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Title: El crimen y el castigo
Author: Dostoyevsky, Fyodor
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El crimen y el castigo" ***

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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Páginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

  Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
  han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.

  Ilustraciones han sido eliminadas.



                     BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS


                           FEDOR DOSTOIEVSKY


                                  EL
                          CRIMEN Y EL CASTIGO


                             TRADUCCIÓN DE
                         PEDRO PEDRAZA Y PAEZ


                             [Ilustración]


                               BARCELONA
                         RAMÓN SOPENA, EDITOR
                           PROVENZA, 93 A 97



                                                   Derechos reservados.


    Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona



EL CRIMEN Y EL CASTIGO



PRIMERA PARTE



I

Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que
ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que,
lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***.

Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona
que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta
constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven,
había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que
esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que,
humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña
con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla.

No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada
de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba
en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría.
A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no
solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes.

La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus
efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y,
en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera
tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera,
el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones,
amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y
mentiras, eran para él cosas insoportables. No; era preferible no ser
visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera.

Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de
encontrar a su acreedora.

«¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan
atrevido?--se decía, riendo de un modo extraño--. Sí... el hombre lo
tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias
narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un axioma... Me
gustaría saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que
temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero
hablo demasiado... Tal vez por el hábito adquirido de monologar con
exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría decir
que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo
hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días
enteros en un rincón, con el espíritu ocupado con mil quimeras. Veamos:
¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de _eso_? ¿Es serio _eso_?
No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras
fantasías.»

Hacía en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal,
de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida
de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa
de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los
nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy
numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada
paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al
cuadro un repugnante colorido.

Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de nuestro
héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no
carecía de ventajas físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el
cabello castaño y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco después
cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor
intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso
y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas
palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por costumbre el
monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y
que estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer.

Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido él habría
tenido escrúpulos para salir en pleno día con semejantes andrajos. A
decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los
alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San
Petersburgo habitadas en su mayoría por obreros, a nadie asombra la más
rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía en el alma del
joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba
ninguna de ostentar en la calle sus harapos.

Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos
camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de
pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona,
que atraía la atención de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán».
El que acababa de lanzar esta exclamación era un borracho a quien
conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta.

Con un movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se
puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa
de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído, agujereado, cubierto de
abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar
de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de
aquella especie de gorro experimentó más inquietud que humillación.

--¡Ya me lo figuraba yo!--murmuró en su turbación--; ¡lo había
presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una
tontería insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este
sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de
que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar
gorra. Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien
lleve semejantes sombreros; de seguro que éste llama la atención a una
versta[1] de distancia. Después lo recordarían y podría ser un indicio;
lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas
tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se
pierde.

       [1] Es la milla rusa, que equivale poco más o menos a un
       kilómetro.

No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia exacta que separaba su
casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los había
contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella
época no creía que llegase el día en que se trocara lo imaginado en
acción; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y
seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba
a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios
se reprochase su falta de energía y su irresolución, habíase ido, sin
embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a
mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar
dudando de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el _ensayo general_
de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitación.

Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor,
se aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del
otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos
de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases,
sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías,
mujeres públicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero
entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro _dvorniks_[2]
prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el
joven no encontró a nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser
notado, tomó por la escalera de la derecha.

       [2] Porteros.

Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le
desagradaba, pues así no eran de temer las miradas curiosas. «Si ahora
tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo menos de pensar
cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos
soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de
los cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por un funcionario alemán y su
familia.

--Gracias a la marcha del alemán, no habrá durante algún tiempo en ese
rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo
que pueda suceder.

Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó
la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en
esas casas las campanillas de todos los pisos.

Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de
traerle repentinamente a la memoria algún recuerdo, porque el joven
se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se
entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa
examinó al recién venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus
ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir
que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo
la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos
por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del
joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una mujer de
sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada
maliciosa.

Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a
encanecer, relucían untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que
era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela,
y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo
apolillado y amarillento. La vieja tosía a menudo. Debió de mirarla el
joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron
bruscamente su expresión de desconfianza.

--Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en esta casa, hace un mes--se
apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado que
lo mejor era mostrarse afable.

--Sí, lo recuerdo, lo recuerdo--respondió la vieja, que no cesaba de
mirarle con recelo.

--Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo
género--continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la
desconfianza que inspiraba.

«Quizá esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché
de ver»--pensó el joven desagradablemente impresionado.

La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego
señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un
lado para dejarle pasar delante de ella.

--Entre usted.

La salita en la cual fué introducido el joven, tenía tapizadas las
paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina,
había tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello
viva claridad. «¡Sin embargo, _entonces_ brillaba el sol de la misma
manera!»--dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente
una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y
grabarlos en la memoria. En la habitación no había nada de particular.
Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran
respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un
lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las
paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban señoritas
alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario.

En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto
los muebles como el suelo relucían de puro limpios.

«Es Isabel la que arregla todo esto»--pensó el joven.

En toda la habitación no se veía un grano de polvo.

«Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para
ver tanta limpieza»--continuó monologando Raskolnikoff, y miró con
curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente
a otra salita; en esta última, en la que jamás había entrado, estaban
la cama y la cómoda de la vieja.

--¿Qué quiere usted?--preguntó secamente la dueña de la casa, que,
habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle
de cerca.

--He venido a empeñar una cosa. Véala usted.

Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tenía
grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero.

--Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada;
anteayer cumplió el plazo.

--Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia.

--Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto
empeñado, si se me antoja...

--¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna?

--Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di
a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo
en la joyería por rublo y medio.

--Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre.
Pronto recibiré dinero.

--Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado.

--¡Rublo y medio!--exclamó el joven.

--Acepta usted, ¿sí o no?

Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e
iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su
último recurso; además, había ido allí para otra cosa.

--¡Venga el dinero!--dijo con tono brutal.

La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación
contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar,
entregándose a diversos cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la
cómoda.

«Debe ser el cajón de arriba--supuso Raskolnikoff--; ahora sé que
lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas
en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa
que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la
cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna
arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son
generalmente de esa forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...»

Volvió a entrar la vieja.

--Mire usted: como cobro una grivna[3] al mes por cada rublo, y
empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda
satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que
espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados,
me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le
desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15
kopeks. Aquí están.

       [3] Moneda de diez kopeks equivalente a cuatro céntimos de
       franco. El rublo, que vale unos cuatro francos, se divide en
       diez kopeks.

--¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y 15 kopeks?

--Nada más tengo que darle a usted.

Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa
a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con
precisión lo que deseaba...

--Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una
cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un
amigo a quien se la he prestado.

Dijo estas palabras con manifiesto embarazo.

--Pues bien, entonces hablaremos.

--Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga
compañía?--preguntó con el tono más indiferente que le fué posible en
el momento en que entraba en la antesala.

--¿Y qué le importa a usted mi hermana?

--Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena
Ivanovna.

Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas
veces como rendido por sus emociones.

«¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!--exclamó cuando llegó a
la calle--. ¡Es posible, es posible que yo...!

No, es una tontería, un absurdo--añadió resueltamente--. ¿Y ha podido
ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia?
¡Esto es odioso, innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes
entero yo...?»

Para expresar la agitación que sentía, eran impotentes las
exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que comenzó
a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja,
alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no sabía cómo
substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un
borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En
la calle siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo,
advirtió que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel
de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff
vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en
el otro, injuriándose recíprocamente.

Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había
entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le
atormentaba ardiente sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, y
atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de sentarse en
un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y
bebió el primer vaso con avidez.

Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas.

«Todo esto es absurdo--se dijo ya confortado--. No había motivo para
turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un mal físico; con un vaso de
cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia,
la precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué
insignificante es todo ello!»

A pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese
libre de un peso enorme, y dirigía miradas amistosas a las personas
presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio aquel
retorno a la energía.

Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos borrachos,
salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó
silencioso; no había en él más que tres personas: un individuo algo
ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba
sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el
banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con
un largo levitón, y en completo estado de embriaguez.

De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer
sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto,
sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y
ademanes servían de acompañamiento a una canción necia, de la que el
hombre se esforzaba para recordar los versos:

    Durante un año entero
    yo he acariciado.
    Du-ran-te un a-ño en-te-ro
    yo he a-ca-ri-cia-do
    a mi mujer.

O esta otra:

    En la Podiatcheshaïa.
    He encontrado a mi vieja...

Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su mismo compañero
escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de
disgusto. El tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado
aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en
derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación.


II

Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos
dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus
semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres.
Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución
y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado
durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra,
tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba
encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano.
Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de
las mesas con verdadero placer.

El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y
entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas
de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un
_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa
y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador
se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los
parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos
de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba
olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan
cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella
sala cinco minutos sin emborracharse.

Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan
por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos.
Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía
el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta
primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba
los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco
de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A
los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire
impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por
debajo de él en condición social y en educación para que se dignase
dirigirles la palabra.

Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de
mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte
calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo,
amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los
gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que
más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la
inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de
locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,
y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente
con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de _nanquin_,
dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia
de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado
en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un
pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática;
pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos,
y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin
temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las
dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a
Raskolnikoff.

--¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted?
Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi
experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un
asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a
la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón.
Pertenezco al _Tchin_[4]. Permítame usted que me presente: Simón
Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si
ha pertenecido usted a la administración?

       [4] Así llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una
       manera u otra a la administración pública y constituyen como
       una casta especial.

--No, yo soy estudiante--respondió el joven sorprendido de aquel cortés
lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía
la palabra a quema ropa.

Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel
momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando
un extraño trataba de ponerse en relaciones con él.

--¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso
vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo
olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!

Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que
tenía de su capacidad cerebral.

--Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?

Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de
estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle
arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido
suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los
labios ni para decir esta boca es mía.

--Señor--declaró con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio,
seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud.
Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En
la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la
indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos
de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y
hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es
lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó
a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto
más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta,
¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en
los barcos de heno?

--No, jamás--contestó Raskolnikoff--; ¿por qué me lo pregunta usted?

--Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.

Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje
y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las
apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni
lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto,
estaban también extremadamente sucias.

La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante
despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero
había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original.
Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente
Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según
todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar
en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance.
Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos,
principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas
poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de
orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.

--¡Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. ¿Por qué no
trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?

--¿Por qué no trabajo, señor?--siguió diciendo Marmeladoff, encarándose
exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la
pregunta--. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me
disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con
sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal
escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha
ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin
esperanza?

--Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza?

--Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a
usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre,
tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque,
dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no
ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de
las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra
época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina
reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo,
repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro
de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a...

--¿Para qué ir en ese caso?--interrumpió Raskolnikoff.

--Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida
y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana,
a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir
en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene
cartilla)--añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de
inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se
apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del
mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían--. ¡Poco me importa!
No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son
conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es
con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea!
_¡Ecce Homo!_ Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o,
mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar
que no soy un cerdo.

El joven no respondió.

El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas
por sus últimas palabras. Después añadió:

--Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso
el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una
persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un
bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos
elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de
mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar
piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza
de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender
que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés
hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos,
joven)--insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas--.
Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no;
dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido
lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero
tal es mi carácter; soy un verdadero bruto...

--Lo creo--dijo bostezando el tabernero.

Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.

--Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor,
que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto
se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias,
las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta
de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía
antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía.
Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un
catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina
Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa,
porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,
tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me
preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento.
Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo
porque quiero sufrir doblemente!

E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.

--Joven--continuó en seguida incorporándose--, me parece leer en su
semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido
advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le
cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos
ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque
busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que
mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia,
y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del
gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba
por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la
hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo
conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama
de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta
ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo
en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos
días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un
alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan
negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así
es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para
vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima,
mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su
dignidad que el dolor de los golpes recibidos.

»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había
estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con
quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido;
pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y
murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta
que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el
difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona,
comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo;
más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.

»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos
pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su
miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con
fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por
otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad
de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo
también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí
mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.

»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo,
en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en
que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y
retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.

»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras:
«No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!

»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin
probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía
delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A
poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas
determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando
me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia
Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué
vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera
aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que
yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra
la ha hecho sufrir.

»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer
irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí,
¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no
ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle
Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte
en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen
manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en
Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó
algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la _Fisiología
de Ludwig_. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy
interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se
limita toda su cultura.

»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una
joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una
habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra
tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia
hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado
Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no
sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la
puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien
la medida del cuello.

»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se
pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus
mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad.
«Holgazana--decía a mi hija--, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer
nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que
la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no
habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento
acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia
respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una
carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué
me dice usted esas cosas?»

»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala
mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en
nombre del propietario de la casa. «Vaya--dijo irónicamente Catalina
Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no
la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada,
enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más
bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al
vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les
pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí
que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto.

»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna,
y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de
plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde
(un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza
y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo
temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo
estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también
silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.

»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y
rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los
brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba
lo mismo, sumido en la embriaguez.

Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la
copa, la vació y siguió, después de un corto silencio:

--Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia
desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas
(Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería
vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija
Sonia[5] Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió
obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en
este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había
favorecido las intrigas de Daría Frantzovna.

       [5] Sonia es la fórmula familiar de Sofía, y Sonetchka
       diminuto cariñoso del mismo nombre.

»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia
fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio
estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido
en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón--dijo--ha de habitar
en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó
partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad
mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con
lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo
y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta
su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen
en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada
de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas
muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse
mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia
Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a
un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del
altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el
fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch--me dijo--,
has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo
mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo:
«Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé
el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia
no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy
penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes.
¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un
destino!

De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento
invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la
puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un
chiquillo cantaba la _Petite Ferme_.

La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos
se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este
incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez
más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de
su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante.
Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras.

--Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna
y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me
encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que
abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde
aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños,
diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la
oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh?
No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin
de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a
cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy
buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué
íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en
la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente,
esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador...

Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó
su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff
no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía
cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,
sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con
la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar.
Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.

--¡Señor, señor!--dijo el funcionario disculpándose--, quizá halle
usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy
fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi
existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos,
porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día
maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar
nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer,
de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba!
Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó
la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco
hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como
un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que
quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo.
Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en
ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una
taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...

Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y
cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento
cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con
afectado cinismo y dijo riéndose:

--¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber!
¡Je, je, je!

--¡Y te lo ha dado!--gritó, riéndose, uno de los parroquianos que
formaba parte del grupo recién llegado a la taberna.

--Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff
dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fué a buscar
treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con
mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio,
una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener
los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los
condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks,
sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor?
Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites,
indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay
que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito
el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende
usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo,
su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks
para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha
de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted
compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no?
¡Je, je, je!

Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba
vacía.

--¿Por qué se ha de tener lástima de ti?--gritó el tabernero.

Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las
palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al
ver su catadura.

Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación
del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó
vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con
exaltación:

--¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es
verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en
la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo,
ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed
de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu
media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza
y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado.
Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo
comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá
el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado
por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos?
¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con
horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:
«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez...
ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...»
Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en
mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El
y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a
los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez
a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los
borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos
aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos!
¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!»
Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a
éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de
ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y
nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas...
y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el
mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu
reino.

Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si
desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de
las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas
de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un
momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las
risas, mezcladas con invectivas:

--¡Muy bien hablado!

--¡Gruñón!

--¡Charlatán!

--¡Burócrata!

--Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza
y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa
Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.

Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer
el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun
menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su
compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o
trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio,
parecía más inquieto y preocupado.

--No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora
miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los
cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No,
no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus
ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo
además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa
enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las
lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de
comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes
no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir,
esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí,
es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale
así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán,
hombre rico... ¡Acompáñeme!...

Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto
piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había
aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura
encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.

La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo
de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta
pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor
desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada,
extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el
más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había,
probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y
un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de
pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero
de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.
Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los
otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y
se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y
tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,
sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.

Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer
flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.
Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho
Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios
secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a
otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual;
los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.
Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica
producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina
Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho
más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres;
parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.

Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera
emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había
ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que
hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.

La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza
apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,
temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La
mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una
camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_
señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente
no le llegaba más que hasta las rodillas.

En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo,
largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le
hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,
obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella
carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se
arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer,
al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de
explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se
preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a
casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era
un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se
preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un
grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.

--¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--.
¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué
traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!

Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff
apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No
llevaba encima ni un solo kopek.

--¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es
posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el
cofre!...

Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y
lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de
Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de
rodillas tras de ella.

--¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose
a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza
la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el
suelo.

La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho,
de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar
este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia
su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor
temblaba como la hoja en el árbol.

--¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina
Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el
traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose
las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita!
¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la
taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has
estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con
él?... ¡Vete, vete!...

El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir
una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en
par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada
y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan
ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado
los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff,
arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.

Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente
se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,
abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a
su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que
dejar el cuarto al día siguiente.

Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes.
Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la
taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin
ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de
bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para
que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.

--¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,
pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía
recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta
reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó
diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia
cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.
La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre
el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo
pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han
encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto
no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio
lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y
se hace a todo!

Raskolnikoff se quedó pensativo.

--¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es
necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos
los prejuicios que le detienen!


III

Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado
que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal
humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con
el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan
bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el
techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas
más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en
la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.

Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de
lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y
sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual
ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá
había una mesita.

La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el
ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.

Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo
y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.

En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le
molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así
éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el
cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez
cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
joven despertó.

--Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te,
¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!

El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia,
le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.

--¿Me lo envía la patrona?

--No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.

La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la
mesa dos terroncitos de azúcar morena.

--Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el
favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería
y tráete un poco de embutido barato.

--En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no
sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy
rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy
bueno.

Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo
que era, como una campesina.

--Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.

El rostro del joven se alteró.

--¡A la policía! ¿Por qué?

--Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.

--¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No
podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en
alta voz--. Iré a verla y le hablaré.

--Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente,
¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes
nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué
ahora no haces nada?

--Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.

--¿Qué es lo que haces?

--Cierto trabajo...

--¿Qué trabajo?

--Medito--respondió seriamente después de una pausa.

Anastasia se echó a reír.

Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa
que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.

--¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo
hablar.

--No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
Además, desprecio ese dinero.

--Quizás algún día te pese.

--Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos
cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien
a sí mismo que a su interlocutora.

--¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?

Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante
algunos momentos.

--Sí, una fortuna--dijo luego con energía.

--¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?

--Como quieras.

--¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.

--¡Una carta para mí! ¿De quién?

--No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
hecho bien, ¿no es cierto?

--¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy
agitado--. ¡Señor!

Un minuto después la carta estaba en sus manos.

No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno
de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo
que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
violentamente el corazón en aquel momento.

--Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero,
¡por amor de Dios!, vete en seguida.

La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de
Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se
marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios
y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección
reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y
escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el
sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
por ambos lados.

  «Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te
  escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño.
  Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes
  cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el
  mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
  felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
  al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
  Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías
  ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.

  »¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año!
  Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí
  prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
  Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
  de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a
  mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara
  de lo que me había prestado.

  »Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero;
  por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
  felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
  de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis
  semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
  acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
  sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.

  »Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la
  triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia
  Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía
  responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
  lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a
  pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado
  que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué
  hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que
  Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta
  casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar
  por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
  razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la
  deuda.

       [6] Diminutivo cariñoso de Dunia.

  »Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había
  pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
  que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote
  que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por
  Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
  permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también
  para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón
  que tiene.

  »El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse
  grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
  descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos
  pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente,
  puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
  muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
  Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
  sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
  el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
  Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate
  tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
  insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.

  »Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
  proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas
  promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia
  e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
  ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
  cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar
  inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de
  este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
  la discordia en la familia.

  »El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió
  inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que
  aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
  la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha.
  Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff
  no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
  contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y,
  finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin
  dejarle tiempo aun para hacer la maleta.

  »Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
  metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después
  de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
  siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo.
  Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la
  carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía
  a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima
  e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido.
  Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
  que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón
  angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes
  largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
  no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras,
  murmuraba la gente con aire despreciativo.

       [7] Carreta de aldeano.

       [8] Campesino siervo.

  »Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando
  a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y
  durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco
  charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló
  la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
  salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de
  abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose
  en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!

  »La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
  señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la
  joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
  Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
  Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
  jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita
  que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
  indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
  deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de
  perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.

  »Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
  de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra
  casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
  perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en
  todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka
  y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose
  con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta
  autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella
  muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
  rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
  Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
  puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.

  »Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
  partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
  apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber
  tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto
  no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
  a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no
  podías juzgar con conocimiento de causa.

  »Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
  un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de
  Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros
  en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le
  recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día
  nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana
  y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy
  atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera
  que no puede perder tiempo.

  »Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos
  un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos
  estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en
  buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable
  fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto
  es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
  bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas
  apariencias pueden ser engañosas.

  »Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
  Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada
  ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre,
  si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo
  esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
  producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer
  a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole
  con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
  rectifican difícilmente.

  »Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
  persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
  que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias
  palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
  modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más
  porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
  frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.

  »Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
  por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque
  de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece
  bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven
  valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy
  apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
  por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
  no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
  angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará
  como un deber el corresponderle.

  »Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
  la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por
  ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
  de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido
  su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
  resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote,
  y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe
  sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido
  un bienhechor.

  »No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
  explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el
  sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación;
  evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha
  tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
  dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero
  ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
  son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina
  es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación,
  Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se
  levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
  último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente
  plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana
  que había tomado su resolución.

  »Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente
  a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
  quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
  asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su
  viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que
  se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está
  en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás,
  bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se
  realizase!

  »Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor
  especial de la divina Providencia.

  »Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación
  a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin
  duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
  le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal
  de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
  A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
  impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no
  ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
  su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección
  de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más,
  cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
  ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.

  »A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
  comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
  su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía
  con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
  entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo,
  su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
  buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.

  »Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
  razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá
  no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo
  seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
  Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a
  que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
  es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
  por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.

  »Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te
  advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
  Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos,
  y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está
  decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo
  sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días.
  Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones
  cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A
  ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más
  tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría
  te estrecharé entre mis brazos!

  »Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte;
  y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que
  por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un
  ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella,
  demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la
  pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe
  cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas
  de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
  pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
  Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable,
  y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
  adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.

  »Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría
  de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
  dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
  bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
  sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar
  nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
  billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
  esa capital sin ningún kopek.

  »Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy
  caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y
  hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
  su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
  un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son
  30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.

  »Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima
  entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia,
  a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que
  a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú
  lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
  futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.

  »Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.

  »Tuya hasta la muerte.

Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su
rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo.
Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último,
se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un
armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.

Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de
Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el
que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun
_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
lo creían borracho.


IV

La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero
el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su
resolución.

«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al
diablo el señor Ludjin.

»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no
lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi
opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen
que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y
qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
que sólo puede casarse a toda prisa.»

»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme,
sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya
imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida
del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de
negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá,
de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe
de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!...
¡Admirable!...

»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las
«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el
personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor
Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía
esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la
noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas
una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría
más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un
poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero
ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_.

»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no
había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh
Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la
conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra
felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre
mía!...

Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces
hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.

--Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es
preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero
el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre
de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un
gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este
rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia
que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no
es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de
tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el
traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted
ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que
usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.

»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden
esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es
más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el
marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a
San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella
vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos
indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con
Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha
sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
cerrar los ojos a la evidencia.

«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios
de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales
será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá
en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que
20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe
de mi hija.» ¡Sí, fíate!

»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?

»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con
él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar
material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo
de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el
señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en
casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos;
eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría
a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de
Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal
su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor
Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese
hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es
la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con
tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía,
imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros
escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que
la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto
es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra
Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su
hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!

»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka
Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al
nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe
mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por
el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia
este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería
aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera
llamar a la puerta de su casa.

»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de
maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras
no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese
ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero,
¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por
qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»

Se detuvo, quedándose como ensimismado.

--¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
_veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu
parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso
es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es
lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre
una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la
actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando
hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado
ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído
su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros
que las amenazan durante estos diez años.

Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le
atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él
no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles,
que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.

--¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es,
sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
mi derecho a ser, a vivir, a amar!

Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes
por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que
significa esta frase: No tener ya adónde ir?»

Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se
le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de
este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de
volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces
bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia
de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le
cubría los ojos.

Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas
de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un
banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo
su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer
que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en
ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría
muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
advertirlo.

Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual
trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su
voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había
de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser
muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al
cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una
manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la
cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de
excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la
joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió
más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos
como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió
Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña,
que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita
casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente
quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no
tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían
suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.

Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente
a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor
insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar
muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que
evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia
el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más
claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se
apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.

--¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo
sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.

El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de
altanero estupor.

--¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.

--Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.

--¿Cómo te atreves, canalla...?

Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se
lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente
cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien
asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar
casualmente junto a ellos.

--¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le
pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff,
fijándose en su miserable aspecto.

Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con
sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además,
inteligente.

--De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el
brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga
usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--.
Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición
social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la
hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?...
Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta
joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas,
seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien
quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene
conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto
cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la
combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado
de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo
libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se
vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...

El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a
reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero,
pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para
examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.

--¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña.
De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive
usted?

La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con
expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.

Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.

--Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su
casa. Sólo falta que nos dé su dirección.

--¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar
el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a
su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?

--¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo
movimiento de antes.

--¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a
Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.

Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.

--¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.

--Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose.
Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.

--¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y
borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!...
¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles
arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.

Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
tomarse por muchachas de buena familia.

--Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito.
¡Allí sigue!

Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un
ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán
de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a
su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos,
deteniéndose de nuevo.

--No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo
el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita,
¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.

De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si
un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en
dirección opuesta a la que había llevado.

--¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo
extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.

Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.

--Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo
resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah!
¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.

En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino
en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:

--Escuche usted.

El interpelado se volvió.

--¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se
divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?

El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a
Raskolnikoff, que se echó a reír.

--¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.

Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha.
Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.

--Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se
quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la
muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas
de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello?
Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por
qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?

A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó
como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva
vida.

--¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había
estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá
su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para
añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la
pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el
hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las
muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez
al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he
visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que
así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público
que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un
tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que
tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar;
ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía
más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por
ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?

»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al
salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...

»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a
Razumikin?»

No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de
Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las
clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de
sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le
correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones
ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como
si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en
conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.

No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró
con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus
compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban.
No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista,
llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.

Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que
recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos,
echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía
dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de
bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad.
Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura
ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se
descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en
una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin
que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero,
por supuesto, trabajando.

       [9] Aproximadamente 1,88 metros.

Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba
sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente
había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
mejorar su situación pecuniaria.

Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y
Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle
dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser
visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo
molestarle, fingió que no le veía.


V

--En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a
fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de
servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta
quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek
siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con
unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una
necedad ir a casa de Razumikin.

       [10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
       unos cuatro centavos.

La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le
causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar
algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla
del mundo.

--¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en
Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con
estupor.

Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber
puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una
extraña idea:

--Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día
siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro
aspecto...

Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca
conmoción.

--¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo
levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será
posible?

Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento
fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel
aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo
_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se
puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter
febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la
temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos
objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le
trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su
preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno
suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar
donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de
Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a
las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada
de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.

Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de
alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación
riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres
elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se
fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas.
De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y
soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba
antes de que lo hubiese perdido de vista.

Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al
guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente,
son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de
Marmeladoff.»

Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el
dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante
de un figón: su estómago se lo recordaba.

Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y
tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso
volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que
no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y
se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.

Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su
relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que
pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los
detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación
tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o
Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
el organismo, ya quebrantado, del individuo.

Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña
ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al
anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo
era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su
memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que
despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni
un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte,
un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último
jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía
pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían
hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y
temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba
lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba
un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula
verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre
y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido.
Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte
desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al
lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión,
muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había
dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba
el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la
tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.

He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo;
pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y
dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación
que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres
de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas
de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos
cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías
y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar
aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_
acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo
atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_
completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
echados negligentemente sobre los hombros.

--¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de
rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!

Estas palabras provocan risas y exclamaciones.

¡Hacer el camino con semejante penco!

--Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese
jamelgo a semejante carro?

--De seguro que este rocín tiene más de veinte años.

--Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las
riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo
que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si
galopará!

Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al
pobre jaco.

--¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
burlándose, los del grupo.

--Apuesto a que hace diez años que no galopa.

--¡Buena marcha llevará!

--No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!

--¡Eso, eso, se le arreará!

Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya
seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una
gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón
rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la
gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de
que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.

--¡Andando!--grita este último.

El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan.
Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
galopar.

--Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores
un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.

--Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.

Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al
animal.

--Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al
pobre caballejo!

--Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.

Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y
sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
poco falta para que no se caiga.

--¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que
hay que hacer. Yo os ayudaré.

--¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.

--¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un
armatoste como éste?--grita otro.

--¡Bribón!--vocifera un tercero.

--No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que
galope!

De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un
caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!

Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden
a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.

--¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba
Mikolka.

--¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.

La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.

Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los
ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas.
Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo
siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de
la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
demasías.

Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
fuerzas, intenta aún cocear.

--¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del
fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
las dos manos sobre el pobre caballo.

--¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.

--¡Lo matará!

--¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.

--¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.

De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de
caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus
perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el
garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.

--¡No quiere morir!--gritan los del grupo.

--¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.

--Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.

--Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un
violento golpe al pobre caballo.

El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe
con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
instantáneamente los cuatro miembros.

--¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.

Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.

--¡Ha muerto!--gritan en el grupo.

--¿Por qué no quería galopar?

--¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.

Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la
muerte le hubiese quitado su víctima.

--¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos
asistentes.

El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre
el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino
arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En
aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
al fin y le aparta de la gente.

--¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.

--¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero
le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.

--¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con
ellos!--dice el padre.

Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
respirar, grita, y se despierta.

Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos
empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.

--¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a
tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.

Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre
las manos.

--¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un
hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande
por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será
posible?

Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.

--Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda
sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué,
pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el
_ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis
fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.

»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como
la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por
qué pues, por qué ahora...?

Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí,
y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los
ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo
tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.

--¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio
maldito!

Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la
resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía
cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había
cesado de influir sobre él el horrible maleficio.

Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su
tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias,
venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía
nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre
su destino.

He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué
cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar
por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa
sin fijarse en el itinerario recorrido.

--¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro
tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito,
que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se
verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles
consecuencias?

Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
predestinación.

Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los
tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los
bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11]
de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera,
pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
_pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a
volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de
Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la
víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_.

       [11] Pasaje.

De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le
conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años,
tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.

En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en
pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían
el vendedor y su mujer.

Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en
sus palabras.

Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación
extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
nada de asombroso.

--Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel
Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a
siete. También vendrán los otros.

--¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.

--¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted
es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta
ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su
hermanastra?

--No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.

--¿De modo que tengo que venir?

--Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que
esté usted presente para decidir el asunto.

--Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.

--Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a
marcharse.

Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas
y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por
no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento
había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le
acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde,
Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y
que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se
encontraría sola en su casa_.

El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como
si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en
disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía
ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente
resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una
ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber
la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal
vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.


VI

Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían
invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una
familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de
algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de
mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora.
Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era
muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo;
en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.

Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso
y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto,
se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y
misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo,
Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al
despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que
tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo
sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le
permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que
vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los
cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su
padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su
hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.

Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna.
Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular
acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de
haber recibido el dinero entró en un mal _taklir_[12] que encontró al
paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña,
todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.

       [12] Cafetucho.

Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba
de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.

Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a
tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al
oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de
colegio y prestamista sobre prendas.

Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una
persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura
casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no
podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien
venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en
efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.

--Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero
en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una
vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es
una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!

Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera
veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el
día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre
un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis
por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena
de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era
pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa
dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines
y ocho verchoks de estatura.

--¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír.

La conversación recayó en seguida sobre Isabel.

El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo.
El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le
enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.

Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta
suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la
cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años
y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la
cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba
a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin
consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había
otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el
mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno
descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel
pertenecía a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con
pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra
parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y
hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.

--¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial.

--Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de
mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su
fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan
simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es
tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y,
además, su sonrisa es tan bondadosa...

--¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial.

--Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara
que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la
despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió
vivamente el estudiante.

El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las
palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.

--Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba,
pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza,
necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario,
perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá
mañana de muerte natural. ¿Comprendes?

--Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.

--Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan,
se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien
mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado
por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones
quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la
miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales...
y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase
su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso
fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de
buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a
la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a
la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las
balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la
vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos,
porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de
rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase
con los dientes.

--Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué
quieres? la Naturaleza...

--Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo
contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo
grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir
que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a
plantearte otra cuestión.

--No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.

--Conforme.

--Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime:
¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?

--¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la
justicia... No se trata de mí...

--Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto
que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a
echar otra partida.

Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor,
esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído
a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería
era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los
mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de
Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la
vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba
escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su
destino decisiva influencia.

       *       *       *       *       *

Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado
en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era
completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó
que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había
pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con
satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer
en pesado y profundo sueño.

Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia,
que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran
trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo
del te que ella acostumbraba a tomar.

--¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así?

Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso
en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de
nuevo en el sofá.

--¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo?

El joven no respondió.

--¿Quieres tomar te?

--Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió
del lado de la pared.

Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.

--Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse.

A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en
el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a
sacudir con fuerza al joven.

--¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio.

Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los
ojos del suelo.

--¿Estás malo o no lo estás?

Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.

--Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te
sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?

--Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un
ademán.

La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se
marchó.

Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó
detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.

Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El
dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su
frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir,
permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación
le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños.
Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana
detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los
camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer.
El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente;
el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del
riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.

De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel
ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de
la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y
calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se
aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.

El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa,
parecía que todo dormía en la casa.

--¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer
no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no
comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las
que acababan de dar.

A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y
extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían
mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de
nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración.
Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán;
aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de
la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos
arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de
ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de
verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo
que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban
las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán
no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado
mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas
cosas del cajón de su mesa.

En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido
un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle
con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma
bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y
esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le
bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el
sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía
también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del
mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho,
un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.

Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo
los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo
el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con
anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera
acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En
uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo
de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una
plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones,
que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa
con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y
lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.

Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo
lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy
difícil desatarlo.

Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja;
mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff
podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa
de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de
que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se
le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff
acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le
decía en la escalera:

--Ya hace mucho que han dado las seis.

--¡Dios mío! ¿Mucho?

Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta
escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante:
ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a
cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un
hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento
no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para
manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha.
Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida
que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y
horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se
libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante
que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.

Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas
disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría
renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero
le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas
que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno
a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi
nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus
amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas
de su ama.

No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el
momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora
después cuando todo hubiese terminado.

Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.

--Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo
vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en
tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la
criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se
pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará
un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser
funesta.

Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía
tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a
desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre
lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía
imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e
iría allí derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la
visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco
para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no
pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.

No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba
resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar,
había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente
se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por
una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente
de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes
de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo
que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra
una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.

La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había
pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente
todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las
huellas de casi todos los culpables?

Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la
principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material
de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este
último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución
de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con
aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la
circunspección y la prudencia le eran más necesarias.

Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento
de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados,
que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del
crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun
algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para
cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido
era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen,
por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno
morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.

Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente
estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría
la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa,
sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos
la serie de argumentos que le habían conducido a esta última
conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado
práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban
en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi
fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los
obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía
en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se
despertó como de un sueño.

No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia
insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que
estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par
en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente
Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque
no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su
habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario
cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia,
contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy
atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al
aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió
hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.

Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado
en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta
circunstancia fué para él un golpe terrible.

--¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de
la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia?
¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?

Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a
burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.

Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir
sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver
a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!»,
murmuró enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba también
abierto.

De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de
Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en
derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos
escaloncitos y llamó con voz débil al _dvornik_: «Vamos, no está en su
casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.»
De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo
del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma
por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió.
Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo»,
pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó
poderosamente a darle valor.

Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas
miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención.
De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y
hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una
imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde
había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete
y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para
que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.

Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo
que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse
por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a
su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de
Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas
públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por
una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al
jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se
le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con
ello higiénica y artísticamente considerado.

«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio
se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le
ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó:
vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola
campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj
adelanta.»

También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo
hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a
la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de
heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por
el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en
el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta
disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se
fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas
que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo,
no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la
vieja que era la de la derecha.

Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para
comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose
antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada
minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente
desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un
cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos
pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un
instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera
sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos
pisos.»

Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la
puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar.
El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación
situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también
vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la
puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se
ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin
responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en
casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber
estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y
tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?--pensó--. ¿No
se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a
que se calmase mi emoción.»

Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones
del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente
la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio
minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar
violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de
seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en
este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte
las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta.
Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones
(lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era
fácilmente perceptible.

Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución
en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia.
No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez
pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó
a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello,
no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia
precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el
uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante
oyó que descorrían el cerrojo.


VII

Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la
puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes
que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le
abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al
traste con todo.

Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con
un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con
violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera
no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura,
de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo,
hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie
en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella.
Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una
palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.

--Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo él con el tono más natural
que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y
temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que
verlo a la luz...

Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación.
La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.

--¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?

--¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff;
tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé
el otro día--y le alargó el paquete.

Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea,
y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y
desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca
ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en
los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba
cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de
que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin
duda, a echar a correr.

--¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo
irritándose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja;
iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.

Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.

El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.

--¿Qué prisa hay, _batuchka_? ¿Qué es eso?--preguntó mirando el paquete.

--Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.

La vieja extendió la mano.

--¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, _batuchka_?

--Tengo fiebre--respondió con voz brusca--. ¿Cómo no he de estar
pálido?... Cuando uno no tiene que comer...--acabó de decir, no sin
esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo.

La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.

--¿Qué es esto?--preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la
prenda, miró fijamente a su interlocutor.

--Una petaca de plata... mírela usted.

--Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!

En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se
había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a
pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda
a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven
se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero
sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo
del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros.
Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento;
temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le
daba vueltas en su derredor.

--¿Pero qué hay aquí dentro?--gritó coléricamente Alena Ivanovna, e
hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.

No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán,
la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía
fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en
cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su
energía física.

Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza.
Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite,
recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de
cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó
la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y
cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse
los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda».
Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su
vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La
sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó
hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para
mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían
salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su
rostro la expresión de una horrible mueca.

El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a
registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no
mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena
Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se
hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni
aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más
tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho
cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día
anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.

Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba.
Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes
piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de
seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una
cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de
las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un
escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta
idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.

Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente,
sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera
muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió
vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe
a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de
que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella
para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la
mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de
sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el
joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio
y no se rompió.

El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase
a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda
tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente
Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver
para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no
pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de
dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar
el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta.
Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa.
También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces,
la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un
saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff
se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces
sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella
apresuradamente en la alcoba.

La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento;
pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto
por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía,
por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin
embargo, en hacerla entrar.

De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior
visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la
anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en
que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse
más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen
la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había
allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero
rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando
Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco
un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del
abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener
solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas
en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De
pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?»,
murmuró con terror.

Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la
piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba
abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos
de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera,
brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos
encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un
pedazo de periódico doblado en dos partes.

Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los
bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer
los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En
la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado
de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que
había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito
percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y
entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un
silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre,
esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se
lanzó fuera de la alcoba.

En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos,
contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la
cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del
asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la
boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente
con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de
la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el
aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los
labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar
los de los niños pequeños cuando están espantados.

Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se
levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose
las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en
semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el
brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que
descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró
en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi
hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía,
Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después
lo tiró y salió al recibimiento.

Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido
premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese
podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las
dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada,
tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los
obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría
que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya...
probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse,
y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta
impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a
la caja ni entrado en la alcoba.

Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros
pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino
parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal,
para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le
hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse
las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas
las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua,
tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó
a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro
del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para
hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con
un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se
aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el
hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba
húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán,
colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa
de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que
iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían
nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El
joven las limpió con un trapo humedecido en agua.

No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias,
porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas
manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia
de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía
loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni
de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que
convenía en las circunstancias presentes...

--¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!--murmuró y se lanzó al
recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta
entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a
dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que
daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco,
por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había
permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado
vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había
visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora
había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a
través de la pared.

Cerró la puerta y echó el cerrojo.

--Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir
inmediatamente.

Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a
escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta
cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por
último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada
cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior
se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando
una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró
de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente
se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se
disponía a bajar, percibió un nuevo rumor.

Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños
de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la
verdad--: Vienen _aquí_, al cuarto piso, a casa de la vieja.

¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el
ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que
ligeros...

--Ya _él_ ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor...
resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí!

Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como
ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios
enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como
clavados en el suelo imposibilitados de moveros.

El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.

Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el
descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando
apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo,
teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien
que el razonamiento, le guió en estas circunstancias.

Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar,
sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el
descansillo.

No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El
desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la
situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja.

El visitante respiró varias veces con fatiga.

«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el
mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento,
el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en
la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después
de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia,
se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff
contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía
verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la
mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba
a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró
súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio.

--¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas
mujeres!--murmuraba en voz baja el visitante--. ¡Eh, Alena Ivanovna,
vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid!

Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin
duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley.

Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera
pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso.
El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido.

--¿Es posible que no haya nadie?--dijo una voz sonora y alegre,
dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la
campanilla--. ¡Buenas tardes, Koch!

Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo.

--¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la
cerradura!--respondió Koch--; ¿pero usted, cómo me conoce?

--¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus
tres partidas seguidas de billar?

--¡Ah!

--¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá
ido la vieja? Tenía que hablarle.

--Yo también.

--¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que
venía a pedirle dinero prestado!--exclamó el joven.

--En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por
qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una
buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta
bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su
casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda!

--Podíamos preguntarle al portero.

--¿Para qué?

--¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá.

--¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!--y tiró del cordón de
la campanilla--. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!

--¡Espere usted!--gritó de repente el joven--. Fíjese, vea usted cómo
resiste la puerta cuando se tira de ella.

--¿Y qué?

--Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire
usted, mire usted cómo suena!

--¿Y qué?

--¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos,
está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por
fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por
dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el
cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están
dentro y no quieren abrir.

--¡Pues es verdad!--exclamó Koch asombrado--. ¿De manera que están ahí?

Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.

--No siga usted--dijo el joven--; aquí pasa algo extraordinario...
Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas
no abren; luego, o están desmayadas o..

--¿Qué?

--Hay que llamar al _dvornik_ para que las despierte.

--¡Buena idea!

Los dos empezaron a bajar.

--Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al _dvornik_.

--¿Para qué me he de quedar?

--¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?

--Está bien.

--Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo
que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.

Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la
escalera.

Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después
se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para
cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo.
Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la
llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.

En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha
en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara
asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar
en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una
vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de
injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y
matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»--pensaba.

--¡Qué diablo! ¡No sube nadie!--se dijo Koch, comenzando a perder la
paciencia--. ¡Qué diablo!--volvió a decir, y fastidiado de esperar
abandonó su puesto para bajar en busca del joven.

Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban
pesadamente en la escalera.

--¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado
por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de
reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que
pudo, y empezó a bajar la escalera.

Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran
estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna
parte, y volvió a subir apresuradamente.

--¡Eh, pardiez, espera, aguarda!

El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los
pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:

--¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco!

La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas
exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció;
pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios
individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la
escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona
del joven estudiante.

--Son ellos--se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente
a su encuentro--. Ocurra lo que quiera--añadió. Si me detienen, todo
ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de
haberme visto en la escalera.

Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando
de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la
derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo
donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede,
éstos acababan de dejarlo.

Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se
veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían
dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y
una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en
el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era
tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse,
subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse
de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y
descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio.
Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina
de la izquierda.

Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado
en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose
estupefactos al verla abierta.

--Indudablemente están examinando los cadáveres--se decía--; sin duda
les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar;
sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del
segundo piso cuando ellos subían al de la usurera.

Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar
el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina.

--¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase
allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier
parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo!

Al cabo se ofreció ante sus ojos un _pereulok_ y se metió en él más
muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era
difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil
no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera
aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en
pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el
cuello.

--¡Buena la has tomado!--le gritó, al desembocar el canal, uno que le
creyó borracho.

No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus
ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de
ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan
solitario, se volvió otra vez al _pereulok_; y aunque apenas tenía
fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio.

Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu;
a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que
llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy
grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar
en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría
comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo
puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en
cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta
del _dvornik_ estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer
que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en
aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la
puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere
usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha;
pero esta vez, como la anterior, el _dvornik_ había salido, lo que dió
facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el
sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó
a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la
patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido
en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente.
Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado
bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban
en el cerebro.



SEGUNDA PARTE


I

Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su
somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se
le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer.
Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie
de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y
desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba
todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de
las tabernas.

Aquel ruido le despertó.

--¡Ah, son borrachos!--pensó--. Las dos--y sintió un brusco sobresalto,
como si le hubiesen levantado con violencia del sofá--. ¡Cómo! ¡Las dos
ya!--Se sentó en el diván y lo recordó todo.

En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que
procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el
sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes.
Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó
una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes,
al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con
el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin
desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por
el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería
borracho; pero...»

Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de
pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se
podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando,
se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso
de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió
nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del
pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo,
y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se
acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la
vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en
ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes
cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»

En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido
sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse
de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto.
En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y
allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.

--Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose;
y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba
desgarrada, bostezaba más aún.

De pronto, el terror agitó sus miembros.

--¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa?
¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?

A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su
intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad
de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.

--¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el
modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.

Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte
temblor.

Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se
encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un
sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.

Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento
fué examinar de nuevo sus vestidos.

--¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo
corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en
ello! ¡Semejante pieza de convicción!

Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió
con la ropa que tenía debajo de la almohada.

--Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar
sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la
sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en
derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.

Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón,
hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.

--¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.

Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en
medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.

--¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado.

Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo
ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se
había enterado de las manchas.

De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.

Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda
cuando la guardé.

En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en
el forro.

--La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de
reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso,
lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de
fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.

Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del
pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta
de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios
reveladores. Se descalzó.

--¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de
sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero
qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos
trapajos y del forro del bolsillo?

Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos
que le denunciaban y le comprometían.

--Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán
primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo
ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor
será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en
seguida, sin pérdida de tiempo.

Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las
manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió
en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo
presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en
cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse
y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos
dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien
llamaba.

--¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida
durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te
digo; son ya las diez dadas!

--Puede que no esté--dijo una voz de hombre.

--Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se
sentó en el sofá.

Le latía el corazón hasta hacerle daño.

--¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--.
Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve.
Abre, despiértate...

--¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha
descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!

Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La
habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin
levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral.
La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven
miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó
un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.

--Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_.

--¿De qué comisaría?

--¡De cuál ha de ser! De la de policía.

--¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?

--¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en
boca.

El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor
suyo y se dispuso a retirarse.

--Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de
Raskolnikoff.

El _dvornik_ volvió la cabeza.

--Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada.

El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.

--Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver
que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa
urgente. ¿Qué tienes en las manos?

El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y
el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde,
tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto,
en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho
quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.

--¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un
tesoro!...

Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que
le era habitual.

Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en
las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se
encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a
un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»

--¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...

--No, voy allá, voy en seguida--balbuceó.

--¿Pero podrás bajar la escalera?

--Quiero ir.

--Allá tú.

Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida
a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy
visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no
sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio
donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»

Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero
tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era
una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía
del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las
nueve y media de aquel mismo día.

--¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y
hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor,
haced que esto acabe lo más pronto posible!

En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no
de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.

--Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor,
me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al
polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.

Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y
disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner
riéndose otra vez.

--Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber
son conjeturas, suposiciones y nada más.

Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.

--¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.

Al abatimiento siga la hilaridad.

--No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan...
¡Esto es miedo!

Le dolía la cabeza a causa del calor.

--Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia
para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus
baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la
escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna
tontería.

Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera
estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.

--Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.

Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con
tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.

--¡Con tal de que se acabe pronto!

Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera,
dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto
volvió la vista.

--Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.

Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto
piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes
de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven
había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin
importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar
en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una
escalera situada a la derecha.

--Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se
encuentra la oficina.

Subió al azar; no quería preguntar a nadie.

--Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras
subía al cuarto piso.

La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua
sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la
escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual
hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con
sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos
de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La
puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.

Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos
_mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además,
el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza
que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el
departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas
y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué
atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban
varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos
tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.

--¿Qué se le ofrece?

El joven mostró la citación enviada por la comisaría.

--¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber
ojeado el papel.

--Sí, antiguo estudiante.

El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un
hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.

--De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff.

--Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente
señalando con la mano la última dependencia.

Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y
estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que
acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto,
denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía
lo que este funcionario le dictaba.

La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un
tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones
extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud
expectante.

Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó
sobre él una rápida ojeada y dijo:

--Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.

El joven respiró con más libertad.

--Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba
valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.

--La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme...
es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón
vacila...

Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara
la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar
algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda
su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía
esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven
de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad;
vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo
partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy
cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena
de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en
francés y se quedó tan satisfecho.

--Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que
permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al
lado.

--_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un
ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.

Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,
guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho;
pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar
tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada;
sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la
señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un
oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra
galoneada y se sentó en una butaca.

Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e
inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor
caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.

Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos
bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero
no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff
de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el
aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su
traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la
mirada del oficial, que éste se ofendió.

--¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante
desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.

--Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.

--Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se
apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus
papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff
señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.

--¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo
tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir
aquí?

Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...

--¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó
el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las
nueve y son más de las once.

--Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente
Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se
abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,
aquí me tienen ustedes.

--¡No grite usted!

--No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy
estudiante y no permito que se me hable de este modo.

Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer
momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar
de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su
asiento y dijo:

--¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted
insolente!

--También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no
contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta
usted a todos al respeto.

Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.

El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El
fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.

--Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a
fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide.
Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque
no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!

Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel,
impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos
veces, sin comprender nada.

--¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.

--Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene
usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué
fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa
usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted
posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es
libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las
leyes.

--¡Si no debo nada a nadie!

--Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,
protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a
la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda
Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a
usted para tomarle declaración.

--Pero desde el momento que se trata de mi patrona...

--¿Qué importa que sea la patrona de usted?

El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente
piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender
a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.
¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La
reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena
de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas?
Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo
ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la
satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel
momento todo su ser.

En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y
cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta,
inmediata, puramente instintiva.

De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría.
El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su
prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así
es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde
la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida
sonrisa.

--Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había
retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?
¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!
¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya
diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me
agota la paciencia!

El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y
miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca
consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba,
y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que
tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.

--Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero
comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería
inoportuna, se detuvo.

Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada
podía contenerlo.

En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre
su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña,
a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una
expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en
las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas
reverencias y esperaba que se la dejase hablar.

--En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor
capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se
expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no
hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres
botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,
como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la
mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que
no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer
caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el
_dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,
y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera
en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se
acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.
¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la
ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por
detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le
desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del
daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos,
señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha
armado todo el escándalo.

--¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...

--¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la
Cancillería.

El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente
la cabeza.

--Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra,
respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro
escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice
en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no
olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!

Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro;
pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo
reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro
fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien
cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa
Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho
dando saltitos.

--¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba,
el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a
su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te
has disparado. Te he oído desde la escalera.

--¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente
Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese
caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga
sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es
citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro
en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería
respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está.
¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?

--Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos
perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le
habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha
podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero
se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo
aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en
cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento
le llamábamos «el oficial pólvora...»

--¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las
delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.

Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.

--Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo,
dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy
pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he
cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por
la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de
medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi
hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi
patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy
lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La
verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de
cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.

--Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la
Cancillería.

--Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó
Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su
interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch,
aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera
absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en
casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por
qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi
promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no
estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me
abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.

--No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no
tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch;
pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo
hablar.

--Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las
cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a
ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus;
yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona
se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía
confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un
pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe
de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento,
continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que
jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese
documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo
un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!
¿Qué les parece a ustedes?

--Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con
insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración
y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus
amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver
con ellos.

--¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado
delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía
avergonzado.

--Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.

--¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.

--Lo que yo le dicte.

Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de
la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se
sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se
había apoderado en su espíritu instantáneamente.

Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un
minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios
de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el
contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese
ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado
probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se
había vaciado su corazón.

Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no
era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus
expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había
producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia
bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los
pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo
hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.
Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.

Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes
hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía
que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana,
que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento
antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no
sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes
más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.

El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la
declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi
deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que
poseo, etc.»

--No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la
Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted
enfermo?

--Sí; se me va la cabeza. Siga usted.

--Ya está todo; firme usted.

El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.

Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en
la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un
clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que
había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim
Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle
en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de
la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que
hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.

--¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale
dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta
carga.

Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim
Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación
animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.

--¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen
cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para
denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No,
eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una
vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera
en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban
tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse
le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera
hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble
asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del
platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena
Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las
habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...

--Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.
Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos
después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.

--Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en
el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el
cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la
simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó
ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de
narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme
allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!»
Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je!

--¿Y nadie vió al asesino?

--¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el
jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.

--La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.

--Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.

Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar
a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en
una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le
ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim
Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff
se levantó.

--¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario
de policía.

--Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la
pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de
su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.

--¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia
Petrovitch.

--Desde ayer--balbució el joven.

--¿Ayer salió usted de casa?

--Sí.

--¿A qué hora?

--Entre siete y ocho de la tarde.

--¿Y a dónde fué usted?

--A la calle.

Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió
nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos
ante la mirada del oficial.

--Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.

--No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.

El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos
al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en
él y guardó silencio.

--Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.

Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando
ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía
con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se
elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...

En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.

--Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida
de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los
bribones! ¡Sospechan!

Volvió a asaltarle el terror.


II

--¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los
encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie
ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he
podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?

Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las
alhajas, que en junto eran ocho.

Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había
además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de
periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser
una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos
procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió,
dejando la puerta abierta de par en par.

Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le
faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media
hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por
consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?

Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al
canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había
decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.

Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal
Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un
barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra
parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir
sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches
sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía
que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se
ocupaba en él.

Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos
aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración
importante, estaría más lejos de su barrio.

--¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde
hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas
objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido
media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi
resolución en un momento de delirio.

Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era
preciso apresurarse.

Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
andando, se le ocurrió otra idea.

--¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No
sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al
pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder
reconocerlo más tarde.

Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una
determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió
llevarla a cabo.

Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la
entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo
que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.

No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y
después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún
otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan.
Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que
lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que
lo menos pesaría sesenta libras.

Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de
los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por
consiguiente, le convenía apresurarse.

Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y,
reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado
por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que
llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin
embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó
la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco
removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y
nada podía notarse.

Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de
policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi
imposible de soportar.

--Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría
ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda,
ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la
quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar
que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!

Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza
riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la
avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.

Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera
vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.

--¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea
la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas
tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia
Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis
simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!

Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión
hasta entonces inesperada y excesivamente simple.

--Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido
derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un
acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No
querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?

Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
se detuvo cerca del puente.

--¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro
día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No
importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del
golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?

Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.

Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él
mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía
cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin
estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo
estupor.

--¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza,
e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal
vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos
de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.

Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que
el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.

--¿Sabes que estás enfermo de verdad?

Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.

--Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?

--¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando
atentamente a su amigo.

--No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.

Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a
encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con
quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado
el umbral de Razumikin.

--¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.

--¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!

--Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había
tomado.

--Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi
una ofensa y no te dejaré marchar.

--Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más
que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que
me dejen en paz es lo que deseo!

--¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te
pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una
lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes.
Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir
que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi
editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y
media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia
que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si
la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la
demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que
ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un
éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que
hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te
ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas
terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que
a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me
hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?

Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres
rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de
asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa
las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar
los labios.

--¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia
estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios
has venido?

--No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya
a bajar la escalera.

--Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el
rellano de su puerta.

El otro, callado, siguió bajando.

--Dime siquiera dónde vives.

Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.

--¡Ea! ¡vete a freír espárragos!

Raskolnikoff estaba ya en la calle.

El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó
en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó
dormido...

Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible.
¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran
gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como
nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía
por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con
extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.

La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible
comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más!
La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de
reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.

--¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da
puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro,
no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo
indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué?
El mundo está revuelto.

De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y
exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se
cerraban con estrépito.

--Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que
la locura tomaba posesión de su cerebro.

Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...

--Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
lo de ayer... ¡Oh Señor!

Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la
puerta; el terror le helaba el alma...

Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona
gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
Finalmente, se calló también y no se oyó más.

--¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero
la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos
dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha
venido aquí ese hombre?

Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo
dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como
nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia.
Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró
atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa
y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.

--Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
Dios a pesar de la fiebre...

--Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?

La criada le miró fijamente.

--¿Que han pegado a la patrona?

--Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha
maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?

Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante
largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó
turbado.

--Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente.

--Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.

--¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más
pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.

Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.

--Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.

El joven la miró, respirando apenas.

--Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso
con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha
venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos
a la escalera...

--Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?

El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le
miraba con ojos furiosos.

--Dame agua.

La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro
lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de
agua fría desmayándose en seguida.


III

Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo
privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril
semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas:
ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo
disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación;
todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando
la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían
y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de
la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre
que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía
dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto
de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía
un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su
enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero _aquello_, _aquello_
lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía
furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis
le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por
completo el uso de sus sentidos.

Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba
en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia
se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a
quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un
_artelchtchit_[13].

       [13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.

Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó
un poco.

--¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven.

--¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada.

--¡Ha vuelto en sí!--repitió el _artelchtchit_.

Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A
causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
además, excesivamente pudorosa.

--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al
_artelchtchit_.

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que
penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta
estatura.

--¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la
cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo
mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!

--Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente,
sonriéndose.

--¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo
mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!

--Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para
cierto asunto...

--Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra
al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días
hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a
Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste
gravedad ninguna.

--¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero
abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al
empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el
señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?

--El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la
casa.

--Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?

--Sí. Es un hombre de más capacidad.

--¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.

--Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía
a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta
y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
envío de esa cantidad.

--Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
memoria.

--¿Quiere usted firmarme el recibo?

--Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin.

--Sí, aquí está.

--Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el
dinero es la miel de la humanidad.

--Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
pluma.

--¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?

--No firmo.

--¡Pero si tienes que dar un recibo!

--No tengo necesidad de dinero.

--¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío,
faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto
es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto...
Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará.
Vamos, ayúdeme usted.

--No; puedo volver otra vez.

--De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre
razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este
señor... ya ves que te espera.

Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.

--Deja; lo haré yo solo--dijo éste.

Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y
se marchó.

--¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?

--Sí--respondió Raskolnikoff.

--¿Hay sopa?

--Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la
habitación durante toda esta escena.

--¿Sopa de arroz con patatas?

--Sí.

--Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.

--Bueno.

Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido.
Resolvió callarse y esperar.

--Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.

Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que
serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el
servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía
largo tiempo; hasta el mantel era limpio.

--Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en
enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni
gota.

--De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo.

El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención.
Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso
sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces
para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando
que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.

En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.

--¿Quieres te?

--Sí.

--Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está
la cerveza.

Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se
puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.

--Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la
boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para
qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
Anastasia, ¿quieres cerveza?

--¿Te burlas de mí?

--¿Pero un poco de te sí tomarás?

--Eso sí.

--Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.

Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó
su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que
cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas
para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin
decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en
el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi
instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular
cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en
acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después
de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con
un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer
sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff
tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de
preocuparle.

--Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para
preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.

--¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo
el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través
del azúcar».

--Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha
pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví
encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día
me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían
olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había
sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de
que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé
sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los
nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de
Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación
de tu domicilio. Estás inscrito allí.

--¿Que estoy inscrito?

--¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general
Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de
todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo
dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con
Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin,
con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a
Anastasia.

--Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa
maliciosa.

--Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te
entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con
Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día
de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres?
¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el
proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy
al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece
que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?

--Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.

No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.

--¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy
inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que
treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes
imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones
ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para
que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con
ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y,
naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en
eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que
tu madre pagaría...

--He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la
miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.

--Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de
Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada
contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre
de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El
firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su
madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco
rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante
apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por
su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por
qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías
inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver
en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado
y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese
Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de
negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.

--¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff,
después de una pausa.

--Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
todo cuando he venido con Zametoff.

--¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó
los ojos en Razumikin.

--¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera
sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío;
maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos
todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él
a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...

--¿He disparatado mucho durante mi delirio?

--Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.

--¿Qué es lo que decía?

--¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está
en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para
ocuparnos en nuestros asuntos.

Y así diciendo se levantó tomando su gorra.

--¿Qué es lo que decía?

--¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto?
tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
cuestión, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de
cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... ¡qué sé
yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir
en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos
los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en
tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro
horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la
colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas!
Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no
entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso
entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once
dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le
falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.

--¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la
sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el
cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la
puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió
muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la
patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el
estudiante.

Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia
febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en
aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una
cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados,
pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté
restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían
todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer
ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
un minuto.»

Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad.
Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De
repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la
tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió
la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó
antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó
entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota
estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido
tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
no había podido notar nada.

--¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se
me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy
confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces
también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué
ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba
Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy
delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora
recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio
que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas.
Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi
gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias
a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir.
Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de
Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar
conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré
de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más
necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más
que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...?
También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.

Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso
y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el
estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las
sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina
dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los
párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien
con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se
quedó profundamente dormido.

Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de
abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y
permanecía de pie en el umbral.

Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de
un hombre que trata de recordar algo.

--Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el
paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
mis cuentas.

--¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
mirada inquieta.

--¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando
te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.

--¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!

--¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio
urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme
en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un
tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el
paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?

--Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás
aquí, Razumikin?

--Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
despertases.

--No hablo de ahora sino de antes.

--¿Cómo de antes?

--¿Desde cuándo vienes a esta casa?

--Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?

Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en
vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.

--¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la
otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien.
Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido
amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me
interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por
arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?

--No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo
con un gesto de impaciencia.

--Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después
sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la
noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de
haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la
medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.

--¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.

--¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas
no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque
está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy
orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza
de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía
muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que
el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son
mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más
flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no
comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás
éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido
tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero
desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las
vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin
duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
balde.

--Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.

--¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó
Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de
moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según
mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva
mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos
quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
porque tu enfermedad está en tu camisa...

--Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro
había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.

--Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles?
Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la
resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.

El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
dos minutos.

--¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha
comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.

--¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?

--Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado
pensativo y sombrío.

Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la
puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera
de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.

--¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.


IV

El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso,
de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía
el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.
Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso
anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que
no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y
pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables,
y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían
algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire
de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía
en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban
insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.

He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los
sentidos.

--Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a
Raskolnikoff, mirándole atentamente.

Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del
enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.

--¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le
hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.

--Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario
contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de
cabeza, ¿no es verdad?

--Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.

Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá
y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre
la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba
atentamente.

--¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has
tomado algo?

Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía
dársele.

--Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos
los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque
esta advertencia es ociosa.

Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:

--Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera
podido... de todos modos está bien.

--Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--,
iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.

--Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin,
mañana veremos.

--Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que
está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros,
aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó
Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.

--Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?

--¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión
de amigos.

--¿Y quiénes son tus huéspedes?

--Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué
negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada
cinco años.

--¿En qué se ocupa?

--En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una
pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él,
aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de
instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.

--¿Es también pariente tuyo?

--Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un
día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?

--¡Oh! ¡Me río de él!

--Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un
profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.

--Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un
movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.

--Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay
algo común; traemos cierto negocio entre manos.

--Me gustaría saber qué negocio es ése.

--A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en
libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;
nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.

--¿A qué pintor te refieres?

--¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que
el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre
prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.

--Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos
asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto
punto... He leído algo en los periódicos.

--También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a
Raskolnikoff.

--¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.

--Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la
patrona. Por cierto que te hizo una camisa.

Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con
gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado
el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los
miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija
en la florecilla de papel.

--¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff
interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó
silencio.

--Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente
lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como
la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco
interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver
una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente
esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de
ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de
tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba
hablando de él.

El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.

--Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le
dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.

--Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las
garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre
la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;
cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto
que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es
que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a
Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La
puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el
portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.
¡Vaya una lógica que me gastan!

--No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que
detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en
relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados
después del vencimiento?

--Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal
rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra
los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es
ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.
Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos.
«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de
interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un
sumario.

--¿Sabes tú interpretar los hechos?

--Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la
íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la
verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?

--Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has
contado el suceso.

--Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la
mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff,
a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por
ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,
campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó
a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y
con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de
las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,
parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase
dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta:
«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le
pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,
un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo
tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé
que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al
hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente;
conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una
alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la
policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a
Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que
se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del
distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.
Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después
de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su
rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No
vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado
a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros
las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de
los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre
alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas
haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba
allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,
Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos
después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver,
y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la
habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan
los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo
sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero
recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa
preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es
decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai
entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo
borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre
se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había
en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin
contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a
Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he
ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?»
«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los
pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera»,
dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa
misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que
trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él
me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más
blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de
detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo
tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la
puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,
mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece
por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es
el culpable.

--¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.

--Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a
buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo
varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado
capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***,
en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su
cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14]
de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar
las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre
haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a
su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila
de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la
mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme,
dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su
demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo
a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido
interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años,
etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron
ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta:
«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?»
«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían
asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente
sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la
dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En
la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?»
«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.»
«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De
que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la
justicia no siendo culpable de nada?»

       [14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.

»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión
se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de
cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?

--Pero, en fin, ¿hay pruebas?

--No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai
y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza
humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron
a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde
encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.
«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo
estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos,
cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr,
después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los
escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en
que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón
al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también,
no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le
hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se
hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin,
un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka
y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e
impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba
puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos
golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en
broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se
escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví
solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio.
Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que
volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta
en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos
pendientes...»

--¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la
puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo
esfuerzos para incorporarse en el sofá.

--Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de
su asiento.

--No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer
de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.

Reinó un silencio de algunos minutos.

--Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la
mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.

--Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?

--Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus
útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la
taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un
rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en
seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su
lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias
del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido
durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué
querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De
que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que
sacan en conclusión de todo ello?

--¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero
no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a
ese pintor decorador?

--Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del
crimen.

--Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El
mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen,
los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima,
estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso
averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez
instructor no puede por menos que aclarar.

--¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo
llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico
has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza
humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de
ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las
declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son
verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él
dice: tropezó con el estuche y lo recogió.

--¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su
primera declaración.

--Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch.
Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se
hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel
mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con
una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran
unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le
tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su
compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban
tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y
ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos),
gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle
como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen
dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes
aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos
obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende
tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos
asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad
entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo
en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez
segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía
calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en
que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde
se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,
y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen
la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que
declaran unánimemente!

--Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...

--No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes
encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen,
constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,
explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,
sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos
justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión.
Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados
son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una
pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos
materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha
encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en
que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión
capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?

--Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había
olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya
sido robado de casa de la vieja?

--Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha
reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado.
Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el
estuche le pertenecía.

--Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch
y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede
probarse la coartada?

--El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado
Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron
a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no
significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y
que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin
fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no
obreros.»

--De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y
puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo
de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el
hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el
hallazgo de los pendientes?

--¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara
como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El
mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable
dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo.
Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió
del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio
de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de
Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo
piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.
El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y
los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los
pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera
en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la
calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en
la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó
en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa?
El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la
puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en
que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en
el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el
misterio.

--¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu
imaginación.

--Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué
dices que es ingenioso mi relato?

--Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las
circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni
menos que en el teatro.

Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de
repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno
de los tres conocía.


V

Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de
fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo
miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que
era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he
venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que
se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su
mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre
Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba
tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso
a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando
su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos
de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía
mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un
silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que
su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y
cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.

--¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido
estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.

El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,
a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a
contestar.

--Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?

El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne,
que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y
volvióse vivamente hacia Zosimoff.

--El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando
al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.

Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco
un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.

Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los
ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada
después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su
rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento.
Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación
quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,
la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero,
sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.
Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff»,
nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz
débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:

--Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?

El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con
tono digno:

--Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no
le es del todo desconocido.

Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con
mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro
Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.

--¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó
Ludjin un tanto desconcertado.

Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada,
se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin
estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada
vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.

--Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace
ocho días o acaso quince...

--Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió
bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted.
Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es
demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor.
Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.

Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y
sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el
visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo
hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a
Razumikin.

--Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz
fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante
tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta
ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero
de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero
suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no
estuviéramos aquí.

--Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al
enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.

--No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el
médico y volvió a bostezar.

--¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,
desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan
honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos
molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por
su calidad de estudiante.

--Su madre de usted...

--¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.

Ludjin le miró sorprendido

--No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.

Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:

--Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi
partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a
fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de
todo. Pero ahora veo con asombro que...

--Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro
expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo
sé. No hablemos más de eso.

Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó
silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se
interrumpió momentáneamente.

En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco
hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes
no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el
visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el
exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba
el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a
aquel personaje.

Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch
se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo
para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su
prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la
satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también
esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente
vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un
punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba
un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el
elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con
sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose
con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores
claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón
de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón.
La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata
de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,
presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de
lo que era en realidad.

Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas
patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla
cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado
rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan
ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella
fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático,
era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor
Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza
en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin
había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo
extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la
conversación.

--Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido
que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted,
estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en
el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que
usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es
decir, a su madre de usted y a su hermana.

Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación.
Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el
joven guardaba silencio continuó diciendo:

--De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he
buscado hospedaje...

--¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.

--Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...

--Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos
pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.

--En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un
agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido
allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la
habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!
¡Las habitaciones esas cuestan baratas!

--Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que
acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De
todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y
como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro
alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando.
Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la
señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés
Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de
Bakalieff.

--Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le
hubiese recordado alguna cosa.

--Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un
ministerio. ¿Usted le conoce?

--Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.

--Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era
desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy
agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los
jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.

Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes
con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.

--¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.

--Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de
vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le
hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde
hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas
estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo
todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las
nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy
contentísimo.

--¿De qué?

--La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo
haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una
actividad más razonada.

--Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.

--¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con
una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a
Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y
en el económico.

--¡Lugares comunes!

--No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a
tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se
apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y
daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos.
Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez,
no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a
mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal.
Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente
sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política
que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros
términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente
está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente
para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último
extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y
no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,
sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;
desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para
triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me
parece a mí, mucho ingenio para comprender...

--¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió
Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta
conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con
toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza
hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado
a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la
censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le
alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han
caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio
medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea,
basta!

--¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo
también...?

--¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo
Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la
conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.

Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del
estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.

--Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--,
espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga
usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las
circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.

Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se
levantó.

--De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó
Zosimoff.

--Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,
pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.

--¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.

--Sí, ¿y qué?

--Nada.

--¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.

--Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros
muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han
presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.

--El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué
decisión, que audacia!

--No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te
engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil
ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha
cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado
nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el
contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad
solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni
ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a
dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena
con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus
trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una
cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los
billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es
principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le
han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.

Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso
pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y
la vanidad le privó de tacto.

--¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en
la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó
dirigiéndose a Zosimoff.

--Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?

--¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.

--¿Conoce usted los pormenores?

--No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter
general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase
baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no
interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en
las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo
paralela.

--Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.
Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.

--¿Cómo de nuestra teoría?

--Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según
usted, es lícito matar al prójimo.

--¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.

--No, no es eso--observó Zosimoff.

Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto
estremecimiento agitaba su labio superior.

--Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro
Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación
al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...

--¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es
verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición
de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque
es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los
beneficios de que se ha colmado?

--¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero!
¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que
los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han
sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y
sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su
madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas
cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a
mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el
sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En
fin...

--¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando
lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?

--¿Qué?

Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.

Hubo algunos momentos de silencio.

--Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi
madre, le tiro de cabeza por la ventana.

--¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.

--¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!

Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque
hacía esfuerzos inauditos para contenerse.

--Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como
usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su
enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía.
Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...
¡jamás! ¡jamás!

--¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.

--¡Tanto peor!

--¡Váyase usted al infierno!

Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se
apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que
durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al
enfermo.

--¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.

--¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me
dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a
nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!

--Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.

--Pero, ¿le vamos a dejar así?

--¡Vámonos!--insistió el médico.

Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que
ya había salido.

--Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo
Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.

--¿Qué le pasa?

--Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho
provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me
inquieta.

--El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la
conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a
casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una
carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.

--El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha
podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa
hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se
habla de ese asesinato!

--Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención,
se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le
asustaron en la oficina de policía y se desmayó.

--Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te
diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré
a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...

--Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y
haré que le cuide Anastasia.

Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y
disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.

--¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.

--Más tarde; quiero dormir. Déjame.

El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la
criada salió del aposento.


VI

Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la
puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había
llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el
frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los
últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña
y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven,
denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba.
Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión
moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería
caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el
dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el
bolsillo.

La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas
de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió
suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al
pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién
hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.

Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era
sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la
gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su
rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir
ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con
«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo
sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.

Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno.
Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy
sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de
quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de
haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en
la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más
alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos
se dirigieron a la tienda de al lado.

--¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente
Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado
oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante
desocupado.

El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.

--Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de
otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al
compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de
otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente,
sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de
las nubes...

--Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la
pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra
acera.

El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo
en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor
suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
un almacén de harinas.

--¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
vender?

--Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a
Raskolnikoff.

--¿Cómo le llaman?

--Le llaman por su nombre.

--Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?

El mozo miró de nuevo a su interlocutor.

--Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé
nada. Perdóneme Vuestra Alteza.

--¿Hay arriba un bodegón?

--Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy
favorecido.

Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había
un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió
entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y
formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después
de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el
_pereulok_.

En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que
forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún
tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin
propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que
salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban
dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a
otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en
la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero
que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de
la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los
cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas
tenían amoratadas las orejas.

Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención
de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado
hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.

    _Hombrecito de mi alma_
    _No me pegues sin razón._

cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa
de grandísima importancia.

«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»

--¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz
bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.

Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.

--¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y
mirándola.

Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.

--También tú eres muy guapo.

--¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro
que acaba de salir del hospital.

Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote
desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.

--Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras!

--Entra, puesto que has venido.

--Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.

Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.

--Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe
volvía ya la espalda.

       [15] Señor.

--¿Qué?

--Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks
para echar un trago, amable caballero.

Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.

--¡Ah! ¡Qué bueno es usted!

--¿Cómo te llamas?

--Pregunte usted por Duklida.

--¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de
cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.

Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio
superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.

«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se
concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su
ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el
sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así
toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio
de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué
cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama
cobarde!»--añadió al cabo de un instante.

Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la
muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló
de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí,
leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»

--¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy
espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.

Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó
reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía
distinguirlo bien.

«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.

--¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.

--Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco
días, te daré buena propina.

--Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?

Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se
puso a buscar.

--Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas.
Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha
caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo...
¡Ah! Aquí está.

Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras
delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el
fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros
números.

Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los
periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era
Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la
cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
la camisa.

El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con
satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido,
tenía el moreno rostro bastante enrojecido.

--¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera
usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me
dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su
casa...

Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar
con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una
sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.

--Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota.
Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a
casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día.
¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía
caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración
para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?

--Es más charlatán...

--¿Quién? _¿Pólvora?_

--No, Razumikin...

--Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted
entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted
el _Champagne_?

--¿Por qué me lo habían de regalar?

--A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un
golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por
él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.

--Pero, ¿usted cómo sabe eso?

--Lo sé quizá mejor que usted.

--¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho
mal en salir...

--¿Me encuentra usted raro?

--Sí. ¿Qué es lo que usted leía?

--Periódicos.

--Ha habido estos días muchos incendios.

--No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted,
querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.

--No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es
que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...

--Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?

--He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.

--Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
hombre rico y muy guapo.

Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su
interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero
sí sorprendido.

--¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me
parece que sigue usted delirando.

--¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es
decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la
curiosidad?

--Sí.

--¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos?
Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar,
¿no es eso?

--Vamos, diga usted.

--Usted cree haber levantado la liebre.

--¿Qué liebre?

--Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más
bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma
nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad
de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles
relativos al asesinato de la vieja prestamista.

Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de
Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza.
Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto
se estuviesen mirando sin decir palabra.

--¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende
usted ahora?

--¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
asustado.

El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de
expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera
contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato
cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le
había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus
propias barbas.

--O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si
cruzara por su mente una idea repentina.

--O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.

--No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.

Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad,
Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.

De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber
olvidado por completo la presencia de Zametoff.

--¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.

--¿Qué?... ¿el te?... Bueno.

Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y
fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona
que tenía antes y continuó tomando el te.

--Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó
Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_
que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de
billetes del Banco.

--¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió
flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son
estafadores?

--¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?

--¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen
cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso,
tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación
esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de
ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son
novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero
que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar
de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha
producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así.
Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta
sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.

--¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy
natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene
usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que
ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
claramente.

Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.

--¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted
ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al
jefe de la Cancillería.

--No tenga usted cuidado, se le descubrirá.

--¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y
el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o
no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana;
luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
escaparía a las investigaciones de ustedes.

--El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió
Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad
y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la
taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
Usted, es claro, no iría a la taberna.

Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.

--¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con
tono malhumorado.

--Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.

--¿Tiene usted mucho empeño?

--Sí.

--Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff,
bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de
temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y
después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un
paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de
una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido,
y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría
allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.

--Usted está loco--respondió Zametoff.

Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y
se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban.
Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del
funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía,
pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa
confesión.

--¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.

Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la
servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.

--Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.

Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.

--Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?

--No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha
asustado para sugerirme esa idea.

--¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar
el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_
me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo
levantándose y tomando la gorra.

--Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del
parroquiano.

--Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero
tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los
ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este
dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.

Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un
acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba
su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas;
pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.

Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado
en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo.
Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
sobre «cierto punto»; estaba despistado.

--Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.

Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente
a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que
chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos
llamaradas verdaderas de cólera.

--¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se
ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá!
¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea
usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad.
Confiesa...

--Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero
estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.

--¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la
cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al
_Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida.

--Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.

Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a
su amigo por el brazo, le dijo:

--¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes
lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.

--Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas
que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí
enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido
feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me
martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en
una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no
martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...

Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su
amigo.

--Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido
toda vehemencia.

Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
gritó Razumikin:

--¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan
llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los
reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil
incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil,
vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones
lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres
un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá
Zosimoff... ¿vendrás?

--No.

--Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes
tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil
veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he
tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres.
Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.

--No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.

--Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le
gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?

--Sí.

--¿Te ha visto?

--Sí.

--¿Te ha hablado?

--Sí.

--¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.

Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle
seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero
en medio de la escalera se detuvo.

--¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez
y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre?
Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó
el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr
en busca de Raskolnikoff.

Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al
_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.

Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de
él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y
la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.

--Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la
oficina de policía.

Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía
angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que
experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».

--Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando
lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea
esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!;
quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más
vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que
esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...

Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos
del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin
rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza
y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado
por allí desde el día del crimen.

Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso
a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con
curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un
vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el
joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la
habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un
momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto
aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos
escalones y entró.

Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande
a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él;
quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran
sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la
ventana y se sentó en el poyo.

No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era
bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería
amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff,
el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en
extremo tales variaciones.

Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del
visitante, continuaron su conversación.

Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante
el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció
muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar
aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad,
Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.

El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente,
dirigiéndose a él, le dijo:

--¿Qué hace usted ahí?

En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se
puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la
vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.

--¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose
con él.

Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.

--Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.

--No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber
subido acompañado del _dvornik_.

--Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No
hay sangre?

--¿Cómo sangre?

--Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar
de sangre.

--¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.

--¿Yo?

--Sí.

--¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.

Los dos papelistas le miraron estupefactos.

--Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
más edad a su compañero.

--Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y
saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente
la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle
donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
individuos.

Raskolnikoff se fué derecho a ellos.

--¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.

--¿Has estado en la oficina de policía?

--De allí vengo.

--¿Están allí todavía?

--Sí.

--¿El ayudante del comisario también está?

--Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?

Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.

--Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.

--¿Qué cuarto?

--En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha
dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de
policía», añadió después; «allí lo diré todo».

El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.

--¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.

--Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento
número 14. Pregunta al portero; me conoce.

Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
interlocutor.

--¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?

--He venido a ver la casa.

--¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?

--¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de
repente el burgués.

Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.

--Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.

--Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor
seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en
la conciencia.

--¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.

--¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba
a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?

--¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.

--¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?

--Es un granuja--dijo una campesina.

--¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un
_mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves
pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en
seguida!

Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.

El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a
todos los espectadores y se alejó silenciosamente.

--¡Vaya un tipo!--observó un obrero.

--Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.

--Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera
sido conveniente llevarle a la comisaría.

--¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una
encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
un consejo de alguien.

Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que
partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
suelo brillaba una débil luz.

--¿Qué pasa ahí?

Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud.
Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y
decía para sus adentros:

--De un momento a otro acabará todo esto.


VII

Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular,
tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie
y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos
por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida
por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña
en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el
arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía
consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

--¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!

Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los
curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se
reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del
conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los
caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un
hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles
heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de
un incidente sin importancia.

--¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.
Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto
y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba
despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es
que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una
vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno
los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía
adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre
gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.

--Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la
escena.

--En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.

--Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.

Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias
de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un
personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última
circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de
policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie
sabía su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De
pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo
reconoció.

--Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y
colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,
el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel...
¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!

Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba
extraordinaria agitación.

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado.
Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para
que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del
accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor
solicitud.

--Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán
rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un
borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de
llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá
por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una
cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar
al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un
agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era
perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y
algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de
Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el
accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza
del herido, y enseñando el camino.

--¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza
baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un
minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de
la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el
pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez
de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años
de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta
de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre
sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta
le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables
para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo
el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la
camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba
sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho
los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida
(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,
cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,
a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación
contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica.
Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras
manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

--No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--,
qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán
desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el
servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi
gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto;
así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan
Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

--¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

--¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió,
dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las
medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho
sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para
no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a
toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo
se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de
fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

--¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en
derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff
ensangrentado y exánime.

--En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó
Raskolnikoff.

--Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde
la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La
pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa
la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá,
Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

--Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo
el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;
no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que
le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se
acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

--No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina
Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa
a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza
del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se
puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle
inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo;
se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en
su pecho los gritos prontos a escaparse.

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la
vecindad.

--He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se
preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla,
una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la
gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase
usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla
había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la
ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este
lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando
no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo
de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada
miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y
como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre
tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches
lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y
repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero
faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar
una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado
de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con
dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

--Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

--¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;
pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga
en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,
ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía
ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se
quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras
que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en
la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero
se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación.
Catalina Ivanovna se puso furiosa.

--Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.
Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y
entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a
la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición
produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,
llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción
que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la
desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del
otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el
herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad
de la casa.

--Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya
se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la
puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el
orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

--¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que
estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle
al hospital, yo soy la propietaria.

--Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a
decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la
patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;
y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia
Ludvigovna.

--Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se
me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

--Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no
pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor
Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se
agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),
yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de
ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que
cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que
muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré
parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud
y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez
ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos
amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó
de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero
ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este
magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo
desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia
Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la
tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,
Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó
solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a
Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa,
tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en
sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.
Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa.
Después la pobre mujer rompió a llorar.

--¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía
acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes,
Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

--¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el
marco gritó con desesperación:

--¡Oh vida, mil veces maldita!

--¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.

--¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y
ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff
se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón
a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar
una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño
asombrado.

--¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

--¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.

--¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los
pies desnudos de la niña.

--¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado
sabes que no tiene calzado...

--¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.

Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con
desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el
pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina
Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho
al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha
rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha
negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El
doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle
que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una
extensión de treinta pasos.

--Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor
dirigiéndose a Raskolnikoff.

--¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.

--Caso perdido.

--¿No hay esperanza?

--Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy
peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá
de seguro dentro de cinco a seis minutos.

--Sángrele usted, sin embargo.

--Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.

Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se
agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos
blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió
el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada.
Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El
médico accedió encogiéndose de hombros.

Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff
no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos
entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse
en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen
delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar.
El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que
hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo
que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y
contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del
pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió
sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros
desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido
abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había
también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos
los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de
la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.

En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana,
atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo
apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse
el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:

--Ahí viene; la he encontrado por la calle.

Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió
paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella
habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y
de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque
muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que
distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada
del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una
mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se
cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y
cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar
lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la
puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano,
aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de
paja, adornado con una pluma brillantemente roja.

Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita
enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de
terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y
delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros.
Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,
estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas
palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos.
Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se
quedó cerca de la puerta.

Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se
acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir
algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.

--¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando
sus hijos.

--Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del
Altísimo--replicó el eclesiástico.

--¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!

--Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la
cabeza.

--¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna
mostrando al moribundo.

--Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán
quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.

--Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--.
¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como
estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si
ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si
nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!
¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para
nosotras!

--Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,
señora, un gran pecado.

Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de
ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre
de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del
eclesiástico la pusieron hecha una furia.

--¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no
le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de
costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta,
hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa
de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo
a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de
perdón! Además, le he perdonado.

Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un
pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con
la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba
ensangrentado.

El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.

Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que
de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo,
trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía
otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono
imperioso:

--Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...

El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a
la puerta y vió a Sonia...

Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven
se encontraba.

--¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y
ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran
terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.

Marmeladoff trató de incorporarse.

--¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.

Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá.
Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no
reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje.
Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la
infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso
a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un
sufrimiento inmenso.

--¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.

Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó
pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en
el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado
expiró en los brazos de su hija.

--¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su
marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de
comer mañana a mis hijos?

Raskolnikoff se aproximó a la viuda.

--Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido
toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que
me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al
ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de
su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...
Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el
difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle
de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!

Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo
encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había
tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su
cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena
ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a
Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.

--¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.

--Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un
sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está
tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé
que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a
frente al comisario.

--Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de
ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.

--Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven
con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un
movimiento de cabeza y se alejó.

Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba
todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en
él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que
recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se
hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio.
Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff
bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí.
Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él
gritándole:

--¡Oiga usted, caballero, oiga usted!

Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último
tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él.
Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro
demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía
resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que,
evidentemente, le agradaba mucho.

--Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive
usted?--preguntó precipitadamente.

Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una
especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la
niña? Ni él mismo lo sabía.

--¿Quién te manda?

--Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.

--Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.

--Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo,
Polenka.»

--¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?

--La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía
Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.

--¿Y a mí me querrás?

En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y
presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus
bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,
e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en
silencio.

--¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza
y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que
desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que
afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.

--¿Te quería tu papá?

--Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa
había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más
pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba
a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con
dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba
gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque
ya es tiempo de comenzar mi educación.

--¿Sabes rezar?

--¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,
rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con
mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra
oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana
Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro
otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace
tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el
primero.

--Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en
tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.

--Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y
echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.

Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió
volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran
las diez dadas cuando salía de la casa.

No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de
Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en
seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la
escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y
animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.

La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía
de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás
del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes
cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio
de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se
presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había
bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible
emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido
contenerse.

--Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto
de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo
que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas
si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana
pásate por mi casa.

--¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión,
estás débil.

--¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de
entreabrir la puerta?

--¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor
cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un
hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él.
Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora
con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito,
amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen
tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen
algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso
nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no
siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a
traer a Zosimoff.

El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a
Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su
rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.

--Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y
tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted
esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?

--Ciertamente--respondió Raskolnikoff.

--Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--;
veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco
tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.

--¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó
a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en
la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te
hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le
ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto
de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más
inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes
burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya
especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún
tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú
hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu
persona.

--¿Zametoff te lo ha contado todo?

--Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia
y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho
es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no
importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel
pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno
de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa
demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de
brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan
imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;
te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.
Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está
esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en
tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza
luego de semejante suposición; yo sé...

Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,
Razumikin hablaba sin tino.

--Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y
porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.

--El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura:
la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff
para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese
tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de
ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos
sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio
de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer
que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa
monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de
él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está
aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta
lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en
casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.

--¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?

--Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un
poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más
que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te
interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie
de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con
tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte
es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus
enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.

Durante medio minuto ambos guardaron silencio.

--Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con
franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...
He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido
besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...
en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma
color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la
escalera.

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.

--La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que
estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...

--¿Qué he de mirar?

--¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?

Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de
la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la
habitación de Raskolnikoff había luz.

--Es extraño.

--Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.

--No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy
temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.

--¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.

--Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte
adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.

--¿Qué te pasa, Rodia?

--Nada. Subamos y tú serás testigo...

Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff
tenía quizás razón.

--Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.

Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.

--¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.

Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en
el umbral como petrificado.

Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media
hora.

La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su
madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y
casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento
súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,
llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se
tambaleó y cayó desvanecido al suelo.

Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en
el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos
brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.

--No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un
desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento
que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua!
Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.

Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia
obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto,
su hermano volvía en sí.



TERCERA PARTE


I

Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una
leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia
consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló
alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en
su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de
insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.

Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre
las de su hermano.

--Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a
Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?

--Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho
retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme
de ti. Pasaré la noche a tu lado...

--¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.

--Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le
dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se
incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de
anfitrión.

--¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna,
estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la
palabra.

--No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis
más. Basta, idos; ¡no puedo!...

--Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos
de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra
presencia le atormenta.

--¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres
años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.

--Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo
de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?

--No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que
ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez
Pulkeria Alexandrovna.

--Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle
por la escalera...

--¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir
la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.

Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que
éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por
Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las
dos señoras se encontraban perplejas.

--Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo
a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se
vuelva a hablar más de él.

--¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia
Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu
estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.

--Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin
por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes
una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la
mandas, y asunto concluído.

--Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con
qué derecho...?

--Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás
viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos,
vamos; será lo mejor.

--No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba
su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será
razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese
sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de
sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.

--¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos,
mamá... Adiós, Rodia.

El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.

--Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea
un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por
miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo,
o Ludjin. Marchaos.

--Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.

Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo.
Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado
de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes
que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada.
Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.

--No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me
quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.

--Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja,
Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,
alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en
la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y
a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje
usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado
ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo
de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?...
Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis
expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.

--Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de
mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón.
No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...

Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación
de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en
la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco
antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la
lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y
despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de
beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia
excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las
dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de
una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,
apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges
de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
con los ojos a Advocia Romanovna.

A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar
sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él
no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía
daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,
no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se
hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que
tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,
cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel
momento una Providencia para ellas.

Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las
preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con
sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le
dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites
que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel
hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr,
llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en
aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la
joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese
la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las
propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera
vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.

--Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo
absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le
valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle,
y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a
ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que
anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado
a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después
doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les
contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,
en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis
invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico
que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho
porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de
ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,
noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor,
que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra
vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en
el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de
la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos
momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que
la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,
no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.
Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de
Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia
Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil.
Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen
ustedes? Sí, o no.

--Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará
seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor
consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?

--Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con
exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a
su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.

Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no
hizo ninguna objeción.

Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte
de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.

La madre no dejaba de estar inquieta.

«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero,
¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»

El joven adivinó aquel pensamiento.

--¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo
andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían
seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como
un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me
embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en
la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías,
soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a
ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo
de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...
No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo
menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un
momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes,
por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la
noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué
no conviene irritarle.

--¿Qué dice usted?--exclamó la madre.

--¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna
asustada.

--Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha
recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...
Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien
retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted
noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por
qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos!
Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas
majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío
para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de
la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse
lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de
ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo
que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.

--¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.

--Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas
generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.

Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de
dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.

--¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó
el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de
razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la
suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de
rodillas.

Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en
aquel momento.

--¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna
alarmada ante la actitud del estudiante.

--¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía,
no dejaba de estar inquieta.

--¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora
continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este
momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de
amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,
es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he
prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha
hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch.
¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso.
¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida?
¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted
es un canalla.

--Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.

--Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose
el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis
palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!...
sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no
me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido
todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!,
todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea!
¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número
tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué
número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su
habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince
minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver
con Zosimoff; escapo.

--¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria
Alexandrovna a su hija.

--Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el
sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una
orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi
hermano...

--¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme
a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué
acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra
llegada!

En sus ojos brillaban las lágrimas.

--No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre.
Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.

--¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha
hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente
leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque
Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había
perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo
hacer hablar a su hija.

--Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este
asunto...--replicó Advocia Romanovna.

La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió
a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin
decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó
y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando
tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,
se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre
en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y
en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus
reflexiones.

Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia
Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo,
contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se
paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían
disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo
la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia
Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien
formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí
misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se
parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad.
Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos,
negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria
bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su
rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante
pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo
mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en
su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi
altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa
que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria
cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!

Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero,
honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo
y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica
perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese
por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría
de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el
semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante
las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.

Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó
traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia
Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la
misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,
conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más
joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las
mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad
de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado
calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a
faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en
derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus
mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de
Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que
caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía
alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y
dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las
concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones
arraigadas se lo exigían.

A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta
dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.

--No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto
abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo,
y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia
está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva.
Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y
en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.

Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el
corredor.

--¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria
Alexandrovna muy alegre.

--Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a
pasearse de nuevo por la habitación.

Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y
llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con
entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho
Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no
había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar
a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las
señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le
parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos.
Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor
propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado
como un oráculo.

Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por
completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el
enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a
un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió
la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo
de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo
advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no
prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a
Pulkeria Alexandrovna.

Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo
concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado
muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente
dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido
durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de
carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias
múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones,
cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin
manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención,
Zosimoff desarrolló con gusto este tema.

Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta
si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff
le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado
el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en
el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él,
Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan
interesante de la Medicina.

--Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha
estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia
será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y
ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas
emociones--terminó diciendo con tono significativo.

Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,
salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de
reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico
no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró
encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.

--Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo
de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a
primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.

--¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento
sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.

--¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose
sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me
entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo
contra la pared--. ¿Me entiendes?

--Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de
las manos de su amigo.

Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.

El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y
la cara triste.

--Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo
eres.

--No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.

Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando
llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,
rompió el silencio:

--Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una
variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,
te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que
esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.
Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser
un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de
plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De
aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama.
Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:
voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la
patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será
una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo
que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.

--¡Pero si yo no sospecho!

--Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una
castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna...
Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy
agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.

Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.

--Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de
hacerle la corte?

--Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta
con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado
y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier
tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un
clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla
rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las
melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un
verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro
que no te pesará.

--Pero, ¿a qué viene todo eso?

--Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente
al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú
acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde?
Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás
el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,
sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la
tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo,
vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.
Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a
ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle
una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a
despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.

       [16] Especie de galleta.


II

Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de
pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos
los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una
impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,
al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto
irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo
vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras
cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita
jornada precedente.

Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como
un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las
ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada
a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.
¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién
le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,
¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la
cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber
lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban
allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando
su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en
el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado
toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.
¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado
con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?
¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una
aproximación entre dos seres tan semejantes?

El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de
haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de
confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo
daño en la mano y rompió un ladrillo.

--No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;
ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es
pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente
con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y
el mal está hecho.

Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un
traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de
la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»
Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía
derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a
verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a
la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.

Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente
la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de
vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión
negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me
quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...
¡De ninguna manera!»

Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.
Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico
prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.

--¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un
cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a
ir a verlas o si vendrán ellas?

--Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le
hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de
familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más
derecho que yo.

--Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son
escuchar sus secretos; yo también me iré.

--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener
la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una
predisposición a la locura.

--Lo mismo le dijiste a las señoras.

--Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,
sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?

--¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,
me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le
encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del
pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para
sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si
hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas
de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;
las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...
La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te
diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.

--¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.

--Y a Porfirio Petrovitch.

--¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?

--Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y
la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.

--Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.

--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando
las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a
las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
presencia.

A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril
impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,
saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió
inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que
se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en
lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado
que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal
expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión
no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de
conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.

Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado
aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad
de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo
tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para
ponerlo en la mesa.

Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal
vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero
de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de
semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió
la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de
aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
dirigió Pulkeria Alexandrovna.

Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos
que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es
de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,
la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le
escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles
dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por
satisfechas.

--Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé
todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

--Demetrio Prokofitch.

--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera
mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo
que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus
sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra
ahora?

--¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos
tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua
fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No
gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible
hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que
se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de
causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo
demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás
se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no
anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de
ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.

--¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.

Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a
Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero
disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los
brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre
de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje
ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si
Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba
vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar
con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí
mismo.

--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le
admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.

--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...

--¿Qué?

--No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.

--Es decir, que es incapaz de amar.

--¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.

Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir
acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
no pudo por menos que reírse.

--Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó
Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.
Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían
a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y
ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a
casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?

--¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.

--¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían
mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus
planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se
puede decir por eso que no nos quiere?

--Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva
Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por
cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
extraño.

--¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
mujeres.

--¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese
matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo
entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que
era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de
otro modo, ¿cómo comprender...?

--Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó
lacónicamente Advocia Romanovna.

--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.
Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto
ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias
vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y
Ludjin.

Este incidente parecía inquietarla sobre manera...

El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había
sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente
a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la
enfermedad que éste padecía.

--Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.

--Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la
consternación pintada en su semblante.

Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de
consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.

--¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro
Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.

--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,
insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
me da vergüenza de...

Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de
Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó
a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de
su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.

Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
sobre todas las cosas cierta circunstancia.

--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser
francas con él, Dunetchka.

--Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.

--Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como
si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta
mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de
nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,
como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana
la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito
esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un
párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y
me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder
aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...

Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.

  «Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
  que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
  la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
  confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me
  priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,
  no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
  Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
  tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.
  Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión
  Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la
  visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
  una explicación personal a propósito de un punto que acaso no
  interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
  a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
  formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,
  me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá
  atribuir a sí misma la causa de mi determinación.

  »Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión
  Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró
  la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa
  de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
  de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
  pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la
  hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me
  ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha
  procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
  de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia
  Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.

                                    »PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»


--¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria
Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle
a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese
a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...
Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a
suceder entonces?

--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente
Razumikin.

--¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más
bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la
carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal
objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué
joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona
las últimas monedas de plata que...

--Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la
joven.

--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en
un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un
muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no
comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...

--Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo
que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,
mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
de su atavío.

--Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.

--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!

Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.

Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de
descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin
embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
mujeres que saben llevar humildes vestidos.

--Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo
Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
Raskolnikoff.

Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal
estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
de espanto.


III

--¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las
dos mujeres.

El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el
mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de
lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún
tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó
llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se
quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba
bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.

Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con
sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En
vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el
joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo
entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una
herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco
frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y
disimular sus impresiones.

--Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría
el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió
dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.

--También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De
aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes,
es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta
enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora
que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el
doctor, temeroso de irritar al enfermo.

--Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.

--Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera
convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas
causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud
se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar
sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
proyecto, y perseguirlo tenazmente.

--Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto
posible, y entonces todo marchará como una seda.

El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de
producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a
su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro
de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las
gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita
que les hizo la noche anterior.

--¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz
inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan
penoso?

--¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
nos acostamos nunca antes de esa hora!

--No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente
frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de
dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a
Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés.
No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es
ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.

--No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase
usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos,
tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen
nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.

--Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a
Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!

--¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó
Razumikin.

Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de
estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente
distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta,
observaba atentamente a su hermano.

--De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he
podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a
casa.

Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su
hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la
sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía.
Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó
con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del
altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva
del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
alegría.

Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.

--Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su
tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.

--¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles
arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su
hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más
delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz
alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no
puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para
abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos
dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te
habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
impresión que nos hizo esta noticia.

--Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró
Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no
decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.

--¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por
coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
esperado en casa a que ustedes vinieran.

--¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos
asombrada que su hija.

--Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba
Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura
formalidad o recitase una lección.

--En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que
ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
Hasta hace un momento no me he podido vestir.

--¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.

--No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser
atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el
traje.

--¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió
Razumikin.

--Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa
más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he
hecho, por qué he ido a ese sitio.

--Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los
actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
depende de diversas impresiones morbosas.

La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó
escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención
alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una
extraña sonrisa.

--Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.

--¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché
de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice
ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La
pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres
hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija...
Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer
eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese
dinero.

--No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
tú haces está bien hecho--respondió la madre.

--No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.

La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras,
silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada
cual de los presentes lo comprendía.

--¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
Alexandrovna.

--¿Qué Marfa Petrovna?

--Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi
última carta.

--¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con
el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que
haya muerto? ¿Y de qué?

--De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente
el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha
sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.

--¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó
Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.

--No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
paciencia.

--De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.

La joven frunció el entrecejo.

--Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más
detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.

--Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria
Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar,
porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por
costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho
apetito.

--¿A pesar de los golpes?

--Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar
el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el
agua, le dió un ataque de apoplejía.

--No es extraño--observó Zosimoff.

--¡Como su marido le había pegado tanto!

--¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.

--¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo
Raskolnikoff con súbita irritación.

--¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.

--Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.

--Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada
severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la
cruz; tan asustada estaba.

Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a
darle una convulsión.

--¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y
ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.

--¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le
estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.

Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de
nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que,
olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se
dirigió a la puerta.

--¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.

Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en
torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.

--¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por
qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
calladas.

--¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.

--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.

--Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
echó a reír.

--Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró
Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más
tarde una vuelta por aquí.

Saludó y salió.

--¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído,
inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de
mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre
excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
el cual acababa de levantarse.

--Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.

--Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado
Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan
bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que
yo...

--Es un regalo de Marfa Petrovna.

--Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.

--Creía que era un obsequio de Ludjin.

--Aun no ha dado nada a Dunetshka.

--¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada
del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su
hijo le hablaba.

--¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
Dunia y Razumikin.

--¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos
del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas
cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad
es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si
además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una
locura de primavera.

--No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con
convencimiento.

Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no
comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se
levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.

--¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.

--¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión
lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
me causa la misma impresión cuanto me rodea.

Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.

--Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas
de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué
preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a
morderse las uñas y se quedó como ensimismado.

--¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu
hipocondría.

--¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha
contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué
ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa
enigmática.

Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años
y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había,
sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose
pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal
momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.

--Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que
me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación
en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo.
Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te
casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.

--Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--;
¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.

--Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad
ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por
alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi
situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a
mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.

--Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--.
¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los
caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a
todos!

--En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir
lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De
qué te ríes?

Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de
cólera.

--¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.

--Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme.
¿Por qué sigues riéndote?

--Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no
puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por
interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
sabes ruborizarte.

--No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre
fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le
estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú
dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida
de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme
de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una
tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a
mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por
qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?

--¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó
Pulkeria Alexandrovna.

--No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a
desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum!
sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy
mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso
lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?

--Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.

Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa.
Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún
acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de
haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.

--No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un
hombre sin cultura.

Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.

--Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
negocios--añadió Raskolnikoff.

--Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se
enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
contrariada del tono con que le hablaba su hermano.

--Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación
frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de
carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más
que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además,
manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a
vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis,
os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo.
¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender
tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a
Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?

--No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil
para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano
mío. Yo no esperaba...

--Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse
de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay
una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por
cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica
y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe,
de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores
e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es
decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no
basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
todas veras deseo.

Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la
noche.

--Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya
inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
un hombre de negocios.

--¿Qué quiero decir?

--Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a
nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra
allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.

--Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.

--Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con
ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.

--Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que
venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito
hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.

--Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su
madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.


IV

En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una
joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general
sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven
la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y
en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses
y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y
llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su
confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande,
que dió un paso hacia atrás para retirarse.

--¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él
también se quedó turbado.

Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes,
contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca»,
acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto
a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba
en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más
atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada,
iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.

--No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada
a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin
duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese
aquí.

Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó
para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué
indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un
momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama,
mostró a la joven la silla de Razumikin.

--Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el
sofá.

Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras.
Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia
de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó
tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
Raskolnikoff.

--Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz
trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien
mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a
nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
Ivanovna espera que le concederá este honor.

--Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució
Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la
bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.

Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras,
bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.

--Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la
hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un
coche y del cual ya te he hablado.

Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a
pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a
examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.

--Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su
casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
policía...

--No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se
han incomodado.

--¿Por qué?

--Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora
hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla
del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba
Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.

--¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?

--Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a
las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.

--¿Da una comida?

--Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer
los gastos del funeral.

Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero
logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.

Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la
barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía
tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se
advertía otra particularidad característica en su rostro como en su
persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de
contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla.
Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.

--¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una
colación?--preguntó Raskolnikoff.

--El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de
suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina
Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en
contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
está y cómo es ella.

--Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi
cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.

--Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con
voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.

Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había
impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y
las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar.
Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.

--Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos,
Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de
descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte
fatigado.

--Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo
algo que hacer antes.

--¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando
con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.

--No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un
minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?

--No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.

--Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.

Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos
experimentaron un malestar extraño.

--Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós,
Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.

Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a
pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió
precipitadamente de la habitación.

No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este
momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de
Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó,
se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una
impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le
hubiese afectado penosamente.

--Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.

--Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose
hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.

--Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.

Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la
mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que
podamos decir por qué.

--¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
se había quedado en el cuarto.

Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.

La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su
interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes
Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que
Marmeladoff le había contado de su hija.

--Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del
brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.

--¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?

Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.

--Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos
secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.

E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.

--¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A
Porfirio Petrovitch.

--Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso
Razumikin.

--¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?

--Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
la conversación.

--Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado
alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que
no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió
mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero
que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única
cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que
debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la
policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué
te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de
comer me preguntará mi madre por el reloj.

--No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio
Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué
contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro
estoy de que le encontraremos.

--Sea; vamos.

--Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja?
¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.

--Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven
añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.

--Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta
presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a
levantar los ojos para mirar a Razumikin.

--¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía
Semenovna. Dígame sus señas.

Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación
y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin
ruborizarse. Los tres salieron juntos.

--¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la
escalera.

--Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura.
¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió
alegremente dirigiéndose a Sonia.

Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.

--¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
ha podido dar con mi habitación?

Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se
cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.

--¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!

--¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
le di mis señas?

--¿Lo había usted olvidado?

--No... me acuerdo.

--Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su
nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía
su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
un cuarto amueblado...

Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar
la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes
y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía
confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había
manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día,
quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.

--¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi
casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!

Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que
Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para
hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al
lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el
señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le
hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores
y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le
examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó
acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y
encaminarse a su casa.

«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
averigüe.»

Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se
volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él.
Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó
a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola,
andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de
ella a una distancia de cinco pasos.

Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que
representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes
nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso
sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus
cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color
más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría,
seria y fija.

El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral.
El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado.
Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la
derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y
subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del
desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó
en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos
palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el
hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el
número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.

--¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--.
Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el
departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!

Sonia le miró con atención.

--Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San
Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.

Sonia no respondió.

Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y
vergonzosa.

       *       *       *       *       *

Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de
su amigo.

--Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo
que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en
casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?

--¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando
recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo
demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a
decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No
tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
influencia de ese maldito delirio.

Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».

--Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que
se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...?
La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar
de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
ahora todo me lo explico.

«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza;
tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se
considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
sospechas.»

--¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.

--Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--.
Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico;
le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo
juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su
oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el
cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!

--¿Y por qué?

--¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas
malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a
nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de
Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo
solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin
ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...

--¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas
razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.

Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo
advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
de instrucción no dejaba de inquietarle.

«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene
conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré
sincero.»

--¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con
maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado.
¿No es verdad?

--No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.

--No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una
silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos;
te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
color de la grana.

--¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?

--¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez
colorado?

--¡Eres insoportable!

--Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo
hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra
persona!

--Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin
helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!

--Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien
te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos,
veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te
has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada!
¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!

--¡¡¡Indecente!!!

Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa
de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas
del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería
Raskolnikoff.

--¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso,
agarrando por un brazo a su amigo.


V

Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la
fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo
lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más
rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la
vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran
bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio
Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada
a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa,
cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento
esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre
y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas
palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron
por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más
comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo,
porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de
dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.

--¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un
veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.

--Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio
Petrovitch.

Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se
olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera
sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el
momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
representaba.

Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a
causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber
contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se
dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso
a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por
cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón,
sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía
engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte,
y su presencia le causó una desagradable sorpresa.

«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.

--Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
Raskolnikoff.

--¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio
Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

--No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
más.

--¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.

--Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla
insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.

--Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al
diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente
su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías,
y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás
aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?

«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo,
se repuso en seguida.

--Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.

--¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había
manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no
habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en
chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años,
más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de
la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado,
no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color
amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido
por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar
siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía.
A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta
semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por
mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio,
Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando
él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su
disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus
miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa,
cosa que pasaba los linderos de lo natural.

«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.

--Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con
indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de
tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos
le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya
se le escribirá a usted.

--Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas...
¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos,
y que, en cuanto tenga dinero...

--Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente
esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere,
escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

--¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió
Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
aspecto pecuniario de la cuestión.

--¡Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente
burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que
encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba,
porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.

«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.

--Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante
desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
supe...

--Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff,
que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel
inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas,
comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató
de repararla.

--Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire
ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy
insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como
un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí.
Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras,
pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el
juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin
poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las
mujeres!

--¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.

--¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba
ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?

--¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.

--Sí.

--¿Cuándo ha llegado?

--Ayer noche.

El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.

--Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba
yo la visita de usted.

Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía
implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció;
pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba
en preservar el tapete.

--¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado
algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.

--Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la
indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.

--¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió
bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí,
mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
olvida usted ni a uno... y... y...

«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»

--Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había
presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de
burla.

--No me encontraba muy bien.

--Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
Todavía está usted pálido.

--No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió
Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.

«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por
qué me exasperan?»

--Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--.
La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo
creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se
vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa
semejante? Es un caso de los más notables.

--¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el
movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

--Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de
decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó
escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio
Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.

--¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado
delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida?
¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has
de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales.
Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

--Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose
al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y
queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no
pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad.
El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor
Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
el árbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.

--Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente
Zametoff.

--Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había
encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

--Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te
has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste
de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si
quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo
diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

--Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que
he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado
durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los
labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
¿no es eso?

--¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me
interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy
encantado de haber recibido su visita.

--¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.

--¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido,
¿eh?

--¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?

Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba
por extremo excitado.

--Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en
la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente
contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es
una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré
y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.

Respiró con ansia y continuó pensando:

--¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese
un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por
un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen.
Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha
observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado
con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo
esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás
de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un
poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que
absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis
nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría
o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí
como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda.
Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado.
¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo...
Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me
podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece
darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado
con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no
me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas
conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía.
La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_...
¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben
o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto
sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale
quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
¿Por qué he venido?»

Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago.
Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen
humor.

--Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de
cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no
había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la
velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién
quedó la victoria?

--Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro
de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo
siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no
los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!

--¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni
siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente
Raskolnikoff.

--La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.

--Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con
su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer
me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido
tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es
en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al
crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

--A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me
acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La
Palabra Periódica_.

--¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff,
sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la
Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé
a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_.

--Pues fué publicado en esta última.

--Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no
pudo salir.

--Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos
meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía
usted?

--No.

--Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni
siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

--¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy
mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses
que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué
callado se lo tenía!

--¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.

--Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó
sobremanera.

--Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico
del delincuente en el momento de cometer el crimen.

--Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la
parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en
un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda
recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la
tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales;
hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se
sonrió.

--¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.

--No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se
clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de
saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.

--¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin
estupefacto.

Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se
trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de
su artículo no vaciló en explicarlo.

--No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud
(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que
yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría
dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí
sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a
su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en
que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces
útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es
claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer
que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de
Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a
esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría
tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin
de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho
de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando
por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta
llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes,
porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el
derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de
notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido
terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes
hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y
que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la
rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto
ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de
personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy
poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es
justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres
ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a
sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las
subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan
rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados
a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar;
sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo
que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés
de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el
derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha
sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión
conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige
estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El
uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente
el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la
nueva Jerusalén, por supuesto...

--De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.

--Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su
largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
punto del tapete.

--¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.

--Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.

--¿Y en la resurrección de Lázaro?

--Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?

--¿Y cree usted al pie de la letra?

--Al pie de la letra.

--Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta
siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
que...

--¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...

--Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

--Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En
general, la observación es muy exacta.

--Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los
hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna
señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una
limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud
natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían
llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese
usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría
se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted,
«a suprimir todos los obstáculos...»

--Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que
la primera.

--Muchas gracias.

--No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es
posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado
quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia
innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores»,
y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión
es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un
verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y
volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
por ellos.

--¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay
muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
confiese usted que la cosa será bastante desagradable.

--Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono
Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con
una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías
y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse
algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para
dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que
va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un
hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan
millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

--Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--.
Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro!
¿Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en
el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la
fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el
tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego
dijo:

--Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al
decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído
mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He
aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa
autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo
sería la autorización legal, oficial...

--Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.

--No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que
has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir
uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo
lo leeré.

--No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa
cuestión--dijo Raskolnikoff.

--Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la
manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos
le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga
campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se
procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...

Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su
rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.

--Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto,
existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se
dejan cazar con él.

--¿Lo está usted viendo?

--¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace
un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el
asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no
está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué
inquietarse? ¡Buscad al ladrón!

--¿Y si le encontramos?

--Peor para él.

--Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?

--¿Y a usted qué le importa eso?

--Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.

--El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su
castigo, independientemente del presidio.

--¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?

--¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni
se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento
acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los
hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar
honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita
melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.

Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire
soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de
ello.

Todos se levantaron.

Porfirio Petrovitch volvió a la carga.

--Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta.
Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto
que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
idea que se me ha ocurrido...

--¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido
y serio, frente al juez de instrucción.

--Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy
extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable...
que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de
quienes hablaba hace poco... ¿No es así?

--Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.

Razumikin hizo un movimiento.

--Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de
dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
a matar y a robar?

Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como
antes.

--Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó
Raskolnikoff con acento altanero de desafío.

--Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria;
la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo
de usted.

«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó
Raskolnikoff con algo de desprecio.

--Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo
ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género:
por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si
estuviese en lugar de ellos.

--¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con
brusca familiaridad el juez instructor.

Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.

--¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta
semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.

Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada
fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada
irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se
dispuso a salir.

--¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la
mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en
el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de
estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once.
Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono
de campesino el juez de instrucción.

--¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente
Raskolnikoff.

--De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la
víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita
alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a
propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer?
Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería
preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted
que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?

--Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no
tenía necesidad de dar.

--Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el
segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda
usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos
obreros.

--¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como
si tratase de recordar.

Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su
espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta
hecha por el juez de instrucción.

--No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el
cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente
de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de
arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...

--¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta
entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del
asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?

--¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio
dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me
hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a
Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído
obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.

--Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.

Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó
amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
atravesar por una prueba penosa.


VI

--No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase
de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.

Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los
esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.

En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante
en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras
encubiertas.

--No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa
Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
he pesado cada palabra.

--Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes
razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?

--Habrá cambiado de opinión desde ayer.

--No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el
contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su
juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento
oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te
colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...

--Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego
con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían
hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya
en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente;
acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en
estas cosas. Dejémoslas.

--¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa
idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento
flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que
ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras
cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado
por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que
existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor
insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque
además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él?
En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que
tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será
mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus
barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de
salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es
vergonzoso!

«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.

--¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro
interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me
rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
en el _traktir_.

--¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente,
y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la
boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy
convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la
pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú
hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías
visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a
sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?

--Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había
visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella
conversación con violento disgusto.

--¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?

--Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo
niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que
sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según
todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí;
creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía
haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
sentido favorable a mi causa.

--Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen
los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado
en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.

--Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que
obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa
circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
casa dos días antes del crimen.

--¿Pero, cómo olvidarlo?

--Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios.
Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú
supones.

--Eso quiere decir que es un pillo.

Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se
asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él,
que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y
porque no podía menos.

«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.

Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que
bien pronto llegó a ser intolerable.

Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.

--Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.

--¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?

--Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú
les dirás...

--Bueno, te acompaño.

--¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?

Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan
desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato
en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba
aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de
haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo
estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las
señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
largo retraso.

Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor,
y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró
en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo.
En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano
bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo
encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y
lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se
aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los
objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos
de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones
escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en
contra suya!

Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una
sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin
ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la
calle.

--Ahí lo tiene usted--gritó una voz.

El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja
estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una
especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por
un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de
cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.

--¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_.

El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una
palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.

--Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.

--Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha
dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En
esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.

El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso.
Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.

Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de
la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir
al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente
el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida
ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
suerte sin decir una palabra.

--Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir
Raskolnikoff sin levantar la voz.

El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un
nuevo silencio.

--Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere
decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las
palabras salían con trabajo de sus labios.

Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión
siniestra.

--¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.

Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se
doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda.
Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con
extraordinaria violencia.

Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.

--¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó
Raskolnikoff con voz casi ininteligible.

--Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más
precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido
rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.

Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por
una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.

Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la
mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con
expresión de odio frío y triunfante.

Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su
casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro.
Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se
hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos
permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la
sala y se aproximó con precaución al sofá.

--¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo
en voz baja Anastasia.

--Tienes razón--respondió Razumikin.

Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media
hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con
brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.

--¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde
estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se
encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica
que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...?
¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y
el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa
que no podía suponerse?

Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
disgusto de sí mismo.

--¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me
he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he
atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró
desesperado.

A veces se detenía ante este pensamiento.

--No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero
_amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París,
olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a
un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne
sino de bronce.

Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.

--¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un
registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio
Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por
ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?»,
preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!

De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de
exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:

--La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos
que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto
posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco,
por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué
hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la
humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar
«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor
es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el
mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo
para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como
un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al
sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí,
en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un
mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar
por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme
satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah!
¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con
toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y
al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar
mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al
monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy
definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy
más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_
que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo
comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere!
¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta
cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente
al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es
cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!

Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
su mirada inmóvil no se apartaba del techo.

--¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que
ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo
soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida
la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la
casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la
hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!...
¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo
aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!

Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que
estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la
atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros
y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros
se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua
cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que
tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado.
Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le
hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero,
de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa,
continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y
se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció
de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el
mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a
alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volvía.
«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó
el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la
puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje
se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el
zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven.
Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la
primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto,
dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en
los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He
aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este
es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido
en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de
oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí
el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es
terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el
rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués
se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba
al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un
instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy
obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la
luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos
puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por
la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color
cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De
repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después
volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué
volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó
notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está
este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente
sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto.
Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en
esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo
Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió
dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló
bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún
más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo
arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí,
reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la
alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz
baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda
su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a
la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo,
multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies
en el suelo; quiso gritar y se despertó.

Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie
en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
conocía y que le miraba con atención.

Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió
a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió.
«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi
imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el
desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y
después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del
sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en
el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a
una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en
una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía
la barba espesa, de un color rubio casi blanco.

Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación
reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar
había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo
insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.

--Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?

--Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el
desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente:
Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...



CUARTA PARTE


I

--¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando
desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede
ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar
crédito a sus oídos.

Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.

--He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y
en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no
me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los
intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me
costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida
contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.

--Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff.

--¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo
pregunte.

Raskolnikoff no contestó.

--Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted,
Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo
superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en
rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?

Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.

--Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero
adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, _el
nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión
estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy
una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a
América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos
sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón
es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.

--No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con
sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso.
No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...

Svidrigailoff soltó una carcajada.

--No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería
echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.

--¿Todavía quiere usted embromarme?

--Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose
con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar.
Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado,
sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...

--Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo,
interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.

--¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy
tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de
apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una
abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha
podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he
preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa...
desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna
otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
habido ni sombra de eso.

Raskolnikoff se echó a reír.

--¿De modo que esto le divierte...?

--Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin
importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se
lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos
es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió
lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la
ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá
usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos
latigazos fueron propinados muy oportunamente.

A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una
especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.

--¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído.

--No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella
estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal,
no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra
ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera,
ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que
acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en
las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la
servidumbre. ¡Ja, ja, ja!

Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy
madurado y que todo aquello era fina astucia.

--Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el
joven.

--Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es
cierto, de hallarme de tan buen humor?

--Y hasta me parece demasiado bueno...

--¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas
de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha
preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular
expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo
así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados
para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras
respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que
tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión
Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted
algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
el ceño... No soy tan oso como usted cree...

--No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es
usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
ser, en llegando la ocasión, _comme il faut_.

--Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff
con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar
las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que
son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión
natural?--añadió riendo.

Raskolnikoff le miraba sombríamente.

--He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene
usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?

--Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos
conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de
corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente,
y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición
de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer
trampas en el juego?

--¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?

--¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad
(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasábamos el
tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos.
¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía
ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó
Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi
esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como
un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete
años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio
que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de
un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido
bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no
hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
como ésta.

--Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted
plantada?

--No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí,
sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la
Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de
Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es
mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de
todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana
una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso,
ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín
Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y
consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es
verdad?

--¿Desea usted ir en globo?

--¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado
pensativo.

«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.

--No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna,
con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad
importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio
Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que
se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy
bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país.
Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer
que me fatigase mi excesiva aplicación.

--Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo
eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
salir...

--Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
Pedro Petrovitch Ludjin?

--Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
pronunciarlo en mi presencia.

--¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
ella?

--Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.

--Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta
esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de
él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o
si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No
es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima
como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he
sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese
matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
particular.

--Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir
muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff.

--Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no
soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad
psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento
ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
seriamente enamorado...

--Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...

--En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino
como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.

--¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?

--Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente
de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
a disputársela como rival al señor Ludjin.

--Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en
seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
hacer varias cosas...

--Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía,
son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende
usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un
año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de
ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le
deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla
con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese
matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana
todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con
Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que
le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que,
estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la
posibilidad de realizarla.

--¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más
sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?

--Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente
tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo
o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia
Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima
hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades
que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría
a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas.
Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así
que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia
Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto...
No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
sangre fría.

Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.

--Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de
usted es una insolencia imperdonable.

--No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer
mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
usted, ¿la rehusaría?

--Es muy probable.

--No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
demanda a Advocia Romanovna.

--No lo haré.

--En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de
encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin
inquietarla.

--Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?

--No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
nada más que una vez.

--No lo espere usted.

--Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan
entre nosotros relaciones amistosas.

--¿Usted cree...?

--¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el
sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...

--¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con
inquietud.

--Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
árbol.

--Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender
pronto ese viaje.

--¿Qué viaje?

--El de que me ha hablado hace un momento.

--¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted
qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá
en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio
para mí.

--¿Aquí?

--Sí.

--No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.

--¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De
aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
de ese legado.

--¿Eso es verdad?

--Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.

Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.


II

Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la
casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.

--¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?--preguntó
Razumikin cuando estuvieron en la calle.

--Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de
institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de
amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta.
Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora
ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre
esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy
original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera
diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se
celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia
contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?

--¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco
que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo...
¿Dónde vive?

--No lo sé.

--¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.

--¿Le has visto?--preguntó Raskolnikoff después de una pausa.

--Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me
despintará.

--¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?--insistió
Raskolnikoff.

--¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen
fisonomista.

Se callaron de nuevo.

--¡Hum!--exclamó Raskolnikoff--. Me parece que soy víctima de alguna
alucinación.

--¿Por qué dices eso?

--He aquí--prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser
sonrisa--, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad...

--Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho--interrumpió
Razumikin--. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida
comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff
estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí
afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que
no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé
a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último,
le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar.
Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché.
Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una
palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he
consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la
pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te
amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres
culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde
nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse
equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la
mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.

--Es verdad--respondió Raskolnikoff--. ¿Pero qué dirás tú
mañana?--añadió para si.

¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez
preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al
ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita
a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en
aquel momento.

En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en
punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo
que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes
se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las
conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el
gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y
Raskolnikoff se estrecharon la mano.

Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante
cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo
desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta,
se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde
estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente
al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se
sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin;
el segundo, cerca de su hermana.

Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un
pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las
de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente
resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de
quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos
señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa
idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía
un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado
abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello.
Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría
tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos
seguro.

--Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesía
a Pulkeria Alexandrovna.

--Sí que lo ha sido, gracias a Dios.

--Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?

--Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido
muy penoso--respondió Dunia.

--¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos.
Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a
ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.

--¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una
situación muy difícil--dijo con una entonación particular Pulkeria
Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio
Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le
presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.

--¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...--balbuceó Ludjin echando una oblicua
y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.

Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser
amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier
contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de
parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio
volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado
mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el
momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria
Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la
conversación.

--¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo.

--Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que
inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch
Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa
noticia.

--¿En San Petersburgo? ¿Aquí?--preguntó alarmada Dunia, y cambió una
mirada con su madre.

--Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la
precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes
lo hacen creer así.

--¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a
Dunetshka?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

--Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho
de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que
ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré
con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.

--¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me
ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Sólo le he visto dos veces
y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la
pobre Marfa Petrovna.

--Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás,
no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en
cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a
la conducta y en general a la característica moral del personaje,
estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer
ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto
es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver
a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el
hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para
creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de
él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en
algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se
diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia
con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato
cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así,
fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.

--¡Ah, señor!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

Raskolnikoff escuchaba atentamente.

--¿Usted habla, dice, según datos ciertos?--preguntó con tono severo
Dunia.

--Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna.
Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto
es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive
todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con
módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer
y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan
íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una
sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La
Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo
de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día
se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria
acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo
parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que
la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria
inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una
palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó
el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr
con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el
tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído
contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de
los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando
aun existía la servidumbre.

--Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.

--Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado
a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos
tratamientos sistemáticos de su amo.

--Lo ignoraba--respondió secamente Dunia--. Oí, sí, contar acerca
de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un
hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían
que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se
había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del
señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y
era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de
Philipo.

--Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso
Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre
muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa
Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una
lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su
mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar.
Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará
en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el
porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido
una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado
lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres
disipadas se lo comerá todo antes de un año.

--Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es
desagradable--dijo Dunia.

--Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que
hasta entonces no había despegado los labios.

Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el
mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.

--Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de
despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre;
espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita
una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días
antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos,
cantidad que recibirás en breve plazo.

--¡Alabado sea Dios!--exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de
la cruz--. ¡Reza por ella, Dunia, reza!

--El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin.

--¿Y después?--preguntó vivamente Dunia.

--Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus
hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó
que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he
preguntado.

--¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?--preguntó con inquietud
Pulkeria Alexandrovna--. ¿Te lo ha dicho?

--Sí.

--¿Y qué?

--Lo diré luego.

Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.

Pedro Petrovitch miró el reloj.

--Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no
interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas
palabras se levantó.

--Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención
de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba
tener una explicación con mamá.

--Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro
Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la
mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con
usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no
puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas
por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera
persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte,
ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido
en cuenta.

Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera.

--Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra
entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente
cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido
insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto
alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si
verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y
lo hará.

Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que
nunca a hacer concesiones.

--A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna,
es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es
peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede
retroceder.

--¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro
Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre
inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver
en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura
de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con
imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es
una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy,
después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra
entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que
si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo
al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de
ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es
preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa
con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes.
Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra,
si tengo en usted un marido que me ama y me estima.

--Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar
a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista
de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted.
Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado
al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como
posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted
que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo
poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos.

--¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el
interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y
se queja de significar poco a mis ojos?

Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero
la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se
ponía más pedante e intratable.

--El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe
estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en
todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea...
Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en
presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay
un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida
con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria
Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el
apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste
haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase
pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo
que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia
ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una
persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted,
con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y
presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería
una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado.
Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al
escribir al señor Raskolnikoff.

--Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--;
le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido.
Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis
términos...

--No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya
escrito.

--Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la
prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de
usted, es que estamos aquí.

--¡Bien, mamá!--aprobó la joven.

--¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin.

--¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta
que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió
Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de
manifestarle su hija.

--No me acuerdo de haber escrito nada falso.

--Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin
volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un
hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien
veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención,
sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha
calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien
usted no conocía. Esto es una baja difamación.

--Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en
mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque
su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había
encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra
parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en
que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en
cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a
responder de la honradez de todos sus miembros?

--Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre
joven a quien arroja usted la primera piedra.

--¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y
su hermana?

--Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a
tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.

--¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió
despreciativamente.

--Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible.
Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar.
Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia.

Se levantó y tomó el sombrero.

--Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no
verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted
particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo
esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para
otras personas.

Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada.

--¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho
ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que
buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy
imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré
a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con
consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha
hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a
su disposición.

--Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde
el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a
Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según
parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió
agriamente Ludjin.

--Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre
nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada.

--Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no
quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio
Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su
hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted
una importancia capital y quizá también muy agradable.

--¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.

Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.

--¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff.

--Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió
pálida de cólera.

Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido
y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel
momento no daba crédito a sus oídos.

--Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si
salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione
usted. Yo no tengo más que una palabra.

--¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo
que quiero es perderle de vista para siempre!

--¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado
cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante
ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría
protestar?

--¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria
Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus
derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como
usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos
pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?

--Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch
exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora
retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.

La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que
Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la
carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.

--¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón
que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte
gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden
invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a
merced de usted, y no usted a la nuestra.

--¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro
Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.

--Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su
mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano
cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al
desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación,
tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me
hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy
inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz
pública...

--¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin,
que se había levantado para castigar al insolente.

--Es usted un malvado--añadió Dunia.

--Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff,
deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le
dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una
palabra más! De lo contrario...

Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera,
le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones,
y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra
Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras
descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin
remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las
señoras.


III

Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción
les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando
al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era
Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento,
éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y
de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En
cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría
general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de
haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho
que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo
menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
Alexandrovna le miraba con inquietud.

--¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven,
acercándose a su hermano.

--¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.

Raskolnikoff levantó la cabeza.

--Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
presencia.

--¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a
ofrecerle dinero?

Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con
Svidrigailoff.

A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.

--Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.

Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.

--Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.

--Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo
descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente
usted, Advocia Romanovna?

Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada.
Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto
que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque
silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz
cantante la llevaba Razumikin.

--¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--.
¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se
han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y
como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí
de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de
mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión
que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme
esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio
de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de
dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para
decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más
y ya está formada la asociación.

--¿Qué negocio vamos a emprender?

Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la
mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar
dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas
librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres
lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir
a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía
proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por
aquella mentira.

--¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó,
animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho;
pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente
excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace
dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las
triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por
qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya
publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos;
pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles
de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión,
papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos
modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.

A Dunia le brillaban los ojos.

--Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.

--Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria
Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.

--¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.

--Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que
no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o
seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para
comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además,
podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.

--¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en
esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo
alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes
vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas,
hombre?

--¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.

--¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.

Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la
gorra en la mano, y se preparaba a salir.

--Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con
aire extraño.

Sonreía; ¡pero con qué risa!

--Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos
vemos--añadió de repente.

Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.

--Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas,
Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.

--Tengo que irme--respondió el joven.

Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme
resolución.

--Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien;
tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me
sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme
solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable...
Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías...
cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se
arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a
verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!

--¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.

De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto
terrible.

--¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre
fuiste!--gritaba la pobre madre.

Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
ella se le acercó Dunia.

--¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró
la joven, cuya mirada llameaba de indignación.

Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.

--No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo
que dice, y salió de la sala.

--¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.

--¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está
loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no
tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de
la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
cuarto.

Raskolnikoff le esperaba en el corredor.

--Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no
las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré
quizá... si hay medio... Adiós.

Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.

--¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes?
¿Cómo procedes de ese modo?

Raskolnikoff se detuvo de nuevo.

--Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte.
No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a
ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes?

El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver.
Acababa de comprender la horrible verdad.

--¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso
rápido salió de la casa.

Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de
Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos
los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no
irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los
príncipes de la ciencia...

En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un
hijo y un hermano.


IV

Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.

La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El
joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas
indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber
descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha
y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente
al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se
podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a
tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento
maquinal.

--¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.

--Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una
antesalita.

Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado
candelero de cobre.

--¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener
fuerzas para moverse de su sitio.

--¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala,
haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.

Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante
de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la
turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y
se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia,
con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con
un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En
un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la
estancia.

Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada
por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que
comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared
de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro
alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy
irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con
tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando
así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía,
a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo
era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en
el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una
silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,
una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de
ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo,
había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en
el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento
y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de
la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni
siquiera había cortinas en la cama.

Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan
atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,
como si se hallase delante del árbitro de su destino.

--Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff
como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la
joven--. Quizás no nos volveremos a ver.

--¿Va usted a marcharse?

--No sé... mañana, todo...

--¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo
Sonia con voz temblorosa.

--No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido
para decirle dos palabras.

Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado
mientras que ella permanecía derecha.

--¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y
acariciadora.

La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con
ojos benévolos y casi enternecidos.

--¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través
de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!

Le tomó la mano.

Sonia se sonrió débilmente.

--Siempre he sido así--dijo.

--¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?

--Sí.

--Es claro--dijo bruscamente.

Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en
el sonido de su voz.

Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.

--¿Vive usted en casa de Kapernumoff?

--Sí.

--¿Viven ahí, detrás de esa puerta?

--Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.

--¿No tienen más que una sala para todos?

--Nada más.

--Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó
el joven con aire sombrío.

--Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que
parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el
mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo
a verme; los pobrecitos son tartamudos.

--¿Son tartamudos?

--Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es
precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una
mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.
El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan
claro.

--Lo sabía.

--¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.

--Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la
historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que
volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de
rodillas delante de la cama de usted.

Sonia se turbó.

--Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.

--¿A quién?

--A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre
nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él.
Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...

--¿Paseaba usted?

--Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.

--¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su
padre?

--¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a
Raskolnikoff con cierto espanto.

--¿De modo que usted la quiere?

--¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó
bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...!
¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio
extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y
generosa! ¡Ah, si usted supiera!

Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación
era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas
se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.
Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos
de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en
todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo
así, insaciable.

--¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun
cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada,
y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que
en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría
usted, y ella no haría nada de injusto.

--Y usted, ¿qué va a hacer?

Sonia le interrogó con la mirada.

--Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el
que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la
taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?

--No sé--respondió la joven tristemente.

--¿Van a quedarse donde están?

--No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que
quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha
de permanecer un momento más en aquella casa.

--¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?

--¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo;
nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya
irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un
pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose
cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,
¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo
que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo
demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,
desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone
su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir
dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal
conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y
me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente
nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome.
Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras!
¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de
hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que
echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar
calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles.
Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y
había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted
no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero,
porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!

--Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo
Raskolnikoff con amarga sonrisa.

--Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo
sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo,
no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas
veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más
lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha
hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!

Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.

--¿Ha sido usted dura con ella?

--Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo:
«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.»
Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el
cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme»,
le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para
enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,
la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos,
con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna
le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró
preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba
para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices
de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos
ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a
nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin
embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo
dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le
hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que
daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía,
no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora
retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran
sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no
le interesa.

--¿Conocía usted a la revendedora Isabel?

--Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada.

--Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo
Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.

--¡Oh, no, no!

Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven,
como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.

--Sería mejor que se muriese.

--No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!

--¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede
tenerlos a su lado?

--¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la
cabeza con las manos.

Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.

--Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero
puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué
sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff.

--¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?

El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.

--¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--.
Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será
entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre
pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como
hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle,
la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños
quedarán sin amparo.

--¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz
ahogada.

Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en
Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la
desgracia que el joven predecía.

Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un
minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja
presa de atroz sufrimiento.

--¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando
lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella.

--No--murmuró Sonia.

--No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta
ironía.

--Sí.

--¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es
preguntarlo.

Y volvió a pasearse por la habitación.

--Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro
minuto de silencio.

Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.

--No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.

--La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo
el joven bruscamente.

--No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por
aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá
semejante abominación.

--Otras permite.

--No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia.

--¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se
echó a reír mirando a la muchacha.

La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le
contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada
de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en
sollozos, tapándose la cara con las manos.

--¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de
usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa.

Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia
sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos
brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los
hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose,
de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si
estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel
momento parecía, en efecto, la de un demente.

--¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón
dolorosamente oprimido.

El joven se levantó en seguida.

--No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el
sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos
en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento
después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu
dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a
tu lado.

--¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó
Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una
mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!

--Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,
sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo
Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por
haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy
desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo
(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu
sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero
dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de
tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua
y acabar de una vez!

--¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta
él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno
asombrada del consejo que se le daba.

Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se
lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el
suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación,
había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se
preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna
sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad
que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los
reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista
desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y
esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba
la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido
impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era
el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna,
la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra
las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su
carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía
claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional;
pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la
hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla
todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,
relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era
inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a
aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía
Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.

«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el
manicomio o el embrutecimiento.»

Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su
escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.

«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta
criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse
deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta
el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella
el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible»,
exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta
este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer
un pecado y el interés que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto
loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus
facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se
puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar
oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin
duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»

Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva
le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se
puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:

--¿De modo que ruegas mucho a Dios?

Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.

--¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y
dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le
estrechó la mano con fuerza.

«Vamos», pensó él, «no me engañaba».

--Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de
esclarecer por completo sus dudas.

Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le
dilataba el pecho con la emoción.

--¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó,
mirándole con cólera.

«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.

--El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.

«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff
y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación
nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida,
angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que
podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y
aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello
le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está
loca!», repetía para sí.

Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él
varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo
tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.

--¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la
habitación.

La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:

--Me lo han prestado.

--¿Quién?

--Isabel; se lo pedí yo.

«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.

Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario.
Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.

--¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente.

Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio.
Se había separado un poco de la mesa.

--¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.

La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.

--No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin
moverse de su sitio.

--Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los
codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire
sombrío, se dispuso a escuchar.

Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo
manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó
el libro.

--¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de
soslayo.

--Sí... en mi niñez.

--¿No lo ha oído usted en la iglesia?

--Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?

--No--balbució Sonia.

Raskolnikoff sonrió.

--Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?

--Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de
_Requiem_.

--¿Por quién?

--Por Isabel; la mataron a hachazos.

Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza
se le iba.

--¿Tratabas a Isabel?

--Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era
libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.

Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas
confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?

«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la
locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado.

Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que
le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la
pobre «loca».

--¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz
ahogada.

--Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel...

Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las
palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de
leer y no pudo articular la primera sílaba.

«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al
fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su
voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa.
Faltaba el aliento a su pecho oprimido.

Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia
para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más
imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven
descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía,
sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los
sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que
fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y
una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos,
no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero
veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer,
sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven
y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que
le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del
evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.

«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la
muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió
a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--:
Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé
ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»

La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía
temblar de nuevo su voz...

«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que
resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: _Yo
soy la resurrección y la vida_; el que crea en Mí, aunque esté muerto,
vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.
¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»

(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer
las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)

«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has
venido al mundo.»

Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en
seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear,
apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó
leyendo hasta el versículo 32.

«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus
pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto
mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos
que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y
turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor,
ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo
le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al
ciego, hacer que éste no muriese?»

Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era,
efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y
acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se
aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento
de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades
metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía
de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que
abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la
duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto
después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y
creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también,
dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora
mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.

«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una
cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra.
Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro
días.»

Sonia subrayó la palabra cuatro.

«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de
Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto,
y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío,
gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas
por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que
me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--:
¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas
Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos
atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--:
Desatadle y dejadle ir.

»_Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían
visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El._»

La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se
levantó.

--Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en
voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.

Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba
todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba
vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública
acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se
levantó y se acercó a Sonia.

--He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el
entrecejo.

La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza
particular, expresaba una resolución feroz.

--Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi
madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre
los míos y yo está ya consumada.

--¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia.

Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había
dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al
oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una
especie de terror.

--Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos
juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos
juntos.

Le relampagueaban los ojos.

«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.

--¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se
interrumpió.

--¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son
los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.

Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente
para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente
desgraciado.

--Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he
comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.

--No comprendo...--balbució Sonia.

--Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú
también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has
alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras
podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado
del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la
razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso,
pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.

--¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada
por tal lenguaje.

--¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar
seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar
como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo
ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi
loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de
Poletchka, ¿no es cosa segura?

--¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose
las manos.

--¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,
ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La
libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las
criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto.
Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por
última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de
lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia
de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo
mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.

--Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven
helada de espanto.

--Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a
pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te
he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún
Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.

Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco;
pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le
iba la cabeza.

--Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus
palabras? ¡Qué extraño es!

Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.

--¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su
madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son
sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie
diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin
mí... ¡Oh Señor!

Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una
habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la
casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como
lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande
y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia
sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente,
el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido
sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el
inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió
a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza
desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo
que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que
llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida
para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante
una hora por lo menos.


V

Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó
en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer
antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele
recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver
a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero,
varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la
habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban
algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos
sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.

El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún
esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso
oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes
estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor
caso de él. El visitante se iba tranquilizando.

--Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro
salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,
¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de
esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese
hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no
sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver?
Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió
no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.

Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes
se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.

Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha,
Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se
indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo
de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible
para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le
odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se
apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo
menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su
temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el
despacho de Porfirio Petrovitch.

Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas
dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado
de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias
sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera
amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía
suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.

En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su
gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el
joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción
dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo
risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff
ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;
parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.

--¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros
dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas
manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a
usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_,
_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad
excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.

Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.

«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su
familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir
todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado
a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.

Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban
el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.

--He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.
¿Está bien así, o hay que escribir otro?

--¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está
bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas
palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo
echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien;
basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el
papel sobre la mesa.

Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.

--Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en
debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.

«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente
Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo
por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.

Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien
apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes
proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era
demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban
en aumento.

«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»

--Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró
Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por
la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para
acercarse en seguida a la mesa.

Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se
detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.

Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento
aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota
lanzada de una pared a otra.

--No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó
ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?;
pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado
quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay
muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o
poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a
uno casa? ¿No le parece a usted?

--Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.

--Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--.
¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante,
deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.

La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación
suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su
vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba
ahora en su visitante.

La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción
un desafío burlón y bastante imprudente.

--¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y
complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un
principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de
cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión,
a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de
distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de
improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa
pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en
la profesión de usted?

--¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la
casa que me da el Estado, ha sido para...?

Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara,
por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron
las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía
más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando
fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y
prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también,
aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio
Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción
se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto
que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo,
y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella
alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas
de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de
Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven;
creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al
juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que
había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna
emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a
reventar de un momento a otro.

Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.

--Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que
se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el
deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra
_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene
preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me
retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He
de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por
un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se
arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera
creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo
que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una
palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que
la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--,
en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora
mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida
por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y
hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer
juntos.

--¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de
interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó
instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.

Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de
un lado a otro de la habitación.

--Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.
Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a
nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese
maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy
muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación
de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de
goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento
me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en
pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted
enfadado.

Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y
observaba; sin embargo, se sentó.

--Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted
una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio
Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y
seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,
¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que
estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión
Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en
nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres
inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se
estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden
decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,
el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las
señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos
estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la
clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede
esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que
somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos
a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que
desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo
tanto gusto...

Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas
fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.

«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»

--No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero,
¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una
distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas
son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_,
porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle;
¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es
para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...
padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la
gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros
del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días,
la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a
los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este
formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted,
en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios
despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar
hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no
había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo.
En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo
con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso
_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas
extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de
asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla
(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha
pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es
usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama
a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba
usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la
forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación
amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no
desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en
el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que
la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su
género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!

Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba
sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en
medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las
cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la
habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez
con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida
en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente
ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff
advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el
juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar
un instante... «Sin duda espera algo.»

--Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio,
mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva
desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las
burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados,
según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y
aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que
yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo
saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la
carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?

--Sí; la estudiaba.

--Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más
adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con
usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que
trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo
solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo,
pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había
de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso
a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida;
pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?
¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más
claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión
contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así,
un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no
pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente
mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace,
porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el
procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene
usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones?
¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres
cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,
yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a
error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto
de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen
tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que
si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando
bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de
establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto
modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo,
le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me
escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si
por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si
no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado
de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche,
de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo
que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá
acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará
buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las
conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática
que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados
eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se
trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo
distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué
sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno
inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que
son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué
papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se
lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me
importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un
poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a
dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero
él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas
mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_
groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre
ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je!
Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el
lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría
dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente.
¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de
una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la
mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas
en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no
tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más
trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su
culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre,
siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez
más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la
boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece
a usted?

Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando
el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.

«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato
jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por
placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe
de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para
asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas
sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran
golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo
y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas
con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá
lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora
veremos qué lazo me tiendes.»

Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que
preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y
de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del
juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su
cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los
labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse
comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica.
De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que
quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra
imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.

--No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me
burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar
su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga
usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me
ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de
un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud,
y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia
humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la
razón le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que veníamos
hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la
naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces
de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión
Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente
tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido
de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una
repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece
a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío
a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je!
Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una
cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el
consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la
zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele
ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas,
es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es
en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,
la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo
usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_
de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera
asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su
habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente
ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar
su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la
sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera
asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.
Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por
su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha,
y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía;
pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su
fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y éste será otro indicio.
De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si
este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro
hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo
donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se
extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,
je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je!
Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un
literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta
con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión
Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la
ventana?

--No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a
reír.

El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente,
soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase
calmado súbitamente, se levantó.

--Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con
dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:
usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.
Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree
que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame
usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí,
ni de que se me martirice.

De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron
llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más
elevado.

--¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre
la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!

--¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de
instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡_Batuchka_! Rodión
Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?

--¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff.

--¡_Batuchka_, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces,
¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado
Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.

--¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente
Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser
oído por Porfirio.

Este corrió a abrir la ventana.

--Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua,
querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.

Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en
un rincón una jarra de agua.

--¡Beba usted, _batuchka_!--murmuró, aproximándose vivamente al joven
con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien.

El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan
poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con
tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.

--¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a
volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un
sorbo.

Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,
Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de
parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.

--Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted,
mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono
afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor,
¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con
Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo
el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué
significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de
la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me
contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo
envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; _batuchka_; siéntese usted, por el
amor de Cristo!

--No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué
hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff.

--¿Usted lo sabía?

--Sí. ¿Qué deduce usted de eso?

--Deduzco, _batuchka_, que conozco, además, otros muchos hechos y
excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de
la tarde fué usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del
cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y
que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los _dvorniks_. ¡Oh!
comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero
no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle
loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted
motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo,
de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto
modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas
chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar
con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos
a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con
devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre
Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen
muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir
el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,
_batuchka_, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se
lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.

Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.
Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba
demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras
del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a
creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su
visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta
él mismo?», pensaba el joven.

--Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico
casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó
de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa,
una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan
verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda
contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él,
este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando
supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de
tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero
criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió
que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido
de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, _batuchka_. Puede
uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los
cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En
el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta
psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa
a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted
está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su
enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de
hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted
el efecto del delirio...

Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos
daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en
este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea,
presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.

--Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó,
en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de
Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?

--Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,
e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que
puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su
juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese
usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le
pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no
delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría
usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba
prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo
la influencia del delirio; ¿no es así?

El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo.
Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia
Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la
cara a su interlocutor.

--Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted
fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su
propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación
de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted
quien lo mandó.

Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un
escalofrío en la espina dorsal.

--Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una
sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de
antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba
sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente
burlarse de mí.

Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente
al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos
relámpagos de cólera violenta.

--No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que
la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible
tener oculto. Yo no le creo a usted.

--¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--.
Pero en este asunto, _batuchka_, está engañado; es el efecto de la
monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea
un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo;
porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular
interés.

Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.

--Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el
brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a
usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra
ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer
la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea
inquietudes.

--Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla
en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?

--Pero, _batuchka_. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No
advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus
asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas
particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,
a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,
a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente
del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho
inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted
cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los
ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte?
En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera
debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro
punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión
de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a
hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró
usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca
de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los _dvorniks_ pidiendo que le
condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido
si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido
someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación
y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de
que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y
está ciego, se lo repito.

Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio
Petrovitch.

--Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus
intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba
usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.

--¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo
demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía
no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener
de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle?
Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos
que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos
del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de
policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,
que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;
son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si
usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía,
no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien,
_batuchka_, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el
mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je,
je, je!

Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:

--En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted
o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin
ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.

--¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó
Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de
saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se
altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama?
¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!

--Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible
soportar...

--¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción.

--No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no
quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno
Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.

--Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente.
Tenga cuidado--murmuró Porfirio.

El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que
comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como
amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no
duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un
arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes,
aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de
bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este
pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.

--No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga
cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y
no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...

--No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento
sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es
familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que
viniera a verme.

--No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora
tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.

En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le
asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.

--¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el
juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de
poner a Raskolnikoff fuera de sí.

--¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven,
deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.

--Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y
mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación,
situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que
no se vaya.

--¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?

Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.

--Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de
instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.

--¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de
sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela!

Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se
retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.

--¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para
que yo me venda!...

--Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra,
Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.

--¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y
has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una
confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.
No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de
Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de
hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.
Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.

--¿Qué habla usted de delegados, _batuchka_? ¡Vaya unas ideas! La misma
forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de
este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero
será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había
puesto a escuchar junto a la puerta.

Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.

--¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar?
Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y
testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.

Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso
ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio
Petrovitch hubieran podido preverlo.


VI

He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:

El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la
puerta se entreabrió.

--¿Qué es eso?--gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.

No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte:
alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de
impedírselo.

--¿Qué es lo que sucede?--repitió Porfirio.

--Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.

--No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco.
¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!--murmuró Porfirio lanzándose
hacia la puerta.

--El es quien...--replicó la misma voz; y se detuvo de repente.

Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres;
después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente
en el despacho.

El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie.
En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo
su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al
cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.

Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido
como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran
finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en
persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un
gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.

En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían
vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que
se tarda en referirlo.

--¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te
han traído tan pronto?--preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como
sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.

--¿Qué haces?--gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.

--¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!--dijo bruscamente
Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.

Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los
asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia.
El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose
maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.

--¿Qué estás diciendo?--exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro
le permitió hablar.

--Yo soy el asesino...--repitió de nuevo Mikolai.

--¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?

El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso
tardó un instante en responder.

--Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana
Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--añadió bruscamente.

Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta
respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y
luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen.
Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.

Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante
algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del
detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin
tratar de disimular su cólera.

--Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas
trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?

--Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai.

--¿Oh? ¿Con qué arma has matado?

--Con una hacha. La llevaba prevenida.

--¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?

Mikolai no comprendió la pregunta.

--¿No tienes cómplices?

--No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.

--No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado
acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los _dvorniks_ os
hayan visto bajar corriendo la escalera?

--Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar
sospechas--respondió el preso.

--Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la
verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se
encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente
olvidado durante este diálogo con Mikolai.

Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de
instrucción y dirigiéndose a él le dijo:

--Rodión Romanovitch, _batuchka_, perdóneme usted, se lo suplico...
Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...

Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.

--Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff.

Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin
embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.

--Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cómo le tiembla la
mano. ¡Je, je, je!

--También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó
Raskolnikoff.

--Es verdad... no esperaba esto...

Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción
tenía prisa porque se marchase el joven.

--¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía
preparada?--preguntó éste bruscamente.

--Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je,
je! ¡Ea, hasta la vista!

--Creo que sería más propio decir _¡adiós!_

--Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada.

Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los
empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la
gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que había propuesto la
tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía.
Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado
al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio
Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo
sofocado, acudía a llamarle.

--Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en
este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted
algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.

Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.

--De seguro--repitió.

Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.

--Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he
alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya
toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.

--¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi
jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya
nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.

--Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.

--Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un
ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a
comer a una fiesta?

--A un entierro.

--¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.

--Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió
Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió
hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del
que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son
sus funciones.

Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver
a su despacho, aguzó el oído.

--¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó.

--Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted
atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su
confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos
los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted
perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando
él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono
de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la
verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar
cómicas las funciones de usted?

--¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he
hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?

--¿Cómo no había de observarlo?

--¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le
da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je,
je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.

--Sí, de Cogol.

--En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...

--Hasta la vista.

El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio,
se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún
tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse
la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya
clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía
ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría
en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y
entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era
libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba
inminente.

¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba
a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente
entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las
intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente
para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un
poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad
nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente
sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su
juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había
comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se
acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía
más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar
así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo
aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la
aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?

Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en
las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba
todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber
reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.

--Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.

De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea
de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era
tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y
allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó
una triste sonrisa.

«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.»

En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí
misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático
personaje de la víspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_.

El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado
silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía
exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.

--¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.

El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo
menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.

--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff.

--Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja.

--¿De qué?

--De mis malos pensamientos.

Los dos hombres se miraron.

--Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin
duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la
sangre y pidió a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de
policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted,
tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude
dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...

--¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff.

Comenzaba a comprender.

--Sí; yo le he insultado a usted.

--¿Estaba usted en aquella casa?

--Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de
usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy
peletero...

Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera.
En efecto: independientemente de los _dvorniks_ había en la puerta
cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había
propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía
acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció
en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de
haberse vuelto a mirarle.

Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible
misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le
causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de
perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se
presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la
sangre. Aparte de esta excursión de un _enfermo en delirio_, salvo esa
_psicología de dos filos_, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún
hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no
surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden
hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi
culpabilidad?»

Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su
visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita
al cuarto de la víctima.

--¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el
joven asaltado por súbita idea.

--¿A qué Porfirio?

--Al juez de instrucción.

--Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no habían ido, fuí yo.

--¿Hoy?

--Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha
hecho pasar a usted un mal rato.

--¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?

--Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he
permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.

--¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso?
Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.

--Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la
policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían
la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví
enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos
y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve
en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí
recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por
punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y
se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones,
con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera
hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente,
llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió
otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes
imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no
se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había
reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y
saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese
detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin
chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después
cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me
hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.

--¿Preguntó a Mikolai delante de ti?

--Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando
comenzó el interrogatorio de Mikolai.

Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.

--Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.

--¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff.

«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos»,
pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación.
«Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba
la escalera.

Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.



QUINTA PARTE


I

Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su
explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se
esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que
la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un
hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo
mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el
primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo,
temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por
fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido
y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la
idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si
ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y
lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven
amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.

Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de
su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera
después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a
Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo
cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el
exceso de su irritación.

Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el
mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.
Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar
en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en
vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un
antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna
transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en
el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi
restaurado.

El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y
pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida
por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se
había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar
los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.
Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal
no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina,
el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago
muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a
Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven
inmediatamente.

«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras
volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo
tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la
estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia,
y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les
hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen
la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez
más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados
sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme
regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil,
habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces
a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso,
y tan delicado?... He hecho una tontería.»

Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de
imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión
llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de
él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo
producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de
la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más,
recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le
hicieron que lo olvidara.

En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el
cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la
mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban
invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que
no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch
recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con
Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro
Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,
entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de
Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había
invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos
momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida.
Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque
su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en
exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la
de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff
figuraba en el número de los invitados.

Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su
cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones
perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba
en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a
pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.

Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff,
en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro
motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su
antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados
de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos
círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para
Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago
temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no
respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.

Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de
estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San
Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,
etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas,
estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía
principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual
individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se
remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a
fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el
sueño de establecerse en San Petersburgo.

Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los
comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,
que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada
a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba
el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de
_nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para
que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff
nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la
fraseología de los reformadores.

Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño,
desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y
llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;
casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella
persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la
temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo.
Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il
faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.
Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante
necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del
progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las
ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se
han unido sinceramente.

No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar
insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por
su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su
simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo
Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir
a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de
Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle
burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes
a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer
que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán
desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función
especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en
ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,
¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?

Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch
(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con
placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños
de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo
por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los
Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para
enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio;
un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.»
Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan
agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.

Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado
delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés
Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación
afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con
despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera
sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el
pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto
a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la
fortuna había establecido entre ambos.

Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que
nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el
_comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de
vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés
Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba
a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de
dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de
conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.

--Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...
viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el
punto más interesante de su peroración.

--¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse
mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han
invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.

--Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a
esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro
imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto
viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a
muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch,
que parecía haber provocado con intención deliberada aquella
conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de
repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo.
De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la
conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que
como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado
por eso?

--Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.

--¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga
usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.

--¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó
Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.

--Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes.
Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de
resolver el problema feminista!

Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el
corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.

--Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente
Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.
Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es
completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice
más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para
arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene
derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de
dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene
su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que
esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.

--¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.

--Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no
significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista.
Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo
que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que
se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto.
Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay
motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura
no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a
vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la
lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir,
que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía.
¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me
impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a
su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar
con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo
demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí
_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.

--¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la
hospitalidad de esa mujer?

--No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil.
Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el
deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto
menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a
las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que
se les presta un gran servicio...

--¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted
ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?
¿Es verdad lo que de ella se dice?

--Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción
personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué
no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género
de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura
será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene
el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de
disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no
tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro
sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía
Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una
enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa
precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo
con regocijo.

--Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.

Lebeziatnikoff se incomodó.

--¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido
tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto
porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores
de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su
espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por
despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra
cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.

--¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?

--Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que
ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted?
Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las
precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas
cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían
por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es
una bella, una bellísima naturaleza.

--¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!

--No, de ninguna manera; todo lo contrario.

--¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!

--Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al
contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene
como cierto tímido pudor.

--Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra
que todos esos pudores son estúpidos.

--No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan
tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh
Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende
nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa
en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que
no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí,
puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar
de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero»,
me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en
la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más
conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito...
Yo aguardo, espero: eso es todo.

--¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en
eso.

--No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación
autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted
no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le
parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura
humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.

--Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está
usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí
un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que
las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la
muchacha.

--¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.

--Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y
necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y
aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que
usted pensaría!

--No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted
algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en
seguida, y esté seguro de que no le molestaré.

Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.
La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes
circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban
temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había
aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo.
Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y
en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con
un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla
y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró
sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.
Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no
pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de
fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó,
hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en
el momento en que éste iba a salir.

--¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.

--¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he
visto... ¿Y qué?

--En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no
me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es
insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No
quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo
esto?

--Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en
su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted
son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho.
Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré;
en mi opinión, está usted en su derecho.

Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló
atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi
severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas
que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.

--Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas
a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así.
Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo
Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.

Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.

--Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder
la pobre Sonia.

--Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias
independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.

--Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.

--No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la
candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;
usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo
tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar
a una persona como usted. Tengo otro objeto.

A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los
billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron
de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en
Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo
inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras
cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch
tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con
una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón;
por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro
mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante
algunos instantes, prosiguió:

--Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina
Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado
antinatural, por decirlo así...

--Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.

--O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.

--Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...

--Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de
compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que
inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora,
según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.

Sonia se levantó bruscamente.

--Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar
una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se
la concediesen. ¿Es eso cierto?

--No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un
funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal
si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido
bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no
estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede
esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no
existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una
pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!

--Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace
que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela
usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.

--Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.

--¿Más aún?--balbuceó la joven.

--Siéntese usted.

Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.

--Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le
he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted
bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo,
organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una
cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que
desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es
una cosa posible.

--Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos
fijos en Pedro Petrovitch.

--Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría
comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,
por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete.
Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a
nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y
cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de
molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene
entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más,
sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No
tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan
que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo
he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de
usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por
lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que
se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el
dinero. ¿Qué le parece a usted?

--No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una
vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy
inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a
usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...

Sonia no acabó y se echó a llorar.

--De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la
parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal.
Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho
que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.

Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de
haberlo desplegado cuidadosamente.

La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras
ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó
hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la
de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.

Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir
la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia,
se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.

--Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente
la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque
no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo
he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la
beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,
favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con
gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.

--Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró
a Lebeziatnikoff con particular atención.

--Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la
impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse
por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía
social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante
cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus
antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó
Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía
hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de
casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le
importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo
me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es
usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy
franco.

--Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la
frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre
con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa,
Pedro Petrovitch.

Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.

--¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés
Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando
oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que
será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción,
como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más
tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa
mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por
Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los
diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,
ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en
el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es
más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del
matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este
punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que
es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto
llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi
mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti:
pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah!
Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo
que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es
el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos.
Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio
libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de
llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba
por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a
su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de
un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado
(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un
amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría
entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no
tengo razón?

Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su
pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy
preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la
preocupación de su amigo.


II

Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro
desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata
comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero
que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal
vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su
marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente
a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era
que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en
determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio,
entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el
solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido
es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más
extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella
«gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que,
hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no
había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la
noche la ropa de sus hijos.

Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy
variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin
embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero
en abundancia. El _menú_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna,
comprendía, además del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente
_blines_; además, estaban preparados dos samovars para los convidados
que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna
se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la
casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones,
en casa de la señora Lippevechzel.

Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la
viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo
que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo
notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado
acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber
declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo»,
no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo
absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse
de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y
le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en
los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía
bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra
aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.

Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de
Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro,
todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta
confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa
y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla,
los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por
los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos
orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando
volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una
expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber
cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo
completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo,
por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente
no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con
sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana
esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de
alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que
era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se
hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o,
mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar
entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta
impertinencia en el cuerpo.

Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a
excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los
invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario,
cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había
de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos
se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco
limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el
más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la
noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el
mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era,
según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era
inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había
sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la
casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda
su influencia para conseguirle una pensión importante.

Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio.
Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de
todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a
todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático
de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado
respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a
las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda,
teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media
voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus
deberes de dueña de casa.

Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más
alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a
menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener
a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de
figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas
que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.

--Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién
hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la
patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de
ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por
qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué
idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer
creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le
había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con
preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted
qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese
usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?...
¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera
vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de
cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted _blines_? Tome
usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire,
se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos
de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen
ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo
casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban
sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.

Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia
Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:

--¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca
abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos
de colores. ¡Ja, ja, ja!

La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó
el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a
Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su
frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con
mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con
animación extraordinaria.

--Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a
esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso
proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de
modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a
solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la
noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en
la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada
ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar
cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es
que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia?
¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es
extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión
Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia;
toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, está bueno. Ahora te
traerán las _blines_. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se
os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia,
deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien
educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?

Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro
Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran
oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que
Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro
Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que
vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y
entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente,
etcétera, etc.

Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre
todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de
Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y
curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun
dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos
en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de
haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó
con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida,
sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo
observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido
hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba
que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían
a su familia.

--He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya
usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida
estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo
que ha decidido a cumplirme su palabra.

Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto.
Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la
comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.

El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa,
seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra,
que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la
comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era
ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado
la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar
a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo
podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella...
_señorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia
de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna
peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su
padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna
sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que
ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo
de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan
atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con
voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno
borracho».

Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera
obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de
educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado
del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en
la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía
establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero
lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si
éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con
pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de
una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras
de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto
la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos,
se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese
a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como
hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a
considerarse como hija de un coronel.

Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia
feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso
de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un
anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros
tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su
pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la
intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su
establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a
reír.

Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz
dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para
secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la
joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza
de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la
besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina
Ivanovna prorrumpió en llanto.

--Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy
muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.

Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la
conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva
tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora
de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa
interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante
la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna
poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a
creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba
hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa
blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la
directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la
lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina
Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.

En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con
acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido
siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo,
Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.

--¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--.
Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente,
vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa
suya no han venido ciertas señoras...

Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había
invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles
y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su
interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar
de la verdadera nobleza».

Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su _vater_[17] era un
hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con
las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una
idea más exacta de su _vater_, la señora Lippevechzel se levantó, se
metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a
imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada
general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla
entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La
viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy
alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca _vater_, que era
sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser
en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa
de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido
_vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas
muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna
respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de
todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres
impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio,
Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido),
debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas
las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su
nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna».
La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que
ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y
que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina
Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila,
desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho,
dijo:

       [17] Padre, en alemán.

--Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable
_vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.

Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación,
gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que
Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se
apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A
esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos
se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que
hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta
voz una alusión a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechazó a
la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.

Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch
Ludjin.

El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y
Catalina Ivanovna corrió hacia él.


III

--¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a
esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble
y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador
general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho.
En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en
ayuda de mis huérfanos.

--Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch
apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien,
no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora
(uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar
parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna...
Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una
explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése
su nombre? Permítame usted que entre...

Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al
rincón de la sala en que se encontraba Sonia.

La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que
Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella
hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había
convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la
impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin.
Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El
pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la
sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos
se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía
explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos,
pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al
lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y
éste pareció no reparar en el joven.

Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar
en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin
acertar a comprender al pronto de qué se trataba.

--Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a
ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin
dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder
explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego
a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la
conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.

Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y
bastante sorprendida, añadió:

--Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he
echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una
mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted,
en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este
asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a
recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar
la culpa a nadie sino a sí misma.

Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron
de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar
a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos
segundos.

--Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando
atentamente a la joven.

--Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil.

--¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente
algunos segundos.

En seguida añadió con tono severo:

--Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero
darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi
afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación
tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme
a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos
títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta
en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch
es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he
guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la
levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de
Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces
fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante
todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente
agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando
nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede
dar fe de todo esto.

»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por
Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación
desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer),
y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o
cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos.
(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado
ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa
un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer
recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después
la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma
agitación que antes.

»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez
minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se
marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero,
viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de
cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés
Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco
engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted
entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome
de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante
algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la
posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad,
dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.

»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé
a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo
en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La
mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y
por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa
usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección
que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo
propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo
hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese
usted.»

--Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez
rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.

La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete
de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.

--¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien
rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.

Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las
personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o
burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la
pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.

--¡Señor, señor!--gimió la muchacha.

--Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto,
suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin
con voz dulce y hasta cariñosa.

--_Gott der barmherzig!_ ¡Bien sabía yo que ésta era una
ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.

--¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir
que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta
consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide
las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.

En todos lados se hablaba ruidosamente.

--¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor,
y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa
usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!

Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos
descarnados.

--¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta!
¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!

Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos
y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a
Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se
apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.

--Contengan ustedes a esa loca.

En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el
umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras
provincianas.

--¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina
Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un
hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona?
¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda
rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este
imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a
cada uno de ellos.

De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.

--¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices
que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido
de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa
con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch...
registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero
encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido,
tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar
misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana;
me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una
audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que
temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida,
yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por
tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!

Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le
empujaba hacia donde estaba Sonia.

--Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted,
señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene
usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo
demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo
estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa
de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin
embargo, no es así como se hacen estas cosas.

--¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--.
Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están
vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo,
puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?

No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió,
uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que
ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él
un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a
los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro
Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó _coram
populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro
Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre
la culpabilidad de Sonia.

--¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia
Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!

De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no
cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada
rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien
atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro
con las manos.

--¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con
voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los
brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.

--¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina
Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas
de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía
en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué
personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a
los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella!
¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes
que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos!
¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se
morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi
pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos,
en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la
defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no
valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!

Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina
Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel
rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada,
expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse
conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a
expresar los más dulces sentimientos.

--¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a
usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted
misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto
robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy
dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha
podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a
confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo
hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien;
vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose
a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy
pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.

Después añadió:

--Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para
el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.

Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos
se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina
Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con
una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban
entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de
Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:

--¡Qué villanía!

Pedro Petrovitch se volvió vivamente.

--¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.

Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de
esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.

--¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose
a Pedro Petrovitch.

--¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés
Semenovitch?--preguntó Ludjin.

--Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted
explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente
Lebeziatnikoff.

Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos
enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff
escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven
socialista.

Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi
desconcertado.

--¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en
su juicio?

--Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué
infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería
comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las
explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.

--¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente?
¡Usted está borracho!

--¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás
bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense
ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el
billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él,
él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.

--¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente
Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia
de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez
rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?

--Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque
esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento
ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho
disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted
por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta
y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el
bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he
visto.

Ludjin palideció.

--¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--.
Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete?
Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una
ilusión.

--No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto
todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir
el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma
circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos.
Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa
y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he
podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una
idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco
de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a
la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque
se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia
Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con
qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto
meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto,
y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.

Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados
se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban
estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon
a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.

--¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende;
solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted
en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo,
_batuchka_!

Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de
rodillas delante del joven.

--¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--.
¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me
acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera
verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien
rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con
esa...?

--¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho
tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos
límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como
me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que
felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón
había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha
querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis
principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un
vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a
Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a
sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió
otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven;
que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo
esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted
substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano
derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que
se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que
me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además,
hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su
secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna,
ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco.
He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte
y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes
he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un
_Tratado general sobre el método positivo_, y recomendarles el artículo
de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he
llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible
que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos
razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos
en el bolsillo de Sonia Semenovna?

Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y
tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo
expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún
otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras
produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad
con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos
los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.

--¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a
usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas
necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me
calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia
porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas
antisociales que usted sostiene.

Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos
murmullos en su derredor.

--¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su
argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi
juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha
impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!

Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.

--Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré
juramento--dijo con voz firme.

A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público
que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de
llegar a su desenlace.

--Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a
Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado
detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en
ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar,
porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés
Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes
que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro
Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia
Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino
a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un
choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que
estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que
viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró
presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff,
le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a
los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi
madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con
los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con
ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era
enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones
el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer
noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la
cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este
señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina
Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna
a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que
sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente
a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le
echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y
comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes,
a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven
por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi
hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en
relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí,
salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra,
éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse
con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me
intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su
conducta.

Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por
las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a
despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una
calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante,
su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al
auditorio.

--Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted
tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en
nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre
los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en
voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso
es.

Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire
despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel
trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero
en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a
reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar
que había calumniado a Sonia Semenovna.

Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada
tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena
atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no
habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no
cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.

Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado
su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No
apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo
su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba
se escapaba de su pecho un ronco sonido.

La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de
no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo
veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff
quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa
de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes
llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se
había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios
sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba
definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.

--Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen
de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al
través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil
tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca
cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que
encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré
la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores.
Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el
testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me
acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la
necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.

--No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi
cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando
pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para
exponerle...!

--Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi
partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme;
ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure
de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.

Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las
injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo
lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el
proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.

Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente
bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora
después dejó la casa.

Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su
situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía
ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado
desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de
humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se
disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con
resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era
demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia,
y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo
ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento
de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis
nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la
sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de
Ludjin.

El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero
la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina
Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse
en su cama.

--¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!

Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora
Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina
y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi
desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó
sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia
Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.

--¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se
revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me
expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la
calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz
mujer--. ¡Señor!--exclamó de repente con los ojos centelleantes--. ¿Es
posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no
nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces
y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco,
criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si
os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!

Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que
habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria
y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el
rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo
que costase, a buscar justicia en cualquier parte.

Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su
hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al
cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.

Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación
aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.

Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros
disputaban, algunos entonaban canciones...

«Ya es tiempo de que me vaya--pensó Raskolnikoff--. Veremos, Sonia
Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»

Y se encaminó a casa de la joven.


IV

Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había
defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin.
Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con
gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de
sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado,
su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por
momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo
todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar
de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado:
«Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente
animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que
había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando
llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente,
dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se
preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta
era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la
imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de
diferirla un minuto.

No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como
aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la
necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la
puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba
sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre
las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su
encuentro, como si lo hubiese esperado.

--¿Qué habría sido de mí sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le
hacía pasar a la sala.

Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había
prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.

Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la
joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él,
exactamente como el día anterior.

--Habrá usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que
la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y
las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?

El rostro de Sonia se ensombreció.

--No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He
sufrido ya bastante...

Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.

--Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora?
Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.

Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a
los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a
cualquier parte.

--¡Ah, Dios mío!--exclamó Sonia--. ¡Vamos en seguida!--y tomó
apresuradamente su manteleta.

--¡Siempre lo mismo!--replicó Raskolnikoff contrariado--. Usted no
piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.

--Pero... Catalina Ivanovna...

--Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda--respondió con
tono de enfado el joven--. Culpa de usted será si no la encuentra.

Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos
bajos, reflexionaba.

--Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo
concedo--dijo sin mirar a Sonia--; sí, le hubiera convenido meterla a
usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo,
lo habría hecho. ¿No es así?

--Sí--dijo la joven con voz débil--. Sí--repitió maquinalmente,
distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.

--Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se
encontró fué por casualidad.

Sonia guardó silencio.

--Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se
acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.

--Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso!
¡No siga usted!»--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--.
Vamos, ¿no dice usted nada?--preguntó al cabo de un minuto--. Será
preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted;
tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión»,
según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No;
hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de
antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos
proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna
y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de
sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka
fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si
dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo,
salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que
cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas
se decidiría usted?

Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz
vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.

--¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven
interrogándole con los ojos.

--Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?

--¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no
puede presentarse?--exclamó Sonia con repugnancia.

--¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias?
No tiene usted valor para decirlo con franqueza.

--No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me
pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas
vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi
voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las
personas?

--En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no
hay más que hablar--replicó con tono agrio Raskolnikoff.

--¡Dígame usted lo que tenga que decirme!--exclamó Sonia angustiada--.
¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a
atormentarme?

No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven
la contempló con expresión sombría.

--Tienes razón, Sonia--dijo en voz baja.

Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono
áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto.
Ahora, apenas se le oía.

--Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he
comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.

Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste.
Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó
advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan
extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de
hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la
cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de
Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus
sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto
fatal.

De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció,
se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a
sentarse en el lecho sin proferir palabra.

La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que
había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el
hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».

--¿Qué tiene usted?--preguntó Sonia sobrecogida.

El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras
condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó
suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin
dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La
situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven
su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para
hablar. Sonia estaba aterrada.

--¿Qué tiene usted?--repitió apartándose un poco de él.

--Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente,
es una tontería--murmuró con aire distraído--. ¿Por qué he venido a
atormentarte?--añadió de repente mirando a su interlocutora--. Sí, ¿por
qué? No ceso de hacerme esta pregunta.

Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento
era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un
temblor continuo agitaba su cuerpo.

--¡Cuánto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.

--Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos
segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?

Sonia esperaba inquieta.

--Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre;
pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.

La joven se echó a temblar.

--Pues bien; ya sabes a lo que he venido.

--En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fué lo que me dijo
usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?--añadió vivamente.

Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más
pálido.

--Yo lo sé.

--¿Se _le_ ha encontrado?--preguntó tímidamente después de un minuto de
silencio.

--No, no se _le_ ha encontrado.

Siguióse un corto silencio.

--Entonces, ¿cómo lo sabe usted?--preguntó con voz casi ininteligible.

Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.

--Adivina--dijo.

Sonia se estremeció convulsivamente.

--¿Por qué me asusta usted de ese modo?--preguntó con sonrisa infantil.

--Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él--repuso
Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese
fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quería _él_ matarla; la
mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese
sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la
mató.

A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto
continuaron mirándose.

--¿De modo que no adivinas?--preguntó bruscamente, con la sensación de
un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.

--No--balbuceó Sonia con voz apenas distinta.

--Busca bien.

Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de
sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba
a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada
se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha
levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como
hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a
llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del
mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también
ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a
Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de
él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que
se puso a mirarla asustado.

--¿Lo has adivinado?--murmuró por último.

--¡Dios mío!--exclamó Sonia.

Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro
en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido
movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos
estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se
había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en
su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en
certidumbre.

--¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones--suplicó él con voz
quejumbrosa.

Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era
ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.

Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué
al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió
bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del
joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que
hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.

--¡Está usted perdido!--exclamó con acento desesperado; y levantándose
súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.

Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa,
dijo:

--No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso...
No tienes conciencia de lo que haces.

La joven no oyó esta observación.

--No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú--exclamó en
un arranque de piedad, y rompió en sollozos.

Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía
largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta
impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por
sus mejillas.

--¿No me abandonarás, Sonia?--preguntó con mirada casi suplicante.

--¡No, no! ¡Jamás, jamás!--gritó--. Te seguiré, te seguiré a todas
partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por
qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?

--Ya ves que lo he hecho--interrumpió Raskolnikoff.

--¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!--repitió
con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven--. ¡Iré
contigo a presidio!

Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa
y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.

--Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.

Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había
sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que
acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron
bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha
le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había
llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas
cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.

«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»

--Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?--dijo como si despertase de un
terrible sueño--. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a
hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?

--Por robar. Cesa ya, Sonia--respondió algo contrariado el joven.

La muchacha se quedó estupefacta.

--¿Tenías hambre?--exclamó en seguida--. ¿Era para socorrer a tu
madre?... ¿Sí?

--No, Sonia, no--replicó Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria
no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no
fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.

--¿Pero es posible que esto sea verdad?--gritó la joven, dando una
palmada--. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted
para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres!
¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?

--¡No, Sonia, no!--interrumpió vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no
procedía de _aquello_, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo
estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo
cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.

Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.

--Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que
había--añadió vacilando--; le quité del cuello una bolsa de piel que
parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda
porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas
de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día
siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva
V***. Todo ello está allí todavía.

Sonia escuchaba con avidez.

--Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para
robar?--replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.

--No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero--respondió
Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió--. ¡Qué
historia tan tonta te acabo de contar!

«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea.
No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano
ponía en prensa su mente.

--¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso él con voz vibrante--.
Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosiguió
recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de
enigmático--, yo sería ahora _feliz_. Sábelo. ¿Qué te importa el
motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclamó tras
de una corta pausa--. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es
para esto para lo que he venido a tu casa?

La joven quiso hablar, pero se calló.

--Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino
a ti.

--¿Por que querías que viviese contigo?--preguntó tímidamente Sonia.

--No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contestó Raskolnikoff
riendo sardónicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira,
acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo.
Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo
ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me
dejarás, Sonia?

La joven le apretó la mano.

--¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho
esta confesión?--exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos,
mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más
profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de
decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada
vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme;
¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz,
me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he
buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar
a semejante cobarde?

--¿Pero no sufres tú también?--exclamó Sonia.

Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.

--Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar
multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo
hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido?
¡Jamás me lo perdonaré!

--No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale más que lo sepa
todo; es mucho mejor.

Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.

--He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?

--No--respondió cándidamente Sonia con voz tímida--; pero habla, habla;
lo comprenderé todo.

--¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.

Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.

--El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón,
por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para
comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,
sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado
ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir,
¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres
mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y
demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos
con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento
de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera
vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una
vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con
escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar;
la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes
razón, Sonia.

La joven no tenía el menor deseo de reír.

--Háblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tímida y apenas
distinta.

Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las
manos.

--Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis,
no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi
sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada
educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus
esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad;
pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios.
Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera
podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o
empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una
lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían
destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera
ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria,
sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para
llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar
una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo
de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría
de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la
Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro
que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!

Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.

--¡Oh, no es eso, no es eso!--gritó Sonia con voz quejumbrosa--. ¡Esto
no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...

--¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.

--¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!

--Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y
malo.

--¡Ese gusano era una criatura humana!

--Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la
palabra--replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión--. Por
otra parte, lo que digo no tiene sentido común--añadió--; tienes razón,
Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde
hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado
dolor de cabeza.

Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había
casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios.
Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia
comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza.
«¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes
explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en
el acceso de su desesperación.

--No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la
cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía
haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree
más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y,
además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar
la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo
a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado
con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía
lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien;
pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es
la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón.
Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el
alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo
odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba
allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si
Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré
sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al
estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis
notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me
hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado
en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces
comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo
me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles,
¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí
entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese
inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me
convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no
cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí,
así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que
posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón
a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto.
Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no
advertirlo.

Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba
por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación.
Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que
aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.

--Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de
que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde
el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido
_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia,
Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.

--¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se
ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al
demonio.

--A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la
obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?

--Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh
Dios mío, no comprende nada!

--Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha
impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--.
Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil
veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores
he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera
querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un
aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa.
Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha
perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al
poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo
ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana
era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el
audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin
atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho
de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?»
basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he
renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de
toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido
para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de
la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a
conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu
en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del
asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente.
Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría;
pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros,
o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la
fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si
tenía el _derecho_...

--¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta.

--¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en
la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--.
No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el
diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender
que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más
ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón
he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta
visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente
una _experiencia_...

--¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!

--¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he
hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez
los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he
matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha
sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia;
basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame!

Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió
convulsivamente la cabeza entre las manos.

--¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia.

--¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.

Tenía las facciones terriblemente alteradas.

--¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes
lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--.
Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven
se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima
encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después
inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo:
«Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le
preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza
centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.

La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor
profundo.

--¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie?
¿No es eso?--dijo sombríamente.

--Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.

--No, no iré a denunciarme, Sonia.

--¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es
posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será
de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y
a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu
familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar
fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?

--Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he
de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente?
Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de
hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré.
¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no
atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de
una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán
que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un
imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de
comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable,
Sonia.

--¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!

--Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--.
Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es
ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos
momentos se me busca y van a detenerme.

--¡Ah!--exclamó Sonia espantada.

--¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues,
te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado
mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios
positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba
terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de
dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser
explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo,
porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la
cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me
hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que
termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se
verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te
doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como
son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería
solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré
de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo
de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre...
Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?

--¡Oh, sí, sí!

Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como
los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta.
Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven,
y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto,
le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia,
pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido
a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven
le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más
desgraciado que antes.

--Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la
cárcel.

La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.

--¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de
súbita idea.

Al pronto el joven no comprendió la pregunta.

--No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo
tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió
una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y
que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por
el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.

--Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano;
pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será
mejor--añadió a manera de concesión.

--Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el
momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello,
diremos una oración y partiremos.

En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.

--¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.

Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor
Lebeziatnikoff.


V

Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.

--Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted...
Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir,
nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente
pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo
dirigiéndose de nuevo a Sonia.

La joven lanzó un grito.

--Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado
del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo
suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no
lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá
usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que
quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa.
Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de
injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que
no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo,
incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede
sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda
ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles,
y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los
transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la
casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble,
pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar.
Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de
baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar
trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una
cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna
observación... No puede usted imaginarse cómo está.

Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había
escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se
lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando.
Los dos jóvenes salieron detrás de ella.

--Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--.
Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo
estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el
cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He
tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.

--¿Le ha hablado usted de tubérculos?

--No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera
entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de
la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no
llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?

--Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff.

Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de
cabeza y subió a su cuarto.

Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.

Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía
de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba
después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había
ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh
cobardía!

«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la
cárcel.»

Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió
de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a
presidio», pensaba.

¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente
la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró
como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó
en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera.
Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer
ninguna idea.

--No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia.

Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente
límpida.

Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el
afecto.

--Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se
te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas
como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer
y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión;
me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha
producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta
de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo
a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he
dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces,
me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le
hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir
a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por
tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez.
Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha
sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por
casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en
la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.

Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.

--¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--.
Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.

Dunia se ruborizó.

--¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera.

--Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós,
hermana.

La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto
temor.

--¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son
una especie de testamento.

--No hagas caso. Adiós.

Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento;
le miró con inquietud y se retiró conmovida.

No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana.
Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de
estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo
todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.

«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he
robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió
mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas
mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia.

Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff
tomó bruscamente la gorra y salió.

Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos
terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener
consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso
merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su
agitación moral.

Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía
algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser
particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad.
Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el
espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este
pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que
produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente
a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.

Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.

--He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su
programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a
mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén,
haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las
encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva
de imbéciles. Vamos aprisa.

--¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir
a Lebeziatnikoff.

--Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha
perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse
lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es
completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que
esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del
puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en
seguida.

En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto
en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina
Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo
bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero
de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un
chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras
de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica
manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la
calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su
debilidad, estaba extraordinariamente excitada.

Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba
allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical;
les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después,
indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente.
Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo
un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a
qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi
aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al
punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que
muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella
loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al
hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer
el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos,
mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces
trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un
acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no
podía contener las lágrimas.

Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia.
Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se
visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza
una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco.
Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado
a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro
estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido
a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces
en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la
ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación
intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle
sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en
medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y
le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna
permanecía inflexible.

--¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres
lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de
esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea
reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido
lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.

A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y
hubiera sido imposible sacársela.

--¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero
tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero
explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?--gritó reparando
en el joven, y se lanzó hacia él--; haga usted comprender, se lo
suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer.
¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo
diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en
nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general
perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos
debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas
delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!»,
le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos
protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte
derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás
lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo,
imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión
Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan
nada.

Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar
incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños
desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su
casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era
conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo
así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.

--¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!--exclamó Catalina
Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos--;
no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos
ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he
tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala,
al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después
de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh,
los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo
mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la
hemos martirizado bastante--añadió dirigiéndose a Sonia--. Poletchka,
¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks?
¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos
desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre
del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se
burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te
he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de
conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien
educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las
canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí!
Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre
y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí
para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto
nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace
falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky
donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de
ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, sólo que _la Petite
Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una
cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda
de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar _El húsar
apoyado en su sable_? No; será mejor que cantemos en francés _Cinco
sueldos_; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa,
se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al
público. Podremos cantar también _Mambrú se fué a la guerra_, tanto
más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en
todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto
comenzó a cantar:

    «Mambrú se fué a la guerra,
    no sé cuándo vendrá»;

pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la
cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo
haremos el acompañamiento:

    «Cinco sueldos, cinco sueldos
    para poner nuestra casa.»

Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió
mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente
y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos
de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?

Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un
señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el
abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El
recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una
condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna,
y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor
condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.
Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía
ceremoniosa de una dama del gran mundo.

--Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de
dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,
Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a
socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos
que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que
están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general
se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo
me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón
Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su
hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado?
Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese
soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los
Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?

--Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde
más compostura.

--Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los
organilleros. Déjame en paz.

--Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.
Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive
usted?

--¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar
a mi marido; ¿no es ésta una autorización?

--Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted
conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente.
Está usted mal.

--¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--.
Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia?
También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena!
¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos!
¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?

Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy
aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de
su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre
Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución;
Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.

--Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan
ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...

Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.

--¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose
sobre su madrastra.

No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,
Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia
entre ellos.

--Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último,
tratando de restablecer la circulación.

Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba
herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado
el suelo la había echado por la boca.

--Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos
jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y
produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una
de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta
señora se está muriendo.

--Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La
segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios
mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro.

Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este
asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba
como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la
hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó
a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff,
Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después
de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían
acompañado el triste cortejo hasta la puerta.

Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y
lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.
Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como
cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto
ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa.
Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que
vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo,
Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.

Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba,
en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y
así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo
necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de
ir a buscarlo.

En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la
hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada
triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le
enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se
la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro
lado.

--¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has
traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a
correr?... ¡Oh!

La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.

--¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha
sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.

Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.

--Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí...
Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos...
yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme,
dejadme morir en paz!

La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.

--¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso,
ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y
aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.
Si no me perdona, tanto peor.

Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba,
miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la
rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio.
Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su
garganta.

--Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--;
aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.
¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.

    Du hast Diamanten
    Und Perlen[18]

    Eu hast die schönsten Augen
    Mädchen, was willst du mehr[19]

    Dans une vallée du Daghestan
    Que le soleil brûle de ses feux...

       [18] Tienes diamantes y perlas.

       [19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres,
       niña?

--¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!...
Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...
¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí!
¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.

Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el
lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando
aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un
terror creciente:

    Dans une vallée... du Daghestan
    Que le soleil... brûle... de ses feux.
    Une balle... dans la poitrine...

De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia
conmovedora, exclamó:

--Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que
recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch
Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática...
¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se
encontraba.

Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,
pareció sorprendida de verla allí.

--¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida!
¿Estás aquí?

La incorporaron de nuevo.

--¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma
con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.

Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho
tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la
boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y
expiró.

Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó
entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta.
Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y
Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por
eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se
echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado
fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos
de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de
dormir, adornado con la pluma de avestruz.

¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina
Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la
almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y
Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.

--¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch.

Svidrigailoff se aproximó a ellos.

--Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.

Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo,
Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a
quien preocupaban aquellas precauciones.

--De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me
encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le
he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a
estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde
estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos
hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en
sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se
halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede
usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.

--¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff.

--¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no
necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree
usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que
reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer
usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que
Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por
ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.

Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando
hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.

Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi
textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia.
Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con
expresión de asombro.

--¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó.

--Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora
Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia
Semenovna.

--¿Usted?

--Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le
doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado
usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el
presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted
verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.



SEXTA PARTE


I

La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie
de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba
que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que
tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los
acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus
recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber
muchas particularidades acerca de sí mismo.

Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces
sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico;
pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal
vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía
triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.

En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta
exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a
pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar
cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había
de serle fatal.

Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le
había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los
pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque
esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún
barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa
de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en
Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación
decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.

Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró
que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido
en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o
tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio
de la joven.

En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como
si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado
momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna
estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el
último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en
favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el
éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen
asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían
contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos
dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos
otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de
Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar
reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó,
bajando la voz:

--Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está
distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que
se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y
tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos
los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.

Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que
se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase
regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras
un momento de reflexión, siguió al _pope_ a la habitación de Sonia.
Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila
y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la
muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las _panikhida_.
Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor.
Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka
lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los
ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El
sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en
espesas espirales.

El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo
eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la
bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza
en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia.
La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su
hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era
objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el
menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una
palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.

Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde
hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía
decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o
irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado
de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca
sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con
la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.

A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí
pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se
apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
remordimiento empezó a torturarle.

«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»

Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era
preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención,
no acertaba a darle una forma precisa.

«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
rechazar.»

Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente,
el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó
aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes
de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó
muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre,
pero se despertó tarde: a las dos.

Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de
Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas.
Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito,
casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma
que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que
se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.

La puerta se abrió y entró Razumikin.

--¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla
y sentándose enfrente de Raskolnikoff.

Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera
visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.

--Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras
todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo
con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te
confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en
vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente
inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre
y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.

--¿Cuándo las has visto?

--Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado
metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--,
¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola,
la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por
espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos.
«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo
y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a
mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en
la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le
dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia
o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío,
me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un
ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he
dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable,
la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de
comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no
me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano
en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues,
os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de
que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos.
He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón.
Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.

--¿Qué vas a hacer?

--¿Qué te importa?

--¿Vas a dedicarte a la bebida?

--¿Cómo lo has adivinado?

--No es muy difícil adivinarlo.

Razumikin se quedó un momento silencioso.

--Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
bebida. Adiós.

Y dió un paso hacia la puerta.

--Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
Raskolnikoff.

Razumikin se detuvo de repente.

--¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un
tanto pálido. Estaba agitadísimo.

--Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.

--¿Ella?

--Sí; ella.

--¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.

--Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.

--¿Que ella lo sabe?

--Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame
lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé
perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.

--Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde
vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy
convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales
forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un
hombre excelente.

--Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un
momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo
cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
quieren decir sus palabras.

Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:

«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una
tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó
de repente.

--¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más
aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.

--¿Qué carta?

--Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que
nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.

--¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.

--Sí. ¿No lo sabías?

Los dos permanecieron callados durante un minuto.

--Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo
también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal
cosa: es inútil.

Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
volvió a abrirla de repente, mirando de través.

--A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella
vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se
ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La
persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la
escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes
que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para
evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante!
Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos
hombres?

--Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto
ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.

--¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
me lo ha dicho casi todo.

--¿Porfirio?

--Sí.

--¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.

--Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método
psicológico, según su costumbre.

--¿Y te lo ha explicado él mismo?

--El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad
de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo
contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.

Y salió.

«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó
definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado
entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas
alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación?
¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había
formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra
noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude
concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente
se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era
estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo
todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la
clave de todo esto.»

Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como
clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.

En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se
acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si
hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en
él; tenía aún que luchar; era un recurso.

Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de
la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo
día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se
había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y
reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo.
¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
Porfirio era harina de otro costal.

«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método
psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí
algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido
creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena
que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_
solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción
tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
confesiones de Mikolai.

»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero,
¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no
ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones;
pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin
embargo, si éste no será un mal signo...»

Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió
a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se
sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.

«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que
espera mi visita.»

En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón,
que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en
hacerlo.

Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a
cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa.
Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida.
Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi
ningún terror.

«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de
sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»

--No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar
delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a
salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
cigarrillo...

--Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo
Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
verse.

Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente
ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.

El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada
tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender
un cigarrillo.

«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.


II

--¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no
puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la
garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar
por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media
hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me
dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted
los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo
substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;
¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.

«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica»,
murmuró aparte Raskolnikoff.

Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel
recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.

--Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch,
paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.
Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió
hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un
momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra
usted nunca?

La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio
Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.

--He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una
explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del
joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria,
hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de
instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última
vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he
cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo
nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado
a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.

«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos
de Porfirio con inquieta curiosidad.

--He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con
sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos,
como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--;
no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la
entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy
irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé,
porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.
¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque
fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa
distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el
cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado
apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de
comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.

--¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin
acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá
acaso inocente?»--añadió para sí.

--¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a
usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel
tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un
monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de
este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y
naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted
en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En
cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por
otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De
esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido
para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir
verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.
Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de
la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan.
Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el
despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género
de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil
maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en
cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones
no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo
que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones?
El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me
acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había
gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de
la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un
entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano
febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,
pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo
que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo
algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una
reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada;
es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos
a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo
todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta
del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro
en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted
enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted,
desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin
resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá
él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se
acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado
de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría
a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba
asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba
para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa
muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he
aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi
a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir?
Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me
dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no
hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la
piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los
objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un
huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después,
cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda
intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo,
Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco.
«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y
aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una
prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de
la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada,
y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de
buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios
ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había
llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.
Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un
enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después
de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch,
de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel
momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a
usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la
entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice
el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que
usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos
de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus
declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan
inquebrantable como una roca.»

--Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la
culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...

Le faltó el habla y no pudo continuar.

--¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho
de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de
Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que
venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en
este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted
saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un
niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una
naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría
usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico.
En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los
campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón;
no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,
sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se
halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose
de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el
suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos
de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba
las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos,
los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez
aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar
la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle
lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y
se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no
puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado
por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto
al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y
sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto
está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás,
acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su
papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus
confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de
verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en
completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión
Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente
a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo
y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir
toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una
víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta
audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita
desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la
puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica
una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que
pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias
pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el
sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad
de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto
vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la
enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de
notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,
desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata
aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.

Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de
la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción.
Raskolnikoff se echó a temblar.

--Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.

El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como
asombrado de semejante pregunta.

--¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado
crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch,
usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono
de profundo convencimiento.

Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos
segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras
convulsiones agitaban los músculos de su rostro.

--Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con
interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del
objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una
pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para
decirlo todo y esclarecer la verdad.

--¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un
niño sorprendido en falta.

--Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted
solo--replicó severamente el juez de instrucción.

Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos
diez minutos.

Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre
el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de
impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.

--Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre
los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?

--No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si
estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No
he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese
o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción
está formada.

--Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto
Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice:
Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra
mí?

--¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer
lugar, la detención de usted no me serviría para nada.

--¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está
convencido, debería usted...

--¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que
sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted
lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que
careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.
¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por
un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto
que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de
él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de
usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición
a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que
toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le
detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo
en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi
venida...

--¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.

--... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no
quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque,
créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,
pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya
a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido
más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que
me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy
bastante franco?

Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.

--Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras,
no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la
evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?

--No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré
el otro día; Dios me la ha enviado.

--¿Qué prueba es ésa?

--No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de
contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier
resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es
únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico:
créalo usted, Rodión Romanovitch.

El joven se sonrió con expresión de cólera.

--El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos
que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir
a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel,
estaría _en reposo_?

--¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la
letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo.
Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al
culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía
personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si
en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir
que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el
provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando,
puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en
qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido
sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,
el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el
tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se
lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre
usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un
carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más
que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre
honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.

Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego
sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.

--¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que
su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la
diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.

--Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me
temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.

Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.

--No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--.
Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de
pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!

--¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?

--La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le
reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por
otra parte, su condena no será perpetua.

--¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.

--¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse
culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!

--¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono
despreciativo el joven.

Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.

--Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle
groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de
la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir
en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza
ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni
con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión
acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían
arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de
haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y
vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,
de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra
usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es
usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente
de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se
preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo
solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa
usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más
tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por
eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más
que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción
cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede
saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su
valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.
Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la
vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.

Raskolnikoff se estremeció.

--Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué
suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?

--¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible
y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero
un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla
al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá
no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto
el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las
comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige
usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?
De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,
y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas
son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le
pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio,
convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos
le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.

--¿Cuándo piensa usted detenerme?

--Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga
usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire.
El consejo que le doy es bueno, créalo usted.

--¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.

--No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora,
esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_
ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría.
¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse
una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese
usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede
pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted
a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún,
estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien,
se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree;
pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran
cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede
parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai
tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.

Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.

--¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta.
Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.

--Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego
que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un
hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he
confesado nada... no lo olvide usted.

--Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted,
querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero
no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo
que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero
tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de
que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de
acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un
billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la
piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire
buenos pensamientos.

Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó
a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus
cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En
seguida salió de ella apresuradamente.


III

Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía
esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso.
Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una
explicación.

Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá
ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?

Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido.
Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no
quería decir que no lo haría más tarde.

Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que
no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se
fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado
demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que
fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más
que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión
mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un
inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
estado que los días precedentes.

Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha
para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por
ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
casa del juez de instrucción?

¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!

Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de
él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los
náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que
empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba
este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal
vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a
casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba
espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia
sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar
la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo
Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.

No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad
misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de
él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de
Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose
de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.

Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.

«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--;
ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de
emplearlo como arma contra Dunia?»

Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se
había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en
aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se
le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría
extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en
denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y
la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San
Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a
Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo
caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero
si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
hermana, le mataré.»

Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En
dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas
las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí
se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también
gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror.
Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más
a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar
hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo.
La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse;
pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde.
Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de
la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos
sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los
labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
carcajada.

--¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la
ventana.

El joven subió.

Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran
sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un
estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar.
Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un
vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero
y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien
portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de
cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto,
bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de
la otra sala.

--¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.

La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes
también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su
fisonomía cierta expresión de respeto.

--¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.

--No bebo vino--dijo Raskolnikoff.

--Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
retirarte.

Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo.
Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen
hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano
de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel
respeto servil.

Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a
San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del
establecimiento.

--Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al
salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!

--¿Por qué no añade usted que es un milagro?

--Porque quizá no es más que una casualidad.

--Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo
Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es
más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch,
cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por
usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla;
por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.

--¿Sólo por eso?

--Me parece que es bastante.

Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no
había bebido más que un vaso de vino espumoso.

--Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o
no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff.

--Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante
todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es
sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el
camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?

--Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff.

--No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección
se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos,
jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual
en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción
solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en
toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que
le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y
cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente
que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios
y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en
rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No
tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.

--¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en
Svidrigailoff una mirada investigadora.

--No--respondió éste asombrado--; no sé nada.

--Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.

--Está bien. No hablaremos de usted.

--Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
_traktir_ como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace
un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.

--¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de
usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy
bien.

--Podía tener razones... usted lo sabe.

--Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?

Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía
una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un
elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
valor.

--Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la
cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído
advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y
quizá bien pronto será demasiado tarde.

--¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff,
mirándole con curiosidad.

--Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío.

--Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted
siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se
comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle.
Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.

--¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?

--Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación.
Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes
razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta
es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted,
por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio,
sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es
verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--.
Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.

--¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?

--¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable _traktir_ me paso
todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un
gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que
yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón,
y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de
un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto
al vino sólo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche.
Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera
un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted
creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni
periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.

--¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?

--¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años
en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo.
Ahí tiene mi biografía.

--Según parece, es usted jugador.

--¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.

--¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?

--Sí.

--Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.

--Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?

--Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.

--No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco
fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es
sólo por las mujeres.

--¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?

Svidrigailoff se sonrió.

--Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece
que le escandaliza lo que le digo.

--¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?

--¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de
renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.

Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber
venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.

--¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la
tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta,
puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos
el tiempo.

--Sea; mas espero que usted...

--No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla
comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando
no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso
es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa
de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me
llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, _exigió_ de mí
que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que
hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté
de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a
conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en
los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos!
Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la
propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación.
Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna
no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y
por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin
entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre
nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí
en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró
de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese
usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los
ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus
miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un
ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted
lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre
despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir
eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y
que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted
a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía
reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno,
etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera
hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya
conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer
había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón
de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con
mucha atención... interesante joven...

Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
y aunque apenas había bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar
señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse
de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
consideraba como su más peligroso enemigo.

--Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted
ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más
atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos
extremos.

Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.

--¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?

--Estoy persuadido; pero no se trata de eso.

--¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó
Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--.
Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que
pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de
los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me
miraba con repugnancia?

--Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted
infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más
pronto posible.

--¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más
mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.

--Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que
demuestra?

--¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que
debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco
más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo,
agua!

Tomó la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tiró
por la ventana. Felipe trajo agua.

--Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?

--Ya me lo había dicho usted.

--¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras,
cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma
dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi
futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba,
no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted
irse aún?

--No, ahora no le dejo a usted.

--¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted
mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar
de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto
será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre
melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo
el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte,
esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré
pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a
la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está
enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no
deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está
empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija
mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que
mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis
años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos
datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna.
Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que
verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose
del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No
conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí,
esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas
lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por
otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente,
es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen
Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo
dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandecía.
Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó
un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa
buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos
los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que
mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho.
Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un
pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de
entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa
de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.

--¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer
semejante matrimonio?

--¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va
a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia
sus exclamaciones de indignación?

Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.

--Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero
ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.

Salió del _traktir_. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de
Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una
cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus
movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía
cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las
aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del
extraño personaje.

Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:

--Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.

Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.


IV

Raskolnikoff se puso a seguirle.

--¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo
haberle dicho a usted...

--Esto significa que estoy decidido a acompañarle.

--¿Qué?

Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.

--En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho
lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus
odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que
esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el
tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas
y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero
esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...

Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería
convencerse.

--¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?

--Llámela usted.

Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de
Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba
en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y
amistoso.

--¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha
despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo
para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer
perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le
advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré,
montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas...
¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?

--Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,
sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido
a las exequias de su madrastra.

--Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a
llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo
conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He
proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para
los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario
para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de
Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido
un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada
Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en
cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.

--No importa, de todos modos entraré en su casa.

--Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para
qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este
momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted
a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción
le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le
recompense de ese modo!...

--¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?

--¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta
observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no
está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a
mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese
parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta
usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda
sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.

--No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff.

--Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,
como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado
esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree
haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso
lo que tiene el propósito de hacer?

--Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así
le libraré de mi presencia.

--¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de
subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía
Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo
a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la
señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha
salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y
acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa.
¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi
cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil
negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;
quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo
de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan
todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada
tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en
la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a
las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted?
Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted?
Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a
llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.

Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese
Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin
responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del
Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que
Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba
y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás.
Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se
encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al
puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie,
a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al
puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,
Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;
durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver
que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía
rápidamente hacia ella.

Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se
quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un
rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó
comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano
no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer
ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.

--Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que
Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha
venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que
me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una
carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado
de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?

--Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi
hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su
compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la
calle.

--En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben
hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía
Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a
toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que
poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.

Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a
Svidrigailoff.

--¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el
campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a
usted.

--¿Sofía Semenovna está avisada?

--No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa.
Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el
entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste
haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta
siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la
menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo
cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve
usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado
ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla
si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí,
en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto
de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes
vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué
tengo yo de terrible?

Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió.
Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba
levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución
inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas
palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa
joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.

--Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame
usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema
palidez de su semblante.

Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.

--Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una
contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir
más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo
también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto
dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré
a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas
dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora
Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.
Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,
el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un
conocimiento exacto de todos los lugares.

Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba
en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso
ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo
advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto
modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar
dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de
la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en
comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff
mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin
comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió
Svidrigailoff la explicación.

--¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa
puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se
encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para
escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada
precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y
hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla,
escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos
tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de
alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?

--Que ha sido un espía.

--Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.

Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un
asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le
brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado
tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad
que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de
desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff,
acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba
en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta.
Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era
nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.

--Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima
de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a
entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de
usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa
usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este
cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo
que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho
nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;
hable, pues; pero le advierto que no le creo.

Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante
la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.

--Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi
casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?

--No me atormente más y hable, hable usted.

--Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía
verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la
acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con
usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer
discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo
demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué
he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?

--¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?

--No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión
Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna.
Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a
la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había
empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la
hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,
entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a
las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito
era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que,
palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el
secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo
referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted
tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.

--¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor
razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una
mentira.

--El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó
dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni
de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo
bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha
atrevido a utilizarlo.

--¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este
pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce?
¿Le cree usted capaz de ser ladrón?

--Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de
variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;
he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un
correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción
laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la
hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito
al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?

--Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--.
¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero
verla en seguida. Es menester que ella...

Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.

--Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta
hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha
vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.

--¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que
mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de
cólera que la ponía fuera de sí.

Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se
apresuró a acercarle.

--¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua;
beba usted un poco.

Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.

«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo
el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión
Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.
¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de
aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,
su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán
su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo
está usted? ¿Cómo se siente?

--¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!

--¿A dónde quiere usted ir?

--A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa
puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo
la ha cerrado usted?

--No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que
usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted
causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo
irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor
imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he
visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese,
vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a
venir a mi casa; pero siéntese usted.

Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.

--¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?

--Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja.

Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.

Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.

--Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--.
Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente
para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno
para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia
puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su
madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como
el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de
su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.
Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré
lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire
usted de ese modo, que me mata!

Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de
enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a
sacudirla con todas sus fuerzas.

--¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No
hay nadie en esta casa?

Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y
una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.

--No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se
equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.

--¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!

--La he perdido y no puedo encontrarla.

--¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y
se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.

Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando
hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro
extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio.
Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su
rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.

--Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,
la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas.
Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto
de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que
usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si
usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte,
nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va
sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a
su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de
una violación, Advocia Romanovna.

--¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.

--Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente
desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como
usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho
ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que
consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he
propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a
las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos.
Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.

Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien
a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su
resolución.

De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la
mesa, al alcance de su mano.

Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento
hacia adelante.

--¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por
completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se
ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin?
¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las
lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán
sido inútiles.

--Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado
tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él
cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso,
te juro que te mato!

Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si
llegaba el caso.

--Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple
curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.

--Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu
mujer, lo sé; tú también eres un asesino.

--¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?

--Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé
que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.

--Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías
sido la causa.

--¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!

--Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por
convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en
los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la
luna, mientras cantaba el ruiseñor.

--¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes,
calumniador!

--¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que
se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás,
precioso monstruo; pues bien, anda!

Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer
fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.
Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus
grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff!
Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los
cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff
se detuvo.

--Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es
esto? Tengo sangre.

Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría
a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del
cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de
estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.

--Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;
espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de
siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla
antes de que pueda usted defenderse.

Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su
perseguidor.

--¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar
otra vez! ¡Le mataré!

--A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero
si no me mata, entonces...

En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su
pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el
tiro.

--No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene
ésta aún una cápsula; espero.

En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,
que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre
moriría antes que renunciar a su designio.

Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.

De repente la joven tiró el revólver.

--¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró
libremente.

No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía
aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo
la naturaleza del alivio que experimentó.

Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la
joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso
hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.

--¡Suéltame!--suplicó Dunia.

Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se
echó a temblar.

--¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja.

Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.

--¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado.

--¡Nunca!--murmuró la joven.

Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de
Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión
indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor
del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse
delante de la ventana.

--Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo
izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse
hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto.

Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la
mesa para tomar la llave.

--¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff.

No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra
«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no
dejaba lugar a dudas.

Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente
de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del
canal, en la dirección del puente***.

Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al
cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se
pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña
sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía
sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó
la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta.
Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver
pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas
vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el
arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.


V

Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo
recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pagó
las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los
mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña
simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada,
y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.
Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó
la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente
el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los
dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir
con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué
elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto
de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó
comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido
a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto
de aquella operación _comercial_. Por último, se averiguó que el
objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La
cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa
hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que
se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante
toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se
había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse
servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se
amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta
tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se
encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el
dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el
dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó
que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de
su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.

La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de
Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente
al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo
una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron
asustados.

Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se
sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.

--Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como
según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a
fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de
esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente
(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente
tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y
a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a
cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí
tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos
del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto
quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es
necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de
este modo.

--Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y
conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las
gracias no crea usted que...

--Bueno, basta; basta...

--En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco
mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en
mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su
ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...

--Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted
objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre
dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.

Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su
interlocutor.

--No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de
sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto.
Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es
el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le
acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero.
Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que
le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha
prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume
usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora
de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted
enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si
mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de
mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la
vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A
propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al
señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho.
Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a
entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.

Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.
Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;
pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.

--¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo
tan malo?

--Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi
querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted
útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin;
dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide
usted.

Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un
sentimiento de temor.

La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy
inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se
presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban
un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de
que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el
primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería
una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta
suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales
por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre
enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas.
Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo,
saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,
y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la
_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.

Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las
circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de
costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le
dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer
su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le
obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le
traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que
desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en
vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este
regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello
una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo,
por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia
se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente
calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se
levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla,
y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba
perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad
infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su
futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo
sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las
madres.

A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había
cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de
media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si
buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de
la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era
infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de
madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz.
Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el
corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado
le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la
escalera; era el único disponible.

--¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff.

--Puede hacerse.

--¿Qué hay además?

--Carne, aguardiente, entremeses.

--Tráeme carne y te.

--¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el
camarero.

--No.

El hombre harapiento se alejó muy contrariado.

«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó
Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que
vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino.
Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»

Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era
tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff
podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy
sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería
destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su
primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que
daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso
la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero
un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer
su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura
del tabique.

En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en
pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,
era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz
plañidera:

--Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del
fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.

El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un
hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba
una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo
que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la
mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de
aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y
servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro,
Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.

Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo
«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se
retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza
de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que
comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán
y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.

«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo.

La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento
zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto
olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba
más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera
querido fijar en algo su imaginación.

«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y
de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio
de la tempestad y de las tinieblas!»

Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,
había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el
pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie
sobre el puente, contemplaba el río.

«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de
repente una idea extraña le hizo sonreír.

«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las
comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que
en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido
hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al
frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables...
Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están
acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a
poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor
agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes
había tenido con la joven.

«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie;
jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal
signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he
aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe
adónde habría llegado!»

Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal
como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver
incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de
espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de
lo oprimido que tenía el corazón.

«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»

Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le
pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo
del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un
ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería
destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable
le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se
incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón
sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del
lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por
entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió
debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero
en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él
y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en
la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el
viento continuaba silbando en el exterior.

«Esto es insoportable»--se dijo con cólera.

Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.

«Más vale no dormir»--se dijo.

Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse
de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No
encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e
ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido
en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del
viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos
tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente
paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio...
En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto
inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de
la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones
chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos
medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos
blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos
ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff,
tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la
escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas,
como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,
había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto
de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las
ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los
pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre
una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un
féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado
de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba,
sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los
ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los
de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban
despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El
perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero
la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una
desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff
conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes,
ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a
los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había
destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida
vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación,
grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría
noche de deshielo.

Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana.
Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales,
exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al
rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo
la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin
duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas;
pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se
ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,
Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la
obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos
cañonazos.

«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los
barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en
las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y
renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus
cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora
es?»

En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió
tres campanadas.

«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en
seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»

Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero
en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar
la cuenta y dejar en seguida la posada.

«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»

Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no
encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un
rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un
objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la
luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y
lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia
de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con
expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen
hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato,
comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba
transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?»
Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en
toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de
pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato
interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota».
Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada.
Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin
duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el
castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia.
Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar
furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la
noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,
y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada,
tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la
tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a
desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos,
tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.
Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha.
La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado,
Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.

«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué
tontería!»

En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes
el hotel.

«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante
en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada
sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó
con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía
con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se
habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era
mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.

«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que
ha bebido.»

Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó
advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña
durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas
maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.

«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»

En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen
esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe
en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel
rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,
de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a
Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen...
Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban
lujuria.

«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.
¿Es posible?»

Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los
brazos.

«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff.

Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.

Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no
estaba encendida; amanecía.

«He tenido una pesadilla.»

Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado.
Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato.
Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el
revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas
estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su
librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después
de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió
en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que
había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después
a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de
repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación:
un instante después estaba en la calle.

Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección
del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,
veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus
céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas,
con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y
la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía
leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin
del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro
muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.
Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un
instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la
vista una torre.

«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla
Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un
testigo.»

Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.

Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en
la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un
gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó
de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca
tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos
hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño
al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a
tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.

--¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta.

--Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff.

--Siga usted su camino.

--Voy al extranjero.

--¿Cómo al extranjero?

--A América.

--¿A América?

Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.

--¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.

--¿Por qué no?

--Porque éste no es sitio.

--No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di
que me he ido a América.

Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.

--¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo
desmesuradamente los ojos.

Svidrigailoff oprimió el gatillo.


VI

Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se
dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban
ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado
Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún.
Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba
resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están
acostumbradas a ver en mí un ser original.»

Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la
fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía
veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven
había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su
partido estaba tomado.

Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la
criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se
quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la
mano, le llevó a la sala.

--¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--.
No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la
que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre,
ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde
la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!

--¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff.

--Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que
iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;
lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres
de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más
inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,
que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras
tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos,
¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios
mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez,
el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo
ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer
momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.
«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a
ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los
grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo,
hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como
soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.

--Enséñamelo, mamá.

Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada
sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al
verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que
veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro
héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un
instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo
y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura
le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los
últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico
sobre la mesa.

--Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin
embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros
puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han
atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había
ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender
qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la
misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace
seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado,
vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería
mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al
colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te
ocupas en cosas más importantes...

--¿Dunia no está aquí, mamá?

--No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio
Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.
Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo
de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como
yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en
cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que
Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti
y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda
aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante
tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú,
Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender
tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me
contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti
en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo
desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.

Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.

--¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso
nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido
una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...

--No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame,
te lo suplico.

Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.

--Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como
ahora?--preguntó de repente.

Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes
que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.

--¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién
se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese
semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.

--El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,
y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que
no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas
desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo
y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré
de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa
seguridad.

Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y
lloró silenciosamente.

--No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído
sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento
me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la
intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de
esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche
pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído
algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el
momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución;
tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a
punto de partir, ¿no es verdad?

--Sí.

--Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.
Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos
también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por
hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el
viaje... Pero... ¿a dónde vas?

--Adiós, mamá.

--¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación
eterna.

--No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.

--¿Y no puedo ir contigo?...

--No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu
plegaria.

--¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!

Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella
entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar
a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,
hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria
Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna
pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible
y que su suerte iba a decidirse en seguida.

--¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete
ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias
y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos,
en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y
después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre
su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es
porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde
en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu
cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte,
que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?

--No.

--¿Volverás?

--Sí, volveré.

--Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?

--Muy lejos.

--¿Tendrás allí un empleo, una posición?

--Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.

Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con
expresión de desesperado dolor.

--¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora
sentía profundamente haber venido.

--¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida?
¿Vendrás mañana?

--Sí, sí; adiós.

Al fin logró escapar.

La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo
había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería
acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier
encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto
advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su
tarea para mirarle con curiosidad.

«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso
Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia.
La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a
su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral.
Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los
ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a
Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.

--¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula.

--He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos
verte allí.

Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una
silla.

--Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre
todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.

Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.

--¿Dónde has pasado la última noche?

--No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas
veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención
era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja,
tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus
palabras.

--¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y
yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!

Raskolnikoff se sonrió amargamente.

--No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra
madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo,
le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este
momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.

--¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó
Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle
_aquello_?

--No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz
alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto.
He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia.
Soy un hombre bajo...

--Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás,
¿verdad?

--Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero
en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre
fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?

--Sí, Rodia.

Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se
consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.

--¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al
agua?--preguntó sonriendo con tristeza.

--¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición.

Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los
ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el
joven se levantó.

--La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé
por qué lo hago.

Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.

--Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?

--¿Lo dudabas?

La joven lo estrechó contra su pecho.

--¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu
crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.

--¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el
de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y
perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a
los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta
pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por
todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar
voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi
cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por
bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que
no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.

--¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has
vertido sangre?--exclamó Dunia consternada.

--¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia
creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las
personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en
seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad.
Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba
yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas
acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o,
mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece
ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen
estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella
tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de
la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo...
Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi
objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que
para que se me arroje a los perros.

--No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?

--Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por
qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que
asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer
signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni
nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte
ni he estado más convencido que en este momento.

Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando
acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por
casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su
exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor
había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.

--Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún
perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es
tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que
hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes
de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me
he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar
su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no
os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino,
trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí
alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora,
adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas,
una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese
modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me
olvidaba...

Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una
miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona,
la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel
rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.

--Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distraídamente--;
hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan
lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--;
ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me
alegro de que haya muerto.

Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:

--Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer,
y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me
es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido
cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento?
¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar
el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al
Neva, he comprendido que era un cobarde.

Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había
estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en