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Title: El criticón (tomo 1 de 2)
Author: Morales, Baltasar Gracián y
Language: Spanish
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*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El criticón (tomo 1 de 2)" ***

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Internet Archive/Canadian Libraries)



NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se
    han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

  * Se ha respetado la ortografía del original impreso, que difiere
    algo de la actual, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

  * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

  * Las páginas en blanco han sido eliminadas.

  * Las notas a pie de página han sido renumeradas.

  * Las notas al margen aparecen encerradas entre corchetes y
    presentadas como [Marginal:...] dentro del texto.



[Ilustración]



  BIBLIOTECA RENACIMIENTO

  DIRIGIDA POR
  _G. MARTÍNEZ SIERRA_

  COLECCIÓN DE
  OBRAS MAESTRAS
  DE LA LITERATURA UNIVERSAL

  [Ilustración]

  LA EDICIÓN Y COMENTARIO DE LOS TEXTOS CLÁSICOS ESPAÑOLES, LA
  TRADUCCIÓN DE LOS EXTRANJEROS Y LOS PRÓLOGOS DE UNOS Y OTROS ESTÁN
  Á CARGO DE EMINENTES ESCRITORES, CRÍTICOS Y ERUDITOS, LOS MÁS
  COMPETENTES EN LA MATERIA:

  _GABRIEL ALOMAR, AZORÍN, PÍO BAROJA, JACINTO BENAVENTE, BERNARDO
  G. DE CANDAMO, AMÉRICO CASTRO, JULIO CEJADOR, ENRIQUE DÍEZ-CANEDO,
  FERNANDO FORTÚN, RICARDO FUENTE, VICENTE GARCÍA DE DIEGO, J.
  GÓMEZ OCERÍN, FRANCISCO A. DE ICAZA, JUAN R. JIMÉNEZ, RICARDO
  LEÓN, EDUARDO MARQUINA, G. MARTÍNEZ SIERRA, FRANCISCO MEDINA,
  ENRIQUE DE MESA, ANTONIO PALOMERO, R. PÉREZ DE AYALA, JACINTO O.
  PICÓN, CIPRIANO RIVAS CHERIF, FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN, VÍCTOR
  SAID-ARMESTO, EUGENIO SELLÉS, RAMÓN M. TENREIRO, MIGUEL DE UNAMUNO,
  FRANCISCO F. VILLEGAS. ETC., ETC._

  LA PARTE ARTÍSTICA
  DE ESTAS EDICIONES ESTÁ ENCOMENDADA AL
  ILUSTRE DIBUJANTE
  _FERNANDO MARCO_.



[Ilustración: RETRATO DEL P. BALTASAR GRACIÁN SACADO DEL LIENZO QUE
PERTENECIÓ AL COLEGIO DE LOS PP. JESUÍTAS DE CALATAYUD _Y HOY ES
PROPIEDAD DE D. FÉLIX SANZ DE LARREA_.]



[Ilustración: BIBLIOTECA RENACIMIENTO

OBRAS MAESTRAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL]



  [Ilustración: EL CRITICÓN

  POR
  LORENZO GRACIÁN

  EDICIÓN
  TRANSCRITA Y REVISADA
  POR
  JVLIO CEJADOR

  RENACIMIENTO
  _Casa Central_: MADRID, _Pontejos 3_
  SVCVRSALES:
  BVENOS AIRES, _Libertad 170_
  PARÍS, _26, Rue Richelieu_]



PRÓLOGO


_El Padre Baltasar Gracián[1] y Morales nació en Belmonte, aldea de
la ciudad de Calatayud, el 8 de Enero de 1601, de casa y familia
infanzona. Tuvo por hermanos al P. Felipe Gracián, Clérigo Menor,
Asistente de su Religión en Roma; al P. Fr. Pedro Gracián, Trinitario,
que murió en la flor de su edad; al P. Fr. Raimundo Gracián, Carmelita
Descalzo. Varones todos religiosos y literatos, como se ve en su_ Arte
de Ingenio y Agudeza, _Disc. 20, 13, 32 y 53. En el 25 dice que él se
crió en Toledo en casa de su tío el Licenciado Antonio Gracián. Enseñó
en la Compañía de Jesús letras humanas, filosofía y teología con el
crédito que puede suponerse._

  [1] En la partida de bautismo se halla escrito _Galacián_, como
  todavía llama por Calatayud la gente del pueblo á la familia
  _Gracián_, que aún dura en la comarca.

_Exacto religioso, celoso en los cargos de su profesión, grande orador,
sabio filósofo, discreto, ingenioso y agudo sobre todo encarecimiento.
Tan dulce y suave en el numen poético como en la ciencia y en la
práctica del gobierno._

_Tuvo por íntimos amigos á Manuel de Salinas, á Francisco Andrés de
Ustarroz, el Solitario, y al famoso anticuario oscense Vincencio
Juan de Lastanosa, el cual, según testimonio de su hijo Vincencio
Antonio[2], publicó en Huesca las obras de Gracián contra la voluntad
de su autor._

  [2] _Revista de Archivos_, t. VIII, 1877, p. 30.

_Fué Rector del Colegio de Tarragona y murió en el de Tarazona el 6 de
Diciembre de 1658, de edad de cincuenta y ocho años._

_Al pie del retrato del P. Gracián, que se hallaba en el claustro del
Colegio de los PP. Jesuítas de Calatayud, y que hoy posee D. Félix Sanz
de Larrea y reproducimos en esta edición, se lee:_

“_P. Balthasar Gracian ut iam ab ortu emineret in Bellomonte natus
est prope Bilbilim, confinis Martiali patria, proximus ingenio, ut
profunderet adhuc xristianas argutias Bilbilis, quae poene exhausta
videbatur in aethnicis. Ergo augens natale ingenium innato acumine,
scripsit_ Artem ingenii _et arte fecit scibile, quod scibiles facit
artes. Scripsit item_ Artem prudentiae _et a se ipso artem didicit.
Scripsit_ Oraculum _et voces suas protulit. Scripsit_ Disertum _ut se
ipsum describeret. Et ut scriberet_ Heroem _heroica patravit. Haec et
alia eius scripta Mecenates Reges habuerunt, Iudicem admirationem,
Lectorem Mundum, Tipographum Aeternitatem. Philippus 4s saepe illius
argutias inter prandium versabat, ne deficerent sales regiis dapibus.
Sed qui plausus excitaverat calamo, deditus Missionibus excitavit
planctus verbo, excitaturus desiderium in morte, qua raptus est 6
Decemb. 1658, sed aliquando extinctus aeternum lucebit._”

_Las obras de Gracián son:_

  1. _El Criticón. Primera Parte en la Primavera de la Niñez y en el
  Estío de la Juventud._ En Madrid 1650. Publicólo antes D. Vincencio
  Juan de Lastanosa, amigo del autor, como escribe D. Vincencio
  Antonio de Lastanosa, hijo de aquel insigne literato y anticuario,
  en su manuscrito _Habilitación de las Musas_. Lo mismo hizo con la
  segunda y tercera partes.

  2. _El Criticón. Segunda Parte. Juiciosa y cortesana Filosofía en
  el Otoño de la varonil edad._ En Huesca por Juan Nogués, 1653.

  3. _El Criticón. Tercera Parte. En el Invierno de la Vejez._ En
  Huesca 1653.

_Las tres partes de_ El Criticón _se imprimieron en dos tomos en
Madrid 1664 por Pablo de Val y en Barcelona el mismo año por Antonio
Lacavallería_.

  4. _El Héroe._ En Madrid 1630. En Huesca publicado por Lastanosa en
  1637.

  5. _Agudeza y Arte de Ingenio._ Imprimióse en Huesca dos veces,
  años de 1648 y 1649.

  6. _El Discreto._ Publicólo Lastanosa en Huesca 1645. Se reimprimió
  en Bruselas, 1665.

  7. _El Político Don Fernando el Católico_, publicado por Lastanosa
  en Zaragoza, año de 1640.

  8. _Oráculo Manual y Arte de Prudencia_, sacado de los Aforismos de
  las Obras de Lorenzo Gracián. Diólo á luz Lastanosa en Huesca, año
  de 1647, edición que se desconoce; hay otra anterior á la de Madrid
  de 1653.

  9. _Meditaciones varias para antes y después de la Sagrada
  Comunión_, que salieron con el nombre de su autor, siendo
  Catedrático de Escritura, con el título de _Comulgatorio_ y se
  imprimió en Zaragoza el 1655.

  10. _Máximas del P. Baltasar Gracián con respuestas á los Críticos
  del Hombre Universal_, que se estampó en París.

  11. _El Varón Atento_, de que hace mención el autor en el _Arte de
  Ingenio_ y en el _Discreto_.

  12. _Selvas de todo el año en verso_, que se publicaron por primera
  vez con las demás obras en Barcelona, 1734.

  13. _Diversos Poemas_, que corren divididos.

_Juntas todas estas obras se publicaron más tarde varias veces dentro y
fuera de España, entre ellas en Madrid por Pablo de Val, en dos tomos,
año 1664, Barcelona 1664, Amberes 1725, Barcelona 1757, Madrid 1773._

_En todas ellas, en vez de su propio nombre Baltasar, salió el de
Lorenzo Gracián, no se sabe la causa. Tal vez lo puso su editor
Lastanosa, ya que las publicaba á disgusto de la modestia de su autor y
aludiendo á S. Lorenzo, natural de Huesca._

_Bien definió el vulgo el que lo definió: “El vulgo no es otra cosa,
que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las
cosas, cuanto menos las entienden.” Y no miréis al vestido ni á los
zapatos para tener á uno por del vulgo. “Aunque sea un príncipe, en
no sabiendo las cosas y queriéndose meter á hablar dellas, á dar su
voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se declara hombre vulgar y
plebeyo”. De estos hombres vulgares, que pasan por sabios y sonlo á
veces en otras cosas, escribió el mismo autor: “Si dan en alabar á uno,
si una vez cobra fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser
un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que
son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en
celebrarle. Y por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos,
haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada saben”._

_Esto último le sucedió al autor de los renglones aquí citados, al
satírico más hondo que ha criado España, al ignorado Baltasar Gracián.
Por nebuloso é incomprensible se le califica, aunque ingenioso y sutil.
Sin que yo ni nadie alcance á casar estos dos extremos de_ ingenioso
_é_ incomprensible, _de_ sutil _y_ nebuloso. _Porque si la sutileza y
el ingenio no sirven para ver y hacer ver claramente las cosas, sino
antes para verlas y hacerlas incomprensibles y nebulosas, son una bien
triste cualidad._

_Lo que hay es que tan excelso ingenio como el de Gracián vuela muy
alto para el vulgo, y el vulgo, según la definición que de él mismo
hemos visto, abraza á más personajes, no sólo personillas, de lo que
parece._

_Yo apuesto que, si aquí asiento que Quevedo es mucho menos hondo, más
superficial, menos filósofo que Gracián, los más de mis lectores lo
echarán á exageración. Perdonen esos lectores, por muchos que sean,
que les meta en la docena de ese vulgo y que me atreva á apuntarles,
con todo el respeto que les debo, pero con toda la sinceridad que no
menos les debo á ellos y me debo á mí mismo, que juzgan de Gracián
y de Quevedo por lo que han oído, no por propio juicio: lo cual es
cabalmente lo propio del vulgo._

_¿Qué alaban, qué desalaban? “Hablaba uno por boca de ganso y otro
murmuraba con hocico de puerco”, repetiré con el mismo Gracián. El
cual, como escondido jesuíta, que escribía en su rincón, sin meter la
bulla que Quevedo, es para mí, sin quitarle nada á Quevedo, más grande
que él; aunque para el vulgo fuera uno de los que dormían y sólo era
sonado por su_ Agudeza y Arte de ingenio. _El vulgo trompeteó esta
obra de arte filosófico y no entendió ni pregonó_ El Criticón, _obra
de filosofía artística. En la una se muestra filósofo tratando acerca
de la retórica y del arte, en la otra se muestra artista y escritor
consumado tratando acerca de la más honda filosofía._

_Quevedo, dice Farinelli, es inferior á Gracián en la profundidad, en
la energía, en la originalidad del pensamiento filosófico. Quevedo
tiene ideas geniales, que parecen y desaparecen como relámpagos.
Gracián tiene ideas completas, fijas, duraderas. Quevedo toca sin
penetrar, lleva consigo gran parte de la ciencia escolástica, se apoya
con preferencia en otras autoridades, sacrifica voluntariamente su
propio juicio, su razón y su lógica, sofoca el escepticismo al nacer
en su ánimo, apenas se le pone la infalible é indiscutible tradición
católica. No conoce ni regla ni sistema. Tiene menor capacidad y
firmeza de pensamiento que Gracián y á la vez menos gusto. En Quevedo
hay exuberancia de fantasía, en Gracián de reflexión. Quevedo es más
poeta, Gracián más filósofo._

_Hago mío el juicio que él mismo da de Quevedo, en el cual se verá
cómo escribía el filósofo aragonés: “Acertó á sacar unas (hojas) de
tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y
unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar,
aplicando el polvo á las narices.--Basta, dijo: que estas hojas de
Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para
reir que para aprovechar.”_

_Las hojas de_ El Criticón _ni las han apetecido ni menos mascado
las gentes vulgares: son más para aprovechar y llorar, que para reir
y enviciar las narices. Schopenhauer, que buscaba el provecho y el
lloro, no el vicio ni la risa, fué el primero que las alabó y de
ellas se aprovechó. Los españoles “abrazan todos los estranjeros,
pero no estiman los propios”. Bien ha sido menester venga un alemán á
descubrirnos al vulgo de los españoles lo que no sabíamos apreciar._

_Gracias que en el correr de los siglos el vulgo se hunde é hinca
el pico para siempre jamás y los que verdaderamente entienden, por
poquísimos que sean, con el andar de la Historia van haciéndose
muchos y sus escritos siguen hablando á las nuevas generaciones. Es
el triunfo, que el tiempo da á la verdad, encargándose á la vez de ir
tapando la boca al vulgacho, harto de oirle vocear necedades los pocos
días que de vida le concede._

_Alcanza el mal sino hasta á los más esclarecidos ingenios. Pocos tan
desconocidos y olvidados como el gran filósofo aragonés, con ser bien
pocos los que en España y aun fuera de ella puedan serle comparados.
Fué demasiado hombre para un tiempo en que el ingenio español había
bastardeado en ingeniosidad de bambolla, de palabrería huera, de
burbujas de jabón. El culteranismo, el gongorismo carcomía y tranzaba
el recio y frondoso árbol de la literatura._

_Cada hombre es, en la mitad por lo menos, hijo de su tiempo. Gracián,
arrastrado por la ley de naturaleza, también iba á serlo. Metióse á
retórico, como los demás; pero, como no era cual los demás, sin dejar
de ser de su tiempo, sobrepujó á todos y, en vez del culteranismo
palabrero y hueco, sin sustancia, su obra retórica ensalzó lo único
de bueno y verdadero, que en aquella desviación del gusto literario
yacía sin echarlo nadie de ver, la_ Agudeza y Arte de ingenio. _Dote,
ciertamente del arte de escribir; pero que los tiempos aquellos le
hicieron creer á Gracián era la única ó principal. En esto estuvo
el error, que para mí más ha de atribuirse á su siglo, que al autor
mismo. Todos le reconocieron como un maestro; aunque su escuela distaba
tanto de la de Góngora como el alma del cuerpo, la sustancia del
accidente, el concepto de la palabra: era la escuela conceptista, de
la ingeniosidad del pensamiento, harto diferente de la fantasmagórica
del retruécano, del puro juego de palabras, de la extravagancia de la
metáfora._

_Aun en su yerro fué grande._

_Pusiéronle en las nubes y, cuando quiso aplicar su penetración,
erudición, experiencia y maravillosas dotes de pensador á una obra
honda de crítica moral, ya nadie le entendió. Andaban á pájaros y no
vieron al gran filósofo, la cabeza baja, la mano en la mejilla. Hablaba
como sabio á necios. El gusto se desvahaba en nubes sin sustancia._

_Medio siglo después llegó el seudo-clasicismo de Francia con su regla
y compás, con su tijera, hecha á recortar los evónimos y boneteros de
los jardines de Versalles. Al cesto fueron de un golpe cuantos libros
se habían escrito y leído en España durante dos centurias, por no
compasarse con tan menguado compás y regla. Á vueltas iban también los
feos y raquíticos tomos de_ El Criticón, _infamemente salidos de las
prensas de Huesca y que no había leído nadie._

_Pero en sonando que suene una vez la voz del ingenio, tarde ó temprano
recude de una ú otra parte. Esta vez recudió de Alemania. Cristiano
Enrico Postel en su epístola_ De linguae Hispanae difficultate,
elegantia et utilitate, _llamaba á fines del siglo_ XVII _á Gracián
“unicus”, “summus”, añadiendo: “Huius viri sunt libri, quibus in eo
genere orbis terrarum nil maius vidit. In stylo enim illo nemo tersior,
in phrasibus nemo uberior, in metaphoris nemo iudiciosior, in maiestate
nemo sublimior, in allusionibus nemo felicior.” En Alemania cayó la
semilla de_ El Criticón _como en tierra bien aparejada y dió sus frutos
en los grandes pensadores que la ilustraron. Ha tratado este asunto
Karl Borinski en su obra_ Baltasar Gracian und die Hofliteratur in
Deutschland, _Halle 1894. Obra que además dió pie al gran erudito
italiano y devotísimo de las cosas españolas Arturo Farinelli para
escribir en la_ Revista crítica de historia y literatura españolas,
portuguesas é hispano-americanas _(año I, n. 2) un estudio crítico
sobre Gracián, tan acabado, que harto mejor partido fuera haberlo
puesto aquí en lugar de este malaliñado prólogo. Tomémosle al menos sus
últimas palabras._

“_No ha sido gloria pequeña de Gracián la de haber cautivado, en el
atormentadísimo siglo que ahora baja al sepulcro, el corazón y la
fantasía de Schopenhauer, el grande escudriñador pesimista de las
quimeras humanas. Ni Gracián siquiera, el jesuíta solitario, apartado
siempre de los torbellinos del mundo, destilando de su cerebro y de la
sabiduría de sus libros favoritos la ciencia de la vida, la ciencia del
hombre, que expuso con sagacidad deslumbradora en breves tratados y
en la alegoría verdaderamente inmortal de_ El Criticón, _el moralista
agudo y amargo, convencido de la vanidad inmensa de todas las cosas
humanas, ni Gracián, digo, hubiera soñado, aun en los más halagadores
sueños, llegar á tal punto con sus doctrinas y fecundar, á la
distancia de dos siglos, la ciencia y la experiencia de otros geniales
pensadores._”

“_¿Puede llegar á más nuestra desdicha?, decía Feijóo en 1751. Ó por
mejor decir, ¿puede llegar á más nuestro oprobio, que el que los
mismos extranjeros nos den en rostro con la desestimación de nuestros
escogidos autores?_”--_Sí, había que responderle. La desdicha de los
españoles del siglo_ XX _llega más allá. Sin el menor sonrojo han
oído á los sabios alemanes é italianos, ingleses y franceses echárselo
en cara, se han encogido de hombros y no han pensado en abrir_ El
Criticón, _de Gracián. Y hablo no de la plebe: para la plebe no son
las obras de los grandes pensadores. ¿Cuántas personas cultas, cuántos
literatos lo han leído? Cada uno de mis lectores sabe de sí. ¡Qué
extraño es nos vengan después con que no ha habido pensamiento ni
pensadores en España! No ha faltado quien ha dicho sobre el particular
la última palabra de la desidia española: ¡Rarezas de Schopenhauer!
Así se ha respondido á la frase aquella del famoso filósofo alemán,
escribiendo á Keil en 1832: “Mi escritor favorito es este filosófico
Gracián. He leído todas sus obras. Su_ Criticón _es para mí uno de los
mejores libros del mundo. De buena gana lo traduciría, si hallara un
editor para imprimirlo.”_

_Las fuentes de donde bebió Gracián fueron tantas, que enzarzada tarea
echará sobre sí el que emprenda comentarlo. Hombre de variadísima
lectura, escudriñó en su lengua original los grandes pensadores griegos
y romanos, el enjambre de políticos y moralistas, que se dieron en
España durante los siglos_ XVI _y_ XVII _y, sobre todo, los más famosos
entre los italianos. Aprovechóse de Platón, Aristóteles, Plutarco,
Luciano, Tácito, Marcial y Séneca, entre los clásicos; de Guevara, Fox
Morcillo_ (Regni Regisque institutione, _1556_), _Ginés de Sepúlveda_
(De Regno et Regis officiis, _1571_), _Juan de Torres_ (Filosofía
moral de príncipes, _1576_), _Alonso de Barros_ (Filosofía cortesana
moralizada, _1587_), _C. de Bobadilla_ (Política para corregidores y
señores de vasallos en tiempos de paz y de guerra, _1597_), _M. de
Carvalho_ (Espejos de Príncipes y Ministros, _1598_), _Juan Márquez_
(El Gobernador cristiano, _1612_), _Juan de Salazar_ (Política
española, _1619_), _Francisco de Barreda_ (El mejor Príncipe Trajano
Augusto, _1622_), _Claudio Clemente_ (Machiavellismus iugulatus,
_1637_), _Diego Niseno_ (El gran padre de los creyentes Abrahan, El
Político del cielo, _1636-8_), _Mariana_ (De Rege), _Agustín de Rojas_
(Buen repúblico), _José Micheli Márquez_ (Deleite y amargura de las dos
cortes, celestial y terrena, _1642_), _Quevedo, Antonio López de Vega,
Pedro Fernández de Navarrete, Juan Eusebio Nieremberg, Vera y Zúñiga,
Padilla Manrique_ (Idea de nobles y sus desempeños en aforismos,
_1637-44_), _Antonio Pérez_ (Norte de príncipes, Aforismos), _Saavedra
Fajardo, Alonso de Ledesma, etc., etc., de entre los españoles; del
Petrarca, Boscán, Maquiavelo, Alciato, Giovio, Doni, Guicciardini,
Bentivoglio, Birago, Siri, y, sobre todo, de Malvezzi, Botero y
Boccalini, entre los italianos._

_Pero “el mejor libro del mundo es el mismo mundo”, decía el mismo
Gracián. Sus amigos Ustarroz, Lastanosa, Manuel de Salinas, llevábanle
libros, que nunca hartaban su sed de leer; empero el hondo conocimiento
del mundo, que supo pintar como nadie, los desengaños de la vida, la
infelicidad humana en los vaivenes de la fortuna y hasta en sus más
soterradas raíces, los disparates de los hombres, el reinado de la
injusticia señoreándolo todo, la verdadera sabiduría, que desprecia
los bienes aparentes y se yergue armada de valor y ceñido el corazón
de santa saña para pelear oponiendo la_ milicia _á la_ malicia, _sin
dejarse vencer á vista del poder del mal, todo eso no lo aprendió
Gracián en los libros, que en los libros nadie lo aprendió; sino en
las misiones á que á veces se dedicó, en la soledad y apartamiento
á tiempos de los hombres, en la viva penetración de su poderosa
inteligencia, en la nobleza y reciura aragonesa de su corazón._

_Y en esto se parece á Nietzsche, más bien que á los grandes pesimistas
Spinoza, Leopardi, Schopenhauer y Hartmann, de cuya filosofía dice con
razón Farinelli ser la de Gracián el primer eslabón de la cadena. No
se abate ni se somete y rinde el fiero aragonés á la resignación ni al
quietismo, no quiere sufrir ni tolerar tan triste destino; sino que
salta colérico, afila sus armas y se lanza denodado á la lucha de la
vida, porque sabe que sólo el héroe, el esforzado combatiente, alcanza
la victoria._

_¿Cómo el hombre tiene que acometer á sus enemigos en la vida, cuáles
cualidades del ánimo y del entendimiento tiene que desarrollar con
preferencia, en cuál manera debe guiar su frágil navecilla en este
borrascoso mar para llegar seguro al puerto, al sosiego deseado, á la
quietud y al descanso? Tal es el problema, en cuya solución empeñó
Gracián su pluma, intentando formar el varón perfecto y acabado, que
se levante sobre el vulgo, discreto en el pensar, ingenioso en el
decir, héroe en el obrar._

_Si realismo es llevar al arte lo que hay de hecho en la realidad,
aunque tamizado por el cerebro del artista, Gracián nada tiene de
artista realista. No trae nada de fuera; lo saca de dentro, de su
poderosa imaginación. Todos son símbolos, virtudes, vicios, cualidades
personificadas, ya en personajes históricos, ya en puramente
fantásticos. Las escenas en que tercian estos personajes simbólicos no
son menos hijas de la fantasía de Gracián. Con todo es tal la preñez
de realidad y de vida, que en la cabeza de este filósofo y artista
soberano engendra personajes y escenas de pura fantasía, que bullen y
hablan como si fueran personas de carne y hueso, solo que condensan
los vicios, las virtudes, los conceptos abstractos, como no pudieran
condensarlos los personajes reales. Es artista, no de fuera adentro,
como los realistas; sino de dentro á fuera, como los verdaderos
filósofos._

_Pero para Platón lo únicamente real son las ideas, de las cuales los
hombres y las cosas son puras sombras, que de ellas participan y por
ellas son y viven, como viven y son las sombras por reflejar los seres
reales. Los personajes de Gracián no son otros que las ideas platónicas
y en este sentido más reales que los de los artistas realistas. No son
condensaciones teatrales, muñecos tiesos, movidos siempre por resorte y
torpe, esquinadamente, porque no parece han salido de la condensación
de las cualidades de los seres vivos en un seco concepto; sino que
metidos esos seres en la fragua del ingenio filosófico de Gracián, han
brotado de ella en su primitiva forma de ideas platónicas, anteriores á
la realidad._

_Este simbolismo lo aprendió Gracián, según me sospecho, en la_ Cárcel
de Amor, _y, sobre todo, en_ Guzmán de Alfarache, _donde hizo alguna
vez primoroso alarde del género Mateo Alemán. Por eso llamó al escritor
sevillano el escritor aragonés “el mejor y más clásico español”._

_Es Gracián el continuador de Séneca, de Mateo Alemán y de Quevedo,
como satírico moralista; pero diferénciase de todos ellos por haber
buscado más en lo hondo, sacando como personajes de su obra las puras
ideas platónicas y dádoles con todo eso vida en un diálogo tan vivo
y real como el_ Guzmán de Alfarache, _obra de filósofo realista de
fuera adentro. Tan variado y ligero es Gracián en su_ Criticón, _como
en sus_ Sueños _es Quevedo, tan sentencioso y dogmático como en sus_
Epístolas _Séneca. Gana á Séneca en lo ceñido, escultural y hondo de
los dictámenes, á Mateo Alemán en el mismo realismo al modo dicho, á
Quevedo en lo macizo, sistemático y escéptico de las doctrinas, á todos
tres en la profundidad filosófica._

_Óigase el juicio de Menéndez y Pelayo[3]: “Talento de estilista
de primer orden, maleado por la decadencia literaria, pero así
y todo, el segundo de aquel siglo en originalidad de invenciones
fantástico-alegóricas, en estro satírico, en alcance moral, en bizarría
de expresiones nuevas y pintorescas, en humorismo profundo y de ley,
en vida y movimiento y efervescencia continua, de imaginación tan
varia, tan amena, tan prolífica, sobre todo en su_ Criticón, _que
verdaderamente maravilla y deslumbra, atando de pies y manos el juicio,
sorprendido por las raras ocurrencias y excentricidades del autor, que
pudo no tener gusto, pero que derrochó un caudal de ingenio como para
ciento.”_

  [3] _Ideas estéticas_, t. II, vol. II, p. 535.

_Este juicio del maestro me parece atinado, si al llamarle el
segundo de su siglo miraba á Cervantes, como al primero de él; pero
no, si miraba á Quevedo. Tampoco admito lo del mal gusto ni las
excentricidades tratándose de_ El Criticón, _aunque sí tratándose de
algunas otras de sus obras._

_Algo, muy poco, de la falsa bambolla, propia del tiempo, empaña
alguna que otra vez el mismo_ Criticón; _pero fuera de esto, el estilo
es claro y transparente, como no suele serlo en sus obrillas menudas
de estilo puramente sentencioso, y el lenguaje tan castizo y rico en
modismos y rodeos castellanos como el de Cervantes, Mateo Alemán y
Quevedo._

_Cuanto á la profundidad de concepción de la obra total, á la fuerza y
amargor de la sátira de la sociedad, al escudriñamiento de las almas y
al conocimiento del mundo y de la vida, de lo cual nada dice Menéndez y
Pelayo, no sólo es para mí_ El Criticón _la obra más grande escrita en
España, pero acaso en el mundo entero._

_“Más obran quintas esencias, que fárragos”, decía Gracián, y
verdaderamente sus obras son quintas esencias. Gran artista de la
palabra, maestro del arte de hablar le creyeron sus contemporáneos, y
de hecho_ El Criticón _es un raudal bullente y despeñado, que salta
de un solo chorro y corre por entre peñascales sin el menor tropiezo,
arrollándolo todo y cual si deslizase por un cauce de arena. Pero no
es raudal de retórico desfrenado, no es folla ni soniquete huero;
es raudal quintesenciado de acendradísimo oro, donde no huelga una
frase ni desdice un pensamiento de la más elevada filosofía. Cada_
Crisi _es un estudio acabado con maestría sin igual y las_ Crisis
_van creciendo en importancia cada vez mayor, y el teatro de la vida
humana ensanchándose y las negras tintas, que sombrean las miserias
de los hombres ennegreciéndose y ensombreciéndose por momentos. Las
más profundas sentencias de los mayores pensadores han desaguado en_
El Criticón; _pero hánse revestido de una tan nueva y desusada forma,
hánse concentrado en un tan fuerte elixir, que están desconocidas y
nos muestran el poder de aquel asombroso cerebro, que como ningún otro
alcanzaba á alquitarar la expresión y dar espíritu á los pensamientos._

_Era incapaz un tan hondo filósofo de aderezar una novela, por
filosófica que fuese, metiendo en una acción y en unos personajes
particulares la filosofía de la vida, como ella verbeneaba en su
cabeza; tuvo que vaciar esa filosofía en símbolos condensados, en
matrices de novelas, en un cuadro fantasmagórico de tanto alcance,
que puede servir de clave á todas las novelas de hechos particulares,
que artistas menos preñados de pensamientos y de más vagar que este
pensador, verdaderamente volcánico, saben tomar de la realidad y
describir despaciosamente._

_Torno á repetirlo: Baltasar Gracián es el más grande pensador de la
raza hispana y uno de los grandes pensadores de la humanidad. Leed_ El
Criticón _y lo veréis._

  _JULIO CEJADOR._



  EL CRITICÓN

  PRIMERA PARTE

  EN LA PRIMAVERA DE LA NIÑEZ
  Y EN EL ESTÍO DE LA JUVENTUD



Á DON PABLO DE PARADA

CABALLERO DE CRISTO, GENERAL DE LA ARTILLERÍA Y GOBERNADOR DE TORTOSA


Si mi pluma fuera tan biencortada como la espada de V. S. cortadora,
aun pareciera escusable la ambición del patrocinio; ya que no llegue á
tanto, solicita una muy valiente defensa. Nació con V. S. el valor en
su patria Lisboa, creció en el Brasil entre plausibles bravezas y ha
campeado en Cataluña entre célebres victorias.

Rechazó V. S. al bravo Mariscal de la Mora en los asaltos, que dió á
Tarragona por el puesto de San Francisco, que V. S. con su tercio y su
valor tan bizarramente defendió. Desalojó después al que llamaban el
invencible Conde de Arcuhurt, sacándole de las trincheras sobre Lérida,
acometiendo con su regimiento de la Guarda el fuerte real, que ocupó
y defendió contra el general recelo. Y desta calidad pudiera referir
otras muchas facciones, aconsejadas primero de la prudencia militar de
V. S. y ejecutadas después de su gran valor. Emula dél la felicidad,
le asistió á V. S., siendo General de la flota, para que la condujese
á España con tanta prosperidad y riqueza. Y de aquí se ha ocasionado
aquella altercación entre los grandes Ministros, si es V. S. mejor para
las armadas de mar ó para las de tierra, siendo eminente en todas. Por
no hacer sospechosas estas verdades, aunque tan sabidas, con el afecto
de amigo, quisiera hablar por boca de algún enemigo; pero ninguno
le hallo á V. S. Sólo uno que, para desconocer obligaciones quiso
afectarlo, no pudo. Pues él mismo decía, ¡brava cosa!, que: “Quisiera
decir mal deste hombre y no hallo qué poder decir”.

Pero lo que yo más celebro es que, siendo V. S. hombre tan sin
embeleco, se haya hecho lugar en la mayor estimación de nuestro siglo.

El cielo le prospere. B. L. M. de V. S. su más apasionado

  _LORENZO GRACIÁN_



Á QUIEN LEYERE


Esta Filosofía cortesana, el curso de tu vida en un discurso, te
presento hoy, lector juicioso, no malicioso. Y aunque el título
está ya provocando ceño, espero que todo entendido se ha de dar por
desentendido, no sintiendo mal de sí.

He procurado juntar lo seco de la filosofía con lo entretenido de la
invención, lo picante de la sátira con lo dulce de la épica, por más
que el rígido Gracián lo censure, juguete de la traza en su más sutil
que provechosa Arte de ingenio. En cada uno de los autores de buen
genio he atendido á imitar lo que siempre me agradó, las alegorías de
Homero, las ficciones de Esopo, lo doctrinal de Séneca, lo juicioso de
Luciano, las descripciones de Apuleyo, las moralidades de Plutarco,
los empeños de Eliodoro, las suspensiones del Ariosto, las crisis del
Boquelino y las mordacidades de Barclayo. Si lo habré conseguido,
siquiera en sombras, tú lo has de juzgar.

Comienzo por la hermosa naturaleza, paso á la primorosa arte y paro
en la útil moralidad. He dividido la obra en dos partes, treta de
discurrir lo penado, dejando siempre picado el gusto, no molido.

Si esta primera te contentare, te ofrezco luego la segunda, ya
dibujada, ya colorida; pero no retocada y tanto más crítica, cuanto son
más juiciosas las otras dos edades de quienes se filosofa en ella.



CRISI PRIMERA

_Náufrago Critilo, encuentra con Andrenio, que le da prodigiosamente
razón de sí._


Ya entrambos mundos habían adorado el pie á su universal monarca el
católico Filipo. Era ya real corona suya la mayor vuelta, que el
sol gira por el uno y otro hemisferio. Brillante círculo, en cuyo
cristalino centro yace engastada una pequeña isla ó perla del mar ó
esmeralda de la tierra. Dióla nombre augusta emperatriz, para que ella
lo fuese de las islas, corona del océano. Sirve, pues, la isla de Santa
Elena en la escala del un mundo al otro, de descanso á la portátil
Europa y ha sido siempre venta franca, mantenida de la divina próvida
clemencia en medio de inmensos golfos á las católicas flotas del
oriente.

Aquí, luchando con las olas, contrastando los vientos y más los
desaires de su fortuna, mal sostenido de una tabla, solicitaba puerto
un náufrago, monstruo de la naturaleza y de la suerte, cisne en lo ya
cano y más en lo canoro, que así exclamaba entre los fatales confines
de la vida y de la muerte: ¡Oh vida! [Marginal: _Vida._] ¡No habías de
comenzar; pero, ya que comenzaste, no habías de acabar! No hay cosa más
deseada ni más frágil que tú eres y el que una vez te pierde, tarde te
recupera: desde hoy te estimaría como á perdida. Madrastra se mostró
la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al
nacer, le restituye al morir: allí porque se perciban los bienes que se
reciben y aquí porque se sientan los males que se conjuran.

¡Oh tirano mil veces de todo el ser humano aquel primero, que con
escandalosa temeridad fió su vida en un frágil leño al inconstante
elemento! Vestido dicen que tuvo el pecho de aceros, mas yo digo que
revestido de hierros. En vano la superior atención separó las naciones
con los montes y los mares, si la audacia de los hombres halló puentes
para trasegar su malicia. Todo cuanto inventó la industria humana ha
sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma. La pólvora es un
horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina y una
nave no es otro, que un ataúd anticipado. Parecíale á la muerte teatro
angosto de sus tragedias la tierra y buscó modo cómo triunfar en los
mares, para que en todos elementos se muriese.

¿Qué otra grada le queda á un desdichado para perecer, después que
pisa la tabla de un bajel, cadalso merecido de su atrevimiento? Con
razón censuraba el Catón, aun de sí mismo, entre las tres necedades
de su vida, el haberse embarcado por la mayor. ¡Oh suerte! ¡Oh cielo!
¡Oh fortuna! Aun creería que soy algo, pues así me persigues y, cuando
comienzas, no paras hasta que apuras. Válgame en esta ocasión el valer
nada, para repetir de eterno.

De esta suerte hería los aires con suspiros, mientras azotaba las
aguas con los brazos, acompañando la industria con minerva. [Marginal:
_Grandes hombres._] Pareció ir sobrepujando el riesgo, que á los
grandes hombres los mismos peligros ó los temen ó los respetan. La
muerte á veces recela el emprenderlos y la fortuna los va guardando los
aires. Perdonaron los aspides á Alcides, las tempestades á César, los
aceros á Alejandro y las balas á Carlos V. ¡Mas ay!, que, como andan
encadenadas las desdichas, unas á otras se introducen y el acabarse
una es de ordinario el engendrarse otra mayor. Cuando creyó hallarse
en el seguro regazo de aquella madre común, volvió de nuevo á temer
que, enfurecidas las olas, le arrebataban para estrellarle en uno de
aquellos escollos, duras entrañas de su fortuna, Tántalo de la tierra,
huyéndosele de entre las manos, cuando más segura la creía: que un
desdichado, no sólo no halla agua en el mar, pero ni tierra en la
tierra.

Fluctuando estaba entre uno y otro elemento, equívoco entre la
muerte y la vida, hecho víctima de su fortuna, cuando un gallardo
joven, ángel al parecer y mucho más al obrar, alargó sus brazos para
recogerle en ellos, amarras de un secreto imán, si no de hierro,
asegurándole la dicha con la vida. En saltando en tierra, selló sus
labios en el suelo, logrando seguridades y fijó sus ojos en el cielo,
rindiendo agradecimientos. Fuése luego con los brazos abiertos para el
restaurador de su vida, queriendo desempeñarse en abrazos y en razones.
No le respondió palabra el que le obligó con las obras; sólo daba
demostraciones de su gran gozo en lo risueño y de su mucha admiración
en lo atónito en el semblante. Repitió abrazos y razones el agradecido
náufrago, preguntándole de su salud y fortuna y á nada respondía el
asombrado isleño.

Fuéle variando idiomas de algunos que sabía; mas en vano, pues,
desentendido de todo, se remitía á las extraordinarias acciones, no
cesando de mirarle y de admirarle, alternando extremos de espanto y de
alegría.

Dudara con razón el más atento ser inculto parto de aquellas selvas,
si no desmintieran la sospecha lo inhabitado de la isla, lo rubio
y tendido de su cabello, lo perfilado de su rostro, que todo le
sobrescribía europeo. Del traje no se podían rastrear indicios, pues
era sola la librea de su inocencia.

Discurrió más el discreto náufrago, si acaso viviría destituído de
aquellos dos criados del alma, el uno de traer y el otro de llevar
recados, el oir y el hablar. Desengañóle presto la experiencia, pues
al menor ruido prestaba atenciones prontas sobre el imitar con tanta
propiedad los bramidos de las fieras y los cantos de las aves, que
parecía entenderse mejor con los brutos, que con las personas: tanto
pueden la costumbre y la crianza. Entre aquellas bárbaras acciones
rayaba como en vislumbres la vivacidad de su espíritu, trabajando el
alma, por mostrarse: que donde no media el artificio, toda se pervierte
la naturaleza.

Crecía en ambos á la par el deseo de saberse las fortunas y las
vidas; pero advirtió el entendido náufrago que la falta de un común
idioma les tiranizaba esta fruición. Es el hablar efecto grande de
la racionalidad: que quien no discurre, no conversa. [Marginal:
_Conversación._] Habla, dijo el filósofo, para que te conozca.
Comunícase el alma noblemente, produciendo conceptuosas imaginaciones
de sí en la mente del que oye, que es propiamente el conversar. No
están presentes los que no se tratan ni ausentes los que por escrito se
comunican. Viven los sabios varones ya pasados y nos hablan cada día en
sus eternos escritos, iluminando perennemente los venideros. Participa
el hablar de lo necesario y de lo gustoso. Que siempre atendió la
sabia naturaleza á hermanar ambas cosas en todas las funciones de la
vida. Consíguense con la conversación á lo gustoso y á lo presto las
importantes noticias y es el hablar atajo único para el saber. Hablando
los sabios engendran otros y por la conversación se conduce al ánimo la
sabiduría dulcemente.

De aquí es que las personas no pueden estar sin algún idioma común para
la necesidad y para el gusto. Que aun dos niños, arrojados de industria
en una isla, se inventaron lenguaje para comunicarse y entenderse. De
suerte que es la noble conversación hija del discurso, madre del saber,
desahogo del alma, comercio de los corazones, vínculo de la amistad,
pasto del contento y ocupación de personas.

Conociendo esto el advertido náufrago, emprendió luego el enseñar á
hablar al inculto joven y púdolo conseguir fácilmente, favoreciéndole
la docilidad y el deseo. Comenzó por los nombres de ambos,
proponiéndole el suyo, que era el de Critilo, imponiéndole á él el
de Andrenio, que llenaron bien el uno en lo juicioso y el otro en
lo humano. El deseo de sacar á luz tanto concepto por toda la vida
repasado y la curiosidad de saber tanta verdad ignorada picaban la
docilidad de Andrenio.

Ya comenzaba á pronunciar, ya preguntaba y respondía. Probábase á
razonar, ayudándose de palabras y de acciones. Y tal vez lo que
comenzaba la lengua lo acababa de exprimir el gesto. Fuéle dando
noticia de su vida á centones y á remiendos, tanto más extraña, cuanto
menos entendida. Y muchas veces se achacaba al no acabar de percibir lo
que no se acababa de creer. Mas, cuando ya pudo hablar seguidamente y
con igual copia de palabras á la grandeza de sus sentimientos, obligado
de las vivas instancias de Critilo y ayudado de su industria, comenzó á
satisfacerle de esta suerte.

[Marginal: _Conocimiento._]

Yo, dijo, ni sé quién soy ni quién me ha dado el ser ni para qué me le
dió. ¡Qué de veces y sin voces me lo pregunté á mí mismo, tan necio
como curioso! Pues, si el preguntar comienza en el ignorar, mal pudiera
yo responderme. Argüíame tal vez para ver si empeñado me excedería á
mí mismo. Duplicábame aun no bien singular, por ver si, apartado de mi
ignorancia, podría dar alcance á mis deseos. Tú, Critilo, me preguntas
quién yo soy y yo deseo saberlo de ti. Tú eres el primer hombre, que
hasta hoy he visto y en ti me hallo retratado más al vivo, que en
los mudos cristales de una fuente, que muchas veces mi curiosidad
solicitaba y mi ignorancia aplaudía. Mas, si quieres saber el material
suceso de mi vida, yo te lo referiré, que es más prodigioso, que
prolijo.

La vez primera, que me reconocí y pude hacer concepto de mí mismo,
me hallé encerrado dentro de las entrañas de aquel monte, que entre
los demás se descuella: que aun entre peñascos debe ser estimada la
eminencia. Allí me ministró el primer sustento una de éstas, que tú
llamas fieras y yo llamaba madre, creyendo siempre ser ella la que me
había parido y dado el ser que tengo: corrido lo refiero de mí mismo.

[Marginal: _Niñez._]

Muy propio es, dijo Critilo, de la ignorancia pueril el llamar á todos
los hombres padres y á todas las mujeres madres. Y al modo que tú hasta
una bestia tenías por tal, creyendo la maternidad en la beneficencia,
así el mundo en aquella su ignorante infancia á cualquier criatura su
bienhechora llamaba padre y aun le aclamaba Dios.

Así yo, prosiguió Andrenio, creía madre la que me alimentaba fiera
á sus pechos. Me crié entre aquellos sus hijuelos, que yo tenía por
hermanos, hecho bruto entre los brutos, ya jugando y ya durmiendo.
Dióme leche diversas veces que parió, partiendo conmigo de la caza
y de las frutas, que para ellos traía. Á los principios no sentía
tanto aquel penoso encerramiento; antes con las interiores tinieblas
del ánimo desmentía las exteriores del cuerpo y con la falta de
conocimiento disimulaba la carencia de la luz, si bien algunas veces
brujuleaba unas confusas vislumbres, que dispensaba el cielo á tiempos
por lo más alto de aquella infausta caverna.

[Marginal: _La luz de la razón._]

Pero, llegado á cierto término de creer y de vivir, me salteó de
repente un tan extraordinario ímpetu de conocimiento, un tan grande
golpe de luz y de advertencia, que revolviendo sobre mí, comencé á
reconocerme, haciendo una y otra reflexión sobre mi propio ser.

¿Qué es esto?, decía, ¿soy ó no soy? Pero, pues vivo, pues conozco
y advierto, ser tengo. Mas si soy, ¿quién soy yo? ¿Quién me ha dado
este ser y para qué me lo ha dado? Para estar aquí metido: ¡grande
infelicidad sería! ¿Soy bruto como éstos? Pero no, que observo entre
ellos y entre mí palpables diferencias: ellos están vestidos de pieles,
yo desabrigado, menos favorecido de quien nos dió el ser.

También experimento en mí todo el cuerpo muy de otra suerte
proporcionado, que en ellos: yo río y yo lloro, cuando ellos aúllan:
yo camino derecho, levantando el rostro hacia lo alto, cuando ellos
se mueven torcidos é inclinados hacia el suelo. Todas éstas son bien
conocidas diferencias y todas las observaba mi curiosidad y las
confería mi atención conmigo mismo.

Crecía de cada día el deseo de salir de allí, el conato de ver y saber,
si en todos natural y grande, en mí como violentado, insufrible; pero,
lo que más me atormentaba era ver que aquellos brutos, mis compañeros,
con extraña ligereza trepaban por aquellas inhiestas paredes, entrando
y saliendo libremente, siempre que querían y que para mí fuesen
inaccesibles, sintiendo con igual ponderación que aquel gran don de la
libertad á mí solo se me negase.

Probé muchas veces á seguir aquellos brutos, arañando los peñascos,
que pudieran ablandarse con la sangre que de mis dedos corría. Valíame
también de los dientes; pero todo en vano y con daño, pues era cierto
el caer en aquel suelo, regado con mis lágrimas y teñido con mi sangre.
Á mis voces y á mis llantos acudían enternecidas las fieras, cargadas
de frutas y de caza, con que se templaba en algo mi sentimiento y me
desquitaba en parte de mis penas.

¡Qué de soliloquios hacía tan interiores, que aun este alivio del habla
exterior me faltaba! ¡Qué de dificultades y dudas trababan entre sí mi
observación y mi curiosidad, que todas se resolvían en admiraciones y
en penas!

Era para mí un repetido tormento el confuso ruido de estos mares, cuyas
olas más rompían en mi corazón, que en estas peñas. ¿Pues qué diré,
cuando sentía el horrísono fragor de los nublados y sus truenos? Ellos
se resolvían en lluvia; pero mis ojos en llanto. Lo que llegó ya á ser
ansia de reventar y agonía de morir era que á tiempos, aunque para
mí de tarde en tarde, percibía acá fuera unas voces como la tuya, al
comenzar con grande confusión y estruendo; pero después poco á poco
más distintas, que naturalmente me alborozaban ó se me quedaban muy
impresas en el ánimo.

Bien advertía yo que eran muy diferentes de las de los brutos, que
de ordinario oía. Y el deseo de ver y de saber quién era el que las
formaba y no poder conseguirlo me traía á extremos de morir. Poco era
lo que unas y otras veces percibía; pero discurríalo tan mucho, como de
espacio.

[Marginal: _Concierto de el Universo._]

Una cosa puedo asegurarte, en que imaginé muchas veces y de mil modos,
lo que habría acá fuera, el modo, la disposición, la traza, el sitio,
la variedad y máquina de cosas, según lo que yo había concebido; jamás
di en el modo ni atiné con el orden, variedad y grandeza de esta gran
fábrica, que vemos y admiramos.

¡Qué mucho, dijo Critilo, pues, si aunque todos los entendimientos de
los hombres, que ha habido ni habrá, se juntaran antes á trazar esta
gran máquina del mundo y se les consultara cómo había de ser, jamás
pudieran atinar á disponerla! ¿Qué digo el universo? La más mínima
flor, un mosquito, no supieran formarlo. Sola la infinita sabiduría de
aquel supremo Hacedor pudo hallar el modo, el orden y el concierto de
tan hermosa y perenne variedad.

Pero, díme, que deseo mucho saberlo de ti y oírtelo contar, ¿cómo
pudiste salir de aquella tu penosa cárcel, de aquella sepultura
anticipada de tu cueva? Y sobre todo, si es posible el exprimirlo,
¿cuál fué el sentimiento de tu admirado espíritu, aquella primera vez
que llegaste á descubrir, á ver, á gozar y admirar este plausible
teatro del universo?

Aguarda, dijo Andrenio, que aquí es menester tomar aliento para
relación tan gustosa y peregrina.



CRISI II

_El gran teatro del universo._


Luego que el supremo Artífice tuvo acabada esta gran fábrica del mundo,
dicen trató repartirla, alojando en sus estancias sus vivientes.
Convocólos todos, desde el elefante hasta el mosquito. Fuéles mostrando
los repartimientos y examinando á cada uno, cuál de ellos escogía para
su morada y vivienda. Respondió el elefante que él se contentaba con
una selva, el caballo con un prado, el águila con una de las regiones
del aire, la ballena con un golfo, el cisne con un estanque, el barbo
con un río y la rana con un charco.

[Marginal: _La ambición humana._]

Llegó el último el primero, digo el hombre y, examinado de su gusto y
de su centro, dijo que él no se contentaba con menos, que con todo el
universo y aún le parecía poco. Quedaron atónitos los circunstantes
de tan exorbitante ambición; aunque no faltó luego un lisonjero, que
defendió nacer de la grandeza de su ánimo.

Pero la más astuta de todos: Eso no creeré yo, les dijo; sino que
procede de la ruindad de su cuerpo. Corta le parece la superficie de
la tierra y así penetra y mina sus entrañas en busca del oro y de la
plata, para satisfacer en algo su codicia. Ocupa y embaraza el aire con
lo empinado de sus edificios, dando algún desahogo á su soberbia. Surca
los mares y sonda sus más profundos senos, solicitando las perlas,
los ámbares y los corales, para adorno de su bizarro desvanecimiento.
Obliga todos los elementos á que le tributen cuanto abarcan, el aire
sus aves, el mar sus peces, la tierra sus cazas, el fuego la sazón,
para entretener, que no satisfacer su gula. ¡Y aún se queja de que todo
es poco! ¡Oh monstruosa codicia de los hombres!

Tomó la mano el soberano Dueño y dijo: Mirad, advertid, sabed que al
hombre le he formado yo con mis manos para criado mío y señor vuestro
y como rey, que es, pretende señorearlo todo. Pero entiende, oh,
hombre, aquí hablando con él, que esto ha de ser con la mente, no con
el vientre; como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las
cosas criadas, pero no esclavo de ellas; que te sigan, no te arrastren.
Todo lo has de ocupar con el conocimiento tuyo y reconocimiento mío:
esto es, reconociendo en todas las maravillas criadas las perfecciones
divinas y pasando de las criaturas al Criador.

Á este grande espectáculo de prodigios, si ordinario para nuestra
acostumbrada vulgaridad, extraordinario hoy para Andrenio, sale atónito
á lograrlo en contemplaciones, á aplaudirlo en pasmos y á referirlo de
esta suerte.

Era el sueño, proseguía, el mismo vulgar refugio de mis penas, especial
alivio de mi soledad. Á él apelaba de mi continuo tormento y á él
estaba entregado una noche, aunque para mí siempre lo era, con más
dulzura que otras, presagio infalible de alguna infelicidad cercana.

Y así fué, pues me lo interrumpió un extraordinario ruido, que parecía
salir de las más profundas entrañas de aquel monte. Conmovióse todo él,
temblando aquellas firmes paredes. Bramaba el furioso viento, vomitando
en tempestades por la boca de la gruta. Comenzaron á desgajarse con
horrible fragor aquellos duros peñascos y á caer con tan espantoso
estruendo, que parecía quererse venir á la nada toda aquella gran
máquina de peñas.

[Marginal: _La instabilidad._]

Basta, dijo Critilo, que aun los montes no se libran de la mudanza,
expuestos al contraste de un terremoto y sujetos á la violencia de un
rayo, contrastando la común estabilidad su firmeza.

Pero, si las mismas peñas temblaban ¿qué haría yo? prosiguió Andrenio.
Todas las partes de mi cuerpo parecieron quererse desencajar también,
que hasta el corazón dando saltos, no hice poco en detenerlo. Fuéronme
destituyendo los sentidos y halléme perdido de mí mismo, muerto y aun
sepultado entre peñas y entre penas.

El tiempo, que duró aquel eclipse del alma, paréntesis de mi vida, ni
pude yo percibirlo ni de otro alguno saberlo. Al fin, ni sé cómo ni sé
cuándo, volví poco á poco á recobrarme de tan mortal deliquio. Abrí los
ojos á lo que comenzaba á abrir el día.

Día claro, día grande, día felicísimo, el mejor de toda mi vida: notélo
bien con piedras y aun con peñascos. Reconocí luego quebrantada mi
penosa cárcel y fué tan indecible mi contento, que al punto comencé á
desenterrarme, para nacer de nuevo á todo un mundo, en una bien patente
ventana, que señoreaba todo aquel espacioso y alegrísimo hemisferio.

Fuí acercándome dudosamente á ella, violentando mis deseos; pero ya
asegurado, llegué á asomarme del todo á aquel rasgado balcón del ver
y del vivir. Tendí la vista aquella vez primera por este gran teatro
de tierra y cielo. Toda el alma, con extraño ímpetu, entre curiosidad
y alegría, acudió á los ojos, dejando como destituídos los demás
miembros, de suerte, que estuve casi un día insensible, inmoble y como
muerto, cuando más vivo.

Querer yo aquí exprimirte el intenso sentimiento de mi afecto, el
conato de mi mente y de mi espíritu, sería emprender cien imposibles
juntos; sólo te digo que aún me dura y durará siempre el espanto, la
admiración, la suspensión y el pasmo, que me ocuparon toda el alma.

Bien lo creo, dijo Critilo, que, cuando los ojos ven lo que nunca
vieron, el corazón siente lo que nunca sintió.

Miraba el cielo, miraba la tierra, miraba el mar y á todo junto, y á
cada cosa de por sí: y en cada objeto de éstos me transportaba, sin
acertar á salir de él, viendo, observando, advirtiendo, admirando,
discurriendo y lográndolo todo con insaciable fruición.

[Marginal: _La novedad._]

¡Oh, lo que te envidio, exclamó Critilo, tanta felicidad no imaginada!
Privilegio único del primer hombre y tuyo llegar á ver con novedad y
con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza
y la variedad de esta gran máquina criada. Fáltanos la admiración
comúnmente á nosotros, porque falta la novedad y con ésta la
advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del alma cerrados
y, cuando los abrimos al conocimiento y á la costumbre de ver las
cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar á la admiración.

Por esto los varones sabios se valieron siempre de la reflexión,
imaginando llegar de nuevo al mundo, reparando en sus prodigios,
que cada cosa lo es, admirando sus perfecciones y filosofando
artificiosamente.

Á la manera, que el que paseando por un deliciosísimo jardín, pasó
divertido por sus calles, sin reparar en lo artificioso de sus plantas
ni en lo vario de sus flores, vuelve atrás, cuando lo advierte, y
comienza á gozar otra vez poco á poco y de una en una cada planta y
cada flor: así nos acontece á nosotros, que vamos pasando desde el
nacer al morir, sin reparar en la hermosura y perfección de este
universo; pero los varones sabios vuelven atrás, renovando el gusto y
contemplando cada cosa con novedad, en el advertir, si no en el ver.

La mayor ventaja mía, ponderaba Andrenio, fué llegar á gozar este colmo
de perfecciones á deseo y después de una privación tan violenta.

Felicidad fué tu prisión, dijo Critilo, pues llegaste por ella á gozar
todo el bien junto y deseado. Que, cuando las cosas son grandes y á
deseo, dos veces se logran. Los mayores prodigios, si son fáciles y á
todo querer, se envilecen: el uso libre hace perder el respeto á la
más relevante maravilla. Y en el mismo sol fué favor que se ausentase
de noche, para que fuese deseado á la mañana. ¡Qué concurso de afectos
sería el tuyo! ¡Qué tropel de sentimientos! ¡Qué ocupada andaría el
alma, repartiendo atenciones y dispensando afectos! Mucho fué no
reventar de admiración, de gozo y de conocimiento.

Creo yo, respondió Andrenio, que ocupada el alma en ver y en entender,
no tuvo lugar de partirse y, atropellándose unos á otros los objetos,
al paso que la entretenían, la detenían.

[Marginal: _Sol espejo divino._]

Pero ya en esto los alegres mensajeros de este gran monarca de la luz,
que tú llamas sol, coronado augustamente de resplandores, ceñido de
la guarda de sus rayos, solicitaban mis ojos á rendirle veneraciones
de atención y de admiración. Comenzó á ostentarse por este gran trono
de cristalinas espumas y con una soberana callada majestad se fué
señoreando de todo el hemisferio, llenando todas las demás criaturas de
su esclarecida presencia. Aquí yo quedé absorto y totalmente enajenado
de mí mismo, puesto en él, émulo del águila más atenta.

¡Oh, qué será, alzó aquí la voz Critilo, aquella inmortal y gloriosa
vista de aquel infinito sol divino, aquel llegar á ver su infinitamente
perfectísima hermosura! ¡Qué gozo, qué fruición, qué dicha, qué
felicidad, qué gloria!

Crecía mi admiración, prosiguió Andrenio, al paso que mi atención
desmayaba, porque al que deseé distante, ya le temía cercano. Y aun
observé que á ningún otro prodigio se rindió la vista, sino á éste,
confesándole inaccesible y con razón solo.

Es el sol, ponderó Critilo, la criatura, que más ostentosamente retrata
la majestuosa grandeza del Criador. Llámase sol, porque en su presencia
todas las demás lumbreras se retiran; él solo campea. Está en medio
de los celestes orbes, como en su centro, corazón del lucimiento y
manantial perenne de la luz. Es indefectible, siempre el mismo, único
en la belleza. Él hace que se vean todas las cosas y no permite ser
visto, celando su decoro y recatando su decencia. Influye y concurre
con las demás causas á dar el ser á todas las cosas, hasta el hombre
mismo. Es afectadamente comunicativo de su luz y de su alegría,
esparciéndose por todas partes y penetrando hasta las mismas entrañas
de la tierra. Todo lo baña, alegra é ilustra, fecunda é influye. Es
igual, pues nace para todos. Á nadie ha menester de sí abajo y todos le
reconocen dependencias. Él es al fin criatura de ostentación, el más
luciente espejo, en quien las divinas grandezas se representan.

Todo el día, dijo Andrenio, empleé en él, contemplándole, ya en sí, ya
en los reflejos de las aguas, olvidado de mí mismo.

Ahora no me espanto, ponderó Critilo, de lo que dijo aquel otro
filósofo, que había nacido para ver el sol. Dijo bien, aunque le
entendieron mal é hicieron burla de sus veras. Quiso decir este sabio
que en ese sol material contemplaba él aquel divino, realzadamente
filosofando que, si la sombra es tan esclarecida ¿cuál será la
verdadera luz de aquella infinita increada belleza?

[Marginal: _El cielo estrellado._]

¡Mas ay!, dijo lamentándose Andrenio, que al uso de acá abajo, la
grandeza de mi contento se convirtió presto en un exceso de pesar, al
ver, digo al no verle. Trocóse la alegría del nacer en el horror del
morir, el trono de la mañana en el túmulo de la noche: sepultóse el sol
en las aguas y quedé yo anegado en otro mar de mi llanto. Creí no verle
más, con que quedé muriendo; pero volví presto á resucitar entre nuevas
admiraciones á un cielo coronado de luminarias, haciendo fiesta á mi
contento. Asegúrote que no me fué menos agradable vista ésta; antes más
entretenida, cuanto más varia.

¡Oh, gran saber de Dios!, dijo Critilo, que halló modo cómo hacer
hermosa la noche, que no es menos linda que el día. [Marginal: _Noche
serena._] Impropios nombres la dió la vulgar ignorancia, llamándola
fea y desaliñada; no habiendo cosa más brillante y serena. Injúrianla
de triste, siendo descanso del trabajo y alivio de nuestras fatigas.
Mejor la celebró uno de sabia, ya por lo que se calla, ya por lo que
se piensa en ella. Que no sin enseñanza fué celebrada la lechuza en la
discreta Atenas por símbolo del saber. No es tanto la noche para que
duerman los ignorantes, cuanto para que velen los sabios. Y si el día
ejecuta, la noche previene.

En otra gran función y más á lo callado me hallaba muy hallado con la
noche, metido en aquel laberinto de las estrellas, unas centellantes,
otras lucientes. Íbalas registrando todas, notando su mucha variedad
en la grandeza, puestos, movimientos y colores, saliendo unas y
ocultándose otras.

Ideando, dijo Critilo, las humanas, que todas caminan á ponerse.

En lo que yo mucho reparé, dijo Andrenio, fué en su maravillosa
disposición. Porque, ya que el soberano Artífice hermoseó tanto esta
artesonada bóveda del mundo con tanto florón y estrellas, ¿por qué no
las dispuso, decía yo, con orden y concierto, de modo que entretejieran
vistosos lazos y formaran primorosas labores? No sé cómo me lo diga ni
cómo lo declare.

[Marginal: _Estrellas, su variedad._]

Ya te entiendo, acudió Critilo: quisieras tú que estuvieran dispuestas
en forma, ya de un artificioso recamado, ya de un vistoso jardín, ya de
un precioso joyel, repartidas con arte y correspondencia.

Sí, sí, eso mismo. Porque á más de que campearan otro tanto y fuera un
espectáculo muy agradable á la vista, brillantísimo artificio, destruía
con eso del todo el divino Hacedor aquel necio escrúpulo de haberse
hecho acaso y declaraba de todo punto su divina Providencia.

Reparas bien, dijo Critilo; pero advierte que la divina Sabiduría, que
las formó y las repartió de esta suerte, atendió á otra más importante
correspondencia, cual lo es de sus movimientos y aquel templarse las
influencias. Porque has de saber que no hay astro alguno en el cielo,
que no tenga su diferente propiedad: así como las yerbas y las plantas
de la tierra. Unas de las estrellas causan el calor y otras el frío;
unas secan, otras humedecen; y de esta suerte alternan otras muchas
influencias y con esa esencial correspondencia unas á otras se corrigen
y se templan. La otra disposición artificiosa, que tú dices, fuera
afectada y uniforme; quédese para los juguetes del arte y de la humana
niñería. De este modo se nos hace cada noche nuevo el cielo y nunca
enfada el mirarlo: cada uno proporciona las estrellas como quiere. Á
más de que en esta variedad natural y confusión grave parece tanto más,
que el vulgo las llama innumerables y con esto queda como en enigma la
suprema asistencia, si bien para los sabios muy clara y entendida.

Celebraba yo mucho aquella gran variedad de colores, dijo Andrenio:
unas campean blancas, otras encendidas, doradas y plateadas; sólo eché
menos el color verde, siendo el más agradable á la vista.

Es muy terreno, dijo Critilo; quédanse las verduras para la tierra.
Acá son las esperanzas, allá la feliz posesión. Es contrario ese color
á los ardores celestes, por ser hijos de la humedad corruptible. ¿No
reparaste en aquella estrellita, que hace punto en la gran plana del
cielo, objeto de los imanes, blanco de sus saetas? Allí el compás
de nuestra atención fija la una punta y con la otra va midiendo los
círculos, que va dando en vueltas, aunque de ordinario, rodando nuestra
vida.

[Marginal: _Luna, símbolo del hombre._]

Confiésote que se me había pasado por pequeña, dijo Andrenio, á más
de que ocupó luego toda mi curiosidad aquella hermosa reina de las
estrellas, presidente de la noche, sustituta del sol y no menos
admirable, ésa que tú llamas luna. Causóme, si no menos gozo, mucha más
admiración con sus uniformes variedades, ya creciente, ya menguante y á
poco rato llena.

Es segunda presidente del tiempo, dijo Critilo: tiene á medias el mando
con el sol. Si él hace el día, ella la noche: si el sol cumple los
años, ella los meses; calienta el sol y seca de día la tierra, la luna
de noche la refresca y humedece; el sol gobierna los campos, la luna
rige los mares: de suerte que son las dos balanzas del tiempo. Pero lo
más digno de notarse es que, así como el sol es claro espejo de Dios
y de sus divinos atributos, la luna lo es del hombre y de sus humanas
imperfecciones: ya crece, ya mengua, ya nace, ya muere, ya está en su
lleno, ya en su nada, nunca permaneciendo en un estado. No tiene luz de
sí, participa la del sol, eclípsala la tierra, cuando se le interpone.
Muestra más sus manchas, cuando está más lucida. Es la ínfima de los
planetas en el puesto y en el ser. Puede más en la tierra, que en el
cielo. De modo que es mudable, defectuosa, manchada, inferior, pobre,
triste y todo se le origina de la vecindad con la tierra.

Toda esta noche y otras muchas, dijo Andrenio, pasé en tan gustoso
desvelo, haciendo tantos ojos como el cielo mismo, yo por mirarle y
él para ser visto. Mas ya los clarines de la aurora en cantos de las
aves comenzaron á hacer salva á la segunda salida del sol, tocando á
despejar estrellas y despertar flores. Volvió él á nacer y yo á vivir
con verle. Saludéle con afectos ya más tibios.

Que aun el sol, dijo Critilo, á la segunda vez ya no espanta ni á la
tercera admira.

Sentí menos viva la curiosidad, cuanto más despierta la hambre. Y así,
después de agradecidos aplausos, valiéndome de su luz, en que conocí
que era criatura y que como paje de luz me servía, traté de descender
á la tierra, obligándome la asistencia del cuerpo á faltar al ánimo,
abatiéndome de la más alta contemplación á tan materiales empleos.
Fuí bajando, digo humillándome, por aquella mal segura escala, que
formaron las mismas ruinas: que de otro modo fuera imposible, y ese
favor más reconocí al cielo. Pero, antes de estampar la primera huella
en tierra, me falta ya el aliento y aun la voz y así te ruego me
socorras de palabras, para poder exprimir la copia de mis sentimientos,
que otra vez te convido á nuevas admiraciones, aunque en maravillas
terrenas.



CRISI III

_La hermosa naturaleza._


Condición tiene de linda la varia naturaleza, pues quiere ser atendida
y celebrada. Imprimió para ello en nuestros ánimos una viva propensión
de escudriñar sus puntuales efectos. Ocupación pésima la llamó el mayor
sabio. Y de verdad lo es, cuando para en sola una inútil curiosidad;
menester es se realce á los divinos aplausos, alternados con
agradecimientos. Y, si la admiración es hija de la ignorancia, también
es madre del gusto.

El no admirarse procede del saber en los menos; que en los más, del
no advertir. No hay mayor alabanza de un objeto que la admiración,
si calificada, que llega á ser lisonja, porque supone excesos de
perfección, por más que se retire á su silencio. Pero está muy
vulgarizada; que nos suspenden las cosas, no por grandes, sino por
nuevas. No se repara ya en los superiores empleos por conocidos: y así
andamos mendigando niñerías en la novedad, para acallar nuestra curiosa
solicitud con la extravagancia.

Gran hechizo es el de la novedad, que como todo lo tenemos tan visto,
pagámonos de juguetes nuevos, así de la naturaleza, como del arte,
haciendo vulgares agravios á los antiguos prodigios por conocidos.
Lo que ayer fué un pasmo, hoy viene á ser desprecio, no porque haya
perdido de su perfección, sino de nuestra estimación; no porque se haya
mudado, antes porque no y porque no se nos hace de nuevo.

Redimen esta civilidad del gusto los sabios con hacer reflexiones
nuevas sobre las reflexiones antiguas, renovando el gusto con la
admiración.

Mas, si ahora nos admira un diamante, por lo extraordinario, una perla
peregrina ¿qué ventaja sería en Andrenio llegar á ver de improviso un
lucero, un astro, la luna, el sol mismo, todo el campo matizado de
flores y todo el cielo esmaltado de estrellas? Díganoslo él mismo, que
así proseguía su gustosa relación.

[Marginal: _Fecundidad de la tierra._]

En este centro de hermosas variedades, nunca de mí imaginado, me
hallé de repente, dando más pasos con el espíritu, que con el cuerpo,
moviendo más los ojos, que los pies. En todo reparaba como nunca visto
y todo lo aplaudía como tan perfecto. Con esta ventaja, que ayer,
cuando miraba al cielo, sólo empleaba la vista; mas aquí todos los
sentidos juntos y aun no eran bastantes, para tanta fruición. Quisiera
tener cien ojos y cien manos, para poder satisfacer curiosidades
del alma y no pudiera. Discurría embelesado, mirando tanta multitud
de criaturas, tan diferentes todas en propiedades y en esencias, en
la forma, en el color, en efectos y movimientos. Cogía una rosa,
contemplaba su belleza, percibía su fragancia, no hartándome de mirarla
y admirarla. Alargaba la otra mano á alguna fruta, empleando de más á
más el gusto: ventaja que llevan los frutos á flores. Halléme á poco
rato tan embarazado de cosas, que hube de dejar unas para lograr otras,
repitiendo aplausos y renovando gustos.

[Marginal: _Diversa multitud de criaturas._]

Lo que yo mucho celebraba era el ver tanta multitud de criaturas con
tanta diferencia entre sí, tanta pluralidad con tan rara diversidad,
que ni una hoja de una planta ni una pluma de un pájaro se equivoca con
las de otra especie.

Es que atendió, ponderó Critilo, aquel sabio Hacedor, no sólo á la
precisa necesidad del hombre, para quien todo esto se criaba, sino á
la comodidad y regalo, ostentándose en esto su infinita liberalidad,
para obligarle á él, que con la misma generosidad le sirva y le venere.

Conocí luego, prosiguió Andrenio, muchas de aquellas frutas, por haber
traído mis brutos á la cueva; mas tuve especial gusto de ver cómo
nacen y se crían en sus ramas, cosas que jamás pude atinar, aunque lo
discurrí mucho. Burláronme otras no conocidas con su desazón y acedía.

Ése es otro bien admirable asunto de la divina Providencia, dijo
Critilo, pues previno que no todos los frutos se sazonasen juntos; sino
que se fuesen dando vez, según la variedad de los tiempos y necesidad
de los vivientes. Unos comienzan en la primavera, primicias más del
gusto, que del provecho, lisonjeando antes por lo temprano, que por
lo sazonado; sirven otros más frescos para aliviar el abrasado estío
y los secos, como más durables y calientes, para el estéril invierno.
Las hortalizas frescas templan los ardores del Julio y las calientes
confortan contra los rigores del Diciembre. De suerte que, acabado
un fruto, entra el otro, para que con comodidad puedan recogerse y
guardarse, entreteniendo todo el año con abundancia y con regalo. ¡Oh,
próvida bondad del Criador, y quién puede negar, aun en el secreto de
su necio corazón, tan atenta providencia!

Hallábame, proseguía Andrenio, en medio de tan agradable laberinto de
prodigios en criaturas, gustosamente perdido, cuando más hallado, sin
saber dónde acudir. Dejábame llevar de mi libre curiosidad siempre
hambrienta. Cada empleo era para mí un pasmo, cada objeto una nueva
maravilla. Cogía esta y aquella flor, solicitada de su fragancia.
Lisonjeado de su belleza, no me hartaba de verlas y de olerlas,
descogiendo sus hojas y haciendo prolija anatomía de su artificiosa
composición. Y de aquí pasaba á aplaudir toda junta la belleza, que en
todo el universo resplandece. [Marginal: _Utilidad con hermosura._]
De modo, ponderaba yo, que si es hermosa una flor, mucho más todo el
prado; brillante y linda una estrella, pero más vistoso y lindo todo
el cielo. Porque ¿quién no admira, quién no celebra tanta hermosura
junta con tanto provecho?

Tienes buen gusto, dijo Critilo; mas no seas tú uno de aquellos,
que frecuentan cada año las florestas, atentos no más que á recrear
los materiales sentidos, sin emplear el alma en la más sublime
contemplación. Realza el gusto á reconocer aquella beldad infinita de
el Criador, que en esta terrestre se representa, infiriendo que, si la
sombra es tal, ¿cuál será su causa y la realidad á quien sigue? Haz
el argumento de lo muerto á lo vivo y de lo pintado á lo verdadero. Y
advierte que, cual suele el primero artífice en la real fábrica de un
palacio, no sólo atender á su estabilidad y firmeza, á la comodidad
de la habitación; sino á la hermosura y á la elegante simetría, para
que le pueda gozar el más noble de los sentidos, que es la vista: así
aquel divino Arquitecto de esta gran casa del orbe, no sólo atendió á
su comodidad y firmeza; sino á su hermosa proporción. De aquí es que no
se contentó con que los árboles rindiesen solos frutos; sino también
flores. Júntese el provecho con las delicias. Fabriquen las abejas
sus dulces panales y para esto soliciten de una en una toda flor,
destílense las aguas saludables y odoríferas, que recreen el olfato y
conforten el corazón, tengan todos los sentidos su gozo y su empleo.

¡Mas ay!, replicó Andrenio, que lo que me lisonjearon las flores
primero tan fragantes, me entristecieron después ya marchitas.

Retrato, al fin, ponderó Critilo, de la humana fragilidad. Es la
hermosura agradable ostentación del comenzar. Nace el año entre las
flores de una alegre primavera, amanece el día entre los arreboles de
una risueña aurora: y comienza el hombre á vivir entre las risas de
la niñez y las lozanías de la juventud; mas todo viene á parar en la
tristeza de un marchitarse, en el horror de un ponerse y en la fealdad
de un morir, haciendo continuamente del ojo la inconstancia común al
desengaño especial.

Después de haber solazado la vista deliciosamente, dijo Andrenio,
en un tan extraño concurso de beldades, no menos se recreó el oído
con la agradable armonía de las aves. [Marginal: _Excelencias de las
aves._] Íbame escuchando sus regalados cantos, sus quiebros, trinos,
gorjeos, fugas, pausas y melodía, con que hacían en sonora competencia
bulla el valle, brega la vega, trisca el risco y los bosques voces,
saludando lisonjeras siempre al sol que nace. Aquí noté, con no pequeña
admiración que á solas las aves concedió la naturaleza este privilegio
del cantar, alivio grande de la vida, pues no hallé bruto alguno de
los terrestres, con que los examiné uno á uno, que tuviese la voz
agradable; antes todos las forman, no sólo insuaves, pero positivamente
molestas y desapacibles. Debe de ser por lo que tienen de bestias.

Es, que las aves, acudió Critilo, como moradoras del aire, son más
sutiles: no sólo le cortan con sus alas, sino que le animan con sus
picos. Y es en tanto grado esta sutileza alada, que ellas solas llegan
á remedar la voz humana, hablando como personas. Si ya no es que
digamos, realzando más este reparo, que á las aves, como vecinas al
cielo, se les pega, aunque materialmente, el entonar las alabanzas
divinas. Otra cosa quiero que observes y es que no se halla ave alguna,
que tenga el letífero veneno, como muchos de los animales y aquellos
más que andan arrastrando, cosidos con la tierra, que de ella sin duda
se les pega esta venenosa malicia, avisando al hombre se realce y se
retire de su propio cieno.

Gusté mucho, ponderaba Andrenio, de verlas tan bizarras, tan matizadas
de vivos colores, con tan vistosa y vana plumajería.

Y entre todas, añadió Critilo, así aves, como fieras, notarás siempre
que es más galán y más vistoso el macho que la hembra, apoyando lo
mismo en el hombre; por más que lo desmienta la femenil inclinación y
lo disimule la cortesía.

[Marginal: _Subordinación de criaturas._]

Lo que yo mucho admiraba y aún lo celebro, dijo Andrenio, es este tan
admirable concierto con que se mueve y se gobierna tanta y tan varia
multitud de criaturas, sin embarazarse unas á otras; antes bien dándose
lugar y ayudándose todas entre sí.

Eso es, ponderó Critilo, otro prodigioso efecto de la infinita
sabiduría del Criador, con la cual dispuso todas las cosas en peso, con
número y medida. Porque, si bien se nota, cualquiera cosa criada tiene
su centro en orden al lugar, su duración en el tiempo y su fin especial
en el obrar y en el ser. Por eso verás que están subordinadas unas á
otras, conforme al grado de su perfección.

De los elementos, que son los ínfimos en la naturaleza, se componen
los mixtos y entre éstos los inferiores sirven á los superiores. Esas
yerbas y esas plantas, que están en el más bajo grado de la vida, pues
sólo gozan la vegetativa, moviéndose y creciendo hasta un punto fijo
de su perfección en el durar y crecer, sin poder pasar de allí, éstas
sirven de alimento á los sensibles vivientes, que están en el segundo
orden de la vida, gozando de la sensible sobre la vegetante y son los
animales de la tierra, los peces del mar y las aves del aire. Ellos
pacen la yerba, pueblan los árboles, comen sus frutos, anidan en sus
ramas, se defienden entre sus troncos, se cubren con sus hojas y se
amparan con su toldo.

Pero unos y otros, árboles y animales, se reducen á servir á otro
tercer grado de vivientes, mucho más perfectos y superiores, que sobre
el crecer y el sentir añaden el raciocinar, el discurrir y entender:
y éste es el hombre, que finalmente se ordena y se dirige para
Dios, conociéndole, amándole y sirviéndole. De esta suerte, con tan
maravillosa disposición y concierto, está todo ordenado, ayudándose las
unas criaturas á las otras, para su aumento y conservación.

El agua necesita de la tierra que la sustente, la tierra del agua que
la fecunde, el aire se aumenta del agua y del aire se ceba y alienta el
fuego. Todo está así ponderado y compasado para la unión de las partes
y ellas en orden á la conservación de todo el universo.

Aquí son de considerar también con especial y gustosa observación
los raros modos y los convenientes medios, de que proveyó á cada
criatura la suma Providencia, para el aumento y conservación de su ser
y con especialidad á los sensibles vivientes, como más importantes y
perfectos, dándole á cada uno su natural instinto para conocer el bien
y el mal, buscando el uno y evitando el otro, donde son más de admirar,
que de referir las exquisitas habilidades de los unos para engañar y de
los otros para escapar del engañoso peligro.

Aunque todo para mí era una prodigiosa continua novedad, dijo Andrenio,
renové la admiración al esplayar el ánimo con la vista por esos
inmensos golfos. [Marginal: _El mar._] Paréceme que, envidioso el mar
de la tierra, haciéndose lenguas en sus aguas, me acusaba de tardo y
á las voces de sus olas me llamaba atento á que emplease otra gran
porción de mi curiosidad en su prodigiosa grandeza. Cansado, pues, yo
de caminar, que no de discurrir, sentéme en una de estas más eminentes
rocas, repitiendo tantos pasmos, cuantas el mar olas. Ponderaba mucho
aquella su maravillosa prisión, el ver en un tan horrible y espantoso
monstruo, reducido á orillas y sujeto al blando freno de la menuda
arena.

¿Es posible, decía yo, que no haya otra muralla para defensa de un tan
fiero enemigo, sino el polvo?

Aguarda, dijo Critilo: dos bravos elementos encarceló suavemente fuerte
la prevención divina, que, á estar sueltos, hubieran ya acabado con la
tierra y con todos sus pobladores. Encerró el mar dentro de los límites
de sus arenas y el fuego en los duros senos de los pedernales. Allí
está de tal modo encarcelado, que á dos golpes que le llamen, sale
pronto, sirve y, en no siendo menester, se retira ó se apaga; que, si
esto no fuera, no había mundo para dos días, pereciera todo ó sumergido
ó abrasado.

No me podía saciar, dijo Andrenio, volviendo al agua, de mirar su
alegre transparencia, aquel su continuo movimiento, hidrópica la vista
de los líquidos cristales.

Dicen que los ojos, ponderó Critilo, se componen de los dos humores
aqueo y cristalino y esa es la causa porque gustan tanto de mirar las
aguas: de suerte, que sin cansarse estará embebido un hombre todo un
día viéndolas brollar, caer y correr.

Sobre todo, dijo Andrenio, cuando advertí que iban surcando sus
entrañas cristalinas tantos peces, tan diversos de las aves y de las
fieras, puedo decir con toda propiedad que quedó mi admiración agotada.

[Marginal: _Composición de oposiciones._]

Aquí, sobre esta roca, á mis solas y á mi ignorancia, me estaba
contemplando esta harmonía tan plausible de todo el universo, compuesta
de una tan extraña contrariedad, que según es grande, no parece había
de poder mantenerse el mundo un solo día. Esto me tenía suspenso.
Porque ¿á quién no pasma ver un concierto tan estraño, compuesto de
oposiciones?

Así es, respondió Critilo, que todo este universo se compone de
contrarios y se concierta de desconciertos. Uno contra otro, exclamó
el filósofo: no hay cosa que no tenga su contrario con quien pelee,
ya con victoria, ya con rendimiento. Todo es hacer y padecer. Si
hay acción, hay repasión. Los elementos, que llevan la vanguardia,
comienzan á batallar entre sí, siguiéndoles los mistos, destruyéndose
alternativamente. Los males acechan á los bienes, hasta la desdicha la
suerte. Unos tiempos son contrarios á otros.

Los mismos astros guerrean y se vencen y, aunque entre sí no se dañan á
fuer de príncipes, viene á parar su contienda en daño de los sublunares
vasallos. De lo natural pasa la oposición á lo mortal, porque ¿qué
hombre hay que no tenga su émulo? ¿Dónde irá uno que no guerree? En la
edad se oponen los viejos á los mozos; en la complexión, los flemáticos
á los coléricos; en el estado, los ricos á los pobres; en la región,
los españoles á los franceses: y así en todas las demás calidades los
unos son contra los otros. ¡Pero qué mucho, si dentro del mismo hombre,
de las puertas adentro de su terrena casa, está más encendida esta
discordia!

[Marginal: _Contrariedad en el hombre._]

¿Qué dices, un hombre contra sí mismo?

Sí, que por lo que tiene de mundo, aunque pequeño, todo él se compone
de contrarios: los humores comienzan la pelea, según sus parciales
elementos; resiste el húmido radical al calor nativo, que á la sorda
va limando y á la larga consumiendo. La parte inferior está siempre de
ceño con la superior y á la razón se le atreve el apetito y tal vez le
atropella.

El mismo inmortal espíritu no está exento de esta tan general
discordia, pues combaten entre sí y en él muy vivas las pasiones:
el temor las ha contra el valor, la tristeza contra la alegría. Ya
apetece, ya aborrece. La irascible se baraja con la concupiscible: ya
vence los vicios, ya triunfan las virtudes. Todo es arma y todo guerra.
De suerte que la vida del hombre no es otra, que una milicia sobre la
haz de la tierra.

¡Mas, oh maravillosa, infinitamente sabia providencia de aquel gran
Moderador de todo lo criado, que con tan continua y varia contrariedad
de todas las criaturas entre sí, templa, mantiene y conserva toda esta
gran máquina del mundo!

Ese portento de atención divina, dijo Andrenio, era lo que yo mucho
celebraba, viendo tanta mudanza, con tanta permanencia, que todas las
cosas se van acabando, todas ellas perecen; y el mundo siempre el
mismo, siempre permanece.

Trazó las cosas de modo el supremo Artífice, dijo Critilo, que ninguna
se acabase, que no comenzase luego otra. De modo que de las ruinas
de la primera se levanta la segunda. Con esto verás que el mismo fin
es principio. La destrucción de una criatura es generación de la
otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comienza de nuevo. La
naturaleza se renueva, el mundo se remoza, la tierra se establece y el
divino gobierno es admirado y adorado.

[Marginal: _Alternación de los tiempos._]

Más adelante, dijo Andrenio, fuí observando, con no menor reparo, la
varia disposición de los tiempos, la alternación de los días con las
noches, de el invierno con el estío, mediando las primaveras, porque no
se pasase de un extremo á otro.

Aquí sí que se declaró bien la divina asistencia, ponderó Critilo, en
disponer, no sólo los puestos, los centros de las cosas; sino también
los tiempos. Sirve el día para el trabajo y para el descanso la noche.
En el invierno arraigan las plantas, en la primavera florecen, en el
estío fructifican y en el otoño se sazonan y se logran. ¿Qué diremos de
la maravillosa invención de las lluvias?

Eso admiré yo mucho, dijo Andrenio, ver descender el agua tan
repartida, con tanta suavidad y provecho y tan á sazón.

Añadió Critilo: En los dos meses, que son llaves del año, el Octubre
para la sementera y el Mayo para la cogida. Pues la variedad de las
lunas no favorece menos á la abundancia de los frutos y á la salud de
los vivientes. Porque unas son frías, otras abrasadas, airosas, húmedas
y serenas, según los doce meses. Las aguas limpian y fecundan, los
vientos purifican y vivifican, la tierra establece donde se sustenten
los cuerpos, el aire flexible para que se muevan y diáfano para que
puedan verse. De suerte, que sola una Omnipotencia divina, una eterna
Providencia, una inmensa Bondad pudieran haber dispuesto una tan gran
máquina, nunca bastantemente admirada, alabada y aplaudida.

Verdaderamente que así, prosiguió Andrenio, y así lo ponderaba yo,
aunque rudamente. Todos los días y las horas era mi gustoso empleo de
andarme de un puesto en otro, de una en otra eminencia, repitiendo
admiraciones y repasando discursos, volviendo á contemplar una y muchas
veces cada objeto, ya el cielo, ya la tierra, esos prados y esos mares,
con insaciable entretenimiento. Pero donde mi atención insistía era
en las trazas, con que la eterna Sabiduría supo ejecutar cosas tan
dificultosas con tan fácil y primoroso artificio. Gran traza suya fué
la firmeza de la tierra en el medio, como fundamento estable y seguro.

[Marginal: _Perennidad de los ríos._]

De todo el edificio, ponderó Critilo, ni fué menor invención la de
los ríos, admirables por cierto en sus principios y fines. Aquéllos
con perennidad y éstos sin redundancia. La variedad de los vientos,
que se perciben y no se sabe de dónde nacen y acaban. [Marginal:
_Conveniencias de los montes._] La hermosura provechosa de los montes,
firmes costillas del cuerpo, muelle de la tierra, aumentando su hermosa
variedad. En ellos se recogen los tesoros de las nieves, se forjan los
metales, se detienen las nubes, se originan las fuentes, anidan las
fieras, se empinan los árboles para las naves y edificios y donde se
guarecen las gentes de las avenidas de los ríos, se fortalecen contra
los enemigos y gozan de salud y de vida.

Todos estos prodigios, ¿quién sino una infinita Sabiduría pudiera
ejecutarlos? Así que con razón confiesan todos los sabios que, aunque
se juntaran todos los entendimientos criados y alambicaran sus
discursos, no pudieran enmendar la más mínima circunstancia ni un átomo
de la perfecta naturaleza. Y, si aquel otro rey, aplaudido de sabio,
porque conoció cuatro estrellas, tanto se estima en los príncipes al
saber, se arrojó á decir que, si él hubiera asistido al lado del divino
Hacedor, en la fábrica del universo, muchas cosas se hubieran dispuesto
de otro modo y otras mejorado: no fué tanto efecto de su saber, cuanto
defecto de su nación, que en este achaque del presumir, aun con el
mismo Dios no se modera.

[Marginal: _Divinidad descifrada._]

Aguarda, dijo Andrenio, óyeme esta última verdad, la más sublime de
cuantas he celebrado. Yo te confieso que, aunque reconocí y admiré
en esta portentosa fábrica del universo estos cuatro prodigios entre
muchos, tanta multitud de criaturas con tanta diferencia, tanta
hermosura con tanta utilidad, tanto concierto con tanta contrariedad,
tanta mudanza con tanta permanencia, portentos todos dignos de
aclamarse; con todo eso, lo que á mí me suspendió fué el conocer un
Criador de todo, tan manifiesto en sus criaturas y tan escondido en sí,
que, aunque todos sus divinos atributos se ostentan, su sabiduría en la
traza, su omnipotencia en la ejecución, su providencia en el gobierno,
su hermosura en la perfección, su inmensidad en la asistencia, su
bondad en la comunicación y así de todos los demás, que, así como
ninguno estuvo ocioso entonces, ninguno se esconde ahora; con todo eso
está tan oculto este gran Dios, que es conocido y no visto, escondido
y manifiesto, tan lejos y tan cerca. Es lo que me tiene fuera de mí y
todo en él, conociéndole y amándole.

Es muy connatural, dijo Critilo, en el hombre la inclinación á su
Dios, como á su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole. No
se ha hallado nación, por bárbara que fuese, que no haya reconocido la
Divinidad, grande y eficaz argumento de su divina esencia y presencia.
Porque en la naturaleza no hay cosa de balde ni inclinación que se
frustre: si el imán busca el norte, sin duda que le hay donde se
quiete; si la planta al sol, el pez al agua, la piedra al centro y
el hombre á Dios, Dios hay, que es su norte, centro y sol, á quien
busque, en quien pare y á quien goce. Este gran Señor dió el ser á todo
lo criado; mas él de sí mismo le tiene. Y aun por eso es infinito en
todo género de perfección, que nadie le pudo limitar ni el ser ni el
lugar ni el tiempo. No se ve; pero se conoce y, como soberano príncipe,
estando retirado á su inaccesible incomprensibilidad, nos habla por
medio de sus criaturas.

Así que con razón definió un filósofo este universo espejo grande
de Dios. Mi libro le llamaba el sabio indocto, donde en cifras de
criaturas estudió las divinas perfecciones. [Marginal: _Universo
definido._] Convite es, dijo Filón Hebreo, para todo buen gusto, donde
el espíritu se apacienta. Lira acordada le apodó Pitágoras, que con
la melodía de su gran concierto nos deleita y nos suspende. Pompa de
la majestad increada, Tertuliano, y armonía agradable de los divinos
atributos, Trismegisto.

Éstos son, concluyó Andrenio, los rudimentos de mi vida, más bien
sentida que relatada: que siempre faltan palabras donde sobran
sentimientos. Lo que yo te ruego ahora es que, empeñado de mi
obediencia, satisfagas mi deseo, contándome quién eres, de dónde y cómo
aportaste á estas orillas por tan extraño rumbo. Díme si hay más mundo
y más personas. Infórmame de todo, que serás tan atendido, como deseado.

Á la gran tragedia de su vida, que Critilo refirió á Andrenio, nos
convida la siguiente Crisi.



CRISI IV

_El despeñadero de la vida._


Cuentan que el Amor fulminó quejas y exageró sentimientos delante de la
Fortuna, que esta vez no apeló como solía á su madre, desengañado de su
flaqueza.

¿Qué tienes, ciego niño?, le dijo la Fortuna.

Y él: ¡Qué bien viene eso con lo que yo pretendo!

¿Con quién las has?

Con todo el mundo.

Mucho me pesa, que es mucho enemigo y, según eso, nadie tendrás de tu
parte.

Tuviésete yo á ti, que eso me bastaría: así me lo enseña mi madre y así
me lo repite cada día.

¿Y te vengas?

Sí, de mozos y de viejos.

Pues sepamos, ¿qué es el sentimiento?

Tan grande como justo.

¿Es acaso el prohijarte á un vil herrero, teniéndote por concebido,
nacido y criado entre hierros?

No por cierto, que no me amarga la verdad.

¿Tampoco será el llamarte hijo de tu madre?

Menos; antes me glorío yo de eso, que ni yo sin ella ni ella sin mí ni
Venus sin Cupido ni Cupido sin Venus.

Ya sé lo que es, dijo la Fortuna.

¿Qué?

Que sientes mucho el hacerte heredero de tu abuelo el mar en la
inconstancia y engaños.

No por cierto, que éstas son niñerías.

Pues si ellas son burlas, ¿qué serán las veras?

Lo que á mí me irrita es que me levanten testimonios.

Aguarda, que ya te entiendo: sin duda es aquello, que dicen, que
trocaste el arco con la muerte y que desde entonces no te llaman ya
Amor de amar; sino de morir, Amor á muerte: de modo que Amor y Muerte
todo es uno. Quitas la vida, robas hasta las entrañas, hurtas los
corazones, trasponiéndolos donde aman, más que donde animan.

Todo eso es verdad.

Pues si eso es verdad, ¿qué quedará para mentira?

Ahí verás que no paran hasta sacarme los ojos, á pesar de mi buena
vista, que siempre la suelo tener buena; y, si no, díganlo mis
saetas: han dado en decir que soy ciego. ¿Hay tal testimonio? ¿Hay
tal disparate? Y me pintan muy vendado: no sólo los Alpes, que eso es
pintar como querer y los poetas, que por obligación mienten y por regla
fingen; pero que los sabios y los filósofos estén con esta vulgaridad,
no lo puedo sufrir. [Marginal: _Pasión ciega._] ¿Qué pasión hay, díme
por tu vida, Fortuna amiga, que no ciegue? ¡Qué! El airado, cuando
más furioso, ¿no está ciego de la cólera? ¿Al codicioso no le ciega
el interés? ¿El confiado no va á ciegas? ¿El perezoso no duerme? ¿El
desvanecido no es un topo para sus menguas? ¿El hipócrita no trae la
viga en los ojos? El soberbio, el jugador, el glotón, el bebedor y
cuantos hay, ¿no se ciegan con pasiones? ¿Pues por qué á mí, más que á
los otros, me han de vendar los ojos, después de sacármelos y querer
que por antonomasia me entienda el ciego? Y más siendo esto tan al
contrario, que yo me engendro por la vista: viendo crezco, del mirar
me alimento y siempre querría estar viendo y haciéndome ojos, como el
águila al sol, hecho lince de la belleza. Éste es mi sentimiento. ¿Qué
te parece?

¿Qué me parece?, respondió la Fortuna. Lo mismo me sucede á mí y así
consolémonos entrambos. Á más de que, mira, Amor, tú y los tuyos
tenéis una condición bien rara, por la cual con mucha razón y con toda
propiedad os llaman ciegos: y es que á todos los demás tenéis por
ciegos, creéis que no ven ni advierten ni saben, de modo que piensan
los enamorados que todos los demás tienen los ojos vendados. Ésta sin
duda es la causa de llamarte ciego, pagándote con la pena del talión.

Quien quisiera ver esta filosofía, confirmada con la experiencia,
escuche esta agradable relación, que dedica Critilo á los floridos años
y más al escarmiento.

Mándame revocar, dijo, un dolor, que es más para sentido, que para
dicho. Cuan gustosa ha sido para mí tu relación, tan penosa ha de ser
la mía. ¡Dichoso tú!, que te criaste entre las fieras, y ¡ay de mí!,
que entre los hombres, pues cada uno es un lobo para el otro, si ya no
es peor el ser hombre. Tú me has contado cómo viniste al mundo; yo te
diré cómo vengo de él y vengo tal, que aun yo mismo me desconozco; y
así no te diré quién soy, sino quién era. Dicen que nací en el mar y lo
creo, según es la inconstancia de mi fortuna.

Al pronunciar esta palabra mar, puso los ojos en él y al mismo punto se
levantó á toda prisa.

Estuvo un rato como suspenso, entre dudas de reconocer y no conocer;
mas luego, alzando la voz y señalando:

¿No ves, Andrenio, dijo, no ves? Mira allá, acullá lejos. ¿Qué ves?

Veo, dijo éste, unas montañas que vuelan, cuatro alados monstruos
marinos, si no son nubes, que navegan.

No son sino naves, dijo Critilo; aunque bien dijiste nubes, que llueven
oro en España.

Estaba atónito Andrenio, mirándoselas venir, con tanto gusto como
deseo. Mas Critilo comenzó á suspirar, ahogándose entre penas.

¿Qué es esto?, dijo Andrenio. ¿No es ésta la deseada flota que me
decías?

Sí.

¿No vienen allí hombres?

También.

¿Pues de qué te entristeces?

Y aun por eso. Advierte, Andrenio, que ya estamos entre enemigos y ya
es tiempo de abrir los ojos: ya es menester vivir alerta. Procura de ir
con cautela en el ver, en el oir y mucho más en el hablar. Oye á todos
y de ninguno te fíes. Tendrás á todos por amigos; pero guardarte has de
todos como de enemigos.

Estaba admirado Andrenio, oyendo estas razones, á su parecer tan sin
ella, y arguyóle de esta suerte:

[Marginal: _Humana fiereza._]

¿Cómo es esto? Viviendo entre las fieras, no me preveniste de algún
riesgo ¿y ahora con tanta exageración me cautelas? No era mayor el
peligro entre los tigres y no temíamos ¿y ahora de los hombres tiemblas?

Sí, respondió con un gran suspiro Critilo: que, si los hombres no
son fieras es porque son más fieros: que de su crueldad aprendieron
muchas veces ellas. Nunca mayor peligro hemos tenido, que ahora que
estamos entre ellos. Y es tanta la verdad ésta, que hubo rey, que temió
y resguardó un favorecido suyo de sus cortesanos. ¡Qué hiciera de
villanos, más que de los hambrientos leones de un lago! Y así selló con
su real anillo la leonera, para asegurarle de los hombres, cuando le
dejaba entre las hambrientas fieras. Mira tú cuáles serán éstos. Verlos
has, experimentarlos has y dirásmelo algún día.

Aguarda, dijo Andrenio. ¿No son todos como tú?

Sí y no.

¿Cómo puede ser eso?

[Marginal: _Variedad de genios._]

Porque cada uno es hijo de su madre y de su humor, casado con su
opinión: y así todos parecen diferentes, cada uno de su gesto y de
su gusto. Verás unos pigmeos en el ser y gigantes de soberbia. Verás
otros al contrario, en el cuerpo gigantes y en el alma enanos. Toparás
con vengativos, que la guardan toda la vida y la pegan aunque tarde,
hiriendo como el escorpión con la cola. Oirás ó huirás los habladores,
de ordinario necios, que dejan de cansar y muelen. Gustarás que unos
se ven, otros se oyen, se tocan y se gustan otros de los hombres
de burlas, que todo lo hacen cuenta, sin dar jamás en la cuenta.
Embarazarte han los maníacos, que en todo se embarazan. ¿Qué dirás de
los largos en todo, dando siempre largas? Verás hombres más cortos que
los mismos navarros, corpulentos sin sustancia. Y finalmente hallarás
muy pocos hombres que lo sean; fieras sí y fieros también, horribles
monstruos del mundo, que no tienen más que el pellejo y todo lo demás
borra y así son hombres borrados.

Pues díme, ¿con qué hacen tanto mal los hombres, si no les dió la
naturaleza armas, como á las fieras? Ellos no tienen garras como el
león, uñas como el tigre, trompas como el elefante, cuernos como el
toro, colmillos como el jabalí, dientes como el perro, boca como el
lobo. ¿Pues cómo dañan tanto?

Y aun por eso, dijo Critilo, la próvida naturaleza privó á los hombres
de las armas naturales y como á gente sospechosa los desarmó: no se
fió de su malicia. Y si esto no hubiera prevenido, ¿qué fuera de su
crueldad? Ya hubieran acabado con todo.

[Marginal: _Armas del hombre._]

Aunque no les faltan otras armas mucho más terribles y sangrientas
que ésas, porque tienen una lengua más afilada que las navajas de los
leones, con que desgarran las personas y despedazan las honras. Tienen
una mala intención, más torcida que los cuernos de un toro y que hiere
más á ciegas. Tienen unas entrañas más dañadas que las víboras, un
aliento venenoso más que el de los dragones, unos ojos envidiosos y
malévolos más que los del basilisco, unos dientes que clavan más que
los colmillos de un jabalí y que los dientes de un perro, unas narices
fisgonas, encubridoras de su irrisión, que exceden á las trompas de los
elefantes.

De modo que sólo el hombre tiene juntas todas las armas ofensivas,
que se hallaren repartidas entre las fieras y así él ofende más que
todas. Y porque lo entiendas, advierte que entre los leones y los
tigres no había más de un peligro, que era perder esta vida material
y perecedera; pero entre los hombres hay muchos más y mayores, ya de
perder la honra, la paz, la hacienda, el contento, la felicidad, la
conciencia y aun el alma. ¡Qué de engaños, qué de enredos, traiciones,
hurtos, homicidios, adulterios, envidias, injurias, detracciones y
falsedades, que experimentarás entre ellos! Todo lo cual no se halla
ni se conoce entre las fieras. Créeme que no hay lobo, no hay león, no
hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre: á todos excede en
fiereza.

Y así dicen por cosa cierta y yo la creo que, habiendo condenado en una
república un insigne malhechor á cierto género de tormento muy conforme
á sus delitos, que fué sepultarle vivo en una profunda hoya, llena
de profundas sabandijas, dragones, tigres, serpientes y basiliscos,
tapando muy bien la boca, porque pereciese sin compasión ni remedio.
Acertó á pasar por allí un extranjero, bien ignorante de tan atroz
castigo y, sintiendo los lamentos de aquel desdichado, fuése llegando
compasivo y, movido de sus plegarias, fué apartando la losa que cubría
la cueva. Al mismo punto saltó fuera el tigre con su acostumbrada
ligereza y, cuando el temeroso pasajero creyó ser despezado, vió que
mansamente se le ponía á lamer las manos, que fué más que besárselas.
Saltó tras él la serpiente y, cuando la temió enroscada entre sus pies,
vió que los adoraba.

Lo mismo hicieron todos los demás, rindiéndosele humildes y dándole las
gracias de haberles hecho una tan buena obra, como era librarles de tan
mala compañía, cual la de un hombre ruin. Y añadieron que, en pago de
tanto beneficio, le avisaban huyese luego, antes que el hombre saliese,
si no quería perecer allí á manos de su fiereza. Y al mismo instante
echaron todos ellos á huir, unos volando, otros corriendo.

Estábase tan inmoble el pasajero, cuan espantado, cuando salió el
último el hombre, el cual concibiendo que su bienhechor [Marginal:
_Crueldad humana._] llevaría algún dinero, arremetió para él y quitóle
la vida, para robarle la hacienda: que éste fué el galardón del
beneficio. Juzga tú ahora ¿cuáles son los crueles, los hombres ó las
fieras?

Más admirado, más atónito estoy de oir esto, dijo Andrenio, que el día
que vi todo el mundo.

Pues aún no haces concepto cómo es, ponderó Critilo, y ves cuán malos
son los hombres. Pues advierte que aún son peores las mujeres y más de
temer: ¡mira tú cuáles serán!

¿Qué dices?

La verdad.

¿Pues qué serán?

Son, por ahora, demonios; que después te diré más. Sobre todo te
encargo y aun te juramento que por ningún caso digas quién somos ni
cómo tú saliste á luz ni cómo yo llegué acá: que sería perder no menos
que tu libertad y yo la vida. Y, aunque hago agravio á tu fidelidad,
huélgome de no haberte acabado de contar mis desdichas, en esto sólo
dichosas, asegurando descuidos. Quede doblada la hoja, para la primera
ocasión: que no faltarán muchas en una navegación tan prolija.

Ya en esto se percibían las voces de los navegantes y se divisaban los
rostros. Era grande la vocería de la chusma: que en todas partes hay
vulgo y más insolente donde hay más holgado. Amainaron velas, echaron
áncoras y comenzó la gente á saltar en tierra. Fué recíproco el espanto
de los que llegaban, de los que les recibían. Desmintiéronle sus muchas
preguntas con decir se habían quedado descuidados y dormidos, cuando se
hizo á la vela otra flota, conciliando compasión y agasajo.

Estuvieron allí detenidos algunos días cazando y refrescando y, hecha
ya agua y leña, se hicieron á la vela en otras tantas alas para la
deseada España.

Embarcáronse juntos Critilo y Andrenio hasta en los corazones en una
gran carraca, asombro de los enemigos, contraste de los vientos y yugo
del océano. Fué la navegación tan peligrosa, cuan larga; pero servía de
alivio la narración de sus tragedias, que á ratos hurtados, prosiguió
Critilo de esta suerte:

En medio de estos golfos nací, como te digo, entre riesgos y tormentas.
Fué la causa que mis padres, españoles ambos y principales, se
embarcaron para la India con un grande cargo, merced del gran Filipo,
que en todo el mundo manda y apremia.

Venía mi madre con sospechas de traerme en sus entrañas: que comenzamos
á ser faltas de una vil materia. Declaróse luego el preñado bien
penoso y cogióla el parto en la misma navegación, entre el horror y la
turbación de una horrible tempestad, para que se doblase su tormento
con la tormenta.

Salí yo al mundo entre tantas aflicciones, presagio de mis
infelicidades. Tan temprano comenzó á jugar con mi vida la fortuna,
arrojándome de un cabo del mundo al otro. Aportamos á la rica y famosa
ciudad de Goa, corte del imperio católico en el Oriente, silla augusta
de sus virreyes, emporio universal de la India y de sus riquezas.

[Marginal: _Juventud viciosa._]

Aquí mi padre fué aprisa acaudalando fama y bienes, ayudado de su
industria y de su cargo. Mas yo, entre tanto bien, me criaba mal, como
rico y como único. Cuidaban más mis padres fuese hombre, que persona.
Pero castigó bien el gusto, que recibieron en mis niñeces, el pesar que
les di con mis mocedades. Porque fuí entrando de carrera por los verdes
prados de la juventud, tan sin freno de razón, cuan picado de los viles
deleites.

Cebéme en el juego, perdiendo en un día lo que á mi padre le había
costado muchos de adquirir, despreciando ciento á ciento lo que
él recogió uno á uno. Pasé luego á la bizarría, rozando galas y
costumbres, engalanando el cuerpo lo que desnudaba el ánimo de los
verdaderos arreos, que son la virtud y el saber. Ayudábanme á gastar el
dinero y la conciencia malos y falsos amigos, lisonjeros, valientes,
terceros y entremetidos, viles sabandijas de las haciendas, polillas
de la honra y de la conciencia. Sentía esto mi padre, pronosticando el
malogro de su hijo y de su casa; mas yo de sus rigores apelaba á la
piadosa impertinencia de una madre, que, cuando más me amparaba, me
perdía.

Pero donde acabó de perder mi padre las esperanzas y aun la vida fué,
cuando me vió enredado en el oscuro laberinto del amor. Puse ciegamente
los ojos en una dama, que, aunque noble y con todas las demás prendas
de la naturaleza, de hermosa, discreta y de pocos años; pero las de la
fortuna, que son hoy las que más se estiman, comencé á idolatrar en
su gentileza, correspondiéndome ella con favores. Lo que sus padres
me deseaban yerno, los míos la aborrecían nuera. Buscaron modos y
medios para apartarme de aquella afición, que ellos llamaban perdición.
Trataron de darme otra esposa, más de su conveniencia, que de mi gusto;
mas yo, ciego á todo, enmudecía. No pensaba, no hablaba, no soñaba en
otra cosa que en Felisinda, que así se llamaba mi dama, llevando ya la
mitad de la felicidad en su nombre.

Con estos y otros muchos pesares acabé con la vida de mi padre: castigo
ordinario de la paternal connivencia. Él perdió la vida y yo amparo;
aunque no lo sentí tanto como debía. [Marginal: _Laberinto del amor._]
Llorólo mi madre por entrambos con tal exceso, que en pocos días acabó
los suyos, cuando yo, más libre y menos triste, consoléme presto de
haber perdido padre, por poder lograr esposa, teniéndola por tan cierta
como deseada. Mas por atender á filiales respetos, hube de violentar mi
intento por algunos días, que á mí me parecieron siglos.

En este breve ínterin de esposa, ¡oh, inconstancia de mi suerte!,
se barajaron de modo las materias, que la misma muerte, que pareció
haber facilitado mis deseos, los vino á dificultar más y aun los
puso en estado de imposibles. Fué el caso ó la desdicha que en este
breve tiempo murió también un hermano de mi dama, mozo, galán y único
mayorazgo de su casa, quedando Felisinda heredera de todo y fénix
á todas luces. Juntándose la hacienda y la hermosura, doblaron su
estimación, creció mucho en sólo un día y más su fama, adelantándose á
los mejores empleos de esta corte.

Con un tan impensado incidente, alteráronse mucho las cosas, mudaron de
cara las materias; sola Felisinda no se trocó y, si lo fué, en mayor
fineza. Sus padres y sus deudos, aspirando á cosas mayores, fueron los
primeros, que se entibiaron en favorecer mi pretensión, que tanto
habían antes adelantado. Pasaron sus tibiezas á desvíos, encendiendo
más con esto recíprocas voluntades.

Avisábame ella de cuanto se trataba, haciéndome de amante secretario.
Declaráronse luego otros competidores, tan poderosos como muchos; pero
amantes heridos más de las saetas, que les arrojaba la aljaba de su
dote, que el arco del amor. Con todo me daban cuidado: que es todo
temores el amor.

El que acabó de apurarme fué un nuevo rival, que á más de ser mozo,
galán y rico, era sobrino del virrey, que allá es decir aparte numen
y ramo de divinidad. Porque allí el gustar un virrey es obligar y sus
pensamientos se ejecutan aun antes que se imaginen.

Comenzó á declararse pretensor de mi dama, tan confiado, como poderoso.
Competíamos los dos al descubierto, asistidos cada uno, él del poder
y yo del amor. Parecióle á él y á los suyos que era menester más
diligencia para derribar mi pretensión tan arraigada como antigua,
y para esto dispusieron las materias, despertando á quien dormía.
Prometieron su favor é industria á unos contrarios míos, porque me
pusiesen pleito en lo más bienparado de mi hacienda, ya para torcer de
mi voluntad, ya para acobardar á los padres de Felisinda.

Vime presto solo y enredado en dos dificultosos pleitos, del interés
y del amor, que era el que más me desvelaba. No fué bastante este
temor de la pérdida de mi hacienda para hacer volver un paso atrás mi
afición, que, como la palma, crecía más á más resistencia; pero lo que
en mí no pudo obró en los padres y deudos de mi dama que, poniendo los
ojos en mayores conveniencias del interés y del honor, trataron... Mas
¿cómo lo podré decir? No sé si acertaré; mejor será dejarlo.

Instó Andrenio en que prosiguiese.

Y él: ¡Eh! ¿Qué es morir? Pues resolvieron matarme, dando mi vida á
mi contrario, que lo era mi dama. Avisóme ella la misma noche desde
un balcón, como solía. Consultando y pidiéndome el remedio, derramó
tantas lágrimas, que encendieron en mi pecho un incendio, un volcán de
desesperación y de furia.

Con esto al otro día, sin reparar en inconvenientes ni en riesgos de
honra y de vida, guiado de mi pasión ciega, ceñí, no un estoque, sino
un rayo penetrante del aljaba del amor, fraguado de celos y de aceros.
Salí en busca de mi contrario, remitiendo las palabras á las obras y
las lenguas á las manos. Desnudamos los estoques de la compasión y de
la vaina. Fuímonos el uno para el otro y á pocos lances le atravesé el
acero por medio del corazón, sacándole el amor con la vida. [Marginal:
_Fruto de los vicios._] Quedó él rendido y yo preso, porque al punto
dió conmigo un enjambre de ministros, unos picando en la ambición de
complacer al virrey y los más en la codicia de mis riquezas.

Dieron luego conmigo en un calabozo, cargándome de hierros: que éste
fué el fruto de los míos. Llegó la triste nueva á oídos de sus padres y
mucho más á sus entrañas, deshaciéndose en lágrimas y voces. Gritaban
los parientes la venganza y los más templados, justicia. Fulminaba
el virrey una muerte en cada extremo. No se hablaba de otro: los más
condenándome, los menos defendiéndome y á todos pesaba de nuestra loca
desdicha; sola mi dama se alegró en toda la ciudad, celebrando mi valor
y estimando mi fineza.

Comenzóse con gran rigor la causa; pero siempre por tela de juicio y
lo primero á título de secuestro. Dieron saco verdadero á mi casa,
cebándose la venganza en mis riquezas, como el irritado toro en la capa
del que escapó; solas pudieron librarse algunas joyas, por retiradas al
sagrado de un convento, donde me las guardaban.

No se dió por contenta mi fortuna en perseguirme tan criminal; sino
que también civil me dió luego sentencia en contra en el pleito de
la hacienda. Perdí bienes, perdí amigos, que siempre corren parejas.
Todo esto fuera nada, si no me sacudiera el último revés, que fué
acabarme de todo punto. Aborrecidos los padres de Felisinda de su
desgracia, ecos ya de las mías, habiendo perdido en un año hijo y
yerno, determinaron dejar la India y dar la vuelta á la corte, con
esperanzas de gran puesto, por sus servicios merecido y con favores
del virrey facilitado convirtieron en oro y plata sus haberes y en la
primera flota, con toda su hacienda y casa, se embarcaron para España,
llevándoseme...

Aquí interrumpieron las palabras los sollozos, ahogándose la voz en el
llanto.

Lleváronseme dos prendas del alma de una vez, con que fué doblado y
mortal mi sentimiento: la una era Felisinda y otra más que llevaba
en sus entrañas, desdichada ya por ser mía. Hiciéronse á la vela y
aumentaban el viento mis suspiros, engolfados ellos y anegado yo en un
mar de llanto. Quedé en aquella cárcel eternizado en calabozos, pobre y
de todos, si no de mis enemigos, olvidado.

[Marginal: _Amor despeñadero._]

Cual suele el que se despeña un monte abajo ir sembrando despojos,
aquí deja el sombrero, allá la capa, en una parte los ojos y en otra
las narices, hasta perder la vida, quedando reventado en el profundo:
así yo, luego que deslicé en aquel despeñadero de marfil, tanto más
peligroso, cuanto más agradable, comencé á ir rodando y despeñándome de
unas desdichas en otras, dejando en cada tope, aquí la hacienda, allá
la honra, la salud, los padres, los amigos y mi libertad, quedando como
sepultado en una cárcel, abismo de desdichas.

Mas no digo bien, pues lo que me acarreó de males la riqueza, me
restituyó en bienes la pobreza. Puédolo decir con verdad, pues que aquí
hallé la sabiduría, que hasta entonces no la había conocido; aquí el
desengaño, la experiencia y la salud de cuerpo y alma. Viéndome sin
amigos vivos, apelé á los muertos. [Marginal: _Pobreza sabia._] Di en
leer, comencé á saber y á ser persona, que hasta entonces no había
vivido la vida racional, sino la bestial. Fuí llenando el alma de
verdades y de prendas. Conseguí la sabiduría y con ella el bienobrar,
que ilustrado una vez el entendimiento, con facilidad endereza la
ciega voluntad. Él quedó rico de noticias y ella de virtudes.

Bien es verdad que abrí los ojos, cuando no hubo ya que ver: que
así acontece de ordinario. Estudié las nobles artes y las sublimes
ciencias, entregándome con afición especial á la moral filosofía, pasto
del juicio, centro de la razón y vida de la cordura. Mejoré de amigos,
trocando un mozo liviano por un Catón severo y un necio por un Séneca.
Un rato escuchaba á Sócrates y otro al divino Platón. Con esto pasaba
con alivio y aun con gusto aquella sepultura de vivos, laberinto de mi
libertad.

Pasaron años y virreyes y nunca pasaba el rigor de mis contrarios.
Entretenían mi causa, queriendo, ya que no podían conseguir otro
castigo, convertir la prisión en sepultura. Al cabo de un siglo de
padecer y sufrir, llegó orden de España, solicitado en secreto de mi
esposa, que remitiesen allá mi causa y mi persona.

Púsolo en ejecución el nuevo virrey, menos contrario, si no más
favorable, en la primera flota. Entregáronme con título de preso á un
capitán de un navío, encargándole más el cuidado, que la asistencia.
Salí de la India el primer pobre; pero con tal contento, que los
peligros de la mar me parecieron lisonjas.

Gané luego amigos: que con el saber se ganan los verdaderos. Entre
todos, el capitán de la nave de superior se me hizo confidente: favor
que yo estimé mucho, celebrando por verdadero aquel dicho común, que
con la mudanza del lugar se muda también de fortuna.

Mas aquí has de admirar un prodigio del humano engaño, un extremo
de mal proceder; aquí la porfía de una contraria fortuna y á dónde
llegaron mis desdichas. Este capitán y caballero, obligado por todas
partes á bienproceder, maleado de la ambición, llevado del parentesco
con el virrey mi enemigo y sobornado, á lo que yo más creo, de la
codicia vil de mi plata y mis alhajas, reliquias de aquella antigua
grandeza (mas ¿á qué no incitará los humanos pechos la execrable sed
del oro?), resolvióse á ejecutar la más civil bajeza que se ha oído.

Estando solos una noche en uno de los corredores de popa, gozando de
la conversación y marea, dió conmigo, tan descuidado como confiado, en
aquel profundo de abismos. Comenzó él mismo á dar voces, para hacer
desgracia la traición y aun llorarme, no arrojado, sino caído. Al ruido
y á las voces acudieron mis amigos, ansiosos por ayudarme, echando
cables y sogas; pero en vano, porque en un instante pasó mucho mar el
navío, que volaba, dejándome á mí luchando con las olas y con una dos
veces amarga muerte. Arrojáronme algunas tablas, por último remedio y
fué una de ellas sagrada áncora, que las mismas olas, lastimadas de
mi inocencia y desdicha, me la ofrecieron entre las manos. Asíla tan
agradecido, cuan desesperado y besándola la dije: ¡Oh, despojo último
de mi fortuna! Leve apoyo de mi vida, refugio de mi última esperanza:
¡serás siquiera un breve ínterin de mi muerte!

Desconfiado de poder seguir el navío fugitivo, me dejé llevar de las
olas al albedrío de mi desesperada fortuna. Tirana ella una y mil
veces, aún no contenta de tenerme en tal punto de desdichas, echando
el resto á su fiereza, conjuró contra mí los elementos en una horrible
tormenta, para acabarme con toda solemnidad de desventuras. Ya me
arrojaban tan alto las olas, que tal vez temí quedar enganchado en
alguna de las puntas de la luna ó estrellado en aquel cielo. Hundíame
luego tan en el centro de los abismos, que llegué á temer más el
incendio, que el ahogo.

¡Mas ay! que lo que yo lamentaba rigores, fueron favores: que á veces
llegan tan á los extremos los males, que pasan á ser dichas. Dígolo
porque la misma furia de la tempestad y corriente de las aguas me
arrojaron en pocas horas á vista de aquella pequeña isla, tu patria y
para mí gran cielo, que de otro modo fuera imposible poder llegar á
ella, quedando en medio de aquellos mares rendido de hambre y hartando
las marinas fieras. En el mal estuvo el bien. Aquí, ayudándome más el
ánimo, que las fuerzas, llegué á tomar puerto en esos brazos tuyos, que
otra vez y otras mil quiero enlazar, confirmando nuestra amistad en
eterna.

De esta suerte dió fin Critilo á su relación, abrazándose entrambos,
renovando aquella primera fruición y experimentando una secreta
simpatía de amor y de contento. Emplearon lo restante de su navegación
en provechosos ejercicios. [Marginal: _Las nobles artes._] Porque á
más de la agradable conversación, que toda era una bienproseguida
enseñanza, le dió noticias de todo el mundo y conocimiento de aquellas
artes, que más realzan el ánimo y le enriquecen, como la gustosa
historia, la cosmografía, la esfera, la erudición y la que hace
personas, la moral filosofía. En lo que puso Andrenio especial estudio
fué en aprender lenguas, la latina, eterna tesorera de la sabiduría,
la española, tan universal como su imperio, la francesa erudita y la
italiana elocuente, ya para lograr los muchos tesoros que en ellas
están escritos, ya para la necesidad de hablarlas y entenderlas en su
jornada del mundo.

Era tanta la curiosidad de Andrenio, como su docilidad y así siempre
estaba confiriendo y preguntando de las provincias, repúblicas, reinos
y ciudades; de sus reyes, gobiernos y naciones; siempre informándose,
filosofando y discurriendo, con tanta fruición, como novedad, deseando
llegar á la perfección de noticias y de prendas. Con tan gustosa
ocupación no se sintieron las penalidades de un viaje tan penoso y al
tiempo acostumbrado aportaron á este nuevo mundo. En qué parte y lo que
en él les sucedió nos lo ofrece referir la Crisi siguiente.



CRISI V

_Entrada del mundo._


Cauta, si no engañosa, procedió la naturaleza con el hombre al
introducirle en este mundo, pues trazó que entrase sin género alguno
de conocimiento, para deslumbrar todo reparo. Á escuras llega y aun á
ciegas, quien comienza á vivir, sin advertir que vive y sin saber qué
es vivir. Críase niño y tan rapaz, que, cuando llora, con cualquier
niñería le acalla y con cualquier juguete le contenta. Parece que le
introduce en un reino de felicidades y no es sino un cautiverio de
desdichas que, cuando llega á abrir los ojos del alma, dando en la
cuenta de su engaño, hállase empeñado sin remedio. Vese metido en el
lodo de que fué formado y ya ¿qué puede hacer, sino pisarlo, procurando
salir de él como mejor pudiere?

Persuádome que, si no fuera con este universal ardid, ninguno quisiera
entrar en tan engañoso mundo y que pocos aceptaran la vida después,
si tuvieran estas noticias antes. Porque ¿quién, sabiéndolo, quisiera
meter el pie en un reino mentido y cárcel verdadera, á padecer tan
muchas como varias penalidades? En el cuerpo hambre, sed, frío, calor,
cansancio, desnudez, dolores, enfermedades y en el ánimo engaños,
persecuciones, envidias, desprecios, deshonras, ahogos, tristezas,
temores, iras; desesperaciones y salir al cabo condenado á miserable
muerte, con pérdida de todas las cosas, casa, hacienda, bienes,
dignidades, amigos, parientes, hermanos, padres y la misma vida, cuando
más amada.

Bien supo la naturaleza lo que hizo y mal el hombre lo que aceptó.
Quien no te conoce ¡oh vivir! te estime; pero un desengañado tomara
antes haber sido trasladado de la cuna á la urna, del tálamo al túmulo.
Presagio común es de miserias el llorar al nacer. Que, aunque el más
dichoso cae de pies, triste posesión toma y el clarín, con que este
hombre rey entra en el mundo, no es otro que su llanto: señal que su
reinado todo ha de ser de penas. Pero ¿cuál puede ser una vida, que
comienza entre los gritos de la madre, que la da, y los lloros del
hijo, que la recibe? Por lo menos, ya que le faltó el conocimiento, no
el presagio de sus males, si no los concibe, los adivina.

Ya estamos en el mundo, dijo el sagaz Critilo al incauto Andrenio,
al saltar juntos en tierra. Pésame que entres en él con tanto
conocimiento, porque sé te ha de desagradar mucho. Todo cuanto obró
el supremo Artífice está tan acabado, que no se puede mejorar; mas
todo cuanto han añadido los hombres es imperfecto. Criólo Dios muy
concertado y el hombre lo ha confundido. Digo, lo que ha podido
alcanzar; que, aun donde no ha llegado con el poder, con la imaginación
ha pretendido trabucarlo.

[Marginal: _Mundo civil y natural._]

Visto has hasta ahora las obras de la naturaleza y admirádolas con
razón; verás de hoy adelante las del artificio, que te han de espantar.
Contemplado has las obras de Dios; notarás las de los hombres y verás
la diferencia. ¡Oh cuán otro te ha de parecer el mundo civil del
natural y el humano del divino! Ve prevenido en este punto, para que ni
te admires de cuanto vieres ni te desconsueles de cuanto experimentares.

Comenzaron á discurrir por un camino tan trillado, como solo y primero.
Mas reparó Andrenio que ninguna de las humanas huellas miraba hacia
atrás; todas pasaban adelante: señal de que ninguno volvía. Encontraron
á poco rato una cosa bien donosa y de harto gusto: era un ejército
desconcertado de infantería, un escuadrón de niños de diferentes
estados y naciones, como lo mostraban sus diferentes trajes. Todo era
confusión y vocería.

[Marginal: _Niñez inculta._]

Íbalos primero recogiendo y después acaudillando una mujer bien rara,
de risueño aspecto, alegres ojos, dulces labios y palabras blandas,
piadosas manos y toda ella caricias, halagos y cariños. Traía consigo
muchas criadas de su genio y de su empleo, para que los asistiesen
y sirviesen y así llevaban en brazos los pequeñuelos, otros de los
andadores y á los mayorcillos de la mano, procurando siempre pasar
adelante.

Era increíble el agasajo con que á todos acariciaba aquella madre
común, atendiendo á su gusto y regalo y para esto llevaba mil
invenciones de juguetes, con que entretenerlos.

Había hecho también gran provisión de regalos y, en llorando alguno, al
punto acudía afectuosa, haciéndole fiestas y caricias, concediéndole
cuanto pedía, á trueque de que no llorase. Con especialidad cuidaba de
los que iban mejor vestidos, que parecían hijos de gente principal,
dejándolos salir con cuanto querían. Era tal el cariño y agasajo que
esta, al parecer ama piadosa, les hacía, que los mismos padres la
traían sus hijuelos y se los entregaban, fiándolos más de ella, que de
sí mismos.

Mucho gustó Andrenio de ver tanta y tan donosa infantería, no acabando
de admirar y reconocer al hombre niño. Y tomando en sus brazos uno en
mantillas, decíale á Critilo:

¡Es posible, que éste es el hombre! ¡Quién tal creyera! ¡Que este casi
insensible, [Marginal: _Conde de Monterrey._] torpe é inútil viviente
ha de venir á ser un hombre tan entendido á veces, tan prudente y tan
sagaz como un Catón, un Séneca, un Conde de Monterrey!

Todo es extremos el hombre, dijo Critilo. Ahí verás lo que cuesta el
ser persona. Los brutos luego lo saben ser, luego corren, luego saltan;
pero al hombre cuéstale mucho, porque es mucho.

Lo que más me admira, ponderó Andrenio, es el indecible afecto de esta
rara mujer. ¡Qué madre como ella! ¿Puédese imaginar tal fineza? De esta
felicidad carecí yo, que me crié dentro de las entrañas de un monte y
entre fieras: allí lloraba hasta reventar, tendido en el duro suelo,
desnudo, hambriento y desamparado, ignorando estas caricias.

No envidies, dijo Critilo, lo que no conoces ni llames felicidad, hasta
que veas en qué para. De estas cosas toparás muchas en el mundo, que
no son lo que parecen, sino muy al contrario. Ahora comienzas á vivir;
irás viviendo y viendo.

Caminaban con todo este embarazo, sin parar ni un instante, atravesando
países; aunque sin hacer estación alguna y siempre cuesta abajo,
atendiendo mucho la que conducía el pigmeo escuadrón, á que ninguno se
cansase ni lo pasase mal. Dábales de comer una vez sola, que era todo
el día.

Hallábanse al fin de aquel paraje, metidos en un valle profundísimo,
rodeado á una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los
más altos puertos de este universal camino. Era noche y muy oscura,
con propiedad lóbrega. En medio de esta horrible profundidad, mandó
hacer alto aquella engañosa hembra y, mirando á una y otra parte, hizo
la señal usada, con que al mismo punto ¡oh maldad no imaginada! ¡oh
traición nunca oída! comenzaron á salir de entre aquellas breñas y por
las bocas de las grutas ejércitos de fieras, leones, tigres, osos,
lobos, serpientes y dragones, que arremetiendo de improviso, dieron en
aquella tierna manada de flacos y desarmados corderillos, haciendo un
horrible estrago y sangrienta carnicería. Porque arrastraban á unos,
despedazaban á otros, mataban, tragaban y devoraban cuantos podían.

Monstruo había, que de un bocado se tragaba dos niños y, no bien
engullidos aquéllos, alargaba las garras á otros dos. Fiera había,
que estaba desmenuzando con los dientes el primero y despedazando con
las uñas el segundo, no dando treguas á su fiereza. Discurrían todas
por aquel lastimoso teatro, babeando sangre, teñidas las bocas y las
garras en ella. Cargaban muchas con dos y con tres de los más pequeños
y llevábanlos á sus cuevas, para que fuesen pasto de sus ya fieros
cachorrillos. Todo era confusión y fiereza: espectáculo verdaderamente
fatal y lastimero.

Y era tal la candidez ó simplicidad de aquellos infantes tiernos,
que tenían por caricias el hacer presa en ellos y por fiesta el
despedazarlos, convidándolas ellos mismos risueños y provocándolas con
abrazos.

Quedó atónito, quedó aterrado Andrenio, viendo una tan horrible
traición, una tan impensada crueldad y, puesto en lugar seguro á
diligencias de Critilo, lamentándose decía:

¡Oh, traidora! ¡oh, bárbara! ¡oh, sacrílega mujer, más fiera, que las
mismas fieras! ¿Es posible que en esto han parado tus caricias? ¿Para
esto era tanto cuidado y asistencia? ¡Oh, inocentes corderillos, qué
temprano fuísteis víctima de la desdicha! ¡Qué presto llegásteis al
degüello! ¡Oh, mundo engañoso! ¿Y esto se usa en ti? ¿De estas hazañas
tienes? Yo he de vengar por mis propias manos una maldad tan increíble.

Diciendo y haciendo, arremetió furioso para despedazar con sus dientes
aquella cruel tirana; mas no la pudo hallar, que ya ella con todas sus
criadas habían dado vuelta, en busca de otros tantos corderillos, para
traerlos vendidos al matadero. De suerte que ni aquéllos cesaban de
traer ni éstas de despedazar ni de llorar Andrenio tan irreparable daño.

En medio de tan espantosa confusión y cruel matanza, amaneció de la
otra parte del valle, por lo más alto de los montes, con rumbos de
aurora, otra mujer y con razón otra, que tan cercada de luz, como
rodeada de criadas, desalada, cuando más volando, descendía á librar
tanto infante como perecía. Ostentó su rostro muy sereno y grave,
que de él y de la mucha pedrería de su recamado ropaje despedía tal
inundación de luces, que pudieron muy bien suplir y aun con ventajas la
ausencia del rey del día. Era hermosa por extremo y coronada por reina
entre todas aquellas beldades sus ministras.

¡Oh, dicha rara! Al mismo punto que la descubrieron las encarnizadas
fieras, cesando de la matanza, se fueron retirando á todo huir y,
dando espantosos aullidos, se hundieron en sus cavernas. Llegó piadosa
ella y comenzó á recoger los pocos que habían quedado y aun ésos muy
malparados de araños y de heridas.

Íbanlos buscando con gran solicitud aquellas hermosísimas doncellas
y aun sacaron muchos de las oscuras cuevas y de las mismas gargantas
de los monstruos, recogiendo y amparando cuantos pudieron. Y notó
Andrenio que eran éstos de los más pobres y de los menos asistidos de
aquella maldita hembra. De modo que en los más principales, como más
lucidos, habían hecho las fieras mayor riza.

Cuando los tuvo todos juntos, sacólos á toda prisa de aquella tan
peligrosa estancia, guiándolos de la otra parte del valle, el monte
arriba, no parando hasta llegar á lo más alto, que es lo más seguro.
Desde allí se pusieron á ver y contemplar con la luz, que su gran
libertadora les comunicaba, el gran peligro en que habían estado y
hasta entonces no conocido.

Teniéndolos ya en salvo, fué repartiendo preciosísimas piedras, una á
cada uno que, sobre otras virtudes contra cualquier riesgo, arrojaban
de sí una luz tan clara y apacible, que hacían de la noche día: y lo
que más se estimaba, era el ser indefectible. Fuélos encomendando á
algunos sabios varones, que los apadrinasen y guiasen siempre cuesta
arriba, hasta la gran ciudad del mundo.

Ya en esto se oían otros tantos alaridos de otros tantos niños que,
acometidos en el funesto valle de las fieras, estaban pereciendo. Al
mismo punto aquella piadosa reina, con todas sus amazonas, marchó
volando á socorrerlos.

Estaba atónito Andrenio de lo que había visto, parangonando tan
diferentes sucesos y en ellos la alternación de males y de bienes de
esta vida.

¡Qué dos mujeres éstas tan contrarias!, decía. ¡Qué asuntos tan
diferentes! ¿No me dirás, Critilo, quién es aquella primera para
aborrecerla y quién esta segunda para celebrarla?

¿Qué te parece, dijo, de esta primera entrada del mundo? ¿No es muy
conforme á él y á lo que yo te decía? Nota bien lo que acá se usa y, si
tal es el principio, díme ¿cuáles serán los progresos y sus fines? Para
que abras los ojos y vivas siempre alerta entre enemigos, saber deseas
quién es aquella primera y cruel mujer, que tú tanto aplaudías. Créeme
que ni el alabar ni el vituperar ha de ser hasta el fin.

[Marginal: _Inclinación mal anticipada._]

Sabrás que aquella primera tirana es nuestra mala inclinación, la
propensión al mal. Ésta es la que luego se apodera de un niño, previene
á la razón y se adelanta. Reina y triunfa en la niñez, tanto que
los propios padres, con el intenso amor que tienen á sus hijuelos,
condescienden con ellos y, porque no llore el rapaz, le conceden cuanto
quiere. Déjanle hacer su voluntad en todo y salir con la suya siempre
y así se cría vicioso, vengativo, colérico, glotón, terco, mentiroso,
desenvuelto, llorón, lleno de amor propio, de ignorancia, ayudando
de todas maneras á la natural, siniestra inclinación. Apoderándose
con esto de un muchacho, sus pasiones cobran fuerza con la paternal
connivencia, prevalece la depravada propensión al mal y ésta con sus
caricias trae un tierno infante al valle de las fieras, á ser presa de
los vicios y esclavo de sus pasiones.

De modo que, cuando llega la razón, que es aquella otra reina de la
luz, madre del desengaño, con las virtudes sus compañeras, ya los halla
depravados, entregados á los vicios y muchos de ellos sin remedio.
[Marginal: _Aurora de la vida._] Cuéstale mucho sacarlos de las uñas
de sus malas inclinaciones y halla grande dificultad en encaminarlos
á lo alto y seguro de la virtud. Porque es llevarlos cuesta arriba.
Perecen muchos y quedan hechos oprobio de su vicio y más los más ricos,
los hijos de señores y de príncipes, en los cuales el criarse con más
regalo es ocasión de más vicio. Los que se crían con necesidad y tal
vez entre los rigores de una madrastra son los que mejor libran, como
Hércules, y ahogan estas serpientes de sus pasiones en la misma cuna.

¿Qué piedra tan preciosa es esta, preguntó Andrenio, que nos ha
entregado á todos con tal recomendación?

Has de saber, le respondió Critilo, que lo que fabulosamente
atribuyeron muchos á algunas piedras aquí se halla ser evidencia,
porque ésta es el verdadero carbunclo, que resplandece en medio de las
tinieblas, así de la ignorancia como del vicio. Éste es el diamante
finísimo, que entre los golpes del padecer y entre los incendios del
apetecer está más fuerte y brillante. Ésta es la piedra de toque que
examina el bien y el mal. Ésta la piedra imán, atenta al norte de la
virtud. Finalmente esta es la piedra de todas las virtudes, que los
sabios llaman el dictamen de la razón, el más fiel amigo que tenemos.

Así iban confiriendo, cuando llegaron á aquella tan famosa encrucijada,
donde se divide el camino y se diferencia el vivir. Estación célebre,
por la dificultad que hay, no tanto de parte del saber, cuanto del
querer, sobre qué senda y á qué mano se ha de echar.

Vióse aquí Critilo en mayor duda porque, siendo la tradición común
ser dos los caminos, el plausible de la mano izquierda por lo fácil,
entretenido y cuesta abajo, y al contrario el de mano derecha áspero,
desapacible y cuesta arriba, halló con no poca admiración que eran tres
los caminos, dificultando más su elección.

[Marginal: _Bivio humano._]

¡Válgame el cielo!, decía, ¿no es éste aquel tan sabio bivio, donde el
mismo Hércules se halló perplejo sobre cuál de los dos caminos tomaría?
Miraba adelante y atrás, preguntándose á sí mismo. ¿No es ésta aquella
docta letra de Pitágoras, en que cifró toda la sabiduría, que hasta
aquí procede igual y después se divide en dos ramos, uno espacioso del
vicio y otro estrecho de la virtud? Pero con diversos fines, que el uno
va á parar en el castigo y el otro en la corona. Aguarda, decía. ¿Dónde
están aquellos dos aledaños de Epicteto: el _Abstine_ en el camino del
deleite y el _Sustine_ en el de la virtud? Basta que habemos llegado á
tiempos, que hasta los caminos reales se han mudado.

¿Qué montón de piedras es aquél, preguntó Andrenio, que está en medio
de las sendas?

Lleguémonos allá, dijo Critilo, que el índice del numen vial,
juntamente nos está llamando y dirigiendo. Éste es el misterioso montón
de Mercurio, en quien significaron los antiguos que la sabiduría es la
que ha de guiar y que por donde nos llama el cielo habemos de correr:
eso está voceando aquella mano.

Pero el montón de piedras, ¿á qué propósito, replicó Andrenio, extraño
despojo del camino, amontonando tropiezos?

Estas piedras, respondió suspirando Critilo, las arrojan aquí los
viandantes, que en esto pagan la enseñanza: éste es el galardón que
se le da á todo maestro y entiendan los de la verdad y virtud que
hasta las piedras se han de levantar contra ellos. Acerquémonos á esta
columna, que ha de ser el oráculo en tanta perplejidad.

Leyó Critilo el primer letrero, que con Horacio decía:

[Marginal: _Mediocridad de oro._]

_Medio hay en las cosas, tú no vayas por los extremos._

Estaba toda ella de alto á bajo labrada de relieve con extremado
artificio, compitiendo los primores materiales de la simetría con los
formales del ingenio. Leíanse muchos sentenciosos aforismos y campeaban
historias alusivas. Íbalas admirando Andrenio y comentándolas Critilo
con gustoso acierto.

Allí vieron al temerario joven, montando en la carroza de luces y su
padre le decía:

Ve por el medio y correrás seguro.

Éste fué, declaró Critilo, un mozo que entró muy orgulloso en un
gobierno y, por no atender á la mediocridad prudente, como lo
aconsejaban sus ancianos, perdió los estribos de la razón y, tantos
vapores quiso levantar en tributos, que lo abrasó todo, perdiendo el
mundo y el mando.

Seguíase Ícaro, desalado en caer, pasando de un extremo á otro, de los
fuegos á las aguas; por más que le voceaba Dédalo:

¡Vuela por el medio!

Éste fué otro arrojado, ponderaba Critilo, que, no contento con saber
lo que basta, que es lo conveniente, dió en sutilezas malfundadas
y, tanto quiso adelgazar, que le mintieron las plumas y dió con sus
quimeras en el mar de un común y amargo llanto: que va poco de penas á
penas.

Aquél es el célebre Cleóbulo, que está escribiendo en tres cartas
consecutivas esta palabra sola: [Marginal: _Modo._] _Modo_, al rey,
que en otras tres le había pedido un consejo, digno de su saber, para
reinar con acierto.

Mira aquel otro de los siete de Grecia, eternizado sabio por sola
aquella sentencia: _Huye en todo la demasía._ Porque siempre dañó más
lo más que lo menos.

Estaban de relieve todas las virtudes con plausibles empresas en
tarjetas y roleos. Comenzaban por orden, puesta cada una en medio de
sus dos viciosos extremos y en lo bajo la fortaleza, asegurando el
apoyo á las demás, recostada sobre el cojín de una columna, media entre
la temeridad y la cobardía. Procediendo así todas las otras, remataba
la prudencia, como reina, y en sus manos tenía una preciosa corona con
este lema: _Para el que ama la mediocridad de oro._

Leíanse otras muchas inscripciones, que formaban lazos y servían de
definiciones al artificio y al ingenio. Coronaba toda esta máquina
elegante la felicidad muy serena, recodada en sus varones sabios y
valerosos, ladeada también de sus dos extremos, el llanto y la risa,
cuyos atlantes eran Heráclito y Demócrito, llorando siempre aquél y
éste riendo.

Mucho gustó Andrenio de ver y de entender aquel maravilloso oráculo
de toda la vida. Mas ya en esto se había juntado mucha gente en pocas
personas, porque los más, sin consultar otro numen que su gusto, daban
por aquellos extremos, llevados de su antojo y su deleite.

Llegó uno y sin informarse, muy á lo necio, echó por otro extremo, bien
diferente del que todos creyeron, que fué por el de presumido, con que
se perdió luego.

[Marginal: _Vano._]

Tras éste venía un vano, que tan mal y sin preguntar, pero con lindo
aire, tomó el camino más alto. Y como él estaba vacío de hueco y el
viento iba arreciando, vencióle presto y dió con él allí abajo, con
venganza de muchos, que, como iba tan alto, el subir y el caer fué á
vista y á risa de todo el mundo.

Había un camino sembrado de abrojos y, cuando se persuadió Andrenio
que ninguno iría por él, vió que muchos se apasionaban [Marginal:
_Vengativos._] y había puñadas sobre cuál sería el primero. El carril
de las bestias era el más trillado. Y preguntándole á un hombre, que
lo parecía, cómo iba por allí, respondió que por no irse solo.

[Marginal: _Glotones._]

Junto á éste estaba otro camino muy breve y todos los que iban por
él hacían gran prevención de manjares y de regalos; mas no caminaban
mucho, que más son los que mueren de ahito, que de hambre.

Pretendían algunos ir por el aire; pero desvanecíaseles la cabeza, con
que caían. Y éstos de ordinario no daban en cielo ni en tierra.

[Marginal: _Lascivos._]

Encarrilaban muchos por un paseo muy ameno y delicioso: íbanse de prado
en prado muy entretenidos y placenteros, saltando y bailando, cuando
á lo mejor caían rendidos, sudando y gritando, sin poder dar un paso,
haciendo malísimas caras, por haberlas hecho buenas.

De un paso se quejaban todos que era muy peligroso, infestado siempre
de ladrones y, aunque lo sabían, echaban no pocos por él, diciendo que
ellos se entenderían con los otros y al cabo todos se hacían ladrones,
robándose unos á otros.

[Marginal: _Avaros._]

Preguntaban unos, con no poca admiración de Andrenio y gusto de
Critilo, por topar quien repasase y se informase: pedían cuál era
el camino de los perdidos. Creyeron que para huir de él y fué al
contrario, que, en sabiéndolo, tomaron por allí la derrota.

¡Hay tal necedad!, dijo Andrenio, y viendo entre ellos algunos
personajes de harta importancia, preguntáronles cómo iban por allí y
respondieron que ellos no iban, sino que los llevaban.

No era menos calificada la de otros, que todo el día andaban alrededor,
moliéndose y moliendo, sin pasar adelante ni llegar jamás al centro.

No hallaban el camino otros: todo se les iba en comenzar á caminar;
nunca acababan y luego paraban, no acertando á dar un paso, con las
manos en el seno y, si pudieran, aun metieran los pies: éstos jamás
llegaban al cabo con cosa.

Dijo uno que él quería ir por donde ningún otro hubiese caminado
jamás. Nadie le pudo encaminar. Tomó el de su capricho y presto se
halló perdido.

¿No adviertes, dijo Critilo, que casi todos toman el camino ajeno y dan
por el extremo contrario de lo que se pensaba? El necio da en presumido
y el sabio hace del que no sabe, el cobarde afecta el valor y todo es
tratar de armas y pistolas y el valiente las desdeña, el que tiene da
en no dar y el que no tiene desperdicia, la hermosa afecta el desaliño
y la fea revienta por parecer, el príncipe se humana y el hombre bajo
afecta divinidades, el elocuente calla y el ignorante se lo quiere
hablar todo, el diestro no osa obrar y el zurdo no para. Todos al fin
verás que van por extremos, errando el camino de la vida de medio á
medio.

Echemos nosotros por el más seguro, aunque no tan plausible, que es el
de una prudente y feliz medianía, no tan dificultoso como el de los
extremos, por contenerse siempre en un buen medio.

Pocos le quisieron seguir; más luego que se vieron encaminados,
sintieron una notable alegría interior y una grande satisfacción de
la conciencia. Advirtieron más, que aquellas preciosas piedras, ricas
prendas de la razón, comenzaron á resplandecer tanto, que cada una
parecía un brillante lucero, haciéndose lenguas en rayos y diciendo:
¡Éste es el camino de la verdad y la verdad de la vida!

Al contrario todas las de aquellos, que siguieron sus antojos, se
vieron perder su luz, de modo, que parecieron quedar de todo punto
ofuscadas y ellos eclipsados: tan errado el dictamen, como el camino.

Viendo Andrenio que caminaban siempre cuesta arriba, dijo:

Este camino, más parece que nos lleva al cielo, que al mundo.

Así es, le respondió Critilo, porque son las sendas de la eternidad y,
aunque vamos metidos en nuestra tierra; pero muy superiores á ella,
señores de los otros y vecinos á las estrellas. Ellas nos guíen, que ya
estamos engolfados entre Escilas y Caribdis del mundo.

Esto dijo al entrar en una de sus más célebres ciudades, gran Babilonia
de España, emporio de sus riquezas, teatro augusto de las letras y las
armas, esfera de la nobleza y gran plaza de la vida humana.

Quedó espantado Andrenio de ver el mundo, que no le conocía, mucho más
admirado que allá, cuando salió á verlo de su cueva. ¿Pero qué mucho,
si allí lo miraba de lejos y aquí tan de cerca? Allí contemplando, aquí
experimentando. Que todas las cosas se hallan muy trocadas, cuando
tocadas. Lo que novedad le causó fué el no topar hombre alguno; aunque
los iban buscando con afectación en una ciudad populosa y al sol de
mediodía.

¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Dónde están estos hombres? ¿Qué se han
hecho? ¿No es la tierra su patria tan amada, el mundo su centro y tan
querido? ¿Pues cómo lo han desamparado? ¿Dónde habrán ido, que más
valgan?

Iban por una y otra parte solícitamente buscándolos sin poder descubrir
uno tan sólo, hasta que...; pero cómo y dónde los hallaron nos lo
contará la otra Crisi.



CRISI VI

_Estado del siglo._


Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado, muy
concertado y perfecto. Y con razón, pues toma el nombre de su misma
belleza. Mundo quiere decir lindo y limpio. Imagínase un palacio muy
bien trazado, al fin por la infinita Sabiduría, muy bien ejecutado
por la Omnipotencia, alhajado por la divina Bondad, para morada del
rey hombre, que como partícipe de razón, presida en él y le mantenga
en aquel primer concierto, en que su divino Hacedor le puso. De
suerte que mundo no es otra cosa que una casa hecha y derecha por el
mismo Dios y para el hombre; no hay otro modo cómo poder declarar su
perfección.

Así había de ser, como el mismo nombre lo blasona, su principio lo
afianza y su fin lo asegura; pero cuán al contrario sea esto y cuál
le haya parado el mismo hombre, cuánto desmienta el hecho al dicho,
pondérelo Critilo, que con Andrenio se hallaban ya en el mundo, aunque
no bien hallados en fe de tan personas.

En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo
de rato y cansancio, toparon con medio, un medio hombre y medio fiera.
Holgóse tanto Critilo, cuanto se inmutó Andrenio, preguntando:

¿Qué monstruo es éste tan extraño?

No temas, respondió Critilo, que éste es más hombre que los mismos,
éste es el maestro de los reyes y rey de los maestros, éste es el sabio
Quirón. ¡Oh, qué bien nos viene y cuán á la ocasión! pues él nos guiará
en esta primera entrada del mundo y nos enseñará á vivir: que importa
mucho á los principios.

Fuése para él saludándole y correspondió el centauro con doblada
humanidad. Díjole cómo iban en busca de los hombres y que, después de
haber dado cien vueltas, no habían podido hallar uno tan sólo.

No me espanto, dijo él, que no es este siglo de hombres, digo de
aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué? [Marginal: _Estéril siglo._]
¿Pensábais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo en Italia, un Gran
Capitán en España, un Enrique IV en Francia, haciendo corona de su
espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo
ni aun memoria de ellos.

¿No se van haciendo?, replicó Andrenio.

No llevan traza y para luego es tarde.

Pues de verdad que ocasiones no han faltado.

¿Cómo no se han hecho?, preguntó Critilo. ¿Por qué se han deshecho?

Hay mucho que decir en ese punto, ponderó Quirón. Unos lo quieren ser
todo y al cabo son menos que nada; valiera más no hubieran sido. Dicen
también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Tomeras.
Pero yo digo que ni es eso ni esotro; sino que, mientras el vicio
prevalezca, no campeará la virtud y, sin ella, no puede haber grandeza
heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas á Belona y á Minerva
en todas partes y no trata ella, sino con viles herreros, que todo lo
tiznan y todo lo hierran. Al fin no nos cansemos, que él no es siglo de
hombres eminentes ni en las armas ni en las letras. Pero decidme ¿dónde
los habéis buscado?

Y Critilo: ¿Dónde los habemos de buscar, sino en la tierra? ¿No es ésta
su patria y su centro?

¡Qué bueno es eso!, dijo el centauro. ¡Mirad! ¿Cómo los habíais de
hallar? No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado
del hito: nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.

Pues menos los hallaremos en el cielo, dijo Andrenio.

Menos, que no están ya ni en el cielo ni en la tierra.

¿Pues dónde los habemos de buscar?

¿Dónde? En el aire.

¿En el aire?

Sí, que allí se han fabricado castillos en el aire, torres de viento,
donde están muy encastillados, sin querer salir de su quimera.

[Marginal: _Castillos en el aire._]

Según eso, dijo Critilo, todas sus torres vendrán á serlo de confusión
y, por no ser Janos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales
señalándolos con el dedo y diciendo:

¿Éste no es aquel hijo de aquel otro?

De suerte, que con lo que ellos echaron á las espaldas los demás les
darán en el rostro.

Otros muchos, prosiguió el Quirón, se han subido á las nubes. Y aun
hay quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza
en las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios,
camaranchones de su presunción; pero la mayor parte hallaréis acullá
sobre el cuerno de la luna y aun pretenden subir más alto, si pudieran.

Tiene razón, voceó Andrenio. Acullá están, allá los veo y aun allí
andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas
suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara y ya otra. Y aun
ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos
con más daño que escarmiento.

¡Hay tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar proprio
del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en
este medio y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¡Hay tal
disparate!

Sí lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta lástima para unos
y de risa para otros, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra
ya le parece poco un palacio, ya habla sobre el hombro el que ayer
llevaba la carga en él, el que nació entre malvas pide los artesones
de cedro, el desconocido de todos hoy desconoce á todos, el hijo tiene
el puntillo de los muchos que dió su padre. El que ayer no tenía para
pasteles, asquea el faisán, blasona de linajes; el de conocido solar,
el vos, es señoría. Todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos
de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues, estando fuera de
su lugar, es forzoso dar abajo con ejemplar infamia.

[Marginal: _Fieras ciudadanas._]

Fuélos guiando á la plaza mayor, donde hallaron paseándose gran
multitud de fieras y todas tan sueltas como libres, con tan notable
peligro de los incautos. Había leones, tigres, leopardos, lobos, toros,
panteras, muchas vulpejas. Ni faltaban sierpes, dragones y basiliscos.

¿Qué es esto?, dijo turbado Andrenio. ¿Dónde estamos? ¿Es esta
población humana ó selva ferina?

No tienes que temer, que cautelarte sí, dijo el centauro.

Sin duda que los pocos hombres que habían quedado se han retirado á los
montes, ponderó Critilo, por no ver lo que en el mundo pasa y que las
fieras se han venido á las ciudades y se han hecho cortesanas.

Así es, respondió Quirón: el león de un poderoso, con quien no hay
poderse averiguar, el tigre de un matador, el lobo de un ricazo, la
vulpeja de un fingido, la víbora de una ramera: toda bestia y todo
bruto han ocupado las ciudades. Ésas rúan las calles, pasean las
plazas; y los verdaderos hombres de bien no osan parecer, viviendo
retirados dentro de los límites de su moderación y recato.

¿No nos sentamos en aquel alto, dijo Andrenio, para poder ver, cuando
no gozar con seguridad y con señorío?

Eso no, respondió Quirón: no está el mundo para tomarlo de asiento.

Pues arrimémonos aquí á una de estas columnas, dijo Critilo.

[Marginal: _El rico más rico._]

Tampoco: que todos son falsos los arrimos de esta tierra; vamos
paseando y pasando.

Estaba muy desigual el suelo, porque á las puertas de los poderosos,
que son los ricos, había unos grandes montones que relucían mucho.

¡Oh, qué de oro!, dijo Andrenio.

Y el Quirón: Advierte que no lo es todo lo que reluce.

[Marginal: _El pobre más pobre._]

Llegaron más cerca y conocieron que era basura dorada. Al contrario,
á las puertas de los pobres y desvalidos había unas tan profundas y
espantosas simas, que causaban horror á cuantos las miraban y así
ninguno se acercaba de mil leguas. Todos las miraban de lejos. Y es
lo bueno que todo el día sin cesar muchas y grandes bestias estaban
acarreando hediondo estiércol y lo echaban sobre el otro, amontonando
tierra sobre tierra.

¡Cosa rara!, dijo Andrenio. Aun economía no hay. ¿No fuera mejor echar
toda esta tierra en aquellos grandes hoyos de los pobres, con que se
emparejara el suelo y quedara todo muy igual?

Así había de ser, para bien ir, dijo Quirón. Pero ¿qué cosa va bien en
el mundo? Aquí veréis practicado aquel célebre imposible, tan disputado
de los filósofos, conviniendo todos en que no se puede dar vacío en la
naturaleza. He aquí, que en la humana esta gran monstruosidad cada día
sucede. No se da en el mundo á quien no tiene; sino á quien más tiene.
Á muchos se les quita la hacienda porque son pobres y se les adjudica
á otros porque la tienen. Pues las dádivas, no van sino adonde hay ni
se hacen los presentes á los ausentes. El oro dora la plata, ésta acude
al reclamo de otra: los ricos son los que heredan; que los pobres no
tienen parientes. El hambriento no halla un pedazo de pan y el ahito
está cada día convidado. El que una vez es pobre, siempre es pobre y de
esta suerte todo el mundo le hallaréis desigual.

¿Pues por dónde iremos?, preguntó Andrenio.

Echemos por el medio y pasaremos con menos embarazo y más seguridad.

Paréceme, dijo Critilo, que veo ya algunos hombres, por lo menos que
ellos lo piensan ser.

Ésos lo serán menos, dijo Quirón: verlo has presto.

[Marginal: _Necios ensalzados._]

Asomaban ya por un cabo de la plaza ciertos personajes, que caminaban
tan graves con las cabezas hacia abajo por el suelo, poniéndose
del lodo y los pies para arriba, muy empinados, echando piernas al
aire, sin acertar á dar un paso, antes á cada uno caían. Y aunque se
maltrataron harto, porfiaban en querer ir de aquel modo, tan ridículo
como peligroso. Comenzó Andrenio á admirar y Critilo á reir.

[Marginal: _Sabios abatidos._]

Haced cuenta, dijo Quirón, que soñáis despiertos. ¡Oh, qué bien pintaba
el Bosco! Ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid
que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, ésos andan
por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que
habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias,
gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, ésos mandan. Y así va el
mundo cual digan dueñas; ¡mejor fuera dueños! No hallaréis cosa con
cosa. Y á un mundo, que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el
de descabezado.

No bien pasaron éstos, que todos pasan, cuando venían otros y eran los
más y que se preciaban de muy personas. Caminaban hacia atrás y á este
modo todas sus acciones las hacían al revés.

¡Qué otro disparate!, dijo Andrenio. Si tales caprichos hay en el
mundo, llámese casa de orates hermanados.

¿No nos puso, ponderó Critilo, la próvida naturaleza los ojos y los
pies hacia adelante para ver por dónde andamos y andar por donde vemos
con seguridad y firmeza? ¿Pues cómo éstos van por donde no ven y no
miran por dónde van?

Advertid, dijo Quirón, que los más de los mortales, en vez de ir
adelante en la virtud, en la honra, en el saber, en la prudencia y
en todo, vuelven atrás: y así muy pocos son los que llegan á ser
personas. [Marginal: _Conde de Peñaranda._] Cual y cual, como un conde
de Peñaranda. ¿No veis aquella mujer lo que forceja, cejando en la
vida? No querría pasar de los veinte ni aquella otra de los treinta y,
en llegando á un cero, se hunden allí, como en trampa de los años, sin
querer pasar adelante. ¡Aun mujeres no quieren ser! ¡Siempre niñas!
¡Mas cómo estira de ellas aquel vejezuelo cojo! ¡Y la fuerza que tiene!
¿No veis cómo las arrastra llevándolas por los cabellos? Con todos los
de aquella otra se ha quedado en las manos: todos se los ha arrancado.
¡Qué puñada le ha pegado á la otra! ¡No le ha dejado diente! ¡Hasta las
cejas las harta de años! ¡Oh, qué mala cara le hacen todas!

[Marginal: _Mujeres._]

Aguardad, mujeres, dijo Andrenio. ¿Dónde están? ¿Cuáles son? Que yo no
las distingo de los hombres.

¿Tú no me dijiste, oh Critilo, que los hombres eran los fuertes y
las mujeres las flacas, ellos hablaban recio y ellas delicado, ellos
vestían calzón y capa y ellas basquiñas? Yo hallo que todo es al
contrario, porque ó todos son ya mujeres ó los hombres son los flacos y
afeminados. Ellas, las poderosas; ellos tragan saliva, sin osar hablar.
Y ellas hablan tan alto, que aun los sordos las oyen. Ellas mandan el
mundo y todos se les sujetan. ¡Tú me has engañado!

Tienes razón, aquí suspirando Critilo: que ya los hombres son menos
que mujeres. Más puede una lagrimilla mujeril, que toda la sangre,
que derramó el valor. Más alcanza un favor de una mujer, que todos
los méritos del saber. No hay vivir con ellas ni sin ellas. Nunca más
estimadas que hoy. Todo lo pueden y todo lo pierden. Ni vale haberlas
privado la atenta naturaleza del decoro de la barba, ya para nota, ya
por dar lugar á la vergüenza y todo no basta.

Según eso, dijo Andrenio, ¡el hombre no es el rey del mundo; sino el
esclavo de la mujer!

Mirad, respondió el Quirón; él es el rey natural; sino que ha hecho
á la mujer su valido, [Marginal: _Princesa de Rosano. Doña Elvira
Ponce._] que es lo mismo que decir que ella lo puede todo. Con todo
eso, para que las conozcáis, aquellas son. Que, cuando más han menester
el juicio y el valor, entonces les falta más. Pero sean excepción de
mujeres las que son más que hombres: la gran princesa de Rosano y la
excelentísima señora marquesa de Valdueña.

Más admiración les causó uno, que yendo á caballo en una vulpeja
caminaba hacia atrás, nunca seguido, sino torciendo y revolviendo á
todas partes. Y todos los del séquito, que no eran pocos, procedían del
mismo modo. Hasta un perro viejo, que de ordinario le acompañaba.

¿Veis á éste?, advirtió Quirón. Pues yo os aseguro que no se mueve de
necio.

Yo lo creo, dijo Critilo: que todos me parece van por extremos en el
mundo. ¿Quién es éste, dínos, que pica más en falso?

[Marginal: _Caco político._]

¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco? Pues éste lo es de la
política: digo, un caos de la razón de estado. De este modo corren hoy
los estadistas, al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para
desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían
que por las huellas les rastreasen. Sus fines señalan á una parte y dan
en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no dicen sí. Siempre
al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento.
Para éstos es menester un otro Hércules, que con la maña y la fuerza
averigüe sus pisadas y castigue sus enredos.

Observó de buena nota Andrenio que los más hablaban á la boca y no al
oído y que los que escuchaban, no sólo no se ofendían de semejante
grosería, sino que antes bien gustaban tanto de ello, que abrían las
bocas de par en par, haciendo de los mismos labios orejas, hasta
destilárseles el gusto.

¡Ay tal abuso!, dijo él mismo. Las palabras se oyen, que no se comen ni
se beben y éstos todo se tragan. Verdad es, que nacen en los labios;
pero mueren en el oído y se sepultan en el pecho: éstos parece que las
mascan y que se relamen con ellas.

Gran señal, dijo Critilo, de poca verdad, pues no les amargan.

[Marginal: _Lisonja valida._]

¡Oh!, dijo Quirón, ¿no veis que ya se usa hablarle á cada uno al
sabor de su paladar? ¿No adviertes, oh Andrenio, aquel señor, cómo
se está saboreando con las lisonjas de azúcar? ¡Qué hartazgos se da
de adulación! Créeme que no oye, aunque lo parece, porque todo se lo
lleva el viento. Repara en aquel otro príncipe, ¡qué hace de engullir
mentiras! Todo se lo persuade. Mas hay una cosa: que en toda su vida
dejó de creer mentira alguna, con que escuchó tantas, ni creyó verdad,
aunque oyó tan pocas. Pues aquel otro necio desvanecido ¿de qué piensas
tú que está tan hinchado? ¡Eh!, que no es de sustancia; no es sino aire
y vanidad.

Ésta debe de ser la causa, ponderó Critilo, que oyen tan pocas verdades
los que más deberían. Ellas amargan y, como ellos las escuchan con el
paladar, ó no se las dicen ó no tragan alguna y la que acierta á pasar
les hace tan mal estómago, que no la pueden digerir.

Lo que les ofendió mucho fué el ver unos vilísimos esclavos de sí
mismos, arrastrando eslabonados hierros; las manos no con cuerdas
ni aun con esposas, atadas para toda acción buena y más para las
liberales; el cuello con la argolla de un continuo, aunque voluntario
ahogo; los pies con grillos, que no les dejaban dar un paso por el
camino de la fama, tan cargados de hierros, cuan desnudos de aceros.
Y con una nota tan descarada, estaban muy entronizados, cortejados y
aplaudidos, mandando á hombres muy hombres, ingenuos y principales,
gente toda de noble condición. Éstos servían á aquéllos, obedeciéndolos
en todo y aun los llevaban en peso, poniendo el hombro á tan vil carga.
Aquí ya dió voces Andrenio, sin poderlo tolerar:

¡Oh! ¡Quién pudiera llegar, decía, y barajar aquellas suertes! ¡Oh,
cómo derribara yo á puntillazos aquellas malempleadas sillas y las
trocara en lo que habían de ser y ellos también merecen!

No grites, dijo Quirón, que nos perdemos.

¿Qué importa, si todo va perdido?

¿No ves tú que son éstos los poderosos, los que...?

¿Éstos?

[Marginal: _Esclavos mandan._]

Sí, éstos, esclavos de sus apetitos, siervos de sus deleites, los
Tiberios, los Nerones, los Calígulas, Eliogábalos y Sardanápalos. Éstos
son los adorados. Y al contrario, los que son los verdaderos señores
de sí mismos, libres de toda maldad, éstos son los humillados. En
consecuencia de esto, mira aquellos muy sanos de corazón, tendidos en
el suelo y aquellos otros, tan malos, muy en pie. Los de buen color
en todas sus cosas, andan descaecidos; y aquellos, á quienes su mala
conciencia les ha robado el color, por lo que robaron, están empinados.
Los de buenas entrañas no se pueden tener ni conservar; y los que
las tienen dañadas, corren. Los que les huele mal el aliento, están
alentados; los cojos tienen pies y manos. Todos los ciegos tienen
palo. De suerte, que todos los buenos van por tierra y los malos andan
ensalzados.

¡Oh, qué bueno va el mundo!, dijo Andrenio.

Pero lo que les causó gran novedad y aun risa fué ver un ciego, que no
veía gota, aunque sí bebía muchas, con unos ojos más oscuros que la
misma vileza, con más nubes que un Mayo. Con toda esta ceguera, venía
hecho guía de muchos, que tenían la vista clara: él los guiaba ciego y
ellos le seguían mudos, pues en nada le repugnaban.

¡Ésta sí, exclamó Andrenio, que es brava ceguera!

[Marginal: _Ciegos guían._]

Y aun torpe también, dijo Critilo. Que un ciego guíe á otro gran
necedad es; pero ya vista y caer ambos en una profundidad de males.
Pero que un ciego de todas maneras quiera guiar á los que ven, ése es
disparate nunca oído.

Yo, dijo Critilo, no me espanto que el ciego pretenda guiar á los
otros: que, como él no ve, piensa que todos los demás son ciegos y
que proceden del mismo modo á tientas y á tontas; mas ellos, que ven
y advierten el peligro común, que con todo eso le quieran seguir,
tropezando á cada punto y dando de ojos á cada paso, hasta despeñarse
en un abismo de infidelidades, ésa es una increíble necedad y una
monstruosa locura.

Pues advertid, dijo Quirón, que éste es un error muy común, una
desesperación transcendental, necedad de cada día y mucho más de
nuestros tiempos. Los que menos saben tratan de enseñar á los otros.
Unos hombres embriagados intentan leer cátedra de verdades. De suerte
que habemos visto que un ciego de la torpe afición de una mujer tan
fea, cuan infame, llevó infinitas gentes tras sí, despeñándose todos
en un profundo de eterna calamidad. Y ésta no es la octava maravilla;
el octavo monstruo sí. Que el primer paso de la ignorancia es presumir
saber y muchos sabrían, si no pensasen que saben.

Oyeron en esto un gran ruido, como de pendencia, en un rincón de la
plaza, entre diluvios del populacho. Era una mujer, origen siempre del
ruido. Muy fea; pero muy aliñada. ¡Mejor fuera prendida! Servíala de
adorno todo un mundo, cuando ella le descompone todo.

Metía á voces su mal pleito y á gritos se formaba, cuando más se
deshacía. Habíalas contra una mujer, muy otra en todo y aun por eso su
contraria. Era ésta tan linda, cuan desaliñada; mas no descompuesta.

Iba casi desnuda. Unos decían que por pobre, otros que por hermosa. No
respondía palabra: que ni osaba ni la oían. Todo el mundo la iba en
contra, no sólo el vulgo, sino los más principales y aun...; pero más
vale enmudecer con ella.

Todos se conjuraron en perseguirla, pasando de las burlas á las veras,
de las voces á las manos. Comenzaron á maltratarla y cargó tanta gente,
que casi la ahogaban, sin haber persona, que osase ni quisiese volver
por ella.

Aquí, naturalmente compasivo Andrenio, fué á ponérsele al lado; mas
detúvole el Quirón, diciendo:

¿Qué haces? ¿Sabes con quién te tomas y por quién vuelves? ¿No
adviertes que te declaras contra la plausible Mentira, que es decir
contra todo el mundo y que te han de tener por loco? [Marginal:
_Mentira plausible._] Quisiéronla vengar los niños, con sólo decirla;
mas, como flacos y contra tantos y tan poderosos, no fué posible
prevalecer, con lo cual quedó de todo punto desamparada la hermosísima
Verdad y poco á poco á empellones la fueron todos echando tan lejos,
que aun hoy no parece ni se sabe dónde haya parado.

Basta. ¿Qué? ¿No hay justicia en esta tierra?, decía Andrenio.

¿Cómo no?, le replicó el Quirón; pues de verdad que hay hartos
ministros suyos. Justicia hay y no puede estar muy lejos, estando tan
cerca la Mentira.

Asomó en esto un hombre de afecto agrio, rodeado de gente de juicio
y, así como le vió, se fué para él la Mentira á informarle con muchas
razones de la poca que tenía.

Respondióla que luego firmara la sentencia en su favor á tener plumas.

Al mismo instante, ella le puso en las manos muchos alados pies, con
que volando, firmó el destierro de la Verdad, su enemiga, de todo el
mundo.

[Marginal: _Malos jueces._]

¿Quién es aquel, preguntó Andrenio, que para andar derecho, lleva por
apoyo el tormento, en aquella flexible vara?

Éste, respondió Quirón, es juez.

Ya el nombre se equivoca con el vendedor del justo. ¡Notable cosa que
toca primero para oir después! ¿Qué significa espada desnuda, que lleva
delante, y para qué la lleva?

Ésa, dijo Quirón, es la insignia de la dignidad y juntamente
instrumento del castigo: con ella corta la mala yerba del vicio.

Más valiera arrancarla de cuajo, replicó Critilo. Peor es á veces segar
las maldades, porque luego vuelven á brotar con más pujanza y nunca
mueren del todo.

Así había de ser, respondió Quirón; pero ya los mismos que habían de
acabar los males son los que los conservan, porque viven de ellos.

Mandó luego ahorcar, sin más apelación, un mosquito y que lo hiciesen
cuartos, porque había caído el desdichado en la red de la ley; pero
á un elefante, que las había atropellado todas, sin perdonar humanas
ni divinas, le hizo una gran bonetada al pasar cargado de armas
prohibidas, bocas de fuego, buenas lanzas, ganzúas, chuzones y aun le
dijo que, aunque estaba de ronda, si era servido, le irían acompañando
todos sus ministros, hasta dejarle en su cueva.

¡Qué paso éste para Andrenio! Y no paró aquí, sino que á otro
desventurado, que encogiéndose de hombros no osaba hablar alto, lo
mandó pasear.

Y preguntando unos por qué le azotaban, respondían otros:

Porque no tiene espaldas; que á tenerlas, él hombreara, como aquellos
que van allí cargados de ellas, con más cargas á más cargos.

[Marginal: _D. Pablo de Parada._]

Desapareció el juez, cuando comenzó á llevarse los ojos y los aplausos
un valiente hombre, que pudiera competir con el mismo Pablo de Parada.
Venía armado de un temido peto, conjugado por todos tiempos, números
y personas. Traía dos pistolas; pero muy dormidas en sus fundas, á lo
descansado, caballo desorejado y no por culpas suyas, dorado espadín en
sólo el nombre, hembra en los hechos, nunca desnuda por lo recatada.
Coronábase de plumas, avechucho de la bizarría, que no del valor.

¿Éste, preguntó Andrenio, es hombre ó es monstruo?

Bien dudas, acudió Quirón, que algunas naciones la primera vez que
le vieron le imaginaron toda una cosa caballo y hombre. [Marginal:
_Soldados al uso._] Éste es soldado. Así lo estuviera en las
costumbres, no anduviera tan rota la conciencia.

¿De qué sirven éstos en el mundo?

¿De qué? Hacen guerra á los enemigos.

¡No la hagan mayor á los amigos!

Éstos nos defienden.

¡Dios nos defienda de ellos!

Éstos pelean, destrozan, matan y aniquilan nuestros contrarios.

¿Cómo puede ser eso, si dicen que ellos mismos los conservan?

Aguarda, yo digo lo que deberían hacer por oficio; pero está ya el
mundo tan depravado, que los mismos remediadores de los males los
causan en todo género de daños. Éstos, que habían de acabar las
guerras, las alargan. Su empleo es pelear: que no tienen otros juros
ni otra renta. Y, como acabada la guerra, quedarían sin oficio ni
beneficio, ellos popan al enemigo, porque papan de él. ¿Para qué han de
matar las centinelas al marqués de Pescara, si viven de él? ¡Que hasta
el atambor sabe estos primores! Y así veréis que la guerra, [Marginal:
_Marqués de Mortara._] que á lo más tirar estas nuestras barras pudiera
durar un año, dura doce y fuera eterna, si la felicidad y el valor no
se hubieran juntado hoy en un marqués de Mortara.

Lo mismo sienten todos de aquel otro, que también viene á caballo,
para acabarlo todo. Éste tiene por asunto y aun obligación hacer de
los malos buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace
malos y de los malos peores. Éste trae guerra declarada contra la vida
y la muerte: enemigo de entrambas, porque querría á los hombres ni mal
muertos ni bien vivos; sino malos, que es un malísimo medio. Para poder
él comer, hace de modo, que los otros no coman. Él engorda, cuando
ellos enflaquecen. Mientras están entre sus manos, no pueden comer, y,
si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer.
[Marginal: _Médicos._] De suerte que éstos viven en gloria, cuando
los demás en pena y así peores son que los verdugos. Porque aquéllos
ponen toda su industria en no hacer penar y con lindo aire hacen que
le falte al que pernea; pero éstos todo su estudio ponen en que pene y
viva muriendo el enfermo. Y así aciertan los que les dan los males á
destajo. Y es de advertir que donde hay más doctores hay más dolores.
Esto dice de ellos la ojeriza común; pero engáñase en la venganza
vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir
ni bien ni mal: no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene
experiencia; no después, porque no tiene ya vida. Pero advertid que no
hablo del médico material, sino de los morales, de los de la república
y costumbres, que, en vez de remediar los achaques é indisposiciones
por obligación, ellos mismos los conservan y aumentan, haciendo
dependencia de lo que había de ser remedio.

¿Qué será, dijo Andrenio, que no vemos pasar ningún hombre de bien?

[Marginal: _Cardenal Sandoval. Conde de Lemos. Señor archiduque
Leopoldo. Señor D. Luis de Haro._]

Ésos, acudió Quirón, no pasan, porque eternamente duran: permanece
inmortal su fama. Hállanse pocos y éstos están muy retirados. Oímoslos
nombrar como al unicornio en la Arabia y al fénix en su Oriente. Con
todo, si queréis ver alguno, buscad un cardenal Sandoval en Toledo, un
conde de Lemos gobernando Aragón, un archiduque Leopoldo en Flandes. Y
si queréis ver la integridad, la rectitud, la verdad y todo lo bueno,
en uno, buscad un don Luis de Haro en el centro que merece.

Estaban en la mayor fuga del ver y extrañar monstruosidades, cuando
Andrenio al hacer un grande extremo alzó los ojos y el grito al cielo,
como si le hicieran ver las estrellas.

¿Qué es esto?, dijo. ¡Yo he perdido el tino de todo punto! ¡Qué cosa
es andar entre desatinados! Achaque de contagio: hasta el cielo me
parece que está trabucado y que el tiempo anda al revés. Pregunto,
señores, ¿es día ó es noche? Mas no lo metamos en pareceres, que será
confundirlo más.

Espera, dijo el Quirón; que no está el mal en el cielo, sino en el
suelo. Que no sólo anda el mundo al revés, en orden al lugar; sino al
tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche y de la noche
día. Ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar. Ahora sale de
casa la otra con la estrella de Venus y volverá, cuando se ría de ella
la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven [Marginal: _El
día noche._] dicen ser la gente más ilustre y la más lucida; mas no
falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día
como brutos.

Esto ha sido, dijo Critilo, quedarnos á buenas noches y no me pesa,
porque no hay cosa de ver.

¡Que á éste llamen mundo, ponderaba Andrenio! Hasta el nombre miente.

Calzósele al revés. Llámese inmundo y de todas maneras disparatado.

Algún día, replicó Quirón, bien le convenía su nombre. En verdad que
era definición, cuando Dios quería y lo dejó tan concertado.

¿Pues de dónde le viene tal desorden?, preguntó Andrenio. ¿Quién le
trastornó de alto abajo, como hoy lo vemos?

En eso hay mucho que decir, respondió Quirón. Harto lo censuran los
sabios y lo lloran los filósofos. Aseguran unos que la Fortuna, como
está ciega y aun loca, lo resuelve todo cada día, no dejando cosa
en su lugar ni tiempo. Otros dicen que, cuando cayó el lucero de la
mañana, aquel aciago día, dió tal golpe en el mundo, que le sacó de sus
quicios, trastornándole de alto abajo. Ni falta quien eche la culpa
á la mujer, llamándola el duende universal, que todo lo revuelve.
[Marginal: _Mundo trabucado._] Mas yo digo que donde hay hombres no hay
que buscar otro achaque: uno solo basta á desconcertar mil mundos y el
no poderlo era lo que lloraba el otro grande inquietador.

Más digo: que, si no previniera la divina Sabiduría que no pudieran
llegar los hombres al primer móvil, ya estuviera todo barajado y
anduviera el mismo cielo al revés: un día saliera el sol por el
poniente y caminara al oriente y entonces fuera España cabeza del
mundo, sin contradicción alguna, que no hubiera quien viviera con ella.

Y es cosa de notar que, siendo el hombre persona de razón, lo primero
que ejecuta es hacerla á ella esclava del apetito bestial. De este
principio se originan todas las demás monstruosidades. Todo va al
revés, en consecuencia de aquel desorden capital. La virtud es
perseguida, el vicio aplaudido, la verdad muda, la mentira trilingüe,
los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los
libros están sin doctor y el doctor sin libros. La discreción del pobre
es necedad y la necedad del poderoso es celebrada. Los que habían de
dar vida matan. Los mozos se marchitan y los viejos reverdecen. El
derecho es tuerto y ha llegado el hombre á tal punto de desatino, que
no sabe cuál es su mano derecha, pues pone el bien á la izquierda. Lo
que más le importa echa á las espaldas, lleva la virtud en tres pies y,
en lugar de ir adelante, vuelve atrás.

Pues si esto es así, como lo vemos, dijo Andrenio, ¿para qué me has
traído al mundo, oh Critilo? ¿No me estaba yo bien á mis solas? Yo
resuelvo volverme á la cueva de mi nada. ¡Alto!, huyamos de tan
insufrible confusión, sentina, que no mundo.

Esto es lo que ya no se puede, respondió Critilo. ¡Oh cuántos volvieran
atrás, si pudieran! No quedaran personas en el mundo. Advierte que
vamos subiendo por la escalera de la vida y las gradas de los días, que
dejamos atrás, al mismo punto, que movemos el pie, desaparecen. No hay
por donde volver á bajar ni otro remedio, que pasar adelante.

¿Pues cómo hemos de poder vivir en un mundo como éste, porfiaba,
afligiéndose Andrenio, y más para mi condición, si no me mudo? Que no
puedo sufrir cosas malhechas. Yo habré de reventar sin duda.

¡Eh!, que te harás á ello en cuatro días, dijo Quirón, y serás tal como
los otros.

¡Eso no! ¿Yo loco? ¿Yo necio? ¿Yo vulgar?

Ven acá, dijo Critilo. ¿No podrás tú pasar por donde tantos sabios
pasaron, aunque sea tragando saliva?

Debía estar de otra data el mundo.

[Marginal: _Conde de Castrillo. Marqués de Grana._]

El mismo fué siempre que es. Así le hallaron todos y así le dejaron.
Vive un entendedor conde de Castrillo y no revienta un entendido
marqués Carreto y pasa.

¿Pues cómo hacen para poder vivir, siendo tan cuerdos?

¿Cómo? Ver, oir y callar.

Yo no diría de esa suerte; sino ver, oir y reventar.

No dijera más Heráclito.

Ahora díme, ¿nunca se ha tratado de adobar el mundo?

Sí. Cada día lo tratan los necios.

¿Por qué necios?

Porque es tan imposible como concertar á Castilla y descomponer á
Aragón. ¿Quién podrá recabar que unos no tengan nepotes y otros
privados? Que los franceses no sean tiranos, los ingleses tan feos en
el alma, cuan hermosos en el cuerpo, los españoles soberbios y los
genoveses...

No hay que tratar. Yo me vuelvo á mi cueva y á mis fieras, pues no hay
otro remedio.

Yo te le he de dar, dijo el Quirón, tan feliz como verdadero, si me
escuchas en la Crisi siguiente.



CRISI VII

_La fuente de los engaños._


Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más
de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que
llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos
pensaron, ni de los pabellones militares como otros creyeron; sino de
casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas.

Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia,
no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer.
Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza á
triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose
de la más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla
muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todos los males. La Soberbia
blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo y ser el vicio
más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba
fuertemente. De esta suerte peleaban entre sí y todo paraba en
confusión.

Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga.
Encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos y, tocando
el punto de la dificultad, les dijo:

Esta bizarría del embestir, sabida cosa es que toca á mi hija
primogénita la Mentira. ¿Quién dudó jamás de eso? Ella es la autora de
toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo
lo inficiona, Fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo
de muchas formas, Centimano que á todas manos pelea, Caco que á todos
desmiente, progenitora al fin del engaño, aquel poderoso rey, que
abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia
y otros de malicia.

La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del
hombre, cuando mozo y cuando niño, valiéndose de sus invenciones,
ardides, estratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes,
enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes,
falacias y todo género de italiano proceder: que de este modo, entrando
los demás vicios por su orden, sin duda que tarde ó temprano, á la
mocedad ó la vejez, se conseguirá la deseada victoria.

Cuánta verdad sea ésta confírmelo lo que les sucedió á Critilo y
Andrenio, á poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón. El
cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el
mundo, é introducídolos en el camino más derecho, volvióse á encaminar
otros y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.

Iba muy consolado Andrenio con el único remedio que le dió para poder
vivir y fué que mirase siempre al mundo, no como ni por donde le suelen
mirar todos; [Marginal: _Conde de Oñate._] sino por donde el buen
entendedor conde de Oñate, esto es al contrario de los demás, por la
otra parte de lo que parece. Y con eso, como él anda al revés, el que
le mira por aquí, le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al
contrario de lo que muestran.

Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico
por pobre de los verdaderos bienes. El que á todos manda es esclavo
común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca
sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira
lindamente es ciego ó cegará. El que huele mucho huele mal á todos. El
hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El
que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que
dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al
que nada le falta él se falta á sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo
que tiene, como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos.
El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El
que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra;
el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario
en los buenos pareceres. [Marginal: _Saber discurrir._] El muy derecho
es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no
perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El
que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere
parecer, éso es menos.

De esta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro
monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino
una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien
rara en camino tan dificultoso, aunque tan derecho; pero ella era tan
artificiosa y de tan enteras vueltas, que atropellaba toda dificultad.
Las pías, que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes
y el cochero una vulpeja.

Preguntó Critilo si era carroza de Venecia; pero disimuló el cochero,
haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo, digo, muchos en
uno, porque ya era blanco, ya negro, ya mozo, ya viejo, ya pequeño,
ya grande, ya hombre, ya mujer, ya persona, ya fiera, tanto, que dijo
Critilo si sería éste el celebrado Proteo.

Luego que llegó á ellos, se apeó con más cortesías que un francés
novicio, primera especie de engaño. Y con más cumplimientos que una
despedida aragonesa, les dió la bienvenida, ofreciéndoles, de parte de
su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de
tan enfadoso camino.

Agradecidos ambos á tan anticipado favor, le preguntaron ¿quién era el
tal señor, que sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba?

Es, dijo, un gran príncipe, que, si bien su señorío se extiende por
toda la redondez de la tierra, aquí al principio del mundo, en esta
primera entrada de la vida tiene su metrópoli. Es un gran rey y con
toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes, que son bien pocos
los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, á más de
que se premian las armas y se estiman las letras, [Marginal: _Hacer
parecer._] quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el
artificio, curse esta corte: aquí le enseñarán el atajo para medrar y
valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos y sobre
todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.

Picado el gusto, picábanle los pies á Andrenio por ir allá. No veía la
hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo,
estaba ya dentro de la carroza, dando la mano á Critilo y estirándole á
que entrase. Mas éste, como iba con pies de oro, volvió á informarse
cómo se nombraba aquel príncipe. Que siendo tan grande, como decía, no
podía dejar de tener gran nombre.

Muchos tiene, respondió el ministro, mudando á cada palabra su
semblante. Nombres y renombres tiene y, aunque en cada provincia el
suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le
saben, porque muy pocos llegan á verle y menos á conocerle. Es príncipe
de mucha autoridad; que no es de éstos de á docena en provincia. Guarda
gran recato; no se permite así vulgarmente. Que consiste su mayor
estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años
llegan algunos á verle y eso por gran ventura; que otros ni en toda su
vida.

Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy
intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó á malearse;
pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, asegurándoles la guía
que aquél era el atajo de medrar, que le siguiesen, que él les ofrecía
sacarlos á lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros
echaban por allí.

No es eso lo mejor, dijo Critilo; antes lo trivial le hace sospechoso,
y previno á Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.

Llegaron ya á la gran fuente de la gran sed, tan nombrada, como deseada
de todos los fatigados viandantes. Famosa por su artificio, injuria
de Juanelo y célebre por la perennidad de sus líquidos cristales.
Estaba en medio de un gran campo y aun no bastante para la mucha
gente que concurría, solicitando alivio á tanta sed y fatiga. Veíase
en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros, que parecía
haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban.
Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia; aunque no eran
de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo. Y más
cuando vió que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes.
No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota,
donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos, cuantos la gustaban,
era la más dulce que en su vida habían bebido. Y con este cebillo,
sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de dulzura.
Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices
de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada
cortesía les ministraba y las más veces bailándoles el agua delante.

Aquí Andrenio, tan apretado de la sed, cuan obligado del agasajo, sin
más reparo, se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:

¡Aguarda, espera! Mira primero si es agua.

¿Pues qué ha de ser?, replicó él.

Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.

Agua veo yo que es y muy clara y bien risueña.

Esto, replicó Critilo, es lo peor: aun del agua clara ya no hay
que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas,
representándolas mayores de lo que son y á veces más altas y otras
las esconde en el profundo: ya ríe, ya murmura, que no hiciera más un
áulico.

Déjame siquiera enjuagar, replicó Andrenio: que estoy que perezco.

No hagas tal, que el enjuagar siempre fué reclamo de beber.

¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me
ciega y del sudor que me ensucia?

Ni aun eso. Créeme y remítete siempre á la experiencia, con enseñanza
tuya y riesgo ajeno. Nota el efecto que hará en éstos, que ahora
llegan. Míralos bien primero, antes que beban, y vuelve á reconocerlos
después de haber bebido.

Llegaba en esto una gran tropa de pasajeros que, más sedientos que
atentos, se lanzaron al agua. Comenzaron á bañarse lo primero y
restregarse los ojos blandamente; pero ¡cosa rara é increíble! al mismo
punto que les tocó el agua en ellos, se les trocaron, de modo que,
siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de
todos colores.

[Marginal: _Satisfecho._]

Á uno tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo, que estaba
en gloria: éste era un gran necio, que vivía muy satisfecho de sus
cosas. Á otro se le volvieron cándidos, como la misma leche: todo
cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia. De nadie
sospechaba mal y así todos le engañaban, todo lo abonaba y más si eran
cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco.

[Marginal: _Malicioso._]

Al contrario, á otro se le pusieron más amarillos que una hiel: ojos
de suegra y cuñada. En todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba á la
peor parte y, cuantos veía, juzgaba que eran malos y enfermos. Éste era
uno más malicioso que juicioso.

Á otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban
conseguir: ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y
de ajenas legañas. Á muchos se les paraban sangrientos que parecían
calabreses.

¡Cosa rara! que, aunque á algunos daba buena vista, veían bien y
miraban mal: debían ser envidiosos. No sólo se les alteraban los ojos
en orden á la calidad; sino á la cantidad y figura de los objetos y
de suerte que á unos todas las cosas les parecían grandes y más las
propias, á lo castellano; á otros todo les parecía poco, gente de
malcontentar.

Había uno, que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien
leguas, y más los peligros, la misma muerte. Éste era un incauto. Al
contrario, á otro le parecía, que todo lo tenía muy cerca y los mismos
imposibles muy á mano. Todo lo facilitaba: pretendiente había de ser.

[Marginal: _Confiado._]

Notable vista era la que les comunicaba á muchos, que todo les parecía
reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajos: condición de
niños. Estaba uno muy contento, porque en todo hallaba hermosura,
pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era ó portugués ó nieto
de Macías.

Hombre había, que en todo se veía á sí mismo: necio Antiferonte. Á
otro se le equivocó la vista de modo, que veía lo que no miraba:
bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos
de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le
parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos
españoles, verdinegros, y azules los franceses.

Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que
se lavaron con él; que en otros, que llegaron á tomarle en la boca y
enjuagarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas, que
antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien
extraordinarias materias. [Marginal: _Lengua de seda._] Unas de fuego,
que abrasaban el mundo y otras de aguachirle, muy á la clara. Muchas
de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de
soplos y de lisonjas. Algunas, que habían sido de seda, las volvía
de bayeta y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas
de burlas, nada sustanciales y las más de borra, que se embarazaban
mucho en decir lo que convenía. Á muchas mujeres las quitó del todo
las lenguas; pero no el habla, que antes hablaban más, cuanto más
deslenguadas.

[Marginal: _Modos de hablar._]

Comenzó uno á hablar muy alto.

Éste, dijo Andrenio, español es.

No es sino un presuntuoso, dijo Critilo: que los que habían de hablar
más quedo, hablan de ordinario más alto.

Así es, dijo uno, con una voz afeminada, que parecía francés y no era;
sino un melindroso.

Salióle al encuentro otro, que parecía hablar entre boca de noche y
todos creyeron era tudesco; mas él mismo dijo:

No soy sino uno de éstos que, por hablar culto, hablo á oscuras.

Ceceaba uno tanto, que hacía rechinar los dientes y todos convinieron
en que era andaluz ó gitano. Otros se escuchaban y eran los que peor
decían. Muy alborotado comenzó uno á inquietarlo todo y á revolver
el mundo, sin saber él mismo por qué; sólo dijo que era su natural.
Creyeron todos que era mallorquín; mas no era, sino un bárbaro furioso.

Hablaba uno y nadie le entendía: pasó plaza de vizcaíno; mas no lo era,
sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando
darse á entender por señas y todos se reían de él.

Éste, sin duda, dijo Critilo, quiere decir la verdad y no acierta ó no
se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

Éstos, dijo, habían de ser del parlamento; pero no son sino del consejo
de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso; si bien no faltaba quien les entendía la
ganga, tartamudeando los que negaban, los que ni bien decían de sí,
ni bien de no. Muchos no hablaban seguido y muy pocos se mordían la
lengua. Pronunciaban algunos como botijas á lo enfadado y más á lo
enfadoso. Éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando
querían engañar.

Fué de modo, que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera.
No había hombre, que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin
artificio; todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban,
chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían.

Desde aquí aseguran que á los franceses, que bebieron más que todos y
les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni
el obrar lo que dicen: de modo, que es menester atenderles mucho á lo
que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fué en aquellos que
bebieron dél. Porque al mismo punto que le tragaron, ¡cosa lastimosa,
pero cierta! todo el interior se les revolvió y mudó de suerte, que
no les quedó aquella sustancia verdadera, que antes tenían; sino que
quedaron llenos de aire, rebutidos de borra. Hombres de burla, todo
mentira y embeleco.

[Marginal: _Hombres de ahora._]

Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni
valor de personas; las entrañas se les endurecieron más que de
pedernales; los sesos, de algodón, sin fondo de juicio; la sangre,
agua, sin color ni calor; el pecho, de cera, no ya de acero; los
nervios, de estopa, sin bríos; los pies, de plomo para lo bueno y
de pluma para lo malo; las manos, de pez, que todo se les pega; las
lenguas, de borra; los ojos, de papel. Y todos ellos engaño de engaños
y todo vanidad.

Al desdichado Andrenio una sola gota, que tragó, que las demás se las
hizo verter Critilo, le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre
en la virtud.

¿Qué te parece, le dijo Critilo? ¿Qué perennidad ésta de engaños? ¿Qué
manantial de mentiras en el mundo? Mira que bueno hubieras quedado,
si hubieras bebido á hartar, como hacen los más. [Marginal: _Duque
de Osuna. Príncipe de Condé._] ¿Piensas tú que valen poco unos ojos
claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna,
una persona que lo sea, un príncipe de Condé? Créeme y estima el serlo,
que es un prodigio de fénix.

¡Ay tal suceso!, decía Andrenio. ¿Quién tal creyera de una agua tan
mansa?

Ésta es la peor.

¿Cómo se llama esta fuente? preguntó á unos y á otros. Y ninguno supo
responderle.

No tiene nombre, dijo el Proteo: que en no ser conocida consiste su
eficacia.

Pues llámese, dijo Critilo, la fuente de los engaños, donde el que una
vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca.

Quisiera volver atrás Critilo; mas no pudo ni vino en ello Andrenio.
[Marginal: _Necio con todos._] Ya maleado, instando en pasar adelante
el Proteo y diciendo: ¡Ea!, que más vale ser necio con todos, que
cuerdo á solas.

Fuélos desviando, que no guiando, por unos prados amenos, donde se
estaba dando verdes la juventud. Caminaban á la fresca de árboles
frondosos, todos ellos descorazonados: gran señal de infructíferos.
Divisábase ya la gran ciudad, por los humos: vulgar señal de
habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia
y mejor cuanto más de lejos era. Era increíble el concurso, que de
todas las provincias y á todos tiempos acudían á aquel paradero de
todos, levantando espesas nubes de polvo, que quitaban la vista.

Cuando llegaron á ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera,
era confusa por dentro. Ninguna calle había derecha ni despejada:
modelo de laberintos y centro de minotauros. Fué á meter el pie el
arrojado Andrenio y dióle un grito Critilo:

Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde
entras, mira.

Bajóse á tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos, de
mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos. De suerte que
todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera á cada paso que dieres
dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi
lado, si no quieres perderte. [Marginal: _Regla de vivir._] Nada creas
de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas
de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle,
que es la del callar y ver para vivir.

Eran todas las casas de oficiales; no se veía un labrador: gente que
no sabe sentir. Vieron cruzar de una parte á otra muchos cuervos
domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio y aun lo
tuvo por mal agüero; mas díjole el Proteo:

No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad
Pitágoras, prosiguiendo aquél su opinado disparate, de que Dios
castigaba los malos en muerte, trasladando sus almas á los cuerpos
de aquellos brutos, á quienes habían simbolizado en vida. Las de los
crueles metía á tigres, las de los soberbios á leones, las de los
deshonestos á jabalíes y así de todos. [Marginal: _Oficiales._] Dijo,
pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos
dejan en cueros, cuando nos visten, las daba á cuervos. Y, como
siempre habían mentido, diciendo ¡mañana, señor, estará acabado, para
mañana sin falta! ahora, prosiguiendo su misma canción, van repitiendo
por castigo y por costumbre aquel su _¡cras, cras!_, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad vieron muchos y grandes palacios,
muy ostentosos y magníficos.

Aquel primero, les dijeron antes de preguntarlo, es de Salomón. Allí
está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre
el cielo y el infierno.

En aquella, que parece fortaleza y no es sino una casa bien flaca, mora
Hércules, hilando con Onfale la camisa ó mortaja de su fama.

Acullá Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza.
Más hacia acá Marco Antonio, el desdichado, por más que le diga la
buenaventura una gitana.

En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba, el godo Rodrigo,
desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella
otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es
la casa áurea de Nerón, el extremado, comenzando por una prodigiosa
clemencia y acabando en una portentosa crueldad. Acullá hace ruido el
más cruel de los Pedros, que no sólo los dientes, pero todos los huesos
está crujiendo de rabia.

Aquellos otros palacios se están fabricando ahora á toda priesa. No se
sabe aún para quién son; aunque muchos se lo sospechan. Lo cierto es
que se edifican para quien no edifica y estas obras son para los que no
las hacen.

Este lado del mundo embarazan los engañados, les dijo uno vestido de
verde; aquel otro lo ocupan los engañadores. Aquéllos se ríen de éstos
y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

[Marginal: _Engañados engañadores._]

Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo,
no estando siempre entre los engañados; pero no topaban otro, que
tiendas de mercaderes y muy á oscuras. Unas vendían borra y más borra,
para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas.
Otras, cartones para hacer figuras.

Había una llena de pieles de raposa y aseguraban eran más estimadas,
que las martas cebellinas. Creyéronlo, cuando vieron entrar y salir en
ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse
muchos de ellas, á falta de pieles de león, que no se hallaban; pero
los sagaces servíanse de ellas por aforro de los mismos armiños.

Vieron en una tienda gran cantidad de anteojos para no ver ó para
que no viesen. Compraban muchos los señores, para los que los llevan
acuestas, con que los tienen quietos y enfrenados. Las casadas los
compraban, para que no se viesen sus antojos y hacer creer á los
maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para
multiplicar, de modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de
mujeres y éstos eran los más caros.

Toparon una tienda llena de corchos, para hacer personas y realmente,
aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero
todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho á Andrenio fué una
guantería:

¡Qué gran invención, dijo, ésta de los guantes! Para todo tiempo,
contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire; aunque
no sea sino para dar qué hacer á algunos, que en todo el día no hacen
otro, que calzárselos y descalzárselos.

[Marginal: _Cazar con guantes._]

Sobre todo, dijo Critilo, para que á poca costa echen buen olor las
personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

¡Qué bien lo entendéis!, replicó el guantero. Si dijerais que sirven ya
para envainar las uñas, que no les puedan mirar á las manos, eso sí. Ni
falta quien se los calza para cazar.

¿Cómo puede ser eso, dijo Critilo, si el mismo refrán lo contradice?

No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten ó
los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da
para guantes, que en otro tiempo para un vestido.

Dadme acá uno solo, dijo Critilo, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación
y Artificio, llegaron ya á la plaza Mayor, que era la de palacio,
porque estuviesen en su centro.

Era espacioso y nada proporcionado ni estaba á escuadra; todo ángulos y
traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y
ninguna patente. Muchas torres, más que en Babilonia y muy airosas. Las
ventanas verdes, color alegre, por lo que promete, y el que más engaña.

Aquí vivía ó aquí yacía aquel tan grande como escondido monarca, que
muy entretenido asistía estos días á unas fiestas, dedicadas á engañar
el pueblo, no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores.

Estaba el príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable y más
este día, que hubo unos juegos de mano, obra de gran sutileza, muy de
su gusto y genio: toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en
el zumbido y en sentarse en la basura de las costumbres, engordando con
lo podrido y hediondo de las morales llagas.

Á tan mecánico aplauso, subió en puesto superior, más descarado que
autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas,
un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga,
comenzó á hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo
toda aquella innumerable vulgaridad embobada.

Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y
aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas. Y ellos
se lo tragaban. Pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas,
inmundicias horribles, con gran desaire de ellos y risa de todos los
circunstantes. El mismo charlatán daba á entender que comía algodón muy
blanco y fino; mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso
humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel y
luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo
era embeleco, como se usa.

Gustó mucho á Andrenio y comenzó á solemnizarlo.

Basta, dijo Critilo; que tú también te pagas de las burlas, no
distinguiendo lo falso de lo verdadero.

¿Quién piensas tú que es este valiente embustero?

Éste es un falso político, llamado el Maquiavelo, que quiere
dar á beber sus falsos aforismos á los ignorantes. [Marginal:
_Maquiavelistas._] ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles
muy plausibles y verdaderos? Y bien examinados, no son otro que una
confitada inmundicia de vicios y de pecados. Razones, no de estado,
sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su
lengua y arroja fuego infernal, que abrasa las costumbres y quema las
repúblicas. Aquéllas, que parecen cintas de seda, son las políticas
leyes, con que ata las manos á la virtud y las suelta al vicio. Éste
es el papel del libro que publica y el que masca: todo falsedad y
apariencia, con que tiene embelesados á tantos y tontos. Créeme que
aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto de él.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron
de mucho deporte.

No bien amaneció, que allí aun el día nunca es claro, cuando se vió
ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó
quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con
muchas tramoyas y apariencias: célebre espectáculo en medio de aquel
gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio de los primeros para
su gusto ni Critilo para su provecho. En vez de la música, ensaladilla
del gusto, se oyeron pucheros y, en lugar de los acordes instrumentos
y voces regaladas, se oyeron lloros y, al cabo de ellos, si se acaban,
salió un hombrecillo, digo que comenzaba á ser hombre. Conocióse luego
ser extranjero en lo desarrapado.

Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó á recibirle un grande
cortesano, haciéndose muy amigo, dándole la bienvenida. Ofrecióle
largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena y él no
cumplir en la propia, con tal sobra de palabras, que el extranjero se
prometió las obras. Convidóle lo primero á su casa, que se veía allí
á un lado, tan llena de tramoyas, cuan vacía de realidades. Comenzó á
franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba,
por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le
daba, con la otra se lo quitaba, con increíble presteza. Calábase un
sombrero, coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo,
sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía. Lo
mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante
una riquísima joya; mas luego con gran destreza se la barajaba,
suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala
muy costosa y, en un cerrar y abrir de ojos, se convertía en una triste
mortaja, dejándole en blanco.

Y todo esto con grande risa y entretenimiento de los presentes: que
todos gustan de ver el ajeno engaño, faltándoles el conocimiento para
el propio. Ni advertían que, mientras estaban embelesados, mirando lo
que al otro le pasaba, les saqueaban á ellos las faltriqueras y tal vez
las mismas capas. De suerte que al cabo, el mirado y los que miraban,
todos quedaban iguales, pues quedaban todos desnudos en la calle y aun
en la misma tierra.

Salió en esto otro agasajador y, aunque más humano, hechura del
primero. Parecía del buen gusto y así le dijo tratase de emplearlo.
Mandó parar la mesa á quien nunca para. Sacaron muchos platos; aunque
los más comen sin plato. Arrastraron sillas y al punto que el convidado
fué á sentarse en una, que no debiera tomarlo tan de asiento, falseóle
á lo mejor y, al caer él, se levantó la risa en todo el teatro.
Acudió compasiva una mujer y por lo joven muy robusta y, ayudándole
á levantar, le dijo se afirmase en su rollizo brazo. Con esto pudo
proseguir, si no hallara falsificada la vianda.

Porque al descoronar la empanada, hallaba sólo el eco y del pernil el
_nihil_. Las aves sólo tenían el nombre de perdigones, todo crudo y
sin sustancia. Al caer se quebró el salero, con que faltó la sazón y
el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aún no
tenía salvados. [Marginal: _Vida tragedia._] Las frutas de Sodoma, sin
fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más
fué papar viento que beber vino, que fué. En vez de música, era la vaya
que le daban.

Á lo mejor del banquete, cansóse ó quiso cansarse el falso arrimo;
al fin, por lo femenil, flaco y falso. Dejóle caer y contó al revés
todas las gradas, hasta llegar á tierra y llenarse de lodo. Ninguno de
cuantos asistían se comidió á ayudarle. Miró él á todas partes, por si
alguno se compadecía y vió cerca un viejo cano. Rogóle que, pues no era
hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano.
Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros. Ejecutólo oficioso;
mas él se hacía cojo, cuando no volaba, y no menos falso que los demás.

Á pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una
encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta. Aquí
lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa, que le había quedado; allí
se hundió, donde nunca más fué visto ni oído, pereciendo su memoria con
sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta
Andrenio dando palmadas solemnizaba la burla de los unos y la necedad
del otro.

Volvióse hacia Critilo y hallóle, que no sólo no reía, como los demás;
pero estaba sollozando.

¿Qué tienes?, le dijo Andrenio. ¿Es posible que siempre has de ir al
revés de los demás? ¿Cuando los otros ríen, tú lloras y cuando todos se
huelgan, tú suspiras?

Así es, dijo él. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento,
que no deporte. Y si tú llegases á entender lo que es esto, yo aseguro
me acompañarías en el llanto.

¿Pues qué es esto, replicó Andrenio, sino un necio, que siendo
extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que
merece su indiscreta facilidad?

De eso, yo más quiero reir con Demócrito, que llorar con Heráclito.

Y díme, le replicó Critilo, ¿y si fueses tú ese de quien te ríes? ¿Qué
dirías?

¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano y no
tan necio?

Ése es el mayor engaño, ponderó Critilo. Sabe, pues, que aquel
desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él. Entra en
este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle á cantar y encantar con
falsedades. Desnudo llega y desnudo sale, que nada saca, después de
haber servido á tan ruines amos.

Recíbele aquel primer embustero, que es el mundo. Ofrécele mucho y
nada cumple. Dale lo que á otros quita, para volvérselo á tomar, con
tal presteza, que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo
ausenta y todo para en nada. Aquel otro, que le convida á holgarse,
es el gusto, tan falso en sus deleites, cuan cierto en sus pesares.
Su comida es sin sustancia y su bebida venenos. Á lo mejor falta el
fundamento de la verdad y da con todo en tierra. Llega la salud, que,
cuando más se asegura, más le miente. Aquéllos, que le dan priesa, son
los males. Las penas le dan vaya y gritan los dolores: vil canalla toda
de la fortuna.

Finalmente, aquel viejo, peor que todos, de malicia envejecida, es el
tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja
muerto, solo, desnudo y olvidado.

De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay, se burla del miserable
hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla,
la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le
ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la
vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le
cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila y el que ayer fué
hombre hoy es polvo y mañana nada.

Pero ¿hasta cuándo, perdidos, habemos de estar perdiendo el precioso
tiempo? Volvamos ya á nuestro camino derecho; que aquí, según veo, no
hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en
palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza
de un rey, sin nada de realidad. Estaba más embelesado, cuando más
embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó á
prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas instancias por verle
y besarle los pies, que aun no tenía. Ofreciéronle que sí una tarde,
que sin llegar siempre lo fué.

Volvió Critilo á proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo
y ya rogando. Túvole finalmente, si no convencido, enfadado, de tanto
_¡sin falta!_ con tantos. Llegaron ya á la puerta de la ciudad,
con resolución de dejarla; ¡mas oh desdicha continuada! hallaron
guardas en ella, que á nadie dejaban salir y á todos entrar. Con
esto hubieron de volver atrás, Critilo apesarado de su poca suerte y
Andrenio arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo á su necedad en
pretensiones. Iba y venía á palacio. Y aunque para cada día había su
excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de
pensar en su remedio; pero el extraordinario modo como lo consiguió,
diremos adelante, entretanto se da noticia de las maravillas de la
celebrada Artemia.



CRISI VIII

_Las maravillas de Artemia._


Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra
la rigurosa ley, buen arte contra la imperfecta naturaleza y buen
entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un
otro segundo ser, que por extremo la hermosea y aun pretende excederla
en sus obras. Préciase de haber añadido un otro mundo artificial
al primero. Suple de ordinario los descuidos de la naturaleza,
perfeccionándola en todo; que sin este socorro del artificio, quedara
inculta y grosera.

Éste fué sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le
revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en
aquél, para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y
puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de
su llaneza. Obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un
paraíso ¿qué no obrará en el ánimo, cuando las buenas artes emprenden
su cultura? Pruébelo la romana juventud y más de cerca nuestro
Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones
cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que
veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos,
confinante con este primer rey y por el consiguiente tan contraria
suya, que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta.
Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y
discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos, por sus muchas y raras
maravillas. Si bien se hablaba de ella con gran variedad. [Marginal:
_Duque del Infantado._] Porque, aunque los entendidos sentían y entre
ellos el primero el tan valeroso, como discreto duque del Infantado,
de sus acciones, como quien ellos son y ella merece; pero lo común
era decir ser una valiente maga, una grande hechicera; aunque más
admirable que espantosa.

Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en
bestias; sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba las
personas; antes las desencantaba: de los brutos hacía hombres de razón.

Y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido
jumento y, dentro de cuatro días, salir hecho persona. De un topo
hacer un lince era fácil para ella. Convertía los cuervos en cándidas
palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las
mismas liebres y águilas los tagarotes. De un buho hacía un jilguero.
Entregábanle un caballo y, cuando salía de sus manos, no le faltaba
sino hablar. Y aun dicen que realmente enseñaba á hablar á las bestias;
pero mucho mejor á callar, que no era poco recabarlo dellas.

Daba vida á las estatuas y alma á las pinturas. Hacía de todo género
de figuras y figurillas, personas de sustancia. [Marginal: _Hombres
muy hombres._] Y lo que más admiraba: de los titibilicios, cascabeles
y esquiroles hacía hombres de asiento y muy de propósito y á los
chisgarabises infundía gravedad. De una personilla hacía un gigante y
convertía las monterías en madureces. De un hombre de burlas formaba un
Catón severo. Hacía medrar un enano en pocos días, que llegaba á ser un
Tifeo.

Los mismos títeres convertía en hombres sustanciales y de fondo, que
no hiciera más la misma prudencia. Los ciegos del todo transformaba en
Argos y hacía que los interesados no fuesen los postreros en saber las
cosas. Los dominguillos de borra, los hombrecillos de paja convertía en
hombres de veras. Á las víboras ponzoñosas, no sólo las quitaba todo el
veneno; pero hacía triaca muy saludable dellas.

En las personas ejercitaba su saber y su poder con más admiración,
cuanto era mayor la dificultad. Porque á los más incapaces infundía
saber, que casi no ha dejado bobos en el mundo y, sí algunos
maliciosos. Daba no sólo memoria á los entronizados; pero entendimiento
á los infelices. [Marginal: _Duque de Alburquerque._] De un loco
declarado hacía un Séneca y de un hijo de vecino, un gran ministro;
de un alfeñique, un capitán general, tan valiente como un duque de
Alburquerque; y de un osado mozo, un virrey excelentísimo del mismo
Nápoles; de un pigmeo un gigantón de las Indias. De unos horribles
monstruos hacía ángeles, cosa que estimaban mucho las mujeres.

Viéronla á veces de repente hacer de un páramo un pensil y que prendían
los árboles, donde no prendieran las varas mismas. Dondequiera que
ponía el pie formaba luego una corte y una ciudad tan culta, como
la misma Florencia. Ni le era imposible erigir una triunfante Roma.
Desta suerte y á esta traza contaban della, que no acababan, cosas tan
maravillosas como plausibles.

Llegó esta noticia al no sordo Critilo, cuando más desahuciado estaba.
Informóse muy por menudo de quién era Artemia, dónde y cómo reinaba y
concibió al punto que en hablarla consistía su remedio. No pudo recabar
de Andrenio, ni con ruegos ni razones, que le siguiese. Y así él,
después de haber velado sobre el caso, trazó huirse y no tuvo tanta
dificultad, como imaginaba. Que en este orden de cosas el que quiere,
puede. Rompió con todo, que es el único medio y saltó por el portillo
de dar en la cuenta: aquél que todos cuantos abren los ojos le
hallan.

Salió al fin tan dichoso, como contento. Y ya libre, metióse en camino
para la corte de la deseada Artemia, á consultarla el rescate de su
amigo, que llevaba más atravesado en su corazón, cuanto más dél se
apartaba. Encontró por el camino muchos, que también iban allá: unos
por curiosidad y otros por su provecho, que eran más cuerdos.

Contaban todos cosas y casos portentosos. Que amansaba los leones y que
con dos palabras, que les decía, los tornaba humanos y sufridos. Que
desencantaba las serpientes y las hacía andar derechas. Tomaba de ojo
á los basiliscos, quitándoles las niñas porque no matasen, ni miradas
ni mirando: que todas eran cosas bien útiles y raras.

[Marginal: _Matronas castas._]

Todo eso es nada, dijo uno, con el prevalecer contra las mismas sirenas
y transformarlas en matronas. Aquel convertir en tórtolas las lobas. Y
lo más que se puede imaginar, que de una Venus bestial hizo una virgen
vestal.

Eso es gran cosa, dijeron todos.

Campeaba ya su artificioso palacio, muy superior á todo. Y con estar
en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos á dar la
obediencia á su poderosa maña, con un raro artificio, ejemplar de aquel
otro del famoso artífice, que al mismo Tajo dió un corte de aguas
cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios
también fragantes, porque las espinas eran rosas y las maravillas de
todo el año. Hasta los olmos daban peras y uvas los espinos; de los
más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan
indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar
los cisnes en todo tiempo. Hízosele muy de nuevo á Critilo, porque en
otras partes de tal suerte enmudecen, que aun en la hora de la muerte,
aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya
oído.

[Marginal: _Desengañados._]

Es, le dijeron, que, como son tan cándidos, si cantan, ha de ser
la verdad y, como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de
enmudecer. Sólo en aquel trance, apretados de la conciencia ó porque
ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo
que tal predicador ó tal ministro hablaron claro: el secretario Fulano
desembuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho,
estando todos para morir.

Á la puerta estaba un león, que se había convertido en una mansísima
oveja y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras,
digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos;
aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos
de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos; sino que,
reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas.
Estábanlos aguardando á la puerta muchas y bienaliñadas doncellas;
aunque mecánicas y de escalera abajo. Otras más nobles y liberales le
subieron arriba y le ensalzaron á la oficina, en que la discretísima
Artemia, asistida de los varones eminentes, [Marginal: _Don Vicencio de
Lastanosa._] señalándole á cada uno su puesto el grande apreciador de
las eminencias, don Vicencio de Lastanosa, estaba actualmente ocupada
en hacer personas de unos leños.

Tenía un rostro muy compuesto, ojos penetrantes. Su hablar, aunque muy
medido, muy gustoso. Sobre todo tenía extremadas manos, que daban vida
á todo aquello en que las ponía. Todas sus facciones muy delicadas, su
talle muy airoso y bienproporcionado y, en una palabra, toda ella de
muy buen arte.

Recibió con agradable bizarría á Critilo, celebrándole por muy de su
genio, sacándolo por la pinta. Y añadió que con razón se llamó el
rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que hace y _facies_ en
latín, lo que _facies_. Llegó Critilo á saludarla, logrando favores tan
agradables. Extrañó ella que un varón discreto viniese, no ya solo, mas
sí tanto.

Que la conversación, decía, es de entendidos y ha de tener mucho de
gracia y de las gracias, ni más ni menos de tres.

Aquí destilando el corazón en lágrimas Critilo: Otros tantos,
respondió, solemos ser un otro camarada, que dejo por dejado, y siempre
se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez
nos guía y tal nos pierde, como ahora, que por eso vengo á ti, ¡oh
gran remediadora de desdichas!, solicitando tu favor y tu poder, para
rescatar este otro yo, que queda malcautivo, sin saber de quién ni cómo.

Pues, si no sabes dónde le dejas ¿cómo le hemos de hallar?

Aquí entran tus prodigios, replicó él. Mas de que ahí queda en la corte
juráralo yo, que ahí había de ser su perdición, de un rey famoso sin
ser nombrado, poderoso por lo universal y singular por lo desconocido.

Tate, dijo ella. Ya estás entendido, que fué favor sustancial. Él queda
sin duda en la Babilonia, que no corte, de mi grande enemigo Falimundo,
porque ahí perece el mundo entero y todos acaban, porque no acaban.
Pero mejor ánimo en la peor fortuna: que no nos ha de faltar ardid
contra el engaño.

Mandó llamar uno de sus mayores ministros, gran confidente suyo, que
acudió tan pronto, como voluntario. Parecía hombre de propósito y
aun ilustre por lo claro y verdadero. Á éste le confió la empresa,
informándole muy bien Critilo de lo pasado y Artemia de lo hacedero.
Entrególe juntamente un espejo de purísimo cristal, obra grande de uno
de los siete griegos, explicándole su manejo y eficacia.

Y él empeñó su industria.

Vistióse al uso de aquel país, con la misma librea, que los criados de
Falimundo, que era de muchos dobleces, pliegues, forros y contraforros,
senos, bolsillos, sobrepuestos, alforzas y capa para todas las cosas.
Desta suerte se partió pronto á cumplir el preciso mandato.

Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia,
muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores
prodigios. Porque la vió convertir un villano zafio en un cortesano
galante, cosa que parecía imposible. [Marginal: _Cortesanos._] De un
montañés hizo un gentilhombre, que fué también gran primor del arte.
Y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario. Convertía
las capas de bayeta raídas en terciopelos y aun en felpas, un manteo
deslucido de un pobre estudiante en una púrpura eminente y una gorra en
una mitra. Los que servían en una parte hacía mandasen en otra y tal
vez el mundo todo. Pues de un zagal, que guardaba una piara, hizo un
pastor universal, obrando con más poder á mayor distancia. Porque se le
vió levantar un mozo de espuelas á Betlengabor y de un lacayo un señor
de la Tenza.

Y de tiempos pasados contaban mayores cosas, pues la vieron transformar
las aguijadas en cetros y hacer un César de un escribano. Mejoraba los
rostros mismos, de modo que de la noche á la mañana se desconocían,
mudando los pareceres de malos en buenos y éstos en mejores. De hombres
muy livianos hacía hombres graves y de otros muy flacos, hombres de
mucha sustancia. Y era de modo que todos los defectos del cuerpo
suplía: hacía espaldas, era pies y manos para unos y daba ojos á otros,
dientes y cabellos. Y lo que es más, remendaba corazones, haciéndolos
de las mismas tripas, que todos eran milagros de su artificio.

Pero lo que más admiró á Critilo fué verla coger entre las manos un
palo, un tronco é irle desbastando, hasta hacer dél un hombre que
hablaba, de modo, que se le podía escuchar. Discurría y valía al fin lo
que bastaba para ser persona.

Pero dejémosle tan bienentretenido y sigamos un rato al prudente
anciano, que camina en busca de Andrenio á la corte del famoso rey
Falimundo.

Duraban aún los juegos bacanales. Andaban las máscaras más validas, que
en la misma Barcelona. No hubo hombre ni mujer, que no saliese con la
suya y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura,
pero de santidad y de virtud, con que engañaban á muchos simples, que
los sabios claramente les decían se las quitasen.

Y es cosa notable, que todos tomaban las ajenas y aun contrarias.
[Marginal: _Hombres fingidos._] Porque la vulpeja salía con máscara de
cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera
de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido,
la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero,
el gato con barba á lo romano, con hechos de tal. El asno de león,
mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de
burla y engaño.

Comenzó el viejo á buscar á Andrenio por aquellas encrucijadas, que no
calles. Y, aunque llevaba las señas tan individuales, él estaba ya tan
trocado, que no le conociera el mismo Critilo, porque ya los ojos no
los tenía ni claros ni abiertos, como antes; sino muy oscuros y casi
ciegos. Que los ministros de Falimundo ponen toda su mira en quitarla.
Ya no hablaba con su voz, sino con la ajena; no oía bien y todo iba
á malandar. Que, si los hombres son otros de la noche á la mañana
¿qué sería en aquel centro de la mentira? Con todo, valiéndose de su
industria y por otras señales más seguras de la ocasión y del tiempo,
vino á tener lengua dél.

Hallóle un día, perdiendo muchos en mirar cómo otros perdían sus
haciendas y aun las conciencias. Había un gran partido de pelota,
propio entretenimiento del mundo, y así se jugaba en su gran calle á
dos bandas muy contrarias. Porque los jugadores unos eran blancos y
otros negros, unos altos y otros bajos, éstos pobres, aquéllos ricos
y todos diestros, como quien no hace otro eternamente. Las pelotas
eran de viento, tan grandes como cabezas de hombres, que un pelotero
llenaba de viento, por ojos y por oídos, dejándolas tan huecas, como
hinchadas. Cogíalas el que las sacaba á la plaza y, diciendo que jugaba
con toda verdad, pues todo es burla y todo es juego, daba con la pelota
por aquellos aires, con más presteza, cuanto más impulso. Rebatíala
el otro, sin dejarla reposar un instante. Todos la sacudían de sí con
notable destreza, que en eso consistía su ganancia. Ya estaba tan alta,
que se perdía de vista; ya tan baja, que iba rodando por aquellos
suelos entre el lodo y la basura. Uno le daba por el pie y otro de
la mano; pero los más con unas que parecían lenguas y eran palas. Ya
andaba entre los de arriba, ya entre los de abajo, pareciendo grandes
altibajos.

Gritaba uno que ganaba quince y era así, que á los quince años suele
ser la ganancia del vicio y la pérdida de la virtud. Otro decía treinta
y tenía por ganado el juego, cuando á tanta edad no se sabe. De este
modo la fueron peloteando, hasta que cayó en tierra reventada, donde la
pisaron, que en esto había de parar: y tan á su costa ganaron unos y se
entretenían todos.

Éstas, dijo Andrenio, volviéndose hacia quien le buscaba, parecen
cabezas de hombres.

Y lo son, respondió el viejo, y una de ellas es la tuya. De hombres
digo descabezados, más llenas de viento, que de entendimiento, y otras
de borra, de enredos y mentiras. Rebútelas el mundo de su vanidad,
cógenlas aquellos de arriba, que son los contentos y felicidades
y arrójanla á los de abajo, que son sus contrarios los pesares y
calamidades, con todo género de mal. Ya está el hombre miserable entre
unos, ya entre otros, ya abatido, ya ensalzado. [Marginal: _La vida,
juego._] Todos le sacuden y le arrojan, hasta que, reventado, viene
á parar entre la azada y la pala, en el lodo y la hediondez de un
sepulcro.

¿Quién eres tú, que tanto ves? ¿Quién eres tú, que estás tan ciego?

Fuésele poco á poco introduciendo, ganóle la voluntad para ganarle el
entendimiento. Fuéle descubriendo Andrenio sus esperanzas y las grandes
promesas de valer. Vista la sazón, díjole el viejo:

Ten por cierto que por este camino jamás llegarás á ver este rey,
cuanto menos hablarle. Dependes de su querer y él nunca querrá, que le
va el ser en no ser conocido. El medio, que sus ministros toman para
que no le veas, es cegarte: mira tú cuán poco miras. Hagamos una cosa.
¿Qué me darás y yo te lo mostraré esta misma tarde?

¿Burlas de mí?, le dijo Andrenio.

No, porque siempre estoy de veras. No quiero otra cosa de ti, sino que
le mires bien, cuando te lo mostrare.

Eso es pedirme lo que deseo.

Señalaron hora y acudieron puntuales, el uno como deseoso y el otro
verdadero. Y, cuando Andrenio creyó le llevaría á palacio y le
introduciría por el favor ó por el secreto, vió que le sacaba fuera,
apartándole más. Quiso volverse, pareciéndole mayor embuste éste que
todos los pasados. Detúvole el prudente, diciendo:

Advierte que lo que no se puede ver cara á cara, se procura por
indirecta. Subamos á aquella eminencia, que levantados de tierra, yo sé
que descubriremos mucho.

Subieron á lo alto, que caía enfrente de las mismas ventanas de
Falimundo.

Estando aquí, dijo Andrenio, paréceme que veo mucho más que antes.

De que se holgó harto el compañero, porque en el ver y conocer
consistía su total remedio. Hacíase ojos Andrenio, mirando hacia
palacio, por ver si podía brujulear alguna realidad; mas en vano,
que estaban las ventanas unas con celosías muy espesas y otras con
vidrieras.

No ha de ser dese modo, dijo el viejo; sino al contrario, volviendo las
espaldas, que las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para
verlas al derecho.

Sacó en esto el espejo del seno y, desenvolviéndole de un cendal,
púsole delante, encarándole muy bien á las ventanas contrarias de
palacio:

Mira ahora, le dijo. Contempla bien y procura satisfacer tu deseo.

¡Cosa rara é inaudita! Comenzó á espantarse y á temer tanto Andrenio,
que casi desmayaba.

¿Qué tienes? ¿Qué ves?, le preguntó el anciano.

¿Qué he de ver? Lo que no quisiera ni creyera. Veo un monstruo, el más
horrible que vi en mi vida, porque no tiene pies ni cabeza. ¡Qué cosa
tan desproporcionada! No corresponde parte á parte ni dice uno con otro
en todo él. ¡Qué fieras manos tiene! Y cada una de su fiera, ni bien
carne ni pescado y todo lo parece. ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás
se vió verdad! Es niñería la quimera en su cotejo. ¡Qué agregado de
monstruosidades! ¡Quita, quítamele de delante, que moriré de espanto!

Pero el prudente compañero le decía:

Cúmpleme la palabra. Nota aquel rostro, que á la primera vista parece
verdadero y no es de hombre, sino de vulpeja. De medio arriba es
serpiente. Tan torcido tiene el cuerpo y sus entrañas tan revueltas,
que basta á revolverlas. El espinazo tiene de camello y hasta en la
nariz tiene corcova. El remate es de sirena y aun peor: tales son
sus dejos. No puede ir derecho. ¿No ves cómo tuerce el cuello? Anda
acorvado y no de bieninclinado. Las manos tiene gafas, los pies
tuertos, la vista atravesada. Y á todo esto habla en falsete, para no
hablar ni proceder bien en cosa alguna.

¡Basta!, dijo Andrenio, que reviento.

Y basta que á ti te sucede lo que á todos los otros, dijo el viejo, que
en viéndole una vez, tienen harto; nunca más le pueden ver. Eso es lo
que yo deseaba.

[Marginal: _Engaño._]

¿Quién es este monstruo coronado?, preguntó Andrenio. ¿Quién este
espantoso rey?

Éste es, dijo el anciano, aquel tan nombrado y tan desconocido de
todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta.
Éste es aquel que todos platican y le tratan y ninguno le querría en
su casa, sino en la ajena. Éste es aquel gran cazador, con una red tan
universal, que enreda todo el mundo. Éste es el señor de la mitad del
año primero y de la otra mitad después. Éste el poderoso entre los
necios, juez á quien tantos apelan, condenándose. Éste aquel príncipe
universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces
y de las fieras. Éste es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el
tan común Engaño.

No hay más que aguardar, dijo Andrenio. Vámonos de aquí, que ya estoy
más lejos dél, cuanto más cerca.

Aguarda, dijo el viejo, que quiero que conozcas toda su parentela.

Ladeó un poco el espejo y apareció una urca, más furiosa que la de
Orlando, una vieja más embelecadora que la de Sempronio.

¿Quién es esta meguera?, preguntó Andrenio.

[Marginal: _Mentira._]

Ésta es su madre, la que lo manda y gobierna: ésta es la Mentira.

¡Qué cosa tan vieja!

Ha muchos años que nació.

¡Qué cosa tan fea! Cuando se descubre, parece que cojea.

Por eso la alcanzan luego.

¡Qué de gente la acompaña!

Todo el mundo.

Y de buen porte.

Ésos son los más llegados.

¿Y aquellos dos enanos?

El Sí y el No, que son sus meninos.

¡Qué de promesas, qué de ofrecimientos, excusas, cumplimientos,
favores! Hasta las alabanzas le acompañan.

Torció el espejo á un lado y á otro y, descubriendo mucha gente
honrada, aunque no de bien:

Aquélla es la Ignorancia su abuela, la otra su esposa la Malicia,
la Necedad su hermana. Aquellos otros sus hijos y sus hijas, los
Males, las Desdichas, el Pesar, la Vergüenza, el Arrepentimiento, la
Perdición, la Confusión y el Desprecio. Todos aquellos, que le están al
lado, son sus hermanos y primos, el Embuste, el Embeleco y el Enredo,
grandes hijos deste siglo y desta era.

¿Estás contento, Andrenio?, le preguntó el viejo.

Contento no; pero desengañado sí. Vamos, que los instantes se me hacen
siglos. Una misma cosa me es dos veces tormento, primero deseada y
después aborrecida.

Salieron ya por la puerta de la luz de aquel Babel del Engaño. Iba
Andrenio á medio gusto, que nunca llega á ser entero. Examinóle el
viejo de su nueva pena y respondióle:

¿Qué quieres?

Que aún no me he hallado todo.

¿Qué te falta?

La mitad.

[Marginal: _Amigos._]

¿Qué? ¿Algún camarada?

Más.

¿Algún hermano?

Aun es poco.

¿Tu padre?

Por ahí, por ahí: un otro yo, que lo es un amigo verdadero.

Tienes razón. Mucho has perdido, si un amigo perdiste: será bien
dificultoso hallar otro. Pero díme, ¿era discreto?

Sí y mucho.

Pues no se habrá perdido para sí. ¿No supiste qué se hizo?

Díjome iba á la corte de una reina tan sabia, como grande, llamada
Artemia.

Si era entendido, como dices, yo lo creo, allá habrá aportado.
Consuélate, que allá vamos también, que quien te sacó del Engaño,
¿dónde te ha de llevar, sino al Saber? Digo á la corte de tan discreta
reina.

¿Quién es esta gran mujer y tan señora, nombrada en todas partes?,
preguntó Andrenio.

Y el anciano: Con razón la llamas señora, que no hay señorío sin saber.
Comenzando por su nobilísima prosapia, dícense della cosas grandes.
Aseguran unos que desciende del mismo cielo y que salió del cerebro
Soberano. Otros dicen ser hija del Tiempo y de la Observación, hermana
de la Experiencia. Ni falta quien por otro extremo porfía que es hija
de la Necesidad, nieta del Vientre. Pero yo sé bien que es parto del
Entendimiento.

Vivió antiguamente, que no es niña, sino muy grande en todo, como tan
favorecida de las monarquías, en sus mayores cortes. Comenzó en los
asirios, pasó á los egipcios y caldeos, fué muy estimada en Atenas,
gran teatro de la Grecia, en Corinto y en Lacedemonia. Pasó después
á Roma con el imperio, donde en competencia del valor, la laurearon,
cediendo los arneses á las togas. Los godos, gente inculta, la
comenzaron á despreciar, desterrándola de todo su distrito. Apuróla y
aun pretendió acabar con ella la bárbara morisma y húbose de acoger
á la famosa tetrarquía de Carlo Magno, donde estuvo muy acreditada.
Mas hoy, á la fama de la mayor, la más dilatada y poderosa monarquía
española, que ocupa entrambos mundos, se ha mudado á este augusto
centro de su estimación.

¿Cómo no habita en su famosa corte, aplaudida de todas las naciones
de tan universal imperio, venerada de sus cultos cortesanos; y no
aquí en medio de la intolerable villanía?, replicó Andrenio. Que si
son dichosos los que habitan las ciudades, más lo serán ellos, cuanto
mayores ellas.

Porque quiere probarlo todo, respondió el anciano. Íbale muy mal en
las cortes, donde tiene más enemigos, cuanto mayores vicios. Vivió ya
entre los cortesanos, donde experimentó tan á su costa [Marginal: _Vida
de corte._] las persecuciones de la infelicidad y de la malicia, la
falta de verdad, la sobra de embeleco y aun averiguó que había allá más
necedad, cuanto más presumida. Muchas veces la he oído decir que, si
allí hay más cultura, aquí más bondad; si allí más puestos, aquí más
lugar; allí empleos, aquí tiempo; allí se pasa, aquí se logra; y que
esto es vivir y aquello acabar.

Con todo eso, replicó Andrenio, yo más quisiera haberlas con bellacos,
que con tontos. Malo es todo; pero de verdad que la necedad es
intolerable y más para entendidos. Perdóneme la sabia Artemia.

Relumbraba ya su alcázar, cielo equivocado, bordado todo de
inscripciones y coronado de vítores. Fueron bien recibidos, con
agradecimiento el viejo y Andrenio con abrazos, asegurándole certezas,
quien no le regateaba permisiones.

Aquí, en honra de sus dos huéspedes, obró Artemia sus más célebres
prodigios y, no sólo en los otros, sino en ellos mismos y más en
Andrenio, que necesitaba de sus realces. Vióse muy persona en poco
tiempo y muy instruído para adelante. Que, si un buen consejo es
bastante para hacer dichosa toda la vida, ¿qué obrarían en él tantos
y tan importantes? Comunicáronla su vida y su fortuna, noticia de
superior gusto para ella, por lo raro. Alternó curiosa muchas preguntas
á Andrenio, haciéndole repetir una y muchas veces aquella su primera
admiración, cuando salió á ver el mundo, la novedad que le causó este
gran teatro del universo.

Una cosa deseo mucho oirte, le dijo á Andrenio, y es entre tantas
maravillas criadas, como viste, entre tantos prodigios como admiraste,
¿cuál fué el que más te satisfizo?

Lo que respondió Andrenio nos lo dirá la otra Crisi.



CRISI IX

_Moral anatomía del hombre._


Eternizaron con letras de oro los antiguos en las paredes de Delfos
y mucho más con caracteres de estimación en los ánimos de los sabios
aquel célebre sentimiento de Biante: _Conócete á ti mismo_. Ninguna de
todas las cosas criadas yerra su fin, sino el hombre.

Él solo desatina, ocasionándole este achaque la misma nobleza de
su albedrío. Y quien comienza ignorándose mal podrá conocer las
demás cosas. ¿Pero de qué sirve conocerlo todo, si á sí mismo no se
conoce? Tantas veces degenera en esclavo de sus esclavos, cuantas
se rinde á los vicios. No hay salteadora esfinge, que así oprima la
viandante, digo viviente, como la ignorancia de sí, que en muchos se
condena estupidez, pues ni aun saben que no saben ni advierten que no
advierten. Desta común necedad padeció excepción Andrenio, cuando así
respondió á la curiosa Artemia:

Entre tanta maravilla como vi, entre tanto empleo como aquel día logré,
el que más me satisfizo, dígolo con recelo, pero con verdad, fuí yo
mismo, que cuanto más me reconocía, más me admiraba.

[Marginal: _El mayor prodigio._]

Eso era lo que yo deseaba oirte, aplaudió Artemia, y así lo ponderó el
augustísimo de los ingenios, cuando dijo que entre todas las maravillas
criadas para el hombre el mismo hombre fué la mayor de todas. Así
también lo generaliza el príncipe de los filósofos en su tan asentada
máxima, que siempre es más aquello, por quien otro es tal. De modo
que, si para el hombre fueron criadas tan preciosas las piedras, tan
hermosas las flores y tan brillantes las estrellas, mucho más lo es el
mismo hombre, para quien fueron destinadas.

Él es la criatura más noble de cuantas vemos, monarca en este gran
palacio del mundo, con posesión de la tierra y con expectativa del
cielo, criado de Dios, por Dios y para Dios.

Á los principios, prosiguió Andrenio, rudamente me reconocía; pero,
cuando pude verme á toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme
en los reflejos de una fuente, cuando advertí era yo mismo el que
creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve:
remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo. Lo primero que
observé fué esta disposición de todo el cuerpo, tan derecha, sin que
tuerza á un lado ni á otro.

Fué el hombre, dijo Artemia, criado para el cielo y así crece hacia
allá y en esa material rectitud del cuerpo está simbolizada la del
ánimo con tal correspondencia, que al que le faltó por desgracia la
primera, sucede con mayor faltarle la segunda.

Es así, dijo Critilo: dondequiera que hallamos corvada la disposición,
recelamos también torcida la intención.

[Marginal: _Corcovados._]

En descubriendo ensenadas en el cuerpo, tememos haya dobleces en el
ánimo. El otro, á quien se le anubló alguno de los ojos, también
suele cegarse de pasión. Y lo que es digno de más reparo, [Marginal:
_Tuertos._] que no los tenemos lástima como á los ciegos; sino recelo
de que no miran derecho. Los cojos suelen tropezar en el camino de la
virtud y aun echarse á rodar, cojeando la voluntad en los afectos.
Faltan los mancos en la perfección de las obras, en hacer bien á
los demás. Pero la razón en los varones sabios corrige todos estos
pronósticos siniestros.

La cabeza, dijo Andrenio, llamo yo, no sé si me engaño, alcázar del
alma, corte de sus potencias.

Tienes razón, confirmó Artemia, que así como Dios, aunque asiste en
todas partes, pero con especialidad en el cielo, donde se permite su
grandeza, [Marginal: _Cabeza cielo._] así el alma se ostenta en este
puesto superior, retrato de los celestes orbes. Quien quisiere verla,
búsquela en los ojos; quien oirla, en la boca; y quien hablarla, en los
oídos. Está la cabeza en el más eminente lugar, ya por autoridad, ya
por oficio, por que mejor perciba y mande.

Y aquí he notado yo con especial atención, dijo Critilo, que, aunque
las partes de esta gran república del cuerpo son tantas, que solos los
huesos llenan los días del año y esta numerosidad con tal armonía,
que no hay número que no se emplee en ellas, como digamos cinco son
los sentidos, cuatro los humores, tres las potencias, dos los ojos;
todas vienen á reducirse á la unidad de una cabeza, retrato de aquel
primer móvil divino, á quien viene á reducirse por sus gradas toda esta
universal dependencia.

Ocupa el entendimiento, dijo Artemia, el más puro y sublime retrete,
que aun en lo material fué aventajado, como mayorazgo de las potencias,
rey y señor de las acciones de la vida, que allí se remonta, alcanza,
penetra, sutiliza, discurre, atiende y entiende. Estableció su trono en
una ilesa candidez, librea propria del alma, estrañando toda oscuridad
en el concepto y toda mancha en el afecto, masa suave y flexible,
apoyando dotes de docilidad, moderación y prudencia. La memoria atiende
á lo pasado y así se hizo tan atrás, cuanto el entendimiento adelante.
No pierde de vista lo que fué y, porque echamos comúnmente atrás lo que
más nos importa, previno este descuido, haciendo Jano á todo cuerdo.

Los cabellos me parecieron más para el ornato, que para la necesidad,
ponderó Andrenio.

Son raíces deste humano árbol, dijo Artemia: arráiganle en el cielo
y llévanle allá de un cabello. Allí han de estar sus cuidados y de
allá ha de recibir el sustancial sustento. Son librea de las edades,
por lo que tienen de adorno, variando con los colores los afectos.
Es la frente cielo del ánimo, ya encapotado, ya sereno, plaza de
los sentimientos. Allí salen á la vergüenza los delitos, sobran las
faltas y placéanse las pasiones. En lo estirado la ira, en lo caído la
tristeza, en lo pálido el temor, en lo rojo la vergüenza, la doblez en
las arrugas y la candidez en lo terso, la desvergüenza en lo liso y la
capacidad en lo espacioso.

[Marginal: _Ojos, miembros divinos._]

Pero los que á mí, dijo Andrenio, más me llenaron en esta artificiosa
fábrica del hombre, fueron los ojos.

¿Sabes, dijo Critilo, cómo los llamó aquel grande restaurador de la
salud, entretenedor de la vida, indagador de la naturaleza, Galeno?

¿Cómo?

Miembros divinos. Que fué bien dicho. Porque, si bien se nota, ellos
se revisten de una majestuosa divinidad, que infunde veneración. Obran
con una cierta universalidad, que parece omnipotencia, produciendo en
el alma todas cuantas cosas hay en imágenes y especies. Asisten en
todas partes remedando inmensidad, señoreando en un instante todo el
hemisferio.

Con todo, reparé yo mucho en una cosa, dijo Andrenio, y es que, aunque
todo lo ven, no se ven á sí mismos ni aun las vigas que suelen estar en
ellos: condición propia de necios, ver todo lo que pasa en las casas
ajenas, ciegos para las proprias. Y no fuera poca conveniencia que el
hombre se mirara á sí mismo, ya para que se temiera y moderara sus
pasiones, ya para que reparara sus fealdades.

Gran cosa fuera, dijo Artemia, que el colérico viera su horrible
ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado
vieran sus afeminados gestillos y se corriera el altivo con todos
los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza á evitar mayores
inconvenientes en verse. Temióle necio, no se enamorara de sí aun el
más monstruo y todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta
que se mire á las manos, antes que le miren otros. Remire sus obras,
que es preciso, y atienda á sus acciones, que sean tan muchas, como
perfectas. Mírese también á los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde
los pone y dónde los tiene. Vea en qué pasos anda, que eso es tener
ojos.

Así es, replicó Andrenio; mas para tanto ver poco parecen dos ojos y
ésos tan juntos. De una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo
este animado palacio. Pero, ya que hayan de ser dos no más, pudiéranse
repartir y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro
atrás, para lo que queda. Con eso nunca perdieran de vista todas las
cosas.

Y algunos, respondió Critilo, arguyeron á la naturaleza de tan
imaginario descuido y aun fingieron un hombre, á su parecer muy
perfecto, con la vista duplicada y no servía sino de ser hombre de dos
caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes
los pusiera á los lados encima de los oídos y muy abiertos, para que
viera quién se le pone al lado, quién se le entremete á amigo. Y con
eso no perecieran tantos de aquel mortal achaque del costado. Viera
el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más
importantes puntos de la vida y vale más estar solo, que malaconsejado.
Pero advierte que dos ojos bien empleados bastante son para todo.
Ellos miran derechamente lo que viene cara á cara y de reojo lo que á
traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun
por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta
para el ejercicio de ver; no cuadrada, no haya rincones, no se esconda
lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre
siempre ha de mirar adelante y á lo alto. Y, si hubiera otros en el
cerebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera
los otros á la tierra con cisma de afectos.

Otra maravilla he observado en ellos, dijo Andrenio, que es el llorar y
me parece andan muy necios. Porque ¿qué remedia los males el llorarlos?
No sirve, sino de aumentar penas. El reirse de todo el mundo, aquel no
dársele cosa de cuanto hay, éso sí que es saber vivir.

¡Ah! Que como los ojos, dijo Artemia, son los que ven los males y
tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no
siente no se siente; mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa
vulgaridad del reir, quédese para la necia boca, que es la que mucho
yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad y anduvo
tan atentamente escrupulosa la naturaleza, que para no dividirlos,
no se contentó con juntarlos en un puesto; sino que los hermanó en
el ejercicio. No permite que vea el uno sin el otro, para que sean
verídicos contestes. Miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno
y negro el otro. Sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en
todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.

Al fin, dijo Critilo, los ojos son en el cuerpo lo que las dos
lumbreras en el cielo y el entendimiento en el alma. Ellos suplen todos
los demás sentidos y todos juntos no bastan á suplir su falta. No sólo
ven; sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen,
espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan y todo lo
obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni
los entendidos de saber, que son los ojos de la república.

Notablemente anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en señalar su
lugar á cada sentido, más ó menos eminente, según su excelencia. Á los
más nobles mejoró en los primeros puestos y puso á vista los sublimes
ejercicios de la vida; al contrario los indecentes y viles, aunque
necesarios, los desterró á los más ocultos lugares, apartándolos de la
vista.

Mostróse, dijo Critilo, gran celadora de la honestidad y decoro, que
aun los femeniles pechos los puso en puestos que pudiesen alimentar los
hijos con decencia.

Después de los ojos, señaló en segundo lugar á los oídos, dijo
Andrenio, y me parece muy bien que le tengan tan eminente; pero aquello
de estar al lado te confieso me hizo disonancia y parece fué facilitar
la entrada á la mentira. Que, así como la verdad viene siempre cara á
cara, ella á traición ingiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los
ojos y éstos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada á
tanto engaño?

¡Qué bien lo entiendes!, dijo Artemia. Lo que menos convenía era que
los ojos estuvieran con los oídos. Tengo por cierto que no quedara
verdad en el mundo. Antes, si yo los hubiera de disponer de otro modo,
los retirara cien dedos de la vista ó los pusiera atrás en el cerebro,
de modo, que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello
es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia, si ella viera la
belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que
ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que
hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos
en un medio; no adelante, porque no oigan antes con antes; ni detrás,
porque no perciban tarde.

Otra cosa dificulté yo mucho, replicó Andrenio, y es que, así como
los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que
verdaderamente está muy en su lugar para negarse, cuando no quieren ser
vistos ó cuando no gustan de ver muchas cosas, que no son para vistas:
¿por qué los oídos, no han de tener también otra compuerta y ésa muy
sólida, muy doble y ajustada, para no oir la mitad de lo que se habla?
Con esto excusaríase un hombre oir necedades y ahorraría pesadumbres,
único preservativo de la vida. Aquí yo no puedo dejar de condenar de
descuidada la naturaleza y más, cuando vemos que la lengua la recluyó
entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté
entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos
¿por qué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja á los oídos y
más estando tan expuestos al engaño?

Por ningún caso convenía, dijo Artemia, que se le cerrase jamás la
puerta al oir. Es la de la enseñanza: siempre ha de estar patente. Y
no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta, que
tú dices; pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio
de abatir y levantar las orejas. Él sólo las tiene inmobles, siempre
alerta. Que aun le pareció inconveniente aquella poca detención, que en
aguzarlas se tuviera. Á todas horas dan audiencia. Aun cuando se retira
el alma á su quietud, entonces es más conveniente que velen estas
centinelas. Y si no ¿quién avisara de los peligros? Durmiera el alma á
lo poltrón. ¿Quién bastará á despertarlas? Esta diferencia hay entre
el ver y entre el oir, que los ojos buscan las cosas como y cuando
quieren; mas al oído ellas le buscan. Los objetos del ver permanecen.
Puédense ver, si no ahora, después. Pero los del oir van de priesa y la
ocasión es calva.

Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los
oídos. Porque el oir ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo
que la mitad y aun las tres partes de las cosas, que se oyen, son
impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es
hacer el sordo, que se puede y es el mejor de ellos: esto es, hacer
orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. Á más de que hay algunas
razones tan sin ella, que no bastan párpados y entonces es menester
tapiar los oídos con ambas manos: que, pues suelen ayudar á oir,
ayuden también á ensordecer. Préstenos su sagacidad la serpiente, que,
cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando á
todo buena salida.

Esto no se me puede negar, instó Andrenio, que estuviera muy bien
un rastrillo en cada oído, como en guarda y con eso no entraran
tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas
serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y
discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.

Tienes razón en eso, dijo Artemia, y para eso formó la naturaleza
las orejas, como coladeros de las palabras, embudos del saber. Y si
lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente, disponiendo este
órgano en forma de laberinto, tan caracoleado, con tantas vueltas y
revueltas, que parecen rastrillos y traveses de fortaleza, para que
deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya
tiempo de discernir la verdad de la mentira.

Luego hay su campanilla muy sonora, donde resuenen las voces y se
juzgue por el sonido si son faltas ó son falsas. ¿No has notado también
que dió la naturaleza, despedida por el oído, aquel licor amargo de
la cólera? ¿Pensarás tú á lo vulgar que fué esto para impedir el paso
á algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se
detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más
alto fin tuvo. Contra otras más perniciosas previno aquella defensa.
Topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del
recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero,
hallen el desabrimiento de la cordura con que se empleen.

Y, aunque á muchos se les habían de gastar los oídos de oir dulce,
ponderó Critilo, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos
son los oídos, para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la
otra parte; haya primera y segunda información y procure que, si se
adelantó á ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta
para la verdad, que suele ser la postrera.

[Marginal: _Narices sagaces._]

No parece, dijo Andrenio, tan útil el olfato, cuanto deleitable. Más
es para el gusto, que para el provecho. Y siendo así, ¿por qué ha de
ocupar el tercer puesto tan á la vista, aventajándose á otros, que son
más importantes?

¡Oh, replicó Artemia, que es el sentido de la sagacidad! Y aun por eso
las narices crecen por toda la vida. Coincide con el respirar, que es
tan necesario como eso. Discierne el buen olor del malo y percibe que
la buena fama es el aliento del ánimo. Daña mucho un aire corrupto:
infecciona las entrañas. Huele, pues, atenta la sagacidad de una legua
la fragancia ó la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el
alma. Y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego,
gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de
comer. Goza de la fragancia de las flores y recrea el cerebro con la
suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce
los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar,
sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados á echar mejor
olor de sí, que los plebeyos.

En gran manera anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en dar á
cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando
oficios, para no multiplicar instrumentos. Desta suerte formó con
tal disposición las narices, que se pudiesen despedir por ellas con
decencia las superfluidades de la cabeza.

Eso es en los niños, dijo Critilo; que en los ya varones más se purgan
los excesos de las pasiones del ánimo y así sale por ellas el viento de
la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y
en algunos llega á trastornar el juicio. Desahógase también el corazón
y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera. Y tal vez
á su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho á
la proporción del rostro y, por poco que se desmanden, afean mucho.
Son como manecilla del reloj del alma, que señalan el temple de la
condición. Las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad,
las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas
la necedad.

[Marginal: _Boca necia._]

Después del ver, del oir y del oler, dicho se estaba, ponderó Andrenio,
que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la
puerta principal desta casa del alma. Por las demás entran los objetos,
mas por esta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.

Así es, dijo Artemia, que en esta artificiosa fachada del humano
rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de
la persona real y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y
coronada del varonil decoro. Aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre,
que es la lengua. Llámase así por estar ligada al corazón.

Lo que yo no acabo de entender, dijo Andrenio, es que á propósito juntó
en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué
tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y
que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas.
Á más que de ahí se originan inconvenientes notables. El primero, que
la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo,
agrio ó picante. Queda muy material de la comida: ya se roza, ya
tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No
estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?

Aguarda, dijo Critilo, que dificultas bien y casi me haces reparar; mas
con todo eso, apelando á la suma Providencia, que rige la naturaleza,
una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar,
para que desta suerte examine las palabras, antes que las pronuncie.
Másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales. Y, si advierte
que pueden amargar, endúlcelas también. Sepa á qué sabe un no y qué
estómago le hará al otro. Confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua
en comer y aun, si pudiera, en otros muchos empleos, para que no toda
se emplease en el hablar. [Marginal: _Manos diligentes._] Siguen á las
palabras las obras en los brazos y en las manos. Se ha de obrar lo que
se dice y mucho más. Que, si el hablar ha de ser á una lengua, el obrar
ha de ser á dos manos.

¿Por qué se llaman así, preguntó Andrenio, que, según tú me has
enseñado, vienen del verbo latino _maneo_, que significa quietud,
siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar?

Llamáronlas así, respondió Critilo, no porque hayan de estar quietas;
sino porque sus obras han de permanecer ó porque de ellas ha de
emanar todo el bien. Ellas manan del corazón, como ramas cargadas de
frutos, de famosos hechos, de hazañas inmortales. De sus palmas nacen
los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los
héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas
aquella tan acomodada y artificiosa composición suya? Que, como fueron
formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas
de suerte, que para todo sirven ellas. Ayudando á oir, son sustitutos
de la lengua. Dan vida con la acción á las palabras. Son de la boca,
ministrando la comida y al olfato las flores. Hacen toldo á los ojos,
para que vean, hasta ayudar á discurrir: que hay hombres, que tienen
los ingenios en las manos, de modo que todo pasa por ellas. Defienden,
limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez rascando lisonjean.

Y porque todos estos empleos, dijo Artemia, vayan ajustados á la
razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la
medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número.
Todas las naciones cuentan hasta diez y de allí suben multiplicando.
Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el
peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando.
Toda esta puntualidad fué menester para avisar al hombre que obre
siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la
consideración, advierte que en ese número de diez se incluye también
el de los preceptos divinos, por que los lleve el hombre entre las
manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en
sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas,
ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo y emplea en esto
la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una
especial calidad. Da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza.
Ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan
en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las
manos las que echan el sello á la virtud, no es de maravillar que,
entre todas las demás partes del cuerpo, á ella se les haga cortesía,
correspondiendo con estimación, sellando en ella los labios, para
agradecer y solicitar el bien.

[Marginal: _Pies firmes._]

Y porque de pies á cabeza contemplamos el hombre tan misterioso, no
es menos de observar su movimiento. Son los pies basa de su firmeza,
sobre quienes asientan dos columnas. Huellan la tierra, despreciándola
y tocando de ella no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van
caminando y midiendo su fin. Pisan llano y seguro.

Bien veo yo y aun admiro, dijo Andrenio, la solidez con que atendió á
afirmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida. Y para que
no cayese, hacia adelante, donde se arroja, puso toda la planta. Y por
que no peligrase á un lado ni á otro le apuntaló con ambos pies. Pero
no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo
más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos á exponerse al
riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el
pie, de modo, que quedara tanto atrás, como adelante y se aumentaba la
proporción.

No mientes tal cosa, replicó Artemia, que fuera darle ocasión al hombre
para no ir adelante en lo bueno. Sin eso hay tantos que se retiran de
la virtud; ¿qué fuera, si tuviera apoyo en la misma naturaleza?

[Marginal: _Corazón puro._]

Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición
interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes,
la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran
filosofía. Con todo quiero que conozcas y admires aquella principal
parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida, el
corazón.

¿Corazón?, replicó Andrenio, ¿qué cosa es y dónde está?

Es, respondió Artemia, el rey de todos los demás miembros y por
eso está en medio del cuerpo, como en centro muy conservado, sin
permitirse ni aun á los ojos. Llámase así de la palabra latina _Cura_,
que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fué centro
dellos. Tiene también dos empleos: el primero ser fuente de la vida,
ministrando valor en los espíritus á las demás partes; pero el más
principal es el amar, siendo oficina del querer.

Ahora digo, ponderó Critilo, que con razón se llama corazón, que
exprime el cuidadoso. Por eso está siempre abrasándose como fénix.

Su lugar es en el medio, prosiguió Artemia, porque ha de estar en
un medio el querer. Todo ha de ser con razón; no por extremos. Su
forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella; sólo
la apunte, bástele un indivisible. Al contrario, hacia el cielo está
muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede
llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para
que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale
mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca
es traidor; necio sí, pues previene antes las desdichas, que las
felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra
excrementos, como las otras partes del cuerpo, porque nació con
obligaciones de limpieza y mucho más en lo formal del vivir. Con esto
está aspirando siempre á lo más sublime y perfecto.

Desta suerte fué la sabia Artemia filosofando y ellos aplaudiendo; pero
dejémoslos aquí tan bienempleados, mientras ponderamos los extremos que
hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.

Picado en lo vivo, de que le hubiesen sacado del laberinto de sus
enredos, con tanta pérdida de reputación al perdido Andrenio y algunos
otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia
para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la
Envidia, gran asesino de buenos y aun mejores, sujeto muy á propósito
para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines. Comunicóla su
sentimiento, exageró el daño y dióla orden fuese sembrando cizaña
en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fué muy
dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa
vive y reina entre villanos, desde aquella ocasión en que las dos
hermanas, la Lisonja y Malicia, dejando los patrios lares de su nada,
las sacó á volar su madre la ruin Intención, con ambiciones de valer en
el mundo.

[Marginal: _Lisonja. Malicia._]

La Lisonja, dicen, fué á las cortes, aunque no muy derecha, y que lo
acertó para sí, errándolo para todos. Porque allí se fué introduciendo
tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza
universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni
fué bien vista ni oída. No osaba hablar, que era reventar para ella.
Andaba sin libertad y así trató de buscarla. Conoció que no era la
corte para ella. Tomóse la honra para mejor quitarla y desterróse
voluntariamente. Dió por otro extremo, que fué meterse á villana. Y
salióle tan bien, que al punto se vió adorada de toda la verídica
necedad. Allí triunfa porque allí habla; discurre, aunque á lo zonzo
y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó
esto á tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se la hurtasen
ó matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas donde
la hallan siempre los que menos querrían. En tan buena sazón llegó la
Envidia y comenzó á sembrar su veneno.

Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia. Decía que
era otra Circe, si no peor, cuanto más encubierta con capa de hacer
bien. Que había destruído la naturaleza, quitándola en su llaneza
su verdadera solidez y con la afectación aquella natural belleza.
Ponderaba que se había querido alzar á mayores, arrinconando á la otra
y usurpándola el mayorazgo de primera. Advertid que, después que esta
fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad; todo está
adulterado y fingido. Nada es lo que parece, porque su proceder es la
mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. De
aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo
y á lo antiguo, que fué siempre lo mejor. Ya no hay niños, porque no
hay candidez.

¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres, con aquellos sayos de la
inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos
machuchos, tan sólidos y verdaderos. El sí era sí y el no era no.
Ahora todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos
y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento y ellos dicen que es
artificio. Y el que más tiene desto, vale más. Ése se hace lugar en
todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto ya no hay niños.
Más malicia alcanza hoy uno de siete años, que antes uno de setenta.

¿Pues las mujeres? De pies á cabeza una mentira continuada, aliño
de cornejas, todo ajeno y el engaño proprio. Tiene esta mentida
reina arruinadas las repúblicas, destruídas las casas, acabadas las
haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en
el adorno de las casas. Con lo que hoy se viste una mujer se vestía
antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta
variedad de manjares y sainetes, que antes todo iba á lo natural y á lo
llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho. No
es vivir con tanto embeleco ni es ser hombre el ser fingido. Todas sus
trazas son mentiras y todo su artificio es engaño.

Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron
todos y dando voces sin entenderse ni entender, fueron á cercarle el
palacio, voceando: Muera la hechicera. Y aun intentaron pegarla fuego
por todas partes. Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la
Villanía. Convocó sus valedores. Halló que los poderosos ya habían
faltado; mas, no faltándose á sí misma, trazó vencer con la maña
tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el
bienejecutado ardid con que se libró de aquel ejército villano, léelo
en la Crisi siguiente.



CRISI X

_El mal paso del salteo._


Vulgar desorden es entre los hombres hacer fines de los medios y de los
medios hacer fines. Lo que ha de ser de paso toman de asiento y del
camino hacen descanso. Comienzan por donde han de acabar y acaban por
el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite, para
que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de
sus más enfadosas funciones, que fué un grande arbitrio para facilitar
lo más penoso del vivir.

Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues más bruto que las
bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida
hace medio para el gusto. No come ya para vivir, sino que vive para
comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir;
no pretende la propagación de su especie, sino la de su lujuria; no
estudia para saberse, sino para desconocerse; ni habla por necesidad,
sino por el gusto de la murmuración. De suerte, que no gusta de vivir,
sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho
su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor
de los antojos, adalid de las pasiones y el que trae arrastrados los
hombres, tirándole á cada uno su deleite. Atienda, pues, el varón sabio
á enmendar tan general desconcierto. Y para que estudie en el ajeno
engaño, oiga lo que le sucedió al sagaz Critilo y al incauto Andrenio.

[Marginal: _Castigos de necios._]

¿Hasta cuándo, oh canalla inculta, habéis de abusar de mis atenciones?,
dijo enojada Artemia, más constante, cuando más arriesgada. ¿Hasta
cuándo ha de burlarse de mi saber vuestra barbaridad? ¿Hasta dónde ha
de llegar en despeñarse vuestra ignorante audacia? Júroos que, pues
me llamáis encantadora y maga, que esta misma tarde, en castigo de
vuestra necedad, he de hacer un conjuro tan poderoso, que el mismo sol
me vengue, retirando sus lucientes rayos: que no hay mayor castigo que
dejaros á oscuras en la ceguera de vuestra vulgaridad.

Tratólos como ellos merecían y conocióse bien. Que con la gente vil
obra más el rigor, que la bizarría, pues quedaron tan aterrados,
cuan persuadidos de su mágica potencia y, ya helados, no trataron de
pegar fuego al palacio, como lo intentaban. Acabaron de perderse de
ánimo, cuando vieron que realmente el mismo sol comenzó á negar su
luz, eclipsándose por puntos y temiendo no se conjurase también contra
ellos la tierra en terremotos. Que á veces todos los elementos suelen
mancomunarse contra el perseguido. Dieron todos á huir desalentados,
achaque ordinario de motines que, si con furor se levantan, con pánico
terror se desvanecen. Corrían á oscuras, tropezando unos con otros,
como desdichados.

Tuvo con esto tiempo de salir la sabia Artemia con toda su culta
familia y, lo que más ella estimó, fué poder escapar de aquel bárbaro
incendio los tesoros de la observancia curiosa, que ella tanto estima y
guarda en libros, papeles, dibujos, tablas, modelos y en instrumentos
varios. Fuéronla cotejando y asistiendo nuestros dos viandantes Critilo
y Andrenio. Iba éste espantado de un portento semejante, teniendo por
averiguado que se extendía su mágico poder hasta las estrellas y que el
mismo sol la obedecía. Mirábala con más veneración y dobló el aplauso.
Pero desengañóle Critilo, diciendo cómo el eclipse del sol había sido
efecto natural de las celestes vueltas, contingente en aquella sazón,
previsto de Artemia, por las noticias astronómicas y que se valió dél
en la ocasión, haciendo artificio lo que era natural efecto.

Discurrióse mucho dónde irían á parar, consultando Artemia con sus
sabios, resuelta á no entrar más en villa alguna y así lo cumple hasta
hoy. Propusiéronse varios puestos.

[Marginal: _Lisboa._]

Inclinábase mucho ella á la dos veces buena Lisboa, no tanto por ser
la mayor población de España, uno de los tres emporios de la Europa,
que si á otras ciudades se les reparten los renombres, ella los tiene
juntos, hidalga, rica, sana y abundante, cuanto porque jamás se halló
portugués necio, en prueba de que fué su fundador el sagaz Ulises. Mas
retardóla mucho, no su fantástica nacionalidad, sino su confusión, tan
contraria á sus quietas especulaciones.

[Marginal: _Madrid._]

Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde
concurre todo lo bueno en eminencias; pero desagradábala otro tanto
malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los
corazones. Aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el
ser una Babilonia de naciones no bien alojadas.

[Marginal: _Sevilla._]

De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada della la vil
ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos
moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se
obra poco, achaque de toda Andalucía.

[Marginal: _Granada._]

Á Granada también la hizo la cruz y á Córdoba un calvario. De Salamanca
se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto
letrados, plaza de armas contra las haciendas.

[Marginal: _Zaragoza._]

La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa
de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa
de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin
embeleco, parecíale muy bien; pero echaba mucho menos la grandeza de
los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad.

[Marginal: _Valencia._]

Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo
que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la
recibirían hoy la echarían mañana. [Marginal: _Barcelona._] Barcelona,
aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro,
regida de sabios, entre tanta barbaridad no la juzgó por segura, porque
siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro.

León y Burgos estaban muy á la montaña, entre más miseria, que pobreza.
Santiago, cosa de Galicia. [Marginal: _Valladolid._] Valladolid la
pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se
hallaría la verdad en medio de aquella llaneza; pero arrepintióse
porque, habiendo sido corte, huele aún á lo que fué y está muy á lo de
campos. [Marginal: _Pamplona._] De Pamplona no se hizo mención, por
tener más de corta que de corte y, como es un punto, toda es puntos y
puntillos Navarra.

[Marginal: _Toledo._]

Al fin fué preferida la imperial Toledo, á voto de la católica reina,
cuando decía que nunca se hallaba necia, sino en esta oficina de
personas, taller de la discreción, escuela del bienhablar, toda corte,
ciudad toda y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las
heces, donde, aunque entre, pero no duerme la Villanía. En otras partes
tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico. Si bien censuraron
algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de
profundidad y de sustancia; con todo estuvo firme Artemia, diciendo:

¡Ea! que más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un
filósofo en todo un libro. Vamos á este centro, no tanto material,
cuanto formal de España.

Fuése encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y
Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte
el camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia
de ir á la corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia á
precio de agradecimientos. Concedióselos Artemia en bien importantes
instrucciones, diciéndoles:

Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended
mucho á no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.

Según eso no nos podemos perder, replicó Andrenio.

Antes sí y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no
pocos y así no vais por el vulgar de ver, que es el de la necedad,
ni por el de la pretensión, que es muy largo é interminable. El del
litigio es muy costoso á más de ser prolijo. El de la soberbia es
desconocido y allí de nadie se hace caso y de todos casa. [Marginal:
_Entradas de la corte._] El del interés es de pocos y esos estranjeros.
El de la necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en
alcándaras de varas. El del gusto está tan sucio, que pasa de barros y
llega el lodo á las narices, de modo que en él se anda apenas. El del
vivir va de priesa y llégase presto al fin. Por el del servir es morir,
por el del comer nunca se llega. El de la virtud no se halla y aun se
duda. Sólo queda el de la urgencia mientras durare. Y creedme que allí
ni bien se vive ni bien se muere.

Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto. Porque
los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo.
Algunos refinos por la puente. Entran otros y otras por la Puerta del
Sol y paran en Antón Martín. Pocos por Lavapiés y muchos por untamanos.
Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas
cerradas; sino entreteniéndose. Con esto se dividieron: la sabia
Artemia al trono de su estimación y nuestros dos viandantes para el
laberinto en la corte.

[Marginal: _Salteo universal._]

Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes
prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios
que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la
utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos,
cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos, uno de los peores
pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así
hombres, como mujeres, todos maniatados, sin osar rebullirse, viéndose
despojar de sus bienes.

Perdidos somos, dijo Critilo. Aguarda, que habemos dado en uñas de
salteadores, que los suele haber crueles en estos curiales caminos.
Aquí están robando sin duda y, aun si con eso se contentasen, ventura
sería en la desdicha; pero suelen ser tan desalmados, que quitan las
vidas y llegan á desollar los rostros á los pasajeros, dejándolos del
todo desconocidos.

Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor á robarle el color y aun
el aliento. Cuando ya pudo hablar:

¿Qué hacemos, dijo, que no huímos? Escondámonos, que no nos vean.

Ya es tarde á lo de Frigia, que es lo necio, respondió Critilo, que nos
han descubierto y nos vocean.

Con esto pasaron adelante, á meterse ellos mismos en la trampa de
su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron á una y otra banda y
vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos,
ricos, pobres, que ni perdonaban á las mujeres, toda gente moza, y
todos amarrados á los troncos de sí mismos. Aquí suspirando Critilo y
gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo
quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos.
Miraban á unos y á otros y todos los hallaban enlazados. ¿Pues quién
ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.

¿Si será este, dijo Andrenio, que mira atravesado, que así tiene el
alma?

Todo se puede creer de un mirar equívoco, respondió Critilo; pero más
temo yo de aquel tuerto. [Marginal: _Mal gesto, mal hecho._] Que nunca
suelen hacer éstos cosa á derechas, á juicio de la reina católica y
era grande. Guárdate de aquel muchos labios y mala labia, que nos hace
hocico siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel
como iracundo y, si de color de membrillo, cómitre amulatado...

No será sino aquel del ojo remellado, que tiene andado mucho para
verdugo.

¿Y qué le falta á aquel encapotado, que mira hosco, amenazando á todos
de tempestad?

Oyeron uno, que ceceaba y dijeron:

Éste es sin duda, que á todos va avisando con su ¡ce, ce! á que se
guarden dél. Pero no, sino aquel que habla aspirando, que parece que se
traga los hombres, cuando alienta.

Oyeron á uno hablar gangoso y dieron á huir, entendiéndole la ganga por
valiente de Baco y Venus. Toparon con otro peor, que hablaba tan ronco,
que sólo se entendía con los jarros. En hablando alguno alterado,
presumían dél y, si en catalán, con evidencia. De esta suerte fueron
reconociendo á unos y otros y á todos los veían rendidos; ninguno
delincuente.

¿Qué es esto?, decían. ¿Dónde están los robadores de tantos robados,
pues aquí no hay de aquellos, que hurtan á repique de tijera, ni los
que nos dejan en cueros, cuando nos calzan, los que nos despluman con
plumas, los que se descomiden cuando miden ni los que pesan tan pesados?

[Marginal: _Hurto común._]

¿Quién embiste aquí, quién pide prestado, quién cobra, quién ejecuta?
Nadie encubre, nadie lisonjea, no hay ministros, no hay de la pluma.
Pues ¿quién roba? ¿Dónde están los tiranos de tanta libertad?

Esto decía Critilo, cuando respondió una gallarda hembra, entre mujer y
entre ángel:

Ya voy. Aguardaos, mientras acabo de atar estos dos presumidos, que
llegaron antes.

Era, como digo, una bellísima mujer, nada villana y toda cortesana.
Hacía buena cara á todos y muy malas obras. Su frente era más rasa que
serena. No miraba de mal ojo y á todos hacía dél. Las narices tenía
blancas, señal de que no se le subía el humo á ellas. Sus mejillas
eran rosas sin espinas. Ni mostraba los dientes, sino otros tantos
aljófares, al reirse de todos. Tan agradable, que era ocioso el atar,
pues con sola su vista cautivaba. Su lengua era sin duda de azúcar,
porque sus palabras eran de néctar. Y las dos manos hacían un blanco
de los afectos y, con tenerlas tan buenas, á nadie daba buena mano ni
de mano. Y, aunque tenía brazo fuerte, de ordinario lo daba á torcer,
equivocando el abrazar con el enlazar. De suerte que de ningún modo
parecía salteadora quien tan buen parecer tenía. No estaba sola,
antes muy asistida de un escuadrón volante de amazonas, igualmente
agradables, gustosas y entretenidas, que no cesaban de atar á unos y á
otros, ejecutando lo que su capitana les mandaba.

[Marginal: _Todos locos._]

Era de reparar que á cada uno le aprisionaban con las mismas ataduras
que él quería y muchos se las traían consigo y las prevenían para que
los atasen. Así que á unos aprisionaban con cadenas de oro, que era
una fuerte atadura; á otros con esposas de diamantes, que era mayor.
Ataron á muchos con guirnaldas de flores y otros pedían que con rosas,
imaginando era más coronarles las frentes y las manos. Vieron uno, que
le ataron con un cabello rubio y delicado y, aunque él se burlaba al
principio, conoció después era más fuerte que una maroma. Á las mujeres
de ordinario las ataban, no con cuerdas, sino con hilos de perlas,
sartas de corales, listones de resplandor, que parecían algo y valían
nada.

Á los valientes, al mismo Bernardo le aprisionaron, después de muchas
bravatas, con una banda, quedando él muy ufano. Y lo que más admiró
fué que á otros sus camaradas los atraillaron con plumajes y fué una
prisión muy segura.

Ciertos grandes personajes pretendieron los atasen con unos
cordoncillos, de que pendían veneras, llaves y eslabones y porfiaban
hasta reventar. Había grillos de oro para unos y de hierro para otros y
todos quedaban igualmente contentos y aprisionados.

Lo que más admiró fué que, faltando lazos con que maniatar á tantos,
los enlazaban con brazos de mujeres y muy flacas á hombres muy
robustos. Al mismo Hércules con un hilo delgado y muy al uso y á Sansón
con unos cabellos, que le cortaron de su cabeza.

Querían ligar á uno con una cadena de oro, que él mismo traía, y les
rogó no hiciesen tal, sino con una soga de esparto crudo, extremo raro
de avaricia. [Marginal: _Avaros._] Á otro camarada déste le apretaron
las manos con los cerraderos de su bolsa y aseguraron era de hierro.
Añudaron á uno con su propio cuello, que era de cigüeña, á otro con un
estómago de avestruz. Hasta con sartas de salados sabrosos eslabones
ataban algunos y gustaban tanto de su prisión, que se chupaban los
dedos. Salían otros de juicio, de contento, de verse atados por las
frentes con laureles y con hiedras. Pero ¿qué mucho, si otros se
volvieron locos en tocando las cuerdas?

Desta suerte iban aprisionando aquellas agradables salteadoras á
cuantos pasaban por aquel camino de todos, echando lazos á unos á los
pies, á otros al cuello. Atábanles las manos, vendábanles los ojos y
llevábanlos atados, tirándoles del corazón.

Con todo eso había una muy desagradable entre todas, que cuantos
ataba, se mordían las manos y despedazaban las carnes hasta roerse las
entrañas. Atormentábalos á éstos con lo que otros se holgaban y de la
ajena gloria hacían infierno. Otra había bizarramente furiosa, que
apretaba los cordeles hasta sacar sangre y ellos gustaban tanto desto,
que se la bebían unos á otros. Y es lo bueno que, después de haber
maniatado á tantos, aseguraban ellas que no habían atado persona.

Llegaron ya á querer hacer lo mismo de Critilo y de Andrenio.
Preguntáronles con qué género de atadura querían ser maniatados.
Andrenio, como mozo, resolvióse presto y pidió le atasen con flores,
pareciéndole sería más guirnalda que lazo. Mas Critilo, viendo que no
podía pasar por otro, dijo que le atasen á él con cintas de libros,
que pareció bien extraordinaria atadura; pero al fin lo era y así se
ejecutó.

[Marginal: _Venta del mundo._]

Mandó luego tocar á marchar aquella dulce tirana. Y aunque parecía
que los llevaban á todos arrastrando de unas cadenillas asidas á los
corazones; pero de verdad ellos se iban, que no era menester tirarlos
mucho. Volaban algunos, llevados del viento, casi todos con buen aire,
deslizándose muchos, tropezando los más y despeñándose todos.

Halláronse presto á las puertas de uno, que ni bien era palacio ni bien
cueva. Y los que mejor lo entendían dijeron era venta, porque nada se
da de balde y todo es de paso.

Estaba fabricada de unas piedras tan atractivas, que traían así las
manos y los pies, los ojos, las lenguas y los corazones, como si fueran
de hierro. Con lo cual se conoció eran imanes del gusto, trabadas
con una unión tan fuerte, que les venía de perlas. Era sin duda la
agradable posada, tan centro del gusto, cuan páramo del provecho y un
agregado de cuantas delicias se pueden imaginar. Dejaba muy atrás la
casa de oro de Nerón, con que quiso dorar los yerros de sus aceros.
Oscurecía tanto el palacio de Heliogábalo, que lo dejó á malas noches y
el mismo alcázar de Sardanápalo parecía una zahurda de sus inmundicias.
Había á la puerta un gran letrero, que decía:

_El bien deleitable, útil y honesto._

Reparó Critilo y dijo:

Este letrero está al revés.

¿Cómo al revés?, replicó Andrenio; yo al derecho le leo.

Sí, que había de decir al contrario: el bien honesto, útil y deleitable.

No me pongo en eso; lo que sé decir es que ella es la casa más
deliciosa que hasta hoy he visto. ¡Qué buen gusto tuvo el que la hizo!

Tenía en la fachada siete columnas que, aunque parecía desproporción,
no era sino emulación de la que erigió la sabiduría. [Marginal:
_Estancias de los vicios._] Éstas daban entrada á otras siete estancias
y habitaciones de otros tantos príncipes, de quienes era agente la
bella salteadora. Y así todos cuantos cautivaba con sumo gusto los iba
remitiendo allá, á elección de los mismos prisioneros.

Entraban muchos por el cuarto del oro y llamábase así, porque estaba
todo enladrillado de tejos de oro y barras de plata, las paredes de
piedras preciosas. Costaba mucho de subir y al cabo era gusto con
piedras. El más eminente y superior á todos era el más arriesgado; y no
obstante eso, la gente más grave quería subir á él. El más bajo era el
más gustoso, tanto que tenía las paredes comidas, que decían eran de
azúcar sus piedras, la argamasa mezclada con exquisitos vinos y el yeso
tan cocido, que era un bizcocho.

Muchos gustaban de entrar en éste y se preciaban ser gente de buen
gusto.

Al contrario, había otro que campeaba rojo, empedrado de puñales,
las paredes de acero, sus puertas eran bocas de fuego y sus ventanas
troneras, los pasamanos de las escaleras eran pasadores y de los
techos, en vez de florones, pendían montantes. Y con todo eso, no
faltaban algunos, que se alojaban en él, tan á costa de su sangre.

Otro se veía de color azul, cuya hermosura consistía en deslucir los
demás y desdorar ajenas perfecciones. Adornábase su arquitectura de
canes, grifos y dentellones. Su materia eran dientes, no de elefante,
sino de víboras. Y aunque por fuera tenía muy buena vista; pero por
dentro aseguraban tenía roídas las entrañas de las paredes. Mordíanse
por entrar en él unos á otros.

El más cómodo de todos era el más llano y, aunque no había en todo él
escalera que subir, estaba lleno de mesillas, alhajado de sillas y
todas poltronas. Parecía casa de la China, sin ningún alto. Su materia
era de conchas de tortuga. Todo el mundo se acomodaba en él, tomándolo
muy de asiento.

Con esto iban tan poco á poco y él era tan largo, que nunca llegaban al
cabo, con ser todo paraderos.

El más hermoso era el verde, estancia de la primavera, donde campeaba
la belleza. Llamábase el de las flores y todo era flor en él, hasta
la valentía y la de la edad ni faltaba la del berro. Había muchos
Narcisos, alternados con las violetas. Coronábanse todos en entrando
de rosas, que bien presto se marchitaban, quedando las espinas. Y aun
todas sus flores paraban en zarzas y sus verduras en palo. Con todo era
una estancia muy requerida, donde todos los que entraban se divertían
harto.

Obligábanlos á Critilo y Andrenio á entrar en alguna de aquellas
estancias, la que más fuese de su gusto. Éste, como tan lozano y en la
flor de su vida, encaminóse á la de las flores, diciendo á Critilo:

Entra tú por donde gustares, que al cabo de la jornada todos vendremos
á un mismo paradero.

Instábanle á Critilo que escogiese, cuando dijo:

Yo nunca voy por donde los demás, sino al revés. No me excuso de
entrar, pero ha de ser por donde ninguno entra.

¿Cómo puede ser eso, le replicaron, si no hay puerta por donde no
entren muchos cada instante?

Reíanse otros de su singularidad y preguntaban:

¿Qué hombre es éste, hecho al revés de todos?

Y aun por eso pienso serlo, respondió él. Yo he de entrar por donde los
otros salen, haciendo entrada de la salida. Nunca pongo mira en los
principios, sino en los fines.

Dió la vuelta á la casa y ella la dió tal, que no la conocía, pues toda
aquella grandeza de la fachada se había trocado en vileza, la hermosura
en fealdad y el agrado en horror y tal, que parecía por esta parte,
no fachada, sino echada, amenazando por instantes su ruina. No sólo
no atraían las piedras á los huéspedes, sino que se iban tras ellos
sacudiéndoles, que hasta las del suelo se levantaban contra ellos. No
se veían jardines por esta acera tan azar, campo sí de espinas y de
malezas.

Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos veía
entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo
salían. Arrojaban á unos por las ventanas, que correspondían al cuarto
de los jardines y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les
clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan
agudos, que estando en un infierno, levantaban el grito hasta el cielo.
Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de
lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás, como pena
suya, que todos estaban aguardando cuándo caería. Quedó tan maltratado,
que no fué más persona ni pudo hacer del hombre.

Bien merece, decían todos los de dentro y fuera, tanto mal, quien á
nadie hizo bien.

El que causó gran lástima fué uno, que tuvo más de luna, que
de estrella. Éste al caer se clavó un cuchillo por la garganta,
escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vió Critilo,
que por la ventana, antes del oro y ya del lodo, despeñaban á muchos
desnudos y tan abrumados, que parecían haberles molido las espaldas
con saquillos de arenas de oro. Otros por las ventanas de la cocina
caían en cueros. Y todos daban de vientre en aquel suelo, abominando
tales crudezas. Sólo uno vió salir por la puerta y, admirado Critilo
únicamente, se fué para él, dándole la singular enhorabuena. Al
saludarle reparó que quería conocerle.

¡Válgame el cielo!, decía. ¿Dónde he visto yo este hombre? Pues yo le
he visto y no me acuerdo.

¿No es Critilo?, preguntó él.

Sí, ¿y tú quién eres?

¿No te acuerdas que estuvimos juntos en casa de la sabia Artemia?

Ya doy en la cuenta. ¿Tú eres aquel de _Omnia mea mecum porto_?

El mismo y aun eso me ha librado deste encanto.

¿Cómo pudiste escapar una vez dentro?

Fácilmente, respondió. Y con la misma facilidad te desataré á ti, si
quieres. ¿Ves todos aquellos ciegos nudos, que echa la voluntad con un
sí? Pues todos los vuelve á deshacer con un no. Todo está en que ella
quiera.

Quiso Critilo y así se vió luego libre de libros.

Mas díme, oh Critilo, ¿y tú cómo no entraste en este común cautiverio?

Porque siguiendo otro consejo de la misma Artemia, no puse el pie en el
principio, hasta tocar con las manos el fin.

¡Oh dichoso hombre! Pero mal dije hombre, que no eres sino entendido.

¿Qué se hizo aquel tu compañero más mozo y menos cauto?

Ahora te quería preguntar dél si le viste allá dentro, que sin freno
de razón se abalanzó allá y temo que como tal será arrojado.

¿Por qué puerta entró?

Por la del gusto.

Es la peor de todas. Saldrá tarde. Echarle ha el tiempo consumido de
todas maneras.

¿No habría algún medio para su remedio?, replicó Critilo.

Sólo uno y ése, aunque fácil, dificultoso.

¿Cómo es eso?

Queriendo. Que haga como yo. Que no aguarde á que le echen; sino
tomándose la honra y más el provecho, salir él. Que será por la puerta,
despenado; y no por las ventanas, despeñado.

Una cosa te quisiera suplicar y no me atrevo, porque parece más
necedad, que favor.

¿Qué es?

Que, pues tienes ya tomado el tino á la casa, volvieses á entrar y como
sabio lo desengañases y librases.

No será de provecho, porque, aunque le halle y le hable, no me dará
crédito sin el afecto. Mejor se moverá por ti. Y pues te ves obligado,
que te pedirán la palabra, mejor es que tú entres y le saques.

Bien entraría, dijo Critilo, aunque lo siento. Pero temo que, como me
falta la experiencia, me he de cansar en balde y no lo podré hallar,
corriendo riesgo de ahogarnos todos. Hagamos una cosa: vamos los dos
juntos, que bien es menester la industria doblada. Tú, como noticioso
me guiarás, y yo, como amigo le convenceré y saldremos todos con
victoria.

Parecióle bien el ardid. Fueron á ejecutarlo; mas la guarda, que la hay
á la salida, teniendo por sospechoso al sabio, le detuvo.

Aquél sí, dijo señalando á Critilo. Que tengo orden de que entre y que
le inste.

Mas él, volviendo atrás, se retiró con el sabio al reconsejo. Fuése
informando de las entradas y salidas de la casa, de sus vueltas y
revueltas y ya muy determinado iba á entrar, cuando de medio camino
volvió atrás y dijo al sabio:

Una cosa se me ha ofrecido y es que troquemos de vestidos ambos. Toma
el mío, conocido de Andrenio, que será recomendación y así disfrazado
podrás desmentir la guarda entre dos luces; quedaré yo con el tuyo,
ayudando al disimulo y aguardando por instantes siglos.

No le desagradó al sabio la invención. Vistióse á lo de Critilo, con
que pudo entrar rogado.

Quedóse este viendo caer unos y otros, que no paraban un punto por
aquellos despeñaderos del dejo. [Marginal: _Despeñadero de los
vicios._] Vió un pródigo, que lo despeñaban mujeres por el ventanaje
de las rosas en las espinas. Y como venía en carnes el desdichado,
maltratóse mucho. Hízose las narices, cuando más se las deshizo.
Comenzó á hablar gangoso y duróle toda la vida, diciendo todos los que
le oían:

¡No es cosa rara, que éste hable con las narices, por no tenerlas!
Justo castigo es de sus imprudentes mocedades.

Fué tal el asco, que éste y todos los de su séquito tuvieron de su
misma inmundicia, que no paraban de escupir al vil deleite, en venganza
y por remedio; que hubiera sido mejor antes.

Los que rodaban por las espaldas del descanso, tardaban en el mismo
caer; pero mucho más en el levantarse, que de pereza aun no vivían.
Gente muy para nada; sólo sirven para hacer número y gastar los
víveres. Nada hacen con buen aire y en él se paraban al caer, apoyando
mórulas á Cenón; pero una vez caídos, siempre quedaban por tierra.
Daban fieros gritos los que rodaban por el cuarto de las armas, que
parecía el de los locos.

Venían muy maltratados y eran tales los golpes que daban y recibían,
que escupían luego sangre de sus valientes pechos, vomitando la que
habían bebido antes á sus enemigos: que es bravo quebradero de cabeza
una venganza.

Solos los del cuarto del veneno se estaban á la mira, holgándose de
lo que los demás se lamentaban. Y había hombres déstos que, porque
se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo, perdía él los dos.
Reían de lo que los otros lloraban y lloraban de lo que reían. Y era
cosa rara que los que á la entrada enflaquecieron, engordaban á la
salida, gustando mucho de hacer aplauso de desdichas y campanear ajenas
desventuras.

Estaba Critilo mirando aquel malparadero de todos. Al cabo de un día,
de siglos, vió asomar á Andrenio á la ventana de las flores en espinas.
Asustóse mucho, temiendo su despeño. No le osaba llamar, por no
descubrirse; pero con acciones acordaba el desengaño. Cómo bajó y por
dónde adelante lo diremos.



CRISI XI

_El golfo cortesano._


Visto un león, están vistos todos y vista una oveja, todas; pero visto
un hombre, no está visto sino uno y aun ése no bien conocido. Todos
los tigres son crueles, las palomas sencillas y cada hombre de su
naturaleza diferente. Las generosas águilas siempre engendran águilas
generosas; mas los hombres famosos no siempre engendran hijos grandes,
como ni los pequeños pequeños. Cada uno tiene su gusto y su gesto: que
no se vive con solo un parecer.

Proveyó la sagaz naturaleza de diversos rostros, para que fuesen los
hombres conocidos; sus dichos y sus hechos no se equivocasen los buenos
con los ruines; los varones se distinguiesen de las hembras y nadie
pretendiese solapar sus maldades con el semblante ajeno. Gastan algunos
mucho estudio en averiguar las propiedades de las yerbas; ¿cuánto más
importaría conocer las de los hombres, con quien se ha de vivir ó morir?

Y no son todos hombres los que vemos, que hay horribles monstruos y
aun acroceraumnios en los golfos de las grandes poblaciones, sabios sin
obras, viejos sin prudencia, mozos sin sujeción, mujeres sin vergüenza,
ricos sin misericordia, pobres sin humildad, señores sin nobleza,
pueblos sin apremio, méritos sin premio, hombres sin humanidad,
personas sin sustancia. Esto ponderaba el sabio á vista de la corte,
después de haber rescatado á Andrenio con un tan ejemplar arbitrio.

Cuando Critilo le aguardaba á la puerta libre, le atendió á la ventana
empeñado en el común despeño. Mas consolóse con que nadie le impelía;
antes, quitándose la guirnalda de la frente, la fué destejiendo y,
atando unas ramas con otras, hizo soga, por la cual se guindó y sin
daño alguno se halló en tierra por gran felicidad. Al mismo tiempo
asomó por la puerta el Sabio, doblándole á Critilo el contento; pero
sin detenerse ni aun para abrazarse, picaron, como tan picados. Sólo
Andrenio, volviendo la cabeza á la ventana, dijo:

Quede ahí pendiente ese lazo, escala ya de mi libertad, despojo
eternizado del desengaño.

Tomaron su derrota para la corte, á dar, decía el sabio, de Caribdis en
Escila. Acompañóles hasta la puerta, llevado de la dulce conversación,
el mejor viático del camino de la vida.

¿Qué cosa y qué casa ha sido ésta?, decía Critilo. Contadme lo que en
ella os ha pasado.

Tomó la mano el Sabio á cortesía de Andrenio y dijo:

Sabed, que aquella engañosa casa, al fin venta del mundo, por la
parte que se entra en ella es del gusto y por la que se sale del
gasto. Aquella agradable salteadora es la famosa Volusia, [Marginal:
_Tiranía del deleite._] á quien llamamos nosotros delectación y los
latinos _voluptas_, gran muñidora de los vicios, que á cada uno de los
mortales le lleva arrastrado su deleite. Ésta los cautiva, los aloja ó
los aleja, unos en el cuarto más alto de la soberbia, otros en el más
bajo de la desidia; pero ninguno en el medio, que en los vicios no le
hay. Todos entran, como visteis, cantando y después salen sollozando;
si no son los envidiosos, que proceden al revés. El remedio para no
despeñarse al fin es caer en la cuenta al principio: gran consejo de la
sabia Artemia, que á mí me valió harto para salir bien.

Y á mí mejor para no entrar, replicó Critilo: que yo con más gusto voy
á la casa del llanto, que de la risa, porque sé que las fiestas del
contento fueron siempre vísperas del pesar. Créeme, Andrenio, que quien
comienza por los gustos, acaba con los pesares.

Basta que este nuestro camino, dijo él, todo está lleno de trampas
encubiertas, que no sin causa estaba el engaño á la entrada. ¡Oh casa
de locos! ¡Y cómo lo es quien hace de ti caso! ¡Oh encanto de cantos
imanes, que al principio atraen y á la postre despeñan!

Dios os libre, ponderaba el Sabio, de todo lo que comienza por el
contento. Nunca os paguéis de los principios fáciles; atended siempre
á los fines dificultosos y al contrario. La razón desto supe yo en
aquella venta de Volusia, en este sueño que os ha de hacer despertar.

[Marginal: _Juguetes de la fortuna._]

Contáronme tenía dos hijos la Fortuna, muy diferentes en todo: pues el
mayor era tan agradablemente lindo, cuanto el segundo desapaciblemente
feo. Eran sus condiciones y propiedades muy conformes á sus caras,
como suele acontecer. Hízoles su madre dos vaquerillos con la misma
atención. Al primero de una rica tela, que tejió la primavera, sembrada
de rosas y de claveles y entre flor y flor alternó una G, tantas como
flores, sirviendo de ingeniosas cifras, en que unos leían gracioso,
otros galán, gustoso, gallardo, grato y grande; aforrado en cándidos
armiños, todo gala, todo gusto, gallardía y gracia. Vistió al segundo
muy de otro genio, pues de un bocací funesto, recamado de espinas y
entre ellas otras tantas efes, donde cada uno leía lo que no quisiera,
feo, fiero, furioso, falto y falso, todo horror, todo fiereza.

Salían de casa de su madre á la plaza ó á la escuela y al primero
en todo todos cuantos le veían le llamaban. Abríanle las puertas de
sus corazones. Todo el mundo se iba tras él, teniéndose por dichosos
los que le podían ver, cuanto más haber. El otro desvalido no hallaba
puerta abierta y así andaba á sombra de tejados. Todos huían dél. Si
quería entrar en alguna casa, dábanle con la puerta en los ojos y, si
porfiaba, muchos golpes, con lo cual no hallaba dónde parar. Vivía ó
moría, quien tan triste llegó á no poderse sufrir él á sí mismo. Y así
tomó por partido despeñarse, para despenarse, escogiendo antes morir
para vivir que vivir para morir.

Mas como la discreción es pasto de la melancolía, pensó una traza, que
siempre valió más que la fuerza. Conociendo cuán poderoso es el engaño
y los prodigios que obra cada día, determinó ir en busca suya una
noche, que hasta la luz y él se aborrecían.

[Marginal: _Casa del Engaño._]

Comenzó á buscarle; mas no le podía descubrir. En mil partes le decían
estaría y en ninguna le topaba. Persuadióse le hallaría en casa de los
engañadores y así fué primero á la del Tiempo. Éste le dijo que no; que
antes él procuraba desengañar á todos, sino que le creen tarde. Pasó á
la del Mundo, tenido por embustero y respondióle que por ningún caso;
que él á nadie engaña, aunque lo desea, que los mismos hombres son los
que se engañan á sí mismos, se ciegan y se quieren engañar. Fué á la
misma Mentira, que la halló en todas partes. Díjola á quién buscaba y
respondióle ella:

¡Anda necio! ¿Cómo tengo yo de decir verdad?

¿Según eso, la Verdad me lo dirá?, dijo él; pero ¿dónde la hallaré? Más
dificultoso será eso: que si al Engaño no le puedo descubrir en todo el
mundo, ¿cuánto menos la Verdad?

Fuése á casa de la Hipocresía, teniendo por cierto estaría allí; mas
ésta le engañó con el mismo Engaño. Porque torciendo el cuello á par de
la intención, encogiéndose de hombros, frunciendo los labios, arqueando
las cejas, levantando los ojos al cielo, que todo un hombre ocupa con
la voz muy mirlada, le aseguró no conocía tal personaje ni le había
hablado en su vida, cuando estaba amancebada con él.

Partió á casa de la Adulación, que era un palacio y ésta le dijo:

Yo, aunque miento, no engaño, porque echo las mentiras tan grandes y
tan claras, que el más simple las conocerá. Bien saben ellos que yo
miento; pero dicen que con todo eso se huelgan y me pagan.

¿Qué, es posible, se lamentaba, que esté el mundo lleno de engaños y
que yo no le halle? ¡Parece ésta pesquisa de Aragón! Sin duda estará en
algún casamiento: ¡vamos allá!

[Marginal: _Casamiento con eco._]

Preguntó al marido, preguntó á la mujer y respondiéronle ambos habían
sido tantas y tan recíprocas de una y otra parte las mentiras, que
ninguno podía quejarse de ser el engañado.

¿Si estaría en casa de los mercaderes, entre mohatras paliadas y
desnudos acreedores?

Respondiéronle que no, porque no hay engaño, donde ya se sabe que le
hay. Lo mismo dijeron los oficiales: que fué de tienda en tienda,
asegurándole en todas que al que ya lo sabe y quiere, no se le hace
agravio. Estaba desesperado, sin saber ya dónde ir.

Pues yo le he de buscar, dijo; aunque sea en casa del diablo.

Fuése allá, que era una Génova, digo una Ginebra. Mas éste se enojó
fieramente y, dando voces endiabladas, decía:

¿Yo engaño? ¿Yo engaño? ¡Qué bueno es eso para mí!; antes yo hablo
claro á todo el mundo. Yo no prometo cielos; sino infiernos acá y allá
fuegos, que no paraísos. Y con todo eso, los más me siguen y hacen mi
voluntad.

¿Pues en qué está el engaño?

[Marginal: _Engañador, engañado._]

Conoció decía esta vez la verdad y quitósele delante. Echó por otro
rumbo, determinó ir á buscarle á casa de los engañados, los buenos
hombres, los crédulos y cándidos, gente toda fácil de engañar. Mas
todos ellos le dijeron que por ningún caso estaba allí; sino en casa
de los engañadores, que aquéllos son los verdaderos necios, porque el
que engaña á otro siempre se engaña y daña más á sí mismo.

¿Qué es esto?, decía. Los engañadores me dicen que los engañados se lo
llevaron; éstos me responden que aquéllos se quedan con él. Yo creo que
unos y otros le tienen en su casa y ninguno se lo piensa.

Yendo desta suerte, le topó á él la Sabiduría, que no él á ella y, como
sabedora de todo, le dijo:

Perdido, ¿qué buscas? ¿Otro que á ti mismo? ¿No ves tú que el Engaño
no le halla quien le busca y que, en descubriéndole, ya no es él? Ve á
casa de algunos de aquellos, que se engañan á sí mismos, que allí no
puede faltar.

Entró en casa de un confiado, de un presumido, de un avaro, de un
envidioso y hallóle muy disimulado con afeites de verdad. Comunicóle
sus desdichas y consultóle su remedio. Miróselo el Engaño muy bien,
cuanto peor, y díjole:

Tú eres el mal, que tu mala catadura te lo dice. Tú eres la maldad,
más fea aún de lo que pareces. Pero ten buen ánimo, que no faltará
diligencia ni inteligencia. Huélgome se ofrezcan ocasiones como ésta
para que luzca mi poder. ¡Oh, qué par haremos ambos! Anímate, que si el
primer paso en la medicina es conocer la raíz del mal, yo la descubro
en tu dolencia, como si la tocase con las manos.

Yo conozco muy bien los hombres; aunque ellos no me conocen á mí. Yo sé
bien de qué pie cojea su mala voluntad. Y advierte que no te aborrecen
á ti por ser malo. No por cierto; sino porque lo pareces, por ese mal
vestido que tú llevas. Esos abrojos son los que les lastiman; que, si
tú fueras cubierto de flores, yo sé te quisieran. Pero déjame hacer,
que yo barajaré las cosas de modo que tú seas el adorado de todo el
mundo y tu hermano aborrecido. Ya la tengo pensada, que no será la
primera ni la última.

Asiéndole de la mano, se fueron pareados á casa de la Fortuna.
Saludóla con todo el cumplimiento que él suele y encandilóla tan bien,
que fué menester poco para una ciega. Ofreciósele por mozo de guía,
representándole su necesidad y las muchas conveniencias. Abonóle el
hijuelo de fiel y de entendido, pues sabe muchos puntos más que el
diablo su discípulo. Sobre todo, que no quería otra paga, sino sus
venturas. Y no se engañaba, que no hay renta, como la puerta falsa de
la ambición. Calidades eran todas muy á cuento, si no muy á propósito,
para mozo de ciego, y así le admitió la Fortuna en su casa, que es todo
el mundo.

[Marginal: _Mozo de la Fortuna._]

Comenzó al mismo instante á revolverlo todo, sin dejar cosa en su lugar
ni aun tiempo. Guíala siempre al revés. Si ella quiere ir á casa de
un virtuoso, él la lleva á la de un malo y otro peor. Cuando había de
correr, la detiene y, cuando había de ir con tiento, vuela. Barájale
las acciones, trueca todo cuanto da. El bien que ella quería dar al
sabio, hace lo dé al ignorante; el favor que va á hacer al valiente, lo
encamina al cobarde. Equivócale las manos cada punto, para que reparta
las felicidades y desdichas, en quien no las merece. Incítala á que
esgrima el palo sin sazón y á tontas y á ciegas la hace sacudir palos
de ciego en los buenos y virtuosos. Pega un revés de pobreza al hombre
más entendido y da la mano á un embustero, que por eso están hoy tan
validos.

[Marginal: _Don Baltasar de Zúñiga._]

¡Qué de golpes la ha hecho errar! Acabó de uno con un don Baltasar
de Zúñiga, cuando había de comenzar á vivir. Acabó con un duque del
Infantado, un marqués de Aitona y otros semejantes, cuando más era
menester. Dió un revés de pobreza á un don Luis de Góngora, á un
Agustín de Barbosa y otros hombres eminentes, cuando debiera hacerlos
muchas mercedes. Erró el golpe también y escusábase el bellacón,
diciendo:

Vinieran éstos en tiempo de un León X, de un rey Francisco de Francia,
que éste no es su siglo.

¡Qué disfavores no hizo á un marqués de Torrecuso! Y jactábase dello,
diciendo:

¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.

[Marginal: _Don Martín de Aragón._]

También fué errar el golpe darle un balazo á don Martín de Aragón,
conociéndose bien presto su falta.

Iba á dar la Fortuna un capelo á un Azpilqueta Navarro, que hubiera
honrado el Sacro Colegio; mas pególa en la mano un tal golpazo, que
lo echó en tierra, acudiendo á recogerlo un clerizonte. Y riéndose el
picarón, decía:

¡Eh! que no pudiéramos vivir con estos tales. Bástales su fama. Éstos
otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.

[Marginal: _España._]

Fué á dar á la monarquía de España muchas felicidades, por verla tan
católica, como había hecho siempre, dándole las Indias y otros muchos
reinos y victorias y el belitre la dió tal encontrón, que saltaron
acullá á Francia, con espanto de todo el mundo. Él se escusaba con
decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y
de los temerarios en Francia. [Marginal: _Venecia._] Y por desmentir
el odio, que le acumulaba ya su malicia, dió algunas victorias á la
república de Venecia contra el poder otomano y sola sin Liga, cosa
que ha admirado al mundo, escusándose con el tiempo, [Marginal: _Casa
otomana._] que se cansa ya de llevar á cuestas la felicidad otomana,
más á fuerza, que de industria.

Desta suerte fué barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las
dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían.

Llegando ya á ejecutar su primer intento, observó allá á la noche,
cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos, que de nadie los fiaba,
donde ponía los vestidos de cada uno, que eso siempre era con cuidado,
en diferentes puestos, porque no se confundiesen. Acudió, pues, el
Engaño y, sin ser sentido, trocó los vestidos, mudó los del bien al
puesto del mal y los del mal al del bien. Á la mañana la Fortuna, tan
descuidada como ciega, vistió á la Virtud el vaquerillo de las espinas,
sin más reparar. Y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio,
con que quedó éste muy galán. Y ¡él que se ayudó con afeites del
Engaño!

No había quien lo conociese. Todos se iban tras él. Metíanle en sus
casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advirtieron á costa de la
experiencia y dijéronlo á los otros. Pocos lo creyeron y, como le veían
tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño.

[Marginal: _Principios del vicio._]

Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo
engañado ó engañándose: los que abrazan la maldad por aquel cebillo
del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y
dicen arrepentidos: No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de
los males. ¿Luego errado habemos el camino? [Marginal: _Fines de la
virtud._] Al contrario, los que desengañados apechugan con la virtud,
aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al
fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus
conciencias.

[Marginal: _Cargos cargas._]

¡Qué florida le parece á éste la hermosura y qué lastimado queda
después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad!; ¡pero cuán
presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la
dignidad! Vestido viene el cargo de estimación; ¡mas qué pesado le
halla después, que le abruma so la carga! ¡Qué gustosa imagina el
sanguinario la venganza! ¡Cómo se relame en la sangre del enemigo!
Y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los
agraviados no pueden digerir. Hasta el agua hurtada es más sabrosa.
Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña; mas después ¡con
qué violencia la trueca al restituirla! Dígalo la madre del milano.

[Marginal: _Gota grita._]

Traga el glotón exquisitos manjares, saboréase con los preciosos vinos
y después, ¡cómo lo grita en la gota! No pierde el deshonesto coyuntura
en su bestial deleite y págalo con dolor de todas las de su flaco
cuerpo. Abraza espinas en riquezas el avaro, pues no le dejan morir y,
sin poderlas gozar, deja en ellas lastimado el corazón.

Todos éstos pensaron traer á su casa el Bien, vestido del gusto; y
de verdad, que no es sino el Mal solapado; no el contento, sino el
tormento, también merecido de su engaño. Pero al contrario, ¡qué
dificultosa y cuesta arriba se le hace al otro la virtud!, y después,
¡qué satisfacción la de la buena conciencia! ¡Qué horror el de la
abstinencia y en ella consiste la salud del cuerpo y alma! Intolerable
se le representa la continencia y en ella se halla el contento
verdadero, la vida, la salud y la libertad.

El que se contenta con una medianía, tranquilo vive. El manso de
corazón, posee la tierra. Desabrido se le propone el perdón del
enemigo; pero ¡qué paz se le sigue y qué honra se consigue! ¡Qué frutos
tan dulces se cogen de la raíz amarga de la mortificación! Melancólico
parece el silencio; mas al sabio nunca le pesó de haber callado.

De suerte que desde entonces la Virtud anda vestida de espinas por
fuera y de flores por dentro. Al contrario del Vicio. Conozcámoslos y
abracémonos con aquélla, á pesar del engaño tan común cuan vulgar.

Á vistas estaba ya de la corte y mirando Andrenio á Madrid con fruición
grande preguntóle el Sabio:

¿Qué ves en cuanto miras?

Veo, dijo él, una real madre de tantas naciones, una corona de dos
mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un
nido del mismo fénix y una esfera del sol católico, coronado de prendas
en rayos y de blasones en luces.

Pues yo veo, dijo Critilo, una Babilonia de confusiones, una Lutecia
de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una
Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de
cautiverios.

[Marginal: _Madrid madre, madrastra._]

Yo veo, dijo el Sabio, á Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una
parte, y madrastra por la otra. Que así como á la corte acuden todas
las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que
vienen á ella nunca traen lo bueno, sino lo malo de sus patrias. Aquí
yo no entro, aunque se diga que me volví del puente Milvio.

Y con esto despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como
instruídos, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de
aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo á ella
y pidió al librero si tendría un _Ovillo de oro_ que venderle. No le
entendió, que leer los libros por los títulos no hace entendidos. Pero
sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y
suficiencia:

¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de
Circe.

Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni
plata; sino libros, que son mucho más preciosos.

Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé
avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.

[Marginal: _Libros libres._]

De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este
librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma
felicidad.

Ésa buscamos.

Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte
de ser personas y de tratar con ellas.

Tomóle Critilo. Leyó el título que decía:

_El Galateo Cortesano._

¿Qué vale?, preguntó.

Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le
lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par
de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.

Oyendo esto el cortesano, dió una tan descompuesta risada, que causó no
poca admiración á Critilo y mucho enfado al librero, y preguntóle la
causa.

Porque es digno de risa lo que decís, respondió él, y cuanto este libro
enseña.

Ya veo yo, dijo el librero, que _El Galateo_ no es más que la cartilla
del arte de ser personas y que no enseña más del a, b, c; pero no
se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como
importante. Y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña á serlo.

[Marginal: _Galateo al revés._]

Lo que menos hace es eso, replicó el cortesano. Este libro, dijo
tomándole en las manos, aún valdría algo, si se practicase todo al
revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo, cuando los hombres lo
eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora
en los tiempos que alcanzamos no valen cosa. Todas las lecciones, que
aquí encarga, eran del tiempo de las ballestas; mas ahora, que es el de
las gafas, creedme que no aprovechan. Y para que os desengañéis, oid
esta de las primeras.

Dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno,
no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito, como si viese
misterios en los ojos.

Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las
lenguas asidas al corazón. ¿Pues dónde le ha de mirar? ¿Al pecho?

Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla, que deseaba Momo.

Si, aun mirándole á la cara que hace, al semblante que muda, no puede
el más atento sacar traslado del interior, ¿qué sería, si no le mirase?

Mírele y remírele y de hito en hito y aun plegue á Dios que dé en el
hito de la intención y crea que ve misterios. Léale el alma en el
semblante. Note si muda colores, si arquea las cejas. Brujuléele el
corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen
tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando
conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar á otro á
la cara.

Oid esta otra, que me da gran gusto siempre que la leo. Pondera el
autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las
narices, ponerse á mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen
perlas ó diamantes del cerebro.

Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana,
cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran
avisos.

No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe
todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en
lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que
es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no
se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz,
que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que
destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda
que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino
que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de
Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. [Marginal: _Sonado
mocoso._] Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido
que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á
resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos
todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños,
mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.

Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún
caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni
la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto,
señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya
cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que
sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de
encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto
agarrador, tanto escribano y otros que callo.

Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que
es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las
tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas.
Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos
se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto
menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de
todo el mundo, [Marginal: _Señor almirante._] como hizo el almirante en
Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas
las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas
no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las
mismas manos, cuando las tienen tan largas.

Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á
cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto!
Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas
uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á
estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el
hospital.

Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo.
¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero,
sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues
desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía.
Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus
partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.

[Marginal: _Cortesía engaño._]

Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé
cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con
cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino
donde cayere.

¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á
no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la
ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de
su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el
espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo
ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde
pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme
siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo,
y eso es andar bien.

¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!

¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más
fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá.
Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome
consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le
guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.

¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!

Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo
que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay
algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces
de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le
atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en
el entender.

¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!

¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para
orejas de buriel.

¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla,
ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que
pesca.

No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que
buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos.
Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no
sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si
tiene buena mano, póngala en todo.

[Marginal: _Dichos y hechos._]

Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como
lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que
verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de
abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes
ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin
escampar.

Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua,
y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de
cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin
decir primero: ¡cólera va!

Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal
puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa
de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición,
de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.

También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando
hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni
madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro
retorcerlos.

¡Eh, que sí; déjelos tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al
corazón! Déjelos examinar si palpita. Tienten también si tienen almilla
en los botones, que hay hombres, que aun allí no la tienen. Tírenle de
la manga al que se desmanda y de la faldilla al que se estira, porque
no salga de sí.

Ésta, que se sigue, en ninguna república se practica ni aun en la de
Venecia. Era del tiempo antiguo. ¡Que no coma á dos carrillos, que es
una grande fealdad!

Veis aquí una lección, que las más lindas la practican menos; antes
dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más.

Que no ría mucho ni muy alto, dando grandes risadas.

¡Ay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reir
debajo la nariz, aunque frescamente á su sombra!

Va otra semejante: que no coma con la boca cerrada. Por cierto, sí.
¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos á la sopa!
Aun dese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma
boca; ¿qué sería á boca abierta? No habría menester más el otro, que
come y bebe de cortesía. Á más de que en ninguna ocasión importa
tanto tenerla cerrada y con candados, que cuando se come y se bebe.
[Marginal: _Marqués de Espínola._] Así lo observó el célebre marqués de
Espínola, cuando le convidó á su mesa el atento Henrico.

Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su
cortesano de ningún modo regüelde: que, aunque es salud, es grosería.
Créame y déjelos que echen fuera el viento, de que están ahitos y más
llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo
el que tienen en aquellas cabezas! Que tengo para mí que por eso al que
estornuda le ayuda Dios á echar el viento de su vanidad y le damos la
norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire,
cuando no está en su lugar.

Sólo un consejo me contentó mucho de _El Galateo_ y me pareció muy
sustancial, para que se verifique aquel dicho común, que no hay
libro sin algo bueno. Encarga, pues, por capital precepto y como el
fundamento de toda su obra cortesana, que el galante _Galateo_ procure
tener los bienes de fortuna, para vivir con lucimiento, que sobre esta
basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía y discreción,
galantería, despejo y todas las demás prendas de varón culto y
perfecto; y advierta que, si fuere pobre, jamás será ni entendido
ni cortés ni galante ni gustoso. Y esto es lo que yo siento de _El
Galateo._

Pues si ése no os contenta, dijo el librero, porque no instruye sino en
la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza
de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente
Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la corte. Realzó esa misma
instrucción, [Marginal: _Conde de Portalegre._] que no la comentó muy
á lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de
Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo á la corte.

Es grande obra, dijo el cortesano, y sobrado grande, pues es sólo para
grandes personajes; y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar
á un enano el zapato de un gigante.

Creedme que no hay otro libro ni arte más á propósito, que parece la
escribió viendo lo que en Madrid pasa.

Ya sé que me tendréis por paradojista y aun estoico, pero más importa
la verdad. Digo que el libro, que habéis de buscar y leerlo de cabo
á cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. ¡Aguardad! No os admiréis
hasta que me declare. ¿Qué pensáis? ¿Que el peligroso golfo, que
él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en
aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la
Circe encantadora en su isla y el soberano Cíclope en su cueva? Sabed
que el peligroso mar es la corte con la Escila de sus engaños y la
Caribdis de sus mentiras.

¿Veis esas mujeres, que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas
de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras,
con sus fines monstruosos y amargos dejos. Ni basta que el cauto Ulises
se tape los oídos; es menester que se ate al firme mástil de la virtud
y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus
encantos.

[Marginal: _Circes lindas._]

Hay encantadoras Circes, que á muchos, que entraron hombres, los han
convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos Cíclopes, tan necios como
arrogantes, con solo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción?

Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar, para que
como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo
como os amenaza.

Tomaron su consejo y fueron entrando en la corte, experimentando al pie
de la letra lo que el cortesano les había prevenido y Ulises enseñado.
No encontraron pariente ni amigo ni conocido, por lo pobre. No podían
descubrir su deseada Felisinda.

Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo
probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que
había escapado de sus naufragios. Sobre todo quiso hacer experiencia
de un finísimo diamante, por ver si vencía tan grandes dificultades
su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como
escriben los filósofos. Sacólas á luz, mostrólas y al mismo punto
obraron maravillosos efectos, porque comenzaron á ganar amigos. Todos
se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre
de España, galanes, entendidos y discretos.

Fué tal el ruido que hizo un diamante, que se les cayó en un empeño de
algunos centenares, que se oyó por todo Madrid. Con que los embistieron
enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un
rey, más sobrinos que un papa. Pero el caso más agradablemente raro
fué el que le sucedió á Andrenio, desde la calle Mayor á palacio.
Llegóse á él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado,
que desenvainando una hoja en un billete, le dejó tan cortado, que
no acertó á descartarse Andrenio. Antes, brujuleándole, descubrió
una prima su servidora en la firma. Dábale la bienvenida á la corte
y muchas quejas de que, siendo tan proprio, se hubiese portado tan
extraño. Suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que
le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de
su prima, cuando él no creyera tener madre y, llevado más de su curioso
deseo, que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo
para la casa. Lo que aquí vió en maravillas y le sucedió en portentos
dirá la siguiente Crisi.



CRISI XII

_Los encantos de Falsirena._


Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más
engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que
más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la
mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa
que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale
la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo,
porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te
siga.

Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza
de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la
viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el
mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.

Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que
difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos
los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías,
que todo lo es una mujer mala.

Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades
diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en
todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni
valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común
y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos
franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las
manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies
la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa,
es buscada; si fea, ella busca. [Marginal: _Trono de la necedad._] Y si
el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono
de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh,
cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué
poco le aprovechó!

Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á
Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que
suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran
rato, torciendo calles y doblando esquinas.

Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del
mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo
desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres
jardines.

Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad,
cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que
fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora.
Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro
capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto
desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio
hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre
sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero
sin estrellas.

[Marginal: _Amor llorando quema._]

Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos,
pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones
todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya
linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro,
deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando
después de los mismos que lisonjearon antes.

Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera
darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que
fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente
odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las
aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya,
silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por
donaire.

Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban,
suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad,
donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana
Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.

Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de
sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló
favores con quejas, repitiendo algunas veces:

¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido
como deseado.

Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas
hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón,
que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una
posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la
conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan
al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa!
¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan
fresco cortesano!

Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de
oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á
quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan
hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro
más dichoso.

¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y
sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy
bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y
aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta!
[Marginal: _Violencias del amor._] ¿Pero qué Dánae escapó de un engaño?
¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa
de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...

Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre
suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en
saber la causa.

Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.

Y ella:

Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda
casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero, que
quedaba preso en Goa; si bien en su corazón le traía y á vos por
prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una
isla, debiendo al cielo dobladas providencias, con que pudo salvar su
crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de su
secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os
echó á luz y, cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que
ellas, allí, malenvuelto entre unas martas, que le servían á ella de
galán abrigo, os encomendó en la cuna de la yerba al piadoso cielo, que
no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera, que no fué la
primera vez ni será la última que sustituyeron maternas ausencias. ¡Oh,
cómo me lo contaba ella muchas veces y con más lágrimas que palabras me
ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora
os restituirá las caricias en abrazos, que allí os negó, violentada de
su honor.

Estaba atónito Andrenio, escuchando el suceso de su vida y, careando
tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía,
reventando en lágrimas de ternura, comenzó á destilar el corazón en
líquidos pedazos por los ojos.

[Marginal: _Lágrimas quebrantan peñas._]

Dejemos, dijo ella, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto
á moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso
albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.

Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos, ya pérfidos, que al bajar
serían _á gatas_, á la esfera del sol en lo brillante y de la luna
en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan
artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron á tantos ver, á
su despecho, las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, sino
para el pasado, y todas eran muy buenas piezas, repitiendo ella:

Todo es tan vuestro como mío.

Mientras duró la dulcísima merienda, le cantaron gracias y le
encantaron Circes.

En todo caso habéis de quedar aquí, dijo la prima; aunque tan á costa
de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que, aunque aquí
no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para
ello, que mis criados con una señal la cobrarán y pagarán lo que se
debiere.

Será preciso, replicó Andrenio, que yo vaya, porque habéis de saber que
no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón
á Critilo mi padre.

¿Cómo es eso de padre?, dijo asustada Falsirena.

Y él: Llamo padre á quien me hizo obras de tal y tengo por cierto,
según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo
de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.

¿Eso más?, dijo Falsirena. Id luego al punto y volved al mismo con
Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un
solo bocado ni reposaré un instante hasta volver á veros.

Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, de la espía y del
recuerdo. Halló á Critilo ya cuidadoso. Fuése á echar á sus pies,
besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces:

¡Oh padre!, ¡oh señor mío! que ya el corazón me lo decía.

¿Qué novedad es ésta?, replicó Critilo.

Que no es nuevo en mí, respondió, el teneros por padre, que la misma
sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois
quien me ha engendrado y después hecho persona. Mi madre es vuestra
esposa Felisinda. Que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una
hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.

¿Cómo es eso de prima?, preguntó Critilo. Ese nombre de prima no me
suena bien.

Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, á su casa, que allí
volveremos á oir esta novedad siempre gustosa.

Estaba suspenso Critilo entre el oir tan individuales circunstancias
y el temer tantos engaños en la corte. Pero, como es fácil creer lo
que se desea, dejóse convencer á título de informarse y así se fueron
juntos á casa de Falsirena.

Parecía ya otra, siempre mejorada y, aunque ahora muy á lo grave y
autorizado pero siempre con apariencias de un cielo.

Seáis muy bienllegado, dijo ella, señor Critilo, á esta vuestra casa,
que sólo ignorarla os ha podido escusar de no haberla honrado antes.
Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro
parentesco y cómo su madre y vuestra esposa, la hermosa Felisinda, era
mi tía y mi señora y mucho más amiga, que parienta. Harto sentí yo su
falta y aun la lloro.

Aquí sobresaltado Critilo:

¿Pues cómo?, dijo. ¿Es muerta?

No señor, respondió, no tanto mal; basta la ausencia. Sus padres se
murieron y aun de pena de ver que nunca quiso elegir esposo entre
ciento que la competían. Quedó á la sombra y tutela de aquel gran
príncipe, que hoy asiste en Alemania, embajador del Católico. Allá
pasó con la marquesa, como parienta y encomendada, donde sé que vive
y muy contenta, ¡así Dios nos la vuelva, como espero! Quedé yo aquí
con mi madre, hermana suya y, aunque solas, muy acomodadas de honra y
hacienda. Mas, como no vienen solas las desdichas de cobardes, faltóme
también mi madre, sin duda del sentimiento de su ausencia. Asístenme
los parientes y á todo el mundo debo harto. Es la virtud mi empleo,
procuro conservar la honra heredada: que deben más unas personas que
otras á sus antepasados. Ésta, señores, es mi casa, de hoy adelante
vuestra, para toda la vida y ¡sea la de Néstor! Ahora quiero que veáis
lo mejor de mis galerías y suelos, conduciendo hasta desembarcar en un
puerto de rosas y de claveles.

Aquí les fué mostrando en valientes tablas, obra de prodigiosos
pinceles, todo el suceso de su vida y sus tragedias, con no poco
espanto de ambos, correspondiendo á extremos del arte con extremos de
admiración.

No ya sólo Andrenio, pero el mismo Critilo quedó vencido de su agasajo
y convencido de su información. Después de alternar disculpas con
agradecimientos, trató traer su ropa y entre ella algunas piedras muy
preciosas, ruinas ya de aquella su rica casa. Hizo alarde dellas y,
como fruta de damas, brindó con todas las de su buen gusto á Falsirena.
Aquí ella, aunque las celebró mucho, mandó sacar otras tantas y muy á
lo bizarro dijo que las gozase todas. Replicó Critilo fuese servida de
guardarlas y ella lo cumplió bien.

Suspiraba Critilo por su deseada Felisinda y así un día sobre mesa
propuso su jornada para Alemania, donde estaba. Mas Andrenio, cautivo
de la afición de su prima, divirtió la plática, porque disgustaba mucho
el hacer ausencia. Ella más á lo sagaz, habiendo alabado la resolución,
puso largas á título de conveniencia. Mas ofrecióse luego ocasión y
sazón de ir sirviendo á la gran fénix de España, que iba á coronarse de
águila del imperio.

No tuvo escusa Andrenio y, entretanto que disponía la partida,
propuso Falsirena el preciso lance de ir á ver [Marginal: _Escorial.
Aranjuez._] aquellos dos milagros del mundo, el Escorial del arte y el
Aranjuez de la naturaleza, paralelos del sol de Austria, según gustos
y tiempos. Pero estaba tan ciego de su pasión Andrenio, que no le
quedaba vista para ver otro, aunque fuesen prodigios. Hacía instancias
Falsirena. Y Critilo, aunque fuese solo en pagar á la curiosidad una
tan justa deuda, que después ejecuta el tormento de no haber visto lo
que todos celebran y aun la propia imaginación castiga toda la vida,
representando por lo mejor aquello que se dejó de ver, partióse solo
para admirar por muchos.

Halló aquel gran templo de Salomón católico, asombro del hebreo, no
sólo satisfacción á lo concebido, sino pasmo en el exceso. Allí vió
la ostentación de un real poder, un triunfo de la piedad católica,
un desempeño de la arquitectura, pompa de la curiosidad, ya antigua,
ya moderna, el último esfuerzo de las artes y donde la grandeza, la
riqueza y la magnificencia llegaron de una vez á echar el resto.

De aquí pasó á Aranjuez, estancia perpetua de la primavera, patria de
Flora, retiro de su amenidad en todos los meses del año, guardajoyas de
las flores y centro de las delicias á todo gusto, y contento. Dejó en
ambas maravillas empeñada la admiración para toda la vida.

Volvió á Madrid muy satisfecho de prodigios. Fuése á hospedar á casa
de Falsirena; pero hallóla más cerrada que un tesoro y más sorda que
un desierto. Repitió aldabadas al impaciente criado, resonando el eco
cada una en el corazón de Critilo. Enfadados los vecinos, le dijeron:

No se canse ni nos muela, que ahí nadie vive, todos mueren.

Asustado Critilo, replicó:

¿No vive aquí una señora principal, que pocos días ha dejé yo sana y
buena?

Eso de buena, dijo uno riéndose, perdonadme que no lo crea.

Ni señora, añadió otro, quien toda su vida gasta en mocedades.

Ni aun mujer, dijo el tercero, quien es una harpía; si ya no es la peor
mujer destos tiempos.

No acababa de persuadirse Critilo lo que no deseaba. Volvió á instar:

¿Señores, no vive aquí Falsirena?

Llegóse en esto uno y dijóle:

No os canséis ni recibáis enfado. Es verdad que ha vivido ahí algunos
días una Circe en el zurcir y una Sirena en el encantar, causa de
tantas tempestades, tormentos y tormentas, porque á más de ser ruin,
aseguran que es una famosa hechicera, una célebre encantadora, pues
convierte los hombres en bestias.

¿Y no los transforma en asnos de oro?

[Marginal: _Vicios transforman._]

No, sino de su necedad y pobreza. Por esa corte andan á millares
convertidos, después de divertidos, en todo género de brutos. Lo que
yo sé decir es que en pocos días, que aquí ha estado, he visto entrar
muchos hombres y no he visto salir uno tan sólo, que lo fuese. Y por
lo que esta Sirena tiene de pescado, les pesca á todos el dinero, las
joyas, los vestidos, la libertad y la honra. Y para no ser descubierta,
se muda cada día, no la condición ni las costumbres, sino de casas. De
un cabo de la villa salta al otro, con lo cual es imposible hallarla de
tan perdida. Tiene otra igual astucia la brújula, con que se rige en
este golfo de sus enredos, y es que, en llegando un forastero rico, al
punto se informa de quién es, de dónde y á qué viene, procurando saber
lo más íntimo. Estudia el nombre, averigúale la parentela. Con esto,
á unos se les miente prima, á otros sobrina y á todos por un cabo ó
por otro parienta. Muda tantos nombres, como puestos. En una parte es
Cecilia, por lo Escila, en otra Serena por lo Sirena, Inés porque ya no
es, Teresa por lo traviesa, Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo
que quita. Con estas artes los pierde á todos y ella gana y ella reina.

No acababa de satisfacerse Critilo y, deseando entrar en la casa,
preguntó, si estaría á mano la llave.

Sí, dijo uno, yo la tengo encomendada, por si llegan á verla. Abrió y
al punto que entraron dijo Critilo:

Señores, que no es ésta la casa ó yo estoy ciego, porque la otra era un
palacio por lo encantado.

Tenéis razón, que los más son de esa suerte. Aquí no hay jardines, no;
sino montones de moral basura. Las fuentes son albañales y los salones
zahurdas. ¿Os ha pescado algo esta sirena? ¡Decidnos la verdad!

Sí y mucho, joyas, perlas y diamantes; pero lo que más siento es haber
perdido un amigo.

No se habrá perdido para ella; sino para sí mismo. Habrálo transformado
en bestia, con que andará por esta corte vendido.

¡Oh, Andrenio mío!, dijo suspirando. ¿Dónde estarás? ¿Dónde te podré
hallar? ¿En qué habrás parado?

Buscóle por toda la casa, que fué paso de risa para los otros y para él
llanto. Y, despidiéndose dellos, tomó la derrota para su antigua posada.

Dió mil vueltas á la corte, preguntando á unos y á otros y nadie le
supo dar razón, que de bien pocos se da en ella. Perdía el juicio,
alambicándole en pensar trazas, cómo descubrirle. Resolvió al cabo
volver á consultar á Artemia.

Salió de Madrid, como se suele, pobre, engañado, arrepentido y
melancólico. Á poco trecho, que hubo andado, encontró con un hombre,
[Marginal: _Sexto sentido._] bien diferente de los que dejaba. Era un
nuevo prodigio, porque tenía seis sentidos, uno más de lo ordinario.
Hízole harta novedad á Critilo.

Porque hombres con menos de cinco ya los había visto y muchos; pero con
más, ninguno. Unos sin ojos, que no ven las cosas más claras, siempre
á ciegas y á tientaparedes; y con todo eso nunca paran, sin saber por
dónde van. Otros, que no oyen palabra, todo aire, ruido, lisonja,
vanidad y mentira. Muchos que no huelen poco ni mucho y menos lo que
pasa en sus casas, con que arroja harto mal olor á todo el mundo y de
lejos huelen lo que no les importa. Éstos no perciben el olor de la
buena fama ni quieren ver ni oler sus contrarios y, teniendo narices
para el negro humo de la honrilla, no las tienen para la fragancia de
la virtud.

También había encontrado no pocos sin género alguno de gusto, perdido
para todo lo bueno, sin arrostrar jamás á cosa de sustancia. Hombres
desabridos en su trato, enfadados y enfadosos. Otros de mal gusto,
siempre aniñado, escogiendo lo peor en todo. Y aun otros muy de su
gusto y nada del ajeno. Otra cosa aseguraba más notable, que había
topado hombres, si así pueden nombrarse, que no tenían tacto y menos
en las manos, donde más suele prevalecer, y así proceden sin tiento
en todas sus cosas, aun las más importantes. Éstos de ordinario todo
lo yerran aprisa, porque no tocan las cosas con las manos ni las
experimentan.

Éste de Critilo era todo al contrario, que, á más de los cinco
sentidos, muy despiertos, tenía otro sexto, mejor que todos, que
aviva mucho los demás y aun hace discurrir y hallar las cosas por
recónditas que estén. Halla trazas, inventa modos, da remedios, enseña
á hablar, hace correr y aun volar y adivinar lo por venir: y era la
necesidad. ¡Cosa bien rara! ¡Que la falta de los objetos sea sobra de
inteligencia! Es ingeniosa inventiva, cauta, activa, perspicaz y un
sentido de sentidos. En reconociéndole, dijo Critilo:

¡Oh, cómo nos podemos juntar ambos! Huélgome de haberte topado, que,
aunque todo me suele venir mal, esta vez estoy de día. Contóle su
tragedia en la corte.

Eso creeré yo muy bien, dijo Egenio, que éste era su nombre y
definición. Y aunque yo iba á la gran feria del mundo, publicada en los
confines de la juventud y edad varonil, á aquel gran puerto de la vida;
con todo, por servirte, vamos á la corte, que te aseguro de poner todos
mis seis sentidos en buscarle y que, hombre ó bestia, que será lo más
seguro, le hemos de descubrir.

Entraron con toda atención buscándole, lo primero en aquellos cómicos
corrales, vulgares plazas, patios y mentideros. [Marginal: _Señores._]
Encontraron luego unas grandes acémilas, atadas unas á otras, siguiendo
la que venía detrás las mismas huellas de la que iba delante,
sucediéndola en todo, muy cargadas de oro y plata, pero gimiendo bajo
la carga, cubiertas con reposteros bordados de oro y seda y aun algunas
de brocados. Tremolaban en las testeras muchas plumas, que hasta las
bestias se honraban con ellas. Movían gran ruido de pretales.

¿Si sería alguna destas?, dijo Critilo.

De ningún modo, respondió Egenio: éstos son, digo eran, grandes
hombres, gente de cargo y de carga. Y aunque los ves tan bizarros, en
quitándoles aquellos ricos jaeces, parecen llenos de feísimas llagas de
sus grandes vicios, que los cubría aquella argentada brillantez.

¡Aguarda! ¿Si sería alguno destos otros, que van arrastrando carretas
gruñidoras por lo villanas?

Tampoco. Ésos tienen los ojos bajo las puntas y por eso sufren tanto.

Allí parece que nos ha llamado un papagayo. ¿Si sería él?

[Marginal: _Habladores._]

No lo creas. Ése será algún lisonjero, que jamás dijo lo que sentía.
Algún político destos que tienen uno en el pico y otro en el corazón.
Algún hablador, que repite lo que le dijeron, destos que hacen del
hombre y no lo son. Todos se visten de verde, esperando el premio de
sus mentiras y lo consiguen de verdad.

¿Tampoco será aquel compuesto mojigato, que esconde uñas y ostenta
barbas?

Déstos hay muchos, dijo Egenio, que cazan á lo beato: no sólo cogen lo
mal alzado, sino lo más guardado. [Marginal: _Maldicientes._] Pero no
juzguemos tan temerariamente, digamos que son gente de pluma.

¿Y aquel perro viejo, que está allí ladrando?

Aquél es un mal vecino, algún maldiciente, un émulo, un
malintencionado, un melancólico, uno de los que pasan de los sesenta.

Sé que no sería aquel jimio, que nos está haciendo gestos en aquel
balcón.

¡Oh gran hipócrita, que quiere parecer hombre de bien y no lo es! Algún
hazañero, que suelen hacer mucho del hombre y son nada. El maestro de
cuentos, licenciado de chiste, que como siempre están de burlas, nunca
son hombres de veras, gente toda ésta de chanza y de poca sustancia.

¿Qué tal sería, que estuviese entre los leones y tigres del Retiro?

Dúdolo, que aquélla toda es gente de arbitrios y ejecuciones.

¿Ni entre los cisnes de los estanques?

Tampoco, que ésos son secretarios y consejeros, que, en cantando bien,
acaban.

Allí veo un animal inmundo, que pródigamente se está volcando en la
hediondez de un asquerosísimo cenagal y él piensa que son flores.

[Marginal: _Deshonestos._]

Si alguno había de ser, era ése, respondió Egenio, que estos torpes y
lascivos, anegados en la inmundicia de sus viles deleites, causan asco
á cuantos hay y ellos tienen el cieno por cielo y, oliendo mal á todo
el mundo, no advierten, antes tienen la hediondez por fragancia y el
más sucio albañal por paraíso. Déjamelo reconocer de lejos. Ahora digo
que no es él, sino un ricazo, que con su muerte ha de dar un buen día á
los herederos y gusanos.

¿Qué es posible, se lamentaba Critilo, que no le podamos hallar entre
tantos brutos como vemos, entre tanta bestia como topamos?

Ni arrastrando el coche de la ramera ni llevando en andas al que es más
grande que él ni acuestas al más pesado ni al que va dentro de litera
en mal latín y tan fuera della en buen romance ni acarreando inmundicia
de costumbres.

¿Qué es posible que tanto desfiguren un hombre estas cortesanas Circes?
¿Que así puedan dementar los hijos, haciendo perder el juicio á sus
padres? ¿Que no se contenten con despojarlos de los arreos del cuerpo;
sino de los del ánimo, quitándoles el mismo ser de personas? Y díme,
Egenio amigo, cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo lo podríamos
restituir á su primer ser de hombre?

Ya que le topásemos, respondió. Que eso no sería muy dificultoso.
Muchos han vuelto en sí perfectamente; [Marginal: _Apuleyo._] aunque á
otros siempre les queda algún resabio de lo que fueron. Apuleyo estuvo
peor que todos y con la rosa del silencio curó.

¡Gran remedio de necios! Si ya no es que, rumiados los materiales
gustos y considerada su vileza, desengañan mucho al que los masca.

Los camaradas de Ulises estaban rematadas fieras y, comiendo las
raíces amargas del árbol de la virtud, cogieron el dulce fruto de
ser personas. Daríamosle á comer algunas hojas del árbol de Minerva,
[Marginal: _Duque de Orleans._] que se halla muy estimado en los
jardines del culto y erudito duque de Orleans. Y si no, las del moral
prudente, que yo sé que presto volvería en sí y sería muy hombre.

Habían dado cien vueltas con más fatiga, que fruto, cuando dijo Egenio:

¿Sabes qué he pensado? Que vamos á la casa donde se perdió, que entre
aquel estiércol habemos de hallar esta joya perdida.

Fueron allá, entraron y buscaron.

¡Eh!, que es tiempo perdido, decía Critilo. Que ya yo le busqué por
toda ella.

Aguarda, dijo Egenio. Déjame aplicar mi sexto sentido, que es único
remedio contra este sexto achaque.

Advirtió, que de un gran montón de suciedad lasciva salía un humo muy
espeso.

Aquí, dijo, fuego hay.

Y apartando toda aquella inmundicia moral, apareció una puerta de una
horrible cueva. Abriéronla no sin dificultad y divisaron dentro á la
confusa vislumbre de un infernal fuego muchos desalmados cuerpos,
tendidos por aquellos suelos. Había mozos galanes de tan corto seso,
cuan largo cabello. Hombres de letras; pero necios. Hasta viejos ricos
tenían los ojos abiertos; mas no veían. Otros los tenían vendados con
malpiadosos lienzos. En los más no se percibía otro que algún suspiro.
Todos estaban dementados y adormecidos y tan desnudos, que aun una
sábana no les había dejado siquiera para mortaja.

Yacía en medio Andrenio, tan trocado, que el mismo Critilo, su padre,
le desconocía. Arrojóse sobre él llorando y voceándole; pero nada
oía. Apretábale la mano; mas no le hallaba ni pulso ni brío. Advirtió
entre tanto Egenio que aquella confusa luz no era de antorcha, sino de
una mano, que de la misma pared nacía, blanca y fresca, adornada de
hilos de perlas, que costaron lágrimas á muchos, coronados los dedos
de diamantes muy finos, á precio de falsedades. Ardían los dedos como
candelas; aunque no tanto daban luz, cuanto fuego que abrasaba las
entrañas.

¿Qué mano de ahorcado es ésta?, dijo Critilo.

No es sino del verdugo, respondió Egenio, pues ahoga y mata.

Removióla un poco y al mismo punto comenzaron á rebullir ellos.

Mientras ésta ardiere, no despertarán.

[Marginal: _Alquitrán de amor._]

Probóse á apagarla, alentando fuertemente; mas no pudo, que éste es el
fuego de alquitrán, que con viento de amorosos suspiros y con agua de
lágrimas más se aviva. El remedio fué echar polvo y poner tierra en
medio. Con esto se estinguió aquel fuego más que infernal y al punto
despertaron los que dormían valientemente, digo aquellos que por ser
hijos de Marte son hermanos de Cupido. Los ancianos muy corridos,
diciendo:

¡Basta! Que este vil fuego de la torpeza no perdona ni verde ni seco.

Los sabios, execrando su necedad, decían:

¡Que Paris afrente á Palas! Era mozo, é ignorante. Pero ¡los
entendidos! Ésa es doblada demencia.

Andrenio entre los Benjamines de Venus malherido, atravesado el corazón
de medio á medio, en reconociendo á Critilo se fué para él.

¿Qué te parece?, le dijo éste. ¡Cuál te ha puesto una mala hembra! Sin
hacienda, sin salud, sin honra y sin conciencia te ha dejado. Ahora
conocerás lo que es.

Aquí todos á porfía comenzaron á execrarla. Uno la llamaba Escila de
marfil, otro Caribdis de esmeralda, peste afeitada, veneno en néctar.

Donde hay juncos, decía uno, hay agua; donde humo, fuego y donde
mujeres, demonios.

¿Cuál es mayor mal que una mujer, decía un viejo, sino dos, porque es
doblado?

Basta que no tiene ingenio, sino para mal, decía Critilo. Pero Andrenio:

Callad, les dijo, que con todo el mal, que me han causado, confieso que
no las puedo aborrecer ni aun olvidar. Y os aseguro que de todo cuanto
en el mundo he visto, oro, plata, perlas, piedras, palacios, edificios,
jardines, flores, aves, astros, luna y el sol mismo, lo que más me ha
contentado es la mujer.

¡Alto!, dijo Egenio. Vamos de aquí, que ésta es la locura sin cura y
el mal, que yo tengo que decir de la mujer mala, es mucho. Doblemos la
hoja para el camino.

Salieron todos á la luz de dar en la cuenta, desconocidos de los otros,
pero conocidos de sí. Encaminóse cada uno al templo de su escarmiento
á dar gracias al noble desengaño, colgando en sus paredes los despojos
del naufragio y las cadenas de su cautiverio.



CRISI XIII

_La feria de todo el mundo._


Contaban los antiguos que, cuando Dios crió al hombre, encarceló todos
los males en una profunda cueva acullá lejos y aun quieren decir que en
una de las Islas Fortunadas, de donde tomaron su apellido. Allí encerró
las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la
hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma
muerte. Encadenados todos entre sí y no fiando de tan horrible canalla,
echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al
albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y
advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente.

Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes,
los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud,
la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo.

Pero duróle poco esta dicha. Que la mujer, llevada de su curiosa
ligereza, no podía sosegar, hasta ver lo que había dentro de la fatal
caverna. Cogióle un día, bien aciago para ella y para todos, el corazón
al hombre y después la llave. Y sin más pensarlo, que la mujer primero
ejecuta y después piensa, se fué resuelta á abrirla.

Al poner la llave aseguran se estremeció el universo. Corrió el cerrojo
y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose á porfía
de toda la redondez de la tierra.

La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera.
[Marginal: _España._] Topó con España, primera provincia de la Europa.
Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella. Allí vive y allí
reina con todos sus aliados, la estimación propia, el desprecio ajeno,
el querer mandarlo todo y servir á nadie, hacer del don Diego y vengo
de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto
y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción:
y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo.

[Marginal: _Francia._]

La Codicia, que la venía á los alcances, hallando desocupada la
Francia, se apoderó de toda ella, desde la Gascuña hasta la Picardía.
Distribuyó su humilde familia por todas partes: la miseria, el
abatimiento de ánimo, la poquedad, el ser esclavos de todas las demás
naciones, aplicándose á los más viles oficios, el alquilarse por un vil
interés, la mercancía laboriosa, el andar desnudos y descalzos con los
zapatos bajo el brazo, el ir todo barato con tanta multitud, finalmente
el cometer cualquier bajeza por el dinero. Si bien dicen que la
Fortuna, compadecida, para realzar tanta vileza, introdujo su nobleza;
pero tan bizarra, que hacen dos extremos sin medio.

[Marginal: _Italia._]

El Engaño trascendió toda la Italia, echando hondas raíces en los
italianos pechos: en Nápoles hablando y en Génova tratando. En toda
aquella provincia está muy valida, con toda su parentela, la mentira,
el embuste y el enredo, las invenciones, trazas, tramoyas: y todo ello
dicen es política y tener brava testa.

[Marginal: _África._]

La Ira echó por otro rumbo. Pasó al África y á sus islas adyacentes,
gustando vivir entre alarbes y entre fieras.

La Gula, con su hermana la Embriaguez, asegura la preciosa Margarita de
Valois [Marginal: _Alemania._] se sorbió toda la Alemania alta y baja,
gustando y gastando en banquetes los días y las noches, las haciendas
y las conciencias. Aunque algunos no se han emborrachado sino una
sola vez; pero les ha durado toda la vida. Devoran en la guerra las
provincias, abastecen los campos. Y aun por eso formaba el emperador
Carlos V de los alemanes el vientre de su ejército.

[Marginal: _Inglaterra._]

La Inconstancia aportó á la Inglaterra, la Simplicidad á Polonia, la
Infidelidad á Grecia, la Barbaridad á Turquía, la Astucia á Moscovia,
la Atrocidad á Suecia, la Injusticia á la Tartaria, las Delicias á la
Persia, la Cobardía á la China, la Temeridad al Japón. La Pereza aun
esta vez llegó tarde y, hallándolo todo embarazado, hubo de pasar á la
América á morar entre los indios.

La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y
tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por
todo el mundo, ocupándolo de cabo á cabo. Concertóse con los demás
vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan
valida, que no es fácil averiguar en cuál más. Todo lo llena y todo lo
inficiona.

Pero como la mujer fué la primera con quien embistieron los males,
todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies á
cabeza.

Esto les contaba Egenio á sus dos camaradas, cuando, habiéndolos sacado
de la corte por la puerta de la luz, que es el sol mismo, les conducía
á la gran feria del mundo, publicada para aquel grande emporio, que
divide los amenos prados de la juventud de las ásperas montañas de la
edad varonil y donde de una y otra parte acudían ríos de gente, unos á
comprar y otros á vender y otros á estarse á la mira, como más cuerdos.

Entraron ya por aquella gran plaza de la conveniencia, emporio
universal de gustos y de empleos, alabando unos lo que abominan otros.
Así como asomaron por una de sus muchas entradas, acudieron á ellos dos
corredores de oreja, [Marginal: _Interés._] que dijeron ser filósofos,
el uno de la una banda y el otro de la otra, que todo está dividido en
pareceres. Díjoles Sócrates, así se llamaba el primero:

Venid á esta parte de la feria y hallaréis todo lo que hace al
propósito para ser personas. Mas Simónides, que así se llamaba el
contrario, les dijo:

Dos estancias hay en el mundo, la una de la honra y la otra del
provecho. Aquélla yo siempre la he hallado llena de viento y humo y
vacía de todo lo demás; esta otra llena de oro y plata. Aquí hallaréis
el dinero, que es un compendio de todas las cosas. Según esto, ved á
quién habéis de seguir.

Quedaron perplejos, altercando á qué mano echarían. Dividiéronse en
pareceres, así como en afectos, cuando llegó un hombre, que lo parecía,
aunque traía un tejo de oro en las manos y llegándose á ellos, les fué
asiendo de las suyas y refregándolas en el oro, reconociéndola después.

¿Qué pretende este hombre?, dijo Andrenio.

Yo soy, respondió, el contraste de las personas, el quilatador de su
fineza.

¿Pues qué es de la piedra de toque?

Ésta es, dijo señalando el oro.

¿Quién tal vió?, replicó Andrenio. Antes el oro es el que se toca y se
examina en la piedra Lidia.

Así es; pero la piedra de toque de los mismos hombres es el oro. Á los
que se les pega á las manos, no son hombres verdaderos; sino falsos.
Y así al juez, que le hallamos las manos untadas, luego le condenamos
de oidor á tocador. El prelado, que atesora los cincuenta mil pesos
de renta, por bien que lo hable, no será él boca de oro; sino bolsa
de oro. El cabo con cabos bordados y mucha plumajería, [Marginal:
_Don Claudio San Mauricio._] señal que despluma á los soldados y no
los socorre, como el valiente borgoñón don Claudio San Mauricio. El
caballero, que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras,
de verdad que no es hidalgo. La otra, que sale muy bizarra, cuando
el marido anda deslucido, muy mal parece. Y en una palabra, todos
aquellos, que yo hallo que no son limpios de manos, digo que no son
hombres de bien. Y así tú, á quien se te ha pegado el oro, dejando el
rastro en ellas, dijo á Andrenio, cree que no lo eres: echa por la
otra banda. Pero éste, señalando á Critilo, que no se le ha pegado ni
queda señalado con el dedo, éste persona es: eche por la banda de la
entereza.

Antes, replicó Critilo, para que él lo sea también, importará me siga.

Comenzaron á discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha.
Leyeron un letrero, que decía:

Aquí se vende lo mejor y lo peor.

Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas para callar, las mejores
para mordérselas y que se pegaban al paladar. Un poco más adelante
estaba un hombre, tan lejos de pregonar su mercadería, que por ademanes
intimaba el silencio.

¿Qué vende éste?, dijo Andrenio.

Y él al punto puso el dedo índice en la boca.

Pues deste modo, ¿cómo sabremos lo que vendes?

Sin duda, dijo Egenio, que vende el callar.

[Marginal: _Secreto._]

Mercadería es bien rara y bien importante, dijo Critilo. Yo creí
que se había acabado en el mundo. Ésta la deben traer de Venecia,
especialmente el secreto, que acá no se coge. ¿Y quién le gasta?

Eso estase dicho, respondió Andrenio: los anacoretas, los monjes,
porque ellos saben lo que vale y aprovecha.

Pues yo creo, dijo Critilo, que los más que lo usan no son los buenos;
sino los malos. Los deshonestos callan, las adúlteras disimulan, los
asesinos punto en boca, los ladrones entran con zapato de fieltro y así
todos los malhechores.

Ni aun ésos, replicó Egenio; que está ya el mundo tan rematado, que los
que habían de callar, hablan más y hacen gala de sus ruindades. Veréis
el otro, que funda su caballería en bellaquería, que no le agrada la
torpeza, si no es descarada. El acuchillador se precia de que sus
valentías den en rostro. El lindo, que se hable de sus cabellos. La
otra, que se descuida de sus obligaciones y sólo cuida de su _cara
cara_, ostenta las galas cuando más la descomponen. El mal ladrón
pretende cruz. Y el otro pide el título, que sea sobreescrito de sus
bajezas. Deste modo todos los ruines son los más ruidosos.

Pues, señores, ¿quién compra?

El que apaña piedras, el que hace y no dice, el que hace su negocio y
Harpocrato, á quien nadie reprende.

Sepamos el precio, dijo Critilo: que querría comprar cantidad, que no
sé si lo hallaremos en otra parte.

El precio del silencio, les respondieron, es silencio también.

¿Cómo puede ser eso, si lo que se vende es callar? ¿La paga cómo ha de
ser?

Callar.

Muy bien. Que buen callar se paga con otro. Éste calla, porque aquél
calle y todos dicen callar y callemos.

Pasaron á una botica, cuyo letrero decía:

Aquí se vende una quinta esencia de salud.

¡Gran cosa!, dijo Critilo.

Quiso saber qué era y dijéronle que la saliva del enemigo.

Ésa, dijo Andrenio, llámola yo quinta esencia del veneno, más letal que
el de los basiliscos. Más quisiera que me escupiera un sapo, que me
picara un escorpión, que me mordiese una víbora. ¿Saliva del enemigo?
¿Quién tal oyó? ¡Si dijera del amigo fiel y verdadero! Ésa sí que es
remedio único de males.

¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Egenio. Harto más mal hace la lisonja
de los amigos, aquella pasión con que todo lo hacen bueno, aquel afecto
con que todo lo disimulan, hasta dar con un amigo enfermo en sus
culpas, en la sepultura de su perdición. Creedme que el varón sabio
más se aprovecha del licor amargo del enemigo bien alambicado, pues
con él saca las manchas de su honra y los borrones de su fama. Aquel
temor de que no lo sepan los émulos, que no se huelguen, hace á muchos
contenerse á la raya de la razón.

Llamáronlos de otra tienda á gran prisa, que se acababa la mercancía y
era verdad, porque era la ocasión. Y pidiendo el valor, dijeron:

Ahora va de balde; pero después no se hallará un solo cabello por un
ojo de la cara y menos la que más importa.

Gritaba otro: Daos prisa á comprar, que mientras más tardáis, más
perdéis y no podréis recuperarlo por ningún precio. Éste redimía tiempo.

Aquí, decía otro, se da también de balde lo que vale mucho.

¿Y qué es?

El escarmiento.

¡Gran cosa! ¿Y qué cuesta?

Los necios le compran á su costa; los sabios á la ajena.

¿Dónde se vende la experiencia?, preguntó Critilo. Que también vale
mucho.

Y señaláronle acullá lejos en la botica de los años.

¿Y la amistad?, preguntó Andrenio.

Ésa, señor, no se compra; aunque muchos la venden. Que los amigos
comprados no lo son y valen poco.

Con letras de oro, decía en una:

Aquí se vende todo y sin precio.

Aquí entro yo, dijo Critilo.

Hallaron tan pobre al vendedor, que estaba desnudo y toda la tienda
desierta: no se veía cosa en ella.

¿Cómo dice esto con el letrero?

Muy bien, respondió el mercader.

¿Pues qué vendéis?

Todo cuanto hay en el mundo.

¿Y sin precio?

Sí, porque con desprecio, despreciando cuanto hay, seréis señor de
todo; y al contrario, el que estima las cosas no es señor dellas; sino
ellas dél. Aquí el que da se queda con la cosa dada y le vale mucho, y
los que la reciben quedan muy pagados con ella.

[Marginal: _Cortesía._]

Averiguaron era la cortesía y el honrar á todo el mundo.

Aquí se vende, preguntaba uno, lo que es proprio, no lo ajeno.

¿Qué mucho es eso?, dijo Andrenio.

Sí es. Que muchos os venderán la diligencia que no hacen, el favor que
no pueden y, aunque pudieran, no lo hicieran.

Fuéronse encaminando á una tienda, donde con gran cuidado los
mercaderes los hicieron retirar y con cuantos llegaban hacían lo mismo.

¿Ó vendéis, ó no?, dijo Andrenio. Nunca tal se ha visto, que el mismo
mercader desvíe los compradores de su tienda. ¿Qué pretendéis con eso?

Gritáronles otra vez que se apartasen y que comprasen de lejos.

¿Pues qué vendéis aquí? Ó es engaño ó es veneno.

[Marginal: _Estimación._]

Ni uno ni otro; antes la cosa más estimada de cuantas hay, pues es la
misma estimación, que, en rozándose, se pierde. La familiaridad la
gasta y la mucha conversación la envilece.

Según eso, dijo Critilo, la honra de lejos. Ningún profeta en su
patria. Y si las mismas estrellas vivieran entre nosotros, á dos días
perdieran su lucimiento. Por eso los pasados son estimados de los
presentes y los presentes de los venideros.

Aquélla es una rica joyería, dijo Egenio. Vamos allá. Feriaremos
algunas piedras preciosas, que ya en ellas solas se hallan las virtudes
y la fineza.

[Marginal: _Duque de Villahermosa._]

Entraron y hallaron en ella al discretísimo duque de Villahermosa, que
estaba actualmente pidiendo al lapidario le sacase algunas de las más
finas y de más estimación.

Dijo que sí, que tenía algunas bien preciosas.

Y cuando aguardaban todos algún cajón del Oriente, los diamantes al
tope, las esmeraldas, que alegran por lo que prometen y todas por lo
que dan, sacó un pedazo de azabache tan negro y tan melancólico, como
él es, diciendo:

Ésta, señor excelentísimo, es la piedra más digna de estimación de
cuantas hay. Ésta la de mayor valor. Aquí echó la naturaleza el resto,
aquí el sol, los astros y los elementos se unieron en influir fineza.

Quedaron admirados de oir tales exageraciones nuestros feriantes; pero
callaban donde el discreto duque estaba y él les dijo:

Señores, ¿qué es esto? ¿Éste no es un pedazo de azabache? ¿Pues qué
pretende este lapidario con esto? ¿Tiénenos por indios?

Ésta, volvió á decir el mercader, es más preciosa que el oro, más
provechosa que los rubíes, más brillante que el carbunclo. ¿Qué tienen
que ver con ella las margaritas? Ésta es la piedra de las piedras.

Aquí, no pudiéndolo ya sufrir el de Villahermosa, le dijo:

Señor mío, ¿éste no es un trozo de azabache?

Sí señor, respondió él.

¿Pues para qué tan exorbitantes encarecimientos? ¿De qué sirve esta
piedra en el mundo? ¿Qué virtudes la han hallado hasta hoy? Ella no
vale para alegrar la vista como las brillantes y transparentes ni
aprovecha para la salud, porque no alegra como la esmeralda ni conforta
como el diamante ni purifica como el zafir. No es contraveneno como la
bezoar ni facilita el parto como la del águila ni quita dolor alguno.
¿Pues de qué sirve, sino para hacer juguetes de niños?

¡Oh, señor!, dijo el lapidario, perdone vuecencia: que no es sino para
hombres y muy hombres, porque es la piedra filosofal, que enseña la
mayor sabiduría y en una palabra muestra á vivir, que es lo que más
importa.

¿De qué modo?

Echando una higa á todo el mundo y no dándosele nada de cuanto hay. No
perdiendo el comer ni el sueño, no siendo tontos. Y eso es vivir como
un rey, que es lo que aún no se sabe.

Dádmela acá, dijo el duque, que la he de vincular en mi casa.

Aquí se vende, gritaba otro, un remedio único para cuantos males hay.

Acudía tanta gente, que no cabían de pies; aunque sí de cabezas. Llegó
impaciente Andrenio y pidió le diesen de la mercadería presto.

Sí señor, le respondieron, que se conoce bien la habéis menester. Tened
paciencia.

Volvió de allí á poco á instar le diesen lo que pedía.

¿Pues, señor, le dijo el mercader, ya no se os ha dado?

¿Cómo dado?

Sí, que yo lo he visto por mis ojos, dijo otro.

Enfurecíase Andrenio negando.

Dice verdad; aunque no tiene razón, respondió el mercader: que, aunque
se le han dado, él no la ha tomado. Tened espera.

Iba cargando la gente y el amo les dijo:

Señores, servíos despejar y dar lugar á los que vienen, pues ya tenéis
recado.

¿Qué es esto?, replicó Andrenio. ¿Os burláis de nosotros? ¡Qué linda
flema por cierto! Dadnos lo que pedimos y nos iremos.

[Marginal: _Sufrir._]

Señor mío, dijo el mercader, andad con Dios, que ya os han dado recado
y aun dos veces.

¿Á mí?

Sí, á vos.

No me han dicho sino que tuviese paciencia.

¡Oh, qué lindo!, dijo el mercader, dando una gran risada. Pues, señor
mío, esa es la preciosa mercadería. Ésa es la que prestamos y ésa es el
remedio único para cuantos males hay. Y quien no la tuviere, desde el
rey hasta el roque, váyase del mundo. Tanto valí, cuanto sufrí.

Aquí lo que se vende, decía otro, no hay bastante oro ni plata en el
mundo para comprarlo.

¿Pues quién feriará?

Quien no la pierda, respondieron.

¿Y qué cosa es?

La libertad.

Gran cosa, aquello de no depender de voluntad ajena y más de un necio,
de un modorro. Que no hay tormento como la imposición de hombres sobre
las cabezas.

Entró un feriante en una tienda y díjole al mercader le vendiese sus
orejas. Riéronlo mucho todos; sino Egenio, que dijo:

Es lo primero, que se ha de comprar. No hay mercadería más importante.
Y pues habemos feriado lenguas para no hablar, compremos aquí orejas
para no oir y unas espaldas de ganapán ó molinero.

Hasta el mismo vender hallaron se feriaba, porque saber uno vender sus
cosas vale mucho, que ya no se estima por lo que son, sino por lo que
parecen. Los más de los hombres ven y oyen con ojos y oídos prestados:
viven de información de ajeno gusto y juicio.

Repararon mucho en que todos los famosos hombres del mundo, el mismo
Alejandro en persona, que lo era, [Marginal: _Señor don Juan de
Austria._] dos Césares, Julio y Augusto y otros deste porte y de los
modernos el invicto señor don Juan de Austria, frecuentaban mucho una
botica en que no había letrero.

Llevólos á ella su mucha curiosidad. Preguntaron á unos y á otros qué
era lo que allí se vendía y nadie lo confesaba. Creció más su deseo.
Advirtieron que los sabios y entendidos eran los mercaderes.

Aquí gran misterio hay, dijo Critilo.

Llegóse á uno y muy en secreto le preguntó qué era lo que allí se
vendía.

Respondióle: No se vende; sino que se da por gran precio.

¿Qué cosa es?

Aquel inestimable licor, que hace inmortales á los hombres, y entre
tantos millares como ha habido y habrá los hace conocidos, quedando
los demás sepultados en el perpetuo olvido, como si nunca hubiera
habido tales hombres en el mundo.

¡Preciosísima cosa!, exclamaron todos. ¡Oh qué buen gusto tuvieron
Francisco I de Francia, Matías Corvino y otros! Decidnos, señor, ¿no
habrá para nosotros siquiera una gota?

Sí la habrá, con que deis otra.

¿Otra, de qué?

De sudor propio, que, tanto cuanto uno suda y trabaja, tanto se le da
de fama y de inmortalidad.

Pudo bien Critilo feriarla y así les dieron una redomilla de aquel
eterno licor. Miróla con curiosidad y, cuando creyó sería alguna
confección de estrellas ó alguna quinta esencia del lucimiento del sol
y de trozos de cielo alambicados, halló era una poca tinta mezclada con
aceite. Quiso arrojarla; pero Egenio le dijo:

No hagas tal y advierte que el aceite de las vigilias de los estudiosos
y la tinta de los escritores, juntándose con el sudor de los héroes y
tal vez con la sangre de las heridas, fabrican la inmortalidad de su
fama. Desta suerte la tinta de Homero hizo inmortal á Aquiles, la de
Virgilio á Augusto, la propia á César, la de Horacio á Mecenas, la de
Jovio al Gran Capitán, la de Pedro Mateo á Enrique IV de Francia.

¿Pues cómo todos no procuran una excelencia como ésta?

Porque no todos tienen esa dicha ni ese conocimiento.

Vendía Tales Milesio obras sin palabras y decía que los hechos son
varones y las palabras hembras.

Horacio carecía especialmente de ignorancia y aseguraba ser la
sabiduría primera.

Pitaco, aquel otro sabio de la Grecia, andaba poniendo precios á todos
y muy moderados, igualando las balanzas, y en todas partes encargaba su
_Ne quid nimis_.

Estaban muchos leyendo un gran letrero en una tienda, que decía:

Aquí se vende el bien á mal precio.

Pero entraban pocos.

No os espantéis, Egenio, que es mercadería poco estimada en el mundo.

Entren los sabios, decía el mercader, que vuelven bien por mal y
negocian con eso cuanto quieren.

Aquí hoy no se fía, decía otro, ni aun del mayor amigo, porque mañana
será enemigo.

Ni se porfía, decía otro.

Y aquí entraban poquísimos valencianos, como ni en las del secreto.

Había al fin una tienda común, donde de todas las demás acudían á saber
el valor y la estimación de todas las cosas. Y el modo de apreciarlas
era bien raro, porque era hacerlas piezas, arrojarlas en un pozo,
quemarlas y al fin perderlas. Y esto hacían aun de las más preciosas,
como la salud, la hacienda, la honra y, en una palabra, cuanto vale.

¿Esto es dar valor?, dijo Andrenio.

Señor, sí, le respondieron: que hasta que se pierden las cosas, no se
conoce lo que valen.

Pasaron ya á la otra acera de la gran feria de la vida humana, á
instancia de Andrenio y despechos de Critilo; pero muchas veces los
sabios yerran, para que no revienten los necios. Había también muchas
tiendas, pero muy diferentes, correspondiendo en emulación una de esta
parte á la de la otra. Y así decía en la primera un letrero:

Aquí se vende el que compra.

Primera necedad, dijo Critilo.

¡No sea maldad!, replicó Egenio.

Iba ya á entrar Andrenio y detúvole, diciendo:

¿Adónde caminas, que vas vendido?

Miraron de lejos y vieron cómo se vendían unos á otros, hasta los
mayores amigos.

Decía en otra:

Aquí se vende lo que se da.

Unos decían eran mercedes; otros, que presentes destos tiempos.

Sin duda, dijo Andrenio, que aquí se da tarde, que es tanto como no dar.

No será, sino que se pide lo que se da, replicó Critilo: que es muy
caro lo que cuesta la vergüenza de pedir y mucho más el exponerse á un
no quiero.

Pero Egenio averiguó eran dádivas del villano mundo.

[Marginal: _Hacienda._]

¡Oh, qué mala mercadería!, gritaba uno á una puerta.

Y con todo eso no cesaban de entrar á porfía y los que salían todos
decían:

¡Oh, maldita hacienda! Si no la tenéis, causa deseo; si la tenéis,
cuidado; si la perdéis, tristeza.

Pero advirtieron había otra botica llena de redomas vacías, cajas
desiertas, y con todo eso muy embarazada de gente y de ruido. Á este
reclamo acudió luego Andrenio.

Preguntó qué se vendía allí, porque no se veía cosa, y respondiéronle
que viento, aire y aun menos.

¿Y hay quien lo compre?

Y quien gasta en ello todas sus rentas. Aquella caja está llena de
lisonjas, que se pagan muy bien. En aquella redoma hay palabras, que
se estiman mucho. Aquel bote es de favores, de que se pagan no pocos.
Aquella arca grande está rellena de mentiras, que se despachan harto
mejor que las verdades y más las que se pueden mantener por tres días y
en tiempo de guerra, dice el italiano, bugia como terra.

[Marginal: _Todo aire._]

¡Hay tal cosa!, ponderaba Critilo. ¡Que haya quien compre el aire y se
pague dél!

¿Deso os espantáis?, le dijeron. ¿Pues en el mundo qué hay sino viento?
El mismo hombre, quitadle el aire y veréis lo que queda. Aun menos que
aire se vende aquí y muy bien se paga.

Vieron que actualmente estaba un boquirrubio dando muchas y muy ricas
joyas, galas y regalos, que siempre andan juntos, á un demonio de una
fea, por quien andaba perdido. Y preguntando qué le agradaba en ella
respondió, que el airecillo.

De modo, señor mío, dijo Critilo, ¿que aún no llega á ser aire y
enciende tanto fuego?

Estaba otro dando largos ducados, porque le matasen un contrario.

¿Señor, qué os ha hecho?

No ha llegado á tanto; hame dicho de suerte, que por una palabrilla...

¿Y era afrentosa?

No, pero el airecillo con que lo dijo me ofendió mucho.

De modo, que aún no llega á ser aire lo que os cuesta tan caro á vos y
á él.

Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones y decía que
gustaba mucho de sus gracias y donaires.

Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el
airecillo y el donaire.

Pero lo que les espantó mucho fué ver una mujer tan fiera, que pasaba
plaza de furia infernal, de harpía en arañar á cuantos llegaban á su
tienda y gritaba:

¿Quién compra? ¿Quién compra pesares, quebraderos de cabeza,
quitasueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?

Entraban ejércitos enteros y era lo malo que, haciendo alarde, salían
pasando crujía y los que vivos, [Marginal: _Marqués del Borro._] que
eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas
que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de
nuevo venían.

Estábase Critilo espantado, mirando tal atrocidad y díjole Egenio:

Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para
pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras,
la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes,
heridas y muertes y con todo eso tantos y tontos la compran tan cara.

Pregonaba uno: Aquí se venden esposas.

Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro ó mujeres.

Todo es uno, que todas son prisiones.

¿Y el precio?

De balde y aun menos.

¿Cómo puede ser menos?

Sí, pues se paga porque las lleven.

Sospechosa mercadería: ¿mujeres y pregonadas?, ponderó uno. Ésa
no llevaré yo: la mujer, ni vista ni conocida; pero también será
desconocida.

Llegó uno y pidió la más hermosa. Diéronsela á precio de gran dolor de
cabeza y añadió el casamentero:

El primer día os parecerá bien á vos; todos los demás á los otros.

Escarmentando otro, pidió la más fea.

Vos la pagaréis con un continuo enfado.

Convidábanle á un mozo que tomase esposa y respondió:

Aún es temprano.

Y un viejo: Ya es tarde.

[Marginal: _Discreción._]

Otro, que se picaba de discreción, pidió una que fuese entendida.
Buscáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.

Venga una, señor mío, que sea muy igual en todo, dijo un cuerdo: porque
la mujer, me aseguran, es la otra mitad del hombre y que realmente
antes eran una misma cosa entrambos; mas que Dios los separó, porque
no se acordaban de su divina Providencia. Y que esta es la causa de
aquella tan vehemente propensión, que tiene el hombre á la mujer,
buscando su otra mitad.

Casi tiene razón, dijeron; pero es cosa dificultosa hallarle á cada uno
su otra mitad. Todas andan barajadas comúnmente. La del colérico damos
al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo y tal vez
la del mozo de veinte años al caduco de setenta: ocasión de que los
más vienen arrepentidos.

Pues eso, señor casamentero, dijo Critilo, no tiene disculpa, que bien
conocida es la desigualdad de quince años á setenta.

¿Qué queréis? Ellos se ciegan y lo quieren así.

Pero ellas ¿cómo pasan por eso?

Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres y, si ellos caducan,
ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de
gargajos. Mas eso no tiene remedio. Tomad ésta, conforme la deseáis.

Miróla y halló que en todo era dos ó tres puntos más corta: en la edad,
en la calidad, en la riqueza, en todo. Y reclamando no era tan ajustada
como deseaba:

Llevadla, dijo, que con el tiempo vendrá á ajustarse, que de otra
manera pasaría y sería mucho peor. Y tened cuidado de no darla todo lo
necesario, porque en teniéndolo, querrá lo superfluo.

Fué alabado mucho uno, que diciéndole viese una, que había de ser su
mujer, respondió que él no se casaba por los ojos, sino por los oídos.
Y así llevó en dote la buena fama.

Convidáronlos á la casa del buen gusto, donde había convitón.

¿Será casa de gula?, dijo Andrenio.

Sí será, respondió Critilo; pero los que entran parecen comedores y los
que salen comidos.

Vieron cosas raras: había sentado un gran señor, rodeado de
gentileshombres enanos, entrometidos, truhanes, valientes y lisonjeros,
que parecía el arca de las sabandijas. [Marginal: _Príncipes._] Comió
bien; pero echáronle la cuenta muy larga, porque dijeron comía cien mil
ducados de renta. Él sin réplica, pasaba por ello. Reparó Critilo y
dijo:

¿Cómo puede ser esto? No ha comido la centésima parte de lo que dicen.

Es verdad, dijo Egenio, que no los come; sino éstos que le van
alrededor.

Pues, según eso, no digan que tiene el duque cien mil de renta, sino
mil y los demás de dolor de cabeza.

Había bravos papasales, otros que papaban viento y decían que
engordaban; pero al cabo todo paraba en aire. Todo se lo tragaban
algunos y otros todo se lo bebían. Muchos tragaban saliva y los más
mordían cebolla y al cabo todos los que comían quedaban comidos hasta
de los gusanos.

En todas estas tiendas no feriaron cosa de provecho; sí en las otras
de mano derecha, preciosos bienes, verdades de finísisimos quilates y
sobre todo á sí mismos. Que el sabio consigo y Dios, tiene lo que basta.

Desta suerte salieron de la feria, hablando cómo les había ido en ella.
Egenio ya otro, porque rico trató de volver á su alojamiento, que en
esta vida no hay casa propia. Critilo y Andrenio se encaminaron á pasar
los puertos de la edad varonil en Aragón, de quien decía aquel su
famoso rey que, en naciendo, fué destinado para dar tantos Santiagos
y para ser conquistador de tantos reinos, comparando las naciones de
España á las edades y que los aragoneses eran los varones.



  EL CRITICÓN

  SEGUNDA PARTE

  JUICIOSA CORTESANA FILOSOFÍA
  EN EL OTOÑO DE LA VARONIL EDAD



AL SERENÍSIMO SEÑOR

DON JUAN DE AUSTRIA


  Serenísimo Señor:

Arco vistoso y bienvisto el que tantas tempestades serena, brillante
rayo del planeta cuarto y rayo ardiente de la guerra. Hoy en emulación
de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre victoriosas,
en la hercúlea mano de V. A. llegan á tan florecientes plantas estas
de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad á sombra de tan
inmortal plausible lucimiento. De hojas á hojas va la competencia y
no estraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de
Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un César
novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor varonil,
maldelineada en estos borrones, bienideada en los aciertos de la
anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la
Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había
de ser joven, es tanto hombre, cuando llegue á ser hombre, será un
jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.

  B. L. P. DE V. A.

  _LORENZO GRACIÁN._



CRISI PRIMERA

_Reforma universal._


Renuncia el hombre inclinaciones de siete en siete años: ¡cuánto más
alternará genios en cada una de sus cuatro edades! Comienza á medio
vivir quien poco ó nada percibe. Ociosas pasan las potencias en la
niñez, aun las vulgares; que las nobles sepultadas yacen en una
puerilidad insensible, punto menos que bruto, aumentándose con las
plantas y vegetándose con las flores.

Pero llega el tiempo en que también el alma sale de mantillas: ejerce
ya la vida sensitiva, entra en la jovial juventud, que de allí tomó
apellido. ¡Qué sensual! ¡Qué delicioso! No atiende sino á holgarse el
que nada entiende. No vaca al noble ingenio; sino al delicioso genio.
Sigue sus gustos, cuando tan malo le tiene.

Llega al fin, pues, siempre tarde á la vida racional y muy de hombre:
ya discurre y se desvela. [Marginal: _Empleos varoniles._] Y porque
se reconoce hombre, trata de ser persona. Estima el ser estimado,
anhela al valer, abraza la virtud, logra la amistad, solicita el saber,
atesora noticias y atiende á todo sublime empleo.

Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr
del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la
niñez fuente risueña. Nace entre menudas arenas, que de los polvos de
la nada se hacen los lodos del cuerpo. Sale tan clara como sencilla.
Ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase
entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan.

Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se
arroja y despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores. Va
echando espumas, se enturbia y se enfurece.

Sosiégase ya río en la varonil edad. Va pasando tan callado, cuan
profundo, caudalosamente vagaroso. Todo es fondos, sin ruido. Dilátase
espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades,
enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha.

¡Mas ay! que al cabo viene á parar en el amargo mal de la vejez, abismo
de achaques, sin que le falte una gota. Allí pierden los ricos sus
bríos, su nombre y su dulzura. Va á orza el carcomido bajel, haciendo
agua por cien partes y á cada instante zozobrando entre borrascas tan
deshechas, que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores
en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en el perpetuo olvido.

[Marginal: _Aragón, buena España._]

Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio,
en Aragón, que los estranjeros llaman la buena España, empeñados en el
mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con
mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus
verduras, lo florido de sus lozanías y, subiendo la trabajosa cuesta
de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas, emprendían una
montaña de dificultades.

Hacíasele muy cuesta arriba á Andrenio, como á todos los que suben á la
virtud, que nunca hubo altura sin cuesta. Iba afanando y aun sudando.
Animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella
esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían
cargados los árboles. Pues tenían más que hojas, contando las de los
libros. Subían tan altos, que les pareció señoreaban cuanto contiene el
mundo, muy superiores á todo.

¿Qué te parece desta nueva región?, dijo Critilo. ¿No percibes qué
aires estos tan puros?

Así es, respondió Andrenio. Paréceme que ya llevamos otros aires. ¡Qué
buen puesto éste para tomar aliento y asiento! Que ya es tiempo de
tenerle.

Pusiéronse á contemplar lo que habían caminado hasta hoy.

¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas, como pasadas?
¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí!
Todo es niñería, respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué
humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué
profundidad tan notable se advierte de aquí allá! Despeño sería querer
volver á ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho, cuantos habemos dado hasta
hoy!

[Marginal: _Argos moral._]

Esto estaban filosofando, cuando descubrieron un hombre, muy otro de
cuantos habían topado hasta aquí, pues se estaba haciendo ojos para
notarlos, que ya poco es ver. Fuése acercando y ellos advirtiendo que
realmente venía todo rebutido de ojos de pies á cabeza y todos suyos y
muy despiertos.

¡Qué gran mirón es éste!, dijo Andrenio.

No; sino prodigio de atenciones, respondió Critilo. Si él es hombre, no
destos tiempos; y, si lo es, no es marido ni aun pastor ni trae cetro
ni cayado. ¿Mas si sería Argos? Pero no, que ése fué del tiempo antiguo
y ya no se usan semejantes desvelos.

Antes sí, respondió el mismo: que estamos en tiempos, que es menester
abrir el ojo y aun no basta; sino andar con cien ojos. Nunca fueron
menester más atenciones, que cuando hay tantas intenciones: que ya
ninguno obra de primera. Y advertid que de aquí adelante ha de ser el
andar despabilados, que hasta ahora todos habéis vivido á ciegas y aun
á dormidas.

Dínos por tu vida, tú que ves por ciento y vives por otros tantos,
¿guardas aún bellezas?

¡Qué vulgaridad tan rancia!, respondió él. ¿Y quién me mete á mí en
imposibles? Antes me guardo yo dellas y guardo á otros bienentendidos.

Estaba atónito Andrenio, haciéndose ojos también ó en desquite ó en
imitación.

Y reparando en ellos Argos, le dijo:

¿Ves ó miras? Que no todos miran lo que ven.

Estoy, respondió, pensando de qué te pueden servir tantos ojos. Porque
en la cara están en su lugar, para ver lo que pasa, y aun en el
cerebro, para ver lo que pasó; ¿pero en los hombros á qué propósito?

[Marginal: _Ojo á la carga y al cargo._]

¡Qué bien lo entiendes!, dijo Argos. Éstos son más importantes, los que
más estimaba don Fadrique de Toledo.

¿Pues para qué valen?

Para mirar un hombre la carga que se echa á cuestas y más si se casa
ó se arrasa, al aceptar el cargo y entrar en el empleo. Ahí es el ver
y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas,
viendo lo que pueden sus hombros. Que el que no es un Atlante ¿para
qué se ha de meter á sostener las estrellas? Y el otro, que no es un
Hércules, ¿para qué se entremete á sustituto del peso de un mundo? Él
dará con todo en tierra.

¡Oh, si todos los mortales tuviesen destos ojos! Yo sé que no se
echarían tan á carga cerrada las obligaciones, que después no pueden
cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo con la carga incomportable:
el uno de un matrimonio, sin patrimonio; el otro del demasiado punto,
sin coma; éste con el empeño en que se desempeña y aquél con el honor,
que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien, antes de
echarme la carga á cuestas; que el abrirlos después no sirve sino para
la desesperación ó para el llanto.

¡Oh, cómo tomaría yo otros dos, dijo Critilo, no sólo para no cargar de
obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna, que abrume la vida
y haga sudar la conciencia!

Yo confieso, que tienes razón, dijo Andrenio, y que están bien los ojos
en los hombros, pues todo hombre nació para la carga. [Marginal: _Ojo
al arrimo._] Pero díme: esos, que llevas en las espaldas ¿para qué
pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas ¿de qué sirven?

Y aun por eso, respondió Argos: para que miren bien dónde se arriman.
¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas
tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los
mismos hermanos? Maldito el hombre, que confía en otro, y sea quien
fuere. ¿Qué digo amigos y hermanos? De los mismos hijos no hay que
asegurarse y necio del padre, que en vida se despoja. No decía del todo
mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte á los enemigos,
que pedir en vida á los amigos. Ni aun en los mismos padres hay que
confiar, que algunos han echado dado falso á los hijos y ¡cuántas
madres hoy venden las hijas!

Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos. Ni hay otra
amistad, que dependencia. Á lo mejor falsean y dejan á un hombre en
el lugar, en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga
espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?

Buen remedio, dijo Critilo, no arrimarse á cabo alguno, estarse solo,
vivir á lo filósofo y á lo feliz.

Rióse Argos y dijo:

Si un hombre no busca algún arrimo, todos le dejarán estar y no vivir.
Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman. Aunque sea un
gigante en méritos, le echarán á un rincón. [Marginal: _Don Miguel
de Escartín._] Así puede ser más benemérito que nuestro obispo de
Barbastro, más hombre de bien que el mismo patriarca, más valiente que
Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo: nadie se acordará
dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima á buen poste y todo
jubileo á buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones
respaldares.

[Marginal: _Ojo político._]

Ésos sean los mismos, dijo Andrenio, y no los de las rodillas. Desde
ahora los renuncio allí. ¿Y para qué, sino para cegarse con el polvo y
quedar estrujados en el suelo?

¡Qué mal lo discurres!, respondió Argos. Ésos son hoy los prácticos.
Porque más político es mirar un hombre á quién se dobla, á quién hinca
la rodilla, qué numen adora, quién ha de hacer el milagro. Que hay
imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta,
figura del descarte, barajadas de la fortuna. Estos ojos son para
brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de
valer.

De verdad, que no me desagradan, dijo Critilo, y que en las cortes me
dicen se estiman harto. Por no tener yo otros como ellos, voy siempre
rodando. Esta mi entereza me pierde.

Una cosa no me puedes negar, replicó Andrenio: que los ojos en las
espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los pies están en
su lugar, para ver un hombre dónde los tiene, dónde entra y sale, en
qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?

¡Oh, sí! Para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior.
Atienda el sagaz con quién se toma, mire con quién las ha y, en
reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras.
Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido
entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él. Ni los
rebeldes titanes se hubieran atrevido á descomponerse con el Júpiter de
España. Que estas necias temillas tienen abrumados á muchos.

Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pies
á cabeza, no de ojetes, sino de ojazos, muy despiertos. Ojos en las
orejas para descubrir tanta falsedad y mentira. Ojos en las manos para
ver lo que da y mucho más lo que toma. Ojos en los brazos para no
abarcar mucho y apretar poco. Ojos en la misma lengua para mirar muchas
veces lo que ha de decir uno. Ojos en el pecho para ver en qué lo ha
de tener. Ojos en el corazón, atendiendo á quién le tira ó le hace
tiro. Ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran. Ojos y más ojos y
reojos, procurando ser Elmirante en un siglo tan Adelantado.

¿Qué hará, ponderaba Critilo, quien no tiene sino dos y ésos nunca
bien abiertos, [Marginal: _Hércules de Austria._] llenos de legañas y
mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías, que ya nadie da,
si no es el señor don Juan de Austria, un par désos, que te sobran?

¿Qué es sobrar?, dijo Argos. De mirar nunca hay harto. Á más de que no
hay precio para ellos; sólo uno y ese es un ojo de la cara.

¿Pues qué ganaría yo en eso?, replicó Critilo.

Mucho, respondió Argos. El mirar con ojos ajenos, que es una gran
ventaja; sin pasión y sin engaño, que es el verdadero mirar. Pero
vamos, que yo os ofrezco que, antes que nos dividamos, habéis de lograr
otros tantos como yo. Que también se pegan, como el entendimiento,
cuando se trata con quien le tiene.

¿Dónde nos quieres llevar?, preguntó Critilo, ¿y qué haces aquí, en
esta plaga del mundo, que todo él se compone de plagas?

[Marginal: _Puerto y puerta de la vida._]

Soy guarda, respondió, en este puerto de la vida, tan dificultoso, cuan
realzado: pues comenzándole todos á pasar mozos, se hallan al cabo
hombres. Aunque no lo sienten tanto como las hembras, con que de mozas,
que antes eran, se hallan después dueñas; mas ellas reniegan de tanta
autoridad. Y ya que no tienen remedio, buscan consuelo en negar. Y es
tal su pertinacia, que estarán muchas canas de la otra parte y porfían
que comienzan ahora á vivir. Pero callemos, que lo han hecho crimen de
descortesía y dicen: más querríamos nos desañasen, que desengañasen.

¿De modo, dijo Critilo, que eres guarda de hombres?

Sí y muy hombres: de los viandantes. Porque ninguno pase mercaderías de
contrabando de la una provincia á la otra. Hay muchas cosas prohibidas,
que no se pueden pasar de la juventud á la virilidad. Permítense en
aquélla y en ésta están vedadas so graves penas. Á más de ser toda
mala mercadería y perdida por ser mala hacienda. Cuéstales á algunos
muy cara la niñería. Porque hay pena de infamia y tal vez de la vida,
especialmente si pasan deleites y mocedades. [Marginal: _Costumbres de
contrabando._] Para obviar este daño tan pernicioso al género humano,
hay guardas muy atentas, que corren todos estos parajes, cogiendo los
que andan descaminados. Yo soy sobre todos y así os aviso que miréis
bien si lleváis alguna cosa, que no sea muy de hombres, y la depongáis.
Porque, como digo, á más de ser cosa perdida, quedaréis afrentados,
cuando seáis reconocidos. Y advertid que, por más escondida que la
llevéis, os la han de hallar. Que del mismo corazón redundará luego á
la boca y los colores al rostro.

Demudóse Andrenio. Mas Critilo, por desmentir indicios, mudó de plática
y dijo:

En verdad, que no es tan áspera la subida, como habíamos concebido.
Siempre se adelanta la imaginación á la realidad. ¡Qué sazonados están
todos estos frutos!

Sí, respondió Argos: que aquí todo es madurez. No tienen aquella acedía
de la juventud, aquel desabrimiento de la ignorancia, lo insulso de
su conversación, lo crudo de su mal gusto. [Marginal: _Hombre en su
punto._] Aquí ya están en su punto, ni tan pasados como en la vejez ni
tan crudos como en la mocedad; sino en un buen medio.

Topaban muchos descansos, con sus asientos bajo de frondosos morales
muy copados, cuyas hojas, según decía Argos, hacen sombra saludable y
de gran virtud para las cabezas, quitándoles á muchos el dolor della.
Y aseguraban haberlos plantado algunos célebres sabios, para alivio en
el cansado viaje de la vida. Pero lo más importante era que á trechos
hallaban algún refresco de saber, confortativos de valor, que se decía
haberlos fundado allí á costa de su sudor algunos varones singulares,
dotándolos de renta de doctrina. Y así en una parte les brindaron
quintas esencias de Séneca, en otras divinidades de Platón, néctares
de Epicuro y ambrosías de Demócrito y de otros muchos autores sacros
y profanos, con que cobraban, no sólo aliento, pero mucho ser de
personas, adelantándose á todos los demás.

[Marginal: _Aduana de vida._]

Al sublime centro habían llegado de aquellas eminencias, cuando
descubrieron una gran casa labrada, más de provecho, que de artificio.
Y, aunque muy capaz, nada suntuosa. De profundos cimientos, asegurando
con firmes estribos las fuertes paredes. Mas no por eso se empinaba
ni poblaba el aire de castillos ni de torres. No brillaban chapiteles
ni andaban rodando las giraldas. Todo era á lo macizo, de piedras
sólidas y cuadradas, muy á machamartillo. Y aunque tenía muchas vistas
con ventanas y claraboyas á todas luces; pero no tenía reja alguna ni
balcón. Porque entre hierros, aunque dorados, se suelen forjar los
mayores y aun ablandarse los pechos más de bronce.

El sitio era muy esento, señoreando cuanto hay á todas partes y
participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la
ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al
oriente de donde se viene y la otra al ocaso donde se va. Y aunque
ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla
entraban todos y por ésta salían algunos.

[Marginal: _Transformaciones de la edad._]

Causóles aquí estraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros
y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente salían diferentes
de sí mismos. Así lo confesó uno á la que le decía: Yo soy aquélla,
respondiéndole: Yo no soy aquél.

Los que entraban risueños, salían muy pensativos; los alegres,
melancólicos; ninguno se reía. Todo era autoridad. Y así los muy
ligeros antes, ahora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los
flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta; pisando
firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy sustanciales.
Estaba atónito Andrenio, viendo tal novedad y tan impensada mudanza.

Aguarda, dijo: aquel que sale hecho un Catón ¿no era poco ha un
chisgaravís?

El mismo.

¡Hay tal transformación!

¿No veis aquel, que entraba saltando y bailando á la francesa, cómo
sale muy tétrico y muy grave á la española? Pues aquel otro sencillo
¿notáis qué doblado y qué cauto se muestra?

Aquí, dijo Andrenio, alguna Circe habita, que así transforma las
gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metamorfosis, que
celebra Ovidio? Mirad aquel, que entró hecho un Claudio emperador, cuál
sale hecho un Ulises. [Marginal: _Madurez varonil._] Todos se movían
antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta
el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.

Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio y salió luego
barbinegro. Los colorados, pálidos; convertidas las rosas en retamas. Y
en una palabra, todos trocados de pies á cabeza, pues ya no movían ésta
con ligereza á un lado ni á otro; sino que la tenían tan quieta, que
parecía haberles echado á cada uno una libra de plomo en ella. Los ojos
altaneros, muy mesurados. Asentaban el pie, no jugando del brazo. La
capa sobre los hombros muy á lo chapado.

No es posible sino que aquí hay algún encanto, repetía Andrenio.
Aquí algún misterio hay. ¿Ó esos hombres se han casado, según salen
pensativos?

¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la
transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay
de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos,
que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la
varonil edad.

En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza,
la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con
la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad,
el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la
virilidad.

Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio,
que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el
seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué
sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones,
tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta
cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con
pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses
salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí.
Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y
su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.

Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos:

Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?

Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen
todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que
pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.

Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el
Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy
bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta,
el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante
un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á
Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras.
[Marginal: _Examen de personas._] Llegaron á tiempo que actualmente
estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.

Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.

Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.

Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí
mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde
le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.

Vos le hacéis y él os deshace, dijo el presidente.

Y remitióle á la reforma de los que hacen número en el mundo.

Respondió otro que él pasaba adelante, por no poder volver atrás.

Los más decían que porque los habían echado, con harto dolor de su
corazón, de los floridos países de su mocedad; que, si eso no fuera,
toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y á
éstos los remitieron á la reforma de aniñados.

Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y á su
antecedente tan atrás. Porque hasta entonces, divertido con los
pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero, aquellos
ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban
empleos. Remitiéronle á la reforma de la espera, si no quería reinar
por falto, que era despeñarse.

En busca de la honra dijeron algunos que iban, muchos tras el interés
y muy pocos los que á ser personas; aunque fueron oídos de todos con
aplauso y de Critilo con observación.

Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los
habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la
Atención y el Recato y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle
al primero no sé qué libros y algunos muy metidos en los senos.

Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio,
contra las pragmáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y
comedias.

[Marginal: _Reforma de libros._]

Condenáronlos á la reforma de los que sueñan despiertos. Y los libros
mandaron se les quitasen á hombres que lo son y se relajasen á los
pajes y doncellas de labor. Y generalmente todo género de poesía en
lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras,
entremeses, follaje de primavera, se entregaron á los pisaverdes.

Lo que más admiró á todos fué que la misma Gravedad en persona ordenó
seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase
coplas ajenas, mucho menos propias ó como suyas, so pena de ser
tenidos por ligeros, desatentos ó versificantes. Lo que es leer algún
poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico, en verso grave, se
les permitió á algunos de mejor gusto, que autoridad, y esto en sus
retretes, sin testigos, haciendo el descomido de tales niñerías; pero
allá á escondidas, chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fué
uno, á quien le hallaron un libro de caballerías.

Trasto viejo, dijo la Atención, de alguna barbería.

Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese á los escuderos
y boticarios. Mas los autores de semejantes disparates, á locos
estampados.

Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de
leer las obras de algunos otros autores, que habían escrito contra
estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo, y respondióles la
Cordura que de ningún modo, porque era dar de lodo en el cieno y había
sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor.

En lugar de tanto libro inútil, ¡Dios se lo perdone al inventor de
la estampa!, ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron
algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la
utilidad con la dulzura.

[Marginal: _Polilla del tiempo._]

Acusaron éstos á otros, que no menos ociosos y más perniciosos, se
habían jugado el sol y quedado á la luna, diciendo que para pasar el
tiempo. Como si él no los pasase á ellos y como si el perderlo fuera
pasarlo.

De hecho le hallaron á uno una baraja. Mandaron al punto quemar las
cartas, por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan
barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la
reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que
se los hallaron, con todos los tahures, hasta los cuartos, que es la
cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el
sosiego para toda la vida.

En medio desta suspensión y silencio se le oyó silbar á uno, cosa que
escandalizó mucho á todos los circunstantes y más á los españoles.
Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés y le
condenaron á nunca estar entre personas.

Más les ofendió un sonsonete, como de guitarra, instrumento vedado
so graves penas de la Cordura. Y así refieren que dijo el Juicio, en
sintiendo las cuerdas:

¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres ó entre barberos?

Hízose averiguación de quién la tañía y hallaron era un portugués. Y
cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que
le rogaban, que á los tales se les ruega, tañese algún son moderno y
lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron
y con mayor después que cesase. Gustaron mucho, aun los más serios
ministros de la reforma humana. Y generalmente se les mandó á todos
los que pasan de mozos á hombres que de allí adelante ninguno tañese
instrumento ni cantase; pero que bien podían oir tañer y cantar, que es
más gusto y más decoro.

[Marginal: _Enamorado, mozo ó loco._]

Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que
llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle
á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él
tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar
el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la
pintada, ésta ó aquélla.

Reparó una de las guardas y dijo:

Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.

Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.

Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como
moneda falsa, doblones de muchas caras.

Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto
de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas,
deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.

El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano
y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le
atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de
mesón, vacío de seso.

Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los
ojos en el sombrero.

Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.

Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron
un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta
averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.

[Marginal: _Traje, corteza del ánimo._]

No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón
en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies
á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy
malvisto de la Autoridad.

¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el
populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le
absolviese de juicio.

Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le
condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para
que todo el mundo viese su desgarro.

Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase
arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo,
cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la
cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á
sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es
bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los
soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los
anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran
los que aquellos destierran.

[Marginal: _Librea del hombre._]

Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la
reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á
gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué
desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado
y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues,
cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.

Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio y menos
hacia la boca y los labios, color profano y malvisto en adelante,
vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para escusar las
risadas de los cuerdos.

Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no
permitiéndoles aun el volverse colorados; sino pálidos, en señal de sus
cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la
barba.

De suerte, que de pies á cabeza los reformaban. Echábanles á todos un
candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de
grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello,
nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.

[Marginal: _Gusto reformador._]

Hasta el material gusto les reformaba, ordenándoles que en adelante
no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños; sino las
picantes y agrias y algunas saladas. Y, porque á uno le hallaron unos
confites, le fué intimado se pusiese el babador, siempre que los
hubiese de comer. Y así todos se guardaban de trocar el cardo por las
pasas y todos comían la ensalada.

Cogieron á otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color.
Saltáronle á la cara, mandáronle que las trocase en guindas. De modo,
que aquí no está vedada la pimienta; antes se estima más que el azúcar,
mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la
usan y más si se junta con la naranja.

La sal también está muy valida y hay quien la come á puñados; pero sin
lo útil no entra en provecho. Salan muchos los cuerpos de sus obras,
porque nunca se corrompan, ni hay tales aromas para embalsamar libros,
libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales.

Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de
Plinio á cuatro bocados enfada. Ni hay hartazgo de zanahorias, como
unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán. Que aun
á Tito Livio hay quien le llama tocino gordo y de nuestro Zurita no
falta quien luego se empalaga.

Tenga yo gusto y voto; no siempre viva del ajeno. Que los más en el
mundo gustan de lo que ven gustar á otros. Alaban lo que oyeron alabar
y, si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben
decirlo. De modo que viven por otros y se guían por entendimiento
ajeno. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura.

Guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen, lo son.
Razone más que hable. Converse con los varones noticiosos y podrá tal
vez contar algunos chistes, encaminando á la gustosa enseñanza; pero
con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado
del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez, acompañado de sí mismo,
pasearse, pensando, no hablando.

Sea hombre de museo; aunque ciña espada. Y tenga delecto con los
libros, que son amigos manuales. No embuta de borra los estantes,
que no está bien un pícaro al lado de un noble ingenio. Y si ha de
preferir, sean los juiciosos á los ingeniosos. Muestre ser persona en
todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible,
hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo
con atención en todo y preciándose más de tener buena testa, que talle.
Advierta que el proporcional Euclides dió el punto á los niños, á
los muchachos la línea, á los mozos la superficie y á los varones la
profundidad y el centro.

[Marginal: _Leyes de cordura._]

Éste fué el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la
estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni
muy caída les leyó la Atención á instancia del Juicio.

Después Argos con un extraordinario licor, alambicado de ojos de
águilas y de linces, de corazones grandes y de cerebros, les dió
un baño tan eficaz, que á más de fortalecer mucho, haciéndolos más
impenetrables por la cordura, que un Roldán por el encanto, al mismo
punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo,
de cabeza á pies, que habían estado ciegos con las legañas de la niñez
y con las inadvertidas pasiones de la mocedad, y todos ellos tan
perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto; todo
lo advertían y lo notaban.

Con esto les dieron licencia de pasar adelante á ser personas y fueron
saliendo todos de sí mismos lo primero, para más volver en sí. Fuélos,
no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía,
sino conduciéndolos Argos á lo más alto de aquel puerto, puerta ya de
otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista, que se
topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos,
que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la
siguiente Crisi.



CRISI II

_Los prodigios de Salastano._


Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y
garbo, contaba un cortesano verídico, ya prodigio, intentaron entrar
en el palacio de un gran príncipe y aun de todos. Coronaba la primera,
brillantemente gallarda, de fragantes flores rubias trenzas y recamaba
su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un
mundo entero. Pero, en injuria de su gran belleza, la cerraron tan
anticipadamente las puertas y ventanas que, aunque se probó á entrar
por cien partes, no pudo. Que, teniéndola por entremetida, hasta los
más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar
adelante, convirtiendo su risa en llanto.

Fuése acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta y, chanceándose
con la primera á lo Zapata, la decía:

Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi
buen modo, tengo de hallar entrada.

Comenzó á introducirse, buscando medios é inventando trazas; pero
ninguna salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara,
todos se la hacían muy mala. Y ya no solas las puertas y ventanas la
cerraban; pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.

¡Eh! que no tenéis dicha, dijo la tercera, agradablemente linda.
Atended cómo yo por la puerta del favor me introduzco en palacio, que
ya no se entra por otra.

Fuése entremetiendo con mucho agrado. Mas, aunque á los principios
halló cabida, fué engañosa y de apariencia y al cabo hubo de retirarse
mucho más desairada.

Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos
méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano,
se fué acercando lisonjero y, habiéndolas celebrado, significó su deseo
de saber quiénes eran. Lo que es el palacio bien conocido lo tenían,
como tan pateado.

Yo soy, dijo la primera, la que voy dando á todos los buenos días; mas
ellos se los toman malos y los dan peores. Yo, la que hago abrir los
ojos y á todo hombre que recuerde. Yo, la deseada de los enfermos y
temida de los malos, la madre de la vividora alegría. Yo, aquella tan
decantada esposa de Titón, que en este punto dejó el camarín de nácar.

Pues, señora Aurora, dijo el cortesano, ahora no me espanto de que no
tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro, con ser todas
tan pesadas. Ahí no hay mañana; todo es tarde. Díganlo las esperanzas.
Y con ser así, nada es hoy; todo mañana. Así que no os canséis, que
allí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.

Volvióse á la segunda, que ya decía:

¿Nunca oiste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy y
él es odio. Yo, la que, siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando
niños me babean y, como no les entro de los dientes adentro, me escupen
cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz. Que, si no
miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.

[Marginal: _La hija del tiempo._]

Pues, señora mía, dijo el cortesano, si vos sois la Verdad ¿cómo
pretendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? Ni de mil leguas. ¿De qué
pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de
traiciones, no por cierto, cuanto de... de... Bien podéis por ahora y
aun para siempre desistir de la empresa.

Ya en esto la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones, dijo:

Aquélla soy, sin quien no hay felicidad en el mundo y con quien toda
infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy
divididas las ventajas del bien; pero en mí todas concurren, la honra,
el gusto y el provecho. No tengo lugar, sino entre los buenos; que
entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante.
Denomínome del Amor. Y así, á mí no me han de buscar en el vientre;
sino en el corazón, centro de la benevolencia.

Ahora digo que eres la Amistad, aclamó el cortesano, tan dulce tú, cuan
amarga la Verdad. Pero, aunque lisonjera, no te conocen los príncipes.
Que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía
él mismo. Tú haces de dos uno y es imposible poder ajustar el Amor á la
Majestad.

[Marginal: _Majestad, sin amistad._]

Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú,
Aurora, á los trabajadores; tú, Amistad, á los semejantes, y tú,
Verdad, yo no sé adonde.

Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos á nuestros dos
peregrinos del mundo y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo
cortesano.

Aquí en este puesto, decía, que por eso me he acordado.

Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad,
corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí
toda la humana: espectáculo tan importante, cuan agradable. Porque
descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del
Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra,
los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna
y del Mando. Estancias todas muy de hombres y que á Andrenio se le
hicieron bien estrañas.

[Marginal: _La mejor vista._]

Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron
ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay. Perdóneme hoy
la belleza; pero ¡cosa rara! que lo que á unos parecía blanco, á otros
negro. Tal es la variedad de los juicios y gustos. Ni hay anteojos de
colores, que así alteren los objetos, como los afectos.

Veamos de una cuanto hay, decía Critilo. Que todo se ha de ver y en lo
más raro reparar.

Y comenzando por lo más lejos, que como digo, se descubría, no sólo
desde un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:

¿Qué insanos edificios son aquellos, hablando con la propiedad Mariana,
que acullá lejos, apenas se divisan y á glorias campean?

Aquéllas, respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños, son
las siete maravillas del orbe.

¿Aquéllas, replicó Andrenio, maravillas? ¿Cómo es posible? ¿Una
estatua, que se ve entre ellas pudo serlo?

¡Oh! sí, que fué coloso de un sol.

Aunque sea el sol mismo, si es una estatua, á mí no me maravilla.

[Marginal: _El sol que nace._]

No fué tan estatua, que no fuese una bien política atención, adorando
el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.

Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro. También es maravilla
y bien estraña. ¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?

¡Oh!, que fué de mármoles y jaspes.

Aunque fuera del mismo panteón.

¿No veis que lo erigió una mujer á su marido?

¡Oh qué bueno! Á trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero de
diamantes, de perlas, si no lágrimas, habría mujer, que le construyese
pira.

Sí, pero aquello de ser mausoleo, que dice permanece sola, convertida
en tortilla, creedme que fué un prodigio de fe.

[Marginal: _Maravillas modernas._]

¡Eh!, dejemos maravillas, que caducan, dijo Andrenio. ¿No hay alguna
moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?

Sin duda que sí, como dicen que van degenerando los hombres y siendo
más pequeños, cuanto más va. De suerte, que cada siglo merman un dedo
y á este paso vendrán á parar en títeres y figurillas, que ya poco
les falta á algunos. Sospecho que también los corazones se les van
achicando y así se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos, que
conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que
era su real _faciebat_. Ya no hay Rómulos ni Alejandros ni Constantinos.

También se hallan algunas maravillas flamantes, respondió Argos; sino
que, como se miran de cerca, no parecen.

Antes habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas,
mucho mayores parecen.

¡Oh! no, dijo Argos: que la vista de la estimación es muy diferente de
la de los ojos en esto del aprecio.

Con todo eso, atención á aquellas sublimes agujas, que campean en la
gran cabeza del orbe.

Aguarda, dijo Critilo: aquella tan señalada es la cabeza del mundo.

¿Cómo puede ser, si está entre pies de Europa, á pierna tendida de
Italia, por medio del Mediterráneo y Nápoles su pie?

Ésa que te parece á ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la
coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, [Marginal: _Roma._]
la sacra y triunfante Roma, por su valor, sabiduría, grandeza, mando y
religión, corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos
á todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía.
Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se
ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertid una cosa, que
con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho á la superioridad de
prendas de sus santísimos dueños.

Ahora ¿no me dirás una verdad? ¿Qué pretendieron estos sacros héroes
con estas agujas tan excelsas? Que aquí algún misterio apuntan, digno
de su piadosa grandeza.

¡Oh, sí!, respondió Argos. Lo que pretendieron fué coser la tierra con
el cielo, empresa que pareció imposible á los mismos Césares y éstos la
consiguieron.

¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?

[Marginal: _Venecia._]

Miro, dijo Andrenio, que en cada provincia hay que notar. Aquel
murciégalo de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni
bien en tierra y siempre á dos vertientes.

¡Oh, qué política!, exclamó Argos, que tan de sus principios le viene,
tan fundamentalmente comienza. Y deste su raro modo de estar celebraba
el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada
canal, con que aun el mismo mar saben traer acanalado á su conveniencia.

¿No hay maravillas en España?, dijo Critilo, volviendo la mira á su
centro. ¿Qué ciudad es aquella, que tan en punta parece que amenaza al
cielo?

Será Toledo, que á fianzas de sus discreciones, aspira á taladrar las
estrellas, si bien ahora no la tiene.

¿Qué edificio tan raro es aquel, que desde el Tajo sube escalando su
alcázar, encaramando cristales?

Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas
modernas.

No sé yo por qué, replicó Andrenio, si, al uso de las cosas muy
artificiosas, tuvo más de gasto que de provecho.

[Marginal: _Cardenal Tribulcio._]

No discurría así, dijo Argos, cuando lo vió el eminente discreto
cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio
de más utilidad.

¿Cómo pudo decir eso quien tan al acaso discurría?

Ahí veréis, dijo Argos. Enseñando á traer el agua á su molino desde sus
principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del católico
monarca el mismo río de la Plata, las pesquerías de las perlas, el uno
y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.

¿Qué palacio será aquel, preguntó Critilo, que entre todos los de la
Francia se corona de flores de oro?

[Marginal: _Palacio del rey de Francia._]

Gran casa y gran cosa, respondió Argos. Ése es el trono real, ése la
más brillante esfera, ése el primer palacio del rey cristianísimo, en
su gran corte de París, y se llama el Lobero.

¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano! ¡Qué sonsonete tan de
grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena
poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el
quinto cielo de tanto cristianísimo Marte, la popa de los soplos de la
fortuna; pero ¡el Lobero! No es nombre decente á tanta majestad.

¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Argos. Creedme que dice más de lo que
suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero, y no voy
con vuestra malicia, porque ahí se les ha armado siempre la trampa á
los rebeldes lobos con piel de ovejas, digo aquellas horribles fieras
hugonotas.

¡Oh, qué brillante alcázar aquel otro!, dijo Andrenio, corona de los
demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles á todos las
luces de su permanente esplendor. ¿Si sería del augusto Ferdinando
III, aquel gran César, que está hoy esparciendo por todo el orbe el
resplandor de sus ejemplos? [Marginal: _Rey de Polonia._] También
podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro
de Polonia, victorioso, primero de sí mismo y triunfante después de
tanto monstruo rebelde. ¡Oh, qué claridad de alcázar y qué rayos está
esparciendo á todas partes! Merece serlo del mismo sol.

Y lo es, respondió Argos. Digo, de aquella sola reina entre cuantas
hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien
ir.

Yo allá voy desde luego, dijo Critilo.

Y allí veréis, añadió Argos, que, aunque es tan majestuoso y brillante,
aun no es digno epiciclo de tanta belleza.

Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia
sí cierta maravilla corriente. Era un criado pronto. Y lo que más les
admiró fué que decía bien de su amo. Preguntó en llegando cuál era el
Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.

¿Qué me quieres?, respondió el mismo.

Á ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya
casa es un teatro de prodigios, [Marginal: _Maravillas de la fortuna._]
cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la
naturaleza y arte, pero más las de la Fama, no olvidando las de la
Fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las plausibles, así antiguas
como modernas, nada le satisface, hasta tener alguno de tus muchos
ojos, para la admiración y para la enseñanza.

Toma éste de mi mano, dijo Argos, y llévaselo depositado en este
cofrecillo de cristal [Marginal: _Mano ocular._] y dirásle que lo
emplee en tocar con ocular mano todas las cosas, antes de creerlas.

Partíase tan diligente, como gustoso, cuando dijo Andrenio:

Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de
Salastano y lograr tanto prodigio.

Y á mí, de procurar su amistad, añadió Critilo, ventajosa felicidad de
la vida.

Id, confirmó Argos, y en tan buen hora, que no os pesará en toda la
vida.

Fué el viaje peregrino, oyéndole referir cosas bien raras.

Sólo las que yo le he diligenciado, decía, pudieran admirar al mismo
Plinio, á Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos
de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas
insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las
hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya
en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en
camafeos.

Ésa, dijo Critilo, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia
inútil. Porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus,
que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de
belleza.

Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su
doctrina y en sus retratos también. Que suele decir mi amo que,
después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto,
que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un
hombre eminente, un duque de Alba, los entendidos, un Lope de Vega los
vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se
caminan siglos.

Primor fué siempre de acertada política, ponderó Critilo, eternizar los
varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas á
los venideros, ya para premio á los pasados: véase que fueron hombres y
que no son imposibles sus ejemplos.

Al fin, dijo el criado, háselos entregado la antigüedad á mi amo. Que
ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos
en imágenes. [Marginal: _Cadenillas de Hércules._] Pero las que muchos
celebran y las miran y aun llegan á tocarlas con las manos son las
mismas cadenillas de Hércules, que, procediéndole á él de la lengua,
aprisionaban á los demás de los oídos. Y quieren decir las hubo de
Antonio Pérez.

Ésa es una gran curiosidad, ponderó Andrenio, garabato para llevarse el
mundo tras sí.

¡Oh, gran gracia la de las gentes!

¿Y de qué son?, preguntó Critilo. Porque de hierro cierto es que no
serán.

En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy
cortesana elocuencia.

Á este modo les fué refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron
desde un puesto bien elevado, en el centro de un gran llano, una ciudad
siempre victoriosa.

[Marginal: _Huesca victoriosa._]

Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio, dijo, es la noble casa
de Salastano y éstos, que ya gozamos, sus jardines.

Fuélos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque, que
coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas,
por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron á registrar
fragantes maravillas. Toparon luego con el mismo laberinto de azares,
cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidencias al
que le descubre.

[Marginal: _Culto jardín._]

Más adelante se veía un estanque, gran espejo del cielo, surcado de
canoros cisnes y aislado en medio dél un florido peñón, ya culto Pindo.

Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y
mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya
propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también
ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos
del honor.

Gozaron flores á toda variedad y todas raras, unas para la vista, otras
para el olfato y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas
transformaciones.

No registraban cosa, que no fuese rara. Hasta las sabandijas, tan
comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los
camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad.
Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro
alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir
sino un día, [Marginal: _Símbolo de la codicia._] viva imagen de la
necia codicia. Aquí se oían cantar y las más veces gemir las pintadas
avecillas del paraíso, con picos de marfil; pero sin pies, porque no le
han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido, como de campanilla
y al mismo instante huyó el criado, voceándoles su riesgo al ver el
venenoso ceraste, que él mismo cecea, para que todo entendido huya de
su lascivo aliento.

Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado
la de Noé, teatro de prodigios tan á sazón, que estaba actualmente el
discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas á la curiosidad
de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines.
Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general,
y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy
bienhablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su
discreción bizarra. [Marginal: _Suspiros de Heráclito._] Tenía uno
en la mano, celebrando con lindo gusto, una redomilla llena de las
lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos
para llorar, que para ver, cuando de todo se lamentaba.

¿Qué hiciera éste, si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos?,
ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta
decir portugués para galante y entendido. Si él hubiera visto lo
que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tal conjuración de
monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas ó se hubiera
podrido de todo punto.

[Marginal: _Carcajadas de Demócrito._]

Yo, dijo Balboa, más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de
aquel otro socarrón, su antípoda, que de todo se reía.

Ése, señor mío, de la risa, respondió Salastano, yo la gasto y el otro
le guardo.

¡Oh, cómo llegamos á buen punto!, dijo el criado, presentándoles el
nuevo ocular portento, para que se desengañe Critilo, que no acaba de
creer haya en el mundo muchas de las cosas raras, que ha de ver esta
tarde. Suplícote, señor, me desempeñes á excesos.

¿Pues en qué dudáis?, dijo Salastano, después de haber hecho la salva á
su venida. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué
queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna, que ya los prodigios
de la naturaleza y arte no suponen?

Yo os confieso, dijo Critilo, que he tenido siempre por un ingenioso
embeleco el basilisco y no soy tan solo, que sea necio. Porque aquello
de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el hecho
está desmintiendo el testigo de vista.

¿En eso ponéis duda?, replicó Salastano. Pues advertid que ese no lo
tengo por prodigio; sino por un mal cotidiano. Pluguiera al cielo no
fuera tanta verdad.

[Marginal: _Domésticos basiliscos._]

Y si no, decidme; ¿un médico, en viendo un enfermo, no le mata? ¿Qué
veneno como el de su tinta en un récipe? ¿Qué basilisco más criminal y
pagado, que un Hermócrates, que aun soñando mató á Andrágoras? Dígoos
que dejan atrás á los mismos basiliscos, pues aquéllos, poniéndoles un
cristal delante, ellos se matan á sí mismo; y éstos, poniéndoles un
vidrio, que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle le echan en la
sepultura, estando cien leguas distante.

Déjenme ver el proceso, dice el abogado: quiero ver el testamento,
veamos papeles.

Y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la sustancia del
desdichado litigante, que en sólo haber ido á él ya fué malaconsejado.
¿Pues qué? un príncipe, con decir: yo lo veré ¿no deja consumido á
un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza? Si la miráis,
mal; y, si ella os mira, peor. ¿Con cuántos ha acabado aquel vulgar
_veremos_, el pesado _veámonos_, el prolijo _verse ha_ y el necio _ya
lo tengo visto_? ¿Y todo, _malmirado_, no mata? Creedme, señores, que
está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver
y no mirar. Así estuvieran todos como éste.

Y mostróles uno embalsamado.

[Marginal: _Basiliscos ciegos._]

Yo también, prosiguió Andrenio, siempre he tenido por un encarecimiento
ingenioso el unicornio, aquello de que, en bañando él su punta, al
punto purifica las emponzoñadas aguas: está bien inventado, mas no
experimentado.

Más dificultoso es eso, respondió Salastano. Porque hacer bien más
raro es en el mundo que hacer mal, más usado el matar que el dar vida;
con todo veneramos algunos de esos prodigios salutíferos, que con la
eficacia de su buen celo han ahuyentado los pestilenciales venenos y
purificado las aguas populosas.

[Marginal: _Católicos unicornios._]

Y si no decidme: aquel nuestro inmortal héroe, el rey católico don
Fernando, ¿no purificó á España de moros y de judíos, siendo hoy el
reino más católico, que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el
Dichoso, por ser bueno, ¿no purgó otra vez á España del veneno de los
moriscos en nuestros días?

¿No fueron éstos salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras
provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta.
Que si eso fuera, no hubiera ya ateismos donde yo sé ni herejías donde
yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros
de monstruosidades.

¡Oh, señor Salastano, replicó Critilo, que ya hemos visto algunos
déstos en otras partes, que han procurado con cristianísimo valor
debelar las oficinas del veneno, rebelde á Dios y al rey, donde se
habían hecho fuertes estas ponzoñosas sabandijas!

Yo lo confieso, dijo Salastano; pero temo no fuese más por razón de
estado, digo, no tanto por ser rebeldes al cielo, cuanto á la tierra.
Y si no, decidme ¿á qué otros reinos estraños los desterraron? ¿Qué
Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos á
millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado? ¿Qué
Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?

No os canséis, que esa pureza de fe, ponderó Balboa, sin consentir
mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad
de los estados de la casa de España y de Austria, debida á sus
coronados unicornios.

Á cuyo real ejemplo, prosiguió Salastano, vemos sus cristianos
generales y virreyes limpiar las provincias, que gobiernan, y los
ejércitos que conducen, del veneno de los vicios. [Marginal: _Don
Álvaro de Sande. Don Gonzalo de Córdoba. Conde de Oropesa._] Don Álvaro
de Sande, tan religioso como valiente ¿no desterró los juramentos de
la católica milicia, condenándolos á infamia? Don Gonzalo de Córdoba
¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de
Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia ¿no libraron
aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno
sanguinario y bandolero? [Marginal: _Conde de Lemos._] ¿Qué tósigos de
vicios no ha ahuyentado deste nuestro reino de Aragón con su ejemplo y
con su celo el inmortal conde de Lemos?

Llegaos á este camarín, que os quiero franquear los muchos
preservativos y contravenenos, que yo guardo. En este rico vaso de
unicornio han brindado la pureza de la fe los católicos reyes de
España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina
doña Isabel, para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones
malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador
Carlos V. [Marginal: _Reinas de España._] En esta caja, confeccionada
de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el
buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.

Fuéles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba
y confesando todos su virtud eficaz.

¿Qué dos puñales son aquellos, que están en el suelo, preguntó Araujo,
que, aunque van por tierra, no carecen de misterios?

Ésos fueron, respondió Salastano, los puñales de ambos brutos, dándoles
del pie, sin quererlos tocar con su leal mano. Éste, dijo, fué de Junio
y este otro de Marco.

Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro
las traiciones y más contra su rey y señor; aunque sea el monstruo
Tarquinado.

Decís bien, respondió Salastano; pero no es esa la razón principal por
que los he arrojado en el suelo.

¿Pues cuál será?

Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares, se podían
guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería, después
que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la
malajustada justicia, llegó á la real garganta. Pero no me atrevo yo
á referir lo que ellos á ejecutar. Erízanse los cabellos á cuantos lo
oyeron, oyen y oirán, único, no ejemplar, sino monstruo. Sólo digo que
ya los Brutos se han quedado muy atrás.

[Marginal: _Monstruosidad de la herejía._]

Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre
las demás, dijo Critilo. Mucha desigualdad hay. Porque ¿de qué sirve
aquel retorcido caracol, que allí tenéis? Una alhaja tan vil, que anda
ya en bocas de villanos, para recoger bestias. ¡Eh!, sacadle de allí,
que no vale un caracol.

Aquí, suspirando Salastano, dijo: ¡Oh, tiempos! ¡oh, costumbres! Este
mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo
el orbe en la boca de Tritón, pregonando las hazañas, llamando á ser
personas y convocando los hombres á ser héroes.

Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio, que yo
más estimo. Hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados
penachos del mismo fénix.

Aquí, sonriéndose todos: ¿Qué otro ingenioso imposible es ese?, dijeron.

Pero Salastano: Ya sé que muchos lo niegan y los más lo dudan y que no
lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo también
á los principios dudé y más que en nuestro siglo lo hubiese. Con esta
curiosidad no perdoné ni á diligencia ni á dinero. Y como éste da
alcance á cuanto hay y aun á los mismos imposibles, haciendo reales los
entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido. Bien
que raras y una sola en cada siglo.

Y si no, decidme: ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo?
¿Cuántos Julios en tantos Agostos? ¿Qué Teodosios? ¿Qué Trajanos? En
cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino un fénix. Y si
no, pregunto: ¿Cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de
Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses
de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos; un Gran Capitán,
duque de Sesa, aplaudimos; un Basco de Gama y un Alburquerque
celebramos. [Marginal: _Fénix de la fama._] Hasta de un nombre no
oiréis dos famosos. Sólo un don Manuel, rey de Portugal; un solo Carlos
V y un Francisco I de Francia.

En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un
rico y éste yo lo creo, porque las riquezas no envejecen. En cada
siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo
Tulio. Y un filósofo, un gran poeta, un solo fénix ha habido en muchas
provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en
Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro
siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo eso,
quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es.

Y sacó una, bellísimamente coronada, la pluma de la fama de la reina
nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las
Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra
voló á la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda
Margarita. [Marginal: _Marqués Espínola. Don Felipe de Silva._] Con
éstas coronaban sus celadas el marqués Espínola, Galaso, Picolomini,
don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron
Baronio, Belarmino, Barbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués
Virgilio Malveci.

Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades
en aplausos.

Todo eso está bien, replicó Critilo; sola una cosa yo no puedo acabar
de creer, aunque muchos la afirman.

¿Y qué es?, preguntó Salastano. No hay que tratar, que yo la he de
conceder.

¡Eh! que no es posible, no os canséis, que no lleva camino.

¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser,
que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navíos de alto
bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto
de su fama? Porque ése aquí le tengo yo acecinado.

No es, sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco,
aquel mayor imposible: el pelícano. Yo confieso que hay basilisco,
yo creo el unicornio, yo celebro el fénix, yo paso por todo; pero el
pelícano no le puedo tragar.

¿Pues en qué reparáis? ¿Por ventura en el picarse el pecho, alimentando
con sus entrañas los polluelos?

No por cierto: ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.

¿Dudáis acaso en que ahogados de la envidia los resucite?

Menos: que, si la sangre hierve, obra milagros.

¿Pues en qué reparáis?

Yo os lo diré. En que haya en el mundo quien no sea entremetido, que
se halle uno, que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no
enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.

Pues advertid que ese pájaro solitario en nuestros días lo vimos en el
Retiro entre otras aladas maravillas.

Si eso es así, dijo Critilo, él dejó de ser ermitaño y se puso á
entremetido.

¿Qué arma tan extraordinaria es aquélla?, preguntó como tan soldado don
Alonso.

Estorea, respondió Salastano, y fué de la reina de las amazonas,
trofeos de Hércules con el balteo, que pudo entrar en docena.

¿Y es preciso, replicó Mercado, creer que hubo amazonas?

No sólo que las hubo; sino que las hay de hecho y en hechos.

[Marginal: _Serenísima reina de Francia._]

¿No lo es hoy la serenísima señora doña Ana de Austria, florida reina
de Francia? Así como lo fueron siempre todas las señoras infantas de
España, que coronaron de felicidades y de sucesión aquel reino. ¿Qué
es, sino una valerosa amazona la esclarecida reina polona, Belona,
digo cristiana, siempre al lado de su valeroso Marte en las campañas?
[Marginal: _Duquesa de Cardona._] Y la excelentísima duquesa de Cardona
¿no se portó muy como tal, encarcelada, donde había sido virreina? Pero
venerando y no olvidando tantos plausibles prodigios, quiero que veáis
otro género dellos, tenidos por increíbles.

Y al mismo punto les fué mostrando con el dedo un hombre de bien en
estos tiempos, un oidor sin manos; pero con palmas. Y lo que más es,
su mujer. Un grande de España desempeñado, un príncipe en esta era
dichoso, una reina fea, un príncipe oyendo verdades, un letrado pobre,
un poeta rico, una persona real, que murió sin que se dijese que de
veneno, un español humilde, un francés grave y quieto, un alemán
aguado. Y juró Balboa era el varón de Sabac. Un privado no murmurado,
un príncipe cristiano en paz, un docto premiado, una viuda de Zaragoza
flaca, un necio descontento, un casamiento sin mentiras, un indiano
liberal, una mujer sin enredo, uno de Calatayud en el limbo, un
portugués necio, un real de á ocho en Castilla, Francia pacífica, el
septentrión sin herejes, el mar constante, la tierra igual y el mundo
mundo.

En medio desta folla de maravillas entró un otro criado, que en aquel
punto llegaba de muy lejos, y recibióle Salastano con extraordinarias
demostraciones de gusto.

[Marginal: _El mayor prodigio._]

Seas tan bienllegado como esperado. ¿Hallaste, díme, aquel portento tan
dudado?

Señor, sí.

¿Y tú le viste?

Y le hablé.

¡Que tal preciosidad se halla en la tierra! ¡Que es verdad! Ahora digo,
señores, que es nada cuanto habéis visto. Ciegue el basilisco, retírese
el fénix, enmudezca el pelícano.

Estaban tan atónitos, cuan atentos los discretos huéspedes, oyendo
tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan
grande aplauso.

Dínos presto lo que viste, instó Salastano. No nos atormentes con
suspensiones.

Oid, señores, comenzó el criado, la más portentosa maravilla de cuantas
habéis visto ni oído.

Pero lo que él les refirió diremos fielmente, después de haber contado
lo que le pasó á la Fortuna con los Bragados y Comados.



CRISI III

_La cárcel de oro y calabozos de plata._


Cuentan, y yo lo creo, que una vez entre otras tumultuaron los
franceses y con la ligereza, que suelen, se presentaron delante de la
Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.

¿Qué murmuráis de mí?, dijo ella misma. ¿Que me he vuelto española? Sed
vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda. Por eso lo es. Ni á vosotros
os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda,
algún antojo y, por lo envidioso, de larga vista, de la felicidad de
España.

¡Oh, madrastra nuestra, respondieron ellos, y madre de los españoles!
¡Cómo te sangras en salud! [Marginal: _Loores de Francia._] ¿Es posible
que, siendo la Francia la flor de los reinos, por haber florecido
siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada
de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos
pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas,
escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud,
méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios,
es posible que, dejándonos á nosotros con las flores, les des á los
españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento
contigo, si tú con ellos haces excesos de favor?

Dísteles las unas y las otras Indias, cuando á nosotros una Florida en
el nombre, que en la realidad es muy seca. Y como, cuando tú comienzas
á perseguir á unos y favorecer á otros, no paras hasta que apuras, has
llegado á verificar con ellos los que antes se tenían por entes de
quimera, haciendo prácticos los mismos imposibles, como son ríos de
plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de
ámbares. Y, sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera
cucaña, donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los
terrones de bizcocho. Y con tantos y tan sabrosos dulces dicen que es
el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros.
¿Cómo se puede tolerar?

¿No digo yo, exclamó la Fortuna, que vosotros sois unos ingratos sobre
necios? ¿Cómo, que no os he dado las Indias? ¿Eso podéis negar con
verdad? Indias os he dado y bien baratas y aun de mogollón, como dicen,
pues sin costaros nada.

[Marginal: _Indias de Francia._]

Y si no, decidme: ¿Qué Indias para Francia, como la misma España? Venid
acá: lo que los españoles ejecutan con los indios ¿no lo desquitáis
vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos,
cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento,
vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de
París ¿no les volvéis á chupar á los españoles toda la plata y todo el
oro y esto sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar
una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin
despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares?

Andá y acabá de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor.
Creedme que los españoles son vuestros indios y tan desinteresados, que
con sus flotas os traen á vuestras casas la plata ya acendrada y ya
acuñada, quedándose ellos con el vellón y bien trasquilados.

No pudieron negar esta verdad tan clara; con todo eso no parecían
quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.

¿Qué es eso?, dijo la Fortuna. Hablad claro, acabad, decía.

Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que, así como
nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no
trajésemos á casa la plata, sirviendo á los españoles con la vileza que
sabemos y la esclavitud que callamos.

[Marginal: _El bien repartido._]

¡Oh, qué lindo!, alzó la voz la Fortuna. ¡Bueno por mi vida!
Monsieures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá,
cuando se repartieron los bienes á los españoles, les cupo la honra, á
los franceses el provecho, á los ingleses el gusto y á los italianos el
mando?

Cuán incurable sea esta hidropesía del oro intenta ponderar esta Crisi,
después de haberse desempeñado de aquel plausible portento, que el
criado de Salastano con gran gusto de todos refirió desta suerte:

Partí, señor, en virtud de tu precepto, en busca de aquel raro
prodigio, el amigo verdadero. Fuí preguntando por él á unos y á otros
y todos me respondían con más risa, que palabras. Á unos se les hacía
nuevo, á otros inaudito y á todos imposible.

Amigo fiel y verdadero ¿cómo ha de ser y en este tiempo y en este país?

Más lo estrañaban que el fénix.

Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de
la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la
prosperidad, me respondió Timón, el de Luciano, de ésos bien hallaréis
hartos. Y más, cuando más hartos. Que á la hora del comer son sabañones
y á la del ayudar son callos.

[Marginal: _Amigo, uno; enemigo, ninguno._]

Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo, dijo un caído:
no tenían número por muchos ni ahora por ninguno.

Pasé adelante y díjome un discreto:

¿Cómo es eso? ¿De modo, que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el
cielo se halla.

Yo he visto cerca de cien vendimias, me respondió uno, y diría verdad,
porque parecía del buen tiempo, y, aunque toda la vida he buscado un
amigo verdadero, no he podido hallar sino medio y ése á prueba.

Allá en tiempo, que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí
contar, dijo una vieja, de un cierto Pilades y Orestes, una cosa como
ésa; pero á fe, hijo, que yo siempre lo he tenido más por conseja, que
por consejo.

No os canséis en eso, me juró y votó un soldado español. Porque yo he
rodeado y aun rodado todo el mundo y siempre por tierra de mi rey y,
aunque he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del
fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los
que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el
estómago, los de un solo pie á lo grullo, sirviéndoles de tejado, los
sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas, que
caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio,
que ahora oigo. Sólo dejé de ver la isla Atlántida por incógnita.
Podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no
se hallan.

[Marginal: _Naciones de España._]

Que no está tan lejos como eso, le dije; antes me aseguran le he de
hallar dentro de España.

Eso no creeré yo, replicó un crítico. Porque primeramente él no estará
donde clavan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen,
aun del más acertado amigo. Menos donde de cuatro partes las cinco son
palabras y amistad es obras y obras son amores. Pues donde no se dejan
falar, sino por servirles farautes, tampoco: que aun de sí mismos no se
dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca
cosa, yo lo dudo. Y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto desto
mismo. Pues donde todo se va en flor sin fruto, es cosa de risa y allí
todos los hidalgos, aunque muchos, corren á lo de Guadalajara.

¿Y en Cataluña? señor mío, repliqué yo.

Ahí aún podría ser: que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.

También son malos para enemigos.

Bien se ve: piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad; pero, una
vez confirmada, hasta las aras.

¿Cómo puede ser eso, instó un forastero, si allí se hereda la enemistad
y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la
bandolina?

Y aun por eso, respondió: que quien no tiene enemigos tampoco suele
tener amigos.

Con estas noticias me fuí empeñando la Cataluña adentro. Corríla toda,
que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los
imanes de una agradable estancia, antigua casa; pero no caduca. Fuíme
entrando por ella, como Pedro por la suya, y notando á toda observación
cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su
dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres. Hombres sí
y mucho, aunque no muchos, que á prueba me introdujeron allá. Criados
pocos: que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes
de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes
espejos. Y ninguno de cristal, por escusar toda quiebra; de acero si
y de plata, tan tersos y tan claros, como fieles. Todas las ventanas
con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra
las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos.
Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un
prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres. Digo tres que hacían
uno. Porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me
brujuleó, me dijo:

¿Búscasme á mí ó á ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse á
sí mismos, cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte
antes, se experimenta después, que no los trae otro, que su provecho ó
su honra ó su deleite.

¿Quién eres tú, le dije, para saber si te busco, aunque por lo raro ya
podría?

Yo soy, me respondió, el de tres uno: aquel otro yo, idea de la
amistad, norma de cómo han de ser los amigos. [Marginal: _Gerión
moral._] Yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón
tenemos. Que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos
entendimientos logra. Sabe por muchos, obra por todos, conoce y
discurre con los entendimientos de todos. Ve por tantos ojos, oye por
tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies.
Tantos pasos da en su conveniencia, como dan todos los otros. Mas entre
todos, sólo un querer tenemos: que la amistad es un alma en muchos
cuerpos. El que no tiene amigos no tiene pies ni manos. Manco vive, á
ciegas camina. Y ¡ay del solo! Que, si cayere, no tendrá quien le ayude
á levantar.

Luego que le oí, exclamé: ¡Oh, gran prodigio de la amistad verdadera,
aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil,
ventaja única del ya hombre! Á ti te busco, criado soy de quien te
estima, cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque
dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido ni se
logran las felicidades. Que hasta el saber es nada, si los demás no
saben que tú sabes.

Ahora digo, me respondió el Gerión, que es bueno para amigo Salastano.
Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con
necia infelicidad.

[Marginal: _Duque de Nochera._]

¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que también lo
sabía ser, el duque de Nochera!:

No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy; sino con quién: que del
convivir se llamó convite.

Desta suerte fué celebrando las excelencias de la amistad y á lo último:

Quiero, dijo, que registres mis tesoros, que para los amigos siempre
están patentes y aun ellos son los mayores.

Mostróme lo primero la granada de Darío, ponderando que los tesoros del
sabio no son los rubíes ni los zafiros; sino los Zopiros.

Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo:
ni tan apretado, que lastime, ni tan holgado, que no ajuste con riesgo
de perderse. Atiende mucho á este diamante, no falso, sí al tope,
cuando conviene, y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en
almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza tan firme,
que ni en el yunque quiebra, expuesto á los golpes de la fortuna, ni
con las llamas de la cólera salta ni con el ungüento de la lisonja ni
del soborno se ablanda; sólo el veneno de la sospecha le puede hacer
mella.

[Marginal: _Veneno de la amistad._]

Fué haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad.
Á lo último sacó un pomito de olor, que despedía una fragancia muy
confortante y, cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar,
realzado del almizcle, me dijo:

No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo, más jubilante,
que jubilado. Bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie
y que le alegre y juntamente sane las morales llagas.

Entregóme, al despedirme, esta lámina preciosa, con este su retrato,
dedicado á la amigable fineza.

Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros
eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada
la amistad entre todos, muy á la enseñanza del Gerión. ¡Feliz empleo
de la varonil edad! Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para
sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia; nuestros dos
peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje del vivir,
salieron á proseguirle por la Francia.

Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre
á tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas
sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes
murallas, con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos
primeras provincias de la Europa, á España de la Francia, fortificando
la una contra la otra, con murallas de rigores, dejándolas tan
distantes en lo político, cuando tan confinantes en lo material. Y
ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo
había delineado en un mapa estas dos provincias, en los dos extremos
del orbe. Caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de
otros, por aplaudido.

[Marginal: _Franceses, antípodas de España._]

Al mismo punto que metieron el pie en Francia, conocieron sensiblemente
la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra; pero
mucho más la total oposición de sus moradores, en genios, ingenios,
costumbres, inclinaciones naturales, lengua y trajes.

¿Qué te ha parecido de España?, dijo Andrenio.

Murmuremos un rato della, aquí donde no nos oyen.

[Marginal: _Censura de España._]

Y aunque nos oyeran, ponderó Critilo, son tan galantes los españoles,
que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos
como los franceses; más generosos corazones tienen.

Pues díme, ¿qué concepto has hecho de España?

No malo.

¿Luego bueno?

Tampoco.

¿Según eso, ni bueno ni malo?

No digo eso.

¿Pues qué?

Agridulce.

¿No te parece muy seca y que de ahí les viene á los españoles aquella
su sequedad de condición y melancólica gravedad?

Sí; pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy
sustanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella y más
los estranjeros.

¿De tres solas? ¿Y qué son?

De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus
femeniles lunas, que enloquecen.

¿No te parece, que es muy montuosa y aun por eso poco fértil?

Así es; pero muy sana y templada. Que, si fuera llana, los veranos
fuera inhabitable.

Está muy despoblada.

También vale una della por ciento de otras naciones.

Es poco amena.

No la faltan vegas muy deliciosas.

Está aislada entre ambos mares.

También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de
pescados.

Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al
cabo del mundo.

Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor
que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su
vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares
Génova, sus caballos Francia y sus patacones todo el mundo.

Díme, y de sus naturales, ¿qué juicio has hecho?

Ahí hay más que decir: que tienen tales virtudes, como si no tuviesen
vicios, y tienen tales vicios, como si no tuviesen tan relevantes
virtudes.

No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.

Sí; pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos; no tan
ingeniosos. Son valientes; pero tardos. Son leones; mas con cuartana.
Muy generosos y aun perdidos. Parcos en el comer y sobrios en el beber;
pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los estranjeros; pero no
estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo; pero de grande
ánimo. Son poco apasionados por su patria y trasplantados son mejores.
Son muy llegados á la razón; pero arrimados á su dictamen. No son muy
devotos; pero tenaces de su religión y absolutamente es la primer
nación de Europa odiada por tan envidiada.

Más dijeran, si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro
pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir.
Veníase encaminando hacia ellos y Critilo dijo:

Éste es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar
y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.

¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?

Sí, que hay genio común en las naciones y más en ésta. Y la primera
treta del trato es no vivir en Roma á lo húngaro, como algunos, que en
todas partes viven al revés.

La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos,
viendo que iban de España, fué si había llegado la flota.
Respondiéronle que sí y muy rica. Y cuando creyeron se había de
desazonar mucho con la nueva, fué tan al contrario, que comenzó á dar
saltos de placer, haciéndose son á sí mismo. Admirado Andrenio, le
preguntó.

¿Pues deso te alegras tú, siendo francés?

Y él: ¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?

¿Pues de qué provecho le es á Francia que enriquezca España y se le
aumente su potencia?

[Marginal: _Efectos de la flota._]

¡Oh qué bueno está eso! dijo el monsiur. ¿No sabéis vosotros que un
año, que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieron hacer
guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente,
cuando se ha alterado algo la plata del Perú, ¿no se han turbado todos
los príncipes de la Europa y todos sus reinos con ellos? Creedme que
los españoles brindan flotas de oro y plata á la sed de todo el mundo.
Y pues venís de España, muchos doblones traeréis.

No por cierto, respondió Critilo: de lo que menos habemos cuidado.

¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís!, exclamó el francés. Basta que
aún no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos, que aun á la
vejez no han comenzado á vivir. ¿No sabéis, que el hombre da principio
á la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y
acaba viejo por la honra?

Venimos, le dijeron, en busca de una reina, que si por gran dicha
nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto
bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían
entrado á la par con ella.

¿Cómo decís que se nombra?

Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.

[Marginal: _La sabiduría._]

Ya sé quién decís. Ésa en otro tiempo bien estimada era en todo el
mundo, por su mucha discreción y prendas; mas ya por pobre no hay quien
haga caso ni casa della. En viéndola sin dote, sin oro y plata, muchos
la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo
que no es de cuenta. Entendedme una cosa, que no hay otro saber como
el tener y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto
y poderoso, es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me
hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ahora venid conmigo.
Echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.

¿Dónde nos piensas llevar?

Donde halléis hombres, lo que mozos despreciasteis. ¡Cómo se echa de
ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os
lo diré. Y preguntó:

[Marginal: _Qué siglo este._]

¿En cuál pensáis vivir, en el del oro ó en el de lodo?

Yo diría, respondió Critilo, que en el de hierro. Con tantos, todo anda
errado en el mundo y todo al revés, si ya no es el de bronce, que es
peor con tanto cañón y bombarda. Todo ardiendo en guerras: no se oye
otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas
entrañas parece se han vuelto de bronce.

No faltará quien diga, respondió Andrenio, que es el siglo de cobre y
no de pague; mas yo digo que el de lodo, cuando todo lo veo puesto dél:
tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra. La virtud
dió en el suelo con su letrero: ¡Aquí yace! La basura á caballo, los
muladares dorados y, al cabo al cabo, todo hombre es barro.

No decís cosa, replicó el francés. Asegúroos que no es sino el siglo de
oro.

Mira quien tal creyera.

Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se
hace caso de otro, todo va á parar en él y por él y así dice bien,
cuando más mal, aquel público maldiciente: _tuti tiramo à questo
diavolo di argento_.

Relucía ya y de muy lejos uno como palacio grande; pero no magnífico, y
tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:

¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.

¿Qué mucho, si lo es?, respondió el monsiur, bailando de contento.

Que como al dar llaman ellos bailar, siempre andan bailando.

¿Todo el palacio es de oro?, preguntó Critilo.

Todo, desde el fundamento hasta el tejado, por dentro y fuera. Y cuanto
hay en él todo es oro y todo plata.

Muy sospechoso se me hace, dijo Critilo: que la riqueza es gran comadre
del vicio y aun se dice vive mal con él. ¿Pero de dónde han podido
juntar tanto oro y tanta plata? Que parece imposible.

¿Cómo de dónde? Pues, si España no hubiera tenido los desaguaderos
de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, las
sanguijuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades
enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? Á más de
que el poderoso dueño, que en este palacio mora, tiene tal virtud, no
sé yo si dada del cielo ó tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si
con la mano izquierda, la convierte en plata, y, si con la derecha, en
oro.

¡Eh!, monsiur, dijo Critilo, que ésa fué una novela tan antigua como
necia de cierto rey, llamado Midas, tan sin medida ni tasa en su
codicia, que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre,
siendo su enfermedad de ahito.

¡Cómo, que es fábula!, dijo el francés. No es sino verdad tan cierta,
como practicada hoy en el mundo. [Marginal: _Midas al uso._] ¿Pues qué,
es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con una palmada, que
da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolomico
del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los doscientos al punto y
no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y, aunque
estudia en Baldo, no es de balde su ciencia.

Un médico, pulsando ¿no se hace él de oro y á los otros de tierra?
¿Hay vara de virtudes como la del alguacil y la pluma del escribano
y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más
guardado, lo sacan bajo tierra? ¿Las vanas Venus de la belleza, cuando
más tocadas y prendidas, no convierten en oro la inmundicia de su
torpeza? Hombre hay, que con sola una pulgada que da, convierte en el
oro más pesado el hierro más pesado. Al tocar de las cajas ¿no anda la
milicia más á la rebatiña, que al rebato? Las pulgadas del mercader,
¿no convierten en oro la seda y la holanda?

Creedme, que hay muchos Midas en el mundo: así los llama él, cuando más
desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés
es el rey de los vicios, á quien todos sirven y le obedecen. Y así, no
os admiréis que yo diga que el príncipe, que allí vive, convierte en
oro cuanto toca. Y una de las causas, porque yo voy allá, es para que
me toque también y me haga de oro.

Monsiur, instó Andrenio, ¿cómo puede vivir dese modo?

Muy bien.

Pues díme, ¿no se le convierte en oro el manjar, así como le toca?

Buen remedio: calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen dellos
y con ellos.

Sí; pero, en llegando á la boca el manjar, en comenzándole á mascar,
¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?

¡Oh, qué mal discurres!, dijo el francés. Ese melindre fué allá en otro
tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. [Marginal: _Oro potable._]
Ya se ha hallado traza cómo hacer el oro potable y comestible, ya
dél se confeccionan bebidas, que confortan el corazón y alegran
grandemente. Ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones
y dicen es tan sustancial, que basta á resucitar un muerto; que eso
de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de
miserables de no querer comer. Todo lo que no comen ni beben ni visten
dicen que lo convierten en oro. Ahorran, porque no se aforran. Mátanse
de hambre á sí y á sus familias y de matarse viven.

Con esto se fueron acercando y descubrieron á las puertas muchas
guardas que, á más de estar armadas todas con espaldares castellanos
contra los petos gallegos, eran tan inexorables, que no dejaban llegar
á ninguno ni de cien leguas. Y si alguno porfiaba en querer entrar,
arrojábanle un no, salido de una cara de hierro, que no hay bala que
así atraviese y deje sin habla al más osado.

¿Cómo haremos para entrar, dijo Andrenio: que cada guarda de éstas
parece un Nerón sincopado y aun más cruel?

No os embarace eso, dijo el francés: que esta guarda sólo es guarda de
la juventud. No dejan entrar los mozos.

Y así era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda.
Á todos se les vinculaban, hasta ser hombres; pero de treinta años
arriba las franqueaban á todo hombre, si ya no fuese algún jugador,
descuidado, gastador ó castellano, gente toda de la cofradía del hijo
pródigo. Mas á los viejos, á los franceses y catalanes, puerta franca y
aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y
tan á la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. [Marginal:
_Puertas del interés._] Pero luego hubo otro tope y mayor, que á más
de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico,
de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo,
estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y candados
vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros á llamar, nadie respondía ni
á propósito mucho menos correspondía.

Mira, decía uno, que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

Más quiero mis dientes, que mis parientes. Cuando yo era pobre, no
tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre, no tiene
consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

¿No me conoces, que soy tu amigo?, gritaba otro.

Y respondíanle:

En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre y respondía un villano:
Ahora, que tengo, todos me dicen: Norabuena estéis Pedro.

¿Pues á tu padre?, decía un viejo.

Y el hijo respondía:

En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba á su padre un hijo le dejase entrar y él respondía:

Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni
padres con hijos: ¿pues qué sería suegras con nueras? Oyendo esto,
desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la
honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro? Pues no nos
faltará traza á nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróles una valiente maza, que estaba pendiente de una dorada
cencerra:

Miradla bien, dijo: que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis
que es?

Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas, dijo Critilo, aun creyera
yo era la clava de Hércules.

¿Cómo de Hércules?, dijo el francés. Fué juguete aquélla, fué un
melindre, respecto désta y todo cuanto el ahijado de Juno obró con ella
fué niñería.

¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

Dígote que no valió un clavo, respecto désta, ni supo Hércules lo que
se hizo ni supo vivir ni entendió el modo de hacer la guerra.

¿Cómo no, si con aquella triunfó de todos los monstruos del mundo, con
ser tantos?

Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho
más ejecutiva y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de
dificultades, que se han allanado con ésta.

Será encantada, dijo Andrenio, no es posible otra cosa. Obra grande de
algún poderoso nigromántico.

Que no está encantada, dijo el francés, aunque sí hechiza á todos. Más
os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas
ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de
un niño, obra prodigios.

[Marginal: _Poder del oro._]

¡Eh, monsiur, dijo Andrenio! No tanto encarecimiento. ¿Cómo puede ser
eso?

¿Cómo? Yo os lo diré. Porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso
metal, que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué pensáis vosotros, que los
reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de
los mosquetes y con el plomo de las balas? No, por cierto, sino con
_dinari y dinari e piu dinari_. Mal año para la tizona del Cid y para
la encantada de Roldán, respecto de una maza preñada de doblones. Y
porque lo veáis, aguardad.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo;
pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando
atónitos ambos peregrinos y blasonando el monsiur, aunque fueran las de
la torre de Dánae. Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo;
antes dudaba mucho el entrar, porque dudaba el poder salir. [Marginal:
_Reclamo de oro._] Hallaba, como prudente, grandes dificultades; mas
al ruido del dinero, que oyó contar, que por eso se llamó moneda, _a
monendo_, porque todo lo persuade y recaba y á todos convence, se dejó
vencer. Atrájole el reclamo del oro y de la plata. Que no hay armonía
de Orfeo, que así arrebate.

En estando dentro, se volvieron á cerrar las puertas, con otros tantos
cerrojos de diamante. Mas, ¡oh espectáculo tan raro como increíble!
Donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una
cárcel, llena de prisiones, pues á cuantos entraban los aherrojaban. Y
es lo bueno que á título de hacerles muchos favores.

Estaban persuadiendo á una hermosa mujer, que la enriquecían y
engalanaban y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por
vida y aun por muerte, la argolla de un rico collar, las esposas de
unos preciosos brazaletes, que paran en horcas, el apretador de sus
obligaciones, el esmaltado lazo de un nudo ciego, la gargantilla de un
ahogo. Ello fué casa y miento y cárcel verdadera.

Echáronle á un cortesano unos pesados grillos de oro, que no le dejaban
mover y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron
salones eran calabozos poblados de cautivos voluntarios y todos ellos
cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro; pero todos tan
contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado
de gatos, poniendo toda su fruición en oirlos mayar.

[Marginal: _Monstruosa codicia._]

¡Hay tan mal gusto en el mundo, como el tuyo!, dijo Andrenio. ¿No
fueran mejores algunos pajarillos enjaulados, que con sus dulces
cantos, te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos y vivos y que gustes de
oir sus enfadosos maídos, que á todos los demás atormentan?

Quita, que no lo entiendes, respondió él: para mí es la más regalada
música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del
mundo. ¿Qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo,
los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los
maullidos de un gato? Cada vez, que los oigo, se regocija mi corazón
y se alboroza mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el
gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los
instrumentos músicos con el maído de mis gatos?

Si fueran muertos, replicó Andrenio, aun me tentara; ¿pero vivos?

Sí, vivos y después muertos. Y vuelvo á decir que no hay más regalada
voz en cuantas hay.

Pues dínos: ¿Qué hallas de suavidad en ella?

¿Qué? Aquel decir _mío_, _mío_ y todo es _mío_ y siempre _mío_ y nada
para vos: esa es la voz más dulce para mí de cuantos hay.

Hallaron cosas á este tono bien notables. Mostráronles algunos y aun
los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con
los otros; pero ni aun para consigo mismos. Y con todo eso vivían.

¿Cómo se sabe, preguntó Andrenio, que estén descorazonados?

Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que,
buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de
oro y amortajados en sus talegos.

[Marginal: _Muerte del avaro._]

¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se
alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella
al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro
repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice _río_ de
las lágrimas que _lloro_. El hijo porque hereda, el pariente porque
se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se
desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque
dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las
cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable!
Mal, si vive, y peor, si muere.

[Marginal: _Rico hombre._]

En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de
cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.

¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no
escusados.

Y él: ¿Qué? Adorar.

¿Pues qué, es gentil?

Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

¿Pues qué adora?

Dora y adora una arca.

¿Qué? ¿Es judío?

En la condición ya podría; pero en la sangre no: que es muy noble, de
los ricos hombres de España.

Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

Antes, porque no lo es, es hombre rico.

¿Qué arca es ésta que adora?

La de su testamento.

¿Y es de oro?

Dentro sí; mas por fuera de hierro, pues no sabe qué ni por qué ni para
qué ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad, que cuentan de
las víboras, cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho y
después los hijuelos vengan la muerte de su padre, agujerándola el
vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear, cuando vieron
que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido. Luego el
heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado,
la mata á pesares. Á él, por heredarle, su otro hermano segundo le
despacha. De suerte, que unos á otros, como víboras crueles, se
emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la
madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará _senior_, antes de
llegar á ser señor. [Marginal: _Morir de mal de hijo._] El padre teme
al hijo y, cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta
su corazón, temiéndole como á su más cercano enemigo; pero el abuelo se
alegra y dice:

Seáis bien venido, ¡oh enemigo de mi enemigo!

Fuéles materia de risa, entre las muchas de pena, lo que le aconteció
á uno de estos guardadores. Que un ladrón de otro ladrón, que hay
ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió
se robase á sí mismo: de modo, que le ayudó á quitarse cuanto tenía.
Él mismo llevó á cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa,
transportándola y escondiéndola donde jamás la vió ni la gozó.
Lamentábase después, doblando el sentimiento, de ver que él había sido
el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

[Marginal: _Avaro ladrón de sí._]

¡Oh lo que puede el interés!, ponderaba Critilo. Que le persuada á un
desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para
ingratos, jugadores y perdidos; y que él ni coma ni beba ni vista ni
duerma ni descanse ni goce de su hacienda ni de su vida. Ladrón de sí
mismo, merece muy bien los cientos contados al revés y que le destierre
el discreto Horacio á par de un Tántalo necio.

Habían dado una vuelta entera á todo aquel palacio de calabozos, sin
haber podido descubrir el coronado necio de su dueño, cuando á lo
último, imaginándole en algún salón dorado, ocupando rico trono á toda
majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le
hallaron muy al contrario, metido en el más estrecho calabozo, que aun
luz no gastaba, por no gastarla ni aun de día, por no ser visto para
dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos
amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas.

La barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se
envidiaba. Mostraba unas grandes orejas de rico trasnochado, siendo tan
horrible en su aspecto. Nada se ayudaba con el vestido, que de viejo,
la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta.
Estaba solo quien de nadie se fiaba y todos le dejaban estar, rodeado
de gatos, con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos
no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.

Así como entraron, con que á nadie puede ver, fué á abrazarlos, que los
quisiera de oro; mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron,
buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, [Marginal:
_Infierno de plata._] palacio de Plutón, que toda casa de avaro es
infierno en lo penoso y limbo en lo necio.

Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de
la tiranía codiciosa, buscaban á toda priesa por dónde escapar; mas,
como en casa del desdichado se tropieza en los azares, yendo en fuga,
cayeron en una disimulada trampa, cubierta con las limaduras de oro
de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por
librarse, más le anudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera.
Suspiraba Andrenio su malvendida libertad. Cómo la consiguieron contará
la otra Crisi.



CRISI IV

_El museo del discreto._


Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio y aun dicen
corte, una casa, que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque
entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas,
cuanto más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas
virtudes. Guióle ya su dicha á entrar en una y aun única. Y al punto,
volviéndose á sus discretos les dijo:

Ya estamos entre personas: esta casa huele á hombres.

¿En qué lo conoces? le preguntaron.

Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?

Y mostróles algunos libros, que estaban á mano:

Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué
jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta?
¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto
museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se
alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface?
[Marginal: _Fullería discreta._] No hay lisonja, no hay fullería para
un ingenio, como un libro nuevo cada día.

Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron,
el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron,
todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los
inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los
insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo
de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la
sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben
y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia
borregos con bellocino de oro.

Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á
los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia,
un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes,
que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde
quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba
fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de
grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una,
que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar
un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:

Hombre ó prodigio, ¿quién eres?

Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.

¿Cómo menos?

Sí: que á veces más valiera no haber sido.

¿De dónde vienes?

De la nada.

¿Y dónde vas?

Al todo.

¿Cómo vienes tan solo?

Aun la mitad me sobra.

[Marginal: _Deseoso de saber._]

Ahora digo que eres sabio.

Sabio, no; deseoso de saber, sí.

¿Pues con qué ocasión viniste acá?

Vine á tomar el vuelo: que pudiendo levantarme á las más altas regiones
en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía abatido.

Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?

De ningún modo: que no se permuta bien un adarme de libertad por todo
el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.

¿Y podrás?

Siempre que quiera.

¿Podríasnos librar á nosotros?

Todo es que queráis.

¿Pues no habíamos de querer?

No sé: que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en
sus cárceles y muy hallados, cuando más perdidos. Ésta, con ser un
encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.

[Marginal: _Mundo encantado._]

¿Cómo es eso de encanto?, dijo Andrenio. ¿Pues no es éste, que vemos,
tesoro verdadero?

De ningún modo; sino fantástico.

Éste que reluce, ¿no es oro?

Dígole lodo.

¿Y tanta riqueza?

Vileza.

Éstos ¿no son montones de reales?

No hay una realidad en todos ellos.

Pues éstos, que tocamos, ¿no son doblones?

Sí, en lo doblado.

¿Y tanto aparador?

No es, sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis
que todo esto es apariencia, advertid que, en boqueando cualquiera, el
más rico, el más poderoso, en nombrando cielo, en diciendo: ¡Dios mío,
valedme!, al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y
aun cenizas.

Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se
desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando
los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron
vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien
horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron
reídos. [Marginal: _La muerte de blanco._] Los monarcas, arrastrando
púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados,
todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban
tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco
en hoyas y sepulcros.

Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron
en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan
rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo
aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en
huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa
más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en
un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.

Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues
desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y
él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le
querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y
donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra
cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía.
Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser
suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí
por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que,
aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en
romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados;
pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. [Marginal: _Fénix
sabia._] Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores
no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé.
Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de
todo lo bueno.

Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio,
fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si
en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este
centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente
turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano
monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba.
¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente.
De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba
arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á
sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas
Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito
quién era aquel serpihombre.

¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras?
Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de
ciencia.

[Marginal: _Bachillería del mundo, necedad del cielo._]

Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que
sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste
es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan
arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio,
que sabe todas las cosas malsabidas.

¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.

[Marginal: _Sabios de fortuna._]

¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.

Estrañó mucho el término y replicóle:

¿Qué cosa es ser sabio de ventura?

Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es
sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin
haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse
desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha
cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han
dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te
dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también
ser.

Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin
sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del
gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas,
literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso,
volviéndose á sus compañeros les dijo:

¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!

Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.

¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber
es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á
ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.

Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran
palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar
los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse,
en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. [Marginal: _Palacio
del entendimiento._] Era su arquitectura extremo del artificio y de la
belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien,
á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía
muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz
y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo
eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo
mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las
mascaban y se paladeaban con ellas.

¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.

Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.

Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la
boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no
lo eran, sino sales gustosísimas.

Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y
ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas
inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron
dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de
columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado
podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un
non plus ultra de su siglo.

Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los
ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos
y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa
curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en
quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas
maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.

Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y,
con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de
un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave
plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios,
pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba
los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que
no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las
fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus
peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. [Marginal: _Nicho de
la poesía._] Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy
sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando
mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara,
haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para
muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable
que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia
de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano
bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa
ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:

Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral
enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura
de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus
conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía
formarse su concha.

Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció
suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril
y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos
laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.

Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo
Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del
mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.

Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza.
Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la
cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los
instrumentos:

Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de
verdad que no le fuera inferior.

Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo
y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de
Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular;
mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética
Belleza.

Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó,
por lo plausible, todos los teatros de España.

Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero
tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla,
diciendo:

En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su
mucha frialdad con el amoroso fuego.

Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo:

Éstas más se suspenden, que suspenden.

Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán.
Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que
se escandalizaron mucho.

No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba
sus dolores Marica en el hospital.

Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que
todos celebraron mucho y con razón:

Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él
mismo se está diciendo el que amo es.

Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto;
aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo:

Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar
Gila en la noche de aquel santo.

Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que
frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar,
cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo:

Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta
inmundicia lasciva.

Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con
todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de
que estaba todo él esmaltado:

Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se
dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce
tanto, que dél se puede decir:

¡El alba es que sale!

Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo;
aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por
tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban
las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo
satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de
feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa.
Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y
acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado
Critilo dijo:

¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?

Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles;
pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.

Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los
quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.

Aun no es eso, respondió la gloria de los cisnes: que son tan
romancistas algunos, que no entienden el arte; sino que para las obras
grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que
es un otro Virgilio cristiano y tanto, que siempre se desempeña con
ángeles y con milagros.

Había un vacío en buen lugar y, notándolo Critilo, dijo:

De aquí algún gran plectro han robado.

No será eso; sino que estará destinado para algún moderno.

[Marginal: _Don Francisco de Sayas._]

¿Si sería, dijo Critilo, uno que yo conozco y estimo por bueno, no por
ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?

No pudieron detenerse más, porque la edad les daba prisa, y así
hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso y, en
lo fragante, Paraíso.

Llamóles el Tiempo á un otro salón más dilatado, pues no se le veía
fin. Introdújoles en él la Memoria y aquí hallaron otra bien extremada
ninfa, que tenía la mitad del rostro arrugado muy de vieja y la otra
mitad fresco muy de joven. [Marginal: _Historiadores._] Estaba mirando
á dos haces á lo presente y á lo pasado; que lo porvenir remitíalo á la
providencia. En viéndola, dijo Critilo:

Ésta es la gustosa Historia.

Mas el varón alado: No es sino la maestra de la vida, la vida de la
fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.

Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y
otros por ruines, grandes y pequeños, valerosos y cobardes, políticos
y temerarios, sabios é ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos,
sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas,
pero tan prodigiosas, que con una sola, que entregó á uno, le hizo
volar y remontarse hasta los dos coluros. No sólo daba vida con el
licor que destilaba; sino que eternizaba, no dejando envejecer jamás
los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque á
ninguno daba la que él quería, y esto á petición de la Verdad y de la
Entereza.

Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma
de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano,
diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se
vuela á la eternidad en plumas alquiladas.

Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.

Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora
sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á
ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y
á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el
inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.

Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un
gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó
con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto
plausiblemente y dijo:

Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.

Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien
dél. Informóse la ninfa si era benemérito.

Averiguó que no.

Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su
honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer
insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y
bien escritos después.

Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le
había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos
campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre
mucha elocuencia.

Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se
pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para
otros no tan esclarecidos.

Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo:

Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á
mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que
os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí
preciada.

Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado
en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.

Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la
pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto
cacarearlas más parecía de gallinas.

No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara,
poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César
cabal pluma y espada rige.

Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir
pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál
la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque
tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor
natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de
todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.

Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar
sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:

Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien
algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con
tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos
contentos de su entereza.

Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos
sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto,
le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir
libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que
ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.

Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que
parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del
Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se
halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más
atenta prudencia.

[Marginal: _Don José Pellicer._]

Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente
no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda
realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la
hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita
de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con
acierto de sí mismos.

Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por
el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole:

Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien,
la pluma escribirá mejor.

Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo
menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella.
Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una
entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes
murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que
levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.

¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de
cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los
más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.

[Marginal: _El doctor Juan Francisco Andrés._]

Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle
no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se
eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que
celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.

Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.

Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores
modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la
ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia,
del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando
advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito,
sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de
Justino, sin la mordacidad del Platina.

Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen
numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros,
porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son
chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de
historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á
la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia.
Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y
tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y
mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.

Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de
sí, diciendo:

Éstas no tanto eternizan las hazañas, cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada,
inclinándose siempre, ya al lado del odio, ya de la afición. Fué á
sacar una y dijo:

Ésta ya ha salido otra vez, ya la di á otro primero y, si mal no me
acuerdo, fué á Illescas, á quien le traslada capítulos enteros el
Sandoval. Basta, que yo me he equivocado.

Mucho se detuvieron aquí y aun se estuvieron: tan entretenida es la
mansión de la Historia.

[Marginal: _Buenas letras._]

Pasaron ya cortejados del Ingenio por la de la Humanidad. Lograron
muchas y fragantes flores, delicias de la agudeza, que aquí asistía tan
aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros,
y escogiéndolas en romance, las florestas españolas, las facecias
italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos
del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos,
las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios elogios,
teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales,
polianteas y fárragos.

No fué menos de admirar la ninfa anticuaria, de más curiosidad que
sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas,
piedras, incripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas,
barros, láminas, con todos los libros, que tratan de esta noticiosa
antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio
Agustín, ilustrada de los Golcios [Marginal: _Anticuarios_.] y
últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas
españolas de Lastanosa.

Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que á
la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas, cuando
vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas,
dioptras, cilindros, compases y pantómetras, [Marginal: _Matemáticas._]
conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las
matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun
de las vulgares. Pero de la noble pintura y arquitectura había tratados
superiores.

Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no
ignorar. [Marginal: _Filosofía natural._] Así como el de la indagadora
natural filosofía, levantando mil testimonios á la naturaleza. Servían
de estantes á sus curiosos tratados los cuatro elementos y en cada uno
los libros, que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces,
brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales y en el fuego
de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan
desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio, para meterlos en sí.

Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más
profunda estancia y más compuesta estaba, entresacando las saludables
hojas de algunas plantas, para confeccionar medidas y destilar quintas
esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral
Filosofía. [Marginal: _Filósofos morales._] Cortejáronla de propósito
y ella les dió asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer
lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contraveneno, y
mostró estimarlas mucho, si bien á algunos les parecieron algo secas
y aun frías, de más provecho que gusto; pero de verdad muy eficaces.
Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un
plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:

Éstas, aunque más desabridas, son divinas.

Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso
de humor, para aliviar el ánimo.

Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano,
tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de
comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.

Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella
las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los
circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que
de personas.

No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las
bestias, para que entiendan los hombres.

Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta
esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y,
aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la
eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.

De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran
fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose
mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados
con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas,
haberles dado forma de una aguda donosidad.

Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así
dijo:

Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de
intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para
ellas.

Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los
circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y
estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.

Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más
vicio que provecho, más para reir que aprovechar.

De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas á
las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.

Éstas otras, aunque vulgares, son picantes y tal señor hay, que gasta
su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la
mostaza, que, aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.

Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo, como en los
sentimientos, las remitió, más para paladear niños y mujeres, que para
pasto de hombres.

Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con
su buen olor recrean el cerebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque
malaliñadas y tan feas, que les causaron horror; mas la prudente ninfa
dijo:

No se ha de atender al estilo del infante don Manuel; sino á la
extremada moralidad y al artificio con que enseña.

Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fué deshojando y
dijo:

Estos raguallos del Boquelino, son muy apetitosos; pero de toda una
hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

[Marginal: _Políticas._]

Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás
estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que
á la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más
majestuoso, los estaba convidando y decía:

Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante: la que
enseña á saber vivir.

Entraron por razón de estado y hallaron una coronada ninfa, que parecía
atender más á la comodidad, que á la hermosura, porque decía ser bien
ajeno y aun se le oyó decir tal vez:

Dadme grosura y os daré hermosura.

Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien
acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y
dijo:

Ésta, sin más ver, es la Política.

¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan
fácilmente.

Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas
de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas
materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de
frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y
razón.

Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero
más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de
Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.

Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y
de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el
suelo y las pisó, diciendo:

Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden
parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias
á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos
tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fué una buena vieja.

Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida
de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan
Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto estraña: que, habiendo salido á luz una
otra muy perfecta y labrada, conforme á las verdaderas reglas de la
política cristiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un
gran personaje, mostrando grandes ganas de haberla á su mano. Trató
de comprar todos los ejemplares y dió cuanto le pidieron por ellos.
Y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela á su
príncipe, fué tan al revés, que, porque no llegase á sus manos, mandó
hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire
sus cenizas.

Mas, aunque fué en secreto, llegó á noticia de la atenta ninfa, que
como tan política, se las entiende á todo el mundo, y al punto mandó
al mismo autor la volviese á estampar, sin que faltase una tilde, y
repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no
volviesen ningún ejemplar á manos de aquel político, contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa, como odorífera. Y rogándole todos
la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:

Es una riquísima joya. Ésta no sale á luz; aunque da tanta. Son las
instrucciones que dió la experiencia de Carlos V á la gran capacidad de
su prudente hijo.

Estaba allí apartada una, que aspiraba á eterna, más en la cantidad,
que en la calidad. Obra de tomo. Nadie se atrevía á emprenderla.

Sin duda, dijo Critilo, que es la de Bobadilla, que todos cansados, la
dejan descansar.

Ésta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa, dijo la sagaz ninfa. No
tiene otra falta esta política, sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco
aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban
huecas, sin rastro de sustancia.

Éstas, dijo, son las repúblicas del mundo, que no dan razón, más que
de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito;
conténtanse con la corteza.

Conocieron el Galateo y otros sus semejantes y, pareciéndoles no era
este su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecía á la política de
cada uno, á la razón especial de ser personas.

Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes á sus
hijos, varios aforismos políticos, sacados del Tácito y de otros sus
secuaces; si bien había muchos por el suelo y dijo:

Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire
y vienen á dar en tierra.

[Marginal: _Libros espirituales._]

Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino
sagrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las
artes, la que enseña la divina política, y estaba repartiendo estrellas
en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

Éste, dijo el varón alado, advierte que no tanto es estante de libros,
cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo: ¡Oh, fruición del entendimiento! ¡Oh, tesoro de
la memoria, realce de la voluntad, satisfacción del alma, paraíso de
la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos
la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores,
atesoren riquezas con todo género de gustos y de pasatiempos; que para
mí no hay gusto como el leer ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo:

Eso no, dijo, sin ver primero en persona la hermosa Sofisbella, que
un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo
sol. Suplícote, oh conductor alado, quieras introducirme ante su
divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de
perfecciones. Ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la
perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus
labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de
su reir, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa,
la sublimidad de su talle, el decoro de su persona, la gravedad de su
trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes? que
cada instante que tardas, se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos,
después de dar noticia de lo que le aconteció á Andrenio, en la gran
plaza del vulgo.



CRISI V

_Plaza del populacho y corral del vulgo._


Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más
asistida de sus cortesanos, que asistiéndoles, cuando llegaron dos
pretendientes de dicha á solicitar sus favores. Suplicó el primero le
hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones
sabios y prudentes. Miráronse unos á otros los curiales y dijeron:

Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la
gracia pretendida.

Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso
con todos los ignorantes y necios. Riéronlo mucho los del cortejo,
solemnizando gustosamente una petición tan estraña. Mas la Fortuna, con
rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced.

Partiéronse ya entrambos tan contentos, como agradecidos, abundando
cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando
el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho
aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también
ella en su reparo y muy galante les dijo:

¿Cuál destos dos, pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido
el entendido? ¿Creeréis, que el primero? Pues sabed que os engañáis
de medio á medio. Sabed que fué un necio. No supo lo que pidió. Nada
valdrá en el mundo. ¡Este segundo sí que supo negociar! Éste se alzará
con todo.

[Marginal: _Necedad valida._]

Admiráronse mucho y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas
desempeñóse ella, diciendo:

Mirad: los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad. ¿Qué digo
cuatro? Ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los
necios son los infinitos. Y así el que los tuviere á ellos de su parte,
ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado
del Cécrope, fué á ser necio con todos. Era increíble el séquito, que
arrastraba, el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en
la plaza mayor del universo; pero nada capaz. Llena de gentes; pero
sin persona, á dicho de un sabio, que con la antorcha en la mano al
mediodía iba buscando un hombre, que lo fuese y no había podido hallar
uno entero: todos lo eran á medias.

Porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente y las
mujeres de pescado. Al contrario, el que tenía pies, no tenía cabeza.
Allí vieron muchos Acteones, que, luego que cegaron, se convirtieron
en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de
carga. Muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro. No pocos,
de lobos, siempre en la fábula del pueblo. Pero los más, de estólidos
jumentos, muy á lo simple malicioso.

¡Rara cosa, dijo Andrenio, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de
elefante ni aun de vulpeja!

No, amigo, dijo el Filósofo: que aun en ser bestias no alcanzan esa
ventaja.

Todos eran hombres á remiendos y así cuál tenía garra de león y cuál de
oso en pie. Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico
de puerco. Éste tenía pies de cabra y aquél orejas de Midas. Algunos
tenían ojos de lechuza y los más de topo. Risa de perro, quien yo sé,
mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando, y
así oyeron en uno que estaban peleando. Á toda furia ponían sitio á
Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero
ni gente. Pasaban á Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles
de Francia. Restauraban toda España. Marchaban á Flandes, que no
había para dos días. Daban la vuelta á Francia, dividíanla en cuatro
potentados, contrarios entre sí, como los elementos. Y finalmente
venían á parar en ganar la Casa Santa.

¿Quién son éstos, preguntó Andrenio, que tan bizarramente pelean? ¿Si
estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de
Fuensaldaña y aquél otro Totavila?

Ninguno déstos es soldado, respondió el Sabio, ni han visto jamás la
guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquél,
que habla más que todos juntos, es el que lee las cartas, el que
compone los razonamientos, el que le va á los alcances al cura, digo:
el barbero.

[Marginal: _El vulgo en corrillos._]

Impaciente Andrenio, dijo: Pues si éstos no saben otro que estripar
terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

¡Eh!, dijo el Cécrope: que aquí todo se sabe.

No digas se sabe, replicó el Sabio; sino que todo se habla.

Toparon en otro, que estaban gobernando el mundo. Uno daba arbitrios,
otro publicaba pragmáticas, adelantaban los comercios y reformaban los
gastos.

Éstos, dijo Andrenio, serán del parlamento; no pueden ser otros, según
hablan.

Lo que menos tienen, dijo el Sabio, es de consejo; toda es gente que,
habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.

¡Oh, vil canalla!, exclamó Andrenio. ¿Y de dónde les vino á éstos
meterse á gobernar?

Ahí verás, respondió el Serpihombre, que aquí todos dan su voto.

Y aun su cuero, replicó el Sabio.

Y acercándose á un herrador:

Advertid, le dijo, que vuestro oficio es herrar bestias: dad alguna en
el clavo.

Y á un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél.

Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la
mejor de España, si el otro era gran soldado, de más ventura que valor
y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo. Ni
perdonaban á los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si
tenían más vicios de hombres, que prendas de reyes. De modo que todo lo
llevaban por un rasero.

¿Qué te parece?, dijo el Cécrope. ¿Pudieran discurrir mejor los siete
sabios de Grecia? Pues advierte que todos son mecánicos y los más
sastres.

Eso creeré yo: que de sastres siempre hay muchos.

[Marginal: _Murmuración mecánica._]

Y Andrenio: ¿Pues quién los mete á ellos en esos puntos?

¡Oh! que es su oficio tomar la medida á cada uno y cortarle el vestido.
Y aun todos en el mundo son ya sastres en descoser vidas ajenas y dar
cuchilladas en la más rica tela de la fama.

Aunque era tan ordinario aquí el ruido y tan común la vocería,
sintieron que hablaban más alto allí cerca, en una ni bien casa ni mal
zahurda, aunque muy enramada: que, en habiendo riego, hay ramos.

¿Qué estancia ó qué estanque es éste?, preguntó Andrenio.

Y el Cécrope, agestándose de misterio:

Éste es, dijo, el Areópago. Aquí se tiene el consejo de estado de todo
el mundo.

Bueno irá él, si por aquí se gobierna. Ésta más parece taberna.

Sí lo es, respondió el Sabio: que, como se les suben los humos á las
cabezas, todos dan en quererlo ser.

Por lo menos, replicó el Cécrope, no pueden dejar de dar en el blanco.

Y aun en el tinto, respondió el Sabio.

Pues de verdad, volvió á instar, que han salido de aquí hombres bien
famosos y que dieron harto que decir de sí.

¿Quiénes fueron éstos?

[Marginal: _Cabezas de motines._]

¿Cómo quiénes? ¿Pues no salió de aquí el tundidor de Segovia, el
cardador de Valencia, el segador de Barcelona y el carnicero de
Nápoles, que todos salieron á ser cabezas y fueron bien descabezados?

Escucharon un poco y oyeron que unos en español, otros en francés, en
irlandés algunos, y todos en tudesco, estaban disputando cuál era más
poderoso de sus reyes, cuál tenía más rentas, qué gente podían meter en
campo, quién tenía más estados, brindándose á la salud dellos y á su
gusto.

De aquí, sin duda, dijo Andrenio, salen tantos, como andan rodando por
esa gran vulgaridad, dando su voto en todo. Yo creí procedía de estar
tan acabados los hombres, que andaban ya en cueros; mas ahora veo que
todos los cueros andan en ellos.

Así es, ponderó el Sabio. No verás á otro por ahí, sino pellejos
rebutidos de poca sustancia. Mira aquél, cuanto más hinchado más vacío.
Aquel otro está lleno de vinagre á lo ministro. Aquellos botillos
pequeños son de agua de azahar, que con poco tienen harto: luego se
llenan. Aquéllos, muchos son de vino y por eso en tierra. Aquellos
otros, los que, en siendo de voto, son de bota. Muchos están embutidos
de paja, que la merecen. Colgados otros, por ser de hombres fieros, que
hasta del pellejo de un bárbaro están acullá haciendo un tambor, para
espantar, muerto, sus contrarios: tan allá resuena la fiereza déstos.

De la mucha canalla, que de adentro redundaba, se descomponían por
allí cerca muchos otros corrillos y en todos estaban murmurando del
gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de
oro y de la paz. Era cosa ridícula oir los soldados tratar de los
consejos, dar prisa al despacho, reformar los cohechos, residenciar
los oidores, visitar los tribunales. [Marginal: _Necios barajados._]
Al contrario los letrados, era cosa graciosa verlos pelear, manejar
las armas, dar asaltos y tomar plazas. El labrador, hablando de los
tratos y contratos, el mercader de la agricultura, el estudiante de
los ejércitos y el soldado de las escuelas, el seglar ponderando las
obligaciones del eclesiástico y el eclesiástico las desatenciones
del seglar. Barajados los estados, metiéndose los del uno en el
otro, saltando cada uno de su corro y hablando todos de lo que menos
entienden.

Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho
bien de los pasados, exagerando la insolencia de los mozos, la libertad
de las mujeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo.

Yo, menos entiendo el mundo, decía éste, cuanto más va.

Y yo lo desconozco del todo, decía aquél, otro mundo es éste del que
nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen
otros tantos viejos, que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que
ellos tanto alababan. Y detrás de aquéllos otros y otros, encadenándose
hasta el primer viejo su vulgaridad.

Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes,
mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de
desempeñar las casas de los señores y restituirlas á aquel su antiguo
lustre.

¡Qué casa, decía uno, la del duque del Infantado, cuando se hospedó en
ella el rey de Francia prisionero, y lo que Francisco la celebró!

¿Pues qué la debía, dijo otro, la del marqués de Villena, cuando hacía
y deshacía?

¿Y la del almirante, en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar
mayor grandeza?

¿Quién son éstos?, preguntó Andrenio.

Éstos, respondió el hombre sierpe, son hombres de honor en los
palacios, llámanse gentileshombres ó escuderos.

Y en buen romance, dijo el Sabio, son gente que, después de haber
perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo y los que, habiendo
sido la polilla de sus casas, vienen á ser la honra de las ajenas. Que
siempre verás que los que no supieron para sí quieren saber para los
otros.

Nunca pensé ver, ponderaba Andrenio, tanto necidiscreto junto y aquí
veo de todos estados y condiciones, hasta legos.

¡Oh! sí, dijo el Sabio: que en todas partes hay vulgo y, por tildada
que sea una comunidad, hay ignorantes en ella, que quieren hablar de
todo y se meten á juzgar de las cosas, sin tener punto de juicio.

Pero lo que estrañó mucho á Andrenio fué ver entre tales heces de la
república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos
y que se decía eran grandes personajes.

¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que
en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca,
más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona,
más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más
mochileros que en Milán: ¡no me espanta! ¡Pero gente de porte, el
caballero, el título, el señor! No sé qué diga.

¿Qué piensas tú, dijo el Sabio, que, en yendo uno en litera, ya por
eso es sabio? ¿En yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay
algunos y tan ignorantes, como sus mismos lacayos. Y advierte que,
aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á
hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se
declara hombre vulgar y plebeyo. [Marginal: _Vulgo definido._] Porque
el vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y
que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.

Volvieron los rostros á uno, que estaba diciendo:

Si yo fuera rey... (y era un mochilero).

Y si yo fuera papa..., decía un gorrón.

¿Qué habíais de hacer vos, si fuerais rey? ¿Qué?

Lo primero, me había de teñir los bigotes á la española, luego me había
de enojar y ¡voto!...

No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen á cueros.

Digo que había de hacer colgar media docena. Yo sé que oliera la casa
á hombre y que mirarían algunos cómo perdían las victorias y los
ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de
llevar encomienda quien no fuese soldado y de reputación, pues para
ellos se instituyeron. Y no déstos de las plumicas; sino un sargento
mayor Soto, un Monroy y un Pedro Estélez, que se han hallado en cien
batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo! ¡Qué
ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores,
que no hiciera!

Oh, ¡no me viera yo un mes papa!, decía el estudiante. Yo sé que
de otra manera irían las cosas. No se había de proveer dignidad ni
prebenda, sino por oposición. Todo por méritos. Yo examinara quién
venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.

Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse á la sopa.

Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza
mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro. Ni
faltaban aquí tantas moscas, como allá mosquitos. Los caldereros
siempre tenían calderas que adobar. Los olleros alabando lo quebrado.
Los zapateros á todo hombre, buscándole horma de su zapato, y los
barberos haciendo las barbas.

¿Es posible, dijo Andrenio, que entre tanta botica mecánica no topemos
una de medicinas?

Basta, que hay hartas barberías, dijo el Cécrope.

Y hartos en ellas, respondió el Sabio. Que, como bárbaros, hablan de
todo. Mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?

Con todo eso, dijo Andrenio, en una vulgaridad tan común es mucho que
no haya un médico, que recete. Por lo menos no había de faltar á la
murmuración civil.

No hacen falta, replicó el Sabio.

¿Cómo no?

[Marginal: _Necedad incurable._]

Porque, aunque todos los males tienen remedio, hasta la misma locura
tiene cura en Zaragoza ó en Toledo y en cien partes. Pero la necedad no
la tiene ni ha habido jamás hombre que curase de tonto.

Con todo eso, veis allí unos, que lo parecen.

Venían dándose á las furias de que todos se les entremeten en su oficio
y quieren curar á todos con un remedio. Y eso sería nada, si algunos no
se metiesen á quererles dar doctrina á ellos mismos, disputando con el
médico los jarabes y las sangrías.

¡Eh!, decían: déjense matar sin hablar palabra.

Pero los herreros llevaban brava herrería y aun todos parecían
caldereros. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen
oir, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no
nueva en tales puestos. Tratáronse muy mal; pero no se maltrataron. Y
dijéronles los herreros á los sastres, después de encomios solemnes:

¡Quitad de ahí, que sois gente sin Dios!

¿Cómo sin Dios?, replicaron ellos enfurecidos. Si dijérades sin
conciencia, pase; pero sin Dios ¿qué quiere decir eso?

Sí, repitieron los herreros, que no tenéis un dios sastre, como
nosotros un herrero y, cuando todos le tienen, los taberneros á Baco,
aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes á Mercurio, de quien
tomaron las trampas con el nombre, los panaderos á Ceres, los soldados
á Marte, los boticarios á Esculapio, ¡mirad qué tales sois vosotros,
que ningún Dios os quiere!

Andad de ahí, respondieron los sastres. Que sois unos gentiles.

Vosotros sí lo sois, que á todos queréis hacer gentileshombres.

Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando á los sastres con que,
ya que no tenían Dios, todos los daban al diablo.

¡Prodigiosa cosa, dijo Andrenio, que con meter tanto ruido, no tengan
habla!

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope; antes jamás cesan de hablar ni
tienen otro que palabras.

[Marginal: _Hablillas._]

Pues yo, replicó Andrenio, no he percibido aún habla, que lo sea.

Tienen razón, dijo el Sabio: que todas son hablillas y todas falsas.

Corrían actualmente algunas bien desatinadas. Que habían de caerse
muertos muchos cierto día y lo señalaban y hubo quien murió de espanto
dos días antes. Que había de venir un terremoto y habían de quedar
todas las casas por tierra. Pues ver lo que se iba extendiendo un
disparate déstos y los muchos que se lo tragaban y bebían lo que
contaban unos á otros. Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían, sin
saber de dónde ni cómo nacía. Resucitaba cada año un desatino, sin
saber bastante el desengaño fresco corriendo grasa. Y era de advertir
que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban y un
disparate lo iban heredando de abuelas á nietas y de tías á sobrinas,
haciéndose eterno por tradición.

No sólo no tienen habla, añadió Andrenio; pero ni voz.

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope. Voz tiene el pueblo y aun dicen que
su voz es la de Dios.

Sí, del dios Baco, respondió el Sabio y, si no, escuchadla un poco y
oiréis todos los imposibles, no sólo imaginados, pero aplaudidos. Oid
aquel español, lo que está contando del Cid, cómo de una puñada derribó
una torre y de un soplo un gigante. Atended aquel otro francés, lo que
refiere, y con qué credulidad, del Roldán y cómo de un tajo rebanó
caballo y caballero armados. Pues yo os aseguro que el portugués no se
olvide tan presto de la pala de la victoriosa Forneira.

Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner
tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes,
aforismos convenientes; pero jamás pudo introducirse ni despachó
una tan sola verdad ni el más mínimo desengaño, con que se hubo de
retirar. [Marginal: _Ídolos del vulgo._] Al contrario, llegó un
embustero, sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos
de disparates, como que se había de perder España otra vez, que había
acabado ya la casa Otomana; leía profecías de moros y de Nostradamus y
al punto se llenó la tienda de gente y comenzó á despachar sus embustes
con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración,
como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adivino que
Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto un monstrimujer con tanto séquito, que muchos de los
pasados y los más de los presentes la cortejaban y todos con las
bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por
dondequiera que pasaba, dejaba el aire tan espeso, que le podían
cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio, comenzó á dar arcadas.

¡Qué cosa tan sucia!, dijo Andrenio. ¿Y quién es ésta?

Ésta es, dijo el Cécrope, la Minerva desta Atenas.

Ésta la invencible y aun la crasa, dijo el Filósofo. Ella puede ser
Minerva; mas á fe, que es pingüe. Y quien tanto engorda, ¿quién puede
ser sino la ignorante satisfacción? Veamos dónde va á parar.

Pasó de las vendedoras á sentarse en el banco del Cid.

Aquélla, dijo el Cécrope, es la Sapiencia de tanto lego. Allí están
graduando á todos y calificando los méritos de cada uno. [Marginal:
_Calificación vulgar._] Allí se dice el que sabe y el que no sabe, si
el argumento fué grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido
como razonado, si el discurso fué cabal, si magistral la lección.

¿Y quién son los que juzgan?, preguntó Andrenio, ¿los que dan el grado?

¿Quiénes han de ser, sino un ignorante y otro mayor? Uno, que ni ha
estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de Varia
Lección y el que más más, un Para Todos.

¡Oh!, dijo el Cécrope. ¿No veis que éstos son los más plausibles
personajes del mundo? Todos son bachilleres. Aquel que veis allí muy
grave, es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de
todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines: el
duende de los corrillos. Aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada
le cuentan de nuevo: saca gacetas y se escribe con todo el mundo y, no
cabiendo en todo él, se entromete en cualquier parte. Aquel licenciado
es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas,
mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos y, en habiendo
conclusiones, ni es visto ni oído. Aquel soldado nunca falta en las
campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al
duque de Alba, acude á la tienda del general, el demonio del mediodía,
mantiene la conversación, cobra el primero y el día de la pelea se hace
invisible.

Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo, ponderó Andrenio. ¿Y
éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

Y es de modo, respondió el Cécrope, que el que ellos una vez dan por
docto ése lo es, sepa ó no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores,
buenos médicos y grandes letrados y bastan á desacreditar un príncipe.
Dígalo el rey don Pedro. ¿Mas qué? Si el barbero del lugar no quiere,
nada valdrá el sermón más docto ni será tenido por orador el mismo
Tulio. Á éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir
blanco ni negro, hasta que éstos se declaran y al punto gritan:

¡Grande hombre!, ¡grande sujeto!

Y dan en alabar á uno, sin saber de qué ni para qué. Celebran lo que
menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni
saber. Por eso el buen político suele echar buen cencerro, que guíe el
vulgo adonde él quiere.

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares,
chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones,
que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y
plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del
populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de
sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en
Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de
aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como
los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba
el otro á su criado. No movían pie ni mano. [Marginal: _Aplauso
necio._] Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los
otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que
no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando
de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba
desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta
suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de
gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra
buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran
hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son
sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en
celebrarle.

Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo
cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que
le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole
á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto
numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería
su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que
porque había de ser [Marginal: _Juicio sin él._] su juez el vulgacho,
no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por
no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena
en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser
vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento
quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza
con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el
escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la
censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo
muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de
desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le
recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos
años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando
va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera,
¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua,
que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la
bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me
escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.

Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando
mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre
todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de
hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más
de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito,
inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no
dicen bien trasgos con trasgos.

[Marginal: _Varias vulgaridades._]

No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando
muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero
tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de
Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad,
sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase
un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como
el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el
de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de
Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid,
tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y
tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde
todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía
cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No
tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para
señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba
grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose
en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible
oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha
eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el
padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste
es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido
caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, [Marginal:
_Terror loco._] fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó,
que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no
montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que
no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que
pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando:

Que nos cortan, que nos cortan.

Comenzaron algunos á herirse y á matarse más bárbaramente, que
gentílicos bacanales. Fuéle forzoso á Andrenio retirarse á toda fuga,
tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos á Critilo; pero
valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz, que la antorcha de su
saber le comunicaba. Dónde fué á parar dirá la Crisi siguiente.



CRISI VI

_Cargos y descargos de la Fortuna._


Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer á
pedir nuevas mercedes, que á Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban
su perfección, de manos de quien habían recibido el ser. [Marginal:
_El saber del hombre._] Habló allí el hombre en primer lugar y pidió
como quien era, porque, viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada
la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición y
decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la
media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo á que, si no es cabeza,
tampoco es pies, sino la cara y suplicó con mucho agrado al Hacedor
divino que la dotase en belleza.

[Marginal: _La hermosura de la mujer._]

Hecha la gracia, dijo el gran Padre celestial, serás hermosa; pero con
la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella
nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el
entendimiento y la mujer la hermosura, él la testa y ella el rostro.
Llegó esto á oídos de la Fortuna y dicen cuestionó agravios, dando
quejas de que no hubiesen hecho caso de la Ventura.

¿Es posible, decía con profundo sentimiento, que nunca haya él oído
decir: Ventura te dé Dios, hijo; ni ella, ventura de fea? Dejadles
y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no
tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me
han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el Saber y la
Belleza. Yo les he de malograr sus prendas: ni él será dichoso ni ella
venturosa.

Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron
desgraciados: todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son
los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces
se dijo: Ventura de fea. Poco vale el saber, el tener, los amigos y
cuanto hay, si no tiene un hombre dicha, y poco le importa ser un sol á
la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de
su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que
le había puesto el varón alado. El cual, sin poderle satisfacer, se le
había desaparecido.

Créeme, decía el enano, que todo pasa en imagen y aun en imaginación
en esta vida: hasta esa casa del saber, toda ella es apariencia. ¿Qué?
¿Pensabas tú ver y tocar con las manos la misma Sabiduría? [Marginal:
_Fuga de Astrea._] Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás
virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo
sino unos borrones della en estos escritos, que aquí se eternizan.
Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus
sabios; mas ya aun ésos acabaron. No hay otro saber, sino el que se
halla en los inmortales caracteres de los libros. Ahí la has de buscar
y aprender.

¿Quién, pues, fué, preguntó Critilo, el hombre de tan bizarro gusto,
que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito
museo?

Si estuviéramos en Aragón, dijo el Pigmeo, yo creyera ser del duque de
Villahermosa don Fernando. Si en París, del erudito duque de Orleans.
Si en Madrid, del gran Filipo. Y si en Constantinopla, del discreto
Osman, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca
de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener y todas las
prendas se malogran.

Quisiera hallar primero, replicó Critilo, aquel mi camarada, que te he
dicho, que echó por la vereda de la Necedad.

Si por ahí fué, ponderó el enano, sin duda estará ya en casa de la
Dicha: que antes llegan ésos que los sabios. Ten por cierto que le
hallaremos en aventajado puesto.

¿Y sabes tú el camino de la Dicha?, preguntó Critilo.

Ahí consiste la mayor dificultad, que una vez puesto en él, nos llevará
al colmo de toda felicidad.

Con todo, paréceme que es éste, en lo desigual. Demás que me dieron por
señas esas hiedras, que arrimadas se empinan y entremetidas crecen.

Llegó en esto un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa y
preguntó si iba bien para la Ventura.

¿Cuál buscáis, dijo el enano: la falsa ó la verdadera?

¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

[Marginal: _Ventura hipócrita._]

¡Y cómo si la hay! ¡Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre.
Tiénese por dichoso uno en ser rico y es de ordinario un desventurado.
Cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las
manos de la justicia y es ése su mayor castigo.

Un ángel fué para mí aquel hombre, dice éste: y no fué sino un demonio,
que le perdió.

Tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de
fortuna y no es sino un bofetón, de que no le ha tenido por hombre el
cielo para fiarle un acto de valor.

Tal dice: Dios me vino á ver. Y no fué, sino el mismo Satanás en sus
logros. Cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida
indispuesto y hubiera sido su único remedio, para sanar en el ánimo.
Alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres y ésa
es su mayor desventura. Estima la otra desvanecida por su mayor dicha
su buena gracia y ésa fué su mayor desgracia. Así que los más de los
mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha. Que
errando los principios, todas salen falsas las consecuencias.

Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trato éste del enfado!), y
al punto comenzó á quejarse y murmurar y un estudiante á contradecirle.
Que todos cuantos piensan saber algo dan en espíritu de contradicción.
Pasaron de una en otra á burlarse del enano.

Y tú, dijo el estudiante, ¿qué vas á buscar?

Voy, dijo, á ser gigante.

¡Bravo aliento! Pero, ¿cómo podrá ser eso?

Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna. Que, si ella favorece,
los pigmeos son gigantes. Y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más
ruines que yo están hoy bien encaramados. Que no hay prendas que tengan
ni hay sabiduría ni ignorancia ni valor ni cobardía ni hermosura ni
fealdad; sino ventura ó desdicha. Tener lunar ó estrella. Todo es risa
lo demás. Al fin, ella se dará maña, cómo yo sea grande ó lo parezca:
que todo es uno.

Voto á tal, dijo el soldado, que quiera ó no, ella habrá de hacer la
razón.

No tan alto, señor soldado, dijo el estudiante: ¡más bajo!

Éste es mi bajo y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala
de D. Fernando Ruiz de Contreras. Peor es acobardarse con la Fortuna.
Sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos. Y así
veréis que unos morlonazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con
cuanto quieren y se burlan de todo el mundo. Ellos son los felices; que
de los hombres de bien no hay quien se acuerde. Juro y voto que hemos
de andar á mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente.

No sé yo cómo será eso, replicó el licenciado: que la Fortuna no
hay entenderla. Tiene bravos reveses. Á otros más estirados he oído
ponderar que no hay tomarla el tino.

Yo, por lo menos, dijo el cortesano, de mis zalamerías pienso valerme y
mil veces hacerla el buz.

Buz de arca, dijo el soldado, ha de ser el mío. ¿Yo besarla la mano? Si
me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

[Marginal: _Fortuna ciega._]

Ya me parece que me la veo, decía el enano, y que ella no me ve á mí,
por ser pequeño. Que sólo son visibles los bienvistos.

Menos me verá á mí, dijo el estudiante, por ser pobre. Que á los
deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

¿Cómo os ha de ver, dijo el cortesano, si es ciega?

¿Eso más?, ponderó Critilo. ¿De cuándo acá ha cegado?

No corre otra en la corte.

¿Pues cómo podrá repartir los bienes?

¿Cómo? Á ciegas.

Así es, dijo el estudiante, y así la vió un sabio entronizada en un
árbol muy copudo, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas,
tiaras, capelos, mitras, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros
de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y
corozas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un sabio
y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía
ella á ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere y Dios te la depare
buena. Caía sobre la cabeza de uno una corona y sobre el cuello del
otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte. Y las más veces se
encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor
un remo. Á un docto le caía una mitra allá en Cerdeña ó acá en Jaca y á
un idiota bien cerca, todo á ciegas.

Y aun á locas, añadió el estudiante.

¿Cómo es eso?, replicó Critilo.

Todos lo dicen, que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con
concierto.

¿Y de qué enloqueció?

Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la malicia la
ha dado un brebaje y, á título de descansarla, se le ha alzado con el
mando y así da á sus favorecidos cuanto quiere: á los ladrones las
riquezas, á los soberbios las honras, á los ambiciosos las dignidades,
á los menguados las dichas, á las necias la hermosura, á los cobardes
las victorias, á los ignorantes los aplausos y á los embusteros todo.
El más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos
los premios ni por culpas los castigos. Unos yerran y otros los
murmuran. Al fin, todo va á locas, como digo.

[Marginal: _Amiga de ruines._]

¿Y por qué no á malas también, añadió el soldado, pues la hacen fama de
ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndolos y contraria de los
varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los
sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante
con todos?

¿Es posible, ponderó Critilo, que de tantos azares se compone? ¿Y con
todo eso la vamos á buscar desde que nacimos? ¿Y más ciegos y más locos
nos vamos tras ella?

Ya en esto se descubría un extravagante palacio, que por una parte
parecía edificio y por la otra, ruina. Torres de viento sobre arena,
soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio
no había sino la escalera, que en esta gran casa de la Fortuna no hay
otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas
cuanto más dobles y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas
para tenerse; riesgos sí para rodar.

El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña; pero
una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario
sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal
correspondencia que, así como comenzaba uno á subir por esta parte, al
punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron, cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal. Porque,
al punto que comenzó á caer, soltó de las manos la gran presa, que
había hecho de oficios y represa de beneficios. Cargos, dignidades,
riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo. Daba
aquí un bote una encomienda y saltaba acullá á manos de un enemigo
suyo. Agarraba otro de vuelo el oficio y todos andaban á la rebatiña,
haciendo grande fiesta al trabajo ajeno. Mas así se usa. Solemnizólo
mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

¡Pues, si hubierais visto rodar á Alejandro el Magno, aquel verle
soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias,
como nueces cuesta abajo y coja quien pudiere! Asegúroos, que fué una
Babilonia.

[Marginal: _Definición del favor._]

Acercóse Critilo á la primer grada con sus camaradas, donde estaba toda
la dificultad del subir. Porque aquí asistía el Favor, primer ministro
de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano á quien se
le antojaba, para ayudarle á subir y esto sin más atendencia, que su
gusto, que debía ser muy malo. Pues por maravilla daba la mano á ningún
bueno, á ninguno que lo mereciese; siempre escogía lo peor.

En viendo un ignorante, le llamaba y dejaba mil sabios. Y aunque todo
el mundo le murmuraba, nada se le daba. Que de sus temeridades tenía
hechos callos en el _qué dirán_. De una legua acechaba un embustero y
á los hombres de sustancia y de entereza no los podía ver, porque le
parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras.

Pues á un adulador, á un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le
echaba. Y para los hombres de veras y de su palabra era un topo. Que
jamás topó con un hombre de verdad; siempre echaba mano de tales como
él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera, entregándolos
cuanto hay y así todo lo confundían. Había millares de hombres por
aquel suelo, aguardando los favoreciese; pero él, en viendo un
entendido, un varón de prendas, decía:

Hete allá, puto, ¡quién á tal le ayudase! Es muy hombre: no conviene.
Sujeto, al fin, de bravo capricho.

Era de modo, que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno,
en armas, en letras, en grandeza y en nobleza, que había muchos y muy
á propósito. Pero ¿qué mucho, si descubrieron que estaba ciego de
todas pasiones y andaba á ciegas, topando con las paredes del mundo y
acabando con todo él?

Ésta, como digo, era la escala para subir á lo alto. No tenía remedio
Critilo por desconocido ni el cortesano por conocido ni el estudiante
ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le
hizo pariente y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver
que los gallinas volaban y el estudiante, de que los bestias corrían.

Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio,
que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado
en el valer. Conoció á Critilo, que no fué poco desde tan alto y de
donde muchos desconocieron á sus padres é hijos; mas fué llamada de
la sangre. Dióle luego la mano y levantóle y entre los dos pudieron
ayudar á subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta
facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de
un premio en muchos.

[Marginal: _Escala de la fortuna._]

Notaron una cosa bien advertida, estando á media escalera, y fué que
todos, cuantos miraban de la parte de arriba y que subían delante, les
parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquel que fué! ¡Qué sabio el que
murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos
enanos.

¡Qué cosa es, dijo Critilo, ir un hombre delante! ¡Aquello de ser
primero ó venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes
hombres y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada. Que
hay gran diferencia en el mirar á uno como superior ó inferior desde
abajo.

Llegaron ya á la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh
cosa rara! ¡oh prodigio nunca creído y de que quedaron atónitos y aun
pasmados! Digo, cuando vieron una reina totalmente diversa de lo que
habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba. Porque
no sólo no era ciega, como se decía; pero tenía una cara de cielo al
mediodía, con unos ojos más perspicaces que un águila, más penetrantes
que un lince. Su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de
madrastra. Y toda ella muy compuesta.

No estaba sentada, porque siempre estaba de leva y en continuo
movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines. Su vestir era la mitad
de luto y la otra mitad de gala. Miráronla y miráronse unos á otros,
encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad
y aun dudaron si era ella.

¿Pues quién había de ser?, respondió la Equidad, que la asistía con
unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su
espanto, y con voz harto agradable les dijo:

[Marginal: _Audaces afortunados._]

Llegaos acá. Decid, ¿de qué os habéis turbado? No reparéis en decir la
verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos, como encogidos. Sólo el soldado con valentía
en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo, que
pudo oirle todo el mundo, dijo:

Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de
decir hoy las verdades. Todo el mundo de cabo á cabo, desde la corona
á la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo
claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre
ajenos de lo que se dice.

Ya sé que todos se quejan de mí, dijo ella misma; pero ¿de qué y por
qué? ¿Qué es lo que dicen?

Mas ¿qué no dicen? respondió el soldado. Al fin yo comienzo con tu
licencia, si no con tu agrado. Dicen lo primero que eres ciega. Lo
segundo que eres loca. Lo tercero necia. Lo cuarto...

Aguarda, aguarda, basta, vete poco á poco, dijo: que hoy quiero dar
satisfacción al universo. Protesto lo primero que soy hija de buenos,
pues vengo de Dios y de su divina Providencia y tan obediente á sus
órdenes, [Marginal: _Fortuna sin hijos._] que no se mueve una hoja de
un árbol ni una paja del suelo sin su sabiduría y dirección. Hijos es
verdad que no los tengo. Porque no se heredan ni las dichas ni las
desdichas.

El mayor cargo, que me hacen los mortales y el que yo más siento, es
decir que favorezco á los ruines. Que aquello de ser ciega seréis
vosotros testigos. Pues yo digo que ellos son los malos y de ruines
procederes, que dan las cosas á otros tales como ellos. El ricazo
da su hacienda al asesino, al valentón, al truhán, los ciento y los
doscientos á la ramera y traerá desnuda al ángel de una hija y el
serafín de una virtuosa consorte. En esto emplean sus grandes rentas.

Los poderosos dan los cargos y se apasionan por los que menos los
merecen y positivamente los desmerecen. Favorecen al ignorante, premian
al adulador, ayudan al embustero, siempre adelantando los peores; y del
más merecedor ni memoria, cuanto menos voluntad. El padre se apasiona
por el peor hijo y la madre, por la hija más loca, el príncipe por el
ministro más temerario, el maestro por el discípulo incapaz, el pastor
por la oveja sarnosa, el prelado por el súbdito relajado, el capitán
por el soldado más cobarde.

Y si no, mirad cuando gobiernan hombres de entereza y de virtud, como
ahora, si son estimados los buenos, si son premiados los sabios.

Escoge el otro por amigo al enemigo de su honra y por confidente al
más ruin. Con ése se acompaña, ése que le gasta la hacienda.

Creedme que en los mismos hombres está el mal. Ellos son los malos y
los peores, ellos ensalzan el vicio y desprecian la virtud. Que no hay
cosa hoy más aborrecida.

[Marginal: _Manos de la fortuna._]

Favorezcan ellos los hombres de bien, que yo no deseo otro. ¿Veis aquí
mis manos? Miradlas, reconocedlas, que no son mías. Ésta es de un
príncipe eclesiástico y esta otra de un seglar. Con éstas reparto los
bienes, con éstas hago mercedes, con éstas dispenso las felicidades.
Ved á quién dan estas manos, á quién adelantan, á quién elevan. Que yo
siempre doy las cosas por manos de los mismos hombres ni tengo otras. Y
para que veáis cuánta verdad es ésta:

¡Hola!, ¡hola!, llamadme aquí luego el Dinero, venga la Honra, los
Cargos, Premios y Felicidades, venga acá cuanto vale y se estima en el
mundo, comparezcan aquí todos cuantos se nombran bienes míos.

Concurrieron luego todos y comenzó á alborotarlos cuerdamente.

Venid acá, decía, ruin canalla, gente baja y soez, que vosotros,
infames, me tenéis sin honra. Di, tú, bellaco, di, tú, dinero,
[Marginal: _El dinero residenciado._] ¿por qué estás reñido con los
hombres de bien? ¿Por qué no vas á casa de los buenos y virtuosos?
¿Es posible que me digan que siempre andas con gente ruin, haciéndote
camarada con los peores del mundo, y me aseguran que nunca sales de sus
casas? ¿Esto se puede tolerar?

Señora, respondió el Dinero, primeramente, todos los ruines, como son
rufianes, farsantes, espadachines y rameras, jamás tienen un real ni
para en su poder. Y si los buenos tampoco le tienen, no tengo yo la
culpa.

¿Pues quién la tiene?

Ellos mismos.

¿Ellos? ¿De qué suerte?

Porque no me saben buscar. Ellos no roban, no trampean, no mienten,
no estafan, no se dejan cohechar, no desuellan al pobre, no chupan la
sangre ajena, no viven de embeleco, no adulan, no son terceros, no
engañan: ¿cómo han de enriquecer, si no me buscan?

¿Qué, es menester buscarle? Váyase él, pues corre tanto, á sus casas
mismas y ruégueles y sírvales.

Señora, ya voy tal vez ó por premio ó por herencia y no me saben
guardar. Luego me echan puerta afuera, [Marginal: _Don Diego Antonio
Francés._] haciendo limosnas, remediando necesidades, más que
el arcipreste de Daroca. Pagan luego lo que deben, prestan, son
caritativos, no saben hacer una ruindad y así luego me echan puerta
afuera.

No es echarte á rodar; sino subirte bien alto, hasta el cielo. Y tú,
Honra, ¿qué respondes?

Lo mismo. Que los buenos no son ambiciosos, no pretenden, no se alaban,
no se entremeten; antes se humillan, se retiran del bullicio, no
multiplican cartas, no se presentan y así ni me saben buscar ni á ellos
los buscan.

¿Y tú, Hermosura?

[Marginal: _Belleza argüída._]

Que tengo muchos enemigos. Todos me persiguen, cuando más me siguen.
Quiérenme para el mundo; nadie para el cielo. Siempre ando entre locas
y necias. Las vanas me placean, me sacan á vistas; las cuerdas me
encierran, me esconden, no se dejan ver y así siempre me topan con
gente ruin á tontas y á locas.

Habla tú, Ventura.

Yo, señora, siempre voy con los mozos, porque los viejos no son
atrevidos. Los prudentes, como piensan mucho, hallan grandes
dificultades; los locos son arrojados, los temerarios no reparan, los
desesperados no tienen qué perder. ¿Qué quieres tú que diga?

¿No veis, exclamó la Fortuna, lo que pasa?

Conocieron todos la verdad y valióle.

Sólo el soldado volvió á replicar y dijo:

Muchas cosas hay, que no dependen de los hombres; sino que tú
absolutamente las dispensas, las repartes como quieres y se quejan que
con notable desigualdad. Al fin, yo no sé cómo se es, que todos viven
descontentos: las discretas porque las hiciste feas, las hermosas
porque necias, los ricos porque ignorantes, los sabios porque pobres,
los poderosos sin salud, los sanos sin hacienda, los hacendados sin
hijos, los pobres cargados dellos, los valientes porque desdichados,
los dichosos viven poco, los desdichados son eternos. Así que á nadie
tienes contento. No hay ventura cumplida ni contento puro; todos son
aguados.

Hasta la misma naturaleza se queja ó se escusa con que en todo te le
opones. Siempre andáis las dos de punta, que tenéis escandalizado el
mundo. Si la una echa por un cabo, la otra por el otro. [Marginal:
_Fama, fortuna y naturaleza reñidas._] Por el mismo caso que la
naturaleza favorece á uno, tú le persigues; si ella da prendas, tú
las desluces y las malogras. Pues vemos infinitos perdidos por esto,
grandes ingenios sin ventura, valentías prodigiosas sin aplauso, un
Gran Capitán retirado, un rey Francisco de Francia preso, un Enrico
IV muerto á puñaladas, un Marqués del Valle pleiteando, un rey don
Sebastián vencido, un Belisario ciego, un Duque de Alba encarcelado, un
don Lope de Hozes abrasado, un Infante Cardenal antecogido, un príncipe
don Baltasar, sol de España, eclipsado. Dígoos que traéis revuelto el
mundo.

[Marginal: _Contrapesos de las felicidades._]

Basta, dijo la Fortuna: que lo que más me habían de estimar los hombres
eso me calumnian. ¡Hola!, Equidad, vengan las balanzas.

¿Veislas? ¿veislas? Pues sabed que no doy cosa, que no la pese y
contrapese primero, igualando muy bien estas balanzas. Venid acá,
necios, inconsiderados, si todo lo diera á los sabios, ¿qué hicierais
vosotros? ¿Habíais de quedar destituídos de todo? ¿Qué había de hacer
una mujer, si fuera necia, fea y desdichada? ¿Desesperarse? ¿Y quién se
pudiera averiguar con una hermosa, si fuera venturosa y entendida? Y si
no, hagamos una cosa.

Traigan acá todas mis dádivas, vengan las lindas: si tan desgraciadas
son, truequen con las feas. Vengan los discretos: si tan descontentos
viven, truequen con los ricos necios, que todo no se puede tener.

Fué luego pesando sus dádivas y disfavores, coronas, cetros, tiaras,
riquezas, oro, plata, dignidades y venturas. Y fué tal el contrapeso de
cuidados á las honras, de dolores á los gustos, de descréditos á los
vicios, de achaques á los deleites, de pensiones á las dignidades, de
ocupaciones á los cargos, de desvelos á las riquezas, de trabajos á la
salud, de crudezas al regalo, de riesgo á la valentía, de desdoros á la
hermosura, de pobreza á las letras, que cada uno decía:

¡Démonos por buenos!

Estas dos balanzas, proseguía la Fortuna, somos la naturaleza y yo, que
igualamos la sangre. Si ella se inclina á la una parte, yo á la otra;
si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella á la hermosa, yo á la
fea. Siempre al contrario, contrapesando los bienes.

[Marginal: _Fortuna justiciera._]

Todo está bien, replicó el soldado; pero ¿por qué no has de ser
constante en una cosa y no andar variando cada día? ¿Para qué es buena
tanta mudanza?

¿Qué más quisieran los dichosos?, respondió la Fortuna. ¡Bueno por
cierto! ¿Que siempre gozasen unos mismos los bienes y que nunca les
llegase su vez á los desdichados? Deso me guardaré yo muy bien.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda, dé una vuelta y otra vuelta y nunca
pare. Abátanse los soberbios y sean ensalzados los humildes. Vayan á
veces. Sepan unos qué cosa es padecer y los otros gozar. Pues, si aun
con saber esto y llamarme la mudable, no se dan por entendidos los
poderosos, los entronizados, ninguno se acuerda de mañana, despreciando
los inferiores, atropellando los desvalidos, ¿qué hicieran, si ellos
supieran que no había de haber mudanza?

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda. Si aun deste modo son intolerables los
ricos, los mandones, ¿qué fuera, si se aseguraran, echando un clavo á
su felicidad? Éste sí que fuera yerro.

¡Hola!, Tiempo, ande la rueda y desengáñese todo el mundo, que nada
permanece, sino la virtud.

No tuvo más que replicar el soldado; antes volviéndose al estudiante,
le dijo:

Pues vosotros, los bachilleres, sois los que más satirizáis la Fortuna,
¿cómo calláis ahora? Decid algo, que en las ocasiones es el tiempo de
hablar.

Confesó él que no lo era; sólo venía á pretender un beneficio bobo.

Mas la Fortuna: Ya sé, dijo, que los sabios son los que hablan más mal
de mí y en eso muestran serlo.

Escandalizáronse todos mucho de oir esto.

Y ella: Yo me desempeñaré. No es porque ellos así lo sientan, sino
porque lo sienta el vulgo, para tener á raya los soberbios. Yo soy
el coco de los poderosos. Conmigo les hacen miedo. Teman los ricos,
tiemblen los afortunados, escarmienten los validos, enfrénense todos.
Una cosa os quiero confesar y es que los verdaderos sabios, que son
los prudentes y virtuosos, son muy superiores á las estrellas. Bien
es verdad que tengo cuidado no engorden, porque no duerman. Que el
enjaulado jilguero, en teniendo que comer, no canta. Y porque veáis que
ellos saben ser dichosos:

¡Hola!, arrastrad aquella mesa.

Era redonda y capaz de todos los siglos. En medio della se ostentaban
muchas venturas, en bienes, digo cetros, tiaras, coronas, mitras,
bastones, varas, laureles, púrpuras, capelos, toisones, hábitos,
borlas, oro, plata, joyas y todas sobre un riquísimo tapete. [Marginal:
_Mesa de la fortuna._] Mandó luego llamar todos los pretendientes de
ventura, que fueron todos los vivientes, que ¿quién hay que no desee?
Coronaron la gran mesa y, teniéndolos así juntos, les dijo:

Mortales, todos estos bienes son para vosotros. ¡Alto!, disponeos para
conseguirlos, que yo nada quiero repartir, por no teneros quejosos.
Cada uno escoja lo que quisiere y coja lo que pudiere.

Hizo señal de agarrar y al punto comenzaron todos á porfía á alargar
los brazos y estirarse, para alcanzar cada uno lo que deseaba; pero
ninguno podía conseguirlo. [Marginal: _Don Diego Jerónimo Sala._]
Estaba ya uno muy cerca de alcanzar una mitra; aunque no la merecía
tanto como un vicario general y sea el doctor Sala. Anduvo porfiando
toda la vida tras ella; mas nunca la pudo asir y murió con aquel buen
deseo.

Daba saltos un otro por una llave dorada y, aunque se fatigó y fatigó á
otros, como tenía dientes, se le defendía.

Empinábanse algunos al rojo; al cabo se quedaban en blanco.

Anhelaba otro y aun sudaba tras un bastón; mas vino una bala y
derribóle, cuando le iba á empuñar.

Cogían unos la carrera muy de atrás y á veces por rodeos é indirectas.
Daban valientes saltos por alcanzar alguna cosa y quedábanse burlados.

Andaba cierto personaje, aunque á lo disimulado, por alcanzar una
corona. Cansábase de ser príncipe de retén; mas quedóse con estas
esperanzas.

Llegó un bravo gigantón, un castillo de huesos, que ya está dicho de
carne, no se dignó de mirar á los demás, burlándose de todos.

Éste sí, dijeron, que se ha de alzar con todo y más que tiene cien
garras.

Alzó el brazo, que fué izar una entena. Hizo temblar todos los bienes
de la Fortuna; mas, aunque le alargó mucho y le estiró cuanto pudo y
casi casi llegó á rozarse con una corona, no la pudo asir, de que quedó
hostigadísimo, maldiciendo y blasfemando su fortuna.

Probábanse ya por una parte y ya por otra, porfiaban, anhelaban y al
cabo todos se rendían.

¿No hay algún sabio?, gritó la Fortuna. Venga un entendido y pruébese.

[Marginal: _Sabio señor de todo._]

Salió al punto un hombre muy pequeño de cuerpo: que los largos, raras
veces fueron sabios. Riéronse todos en viéndole y decían:

¿Cómo ha de conseguir un enano lo que tantos gigantes no han podido?

Mas él, sin hacer del hacendado, sin correr ni correrse, sin matarse ni
matar, con linda maña, asiendo del tapete, lo fué tirando hacia sí y
trayendo con él todos los bienes juntos.

Aquí alzaron todos el aplauso y la Fortuna dijo:

Ahora veréis el triunfo del saber.

Hallóse en un punto con todos los bienes en su mano, señor de todos
ellos. Fuélos tanteando y, habiéndolos sospesado, ni tomó la corona ni
la tiara ni el capelo ni la mitra; sino una medianía, teniéndola por
única felicidad.

Viendo esto el soldado, llegóse á él y rogóle le alcanzase un bastón de
aquéllos y el cortesano un oficio.

Preguntóle si quería ser ayuda de cámara. Y él dijo:

De cámara no; de mesa sí.

Mas no se halló tal plaza, que era muerta.

Dábale una tenencia de la guarda. Tampoco la aceptó, por ser oficio de
coscorrones, de más ruido que provecho.

Toma, pues, esta llave capona.

¿Y cómo comeré yo sin dientes? No te canses en buscarme oficio en
palacio, que todo es ser mozo; búscame un gobierno allá en Indias y
mejor cuanto más lejos.

Al estudiante le alcanzó su beneficio. Para Critilo y Andrenio un
espejo de desengaños.

Mas ya en esto tocaron á despejar, el Tiempo con su muleta, la Muerte
con su guadaña, el Olvido con su pala, la Mudanza dando temerarios
empellones, el Disfavor puntapiés, la Venganza mojicones.

Comenzaron á rodar unos y otros por una y otra parte. Que para el caer
no había sino una grada y ésa deslizadero; todo lo demás era un despeño.

Cómo salieron deste común riesgo nuestros dos peregrinos de la vida,
que lo mejor del correr es el parar bien y lo más dificultoso de la
ventura es el buen dejo, ése será el principio de la Crisi siguiente.



TABLA


                                                    Páginas

  PRÓLOGO                                               VII


  PRIMERA PARTE

  CRISI I.--Náufrago Critilo, encuentra con
    Andrenio, que le da prodigiosamente razón de sí.      7

  CRISI II.--El gran teatro del universo.                14

  CRISI III.--La hermosa naturaleza.                     23

  CRISI IV.--El despeñadero de la vida.                  35

  CRISI V.--Entrada del mundo.                           50

  CRISI VI.--Estado del siglo.                           62

  CRISI VII.--La fuente de los engaños.                  79

  CRISI VIII.--Las maravillas de Artemia.                98

  CRISI IX.--Moral anatomía del hombre.                 112

  CRISI X.--El mal paso del salteo.                     128

  CRISI XI.--El golfo cortesano.                        143

  CRISI XII.--Los encantos de Falsirena.                161

  CRISI XIII.--La feria de todo el mundo.               177


  SEGUNDA PARTE

  CRISI I.--Reforma universal.                          199

  CRISI II.--Los prodigios de Salastano.                216

  CRISI III.--La cárcel de oro y calabozos
    de plata.                                           234

  CRISI IV.--El museo del discreto.                     254

  CRISI V.--Plaza del populacho y corral
    del vulgo.                                          274

  CRISI VI.--Cargos y descargos de la Fortuna.          289



  _Acabóse de imprimir esta edición
  de “El Criticón” en la
  imprenta “Renacimiento”
  el día 25 de
  Abril del año
  MCMXIII_





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "El criticón (tomo 1 de 2)" ***

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