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Title: El Señor y los demás son Cuentos
Author: Alas, Leopoldo
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Señor y los demás son Cuentos" ***

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Bowitts (Carolina), María C. Fenández Q. and the Online
                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en it\xE1licas est\xE1n indicadas con _guiones bajos_.

Ciertas reglas de acentuaci\xF3n ortogr\xE1fica del castellano cuando esta
obra fue publicada por primera vez, en 1919, eran diferentes a las
existentes cuando se realiz\xF3 la transcripci\xF3n.

Por ejemplo vi\xF3, fu\xE9, di\xF3 en esa \xE9poca llevaban acento ortogr\xE1fico,
mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortogr\xE1fico,
como "re\xEDr" y "o\xEDr", cuando la obra fue publicada no llevaban acento
ortogr\xE1fico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripci\xF3n ha
sido el de respetar las reglas de la Real Academia Espa\xF1ola vigentes
en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de
Diccionarios Acad\xE9micos de la Real Academia Espa\xF1ola.

Errores evidentes de impresi\xF3n y de puntuaci\xF3n han sido
corregidos.

La cubierta del libro en la versi\xF3n HTML fue creada por el Transcriptor
y ha sido puesta en el dominio p\xFAblico.

El \xCDndice de cap\xEDtulos ha sido trasladado al principio de la obra a
continuaci\xF3n del pr\xF3logo.

                   *       *       *       *       *

                          COLECCI\xD3N UNIVERSAL


                        Leopoldo Alas (Clar\xEDn)

                    EL SE\xD1OR Y LO DEM\xC1S SON CUENTOS


                                MCMXIX


                                                 ES PROPIEDAD
                                          Copyright by Leopoldo Alas
                                               Arg\xFCelles. 1919.


       Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPA\xD1OLA.


                          COLECCI\xD3N UNIVERSAL

                             LEOPOLDO ALAS
                               (CLAR\xCDN)



                               El Se\xF1or
                        y lo dem\xE1s son cuentos

                            [Illustration]

                           MADRID-BARCELONA
                                MCMXIX


          \xABTipogr\xE1fica Renovaci\xF3n\xBB (C. A.), Larra, 8.--MADRID



_Uno de los nombres m\xE1s admirados--y temidos--de nuestra literatura
contempor\xE1nea ha sido el de Leopoldo Alas, que hizo famoso el seud\xF3nimo
de_ Clar\xEDn. _Fu\xE9 profesor de Derecho, escribi\xF3 tratados de Filosof\xEDa
del Derecho, art\xEDculos de cr\xEDtica, cuentos, novelas, y en todo cuanto
hizo, en sus escritos, en sus clases, en sus conversaciones, dej\xF3
la huella de un alto esp\xEDritu de sinceridad moral, de un ingenio
agud\xEDsimo, de una honda sensibilidad, de un dominio absoluto del arte
literario._

_Naci\xF3 en 1852 en Zamora, siendo su padre gobernador civil de aquella
provincia. La familia, asturiana de origen, regres\xF3 pronto a la
tierra cant\xE1brica, cuando_ Clar\xEDn _contaba a\xFAn pocos meses de edad.
En Asturias se cri\xF3_ Clar\xEDn; _all\xED estudi\xF3 y termin\xF3 la carrera de
Derecho. Aficionado a la literatura desde ni\xF1o, pas\xF3 a Madrid a
estudiar Filosof\xEDa y Letras, por los a\xF1os del reinado de D. Amadeo. En
la corte, no s\xF3lo se entreg\xF3 a sus estudios, sino que se dedic\xF3 tambi\xE9n
al cultivo de la cr\xEDtica en los peri\xF3dicos sat\xEDricos m\xE1s conocidos
entonces. Comenz\xF3 a firmar sus trabajos con el seud\xF3nimo de_ Clar\xEDn
_en_ El Solfeo.

_En 1881 obtuvo, por oposici\xF3n, la c\xE1tedra de Econom\xEDa pol\xEDtica de la
Universidad de Zaragoza. Poco tiempo despu\xE9s consigui\xF3 trasladarse a
Oviedo, ciudad en que vivi\xF3 hasta su muerte. Explic\xF3 Derecho romano y
Derecho natural. Desde la capital asturiana prosigui\xF3 su labor cr\xEDtica
y literaria, escribiendo los maravillosos cuentos que reedita ahora la_
"Colecci\xF3n Universal"; _sus novelas_ La regenta, Su \xFAnico hijo, _los
art\xEDculos de cr\xEDtica, en fin, amontonando esa tan copiosa como valiosa
producci\xF3n, cuyos caracteres, originales y profundos, aguardan a\xFAn un
estudio detenido que determine la aportaci\xF3n de_ Clar\xEDn _al patrimonio
de nuestra cultura_.

_Fu\xE9 su personalidad complej\xEDsima. No cabe analizarla en esta breve
rese\xF1a. Cr\xEDtico severo, implacable, derrib\xF3 muchas reputaciones
ficticias y alent\xF3 juveniles m\xE9ritos. Cuentista incomparable, supo
apresar en la brevedad de unas p\xE1ginas la emoci\xF3n tierna o fuerte.
Novelista, ha dejado en_ La Regenta _una de nuestras mejores obras
modernas. Por \xFAltimo fu\xE9 maestro, un maestro tan sugestivo como
apasionado, que derramaba en los esp\xEDritus j\xF3venes, con la sal de su
ingenio, la fecunda lluvia de su ciencia y la ternura de su coraz\xF3n.
Los que han tenido la fortuna de ser disc\xEDpulos de_ Clar\xEDn _guardan de
\xE9l un recuerdo imborrable_.



                                \xCDNDICE


                                                            P\xC1G.

        El Se\xF1or                                             7

        \xA1Adi\xF3s, Cordera!                                    34

        Cambio de luz                                       49

        El Centauro                                         70

        Rivales                                             77

        Protesto                                            96

        La yernocracia                                     108

        Un viejo verde                                     116

        Cuento futuro                                      127

        Un Jornalero                                       165

        Benedictino                                        178

        La Ronca                                           196

        La rosa de oro                                     210



                               EL SE\xD1OR

                                   I

No ten\xEDa m\xE1s consuelo temporal la viuda del capit\xE1n Jim\xE9nez que la
hermosura de alma y de cuerpo que resplandec\xEDa en su hijo. No pod\xEDa
lucirlo en paseos y romer\xEDas, teatros y tertulias, porque respetaba
ella sus tocas; su tristeza la inclinaba a la iglesia y a la soledad,
y sus pocos recursos la imped\xEDan, con tanta fuerza como su deber,
malgastar en galas, aunque fueran del ni\xF1o. Pero no importaba: en la
calle, al entrar en la iglesia, y aun dentro, la hermosura de Juan
de Dios, de tez sonrosada, cabellera rubia, ojos claros, llenos de
precocidad amorosa, h\xFAmedos, ideales, encantaba a cuantos le ve\xEDan.
Hasta el se\xF1or Obispo, var\xF3n austero que andaba por el templo como
temblando de santo miedo a Dios, m\xE1s de una vez se detuvo al pasar
junto al ni\xF1o, cuya cabeza dorada brillaba sobre el humilde trajecillo
negro como un vaso sagrado entre los pa\xF1os de enlutado altar; y sin
poder resistir la tentaci\xF3n, el buen m\xEDstico, que tantas venc\xEDa, se
inclinaba a besar la frente de aquella dulce imagen de los \xE1ngeles,
que cual un genio familiar frecuentaba el templo.

Los muchos besos que le daban los fieles al entrar y al salir de la
iglesia, transe\xFAntes de todas clases en la calle, no le consum\xEDan ni
marchitaban las rosas de la frente y de las mejillas; sac\xE1banles como
un nuevo esplendor, y Juan, humilde hasta el fondo del alma, con la
gratitud al general cari\xF1o, se enardec\xEDa en sus instintos de amor a
todos, y se dejaba acariciar y admirar como una santa reliquia que
empezara a tener conciencia.

Su sonrisa, al agradecer, centuplicaba su belleza, y sus ojos acababan
de ser vivo s\xEDmbolo de la felicidad inocente y piadosa al mirar en los
de su madre la misma inefable dicha. La pobre viuda, que por dignidad
no pod\xEDa mendigar el pan del cuerpo, recog\xEDa con noble ansia aquella
cotidiana limosna de admiraci\xF3n y agasajo para el alma de su hijo, que
entre estas flores, y otras que el jard\xEDn de la piedad le ofrec\xEDa en
casa, iba creciendo lozana, sin mancha, pur\xEDsima, lejos de todo mal
contacto, como si fuera materia sacramental de un culto que consistiese
en cuidar una azucena.

Con el h\xE1bito de levantar la cabeza a cada paso para dejarse acariciar
la barba, y ayudar, empin\xE1ndose, a las personas mayores que se
inclinaban a besarle, Juan hab\xEDa adquirido la costumbre de caminar con
la frente erguida; pero la humildad de los ojos quitaba a tal gesto
cualquier asomo de expresi\xF3n orgullosa.


                                  II

Cual una abeja sale al campo a hacer acopio de dulzuras para sus
mieles, Juan recog\xEDa en la calle, en estas muestras generales de lo
que \xE9l cre\xEDa universal cari\xF1o, cosecha de buenas intenciones, de \xE1nimo
piadoso y dulce, para el secreto labrar de m\xEDsticas puerilidades, a
que se consagraba en su casa, bien lejos de toda idea vana, de toda
presunci\xF3n por su hermosura; ajeno de s\xED propio, como no fuera en el
sentir los goces inefables que a su imaginaci\xF3n de santo y a su coraz\xF3n
de \xE1ngel ofrec\xEDa su \xFAnico juguete de ni\xF1o pobre, m\xE1s hecho de fantas\xEDas
y de combinaciones ingeniosas que de oro y oropeles. Su juguete \xFAnico
era su altar, que era su orgullo.

O yo observo mal, o los ni\xF1os de ahora no suelen tener altares.
Compadezco principalmente a los que hayan de ser poetas.

El altar de Juan, _su fiesta_, como se llamaba en el pueblo en que
viv\xEDa, era el poema m\xEDstico de su ni\xF1ez, poema hecho, si no de piedra,
como una catedral, de madera, plomo, talco, y sobre todo, luces de
cera. Ten\xEDalo en un extremo de su propia alcoba, y en cuanto pod\xEDa,
en cuanto le dejaban a solas, libre, cerraba los postigos de la
ventana, cerraba la puerta, y se quedaba en las tinieblas amables,
que iba as\xED como taladrando con estrellitas, que eran los puntos de
luz amarillenta, suave, de las velas de su santuario, delgadas como
juncos, que pronto consum\xEDa, cual d\xE9biles cuerpos virginales que
derrite un amor, el fuego. Hincado de rodillas delante de su altar,
sentado sobre los talones, Juan, artista y m\xEDstico a la vez, amaba
su obra, el tabern\xE1culo min\xFAsculo con todos sus santos de plomo, sus
resplandores de talco, sus misterios de muselina y cresp\xF3n, restos de
antiguas glorias de su madre cuando brillaba en el mundo, digna esposa
de un bizarro militar; y amaba a Dios, el Padre de sus padres, del
mundo entero, y en este amor de su misticismo infantil tambi\xE9n adoraba,
sin saberlo, su propia obra, las im\xE1genes de inenarrable inocencia,
frescas, lozanas, de la religiosidad naciente, confiada, feliz,
so\xF1adora. El universo para Juan ven\xEDa a ser como un gran nido que
notaba en infinitos espacios; las criaturas piaban entre las blandas
plumas pidiendo a Dios lo que quer\xEDan, y Dios, con alas, iba y ven\xEDa
por los cielos, trayendo a sus hijos el sustento, el calor, el cari\xF1o,
la alegr\xEDa.

Horas y m\xE1s horas consagraba Juan a su altar, y hasta el tiempo
destinado a sus estudios le serv\xEDa para su _fiesta_, como todos los
regalos y obsequios en met\xE1lico, que de vez en cuando recib\xEDa, los
aprovechaba para la _corbona_ o el gazofilacio de su iglesia. De sus
estudios de catecismo, de las f\xE1bulas, de la historia sagrada y aun de
la profana, sacaba partido, aunque no tanto como de su imaginaci\xF3n,
para los sermones que se predicaba a s\xED mismo en la soledad de su
alcoba, hecha templo, figur\xE1ndose ante una multitud de pecadores
cristianos. Era su p\xFAlpito un antiguo sill\xF3n, mueble tradicional en
la familia; que hab\xEDa sido como un regazo para algunos abuelos caducos
y \xFAltimo lecho del padre de Juan. El ni\xF1o se pon\xEDa de rodillas sobre
el asiento, apoyaba las manos en el respaldo, y desde all\xED predicaba
al silencio y a las luces que chisporroteaban, lleno de unci\xF3n,
arrebatado a veces por una elocuencia interior que en la expresi\xF3n
material se traduc\xEDa en frases incoherentes, en gritos de entusiasmo,
algo parecido a la _glosolalia_ de las primitivas iglesias. A veces,
fatigado de tanto sentir, de tanto perorar, de tanto imaginar, Juan de
Dios apoyaba la cabeza sobre las manos, haciendo almohada del antepecho
de su p\xFAlpito; y, con l\xE1grimas en los ojos, se quedaba como en \xE9xtasis,
vencido por la elocuencia de sus propios pensares, enamorado de aquel
mundo de pecadores, de ovejas descarriadas que \xE9l se figuraba delante
de su c\xE1tedra apost\xF3lica, y a las que no sab\xEDa c\xF3mo persuadir para que,
cual \xE9l, se derritiesen en caridad, en fe, en esperanza, habiendo en el
cielo y en la tierra tantas razones para amar infinitamente, ser bueno,
creer y esperar. De esta precocidad sentimental y m\xEDstica apenas sab\xEDa
nadie; de aquel llanto de entusiasmo piadoso, que tantas veces fu\xE9
roc\xEDo de la dulce infancia de Juan, nadie supo en el mundo jam\xE1s: ni su
madre.


                                  III

Pero s\xED de sus consecuencias; porque, como los r\xEDos van a la mar, toda
aquella piedad corri\xF3 naturalmente a la Iglesia. La pasi\xF3n m\xEDstica del
ni\xF1o hermoso de alma y cuerpo fu\xE9 convirti\xE9ndose en cosa seria; todos
la respetaron; su madre cifr\xF3 en ella, m\xE1s que su orgullo, su dicha
futura; y sin obst\xE1culo alguno, sin dudas propias ni vacilaciones de
nadie, Juan de Dios entr\xF3 en la carrera eclesi\xE1stica; del altar de su
alcoba pas\xF3 al servicio del altar de veras, del altar _grande_ con que
tantas veces hab\xEDa so\xF1ado.

Su vida en el seminario fu\xE9 una guirnalda de triunfos de la virtud,
que \xE9l apreciaba en lo que val\xEDan, y de triunfos acad\xE9micos que,
con mal fingido disimulo, despreciaba. S\xED; fing\xEDa estimar aquellas
coronas que hasta en las cosas santas se tejen para la vanidad; y
fing\xEDa por no herir el amor propio de sus maestros y de sus \xE9mulos.
Pero, en realidad, su coraz\xF3n era ciego, sordo y mudo para tal casta
de placeres; para \xE9l, ser m\xE1s que otros, valer m\xE1s que otros, era
una apariencia, una diab\xF3lica invenci\xF3n; nadie val\xEDa m\xE1s que nadie;
toda dignidad exterior, todo grado, todo premio eran fuegos fatuos,
in\xFAtiles, sin sentido. Emular glorias era tan vano, tan soso, tan
in\xFAtil como discutir; la fe defendida con argumentos le parec\xEDa
semejante a la fe defendida con la cimitarra o con el fusil. Atraves\xF3
por la filosof\xEDa escol\xE1stica y por la teolog\xEDa dogm\xE1tica sin la sombra
de una duda; supo mucho, pero a \xE9l todo aquello no le serv\xEDa para
nada. Hab\xEDa pedido a Dios, all\xE1 cuando ni\xF1o, que la fe se la diera de
granito, como una fortaleza que tuviese por cimientos las entra\xF1as de
la tierra, y Dios se lo hab\xEDa prometido con voces interiores, y Dios no
faltaba a su palabra.

A pesar de su carrera brillante, excepcional, Juan de Dios, con humilde
entereza, hizo comprender a su madre y a sus maestros y padrinos que
con \xE9l no hab\xEDa que contar para convertirle en una _lumbrera_, para
hacerle famoso y elevarle a las altas dignidades de la Iglesia. Nada
de p\xFAlpito; bastante se hab\xEDa predicado a s\xED mismo desde el sill\xF3n de
sus abuelos. La altura de la _c\xE1tedra_ era como un despe\xF1adero sobre
una sima de tentaci\xF3n: el orgullo, la vanidad, la falsa ciencia estaban
all\xED, con la boca abierta, monstruos terribles, en las obscuridades
del abismo. No condenaba a nadie; respetaba la vocaci\xF3n de obispos y
de Cris\xF3stomos que ten\xEDan otros, pero \xE9l no quer\xEDa ni medrar ni subir
al p\xFAlpito. No quiso pasar de coadjutor de San Pedro, su parroquia.
"\xA1Predicar! \xA1ah! s\xED--pensaba.--Pero no a los creyentes. Predicar...
all\xE1... muy lejos, a los infieles, a los salvajes; no a las Hijas de
Mar\xEDa que pueden ense\xF1arme a m\xED a creer y que me contestan con suspiros
de piedad y c\xE1nticos cristianos: predicar ante una multitud que me
contesta con flechas, con tiros, que me cuelga de un \xE1rbol, que me
descuartiza."

La madre, los padrinos, los maestros, que hab\xEDan visto claramente
cu\xE1n natural era que el ni\xF1o de aquella _fiesta_, de aquel altar,
fuera sacerdote, no ve\xEDan la \xFAltima consecuencia, tambi\xE9n muy natural,
necesaria, de semejante vocaci\xF3n, de semejante vida... el martirio:
la sangre vertida por la fe de Cristo. S\xED, \xE9se era su destino, \xE9sa su
elocuencia viril. El ni\xF1o hab\xEDa predicado, jugando, con la boca; ahora
el hombre deb\xEDa predicar, de una manera m\xE1s seria, por las bocas de
cien heridas...

Hab\xEDa que abandonar la patria, dejar a la madre; le esperaban las
misiones de Asia; \xBFc\xF3mo no lo hab\xEDan visto tan claramente como \xE9l su
madre, sus amigos?

La viuda, ya anciana, que se hab\xEDa resignado a que su Juan no fuera
_m\xE1s que santo_, no fuera una columna muy visible de la Iglesia, ni un
gran sacerdote, al llegar este nuevo desenga\xF1o, se resisti\xF3 con todas
sus fuerzas de madre.

"\xA1El martirio no! \xA1La ausencia no! \xA1Dejarla sola, imposible!"

La lucha fu\xE9 terrible; tanto m\xE1s, cuanto que era lucha sin odios, sin
ira, de amor contra amor: no hab\xEDa gritos, no hab\xEDa malas voluntades;
pero sangraban las almas.

Juan de Dios sigui\xF3 adelante con sus preparativos; fu\xE9 procur\xE1ndose la
situaci\xF3n propia del que puede entrar en el servicio de esas avanzadas
de la fe, que tienen casi seguro el martirio... Pero al llegar el
momento de la separaci\xF3n, al arrancarle las entra\xF1as a la madre viva...
Juan sinti\xF3 el primer estremecimiento de la religiosidad humana, fu\xE9
caritativo con la sangre propia, y no pudo menos de ceder, de sucumbir,
como \xE9l se dijo.


                                  IV

Renunci\xF3 a las misiones de Oriente, al martirio probable, a la poes\xEDa
de sus ensue\xF1os, y se redujo a buscar las grandezas de la vida buena
ahondando en el alma, prescindiendo del espacio. _Por fuera_ ya no
ser\xEDa nunca nada m\xE1s que el coadjutor de San Pedro. Pero en adelante
le faltaba un resorte moral a su vida interna; faltaba el im\xE1n que
le atra\xEDa; sent\xEDa la nostalgia enervante de un porvenir desvanecido.
"No siendo un m\xE1rtir de la fe, \xBFqu\xE9 era \xE9l? Nada." Supo lo que era
melancol\xEDa, desequilibrio del alma, por la primera vez. Su estado
espiritual era muy parecido al del amante verdadero que padece el
desenga\xF1o de un \xFAnico amor. Le rodeaba una especie de vac\xEDo que le
espantaba; en aquella nada que ve\xEDa en el porvenir cab\xEDan todos los
misterios peligrosos que el miedo pod\xEDa imaginar.

Puesto que no le dejaban ser m\xE1rtir, verter la sangre, ten\xEDa terror al
enemigo que llevar\xEDa dentro de s\xED, a lo que querr\xEDa hacer la sangre que
aprisionaba dentro de su cuerpo. \xBFEn qu\xE9 emplear tanta vida? "Yo no
puedo ser, pensaba, un \xE1ngel sin alas; las virtudes que yo podr\xEDa tener
necesitaban espacio; otros horizontes, otro ambiente: no s\xE9 portarme
como los dem\xE1s sacerdotes, mis compa\xF1eros. Ellos valen m\xE1s que yo, pues
saben ser buenos en una jaula."

Como una expansi\xF3n, como un ejercicio, busc\xF3 en la clase de trabajo
profesional que m\xE1s se parec\xEDa a su vocaci\xF3n abandonada una especie
de consuelo: se dedic\xF3 principalmente a visitar enfermos de dudosa
fe, a evitar que las almas se despidieran del mundo sin apoyar la
frente el que mor\xEDa en el hombro de Jes\xFAs, como San Juan en la
sublime noche eucar\xEDstica. Por dificultades materiales, por incuria
de los fieles, a veces por escaso celo de los cl\xE9rigos, ello era que
muchos mor\xEDan sin todos los Sacramentos. Infelices heterodoxos de
superficial incredulidad, en el fondo cristianos; cristianos tibios,
buenos creyentes descuidados, pasaban a otra vida sin los consuelos
del _oleum infirmorum_, sin el aceite santo de la Iglesia..., y como
Juan cre\xEDa firmemente en la espiritual eficacia de los Sacramentos, su
caridad fervorosa se empleaba en suplir faltas ajenas, multiplic\xE1ndose
en el servicio del Vi\xE1tico, vigilando a los enfermos de peligro y a
los moribundos. Corr\xEDa a las aldeas pr\xF3ximas, adonde alcanzaba la
parroquia de San Pedro; aun iba m\xE1s lejos, a procurar que se avivara
el celo de otros sacerdotes en misi\xF3n tan delicada e importante. Para
muchos esta especialidad del celo religioso de Juan de Dios no ofrec\xEDa
el aspecto de grande obra caritativa; para \xE9l no hab\xEDa mejor modo de
reemplazar aquella otra gran empresa a que hab\xEDa renunciado por amor a
su madre. Dar limosna, consolar al triste, aconsejar bien, todo eso lo
hac\xEDa \xE9l con entusiasmo...; pero lo principal era lo otro. Llevar _el
Se\xF1or_ a quien lo necesitaba. Conducir las almas hasta la puerta de la
salvaci\xF3n, darles para la noche obscura del viaje eterno la antorcha
de la fe, el Gu\xEDa Divino... \xA1el mismo Dios! \xBFQu\xE9 mayor caridad que \xE9sta?


                                   V

Mas no bastaba. Juan present\xEDa que su coraz\xF3n y su pensamiento
buscaban vida m\xE1s fuerte, m\xE1s llena, m\xE1s po\xE9tica, m\xE1s ideal. Las
lejanas aventuras apost\xF3licas con una cat\xE1strofe santa por desenlace
le hubieran satisfecho; la conciencia se lo dec\xEDa: aquella poes\xEDa
bastaba. Pero esto de ac\xE1 no. Su cuerpo robusto, de hierro, que parec\xEDa
predestinado a las fatigas de los largos viajes, a la lucha con los
climas enemigos, le daba gritos extra\xF1os con mil punzadas en los
sentidos. Comenz\xF3 a observar lo que nunca hab\xEDa notado antes, que sus
compa\xF1eros luchaban con las tentaciones de la carne. Una especie de
remordimiento y de humildad mal entendida le llev\xF3 a la aprensi\xF3n de
empe\xF1arse en sentir en s\xED mismo aquellas tentaciones que ve\xEDa en otros
a quien deb\xEDa reputar m\xE1s perfectos que \xE9l. Tales aprensiones fueron
como una sugesti\xF3n, y por fin sinti\xF3 la carne y triunf\xF3 de ella, como
los m\xE1s de sus compa\xF1eros, por los mismos sabios remedios dictados por
una santa y tradicional experiencia. Pero sus propios triunfos le daban
tristeza, le humillaban. \xC9l hubiera querido vencer sin luchar; no saber
en la vida de semejante guerra. Al pisotear a los sentidos rebeldes, al
encadenarlos con crueldad refinada, les guardaba rencor inextinguible
por la traici\xF3n que le hac\xEDan; la venganza del castigo no le apagaba
la ira contra la carne. "All\xE1 lejos--pensaba--no hubiera habido esto;
mi cuerpo y mi alma hubieran sido una armon\xEDa."


                                  VI

As\xED viv\xEDa, cuando una tarde, paseando, ya cerca del obscurecer, por la
plaza, muy concurrida de San Pedro, sinti\xF3 el choque de una mirada que
parec\xEDa ocupar todo el espacio con una infinita dulzura. Por sitios
de las entra\xF1as que \xE9l jam\xE1s hab\xEDa sentido, se le pase\xF3 un escalofr\xEDo
sublime, como si fuera precursor de una muerte de delicias: o todo iba
a desvanecerse en un suspiro de placer universal, o el mundo iba a
transformarse en un para\xEDso de ternuras inefables. Se detuvo; se llev\xF3
las manos a la garganta y al pecho. La misma conciencia, una muy honda,
que le hab\xEDa dicho que _all\xE1 lejos_ se habr\xEDa satisfecho brindando
con la propia sangre al amor divino, ahora le dec\xEDa, no m\xE1s clara: "O
aquello o esto." Otra voz, m\xE1s profunda, menos clara, a\xF1adi\xF3: "Todo es
uno." Pero "no"--grit\xF3 el alma del buen sacerdote--: "Son dos cosas;
\xE9sta m\xE1s fuerte, aqu\xE9lla m\xE1s santa. Aqu\xE9lla para m\xED, \xE9sta para otros."
Y la voz de antes, la m\xE1s honda, replic\xF3: "No se sabe."

La mirada hab\xEDa desaparecido. Juan de Dios se repuso un tanto y sigui\xF3
conversando con sus amigos, mientras de repente le asaltaba un recuerdo
mezclado con la reminiscencia de una sensaci\xF3n lejana. Oli\xF3, _con la
imaginaci\xF3n_, a agua de colonia, y vi\xF3 sus manos blancas y pulidas
extendi\xE9ndose sobre un grupo de fieles para que se las besaran. \xC9l era
un misacantano, y entre los que le besaban las manos perfumadas, las
puntas de los dedos, estaba un ni\xF1a rubia, de abundante cabellera de
seda rizada en ondas, de ojos negros, p\xE1lida, de expresi\xF3n de inocente
picard\xEDa mezclada con gesto de melanc\xF3lico y como vergonzante pudor.
Aqu\xE9llos eran los que acababan de mirarle. La ni\xF1a era ya una joven
esbelta, no muy alta, delgada, de una elegancia como enfermiza, como
una diosa de la fiebre. El amor por aquella mujer ten\xEDa que ir mezclado
con dulc\xEDsima caridad. Se la deb\xEDa querer tambi\xE9n para cuidarla. Ten\xEDa
un novio que no sab\xEDa de estas cosas. Era un joven muy rico, muy
fatuo, mimado por la fortuna y por sus padres. Ten\xEDa la mejor jaca de
la ciudad, el mejor t\xEDlburi, la mejor ropa; quer\xEDa tener la novia m\xE1s
bonita. Los diez y seis a\xF1os de aquella ni\xF1a fueron como una salida
del sol, en que se fij\xF3 todo el mundo, que deslumbr\xF3 a todos. De los
diez y seis a los diez y ocho la enfermedad que de a\xF1os atr\xE1s ayudaba
tanto a la hermosura de la rubia, que tanto hab\xEDa sufrido, desapareci\xF3
para dejar paso a la juventud. Durante estos dos a\xF1os, Rosario, as\xED
se llamaba, hubiera sido en absoluto feliz... si su novio hubiese
sido otro; pero el de la mejor jaca, el del mejor coche la quiso por
vanidad, para que le tuvieran envidia; y aunque para entrar en su
casa (de una viuda pobre tambi\xE9n, como la madre de Juan, tambi\xE9n de
costumbres cristianas) tuvo que prometer seriedad, y muy pronto se vi\xF3
obligado a prometer pr\xF3xima y segura coyunda, lo hizo aturdido, con
la vaga conciencia de que no faltar\xEDa quien le ayudara a faltar a su
palabra. Fueron sus padres, que quer\xEDan algo mejor (m\xE1s dinero) para su
hijo.

El pollo se fu\xE9 a viajar, al principio de mala gana; volvi\xF3 y al
emprender el segundo viaje ya iba contento. Y as\xED siguieron aquellas
relaciones, con grandes intermitencias de viajes, cada vez m\xE1s largos.
Rosario estaba enamorada, padec\xEDa... pero ten\xEDa que perdonar. Su madre,
la viuda, disimulaba tambi\xE9n, porque si el caprichoso gal\xE1n dejaba a su
hija el desenga\xF1o pod\xEDa hacerla mucho mal; la enfermedad, acaso oculta,
pod\xEDa reaparecer, tal vez incurable. A los diez y ocho a\xF1os Rosario era
la rubia m\xE1s espiritual, m\xE1s hermosa de su pueblo; sus ojos negros,
grandes y apasionados dolorosamente, los m\xE1s bellos, los m\xE1s po\xE9ticos
ojos...; pero ya no era el sol que sal\xEDa. Estaba acaso m\xE1s interesante
que nunca, pero al vulgo ya no se lo parec\xEDa. "Se seca"--dec\xEDan
brutalmente los muchachos que la hab\xEDan admirado, y pasaban ahora de
tarde en tarde por la solitaria plazoleta en que Rosario viv\xEDa.


                                  VII

Entonces fu\xE9 cuando Juan de Dios tropez\xF3 con su mirada en la plaza de
San Pedro. La historia de aquella joven lleg\xF3 a sus o\xEDdos, a poco que
quiso escuchar, por boca de los mismos amigos suyos, sacerdotes y todo.
Estaba el novio ausente; era la quinta o sexta ausencia, la m\xE1s larga.
La enfermedad volv\xEDa. Rosario luchaba; sal\xEDa con su madre porque no
dijeran; pero la rend\xEDa el mal, y pasaba temporadas de ocho y quince
d\xEDas en el lecho.

Las tristezas de la ni\xF1ez enfermiza volv\xEDan, m\xE1s ahora con la nueva
amargura del amor burlado, escarnecido. S\xED, escarnecido; ella lo
iba comprendiendo; su madre tambi\xE9n, pero se enga\xF1aban mutuamente.
Fing\xEDan creer en la palabra y en el amor del que no volv\xEDa. Las cartas
del ricacho escaseaban, y como era \xE9l poco escritor, dejaban ver la
frialdad, la distracci\xF3n con que _se redactaban_. Cada carta era una
alegr\xEDa al llegar, un dolor al leerla. Todo el bien que las recetas y
los consejos higi\xE9nicos del m\xE9dico pod\xEDan causar en aquel organismo
d\xE9bil, que se consum\xEDa entre ardores y melancol\xEDas, quedaba deshecho
cada pocos d\xEDas por uno de aquellos infames papeles.

Y ni la madre ni la hija procuraban un rompimiento que aconsejaba la
dignidad, porque cada una a su modo, tem\xEDan una cat\xE1strofe. Hab\xEDa, lo
dec\xEDa el doctor, que evitar una emoci\xF3n fuerte. Era menos malo dejarse
matar poco a poco.

La dignidad se defend\xEDa a fuerza de enga\xF1ar al p\xFAblico, a los
maliciosos que acechaban.

Rosario, cuando la salud lo consent\xEDa, trabajaba junto a su balc\xF3n,
con rostro risue\xF1o, desde\xF1ando las miradas de algunos adoradores que
pasaban por all\xED; pero no el trato del mundo como en los mejores d\xEDas
de sus amores y de su dicha. A veces la verdad pod\xEDa m\xE1s que ella y se
quedaba triste y sus miradas ped\xEDan socorro para el alma...

Todo esto, y m\xE1s, acab\xF3 por notarlo Juan de Dios, que para ir a muchas
partes pasaba desde entonces por la plazoleta en que viv\xEDa Rosario. Era
una rinconada cerca de la iglesia de un convento que ten\xEDa una torre
esbelta, que en las noches de luna, en las de cielo estrellado y en las
de vaga niebla, se destacaba rom\xE1ntica, ti\xF1endo de poes\xEDa m\xEDstica todo
lo que ten\xEDa a su sombra, y sobre todo el rinc\xF3n de casas humildes que
ten\xEDa al pie como a su amparo.


                                 VIII

Juan de Dios no di\xF3 nombre a lo que sent\xEDa, ni aun al llegar a verlo en
forma de remordimiento. Al principio aturdido, subyugado con el ego\xEDsmo
invencible del placer, no hizo m\xE1s que gozar de su estado. Nada ped\xEDa,
nada deseaba; s\xF3lo ve\xEDa que ya hab\xEDa para qu\xE9 vivir, sin morir en Asia.

Pero a la segunda vez que por casualidad su mirada volvi\xF3 a encontrarse
con la de Rosario, apoyada con tristeza en el antepecho de su balc\xF3n,
Juan tuvo miedo a la intensidad de sus emociones, de aquella sensaci\xF3n
dulc\xEDsima, y aplic\xF3 groseramente nombres vulgares a su sentimiento. En
cuanto la palabra interior pronunci\xF3 tales nombres, la conciencia se
puso a dar terribles gritos, y tambi\xE9n dict\xF3 sentencia con palabras
terminantes, tan groseras e inexactas como los nombres aqu\xE9llos. "Amor
sacr\xEDlego, tentaci\xF3n de la carne." "\xA1De la carne!" Y Juan estaba
seguro de no haber deseado jam\xE1s ni un beso de aquella criatura: nada
de aquella _carne_, que m\xE1s le enamoraba cuanto m\xE1s se desvanec\xEDa.
"\xA1Sofisma, sofisma!", gritaba el moralista oficial, el te\xF3logo...
y Juan se horrorizaba a s\xED mismo. No hab\xEDa m\xE1s remedio. Hab\xEDa que
confesarlo. \xA1Esto era peor!

Si la plasticidad tosca, grosera, injusta con que se representaba a
s\xED propio su sentir era ya cosa tan diferente de la verdad inefable,
_incalificable_ de su pasi\xF3n, o lo que fuera, \xBFcu\xE1nto m\xE1s impropio,
injusto, grosero, desacertado, incongruente hab\xEDa de ser el juicio que
_otros_ pudieran formar al _oirle_ confesar lo que sent\xEDa, pero sin
_oirle_ sentir? Juan, confusamente, comprend\xEDa estas dificultades:
que iba a ser injusto consigo mismo, que iba a alarmar excesivamente
al padre espiritual... \xA1No cab\xEDa explicarle la cosa bien! Busc\xF3 un
compa\xF1ero discreto, de experiencia. El compa\xF1ero no le comprendi\xF3. Vi\xF3
el pecado mayor, por lo mismo que era _rom\xE1ntico_, _plat\xF3nico_. "Era
que el diablo se disfrazaba bien; pero all\xED andaba el diablo."

Al oir de labios ajenos aquellas imposturas que antes se dec\xEDa \xE9l a
s\xED mismo, Juan sinti\xF3 voces interiores que sal\xEDan a la defensa de
su idealidad herida, profanada. Ni la clase de penitencia que se le
impon\xEDa, ni los consejos de higiene moral que le daban, ten\xEDan nada
que ver con su _nueva vida_: era otra cosa. Cambi\xF3 de confesor y
no cambi\xF3 de sentencia ni de pron\xF3sticos. M\xE1s irritada cada vez la
conciencia de la justicia en \xE9l, se revolv\xEDa contra aquella torpeza
para entenderla. Y, sin darse cuenta de lo que hac\xEDa, cambi\xF3 el rumbo
de su confesi\xF3n; presentaba el caso con nuevo aspecto, y los nuevos
confesores llegaron a convencerse de que se trataba de una tonter\xEDa
sentimental, de una ociosidad pseudom\xEDstica, de una cosa tan insulsa
como inocente.

Lleg\xF3 d\xEDa en que al abordar este cap\xEDtulo el confesor le mandaba pasar
a otra materia, sin oirle aquellos _platonismos_. Hubo m\xE1s. Lo mismo
Juan que sus sagrados confidentes, llegaron a notar que aquel ensue\xF1o
difuso, inexplicable, coincid\xEDa, si no era causa, con una disposici\xF3n
m\xE1s refinada en la moralidad del penitente: si antes Juan no ca\xEDa en
las tentaciones groseras de la carne, las sent\xEDa a lo menos; ahora,
no... jam\xE1s. Su alma estaba m\xE1s pura de esta mancha que en los mejores
tiempos de su esperanza de martirio en Oriente. Hubo un confesor, tal
vez indiscreto, que se detuvo a considerar el caso, aunque se guard\xF3 de
convertir la observaci\xF3n en receta. Al fin, Juan acab\xF3 por callar en el
confesonario todo lo referente a esta situaci\xF3n de su alma; y pues \xE9l
s\xF3lo en rigor pod\xEDa comprender lo que le pasaba, porque lo sent\xEDa, \xE9l
solo vino a ser juez y esp\xEDa y director de s\xED mismo en tal aventura.
Pas\xF3 tiempo, y ya nadie supo de la tentaci\xF3n, si lo era, en que Juan
de Dios viv\xEDa. Lleg\xF3 a abandonarse a su adoraci\xF3n como a una delicia
l\xEDcita, edificante.

De tarde en tarde, por casualidad siempre, pensaba \xE9l, los ojos de la
ni\xF1a enferma, asomada a su balc\xF3n de la rinconada, se encontraban con
la mirada furtiva, de rel\xE1mpago, del joven m\xEDstico, mirada en que hab\xEDa
la misma expresi\xF3n tierna, amorosa de los ojos del ni\xF1o que alg\xFAn d\xEDa
todos acariciaban en la calle, en el templo.

Sin remordimiento ya, saboreaba Juan aquella dicha sin porvenir, sin
esperanza y sin deseos de mayor contento. No ped\xEDa m\xE1s, no quer\xEDa m\xE1s,
no pod\xEDa haber m\xE1s.

No ambicionaba correspondencia que ser\xEDa absurda, que le repugnar\xEDa
a \xE9l mismo, y que rebajar\xEDa a sus ojos la pureza de aquella mujer a
quien adoraba idealmente como si ya estuviera all\xE1 en el cielo, en
lo inasequible. Con amarla, con saborear aquellos r\xE1pidos choques
de miradas ten\xEDa bastante para ver el mundo iluminado de una luz
pur\xEDsima, ba\xF1\xE1ndose en una armon\xEDa celeste llena de sentido, de
vigor, de promesas ultraterrenas. Todos sus deberes los cumpl\xEDa con
m\xE1s ahinco, con m\xE1s ansia; era un refresco espiritual sublime, de una
virtud m\xE1gica, aquella adoraci\xF3n muda, inocente adoraci\xF3n que no era
idol\xE1trica, que no era un fetichismo, porque Juan sab\xEDa supeditarla al
orden universal, al amor divino. S\xED; amaba y veneraba las cosas por su
orden y jerarqu\xEDa, s\xF3lo que al llegar a la ni\xF1a de la rinconada de las
Recoletas, el amor que se deb\xEDa a todo se impregnaba de una dulzura
infinita que transcend\xEDa a los dem\xE1s amores, al de Dios inclusive.

Para mayor prueba de la pureza de su idealidad, ten\xEDa el dolor que le
acompa\xF1aba. \xA1Ah, s\xED! Padec\xEDa ella, bien lo observaba Juan, y padec\xEDa
\xE9l. Era, en lo profano (\xA1qu\xE9 palabra!--pensaba Juan), como el amor a la
Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En rigor, todo el amor cristiano
era as\xED: amor doloroso, amor de luto, amor de l\xE1grimas.


                                  IX

"Bien lo ve\xEDa \xE9l; Rosario iba marchit\xE1ndose. Luchaba en vano, fing\xEDa
en vano." Juan la compadec\xEDa tanto como la amaba. \xA1Cu\xE1ntas noches, al
mismo tiempo, estar\xEDan ella y \xE9l pidiendo a Dios lo mismo: que volviera
aquel hombre por quien se mor\xEDa Rosario!--"S\xED, se dec\xEDa Juan, que
vuelva; yo no s\xE9 lo que ser\xE1 para m\xED verle junto a ella, pero de todo
coraz\xF3n le pido a Dios que vuelva. \xBFPor qu\xE9 no? Yo no aspiro a nada;
yo no puedo tener celos; yo no quiero su cuerpo, ni aun de su alma m\xE1s
que lo que ella da sin querer en cada mirada que por azar llega a la
m\xEDa. Mi cari\xF1o ser\xEDa infame si no fuera as\xED."--Juan no maldec\xEDa sus
manteos; no encontraba una cadena en su estado; no, cada vez era mejor
sacerdote, estaba m\xE1s contento de su destino. Mucho menos envidiaba
al clero protestante. Un disc\xEDpulo de Jes\xFAs casado... \xA1Ca! Imposible.
Absurdo. El protestantismo acabar\xEDa por comprender que el matrimonio
de los cl\xE9rigos es una torpeza, una fealdad, una falsedad que
desnaturaliza y empeque\xF1ece la idea cristiana y la misi\xF3n eclesi\xE1stica.
Nada; todo estaba bien. \xC9l no ped\xEDa nada para s\xED; todo para ella.

Rosario deb\xEDa estar muy sola en su dolor. No ten\xEDa amigas. Su madre no
hablaba con ella de la pena en que pensaban siempre las dos. El mundo,
la _gente_, no compadec\xEDa, espiaba con frialdad maliciosa. Algunas
voces de l\xE1stima humillante con que los vecinos apuntaban la idea de
que Rosario se quedaba sin novio, enferma y pobre, m\xE1s val\xEDa, seg\xFAn
Juan, que no llegasen a o\xEDdos de la joven.

S\xF3lo \xE9l compart\xEDa su dolor, s\xF3lo \xE9l sufr\xEDa tanto como ella misma. Pero
la ley era que esto no lo supiera ella nunca. El mundo era as\xED. Juan no
se sublevaba, pero le dol\xEDa mucho.

D\xEDas y m\xE1s d\xEDas contemplaba los postigos del balc\xF3n de Rosario,
entornados. El coraz\xF3n se le sub\xEDa a la garganta: "era que guardaba
cama; la debilidad la hab\xEDa vencido hasta el punto de postrarla."
Sol\xEDa durar semanas aquella tristeza de los postigos entornados;
entornados, sin duda, para que la claridad del d\xEDa no hiciese da\xF1o a
la enferma. Detr\xE1s de los vidrios de otro balc\xF3n, Juan divisaba a la
madre de Rosario, a la viuda enlutada, que cos\xEDa por las dos, triste,
meditabunda, sin levantar cabeza. \xA1Qu\xE9 solas estaban! No pod\xEDan
adivinar que \xE9l, un transe\xFAnte, las acompa\xF1aba en su tristeza, en su
soledad, desde lejos... Hasta ser\xEDa una ofensa para todos que lo
supieran.

Por la noche, cuando nadie pod\xEDa sorprenderle, Juan pasaba dos, tres,
m\xE1s veces por la rinconada; la torre po\xE9tica, misteriosa, o sumida
en la niebla, o destac\xE1ndose en el cielo como con un limbo de luz
estelar, le ofrec\xEDa en su silencio m\xEDstico un discreto confidente; no
dir\xEDa nada del misterioso amor que presenciaba ella, canci\xF3n de piedra
elevada por la fe de las muertas generaciones al culto de otro amor
misterioso. En la casa humilde todo era recogimiento, silencio. Tal vez
por un resquicio sal\xEDa del balc\xF3n una raya de luz. Juan, sin saberlo,
se embelesaba contemplando aquella claridad. "Si duerme ella, yo velo.
Si vela... \xBFqui\xE9n le dir\xEDa que un hombre, al fin soy un hombre, piensa
en su dolor y en su belleza espiritual, de \xE1ngel, aqu\xED, tan cerca... y
tan lejos; desde la calle... y desde lo imposible? No lo sabr\xE1 jam\xE1s,
jam\xE1s. Esto es absoluto: jam\xE1s. \xBFSabe que vivo? \xBFSe ha fijado en m\xED?
\xBFPuede sospechar lo que siento? \xBFAdivin\xF3 ella esta compa\xF1\xEDa de su
dolor?" Aqu\xED empezaba el pecado. No, no hab\xEDa que pensar en esto. Le
parec\xEDa, no s\xF3lo sacr\xEDlega, sino rid\xEDcula, la idea de ser querido... a
lo menos as\xED, como las mujeres sol\xEDan querer a los hombres. No, entre
ellos no hab\xEDa nada com\xFAn m\xE1s que la pena de ella, que \xE9l hab\xEDa hecho
suya.


                                   X

Una tarde de julio un ac\xF3lito de San Pedro busc\xF3 a Juan de Dios, en su
paseo solitario por las alamedas, para decirle que corr\xEDa prisa volver
a la iglesia para administrar el Vi\xE1tico. Era la escena de todos los
d\xEDas. Juan, seg\xFAn su costumbre, poco conforme con la general, pero s\xED
con las amonestaciones de la Iglesia, llevaba, adem\xE1s de la Eucarist\xEDa,
los Santos \xD3leos. El ac\xF3lito que tocaba la campanilla delante del
triste cortejo, guiaba. Juan no hab\xEDa preguntado _para qui\xE9n era_; se
dejaba llevar. Not\xF3 que el farol lo hab\xEDa cogido un caballero y que los
cirios se hab\xEDan repartido en abundancia entre muchos j\xF3venes conocidos
de buen porte. Salieron a la plaza y las dos filas de luces rojizas que
el bochorno de la tarde ten\xEDa como dormidas, se quebraron, paralelas,
torciendo por una calle estrecha. Juan sinti\xF3 una aprensi\xF3n dolorosa;
no pod\xEDa ya preguntar a nadie, porque caminaba solo, aislado, por medio
del arroyo, con las manos unidas para sostener las Sagradas Formas.
Llegaron a la plazuela de las Descalzas, y las luces, tras el triste
lamento de la esquila, gui\xE1ndose como un reba\xF1o de esp\xEDritus, m\xEDstico
y f\xFAnebre, subieron calle arriba por la de Cereros. En los Cuatro
Cantones, Juan vi\xF3 una esperanza: si la campanilla segu\xEDa de frente,
bajando por la calle de Plater\xEDas, bueno; si tiraba a la derecha,
tambi\xE9n; pero si tomaba la izquierda... Tom\xF3 por la izquierda, y por la
izquierda doblaban los cirios desapareciendo.

Juan sinti\xF3 que la aprensi\xF3n se le convert\xEDa en terrible
presentimiento, en congoja fr\xEDa, en temblor invencible. Apretaba
convulso su sagrada carga para no dejarla caer; los pies se le
enredaban en la ropa talar. El crep\xFAsculo en aquella estrechez, entre
casas altas, sombr\xEDas, pobres, parec\xEDa ya la noche. Al fin de la calle,
larga, angosta, estaba la plazuela de las Recoletas. Al llegar a ella
mir\xF3 Juan a la torre como pregunt\xE1ndole, como pidi\xE9ndole amparo...
Las luces tristes descend\xEDan hacia la rinconada, y las dos filas se
detuvieron a la puerta a que nunca hab\xEDa osado llegar Juan de Dios en
sus noches de vigilia amorosa y sin pecado. La comitiva no se mov\xEDa;
era \xE9l, Juan, el sacerdote, el que ten\xEDa que seguir andando. Todos le
miraban, todos le esperaban. Llevaba a Dios.

Por eso, porque llevaban en sus manos _el Se\xF1or_, la salud del alma,
pudo seguir, aunque despacio, esperando a que un pie estuviera bien
firme sobre el suelo para mover el otro. No era \xE9l quien llevaba el
Se\xF1or, era el Se\xF1or quien le llevaba a \xE9l: iba agarrado al sacro
dep\xF3sito que la Iglesia le confiaba como a una mano que del cielo le
tendieran. "\xA1Caer, no!" pensaba. Hubo un instante en que su dolor
desapareci\xF3 para dejar sitio al cuidado absorbente de no caer.

Lleg\xF3 al portal, inundado de luz. Subi\xF3 la escalera, que jam\xE1s hab\xEDa
visto. Entr\xF3 en una salita pobre, blanqueada, baja de techo. Un
altarcico improvisado estaba enfrente, iluminado por cuatro cirios.
Le hicieron torcer a la derecha, levantaron una cortina; y en una
alcoba peque\xF1a, humilde, pero limpia, fresca, santuario de casta
virginidad, en un lecho de hierro pintado, bajo una colcha de flores
de color de rosa, vi\xF3 la cabeza rubia que jam\xE1s se hab\xEDa atrevido a
mirar a su gusto, y entre aquel esplendor de oro vi\xF3 los ojos que le
hab\xEDan transformado el mundo mir\xE1ndole sin querer. Ahora le miraban
fijos, a \xE9l, s\xF3lo a \xE9l. Le esperaban, le deseaban; porque llevaba el
bien verdadero, el que no es barro, el que no es viento, el que no es
mentira. \xA1Divino Sacramento! pens\xF3 Juan que, a trav\xE9s de su dolor, vi\xF3
como en un cuadro, en su cerebro, la \xFAltima Cena y al ap\xF3stol de su
nombre, al dulce San Juan, al bien amado, que desfalleciendo de amor
apoyaba la cabeza en el hombro del Maestro que les repart\xEDa en un poco
de pan su cuerpo.

El sacerdote y la enferma se hablaron por la vez primera en la vida.
De las manos de Juan recibi\xF3 Rosario la Sagrada Hostia, mientras a los
pies del lecho, la madre, de rodillas, sollozaba.

Despu\xE9s de comulgar, la ni\xF1a sonri\xF3 al que le hab\xEDa tra\xEDdo aquel
consuelo. Procur\xF3 hablar, y con voz muy dulce y muy honda dijo que le
conoc\xEDa, que recordaba haberle besado las manos el d\xEDa de su primera
misa, siendo ella muy peque\xF1a; y despu\xE9s, que le hab\xEDa visto pasar
muchas veces por la plazuela.

--"Debe usted de vivir por ah\xED cerca..."

Juan de Dios contemplaba tranquilo, sin verg\xFCenza, sin remordimiento,
aquellos p\xE1lidos, aquellos pobres m\xFAsculos muertos, aniquilados.
"He aqu\xED _la carne_ que yo adoraba, que yo adoro", pens\xF3 sin miedo,
contento de s\xED mismo en medio del dolor de aquella muerte. Y se acord\xF3
de las velas como juncos que tan pronto se consum\xEDan ardiendo en su
altar de ni\xF1o.

Rosario misma pidi\xF3 la Extremaunci\xF3n. La madre dijo que era lo
convenido entre ellas. Era malo esperar demasiado. En aquella casa
no asustaban como s\xEDntomas de muerte estos santos cuidados de
la religi\xF3n sol\xEDcita. Juan de Dios comprendi\xF3 que se trataba de
cristianas verdaderas, y se puso a administrar el \xFAltimo sacramento sin
preparativos contra la aprensi\xF3n y el miedo; nada ten\xEDa que ver aquello
con la muerte, sino con la vida eterna. La presencia de Dios un\xEDa en un
v\xEDnculo puro, sin nombre, aquellas almas buenas. Este tocado \xFAltimo, el
supremo, lo hizo Rosario sonriente, aunque ya no pudo hablar m\xE1s que
con los ojos. Juan la ayud\xF3 en \xE9l con toda la pureza espiritual de su
dignidad, sagrada en tal oficio. Todo lo meramente humano estaba all\xED
como en suspenso.

Pero hubo que separarse. Juan de Dios sali\xF3 de la alcoba, atraves\xF3 la
sala, lleg\xF3 a la escalera... y pudo bajarla porque llevaba _el Se\xF1or_
en sus manos. A cada escal\xF3n tem\xEDa desplomarse. Haciendo eses lleg\xF3
al portal. El coraz\xF3n se le romp\xEDa. La transfiguraci\xF3n de all\xE1 arriba
hab\xEDa desaparecido. Lo humano, puro tambi\xE9n a su modo, volv\xEDa a
borbotones.

"\xA1No volver\xEDa a ver aquellos ojos!" Al primer paso que di\xF3 en la
calle, Juan se tambale\xF3, perdi\xF3 la vista y vino a tierra. Cay\xF3 sobre
las losas de la acera. Le levantaron; recobr\xF3 el sentido. El _oleum
infirmorum_ corr\xEDa lentamente sobre la piedra bru\xF1ida. Juan, aterrado,
pidi\xF3 algodones, pidi\xF3 fuego; se tendi\xF3 de bruces, empap\xF3 el algod\xF3n,
quem\xF3 el l\xEDquido vertido, enjug\xF3 la piedra lo mejor que pudo. Mientras
se afanaba, el rostro contra la tierra, secando la losa, sus l\xE1grimas
corr\xEDan y ca\xEDan, mezcl\xE1ndose con el \xF3leo derramado. Ces\xF3 el terror. En
medio de su tristeza infinita se sinti\xF3 tranquilo, sin culpa. Y una voz
honda, muy honda, mientras \xE9l trabajaba para evitar toda profanaci\xF3n,
frotando la piedra manchada de aceite, le dec\xEDa en las entra\xF1as:

"\xBFNo quer\xEDas el martirio por amor M\xEDo? Ah\xED le tienes. \xBFQu\xE9 importa en
Asia o aqu\xED mismo? El dolor y Yo estamos en todas partes."



                           \xA1ADI\xD3S, CORDERA!


\xA1Eran tres: siempre los tres! Rosa, Pin\xEDn y la _Cordera_.

El _prao_ Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde
tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma. Uno de sus
\xE1ngulos, el inferior, lo despuntaba el camino de hierro de Oviedo a
Gij\xF3n. Un palo del tel\xE9grafo, plantado all\xED como pend\xF3n de conquista,
con sus _j\xEDcaras_ blancas y sus alambres paralelos, a derecha e
izquierda, representaba para Rosa y Pin\xEDn el ancho mundo desconocido,
misterioso, temible, eternamente ignorado. Pin\xEDn, despu\xE9s de pensarlo
mucho, cuando a fuerza de ver d\xEDas y d\xEDas el poste tranquilo,
inofensivo, campechano, con ganas, sin duda, de aclimatarse en la aldea
y parecerse todo lo posible a un \xE1rbol seco, fu\xE9 atrevi\xE9ndose con \xE9l,
llev\xF3 la confianza al extremo de abrazarse al le\xF1o y trepar hasta cerca
de los alambres. Pero nunca llegaba a tocar la porcelana de arriba, que
le recordaba las _j\xEDcaras_ que hab\xEDa visto en la rectoral de Puao. Al
verse tan cerca del misterio sagrado, le acomet\xEDa un p\xE1nico de respeto,
y se dejaba resbalar de prisa hasta tropezar con los pies en el c\xE9sped.

Rosa, menos audaz, pero m\xE1s enamorada de lo desconocido, se contentaba
con arrimar el o\xEDdo al palo del tel\xE9grafo, y minutos, y hasta cuartos
de hora, pasaba escuchando los formidables rumores met\xE1licos que el
viento arrancaba a las fibras del pino seco en contacto con el alambre.
Aquellas vibraciones, a veces intensas como las del diapas\xF3n, que,
aplicado al o\xEDdo, parece que quema con su vertiginoso latir, eran para
Rosa los _papeles_ que pasaban, las _cartas_ que se escrib\xEDan por los
_hilos_, el lenguaje incomprensible que lo ignorado hablaba con lo
ignorado; ella no ten\xEDa curiosidad por entender lo que los de all\xE1,
tan lejos, dec\xEDan a los del otro extremo del mundo. \xBFQu\xE9 le importaba?
Su inter\xE9s estaba en el ruido por el ruido mismo, por su timbre y su
misterio.

La _Cordera_, mucho m\xE1s formal que sus compa\xF1eros, verdad es que,
relativamente, de edad tambi\xE9n mucho m\xE1s madura, se absten\xEDa de toda
comunicaci\xF3n con el mundo civilizado, y miraba de lejos el palo del
tel\xE9grafo, como lo que era para ella, efectivamente, como cosa muerta,
in\xFAtil, que no le serv\xEDa siquiera para rascarse. Era una vaca que
hab\xEDa vivido mucho. Sentada horas y horas, pues, experta en pastos,
sab\xEDa aprovechar el tiempo, meditaba m\xE1s que com\xEDa, gozaba del placer
de vivir en paz, bajo el cielo gris y tranquilo de su tierra, como
quien alimenta el alma, que tambi\xE9n tienen los brutos; y si no fuera
profanaci\xF3n, podr\xEDa decirse que los pensamientos de la vaca matrona,
llena de experiencia, deb\xEDan de parecerse todo lo posible a las m\xE1s
sosegadas y doctrinales odas de Horacio.

Asist\xEDa a los juegos de los pastorcicos encargados de _llindarla_,
como una abuela. Si pudiera, se sonreir\xEDa al pensar que Rosa y Pin\xEDn
ten\xEDan por misi\xF3n en el prado cuidar de que ella, la _Cordera_, no se
extralimitase, no se metiese por la v\xEDa del ferrocarril ni saltara a la
heredad vecina. \xA1Qu\xE9 hab\xEDa de saltar! \xA1Qu\xE9 se hab\xEDa de meter!

Pastar de cuando en cuando, no mucho, cada d\xEDa menos, pero con
atenci\xF3n, sin perder el tiempo en levantar la cabeza por curiosidad
necia, escogiendo sin vacilar los mejores bocados, y, despu\xE9s, sentarse
sobre el cuarto trasero con delicia, a rumiar la vida, a gozar el
deleite del no padecer, del dejarse existir: esto era lo que ella ten\xEDa
que hacer, y todo lo dem\xE1s aventuras peligrosas. Ya no recordaba cu\xE1ndo
le hab\xEDa picado la mosca.

"El _xatu_ (el toro), los saltos locos por las praderas adelante...
\xA1todo eso estaba tan lejos!"

Aquella paz s\xF3lo se hab\xEDa turbado en los d\xEDas de prueba de la
inauguraci\xF3n del ferrocarril. La primera vez que la _Cordera_ vi\xF3 pasar
el tren, se volvi\xF3 loca. Salt\xF3 la sebe de lo m\xE1s alto del Somonte,
corri\xF3 por prados ajenos, y el terror dur\xF3 muchos d\xEDas, renov\xE1ndose,
m\xE1s o menos violento, cada vez que la m\xE1quina asomaba por la trinchera
vecina. Poco a poco se fu\xE9 acostumbrando al estr\xE9pito inofensivo.
Cuando lleg\xF3 a convencerse de que era un peligro que pasaba, una
cat\xE1strofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en
pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo;
m\xE1s adelante no hac\xEDa m\xE1s que mirarle, sin levantarse, con antipat\xEDa y
desconfianza; acab\xF3 por no mirar al tren siquiera.

En Pin\xEDn y Rosa la novedad del ferrocarril produjo impresiones m\xE1s
agradables y persistentes. Si al principio era una alegr\xEDa loca, algo
mezclada de miedo supersticioso, una excitaci\xF3n nerviosa, que les
hac\xEDa prorrumpir en gritos, gestos, pantomimas descabelladas, despu\xE9s
fu\xE9 un recreo pac\xEDfico, suave, renovado varias veces al d\xEDa. Tard\xF3
mucho en gastarse aquella emoci\xF3n de contemplar la marcha vertiginosa,
acompa\xF1ada del viento, de la gran culebra de hierro, que llevaba dentro
de s\xED tanto ruido y tantas castas de gentes desconocidas, extra\xF1as.

Pero tel\xE9grafo, ferrocarril, todo eso, era lo de menos: un accidente
pasajero que se ahogaba en el mar de soledad que rodeaba el _prao_
Somonte. Desde all\xED no se ve\xEDa vivienda humana; all\xED no llegaban
ruidos del mundo m\xE1s que al pasar el tren. Ma\xF1anas sin fin, bajo los
rayos del sol a veces, entre el zumbar de los insectos, la vaca y
los ni\xF1os esperaban la proximidad del mediod\xEDa para volver a casa. Y
luego, tardes eternas, de dulce tristeza silenciosa, en el mismo prado,
hasta venir la noche, con el lucero vespertino por testigo mudo en la
altura. Rodaban las nubes all\xE1 arriba, ca\xEDan las sombras de los \xE1rboles
y de las pe\xF1as en la loma y en la ca\xF1ada, se acostaban los p\xE1jaros,
empezaban a brillar algunas estrellas en lo m\xE1s obscuro del cielo
azul, y Pin\xEDn y Rosa, los ni\xF1os gemelos, los hijos de Ant\xF3n de Chinta,
te\xF1ida el alma de la dulce serenidad so\xF1adora de la solemne y seria
Naturaleza, callaban horas y horas, despu\xE9s de sus juegos, nunca muy
estrepitosos, sentados cerca de la _Cordera_, que acompa\xF1aba el augusto
silencio de tarde en tarde con un blando son de perezosa esquila.

En este silencio, en esta calma inactiva, hab\xEDa amores. Se amaban
los dos hermanos como dos mitades de un fruto verde, unidos por la
misma vida, con escasa conciencia de lo que en ellos era distinto,
de cuanto los separaba; amaban Pin\xEDn y Rosa a la _Cordera_, la vaca
abuela, grande, amarillenta, cuyo testuz parec\xEDa una cuna. La _Cordera_
recordar\xEDa a un poeta la _zavala_ del Ramayana, la vaca santa; ten\xEDa
en la amplitud de sus formas, en la solemne serenidad de sus pausados
y nobles movimientos, aires y contornos de \xEDdolo destronado, ca\xEDdo,
contento con su suerte, m\xE1s satisfecha con ser vaca verdadera que dios
falso. La _Cordera_, hasta donde es posible adivinar estas cosas, puede
decirse que tambi\xE9n quer\xEDa a los gemelos encargados de apacentarla.

Era poco expresiva; pero la paciencia con que los toleraba cuando en
sus juegos ella les serv\xEDa de almohada, de escondite, de montura, y
para otras cosas que ideaba la fantas\xEDa de los pastores, demostraba
t\xE1citamente el afecto del animal pac\xEDfico y pensativo.

En tiempos dif\xEDciles, Pin\xEDn y Rosa hab\xEDan hecho por la _Cordera_ los
imposibles de solicitud y cuidado. No siempre Ant\xF3n de Chinta hab\xEDa
tenido el prado Somonte. Este regalo era cosa relativamente nueva.
A\xF1os atr\xE1s, la _Cordera_ ten\xEDa que salir _a la gram\xE1tica_, esto es, a
apacentarse como pod\xEDa, a la buena ventura de los caminos y callejas
de las rapadas y escasas prader\xEDas del com\xFAn, que tanto ten\xEDan de v\xEDa
p\xFAblica como de pastos. Pin\xEDn y Rosa, en tales d\xEDas de penuria, la
guiaban a los mejores altozanos, a los parajes m\xE1s tranquilos y menos
esquilmados, y la libraban de las mil injurias a que est\xE1n expuestas
las pobres reses que tienen que buscar su alimento en los azares de un
camino.

En los d\xEDas de hambre, en el establo, cuando el heno escaseaba, y el
narvaso para _estrar_ el lecho caliente de la vaca faltaba tambi\xE9n,
a Rosa y a Pin\xEDn deb\xEDa la _Cordera_ mil industrias que la hac\xEDan m\xE1s
suave la miseria. \xA1Y qu\xE9 decir de los tiempos heroicos del parto y la
cr\xEDa, cuando se entablaba la lucha necesaria entre el alimento y regalo
de la _naci\xF3n_, y el inter\xE9s de los Chintos, que consist\xEDa en robar a
las ubres de la pobre madre toda la leche que no fuera absolutamente
indispensable para que el ternero subsistiese! Rosa y Pin\xEDn, en tal
conflicto, siempre estaban de parte de la _Cordera_, y en cuanto hab\xEDa
ocasi\xF3n, a escondidas, soltaban el recental, que, ciego, y como loco,
a testaradas contra todo, corr\xEDa a buscar el amparo de la madre, que le
albergaba bajo su vientre, volviendo la cabeza agradecida y sol\xEDcita,
diciendo, a su manera:

--Dejad a los ni\xF1os y a los recentales que vengan a m\xED.

Estos recuerdos, estos lazos, son de los que no se olvidan.

A\xF1\xE1dase a todo que la _Cordera_ ten\xEDa la mejor pasta de vaca sufrida
del mundo. Cuando se ve\xEDa emparejada bajo el yugo con cualquier
compa\xF1era, fiel a la gamella, sab\xEDa someter su voluntad a la ajena, y
horas y horas se la ve\xEDa con la cerviz inclinada, la cabeza torcida, en
inc\xF3moda postura, velando en pie mientras la pareja dorm\xEDa en tierra.

                   *       *       *       *       *

Ant\xF3n de Chinta comprendi\xF3 que hab\xEDa nacido para pobre cuando palp\xF3 la
imposibilidad de cumplir aquel sue\xF1o dorado suyo de tener un _corral_
propio con dos yuntas por lo menos. Lleg\xF3, gracias a mil ahorros, que
eran mares de sudor y purgatorios de privaciones, lleg\xF3 a la primera
vaca, la _Cordera_, y no pas\xF3 de ah\xED; antes de poder comprar la
segunda se vi\xF3 obligado, para pagar atrasos al _amo_, el due\xF1o de la
_caser\xEDa_ que llevaba en renta, a llevar al mercado a aquel pedazo de
sus entra\xF1as, la _Cordera_, el amor de sus hijos. Chinta hab\xEDa muerto a
los dos a\xF1os de tener la _Cordera_ en casa. El establo y la cama del
matrimonio estaban pared por medio, llamando pared a un tejido de ramas
de casta\xF1o y de ca\xF1as de ma\xEDz. La Chinta, musa de la econom\xEDa en aquel
hogar miserable, hab\xEDa muerto mirando a la vaca por un boquete del
destrozado tabique de ramaje, se\xF1al\xE1ndola como salvaci\xF3n de la familia.

"Cuidadla, es vuestro sustento", parec\xEDan decir los ojos de la pobre
moribunda, que muri\xF3 extenuada de hambre y de trabajo.

El amor de los gemelos se hab\xEDa concentrado en la _Cordera_; el regazo,
que tiene su cari\xF1o especial, que el padre no puede reemplazar, estaba
al calor de la vaca, en el establo, y all\xE1, en el Somonte.

Todo esto lo comprend\xEDa Ant\xF3n a su manera, confusamente. De la venta
necesaria no hab\xEDa que decir palabra a los _ne\xF1os_. Un s\xE1bado de julio,
al ser de d\xEDa, de mal humor Ant\xF3n, ech\xF3 a andar hacia Gij\xF3n, llevando
la _Cordera_ por delante, sin m\xE1s atav\xEDo que el collar de esquila.
Pin\xEDn y Rosa dorm\xEDan. Otros d\xEDas hab\xEDa que despertarlos a azotes.
El padre los dej\xF3 tranquilos. Al levantarse se encontraron sin la
_Cordera_. "Sin duda, _m\xEDo p\xE1_ la hab\xEDa llevado al _xatu_." No cab\xEDa
otra conjetura. Pin\xEDn y Rosa opinaban que la vaca iba de mala gana;
cre\xEDan ellos que no deseaba m\xE1s hijos, pues todos acababa por perderlos
pronto, sin saber c\xF3mo ni cu\xE1ndo.

Al obscurecer, Ant\xF3n y la _Cordera_ entraban por la _corrada_ mohinos,
cansados y cubiertos de polvo. El padre no di\xF3 explicaciones, pero los
hijos adivinaron el peligro.

No hab\xEDa vendido, porque nadie hab\xEDa querido llegar al precio que a \xE9l
se le hab\xEDa puesto en la cabeza. Era excesivo: un sofisma del cari\xF1o.
Ped\xEDa mucho por la vaca para que nadie se atreviese a llev\xE1rsela.
Los que se hab\xEDan acercado a intentar fortuna se hab\xEDan alejado
pronto echando pestes de aquel hombre que miraba con ojos de rencor y
desaf\xEDo al que osaba insistir en acercarse al precio fijo en que \xE9l se
abroquelaba. Hasta el \xFAltimo momento del mercado estuvo Ant\xF3n de Chinta
en el Humedal, dando plazo a la fatalidad. "No se dir\xE1, pensaba, que
yo no quiero vender: son ellos que no me pagan la _Cordera_ en lo que
vale." Y, por fin, suspirando, si no satisfecho, con cierto consuelo,
volvi\xF3 a emprender el camino por la carretera de Cand\xE1s adelante, entre
la confusi\xF3n y el ruido de cerdos y novillos, bueyes y vacas, que los
aldeanos de muchas parroquias del contorno conduc\xEDan con mayor o menor
trabajo, seg\xFAn eran de antiguo las relaciones entre due\xF1os y bestias.

En el Natahoyo, en el cruce de dos caminos, todav\xEDa estuvo expuesto el
de Chinta a quedarse sin la _Cordera_; un vecino de Carri\xF3 que le hab\xEDa
rondado todo el d\xEDa ofreci\xE9ndole pocos duros menos de los que ped\xEDa, le
di\xF3 el \xFAltimo ataque, algo borracho.

El de Carri\xF3 sub\xEDa, sub\xEDa, luchando entre la codicia y el capricho
de llevar la vaca. Ant\xF3n, como una roca. Llegaron a tener las manos
enlazadas, parados en medio de la carretera, interrumpiendo el paso...
Por fin, la codicia pudo m\xE1s; el pico de los cincuenta los separ\xF3
como un abismo; se soltaron las manos, cada cual tir\xF3 por su lado;
Ant\xF3n, por una calleja que, entre madreselvas que a\xFAn no florec\xEDan y
zarzamoras en flor, le condujo hasta su casa.

                   *       *       *       *       *

Desde aquel d\xEDa en que adivinaron el peligro, Pin\xEDn y Rosa no
sosegaron. A media semana se _person\xF3_ el mayordomo en el _corral_ de
Ant\xF3n. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel
con los _caseros_ atrasados. Ant\xF3n, que no admit\xEDa reprimendas, se puso
l\xEDvido ante las amenazas de desahucio.

El amo no esperaba m\xE1s. Bueno, vender\xEDa la vaca a vil precio, por una
merienda. Hab\xEDa que pagar o quedarse en la calle.

El s\xE1bado inmediato acompa\xF1\xF3 al Humedal Pin\xEDn a su padre. El ni\xF1o
miraba con horror a los contratistas de carnes, que eran los tiranos
del mercado. La _Cordera_ fu\xE9 comprada en su justo precio por un
rematante de Castilla. Se la hizo una se\xF1al en la piel y volvi\xF3 a su
establo de Puao, ya vendida, ajena, ta\xF1endo tristemente la esquila.
Detr\xE1s caminaban Ant\xF3n de Chinta, taciturno, y Pin\xEDn, con ojos como
pu\xF1os. Rosa, al saber la venta, se abraz\xF3 al testuz de la _Cordera_,
que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo.

"\xA1Se iba la vieja!"--pensaba con el alma destrozada Ant\xF3n el hura\xF1o.

"Ella ser, era una bestia, \xA1pero sus hijos no ten\xEDan otra madre ni otra
abuela!"

Aquellos d\xEDas en el pasto, en la verdura del Somonte, el silencio era
f\xFAnebre. La _Cordera_, que ignoraba su suerte, descansaba y pac\xEDa como
siempre, _sub specie \xE6ternitatis_, como descansar\xEDa y comer\xEDa un minuto
antes de que el brutal porrazo la derribase muerta. Pero Rosa y Pin\xEDn
yac\xEDan desolados, tendidos sobre la hierba, in\xFAtil en adelante. Miraban
con rencor los trenes que pasaban, los alambres del tel\xE9grafo. Era
aquel mundo desconocido, tan lejos de ellos por un lado, y por otro el
que les llevaba su _Cordera_.

El viernes, al obscurecer, fu\xE9 la despedida. Vino un encargado del
rematante de Castilla por la res. Pag\xF3; bebieron un trago Ant\xF3n y
el comisionado, y se sac\xF3 a la _quintana_ la _Cordera_, Ant\xF3n hab\xEDa
apurado la botella; estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo
le animaba tambi\xE9n. Quer\xEDa aturdirse. Hablaba mucho, alababa las
excelencias de la vaca. El otro sonre\xEDa, porque las alabanzas de
Ant\xF3n eran impertinentes. \xBFQue daba la res tantos y tantos _xarros_
de leche? \xBFQue era noble en el yugo, fuerte con la carga? \xBFY qu\xE9,
si dentro de pocos d\xEDas hab\xEDa de estar reducida a chuletas y otros
bocados suculentos? Ant\xF3n no quer\xEDa imaginar esto; se la figuraba viva,
trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de \xE9l y de sus hijos,
pero viva, feliz... Pin\xEDn y Rosa, sentados sobre el mont\xF3n de _cucho_,
recuerdo para ellos sentimental de la _Cordera_ y de los propios
afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto.
En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos:
hubo de todo. No pod\xEDan separarse de ella. Ant\xF3n, agotada de pronto la
excitaci\xF3n del vino, cay\xF3 como en un marasmo; cruz\xF3 los brazos, y entr\xF3
en el _corral_ obscuro.

Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos,
el triste grupo del indiferente comisionado y la _Cordera_, que iba
de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin, hubo que
separarse. Ant\xF3n, malhumorado, clamaba desde casa:

--\xA1Bah, bah, _ne\xF1os_, ac\xE1 vos digo; basta de _pamemes_!--As\xED gritaba de
lejos el padre con voz de l\xE1grimas.

Ca\xEDa la noche; por la calleja obscura que hac\xEDan casi negra los altos
setos, formando casi b\xF3veda, se perdi\xF3 el bulto de la _Cordera_, que
parec\xEDa negra de lejos. Despu\xE9s no qued\xF3 de ella m\xE1s que el _tint\xE1n_
pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los
chirridos melanc\xF3licos de cigarras infinitas.

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!--gritaba Rosa deshecha en llanto--. \xA1Adi\xF3s,
_Cordera_ de _m\xEDo_ alma!

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!--repet\xEDa Pin\xEDn, no m\xE1s sereno.

--Adi\xF3s--contest\xF3 por \xFAltimo, a su modo, la esquila, perdi\xE9ndose su
lamento triste, resignado, entre los dem\xE1s sonidos de la noche de
julio en la aldea...

                   *       *       *       *       *

Al d\xEDa siguiente, muy temprano, a la hora de siempre, Pin\xEDn y Rosa
fueron al _prao_ Somonte. Aquella soledad no lo hab\xEDa sido nunca para
ellos, triste; aquel d\xEDa, el Somonte sin la _Cordera_ parec\xEDa el
desierto.

De repente silb\xF3 la m\xE1quina, apareci\xF3 el humo, luego el tren. En un
furg\xF3n cerrado, en unas estrechas ventanas altas o respiraderos,
vislumbraron los hermanos gemelos cabezas de vacas que, pasmadas,
miraban por aquellos tragaluces.

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!--grit\xF3 Rosa, adivinando all\xED a su amiga, a la vaca
abuela.

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!--vocifer\xF3 Pin\xEDn con la misma fe, ense\xF1ando los
pu\xF1os al tren, que volaba camino de Castilla.

Y, llorando, repet\xEDa el rapaz, m\xE1s enterado que su hermana de las
picard\xEDas del mundo:

--La llevan al Matadero... Carne de vaca, para comer los se\xF1ores, los
curas... los indianos.

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!

Y Rosa y Pin\xEDn miraban con rencor la v\xEDa, el tel\xE9grafo, los s\xEDmbolos
de aquel mundo enemigo, que les arrebataba, que les devoraba a su
compa\xF1era de tantas soledades, de tantas ternuras silenciosas, para sus
apetitos, para convertirla en manjares de ricos glotones...

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!...

--\xA1Adi\xF3s, _Cordera_!...

                   *       *       *       *       *

Pasaron muchos a\xF1os. Pin\xEDn se hizo mozo y se lo llev\xF3 el rey. Ard\xEDa
la guerra carlista. Ant\xF3n de Chinta era casero de un cacique de los
vencidos; no hubo influencia para declarar in\xFAtil a Pin\xEDn, que, por
ser, era como un roble.

Y una tarde triste de octubre, Rosa, en el _prao_ Somonte sola,
esperaba el paso del tren correo de Gij\xF3n, que le llevaba a sus \xFAnicos
amores, su hermano. Silb\xF3 a lo lejos la m\xE1quina, apareci\xF3 el tren en la
trinchera, pas\xF3 como un rel\xE1mpago. Rosa, casi metida por las ruedas,
pudo ver un instante en un coche de tercera multitud de cabezas de
pobres quintos que gritaban, gesticulaban, saludando a los \xE1rboles,
al suelo, a los campos, a toda la patria familiar, a la peque\xF1a, que
dejaban para ir a morir en las luchas fratricidas de la patria grande,
al servicio de un rey y de unas ideas que no conoc\xEDan.

Pin\xEDn, con medio cuerpo fuera de una ventanilla, tendi\xF3 los brazos a
su hermana; casi se tocaron. Y Rosa pudo oir entre el estr\xE9pito de las
ruedas y la griter\xEDa de los reclutas la voz distinta de su hermano, que
sollozaba exclamando, como inspirado por un recuerdo de dolor lejano:

--\xA1Adi\xF3s, Rosa!... \xA1Adi\xF3s, _Cordera_!

--\xA1Adi\xF3s, Pin\xEDn! \xA1Pin\xEDn de _m\xEDo_ alma!...

"All\xE1 iba, como la otra, como la vaca abuela. Se lo llevaba el mundo.
Carne de vaca para los glotones, para los indianos; carne de su alma,
carne de ca\xF1\xF3n para las locuras del mundo, para las ambiciones ajenas."

Entre confusiones de dolor y de ideas, pensaba as\xED la pobre hermana
viendo al tren perderse a los lejos, silbando triste, con silbido que
repercut\xEDan los casta\xF1os, las vegas y los pe\xF1ascos...

\xA1Qu\xE9 sola se quedaba! Ahora s\xED, ahora s\xED que era un desierto el _prao_
Somonte.

--\xA1Adi\xF3s, Pin\xEDn! \xA1Adi\xF3s, _Cordera_!

Con qu\xE9 odio miraba Rosa la v\xEDa manchada de carbones apagados; con
qu\xE9 ira los alambres del tel\xE9grafo. \xA1Oh! bien hac\xEDa la _Cordera_ en
no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba
todo. Y sin pensarlo, Rosa apoy\xF3 la cabeza sobre el palo clavado como
un pend\xF3n en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entra\xF1as
del pino seco su canci\xF3n met\xE1lica. Ahora ya lo comprend\xEDa Rosa. Era
canci\xF3n de l\xE1grimas, de abandono, de soledad, de muerte.

En las vibraciones r\xE1pidas, como quejidos, cre\xEDa oir, muy lejana, la
voz que sollozaba por la v\xEDa adelante:

--\xA1Adi\xF3s, Rosa! \xA1Adi\xF3s, _Cordera_!



                             CAMBIO DE LUZ


A los cuarenta a\xF1os era D. Jorge Arial, para los que le trataban
de cerca, el hombre m\xE1s feliz de cuantos saben contentarse con una
_acerada_ median\xEDa y con la paz en el trabajo y en el amor de los
suyos; y adem\xE1s era uno de los mortales m\xE1s activos y que mejor saben
estirar las horas, llen\xE1ndolas de substancia, de \xFAtiles quehaceres.
Pero de esto \xFAltimo sab\xEDan, no s\xF3lo sus amigos, sino la gran multitud
de sus lectores y admiradores y disc\xEDpulos. Del mucho trabajar, que
ve\xEDan todos, no cab\xEDa duda; mas de aquella dicha que los \xEDntimos le\xEDan
en su rostro y observando su car\xE1cter y su vida, ten\xEDa D. Jorge algo
que decir para sus adentros, s\xF3lo para sus adentros, si bien no negaba
\xE9l, y hubiera tenido a impiedad inmoral\xEDsima el negarlo, que todas las
cosas perecederas le sonre\xEDan, y que el nido amoroso que en el mundo
hab\xEDa sabido construirse, no sin grandes esfuerzos de cuerpo y alma,
era que ni pintado para su modo de ser.

Las grandezas que no ten\xEDa, no las ambicionaba, ni so\xF1aba con ellas, y
hasta cuando en sus escritos ten\xEDa que figur\xE1rselas para describirlas,
le costaba gran esfuerzo imaginarlas y _sentirlas_. Las peque\xF1as y
disculpables vanidades a que su esp\xEDritu se rend\xEDa, como verbi gracia,
la no escasa estimaci\xF3n en que ten\xEDa el aprecio de los doctos y de los
buenos, y hasta la admiraci\xF3n y simpat\xEDa de los ignorantes y sencillos,
ve\xEDalas satisfechas, pues era su nombre famoso, con s\xF3lida fama, y
popular; de suerte que esta popularidad que le aseguraba el renombre
entre los muchos, no le perjudicaba en la estimaci\xF3n de los escogidos.
Y por fin, su dicha grande, seria, era una casa, su mujer, sus
hijos; tres cabezas rubias, y \xE9l dec\xEDa tambi\xE9n, tres almas _rubias_,
_doradas_, _mi lira_, como los llamaba al pasar la mano por aquellas
frentes blancas, altas, despejadas, que destellaban la idea noble que
sirve ante todo para ensanchar el horizonte del amor.

Aquella esposa y aquellos hijos, una pareja; la madre hermosa, que
parec\xEDa hermana de la hija, que era un bot\xF3n de oro de quince abriles,
y el hijo de doce a\xF1os, remedo varonil y gracioso de su madre y de su
hermana, y \xE9sta, la _dominante_, como \xE9l dec\xEDa, parec\xEDan, en efecto,
estrofa, antistrofa y epodo de un himno perenne de dicha en la virtud,
en la gracia, en la inocencia y la sencilla y noble sinceridad.
"Todos sois mis hijos, pensaba D. Jorge, incluyendo a su mujer; todos
nacisteis de la espuma de mis ensue\xF1os." Pero eran ensue\xF1os con
dientes, y que apretaban de firme, porque como todos eran j\xF3venes,
estaban sanos y no ten\xEDan remordimientos ni disgustos que robaran el
apetito, com\xEDan que devoraban, sin llegar a glotones, pero pasando
con mucho de ascetas. Y como no viv\xEDan s\xF3lo de pan, en vestirlos como
conven\xEDa a su clase y a su hermosura, que es otra clase, y al cari\xF1o
que el amo de la casa les ten\xEDa, se iba otro buen pico, sobre todo
en los trajes de la _dominante_. Y mucho m\xE1s que en cubrir y adornar
el cuerpo de su gente gastaba el padre en vestir la desnudez de su
cerebro y en adornar su esp\xEDritu con la instrucci\xF3n y la educaci\xF3n m\xE1s
esmeradas que pod\xEDa; y como \xE9ste es art\xEDculo de lujo entre nosotros,
en maestros, instrumentos de instrucci\xF3n y otros accesorios de la
ense\xF1anza de su pareja, se le iba a D. Jorge una gran parte de su
salario y otra no menos importante de su tiempo, pues \xE9l dirig\xEDa todo
aquel negocio tan grave, siendo el principal maestro y el \xFAnico que no
cobraba. No crea el lector que apunta aqu\xED el pero de la dicha de D.
Jorge; no estaba en las dificultades econ\xF3micas la espina que guardaba
para sus adentros Arial, siempre apacible. Cost\xE1bale, s\xED, muchos
sudores juntar los cabos del presupuesto dom\xE9stico; pero consegu\xEDa
triunfar siempre, gracias a su mucho trabajo, el cual era para \xE9l una
sagrada obligaci\xF3n, adem\xE1s, por otros conceptos m\xE1s filos\xF3ficos y
_altru\xEDstas_, aunque no m\xE1s santos, que el amor de los suyos.

Muchas eran sus ocupaciones, y en todas se distingu\xEDa por la
inteligencia, el arte, la asiduidad y el esmero. Siguiendo una
vocaci\xF3n, hab\xEDa llegado a cultivar muchos estudios, porque ahondando
en cualquier cosa se llega a las dem\xE1s. Hab\xEDa empezado por enamorarse
de la belleza que entra por los ojos, y esta vocaci\xF3n, que le hizo
pintor en un principio, le oblig\xF3 despu\xE9s a ser naturalista, qu\xEDmico,
fisi\xF3logo; y de esta excursi\xF3n a las profundidades de la realidad
f\xEDsica sac\xF3 en limpio, ante todo, una especie de religi\xF3n de la _verdad
pl\xE1stica_, que le hizo entregarse a la filosof\xEDa... y abandonar los
pinceles. No se sinti\xF3 gran maestro, no vi\xF3 en s\xED un int\xE9rprete de esas
dos grandes formas de la belleza que se llaman _idealismo y realismo_,
no se encontr\xF3 con las fuerzas de Rafael ni de Vel\xE1zquez, y, suavemente
y sin dolores del amor propio, se fu\xE9 transformando en un pensador y
en amador del arte; y fu\xE9 un sabio en est\xE9tica, un cr\xEDtico de pintura,
un profesor insigne; y despu\xE9s un artista de la pluma, un historiador
del arte con el arte de un novelista. Y de todas estas habilidades y
maestr\xEDas a que le hab\xEDa ido llevando la sinceridad con que segu\xEDa las
voces de su vocaci\xF3n verdadera, los instintos de sus facultades, fu\xE9
sacando sin violencia ni _simon\xEDa_ provecho para la hacienda, cosa tan
po\xE9tica como la que m\xE1s al mirarla como el medio necesario para tener
en casa aquella dicha que ten\xEDa, aquellos amores, que, s\xF3lo en botas,
le gastaban un dineral.

Al verle ir y venir, y encerrarse para trabajar, y despu\xE9s correr con
el producto de sus encerronas a casa de quien hab\xEDa de pag\xE1rselo;
siempre activo, siempre afable, siempre lleno de la realidad ambiente,
de la vida que se le impon\xEDa con toda su seriedad, pero no tristeza,
nadie, y menos sus amigos y su mujer y sus hijos, hubiera adivinado
detr\xE1s de aquella mirada franca, serena, cari\xF1osa, una pena, una llaga.

                   *       *       *       *       *

Pero la hab\xEDa. Y no se pod\xEDa hablar de ella. Primero, porque era un
deber guardar aquel dolor para s\xED; despu\xE9s, porque hubiera sido in\xFAtil
quejarse; sus familiares no le hubieran comprendido, y m\xE1s val\xEDa as\xED.

Cuando en presencia de D. Jorge se hablaba de los incr\xE9dulos, de los
esc\xE9pticos, de los poetas que _cantan_ sus dudas, que se quejan de la
musa del _an\xE1lisis_, Arial se pon\xEDa de mal humor, y, cosa rara en \xE9l,
se irritaba. Hab\xEDa que cambiar de conversaci\xF3n o se marchaba D. Jorge.
"\xC9sos, dec\xEDa, son males secretos que no tienen gracia, y en cambio
entristecen a los dem\xE1s y pueden contagiarse. El que no tenga fe, el
que dude, el que vacile, que se aguante y calle y luche por vencer esa
flaqueza." Una vez, repet\xEDa Arial en tales casos, un disc\xEDpulo de San
Francisco mostraba su tristeza delante del maestro, tristeza que nac\xEDa
de sus escr\xFApulos de conciencia, del miedo de haber ofendido a Dios; y
el santo le dijo: "Retiraos, hermano, y no turb\xE9is la alegr\xEDa de los
dem\xE1s; eso que os pasa son cuentas vuestras y de Dios: arregladlas con
\xC9l a solas."

A solas procuraba arreglar sus cuentas don Jorge, pero no le sal\xEDan
bien siempre, y \xE9sta era su pena. Sus estudios filos\xF3ficos, sus
meditaciones y sus experimentos y observaciones de fisiolog\xEDa, de
anatom\xEDa, de qu\xEDmica, etc., etc., hab\xEDan desenvuelto en \xE9l, de modo
excesivo, el esp\xEDritu del an\xE1lisis emp\xEDrico; aquel enamoramiento de la
belleza pl\xE1stica, aparente, visible y palpable, le hab\xEDa llevado, sin
sentirlo, a cierto materialismo intelectual, contra el que ten\xEDa que
vivir prevenido. Su coraz\xF3n necesitaba fe, y la clase de filosof\xEDa y
de ciencia que hab\xEDa profundizado le llevaban al dogma materialista de
_ver y creer_. Las ideas predominantes en su tiempo entre los sabios
cuyas obras \xE9l m\xE1s ten\xEDa que estudiar; la \xEDndole de sus investigaciones
de naturalista y fisi\xF3logo y cr\xEDtico de artes pl\xE1sticas, le hab\xEDan
llevado a una predisposici\xF3n reflexiva que pugnaba con los anhelos m\xE1s
\xEDntimos de su sensibilidad de creyente.

Don Jorge sent\xEDa as\xED: "Si hay Dios, todo est\xE1 bien. Si no hay Dios,
todo est\xE1 mal. Mi mujer, mi hijo, la _dominante_, la paz de mi casa, la
belleza del mundo, el _divino_ placer de entenderla, la tranquilidad
de la conciencia... todo eso, los mayores tesoros de la vida, si no
hay Dios, es polvo, humo, ceniza, viento, nada... Pura apariencia,
congruencia ilusoria, sustancia fingida; positiva sombra, dolor sin
causa, pero seguro, lo \xFAnico cierto. Pero si hay Dios, \xBFqu\xE9 importan
todos los males? Trabajos, luchas, desgracias, desenga\xF1os, vejez,
desilusi\xF3n, muerte, \xBFqu\xE9 importan? Si hay Dios, todo est\xE1 bien, si no
hay Dios, todo est\xE1 mal."

Y el amor de Dios era el vapor de aquella m\xE1quina siempre activa; el
amor de Dios, que envolv\xEDa, como los p\xE9talos encierran los estambres,
el amor a sus hijos, a su mujer, a la belleza, a la conciencia
tranquila, le animaba en el trabajo incesante, en aquella suave
asimilaci\xF3n de la vida ambiente, en la adaptaci\xF3n a todas las cosas que
le rodeaban y por cuya realidad seria, evidente, se dejaba influir.

Pero a lo mejor, en el cerebro de aquel m\xEDstico vergonzante, m\xEDstico
activo y alegre, estallaba, como una _est\xFApida_ frase hecha, esta
duda, esta pregunta del materialismo l\xF3gico de su ciencia de analista
emp\xEDrico:

"\xBFY si no hay Dios? Puede que no haya Dios. Nadie ha visto a Dios. La
ciencia de los _hechos_ no prueba a Dios..."

Don Jorge Arial despreciaba al pobre diablo _cient\xEDfico_,
_positivista_, que en el fondo de su cerebro se le presentaba con este
_obstruccionismo_; pero a pesar de este desprecio, o\xEDa al miserable,
y discut\xEDa con \xE9l, y unas veces ten\xEDa algo que contestarle, aun en el
terreno de la _fr\xEDa l\xF3gica_, de la mera _intelectualidad_... y otras
veces no.

\xC9sta era la pena, \xE9ste el tormento del se\xF1or Arial.

Es claro que gritase lo que gritase el materialista esc\xE9ptico, el que
pon\xEDa a Dios en tela de juicio, D. Jorge segu\xEDa trabajando de firme,
afan\xE1ndose por el pan de su hijos y educ\xE1ndolos, y amando a toda su
casa y cumpliendo como un justo con la infinidad de su deberes...;
pero la espina dentro estaba. "Porque, si no hubiera Dios, dec\xEDa
el coraz\xF3n, todo aquello era in\xFAtil, apariencia, idolatr\xEDa", y el
_cient\xEDfico_ a\xF1ad\xEDa: "\xA1Y c\xF3mo puede no haberlo!..."

Todo esto hab\xEDa que callarlo, porque hasta rid\xEDculo hubiera parecido
a muchos, confesado como un dolor cierto, serio, grande. "Cuesti\xF3n de
nervios" le hubieran dicho. "Ociosidad de un hombre feliz a quien Dios
va a castigar por darse un tormento in\xFAtil cuando todo le sonr\xEDe."
Y en cuanto a los _suyos_, a quienes m\xE1s hubiera D. Jorge querido
comunicar su pena, \xBFc\xF3mo confesarles la causa? Si no le comprend\xEDan
\xA1qu\xE9 tristeza! Si le comprend\xEDan... \xA1qu\xE9 tristeza y qu\xE9 pecado y qu\xE9
peligro! Antes morir de aquel dolor. A pesar de ser tan activo, de
tener tantas ocupaciones, le quedaba tiempo para consagrar la mitad de
las horas que no dorm\xEDa a pensar en su duda, a discutir consigo mismo.
Ante el mundo su existencia corr\xEDa con la monoton\xEDa de un destino
feliz; para sus adentros su vida era una serie de batallas; \xA1d\xEDas de
triunfo!--\xA1oh, qu\xE9 voluptuosidad espiritual entonces!--seguidos de
horrorosos d\xEDas de derrota, en que hab\xEDa que fingir la ecuanimidad de
siempre, y amar lo mismo, y hacer lo mismo y cumplir los mismos deberes.

                   *       *       *       *       *

Para la mujer, los hijos y los amigos y disc\xEDpulos queridos de D.
Jorge, aquel dolor oculto lleg\xF3 a no ser un misterio, no porque
adivinaran su causa, si no porque empezaron a sentir sus efectos; le
sorprend\xEDan a veces preocupado sin motivo conocido, triste; y hasta en
el rostro y en cierto desmayo de todo el cuerpo vieron s\xEDntomas del
disgusto, del dolor evidente. Le buscaron causa y no dieron con ella.
Se equivocaron al atribuirla al temor de un mal _positivo_, a una
aprensi\xF3n, no desprovista de fundamento por completo. Lo peor era que
el miedo de un mal, tal vez remoto, tal vez incierto, pero terrible si
llegaba, tambi\xE9n les iba invadiendo a ellos, a la noble esposa sobre
todo, y no era extra\xF1o que la aprensi\xF3n que ellos ten\xEDan quisieran
verla en las tristezas misteriosas de D. Jorge.

Nadie hablaba de ello, pero lleg\xF3 tiempo en que apenas se pensaba en
otra cosa; todos los _silencios_ de las animadas ch\xE1charas en aquel
nido de alegr\xEDas, alud\xEDan al temor de una desgracia, temor cuya
presencia ocultaban todos como si fuese una verg\xFCenza.

Era el caso que el trabajo excesivo, el abuso de las vigilias, el
constante empleo de los ojos en lecturas nocturnas, en investigaciones
de documentos de intrincados caracteres y en observaciones de
menud\xEDsimos pormenores de laboratorio, y acaso m\xE1s que nada, la gran
excitaci\xF3n nerviosa, hab\xEDan debilitado la vista del sabio, miope antes,
y ahora incapaz de distinguir bien lo cercano... sin el consuelo
de haberse convertido en \xE1guila para lo distante. En suma; no ve\xEDa
bien ni de cerca ni de lejos. Las jaquecas frecuentes que padec\xEDa
le causaban perturbaciones extra\xF1as en la visi\xF3n: dejaba de ver los
objetos con la intensidad ordinaria; los ve\xEDa y no los ve\xEDa, y ten\xEDa
que cerrar los ojos para no padecer el tormento inexplicable de esta
par\xE1lisis pasajera, cuyos fen\xF3menos subjetivos no pod\xEDa siquiera
puntualizar a los m\xE9dicos. Otras veces ve\xEDa manchas ante los objetos,
manchas m\xF3viles; en ocasiones puntos de color, azules, rojos... muy
a menudo, al despertar especialmente, lo ve\xEDa todo tembloroso y como
desmenuzado... Padec\xEDa bastante, pero no hizo caso: no era aquello lo
que le preocupaba a \xE9l.

Pero a la familia, s\xED. Y hubo consulta, y los pron\xF3sticos no fueron muy
tranquilizadores. Como fu\xE9 agrav\xE1ndose el mal, el mismo D. Jorge tom\xF3
en serio la enfermedad, y, en secreto, como hab\xEDan consultado por \xE9l,
consult\xF3 a su vez, y la ciencia le meti\xF3 miedo para que se cuidara y
evitase el trabajo nocturno y otros excesos. Arial obedeci\xF3 a medias y
se asust\xF3 a medias tambi\xE9n.

Con aquella nueva vida a que le obligaron sus precauciones higi\xE9nicas,
coincidi\xF3 en \xE9l un paulatino cambio del esp\xEDritu que sent\xEDa venir
con hondo y obscuro deleite. Not\xF3 que perd\xEDa afici\xF3n al an\xE1lisis
del laboratorio, a las preciosidades de la miniatura en el arte, a
las delicias del pormenor en la cr\xEDtica, a la claridad pl\xE1stica en
la literatura y en la filosof\xEDa: el arte del dibujo y del color le
llamaba menos la atenci\xF3n que antes; no gozaba ya tanto en presencia
de los cuadros c\xE9lebres. Era cada d\xEDa menos activo y m\xE1s so\xF1ador. Se
sorprend\xEDa a veces holgando, pasando las horas muertas sin examinar
nada, sin estudiar cosa alguna concreta; y, sin embargo, no le acusaba
la conciencia con el doloroso vac\xEDo que siempre nos delata la ociosidad
verdadera. Sent\xEDa que el tiempo de aquellas vagas meditaciones no era
perdido.

Una noche, oyendo a un famoso sexteto de \xEDnclitos profesores
interpretar las piezas m\xE1s selectas del repertorio cl\xE1sico, sinti\xF3
con delicia y orgullo que a \xE9l le hab\xEDa nacido algo en el alma para
comprender y amar la gran m\xFAsica. La sonata de Kreutzer, que siempre
hab\xEDa o\xEDdo alabar sin penetrar su m\xE9rito como era debido, le produjo
tal efecto, que temi\xF3 haberse vuelto loco; aquel hablar sin palabras,
de la m\xFAsica serena, graciosa, profunda, casta, seria, sencilla,
noble; aquella revelaci\xF3n, que parec\xEDa extranatural, de las afinidades
arm\xF3nicas de las cosas, por el lenguaje de las vibraciones \xEDntimas;
aquella elocuencia sin conceptos del sonido sabio y sentimental,
le pusieron en un estado m\xEDstico que \xE9l comparaba al que debi\xF3
experimentar Mois\xE9s ante la zarza ardiendo.

Vino despu\xE9s un oratorio de H\xE4ndel a poner el sello religioso m\xE1s
determinado y m\xE1s tierno a las impresiones anteriores. Un profund\xEDsimo
sentimiento de humildad le inund\xF3 el alma; not\xF3 humedad de l\xE1grimas
bajo los p\xE1rpados y escondi\xF3 de las miradas profanas aquel tesoro de
su misteriosa religiosidad est\xE9tica, que tan pobre hubiera sido como
argumento en cualquier discusi\xF3n l\xF3gica y que ante su coraz\xF3n ten\xEDa la
voz de lo inefable.

En adelante busc\xF3 la m\xFAsica por la m\xFAsica, y cuando \xE9sta era buena y
la ocasi\xF3n propicia, siempre obtuvo an\xE1logo resultado. Su hijo era
un pianista algo mejor que mediano; empez\xF3 Arial a fijarse en ello,
y venciendo la vulgaridad de encontrar detestable la m\xFAsica de las
teclas, adquiri\xF3 la fe de la m\xFAsica buena en malas manos; es decir,
crey\xF3 que en poder de un pianista regular suena bien una gran m\xFAsica.
Goz\xF3 oyendo a su hijo las obras de los maestros. Como sus ratos de ocio
iban siendo cada d\xEDa mayores, porque los m\xE9dicos le obligaban a dejar
en reposo la vista horas y horas, sobre todo de noche, D. Jorge, que
no sab\xEDa estar sin ocupaciones, discurri\xF3, o mejor, fu\xE9 haci\xE9ndolo sin
pensarlo, sin darse cuenta de ello, tentar \xE9l mismo fortuna, dejando
resbalar los dedos sobre las teclas. Para aprender m\xFAsica como Dios
manda era tarde; adem\xE1s, leer en el pent\xE1grama hubiese sido cansar la
vista como con cualquiera otra lectura. Se acord\xF3 de que en cierto
caf\xE9 de Zaragoza hab\xEDa visto a un ciego tocar el piano primorosamente.
Arial, cuando nadie le ve\xEDa, de noche, a obscuras, se sentaba delante
del Erard de su hijo, y cerrando los ojos, para que las tinieblas
fuesen absolutas, por instinto, como \xE9l dec\xEDa, tocaba a su manera
melod\xEDas sencillas, mitad reminiscencias de \xF3peras y de sonatas, mitad
invenci\xF3n suya. La mano izquierda le daba mucho que hacer y no obedec\xEDa
al instinto del ciego voluntario; pero la derecha, como no exigieran de
ella grandes prodigios, no se portaba mal. _Mi m\xFAsica_ llamaba Arial
a aquellos conciertos solitarios, m\xFAsica _subjetiva_ que no pod\xEDa ser
agradable m\xE1s que para \xE9l, que so\xF1aba, y so\xF1aba llorando dulcemente
a solas, mientras su fantas\xEDa y su coraz\xF3n segu\xEDan la corriente y el
ritmo de aquella melod\xEDa suave, noble, humilde, seria y sentimental en
su pobreza.

A veces tropezaban sus dedos, como con un tesoro, con frases breves,
pero intensas, que recordaban, sin imitarlos, motivos de Mozart y otros
maestros. Don Jorge experimentaba un pueril orgullo, del que se re\xEDa
despu\xE9s, no con toda sinceridad. Y a veces, al sorprenderse con estas
pretensiones de m\xFAsico que no sabe m\xFAsica, se dec\xEDa: "Temen que me
vuelva ciego, y lo que voy a volverme es loco." A tanto llegaba \xE9sta
que \xE9l sospechaba locura, que en muchas ocasiones, mientras tocaba y en
su cerebro segu\xEDa batallando con el tormento metaf\xEDsico de sus dudas,
de repente una melod\xEDa nueva, misteriosa, le parec\xEDa una revelaci\xF3n,
una voz de lo _explicable_ que le ped\xEDa llorando interpretaci\xF3n,
traducci\xF3n l\xF3gica, literaria... Si no hubiera Dios, pensaba entonces
Arial, estas combinaciones de sonidos no me dir\xEDan esto; no habr\xEDa este
rumor como de fuente escondida bajo hierba, que me revela la frescura
del ideal que puede apagar mi sed. Un pesimista ha dicho que la m\xFAsica
habla de un mundo que _deb\xEDa_ existir; yo digo que nos habla de un
mundo que _debe de_ existir.

Muchas veces hac\xEDa que su hija le leyera las lucubraciones en que
Wagner defendi\xF3 sus sistemas, y les encontraba un sentido muy profundo
que no hab\xEDa visto cuando, a\xF1os atr\xE1s, las le\xEDa con la preocupaci\xF3n de
cr\xEDtico de est\xE9tica que ama la claridad pl\xE1stica y aborrece el misterio
nebuloso y los tanteos m\xEDsticos.

En tanto, el mal crec\xEDa, a pesar de haber disminu\xEDdo el trabajo de los
ojos: la desgracia temida se acercaba.

\xC9l no quer\xEDa mirar aquel abismo de la noche eterna, anticipaci\xF3n de los
abismos de ultratumba.

"Quedarse ciego, se dec\xEDa, es como ser enterrado en vida."

                   *       *       *       *       *

Una noche, la pasi\xF3n del trabajo, la exaltaci\xF3n de la fantas\xEDa creadora
pudo en \xE9l m\xE1s que la prudencia, y a hurtadillas de su mujer y de sus
hijos escribi\xF3 y escribi\xF3 horas y horas a la luz de un quinqu\xE9. Era
el asunto de invenci\xF3n po\xE9tica, pero de fondo religioso, metaf\xEDsico;
el cerebro vibraba con impulso incre\xEDble; la m\xE1quina, a todo vapor,
mov\xEDa las cien mil ruedas y correas de aquella f\xE1brica misteriosa, y
ya no era empresa f\xE1cil apagar los hornos, contener el v\xE9rtigo de las
ideas. Como tantas otras noches de sus mejores tiempos, D. Jorge se
acost\xF3... sin dejar de trabajar, trabajando para el obispo, como \xE9l
dec\xEDa cuando, despu\xE9s de dejar la pluma y renunciar al provecho de sus
ideas, \xE9stas segu\xEDan gritando, engran\xE1ndose, produciendo pensamiento
que se perd\xEDa, que se esparc\xEDa in\xFAtilmente por el mundo. Ya sab\xEDa \xE9l
que este tormento febril era peligroso, y ni siquiera le halagaba la
vanidad como en los d\xEDas de la petulante juventud. No era m\xE1s que un
dolor material, como el de muelas. Sin embargo, cuando al calor de las
s\xE1banas la excitaci\xF3n nerviosa, sin calmarse, se hizo placentera, se
dej\xF3 embriagar, como en una org\xEDa, de coraz\xF3n y cabeza, y sinti\xE9ndose
arrebatado como a una vor\xE1gine m\xEDstica, se dej\xF3 ir, se dej\xF3 ir, y con
delicia se vi\xF3 sumido en un para\xEDso subterr\xE1neo luminoso, pero con una
especie de luz el\xE9ctrica, no luz de sol, que no hab\xEDa, sino de las
entra\xF1as de cada casa, luz que se confund\xEDa disparatadamente con las
vibraciones musicales: el timbre sonoro era, adem\xE1s, la luz.

Aquella luz prendi\xF3 en el esp\xEDritu; se sinti\xF3 iluminado y no tuvo esta
vez miedo a la locura. Con calma, con l\xF3gica, con profunda intuici\xF3n,
sinti\xF3 filosofar a su cerebro y atacar de frente los m\xE1s formidables
fuertes de la ciencia atea; vi\xF3 entonces la realidad de lo divino, no
con evidencia matem\xE1tica, que bien sab\xEDa \xE9l que \xE9sta era relativa y
condicional y precaria, sino con evidencia _esencial_; vi\xF3 la verdad
de Dios, el creador santo del Universo, sin contradicci\xF3n posible. Una
voz de convicci\xF3n le gritaba que no era aquello fen\xF3meno hist\xE9rico,
arranque m\xEDstico; y don Jorge, por la primera vez despu\xE9s de muchos
a\xF1os, sinti\xF3 el impulso de orar como un creyente, de adorar con el
cuerpo tambi\xE9n, y se incorpor\xF3 en su lecho, y al notar que las l\xE1grimas
ardientes, grandes, pausadas, resbalaban por su rostro, las dej\xF3 ir,
sin verg\xFCenza, humilde y feliz, \xA1oh! s\xED, feliz para siempre. "Puesto
que hab\xEDa Dios, todo estaba bien."

Un reloj di\xF3 la hora. Ya deb\xEDa de ser de d\xEDa. Mir\xF3 hacia la ventana.
Por las rendijas no entraba luz. Di\xF3 un salto, saliendo del lecho,
abri\xF3 un postigo y... el sol hab\xEDa abandonado a la aurora, no la
segu\xEDa; el alba era noche. Ni sol ni estrellas. El reloj repiti\xF3 la
hora. El sol _deb\xEDa_ estar sobre el horizonte y no estaba. El cielo se
hab\xEDa ca\xEDdo al abismo. "\xA1Estoy ciego!", pens\xF3 Arial, mientras un sudor
terrible le inundaba el cuerpo y un escalofr\xEDo, azot\xE1ndole la piel, le
absorb\xEDa el \xE1nimo y el sentido. Lleno de pavor, cay\xF3 al suelo.

                   *       *       *       *       *

Cuando volvi\xF3 en s\xED, se sinti\xF3 en su lecho. Le rodeaban su mujer, sus
hijos, su m\xE9dico. No los ve\xEDa; no ve\xEDa nada. Faltaba el tormento mayor;
tendr\xEDa que decirles: no veo. Pero ya ten\xEDa valor para todo. "_Segu\xEDa_
habiendo Dios, y todo estaba bien." Antes que la pena de contar su
desgracia a los suyos, sinti\xF3 la ternura infinita de la piedad cierta,
segura, tranquila, sosegada, agradecida. Llor\xF3 sin duelo.


      "Salid sin duelo, l\xE1grimas, corriendo."


Tuvo serenidad para pensar, dando al verso de Garcilaso un sentido
sublime.

"\xBFC\xF3mo decirles que no veo... si en rigor s\xED veo? Veo de otra manera;
veo las cosas por dentro; veo la verdad; veo el amor. Ellos s\xED que no
me ver\xE1n a m\xED..."

Hubo llantos, gritos, s\xEDncopes, abrazos locos, desesperaci\xF3n sin fin
cuando, a fuerza de rodeos, Arial declar\xF3 su estado. \xC9l procuraba
tranquilizarlos con consuelos vulgares, con esperanzas de sanar, con
el valor y la resignaci\xF3n que ten\xEDa, etc\xE9tera, etc.; pero no pod\xEDa
comunicarles la fe en su propia alegr\xEDa, en su propia serenidad
\xEDntimas. No le entender\xEDan, no pod\xEDan entenderle; creer\xEDan que los
enga\xF1aba para mitigar su pena. Adem\xE1s, no pod\xEDa, delante de extra\xF1os,
hacer el papel de estoico, ni de S\xF3crates o cosa por el estilo. M\xE1s
val\xEDa dejar al tiempo el trabajo de persuadir a las _tres cuerdas de la
lira_, a aquella madre, a aquellos hijos, de que el amo de la casa no
padecer\xEDa tanto como ellos pensaban por haber perdido la luz; porque
hab\xEDa descubierto otra. Ahora ve\xEDa por dentro.

                   *       *       *       *       *

Pas\xF3 el tiempo, en efecto, que es el lazarillo de ciegos y de linces, y
va delante de todos abri\xE9ndoles camino.

En la casa de Arial hab\xEDa sucedido a la antigua alegr\xEDa el terror, el
espanto de aquella desgracia, dolor sin m\xE1s consuelo que el no ser
desesperado, porque los m\xE9dicos dejaron vislumbrar lejana posibilidad
de devolver la vista al pobre ciego. M\xE1s adelante la esperanza se fu\xE9
desvaneciendo con el agudo padecer del infortunio todav\xEDa nuevo; y todo
aquel sentir insoportable, de excitaci\xF3n continua, se troc\xF3 para la
mujer y los hijos de D. Jorge en taciturna melancol\xEDa, en resignaci\xF3n
triste: el h\xE1bito hizo tolerable la desgracia; el tiempo, al mitigar
la pena, mat\xF3 el consuelo de la esperanza. Ya nadie esperaba en que
volviera la luz a los ojos de Arial, pero todos fueron comprendiendo
que pod\xEDan seguir viviendo en aquel estado. Verdad es que m\xE1s que el
desgaste del dolor por el roce de las horas, pudo en tal lenitivo la
convicci\xF3n que fueron adquiriendo aquellos pedazos del alma del enfermo
de que \xE9ste hab\xEDa descubierto, al perder la luz, mundos interiores en
que hab\xEDa consuelos grandes, paz, hasta alegr\xEDas.

Por santo que fuera el esposo adorado, el padre amabil\xEDsimo, no podr\xEDa
fingir continuamente y cada vez con m\xE1s arte la calma dulce con que
hab\xEDa acogido su desventura. Poco a poco lleg\xF3 a persuadirlos de que \xE9l
segu\xEDa siendo feliz, aunque de otro modo que antes.

Los gastos de la casa hubo que reducirlos mucho, porque la mina del
trabajo, si no se agot\xF3, perdi\xF3 muchos de sus filones. Arial sigui\xF3
publicando art\xEDculos y hasta libros, porque su hija escrib\xEDa por \xE9l, al
dictado, y su hijo le\xEDa, buscaba datos en las bibliotecas y archivos.

Pero las obras del insigne cr\xEDtico de est\xE9tica pict\xF3rica, de historia
art\xEDstica, fueron tomando otro rumbo: se refer\xEDan a asuntos en que
interven\xEDan poco los testimonios de la vista.

Los trabajos iban teniendo menos color y m\xE1s alma. Es claro que, a
pesar de tales expedientes, Arial ganaba mucho menos. Pero, \xBFy qu\xE9?
La vida exig\xEDa ahora mucho menos tambi\xE9n; no por econom\xEDa s\xF3lo,
sino principalmente por pena, por amor al ciego, madre e hijos se
despidieron de teatros, bailes, paseos, excursiones, lujo de ropa y
muebles \xBFpara qu\xE9? \xA1_\xC9l_ no hab\xEDa de verlo! Adem\xE1s, el mayor gasto de
la casa, la educaci\xF3n de la querida pareja, ya estaba hecho; sab\xEDan lo
suficiente, sobraban ya los maestros.

En adelante, amarse, juntarse alrededor del hogar y alrededor del
cari\xF1o, cerca del ciego, cerca del fuego. Hac\xEDan una pi\xF1a en que Arial
pensaba por todos y los dem\xE1s ve\xEDan por \xE9l. Para no olvidarse de las
formas y colores del mundo, que ten\xEDa grabado en la imaginaci\xF3n como un
infinito museo, D. Jorge ped\xEDa noticias de continuo a su mujer y a sus
hijos: ante todo de ellos mismos, de los cabellos de la _dominante_,
del bozo que le hab\xEDa apuntado al chico..., de la primera cana de la
madre. Despu\xE9s noticias del cielo, de los celajes, de los verdores de
la primavera... "\xA1Oh! despu\xE9s de todo, siempre es lo mismo. \xA1Como si lo
viera!"

"Compadeced a los ciegos de nacimiento, pero a m\xED no. La luz del sol no
se olvida: el color de la rosa es como el recuerdo de unos amores; su
perfume me lo hace ver, como una caricia de la _dominante_ me habla de
las miradas primeras con que me enamor\xF3 su madre. Y \xA1sobre todo, est\xE1
ah\xED la m\xFAsica!"

Y D. Jorge, a tientas, se dirig\xEDa al piano, y como cuando tocaba a
obscuras, cerrando los ojos de noche, tocaba ahora, sin cerrarlos, al
mediod\xEDa... Ya no se re\xEDan los hijos y la madre de las melod\xEDas que
improvisaba el padre: tambi\xE9n a ellos se les figuraba que quer\xEDan decir
algo, muy obscuramente... Para \xE9l, para D. Jorge, eran bien claras,
m\xE1s que nunca; eran todo un himnario de la fe inenarrable que \xE9l hab\xEDa
creado para sus adentros; su religi\xF3n de ciego; eran una dogm\xE1tica en
solfa, una teolog\xEDa en dos o tres octavas.

Don Jorge hubiera querido, para intimar m\xE1s, mucho m\xE1s, con los suyos,
ya que ellos nunca se separaban de \xE9l, no separarse \xE9l jam\xE1s de
ellos con el pensamiento, y para esto iniciarlos en sus ideas, en su
dulc\xEDsima creencia...; pero un rubor singular se lo imped\xEDa. Hablar
con su hija y con su mujer de las cosas misteriosas de la otra vida,
de lo metaf\xEDsico y fundamental, le daba verg\xFCenza y miedo. No podr\xEDan
entenderle. La educaci\xF3n, en nuestro pa\xEDs particularmente, hace que
los m\xE1s unidos por el amor est\xE9n muy distantes entre s\xED en lo m\xE1s
espiritual y m\xE1s grave. Adem\xE1s, la fe racional y trabajada por el alma
pensadora y tierna--\xA1es cosa tan personal, tan inefable!--Prefer\xEDa
entenderse con los suyos por m\xFAsica. \xA1Oh, de esta suerte, s\xED!
Beethoven, Mozart, H\xE4ndel, hablaban a todos cuatro de lo mismo. Les
dec\xEDan, bien claro estaba, que el pobre ciego ten\xEDa dentro del alma
otra luz, luz de esperanza, luz de amor, de santo respeto al misterio
sagrado... La poes\xEDa no tiene, dentro ni fuera, fondo ni superficie;
toda es transparencia, luz increada y que penetra al trav\xE9s de todo...;
la luz material se queda en la superficie, como la explicaci\xF3n
intelectual, l\xF3gica, de las realidades resbala sobre los objetos sin
comunicarnos su esencia...

Pero la m\xFAsica que todas estas cosas dec\xEDa a todos, seg\xFAn Arial, no
era la suya, sino la que tocaba su hijo. El cual se sentaba al piano
y ped\xEDa a Dios inspiraci\xF3n para llevar al alma del padre la alegr\xEDa
m\xEDstica con el bele\xF1o de las notas sublimes; Arial, en una silla baja,
se colocaba cerca del m\xFAsico para poder palparle disimuladamente de
cuando en cuando: al lado de Arial, toc\xE1ndole con las rodillas, hab\xEDa
de estar su compa\xF1era de luz y sombra, de dicha y de dolor, de vida y
muerte..., y m\xE1s cerca que todos, casi sentada sobre el regazo, ten\xEDa
a la _dominante_...; y de tarde en tarde, cuando el amor se lo ped\xEDa,
cuando el ansia de vivir, comunic\xE1ndose con todo de todas maneras, le
hac\xEDa sentir la nostalgia de la visi\xF3n, de la luz f\xEDsica, del _verbo
solar_..., cog\xEDa entre las manos la cabeza de su hija, se acariciaba
con ella las mejillas... y la seda rubia, suave, de aquella flor con
ideas en el c\xE1liz, le met\xEDa en el alma con su contacto todos los rayos
de sol que no hab\xEDa de ver ya en la vida... \xA1Oh! En su esp\xEDritu, s\xF3lo
Dios entraba m\xE1s adentro.



                              EL CENTAURO


Violeta Pag\xE9s, hija de un librepensador catal\xE1n, opulento industrial,
se educ\xF3, si aquello fu\xE9 educarse, hasta los quince a\xF1os, como el
diablo quiso, y de los quince a\xF1os en adelante como quiso ella. Anduvo
por muchos colegios extranjeros, aprendi\xF3 muchas lenguas vivas, en
todas las cuales sab\xEDa expresar correctamente las herej\xEDas de su se\xF1or
padre, dogmas en casa. Sab\xEDa m\xE1s que un bachiller y menos que una joven
recatada. Era hermos\xEDsima; su cabeza parec\xEDa destacarse en una medalla
antigua, como aquellas sicilianas de que nos habla el poeta de los
_Trofeos_; su indumentaria, su figura, sus posturas, hablaban de Grecia
al menos versado en las delicadezas del arte hel\xE9nico; en su tocador,
de gusto arqueol\xF3gico, sencillo, noble, po\xE9tico, Violeta parec\xEDa una
pintura mural cl\xE1sica, recogida en alguna excavaci\xF3n de las que nos
descubrieron la elegancia antigua. En el Manual de arqueolog\xEDa de Guhl
y Koner, por ejemplo, podr\xE9is ver grabados que parecen retratos de
Violeta componiendo su tocado.

Era pagana, no con el coraz\xF3n, que no lo ten\xEDa, sino con el instinto
imitativo, que le hac\xEDa remedar en sus ensue\xF1os las locuras de sus
poetas favoritos, los modernos, los franceses, que andaban a vueltas
con sus recuerdos de c\xE1tedra, para convertirlos en creencia po\xE9tica y
en inspiraci\xF3n de su musa _pl\xE1stica_ y afectadamente sensualista.

A fuerza de creerse pagana y leer libros de esta clase de caballer\xEDas,
lleg\xF3 Violeta a sentir, y, sobre todo, a imaginar con cierta sinceridad
y fuerza, su man\xEDa seudocl\xE1sica.

Como, al fin, era catalana, no le faltaba el necesario buen sentido
para ocultar sus caprichosas ideas, algunas demasiado extravagantes,
ante la mayor parte de sus relaciones sociales, que no pod\xEDan servirle
de p\xFAblico adecuado, por lo poco bachilleras que son las se\xF1oritas en
Espa\xF1a, y lo poco eruditos que son la mayor parte de los bachilleres.

A m\xED, no s\xE9 por qu\xE9, a los pocos d\xEDas de tratarme crey\xF3me digno de oir
las intimidades de su locura pagana. No fu\xE9 porque yo hiciera ante ella
alarde de conocimientos que no poseo; m\xE1s bien debi\xF3 de haber sido por
haber notado la sincera y callada admiraci\xF3n con que yo contemplaba
a hurtadillas, siempre que pod\xEDa, su hermosura soberana, los divinos
pliegues de su t\xFAnica, las graciosas l\xEDneas de su cuerpo, el resplandor
tranquilo e ideal de sus ojos garzos. \xA1Oh, en aquella cabecita
peinada por Prax\xEDsteles, hab\xEDa el f\xF3sforo necesario para hacer un
poeta _parnasiano_ de tercer orden; pero, qu\xE9 templo el que albergaba
aquellos pobres dioses falsos, recalentados y enfermizos! \xA1Qu\xE9 divino
molde, qu\xE9 elocuente _estatuaria_!

Violeta, como todas las mujeres de su clase, creer\xEDa que por gustarme
tanto su cuerpo, yo admiraba su talento, su imaginaci\xF3n, sus caprichos,
traducidos de sus imprudentes lecturas...

Ello fu\xE9 que una noche, en un baile, despu\xE9s de cenar, a la hora de
la fatiga voluptuosa en que las v\xEDrgenes escotadas y excitadas parece
que olfatean en el ambiente perfumado los misterios nupciales con que
sue\xF1a la insinuante vigilia, Violeta, a solas conmigo en un rinc\xF3n de
un jard\xEDn, transformado en estancia palatina, me cont\xF3 su secreto, que
empezaba como el de cualquier rom\xE1ntica despreciable, diciendo:

"Yo estoy enamorada de un imposible."

Pero segu\xEDa de esta suerte:

"Yo estoy enamorada de un Centauro. Este sue\xF1o de la mitolog\xEDa cl\xE1sica
es el m\xEDo; para m\xED todo hombre es poco fuerte, poco r\xE1pido y tiene
pocos pies. Antes de saber yo de la f\xE1bula del hombre-caballo, desde
muy ni\xF1a sent\xED vagas inclinaciones absurdas y una afici\xF3n loca por las
cuadras, las dehesas, las ferias de ganado caballar, las carreras y
todo lo que tuviera relaci\xF3n con el caballo. Mi padre ten\xEDa muchos,
de silla y de tiro, y cuadras como palacios, y a su servicio media
docena de robustos mozos, buenos jinetes y excelentes cocheros. Muy de
madrugada, yo bajaba, y no levantar\xEDa un metro del suelo, a perderme
entre las patas de mis bestias queridas, bosque de columnas movibles
de un templo vivo de mi adoraci\xF3n idol\xE1trica. No sin miedo, pero con
deleite, pasaba horas enteras entre los cascos de los nobles brutos,
cuyos botes, relinchos, temblores de la piel, me impon\xEDan una especie
de pavor religioso y cierta precoz humildad femenil voluptuosa, que
conocen todas las mujeres que aman al que temen. Me embriagaba el
extra\xF1o perfume picante de la cuadra, que me sacaba l\xE1grimas de los
ojos y me hac\xEDa so\xF1ar, como el mijo a los espectadores del teatro persa.

"So\xF1aba con carreras locas por bre\xF1ales y precipicios, saltando colinas
y rompiendo vallas, tendida, como las amazonas de circo, sobre la
reluciente espalda de mis h\xE9roes fogosos, fuertes y sin conciencia,
como yo los quer\xEDa. Fu\xED creciendo y no mengu\xF3 mi afici\xF3n, ni yo trat\xE9
de ocultarla; los primeros hombres que empezaron a ser para m\xED rivales
de mis caballos fueron mis lacayos y mis cocheros, los hombres de
mis cuadras. Bien lo conoci\xF3 alguno de ellos, pero me libraron de su
malicia mis desdenes, que al ver de cerca el amor humano lo encontraron
rid\xEDculo por pobre, por d\xE9bil, por hablador y sutil. El caballo no
bastaba a mis ansias, pero el hombre tampoco. \xA1Oh, qu\xE9 dicha la m\xEDa,
cuando mis estudios me hicieron conocer al Centauro! Como una m\xEDstica
se entrega al esposo ideal, y desprecia por mezquinos y deleznables
los amores terrenos, yo me entregu\xE9 a mis ensue\xF1os, despreci\xE9 a mis
adoradores, y d\xEDa y noche vi, y a\xFAn veo, ante mis ojos, la imagen del
hombre bruto, que tiene cabeza humana y brazos que me abrazan con
amor, pero tiene tambi\xE9n la cr\xEDn fuerte y negra, a que se agarran mis
manos crispadas por la pasi\xF3n salvaje; y tiene los robustos humeantes
lomos, mezcla de luz y de sombra, de graciosa curva, de m\xFAsculo amplio
y f\xE9rreo, lecho de mi amor en la carrera de nuestro frenes\xED, que nos
lleva a trav\xE9s de montes y valles, bosques, desiertos y playas, por
el ancho mundo. En el coraz\xF3n me resuenan los golpes de los terribles
cascos del animal, al azotar y dominar la tierra, de que su rapidez me
da el imperio; y es dulce, con voluptuosidad infinita, el contraste de
su vigor de bruto, de su energ\xEDa de macho feroz, fiel en su instinto,
con la suavidad apasionada de las caricias de sus manos y de los
halagos de sus ojos..."

Call\xF3 un momento Violeta, entusiasmada de veras, y hermos\xEDsima en su
exaltaci\xF3n; mir\xF3me en silencio, mir\xF3 con sonrisa de l\xE1stima burlona a
un grupo de muchachos elegantes que pasaban, y sigui\xF3 diciendo:

"\xA1Qu\xE9 rid\xEDculos me parecen esos buenos mozos con su frac y sus
pantalones!... Son para m\xED espect\xE1culo c\xF3mico, y hasta repugnante, si
insisto en mirarlos; les falta la mitad de lo que yo necesito en el
hombre...; en el macho a quien yo he de querer y he de entregarme...
Si me quieren robar, \xBFc\xF3mo me roban? \xBFC\xF3mo me llevan a la soledad,
lejos de todo peligro?... En ferrocarril o en brazos... \xA1Absurdo! Mi
Centauro, sin dejar de estrecharme contra su pecho, vuelto el tronco
humano hacia m\xED, galopar\xEDa al arrebatarme, y el furor de su carrera
encender\xEDa m\xE1s y m\xE1s la pasi\xF3n de nuestro amor, con el ritmo de los
cascos al batir el suelo... \xA1Cu\xE1ntos viajes de novios hizo as\xED mi
fantas\xEDa! \xA1La de tierras desconocidas que yo cruc\xE9, tendida sobre la
espalda de mi Centauro volador!... \xA1Qu\xE9 delicia respirar el aire que
corta la piel en el vertiginoso escape!... \xA1Qu\xE9 delicia amar entre el
torbellino de las cosas que pasan y se desvanecen mientras la caricia
dura!... El mundo escapa, desaparece, y el beso queda, persiste..."

Como aquello del beso me pareci\xF3 un poco fuerte, aunque fuese dicho por
una se\xF1orita pagana, Violeta, que conoci\xF3 en mi gesto mi extra\xF1eza,
suspendi\xF3 el relato de sus locuras, y cerrando los ojos se qued\xF3 sola
con su Centauro, entreg\xE1ndome a m\xED al brazo secular de su desprecio.

Un poco avergonzado, dej\xE9 mi asiento y sal\xED del rinc\xF3n de nuestra
confidencia, contento con que ella, por tener cerrados los ojos, como
he dicho, no contemplara mi rid\xEDcula manera de andar como el b\xEDpedo
menos mitol\xF3gico, como un gallo, por ejemplo.

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos a\xF1os y he vuelto a ver a Violeta. Est\xE1 hermosa, a
la griega, como siempre, aunque m\xE1s gruesa que antes. Hace d\xEDas me
present\xF3 a su marido, el Conde de La Pita, capit\xE1n de caballer\xEDa,
hombrach\xF3n como un roble, hirsuto, de inteligencia de cerrojo, brutal,
grosero, jinete insigne, enamorado exclusivamente del _arma_, como
\xE9l dice, pero equivoc\xE1ndose, porque al decir el _arma_, alude a su
caballo. Tambi\xE9n se equivoca cuando jura (\xA1y jura bien!), que para \xE9l
no hay m\xE1s creencia que el esp\xEDritu de cuerpo; porque tambi\xE9n entonces
alude al cuerpo de su tordo, que ser\xEDa su P\xEDlades, si hubiera P\xEDlades
de cuatro patas, y si hombres como el Conde de La Pita pudieran ser
Orestes. El tiempo que no pasa a caballo lo da La Pita por perdido; y,
en su misantrop\xEDa de animal perdido en una forma cuasi humana, declama,
suspirando o relinchando, que no tiene m\xE1s amigo verdadero que su tordo.

Violeta, al preguntarle si era feliz con su marido, me contestaba
ayer, disimulando un suspiro: "S\xED, soy feliz... en lo que cabe... Me
quiere... le quiero... Pero... el ideal no se realiza jam\xE1s en este
mundo. Basta con so\xF1arlo y acercarse a \xE9l en lo posible. Entre el Conde
y su tordo... \xA1Ah! Pero el ideal jam\xE1s se cumple en la tierra."

\xA1Pobre Violeta; le parece _poco Centauro_ su marido!



                                RIVALES


\xBFNo ha llegado a notar el discreto lector que en las letras
contempor\xE1neas de los pa\xEDses que mejores y m\xE1s espirituales las tienen,
brillan por alg\xFAn tiempo j\xF3venes de gran talento, de alma exquisita,
promesas de genio, que poco a poco se cansan, se detienen, se
obscurecen, vacilan, dejan de luchar por el primer puesto y consienten
que otros vengan a ocupar la atenci\xF3n y a gozar iguales ilusiones,
y a su vez experimentar el mismo desencanto? Un cr\xEDtico perspicaz,
fij\xE1ndose en tal fen\xF3meno, ha cre\xEDdo explicarlo atribuy\xE9ndolo a la poca
fuerza de esas almas, genios abortados, superiores en cierto sentido
(si no se atiende al resultado, a la obra acabada), a los mismos genios
que tienen la virtud... y el _l\xEDmite_ de la idea fija, del prop\xF3sito
exclusivo y constante, pero inferiores en voluntad, en vigor, en
facultades generales, en suma.

Leyendo al autor que eso dice, V\xEDctor Cano cerr\xF3 el volumen en que lo
dice y se puso a pensar por su cuenta:

"Algo habr\xE1 de esto; pero yo, mejor que genios abortados, llamar\xEDa
a esos hombres, como cierto novelista ruso, _genios sin cartera_.
Como otros esp\xEDritus escogidos, renuncian al placer, al mundo y sus
vanidades, y renuncian a la acci\xF3n, al buen \xE9xito, a los triunfos del
orgullo y del ego\xEDsmo, en nuestras letras contempor\xE1neas hay quien no
conserva, en la gran bancarrota espiritual moderna, en el naufragio
de ideas y esperanzas, m\xE1s que un vago pero acendrado amor a la tenue
poes\xEDa del bien moral profundo, sin principios, sin sanciones, por
dulce instinto, por abnegaci\xF3n melanc\xF3lica y l\xE1nguidamente musical
pudiera decirse. Al ver o presentir la nada de todo, menos la
nobleza del coraz\xF3n, \xBFqu\xE9 alma sincera insiste en luchar por cosas
particulares, por empresas que, ante todo, son ego\xEDstas, por triunfos
que, por de pronto, son de la vanidad? No se renuncia a la gloria por
aquello del _genio no comprendido_, ni se insiste, como en los tiempos
de los Heine y los Flaubert, en se\xF1alar con sarcasmos el abismo que
separa al _artista_ del _philistin_ o del _burgu\xE9s_, sino que, como
Carlos V junto a la tumba de Carlomagno, se grita: _Perdono \xE0 tutti_;
y se declara a todos hermanos en la ceniza, en el polvo, en el viento,
y se mata en el alma la ilusi\xF3n literaria, la contumacia art\xEDstica,
y se renuncia a ser genio, porque ser genio cuesta mucho trabajo,
y no es lo mismo ser genio que ser bueno, que ser humilde, que es
lo que hay que ser; porque hay dos clases de humildes: los que hace
Dios, que son los primeros, mejores y m\xE1s seguros, y los que se hacen
a s\xED mismo, a fuerza de pensar, de sentir, de observar, de amar y
renunciar y _prescindir_. S\xED, hoy existen hombres, especie de trapenses
disfrazados, que se tonsuran la aureola del genio como se rasura el
monje, y que no dan m\xE1s aprecio al bien ef\xEDmero de que se despojan, la
gloria, que el humilde religioso al cabello que ve caer a sus pies.
No importa que estos modernos sectarios de la _prescindencia_ sigan
figurando en el mundo, escribiendo poemas, novelas, ensayos; todo eso
es apariencia, tal vez un modo de ganar el pan y las distracciones;
pero en el fondo ya no hay nada; no hay deseo, no hay plan, no hay
orden bello de vida que aspira a un fin determinado; no hay nada de lo
que hab\xEDa, por ejemplo, en el sistem\xE1tico Goethe, que meti\xF3 el mundo
en su cabeza para poder ser ego\xEDsta pensando en lo que no era \xE9l;
por eso se ve que tales hombres siguen figurando entre los artistas,
entre los escritores; parece que siguen aspirando al primer puesto...
sin facultades suficientes. Acaso no las tengan, pero no les importa;
ni aunque las tuvieran las emplear\xEDan con la constancia, la fe, el
entusiasmo, el orden que ellas exigen; por despreciar la fama hasta
consienten que se crea que aun aspiran a ella. Insisten en escribir,
por ejemplo, porque no saben hacer otra cosa; por inercia, porque es el
pretexto mejor para pensar y sentir... y sufrir."

"Y si no, aqu\xED estoy yo--segu\xEDa pensando V\xEDctor, pero esto m\xE1s _piano_
para no _oirse_ a s\xED mismo, si era posible;--aqu\xED estoy yo, que no
ser\xE9 genio, pero soy algo, y renuncio tambi\xE9n a la _cartera_, a la
gloria que empezaba a sonreirme, aunque buenos sudores y berrinches me
costaba."

Y no cre\xEDa decirse esto a humo y pajas y por vanagloria, sino que
ten\xEDa la vanidad de fundarlo en hechos. Cierto era que en aquel mes
de mayo que acababa de pasar hab\xEDa entregado a un editor un libro;
pero \xBFc\xF3mo lo hab\xEDa entregado? Como quien mete un hijo en el hospicio.
El editor era novel, pobre, no ten\xEDa amigos en la prensa ni apenas
corresponsales; Cano hab\xEDa dado la obra por cuatro cuartos, a condici\xF3n
de que no se le molestara exigi\xE9ndole propaganda; no quer\xEDa _faire
l'article_; nada de reclamos, nada de regalos a los cr\xEDticos, nada de
sueltecitos autobiogr\xE1ficos; all\xE1 iba el libro, que viviera si pod\xEDa.
No podr\xEDa; \xBFc\xF3mo hab\xEDa de poder? El autor era conocido; cuatro o cinco
novelas suyas hab\xEDan llamado la atenci\xF3n; no pocos peri\xF3dicos las
hab\xEDan puesto en los cuernos de la luna; el p\xFAblico se hab\xEDa interesado
por aquel estilo, por aquella manera; hab\xEDa sido un poco de fiebre
moment\xE1nea de novedad. Al publicarse el \xFAltimo volumen ya hab\xEDan
insinuado algunos mal\xE9volos la idea de decadencia; se hab\xEDa hablado
de extrav\xEDo, de atrofia, de estancamiento, de esperanzas fallidas, y,
lo que era peor, se hab\xEDa mostrado claro, _matem\xE1tico_, el cansancio,
el hast\xEDo, ante lo conocido y repetido. V\xEDctor, en vez de buscar un
desquite, una reparaci\xF3n en su obra reciente, con una especie de
coqueter\xEDa refinada, con el placer del _Heautontimorumenos_, se hab\xEDa
esmerado en escribir de suerte que su libro tuviera que parecerle al
vulgo vulgar, anodino. Era un libro moral, sencillo, desprovisto de la
pimienta psicol\xF3gica que en los anteriores hab\xEDa sabido emplear con
tanto arte como cualquier _jeune ma\xEEtre_ franc\xE9s. En rigor, aquella
ausencia de tiquis miquis decadentistas, de misticismos diab\xF3licos, era
un refinamiento de voluptuosidad espiritual; la pretensi\xF3n de V\xEDctor
era sacarle nuevo y delicad\xEDsimo jugo al oprimido lim\xF3n de la moral
corriente, como se llama con est\xFApido menosprecio a la moral producida
siglo tras siglo por lo m\xE1s selecto del pensamiento y del coraz\xF3n
humanos.

Como \xE9l esperaba, su libro, sincero, noble, leal a la tradici\xF3n de
la sana piedad humana, no llam\xF3 la atenci\xF3n, porque nadie se tom\xF3
el trabajo de ayudar al buen \xE9xito; dijeron de \xE9l cuatro necedades
los cr\xEDticos semigalos que cre\xEDan seguir la moda con su desfachatado
materialismo, con su procaz hedonismo de burdel y su estilo, de falso
_neurosismo_; pero ni la cr\xEDtica digna, la que no hace alarde de ser
c\xEDnica y de no pagar al sastre ni a la patrona, ni el p\xFAblico imparcial
y desapasionado dieron cuenta de s\xED.

Aunque V\xEDctor esperaba este resultado; aunque, en rigor, lo hab\xEDa
provocado \xE9l mismo, someti\xE9ndose a una especie de experimento en que
quer\xEDa probar el temple de su alma y la grosera estofa del sentido
est\xE9tico general en su patria, tuvo que confesarse que en algunos
momentos de abandono sinti\xF3 indignaci\xF3n ante la frialdad con que
era acogida una obra que comenzaba por ser edificante, un rasgo de
reflexi\xF3n sana, continente.

Se consolaba de este desfallecimiento del \xE1nimo, de esta contradicci\xF3n
entre sus ideas y anhelos de abnegaci\xF3n, de _prescindencia_ efectiva,
y la realidad de sus preocupaciones, de su vanidad herida de artista
quisquilloso, pensando que la tal flaqueza era cosa de la parte baja
de su ser, de centros viles del organismo que no hab\xEDa podido dominar
todav\xEDa de modo suficiente la hegemon\xEDa del alma cerebral, del _yo_ que
reinaba desde la cabeza. Como gritan el hambre, el miedo, la lascivia
en el cuerpo del asceta, del h\xE9roe, del casto, gritaba en \xE9l, a su
juicio, la vanidad art\xEDstica; pero el remedio estaba en despreciarla,
en ahogar sus protestas.

                   *       *       *       *       *

Y lo mejor era ausentarse; salir de Madrid, de aquellas cuatro calles
y de los cuatro rincones de murmuraci\xF3n seudoliteraria; huir, olvidar
las letras de molde, vivir, en fin, de veras. Empezaba el verano, la
emigraci\xF3n general. Se meti\xF3 en el tren. \xBFAd\xF3nde iba? A cualquier
parte; al Norte, al mar. \xBFQu\xE9 iba a hacer? No lo sab\xEDa. Dejaba a la
casualidad que le prendiese el alma por donde quisiera. En una fonda
de una estaci\xF3n, a la luz del petr\xF3leo, al amanecer, ante una mesa
fr\xEDa cubierta de hule, entre el ruido y el movimiento inc\xF3modos,
antip\xE1ticos, de las prisas de los viajeros, vi\xF3 de repente lo que iba a
hacer aquel verano, si el azar lo permit\xEDa: iba a amar. Era lo mejor;
la ilusi\xF3n m\xE1s ilusoria, pero, por lo mismo, m\xE1s llena del encanto
de la hermosa apariencia de la buena realidad. El amor era lo que
mejor imitaba el mundo que deb\xEDa haber. Enfrente de \xE9l, ante una gran
taza de caf\xE9 con leche, una mujer meditaba a la _orilla_ de aquel mar
ceniciento, con los ojos pardos muy abiertos, las cejas muy pobladas,
de arco de Cupido, en tirantez nerviosa, como conteniendo el peso de
pensamientos que ca\xEDan de la frente. No pensaba en el caf\xE9, ni en el
lugar donde estaba, ni en nada de cuanto ten\xEDa alrededor. Son\xF3 fuera
una campana, y la dama levant\xF3 los ojos y mir\xF3 a V\xEDctor, que se di\xF3 por
enamorado, en lo que cab\xEDa, de aquella mujer, que de fijo no pensaba
como un cualquiera. El marido de aquella se\xF1ora la di\xF3 un suave codazo,
que fu\xE9 como despertarla; se levantaron, salieron, y V\xEDctor se fu\xE9
detr\xE1s. Estaba resuelto a seguir a la dama meditabunda, meti\xE9ndose en
el mismo coche que ella, si era posible, por lo menos en el mismo tren,
aunque no fuera el suyo y tuviera que dejar en otra l\xEDnea el equipaje y
los enseres de primera necesidad que llevaba m\xE1s cerca. Por fortuna, la
dama viajaba en el mismo tren en que V\xEDctor ven\xEDa, en un coche contiguo
al suyo. Cano tom\xF3 sus b\xE1rtulos, cambi\xF3 de departamento, y entr\xF3, con
gran serenidad, donde el matrimonio desconocido. Nadie not\xF3 el cambio
ni la persecuci\xF3n iniciada. A pesar del naciente amor, V\xEDctor se durmi\xF3
un poco, porque la madrugada le sum\xEDa siempre en un sopor de muerte.
Mil veces se lo hab\xEDa dicho a s\xED mismo: "Yo morir\xE9 al salir el sol."
Cuando despert\xF3, la ma\xF1ana ya hab\xEDa entrado en calor; la luz alegraba
el mundo, el tren volaba, el marido dorm\xEDa, y la se\xF1ora de las cejas de
arco de amor le\xEDa con avidez en un rinc\xF3n, olvidada del mundo entero:
le\xEDa un libro en r\xFAstica, en octavo menor, forrado prosaicamente con
medio peri\xF3dico. Para ella no hab\xEDa esposo al lado, un desconocido de
buen ver enfrente, una inmensa llanura en que apuntaban los verdores
del trigo hasta tocar el horizonte, por derecha e izquierda; no hab\xEDa
m\xE1s que lo negro de las p\xE1ginas que beb\xEDa. A veces deb\xEDa de leer
entre l\xEDneas, porque tardaba en dar vuelta a la hoja; pensaba, pero
por sugesti\xF3n de la lectura; para colmo de humillaci\xF3n, V\xEDctor vi\xF3 a
la dama levantar algunas veces la cabeza, mirar al campo, a la red
que ten\xEDa enfrente, como si pasara revista a los bultos que llevaba
en ella; hasta mirarle a \xE9l, sin verle, lo que se llama verle en
conciencia.

Con esto se encend\xEDa m\xE1s lo que V\xEDctor quer\xEDa llamar su naciente amor:
una mujer que no le hac\xEDa caso, ya ten\xEDa mucho adelantado para que \xE9l
la idealizara y la pusiera en el altar de lo Imposible, su dios falso.

\xBFQu\xE9 demonio de libro ser\xEDa aqu\xE9l? Probablemente alguna novela de
Daudet, o, a todo tirar, de Guy de Maupassant... No quer\xEDa pensar en la
posibilidad de que fuese de alg\xFAn autor espa\xF1ol contempor\xE1neo, de un
amigo suyo sobre todo. \xA1No lo permitiera Dios!

"Pero yo soy un texto vivo; yo valgo m\xE1s que un folleto, que una
lucubraci\xF3n pasajera; ese volumen dentro de un a\xF1o ser\xE1 una hoja seca,
olvidada; dentro de dos, un mont\xF3n sucio de papel, y, moralmente,
polvo; en el recuerdo de los lectores que tenga, nada... y yo ser\xE9 yo
todav\xEDa; un joven, viejo para la metaf\xEDsica, pero rozagante, nuevo,
siempre nuevo para el amor, que es un dulce enga\xF1o compatible con todos
los nirvanas del mundo y con todas las obras p\xEDas.

"La literatura era una cosa _est\xFApida_; porque si era mala, era
est\xFApida por s\xED, y si era buena, era necio, in\xFAtil, entregarla al vulgo
que no puede comprenderla. Aquella se\xF1ora, guapa y todo, con los ojos
pensadores y sus cejas cargadas de ideas nobles y de poes\xEDa, ser\xEDa,
es claro, como las dem\xE1s mujeres en el fondo; inteligente s\xF3lo en el
rostro, no de veras, no por dentro. Si el libro era bueno, caso poco
probable, no lo entender\xEDa, y si era malo, \xBFpor qu\xE9 leerlo?"

Ello era que pasaban el tiempo y la campi\xF1a, y el marido no despertaba
ni la mujer dejaba la lectura que tan absorta la ten\xEDa.

V\xEDctor no pudo m\xE1s, y fu\xE9 a la monta\xF1a, ya que la monta\xF1a no ven\xEDa
a \xE9l. Busc\xF3 un pretexto para entablar conversaci\xF3n, o por lo menos
hacerse oir, y dijo:

--Se\xF1ora, \xBFle molestar\xE1 a usted el humo... si...?

La dama levant\xF3 la cabeza, _vi\xF3_, en rigor por primera vez, a Cano;
y repar\xE1ndole bien, eso s\xED, contest\xF3, sonriendo con una sonrisa
inteligente, que, dijera \xE9l lo que quisiera, parec\xEDa hablar de
inteligencia de dentro:

--En este departamento est\xE1 prohibido fumar...

--\xA1Ah! \xA1No hab\xEDa visto!...

--S\xED; pero fume usted lo que quiera, porque mi marido en cuanto
despierte no har\xE1 otra cosa en todo el d\xEDa.

--\xA1Ah, no importa, yo no debo!...

La dama, dulcemente seria, con una mirada tan sincera por lo menos como
la literatura de \xFAltima hora de V\xEDctor, replic\xF3:

--Le aseguro a usted que el tabaco no me molesta absolutamente nada;
fume usted lo que quiera.

Y volvi\xF3 a la lectura.

V\xEDctor se vi\xF3 m\xE1s humillado que antes y sin saber qu\xE9 har\xEDa de aquella
licencia que se le hab\xEDa otorgado, y que probablemente ser\xEDa la \xFAltima
contravenci\xF3n al orden social a que le autorizar\xEDa aquella dama de la
novela, o lo que fuese.

Cuando despert\xF3 el se\xF1or Carrasco, el digno esposo de la desconocida,
la conversaci\xF3n prendi\xF3 fuego m\xE1s f\xE1cilmente; fumaron los dos
espa\xF1oles, y la se\xF1ora de cuando en cuando dejaba la lectura y terciaba
en el di\xE1logo.

En cuanto supo V\xEDctor que el distinguido acad\xE9mico de la Historia,
se\xF1or Carrasco, y su esposa iban a ba\xF1os a un puerto muy animado y
pintoresco del Norte, di\xF3 una palmada de satisfacci\xF3n, aplaudiendo la
_feliz casualidad_ de ir todos con igual destino; \xE9l tambi\xE9n iba a
veranear aquel a\xF1o en Z... En efecto, en cuanto tuvo ocasi\xF3n arregl\xF3
en una de las estaciones del tr\xE1nsito el cambio de itinerario y se
asegur\xF3 de que su equipaje le acompa\xF1ar\xEDa en el nuevo camino que
segu\xEDa. Todo se arregla con dinero y buenas palabras.

Los de Carrasco no sospecharon la mentira, ni pensaron en tal cosa.
Ello fu\xE9 que en Z... siguieron trat\xE1ndose, como era natural; pero es
de advertir que V\xEDctor, por suspicacia de autor, de artista, cuyo amor
propio vive irritado, aun mucho despu\xE9s de que se le d\xE9 por muerto,
no quiso decir a sus nuevos amigos su verdadero nombre; tom\xF3 el de un
pariente muerto, y vivi\xF3 en Z... como un malhechor o un conspirador
que oculta su estado civil. Tuvo miedo de que al decir a la se\xF1ora de
Carrasco, Cristina: "Yo soy V\xEDctor Cano", a ella no le sonaran a nada
o le sonaran a poco estas dos palabras juntas. Muchas veces le hab\xEDa
sucedido encontrarse con personas a quien se deb\xEDa suponer regular
ilustraci\xF3n y conocimiento mediano de las letras contempor\xE1neas, que no
sab\xEDan qui\xE9n era Cano, o sab\xEDan muy poco de \xE9l y sus obras. Si Cristina
recib\xEDa el nombre con indiferencia, ignorante de su fama, o teniendo de
ella escasas noticias, V\xEDctor comprend\xEDa que su amor propio padecer\xEDa
mucho, y para desagravio de sus fueros lastimados le obligar\xEDa a \xE9l, al
enamorado V\xEDctor, a tener en poco las luces naturales y adquiridas de
una se\xF1ora que no sab\xEDa qui\xE9n era el autor de _Los Humildes_, su obra
de m\xE1s resonancia. Am\xF3, pues, de inc\xF3gnito, y de inc\xF3gnito empez\xF3 a
poner en planta un plan de seducci\xF3n espiritual, al que se prestaba,
como pronto pudo conocer con sorpresa y alegr\xEDa, el car\xE1cter so\xF1ador y
caviloso de la se\xF1ora de Carrasco.

                   *       *       *       *       *

La parte material, el teatro, por decirlo as\xED, de la aventura iniciada,
puede figur\xE1rselo el lector que haya vivido en una playa en verano
y haya tenido amor\xEDos, o pretensiones a lo menos, en ocasi\xF3n tan
propicia; los que no, pueden recurrir al recuerdo de cien y cien
novelas, y cuentos y comedias en que el mar, la arena, los marineros y
dem\xE1s partes de por medio y decoraciones adecuadas hacen el gasto.

El se\xF1or Carrasco, el eximio acad\xE9mico de la Historia, era tan
aficionado como a sondar los arcanos de lo pasado, a sondar el fondo
de las aguas donde pod\xEDa sospecharse que hab\xEDa pesca; pescaba desde
que Dios mandaba la luz al mundo, y cuando no pod\xEDa, revolv\xEDa la arena
en busca de conchas pintadas, restos de esos humildes animalitos que
otros m\xE1s fuertes persiguen y que por amor a la paz, a la tranquilidad,
se resignan a vivir enterrados, bajo la arena, donde no estorban ni
excitan la voracidad del fuerte. Mientras el acad\xE9mico penetraba con el
tent\xE1culo de la ca\xF1a y el anzuelo en lo rec\xF3ndito del agua, o revolv\xEDa
con su bast\xF3n la blanda y deleznable arena, su mujer, paseando al
borde de las espumas, sondaba los misterios del alma guiada por el
inteligente buzo de oficio V\xEDctor Cano.

Durante los primeros d\xEDas de la estancia en Z..., V\xEDctor hab\xEDa visto
alguna veces a Cristina leyendo, ora en la playa, ora en un pinar
cercano, ya en la galer\xEDa del balneario, ya en el comedor de la fonda,
un libro forrado con un peri\xF3dico, el mismo probablemente que \xE9l hab\xEDa
aborrecido en el tren. Pero notaba con satisfacci\xF3n el gal\xE1n audaz que
la de Carrasco le\xEDa poco, y en llegando \xE9l pronto dejaba el volumen.
Hasta la oy\xF3 quejarse, ri\xE9ndose, de lo atrasada que llevaba la lectura
dichosa. "Si sigo as\xED, tengo con un libro para todo el verano." Ni
V\xEDctor le pregunt\xF3 jam\xE1s de qu\xE9 obra se trataba (tanto era su desprecio
y su horror a las letras por entonces), ni ella dej\xF3 nunca de ocultar
el volumen en cuanto ve\xEDa acercarse al nuevo amigo.

Por unos quince d\xEDas la victoria indudablemente fu\xE9 del texto vivo;
Cristina olvid\xF3 por completo las letras de molde y oy\xF3 con atenci\xF3n
seria, como meditaba aquella madrugada ante una taza de caf\xE9, oy\xF3 las
disquisiciones de moral extraordinaria y de psicolog\xEDa delicada y
escogida con que V\xEDctor iba prepar\xE1ndola para escuchar sin esc\xE1ndalo la
declaraci\xF3n _sui generis_ y de quinta esencia en que ten\xEDa que parar
todo aquello.

Cano, con la mejor fe del mundo, persuadido, a fuerza de imaginaci\xF3n,
de que estaba po\xE9tica y m\xEDsticamente enamorado, en la playa,
en el pinar, en los maizales, en el prado oloroso, en todas
partes, le recitaba a Cristina con fogosa elocuencia las teor\xEDas
metaf\xEDsico-amorosas de su pen\xFAltima _manera_, las que hab\xEDa vertido,
como quien envenena un pu\xF1al, en la prosa de acero de su pen\xFAltimo
libro. Seg\xFAn estas ideas, hab\xEDa moral, claro que s\xED; el positivismo y
sus consecuencias \xE9ticas eran groser\xEDas horrorosas; el cristianismo
ten\xEDa raz\xF3n a la larga y en conjunto...; pero la moral era relativa, a
saber: no hab\xEDa preceptos generales, abstractos, sino en corto n\xFAmero;
lo m\xE1s de la moral ten\xEDa que ser casu\xEDstico (y aqu\xED una defensa del
jesuitismo, aunque condicional, un paneg\xEDrico de Ignacio de Loyola
y del Talmud). Los esp\xEDritus grandes, escogidos, no necesitaban los
mismos preceptos que el vulgo materialista y grosero; demasiado
aborrec\xEDa la carne el alma enferma de idealidad; lejos de hac\xE9rsela
odiosa, como un peligro, se la deb\xEDa inclinar a transigir con ella, con
la carne, mediante los cosm\xE9ticos del arte, mediante el dogma de la
santa alegr\xEDa. En el mundo estaba el amor, la redenci\xF3n perpetua; el
amor verdadero, que era cosa para muy pocos; cuando dos almas capaces
de comprenderlo y sentirlo se encontraban, la ley era armarse, por
encima de obst\xE1culos del orden civil, buenos, en general, para contener
las pasiones de la muchedumbre, pero in\xFAtiles, perniciosos, rid\xEDculos,
trat\xE1ndose de quien no hab\xEDa de llevar tan santa cosa como es la pasi\xF3n
\xFAnica, animadora, por el camino de la torpeza y la lascivia... Por
ah\xED adelante, y adem\xE1s por aquellos trigos de Dios (y si no trigos,
maizales y bosques de pinos), llevaba V\xEDctor a Cristina, que o\xEDa y
meditaba, y no sospechaba, o fing\xEDa no sospechar, lo que ven\xEDa detr\xE1s
de tales lecciones.

Lleg\xF3 \xE9l a creerla persuadida de que el matrimonio era un accidente
insignificante, trat\xE1ndose de almas m\xEDsticas a la moderna. "Era absurdo
proclamar el divorcio para facilitar la descomposici\xF3n de la familia
vulgar, para dar p\xE1bulo a la licencia plebeya; todo estaba bien como
estaba en la ley religiosa y en la civil; s\xF3lo que hab\xEDa excepciones
que la grosera expresi\xF3n legal, vulgar, no pod\xEDa tener en cuenta, ni
mucho menos puntualizar. \xBFCu\xE1ndo llegaba el caso de la excepci\xF3n?
Los dignos de ella eran los encargados de revelarlos a su propia
conciencia, mediante inspiraci\xF3n sentimental infalible."

Todo esto lo iba diciendo V\xEDctor, no as\xED de golpe y con t\xE9rminos duros
y abstractos, como lo digo yo que tengo prisa, sino entre p\xE1rrafos de
filosof\xEDa po\xE9tica y ante las decoraciones de bosque y marina _propias_
del caso.

                   *       *       *       *       *

Cuando la fruta le iba pareciendo ya muy madura y cre\xEDa llegado el
tiempo de la recolecci\xF3n, not\xF3 Cano que la de Carrasco empezaba a
distraerse mientras \xE9l hablaba, y parec\xEDa meditar, no lo que \xE9l
dec\xEDa, sino otras cosas. Una tarde que \xE9l cre\xEDa la oportuna para la
declaraci\xF3n m\xEDstica, encontr\xF3 a Cristina dentro de una caseta, junto al
agua, leyendo hacia el final del libro forrado con un peri\xF3dico.

Desde entonces pudo ver que la conversi\xF3n de la buena _burguesa_
iba perdiendo terreno; o\xEDa ella con frialdad, a ratos con se\xF1alado
disgusto. Comprendi\xF3 V\xEDctor que a la dama se le ocurr\xEDan objeciones
que no expon\xEDa, pero que ten\xEDa presentes para su conducta. Estupefacto
y airado vi\xF3 el seductor una ma\xF1ana a su disc\xEDpula sentada junto al
acad\xE9mico que pescaba _panchos_, mientras su esposa le\xEDa el libro de
siempre, y lo le\xEDa hacia la mitad. Es decir, que hab\xEDa vuelto a empezar
la lectura, que repasaba lo le\xEDdo. \xA1Y con qu\xE9 avidez lo le\xEDa! Los ojos
le echaban chispas; la mejillas las ten\xEDa encendidas. Al llegar V\xEDctor
cerr\xF3 el volumen de repente, lo escondi\xF3 bajo el chal, y mirando a
Carrasco con dulzura y simpat\xEDa, se le cogi\xF3 del brazo que sujetaba la
ca\xF1a.

--Suelta, mujer, que me quitas el tiento--dijo el sabio.

Y ella solt\xF3, sonriendo, pero no obedec\xEDa las se\xF1as de V\xEDctor, que,
como otras veces, ped\xEDan paseos filos\xF3ficos, un poco de excursi\xF3n
peripat\xE9tico-er\xF3tica.

Tanto terreno iba perdiendo el escritor abstinente, que lleg\xF3 a la
situaci\xF3n desairada del que tiene que apagar la caldera de la pasi\xF3n
elocuente por no caer en rid\xEDculo ante la frialdad que le rodea.

Lleg\xF3 el d\xEDa en que no pudo emplear siquiera el lenguaje fervoroso,
transportado de su misticismo vidente; y entonces fu\xE9 cuando, con
un realismo brutal, impropio de los antecedentes, declar\xF3 su amor
desesperado, bati\xE9ndose en vergonzosa fuga...

Cristina tuvo l\xE1stima; y, clav\xE1ndole los ojos pensativos y cargados de
lectura con que le miraba hac\xEDa tantos d\xEDas, le dijo:

--Mire usted, Florez, le perdono, porque he tenido yo la culpa de
que usted pudiera llegar a tal extremo. No ha sido coqueter\xEDa; ha
sido... que todos somos d\xE9biles; que usted ha sido elocuente, y yo iba
haci\xE9ndome intrincada y _excepcional_..., porque sus palabras parec\xEDan
un filtro de melodrama... Pero, francamente, llega usted tarde. Otro ha
corrido m\xE1s. No se asuste usted... Su rival... es un libro. Ni siquiera
recuerdo el nombre del autor, porque yo, poco literata, hago como
muchas mujeres que no suelen enterarse del nombre de quien las deleita
con sus invenciones. Pensaba este verano llenarme la cabeza de novelas;
comenc\xE9 en el tren una, la primera que cog\xED, y empez\xF3 a interesarme
mucho; despu\xE9s... lleg\xF3 usted... con sus novelas de viva voz, y, se
lo confieso, por muchos d\xEDas me hizo abandonar el libro; pero en la
lucha, que era natural que dentro de m\xED mantuviera mi _vulgaridad_
materialista y grosera de _burguesa honrada_, con la hembra excepcional
que \xEDbamos descubriendo, me acord\xE9 de lo que hab\xEDa visto en los
primeros cap\xEDtulos de aquel libro extra\xF1o... Volv\xED a \xE9l... y poco a
poco me llen\xF3 el alma; ahora lo entend\xEDa mejor, ahora le penetraba todo
el sentido... Eran ustedes rivales... y venci\xF3 \xE9l. Porque \xE9l da por
sabido todo eso que usted me cuenta..., lo entiende, lo siente... y no
lo aprueba; va m\xE1s all\xE1, est\xE1 de vuelta y me restituye a mi prosa de
la vida vulgar honrada, me ense\xF1a el idealismo del deber cumplido, me
hace odiar los ensue\xF1os que dan en el pecado, me revela la poes\xEDa de la
_moral corriente_, que demuestra que el colmo del misticismo est\xE9tico,
de la quinta esencia psicol\xF3gica, est\xE1 cifrado en ser una persona
decente, y que no lo es la mujer que falta a la fidelidad jurada a su
marido. Todo esto, que yo digo tan mal, lo dice, con tanta o m\xE1s poes\xEDa
que usted sus cosas, este libro.

Cristina mostr\xF3 el volumen de mi cuento, y a\xF1adi\xF3:

--Si de alguien pudiera yo enamorarme ser\xEDa del autor de este libro;
pero la mejor manera de rendirle el tributo de admiraci\xF3n que
merece..., es obedecer su doctrina... y, por consiguiente, enamorarse
s\xF3lo del humilde y santo deber.

V\xEDctor no pudo contenerse m\xE1s, y tendiendo las manos hacia el regazo de
Cristina, donde estaba el volumen que antes odiaba, grit\xF3:

--\xA1Por Dios, se\xF1ora, pronto; el nombre de ese libro..., el autor!...

Cristina se puso en pie, y rechazando a V\xEDctor, como si temiera que el
contacto de aquel hombre manchara el texto que veneraba, di\xF3 un paso
atr\xE1s, y abriendo el libro por la primera hoja, ley\xF3: "_El Concilio de
Trento_, por V\xEDctor Cano."

Tembl\xF3 el literato de pies a cabeza; se sinti\xF3 partido en dos; pero
pudo en \xE9l m\xE1s la vanidad que la verg\xFCenza, y sin tratar de reprimirse,
exclam\xF3:

--Se\xF1ora, V\xEDctor Cano soy yo; no soy Florez; yo he escrito esa novela.

En el rostro que palideci\xF3 de repente, de Cristina, se pint\xF3 un gesto
de dolor y repugnancia, de desenga\xF1o insoportable; y la dama seria,
noble, de alma sincera, dando algunos pasos para alejarse, dijo con voz
muy triste:

--Lo siento.



                               PROTESTO

                                   I


Este D. Ferm\xEDn Zald\xFAa, en cuanto tuvo uso de raz\xF3n, y fu\xE9 muy pronto,
por no perder el tiempo, no pens\xF3 en otra cosa m\xE1s que en hacer
dinero. Como para los negocios no sirven los muchachos, porque la
ley no lo consiente, D. Ferm\xEDn soborn\xF3 al tiempo y se las compuso de
modo que pas\xF3 atropelladamente por la infancia, por la adolescencia y
por la primera juventud, para ser cuanto antes un hombre en el pleno
uso de sus derechos civiles; y en cuanto se vi\xF3 mayor de edad, se
puso a pensar si tendr\xEDa \xE9l algo que reclamar por el beneficio de la
restituci\xF3n _in integrum_. Pero \xA1ca! Ni un ochavo ten\xEDa que restituirle
alma nacida, porque, menor y todo, nadie le pon\xEDa el pie delante en
lo de negociar con astucia, en la estrecha esfera en que la ley hasta
entonces se lo permit\xEDa. Tan poca importancia daba \xE9l a todos los a\xF1os
de su vida en que no hab\xEDa podido contratar, ni hacer grandes negocios,
por consiguiente, que hab\xEDa olvidado casi por completo la inocente
edad infantil y la que sigue con sus dulces ilusiones, que \xE9l no hab\xEDa
tenido, para evitarse el disgusto de perderlas. Nunca perdi\xF3 nada don
Ferm\xEDn, y as\xED, aunque devoto y aun supersticioso, como luego veremos,
siempre se opuso terminantemente a aprender de memoria la oraci\xF3n de
San Antonio. \xBFPara qu\xE9?--dec\xEDa \xE9l--. \xA1Si yo estoy seguro de que no he
de perder nunca nada!

--S\xED tal--le dijo en una ocasi\xF3n el cura de su parroquia, cuando Ferm\xEDn
ya era muy hombre--, s\xED tal; puede usted perder una cosa...: el alma.

--De que eso no suceda--replic\xF3 Zald\xFAa--ya cuidar\xE9 yo a su tiempo. Por
ahora a lo que estamos. Ya ver\xE1 usted, se\xF1or cura, c\xF3mo no pierdo nada.
Procedamos con orden.

El que mucho abarca poco aprieta. Yo me entiendo.

Lo \xFAnico de su ni\xF1ez que Zald\xFAa recordaba con gusto y con provecho, era
la gracia que desde muy temprano tuvo de hacer parir dinero al dinero
y a otras muchas cosas. Pocos objetos hay en el mundo, pensaba \xE9l, que
no tengan dentro algunos reales por lo menos; el caso est\xE1 en saber
retorcer y estrujar las cosas para que suden cuartos.

Y lo que hac\xEDa el muchacho era juntarse con los chicos viciosos, que
fumaban, jugaban y robaban en casa dinero o prendas de alg\xFAn valor. No
los segu\xEDa por imitarlos, sino por sacarlos de apuros, cuando carec\xEDan
de pecunia, cuando perd\xEDan al juego, cuando ten\xEDan que restituir el
dinero cogido a la familia o las prendas empe\xF1adas. Ferm\xEDn adelantaba
la plata necesaria...; pero era con inter\xE9s. Y nunca prestaba sino
con garant\xEDas, que sol\xEDan consistir en la superioridad de sus pu\xF1os,
porque procuraba siempre que fueran m\xE1s d\xE9biles que \xE9l sus deudores, y
el miedo le guardaba la vi\xF1a.

Lleg\xF3 a ser hombre y se dedic\xF3 al \xFAnico encanto que le encontraba a la
vida, que era la virtud del dinero de parir dinero. Era una especie
de S\xF3crates cremat\xEDstico; S\xF3crates, como su madre Fenaretes, matrona
partera, se dedicaba a ayudar a parir..., pero ideas. Zald\xFAa era
comadr\xF3n del treinta por ciento.

Todo es seg\xFAn se mira: su avaricia era cosa de su genio; era \xE9l un
genio de la ganancia. De una casa de banca ajena pronto pas\xF3 a otra
propia; lleg\xF3 en pocos a\xF1os a ser el banquero m\xE1s atrevido, sin
dejar de ser prudente, m\xE1s lince, m\xE1s afortunado de la plaza, que
era importante; y no tard\xF3 su cr\xE9dito en ser cosa muy superior a la
esfera de los negocios locales, y aun provinciales, y aun nacionales;
emprendi\xF3 grandes negocios en el extranjero, fu\xE9 su fama universal,
y a todo esto \xE9l, que ten\xEDa el ojo puesto en todas las plazas y en
todos los grandes negocios del mundo, no se mov\xEDa de su pueblo, donde
iba haciendo los necesarios gastos de ostentaci\xF3n, como quien pone
mercanc\xEDas en un escaparate. Hizo un palacio, gran palacio, rodeado
de jardines; trajo lujosos trenes de Par\xEDs y Londres, cuando lo crey\xF3
oportuno, y lo crey\xF3 oportuno cuando cumpli\xF3 cincuenta a\xF1os, y pens\xF3
que era ya hora de ir preparando lo que \xE9l llamaba para sus adentros
_el otro negocio_.


                                  II

Aunque el cura aquel de su parroquia ya hab\xEDa muerto, otros quedaban,
pues curas nunca faltan: y D. Ferm\xEDn Zald\xFAa, siempre que ve\xEDa unos
manteos se acordaba de lo que le hab\xEDa dicho el p\xE1rroco y de lo que \xE9l
le hab\xEDa replicado.

\xC9se era _el otro negocio_. Jam\xE1s hab\xEDa perdido ninguno, y las canas le
dec\xEDan que estaba en el orden empezar a preparar el terreno para que,
por no perder, ni siquiera el alma se le perdiese.

No se ten\xEDa por m\xE1s ni menos pecador que otros cien banqueros y
prestamistas. Enga\xF1ar, hab\xEDa enga\xF1ado al lucero del alba. Como que
sin enga\xF1o, seg\xFAn Zald\xFAa, no habr\xEDa comercio, no habr\xEDa cambio. Para
que el mundo marche, en todo contrato ha de salir perdiendo uno,
para que haya quien gane. Si los negocios se hicieran tablas como el
juego de damas, se acababa el mundo. Pero, en fin, no se trataba de
hacerse el inocente; as\xED como jam\xE1s se hab\xEDa forjado ilusiones en sus
c\xE1lculos para negociar, tampoco ahora quer\xEDa forj\xE1rselas en el _otro
negocio_: "A Dios--se dec\xEDa--no he de enga\xF1arle, y el caso no es buscar
disculpas, sino remedios. Yo no puedo restituir a todos los que pueden
haber dejado un poco de lana en mis zarzales. \xA1La de letras que yo
habr\xE9 descontado! \xA1La de pr\xE9stamos hechos! No puede ser. No puedo ir
buscando uno por uno a todos los perjudicados; en gastos de correos
y en indagatorias se me ir\xEDa m\xE1s de lo que les debo. Por fortuna,
hay un Dios en los cielos que es acreedor de todos; todos le deben
todo lo que son, todo lo que tienen; y pagando a Dios lo que debo a
sus deudores, unifico mi deuda, y para mayor comodidad me valgo del
banquero de Dios en la tierra, que es la Iglesia. \xA1Magn\xEDfico! Valor
recibido, y andando. Negocio hecho."

Comprendi\xF3 Zald\xFAa que para festejar al clero, para gastar parte de sus
rentas en beneficio de la Iglesia, atray\xE9ndose a sus sacerdotes, el
mejor reclamo era la opulencia; no porque los curas fuesen generalmente
amigos del poderoso y cortesanos de la abundancia y del lujo, sino
porque es claro que, siendo misi\xF3n de una parte del clero pedir para
los pobres, para las causas p\xEDas, no han de postular donde no hay de
qu\xE9, ni han de andar oliendo d\xF3nde se guisa. Es preciso que se vea de
lejos la riqueza y que se conozca de lejos la buena voluntad de dar.
Ello fu\xE9 que en cuanto quiso, Zald\xFAa vi\xF3 su palacio lleno de levitas y
tuvo oratorio en casa; y, en fin, la piedad se le entr\xF3 por las puertas
tan de rond\xF3n, que toda aquella riqueza y todo aquel lujo empez\xF3 a
oler as\xED como a incienso; y los tapices y la plata y el oro labrados
de aquel palacio, con todos sus jaspes y estatuas y grandezas de mil
g\xE9neros, llegaron a parecer magnificencias de una catedral, de \xE9sas que
ense\xF1an con tanto orgullo los sacristanes de Toledo, de Sevilla, de
C\xF3rdoba, etc., etc.

Limosnas abundant\xEDsimas y aun m\xE1s fecundas por la sabidur\xEDa con que
se distribuyeron siempre; fundaciones piadosas de ense\xF1anza, de asilo
para el vicio arrepentido, de pura devoci\xF3n y aun de otras clases,
todas santas; todo esto y mucho m\xE1s por el estilo, brot\xF3 del caudal
fabuloso de Zald\xFAa como de un manantial inagotable.

Mas, como no bastaba pagar con los bienes, sino que se hab\xEDa de
contribuir con prestaciones personales, D. Ferm\xEDn, que cada d\xEDa fu\xE9
tomando m\xE1s en serio el negocio de la salvaci\xF3n, se entreg\xF3 a la
pr\xE1ctica devota, y en manos de su director espiritual y _administrador_
m\xEDstico D. Mamerto, maestrescuela de la Santa Iglesia Catedral,
fu\xE9 convirti\xE9ndose en paulino, en siervo de Mar\xEDa, en cofrade del
Coraz\xF3n de Jes\xFAs; y, lo que importaba m\xE1s que todo, ayun\xF3, frecuent\xF3
los Sacramentos, huy\xF3 de lo que le mandaron huir, crey\xF3 cuanto le
mandaron creer, aborreci\xF3 lo aborrecible; y, en fin, lleg\xF3 a ser el
borrego m\xE1s humilde y d\xF3cil de la di\xF3cesis; tanto, que D. Mamerto,
el maestrescuela, hombre listo, al ver oveja tan sumisa y de tantos
posibles, le llamaba para sus adentros "el _Tois\xF3n de Oro_".


                                  III

Todos los comerciantes saben que sin buena fe, sin honradez general en
los del oficio, no hay comercio posible; sin buena conducta, no hay
confianza, a la larga; sin confianza, no hay cr\xE9dito; sin cr\xE9dito,
no hay negocio. Por propio inter\xE9s ha de ser el negociante limpio en
sus tratos; una cosa es la ganancia, con su enga\xF1o necesario, y la
trampa es otra cosa. As\xED pensaba Zald\xFAa, que deb\xEDa gran parte de su
buen \xE9xito a esta honradez formal; a esta seriedad y buena fe en los
negocios, una vez emprendidos los de ventaja. Pues bien; el mismo
criterio llev\xF3 a su _otro negocio_. Ser\xEDa no conocerle pensar que \xE9l
hab\xEDa de ser hip\xF3crita, esc\xE9ptico: no; se aplic\xF3 de buena fe a las
pr\xE1cticas religiosas, y si, modestamente, al sentir el dolor de sus
pecados, se content\xF3 con el de atrici\xF3n, fu\xE9 porque comprendi\xF3, con su
gran golpe de vista, que no estaba la Magdalena para tafetanes, y que
a D. Ferm\xEDn Zald\xFAa no hab\xEDa que pedirle la contrici\xF3n, porque no la
entend\xEDa. Por temor al castigo, a _perder_ el alma, fu\xE9, pues, devoto;
pero este temor no fu\xE9 fingido, y la creencia ciega, absoluta, que se
le pidi\xF3 para salvarse, la tuvo sin empacho y sin el menor esfuerzo. No
comprend\xEDa c\xF3mo hab\xEDa quien se empe\xF1aba en condenarse por el capricho
de no querer creer cuanto fuera necesario. \xC9l lo cre\xEDa todo, y aun
lleg\xF3, por una propensi\xF3n com\xFAn a los de su laya, a creer m\xE1s de lo
conveniente, inclin\xE1ndole al fetichismo disfrazado y a las m\xE1s claras
supersticiones.

En tanto que Zald\xFAa edificaba el alma como pod\xEDa, su palacio era
emporio de la devoci\xF3n ostensible y aun ostentosa, eterno jubileo,
bas\xEDlica de los negocios p\xEDos de toda la provincia, y a no ser
profanaci\xF3n excusable, llam\xE1ralo lonja de los contratos ultratel\xFAricos.

Mas sucedi\xF3 a lo mejor, y cuando el caudal de D. Ferm\xEDn estaba
recibiendo los m\xE1s fervientes y abundantes bocados de la piedad
sol\xEDcita, que el diablo, o quien fuese, inspir\xF3 un sue\xF1o, endemoniado,
si fu\xE9 del diablo, en efecto, al insigne banquero.

So\xF1\xF3 de esta manera. Hab\xEDa llegado la de v\xE1monos; \xE9l se mor\xEDa, se mor\xEDa
sin remedio, y don Mamerto, a la cabecera de su lecho, le consolaba
diciendo:

--\xC1nimo, don Ferm\xEDn, \xE1nimo, que ahora viene la \xE9poca de cosechar el
fruto de lo sembrado. Usted se muere, es verdad, pero \xBFqu\xE9? \xBFVe usted
este papelito? \xBFSabe usted lo que es?--Y don Mamerto sacud\xEDa ante los
ojos del moribundo una papeleta larga y estrecha.

--Eso... parece una letra de cambio.

--Y eso es, efectivamente. Yo soy el librador y usted es el tomador;
usted me ha entregado a m\xED, es decir, ha entregado a la Iglesia, a los
pobres, a los hospitales, a las \xE1nimas, la cantidad... equis.

--Un buen pico.

--\xA1Bueno! Pues bueno; ese pico mando yo, que tengo fondos colocados
en el cielo, porque ya sabe usted que ato y desato, que se lo paguen
a su esp\xEDritu de usted en el otro mundo, en buena moneda de la que
corre all\xED, que es la gracia de Dios, la felicidad eterna. A usted le
enterramos con este papelito sobre la barriga, y por el correo de la
sepultura esta letra llega a poder de su alma de usted, que se presenta
a cobrar ante San Pedro; es decir, a recibir el cacho de gloria, a la
vista, que le corresponda, sin necesidad de antesalas, ni plazos ni
_fechas_ de purgatorio...

Y en efecto; sigui\xF3 don Ferm\xEDn so\xF1ando que se hab\xEDa muerto, y que sobre
la barriga le hab\xEDan puesto, como una recomendaci\xF3n o como uno de
aquellos vi\xE1ticos en moneda y comestibles, que usaban los paganos para
enterrar sus muertos, le hab\xEDan puesto la letra a la vista que su alma
hab\xEDa de cobrar en el cielo.

Y despu\xE9s \xE9l ya no era \xE9l, sino su alma, que con gran frescura se
presentaba en la porter\xEDa de San Pedro, que adem\xE1s de porter\xEDa era un
Banco, a cobrar la letra de don Mamerto.

Pero fu\xE9 el caso que el Ap\xF3stol, arrugado el entrecejo, ley\xF3 y reley\xF3
el documento, le di\xF3 mil vueltas, y por fin, sin mirar al portador dijo
mal humorado:

--\xA1Ni pago ni acepto!

El alma de Zald\xFAa hizo ni m\xE1s ni menos lo que su propietario D.
Ferm\xEDn hubiera hecho en la tierra en situaci\xF3n semejante. No gast\xF3 el
tiempo en palabras vanas, sino que inmediatamente se fu\xE9 a buscar un
notario, y antes de la puesta del sol del d\xEDa siguiente, se extendi\xF3
el correspondiente protesto, con todos los requisitos de la secci\xF3n
octava, del t\xEDtulo d\xE9cimo del libro segundo del C\xF3digo de Comercio
vigente; y D. Ferm\xEDn, su alma, dej\xF3 copia del tal protesto, en papel
com\xFAn, al pr\xEDncipe de los ap\xF3stoles.

Y el cuerpo miserable del avaro, del capitalista devoto, ya encentado
por los gusanos, se encontr\xF3 en su sepultura con un papel sobre la
barriga; pero un papel de m\xE1s bulto y de otra forma que la letra de
cambio que \xE9l hab\xEDa mandado al cielo.

Era el protesto.

Todo lo que hab\xEDa sacado en limpio de sus afanes por el _otro negocio_.

Ni siquiera le quedaba el consuelo de presentarse en juicio a exigir
del librador, del p\xEDcaro D. Mamerto, los gastos del protesto ni las
dem\xE1s responsabilidades, porque la sepultura estaba cerrada a cal y
canto, y adem\xE1s los pies los ten\xEDa ya hechos polvo.


                                  IV

Cuando despert\xF3 D. Ferm\xEDn, vi\xF3 a la cabecera de su cama al
maestrescuela, que le sonre\xEDa complaciente y aguardaba su despertar,
para recordarle la promesa de pagar toda la obra de f\xE1brica de una
nueva y costos\xEDsima instituci\xF3n piadosa.

--D\xEDgame usted, amigo don Mamerto--pregunt\xF3 Zald\xFAa, cabizbajo y
cejijunto como el San Pedro que no hab\xEDa aceptado la letra--, \xBFdebe
creerse en aquellos sue\xF1os que parecen providenciales, que est\xE1n
compuestos con im\xE1genes que pertenecen a las cosas de nuestra
sacrosanta religi\xF3n, y nos dan una gran lecci\xF3n moral y sano aviso para
la conducta futura?

--\xA1Y c\xF3mo si debe creerse!--se apresur\xF3 a contestar el can\xF3nigo, que
en un instante hizo su composici\xF3n de lugar, pero trocando los frenos
y equivoc\xE1ndose de medio a medio, a pesar de que era tan listo--.
Hasta el pagano Homero, el gran poeta, ha dicho que los sue\xF1os vienen
de J\xFApiter. Para el cristiano vienen del \xFAnico Dios verdadero. En la
Biblia tiene usted ejemplos respetables del gran valor de los sue\xF1os.
Ve usted primero a Josef interpretando los sue\xF1os de Fara\xF3n, y m\xE1s
adelante a Daniel explic\xE1ndole a Nabucodonosor...

--Pues este Nabucodonosor que tiene usted delante, mi se\xF1or don
Mamerto, no necesita que nadie le explique lo que ha so\xF1ado, que harto
lo entiende. Y como yo me entiendo, a usted s\xF3lo le importa saber que
en adelante pueden usted y todo el cabildo, y cuantos hombres se visten
por la cabeza, contar con mi amistad..., pero no con mi bolsa. Hoy no
se f\xEDa aqu\xED, ma\xF1ana tampoco.

Pidi\xF3 D. Mamerto explicaciones, y a fuerza de mucho rogar logr\xF3 que D.
Ferm\xEDn le contase el sue\xF1o del protesto.

Quiso el maestrescuela tomarlo a risa; pero al ver la seriedad del
otro, que pon\xEDa toda la fuerza de su fe supersticiosa en atenerse a la
lecci\xF3n del protesto, quem\xF3 el can\xF3nigo el \xFAltimo cartucho diciendo:

--El sue\xF1o de usted es falso, es sat\xE1nico; y lo pruebo probando que es
inveros\xEDmil. Primeramente, niego que haya podido hacerse en el cielo
un protesto..., porque es evidente que en el cielo no hay escribanos.
Adem\xE1s, en el cielo no puede cumplirse con el requisito de extender el
protesto antes de la puesta del sol del d\xEDa siguiente..., porque en
el cielo no hay noche ni d\xEDa, ni el sol se pone, porque todo es sol, y
luz, y gloria, en aquellas regiones.

Y como D. Ferm\xEDn insistiera en su supercher\xEDa, moviendo a un lado y
a otro la cabeza, don Mamerto, irritado, y ech\xE1ndolo a rodar todo,
exclam\xF3:

--Y por \xFAltimo... niego... el portador. No es posible que su alma de
usted se presentara a cobrar la letra... \xA1porque los usureros no tienen
alma!

--Tal creo--dijo D. Ferm\xEDn, sonriendo muy contento y algo socarr\xF3n--; y
como no la tenemos, mal podemos perderla.

Por eso, si viviera el cura aquel de mi parroquia, le demostrar\xEDa
que yo no puedo perder nada. Ni siquiera he perdido el dinero que he
empleado en cosas devotas, porque la fama de santo ayuda al cr\xE9dito.
Pero como ya he gastado bastante en anuncios, ni pago esa obra de
f\xE1brica... ni aprendo la oraci\xF3n de San Antonio.



                            LA YERNOCRACIA


Hablaba yo de pol\xEDtica d\xEDas pasados con mi buen amigo Aurelio Marco,
gran fil\xF3sofo _fin de si\xE8cle_ y padre de familia no tan _filos\xF3fico_,
pues su blandura dom\xE9stica no se aviene con los preceptos de la
modern\xEDsima pedagog\xEDa, que le pide a cualquiera, en cuanto tiene un
hijo, m\xE1s condiciones de capit\xE1n general y de hombre de Estado que a
Napole\xF3n o a Julio C\xE9sar.

Y me dec\xEDa Aurelio Marco:

--Es verdad; estamos hace alg\xFAn tiempo en plena yernocracia: como a ti,
eso me irritaba tiempo atr\xE1s, y ahora... me enternece. Qu\xE9 quieres;
me gusta la sinceridad en los afectos, en la conducta; me entusiasma
el entusiasmo verdadero, sentido realmente; y en cambio, me repugnan
el _pathos_[1] falso, la piedad y la virtud fingidas. Creo que el
hombre camina muy poco a poco del brutal ego\xEDsmo primitivo, sensual,
instintivo, al espiritual, reflexivo altruismo. Fuera de las rar\xEDsimas
excepciones de unas cuantas docenas de santos, se me antoja que hasta
ahora en la humanidad nadie ha querido de veras... a la sociedad, a esa
abstracci\xF3n fr\xEDa que se llama _los dem\xE1s_, el pr\xF3jimo, al cual se le
dan mil nombres para dorarle la p\xEDldora del menosprecio que nos inspira.


El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de ego\xEDsta;
ya por lo que en \xE9l va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya de
nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quinta esencia
del ego\xEDsmo, colmo de la _autolatr\xEDa_; porque el ego\xEDsmo vulgar se
contenta con adorarse a s\xED propio \xE9l solo, y el ego\xEDsmo que busca la
gloria, el ego\xEDsmo heroico..., busca la adoraci\xF3n de los dem\xE1s: que el
mundo entero le ayude a ser ego\xEDsta. Por eso la gloria es deleznable...
claro, como que es contra naturaleza, una paradoja, el sacrificio del
ego\xEDsmo ajeno en aras del propio ego\xEDsmo.

Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el
progreso; lo que niego es que hayamos llegado, as\xED, en masa, como obra
social, al _altruismo_ sincero. El d\xEDa que cada cual quisiera a sus
conciudadanos de verdad, como se quiere a s\xED mismo, ya no hac\xEDa falta
la pol\xEDtica, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso;
y por elipsis o hipocres\xEDa, como quieras llamarlo, convenimos todos en
que cuando hablamos de sacrificios por amor al pa\xEDs... mentimos, tal
vez sin saberlo; es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.

--Pero... entonces--interrump\xED--, \xBFd\xF3nde est\xE1 el progreso?

--A ello voy. La evoluci\xF3n del amor humano no ha llegado todav\xEDa m\xE1s
que a dar el primer paso sobre el abismo moral insondable del amor _a
otros_. \xA1Oh, y es tanto eso! \xA1Supone tanta idealidad! \xA1Preg\xFAntale a un
moribundo que ve c\xF3mo le dejan irse los que se quedan, si tiene gran
valor espiritual el esfuerzo de amar _de veras_ a lo que no es yo mismo!

--\xA1Qu\xE9 lenguaje, Aurelio!

--No es pesimista, es la sinceridad pura. Pues bien; el primer paso en
el amor de los dem\xE1s lo ha dado parte de la humanidad, no de un salto,
sino por el camino... del cord\xF3n umbilical...; las madres han llegado
a amar a sus hijos, lo que se llama amar. Los padres dignos de ser
madres, los padres-madres, hemos llegado tambi\xE9n, por la misteriosa
uni\xF3n de la sangre, a amar de veras a los hijos. El amor familiar es
el \xFAnico progreso serio, grande, _real_, que ha hecho hasta ahora la
_sociolog\xEDa positiva_. Para los dem\xE1s c\xEDrculos sociales, la coacci\xF3n,
la pena, el convencionalismo, los _sistemas_, los equilibrios, las
f\xF3rmulas, las hipocres\xEDas necesarias, la _raz\xF3n de Estado_, lo del
_salus populi_ y otros arbitrios suced\xE1neos del amor verdadero; en la
familia, en sus primeros grados, ya existe el amor cierto, la argamasa
que puede unir las piedras para los cimientos del edificio social
futuro. Repara c\xF3mo nadie es utopista ni revolucionario en su casa; es
decir, nadie que haya llegado al amor real de la familia; porque fuera
de este amor quedan los solterones empedernidos y los much\xEDsimos mal
casados y los no pocos padres descastados. No; en la familia buena
nadie habla de corregir los defectos dom\xE9sticos con _r\xEDos de sangre_,
ni de _reformar_ sacrificando miembros _podridos_, ni se conoce en
el hogar de hoy la pena de muerte, y puedes decir que no hay familia
_real_ donde, habiendo hijos, sea posible el divorcio.

\xA1Oh, lo que debe el mundo al cristianismo en este punto no se ha
comprendido bien todav\xEDa!

--Pero... \xBFy la yernocracia?

--Ahora vamos. La yernocracia ha venido despu\xE9s del _nepotismo_,
debiendo haber venido antes; lo cual prueba que el nepotismo era un
falso progreso, por venir fuera de su sitio; un ego\xEDsmo disfrazado de
altruismo familiar. As\xED y todo, en ciertos casos, el nepotismo ha sido
simp\xE1tico, por lo que se parec\xEDa al verdadero amor familiar; simp\xE1tico
del todo cuando, en efecto, se trataba de hijos a quien por decoro
hab\xEDa que llamar sobrinos. El nepotismo eclesi\xE1stico, el de los Papas,
acaso principalmente, fu\xE9 por esto una _sinceridad_ disfrazada, se
llevaba a la pol\xEDtica el amor familiar, filial, por el rodeo fingido
del lazo colateral. En el rigor etimol\xF3gico, el nepotismo significar\xEDa
la influencia pol\xEDtica del amor a los hijos de los hijos, porque en
buen lat\xEDn _nepos_, es el nieto; pero en lat\xEDn de baja latinidad,
_nepos_ pas\xF3 a ser el sobrino; en la realidad, muchas veces el
_nepotismo_ fu\xE9 la protecci\xF3n del hijo a quien la sociedad negaba esta
gran categor\xEDa, y hab\xEDa que compensarle con otros honores.

Nuestra hipocres\xEDa social no consiente la _filiocracia_ franca, y
despu\xE9s del nepotismo, que era o un disfraz de la _filiocracia_ o un
disfraz del ego\xEDsmo, aparece la yernocracia..., que es el gobierno de
la hija, matriz sublime del amor paternal.

\xA1La hija, mi Rosina!

                   *       *       *       *       *

Call\xF3 Aurelio Marco, conmovido por sus recuerdos, por las im\xE1genes que
le tra\xEDa la asociaci\xF3n de ideas.

Cuando volvi\xF3 a hablar, not\xE9 que en cierto modo hab\xEDa perdido el hilo,
o por lo menos, volv\xEDa a tomarlo de atr\xE1s, porque dijo:

--El nepotismo es, generalmente, cuando se trata de verdaderos
sobrinos, la familia refugio, la familia imposici\xF3n; algo como el
dinero para el avaro viejo; una mano a que nos agarramos en el trance
de caducar y morir. El sobrino imita la familia real que no tuvimos
o que perdimos; el sobrino finge amor en los d\xEDas de decadencia; el
sobrino puede imponerse a la debilidad senil. Esto no es el verdadero
amor familiar; lo que se hace en pol\xEDtica por el sobrino suele ser
ego\xEDsmo, o miedo, o precauci\xF3n, o pago de servicios: ego\xEDsmo.

Sin embargo, es claro que hay casos interesantes, que enternecen, en
el nepotismo. El ejemplo de Bossuet lo prueba. El hombre integ\xE9rrimo,
independiente, que echaba al rey-sol en cara sus manchas morales, no
pudo en los d\xEDas tristes de su vejez extrema abstenerse de solicitar
el favor cortesano. Sufr\xEDa, dice un historiador, el horrible mal _de
piedra_, y sus indignos sobrinos, sabiendo que no era rico y que,
seg\xFAn \xE9l dec\xEDa, "sus parientes no se aprovechar\xEDan de los bienes de
la Iglesia", no cesaban de torturarle, oblig\xE1ndole continuamente a
trasladarse de Meaux a la corte para implorar favores de todas clases;
y el grande hombre ten\xEDa que hacer antesalas y sufrir desaires y
burlas de los cortesanos; hasta que en uno de estos tristes viajes de
pretendiente muri\xF3 en Par\xEDs en 1704. \xC9se es un caso de _nepotismo_
que da pena y que hace amar al buen sacerdote. Bossuet fu\xE9 puro, sus
sobrinos eran sobrinos.

--Pero... \xBFy la yernocracia?

--A eso voy. \xBFConoces a Rosina? Es una reina de Saba de tres a\xF1os y
medio, el sol a domicilio; parece un gran juguete de lujo... con alma.
Sacude la cabellera de oro, con aire imperial, como J\xFApiter maneja
el rayo; de su vocecita de mil tonos y registros hace una gama de
edictos, decretos y rescriptos, y si me mira airada, siento sobre m\xED
la excomuni\xF3n de un \xE1ngel. Es carne de mi carne, ungida con el \xF3leo
sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora,
rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores,
pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero a\xFAn no
nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle
pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos
de la educaci\xF3n. A los dos a\xF1os se ergu\xEDa en su silla de brazos, a la
hora de comer, y no cejaba jam\xE1s en su empe\xF1o de ponerse en pie sobre
el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones,
meti\xF3 un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable
_educaci\xF3n_... pero adorable criatura. \xA1Oh, si no tuviera que crecer,
no la educaba; y pasar\xEDa la vida metiendo los pies en el caldo! M\xE1s que
a su madre, m\xE1s que a m\xED, quiere a ratos la reina de Saba a _Maolito_,
su novio, un vecino de siete a\xF1os, mucho m\xE1s hermoso que yo y sin
barbas que piquen al besarle.

_Maolito_ es nuestro eterno convidado; Rosina le sienta junto a s\xED,
y entre cucharada y cucharada le admira, le adora... y le palpa,
unt\xE1ndole la cara de grasa y otras lindezas. No cabe duda; mi hija est\xE1
enamorada a su manera, a lo \xE1ngel, de _Maolito_.

Una tarde, a los postres, Rosina grit\xF3 con su tono m\xE1s imperativo y m\xE1s
_apasionado_ y elocuente, con la voz a que yo no puedo resistir, a que
siempre me rindo...

--Pap\xE1... yo quere que pap\xE1 sea rey (rey lo dice muy claro) y que haga
ministo y general a Maolito, que quere a m\xED...

--No, tonta--interrumpi\xF3 _Maolito_, que tiene la precocidad de todos
los espa\xF1oles--; tu pap\xE1 no puede ser rey; di t\xFA que quieres que sea
ministro y que me haga a m\xED subsecretario.

                   *       *       *       *       *

Call\xF3 otra vez Aurelio Marco y suspir\xF3, y a\xF1adi\xF3 despu\xE9s, como hablando
consigo mismo:

--\xA1Oh, qu\xE9 remordimientos sent\xED oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi
Rosina! \xA1Yo no pod\xEDa ser rey ni ministro! Mis ensue\xF1os, mis escr\xFApulos,
mis aficiones, mis estudios, mi filosof\xEDa, me hab\xEDan apartado de la
ambici\xF3n y sus caminos; era inepto para pol\xEDtico, no pod\xEDa ya aspirar
a nada... \xA1Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser h\xE1bil, por ser
ambicioso, por no tener escr\xFApulos, por tener influencia, distrito,
cartera, y sacrificarme por el pa\xEDs, plantear econom\xEDas, reorganizarlo
todo, salvar a Espa\xF1a y hacer a _Maolito_ subsecretario!


                              NOTAS:

[1] Pongo yo la _h_, ya que la hab\xEDan de poner los cajistas, pero bien
sabe Dios que sobra.



                            UN VIEJO VERDE


Oid un cuento... \xBFQue no le quer\xE9is naturalista? \xA1Oh, no!, ser\xE1
_idealista_, imposible... rom\xE1ntico.

                   *       *       *       *       *

Monasterio tendi\xF3 el brazo, brill\xF3 la batuta en un rayo de luz verde,
y al conjuro, surgieron como convocadas, de una lontananza ideal, las
hadas invisibles de la armon\xEDa, las notas misteriosas, gnomos del
aire, del bronce y de las cuerdas. Era el alma de Beethoven, ruise\xF1or
inmortal, poes\xEDa eternamente insepulta, como larva de un h\xE9roe muerto
y olvidado en el campo de batalla; era el alma de Beethoven lo que
vibraba, llenando los \xE1mbitos del Circo y llenando los esp\xEDritus de
la ideal melod\xEDa, edificante y seria de su m\xFAsica \xFAnica; como un
contagio, la poes\xEDa sin palabras, el ensue\xF1o m\xEDstico del arte, iba
dominando a los que o\xEDan, cual si un c\xE9firo musical, volando sobre la
sala, subiendo de las butacas a los palcos y a las galer\xEDas, fuese, con
su dulzura, con su perfume de sonidos, infundiendo en todos el suave
adormecimiento de la vaga contemplaci\xF3n ext\xE1tica de la belleza r\xEDtmica.

El sol de fiesta de Madrid penetraba, disfrazado de mil colores, por
las altas vidrieras rojas, azules, verdes, moradas y amarillas; y como
polvo de las alas de las mariposas iban los corp\xFAsculos iluminados
de aquellos haces alegres y m\xE1gicos a jugar con los matices de los
graciosos tocados de las damas, sacando lustre azul, de pluma de gallo,
al negro casco de la hermosa cabeza desnuda de la morena de un palco,
y m\xE1s abajo, en la sala, dando reflejos de aurora boreal a las flores,
a la paja, a los tules de los sombreros graciosos y pintorescos que
anunciaban la primavera como las margaritas de un prado.

                   *       *       *       *       *

Desde un palco del centro o\xEDa la m\xFAsica, con m\xE1s atenci\xF3n de la que
suelen prestar las damas en casos tales, Elisa Rojas, especie de
Minerva con ojos de esmeralda, frente pur\xEDsima, solemne, inmaculada,
con la cabeza de armoniosas curvas, que, no se sab\xEDa por qu\xE9, hablaban
de inteligencia y de pasi\xF3n, peinada como por un escultor en \xE9bano.
Aquellas ondas de los rizos anchos y fijos recordaban las volutas y
las hojas de los chapiteles j\xF3nicos y corintios y estaban en dulce
armon\xEDa con la majestad hier\xE1tica del busto, de contornos y movimientos
can\xF3nicos, casi simb\xF3licos, pero sin afectaci\xF3n ni monoton\xEDa, con
sencillez y hasta con gracia. Elisa Rojas, la de los cien adoradores,
estaba enamorada del modo de amar de algunos hombres. Era coqueta como
quien es coleccionista. Amaba a los escogidos entre sus amadores con la
pasi\xF3n de un bibli\xF3mano por los ejemplares raros y preciosos. Amaba,
sobre todo, sin que nadie lo sospechara, la constancia ajena: para
ella un adorador antiguo era un _incunable_. A su lado ten\xEDa aquella
tarde en otro palco, lleno de obscuridad, todo de hombres, su _biblia
de Gutenberg_, es decir, el ejemplar m\xE1s antiguo, el amador cuyos
plat\xF3nicos obsequios se perd\xEDan para ella en la noche de los tiempos.

_Aquel se\xF1or_, porque ya era un se\xF1or como de treinta y ocho a cuarenta
a\xF1os, la quer\xEDa, s\xED, la quer\xEDa, bien segura estaba, desde que Elisa
recordaba tener malicia para pensar en tales cosas; antes de vestirse
ella de largo ya la admiraba \xE9l de lejos, y ten\xEDa presente lo p\xE1lido
que se hab\xEDa puesto la primera vez que la hab\xEDa visto arrastrando
cola, grave y modesta al lado de su madre. Y ya hab\xEDa llovido desde
entonces. Porque Elisa Rojas, sus amigas lo dec\xEDan, ya no era ni\xF1a, y
si no empezaba a parecer desairada su prolongada solter\xEDa, era s\xF3lo
porque constaba al mundo entero que ten\xEDa los pretendientes a patadas,
a hermos\xEDsimas patadas de un pie cruel y diminuto; pues era cada d\xEDa
m\xE1s bella y cada d\xEDa m\xE1s rica, gracias esto \xFAltimo a la prosperidad de
ciertos buenos negocios de la familia.

_Aquel se\xF1or_ ten\xEDa para Elisa, adem\xE1s, el m\xE9rito de que no pod\xEDa
pretenderla. No sab\xEDa Elisa a punto fijo por qu\xE9; con gran discreci\xF3n
y cautela hab\xEDa procurado indagar el estado de aquel misterioso
adorador, con quien no hab\xEDa hablado m\xE1s que dos o tres veces en diez
a\xF1os y nunca m\xE1s de algunas docenas de palabras, entre la multitud,
acerca de cosas insignificantes, del momento. Unos dec\xEDan que era
casado y que su mujer se hab\xEDa vuelto loca y estaba en un manicomio;
otros, que era soltero, mas que estaba ligado a cierta dama por caso
de conciencia y ciertos compromisos legales...; ello era que a la de
Rojas le constaba que _aquel se\xF1or_ no pod\xEDa pretender amores l\xEDcitos,
los \xFAnicos posibles con ella, y le constaba porque \xE9l mismo se lo hab\xEDa
dicho en el \xFAnico papel que se hab\xEDa atrevido a enviarle en su vida.

Elisa ten\xEDa la costumbre, o el vicio, o lo que fuera, de alimentar
el fuego de sus apasionados con miradas intensas, largas, profundas,
de las que a cada amador de los predilectos le tocaba una cada mes,
pr\xF3ximamente. _Aquel se\xF1or_, que al principio no hab\xEDa sido de los m\xE1s
favorecidos, lleg\xF3, a fuerza de constancia y de humildad, a merecer
el privilegio de una o dos de aquellas miradas en cada ocasi\xF3n en que
se ve\xEDan. Una noche, oyendo m\xFAsica tambi\xE9n, Elisa, entregada a la
gratitud amorosa y llena de recuerdos de la contemplaci\xF3n callada,
dulce y discreta del hombre que se iba haciendo viejo ador\xE1ndola,
no pudo resistir la tentaci\xF3n, mitad apasionada, mitad picaresca y
maleante, de clavar los ojos en los del triste caballero y ensayar en
aquella mirada una diab\xF3lica experiencia que parec\xEDa cosa de alg\xFAn
fisi\xF3logo de la Academia de ciencias del infierno: consist\xEDa la gracia
en querer decir con la mirada, s\xF3lo con la mirada, todo esto que en
aquel momento quiso ella pensar y sentir con toda seriedad: "Toma mi
alma; te beso el coraz\xF3n con los ojos en premio a tu amor verdadero,
compa\xF1\xEDa eterna de mi vanidad, esclavo de mi capricho; f\xEDjate bien,
este mirar es besarte, idealmente, como lo merece tu amor, que s\xE9 que
es pur\xEDsimo, noble y humilde. No ser\xE9 tuya m\xE1s que en este instante y
de esta manera; pero ahora toda tuya, enti\xE9ndeme por Dios, te lo dicen
mis ojos y el acompa\xF1amiento de esa m\xFAsica, toda amores." Y _casi_
firmaron los ojos: Elisa, _tu_ Elisa. Algo debi\xF3 de comprender _aquel
se\xF1or_; porque se puso muy p\xE1lido y, sin que lo notara nadie m\xE1s que
la de Rojas, se sinti\xF3 desfallecer y tuvo que apoyar la cabeza en una
columna que ten\xEDa al lado. En cuanto le volvieron las fuerzas, se
march\xF3 del teatro en que esto suced\xEDa. Al d\xEDa siguiente, Elisa recibi\xF3,
bajo un sobre, estas palabras: "\xA1Mi divino imposible!" Nada m\xE1s; pero
era \xE9l, estaba segura. As\xED supo que tal amante no pod\xEDa pretenderla, y
si esto por una temporada la asust\xF3 y la oblig\xF3 a esquivar las miradas
ansiosas de _aquel se\xF1or_, poco a poco volvi\xF3 a la acariciada costumbre
y, con m\xE1s intensidad y frecuencia que nunca, se dej\xF3 adorar y pag\xF3
con los ojos aquella firmeza del que no esperaba nada. Nada. Lleg\xF3
la ocasi\xF3n de ver el personaje _imposible_, pretendientes no mal
recibidos al lado de su \xEDdolo, y supo hacer, a fuerza de sinceridad
y humildad y cordura, compatible con la dignidad m\xE1s exquisita, que
Elisa, en vez de encontrar desairada la situaci\xF3n del que la adoraba
de lejos, sin poder decir palabra, sin poder _defenderse_, viese nueva
gracia, nuevas pruebas en la resignaci\xF3n necesaria, fatal, del que
no pod\xEDa en rigor llamar rivales a los que aspiraban a lo que \xE9l no
pod\xEDa pretender. Lo que no sab\xEDa Elisa era que _aquel se\xF1or_ no ve\xEDa
las cosas tan claras como ella, y s\xF3lo a ratos, por r\xE1fagas, cre\xEDa no
estar en rid\xEDculo. Lo que m\xE1s le iba preocupando cada mes, cada a\xF1o que
pasaba, era naturalmente la edad, que le iba pareciendo impropia para
tales contemplaciones. Cada vez se retra\xEDa m\xE1s; lleg\xF3 tiempo en que la
de Rojas comprendi\xF3 que _aquel se\xF1or_ ya no la buscaba; y s\xF3lo cuando
se encontraban por casualidad aprovechaba la feliz coyuntura para
admirarla, siempre con discreto disimulo, por no _poder otra cosa_,
porque no ten\xEDa fuerza para no admirarla. Con esto crec\xEDa en Elisa la
dulce l\xE1stima agradecida y apasionada, y cada encuentro de aqu\xE9llos lo
empleaba ella en acumular amor, locura de amor, en aquellos pobres ojos
que tantos a\xF1os hab\xEDa sentido acarici\xE1ndola con adoraci\xF3n muda, seria,
absoluta, eterna.

Mas era costumbre tambi\xE9n en la de Rojas jugar con fuego, poner en
peligro los afectos que m\xE1s la importaban, poner en caricatura, sin
pizca de sinceridad, por alarde de paradoja sentimental, lo que
admiraba, lo que quer\xEDa, lo que respetaba. As\xED, cuando ve\xEDa al amador
_incunable_ animarse un poco, poner gesto de satisfacci\xF3n, de esperanza
loca, disparatada, ella, que no ten\xEDa por tan absurdas como \xE9l mismo
tales ilusiones, se gozaba en torturarle, en _probarle_, como el
bronce de un ca\xF1\xF3n, para lo que le bastaba una singular sonrisa, fr\xEDa,
semiburlesca.

                   *       *       *       *       *

La tarde de mi cuento era solemne para _aquel se\xF1or_; por primera vez
en su vida el azar le hab\xEDa puesto en un palco, codo con codo, junto a
Elisa. Respiraba por primera vez en la atm\xF3sfera de su perfume. Elisa
estaba con su madre y otras se\xF1oras, que hab\xEDan saludado al entrar a
alguno de los caballeros que acompa\xF1aban al _otro_. La de Rojas se
sent\xEDa a su pesar exaltada; la m\xFAsica y la presencia tan cercana de
aquel hombre la ten\xEDan en tal estado, que necesitaba, o marcharse a
llorar a solas _sin saber por qu\xE9_, o hablar mucho y destrozar el
alma con lo que dijera y atormentarse a s\xED propia diciendo cosas
que no sent\xEDa, despreciando lo digno de amor..., en fin, como otras
veces. Ten\xEDa una vaga conciencia, que la humillaba, de que hablando
formalmente no podr\xEDa decir nada digno de la _Elisa ideal que aquel
hombre_ tendr\xEDa en la cabeza. Sab\xEDa que era \xE9l un artista, un so\xF1ador,
un hombre de imaginaci\xF3n, de lectura, de reflexi\xF3n... que ella, _a
pesar de todo_, hablaba como _las dem\xE1s_, punto m\xE1s punto menos. En
cuanto a \xE9l... tampoco hablaba apenas. Ella le oir\xEDa... y tampoco cre\xEDa
digno de aquellos o\xEDdos nada de cuanto pudiera decir en tal ocasi\xF3n \xE9l,
que hab\xEDa sabido callar tanto...

Un rayo de sol, atravesando all\xE1 arriba, cerca del techo, un cristal
verde, vino a caer sobre el grupo que formaban Elisa y su adorador,
tan cerca uno de otro por la primera vez en la vida. A un tiempo
sintieron y pensaron lo mismo, los dos se fijaron en aquel lazo de
luz que los un\xEDa tan idealmente, en pura ilusi\xF3n \xF3ptica, como la paz
que simboliza el arco iris. El hombre no pens\xF3 m\xE1s que en esto, en
la luz; la mujer pens\xF3, adem\xE1s, en seguida, en el color verde. Y se
dijo: "Debo de parecer una muerta", y de un salto gracioso sali\xF3 de
la brillante aureola y se sent\xF3 en una silla cercana y en la sombra.
_Aquel se\xF1or_ no se movi\xF3. Sus amigos se fijaron en el matiz uniforme,
f\xFAnebre que aquel rayo de luz echaba sobre \xE9l. Segu\xEDa Beethoven en el
uso de la orquesta, y no era discreto hablar mucho ni en voz alta. A
las bromas de sus compa\xF1eros, el enamorado caballero no contest\xF3 m\xE1s
que sonriendo. Pero las damas que acompa\xF1aban a Elisa notaron tambi\xE9n
la extra\xF1a apariencia que la luz verde daba al caballero aquel.

La de Rojas sinti\xF3 una tentaci\xF3n invencible, que despu\xE9s reput\xF3
criminal, de decir, en voz bastante alta para que su adorador pudiera
oirla, _un chiste_, un retru\xE9cano, o lo que fuese, que se le hab\xEDa
ocurrido, y que para ella y para \xE9l ten\xEDa m\xE1s alcance que para los
dem\xE1s.

Mir\xF3 con franqueza, con la sonrisa diab\xF3lica en los labios, al infeliz
caballero que se mor\xEDa por ella..., y dijo, como para los de su palco
s\xF3lo, pero segura de ser o\xEDda por \xE9l:

--Ah\xED ten\xE9is lo que se llama... _un viejo verde_.

Las amigas celebraron el chiste con risitas y miradas de inteligencia.

El _viejo verde_, que se hab\xEDa o\xEDdo bautizar, no sali\xF3 del palco hasta
que call\xF3 Beethoven. Sali\xF3 del rayo de luz y entr\xF3 en la obscuridad
para no salir de ella en su vida.

Elisa Rojas no volvi\xF3 a verle.

Pasaron a\xF1os y a\xF1os; la de Rojas se cas\xF3 con cualquiera, con la mejor
_proporci\xF3n_ de las muchas que se le ofrecieron. Pero antes y despu\xE9s
del matrimonio, sus ensue\xF1os, sus melancol\xEDas y aun sus remordimientos,
fueron en busca del amor m\xE1s antiguo, del _imposible_. Tard\xF3 mucho en
olvidarle, nunca le olvid\xF3 del todo: al principio sinti\xF3 su ausencia
m\xE1s que un rey destronado la corona perdida, como un \xEDdolo pudiera
sentir la desaparici\xF3n de su culto. Se vi\xF3 Elisa como un _dios en
el destierro_. En los d\xEDas de crisis para su alma, cuando se sent\xEDa
humillada, despreciada, lloraba la ausencia de aquellos ojos siempre
fieles, como si fueran los de un amante verdadero, los ojos amados.
"_\xA1Aquel se\xF1or_ s\xED que me quer\xEDa, aqu\xE9l s\xED que me adoraba!"

Una noche de luna, en primavera, Elisa Rojas, con unas amigas inglesas,
visitaba el cementerio civil, que tambi\xE9n sirve para los protestantes,
en cierta ciudad mar\xEDtima del Mediod\xEDa de Espa\xF1a. Est\xE1 aquel jard\xEDn,
que yo llamar\xE9 santo, como le llamar\xEDa religioso el derecho romano, en
el declive de una loma que muere en el mar. La luz de la luna besaba el
m\xE1rmol de las tumbas, todas pulcras, las m\xE1s con inscripciones de letra
g\xF3tica, en ingl\xE9s o en alem\xE1n.

En un modesto pero elegante sarc\xF3fago, detr\xE1s del cristal de una urna,
Elisa ley\xF3, sin m\xE1s luz que aqu\xE9lla de la noche clara, al rayo de
la luna llena, sobre el m\xE1rmol negro del nicho, una breve y extra\xF1a
inscripci\xF3n, en relieve, con letras de serpentina. Estaba en espa\xF1ol y
dec\xEDa: "_Un viejo verde_."

De repente sinti\xF3 la seguridad absoluta de que _aquel viejo verde_ era
el suyo. Sinti\xF3 esta seguridad porque, al mismo tiempo que el de su
remordimiento, le estall\xF3 en la cabeza el recuerdo de que una de las
poqu\xEDsimas veces que _aquel se\xF1or_ la hab\xEDa o\xEDdo hablar, hab\xEDa sido en
ocasi\xF3n en que ella describ\xEDa aquel _cementerio protestante_ que ya
hab\xEDa visto otra vez, siendo ni\xF1a, y que la hab\xEDa impresionado mucho.

"\xA1Por m\xED, pens\xF3, se enterr\xF3 como un pagano! Como lo que era, pues yo
fu\xED su diosa."

Sin que nadie la viera, mientras sus amigas inglesas admiraban los
efectos de luna en aquella soledad de los muertos, se quit\xF3 un
pendiente, y con el brillante que lo adornaba, sobre el cristal de
aquella urna, detr\xE1s del que se le\xEDa "Un viejo verde", escribi\xF3 a
tientas y temblando: "Mis amores."

                   *       *       *       *       *

Me parece que el cuento no puede ser m\xE1s rom\xE1ntico, m\xE1s _imposible_...



                             CUENTO FUTURO

                                   I


La humanidad de la tierra se hab\xEDa cansado de dar vueltas mil y mil
veces alrededor de las mismas ideas, de las mismas costumbres, de los
mismos dolores y de los mismos placeres. Hasta se hab\xEDa cansado de
dar vueltas alrededor del mismo sol. Este cansancio \xFAltimo lo hab\xEDa
descubierto un poeta l\xEDrico del g\xE9nero de los desesperados que, no
sabiendo ya qu\xE9 inventar, invent\xF3 eso: el _cansancio del sol_. El tal
poeta era franc\xE9s, como no pod\xEDa ser menos, y dec\xEDa en el pr\xF3logo de
su libro, titulado _Heliofobe_: "C'est b\xEAte de tourner toujours comme
\xE7a. A quoi bon cette sotisse eternelle?... Le soleil, ce bourgeois,
m'emb\xE8te avec ses platitudes..." etc., etc.

El traductor espa\xF1ol de este libro dec\xEDa: "_Es bestia_ esto de dar
siempre vueltas as\xED. \xBF_A qu\xE9 bueno_ esta tonter\xEDa eterna? El sol, ese
burgu\xE9s, me _embiste_ con sus _platitudes_ enojosas. _\xC9l_ cree hacernos
un gran favor qued\xE1ndose ah\xED plantado, sirviendo de fog\xF3n en esta gran
cocina econ\xF3mica que se llama el sistema planetario. Los planetas
son los pucheros puestos a la lumbre; y el himno de los astros, que
Pit\xE1goras cre\xEDa oir, no es m\xE1s que el _grillo del hogar_, el prosaico
chisporroteo del carb\xF3n y el bullir del agua de la caldera... \xA1Basta
de olla podrida! Apaguemos el sol, aventemos las cenizas del hogar.
El gran hast\xEDo de la luz meridiana ha inspirado este _peque\xF1o libro_.
\xA1_Que \xE9l_ es sincero! \xA1_Que \xE9l_ es la expresi\xF3n fiel de un orgullo
noble que desprecia favores que no ha solicitado, halagos de los rayos
lum\xEDnicos que le parecen cadenas insoportables!

"_\xC9l tendr\xE1 bello_ el sol obstin\xE1ndose en ser ben\xE9fico; al fin es un
tirano; la emancipaci\xF3n de la humanidad no ser\xE1 completa hasta el d\xEDa
que desatemos este yugo y dejemos de ser sat\xE9lites de ese reyezuelo
miserable del d\xEDa, vanidoso y fanfarr\xF3n, que despu\xE9s de todo no es m\xE1s
que un esclavo que sigue la carrera triunfal de un se\xF1or invisible."

El pr\xF3logo segu\xEDa diciendo disparates que no hay tiempo para copiar
aqu\xED, y el traductor segu\xEDa soltando galicismos.

Ello fu\xE9 que el libro _hizo furor_, sobre todo en el \xC1frica Central y
en el Ecuador, donde todos aseguraban que el sol ya los ten\xEDa fritos.

Se vendieron 800 millones de ejemplares franceses y 300 ejemplares de
la traducci\xF3n espa\xF1ola; verdad es que \xE9stos no en la Pen\xEDnsula, sino
en Am\xE9rica, donde continuaban los libreros haciendo su agosto sin
necesidad de entenderse con la antiqu\xEDsima metr\xF3poli.

Despu\xE9s del poeta vinieron los fil\xF3sofos y los pol\xEDticos, sosteniendo
lo que ya se llamaba universalmente la _Heliofobia_.

La ciencia discuti\xF3 en Academias, Congresos y _secci\xF3n de variedades_
en los peri\xF3dicos: 1.\xBA, si la vida ser\xEDa posible separando la Tierra
del Sol y dej\xE1ndola correr libre por el vac\xEDo hasta engancharse con
otro sistema; 2.\xBA, si habr\xEDa medio, dado lo mucho que las ciencias
f\xEDsicas hab\xEDan adelantado, de romper el yugo de Febo y dejarse caer en
lo infinito.

Los sabios dijeron que s\xED y que no, y que qu\xE9 sab\xEDan ellos respecto de
ambas cuestiones.

Algunos especialistas prometieron romper la fuerza centr\xEDpeta como
quien corta un pelo; pero ped\xEDan una subvenci\xF3n, y la mayor parte
de los Gobiernos segu\xEDan con el agua al cuello y no estaban para
subvencionar estas cosas. En Espa\xF1a, donde tambi\xE9n hab\xEDa Gobierno y
especialistas, se redujo a prisi\xF3n a varios arbitristas que ofrecieron
romper toda relaci\xF3n solar en un dos por tres.

Las oposiciones, que eran tantas como cabezas de familia hab\xEDa en la
naci\xF3n, pusieron el grito en el cielo: dijeron los Perezistas y los
Alvarezistas y los Gomezistas, etc., etc., que era preciso derribar
aquel Gobierno opresor de la ciencia, etc.

Los obispos, contra los cuales hasta la fecha no hab\xEDan prevalecido las
puertas del infierno, ensalzaban a todos los sabios e ignorantes que se
declaraban _heli\xF3filos_.

"Bueno estaba que se acabase el mundo; que poco val\xEDa, pero deb\xEDa
acabarse como en el texto sagrado se ten\xEDa dicho que hab\xEDa de acabar, y
no por enfriamiento, como ser\xEDa seguro que concluir\xEDa si en efecto nos
alej\xE1bamos del sol..."

Una revista cient\xEDfica y retr\xF3grada, que se llamaba _La Harmon\xEDa_,
recordaba a los _heli\xF3fobos_ una porci\xF3n de textos b\xEDblicos,
amenaz\xE1ndoles con el fin del mundo.

Dec\xEDa el articulista:

"\xA1Ah, miserables! \xA1Quer\xE9is que la Tierra se separe del Sol, huya
del d\xEDa, para convertirse en la _estrella err\xE1tica_, a la cual est\xE1
reservada eternamente la obscuridad y las tinieblas!, como dice San
Judas Ap\xF3stol en su Ep\xEDstola Universal, v. 13. Quer\xE9is lo que ya est\xE1
anunciado, quer\xE9is la muerte; pero oid la palabra de verdad."

"Y en aquellos d\xEDas buscar\xE1n los hombres la muerte, y no la hallar\xE1n;
y desear\xE1n morir, y la muerte huir\xE1 de ellos. (Apocalipsis, cap. IX,
v. 6.)--Porque vuestro tormento es como tormento de escorpi\xF3n; vuestro
mortal hast\xEDo, vuestro odio de la luz, vuestro af\xE1n de tinieblas,
vuestro cansancio de pensar y sentir, es tormento de escorpi\xF3n; y
quer\xE9is la muerte por huir de las _langostas de cola met\xE1lica con
aguijones y con cabello de mujer_, por huir de las huestes de Abadd\xF3n.
En vano, en vano busc\xE1is la muerte del mundo antes de que llegue su
hora, y por otros caminos de los que est\xE1n anunciados. Vendr\xE1 la
muerte, s\xED, y bien pronto; se acabar\xE1 el tiempo, como est\xE1 escrito; los
cuatro \xE1ngeles vendr\xE1n en su d\xEDa para matar la tercera parte de los
hombres. Pero no hab\xE9is de ser vosotros, mortales, quien d\xE9 las se\xF1ales
del exterminio. \xA1Ah, tem\xE9is al sol! S\xED, tem\xE9is que de \xE9l descienda el
castigo; tem\xE9is que el sol sea la copa de fuego que ha de derramar
el \xE1ngel sobre la tierra; tem\xE9is quemaros con el calor, y mor\xEDs
blasfemando y sin arrepentiros, como est\xE1 anunciado. (Apocalipsis,
16-9.)--En vano, en vano quer\xE9is huir del sol, porque est\xE1 escrito que
esta miserable Babilonia ser\xE1 quemada con fuego. (Ibid., 18-8.)"

Los sabios y los fil\xF3sofos nada dijeron a _La Harmon\xEDa_, que no le\xEDan
siquiera. Los peri\xF3dicos sat\xEDricos con caricaturas fueron los que se
encargaron de contestar al periodista _babil\xF3nico_, como le llamaron
ellos, poni\xE9ndole como ropa de pascua, y en caricaturas de colores.

Un sabio muy acreditado, que acababa de descubrir el _bacillus del
hambre_, y libraba a la humanidad doliente con inoculaciones de _caldo
gordo_, sabio aclamado por el mundo entero, y que ya ten\xEDa en todos
los continentes m\xE1s estatuas que pelos en la cabeza, el Dr. Judas
Adambis, natural de Mozambique, emporio de las ciencias a la saz\xF3n,
Atenas moderna, Judas Adambis, tom\xF3 cartas en el asunto y escribi\xF3 una
_Ep\xEDstola Universal_, cuya primera edici\xF3n vendi\xF3 por una porci\xF3n de
millones.

Un peri\xF3dico popular de la \xE9poca, conservador todav\xEDa, daba cuenta de
la carta del Dr. Adambis, copiando los p\xE1rrafos culminantes.

El peri\xF3dico, que era espa\xF1ol, dec\xEDa:

"Sentimos no poder publicar \xEDntegra esta interesant\xEDsima ep\xEDstola,
que est\xE1 llamando la atenci\xF3n de todo el mundo civilizado, desde la
Patagonia a la Mancha, y desde el _helado hasta el ardiente polo_;
pero no podemos concederle m\xE1s espacio, porque hoy es d\xEDa de toros y
de loter\xEDa, y no hemos de prescindir ni de la lista grande, ni de la
corrida, la cual no pas\xF3 de mediana, entre par\xE9ntesis."

Dice as\xED el Dr. Judas Adambis:

"... Yo creo que la humanidad de la tierra debe, en efecto, romper
las cadenas que la sujetan a este sistema planetario, miserable y
mezquino para los vuelos de la ambici\xF3n del hombre. La soluci\xF3n que el
poeta franc\xE9s nos propuso es magn\xEDfica, sublime...; pero no es m\xE1s que
poes\xEDa. Hablemos claro, se\xF1ores. \xBFQu\xE9 es lo que se desea? Romper un
yugo ominoso, como dicen los pol\xEDticos avanzados de la c\xE1scara amarga.
\xBFEs que no puede llamarse la tierra libre e independiente, mientras
viva sujeta a la cadena impalpable que la ata al sol y la luna d\xE9
vueltas alrededor del astro tir\xE1nico, como el mono que montado en un
perro y con el cordel al cuello, describe circunferencias alrededor
de su due\xF1o haraposo? \xA1Ah, no, se\xF1ores! No es esto. Aqu\xED hay algo m\xE1s
que esto. No negar\xE9 yo que esta dependencia del sol nos humilla; s\xED,
nuestro orgullo padece con semejante sujeci\xF3n. Pero eso es lo de menos.
Lo que quiere la humanidad es algo m\xE1s que librarse del sol..., es
librarse de la vida.

"Lo que causa hast\xEDo insoportable a la humanidad no es tanto que el
sol est\xE9 plantado en medio del corro, haci\xE9ndonos dar vueltas a la
pista con sus latigazos de fuego, que una antig\xFCedad remota llam\xF3 las
flechas de Apolo, como las vueltas mismas; esto, esto es lo tedioso:
este volteo por lo infinito. Hubo un tiempo, los sabios pueden decirlo,
feliz para el mundo: fu\xE9 el tiempo en que se crey\xF3 en el progreso
indefinido.

"La ignorancia de tales \xE9pocas hac\xEDa creer a los pensadores que los
adelantos que pod\xEDan notar en la vida humana, refiri\xE9ndose a los ciclos
hist\xF3ricos a que su escasa ciencia les permit\xEDa remontarse, eran buena
prueba de que el progreso era constante. Hoy nuestro conocimiento de la
historia del planeta no nos consiente formarnos semejantes ilusiones;
los cientos de siglos que antiguamente se atribu\xEDan a la vida humana
como hip\xF3tesis atrevida, hoy son perfectamente conocidos, con todos los
pormenores de su historia; hoy sabemos que el hombre vuelve siempre a
las andadas, que nuestra descendencia est\xE1 condenaba a ser salvaje, y
sus descendientes remotos a ser, como nosotros, hombres aburridos de
puro civilizados. \xC9ste es el volteo insoportable, aqu\xED est\xE1 la broma
pesada, lo que nos iguala al m\xEDsero histri\xF3n del circo ecuestre...
No se trata de una de tantas filosof\xEDas pesimistas, _charlatanas_ y
cobardes que han apestado al mundo. No se trata de una teor\xEDa, se
trata de un hecho viril: del suicidio universal. La ciencia y las
relaciones internacionales permiten hoy llevar a cabo tal intento.
El que suscribe sabe c\xF3mo puede realizarse el suicidio de todos los
habitantes del globo en un mismo segundo. \xBFLo acepta la humanidad?"


                                  II

La idea de Judas Adambis era el secreto deseo de la mayor parte de
los humanos. Tanto se hab\xEDa progresado en psicolog\xEDa, que no hab\xEDa
un mal zapatero de viejo que no fuera un Schopenhauer perfeccionado.
Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte,
_d'elite_ dilletanti, como ahora pueden serlo Ernesto Ren\xE1n o Ernesto
Garc\xEDa Ladevese. En siglos remotos, algunos literatos parisienses
hab\xEDan convenido en que ellos, unos diez o doce, eran los \xFAnicos que
ten\xEDan dos dedos de frente; los \xFAnicos que sab\xEDan que la vida era una
bancarrota, _un aborto_, etc., etc. Pues bueno; en tiempos de Adambis,
la inmensa mayor\xEDa de la humanidad estaba al cabo de la calle; casi
todos estaban convencidos de eso, de que esto deb\xEDa dar un estallido.
Pero, \xBFc\xF3mo estallar? \xC9sta era la cuesti\xF3n.

El doctor Adambis, no s\xF3lo hab\xEDa encontrado la f\xF3rmula de la aspiraci\xF3n
universal, sino que promet\xEDa facilitar el medio de poner en pr\xE1ctica su
grandiosa idea. El suicidio individual no resolv\xEDa nada; los suicidios
menudeaban; pero los partos felices mucho m\xE1s. Crec\xEDa la poblaci\xF3n que
era un gusto, y por ah\xED no se iba a ninguna parte.

El suicidio en grandes masas se hab\xEDa ensayado varias veces, pero
no bastaba. Adem\xE1s, las sociedades de suicidas o _voluntarios
de la muerte_, que se hab\xEDan creado en diferentes \xE9pocas, daban
p\xE9simos resultados; siempre sal\xEDamos con que los accionistas y los
comanditarios de buena fe pagaban el pato, y los gestores sobreviv\xEDan y
quedaban gast\xE1ndose los fondos de la sociedad. El caso era encontrar un
medio para realizar el suicidio universal.

Los Gobiernos de todos los pa\xEDses se entendieron con Judas Adambis,
el cual dijo que lo primero que necesitaba era un gran empr\xE9stito, y
adem\xE1s, la seguridad de que todas las naciones aceptaban su proyecto,
pues sin esto no revelar\xEDa su secreto ni comenzar\xEDan los trabajos
preparatorios de tan gran empresa.

Aunque ya no hab\xEDa Inglaterra hac\xEDa mucho tiempo, pues se la hab\xEDa
tragado el mar siglos atr\xE1s, no faltaban pol\xEDticos angl\xF3manos, y hubo
quien sac\xF3 a relucir el _h\xE1beas corpus_ como argumento en contra.
Otros, no menos atrasados, hablaron de la _representaci\xF3n de las
minor\xEDas_. Ello era que no todos, absolutamente todos los hombres
aceptaban la muerte voluntaria.

El Papa, que viv\xEDa en Roma, ni m\xE1s ni menos que San Pedro, dijo que ni
\xE9l ni los Reyes pod\xEDan estar conformes con lo del suicidio universal;
que as\xED no se pod\xEDan cumplir las profec\xEDas. Un poeta muy le\xEDdo por el
bello sexo, asegur\xF3 que el mundo era excelente, y que por lo menos,
mientras \xE9l, el poeta, viviese y cantase, el querer morir era prueba de
muy mal gusto.

Triunf\xF3, a pesar de estas protestas y de las corruptelas de algunos
pol\xEDticos atrasados, la genuina interpretaci\xF3n de la _soberan\xEDa
nacional_. Se puso a votaci\xF3n en todas las asambleas legislativas del
mundo el suicidio universal, y en todas ellas fu\xE9 aprobado por gran
mayor\xEDa.

Pero, \xBFqu\xE9 se hizo con las minor\xEDas? Un escritor de la \xE9poca dijo que
era imposible que el suicidio universal se realizase desde el momento
que exist\xEDa una minor\xEDa que se opon\xEDa a ello. "No ser\xE1 suicidio, ser\xE1
asesinato, por lo que toca a esa minor\xEDa."

"\xA1Sofisma! \xA1Sofisma! \xA1Metaf\xEDsica! \xA1Ret\xF3rica!"--gritaron las mayor\xEDas
furiosas--. "Las minor\xEDas", advirti\xF3 el doctor Adambis en otro folleto,
cuya propiedad vendi\xF3 en cien millones de pesetas, "las minor\xEDas no
_se suicidar\xE1n_, es verdad; _\xA1pero las suicidaremos!_" Absurdo, se
dir\xE1. No, no es absurdo. Las minor\xEDas no se suicidar\xE1n, en cuanto
individuos, o _per se_; pero como de lo que se trata es del suicidio
de la humanidad, que en cuanto colectividad es persona jur\xEDdica, y la
persona jur\xEDdica, ya desde el derecho romano, manifiesta su voluntad
por la votaci\xF3n en mayor\xEDa absoluta, resulta que la minor\xEDa, en cuanto
parte de la humanidad, tambi\xE9n se suicidar\xE1, _per accidens_.

As\xED se acord\xF3. En una Asamblea universal, para elegir cuyos miembros
hubo terribles disturbios, palos, pedradas, tiros (de modo y manera que
por poco se acaba la gente sin necesidad del suicidio); digo que en una
Asamblea universal se vot\xF3 definitivamente el fin del mundo, por lo que
tocaba a los hombres, y se dieron plenos poderes al doctor Adambis para
que cortara y rajara a su antojo.

El empr\xE9stito se hab\xEDa cubierto una vez y cuartillo (menos que el de
Panam\xE1), porque la humanidad de entonces, como la de ahora, se prestaba
a entusiasmarse, a suicidarse; se prestaba a todo menos a prestar
dinero.

Con auxilio de los Gobiernos, pudo Adambis llevar a cabo su obra magna,
que por medio de aplicaciones mec\xE1nicas de condiciones qu\xEDmicas hoy
desconocidas, puso a todos los hombres de la tierra en contacto con la
muerte.

Se trataba de no s\xE9 qu\xE9 diablo de fuerza recientemente descubierta
que, mediante conductores de no se sabe ahora qu\xE9 g\xE9nero, convert\xEDa el
globo en una gran red que encerraba en sus mallas mort\xEDferas a todos
los hombres, _velis nolis_. Hab\xEDa la seguridad de que ni uno solo
podr\xEDa escaparse del estallido universal. Adambis record\xF3 al p\xFAblico
en otro folleto, al revelar su invenci\xF3n, que ya un sabio antiqu\xEDsimo
que se llamaba, no estaba seguro si Ren\xE1n o Fustigueras, hab\xEDa so\xF1ado
con un poder que pusiera en manos de los sabios el destino de la
humanidad, merced a una fuerza destructora descubierta por la ciencia.
Aquel sue\xF1o de Fustigueras iba a realizarse; \xE9l, Adambis, dictador
del exterminio, gracias al gran plebiscito que le hab\xEDa hecho verdugo
del mundo, tirano de la agon\xEDa, iba a destruir a todos los hombres, a
hacerlos reventar en un solo segundo, sin m\xE1s que colocar un dedo sobre
un bot\xF3n.

Sin hacer caso de los gritos y protestas de la minor\xEDa, se dispuso en
todos los pa\xEDses civilizados, que eran todos los del mundo, cuanto era
necesario para la \xFAltima hora de la humanidad doliente. El ceremonial
del tremendo trance cost\xF3 muchas discusiones y disgustos, y por poco
fracasa el gran proyecto por culpa de la etiqueta. \xBFEn qu\xE9 traje, en
qu\xE9 postura, qu\xE9 d\xEDa y a qu\xE9 hora deb\xEDa estallar la humanidad?

Se aprob\xF3 que el traje fuese el de etiqueta rigurosa entre las clases
altas, y en las dem\xE1s el traje nacional. Se desech\xF3 una proposici\xF3n
de suicidarse en el traje de Ad\xE1n, antes de las hojas de higuera. El
que esto propuso, se fundaba en que la humanidad deb\xEDa terminar como
hab\xEDa empezado; pero como lo de Ad\xE1n no era cosa segura, no se aprob\xF3
la idea. Adem\xE1s, era indecorosa. En cuanto a la postura, cada cual
pod\xEDa adoptar la que creyese m\xE1s digna y elegante. \xBFD\xEDa? Se design\xF3
el primero de a\xF1o, por aquello de que a\xF1o nuevo, vida nueva. \xBFHora?
Las doce del d\xEDa, para que el sol aborrecido presidiese, y pudiera dar
testimonio de la suprema resoluci\xF3n de los humanos.

El doctor Adambis pas\xF3 un atento B. L. M. a todos los habitantes del
globo, avis\xE1ndoles la hora y dem\xE1s circunstancias del lance. Dec\xEDa as\xED
el documento:

                       "El doctor Judas Adambis
                              _B. L. M._

  al Sr. D...

  y tiene el gusto de anunciarle que el d\xEDa de A\xF1o Nuevo, a las doce de
  la ma\xF1ana, por el meridiano de tal, sentir\xE1 una gran conmoci\xF3n en la
  espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se
  asuste el Sr. D..., porque la muerte ser\xE1 instant\xE1nea, y puede tener
  el consuelo de que no quedar\xE1 nadie para contarlo. Este estallido ser\xE1
  el s\xEDmbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha
  la digesti\xF3n del almuerzo para esa hora.


  El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasi\xF3n para ofrecer... etc.,
  etc., etc."

                   *       *       *       *       *

Lleg\xF3 el d\xEDa de A\xF1o Nuevo, y a las once y media de la ma\xF1ana, el doctor
Judas, acompa\xF1ado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se present\xF3
en el palacio en que resid\xEDa la Comisi\xF3n internacional organizadora del
suicidio universal.

Vest\xEDa el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en
el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre
arrogante, de negro tambi\xE9n, escotada y con manga corta, daba el
brazo a su digno esposo. La Comisi\xF3n en masa, de frac y corbata negra
tambi\xE9n, sali\xF3 a recibirlos al vest\xEDbulo. Entraron en el sal\xF3n del
_Gran Aparato_, sent\xE1ronse los esposos en un trono, en sendos sillones;
alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que
sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detr\xE1s del trono.
Delante de \xE9ste hab\xEDa una mesa peque\xF1a, cuadrada, con tabla de marfil.
En medio de \xE9sta, un bot\xF3n negro, sencill\xEDsimo, atra\xEDa las miradas de
todos los presentes.

El reloj era una primorosa obra de arte.

Estaba fabricado con material de un extra\xF1o pedrusco que la ciencia
actual permit\xEDa asegurar que era procedente del planeta Marte. No
cab\xEDa duda; era el proyectil de un ca\xF1onazo que nos hab\xEDan disparado
desde all\xE1, no se sab\xEDa si en son de guerra o por ponerse al habla. De
todas suertes, la tierra no hab\xEDa hecho caso, votado como estaba ya el
suicidio de todos.

La bala o lo que fuera se aprovech\xF3 para hacer el reloj en que hab\xEDa
de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco.
Entonces se le di\xF3 cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De
modo que sonar\xEDa por primera y \xFAltima vez a las doce.

Judas mir\xF3 a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto.
Entre los comisionados ya hab\xEDa cinco o seis muertos de miedo. Al
comisionado espa\xF1ol se le ocurri\xF3 que iba a perder la corrida del
pr\xF3ximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los
de verano y viceversa) y se levant\xF3 diciendo... que \xE9l adoptaba el
retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirti\xF3 que
era in\xFAtil, pues lo mismo estallar\xEDa su cerebro en la calle que en
el puesto de honor. El espa\xF1ol se sent\xF3, dispuesto a morir como un
valiente.

\xA1Plin! Con un estallido estridente se abri\xF3 la portezuela del reloj y
apareci\xF3 el esqueleto del cuco.

--\xA1Cuc\xFA, cuc\xFA!

Grit\xF3 hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.

--\xA1Una, dos!

Iba contando el doctor.

Evelina Apple fu\xE9 la que mir\xF3 entonces a su marido con gesto de
angustia y algo desconfiada.

El doctor sonri\xF3, y por debajo de la mesa que ten\xEDa delante di\xF3 a su
mujer la mano. Evelina se asi\xF3 a su marido como a un clavo ardiendo.

--\xA1Cuc\xFA...! \xA1Cuc\xFA!

--\xA1Tres!... \xA1Cuatro!

--\xA1Cuc\xFA, cuc\xFA!

--\xA1Cinco! \xA1Seis!... Adambis puso el dedo \xEDndice de la mano derecha
sobre el bot\xF3n negro.

Los comisionados internacionales que a\xFAn viv\xEDan, cerraron los ojos por
no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.

Sin embargo, el doctor no hab\xEDa oprimido el bot\xF3n.

La yema del dedo, de color de pipa culotada, permanec\xEDa sin temblar
rozando ligeramente la superficie del bot\xF3n fr\xEDo de hierro.

--\xA1Cuc\xFA! \xA1Cuc\xFA!

--\xA1Siete! \xA1ocho!

--\xA1Cuc\xFA! \xA1Cuc\xFA!

--\xA1Nueve! \xA1diez!


                                  III

--\xA1Cuc\xFA!

--\xA1Once!--exclam\xF3 con voz solemne Adambis; y mientras el reloj repet\xEDa.

--\xA1Cuc\xFA!

En vez de decir:--\xA1Doce! Judas call\xF3 y oprimi\xF3 el bot\xF3n negro.

Los comisionados permanecieron inm\xF3viles en su respectivo asiento. El
doctor y su esposa se miraron: p\xE1lido \xE9l y serio; ella, p\xE1lida tambi\xE9n,
pero sonriente.

--Te confieso--dijo Evelina--que al llegar el momento terrible, tem\xEDa
que me jugaras una mala pasada.--Y apret\xF3 la mano de su marido, que
ten\xEDa cogida por debajo de la mesa.

--\xA1Ya estamos solos en el mundo!--exclam\xF3 el doctor con voz de bajo
profundo, ensimismado.

--\xBFCrees t\xFA que no habr\xE1 quedado nadie m\xE1s?...

--Absolutamente nadie.

Evelina se acerc\xF3 a su marido. Aquella soledad del mundo le daba miedo.

--De modo que, por lo pronto, todos esos se\xF1ores...

--Cad\xE1veres. Ven, ac\xE9rcate.

--\xA1No, gracias!

El doctor descendi\xF3 de su trono y se acerc\xF3 a los bancos de los
comisionados. Ninguno se hab\xEDa movido. Todos estaban perfectamente
muertos.

--Los m\xE1s de ellos dan se\xF1ales de haber sucumbido antes de la descarga,
de puro miedo. Lo mismo habr\xE1 pasado a muchos en el resto del mundo.

--\xA1Qu\xE9 horror!--grit\xF3 Evelina, que se hab\xEDa asomado a un balc\xF3n, del
que se retir\xF3 corriendo. Adambis mir\xF3 a la calle, y en la gran plaza
que rodeaba el palacio, vi\xF3 un espect\xE1culo tremendo, con el que no
hab\xEDa contado, y que era, sin embargo, naturalismo.

La multitud, cerca de 500.000 seres humanos, que llenaba el c\xEDrculo
grandioso de la plaza, formando una masa compacta, apretada, de carne,
no era ya m\xE1s que un inmenso mont\xF3n de cad\xE1veres, casi todos en pie. Un
mill\xF3n de ojos abiertos, inm\xF3viles, se fijaban con expresi\xF3n de espanto
en el balc\xF3n, cuyos balaustres oprim\xEDa el doctor con dedos crispados.
Casi todas las bocas estaban abiertas tambi\xE9n. S\xF3lo hab\xEDan ca\xEDdo a
tierra los de las \xFAltimas filas, en las bocacalles; sobre \xE9stos se
inclinaban otros que hab\xEDan penetrado algo m\xE1s en aquel mar de hombres,
y m\xE1s adentro ya no hab\xEDa sino cad\xE1veres tiesos, en pie, como cosidos
unos a otros; muchos estaban todav\xEDa de puntillas, con las manos
apoyadas en los hombros del que ten\xEDan delante. Ni un claro hab\xEDa en
toda la plaza. Todo era una masa de carne muerta.

Balcones, ventanas, buhardillas y tejados, estaban cuajados de
cad\xE1veres tambi\xE9n, y en las ramas de algunos \xE1rboles, y sobre los
pedestales de las estatuas, yac\xEDan pilluelos muertos, supinos, o de
bruces, o colgados. El doctor sent\xEDa terribles remordimientos--. \xA1Hab\xEDa
asesinado a toda la humanidad!--D\xEDgase en su descargo--\xE9l hab\xEDa obrado
de buena fe al proponer el suicidio universal.

\xA1Pero su mujer!... Evelina le ten\xEDa en un pu\xF1o.

Era la hermosa rubia de la minor\xEDa en aquello del suicidio; no tanto
por horror a la muerte, como por llevarle la contraria a su marido.

Cuando vi\xF3 que lo de morir todos iba de veras, tuvo una encerrona con
su caro esposo; a la hora de acostarse, y en pa\xF1os menores, con el
pelo suelto, le puso las peras a cuarto; y unas veces llorando, otras
riendo, ya altiva, ya humilde, ora sarc\xE1stica, ora pat\xE9tica, apur\xF3 los
recursos de su influencia para obligar a su Judas, si no a volverse
atr\xE1s de lo prometido, a cometer la felon\xEDa de hacer una excepci\xF3n en
aquella matanza.

--\xBFNo tienes medio de salvarnos a ti y a m\xED?...

El doctor, aunque lo neg\xF3 al principio, tuvo que confesar al fin que
s\xED; que pod\xEDan salvarse ellos, pero s\xF3lo ellos.

Evelina no ten\xEDa amantes; se conform\xF3 con salvarse sola, pues su marido
no era nadie para ella.

Adambis, que era celoso, casi sin motivo, pues su mujer no pasaba nunca
de ciertas coqueter\xEDas sin consecuencia, experiment\xF3 gran consuelo al
pensar que se iba a quedar solo con Evelina en el mundo.

Merced a ciertos menjurjes, el doctor se aisl\xF3 de la corriente
mort\xEDfera; mas, para probar la fe de Evelina, no quiso untarla a ella
con el salvador ingrediente, y la oblig\xF3 a confiar en su palabra
de honor. Llegado el momento terrible, Adambis, mediante el simple
contacto de las manos, comunic\xF3 a su esposa la virtud de librarse de la
conmoci\xF3n mortal que deb\xEDa acabar con el g\xE9nero humano.

Evelina estaba satisfecha de su marido. Pero aquello de quedarse a
solas en el mundo con \xE9l, era muy aburrido.

--\xBFY c\xF3mo vamos a salir de aqu\xED? Imposible atravesar esa plaza; esa
muralla de carne humana nos lo impedir\xE1...

El doctor sonri\xF3. Sac\xF3 del bolsillo del chaleco un pedacito de tela muy
sutil; lo estir\xF3 entre los dedos, lo dobl\xF3 varias veces y lo desdobl\xF3,
como quien hace una pajarita de papel; result\xF3 un poliedro regular; por
un agujero que ten\xEDa la tela sopl\xF3 varias veces; despu\xE9s de meterse
una pastilla en la boca, y el poliedro fu\xE9 hinch\xE1ndose, se convirti\xF3
en esfera y lleg\xF3 a tener un di\xE1metro de dos metros; era un globo de
bolsillo, mueble muy com\xFAn en aquel tiempo.

--\xA1Ah!--dijo Evelina--has sido previsor, te has tra\xEDdo el globo. Pues
volemos, y vamos lejos; porque el espect\xE1culo de tantos muertos, entre
los que habr\xE1 muchos conocidos, no me divierte. La pareja entr\xF3 en el
globo, que ten\xEDa por dentro todo lo necesario para la direcci\xF3n del
aparato y para la comodidad de dos o tres viajeros.

Y volaron.

Se remontaron mucho.

Hu\xEDan, sin decirse nada, de la tierra en que hab\xEDan nacido.

Sab\xEDa Adambis que donde quiera que posase el vuelo, encontrar\xEDa un
cementerio. \xA1Toda la humanidad muerta, y por obra suya!

Evelina, en cuanto calcul\xF3 que estar\xEDan ya lejos de su pa\xEDs, opin\xF3
que deb\xEDan descender. Su repugnancia, que no llegaba a remordimiento,
se limitaba al espect\xE1culo de la muerte en tierra conocida... "Ver
_cad\xE1veres extranjeros_ no la espantar\xEDa." Pero el doctor no sent\xEDa
as\xED. Despu\xE9s de su gran crimen (pues aquello hab\xEDa sido un crimen), ya
s\xF3lo encontraba tolerable el aire; la tierra no. Flotar entre nubes
por el di\xE1fano cielo azul... menos mal; pero tocar en el suelo, ver el
mundo sin hombres... eso no; no se atrev\xEDa a tanto. "\xA1Todos muertos!
\xA1Qu\xE9 horror!" Cuantas m\xE1s horas pasaban, m\xE1s aumentaba el miedo de
Adambis a la tierra.

Evelina, asomada a una ventanilla del globo, iba ya distra\xEDda
contemplando el _paisaje_. El fresco la animaba; un vientecillo sutil,
que jugaba con los rizos de su frente, la hac\xEDa cosquillas. "No se
estaba mal all\xED."

Pero de repente se acord\xF3 de algo. Volvi\xF3se al doctor, y dijo:

--Chico, tengo hambre.

El doctor, sin decir palabra, tom\xF3 del bolsillo del frac una especie
de petaca, y de \xE9sta sac\xF3 un rollo que semejaba un cigarro puro. Era
una quinta esencia alimenticia, invenci\xF3n del doctor mismo. Con aquel
_cigarro-comestible_ se pod\xEDa pasar perfectamente dos o tres d\xEDas sin
m\xE1s alimento.

--No; quiero comer de veras. Vuestra comida qu\xEDmica me apesta, ya lo
sabes. Yo no como por sustentar el cuerpo; como, por comer, por gusto;
el hambre que yo tengo no se quita con alimentarse, sino satisfaciendo
el paladar; ya me entiendes, quiero comer bien. Descendamos a la
tierra; en cualquier parte encontraremos provisiones; todo el mundo
es nuestro. Ahora se me antoja ir a comer el almuerzo o la cena que
tuvieran preparados el Emperador y la Emperatriz de Patagonia; \xA1ea,
gu\xEDa hacia la Patagonia; anda, y a escape, a toda m\xE1quina!...

Adambis, p\xE1lido de emoci\xF3n, con voz temblorosa, a la que en vano
procuraba dar tonos de energ\xEDa, se atrevi\xF3 a decir:

--Evelina; ya sabes... que siempre he sido esclavo voluntario de tus
caprichos... pero en esta ocasi\xF3n... perd\xF3name si no puedo complacerte.
Primero me arrojar\xE9 de cabeza desde este globo, que descender a la
tierra... a robarle la comida a cualquiera de mis v\xEDctimas. Asesino
fu\xED; pero no ser\xE9 ladr\xF3n.

--\xA1Imb\xE9cil! Todo lo que hay en la tierra es tuyo; t\xFA ser\xE1s el primer
ocupante...

--Evelina, pide otra cosa. Yo no bajo.

--Y entonces... \xBFnos vamos a morir aqu\xED de hambre?

--Aqu\xED tienes mis cigarros de alimento.

--Pero \xBFy en concluy\xE9ndolos?

--Con un poco de agua y de aire, y de dos o tres cuerpos simples, que
yo buscar\xE9 en lo m\xE1s alto de algunas monta\xF1as poco habitadas, tendr\xE9 lo
suficiente para componer sustancia de la que hay en estos extractos.

--Pero eso es muy soso.

--Pero basta para no morirse.

--\xBFY vamos a estar siempre en el aire?

--No s\xE9 hasta cu\xE1ndo. Yo no bajo.

--\xBFDe modo que yo no voy a ver el mundo entero? \xBFNo voy a apoderarme de
todos los tesoros, de todos los museos, de todas las joyas, de todos
los tronos de los grandes de la tierra? \xBFDe modo que en vano soy la
mujer del _Dictador in articulo mortis_ de la humanidad? \xBFDe modo que
me has convertido en una pajarita... despu\xE9s de ofrecerme el imperio
del mundo?...

--Yo no bajo.

--Pero \xBFpor qu\xE9? \xA1Imb\xE9cil!

--Porque tengo miedo.

--\xBFA qui\xE9n?

--A mi conciencia.

--\xBFPero hay conciencia?

--Por lo visto.

--\xBFNo estaba demostrado que la conciencia es una aprensi\xF3n de la
materia org\xE1nica en cierto estado de desarrollo?

--S\xED, estaba.

--\xBFY entonces?...

--Pero hay conciencia.

--\xBFY qu\xE9 te dice tu conciencia?

--Me habla de Dios.

--\xA1De Dios! \xBFDe qu\xE9 Dios?

--\xA1Qu\xE9 s\xE9 yo! De Dios.

--Est\xE1s _incapaz_, hijo. No hay quien te entienda. Expl\xEDcate. \xBFNo te
burlabas t\xFA de m\xED porque _predicaba_, porque iba a misa, y me confesaba
a veces? Yo era y soy cat\xF3lica, como casi todas las se\xF1oras del mundo
hab\xEDan llegado a serlo. Pero eso no me imped\xEDa reconocer que t\xFA, como
casi todos los hombres del mundo, tendr\xEDas tus razones para ser ateo
y racionalista, y recordar\xE1s que nunca te arm\xE9 ning\xFAn caramillo por
motivos religiosos.

--Es cierto.

--Pero, ahora, cuando menos falta hace, te vienes t\xFA con la
conciencia... y con Dios... Y a buena hora, cuando ya no hay quien te
absuelva, porque las mujeres no podemos meternos en eso. Eres tonto,
Judas, siempre lo he dicho, eres un sabio muy tonto.

--Pues yo no bajo.

--Pues yo no fumo. Yo no me alimento con esas porquer\xEDas que t\xFA
fabricas. Todo eso debe de ser veneno a la larga. A lo menos, hombre,
descendamos donde no haya gente..., en alguna regi\xF3n donde haya buena
fruta..., espont\xE1nea, \xA1qu\xE9 s\xE9 yo! t\xFA, que lo sabes todo, sabr\xE1s d\xF3nde
hay de eso. Gu\xEDa.

--\xBFTe contentar\xEDas con eso..., con buena fruta?

--Por ahora..., s\xED, puede.

Adambis se qued\xF3 pensativo. \xC9l recordaba que entre los modern\xEDsimos
comentaristas de la _Biblia_, tanto cat\xF3licos como protestantes,
se hab\xEDa tratado, con gran erudici\xF3n y copia de datos, la cuesti\xF3n
geogr\xE1fico-teol\xF3gica del lugar que ocupar\xEDa en la tierra el Para\xEDso.

\xC9l, Adambis, que no cre\xEDa en el Para\xEDso, hab\xEDa seguido la discusi\xF3n
por curiosidad de arque\xF3logo, y hasta hab\xEDa tomado partido, a reserva
de pensar que el Para\xEDso no pod\xEDa estar en ninguna parte, porque no
lo hab\xEDa habido. Pero era lo cierto que, hipot\xE9ticamente, suponiendo
fidedignos los datos del G\xE9nesis, y concord\xE1ndolos con modernos
descubrimientos hechos en Asia, resultaba que ten\xEDan raz\xF3n los que
colocaban el Jard\xEDn de Ad\xE1n en tal paraje, y no los que le pon\xEDan
en tal otro sitio. La conclusi\xF3n de Adambis era: que "si el Para\xEDso
hubiera existido, sin duda hubiera estado donde dec\xEDan los doctores A.
y B., y no donde aseguraban los PP. X. y Z."

De esta famosa discusi\xF3n y de sus opiniones acerca de ella, le hicieron
acordarse las palabras de su mujer.--"\xA1Si la Biblia tuviera raz\xF3n! \xA1Si
todo eso hubiera sido verdad!" \xBFQui\xE9n sabe? Por si acaso, busquemos.

Y despu\xE9s de pensar as\xED, dijo en voz alta:

--Ea, Evelina, voy a darte gusto. Voy a buscar eso que pides: una
regi\xF3n no habitada que produce espont\xE1neos frutos y frutas de lo m\xE1s
delicado.

Y segu\xEDa pensando el doctor: Dado que el Para\xEDso exista y que yo d\xE9
con \xE9l, \xBFser\xE1 lo que fu\xE9?

\xBFSeguir\xE1 Dios haci\xE9ndole producir tan sabrosos frutos? \xBFNo se habr\xE1
estropeado algo con las aguas del diluvio? Lo que es indudable, si
la Biblia dice bien, es que all\xED no ha vuelto a poner su planta ser
humano. Esos mismos sabios que han discutido d\xF3nde estaba el Para\xEDso no
han tenido la ocurrencia de precisar el lugar, de ir all\xE1, buscarlo,
como yo voy a hacer.

Ellos dec\xEDan: debi\xF3 de estar hacia tal parte, cerca de tal otra; pero
no fueron a buscarle. Tal vez yo lo encuentre. Y bajando en globo,
aunque los \xE1ngeles sigan a la puerta con espadas de fuego, no me
impedir\xE1n la entrada.

\xA1Oh, s\xED, busquemos el Para\xEDso! Para\xEDso para m\xED, porque ser\xE1 el \xFAnico
lugar de la tierra desierto: es decir, que no sea un cementerio; \xFAnico
lugar donde no encontrar\xE9 el espect\xE1culo horrendo de la humanidad
muerta e insepulta.

Abreviemos. Buscando, buscando, desde el aire con un buen anteojo,
comparando sus investigaciones con sus recuerdos de la famosa discusi\xF3n
teol\xF3gico-geogr\xE1fica, Adambis lleg\xF3 a una regi\xF3n del Asia Central,
donde, o mucho se enga\xF1aba, o estaba lo que buscaba. Lo primero que
sinti\xF3 fu\xE9 una satisfacci\xF3n del amor propio... La teor\xEDa de los _suyos_
era la cierta... El Para\xEDso exist\xEDa y estaba all\xED, donde \xE9l cre\xEDa. Lo
raro era que existiese el Para\xEDso.

El amor propio por este lado sal\xEDa derrotado.

Y todav\xEDa quer\xEDa defenderse grit\xE1ndole a Judas en la cabeza:

--\xA1Mira, no sea que te equivoques! No sea eso una gran huerta de alg\xFAn
mandar\xEDn chino o de un Baj\xE1 de siete colas...

El paisaje era delicioso; la frondosidad, como no la hab\xEDa visto jam\xE1s
Adambis.

Cuando \xE9l dudaba as\xED, de repente Evelina, que tambi\xE9n observaba con
unos anteojos de teatro, grit\xF3:

--\xA1Ah, Judas, Judas! por aquel prado se pasea un se\xF1or..., muy alto,
s\xED, parece alto..., de bata blanca... con muchas barbas, blancas
tambi\xE9n...

--\xA1C\xE1scaras!--exclam\xF3 el doctor, que sinti\xF3 un escalofr\xEDo mortal.

Y dirigiendo su catalejo hacia la parte a que apuntaba Evelina, dijo
con voz de espanto:

--No hay duda..., es \xE9l. \xA1\xC9l, mejor dicho!

--Pero \xBFqui\xE9n?

--\xA1Yova Elhoim! \xA1Jehov\xE1! \xA1El Se\xF1or Dios! \xA1El Dios de nuestros
mayores!...


                                  IV

El autor de toda esta farsa necesita, al llegar a este punto de su
narraci\xF3n, interrumpirla, aunque los sienta y mortifique a esas
pl\xE9yades de j\xF3venes naturalistas _en rom\xE1n paladino_, que no pueden
ver sin disgusto que aparezca en la novela o cuento, o lo que sea, la
personalidad del escritor. Yo, de buena gana, continuar\xEDa siendo tan
_objetivo_ como hasta aqu\xED; pero no tengo m\xE1s remedio que sacar a plaza
mi humilde personalidad, aunque sea pecando contra todos los c\xE1nones y
_Falsas Decretales_ del naturalismo traducido al _vulga-puck_ (lengua
universal del vulgo).

Esas pl\xE9yades de naturalistas imberbes (y no digo pl\xE9yade, en singular,
porque pl\xE9yades no tiene ni puede tener singular, aunque lo olviden la
mayor parte de nuestros periodistas) me dispensar\xE1n; pero al presentar
en escena nada menos que al _Deus ex machina_ de la Biblia, necesito
hacer algunas manifestaciones.

Pintar a Jehov\xE1 (as\xED lo llama el vulgo) tal como es, sin _idealizarlo_
ni nada de eso, es empresa superior a mis fuerzas, porque yo nunca le
he visto.

Discuten los sabios si el mismo Mois\xE9s lleg\xF3 a verlo cara a cara;
algunos afirman que s\xF3lo una vez goz\xF3 de su presencia; pero yo, sin
ser sabio, me inclino al parecer de los que piensan que ni Mois\xE9s ni
nadie puso en \xE9l los ojos en la vida. Otra cosa es aquello de sentir el
Esp\xEDritu del Se\xF1or que pasa, el soplo divino que hiere el rostro, etc.,
etc. Eso es posible.

M\xE1s f\xE1cil me ser\xEDa, una vez presentado en escena Jehov\xE1, hacer que su
car\xE1cter _fuera sostenido_ desde el principio hasta el fin, como piden
los preceptistas, que de camino son gacetilleros, a los autores de
dramas y novelas. Para sostener el car\xE1cter de Jehov\xE1 me basta con los
documentos b\xEDblicos, pues se ve en ellos que su energ\xEDa no decae ni un
momento y que en \xE9l no hay contradicciones; porque el haber hecho el
mundo, y arrepentirse despu\xE9s, no es una contradicci\xF3n, toda vez que,
si a eso fu\xE9ramos, ah\xED est\xE1 C\xE1novas, que primero fu\xE9 revolucionario y
despu\xE9s se arrepinti\xF3, y la energ\xEDa de C\xE1novas, sin embargo, est\xE1 fuera
de toda discusi\xF3n. Y me alegro de haber citado a este personaje, porque
si ustedes quieren buscarle a Jehov\xE1, seg\xFAn le presenta la Biblia, un
parecido, el mayor que encontrar\xE1n en la historia, para tener idea del
_Zeus_ b\xEDblico, ser\xE1 \xE9se, C\xE1novas, el _Feus_ malague\xF1o.

Y ahora tengo que entend\xE9rmelas con los timoratos y escrupulosos en
materia religiosa, que acaso quieran ver ribetes de impiedad en mi
cuento. No hay tal impiedad; primero y principalmente, porque s\xF3lo se
trata de una broma, y yo aqu\xED no quiero probar nada, ni acabar con
la Iglesia de Pedro, ni siquiera con los abusos del clero madrile\xF1o.
Ni yo soy cl\xE9rigo de _El Resumen_, ni siquiera redactor de _Las
Dominicales_, ni \xE9se es el camino. Por no ser, ni soy como el autor
de _Namouna_, adorador de Cristo y adem\xE1s de Ahura-Mazda y de Brahma
y de Apis y de Vichn\xFA, etc\xE9tera, etc. Estos eclecticismos religiosos
no se han hecho para m\xED. Lo que puedo jurar es que respeto a Jehov\xE1,
escr\xEDbase c\xF3mo se escriba, tanto como el que m\xE1s, y que en este cuento
no pretendo reemplazar la religi\xF3n de nuestros mayores por otra de mi
invenci\xF3n. Para significar ese respeto precisamente, prescindo de los
procedimientos naturalistas, y en vez de presentar al nuevo personaje
obrando y hablando, como quiere la buena ret\xF3rica, pasar\xE9 como sobre
ascuas sobre todo lo que se refiere a sus relaciones con Adambis, mi
h\xE9roe, vali\xE9ndome de una narraci\xF3n indirecta y no de una descripci\xF3n
directa y pl\xE1stica.

Apres\xFArome a decir que la bata que Evelina crey\xF3 haber visto pendiente
de los hombros del que se paseaba por aquel prado del Para\xEDso, no deb\xEDa
de ser tal bata, ni las barbas, barbas; pero ya saben ustedes que las
mujeres todo lo materializan.

Ello es que aqu\xE9l era Jehov\xE1, efectivamente, y que se estaba paseando
por aquel prado del Para\xEDso, como sol\xEDa todas las tardes que hac\xEDa
bueno; costumbre que le hab\xEDa quedado desde los tiempos de Ad\xE1n.

Adambis, aturdido con la presencia del Se\xF1or, de que no dudaba, pues si
hubiese sido un hombre como los dem\xE1s hubiera muerto a las doce de la
ma\xF1ana, Adambis, lleno de terror y de verg\xFCenza, perdi\xF3 los estribos...
del globo, como si dij\xE9ramos; es decir troc\xF3 los frenos, o de otro
modo, dej\xF3 que la m\xE1quina de dirigir el aerost\xE1tico se descompusiese,
y el globo comenz\xF3 a bajar r\xE1pidamente y se enred\xF3 en las ramas de un
\xE1rbol.

Evelina gritaba, espantando las aves del Para\xEDso, que volaban en
grandes c\xEDrculos alrededor de los inesperados viajeros.

Levant\xF3 el Se\xF1or la cabeza al oir tanto ruido, y viendo el trance,
acudi\xF3 a salvar a los n\xE1ufragos del aire.

A presencia de Jehov\xE1, el doctor Judas permanec\xEDa silencioso y
avergonzado. Evelina miraba al Se\xF1or con curiosidad, pero sin asombro.
Encontrarse con un Dios personal de manos a boca, le parec\xEDa tan
natural, como le hubiera parecido la demostraci\xF3n matem\xE1tica de que
Dios no existe. Lo que ella quer\xEDa era tomar algo.

Con arreglo a lo dicho, se renuncia a copiar aqu\xED el di\xE1logo que medi\xF3
entre Jehov\xE1 y el sabio de Mozambique. Pero se dir\xE1 la sustancia.

El Se\xF1or no abus\xF3, como hubiera hecho J\xFApiter, o _El Siglo Futuro_,
de su situaci\xF3n, que le daba una superioridad incontestable. Nada de
pullas, ni de sarcasmos mucho menos. Demasiado sab\xEDa \xE9l que Adambis,
desde que hab\xEDa estudiado Anatom\xEDa comparada, se hab\xEDa pasado la vida
negando la posibilidad de un Dios personal. Los dos sab\xEDan esto. \xBFPara
qu\xE9 hablar de ello?

Judas se crey\xF3 en el deber de humillarse y de confesar su error. Pero
Jehov\xE1, con una delicadeza que nunca tuvieron los Nocedales en sus
palizas a _La Uni\xF3n_, hizo que la conversaci\xF3n cambiase de rumbo.

Lo pasado, pasado. Ahora se trataba de reformar la humanidad por
segunda vez. Lo de Ad\xE1n hab\xEDa salido mal; el remedio del diluvio
tampoco hab\xEDa probado; tal vez el mal habr\xEDa estado en dejar vivos
a tantos parientes; un mundo que comienza entre suegros y cu\xF1adas,
no puede ir bien. Adem\xE1s, lo primero que hab\xEDa hecho No\xE9, pasada la
borrasca, hab\xEDa sido emborracharse... Jehov\xE1 esperaba m\xE1s formalidad
por parte de Judas Adambis. Judas hab\xEDa acabado con la humanidad...
Corriente. Poco se hab\xEDa perdido.

El pesimismo era la tonter\xEDa que menos pod\xEDa tolerar Elhoim; la
humanidad se hab\xEDa hecho pesimista...; bien muerta estaba. Ahora se
trataba de otro ensayo: Adambis iba a repoblar el mundo, y si esta
nueva cr\xEDa sal\xEDa mal tambi\xE9n, basta de ensayos; la tierra se quedar\xEDa
en barbecho por ahora.

El matrimonio de Adambis y Evelina hab\xEDa sido hasta entonces infecundo;
pero con las aguas del Para\xEDso, Jehov\xE1 promet\xEDa que la fecundidad
visitar\xEDa el seno de aquella se\xF1ora.

--No ser\xE1n ustedes inocentes--vino a decir Jehov\xE1--, porque eso ya no
puede ser. Pero esto mismo me conviene. Inocente y todo, Ad\xE1n hizo lo
que hizo. Usted, se\xF1or Adambis, es un sabio verdadero, a pesar de sus
errores teol\xF3gicos, y quiero ver si me conviene m\xE1s la suprema malicia
que la suprema inocencia. Desde hoy llevan ustedes en arrendamiento
todo este jard\xEDn amen\xEDsimo. La renta que me han de pagar ser\xE1n sus
buenas obras. Todo lo que ustedes ven es de ustedes.

--\xBFAbsolutamente todo?--exclam\xF3 Evelina.

Y Jehov\xE1, aunque con otras palabras, vino a decir:

--S\xED, se\xF1ora..., sin m\xE1s excepci\xF3n que una... insignificante. Pongo
por condici\xF3n... la misma que puse al otro. No se ha de tocar a este
manzano, que en un tiempo fu\xE9 el \xE1rbol de la ciencia del bien y del
mal, y que ahora no es m\xE1s que un manzano de la acreditada clase de
los que producen las ricas manzanas de Balsa\xEDn. Por comer de esos
manzanos no sabr\xE1n ustedes ni m\xE1s ni menos de lo que saben, ni ser\xE1n
como dioses, ni nada de eso. Si Satan\xE1s se presenta otra vez y quiere
tentar a esta se\xF1ora, no le haga caso ninguno. Como este manzano los
hay a porrillo en todo el Para\xEDso. Pero yo me entiendo, y no quiero que
se toque en ese \xE1rbol. Si com\xE9is de esas manzanas... vuelta a empezar;
os echo de aqu\xED, tendr\xE9is que trabajar, parir\xE1 esta se\xF1ora con dolor,
etc., etc. En fin, ya saben ustedes el programa. Y no digo m\xE1s.

Y desapareci\xF3 Jehov\xE1 Elhoim.

Y casi me alegro, porque ahora ya puedo copiar el di\xE1logo textualmente.

Evelina encogi\xF3 los hombros y dijo:

--T\xFA, Judas, \xBFqu\xE9 opinas de todo esto?

--\xA1Fig\xFArate!

--Valiente sabio estabas t\xFA. Mira qu\xE9 bien hac\xEDa yo en ir a misa, por
un si acaso. T\xFA eres un tonto, que por poco nos haces condenarnos a los
dos. Afortunadamente, el Se\xF1or parece un se\xF1or muy amable.

--\xA1Oh! La Bondad infinita...

--S\xED, pero...

--El Sumo Bien...

--S\xED, pero...

--La Sabidur\xEDa infinita.

--S\xED, pero...

--\xBFPero qu\xE9, hija?

--Pero algo raro.

--Y tan raro, como que es el \xFAnico.

--No, no quiero decir raro en ese sentido, sino en el de... \xA1Mira
t\xFA que prohibirnos comer de esas manzanas como si fu\xE9ramos unos
chiquillos!...

--Y no comeremos.

--Claro que no, hombre. No te pongas tan fiero. Pues por eso digo
que es raro. \xBFQu\xE9 trabajo nos cuesta a nosotros ponernos formales y,
escarmentados, prescindir de unas pocas manzanas que son como las dem\xE1s?

--Mira, en eso no nos metamos. Dios es Dios, \xBFest\xE1s? y lo que \xC9l hace,
bien hecho est\xE1.

--Pero confiesa que eso es un capricho.

--No confieso tal, ni t\xFA tampoco; y te prohibo blasfemar en adelante.
Por lo pronto, no pienses m\xE1s en tales manzanas..., que el diablo las
carga.

--\xA1Qu\xE9 ha de cargar, infeliz! Buena soy yo. A prop\xF3sito, tengo sed...,
deseo de eso, de eso..., de fruta..., de manzanas precisamente, y de
Balsa\xEDn.

--\xA1Mujer!

--\xA1Bobalic\xF3n! \xBFNo ha dicho que de esa clase hay aqu\xED a porrillo? Pues
vamos a buscar otro \xE1rbol igual, y me das un hartazgo. \xBFConoces t\xFA el
Balsa\xEDn?

--S\xED, Evelina. _(Busca.)_ Aqu\xED tienes otro \xE1rbol igual que ese
prohibido. Toma. \xBFVes qu\xE9 hermosa manzana? Balsa\xEDn leg\xEDtimo.

Evelina clav\xF3 los blancos y apretados dientes en la manzana que le
ofrec\xEDa su esposo.

Mientras Judas volv\xEDa la espalda y buscaba otro ejemplar de la hermosa
fruta, una voz, como un silbido, grit\xF3 al o\xEDdo de Evelina.

--\xA1Eso no es Balsa\xEDn!

Tom\xF3 ella el aviso por voz interior, por revelaci\xF3n del paladar, y
grit\xF3 irritada:

--Mira, Judas, a m\xED no me la das t\xFA. \xA1Esto no es Balsa\xEDn!

Un sudor fr\xEDo, como el de las novelas, inund\xF3 el cuerpo de Adambis.

--Buenos estamos--pens\xF3--. \xA1Si Evelina empieza a desconfiar... no va a
haber Balsa\xEDn en todo el Para\xEDso!

As\xED fu\xE9... A cien \xE1rboles se arranc\xF3 fruta, y la voz siempre gritaba al
o\xEDdo de la esposa:

--\xA1Eso no es Balsa\xEDn!

--No te canses, Judas--dijo ella ya fatigada. No hay m\xE1s manzanas de
Balsa\xEDn en todo el Para\xEDso que las del \xE1rbol prohibido.

Hubo una pausa.

--Pues hija...--se atrevi\xF3 a decir Adambis--ya ves..., no hay m\xE1s
remedio... Si te empe\xF1as en que no hay m\xE1s que \xE9sas... te quedar\xE1s sin
ellas.

--\xA1Bien, hombre, bien; me quedar\xE9! Pero no es esa manera de dec\xEDrselo a
una.

La voz de antes grit\xF3 al o\xEDdo de Evelina:

--\xA1No te quedar\xE1s!

--Otro ser\xEDa m\xE1s... enamorado que t\xFA. Claro, un sabio no sabe lo que es
pasi\xF3n...

--\xBFQu\xE9 quieres decir, Evelina?...

--Que Ad\xE1n, con ser Ad\xE1n, era m\xE1s cumplido amador que t\xFA.

--Tengamos la fiesta en paz, y renuncia al Balsa\xEDn.

--\xA1Bueno! Pues t\xFA... ya que prefieres cumplir un capricho de quien hace
una hora negabas que existiese, a satisfacer un deseo de tu mujer...,
t\xFA, mameluco, renuncia a lo otro.

--\xBFQu\xE9 es lo otro?

--\xBFNo se nos ha dicho que ser\xE9 fecunda en adelante?

--S\xED, hija m\xEDa; de eso iba a hablarte...

--Pues no hay de qu\xE9. Nada de fecundidad.

--Pero, hija...

--Nada, que no quiero.

--\xA1As\xED, perfectamente!--dijo la voz que le hablaba al o\xEDdo a Evelina.

Volvi\xF3se ella y vi\xF3 al diablo en figura de serpiente, enroscado en el
tronco del \xE1rbol prohibido.

Evelina contuvo una exclamaci\xF3n, a una se\xF1al del diablo, que comprendi\xF3
perfectamente; se dirigi\xF3 a su marido y le dijo sonriente:

--Pues mira, pich\xF3n; si quieres que seamos amigos, corre a pescarme
truchas de aquel r\xEDo que serpentea all\xE1 abajo...

--Con mil amores...

Y desapareci\xF3 el sabio a todo escape.

Evelina y la serpiente quedaron solos.

--Supongo que usted ser\xE1 el demonio... como la otra vez.

--S\xED, se\xF1ora; pero cr\xE9ame usted a m\xED: debe usted comer de estas
manzanas y hacer que coma su marido. No digo que despu\xE9s ser\xE1n ustedes
iguales que dioses; nada de eso. Pero la mujer que no sabe imponer su
voluntad en el matrimonio, est\xE1 perdida. Si ustedes comen, perder\xE1n
ustedes el Para\xEDso; \xBFy qu\xE9? Fuera est\xE1n las riquezas de todo el mundo
civilizado a su disposici\xF3n... Aqu\xED no har\xEDa usted m\xE1s que aburrirse y
parir...

--\xA1Qu\xE9 horror!

--Y eso por una eternidad...

--\xA1Jes\xFAs! No lo quiera Dios. Venga, venga; y Evelina se acerc\xF3 al
\xE1rbol, arranc\xF3 una, dos, tres manzanas, y las fu\xE9 hincando el diente
con apetito de fiera hambrienta.

Desapareci\xF3 la serpiente, y a poco volvi\xF3 Adambis... sin truchas.

--Perd\xF3name, mona m\xEDa, pero en ese r\xEDo... no hay truchas...

Evelina ech\xF3 los brazos al cuello de su esposo.

\xC9l se dej\xF3 querer.

Una nube de voluptuosidad los envolvi\xF3 luego.

Cuando el doctor se atrevi\xF3 a solicitar las m\xE1s \xEDntimas caricias,
Evelina le puso delante de la boca media manzana ya mordida por ella, y
con sonrisa capaz de seducir a Saia Mun\xED, dijo:

--Pues come.

--\xA1_Vade retro_!--grit\xF3 Judas, poni\xE9ndose en salvo de un brinco--. \xBFQu\xE9
has hecho, desdichada?

--Comer, perderme... Pues ahora pi\xE9rdete conmigo, come... y yo te har\xE9
feliz... mi adorado Judas...

--Primero me ahorcan. No, se\xF1ora, no como. Yo no me pierdo. T\xFA no sabes
c\xF3mo las gasta Jehov\xE1. No como.

Irrit\xF3se Evelina, y fu\xE9 en vano. No sirvieron ruegos, ni amenazas, ni
tentaciones. Judas no comi\xF3.

As\xED pasaron aquel d\xEDa y la noche, ri\xF1endo como energ\xFAmenos. Pero Judas
no comi\xF3 la fruta del \xE1rbol prohibido.

Al d\xEDa siguiente, muy de madrugada, se present\xF3 Jehov\xE1 en el huerto.

--\xBFQu\xE9 tal, hab\xE9is comido bien?--vino a preguntar.

En fin, hubo explicaciones. Jehov\xE1 lo supo todo.

--Pues ya sab\xE9is la pena cu\xE1l es--vino a decir, pero sin incomodarse--.
Fuera de aqu\xED, y a ganarse la vida...

--Se\xF1or--observ\xF3 Adambis--, debo advertir a vuestra Divina Majestad que
yo no he comido del fruto prohibido... Por consiguiente, el destierro
no debe ir conmigo.

--\xBFC\xF3mo? \xBFY me dejar\xE1s marchar sola?--grit\xF3 ella furiosa.

--Ya lo creo. Hasta aqu\xED hemos llegado. A perro viejo no hay tus tus.

--De modo--vino a decir el Se\xF1or--que lo que t\xFA quieres es el
divorcio... _quo ad thorum et habitationem_.

--Justo, eso; la _separaci\xF3n de cuerpos_, que decimos los cl\xE1sicos.

--Pero entonces se va a acabar la humanidad en muriendo tu esposa...;
es decir, no quedar\xE1 m\xE1s hombre que t\xFA..., que por ti solo no puedes
procrear--vino a decir Jehov\xE1.

--Pues que se acabe. Yo quiero quedarme aqu\xED.

Y en efecto, se qued\xF3 Adambis en el Para\xEDso.

Y sali\xF3 Evelina, arrastrada por dos \xE1ngeles de guardia.

Renuncio a describir el furor de la desde\xF1ada esposa al verse sola
fuera del Para\xEDso. La Historia no dice de ella sino que vivi\xF3 sola
alg\xFAn tiempo como pudo. Una leyenda la supone entregada al feo vicio
de Pas\xEDfae, y otra m\xE1s veros\xEDmil cuenta que acab\xF3 por entregar sus
encantos al demonio.

En cuanto al prudente Adambis, se qued\xF3, por lo pronto, como en la
gloria, en el Para\xEDso.

\xA1Ahora s\xED que es esto Para\xEDso! \xA1Dos veces Para\xEDso! \xA1Todo es m\xEDo,
todo... menos mi mujer!... \xA1Qu\xE9 mayor felicidad!...

Pasaron siglos y siglos, y Adambis lleg\xF3 a cansarse del jard\xEDn
amen\xEDsimo. Intent\xF3 varias veces el suicidio, pero fu\xE9 in\xFAtil. Era
inmortal. Pidi\xF3 a Dios la traslaci\xF3n, y Judas fu\xE9 transportado de la
tierra, seg\xFAn ya lo hab\xEDan sido Enoch y alg\xFAn otro.

As\xED fu\xE9 como, _al fin_, se acab\xF3 el mundo, por lo que toca a los
hombres.



                             UN JORNALERO


Sal\xEDa Fernando Vidal de la Biblioteca de N**, donde hab\xEDa estado
trabajando, seg\xFAn costumbre, desde las cuatro de la tarde.

Eran las nueve de la noche; acababa de obscurecer.

La Biblioteca no estaba abierta al p\xFAblico sino por la ma\xF1ana.

Los porteros y dem\xE1s dependientes viv\xEDan en la planta baja del
edificio, y Fernando, por un privilegio, disfrutaba a solas de la
Biblioteca todas las tardes y todas las noches, sin m\xE1s condiciones que
\xE9stas: ir siempre sin compa\xF1\xEDa; correr, por su cuenta, con el gasto
de las luces que empleaba, y encargarse de abrir y cerrar, dejando al
marcharse las llaves en casa del conserje.

En toda N**, ciudad de muchos miles de habitantes, industriosa,
rica, llena de f\xE1bricas, no hab\xEDa un solo ciudadano que disputase ni
envidiase a Vidal su privilegio de la Biblioteca.

Cerr\xF3 Fernando como siempre la puerta de la calle con enorme llave, y
empu\xF1ando el manojo que \xE9sta y otras varias formaban, anduvo algunos
pasos por la acera, ensimismado, buscando, sin pensar en ello, el
llamador de la puerta en la casa del conserje, que estaba a los pocos
metros, en el mismo edificio.

Pero llam\xF3 en vano. No abr\xEDan, no contestaban.

Vidal tard\xF3 en fijarse en tal silencio. Iba lleno de las ideas que con
\xE9l hab\xEDan bajado a la calle dejando las fr\xEDas p\xE1ginas de los libros de
arriba, la eterna prisi\xF3n.

"No est\xE1 nadie", pens\xF3, por fin, sin fijarse en que deb\xEDa extra\xF1ar que
no estuviese nadie en casa del conserje.

--\xA1Y qu\xE9 hago yo con esto!--se dijo, sacudiendo el manojo de llaves que
le daba aspecto de carcelero.

En aquel momento se fij\xF3 en otra cosa. En que la noche era obscura, en
que hab\xEDa faroles, tres, bien lo recordaba, a lo largo de la calle, y
no estaba ninguno encendido.

Despu\xE9s not\xF3 que a nadie pod\xEDa parecerle rid\xEDcula su situaci\xF3n, porque
por la calle de la Biblioteca no pasaba un alma. Silencio absoluto.

Una detonaci\xF3n lejana le hizo exclamar:

--\xA1Un tiro!

Y el tiro, m\xE1s bien su nombre, le trajo a la actualidad, a la vida real
de su pueblo.

--Cuando sal\xED de casa, despu\xE9s de comer, en el caf\xE9 o\xED decir que esta
noche se armaba, que los socialistas o los anarquistas, o no s\xE9 qui\xE9n,
preparaban un golpe de mano para sacar de la c\xE1rcel a no s\xE9 qu\xE9 presos
de su comuni\xF3n y proclamar todo lo proclamable.

Debe de ser eso. Debe de estar armada.

\xA1Dios m\xEDo!--sigui\xF3 reflexionando--si est\xE1 armada, si aqu\xED pasa algo
grave, ma\xF1ana acaso est\xE9 cerrada la Biblioteca, acaso no me permitan
o no pueda yo venir de tarde a terminar mi examen del c\xF3dice en que
he descubierto tan preciosos datos para la historia de los disturbios
de los gremios de R*** en el siglo... \xA1por vida del ch\xE1piro! Y si
ma\xF1ana no concluyo mi trabajo, el n\xFAmero pr\xF3ximo de la Revista
Sociol\xF3gico-hist\xF3rica sale sin mi art\xEDculo... y qui\xE9n sabe si Mr.
Flinder en la Revista de Ciencias morales e hist\xF3ricas de Zurich se
adelantar\xE1, si es verdad, como me escriben de all\xE1, que ha visto este
precioso documento el a\xF1o pasado, cuando estuvo aqu\xED mientras yo fu\xED a
Vichy.

No, mil veces no; eso no puedo consentirlo; no es por vanidad pueril;
es que esos socialistas de c\xE1tedra me son antip\xE1ticos; Flinder de fijo
arrima el ascua a su sardina; de fijo lo convierte todo en sustancia,
y de los datos favorables para sus teor\xEDas que este c\xF3dice contiene,
quiere hacer una catedral, toda una prueba plena..., y eso, vive Dios,
que es profanar la historia, el arte, la ciencia... No, no; yo dir\xE9
primero la verdad desnuda, imparcialmente, reconociendo todo lo que
este manuscrito arroja de luz en la tan debatida cuesti\xF3n..., pero sin
que sirva de arma para tirios ni troyanos. Me cargan los utopistas, los
dogm\xE1ticos...

Son\xF3 otro tiro.

"Pues debe de ser eso. Debe de haberse armado." Vidal se aventur\xF3
por la calle arriba. Al dar vuelta a la esquina, que estaba lejos de
la Biblioteca, en la calle inmediata, como a treinta pasos, vi\xF3 al
resplandor de una hoguera un mont\xF3n informe, tenebroso, que obstru\xEDa la
calle, que cerraba la perspectiva. "Debe de ser una barricada."

Alrededor de la hoguera distingui\xF3 sombras. "Hombres con fusiles",
pens\xF3; "no son soldados; deben de ser obreros. Estoy en poder de los
enemigos... del orden."

Una descarga nutrida le hizo afirmarse en sus conjeturas; oy\xF3 gritos
confusos, ayes, juramentos...

No cab\xEDa duda, se hab\xEDa armado. "Aquello era una barricada, y por aquel
lado no hab\xEDa salida."

Deshizo el camino andado, y al llegar a la puerta de la Biblioteca se
detuvo, se rasc\xF3 detr\xE1s de una oreja y medit\xF3.

"Ma\xF1ana, por fas o por nefas, estar\xE1 esto cerrado; mi art\xEDculo no podr\xE1
salir a tiempo... puede adelantarse Flinder... No dejemos para ma\xF1ana
lo que podemos hacer hoy."

Son\xF3 a lo lejos otra descarga, mientras Vidal met\xEDa la gran llave en
su cerradura y abr\xEDa la puerta de la Biblioteca. Al cerrar por dentro
oy\xF3 m\xE1s disparos, mucho m\xE1s cercanos, y voces y lamentos. Subi\xF3 la
escalera a tientas, repar\xF3 al llegar a otra puerta cerrada, en que iba
a obscuras; encendi\xF3 un f\xF3sforo, abri\xF3 la puerta que ten\xEDa delante,
entr\xF3 en la porter\xEDa, contigua al sal\xF3n principal; encendi\xF3 un quinqu\xE9
de petr\xF3leo que a\xFAn ten\xEDa el tubo caliente, pues era el mismo con que
momentos antes se hab\xEDa alumbrado; entr\xF3 con su luz en el sal\xF3n de la
Biblioteca, busc\xF3 sus libros y manuscritos, que ten\xEDa separados en un
rinc\xF3n, y a los cinco minutos trabajaba con ardor febril, olvidado
del mundo entero, sin oir los disparos que sonaban cerca. As\xED estuvo
no sab\xEDa \xE9l cu\xE1nto tiempo. Tuvo que detenerse en su labor porque el
quinqu\xE9 empez\xF3 a apagarse; la llama chisporroteaba, se ahogaba la luz
con una especie de bostezo de muy mal olor y de resplandores fugaces.
Fernando maldijo su suerte, su mala memoria, que no le hab\xEDa hecho
recordar que ten\xEDa poco petr\xF3leo el quinqu\xE9..., en fin, recogi\xF3 los
papeles de prisa, y sali\xF3 de la Biblioteca a obscuras, a tientas.
Lleg\xF3 a la puerta de la calle, abri\xF3, sali\xF3... y al dar la vuelta para
cerrar, sinti\xF3 que por ambos hombros le sujetaban sendas manos de
hierro y oy\xF3 voces roncas y feroces que gritaban:

--\xA1Alto!

--\xA1Date preso!

--\xA1Un burgu\xE9s!

--\xA1Matarle!

"\xA1Son ellos--pens\xF3 Vidal--los correligionarios activos, pr\xE1cticos, de
Mr. Flinder!"

En efecto, eran los socialistas, anarquistas o Dios sab\xEDa qu\xE9,
triunfantes, en aquel barrio a lo menos. Con otros burgueses que hab\xEDan
encontrado por aquellos contornos hab\xEDan hecho lo que hab\xEDan querido;
quedaban algunos mal heridos, los que menos, apaleados. El aspecto de
Fernando, que no revelaba gran holgura ni mucho capital robado al
sudor del pobre, los irrit\xF3 en vez de ablandarlos. Se inclinaban a
pasarle por las armas y as\xED se lo hicieron saber.

Uno que parec\xEDa cabecilla, se fij\xF3 en el edificio de donde sal\xEDa Vidal
y exclam\xF3:

--\xC9sta es la Biblioteca; \xA1es un sabio, un burgu\xE9s sabio!

--\xA1Que muera! \xA1Que muera!

--Matarlo a librazos... Eso es, arriba, a la Biblioteca, que muera a
pedradas... de libros, de libros infames que han publicado el clero, la
nobleza, los burgueses, para explotar al pobre, enga\xF1arle, reducirle a
la esclavitud moral y material.

--\xA1Bravo, bravo!...

--Mejor es quemarle en una hoguera de papel...

--\xA1Eso, eso!

--Abrasarle en su Biblioteca...

Y a empellones, Fernando se vi\xF3 arrastrado por aquella corriente de
brutalidad apasionada, que le llev\xF3 hasta el mismo sal\xF3n donde \xE9l
trabajaba, poco antes, en aquel c\xF3dice en que se pod\xEDa estudiar alg\xFAn
rel\xE1mpago antiqu\xEDsimo, precursor de la gran tempestad que ahora bramaba
sobre su cabeza.

Los sublevados llevaban antorchas y faroles; el sal\xF3n se ilumin\xF3 con
una luz roja con franjas de sombras temblorosas, formidables. El grupo
que subi\xF3 hasta el sal\xF3n no era muy numeroso, pero s\xED muy fiero.

--Se\xF1ores--grit\xF3 Vidal con gran energ\xEDa--. En nombre del progreso
les suplico que no quemen la Biblioteca... La ciencia es imparcial,
la historia es neutral. Esos libros... son inocentes..., no dicen que
s\xED ni que no; aqu\xED hay de todo. Ah\xED est\xE1n, en esos tomos grandes, las
obras de los Santos Padres, algunos de cuyos pasajes les dan a ustedes
la raz\xF3n contra los ricos... En ese estante pueden ustedes ver a los
socialistas y comunistas del 48... En ese otro est\xE1 Lassalle... Ah\xED
tienen ustedes _El Capital_, de Carlos Marx. Y en todas esas biblias,
colecci\xF3n preciosa, hay multitud de argumentos socialistas: El a\xF1o
sab\xE1tico, El jubileo... La misma vida de Job. No; \xA1la vida de Job no es
argumento socialista! \xA1Oh, no, \xE9sa es la filosof\xEDa seria, la que sabr\xE1n
las clases pobres e ilustradas de siglos futuros muy remotos!...

Fernando se qued\xF3 pensativo, e interrumpi\xF3 su discurso, olvidado de su
peligro y el de la biblioteca. Pero el discurso, apenas comprendido,
hab\xEDa producido su efecto. El cabecilla, que era un ergotista a
la moderna, de caf\xE9 y de club, uno de esos demagogos ret\xF3ricos y
presuntuosos que tanto abundan, extendi\xF3 una mano para apaciguar las
olas de la ira popular...

--Quietos, dijo..., procedamos con orden. Oigamos a este burgu\xE9s...
Antes que el fuego de la venganza, la luz de la discusi\xF3n.
Discutamos... Pru\xE9banos que esos libros no son nuestros enemigos, y los
salvas de las llamas; pru\xE9banos que t\xFA no eres un miserable burgu\xE9s, un
holgaz\xE1n que vive, como un vampiro, de la sangre del obrero..., y te
perdonamos la vida, que tienes ahora pendiente de un cabello...

--No, no; que muera..., que muera ese... sofista--grit\xF3 un zapatero,
que era terrible por la posesi\xF3n de este vocablo que no entend\xEDa, pero
que pronunciaba correctamente y con \xE9nfasis.

--\xA1Es un sofista!--repiti\xF3 el coro. Y una docena de bocas de fusil se
acercaron al rostro y al pecho de Fernando.

--\xA1Paz!... \xA1Paz!... \xA1Tregua!...--grit\xF3 el cabecilla, que no quer\xEDa
matar sin triunfar antes del _sofista_--. Oig\xE1mosle, discutamos...

Vidal, distra\xEDdo, sin pensar en el peligro inmenso que corr\xEDa,
_haciendo_ psicolog\xEDa popular, _teratolog\xEDa sociol\xF3gica_, como \xE9l
pensaba, estudiaba aquella locura poderosa que le ten\xEDa entre sus
garras; y su imaginaci\xF3n le representaba, a la vez, el coro de locos
del tercer acto de _Jugar con fuego_, y a Mr. Flinder y tantos otros,
que eran en _\xFAltimo an\xE1lisis_ los culpables de toda aquella confusi\xF3n
de ideas y pasiones. "\xA1La l\xF3gica hecha una madeja enredada y untada de
p\xF3lvora, para servir de mecha a una explosi\xF3n social!..." As\xED meditaba.

--\xA1Que muera!--volvieron a gritar.

--No, que se disculpe..., que diga qu\xE9 es, c\xF3mo gana el pan que come...

--\xA1Oh! Tan bien como t\xFA, tan honradamente como t\xFA--grit\xF3 Vidal
volvi\xE9ndose al que tal dec\xEDa, en\xE9rgico, arrogante, apasionado, mientras
separaba con las manos los fusiles que le imped\xEDan, apunt\xE1ndole, ver a
su contrario.

Le hab\xEDan herido en lo vivo.

Despu\xE9s de haber tenido en su ya larga vida de erudito y escritor mil
clases de vanidades, ya s\xF3lo le quedaba el orgullo de su trabajo... No
se reconoc\xEDa, a fuerza de mucho _an\xE1lisis de introspecci\xF3n_, virtud
alguna digna de ser llamada tal, m\xE1s que \xE9sta, la del trabajo; \xA1oh,
pero \xE9sta s\xED! "Tan bien como t\xFA. Has de saber, que, sea lo que sea
de la cuesti\xF3n del capital y el salario, que est\xE1 por resolver, como
es natural, porque sabe poco el mundo todav\xEDa para decidir cosa tan
compleja; sea lo que quiera de la lucha de capitalistas y obreros, yo
soy hombre para no meter en la boca un pedazo de pan, aunque reviente
de hambre, sin estar seguro de que lo he ganado honradamente...

"He trabajado toda mi vida, desde que tuve uso de raz\xF3n. Yo no pido
ocho horas de trabajo, porque no me bastan para la tarea inmensa que
tengo delante de m\xED. Yo soy un alba\xF1il que trabaja en una pared que
sabe que no ha de ver concluida, y tengo la seguridad de que cuando m\xE1s
alto est\xE9 me caer\xE9 de cabeza del andamio. Yo trabajo en la filosof\xEDa y
en la historia y s\xE9 que cuanto m\xE1s trabajo me acerco m\xE1s al desenga\xF1o.
Huyo, ascendiendo, de la tierra, seguro de no llegar al cielo y de
precipitarme en un abismo..., pero subo, trabajo. He tenido en el
mundo ilusiones, amores, ideales, grandes entusiasmos, hasta grandes
ambiciones; todo lo he ido perdiendo; ya no creo en las mujeres, en
los h\xE9roes, en los _credos_, en los sistemas; pero de lo \xFAnico que no
reniego es del trabajo; es la historia de mi coraz\xF3n, el espejo de
mi existencia; en el caos universal yo no me reconocer\xEDa a m\xED propio
si no me reconociera en la estela de mis esfuerzos; me reconozco en
el sudor de mi frente y en el cansancio de mi alma; soy un jornalero
del esp\xEDritu, a quien en vez de disminuirle las horas de fatiga, los
nervios le van disminuyendo las horas de sue\xF1o. Trabajo a la hora
de dormir, a obscuras, en mi lecho, sin querer, trabajo en el aire,
sin jornal, sin provecho... y de d\xEDa sigo trabajando para ganar el
sustento y para adelantar en mi obra... Yo no pido emancipaci\xF3n, yo no
pido transacciones, yo no pido venganzas... Desde los diez a\xF1os, no
ha obscurecido una vez sin que yo tuviera tela cortada para la noche
que ven\xEDa: siempre mi vel\xF3n se ha encendido para una labor preparada;
hasta las pocas noches que no he trabajado en mi vida, fueron para m\xED
de fatiga por el remordimiento de no haber cumplido con la tarea de
aquella velada. De ni\xF1o, de adolescente, trabajaba junto a la l\xE1mpara
de mi madre; mi trabajo era escuela de mi alma, compa\xF1\xEDa de la vejez de
mi madre, oraci\xF3n de mi esp\xEDritu y pan de mi cuerpo y el de una anciana.

"\xC9ramos tres, mi madre, el trabajo y yo. Hoy ya velamos solos yo y
mi trabajo. No tengo m\xE1s familia. Pasar\xE1 mi nombre, morir\xE1 pronto
el recuerdo de mi humilde individuo, pero mi trabajo quedar\xE1 en los
rincones de los archivos, entre el polvo, como un carb\xF3n f\xF3sil que
acaso prenda y d\xE9 fuego alg\xFAn d\xEDa, al contacto de la chispa de un
trabajador futuro... de otro pobre diablo erudito como yo que me saque
de la obscuridad y del desprecio..."

--Pero a ti no te han explotado; tu sudor no ha servido de sustancia
para que otros engordaran...--interrumpi\xF3 el cabecilla.

--Con mi trabajo--prosigui\xF3 Vidal--se han hecho ricos otros;
empresarios, capitalistas, editores de bibliotecas y peri\xF3dicos; pero
no estoy seguro de que no tuvieran derecho a ello. No me queda el
consuelo de protestar indignado con entera buena fe. \xC9se es un problema
muy complejo; est\xE1 por ver si es una injusticia que yo siga siendo
pobre y los que en mis publicaciones s\xF3lo pon\xEDan cosa material, papel,
imprenta, comercio, se hayan enriquecido.

"No tengo tiempo para trabajar indagando ese problema, porque lo
necesito para trabajar directamente en mi labor propia. Lo que s\xE9,
que este trabajo constante, con el cuerpo doblado, las piernas
quietas, el cerebro bullendo sin cesar, quemando los combustibles de
mi sustancia, me ha aniquilado el est\xF3mago; el pan que gano apenas lo
puedo digerir..., y lo que es peor, las ideas que produzco me envenenan
el coraz\xF3n y me descomponen el pensamiento... Pero no me queda ni
el consuelo de quejarme, porque esa queja tal vez fuera en _\xFAltimo
an\xE1lisis_, una puerilidad... Compadecedme, sin embargo, compa\xF1eros
m\xEDos, porque no padezco menos que vosotros y yo no puedo ni quiero
buscar remedio ni represalias; porque no s\xE9 si hay algo que remediar,
ni si es justo remediarlo... No duermo, no digiero, soy pobre, no
creo, no espero..., no odio..., no me vengo... Soy un jornalero de
una terrible mina que vosotros no conoc\xE9is, que tomar\xEDais por el
infierno si la vierais, y que, sin embargo, es acaso el \xFAnico cielo
que existe... Matadme si quer\xE9is, pero respetad la Biblioteca, que es
un dep\xF3sito de carb\xF3n para el esp\xEDritu del porvenir..." La plebe, como
siempre que oye hablar largo y tendido, en forma oratoria, callaba,
respetando el misterio religioso del pensamiento obscuro; deidad
idol\xE1trica de las masas modernas y tal vez de las de siempre...

La ret\xF3rica hab\xEDa calmado las pasiones; los obreros no estaban
convencidos, sino confusos, apaciguados a su despecho.

Algo quer\xEDa decir aquel hombre.

Como un contagio, se les pegaba la enfermedad de Vidal, olvidaban la
acci\xF3n y se deten\xEDan a discurrir, a meditar, quietos.

Hasta el lugar, aquellas paredes de libros, les enervaba. Iban teniendo
algo de le\xF3n enamorado, que se dej\xF3 cortar las garras.

De pronto oyeron ruido lejano. Tropel de soldados sub\xEDa por la
escalera. Estaban perdidos. Hubo una resistencia in\xFAtil. Algunos
disparos; dos o tres heridos. A poco, aquel grupo extraviado de la
insurrecci\xF3n vencida, estaba en la c\xE1rcel. Vidal fu\xE9 entre ellos, codo
con codo. En opini\xF3n terrible, y poderosa opini\xF3n, del jefe de la
tropa vencedora, aquel se\xF1orito tronado era el capit\xE1n del grupo de
anarquistas sorprendidos en la Biblioteca. A todos se les form\xF3 Consejo
de guerra, como era regular. La justicia sumar\xEDsima de la Temis marcial
fu\xE9 ayudada en su ceguera por el ego\xEDsmo y el miedo del verdadero
cabecilla y por el rencor de sus compa\xF1eros. Estaban furiosos todos
contra aquel _traidor_, aquel _polic\xEDa secreto_, o lo que fuera, que
les hab\xEDa embaucado con sus sofismas, con sus ret\xF3ricas, y les hab\xEDa
hecho olvidarse de su misi\xF3n redentora, de su situaci\xF3n, del peligro...
Todos declararon contra \xE9l. S\xED, Vidal era el jefe. El cabecilla
salvaba con esto la vida, porque la misericordia en estado de sitio
decret\xF3 que la \xFAltima pena s\xF3lo se aplicara a los cabezas de mot\xEDn; a
esta categor\xEDa pertenec\xEDa, sin duda, Vidal; y mientras el que quer\xEDa
discutir con \xE9l las bases de la sociedad, el cabecilla verdadero,
quedaba en el mundo para predicar, e incendiar en su caso, el pobre
jornalero del esp\xEDritu, el distra\xEDdo y erudito Fernando Vidal pasaba
a mejor vida por la v\xEDa sumaria de los cl\xE1sicos y muy conservadores
_cuatro tiritos_.



                              BENEDICTINO


Don Abel ten\xEDa cincuenta a\xF1os, D. Joaqu\xEDn otros cincuenta, pero muy
otros: no se parec\xEDan nada a los de D. Abel, y eso que eran aqu\xE9llos
dos buenos mozos del a\xF1o sesenta, inseparables amigos desde la
juventud, alegre o ins\xEDpida, seg\xFAn se trate de D. Joaqu\xEDn o de D. Abel.
Ca\xEDn y Abel los llamaba el pueblo, que los ve\xEDa siempre juntos, por las
carreteras adelante, los dos algo encorvados, los dos de _chistera_ y
levita, Ca\xEDn siempre delante, Abel siempre detr\xE1s, nunca emparejados; y
era que Abel iba como arrastrado, porque a \xE9l le gustaba pasear hacia
Oriente, y Ca\xEDn, por moler, le llevaba por Occidente, cuesta arriba,
por el gusto de oirle toser, seg\xFAn Abel, que ten\xEDa su malicia. Ello era
que el que iba delante sol\xEDa ir sonriendo con picard\xEDa, satisfecho de
la victoria que siempre era suya, y el que caminaba detr\xE1s iba haciendo
gestos de d\xE9bil protesta y de relativo disgusto. Ni un d\xEDa solo, en
muchos a\xF1os, dejaron de re\xF1ir al emprender su viaje vespertino; pero ni
un solo d\xEDa tampoco se les ocurri\xF3 separarse y tomar cada cual por su
lado, como hicieron San Pablo y San Bernab\xE9, y eso que eran tan amigos
y ap\xF3stoles. No se separaban porque Abel ced\xEDa siempre. Ca\xEDn tampoco
hubiera consentido en la separaci\xF3n, en pasear sin el amigo; pero no
ced\xEDa porque estaba seguro de que ceder\xEDa el compinche; y por eso iba
sonriendo: no porque le gustase oir la tos del otro. No, ni mucho
menos; justamente sol\xEDa \xE9l decirse: "\xA1No me gusta nada la tos de Abel!"
Le quer\xEDa entra\xF1ablemente, s\xF3lo que hay entra\xF1as de muchas maneras, y
Ca\xEDn quer\xEDa a las personas para s\xED, y, si cab\xEDa, para reirse de las
debilidades ajenas, sobre todo si eran rid\xEDculas o a \xE9l se lo parec\xEDan.
La poca voluntad y el poco ego\xEDsmo de su amigo le hac\xEDan much\xEDsima
gracia, le parec\xEDan muy rid\xEDculos, y ten\xEDa en ellos un estuche de cien
instrumentos de comodidad para su propia persona. Cuando alg\xFAn chusco
ve\xEDa pasar a los dos vejetes, oficiales primero y segundo del Gobierno
civil desde tiempo inmemorial (D. Joaqu\xEDn el primero, por supuesto;
siempre delante), y los ve\xEDan perderse a lo lejos, entre los negrillos
que orlaban la carretera de Galicia, sol\xEDa exclamar riendo:

--Hoy le mata, hoy es el d\xEDa del fratricidio. Le lleva a paseo y le da
con la quijada del burro. \xBFNo se la ven ustedes? Es aquel bulto que
esconde debajo de la levita.

El bulto, en efecto, exist\xEDa. Sol\xEDa ser realmente un hueso de un
animal, pero rodeado de mucha carne, y no de burro, y siempre bien
condimentada. Cosa rica. Merendaban casi todas las tardes como los
pastores de Don Quijote, a campo raso, y chup\xE1ndose los dedos, en
cualquier soledad de las afueras. Ca\xEDn llevaba generalmente los
bocados y Abel los tragos, porque Abel ten\xEDa un cu\xF1ado que comerciaba
en vinos y licores, y eso le regalaba, y Ca\xEDn contaba con el arte de
su cocinera de solter\xF3n sibarita. Los dos dispon\xEDan de algo m\xE1s que el
sueldo, aunque lo de Abel era muy poco m\xE1s; y eso que lo necesitaba
mucho, porque ten\xEDa mujer y tres hijas pollas, a quienes en la
actualidad, ahora que ya no eran tan frescas y guapetonas como a\xF1os
atr\xE1s, llamaban los murmuradores "_Las Contenciosas-administrativas_",
por lo mucho que hablaba su padre de lo contencioso-administrativo,
que le ten\xEDa enamorado hasta el punto de considerar grandes hombres a
los diputados provinciales que eran magistrados de lo contencioso...,
etc. El mote, seg\xFAn malas lenguas, se lo hab\xEDa puesto a las chicas el
mism\xEDsimo Ca\xEDn, que las quer\xEDa mucho, sin embargo, y les hab\xEDa dado no
pocos pellizcos. Con quien \xE9l no transig\xEDa era con la madre. Era su
natural enemigo, su rival pudiera decirse. Le hab\xEDa quitado la mitad de
su Abel; se le hab\xEDa llevado de la posada donde antes le hac\xEDa mucho
m\xE1s servicio que la c\xF3moda y la mesilla de noche juntas. Ahora ten\xEDa \xE9l
mismo, Ca\xEDn, que guardar su ropa, y llevar la cuenta de la lavandera, y
si quer\xEDa pitillos y cerillas ten\xEDa que comprarlos muchas veces, pues
Abel no estaba a mano en las horas de mayor urgencia.

                   *       *       *       *       *

--\xA1Ay, Abel! Ahora que la vejez se aproxima, envidias mi suerte, mi
sistema, mi filosof\xEDa--exclamaba D. Joaqu\xEDn, sentado en la verde
pradera, con un _llac\xF3n_ entre las piernas. (Un _llac\xF3n_ creo que es un
pernil.)

--No envidio tal--contestaba Abel, que enfrente de su amigo, en igual
postura, hac\xEDa saltar el lacre de una botella y le limpiaba el polvo
con un pu\xF1ado de heno.

--S\xED, envidias tal; en estos momentos de expansi\xF3n y de dulces
_piscolabis_ lo confiesas; y, \xBFa qui\xE9n mejor que a m\xED, tu amigo
verdadero desde la infancia hasta el infausto d\xEDa de tu boda, que nos
separ\xF3 para siempre por un abismo que se llama do\xF1a Tomasa G\xF3mez, viuda
de Trujillo? Porque t\xFA, \xA1oh Trujillo! desde el momento que te casaste
eres hombre muerto; quisiste tener digna esposa y s\xF3lo has hecho una
viuda...

--Llevas cerca de treinta a\xF1os con el mismo chiste... de mal g\xE9nero. Ya
sabes que a Tomasa no le hace gracia...

--Pues por eso me repito.

--\xA1Cerca de treinta a\xF1os!--exclam\xF3 don Abel, y suspir\xF3, olvid\xE1ndose de
las tonter\xEDas epigram\xE1ticas de su amigo, sumiendo en el cuerpo un trago
de vino del Priorato y el pensamiento en los recuerdos melanc\xF3licos de
su vida de padre de familia con pocos recursos.

Y como si hablara consigo mismo continu\xF3, mirando a la tierra:

--La mayor...

--Hola--murmur\xF3 Ca\xEDn--; \xBFya cantamos en _la mayor_? _Jumera_ segura...
tristona como todas tus cosas.

--No te burles, libertino. La mayor naci\xF3... s\xED, justo; va para
veintiocho, y la pobre, con aquellos nervios y aquellos ataques, y
aquel af\xE1n de apretarse el talle... no s\xE9, pero... en fin, aunque no
est\xE1 delicada... se ha descompuesto; ya no es lo que era, ya no... ya
no me la llevan.

--\xC1nimo, hombre; s\xED te la llevar\xE1n... No faltan indianos... Y en \xFAltimo
caso... \xBFpara qu\xE9 est\xE1n los amigos? Cargo yo con ella... y asesino a
mi suegra. Nada, trato hecho; t\xFA me das en dote esa botella, que no
hay quien te arranque de las manos, y yo me caso con _la_ (cantando)
_mayor_.

--Eres un hombre sin coraz\xF3n... un Lovelace.

--\xA1Ay, Lovelace! \xBFSabes t\xFA qui\xE9n era \xE9se?

--La segunda, Rita, todav\xEDa se defiende.

--\xA1Ya lo creo! D\xEDmelo a m\xED, que ayer por darla un pellizco sal\xED con una
oreja rota.

--S\xED, ya s\xE9. Por cierto que dice Tomasa que no le gustan esas bromas;
que las chicas pierden...

--Dile a la de G\xF3mez, viuda de Trujillo, que m\xE1s pierdo yo, que pierdo
las orejas, y dile tambi\xE9n que si la pellizcase a ella puede que no se
quejara...

--Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio cont\xE1ndote sus cuitas y
sus esperanzas... y t\xFA con tus bromas de dudoso gusto...

--\xBFTus esperanzas? Yo te las cantar\xE9: _La_ (cantando) Nieves...

--Bah, la Nieves segura est\xE1. Los tiene as\xED (juntando por las yemas los
dedos de ambas manos). No es milagro. \xBFHay chica m\xE1s esbelta en todo el
pueblo? \xBFY bailar? \xBFNo es la perla del casino cuando la emprende con
el vals corrido, sobre todo si _la baila_ el secretario del Gobierno
militar _Pacorro_?

Ca\xEDn se hab\xEDa quedado serio y un poco p\xE1lido. Sus ojos fijos ve\xEDan a
la hija menor de su amigo, de blanco, escotada, con media negra, dando
vueltas por el sal\xF3n colgada de Pacorro... A Nieves no la pellizcaba \xE9l
nunca; no se atrev\xEDa, la ten\xEDa un respeto raro, y adem\xE1s, tem\xEDa que un
pellizco en aquellas carnes fuera una traici\xF3n a la amistad de Abel;
porque Nieves le produc\xEDa a \xE9l, a Ca\xEDn, un efecto raro, peligroso,
diab\xF3lico... Y la chica era la \xFAnica para volver locos a los viejos,
aunque fueran \xEDntimos de su padre. "\xA1Padrino, baila conmigo!" \xA1Qu\xE9 miel
en la voz mimosa! Y \xA1qu\xE9 miradonas inocentes... pero que se met\xEDan en
casa! El diablo que pellizcara a la chica. Valiente tentaci\xF3n hab\xEDa
sacado \xE9l de pila...

--Nieves--prosigui\xF3 Abel--se casar\xE1 cuando quiera; siempre es la reina
de los salones; a lo menos, por lo que toca a bailar.

--Como bailar... baila bien--dijo Ca\xEDn muy grave.

--S\xED, hombre; no tiene m\xE1s que escoger. Ella es la esperanza de la
casa.--Ya ves, Dios premia a los hombres sosos, honrados, fieles al
dec\xE1logo, d\xE1ndoles hijas que pueden hacer bodas disparatadas, un
fortun\xF3n... \xBFEh? viejo verde, calaver\xF3n eterno. \xBFCu\xE1ndo tendr\xE1s t\xFA una
hija como Nieves, amparo seguro de tu vejez?

Ca\xEDn, sin contestar a aquel majadero, que tan feliz se las promet\xEDa
en teniendo un poco de Priorato en el cuerpo, se puso a pensar, que
siempre se le estaba ocurriendo echar la cuenta de los a\xF1os que \xE9l
llevaba a _la menor_ de las _Contenciosas_. "\xA1Eran muchos a\xF1os!"

                   *       *       *       *       *

Pasaron algunos; Abel estuvo cesante una temporada, y Joaqu\xEDn de
secretario en otra provincia. Volvieron a juntarse en su pueblo, Ca\xEDn
jubilado y Abel en el destino antiguo de Ca\xEDn. Las meriendas menudeaban
menos, pero no faltaban las de d\xEDas solemnes. Los paseos como anta\xF1o,
aunque ahora el primero que tomaba por Oriente era Joaqu\xEDn, porque
ya le fatigaba la cuesta. Las _Contenciosas brillaban_ cada d\xEDa como
astros de menor magnitud; es decir, no brillaban; en rigor eran ya de
octava o novena clase, invisibles a simple vista; ya nadie hablaba
de ellas, ni para bien ni para mal; ni siquiera se las llamaba las
_Contenciosas_; "las de Trujillo", dec\xEDan los pocos pollos nuevos que
se dignaban acordarse de ellas.

_La mayor_, que hab\xEDa engordado mucho y ya no ten\xEDa novios, por no
apretarse el talle hab\xEDa renunciado a la lucha desigual con el tiempo y
al martirio de un tocado que ped\xEDa restauraciones imposibles. Prefer\xEDa
el disgusto amargo y escondido de quedarse en casa, de no ir a bailes
ni teatros, fingiendo gran filosof\xEDa, reconoci\xE9ndose _gallina_, aunque
otra le quedaba. Se permit\xEDa, como corta recompensa a su renuncia, el
placer material, y para ella voluptuoso, de aflojarse mucho la ropa,
de dejar a la carne invasora y blanqu\xEDsima (eso s\xED) a sus anchas,
como en desquite de lo mucho que in\xFAtilmente se hab\xEDa apretado cuando
era delgada. "\xA1La carne! Como el mundo no hab\xEDa de verla, hermosura
perdida; gran hermosura, sin duda, persistente... pero in\xFAtil. Y
demasiada." Cuando el cura hablaba, desde el p\xFAlpito, de _la carne_, a
_la mayor_ se le figuraba que alud\xEDa exclusivamente a la suya... Sal\xEDan
sus hermanas, iban al baile a probar fortuna, y la primog\xE9nita se
soltaba las cintas y se hund\xEDa en un sof\xE1 a leer peri\xF3dicos, cr\xEDmenes y
viajes de hombres p\xFAblicos. Ya no le\xEDa folletines.

La segunda luchaba con la edad de Cristo y se dejaba sacrificar por el
vestido que la estallaba sobre el corpach\xF3n y sobre el vientre. \xBFNo
hab\xEDa tenido fama de hermosa? \xBFNo le hab\xEDan dicho todos los pollos
atrevidos e instruidos de su tiempo que ella era la mujer que dice
mucho a los sentidos?

Pues no hab\xEDa renunciado a la palabra. Siempre en la brecha. Se hab\xEDa
batido en retirada, pero siempre en su puesto.

Nieves... era una tragedia del tiempo. Hab\xEDa envejecido m\xE1s que sus
hermanas; envejecer no es la palabra: se hab\xEDa marchitado sin cambiar,
no hab\xEDa engordado, era esbelta como antes, ligera, felina, ondulante;
bailaba, si hab\xEDa con quien, fren\xE9tica, cada d\xEDa m\xE1s apasionada del
vals, m\xE1s correcta en sus pasos, m\xE1s pavorosa, pero arrugada, seca,
p\xE1lida; los a\xF1os para ella hab\xEDan sido como tempestades que dejaran
huella en su rostro, en todo su cuerpo; se parec\xEDa a s\xED misma... en
ruinas. Los j\xF3venes nuevos ya no la conoc\xEDan, no sab\xEDan lo que hab\xEDa
sido aquella mujer en el vals corrido; en el mismo sal\xF3n de sus
antiguos triunfos, parec\xEDa una extranjera insignificante. No se hablaba
de ella ni para bien ni para mal; cuando alg\xFAn solter\xF3n trasnochado se
decid\xEDa a echar una cana al aire, sol\xEDa escoger por pareja a Nieves.
Se la ve\xEDa pasar con respeto indiferente; se reconoc\xEDa que bailaba
bien, pero \xBFy qu\xE9? Nieves padec\xEDa infinito, pero, como su hermana,
_la segunda_, no faltaba a un baile. \xA1Novio!... \xA1Qui\xE9n so\xF1aba ya con
eso! Todos aquellos hombres que hab\xEDan estrechado su cintura, bebido
su aliento, contemplado su _escote virginal_... etc., etc., \xBFd\xF3nde
estaban? Unos de jueces de t\xE9rmino a cien leguas; otros en Ultramar
haciendo dinero; otros en el ej\xE9rcito sabe Dios d\xF3nde; los pocos que
quedaban en el pueblo, retra\xEDdos, metidos en casa o en la sala de
tresillo. Nieves, en aquel sal\xF3n de sus triunfos, paseaba sin corte
entre una multitud que la codeaba sin verla...

                   *       *       *       *       *

Tan excelente le pareci\xF3 a D. Abel el pernil que Ca\xEDn le ense\xF1\xF3 en
casa de \xE9ste, y que hab\xEDan de devorar juntos de tarde en la Fuente de
Mari-Cuchilla, que Trujillo, entusiasmado, tom\xF3 una resoluci\xF3n, y al
despedirse hasta la hora de la cita, exclam\xF3:

--Bueno, pues yo tambi\xE9n te preparo algo bueno, una sorpresa. Llevo la
manga de caf\xE9, lleva t\xFA puros; no te digo m\xE1s.

Y aquella tarde, en la fuente de Mari-Cuchilla, cerca del obscurecer
de una tarde gris y tibia de oto\xF1o, oyendo cantar un ruise\xF1or en un
negrillo, cuyas hojas inm\xF3viles parec\xEDan de un \xE1rbol-estatua, Ca\xEDn y
Abel merendaron el pernil mejor que di\xF3 de s\xED cerdo alguno nacido en
Teverga. Despu\xE9s, en la manga que a Trujillo hab\xEDa regalado un pariente
voluntario en la guerra de Cuba, hicieron caf\xE9..., y al sacar Ca\xEDn dos
habanos peseteros..., apareci\xF3 la sorpresa de Abel. Momento solemne.
Ca\xEDn no o\xEDa siquiera el canto del ruise\xF1or, que era su delicia, \xFAnica
afici\xF3n po\xE9tica que se le conoc\xEDa.

Todo era ojos. Debajo de un peri\xF3dico, que era la primera cubierta,
apareci\xF3 un frasco, como pod\xEDa la momia de Sesostris, entre bandas de
paja, alambre, tela lacrada, sabio artificio de la ciencia misteriosa
de conservar los cuerpos santos inc\xF3lumes; de guardar lo precioso de
las injurias del ambiente.

--\xA1El _benedictino_!--exclam\xF3 Ca\xEDn en un tono religioso impropio de su
volterianismo. Y al incorporarse para admirar, qued\xF3 en cuclillas como
un id\xF3latra ante un fetiche.

--El benedictino--repiti\xF3 Abel, procurando aparecer modesto y sencillo
en aquel momento solemne en que bien sab\xEDa \xE9l que su amigo le veneraba
y admiraba.

Aquel frasco, m\xE1s otro que quedaba en casa, eran joyas riqu\xEDsimas y
raras, selecci\xF3n de lo selecto, fragmento de un tesoro \xFAnico fabricado
por los ilustres Padres para un regalo de rey, con tales miramientos,
refinamientos y modos exquisitos, que bien se pod\xEDa decir que aquel
l\xEDquido singular, tan escaso en el mundo, era n\xE9ctar digno de los
dioses. C\xF3mo hab\xEDa ido a parar aquel par de frascos casi divinos a
manos de Trujillo, era asunto de una historia que parec\xEDa novela y que
Ca\xEDn conoc\xEDa muy bien desde el d\xEDa en que, despu\xE9s de oirla, exclam\xF3:
\xA1Ver y creer! Catemos eso, y se ver\xE1 si es paparrucha lo del m\xE9rito
extraordinario de esos botellines. Y aquel d\xEDa tambi\xE9n hab\xEDa sido el
primero de la \xFAnica discordia duradera que separ\xF3 por m\xE1s de una semana
a los dos constantes amigos. Porque Abel, jam\xE1s en\xE9rgico, siempre de
cera, en aquella ocasi\xF3n supo resistir y neg\xF3 a Ca\xEDn el placer de
saborear el n\xE9ctar de aquellos frascos.

--Estos, amigo--hab\xEDa dicho--los guardo yo para en su d\xEDa.--Y no hab\xEDa
querido jam\xE1s explicar qu\xE9 d\xEDa era aqu\xE9l.

Ca\xEDn, sin perdonar, que no sab\xEDa, lleg\xF3 a olvidarse del benedictino.

Y hab\xEDan pasado todos aquellos a\xF1os, muchos, y el benedictino estaba
all\xED, en la copa reluciente, de modo misterioso que Ca\xEDn, triunfante,
llevaba a los labios, relami\xE9ndose _a priori_.

Pas\xF3 el solter\xF3n la lengua por los labios, volvi\xF3 a oir el canto del
ruise\xF1or, y contento de la creaci\xF3n, de la amistad, por un momento,
exclam\xF3:

--\xA1Excelente! \xA1Eres un barbi\xE1n! Excelent\xEDsimo se\xF1or benedictino,
\xA1bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos. \xA1Excelente!

Abel bebi\xF3 tambi\xE9n. Mediaron el frasco.

Se alegraron; es decir, Abel, como Andr\xF3maca, se alegr\xF3
entristeci\xE9ndose.

A Ca\xEDn, la alegr\xEDa le di\xF3 esta vez por adular como vil cortesano.

Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclam\xF3:

--Lo que falta... lo beberemos ma\xF1ana. El otro frasco... es tuyo; te lo
llevas a tu casa esta noche.

Faltaba algo; faltaba una explicaci\xF3n. Ca\xEDn la ped\xEDa con los ojillos
burlones llenos de chispas.

A la luz de las primeras estrellas, al primer aliento de la brisa,
cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas, emprendieron la
vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, revel\xF3 su secreto,
diciendo:

--Estos frascos... este benedictino... regalo de rey...

--De rey...

--Este benedictino... lo guardaba yo...

--Para _su d\xEDa_...

--Justo; su d\xEDa... era el d\xEDa de la boda de _la mayor_. Porque lo
natural era empezar por la primera. Era lo justo. Despu\xE9s... cuando ya
no me hac\xEDa ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los
noviazgos..., guardaba los frascos..., para la boda de _la segunda_.

Suspir\xF3 Abel.

Se puso muy serio Ca\xEDn.

--Mi \xFAltima esperanza era Nieves..., y a \xE9sa por lo visto no la tira
el matrimonio. Sin embargo, he aguardado, aguardado..., pero ya es
rid\xEDculo..., ya...--Abel sacudi\xF3 la cabeza y no pudo decir lo que
quer\xEDa, que era: _lasciate ogni speranza_. En fin, \xBFc\xF3mo ha de ser?--Ya
sabes; ahora mismo te llevas el otro frasco.

Y no hablaron m\xE1s en todo el camino. La brisa les despejaba la cabeza
y los viejos meditaban. Abel tembl\xF3. Fu\xE9 un escalofr\xEDo de la miseria
futura de sus hijas, cuando \xE9l muriera, cuando quedaran solas en el
mundo, sin saber m\xE1s que bailar y apergaminarse. \xA1Lo que le hab\xEDa
costado a \xE9l de sudores y trabajo el vestir a aquellas muchachas y
alimentarlas bien para presentarlas en el _mercado_ del matrimonio! Y
todo en balde. Ahora..., \xE9l mismo ve\xEDa el triste papel que sus hijas
hac\xEDan ya en los bailes, en los paseos... Las ve\xEDa en aquel momento
rid\xEDculas, feas por anticuadas y risibles..., y las amaba m\xE1s, y las
ten\xEDa una l\xE1stima infinita desde la tumba en que \xE9l ya se contemplaba.

Ca\xEDn pensaba en las pobres _Contenciosas_ tambi\xE9n; y se dec\xEDa que
Nieves, a pesar de todo, segu\xEDa gust\xE1ndole, segu\xEDa haci\xE9ndole efecto...

Y pensaba adem\xE1s en llevarse el otro frasco; y se lo llev\xF3
efectivamente.

                   *       *       *       *       *

Muri\xF3 D. Abel Trujillo; al a\xF1o siguiente falleci\xF3 la viuda de Trujillo.
Las hu\xE9rfanas se fueron a vivir con una t\xEDa, tan pobre como ellas, a
un barrio de los m\xE1s humildes. Por alg\xFAn tiempo desaparecieron del
_gran mundo_, tan chiquit\xEDn, de su pueblo. Lo notaron Ca\xEDn y otros
pocos. Para la mayor\xEDa, como si las hubieran enterrado con su padre y
su madre. Don Joaqu\xEDn al principio las visitaba a menudo. Poco a poco
fu\xE9 dej\xE1ndolo, sin saber por qu\xE9. Nieves se hab\xEDa dado _a la m\xEDstica_,
y las dem\xE1s no ten\xEDan gracia. Ca\xEDn, que hab\xEDa lamentado mucho todas
aquellas cat\xE1strofes, y que hab\xEDa socorrido con la cortedad propia
de su peculio y de su ego\xEDsmo a las apuradas hu\xE9rfanas, hab\xEDa ido
olvid\xE1ndolas, no sin dejarlas antes en poder del san\xEDsimo consejo de
que "se dejaran de bambollas... y cosieran para fuera". Ca\xEDn se olvid\xF3
de las chicas como de todo lo que le molestaba. Se hab\xEDa dedicado a
no envejecer, a conservar la virilidad y demostrar que la conservaba.
Parec\xEDa cada d\xEDa menos viejo, y eso que hab\xEDa en \xE9l un renacimiento de
aventurero galante. Estaba encantado. \xBFQui\xE9n piensa en la desgracia
ajena si quiere ser feliz y conservarse?

Las de Trujillo, de negro, muy p\xE1lidas, api\xF1adas alrededor de la t\xEDa
caduca, volv\xEDan a presentarse en las calles c\xE9ntricas, en los paseos
no muy concurridos. Devoraban a los transe\xFAntes con los ojos. Daban
codazos a la multitud hombruna. Nieves aprovechaba la moda de las
faldas ce\xF1idas para lucir las l\xEDneas esculturales de su hermosa pierna.
Ense\xF1aba el pie, las enaguas blanqu\xEDsimas que resaltaban bajo la falda
negra. Sus ojos grandes, lascivos, bajo el manto recobraban fuerza,
expresi\xF3n. Pod\xEDa aparecer apetitosa a uno de esos gustos extraviados
que se enamoran de las ruinas de la mujer apasionada, de los estragos
del deseo contenido o mal satisfecho.

Muri\xF3 la t\xEDa tambi\xE9n. Nueva desaparici\xF3n. A los pocos meses las de
Trujillo vuelven a las calles c\xE9ntricas, de medio luto, acompa\xF1adas, a
distancia, de una criada m\xE1s joven que ellas. Se las empieza a ver en
todas partes. No faltan jam\xE1s en las apreturas de las novenas famosas
y muy concurridas. Primero salen todas juntas, como antes. Despu\xE9s
empiezan a desperdigarse. A Nieves se la ve muchas veces sola con la
criada. Se la ve al obscurecer atravesar a menudo el paseo de los
hombres y de las artesanas.

Ca\xEDn tropieza con ella varias tardes en una y otra calle solitaria. La
saluda de lejos. Un d\xEDa le para ella. Se lo come con los ojos. Ca\xEDn
se turba. Nota que Nieves _se ha parado_ tambi\xE9n, ya no envejece y
se le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Est\xE1
alegre, coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus
desgracias. Parece contenta de su suerte. No habla m\xE1s que de las
novedades del d\xEDa, de los esc\xE1ndalos amorosos. Ca\xEDn le suelta un piropo
como un pimiento, y ella le recibe como si fuera gloria. Una tarde,
a la oraci\xF3n, la ve de lejos, hablando en el postigo de una iglesia
de monjas con un capell\xE1n muy elegante, de quien Ca\xEDn sospechaba
horrores. Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e
insinuante. "Aquel jam\xF3n debe de gustarles a m\xE1s de cuatro que no est\xE1n
para escoger mucho." Ca\xEDn cada vez que encuentra a Nieves la detiene
ya sin escr\xFApulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueter\xEDas
escult\xF3ricas. Le mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que est\xE1
como nuevo; m\xE1s sano y fresco que cuando ella era chica y \xE9l le daba
pellizcos.

--\xBFA ti yo? \xA1Nunca! A tus hermanas, s\xED. No s\xE9 si tienes dura o blanda
la carne.--Nieves le pega con el pa\xF1uelo en los ojos y echa a correr
como una "locuela"..., ense\xF1ando los bajos blanqu\xEDsimos, y el pie
primoroso.

Al d\xEDa siguiente, tambi\xE9n a la oraci\xF3n, se la encuentra en el portal de
su casa, de la casa del propio Ca\xEDn.

--Le espero a usted hace una hora. S\xFAbame usted a su cuarto. Le
necesito. Suben y le pide dinero; poco, pero ha de ser en el acto. Es
cuesti\xF3n de honra. Es para arroj\xE1rselo a la cara a un miserable... que
no sabe ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Ca\xEDn la consuela.
Le da el dinero que pide y Nieves se le arroja en los brazos,
sollozando y con un ataque de nervios no del todo fingido.

Una hora despu\xE9s, para explicarse lo sucedido, para matar los
remordimientos que le punzan, Ca\xEDn reflexiona que \xE9l mismo debi\xF3 de
trastornarse como ella, que, crey\xE9ndose m\xE1s fr\xEDo, menos joven de lo que
en rigor era todav\xEDa por dentro, no vi\xF3 el peligro de aquel contacto.
"No hubo malicia por parte de ella ni por la m\xEDa. De la m\xEDa respondo.
Fu\xE9 cosa de la naturaleza. Tal vez ser\xEDa antigua inclinaci\xF3n mutua,
disparatada...; pero poderosa... latente."

                   *       *       *       *       *

Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se dec\xEDa el
solter\xF3n empedernido:

--De todas maneras la chica... estaba ya perdida. \xA1Oh, es claro! En
este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fu\xE9 lo otro.
Aquello de hacerse la loca despu\xE9s del lance, y querer aturdirse,
y pedirme algo _que la arrancara el pensamiento_..., y... \xA1diablo
de casualidad! \xA1Ocurr\xEDrsele cogerme la llave de la _biblioteca_...,
y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de
benedictino!...

\xA1Oh! s\xED; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias,
para que tengan m\xE1s pimienta, m\xE1s picard\xEDa... Bebi\xF3 ella. \xA1C\xF3mo se
puso! Beb\xED yo... \xBFqu\xE9 remedio? obligado.

"\xA1Qui\xE9n le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de
benedictino le hab\xEDa guardado su padre a\xF1os y a\xF1os para el d\xEDa que
casara su hija!... \xA1No fu\xE9 mala boda!" Y el \xFAltimo pensamiento de
Ca\xEDn al dormirse ya no fu\xE9 para la _menor_ de las _Contenciosas_ ni
para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fu\xE9
para los socios viejos del Casino que le llamaban _plat\xF3nico_; "\xA1\xE9l,
_plat\xF3nico_!"



                               LA RONCA


Juana Gonz\xE1lez era _otra dama joven_ en la compa\xF1\xEDa de Petra Serrano,
pero adem\xE1s era _otra_ doncella de Petra, aunque de m\xE1s categor\xEDa que
la que oficialmente desempe\xF1aba el cargo. M\xE1s que deberes taxativamente
estipulados, obligaba a Juana, en ciertos servicios que tocaban en
dom\xE9sticos, su cari\xF1o, su gratitud hacia Petra, su protectora, y la que
la hab\xEDa hecho feliz cas\xE1ndola con Pepe Noval, un segundo gal\xE1n c\xF3mico,
muy p\xE1lido, muy triste en el siglo, y muy alegre, ocurrente y gracioso
en las tablas.

Noval hab\xEDa trabajado a\xF1os y a\xF1os en provincias sin honra ni provecho,
y cuando se vi\xF3, como en un asilo, en la famosa compa\xF1\xEDa de la corte,
a que daba el tono y el cr\xE9dito Petra Serrano, se crey\xF3 feliz cuanto
cab\xEDa, sin ver que iba a serlo mucho m\xE1s al enamorarse de Juana,
conseguir su mano y encontrar, m\xE1s que su media naranja, su medio
pi\xF1\xF3n; porque el grupo de marido y mujer, humildes, modestos, siempre
muy unidos, callados, menudillo \xE9l, delgada y no de mucho bulto ella,
no pod\xEDa compararse a cosa tan grande, en su g\xE9nero, como la naranja.
En todas partes se les ve\xEDa juntos, procurando ocupar entre los dos el
lugar que apenas bastar\xEDa para una persona de buen tama\xF1o; y en todo
era lo mismo: com\xEDa cada cual media raci\xF3n, hablaban entre los dos nada
m\xE1s tanto como hablar\xEDa un solo taciturno; y en lo que cab\xEDa, cada
cual supl\xEDa los quehaceres del otro, llegado el caso. As\xED, Noval, sin
descender a pormenores rid\xEDculos, era algo criado de Petra tambi\xE9n, por
seguir a su mujer.

El tiempo que Juana ten\xEDa que estar separada de su marido, procuraba
estar al lado de la Serrano. En el teatro, en el cuarto de la primera
dama, se ve\xEDa casi siempre a su humilde compa\xF1era y casi criada, la
Gonz\xE1lez. La \xFAltima mano al tocado de Petra siempre la daba Juana; y
en cuanto no se la necesitaba iba a sentarse, casi acurrucada, en un
rinc\xF3n de un div\xE1n, a oir y callar, a observar, sobre todo; que era
su pasi\xF3n aprender en el mundo y en los libros todo lo que pod\xEDa.
Le\xEDa mucho, juzgaba a su manera, sent\xEDa mucho y bien; pero de todas
esas gracias s\xF3lo sab\xEDa Pepe Noval, su marido, su confidente, \xFAnico
ser del mundo ante el cual no le daba a ella mucha verg\xFCenza ser
una mujer ingeniosa, instruida, elocuente y so\xF1adora. A solas, en
casa, se luc\xEDan el uno ante el otro; porque tambi\xE9n Noval ten\xEDa sus
habilidades: era un gran tr\xE1gico y un gran c\xF3mico; pero delante del
p\xFAblico y de los compa\xF1eros no se atrev\xEDa a desenvolver sus facultades,
que eran extra\xF1as, que chocaban con la rutina dominante. Profesaba
Noval, sin grandes teor\xEDas, una escuela de naturalidad esc\xE9nica, de
sinceridad pat\xE9tica, de jovialidad art\xEDstica, que exig\xEDa, para ser
apreciada, condiciones muy diferentes de las que exist\xEDan en el gusto
y las costumbres del p\xFAblico, de los autores, de los dem\xE1s c\xF3micos y
de los cr\xEDticos. Ni el marido de Juana ten\xEDa la pretensi\xF3n de sacar a
relucir su arte rec\xF3ndito, ni Juana mostraba inter\xE9s en que la gente se
enterase de que ella era lista, ingeniosa, perspicaz, capaz de sentir
y ver mucho. Las pocas veces que Noval hab\xEDa ensayado representar a
su manera, separ\xE1ndose de la rutina, en que se le ten\xEDa por un gal\xE1n
c\xF3mico muy aceptable, hab\xEDa recogido sendos desenga\xF1os: ni el p\xFAblico
ni los compa\xF1eros apreciaban ni entend\xEDan aquella clase de naturalidad
en lo c\xF3mico. Noval, sin odio ni hiel, se volv\xEDa a su concha, a su
humilde c\xE1scara de actor de segunda fila. En casa se desquitaba
haciendo desternillarse de risa a su mujer, o aterr\xE1ndola con el
Otelo de su invenci\xF3n y entristeci\xE9ndola con el Hamlet que \xE9l hab\xEDa
ideado. Ella tambi\xE9n era mejor c\xF3mica en casa que en las tablas. En el
teatro y ante el mundo entero, menos ante su marido, a solas, ten\xEDa un
defecto que ven\xEDa a hacer de ella una lisiada del arte, una sacerdotisa
_irregular_ de Tal\xEDa. Era el caso que, en cuanto ten\xEDa que hablar a
varias personas que se dignaban callar para escucharla, a Juana se le
pon\xEDa una telilla en la garganta y la voz le sal\xEDa, como por un cendal,
velada, tenue; una voz de modestia hist\xE9rica, de un timbre singular,
que ten\xEDa una especie de gracia inexplicable para muy pocos, y que
el p\xFAblico en general s\xF3lo apreciaba en rar\xEDsimas ocasiones. A veces
el papel, en determinados momentos, se amoldaba al defecto fon\xE9tico
de la Gonz\xE1lez, y en la sala hab\xEDa un rumor de sorpresa, de agrado,
que el p\xFAblico no se quer\xEDa confesar, y que despertaba leve murmullo
de vergonzante admiraci\xF3n. Pasaba aquella r\xE1faga, que daba a Juana
m\xE1s pena que alegr\xEDa, y todo volv\xEDa a su estado; la Gonz\xE1lez segu\xEDa
siendo una discreta actriz de las m\xE1s modestas, excelente amiga, nada
envidiosa, servicial, agradecida, pero casi, casi _imposibilitada_ para
medrar y llamar la atenci\xF3n de veras. Juana por s\xED, por sus pobres
habilidades de la escena, no sent\xEDa aquel desv\xEDo, aquel menosprecio
compasivo; pero en cuanto al desd\xE9n con que se miraba el arte de su
marido, era otra cosa. En silencio, sin dec\xEDrselo a \xE9l siquiera, la
Gonz\xE1lez sent\xEDa como una espina la ceguera del p\xFAblico, que, por
rutina, era injusto con Noval; por no ser lince.

                   *       *       *       *       *

Una noche entr\xF3 en el cuarto de la Serrano el cr\xEDtico a quien Juana, a
sus solas, consideraba como el \xFAnico que sab\xEDa comprender y sentir lo
bueno y mirar su oficio con toda la honradez escrupulosa que requiere.
Era D. Ram\xF3n Baluarte, que frisaba en los cuarenta y cinco, uno de
los pocos \xEDdolos literarios a quien Juana tributaba culto secreto,
tan secreto, que ni siquiera sab\xEDa de \xE9l su marido. Juana hab\xEDa
descubierto en Baluarte la absoluta sinceridad literaria, que consiste
en identificar nuestra moralidad con nuestra pluma, gracia suprema
que supone el verdadero dominio del arte, cuando \xE9ste es reflexivo,
o un candor primitivo, que s\xF3lo tuvo la poes\xEDa cuando todav\xEDa no
era cosa de literatura. No escandalizar jam\xE1s, no mentir jam\xE1s, no
enga\xF1arse ni enga\xF1ar a los dem\xE1s, ten\xEDa que ser el lema de aquella
sinceridad literaria que tan pocos consiguen y que los m\xE1s ni siquiera
procuran. Baluarte, con tales condiciones, que Juana hab\xEDa adivinado a
fuerza de admiraci\xF3n, ten\xEDa pocos amigos verdaderos, aunque s\xED muchos
admiradores, no pocos envidiosos e infinitos partidarios, por temor a
su imparcialidad terrible. Aquella imparcialidad hab\xEDa sido negada,
combatida, hasta vituperada, pero se hab\xEDa ido imponiendo; en el
fondo, todos cre\xEDan en ella y la acataban de grado o por fuerza: \xE9sta
era la gran ventaja de Baluarte; otros le hab\xEDan superado en ciencia,
en habilidad de estilo, en amenidad y original inventiva; pero los
juicios de don Ram\xF3n continuaban siendo los definitivos. Aparentemente
se le hac\xEDa poco caso; no era acad\xE9mico, ni figuraba en la lista de
eminencias que suelen tener estereotipadas los peri\xF3dicos, y, a pesar
de todo, su voto era el de m\xE1s calidad para todos.

Iba poco a los teatros, y rara vez entraba en los saloncillos y en los
cuartos de los c\xF3micos. No le gustaban cierta clase de intimidades,
que har\xEDa dificil\xEDsima su tarea infalible de justiciero. Todo esto
encantaba a Juana, que le o\xEDa como a un or\xE1culo, que devoraba sus
art\xEDculos... y que nunca hab\xEDa hablado con \xE9l, de miedo, por no
encontrar nada digno de que lo oyera aquel se\xF1or. Baluarte, que
visitaba a la Serrano m\xE1s que a otros artistas, porque era una de
las pocas _eminencias_ del teatro, a quien ten\xEDa en mucho y a quien
elogiaba con la conciencia tranquila, Baluarte jam\xE1s se hab\xEDa fijado
en aquella joven que o\xEDa, siempre callada, desde un rinc\xF3n del cuarto,
ocupando el menor espacio posible.

La noche de que se trata, D. Ram\xF3n entr\xF3 muy alegre, m\xE1s decidor que
otras veces, y apret\xF3 con efusi\xF3n la mano que Petra, radiante de
expresi\xF3n y alegr\xEDa, le tendi\xF3 en busca de una enhorabuena que iba a
estimar mucho m\xE1s que todos los regalos que ten\xEDa esparcidos sobre las
mesas de la sala contigua.

--Muy bien, Petrica, muy bien; de veras bien. Se ha querido usted lucir
en su beneficio. Eso es naturalidad, fuerza, frescura, gracia, vida;
muy bien.

No dijo m\xE1s Baluarte. Pero bastante era. Petra no ve\xEDa su imagen en el
espejo, de puro orgullo; de orgullo no, de vanidad, casi convertida
de vicio en virtud por el agradecimiento. No hab\xEDa que esperar m\xE1s
elogios; D. Ram\xF3n no se repet\xEDa; pero la Serrano se puso a rumiar
despacio lo que hab\xEDa o\xEDdo.

A poco rato, D. Ram\xF3n a\xF1adi\xF3:

--\xA1Ah! Pero entend\xE1monos; no es usted sola quien est\xE1 de enhorabuena:
he visto ah\xED un muchacho, uno peque\xF1o, muy modesto, el que tiene con
usted aquella escena incidental de la limosna...

--Pepito, Pepe Noval...

--No s\xE9 c\xF3mo se llama. Ha estado admirable. Me ha hecho ver todo un
teatro como deb\xEDa haberlo y no lo hay... El chico tal vez no sabr\xE1 lo
que hizo..., pero estuvo de veras inspirado. Se le aplaudi\xF3, pero fu\xE9
poco. \xA1Oh! Cosa soberbia. Como no le echen a perder con elogios tontos
y malos ejemplos, ese chico tal vez sea una maravilla...

Petra, a quien la alegr\xEDa deslumbraba de modo que la hac\xEDa buena y no
la dejaba sentir la envidia, se volvi\xF3 sonriente hacia el rinc\xF3n de
Juana, que estaba como la grana, con la mirada ext\xE1tica, fija en D.
Ram\xF3n Baluarte.

--Ya lo oyes, Juana; y cuenta que el se\xF1or Baluarte no adula.

--\xBFEsta se\xF1orita?...

--Esta se\xF1ora es la esposa de Pepito Noval, a quien usted tan
justamente elogia.

Don Ram\xF3n se puso algo encarnado, temeroso de que se creyera en un
ardid suyo para halagar vanidades. Mir\xF3 a Juana, y dijo con voz algo
seca:

--He dicho la pura verdad.

Juana sinti\xF3 mucho, despu\xE9s, no haber podido dar las gracias.

Pero, amigo, la ronquera ordinaria se hab\xEDa convertido en afon\xEDa.

No le sal\xEDa la voz de la garganta. Pens\xF3, de puro agradecida y
entusiasmada, algo as\xED como aquello de "H\xE1gase en m\xED seg\xFAn tu
palabra"; pero decir, no dijo nada. Se inclin\xF3, se puso p\xE1lida, salud\xF3
muy a lo zurdo; por poco se cae del div\xE1n... Murmur\xF3 no se sabe qu\xE9
gorjeos roncos...; pero lo que se llama hablar, ni pizca. \xA1_Su_ D.
Ram\xF3n, el de sus idolatr\xEDas solitarias de lectora, admirando a su Pepe,
a su marido de su alma! \xBFHab\xEDa felicidad mayor posible? No, no la hab\xEDa.

Baluarte, en noches posteriores, repar\xF3 varias veces en un joven que
entre bastidores le saludaba y sonre\xEDa, como ador\xE1ndole: era Pepe
Noval, a quien su mujer se lo hab\xEDa contado todo. El chico sinti\xF3
el mismo placer que su esposa, m\xE1s el incomunicable del amor propio
satisfecho; pero tampoco di\xF3 las gracias al cr\xEDtico, porque le pareci\xF3
una impertinencia. \xA1Buena falta le hace a Baluarte, pensaba \xE9l, mi
agradecimiento! Adem\xE1s, le ten\xEDa miedo. Saludarle, adorarle al paso,
bien; pero hablarle, \xA1qui\xE1!

                   *       *       *       *       *

Muri\xF3 Pepe Noval de viruelas, y su viuda se retir\xF3 del teatro, creyendo
que para lo poco que habr\xEDa de vivir, falt\xE1ndole Pepe, le bastaba con
sus mezquinos ahorrillos. Pero no fu\xE9 as\xED; la vida, aunque trist\xEDsima,
se prolongaba; el hambre ven\xEDa, y hubo que volver al trabajo. Pero
\xA1cu\xE1n otra volvi\xF3! El dolor, la tristeza, la soledad, hab\xEDan impreso
en el rostro, en los gestos, en el adem\xE1n, y hasta en toda la figura
de aquella mujer, la solemne p\xE1tina de la pena moral, invencible, como
fatal, tr\xE1gica; sus atractivos de modesta y taciturna, se mezclaban
ahora en graciosa armon\xEDa con este reflejo exterior y melanc\xF3lico de
las amarguras de su alma. Parec\xEDa, adem\xE1s, como que todo su talento
se hab\xEDa trasladado a la acci\xF3n; parec\xEDa tambi\xE9n que hab\xEDa heredado
la habilidad rec\xF3ndita de su marido. La voz era la misma de siempre.
Por eso el p\xFAblico, que al verla ahora al lado de Petra Serrano otra
vez se fij\xF3 m\xE1s, y desde luego, en Juana Gonz\xE1lez, empez\xF3 a llamarla y
aun a alabarla con este apodo: _La Ronca_. _La Ronca_ fu\xE9 en adelante
para p\xFAblico, actores y cr\xEDticos. Aquella voz velada, en los momentos
de pasi\xF3n concentrada, como pudorosa, era de efecto m\xE1gico; en las
circunstancias ordinarias constitu\xEDa un defecto que ten\xEDa cierta
gracia, pero un defecto. A la pobre le faltaba el _pito_, dec\xEDan los
compa\xF1eros en la jerga brutal de bastidores.

Don Ram\xF3n Baluarte fu\xE9 desde luego el principal mantenedor del gran
m\xE9rito que hab\xEDa mostrado Juana en su segunda \xE9poca. Ella se lo
agradeci\xF3 como \xE9l no pod\xEDa sospechar: en el coraz\xF3n de la sentimental y
noble viuda, la gratitud al hombre admirado, que hab\xEDa sabido admirar
a su vez al pobre Noval, al adorado esposo perdido, tal gratitud, fu\xE9
en adelante una especie de monumento que ella conservaba, y al pie del
cual velaba, consagr\xE1ndole al recuerdo del c\xF3mico ya olvidado por el
mundo. Juana, en secreto, pagaba a Baluarte el bien que le hab\xEDa hecho
leyendo mucho sus obras, pensando sobre ellas, llorando sobre ellas,
viviendo seg\xFAn el esp\xEDritu de una especie de _evangelismo_ est\xE9tico,
que se desprend\xEDa, como un aroma, de las doctrinas y de las frases del
cr\xEDtico artista, del cr\xEDtico ap\xF3stol. Se hablaron, se trataron; fueron
amigos. La Serrano los miraba y se sonre\xEDa; estaba enterada; conoc\xEDa
el entusiasmo de Juana por Baluarte; un entusiasmo que, en su opini\xF3n,
iba mucho m\xE1s lejos de lo que sospechaba Juana misma... Si al principio
los triunfos de la Gonz\xE1lez la alarmaron un poco, ella, que tambi\xE9n
progresaba, que tambi\xE9n aprend\xEDa, no tard\xF3 mucho en tranquilizarse; y
de aqu\xED que, si la envidia hab\xEDa nacido en su alma, se hab\xEDa secado con
un desinfectante prodigioso: el amor propio, la vanidad satisfecha;
Juana, pensaba Petra, siempre tendr\xE1 la irremediable inferioridad
de la voz, siempre ser\xE1 _La Ronca_; el capricho, el alambicamiento
podr\xE1n encontrar gracia a ratos en ese defecto..., pero es una placa
resquebrajada, suena mal, no me igualar\xE1 nunca.

En tanto, la Gonz\xE1lez procuraba aprender, progresar; quer\xEDa subir mucho
en el arte, para desagraviar en su persona a su marido olvidado; segu\xEDa
las huellas de su ejemplo; pon\xEDa en pr\xE1ctica las doctrinas ocultas de
Pepe, y adem\xE1s se esmeraba en seguir los consejos de Baluarte, de su
\xEDdolo est\xE9tico; y por agradarle a \xE9l lo hac\xEDa todo; y hasta que llegaba
la hora de su juicio, no ven\xEDa para Juana el momento de la recompensa
que merec\xEDan sus esfuerzos y su talento. En esta vida lleg\xF3 a sentirse
hasta feliz, con un poco de remordimiento. En su alma juntaba el amor
del muerto, el amor del arte y el amor del maestro amigo. Verle casi
todas las noches, oirle de tarde en tarde una frase de elogio, de
animaci\xF3n, \xA1qu\xE9 dicha!

                   *       *       *       *       *

Una noche se trataba con toda solemnidad en el saloncillo de la
Serrano la ardua cuesti\xF3n de qui\xE9nes deb\xEDan ser los pocos artistas del
teatro Espa\xF1ol a quien el Gobierno hab\xEDa de designar para representar
dignamente nuestra escena en una especie de certamen teatral que
celebraba una gran corte extranjera. Hab\xEDa que escoger con mucho
cuidado; no hab\xEDan de ir m\xE1s que las eminencias que fuera de Espa\xF1a
pudieran parecerlo tambi\xE9n. Baluarte era el designado por el ministro
de Fomento para la elecci\xF3n, aunque oficialmente la cosa parec\xEDa
encargada a una Comisi\xF3n de varios. En realidad, Baluarte era el
\xE1rbitro. De esto se trataba; en otra compa\xF1\xEDa ya hab\xEDa escogido; ahora
hab\xEDa que escoger en la de Petra.

Se hab\xEDa convenido ya, es claro, en que ir\xEDa al certamen, exposici\xF3n
o lo que fuese, Petra Serrano. Baluarte, en pocas palabras, di\xF3 a
entender la sinceridad con que proclamaba, el s\xF3lido m\xE9rito de la
actriz ilustre. Despu\xE9s, no con tanta facilidad, se decidi\xF3 que
la acompa\xF1ara Fernando, gal\xE1n joven que a su lado se hab\xEDa hecho
eminente de veras. En el saloncillo estaban las principales partes
de la compa\xF1\xEDa, Baluarte y otros dos o tres literatos, \xEDntimos de
la _casa_. Hubo un momento de silencio embarazoso. En el rinc\xF3n de
siempre, de anta\xF1o, Juana Gonz\xE1lez, como en capilla, con la frente
humillada, ardiendo de ansiedad, esperaba una sentencia en palabras o
en una preterici\xF3n dolorosa. "\xA1Baluarte no se acordaba de ella!" Los
ojos de Petra brillaban con el sublime y sat\xE1nico esplendor del ego\xEDsmo
en el paroxismo. Pero callaba. Un infame, un envidioso, un _c\xF3mico_
envidioso, se atrevi\xF3 a decir:

--Y... \xBFno va _La Ronca_?

Baluarte, sin miedo, tranquilo, sin vacilar, como si en el mundo no
hubiera m\xE1s que una balanza y una espada, y no hubiera corazones, ni
amor propio, ni nervios de artista, dijo al punto, con el tono m\xE1s
natural y sencillo:

--\xBFQui\xE9n, Juanita? No; Juana ya sabe d\xF3nde llega su m\xE9rito. Su talento
es grande, pero... no es a prop\xF3sito para el empe\xF1o de que se trata. No
puede ir m\xE1s que lo primero de lo primero.

Y sonriendo, a\xF1adi\xF3:

--Esa voz que a m\xED me encanta muchas veces..., en arte, en puro arte,
en arte de exposici\xF3n, de rivalidad, la perjudica. Lo absoluto es lo
absoluto.

No se habl\xF3 m\xE1s. El silencio se hizo insoportable, y se disolvi\xF3 la
reuni\xF3n. Todos comprendieron que all\xED, con la apariencia m\xE1s tranquila,
hab\xEDa pasado algo grave.

Quedaron solos Petra y Baluarte. Juana hab\xEDa desaparecido. La Serrano,
radiante, llena de gratitud por aquel triunfo, que s\xF3lo se pod\xEDa deber
a un Baluarte, le dijo, por ver si le hac\xEDa feliz tambi\xE9n halagando su
vanidad:

--\xA1Buena la ha hecho usted! Estos _sacerdotes_ de la cr\xEDtica son
implacables. Pero criatura, \xBFusted no sabe que le ha dado un golpe
mortal a la pobre Juana, \xBFNo sabe usted... que ese desaire... la mata?

Y volvi\xE9ndose al cr\xEDtico con ojos de pasi\xF3n, y toc\xE1ndole casi el rostro
con el suyo, a\xF1adi\xF3 con misterio:

--\xBFUsted no sabe, no ha comprendido que Juana est\xE1 enamorada...,
loca..., perdida por su Baluarte, por su \xEDdolo; que todas las noches
duerme con un libro de usted entre sus manos; que le adora?

                   *       *       *       *       *

Al d\xEDa siguiente se supo que _La Ronca_ hab\xEDa salido de Madrid, dejando
la compa\xF1\xEDa, dej\xE1ndolo todo. No se la volvi\xF3 a ver en un teatro hasta
que a\xF1os despu\xE9s el hambre la ech\xF3 otra vez a los de provincias, como
echa al lobo a poblado en el invierno.

Don Ram\xF3n Baluarte era un hombre que hab\xEDa nacido para el amor, y
envejec\xEDa soltero, porque nunca le hab\xEDa amado una mujer como \xE9l quer\xEDa
ser amado. El coraz\xF3n le dijo entonces que la mujer que le amaba como
\xE9l quer\xEDa era _La Ronca_, la de la fuga. \xA1A buena hora!

Y dec\xEDa suspirando el cr\xEDtico al acostarse:

--\xA1El demonio del _sacerdocio_!



                            LA ROSA DE ORO


Una vez era un papa que a los ochenta a\xF1os ten\xEDa la tez como una
virgen rubia de veinte, los ojos azules y dulces con toda la juventud
del amor eterno, y las manos peque\xF1as, de afilad\xEDsimos dedos, de u\xF1as
sonrosadas, como las de un ni\xF1o en estatua de Paros, esculpida por
un escultor griego. Estas manos, que jam\xE1s hab\xEDan intervenido en un
pecado, las juntaba por h\xE1bito en cuanto se distra\xEDa, uni\xE9ndolas por
las palmas, y acerc\xE1ndolas al pecho como santo bizantino. Como un santo
bizantino en pintura, llevaba la vida este papa esmaltada en oro,
pues el mundo que le rodeaba era materia preciosa para \xE9l, por ser
obra de Dios. El tiempo y el espacio parec\xEDanle sagrados, y como eran
hier\xE1ticas sus humildes actitudes y posturas, lo eran los actos suyos
de cada d\xEDa, movidos siempre por regla invariable de piadosa humildad,
de pureza trasparente. Aborrec\xEDa el pecado por lo que ten\xEDa de mancha,
de profanaci\xF3n de la santidad de lo creado. Sus virtudes eran pulcritud.

Cuando supo que le hab\xEDan elegido para sucesor de San Pedro, se
desmay\xF3. Se desmay\xF3 en el jard\xEDn de su palacio de obispo, en una
di\xF3cesis italiana, entre ciudad y aldea, en cuyas campi\xF1as todo
hablaba de Cristo y de Virgilio.

Como si fuera pecado suyo, de orgullo, ten\xEDa una especie de
remordimiento el ver su humildad sincera elevada al honor m\xE1s alto.
"\xBFQu\xE9 habr\xE1n visto en m\xED, se dec\xEDa? \xBFCon qu\xE9 enga\xF1o les habr\xE1 atra\xEDdo
mi vanidad para hacerles poner en m\xED los ojos?" Y s\xF3lo pensando que
el verdadero pecado estar\xEDa en suponer enga\xF1ados a los que le hab\xEDan
escogido, se decid\xEDa, por obediencia y fe, a no considerarse indigno de
la supremac\xEDa.

Para este papa no hab\xEDa parientes, ni amigos, ni grandes de la
tierra, ni intrigas palatinas, ni seducci\xF3n del poder; gobernaba con
la justicia como con una luz, como con una fuente: hac\xEDa justicia
ilumin\xE1ndolo todo, lav\xE1ndolo todo. No hab\xEDa de haber manchas, no hab\xEDa
de haber obscuridades.

Com\xEDa legumbres y fruta: beb\xEDa agua con az\xFAcar y un poco de canela.
Pero amaba el oro. Amaba el oro por lo que se parec\xEDa al sol: por sus
reflejos, por su pureza. El oro le parec\xEDa la imagen de la virtud.
Persegu\xEDa terriblemente la simon\xEDa, la avaricia del clero, m\xE1s que por
el pecado, que por s\xED mismas eran, porque el oro guardado en monedas,
escondido, se les robaba a los santos del altar, al _Sacramento_, a los
vasos sagrados, a los ornamentos y a las vestiduras de los ministros
del Se\xF1or. El oro era el color de la Iglesia. En c\xE1lices, patenas,
custodias, incensarios, casullas, capas pluviales, mitras, pa\xF1os del
altar, y mantos de la Virgen, y molduras del tabern\xE1culo, y aureolas
de los santos, deb\xEDan emplearse los resplandores del metal precioso; y
el usarlo para vender y comprar cosas profanas, miserias y vicios de
los hombres, le parec\xEDa terrible profanaci\xF3n, un robo al culto.

El papa era, sin saberlo, porque entonces no se llamaban as\xED, un
socialista m\xE1s, un so\xF1ador utopista que no quer\xEDa que hubiese dinero:
sus bienes, sus servicios, los hombres deb\xEDan cambiarlos por caridad y
sin moneda.

La moneda deb\xEDa fundirse, llevarse en arroyo ardiente de oro l\xEDquido
a los pies del Padre Santo, para que \xE9ste lo distribuyera entre todos
los obispos del mundo, que lo emplear\xEDan en dorar el culto, en iluminar
con sus rayos amarillos el templo y sus im\xE1genes y sus ministros.
"Dad el oro a la Iglesia y quedaos con la caridad", predicaba. Y el
santo bizantino que com\xEDa legumbres y beb\xEDa agua con canela, atra\xEDa a
sus manos puras, sin pecado, toda la riqueza que pod\xEDa, no por medios
prohibidos, sino por la persuasi\xF3n, por la solicitud en procurar las
donaciones piadosas, cobrando los derechos de la Iglesia sin usura ni
simon\xEDa, pero sin mengua, sin perdonar nada; porque la ambici\xF3n oculta
del Pont\xEDfice era acabar con el dinero y convertirlo en cosa sagrada.

Y porque no se dijera que quer\xEDa el oro para s\xED, s\xF3lo para su Iglesia,
repart\xEDa los objetos preciosos que hac\xEDa fabricar, a los cuatro
vientos de la cristiandad, regalando a los pr\xEDncipes, a las iglesias
y monasterios, y a las damas ilustres por su piedad y alcurnia,
riqu\xEDsimas preseas, que \xE9l bendec\xEDa, y cuya confecci\xF3n hab\xEDa presidido
como artista enamorado del vil metal, en cuanto material de las artes.

Al comenzar el a\xF1o, enviaba a los altos dignatarios, a los pr\xEDncipes
ilustres, sombreros y capas de honor; cuando nombraba un cardenal, le
regalaba el correspondiente anillo de oro puro y bien macizo; mas su
mayor delicia, en punto a esta liberalidad, consist\xEDa en bendecir,
antes de las Pascuas, el domingo de _L\xE6tare_, el domingo de las
_Rosas_, las de oro, cuajadas de piedras ricas, que, montadas en tallos
de oro tambi\xE9n, dirig\xEDa con sendas embajadas, a las reinas y otras
damas ilustres, a las iglesias predilectas y a las ciudades amigas.
Tampoco de los guerreros cristianos se olvidaba, y el buen pastor
enviaba a los ilustres caudillos de la fe, estandartes bordados, que
ostentaban, con riqu\xEDsimos destellos de oro, las armas de la Iglesia y
las del papa, la efigie de alg\xFAn santo.

La \xFAnica pena que ten\xEDa el papa, a veces, al desprenderse de estas
riquezas, de tantas joyas, era el considerar que acaso, acaso, iban a
parar a manos indignas, a hombres y mujeres cuyo contacto manchar\xEDa la
pureza del oro.

\xA1Las rosas de oro, sobre todo! Cada vez que se separaba de una de estas
maravillas del arte florentino, suspiraba, pensando que las grandezas
de la cuna, el oro de la cuna, no siempre serv\xEDan para inspirar a los
corazones femeniles la pureza del oro.

"\xA1En fin, la diplomacia...!" exclamaba el papa, volviendo a suspirar, y
despidi\xE9ndose con una mirada larga y triste del amarillo foco de luz,
sol con manchas de topacios y esmeraldas que imitaban un roc\xEDo.

Y a sus solas, con cierta comez\xF3n en la conciencia, se dec\xEDa, dando
vueltas en su lecho de anacoreta:

"\xA1En rigor, el oro tal vez debiera ser nada m\xE1s para el _Sant\xEDsimo
Sacramento_!"

                   *       *       *       *       *

Una tarde de abril se paseaba el papa, como sol\xEDa siempre que hac\xEDa
bueno, por _su jard\xEDn_ del Vaticano, un rinc\xF3n de verdura que \xE9l hab\xEDa
escogido, apoyado en el brazo de su familiar predilecto, un joven
a quien prefer\xEDa, s\xF3lo porque en muchos a\xF1os de trato no le hab\xEDa
encontrado idea ni acci\xF3n pecaminosa, al menos en materia grave. Iba
ya a retirarse, porque sent\xEDa fr\xEDo, cuando se le acerc\xF3 el jardinero,
anciano que se le parec\xEDa, con un ramo de florecillas en la mano. Era
la ofrenda de cada d\xEDa.

El jardinero, de las flores que daba la estaci\xF3n, que daba el d\xEDa,
presentaba al Padre Santo las m\xE1s frescas y alegres cada tarde que
bajaba a _su jard\xEDn_ el amo querido y venerado. Despu\xE9s el papa
depositaba las flores en su capilla, ante una imagen de la Virgen.

--Tarde te presentas hoy, Bernardino--dijo el Pont\xEDfice al tomar las
flores.

--\xA1Se\xF1or, tem\xEDa la presencia de Vuestra Santidad... porque... tal vez
he pecado!

--\xBFQu\xE9 es ello?

--Que por d\xE9bil, ante l\xE1grimas y s\xFAplicas, contra las \xF3rdenes que
tengo..., he permitido que entrase en los jardines una extranjera, una
joven que, escondida, de rodillas, detr\xE1s de aquellos \xE1rboles, esp\xEDa al
Padre Santo, le contempla, y yo creo que le adora, llorando en silencio.

--\xA1Una mujer aqu\xED!

--Pidi\xF3me el secreto, pero no quiero dos pecados; confieso el primero;
descargo mi conciencia... All\xED est\xE1, detr\xE1s de aquella espesura... es
hermosa, de unos veinte a\xF1os; viste el traje de las Oblatas, que creo
que la han acogido, y viene de muy lejos... de Alemania creo...

--Pero, \xBFqu\xE9 quiere esa ni\xF1a? \xBFNo sabe que hay modo de verme y
hablarme... de otra manera?

--S\xED; pero es el caso... que no se atreve. Dice que a Vuestra Santidad
la recomienda en un pergamino, que guarda en el pecho, nada menos que
la santa matrona romana que toda la ciudad venera; mas la ni\xF1a no se
atreve con vuestra presencia, y segura de su irremediable cobard\xEDa,
dice que enviar\xE1 a Vuestra Santidad, por tercera persona, un sagrado
objeto que se os ha de entregar. Beat\xEDsimo Padre, sin falta. "Yo me
vuelvo a mi tierra--me dijo--sin osar mirarle cara a cara, sin osar
hablarle, ni oirle..., sin implorar mi perd\xF3n... Pero lo que es de
lejos..., a hurtadillas..., no quisiera morir sin verle. Su presencia
lejana ser\xEDa una bendici\xF3n para mi esp\xEDritu." Y desde all\xED mira la
Santidad de vuestra persona.

Y el jardinero se puso de rodillas, implorando el perd\xF3n de su
imprudencia.

No le vi\xF3 siquiera el papa, que, volvi\xE9ndose a Esteban, su familiar, le
dijo: "V\xE9, ac\xE9rcate con suavidad y buen talante a esa pobre criatura;
haz que salga de su escondite y que venga a verme y a hablarme. Por
ella y por quien la recomienda, me interesa la aventura."

A poco, una doncella rubia y p\xE1lida, disfrazando mal su hermosura con
el traje triste y obscuro que le vistieran las Oblatas, estaba a los
pies del Pont\xEDfice, empe\xF1ada en besarle los pies y limpiarle el polvo
de las sandalias, con el oro de sus cabellos, que parec\xEDan como ola
dorada por el sol que se pon\xEDa.

Sin aludir a la imprudencia inocente de la emboscada, por no turbarla
m\xE1s que estaba, el papa dijo con suav\xEDsima voz, entrando desde luego en
materia:

--Lev\xE1ntate, pobre ni\xF1a, y dime qu\xE9 es lo que me traes de tu Alemania,
que estando en tus manos, puede ser tan sagrado como cuentas.

--Se\xF1or, traigo una _rosa de oro_.

                   *       *       *       *       *

Mar\xEDa Blumengold, en la capilla del papa, ante la Virgen, de rodillas,
sin levantar la mirada del pavimento, confesaba aquella misma tarde, ya
casi de noche, la historia de su pecado al Sumo Pont\xEDfice, que la o\xEDa
arrimado al altar, sonriendo, y con las manos, unidas por las palmas,
apretadas al pecho.

En la iglesia de San Mauricio y de Santa Mar\xEDa Magdalena, en Hall,
guard\xE1base, como un tesoro que era, una _rosa de oro_ (_gemacht vonn
golde_, dice un antiguo c\xF3digo), regalo de Le\xF3n X (_Herr Leo... der
zehnde Babst dess nahamens_...). Jam\xE1s hab\xEDa visto Mar\xEDa aquella joya,
pues en su idea \xE9ralo, y digna de la Sant\xEDsima Virgen.

Viv\xEDa ella, humilde aldeana, en los alrededores de Hall, y ten\xEDa
un novio sin m\xE1s defecto que quererla demasiado y de manera que el
cura del lugar aseguraba ser idolatr\xEDa; y aun los padres de Mar\xEDa
se quejaban de lo mismo. Mar\xEDa, al verle embebecido contempl\xE1ndola,
bes\xE1ndola el delantal en cuanto ella se distra\xEDa, de rodillas a veces
y con las manos en cruz, o como las ten\xEDa casi siempre el mismo papa,
sent\xEDa grandes remordimientos y grandes delicias. \xA1Qu\xE9 no hubiera dado
ella porque su novio no la adorase as\xED! Pero imposible corregirle. \xBFQu\xE9
castigo se le pod\xEDa aplicar, como no fuera abandonarle? Y esto no pod\xEDa
ser. Se hubiera muerto. Pero el cura y los padres llegaron a ver tan
loco de amor al muchacho, que barruntaron un peligro en el exceso de su
cari\xF1o, y el cura acab\xF3 por notar una herej\xEDa. Todos ellos se opusieron
a la boda; neg\xF3sele a Mar\xEDa permiso para hablar con su adorador; y por
ser ella obediente, \xE9l, despechado, huy\xF3 del pueblo, aborreciendo a los
que le imped\xEDan arrodillarse delante de su \xEDdolo, y jurando profanarlo
todo, puesto que no se le permit\xEDa a su coraz\xF3n el culto de sus amores.
Pas\xF3 a Bohemia[2], donde la casualidad le hizo tropezar con otros
aldeanos, como \xE9l, furiosos contra la Iglesia, los cuales, por causas
mezcladas de religi\xF3n y pol\xEDtica, se sublevaban contra las autoridades
y eran perseguidos y se vengaban c\xF3mo y cu\xE1ndo pod\xEDan. Pasaron a\xF1os. A
Mar\xEDa le falt\xF3 su madre, y su padre enfermo, desvalido, viv\xEDa de lo que
su hija ganaba vendiendo leche y legumbres, lavando ropa, hilando de
noche. Y una tarde, cuando el hambre y la pena le arrancaban l\xE1grimas,
en el huerto contiguo a su choza, junto al pozo, donde en otro tiempo
mejor ten\xEDan sus citas, se le apareci\xF3 su Guillermo, que as\xED se llamaba
el amante. Ven\xEDa fugitivo; le persegu\xEDan; para una guerra sin cuartel
le esperaban all\xE1 lejos, muy lejos; pero hab\xEDa hecho un voto, un voto
a la imagen que \xE9l adoraba, que era ella, su Mar\xEDa; herido en campa\xF1a,
pr\xF3ximo a morir, hab\xEDa jurado presentarse a su novia, desafiando todos
los peligros, si la vida no se le escapaba en aquel trance. Y hab\xEDa de
venir con una rica ofrenda. Y all\xED estaba por un momento, para huir
otra vez, para salvar la vida y volver un d\xEDa vencedor a buscar a su
amada y hacerla suya, pesare a quien pesare. La ofrenda es \xE9sta, dijo,
mostrando una caja de metal, larga y estrecha.

--No abras la caja hasta que yo me ausente, y tenla siempre oculta. No
me preguntes c\xF3mo gan\xE9 ese tesoro; es m\xEDo, es tuyo. T\xFA lo mereces todo,
yo... bien merec\xED ganarlo por el esfuerzo de mi valor y por la fuerza
con que te quiero. Huy\xF3 Guillermo; Mar\xEDa abri\xF3 la caja al otro d\xEDa,
a solas en su alcoba, y vi\xF3 dentro... una _rosa de oro_ con piedras
preciosas en los p\xE9talos, como gotas de roc\xEDo, y con tallo de oro
macizo tambi\xE9n. Una piedra de aqu\xE9llas estaba casi desprendida de la
hoja sobre que brillaba; un golpe muy peque\xF1o la har\xEDa caer. El padre
de la infeliz lavandera nada supo. Mar\xEDa no acertaba a explicarse, ni
la procedencia, ni el valor de aquel tesoro, ni lo que deb\xEDa hacer
con \xE9l para obrar en conciencia. \xBFSer\xEDa un robo? Le pareci\xF3 pecado
pensar de su amante tal cosa. Pas\xF3 tiempo, y un d\xEDa recibi\xF3 la joven
una carta que le entreg\xF3 un viajero. Guillermo le dec\xEDa en ella que
tardar\xEDa en volver, que iba cada vez m\xE1s lejos, huyendo de enemigos
vencedores y de la miseria, a buscar fortuna. Que si en tanto, a\xF1ad\xEDa,
ella carec\xEDa de algo, si la necesidad la apuraba, vendiera las piedras
de la rosa, que le dar\xEDan bastante para vivir... "Pero si la necesidad
no te rinde, no la toques; gu\xE1rdala como te la di, por ser ofrenda de
mi amor." Y el hambre, s\xED, apuraba; el padre se mor\xEDa, la miseria
precipitaba la desgracia; iba a quedarse sola en el mundo. Trabajaba
m\xE1s y m\xE1s la pobre Mar\xEDa, hasta consumirse, hasta matar el sue\xF1o; pero
no tocaba a la flor. La piedra preciosa que se meneaba sobre el p\xE9talo
de oro al menor choque, parec\xEDa invitarla a desgajarla por completo, y
a utilizarla para dar caldo al padre, y un lecho y un abrigo... Pero
Mar\xEDa no tocaba a la rosa m\xE1s que para besarla. El oro, las piedras
ricas, all\xED no eran riquezas, no eran m\xE1s que una se\xF1al del amor.
Y en los d\xEDas de m\xE1s angustia, de m\xE1s hambre, pas\xF3 por la aldea un
peregrino, el cual entreg\xF3 a la ni\xF1a otro pliego. Ven\xEDa de Jerusal\xE9n,
donde hab\xEDa muerto penitente el infeliz Guillermo, que, acosado por
mil desgracias, horrorizado por su crimen, confesaba a su amada que
aquella _rosa de oro_ era el fruto de un horrible sacrilegio. Un ladr\xF3n
la hab\xEDa robado a la iglesia de San Mauricio, de Hall; y \xE9l, Guillermo,
que encontr\xF3 a ese ladr\xF3n cuando iba por el mundo buscando una ofrenda
para su \xEDdolo humano, para ella, hab\xEDa adquirido la rosa de manos del
infame a cambio de salvarle la vida. Y terminaba Guillermo pidiendo a
su amada que para librarle del infierno, que por tanto amarla a ella
hab\xEDa merecido, cumpliera la promesa que \xE9l desde Jerusal\xE9n hac\xEDa al
Se\xF1or agraviado: hab\xEDa de ir Mar\xEDa hasta Roma y a pie, en peregrinaci\xF3n
austera, a dejar la _rosa de oro_ en poder del Padre Santo para que
otra vez la bendijera, si estaba profanada, y la restituyera, si lo
cre\xEDa justo, a la iglesia de San Mauricio y de Santa Mar\xEDa Magdalena.

--Mientras viviera mi padre enfermo, la peregrinaci\xF3n era imposible.
Yo no pod\xEDa abandonarle. Para la _rosa de oro_ hice, en tanto, en mi
propia alcoba, una especie de altarito oculto tras una cortina. Por
no profanar con mi presencia aquel santuario, procur\xE9 que mi alma
y mi cuerpo fuesen cada d\xEDa menos indignos de vivir all\xED; cada d\xEDa
m\xE1s puros, m\xE1s semejantes a lo santo. Un d\xEDa en que la miseria era
horrible, los dolores de mi enfermo intolerables, un _f\xEDsico_, un
sabio, brujo, o no s\xE9 qu\xE9, lleg\xF3 a mi puerta, reconoci\xF3 la enfermedad
y me ofreci\xF3 un remedio para mi triste padre, para aliviarle los
dolores y dejarle casi sano. \xA1Con qu\xE9 no comprar\xEDa yo la salud, o por
lo menos el reposo de aquel anciano querido, que fijos los ojos en m\xED,
sin habla, me ped\xEDa con tanto derecho consuelos, ayuda, como los que
tantas veces le hab\xEDa debido yo en mi ni\xF1ez! La medicina era cara, muy
cara; como que, seg\xFAn dec\xEDa el m\xE9dico extranjero, se hac\xEDa con oro y
con mezclas de materias sutiles y delicadas, que escaseaban tanto en el
mundo, que val\xEDan como piedras preciosas.

"--Yo no doy de balde mis drogas, dec\xEDa, a solas \xE9l y yo. O lo pagas a
su precio, y no tendr\xE1s con qu\xE9..., o lo pagas con tus labios, que te
har\xE9 la caridad de estimar como el oro y las piedras finas." Dejar a mi
padre morir padeciendo infinito, imposible... Me acord\xE9 de la piedra
que por s\xED sola se desprend\xEDa de la _rosa de oro_... Me acord\xE9 de mi
virtud..., de mi pureza, que tambi\xE9n se me antojaba cosa de Dios, y
bien agarrada a mi alma, piedra preciosa que no se desprend\xEDa... Me
acord\xE9 de mi madre, de Guillermo que hab\xEDa muerto, tal vez condenado,
sin gozar del beso que el diab\xF3lico m\xE9dico me ped\xEDa...

--Y... \xBFqu\xE9 hiciste?--pregunt\xF3 el papa inclinando la cabeza sobre Mar\xEDa
Blumengold.--Ya no sonre\xEDa Su Santidad; le temblaban los labios. La
ansiedad se le asomaba a los dulces ojos azules. \xBFQu\xE9 hiciste?... \xBFUn
sacrilegio?

--Le di un beso al demonio.

--S\xED... ser\xEDa el demonio.

Hubo un silencio. El papa volvi\xF3 la mirada a la Virgen del altar,
suspirando, y murmur\xF3 algo en lat\xEDn. Mar\xEDa lloraba; pero como si con
su confesi\xF3n se hubiese librado de un peso la pur\xEDsima frente, ahora
miraba al papa cara a cara, humilde, pero sin miedo.

--Un beso--dijo el sucesor de Pedro--. Pero... \xBFqu\xE9 es... un beso?
\xA1Habla claro!

--Nada m\xE1s que un beso.

--Entonces... no era el diablo.

El papa di\xF3 a besar su mano a Mar\xEDa, la bendijo, y al despedirla, habl\xF3
as\xED:

--Ma\xF1ana ir\xE1 a las Oblatas mi querido Sebasti\xE1n a recoger la _rosa de
oro_... y a llevarte el vi\xE1tico necesario para que vuelvas a tu tierra.
Y... \xBFvive tu padre? \xBFLe cur\xF3 aquel _f\xEDsico_?

--Vive mi padre, pero impedido. Durante mi ausencia le cuida una
vecina, pues hoy ya no exige su enfermedad que yo le asista sin cesar
como antes.

--Bueno. Pensaremos tambi\xE9n en tu padre.

Al d\xEDa siguiente el papa ten\xEDa en su poder la _rosa de oro_ de la
iglesia de San Mauricio y Santa Mar\xEDa Magdalena, de Hall, y Mar\xEDa
Blumengold volv\xEDa a su tierra con una abundante limosna del Pont\xEDfice.

                   *       *       *       *       *

Cuando lleg\xF3 la Pascua de aquel a\xF1o, la diplomacia se puso en
movimiento, a fin de que la _rosa de oro_ fuera esta vez para una
famosa reina de Occidente, de quien se sab\xEDa que era una Mesalina
devota, fan\xE1tica, capaz de quemar a todos sus vasallos por herejes, si
se opon\xEDan a sus caprichos amorosos o a los mandatos del obispo que la
confesaba.

Por penuria del tesoro pontificio o por piadosa malicia del papa, aquel
a\xF1o no se hab\xEDa fabricado rosa alguna del metal precioso. El apuro
era grande; el rey de Occidente, poderoso, se daba por desairado, por
injuriado, si su esposa no obten\xEDa el regalo del Pont\xEDfice. \xBFQu\xE9 hacer?

El papa, muy asustado, confes\xF3 que ten\xEDa una _rosa de oro_, antigua, de
origen misterioso. La reina devota y l\xFAbrica cont\xF3 con ella.

Pero lleg\xF3 el domingo de _L\xE6tare_ y no se bendijo rosa alguna.
Porque aquella noche el papa lo hab\xEDa pensado mejor, y sucediera lo
que Dios fuera servido, se negaba a regalar la _rosa de oro_ que
Mar\xEDa Blumengold hab\xEDa guardado, como santo dep\xF3sito, a una Mesalina
hip\xF3crita, devota y fan\xE1tica, que no se librar\xEDa del infierno por
tostar a los herejes de su reino.

Lo que hizo el papa fu\xE9 despertar muy temprano, y al ser de d\xEDa,
despachar en secreto al familiar predilecto, camino de Hall, con el
encargo, no de restituir a la iglesia de San Mauricio la rica presea
m\xEDstica, sino con el de buscar por los alrededores de la ciudad la
choza humilde de Mar\xEDa y entregarle, de parte del Sumo Pont\xEDfice, la
_rosa de oro_.

Y el papa, a solas, si el remordimiento quer\xEDa asaltarle, se dec\xEDa,
sacudiendo la cabeza:

--"Dama por dama, para Dios y para m\xED es mujer m\xE1s ilustre Mar\xEDa,
la acogida de las Oblatas, que esa reina de Occidente. Por esta vez
perdone la diplomacia."

Ya saben los habitantes de Hall por qu\xE9 les falta la _rosa de oro_,
regalo de Le\xF3n X a la iglesia de San Mauricio y de Santa Mar\xEDa
Magdalena.

                                  FIN


                              NOTAS:

[2] En esta alusi\xF3n a los Husitas hay un anacronismo voluntario, como
en lo que atr\xE1s queda, referente a Santa Francisca Romana. Adem\xE1s,
en mi Papa ideal hay rasgos de Mart\xEDn V y otros de Eugenio VI, ambos
anteriores a Le\xF3n X.





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El Señor y los demás son Cuentos" ***

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