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Title: Nuevas poesías y evangélicas - con un estudio de Alfredo Palacios
Author: Almafuerte, Armando
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Nuevas poesías y evangélicas - con un estudio de Alfredo Palacios" ***

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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

La portada de libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido
depositada en el dominio público.

El Índice fue movido del final de la obra al principio.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido
el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes al
momento de la publicación de la obra, en 1918. El lector interesado
puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia
Española.

Las reglas de la Real Academia Española establecen que el acento
ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que un vocablo lleva
tilde. Sin embargo, por una cuestión pragmática, en las imprentas ese
criterio normalmente no era respetado. En la presente transcripción se
decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas
establecidas por la RAE.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.


                   *       *       *       *       *


                    _NUEVAS POESÍAS Y EVANGÉLICAS_


                              ALMAFUERTE



                            NUEVAS POESÍAS
                             Y EVANGÉLICAS

                          CON UN ESTUDIO DEL
                         Dr. ALFREDO PALACIOS

                            [Illustración]

                                EDITOR
                            CLAUDIO GARCÍA
                             SARANDÍ, 441
                                 1918



                                ÍNDICE

                                                           Pág.

            Al lector                                       6

            Almafuerte por el Dr. Alfredo Palacios          7

            Evangélicas                                    43

            ¡Vade Retro!                                   72

            La Sombra de la Patria                         73

            Evangélicas                                    83

            Trémolo                                        92

            Fúnebre                                        98

            Serenata                                       99

            El borrón                                     101

            Evangélicas                                   104

            Al compás del corazón                         105

            Almafuerterianas                              106

            Entre esposos                                 107

            De rodilla                                    108

            ¿Flores a mí?                                 110

            Vigilias amargas                              112

            La Inmortal                                   117

            Postal                                        150

            Mi Juventud                                   151

            Mi Fe                                         152

            A la libertad                                 154

            Sólo Dios                                     156

            Nocturno canto de amor                        158

            Máter Dolorosa                                159

            Epilatamio                                    164



                             _AL LECTOR_:


_El éxito clamoroso obtenido en la primera edición de esta
obra--agotada rápidamente,--las conferencias y polémicas entabladas
alrededor de la personalidad de Almafuerte y la demanda continua que
de todos sitios recibo de sus «Poesías»; me han decidido a completar
la publicación de ellas, revisando pacientemente las revistas en que
se publicaron, habiendo conseguido reunir original para un nuevo
volumen que, juntamente con el anterior aparecido y reeditado, forman
la colección completa de las poesías y evangélicas de Almafuerte,
más querido y admirado cuanto más se difunden sus producciones,
consiguiendo así el homenaje popular que me propuse fomentar en la
primera edición._

_A este nuevo volumen le sirve de prólogo la conferencia dada por el
Dr. Alfredo L. Palacios el que a través de su hermoso talento, nos
presenta al poeta bajo una faz simpática de apóstol optimista, la más
interesante quizá, de su modalidad._

                                                   _EL EDITOR._



                              ALMAFUERTE

                           Discurso pronunciado por el Dr. Alfredo L.
                           Palacios, en el teatro Colón de Buenos Aires,
                           con motivo del homenaje al poeta.


Cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos
dolorosos. Es que los poetas son sacerdotes del misterio y del infinito
que penetran en lo más hondo de las cosas y nos revelan la belleza. En
pugna con los ritos consagrados y la estrechez del dogma que asfixia,
tienen la amplitud del profeta.

Son los poseedores del entusiasmo y de la esperanza, de la esperanza,
que, no obstante tener alas, se quedó entre nosotros, porque amaba a
los hombres. Esperar es amar, dijo Guyau, el poeta filósofo, y amar es
saber esperar al lado de los que sufren.

El poeta es vidente, y por eso conduce y libera los pueblos; canta sus
glorias, sus dolores y sus misteriosos anhelos de ascensión.

Cuenta Plutarco que los vencedores de los atenienses ante Siracusa
perdonaban la vida a todos cuantos podían repetirles los versos de
Eurípides...

Y muchos siglos después, cuando la barbarie turca dió un zarpazo a
Grecia, el divino Homero, el rudo y genial Esquilo, Sófocles, Píndaro,
desde las profundidades de la historia, armaron caballero de la
libertad a Byron.

Entre los hombres, los que están más altos son los poetas. Menester es
que así sea, porque ellos son los vigías y marcan el derrotero...

Si miramos hacia Bélgica, desgarrada, aparece Verhaeren como si no
hubiera muerto y que, cual un profeta que anuncia y guía le dice al
hombre:

      Sube más alto, más alto:
      Todo el goce está en el vuelo.

En la sagrada Francia, Rostand, que espiritualiza la vida, dando así
lo que no pueden dar los fusiles y los cañones: la abnegación y la
capacidad de sacrificio.

En Italia, D'Annunzio; en Inglaterra, Rudyard Kipling, que exaltan la
nacionalidad.

En Portugal, Guerra Junqueiro, vehemente y agresivo con los poderosos y
manso con los pequeños. «Mejor es abajar el espíritu con los humildes
que partir despojos con los soberbios», dice el sabio hebreo.

En el Norte de América, de donde llega un ruido ensordecedor de
máquinas, Walt Whitman, el hijo de Manhattan, bardo de la democracia
que canta el himno de la expansión y del orgullo, y que no se
desvanecerá--él lo dijo--como el círculo de fuego que un niño traza en
la noche con un tizón ardiente.

En el Sur de América, donde crecen los cachorros del noble león
hispano, Rubén Darío, admirable artífice, que innova la forma poética,
libertador del arte, del ritmo y de la rima, que va hacia el porvenir,
«siempre bajo el divino imperio de la música, música de las ideas,
música del verbo». Rubén Darío, que en «Prosas profanas» permanece
ajeno a la vida, a la solidaridad social, al grito de pasión que se
escapa del alma de los torturados y que sólo ama la serenidad, la línea
impecable, el refinamiento en la expresión, pero que evoluciona para
ser más humano, en «Cantos de vida y esperanza,» donde dice:

          La torre de marfil tentó mi anhelo.
          Quise encerrarme dentro de mí mismo
          Y tuve hambre de espacio y sed de cielo
          Desde las sombras de mi propio abismo.

Y frente a Rubén Darío, Almafuerte, el cantor del hombre.

Las suaves transiciones de un estado de alma a otro no las expresa su
verso, que gusta de la antítesis violenta. Una delicada nota musical,
el perfume de una flor, un matiz tenue de sentimiento no hacen vibrar
su lira; su voz es la voz de la tempestad. Penetra en el alma de
sus hermanos y los conmueve varonilmente, canta las ansiedades, las
tristezas, los dolores; plantea los grandes problemas humanos con
una sed infinita de justicia; muestra la necesidad de sobrepasar la
naturaleza visible; se encara con Dios, dialoga con él y le increpa.
Sale de su egoísmo para vivir la vida de todos.

Y marcha impulsado por un hondo sentimiento metafísico que no
destruirán las religiones agonizantes. Sintetiza en su alma todas las
tristezas, todos los anhelos, agitando el mundo con sus imprecaciones,
con sus blasfemias, y, lejos de detenerse, aniquilado por la
desesperación del pesimismo, avanza siempre, levantando en alto una luz
que no se apaga, porque le alienta la esperanza.

En su alma se desborda la pasión. Hay gritos de dolor y de ira, en los
que no ven belleza, por incomprensión, los artistas que sólo aman lo
límpido, lo sereno...

Era bello Jesús cuando seducía a las gentes, predicando a orillas
del lago de Capharnaum; había una gran serenidad en su alma, una
gran dulzura en sus ojos, y la blanca túnica de los esenios caía en
graciosos pliegues sobre su cuerpo delicado que parecía hecho de
azucenas.

Pero era más hermoso el Hombre de Galilea cuando entró, lleno de
violencia, en el Templo, con el fuego de los profetas en la pupila,
la cabellera suelta, en desorden la túnica agitada por un viento de
pasión, y empuñando el látigo echó fuera a todos los que vendían y
compraban en el Templo, diciéndoles: «Escrito está: mi casa, casa de
oración será llamada, mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho».

Almafuerte no es el buen monje artífice de la frase dannunziana; es
el gran espíritu de amplitud humana y generosa, que no puede entender
a Teófilo Gautier cuando éste, colocándose en el mirador del arte,
encuentra preferible una magnífica pantera a un hombre.

Nuestro poeta, para quien la belleza no está sólo en la apariencia, y
que la busca al escrutar las almas, como contestando al artista, nos
dice en un admirable soneto que, si en vez de las estúpidas panteras,
encerrasen en la frágil jaula dos flacos mocetones, no permanecerían
en el pajar sin esperanza, sino que pensativos, graves,

          No como el tigre sanguinario y maula,
          Escrutarían palmo a palmo su jaula
          Buscando las rendijas, no las llaves.

Sólo siente el Hombre, el espíritu del Hombre; ni admira ni ama
la naturaleza, que carece de voluntad y de amor y que permanece
indiferente ante las lágrimas de los humanos. El rayo va sin
pensamiento; los mundos giran sin dolor y todo esto lo expresa en
versos lapidarios, donde la idea se ha transformado en sentimiento.

Ve pasar el Universo, y sus maravillas, los astros, la luz, las flores,
todo le deja inconmovible, y dice:

          Yo no siento más vida que la del hombre.
          Ni Wagner ni Rossini me dicen nada.
          Pero si por acaso gime un gemido
          ¡Me traspasa las carnes como una espada!

Toda su sensibilidad es para el dolor de los hombres, y por eso llega
en su incomprensión musical a la más absoluta indiferencia escuchando
el canto de la forja de «Siegfried» o la novena sinfonía de Beethoven,
tan impregnada de sentimiento, y donde hay también como en los versos
del poeta, un gran anhelo de ascensión.

¿Qué importa que el preludio del tercer acto de «Tristán e Isolda»
exprese admirablemente el dolor universal, si el poeta no puede sentir
la música, porque no hay espacio en su alma sino para las lágrimas de
los hombres?

Ni Wagner, ni Rossini, ni Beethoven le dicen nada, pero ¡el gemido del
hombre! ¡ah! ¡si gime un gemido, entonces le traspasará las carnes como
una espada!

Nadie amó a los hombres, después de Jesús y el de Asís, como Almafuerte.

Zarathustra, viviendo en la soledad, observó que sus sentimientos
variaban y que necesitaba manos que se alargaran hacia él. Quiso dar y
repartir; era una copa que se desbordaba. Díjole al anciano del bosque:
«Amo a los hombres», y llevó su fuego a los valles. Sólo encontró un
cadáver, y después de sepultarlo, resolvió no volver hablar al pueblo
nunca; quiso unirse a los creadores, a los que cosechan y se regocijan;
su canto fué para los solitarios.

Nietzsche, pensador del grupo stirneano, anunciaba que la especie
humana debe ser superada; que vendrá el Superhombre. También el Poeta,
en sus versos de bronce, cuando dice:

            La perfección en sí del cuadrumano
          Tal vez hubiese suprimido al hombre.
          El que vendrá después, el Prometido,
          Sólo será un cerebro con dos alas.

Pero Nietzsche se aparta del pueblo y crea una moral para el hombre
fuerte, para el amo. Ya Juan Gaspar Smith, que parte del principio de
que la humanidad está basada en el egoísmo y cuya filosofía malsana se
ha pretendido erróneamente encontrar en la obra de nuestro poeta, decía
que no hay otra alternativa que vencer o ser vencido. El vencedor será
el amo, el vencido será el esclavo; el uno gozará de la soberanía y de
los derechos del señor; el otro cumplirá lleno de respeto sus deberes
de súbdito.

Ahí la negación del pensamiento de Almafuerte. Ni Max Stirner, ni
Nietzsche. El poeta es hermano de Jesús y de los «vigías de Israel» y
por eso lejos de fulminar a los débiles, les ama. Sabe que ser débil no
puede constituir una tara, sino en las regiones subalternas de la fauna
inferior.

En «El Misionero» llama hacia sí a los caídos, a la recua inmensa, hija
del llanto, a la canalla vil y le dice:

«¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!»

Y la ama profunda, sinceramente, aun sabiendo que son hechas por ella
las más hondas heridas de su alma; tiene los brazos abiertos como para
un abrazo inmenso. Este Zarathustra que también baja de la montaña,
llevando su fuego a los valles, esta copa que se desborda, no se
aparta de los hombres para entonar su canto a los solitarios.

Tiene más fe; es una voluntad más soberana y así le dice a su chusma,
entregándose todo entero.

          «Pise sobre mi cuerpo, no perdone,
          Toda la sociedad, pise y apriete;
          No habrá de conseguir que le respete
          Ni logrará jamás que te abandone.»

El poeta es de filiación judaica; viene directamente de la Biblia y
toda su obra está impregnada del espíritu de Israel.

El pueblo judío fué el primero en escuchar la reclamación de los
pobres. Nos dice Renán que Grecia fundadora del humanismo racional y
progresivo, tuvo un claro en el círculo de su actividad intelectual y
moral: despreció a los humildes. Israel suplió ese defecto del espíritu
helénico. Los profetas proclamaron la justicia social y el amor a los
pobres.

Jesús fué el último de los profetas. El socialismo es de origen
hebraico.

Los profetas claman constantemente, defendiendo a los pobres; dialogan
con Dios, le imprecan, exigen la justicia inmediata sobre la tierra;
no quieren tolerar iniquidades contra los débiles, porque el semita
no cree, hasta los Macabeos, como cree el ario, en las recompensas
y castigos de ultratumba. Por eso eran vibrantes, fuertes. De ahí el
código inspirado por Jeremías socialista teocrático, donde se desborda
la justicia, la piedad y el amor por el pobre y la ira contra el
poderoso.

Éste es el enemigo a quien los profetas maldicen; él despoja a los
humildes y se aparta de Jehová.

Isaías lanza el anatema contra los príncipes prevaricadores y
compañeros de ladrones que no oyen a juicio al huérfano, ni llega a
ellos la causa de la viuda. (Cap. I, vers. 23).

No con menos pasión, Almafuerte baja a la miseria, al dolor, hasta al
vicio, buscando a sus hermanos y maldiciendo a los poderosos.

«La Inmortal» es el canto a su chusma, a la «sudorosa chusma sagrada»
de la que surgen las fuerzas de la historia y para quien él quiere
justicia como los profetas.

Almafuerte desciende hasta lo más profundo; cuando más llagas ve, más
ama. Es un sacerdote del amor, de la infinita misericordia, y vuelve de
los abismos de la miseria,

          «Como surgen los rudos poceros,
          Ungidos en greda, del pozo que cavan.»

La compasión baja al dolor, blanca y perfumada, y retorna a la luz
sucia y llena de taras. El Misionero dijo con verdad que el que quiere
conservarse puro, «muchas veces tendrá que no ser bueno».

Canta a la heroica labor cotidiana de la chusma, oprimida por leyes y
por prejuicios y por eso llena de rencores; que ve los días felices de
los poderosos y que porque tiene pasión y ansias,

          «Con su gran maldición de sedienta
          Maldice hasta mismo su vaso de agua»;

y que porque tiene noción de lo justo

          «su disfraz de Catón la sulfura
          y enloda y escupe su clámide blanca»;

y que porque vive Jesús en su alma

          «ni respeto ni amor le despiertan
          sus burlas de sabio, sus cruces de plata.»

Ella, la chusma dolorida, que gime, ve

          que las flores no son del que riega
          sino del dichoso señor que las planta

Y entonces el poeta que sabe que un perfume inefable, un fulgor de
aurora y una música sublime esparcen las vidas más bajas, y que del
fondo, de lo más hondo, surgen las altiveces más altas, extiende su
manto sobre la chusma querida, maldiciendo a los poderosos, como los
profetas de Israel.

Ese amor inmenso a los pobres que inflamaba el corazón de los profetas,
impregnó toda la doctrina de Jesús. Almafuerte tenía más que una
«gota de Cristo». Se le parecía en su afán de levantar al caído; en
su espíritu de rebeldía y en su odio a los fariseos, «generación de
víboras, sepulcros blanqueados».

El poeta fué un cristiano sin dogma que repudió todas las Iglesias.

El Gran profeta Anónimo, más de 500 años antes de Jesús, había dicho
que los pueblos no tienen más que un Dios, cuyo templo es el Universo y
a quien debía honrársele con la justicia. Jesús, junto al pozo, dijo a
la Samaritana, que le daba de beber: «creéme, mujer, ha llegado la hora
de no adorar a Dios, ni en esta montaña--era el monte Garizim--ni en
Jerusalén, sino allí donde se adora al padre en espíritu y en verdad.»

El sacerdote apegado a la rutina que todo lo reduce a fórmulas
tradicionales, ligado al santuario, viene directamente del rito y
entre sus antepasados está el hechicero. Ha tenido siempre en la
historia por rival y a veces por adversario, según lo expresa Guyau, al
Profeta desde Buda hasta Isaías y Jesús; el Profeta es con frecuencia
revolucionario; el sacerdote es esencialmente conservador, el uno
representa la innovación el otro la costumbre.

«El Misionero» que es un profeta, «cual un Moisés altísimo y tonante;»
que es Jesús hombre que «no puso a su bondad ninguna linde,» que fué
más allá que el de Asís, llamando hermano al vicio, el Misionero
sintetizó todos los dolores, pero también todas las esperanzas de los
que sufren. Es la negación del sacerdote, hijo del rito.

No es el abate perfumado de heliotropo de sus rudas Evangélicas que
expresan una filosofía áspera pero vibrante de bondad; no es el abate
que baja del púlpito cruzando como un César, sudoroso entre sus
encajes, por el aristocrático auditorio cuya emoción artística él ha
producido y cuya admiración él ha conquistado. No, las manos finas y
olorosas y expresivas del abate

          «Que no hicieron en la vida
          Más que cruces en el aire.»

El Misionero tiene las manos callosas de las almas de combate a las que
el poeta canta en sus «Milongas Clásicas,» las manos dolorosas «como
vendas empapadas en el pus de las heridas.» Le llena de amor lo vil y
lo caído, y ciego de bondad, enloquecido de evangelización, hace como
el apóstol que penetra en los tugurios para salir de ellos, torturado
de dudas cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.

La presión secular exprimiendo la entraña de la chusma sacó de ese
barro de sangre una flor. Así surgió para el Poeta, Jesús,

          «gemebunda torcaz animosa
          que al prófugo crimen le tiende las alas».

con lo que el Poeta expresa el inmensurable, el infinito amor por los
desgraciados. El judío de Nazareth que realizaría la gran esperanza de
su pueblo, Jesús presentido por el rudo Esquilo en su Prometeo y por
el dulce Virgilio en sus Églogas, después de vagar por las montañas,
respirando un aire de libertad e impregnándose del espíritu de los
patriarcas y los profetas, fué a Jerusalén; su corazón se oprimió en
el Templo viendo la fastuosidad. Se apartó entonces de las murallas y
fué donde moraban los pobres, los miserables; bajó a las cavernas, a
la fuente de Siloé. Allí se arrastraban los leprosos y los enfermos
cubiertos de llagas. El hebreo se sintió hermano de los desgraciados;
su labio besó todas las úlceras, resumió su alma los dolores de todos,
maldijo a los poderosos y sintió ansias de derrumbar el Templo.

El Poeta que también besó todas las llagas, que puso una caricia hasta
en el reptil, enceguecido por su inmenso amor, tiene más que una «gota
de Cristo.»

En la «Sombra de la Patria,» llegan hasta él los gemidos de todos
y estallan sobre su corazón como si sobre una rama soplaran sin
cesar todos los vientos de la tierra, como si sobre una sola espalda
gravitara toda la fuerza de los orbes

            «Como todo el dolor del universo
          que en una sola vida se agolpara
          como toda la sombra de los siglos
          en una sola mente refugiada.»

He ahí el apóstol. Todo el dolor humano sintetizado en su alma
generosa. He ahí la «gota de Cristo.»

Pero no es sólo poderoso en palabras el Poeta.

Es poderoso en obras y en eso también sigue a Jesús. Su vida y sus
ideas marchan de perfecto acuerdo. No bastaría con hablar, pues es
cierto aquello de que la verdad no tiene realce hasta que no se
convierte en sentimiento y no resplandece sino cuando se realiza en el
mundo como hecho.

Almafuerte vivió en la miseria y él mismo nos cuenta que los botines
con que por primera vez fué a la escuela le fueron entregados por una
sociedad de beneficencia. Había renunciado a las glorias del mundo

          «Para sembrar, también, abecedario
          Donde mismo se siembran los trigales.»

Y allá, en el colegio de Trenque-Lauquen, cuya aula era un rancho de
adobe, dejaba que los niños fueren a él.

Un día, uno de los pequeñuelos enfermó gravemente y el poeta le cuidaba
como a un hijo. Cuando el enfermito falleció, Almafuerte vendió su cama
para poder comprar el ataúd de pino.

Hacía frío; entonces, y el cantor de «El Misionero» se acostaba en una
tarima y se abrigaba con la bandera nacional de la escuela...

Hace apenas cinco años, Alberto De Diego, a quien me ligaba una amistad
fraternal y en cuya tumba lloré copiosamente junto al poeta, llegó a
mi estudio y conmovido me extendió una carta que había recibido de
Almafuerte y que nadie conoce. Aquél que cargara sobre sus espaldas las
miserias de todos, se moría de hambre, allá lejos, olvidado del mundo.

«Ahí le mando esos versos para que los negocie--decía el poeta al joven
amigo--pero hágame el favor de moverse, porque es muy posible que en
la semana entrante no veamos en mi casa la cara de Dios, mis hijos y
yo. No creo que sea usted de los que entienden que yo debo vivir de
langosta como vivía Juan el Bautista en el desierto. Hasta hace dos o
tres años yo pensaba lo mismo; después compliqué mi vida, la humanicé,
la hice menos egoísta, echándome otras obligaciones más positivamente
beneficiosas para el país, que que la de andar haciendo versos y hoy me
veo precisado a reconocer que no sólo de langostas vive el hombre y el
hijo del hombre.»

Y luego, con una insistencia dolorosa le dice a De Diego: «Ponga sus
propios dolores bajo de cualquier ladrillo y entréguese por dos o tres
horas a esta negociación. No le pido más; pero se lo pido como quien
tuviera derechos adquiridos, esto es, con la mayor vehemencia. Vuelvo
a decir; insisto; no le pido más que esto; consígame cuarenta pesos
y remítamelos en seguida. Otra vez: no le pido más que eso; usted me
entiende y no ha de permitirse ofenderse.»

Y termina el poeta, que es soberano en sus sueños pero que como Jesús
no tenía dónde reclinar su cabeza con estas palabras que ponen de
relieve la gran estatura moral de Almafuerte:

«Dirá usted que ya es mucho hablar de dinero. Pero, hijo mío, ¿quiere
usted que salga a rejuntar macachines a las quintas con mis tres niños?
¿No ve que ni tiempo les quedaría para ir a la escuela y no sabe que en
esta estación del año no hay macachines? Por otra parte, yo no doy al
dinero los infames empleos que le dan otros y puedo hablar de él todo
el santo día sin ensuciarme la boca.»

Hasta aquí la parte dolorosa de esta página íntima.

Tiene felizmente otra, que conforta el espíritu, Almafuerte, anciano
de setenta años, sufriendo frío y hambre en su casucha de Tolosa, no
obstante tener la convicción de que era de las más puras glorias de
su patria, que él amaba intensamente; Almafuerte no sentía un solo
desfallecimiento en su espíritu, y en esta hermosa carta dirigida a
un joven torturado por depresiones, le dice varonilmente desde lo más
hondo de sus dolores:

«Hágame el favor de sacudir su pesimismo. Es menester comenzar de
nuevo; aprenda de este viejo. Vea cómo marcha por más que gima toda su
miseria humana.»

Valerosa lección de energía. «Es necesario comenzar de nuevo,» dice el
poeta.

Sí; cuando se reconoce que no se ha ahondado bien en el surco, menester
es empuñar de nuevo el arado, con la misma tenacidad, con el mismo
entusiasmo. Toda empresa humana exige el esfuerzo perseverante. Un
camino nuevo no se abre a un solo golpe de piqueta.

El poeta sabe que la brega es dolorosa, pero sabe también que el dolor
es necesario; no produce en él la depresión; es acicate, fuerza sin
la cual no se desplegarían las alas, no se emprendería el vuelo,
la gloriosa ascensión hacia formas siempre mejores. Menester será
reconciliarnos con el dolor, calumniado por los pesimistas; el dolor
advierte, a veces purifica, levanta de lo más hondo y redime.

El día sin dolor sería el estancamiento. Si no hubiera dolor, no habría
piedad, no habría amor.

Alguien ha afirmado equivocadamente que el poeta fué pesimista y citó
en apoyo de sus tesis el «Trémolo.» Ya veremos que no es así.

Almafuerte no se detuvo en la faz sombría del dolor sino por excepción
expresando un estado transitorio de su espíritu. Se queja, impreca,
maldice, blasfema, pero para mejorar el mundo, y teniendo siempre en
vista un ideal, una luz que no se apaga nunca.

No así Leopardi, el gran lírico italiano. Para él la vida no merece
sino desprecio; el progreso es mentira y como combatir sería inútil, se
resigna. Por eso dice en «A se stesso»:

          Or poserai per sempre
          Stanco mio cor.....
          ............................
          Posa per sempre. Assai
          palpitasti. Non val cosa nessuna
          i moti tuoi; né di sospiri e degna
          la terra. Amaro e noia
          la vita, altro mai nulla: e fange e il mondo.
          .............................................

Así también en el canto nocturno de un pastor errante, donde el gran
recanatiense expresa su desesperación por todo y su incapacidad para
la acción. Se dirige a la luna y le pregunta cuál es su misión en
los cielos. Surge, contempla los desiertos, pasa y se oculta. ¿Acaso
no sufre el cansancio de volver a seguir tantas veces por los mismos
caminos? ¿No se hastía de mirar siempre los mismos valles que conoce? y
dice triste, dolorosamente, que su vida es semejante a la vida monótona
del pastor, es decir, del poeta que vive sin esperanza y que por eso de
nada le sirve la vida...

            Somiglia alla tua vita
          la vita del pastore
          Sorge in sul primo albore,
          move la greggia oltre pel campo, e vede
          greggi, fontane ed erbe;
          poi stanco si riposa in su la sera
          altro mai non ispera.
          Dimmi, o luna: a che vale
          al pastor la sua vita,
          la vostra vita a voi?--dimmi: ove tende
          questo vagar mio breve
          il tuo corso immortale?

Nuestro gran poeta es el cantor del Hombre, de sus poderosos anhelos
y le exalta y le diviniza. En cambio, Leopardi siente envidia por el
rebaño que descansa tranquilo, que no conoce su esclavitud.

            O greggia mia che posi, o te beata
          che la miseria tua, credo non sai!
          quanta invidia ti porto!

Leopardi es el precursor del pesimismo sistemático de Schopenhauer cuya
filosofía se ha creído encontrar también en los versos de Almafuerte.
Nada más falso.

La vida es esfuerzo, dice el filósofo alemán y el esfuerzo es el dolor;
de ahí que sólo el dolor sea positivo.

Siendo la vida la objetivación de la voluntad, menester es negarse
a querer, necesario es huir del amor que perpetuando la especie,
perpetúa el dolor. Así se entra en el Nirvana que para Schopenhauer
es el aniquilamiento del ser, la cesación de todos los dolores por la
destrucción de la voluntad, pero que para el budhismo esotérico, es
más: es el reposo consciente en la omniscencia.

Parece escucharse al través de los siglos la palabra de Sakia Muni que
llega de la orilla del Ganges: «El mal es la existencia,» o la palabra
del Eclesiastés, el escéptico cuyo espíritu era negación del espíritu
hebraico:

«Mejor es el día de la muerte que el día de nacer.»

Nada tiene de común nuestro poeta con los pesimistas.

Leopardi dice que nada vale el esfuerzo; que la tierra no es digna de
suspiros: «non val cosa nessuna y moti tuoi, né di sospiri é degna la
terra.» El filósofo alemán dice que la esencia de la voluntad es el
esfuerzo y que todo esfuerzo es dolor.

Almafuerte, en cambio cree que el esfuerzo es una necesidad, que el
hombre debe trabajar incesantemente para que venga el Prometido, el que
será un cerebro con alas. Tiene una fe inmensa, y porque sabe que toda
acción humana repercute a través de los siglos, que nada se pierde, que
todo esfuerzo conquista algo y debe ser recompensado, se cuadra frente
a Dios, le acusa de crueldad y le dice magníficamente:

          «Aquí estoy, ante ti... ¡Ni un solo gesto!
          ¡Págame mi dolor!»

Es el optimismo de profeta de Israel, que ve las miserias de los
que sufren y que reclama, por eso, de Jehová, dialogando con él, la
justicia inmensa sobre la tierra; que no se desespera, que va cantando
un himno a la voluntad soberana, que exalta, para levantar el hombre
hasta Dios.

«Yo sé que hay una luz que no se apaga», dice Almafuerte en el
«Trémolo». Eso es la negación del pesimismo. Lo que hay en sus versos,
es el gesto airado del profeta; alguna vez el lamento amargo de Job, y
siempre la rebelión judaica que blasfema y vuelve a Jehová.

            «Tengo el corazón hecho una llaga,
          Como el cuerpo de Job.»

Y otra vez:

          «No hagas, solemne Dios, ni un solo gesto
          ¡Te acuso de crueldad!»

El libro de Job, citado tan frecuentemente por el poeta, es un libro
filosófico en el cual se plantea el problema que preocupó intensamente
a los judíos. ¿Por qué los buenos sufren si hay un Dios justo? Para
los beni-israel no había castigos ni penas de ultratumba: por eso sus
profetas pedían la justicia, hoy, en seguida y sobre la tierra.

«Ved aquí, dice Job, que clamaré padeciendo violencia y nadie me oirá;
vocearé y no hay quién me haga justicia» (Job, capítulo XIX).

Pero no se resigna; sabe que su esfuerzo vale, y le dice a Dios:

«No me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo» (Capítulo
X-2) «¿Por qué se esconde tu rostro?» (Capítulo X-24.).

Almafuerte es un optimista, como aquel Isaías que también fué poeta,
que se indignaba contra la injusticia y rugía entonces como un viejo
león, que discutiendo con Jehová concluyó por transformarlo haciéndolo
más bueno.

                   *       *       *       *       *

En la «Sombra de la Patria,» clamaba contra la injusticia y rugía
entonces tan admirablemente los sentimientos humano y nacionalista,
como desmintiendo la afirmación de su crítico que explica
tendenciosamente la evolución del poeta; en la «Sombra de la Patria,»
está palpitando el pensamiento hebraico.

Almafuerte ve pasar la patria con el corazón oprimido.

            Sueltos van los cabellos; en guedejas
          por el busto de mármol se derraman
          como velo de angustias, o sombría
          melena de león. Siniestra, pálida,
          desencajado el rostro...

Así la sombra de Italia aparece en el alma dolorida de Leopardi, donde
no hay esperanza, que es soberana en el espíritu de nuestro poeta. Así
la sombra de Italia: lívida, suelta también la cabellera y arrancado el
velo:

            Sí che sparte le chiome e senza velo
          siede in terra negletta e sconsolata
          nascondendo la faccia
          tra le ginocchia e piange.

Así Israel «regada en llanto por haber torcido sus caminos,» pasa por
el alma ardiente de Jeremías. (Capítulo IV, V 21).

Almafuerte ve cruzar la patria llena de dolor; le parece que se
arrastran gloriosas banderas y entonces airado se dirige a Dios,
llamándolo siempre Jehová. Jehová no era ya el Dios patriarcal de las
tribus semitas, nómadas, era el Dios nacional, el Dios «del pueblo
elegido.»

Dice el poeta:

            «¿Dónde estás Jehová, dónde te ocultas?
          ¡Qué! ¿no vuelves tus ojos y la salvas?»

¿Por qué mira caer sobre el pueblo todos los apetitos que carcomen
su entraña y no lanza el rayo de su enojo, no descarga su brazo
justiciero, no obscurece su cielo y no para sus mundos atónitos, si
menester es salvar a su pueblo?

Y agrega:

            «¿Oyes la voz de «tu poeta» y callas?
          La voz de tu poeta que te clama
          La voz de tu poeta que te adora.»

Almafuerte dice: «Tu pueblo,» dirigiéndose a Jehová y en las «Milongas
clásicas,» donde canta con hermoso optimismo a nuestra patria,
hablándole de nobles ideales, termina con esta estrofa:

            «Y Dios al verte dormido
          Sobre todo tu progreso
          Te dé la paz con su beso.
          Como a su «pueblo elegido.»

Almafuerte dice también «tu poeta.» Carlyle afirma que «vate» en
lenguas antiguas quiere decir «poeta y profeta.» Si alguien todavía
dudara que nuestro gran Almafuerte viene de los libros hebraicos, oiga
a los «vigías de Israel.»

Así habla Isaías en los capítulos LXIII, v. 15 y 17 y LXIV, v. 11:

«¿Dónde está tu celo y tu fortaleza, Jehová? ¿Han amenguado acaso? ¿Por
qué, oh Jehová, nos has hecho errar tus caminos? ¿Por qué endureciste
nuestro corazón? ¡Vuélvete por tu pueblo, por las tribus de tu heredad!
La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria fué destruida: ¿por
qué te detienes? ¿por qué «callas» y nos afliges de esta manera?»

Y así, Jeremías, en el capítulo XIV, versículo 19, preguntando a Jehová
por qué no salva a su pueblo:

«¿Has abandonado a Judá? ¿Aborrece tu alma a Sión?»

Almafuerte es un optimista estupendo. De lo más hondo del dolor saca
fuerzas. El dolor mismo es su gran fuerza, su acicate. Por eso, lejos
de desesperarse como Leopardi, después de hablar a Jehová que calla,
sin negarle le abandona y busca los jóvenes que saben de amor heroico
para impulsarlos a la lid, a la pasión, a la venganza, ¡pero antes
les advierte que si callan, si permanecen quietos en una indiferencia
infame deberán arrancarse de los rostros a puñados las mal nacidas
barbas, dejando que sus novias escolten la sombra dolorosa de la patria!

El espíritu de este Profeta nuestro es una fragua, cuyos rojos
resplandores llegan a todas las almas. Quema pero alumbra. Hay allí una
infinita sed de justicia; más que de justicia, de amor y de bondad; un
anhelo soberano de ascensión, una eterna rebeldía; una esperanza que no
se acaba nunca y muchas maldiciones y blasfemias y cóleras santas que
caen como latigazos sobre las espaldas de los poderosos que exprimen y
maltratan a la «sudorosa chusma sagrada.»

Y esta alma atormentada por el dolor, el amor y la esperanza, esta alma
de titán que pelea con Dios por la causa de los hombres; esta gran alma
agitada por todas las pasiones generosas como una selva por todas las
tempestades, sólo tuvo dulces vibraciones para la mujer. Allí está el
«Cantar de cantares», joya cincelada por manos divinas y que también
viene de los libros hebraicos.

Alguna vez, leyendo esos versos, he pensado que el poeta era el
pino solitario de Heine que bajo la nieve soñaba con una lánguida,
melancólica palmera del Oriente muy lejano... pero se ha dicho que en
la lira de Almafuerte faltaba una cuerda, la que hace vibrar la mujer;
que el poeta no sintió la emoción amorosa, que no amó nunca; que en sus
versos de amor no puso la pasión sino el arte.

Lo niego. En la boca de este león, que es bíblico como el otro, también
se ha encontrado la miel.

Hablo de la amada, no de la madre. La madre nunca estuvo más alto que
en los versos del poeta, al extremo de que cuando éste resume toda su
obra y exalta su orgullo hasta el infinito dice:

          «Soy el llanto que rueda sobre lo inmundo,
          Yo he nacido, sin duda, para ser madre.»

Hablo de la amada de la cual no siempre se expresa el poeta como en el
«Cantar de cantares», dulce, suavemente.

Cuando nos habla de sus desengaños amorosos, la pasión del autor del
«Misionero», se desborda.

En «Mancha de tinta», donde las sombras se amontonan, donde el poeta
siente la deslealdad, la traición del amigo, del discípulo, que yo sé
cómo desgarra el corazón; donde casi llega a perder la esperanza que
siempre le alienta, al referirse a la mujer infiel dice en un arrebato:

            «Llamé, gemí... ¡No salió!
          Aullé como loba hambrienta;
          ¡En sus puertas de caoba
          Grabé con sangre su nombre!»

En «Castigo», expresa, así, soberbiamente su venganza:

            «Yo te alcé en mis estrofas, sobre todas
          hasta rozar los astros:
          ¡tócale a mi venganza de poeta
          dejarte abandonada en el espacio!»

«Cantar de cantares» está inspirado en las deliciosas páginas bíblicas,
y si le falta la voluptuosidad de éstas, puede afirmarse, a pesar de lo
sostenido por algún crítico, que en la poesía de Almafuerte hay algo
más que respeto por la mujer; hay emoción amorosa.

Habla el cantor bíblico y dice:

«Como manada de cabras que se muestran desde el monte de Galaad son tus
cabellos; como un hilo de grana tus labios; como torre de marfil tu
cuello; como dos cabritos mellizos de gama que son apacentados entre
lirios, tus pechos; panal de miel destilan tus labios; ¡oh, hermosa
mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada!»

Y Almafuerte canta:

            «Como el bíblico poeta,
          Como el rey de los proverbios seculares
          Que no pasan, que no mueren, ¡yo te canto!»

Y compara, luego, los ojos de su amada con sellos de turquesa; sus
hoyuelos le parecen cicatrices de caricias de dos besos fraternales;
sus orejas, caracoles nacarados de la playa; sus labios, pétalos
de rosa purpurada como sangre; su cuello torrecilla de alabastro
cimbradora; sus pechos bloques de azucena.

Y sigue:

          «Florecitas de durazno
          que la veste de las auras amontona
          bajo el cielo de la tarde--tus mejillas;
          tus mejillas
          de sedosos, inefables terciopelos,
          son las flores que un arcángel amontona
          bajo el cielo de tus ojos
          por los valles de sonrisas y sonrojos
          ¡que divide tu severa naricita de matrona!»

En esta estrofa hay una honda emoción amorosa. Aquí yo veo una mujer,
no la mujer en abstracto, ni el «dolce pensiero» de Leopardi emanado
sólo de la idea de mujer.

Almafuerte no fué nunca pesimista, ni sintió ni conoció a los filósofos
que a ese respecto sistematizaron, y cometen un error lamentable por
incomprensión de su obra, los que le creen inspirado en el hosco alemán
para quien la mujer es «la intermediaria del insigne engaño de que es
víctima el hombre».

Para Almafuerte existe una luz que nunca se apaga y que alumbra hasta
en el calvario; es el ideal, fuerza que impulsa a la ascensión, y
alguna vez el poeta confunde ese ideal, esa luz, esa fuerza con la
mujer querida:

          «Es la lámpara votiva del santuario
          que fulgura dulcemente,
          ¡que derrama dulcemente, tiernamente,
          sus bondades luminosas en la cruz de mi calvario!»

¿Y cómo no había de ser así?

¿Acaso es posible realizar alguna gran obra sin amar a una mujer?
¿Acaso se concibe que el hidalgo aquél que «santificara todos los
caminos con el paso augusto de su austeridad», hubiera defendido a los
débiles y levantado la enseña del ideal, sin su amor a Dulcinea?

Pero dejemos la vida íntima del poeta, que amó--y de eso no hay
duda--porque fué caballero de grandes empresas, y, sabido es, pues lo
dijo Don Quijote a Vivaldo, que tan propio y natural les es a los tales
amar, como al cielo tener estrellas, y que a buen seguro no se habrá
visto historia donde se halle caballero andante sin amores...

Un crítico que amaba profundamente al maestro, Más y Pí, respondiendo
quizá a una tendencia de su espíritu, al estudiar la evolución del
poeta, incurrió en el error de sostener que, fracasado el ideal de
patria, surge en Almafuerte el de humanidad, para después llegar al
refugio de su reino interior, donde el escepticismo contamina el alma.

Ya hemos visto cómo en el poeta eran compatibles los conceptos de
patria y humanidad, así como en los profetas, patriotas austeros que a
la vez propagaban un principio de universalidad que fué fecundo en la
historia.

Almafuerte no se decepcionó nunca de la patria. La amó entrañablemente
y quiso que fuera ejemplo para los demás pueblos. Es original que la
refutación a Más y Pí, esté precisamente en un soneto dedicado por el
poeta a su crítico, que hoy reposa en el fondo del mar. Dice así:

            «En el crestón de peñas submarinas
          en que chocó tu frente soberana
          un faro se alzará de luz arcana
          como una encarnación de tus doctrinas.
          ¡Él mostrará las rutas argentinas
          A la esperanza humana!»

Ya antes, en «Milongas clásicas», le dice al pueblo que no se amontone
en las ciudades; que recubra la inmensa extensión de la tierra
exuberante. «¡Virgen núbil, que debe encontrar su varón!» Quiere ver
trigales y aldeas desparramados por su patria, donde jamás deberá
faltar, por sobre todas las cosas, un ideal.

La «Sombra de la Patria», lejos de ser un canto de desesperación, es
una llamarada de fe. La escribió en una época política de desorden;
pero él sabía que la juventud era la salvación del pueblo, y por eso la
invoca en versos lapidarios.

El 90 la juventud cumplió con su deber. A su frente estaba junto a un
apóstol de la democracia, la figura noble y caballeresca que preside
esta fiesta. Poco después, el mismo Almafuerte empuñaba un fusil para
combatir contra los malos gobiernos.

Habíamos decidido ser libres por un hermoso acto de voluntad, y
menester era que realizáramos nuestro aprendizaje de libertad. La
evolución política es notoria. De la violencia, que caracterizaba
los comicios, fuimos al fraude; se pasó de las formas violentas y
musculares a las formas astutas e intelectuales. Es la evolución de la
criminalidad en general.

Del fraude a la venalidad después. Esta última así repugnante,
significaba un adelanto. El pueblo sabía ya que su voto valía algo. Era
inmoral, pero era libre.

Y después de la venalidad vino el comicio abierto. Almafuerte, que
nunca se decepcionó; que comienza un soneto diciendo: «No te dés por
vencido, ni aún vencido», no podía abandonar, como equivocadamente
afirmó Más y Pí, su hermoso ideal de patria, que, por otra parte, él
conciliaba perfectamente con los ideales humanos de justicia social--y
así se explica esa hermosa carta que Almafuerte, el ciudadano, me
enviara en 1912 adhiriéndose a mi candidatura a diputado--perdóneseme
esta justificada vanidad--carta que con orgullo he colocado a manera de
prólogo en un libro que se refiere a mi acción parlamentaria.

En esa esquela Almafuerte habla del «auroral despertamiento que
maravillosamente la nueva legislación electoral ha producido».

No mutilemos pues, al poeta. La evolución de su espíritu que señala el
crítico, es falsa. Sus ideales no se apagaron nunca, y jamás se encerró
en su reino interior sin comunicación con el mundo.

Vivió entre los hombres; amó sus dolores y sus miserias; trabajó por la
patria, y en presencia de esta grande colosal conflagración humana, se
puso del lado de la justicia, y cantó a Bélgica mártir, incorporándola
a la pléyade de los torturados, que él amó tanto. Y antes de morir
lanzó su maldición terrible, su anatema, su apóstrofe vibrante, como
un profeta, contra el poderoso que violó la justicia y escarneció el
derecho.

El pueblo reclama la estatua de Almafuerte.

Levantemos el monumento; rodeémosle de flores, y que, como el sepulcro
de Tesco, según nos lo cuenta Plutarco en sus «Vidas paralelas», vayan
a él los miserables, los caídos, los débiles, con la esperanza de
encontrar consuelo.

                                          ALFREDO L. PALACIOS.

                    *       *       *       *       *



                              EVANGÉLICAS


1.--Subir, ascender, prosperar en el mejor sentido de las palabras,
no es encaramarse en los sitios más visibles, como los gatos en las
chimeneas, y los cuadrumanos del jardín zoológico, en los tinglados de
sus jaulas.

2.--Subir es evolucionar; evolucionar es mejorarse; mejorarse es
desbestializarse; desbestializarse es adquirir la prerrogativa de ser
creído y de ser seguido: asumir el derecho del mando, que es el más
alto de los derechos, porque es el que impone más deberes.

3.--Como crece un cedro desde su raíz hasta su copa, así debe crecer
tu vida; y como se desarrolla una parra hasta cubrirse de racimos, así
debe desenvolverse tu persona física y moral; porque nada que no se
resuelva en plato de todos, vale nada.

4.--Que sirvas de algo, que produzcas algo, que dejes el recuerdo de
algo: los árboles que no dan fruto, o que no dan madera, o que no dan
leña, son inferiores a las patatas.

5.--Vestir mejores ropas que los demás, no es tener mejor carnadura que
aquéllos que las visten remendadas, como el que sube a una torre está
más alto que los otros; pero, no es más alto, por eso, que ninguno de
los otros: trata de merecerlo todo, hasta el aire que respiras.

6.--Procura no distinguirte de tus semejantes nada más que por lo
accidental y contingente: que antes de recibir el aplauso ajeno, ya te
hayas aplaudido tú mismo; y que al despojarte de tus vestimentas, de
tu fortuna, de tu alto puesto y aun de tu fama, no se vaya ninguno de
tus atributos esenciales dentro de esas cosas, como se va la piel en un
parche cáustico, o como se queda sin dientes, al acostarse, aquél que
los lleva postizos.

7.--Camina con tu persona no con la que te atribuyen: no hagas como
esas mujeres, que se quedan muy satisfechas con los apetitos que
despiertan sus pechos de algodón.

8.--Que tu vida sea una vida, y no un fenómeno cerebral; o de los que
te odian o de los que te aman.

9.--Cualquier escarabajo puede yacer, por combinación, en el augusto
regazo de Jove, aunque sólo sea por el término de diez segundos; cuando
tú palpes las alturas, todavía doblegándote, como un muchacho que junta
frutillas, recién serás grande.

10.--Solamente los muy simples y los muy pillastres juzgan a las
personas según los casos, o por el peldaño que ellas pisan o por
la situación de espíritu que ellas atraviesan: nunca seas ni tonto
ni pillo, pero si no has nacido capaz del término medio, ojalá que
prefieras el primer extremo... ¡y seas tonto!

11.--Hay muchos optimistas que creen, como en un artículo de fe, que
en todas las sillas de marfil se sienta, o un Alfonso el Sabio o un
Cicerón; y muchos positivistas que saben, que en cualquier elevación de
la orografía social, hay alguno que puede dar, si quiere dar.

12.--Y, también hay muchos inocentes que piensan que todos los dolores
son motivados por alguna injusticia; y muchos espíritus fuertes que
razonan así: la muerte de un marido, de un padre, de un hermano mayor,
puede proporcionar una cocinera barata.

13.--Los hombres están colocados en la sociedad como los ladrillos
de una pared, al azar y según fueron viniendo: no pienses que sean
héroes, porque llevan charreteras, ni que sean mártires, porque lloren
a lágrima viva.

14.--Todos ocupamos un sitio, por una ley intransgredible, más bien
física que moral; pero, muy pocos, el sitio que nos corresponde: ten el
valor de descender al postrero, ése es el que te mereces en tu propia
conciencia.

15.--Tan melancólico y pensaroso se manifiesta un criminal después de
cometido su crimen, como un sabio experimentador después de fracasado
su experimento: las lágrimas y las carcajadas no tienen letrero como
algunas píldoras.

16.--El espectáculo de las alegrías y de las tristezas ajenas es
deprimente del espíritu: sensualiza, enloquece, amujerenga, mata el
sentido de lo que realmente es y desafila la intuición de lo que debe
ser: es como la música, que emociona las almas y las atonta.

17.--A los hombres se les conoce por lo que desean, no por lo que les
acontece.

18.--Cuántos imbéciles, cuántos vesánicos andan por las supercapas
sociales, gozosos y satisfechos; y cuántos tan imbéciles y tan
vesánicos como ellos, andan llorosos y hambrientos por los bajos fondos
de aquella sociedad misma... ¡Miremos y pasemos, como diría el Dante!

19.--Cualquiera notoriedad social debe parecerte respetable, por lo que
ella tiene de cumbre; y cualquier rostro contraído por la angustia,
debe inspirarte profunda simpatía, por lo que él tiene de Cristo en la
cruz.

20.--Pero es necesario que lo sepas, una vez por todas y para siempre:
por cada nido de águilas, hallarás en la montaña mil cuevas de
sabandijas; y casi todos los que lloran merecerían ser ahogados en su
propio llanto.

21.--Sin embargo, y a pesar de estas amargas filosofías: respeta a
cualquier hombre, sin aguardar a que se lo merezca; consuela a todos
los que gimen, sin necesidad de que te presenten la documentación de
su honradez; y no castigues a nadie; porque no es el hombre, sino la
Providencia, quien merece el apóstrofe, la cárcel y el patíbulo.

                   *       *       *       *       *

1.--Tener carácter, en el sentido social del vocablo, es tener en sí
mismo soberanía bastante para subordinar las circunstancias ambientes,
o, por lo menos, para resistirlas con algún éxito: es tener órganos
espirituales de locomoción, blindaje y espolón en el alma, púas de
defensa y escamas de impenetrabilidad en el espíritu.

2.--Un hombre desnudo e inerme abandonado en lo más tupido de una
selva primitiva, tendría que permanecer quieto y perecer de hambre,
o seguir en todas sus vueltas, sin criterio personal, los senderos
anónimos trazados en la maleza por los animales salvajes; iría al azar,
dependería de la circunstancia más baladí; cuando su voluntad fuese
avanzar, acaso tuviese que retroceder, detenerse, tomar a la izquierda,
torcer a la derecha: sería la piedra que rueda, la víctima de todos y
de todo.

3.--Armado de un cuchillo de monte, de una hacha de leñador y de un
rifle, ya cambiaría, casi radicalmente, su condición de pasividad. Sus
actos volitivos encontrarían menos resistencia y sus contragolpes sobre
las cosas y los hechos serían más eficaces.

4.--Avanzaría en línea casi recta; no sometería la totalidad de los
obstáculos, pero triunfaría de la mayor parte de ellos; aunque los
reformara con frecuencia podría trazarse planes y determinarse rumbos;
imperaría luchando y podría decirse de él: va hacia el norte o hacia
el sur, en tal emergencia hará tal cosa, triunfará de esta o aquella
manera, porque le conozco sus armas.

5.--Y así hasta llegar al tipo ideal dueño de todos los instrumentos
de dominio sobre la naturaleza bruta, que adelantaría rectamente a su
fin a trancos largos como los dioses homéricos, sin otro esfuerzo que
haberlo querido.

6.--Ahora bien: no tener carácter es carecer de cuchillo de monte,
de hacha y de rifle; caminar a la ventura como los asnos; ir para
adelante, para atrás, para cualquier lado a la manera de los beodos;
depender enteramente de los demás, como un pedazo de creta blanda,
de los dedazos del artífice; estar desnudo en mitad de la selva; ser
rutinario en ciencias, clásico en arte, retórico en literatura,
conservador o camandulero en política, vacilante en el poder... ¡lacayo
en todas partes!

7.--El que llegó sin haberlo pretendido, no es el hijo de sus propias
obras.

8.--No todos los que se ufanan en las cumbres subieron a ellas; muchos
están allí, como los yacimientos de ostras en lo más alto de ciertas
montañas, merced a cataclismos sociológicos: también se puede rozar las
nubes con la frente por elevación inesperada del suelo que se pisaba.

9.--No creas en la heroicidad de ningún héroe, si no se despoja de su
túnica y te muestra las cicatrices.

10.--Las famas casuales son semejantes a los hijos que se engendran en
un lecho público.

11.--Las hojas secas y las golondrinas suelen besarse en los aires.

12.--Todo lo inconsciente se somete a las circunstancias con sumisión
relativa a su inconsciencia.

13.--El oro, con ser el más precioso de los metales, es el más maleable
y más dúctil de todos ellos; un zoófito, ya devuelve reacciones; un
insecto deja sus alas entre los dedos del que le aprisiona; un pájaro
no se aclimata a los hierros de su jaula, sino después de largos días
de cautiverio; un potro salvaje sólo cede a la presión abrumadora de la
astucia de su domador... ¿y tú has de ser tan dúctil, tan maleable,
tan miserablemente pasivo como una pepita aurífera?

14.--Los fuertes, los indomables, los irreductibles, tienen un
locatario siempre vigilante dentro de sus pechos, que replica sin
intimidarse nunca, cada vez que llaman a su puerta.

15.--Los que carecen de ese guardián han dejado de ser hombres; o,
mejor dicho: no han llegado a serlo.

Son a la manera de la virgen del Evangelio, y responden sumisamente a
cualquier solicitación exterior: hágase en mí según tu palabra.

16.--Un rebelde no siempre es un carácter; pero, sin capacidad de
rebelión, no hay fortaleza de espíritu.

17.--Nunca hagas nada, sea bueno o sea malo, sin reservarte el derecho
de dejar de hacerlo cuando así te parezca.

18.--Los que tienen carácter no se contagian ellos, contagian a los
demás: para tales hombres, los tiempos que atraviesan y las vidas que
les rodean, son masilla dócil que estrujan entre sus dedos.

19.--Marchar por entre estoques que amenazan, y no claudicar; por entre
manoseos voluptuosos, y no olvidarse de sí mismo; por entre cabezas que
se agachan, y no erguirse más altanero; por entre frentes soberanas...
y no agacharse... ¡eso es tener carácter!

                   *       *       *       *       *

1.--No te preocupe la murmuración, nada más que en la parte de verdad y
de razón que ella tenga.

2.--Refiere todos tus actos al bien ajeno; pero, muy pocos de ellos al
juicio ajeno.

3.--Sé discreto, prudente y conciliador; pero, no tanto, que reniegues
de ti mismo.

4.--El que tiene un concepto humano de las cosas, no se debe al qué
dirán, sino a sus propias ideas.

5.--Si alguna llaga tienes, la manera de que no te escueza al rozarte
con los demás, no es ocultarla cuidadosamente con algodones: es
cauterizarla con hierro ardiendo, por tus propias manos.

6.--No tengas el afán de parecer, sino el afán de ser.

7.--Cualquiera cicatriz es honrosa; porque supone la curación de alguna
lacra.

8.--No seas cínico; pero, tampoco, seas hipócrita.

9.--Vive convencido de la fatalidad de los malos instintos; pero,
reposa tranquilo en el criterio supremo que los esparce sobre la
humanidad, como polvo de canela, y los combina y equilibra con las más
hermosas tendencias, en el seno de cada hombre.

10.--Que tu alma sea buena, y tu mano llena de suciedades esparcirá
perfumes de nardo.

11.--Toda vida molestó siempre a las otras vidas, como todos los del
mismo oficio recíprocamente se perjudican; pero, no retrocedas ni por
lo que te molesten ni por lo que molestes.

12.--Avanza; que alguno de los caídos se ha de coger de ti, y alguno de
los mejormente colocados te ha de hacer sitio.

13.--Procede como aquel herrero tu vecino, tan manso, tan honesto, tan
misericordioso, que no se preocupa jamás del tintineo ensordecedor con
que despierta todas las mañanas al vecindario: ya se amoldarán a tu
vida como a su martillo.

14.--No seas ciudadano correcto e inofensivo: sé hombre útil y azotador
de inútiles y perjudiciales.

15.--Los correctos y los inofensivos, son los que no quieren poner nada
de lo suyo, ni siquiera un minuto de cavilación, en la brega humana;
los que se ríen por dentro de lo mismo que aplauden y fingen respetar
ostensiblemente: los que explotan el sudor de los demás, como los malos
clérigos el sacrificio de Jesús.

16.--Ellos, los correctos y los inofensivos, son los que viven a la
sombra de un orden de cosas establecido, sin tener siquiera la nobleza
de defenderlo; los que aguardan en silencio la implantación definitiva
de cualquier reforma, para presentarse después, con el plato en la
mano, a recibir su parte de pitanza; los que han descubierto que la
vida de pasividad es la más cómoda, aunque se desobedezca al Nerón más
atrabiliario: los canfinfleros del dolor eterno.

17.--Es cierto que se trabaja para trabajar; pero, eso de no trabajar
no es nada más que una esperanza que no tiene otra realidad que la de
permanecer siempre delante de nuestros ojos, a la misma distancia y con
la misma sonrisa alentadora.

18.--¡Quién sabe qué lejanísimo Mesías será el usufructuario de toda la
labor y todas las lágrimas humanas!

19.--Trabaja, pues, para que alguien, a quien no verás nunca, no
trabaje jamás.

20.--Lucha contra tus propias imperfecciones, que no son nada más que
las imperfecciones de todos, para que surja al cabo de los tiempos, el
hombre perfecto, la humanidad luz.

21.--No rehuyas el dolor; porque el dolor está en todas partes, como
las olas en el Océano y el fuego en mitad del incendio.

22.--Obedece a tus primeros generosos impulsos, aunque al dolor te
lleven: sábete que cada obra buena realizada en beneficio de la
especie, repercute en los siglos, pone un ladrillo más en la gran torre
de Babel que estamos reedificando.

23.--Eres un conscripto a quien se le viste y da de comer, no por él
mismo, sino por lo que se le necesita para otros objetos.

24.--Si has nacido para rebelarte contra lo injusto, rebélate contra lo
que te parezca injusto aunque realmente no lo sea; porque eso es una
prueba de tu espíritu de justicia.

25.--Y no hagas al respecto mucha reflexión; porque la reflexión no es
nada más que el espacio dubitante entre el impulso y el hecho, y porque
después de cierto orden de reflexiones el hombre sale más bestia que
antes; aprovecha los relámpagos de alta humanidad que iluminen tu alma
y procede sin vacilaciones.

26.--No hagas como aquéllos que se mutilan por miedo a los hijos: sé
padre de algo.

                   *       *       *       *       *

1.--Todos los sentimientos, aun los más delicados, no son otra cosa
que órganos de relación, como los ojos y las manos, la sensibilidad
epidérmica y el paladar.

2.--La naturaleza culmina en el ser humano más que en los astros: se
manifiesta dentro de él, cada vez más numerosa y más ideal.

3.--Los hombres civilizados no se relacionan entre sí, con los solos
instrumentos de sus sentidos de comunicación: se buscan, unos a los
otros, y se apoyan unos en los otros, por medio de la gama infinita de
su sentimentalidad y de sus comunes aberraciones e idiosincrasias.

4.--A mayor suma de afectos, mayor suma de posibilidades de vida dentro
de la sociedad.

5.--Los insanos, las almas ausentes, tienen desequilibrado y roto su
registro sentimental más que sus ideas, y por eso no encajan en el
ambiente general. Los tontos todavía son hombres porque sienten con
cierta ordenación.

6.--La solidaridad rudimentaria de las tribus se va desarrollando,
complicando y consolidando, como una red de alambres invisibles, a
medida que las tribus se van convirtiendo en naciones a causa de la
civilización: el desarrollo cerebral corresponde al desarrollo de los
sentimientos; porque los sentimientos no son más que tentáculos de
apoyo de las ideas, órganos de comercio psicológico.

7.--La reciprocidad pasional no siempre es de beneficios mutuos, y la
afectividad no siempre es de amor; lo mismo que los ojos, los labios,
las manos y los pies, pongo por caso, no siempre nos sirven para
relacionarnos amablemente con el escenario circunstante.

8.--Hay días en que un corazón es un foco luminoso, una fuente de leche
y miel; y hay ocasiones en que es un fierro hecho ascua, una serpiente
enfurecida.

9.--Los sentimientos son armas de dos puntas: la una que es esponja
empapada en bálsamo, y la otra que es esponja, también, pero empapada
en vitriolo.

10.--No te horrorices, como una mujer sin mundo y sin la noción del
porvenir, de los vengativos, de los falsos, de los que se aman a sí
mismo más de lo establecido, etc.; el mal ha sido creado, no para que
brille el bien con mayor esplendor, sino para producir el bien.

11.--Para lo malo y para lo bueno, el hombre superior, que es el hombre
moderno, rechaza lo grosero y lo tangible como ineficaz: beneficia
mayormente un buen recuerdo que una libra de pan, y mata más pronto una
frase insidiosa que un grano de arsénico.

12.--Perfección, bondad, nobleza de corazón, instrumento angélico de
relación, no es sólo amor, tolerancia, misericordia y piedad: aquél que
no es capaz del contragolpe expontáneo sobre la injuria, no es capaz
de perdonar; porque quien es insensible a la ofensa, no tiene nada que
olvidar generosamente.

13.--La virtud sin esfuerzo, no tiene mérito; porque no es la victoria
de lo nuevo sobre lo viejo, del hombre sobre su bestia.

14.--Muchas cosas grandes, buenas y útiles para todos, por los siglos
de los siglos, ha verificado el odio, el orgullo, la vanidad, el
rencor, la envidia, la lujuria, la ingratitud: no hay método educativo
más eficiente que la injusticia y la crueldad... ¡y la injusticia y la
crueldad son abominables en sí mismas!

15.--Como se ejercitan y desenvuelven metódicamente los órganos
materiales y las facultades psíquicas, sin olvidar ni una sola fibra
ni menospreciar una sola célula, así también, deben ser cultivados y
ordenados en series los sentimientos, en el corazón del hombre: todos
ellos son indispensables para el fin individual y para el bien general,
que es el Progreso.

16.--La verdadera moral, el perfecto estado de moralidad, es el
equilibrio de la totalidad de los sentimientos, la posesión de todos
ellos, y el uso de cada uno, en su oportunidad misma y para su solo
objeto. Al arpa no se le corta ninguna cuerda, se le templan todas
sobre el mismo diapasón; y al árbol no se le poda para suprimirle, sino
para vigorizarle todas sus condiciones inmanentes.

17.--Educa y regimenta los sentimientos con que hayan nacido tus hijos,
de una manera integral; y serás un buen padre.

                   *       *       *       *       *

1.--Vayáis por donde vayáis, recatad en lo más impenetrable vuestro
itinerario.

2.--Si hemos de conducir nuestra persona a través de una jauría, no me
parece discreto que vayamos pasando nuestra merienda por los hocicos de
cada uno de los canes.

3.--Aquél que no sepa guardar el secreto de sus intenciones,
difícilmente logrará realizarlas; porque sobre la cabeza de toda
ambición que trabaja, se levanta el pie de otra ambición más poderosa
para aplastarla, como a los pies de toda ambición satisfecha, se
presentan cien ambiciones mal nacidas dispuestas a vivir de ella.

4.--La ley del egoísmo es ésta: someter o someterse: perseguir o
seguir; anular o endiosar; crucificar o adorar; proyectar sombra o
tenderse a gozarla.

5.--Los ingenuos se confiesan con la boca y los impresionables con todo
el cuerpo: echad un candado a los labios y ensayad todas las mañanas,
antes de entrar a la vida de los negocios, las actitudes del día.

6.--La discreción consiste, generalmente, en decir con cierta medida y
escuchar con cierto continente.

7.--Lo silencioso sobrecoge.

8.--El desierto es menos peligroso de lo que os lo figuráis; su
impenetrabilidad os llena la mente de visiones extraordinarias, y sois
vosotros quienes pobláis de fantasmas su soledad y de voces fatídicas
su silencio.

9.--Los muy habladores apenas alcanzaron a bufones; pensad como diez y
hablad como la cuarta parte de uno, y seréis amos.

10.--Presentad el menor blanco a los juicios ajenos y el menor asidero
a la adquisividad de los otros.

11.--Cada vez que se habla se abre una opinión; cada vez que se abre
una opinión se contrae un compromiso; cada vez que se contrae un
compromiso se pierde una partícula de autonomía; atesoremos libertad;
esto es: abastezcámosnos de derecho; esto es: seamos menos esclavos
que los demás; esto es: si no hemos de gobernar, que, por lo menos, no
tengamos que depender.

12.--Más conveniente me parece para nuestros fines ser objeto de
observaciones, cálculos y cavilaciones como un astro, que no ser
materia de análisis microscópico como una pulga.

13.--Mientras haya verdades desconocidas, habrá sentimiento de
adoración: cuando más os acerquéis a la evidencia de las cosas, tanto
más os alejáis de esa timidez y credulidad propias de la inocencia;
haced de modo que los hombres continúen por mucho tiempo siendo
niños para juzgaros: circundaos de majestad; colocaos a esa media
luz favorable de los crepúsculos; trabajad en el misterio la tela de
vuestros designios.

14.--Entre el cariño y el respeto, preferid el respeto: porque el
cariño nos obliga y el respeto nos autoriza.

15.--Entre la amistad estrecha y la relación afectuosa, preferid la
relación afectuosa; porque la amistad nos enajena como una inundación,
y la simple relación pone los hombres al servicio de nuestros
proyectos, sin remordimiento grande.

16.--Entre los favoritos y los enemigos, preferid en definitiva a
estos últimos; porque los favoritos nos gobiernan desde adentro, y los
enemigos nos hostilizan desde afuera; los primeros no nos permiten
libertad de acción, y los segundos nos la dejan relativa.

17.--Sobre todo no derrochéis ni vuestro amor, ni vuestro odio, ni
vuestra elocuencia.

18.--Aunque solicitéis lo más baladí, tened por seguro que son
innumerables los que pretenden aquello mismo; aunque os refugiéis en
una caverna de leones, allí ha de ir alguno a disputaros un pedazo de
vuestras zozobras; aunque os encaraméis en la punta de una aguja, allí
ha de estar alguno que medite vuestra caída.

19.--Para cualquier rumbo que os dirijáis, hallaréis uno que se os
ponga delante: hasta el vicio tiene sus émulos y hasta los más viles
oficios sus competidores.

20.--La senda de la ambición, como la del crimen, ha de recorrerse en
la sombra; ambas conducen a las alturas y suelen terminar en tragedia.

                   *       *       *       *       *

1.--No se desvía un proyectil, después de haber recibido su impulso
inicial: realiza su parábola sobre la recta pura, hasta chocar en un
obstáculo cualquiera o caer en la tierra.

2.--No quieras dirigir tus impulsos una vez lanzados; porque eso es tan
imposible como que un proyectil se detenga por sí mismo: cuida, sí, de
las ocasiones que despiertan tu impulsividad.

3.--Más hacedero es evitar la acumulación de un médano, que deshacerlo;
porque para lo uno, basta arrancar la mata de pasto a cuyo alrededor se
congregan los primeros granos de arena, y para lo otro, suelen no ser
suficientes quinientos hombres fornidos.

4.--Hay consecuencias incontrastables, originadas por causas tan
efímeras como esa miserable brizna de paja que vuela desde la rotonda
de la era, y se pierde en el espacio para todos los siglos.

5.--La presión de dos labios sobre dos labios, eso es un beso: pues
hubo besos que originaron catástrofes, como los de Cleopatra, y besos
que proyectaron posteridades más numerosas que las estrellas del cielo
y el polvo del desierto, como los de Abraham.

6.--Meditemos sobre lo pequeño y sobre lo puerco, y habremos meditado
sobre las armonías estelares y sobre los destinos humanos.

7.--Aquél que quiera una humanidad más perfecta, no se satisfaga con
lavarle la cara y vestirla de gran señor: que la higienice desde la
punta de los cabellos hasta la punta de los pies, como una mujer
discreta bruñe tan esmeradamente las letrinas del último patio como los
muebles de su salón: el hombre no es una sala, es una casa completa.

8.--Y aquél que se meta a predicar y defender derechos ajenos, debe
saber--si no es un cobarde, o un utópico, o un cacique electoral,--que
tiene la obligación de enseñar e imponer primeramente los deberes
generadores de los mismos derechos que campanea en sus conversaciones y
discursos.

9.--Porque tan miserable es el Zar de Rusia, que piensa que cien
millones de hombres deben sostener su majestad, como el último de los
obreros de la última de las regiones geográficas que se imagina, porque
así se lo dijeron, que toda la humanidad debe girar alrededor de su
estómago.

10.--Cada vez que te mueves originas algo; cada vez que hablas echas a
volar una semilla; cada vez que hieres, o un interés o una tendencia,
despiertas las Furias, destapas la caja de Pandora; cada vez que besas,
pones tu labio sobre los abismos, abres la puerta por donde pasan las
generaciones, multiplicas el dolor multiplicando la vida.

11.--Nada de lo que hacemos o decimos se pierde en el vacío: el aire
está lleno del pensamiento de todos.

12.--Nadie podrá decir en conciencia: «no soy absolutamente responsable
de mi destino; me sugestionó el medio; echó vendas sobre mis ojos la
pasión.» Porque en el fondo de cualquier espíritu, está el instinto
de lo que será, de lo que ha de sobrevenir, de aquello que tiene que
acontecer.

13.--Un asno sienta su casco ferrado sobre las flores del jardín, como
pudiera sobre la tierra polvorosa del camino; una piedra se descuaja
y cae sobre la frente del viajero, como pudiera sobre una alimaña
venenosa; un planeta sigue su curso desde su oriente hacia su ocaso,
como pudiera en sentido contrario, si así estuviese dispuesto en el
seno de la eternidad; y una hoja seca se desliza sobre la superficie o
se levanta en alas del huracán, como pudiera pudrirse, allí donde cayó
en el otoño, al desprenderse de la rama.

14.--Pero, nosotros no somos semejantes a la bestia, a la piedra, al
planeta y a la hoja seca, porque somos hombres y siendo hombres somos
fuerza discreta, y siendo fuerza discreta somos voluntad.

15.--Ellos van y hacen sin elegir ni camino ni tarea; y nosotros
sabemos que podríamos hacer cosas innumerables en el mismo minuto:
ejecuta lo mejor, según tu criterio: verifica lo que te parezca menos
injusto en tu conciencia; no seas escéptico y te dejes conducir sin
lucha, al azar de las olas.

16.--Cada irracional hace lo que hace, según su especie; esto es: el
caballo nada más que aquello que le es propio, el perro nada más que
aquello que conviene al perro... y así todos los demás de la fauna: el
hombre entonces, no puede renegar de sus facultades sin dejar de serlo.

17.--Si el toro tiene sus cuernos, el león sus garras y la paloma sus
alas, para vivir su vida propia, ¿por qué han de palpitar en nosotros,
en forma de inconsciencias, la lealtad, la prudencia y la justicia, si
hemos de lanzarnos en el camino de la traición, de lo inopinado y de lo
injusto?

18.--He aquí un pájaro agitando desesperadamente sus alas rotas: quiere
alzarse sobre la tierra donde yace; quiere volar.

19.--Si naciste desequilibrado, herido en el alma, maldecido de la
natura, que al menos la tentativa del juicio se perciba en tus actos, y
haz lo que el pájaro que se rompió las alas ¡quiere volar!

                   *       *       *       *       *

1.--Reputación hecha por amigos, reputación en peligro constante de que
la deshagan los mismos que la fabricaron.

2.--Aceptarás todo lo que te ofrezcan tus amistades, sea lo que sea,
menos tu defensa: hombre que necesita de abogados, hombre perdido para
siempre.

3.--Los malos juicios no se desautorizan con discursos ajenos, sino con
hechos propios. La lengua sólo sirve para matar honras, aunque se la
mueva para defenderlas.

4.--Toda inocencia, aunque sea tan resplandeciente como la de Jesús,
está en la conciencia de sus jueces como un caso discutible, y en la de
sus defensores como un propósito.

5.--Nadie siente la pureza de nadie, nada más que como una convención,
nada más que como una complicidad misericordiosa: la idea del bien no
es otra cosa que el deseo del bien.

6.--Vivir a expensas de la elocuencia ajena, es como apoyarse en un
báculo de vidrio: el día que se fatigue tu panegirista, ¡adiós vida!

7.--Que tus armas sean tus obras y que tus laudatorias las hagan
aquéllos que no te vieron ni una sola vez.

Si así no triunfas, refúgiate en el desierto; pero nunca jamás en la
misericordia de los misericordiosos.

8.--No seas hijo de nadie; porque nadie siente la paternidad como ella
es.

9.--Sólo con buenas acciones se neutralizan las malas acciones...

El hecho mata al hecho; pero la palabra lo deja subsistente y más lo
agranda cuanto más lo niega.

10.--La palabra más evangélica, sobre una vida maltrecha y dolorida, es
como un apósito polvoreado de vidrio, aplicado sobre las úlceras de un
leproso.

11.--Huye de la memoria de los hombres como de un sitio de tormento,
como del formidable roce triturador de dos piedras de molino.

12.--La virtud que no es una evidencia indemostrable, deja de serlo, en
cierta manera.

13.--Repite tu vida cien veces, si te fuera posible, hasta imponerla
como un sol; pero no te demuestres ni te dejes demostrar como una
ecuación algebraica; aquello que se hace sentir por sí mismo, vive todo
contrahecho, en los espíritus.

14.--Procede como la naturaleza, que es como procede Dios; persistiendo
en el hecho silenciosamente.

15.--La sociedad es como los sordomudos, que más entienden los gestos
que las palabras: no oye, ve.

16.--Prefiere la deshonra de la caída, a la deshonra de las muletas.

17.--Cuando te sientas fatigado bajo la carga de tus dolores, aplástate
sobre ti mismo; pero no te cojas del brazo de ninguno.

18.--El dolor humano deja de ser augusto desde el momento que encuentra
su consolador; la excelsitud de las lágrimas se trasmite toda entera a
las manos que las enjugan.

19.--La naturaleza parece más hermosa desde los ventanales de un
hospital que desde los lujosos balconajes de un amigo.

20.--No seas carga nunca, que es la condición más miserable a que puede
llegar un hombre.

21.--Los dolores irreparables harían el papel más ridículo si se
dejaran consolar.

22.--Nada más cómico que una viuda; porque solloza para que la
consuelen.

23.--La caridad es una virtud; pero desecharla sincera y enérgicamente
es otra virtud más grande, mucho más grande todavía.

24.--La dignidad en los que sufren es tan agradable a los ojos de Dios,
como el sentimiento de la misericordia en aquéllos que todo lo tienen a
manos llenas.

25.--La felicidad tiene sus deberes; pero el dolor tiene los suyos,
sábelo bien. No hay situación humana sin obligaciones.

                   *       *       *       *       *

1.--No es prudente buscar las amistades en los tramos sociales más
elevados que el que ocupamos: los seres superiores, en cualquier manera
de superioridad, no fueron nunca seres amantes.

2.--La lealtad no es virtud fácil de ejercer con los humildes; porque
toda virtud busca una recompensa positiva, y los humildes carecen de
fondos para premiar a los que les son leales.

3.--Lo mismo que desde la canastilla de un mongolfier, no
distinguiríamos de otra mujer cualquiera ni a nuestra misma madre,
desde las alturas de la intelectualidad, del poder, de la fortuna, de
la felicidad, se divisa a los hombres como a granos de arena y se les
trata como a desconocidos.

4.--A todo aquél de tus iguales que quiera subir, considérale como a
uno que te quiere dejar; y a todo aquél que haya subido, olvídale como
a uno que hubiese muerto.

5.--La amistad de los que están mejor colocados que nosotros, es una
especie de magnanimidad del lobo para con el cordero, que puede cesar
cualquiera vez por la voluntad del lobo.

6.--Nuestros semejantes más felices no son tales semejantes nuestros.

7.--El dictado de amigo dado por los superiores a los inferiores, es
humillante para éstos... ¡tan humillante como una limosna recibida en
plena vía pública!

8.--Todas las clases sociales tienen su estado de ánimo propio, que
dificulta la fácil y cordial relación entre unas y otras.

9.--Y dos situaciones de ánimo distintas no pueden entenderse entre sí;
porque a pesar de expresarse con las mismas palabras no las usan en el
mismo sentido: dentro de cada idioma hay muchos idiomas, y todos los
días hablamos uno diverso.

10.--Nunca podrás ser amigo, recuérdalo bien, de aquél que no entiende
plenamente lo que dices.

11.--Por otra parte, ninguna amistad es absolutamente necesaria:
casi todas constituyen una esclavitud, y todas un peligro para la
solidaridad humana y para el sentimiento de la justicia.

12.--El hombre se debe a todos, no a uno sólo.

13.--Por último, si quieres evitarte dolores inútiles, no ames
especialmente sino a tu mujer, tus hijos y tus padres: que no quede en
ti nada más que el sensualismo absolutamente indispensable.

14.--Hay que despojarse poco a poco del barro de bestia que todavía nos
agobia.

15.--Y bien puede comenzarse por suprimir esa gran injusticia que han
venido cometiendo los hombres; porque nadie absolutamente nadie tiene
derecho de ser juzgado con el criterio elástico del amor, si los demás
han de ser medidos con la vara inflexible de lo verdadero, de lo justo
y hasta de lo conveniente.

16.--Suprime hoy mismo todos tus amigos, así en seco, como quien
derriba una planta de cicuta a un golpe de hacha... ¡y ya verás cómo
te sientes más justo, más útil a los demás y hasta más misericordioso y
tolerante con los errores ajenos!

17.--Pero sobre todo, vuelvo a insistir: no elijas tus amistades entre
aquéllos que pueden decir alguna vez que los avergüenzas en público.

                   *       *       *       *       *

1.--El hombre es un animal doméstico: civilizarse es domesticarse.

2.--El perro está organizado lo mismo que cualquier lobo, para devorar
a las ovejas: cuando las repunta, las vigila y las defiende de su
hermano el lobo, hace como el hombre; esto es: realiza una serie de
actos contra natura.

3.--Cada acción humana tiene una historia interesantísima: es el
resultado de una lucha incipiente entre la bestia que quiere ser
bestia, porque es bestia, y la bestia que no quiere serlo.

4.--Durante los sesenta años de una existencia regular, es posible que
no se haya sido hombre, verdaderamente hombre, absolutamente hombre,
nada más que diez minutos.

5.--Vivir vida humana, en el sentido estricto de la palabra, es vivir
una vida harto dolorosa; porque es vivir una vida de negación de los
instintos fundamentales, de teatro constante, de referencia perpetua a
un ideal que parece que está en nosotros; pero que no está en nosotros
como los propósitos del jinete no están en su cabalgadura.

6.--Como sabe Novelli que él no es ni Hamlet ni Otelo, así sabemos
todos que no somos lo que somos... ¡qué realidad tan espantosa!

7.--La mentira, lo que no es nada más que en apariencia, ha hecho al
progreso, como lo que no hay de toro salvaje en el buey, hace los
surcos.

8.--Los más hermosos tipos humanos sólo son sombras, sólo son agentes,
sólo son mastines que no fueron lobos nada más que muy pocas veces.

9.--Más, muchísimo más ha realizado el hombre con su segunda naturaleza
que con su naturaleza misma.

10.--Los prejuicios no son sino juicios definitivos cristalizados en la
mente, a lo largo del tiempo, acumulaciones de humanidad; y, muchos de
ellos, sentimientos tan necesarios a la conservación del individuo y a
su equilibrio dentro de la sociedad, como los propios órganos físicos
de relación.

11.--De manera que suprimirlos sin substituirlos, es tan estúpido como
arrojar al fuego todas nuestras ropas, cuando no tenemos otras de
repuesto.

12.--Arroja tus muletas cuando ya no las necesites, como lo hizo
Sixto V.



                              ¡VADE RETRO!


                                   I

          Tú eres joven, como un lirio de los valles
          Que recién abre su cáliz
                        Que recién
          Los cendales candorosos de sus pétalos de seda
          Suelta al viento de la aurora...
                        ¡Yo soy trágico laurel!
          ¡Yo soy viejo, carcomido, lamentable,
          Como un roble centenario
                        Que cayó!
          ¡Que cayó para ineternum, para nunca más alzarse
          Por los siglos de los siglos,
                        Bajo el látigo de Dios!


                                  II

          Son tus carnes, azucenas y jazmines
          Sonrojados a los besos
                        De la luz;
          De la luz de cien incendios pavorosos,
          De cien soles fulgurantes.......
                        ¡Mas tu carne, no eres tú!
          ¡Tú eres sombra, sombra enorme, sombra misma,
          Sombra llena de las ansias
                        De gozar!
          ¡Tus deseos se retuercen como sierpes iracundas,
          Insaciables, insaciables.......!
                        ¡Pubertades de Satán!



                        LA SOMBRA DE LA PATRIA


_En el teatro Odeón, en 1913, al leer esta poesía el poeta explicó con
estas palabras su significado social:_

_«La sombra de la patria», que voy a leer, después de la «Evangélica»
de la tarde y antes de «Serenata», es un canto que ha palpitado en mi
espíritu desde mi remota juventud como una obsesión._

_Dos o tres veces--ocasionado por las circunstancias--tomó forma real,
pero bosquejada apenas, hasta que surgió, hasta que definitivamente
culminó el siglo pasado durante los sangrientos civismos del año 1893._

_Sin embargo, no es a propósito, no es un trabajo precisamente
originado, absolutamente sugerido por aquel hecho histórico; pero se
revistió, se saturó de la enorme amargura, de la pesimista congoja
cívica que le caracteriza, al son de aquellos días tumultuosos, y tuvo,
a la fuerza, que asumir algo del movimiento, del color, de la luz, del
sabor propio de los días esos: no hay obra humana--por más abstracta,
por más excelsa, o por más relativa y por más contingente que ella
sea--que no se tiña de las tonalidades del sitio y de la hora en que
ella fué realizada: no hay hecho que no denuncie al hombre que lo
produjo ni hombre que no revele de alguna manera los lodos que pisa._

_Pero el cómplice verdadero, el instigador responsable de la
consumación de esta obra mía, es otro más antiguo, más grave... y voy a
denunciarle:_

_Hubo siempre en mí una angustia, una zozobra, una desazón constantes,
perpetuas, que ya no me molestan, porque me he habituado a ellas--como
nos acostumbramos al silbar de los oídos, o a otra dolencia parecida,
como se amoldan los presidiarios a su grillete, como se adapta, se
somete todo el mundo a lo irremediable._

=Siento, sospecho que no hemos cumplido enteramente punto por punto
el testamento histórico de nuestros antepasados de la Revolución,
los héroes de la Independencia, los sabios fundadores de nuestra
nacionalidad.=

_Más aún me parece a mí--me ha parecido siempre--que los destinos
humanos, que las civilizaciones humanas, que el progreso humano,
no se han conmovido de un modo apreciable, no han tomado mejores
direcciones, no han recibido todos los beneficios que, tal vez, imaginó
la Providencia al decretar la aparición de un continente sobre la faz
de las aguas y al producir la emancipación política de tantos pueblos._

_Ese amargor, esa desazón, ese silbar de los oídos, que me han venido
mortificando desde mi primera ya lejana juventud, han sido los
verdaderos, los reales originadores de «La sombra de la patria»._


                                       I

          Sueltos van sus cabellos. En guedejas
          Por su busto encorvado se derraman
          Como velo de angustias o sombría
          Melena de león. Adusta, pálida,
          Desencajado el rostro; la vergüenza
          No tiene la pupila más opaca,
          Ni la faz de Jesús, al beso infame,
          Se contrajo más rígida. Adelanta
          Con medroso ademán... ¡Oh, la ignominia
          Con paso triunfador nunca se arrastra!
          ¡La voraz invasión de lo pequeño
          No hiere como el rayo; pero amansa!
          ¡Cuando el alma inmortal cae de rodillas
          La materia mortal cae deshojada!
          La caída más honda es la caída
          Que nos pone a merced de la canalla,
          De lo ruín, de lo innoble, de lo fofo
          Que flota sobre el mar como resaca,
          Como fétido gas en el vacío,
          Cual chusma vil sobre la especie humana.


                                      II

          Yo la siento gemir, y sus gemidos
          Resonante, recóndita cascada
          En mi cerebro entumecido se hunden,
          Y allí, en mitad de las tinieblas, cantan,
          Con el santo fervor de los que piensan
          Ablandar a su dios con sus plegarias,
          Con el grave compás de los que lloran
          Y al son de los sollozos se acompañan,
          ¡Con el hondo plañir de los que yacen
          Más allá de la luz y la esperanza!
          Yo la siento gemir, y sus gemidos,
          Saetas del pesar, me despedazan,
          Reproches del deber me paralizan,
          ¡Pregones de vergüenza, me anonadan!
          Yo la siento gemir, y sus gemidos
          Sobre mi frágil corazón, estallan
          Como todos los vientos de la tierra
          Soplando, sin cesar, sobre una rama.
          Como toda la fuerza de los orbes
          Gravitando, a la vez, sobre una espalda;
          Como todo el dolor del universo
          Que en una sola vida se agolpara;
          Como toda la sombra de los siglos
          En una sola mente refugiada.


                                      III

          Yo la siento gemir, y me parece
          Que la bóveda azul se desencaja,
          Cual si fuera una ruina miserable
          Que Saturno esparciese con sus alas.
          Cual si fuera una cúpula proterva
          ¡Que derrumbase Dios, bajo sus plantas!
          Yo la siento gemir, y el océano
          Y la selva, y las cumbres y la pampa,
          Y la nube y las estrellas
          Y todo lo insensible y sin entrañas,
          Me parece que sienten, me parece
          ¡Que asumen voz y proporción humana!
          Me parece que vienen y se postran
          Sobre la regia púrpura de mi alma,
          Y la súplica ardiente de las cosas
          En miserere trágico levantan.


                                      IV

          Yo la siento cruzar ante mis ojos
          Y es una estrella muerta la que pasa,
          Dejando en pos de su fulgor, la sombra,
          Porque en pos de su luz, ¡reina la nada!
          Yo la siento cruzar ante mis ojos
          Y la pupila tras de sí me arranca,
          Cual si su imagen desgreñada y torva,
          En vez de su visión, ¡fuese una garra!
          Yo la siento cruzar ante mis ojos
          En aterrante procesión fantástica,
          De biblias del deber que ya no enseñan,
          De apóstoles del bien que ya no hablan,
          De laureles de honor que ya no honran,
          De inspirados de Dios que ya no cantan,
          De púdicas estolas que envilecen,
          De patenas limpísimas que manchan,
          De eucarísticos panes que envenenan,
          ¡De banderas celestes que se arrastran!
          Yo la siento cruzar... Seres felices
          Que carecéis de luz en la mirada,
          ¡Ah! yo no puedo soportar la mía
          ¡Bajo la fantasma horrible de mi patria!


                                       V

          ¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas?
          ¿Qué? ¿No vuelves tus ojos y la salvas?
          ¿Qué? ¿No giras tu rostro y la contemplas?
          ¿Qué? ¿No extiendes tu mano y la levantas?
          Miras echar sobre su casto seno,
          Que fué pulcro, Señor, como la nácar,
          Antes de que su rastro en él dejase
          ¡La vil caricia de la gran canalla!
          Miras echar sobre sus nobles hombros,--
          Hombros que fueran los de Juno y Diana,--
          ¡Si el azote brutal del infortunio
          Su pulido marfil no flagelara!
          Miras echar sobre su cuerpo sacro,--
          ¡Tan sacro, sí, como tus hostias santas,
          Porque también tus hostias se mancillan,
          Porque también tus hostias se profanan!
          Miras echar sobre la patria nuestra,
          Digo por fin, vibrante de arrogancia,
          El hediondo capote del soldado
          Que ha de ser su señor, si no le matas,
          ¿Y el rayo de tu enojo no descuelgas?
          ¿Tu flamígero brazo, no descargas?
          ¿Tu cielo fulgurante, no oscureces?
          ¿Y tus mundos atónitos no paras?


                                      VI

          ¿Dónde estás, Jehová? ¿Desde qué cumbre,
          Circundada de monstruos y de llamas,
          Desde qué abismo negro, impenetrable,
          Desde qué estrella errante y solitaria
          Ves su profanación y no fulminas?
          ¿Oyes la voz de tu poeta y callas?
          La voz de tu poeta que te siente,
          La voz de tu poeta que te aclama,
          La voz de tu poeta que te adora,
          En la noche, en el día y en el alba,
          En el secreto foro de su pecho
          Y en el público altar de su palabra.
          ¿Dónde estás, Jehová, que así me dejas
          Buscarte ansioso por doquier, y callas?
          ¡Y callas como un ídolo sin lengua,
          Como un muñeco rígido sin alma,
          A quien supuso vida el fanatismo
          Y atribuyó justicia la ignorancia!


                                      VII

          ¡Sí! La virtud, las leyes, el derecho,
          La religión, la libertad, la patria,
          La tradición gloriosa de los pueblos,
          La consigna inviolable de las razas,
          Y todo lo que da calor y vida
          A ese artefacto rígido que llaman
          El universo tuyo, son apenas
          Un sueño, una mentira, una palabra;
          Una cosa que suena como un disco
          Chocando sobre el mármol de una escala,
          Una cosa que está como una piedra
          Descendiendo veloz por la montaña;
          ¡Una boca que grita y que no habla!


                                     VIII

          Y la doblez, la astucia, la codicia;
          La vileza del sable que amenaza;
          La insidia ruín que a la virtud deshonra
          Y a las turbas conturba y maniata;
          La evidencia del mal, su negro imperio
          Sojuzgando las cosas y las almas,
          Cual si fuera la torpe levadura
          Que lleva la creación en sus entrañas,
          La genésica fuerza incontrastable,
          El fiat inicial del protoplasma,--
          Ésas son la verdad, Dios de los pueblos,
          A cuyos pies la humanidad se arrastra
          Como van los rebaños trashumantes
          Hacia donde los vientos los arrebatan,
          Los pluviales arroyos a los ríos,
          ¡Y a las aguas del mar todas las aguas!


                                      IX

          Ésas son la verdad, Dios providente,
          Que todo lo precaves y lo mandas,
          Arquitecto invisible, que dispones
          La orientación del pórtico y su fábrica,
          Poderoso caudillo que presides
          La instrucción del soldado y la batalla,
          ¡Tragediante inmortal que verificas
          La negra intriga de tus propios dramas!
          Ésas son la verdad Dios de justicia,
          Y cuyo tribunal siempre me llama,
          Que has hecho del placer el ancho cauce
          Que conduce a la muerte o la nostalgia;
          Que has dejado indefensa a la gacela
          Armando al lobo de potentes garras;
          Que has dividido el mundo de los hombres,
          En los más, que padecen y trabajan,
          Y en los menos, que gozan y que cumplen
          La misión de guiar la recua humana,
          Que más grandes son cuando más mienten,
          ¡Que más nobles son cuando más matan!...
          ¿Dónde estás Jehová? ¿Dónde te ocultas
          Que así me dejas blasfemar y callas,
          Mi rebelión airada no sofrenas,
          Mi pequeñez pomposa no anonadas,
          Mi razón deleznable no enloqueces,
          Y esta lengua de arpía no me arrancas,
          Y esta lengua de arpía no derribas
          Y la haces cual fruto de una rama?


                                       X

          Los que sabéis de amor,--de amor excelso,
          Que recorre la arteria y la dilata,
          Que reside en el pecho y lo ennoblece,
          Que palpita en el ser y lo agiganta;
          Los que sabéis de amor, nobles mancebos,
          Fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,
          Que recién penetráis en el santuario
          De la fecunda pubertad sagrada;
          Vosotros,--Sí, vosotros ¡oh! mancebos
          Que todavía honráis a vuestras madres,
          Circuyendo de besos y de lágrimas
          El augusto recinto de sus frentes,
          ¡La espléndida corona de sus canas!
          Volved los rostros a la reina ilustre
          Que prostituida por los viejos, pasa,
          Y si al poner los ojos en los suyos,
          Ojos de diosa que del polvo no alza,
          No sentís el dolor que a los varones
          Ante el dolor de la mujer ataca;
          Si al contemplar su seno desceñido,
          Seno de virgen que el rubor abrasa,
          No sentís el torrente de la sangre
          Que inunda el rostro en borbollón de grana;
          Si al escuchar sus ayes angustiosos,
          No sentís una fuerza prodigiosa
          Que os impele a la lucha y la venganza;
          ¡Arrancaos a puñados, de los rostros,
          Las mal nacidas juveniles barbas,
          Y dejad escoltar a vuestras novias
          La Sombra de la Patria!



                              EVANGÉLICAS

              Para el agente de facción en la bocacalle.


1. Las calles no son sitios de estacionamiento: son conductos de
comunicación entre los diversos puntos de una ciudad, lo mismo que las
carreteras lo son entre las varias ciudades de un país.

2. Ésa es la naturaleza de las calles, bulevares y caminos públicos;
naturaleza que ni el pueblo ni las autoridades del pueblo pueden
extorsionar, sin cometer delito contra la existencia racional de las
cosas.

3. Los ayuntamientos que arriendan el derecho de instalar sillas y
mesitas ambulantes en las anchas aceras de las avenidas urbanas,
conceden una prerrogativa monstruosa; porque crean el privilegio de
interrumpir la circulación pública, que está amparada por una solemne
declaración constitucional.

4. La municipalidad o el intendente que esto autorizan, cometen un
abuso o un mal uso de la soberanía delegada que ejercen; enajenan una
cosa que no está bajo su dominio sino para mejorarla en su destino
esencial.

5. El pueblo que circula por la vía pública no es una manada de bestias
exóticas, para que nadie se permita explotar su exhibición, ni directa
ni indirectamente.

6. Las mesitas ésa no son más que las graderías de un circo de
fenómenos raros, ocupadas por una concurrencia de volterianos
agresivos y deslenguados, como todas las concurrencias de esa clase de
espectáculos.

7. A ti no te importa, mi noble agente, que así se haga en París;
porque la moral de la metrópoli de una nación que ha suprimido al hijo,
no puede ser el molde de la moralidad de nadie, ni siquiera de la
moralidad de los hotentotes.

8. Las procesiones religiosas, lo mismo que los corsos carnavalescos,
también obstruyen la vía pública por una debilidad de su jefe y por
otra debilidad de las autoridades del municipio.

9. La calle es del César,--en este país el César es el pueblo--y ya
está dicho que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo
que es de Dios: luego Dios no tiene derecho de salir a la calle a
mortificar al César invadiéndole su dominio.

10. Las fiestas carnavalescas no son precisamente reminiscencias
paganas aunque mucho de pagano tengan: son grotescas y pornográficas
invenciones de los cortesanos papalinos de la Roma teocrática.

11. La humanidad actual no necesita que le señalen tres días del año
para ser bestialmente libre, después de haber sido los trescientos
sesenta y dos días restantes bestialmente esclava.

12. El pueblo ha adquirido a través de los siglos, una moralidad media
más alta, muchísimo más alta, que la de los señores cardenales y
obispos católicos que le invitaban a la locura y al libertinaje dentro
de los propios templos de Jesús.

13. Todo sacerdote ha sido siempre un mercader de las pasiones humanas:
jamás ni su regulador ni su consolador.

14. La calle está hecha para que pasen por la calzada los carros, los
coches, los tranvías, los automóviles, las bicicletas y los jinetes; y
para que circulen por sus veredas, sin el mínimo obstáculo, todo los
peatones, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, pobres y ricos, malos y
buenos... ¡pero, para que circulen!

15. Los vecinos de una ciudad moderna, pueden recorrer colectivamente
las vías de ésta, cada vez que así se les ocurra y hayan manifestado
a la autoridad policial el objeto de su pasaje por la calzada; pero,
nunca jamás, en la forma provocativa de una ostentación de ceremonias y
símbolos que pueden ser ocasión de agresiones de hecho.

16. El que quiera misas, blancas, o negras, o rojas, o de cualquiera
de los siete colores del prisma, que se las oficie en su casa; porque
todas las misas son motivo de escándalo para los que no creen en ellas.

17. La calle es un sitio neutral, de tranquilidad y seguridad
absolutas, de tanto respeto recíproco y de tanta templanza en el hacer
y decir, como el salón más aristocrático, aunque así no les parezca a
los fanáticos que, por lo mismo que lo son, no conciben otro derecho
que el suyo propio, ni tienen otro hermano que el que piensa y obra
como ellos.

18. El transeúnte que se ve precisado a descender a la calzada,
porque un grupo de personas estacionado en la vereda le interrumpe
estúpidamente el paso, sin una razón de orden público, como una
revolución, un gran mitin político u obrero, un incendio, etc., ha
sido extorsionado en un derecho establecido por la constitución y
positivamente confirmado por las leyes.

19. Ese transeúnte puede decir, a plena lengua, que recorre una ciudad
en la que no se respeta ninguna ley, lo mismo que en una toldería de
salvajes; porque donde no hay capacidad para cumplir lo menos, no puede
haberla para cumplir lo más.

20. La mujer joven o vieja, patricia u obrera, que tiene que soportar,
como a un chubasco hediondo, los chicoleos pornográficos de los
almizclados mirliflores que se posesionan de las aceras como de cosa
absolutamente propia; o que se ve obligada, para no doblegar su pudor
a través de aquellas horcas caudinas, a cambiar de calles, alargando
su camino y retardando su llegada al punto de su destino: esa mujer,
ha sido afectada, a vista y paciencia de todos, en su derecho al libre
tránsito, en su debilidad femenina y en su majestad humana.

21. Ella está autorizada para proclamar a la faz del mundo que aquella
ciudad donde tantos percances le acontecieron, es una Sierra Morena
llena de peligrosas asechanzas, y que los hogares de la misma deben
tener una moralidad muy discutible.

22. Porque así como los miasmas de las calles tienen sus focos en el
interior de las habitaciones, las procacidades juveniles de la vía
pública, son la proyección, sin soluciones de continuidad, de las
procacidades del hogar.

23. No es la parte más sana de una población la que pasea más a menudo,
aunque aquella parte sea la más elegante.

24. Los pueblos más callejeros, más divertidos, nunca fueron
verdaderamente libres sino en ocasiones intermitentes.

25. La afición al callejeo y al café, supone un hogar caduco, ya sin
fuerzas simpáticas atractivas.

26. Cualquier ciudad de los Estados Unidos de Norte América acusa el
espíritu de aquel pueblo, su varonil fortaleza, su exacto concepto de
la vida y la eficacia de su intervención en el progreso universal.

27. Las calles de aquellas ciudades no son lagunas productoras de
fiebres palúdicas: son ríos que corren.

28. El niño, cualquier niño, es un pequeño criminal incipiente.

29. Aunque así no lo parezca, todo el trabajo de los padres, de los
hermanos mayores, de los maestros, de la sociedad entera, tiende
convergentemente a que ese malvado que palpita en aquel tierno ser, no
se desarrolle del todo.

30. Basta observar un pequeñuelo entregado a sí mismo, sin vigilancia
ninguna y sin algo perentorio en que ocuparse: parece un Nerón
presidiendo el incendio de Roma, parece un Atila destruyendo la vieja
civilización pagana.

31. Es un crimen de lesa humanidad, entonces, echar los niños a la
calle sin un objetivo preciso de utilidad, o para ellos o para sus
familias.

32. Cualquiera que tenga ojos habrá visto que no son los muchachos que
van a la escuela los que maltratan los árboles de las avenidas, rompen
los estucos frescos de los muros y estampan inscripciones obscenas en
las fachadas: son los que regresan.

33. Porque a la escuela tienen que llegar a una hora fija, a golpe de
campana como los obreros, y van a esa escuela en línea recta, lo mismo
que sonámbulos.

34. Pero como sus padres no les imponen puntualidad militar en la hora
del retorno, quedan, por esa causa, entregados a sí mismos: entonces
reaparece el criminal en germen, el destructor incipiente, el pequeño
Nerón delirante... ¡y las copas de los árboles caen desgajadas, los
relieves de las fachadas pierden su tersura y modelación, las estatuas
de los paseos se llenan de mutilaciones, las paredes del trayecto se
cubren de figuras y de sentencias dignas de los muros de una letrina
pública, y los aires se pueblan de apóstrofes tan abominables como
aquellas figuras y aquellas sentencias!

35. No hay otra manera de combatir el espíritu de destrucción en los
niños--que es fundamental en ellos, que es la característica de su
edad,--sino vigilándoles cuando están cerca de nosotros, dándoles
una ocupación de carácter imprescindible cuando les dejamos solos,
y estableciéndoles un severísimo lapso prudencial de tiempo para el
regreso, cuando hay necesidad de enviarles a la calle por las urgencias
de la casa, o de la educación, o del aprendizaje de ellos mismos.

36. Ya he dicho anteriormente que el niño no es una flor más o menos
olorosa y agraciada: es un fruto que va sazonando.

37. Tampoco es ni un adorno ni un estorbo en su casa.

38. Y fíjate que digo «en su casa»; porque todo hijo es dueño de casa
en la casa de sus padres.

39. Él, no es un adorno porque no es ni un bufón ni un perro de lanas;
y no es un estorbo, porque no es ni un intruso ni una excrecencia
maligna.

40. Él, él mismo, es toda la razón de ser del hogar paterno; y sin
él, aquel hogar es un prostíbulo legalizado por el registro civil y
santificado por alguna iglesia.

41. He dicho, también, que un niño es un aprendiz de hombre útil, y
ahora te digo que es un estudiante de hombre civilizado, de hombre
digno de derechos y de deberes, de hombre capaz de sacrificio.

42. Todo lo que no concuerde con esto, es una imbecilidad propia de
esos espíritus secundarios, que se refugian en el magisterio y en la
literatura pedagógica.

43. De un aprendiz no se aguarda nada más que lo muy razonable, dada su
edad, su endeblez, su falta de juicio, etc.; pero lo poco que se exige,
se le exige y no se le suplica.

44. Un niño no debe desarrollar su naciente vidita lo mismo que un
simple aficionado del arte de vivir que asistiera a su academia de vez
en cuando, como todos los aficionados.

45. Está obligado a vivir la parte de vida que le toca, como un joven
entusiasta que asiste diariamente, llueva o truene, a un gran taller,
para convertirse con el tiempo en un eximio profesional.

46. De ésos que pasaron su niñez, o completamente abandonados o
femeninamente mimados por sus padres, están llenas las cárceles y las
oficinas públicas, que es como decir: están llenos los infiernos y el
limbo; el último seno del dolor y el último seno de la nulidad.

47. Heroico agente de policía, que presencias desde tu puesto la
procesión eterna que pasa por la calle: sábete que la vía pública no
es el sitio de los niños; vigílalos paternalmente desde tu bocacalle,
cuando pasan por tu lado camino de la escuela, de los mandados y de
los talleres; sálvalos de sus propios instintos y de los lúbricos
miasmas que ruedan como satanes por el bulevar; no les conduzcas
jamás al calabozo, que es más horrible que la calle misma; y disuelve
a latigazos certeros esos ruidosos congresos, esas dumas rebeldes,
agresivas y deslenguadas, que ellos establecen en las veredas y los
terrenos baldíos, en las primeras horas de la noche.

48. Puede ser que aquellos azotes salven de una muerte anónima y
miserable a algún Franklin, a algún Lincoln, a algún Sarmiento en
germen que anda rodando por el arroyo, como un grano de trigo arrojado
en las piedras.



                                TRÉMOLO


Señor. ¿Cuándo dejarás de ser silencioso como el capataz de un ingenio
de azúcar o de una cuadrilla de camineros?

                   *       *       *       *       *

¿Por qué permites que los hombres hagan aquello mismo que repudian?

                   *       *       *       *       *

¿Por qué pusiste en mis manos esta mala bujía, nada más que para darme
cuenta de mis propias tinieblas?

                   *       *       *       *       *

Dios adusto, Dios frío, Dios con libro de entrada y salida, como un
carcelero, Dios que necesita del Dolor, Dios que inventó las lágrimas
¡Vete a tu Olimpo!

                   *       *       *       *       *

          Aquí está mi pecado más funesto;
          Aquí está, de mis manchas, la peor,
          Aquí estoy a tus pies... ¡De un solo gesto
                  Fulmíname, Señor!

          ¿Quién nos puso el horror a lo Deforme?
          ¿Quién dictó las pragmáticas del Bien?
          ¿Y qué mano brutal, qué brazo enorme
                  Nos hunde en lo Soez?

          Negras son las cien fauces del infierno;
          Negras las almas que al infierno van:
          Negra la Eternidad... ¡Negro y eterno
                  Un minuto del Mal!

          Tengo una luz en mí, que no se apaga;
          Tengo la claridad de lo Mejor...
          ¡Y tengo el corazón hecho una llaga.
                  Como el cuerpo de Job!

          Brillan sobre la Noche las estrellas,
          Brillan como pupilas de rubí;
          Brillan desde el Principio, todas ellas...
                  ¡No me miran a mí!

          Yo no puedo ceñirme en lo Inefable,
          Yo no puedo ser más de lo que soy;
          Yo no puedo evitar lo Inevitable...
                  ¡Porque yo no soy Dios!

          ¿Dónde están tus Olímpicos Pesebres?
          ¿Dónde está el manantial de tu Virtud?
          ¿Dónde se han refugiado, como liebres,
                  Tus Genios de la luz?

          Gimen los gemebundos algarrobos;
          Gimen bajo la fusta de Aquilón;
          Gimen en las tinieblas como lobos...
                  ¡No gimen como yo!

          Yo he de ser el que cae, el que gravita;
          Yo he de ser el Satán, ¡el no feliz!
          Yo he de ser el rosal que se marchita...
                  ¡Porque te place a ti!

          Guarda para tus buenos tus Edenes;
          Guarda para tus vírgenes tu amor;
          Guárdate para Ti todos tus bienes...
                  ¡Tirano sin control!

          Aquí está mi pecado más funesto;
          Aquí está, toda entera, mi maldad;
          No hagas, solemne Dios, un solo gesto...
                  ¡Te acuso de crueldad!

          Braman en el desierto los leones;
          Braman, como una gran lamentación;
          Braman, porque maldicen las prisiones
                  De su instinto feroz.

          Pesa la Cruz sobre Israel deicida;
          Pesa la Rebelión sobre Satán;
          Pesa sobre Caín la primer Vida...
                  ¡Mi carga pesa más!

          Buscan los ángeles placeres,
          Buscan las aves el espacio azul;
          Buscan la Libertad todos los seres...
                  ¡Yo busco el ataúd!

          Sueña con retoñar el triste leño;
          Sueñan los pobres ciegos con que ven;
          Sueña la recua enorme... ¡yo no sueño!
                  ¡Jamás retoñaré!

          Piensan los mismos necios en la gloria;
          Piensan los incurables en vivir;
          Piensa en la perfección la vil escoria...
                  ¡Yo me río de mí!

          Yo sé que hay una luz que no se apaga;
          Yo sé que hay que llegar alguna vez...
          Yo sé que están hechas una llaga
                  Las plantas de mis pies.

          Guarda para tus Santos tus Edenes;
          Guarda para tus vírgenes tu Amor;
          Guárdate para Ti todos tus Bienes...
                  ¡Valen mucho, Señor!

          Me impusiste la cruz de un gran destino;
          Me pusiste el afán de un Más Allá,
          Y pusiste la Noche en mi camino...
                  ¡No doy un paso más!

          Aquí está mi pecado más funesto;
          Aquí está, de mis lacras, la peor;
          Aquí estoy ante Ti... ¡Ni un solo gesto!...
                  ¡Págame mi dolor!

          ¿Qué te cuesta evitar las amarguras?
          ¿Qué te cuesta radiar toda tu luz?
          ¿Qué te cuesta dotar a tus criaturas
                  De tu misma salud?

          ¿Quién reduce tus fuerzas infinitas?
          ¿Quién te obliga a crear ni un pecho vil?
          ¿Quién te impone la ley de los jesuítas
                  Para llenar tu fin?

          ¿Dónde está tu potencia soberana?
          ¿Dónde están tus ejércitos del Bien?
          ¿Y dónde está la perfección humana,
                  Para tenerte fe?

          Eras un viejo Buda milenario;
          Eras un comodín y nada más;
          Eras un espantajo innecesario...
                  ¡Ya no habría otro igual!

          Eras sin filiación, como un gitano;
          Eras como un error que ya no es;
          Eras un epigrama, un dicho vano...
                  ¡Una sombra que fué!

          Todos te maldecían, Iscariote,
          Todos te declaraban maniquí,
          Todos, ¡¡hasta tus propios sacerdotes
                  Se reían de ti!!

          Estabas derrotado por la Ciencia;
          Estabas sin arraigo en lo Vulgar;
          Estabas como Duda en la Conciencia...
                  ¡No tenías altar!

          Y yo arrimé mis hombros a tu carro;
          Yo te puse mis versos por pavés;
          Yo te alcé como a un mísero del barro
                  Con mi profunda fe.

          Yo te soñé la Madre y el Abuelo;
          Yo te soñé más próvido que el sol;
          Yo te pensé mejor... ¡Vete a tu cielo!
                  ¡No mereces ser Dios!

          Aquí está mi pecado más funesto;
          Aquí está, de mis lacras, la peor;
          Aquí estoy ante Ti... ¡Ni un solo gesto!
                  ¡Págame mi dolor!



                                    FÚNEBRE


            La montaña que tiembla, por que siento
          germen de cataclismo en sus entrañas
          el huracán que gemebundo emigra
          quién sabe a qué región y a qué distancia:
          el amor que ruge protestando airado
          de la ley del nivel que lo avasalla:
          los mundos del sistema, ¡tristes mundos!
          que al sol de Dios obedeciendo pasan
          como en la arena de la pista el potro,
          a latigazos, ¡noble potro! salta:
          no tienen sobre sí más amargura
          que la que hospeda en sus desiertos mi alma,
          porque yo arrastro sobre mí, ¡y no puedo!
          como un cuerpo podrido, la esperanza.

            Tú que vives la vida de los justos
          allá junto a tu Dios arrodillada:
          yo no creo, ni aguardo, pero pienso
          que haya hecho Dios un Cielo para tu alma;
          dame un rayo de luz, ¡uno tan sólo!
          que restaure mi fuerza que desmaya,
          que ilumine mi mente que se anubla,
          que reanime mi fe que ya se apaga;
          dame un beso de amor, ¡uno siquiera!
          aquí, sobre esta frente que besabas,
          aquí, sobre estos labios que otros labios
          han besado con ósculos de infamia,
          aquí, sobre estos ojos que no tienen
          nada más ¡Oh mi madre! que tus lágrimas.



                                       SERENATA


            Nocturno canto de amor
          que ondulas en mis pesares,
          como en los negros pinares
          las notas del ruiseñor.

            Blanco jazmín entre tules
          y carnes blancas prendido,
          por mi pasión circuido
          de pensamientos azules.

            Coloración singular
          que mi tristeza iluminas,
          como al desierto y las ruinas
          la claridad estelar.

            Nube que cruzas callada
          la extensión indefinida,
          dulcemente perseguida
          por la luz de mi mirada.

            Ideal deslumbrador
          en el espíritu mío,
          como el collar de rocío
          con que despierta la flor:

            Sumisa paloma fiel
          dormida sobre mi pecho,
          como si fuera en un lecho
          de mirtos y de laurel.

            Música, nube, ideal,
          ave, estrella, blanca flor,
          preludio, esbozo, fulgor
          de otro mundo espiritual.

            Aquí vengo, aquí me ves,
          aquí me postro, aquí estoy,
          como tu esclavo que soy,
          abandonado a tus pies.



                                   EL BORRÓN


            Haciendo revisación
          De las que antaño me amaban,
          Sus nombres hallé que estaban
          Cubiertos con un borrón...
          Lleno de tribulación
          Por aquel acaso cruel,
          Quise arrancar del papel
          Borrón tan impertinente
          Y al intentarlo imprudente,
          Salió lo escrito con él.

            ¡Oh, qué negros y encontrados
          Pensamientos me afligían,
          Cuáles y cuántos serían
          Aquellos nombres borrados!
          Y con los ojos nublados
          Y el alma de afán cubierta
          Salí buscando la puerta
          Del hogar donde nací,
          Nadie respondió ¡ay de mí!
          ¡La casa estaba desierta!

            ¡Adelante! dije yo,
          No quiero desesperar
          Y fuí la casa a buscar
          De la mujer que me amó;
          Mas como nadie salió,
          Llamé con voz lastimera
          Si sabrían de quién fuera
          De tantos un sólo nombre
          Y de adentro gritó un hombre
          ¡Que el nombre de ella no era!

            ¡Oh qué blasfemia execrable!
          ¡Oh qué rugido tan hondo
          Rasgó el aire desde el fondo
          De mi pecho miserable!,
          Roto estaba el frágil cable
          De mi vida en un segundo
          Del abismo en lo profundo
          Desangrado, herido y solo,
          ¡Para mí de polo a polo
          Mar sin playas era el mundo!

            Y tambaleante y sombrío
          Cual un crápula beodo,
          Que hastiado y harto de todo
          Para él todo está vacío;
          Tomé camino hacia el río
          Buscando en su fondo inerte
          A mi vida mejor suerte
          A mi orfandad un asilo
          Porque el puerto más tranquilo,
          Es sin duda el de la muerte.

            Llegué a la margen y al ver
          Como el agua dormitaba
          Recién recordé que estaba
          Suspendido en el no ser;
          Quise a la vida volver
          De la muerte horrorizado,
          Cuando un brazo despiadado
          Me despeñó y al hundirme,
          Sentí la voz maldecirme
          ¡Del amigo más amado!

            Muerto ya porque estoy muerto,
          Mi espíritu sin consuelo
          Subió inspirado al cielo
          Como al más seguro puerto;
          ¡Ay! para todos abierto
          Está siempre aquel lugar,
          Y cuando mi alma al llamar
          Llegó con humilde voz,
          Con su mano el mismo Dios
          ¡Vino la entrada a cerrar!

            Y desde entonces proscrita
          Buscando reposo y calma,
          Otra vez cautiva el alma
          Dentro mi pecho se agita;
          Allí está la pobrecita
          Como perla en negro velo
          Ensayando siempre el vuelo
          Que la lleve en un segundo,
          Lejos, muy lejos del cielo,
          Lejos, muy lejos del mundo.



                              EVANGÉLICAS


1.--La verdad no está metida dentro de un pozo como lo establece el
símbolo clásico y como lo han venido predicando todos los dulcamaras
catedráticos y no catedráticos.

2.--La verdad palpita a flor de las cosas y para dar con ella no
necesitamos ni barrenos ni drogas, ni dinamitas: nos basta el buen
sentido y una mediana serenidad de espíritu en presencia de los hombres
y de los hechos.

3.--El hombre de genio es un Sancho a quien favorecen las
circunstancias, y nada más.

Agosto 2 de 1909.



                         AL COMPÁS DEL CORAZÓN

                              (Fragmento)


No hay desventura que no arranque de una llaga o que no la produzca,
y no hay caridad verdadera que no se enferme o no se manche.--No hay
hombre más perverso que aquél que no quiere contaminarse.--Más frío y
más estéríl que un témpano es el impecable.--Nadie más injusto que un
desgraciado, ni más indiscreto, ni más mal pensado, ni más caviloso,
ni más incongruente, ni más agresivo, ni más odioso. No es más que
enemigo y no discurre más que revanchas.--De todos los heroísmos es
capaz el hombre, si hay un público que lo aplaude, y un grande que
le recompense, aunque sea con una mirada.--Siempre que haya luz, y
laureles, y estatuas, y páginas de la historia, tu corazón será un
tesoro inagotable de sublimidades; siempre que haya sombra y olvido,
será una caverna.



                           ALMAFUERTERIANAS


La humanidad se lo ha llevado siempre buscando asiento; toda la
historia no es más que un ruido de sillas, murmullos de platea,
preliminares de banquete. Pocos son los que ponen sus dedos allí donde
su mano: la generalidad los echan en pos de sus ojos. Buscando lo
imposible, se está buscando siempre. La imaginación enceguece a la
soberbia, estimula a la envidia y llena la vida de amargura. El derecho
suele ser la cortesía de la voluntad, y ésta es la soberanía de la
fuerza. En el fondo de todo está un egoísmo vibrando su látigo. El
hombre como los malos cómicos sólo quiere hacer papeles de rey.

                   *       *       *       *       *

Procede como los millonarios que no salen a la calle con sus millones
en la cartera; condúcete como los grandes cómicos, que no van a la
feria vestidos de Hamlet.

La modestia debe imponerse como una pantalla difumadora, entre el
exceso de luz y el exceso de tinieblas.

A más caudales, más cerrojos; y así también: a más fama de virtud, o de
belleza, o de talento, más recato.

Acorázate de vulgaridad: recúbrete de buenas maneras, haz olvidar tu
posición por más merecida que la tengas: como si disfrutaras de un
tesoro mal habido, aprende a caminar por entre hambrientos, sin que se
den cuenta de tu pedazo de pan.



                                 ENTRE ESPOSOS


            --¡Cuánto te adoro, Tomás!
          ¡Eres mi dicha, mi encanto!
          ¡Te amo tanto, pero tanto...
          Que no puedo amarte más!
          La dulzura de tu beso
          Quiero aspirar, delirante...
          --Bien no sigas adelante...
          ¿Te bastan doscientos pesos?



                                  DE RODILLAS


          Discurren los que me ven
          Mirarte con tanto afán
          Que mis labios no podrán
          Expresar mis ansias bien.
          Yo no siento que se den
          Semejante explicación;
          Pues de su equivocación
          A mansalva considero
          Descubrir el paradero
          De mi pobre corazón.

            No sé si me lo han robado
          Pero sé que lo he perdido,
          Y que ha de estar escondido
          En algún sitio sagrado;
          Pues, si mi pecho ha dejado,
          Digo que no pudo ser
          Tan sólo por el placer
          De olvidarme y libertarse,
          ¡Sino para refugiarse
          En un pecho de mujer!

            Él no tuvo otra pasión
          Que la pasión de lo bueno,
          Porque nació sin veneno
          Mi prófugo corazón;
          Y si dejó la mansión
          De mis entrañas, arguyo
          Que ha sido el ánimo suyo
          Ampararse en un altar,
          Y juro que no ha de estar
          En más pecho que en el tuyo.

            Yo no lo quiero sacar
          De un asilo semejante
          Porque sé que en el instante
          Cesará de palpitar;
          Allí lo debo dejar
          Para que esté satisfecho
          Y puesto que tú te has hecho
          La santa de su elección,
          Que siga en adoración
          Arrodillado en tu pecho.



                                 ¿FLORES A MÍ?


          Ayer me distes una flor
          Una flor a mí, señora,
          Que no consagré una hora
          Ni al más poderoso amor.
          ¿Flores a mí?... si es mejor
          ¡En un páramo arrojarlas!
          O tú no sabes amarlas,
          O al sentir mi pecho yerto
          ¡Sobre la tumba de un muerto
          Has pensado abandonarlas!

            ¿Flores a mí?... ¿Tú no sabes
          De esos parajes que aterran,
          Donde las flores se cierran,
          Donde no cantan las aves?...
          Las más orgullosas naves
          Temen del mar los furores,
          Los tigres devoradores
          Huyen del simún airado...
          ¡Y tú en mi pecho has dejado
          Tan sin recelo, tus flores!

            Flores a mí... Puede ser
          Que desalmada y celosa,
          Buscaras la más hermosa
          Con tu instinto de mujer;
          Y haciéndole comprender
          Yo no sé qué gentileza,
          Con refinada fiereza,
          Con el más profundo encono,
          La bajaste de su trono
          Por castigar su belleza,

            No lo sé, linda mujer,
          Ni quiero saberlo todo;
          Me contento con mi modo
          De saber y no saber;
          Pero si quieres tener
          La realidad en tu mano,
          Te diré, sin ser un vano,
          Que si te movió el amor...
          ¡La flor ha sido una flor
          Que fué destronada en vano!



                               VIGILIAS AMARGAS


                                       I

                  Como las aguas muertas
          desparraman pestíferos vapores,
                  de juncos y de flores
          y de brillos fantásticos cubiertas;
                  y como al fin la gente,
          ya su prole cual muertos insepultos,--
                  descubre los ocultos
          focos de la malaria pestilente:
                  ¡oh, calumnia cobarde,
          tu maldad, como un charco, ni se agita,
                  y tu lengua maldita
          se arranca finalmente, pero tarde!


                                      II

                  Tarde... como hay estrellas
          que cerraron sus ojos soberanos
                  y en los ojos humanos
          ya muertas en el éter, viven ellas:
                  tus perdurables signos
          no los borra ni el mar... mucho más anchas
                  donde fueron tus manchas
          dibujan otras manchas los malignos!
                  Tarde... Como en el suelo
          que abona el viejo Nilo en sus crecientes,
                  germinan las simientes
          al primer gestador beso del cielo:
                  las catervas esclavas
          repletas del rencor de sus fatigas,
                  devuelven cien espigas
          por cada gota puerca de tus babas.


                                      III

                  Tarde... Como traidora
          la lengua de Don Juan va sugerente
                  bruñendo la pendiente
          que conduce al nefasto «cuarto de hora»;
                  así, rufián hediondo,
          al propio corazón del que difamas
                  le tientas y le llamas
          y le arrojas vencido a lo más hondo;
                  así los directrices
          de carácter más neto y más hidalgo,
                  vienen a ser por algo
          lo mismo que tú inventas y tú dices.


                                      IV

                  Tarde... Los que tú lames
          para siempre jamás doblan sus lomos,
                  egregios eccehomos
          ungidos de las mirras más infames;--
                  porque la frase artera
          que lanzas al azar y medio trunca,
                  ya no se borra nunca,
          ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.


                                       V

                  Como va sin testigos,
          bajo el dosel astral del firmamento,
                  desflorando el jumento
          la fulgurante gloria de los trigos;
                  o como en el follaje,
          trémula de ponzoña, la serpiente
                  fulmina de repente
          la regia vida del león salvaje;
                  o como las carcomas,
          en el frondoso, perfumado huerto,
                  con diabólico acierto
          taladran la más roja de las pomas;
                  o como traicioneras,
          ya mordidas del mal que no se cura,
                  sobre la tez más pura
          ponen su placa impura las rameras;
                  tú matas, tú suprimes
          la Virtud, el Honor, los Ideales,
                  y has poblado hospitales
          con una multitud de almas sublimes.


                                      VI

                  Por ti van cohibidas
          con los ojos en tierra cien mujeres:
                  no concibes, no quieres
          nada más que bellezas prostituidas;
                  por ti, por tu mandato,
          no llegan a ser madres las doncellas
                  y apagan sus estrellas
          en la iracunda paz del celibato;
                  por ti los más garridos,
          los púberes Apolos más hermosos
                  pasan por tenebrosos,
          satánicos arcángeles caídos;
                  por ti van los aciagos,
          impulsivos demonios de los celos,
                  bramando en los Otelos
          que surgieren al chisme de tus Yagos;
                  por ti marchan sujetas
          al índice vulgar vidas preciosas
                  sufriendo silenciosas
          una carrera diaria de baquetas;
                  por ti, locuaz arpía,
          todos los seres, todos juntos, gimen
                  y la idea del crimen
          suele turbar a la razón más fría;
                  por ti blancos armiños
          de máculas y taras están llenos...
                  y no parecen buenos,
          santos y buenos, ¡ni los propios niños!


                                      VII

                  Tú tienes los secretos
          del reproche y el óbice y la mengua:
                  tan sólo por tu lengua
          Sócrates y Platón no son completos,
                  por ti los inmortales,
          en el mármol y el bronce redivivos,
                  aguardan pensativos
          que caigan de una vez sus pedestales;
                  tú acechas la subida
          del Tabor de la Gloria en un repliegue,
                  para que nadie llegue
          sin llevar en el rostro tu escupida;
                  por ti se para el carro
          del más gran triunfador donde tú mandes;
                  tú obligas a los grandes
          a ceñir un laurel sucio de barro...
                  ¡y tanto les azotas
          y es tanto lo que injurias su grandeza
                  que sienten la tristeza
          de no ser unos míseros idiotas!


                                     VIII

                  Sí, calumnia cobarde,
          tu maldad, como un charco, ni se agita
                  y tu lengua maldita
          se arranca finalmente, pero tarde;
                  porque la frase artera
          que lanzas al azar y medio trunca
                  ya no se borra nunca,
          ni aunque Dios, si hay un Dios, lo dispusiera.



                                  LA INMORTAL

               Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo.--Jesús.


            Aquí salgo del seno profícuo
          de la cósmica chusma sagrada,
          como surgen los rudos poceros,
          ungidos en greda, del pozo que cavan;
          con el acre sabor de la simple,
          desolante sentencia judaica:
          la ansiedad de la luz en los hombres
          recién aparece después que se sacian.

            Aquí traigo los puños repletos
          de corrientes vergüenzas palmarias,
          cual un frío bufón que mostrase
          los ruedos raídos de un manto de grana;
          de vergüenzas corrientes que corren
          sin herir, sin rozar suspicacias...
          ¡Por qué tanto repican las cosas
          que ya no penetran ni a golpes de maza!

            De vergüenzas corrientes que quiera
          sujetar con mi sola pujanza;
          de sus crines hirsutas cogerlas
          y al rostro perplejo del orbe lanzarlas.
          Pues yo sé que los nudos gordianos
          al más leve tirón se desatan;
          que se buscan misterios y surgen
          verdades que ciegan de simples y claras.

            Que cualquier intelecto mediano
          para dar en la clave se basta,
          como al propio través de la noche
          con un candilejo cualquiera se marcha,
          que con sólo pulsar una vida
          ya se pulsan las cuerdas humanas;
          pues un solo vellón, uno solo,
          resume, presume la ingente majada.

            Y aquí voy a tejer mis estrofas
          a favor del azar, como salgan,
          cual un niño que hacina en manojos
          jazmines dilectos y agrestes retamas;
          como corren, según las caídas,
          por el dorso terráqueo las aguas,
          y según las arrugas y gestos
          las perlas del santo sudor por la cara.

            Porque nadie trenzó las ideas
          con mayor solidez y más gracia,
          que la gracia de flor con que nacen
          y van, por sí mismas, tramando su trama;
          porque toda labor que perdure
          y al rodar de los siglos no caiga,
          la sacaron así, paulatinas,
          las inusas ambientes del fondo de un alma.

            Yo no sé qué saldrá de mi numen
          con mi pobre conciencia turbada:
          la conciencia del gusto vacila
          la vez que la miden conciencias villanas.
          Mas yo sé que bajé los peldaños
          por amor maternal de las llagas:
          si hay un juez que las vidas escruta,
          la gota de Cristo que tengo, me salva.

            No será mi labor un conciso,
          bien trabado, bien lógico drama;
          las verdades morales se chocan
          y el arte más alto jamás las enlaza.
          Mas también, la visión de mi chusma
          cual andrajo flotante divaga...
          que descienda mi Dios a mis versos:
          ¡de pie!... ¡de rodillas!... ¡que voy a cantarla!

            Pues, ¿qué son las grandezas más grandes,
          las blancuras del pecho más blancas,
          frente mismo del máximo fondo
          de donde salieron tan fuertes y santas?...
          ¡Lo que fueran tus gotas de llanto
          con las que hay que llorar, comparadas!
          ¡Lo que fueran chocando tus besos
          si dos muchedumbres de soles chocaran!

            ¡Lo que fueran tus piedras preciosas
          en los campos del éter bordadas!
          ¡Lo que fuera tu gesto de hormiga
          de todos los orbes ritmando la marcha!
          ¡Lo que fuera tu voz gobernando
          la revista de todas las razas!
          ¡Lo que fueron tus horas de insecto
          si todas las horas de Dios las tragaran!

            Como en esos arcaicos escombros
          que silvestre zarzal amortaja,
          sobre plintos de mármol augusto
          discurren culebras terrosas y flavas,
          las culebras del hambre y los vicios
          su semblante de Dios desencajan
          y la bilis del Odio, superbas,
          de pálido azufre dantesco la bañan.

            Ni el más leve, gentil sentimiento
          centellea su faz demacrada:
          pues al dulce rubor de las rosas
          la luz lo genera, la noche lo mata.
          Sus afectos flotando confusos
          en el mar del instinto sin playas,
          leviatanes enormes parecen
          que dentro su vago cubículo vagan.

            ¡Leviatanes enormes!... lo mismo
          que el vapor fantasmal de las aguas,
          con sus lívidos velos llorosos
          difuma de Londres la enérgica mancha:
          tras aquel invasor aguardiente
          que a geniales y a estúpidos mata,
          los contornos humanos asumen
          grotescos dibujos de bestias nefarias.

            Turpitud multiforme, deforme,
          cuyo suero de gimio deprava
          cual tenaz filtración del infierno,
          familias y tribus, naciones y razas.
          Turpitud alevosa que viene
          de vigor y placer disfrazada
          sepultando la luz en la Sombra,
          torciendo, rompiendo la psiquis humana.

            ¡Leviatanes protervos!... Del modo
          que sus bravos arpones enlazan
          los torcidos anzuelos, la noche
          que dos espineles muy próximos atas:
          su persona moral es enjambre
          de torcidas pasiones bastardas,
          que la influencia de un astro maldito
          sacude, alborota, revuelve y engancha.

            ¡Leviatanes horribles!... Lo propio
          que las pobres personas baldadas,
          con los órganos sanos que tienen
          reponen o finjen aquél que les falta:
          de palpar sus tupidas tinieblas,
          ha sacado, también sus ventajas,
          y al dolor sin amigos que sufre
          le brotan ideas con dientes y garras.

            Y cual dos huracanes contrarios
          que barriendo la tez de la Pampa,
          sibilantes de furia se funden
          y en férvidas rondas al éter se lanzan:
          su contrato social es un choque
          de violencias rasantes y pravas,
          remolino de pestes, coyundas
          que toda la recua del mal acollaran.

            Pero como de dos peregrinos
          que repechan abrupta montaña,
          más lesiona sus pies el cobarde
          que menos afirma sus pies en la marcha:
          solamente los mansos corderos
          en aquel pedregal se desangran...
          ¡Mujerzuela procaz a quien rinde
          la limpia, sonante, genial bofetada!

            Y es amigo traidor, vil hermano,
          vil esposo, vil padre... ¡Que caigan
          los brazos de Cristo y le formen
          cual una materna, mimosa muralla!
          Yo no dejo a mi plebe convicta
          faz a faz de tus nobles infamias...
          ¡Será todo lo vil; pero nunca
          más vil que tu vida más útil y sana!

            ¡Qué! ¿No tienes amigos amables
          que te ponen el pie cuando pasas,
          ni jamás un gorrión de tus migas
          llamándote padre rajó tus espaldas?
          ¡Qué! ¿No venden los grandes hermanos
          a sus grandes hermosas hermanas
          y los grandes maridos no suben
          después que sus honras bajaron muy bajas?

            ¡Qué! ¿Dirás que tus niños de cera
          no son tigres cachorros que lactan;
          que tus lazos efebos no sufren
          vigilias perplejas, insólitas ansias;
          que tu joven doctor,--ese mismo
          que repujan masaje y gimnasia,--
          siente claro, vivaz, fulminante
          cualquiera resorte maestro del alma?

            ¡Qué! ¿Dirás que tu guante de Suecia
          diez pulidas ganzúas no envaina;
          que tu sacro cerebro de Newton
          no vibra quién sabe que celdas nefandas?
          ¡Qué! ¿Dirás que mi firme cuchilla
          cuando hiende la carne del paria,
          porque bruñes tu piel con gamuza
          no hiere tu propia, tu misma carnaza?

            Como están bajo el rubio topacio
          del provecto jerez agolpadas,
          por subir y flotar y engreirse,--
          chusmaje bravío,--las heces amargas;
          como están en el frígido lecho
          de los hondos aljibes de Arabia,
          muchedumbres de vírgulas viles
          debajo del puro cristal de las aguas;

            Como está la ocasión del estrago,--
          ella misma, total, fulminaria,--
          tras el amplio dosel de esas nubes
          fugaces cual sueños fugaces que pasan;
          como cuelgan de regios tapices
          primorosas, bellísimas dagas,
          aguardando al Caín, al Otelo,
          o el cívico Bruto que vibre sus lamas;

            Cual desdobla, crespones azules
          en las cumbres del monte la larva,
          mientras hierve iracunda en el fondo
          como una iracunda, perpetua amenaza:
          cual recoge la bestia felina
          su retráctil, su elástica zarpa,
          mientras duerme feliz meditando
          su opípara cena de carnes humanas;

            Como terca y astuta y sumisa,
          sin tal vez amagar, se recata
          por detrás de la piel reluciente,
          del cáncer hediondo la red soberana:
          como corre a través de cien cráneos,
          dubitante y anónima y canta,
          la imperial, la furiosa locura
          que al fin sobre alguno se afirma y estalla:

            Así están en tu ser los extremos
          do tu heroico egoísmo se lanza
          cada vez que tu yo, tu persona,
          tu fin, tu destino, peligran y claman.
          Así están aguardando pacientes
          la ocasión, de reinar como amas,
          las que tú denominas torpezas
          no sé con qué gesto de arcángel sin alas.

            Así está lo más vil soportando
          su capullo de túnicas blancas,
          sin decir, ni vibrar, ni radiarse
          si el mar de tu vida no agita sus aguas...
          ¡Por qué toda esa luz que refulges
          puede ser en tinieblas trocada,
          miserable montón de miseria
          que todas las manos moldean y amasan!

            Porque tú,--gran señor, gran patricio,
          gran ilustre, gran genio, gran lama,--
          por lo mismo que moro en las sombras,
          a mí no me ciegas, te cuento las manchas;
          y detrás de tu aspecto solemne,
          del perfume de honor que derramas,
          de la curva triunfal de tu testa...
          ¡Yo sé lo que sobra, yo sé lo que falta!

            ¡Que abandonen la cruz esos brazos
          que sin ver ni juzgar nos abrazan,
          y las lepras de todos envuelva
          su blanca batista que siempre está blanca
          que desciendan al mundo esas manos
          que la furia del mar amansaban,
          y al cerebro más firme y completo
          le impongan la enorme locura cristiana!

            ¡Que me cieguen mis ojos malditos,
          que con sólo mirar ya difaman!
          ¡Que me arranquen mi lengua de sierpe
          que sólo destila verdades airadas!
          ¡Que sacudan mi frente y la rompan
          como a frágil redoma de miasmas!
          ¡Que desgarren mi pecho y fulminen
          la esponja de viles vilezas que guarda!

            ¡Sí! ¡Yo sé que un perfume inefable,
          que un fulgor indeciso de alba,
          que una música sorda y sublime
          desprenden y esparcen las vidas más bajas!
          ¡Sí! ¡Yo sé que del fondo más hondo
          surgirán las alturas más altas,
          mientras haya girones, andrajos,
          deshechos, minucias de carnes humanas!

            ¡Sí! ¡Lo mismo que charcos hediondos
          resplandecen al sol como plata,
          y al brochazo del genio las formas,
          la cárcel del lienzo desertan y saltan;
          la presión de las manos divinas
          en la creta del Cosmos, echada,
          realizó la sutil y evidente,
          fugaz y absoluta presencia del alma!

            ¡Sí! ¡Que venga la luz a raudales,
          a diluvios ardientes de llamas!
          ¡Que me fluya del fondo del cráneo,
          y al último cráneo dilate su cauda!
          ¡Que se colme mi ser de justicia,
          del afán de ser justo sin saña,
          y lo mismo que a un campo sembrado
          me broten verdades eternas y mansas!

            Aunque hieran los ojos del sandio
          que prefiere no ver lo que palpa;
          aunque surjan tan recias que rompan
          sus torsos ciclópeos, mi mísera entraña;
          ¡Aunque ya no me quede cerebro
          para hilar las ideas más vacuas
          y me tienda sin fuerzas, idiota,
          contando las olas del mar, en la playa!

            Si el Amor electriza sus carnes,--
          el Amor que prolonga las razas,
          que los pies de marfil de Itacto
          besó con sus besos de nardos y ascuas;--
          yo no sé qué lupercos infames
          a tender ese tálamo bajan;
          yo no sé de qué vientre surgieron
          aquellas legiones de vicios con alas.

            Primer vago rumor en el nido,
          primer vago matiz en la rama,
          primer vago fulgor en el cielo,
          los niños; pichones retoños y albas.
          Pero nunca sonríen aquellas
          mañanitas del polo nubladas;
          querubines de Dios... ¡querubines
          que bregan cubiertos de pupas y canas!

            ¡Valerosos impunes pichones
          que del nido paupérrimo saltan
          y a buscar su comida comienzan,
          nacientes el pico, la felpa y la garra;
          valerosos rapaces que tornan
          con sus tiernas manitas manchadas,
          a llenar, como próvidos padres,
          las faldas maternas de ricas migajas!

            Como tienden al sol los rosales
          que tenaz el taladro taladra,
          sus dolientes pimpollos lo mismo
          que tiende sus brazos la vieja traviata:
          su precoz pubertad es el gesto,
          la sonrisa senil de las razas:
          floración de sepulcros, pimpollos
          que tardos, muy tardos, en fruto se cuajan.

           Enfermizos, nacientes pimpollos
          cuyas hojas de seda desatas
          con tus artes de fauno... ¡con esos
          deleites sombríos que tú no declaras!
          Satinados pezones que sucias,
          callejeras deidades arrastran
          y recoje y estruja y exprime
          quién sabe qué mano de prócer, malvada.

            Miserandos capullos marchitos
          con que nutres el horno y la fragua
          como quien alumbrase sus noches
          con rayos pedidos al sol de mañana,
          como quien recubriese sus minas
          con los propios diamantes que guardan...
          ¡salvación del afán de un minuto
          con toda la serie siglos que faltan!

            Como aquellos duraznos salvajes
          que comercias a sendas barcadas,
          exquisitos algunos, carecen
          de rojos matices, de pulpa y de savia:
          cuando trueca su flor en espigas,--
          si en la vil soledad no se mata,--
          como fruto silvestre de bosque,
          de ser una vida rodando no pasa.

            Y una vida vulgar es un cofre
          de inseguras, de fáciles tapas,
          donde mete cualquiera sus manos
          y el pobre tesoro completo le saca;
          pero hay vidas vulgares que suelen,
          como ciertas anónimas arcas,
          ocultar cautelosos resortes
          que saltan a veces... ¡y a veces no saltan!

            ¡Cautelosos resortes!... Lo mismo
          que los raudos cohetes traspasan
          el capuz de la noche y se vuelcan
          a chorros de luces brillantes y varias;
          de la mar bonancible, sumisa,
          de vulgares cabezas humanas,
          brotan siempre la curva silbante
          que vuelca sus luces o rojas o blancas.

            Lo ruín, lo vulgar; el repuesto
          del templado cordaje del arpa;
          las torcidas virutas endebles
          que va como rulos dejando la tabla:
          la porción de color que pudiera
          ser mejilla, ser labio y es granza...
          ¡material de proyectos divinos
          que sirve de cuñas, andamios y gradas.

            Como ruedan las noches de invierno,
          prematuras y torvas y tardas,
          sobre cada primor de las yemas
          poniendo colgajos de crudas escarchas,
          va también su vejez a dormirse
          del osario común a la zanja,
          sobre cada ilusión que despunta
          poniendo seguro, mordaz epigrama.

            Porque toda vejez se defiende
          de los rayos del sol que se alza,
          circuyendo su calva de nimbos
          y echando a la joven burlonas miradas;
          porque toda vejez disimula
          su rencor al placer de las alas,
          desdoblando feroces antenas
          que hieren precisos la nota que falla.

            Porque a cada ilusión que perdemos
          una fúlgida luz nos apagan
          y un nidal de pichones azules
          del fondo del pecho nos hurtan y matan:
          ¡y aquel antro se puebla de sombras
          que maldicen la lumbre del alba,
          y aquel nido desierto y helado,
          se colma de sendas tarántulas bravas!

            Mas cual esos heroicos guerreros,
          cuya tez embellecen y manchan
          cicatrices de sable y estoque...
          con otras habidas en otras campañas;
          por la tez de mi plebe proterva,
          por sus manos roñosas y flacas,
          el afán del oficio depuso
          la tosca y excelsa señal de la garra.

            Y así como los tales ilustres,--
          descreídos, borrachos y mandrias,--
          en las cuevas del pecho mantienen
          cual santo rescoldo, la fe de su patria;
          por haber ejercido de mártir
          en la ruda, perpetua jornada,
          yo no sé qué fulgor indecible
          de gran sacerdote, sus ojos irradian.

            Como aquel rapazuelo sin padres
          que te sirve de pie mientras yantas,
          cuanto más te retiene la gula
          más fría recibe la sobra que traga:
          mientras cubre de goces tu vida,
          mientras llena de luz tu morada,
          su ración del placer que te sobra,
          se cubre, se llena de pútridas larvas.

            Y cual esas mujeres abyectas
          que te sorben la bolsa y el alma,
          simulando llenar tus deseos
          con una presteza de madres y hermanas:
          cada vez que cualquier beneficio,
          tus umbrales de pórfido baja...
          ¡baja un garfio voraz de drenaje,
          un buzo equipado de recia escafandra!

            ¡Yo diviso diez lojas ardientes
          que conminan la gleba reacia,
          cuando miro tus dos manecitas
          jugar en sus lomos de acémila exhausta!
          ¡Yo percibo tu voz alentando
          la jipante cuadriga cansada
          cuando veo caer tus coronas
          en esas virtudes sombrías y flacas!

            Yo me tapo los ojos y tiemblo
          cada vez que sus dotes alabas:
          me pareces un boa del Chaco
          que ya la fascina, que ya se la traga;
          me pareces un pulpo inhartable
          cuyas tenias flexibles alarga
          y en las carnes del náufrago inerte
          succiona la chispa final de substancia:

            Me pareces un torpe cruz roja
          que la quiere sentir consternada
          y lo mismo que un sátiro ebrio
          le busca, le frota, le lama la sarna...
          ¡Caridad es pillaje, comedia,
          vanidad, precaución, diplomacia,
          relucientes retobos que cubren
          la bola de mármol del alma pagana!

            Como aquellos hipócritas canes
          que regresan contritos al alba,
          rasguñando tu puerta febriles,
          con sordo gruñido suplican y llaman:
          a la faz de las puertas de bronce
          que la Luz de la Sombra separan,
          gemirán con gemido espantable
          tus más soberanos ingenios y famas.

            Y cual ven al pasar los obreros
          que al par mismo del sol se levantan,
          a los lacios, tenaces mastines
          que lamen gimiendo la puerta cerrada:
          las legiones de siglos y siglos
          que lo Eterno en lo Eterno derrama,
          mirarán al pasar a tus grandes
          batiendo afanosos las áureas aldabas.

            Y así como los amos del perro,--
          ya la sombra nocturna pasada,--
          vagamente recuerdan que alguno
          quién sabe ni cuándo ni dónde lloraba:
          la flamígera mente absoluta
          que al nidito de tórtolas haja,
          puede ser que sospeche algún día
          que suele ser genio la pécora humana.

            ¡Sí! Cual esa fugaz arenilla
          que en las losas del pórtico vaga,
          cuando silban los vientos airados
          y al ras del arroyo sus sondas arrastran:
          por los blancos pretiles del cielo
          y a la faz de su puerta sellada,
          rodarán reducidos a polvo...
          laureles, retortas, diademas y espadas.

            Pues lo mismo que al joven recluta
          que reduce cobarde su talla,
          le despojan furiosos y cuasi
          le miden y escrutan las mismas entrañas:
          para dar con el peso preciso
          de la brizna de Amor que alentabas,
          tendrá Dios que arrancarte a montones
          las púrpuras necias que ciñen tu alma.

            De la propia manera que cuando
          la jauría descubre la caza,
          si es algún jabalí temeroso,
          ladrando los canes parece que hablan;
          tu fortuna, tus leyes, tu ciencia
          que no fueron,--no, nunca,--cristianas,
          si perciben su faz en la sombra,
          clamando castigo parece que ladran.

            Y así como Eliphas esgrimía
          su torzal de retórica sabia,
          cuando Job delirante, rugiente,
          royendo su podre con Dios altercaba
          cualquier lengua señora del verbo
          pretendió conducirla y salvarla...
          ¡si el Dolor es de Dios, Dios lo guía
          y el mismo trabajo secreto trabajan!

            Cuando da su pulmón el sonoro
          resollar del titán que batalla:
          cuando rompe los aires cerúleos
          a enormes rebatos de viejas campanas
          cuando brilla su faz a las rojas
          claridades del odio y las llamas:
          cuando va deponiendo cabezas
          ya rubias y locas, ya graves y calvas.

            Habrá siempre malignas y ocultas
          filtraciones de hiel en su alma:
          habrá siempre dos manos cubiertas
          de gruesos diamantes que compren y aplaudan:
          habrá siempre chispazos perdidos
          que fulminen las trojes humanas:
          habrá siempre fanáticos ebrios
          que azucen al dogo por pura jactancia...

            ¡Habrá siempre, jamás en tus puertas
          de valioso marfil incrustadas,
          rajadura secreta por donde
          vislumbre tu siervo verdades amargas!
          ¡Habrá siempre detrás de tus tronos
          un Luzbel que les roa las gradas
          y un bufón ofendido mostrando
          que son deleznables montones de paja!

            Como no se concierta la sierpe
          con la sierpe vecina y hermana,
          para dar un asalto de lenguas
          regidas en orden, al tigre que pasa:
          pero como la sierpe que yace
          respirando rencor solitaria,
          si la pisa la fiera se torna
          silbante, furente, y el dardo le clava:

            Cuando ya un dolor excesivo
          de su torpe modorra la saca,
          reacciona feroz y acomete
          la insignia primera de mando que alcanza.
          ¡Porque nunca el Dolor tuvo tiempo
          de inventar y medir represalias,
          y atropella por sí; por impulso,
          por ley, por instinto, por lógica innata!

            Como va por el foso la Vida
          de sutil fetidez rodeada;
          como yacen los limos profícuos
          detrás de sus vuelos de fúnebre miasma:
          como triste, deforme, difusa,
          la materia del caos aguardaba
          los acentos de Dios que dijesen,
          ¡sé nube, sé piedra, sé carne, sé planta!

            Así van las burbujas de gloria,
          las virtudes más bellas y mansas,
          por el ancho zanjón del arroyo,
          prolijas y sordas, latentes y bravas;
          así espera mi pulpa del genio,
          fluctuante, deforme, callada,
          la presión del Arar que decrete
          su toga, su lauro, su cetro, su tiara.

            Y cual brotan del mar esas nubes
          que simulan paisajes de nácar;
          como luego, por múltiples modos,
          regresan y siempre la mar las exhala:
          no son más que vapor de sí propia
          tiranías, alcurnias y famas;
          flotarán esas nubes el tiempo
          que floten y rujan abajo esas aguas.

            La crearon las leyes eternas
          al tomar al Dolor como causa
          y al poner la noción de lo Puro
          por fin, por objeto de todas las ansias:
          pero aquel bravo vivo doliente,
          para dar con la Luz que le llama,
          requirió sus declives y cauces,
          su plan y esqueleto de leyes humanas.

            Y así fueron las leyes... tus leyes,
          que no salen jamás de una pauta:
          la feroz oriental que produjo
          los clásicos moldes de todos los parias;
          la que dió sus pacientes ilotas
          a la hirsuta virtud espartana;
          la de Roma imperial recubriendo
          de fúlgida gloria, cadenas y lacras:

            La del recio trotar de barbarie
          por la fría cultura pagana,
          que llamó cosa vil al vencido,
          gordura del campo, terruño con alma:
          la cruel de tu ciencia de nombres
          desatando las turbas incautas,
          para verlas correr delirantes
          detrás de rotundas vacías palabras;

            La presente, la tuya, la nuestra,
          la que tanto retocas y lavas,
          la que llena de tildes al débil
          y al fuerte le carpe y alfombra la cancha...
          rufianesca noción de un querube
          cuyas dobles, amplísimas alas
          ¡recubrieran cual toldos discretos,
          los torpes deleites de quien las pagara!

            Sólo fué la grandeza que gozas
          por su fiebre de hacer, consumada...
          ¡mis hormigas de Dios, si quisieran,
          con finos buriles el aire labraran...!
          Mal oliente sudor de cuadrilla
          sangre vil de las hordas en armas:
          cenagoso caudal que tú riges...
          ¡lo mismo que rigen al mar sus resacas!

            Si reclinas tu faz en el globo
          como quien su pulmón auscultara,
          cual recogen echados en tierra
          los indios errantes la voz de la Pampa;
          sentirás el traqueo solemne,
          de su heroica labor cotidiana,
          cual si fuera timbal ese globo
          y en él repicase la Vida su marcha.

            Si tu yunta pujante sujetas,
          al plebeyo camino te bajas
          y un puñado de polvo recojes
          del mismo que bate la yunta que piafa:
          cogerás un terrón del progreso
          que sobó como el pan con sus palmas,
          sentirás el hedor de la sangre
          que puso diademas a todas las patrias.

            Si cual un catador eminente
          que cien viejos borgoñas compara,
          comparando la sal de los mares
          en todos los mares tu crátera escancias:
          brindarás con el férvido mosto
          de la carne de chusma que tragan,
          con el trágico néctar del simple
          que fió de los genios que tú desamparas.

            Si registras el haz del planeta,
          si sus dos hemisferios indagas
          cual pudiese la tigre llorosa
          buscar sus cachorros por cuevas y zarzas:
          no verás un rincón del desierto
          donde fije un pie la canalla,
          buscarás el solar, sin hallarlo,
          de aquel que tu feudo triangula y dilata.

            Si barrenas la costra terrestre
          más allá de las últimas napas,
          como un niño voraz con sus dedos
          perfora y vacía su propia naranja:
          sacarás el serrín de los tristes
          que debajo del suelo trabajan...
          ¡se cerró como un puño el abismo,
          tal vez protestando de recua tan mansa!

            Si tu joya más breve, más necia,
          con tu rítmica mano contrastas,
          como aquellas matronas que buscan
          a graves tanteos los granos que faltan:
          sentirás un imán prodigioso
          que tus hilos de nervios alarma...
          la pasión del orfebre ¡que puso
          tremantes de vida las prendas que gastas!

            Si lo propio que sueñas dormido
          con un hecho anormal de tu infancia,
          las arenas del circo rehaces
          adonde moría la chusma cristiana:
          a verás fulminar los excesos
          faz a faz de Nerón que los ama:
          faz a faz de la cruz y los garfios
          cantar ideales, cantar esperanzas.

            Y si como entre sueños consigues
          prolongar los que más se regalan,
          tu visión expectral prolongases
          y en cuevas y osarios la noche pasaras:
          la verías cavar en las tumbas
          el zanjón de la tumba pagana,
          la verías alzar los altares...
          ¡los mismos altares que ya no la salvan!

            Si del reino ideal de Minerva
          desarrollas y extiendes el mapa,
          y persigues en él fríamente
          la ciencia más pura, la más algebraica:
          convendrás que tu triunfo primero
          triunfo fué de la humana ignorancia,
          y hallarás que los sueños de un loco
          van siempre alumbrando cualquiera vanguardia.

            Si tus graves filósofos abres
          por sus hojas más plenas y sabias,
          con el propio fervor con que buscas
          los versos mejores del vate que aclamas:
          no verás en las hojas aquellas
          nada más que un montón de palabras
          que fulguran, a veces, la chispa
          del Sancho del siglo, la zona y la raza.

            Si a tus negros presidios penetras,
          en tus patios ruidosos te paras,
          en la jerga del preso meditas
          y acoges y estudias los dijes que labra:
          sentirás que tu lengua y tus artes
          de los fondos humanos arrancan,
          como van por el cieno, latentes,
          los lirios, los nardos, las rosas, las dalias.

            Si visitas en noches de planes
          de Caín y de Caco las aulas
          y su bronca función de poderes,
          la tuya de felpa, prolijo comparas:
          hallarás con horror y amargura,
          que tus goces orgánicos bajan
          y concuerdan con ese del crimen
          tan justo, tan fino manejo de garras.

            Si la lívida frente del santo
          con genial entereza trepanas,
          y en sus nobles abismos arrojas
          ecuánime, libre, sedienta mirada:
          hallarás la molécula misma
          de algún cáncer atroz de cloaca,
          que pasando de padres en hijos
          abrió candorosas clemátides blancas.

            Si en tus rondas nocturnas asieras
          al primer ganapán que pasara,
          como quien al azar, distraído,
          cualquier retoño del árbol arranca:
          detenerlas al César del orbe
          que sin rumbo ni séquito vaga,
          mientras alguien combina sus horas
          y el trono y el cetro de rey la depara.

            Si la pulpa del vago, del ebrio,
          del peor, del más ínfimo palpas,
          como quien al buscar una perla
          registra la zona más vil de una casa:
          sentirás sollozar esas mudas,
          adiposas, abyectas piltrafas
          con el hondo plañir de los astros,
          que se hunden por siempre jamás en la nada.

            Si la voz del silencio interrogas,
          del febril, del genial, del que brama,
          del que llena de sangre los cráneos,
          tañendo sonoras campanas de plata:
          pasará galopando mi Chusma
          por las teclas de luz de tu alma,
          cual si Dios, con sus manos, pulsase
          la gran sinfonía final de las causas.

            Jadeante, grotesca, inasible:--
          por tenaz, por insólita y vaga,--
          soportando por siglos de siglos,
          minuto a minuto la cúpula humana:
          así está la misérrima plebe,
          la inmortal invencible alimaña
          que los tercos lebreles vigilan
          y acosan y aturden y aprietan y aplastan.

            ¡No! ¡No puede quedar en mi Chusma,
          nada más que la torva mirada
          con que atisban, tahures vencidos,
          sutiles, absurdas, quiméricas trampas!
          ¡No! ¡No puede sentir en su pecho
          nada más que rencores de paria,
          y el horresco furor de que todo
          reviente y en finas moléculas caiga!

            Ni podrás vaporar para siempre
          las barreras de hiel que separan
          la mansión de las risas amables,
          de aquel «pandemonium» de sombras airadas,--
          ¡nada más que poniendo tus labios
          donde mismo supuran sus llagas,
          nada más que llenando tus leyes
          del fuego divino del alma cristiana!

            Ella ve desfilar tus manjares
          en tus platos de Sévres y plata,
          mientras yace rendida, gimiendo
          debajo del bofe que cuasi no alcanza:
          y pues tiene tus órganos mismos,
          cualquier vez esos órganos mandan,
          ¡y sin dar una voz, cual un dogo
          del menos culpable la faz ataraza!

            Ella siente la péndula loca
          de tus días felices, que pasan
          como fresca visión capitante
          de ninfas que ríen, de senos que saltan:
          y pues tiene sentidos y tiene
          por tenerlos, pasiones y ansias,
          ¡con su gran maldición de sedienta
          maldice, hasta mismo, tu vaso de agua!

            Ella ve tus pasiones que vienen
          con talantes de santos y santas,
          reprimiendo gazmoñas, en ella,
          la mínima culpa, la mínima falta;
          y pues tiene noción de lo justo,
          de no sé qué suprema balanza,--
          ¡tu disfraz de Catón la sulfura,
          y enloda y escupe tu clámide blanca!

            Ella ve florecer tus virtudes
          donde mismo resultan premiadas,
          cual escogen, sagaces, las hiedras,
          la sombra jocunda de cedros y tapias:
          y pues ella, la gran perseguida,
          sabe bien el coturno que calzas,
          cuando pisa tus pisos de roble,
          sospecha que pisa diabólicas trampas,

            Ella ve que tu ley no sostiene
          ni el derecho ni el bien que consagra,
          cual un zarzo ruín que doblegan
          los rubios, copiosos racimos que carga:
          y pues ella prefiere los frutos
          al sostén deleznable de cañas,
          menosprecia tus leyes viviendo
          la vida salvaje del puño y la daga.

            Ella ve que cualquier sacerdocio
          pone tren con la fe que levanta,
          como aquellas mujeres que dicen:
          ¡más oro, más lujo de quien más nos ama!
          y pues mora Minerva en su cráneo,
          y pues vive Jesús en su alma,
          ¡ni respeto ni amor le despiertan
          tus borlas de sabio, tus cruces de plata!

            Ella ve que poder y fortuna
          con tu solo sudor no los ganas:
          que las flores no son del que riega,
          sino del dichoso señor de las plantas:
          y pues ese deber sin derechos,
          del nivel del señor la rebaja,
          ¡le parecen dogales malditos
          los clásicos yunques, las nobles azadas!

            Ella busca la vida del ángel:
          de la simple función soberana,
          del dominio total de las olas
          que el cerebro ciñen turbantes de llamas;
          y al sermón del trabajo que suelen
          predicar los que nunca trabajan,
          magistrales modelos opone
          de trágicos robos, de finas estafas.

            Ella siente brotar en sí misma,
          como sienten sus yemas las ramas,
          la legión palpitante de sueños
          que tientan, que buscan la luz de mañana:
          y ella ve que su propia belleza
          de lamentos del vientre no pasan:
          pues un sólo mendrugo que baje,
          cien días... ¡mil días de sueños aplasta!

            Ella mira flotar en la zona
          del poder, el honor y la fama,
          las torcidas pasiones aquellas
          que sólo merecen el fuego y el hacha:
          y al buscar el abismo sin fondo
          donde deben caer fulminadas,
          ¡con espanto sublime las oye
          nombrar supervidas y cumbres humanas!

            Y volviendo su rostro a sí misma
          de sí misma dudando, se palpa;
          y al mirar otra vez, le parece
          que todos un mismo secreto se pasan:
          y cien claros dilemas terribles
          la postrer ilusión le desgarran;
          ¡y una risa glacial y cortante
          del fétido fondo del hígado, lanza!

            Formidable, diabólica risa...
          si Luzbel sus cavernas dejara,
          en los templos de Dios penetrase
          los días que visten de luces y galas,
          y riése de aquel artefacto
          de cartones y tules y panas:
          su rajante, su právida risa,
          ¡no, nunca pusiera más bajo las almas!

            Desquiciante, profética risa...
          cual retumba la bóveda vasta
          y al tremendo tronar, trepidando,
          sus áureos, bruñidos estucos se rajan:
          ¡tal cuartea los tenues revoques,
          tal asorda la bóveda glauca
          del templo gentil del ensueño,
          aquella pujante, bestial carcajada!

            Carcajada bestial de la bestia
          cuyo fuerte ronzal se desata:
          que se sueña sin freno, sin brida,
          sin un sofrenazo, sin una mirada;
          que presiente la selva salvaje,
          la continua, la libre vagancia;
          la existencia imperial del instinto,
          sin ver lo que pisan y rompen las patas.

            ¡No te pasme su furia! No temas
          sus arranques de virgen insana:
          mientras haya quien crea, no importa
          que templos y reyes y códigos caigan.
          Teme, sí, que cruzando tus ojos
          con sus ojos sin luz, te deshagas,
          como torre de horror y energía
          si el firme cimiento de piedra, le falta.

            Teme, si con pavor indecible,
          con el mismo pavor de la nada,
          cual si todas las furias en coro
          pasasen mostrando sus hórridas caras,
          cual si todos los puntos del orbe
          le negasen apoyo a tus plantas,
          cual si todos los astros del cielo
          cerrasen de golpe sus ojos de llamas:

            Que la bestia sublime descubra
          que no va su ración en la carga;
          que la virgen hermética sueñe
          y olvide sus votos de virgen y caiga:
          ¡que la mártir rechace su cáliz,
          que renuncie su nimbo y su palma
          cual un vil desertor, cual un Cristo
          que un día dejase su cruz solitaria!



                                POSTAL


Toda ciudad es semejante a un anciano, lleno de recuerdos y cicatrices.
Cada una de sus calles tiene su historia, cada uno de sus monumentos
merece su capítulo y cada una de sus piedras, ha visto lo que no se
sabrá nunca.



                             MI JUVENTUD


          Ayer te ví... No estabas bajo el techo
                  de tu tranquilo hogar
          ni doblando la frente arrodillada
                  delante del altar,
          ni reclinando la gentil cabeza
          sobre el augusto pecho maternal.
          Te ví... Si ayer no te siguió mi sombra
                  en el aire, en el sol,
          es que la maldición de los amantes
                  no la recibe Dios,
          ¡o acaso el que me roba tus caricias
          tiene en el cielo más poder que yo!

          Otros te digan palmas del desierto,
          otros te llamen flor de la mañana,
          otros queman incienso a tu hermosura,
                  yo te diré mi amada;
          ellos buscan un pago a sus vigilias,
          ellos compran tu amor con sus palabras
          ellos son elocuentes porque esperan,
                  ¡y yo no espero nada!
          yo sé que la mujer es vanidosa
          yo sé que la lisonja la desarma,
          y yo sé que un esclavo de rodillas
                  más que todos alcanza...
          Otros te digan palma del desierto
          otros compren tu amor con sus palabras,
          yo seré más audaz pero más noble,
                  ¡yo te diré mi amada!



                                 MI FE


          Y tal vez por eso mismo
          Restallante de lirismo,
          Lo fatal y lo imposible
          Me deleita contrariar y resolver;
          Cual un ángel del Averno
          Partidario del Eterno,
          Que a los réprobos absortos
          Predicase las bellezas del Edén;
          Cual un punto de la esfera
          Que ser punto no quisiera,
          Y en las cumbres de los soles
          Resolviese proclamar su rebelión;
          Cual un ente miserable
          Que soñando lo inefable,
          Desde el fondo de la sombra
          ¡Suspirase por su cruz de redentor!

            Y delante de la furia
          Con que rueda tu cintura,
          Como tropa de bisontes
          Poseída del delirio de migrar,
          Cual innúmera majada
          Perseguida y azotada
          Por las lluvias invernales,
          Que la llevan sin saber a dónde va.
          Como férvido torrente
          Que a la faz de la pendiente
          Se desploma fragoroso
          Sin más ley que la maldita de caer:
          Yo la brizna sin historia,
          Vil sobrante, vil escoria,
          ¡Me levanto formidable,
          Me propongo fulminar tu estolidez!

            Si vacía, si pomposa,
          Si ruín, si delictuosa,
          Si maligna, si cobarde,
          Si proterva, si bestial humanidad:
          Por la faz arrebolada
          Más abajo de la nada,
          Más abajo, todavía,
          Pues te voy a maldecir y apostrofar
          Soy tu padre, tu poeta,
          Tu maestro, tu profeta,
          Tu señor indiscutible,
          ¡Tu verdugo sin entrañas y tu juez!
          No me asustas: te domino,
          Te someto, te fascino
          Con la luz esplendorosa,
          ¡Con el hierro incandescente de la fe!



                             A LA LIBERTAD


            Como del fondo mismo de los cielos
          el sol eterno rutilante se alza,
          como el seno turgente de una virgen
          al fuego de la vida se dilata;
                  Así radiosa,
                  y así gallarda,
          se levantó del mar donde yacía
          la exuberante tierra americana.

            Como prende su túnica de raso
          con su joya mejor, la soberana,
          como entre todas las estrellas reina
          el lucero magnífico del alba;
                  Así pulida,
                  y así gallarda,
          sobre todos los pueblos de su estirpe,
          resplandor y joyel, ¡surge mi patria!
            Como buscan la luz y el aire libre
          las macilentas yerbas subterráneas,
          como ruedan tenaces y tranquilas
          al anchuroso piélago, las aguas;
                  Así sedienta,
                  y así pordiada,
          la triste humanidad se precipita
          al pie de la bandera azul y blanca.
            ¡Allí van congregándose a la sombra,
          para formar después una montaña!
          ¡Allí van adhiriéndose en el tiempo
          partícula a partícula las razas!
                  Allí se funde,
                  y allí se amasa
          el hombre, tal como surgió en la mente
          del autor de los orbes y las almas.
                  Que así pulida,
                  y así gallarda,
          sobre todos los pueblos de su estirpe,
          resplandor y joyel, ¡surgió mi patria!



                              SÓLO DIOS


            Yo sé que fieros, hambrientos,
          dos ojos, en ti clavados,
          siguiendo van tus cuidados,
          miradas y movimientos.
          Por más que sigan atentos
          los giros de tu pasión,
          podrá ser que la ocasión
          sin aprovechar se queden...
          ¡Pues vigilarte no pueden
          las telas del corazón!

            Yo sé que una mano artera,
          porque te olvides de mí
          separaría de ti
          cuanto en mi pensar te hiciera.
          Su dueño, infeliz, espera,
          que al suprimir mi visión,
          logrará que tu pasión
          desamparada se quede...
          ¡Pero robarte no puede
          mi sombra del corazón!

            Yo sé, que el labio de un hombre,
          por tu amor capaz de todo,
          recoge, a montones, lodo,
          para volcarlo en mi nombre.
          Me callo, sin que me asombre
          la bajeza de su acción;
          de su vil difamación
          si queda rastro que quede...
          ¡Yo sé que manchar no puede
          Mi nombre en tu corazón!

            Y ojos, mano y labio impío,
          apostados, en acecho,
          para robarte del pecho
          tu corazón todo mío,
          lucharán en el vacío,
          sin lograr su pretensión,
          hasta que de mi pasión,
          libertada por Dios quedes...
          ¡Porque ni tú misma puedes
          mandar en tu corazón!



                        NOCTURNO CANTO DE AMOR


            Nocturno canto de amor,
          que ondulas en mis pesares,
          como en los negros pinares
          las notas del ruiseñor;

            Nube que cruza tranquila
          la extensión ilimitada,
          dulcemente iluminada
          por la luz de mi pupila;

            Ideal benefactor
          en el espíritu mío,
          como el collar de rocío
          con que despierta la flor;

            Sumisa paloma fiel,
          sobre mi pecho fornido,
          como si fuera en un nido,
          de mirtos y de laurel;

            Coloración singular
          Que mi desgracia iluminas
          como al desierto y las ruinas
          la claridad estelar;

            Blanco jazmín entre tules
          y carnes blancas prendido
          por mi pasión circuido
          de pensamientos azules;

            Música, nube, ideal,
          ave, estrella, blanca flor,
          preludio, esbozo, fulgor
          de otro mundo espiritual,

            Aquí vengo, aquí me ves,
          aquí me postro, aquí estoy,
          como un esclavo que soy,
          abandonado a tus pies.



                            MÁTER DOLOROSA

                          (Balada medioeval)


                                  I

            Las róseas mejillas
          De leche y frutillas;
          Los ojos dormidos
          Como dos cupidos;
          La boquita breve
          De púrpura en nieve;
          Los pechos cual proras
          Que van triunfadoras;
          Las manos tan finas
          Como manos chinas;
          Y el talle tan noble
          Como tierno roble;
          Tras de la persiana
          De una torre altiva
          Yace pensativa
          Gentil castellana.


                                   II

          Con el rostro yermo
          Como un dios enfermo
          Dos ojos sombríos
          Como dos vacíos;
          Destrozado el pecho
          Como altar deshecho;
          Doblados los hombros
          Cual pétreos escombros;
          La feroz espada
          Torcida y mellada;
          Cota y paramentos
          Flojos y sangrientos;
          Sin rumbo, sin noto
          Como barco roto;
          Por los pedregales
          Cruza un caballero
          Sollozando fiero
          Como cien chacales.


                                   III

          Sudor, sangre y cieno
          Del ijar al freno;
          Revueltos los ojos
          Nublados y rojos;
          Los flancos hundidos
          Latiendo afligidos;
          Llenos de los trazos
          De los espolazos;
          Lanzando del cuello
          Trémulo resuello;
          Barriendo la tierra
          Con su arnés de guerra;
          Golpeando sin tino
          La faz del camino;
          Frente al minarete
          La jaca cansada
          Cayó fulminada
          ¡Matando al jinete!


                                  IV

            Tras de la persiana
          Do la castellana
          Yace pensativa
          Como una cautiva,
          Se oye un gran gemido,
          ¡Se oye un alarido!
          Corren los arqueros
          Con pasos ligeros;
          Giran los soportes
          Sobre sus resortes;
          Bajan estridentes
          Los ferrados puentes;
          Y ella misma--¡ella!--
          Toda blanca y bella,
          Mujer y caudillo
          Sale del castillo;
          Pues la noble maga
          Quiere decidida,
          Salvar una vida,
          Que tal vez se apaga.


                                 V

            ¡Rodaron al mismo
          Formidable abismo!
          Venían de lejos
          Ya tristes y viejos
          ¡Como dos difuntos
          Que vagaran juntos!
          Acaso sus vidas
          Así confundidas,
          Tuvieron dos nombres
          Que honraron los hombres;
          Y acaso no fueron
          Porque no pudieron;
          Pues no todos hieren
          La cuerda que quieren.
          ¡Nada más que un jaco
          Miserable y flaco;
          Nada más que un huero
          Sonar de matraca
          Caballero y jaca,
          ¡Jaca y caballero!


                                VI

            Cual ponto revuelto
          Su cabello suelto;
          Rígida la cara
          Cual si no pensara;
          Blanca como cera
          Cual si no viviera;
          Las manitas juntas
          Como dos preguntas;
          Erguidos los hombros
          Como dos asombros;
          Las cejas alzadas
          Como dos arcadas;
          Los ojos abiertos
          Sobre aquellos muertos,
          Y enhiesta con noble
          Majestad de roble;
          La bella, la ufana,
          La gran castellana,
          Trágica y hermosa
          Dolorida y tierna
          ¡Parece la eterna
          Máter dolorosa!



                              EPITALAMIO

           _En el casamiento de la hija de Don Anacleto Domínguez._


                                  I

            Sólo vibra mi salterio
          pensativas notas graves.
          Yo no sé, como las aves,
          «saludar al padre sol»;
          Para mí la gran natura,
          por su cielo y por su tierra
          nada dice, nada encierra
          que cautive mi emoción.

            Por lo mismo--porque nunca
          ni vacila, ni fracasa
          y es eterna y solo pasa
          por el riel de lo cabal--
          no la tengo yo por sabia
          como el sabio que la escruta:
          Fuerza misma, fuerza bruta,
          que no sabe adonde va.

            Yo la siento un mecanismo
          que no piensa, que no fragua--
          cual su gas, como su agua
          que proceden porque sí--
          un recurso, un instrumento
          del propósito divino:
          Un vehículo en camino
          con un fin que no es su fin.

            Y jamás de los jamases
          me absorbieron las esferas,
          ni el verdor de las praderas,
          ni el desierto, ni la mar,
          ni las aves, ni las flores,
          ni los ríspidos insectos:
          Serán bien, serán perfectos,
          mas lo son sin voluntad.

            ¿Quién dirá que la Gioconda
          modeló sus propios labios
          y esos finos ojos sabios
          que Leonardo eternizó?...
          Así el sol, así los astros
          de más fúlgida apariencia:
          Luminarias sin conciencia
          que dan luz y dan calor.

            Nada saben, nada quieren,
          nada buscan, nada inventan,
          ni reforman ni violentan
          ningún fin, ninguna ley.
          Y a pesar de que circulan
          por el éter tan audaces,
          son idiotas incapaces
          de pensar y resolver.


                                  II

            Pero el Hombre, pero el Genio,
          más que un sol en el abismo,
          por sí solo, por sí mismo
          marcha mal o marcha bien:
          Tiene rumbos preconceptos,
          con sus planos y su equipo
          y ha forjado el arquetipo
          supraexcelso de su ser.

            Y persigue aquel modelo
          por más leyes que lo impidan,
          por más fuerzas que coincidan
          y le arrastren hacia atrás:
          Presidiario incorregible
          que la ergástula no arredra
          y en el hierro y en la piedra
          va y escribe ¡Libertad!

            Eso canta, mi Gertrudis,
          ese arcángel, ese mito
          que ultramonta lo infinito
          tras la sombra de su Dios:
          Que reniega de sí propio,
          de sí propio horrorizado,
          que se siente desolado,
          que se siente triunfador.

            No te asombre pues, hijita
          si en la noche de tus bodas
          yo no cuento y nombro todas
          tus bellezas de mujer:
          Si a la faz de tus encantos
          cual un torpe, cual un ciego,
          yo renuncio, yo reniego
          del color y del pincel.

            Si no tengo ni una nota,
          si no bordo ni una frase
          que pregone de tu enlace
          la suntuaria señoril,
          que compare las estrellas
          con los soles de tus ojos
          y tus rojos labios rojos
          con la fresa y el rubí.


                                  III

            Yo te canto en este día,
          para ti de augurios lleno,
          la canción del bardo bueno,
          del poeta del Dolor:
          La canción de los tesoros
          todavía insuperables,
          superpuros, inefables
          de un anciano corazón.

            Yo te llamo a tus deberes
          de mujer americana,
          con los sones de campana
          de más ansias de la luz:
          Y con voz que por los senos
          de tu espíritu prolongo,
          yo te intimo, yo te impongo
          tu segunda esclavitud.

            Yo desciendo a la perpleja
          candidez de tu alma informe,
          con mi sola, con mi enorme
          potestad de creación:
          Y adobando y sazonando
          tus candores de camelia
          de Penélope y Cornelia
          las dos almas te doy yo.

            Yo te muestro a las miradas
          de tus jóvenes hermanos,
          cuyos pechos espartanos
          fueron muros para ti,
          cuyo nombre sin mancilla
          tú llevabas hace poco...
          ¡Yo te yergo bajo el foco
          de su gesto emperatriz!

            Yo te limpio y te perfumo
          con los besos de tu hermana,
          cual perfuma una manzana
          la manzana que rozó:
          Bajo el cetro formidable
          de su almita de azucena,
          yo sé bien que serás buena,
          santa y buena por las dos.

            Yo me lanzo a las regiones
          del misterio donde moran,
          donde ríen, donde lloran
          los que nunca serán más:
          Y pulsando los abismos
          con mis manos como plectros;
          yo conozco los plectros,
          familiares de tu hogar

            Y a la faz de los deleites
          que sospechas y no sabes,
          de la entrega de las llaves
          de tu altivo corazón:
          De los planes deliciosos
          que proyectas y no nombras,
          pongo juntas esas sombras
          por testigos de tu honor.

            Yo te riego con el llanto
          de tu madre cariñosa,
          la veraz, la decorosa,
          la perfecta gran mujer,--
          y en sus bíblicas virtudes
          que yo aplaudo, que yo admiro,
          como en púrpura de Tiro
          yo te envuelvo hasta los pies.

            Yo levanto frente a frente
          de tu nueva dulce aurora,
          la cabeza pensadora
          de tu sabio genitor;
          Y te forjo deslumbrantes
          prodigiosas filigranas,
          con la crín de aquellas canas...
          ¡Misma crín del mismo sol!...

            Yo te ciño por coraza
          de tu amable inexperiencia,
          su criterio, su prudencia,
          su dialéctica fugaz:
          Y te labro cinto y peplo
          de matrona, de patricia,
          con su afán de la justicia
          con su fresca voluntad...

            Y así noble, y así pura,
          y así sabia, y así fuerte,
          y así dueña de tu suerte
          cual un ínclito varón:
          Yo el errante, yo el postrero,
          yo el sin patria, yo el sin nido,
          te presento a tu marido...
          ¡Tu marido y tu señor!...





*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Nuevas poesías y evangélicas - con un estudio de Alfredo Palacios" ***

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