientos caballos y parte tambien de la infantería.

Llegado el marqués de Mondejar á Orgiba continuando su propósito,
ocupóse en recibir pueblos y gente, que sin condicion venian á
rendirse con las armas; y en perseguir las sobras del campo de Aben
Humeya, su persona, parientes y allegados, que eran muchos, y con
él andaban huidos por las montañas. Estaba aun Valor, el alto, por
rendirse, pero sosegado; adonde tuvo aviso que Aben Humeya se recogia
con treinta hombres en las casas de su padre, y en Mecina su tio
Aben Jauhar. Envió dos compañías de infantería que no los hallando
se tornaron con haber saqueado á Valor y Mecina, mas á los de Mecina
que estaban con salvaguardia, mandó volver la ropa y cautivos dende
á poco. Fue tambien avisado que en el mismo lugar se escondia Aben
Humeya con ocho personas, y envió dos escuadras con sendos adalides
pláticos de la tierra con órden que vivo ó muerto le hubiesen á las
manos. Llaman adalides en lengua castellana á las guias y cabezas de
gente del campo, que entran á correr tierra de enemigos; y á la gente
llamaban almogávares: antiguamente fue calificado el cargo de adalides;
elegíanlos sus almogávares; saludábanlos por su nombre levantándolos
en alto de pies en un escudo: por el rastro conocen las pisadas de
cualquiera fiera ó persona, y con tanta presteza que no se detienen
á conjeturar; resolviendo por señales, á juicio de quien las mira
livianas, mas al suyo tan ciertas, que cuando han encontrado con lo que
buscan, parece maravilla ó envahimiento. No hallaron en Valor, el alto,
rastro de Aben Humeya, pero en el bajo oyeron chasquido de jugar á la
ballesta, músicas, canto y regocijo de tanta gente, que no la osando
acometer se tornaron á dar aviso. Envió dos capitanes, Antonio de
Ávila y Álvaro de Flores, con trescientos arcabuceros escogidos entre
la gente que á la sazon habia quedado, que era poca, porque con la
ganancia de los Guajaras, y con tener por acabada la guerra se habian
ido á sus casas, hombres levantados sin pagas, sin el son de la caja,
concejiles; que tienen el robo por sueldo, y la codicia por superior.
Fueron con estos trescientos, otros mas de quinientos aventureros y
mochileros á hurto, sin que guarda ó diligencia pudiese estorballo.
Llevaron los capitanes órden de palabra, que tomasen y atajasen los
caminos, cercasen el lugar, y sin que la gente entrase dentro, llamasen
los regidores y principales; requiriésenlos que entregasen Aben Humeya
que se llamaba rey; y en caso que se excusasen, con personas deputadas
por ellos mismos y por los capitanes, le buscasen por las casas; y no
pareciendo trajesen los regidores presos ante el marqués, sin hacer
otro daño en el lugar. Partiendo con esta resolucion, y antes que
llegasen á Valor, donde se descubre la punta de Castil de Ferro, los
alcanzó Ampuero, capitan de campaña, y les dió la misma órden por
escrito; añadiendo que si gente de salvaguardia ó de Valor, el alto,
la hallasen en el bajo, la dejasen estar. Mas Antonio de Ávila, que ya
traía consigo la mala fortuna, dicen que respondió: _que si en algo se
excediese de la órden, todo seria dar culpa á los soldados_. Llegando á
Valor tomaron los caminos; cercaron el lugar: salieron los principales
á ofrecer favor, diligencia, vituallas; mas los que vinieron al cuartel
de Antonio de Ávila fueron muertos sin ser oidos. Alteróse el lugar;
entraron los soldados matando y saqueando; juntáronseles los de Álvaro
Flores, que para esto eran todos en uno; murieron algunos moriscos, que
no pudieron defenderse ni huir; fue robada la tierra, y los soldados
recogieron el robo en la iglesia diciendo los capitanes: que su órden
era llevar los moriscos presos, y no podian de otra manera cumplir con
ella. Mas los moriscos visto el daño, hicieron ahumadas á los suyos
que andaban por la montaña, y á los que cerca estaban escondidos: los
nuestros al nacer del dia partiendo la presa, en que habia ochocientos
cautivos y mucha ropa, las bestias y ellos cargados, tomaron el camino
de Orgiba, los embarazos y presas en medio. Partida la vanguardia,
mostróse á la retaguardia Abenzaba, capitan de Aben Humeya en aquel
partido, con trescientos hombres como de paz: requeríalos con la
salvaguardia; que dejando las personas cautivas llevasen el resto; mas
viendo cuan poco les aprovechaba comenzaron á picallos y desordenallos,
hasta que á la cubierta de un viso dieron en la emboscada de doscientos
hombres, y volviéndose á las mujeres les dijeron: _Damas, no vais con
tan ruin gente_. Juntamente con estas palabras el Partal, hombre cuerdo
y valiente, uno de cinco hermanos todos de este nombre que vivian en
Narila, acometió la retaguardia por el costado; mas los soldados por no
desamparar la presa hicieron poca resistencia: la vanguardia caminaba
cuanto podia sin hacer alto ni descargarse de la presa, y todos iban
ya ahilados; los delanteros por llegar á Orgiba; los postreros por
juntarse con los delanteros: en fin del todo puestos en rota sin
osar defenderse ni huir, muertos los capitanes y oficiales, rendidos
los soldados y degollados: con la presa á cuestas ó en los brazos,
salváronse entre todos como cuarenta; los demás fueron muertos sin
recibir á prision; ni perder los enemigos hombre, de quinientos que se
juntaron. Como sucedió el caso, enviaron á excusarse con el marqués,
cargando la culpa á los capitanes, y ofreciendo estar á justicia. Mas
él entendida la desgracia puso en Orgiba mayor guardia, repartió los
cuarteles á la caballería como quien esperaba los enemigos: llegó
el mismo dia el aviso á Granada; y el conde Tendilla despachó á D.
Antonio de Luna con mil infantes y cien caballos, y órden que llegado á
Lanjaron hasta donde era el peligro, dejando la gente en lugar seguro
y el gobierno al sarjento mayor, tornase á Granada. Llegaron á Orgiba
dentro el tercero dia que el caso aconteció; reforzó las guardias en el
Alhambra, en la ciudad y la Vega; porque los moriscos favorecidos con
este suceso no intentasen novedad.

Habia escrito el rey al marqués, que temporizase con los enemigos no se
poniendo en ocasion de peligro; temeroso de nuestra gente por ser toda
número, excepto los particulares. Representábansele los inconvenientes
que en una desgracia pueden suceder; acabarse de levantar el reino,
venir los de Berbería en ocasion que las armas del gran turco se
comenzaban á mostrar en Levante; incierto donde pararia tan gran
armada, aunque se veía que amenazase á Cipro. Parecíanle las fuerzas
del marqués pocas para mantener lo de dentro y fuera de Granada;
tenia lo pasado mas por correrías, escaramuzas y progresos de gente
desarmada, que por guerra cumplida. El general calumniado en la ciudad,
que le tenia de hacer espaldas; de donde habia de salir el nervio de
la guerra; la voluntad de algunas ciudades y señores en Andalucía no
muy conformes con la suya; los soldados descontentos; y no faltaban
pretensiones de personas que andaban cerca de los príncipes, ó á las
orejas de quien anda cerca de ellos. Pareció por entonces consejo de
necesidad suspender las armas, y tanto mas cuando llegó la nueva de
la desgracia acontecida en Valor. Escribióse al marqués resolutamente
que no hiciese movimiento; y porque la autoridad que tenia en aquella
tierra era grande, y la costumbre de mandar muy arraigada de padre y
abuelo, y parecia que en reino extendido y tierra doblada no podia dar
cobro á tantas partes, como la experiencia lo mostraba, porque estando
en Orgiba, se levantaron las Guajaras, y yendo á las Guajaras, Obañez;
acordó dividir la empresa dando al marqués de Velez cargo de los rios
de Almería y Almanzora, tierra de Baza y Guadix, y al de Mondejar el
resto del reino de Granada; enviar á ella por superior de todo á su
hermano D. Juan de Austria; por ventura resoluto á descomponer al uno
y al otro, y cierto de que ninguno de ellos se tenia por agraviado:
pues con la autoridad y nombre de su hermano cesaban todos los oficios;
los pueblos se mandarian con mayor facilidad; contribuirian todos mas
contentos; servirian mas listos teniendo cerca del rey á su hermano
por testigo; los soldados un general que los gratificase y adelantase;
la eleccion daria mayor sonido entre naciones apartadas, suspenderia
los ánimos de los bárbaros, quitaríales la avilanteza de armar,
imposibilitaríalos de hacer el socorro formado como empresa difícil y
sin efecto; ocuparia á D. Juan en hechos de tierra, como lo estaba en
los de mar; haríale plático en lo uno y en lo otro: mozo despierto,
deseoso de emplear y acreditar su persona, á quien despertaba la gloria
del padre y la virtud del hermano. Decíase tambien que en esta empresa
el rey deseaba ver el ánimo del marqués de Mondejar inclinado á mayores
demostraciones de rigor, por la venganza del desacato divino y humano,
por la rebelion, por el ejemplo de otros pueblos. Encendian esta
opinion relaciones y pareceres de personas, que cualquiera cosa donde
no ponen las manos les parece fácil, sin medir tiempo ni posibilidad,
presente ó porvenir, y de otras apasionadas; no sin artificio y
entendimiento de unas con otras. Mas los príncipes toman lo que les
conviene de las relaciones, dejando la pasion para su dueño.

Estando las cosas en tales términos, con el suceso de Valor tomaron
los enemigos ánimo para descubrirse, y Aben Humeya entró con mayor
autoridad y diligencia en el gobierno; no como cabeza de pueblos
rogados ó gente esparcida sin órden, sino como rey y señor. Siguió
nuestra órden de guerra; repartió la gente por escuadras, juntóla en
compañías; nombró capitanes; mandó que aquellos y no otros arbolasen
banderas; púsolos debajo de coroneles, y cada partido que estuviese al
gobierno de uno que dicen alcaide (tahas llaman ellos á los partidos
de tahar, que en su lengua quiere decir sujetarse): este mandaba lo de
la guerra; nombre entre ellos usado dende tiempos antiguos, y puesto
por nosotros á los que tienen fortalezas en guarda. Para seguridad
de su persona pagó arcabucería de guardia, que fue creciendo hasta
cuatrocientos hombres; levantó un estandarte bermejo, que mostraba el
lugar de la persona del rey á manera de guion.

Del principio de esta ceremonia en los reyes de Granada, olvidada por
haber pasado el reino á los de Castilla, diremos ahora. Muerto Abenhut
que tenia á Almería por cabeza del reino, tomaron (como dijimos) por
rey en Granada á Mahamet Alhamar, que quiere decir el Bermejo. Cuando
el Santo rey D. Fernando el III vino sobre Sevilla, hallóse con mucha
caballería este Mahamet á servir en aquella empresa, por haberle
ayudado el rey D. Fernando á tomar el reino: parecióle autoridad el
uso de guion, agradecimiento y honra poner en él la color y banda, que
traen los reyes de Castilla. Armóle caballero el rey el dia que entró
en Sevilla; dióle el estandarte por armas para él y los que fuesen
reyes en Granada; la banda de oro en campo rojo con dos cabezas de
sierpes á los cabos, segun la traen en su guion los reyes de Castilla;
añadió él las letras azules que dicen: _no hay otro vencedor sino
Dios_: por timbre tomó dos leones coronados que sobre las cabezas
sostienen el escudo; traen el timbre debajo de las armas, como nosotros
encima; porque así escriben y muestran los sitios, y cuentan las partes
del cielo y la tierra, al contrario de nosotros. Mas las armas antiguas
de los reyes de la Andalucía eran una llave azul en campo de plata;
fundándose en ciertas palabras del alcoran, y dando á entender que con
la destreza y el hierro abrieron por Gibraltar la puerta á la conquista
de poniente; y de allí llaman á Gibraltar por otro nombre, el monte
de la Llave. Hoy duran sobre la principal puerta de la Alhambra estas
armas con letras, que declaran la causa y el autor del castillo.

Hacia con los suyos Aben Humeya su residencia en los lugares de Valor
y Poqueira, y en los que están en lo áspero de la Alpujarra; comiendo
la vitualla que tenian encerrada y la que hallaban sin dueño, con
mayor abundancia y á mas bajos precios que nosotros. Las rentas que
para mantenimiento del reino le señalaron fueron el diezmo de los
frutos y el quinto de las presas, y mas lo que tiránicamente quitaba
á sus súbditos. De esta manera se detuvieron, el marqués de Mondejar
rehaciéndose de gente en Orgiba, incierto en que pararia la suspension
del rey; y Aben Humeya gozando del tiempo, cobrando fuerzas, esperando
el socorro de Berbería para mantener la guerra, ó navíos en que pasarse
y desamparar la tierra.

Estando las armas en este silencio; porque el bullicio no cesase en
alguna parte, sucedió en Granada un caso aunque liviano, que por
ser en ocasion y no pensado escandalizó. Habia en la cárcel de la
chancillería hasta ciento y cincuenta moriscos presos; parte por
seguridad (que eran escandalosos), parte por delitos ó sospecha de
ellos; todos como de los mas ricos y acreditados en la ciudad, así de
los mas inhábiles para las armas; gente dada á trato y regalo. Contra
estos se levantó voz á media noche estando los hombres en sosiego, que
procuraban quebrantar las prisiones, matar las guardias, salir de las
cárceles, y juntos con los moros de la Vega y Alpujarra levantar el
Albaicin, degollar los cristianos, escalar el Alhambra, y apoderarse
de Granada; empresa difícil para sueltos y muchos y experimentados,
aunque con menos recatamiento se estuviera. Mas no dejó de tener este
movimiento algunas causas; porque hubo informacion que lo trataban;
y deposiciones de testigos, que en ánimos sospechosos lo imposible
hacen parecer fácil. Acrecentaron la sospecha algunas escalas, aunque
de esparto, anchas y fuertes, fabricadas para escalar muralla, que el
conde halló en cierta cueva al cerro de Santa Elena; pertrecho que
los moros guardaban para entrar en el Alhambra la noche que vinieron
al Albaicin, como está dicho. Alborotado el pueblo, corrió á las
cárceles con autoridad de justicia, acriminando los ministros el caso y
acrecentando la indignacion: mataron cuasi todos los moriscos presos,
puesto que algunos hiciesen defensa con las armas que hallaban á mano,
como piedras, vasos, madera, poniendo tiempo entre la ira del pueblo
y su muerte. Habia en ellos culpados en pláticas y demostraciones, y
todos en deseo; gente flaca, liviana, inhábil para todo, sino para dar
ocasion á su desventura.

No dejaban los moros en todo tiempo de procurar algun lugar de nombre
en la costa para dar reputacion á su empresa, y acoger armada de
Berbería; pero su principal intento se encaminaba á tomar á Almería,
ciudad asentada en sitio mas á propósito que Málaga, y despues de ella
la mas importante; habitada de moriscos y cristianos viejos, cerca de
los puertos de cabo de Gata, y de abundancia de carne, pan, aceite,
frutas; puesta á la entrada de muchos valles que unos llevan á la parte
del maestral á Granada, y otros á la del griego al rio de Almanzora y
tierra de Baza; al levante la de Cartagena, y al poniente Almuñecar y
Velez Málaga. En tiempo de romanos y godos fue (como ahora) cabeza de
provincia llamada Virgi; y en el de los moros, de reino, despues que
fueron echados de Córdoba. Pobláronla los de Tiro que vinieron á Cádiz,
poco apartada de la mar; los moros por la comodidad del agua pasaron
la poblacion adonde ahora está. Destruyóla el emperador de España D.
Alonso el VII, trayendo á sueldo el conde de Barcelona, con sesenta
galeras y ciento y sesenta y tres navíos de genoveses con Balduino y
Ansaldo de Oria, generales de la armada; á quien el rey dió por cuenta
de sus sueldos el vaso verde que hoy muestran en San Juan, y dicen ser
esmeralda: y puédese creer sin maravilla, vista la grandeza de los que
comienzan á venir del Nuevo Mundo, y la que refieren algunos antiguos
escritores. Esto tratan nuestras historias; aunque las de genoveses
refieren haberle tomado en la conquista de Cesarea en Asia, siendo
su capitan Guillelmo que llamaban Cabeza de Martillo: quede la fe de
esto al arbitrio de los que leen. Tornó á restaurar la ciudad Abenhut.
Cerca del nombre, aprendí de los moros naturales, que por la fábrica
de espejos de que habia gran trato, la llamaron Almería; tierra de
espejos quiere decir, porque al espejo llaman meri. Dicen los moros
valencianos, que por espejo del reino le pusieron este nombre. Las
historias arábigas, que en gran parte son fabulosas, cuentan que en lo
mas alto habia un espejo semejante al que se finge de la Coruña, en
que se descubrian las armadas. La memoria de los antiguos antes de los
moros es, que habia atalaya, á que los latinos llamaban _specula_, como
en la misma Coruña, para encaminar y mostrar los navíos que venian á
la costa, y de allí le dieron el nombre. Pero el autor que yo sigo, y
entre los arábigos tiene mas crédito, dice que cuando los moros ganada
España se quisieron volver á sus casas, para detenellos, les dieron
á poblar á cada uno la tierra que mas parecia á la suya; y á estas
provincias llamaron Coras, que quiere decir tanto, como la redondez
de la tierra que descubre la vista: horizonte la podrian llamar los
curiosos de vocablos. Los de Almería[49], ciudad populosa en la
provincia de Frigia, donde fue cabeza la gran Troya, escogieron á Virgi
por habitacion; porque les pareció semejante á su ciudad, y le dieron
su nombre, como dijimos que los de Damasco dieron el suyo á Granada.
Fue Almería la de Asia destruida por el emperador Constancio, en tiempo
de Mauhía IV, sucesor de Mahoma. Pues viendo el rey que los moros
insistian tanto en la empresa de Almería, y si la ocupasen seria tener
la puerta del reino, y fundar en ella nombre y cabeza segun la tuvieron
en otros tiempos; aunque por D. García de Villarroel se guardase con
bastante diligencia, quiso guardarla con mas autoridad. Mandó que por
entonces tuviese el cargo con mayor número de gente D. Francisco de
Córdoba que vivia retirado en su casa: hombre plático en la guerra
contra los moros, y que habia seguido al emperador en algunas; criado
debajo del amaestramiento de dos grandes capitanes, uno D. Martin de
Córdoba, su padre, conde de Alcaudete; otro D. Bernardino de Mendoza
su tio. Estando en Almería D. Francisco, llegó Gil de Andrada con las
galeras de su cargo y otras con que guardaba la costa; y teniendo ambos
aviso que en la sierra de Gador se recogia gran número de moros con
sus mujeres y hijos, (sobras de gente corrida por los marqueses de
Mondejar y Velez), acompañados de treinta turcos, temiendo que juntos
con otros le desasosegasen á Almería; juntó gente de la tierra, de
la guardia de ella, y de las galeras hasta setecientos arcabuceros y
cuarenta caballos; fue sobre ellos, que estaban fuertes, y á su pesar
defendidos con algun reparo de manos y aspereza del lugar: á la tierra
llaman Alcudia, y al pueblo Inox, pocas leguas de Almería. Estuvo
detenido cuasi cuatro dias (por ser malo el tiempo en fin de enero),
al pie de la montaña, y cuasi desconfiado de la empresa: resolvióse á
combatillos por dos partes, aunque era difícil la subida; hicieron la
defensa que pudieron con piedras y gorguces, porque en tanto número
como mil y quinientos hombres habia solos cuarenta arcabuceros y
ballesteros: fueron rotos, murieron muchos, y con mas pertinacia que
los de otras partes; porque hasta las mujeres meneaban las armas: hubo
cautivos cuasi dos mil personas; saliéronse los moros y entre ellos
el capitan llamado Corcuz de Dalias, para caer despues en las manos
de los nuestros cerca de Vera, y morir en Adra sacados los ojos, con
un cencerro al cuello, entregado á los muchachos, por los daños que
siendo cosario habia hecho en aquella costa. Tornó D. Francisco la
gente á Almería rica y contenta: dividió la presa entre los soldados;
proveyó de esclavos las galeras; mas dende á pocos dias entendiendo
como el marqués de Velez venia por general de toda aquella provincia,
y pareciéndole que bastaba para la ciudad un solo defensor, pidió
licencia y habida del rey tornó á su casa.

      [49] Amorío la llama en su geografía Ptolomeo, lib. V, c. 2.

Crecia la libertad por todo y la permision de los ministros, unos
mostrando contentarse, otros no castigando: hombres á quien las
desórdenes de nuestros soldados parecian venganzas, otros á quien
no pesaba que creciesen estas, y se diese ocasion á que el resto de
los moriscos que estaba pacífico tomase las armas. Juntábanseles los
ministros de justicia, pertinaces de su opinion, impacientes de esperar
tiempo para el castigo, poco pláticos de temporizar hasta la ocasion;
el interés de los que desean acrecentar los inconvenientes, la avaricia
de los soldados, y por ventura la indignacion del príncipe, la voz del
pueblo, y quien sabe si la de Dios, para que el castigo fuese general,
como habia sido la ofensa.

Estaba por rebelar la Vega de Granada, de donde y de la tierra á la
redonda cada dia se pasaba gente y lugares enteros á los enemigos,
excusándose con que no podian sufrir los robos de personas y haciendas,
las fuerzas de hijas y mujeres, los cautiverios, las muertes. Estaba
sosegada la serranía y el habaral de Bonda, la hoya y jarquia de
Málaga, la sierra de Bentomiz, el rio de Bolodui, la hoya y tierra de
Baza, Guescar, el rio de Almanzora, la sierra de Filabres, el Albaicin
y barrios de Granada poblados de moriscos. Habia levantados algunos
lugares en tierra de Almuñecar, el Val de Leclin, el Alpujarra, tierra
de Guadix, marquesado de Zenette, rio de Almería, que en esto se
encierra todo el reino de Granada poblado de moriscos. Mas Aben Humeya
no perdia ocasion de solicitallos por medio de personas, que tenian
entre ellos autoridad, ó deudos de las mujeres con quien se habian
casado: usaba de blandura general; queria ser tenido por cabeza, y
no por rey: la crueldad, la codicia cubierta engañó á muchos en los
principios; pero no á su tio Aben Jauhar, que dejando parte del dinero
y riquezas en poder del sobrino, llevando lo mejor consigo, resoluto de
huir á Berbería, mostró ir á solicitar el levantamiento de la sierra de
Bentomiz: vino á Portugos, donde murió de dolor de la hijada, viejo,
descontento y arrepentido. Mostró Aben Humeya descontentamiento, mas
por haberle la enfermedad quitado el cuchillo de las manos, que por la
falta del tio: tomóle los dineros y hacienda con ocasion de entregarse
de mucha, que habia entrado en su poder de diezmos y quintos. Tal fue
la fin de don Fernando el zaguer Aben Jauhar, cabeza del levantamiento
en la Alpujarra, inventor del nombre de rey entre los moros de Granada;
poderoso para hacer señor á quien le quitó la hacienda y fue causa de
su muerte: tal el desagradecimiento de Aben Humeya contra su sangre,
que le habia dado señorío y título de rey, pudiéndolo tomar para sí.
Mas así á los príncipes verdaderos como á los tiranos son agradables
los servicios, en cuanto parece que se pueden pagar; pero cuando pasan
muy adelante, dase aborrecimiento en lugar de merced.

Acabó de resolverse el rey en la venida de su hermano á Granada, para
emplealle en empresa que puesto que de suyo fuese menuda, era de
muchos cabos peligrosa, por la vecindad de Berbería; y queriéndose
llevar por violencia, larga: por ser guerra de montaña, en ocasion
que el rey de Argel estaba armado, y la armada del gran turco junta
contra venecianos. Hizo dos provisiones; una en D. Luis de Requesens
que estaba por embajador en Roma, teniente de D. Juan de Austria en
la mar, para que con las galeras de su cargo que habia en Italia, y
trayendo las banderas del reino de que D. Pedro de Padilla era maestro
de campo, viniese á hacer espaldas á la empresa, poniendo la gente en
tierra, donde á D. Juan pareciese que podia aprovechar; y juntando
con sus galeras las de España, cuyo capitan era D. Sancho de Leiva,
hijo de Sancho Martinez de Leiva, estorbase el socorro que podia venir
de Berbería á los enemigos; proveyese de vitualla y municiones las
plazas del reino de Granada que están á la costa, y al ejército cuando
estuviese en parte á propósito. Otra provision (resoluto de hacer la
guerra con mayores fuerzas) fue mandar al marqués de Mondejar que
estaba en Orgiba para salir en campo, que dejando en su lugar á D.
Antonio de Luna ó á D. Juan de Mendoza, cual de ellos le pareciese, con
expresa órden que no innovasen ni hiciesen la guerra, viniese á Granada
para recibir á D. Juan y asistir con él en consejo, juntamente con los
que hubiesen de tratar los negocios de paz y guerra, no dejando el uso
de su oficio, como capitan general de la gente ordinaria del reino de
Granada: ó si mejor le pareciese, quedase en Orgiba á hacer la guerra,
guardando en todo la órden que D. Juan de Austria su hermano le diese,
á quien enviaba por cabeza y señor de la empresa. Pareció al marqués
escoger la asistencia en consejo; ó porque con la plática de la guerra
pasada, con el conocimiento de la tierra y gente, y con el ejercicio
de aquella manera de milicia en que se habia criado (aunque en todo
diferente de la ordinaria), esperaba que el crédito y el gobierno
pararia en su parecer, y la ejecucion en su mano; ó temiendo quedar
debajo de mano ajena, y ser mal proveido, mandado y á veces calumniado
ó reprendido como ausente, dejó á D. Juan de Mendoza contento, regalado
y honrado en Orgiba; por ser hombre plático, mas desocupado, de su
nombre, y con cuyos deudos tenia antigua amistad (aunque algunos creen
que en ello no hizo su provecho); y vino á Granada. Salido de Orgiba,
estuvo aquella frontera sosegada, sin hacer ni recibir daño de los
enemigos; discurriendo ellos á una y otra parte con libertad.

Llegó D. Juan de Austria trayendo consigo á Luis Quijada (plático en
gobernar infantería, cuyo cargo habia tenido en tiempo del emperador),
hombre de gran autoridad, por voluntad del rey, que le remitió la suma
de todo lo que tocaba al gobierno de la persona y consejo del hermano;
y por la crianza que habia hecho en él por mandado del emperador. Fue
recibido D. Juan con grandes demostraciones y confianza, sin dejar
ninguna manera de ceremonia excepto las ordinarias que se suelen hacer
á los reyes; y aun la lisonja (que su verdad está en las palabras) se
extendió á llamarle alteza, no embargante que hubiese órden expresa
del rey, para que sus ministros y consejeros le llamasen excelencia,
y él no se consintiese llamar de sus criados otro título. Posó en las
casas de la audiencia por estar en medio de la ciudad; casas de mala
ventura las llamaban en su tiempo los moros, y así de ellas salió su
perdicion. Llegó dende á pocos dias Gonzalo Hernandez de Córdoba,
duque de Sesa, nieto del Gran Capitan, que despues de haber dejado el
gobierno del estado de Milan, conformando mas su voluntad con la de sus
émulos que con la del rey, vivia en su casa libre de negocios aunque
no de pretensiones: fue llamado para consejo, y uno de los ministros
de esta empresa, como quien habia dado buena cuenta de las que en
Lombardía tuvo á su cargo. Lo primero que se trató fue procurar que se
asegurase Granada contra el peligro de los enemigos declarados fuera, y
sospechosos dentro; visitar la gente que estaba alojada en el Albaicin
y otras partes, por la ciudad y la Vega, y en frontera contra los
enemigos; repartir y mudar las guardias al parecer con mas curiosidad
que necesidad de los muros adentro; y aun quedó muchos meses de parte
del realejo sin guardia á discrecion de pocos enemigos. En el campo
andaban solas dos cuadrillas, ningunos atajadores por la tierra; que
daba avilanteza á los contrarios de inquietar la ciudad, y á nosotros
causa de correr las calles á un cabo y á otro, y algunas veces salir
desalumbrados, inciertos del camino que llevaban. Atajadores llaman
entre gente del campo hombres de á pie y de á caballo, diputados á
rodear la tierra, para ver si han entrado enemigos en ella ó salido.
Era excusable esta manera de defensa por ser aventurera la gente,
muchas banderas de poco número, mantenidas sin pagas con solos
alojamientos; la ciudad grande, continuada con la montaña; los pasos
como pocos y ciertos en tiempo de nieve, así muchos y inciertos estando
desnevada la sierra; un ejército en Orgiba, que los moros habian de
dejar á las espaldas viniendo á Granada, aunque lejos.

El propósito requiere tratar brevemente del asiento de Granada por
clareza de lo que se escribe. Es puesta parte en monte, y parte en
llano: el llano se extiende por un cabo y otro de un pequeño rio que
llaman Darro, que la divide por medio; nace en la sierra Nevada poco
lejos de las fuentes de Genil, pero no en lo nevado; de aire y agua
tan saludable, que los enfermos salen á repararse, y los moros venian
de Berbería á tomar salud en su ribera, donde se coge oro; y entre los
viejos hay fama, que el rey de España D. Rodrigo tenia riquísimas minas
debajo de un cerro, que dicen del sol. Está lo áspero de la ciudad en
cuatro montes: el Alhambra á levante, edificio de muchos reyes, con la
casa real; y San Francisco, sepultura del marqués D. Iñigo de Mendoza,
primer alcaide y general, humilde edificio, mas nombrado por esto;
fuerza hecha para sojuzgar la parte de la ciudad que no descubre la
Alhambra, con el arrabal de la Churra y calle de los Gomeres que todo
se continúa con la sierra de Guejar. El Antequeruela, y las torres
Bermejas, que llaman Mauror, á mediodia. El Albaicin, que mira al norte
con el Hajariz; y como vuelve por la calle de Elvira la ladera que
dicen Zenette por ser áspera. El Alcazava cuasi fuera de la ciudad á
mano derecha de la puerta de Elvira que mira al poniente. Con estos
dos montes Albaicin y Alcazava se continúa la sierra de Cogollos, y la
que decimos del Puntal. En torno de estos montes y la falda de ellos,
se extienden los edificios por lo llano hasta llegar al rio Genil que
pasa por defuera. Al principio de la ciudad, la plaza Nueva sobre una
puente; y cuasi al fin, la de Bibarrambla, grande, cuadrada, que toma
nombre de la puerta; ambas plazas juntadas con la calle de Zacatin:
antes la iglesia mayor, templo el mas suntuoso despues del Vaticano de
San Pedro, la capilla en que están enterrados los reyes D. Fernando
y D.ª Isabel, conquistadores de Granada, con sus hijos y yernos. El
Alcaicería, que hasta ahora guarda el nombre romano de César (á quien
los árabes en su lengua llaman Caizar), como casa de César. Dicen las
historias arábigas y algunas griegas, que por encerrarse y marcarse
dentro la seda que se vende y compra en todo el reino la llaman de
esa manera, dende que el emperador Justino concedió por privilegio
á los árabes scenitas, que solos pudiesen crialla y beneficialla:
mas extendiendo debajo de Mahoma y sus sucesores su poder por el
mundo, llevaron consigo el uso de ella, y pusieron aquel nombre á las
casas donde se contrataba; en que despues se recogieron otras muchas
mercaderías, que pagaban derechos á los emperadores, y perdido el
imperio á los reyes. Fuera de la ciudad el hospital real fabricado de
los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, San Hierónimo, suntuoso sepulcro
del gran capitan Gonzalo Hernandez, y memoria de sus victorias: el rio
Genil, que cuasi toca los edificios, dicho de los antiguos Singilia,
que nace en la sierra Nevada, á quien llamaban Solaria y los moros
Solaira, de dos lagunas que están en el monte cuasi mas alto, de
donde se descubre la mar, y algunos presumen ver de allí la tierra de
Berbería. En ellas no se halla suelo ni otra salida sino la del rio;
cuyas fuentes tienen los moradores por religion, diciendo que horadan
el monte por milagro de un santo que está sepultado en otro monte
contrario dicho Sant Alcazaren. Va primero al norte, y pequeño; mas
en poco camino, grande con las nieves cuando se deshacen y arroyos
que se le juntan. Á una y otra parte moraban pueblos, que ahora aun
el nombre de ellos no queda; iliberitanos ó liberinos en tiempo de
los antiguos españoles, lo que decimos Elvira, en cuyo lugar entró
Granada; ilurconeses, pequeños cortijos; la torrecilla, y la torre de
Roma, recreacion de la Cava romana, hija del conde Julian el traidor:
todo poblaciones de los soldados que acompañaron á Baco en la empresa
de España; segun muestran los nombres y muchos letreros y imágenes, en
que se ven esculpidas procesiones y personajes que representan juegos
y ceremonias del mismo Baco á quien tuvieron por dios; todo esto en la
Vega. Despues Loja, Antequera, dicha Singilia del nombre del mismo rio,
Écija dicha Astigis, colonias de romanos antiguamente, hoy ciudades
populosas en el Andalucía por donde pasa; hasta que haciendo mayor á
Guadalquivir, deja en él aguas y nombre.

Cesaron los oficios de guerra y gobierno, excepto de justicia, con
la presencia de D. Juan. Su comision fue sin limitacion ninguna; mas
su libertad tan atada, que de cosa grande ni pequeña podia disponer
sin comunicacion y parecer de los consejeros, y mandado del rey;
salvo deshacer ó estorbar, que para esto la voluntad es comision:
mozo afable, modesto, amigo de complacer, atento á los oficios de
guerra, animoso, deseoso de emplear su persona. Acrecentaba estas
partes la gloria del padre, la grandeza del hermano, las victorias
del uno y del otro. Lo primero en que se ocupó fue en reformar los
excesos de capitanes y soldados en alojamientos contribuciones,
aprovechamientos de pagas; estrechando la costa, aunque no atajando
las causas de la desórden. En aquellos principios D. Juan era poco
ayudado de la experiencia, aunque mucho de ingenio y habilidad. Luis
Quijada, áspero, riguroso, atado á la letra, que tuvo la primera órden
de guerra en la postrera empresa del emperador contra el rey Henrico
II de Francia, siempre mandado. Él y el duque de Sesa acostumbrados á
tratar gente plática, con menos licencia, mas proveida, mayores pagas y
mas ordinarias en Flandes, en Lombardía, lejos cada uno de su tierra;
do convenia esperar pagas, contentarse con los alojamientos, antes
que tornar á España, la mar en medio: todo aquí por el contrario. El
marqués de Mondejar tambien capitan general antes que soldado, criado á
las órdenes de su abuelo y padre, al poco sueldo, á las limitaciones de
la milicia castellana; no guiar ejércitos, poca gente, menos ejercicio
de guerra abierta. El presidente sin plática de lo uno y de lo otro: la
aspereza de unos, la blandura de otros, la limitacion de todos, causaba
irresolucion de provisiones y otros inconvenientes; no faltaron algunos
de la opinion del marqués de Mondejar, que daban la guerra por acabada.
Habia pocos oficiales de pluma, perdian los soldados el respeto,
hacíase costumbre del vicio, envilecíase el buen nombre y reputacion de
la milicia: apocóse tanto la gente, que fue necesario tratar de nuevo
con las ciudades no solo del Andalucía y Estremadura, mas con las mas
apartadas de Castilla que enviasen suplemento de ella; y vinieron las
de mas cerca, con que parecia remediarse la falta.

Regalaba y armaba Aben Humeya los que se iban á él: tornó á solicitar
con personas ciertas los príncipes de Berbería, segun parecia por
las respuestas que fueron tomadas: envió dineros, ropa, cautivos;
acercóse á nuestros presidios, especialmente á Orgiba, donde entendió
que faltaba vitualla. Aunque D. Juan de Mendoza mantenia la gente
disciplinada, ocupada en fortificar el lugar segun la flaqueza de él,
mandó D. Juan que fuese del Padul proveido, y llevase la escolta á su
cargo Juan de Chaves de Orellana, uno de los capitanes que trujeron la
gente de Trujillo. Mas él por estar enfermo envió su alférez llamado
Moriz con la compañía; hidalgo, pero poco proveido y muy libre: caminó
con doscientos y cincuenta soldados; hombres, si tuvieran cabeza.
Entendieron los moros la salida de la escolta por sus atalayas;
juntáronse trescientos arcabuceros y ballesteros mandados por el Macox,
hombre diestro y plático de la tierra; á quien despues prendió D.
Fernando de Mendoza, cabeza de las cuadrillas, y mandó justiciar el
duque de Arcos en Granada. Emboscó parte en la cuesta de Talera y un
arroyo que la divide del lugar, parte en las mismas casas; y dejándolos
pasar la primera emboscada, acometió á un tiempo á los que iban en la
rezaga y los delanteros. Peleóse en una y otra parte, pero fueron rotos
los nuestros, y murieron todos; con ellos el alférez por no reconocer;
y aun dicen que borracho, mas de confianza que de vino: perdiéronse
bagajes, bagajeros, y la vitualla, sin escapar mas de dos personas: hoy
se ven blanquear los huesos, no lejos del camino. Túvose de este caso
tanto secreto, que primero se supo de los enemigos. Mas porque muchos
moriscos de paz, especialmente de las Albuñuelas, se hallaron con el
Macox, y porque los vecinos de aquel lugar acogian y daban vitualla á
los moros, y con ellos tenian continua plática; pareció que debian ser
castigados y el lugar destruido, así por ejemplo de otros, como por
entretener con algun cebo justificado, la gente que estaba ociosa y
descontenta. Es las Albuñuelas lugar asentado en la falda de la montaña
á la entrada de Val de Lecrin, depósito de todos los frutos y riquezas
del mismo valle, cinco leguas de Granada, en tres barrios, uno apartado
de otro, la gente mas pulida y ciudadana que los otros de la sierra,
tenidos los hombres por valientes y que pudieron resistir las armas
del Rey Católico D. Fernando hasta concertarse con ventaja. Mandóse
á D. Antonio de Luna, capitan de la Vega, que con cinco banderas de
infantería y doscientos caballos amaneciese sobre el lugar, degollase
los hombres, hiciese cautiva toda manera de persona, robase, quemase,
asolase las casas. Mas D. Antonio, hombre cuidadoso y diligente, ó que
no midiese el tiempo, ó que la gente caminase con pereza, llegó cuando
los vecinos parte eran huidos á la montaña, parte estaban prevenidos
en defensa de las calles y casas; con un moro por capitan, llamado
Lope. Anduvo la ejecucion tan espaciosa, la gente tan tibia, que de
los enemigos murieron pocos, y de esos los mas viejos, perezosos y
enfermos; y de los nuestros algunos: cautiváronse niños y mujeres, los
que no pudieron escapar á lo alto; fue saqueado el uno de los tres
barrios, y el escarmiento de los enemigos tan liviano, que saliendo por
una parte nuestra gente, entraba la suya por otra: habitaron las casas,
segaron sus panes aquel año, y sembraron sin estorbo para el siguiente.

Estaban las cosas calladas y suspensas sin el continuo desasosiego
que daban los moros en la ciudad: gobernábalos en la parte que cae el
valle y la Vega un capitan llamado Nacoz (que en su lengua quiere decir
campana), mostrándose á todas horas y en todos lugares. Ya se habian
encontrado él y D. Antonio de Luna con número cuasi igual de gente de
á pie, aunque con ventaja D. Antonio por la caballería que llevaba: se
partieron con igualdad, cuasi sin poner manos á las armas; poniéndose
el Nacoz en salvo; el barranco en medio de su gente y nuestra
caballería. Dicen que de allí atravesó la sierra de la Almijara, y por
Almuñecar con su hacienda y familia pasó á Berbería.

Visto por D. Juan que los enemigos crecian en número y experiencia;
que eran avisados por los moriscos de Granada, ayudados con vitualla,
reforzados con parte de la gente moza de la ciudad y la Vega; que no
cesaban las pláticas y tratados; el concierto de poner en ejecucion el
primero aun estaba en pie; que tenian señado el dia y hora cierta para
acometer la ciudad; número de gente determinado; capitanes nombrados
Giron, Nacoz, uno de los Partales, Farax, Chacon, Rendati, moriscos;
Caracax y Hhosceni, turcos, y Dali, capitan general de todos, venido
por mandado del rey de Argel; dió aviso de todo encareciendo el peligro
por parte de los enemigos, si se juntaban con los de Granada y la Vega,
y de los nuestros por la flaqueza que sentian en la gente comun, por la
corrupcion de costumbres y órden de guerra.

Mandó el rey que todos los moriscos habitantes en Granada saliesen
á vivir repartidos por lugares de Castilla y el Andalucía; porque
morando en la ciudad no podian dejar de mantenerse vivas las pláticas
y esperanzas, dentro y fuera. Habia entre los nuestros sospechas,
desasosiego, poca seguridad: parecia á los que no tenian experiencia
de mantener pueblos oprimiendo ó engañando á los enemigos de dentro
y resistiendo á los de fuera, estar en manifiesto peligro. Con tal
resolucion ordenó D. Juan á los veinte y tres de junio, que encerrasen
todos los moriscos en las iglesias de sus parroquias: ya era llegada
gente de las ciudades á sueldo del rey, y se estaba con mas seguridad.
Puso la ciudad en arma; la caballería y la infantería repartida por
sus cuarteles: ordenó al marqués de Mondejar que subiendo al Albaicin
se mostrase á los moriscos, y con su autoridad los persuadiese á
encerrarse llanamente. Recogidos que fueron de esta manera, mandáronlos
ir al hospital real fuera Granada un tiro de arcabuz: anduvo D. Juan
por las calles con guardas de á caballo y guion; viólos recoger
inciertos de lo que habia de ser de ellos; mostraban una manera de
obediencia forzada, los rostros en el suelo con mayor tristeza que
arrepentimiento; ni de esto dejaron de dar alguna señal; que uno de
ellos hirió al que halló cerca de sí: dícese que con acometimiento
contra D. Juan, pero lo cierto no se pudo averiguar porque fue luego
hecho pedazos: yo que me hallé presente diria, que fue movimiento de
ira contra el soldado, y no resolucion pensada. Quedaron las mujeres
en sus casas algun dia, para vender la ropa y buscar dineros con que
seguir y mantener sus maridos. Salieron atadas las manos, puestos en
la cuerda, con guarda de infantería y caballería por una y otra parte,
encomendados á personas que tuviesen cargo de irlos dejando en lugares
ciertos de Andalucía, y guardallos; tanto porque no huyesen, como
porque no recibiesen injuria. Quedaron pocos mercaderes y oficiales,
para el servicio y trato de la ciudad: algunos á contemplacion y por
intereses de amigos. Muchos de los mancebos que adivinaron la mala
ventura huyeron á la sierra, donde la hallaban mayor; los que salieron
por todos tres mil y quinientos; el número de mujeres mucho mayor. Fue
salida de harta compasion para quien los vió acomodados y regalados en
sus casas: muchos murieron por los caminos de trabajo, de cansancio, de
pesar, de hambre, á hierro, por mano de los mismos que los habian de
guardar, robados, vendidos por cautivos.

Ya el rey habia enviado personas que tuviesen cuenta con su hacienda,
porque antes no las habia, como en negocio de que presto se vernia
al fin; contador, pagador, veedor general y particulares; dentro
en consejo al licenciado Muñatones que habia servido de alcalde de
corte al emperador en sus jornadas y de su consejo: hombre hidalgo
y limpio, y en diversos tiempos de próspera y contraria fortuna.
Como los moriscos salieron de Granada, perdióse la comodidad de
los soldados; cesaron los alojamientos, camas, fuego, vasos: cosas
que se dan en hospedaje, sin que la gente no puede vivir ni cómoda
ni suficientemente. Aun para la ciudad y soldados no estaba hecha
provision de vitualla, pero entraron á mantener la gente con socorros,
mudando término y propósito. Fue mayor el aprovechamiento de los
capitanes y oficiales de guerra con los socorros y raciones, cuanto
mas á menudo se tomaban las nuestras: entraban á ellas en lugar de
soldados vecinos del pueblo; sucedieron á cumplir la hacienda del rey,
en lugar de los moriscos los bagajeros y vivanderos rescatados: por
todo se robaba á amigos, como á enemigos; á cristianos, como á moros;
padecian los soldados, adolecian, íbanse, crecieron las desórdenes y
compasiones por la Vega. Nació una opinion entre los ministros, la cual
como provechosa donde el pueblo es enemigo y la gente poca; así errada,
donde no hay pueblo contrario, y fue que no se debian tomar muestras,
porque los enemigos no entendiesen cuan pocos eran los soldados, y que
se debia permitir la licencia y excesos, porque no se amotinasen ni
huyesen. La gente de la ciudad era mucha, buena, y armada; los moriscos
fuera, los soldados no tan pocos, que no fuesen superiores (juntos con
el pueblo) á los enemigos; guarda de á pie y de á caballo en la Vega;
armado en Orgiba D. Juan de Mendoza: ¿qué temor ó recatamiento podia
estorbar el remedio de inconvenientes, que eran causa de poner en
peligro la empresa, y de que los moros de la Vega no pudiendo sufrir
tanto maltratamiento, yéndose á la sierra acrecentasen el número de los
enemigos? Duró tantos meses esta manera de gobierno, que dió causa á
intenciones libres y sospechosas de pensar, que no faltaban personas
á quien contentase, que creciendo los inconvenientes, fuese mayor la
necesidad.

Declaró el rey, como estaba acordado, que el marqués de Velez tuviese
cargo de los partidos de Almería, Guadix, Baza, rio de Almanzora,
sierra de Filabres; y queriendo salir contra los enemigos, parecióle
asegurar el puerto que dicen de la Ravaha, paso de la Alpujarra para
tierra de Guadix y Granada: mandó que con cuatrocientos hombres
enviados de Guadix, Gonzalo Fernandez, capitan viejo, plático en las
escaramuzas de Oran, tomase lo alto del puerto, y se hiciese fuerte
hasta tener órden suya. Comenzó á subir la montaña sin reconocer; mas
los moros que estaban cubiertos en lo alto y en lo hondo del camino,
dejando subir parte de la gente, echaron cuarenta arcabuceros que
acometiesen la frente, y por el costado dieron cien hombres, hasta
ponellos en desórden; y cargándolos en rota, murió la mayor parte
huyendo: perdiéronse las armas, municion y vitualla que llevaban;
poca gente tornó á Guadix con el capitan. D. Juan, temeroso que los
enemigos cargasen á la parte de Guadix, proveyó para guardia de ella á
Francisco de Molina, que sirvió de capitan al emperador en las guerras
de Alemania.

Con el suceso de la Ravaha se levantó la sierra de Bentomiz, y
tierra de Velez Málaga: no hicieron los excesos que en el Alpujarra,
antes contentándose con recoger la ropa á lugares fuertes sin hacer
daños, echaron bando que ninguno matase ó cautivase cristianos,
quemase iglesia, tomase bienes de cristianos ó de moros que no se
quisiesen recoger con ellos: fortificaron para refugio y seguridad
de sus personas un monte llamado Frejiliana la vieja, á diferencia
de la nueva cerca de él, deshabitado de muchos tiempos: los antiguos
españoles y romanos le llamaron Saxifirmum. Estuvieron de esta manera
tanto mas sospechosos á Velez, cuanto procedian mas justificadamente,
sin comunicacion ó comercio en el Alpujarra. Mas Arévalo de Suazo,
corregidor de Málaga y Velez, avisado primero por cartas de D.
Juan como los moriscos de aquella sierra estaban para levantarse y
ocupar á Velez, movido por la razon de que se podia continuar aquel
levantamiento por la hoya y jarquia de Málaga, hasta tierra de Ronda,
si con tiempo no se atajase, y con alguna esperanza de pacificar los
moros por via de concierto; partió de Málaga con cuatrocientos infantes
y cincuenta caballos, llegó á Velez y hizo salir del fuerte la gente
del pueblo que habia desamparado lo llano: puso el lugar en defensa:
socorrió el castillo de Caniles, lugar del marqués de Comares, que
estaba en aprieto, echando los moros de la tierra, los cuales y los de
Sedella se fueron á juntar con los de toda la sierra, y á un tiempo
descubrieron el levantamiento que tengo dicho. Volvió á Velez Suazo
juntando mil y quinientos infantes con la caballería que se hallaba,
y entendiendo que se recogian y fortificaban en la sierra, quiso ir á
reconocellos y en ocasion combatillos. Hallólos en Frejiliana la vieja
fortificados: el general de ellos era Gomel, y tenia consigo otros
capitanes; todos se mandaban por la autoridad de Benaguazil. Pero en
la subida de la montaña creyendo que bastaria mostralles las armas,
trabó la gente desmandada una escaramuza, y siguiéronla dos banderas de
infantería sin órden, y sin podellos Arévalo de Suazo retirar; harto
ocupado en estorbar que el resto no saliese tras ellos. Mas los moros,
que habian hecho rostro á la escaramuza, viendo la gente que cargaba
de nuevo y conociendo la desórden, comenzáronse á retirar hasta sus
reparos; y saltando fuera golpe de arcabuceros y ballesteros, apretaron
nuestra gente cuasi puesta en rota ejecutándola hasta lo llano. Arévalo
de Suazo, parte acometiendo, parte retirando y amparando la gente,
volvió con ella (algunos muertos y pocos heridos) á Velez, donde estuvo
á la guarda del lugar y la tierra; y los moros volvieron á continuar su
fuerte. D. Juan visto el caso, y pareciéndole dar dueño á la empresa
que la hiciese á menos costa y con mas autoridad, aunque en Arévalo
de Suazo no hubiese como no hubo falta, ofreció aquella jornada por
mandado del rey á D. Diego de Córdoba marqués de Comares, gran señor en
el Andalucía, y fuera de ella de mayores esperanzas, que tenia parte de
su estado en aquella montaña pacífico y guardado; pero fue la oferta de
manera, que justificadamente pudo excusarse.

En este tiempo se declararon los preparamientos del rey de Argel ser
contra el de Túnez Mulei Hamida; y el rey de Fez se quietó. Partió
el de Argel con siete mil infantes turcos y andaluces y doce mil
caballos, parte de su sueldo y parte alárabes que labraban la tierra:
juntáronse á una legua de Beja, ciudad grande, y veinte de Túnez; mas
el rey de Túnez fue roto, y salvóse con doscientos caballos hácia
la tierra que dicen de los dátiles. Perdió á Beja y Túnez que ahora
está en poder de turcos, y á Biserta que comenzaron á fortificar,
lugar de comarca provechoso para quien lo ocupare y pudiere mantener;
Hippon Diarritos le llamaron los griegos, á diferencia de Bona: púsole
el nombre Agatócles, tirano de Sicilia en la gran empresa que tuvo
contra los cartagineses. Mas por quitar duda y oscuridad, diré lo que
entiendo de estos reinos. El de Fez fue reino de Siphax, que tuvo
guerra contra los romanos, de quien tanta memoria hacen sus historias.
Despues de varias mudanzas, edificó la ciudad Idriz, del linaje de
Alí, que conquistó á Berbería y en memoria tienen su alfanje colgado
en el templo principal con gran veneracion. Dióle el nombre del rio
que pasa por medio, llamado entonces Fez. Juntó los edificios Juseph
Miramarazohir Aben Jacob, del linaje de los de Benimerin, que fue
vencido del rey D. Alonso en la batalla de Tarifa; y por la comodidad
de guerrear contra el rey de Tremecen la hizo de nuevo cabeza del reino
poseido al presente por los hijos de Jarife; hombre que de predicador y
tenido por santo y del linaje de Mahoma, vino, juntando las armas con
la religion, al señorío de Marruecos y Fez, como lo han hecho muchos
de su secta en África, comenzando de Mahoma hasta los almoravides,
los almohades, los beni-merines, los beni-oaticis, y jarifes que hoy
son; todos religiosos y armados, y que por este medio vinieron á la
alteza del reino. El de Túnez tuvo mayor antigüedad por fundarse en las
sobras de la gran Cartago destruida por Scipion Africano, y vuelta á
restaurar primero por los cónsules romanos y por Tiberio Graco, despues
mudado el sitio á lo llano por César Augusto, y habitada de romanos,
poseida de los emperadores, ganada por los vándalos, y recuperada por
Belisario, capitan del emperador Justiniano; siempre tenida por la
tercia parte del imperio griego hasta el tiempo de los alárabes; que
fue por Occuba Ben-Nafic, capitan de Mauhía, sojuzgada, venciendo y
matando al conde Gregorio, lugarteniente del emperador Constantino,
hijo de Constante, con setenta mil caballeros cristianos en la gran
batalla junto á África, que los moros llaman Mehedia (del nombre de
un su príncipe dicho Moahedin), y los romanos Adrumentum, ahora lugar
destruido por el ejército del emperador D. Cárlos. Las armas con que
se halló el conde Gregorio, á quien los alárabes llaman Groguir, dicen
que fueron muchas mujeres en torno bien aderezadas y hermosas; él en
una litera de hombros con piedras preciosas cubierta de paño de oro,
y dos mancebos que con mosqueadores de plumas de pavo le quitaban el
polvo. Mauhía ocupó á Cartago por entrega de María, hija del conde
Gregorio, con pacto que casase con ella, mas descontento del casamiento
la dejó: deshabitó á Cartago; pasó la poblacion donde ahora es Túnez,
que entonces era pequeño lugar y siempre del mismo nombre. Quedaron
repartidos los romanos en doce aldeas, que hoy son de labradores moros
en el cabo que llaman de Cartago, donde fue la ciudad competidora de
Roma; el nombre de ella dura en un pequeño pueblo, y ese sin gente:
tantas mudanzas hace el mundo, y tan poca seguridad hay en los estados.
Gobernóse Túnez en forma de república hasta los tiempos de Miramamolin
Juseph, que envió á Abdeluahhed su capitan, natural de Sevilla, que los
gobernó y sujetó con ocasion de defendellos contra los alárabes; cuyo
hijo quedó por señor y fue el primero rey de Túnez hasta Muztancoz que
ennobleció la ciudad, y dende él á Hamida, que hoy reina sin perderse
la sucesion, segun la verdad de sus historias, cegando ó matando los
padres á los hijos, ó los hijos á los padres, como hizo Hamida que
cegó á Mulei Hacen su padre, y le quitó el reino, en que el emperador
D. Cárlos, vencedor de muchas gentes, le habia restituido, echando á
Barbarroja tirano de él, puesto por mano del gran señor de los turcos.

Menores fueron los principios del señorío de Argel, que hoy está en
mayor grandeza: al lugar llaman los moros Algezair por una isla que
tenia delante; nosotros le llamamos Argel; antiguamente se pobló de
los moradores de Cesarea, que ahora se llama Sarjel. Estuvo siempre en
el señorío de los reyes godos de España hasta que vinieron los moros,
y en tiempo de ellos fue lugar de poco momento regido por jeques. Mas
despues el rey D. Fernando el Católico hizo tributario al señor, y
edificó el Peñon. Muerto el rey, el cardenal Fr. Francisco Jimenez,
Gobernador de España en los principios del reinado del emperador D.
Cárlos, tomó á Bugía (casa real del rey Bocho de Mauritania, dicha
por esto de su nombre, segun los alárabes), y quiso crecer el tributo
moviendo nuevo concierto con el jeque; ofendidos los moros, reprendido
y arrepentido el señor, se retiró. El cardenal, hombre de su condicion
armígero, y aun desasosegado, armó contra él haciendo capitanes á Diego
de Vera y Juan del Rio: juntóse esta armada á manera de arrendamiento;
que todos los que tenian oficios menores, si los querian pasar en sus
hijos por una vida, fuesen á servir, ó llevasen ó diesen en su lugar
tantos hombres, segun la importancia del oficio. Perdióse la armada
por mal tiempo, confusion y poca plática de los que gobernaban, y
esta fue la primera pérdida que se hizo sobre Argel. Mas el jeque,
temiendo que con mayores fuerzas se renovaria la guerra, trajo por
huésped y soldado á Barbarroja, hermano del que fue tirano de Túnez,
que entonces era su lugarteniente y secretario; venidos á la grandeza
que tuvieron, de capitanes de un bergantin. Habia tentado Barbarroja
Horux (que así se llamaba el mayor) la empresa de Bugía; perdido el
tiempo, la gente, un brazo, y el armada; recogídose con cuarenta turcos
á un pequeño castillo, de donde el jeque otra vez le trajo al sueldo;
mas él, juntándose con los principales, mató al jeque llamado Selin
Etenri estando comiendo en un baño: hízose señor y llamóse rey. Dende
á poco salió para la empresa de Tremecen, y ocupado aquel reino quedó
por señor; y su hermano Harradin por gobernador en Argel; mas echado
despues de Tremecen por los capitanes del alcaide de los donceles,
abuelo de este marqués de Comares, que era entonces general de Oran; y
muerto huyendo, quedó el reino de Argel en poder del hermano. Habia D.
Hugo de Moncada hecho tributarios los gelves despues de algunos años de
la pérdida del conde Pedro Navarro, y muerte de D. García de Toledo,
hijo del duque de Alba D. Fadrique, padre del duque D. Fernando que hoy
gobierna los estados de Flandes: y tornando con el armada por mandado
del emperador sobre Argel, con intento de destruilla y asegurar la
marina de España, tentó desdichadamente la venganza de Diego de Vera y
Juan del Rio; porque con tormenta perdió mucha parte de la armada, y
echando gente en tierra para defender los que se iban á ella con miedo
de la mar, perdió tambien lo uno y lo otro. Crecieron las fuerzas de
Barbarroja; extendióse por la tierra adentro su poder; deshizo el Peñon
que era isla; continuóla con la tierra firme; ocupó los lugares de la
mar Sarjel, Guijan, Brica, y el reino de Túnez aunque pequeño. Vino á
noticia del señor de los turcos, que pretendia por seguridad y paz de
sus hijos ocupar á África y poner en Túnez á Bayaceto que se mató á sí
mismo: adelantó á Barbarroja en fuerzas y autoridad por conseguir este
fin y poner al emperador en estrecho y necesidad. Dióle mayor armada
con que ocupase y afirmase el reino de Túnez, de donde echado por el
emperador pasó á Constantinopla: quedó general de la armada del turco,
y despues favorecido y honrado hasta que murió; tenido en mas por
haberle vencido el emperador; porque los vencedores honrados honran á
los vencidos. Quedó el reino de Argel en poder de gobernadores enviados
por el turco; mas el emperador, temiendo la poca seguridad que tenia
en sus estados con la grandeza de los turcos en Argel, y hallándose en
Alemania al tiempo que el gran turco venia sobre ella, mal proveido
de dineros para resistille, no quiso obligarse á la empresa. Quedar
sin salir á ella en Alemania, era poca reputacion; tomó por expediente
la de Argel, donde fue roto de la tormenta: retiróse por tierra á
Bugía, perdiendo mucha parte de la armada, pero salvó el ejército y la
reputacion, con gloria de sufrido, de diestro y valeroso capitan. De
allí crecieron sin resistencia las fuerzas de los señores de Argel;
tomaron á Tremecen, á Bugía; y por su órden los cosarios á Jayona,
de los moros; á Tripol, de la órden de San Juan: rompieron diversas
armadas de galeras sin otra adversidad mas que la pérdida que hicieron
de su armada en la batalla que D. Bernardino de Mendoza ganó á Alí
Hamete y Cara Mami, sus capitanes, sobre la isla de Arbolan. Por este
camino vino el reino de Argel á la grandeza que ahora tiene.



                              LIBRO III.


Entretenia el gran turco los moros del reino de Granada con esperanzas,
por medio del rey de Argel, para ocupar, como dijimos, las fuerzas del
rey D. Felipe en tanto que las suyas estaban puestas contra venecianos;
con quien (dando á entender que las despreciaba) ninguna ocasion de
su provecho, aunque pequeña, dejaba pasar. Entre tanto el comendador
mayor D. Luis de Requesens sacó del reino y embarcó la infantería
española en las galeras de Italia, dejando órden á D. Álvaro de Bazan,
que con las catorce de Nápoles, que eran á su cargo, y tres banderas
de infantería española, corriese las islas y asegurase aquellos mares
contra los cosarios turcos. Vino á Civitavieja; de allí á puerto
Santo Stéfano, donde juntando consigo nueve galeras y una galeota del
duque de Florencia, estorbado de los tiempos entró en Marsella. Dende
á poco pareciendo bonanza, continuó su viaje; mas entrando la noche
comenzó el narbonés á refrescar, viento que levanta grandes tormentas
en aquel golfo, y travesia para la costa de Berbería, aunque lejos:
tres dias corrió la armada tan deshecha fortuna, que se perdieron unas
galeras de otras; rompieron remos, velas, árboles, timones: y en fin
la capitana sola pudo tomar á Menorca, y dende allí á Palamós: donde
los turcos forzados confiándose en la flaqueza de los nuestros por
el no dormir y continuo trabajo, tentaron levantarse con la galera;
pero sentidos, hizo el comendador mayor justicia de treinta. Nueve
galeras de las otras siguieron la derrota de la capitana; cuatro se
perdieron con la gente y chusma; la una que era de Estéfano de Mari,
gentil hombre genovés, en presencia de todas en el golfo embistió por
el costado á otra, y fue la embestida salva, y á fondo la que embistió:
acaecimiento visto pocas veces en la mar; las demás dieron al través
en Córcega y Cerdeña, ó aportaron en otras partes con pérdida de la
ropa, vitualla, municiones y aparejos; aunque sin daño de la gente.
Luego que pasó la tormenta llegó D. Álvaro de Bazan á Cerdeña con las
galeras de Nápoles: puso en órden cinco de las que habian quedado para
navegar: en ellas y en las suyas embarcó los soldados que pudo; llegó á
Palamós, y juntándose con el comendador mayor, navegaron la costa del
reino de Granada, á tiempo que poco habia fuera el suceso de Bentomiz y
otras ocasiones, mas en favor de los moros que nuestro. Llevó consigo
de Cartagena las galeras de España que traía D. Sancho de Leiva; y
tornando D. Álvaro á guardar la costa de Italia, él partió con veinte y
cinco galeras para Málaga. Mas al pasar, avisado por Arévalo de Suazo
de lo sucedido en Bentomiz, envió con D. Miguel de Moncada á continuar
con D. Juan su intento, y el peligro en que estaba toda aquella tierra,
si no se ponia remedio con brevedad, sin esperar consulta del rey.
Puso entre tanto sus galeras en órden; armó y rehizo la infantería que
serian en diez banderas mil soldados viejos, y quinientos de galera;
juntó y armó de Málaga, Velez y Antequera, por medio de Arévalo de
Suazo y Pedro Verdugo, tres mil infantes. Volvió D. Miguel con la
comision de D. Juan, y partió el comendador mayor á combatir los
enemigos. Llegado á Torrox, envió á D. Martin de Padilla, hijo del
adelantado de Castilla, con alguna infantería suelta para reconocer el
fuerte de Frejiliana, y volvió trayendo consigo algun ganado. Púsose al
pie de la montaña; y despues de haber reconocido de mas cerca, dió la
frente á D. Pedro de Padilla con parte de sus banderas y otras hasta
mil infantes, y mandóle subir derecho. Á D. Juan de Cárdenas[50], hijo
del conde de Miranda, mandó subir con cuatrocientos aventureros y otra
gente plática de las banderas de Italia por la parte de la mar, y por
la otra á D. Martin de Padilla con trescientos soldados de galera y
algunos de Málaga y Velez: los demás que acometiesen por las espaldas
del fuerte, donde parece que la subida estaba mas áspera, y por esto
menos guardada, y estos mandó que llevase Arévalo de Suazo con alguna
caballería por guarda de la ladera y del agua. Mas D. Pedro, aunque
de su niñez criado á las armas y modestia del emperador, soldado suyo
en las guerras de Flandes, despreciando con palabras la órden del
comendador mayor, la cual era que los unos esperasen á los otros hasta
estar igualados (porque parte de ellos iban por rodeos), y entonces
arremetiesen á un tiempo; arremetió sin él y llegó primero por el
camino derecho.

      [50] Este D. Juan de Cárdenas fue despues conde de Miranda,
      virey de Nápoles, presidente de Italia y Castilla.

Los enemigos estuvieron á la defensa como gente plática, y juntos
resistieron con mas daño de los nuestros que suyo; pero al fin, dado
lugar á que nuestros armados se pegasen con el fuerte, y comenzasen
con las picas á desviarlos y á derribar las piedras de él, y los
arcabuceros á quitar traveses, estuvieron firmes hasta que salió un
turco de galera enviado por el comendador mayor á reconocer dentro,
con promesa de la libertad. Este dió aviso de la dificultad que habia
por la parte que eran acometidos, y cuanto mas fácil seria la entrada
al lado y espaldas. Partió la gente, y combatiólos por donde el turco
decia: lo mismo hicieron los enemigos para resistir, pero con mucho
daño de los nuestros, que eran heridos y muertos de su arcabucería,
al prolongarse por el reparo. Todavía partidas las fuerzas con esto,
aflojaron los que estaban á la frente; y D. Juan de Cárdenas tuvo
tiempo de llegar, lo mismo la gente de Málaga y Velez, que iba por
las espaldas. Mas los moros, viéndose por una y otra parte apretados,
salieron por la del maestral que estaba mas áspera y desocupada como
dos mil personas, y entre ellos mil hombres los mas sueltos y pláticos
de la tierra: fue porfiado por ambas partes el combate hasta venir á
las espadas, de que los moros se aprovechan menos que nosotros, por
tener las suyas un filo, y no herir ellos de punta. Con la salida
de estos y sus capitanes tuvieron los nuestros menos resistencia:
entraron por fuerza por la parte mas difícil y no tan guardada que
tocó á Arévalo de Suazo, donde él fue buen caballero, y buena la
gente de Málaga y Velez; pero no entraron con tanta furia, que no
diesen lugar á los que combatian de D. Pedro de Padilla y á los demás,
para que tambien entrasen al mismo tiempo. Murieron de los enemigos
dentro del fuerte quinientos hombres, la mayor parte viejos: mujeres
y niños cuasi mil y trescientos con el ímpetu y enojo de la entrada y
despues de salidos en el alcance; y heridos otros cerca de quinientos.
Cautiváronse cuasi dos mil personas: los capitanes Garral, y el Melilú,
general de todos, con la gente que salió, vinieron destrozados á Valor,
donde Aben Humeya los recogió, y mandó dende á pocos dias tornar al
mismo Frejiliana. Mas el Melilú, rico y de ánimo, hizo ahorcar á Chacon
que trataba con los cristianos, por una carta de su mujer que le
hallaron, en que le persuadia á dejar la guerra y concertarse. Dícese
que en el fuerte los viejos de concierto se ofrecieron á la muerte,
porque los mozos se saliesen en el entre tanto; al revés de lo que
suele acontecer y de la órden que guarda naturaleza, como quier que
los mozos sean animosos para ejecutar y defender á los que mandan; y
los viejos para mandar, y naturalmente mas flacos de ánimo que cuando
eran mozos. De los nuestros fueron heridos mas de seiscientos, y entre
ellos de saeta D. Juan de Cárdenas, que fue aquel dia buen caballero.
Entre otros murieron peleando D. Pedro de Sandoval, sobrino del
obispo de Osma, y pasados de trescientos soldados, parte aquel dia,
y parte de heridas en Málaga, donde los mandó el comendador mayor, y
vender y repartir la presa entre todos, á cada uno segun le tocaba,
repartiéndoles tambien el quinto del rey.

Es el vender las presas y dar las partes costumbre de España; y el
quinto derecho antiguo de los reyes dende el primer rey D. Pelayo,
cuando eran pocas las facultades para su mantenimiento; ahora porque
son grandes, llévanlo por reconocimiento y señorío: mas el hacer los
reyes merced de él en comun y por señal de premio á los que pelean, es
causa de mayor ánimo; como por el contrario á cada uno lo que ganare
y á todos el quinto generalmente cuando vienen á la guerra, ocasion
para que todos vengan á servir en las empresas con mayor voluntad. Pero
esta se trueca en codicia, y cada uno tiene por tan propio lo que gana,
que deja por guardallo, el oficio de soldado, de que nacen grandes
inconvenientes en ánimos bajos y poco pláticos; que unos huyen con la
presa, otros se dejan matar sobre ella de los enemigos, impedidos y
enflaquecidos, otros desamparadas las banderas, vuelven á sus tierras
con la ganancia. Viénense por este camino á deshacer los ejércitos
hechos de gente natural, que campean dentro en casa: el ejemplo se ve
en Italia entre los naturales, como se ha visto en esta guerra dentro
en España.

El buen suceso de Frejiliana sosegó la tierra de Málaga y la de Ronda
por entonces: el comendador mayor se dió á guardar la costa, á proveer
con las galeras los lugares de la marina; mas en tierra de Granada,
el mal tratamiento que los soldados y vecinos hacian á los moriscos
de la Vega, la carga de alojamientos, contribuciones y composiciones,
la resolucion que se tomó de destruir las Albuñuelas flacamente
ejecutada; dió ocasion á que muchos pueblos que estaban sobresanados,
se declarasen, y subiesen á la sierra con sus familias y ropa. Entre
estos fue el rio de Bolodui á la parte de Guadix, y á la de Granada
Guejar, que en su calidad no dió poco desasosiego. La gente de ella
recogiendo su ropa y dineros, llevando la vitualla, y dejando escondida
la que no pudieron, con los que quisieron seguillos, se alzaron en la
montaña, cuasi sin habitacion por la aspereza, nieve y frio. Quiso D.
Juan reconocer el sitio del lugar llevando á Luis Quijada y al duque de
Sesa; tratóse si lo debia mantener, ó dejar; no pareció por entonces
necesario para la seguridad de Granada mantenerle y fortificarle como
flaco y de poca importancia; pero la necesidad mostró lo contrario, y
en fin se dejó; ó porque no bastase la gente que en la ciudad habia
de sueldo á asegurar á Granada todo á un tiempo, y socorrer en una
necesidad á Guejar como la razon lo requeria; ó que no cayesen en que
los enemigos se atreverian á fundar guarnicion en ella tan cerca de
nosotros, ó, como dice el pueblo (que escudriña las intenciones sin
perdonar sospecha, con razon ó sin ella), por criar la guerra entre las
manos; celosos del favor en que estaba el marqués de Velez, y hartos
de la ociosidad propia, y ambiciosos de ocuparse, aunque con gasto
de gente y hacienda: decíase que fuera necesario sacar un presidio
razonable á Guejar, como despues se hizo lejos de Granada para mantener
los lugares de en medio: cada uno sin examinar causas ni posibilidad,
se hacia juez de sus superiores.

Mas el rey, viendo que su hermano estaba ocupado en defender á Granada
y su tierra, y que teniendo la masa de todo el gobierno, era necesario
un capitan que fuese dueño de la ejecucion, nombró por general de toda
la empresa al marqués de Velez, que entonces estaba en gran favor,
por haber salido á servir á su costa. Sucedióle dichosamente tener á
su cargo ya la mitad del reino, calor de amigos y deudos; cosas que
cuando caen sobre fundamento, inclinan mucho los reyes. Á esto se juntó
haberse ofrecido por sus cartas á echar á Aben Humeya el tirano, que
así se llamaba; y acabar la guerra del reino de Granada con cinco mil
hombres y trescientos caballos pagados y mantenidos; que fue la causa
mas principal de encomendalle el negocio. Á muchos cuerdos parece,
que ninguno debe de cargar sobre sí obligacion determinada, que el
cumplilla, ó el estorbo de ella esté en mano de otro. Fue la eleccion
del marqués (á lo que el pueblo de Granada juzgaba, y algunos colegian
de las palabras y continente) harto contra voluntad de los que estaban
cerca de D. Juan, pareciéndoles que quitaba el rey á cada uno de las
manos la honra de esta empresa.

Habian crecido las fuerzas de Aben Humeya, y venídole número de turcos
y capitanes pláticos segun su manera de guerra; moros berberíes, armas
parte traidas, parte tomadas á los nuestros, vituallas en abundancia,
la gente mas, y mas plática de la guerra. Estaba el rey con cuidado de
que la gente y las provisiones se hacian de espacio; y pareciéndole
que llegarse él mas al reino de Granada, seria gran parte para que las
ciudades y señores de España se moviesen con mayor calor, y ayudasen
con mas gente y mas presto, y que con el nombre y autoridad de su
venida los príncipes de Berbería andarian retenidos en dar socorro,
ciertos que la guerra se habia de tomar con mayores fuerzas; acabada,
con todas ellas cargar sobre sus estados, mandó llamar cortes en
Córdoba para dia señalado, adonde se comenzaron á juntar procuradores
de las ciudades, y hacer los aposentos.

Salió el marqués de Velez de Terque por estorbar el socorro que los
moros de Berbería continuamente traían de gente, armas y vitualla, y
los de la Alpujarra recebian por la parte de Almería. Vino á Berja
(que antiguamente tenia el mismo nombre), donde quiso esperar la
gente pagada y la que daban los lugares de la Andalucía. Mas Aben
Humeya, entendiendo que estaba el marqués con poca gente y descuidado,
resolvió combatille antes que juntase el campo. Dicen los moros haber
tenido plática con algunos esclavos, que escondiesen los frenos de los
caballos; pero esto no se entendió entre nosotros: y porque los moros
como gente de pie y sin picas recelaban la caballería, quiso combatille
dentro del lugar antes del dia. Llamó la gente del rio de Almería,
la del Bolodui, la de la Alpujarra, los que quisieron venir del rio
de Almanzora, cuatrocientos turcos y berberíes: eran por todos cuasi
tres mil arcabuceros y ballesteros, y dos mil con armas enhastadas.
Echó delante un capitan que le servia de secretario, llamado Mojajar,
que con trescientos arcabuceros entrase derecho á las casas donde el
marqués posaba, diese en la centinela (lo que ahora llamamos centinela,
amigos de vocablos extranjeros, llamaban nuestros españoles en la
noche, escucha, en el dia, atalaya; nombres harto mas propios para su
oficio), llegando con ella á un tiempo el arma y ellos, en el cuerpo
de guardia: siguióle otra gente, y él quedó en la retaguardia sobre
un macho, y vestido de grana[51]. Mas el marqués, que estaba avisado
por una lengua que los nuestros le trujeron, atravesó algunas calles
que daban en la plaza; puso la arcabucería á las puertas y ventanas;
tomó las salidas, dejando libres las entradas por donde entendió que
los enemigos vendrian; y mandó estar apercebida la caballería y con
ella su hijo D. Diego Fajardo: abrió camino para salir fuera, y con
esta órden esperó á los enemigos. Entró Mojajar por la calle que va
derecha á dar á la plaza, al principio con furia; despues espantado
y recatado de hallar la villa sin guardia, olió humo de cuerdas; y
antes que se recatase, sintió de una y otra parte jugar y hacerle daño
la arcabucería. Mas queriendo resistir la gente con alguna otra que
le habia seguido, no pudo; salióse con pocos y desordenadamente al
campo. El marqués, con la caballería y alguna arcabucería, á un tiempo
saltó fuera con D. Diego su hijo, D. Juan su hermano, D. Bernardino
de Mendoza, hijo del conde de Coruña, D. Diego de Leiva, hijo natural
del señor Antonio de Leiva, y otros caballeros; dió en los que se
retiraban y en la gente que estaba para hacelles espaldas; rompiólos
otra vez; pero aunque la tierra fuese llana, impedida la caballería de
las matas y de la arcabucería de los turcos y moros que se retiraban
con órden, no pudo acabar de deshacer los enemigos. Murieron de
ellos cuasi seiscientos hombres; Aben Humeya tornó la gente rota á
la sierra, y el marqués á Berja. Al rey dió noticia, pero á D. Juan
poca y tarde; hombre preciado de las manos mas que de la escritura; ó
que queria darlo á entender, siendo enseñado en letras y estudioso.
Comenzó D. Juan con órden del rey á reforzar el campo del marqués;
antes á formarlo de nuevo: puso con dos mil hombres á D. Rodrigo de
Benavides en la guarda de Guadix; á Francisco de Molina envió con cinco
banderas á la de Orgiba; mandó pasar á D. Juan de Mendoza con cuasi
cuatro mil infantes y ciento y cincuenta caballos adonde el marqués
estaba; y al comendador mayor, que tomando las banderas de D. Pedro
de Padilla (rehechas ya del daño que recibieron en Frejiliana), las
pusiese en Adra, donde el marqués vino de Berja á hacer la masa. Llegó
D. Sancho de Leiva á un mismo tiempo con mil y quinientos catalanes
de los que llaman delados, que por las montañas andan huidos de las
justicias, condenados y haciendo delitos, que por ser perdonados
vinieron los mas de ellos á servir en esta guerra: era su cabeza Antic
Sarriera, caballero catalan; las armas sendos arcabuces largos, y dos
pistoletes de que se saben aprovechar. Llegó Lorenzo Tellez de Silva,
marqués de la Favara, caballero portugués, con setecientos soldados, la
mayor parte hechos en Granada y á su costa: atravesó sin daño por el
Alpujarra entre las fuerzas de los enemigos; y por tenerlos ocupados
en el entretanto que se juntaba el ejército, y las guarniciones de
Tablate, Durcal y el Padul seguras (á quien amenazaban los moros del
valle, y los que habian tornado á las Albuñuelas); por impedir asimismo
que estos no se juntasen con los que estaban en la sierra de Guejar
y con otros de la Alpujarra; por estorbar tambien el desasosiego en
que ponian á Granada con correrías de poca gente, y por quitalles la
cogida de los panes del valle; mandó D. Juan que D. Antonio de Luna
con mil infantes y doscientos caballos fuese á hacer este efecto,
quemando y destruyendo á Restaval, Pinillos, Belejij, Concha, y, como
dije, el valle hasta las Albuñuelas. Partió con la misma órden y á la
misma hora, que cuando fue á quemallas la vez pasada, pero con desigual
fortuna; porque llegando tarde, halló los moros levantados por el
campo, y en sus labores con las armas en la mano: tuvieron tiempo para
alzar sus mujeres, hijos, y ganados, y ellos juntarse, llevando por
capitanes á Rendati, hombre señalado, y á Lope, el de las Albuñuelas,
ayudados con el sitio de la tiera barrancosa. Acometieron la gente de
D. Antonio, ocupada en quemar y robar; que pudo con dificultad, aunque
con poca pérdida, resistir y recogerse, siguiéndole y combatiéndole
por el valle abajo malo para la caballería. Mas D. Antonio, ayudándole
D. García Manrique, hijo del marqués de Aguilar, y Lázaro de Heredia,
capitan de infantería, haciendo á veces de la vanguardia retaguardia,
á veces por el contrario tomando algunos pasos con la arcabucería,
se fue retirando hasta salir á lo raso, que los enemigos con temor
de la caballería le dejaron. Murió en esta refriega apartado de D.
Antonio el capitan Céspedes á manos de Rendati con veinte soldados
de su compañía peleando, sesenta huyendo; los demás se salvaron á
Tablate donde estaba de guardia. No fue socorrido por estar ocupada la
infantería quemando y robando sin podellos mandar D. Antonio. Tampoco
llegó D. García (á quien envió con cuarenta caballos), por ser lejos
y áspera la montaña, los enemigos muchos. Pero el vulgo ignorante, y
mostrado á juzgar á tiento, no dejaba de culpar al uno y al otro; que
con mostrar D. Antonio la caballería de lo alto en las eras del lugar,
los enemigos fueran retenidos ó se retiraran; que D. García pudiera
llegar mas á tiempo y Céspedes recogerse á ciertos edificios viejos,
que tenia cerca; que D. Antonio le tenia mala voluntad dende antes, y
que entonces habia salido sin órden suya de Tablate, habiéndole mandado
que no saliese. Á mí que sé la tierra, paréceme imposible ser socorrido
con tiempo, aunque los soldados quisieran mandarse, ni hubiera enemigos
en medio y á las espaldas. Tal fue la muerte de Céspedes, caballero
natural de Ciudad Real, que habia traido la gente á su costa, cuyas
fuerzas fueron excesivas y nombradas por toda España; acopañólas hasta
la fin con ánimo, estatura, voz y armas descomunales. Volvió D. Antonio
con haber quemado alguna vitualla, trayendo presa de ganado á Granada,
donde menudeaban los rebatos; las cabezas de la milicia corrian á una
y otra parte, mas armados que ciertos donde hallar los enemigos; los
cuales dando armas por un cabo, llevaban de otro los ganados. Habia
D. Juan ya proveido que D. Luis de Córdoba con doscientos caballos y
alguna infantería recogiese á Granada y á la Vega los de la tierra:
comision de poco mas fruto, que de aprovechar á los que los hurtaron;
porque no se pudiendo mantener, fue necesario volvellos á sus lugares
faltos de la mitad, donde fueron comunes á nosotros y á los enemigos.

      [51] Con mayor moderacion y verisimilitud escribe esta victoria
      nuestro autor que otros.

Hallábase entretanto el marqués de Velez en Adra (lugar antiguamente
edificado cerca de donde ahora es, que llamaban Abdera), con cuasi
dos mil infantes y setecientos caballos: gente armada, plática, y que
ninguna empresa rehusara por difícil, extendida su reputacion por
España con el suceso de Berja, su persona subida en mayor crédito.
Venian muchos particulares á buscar la guerra, acrecentando el número y
calidad del ejército; pero la esterilidad del año, la falta de dinero,
la pobreza de los que en Málaga fabricaban bizcocho, y la poca gana
de fabricarlo por las continuas y escrupulosas reformaciones antes de
la guerra, la falta de recuas por la carestía, la de vivanderos que
suelen entretener los ejércitos con refrescos, y con esto las resacas
de la mar que en Málaga estorban á veces el cargar, y las mesmas el
descargar en Adra, fue causa que las galeras no proveyesen de tanto
bastimento y tan á la continua. Era algunas veces mantenido el campo
de solo pescado, que en aquella costa suele ser ordinario; cesaban las
ganancias de los soldados con la ociosidad; faltaban las esperanzas á
los que venian cebados de ellas; deteníanse las pagas: comenzó la gente
de descontentarse á tomar libertad y hablar como suelen en sus cabezas.
El general, hombre entrado en edad y por esto mas en cólera, mostrado á
ser respetado y aun temido; cualquiera cosa le ofendia: dióse á olvidar
á unos, tener poca cuenta con otros, tratar á otros con aspereza; oía
palabras sin respeto, y oíanlas de él. Un campo grueso, armado, lleno
de gente particular, que bastaba á la empresa de Berbería, comenzó
á entorpecerse nadando y comiendo pescados frescos; no seguir los
enemigos habiéndolos rompido; no conocer el favor de la victoria;
dejarlos engrosar, afirmar, romper los pasos, armarse, proveerse, criar
guerra en las puertas de España. Fue el marqués juntamente avisado y
requerido de personas que veían el daño, y temian el inconveniente,
que con la vitualla bastante para ocho dias saliese en busca de Aben
Humeya. Por estos términos comenzó á ser mal quisto del comun, y de
allí á pegarse la mala voluntad en los principales, aborrecerse él de
todos y de todo, y todos de él.

Al contrario de lo que al marqués de Mondejar aconteció; que de los
principales vino á pegarse en el pueblo; pero con mas paciencia y
modestia suya, dicen que con igual arrogancia. Yo no vi el proceder
del uno ni del otro; pero á mi opinion ambos fueron culpados, sin
haber hecho errores en su oficio, y fuera de él, con poca causa y esa
comun en algunos otros generales de mayores ejércitos. Y tornando á lo
presente, nunca el marqués de Velez se halló tan proveido de vitualla,
que le sobrase en el comer ordinario de cada dia para llevar consigo
cuantidad, que pudiese gastar á la larga; pero vista la falta de ella,
la poca seguridad que se tenia de la mar; pareciéndole que de Granada
y el Andalucía, Guadix, y marquesado de Zenette, y de allí por los
puertos de la Ravaha y Loh que atraviesan la sierra hasta la Alpujarra,
podia ser proveido; escribió á D. Juan (aunque lo solia hacer pocas
veces), que le mandase tener hecha la provision en la Calahorra; porque
con ella y la que viniese por mar, se pudiese mantener el ejército en
la Alpujarra y echar de ella los enemigos.

El comendador mayor, segun el poco aparejo, ninguna diligencia posible
dejaba de hacer aunque fuese con peligro, hasta que tuvo en Adra puesta
vitualla de respeto por tanto tiempo, que ayudado el marqués con alguna
de otra parte (aunque fuese habida de los enemigos), podia guerrear
sin hambre, y esperar la de Guadix: mas viendo que el marqués incierto
de la provision que hallaria en la Calahorra se detenia, dábale priesa
en público, y requeríale en consejo que saliese contra los enemigos.
Mas dando el marqués razones por donde no convenia salir tan presto,
dicen que pasó tan adelante, que en presencia de personas graves y en
un consejo, le dijo: _Que no lo haciendo, tomaria él la gente y saldria
con ella en campo_.

En Granada ninguna diligencia se hizo para proveer al marqués; porque,
pues no replicaba, tuvieron creido que no tenia necesidad, y que estaba
proveido bastantemente en Adra, de donde era el camino mas cauto
y seguro: tenian por dificultoso el de la Calahorra; los enemigos
muchos, las recuas pocas, la tierra muy áspera, de la cual decian que
el marqués era poco plático. Mas el pueblo, acostumbrado ya á hacerse
juez, culpábale de mal sufrido en palabras y obras igualmente, con la
gente particular y comun; á sus oficiales de liberales en distribuir
lo voluntario, y en lo necesario estrechos; detenerse en Adra buscando
causas para criar la guerra, tenido en otras cosas por diligente:
escribíanse cartas, que no faltaba adonde cayesen á tiempo; disminuíase
por horas la gracia de los sucesos pasados: decian que de ello no
pesaba á D. Juan, ni á los que le estaban cerca: era su parcial solo
el presidente, pero ese algunas veces ó no era llamado, ó le excluían
de los consejos á horas y lugares, aunque tenia plática de las cosas
del reino y alteraciones pasadas. Pasó este apuntamiento hasta ser
avisado el consejo por cartas de personas y ministros importantes
(segun el pueblo decia), y aun reprendido, que parecia desautoridad y
poca confianza, no llamar un hombre grave de experiencia y dignidad.
Pero no era de maravillar que el vulgo hiciese semejantes juicios; pues
por otra parte se atrevia á escudriñar lo intrínseco de las cosas, y
examinar las intenciones del consejo.

Decian que el duque de Sesa y el marqués de Velez eran amigos, mas por
voluntad suya que del duque: no embargante que fuesen tio y sobrino.
El marqués de Mondejar y el duque émulos de padres y abuelos sobre la
vivienda de Granada, aunque en público profesasen amistad: antigua
la enemistad entre los marqueses y sus padres, renovada por causas y
preeminencias de cargos y jurisdicciones; lo mismo el de Mondejar y
el presidente, hasta ser maldicientes en procesos el uno contra el
otro: Luis Quijada envidioso del de Velez, ofendido del de Mondejar;
porque siendo conde de Tendilla, no quiso consentir al marqués su
padre que le diese por mujer una hija que le pidió con instancia;
amigo intrínseco de Eraso, y de otros enemigos de la casa del marqués.
El duque de Feria[52], enemigo atrevido de lengua y por escrito del
marqués de Mondejar; ambos dende el tiempo de D. Bernardino de Mendoza,
cuya autoridad despues de muerto los ofendia. El duque de Sesa y
Luis Quijada á veces tan conformes, cuanto bastaba para excluir los
marqueses, y á veces sobresanados por la pretension de las empresas:
hablabánse bien, pero huraños y recatados, y todos sospechosos á la
redonda. Entreteníase Muñatones mostrado á sufrir y disimular, culpando
las faltas de proveedores y aprovechamientos de capitanes, lo uno y lo
otro sin remedio. D. Juan como no era suyo, contentábale cualquiera
sombra de libertad: atado á sus comisiones, sin nombramiento de
oficiales, sin distribucion de dinero, armas y municiones y vituallas,
si las libranzas no venian pasadas de Luis Quijada; que en esto y en
otras cosas no dejaba (con algunas muestras de arrogancia) de dar á
entender lo que podia, aunque fuese con quiebra de la autoridad de D.
Juan; que entendia todos estos movimientos, pero sufríalos con mas
paciencia que disimulacion: solamente le parecia desautoridad que el
marqués de Mondejar ó el conde su hijo usasen sus oficios, aunque no
estaban excluidos ni suspendidos por el rey. Tampoco dejaron de sonarse
cosquillas de mozos y otros, que las acrecentaban entre el conde y
ellos: tal era la apariencia del gobierno. Pero no por eso se dejaba de
pensar y poner en ejecucion lo que parecia mejor al beneficio público y
servicio del rey: porque los ministros y consejeros no entran con las
enemistades y descontentamientos al lugar donde se juntan, y aunque
tengan diferencia de pareceres, cada uno encamina el suyo á lo que
conviene; pero los escritores como no deben aprobar semejantes juicios,
tampoco los deben callar cuando escriben con fin de fundar en la
historia ejemplos, por donde los hombres huyan lo malo y sigan lo bueno.

      [52] Solo esto del duque de Feria no entiendo bien, si bien por
      concordar todos los manuscritos, no me atreví á quitarlo.

[Nota al margen: 1569.]

Dende los diez de junio á los veinte y siete de julio estuvo el
marqués de Velez en Adra sin hacer efecto; hasta que entendiendo que
Aben Humeya se rehacia, partió con diez mil infantes y setecientos
caballos, gente, como dije, ejercitada y armada, pero ya descontenta:
llevó vitualla para ocho dias; el principio de su salida fue con alguna
desórden. Mandó repartir la vanguardia, retaguardia y batalla por
tercios; que la vanguardia llevase el primer dia D. Juan de Mendoza, el
segundo D. Pedro de Padilla; y habiendo ordenado el número de bagajes
que debia llevar cada tercio, fue informado que D. Juan llevaba mas
número de ellos; y puesto que fuesen de los soldados particulares,
ganados y mantenidos para su comodidad, y aunque iban para no volver á
Adra; mandó tornar D. Juan al alojamiento con la vanguardia, pudiéndole
enviar á contar los embarazos y reformarlos; cosa no acontecida en
la guerra sin grande y peligrosa ocasion; con que dió á los enemigos
ganado tiempo de dos dias, y á nosotros perdido. Salió el dia siguiente
con haber hallado poco ó ningun yerro que reformar; llevó la misma
órden, añadiendo, que la batalla fuese tan pegada con la vanguardia, y
la retaguardia con la batalla, que donde la una levantase los pies, los
pusiese la otra, guardando el lugar á los impedimentos; la caballería
á un lado y á otro; su persona en la batalla, porque los enemigos no
tuviesen espacio de entrar. Vino á Berja, y de allí fue por el llano
que dicen de Lucainena, donde al cabo de él vieron algunos enemigos
con quien se escaramuzó sin daño de las partes; mostrando Aben Humeya
su vanguardia en que habia tres mil arcabuceros, pocos ballesteros;
pero encontinente subió á la sierra: la nuestra alojó en el llano,
y el marqués en Ujijar donde se detuvo un dia, y mas el que caminó:
dilacion contra opinion de los pláticos, y que dió espacio á los
enemigos de alzar sus mujeres, hijos y ropa, esconder y quemar la
vitualla, todo á vista y media legua de nuestro campo. El dia siguiente
salió del alojamiento: los enemigos mostrándose en ala, como es su
costumbre, y dando grita acometieron á D. Pedro de Padilla (á quien
aquel dia tocaba la vanguardia), con determinacion, á lo que se veía,
de dar batalla. Eran seis mil hombres entre arcabuceros y ballesteros,
algunos con armas enhastadas; víase andar entre ellos cruzando Aben
Humeya bien conocido, vestido de colorado, con su estandarte delante;
traía consigo los alcaides, y capitanes moriscos y turcos que eran de
nombre. Salió á ellos D. Pedro con sus banderas y con los aventureros
que llevaba el marqués de la Favara, y resistiendo su ímpetu, los hizo
retirar cuasi todos: pero fueron poco seguidos; porque al marqués
de Velez pareció que bastaba resistillos, ganalles el alojamiento,
y esparcillos. Retiráronse á lo áspero de la montaña con pérdida de
solos quince hombres: fue aquel dia buen caballero el marqués de la
Favara, que apartado con algunos particulares que le siguieron, se
adelantó, peleó, y siguió los enemigos; lo mismo hizo D. Diego Fajardo
con otros. Aben Humeya apretado huyó con ocho caballos á la montaña,
y dejarretándolos, se salvó á pie; el resto de su gente se repartió
sin mas pelear por toda ella: hombres de paso, resolutos á tentar y
no hacer jornada; cebados con esperanzas de ser por horas socorridos
ó de gente para resistir, ó de navíos para pasar en Berbería; y esta
flaqueza los trujo á perdicion. Contentóse el marqués con rompellos,
ganalles el alojamiento, y esparcillos; teniendo que bastaba, sin
seguir el alcance, para sacallos de la Alpujarra; ó que esperase mayor
desórden, ó que le pareciese que se aventuraba en dar la batalla el
reino de Granada, y que para el nombre bastaba lo hecho: hallóse tan
cerca del camino, que con doscientos caballos acordó pasar aquella
noche á reconocer la vitualla á la Calahorra, donde no hallando que
comer, volvió otro dia al campo, que estaba alojado en Valor el alto y
bajo. Detúvose en estos dos lugares diez dias, comiendo la vitualla que
trajo y alguna que se halló de los enemigos sin hacer efecto, esperando
la provision que de Granada se habia de enviar á la Calahorra, y
teniendo por incierta y poca la de Adra; y aunque los ministros á
quien tocaba afirmasen que las galeras habian traido en abundancia,
resolvió mudarse á la Calahorra, fortaleza y casa de los marqueses de
Zenette, patrimonio del conde Julian en tiempo de godos, que en el
de moros tuvieron los Zenettes venidos de Berbería, una de las cinco
generaciones descendientes de los alárabes que poblaron y conquistaron
á África. Tuvo el marqués por mejor consejo dejar á los enemigos la mar
y la montaña, que seguillos por tierra áspera y sin vitualla, con gente
cansada, descontenta y hambrienta; y asegurar tierra de Guadix, Baza,
rio de Almanzora, Filabres, que andaba por levantarse, y allanar el rio
de Bolodui que ya estaba levantado, comer la vitualla de Guadix y el
marquesado.

Mas la gente con la ociosidad, hambre y descomodidad de aposentos,
comenzó á adolecer y morir. Ningun animal hay mas delicado que un campo
junto, aunque cada hombre por sí sea recio y sufridor de trabajo;
cualquier mudanza de aires, de aguas, de mantenimientos, de vinos;
cualquier frio, lluvia, falta de limpieza, de sueño, de camas, le
adolece y deshace; y al fin todas las enfermedades le son contagiosas.
Andaban corrillos, quejas, libertad, derramamientos de soldados por
unas y otras partes, que escogian por mejor venir en manos de los
enemigos: íbanse cuasi por compañías sin órden ni respeto de capitanes.
Como el paradero de estos descontentamientos, ó es amotinarse, ó un
desarrancarse pocos á pocos, vino á suceder así hasta quedar las
banderas sin hombres; y tan adelante pasó la desórden, que se juntaron
cuatrocientos arcabuceros, y con las mechas en las serpentinas
salieron á vista del campo: fue D. Diego Fajardo hijo del marqués por
detenerlos, á quien dieron por respuesta un arcabuzazo en la mano y el
costado, de que peligró, y quedó manco. La mayor parte de la gente que
el marqués envió con él, se juntó con ellos y fueron de compañía; tanto
en tan breve tiempo habia crecido el odio y desacato.

En fin llegado y alojado en el lugar, temiendo de su persona pasó á
posar en la fortaleza: la gente se aposentó en el campo comiendo á
libra escasa de pan por soldado sin otra vianda; pero dende á pocos
dias dos libras por dia, y una de carne de cabra por semana; los dias
de pescado algun ajo y una cebolla por hombre, que esto tenian por
abundancia: sufrieron mucho las banderas de Nápoles con el nombre de
soldados viejos, y la gente particular; quedaron en pie cuasi solas
estas compañías y doscientos caballos. Tal fue el suceso de aquella
jornada en que los enemigos vencidos quedaron con la mar y tierra,
mayores fuerzas y reputacion; y los vencedores sin ella, faltos de lo
uno y de lo otro.

En el mismo tiempo los vecinos del Padul, á tres leguas de Granada, se
quejaban que habian tenido y mantenido mucho tiempo gruesa guarnicion,
que no podian sufrir el trabajo, ni mantener los hombres y caballos.
Pidieron que ó se mudase la guardia ó se disminuyese, ó los llevasen
á ellos á vivir en otro lugar. Vínose en esto; y salidos ellos, la
siguiente noche juntándose con los moros de la sierra, dieron en la
guarnicion, mataron treinta soldados, y hirieron muchos acogiéndose á
lo áspero: cuando el socorro de Granada llegó, halló hecho el daño y á
ellos en salvo.

La desórden del campo del marqués puso cuidado á D. Juan de proveer
en lo que tocaba á tierra de Baza; porque la ciudad estaba sin mas
guardia, que la de los vecinos. Envió á D. Antonio de Luna con mil
infantes y doscientos caballos, que estuvo dende medio agosto hasta
medio noviembre sin acontecer novedad ó cosa señalada, mas del
aprovechamiento de los soldados, mostrados á hacer presas contra amigos
y enemigos. Puso en su lugar á D. García Manrique á la guardia de la
Vega, sin nombre ó título de oficio. Vióse una vez con los enemigos,
matándoles alguna gente sin daño de la suya.

Entre tanto no cesaban las envidias y pláticas contra los marqueses,
especialmente las antiguas contra el de Mondejar; porque aunque
sus compañeros en la suficiencia fuesen iguales, vióse que en el
conocimiento de la tierra y de la gente donde y con quien habia hecho
la vida, y en las provisiones por el luengo uso de proveer armadas, era
su parecer mas aprobado que apacible; pero siempre seguido, hasta que
el marqués de Velez subió en favor y vino á ser señor de las armas.
Entonces dejaron al de Mondejar, y tornaron á deshacer las cosas bien
hechas del de Velez. Mas cuando este comenzó á faltar de la gracia
particular y general, tornaron sobre el de Mondejar; y temiendo que
las armas de que estaba despojado tornasen á sus manos, claramente le
excluían de los consejos, calumniaban sus pareceres, publicaban por
una parte las resoluciones y por otra hacíanle autor del poco secreto;
parecíales que en algun tiempo habia de seguirse su opinion cuanto al
recibir los moriscos y despues oprimillos, que cesarian las armas y por
esto la necesidad de las personas por quien eran tratadas.

Estaban nuestras compañías tan llenas de moros aljamiados, que donde
quiera se mantenian espías: las mujeres, los niños esclavos, los
mismos cristianos viejos daban avisos, vendian sus armas y municion,
calzado, paño, y vituallas á los moros. El rey por una parte informado
de la dificultad de la empresa, por otra dando crédito á los que
la facilitaban, vistos los gastos que se hacian, y pareciéndole
que el marqués de Mondejar, émulo del de Velez y de otros, aunque
no daba ocasion á quejas, daba avilanteza á que se descargasen de
culpas, diciendo que por tener él mano en los negocios eran ellos
mal proveidos, y que la ciudad descontenta de él, y persuadida por
el corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte que era interesado, y
del presidente que le hacia espaldas, de mejor gana contribuiria con
dinero, gente y vitualla hallándose ausente que presente, que de
ninguno podia informarse mas clara y particularmente; envióle á mandar
que con diligencia viniese á Madrid: algunos dicen que en conformidad
de sus compañeros. El suceso mostró, que la intencion del rey era
apartalle de los negocios. Mas porque se vea como los príncipes
pudiendo resolutamente mandar, quieren justificar sus voluntades con
alguna honesta razon, he puesto las palabras de la carta.

«Marqués de Mondejar, primo, nuestro capitan general del reino de
Granada. Porque queremos tener relacion del estado en que al presente
están las cosas de ese reino, y lo que converná proveer para el remedio
de ellas, os encargamos que en recibiendo esta os pongais en camino,
y vengais luego á esta nuestra corte para informarnos de lo que está
dicho, como persona que tiene tanta noticia de ellas: que en ello, y en
que lo hagais con toda la brevedad, nos ternemos por muy servidos. Dada
en Madrid á 3 de setiembre de 1569.»

Llegó el marqués, y fue bien recebido del rey, y algunas veces le
informó á solas: de los ministros fue tratado con mas demonstracion de
cortesía que contentamiento: nunca fue llamado en consejo; mostrando
estar informados á la larga por otra via. Muñatones, plático de
semejantes llamamientos, y falto de un ojo, dijo como le mostraron la
carta: _que le sacasen el otro, si el marqués tornaba de allá durante
la guerra_. Anduvo muchos dias como suspendido y agraviado, cierto que
siempre habia seguido la voluntad del rey y de solo ella hecho caudal.
Mas entre los reyes y sus ministros, la parte de los reyes es la mas
flaca; no embargante la informacion que el marqués dió, eran tantas y
tan contrarias unas de otras las que se enviaban, que pareció juntar
con ellas la de D. Enrique Manrique, alcaide que fue del castillo de
Milan, y habiéndolo él dejado, estaba descansando en su casa. Pasó por
Granada entendiendo lo de allí; vino á do el marqués de Velez estaba;
y partió sin otra cosa de nuevo mas de errores en la guerra, cargos
de unos ministros á otros dados por via de justificacion, necesidad
de cargar con mayores fuerzas, crecidas las de los enemigos con la
disminucion de las nuestras.

Pareció á los ministros la gente con que el marqués habia ofrecido
echar los enemigos de la tierra, poca, y la oferta menos pensada; pues
con doblado número no se hizo mayor efecto: y no dejaron de deshacelle
el buen suceso, con decir que los moros muertos habian sido menos de lo
que se escribió. Pero el rey tomando la parte del marqués respondió:
_que habia sido importante desbaratar y partir los enemigos, aunque
no con tanto daño de ellos como se dijo_; y esto mas por reprimir
alguna intencion que se descubria contra el marqués, que por alaballe,
como se vió dende á poco. Decia el marqués que la falta de vitualla
habia sido causa de haberse deshecho su campo; cargaba á D. Juan, al
consejo de Granada; quedó la suma de todo su campo en pocos mas de mil
y quinientos infantes y doscientos caballos: en fin fue necesitado á
recogerse dentro en el lugar, atrincherarse, y aun derribar casas por
parecerle el sitio grande. Mas dende á pocos dias enviaron de Granada
tanta provision, que no habiendo á quien repartilla, ni buena órden,
valian cien libras de pan un real.

No estaba Granada por esto mas proveida de vitualla, ni se hacian los
partidos de ella con mayor recatamiento, aunque el presidente remediaba
parte del daño con industria; ni en lo que tocaba á la gente y pagas se
guardaban las órdenes de D. Juan, á quien tampoco perdonaba el pueblo
de Granada; libre y atrevido en el hablar, pero en presencia de los
superiores siervo y apocado; movido á creer y afirmar facilmente sin
diferencia lo verdadero y lo falso; publicar nuevas ó perjudiciales ó
favorables, seguillas con pertinacia: ciudad nueva, cuerpo compuesto de
pobladores de diversas partes, que fueron pobres y desacomodados en sus
tierras, ó movidos á venir á esta por la ganancia; sobras de los que no
quisieron quedar en sus casas, cuando los Reyes católicos la mandaron
poblar; como es en los lugares, que se habitan de nuevo. No se dice
esto porque en Granada no haya tambien nobleza escogida por los mesmos
reyes cuando la república se fundó, venida de personas excelentes en
letras, á quien su profesion hizo ricos, y los descendientes de unos
y otros nobles de linaje ó de ánimo y virtud, como en esta guerra lo
mostraron no solamente ellos, pero el comun; mas porque tales son
las ciudades nuevas, hasta que envejeciéndose la virtud y riqueza,
la nobleza se funda. Discurrian las intenciones libres por todos sin
perdonar á ninguno, y las lenguas por los que osaban, y no sin causa;
porque en guerra de mucha gente, de largo tiempo, varia de sucesos,
nunca faltan casos que loar ó condenar. Las compañías de Granada eran
tan faltas y mal disciplinadas, que ni con ellas se podia estar dentro,
ni salir fuera; pero la mayor desórden fue que habiendo mandado el rey
castigar con rigor los soldados que se venian del marqués de Velez, y
procurando D. Juan que se pusiese en ejecucion; cansados los ministros
de ejecutar y D. Juan de mandar, visto lo poco que aprovechaba, se tomó
expediente de callar; y por no quedar del todo sin gente, consentir
que las compañías se hinchiesen de la que desamparaba las banderas
del marqués, no sin alguna sombra de negligencia ó voluntad; la cual
fue causa de que viniese el campo á quedar deshecho, y los enemigos
señores de mar y tierra, campeando Aben Humeya con siete mil hombres,
quinientos turcos y berberíes, sesenta caballos; mas para autoridad que
necesidad.

Ya Jergal en el rio de Almería, lugar del conde de la Puebla, se
habia levantado á instancia de Portocarrero mayordomo suyo: ó por la
habilidad ó por el barato ocupó la fortaleza con poca artillería y
armas, y echando de ella al alcaide puso gente dentro; mas él dende
á poco dió en las manos del conde de Tendilla, y fue atenazado en
Granada. Estaba tambien levantado el valle y rio de Bolodui, paso
entre tierra de Guadix, Baza y la mar confinante con el Alpujarra. El
marqués por tener ocupada la gente, darle alguna ganancia, mantener la
reputacion de la guerra, determinó ir en persona sobre él, habiéndolo
consultado con el rey, que le remitió la ida ó á allí, ó á tierra de
Baza en caso que la gente no fuese tan poca, que no llegase á número
de los cinco mil hombres. Llevando pues á D. Juan de Mendoza sin
gente, con la de D. Pedro de Padilla, y parte de la que D. Rodrigo
de Benavides tenia en Guadix, alguna otra de amigos y allegados que
seguian la guerra, doscientos y cincuenta caballos, partió á deshacer
una masa de gente que entendió juntarse en Bolodui, temiendo que
dañase tierra de Baza, y pusiesen á D. Antonio de Luna en necesidad,
y juntándose con ellos Aben Humeya, pasase el daño adelante. Partió
de la Calahorra, vino á Fiñana, llevando la vanguardia D. Pedro de
Padilla con las banderas de Nápoles. Habia nueve leguas de Fiñana al
lugar donde los enemigos se recogian; mas no pudiendo caminar á pie los
soldados tan gran trecho, fueron necesitados á quedar la noche cansados
y mojados (porque el rio se pasa muchas veces), á dos leguas de los
enemigos; inconveniente que acontece á los que no miden el tiempo
con la tierra, con la calidad y posibilidad de la gente. Los moros,
apercebidos de la venida de los nuestros, dieron avisos con fuegos
por toda la tierra, alzaron la ropa y personas que pudieron. Habíase
adelantado con la caballería el marqués tomando consigo cuatrocientos
arcabuceros á las ancas de los caballos y bagajes; mas cansados unos
y otros dejaron la mayor parte. Los enemigos aguardando ora á un paso
del rio, ora á otro, segun vian que nuestra caballería se movia, ora
haciendo alguna resistencia, se acogieron á la sierra. Dejaban muchos
bagajes, mujeres y niños, en que los soldados se ocupasen; y viéndolos
embarazados con el robo, sin espaldas de arcabucería, hicieron vuelta,
cargando de manera, que los nuestros fueron necesitados á retirarse
con pérdida, no sin alguna desórden, aunque todavía con mucho de la
presa. Parte de la caballería se acogió fuera de tiempo, disculpándose
que no se les hubiese dado la órden, ni esperado la arcabucería que
dejaban atrás. Pero el marqués viendo que la retirada era por conservar
el robo (causa que puede con la gente mas que otra), envió persona con
veinte caballos y algunos arcabuceros, que con autoridad de justicia
quitase á la caballería la presa, para que despues se repartiese
igualmente, llamando á la parte los soldados de D. Pedro de Padilla
que quedaron atrás. El comisario, hallando alguna contradiccion,
compró tres esclavas: una de las cuales se ofreció á descubrille gran
cantidad de ropa y dineros; mas ella viéndose en la parte que deseaba
hizo señas, á que se juntaron muchos moros: mataron algunos caballos
y todos los arcabuceros; salvóse el comisario á la parte contraria
del marqués, corriendo hasta Almería diez leguas de donde comenzó á
salvarse, y todas por tierras de enemigos: quedaron los caballos con
la presa, pero tan ocupados, que fueron de poco provecho, y el marqués
por esto tornó retirándose con órden (aunque cargándole los enemigos)
hasta juntar consigo la gente de D. Pedro. Dende allí vino á Fiñana con
mucha parte de la cabalgada, y con igual daño de muertos y heridos.
Mas entendiendo que los moros de la sierra de Baza y rio de Almanzor
andaban en cuadrillas, y desasosegaban la tierra, temiendo que llevasen
tras sí los lugares de aquella provincia, y Filabres, donde tenia su
estado, gruesos y fuertes, y que las fuerzas de D. Antonio de Luna no
serian bastantes á resistillos; partió en principio de invierno, con
mil infantes y doscientos y cincuenta caballos que tenia, para Baza.
Pero D. Antonio, hombre prevenido (dicen que con órden de D. Juan),
dejó la gente antes que llegase el marqués, y volvió á servir su cargo
en Granada; ó por haber oido que no se entendia blandamente con las
cabezas de la gente; ó porque tuvo por mas á propósito de su autoridad
ser mandado de D. Juan, que entonces gastaba su tiempo en mantener á
Granada á manera de sitiado, contra las correrías de los enemigos:
descontento y ocioso igualmente, mas deseando y procurando comision del
rey para emplear su persona en cosa de mayor momento. Las cabezas de su
gente con cualquier liviana ocasion no dejaban de mostrarse en todas
partes de la ciudad, corriendo las calles armados (puesto que vacía de
enemigos) inciertos á que parte fuese el peligro, siguiendo esos pocos
por las mismas pisadas que salian, sin haber atajado la tierra, hasta
dejallos en salvo y recogidos á la montaña. Llaman atajar la tierra en
lengua de hombres del campo, rodealla al anochecer y venir de dia para
ver por los rastros, que gente de enemigos y por que parte ha entrado
ó salido. Esta diligencia hacen todos los dias personas ciertas de pie
y de caballo, puestos en postas que cercan á la redonda la comarca, y
llámanlos atajadores, oficio de por sí y apartado del de los soldados;
porque no se hacia esta diligencia en tierra escura y doblada, y en
lugar que aunque grande, no era el circuito extendido, y eran los pasos
ciertos, no pude entender la causa.

Aben Humeya, viéndose libre del marqués de Velez, con los siete mil
hombres que tenia se puso sobre Adra con ánimo de tomar el lugar, que
pensaba estar desamparado; mas viendo que perdia el tiempo, pasó á
Berja, y quísola batir con dos piezas; pero levantóse de allí: corrió y
estragó la tierra del marqués de Velez, el lugar de las Cuevas; quemó
los jardines, dañó los estanques, todo guardado con curiosidad de mucho
tiempo para recreacion; acometiendo llegar á los Velez en sierra de
Filabres, tornó á Andarax, donde como asegurado de la fortuna vivia ya
con estado de rey; pero con arbitrio de tirano, señor de las haciendas
y personas, tenido por manso engañaba con palabras blandas; mas para
quien recatadamente le miraba, oscuras y suspensas, de mayor autoridad
que crédito: codicia en lo hondo del pecho, rigor nunca descubierto
sino cuando habia ofendido, y entonces sosegado como si hubiera hecho
beneficio, queria gracias de ello. Contaba el dinero y los dias á quien
mas familiar trataba con él, y algunos de estos á que pensaba ofender
escogia por compañeros de sus consejos y conversacion. Tal era Aben
Humeya; y puesto que entre nosotros fuese tenido por inocente y llamado
D. Hernandillo de Valor, el oficio descubrió cual es el hombre. Con
todo esto duró algunos dias que le hacian entender que era bien quisto,
y él lo creía, ignorante de su condicion; hasta que el vulgo comenzó á
tratar de su manera, de su vida, de su gobierno, todo con libertad y
desprecio, como riguroso y tenido en poco. Apartáronse de su servicio
descontentas algunas cabezas, que tomaron avilanteza; en tierra
de Granada, el Nacoz; en la de Beza, Maleque; en la de Almuñecar,
Giron; en la de Velez, Garral; en el rio de Almería, Mojajar; en el
de Almanzora, Aben Mequenun, que decian Portocarrero, hijo del que
levantó á Jergal; y al fin Farax, uno de los principales que fueron en
hacelle rey. Cargábanle culpas, escarnecíanle; burlaban de su condicion
sus mismos consejeros: señales que por la mayor parte preceden á la
destruicion del tirano. Quejábanse los turcos, entre otros muchos, que
habiendo dejado su tierra por venir á serville, no los ocupaba donde
ganasen: descontentos y entretenidos con sueldos ordinarios. Mas él,
espacioso, irresoluto hasta su daño, tanto dilató la respuesta que se
enemistó con ellos, habiéndolos traido para su seguridad; y despues
proveyó fuera de tiempo. Traía en el ánimo quemar y destruir á Motril,
lugar guardado con alguna ventaja de como solia; pero grande, abierto,
llano, y á la marina. Mas por descuidar los nuestros, acordó enviar
fingidamente los turcos (para mandallos tornar) á las Albuñuelas,
frontera de Granada, mostrando querer que fuesen regalados y mantenidos
en el vicio y abundancia del valle de Lecrin, el uno de tres barrios
fuertes, las espaldas á la sierra. Entre los amigos de quien mas fiaba,
era uno Abdalá Abenabó de Mecina de Bombaron, primo suyo, y tambien de
la sangre de Aben Humeya, alcaide de los alcaides, tenido por cuerdo
y animoso, de buena palabra, comunmente respetado, usado al campo, y
entretenido mas en criar ganados que en el vicio del lugar. Á este
mandó ir por comisario general para que los alojase y mandase, y los
capitanes estuviesen á su obediencia; dióle órden que donde le tomase
otro mandado suyo tornase con ellos y la mas gente que pudiese juntar,
trayendo vitualla para seis dias; que él avisaria del lugar donde debia
ir. Partieron seiscientos hombres, cuatrocientos turcos y doscientos
berberíes en el mismo hábito, todos arcabuceros; eran sus capitanes á
la sazon Hhusceni y Carabaji. Apenas llegaron á Cadiar, cuando Aben
Humeya despachó un correo dando gran priesa que volviesen aquella
noche á Ferreira. De aquí se tramó su muerte. Trataré de mas lejos la
verdadera causa de ella, por haberse publicado diferentemente.

El principio fue descontentamiento de los turcos, mostrados á mandar
su rey en Berbería; temor que de él tenian sus amigos; poca seguridad
de las personas y haciendas; sospechas que se entendia con nosotros. Y
el tratado fue tal luego que le eligieron, que ninguno en su compañía
tuviese morisca por amiga, sino por legítima mujer; y guardábase
esto generalmente. Mas habia entre las mujeres una viuda, mujer que
fuera de Vicente de Rojas, pariente de Rojas, suegro de Aben Humeya:
mujer igualmente hermosa y de linaje, buena gracia, buena razon en
cualquier propósito, ataviada con mas elegancia que honestidad;
diestra en tocar un laud, cantar, bailar á su manera y á la nuestra,
amiga de recoger voluntades y conservallas. Á esta se llegó un primo
suyo, como es costumbre entre parientes, despues de muerto el marido
en la guerra, de quien Aben Humeya se fiaba, llamado Diego Alguacil;
vivian juntos, comunicábanse mas que familiarmente: trataba él con
Aben Humeya loando sus buenas partes y conversacion, tanto que á
desearla ver le inclinó; y contento de ella, por no ofender al amigo,
disimulábalo; ausentábale con comisiones: pudo en fin mas el apetito
que el respeto; y mandó al primo que no embargante que fuese casado
con otra, la tomase por mujer; rehusándolo, trújola el rey como en
depósito á su casa, y usó de ella por amiga. Avisó de ello la viuda á
su primo mostrando descontentamiento, ofendida entre tantas mujeres
de no ser tenida por una de ellas; estar forzada, y holgar de verse
fuera de sujecion, habiendo aparejo; que Aben Humeya, celoso de él y
sospechoso de venganza, buscaba ocasion para matalle. Huyó Alguacil,
y juntándose con una cuadrilla de mozos ofendidos por otras causas,
andaba recatado sin entrar en Valor. Mas dende á pocos dias supo de
la misma como Aben Humeya enviaba los turcos á cierta empresa, yendo
á juntarse con ellos por la ganancia; trújole á las manos el caso al
mensajero, y sabiendo de él como iba á llamar los turcos, le mató; y
tomándole las cartas usó de semejante ardid, que el conde Julian con
los capitanes del rey D. Rodrigo en Ceuta. No sabia escribir Aben
Humeya, y firmar mal en arábigo; pero servíale de secretario y firmaba
algunas veces por él un sobrino del Alguacil, que á la sazon se halló
con su tio; él tambien agraviado. En lugar de la carta escribieron
otra para Abenabó en que le mandaba que tornando aquella noche con los
turcos á Mecina, y juntándose con la gente de la tierra y cien hombres
que llevaria consigo Diego Alguacil, los degollase con sus capitanes
durmiendo y cansados; lo mismo hiciese de Alguacil, despues de haberse
valido de él. Envió con esta carta un hombre de confianza, midiendo el
tiempo de manera que llegasen él y el mensajero á Cadiar, cuasi á una
misma hora. Dió el hombre la carta poco antes, y llegó Diego Alguacil,
hallando confuso y maravillado á Abenabó: díjole como traía la gente
consigo; mas que no pensaba hallarse en tal crueldad, por ser personas
que habian venido á favorecer su casta fiados de él, y ellos puesto la
vida por sus haciendas, por su libertad y por sus vidas: cansados ya
de servir á un hombre voluntario, ingrato, cruel, ¿qué podian esperar
sino lo mismo? Bueno de palabras, mas de ánimo malo y perverso; que no
habia mujeres, no haciendas, no vidas con que hartar el apetito, la
sed de dinero y sangre. Pasó Hhusceni, capitan de los turcos (persona
de crédito entre ellos, tenido por cuerdo, valiente y amigo del rey),
antes que Abenabó le respondiese; quísole hablar alterado, y Abenabó, ó
porque el otro no le previniese, ó con temor que le matasen los turcos,
ó con ambicion y cebo del reino, mostró la carta á Caravaji y Hhusceni,
en que hacia compañero suyo en la traicion á Diego Alguacil, y de los
turcos en la muerte; dicen que todo á un tiempo: sacó el mesmo Alguacil
una conficion que suelen usar para salir de sí cuando han de pelear
y á veces para emborracharse, hecha con apio y simiente de cáñamo,
fuerte para dormir sueño pesado; esta, dijo, que habian de dar á los
capitanes y cabezas en la cena con el beber, sedientos y cansados del
camino, á manera de la que llaman los alárabes alhajij. Entendiendo
el hecho, resolvieron entre sí de descomponer y matar á Aben Humeya,
parte por asegurarse, parte por roballe, persuadiéndose que tenia gran
tesoro, y hacer á Abenabó cabeza. Juntaron consigo la gente de Diego
Alguacil, y con silencio caminaron hasta Andarax, donde Aben Humeya
estaba: aseguraron la centinela como personas conocidas, y que se sabia
habellos enviado á llamar. Pasaron el cuerpo de guardia, entraron en
la casa que era en el barrio llamado Laujar, quebraron las puertas
del aposento: halláronle desnudo, medio dormido, y vilmente entre el
miedo y el sueño, y dos mujeres, embarazado de ellas, especialmente
de la viuda amiga de Diego Alguacil que se abrazó con él, fue preso
en presencia de los que él trataba familiarmente: hombres bajos (que
á tales tenia mayor inclinacion, y daba crédito), criados suyos,
el Mejuar, Barzana, Deliar, Juan Cortés de Pliego y su escribano
que era del Deire; teniendo veinte y cuatro hombres dentro en casa,
cuatrocientos de guardia, mil y seiscientos alojados en el lugar, no
hizo resistencia: ninguno hubo que tomase las armas, ni volviese de
palabra por él. Mas como solo el que es rey puede mostrar á ser rey
un hombre; así solo el que es hombre puede mostrar á ser hombre un
rey. Faltó maestro á Aben Humeya para lo uno y lo otro; porque ni supo
proveer y mandar como rey, ni resistir como hombre. Atáronle las manos
con un almaizar, juntáronse Abenabó, los capitanes, y Diego Alguacil
delante de la mujer á tratar del delito y la pena, en su presencia
leyéronle y mostráronle la carta, que él como inocente y maravillado
negó: conoció la letra del pariente de Diego Alguacil; dijo que era su
enemigo, que los turcos no tenian autoridad para juzgalle; protestóles
de parte de Mahoma, del emperador de los turcos, y del rey de Argel,
que le tuviesen preso dando noticia de ello y admitiendo sus defensas.
Mas la razon tuvo poca fuerza con hombres culpados y prendados en
un mismo delito, y codiciosos de sus bienes: saqueáronle la casa,
repartiéronse las mujeres, dineros, ropa, desarmaron y robaron la
guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y otro dia de mañana
determinaron su muerte. Eligieron á Abenabó por cabeza en público,
segun lo habian acordado en secreto, aunque mostró sentimiento y
rehusallo, todo en presencia de Aben Humeya, el cual dijo, que nunca
su intencion habia sido ser moro; mas que habia aceptado el reino por
vengarse de las injurias, que á él y á su padre habian hecho los jueces
del rey D. Felipe, especialmente quitándole un puñal y tratándole
como á un villano, siendo caballero de tan gran casta; pero que él
estaba vengado y satisfecho, lo mismo de sus enemigos, de los amigos y
parientes de ellos, de los que le habian acusado y atestiguado contra
él y su padre, ahorcándolos, cortándoles las cabezas, quitándoles las
mujeres y haciendas: que pues habia cumplido su voluntad, cumpliesen
ellos la suya. Cuanto á la eleccion de Abenabó, que iba contento;
porque sabia que haria presto el mismo fin: que moria en la ley de los
cristianos, en que habia tenido intencion de vivir, si la muerte no le
previniera. Ahogáronle dos hombres: uno tirándole de una parte y otro
de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió
la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa, cubrióse el
rostro.

Tal fin hizo Aben Humeya, en quien despues de tantos años revivió
la memoria de aquel linaje, que fue uno de los en cuya mano estuvo
la mayor parte de lo que entonces se sabia en el mundo. La ocasion
convida á considerar, que como todo lo que en él vemos se mantenga
por partes, que juntas le dan el ser, y una de ellas sea las castas
ó linajes de los hombres; estas como en unos tiempos parece estar
acabadas hasta venir á pobres labradores, así en otros salen y suben
hasta venir á grandes reyes. Pero muchas veces el Hacedor de todo no
hallando sujeto aparejado, produce cosas diminuidas semejantes á las
grandes, como fruto en tierra cansada ó olvidada; ó como queriendo
hacer hombre hace enano, por falta de sujeto, de tiempo, de lugar. No
habia en el pueblo de Granada moriscos, fuerzas, ocasion, ni aparejo,
para crear y mantener rey: salió de un comun consentimiento de muchas
voluntades juntas (hombres que se tenian por agraviados y ofendidos),
hecho un tirano con sombra y nombre de rey; y este descendiente de
casta olvidada, mas que tanto tiempo habia señoreado. Dicen que de una
sola hija que tuvo Mahoma llamada Fátima, y de Hali Abenseib vinieron
dos linajes; uno de Aben Humeya[53], otro de Abenhabet, cuya cabeza fue
Abdalá Abenhabet Miramamolin, señor de España, que echó los berberíes
del reino de ella, y el postrero Juseph Hali Atan, á quien echó del
reino Abdurrabi Menhadali, cabeza del linaje de Aben Humeya, hasta el
último Hiscen que reinó en discordia, que habiéndole los de Córdoba
echado del reino con ayuda de Habúz, rey de Granada, uno del mismo
linaje escogió ser electo rey por un solo dia, con condicion que le
matasen pasadas las veinte y cuatro horas: eligiéronle, y matáronle, y
acabaron juntos el linaje de Aben Humeya, y el reino de Córdoba. Los
que descendian de este rey de un dia vinieron á poblar las montañas
de Granada; y los moros establecieron por ley, que ninguno del linaje
de Aben Humeya pudiese reinar en Córdoba. Porque si despues reinaron
en el Andalucía los almoravides, y almohades, y el linaje de Abenhut,
ya no tuvieron á Córdoba por cabeza del reino, hasta que vino á poder
del santo rey D. Fernando el Tercero. Esto se ha dicho por muestra, y
acordar que no hay reino perpetuo, pues vino á desvanecerse un reino
tan poderoso, como fue el de Córdoba.

      [53] Antigüedad y orígen de Aben Humeya, si bien contada con gran
      diferencia de lo que dicen Garibai, Mármol, y otros.

Tomado por cabeza Abdalá Abenabó, diéronle mando sobre todo por tres
meses, hasta que viniese confirmacion del rey de Argel y título de rey;
envió con Ben Daud, morisco tintorero en Granada, inventor y tramador
del levantamiento, á dar nueva de su eleccion al rey de Argel: dióle
dineros y oro para presentar; diéronle los capitanes cada uno por su
parte ayuda con que fuese, y quedó allá; y envió la aprobacion mucho
antes del tiempo. Hicieron con Abenabó la ceremonia, pusiéronle en
la mano izquierda un estandarte y en la derecha una espada desnuda;
vistiéronle de colorado, levantáronle en alto, y mostráronle al pueblo,
diciendo: _Dios ensalce al rey de la Andalucía y Granada Abdalá
Abenabó_: diéronle generalmente la obediencia los pueblos de moriscos
que no la habian dado á Mahomet Aben Humeya, y los capitanes, exceptos
Aben Mequenun que llamaban Portocarrero, hijo del que levantó á Jergal
con cuatrocientos hombres en el rio de Almanzora, que tambien el
duque de Arcos mandó justiciar en Granada; y en tierra de Almuñecar y
Almijara, Giron el Archidoni, que murió reducido y perdonado en Jayena.
Hizo repartimiento de las alcaidías y gobierno en hombres naturales
de las mismas tahas: escogió para su consejo seis personas demás de
los capitanes turcos Caracax, y D. Dali capitan; porque Caravaji,
luego como se hizo la eleccion, partió á Berbería con ocasion de traer
gente. Eligió por capitan general para los rios de Almería, Bolodui,
y Almanzora, sierras de Baza y Filabres, tierra del marquesado de
Zenette y Guadix, al que llamaban el Habaqui[54], por cuyo parecer se
gobernaba en todo: otro de Sierra Nevada, tierra de Velez, el valle,
el Alpujarra, y Granada, á quien decian Joaibi de Guejar: á estos
obedecian los otros capitanes de tahas; por alguacil, que despues del
rey es el supremo magistrado, á su hermano Muhamet Abenabó. Envió á
Hoscein con otro presente de cautivos al rey de Argel, pidiéndole gente
y armas: juntó un ejército ordinario de cuatro mil arcabuceros, que
alojase la cuarta parte cerca de su persona; la guardia de doscientos
arcabuceros; fuera del lugar las centinelas apartadas y perdidas, que
ni se acogen al cuerpo de guardia, sino á lo alto ó lejos, ni se les
da otro nombre mas de un contraseño de los caminos, que es dejar pasar
solamente al que viniere por parte señalada, y á los que vinieren
por otra parte detenellos ó dar arma; dende allí avisan por donde
vienen los enemigos. Tienen siempre atalayas de noche y de dia por las
cumbres; llaman al sarjento mayor alguacil de la guardia, que reparte
y requiere las centinelas, ordena la gente, alójala, hace justicia en
el cuerpo de guardia: dentro en la casa residen veinte arcabuceros, á
que dicen porteros. Fue poco á poco comprando y proveyéndose de armas
traidas de Berbería, ó habidas de las presas en gran cuantitad, que
repartió á bajos precios entre la gente: llegó de esta manera á tener
ocho mil arcabuceros; el sueldo de los turcos eran ocho ducados al mes,
el de los moriscos la comida. Con estos principios de gobierno, con la
necesidad de cabeza, con la reputacion de valiente y hombre del campo,
con la afabilidad, gravedad, autoridad de la presencia, con haber
padecido en la persona por tormentos siendo esclavo, fue bien quisto,
respetado, obedecido, tenido como rey generalmente de todos.

      [54] Hierónimo el Melech dice Mármol porque el Habaqui fue
      embajador á Berbería.

Mandó en este tiempo D. Juan que Pedro de Mendoza fuese á visitar
el presidio de Orgiba con órden que sirviese en lugar de Francisco
de Molina, porque entendia estar indispuesto, sabiendo que Abenabó
nuevo rey juntaba gente para venir sobre la plaza. Mas sucedió una
novedad trasordinaria siendo siete leguas de Granada, como las que
suelen acontecer en las Indias á tres mil de España; que de cinco
banderas, sola una con su capitan D. García de Montalvo quedó libre sin
amotinarse; y acusando á Francisco de Molina á una voz de estar loco,
y pedian por cabeza á Pedro de Mendoza. Las señales que daban de su
locura; que los apretaba con rigor á las guardias, que estando enfermo
los requeria, que no dormia de noche, hombre rico y recatado, que falto
de gente particular ayudaba con dineros á los que enviaba con licencia
por cobrar crédito, para que viniesen otros; repartia la vitualla
por tasa como quien sospechaba cerco. Pero visto que se encaminaba á
motin, quiso prender los capitanes; y sosegándolos, procuró que Pedro
de Mendoza saliese de Orgiba: mas por satisfacer la gente que estaba
ociosa y descontenta, y proveerse de vitualla, envió la compañía
de Antonio Moreno con su alférez Vilches á correr en el Cehel; que
atajados por los moros en el barranco de Tarascon, fueron todos muertos
sin escapar mas de tres soldados.

Abenabó con esta ocasion proveyó á Castil de Ferro de armas, artillería
y vitualla, puso dentro cincuenta turcos con su capitan llamado Leandro
para que pudiese recibir el socorro que traeria Caravaji con el armada
de Argel, y en persona vino sobre Orgiba, movido por quejas de los
pueblos comarcanos, y daños que continuamente recibian de la guarnicion
que en ella residia. Eran los capitanes moros, Berbuz, Rendati,
Macox; y turcos, Dali capitan á quien dejó cabeza de la empresa y de
la gente. Apretaron el lugar, mostraron quererle hambrear; fuéronse
con trincheas llegando hasta las casas; vínoles gente, y entraron
en ellas: señoreáronlas de manera, que descubrian la plaza, y los
nuestros no atravesaban ni estaban á los reparos sin ser enclavados:
tomaban por dias el agua peleando; era la hambre y la sed mayor que
el temor de los enemigos. Dió Francisco de Molina aviso, y pareció
á D. Juan que el duque de Sesa la socorriese, por la experiencia,
por la gracia y autoridad con la gente, ser del consejo, y el lugar
suyo; detúvose algunos dias esperando la vitualla con harta dilacion:
partió con seis mil infantes y trescientos caballos, mas número de
gente que de hombres, la mayor parte concejil: pero en Acequia le tomó
la gota, enfermedad ordinaria suya, y tan recia que le inhabilitaba
la persona, aunque dejándole libre el entendimiento. Trató D. Juan
de enviar á Luis Quijada en su lugar, no sin ambicion; pero el duque
mejoró, y en principio de noviembre envió dende Acequia á Vilches, que
por otro nombre llamaban Pie de palo, buen hombre de campo, plático
de la tierra, que con cuatro compañías de infantería en que habia
ochocientos hombres, dejando á la mano derecha á Lanjaron, hiciese el
camino por lo áspero de la montaña, desusado muchos años, pero posible
para caballería; y que reconociendo el barranco que atraviesa el camino
de Orgiba, tomase lo alto de la montaña y estuviese quedo, adonde el
camino de Lanjaron hace la vuelta cerca de Orgiba, de allí diese aviso
á Francisco de Molina: y por asegurar á Vilches envió á sus espaldas
otros ochocientos hombres, siguiendo él con el resto de la gente y
caballería, sospechoso que los unos y los otros habrian menester
socorro.

Mas los moros, que tenian no solamente aviso de la salida de Acequia,
pero atalayas por todo, que con señas contaban á los nuestros los
pasos, dándolas de una en otra hasta Orgiba, hicieron de sí dos partes:
una quedó sobre Orgiba, y otra de la demás gente salió con sus banderas
á esperar al duque. Estos fueron Hhusceni y Dali, encubriéndose parte
de la gente. Comenzó Dali capitan á mostrarse tarde, y entretenerle
escaramuzando. Entre tanto apartaron seiscientos hombres, cuatrocientos
con Rendati que se emboscó á las espaldas de Vilches, y Macox adelante
al entrar de lo llano tomando el camino de Acequia de las tres peñas
(llaman los moros á aquel lugar Calat el Hhajar en su lengua), cosa
pocas veces vista, y de hombres muy pláticos en la tierra, apartarse
tanta gente escaramuzando, y emboscarse sin ser sentida, ni de los
que estaban en la frente, ni de los que venian á las espaldas. Cayó
la tarde, y cargó Dali capitan reforzando la escaramuza á la parte
del barranco cerca de la agua; de manera que á los nuestros pareció
retirarse adonde entendian que venia el duque, pero con órden.
Descubrióse la primera emboscada, y fueron cargados tan recio que
hallándose lejos del socorro y que apuntaba la noche, cuasi rotos se
recogieron á un alto cerca del barranco, con propósito de esperar,
hechos fuertes; donde pudieran estar seguros, aunque con algun daño, si
el capitan Perea tuviera sufrimiento; pero viendo el socorro, echóse
por el barranco y la gente tras él; donde seguido de los moros fue
muerto peleando con parte de los que iban con él, y pasando adelante
cargaron hasta llegar á dar en el duque ya de noche, que los socorrió
y retiró: pero dando en la segunda emboscada de Macox, apretado por
una parte de los enemigos, por otra incierto del camino y de la tierra
con la escuridad, y confuso con el miedo que la gente llevaba, que le
iban faltando, fue necesitado á hacer frente á los enemigos por su
persona: quedaron con él D. Gabriel su tio, D. Luis de Córdoba, D. Luis
de Cardona, D. Juan de Mendoza, y otros caballeros y gente particular;
muchos de ellos apeados con la infantería dando cargas y siendo
seguidos hasta cerca del alojamiento; dicen que si los moros cargaran
como al principio, estuviera en peligro la jornada. Pero el daño estuvo
en que Pie de palo partiese á hora, que el dia no le bastó al duque
para llegar á Orgiba con sol, ni para socorrerle. Engaña el tiempo en
el reino de Granada á muchos hombres que no le miden por la aspereza
de la tierra, hondura de los barrancos, y estrecheza de los caminos.
Murieron de los nuestros cuatrocientos hombres, y perdieron muchas
armas, segun los moros, gente vana que acrecienta sus prosperidades;
mas segun nosotros (que en esta guerra nos mostramos á disimular, y
encubrir las pérdidas) solos sesenta; lo uno ó lo otro con daño de los
enemigos, y reputacion del duque. De noche sospechoso de la gente,
apretado de los enemigos, impedido de la persona, tuvo libertad para
poner en ejecucion lo que se ofrecia proveer á toda parte, resolucion
para apartar los enemigos, y autoridad para detener los nuestros que
habian comenzado á huir, recogiéndose á Acequia cuasi á media noche:
larga y trabajosa retirada de tres grandes leguas, dos siendo cargada
su gente.

Y considerando yo las causas, porque nacion tan animosa, tan aparejada
á sufrir trabajos, tan puesta en el punto de lealtad, tan vana de
sus honras (que no es en la guerra la parte de menos importancia),
obrase en esta al contrario de su valentía y valor, truje á la memoria
numerosos ejércitos disciplinados y reputados en que yo me hallé,
guiados por el emperador D. Cárlos, uno de los mayores capitanes que
hubo en muchos siglos; otros por el rey Francisco de Francia su émulo,
y hombre de no menos ánimo y experiencia. Ninguno mas armado, mas
disciplinado, mas cumplido en todas sus partes, mas plático, abundado
de dinero, de vitualla, de artillería, de municion, de soldados
particulares, de gente aventurera de corte, de cabezas, capitanes
y oficiales, me parece haber visto ni oido decir, que el ejército
que D. Felipe II rey de España, su hijo, tuvo contra Enrique II de
Francia, hijo de Francisco, sobre Durlan, en defension de los estados
de Flandes, cuando hizo la paz tan nombrada por el mundo, de que salió
la restitucion del duque Filiberto de Saboya, negocio tan desconfiado.
Como por el contrario, ninguno he visto hecho tan á remiendos, tan
desordenado, tan cortamente proveido, y con tanto disperdiciamiento y
pérdida de tiempo y dinero; los soldados iguales en miedo, en codicia,
en poca perseverancia y ninguna disciplina. Las causas pienso haber
sido, comenzarse la guerra en tiempo del marqués de Mondejar con gente
concejil aventurera, á quien la codicia, el robo, la flaqueza y las
pocas armas que se persuadieron de los enemigos al principio, convidó
á salir de sus casas cuasi sin órden de cabezas ó banderas: tenian sus
lugares cerca, con cualquier presa tornaban á ellos; salian nuevos á la
guerra, estaban nuevos, volvian nuevos. Mas el tiempo que el marqués
de Mondejar, hombre de ánimo y diligencia, que conocia las condiciones
de los amigos y enemigos, anduvo pegado con ellos, á las manos, en
toda hora, en todo lugar, por medio de los hombres particulares que
le seguian, estuvieron estas faltas encubiertas. Pero despues que los
enemigos se repartieron, acontecieron desgracias por donde quedaron
desarmados los nuestros y armados ellos; comunicábase el miedo de unos
en otros; que como sea el vicio mas perjudicial en la guerra, así es
el mas contagioso: no se repartian las presas en comun, era de cada
uno lo que tomaba, como tal lo guardaba, huían con ello sin union, sin
respondencia; dejábanse matar abrazados ó cargados con el robo, y donde
no le esperaban, ó no salian, ó en saliendo, tornaban á casa; guerra de
montaña, poca provision, menos aparejo para ella, dormir en tierra, no
beber vino, las pagas en vitualla, tocar poco dinero ó ninguno: cesando
la codicia del interese, cesaba el sufrir trabajo: pobres, hambrientos,
impacientes, adolecian, morian, ó huyéndose los mataban; cualquier
partido de estos escogian por mas ventajoso que durar en la guerra,
cuando no traían la ganancia entre las manos. De los capitanes, algunos
cansados ya de mandar, reprender, castigar, sufrir sus soldados, se
daban á las mismas costumbres de la gente, y tales eran los campos que
de ella se juntaban. Pero tambien hubo algunos hombres entre los que
vinieron enviados por las ciudades, á quien la vergüenza y la hidalguía
era freno. Tambien la gente enviada por los señores, escogida, igual,
disciplinada, y la que particularmente venia á servir con sus manos,
movidos por obligacion de virtud y deseo de acreditar sus personas,
animosa, obediente, presente á cualquiera peligro: tantos capitanes ó
soldados, como personas; y en fin autores y ministros de la vitoria.
Los soldados y personas de Granada todos aprobaron para ser loados. No
parecerá filosofía sin provecho para lo porvenir esta mi consideracion
verdadera, aunque experimentada con daño y costa nuestra.

Envió el duque á dar noticia de lo que pasaba á Francisco de Molina,
mandándole, que en caso que no se pudiese detener, desamparase la
plaza y se retirase por el camino de Motril; porque el de Lanjaron
tenian ocupado los enemigos, y no le podia socorrer. Mas ellos no
curaron de tornar sobre Orgiba, así porque en ella y en la refriega
que tuvieron, habian perdido gente y muchos heridos, como porque
les pareció que bastaba tener á Francisco de Molina corto con poca
gente, y ellos hacer rostro á la del duque, estorbar el daño que podia
hacer en los lugares del valle, que tenian como propios. Francisco de
Molina, con la órden del duque conforme á la que él tenia de D. Juan,
teniendo por cierto que si volvieran sobre él, se perderia sin agua,
ni vitualla, enclavó y enterró algunas piezas que no pudo llevar,
recogió los enfermos y embarazos en medio, tomó el camino de Motril
libre de los enemigos; donde llegó con toda la gente que salió, y con
poca pérdida en el fuerte: dando harto contraria muestra del suceso en
el cerco y retirada, de lo que la desvergüenza de los soldados habia
publicado; desamparóse por ser corta la provision de vituallas, lugar
que habia costado muchas, mucho tiempo, mucha gente y trabajo mantener
y socorrer; fue el primero y solo que los enemigos tomaron por cerco;
deshicieron las trincheas, quemaron y destruyeron la tierra, llevaron
dos piezas aunque enclavadas. Tomáronse dos moros con cartas que los
capitanes escribian á la gente de las Albuñuelas, y el valle, y otras
partes, certificándoles la venida del duque á socorrer á Orgiba, y
animándolos que siguiesen su retaguardia; porque ellos con la gente que
tenian se les mostrarian á la frente, como le estorbasen el socorro ó
les combatiesen con ventaja. No estuvieron ociosos el tiempo que él se
detuvo en Acequia; porque bajaron por Guejar y el Puntal á la Vega,
llevaron ganados, quemaron á Mairena hasta media legua de Granada,
acogiéndose sin pérdida y con la presa, por divertir, ó porque la
guerra pareciese con igualdad. Esperó en Acequia por entender el motivo
de los enemigos y entretenellos que no diesen estorbo á la retirada de
Francisco de Molina, y por su indisposicion, con falta de vitualla, y
descontentamiento de la gente: por esto y la ociosidad, y por ser ya
el mes de noviembre y la sementera en la mano, se comenzó á deshacer
el campo. Mas llamado por D. Juan, salió por las Albuñuelas con poca
gente, y esa temerosa por lo sucedido (trataban los turcos de ponerse
de guarnicion en aquel lugar), y caminando el dia, los enemigos al
costado, llegó temprano sin acercarse los unos á los otros, dando culpa
á las guias: quemó el un barrio, y despues de haber enviado á D. Luis
de Córdoba á quemar á Restaval, Belejij, Concha, y otros lugares del
valle que D. Antonio de Luna dejó enteros, y dejado á Pedro de Mendoza
con seiscientos hombres alojado en el otro barrio, tornó á Granada,
donde halló á D. Juan ocupado en la reformacion de la infantería,
provisiones de vitualla y otras cosas, por medio y industria de
Francisco Gutierrez de Cuellar, del consejo, á quien el rey envió
particularmente á mirar por su hacienda; caballero prudente, plático en
la administracion de ella, bueno para todo.

Habian las desórdenes pasado tan adelante, que fue necesario para
remediallas hacer demostracion no vista ni leida en los tiempos pasados
en la guerra; suspender treinta y dos capitanes de cuarenta y uno que
habia, con nombre de reformacion: pero no se remedió por eso; que el
gobierno de las compañías quedó á sus mismos alféreces, de quien suele
salir el daño. Porque como se nombran capitanes sin crédito de gente ó
dineros, encomiendan sus banderas á los alféreces, y oficiales que les
ayudan á hacer las compañías gastando dinero con los soldados, de quien
no pueden desquitarse tomándoselo de las pagas, porque se les desharian
las compañías, y procuran hacello engañando en el número. Pero los
capitanes y oficiales cuasi todos engañan en las pagas; aunque unos
las ponen en calificar soldados y entretenellos con pagar ventajas, ó
darles de comer; y estos son tolerables: otros son perniciosos y aun
tenidos como traidores, porque engañan á su señor en cosa que le hacen
perder la honra, el estado y la vida, fiándose de ellos, y estos son
los que para sí hacen ganancia con las compañías, teniendo menos gente,
ó robando los huéspedes, ó componiéndolos: la misma reformacion se
hizo en los comisarios, partidos, y distribucion de vituallas, armas y
municiones.

En el tiempo que el duque de Sesa partió para el socorro de Orgiba, y
D. Juan entendia en reformar las desórdenes, se alzó Galera, una legua
de Guescar en tierra de Baza; lugar fuerte para ofender y desasosegar
la comarca en el paso de Cartagena al reino de Granada, y no lejos
del de Valencia. Mas los de Guescar, entendiendo el levantamiento,
fueron sobre el lugar con mil y doscientos hombres y alguna caballería;
estuvieron hasta tercero dia; y sin hacer mas de salvar cuarenta
cristianos viejos que estaban retirados en la iglesia, se tornaron.
Habian entrado en Galera por mandado de Abenabó cien arcabuceros
turcos y berberíes con el Maleh, alcaide del partido, y era capitan de
ellos Caravajal, turco, que saltó fuera cargando en la retaguardia,
y poniéndolos en desórden les quitó la presa de ganados y mató pocos
hombres, de que los de Guescar indignados mataron algunos moriscos
por la ciudad, y en la casa del gobernador donde se habian recogido:
quemaron parte de ella, saquearon y quemaron otras en Guescar, ciudad
de los confines del reino de Murcia y Granada, patrimonio que fue del
rey católico D. Fernando, y dada en satisfaccion de servicios al duque
de Alba D. Fadrique de Toledo; pueblo rico, gente áspera y á veces mal
mandada, descontenta de ser sujeta á otro sino al rey; y desasosegada
con este estado que tiene, procura trocalle con otros, que á veces
desasosiegan mas.

Levantóse de ahí á pocos dias Orce, una legua de Galera, que los
antiguos llamaron Urci; y estando los de Guescar preparándose para ir
á allanarla ó destruirla, los vecinos cristianos nuevos que habian
quedado, indignados metieron de noche sin ser sentidos al Maleh con
trescientos hombres en sus casas, que dejó emboscados en los lavaderos
hasta dos mil, y en ellos trescientos turcos y berberíes, que se habian
juntado para el efecto: mas los de la ciudad que tuvieron noticia,
vueltas contra ellos las armas, peleando los echaron fuera con daño
y rotos; y dando con el mesmo ímpetu en la emboscada, la rompieron
matando seiscientos hombres. Fuera la vitoria del todo, si los turcos y
berberíes no resistieran reparando la gente, y haciendo retirar parte
de ella con alguna órden. Ya Abenabó habia hecho declarar todo el rio
de Almanzora (que en arábigo quiere decir de la vitoria) con Purchena
(en otro tiempo llamada de los antiguos Illipula grande, á diferencia
de otra menor, ribera de Guadalquivir), la sierra de Filabres y los
lugares de tierra de Baza. Quedaban Seron, y Tijola del duque de
Escalona: Tijola inexpugnable, pero falta de agua. Envió sobre Seron,
y saliéndose la guardia, prendió el alcaide (algunos dicen que por
su voluntad); tomó armas, municion, vitualla, doce piezas de bronce.
Tijola siguió á Seron: de esta manera quedaron levantados todos los
moriscos del reino, sino los de la hoya de Málaga y serranía de Ronda.

Estos motivos, y la priesa que el rey daba á reforzar el campo del
marqués de Velez que estaba en Baza, enviando caballeros principales de
su casa por las ciudades á solicitar gente, que saliese antes que los
enemigos tomasen fuerzas, apresuró al marqués con la gente que trajo de
la Peza, y la que D. Antonio de Luna dejó en Baza, y la que se juntó de
Guescar y otras partes, por todos cuatro mil infantes, y trescientos
y cincuenta caballos, á ponerse sobre Galera: el Maleh y su hijo
desampararon el lugar, desconfiados que se pudiese mantener. Caravajal,
turco, dende á dos dias que el marqués llegó, juntó el pueblo;
persuadiólos que salvasen la gente, la ropa, y á sí mismos, pues
tenian aparejo y la sierra cerca; y diciéndole que dentro en sus casas
querian morir, les respondió: que aun no era llegado el tiempo, ni
era su oficio morir; que se salvasen y dejasen aquello para otros que
venian brevemente á morir por ellos. Mas visto que estaban pertinaces,
con ciento y treinta turcos y berberíes dando una arma de noche á los
nuestros, se salió con su gente y dinero, sin recibir daño; y vino por
mandado de Abenabó á residir en Guejar con los otros capitanes.

Habian los enemigos (como dijimos) entrado en ella, fundado frontera,
atajado con una trinchea de piedra seca de monte á monte el trecho,
que llaman la Silla; manteníanse contra Granada, hacian presas,
solicitando pueblos que se levantasen, recogiendo y regalando los
que se alzaban. Á veces estaban en ella cuatro mil, á veces menos, y
de ordinario seiscientos hombres segun las ocasiones; eran capitanes
Joaibi, natural del lugar, por otro nombre llamado Pedro de Mendoza
(que este apellido tomaban muchos por la naturaleza que tenia en la
tierra la casta del marqués D. Iñigo Lopez de Mendoza, primer capitan
general), Hocein, Caracajal, turco, Chocon (que en su lengua quiere
decir degollador), Macox, Mojajar, y otros. Crecia el desasosiego de
la ciudad, y parecia estarse con menos seguridad, pero en nada se via
acrecentada la manera de la defensa, descubierta la parte de la ciudad
que llaman Realejo frontera á los enemigos, el barrio de Antequeruela
no sin peligro muchos meses, muy á menudo los apercebimientos, que se
hacian de persona en persona y con secreto, mostrando que los enemigos
vernian cada noche á dar en la ciudad, las mas veces por esta parte.
Al fin se achicó la puerta que dicen de los molinos, y se puso una
compañía de guardia en Antequeruela, pero no que se atajasen los
caminos de Facar, Veas, el Puntal; maravillándose los que no tienen
noticia de las causas, ó licencia de escudriñallas, como se encarecian
tanto las fuerzas de los enemigos y el peligro, y se estaba con tan
flaca guardia: en fin se puso una concejil en la puerta de los Molinos;
reforzóse la de Antequeruela; púsose guardia en los Mártires, y en
Pinillos, y Cenes (presidios todos contra Guejar), y á don Gerónimo
de Padilla mandaron estar en Santa Fe con una compañía de caballos
para asegurar el llano de Loja, demás de la guardia de la Vega. Púsose
caballería en Iznalloz, pero todo no estorbaba que hasta las puertas de
Granada se hiciesen á la continua presas.

Estando en estos términos, comenzó el marqués de Velez á batir á Galera
con seis piezas de bronce, y dos bombardas de hierro, de espacio y
con poco fruto. Saltaban fuera los moros á menudo, haciendo daño sin
recebillo.

[Nota al margen: 1569.]

Cargó D. Juan la mano con el rey, como agraviado que le hubiese mandado
venir á Granada en tiempo que todos estaban ocupados, por tenelle
ocioso, siendo el que menos convenia holgar; mostrábale deseo de
emplear su persona; hijo y hermano de tan grandes príncipes, en cuya
casa habian entrado tantas vitorias; mozo, no conocido de la gente; el
espacio con que se trataba la guerra en Almanzora, el atrevimiento de
los enemigos, la Alpujarrra sin guarniciones, la mar desproveida, los
moros en Guejar, lo que convenia tomar el negocio con mayores fuerzas y
calor. Pareció al rey apretar los enemigos, acometiéndolos á un tiempo
con dos campos; uno por el rio de Almanzora á cargo de D. Juan, con
quien asistiesen el marqués de Velez, el comendador mayor de Castilla,
y Luis Quijada; otro por el Alpujarra con el duque de Sesa; y por no
dejar embarazo tan importante como enemigos á las espaldas, mandó que
antes de su partida viniese sobre Guescar. El nombre de la salida fue
(porque el de Velez no se hubiese por ofendido) dar órden en lo que
tocaba á Guadix y Baza, como habia sido con el marqués de Mondejar,
darla en lo de Granada. Estando Guejar y Galera por los enemigos,
cualquier otra empresa parecia difícil, y el peligro cierto: en Guejar,
por dejarlos á las espaldas; en Galera, porque podia saltar la rebelion
en el reino de Valencia, y con la tardanza conservarse los moros en sus
plazas, Purchena, Seron, Tijola, Jergal, Cantoria, Castil de Ferro, y
otras. Partió el comendador mayor de Cartagena por órden de D. Juan
con ocho piezas de campo, trescientos carros de vitualla, municion,
y armas. El marqués, aunque entendiendo la ida de D. Juan, mostraba
algun sentimiento, no dejó de verse con el comendador mayor, que
proveyéndole de vitualla y municion, pasó á esperar D. Juan en Baza.
Dicen, y confiesalo el comendador mayor, que escribió al rey, como el
marqués no le parecia á propósito para dar cobro á la empresa del reino
de Granada, y que las cartas vinieron á las manos del marqués primero
que á las del rey; mas leyólas, y disimulólas; ó fuese pensando que la
necesidad habia de traelle tiempo á las manos, en que diese á conocer
lo contrario; ó cansado y ofendido, dando á entender que la peor parte
seria de quien no le emplease. Eran ya los quince de diciembre, y no
parecia señal ni esperanza de que se hiciese efecto contra Galera. Mas
el rey solicitaba con diligencia los señores de la Andalucía, y las
ciudades de España; pidiendo nueva gente para la empresa y salida de D.
Juan, y enviando personas calificadas de su casa á procurallo.

Llegó la órden para que D. Juan hiciese la jornada de Guejar, primero
que partiese para Guadix y Baza: habíase enviado muchas veces á
reconocer el lugar con personas pláticas; lo que referian era, que
dentro estaban siete mil arcabuceros y ballesteros resolutos á venir
una noche sobre Granada (número que si de mujeres y hombres ellos lo
tuvieran, y no les faltaran cabezas y experiencia, era bastante para
forzar la ciudad); que estaban fortificados y empantanaban la Vega; que
allanaban el camino que va por la sierra á la Alpujarra para recebir
gente. Tanto mas puede el recelo que la verdad, aunque cargue sobre
personas sin sobresalto. Todavía no fueron del todo creidos los que
daban el aviso; pero reforzáronse las guardias con mas diligencia,
y difirióse la ida de D. Juan hasta que mas gente de las ciudades y
señores fuese llegada. Por hacer la jornada con mas seguridad envió á
D. García Manrique y Tello de Aguilar, que reconociesen el lugar de
noche, y la mañana hasta el dia: lo que trujeron fue, que dentro habia
mas de cuatro mil infantes; no haber visto fuego á las trincheas ni
en el cuerpo de guardia: no humo aun para encender las cuerdas en el
corazon del invierno (tierra frigidísima y á la falda de la nieve);
no trocar las guardias, no cruzar á la mañana gente de las casas á
la trinchea ó de la trinchea á las casas, no acudir con el arma á la
trinchea: atribuíase todo á señales de gran recatamiento; pero á juicio
de algunas personas pláticas, de lugar desamparado. Notaban que en
tanto tiempo, tan cerca, lugar abierto y pequeño, se sospechase y no se
supiese cierto el número de la gente, pudiéndose contar por cabezas ó
por la comida, y que todos afirmasen pasar de seis mil hombres, y los
reconocedores de cuatro mil, llegando tan cerca, y trayendo señales de
poca gente ó ninguna. Pareció que seria conveniente servirse de los
capitanes que habian sido suspendidos, porque la gente se gobernaria
mejor por ellos, y los mas eran personas de experiencia. Mandáronles
tomar sus compañías, y todos lo quisieron hacer, pudiendo emplear sus
personas, sin volver á los cargos de que una vez fueron echados.

[Nota al margen: 1569.]

Habia costumbre en el Alhambra de salir los capitanes generales y
alcaides cuando se ofrecia necesidad, dejando en la guardia de ella
personas de su linaje y suficientes. Mostraba el conde de Tendilla
títulos suyos, de su padre, abuelo, y bisabuelo, de capitanes generales
de la ciudad sin el cargo del reino, y pretendia salir con la gente
de ella. Pero Juan Rodriguez de Villafuerte, que entonces era tenido
por enemigo suyo declarado, pretendia que como corregidor le tocase:
traía ejemplo de Málaga donde el corregidor tenia cargo de la gente,
no obstante que el alcaide tuviese título de capitan de la ciudad; mas
ó fuese mandamiento expreso, ó inclinacion á otros, ó desabrimiento
particular con la casa ó persona del conde, no obstante las cédulas, y
que la profesion de Juan Rodriguez fuese otra que armas, hizo D. Juan
una manera de pleito de la pretension del conde, y remitió el negocio
al consejo del rey; quitándole el uso de su oficio, y dándole á Juan
Rodriguez, que aquel dia llevó cargo de la gente de la ciudad y le tuvo
otros muchos. Partió á los veinte y tres de diciembre con nueve mil
infantes, seiscientos caballos, ocho piezas de campo. Habia dos caminos
de Granada á Guejar; uno por la mano izquierda y los altos, y este
llevó él con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos: llevaba Luis
Quijada la vanguardia con dos mil, donde iba su persona; á D. García
Manrique encomendó la caballería; y la retaguardia con la artillería,
municion y vitualla (donde iba su guion) al licenciado Pedro Lopez de
Mesa y á D. Francisco de Solis, ambos caballeros cuerdos, pero sin
ejercicio de guerra: lo cual dió ocasion á pensar, que la empresa
fuese fingida, y D. Juan cierto que el lugar estaba desamparado; pues
encomendaba á personas pacíficas lugar adonde podia haber peligro y
era menester experiencia; dando al duque el camino del rio mas breve
con cuatro mil infantes y trescientos caballos, en que iba la gente de
la ciudad. Aquella noche se aposentó en Veas, dos leguas de Granada,
y otras tantas de Guejar, con órden que juntos por diversas partes
llegasen á un tiempo, y combatiesen los enemigos, para que los que del
uno escapasen diesen en el otro; pero quedóles abierto el camino de la
sierra. D. Diego de Quesada, á quien tenia por plático de la tierra,
iba por guia del campo de D. Juan, aunque otros hubiese en la compañía
tan soldados, criados en aquella tierra, y mas pláticos en ella, segun
lo mostró el suceso. Estaban á la guardia del lugar ciento y veinte
turcos y berberíes con Caravajal que estuvo en Galera, cuatrocientos
y treinta de la tierra, todos arcabuceros; la cabeza era Joaibi, los
capitanes Cholon, Macox, y Rendati, y el Partal por sarjento mayor;
venidos, segun se entendió, solo por la ganancia de las presas, con
la seguridad de la montaña, y mudábanse por meses; muchas mujeres,
muchachos y viejos de los lugares vecinos, que no querian apartarse
de sus casas, proveidos de pan y carne en abundancia; y dicen ellos,
que nunca hubo mas gente ordinaria. Entendieron dias antes la ida de
D. Juan, y tuvieron tiempo de salvar lo mejor de su ropa, sus personas
y ganados. El dia antes que D. García y Tello de Aguilar fueron á
reconocer avisando la gente, partieron los turcos á la Alpujarra; y de
los moros, el dia antes que D. Juan llegase, salieron cuatrocientos
hombres con Partal, y el Macox, y Rendati á la Vega en ocasion de
correr nuestras espaldas, y hicieron daño el mismo dia que llegó D.
Juan: quedaron en Guejar ochenta hombres con Joaibi para retirar el
removiente de la gente inútil, y ropa. Partieron á un tiempo de Granada
el duque, y D. Juan de Veas al amanecer: hay pocos hombres del campo
que sepan caminar bien de noche la tierra que han visto de dia; esta
era toda de un color igual aunque doblada, que dió causa á la guia de
engañarse cuasi en la salida del lugar, y á D. Juan de gastar tiempo.
Con todo se detuvo, esperando el dia, incierto del camino que haria el
duque, y avisando las atalayas de los moros con fuegos á los suyos de
lo que ambos hacian. Mas el duque caminó por derecho: envió delante á
D. Juan de Mendoza, que halló la trinchea desamparada sino de diez ó
doce viejos, que de pesados escogieron quedar á morir en ella, estos
fueron acometidos y degollados. Entrado y saqueado el lugar por la
gente que D. Juan de Mendoza llevaba de vanguardia, vieron subir por
la sierra mujeres y niños, bagajes cargados, con espaldas de sesenta
arcabuceros y ballesteros, que haciendo vuelta sobre los nuestros
en defensa de su ropa, se salvaron de espacio, aunque seguidos poco
trecho y detenidamente; pero lo que se pudo, y con mas daño nuestro
que suyo: murieron entre hombres y mujeres sesenta personas, y fueron
cautivas otras tantas; la demás gente por la sierra fueron á parar en
Valor y Poqueira y otros lugares de la Alpujarra: húbose mucho trigo
y ganado mayor; de nuestra gente murieron cuarenta soldados, porque
los moros en lo áspero de la tierra y entre las matas cubiertos con
las tocas de las mujeres, esperaban á nuestros soldados que pensando
ser mujeres llegasen á cautivallas, y los arcabuceasen. Entre ellos
murió el capitan Quijada siguiendo el alcance, desatinado de una
pedrada que una mujer le dió en la cabeza. D. Juan apartándose del
lugar dos leguas, ora acercándose á menos de un cuarto por camino que
todo se podia correr, se halló pasado mediodia sobre Guejar, dentro
de la trinchea de los enemigos en el cerro que llaman la Silla: llevó
la gente ordenada; y á los que nos hallamos en las empresas del
emperador, parecia ver en el hijo una imágen del ánimo y provision del
padre, y un deseo de hallarse presente en todo, en especial con los
enemigos. Descubrió de lo alto á la gente del duque delante del lugar
en escuadron, y tan de improviso que Luis Quijada envió con D. Gomez
de Guzman de mano en mano á pedir artillería, pensando que fuesen
enemigos, ó dando á entender que lo pensaba. Esta voz se continuó con
mucha priesa; y caminando con dos pezezuelas, llegó D. Luis de Córdoba
de parte del duque con el aviso, que los enemigos iban rotos y los
nuestros estaban dentro en el lugar. Quedamos espantados como Luis
Quijada no conoció nuestras banderas y órden de escuadron dende tan
cerca, hombre plático en la guerra, y de buena vista; y como el duque
enviaba á decir que los enemigos iban rotos, no habiendo enemigos.
Mostró D. Juan contentamiento del buen suceso, y queja del agravio de
que le hubiesen guiado por tanto rodeo que no alcanzase á ver enemigos.
Pero D. Diego de Quesada se excusaba, con que en consejo se le mandó
que guiase por parte segura; y Luis Quijada le dijo, que por donde
no peligrase la persona de D. Juan; que él no sabia como cumplir su
comision mas á la letra que guiando siempre cubierto y dos leguas de
los enemigos. Tuvo la toma de Guejar mas nombre lejos, que cerca; mas
congratulaciones, que enemigos. Volvieron la misma noche á Granada D.
Juan y el duque de Sesa; mandó quedar á D. Juan de Mendoza en Guejar
con gruesa guardia por algunos dias, y despues á D. Juan de Alarcon con
las banderas de su cargo; dende á pocos dias á D. Francisco de Mendoza,
reparado y trincheado un fuerte, pero con poca gente. Decian que si
cuando los moros desampararon el lugar y D. Juan fue á reconocelle, se
hubiera hecho el fuerte (que podia en una noche) y puesto en él una
pequeña guardia, como se hizo en Tablate, se salvaran pasadas de tres
mil personas, que murieron á manos de los enemigos, mucha pérdida de
ganado, reputacion y tiempo, el nombre de guerra, desasosiego de noche
y dia; todo hecho por mano de poca gente.

Dende este dia parece que D. Juan alumbrado comenzó á pensar en las
gracias de vitoria tan fácil, y buscadas las causas para conseguilla,
hacer y proveer por su persona lo que se ofrecia, con mayor beneficio
y mas breve despacho. Extendióse por España la fama de su ida sobre
Galera, y movióse la nobleza de ella con tanto calor, que fue necesario
dar el rey á entender que no era con su voluntad ir caballeros sin
licencia á servir en aquella empresa. Enviaron las ciudades nueva
gente de á pie y de caballo: crecieron algunas (que no tenian propios)
los precios á las vituallas, para gastos de la guerra; otras entre
cinco vecinos mantenian un soldado. Entraron el tiempo que duró la
masa pasadas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de
sus pueblos, personas calificadas, sin la gente que vino al sueldo
pagado por el rey, que fue la tercia parte: tanta reputacion pudo dar
á los enemigos la voluntad de venganza. Mandó D. Juan (que ya era
señor de sí mismo, y de todo) que una parte de la masa se hiciese en
el mismo campo del marqués de Velez, pasando la gente por Guadix; y
otra, pasando por Granada en las Albuñuelas, donde estuviese D. Juan
de Mendoza á recogella, y hacer provision de vitualla. Ordenó que el
duque de Sesa quedase su lugarteniente en Granada, pasase á posar en el
mismo aposento que él tenia en la chancillería; y que formado su campo,
partiese por Orgiba contra el Alpujarra, á un mismo tiempo que él para
Galera, por divertir las fuerzas de los enemigos.

Mas Abdalá Abenabó, indignado del suceso de Guejar, quiso recompensar
la fortuna y la reputacion, procurando ocupar algun lugar de nombre
en la costa. Escogió tres mil hombres, y en un tiempo con escalas y
como pudo acometieron de noche á Almuñecar, que los antiguos llamaban
Manoba, y á Salobreña, que llamaban Selambina: pero el capitan de
Almuñecar resistió retenidamente por ser de noche, y con algun daño
de los enemigos, que dejando las escalas se acogieron á la sierra,
donde corrian de continuo la comarca; lo mismo hicieron los que iban
á Salobreña, que rebotados por D. Diego Ramirez, alcaide de ella, con
dificultad, por aguardarse con menos gente, se retiraron juntándose
con la compañía. Visto Abenabó que sus empresas le salian inciertas,
y que las fuerzas de España se juntaban contra él, envió de nuevo al
alcaide Hoceni á Argel solicitando gente para mantener, ó navíos para
desamparar la tierra y pasarse; y juntamente con él un moro suyo á
Constantinopla. Dicen que llegados á Argel hallaron órden del señor de
los turcos, para que fuese socorrido.

En el mismo tiempo batia el marqués á Galera con poco efecto,
defendíanse los vecinos, y reparaban el daño facilmente; saltaban
algunas veces fuera; y entre ellas, trabando una gruesa escaramuza,
cargaron nuestra gente de manera, que matando al capitan Leon y veinte
soldados, cuasi pusieron en rota el cuartel; pero retiráronse cargados
sin daño: colgaron de la muralla la cabeza del capitan y otras, y el
marqués partió á Guescar un dia por rehacerse de gente; volviendo
trajo consigo pocos soldados. Mas D. Juan partió de Granada con tres
mil infantes y cuatrocientos caballos á juntarse con el marqués; vino
á Guadix, que los antiguos llamaban Acci, pueblo en España grande, y
cabeza de provincia como agora lo es: adoraban los moradores al sol en
forma de piedra redonda y negra; aun hoy en dia se hallan por la tierra
algunas de ellas con rayos en torno. La nobleza y gente de la ciudad
han mantenido el lugar, viéndose á menudo con los moros, y partiéndose
de ellos con ventaja. De Guadix vino de espacio á Baza, que llamaban
los antiguos como los moros Basta, cabeza de una gran partida de la
Andalucía, que del nombre de la ciudad decian Bastetania, en que habia
muchas provincias. Y de allí á Guescar, donde el marqués estaba con
su gente, la cual junta con la de la ciudad y tierra hicieron gran
recibimiento y salva, mostrando mucha alegría con la venida de D.
Juan. Solo el marqués salió descontento á recibirle, por ver que habia
de obedecer, siendo poco antes obedecido y temido. Mas D. Juan le
recibió con alegre y blando acogimiento, y aunque sintió su disgusto,
le saludó y abrazó con mucha serenidad, diciéndole: «Marqués ilustre,
vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo á buena suerte
haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto, que mi autoridad
no acortará la vuestra; pues quiero que os entretengais conmigo, y
que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo yo asimismo como
hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparándome en todas
ocasiones de vuestros consejos.» Á estas ofertas respondió el marqués
por los términos extraños que siempre usó, aunque medido con su
grandeza, diciendo: «Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un
tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe;
mas si respondo á lo que siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues
no conviene á mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra.» Fue la
respuesta muy notada, así de sentenciosa y grave, cuanto aguda, y
así el marqués fue breve en su jornada, porque tarde ó nunca mudó de
consejo. Entró D. Juan en consejo sobre lo de Galera, y despues de
haberla reconocido, se determinó de ir sobre ella y ponerle cerco.



                               LIBRO IV.


Luego que D. Juan salió de Granada, fue á posar el duque en casa del
presidente, conforme á la órden que tenia de D. Juan. Comenzóse á
entender en la provision de vitualla en Guadix, Baza y Cartagena,
lugares de Andalucía, y la comarca, para proveer el campo de D.
Juan; y en Granada y su tierra el del duque: pero de espacio, y con
alguna confusion, por la poca plática, y desórdenes de comisarios
y tenedores, inclinados todos á hacer ganancias, y extorsiones con
el rey y particulares: y aunque Francisco Gutierrez fue parte para
atajar la corrupcion, no lo era él ni otro para remedialla del todo.
Salió el duque de Granada á 21 de hebrero de 1570, quedando por cabeza
y gobierno de paz y guerra el presidente; y por ser eclesiástico,
quedó D. Gabriel de Córdoba para el de guerra, y ejecutar lo que el
presidente mandase, que daba el nombre; y hacia el oficio de general un
consejo formado de tres oidores, auditor general, Francisco Gutierrez
de Cuellar, el corregidor de Granada; quedaron á la guarda de la ciudad
cuatro mil infantes: hacíase con la misma diligencia con el Albaicin
despoblado, Guejar en presidio nuestro, guardada la Vega, con las
mismas centinelas, las postas, los cuerpos de guarda, los presidios en
Cenes y Pinillos, que cuando la Vega estaba sospechosa, el Albaicin
lleno de enemigos, Guejar en su poder: y duró esta costa y recato hasta
la vuelta de D. Juan, ó fuese por olvido, ó por otras causas el guardar
contra los de dentro y los de fuera. ¡Qué cosa para los curiosos que
vieron al Sr. Antonio de Leiva teniendo sobre sí el campo de la liga,
cuarenta mil infantes, nueve mil caballos, y la ciudad enemiga; él con
solos siete mil infantes enfrenalla, resistir los enemigos, sitiar
el castillo, y al fin tomallo, echar y seguir los enemigos, fuertes,
armados, unidos, la flor de Italia soldados y capitanes! Vino al Padul
el mismo dia que salia de Granada, donde en Acequia se detuvo muchos
dias esperando gente y vituallas; y haciendo reducto en Acequia y
las Albuñuelas para asegurarse las espaldas, y asegurar á Granada
en un caso contrario ó furia de enemigos, y el paso á las escoltas
que partiesen de la ciudad á su campo: otro fuerte en las Guajaras,
para asegurar aquella tierra y los peñones, donde otra vez los echó
el marqués de Mondejar; y por dar tiempo á Don Juan para que juntos
entrasen en el rio de Almanzora y Alpujarra. Allí le fue á visitar el
presidente, y dar priesa á su salida: tomó el camino de Orgiba con ocho
mil infantes y trescientos y cincuenta caballos. Iban con él muchos
caballeros de la Andalucía, muchos de Granada, parte con cargos, y
parte por voluntad. Llegó sin que los enemigos le diesen estorbo,
aunque se mostraron pocos y desordenados al paso de Lanjaron y de Cañar.

Mientras el duque se ocupaba en esto, salió D. Juan de Austria de Baza
con su campo para Galera, adonde puso su cerco enviando á reconocella;
y considerando primero el daño que de un castillo que estaba en la
parte alta les podia venir, se trató de minalla, y habiendo hecho
algunas minas, les pusieron fuego, con que cayó un gran pedazo del
muro con muerte de algunos de los moros cercados. Algunos soldados de
los nuestros, de ánimos alboratados, arremetieron luego por medio del
humo y confusion sin aguardar tiempo ni órden conveniente, á los cuales
siguieron otros muchos y al fin gran parte del ejército, procurando
embestir la fortaleza por el destrozo que las minas habian hecho, todo
sin hacer efecto, por estar un peñon delante. Los enemigos estaban
puestos en arma, y haciendo á su salvo mucho daño en los cristianos con
muchas rociadas de arcabuces y flechas, sin ser necesaria la puntería,
porque no echaban arma que diese en vacío, sin que esto fuese parte
para hacer retirar los ánimos obstinados de los soldados, ni ninguna
prevencion ni diligencia de oficiales y capitanes. Tanto que necesitó
á D. Juan de Austria á ponerse con su persona al remedio del daño, y
no con poco peligro de la vida; porque andando con suma diligencia y
valor persuadiendo á los soldados que se retirasen sin olvidarse de
las armas, fue herido en el peto con un balazo, que aunque no hizo
daño en su persona, escandalizó mucho á todo el campo, particularmente
á su ayo Luis Quijada que nunca le desamparaba, cuyas persuasiones
obligaron á D. Juan á retirarse por el inconveniente que se sigue en
un ejército del peligro de su general. Mas ordenó al capitan D. Pedro
de Rios y Sotomayor que con diligencia hiciese retirar la gente porque
no se recibiese mas daño; el cual entró por medio de los nuestros con
una espada y rodela, á tiempo que se conocia alguna mejoría de nuestra
parte, diciendo: _Afuera, soldados, retirarse afuera, que así lo manda
nuestro príncipe_. Habia ya cesado algun tanto el alarido y voces, de
suerte que se oían claro las cajas á recoger, y todo junto fue parte
para que tuviese fin este asalto tan inadvertido. Aquí se mostró buen
caballero D. Gaspar de Sámano y Quiñones; porque habiendo con grande
esfuerzo y valentía subido de los primeros en el lugar mas alto del
muro, y sustentado con la mano el cuerpo para hacer un salto dentro,
le fueron cortados los dedos por un turco que se halló cerca de él,
sin que esto le perturbase nada de su valor echó la otra mano y porfió
á salir con su intento, y saltar del muro adentro, mas no dándole
lugar los enemigos, le fue resistido de manera que dieron con él del
muro abajo. No fue parte este daño para que á los nuestros les faltase
voluntad de continuarle segunda vez otro dia, y así lo pidieron á D.
Juan: el cual pareciéndole no ser bien poner su gente en mas riesgo
con tan poco fruto, y tratádose en consejo mandó que hiciesen un par
de minas para que en este tiempo se entretuviesen y descansasen los
soldados. Los enemigos considerando su peligro cercano y la tardanza
de socorro, despacharon á Abenabó pidiéndole favor, á lo cual Abenabó
cumplió con solas esperanzas, porque la diligencia del duque en lo del
Alpujarra le traía sobre aviso, temeroso y puesto en armas. Acabadas
las minas mandó D. Juan que se encendiesen la una una hora antes que
la otra. Hízose, y la primera rompió catorce brazas de muralla, aunque
con poco daño de los cercados, por estar prevenidos en el hecho; y
así seguros de mas ofensa se opusieron á la defensa de lo que estaba
abierto, unos trayendo tierra, madera y fagina para remediarlo, y otros
procurando ofender con mucha priesa de tiros continuos: y estando en
esto sucedió luego la otra mina que derribando todo lo de aquella parte
hizo gran estrago en los enemigos, y tras esto cargando la artillería
de nuestra parte se comenzó el asalto muy riguroso; porque no teniendo
los moros defensa que los encubriese y amparase, eran forzados á dejar
el muro con pérdida de muchas vidas: adonde se mostró buen caballero
por su persona D. Sancho de Avellaneda herido del dia antes, haciendo
muchas muestras de gran valor entre los enemigos, hasta que de un
flechazo y una bala todo junto murió. Siguióse la victoria por nuestra
parte hasta que del todo se rindió Galera, sin dejar en ella cosa
que la contrastase que todo no lo pasasen á cuchillo. Repartióse el
despojo y presa que en ella habia, y púsose el lugar á fuego, y así por
no dejar nido para rebelados, como porque de los cuerpos muertos no
resultase alguna corrupcion: lo cual todo acabado ordenó D. Juan que el
ejército marchase para Baza adonde fue recibido con mucho regocijo.

Hallábase Abenabó en Andarax resoluto de dejar al duque el paso de
la Alpujarra, combatille los alojamientos, atajarle las escoltas,
cierto que la gente cansada, hambrienta, sin ganancia, le dejaria.
Este dicen que fue parecer de los turcos, ó que le tuviesen por mas
seguro, ó que hubiesen comenzado á tratar con D. Juan de su tornada á
Berbería, como lo hicieron, y no quisiesen despertar ocasiones con que
se rompiese el tratado. Pero á quien considera la manera que en esta
guerra se tuvo de proceder por su parte desde el principio hasta el
fin, pareceránle hombres que procuraban detenerse, sin hacer jornada,
por falta de cabezas y gente diestra, ó con esperanza de ser socorridos
para conservarse en la tierra, ó de armada para irse á Berbería con
sus mujeres, hijos, y haciendas: y así teniendo muchas ocasiones, las
dejaron perder como irresolutos y poco pláticos. Partió de Orgiba
el duque, despues de haberse detenido en fortificarla y esperar la
entrada de D. Juan treinta dias, la vuelta de Poqueira: mas Abenabó,
teniendo aviso que el duque partia, y que de Granada pasara una gruesa
escolta al cargo del capitan Andrés de Mesa, con cuatrocientos soldados
de guarda y algunos caballos, púsose delante en el camino que va á
Jubiles por donde el duque habia de pasar, haciendo muestra de mucha
gente, y tener ocupadas las cumbres: trabó una gruesa escaramuza con la
arcabucería del duque, haciendo espaldas con cuasi seis mil hombres en
cuatro batallas. Reforzó el duque la escaramuza apartando los enemigos
con la artillería; y tomó el camino de Poqueira por el rodeo: los
enemigos creyendo que el duque les tomaba las espaldas, desampararon
el sitio: mas en el tiempo que duró la escaramuza acometieron á la
escolta de Andrés de Mesa, en la cuesta de Lanjaron, Dali capitan turco
y el Macox con mil hombres, y rompiéronla sin matar ó cautivar mas de
quince: solo se ocuparon en derramar vituallas, matar bagajes, escoger
y llevar otros cargados: pelearon al principio, pero poco; mataron
el caballo á D. Pedro de Velasco, que aquel dia fue buen caballero
y salvóse á las ancas de otro. Enviábale el rey á dar priesa en la
salida del duque, y llevar relacion del campo, y mandar lo que se
habia de hacer. Súpose de un moro á quien cautivaron tres soldados que
solo siguieron el campo de Abenabó, como su intento solo habia sido
entretener al duque: pero él luego que entendió el caso de Andrés de
Mesa, mas por sospechas que por aviso, envió caballería que le hiciese
espaldas, y llegaron á tiempo que hicieron provecho en salvar la gente
ya rota, y parte de la escolta. Hecho esto se siguió el camino de los
aljibes entre Ferreira y rio de Cadiar por el de Jubiles, y aquella
noche tarde hizo alojamiento en ellos. Tenia la guardia Joaibi con
quinientos arcabuceros, que viendo alojar los nuestros tarde y con
cansancio y por esto con alguna desórden, dió en el campo, y túvole
en arma gran parte de la noche, llegando hácia el cuerpo de guardia,
y matando alguna gente desmandada, pero fue resistido sin seguillo,
por no dar ocasion á la gente que se desordenase de noche. Dicen que
si los enemigos aquella noche cargaran, que se corria peligro; porque
la confusion fue grande, y la palabra entre la gente comun, viles,
que mostraba miedo: mas valió el ánimo y la resolucion de la gente
particular, y la provision del duque enderezada á deshacer los enemigos
sin aventurar un dia de jornada: en que parecian conformarse Abenabó y
él; porque cada uno pensaba deshacer al otro y rompelle con el tiempo
y falta de vitualla, y salieron ambos con su pretension. Envió Abenabó
á retirar al Joaibi, siguiendo el parecer de los turcos, y despues
por bando público mandó, que sin órden suya no se escaramuzase, ni
desasosegasen nuestro campo. Vino el duque á Jubiles por el camino de
Ferreira, adonde halló el castillo desamparado, y comenzado á reparar,
envió á D. Luis de Córdoba, y á D. Luis de Cardona, con cada mil
infantes, y ciento y cincuenta caballos, que corriesen la tierra á una
y otra parte, pero no hallaron sino algunas mujeres y niños: y llegó á
Ujijar, sin dejar los moros de mostrarse á la retaguardia, y de allí
sin estorbo á Valor, donde se alojaron.

Salió D. Juan de Baza la vuelta de Seron con intento de combatilla,
y llegando con su campo á vista de Caniles, recibió cartas del duque
pidiéndole con grande instancia la brevedad de su venida, proponiéndole
ser toda la importancia para que hubiese fin la guerra del Alpujarra,
dando por último remedio que se juntasen los dos campos, y cogiesen
en medio á Abenabó. Pareciéndole á D. Juan este buen medio, sin mas
detenerse caminó la vuelta del campo del duque, y marchando el suyo
llegaron á vista de Seron, donde algunos pocos soldados desmandados
viendo los moros tan puestos en defensa, no lo pudiendo sufrir, se
movieron á quererlos combatir (contra el presupuesto de D. Juan)
diciendo en alta voz: nuestro príncipe piensa vanamente, si pretende
pasar de aquí sin castigar esta desvergüenza, y diciendo: Cierra,
cierra, Santiago y á ellos, los siguieron otros muchos incitados de
su ejemplo, y tras ellos toda la demás gente sin que valiese ninguna
resistencia; y sin mas autoridad ni órden embistieron el lugar con tan
grande ímpetu, que aunque salieron los moros de Tijola, no fue parte
para que dejasen de allanar el lugar del primer asalto, y le metiesen
á sacomano: aunque no les salió á algunos tan barata esta jornada, la
cual lo poco que duró fue bien reñida, y adonde entre otros fue herido
Luis Quijada de un peligroso balazo que le quitó la vida con grande
sentimiento de D. Juan conforme al mucho amor que le tenia. No tuvo
aun casi lugar D. Juan de atender á este sentimiento, provocado de mil
moros que se metieron en Seron, y le dieron ocasion de mas batalla; y
no la rehusando, volvió sobre ellos con deseo de acabar esta ocasion
por acudir á las cosas del Alpujarra, lo cual hizo despues de algunas
dificultades livianas con un asalto que fue el remate de esta vitoria.
Este dia se señaló D. Lope de Acuña, mostrando bien el gran ser de que
siempre estuvo acompañado en muchas ocasiones.

Abenabó, visto que el duque de Sesa estaba en el corazon de la
Alpujarra, repartió su campo y la gente de vecinos que traía consigo;
puso ochocientos hombres entre el duque y Orgiba, para estorbar las
escoltas de Granada; envió mil con Mojajar á la sierra de Gador, y á
lo de Andarax, Adra, y tierra de Almería: seiscientos con Garral á la
sierra de Bentomiz, de donde habia salido D. Antonio de Luna, dejando
proveido el fuerte de Competa, para correr tierra de Velez; envió
parte de su gente á la sierra Nevada y el Puntal, que corriesen lo
de Granada: quedó él con cuatro mil arcabuceros y ballesteros, y de
estos traía los dos mil sobre el campo del duque, que con la pérdida
de la escolta estaba en necesidad de mantenimientos: pero entretúvose
con fruta seca, pescado y aceite, y algun refresco que Pedro Verdugo
le enviaba de Málaga, hasta que viendo por todas partes ocupados los
pasos: mandó al marqués de la Favara, que con mil hombres y cien
caballos, y gran número de bagajes atravesase el puerto de la Ravaha,
y cargase de vitualla en la Calahorra: porque fuese dos veces nombrada
con hambre y hierro en daño nuestro; adonde habia hecha provision, y
tan poco camino que en un dia se podia ir y venir. Dicen que el marqués
rehusó la gente que se le daba, por ser la que vino de Sevilla, pero
no la jornada; y siendo asegurado que fuese cual convenia, partió
antes de amanecer con las compañías de Sevilla, y sesenta caballos
de retaguardia: y él con trescientos infantes y cuarenta caballos de
vanguardia; los embarazos de bagajes, y bagajeros, enfermos, esclavos
en medio; la escolta guarnecida de una y otra parte con arcabucería.
Mas porque parece que en la gente de Sevilla se pone mácula, siendo de
las mas calificadas ciudades que hay en el mundo, hase de entender, que
en ella como en todas las otras se juntan tres suertes de personas:
unas naturales, y estos cuasi así la nobleza como el pueblo son
discretos, animosos, ricos, atienden á vivir con sus haciendas ó de
sus manos; pocos salen á buscar su vida fuera, por estar en casa bien
acomodados: hay tambien extranjeros, á quien el trato de las Indias, la
grandeza de la ciudad, la ocasion de ganancia ha hecho naturales, bien
ocupados en sus negocios, sin salir á otros; mas los hombres forasteros
que de otras partes se juntan al nombre de las armadas, al concurso de
las riquezas, gente ociosa, corrillera, pendenciera, tahura, hacen de
las mujeres públicas ganancia particular, movida por el humo de las
viandas; estos como se mueven por el dinero que se da de mano á mano,
por el sonido de las cajas, listas de las banderas; así facilmente las
desamparan, con el temor de ellas en cualquier necesidad apretada, y á
veces por voluntad: tal era la gente que salió en guardia de aquella
escolta. El marqués, sin noticia de los enemigos ni de la tierra, sin
ocupar lugares ventajosos, y confiado que la retaguardia haria lo
mismo, como quien llevaba en el ánimo la necesidad en que dejaba el
campo, y no que la diligencia fuera de tiempo es por la mayor parte
dañosa comenzó á caminar aprisa con la vanguardia: pero los últimos
que aun sin impedimento suelen de suyo detenerse y hacer cola, porque
el delantero no espera, y estorba á los que le siguen, y el postrero
es estorbado, y espera; abrieron mucho espacio entre sí, y la escolta
hizo lo mismo entre sí y la vanguardia. Mas Abenabó, incierto por donde
caminaria tanto número de gente, mandó al alcaide Alarabi, á cuyo cargo
estaba la tierra del Zenette, que siguiese con quinientos hombres
(Zenette llaman aquella provincia, ó por ser áspera, ó por haber sido
poblada de los Zenettes; uno de cinco linajes alárabes que conquistaron
á África y pasaron en España, que es lo mas cierto). Partió el Alarabi
su gente en tres partes, él con cien hombres quiso dar en la escolta:
al Piceni de Guejar con doscientos ordenó que acometiese la retaguardia
por la frente: y al Martel del Zenette con otros doscientos la rezaga
de la vanguardia, entrando entre la escolta y ella, al tiempo que
él diese en la escolta; y en caso que no le viesen cargar con toda
la gente, que estuviesen quedos y emboscados, dejándola pasar. Los
nuestros parándose á robar pocas vacas y mujeres, que por ventura
los enemigos habian soltado para dividirlos y desordenarlos, fueron
acometidos del Alarabi con solos cuatro arcabuceros por la escolta,
cargados de otros treinta que les hacian espaldas, y puestos en
confusion: tras esto cargó el resto de la gente del Alarabi, que
rompió del todo la escolta, sin hacer resistencia los que iban á la
defensa. Dió el Piceni en la caballería, que era de retaguardia, la
cual rompió, y ella la infantería; lo mismo hizo Martel con los últimos
de la vanguardia del marqués al arroyo de Vayarzal, lo uno y lo otro
tan callando, que no se sintió voz ni palabra. Iba el Piceni ejecutando
la retaguardia de manera, que parecia á los nuestros que lo vian ir
ejecutando al Martel. Siguieron este alcance sin volver la caballería,
ni rehacerse la infantería hasta cerca de la Calahorra, todos á una,
matando el Alarabi enfermos y bagajeros, y desviando bagajes; llegó el
arma con el silencio y miedo de los nuestros al marqués tan tarde, que
no pudo remediar el inconveniente, aunque con veinte caballos y algunos
arcabuceros procuró llegar: murieron muchos enfermos que iban en la
escolta, muchos de los moros y bagajeros; entre estos y soldados cuasi
mil personas: quitaron setenta moriscas cautivas, y lleváronse mas de
trescientas bestias sin las que mataron; cautivaron quince hombres,
no perdieron uno, aconteció esta desgracia en 16 de abril. Llevó el
marqués las sobras de la gente rota y lo demás de lo que pudo salvar á
la Calahorra, y reformándose de gente en Guadix, salió adonde estaba D.
Juan. Los enemigos, habiendo puesto la presa en cobro, quedaron seis
dias en el paso y por la sierra.

Mas el duque entendiendo la desgracia, y el poco aparejo de proveerse
por la parte de Guadix, fiando poco de la gente, quiso acercarse mas
á la mar por haber vitualla de Málaga; y por ser el abril entrado, y
dar el gasto á los panes, quitar á los enemigos el paso para Berbería,
vino á Verja ya despues de haber talado la cogida en el Alpujarra:
y hizo lo mismo en el campo de Dalias, donde tenian las esperanzas
de cebada y grano. Al alojar en Verja hubo una pequeña escaramuza,
en que murieron de los nuestros algunos; de los moros segun ellos
cuarenta. Mas la hambre y poca ganancia, y el trabajo de la guerra,
y la costumbre de servir á su voluntad y no á la de quien los manda,
pudo con los soldados tanto, que sin respeto de que hubiesen sido bien
tratados de palabra, y ayudados de obra, con dinero, con vitualla,
quitando lo uno y lo otro á la gente de su casa, y á veces á su
persona, se desranchaban como habian hecho con el marqués de Velez:
pero acostumbrado á ver y sufrir semejantes vueltas en los soldados,
vino de Verja á Adra, donde tuvo mas vitualla, aunque no mas sosiego
con la gente: parecíales desacato culparle, y volvianse contra D. Juan
de Mendoza, y decian palabras sin causa; acriminábanle la muerte de
un soldado de quien hizo justicia como juez, porque debia ser loado;
amenazaban, protestaban de no quedar á su gobierno; excusábanse de D.
Juan que ya andaba entre ellos recatado: no dejaban de poner bolatines
(llaman ellos bolatines, las cédulas que de noche esparcen con las
quejas contra sus cabezas cuando andan en celo para amotinarse, en que
declaran su ánimo, y mueven los no determinados con quejas y causas
de sus cabezas); saliéronse de Adra trescientos arcabuceros, ó fuese,
segun ellos publicaban, haciendo escolta á un correo: y dando en los
enemigos fueron los doscientos y treinta muertos por el alcaide Alarabi
y el Mojajar, y cautivos setenta: no se supo mas de lo que los moros
refieren, y que entendiendo de uno de los cautivos como nuestro campo
habia desalojado de Ujijar con pérdida y desórden, y dejado municiones
escondidas, sacaron de un aljibe cantidad de plomo, municiones y
embarazos. En el mismo tiempo mataron los moros, que Abenabó enviaba
la vuelta de Bentomiz, gente de sus casas que iban á Salobreña, y
entre ellos mercaderes italianos y españoles, tomándoles el dinero:
y los que envió hácia Granada cautivaron peleando con muchas heridas
á D. Diego Osorio, que venia con despachos del rey para D. Juan y el
duque, en que se trataba la resolucion de la guerra, y concierto que se
habia platicado con los moros y turcos por mano del Habaqui; matáronle
veinte arcabuceros de escolta, y él tuvo manera como soltarse; y aunque
herido, vino sin las cartas á Adra.

Ya D. Juan trataba con calor la reduccion de los moros, y la ida de los
turcos á Berbería: mas algunos de los ministros (ó que les pareciese
hacer su parte, y prevenir las gracias á D. Juan, ó que mas facilmente
se podia acabar, cuanto por mas partes se tratase con ellos) metiéronse
á platicar de conciertos (dicen que algunos sobresanadamente) y dejaban
de condenar la manera del trato que D. Juan traía, holgando que se
publicasen por concedidas las condiciones que los enemigos pedian,
aunque exorbitantes. Por otra parte en Granada cuanto á la guerra se
procedia con toda seguridad en el gobierno del presidente; pero cuanto
á la paz con licencia, en el tratamiento que se hacia á los moriscos
reducidos, y que venian á reducirse, y poniendo algunos impedimentos,
y mostrando celos de D. Alonso Menegas, enviaban moriscos á toda
Castilla: sacaban los ministros muchos para galeras, denostaban á los
que se iban á rendir, y por livianas causas los daban por cautivos, su
ropa perdida; trataban del encierro como perjudicial, ayudábanse por
vias indirectas del cabildo de la ciudad que estaba oprimido y sujeto
á la voluntad de pocos, todo en ocasion de estorbo: no dando cuenta
particular á D. Juan para que él la diese al rey, haciendo cabeza de
sí mismos, escribiendo primero por su parte con palabras sobresanadas,
tocaban á veces en su autoridad, ó fuese (segun el pueblo) para que
las armas no les saliesen de las manos, ó ambiciones de su opinion,
por excluir toda manera de medios, que no fuese sangre, ofendidos que
pasase algo sin darles cuenta particular. Los efectos manifiestos
daban licencia para que fuesen juzgados diversamente, y todos en daño
del negocio; y aun añadian que estando el rey en Córdoba, no faltaba
atrevimiento para escribir trocadamente, y hacer negociacion del
estorbo, sospechando él alguna cosa: atrevimiento que suele acontecer á
los que andan por las Indias, con los que desde España los gobiernan;
por donde hay mas que maravillar de la disimulacion que los reyes
tienen cuando siguen sus pretensiones, que pasan por los estorbos sin
dar á entender que son ofendidos.

Tenia el duque avisos ansí por espías como por cartas tomadas, que los
turcos se armaban para socorrer á Abenabó, por la parte de Castil de
Ferro, aunque pequeño, á propósito para desembarcar gente, y por el
aparejo de la Rambla juntarse seguramente con los enemigos. Parecíale
que si esto se hacia, deshaciéndose por horas de su gente, podia ser
ofendido, ó á lo menos encerrado con poca reputacion nuestra, y mucha
de ellos. Acordó combatir aquella plaza y los enemigos, si viniesen á
socorrerla; y trujo por mar de Almería piezas de batir, púsose sobre
ella, repartió los cuarteles, vinieron las galeras en ayuda y para
impedir el socorro de Argel, encomendó la batería al marqués de la
Favara, que puso diligencia en asentarla. Llegóse y combatió por mar
con las galeras, y por tierra con tanta priesa, que abrió portillo
para batalla. Murieron dentro algunos con la artillería, y entre
los principales Leandro; á cuyo cargo estaba el castillo, sin otro
daño nuestro mas del poco que sus piezas hicieron en una galera. Los
soldados turcos y moros que estaban á la defensa, que eran cincuenta y
dos, desconfiados del socorro de Berbería, sus armas en las manos y una
mujer consigo, salieron por la batería y nuestras centinelas, con la
escuridad de la noche y confusion de la arma, guiándolos Mevaebal, su
capitan, que dos dias antes habia entrado. Es fama (que de los nuestros
procedió) que de ellos murieron doce, pero no se vieron en nuestro
campo, y refieren los moros que todos llegaron al de Abenabó, algunos
de ellos heridos. Desamparado Castil de Ferro envió por la mañana á D.
Juan de Mendoza y al marqués de la Favara y otros, que se apoderasen de
él. Hallaron dentro algunos viejos, y berberíes, y turcos mercaderes,
hasta veinte hombres, y diez y siete mujeres de moriscos que las
tenian para embarcar, alguna ropa, veinte quintales de bizcocho, y la
artillería que antes estaba en el castillo poca y ruin. Entendióse por
uno de estos moros que estándole batiendo llegaron catorce galeras de
turcos con socorro, y se tornaron oyendo el ruido de la artillería.
Sonó la toma de Castil de Ferro, tanto por el aparejo y la importancia
del sitio, por haber sido perdido y recuperado, por ser en ocasion que
los enemigos venian á darle socorro, cuanto por la calidad del hecho.

En el mismo tiempo envió D. Juan á D. Antonio de Luna con mil y
quinientos infantes de la tierra, las compañías del duque de Sesa y
Alcalá, y la caballería de los duques de Medina Sidonia y Arcos, para
que asegurase la tierra de Velez Málaga contra los que en Frijiliana
se habian recogido. Salió de Antequera con esta gente, mas con poco
trabajo, escaramuzando á veces, unas con ventaja suya, otras de los
moros, comenzó un fuerte en Competa, legua y media de Frijiliana, lugar
que fue donde antiguamente se juntaban de la comarca en una feria, y
por esto le llamaban los romanos _Compita_, agora piedras y cimientos
viejos, como quedaron muchos en el reino de Granada: otro hizo en el
Saliar; y con haber enviado mil hombres á correr el rio de Chillar, y
tornado con poca presa y pérdida igual, dejando en los fuertes cada dos
compañías, volvió la gente á Antequera, y él á su casa con licencia.
Recogióse el duque con su campo en Adra esperando en que pararia la
plática que se traía con el Habaqui, donde fue proveido de Málaga por
Pedro Verdugo bastantemente, y con algun regalo. Pasaban seguras las
escoltas de su campo al de Don Juan; pero los soldados, gente libre y
disoluta, á quien por entonces la falta de pagas y vitualla habia dado
mas licencia, y quitado á los ministros el aparejo de castigarlos,
estaban con igual descontentamiento en la abundancia que en la hambre;
huían como, y por donde, y siempre que podian; de tantas compañías
quedaron solos mil y quinientos hombres, los mas de ellos particulares
y caballeros que seguian al duque por amistad; con ellos mantenia y
aseguraba mar y tierra. Tornó el rey á Córdoba por Jaen y por Ubeda y
Baeza, remitiendo la conclusion de las cortes para Madrid donde llegó.

No era negocio de menos importancia y peligro lo de la sierra de Ronda,
porque estaba cubierto, y los ánimos de los moriscos con la misma
indignacion que los de la Alpujarra y rio de Almería y Almanzora:
montaña áspera y difícil, de pasos estrechos, rotos en muchas partes,
ó atajados con piedras mal puestas, y árboles cortados y atravesados;
aparejos de gente prevenida. El consejo mas seguro pareció al rey,
antes que se acabasen de declarar, asegurarse, sacándolos fuera de la
tierra con sus familias como á los demás. Para esto mandó á D. Juan
que enviase á Don Antonio de Luna con la gente que le pareciese, y que
por halagos y con palabras blandas, sin hacerles fuerza ni agravio, ó
darles ocasion de tomar las armas, los pusiese en tierra de Castilla
adentro, enviando con ellos guarda bastante. Recibida la órden de D.
Juan partió D. Antonio de Antequera á 20 de mayo, llevando consigo dos
mil y quinientos infantes de guarda de aquella ciudad, y cincuenta
caballos. Era toda la gente que D. Antonio sacó de Ronda cuatro mil
y quinientos infantes, y ciento y diez caballos. El dia que partió,
envió á Pedro Bermudez, á quien el rey habia enviado á la guardia de
aquella ciudad, para que con quinientos infantes en Jubrique, pueblo
de importancia y lugar á propósito, estuviese haciendo espaldas á los
que habian de sacar los moriscos: juntamente repartió las compañías
por otros lugares de la tierra; dándoles órden que en una hora todos á
un tiempo comenzasen á sacar los moros de sus casas. Partieron el sol
levantado á las ocho horas de la mañana. Mas los moros, que estaban
sospechosos y recatados, como descubrieron nuestra gente, subiéronse
con sus armas á la montaña, desamparando casas, mujeres, hijos y
ganados: comenzaron á robar los soldados (como es costumbre), cargarse
de ropa, hacer esclavos toda manera de gente, hiriendo, matando sin
diferencia á quien daba alguna manera de estorbo. Vista por los
moros la desórden, bajaban por la sierra, mataban los soldados, que
codiciosos y embebidos con el robo desampararon la defensa de sí mismos
y de sus banderas: iba esta desórden creciendo con la escuridad de la
noche: mas Pedro Bermudez, hombre usado en la guerra, dejando alguna
gente en la iglesia de Jubrique á la guarda de las mujeres, niños y
viejos, que allí tenia recogidos, escogió fuera del lugar sitio fuerte
donde se recogiese: entraron los moros en el lugar, y combatiendo la
iglesia sacaron los que en ella estaban encerrados, quemándola con los
soldados sin que pudiesen ser socorridos: luego acometieron á Pedro
Bermudez, que perdió cuarenta hombres en el combate, y hubo algunos
heridos de una y otra parte, y con tanto se acogieron los enemigos á la
sierra.

Vista por D. Antonio la desórden, y lo poco se habia hecho, retiró
las banderas con hasta mil y doscientas personas; pero con muchos
esclavos y esclavas, ropa y ganado en poder de los soldados, sin ser
parte para estorbarlo: recogióse á Ronda, donde, y en la comarca la
gente públicamente vendia la presa, como si fuera ganada de enemigos.
Deshízose todo aquel pequeño campo, como suelen los hombres que han
hecho ganancia, y temen por ello castigo; pues enviando la gente
que sacó de Antequera á sus aposentos, y cuasi las mil y doscientas
personas á Castilla sin hacer mas efecto, partió para Sevilla á dar
al rey cuenta del suceso. Cargaban á D. Antonio los de Ronda y los
moros juntamente: los de Ronda, que habiendo de amanecer sobre los
lugares, habia sacado la gente á las ocho del dia, y que la habia
dividido en muchas partes; que habia dado confusa la órden dejando
libertad á los capitanes: los moros, que les habian quebrantado la
seguridad y palabra del rey que tenian como por religion ó vínculo
inviolable; que estando resueltos de obedecer á los mandamientos de su
señor natural, les habian por este acatamiento y sacrificio que hacian
de sus casas, mujeres y hijos, y de sí mismos, robado y dejado por
hacienda y libertad, las armas que tenian en las manos, y la aspereza
y esterilidad de la montaña, donde por salvar las vidas se habian
acogido, aparejados á dejarlo todo, si les restituían las mujeres y
hijos, y viejos cautivos, y ropa que con mediana diligencia pudiese
cobrarse. Habia tantos interesados, que por solo esto fueron tenidos
por enemigos; no embargante que se hallase haberse movido provocados y
en defension de sus vidas. Excusábase D. Antonio con haber repartido la
gente como convenia por tierra áspera y no conocida; poderse caminar
mal de noche; que partida la gente, á ciegas, deshilada, facilmente
pudiera ser salteada y oprimida de enemigos avisados, pláticos en los
pasos, y cubiertos con la escuridad de la noche; la gente libre, mal
mandada, peor disciplinada, que no conoce capitanes ni oficiales,
que aun el sonido de la caja no entendian; sin órden, sin señal de
guerra, solamente atentos al regalo de sus casas, y al robo de las
ajenas: fueron admitidas las razones de D. Antonio por ser caballero de
verdad y de crédito, y dada toda la culpa á la desórden de la gente,
confirmada ya con muchos sucesos en daño suyo.

Ido D. Antonio, salió la gente de la comarca, cristianos viejos, á
robar por los lugares, mujeres, niños, ganados; sobras de la de D.
Antonio que fue como he dicho creido, por tenerse buen crédito de
su persona, y por no tenerse bueno por entonces de los soldados en
comun. Mas los enemigos persuadidos de los que habian huido de la
Alpujarra, y libres de todos los embarazos, despojados de lo que
se suele querer bien y dar cuidado, comenzaron á hacer la guerra
descubiertamente, recoger las mujeres, hijos y vitualla que les habia
quedado; fortificarse en sierra Bermeja y sierra de Istan; tomar la
mar á las espaldas para recibir socorro de Berbería, y bajar hasta las
puertas de Ronda; desasosegar la tierra, robar ganados, cautivar, matar
labradores, no como salteadores, sino como enemigos declarados. Estaba
como tengo dicho á la sazon el rey D. Felipe en Sevilla, suplicado por
la ciudad, que viniese á recibir en ella servicio.

Sevilla es en nuestro tiempo de las célebres, ricas y populosas
ciudades del mundo: concurren á ella mercaderes de todo poniente,
especialmente del nuevo mundo que llamamos Indias, con oro, plata,
piedras, esmeraldas, poco menores que las que maravillaba la antigüedad
en tiempo de los reyes de Egipto: pero en gran abundancia, cueros y
azúcar, y la yerba que sucede en lugar de púrpura, ó (por usar del
vocablo arábigo y comun) carmesí; cochinilla la llaman los indios,
donde ella se cria. Fue Sevilla la segunda escala que pobladores
de España hicieron, cuando con el gran rey y capitan Baco (á quien
llamaban Libero por otro nombre) vinieron á conquistar el mundo. La
ocasion nos convida tratando de tan gran ciudad á declarar nuestra
opinion, como en cosa tan dudosa por su antigüedad, acerca de la
fundacion de ella, y del nombre de toda España. Dese la autoridad á
los escritores, y el crédito á las conjeturas. Marco Varron, autor
gravísimo, y diligente en buscar los principios de los pueblos, dice
(segun Plinio refiere) que en España vinieron los persas, iberos y
fenices, todas naciones de oriente, con Baco. Por este se entiende
tambien haber sido hecha la empresa de la India, segun los escritos
de Nono, poeta griego, que compuso de los hechos de Baco, y llamó
Dionysiaca, porque se llamaba, demás del nombre de Baco, y Libero,
Dionysio. Dice tambien Salustio en sus historias haber él mismo pasado
en Berbería, y dado principio á muchas naciones: con este Baco vinieron
capitanes hombres señalados, y mujeres que celebraban su nombre, uno
de los cuales se llamó Luso; y una de las mujeres Lyssa, que dice el
mismo Marco Varron haber dado el nombre á la parte de Portugal, que
antiguamente llamaban Lusitania. Tuvo Baco un lugarteniente que dijeron
Pan, hombre áspero y rústico, á quien la antigüedad honró por Dios de
los pastores, ó quizá eran conformes en el nombre; pero por intervenir
en las procesiones ó fiestas de Baco el Pan, se puede creer ser el
mismo: este Pan, dice Varron que dió nombre á toda España, y lo mismo
Appiano Alejandrino en sus historias, en el libro que llaman Español,
y en griego Iberice. _Panios_ quiere decir cosa de Pan; y el _hi_, que
tiene delante, dice el artículo, que juntado con el _panios_, dirá
la tierra ó provincia de Pan[55]: quedó á los españoles el vocablo
griego, ni mas ni menos que los griegos lo pronuncian, ambiciosos de
dar nombre en su lengua á las naciones hispánicas; y pronunciámoslo
nosotros España: de aquí vino á decirse que Hispan, ó el Pan que los
griegos llaman lugarteniente, fue sobrino de Hércules, y que dió el
nombre á España. Lo cierto es que Baco dejó por aquella comarca lugares
del nombre de los que le seguian; y que dos veces vino el que llamaron
Hércules, ó fuesen dos Hércules en aquella parte de España. El nombre
pudo venir á Sevilla de haber sido poblada, cuando la segunda vez
Hércules, ó fuese Baco, ó fuese Hércules tebano vino en España; y si
así fue, presupuesto que en la lengua griega _palin_ quiere decir otra
vez, y _hi_, la, el nombre de Hispalis querrá decir la de otra vez,
porque los griegos son fáciles en acabar en la letra _s_. Demás del
concurso de mercaderes y extranjeros, moran en Sevilla tantos señores
y caballeros principales, como suele haber en un gran reino; entre
ellos hay dos casas ambas venidas del reino de Leon, ambas de grande
autoridad y grande nobleza, y en que unos, ó otros tiempos no faltaron
grandes capitanes: una la casa de Guzman duques de Medina Sidonia, que
en tiempo antiguo fue poblacion de los de Tiro, poco despues de poblada
Cádiz, destruida por los griegos y gente de la tierra, restaurada por
los moros segun el nombre lo muestra; porque en su lengua _medina_
quiere decir lo que en la nuestra puebla; como si dijésemos la puebla
de Sidonia: este linaje moró gran tiempo en las montañas de Leon, y
vinieron con el rey D. Alonso el VI á la conquista de Toledo, y de allí
con el rey D. Fernando el III á la de Sevilla, dejando un lugar de su
nombre, de donde tomaron el nombre con otros treinta y ocho lugares
de que entonces eran ya señores. El fundador de la casa fue el que,
guardando á Tarifa, echó el cuchillo con que degollaron á su hijo que
tenia por hostaje, por no rendir él la tierra á los moros. La otra
casa es de los Ponces de Leon, descendientes del conde Hernan Ponce
que murió en el portillo de Leon, cuando Almanzor, rey de Córdoba,
la tomó; dicen traer su orígen de los romanos que poblaron á Leon, y
su nombre de la misma ciudad; duques en otro tiempo de Cádiz hasta
el que escaló á Alhama, y dió principio á la guerra de Granada, y
despues que sus nietos fueron en tutorías despojados del estado por
los reyes D. Fernando y D.ª Isabel, se llamaron duques de Arcos, que
los antiguos españoles decian Arcobrica, poblacion de las primeras de
España, antes que viniesen los de Tiro á poblar Cádiz. Los señores
de aquestas dos casas siempre fueron émulos de aquella ciudad, y aun
cabezas á quien se arrimaban otras muchas de la Andalucía: de la de
Medina era señor D. Alonso de Guzman, mozo de grandes esperanzas; de
la de Arcos D. Luis Ponce de Leon, hombre que en la empresa de Durlan
habia seguido sin sueldo las banderas del rey D. Felipe, inclinado y
atento á la arte de la guerra: á estos dos grandes encomendó el rey
el sosiego y pacificacion de la sierra de Ronda, por tener á ella
vecinos sus estados. Grandes llaman en España los señores á quien el
rey manda cubrir la cabeza, sentar en actos y lugares públicos, y la
reina se levanta del estrado á recibir á ellos y á sus mujeres, y
les manda dar por honra cojin en que se sienten, ceremonias que van
y vienen con los tiempos y voluntades de los príncipes; pero firmes
en España en solas doce casas[56], entre las cuales estas dos son y
fueron de grande autoridad. Despues que creció el favor y la riqueza,
por merced de los reyes han acrecentádose muchas. Dió poder el rey á
estos dos príncipes, para que en su nombre concertasen y recogiesen
los moriscos, y les volviesen las mujeres, hijos y muebles, y los
enviasen por España la tierra adentro; pues no habian sido partícipes
en la rebelion, y lo sucedido habia sido mas por culpa de ministros
que por la suya. Tenia el duque de Arcos una parte de su estado en la
serranía de Ronda, que hubo su casa por desigual recompensa de Cádiz,
en tiempo de tutorías; parecióle por aprovechar llegarse á Casares,
lugar suyo, y dende mas cerca tratar con los moros: envió una lengua
que fue y volvió no sin peligro; lo que trajo es, que á ellos les
pesaba de lo acontecido; que por personas suyas vendrian á tratar con
el duque, donde y como él mandase, y se reducirian y harian lo que
se les ordenase con ciertas condiciones. Esto afirmaron en nombre de
todos el Alarabique y el Ataifar, hombres de gran autoridad y por quien
ellos se gobernaban; bajó el Alarabique y el Ataifar á una hermita
fuera de Casares, y con ellos una persona en nombre de cada pueblo
de los levantados. Mas el duque, por escandalizarlos menos y mostrar
confianza, vino con pocos: osadía de que suelen suceder inconvenientes
á las personas de tanta calidad. Hablóles, persuadióles con eficacia,
y ellos respondieron lo mismo, dando firmados sus capítulos; y con
decir que daria aviso al rey, se partió de ellos; mas antes que la
respuesta del rey volviese, le vino mandamiento, que juntando la gente
de las ciudades de la Andalucía vecinas á Ronda, estuviese á punto para
hacer la guerra, en caso que los moros no se quisiesen reducir: mandó
apercibir la gente de Andalucía y de los señores de ella, de á pie y de
á caballo, con vitualla para quince dias, que era lo que parecia que
bastase para dar fin á esta guerra: en el entretanto que la gente se
juntaba, le vino voluntad de ver y reconocer el fuerte de Calalui en
sierra Bermeja[57], que los moros llaman Gebalhamar, adonde en tiempos
pasados se perdieron D. Alonso de Aguilar y el conde de Ureña; D.
Alonso señalado capitan, y ambos grandes príncipes entre los andaluces:
el de Ureña abuelo suyo de parte de su madre; y D. Alonso bisabuelo de
su mujer. Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la
montaña; provision necesaria por la poca seguridad en acontecimientos
de guerra, y poca certeza de la fortuna. Comenzaron á subir la sierra,
donde se decia que los cuerpos habian quedado sin sepultura: triste
y aborrecible vista y memoria: habia entre los que miraban nietos y
descendientes de los muertos, ó personas que por oidas conocian ya
los lugares desdichados. Lo primero dieron en la parte donde paró la
vanguardia con su capitan por la escuridad de la noche, lugar harto
extendido y sin mas fortificacion que la natural, entre el pie de la
montaña y el alojamiento de los moros; blanqueaban calaveras de hombres
y huesos de caballos amontonados, desparcidos, segun, como, y donde
habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas
adelante el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas, y
bajas, y aportilladas: iban señalando los pláticos de la tierra donde
habian caido oficiales, capitanes, y gente particular: referian como
y donde se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de
Ureña y D. Pedro de Aguilar, hijo mayor de D. Alonso: en que lugar y
donde se retrajo D. Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida
que el Ferí, cabeza de los moros le dió primero en la cabeza y despues
en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos:
_yo soy D. Alonso_; las que el Ferí le respondió cuando le heria: _tú
eres D. Alonso, mas yo soy el Ferí de Benastepar_, y que no fueron
tan desdichadas las heridas que dió D. Alonso, como las que recibió.
Lloráronle amigos y enemigos, y en aquel punto renovaron los soldados
el sentimiento; gente desagradecida, sino en las lágrimas. Mandó el
general hacer memoria por los muertos, y rogaron los soldados que
estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos
ó por extraños; y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente
contra quien tomar venganza.

      [55] Sus dudas les quedan á los peritos en el griego, mas no es
      este el lugar de disputarlas.

      [56] Ojalá nombrara los doce grandes de España firmes como nombró
      solos estos dos, porque han crecido ya tanto los que dice haberse
      acrecentado con el favor y la riqueza, que apenas los distinguimos
      de aquellos originarios.

      [57] Calaluz le llama Zurita, p. 5, lib. IV, cap. XXXII.

Vista la importancia del lugar, si los enemigos le ocupasen, envió
dende á poco el duque una bandera de infantería, que entrase en
el fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolucion del rey
que concedia á los moros cuasi todo lo que le pedian que tocaba al
provecho de ellos, y comenzaron algunos á reducirse; pero con pocas
armas, diciendo, que los que en su campo quedaban no se las dejaban
traer. Habia entre los moros uno llamado el Melqui, hombre atrevido
y escandaloso, imputado de herejía, y suelto de las cárceles de la
inquisicion ido y vuelto á Tituan: este, ó que le parecia que perdia el
crédito de hasta entonces, ó que fuese obligado al príncipe de Tituan,
juntó el pueblo, que ya estaba resoluto á reducirse, disuadiéndole, y
afirmando lo que con ellos trataba el Alarabique ser engaño y falsedad,
haber recibido del duque nueve mil ducados, vendido por precio su
tierra, su costa, y los hijos, mujeres y personas de su ley: venidas
las galeras á Gibraltar, la gente levantada, las cuerdas en las manos
á punto, con que los principales habian de ser ahorcados: y el pueblo
atado y puesto perpetuamente al remo, para sufrir hambre, frio y
azotes, y seguir forzados la voluntad de sus enemigos, sin esperanza
de otra libertad sino la muerte. Tuvieron estas palabras y la persona
tanta fuerza, que se persuadió el pueblo ignorante, y tomando las armas
hicieron pedazos al Alarabique, y á otro compañero suyo berberí, que
era de la misma opinion: con esto mudaron de propósito, y quedaron mas
rebeldes que estaban: algunos que quisieran reducirse, estorbados por
el Melqui con guardas, y espantados con amenazas, dejaron de hacello:
los de Benahabiz, lugar de importancia en aquella montaña, enviaron por
el perdon del rey con propósito de reducirse; llevólo un moro llamado
el Barcoquí, juntamente con carta del duque para Marbella, y los que
guardaban el fuerte de Montemayor, que tuviesen cuenta con él y sus
compañeros, acompañándolos hasta dejarlos en lugar seguro: mas la gente
ó por codicia de algo (si lo llevaban) ó por estorbar la reduccion,
con que cesaria la guerra, hiciéronlo tan al contrario, que mataron al
Barcoquí: esta desórden mudó á los de Benahabiz, y confirmó la razon
del Melqui de manera, que no fue parte el castigo que el duque hizo
de ahorcar y echar en galeras los culpados, para estorbar el motin
general. Apercebida la gente, vino el duque á Ronda, donde hizo su
masa, y salió con cuatro mil infantes y ciento cincuenta caballos, á
ponerse algo mas camino que dos leguas de la sierra de Istan, donde los
enemigos le esperaban fortificados; lugar asperísimo y dificultoso de
subir, las espaldas á la mar; dejando en Ronda á Lope Zapata, hijo de
D. Luis Ponce, para que en su nombre recogiese y encaminase los moros
que viniesen á reducirse: vinieron pocos ó ningunos escandalizados del
caso del Barcoquí, y espantados, porque en Ronda y Marbella el pueblo
habia rompido la salvaguardia del duque y fe del rey, matando cuasi
cien moros al salir de los lugares. No le pareció al duque detenerse á
hacer el castigo; pero envió por juez al rey, que castigó los culpados
como convenia; y él caminó á la Fuenfria, donde se encendió fuego en
el campo, que puso en cuidado, ó fuese echado por los enemigos, ó por
descuido de alguno: el autor y el fuego cesó por industria y diligencia
del duque.

El dia siguiente con mil infantes y alguna caballería reconoció el
fuerte de los enemigos desde la sierra de Arboto puesta en frente de
él, juntamente con el alojamiento y el lugar de la agua: y aunque
se mostraron los enemigos algo mas abajo fuera de su fuerte, no
fueron acometidos; ansí por ser cerca de la noche, como por esperar á
Arévalo de Suazo con la gente de Málaga. Entretanto puso su guardia
en la sierra de Arboto con harta contradiccion de los enemigos;
porque juntamente acometieron el alojamiento del duque, y trabaron
una escaramuza tan larga que duró tres horas, no muy apriesa, pero
bien extendida: eran ochocientos hombres arcabuceros y ballesteros,
y algunos con armas enhastadas: mas visto que con dos banderas de
arcabuceros les tomarian la cumbre, se retiraron á su fuerte con poco
daño de los nuestros, y alguno de los suyos. Reforzóse la guardia de
aquel sitio, por ser de importancia, con otras dos banderas; y era
ya llegado Arévalo de Suazo con dos mil infantes de Málaga y cien
caballos, con que se tomó resolucion de combatir los enemigos en su
fuerte al otro dia: á la parte del norte que la subida era mas difícil,
envió el duque á Pedro Bermudez con ciento y cincuenta infantes,
que tomase las dos cumbres, que suben al fuerte con dos banderas de
arcabuceros, haciéndoles espaldas con el rostro á la mano derecha Pedro
de Mendoza con otra tanta gente y la mesma órden, dejando entre sí y
Pedro Bermudez una parte de la montaña que los moros habian quemado,
porque las piedras que desde arriba se tirasen corriesen por mas
descubierto, y con menos estorbo: Arévalo de Suazo con la gente de su
cargo se seguia á la mano derecha, y con dos banderas de arcabucería
delante: mas á mano derecha de Arévalo de Suazo, Luis Ponce de Leon
con seiscientos arcabuceros por un pinar, camino menos embarazado que
los otros. El duque escogió para sí con el artillería y caballería y
mil y quinientos infantes, el lugar entre Pedro de Mendoza y Arévalo
de Suazo, como mas desembarazado, así mas descubierto: mandó á Pedro
de Mendoza con mil infantes y algun número de gastadores, que fuese
adelante aderezando los pasos para la caballería, y que todos al pasar
se cubriesen con la falda de la montaña y quebrada hácia el arroyo,
que á un tiempo comenzasen á subir igualmente y á pequeño paso,
guardando el aliento para su tiempo; quedaba con esta órden la montaña
cercada, sino por la parte de Istan, que no podia con la aspereza
recibir gente. Víanse unos á otros, y todos se podian cuasi dar las
manos: quedó resoluto combatir los enemigos otro dia á la mañana. Mas
los moros viendo que Pedro de Mendoza estaba mas desviado, y en parte
donde no podia con tanta diligencia ser socorrido, acometiéronle al
caer de la tarde con poca gente y desmandada, trabando una escaramuza
de tiros perdidos. Pedro de Mendoza, confiado de sí mismo, soldado
de mucho tiempo y no tanta experiencia, pudiendo guardar la órden y
contentarse con estar quedo y sin peligro, saltó á la escaramuza con
demasiado calor. Deshízose la gente por la montaña arriba sin órden,
sin guardar unos á otros: y los moros unas veces retirándose, otras
reparándose, parecian ir cerrando á los nuestros: visto el peligro y no
pudiéndolo ya estorbar Pedro de Mendoza (ó fuese recelo ó desconfianza
de su poca autoridad con la gente, aunque la habia tenido para meterla
delante), envió á avisar al duque, pero á tiempo que puesto que hubiese
enviado á retirarla tres capitanes, fue necesitado á tomar lo alto
para reconocer el lugar: el duque con los que con él se hallaban y
los que pudo retirar, atravesó donde estaban los que subian, y valió
tanto su autoridad, que la gente desmandada se detuvo, y los moros que
ya habian comenzado á desemboscarse y se mostraban á los enemigos,
vista la determinacion del duque se recogieron á su fuerte, en ocasion
de que estaba cerca la noche, y la gente de Pedro de Mendoza cansada
y desordenada, y se temian de algun desastre, especialmente los que
traían á la memoria el acontecimiento de D. Alonso de Aguilar por los
mismos términos.

Hallóse el duque tan adelante, que vistas las celadas descubiertas, y
los moros puestos en órden de cargar á la gente que subia, y que era
imposible retirallos todos, quiso aprovecharse de la desórden; y con
la gente que traía consigo y la que habia recogido, todo á un tiempo
acometió á los enemigos, y pegóse con el fuerte de manera, que fue de
los primeros al entrar. Mas los moros, que no osaron esperar el ímpetu
de los nuestros, se descolgaron por lugares de la montaña, que era
luenga y continuada; y de allí se repartieron, unos á Rioverde, otros
á la vuelta de Istan, otros á la de Monda, y otros á la de sierra
Blanquilla; dejando de sus mujeres y hijos como cuatrocientas personas:
embarazo de guerra, y gente inútil que les comian los bastimentos,
quedando mas ahorrados para hacer la guerra por aquellas montañas:
todavía envió á seguir el alcance con poco fruto, por ser la noche
y tierra tan cerrada; él pasó en el fuerte de los enemigos sin ropa
ni vitualla; y visto que todos se habian esparcido, y que la montaña
quedaba desamparada, dejó el fuerte; y dando licencia á la gente de
Málaga con órden de correr la tierra á una y otra parte, pasó con la
resta de su campo á Istan, y envió cuatro compañías sin banderas: el
efecto que hicieron las tres, fue quemar dos barcas grandes que tenian
fabricadas para pasar á Tituan: la cuarta con su capitan Morillo, á
quien el duque mandó que corriese Rioverde, no guardando la órden,
dió en los enemigos no lejos de Monda, en un cerro que los de la
tierra llaman Alborno, á vista de Istan; y seguido, y rota la gente se
retiró: era el lugar tan cerca del campo, que se oyeron los golpes de
arcabuces, y con sospecha de lo que podia ser, se ordenó al capitan
Pedro de Mendoza socorriese y recogiese la gente. Mas llegando á vista
de los enemigos contentóse con solo recoger algunos que huían, y
estuvo sin pasar adelante, ó fuese temiendo alguna emboscada (aunque
el lugar era gran trecho descubierto), ó arrepentido de la demasiada
diligencia del dia antes en la sierra de Istan: murió la mayor parte de
la compañía y su capitan peleando. El mismo dia, los moros que andaban
repartidos encontraron con el alcaide de Ronda, y capitan Ascanio,
que con ciento y cincuenta soldados y otra gente habia salido sin
órden y sabiduría del duque, como hombres que no estaban á su cargo;
matáronlos con la mayor parte de la compañía: el mismo acometimiento
hicieron contra un correo, que partió del campo para Granada con
escolta de cien soldados, aunque con pérdida de algunos se recogió en
Monda. Entendiendo pues el duque que por la sierra andaba cuantidad
de moros, envió órden á Arévalo de Suazo que con la gente de Málaga
tornase á Monda; y á D. Sancho de Leiva, general de las galeras de
España, que enviase ochocientos infantes de la gente que andaba á su
cargo; y á Pedro Bermudez que viniese con la de Ronda, y él con la que
habia quedado se vino á esperarlos á Monda: de donde junta la gente
partió ahorrado sin estorbos la vuelta de Hojen, y allí le encontró
D. Alonso de Leiva, hijo de D. Sancho, con ochocientos soldados de
Galera. Entendíase que los moros esperaban á una legua, y con este
presupuesto ordenó el duque á Pedro Bermudez, que con mil arcabuceros
de los de su cargo tomase la mano izquierda, y á D. Alonso con la
gente que habia tenido fuese derecho á Hojen por un monte que dicen
el Negral; él con lo demás del campo siguió derecho el Corvachin,
tierra de grande aspereza: con esta órden se llegó á un tiempo al lugar
donde los enemigos habian estado, y de allí bajando hasta llegar á
vista de la Fuengirola, sin hallar otra cosa sino rastro de gente, y
sobras de comida (porque los moros recelándose que serian descubiertos
se habian esparcido como es su costumbre, y extendido por todas las
montañas) dió el duque licencia á D. Alonso que tornase á embarcarse;
y á Arévalo de Suazo á Málaga, corriendo primero la tierra: él volvió
á Monda y de allí á Marbella. Este lugar es el que los antiguos llaman
Barbesola: mas el que agora llamamos Monda, pienso que fue poblado de
los habitadores de Monda la vieja, tres leguas mas acá, donde parecen
señas y muestras mas claras de haber sido la antigua Monda, siguiendo
los moros que conquistaron á España su antigua costumbre, de pasar los
moradores de unos lugares á otros con el nombre del lugar que dejaban:
en Ronda y otras partes se ven estatuas y letreros traidos de Monda la
vieja; y en torno de ella, la campaña, atolladeros, y pantanos en el
arroyo de que Hirtio hace memoria en sus historias.

Habia ya cumplido la gente de las ciudades y señores el tiempo que eran
obligados á servir por el llamamiento, y las aguas hartado la tierra
para sembrar: faltaba el provecho de la guerra, por la diligencia que
los moros ponian en las guardas por todo, en alzar y esconder la ropa,
mujeres y niños, en esparcirse pocos á pocos en las montañas, y gran
parte de ellos pasar á Berbería, donde con cualquier aparejo tenian
la traviesa corta y mas segura, no podian ser seguidos con ejército
formado, y el que habia se iba poco á poco deshaciendo: pareció
consejo de necesidad enviar la gente á sus casas, y el duque volver á
Ronda, guarnecer los lugares de donde con mayor facilidad los enemigos
pudiesen ser perseguidos y echados de la tierra, y andar tras de ellos
en cuadrillas, sin dejarlos reformar en alguna parte; mas detuvo la
gente de su estado ya diestros y ejercitados, que servian á su costa,
sin sueldo, ni raciones, dejó gente en Hojen, Istan, Monda, Tollox,
Guaro, Cartagima, Jubrique, y en Ronda, cabeza de toda la sierra. Habia
ya el rey avisado al duque como se determinaba á un tiempo sacar los
moros de Granada á poblar Castilla, y que estuviese apercebido para
cuando le llegase la órden de D. Juan de Austria. Cuando esto pasaba,
llegaron las cartas de D. Juan en que decia como la salida de los moros
de todo el reino seria el postrero dia de octubre; encomendábale el
secreto hasta el dia que el bando se publicase, apercebíale para la
ejecucion en tierra de Ronda; enviábale la patente en blanco para que
el duque hinchiese la persona que le pareciese mas á propósito.

Echando el bando, mandó recoger en el castillo de Ronda los moros de
paces con su ropa, hijos, y mujeres, y en la patente hinchió el nombre
de Flores de Benavides, corregidor de Gibraltar, ordenándole con
seiscientos hombres de guarda llevar cuasi mil y doscientas personas
que serian los reducidos, hasta dejallos en Illora; para que juntos
fuesen á Castilla con otros de la Vega de Granada. Era ya entrado el
mes de noviembre, con el frio y las aguas en mayor cuantidad; los
enemigos creyendo que por ir los rios mayores, y las avenidas en las
montañas dificultar mas los pasos, ellos podian extenderse por la
tierra, y nuestra gente ocupada en labrar la suya, se juntaban con
dificultad: en todas partes y á todas horas desasosegaban la tierra de
Ronda y Marbella, cautivando labradores, llevando ganados, y salteando
caminos hasta cuasi las puertas de Ronda: acogíanse en las vertientes
de Rioverde, á quien los antiguos llamaban Barbesola, del nombre de la
ciudad que agora llamamos Marbella, y de allí en las cumbres y contorno
de sierra Blanquilla. El duque por el menudear de los avisos, y por
excusar los daños, que aunque no fuesen señalados eran continuos, por
castigar los enemigos que habian en Rioverde y en la sierra del Alborno
muerto nuestra gente: porque de la Alpujarra por una parte, y por otra
con la vecindad de Berbería no se criase en aquella montaña nido;
determinó rematar la empresa, combatir los enemigos, y desarraigallos
ó acaballos del todo; salió de Ronda con mil y quinientos arcabuceros
de la guardia de ella, y gente de señores, y mil de sus vasallos,
y con la caballería que pudo juntar improvisamente: mas antes que
llegase, entendió por avisos de espías, y algunos que se pasaron de
los enemigos, que el número poco mas ó menos era de tres mil; los
dos mil de ellos arcabuceros gobernados por el Melqui, hombre entre
ellos diligente, animoso, y ofendido, ido y venido á Tituan; que
tenian atajados los pasos con grandes piedras, árboles atravesados;
que estaban resolutos de morir defendiendo la sierra: ordenó á Pedro
de Mendoza que con seiscientos arcabuceros caminase derecho á la boca
del Rioverde, por el pie de la sierra; y á Lope Zapata, con otros
seiscientos á Gaimon, á la parte de las viñas de Monda: iban estos dos
capitanes el uno del otro media legua, y entre ambos iba el duque con
el resto de la infantería y caballería; ordenó á Pedro Bermudez, y á
Cárlos de Villegas que estaba á la guarda de Istan y Hojen, con dos
compañías y cincuenta caballos, que se saliesen á un mismo tiempo y con
doscientos arcabuceros tomasen lo alto de la sierra, y las espaldas
de los enemigos; que Arévalo de Suazo partiese de Málaga, y con mil y
doscientos soldados y cincuenta caballos acudiese á la parte de Monda.
Todos á un tiempo partieron á la noche para hallarse á la mañana con
los enemigos; mas ellos avisados por un golpe de arcabuz que habian
oido entre la gente de Setenil, mudáronse del lugar, mejorándose á la
parte de Pedro de Mendoza que era el postrero, por tener la salida mas
abierta comenzó á subir el duque, y Pedro de Mendoza que estaba mas
cerca á pelear con igualdad, y ellos á mejorarse. El duque, aunque
algo apartado, oyendo los golpes de arcabuz, y visto que se peleaba
por aquella parte de Pedro de Mendoza se mejoró; y por la ladera
descubriendo la escaramuza, con la caballería y con lo que pudo de
arcabucería, acometió los enemigos; llevando cerca de sí á su hijo,
mozo cuasi de trece años, D. Luis Ponce de Leon, cosa usada en otra
edad en aquella casa de los Ponces de Leon, criarse los muchachos
peleando con los moros y tener á sus padres por maestros: porfiaron
algun tanto los enemigos; mas no pudiendo resistir, tomaron lo alto de
la sierra, y de allí se repartieron á unas y otras partes. Murieron
mas de cien hombres y entre ellos el Melqui su capitan; y si Pedro
Bermudez y Villegas salieran á la hora que se les ordenó, hiciérase
mayor efecto. Habido este buen suceso, repartió el duque la gente que
pudo por cuadrillas para seguir el alcance; cautivaron á las mujeres, y
niños, y ropa que les habia quedado; mataron en este seguimiento otros
ochenta. Quedaron los moros tan escarmentados, que ni por engaño ni por
fuerza los pudieron hallar juntos en parte de la montaña, y buscaron
tambien la sierra que llaman de Daidin, y el mismo duque repartió el
campo en cuadrillas, pero tampoco se hallaron personas juntas: con
esto, él se tornó á Ronda, y aquella guerra quedó acabada, la tierra
libre de los enemigos, parte muertos, y parte esparcidos, ó idos á
Berbería.

He querido tratar tan particularmente de esta guerra de Ronda; lo uno
porque fue varia en su manera, y hecha con gran sufrimiento del capitan
general, y con gente concejil, sin la que los señores enviaron, y la
mayor parte del mismo duque de Arcos: y aunque en ella no hubo grandes
rencuentros, ni pueblos tomados por fuerza, no se trató con menos
cuidado y determinacion, que las de otras partes de este reino; ni
hubo menos desórdenes que corregir cuando el duque la tomó á su cargo:
guerra comenzada, y suspendida por falta de gente, de dineros, de
vitualla, tornada á restaurar sin lo uno y sin lo otro: pero sola ella
acabada del todo, y fuera de pretensiones, emulaciones, ó envidias. Lo
otro por haberse en tiempos antiguos recogido en aquellas partes las
fuerzas del mundo, y competido César, y los hijos de Pompeyo, cabezas
de él, sobre cual quedaria con el señorío de todo, hasta que la fortuna
determinó por César, dos leguas de donde está agora Ronda, y tres de
la que llamamos Monda, en la gran batalla cerca de Monda la vieja,
donde hoy dia, como tengo dicho, se ven impresas señales de despojos,
de armas y caballos; y ven los moradores encontrarse por el aire
escuadrones; óyense voces como de personas que acometen: estantiguas
llama el vulgo español á semejantes apariencias ó fantasmas, que
el vaho de la tierra cuando el sol sale ó se pone forma en el aire
bajo, como se ven en el alto las nubes formadas en varias figuras y
semejanzas.

Estaba D. Juan en Granada con el duque[58] y el comendador mayor,
acudiendo á lo que se ofrecia, y por dar remate á cosas, y fin de los
enemigos que quedaban, ordenó que el comendador mayor con la gente que
se pudo juntar, parte de la propia ciudad, y parte de los que se habian
venido de su campo, y del campo del duque, que por todos serian siete
mil personas, llevasen delante, y ante todas las cosas bastimento y
municion que bastase para dos meses, y que esto se guardase en Orgiba;
y con esta prevencion partió el campo la vuelta de la Alpujarra.
Llegados á Lanjaron, por mandado del general se dió un rebato falso,
porque la gente no estuviese descuidada; otro dia llegaron á Orgiba,
y en ella reposó el campo tres dias, tomando la órden que se habia
de tener para hallar los enemigos, porque andaban esparcidos por la
tierra. El cuarto dia salió la gente hechas dos mangas de á mil hombres
cada una, con órden que la una, de la otra fuese desviada cuatro
leguas, guiando la una á la mano derecha y la otra á la siniestra, y
el resto del campo por medio: de esta suerte corrieron la tierra hasta
llegar á Pitres de Ferreira, y dejando allí presidio de quinientos
hombres, pasaron adelante hasta Portugos, y allí dejaron cien hombres,
y en Cadiar trescientos con el capitan Berrío. Aquí tuvo nuevas el
comendador mayor que los moros se habian retirado al Cehel, costa de la
mar, por ser tierra áspera y de muchos jarales: mandó á D. Miguel de
Moncada que con mil y doscientos hombres corriese aquella tierra; halló
parte de ellos, y matando siete moros, cautivó doscientas personas
entre moras y muchachos, y ropa y despojos: perdió solo un soldado que
engañado de una mora le hizo entender que en una choza tenia mucha
riqueza, y al entrar en ella le dió con una almarada por debajo del
brazo, y lo mató. Volvió D. Miguel con la cabalgada á Cadiar donde
quedó el campo; de aquí envió el comendador mayor mil hombres á Ujijar
de la Alpujarra, para que en ella hiciesen presidio, y dejando en él
trescientos soldados fuesen á Donduron, y dejasen allí una compañía
de cien hombres con su capitan, y en Ayator otros ciento, y en Berja
otros ciento, con órden que todos corriesen la tierra cada dia, dejando
guarda en los presidios. Mandó á D. Lope de Figueroa, que con mil y
quinientos infantes y algunos caballos corriese el rio de Almería y
toda aquella sierra, con el Bolodui y tierra de Gueneja, y que juntando
consigo la gente que salia de Almería: corriese la tierra de Jerez
á Fiñana, y rio de Almanzora: volvió á Granada, dejando presidio en
las Guajaras altas y bajas, y en Velez de Benaudalla, y en todos los
presidios bastimento y municion para algunos dias.

      [58] Este duque es necesariamente el de Sesa, porque el de Arcos
      no se vió con D. Juan.

Luego que llegó á Granada, proveyó D. Juan otros capitanes de
cuadrillas, que fueron Juan Carrillo Paniagua, Camacho, Reinaldos,
y otros; y hecho esto, D. Juan con el duque y el comendador mayor
se partió á Madrid; y de allí á la armada de la liga, dejando á D.
Pedro de Deza, presidente de Granada, con título de capitan general,
y en Almería por general de la infantería á D. Francisco de Córdoba,
descendiente de aquella cama de Leones del conde D. Martin. Corrian
la tierra á menudo las cuadrillas, metian en Granada moros y moras, y
no habia semana que no hubiese cabalgada. Al entrar en la puerta de
las Manos, hacian salva subiendo por el Zacatin arriba, hasta llegar
á la chancillería; daban noticia al presidente para que viese lo que
traían, y entregaban los moros en la cárcel, y de cada uno les daban
veinte ducados, como está dicho: atenazaban y ahorcaban los capitanes y
moros señalados, y los demás llevaban á galeras, que sirviesen al remo
esclavos del rey.

Entre estos trujeron un moro natural de Granada llamado Farax: este
como supiese la voluntad de Gonzalo el Jeniz, alcaide sobre los
alcaides, y de sus sobrinos Alonso y Andrés el Jeniz, y otros muchos,
que era de entregarse y reducirse, si se les concediese perdon, llamó á
Francisco Barredo, dándole parte de la voluntad y propósito que muchos
moros tenian, y aun de matar á su rey si no se quisiese reducir con
ellos; para lo cual convenia que procurase verse con Gonzalo el Jeniz,
que era uno de los que mas lo deseaban: sabido esto, Francisco Barredo
se fue á las Alpujarras, y en llegando al presidio de Cadiar[59], sacó
de una bóveda del castillo un moro que tenian preso, y le dió una carta
para Gonzalo el Jeniz, en que le hacia saber la causa de su venida; que
viese la órden que habia de tener para verse con él: recibida la carta
respondió, que otro dia al amanecer, se viniese á un cerro media legua
de Cadiar, y que adonde viese una cruz en lo alto le aguardase soltando
la escopeta tres veces por contraseña: fue, y hecha la seña llegó el
Jeniz, sus sobrinos, y otros moros, mostrando mucha alegría de velle:
lo que trataron fue, que si le traía perdon del rey para él, y los
que se quisiesen reducir, que les entregaria á Abenabó su rey muerto
ó vivo: con esto se despidió, prometiéndoles de hacello y ponello por
obra, y avisallos de la voluntad del rey: vino á Granada Francisco
Barredo, dió cuenta al presidente de lo que habia pasado con Gonzalo
el Jeniz, y lo que le habia prometido: dió el presidente aviso al rey;
que visto lo que prometia el Jeniz le concedió perdon á él, y á todos
los que con él viniesen: vino la cédula real al presidente, que visto
que no habia quien con veras lo pudiese hacer, hizo llamar á Barredo,
y entregándole la cédula le pidió con las veras y recato que en tal
negocio convenia lo hiciese.

      [59] Zatabarile llama Mármol.

Recibida la cédula, se partió, y llegó á Cadiar con el moro que antes
habia llevado la carta: avisóle como tenia lo que pedia, que se viese
con él en el sitio y lugar que antes se habian visto: llegado el Jeniz,
y vista la cédula y perdon la besó, y puso sobre su cabeza: lo mismo
hicieron los que con él venian: y despidiéndose de él, fueron á poner
en ejecucion lo concertado. Francisco Barredo se volvió al castillo
de Verchul, porque allí le dijo el Jeniz que le aguardase; Gonzalo el
Jeniz y los demás acordaron para hacello á su salvo, que seria bien
que uno de ellos fuese á Abdalá Abenabó, y de su parte le dijese que
la noche siguiente se viese con él en las cuevas de Verchul, porque
tenia que platicar con él cosas que convenian á todos. Sabido por
Abenabó, vino aquella noche á las cuevas solo con un moro de quien se
fiaba mas que de ninguno; y antes que llegase á las cuevas despidió
veinte tiradores que de ordinario le acompañaban, todo á fin de que no
supiesen adonde tenia la noche: saludóle Gonzalo el Jeniz diciéndole:
_Abdalá Abenabó, lo que te quiero decir es, que mires estas cuevas;
que están llenas de gente desventurada, así de enfermos, como de
viudas y huérfanos; y ser las cosas llegadas á tales términos, que si
todos no se daban á merced del rey, serian muertos y destruidos; y
haciéndolo, quedarian libres de tan gran miseria._ Cuando Abenabó oyó
las palabras del Jeniz, dió un grito que pareció se le habia arrancado
el alma, y echando fuego por los ojos le dijo: _¡Cómo, Jeniz! ¿para
esto me llamabas? ¿Tal traicion me tenias guardada en tu pecho? No me
hables mas, ni te vea yo_; y diciendo esto, se fue para la boca de la
cueva: mas un moro que se decia Cubayas, le asió los brazos por detrás,
y uno de los sobrinos del Jeniz le dió con el mocho de la escopeta en
la cabeza, y le aturdió; y el Jeniz le dió con una losa y le acabó de
matar: tomaron el cuerpo, y envuelto en unos zarzos de cañas le echaron
la cueva abajo, y esa noche le llevaron sobre un macho á Verchul,
adonde hallaron á Francisco Barredo y á su hermano Andrés Barredo: allí
le abrieron y sacaron las tripas, hinchiendo el cuerpo de paja. Hecho
esto, Francisco Barredo requirió á los soldados del presidio y á su
capitan, que le diese ayuda y favor para llevarle á Granada: visto el
requerimiento le acompañaron; y en el camino encontraron con doscientos
y cincuenta moros de paz, que sabida la muerte de Abenabó, y el nuevo
perdon que el rey daba, llegaron á reducirse. Vinieron á Armilla, lugar
de la Vega, y allí le pusieron caballero en un macho de albarda, y una
tabla en las espaldas, que sustentaba el cuerpo, que todos le viesen;
los moros de paz iban delante, y los soldados y Francisco Barredo
detrás. Llegados á Granada, al entrar de la plaza de Bibarrambla,
hicieron salva; lo propio en llegando á la chancillería; allí á
vista del presidente le cortaron la cabeza, y el cuerpo entregaron á
los muchachos, que despues de habello arrastrado por la ciudad, lo
quemaron: la cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad, la que
dicen puerta del Rastro, colgada de una escarpia á la parte de dentro,
y encima una jaula de palo, y un título en ella que decia:

  ESTA ES LA CABEZA DEL
  TRAIDOR DE ABENABÓ.
  NADIE LA QUITE
  SO PENA DE MUERTE.

Tal fin hizo este moro, á quien ellos tuvieron por rey despues de Aben
Humeya: los moros que quedaban, unos se dieron de paz, y otros se
pasaron á Berbería; y á los demás las cuadrillas, y la frialdad de la
sierra, y mal pasar los acabó; y feneció la guerra y levantamiento.

Quedó la tierra despoblada y destruida: vino gente de toda España á
poblarla, y dábanles las haciendas de los moriscos con un pequeño
tributo que pagan cada un año: á Francisco Barredo le hizo el rey
merced de seis mil ducados, y que estos se los diesen en bienes raices
de los moriscos, y una casa en la calle de la Águila, que era de un
mudejar echado del reino: despues pasó en Berbería algunas veces á
rescatar cautivos, y en un convite le mataron.


                     FIN DE LA GUERRA DE GRANADA.



                               DISCURSO

                       DEL CONDE DE PORTALEGRE,

  con que suplió lo que faltaba en las primeras ediciones al fin del
                    libro tercero de esta historia.


Hemos llegado á un peligroso paso, donde D. Diego deja la historia
rota por desgracia, si no fue de industria, para ganar honra con la
comparacion del que la pretendiese continuar. Porque sea quien fuere,
lo añadido seria de estofa mucho menos fina: y aunque se hallarán
(cuando esto se escribe) testigos vivos y de vista, por cuya relacion
se pudiera proseguir cumplidamente lo que falta, será lo mas seguro
hacer sumario de esta quiebra, y no suplemento; imitando antes á Floro
con Livio, que á Hirtio con César: pues no le bastó ser tan docto, tan
curioso, testigo de sus empresas, y camarada (como dicen los soldados),
para que no se vea muy clara la ventaja que hace el estilo de los
Comentarios al suyo. En el trozo que se corta se contiene la segunda
salida del señor D. Juan en campaña, el sitio peligroso y porfiado de
la villa de Galera, la expugnacion de aquella plaza, la muerte de Luis
Quijada desgraciada y lastimosa, el suceso de Seron y de Tijola; cosas
todas de gran consecuencia y consideracion, si D. Diego las escribiera,
haciendo á su modo anatomía de los afectos de los ministros, y de las
obras de los soldados. Mas pues no se puede restaurar lo que se perdió
(si algun dia no se descubre) contentémonos con saber que:

De Baza fue el señor D. Juan á Guescar; de donde salió el marqués de
los Velez á encontrarle, y tornó acompañándole con muestras de mucha
cortesía y satisfaccion, hasta ponerle á la puerta de la posada donde
habia de alojar. De allí tomó licencia sin apearse, admirándose los
presentes; y con un trompeta delante y cinco ó seis gentiles hombres,
se retiró (sin detenerse) á su casa; de donde no salió despues; porque,
segun se decia, no se quiso acomodar á servir con cargo que no fuese
supremo.

De Guescar fue D. Juan á reconocer á Galera con Luis Quijada y el
comendador mayor: reconocida, hizo venir el ejército, sitióla por
todas partes, y alojóse en el puesto de donde el marqués se habia
levantado. El sitio de aquella villa la hace muy fuerte; porque está
en una eminencia sin padrastros, y estrechándose va bajando hasta el
rio, acabando en punta con la figura de una proa de galera, de que
toma el nombre, dejando en lo alto la popa. Están las casas arrimadas
á la montaña, y esta es su fortaleza, y la razon porque puede excusar
la muralla; porque siendo casamuro, la bala que pasa las casas sale y
métese en la montaña, y así viene á ser lo mismo batir aquella tierra,
que batir un monte. No se habia esto experimentado con la batería del
marqués, porque no tenia sino cuatro lombardas antiguas del tiempo del
rey D. Fernando (como se dijo atrás) que con balas de piedra blanda, no
hacian efecto ninguno. Por lo cual hizo D. Juan venir algunas piezas
gruesas de bronce de Cartagena, Sabiote y Cazorla. Atrincheróse con
gran cuantidad de sacas de lana; porque faltaba tierra, y sobraba lana
de los lavaderos, que tenian en Guescar los ginoveses que la compran
para llevar á Italia; no poniendo las sacas por costado sino de punta,
por hacer mas ancha la trinchea: sucedió con todo alguna vez penetrar
una bala de escopeta turquesa la saca, y matar al soldado que estaba
detrás, con seguridad á su parecer. Batióse Galera con poco efecto,
porque teniendo la muralla delgada, no hacian las balas ruina, sino
agujeros, pasando de claro, los cuales servian despues á los enemigos
de troneras. Diósele el asalto por dos partes, y fueron rebotados los
nuestros con notable daño en la superior, por no se haber hecho buena
batería; y en la mas baja, por la eminencia de los terrados, de donde
los ofendian los moros con gran ventaja, como tambien lo hicieron en
algunas salidas, que costaron mucha sangre nuestra y suya; y en una
degollaron cuasi entera la compañía de catalanes que traía D. Juan
Buil. Con estos sucesos pareció que no se podia ganar la plaza por
batería, y comenzóse á minar secretamente; pero no se les pudo esconder
á los enemigos la mina; la cual reconocieron, y la publicaban á voces
de la muralla; visto esto, se ordenó que se hiciese juntamente, por
consejo (segun dicen) del capitan Juan Despuche, con intento de hacer
demostracion que se arremetia, moviéndose los escuadrones hasta ciertas
señales que estaban puestas, para que volando la primera, se engañasen
los moros, creyendo que era pasado el peligro, y saliesen á la defensa.
Sucedió ni mas ni menos, y dióse fuego á la segunda; la cual hizo tanta
obra, que los voló hasta la plaza de armas, sin dejar hombre vivo
de cuantos estaban á la frente: subieron los nuestros con trabajo,
pero sin peligro, y plantaron las banderas en lo mas alto, que fue
la ocasion de desconfiarlos del todo, y de rendirse sin resistencia:
degolláronlos, sin excepcion de sexo ni edad, por espacio de dos horas.
Cansóse el señor D. Juan y mandó envainar la furia de los soldados,
y que cesase la sangre. Murieron sobre esta fuerza veinte y cuatro
capitanes, cosa no vista hasta entonces; despues dicen los de Flandes,
que compraron al mismo precio las villas de Harlen y Mastrich, con que
se confirma la opinion de los antiguos, que llaman á nuestra nacion
pródiga de la vida, y anticipadora de la muerte.

De Galera caminó el campo á Caniles la vuelta de Serona. Pasó Luis
Quijada con la vanguardia á reconocerle, y hallándole desamparado,
porque la gente se subió á la montaña, se desmandaron algunos de
los nuestros, y entraron sin órden á saquear la tierra; los moros
los vieron, y bajaron de lo alto, dieron sobre ellos, y pusiéronles
en huida, tomándolos de sobresalto ocupados en el saco. Llegó Luis
Quijada á recogerlos, y amparándolos, y metiéndolos en escuadron,
fue herido desde arriba de un arcabuzazo en el hombro, de que murió
en pocos dias. Era hijo de Gutierre Quijada, señor de Villa García,
famoso justador al modo castellano antiguo; sirvió al emperador de
paje, subiendo por todos los grados de la casa de Borgoña hasta ser su
mayordomo, y coronel de la infantería española, que ganó á Teruana,
plaza muy nombrada en Picardía; y solo este caballero escogió, cuando
dejó sus reinos, para que le sirviese y acompañase en el monasterio
de Yuste, haciendo el oficio de mayordomo mayor de pequeña casa y de
gran príncipe. Dejóle encargado secretamente á D. Juan de Austria
su hijo natural; crióle sin decirle que lo era, hasta el tiempo en
que quiso el rey su hermano que le descubriese, siendo entonces Luis
Quijada caballerizo mayor del príncipe D. Cárlos, y despues del consejo
de estado, y presidente de las Indias. La desgracia subió de punto
por no dejar hijos. Sintió y lloró su muerte el señor D. Juan, como
de persona que le habia criado, y á quien tanto debia. Detúvose en
aquel alojamiento algunos dias con muchas necesidades; los moros se
recogieron en Tijola y Purchena, y representáronse en este tiempo á
nuestro campo tres ó cuatro veces con cuatro mil peones y cuarenta
ó cincuenta caballos, extendiendo las mangas hasta tiro de escopeta
de los nuestros. Ordenóse, que so pena de la vida ninguno trabase
escaramuza con ellos, y así tornaron siempre sin hacer, ni recibir
daño; y el campo se movió para ir sobre Tijola, y ellos se retiraron
á Purchena, dejando á Tijola bien guarnecida de gente, y municionada.
Sitióse á la redonda; mas la tierra es tan áspera, que hubo gran
dificultad en subir la artillería donde pudiese hacer efecto: en fin se
subió con grande industria, y se les quitaron las defensas con ella;
habíase de batir mas de propósito el dia siguiente, pero los moros no
lo esperaron, y saliéronse á las diez de aquella noche por diversas
partes, habiendo hurtado el nombre al ejército (cosa muy rara), y
dándole todos á las primeras postas á un mismo tiempo, rompieron
por los cuerpos de guardia, y salieron á la campaña. Perdiéronse
tantos en esta salida, que los menos se salvaron. Por la mañana se
siguió el alcance á los desmandados hasta Purchena, que se rindió sin
resistencia, porque la gente estaba ya fuera, y no habia sino mujeres,
pocos hombres, y alguna ropa. Algunos de los nuestros quedaron dentro,
los mas pasaron siguiendo á los enemigos hasta el rio de Macael. D.
Juan pasó de Tijola á Purchena, y guarnecióla; de allí fue dejando
presidios en Cantoria, Tavernas, Frejiliana y Almería, y llegó á
Andarax: donde se juntaron el duque de Sesa y el comendador mayor.
Venia el duque de hacer su jornada, que concurrió con la misma de
Galera que se ha referido en este sumario; tornando á atar el hilo de
la historia de D. Diego en el libro siguiente.



                                LA VIDA

                                  DEL

                         LAZARILLO DE TORMES,

                     SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.

                                  POR

                     D. Diego Hurtado de Mendoza.



                               PRÓLOGO.


Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oidas ni
vistas vengan á noticia de muchos, y no se entierren en la sepultura
del olvido; pues podria ser que alguno que las lea, halle algo que le
agrade, y á los que no ahondaren tanto, los deleite. Y á este propósito
dice Plinio: que no hay libro por malo que sea, que no tenga alguna
cosa buena; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno
no come, otro se pierde por ello; y así vemos cosas tenidas en poco de
algunos, que de otros no lo son. Y por esto ninguna cosa se deberia
romper ni echar á mal (si muy detestable no fuese), sino que á todos
se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio, y pudiendo sacar de
ella algun fruto. Porque si así no fuese, muy pocos escribirian para
uno solo, pues no se hace sin trabajo; y quieren, ya que lo pasan, ser
recompensados, no con dineros, mas con que lean y vean sus obras, y si
hay de que, se las alaben. Y á este propósito dice Tulio: _la honra
cria las artes_. ¿Quién piensa que el soldado que es primero en la
escala, tiene mas aborrecido el vivir? no por cierto; mas el deseo de
la alabanza le hace ponerse al peligro; y así en las artes y letras
es lo mismo. Predica muy bien el presentado, y es hombre que desea
mucho el provecho de las ánimas; mas pregunten á su merced, si le pesa
cuando le dicen: ¡ó qué maravillosamente lo ha hecho V. R.ª! Justó muy
ruinmente el Sr. D. Fulano, y dió el sayete de armas al truhan, porque
le loaba de haber llevado muy buenas lanzas: ¿qué hiciera si fuera
verdad? Y todo va de esta manera: que confesando yo no ser mas santo
que mis vecinos, de esta nonada que en este grosero estilo escribo,
no me pesará que hayan parte y se huelguen con ello todos los que
en ella algun gusto hallaren, y vean que vive un hombre con tantas
fortunas, peligros y adversidades. Suplico á vuestra merced reciba el
pobre servicio de mano de quien le hiciera mas rico, si su poder y
deseo se conformaran. Y pues vuestra merced escribe se le escriba y
relate el caso muy por extenso, parecióme no tomarle del medio, sino
del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona; y tambien
porque consideren los que heredaron nobles estados, cuan poco se les
debe, pues fortuna fue con ellos parcial; y cuanto mas hicieron los
que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron á buen
puerto.



                                LA VIDA

                                  DEL

                         LAZARILLO DE TORMES,

                     SUS FORTUNAS Y ADVERSIDADES.



              Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre.


Pues sepa vuestra merced ante todas cosas, que á mi llaman Lázaro de
Tormes, hijo de Tomé Gonzalez y de Antonia Perez, naturales de Tejares,
aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del rio Tormes, por la
cual causa tomé el sobrenombre, y fue de esta manera. Mi padre (que
Dios perdone) tenia cargo de proveer una molienda de una aceña que está
ribera de aquel rio, en la cual fue molinero mas de quince años: y
estando mi madre una noche en la aceña preñada de mi, tomóla el parto y
parióme allí, de manera que con verdad me puedo decir nacido en el rio.
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron á mi padre ciertas sangrías
mal hechas en los costales de los que allí á moler venian, por lo
cual fue preso, confesó y no negó, y padeció persecucion de justicia.
Espero en Dios que está en gloria, pues el evangelio los llama
bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra los moros,
entre los cuales fue mi padre, que á la sazon estaba desterrado por el
desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue,
y con su señor, como leal criado, feneció su vida. Mi viuda madre, como
sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse á los buenos por
ser uno de ellos, y vínose á vivir á la ciudad, y alquiló una casilla,
y metíase á guisar de comer á ciertos estudiantes, y limpiaba la ropa
á ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera
que frecuentando las caballerizas, ella y un hombre moreno de aquellos
que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces
se venia á nuestra casa, y se iba á la mañana. Otras veces de dia
llegaba á la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en la
casa. Yo al principio de su entrada pesábame de ella, y hacíame miedo,
viendo el color y mal gesto que tenia; mas de que vi que con su venida
mejoraba el comer, fuíle queriendo bien; porque siempre traía pan,
pedazos de carne, y en el invierno leña con que nos calentábamos;
de manera que continuando la posada y conversacion, mi madre vínose
á darme un negrito, el cual yo brincaba y ayudaba á calentar. Y
acuérdome que estando el negro de mi padrastro trabajando con el
mozuelo, como el niño veía á mi madre y á mi blancos, y á él no, huía
de él con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decia: madre,
coco; respondiendo él riendo, hideputa. Yo, aunque muy muchacho, noté
aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mi: cuantos debe haber
en el mundo que huyen de otros, porque no se ven á sí mismos. Quiso
nuestra fortuna que la conversacion del Zayde (que así se llamaba)
llegó á oidos del mayordomo; y hecha pesquisa, hallóse que la mitad por
medio de la cebada que para las bestias le daban, hurtaba; y salvados,
leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos
hacia perdidas: y cuando otra cosa no tenia, las bestias desherraba;
y con todo esto acudia á mi madre para criar á mi hermanico. No nos
maravillamos de un clérigo ni de un fraile, porque el uno hurta de
los pobres y el otro de su casa para sus devotas y para ayuda de otro
tanto, cuando á un pobre esclavo el amor le animaba á esto. Y probósele
cuanto digo y aun mas; porque á mi con amenazas me preguntaban, y
como niño respondia y descubria cuanto sabia con miedo, hasta ciertas
herraduras que por mandado de mi madre á un herrero vendí. Al triste
de mi padrastro azotaron y pringaron, y á mi madre pusieron pena por
justicia sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho
comendador no entrase, ni al lastimado Zayde en la suya acogiese. Por
no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la
sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue á
servir á los que al presente vivian en el meson de la Solana, y allí
padeciendo mil importunidades acabó de criar á mi hermanico hasta que
supo andar: y á mi hasta ser buen mozuelo, que iba á los huéspedes por
vino, candelas y por lo demás que me mandaban.

En este tiempo vino á posar al meson un ciego, el cual pareciéndole que
yo seria para adestrarle, me pidió á mi madre, y ella me encomendó á
él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar
la fe, habia muerto en la batalla de los Gelves; y que ella confiaba
en Dios que no saldria peor hombre que mi padre, y que le rogaba me
tratase bien y mirase por mi, pues era huérfano. Él respondió que
así lo haria y que me recibia, no por mozo, sino por hijo; y así le
comencé á servir y adestrar á mi nuevo y viejo amo. Como estuvimos en
Salamanca algunos dias, pareciéndole á mi amo que no era la ganancia á
su contento, determinó irse de allí. Y cuando nos hubimos de partir,
yo fuí á ver á mi madre, y ambos llorando, me dió su bendicion y dijo:
hijo, ya sé que no te veré mas; procura ser bueno, y Dios te guie.
Criado te he, y con buen amo te he puesto, válete por ti. Y así me fuí
para mi amo, que esperándome estaba.

Salimos de Salamanca, y llegando á la puente, está á la entrada de ella
un animal de piedra que casi tiene forma de toro; y el ciego mandóme
que llegase cerca del animal, y allí puesto dijo: Lázaro, llega el oido
de este toro, y oirás gran ruido dentro de él. Yo simplemente llegué,
creyendo ser así; y como sintió que tenia la cabeza á par de la piedra,
afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro,
que mas de tres dias me duró el dolor de la cornada; y díjome: necio,
aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo, y
rió mucho de la burla.

Parecióme que en aquel instante disperté de la simpleza en que, como
niño, dormido estaba, y dije entre mi: verdad dice este, que me cumple
avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar como me sepa valer.
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos dias me mostró jerigonza.
Y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho y decia: yo oro ni
plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir, muchos te mostraré. Y
fue así, que despues de Dios este me dió la vida, y siendo ciego, me
alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar á vuestra
merced estas niñerías, para mostrar, cuanta virtud sea saber los
hombres subir siendo bajos; y dejarse bajar, siendo altos, cuanto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra merced
sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó mas astuto ni
sagaz. En su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabia
de coro, un tono bajo, reposado y muy sonable, que hacia resonar la
iglesia donde rezaba; un rostro humilde y devoto, que con muy buen
continente ponia cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni
ojos, como otros suelen hacer. Allende de esto tenia otras mil formas
y maneras para sacar el dinero. Decia saber oraciones para muchos y
diversos efectos; para mujeres que no parian; para las que estaban de
parto; para las que eran mal casadas, que sus maridos las quisiesen
bien. Echaba pronósticos á las preñadas, si traían hijo ó hija; pues
en caso de medicina decia que Galeno no supo la mitad que él; para
muelas, desmayos, males de comadre. Finalmente nadie le decia padecer
alguna pasion, que luego no le decia: haced esto, hareis estotro, coced
tal yerba, tomad tal raiz. Con esto andábase todo el mundo tras él,
especialmente mujeres, que, cuanto les decia, creían. De estas sacaba
él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba mas en un mes
que cien ciegos en un año. Mas tambien quiero que sepa vuestra merced,
que con todo lo que adquiria y tenia, jamás tan avariento ni mezquino
hombre no vi; tanto que me mataba á mi de hambre, y así no me remediaba
de lo necesario. Digo verdad: si con mi sutileza y buenas mañas no me
supiera remediar, muchas veces me finara de hambre. Mas con todo su
saber y aviso le contraminaba de tal suerte, que siempre ó las mas
veces me cabia lo mas y mejor. Para esto le hacia burlas endiabladas,
de las cuales contaré algunas, aunque no todas á mi favor. Él traía el
pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo, que por la boca se
cerraba con una argolla de hierro y su candado y llave; y el meter de
las cosas y sacarlas, era con tanta vigilancia y tan por contadero,
que no bastara todo el mundo á hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba
aquella laceria que el me daba, la cual en menos de dos bocados era
despachada: y despues que cerraba el candado y se descuidaba, pensando
que yo estaba entendiendo en otras cosas; por un poco de costura que
muchas veces de un lado del fardel descosia y tornaba á coser, sangraba
el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos,
torreznos y longanizas. Y así buscaba conveniente tiempo para rehacer,
no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podia sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le
mandaban rezar y le daban blancas, como él carecia de vista, no habia
el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenia lanzada en la
boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba
de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el
mal ciego, porque al tiento luego conocia y sentia, que no era blanca
entera, y decia: ¿qué diablo es esto, que despues que conmigo estais,
no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí
hartas veces me pagaban? en ti debe de estar esta desdicha.

Tambien él abreviaba el rezar y la mitad de la oracion no acababa,
porque me tenia mandado, que en yéndose el que le mandaba rezar, le
tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia, y luego él tornaba á dar
voces, diciendo mandan rezar tal y tal oracion, como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos; yo muy de
presto le asia y daba un par de besos callados, y tornábale á su lugar;
mas duróme poco, que en los tragos conocia la falta: y por reservar
su vino á salvo, nunca despues desamparaba el jarro; antes le tenia
por el asa asido. Mas no habia piedra iman, que así trajese a sí como
yo con una paja de centeno que para aquel menester tenia hecha; la
cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, le dejaba á
buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me
sintió; y dende en adelante mudó de propósito, y asentaba su jarro
entre las piernas y tapábale con la mano, y así bebia seguro. Yo como
estaba hecho al vino, moria por él; y viendo que aquel remedio de la
paja no me aprovechaba ni valia, acordé en el suelo del jarro hacerle
una fuentecilla y agujero sutil, y delicadamente con una muy delgada
tortilla de cera taparle.

Al tiempo de comer, fingiendo haber frio, entrábame entre las piernas
del triste ciego á calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos; y
al calor de ella, luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba
la fuentecilla á destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponia,
que maldita la gota que se perdia. Cuando el pobrete iba á beber, no
hallaba nada: espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el
vino, no sabiendo que podia ser. No direis tio, que os lo bebo yo,
decia, pues no le quitais de la mano. Tantas vueltas y tientos dió al
jarro, que se halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló
como si no lo hubiera sentido; y luego otro dia, teniendo yo rezumando
mi jarro como solia, no pensando el daño que me estaba aparejado, ni
que el mal ciego me sentia, sentéme como solia, estando recibiendo
aquellos dulces tragos, mi cara puesta hácia el cielo, un poco cerrados
los ojos, por mejor gustar el sabroso licor. Sintió el desesperado
ciego que ahora tenia tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su
fuerza alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer
sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder; de manera que
el pobre Lázaro, que á nada de esto se aguardaba, antes si, como otras
veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente le pareció, que el
cielo con todo lo que en él hay, le habia caido encima. Fue tal el
golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande,
que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por
muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy dia me
quedé. Desde aquella hora quise mal al mal ciego: y aunque me queria y
regalaba y me curaba, bien vi que se habia holgado del cruel castigo.
Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me habia
hecho, y sonriéndose decia: que te parece, Lázaro, lo que te enfermó,
te sana y da salud, y otros donaires que á mi gusto no lo eran. Ya que
estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que á
pocos golpes tales el cruel ciego ahorraria de mi, quise yo ahorrar de
él: mas no lo hice tan presto, por hacerlo mas á mi salvo y provecho.

Aunque yo quisiera asentar mi corazon y perdonarle el jarrazo, no daba
lugar el mal tratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacia;
que sin causa ni razon me heria, dándome coscorrones y repelándome. Y
si alguno le decia, por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento
del jarro, diciendo: ¿pensais que este mi mozo es algun inocente?
pues oid si el demonio ensayara otra tal hazaña. Santiguándose los
que le oían, decian: mira, quien pensara de un muchacho tan pequeño
tal ruindad, y se reían mucho del artificio, y decíanle: castigadle,
castigadle, que de Dios lo habreis. Y él con aquello nunca otra cosa
hacia: y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y
adrede por hacerle mal y daño. Si habia piedras, por ellas; si lodo,
por lo mas alto: que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame
de quebrarme un ojo, por quebrar dos al que ninguno tenia. Con esto
siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual
siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque yo
juraba no hacerlo con malicia, sino por no hallar mejor camino, no
me aprovechaba, ni me creía; mas tal era el sentido y el grandísimo
entendimiento del traidor.

Y porque vea vuestra merced á cuanto se extendia el ingenio de este
astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el
cual me parece dió bien á entender su grande astucia. Cuando salimos de
Salamanca, su motivo fue venir á tierra de Toledo, porque decia ser la
gente mas rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase á este refran: _mas
da el duro que el desnudo_. Y vinimos á este camino por los mejores
lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde
no, al tercero dia hacíamos San Juan. Acaeció que llegando á un lugar
que llaman _Almorox_, al tiempo que cogian las uvas, un vendimiador
le dió un racimo de ellas en limosna; y como suelen ir los cestos
maltratados, y tambien porque la uva en aquel tiempo está muy madura,
desgranábasele el racimo en la mano. Al echarle en el fardel, tornábase
mosto; y de lo que á él se llegaba, acordó de hacer un banquete, así
por no poder llevarlo, como por contentarme; en aquel dia me habia
dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en un valladar, y dijo:
ahora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas de él tanta parte como yo. Partir lo
hemos de esta manera: tu picarás una vez, y yo otra, con tal que me
prometas no tomar cada vez mas que una, y yo haré lo mismo hasta que
le acabemos, y de esta suerte no habrá engaño. Hecho así el concierto
comenzamos, mas luego al segundo lance el traidor mudó propósito, y
comenzó á tomar de dos en dos, considerando que yo deberia hacer lo
mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me contenté con ir á la
par con él, mas aun pasaba adelante, dos á dos y tres á tres, y como
podia las comia. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en
la mano, y meneando la cabeza, dijo: Lázaro, engañado me has: juraré yo
á Dios que has tu comido las uvas tres á tres. No comí, dije yo: ¿mas
porqué sospechais eso? Respondió el sagacísimo ciego, ¿sabes en qué veo
que las comiste tres á tres? en que comia yo dos á dos, y callabas.
Reíme entre mí, y aunque muchacho, noté la discreta consideracion
del ciego. Mas por no ser prolijo, dejo de contar muchas cosas así
graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron; y
quiero decir el despidiente, y con él acabar. Estábamos en Escalona,
villa del duque della, y dióme un pedazo de longaniza que le asase.
Ya que la longaniza habia pringado, y comídose las pringadas, sacó un
maravedí de la bolsa, y mandóme que fuese por vino á la taberna. Púsome
el demonio el aparejo delante los ojos, el cual (como suelen decir)
hace el ladron: y fue que habia cabe el fuego un nabo pequeño larguillo
y ruinoso, y tal que por no ser para la olla, debió de ser echado
allí. Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me
vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la
longaniza, del cual solamente sabia que habia de gozar, no mirando que
me podria suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en
tanto que él sacaba de la bolsa el dinero, saqué la longaniza, y muy
presto metí el sobredicho nabo en el asador: el cual mi amo, dándome el
dinero para el vino, tomó y comenzó á dar vueltas al fuego, queriendo
asar al que de ser cocido por sus deméritos habia escapado. Yo fuí por
el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza: y cuando vine,
hallé al pecador del ciego que tenia entre dos rebanadas apretado el
nabo, el cual aun no habia conocido, por no haber tentado con la mano.
Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas, pensando tambien llevar
parte de la longaniza, hallóse frio con el frio nabo, alteróse y dijo:
¿qué es esto, Lazarillo? Lazaredo de mi, dije yo, si quereis á mi echar
algo ¿no vengo yo de traer el vino? alguno estaba ahí, y por burlarse
haria esto. No, no, dijo él, que yo no he dejado el asador de la mano;
no es posible. Yo torné á jurar y perjurar que estaba libre de aquel
trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues á las astucias del maldito
ciego nada se le escondia. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse á
olerme, y como debió sentir el huelgo á uso de buen podenco, por mejor
satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome
con las manos, abrióme la boca mas de su derecho, y desatentadamente
metia la nariz, la cual él tenia luenga y afilada, que en aquella sazon
con el enojo se habia aumentado un palmo, con el pico de la cual me
llegó á la gulilla. Con esto y con el gran miedo que tenia, y con la
brevedad del tiempo, la negra longaniza aun no habia hecho asiento en
el estómago; y lo mas principal, con el destiendo de la cumplidísima
nariz, medio casi ahogado me tuvo: todas estas cosas se juntaron y
fueron causa que el hecho y golosina se manifestase, y lo suyo fuese
vuelto á su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi
boca su trompa, tal alteracion sintió mi estómago, que le dió con el
hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal mascada longaniza
á un tiempo salieron de mi boca. ¡O gran Dios, quién estuviera á
aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del
perverso ciego, que si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con
la vida.

Sacáronme dentre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos
cabellos que tenia, arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la
garganta: y esto bien lo merecia, pues por su maldad me venian tantas
persecuciones. Contaba el mal ciego á todos cuantos allí se allegaban
mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro,
como de la del racimo, y ahora de lo presente. Era la risa de todos tan
grande, que toda la gente, que por la calle pasaba, entraba á ver la
fiesta. Mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas,
que aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecia que hacia
sin justicia en no se las reir. Y en cuanto esto pasaba, á la memoria
me vino una cobardía y flojedad que hice porque me maldecia, y fue no
dejarle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello, que la mitad
del camino estaba andado, que con solo apretar los dientes, se me
quedaran en casa, y con ser de aquel malvado por ventura lo retuviera
mejor mi estómago, que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas,
pudiera negar la demanda. Pluguiera á Dios que lo hubiera hecho, que
esto fuera así que así. Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí
estaban, y con el vino que para beber le habia traido, laváronme la
cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires,
diciendo: por verdad, mas vino me gasta este mozo en lavatorios al
cabo del año, que yo no bebo en dos. Y luego contaba cuantas veces me
habia descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba. Yo te
digo, dijo, que si hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con
vino, que serás tu; y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque
yo renegaba. Mas el pronóstico del ciego no salió mentiroso, y despues
acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre que sin duda debia tener
espíritu de profecía; y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque
bien se lo pagué, considerando, lo que aquel dia me dijo, salirme tan
verdadero como adelante vuestra merced oirá.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mi, determiné de
todo en todo dejarle, como lo traía pensado y lo tenia en voluntad:
con este postrer juego que me hizo afirmélo mas. Y fue así, que luego
otro dia salimos por la villa á pedir limosna, y habia llovido mucho
la noche antes, y el dia tambien llovia; y andaba rezando debajo de
unos portales que en aquel pueblo habia, donde no nos mojábamos. Mas
como la noche se venia y el llover no cesaba, díjome el ciego: Lázaro,
esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche mas cierra, mas recia:
acojámonos á la posada con tiempo. Para ir á allá habíamos de pasar
un arroyo que con la mucha agua iba grande, yo le dije: tio el arroyo
va muy ancho; mas si quereis, yo veo por donde travesemos mas aina
sin mojarnos, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos á
pie enjuto. Parecióle buen consejo, y dijo: discreto eres, por esto
te quiero bien: llévame á ese lugar donde el arroyo se angosta, que
ahora es invierno y sabe mal el agua, y mas llevar los pies mojados.
Yo que vi el aparejo á mi deseo, saquéle debajo los portales y llevéle
derecho de un pilar ó poste de piedra que en la plaza estaba, sobre el
cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y díjele: tio,
este es el paso mas angosto que en el arroyo hay. Como llovia recio y
el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua
que encima nos caía, y lo mas principal porque Dios le cegó aquella
hora el entendimiento, fue por darme de él venganza. Creyóse de mi, y
dijo, ponme bien derecho, y salta tu el arroyo. Yo le puse bien derecho
en frente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como
quien espera tope de toro, y díjele: sus, saltad todo lo que podais,
porque deis de este cabo del agua. Aun apenas lo habia acabado de
decir, cuando se abalanza el pobre ciego como cabron, de toda su fuerza
arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto;
y da con la cabeza en el poste que sonó tan recio como si diera con
una gran calabaza, y cayó luego para atrás medio muerto y hendida la
cabeza. ¿Cómo oliste la longaniza, y no el poste? pues oledle, dije yo.
Y dejéle en poder de mucha gente que le habia ido á socorrer, y tomé
la puerta de la villa en los pies de un trote; y antes que la noche
viniese, di conmigo en Torrijo. No supe mas lo que Dios de él hizo, ni
curé de saberlo.



                 Como Lázaro se asentó con un clérigo,
                    y de las cosas que con él pasó.


Otro dia no pareciéndome estar allí seguro, fuíme á un lugar que llaman
Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo, que llegando
á pedir limosna, me preguntó si sabia ayudar á misa. Yo dije que sí,
como era verdad; que aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el
pecador del ciego, y una de ellas fue esta. Finalmente, el clérigo me
recibió por suyo.

Escapé del trueno y di en el relámpago, porque era el ciego para con
este un Alejandro Magno, con ser la misma avaricia, como he contado.
No digo mas, sino que toda la laceria del mundo estada encerrada en
este. No sé si de su cosecha era, ó lo habia añejado con el hábito
de clerecía. Él tenia una arca vieja cerrada con su llave, la cual
traía atada con una agujeta del paletoque: y en viniendo el bodigo de
la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornaba á cerrar
el arca. En toda la casa no habia ninguna cosa de comer, como suele
estar en otras algun tocino colgado al humero, algun queso puesto en
alguna tabla ó en el armario, algun canastillo con algunos pedazos de
pan que de la mesa sobran, que me parece á mi, que aunque de ello no
me aprovechara, con la vista de ello me consolara. Solamente habia
una horca de cebollas y debajo llave en una cámara en lo alto de la
casa. De estas tenia yo de racion una para cada cuatro dias; y cuando
le pedia la llave para ir por ella, si alguno estaba presente, echaba
mano al falsopeto, y con gran continencia la desataba y me la daba,
diciendo: toma, y vuélvela luego, no hagas sino golosinar, como si
debajo de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber
en la dicha cámara, como dije, maldita la otra cosa que las cebollas
colgadas de un clavo, las cuales él tenia tan bien por cuenta, que
si por mal de mis pecados me desmandara á mas de mi tasa, me costara
caro. Finalmente yo me finaba de hambre, pues ya que conmigo tenia poca
caridad, consigo usaba mas. Cinco blancas de carne era su ordinario
para comer y cenar; verdad es que partia conmigo del caldo: que de
la carne, como la hay en el ojo, sino un poco de pan: y pluguiera á
Dios que me demediara. Los sábados cómense en esta tierra cabezas de
carnero, y enviábame por una que costaba tres maravedís. Aquella la
cocia, y comia los ojos y la lengua, y el corazon y sesos, y la carne
que en las quijadas tenia: dábame todos los huesos roidos, y dábamelos
en el plato, diciendo: toma, come, triunfa, que para ti es el mundo:
mejor vida tienes que el papa. Tal te la dé Dios, decia yo paso entre
mi.

Al cabo de tres semanas que estuve con él, vine á tanta flaqueza que
no me podia tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ya en
la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran. Para usar de mis
mañas no tenia aparejo, por no tener en que darle asalto: y aunque
algo hubiera, no pudiera cegarle, como hacia al que Dios perdone, si
de aquella calabazada feneció: que todavía aunque astuto, con faltarle
aquel preciado sentido, no me sentia. Mas estotro, ninguno hay que tan
aguda vista tuviese, como él tenia. Cuando al ofertorio estábamos,
ninguna blanca en la concha caía, que no era de él registrada. El un
ojo tenia en la gente, y el otro en mis manos. Bailábanme los ojos en
el cajo, como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecian, tenia por
cuenta. Acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta, y la ponia
sobre el altar. No fuí yo señor de asirle una blanca, todo el tiempo
que con él viví, ó por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje
una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda habia metido en
su arca, compasaba de tal forma que le duraba toda la semana. Y por
ocultar su gran mezquindad, decíame: mira mozo, los sacerdotes han
de ser muy templados en su comer y beber; por esto yo no me desmando
como otros. Mas el lacerado mentia falsamente, porque en cofradías y
mortuorios que rezábamos á costa ajena, comia como lobo, y bebia mas
que un saludador. Y porque dije mortuorios, Dios me perdone, que jamás
fuí enemigo de la naturaleza humana sino entonces: y esto era, porque
comíamos bien y me hartaba. Deseaba y aun rogaba á Dios que cada dia
matase el suyo. Cuando dábamos sacramento á los enfermos, especialmente
la extremauncion, como manda el clérigo rezar á los que están allí,
yo cierto no era el postrero de la oracion; y con todo mi corazon y
buena voluntad rogaba al Señor, no que le echase á la parte que mas
servido fuese, como se suele decir, mas que le llevase de este mundo. Y
cuando alguno de estos escapaba, (Dios me lo perdone) mil veces le daba
al diablo, y el que se moria, otras tantas bendiciones llevaba de mi
dichas.

En todo el tiempo que allí estuve, que serian cuasi seis meses, solas
veinte personas fallecieron, y estas bien creo que las maté yo, ó por
mejor decir, murieron á mi recuesta: porque viendo el Señor mi rabiosa
y continua muerte, pienso que se holgaba de matarlos por darme á mi
vida. Mas de lo que al presente padecia, remedio no hallaba, que si
el dia que enterrábamos, yo vivia, los dias que no habia muerto, por
quedar bien vezado de la hartura, tornando á mi cotidiana hambre, mas
lo sentia; de manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte,
que yo tambien para mi como para ellos otros deseaba algunas veces. Mas
no la veía, aunque estaba siempre en mi.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo
dejaba. La primera por no atraverme á mis piernas, por temor de la
flaqueza que de pura hambre me tenia; y la otra, consideraba y decia:
yo he tenido dos amos; el primero traíame muerto de hambre, y dejándole
topé con estotro que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de
este desisto y doy en otro mas bajo, ¡qué será sino fenecer! Con esto
no me osaba menear, porque tenia por fe que todos los grados habia de
hallar mas ruines, y á bajar otro punto, no soñara Lázaro ni se oyera
en el mundo.

Pues estando en tal afliccion, que le plegue al Señor librar de ella
á todo fiel cristiano; y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal
en peor; un dia que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo habia ido
fuera del lugar, llegó acaso á mi puerta un calderero, el cual yo creo
que fue ángel enviado á mi por la mano de Dios en aquel hábito, y
preguntóme si tenia algo que adobar.

En mi tenias bien que hacer; y no haríais poco, si me remediáseis,
dije paso que no me oyó. Mas como no era tiempo de gastarlo en decir
gracias, alumbrado por el Espíritu santo, le dije, tio una llave de
esta arca he perdido, y temo mi señor me azote: por vuestra vida veais,
si en estas que traeis, alguna hay que le haga, que yo os lo pagaré.
Comenzó á probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que
de ellas traía, y yo á ayudarle con mis flacas oraciones: cuando no me
cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del
arca: y abierta, díjele: yo no tengo dinero que daros por la llave, mas
tomad de ahí el pago. El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le
pareció; y dejándome mi llave, se fue muy contento, dejándome mas á mí.
Mas no toqué en nada por el presente, porque no fuese la falta sentida;
y aun porque me vi de tanto bien señor, parecióme que la hambre no se
me osaba llegar.

Vino el mísero de mi amo, y quiso Dios no miró en la oblada que el
ángel habia llevado; y otro dia saliendo de casa, abro mi paraiso
panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo, y en dos credos le
hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta: y comienzo á barrer
la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar de
allí en adelante la triste vida, y así estuve con ello aquel dia y otro
gozoso. Mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso,
porque luego al tercero dia me vino la terciana derecha, y fue que
veo á deshora al que mataba de hambre sobre nuestra arca, volviendo y
revolviendo y tornando contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta
oracion, devociones y plegarias decia san Juan y ciégale.

Despues que estuvo un gran rato echando la cuenta, por dias y dedos
contando, dijo: si no tuviera á tan buen recaudo esta arca, yo dijera
que me habian tomado de ella panes; pero de hoy mas, solo por cerrar
puerta á la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos, nueve quedan
y un pedazo. Nuevas malas te dé Dios, dije entre mí; parecióme con
lo que dijo, pasarme el corazon con saeta de montero, y comenzóme el
estómago á escarbar de hambre, viéndose puesto en la dieta pasada. Fue
fuera de casa, y yo por consolarme abro el arca, y como vi el pan,
comencéle á adorar (no osando recibirle), contélos, si á dicha el
lacerado se errara; y hallé su cuenta mas verdadera que yo quisiera. Lo
mas que yo pude hacer, fue dar en ellos mil besos: y lo mas delicado
que yo pude, del partido partí un poco al pelo que él estaba, y con
aquel pasé aquel dia, no tan alegre como el pasado.

Mas como la hambre creciese, mayormente que tenia el estómago hecho
á mas pan aquellos dos ó tres dias ya dichos, moria de mala muerte;
tanto que otra cosa no hacia en viéndome solo, sino abrir y cerrar el
arca y contemplar en aquella cara de Dios, que así dicen los niños. Mas
el mismo Dios que socorre á los afligidos, viéndome en tal estrecho,
trajo á mi memoria un pequeño remedio, que considerando entre mi,
dije: este arcon es viejo, grande y roto por algunas partes; aunque
con pequeños agujeros, puédese pensar que ratones entrando en él hacen
daño á este pan. Sacarlo enteramente, no es cosa conveniente, porque
verá la falta el que en tanta me hace vivir. Esto bien se sufre. Y
comienzo á desmigajar el pan sobre unos no muy costosos manteles que
allí estaban, tomo uno y dejo otro: de manera que en cada cual de tres
ó cuatro desmigajo su poco, y despues como quien toma grajea, lo comí
y algo me consolé. Mas él como viniese á comer y abriese el arca, vió
el mal pesar, y sin duda creyó ser ratones los que el daño habian
hecho, porque estaba muy al propio contrahecho de como ellos le suelen
hacer. Miró toda el arca de un cabo á otro, y vióla ciertos agujeros
por do sospechaba habian entrado, llamóme diciendo: Lázaro, mira que
persecucion ha venido aquesta noche por nuestro pan. Yo híceme muy
maravillado, preguntándole qué seria. ¿Qué ha de ser? dijo él; ratones
que no dejan cosa á vida. Pusímonos á comer, y quiso Dios que aun en
esto me fue bien; que me cupo mas pan que la laceria que me solia dar,
porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:
cómete eso, que el raton cosa limpia es. Y así aquel dia añadiendo
la racion del trabajo de mis manos ó de mis uñas, por mejor decir,
acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba. Y luego me vino otro
sobresalto, que fue verle andar solícito, quitando clavos de paredes
y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros
de la vieja arca. ¿O señor mio? dije yo entonces; ¡á cuánta miseria,
fortuna y desastres estamos expuestos los nacidos! ¡y cuán poco duran
los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquí, que pensaba,
con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba
ya cuanto que alegre y de buena aventura. Mas no quiso mi desdicha,
despertando á este lazaredo de mi amo, y poniéndole mas diligencia de
la que él de suyo se tenia (pues los míseros por la mayor parte nunca
de aquella carecen), ahora cerrando los agujeros del arca, cerrase la
puerta á mi consuelo y la abriese á mis trabajos.

Así lamentaba yo en tanto que mi solícito carpintero con muchos clavos
y tablillas dió fin á sus obras, diciendo: ahora, dueños traidores
ratones, os conviene mudar propósito que en esta casa mala medra teneis.

De que salió de su casa, voy á ver la obra, y hallé que no dejó en
la triste y vieja arca agujero ni aun por donde pudiese entrar un
mosquito. Abro con mi desaprovechada llave, sin esperanza de sacar
provecho; y vi los dos ó tres panes comenzados, los que mi amo creyó
ser ratonados; y de ellos todavía saqué alguna laceria, tocándolos muy
lijeramente á uso de esgrimidor diestro.

Como la necesidad sea tan gran maestra, viéndome con tanta hambre,
noche y dia estaba pensando la manera que tenia para sustentar el
vivir: y pienso para hallar estos negros remedios que me era luz la
hambre, pues dicen que el ingenio con ella se avisa, y al contrario
con la hartura; y así era por cierto en mi. Pues estando una noche
desvelado en este pensamiento, pensando como me podria valer y
aprovechar del arca, sentí que mi amo dormia, porque lo mostraba con
roncar y en unos resoplidos grandes que daba cuando estaba durmiendo.
Levantéme muy quedito, y habiendo en el dia pensado lo que habia de
hacer, y dejado un cuchillo viejo que por allí andaba en parte do le
hallase, voyme á la triste arca, y por do habia mirado tener menos
defensa, la acometí con el cuchillo, que á manera de barreno de él usé:
y como la antiquísima arca, por ser de tantos años, la hallase sin
fuerza y corazon, antes muy blanda y carcomida, luego se me rindió, y
consintió en su costado por mi remedio un buen agujero. Esto hecho,
abro muy paso la llagada arca, y al tiento de pan que hallé partido,
hice segun de suso está escrito. Y con aquello algun tanto consolado,
tornando á cerrar me volví á mis pajas, en las cuales reposé y dormí un
poco, lo cual yo hacia mal, y echábalo al no comer: y así seria, porque
cierto en aquel tiempo no me debian de quitar el sueño los cuidados del
rey de Francia.

Otro dia fue por el señor mi amo visto el daño, así del pan como del
agujero que yo habia hecho, y comenzó á dar al diablo los ratones y
decir: ¿qué diremos á esto? nunca haber sentido ratones en esta casa
sino ahora. Y sin duda debia de decir verdad, porque si casa habia de
haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquella de razon
habia de ser, porque no suelen morar donde no hay que comer. Torna á
buscar clavos por la casa y por las paredes, y tablillas para taparlos.
Venida la noche y su reposo, luego era puesto en pie con mi aparejo, y
cuantos él tapaba de dia, destapaba yo de noche.

En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se
debió de decir: donde una puerta se cierra, otra se abre. Finalmente
parecíamos tener á destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejia
de dia, rompia yo la noche. Y en pocos dias y noches pusimos la pobre
dispensa de tal forma, que quien quisiera propiamente de ella hablar,
mas coraza vieja de otro tiempo que no arca la llamara, segun la
clavazon y tachuelas que sobre sí tenia. De que vió no aprovecharle
nada su remedio, dijo: esta arca está tan maltratada, y es de madera
tan vieja y flaca, que no habrá raton de quien se defienda, y va ya tal
que si andamos mas con ella, nos dejará sin guarda; y aun lo peor es,
que aunque hace poca, todavía hará falta faltando, y me pondrá en costa
de otros tres ó cuatro reales. El mejor remedio que hallo, pues el de
hasta aquí no aprovecha, es armar por dentro á estos ratones malditos.
Luego buscó prestada una ratonera, y con cortezas de queso que á los
vecinos pedia, continuo el gato estaba armado dentro del arca: lo
cual era para mi singular ausilio, porque puesto el caso que yo no
habia menester muchas salsas para comer, todavía me holgaba con las
cortezas de queso que de la ratonera sacaba, y sin esto no perdonaba
el ratonar del bodigo. Como hallase el pan ratonado y el queso comido,
y no cayese el raton que lo comia, dábase al diablo y preguntaba á los
vecinos que podria ser, comer el queso y sacarlo de la ratonera, y no
caer ni quedar dentro el raton, y hallar caida la trampilla del gato.
Acordaron los vecinos no ser el raton el que este daño hacia, porque no
podria menos de haber caido alguna vez. Díjole un vecino: en nuestra
casa yo me acuerdo que solia andar una culebra, y esta debe de ser
sin duda; y lleva razon, que como es larga, tiene lugar de tomar el
cebo; y aunque la coja la trampilla encima, como no entre toda dentro,
tórnase á salir. Cuadró á todos lo que aquel dijo, y alteró mucho á mi
amo; y de allí en adelante no dormia tan á sueño suelto, que cualquier
gusano de la madera que de noche sonase, pensaba ser la culebra que
le roia el arca. Luego era puesto en pie, y con un garrote que á la
cabecera (desde que aquello le dijeron) ponia, daba en la pecadora del
arca grandes garrotazos, pensando espantar la culebra. Á los vecinos
despertaba con el estruendo que hacia, y á mi no dejaba dormir. Íbase á
mis pajas y trastornábalas y á mi con ellas, pensando que se iba para
mi, y se envolvia en mis pajas ó en mi sayo, porque le decian que de
noche acaecia á estos animales buscando calor irse á las cunas donde
están criaturas, y aun morderlas y hacerlas peligrar. Yo las mas veces
hacia del dormido, y en la mañana decíame él: ¿esta noche, mozo, no
sentiste nada? pues tras la culebra anduve, y aun pienso se ha de ir
para ti á la cama, que son muy frias y buscan calor. Plegue á Dios que
no me muerda, decia yo, que harto miedo la tengo. De esta manera andaba
tan elevado y levantado del sueño, que la culebra, ó el culebro por
mejor decir, no osaba roer de noche ni levantarse al arca: mas de dia
mientras estaba en la iglesia ó por el lugar, hacia mis saltos.

Los cuales daños viendo él, y el poco remedio que les podia poner,
andaba de noche, como digo, hecho trasgo. Yo hube miedo que con
aquellas diligencias no me topase con la llave que debajo de las pajas
tenia, y parecióme lo mas seguro meterla de noche en la boca, porque ya
desde que viví con el ciego, la tenia tan hecha bolsa, que me acaeció
tener en ella doce ó quince maravedís todo en medias blancas, sin que
me estorbase el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca
que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remedio
que no me buscaba muy á menudo. Pues así como digo, metia cada noche la
llave en la boca, y dormia sin recelo que el brujo de mi amo cayese con
ella.

Quisieron mis hados, ó por mejor decir, mis pecados, que una noche
que estaba durmiendo, la llave se me puso en la boca, que abierta
debia tener, de tal manera y postura, que el aire y resoplo que ya
durmiendo echaba, salia por lo hueco de la llave que de cañuto era,
y silbaba (segun mi desastre quiso) muy recio: de tal manera que el
sobresaltado de mi amo lo oyó, y creyó sin duda ser el silbo de la
culebra; y cierto lo debia parecer. Levantóse muy paso con su garrote
en la mano, y al tiento y sonido de la culebra se llegó á mi con mucha
quietud, por no ser sentido de la culebra; y como cerca se vió, pensó
que allí en las pajas do yo estaba echado, al calor mio se habia
venido. Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo, y darle tal
garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descarga en la cabeza
tan gran golpe, que sin ningun sentido y muy mal descalabrado me dejó.
Como sintió que me habia dado, segun yo debia hacer gran sentimiento
con el fiero golpe; contaba él que se habia llegado á mi, y dándome
grandes voces y llamándome procuró recordarme. Mas como me tocase con
las manos, tentó la mucha sangre que se me iba, y conoció el daño que
me habia hecho; y con mucha priesa fue á buscar lumbre; y llegando con
ella, hallóme quejando, todavía con mi llave en la boca, que nunca la
desamparé, la mitad fuera, bien que de aquella manera que debia estar
al tiempo que silbaba con ella. Espantado el matador de culebras que
podria ser aquella llave, miróla sacándomela del todo de la boca, y
vió lo que era, porque en las guardas nada de la suya diferenciaba.
Fue luego á probarla, y con ella probó el maleficio. Debió de decir el
cruel cazador: el raton y culebra que me daban guerra y me comian mi
hacienda, he hallado.

De lo que sucedió en aquellos tres dias siguientes ninguna seña daré,
porque los tuve en el vientre de la ballena; mas esto que he contado,
oí (despues que en mi torné) decir á mi amo, el cual á cuantos allí
venian, lo contaba por extenso. Al cabo de tres dias, yo torné en mi
sentido, y vime echado en mis pajas, la cabeza toda emplastada, y llena
de aceites y ungüentos, y espantado dije: ¿qué es esto? Respondióme el
cruel sacerdote: á fe que los ratones y culebras que me destruían, ya
los he cazado. Y miré por mi, y vime tan maltratado que luego sospeché
mi mal. Á esta hora entró una vieja que ensalmaba y los vecinos, y
comiénzanme á quitar trapos de la cabeza y curar el garrotazo; y como
me hallaron vuelto en mi sentido, holgáronse mucho, y dijeron: pues
ha tornado en su acuerdo, placerá á Dios no será nada. Tornaron de
nuevo á contar mis cuitas y á reirlas, y yo pecador á llorarlas. Con
todo esto diéronme de comer que estaba transido de hambre, y apenas me
pudieron remediar: y así de poco en poco á los quince dias me levanté y
estuve sin peligro, mas no sin hambre y medio sano. Luego otro dia que
fuí levantado, el señor mi amo me tomó por la mano y sacóme la puerta
fuera, y puesto en la calle díjome: Lázaro, de hoy mas eres tuyo y no
mio; busca amo y vete con Dios, que yo no quiero en mi compañía tan
diligente servidor. No es posible sino que hayas sido mozo de ciego,
y santiguándose de mi, como si yo estuviera endemoniado, se volvió á
meter en casa y cerrar su puerta.



                Como Lázaro se asentó con un escudero,
                    y de lo que le acaeció con él.


De esta manera me fue forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco á poco
con ayuda de las buenas gentes di conmigo en esta insigne ciudad de
Toledo, en donde, con la merced de Dios de allí á quince dias se me
cerró la herida.

Mientras estaba malo, siempre me daban alguna limosna, mas despues que
estuve sano, todos me decian: tu bellaco y gallofero eres; busca, busca
un amo á quien sirvas. ¿Y adónde se hallará ese, decia yo entre mi, si
Dios ahora de nuevo, como crió el mundo, no le criase?

Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio
(porque ya la caridad se subió al cielo), topé con un escudero que iba
por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en
órden. Miróme, y yo á él, y díjome: ¿muchacho, buscas amo? yo le dije:
si señor. Pues vente tras mi, me respondió, que Dios te ha hecho merced
en topar conmigo: alguna buena oracion rezaste hoy. Yo seguíle dando
gracias á Dios por lo que oí, y tambien que me parecia segun su hábito
y continente ser el que yo habia menester. Era de mañana cuando este mi
tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasamos
por las plazas do se vendian pan y otras provisiones, y yo pensaba y
aun deseaba que allí me cargase de lo que se vendia, porque esta era
propia hora cuando se suele proveer de lo necesario: mas muy á tendido
paso pasaba por estas cosas. Por ventura no lo ve aquí á su contento,
decia yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.

De esta manera anduvimos, hasta que dieron las once: entonces se entró
en la Iglesia mayor y yo tras él, y muy devotamente le vi oir misa
y los otros oficios divinos, hasta que todo fue acabado; y la gente
ida, entonces salimos de la iglesia, y á buen paso tendido comenzamos
á ir por una calle abajo. Yo iba el mas alegre del mundo en ver que
no nos habíamos ocupado en buscar de comer: bien consideré que debia
ser hombre mi nuevo amo que se proveía en junto, y que ya la comida
estaria á punto, y tal como deseaba y aun la habia menester. En este
tiempo dió el reloj la una despues del mediodia, y llegamos á una casa
ante la cual mi amo se paró y yo con él; y derribando el cabo de la
capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su
puerta. Entramos en casa, la cual tenia la entrada obscura y lóbrega,
de tal manera que parecia que ponia temor á los que en ella entraban,
aunque dentro de ella estaba un patio pequeño y razonables cámaras. De
que fuímos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenia
las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando
un poyo que allí estaba, la puso en él. Hecho esto, sentóse cabo de
ella, preguntándome muy por extenso de donde era, y como habia venido
á aquella ciudad: y yo le di mas larga cuenta que quisiera, porque me
parecia mas conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la
olla, que de lo que me pedia. Esto hecho, estuvo así un poco, y yo
luego vi mala señal, por ser ya casi las dos, y no verle mas aliento de
comer que á un muerto. Despues de esto consideraba aquel tener cerrada
la puerta con llave, ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona
por la casa. Todo lo que habia visto eran paredes, sin ver en ella
silleta ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arca como el de marras.
Finalmente ella parecia casa encantada.

Estando así díjome: ¿tú mozo has comido? No señor, dije yo, que aun no
eran dadas las ocho, cuando con vuestra merced encontré.

Pues aunque de mañana, dijo él, yo habia almorzado, y cuando así como
algo, hágote saber que hasta la noche me estoy así: por eso pásate como
pudieres, que despues cenaremos.

Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer
de mi estado, no tanto de hambre, como por conocer de todo en todo
la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis
fatigas, y torné á llorar mis trabajos. Allí se me vino á la memoria
la consideracion que hacia cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo
que aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparia con
otro peor. Finalmente allí lloré mi trabajosa vida pasada, y mi cercana
muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude, le dije:
señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios. De eso
me podré yo alabar entre todos mis iguales por de mejor garganta, y así
fuí yo loado de ella hasta hoy dia de los amos que yo he tenido. Virtud
es esa, dijo él; y por eso te querré yo mas, porque el hartarse es de
los puercos, y el comer regaladamente es de los hombres de bien. Bien
te he entendido, dije yo entre mi: maldita tanta medicina y bondad como
aquestos mis amos que yo hallo, hallan en la hambre.

Púsome á un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que
me habian quedado de los de por Dios. Él, que vió esto, díjome, ven
acá, mozo, ¿qué comes? Yo lleguéme á él, y mostréle el pan. Tomóme él
un pedazo de tres que eran, el mejor y mas grande, y díjome por mi vida
que parece este buen pan. Y como ahora, dije yo, ¡señor, es bueno! Sí
á fe, dijo él: ¿adónde le hubiste? si es amasado de manos limpias. No
sé yo eso, le dije, mas á mi no me pone asco el sabor de ello. Así
plegue á Dios, dijo el pobre de mi amo; y llevándole á la boca, comenzó
á dar en él tan fieros bocados, como yo en el otro. Sabrosísimo pan
está, dijo, por Dios. Y como le sentí de que pie cojeaba, dime priesa,
porque le vi en disposicion que si acababa antes que yo, se comediria á
ayudarme á lo que me quedase; y con esto acabamos casi á una. Comenzó á
sacudir con las manos unas pocas de migajas y bien menudas, que en los
pechos se le habian quedado, y entró en una camareta que allí estaba,
y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo; y despues que hubo bebido,
convidóme con él. Yo por hacer del continente, dije: señor, no bebo
vino. Agua es, me respondió, bien puedes beber. Entonces tomé el jarro
y bebí no mucho, porque de sed no era mi congoja.

Así estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, á
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en
la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: mozo, párate
allí, y verás como hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí
adelante. Púseme de un cabo y él del otro, é hicimos la negra cama, en
la cual no habia mucho que hacer; porque ella tenia sobre unos bancos
un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que por no estar
muy continuada á lavar, no parecia colchon, aunque servia de él con
harta menos lana que era menester. Aquel tendimos haciendo cuenta de
ablandarle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer
blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenia dentro de sí, que
puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecian á lo
propio entrecuesto de flaquísimo puerco. Sobre aquel hambriento colchon
pusimos un cobertor del mismo jaez, del cual el color yo no pude
alcanzar.

Hecha la cama y la noche venida, díjome: Lázaro, ya es tarde, de aquí
á la plaza hay un gran trecho: tambien en esta ciudad andan muchos
ladrones, que siendo de noche capean, pasemos como podamos, y mañana
viniendo el dia, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy
proveido, antes he comido estos dias por allí fuera; mas ahora hacerlo
hemos de otra manera. Señor, de mi, dije yo, ninguna pena tenga vuestra
merced, que bien sé pasar una noche y aun mas, si es menester, sin
comer. Vivirás mas sano, me respondió; porque, como decíamos hoy, no
hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco. Si por esa
via es, dije entre mi, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa
regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenerla toda mi vida.

Acostóse en la cama, poniendo por cabezera las calzas y el jubon, y
mandóme echar á sus pies; lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo
dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron
de risar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso
que en mi cuerpo no habia libra de carne: y tambien como aquel dia no
habia comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no
tenia amistad. Maldíjeme mil veces (Dios me lo perdone) y á mi ruin
fortuna allí lo mas de la noche; y lo peor, no osándome revolver por no
despertarle, pedia á Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida levantámonos, y comienza á limpiar y sacudir sus
calzas y jubon, sayo y capa, y yo que le servia de pelillo, y vísteseme
muy á su placer despacio, echéle aguamanos. Peinóse, y púsose su espada
en el talabarte, y al tiempo que la ponia, díjome, ¡ó si supieses,
mozo, que pieza es esta! no hay marco de oro en el mundo por el que yo
la diese: mas así ninguna de cuantas Antonio hizo, no acertó á ponerle
los aceros tan prestos como esta los tiene: y sacóla de la vaina, y
tentóla con los dedos, diciendo, vesla aquí, yo me obligo con ella á
cercenar un copo de lana. Y yo, dije entre mí, con mis dientes, aunque
no son de acero, un pan de cuatro libras.

Tornóla á meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del
talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él
y con la cabeza gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el
hombro y á veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado,
salió por la puerta, diciendo: Lázaro, mira por la casa en tanto que
voy á oir misa, y haz la cama, y vé por la vasija de agua al rio que
aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y
ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.
Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente,
que quien no le conociera, pensara ser muy cercano pariente al Conde
de Arcos, ó á lo menos camarero que le daba de vestir. ¿Á quién no
engañara aquella buena disposicion y razonable capa y sayo? ¿y quién
pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el dia con aquel
mendrugo de pan, que su criado Lázaro trajo un dia y noche en el arca
de su seno, do no se le podia pegar mucha limpieza? ¿y hoy lavándose
las manos y cara, á falta de paño de manos, se hacia servir de la
halda del sayo? nadie por cierto lo sospechara. ¡O señor, y cuántos de
aquestos debeis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la
negra que llaman honra lo que por vos no sufririan!

Así estaba yo á la puerta, mirando y considerando estas cosas, hasta
que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle. Tornéme á entrar
en casa, y en un _credo_ la anduve toda alto y bajo sin hacer represa
ni hallar en qué.

Hago la negra y dura cama, y tomo el jarro y doy conmigo en el rio,
donde en una huerta vi á mi amo en gran requesta con dos rebozadas
mujeres, al parecer de las que en aquel lugar no hacen falta; antes
muchas tienen por estilo de irse á las mañanicas del verano á refrescar
y almorzar, sin llevar qué, por aquellas frescas riberas, con confianza
que no ha de faltar quien se lo dé, segun las tienen puestas en esta
costumbre aquellos hidalgos de lugar. Y como digo, él estaba entre
ellas hecho un Macías, diciéndoles mas dulzuras que Ovidio escribió.
Pero como sintieron de él que estaba bien enternecido, no se les
hizo de vergüenza pedirle de almorzar con el acostumbrado pago. Él,
sintiéndose tan frio de bolsa cuanto caliente del estómago, tomóle
tal calofrío que le robó la color del gesto, y comenzó á turbarse en
la plática, y á poner excusas no válidas. Ellas que debian ser bien
instituidas, como le sintieron la enfermedad, dejáronle para el que
era. Yo que estaba comiendo ciertos tronchos de berzas, con los cuales
me desayuné con mucha diligencia como mozo nuevo, sin ser visto de mi
amo, torné á casa, de la cual pensé barrer alguna parte que bien era
menester, mas no hallé con qué.

Púseme á pensar que haria, y parecióme esperar á mi amo hasta que el
dia demediase, y si viniese y por ventura trajese algo que comiésemos;
mas en vano fue mi esperanza. Desde que vi ser las dos y no venia, y
la hambre me aquejaba, cierro la puerta y pongo la llave do mandó y
tórnome á mi menester con baja y enferma voz; é inclinadas mis manos en
los senos, puesto Dios ante mis ojos y la lengua en su nombre, comienzo
á pedir pan por las puertas y casas mas grandes que me parecia. Mas
como yo este oficio le hubiese mamado en leche, quiero decir que con el
gran maestro el ciego le aprendí, tan suficiente discípulo salí, que
aunque en este pueblo no habia caridad, ni el año fuese muy abundante,
tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo
tenia otras tantas libras de pan enfiladas en el cuerpo, y mas de
otras dos en las mangas y senos. Volvíme á la posada, y al pasar por
la tripería, pedí á una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña
de vaca con otras pocas de tripas cocidas. Cuando llegué á casa, ya el
bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo,
y él paseándose por el patio. Como entré, vínose para mi, y pensé que
me queria reñir la tardanza; mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme de
do venia; yo le dije: señor, hasta que dieron las dos, estuve aquí;
y desde que vi que vuestra merced no venia, fuíme por esa ciudad á
encomendarme á las buenas gentes, y hanme dado esto que veis. Mostréle
el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía. Á lo cual él
mostró buen semblante, y dijo: pues esperado te he á comer, y desde que
vi que no veniste, comí, mas tu haces como hombre de bien en eso, que
mas vale pedirlo por Dios que no hurtarlo, y así él me ayude como ello
me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives conmigo,
por lo que toca á mi honra; aunque bien creo que será secreto, segun
lo poco que en este pueblo soy conocido; nunca á él yo hubiera de
venir. De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo; que maldito aquel
que ninguno tiene que pedirme esa cuenta, ni yo de darla. Ahora pues,
come pecador, dijo él, que si á Dios place, presto nos veremos sin
necesidad, aunque te digo que despues que en esta casa entré, nunca
bien me ha ido, debe de ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y
de mal pie, que á los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe
de ser sin duda de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede
en ella, aunque me la den por mia.

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por gloton, callé
la merienda, y comienzo á cenar y morder en mis tripas y pan.
Disimuladamente miraba al desventurado señor mio, que no partia sus
ojos de mis faldas, que á aquella sazon servian de plato. Tanta lástima
haya Dios de mi, como yo habia de él, porque sentí lo que sentia, y
muchas veces habia por ello pasado, y pasaba cada dia. Pensaba si
seria bien convidarle, mas por haberme dicho que habia comido, temíame
no acetaria el convite. Finalmente yo deseaba que el pecador ayudase
á su trabajo del mio y se desayunase, como el dia antes hizo; pues
habia mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso
Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé á
comer, él se andaba paseando. Llegóse á mí, y díjome, dígote, Lázaro
que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi á hombre, y que
nadie te lo ve hacer, que no le pongas gana, aunque no la tenga. La muy
buena que tu tienes (dije yo entre mi) te hace parecer la mia hermosa.
Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba y me abria camino para
ello, y díjele; señor, el buen aparejo hace buen artífice. Este pan
está sabrosísimo, y esta uña de vaca está tan bien cocida y sazonada,
que no habrá á quien no convide con su sabor. ¿Uña de vaca es? preguntó
él. Si señor, le dije yo. Dígote, dijo él, que es el mejor bocado del
mundo, y que no hay faisan que así me sepa. Pues pruebe, señor, dije
yo, y verá que tal está. Póngole en las uñas la otra y tres ó cuatro
raciones de pan de lo mas blanco. Asentóseme al lado, y comienza á
comer, como aquel que lo habia ganado, royendo cada huesecillo de
aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera.

Con almodrote, decia, es este singular manjar. Con mejor salsa lo comes
tu, respondí yo paso. Por Dios, dijo él, que me ha sabido, como si no
hubiera hoy comido bocado. Así me vengan los buenos años como es ello,
dije yo entre mi. Pidióme el jarro del agua, y díselo como lo habia
traido. Es señal, que pues no le faltaba el agua, que le habia á mi amo
sobrado la comida. Bebimos, y muy contentos nos fuímos á dormir, como
la noche pasada. Y por evitar prolijidad, de esta manera estuvimos ocho
ó diez dias, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso
contado á papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una
cabeza de lobo.

Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos
ruines que habia tenido, y buscando mejoría, viniese á topar con quien
no solo no me mantuviese, mas á quien yo habia de mantener.

Con todo le queria bien, con ver que no tenia ni podia mas, y antes le
habia lástima que enemistad: y muchas veces, por llevar á la posada con
que él lo pasase, yo lo pasaba mal: porque una mañana levantándose el
triste en camisa, subió á lo alto de la casa á hacer sus menesteres,
y en tanto yo por salir de sospecha desenvolvíle el jupo y las calzas
que á la cabecera dejó, y hallé una bolsilla de terciopelo raso,
hecha cien dobleces, y sin maldita la blanca ni señal que la hubiese
tenido mucho tiempo. Este, decia yo, es pobre, y nadie da lo que no
tiene: mas el avariento ciego y el malaventurado mezquino clérigo, que
con dárselo Dios á ambos, al uno de mano besada, y al otro de lengua
suelta, me mataban de hambre. Aquellos es justo desamar, y aqueste es
de haber mancilla. Dios me es testigo, que hoy dia cuando topo con
alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima, con pensar
si padece lo que á aquel le vi sufrir, al cual con toda su pobreza
holgaria de servir mas que á los otros, por lo que he dicho. Solo tenia
de él un poco de descontento; que quisiera yo que no tuviera tanta
presuncion, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subia
su necesidad. Mas segun me parece, es regla ya entre ellos usada y
guardada, que aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete
en su lugar: el Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

Pues estando yo en tal estado pasando la vida que digo, quiso mi mala
fortuna que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada
y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como aquel año esta tierra
fuese estéril de pan, acordó el Ayuntamiento, que todos los pobres
extranjeros se fuesen de la ciudad; con pregon, que el que de allí
adelante topasen, fuese punido con azotes. Y así ejecutando la ley,
desde á cuatro dias que el pregon se dió, vi llevar una procesion
de pobres azotando por las cuatro calles: lo cual me puso tan gran
espanto, que nunca osé desmandarme á demandar. Aquí viera, quien verlo
pudiera, la abstinencia de mi casa, la tristeza y silencio de los
moradores de ella; tanto que nos acaeció estar dos ó tres dias sin
comer bocado ni hablar palabra. Á mi diéronme la vida unas mujercillas
hilanderas de algodon, que hacian botones y vivian á par de nosotros,
con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento; que la laceria que les
traían, me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.

Y no tenia tanta lástima de mi como del lastimado de mi amo, que en
ocho dias maldito el bocado que comió; á lo menos en casa bien los
estuvimos sin comer: no sé yo como ó donde andaba, y que comia; y verle
venir á mediodia la calle abajo, con estirado cuerpo mas largo que
galgo de buena casta; y por lo que tocaba á su negra que dicen honra,
tomaba una paja de las que aun asaz no habia en casa, y salia á la
puerta escarbando los que nada entre sí tenian, quejándose todavía de
aquel mal solar, diciendo: malo está de ver, que la desdicha de esta
vivienda lo hace. Como ves, es lóbrega, triste y obscura, mientras aquí
estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo se acabe este mes por salir de
ella.

Pues estando en esta afligida y hambrienta persecucion, un dia, no sé
por cual dicha ó ventura, en el poder de mi amo entró un real, con el
cual vino á casa tan ufano, como si tuviera el tesoro de Venecia, y
con gesto muy alegre y risueño me lo dió diciendo; toma, Lázaro, que
Dios ya va abriendo su mano: vé á la plaza, y merca pan, vino y carne;
quebremos el ojo al diablo. Y mas te hago saber, porque te huelgues,
que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar mas
en cumpliendo el mes. Maldita sea ella y el que en ella puso la primera
teja, que con mal en ella entré. Por nuestro Señor, cuanto ha que en
ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido
descanso ninguno, mas tal vista tiene, y tal obscuridad y tristeza. Vé
y ven presto, y comamos hoy como condes. Tomo mi real y jarro, y á los
pies dándoles priesa, comienzo á subir mi calle, encaminando mis pasos
para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha, si está
constituido en mi triste fortuna, que ningun gozo me venga sin zozobra?
Y así fue este, porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo
que le emplearia que fuese mejor y mas provechosamente gastado, dando
infinitas gracias á Dios que á mi amo habia hecho con dinero, á deshora
me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos,
y gente en unas andas traían. Arriméme á la pared por darles lugar, y
así que el cuerpo pasó, venia luego á par del féretro una que debia ser
la mujer del difunto, cargada de luto y con ella otras muchas mujeres;
la cual iba llorando á grandes voces, y diciendo: ¡marido y señor mio,
adónde me os llevan! ¡á la casa triste y desdichada, á la casa lóbrega
y obscura, á la casa donde nunca comen ni beben! Yo que aquello oí,
juntóseme el cielo con la tierra, y dije: ¡ó desdichado de mi! para mi
casa llevan este muerto.

Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por
la calle abajo á todo el mas correr que pude para mi casa; y entrando
en ella, cierro á grande priesa, invocando el ausilio y favor de mi
amo, abrazándome de él, que me venga á ayudar y á defender la entrada.
El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: ¿qué es
eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has, porqué cierras la puerta con tal
furia? O señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto. ¿Cómo
así, respondió él? Aquí arriba le encontré, dije yo, y venia diciendo
su mujer: ¡marido y señor mio, adónde os llevan! ¡á la casa lóbrega y
obscura, á la casa triste y desdichada, á la casa donde nunca comen ni
beben! acá, señor, nos le traen. Y ciertamente cuando mi amo esto oyó,
aunque no tenia porque estar muy risueño, rió tanto, que muy gran rato
estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenia ya yo echada el aldaba á
la puerta, y puesto el hombro en ella por mas defensa. Pasó la gente
con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habian de meter en
casa. Y luego que fue ya mas harto de reir que de comer, el bueno de mi
amo díjome: verdad es, Lázaro, segun la viuda iba diciendo, tu tuviste
razon de pensar lo que pensaste; mas pues Dios lo ha hecho mejor y
pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.

Dejadlos, señor, acaben de pasar la calle, dije yo. Al fin vino mi amo
á la puerta de la calle, y ábrela esforzándome; que bien era menester
segun el miedo y alteracion, y me tornó á encaminar.

Mas aunque comimos bien aquel dia, maldito el gusto yo tomaba en ello,
ni en aquellos tres dias torné en mi color; y mi amo muy risueño todas
las veces que se acordaba de aquella mi consideracion.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fue este
escudero, algunos dias, y en todos deseando saber la intencion de su
venida y estada en esta tierra, porque desde el primer dia que con él
asenté, le conocí ser extranjero por el poco conocimiento y trato que
con los naturales de ella tenia. Al cabo se cumplió mi deseo y supe
lo que deseaba; porque un dia que habíamos comido razonablemente y
estaba algo contento, contóme su historia, y díjome ser de Castilla la
Vieja, que habia dejado su tierra no mas de por no quitar el bonete á
un caballero, vecino suyo. Señor, dije yo, si él era lo que decis y
tenia mas que vos, no errábais en quitárselo primero, pues decis que
él tambien os lo quitaba. Si es, y si tiene, y tambien me le quitaba
él á mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo
comedirse él alguna y ganarme por la mano. Paréceme, señor, le dije
yo, que en eso no mirara, mayormente con mis mayores que yo, y que
tienen mas. Eres muchacho, me respondió, y no sientes las cosas de
la honra, en que el dia de hoy está todo el caudal de los hombres de
bien. Pues hágote saber, que yo soy, como ves, un escudero; mas vótote
á Dios, si al conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado
del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una
casa, fingiendo yo en ella algun negocio, ó atravesar otra calle, si
la hay antes que llegue á mi, por no quitársele: que un hidalgo no
debe á otro que á Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de
bien, se descuide de un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome
que un dia deshonré en mi tierra á un oficial, y quise poner en él las
manos, porque cada vez que le topaba, me decia: mantenga Dios á vuestra
merced. Vos, D. Villano Ruin, le dije yo, ¿porqué no sois bien criado?
manténgaos Dios, me habeis de decir, como si fuese quien quiera. De
allí adelante de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como
debia. ¿Y no es buena manera de saludar un hombre á otro, dije yo,
decirle que le mantenga Dios? Mira, mozo, dijo él, á los hombres de
poca arte dicen eso, mas á los mas altos como yo, no les han de hablar
menos de: beso las manos de vuestra merced: ó por lo menos, bésoos,
señor las manos, si el que me habla es caballero. Y así de aquel de mi
tierra que me atestaba de mantenimiento, nunca mas le quise sufrir,
ni sufriria á hombre del mundo del rey abajo, que manténgaos Dios,
me diga. Pecador de mi, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de
mantenerte, pues no sufre que nadie se lo ruegue. Mayormente, dijo, que
no soy tan pobre que no tenga en mi tierra un solar de casas, que á
estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací,
en aquella costanilla de Valladolid, valdrian mas de doscientos mil
maravedís, segun se podrian hacer grandes y buenas. Y tengo un palomar
que á no estar derribado, como está, daria cada año mas de doscientos
palominos; y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba á mi
honra: y vine á esta ciudad, pensando que hallaria un buen asiento, mas
no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos
hallo, mas es gente tan limitada, que no les sacará de su paso todo el
mundo. Caballeros de media talla tambien me ruegan, mas servir á estos
es gran trabajo, porque de hombre os habeis de convertir en malilla,
y sino anda con Dios, os dicen: y las mas veces son los pagamentos á
largos plazos, y las mas ciertas comido por servido. Ya cuando quieren
reformar conciencia, y satisfaceros vuestros sudores, sois librado
en la recámara en un sudado jubon, ó raida capa ó sayo. Ya cuando
asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria; ¿pues
por ventura no hay en mi habilidad para servir y contentar á estos?
Por Dios si con él topase, muy gran privado suyo pienso que fuese, y
que mil servicios le hiciese, porque yo sabria mentirle tan bien como
otro, y agradarle á las mil maravillas; reirle mucho sus donaires y
costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo: nunca decirle cosa
que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su
persona en dicho y hecho; no matarme por no hacer bien las cosas que
él no habia de ver, y ponerme á reñir, donde él lo viese, con la gente
de su servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que á él
tocaba; si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos agudos para
encenderle la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien
de lo que bien le estuviese, y por el contrario ser malicioso mofador;
hablar mal de los de casa y de los de fuera; pesquisar y procurar saber
vidas ajenas, para contárselas, y otras muchas galas de esta calidad,
que hoy dia se usan en palacio, y á los señores de él parecen bien, y
no quieren ver en sus casas hombres virtuosos; antes los aborrecen y
tienen en poco, y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni
con quien el señor se puede descuidar. Y con estos los astutos usan,
como digo, el dia de hoy de lo que yo usaria; mas no quiere mi ventura
que le halle.

De esta manera lamentaba tambien su adversa fortuna mi amo, dándome
relacion de su persona valerosa. Pues estando en esto, entró por la
puerta un hombre y una vieja; el hombre le pide el alquiler de la casa,
y la vieja el de la cama. Hacen cuenta, y de dos meses le alcanzaron lo
que él en un año no alcanzara: pienso que fueron doce ó trece reales.
Y él les dió muy buena respuesta, que saldria á la plaza á trocar una
pieza de á dos, y que á la tarde volviesen. Mas su salida fue sin
vuelta; por manera que á la tarde ellos volvieron, mas fue tarde: yo
les dije, que aun no era venido.

Venida la mañana, los acreedores vuelven y preguntan por el vecino;
mas á estotra puerta. Las mujeres les responden: veis aquí su mozo,
y la llave de la puerta. Ellos me preguntaron por él, y díjeles que
no sabia adonde estaba, y que tampoco habia vuelto á casa, desde que
salió á trocar la pieza, y que pensaba que de mi y de ellos se habia
ido con el trueco. Luego que esto me oyeron, van por un alguacil y
un escribano, y he aquí que los dos vuelven luego con ellos, y toman
la llave y llámanme, y llaman testigos y abren la puerta, y entran
á embargar la hacienda de mi amo hasta ser pagados de su deuda.
Anduvieron toda la casa, y halláronla desembarazada como he contado, y
dícenme: ¿qué es de la hacienda de tu amo? ¿sus arcas y paños de pared,
y alhajas de casa? No sé yo eso, les respondí. Sin duda, dicen ellos,
esta noche lo deben de haber alzado y llevado á alguna parte. Señor
alguacil, prended á este mozo, que él sabe donde está. En esto vino el
alguacil, y echóme mano por el collar del jubon, diciéndome; muchacho,
tu eres preso, si no descubres los bienes de este amo tuyo. Yo como
en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar, sí, habia
sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado, para que mostrase
el camino al que no veía; yo tuve mucho miedo, y llorando prometíle
decir lo que me preguntaban. Bien está, dicen ellos: pues dí lo que
sabes y no hayas temor. Sentóse el escribano en un poyo para escribir
el inventario, preguntándome que tenia. Señores, dije yo, lo que este
amo mio tiene, segun él me dijo, es un muy buen solar de casas, y un
palomar derribado. Bien está, dicen ellos. Por poco que eso valga,
hay para reintegrarnos de la deuda: ¿Y á qué parte de la ciudad tiene
eso, me preguntaron? En su tierra, les respondí. Por Dios que está
bueno el negocio, dijeron ellos, ¿y á dónde es su tierra? De Castilla
la Vieja me dijo que él era, les dije. Riéronse mucho el alguacil y
el escribano, diciendo: bastante relacion es esta para cobrar vuestra
deuda, aunque mejor fuese. Las vecinas que estaban presentes dijeron:
señores, este es un niño inocente, y ha pocos dias que está con ese
escudero, y no sabe de él mas que vuestras mercedes, sino cuanto el
pecadorcico se llega aquí á nuestra casa, y le damos de comer lo que
podemos por amor de Dios, y á la noche se va á dormir con él.

Vista mi inocencia, dejáronme dándome por libre: y el alguacil y el
escribano piden al hombre y á la mujer sus derechos, sobre lo cual
tuvieron gran contienda y ruido; porque ellos alegaron no ser obligados
á pagar, pues no habia de qué, ni se hacia el embargo. Los otros
decian, que habian dejado de ir á otro negocio que les importaba mas
por venir á aquel. Finalmente despues de dadas muchas voces, al cabo
carga un porqueron con el viejo alfamar de la vieja, y aunque no iba
muy cargado, allá iban todos cinco dando voces: no sé en que paró. Creo
yo que el pecador alfamar pagara por todos; y bien se empleaba, pues
al tiempo que habia de reposar y descansar de los trabajos pasados, se
andaba alquilando.

Así como he contado, me dejó mi pobre tercero amo, do acabé de conocer
mi ruin dicha: pues señalándose todo lo que podia contra mi, hacia
mis negocios tan al revés, que los amos que suelen ser dejados de los
mozos, en mí no fuese así, mas que mi amo me dejase y huyese de mi.



           Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced,
                    y de lo que le acaeció con él.


Hube de buscar el cuarto, y este fue un fraile de la Merced, adonde las
mujercillas que digo me encaminaron, al cual ellas llamaban pariente:
gran enemigo del coro y de comer en el convento, perdido por andar
fuera, amicísimo de negocios seglares y visitas; tanto que pienso que
rompia él mas zapatos que todo el convento. Este me dió los primeros
zapatos que rompí en mi vida, mas no me duraron ocho dias, ni yo pude
con su trote durar mas. Y por esto y por otras cosillas que no digo,
salí de él.



                 Como Lázaro se asienta con un bulero,
                    y de las cosas que con él pasó.


En el quinto por mi ventura di, que fue un bulero, el mas desenvuelto,
y desvergonzado, y el mayor echador de ellas que jamás yo vi ni ver
espero, ni pienso, ni nadie vió: porque tenia y buscaba modos y
maneras, y muy sutiles invenciones. En entrando en los lugares do
habian de presentar la bula, primero presentaba á los clérigos ó curas
algunas cosillas no de mucho valor ni substancia. Una lechuga murciana,
si era por el tiempo; un par de limas ó naranjas, un melocoton, un par
de duraznos, ó á cada uno sus sendas peras verdiñales. Así procuraba
tenerlos propicios, porque favoreciesen su negocio y llamasen á sus
feligreses á tomar la bula, ofreciéndole á él las gracias. Informábase
de la suficiencia de ellos: si decian que entendian no hablaba palabra
en latin, por no dar tropezon: mas aprovechábase de un gentil y bien
cortado romance y desenvueltísima lengua. Y si sabia que los dichos
clérigos eran de los reverendos, digo, que mas con dineros que con
letras y con reverendas se ordenan, hacíase entre ellos un Santo Tomás,
y hablaba dos horas en latin, á lo menos que lo parecia, aunque no lo
era. Cuando por bien no le tomaban las bulas, buscaba como por mal se
las tomasen, y para aquello hacia molestias al pueblo, y otras veces
con mañosos artificios. Y porque todos los que veía hacer, seria largo
de contar, diré uno muy sutil y donoso, con el cual probaré bien su
suficiencia. En un lugar de la Sagra de Toledo habia predicado dos
ó tres dias, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habian
tomado bula, ni á mi ver tenian intencion de tomársela; y él estaba
dado al diablo con aquello. Y pensando que hacer se acordó de convidar
al pueblo á otro dia de mañana para despedir la bula. Y esa noche
despues de cenar pusiéronse á jugar la colacion él y el alguacil, y
sobre el juego vinieron á reñir y á haber palabras. Sobre esto el señor
comisario, mi señor, tomó un lanzon que en el portal do jugaban estaba.
El alguacil puso mano á su espada, que en la cinta tenia. Al ruido y
voces que todos dimos, acuden los huéspedes y vecinos, y métense en
medio; y ellos muy enojados, procurándose desembarazar de los que en
medio estaban, para matarse. Mas como la gente al gran ruido cargase,
y la casa estuviese llena de ella, viendo que no podian afrentarse con
las armas, decíanse palabras injuriosas, entre las cuales el alguacil
dijo á mi amo, que era falsario, y las bulas que predicaba eran falsas.
Finalmente los del pueblo viendo que no bastaban para ponerlos en paz,
acordaron de llevar al alguacil de la posada á otra parte; y así quedó
mi amo muy enojado. Y despues que los huéspedes y vecinos le hubieron
rogado que perdiese el enojo y se fuese á dormir, así nos echamos todos.

La mañana venida mi amo se fue á la iglesia, y mandó tañer á misa y
al sermon para despedir la bula: y el pueblo se juntó, el cual andaba
murmurando de las bulas, diciendo como eran falsas, y que el mismo
alguacil riñendo lo habia descubierto: de manera que tras que tenian
mala gana de tomarla, con aquello del todo la aborrecieron. El señor
comisario se subió al púlpito, y comienza su sermon, y á animar la
gente á que no quedasen sin tanto bien é indulgencia como la santa bula
traía. Estando en lo mejor del sermon entró por la parte de la iglesia
el alguacil; y luego que hizo oracion, levantóse, y con voz alta y
pausada cuerdamente comenzó á decir:

Buenos hombres, oidme una palabra, que despues oireis á quien
quisiéreis. Yo vine aquí con este echacuervos que os predica, el cual
me engañó y dijo que le favoreciese en este negocio, y que partiríamos
la ganancia. Y ahora visto el daño que haria á mi conciencia y á
vuestras haciendas, arrepentido de lo hecho os declaro claramente que
las bulas que predica son falsas, y que no le creais ni las tomeis,
y que yo _directè_ ni _indirectè_ no soy parte en ellas, y que desde
ahora dejo la vara y doy con ella en el suelo: y si en algun tiempo
este fuese castigado por la falsedad, que vosotros me seais testigos
como yo no soy con él, ni le doy á ello ayuda, antes os desengaño y
declaro su maldad, y acabó su razonamiento.

Algunos hombres honrados que allí estaban, se quisieron levantar, y
echar al alguacil fuera de la iglesia por evitar escándalo, mas mi amo
les fue á la mano, y mandó á todos que so pena de excomunion no le
estorbasen, mas que le dejasen decir todo lo que quisiese; y así él
tambien tuvo silencio, mientras el alguacil dijo todo lo que he dicho.

Como calló, mi amo le preguntó si queria decir mas, que lo dijese. El
alguacil dijo: harto mas hay que decir de vos y de vuestra falsedad,
mas por ahora basta.

El señor comisario se hincó de rodillas en el púlpito, y puestas las
manos y mirando al cielo dijo así: Señor Dios, á quien ninguna cosa
es escondida, antes todas manifiestas, y á quien nada es imposible,
antes todo posible; tu sabes la verdad, y cuan injustamente yo soy
afrentado. En lo que á mi toca, yo le perdono, porque tu, Señor, me
perdones. No mires aquel, que no sabe lo que hace ni dice: mas la
injuria á ti hecha, te suplico y por justicia te pido, no disimules,
porque alguno que está aquí, que por ventura pensó tomar aquesta santa
bula, dando crédito á las falsas palabras de aquel hombre, lo dejará
de hacer. Y pues es con tanto perjuicio del prójimo, te suplico yo,
Señor, no le desimules, mas luego muestra aquí milagro, y sea de esta
manera, que si es verdad lo que aquel dice y que yo traigo maldad y
falsedad, este púlpito se hunda conmigo y meta siete estados debajo de
tierra, do él ni yo jamás parezcamos. Y si es verdad lo que yo digo, y
aquel persuadido por el demonio (por quitar y privar á los que están
presentes de tan gran bien) dice maldad, tambien sea castigado, y de
todos conocida su malicia.

Apenas habia acabado su oracion el devoto señor mio, cuando el negro
alguacil cae de su estado, y da tal golpe en el suelo, que la iglesia
toda hizo resonar; y comenzó á bramar y echar espumarajos por la boca
y torcerla, y hacer visajes con el gesto, dando de pie y de mano,
revolviéndose por aquellos suelos á una parte y á otra. El estruendo y
voces de la gente era tan grande, que no se oían unos á otros. Algunos
estaban espantados y temerosos. Unos dicen: el Señor le socorra y
valga; otros: bien se le emplea, pues levantaba tan falso testimonio.

Finalmente algunos que allí estaban, y á mi parecer no sin harto temor,
se llegaron y le trabaron de los brazos, con los cuales daba fuertes
puñadas á los que cerca de él estaban. Otros le tiraban por las piernas
y tenian reciamente, porque no habia mula falsa en el mundo que tan
recias coces tirase: y así le tuvieron un gran rato; porque mas de
quince hombres estaban sobre él, y á todos daba las manos llenas, y si
se descuidaban, en los hocicos.

Á todo esto el señor mi amo estaba en el púlpito de rodillas, las manos
y los ojos puestos en el cielo, transportado en la divina esencia, que
el planto y ruido y voces que en la iglesia habia, no eran parte para
apartarle de su divina contemplacion. Aquellos buenos hombres llegaron
á él, y dando voces le despertaron y le suplicaron quisiese socorrer á
aquel pobre que estaba muriendo, y que no mirase á las cosas pasadas
ni á sus dichos malos, pues ya de ellos tenia el pago; mas si en algo
podia aprovechar para librarle del peligro y pasion que padecia, por
amor de Dios lo hiciese, pues ellos veían clara la culpa del culpado
y la verdad y bondad suya, pues á su peticion y venganza el Señor no
alargó el castigo.

El señor comisario, como quien despierta de un dulce sueño, los miró,
y miró al delincuente y á todos los que al rededor estaban, y muy
pausadamente les dijo: buenos hombres, vosotros nunca habíais de
rogar por un hombre en quien Dios tan señaladamente se ha señalado.
Mas pues él nos manda, que no volvamos mal por mal y perdonemos las
injurias, con confianza podremos suplicar, que le cumpla lo que nos
manda, y su Magestad perdone á este que le ofendió, poniendo en su
santa fe obstáculo. Vamos todos á suplicarle. Y así bajó del púlpito y
encomendóles, que muy devotamente suplicasen á nuestro Señor tuviese
por bien de perdonar á aquel pecador, y volverle en su salud y sano
juicio, y lanzar de él el demonio, si su Magestad habia permitido que
por su gran pecado en él entrase. Todos se hincaron de rodillas, y
delante del altar con los clérigos comenzaban á cantar con voz baja una
letanía, y viniendo él con la cruz y agua bendita, despues de haber
sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los
ojos, que casi nada se le parecia sino un poco de blanco, comienza una
oracion no menos larga que devota, con la cual hizo llorar á toda la
gente, como suelen hacer en los sermones de la pasion de predicador y
auditorio devoto; suplicando á nuestro Señor, pues no queria la muerte
del pecador, sino su vida y arrepentimiento, que á aquel encaminado por
el demonio y persuadido de la muerte y pecado, le quisiese perdonar y
dar vida y salud, para que se arrepintiese y confesase sus pecados.
Y esto hecho, mandó traer la bula y puso en la cabeza, y luego el
pecador del alguacil comenzó poco á poco á estar mejor y tornar en
sí. Y luego que fue bien vuelto en su acuerdo, echóse á los pies del
señor comisario, y demandóle perdon, confesó haber dicho aquello por
la boca y mandamiento del demonio, lo uno por hacer el daño y vengarse
del enojo, lo otro y mas principal, porque el demonio recibia mucha
pena del bien que allí se hiciera en tomar la bula. El señor mi amo le
perdonó, y fueron hechas las amistades; y á tomar la bula hubo tanta
priesa, que casi ánima viviente en el lugar no quedó sin ella; marido y
mujer, hijos é hijas, mozos y mozas.

Divulgóse la nueva de lo acaecido por los lugares comarcanos: y cuando
á ellos llegábamos, no era menester sermon ni ir á la iglesia; que á
la posada la venian á tomar, como si fueran peras que se dieran de
balde: de manera que en diez ó doce lugares de aquellos alrededores
donde fuímos, echó el Señor mi amo otras tantas mil bulas sin predicar
sermon. Cuando hizo el ensayo, confieso mi pecado que tambien fuí de
ello espantado, y creí que así era como otros muchos. Mas con ver
despues la risa y burla que mi amo y el alguacil llevaban y hacian
del negocio, conocí como habia sido industriado por el industrioso é
inventivo de mi amo; y aunque muchacho, cayóme mucho en gracia, y dije
entre mi: ¿cuántas de estas deben de hacer estos burladores entre la
inocente gente?

Finalmente estuve con este mi quinto amo cerca de cuatro meses, en los
cuales pasé tambien hartas fatigas.



                Como Lázaro se asentó con un capellan,
                         y lo que con él pasó.


Despues de esto asenté con un maestro de pintar panderos, para molerle
los colores; y tambien sufrí mil males.

Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un dia en la Iglesia
mayor, un capellan de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un
buen asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé á echar agua por la
ciudad.

Este fue el primer escalon que yo subí para venir á alcanzar buena
vida, porque mi boca era medida. Daba cada dia á mi amo treinta
maravedís ganados, y los sábados ganaba por mi, y todo lo demás entre
semana de treinta maravedís. Fueme tan bien en el oficio, que al cabo
de cuatro años que le usé, con poner en la ganancia buen recaudo,
ahorré para vestirme muy honradamente de la ropa vieja, de la cual
compré un jubon de fustan viejo, y un sayo raido de manga tranzada y
puerta, y una capa que habia sido frisada, y una espada de las viejas
primeras de Cuellar. Luego que me vi en hábito de hombre de bien, dije
á mi amo se tomase su asno que no queria mas seguir aquel oficio.



                 Como Lázaro asienta con un alguacil,
                    y de lo que le acaeció con él.


Despedido del capellan, asenté por hombre de justicia con un alguacil,
mas muy poco viví con él, por parecerme oficio peligroso, mayormente
que una noche nos corrieron á mi y á mi amo á pedradas y á palos
unos retraidos; y á mi amo que esperó, trataron mal, mas á mi no me
alcanzaron.

Con esto renegué del trato. Y pensando en qué modo de vivir haria mi
asiento por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios
alumbrarme, y ponerme en camino y manera provechosa; y con favor que
tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces
pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio
real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen: en el
cual el dia de hoy yo vivo y resido á servicio de Dios y de vuestra
merced. Y es que tengo cargo de pregonar los vinos que en esta ciudad
se venden, y en almonedas y cosas perdidas; acompañar á los que padecen
persecuciones por justicia, y declarar á voces sus delitos: pregonero,
hablando en buen romance. Hame sucedido tan bien y yo le he usado tan
facilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi
mano; tanto que en toda la ciudad el que ha de echar vino á vender ó
algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen cuenta de no sacar
provecho.

En este tiempo viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de
mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi señor, y servidor
y amigo de vuestra merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró
casarme con una criada suya. Y visto por mi que de tal persona no podia
venir sino bien y favor, acordé de hacerlo, y así me casé con ella;
y hasta ahora no estoy arrepentido, porque fuera de ser buena hija,
diligente y servicial, tengo en mi señor Arcipreste todo favor y ayuda:
y siempre en el año le da en veces al pie de una carga de trigo, por
las pascuas su carne, y cuando el par de los bodigos, las calzas viejas
que deja, é hízonos alquilar una casilla á par de la suya. Los domingos
y fiestas casi todas las comíamos en su casa: mas malas lenguas que
nunca faltaron, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué: que ven á mi
mujer irle á hacer la cama y guisarle de comer. Y mejor les ayude Dios
que ellos dicen la verdad, porque además de no ser ella mujer que se
pague de estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá,
que el me habló un dia muy largo delante de ella, y me dijo: Lázaro de
Tormes, quien ha de mirar á dichos de malas lenguas, nunca medrará.
Digo esto, porque no me maravillaria, alguno viendo entrar en mi casa
tu mujer y salir de ella. Ella entra muy á tu honra y suya, y esto te
lo prometo. Por tanto no mires á lo que pueden decir, sino á lo que te
toca, digo, á tu provecho. Señor le dije, yo determiné de arrimarme
á los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo
de eso, y aun por mas de tres veces me han certificado, que antes
que conmigo casase habia parido tres veces, hablando con reverencia
de vuestra merced, porque está ella delante. Entonces mi mujer echó
juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros: y
despues tornóse á llorar y á echar mil maldiciones sobre quien conmigo
la habia casado: en tal manera que quisiera ser muerto, antes que se
me hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi
señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos, que cesó su llanto, con
juramento que le hice de nunca mas en mi vida mentarle nada de aquello,
y que yo holgaba y habia por bien de que ella entrase y saliese de
noche y de dia, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos
todos tres bien conformes. Hasta el dia de hoy nunca nadie nos oyó
sobre el caso; antes cuando alguno siento que quiere decir algo de
ella, le atajo y le digo: mira, si sois mi amigo, no me digais cosa que
me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar, mayormente si
me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo mas
quiero, y la amo mas que á mi, y me hace Dios con ella mil mercedes y
mas bien que yo merezco, que yo juraré sobre la hostia consagrada, que
es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo, y quien
otra cosa me dijere, me mataré con él. De esta manera no me dicen nada,
y yo tengo paz en mi casa.

Esto fue el mismo año que nuestro victorioso emperador en esta insigne
ciudad de Toledo entró y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes
regocijos y fiestas, como vuestra merced habrá oido.



           Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo
             con unos tudescos, y lo que con ellos pasaba.


En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena
fortuna: y como yo siempre anduviese acompañado de una buena galleta,
de unos buenos frutos que en esta tierra se crian para muestra de
lo que pregonaba, cobré tantos amigos y señores así naturales como
extranjeros, que do quiera que llegaba, no habia para mi puerta
cerrada, y en tanta manera me vi favorecido, que me parece si entonces
matara á un hombre, ó me acaeciera algun caso recio, hallara todo
el mundo de mi bando y tuviera en aquellos mis señores todo favor
y socorro. Mas yo nunca los dejaba boquisecos, queriéndolos llevar
conmigo á lo mejor que yo habia echado en la ciudad, en donde hacíamos
la buena y espléndida vida. Allí nos aconteció muchas veces entrar en
nuestros pies y salir en ajenos: y lo mejor de esto es que todo este
tiempo maldita la blanca Lázaro de Tormes gastó ni se la consentian
gastar. Antes si alguna vez yo de industria echaba mano á la bolsa
fingiendo quererlo pagar tomábanlo por afrenta, y mirábanme con alguna
ira, y decian: _nite_, _nite_, _asticot_, _lanz_; reprendiéndome y
diciendo: que donde ellos estaban, nadie habia de pagar blanca. Yo con
aquello moríame de amores de tal gente, porque no solo esto, mas de
perniles de tocino, pedazos de piernas de carnero, cocidas en aquellos
cordiales vinos, con mucha de la fina especie, y de sobras de cecinas
y de pan me henchian la falda y los senos cada vez que nos juntábamos,
que tenia en mi casa de comer yo y mi mujer hasta hartar una semana
entera. Acordábame en estas harturas de mis hambres pasadas, y alababa
al Señor y dábale gracias, que así andan las cosas y tiempos.

Mas como dice el refran: _quien bien te hará, ó se te irá, ó se
morirá_. Así me acaeció, que se mudó la gran corte como hacer suele,
y al partir fuí muy requerido de aquellos mis grandes amigos me
fuese con ellos, y que me harian y acontecerian. Mas acordándome del
proverbio que dice: _mas vale el mal conocido que el bien por conocer_,
agradeciéndoles su buena voluntad, con muchos abrazos y tristeza me
despedí de ellos. Y cierto, si casado no fuera, no dejara su compañía,
por ser gente hecha muy á mi gusto y condicion: y es vida graciosa la
que viven, no fantásticos ni presuntuosos, sin escrúpulo ni asco de
entrarse en cualquier bodegon la gorra quitada, si el vino lo merece:
gente llana y honrada, y tal y tan bien proveida, que no me la dé Dios
peor, cuando buena sed tuviere. Mas el amor de la mujer y de la patria,
que ya por mia tengo, pues como dicen; _¿de dó eres, hombre?_ tiraron
por mi. Y así me quedé en esta ciudad, aunque muy conocido de los
moradores de ella, con mucha soledad de los amigos y vida cortesana.

Estuve muy á mi placer, con acrecentamiento de alegría y linaje por el
nacimiento de una hermosa niña, que en estos medios mi mujer parió,
y que aunque yo tenia alguna sospecha, ella me juró que era mia:
hasta que á la fortuna le pareció haberme mucho olvidado, y ser justo
tornarme á mostrar su airado y severo gesto cruel, y aguarme estos
pocos años de sabrosa y descansada vida con otros tantos de trabajos
y amarga muerte. ¡O gran Dios! y ¡quién podrá escribir un infortunio
tan desastrado, y acaecimiento tan sin dicha, que no deje holgar el
tintero, poniendo la pluma á sus ojos!


                     FIN DEL LAZARILLO DE TORMES.



                                ÍNDICE.


                                                                  _Pág._

  EL EDITOR.                                                           I

  LUIS TRIBALDOS DE TOLEDO AL LECTOR.                                  V

  NOTICIAS DE LA VIDA DE D. DIEGO HURTADO DE MENDOZA.                 IX

  Libro I.                                                             1

  Libro II.                                                           43

  Libro III.                                                          88

  Libro IV.                                                          141

  DISCURSO DEL CONDE DE PORTALEGRE.                                  178


  LA VIDA DEL LAZARILLO DE TORMES.

  PRÓLOGO DEL AUTOR.                                                 185

  Cuenta Lázaro su vida y quien era su padre.                        187

  Como Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él
  pasó.                                                              198

  Como Lázaro se asentó con un escudero, y de lo que le acaeció
  con él.                                                            209

  Como Lázaro se asentó con un fraile de la Merced, y de lo que le
  acaeció con él.                                                    225

  Como Lázaro se asienta con un bulero, y de las cosas que con él
  pasó.                                                              226

  Como Lázaro se asentó con un capellan, y lo que con él pasó.       231

  Como Lázaro asienta con un alguacil, y de lo que le acaeció
  con él.                                                            232

  Da cuenta Lázaro de la amistad que tuvo en Toledo con unos
  tudescos y lo que con ellos pasaba.                                234


                            FIN DEL ÍNDICE.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Guerra de Granada: Hecha por el rey D. Felipe II, contra los Moriscos de aquel reino, sus rebeldes; Seguida de la vida del Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades" ***

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