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Title: Doctor Sutilis - Cuentos (short stories)
Author: Alas, Leopoldo
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Doctor Sutilis - Cuentos (short stories)" ***

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                        NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
_guiones bajos_.

La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta
en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a
las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha
sido respetado.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese
entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios
Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. Según esa norma, las
letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar
tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si
se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se
trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,
ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.


                   *       *       *       *       *


                             LEOPOLDO ALAS
                               (CLARÍN)

                            OBRAS COMPLETAS

                               TOMO III

                            DOCTOR SUTILIS

                             RENACIMIENTO
                                MADRID


                            DOCTOR SUTILIS


                             LEOPOLDO ALAS
                               (CLARÍN)

                            OBRAS COMPLETAS
                               TOMO III



                            DOCTOR SUTILIS

                               (CUENTOS)

                            [Ilustración]

                             RENACIMIENTO


                     MADRID               BUENOS AIRES
                 SAN MARCOS, 42          LIBERTAD, 172
                                 1916


                             ES PROPIEDAD

        Imprenta de Juan Pueyo.--Mesonero Romanos, 34.--MADRID



                                ÍNDICE

                                                       Página

         Doctor Sutilis                                   7

         La mosca sabia                                  23

         El doctor Pértinax                              45

         De la comisión                                  63

         De burguesa á cortesana                         81

         El diablo en Semana Santa                       89

         Doctor Angelicus                               103

         Los señores de Casabierta                      115

         El poeta-buho                                  121

         Don Ermeguncio ó la vocación                   127

         Novela realista                                137

         La perfecta casada                             147

         El filósofo y la «Vengadora»                   153

         Medalla de perro chico                         167

         Diálogo edificante                             173

         Un candidato                                   181

         La contribución                                187

         El rana                                        201

         Versos de un loco                              211

         Nuevo contrato                                 219

         Feminismo                                      229

         Manín de Pepa José                             237

         Álbum-abanico                                  257

         Un repatriado                                  269

         Doble vía                                      277

         El viejo y la niña                             287

         Jorge                                          295

         Sinfonía de dos novelas                        305



                            DOCTOR SUTILIS

                                   I

Si le hubiérais conocido hace ocho años... no le conoceríais ahora.

¿Veis esa cabeza rapada á punta de tijera, aunque el diccionario
entiende que sólo se puede rapar á navaja? Pues hace ocho años era
enmarañada selva de ébano.

¿Veis esos insignificantes ojos á que unos lentes de cristal de roca
quitan toda expresión y dan estoica serenidad, irritante audacia? Pues
eran hace ocho años llamaradas de un incendio que ardía en el corazón
de Pablo.

Pablo tiene veintiocho años y es agente de bolsa.

Hace ocho años tenía veinte y era soñador de oficio.

Á los veinte años Pablo era pagano, como el santo de su nombre. Mirando
á las estrellas del cielo, á las olas del mar, á las hojas del bosque,
á las espigas de las llanuras, lloraba de repente sin saber por qué, y
era feliz en medio de penas sin nombre y sin cuento.

De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba
perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola
llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo
con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la
campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco
envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al
alejarse _para siempre_ de aquel desconocido sentía que “se le partía
el corazón.”

Comprenderá el lector que vivir así era imposible.

Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo.

Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces
consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un
lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente.

El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia
en balde.

--Pablo--dijo don Pantaleón--esto no puede seguir así.

Pablo suspiró.

--Esto no puede seguir--prosiguió el tío--porque tú ya tienes más de
veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre
en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar
hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy
ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas,
y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la
naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario,
pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de
la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el
concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que
bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra,
te voy á hacer tenedor de libros.

Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin
freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza,
como la política española.

Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese
nombre en participio pasado y casi en latín?

Sin embargo, esta contrariedad léxica no desorientó á Pablo.

No era lo peor que Restituta se llamase Restituta, sino que además se
llamaba Andana.

Muy buenos versos hacía Pablo; pero la niña, que había leído el
Romancero de la Guerra de África _escrito en verso_ por Eduardo
Bustillo, había perdido el gusto en materia de versos.

Pablo era predominantemente subjetivo, como dicen en el Ateneo, sección
de literatura; y Restituta era aficionada á lo épico hasta el punto de
llegar á casarse con un capitán de cazadores en situación de reemplazo.

El mismo día en que el capitán pidió al padre de Restituta la mano de
su hija, don Pantaleón de los Pantalones le pidió para Pablo una plaza
de tenedor vacante en su establecimiento de paños y tejidos.

He aquí los versos que escribió Pablo con motivo de este segundo
acontecimiento:

“El amor caminaba desnudo entre rosas y suavísimo césped; las brisas y
las auras juguetonas le acariciaban. Cuando era esto no había telares
en el mundo, ni se desnudaba á los animales de sus pieles para vestir
al lobo humano.

“El amor, anda que te andarás, llegó á las breñas, halló angosto el
camino y lleno de zarzas, cardos y espinas; á los primeros pasos vertió
lágrimas de dolor; pero esperaba que volvieran las flores y sufrió
las heridas de los abrojos resignado. Siguió andando y las rosas no
volvieron á aparecer; las espinas de las zarzas eran cada vez más
y más agudas. El amor iba hecho un San Lázaro. Entonces se detuvo;
sembró lino en derredor, no sin desbrozar antes la tierra; inventó la
lanzadera, el telar, todo lo que le hizo falta para fabricar tela;
probó á andar otra vez, vestido de flotante túnica, pero la vida
sedentaria le había hecho poltrón, afeminado, y las heridas de los
abrojos le lastimaban más que cuando caminaba desnudo. Fué preciso
fabricar el paño, hizo trampas para cazar animales; despellejó,
curtió, tundió y se vistió de señorito. _La ley de las salidas_ le
aconsejó que trabajara en grande; el espíritu industrial se apoderó
del amor, trabajó para afuera y tuvo que aprender la teneduría de
libros. Cuando la razón social ‘Amor y Compañía’ se hizo respetable
en todos los mercados, el amor probó de nuevo á emprender el viaje, y
grande y agradable fué su sorpresa al ver que las espinas y los cardos
y las breñas habían desaparecido. El camino era otra vez de rosas y
suavísimo césped: las brisas y las auras acariciaban al viajero. Todo
volvía á ser como al principio. No hubo más sino que, al pasar junto á
una fuente, el amor se miró en sus aguas y vió que no era él mismo, ni
cosa parecida. Desde aquel día el amor busca al amor y no parece.”

Lo primero que le extrañará al lector en esta poesía será el que esté
escrita en prosa; ¿es que hay poesía en prosa, como pretende el Sr.
Vidart? Nada de eso; lo que hay es que yo he traducido estos versos,
escritos en alemán, en prosa castellana. Pablo, que había estudiado
mucho cuando anduvo desnudo, escribía sus poesías íntimas en alemán con
regular corrección.

Pero después de hacer ésta, ni en alemán ni otra lengua alguna, ni
viva, ni muerta, volvió á encontrar consonantes, como no fuera por
casualidad.

Esta poesía _hizo crisis_ en el alma de Pablo, que desde aquel día
empezó á ser hombre en la verdadera acepción de la palabra.

El señor de los Pantalones veía con asombro y con alegría que en las
cuentas de su sobrino las sumas eran fiel representación del conjunto
de los sumandos, y que ni por casualidad era un cociente mayor que
el dividendo en las divisiones de Pablo. En los libros diarios no
había raspaduras, ni al margen escollos rítmicos, ni _suspirillos
germánicos_.


                                  II

El capitán de cazadores, ¿cómo ocultarlo?, no era poeta; y para ser
hombre en la verdadera acepción de la palabra, le faltaba medio
escalafón. En la lista de los capitanes estaba como el alma de Garibay,
muy lejos de ambas orillas, como un náufrago en las soledades del
océano; si se miraba para atrás se veía que el bueno de don Suero
de Quiñones debió ponerse las tres estrellas próximamente cuando el
Gran Capitán, y si se miraba hacia adelante, se adivinaba que don
Suero pondría galones en la bocamanga cuando ya fuese un hecho la paz
perpetua.

Pero nada de esto inquietaba al principio á Restituta, quien confiada,
como los economistas, esperaba que las causas represivas vinieran
á mermar la clase de capitanes y á reducir considerablemente la
población, por consecuencia.

Quiñones era un guapo mozo y Restituta le había amado _por espíritu
de cuerpo_; porque Restituta, en el fondo del alma, era una mujer de
infantería. Había nacido para casarse con un capitán del arma.

Ni por un momento se le ocurrió á Pablo hacer la competencia á un rival
que tenía fuero privilegiado. Se dió por vencido desde la primera
formación en que vió Restituta á don Suero.

Sea dicho en honor de Pablo, Restituta no había dejado de dar pábulo
algunas veces á la pasión del mísero soñador. La niña no quería para sí
aquel sonámbulo, incapaz de coger cotufas en el golfo; pero se había
acostumbrado á verle padecer, languidecer, callar y llorar en silencio.

Es más, y esto sea dicho en honor de Restituta, la muchacha solía
ir muy callandito al cuarto de Pablo. (Aquí debo advertir que eran
parientes y vivían largas temporadas bajo el mismo techo).

¿Qué hacía Restituta en el cuarto de su desdeñado amador?

Revolver los cajones de la mesa, sacar papeles, leerlos, ponerse
colorada, quedarse pensativa, soltar luego una carcajada, guardar todo
aquello y echar á correr.

Pocos días antes de ascender Restituta á capitana, Pablo, por
casualidad, la vió en su propia habitación entregada á las curiosidades
que quedan apuntadas. Pablo, que acababa de escribir la poesía alemana
que va unida á los autos, estuvo á punto de sentir amor _usque ad
mortem_. El corazón ya lo tenía en la garganta; pero se dió un
golpecito en la nuez, tragó saliva y volvieron las cosas á su sitio.
Restituta no supo que su primo la había visto revolverle los papeles.

El primo, que otras veces se pasaba semanas y meses _rumiando_
indicios, atisbos, asomos de simpatía que creía ver en la prima, esta
vez no quiso sacar consecuencias de lo que había presenciado, no pensó
en ello, es decir, no reflexionó sobre ello, no lo saboreó. Se limitó
á consignar el hecho en el libro mayor bajo aquellas letras que dicen
_Debe_.


                                  III

Un capitán de cazadores tiene poco que aprender.

Evitemos la anfibología; no quiero decir que él, el capitán, tenga poco
que aprender, porque ya lo sepa casi todo; he querido decir que á don
Suero de Quiñones su mujer se lo supo muy pronto de memoria.

Á los maridos, especialmente á los maridos capitanes, les sucede lo
que á la Naturaleza, son bellos _per troppo variar_. Don Suero fué
bello y vario mientras no agotó las combinaciones posibles de su
indumentaria: de paisano, de uniforme, de gala con uniforme, de levita
de campaña, de gorra de cuartel, de ruso, y pare usted de contar. No
había más. Restituta, después que se sació de ver todo esto, y no
tardó mucho, quiso penetrar en los subterráneos del alma. Quiñones no
tenía subterráneos. Su alma era una casamata á prueba de bomba y de
psicologías. No tenía ideales muertos ni vivos: no tenía más ideal que
el empleo inmediato superior.

En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la
_Fisiología del matrimonio_, no para tomar las lucubraciones de Balzac
al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones.

Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las
manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada
oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces
morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado
y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña
curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan
vehemente y misteriosa.

El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos
cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una
extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada
transformación.

El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio
tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es
necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente,
participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo
de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos.

Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero
¡ah! lo que es curiosidad, mucha.


                                  IV

Pablo llegó á tener participación en los beneficios.

Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se
le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo
que suele llamarse el cuarto y el ochavo.

Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba
el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso.

Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la
tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el
_cuarto de Pablo_, porque el amo de la casa le había cedido toda una
crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones
con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la
mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un
rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura.
Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos
desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en
castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su
lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados
con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio
vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal.

Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que,
valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo.

De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de
memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente
dicho:

--¡Cómo era aquel _verso_ en que juraba mi primo que se reía y lloraba
al mismo tiempo!

Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería
hacer entendimiento.

Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos
recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al
fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor
marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su
primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente.


                                   V

Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y
provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla,
cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas
del pasado:

--¿No te casas, Pablo?--dijo Restituta cuando se vió á solas con él en
la glorieta del jardín, cerca ya de la noche.

--¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho
años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?,
y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los
mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir
en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!...
Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero
vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en
esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y
era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de
violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No
te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho.

Restituta apreció en todo su valor este trozo de literatura corrosiva,
como la llaman, con razón, las almas honradas.

Hubo una pausa. Al fin Restituta, como quien varía y no varía de
conversación, exclamó:

--Oye, y desde que te has hecho comerciante y sabio hacendista, ¿ya no
haces versos? ¡Qué bonitos los hacías! Parece mentira; pero la verdad
es que á la larga no se puede vivir sin versos, buenos, se entiende,
como los tuyos.

--Hace ocho años escribí los últimos; son los únicos que conservo... en
la memoria.

--¿Quieres recitarlos?

--¡Si los hice en alemán!

--Pues no importa; dime la substancia.

Pablo dijo la substancia, sin poner, pero no sin quitar, pues creyó del
caso suprimir aquello de que el amor, al mirarse en la fuente, no se
había conocido. Concluyó diciendo que el amor busca el amor.

¡Qué pensativa se quedó Restituta!

--Oye, Pablo--dijo cuando ya era noche del todo--qué amargos son esos
versos; parece que piensas, según ellos, que nadie quiere el amor por
el amor, que necesita otros atractivos, que ha de revestirse de mil
requisitos y tomar mil precauciones para que no le lastimen los abrojos
de la vida.

--Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero,
inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me
querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me
importa?, porque... lo dicho, dicho...


                                  VI

Dicho y hecho.

Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender
el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza--_natura naturans_--ya había
satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más
uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en
el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz.

Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la
glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo
de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los
recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes.
Amén.

En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y
como un cobarde primero.

Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió
afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter.

Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía
íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse
en la fuente no se había conocido?

¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en
realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había
sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos?

Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no
acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la
Bolsa.

Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil.

Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era
tan bruto, las palabras de la sabiduría.

Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo
del precipicio.

Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes
desgracias, alguna de ellas por lo menos:

1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano.

2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su
prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo
del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y

3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga
felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada
del pobre soñador!

No, y mil veces no. Pablo se convirtió de veras, perdió los sueños y el
amor, dejó los versos y la poesía, y sólo fingió amor, sueños, poesía,
versos, cuando sus planes lo exigieron.

Gozaba poco, es verdad, Pablo el convertido, pero no padecía nada.

Aquel amante podía exclamar: nada se ha perdido más que el amor.

Poetas de imitación, que buscais dolores íntimos para cantar endechas
y publicar vuestras penas, si encuentran editor, no despreciéis á mi
Pablo, no le tengais por menos que vosotros. Fué desertor del ideal,
huyó de los ensueños dolorosos porque los sintió de veras... y según
dicen los inteligentes, cuando se ama muy de veras se padece mucho.



                            LA MOSCA SABIA


                                   I

Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el _sancta
sanctorum_, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete,
salón biblioteca; las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy
respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir á un precio
fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel
tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles
por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo
tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender
á mi ilustre amigo. Era mi objeto al visitar la biblioteca de don
Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era
fácil encontrar en otra parte; y llegó á tanto la amabilidad insólita
del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría,
mientras él iba á no sé qué Academia á negar un premio á cierta Memoria
en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que
no hay solución de continuidad en la escala de los seres.

La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan
herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado,
que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho
manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no
quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus
profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien
podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa
escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala,
en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina,
que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento;
cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija
sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del
exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo
la palabra de ir calentándose poco á poco.

Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba
tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame
solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo,
químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los
libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían
escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la
chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban
ya de vencida, los abrasados troncos.

En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en
una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la
perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde
ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre
aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de
piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo
que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes!
¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón
pura! _¡Novum organum!_ Todo el mundo de la inteligencia se interponía
entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar.
¡Ea!--le dije--; busca materia para tus locuras dentro del estrecho
recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este
silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso
vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos,
algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de
sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con
saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en
aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña
naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía
el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.

Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor
es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio,
algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá
metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi
tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía
muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque
tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y
de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y
parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el
zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo,
aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la
mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca,
sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz,
que para sí quisieran muchos actores de fama:

        _--Sucedió en la suprema monarquía
      de la Mosquea, un rey que, aunque valiente,
      la suma de riquezas que tenía
      su pecho afeminaron fácilmente._

--¿Quién anda ahí? _¿Hospes, quis es?_--gritó la mosquita estremecida,
interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba
declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de
mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad
que le consentía la cojera.--Dispense usted, caballero, continuó
reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente
nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había
notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que
hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.

--Usted es quien ha de dispensar--dije al fin, saludando cortésmente--:
yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con
tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos
literatos primates.

Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la
_Batracomiomaquia_, lo mismo que le recitaría toda la _Mosquea_. Éstos
son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí
son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos
verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa.
Yo leo la _Batracomiomaquia_ como Alejandro leía _La Ilíada_...

      _Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos..._

¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la
imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y
naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el
polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes,
signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido
con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud
buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco
afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar
las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter
baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean
moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca;
mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de
aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto
vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don
Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba
yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor;
guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los
mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos;
pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque
demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que
era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales,
el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en
aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la
salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un
alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la
cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho
para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena
de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto
le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad;
pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio
llegó al _punto de partida_ necesario para dar un solo paso en firme.
Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi
muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que
era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el
rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el
fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora,
y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí
descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo
sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo,
tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por
esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del
invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por
esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con
todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad!
La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los
accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué,
la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la
variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión,
y dije:

--Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las
compone para hablar mejor que algunos literatos...

--Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la _Revista de
Westminster_ que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían,
y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario;
compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle
lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no
pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas
que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le
dije:

--Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden
hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son
los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra
sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al
fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas,
cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por
ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me
enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo
tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los
libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima
de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo
con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus
rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien
supo lo que hacía!

Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y
daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él;
yo, de un mosquito.

¡Ay! Una tarde--prosiguió la mosca--me dijo el tirano: Ea, hoy sales á
paseo.

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda
aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas
lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo
tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don
Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas,
y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo,
con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del
sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta
á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era
sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor
apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros,
que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado.
Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis
hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas,
sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos
corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban
con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al
comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que
me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de
la vida.

El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz
de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á
las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos
juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que
huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para
tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer
juntos á la tierra en apretado abrazo!

Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó
tras larga pausa:

        _--Nessun maggior dolore
      Che ricordasi del témpo felice
      Nella miseria..._

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir
miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi
lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus
negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado
era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas,
y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de
las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don
Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de
Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje
se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de
qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á
mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi
cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el
universo. _Kalé_, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la
más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió,
no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

--Ven--me respondió hablando en el lenguaje de mi madre--: ven al
festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á
ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé
agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de
ti...--Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.--Yo no entiendo de
Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de
mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de
púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto,
que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por
el aire zumbando: _¡Ven, ven!_... Quise seguirla, mas no pude. El amor
me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez
de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó
despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque
aún no había llegado á la metafísica sintética.


                                  II

La mosca de mi cuento

        Tras nueva pausa prosiguió llorando:
      ¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
      halló dentro de sí, la luz mirando
      que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo
ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de
las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño”
(dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa:
es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos
germánicos á la mosca de mis sueños). Como el _joven enfermo_ de
Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo
que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible
satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á
la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los
juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos
de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la
salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como
un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó
con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en
un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.--“¡Oh! ¡Así
pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; _subjetivamente_
podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.

¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la
síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas
machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el
amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de
verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise
volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar
el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas
las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y
valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea,
me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz,
aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar
inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y
aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué
de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del
amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó
cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el
mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á
mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada
de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis
ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía
pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca
de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo
dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler,
y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin
detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.

Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí
para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica,
mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por
el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario
paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis
al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones
hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un
castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que
solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de
guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.

--Éste--le decía--fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún
en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies
se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh
mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y
vive de tu recuerdo.--Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía
yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y
Ptolomeo.--La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros
los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la
novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene
una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y
puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes
imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que
guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á
mis dolores lo debí á mis propias facultades.

Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es
el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo,
pero es el único.

Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño,
de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de
Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta.
El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve
hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de
nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía
que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por
mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino
en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer
aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de
insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos
los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta
de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles,
ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí
ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias
láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas:
el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda
aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al
tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención
y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y
costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y
familias.

Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba
ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en
medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba
ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz
de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la
noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil,
como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con
sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna
vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él
su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida
la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la
mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de
pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y
retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero
no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo
el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma,
hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que
recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo
familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si
no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil
y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como
quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el
miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á
que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que
no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es
teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que
tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer
beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No
contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme
tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía
despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir
la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que
el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias,
lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en
besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.

En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á
un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos
y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía:
“Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra
no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos
difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor,
tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que
te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento
y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que
jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al
contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de
ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más
intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un
alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo
flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este
tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que
yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que
enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este
deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo
(por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas
entrañas:--¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie;
esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi
amada. Bajé los ojos y leí... _Musca vomitoria._

Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando
como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo,
como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la
mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como
el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:

--¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto
encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos
jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”.
Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños
á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone,
donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en
los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos
de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las
alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la
peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del _Vomitorium_! Yo
había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas,
su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo;
¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la
fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura,
sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el
desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén.
Seguí amando ciega á la _mosca vomitoria_, seguí besando loca sus alas
de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa
historia.

Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena,
y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo,
así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de
la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero
ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para
mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria
de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de
la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora
de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué
nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida
resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del
más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya
no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que
se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida
en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las
olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi
estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía
encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber
veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya
que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que
don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede
en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando
y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos
bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud
que para tanta abnegación se necesita.

Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia
un rincón de la biblioteca.


                                  III

Don Eufrasio volvía de la Academia.

Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos,
medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya
no recordaba que me había dejado en su _camarín_, perfumado con todos
los aromas bien olientes de la sabiduría.

Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre),
diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos
secretos:

--¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para
que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en
ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que
comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena;
puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la
posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he
bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas:
¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal
es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no
puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia!
¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra,
y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace;
aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!

Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca
había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite
y volvió á decir:--No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno
estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!

En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo
un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de
Friné.

Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no
arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca:

--¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?

--¡Como usted decía que los animales no hablan!

--No hablarás mucho tiempo, bachillera--gritó el sabio, y quiso coger
entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta
meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse
en la petaca.--Oye--dijo á Macrocéfalo--los animales hablan... y
escriben...--Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del
retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: _Musca
vomitoria_. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había
volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre
su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca
sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética.

Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la
piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita
en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar
una mosca.



                          EL DOCTOR PÉRTINAX


                                   I

El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata,
quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que
reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como
anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.

--¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el
olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la
hora de la muerte!...

Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo.

--¡Agua!--exclamaba el mísero filósofo.

--¡Vinagre!--contestó la vieja sin moverse de su sitio.

--Mónica, buena Mónica--prosiguió el doctor hablando como pudo--; tú
eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia
te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas...

--No, señor; pierda usted cuidado...

--No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual
puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de
mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto
de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi
personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes,
pero dame agua.

Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede
ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola
virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.

--Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la
especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la
especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro
hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.

Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de
arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de
gallarda apostura.

--¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu
meollo consumido por las herejías!

Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos
de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio
magno de la Naturaleza.

Amanecía.


                                  II

Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el
aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol.
¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol
que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente.

El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no
sé qué aire, muy parecido al _ça irá_ de los franceses.

--¡Hola! Parece que se madruga--dijo inclinando la cabeza y mirando de
hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral
de la puerta.

El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran
delgados, pálidos y secos.

--Sin duda, prosiguió San Pedro--, ¿usted es el sabio que se estaba
muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar,
compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se
le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á
usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene
á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo
no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo
derecho... No hay entresuelo.

El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules
en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para
seguir limpiando el sol.

Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado
en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de
barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura,
y medía los ademanes y gestos con académico rigor.

Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta
y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió
que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como
palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una
luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí
traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían
subido, tampoco estaba á la vista.

--Caballero--exclamó con voz vibrante y agrio tono:--¿se puede saber
qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí?

--¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había
olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del
bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó:

--¿Su gracia de usted?

--Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su
vigésima edición, que se intitula _Filosofía última_...

San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto
Pértinax...

--Bien: ¿Pértinax de qué?

--¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se
dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín...

--Justo, Quijote de la Mancha...

--Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué
farsa es ésta?

--¿Cómo farsa?

--Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis
enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria,
con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han
preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre
todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz
potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni
relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo
que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la _Filosofía
última_..., nota b de la subnota _alfa_, á saber: que después de la
muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese
el concupiscente querer vivir, _Nolite vivere_, que es sólo cadena de
sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo
me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que
yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante
tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque
yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y
soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como
representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino
una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive
Dios!...

Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino
que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á
despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las
escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.

Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no
descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax
con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si
podía, con tales palabras:

--Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á
usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por
buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba,
que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca
donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de
duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es
este sol que estoy limpiando.

--No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien;
otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia
de lo que hace.

--Yo soy San Pedro...

--Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que
usted lo sea.

--Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...

--Aprensión, prejuicio...

--¡Qué prejuicio ni qué calabaza!--grita el Santo ya incomodado un
tantico--; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá
nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La
culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir
gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San
Ignacio...

Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable
anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con
dulces ojos al _filósofo colérico_, le dijo, mientras cogía sus flacas
manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue
y esplendoroso:

--Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia
del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te
levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás
al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.

--Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan,
digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los
escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar,
no sirve contra el autor de la _Filosofía última_.--Y el pobre filósofo
escupía espuma de puro rabiado.

El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones,
santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían
coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de
bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor
del _Apocalipsis_ y el de la _Filosofía última_. Como San Juan se
explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco
á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á
olvidar la que él llamaba farsa indigna.

Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose
mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel,
que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de
la _Filosofía última_, obra detestable en su dictamen, esta vez de
acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al
filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:

_¡Nego suppositum!_

Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como
se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado
el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la _Summa
teológica_ que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial.
Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado
por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra
cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al
doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el
desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:--Perfectamente; eso es, ver
y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió
en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel
filósofo era recurrir á la _Summa_. Y dicho y hecho; ya llegaba con
cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de
mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era
efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba
en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo
Tomás la _Summa_ con mucha prosopopeya, y la primer _q_ con que topó
vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el
dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir
latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi _Filosofía
última_! En ella queda demostrado...

--Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era
una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para
venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay
clases, y que aquí entra todo el mundo.

--Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja
que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo--; señora, sea todo
por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos.
Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá
de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte
celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo
Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que
valga la _Summa_, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen
en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado,
y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de
nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la
fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien
siento no ver entre nosotros.

Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el
Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar
su brazo á torcer, y Pidal volvió con la _Summa_ á la biblioteca.
Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por
haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y
resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo
Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por
mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.

El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en
recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por
los ojos, decía él, pero no por el espíritu.

--Hombre, no sea usted pesado--le decía Santo Tomás, mientras le cosía
unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje
que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer
en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...

--Caballero, replicó Pértinax--, usted vivía en tiempos muy diferentes;
estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he
pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la _Crítica
de la razón pura y de la Filosofía última_, de modo que no creo nada,
ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé
de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la
representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de,
como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber
que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad
sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación
volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado
original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada
queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.

Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con
la teja la pelada coronilla, respondió:

--La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates,
y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la
cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores
hacerle ver la realidad tal como es.

--¡Andando, andando!--gritó Diógenes en esto--á mí me negaban los
sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré:
¡andando, andando!

Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía
Pértinax, que dijo:--¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?

--Sí, señor--respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que
hablaremos en adelante)--, eso pronto se ve.

--¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es
infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?

--Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve
Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por
cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que
las disputas de sus peripatéticos.

--Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene
que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque
lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.

El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con
éstas:

--¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para
no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio
que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra
esa nada que niega.

Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se
hizo un chichón en la cabeza.

--¡Pero esto no puede ser!--exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al
chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro
mundo.

No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había
acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus
millones de millones de estrellas!

--¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más
alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de
los astrónomos de la tierra?

--¡Buena nebulosa te dé Dios!--contestó Santo Tomás--; aquélla es la
Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha
disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de
diamantes que rodean la ciudad de Dios.

--¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo
juzgaba indignas de un hombre serio?...

--Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta
estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado
de tanto ir y venir.

--Señores, yo no estoy presentable--dijo Pértinax--; todavía no me he
quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de
este traje indecoroso...

Los tres _ciceroni_ del cielo soltaron la carcajada á un tiempo.
Diógenes fué el que exclamó:--Aunque yo le prestara á usted mi
linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en
estrella alguna de cuantas Dios creó.

--¡Claro, hombre, claro!--añadió muy serio Job--; no hay habitantes más
que en la tierra: no diga usted locuras.

--¡Eso sí que no lo puedo creer!

--Pues vamos allá--replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo
el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella,
y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas
estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni
una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba
horrorizado.

--¡Esta es la creación!--exclamó--; ¡qué soledad!

Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada:
por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna,
la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á
su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las
esferas...

--Nada de eso--repuso Santo Tomás--; la astronomía no se ha equivocado;
la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante
aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de
astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.

--¡Allá voy!--exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y
asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un
pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué
chiquitina! ¡parece un infusorio!

Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de
sus filosóficos amores.

--¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?

--Nada más.

--¿Y el resto del Universo está vacío?

--Vacío.

--Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?

--Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además
para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se
puede negar que son muy bonitas.

--¡Pero vacío todo!

--¡Vacío!

Pértinax permaneció en los aires un buen rato triste y meditabundo.
Se sentía mal. El edificio de la _Filosofía última_ amenazaba ruina.
Al ver que el Universo era tan distinto de como lo pedía la razón,
empezaba á creer en el Universo. Aquella lección brusca de la realidad
era el contacto áspero y frío de la materia que necesitaba su espíritu
para creer.--¡Está todo tan mal arreglado, que acaso sea verdad!--así
pensaba el filósofo. De repente se volvió hacia sus compañeros y les
preguntó:--¿Existe el infierno?

Los tres suspiraron, hicieron gestos de compasión, y respondieron:

--Sí; existe.

--Y la condenación, ¿es eterna?

--Eterna.

--¡Solemne injusticia!

--¡Terrible realidad!--respondieron los del cielo á coro.

Pértinax se pasó la mortaja por la frente. Sudaba filosofía. Iba
creyendo que estaba en el otro mundo. Aquella sinrazón de todo le
convencía.--¿Luego la cosmogonía y la teogonía de mi infancia eran la
verdad?

--Sí: la primera y última filosofía.

--¿Luego no sueño?

--No.

--¡Confesión! ¡confesión!--gritó llorando el filósofo; y cayó desmayado
en los brazos de Diógenes.

Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, todo vestido de blanco, en
los estrados de Dios, á los pies de la Santísima Trinidad. Lo que más
le chocó fué ver efectivamente al Hijo sentado á la diestra de Dios
Padre. Como el Espíritu Santo estaba encima, entre cabeza y cabeza,
resultaba que el Padre estaba á la izquierda.--No sé si un Trono ó una
Dominación, se acercó á Pértinax y le dijo:

--Oye tu sentencia definitiva: y leyó la que sigue:

“Resultando que Pértinax, filósofo, es un pobre de espíritu incapaz de
matar un mosquito;

“Resultando que estuvo dando alimentos y carrera por espacio de muchos
años á un hijo natural habido por el tambor mayor Roque García en
Mónica González, ama de llaves del filósofo;

“Considerando que todas sus filosofías no han causado más daño que el
de abreviar su existencia, que no servía para bendita de Dios la cosa;

“Fallamos que debemos absolver, y absolvemos libremente al procesado,
condenando en costas al fiscal señor don Ramón Nocedal, y dando por los
méritos dichos al filósofo Pértinax la gloria eterna.”

Oída la sentencia, Pértinax volvió á desmayarse.

                   *       *       *       *       *

Cuando despertó, se encontró en su lecho. Mónica y un cura estaban á su
lado.

--Señor--dijo la bruja--, aquí está el confesor que usted ha pedido...

Pértinax se incorporó; pudo sentarse en la cama, y extendiendo ambas
manos, gritó, mirando al confesor con ojos espantados:

--Digo, y repito, que todo es pura representación, y que se ha jugado
conmigo una farsa indigna. Y en último caso, podrá ser cierto lo que
he visto; pero entonces juro y perjuro que si Dios hizo el mundo, debió
haberlo hecho de otro modo.--Y expiró de veras.

No le enterraron en sagrado.



                           DE LA COMISIÓN...


                                   I

Él lo niega en absoluto; pero no por eso es menos cierto. Sí, allá por
los años de 1840 á 50 hizo versos, imitó á Zorrilla como un condenado
y puso mano á la obra temeraria (llevada á término feliz más tarde por
un Sr. Albornoz), de continuar y dar finiquito al _Diablo Mundo_ de
Espronceda.

Pero nada de esto deben saber los hijos de Pastrana y Rodríguez, que es
nuestro héroe. Fué poeta, es verdad; pero el mundo no lo sabe, no debe
saberlo.

Á los diez y siete años comienza en realidad su gloriosa carrera este
favorito de la suerte en su aspecto administrativo. En esa edad de las
ilusiones le nombraron escribiente temporero en el Ayuntamiento de su
valle natal, como dice _La Correspondencia_ cuando habla de los poetas
y del lugar de su nacimiento.

La vocación de Pastrana se reveló entonces como una profecía.

El primer trabajo serio que llevó á glorioso remate aquel funcionario
público, fué la redacción de un oficio en que el alcalde de
Villaconducho pedía al gobernador de la provincia una pareja de la
Guardia civil para ayudarle á hacer las elecciones. El oficio de
Pastrana anduvo en manos y en lenguas de todos los notables del
lugar. El maestro de la escuela nada tuvo que oponer á la gallarda
letra bastardilla que ostentaba el documento; el boticario fué quien
se atrevió á sostener que la filosofía gramatical exigía que ayer
se escribiera con _h_, pues con _h_ se escribe hoy; pero Pastrana
le derrotó, advirtiendo que, según esa filosofía, también debiera
escribirse mañana con _h_.

El boticario no volvió á levantar cabeza, y Perico Pastrana no tardó
un año en ser nombrado secretario del Ayuntamiento con sueldo. Con
tan plausible motivo se hizo una levita negra; pero se la hizo en la
capital. El Sr. Pespunte, sastre de la localidad y alguacil de la
alcaldía, no se dió por ofendido: comprendió que la levita del señor
secretario era una prenda que estaba muy por encima de sus tijeras;
cuando en la fiesta del Sacramento vió Pespunte á Pedro Pastrana lucir
la rutilante levita cerca del señor alcalde, que llevaba el farol, es
verdad, pero no llevaba levita, exclamó con tono profético:

--¡Ese muchacho subirá mucho!--Y señalaba á las nubes.

Pastrana pensaba lo mismo, pero su pensamiento iba mucho más allá de
lo que podía sospechar aquel alguacil que no sabía leer ni escribir é
ignoraba, por consiguiente, lo que enseñan libros y periódicos á la
ambición de un secretario de Ayuntamiento.

Toda la poesía que antes le llenaba el pecho y le hacía emborronar
tanto papel de barbas, se había convertido en una inextinguible sed de
mando y honores y honorarios. Pastrana amaba todo, como Espronceda;
pero lo amaba por su cuenta y razón, á beneficio de inventario. Como
era secretario del Ayuntamiento, conocía al dedillo toda la propiedad
territorial del Concejo y no se le escapaban las ocultaciones de
riqueza inmueble. Así como el divino Homero en el canto II de su
_Ilíada_ enumera y describe el contingente, procedencia y cualidades de
los ejércitos de griegos y troyanos, Pastrana hubiera podido cantar el
debe y haber de todos y cada uno de los vecinos de Villaconducho.

Era un catastro semoviente. Su fantasía estaba llena de foros y
subforos, de arrendamientos, y enfiteusis, de anotaciones preventivas,
embargos y céntimos adicionales. Era amigo del registrador de la
propiedad, á quien ayudaba en calidad de subalterno, y sabía de memoria
los libros del registro. Salía Perico á los campos á comulgar con la
madre Naturaleza. Pero verán mis lectores cómo comulgaba Pastrana con
la Naturaleza: él no veía la cinta de plata que partía en dos la vega
verde, fecunda, y orlada por fresca sombra de corpulentos castaños que
trepaban por las faldas de los montes vecinos; el río no era á sus ojos
palacio de cristal de ninfas y sílfides, sino finca que dejaba pingües
(pingüe era el adjetivo predilecto de Pastrana), pingües productos al
marqués de Pozos-hondos, que tenía el privilegio, que no pagaba, de
pescar á bragas enjutas las truchas y salmones que á la sombra de
aquellas peñas y enramadas buscaban mentida paz y engañoso albergue en
las cuevas y en los remansos. Al correr de las linfas cristalinas, fija
la mirada sobre las ondas, meditaba Pastrana, pensando, no que nuestras
vidas son los ríos que van á dar á la mar, que es el morir, sino en
el valor en venta de los salmones que en un año con otro pescaba el
marqués de Pozos-hondos. ¡Es un abuso!, exclamaba, dejando á las auras
un suspiro eminentemente municipal; y el aprendiz de edil maduraba un
maquiavélico proyecto que más tarde puso en práctica, como sabrá el que
leyere.

Las sendas y trochas que por montes y prados descendían en caprichosos
giros, no eran ante la fantasía de Pastrana sino servidumbres de paso:
los setos de zarzamora, madreselva y espino de olor, donde vivían
tribus numerosas de canoras aves, alegría de la aurora, y música triste
de la melancólica tarde á la hora del ocaso, teníalos Pastrana por
lindes de las respectivas fincas, y nada más; y sonreía maliciosamente
contemplando aquella sede de Paco Antúnez, que antaño estaba metida
en un puño lejos de los mansos del cura un buen trecho, y que hogaño,
desde que mandaban los liberales, andaba, andaba como si tuviera
pies, prado arriba, prado arriba, amenazando meterse en el campo de
la Iglesia y hasta en el huerto de la casa rectoral. Cada monte, cada
prado, cada huerta veíalos Perico, más que allí donde estaban, en el
plano ideal del catastro de sus sueños; y así, una casita rodeada de
jardín y huerta con pomarada, oculta allá en el fondo de la vega,
mirábala el secretario abrumada bajo el enorme peso de una hipoteca
y próxima á ser pasto de voraz concurso de acreedores; el soto del
Marqués (¡siempre el Marqués!) donde crecían en inmenso espacio
millares de gigantes de madera, entre cuyos pies corrían, no los gnomos
de la fábula, sino conejos muy bien criados, antojábasele á Pastrana
misterioso personaje que viajaba de incógnito: porque el tal soto no
tenía existencia civil, no sabían de él en las oficinas del Estado.

De esta suerte discurría nuestro hombre por aquellos cerros y
vericuetos, inspirado por el dios Término que adoraron los romanos,
midiéndolo todo, pesándolo todo y calculando el producto bruto y el
producto líquido de cuanto Dios crió. Otro aspecto de la Naturaleza que
también sabía considerar Pastrana, era el de la riqueza territorial
en cuanto materia imponible; él, que manejaba todos los papeles del
Ayuntamiento, sabía, en cierta topografía rentística que llevaba
grabada en la cabeza, cuáles eran los altos y bajos del terreno que á
sus ojos se extendía, ante la consideración del fisco: aquel altozano
de la vega pagaba al Estado mucho menos que el pradico de la Solana,
metido de patas en el río: por lo cual estaba, según Pastrana, el
pradico mucho más alto sobre el nivel de la contribución que el erguido
cerro que era del marqués de Pozos-hondos, y por eso pagaba menos. Por
este tenor, la imaginación de Pastrana convertía el monte en llano, y
el llano en monte; y observaba que eran los pobres los que tenían sus
pegujares por las nubes, mientras los ricos influyentes tenían bajo
tierra sus dominios, según lo poco y mal que contribuían á las cargas
del Estado.

Estas observaciones no hicieron de Pastrana un filántropo, ni un
socialista, ni un demagogo, sino que le hicieron abrir el ojo para lo
que se verá en el capítulo siguiente.


                                  II

Pastrana no daba puntada sin hilo. Aquellos paseos por los campos y
los montes dieron más tarde ópimo fruto á nuestro héroe. Era necesario,
se decía, _sacar partido_ (su frase favorita) de todas aquellas
irregularidades administrativas. El salmón fué ante todo el objetivo
de sus maquinaciones. Varios días se le vió trabajar asiduamente en
el archivo del Ayuntamiento: Pespunte le ayudaba á revolver legajos,
á atar y desatar y á limpiar de polvo, ya que de paja no era posible,
los papelotes del Municipio. Ocho días duró aquel trabajo de erudición
concejil. Otros ocho anduvo registrando escrituras y copiando matrices
en los protocolos notariales, merced á la benévola protección que le
otorgaba el señor Litispendencia, escribano del pueblo. Después...
Pespunte no vió en quince días á Pedro Pastrana. Se había encerrado en
su casa-habitación, como decía Pespunte, y allí se pasó dos semanas sin
levantar cabeza.

En la secretaría se le echaba de menos; pero el alcalde, que profesaba
también profundo respeto á los planes y trabajos del secretario, no se
dió por entendido, y suplió, como pudo, la presencia de Pastrana. En
fin, un domingo Pedro se presentó en público de levita, oyó misa mayor
y se dirigió á casa del alcalde: iba á pedirle una licencia de pocos
días para ir á la capital de la provincia. ¿Á qué? Ni lo preguntó el
alcalde, ni Pespunte se atrevió á procurar adivinarlo. Pastrana tomó
asiento en el cupé de la diligencia que pasaba por Villaconducho á las
cuatro de la tarde.

El resultado de aquel viaje fué el siguiente: un opúsculo de 160
páginas en 4.° mayor, letra del 8, intitulado _Apuntes para la
historia del privilegio de la pesca del salmón en el río Sele, en
los Pozos-obscuros del Ayuntamiento de Villaconducho, que disfruta
en la actualidad el excelentísimo señor marqués de Pozos-hondos
(Primera parte), por don Pedro Pastrana Rodríguez, secretario de dicho
Ayuntamiento de Villaconducho_.

Sí; así se llamaba la primera obra literaria de aquel Pastrana que
andando el tiempo había de escribirlas inmortales, ó poco menos, no ya
tratando el asunto, al fin baladí, de la pesca del salmón, sino otros
tan interesantes como el de _La caza y la veda_, _La ocultación de la
riqueza territorial_, _Fuentes ó raíces de este abuso_, _Cómo se pueden
cegar ó extirpar estas fuentes ó raíces_.

Pero volviendo al opúsculo piscatorio, diremos que produjo una
revolución en Villaconducho, revolución que hubo de transcender á
los habitantes de Pozos-obscuros, queremos decir á los salmones, que
en adelante decidieron dejarse pescar con cuenta y razón, esto es,
siempre y cuando que el privilegio de Pozos-hondos resultare claro
como el agua de Pozos-obscuros: fundado en derecho. ¿Lo estaba? ¡Ah!
Ésta era la gran cuestión, que Pastrana se guardó muy bien de resolver
en la primera parte de su trabajo. En ella se suscitaban pavorosas
dudas histórico-jurídicas acerca de la legitimidad de aquella renta
pingüe--pingüe decía el texto--de que gozaba la casa de Pozos-hondos;
en la sección del libro titulada _Piezas justificantes_, en la cual
había echado el resto de su erudición municipal el autor, había
acumulado argumentos poderosos en pro y en contra del privilegio;
“la imparcialidad, decía una nota, nos obliga, á fuer de verídicos
historiadores y según el conocido consejo de Tácito, á ser atrevidos
lo bastante para no callar nada de cuanto debe decirse, pero también
á no decir nada que no sea probado. Suspendemos nuestro juicio
por ahora; ésta es la exposición histórica: en la segunda parte,
que será la síntesis, diremos al fin nuestra opinión, declarando
paladinamente cómo entendemos nosotros que debe resolverse este
problema jurídico-administrativo-histórico del _privilegio del Sele en
Villaconducho_, como le denominan antiguos tratadistas”.

El marqués de Pozos-hondos, que se comía los salmones del Sele en
Madrid, en compañía de una bailarina del Real, capaz de tragarse el
río, cuanto más los salmones, convertidos en billetes de Banco; el
marqués tuvo noticia del folleto y del efecto que estaba causando en su
distrito (pues además de salmones tenía electores en Villaconducho).
Primero se fué derecho al ministro á reclamar justicia; quería que el
secretario fuese destituido por atreverse á poner en tela de juicio un
privilegio señorial del más adicto de los diputados ministeriales; y,
por añadidura, pedía el secuestro de la edición del folleto, que él no
había leído, pero que contendría ataques directos ó indirectos á las
instituciones.

El Ministro escribió al Gobernador, el Gobernador al Alcalde y el
Alcalde llamó á su casa al Secretario para que... redactase la carta
con que quería contestar al Gobernador, para que éste se entendiera
con el Ministro. Ocho días después, el Ministro le decía al diputado:
“Amigo mío, ha visto usted las cosas como no son, y no es posible
satisfacer sus deseos; el secretario es excelente hombre, excelente
funcionario y excelentísimo ministerial; el folleto no es subversivo,
ni siquiera irrespetuoso respecto de sus salmones de usted; hoy lo
recibirá usted por el correo, y si lo lee, se convencerá de ello.
Gobernar es transigir, y pescar viene á ser como gobernar; de modo,
que lo mejor será que usted reparta los salmones con ese secretario,
que está dispuesto á entenderse con usted. En cuanto á destituirlo, no
hay que pensar en ello; su popularidad en Villaconducho crece como la
espuma, y sería peligrosa toda medida contra ese funcionario...”

Esto de la popularidad era muy cierto. Los vecinos de Villaconducho
veían con muy malos ojos que todos los salmones del río cayesen en
las máquinas endiabladas del Marqués; pero, como suele decirse, nadie
se atrevía á echar la liebre. Así es que cuando se leyó y comentó
el folleto de don Pedro Pastrana y Rodríguez, la fama de éste no
tuvo rival en todo el Concejo, y muy especialmente adquirió amigos
y simpatías entre los _exaltados_. Los exaltados eran el médico, el
albéitar, Cosme, licenciado del ejército; Ginés, el cómico retirado, y
varios zagalones del pueblo, no todos tan ocupados como fuera menester.

Pespunte, que también tenía ideas (él así las llamaba) un tanto
calientes, les decía á los demócratas, _para inter nos_, que el chico
era de los suyos, y que tenía una intención atroz, y que ello diría,
porque para las ocasiones son los hombres, y “obras son amores, y no
buenas razones”, y que detrás de lo del privilegio vendrían otras
más gordas, y, en fin, que dejasen al chico, que amanecería Dios y
medraríamos. Pastrana dejaba que rodase la bola; no se desvanecía con
sus triunfos, y no quería más que _sacar partido_ de todo aquello. Si
los exaltados le sonreían y halagaban, no les respondía á coces, ni
mucho menos, pero tampoco soltaba prenda; y le bastaba para mantener su
benévola inclinación y curiosidad oficiosa, con hacerse el misterioso y
reservado, y para esto le ayudaba no poco la levita de gran señor, que
ahora le estaba como nunca. Pero ¡ay! pese á los cálculos optimistas
de Pespunte, no iba por allí el agua del molino; los exaltados y sus
favores no eran, en los planes de Pastrana, más que el cebo, y el pez
que había de tragarlo no andaba por allí; de él se había de saber por
el correo.

Y, en efecto, una mañana recibió el secretario una carta, cuyo sobre
ostentaba el sello del Congreso de los Diputados. Era una carta
del señor del privilegio, era lo que esperaba Pastrana desde el
primer día que había contemplado desde Puentemayor correr las aguas
en remolino hacia aquel remanso donde las sombras del monte y del
castañar obscurecían la superficie del Sele. El marqués capitulaba y
ofrecía al activo y erudito cronista de sus privilegios señoriales su
amistad é influencia; era necesario que en este país, donde el talento
sucumbe por falta de protección, los poderosos tendieran la mano á los
hombres de mérito. En su consecuencia, el Marqués se ofrecía á pagar
todos los gastos de publicación que ocasionara la segunda parte de la
“Historia del privilegio de pesca”, y en adelante esperaba tener un
amigo particular y político en quien tan respetuosamente había tratado
la arriesgada materia de sus derechos señoriales. Pastrana contestó
al Marqués con la finura del mundo, asegurándole que siempre había
creído en los sólidos títulos de su propiedad sobre los salmones de
Pozos-obscuros, los cuales salmones llevaban en su dorada librea, como
los peces del Mediterráneo llevan las barras de Aragón, las armas de
Pozos-hondos, que son escamas en campo de oro. De paso manifestaba
respetuosamente al señor Marqués que el soto grande estaba muy mal
administrado, que en él hacían leña todos los vecinos, y que si se
trataba de evitarlo, era preciso hacerlo de modo que no se enterase la
Administración de la falta de existencia económico-civil-rentística del
soto, finca anónima en lo que toca á las relaciones con el Fisco. El
Marqués, que algunas veces había oído en el Congreso hablar de este
galimatías, sacó en limpio que el secretario sabía que el soto grande
no pagaba contribución. Nueva carta del Marqués, nuevos ofrecimientos,
réplica de Pastrana diciendo que él era un pozo tan hondo como el
mismísimo Pozos-hondos, y que ni del soto ni de otras heredades, que
en no menos anómala situación poseía el Marqués, diría él palabra
que pudiese comprometer los sagrados intereses de tan antigua y
privilegiada casa. Pocos meses después los exaltados decían pestes
de Pastrana, á quien el marqués de Pozos-hondos hacía administrador
general de sus bienes raíces y muebles en Villaconducho, aunque á
nombre de su señor padre, porque Pedro no tenía edad suficiente para
desempeñar sin estorbos de formalidades legales tan elevado cargo.

Y en esto se disolvieron las Cortes y se anunciaron nuevas elecciones
generales. Por cierto que cuando leyó esta noticia en la _Gaceta_
estaba Pastrana entresacando pinos en la Grandota, otra finca que no
tenía relaciones con el Fisco; entresaca útil, en primer lugar, para
los pinos supervivientes, como los llamaba el administrador; en segundo
lugar, para el Marqués, su dueño, y en el último lugar, para Pastrana,
que de los pinos entresacados entresacaba él más de la mitad moralmente
en pago de tomarse por los intereses del amo un cuidado que sólo
prestaría un diligentísimo padre de familia. Y ya que voluntariamente
prestaba la culpa levísima, no quería que fuese á humo de pajas. En
cuanto leyó lo de las elecciones, comparó instintivamente los votos
con los pinos, y se propuso, para un porvenir quizá no muy lejano,
entresacar electores en aquella dehesa electoral de Villaconducho.
Pespunte, que se había resellado como Pastrana, pues para los
admiradores como el sastre, incondicionales, las ideas son menos que
los ídolos, Pespunte no podía imaginar adónde llegaban los ambiciosos
proyectos de don Pedro. Lo único que supo, porque esto fué cosa de
pocos días, y público y notorio, que el alcalde no haría aquellas
elecciones, porque antes sería destituido. Como lo fué efectivamente.
Las elecciones las hizo el señor administrador del excelentísimo
señor marqués de Pozos-hondos, presidente del Ayuntamiento de
Villaconducho, comendador de la Orden de Carlos III, señor don Pedro
Pastrana y Rodríguez. Un día antes del escrutinio general, se publicó
la segunda parte de los “Apuntes para la historia del privilegio”;
en ella se demostraba finalmente que ya en tiempo del rey Don Pelayo
pescaban salmones en el Sele sus próximos parientes los Marqueses
de Pozos-hondos, encargados de suministrar el pescado necesario á
todos los ejércitos del rey de la Reconquista durante la Cuaresma. Al
siguiente día se recogieron las redes y se vació el cántaro electoral,
todo bajo los auspicios de Pastrana; jamás el Marqués había tenido
tamaña cosecha de votos y salmones.


                                  III

Es necesario, para el regular proceso de esta verídica historia, que
el lector, en alas de su ardiente fantasía, acelere el curso de los
años y deje atrás no pocos. Mientras el lector atraviesa el tiempo de
un brinco, Pastrana, por sus pasos contados, atraviesa multitud de
funciones públicas, unas retribuídas y otras no, meramente honoríficas.
Hechas las elecciones, resultó que el marqués de Pozos-hondos era cinco
veces más popular en Villaconducho que su enemigo el candidato de
oposición. De resultas de esta popularidad del Marqués, hubo que hacer
á Pastrana administrador de Bienes Nacionales. También se le formó
expediente por cohecho y se le persiguió en justicia por no sé qué
minuciosas formalidades de la ley electoral; el Marqués bien hubiera
querido dejar en la estacada á su administrador de votos, salmones y
hacienda; pero don Pedro Pastrana hizo comprender perfectamente al
magnate la solidaridad de sus intereses, y salió libre y sin costas
de todas aquellas redes con que la ley quería pescarle. Pastrana no
perdonó al Marqués el poco celo que había manifestado por salvarle.

Al año siguiente, en que hubo nuevas elecciones para Constituyentes
nada menos, el candidato de oposición fué cinco veces más popular que
el Marqués. Bueno es advertir que el candidato de oposición ya no era
de oposición, porque habían triunfado los suyos. El Marqués se quedó
sin distrito; y como se había acabado el tiempo del monopolio (según
decía Pespunte, que se había echado al río para deshacer á hachazos
las máquinas de pescar salmones), como ya no había clases, el pueblo
pudo pescar á río revuelto, y aquel año la bailarina del Marqués no
comió salmón. Pasó otro año, hubo nuevas elecciones, porque las cortes
las disolvió no sé quién, pero, en fin, uno de tropa, y entonces no
fueron diputados ni el Marqués ni su enemigo, sino el mismísimo don
Pedro Pastrana, que, una vez _encauzada la revolución_... y encauzado
el río, cogió las riendas del gobierno de Villaconducho, y en nombre
de la libertad bien entendida, y para evitar la _anarquía mansa_ de
que estaban siendo víctimas el distrito y los salmones, se atribuyó el
privilegio de la pesca y el alto y merecido honor de representar ante
el nuevo Parlamento á los villaconduchanos.


                                  IV

Y aquí era donde yo le quería ver.

Tiene la palabra _La Correspondencia_:

“Ha llegado á Madrid el señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado
adicto por el distrito de Villaconducho, vencedor del Marqués de
Pozos-hondos en una empeñada batalla electoral.”

Pasan algunos días; vuelve á tener la palabra _La Correspondencia_:

“Es notabilísima, bajo muchos conceptos, y muy alabada de las personas
competentes, la obra publicada recientemente sobre _Los amillaramientos
y abusos inveterados de la ocultación de riqueza territorial_, por el
diputado adicto señor don Pedro Pastrana Rodríguez.”

“Ha sido nombrado de la comisión de *** el reputado publicista
financiero señor don Pedro Pastrana Rodríguez, diputado adicto por
Villaconducho.”

“No es cierto que haya presentado voto particular en la célebre
cuestión de los tabacos de la Vuelta del Medio, el ilustrado individuo
de la comisión señor Pastrana Rodríguez.”

“Digan lo que quieran los maliciosos, no es cierto que el ilustre
escritor señor Pastrana, haya adquirido la propiedad de la marca
_Aliquid chupatur_, con que se distinguen los acreditados tabacos de
Vuelta del Medio. No es el señor Pastrana el nuevo propietario, sino su
paisano y amigo el alcalde de Villaconducho, señor Pespunte.”

“Ha sido aprobado el proyecto de ley del ferrocarril de Villaconducho
á los Tuétanos, montes de la provincia de ***, riquísimos en mineral
de plata; los cuales Tuétanos serán explotados en gran escala por una
gran Compañía, de cuyo Consejo de administración no es cierto que sea
presidente el individuo de la Comisión á cuya influencia se dice que es
debida la concesión de dicho ferrocarril.”

“Parece cosa decidida el viaje del Jefe del Estado á la provincia
de ***. Asistirá á la inauguración del ferrocarril de los Tuétanos,
hospedándose en la quinta regia que en aquella pintoresca comarca
posee el señor Pastrana.”

“No pueden ustedes figurarse á qué grado llegan el acendrado
patriotismo y la exquisita amabilidad que distinguen al gran
hacendista, de quien fué huésped S. M., nuestro amigo y paisano el
señor marqués de Pozos-oscuros, presidente, como saben nuestros
lectores, de la Comisión encargada de gestionar un importante negocio
en las capitales de Europa.”

“Ha sido nombrado presidente de la Comisión que ha de presentar
informe en el famoso negocio de los tabacos de Vuelta del Medio, el
señor marqués de Pozos-oscuros, ya de vuelta de su viaje á las cortes
extranjeras.”

“Satisfactoriamente para el sistema parlamentario y su prestigio, ha
terminado en la sesión de ayer tarde el ruidoso incidente que había
surgido entre el señor marqués de Pozos-oscuros y el señor Pespunte,
diputado por la Vuelta del Medio. El señor Pespunte, en el calor de
la discusión, y un tanto enojado por el calificativo de _ingrato_ que
le había dirigido el presidente de la Comisión, pronunció palabras
poco parlamentarias, tales como ‘ropa sucia’, ‘manos puercas’, ‘río
revuelto’, ’bragas enjutas’, ‘fumarse la isla’, ‘merienda de negros’,
‘presidio suelto’, ‘cocinero y fraile’, ‘peces gordos’, y otras no
menos malsonantes. El digno diputado de la isla hubo de retirarlas ante
la actitud enérgica del señor marqués de Pozos-hondos, ministro de
Hacienda, que declaró que la honra del señor marqués de Pozos-oscuros
estaba muy alta para que pudieran mancharla ciertas acusaciones. Nos
alegraríamos, por el prestigio del sistema parlamentario, de que no se
repitieran escenas de esta índole, tan frecuentes en otros Parlamentos,
pero no en el nuestro, modelo de templanza”.

Hasta aquí _La Correspondencia_.

Ahora un oficio de la fiscalía: “Advierto á usted, para los efectos
consiguientes, que ha sido denunciado por esta fiscalía el número
primero del periódico _El Puerto de Arrebata-capas_, por su artículo
editorial, que titula ‘¡Vecinos, ladrones!’ que empieza con las
palabras ‘Pozos obscuros, y muy obscuros’, y termina con las ‘á la
cárcel desde el Congreso’.”


                                   V
                                EPÍLOGO

_La Correspondencia_: “Para el estudio del proyecto de reforma del
Código Penal ha sido nombrada una Comisión compuesta por los señores
siguientes: Presidente, D. Pedro Pastrana Rodríguez...”



                        DE BURGUESA Á CORTESANA


Mi querida Doña Encarnación: Ya sé que las de Pinto dijeron por ahí á
los amigos que las de Covachuelón no iríamos á las fiestas por falta
de posibles ó por falta de amor á los regocijos, como dice mi Juan
que se llama eso; no haga usted pizca de caso, porque ya nos hemos
encargado los sombreros, de ésos que parecen de hombre, que son la
última moda, según dijo la modista, que es de París de Francia, como si
dijéramos; porque si bien ella no nació allá ni lo vió con sus propios
ojos, su marido es de pura raza parisién: ¡conque figúrese usted!
Iremos, y tres más, lo cual, para evitarle á usted molestias de andar
buscando casa y demás, nos iremos derechitos á la suya, y así se ahorra
usted la incomodidad de tener que entenderse con fondistas y amas de
huéspedes, que en estos días sacarán la tripa de mal año y pedirán
por una habitación un ojo de la cara. Adjunta les remito la lista de
las monadas y cachivaches que mi hija la mayor quiere que usted le
tenga comprados para el mismo día en que lleguemos; porque todo su
prurito es que de cien lenguas se la tome por una madrileña; porque ser
provinciana es muy cursi, ya ve usted; y aunque yo la digo que lo que
se hereda no se hurta, y que de la casta le viene al galgo... y que
una Covachuelón, que desciende de cien Covachuelones, aunque sea con
el aire de la montaña, puede tenérselas tiesas, en punto á buen tono y
chicq (_sic_) con la más encopetada cortesana, que puede ser hija de
un cualquiera; digo que, á pesar de esto, la niña quiere que usted la
tenga preparados esos trastos; y no es que aquí no haya guantes de ésos
que llegan hasta los hombros, porque también los vende, la modista que
tiene un marido de París; pero ¿qué quiere usted?, estas muchachas del
día están perdidas por no ser de su tierra. Y mire usted en confianza,
doña Encarnación, y aquí _inter nos_, como dicen los franceses, la
chica está en estado de merecer, y aquí todos son pelagatos; no hay
proporciones; ¿quién sabe si alguno de esos caballeros en plaza, de que
tanto hablan los periódicos, se enamorará de mi niña? En ese caso, nos
quedaríamos á vivir en Madrid, que es lo que yo le digo á Juan; pero
mi Juan es tan terco, que no quiere abandonar este destino humilde,
indigno de un Covachuelón, porque dicen que es seguro, y manos puercas.
¡Como si no conociéramos el mundo, doña Encarnación, y no supiéramos
que eso de gajes es cosa común á todos los destinos, con tal que haya
buena voluntad! Yo, á decir la verdad, no sé de qué son esos caballeros
en plaza; pero sin duda serán unos cumplidos caballeros que apaleen el
oro, ó por lo menos las fanegas de trigo, que todo es apalear. Demás
de esto, mi Juan, que tiene mucho amor á las Instituciones, no perderá
el tiempo durante nuestra estancia en ésa, ni se dormirá en las pajas,
porque el Ministro le tiene ofrecido torres y montones; pero ojos
que no ven... y así atenaceándole de cerca y no dejándole ni á sol ni
sombra, verá usted cómo se logra un ascenso, que buena falta nos hace,
porque con este modestísimo sueldo y todas las manos que Juan quiera,
no se puede vivir: y si no, ahora se ve, lo que es una deshonra, que
para emprender un viaje á la Corte, con rebaja de precio y todo, la
familia de un Covachuelón se halla obligada á vender los cubiertos
de plata y algunas alhajas de los Covachuelones que fueron. Dígales,
dígales usted á las de Pinto (sin contarles lo de los cubiertos),
cuánto hacen y pueden los de Covachuelón en alas ó en aras (nunca digo
bien esta palabra) de su amor á las Instituciones. Aquí se ha corrido
el rumor de que por culpa de Moyano ya no había fiestas; que es ese
señor, que dicen que es muy feo, y lo prueban, había aguado la función;
pero no lo hemos creído, porque es imposible. Dios no puede consentir
que mi hija se quede sin su caballero en plaza, porque eso sería como
quedarse en la calle; ni mi esposo ha de pudrirse y pudrirme en este
rincón obscuro; los Covachuelones pican más alto, y amanecerá Dios y
medraremos: porque la mala voluntad de las de Pinto poco podrá contra
los altos escrutinios de la Providencia, que á todas voces llama á los
de Covachuelón á la Corte. Diga usted de mi parte al señor don Juan, su
marido (¡qué diferencia entre los dos Juanes! el de usted tan dócil,
tan rico y tan amigo de su negocio), pues dígale usted que me busque
sin pérdida de tiempo papeleta para todas partes: queremos verlo todo,
lo que se llama todo, porque ¿á qué estamos? no es cosa de vender una
los cubiertos para volverse luego dejando por ver alguna cosa. He leído
en _La Época_ que los provincianos llegarían tarde para sacar papeleta:
¡qué sabrá ella! _La Época_; como si esos perdularios gacetilleros,
que son la perdición del país, hubieran de ser antes que nosotros, que
servimos á la Patria y á las Instituciones desde un rincón de España,
con celo, inteligencia y lealtad, como decían los mismísimos liberales
cuando dejaron cesante á mi marido. ¡Sería de contar que la señora de
Covachuelón é hija se quedaran sin papeleta para ver todo lo reservado
y todo lo no reservado!

Hemos de verlo todo: dígaselo usted así á don Juan: no rebajo nada.

¡Oh, quién fuera condesa, amiga mía! Pero de menos nos hizo Dios, y
como Juan, el mío, ande derecho y en un pie, y haga lo que yo le diga,
¡quién sabe adónde podremos llegar, y si vendrá día en que yo le vea á
él mismo hecho un caballero en plaza, título que me suena de perlas,
y que no puedo quitármelo de la imaginación! No canso más; consérvese
usted buena y no se olvide de los encarguitos. Su amiga de toda la vida
que desea abrazarla pronto,

      _Purificación de los Pinzones de Covachuelón._

_P. D._ Le advierto á usted que Juan se muere por los caracoles, y le
dará usted una sorpresa agradable si se los presenta para almorzar
el día que lleguemos. Supongo que irán ustedes á esperarnos con los
criados, porque llevaremos mucho equipaje, y esos mozos de cordel la
confunden á una con una palurda y piden un sentido. Suya,

      _Purificación._

Otra P. D. Le advierto á usted que en las camisolas y en los pañuelos
que le encargué el otro día para Juan, han de ponerse estas letras:
P. Juan, que no significan Padre Juan, sino que Juan es marido de
Purificación, como usted sabe. Un Covachuelón no podría poner en sus
camisas unas simples iniciales como cualquiera. Expresiones á su Juan
de usted.

  _Pura._

  Pajares, 1.º Febrero.

Mi querida Visitación: Cuando ésta llegue á tus manos estará tu pobre
Pura, tu buena amiga, enterrada en vida, con no sé cuántos kilómetros
de nieve sobre la cabeza. Nos ha cogido la mayor nevada del siglo en
medio del puerto, y no podemos volver atrás ni llegar á nuestro bendito
pueblo, del que ojalá no hubiéramos salido nunca. El correo lo llevan
los peatones; yo he ofrecido el oro y el moro por que me pasara un
peatón, y por que me pesaran en el estanquillo, para llegar á mi destino
en calidad de certificado, costara los sellos que costara: ¡imposible!
me fué forzoso renunciar á mi proyecto, y aquí me tienes extraviada
en el camino como carta de Posada Herrera. Mi Juan, ese hombre de
bien, no hace más que dar pataditas en el suelo, soplarse las manos y
exclamar de vez en cuando: ¡maldita sea mi suerte! ¡Calzonazos! ¡Como
si no fuera él la causa de todos nuestros males! Figúrate, tú, Visita,
que lo primero que hace Juan en cuanto llegamos á Madrid, es coger
una pulmonía. Verdad es que por más de veinticuatro horas la disimuló
para que yo no me incomodara y pudiese ver los festejos; pero ¡buenos
festejos te dé Dios! Yo quería estar en todas partes á un tiempo, como
es natural en tales casos; para esto es necesario correr mucho; pues
nada, Juan no daba paso; que le dolía esto, que le dolía lo otro, y
no se meneaba. Tomamos un coche para los tres, el cochero refunfuña y
me dice no sé qué groserías respecto á si yo abultaba por cuatro, y
Juan... ¡qué te parece! no le rompió nada.

Se pone en movimiento aquel armatoste y á los cuatro pasos el
caballo... cae muerto. Juan se enfureció porque yo le eché á él la
culpa; pelea tú con un hombre así; en fin, nos volvemos á casa, y doña
Encarnación, con una oficiosidad que me da mala espina, declara que
Juan está malo y que debe acostarse; y se acuesta, y viene el médico,
y dice que mi esposo tiene pulmonía. Ya ves cómo todos se conjuraban
contra mí. ¡Adiós visitas al Ministro, adiós ascenso, adiós quedarnos
en Madrid! Añade á esto que doña Encarnación, que es una jamona muy
presumida, no había comprado más que adefesios para mi hija, todo
cursi y de moda del año ocho. Purita pataleó y echó la culpa á su
papá, que efectivamente es quien nos trae en estos malos pasos de
ser provincianas y tener que guiarnos por los envidiosos de Madrid.
Pedíamos billetes á D. Juan: ¡que si quieres! ni uno solo había podido
conseguir, y eso que amenazó con la dimisión de su destino, pero no
dimitió: ¡qué había de dimitir, si estos burócratas de Madrid no saben
lo que es dignidad! Pero dirás tú, y con razón: ¿por qué tu Juan había
de necesitar que nadie mendigara billetes para su mujer? Es verdad, y
en eso hablas como una Santa Teresa; pero Juan, nada, en su cama, queja
que te quejarás, preparándose á bien morir y sin pensar en billetes, ni
en caballeros en plaza, ni en ascensos, ni en todo eso que me trajo á
la corte en mal hora. En fin, Visita, no hemos visto nada, á no ser las
iluminaciones, que valientes iluminaciones estaban; y se dió el caso
de andar la familia de Covachuelón sin cabeza (porque la cabeza tenía
malo el pulmón), de andar por aquellas plazuelas y calles de Dios,
como unas cualesquiera, como unos papanatas, codeándose con la plebe
y teniendo que dejar la acera á los que la llevasen, aunque fueran
hijos del verdugo. Aquí no se respetan las clases, ni el abolengo,
y no le conocen á una en la cara los pergaminos ni la categoría. No
creas que el bullicio fué tan grande como dicen, y de mí te puedo
asegurar que no grité viva nada, porque esto no es modo de tratar á
la gente. ¿Te acuerdas de aquel don Casimiro á quien sacamos diputado
por los pelos, y gracias á estanquillos y chorizos de los decomisados?
Pues ¡asómbrate! don Casimiro, que tenía un paquete de entradas para
todas partes, pasó junto á nosotros sin saludarnos, en un coche muy
elegante, que no sé de dónde lo habrá sacado ese pelagatos. Y dicen
que la conciliación se arraiga y que esto va á durar; ¡mira tú qué
postura de conciliación es ésta, ni si lleva trazas de arraigarse un
Ministerio tan destartalado y montado al aire! Después de ver tanta
farsa y tanto descaro, no me quedaba más que ver, y quise volverme á
mi tierra; el mismo día en que la enfermedad de Juan hacía crisis,
según dijo el médico, cogí á Juan por los pies, le vestí, y lo tapé, y
escondí entre cinco mantas: _hice la crisis_ yo, y nos metimos en el
tren correo. Juan, dócil por la primera vez de su vida, se puso bueno
en el camino, ó por lo menos disimuló el mal; y aquí nos tienes con
la nieve al cuello, en un lugarón que no tiene nombre en el mapa; yo
furiosa, Purita desesperanzada de coger una proporción, y Juan dando
pataditas en el suelo, soplándose los nudillos y murmurando á cada
paso: “¡Maldita sea mi suerte!”

Si algún día llego á mi casita, y desempeño los cubiertos, y junto
algunos cuartos procedentes de las manos de Juan, que él llama
groseramente puercas, y pongo esos cuartos á réditos y saco una renta
regular para ir tirando... te juro, Visita (tanto es lo que aborrezco
la conciliación), te juro que presento la renuncia del destino de Juan
y me declaro _ilegala_.

  _Purificación._



                       EL DIABLO EN SEMANA SANTA


Como un león en su jaula, bostezaba el diablo en su trono; y he
observado que todas las potestades, así en la tierra como en el cielo
y en el infierno, tienen gran afición al aparato majestuoso y solemne
de sus prerrogativas, sin duda porque la vanidad es flaqueza natural y
sobrenatural que llena los mundos con sus vientos, y acaso los mueve
y rige. Bostezaba el diablo del hambre que tenía de picardías que por
aquellos días le faltaban, y eran los de Semana Santa.

Tal como se muere de inanición el cómico en esta época del año, así
el diablo expiraba de aburrido; y no bastaban las invenciones de sus
palaciegos para divertirle el ánimo, alicaído y triste con la ausencia
de bellaquerías, infamias y demás proezas de su gusto.

Según bostezaba y se aburría, ocurriósele de pronto una idea, como
suya, diabólica en extremo; y como no peca S. M. _in inferis_ de
irresoluta, dando un brinco como los que dan los monos, pero mucho más
grande, saltó fuera de sus reales, y se quedó en el aire muy cerca de
la tierra, donde es huésped agasajado y bienquisto por sus frecuentes
visitas.

Fué la idea que se le ocurrió al demonio, que por entonces comenzaba
la tierra madre á hincharse con la comenzón de dar frutos, yéndosele
los antojos en flores, que lo llenaban todo de aromas y de alegres
pinturas, ora echadas al aire, y eran las alas de las mariposas, ora
sujetas al misterioso capullo, y eran los pétalos.

Bien entiende el diablo lo que es la primavera, que antes de ser
diablo fué ángel y se llamó luz bella, que es la luz de la aurora, ó
la luz triste de la tarde, que es la luz de la melancolía y de las
aspiraciones sin nombre que buscan lo infinito. Lo que sabe el diablo
de argucias, díganlo San Antonio y otros varones benditos, que lucharon
con fatiga y sudor entre las tentaciones del enemigo malo y las
inefables y austeras delicias de la gracia. Claro es que al atractivo
celestial, nada hay comparable, ni de lejos, y que soñar con tales
comparaciones es pecar mortalmente; pero también es cierto que, aparte
de Dios, nada hay tan poderoso y amable, á su manera, como el diablo;
siendo todo lo que queda por el medio, insulso, tibio y de menos
precio, sea bueno ó malo. Para todo corazón grande, el bien, como no
sea el supremo, que es Dios mismo, vale menos que el mal cuando es el
supremo, que es el demonio.

Al ver que brotaba la primavera en los botones de las plantas y en la
sangre bulliciosa de los animales jóvenes, se dijo “ésta es la mía”, el
diablo, gran conocedor de las inclinaciones naturales. Aunque le teme y
huye, no quiere el diablo mal á Dios, y mucho menos desconoce su fuerza
omnipotente, su sabiduría y amor infinito, que á él no le alcanza,
por misterioso motivo, cuyo secreto el mismísimo demonio respeta, más
reverente que algunos apologistas cristianos. Y así, mirando al cielo,
que estaba todo azul al Oriente y al Poniente se engalanaba con ligeras
nubecillas de amaranto, decía el diablo con acento plañidero, pero
no rencoroso, digan lo que quieran las beatas, que hasta del diablo
murmuran y le calumnian; digo que decía el diablo: “Señor, de tu propia
obra me valgo y aprovecho: tú fuiste, y sólo tú, quien produjo esta
maravilla de las primaveras en los mundos, en una divina inspiración
de amor dulcísimo y expansivo, que jamás comprenderán los hombres que
son religiosos por manera ascética; ¿y qué es la primavera, Señor? Un
beso caliente y muy largo que se dan el sol y la tierra, de frente,
cara á cara, sin miedo. ¡Pobres mortales! Los malos, los que saben
algo de la verdad del buen vivir, están en mi poder, y los buenos, los
que vuelven á Ti los ojos, Dios Eterno, quiérente de soslayo, no con
el alma entera; no entienden lo que es besar de frente y cara á cara,
como besa el sol á la tierra, y tiemblan, vacilan y gozan de tibias
delicias, más ideadas que sentidas; y acaso es mayor el placer que les
causa la tentación con que yo les mojo los labios, que el alabado gozo
del deliquio místico, mitad enfermedad, mitad buen deseo...”

Comprendió el diablo que se iba embrollando en su discurso, y calló
de repente, prefiriendo las obras á las palabras, como suelen hacer
los malvados, que son más activos y menos habladores que la gente
bonachona y aficionada al _verbo_.

Sonrió S. M. infernal con una sonrisa que hubiera hecho temblar de
pavor á cualquier hombre que le hubiese visto: y varios ángeles que de
vuelta del mundo pasaban volando cerca de aquellas nubes pardas donde
Satanás estaba escondido, cambiaron por instinto la dirección del
vuelo, como bandada de palomas que vuelan atolondradas con distinto
rumbo al oir el estrépito que hace un disparo cuando retumba por los
aires. Mira el diablo á los ángeles con desprecio, y volviendo en
seguida los ojos á la tierra, que á sus pies se iba deslizando como el
agua de un arroyo, dejó que pasara el Mediterráneo, que era el que á
la sazón corría hacia Oriente por debajo, y cuando tuvo debajo de sí
á España, dejóse caer sobre la llanura, y como si fuera por resorte,
redújose con el choque de la caída, la estatura del diablo, que era de
leguas, á un escaso kilómetro.

El sol se escondía en los lejanos términos, y sus encendidos colores
reflejábanse en el diablo de medio cuerpo arriba, dándole ese tinte
mefistofélico con que solemos verle en las óperas, merced á la lámpara
Drumont ó á las luces de bengala. Puso el Señor de los Abismos la
mano derecha sobre los ojos y miró en torno, y no vió nada á la
investigación primera, mas luego distinguió de la otra parte del sol
como la punta de una lanza enrojecida al fuego. Era la veleta de una
torre muy lejana. En unos doce pasos que anduvo, vióse el diablo muy
cerca de aquella torre, que era la de la catedral de una ciudad muy
antigua, triste y vieja, pero no exenta de aires señoriales y de
elegancia majestuosa. Tendióse cuan largo era por la ribera de un río
que al pie de la ciudad corría (como contando con las quejas de su
murmullo la historia de su tierra), y estirando un tanto el cuello, con
postura violenta, pudo Satanás mirar por las ventanas de la catedral lo
que pasaba dentro. Es de advertir que los habitantes de aquella ciudad
no veían al diablo tal como era, sino parte en forma de niebla que se
arrastraba al lado del río perezosa, y parte como nubarrón negro y
bajo que amenaza tormenta y que iba en dirección de la catedral desde
las afueras. Verdad es que el nubarrón tenía la figura de un avechucho
raro, así como cigüeña con gorro de dormir; pero esto no lo veían
todos, y los niños, que eran los que mejor determinaban el parecido de
la nube, no merecían el crédito de nadie. Un acólito de muy tiernos
años, que había subido en compañía del campanero á tocar las oraciones,
le decía:--Señor Paco, mire usted este nubarrajo que está tan cerca,
parece un aguilucho que vuelve á la torre, pero trae una alcuza en
el pico; vendrá por aceite para las brujas. Pero el campanero, sin
contestar palabra ni mirar al cielo, daba la primer campanada, que
despertaba á muchos vencejos y lechuzas dormidos en la torre. Sonaba
la segunda campanada solemne y melancólica, y los pajarracos revolaban
cerca de las veletas de la catedral; el chico, el acólito, continuaba
mirando al nubarrón, que era el diablo; y á la campanada tercera
seguía un repique lento, acompasado y grave, mientras que los otros
campanarios de la ciudad vetusta comenzaban á despertarse y á su vez
bostezaban con las tres campanadas primeras de las oraciones.

Cerró la noche, el nubarrón se puso negro del todo, y nadie vió las
ascuas con que el diablo miraba al interior de la catedral por unos
vidrios rotos de una ventana que caía sobre el altar mayor, muy
alumbrado con lámparas que colgaban de la alta bóveda y con velas de
cera que chisporroteaban allá abajo.

El aliento del diablo, entrando por la ventana de los vidrios rotos,
bajaba hasta el altar mayor en remolinos, y movía el pesado lienzo
negro que tapaba por aquellos días el retablo de nogal labrado. Á los
lados del altar, dos canónigos, apoyados en sendos reclinatorios,
sumidos los pliegues del manteo en ampuloso almohadón carmesí,
meditaban á ratos, y á ratos leían la pasión de Cristo. En el recinto
del altar mayor, hasta la altísima verja de metal dorado con que se
cerraba, nadie más había que los dos canónigos; detrás de la verja,
el pueblo devoto, sumido en la sombra, oía con religiosa atención las
voces que cantaban las _Lamentaciones_, los inmortales _trenos_ de
Jeremías. Cuando el monótono cántico de los clérigos cesaba, tras breve
pausa, los violines volvían á quejarse, acompañando á los _niños de
coro_, tiples y contraltos, que parecían llegar á las nubes con los
ayes del _Miserere_. Diríase que cantaban en el aire, que se cernían
las notas aladas en la bóveda, y que de pronto, volando, volando,
subían hasta desvanecerse en el espacio. Después las voces del violín
y las voces del colegial tiple emprendían juntas el vuelo, jugaban,
como las mariposas, alrededor de las flores ó de la luz, y ora bajaban
las unas en pos de las otras hasta tocarse cerca del suelo, ora,
persiguiéndose también, salían en rápida fuga por los altos florones de
las ventanas, á través de las cortinas cenicientas y de los vidrios de
colores. Nuevo silencio; cerca del altar mayor se extinguía una luz,
de varias colocadas en alto, sobre un triángulo de madera sostenido
por un mástil de nogal pintado. Entonces como risas contenidas, pero
risas lanzadas por bocas de madera, se oían algunos chasquidos; á
veces los chasquidos formaban serie, las risas eran carcajadas; eran
las carcajadas de las carracas que los niños ocultaban, como si fueran
armas prohibidas preparadas para el crimen. El incipiente motín de las
carracas se desvanecía al resonar otra vez por la anchurosa nave el
cántico pesado, estrepitoso y lúgubre de los clérigos del coro.

El diablo seguía allá arriba alentando con mucha fuerza, y llenaba
el templo de un calor pegajoso y sofocante: cuando oyó el preludio
inseguro y contenido de las carracas, no pudo contener la risa, y movió
las fauces y la lengua de un modo que los fieles se dijeron unos á
otros:--¿Será el carracón de la torre? ¿Pero por qué le tocan ahora?
Un canónigo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo
de hierbas, decía para sí:--¡Ese Perico es el diablo, el mismo diablo!
¡Pues no se ha puesto á tocar el carracón del campanario! Y todo era
que el diablo, no Perico, sino el diablo de veras, se había reído. El
canónigo, que sudaba, miró hacia el retablo y vió el lienzo negro que
se movía; volvió los ojos á su compañero, sumido en la meditación, y
le dijo en voz muy baja y sin moverse: --¿Qué será? ¿No ve usted cómo
se menea eso?

El otro canónigo era muy pálido. No sudaba ni con el calor que hacía
allí dentro. Era joven; tenía las facciones hermosas y de un atrevido
relieve; la nariz era acaso demasiado larga, demasiado inclinada sobre
los labios y demasiado carnosa; aunque aguda, tenía las ventanas muy
anchas, y por ellas alentaba el canónigo fuertemente, como el diablo de
allá arriba.--No es nada--contestó sin apartar los ojos del libro que
tenía delante; “es el viento que penetra por los cristales rotos”. En
aquel momento todos los fieles pensaban en lo mismo y miraban al mismo
sitio; miraban al altar y al lienzo que se movía, y pensaban: “¿qué
será esto?” Las luces del triángulo puesto en alto se movían también,
inclinándose de un lado á otro alrededor del pábilo, y brillaban cada
vez más rojas, pero como envueltas en una atmósfera que hiciera difícil
la combustión. El canónigo viejo se fué quedando aletargado ó dormido;
la misma torpeza de los sentidos pareció invadir á los fieles, que
oían como en sueños á los que en el coro cantaban con perezoso compás
y enronquecidas voces. El diablo seguía alentando por la ventana de
los vidrios rotos. El canónigo joven estaba muy despierto y sentía una
comezón que no pudo dominar al cabo; pasó una mano por los ojos, anduvo
en los registros del libro, compuso los pliegues del manteo, hizo
mil movimientos para entretener el ansia de no sabía qué, que le iba
entrando por el corazón y los sentidos; respiró con fuerza inusitada,
levantando mucho la cabeza... y en aquel momento volvió á cantar el
colegial que subía á las nubes con su voz de tiple. Era aquella voz
para los oídos del canónigo inquieto de una extraña naturaleza, que él
se figuraba así, en aquel mismo instante en que estaba luchando con sus
angustias; era aquella voz de una pasta muy suave, tenue y blanquecina;
vagaba en el aire, y al chocar con sus ondas, que la labraban como
si fueran finísimos cinceles, iba adquiriendo graciosas curvas que
parecían, más que líneas, sutiles y vagarosas ideas, que suspiraban
entusiasmo y amor; al cabo, la fina labor de las ondas del aire sobre
la masa de aquella voz, que era, aunque muy delicada, materia, daba
por maravilloso producto los contornos de una mujer que no acababan de
modelarse con precisa forma; pero que, semejando todo lo curvilíneo
de Venus, no paraban en ser nada, sino que lo iban siendo todo por
momentos. Y según eran las notas, agudas ó graves, así el canónigo veía
aquellas líneas que son símbolo en la mujer de la idealidad más alta,
ó aquellas otras que toman sus encantos del ser ellas incentivo de más
corpóreos apetitos.

Toda nota grave era, en fin, algo turgente, y entonces el canónigo
cerraba los ojos, hundía en el pecho la cabeza y sentía pasar fuego
por las hinchadas venas del robusto cuello; cuando sonaban las notas
agudas, el joven magistral (que ésta era su dignidad) erguía su cabeza
apolina, abría los ojos, miraba á lo alto y respiraba aquel aire de
fuego con que se estaba envenenando, gozoso, anhelante, mientras
rodaban lágrimas lentas de sus azules ojos, llenos de luz y de vida.

Aunque la voz del colegial cantaba en latín los dolores del Profeta,
el magistral creía oir palabras de tentación que en claro español le
decían:

“Mientras lloras y gimes por los dolores de edades enterradas después
de muchos siglos, las golondrinas preparan sus nidos para albergar el
fruto del amor.

“Mientras cantas en el coro tristezas que no sientes, corre loca la
savia por las entrañas de las plantas y se amontona en los pétalos
colorados de la flor como la sangre se transparenta en las mejillas de
la virgen hermosa.

“El olor del incienso te enerva el espíritu; en el campo huele á
tomillo, y la espinera y el laurel real embalsaman el ambiente libre.

“Tus ayes y los míos son la voz del deseo encadenado; rompamos estos
lazos, y volemos juntos; la primavera nos convida; cada hoja que nace
es una lengua que dice: ‘ven: el misterio dionisíaco te espera’.

“Soy la voz del amor, soy la ilusión que acaricias en sueños; tú me
arrojas de ti, pero yo vuelo en la callada noche, y muchas veces, al
huir en la obscuridad, enredo entre tus manos mis cabellos; yo te besé
los ojos, que estaban llenos de lágrimas que durmiendo vertías.

“Yo soy la bien amada, que te llama por última vez: ahora ó nunca. Mira
hacia atrás: ¿no oyes que me acerco? ¿Quieres ver mis ojos y morir de
amor? ¡Mira hacia atrás, mírame, mírame!...”

Por supuesto, que todo esto era el diablo quien lo decía, y no el niño
del coro, como el magistral pensaba. La voz, al cantar lo de “¡mírame,
mírame!”, se había acercado tanto, que el canónigo creyó sentir en la
nuca el aliento de una mujer (según él se figuraba que eran esta clase
de alientos).

No pudo menos de volver los ojos, y vió con espanto detrás de la verja,
tocando casi con la frente en las rejas doradas, un rostro de mujer,
del cual partía una mirada dividida en dos rayos que venían derechos á
herirle en sitios del corazón deshabitados. Púsose en pie el magistral
sin poder contenerse, y por instinto anduvo en dirección de la verja
cerrada. Á nadie extrañó el caso, porque en aquel momento otro canónigo
vino de relevo y se arrodilló ante el reclinatorio.

Aquella imagen que asomaba entre las rejas era de la jueza (que así
llamaban á doña Fe, por ser esposa del magistrado de mayor categoría
del pueblo).

Bien la conocía el magistral, y aun sabía no pocos de sus pecados, pues
ella se los había referido; pero jamás hasta entonces había notado
la acabadísima hermosura de aquel rostro moreno. Claro es que al
magistral, sin las artes del diablo, jamás se le hubiera ocurrido mirar
á aquella devota dama, famosa por sus virtudes y acendrada piedad.

Cuando el canónigo, sin saber lo que hacía, se iba acercando á ella,
un caballero de elegante porte, vestido con esmerada riqueza y gusto,
y ni más ni menos hermoso que el magistral mismo, pues se le parecía
como una gota á otra gota, se acercó á la jueza, se arrodilló á su
lado, y acercando la cabeza al oído de un niño que la señora tenía
también arrodillado en su falda, le dijo algo que oyó el niño sólo, y
que le hizo sonreir con suma picardía. Miró la madre al caballero, y no
pudo menos de sonreir á su vez cuando le vió posar los labios sobre la
melena abundosa y crespa de su hijo, diciendo: “¡hermoso arcángel!”--El
niño, con cautela y á espaldas de la madre, sacó de entre los pliegues
de su vestido una carraca de tamaño descomunal, en cuanto carraca, y
sin más miramientos, en cuanto vió que otra luz de las del triángulo
se apagaba, trazó en el viento un círculo con la estrepitosa máquina
y dió horrísono comienzo á la revolución de las carracas. No había
llegado, ni con mucho, el momento señalado por el rito para el barullo
infantil, pero ya era imposible contener el torrente; estalló la furia
acorralada, y de todos los ángulos del templo, como gritos de las
euménides, salieron de las fauces de madera los discordantes ruidos,
sofocados antes, rompiendo al fin la cárcel estrecha y llenando los
aires, en desesperada lucha unos con otros, y todos contra los tímpanos
de los escandalizados fieles.

Y era lo que más sonaba y más horrísono estrépito movía la carcajada
del diablo, que tenía en sus brazos al hijo de la jueza y le decía
entre la risa: --¡Bien, bravo, ja, ja, ja, toca; eso, ra, ra, ra, ra!...

El niño, orgulloso de la revolución que había iniciado, manejaba la
carraca como una honda, y gritaba frenético: “¡Mamá, mamá, he sido
yo el primero! ¡Qué gusto, qué gusto! ¡Ra, ra, ra!” La jueza bien
quisiera ponerse seria, á fuer de severa madre; pero no podía, y
callaba y miraba al _hermoso arcángel_ y al caballero que le sostenía
en sus brazos; y oía el estrépito de las carracas como el ruido de
la lluvia de primavera, que refresca el ambiente y el alma. Porque
precisamente en aquel día había esta señora sentido grandes antojos
de algo extraordinario, sin saber qué; algo, en fin, que no fuera el
juez del distrito; algo que estuviera fuera del orden; algo que hiciese
mucho ruido, como los besos que ella daba al arcángel de la melena;
más todavía, como los latidos de su corazón, que se le saltaba del
pecho pidiendo alegría, locuras, libertad, aire, amores... carracas.
El magistral, que había acudido con sus compañeros de capítulo á poner
dique á la inundación del estrépito, pero en vano, fingía, también en
balde, tomar á mal la diablura irreverente de los muchachos, porque
su conciencia le decía que aquella revolución le había ensanchado el
ánimo, le había abierto no sabía qué válvulas que debía de tener en el
pecho, que al fin respiraba libre, gozoso. Ni el magistral volvió á
pensar en la jueza, ni la jueza miró sino con agradecimiento de madre
al caballero que se parecía al magistral, á quien había mirado la
espalda aquella noche antes de que entrase el caballero.

Los demás devotos, que al principio se habían indignado, dejaron al
cabo que los _diablejos_ se despacharan á su gusto; en todas las caras
había frescura, alegría; parecíales á todos que despertaban de un
letargo; que un peso se les había quitado de encima, que la atmósfera
estaba antes llena de plomo, azufre y fuego, y que ahora con el ruido,
se llenaba el aire de brisas, de fresco aliento que rejuvenecía y
alegraba las almas.--Y ¡ra, ra, ra! ¡ra! los chicos tocaban como
desesperados. Perico hacía sonar el carracón de la torre, y el diablo
reía, reía como cien mil carracas.

       *       *       *       *       *

Lo cierto es que el demonio tenía un plan como suyo; que la jueza y el
magistral estuvieron á punto de perderse, allá en lo recóndito de la
intención por lo menos; pero, como al diablo lo que más le agrada son
las diabluras, en cuanto le infundió al chico de la jueza la tentación
de tocar la carraca á deshora, todo lo demás se le olvidó por completo,
y dejando en paz, por aquella noche, las almas de los justos, gozó como
un niño con la tentación de los inocentes.

Cuando Satanás, á la hora del alba, envuelto por obscuras nubes, volvía
á sus reales, encontró en el camino del aire á los ángeles de la
víspera. Oyeron que iba hablando solo, frotándose las manos y riendo á
carcajadas todavía.

--¡Es un pobre diablo!--dijo uno de los ángeles.

--¡Y ríe!--exclamó otro.--Y ríe en la condenación eterna...

Y callaron todos, y siguieron cabizbajos su camino.



                           DOCTOR ANGELICUS


                                   I

¿Pánfilo había sido niño alguna vez? ¿Era posible que aquellos ojos
hundidos, yo no sé si hundidos ó profundos, llenos de bondad, pero
tristes y apagados, hubieran reverberado algún día los sueños alegres
de la infancia?

Aquella boca de labios pálidos y delgados, que jamás sonreía para el
placer, sino para la resignación y la amargura, ¿habría tenido risas
francas, sonoras, estrepitosas?

En aquella frente rugosa y abatida, desierta de cabellos, ¿habrían
flotado alguna vez rizos blondos ó negros sobre una frente de matices
sonrosados?

Y el cuerpo mustio y encorvado, de pesados movimientos, sin gracia y
achacoso, ¿fué esbelto, ligero, flexible y sano en tiempo alguno?

Eufemia, considerando estos problemas, concluía por pensar que su noble
esposo, su sabio marido, su eruditísima cara mitad había nacido con
cincuenta años y cincuenta achaques, y que así sabía él lo que era
jugar al trompo y escribir billetes de amor, como ella entender las mil
sabidurías que su media naranja le decía con voz cariñosa y apasionada.

Pero de todas maneras, Eufemia quería á su marido entrañablemente.
Verdad es que en ocasiones se olvidaba de su amor, y tenía que
preguntarse: “¿Á quién quiero yo?--¡Ah, sí, á mi marido!”, le
contestaba la conciencia después de un lapso de tiempo más ó menos
largo.

Esto era porque Eufemia padecía distracciones. Pero en virtud de un
silogismo, en forma de entimema, para abreviar, Eufemia se convencía
cuantas veces era necesario, y era muy á menudo, de que Pánfilo era el
hombre más amado de la tierra, y de que ella, Eufemia, era la mujer
á quien el tal Pánfilo tenía sorbido el poco seso que Dios, en sus
inescrutables designios, le había concedido.

Para sesos, Pánfilo. Era el hombre más sesudo de España, y sobre esto
sí que no admitía discusión Eufemia.

No sabía ella todavía que, así como los terrenos carboníferos se
anuncian en la superficie por determinados vegetales, por ejemplo, el
helecho, los sesos son un subsuelo que suele señalarse en la superficie
con otro vegetal, que produce madera de tinteros, como dijo el autor de
la gatomaquia. No sabía nada de esto Eufemia, ni se le pasaba por las
mientes que pudiera llegar á parecerle su marido demasiado sesudo.

Preciso es confesarlo. Eufemia daba por hecho que su esposo sabía todo
lo que se puede saber, porque eso pronto se aprende; pero, ¿y qué? Ser
el primer sabio del mundo no es más que esto: ser el primer sabio del
mundo. Delante de gente, Eufemia se daba tono con su marido: veía
que todos tenían en mucho la sabiduría de Pánfilo, y usaba y abusaba
de aquella ventaja que Dios le había concedido, dándole por eterno
compañero á un hombre que ya no tenía nada que aprender.

Pero en su fuero interno, que también lo tenía Eufemia, veía que su
admiración incondicional no era más que _flatus vocis_ (no es que ella
lo pensara en latín, sino que lo que ella pensaba venía á ser esto):
porque desde la más tierna infancia la buena mujer había profesado
cariño á infinitas cosas; pero jamás había encontrado un mérito muy
grande en tener la habilidad de estar enterado de todo.


                                  II

Una tarde de Mayo, el doctor don Pánfilo Saviaseca estaba más triste
que un saco de tristezas arrimado á una pared.

¡Ea! Se había cansado de estudiar aquella tarde. ¡Estaba tan hermoso el
sol, y la tierra, y todo!

Leía á Kant; estaba en aquello de si la percepción del yo es ó no
conocimiento analítico _a priori_.

Esto era en el Retiro, en lo más retirado del Retiro, si vale hablar
así. Pánfilo estaba sentado en un banco de musgo.

Conque... ¿en qué quedamos?... ¿es, ó no es conocimiento analítico el
que tenemos del yo? Así meditaba en el instante en que una galguita,
muy mona, vino á posar las extremidades torácicas sobre La Crítica de
la Razón Pura.

Era la realidad, la ciencia del porvenir en figura de perro, que se le
echaba encima al buen sabio y le llamaba al sentimiento positivo de las
cosas.

La galga no estaba sola. Se oyó una voz argentina que gritaba:
“¡Merlina, aquí! Merlina, eh, Merli... Usted dispense, caballero, estos
perros... no saben lo que hacen. Pero, Merlina, ¿qué es esto?”...,
etcétera, etc., etc.

Y, en fin, que Eufemia, su tía, que tenía muchas ganas de casarla, y
hacía bien, y don Pánfilo, hablaron y pensaron juntos.

Resultó que eran vecinos, y como la niña no tenía novio, ni de dónde
le viniera, y como don Pánfilo se había convencido de que el yo no
puede vivir sin el tú para que llegue á ser aquél, y que más vale ser
nosotros que yo solo, hubo boda, no sin que derramase algunas lágrimas
la tía, que lo había tramado todo.

Eufemia era una rubia hermosa.

Pero no tenía nada de particular, á no ser su primo, que no tenía nada
de general, porque era alférez de Ingenieros, agregado, por supuesto.

Don Pánfilo, una vez dispuesto á ser un fiel y enamoradísimo esposo,
se devanaba los sesos, aquellos grandísimos sesos que tenía, para
encontrarle algo de particular á su Eufemia; pero no dió en la cuenta
de que el primo era lo único que tenía Eufemia digno de llamar la
atención.

Jamás había pensado en su prima Héctor González, que éste era el
alférez; pero desde el momento en que la vió casada, se sintió tan mal
ferido de punta de amor, que aprovechó la ocasión para renegar de las
tiránicas leyes que no consienten á los primos enamorar á sus primas
magüer estén casadas.

Pero ¿por qué se había casado Eufemia? No, no era Héctor hombre que
retrocediese ante los obstáculos de esta índole; había leído demasiado
libros malos para que semejante contratiempo le acobardase á él,
agregado de un cuerpo facultativo.

Formó planes que envidiaría cualquier novelista adúltero de Francia, y
se dispuso á comenzar la novela de su vida, que hasta entonces había
corrido monótona entre guardias, formaciones y pronunciamientos.


                                  III

En el ínterin, como dice un orador que yo conozco; en el ínterin,
Pánfilo no pensaba más que en encontrarle el _quid divinum_ á su mujer,
sin que se le ocurriera dar con el quid de la dificultad.

Y así como Don Quijote averiguó al cabo que éste, y no otro, era el
nombre significativo que convenía á la altura y calidad de sus proezas,
Pánfilo entendió que Eufemia se distinguía por un delicadísimo gusto,
que la inclinaba á lo más espiritual y sublime, á la quintaesencia de
los afectos sin nombre, cuyos misteriosos matices jamás traducirán las
Bellas Artes, ni la más profunda armonía, ni la lírica mejor inspirada.
Oigamos, ó mejor, leamos á don Pánfilo:

“Pasan por el alma á veces extraños y sublimes sueños, adivinaciones
de verdades del cielo, amorosas ansias, que no son, sin embargo, como
la pasión ciega, sino como luz que estuviera enamorada del calor:
pues todo esto es lo que siente y comprende Eufemia, mi mujercita,
con maravillosa intuición. Sabe prescindir de la apariencia de las
cosas, remontarse á la región ideal, que con ser ideal, es lo más
real de todo. ¿Por qué me quiere á mí, sino por eso? Porque lee en
mis ojos, tristes y apagados, el fuego que por dentro me devora. Un
día me preguntó:--Si yo no te hubiera querido, ¿qué hubieras hecho
tú?--¿Qué?--respondí.--Primero, llorar mucho, querer morirme y mirar
de hito en hito á las estrellas; mirándolas, pensaría muchas cosas;
me acordaría de mi infancia, de mi madre, de mi Dios, á quien adoré
de niño, á quien olvidé de joven y á quien busco de viejo; y pensando
estas cosas, no me olvidaría de ti, no, eso es imposible; sino que,
mezclándote con todas ellas, poniéndote sobre todas, viendo bien claro,
como lo vería, que las distancias de este mundo así en el espacio
como en el tiempo, como en las formas, como en los sentimientos, son
aparentes, y que todo acaba por juntarse, entenderse y quererse, viendo
esto, me consolaría, y resignado, me pondría á estudiar mucho, mucho,
para amar mucho y esperar mucho, y tener la seguridad de acercarme á ti
al fin y al cabo, no sé dónde, ni sé cuándo, pero algún día, en algún
lugar, donde Dios quisiera.

“Cuando Eufemia me oyó hablar así, no replicó; pero cerró los ojos y se
quedó sintiendo y pensando todas esas cosas inefables que pasan por su
alma en algunos momentos de extática contemplación. Cuando despertó
de su embeleso, que bien habría durado una hora, me dirigió una dulce
sonrisa y me dió un abrazo; pero nada dijo. ¿Qué había de decir? Me
había comprendido, había penetrado la sublimidad de mi amor: eso
bastaba.

“Aquella tarde vino á buscarla su primo González para ir á la Casa de
Campo: ella no quería ir, pero al fin consintió á una insinuación mía,
y se despidió de mí como si fuera al otro mundo. Y era que en aquel día
inolvidable estaban tan unidas nuestras almas, que toda separación era
dolorosísima.

“El alma de mi Eufemia es éter puro. ¡Cómo la quiero! Ella me inspira
este buen ánimo que necesito para seguir, sin desmayar, en la
formidable obra emprendida; quiero acabar para siempre con toda clase
de pesimismo; quiero poner en su punto y en lo cierto la dignidad de
la vida, la perfección de lo creado y la evidencia con que se presenta
á mis ojos la finalidad de todo lo que existe, finalidad real á pesar
del constante progreso y de la variedad infinita. Voy ahora á esperar á
Eufemia, que debe de volver con su primo de los toros. Llevarla á los
toros ha sido demasiada exigencia; pero como la otra vez yo la reprendí
porque no era más amable con González, en esta ocasión se anticipó la
pobrecita á los que consideraba mis deseos. ¡Como no vuelva desmayada!”

Lo que va entre comillas es extracto de un diario inédito.


                                  IV

Ello es que el primo se había declarado á la prima. Había hablado él
también de amores que en el cielo empiezan y siguen en la tierra; del
más allá y del algo desconocido, trinando principalmente contra el
derecho civil vigente y los matrimonios desiguales.

Que Eufemia quería á Pánfilo no debía ponerse en tela de juicio, y no
se puso. No lo hubiera consentido Eufemia, para la cual era axiomático:
primero, que su esposo era un sabio, y segundo, que ella le quería como
á las niñas de sus ojos.

En vista de que el dogma era inalterable, Héctor procuró barrenar la
moral, obrando como un sabio mucho mayor que su primo.

La mujer siempre es un poco protestante: piensa que _fides sine
operibus_ vale algo, y que á fuerza de creer mucho, se puede compensar
el defecto de pecar no poco.

--Tu marido es un sabio, convenido; pero ¿y eso qué?--Esto dijo
el primo, que fué como leer en el ya citado fuero interno de
Eufemia.--Supongamos que tú te enamoras de otro hombre que sólo sepa
lo que Dios le dé á entender, ¿bastará la sabiduría de tu marido para
evitar lo inevitable?

Eufemia no tenía qué contestar.

De hipótesis en hipótesis, llegaron los primos

      Al puente que separa
      Á Eva inocente de Eva pecadora.


                                   V

Dejábamos al doctor Pánfilo entre San Marcos y la puente.

Era una tarde de Mayo. Pánfilo escribía la última cuartilla de su obra,
que iba á ser inmortal y que se titulaba: _Eufemia. Investigaciones
acerca de la dignidad y finalidad racional de la vida humana.
Endemonología aplicada, basada en una arquitectónica racional de la
biología psíquica, especialmente la prasológica._

Un rayo de sol, que entraba por la ventana, caía sobre el papel que iba
emborronando el doctor. Escribía esto: “... Tal ha sido el propósito
del autor; demostrar con argumentos tomados de la realidad viva que el
predominio de la felicidad se observa ya hoy en nuestras sociedades
civilizadas, sin necesidad de recurrir á la hipótesis probable, pero no
necesaria, de ulterior sanción de otros mundos mejores. Debe, sí, el
filósofo recurrir á la experiencia, pero no fijando sólo su examen en
la propia individual; pues nada significa el apasionado testimonio del
que lamenta desgracias peculiares; hay otra experiencia, que una sabia
y bien ordenada estadística moral y civil puede suministrarnos, y en
ella podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que sea lo que quiera de
la propia fortuna...”

Al llegar á “fortuna”, sintió el filósofo que le sacudían el papel.

Era Merlina, la galguita de mi cuento, que se había subido á la mesa y
se paseaba arrogante sobre _Las investigaciones acerca de la dignidad_,
etcétera, etc.

Pánfilo suspendió su trabajo. Un recuerdo dulcísimo, el más querido de
su vida, le trajo lágrimas á los ojos.

Á Merlina debía el doctor su felicidad propia, individual, sin
necesidad de endemonologías ni de arquitectónicas biológicas, sólo
por una casualidad, por una indiscreción de la perra, según frase de
Eufemia.

Embelesado por este recuerdo, se estuvo el doctor largo rato pasando la
mano izquierda por el lomo de Merlina.

La galguita se dejaba querer. Pero de pronto dió un brinco; saltó de
la mesa á la ventana, y apoyó las patas delanteras sobre un tiesto.
Las orejas se le pusieron muy tiesas, y aulló Merlina con señales de
impaciencia. Parecía que deseaba arrojarse por la ventana.

Se levantó de su poltrona el doctor para ver lo que causaba tal
impresión en su galguita.

En el jardín, dentro de la glorieta, Héctor González y Eufemia Rivero
y González representaban en aquel momento la escena culminante de
_Francesca da Rimini_.

Pánfilo oyó el chasquido de... El lector puede imaginarse qué clase de
chasquidos se usan en tales casos.

El autor de las _Investigaciones_ retrocedió instintivamente, se
desplomó sobre el sillón y ocultó la cabeza entre las manos.

Cuando volvió al sentido y abrió los ojos, vió delante, en un papel
blanco, unas palabras, que se le antojaban escritas con una tinta de
color de rosa.

Leyó: “... podrá ver cada cual, y mejor el filósofo, que, sea lo que
quiera de la propia fortuna...”

Pánfilo cogió con gran parsimonia la pluma, y concluyó el párrafo: “...
la humanidad, en conjunto, prospera, y es feliz en esta tierra con la
conciencia del progreso y del fin bueno que aguarda al cabo á todas
las criaturas. Para el que sepa elevarse á esta contemplación del bien
general, como el más importante aun para el propio interés, bien puede
decirse que el cielo comienza en la tierra”.

Pánfilo había terminado su obra, la obra de su vida entera, la que le
había gastado el cerebro y los ojos.

Por cierto que sintió en ellos algo extraño; miraba á todas partes,
y aquel matiz halagüeño que veía en la tinta, dominaba en todos los
objetos.

¡Pobre doctor! Se había declarado la enfermedad cuyos síntomas no había
conocido: el Daltonismo.

Desde aquel día Pánfilo todo lo vió de color de rosa.

NOTA. Pánfilo, en griego, viene á ser el que todo lo ama.

Lo cual en castellano significa: Quien más pone, pierde más.

En cuanto á Eufemia, siguió viviendo convencida: primero, de que su
esposo era un sabio; segundo, de que amarle era su obligación.

El dogma era el mismo siempre: sólo se había relajado la disciplina.



                       LOS SEÑORES DE CASABIERTA


¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada!

Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo,
presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y
elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la
Diputación de Villapidiendo.

Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del
procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en
cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al
Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta.

¡Entró!--El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la
señora.--Caballero, ¿usted qué sabe?--Hombre, sepa usted que trata con
una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados
en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las
nueve; hace su _toilette_--usted no sabe lo que es eso--hasta las
diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y
versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón
verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia...
de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera,
hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.--Por aquí, caballero,
por aquí.--No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me
recibirá en su _boudoir_ chocolate claro, color serio, propio de señora
leída al par que _dettachée_ de las vanidades del mundo. ¿Usted qué
se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés
españolizado y entrar en el _boudoir_ por donde entran _les intimes_, y
en francés como ellos?

En efecto, Paleólogo, que fué carlista y estuvo emigrado, sabe su
poquito de francés, y lo que no, lo aprende en Almaviva, Ladevese,
Blasco, Asmodeo y otros escritores del Instituto. Es un alcalde á la
moderna, con la facha de Luján alcalde; pero tan fino como Sardoal
cuando era del Ayuntamiento.

_En fin_, ó finalmente, como decían los italianos en la Comedia,
Paleólogo ya está sentado frente á la señora de Casabierta.--Casabierta
no está en casa. Ha ido...--Sí, supongo que habrá ido á afeitarse; es
la hora precisamente.--Sí, señor; antes venía el barbero á casa...--Sí,
ya sé; pero desde que le cortó aquel poquito de oreja de que hablaron
los periódicos... ¡pícaros barberos!, ya no hay clases... ¡y qué versos
tan hermosos los que hizo su oreja de usted, digo, no, su hija de
usted, la rubia, la Pilarita, al cacho de oreja de su papá difunto, el
cacho se entiende.--¿Usted los conoce?--Toma, y los sé de memoria...
¡si los publicaron cinco periódicos! Y diga usted ¿qué es de él?--Creo
que está en Córdoba.--¿El cacho de oreja?--No, señor, Grilo; creí que
hablaba usted de Grilo, que fué el que improvisó los versos de la
niña.--Bien, lo mismo me da; ¿y qué es de Grilo?--Pues ayer comió
aquí.--Pero ¿no dice usted que está en Córdoba?--Bien, pero eso no
quita.--¿No quita? (¡Y este Almaviva que no explica estas cosas!) ¿Y el
ojo de gallo de usted, señora?--Tan robusto.--Hace días que no hablan
de él las crónicas de salones.--¡Es un ojo de gallo muy modesto!--Es
moda ser modesto, pero decirlo, porque si no como si no se fuera. ¿Y
qué tal les han sentado á ustedes las anguilas del _lago Tiberiades_
del miércoles?--¡Cómo! ¿Usted sabe que comimos anguilas el miércoles?
--Sí, señora, por los periódicos. Las anguilas no tienen vida privada. Á
propósito, señora, ¿es verdad que la viudita de Truchón ha tenido un
tropiezo?--No, señor; ha tenido un hijo, pero nadie lo sabe.--Dispense
usted, señora, yo lo sabía; pero creí que se trataba ya de otro, es
decir, de otro lance. Ése que usted dice le refirieron los periódicos
de la manera más discreta. En Villapidiendo nadie cayó en la cuenta
más que yo, y por eso no comprendieron aquel sueltecito que decía: “La
señora viuda de Truchón ha tenido que guardar cama. Celebraremos que la
interesante viuda se restablezca pronto”. Dicen que demostró gran valor
durante la crisis de la enfermedad, ó como dijo el clásico:

      “En aquel duro trance de Lucina...”

por eso sé yo que parió sin novedad, porque conozco la Mitología y
conozco á la viuda.--¿Usted la ha tratado?--Á la Mitología no, ni á la
viuda tampoco. Pero leo; algo se sabe, y he visto tantas crónicas con
alusiones transparentes á sus transparentes gracias y costumbres... que
algo se ha transparentado.

(_Pausa._) ¡Oh, señora, feliz la honrada madre de familia que puede dar
á luz, á la prensa, como quien dice, todos los hijos que quiere! ¡Todas
las hojas literarias de los periódicos estaban consagradas el lunes al
rorro de usted. ¿Cómo está, cómo está el muñeco?--¡Hermosísimo!--¿Y
es cierto que tiene esa inteligencia que dice el revistero
_Begonia_?--Pues ya lo creo, y más.--Qué saladísimo estaba Ricardo
Flores, el que firma _Cardoenflor_ (por imitar á Fernanflor, que no
me gusta porque habla poco de salones), qué gracioso estaba Ricardito
contando las travesuras de su bebé de usted durante la ceremonia del
bautizo.--Está gracioso, pero calumnia al muchacho.--Sí, dice que antes
que le hicieran cristiano tenía en la iglesia cara de aburrido como
un perro ó como un librepensador.--El revistero no sabe que los niños
no entran en la iglesia hasta que les echan los demonios fuera del
cuerpo.--Pero lo mejor son los versos de Cigarra, el chiquitín junto á
la pila bautismal. Los sé de memoria:

        «En la pila bautismal
      todo el Jordán se refleja,
      te moja el cura la oreja
      y ya estás libre del mal.
        El acto sacramental
      mata en tu pecho el pecado
      y se abre regenerado,
      como rosa alejandrina,
      tu ser á la fe divina,
      pues de pila te ha sacado
      el ministro de Marina,
      en el acto acompañado
      de más augusta madrina.»

--¡Hermosa décima! ¿Verdad usted?--Décima precisamente, no,
señora.--Bien, ya lo sé, es la _docena del fraile_, un nuevo género de
décimas de trece versos, que ha inventado Cigarra, para que cupiesen
el ministro de Marina y la madrina más augusta. Ya ve usted, por verso
más ó menos no habíamos de ser unos mal criados.--No cabe duda; y
más vale que sobre que no que falte.--Á propósito de versos, señor
de Paleólogo. Me va usted á sacar de un apuro. Aquí en casa vamos á
representar una comedia, pero nos falta un personaje. ¿Sería usted tan
amable?...--Señora, yo no soy personaje más que en Villapidiendo...--No
importa, ¿quiere usted _crear el papel_ de Cocupassepartout?--Señora;
mucho crear es, pero si no hay otro Cocu... yo lo haré, como se hacen
esas cosas en Villapidiendo.--¡Oh, gracias, gracias!--Por supuesto,
¿usted sabe francés?... Condición indispensable.--Pero qué, ¿vamos á
representar en francés?--No, señor, en castellano, es una traducción
de Fois Grass, el corresponsal del _Bombo_ en París... y ya ve usted,
hace falta dominar el francés... para pronunciar correctamente
los galicismos.--¿Y cómo se llama la comedia?--Espere usted... se
llama...--¡Ah! ya sé, lo he leído ayer en los periódicos, se llama:
_Á qué sueñan las jóvenes hijas_, es un fusilamiento de Musset. Pues
cuente usted conmigo. Por supuesto, ¿hablarán los periódicos de los
ensayos?--Ya lo creo, hombre; hablarán _por encima del mercado_...

Paleólogo se despidió. Eran las once y quince. Sabía por los periódicos
que era la hora de inspeccionar la lactancia de Bebé.

Si el lector quiere, volveremos á visitar á los señores de Casabierta
con el presidente del Casino de Villapidiendo, y acaso veamos la
comedia de Fois-Gras..., si se logra.



                             EL POETA-BUHO
                           HISTORIA NATURAL


--Señorito, un caballero quiere hablar á usted.

--¿Qué trazas tiene?

--Parece un empleado de _La Funeraria_.

--¡Ah! Ya sé quién es: es don Tristán de las Catacumbas. Que pase.

Y entró don Tristán de las Catacumbas, á quien conozco de haberle
pagado varios cafés sin leche. Es alto, escuálido, cejijunto, lleva la
barba partida como Nuestro Señor Jesucristo, tiene el pelo negro, los
ojos negros, el traje negro y las uñas negras. Lo único que no tiene
negro son las botas, que tiran á rojas.

Me dió un apretón de manos, fúnebre como él solo; el apretón de manos
del Convidado de Piedra. Hay hombres que aprietan la mano como una
puerta que se cierra de golpe y nos coge los dedos. Es su manera de
probar cariño.

Don Tristán habla poco, pero _lee_ mucho. Es un poeta inédito, de viva
voz; si se le pregunta cuántas ediciones ha hecho de sus poesías,
contesta con una sonrisa de muerto desengañado: “¡Ninguna! Yo no
imprimo mis versos: no hago más que leerlos á las almas escogidas”.
Para él son almas escogidas todas las que le quieren oir. Calculando el
número de veces que ha leído sus versos, dice don Tristán, usando de
un tropo especial, que consiste en tomar el oyente por el lector que
compra el libro, que sus _Ecos de la tumba_ han alcanzado una tirada de
nueve mil ejemplares. Quiere decir que los ha leído nueve mil veces á
nueve mil mártires de la condescendencia.

--Pues señor Clarín, sabrá usted cómo he escrito otro libro de poesías
y vengo á leérselo á usted.

--¿Entero?

--Y verdadero; sí, señor. Pero tiene cuatro partes; leeremos una cada
día, y en cuatro sesiones despachamos. Quiero saber su opinión de
usted, porque aunque á mí la crítica epitelúrica me importa un bledo,
porque yo tengo el pensamiento puesto en lo alto (y señalaba al techo),
como esta vez acaso me anime á dar mi obra á la estampa, si se muere un
tío mío, á quien ya he dedicado un canto fúnebre...

--¡Ah! pues cuente usted con ello.

--¿Con qué?

--Conque se morirá su tío de usted.

--Eso creo; pues decía que si el tío me deja, agradecido, unos cuartos,
imprimo el libro; y en tal caso espero que usted me tratará como
merezco. Yo no pido más que justicia. Lo que quiero es que usted _se
penetre_ de esta poesía y no hable sin enterarse. Lo mejor para esto es
que yo mismo lea mis versos y le haga fijarse en sus transcendentales
pensamientos.

--¿Sabe usted?... Me espera el barbero... Tengo una barba de tres días.

--¡Ah! ¿Usted se afeita?--exclamó el de las Catacumbas con acento de
compasión... Que espere el barbero... Oiga usted la primera parte
siquiera. El libro se titula _El Requiem eterno_. Primera parte:
“Idilio del subsuelo”.

--Le advierto á usted que el subsuelo es del dominio del Estado...

--El subsuelo es aquí el del cementerio. La segunda parte, que
leeremos otro día, se titula “Fuegos fatuos”; la tercera, “Responsos
de mi lira”, y la cuarta, “Rimas de luto”. Le advierto á usted que yo
prescindo de la forma.

--Hace usted bien; yo que usted, prescindiría de todo, hasta de la
madre que me parió...

--Prescindo de la forma y me voy al fondo.

--Sí, ya sé; al fondo de la tumba. Es usted el topo de la poesía...

--¡Bonita frase! Ahora oiga usted... Primera parte: “Idilio del
subsuelo”.


                                   I

        Llegaron los gusanos
      á devorar su corazón de cieno;
      en su sangre cebáronse inhumanos,
      y los mató el veneno.

--¿Qué tal?

--Que les está bien empleado. ¿Quién les manda ser _inhumanos_ á esos
gusanillos?

--Esto de llamar inhumanos á los seres irracionales, no es cosa mía; lo
he visto en un poeta que lee en el Ateneo.

--No; si yo no me quejo. Ya ve usted: á mí, ¿qué me importa? Yo no soy
gusano.

--Continuemos.


                                  II

                       La llevaban á enterrar...

--Como á la Constitución.

        --La llevaban á enterrar
      en un ataúd muy ancho,
      en el que llevan á todos
      los difuntos de aquel barrio.
      El cadáver se movía
      con los tumbos que iba dando.
        Yo les hallé en el camino.
      --Detened, les dije, el paso.
      No va _completo_ el vehículo,
      aún hay sitio para ambos;
      llevadme también á mí
      que yo la carrera pago;
      poco hay desde aquí á la muerte,
      el viaje no será caro...

--¿Y le enterraron á usted?

--No, señor; todo eso es un decir.


                                  III

        Exhumaron su cadáver,
      lleváronlo al panteón...

--¿Ésos habrán sido los progresistas?...

--¡Silencio!

        En el campo santo humilde
      sólo la tumba quedó,
      y en el hueco de la tumba
      enterré mi corazón.

Oiga usted ahora el IV. Y me leyó todos los números romanos posibles;
cuando terminó la primera parte, olía á difunto.

--¿Qué opina usted? Así, en conjunto...

--Opino que debe usted esperar, para publicar su _Requiem eterno_,
alguna ocasión solemne... por ejemplo, sería de mucha actualidad en el
día del juicio...

--Eso es muy tarde...

--Bueno, pues cuando se inaugure la Necrópolis...

--Señorito, el barbero espera en la antesala.

--Dígale usted que se vaya, que hoy ya me ha hecho la barba este
caballero...



                     DON ERMEGUNCIO Ó LA VOCACIÓN
                              DEL NATURAL


¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los
periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí
llamarle literato distinguido.

La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo
demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra
de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la _Gaceta_; estaba el
último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor
de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de
obras.

Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo
se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había
escrito una _Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las
huertas_; y una _Sociedad de Antropología general_ le dió un _accésit_
por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general,
especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología
perseguía los caracoles; pero consigno un hecho.

Otra vez le _adjudicaron_ á Trascendencia una _rosa natural_, que
le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en
un certamen escribiendo una oda en verso libre. _Á la influencia de
las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura._ Por
supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y
orgánica.

Por estas dos producciones principalmente llamaba la _Gaceta_ autor de
obras á don Ermeguncio de la Trascendencia.

Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase
de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser
ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia!

Desde que fué juez de oposiciones, Trascendencia se creyó en sazón para
considerarse, sin prejuicio ni sobrestima, un hombre importante, de la
clase de los sabios, subclase de los filósofos.

Pero vino Pavía y el sistema filosófico de don Ermeguncio se disolvió
como el Congreso. Aquella crisis de la política coincidió con una
crisis económica de Trascendencia.

Los _sucesos_ le cogieron sin un cuarto. Comprendió que no había
modo de sacarle jugo á la filosofía con la nueva situación. En
la Universidad ya no se hablaba del _concepto_ de nada, en los
periódicos todo se volvía personalidades, politiquilla vil y
rastrera.--Apliquemos--se dijo--la filosofía á la vida real, á la
actividad de los intereses temporales, en una palabra, hagamos
filosofía de la historia.--Y por recomendaciones de un ex
ministro entró en una redacción en calidad de redactor de fondos
filosófico-políticos y revistero de libros y teatros. Sus artículos
se titulaban _La política esencial_, _El formalismo político_, _Más
principios y menos personas_, etc., etc. Pero nadie los leía, ni
el corrector de pruebas, que dejaba pasar todos los perjuicios de
los cajistas en vez de los _prejuicios_ de don Ermeguncio. Una vez
hablaba el redactor de la infinita bondad de Dios, y los cajistas
pusieron la infinita bondad de Díaz, produciendo una especie de
antropomorfismo que estaba Trascendencia muy lejos de profesar.
Estas erratas le desesperaban, pero su pena era ociosa, porque nadie
leía sus artículos.--Casi me remuerde la conciencia--se decía--de
cobrar trabajo tan inútil; porque no está el país para esta política
fundamental.--Ignoraba el mísero Trascendencia que en aquella redacción
no se cobraba. Al redactor que pedía el sueldo se le echaba á la calle
por insubordinado.--¡Cómo!--exclamaba el director--¿usted piensa que
aquí nadamos en oro? ¿Que vivimos de subvenciones? No, señor; aquí
se juega trigo limpio.--Ni limpio ni sucio, porque no había trigo.
Don Ermeguncio tuvo que convencerse de que en España el periodista
suele ser tan filósofo como el primero en lo de no cobrar.--¡Y para
esto--gritaba comiéndose los codos,--para esto abandoné yo mis trabajos
especulativos y mis visiones poéticas!--Y suspiraba pensando en sus
estudios de antropología y en su oda á la influencia.

Así pasó mucho tiempo, esperando la edad _de la armonía_, como él
llamaba al primer pronunciamiento que le trajese á los suyos, y fumando
pitillos _prestados_. Sí, prestados, porque Trascendencia, con el
hambre sentía una ansia de chupar que estaba muy por encima de su
presupuesto, y tuvo que arrojarse á naufragar en una inmensa deuda
flotante de tabaco rizado. Era un préstamo de consumo que le hacían
gustosos sus admiradores, á los que prometía pagar con creces cuando
él fuera á Filipinas á arrancar la enseñanza pública de las garras
de los frailes y á arreglar la cuestión del tabaco. Don Ermeguncio
asistía al café de París después de comer (los demás), y asistía allí
porque economizaba medio real... á sus amigos. En cambio, _en papel_
les gastaba el oro y el moro. Pero ¡qué importaba, si sabía tanto y era
amigote de don Pedro y de don Juan, unos personajes que le tuteaban!

Uno de sus _estanqueros_, como él los llamaba en broma, le ofreció
cierta noche una canongía: una correspondencia _pagada_ para un
periódico de provincias. El periódico se llamaba _El Faro de Alfaro_.
Á pesar de la cacofonía del título y de lo cursi de la redacción,
Trascendencia aceptó los doce duros mensuales y la carta diaria sobre
política, ciencias, artes, agricultura, y especialmente todo lo
relativo á los intereses del país, tal como insultar á los diputados de
la provincia por su morosidad, etc., etc. Además había que hablar mucho
del Ateneo, de los estrenos y decir chistes, terminando siempre con _le
mot de la fin_, como los periódicos de París.

Muy de otro modo entendía Trascendencia la misión del corresponsal
concienzudo; pero hubo de transigir, y olvidando que llevaba dentro de
sí al autor de la oda á la influencia, y al juez de oposiciones, se
puso á escribir su primera carta al director de _El Faro de Alfaro_.

La primera dificultad con que tropezó fué que no sabía dónde estaba
Alfaro, ni si era puerto de mar, ignorancia muy común en filósofos y
literatos españoles. Su amigo, que era de allí, y por eso lo sabía, le
enteró de todo, y le dijo _además_ que á quien había que dar de firme
era al alcalde; porque llamarle bruto desde el pueblo no tenía gracia;
pero diciéndolo desde Madrid era cosa de que él mismo lo creyese. En
fin, don Ermeguncio empezó:--Señor director...

¿Pero qué le iba él á hablar á un director que pedía noticias frescas
de todo: de la Bolsa, del Congreso, y así discurriendo, hasta noticias
frescas del pescado fresco? Trascendencia no sabía nada de nada. Le
faltaba ropa decente para entrar donde se pescan las noticias; no
conocía á nadie, y si preguntaba algo, le engañaban de fijo.--Pero,
¿qué le importará á esta gente saber los chismes de Madrid? ¿No les
basta con los de su pueblo? ¡Cuánto mejor les estaría que yo les
hablase de los adelantos de la psicología, que ahora resulta ser puro
monismo (de esto hace años) y que les diese mi opinión acerca de la
religión de los animales, opinión que acabo de adquirir en la Revista
positiva!--Pero no había remedio; había que someterse á las exigencias
de la preocupación vulgar, y Trascendencia inventó un sistema: copiar
el _Diario de Avisos_, para la sección de intereses materiales, y _La
Correspondencia_ para la de intereses morales; pero lo que copiaba de
_La Correspondencia_ lo ponía en cuarentena, y con tan plausible motivo
dejaba á la juguetona musa de los chistes hacer de las suyas. ¡Qué tal
serían los chistes de Trascendencia que ni á él mismo le hacían bendita
la gracia! En cuanto á _le mot de la fin_ lo copiaba de _Charivari_ y
del _Fígaro_ alternativamente.

Otra gravísima dificultad para don Ermeguncio era que no sabía empezar
nunca á hablar de lo que debía. Que se habían descubierto unas carpetas
falsas; pues empezaba así la carta al _Faro de Alfaro_:

“Señor director: El hombre es un compuesto de alma y cuerpo; de aquí
que esté íntimamente ligado con la naturaleza y tenga necesidades
económicas; la esfera propia de la actividad económica en el Estado en
lo que se llama hacienda pública...” y por ahí adelante; cuando llegaba
á hablar de las carpetas, ya no cabía la carta en el periódico.

Llegó la hora de cobrar. Giró, y la letra volvió protestada. _El Faro
de Alfaro_ había muerto. Los suscritores no querían un periódico que
no sabía más noticias de Madrid, sino que todo lo real es racional y
viceversa, según Hegel.

Trascendencia volvió los ojos al teatro. Era preciso regenerar la
decadente dramática y hacerse unos pantalones, porque los puestos se le
caían á pedazos. Al fin en el teatro se cobra.

Escribió un drama que se titulaba... _Prejuicios contra prejuicios._

El empresario del Español preguntó á don Ermeguncio:

--¿Qué significa esto? Querrá usted decir: “Perjuicios contra
perjuicios”, y aun así no se entiende muy bien.

--¡Dale! ¡Lo de siempre! No, señor; prejuicios contra prejuicios quiero
decir.

--Bueno, pues dígalo usted; pero no será en mi teatro donde se estrenen
esos prejuicios que usted dice, y que yo tengo por perjuicios para mí.

--Le cambiaré el título á la obra.

Y volvió con ella al teatro: ahora se llamaba _Antítesis de la vida_.

--Déjela usted ahí--dijo el empresario.

Y allí se pudrieron las antítesis. Don Ermeguncio de la Trascendencia,
que hasta entonces había creído que el mal es accidental en la vida y
debido sólo á nuestra finitud, comenzó á darse á todos los diablos del
infierno, aunque no los llamaba por su nombre, porque él no creía en la
demonología ni en la angelología. De lo que él estaba seguro era de que
había nacido con la suerte más perra del mundo.

--Indudablemente yo no soy de mi siglo. Feliz el señor Núñez de Arce
que es de su siglo, como dice en sus versos; yo no, yo no debía haber
nacido hasta que llegara la edad de la armonía. Uno de esos poetas que
persiguen el ideal, y de camino el turno pacífico, consiguen al cabo el
turno, aunque el ideal sea inasequible. Pero yo no consigo nada.

Ermeguncio hizo el último esfuerzo.

--Voy á escribir--se dijo--una obra inmortal de filosofía; se la llevo
á un editor, y si me la paga, como, y si no, que él se las arregle con
el fallo inapelable de la historia.

Y dicho y hecho. Comenzó á llenar pliegos y más pliegos de filosofía,
y cuando tuvo escritas dos mil páginas de investigaciones ascendentes
y otras dos mil de las descendentes, se presentó á un editor que á la
sazón publicaba _El latente pensante_, traducido al chino.

El editor era muy bruto. Esto no tiene nada de particular.

Siempre había tenido un criterio muy raro para las obras del ingenio
humano en siendo escritas. Él había sido maestro de escuela, y nadie le
sacaba de sus trece: el mejor escritor es el que mejor escribe. Esto
pensaba Sánchez el editor, aunque no se atrevía á decirlo, porque la
opinión general era muy distinta.

Don Ermeguncio le presentó sus resmas de filosofía ascendente y
descendente, y ya temía que Sánchez se las tirase á la cabeza, cuando
notó que el concienzudo editor abría los ojos y la boca, tan asombrado
como podía estarlo un partidario de Torío, que ya no esperaba ver una
gallarda letra bastardilla en lo que le quedaba de vida.

Sánchez dejó sobre la mesa la filosofía de ida y vuelta con el respeto
con que el sacerdote deja el copón en el sagrario, y abriendo los
brazos, cerrólos después que tuvo entre ellos, y le apretó á su gusto,
al autor insigne, al escritor de los escritores, al escritor de mejor
letra que había conocido.

--¡Esto es escribir, esto es escribir, y lo demás son
cuentos!--exclamó Sánchez; esto es Torío puro, Torío sin mezcla.
Usted conserva la buena tradición; usted es mi hombre. Esto no se
imprimirá como cualquier libro con letra de molde; esto se conservará
en litografía; esto debe pasar á la inmortalidad como monumento
caligráfico. Y usted, joven ilustre, flor y nata de los pendolistas, el
mejor escritor del mundo, usted tendrá casa y mesa, y dinero para el
bolsillo, y el oro y el moro, porque yo le tomo á usted á mí servicio;
usted será mi secretario, mejor dicho, mi escribiente.

Trascendencia dudó entre matar á aquel hombre, incapaz de comprender su
sistema, ó aceptar la plaza que le ofrecía.

Y siendo filósofo de veras por la primera vez en su vida, dijo:

--Seré su escribiente de usted.

--Pero júreme usted conservar estos perfiles, estos rasgos, esta santa
y pura tradición de Torío...

--Lo juro.

Y Ermeguncio vivió feliz, cobró á toca teja, y no volvió á pasar
hambres ni filosofías.

Al fin había seguido la vocación.

Había nacido para escribiente.



                            NOVELA REALISTA


Apuntes de la cartera de un suicida:“--He venido á Z... á bañarme
y á resucitar la muerta poesía del corazón. He dado trece baños,
número fatal, y hoy me decido á quedarme en el agua. He cogido la
sábana como si fuera un sudario; el calzoncillo de punto me lo he
puesto como quien se viste la mortaja. Al pasar bajo el balcón del
célebre doctor Sarcófago le he visto apoyado sobre el antepecho.
Fumaba tranquilo, de bata, calzando babuchas tan holgadas y tan
poco cristianas como su conciencia. Eran babuchas berberiscas. El
doctor me ha saludado sonriente.--¡Corto, corto! gritaba, ya se lo
tengo á usted dicho.--Quería decir que el baño durase poco.--¿Baño de
impresión, no es eso?--Sí, de impresión.--Así será en efecto. ¡Un
baño de impresión!--Escribo en la casa de baños. Es decir, en la
capilla. ¡Acabo de fumar un cigarro del estanco y de leer un número
atrasado de _La Correspondencia_! El cielo está nublado, llueve, hace
frío, el agua está como dormida, en la sucia playa se abaten las olas
sobre montones de inmundicia. Parece esto un lavadero público. Todo
es triste, insignificante, sucio. Allí está don Restituto, con el
agua al cuello, aunque sólo le llega á las rodillas; pero su esposa
doña Paz está á su lado, mejor sobre sus costillas, y don Restituto,
mísero Atlante con 8.000 reales de sueldo, sufre en los hombros la
inmensa pesadumbre de su cara mitad. Una mitad leonina. ¿Y qué me
importa á mí esto? Nada. Y sin embargo, la presencia de doña Paz me
turba, y mi deseo de morir es más vehemente contemplando esta cópula
canónica y civil que se llama ante el mundo matrimonio, y en el
hogar es la explotación del hombre por el histérico. Doña Paz tiene
histérico, última _ratio_ de la machorra. ¡Machorra! Palabra grosera,
sarcástica, que el Diccionario autoriza. En Madrid don Restituto
es mi subalterno. Yo cobro algo más que él, soy su jefe. Y yo soy
soltero, ni fumo, ni bebo. Don Restituto bebería, fumaría, si tuviese
dinero y no tuviese á doña Paz. Mi subalterno y su esposa han venido
á baños conmigo por una de esas casualidades terribles de que está
la vida llena. Aburrido de Madrid, muerto de calor, soñando con la
poesía de mi juventud, me introduje en un coche de primera, olvidado
de todas las cosas prosaicas de la vida, con el anhelo del ideal. De
pronto abren la portezuela.--¡Está lleno!--estuve por gritar. Y era
verdad; estaba lleno el mundo, cuanto más el coche, de los fantasmas
de mis ilusiones. ¿Qué falta me hacía á mí un compañero de viaje que
probablemente tendría ese reloj del ferrocarril que se llama la Guía,
y que en España sólo sirve para convencerse de que ningún tren llega
á debido tiempo á ningún sitio? Un compañero de viaje que me daría
las buenas tardes y después me miraría sonriente como anuncio de una
amistad que allí mismo iba á empezar (porque la gente que viaja poco
cree en las amistades del viaje y las procura). Lo primero que apareció
fué una maleta de las que usaban nuestros abuelos para viajar á lomos
de un mal rocín. Después entró en el coche una escusa-baraja; luego
un serón, después dos cestas, después un jamón con camisa, esto es,
enfundado en lona blanca, á guisa de violín; después una manta de tal
longitud, que aún no había entrado toda cuando ya amenazaba romper
los cristales de la ventanilla de enfrente. Protesté enérgicamente,
librándome como pude de aquella agresión anónima. Aún ignoraba yo qué
clase de bárbaro hacía aquella invasión. Entonces oí una voz débil
que decía:--Dispensen ustedes, caballeros...--¡Vaya usted al diablo!
Á ver, un empleado de la estación, el jefe, un civil, cualquier
cosa, ¡socorro!--El jefe acude.--Esto no puede ir con ustedes; no
es de uso personal ni necesario en el viaje.--Sí, señor, que es;
es decir, yo no necesito nada de eso, pero mi señora sí; ¡como
padece del histérico!--¡Histérico! exclamé, ¿entonces es usted don
Restituto?--¡Oh, mi querido jefe! gritó el subalterno al conocerme; y
me dió un abrazo, y sobrevino doña Paz; y como yo pasé por todo, el
jefe de la estación no se opuso, pues no había más viajeros, á que
entrasen en el coche los voluminosos artículos de primera necesidad
de la señora del histérico.--Si hubiese podido mandar á doña Paz á
un furgón yo hubiera sostenido mi derecho, pero admitida ella, lo de
menos era consentir los bultos, que al fin no tenían histérico.--¡Y
válgame Dios qué viaje! Entre marido y mujer me pusieron la bilis en
revolución. ¡Cuánta pusilanimidad en el esposo y en ella! ¡cuántas
abominaciones! Don Restituto tuvo que quitarle las botas, calzarle
las zapatillas, y porque no procuraba ocultar á mis ojos profanos los
tobillos de su cara mitad, doña Paz le riñó por lo bajo, con intención
de que yo lo oyera, y le dijo que aquella falta de pudor conyugal le
daba mala espina; porque indicaba poco amor ó excesiva confianza; ¡y si
no fuera que una es como es! Don Restituto aseguraba que yo era corto
de vista, pero doña Paz insistía en que yo había visto algo.--Juro á
Dios que no había visto nada. Llegó la noche; don Restituto dormía.
Doña Paz suspiraba. Con pretexto de que se mareaba yendo de espalda
á la máquina, se sentó junto á mí. Y el Señor me dejó caer en la
tentación. Doña Paz es fea, no es joven; pero quise probar aquella
virtud. La primer tentativa fué rechazada con un melindre. La segunda,
que iba á ser la última y acreditar para siempre la castidad de aquella
histérica dama ¡ay, la segunda tentativa fué un crimen frustrado!
Doña Paz, indignada quizás con el escaso pudor conyugal, como ella
decía, de aquel esposo, tomó cruel venganza. Hizo á su manera lo que
aquella reina de Frigia que compartió el trono con el sabio Gijes.
Pero yo, ni maté á don Restituto ni consumé lo que aún ignoro si se
podría consumar. Pero doña Paz no fué por eso menos infiel. ¡Ridícula y
terrible aventura!”

       *       *       *       *       *

“Y yo había amado á lo Werther; yo había nacido para el ideal; pero
¡ay! como dicen en el Ateneo de Madrid, los ideales han muerto: ya
sólo quedan las mujeres histéricas para mí. No hay tormento comparable
á mi tormento; yo tengo la conciencia torturada por un crimen que me
dió el hastío por todo placer. Recuerdo con asco y con vergüenza una
aventura que arrojó el cieno de la deshonra sobre las canas de un buen
amigo. ¡Pobre don Restituto!... Ahora me llama el infeliz, me dice que
corra á bañarme á su lado. ¡Sugestiones de su mujer!--Voy á vengarme y
á vengarle; voy á dar á esa Mesalina de la calle de las Postas un buen
susto. Éste es mi plan. Nado junto á ella, la invito á un ensayo de
natación bajo mis auspicios; ella acepta de fijo; la llevo por la barba
adonde nos cubra, finjo un accidente, me voy al fondo, y ella... Yo no
soy responsable. Un muerto no responde de nada. Si perece no es mía la
culpa, ó si es mía, es una culpa que me honra. Por desgracia no faltará
quien acuda á tiempo para salvarla; ella sin saberlo, debe flotar
como el corcho. Á lo menos en todas las disputas domésticas siempre
ha quedado encima como el aceite.--Allá voy, don Restituto, corro á
salvarte, á librarte si puedo de tu doña Paz de tus pecados. Y además
te proporciono un ascenso. ¿Para qué quiero yo el destino? ¡Yo que
soñé con la gloria, me veo reducido á ser jefe de un don Restituto! Tú
serás el jefe en adelante, hombre probo, tú ascenderás, tú tendrás esos
cinco mil reales que faltan para que te llegue el agua al sal. Mañana
dirán de mí que tuve la cobardía de matarme, que cometí un crimen. No;
hice una obra de caridad, dí el ascenso inmediato á un funcionario
que cuenta veinticinco años de servicio y otros tantos años de hambre.
La vida se ha hecho para los Restitutos que esperan veinticinco años
un ascenso y se ligan con indisoluble vínculo al histérico semoviente.
Sí, ¡doña Paz es la mujer probable! Ella también habrá tenido sus
quince, aunque parece mentira. Quién sabe si mi Carlota, que era como
una sílfide, que andaba de manera que sus pasos parecían aleteos de
ángel--frase que se me ocurrió escribir en aquel soneto que no se
me ocurrió enviarle--¡quién sabe si ella también... tendrá á estas
horas bajo sus uñas un don Restituto, si ella también habrá padecido
ó padecerá histérico!--¡Ay, la mujer que no muere con la tisis
interesante de la juventud, llega á ser fatalmente doña Paz!--Allá voy,
allá voy, don Restituto--Él me llama á la muerte; sí, él puede hacerlo,
él es mi víctima, aunque lo ignora; allá voy, sí, laven las ondas del
océano la afrenta de tu honor.”

Así terminan estos apuntes, que con notoria imprudencia dejó en el
bolsillo de la levita el incauto criminal.

                   *       *       *       *       *

En el libro de cuentas “para huso de Doña Paz Cordero de Cabra” se lee
al folio 20 lo que sigue: Manteca 12 uebos 20 Haceyte 6, y más abajo:

“Yo lamaba, si le hamaba, perro el no lo savia, una muger como yo no
puede dar á entender su hamor sin desonrrarse y desonrrar á su manido.
Yo á los quinze años le havia bisto y hamado, el no se havia figado
en mi, porque hestaba enamorrado de Carrlota y de sus Ilusiones sovre
todo: erra Pueta, soñador, anvicionava bolar muy alto, y yo no podia
yamar su Hatenzion. Uió de nuestro puevlo, perro mi hamor se quedó
conmijo, cada dia herra mayor, mas triste, perro grande como nunca. No
bolbi a hoir ablar del, perro aqui en el corracon su Recuerrdo bibia,
bibia heterrno. Mi madre se morria desesperrada por degarme sola y
pobre, restituto era goben, vueno y mamava y le dy mi mano sin hamor,
como pude hir al ospizio. En este matrimonio no ice mas que Enjorrdar
y Enjorrdar y hazquirir un genio muy malo, caprichoso, antogadizo,
por culpa de mi tristeza hintima y de la pubreza de Elespiritu de mi
hesposo; otro hesposo que no fuerra mi hesposo, uvierra echo de Mi una
muger, él, restituto izo una sultana, una fierra, disimulada, cruel,
mala, mala si. Muchos años pasarron y bolbi a Ver a mi Hamor, herra el
Gefe de restituto en la oficina. ¡No se acordava de mi! ¡Como si nunca
me uvierra bisto y yo que le Beia todos los dias ha todas orras en mi
Halma! Perro no le dige nada, como si tampozo le conociera. Me beia
pocas beces, restituto le querria mucho y procurraba traherle a casa
cuanto podia; yo uia del, Perro en el tren, de noche, cuando yo sentia
cerca del todo el Fuego de la Gubentuz, enloquezida por su presenzia y
por no sé que haromas que benian del campo que atrabesaba el Trren y
asta creo que por suspiros que vajaban de las estrrellas que briyaban
Tanto, no pude menos de hacercarme a El y suspirar y El me cogio la
mano y me ablo de Hamor y de Su Hamor y Aquella Noche de Gran Pecado,
fue la única Feliz de Mi Bida. Que Lo Sepa el Mundo Entero. Despues no
bolbio a ablarme; uia de mi en los vaños, se conoze que fuí parra El un
pasatiempo nada más. Por eso Me Mato. Que Lo Sepa el Mundo Entero y mi
marrido, adios restituto.”

       *       *       *       *       *

El corresponsal del _Hipódromo_ escribió á su perfumada revista lo
siguiente:

“Hemos tenido también nosotros en Z... nuestro drama, tragedia mejor
dicho. Gracias á esto, hay algo de qué hablar. El señor X... conocido
en Madrid por su afable trato en los círculos más distinguidos, ha
sido el héroe. En traje de baño, si traje se puede llamar á unos
sencillísimos calzoncillos de punto, salió á la playa y entró mar
adentro con rumbo á la eternidad. La señora de V..., esposa de un
modesto empleado se bañaba con su marido, y al pasar cerca de ella
el señor X... indicado, le dió un sonoro beso en la frente, así como
suena, y lanzando una carcajada histérica cayó en las olas sin sentido.
El señor V... acudió en vano á salvar á la no muy casta esposa; con
la fuerza del paroxismo la robusta dama sujetaba al nada atlético
esposo, y en tanto las amargas olas, con esa fría impasibilidad de
la naturaleza, arrastraban á la infortunada pareja. Ambos hubieran
perecido á no estar cerca el señor X... que pudo sacar á la arena al
señor V... donde le dejó antes que volviera en sí. El señor X... se
echó otra vez al agua; los circunstantes, gente toda de Madrid, le
dejaron hacer: creyeron que esta vez iba á salvar á la dama... pero se
le vió desaparecer entre las amargas olas, y ni la señora de V... ni el
señor X... volvieron á la arenosa playa, hasta que la marea trajo horas
después dos cadáveres.”

                   *       *       *       *       *

Cuando leyó don Restituto la confesión de su esposa en el libro de
cuentas, exclamó: ¡Yo te perdono! Después meditó y dijo:

--Y á él también le perdono. ¡Al fin le debo la vida! Si no es por él
me ahogo en el mar ó... en mi cara esposa.



                          LA PERFECTA CASADA


Don Autónomo, que celebraba sus días en Septiembre, pues en ese mes
“cae” San Autónomo, y que lo diga la _Leyenda de Oro_; don Autónomo
Parcerisa acaba de comer _opíparamente_ rodeado de su esposa é hijos,
muy satisfecho, alegres todos, felices. No había familia más dichosa
en el mundo. Vivían en una _mediocritas si no áurea_, por lo menos de
plata sobredorada, la cual les permitía en los días que repicaban en
gordo tirar la casa por la ventana, en forma de símbolo, por supuesto;
es decir, sin pagar una _onza_ en el gasto extraordinario, que lo demás
quedaba muy guardado en la caja de caudales, en el Banco y en las arcas
de la Equitativa, donde don Autónomo se había asegurado.

Serafina era un serafín; mujer más angelical no la había: era la
perfecta casada de Fray Luis, pero á la moderna, con costumbres algo
menos devotas, pues si no, hoy ya no hubiera sido la perfecta casada.
Nada de gazmoñería, virtud expansiva, alegre; sacrificio constante de
su egoísmo al interés de su marido é hijos, pero sin que se conociera
esfuerzo alguno, con divina gracia. Parecía una mujer como todas y era
la mejor de todas.

No hacía valer su fidelidad (y era guapísima y muy codiciada) como
un mérito: esta pretensión le hubiera parecido ya una especie de
adulterio. Así como á nadie se le ocurre en una sociedad de personas
distinguidas, nobles, ricas, finísimas, que uno de aquellos duques,
ó generales, ó ministros, se va á llevar un candelabro de plata, por
ejemplo, y nadie piensa en el robo posible, pero una posibilidad
_infinitesimal_, por decirlo así, tampoco se le pasó jamás por las
mientes á Serafina ser infiel á su Autónomo por pensamiento, de palabra
ú obra.

Y como no había manera de reprenderle por nada, de reñirle, jamás le
había reprendido; nunca habían reñido. Estaba íntegra la vajilla é
íntegra la paz conyugal.

De todo lo cual llegó, á fuerza de años, á sacar en consecuencia
Autónomo que así no se podía seguir, que había que acabar de cualquier
manera.

En esto pensaba precisamente aquel día de su santo, después de los
postres, cuando ya los niños se iban despidiendo del padre porque los
reclamaba el lecho.

Todos se acostaban sin protestar, y eso que estaban seguros de que su
madre no les hubiera negado permiso para velar un ratito. Ellos lo
deseaban... pero no, ¿para qué? La mamá les tenía demostrado que era
cosa nociva, y además, la hubieran disgustado, aunque ella no lo dejara
ver: nada, nada, á la cama.

--Buenas noches, papá.

--Santas y buenas, hijos míos, santas y buenas.

Y seguía pensando don Autónomo: “Vea usted. Ahora me iría yo de muy
buena gana á jugar un tresillito al casino. Siempre pierdo, es verdad,
pero ¿y qué? No es mucho y me divierto. Pero no voy, imposible. Si
anuncio que salgo ésta se reirá lo mismo absolutamente que si le digo
‘Me voy á la cama’, que es lo que á ella le gusta, porque sabe que me
conviene madrugar, para el estómago y para los negocios... ¿Quién le da
un disgusto _callado_ sin grandes remordimientos? Pero... la verdad es
que hoy... día de mi santo...”

Sin embargo, decidió tener un rasgo de energía que no hacía falta, y
poniéndose en pie exclamó:

--Ea, chica, dame... la palmatoria, que me voy á la cama.

Y se acostó, se acostó como los niños.

Y en cuanto se vió entre las sábanas se sintió como en presidio, como
en el cepo, y echaba pestes contra sí mismo, pues contra su mujer no
había por qué.

--¡Voy á saltar de la cama! ¡Salto! ¿Quién me lo impide?

Y no saltaba por eso mismo, porque era su derecho, porque nadie lo
impedía; y su mujercita le hubiera acercado la ropa muy contenta, y le
hubiera alumbrado hasta la calle, sonriente.

Se quedó dormido protestando contra la excesiva virtud de su esposa,
que por ser una santa le obligaba á él, para no tener terribles
remordimientos, á ser, por lo menos, el _beato_ Autónomo.

Y pasaban días y días, y siempre así.

En fin, llegó á encontrarse con todos sus vicios extirpados, incapaz
de la menor calaverada, que hubiera sido terrible ingratitud para
con aquella _santa familia_ en que él mismo se veía con su aureola
resplandeciente.

--Pero, señor, si yo no iba para santo; si esto es á la fuerza. ¡Esto
no es la perfecta casada, esto es la _pluscuamperfecta_!

Y poco á poco le creció la manía hasta el punto de aborrecer, á su
manera, á aquella mujer, á quien adoraría de rodillas, y por no
disgustar á la cual estaba él ganando el cielo.

Y de una en otra, vino á parar en comprar una maquinilla manual de
imprimir, y se encerraba en su casa, imprimiendo en tarjetas, volantes,
besalamanos, etc., las mismas palabras, pocas. Y después, de noche,
los llevaba al correo y estaba cinco minutos echando papel por la boca
abierta del león, pasmado de tanta correspondencia.

Había comprado el libro de las cien mil señas y había dirigido á todos
los periódicos del mundo, ó á muchos por lo menos, á las agencias,
á los abogados, obispos, diputados, cónsules, jueces, alcaldes,
banqueros, etc., etc., la misma noticia, que los importaba igualmente á
todos: nada.

El juez de guardia, que la recibió también, fué el único que hizo caso
de ella. Decía así el volante que recibió: “Me mato por no aguantar á
mi mujer.”

Y en efecto, Autónomo se suicidó de veras.

Por más que se hizo, no se pudo ocultar la terrible catástrofe á
Serafina; y lo peor fué que, por la inmensa publicidad que el suicida
había dado á la noticia, tardó muy poco en llegar á conocimiento de
la santa esposa la causa del suicidio. ¡Su marido se mataba por no
aguantarla á ella!

El buen sentido hizo que el público en masa, conocidas las cualidades
de la virtuosa señora, declarase que aquel hombre se había vuelto
loco de pura felicidad doméstica. Sólo así se explicaba el absurdo de
_matarse por no aguantar á la perfecta casada_.

Sin embargo, cierto solterón empedernido amigo del difunto, decía:

--Á la muerte de Autónomo no se le ha sacado toda la filosofía que
tiene. No estaba loco. Lo que ha hecho es dejarnos ejemplo con su
muerte. La filosofía de ese suicidio es ésta: “Me mato por no aguantar
á mi mujer.” Pero su mujer es la mejor del mundo. Luego... la mejor de
las mujeres es inaguantable. ¡Lo que serán las otras! ¡Y lo que será el
matrimonio!

Este Autónomo es el redentor de los célibes.



                     EL FILÓSOFO Y LA “VENGADORA”
                           (CORRESPONDENCIA)


                                   I

Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme
por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en
particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que
sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que
atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de
Teresa, la _vengadora_ de Sellés, y he visto que al público no le ha
parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa _vida_, sepa
hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa
de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo,
esta especie de _Heroídas_ en prosa que adjuntas te remito y que son,
como verás, una correspondencia entre una verdadera _vengadora_ y este
humilde _filósofo_, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por
burlaros de mis aficiones. Mi _vengadora_ es más sabia que Teresa,
hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos
papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que
tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que
toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar
verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas,
retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez
enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he
visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en
espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.

Tuyo,

  _El filósofo_.


                                  II

Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su
nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni
á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que
respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han
puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera
usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual
usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto _lapso de tiempo_
(como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi
gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en
estilo _festivo_ (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho
gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan
ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me
tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó
como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un _hombre
honrado_; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por
las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga
que usted tiene mucho talento, pero _no vive en la realidad_; estos
serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan:
le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado _lapso_
de Mambrú.--Y ¿qué es un _hombre honrado_?--dirá usted.--¿Cómo cree
ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas
cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H
y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!--Pues sepa usted, señor filósofo (por
mi gusto se llamaba usted _mi querido don Andrés_, como mi padre)
que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados.
¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada.
Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que
tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. _Do ut des_, como
dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que
yo tenga por _malo_ á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco
yo soy una _mujer honrada_ y me tengo por buena. Ya ve usted que soy
bien franca y que no juego _á la demi mondaine_. ¡Ah! No. ¡Viva España!
Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he
visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la _Celestina_,
que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me
gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un _hombre honrado_, ó me
lo parece, y esta _novedad_ me infunde un respeto extraño (á ratos,
cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa
por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron,
al fijarme en el modo que usted tenía _de no mirarme_, vivos deseos
de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me
pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto _seseo_). Á los ojos no me
miró usted más que un _momentín_ muy pequeño que no debe de merecer el
nombre de _lapso_. Usted también debe de acordarse. Es usted el único
hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no
le conocí ni asomos de intención de burlar _al amigo_ y quitarle, más
ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero
hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la
_cónsola_, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y
eso que es casi tan _pensador_ como usted, jura y perjura que él no le
regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo
llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es
imposible que fuera el _ladrón_ alma nacida no siendo usted (no admito
discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato
de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es
probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero
sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya
que no me ofendió deseando mi _infidelidad_, me maltrató sin decírmelo,
advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la
casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura;
porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y
á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo
tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su
hermana Elena, y que por eso...

No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en _mi_ casa el
retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en
ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán,
sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de
la pobre _difunta_... de la _otra_ difunta. Sea como quiera (Mambrú),
digo, no, _séase de esto lo que quiera_, yo acato el _superior
criterio_ de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse
con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa
de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted
quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure _haber amado_
á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni
lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito
desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico,
nuestros _dioses lares_, nuestros _penates_, ó como se diga: algo así
como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble.
Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que
el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos
que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando
que mujer _se tiene_ una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni
querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna
á su modo, no _honrada_, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta
metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de
ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también
podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas
quisicosas del alma en sus relaciones con el _medio ambiente_. (Repito
que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y
por la costumbre de hablar siempre en _guasa_ escribo de esta manera...
cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).

Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á
usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he
traído _casi siempre_ conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el
retrato de la señorita Elena _se mancha_ estando sobre una consola de
la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está
tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, _se mancha_ exponiéndose al
roce de Fernando, que es tan... tan _corrompido_ como esta servidora.
Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y
suprasensibles de nuestro _arreglo_, ó quédense en poder del _hombre
honrado_ las dos cosas. Y, _más diré_ (Mambrú), si usted nos devuelve
el retrato... por el favor... y por _un no sé qué_, porque eso otro es
más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere,
de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su
affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.--Va sin señas el sobre porque no sé
cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no
lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces
de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma
el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta
condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni
cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas.
En el fondo me halaga estar _un poco_ presa... y con espías. Fernando
no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me
conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á
usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que
sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que
Fernando me _otorga_, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se
cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por
lo menos á esta _primera de retratos_, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué
erudita!)--Vale.


                                  III

Mi estimada amiga: es de mi obligación, aunque me pese, romper á las
primeras de cambio el encanto de la novela misteriosa, y á su modo
picaresca, que usted tenía tramada y cuyo primer capítulo viene á
ser la carta habilidosa á que contesto. Si en las comedias _todo lo
comprenden á lo último_, yo, para que no haya comedia, le declaro que
lo he comprendido todo desde el principio. Casi todo. Ni Fernando
le ha callado á usted mi nombre, ni le ha prohibido saber dónde
vivo, ni Petra ha sido nodriza, ni él desconfía de nosotros, de mí
particularmente, ni, mucho menos de usted, en el sentido de creer que
mi prosa puede ser pólvora en salvas para seducir á usted, y que,
en cambio, mi presencia corporal pudiera vencerla. Esto es lo que
usted quería dar á entender... Comprendido; pero no hay tal cosa: es
una estratagema de usted: la trama de su novela. Queda deshecha. Le
advierto que Fernando no sabe lo que usted me ha escrito; ignora que
usted quería componer una novela en colaboración con el _filósofo_. Yo
le he preguntado lo que necesitaba saber para cerciorarme de que usted
_fantaseaba_, pero de suerte que él nada pudiera sospechar del secreto
fin de mis preguntas.

También es obligación mía advertir á usted que de Fernando á mí hay
un género de intimidad espiritual que usted no puede sospechar adónde
llega. Usted es muy lista, sabe mucho (la aparente frivolidad y el
desaliño contrahecho de su carta tampoco me engañan), ha leído usted
mucha psicología... de novela y aun algo de literatura mística. Ya ve
usted si estoy enterado. Pero, permítame que se lo diga: una mujer,
como no sea una mujer extraordinaria, un monstruo verdadero, no llega
en estas materias adonde llegan los hombres... cuando llegan. Sé que
usted es capaz de comprender _mucho más_ de lo que pudiera inducirse
á juzgar por su carta... en la que imita usted á ciertas damas
alegres de novela y comedia... Es más; adivino que si usted vuelve á
escribirme, convencida de que he conocido el disfraz, se pondrá otro
muy diferente, y acaso le dé por presentárseme hecha una Hipatía
moderna. Pues con todo eso, no es probable que usted pueda comprender
de qué clase es la intimidad espiritual de Fernando y el que suscribe.
Tenga usted cuidado, por consiguiente, con lo que me dice. Lo que usted
y Fernando puedan confesarse, comunicarse en los momentos más sublimes
de esa metafísica amorosa que todo lo perdona, todo lo santifica, etc.,
etc., no tiene comparación en profundidad, solemnidad y... bondad, con
lo que en otra clase de expansiones nos decimos ese _perdido_, como
usted le llama, y este _hombre honrado_, que lo es, en efecto, en la
acepción que da usted á la palabra. Honrado... hasta cierto punto. Y
para que no vuelva usted á reirse de mí, en esos momentos en que no
es usted _mística_... á su manera, le voy á contar un cuento. Hay un
escritor en París (amigo y algo así como correligionario de M. M. B.
á quien usted _tanto_ conoce), el cual es propagandista y director en
cierto modo del movimiento neo-idealista, ó neo-religioso, ó neo...
lo que usted quiera, de que tantas veces habrá hablado con usted M.
M. B. Pues el tal escritor en un artículo reciente nos cuenta que
otro amigo suyo (no M. M. B.), que quería convertirse á la nueva
escuela ó tendencia, así como idealista y religiosa, le decía un tanto
alarmado:--Pero, vamos á ver, esto de la nueva idealidad, de la futura
religiosidad ¿significa... que no va uno á poder mirar á las mujeres
bonitas?--El filósofo cuasi-místico le reanimó diciéndole que no se
trataba de votos de castidad, ni de abstinencia que, por modestia
se seguía dejando á los sacerdotes _verdaderos_, á los de carrera.
Pues bien, amiga mía: yo soy de la escuela del amigo de su amigo de
usted. Yo miro á las mujeres bonitas y consagro no pequeña parte de mi
vida á estar enamorado á mi manera. El amor no es pecado ni pequeñez
cuando se le sabe conservar su mayor encanto, que es la ilusión. Así
como Gœthe, en el _Fausto_, segunda parte, que usted leyó en Granada,
en la Alhambra (¿estoy enterado?) hace decir á Manto en la Walpurgis
clásica _Den lieb ich, der Unmögliches begehrt_[1] yo opino que el amor
imposible es lícito... al que, por una razón ó por otra, no debe amar
en una mujer lo posible.

Yo, por motivos que no son del caso, no puedo amar lícitamente á las
mujeres que encuentro por ahí, si se ha de entender por amar pretender
_poseerlas_. (Palabra bárbara, grosera, aunque no tanto, como aquélla
que abunda en nuestros poetas clásicos: _gozarla_).

Por esto consagro mi idealidad amorosa, fuerza inexorable, invencible,
que ha de ser respetada si no se ha de mutilar la _representación
poética_, _animadora de la vida_, á las vírgenes pudorosas,
inasequibles, de las que estoy seguro que no serán mías. En cuanto veo
en ellas este _imposible moral_ que dignifica mi _ilusión_, á ésta me
arrojo sin miedo, remordimiento ni medida. No digo, amiga mía, que esto
sea una perfección moral, ni mucho menos, ni me propongo como dechado;
no hago más que declarar cuál es el expediente á que he podido llegar
yo para resolver, interinamente á lo menos, esta dificultad que
engendra la oposición entre ciertas leyes sociales, consuetudinarias,
hoy por hoy indispensables, y algunas tendencias naturales que
constituyen elementos insustituíbles para la vida estética armónica.
Hablo de esto, principalmente, por que usted vea que yo no bajo la
vista en presencia de la mujer, sino que _por principios_ me enamoro,
á mi manera, exclusivamente de las mujeres puras, de las que no son
capaces _moralmente_ de amar, ó mostrarlo al menos, á un hombre que
no puede contraer _justas nupcias_. La mujer imposible es mi único
_tópico_ amoroso. Ya lo sabe usted. De modo que entre nosotros no hay
_flirtation_ posible; y, además, no cabe mirarme como un _seminarista
escapado_: soy tan _hombre de mundo_ como cualquiera... que no
practique. Ni una _tentación_ para los momentos de _mística_ diabólica,
ni una figura ridícula para los momentos de epicurismo reincidente.
Tengo un verdadero placer al escribir todo esto, seguro de que usted
me entiende. Lo cual no quiere decir que usted _lo entiende todo_. No,
ciertos lazos que nos unen á Fernando y á mí, y de que él tal vez está
olvidado por algún tiempo, usted no puede verlos. Su vista espiritual
es sutil, pero no tanto. Y ahora á otra cosa. No quiero ser traidor.
Sé su historia de usted... hasta el punto que usted ha querido que la
supiera Fernando.

Y un poco más allá, por ciertos cálculos de trigonometría psicológica
que hicimos entre Fernando y yo, y después yo solo, Fernando no le ha
jugado á usted ninguna partida serrana, al contarme sus confidencias.
No puede usted figurarse adónde llega la intimidad de dos amigos
verdaderos; qué secretos se cuentan cuando casi emborrachados
materialmente por las mutuas confesiones de idealidades, aventuras
poéticas, vaporosas, discurren horas y horas, verbigracia, paseando
á media noche, en primavera, recogiendo al paso las emanaciones
perfumadas de los jardines de los ricos (de los ricos que no gozan de
esta riqueza suya, porque ó duermen ó velan por miserables cuidados
lejos de sus propias flores), gozando de esos aromas volanderos que
se burlan del derecho de propiedad y van á halagar los sentidos y el
espíritu de sus verdaderos propietarios, los soñadores que pasean á
media noche contándose purísimos ideales, escudriñando á dúo arcanos
santos de la vida... Y el uno dice: --Voy á llevarte á tu casa.--Y
cuando llegan dice el otro:--No tengo sueño, necesito andar más: voy á
llevarte yo á ti.--Y llegan á la casa del que acompañó primero, el cual
tampoco quiere acostarse todavía. Y así van y vienen, y les sorprende
el canto de la alondra, aunque no haya alondras, pero les sorprende el
alba y el recuerdo de la alondra de Shakespeare y el de Romeo que vela,
y que, ausente Julieta, pero presente el amigo, con él se compara en
deliquio que, si no es comparable al amoroso, tiene una austera poesía
inefable... que no comprenden bien ustedes las mujeres, por exquisitas
que sean en sus _psicologías_, y aunque hayan acompañado á un _poeta
decadente_ en un viaje, cuasi-peregrinación por el país de los místicos.

Sí, Nila, lo sé todo: sé su historia de usted... hasta donde la sabe
Fernando. ¿Para qué contársela á usted? Fuera impertinencia. Para
hablarle de otras cosas, del retrato que me llevé y del escapulario que
por Petra usted me envió, necesito, si he de ser sincero, conocerla
á usted más, para estar seguro de no profanar, hablando con usted de
ellas, cosas tan serias y respetables como son el retrato de la hermana
de Fernando y el escapulario de su señora madre de usted. Su affmo.
amigo, q. b. s. p.,

  _El Filósofo._


                                  IV

Amigo... filósofo (repito que no sé su nombre de usted; Fernando
le ha engañado): observo con cierta vanidad que es usted mucho más
difuso y desordenado que yo al escribir: empieza usted un asunto...
se pierde en pormenores, y ¡adiós _hilo del discurso_! Además,
también es usted menos... delicado... ¡Qué pocas galanterías me dice
usted!... Hablar así á una _dama_ es enseñar las uñas... antes de
limpiarlas. No importa. Los filósofos me gustan así. Los amantes, no.
Observe usted que yo no hablaba directamente nada apenas de nuestra
_impossible flirtation_, y usted... apenas habla de otra cosa, aunque
sea para negar su posibilidad. Pero vamos á otro asunto. Á lo que _hoy_
me importa. Digo hoy porque otro día, que esté yo más desocupada,
hablaremos de otra cosa. Dejo para más adelante lo de su amor de usted
_en alemán_, lo de las _ingenuas_, su afición á los pimpollitos (señal
de vejez). (Ahora la grosera soy yo, ¿verdad?) No haga usted caso. Le
comprendo á usted... un _poco_ (hasta donde puede comprender una mujer
_no extraordinaria_) porque..., _auch ich war in Arcadien geboren_:
(_yo también nací en Arcadia_) (Schiller), y yo también sé alemán y
_supe_ querer en _alemán_. Yo también fuí, si no filósofo ni _amigo
íntimo_, mujer pura, virgen _imposible_ (y con todo, hubo quien pudo).
Pero á eso íbamos, antes del paréntesis. Íbamos á mi historia. ¿Conque
la sabe usted? ¿Está usted seguro? Usted sabrá la que Fernando le
contó; pero, ¿es ésa mi historia? Ésta es la cuestión. Lo primero que
_exijo_ es que me la cuente usted... Porque... puede muy bien suceder
que yo no la sepa. Ó porque Fernando no le haya contado á usted la
misma que yo le conté á él... ó porque yo me haya olvidado de la
historia que le conté á Fernando. Veamos. Venga ésa, la que usted sabe,
y después yo desembucharé la historia _auténtica_... si me conviene.
Diga usted lo que sabe, criatura. Su amiga y colega en pedantería,
_Nila_. Hoy no hay postdata: no la merece usted.


                                NOTAS:

[1] Yo amo al que desea lo imposible.--(N. de C.)



                       MEDALLA... DE PERRO CHICO


¿Que no conocen ustedes á la de Casa-Pinar? ¡Pues si no se ve por ahí
otra cosa! Ella es la golondrina que sí hace verano.

En cuanto asoma Agosto, se presenta Agripina Pinillos, hija de la
marquesa viuda, y pontificia, de Casa-Pinar.

Es una golondrina que no viene de África, á no ser que África empiece
en Pajares. Viene de tierra de Campos ó cosa así: es _high life_... de
_tierra_, y, á todo tirar, de _Toro_.

Todos los veranos aparece con una protesta que no se le cae de los
labios, á saber: que por milagro de Dios no está en San Sebastián ó en
Ostende ó en Corls... eso, en fin, donde la señora de Cánovas.

Todavía da la mano como se daba el año ochenta y tantos, es decir, como
quien da una coz con los remos delanteros. Si no fuese por la moda,
ese ídolo que no conocieron los griegos, la de Casa-Pinar sería una
perfecta hermosura. No es la Venus Urania, es la Venus... _snob_.

Sí; representa el _snobismo_... de cabotaje.

Porque no sale de nuestras costas.

Quiere ser más figurín que estatua. Entre Fidias y el _modisto_ mejor
de París, ella no vacilaría: se pondría en manos del _modisto_.

Cuando se ve desnuda, se desprecia. Y vuelve á ser el pavo real,
satisfecho de sus plumas, cuando se ciñe el ridículo traje de baño y se
pone el sombrero que la convierte en un patache á toda vela, ó el gorro
ignominioso que la hace parecerse á un frasco de esencias. ¿Queréis que
os salude la de Casa-Pinar, ya que tenéis el honor de tratarla y ser
acreedor de su señora madre, por ejemplo?

Pues en vano aspirais á tal privilegio... si llevais chaleco al
balneario.

Es necesario, para que Agripina os honre con algo más que una
imperceptible inclinación de cabeza, que os presentéis con zapatos
blancos, de tela y con semicírculos de charol, con faja chillona y
camisa churrigueresca terminada por cuello blanco de los que dan
garrote al dar vuelta.

Agripina Pinillos viene á la playa á curar no sé qué humores, que
más parecen humos; pero la vida que hace no es para llegar á vieja.
Como el otro dijo: _mi cura de aguas_, ella puede decir... _mi cura
de vientos_. Y no es por lo que la dé el aire, sino porque todo lo
sacrifica á los huracanes de la vanidad.

Se levanta á las doce, porque trasnocha, y se va muy peripuesta á _Las
Carolinas_ en el momento preciso en que no se puede dar un paso por los
corredores.

Se da algunos días, cuando hay muchos espectadores sin chaleco, un baño
de arena y de malicia. Usa bañero, que como no trae chaleco, no se
hace acreedor á su desprecio.

Al obscurecer la veréis en las Termópilas de la calle Corrida, dando
“los codazos que daba Mesalina” en las estrecheces de la acera, delante
de _Colón_.

De noche, ya se sabe, en las Catacumbas de Dindurra, esto es, en el
Teatro Cómico, que no se da un aire al de Lara porque allí no hay aire
ni para eso. Total, que la de Pinillos no respira en todo el día. Vive
del aire que lleva en la cabeza.

¿Ama? Sí, ama, según su género (algodón) á un joven, también triguero,
que tiene un traje para cada hora del día. ¿Qué digo cada hora? La
indumentaria de este sietemesino puede reemplazar á un reloj de sol,
porque va cambiando según el astro rey sube y baja por el espacio.
Fijaos bien y veréis que el sombrero de Juanito Pinabete y Conífera no
es absolutamente el mismo á las once que á las once y cuarto.

Pero ¡ay! Pinabete _está llamado á desaparecer_ del corazón de trapo
de Agripina. Porque acaba de llegar un teniente armado de todas armas,
el cual tiene tantos trajes como Juanito, más el uniforme que á última
hora se viste para deslumbrar á Agripina con todos aquellos cordones,
bordaduras y cimeras...

Y Pinabete no tiene uniforme; lo cual le hace suspirar exclamando:

¡Si yo fuera... siquiera bombero!

Para terminar:

Dicho sea en honor, ó en deshonor, según se mire, de Agripina la de
Casa-Pinar.

Ya que en esta mujer no hay nada espiritualmente humano, confesemos que
algo humano hay, según la materia.

Porque _Xuaco_, el buen mozo que la baña, tiene mucho apego á esta
parroquiana, y eso que sabe que las de Casa-Pinar no dan propina.

       *       *       *       *       *

Paca Blanco también es de Castilla, del mismo pueblo que la de
Pinillos. Se baña allá, hacia las últimas casetas de la _Sultana_. Al
llegar á la orilla del agua parece una figura dantesca, con su saco
largo, obscuro, de graves y preciosos pliegues. Es alta, esbelta, de
alabastro; no se baña con sombrero, ni gorro, ni papalina; el sol le
bruñe el rodete negro, de picaporte, el radiante casco de Minerva
aldeana. Sus ojos, moras maduras, se ven más de lejos; y de cerca, las
pocas veces que miran despacio y con susto, son todo un hartazgo de
delicias, unas bodas de Camacho de golosinas del alma. La Paca es hija
de un cosechero rico que vive, no á lo pobre, pero sí á lo modesto. La
Paca no es señorita, ni gana. Su hermosura soberana es anterior á la
división de clases.

Se baña al salir el sol. Nada de bañero. No sube á los balnearios, no
va al teatro. Mucha playa, paseos por Santa Catalina, y cuando hay
mucha ola ó salen barcos grandes, un ratico de contemplación, apoyada
en el muro alto del muelle. Se llena Paca los ojos, serios y soñadores,
de la poesía del horizonte, como si esperase algo que de allá lejos le
ha de traer una ventura.

Casi nunca ríe; pero si una ola salta por encima del muro y la refresca
el rostro con agujitas saladas, que son como una caricia, se enjuga las
mejillas de rosa, un poco sonriente.

De noche, con su padre, á tomar el fresco, á oir la música de Begoña,
de lejos, desde lo oscuro.

No tiene novio; no tiene amores. Pero tiene algo mejor: los espera.

Cualquiera diría que se aburre en los baños. Y no hay tal: cuando está
allá en su Castilla, contemplando la llanura de tierra, se acuerda
con amor triste de la llanura del agua; de lo que sintió y sonó en su
orilla. Verdad es que ahora, á orillas del Océano, recuerda con vaga
_saudade_ sus queridos llanos de Castilla.

                   *       *       *       *       *



                          DIÁLOGO EDIFICANTE


                              PERSONAJES:

           La Capilla evangélica.--La Catedral de Covadonga.
                          Coro de Catedrales.


                              LA CAPILLA

                                                        Cerrada.

¿Por qué no me abren? Por fanatismo.


                              LA CATEDRAL

  Asomando algunas columnas á flor de tierra.

¿Por qué no me sacan de cimientos? ¿Por qué no me construyen de una
vez? ¿Por qué no me cubren, á lo menos, para librarme de la intemperie?
Por avaricia, por indiferentismo.


                              LA CAPILLA

Como el pino del Norte suspiraba por la palmera del Mediodía, podemos
amarnos y entendernos, ¡oh catedral católica!, tú desde tu vericueto de
Covadonga, yo desde este desierto madrileño...


                              LA CATEDRAL

No diré yo tanto. Nada de coaliciones imposibles. Quéjate tú por
tu cuenta, y yo me lamentaré por la mía. No somos hermanas. _Non
possumus._ Somos un contraste.


                              LA CAPILLA

Como quieras. Pero de nuestra antítesis sale una armonía elocuente. Á
mí no me dejan _abrirme_ y ya estoy construída. Á ti te abrirán sin
inconveniente, pero no te construyen. Si no fuera absurdo se podría
decir que quien sale perdiendo es Dios, que tiene dos templos menos.


                              LA CATEDRAL

En otros siglos, valga la verdad, no te dejarían abrirte tampoco, y
hasta se atreverían á derribarte; pero, en cambio, á mí me construirían
en poco tiempo, con entusiasmo, á la voz de la fe viva y ardiente.


                              LA CAPILLA

Hoy existe bastante fanatismo para inutilizarme á mí y poca fe para
levantar tus paredes, tus torres. De la religión se han quedado con lo
peor, con la intransigencia.


                              LA CATEDRAL

Sí; no cabe negar que falta fe y hay fanatismo. Pero todavía hay
fanáticos peores que los nuestros. Los fanáticos descreídos. El
fanático con dogma tiene esa disculpa, el dogma; pero ¿qué le queda al
impío que ni siquiera es tolerante?


                              LA CAPILLA

¿Hay de ésos en tu patria?


                              LA CATEDRAL

Muchos. Son inquisidores herejes, familiares de la apostasía, ó lo que
es peor que todo: sectarios intransigentes de la negación, _celotas_ de
la impiedad superficial, sicarios del ateísmo. ¡Hay español nieto de
cien cristianos que ha dado su religión por cuatro frases hechas... con
cuatrocientos galicismos!


                              LA CAPILLA

Tal vez constituyen la mayoría entre unos y otros. Los fanáticos á la
antigua no quieren más culto que su culto; como si su dios fuera el
sol, no el Espíritu Eterno, toleran en la sombra otros ritos, otras
ceremonias religiosas, pero no á la luz del día. ¡Adoran á Febo y temen
que se profane su culto!


                              LA CATEDRAL

Los fanáticos _modernos_ no conciben que se construya una catedral en
Covadonga á expensas de toda la nación, como obra patriótica, como
grandioso monumento que conmemora la primera hazaña de la reconquista,
el primer milagro del valor español en su lucha de tantos siglos
contra los sectarios de Mahoma. “¿Por qué una catedral?--gritan--¿Y la
libertad de cultos? ¿Y el racionalismo? Los que no oímos misa ¿por qué
hemos de construir una catedral?”

¡Porque lo quiere la historia! ¿Por qué no habéis de construir en
Covadonga una mezquita, ni una pagoda, ni un frío monumento anodino,
_abstracto_ como el del Dos de Mayo, lo cual equivaldría á olvidar la
mitad, por lo menos, de lo que Covadonga representa? ¿Que no queréis
hacer de Covadonga un Lourdes? Perfectamente; pero si no queréis que
otros, aunque sea poco á poco, hagan eso, apresuraos á hacer otra cosa,
una obra nacional, un gran recuerdo histórico; y como la Historia es
como es y no como el capricho de cada cual, Covadonga, quiéralo ó no
el racionalista _negativo_, tiene que representar dos grandes cosas:
un gran patriotismo, el español, y una gran fe, la fe católica de
los españoles, que por su fe y su patria lucharon en Covadonga. Una
catedral es el mejor monumento en estos riscos, altares de la patria.


                              LA CAPILLA

Hablas como un libro. Y esos fanáticos _nuevos_ son tan irracionales
como los viejos, que me niegan el derecho á la vida porque, llamándome
yo cristiana, y sin que nadie me niegue tal nombre, ostento en mi
fachada una cruz y un letrero que dice: “Cristo, redentor eterno”. ¿Qué
hay de malo en esto?


                              LA CATEDRAL

Creerán que lo dices con segunda.


                              LA CAPILLA

El signo de la cruz ¿no es siempre santo? ¿Ó es que quieren parecerse
esos fanáticos ortodoxos al impío Strauss, que en sus _Confesiones_
llega á declarar que la cruz le repugna?


                              LA CATEDRAL

Con la Constitución del Estado en la mano te demuestran que no tienes
derecho á la cruz de la fachada...


                              LA CAPILLA

Así argumentaban los saduceos cuando querían probar á Roma que Jesús
barrenaba la constitución judaica...


                              LA CATEDRAL

En cambio, si los fanáticos _nuevos_ triunfan, ya harán otra
Constitución para declarar que en España tanto como yo representa
cualquier zaquizamí en que á un extravagante soñador se le antoje
exhibir un culto de su invención... y acaso de su industria. Unas
constituciones niegan la historia y otras niegan la filosofía... Pero
al fin á ti sólo te perjudican tus contrarios, los que ven en ti el
símbolo de la abominación. Pero á mí me dejan abandonada todos, los
que debieran ser mis amigos por patriotas y los que debieran serlo por
patriotas y por creyentes de mi Iglesia. Hace muchos años, un santo
obispo, varón elocuente y virtuoso, lleno de humildad y de fe, vino de
Levante, de país muy diferente de estas mis brumosas montañas, y él,
hijo del sol, de la clara y diáfana atmósfera mediterránea, se enamoró
de estos lugares húmedos y oscuros por el encanto singular de estas
montañas, sagradas para el cristiano y para el patriota. La idea del
santo obispo fué construir aquí una catedral sobre estos vericuetos
dantescos, y en los primeros trabajos necesarios empleó su patrimonio.
La fe y el patriotismo de los demás debía ayudarle, convertir en
realidad su noble idea... Pero España no comprendió la grandeza del
propósito. Se convirtió en cuestión de interés provincial puramente
lo que debiera ser empresa nacional, porque Covadonga no es sólo de
Asturias, es de España.


                              LA CAPILLA

Y esta aristocracia ilustre, cuyas principales damas tan ruda guerra
me han declarado á mí, ¿no ha dado su dinero, no ha facilitado su
influencia para levantar tus muros y hacer de tus naves un santuario
digno de la gran idea religiosa y española que representas?


                              LA CATEDRAL

Esas damas ilustres, cuyos títulos reunidos parecen un índice de la
historia de España, no se han acordado de mí... ni del origen de su
grandeza. Cuanto más ilustres esos grandes apellidos y esos grandes
títulos, más se acercan á mí. No hay nobleza castellana más pura, más
grande que la que tenga su origen cerca de estas fuentes, de estas
aguas que se despeñan por ese torrente abajo...


                              LA CAPILLA

Conque todas esas señoras que han ido á suplicar á Sagasta que no se
me abra...


                              LA CATEDRAL

Ignoran todas que un modesto sacerdote anda por Asturias de puerta en
puerta mendigando una limosna para ir construyéndome poco á poco y
con el menor gasto posible, sin la magnificencia arquitectónica que
merezco... Debiera ser yo la obra espontánea, simultánea y unánime de
todas las fortunas de España, y no soy más que una humilde prueba de la
caridad y del _provincialismo_ de unos pocos asturianos... ¿Qué más? Se
acaba de celebrar el centenario de Cristóbal Colón y su descubrimiento,
y todos han pensado en Granada, nadie se acordó de Covadonga. Yo no
discuto si esas ilustres señoras y esos insignes obispos que piden al
Estado que no consienta tu apertura hacen bien ó hacen mal. Lo que digo
es que mucho más urgente que impedir á los demás abrir sus templos es
construir los propios.


                          CORO DE CATEDRALES

¿Qué importa una capilla protestante en esta tierra en que somos
nosotras legión? ¡Somos un bosque de torres cristianas! ¡Pero muchas
amenazamos ruina! ¡Que se salve la Giralda! ¡Que resplandezca la
linterna mágica de León, aquella inspiración sublime de piedra!
¡Levantad en Covadonga, no una pobre basílica amanerada y raquítica por
su miseria, sino un reflejo glorioso de nuestra grandeza! ¡La fe de
León, de Burgos, de Sevilla, de Granada, se salvó en Covadonga!


                         LA CAPILLA EVANGÉLICA

¡Oh, coro sublime! ¡Oh, sublime religión de Jesús!... ¡Tú sola pudiste
inspirar estos ideales himnos de piedra!...

 Bajando la voz, porque á Segura llevan preso.

_¡Christus redemptor æternus!_



                             UN CANDIDATO


Tiene la cara de pordiosero; mendiga con la mirada. Sus ojos, de color
de avellana, inquietos, medrosos, siguen los movimientos de aquél
de quien esperan algo, como los ojos del mono sabio á quien arrojan
golosinas, y que devorando unas, espera y codicia otras. No repugna
aquel rostro, aunque revela miseria moral, escaso aliño, ninguna
pulcritud, porque expresa todo esto, y más, de un modo clásico, con
rasgos y dibujo del más puro realismo artístico: es nuestro Zalamero,
que así se llama, un pobre de Velázquez. Parece un modelo hecho á
propósito por la Naturaleza para representar el mendigo de oficio,
curtido por el sol de los holgazanes en los pórticos de las iglesias,
en las lindes de los caminos. Su miseria es campesina; no habla de
hambre ni de falta de luz y de aire, sino de mal alimento y de grandes
intemperies; no está pálido, sino aterrado, no enseña perfiles de
huesos, sino pliegues de carne blanda, fofa. Así como sus ojos se
mueven implorando limosna y acechando la presa, su boca rumia sin
cesar, con un movimiento de los labios que parece disimular la ausencia
de los dientes. Y con todo, sí, tiene dientes, negros, pero fuertes.
Los esconde como quien oculta sus armas. Es un carnívoro vergonzante.
Cuando se queda solo ó está entre gente de quien nada puede esperar,
aquella impaciencia de sus gestos se trueca en una expresión de
melancolía humilde sin dignidad picaresca, sin dejar de ser triste; no
hay en aquella expresión honradez, pero sí algo que merece perdón, no
por lo bajo y villano, sino por lo doloroso. Se acuerda cualquiera,
al contemplarle en tales momentos, de Gil Blas, de don Pablos, de
Maese Pedro, de Patricio Rigüelta; pero como este último, todos esos
personajes con un tinte aldeano que hace de esta mezcla algo digno de
la égloga picaresca, si hubiese tal género.

Zalamero ha sido diputado en una porción de legislaturas; conoce á
Madrid al dedillo, por dentro y por fuera; entra en toda clase de
círculos por altos que sean; se hace la ropa con un sastre de nota, y
con todo, anda por las calles como por una calleja de su aldea remota y
pobre.

Los pantalones de Zalamero tienen rodilleras la misma tarde del día
que los estrena. Por un instinto del gusto, de que no se da cuenta,
viste siempre de pardo, y en invierno el paño de sus trajes siempre es
peludo. Los bolsillos de su americana, en los que mete las manazas muy
á menudo, parecen alforjas.

No se sabe por qué, Zalamero siempre trae migajas en aquellos bolsillos
hondos y sucios, y lo peor es que, distraído, las coge entre los dedos
manchados de tabaco y se las lleva á la boca.

Con tales maneras y figura, se roza con los personajes más
empingorotados, y todos le hacen mucho caso. “Es pájaro de cuenta”,
dicen todos.

“Zalamero, mozo listo,” repiten los ministros de más correa.
Fascina solicitando. El menos observador ve en él algo simbólico;
es una personificación del genio de la raza en lo que tiene de más
miserable, en la holgazanería servil, pedigüeña y cazurra. “Yo soy un
frailuco--dice el mismo Zalamero--; un fraile á la moderna. Soy de
la orden de los mendicantes parlamentarios.” Siempre con el saco al
hombro, va de ministerio en ministerio pidiendo pedazos de pan para
cambiarlos en su aldea por influencias, por votos. Ha repartido más
empleos de doce mil reales abajo, que toda una familia de ésas que
tienen el padre jefe de partido ó de fracción de partido. Para él no
hay pan duro; está á las resultas de todo; en cualquier combinación
se contenta con la peor; lo peor, pero con sueldo. Sus empleados van
á Canarias, á Filipinas; casi siempre se los pasan por agua; pero
vuelven, y suelen volver con el riñón cubierto y agradecidos.

--¿Qué carrera ha seguido usted, señor Zalamero?--le preguntan las
damas.

Y él contesta sonriendo:

--Señora, yo siempre he sido un simple hombre público.

--¡Ah! ¿Nació usted diputado?

--Diputado, no, señora; pero candidato creo que sí.

--¿Y ha pronunciado usted muchos discursos en el Congreso?

--No, señora: porque no me gusta hablar de política.

En efecto; Zalamero, que sigue con agrado é interés cualquier
conversación, en cuanto se trata de política bosteza, se queda triste,
con la cara de miseria melancólica que le caracteriza, y enmudece
mientras mira receloso al preopinante.

No cree que ningún hombre de talento tenga lo que se llama ideas
políticas, y hablarle á Zalamero de monarquía ó república, democracia,
derechos individuales, etc., etc., es darle pruebas de ser tonto ó de
tratarle con poca confianza. Las ideas políticas, los credos, como él
dice, se han inventado para los imbéciles y para que los periódicos
y los diputados tengan algo que decir. No es que él haga alarde de
escepticismo político. No; eso no le tendría cuenta. Pertenece á un
partido como cada cual; pero una cosa es seguirle el humor al pueblo
soberano, representar un papel en la comedia en que todos admiten el
suyo, por no desafinar, y otra cosa es que entre personas distinguidas,
de buena sociedad, se hable de las ideas en que no cree nadie.

Zalamero, en el seno de la confianza, declara que él ha llegado á ser
hombre público... por pereza, por pura inercia. “Dejándome, dejándome
ir, dice, me he visto hecho diputado. Nunca me gustó trabajar; siempre
tuve que buscar la compañía de los vagos, de los que están en la plaza
pública, en el café, azotando calles á las horas en que los hombres
ocupados no parecen por ninguna parte. ¿Qué había de hacer? Me aficioné
á la cosa pública: me vi metido en los negocios de los holgazanes,
de los desocupados, en elecciones. Fuí elector y cazador de votos,
como quien es jugador. Cuando supe bastante me voté á mí propio. El
progreso de mi ciencia consistió en ir buscando la influencia cada vez
más arriba. He llegado á esta síntesis: todo se hace con dinero, pero
arriba. Cuanto más arriba y cuanto más dinero, mejor. El que no es
rico, no por eso deja de manejar dinero; hay para esto la tercería de
los grandes contratos vergonzantes. El dinero de los demás, en idas y
venidas que ideaba yo, me ha servido como si fuera mío.”

Mientras muchos personajes andan echando los bofes para asegurar
un distrito, y hoy salen por aquí, mañana por los cerros de Úbeda,
Zalamero tiene su elección asegurada para siempre en el tranquilo
huerto electoral que cultiva abonando sus tierras con todo el estiércol
que encuentra por los caminos, en los basureros, donde hay abono de
cualquier clase.

Aunque trata á duquesas, grandes hombres, ilustres próceres,
millonarios insignes, cortesanos y diplomáticos, en el fondo Zalamero
los desprecia á todos, y sólo está contento y sólo habla con sinceridad
cuando va á recorrer el distrito, y en una taberna, ó bajo los árboles
de una pumarada, ante el paisaje que vieron sus ojos desde la niñez,
apura el jarro de sidra ó el vaso de vino, bosteza sin disimulo,
estira los brazos, y á la luz de la luna, con la poética sugestión de
los rayos de plata que incitan á las confidencias, exclama con su voz
tierna y ronca de pordiosero clásico, dirigiéndose á uno de sus íntimos
aldeanos, agentes, electores, sus criaturas.

--...Y después, si Dios quiere, como otros han llegado, puedo llegar á
ministro... y como no soy ambicioso, juro á Dios que con los treinta
mil reales de la cesantía me contento; sí, los treinta mil... aquí,
en esta tierra de mis padres, en la aldea, bajo estos árboles, con
vosotros...

Y Zalamero se enternece de veras y suspira porque ha hablado con el
corazón. En el fondo es como el aguador que junta ochavos y sueña con
la terriña. Zalamero, el palaciego del sistema parlamentario, el pobre
de la Corte de los Milagros... del salón de conferencias: el mendicante
representativo, no sueña con grandezas, no quiere meter al país en un
puño, imponer un credo.

¡Qué credos!

Ser ministro ocho días, quedarse con treinta mil... y á la aldea. Es
todo lo Cincinnato que puede ser un Zalamero. No quiere ser gravoso á
la patria. “Si me hubiesen dado una carrera, hoy sería algo. Pero un
hombre como yo ¿á qué ha de aspirar sino á ser ministro cesante cuando
la vejez ya no le consienta trabajar... el distrito?”



                            LA CONTRIBUCIÓN
                    TRAGICOMEDIA EN CUATRO ESCENAS


                            ESCENA PRIMERA


 Estación de Pinares. Al amanecer. El campo cubierto de escarcha. Mucho
 frío. El tren parado delante del andén. Algunos viajeros de tercera
 corren á la cantina, donde se sirve café malo, pero caliente. Muchos
 se soplan las manos, otros dan patadas fuertes contra el suelo, otros
 se pasean, mientras se les prepara el café. Los empleados, pocos y mal
 vestidos, de la estación, muestran actividad extraordinaria. Es que
 en un coche de lujo, en un _break_, viajan altos funcionarios de la
 Compañía y un ministro, el de Hacienda.

                           UN VIAJERO DE 3.ª

 Enfermo, de color de aceituna, muy débil, vestido con un traje claro
 muy ligero; se acerca, andando y hablando con dificultad, al jefe de
 la estación, que pasa con mucha prisa.

¿Me hace el favor?


                                EL JEFE

¿Qué hay?


                            VIAJERO DE 3.ª

¿Cuántos minutos para aquí?


                                EL JEFE

¿No lo ha oído usted? Cinco.


                            VIAJERO DE 3.ª

Pero como decían... que hoy... que se habían bajado unos señores que
tienen que hacer ahí fuera... y se les esperaría... Pensaba yo...


                                EL JEFE

Eso no es cuenta de usted ni mía.

 El jefe desaparece sin oir las excusas del viajero de 3.ª, que teme
 haber ofendido á aquel personaje.


                            VIAJERO DE 3.ª

                                       Á otro empleado de la estación.

¿Se puede saber cuánto pararemos aquí?


                              EL EMPLEADO

¡Uf! Lo menos un cuarto de hora. ¿No ha visto usted que se han apeado
esos señores para ver las obras del puente? Lo menos un cuarto de hora.


                            VIAJERO DE 3.ª

                          Con expresión de alegría y agradecimiento.

Muchas gracias, muchas gracias... Pero ¿está usted seguro que un cuarto
de hora lo menos?


                              EL EMPLEADO

                                                Con el humor del jefe:

Hombre, ¿quiere usted una hipoteca?

 Se va.


                            VIAJERO DE 3.ª

No, señor, gracias... Usted dispense... Basta la palabra... ¡Quince
minutos! ¡Oh, sí, me decido! ¡Dios mío, dame fuerzas!

              Con gran trabajo, respirando con dificultad, se dirige
              hacia... _lo  que no puede decirse_. Lee:

_Señoras_... ¡Aquí no!

                Da otros cuantos pasos con gran dificultad. Lee:

_Caballeros._

                                Vacila; muestra gran desaliento.

No hay más... Sí, aquí debe de ser.

               Desaparece. Pasan tres minutos. Suena una campana.


                                UNA VOZ

Señores viajeros, ¡al tren!

             Los pasajeros del _break_ ya han ocupado su coche.
             Al parecer, tienen prisa. Uno de ellos se dirige
             al jefe de estación, que se cuadra.


                             EL PERSONAJE

Sí, sí; ahora mismo. Pite usted. El ministro se siente mal y hay que
llegar cuanto antes á la ciudad...

     El empleado de marras habla en voz baja al jefe y señala al lugar
     por donde ha desaparecido el viajero de 3.ª. El jefe hace un gesto
     de contrariedad y se encoge de hombres. El personaje se retira de
     la ventanilla. El jefe espera unos segundos. El empleado y algunos
     viajeros, que se dirigían corriendo al tren, hacen señas, como de
     quien mete prisa á alguien, en la dirección por donde ha
     desaparecido el viajero de 3.ª.


                              EL EMPLEADO

¡Vamos, hombre, á escape!... Que se queda usted en tierra...


                              UN VIAJERO

¡Que se va el tren!

                                                      Suena el pito.

¡Que se va!... ¡Ese pobre hombre!... ¡Que no puede!... ¡Que se cae!...
Allá ustedes.

                                         Monta corriendo en su coche.


                              EL EMPLEADO

Pero ¿qué le pasa?

                                          El tren empieza á moverse.


                            VIAJERO DE 3.ª

         Aparece, arrastrándose casi, con una mano apoyada en el suelo
         y otra  sujetando la ropa. Lívido, aterrado, habla con voz
         debilísima; quiere llegar al tren que marcha.

¡Socorro! ¡favor!... ¡Ayudarme, ayudarme! ¡No puedo, no puedo!...

                     Toca con una mano el estribo,
                     un mozo de la estación y el empleado de
                     antes se precipitan hacia él para contenerle.


                              EL EMPLEADO

¡Imprudente!... ¡Desgraciado!... ¡Que le arrastra, que le deshace el
tren!...


                            VIAJERO DE 3.ª

¡Por Dios!... ¡Arriba!... Quiero morir allá... en Cardaña... junto á mi
padre... ¡Falta tan poco!... ¡Ayuda, arriba!...


                             MUCHAS VOCES

¡Imposible!...

         Quieren ayudarle los de dentro y los de fuera. Se abre
         una portezuela, se tienden varias manos. Todo inútil. El tren
         sigue, el viajero de 3.ª cae sin sentido en brazos del mozo
         de la estación. Todas las  ventanillas, las del break
         inclusive, llenas de cabezas. Curiosidad  inútil.
         El tren desaparece.


                           VOCES EN EL TREN

¿Quién es? ¿Quién será?


                              OTRAS VOCES

Dicen que es un soldado de Cuba que viene por enfermo...


                            ESCENA SEGUNDA

         Cardaña. La estación. Mucho frío. Muy poca gente en el
         andén. Un viejecillo ochentón, apoyado en muletas, rendido
         de fatiga, se arrima á una columna de hierro y mira con
         ansiedad hacia la parte de Pinares, por donde va á llegar
         el tren. Llega el tren. Nadie se apea. ¡Un minuto de parada!
         grita una voz. Suena inmediatamente una campana, luego un
         silbido y el tren emprende la marcha.


                               EL VIEJO

¡Dios mío! ¿Qué es esto? Nadie, nada... ¿Se habrá dormido? No,
imposible. Es que no viene. ¿Dónde se ha quedado? Si debía llegar
ahora, sin falta... ¡Enfermo, enfermo por el camino!... ¡Mi Nicolás,
Nicolás!... Nada; no viene... y ya se aleja el tren... ¡No viene... no
viene!... ¡Dios mío!...


                        EL JEFE DE LA ESTACIÓN

¿Qué es eso, señor Paco? ¿Qué le sucede? ¿Le han arrojado ya de su casa
esos caballeros _mandones_?


                               EL VIEJO

No... si ahora no es eso... No es la casa... Es mi hijo... Nicolás, que
vuelve de Cuba muy enfermo, deshaciéndose... y debía llegar en este
tren... ¡y nada!


                                EL JEFE

Calma, hombre; vendrá mañana.


                               EL VIEJO

No, no; ¡me da el corazón una desgracia!... ¡Hoy, hoy, era hoy!... Algo
le pasó en el camino.


                               EL JEFE

Vaya, que es usted el rigor de las desdichas. Pero ¿qué hay de eso?
¿Es verdad que le han vendido á usted la huerta y la chozuca por mal
pagador, por rebelarse contra el comisionado?... ¡Ja, ja! Usted, señor
Paco, siempre tan... faccioso. ¿Pero no sabe que el que no paga la
contribución... la paga de todas maneras?


                               EL VIEJO

Yo no podía pagar. ¡Les abandoné mi pobreza! Pero de mi rincón no me
han echado todavía... ¡Ni me echarán! Quiero mi cama en mi choza para
mi hijo, que viene enfermo de Cuba...


                               EL JEFE

¡Pero si le han vendido la choza, si ya no tiene allí nada suyo más que
la cama!... Usted lo dice, usted se lo abandonó todo.


                               EL VIEJO

                                                         Irritándose.

Sí; lo abandoné porque no podía pagar trimestres y más trimestres...
Me pedían un dineral... Una injusticia... Mientras pude trabajar,
pagué á regañadientes, pero pagué; ahora, solo, baldado, inútil, sin
trabajo... apenas como... y he de pagar... ¿Con qué? ¡Rayos! ¡Mi casa,
la huerta!... Se la llevaron, bueno; ya es de otro... ¡Rayos! Pero si
Nicolás llega enfermo, ¿dónde le meto? ¡Vive Dios! ¡En mi choza, en su
casa!


                               EL JEFE

Juicio, juicio, señor Paco. Con los mandones no se juega. No haga usted
un disparate. Y salga, que esto se queda solo y yo me voy arriba.


                               EL VIEJO

                         Saliendo de la estación hacia el pueblo.

¡Dios mío! Pero ¿dónde está mi hijo? ¡Enfermo!... ¡Abandonado en el
camino!... ¡Muerto, acaso muerto!


                            ESCENA TERCERA

         La tarde del mismo día. Calle de aldea, solitaria, delante
         de la  casucha del señor Paco. El alcalde y dos hombres
         mal encarados,  vestidos á lo ciudadano, pero con mala ropa,
         se acercan al señor Paco, sentado á la puerta de su casa.


                              EL ALCALDE

¡Ea, señor Paco, esto se acabó! La paciencia y todo, se acaba.


                             EL SEÑOR PACO

¿Qué quiere usted decir, señor alcalde?


                              EL ALCALDE

Que estos señores vienen á tomar posesión de lo que es suyo. Que
esta casa ya no es de usted. Que usted ha dejado que la Hacienda se
incautase de sus bienes y sin mezclarse usted en nada, despreciando la
ley, como si ésta no tuviera que cumplirse, ha visto sin moverse que,
paso tras paso, como pide la justicia, se fueran llenando todos los
requisitos para dejarle á usted en la calle... Y ahora que eso ya es
de otro, de este caballero que acompaña al señor comisionado, á quien
usted conoce...


                             EL SEÑOR PACO

Sí; demasiado.


                              EL ALCALDE

Ahora que usted no tiene ahí dentro más que unos pocos muebles, ni
quiere sacarlos, ni se va con la música á otra parte... y eso no está
en el orden. Haber pagado á su tiempo.


                             EL SEÑOR PACO

No tenía con qué.


                              EL ALCALDE

Eso no es cuenta mía. Ni esto tampoco... Entendámonos: estos señores
recurren á mí, porque, por la presente, y á falta de mejor... postor...
eso es, soy la fuerza pública, vamos al decir. Está usted ejecutado; la
ley ya no tiene más que hacer... á no ser que quiera que materialmente
se le eche á patadas...


                             EL SEÑOR PACO

¡Atrévase usted, señor alcalde!...


                              EL ALCALDE

No, yo no. Es usted un pobre viejo. Pero vendrá la guardia civil, ya
que es usted tan testarudo. Este caballero ya ha estado aquí tres
veces. Tiene razón al quejarse de que no se le haya hecho salir de
aquí á usted á su debido tiempo. Por lástima han hecho todos la vista
gorda hasta llegar el último momento... Pero ésta es la de vámonos.
Tanto derecho tiene usted á estar en esta casa como en la mía. Yo, por
motivos de orden público, digámoslo así, vengo á darle el último aviso
por las buenas. Este señor ya está cansado de aguantarle... Conque, ó
deja usted libre la puerta... ó vienen los guardias ¡y hay violencia!


                             EL SEÑOR PACO

¡Que venga un ejército! Que me maten... de aquí no me muevo. Espero
á mi hijo... á Nicolás... que viene muy enfermo... ¡Dios mío! ¡Si
llega! ¿En dónde le acuesto? Viene de Cuba... deshaciéndose... Mi cama
es suya... ahí, en ese rincón donde nació... donde moriremos los dos
abrazados... en nuestra casa, donde murió su madre... en mi choza...
mía, pese á todas las contribuciones del mundo. No pago, porque no
puedo... ¡pero mi casa es mía!


                            EL COMISIONADO

Señor Paco, esta casa es de este caballero, que la ha adquirido del
Estado en la forma que señala la ley y con todos los requisitos del
caso; hace mucho tiempo que está usted aquí de sobra. Bastante se
ha levantado el brazo. Si usted no hubiese sido terco... si hubiera
pagado...


                             EL SEÑOR PACO

                                     Sombrío, como transtornado.

Esta casa es para mi hijo... Ahí, en esa cama moriremos los dos...
abrazados... ¡Si viene! ¡Si no ha muerto por el camino!


                            EL DUEÑO NUEVO

Nada, nada; yo no sirvo para ver estas cosas. Que se cumpla la ley en
todos sus extremos. Yo me voy y volveré cuando la fuerza me haya dejado
mi propiedad libre de estorbos... Con Dios, señores.


                              EL ALCALDE

Espere usted. Ea, tío Paco, ya se me sube á mí el humo á las narices.
Aquí ya no hay civiles que valgan: yo soy alcalde... y me basto y me
sobro... Deje usted libre el paso... ó me lo llevo á la cárcel...


                             EL SEÑOR PACO

                                             Blandiendo una muleta.

Moriré aquí dando palos al que se acerque... En muriendo los dos... ahí
dentro, en esa cama, cargad con todo. Llevadnos de limosna al campo
santo... y todo es vuestro. Pero me da el corazón, miserables, que si
os abandono la choza antes que él venga... no vendrá; _se habrá muerto_
en el camino, en el barco, entre las ruedas del tren, ¡qué sé yo! Si le
aguarda su cama en su choza... en el rincón donde nació... vendrá, sí,
vendrá... ¡Se lo pido á Dios de rodillas!

             Se arrodilla temblando y apoyando las manos en el suelo.
             Silencio solemne. Aquellos cafres callan con respeto,
             relativo, á la desgracia  y á la oración del anciano.


                        ESCENA CUARTA Y ÚLTIMA

             Se oye el ruido estridente de las ruedas de una
             carreta del país.  Aparece por la calleja que desemboca
             frente á la choza del señor Paco una carreta de bueyes
             guiada por un aldeano y escoltada por dos civiles.
             Dentro de la carreta un bulto largo cubierto con un
             lienzo  gris.


                           UN GUARDIA CIVIL

Aquí es, señores, ¿no vive aquí el señor Paco Muñiz de la Muñiza?


                              EL ALCALDE

Ahí le tienen... Á buen tiempo llegan, señores guardias... Yo soy el
alcalde del pueblo, y este hombre...


                              EL GUARDIA

Espere un poco, señor alcalde. El caso es...


                             EL SEÑOR PACO

             Como iluminado por una revelación al ver la carreta,
             se dirige hacia ella, sin apoyarse en las muletas, que
             arroja; levanta el lienzo gris,  descubre un cadáver
             y se abraza, entre alaridos, al muerto.

¡Nicolás! ¡Mi hijo! ¡Mi Colasín!


                              EL ALDEANO

                                                  Al alcalde.

Se nos ha muerto en el camino. Es un soldado de Cuba que venía por
enfermo. Se bajó en Pinares... no pudo montar en el tren... y se
moría. Suplicó que por caridad se le trajera á Cardaña... á morir en su
casa, junto á su padre...


                             EL SEÑOR PACO

                            Incorporándose airado, como loco.

¡Miserables, dejadme lo mío! ¡Ya pago, ya pago! ¿No me robáis porque
no pagaba?... ¿Y ese hijo? ¿Y esa vida? ¡Alcalde, ahí tienes la
contribución! ¡Entiérramela!

                           Con las manos crispadas señala al muerto.

                            TELÓN MUY LENTO



                                EL RANA


Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo
parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo
como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres ó
cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas,
sociológicas y aun filosóficas y teológicas. Había aprendido á leer
allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón
provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado á los
pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado,
porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y en tabaco. Era
peón de albañil, pero casi siempre dimisionario. No estaba conforme con
la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males
la tenía el _oro de la reacción_; ahora parecía ser que el enemigo
era “el infame burgués”. “Sea”, se había dicho el Rana; y, como antes
del oscurantismo y de los _presupuestívoros_, ahora maldecía del
burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición,
siempre vestía de levita, verdad es que debida á la munificencia de
algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular de su pueblo,
y todas las clases sociales le encontraban gracia al Rana, y veían
en él, acaso, el último representante de una generación famosa de
perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por
el ingenio de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de
su excitada fantasía. El Rana, á pesar de sus ideas disolventes, de su
_bala rasa_ (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera
entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo,
sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la
prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local
encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba
de los rigores del terror blanco. Pero salía de prisiones sin abdicar
uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía á presentarse
tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negaciones
impías y en sus imprecaciones escandalosas.

Amigo de marchar con el siglo, había renunciado á ser republicano, ya
que los jóvenes de la esquina del Ayuntamiento se reían de la política;
y era anarquista, pero disidente, porque los de esta opinión le habían
expulsado con toda solemnidad de su grey, con el frívolo pretexto de
que empalmaba las borracheras y era el hazmerreir de los burgueses, y
admitía de éstos propinas, prendas de vestir y otras humillaciones.

Pero el Rana, haciendo eses, y mirando al cielo, con quien se pasaba el
día de coloquio, pues era su costumbre decírselo todo á las nubes, al
_tal_ Dios, desdeñando ponerse al habla con los míseros mortales, el
Rana, digo, perdonaba á sus correligionarios porque no sabían lo que
hacían, y les dedicaba sonrisas de desprecio en un todo iguales á las
que le merecía el alto y bajo clero. Además de no estar conforme con
el _credo_ (así decía él) de su partido, en lo tocante á la bebida,
también protestaba contra los alardes de cosmopolitismo, porque él era
patriota ¡por vida de la Chilindraina! y había expuesto la vida en cien
combates por la... _eso_ de la patria: en fin, “¡Viva Cuba española!”,
gritaba El Rana, que en esta materia no admitía bromas ni novedades.
Bueno que la república fuera un... mito, eso, un mito..., pero en la
_aquello_... de la patria, que no le tocaran el Carlos Más (Marx), ni
el Carlos Menos, ni Carlos Chapa..., porque el Rana, allí donde se le
veía... había sido voluntario del heroico batallón de la _Purísima_
(alabada sea ella), añadía el Rana, que sólo estaba mal con el elemento
masculino de la Sacra Familia; y eso de boca.

“Mil éramos, predicaba entusiasmado en medio de la plaza, mil éramos
cuando íbamos por la carretera de Castilla arriba: ciento cuatro
volvimos de Cuba... Los demás todos muertos... unos por uno, otros por
otro..., ¡todos muertos! ¡Viva la anarquía y el libertinaje! Fuego
y fuego en el burgués..., pero el que me toque á... pues, á Cuba
española, que se entienda con este cura, hablando mal, con el Rana,
veterano distinguido del batallón provincial de la Purísima, alabada
sea ella... Me... _caso_ en el _tal_ del _Tal_.”

Y si pasaba por allí un polizonte iba el Rana á la prevención por
blasfemo.

                   *       *       *       *       *

Una mañana muy fría, de Diciembre, salió el Rana muy temprano del
zaquizamí en que dormía, y previo el ordinario tocado de pasarse la
mano por los ojos, se encaminó á la estación del ferrocarril del
Norte, pisando la dura escarcha, soplándose los dedos y hablando entre
dientes con las _podridas_ nubes. La letra de lo que quería decir no
era muy clara, pero la música era ésta: pestes contra el frío, contra
el hambre, contra el infame burgués y contra la falta de patriotismo
del obispo, del alcalde, del gobernador y demás oscurantistas, digo
burgueses.

El Rana había leído en un periódico local, el día anterior, que aquella
mañana, en el primer tren saldrían por el ferrocarril del Norte quince
voluntarios que embarcarían en La Coruña con destino á Cuba. Una semana
antes la ciudad en masa había despedido entre gritos de entusiasmo
patriótico á todo un batallón de infantería que de allí había salido
para la guerra. Se había obsequiado á los soldados con cigarros,
fiambres, vino, reparto de pesetas y grandes dosis de cariño fraternal,
inspirado en el amor á la patria. Estaba bien. El Rana era el primero
en aplaudir aquella manifestación. Pero ahora...

--¡Lo que yo temía!--exclamó al pisar el andén, donde le dejaron entrar
á la cuarta ó quinta blasfemia.

--¡Lo que yo temía! ¡Ni un alma! ¡Muera el burgués! ¡Abajo lo
existente!... ¡Ni un alma!... ¡Sean ustedes _Daoíces_ para esto!...
¡Claro!... Los pobretones son voluntarios; como yo, como el Rana, allá
en mis buenos tiempos... Son el _Queso_, _Piniella_, el _Marqués_,
_Viruela_, _Viruso_, el _Troncho_... cuatro gatos, la hez, eso, la
hez del pueblo soberano... Una limpia, ¿eh? ¡Dígalo usted, burgués
infame!... ¡Una limpia!... ¡Dígalo usted claro!

Y el Rana, hablando y andando, se dirigió á la cantina solitaria,
donde pidió una copa de aguardiente, al mismo tiempo que ponía sobre
el mostrador unos cuantos perros chicos, pero sin separar de ellos la
mano. Era aquel gesto una fórmula á que le obligaba su escaso crédito.
Quería decir que tenía con qué pagar; no que pagaría de fijo.

Como la cantinera le mirase con cierta sorna y no se diera mucha
prisa á servirle, El Rana, con ceño digno de las Euménides, se encaró
con la pobre muchacha y la abrumó bajo el peso de cien blasfemias é
imprecaciones.

“¿De qué se dudaba allí? ¿De su buena fe de pagador ó de su amor á
la... _eso_ de la patria?”

“¿Tenía él ó no tenía decoro? ¿Tenía ó no tenía razón? Ni el obispo,
ni el alcalde, ni una rata, venía á ‘despedir á los quince _Daoíces_’
que iban á morir por España, como el más currutaco general ó cadete...”
Bebió dos ó tres copas; dejó sobre el mostrador algunas monedas,
recogió otras, y siempre hablando con las nubes, se fué hacia el grupo
de voluntarios, que también soplándose las manos daban diente con
diente y patadas en el suelo, formando piña cerca del tren, preparado
ya para la marcha.

--¡Eh, Rana, faltan cinco céntimos!...--le gritó no muy incomodada la
cantinera.

El Rana se encogió de hombros, y con un ademán de pródigo, exclamó:

--Para ti--y llegó al grupo de voluntarios, donde no fué mal recibido.
El _Queso_ le estrechó la mano con efusión, y dijo:

--¡Bien por el Rana! Vivan los patriotas de la _Purísima_.

--Alabada sea ella. Pero el podrido obispo, ¿por qué no viene hoy á
echar bendiciones? Y el alcalde, ¿para cuándo deja los _puros_ y los
vivas?...

--¡Porque sois la hez, Queso! Esto es una limpia... Os barre el hambre,
os echa á morir, á la alcantarilla, á la manigua, la _nesecidad_... Y,
claro... los señoritos, los burgueses... no se levantan de la cama á la
hora que barren los barrenderos del Ayuntamiento...

                   *       *       *       *       *

La verdad era que en la estación no había ni _elemento oficial_,
ni muchos curiosos ó patriotas. Casi ninguno. Había, sí, mujeres
harapientas, niños pobres que lloraban ó reían, los pedazos del corazón
cubiertos de andrajos, que dejaban en el pueblo aquellos muchachos que
iban... no sabían á qué... á morir probablemente... á padecer por la...
_eso_, de la patria.

El Rana no se explicaba bien--porque blasfemar no es argüir;--pero él
veía clara la cosa: lo que pasaba por el espíritu... de vino de aquel
insigne borracho, traducido de las nieblas alcohólicas de su conciencia
al lenguaje usual, era esto:

“No valen más mil que quince. Aquellos chicos no tenían la culpa de
ser tan pocos. No valía decir que el pueblo acababa de entusiasmarse
pocos días antes. En estos casos no vale el cansancio. Aquel desaire
á la _hez_ de la población, que iban de su propio querer á morir por
España, era una ingratitud, una crueldad. El voluntario no es menos que
el soldado que _sirve al rey_ porque le toca. _Allá_ son iguales; pero
en el _arrancar_ tiene el voluntario más mérito. Y no valía pensar que
el _Queso_, el _Marqués_, _Viruela_, iban echados por la miseria, por
no luchar con el hambre, por dar pan á su madre, ó á su mujer ó á sus
hijos...

“No; algo había él visto... pero sin lo _otro_, sin lo de... _aquello_
de la patria, no irían. ¿Por qué no iban á otra parte, donde había
_guita_, pero no había peligro, mala vida? ¿Por qué á ninguno se le
ocurría ir á cambiar la miseria de su _tierra_ por el pan seguro
de otras aventuras lejanas, por mar ó por tierra? En fin, que, por
dentro, al _Queso_ le pasaba lo que á él, al Rana, le había pasado
en su tiempo. ¿Qué era España? ¿Qué era la patria? No lo sabía.
Música... El himno de Riego, la tropa que pasa, un discurso que se
entendió á medias, jirones de frases patrióticas en los periódicos...
Pelayo... El Cid... La francesada... El Dos de Mayo... El Rana, como
otros camaradas, confundía los tiempos; no sabía si lo de Pelayo y
lo de Covadonga había sido poco antes que lo de Daoiz ó por el mismo
tiempo... Pero, en fin, ello era que... ¡viva España! y lo que sale
de dentro sale de dentro... y, en fin, que en un arranque de... no
sabía qué, pero contento, muy _ancho_, se había alistado... y allá
había ido, mezclado con mucha gente honrada, siendo tanto como ellos,
en cuanto era voluntario; y se había batido bien, y había perdonado,
allá en la guerra, á los españoles de acá, á los _reaccionarios_ (hoy
burgueses) que habían ido á despedir el batallón de la _Purísima_
por la carretera de Castilla arriba, y que iban diciendo, mientras
acompañaban á los voluntarios:

--“Y además, ¡_qué limpia_! El batallón se lleva al Rana, se lleva
á _Saltamontes_, se lleva á _Tarucos_... se llevaba... Sí, se los
llevaba; ya no quedaban _perdis_ en el pueblo apenas; y los más se
habían ido y no habían vuelto... ¡Qué limpia! Entre muchos pobres muy
juiciosos, sin tacha, la picardía de la ciudad, era cierto; borrachos,
jugadores, blasfemos, el escándalo de las plazuelas... ¡Pero allí todos
iguales, todos voluntarios! Y el Rana y _Tarucos_ no iban sólo por el
rancho y á la que saltara; no, señor... iban por una corazonada, por
el himno de Riego, por lo de los moros y los mambises... y Pelayo y
los franceses... y, en fin... como los otros... ¡Rayo en el burgués!
¿Qué limpia, eh? ¡Oh! ¡Pues si viérais morir en la manigua á los de las
_barreduras_!...”

                   *       *       *       *       *

Sonó el pito del jefe. Se cerraron portezuelas, hubo abrazos, besos,
lágrimas, carcajadas nerviosas, gritos locos. De repente silencio
triste. En aquel silencio sonó de repente la voz del Rana que peroraba,
sin que ya nadie le hiciera caso:

--Á ver, ¿dónde está el pueblo? ¿Dónde está el burgués, dónde está el
obispo? ¿Y esas pesetas, señores de la Diputación? ¿Y esos cigarros,
señor Alcalde?

Y entusiasmado con su propia arenga, el Rana, al arrancar el tren, tuvo
una inspiración generosa.

Sacó del bolsillo interior de la levita de color de carretera una
cajetilla de las más baratas, aún no mediada, y con gesto de soberana
arrogancia, comenzó á arrojar pitillos á las ventanas de los coches que
ya se movían...

--Toma, _Queso_; toma, _Viruela_..., toma tú, _Troncho_... ¡Viva Cuba
española!

--¡Viva el Rana! gritaron los voluntarios que ya se alejaban... ¡Viva
la integridad de la patria!

--¡Eso! ¡eso!--gritó nuestro hombre--¡viva la _ingratidad_ de la
patria! Me _caso_ en el _tal_ del _Tal_... y blasfemó horriblemente,
hasta que un guardia le puso la mano en el hombro, diciendo:

--Calla, Rana, si no quieres dormir el martes donde duermes el
domingo...

El Rana miró de hito en hito, con gran desprecio, al guardia, y, sin
blasfemar, exclamó:

--Oye, tú, dile al obispo... que es un... _trásfuga_... y que ¡viva
Cuba española!



                           VERSOS DE UN LOCO


Mi criado me presentó una tarjeta que decía:

                       TEOPOMPO FILOTEO DE BELEM

y debajo, en letras más pequeñas:

                     POETA ESOTÉRICO ULTRATELÚRICO

y más abajo, en letras más pequeñas todavía:

                                   _Ecce-Homo, 13, guardilla._

--Que pase, que pase--grité--ese Ecce-Homo de Belem ultratelúrico.

Y á los pocos minutos se presentó un hombre que ni pintado para
representar el _presidente_ graciosísimo de _Su Excelencia_, de Vital
Aza.

Tenía un aire de familia con todos esos _trovadores errantes_ que andan
por ahí cantando la Marsellesa y enseñando los codos. Era la imagen del
romanticismo, como le vestiría su enemigo el clasicismo, de buena gana.
Usaba melena, la noble, la irreemplazable melena, con símplica audacia.
Por toga pretexta llevaba el conocido gabán de verano, largo, gris,
raído, como tenía que ser. Por caridad y buen gusto no quise mirarle
las botas.

Supongo que traería pantalones, pero no conservo conciencia de su color
ni corte.

De todas maneras, á las pocas palabras, aquel hombre pálido (no faltaba
más) me había hecho olvidarme de todo lo material, de todo lo sensible.
Había sonreído, había hecho reverencias, se había santiguado dos veces
de prisa, había pasado la mano por el lomo, con cariño, á un gato de
porcelana que tengo junto á mi mesa de escribir y me había hablado, sin
dejarme meter baza, de Budha, de Lao-Tseu, del etíope que Renán nos
describe, creo que en _San Pablo_, y que va meditando el Evangelio á
su manera; de Verlaine, de Caran d’Ache, de San Agustín, del gallo de
Sócrates y del gallo de San Pedro...

Cuando yo iba á decirle que me mareaba, ya no estaba allí el buen
hombre; pero quedaba su espíritu en forma de cuaderno verde, de unas
cien hojas, doradas por el canto. Abrí y leí en la primera página:
_Estambres_ y _Pistilos_. La letra era clara, las tes muy grandes. Dí
vuelta á la hoja y leí:


                              DEDICATORIA

          Aunque usté no lo crea,
            señor obispo,
          aunque parezco hereje
            me quiere Cristo.

Otra hoja, y leo:

                               PISTILOS

            Soy la ameba redonda, la femenina,
          la de fe y esperanzas y gelatina.

En una nota dice: Advierto al lector idiota é indocto que no debe
reirse de lo que no entienda.

Otra hoja:

                               ESTAMBRES

            Aunque sé que estoy loco rematado,
          porque tal como fué todo lo cuento,
          hasta el mismo doctor me halla curado
          las veces que no digo lo que siento.


                               PISTILOS

    Cuando tengo en un sueño una esperanza,
  se la agradezco á Dios sin hipoteca;
  que es el poeta la gallina clueca
  que no quiere empollar á Sancho Panza.

Otra hoja:

                               ESTAMBRES

            Hay siempre una impostura en hablar claro;
          no se puede ser claro sin mentira...
          ve oscuro y algo raro;
          divaga, ama y delira...


                               PISTILOS

            Por santa castidad, el pensamiento
          no debe bautizar sus invenciones:
          son bastardas, después del nacimiento,
          llevando un apellido, las nociones.

Otra hoja:

                               ESTAMBRES

            Era en lo oscuro: sobre mi pecho sentí una mano;
          en las tristezas del pobre lecho
          me visitaba Dios Soberano.

                 *       *       *       *       *

            Era la mano de luz; caricia
          de lo Infinito, callado premio,
              misterio--madre.--
          Lloro en espíritu por la delicia
          que al miserable dulce bohemio
              le otorga el Padre.

                 *       *       *       *       *

            Y desde entonces, siempre en lo oscuro,
          siento la mano sobre mi pecho;
          mas su contacto va siendo duro,
          peso terrible me hunde en el lecho.

                 *       *       *       *       *

            Pero la mano, que ya es de plomo,
          entre dolores, sin saber cómo,
          siempre acaricia. La pasión fuerte
          que tanto oprime, siempre es delicia.

           ¡Ya en torno mío nombran la muerte
          los cuchicheos de la estulticia...
          mientras _me arranca_ del cuerpo inerte
          mano con alas de la _Justicia_!

Otra hoja:

                               PISTILOS

            Me paso toda la noche
          contando miles de estrellas,
          y si está el cielo nublado
          me pongo á _cantar_ la cuenta.
            Así hace el hombre en la vida,
          si ama á Dios y en Dios espera;
          goza la dicha que pasa...
          y pasada... _cantando_ la recuerda.


                               ESTAMBRES

            Ha de ser en el cielo una sorpresa
          de los santos sin fin inocentones,
          ver llegar á montones
          una y otra remesa
          de ateos, sin saberlo, santurrones.


                               PISTILOS

            Cuando en el fondo del abismo frío
          deja de ver á Dios el pensamiento,
          al ir á maldecirme por impío,
          la caridad, en un escalofrío,
          con el perdón, me vuelve el sentimiento
          de que un ángel sonríe al lado mío.


                               CAMPOAMOR

                               PISTILOS

            Escribe versos en la _ceniza_;
          saca del polvo, de los gusanos,
          y de la nada, que se desliza,
          viento sin aire, por bosques vanos
          de tallos huecos, veta cañiza,
          saca la idea de sus cantares;
          médula amarga de tristes huesos;
          sin corazones, suspiros; besos
          sin labios; saca los cañizares
          del esqueleto; la catadura
          de desnudeces de sepultura;
          saca del fondo de noble rima
          sarcasmos místicos que causan grima...
          Pasión perenne firma en la arena
          cuando á las dunas va la mar llena,
          y con los rayos tenues de luna
          rubrica pactos de la fortuna;
          ve del cerebro las telarañas
          y le enternecen las musarañas
          que ve la lógica de lo Infinito
          en palimpsestos de lo no escrito...


                             NÚÑEZ DE ARCE

                              ESTAMBRES

            Como Dios sacó el mundo de la nada,
          de allí saca también la poesía...
          Escribe con perfecta simetría;
          y así, tiene por plectro... la _plomada_.
          Todo á la ley de _gravedad_ lo fía.

Cansado de leer disparates, incoherencias, tal vez congruentes en el
fondo de un cerebro enfermo, arrojé el cuaderno con tedio... y no volví
á pensar en el poeta loco... hasta que en persona se me presentó al día
siguiente:

--Vengo á recoger mis _Pistilos_...--me dijo, sonriendo con lástima.

--Ahí los tiene; verá usted que no se los he separado de los
_estambres_.

Don Teopompo recogió el cuaderno, le dió un beso, hizo sobre él la
señal de la cruz, y se lo metió debajo del brazo.

Y sin más, sin hablar palabra, _sin preguntarme nada_, hizo una
reverencia y dió media vuelta.

No pude contenerme. El orgullo de aquel _imbécil_ me sublevó; irritó mi
amor propio.

--Pero hombre--exclamé--¿no venía usted á conocer mi opinión? ¿Á que le
dijera?...

--¡Oh! Nada de eso. Enseño mis versos á todos los literatos vulgares
que quieren recibirme. Es una oferta. Me he impuesto esa penitencia y
la voy cumpliendo por el mundo adelante. Unos se burlan de mí, otros
hasta me insultan; otros, los más tolerantes callan... y yo sigo. Hay
que matar el _hombre viejo_, el de la vanidad, el del _buen éxito_, el
del aplauso, el que quiere ser admirado sin ser comprendido.

--Pero aunque no sea por vanidad, sino por amor á sus ideas, usted
querrá hacer propaganda, fundar escuela...

--¡Ah, señor! La escuela está fundada. Es la escuela del flato. Esta
poesía, con la debilidad cerebral que revela, es hija del hambre...

--De modo que usted... por dinero... ¡por mucho dinero! ¿Tal vez
renunciara á la escuela, á esa poesía?...

--¡Oh, tanto dinero podía ser!

--¿Á qué llama usted mucho?

--Eso depende del momento... histórico.

--En el actual momento...

--Bastante dinero son cinco duros.

                   *       *       *       *       *

La herida fué leve; libré al arte de una escuela contagiosa, y aún hoy,
por mi conciencia de _crítico_, ostento con orgullo la cicatriz de las
25 pesetas.



                            NUEVO CONTRATO

                                         FAUST (_erwachend_).--¿Bin
                                         ich dem abermals betrogen?...

                                           (GOETHE.--_Fausto._)


                                FAUSTO

                                                      Despertando.

¿Qué es esto? ¿Engañado otra vez? ¿Ha sido todo un sueño? ¿No he visto
yo al diablo? Y todo lo demás... ¡Válgame Dios qué cosas he soñado!...
¿Y Margarita, mi Gretchen?... ¿Sueño también? ¿Fué verdad lo que soñaba,

          «porque todo se acabó
          y esto sólo no se acaba?»

¿Amé? ¿Amo á Gretchen? ¡Ay... no!... Amo el amor. Amo la sombra de la
noche. Todo sueño... Luego no he vendido el alma al diablo... Luego
soy libre... ¡Oh!... qué... ¿felicidad? ¡No! Estoy como estaba. ¿Por
qué no me alegro? Soy libre. Sí; mas ¿para qué? Vuelta á empezar...
Ah, Filosofía, Jurisprudencia y Medicina, y, ¡por mi desgracia!,
Teología. Todo lo he profundizado... etc., etc., etc. En fin, lo que
ustedes saben por Goethe, ó, á lo menos, por la ópera de Gounod...
Estamos frescos. ¡Otra vez en el mundo! ¡Y cómo está el mundo! ¡Qué
de filosofías nuevas ó renovadas; es decir, las nubes de antaño,
que vuelven con nueva electricidad!... ¡Oh, angustia del pensar!...
¡Náuseas de silogismo, introspección, neurastenia!... Felices los
necios pseudofilósofos, que aseguran que no se puede saber nada del
fondo de las cosas... y se llaman sabios; ellos, á lo menos, descansan
sobre sus fórmulas y nomenclaturas; sobre sus hipótesis y relativismos
como sobre almohada de lana de los carneros de Panurgo... Ya saben lo
que sabía el diablo, aquel Mefistófeles con quien yo soñé, que decía...


                             MEFISTÓFELES

                     Hablando desde un fonógrafo que hay sobre la mesa.

No poseo la omnisciencia, pero sé muchas cosas.


                                FAUSTO

                                          Incorporándose asustado.

¡Oh! ¿Qué es esto? ¡Otra vez!... Alucinación... Sueño repetido... Idea
fija...


                             MEFISTÓFELES

                                               En el fonógrafo.

No sabes si sueñas ó no; no puedes distinguir la realidad del
ensueño... Á eso ha llegado la ciencia humana, á no saber si duerme ó
está en vela... ¡Ja, ja, ja!


                                FAUSTO

Esa carcajada... Yo la he oído otras veces... Sí... ¿Dónde?...


                             MEFISTÓFELES

En la ópera, en la serenata de Mefistófeles... Á ver, acaba. ¿Es verdad
que estoy yo aquí, ó no?


                                FAUSTO

No sé... No sé...


                             MEFISTÓFELES

Pregunta á Kant...


                                FAUSTO

No sabe...


                             MEFISTÓFELES

Pregunta á Spencer...


                                FAUSTO

¡Psche!... Ése sabe demasiado. Dice que está seguro de que una realidad
está ante él...


                             MEFISTÓFELES

¿Y no es ésa la última moda?


                                FAUSTO

Mira, estos metafísicos novísimos

                                            Señalando una revista.

le prueban á Spencer que de lo que está seguro es de que ve la realidad
como cosa segura... pero de que lo sea, no.


                             MEFISTÓFELES

De modo, que no podemos entendernos; ¿no puedes responder de que yo te
hablo en efecto?


                                FAUSTO

No sé si puedo ó no puedo responder.


                             MEFISTÓFELES

Ni eso. ¡Oh, ciencia humana!


                                FAUSTO

No hay otra, y á lo menos es leal.


                             MEFISTÓFELES

Oye, deja los metafísicos; toma esa otra revista, lee ese artículo
científico, no filosófico; su autor sabe las cosas como el diablo,
relativamente. Mira lo que dice: que “la vigilia se distingue del sueño
en que durante el sueño no tenemos conciencia, soslayada del resto
del universo, y en la vigilia acompaña á la conciencia del objeto
particular de la atención la de sus relaciones con los demás”...
Reflexiona... ¿Qué ves?


                                FAUSTO

¡Oh, sí! Me acompaña la conciencia de los demás en relación discreta,
no continua; veo en mí fenómenos de conciencia concomitantes... Pero la
prueba no me parece segura.


                             MEFISTÓFELES

Otra cosa. ¿Quién soy yo?


                                FAUSTO

El diablo.


                             MEFISTÓFELES

¿Crees en el diablo?


                                FAUSTO

No.


                             MEFISTÓFELES

Pues cree... _quia absurdum_.


                                FAUSTO

Supongamos que está ahí...


                             MEFISTÓFELES

Ésa es la fija. Todo para ahí. Querer es reconocer; ya lo dicen
nuestros filósofos de ahora...


                                FAUSTO

Pero como pueden equivocarse...


                             MEFISTÓFELES

¿Vuelta á empezar? No le des vueltas; cree, mientras nos entendemos.
Primero es vivir, después, filosofar. Vengo á un negocio; cuestión de
derecho; un contrato; y estas cosas serias necesitan una metafísica
positiva; sin _fas_ no hay _jus_. Aunque me esté mal el decirlo, sin
Dios no hay justicia. Ten fe hasta que firmes.


                                FAUSTO

¿De qué se trata, de venderte el alma? ¡Pero entonces esto es una idea
fija! Deliro...


                             MEFISTÓFELES

No, no te asustes. Ahora no es eso. ¡Infeliz, qué más quisieras tú
que poder vender el alma! Señal de que creías en ella. Pero como eres
honrado... por herencia, por evolución ¿á que no te atreves á vender lo
que no sabes si tienes ó no tienes?


                                FAUSTO

¿Qué quieres entonces?


                             MEFISTÓFELES

Otra cosa, Fausto ¿qué preferirías, saber ó gozar?


                                FAUSTO

Saber. Ahora saber. Verdad ó sueño, lo que nos pasó la otra vez me
tiene escarmentado. Estoy convencido de ello; en el fondo de lo que
soy, que no sé lo que es, sé que hay orgullo. Mi orgullo rechaza
el gozar empírico, la vida de fenómeno en fenómeno, carrera eterna;
sensación sin fin, á través de lo inagotable... ¡Infierno de cansancio
y de hastío y de humillación! ¡Lo infinito paso á paso! Oh, no; tanto
vale lo mucho como lo poco: sólo vale el todo. Quiero lo absoluto. Lo
absoluto ó nada. No quiero sentir, sin saber por qué, ni para qué.
Quiero ver si el gozar es una puerilidad indigna de mí. La verdad me
dirá lo que me conviene. Antes de tener la absoluta verdad no puedo
racionalmente saber lo que es preferible. Luego es preferible, para
escoger la verdad. ¿Por qué te ríes, Mefistófeles?


                             MEFISTÓFELES

Lo sabrás cuando sepas la verdad absoluta. He aquí el contrato: aunque
la psicología moderna no admite esos símbolos clásicos é inocentes que
ponen el sentimiento en el corazón y la inteligencia en el cerebro,
tú y yo, como hacen los juristas, usaremos un lenguaje metafórico y
atrasado.


                                FAUSTO

Explícate.


                             MEFISTÓFELES

Por arte del diablo, mía, tendrás en la cabeza la ciencia y en el
corazón el sentir, si prefieres gozar, amar, tu cerebro irá perdiendo
vigor, y pasará toda la vida al corazón... Si prefieres, como dices,
ante todo, saber la verdad, la absoluta verdad, en tu cerebro irá
entrando la clarividencia, la conciencia te dirá el último íntimo
secreto de la realidad..., pero el corazón, que irá dando jugo al
cerebro para que vea claro, se te irá secando; se pondrá como una
piedra. Al fin, no sentirás, no amarás. Escoge.


                                FAUSTO

Ya lo he dicho.


                             MEFISTÓFELES

Pues dicho... y hecho. Comienza el encanto. Perdona si el aparato de
la brujería es el de siempre: decoraciones gastadas de comedia de
magia muy repetida. El infierno es viejo, antiguo régimen; seguimos
empleando el aceite hirviendo, sapos y culebras, murciélagos, ratas,
vestiglos... Por eso las pesadillas siguen siendo como en la Edad
Media. Ya no me oye... medita... sueña... ¡Demontre, qué olvido! No le
he obligado á firmar antes... ¿Firmará después?... ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya
una equivocación! ¿Pues no he creído que era yo el Mefistófeles de la
Ópera?

Firmar ¿para qué? El contrato lo perfeccionará la fuerza de las
cosas... Con hacer lo que quiso, ya ha hecho lo que en vano querrá
después deshacer...


                                FAUSTO

                                               Volviendo en sí.

¡Oh luz! ¡Oh luz! Todo claro... Todo evidente... ¡Qué de mundos da la
idea! ¡Qué procesión, qué sacra teoría de sistemas... los sistemas
filosóficos de miles de millones de sistemas solares... Y todo sin
fatiga, sin hastío; todo preparado por todo... ni un pensamiento
inútil. ¡Santa Armonía! Y por fin... la verdad, el principio, la regla
absoluta... ¡Ya lo sé todo! Y en el todo ¡qué sencillez! ¡Sacrosanta
cenidad sencilla, humilde! ¿Cuál será el secreto del universo? ¿Una
novedad? ¡No! Hasta los cursis lo habían dicho. Mefistófeles, ¿no lo
sabes? No; tú, por alambicado y retorcido y relativista no lo sabrás.
El secreto de la realidad, el fondo del ser, el primer móvil es el
amor. Amar, sentir, eso es todo. La ciencia absoluta nos dice eso
nada más: sentid, amad... Á ver, el corazón, Mefistófeles, ¡venga el
corazón! ¡Me lo has robado, venga; no ha habido pacto; yo no he firmado
nada! ¡Mi corazón!...


                             MEFISTÓFELES

Ahí lo tienes, entre pecho y espalda.


                                FAUSTO

¡Ah, sí, aquí está! ¡Una piedra!


                             MEFISTÓFELES

¿Qué importa? Ya lo sabes todo; hasta sabes por qué antes yo me reía.



                               FEMINISMO


Jesús Murias de Paredes era natural del pueblo de su apellido; pero
aquel horizonte era estrecho para él, según dijo en una elegía, sin
tener en cuenta que el horizonte de Murias, á pesar de lo de Paredes,
es bastante ancho. Quería él decir que en Murias no se podía ser vate
sin ponerse en ridículo y despertar sospechas de las autoridades
civiles, eclesiásticas y militares. El cura le tenía por hereje, el
alcalde por vago, y el cabo de la Guardia civil por _avanzado_. No le
querían bien. Además, en su pueblo natal se moría de hambre. No tenía
oficio ni beneficio; no tenía más que lira, y ésa rota; por lo menos,
así lo rezaban mil y mil pasajes de las poesías inéditas de Murias.

Azares de la suerte, que no es del caso recordar, le llevaron á
Valladolid. Allí el horizonte era más ancho, pero el hambre la misma.
En un periódico, cuya principal misión era llevar la cuenta del mercado
de cereales, le admitieron los versos, que se publicaban entre cebada y
centeno, como quien dice. Vamos, que la sección que había de quedar en
barbecho, porque el periódico se escribía _á tres hojas_, se la dejaban
á él. Lo que no hacían era pagarle. No faltaba más.

Lo que sí consiguió, que un impresor de la calle de Cantarranas
(parecía alusión) le publicara algunas de aquellas poesías en una
colección que parecía el _Fleury_, por fuera. Mal papel, y cubierta de
cartulina áspera, amarilla, como la del _Astete_. El libro se llamaba
_Ecos del Pisuerga_.

Pues como si hubiera tirado al Pisuerga los ecos.

Nadie se enteró. Él no se dió por vencido, y cogió otra porción de
inspiraciones y las imprimió en otro _libro de doctrina_ con este
título: _Ecos de la Esgueva_. Dirán ustedes: ¡eso es inverosímil! Si él
no pagaba la impresión, porque no tenía con qué, ¿cómo iba á encontrar
impresor que le pagara la _segunda salida_? En Valladolid hay gente
así. Como Zorrilla era de la provincia, en cuanto ven por allí un
poeta, sea ó no de la tierra, se dicen algunos: ¡otra te pego! ¡Otro
don José! Y le protegen. El de Cantarranas veía en la figura de Murias
y hasta en su dulce nombre--el dulce nombre de Jesús--_una garantía de
éxito_, según la frase favorita del impresor. Jesús tenía aspecto de
tísico, el valor de su melena, desaliñada y de un castaño sucio (sucios
tenía todos los colores de su cuerpo y traje); usaba barba corrida...
de la vergüenza de sus pocos pelos; pocos y mal avenidos. En fin, así
eran los poetas, ó no debían ser, según el librero impresor, y estaba
seguro de que el chico le había de hacer ganar dinero, en cuanto le
diera la mano algún crítico de Madrid, uno de aquellos _sacerdotes_
á quienes don Nicomedes Niceno--el impresor editor--tenía por más
Merlines cuantos más _palos_ pegaban.

Decirle á Niceno que tal crítico “no se casaba con nadie”, era
nombrarle un fetiche á quien él adoraría en adelante. Decidió mandar
á Madrid--que tiene la exclusiva de los _sacerdotes_ críticos--á su
protegido; no para que los críticos se casaran con él, sino para que
no le _repudiaran_ antes de _conocerle_. Empezaba entonces á llamar
algo la atención un abogadillo sin pleitos, chiquitín, bilioso, miope,
que escribía de crítica y de cuanto Dios crió en prosa y en verso, en
un papel satírico. ¡La sátira! la sátira le atraía como el abismo al
impresor de Cantarranas; él, que era un hombre optimista, no se sentía
capaz de tener hígados satíricos en su vida; pero, aun con cierto
horror nativo al género, se sentía seducido, como en un vértigo de
humorismo, por los escritores que empleaban la ironía, aunque fuera
la de menos grados; y si llegaban al sarcasmo, como Aquiles ante el
cadáver de Héctor, don Nicomedes gozaba de una voluptuosidad que él
confesaba ser diabólica. Á pesar de que era incapaz de querer mal á
nadie, y de que á él todos los versos y toda prosa que tuviese la
ortografía académica le parecían bien, en cuanto veía maltratado á
un literato por un crítico satírico, declaraba fuera de la ley al
imbécil intruso, y sin compasión alguna le veía en las garras del ogro
sardónico, sarcástico y cáustico, ó estanquero, como diría _El vecino
de enfrente_, de Blasco.

No vaciló don Nicomedes. Pagó el viaje á Jesús Murias, que tenía un
catarro crónico que no le dejaba respirar, cuanto más inspirarse; le
regaló unos cuartos para la posada; le cargó las alforjas de ejemplares
de los _Ecos de ambos ríos_, y le dió una carta de recomendación para
el Sr. Sencillo, que así se llamaba el crítico corrosivo. ¿Que de quién
era la carta? De Niceno en persona. Decía así: Ilustre Aristarco: no le
conozco á usted. No lo necesito. No pido favor. Pido justicia... Y por
ahí adelante, todo en estilo cortado, manía que había cogido Niceno,
como una peste, corrigiendo pruebas de una obra de Henao y Muñoz.

                   *       *       *       *       *

Jesús se presentó á Herodes, es decir, Murias se presentó á Sencillo
en la redacción de _El Erizo_. Saludó al Minos que tenía delante con
uno de aquellos saludos que Fígaro llamaba, en casos semejantes,
sordos; y precisamente saludó pensando en Fígaro y en aquel adjetivo, y
procurando evitar toda _gauchería_ (como él se dijo para sus adentros,
porque usaba los galicismos voluntarios hasta en sueños). Ya se
verá después que la especialidad de Murias era el francés... y sus
consecuencias.

Sencillo contestó al saludo de Murias sin mirarle, y siguió escribiendo
en la mesa que tenía para él sólo. Por de pronto, no abrió la carta.

Murias no se ofendió. Él pensaba hacer lo mismo cuando fuese célebre:
pensaba darse tono no viendo siquiera los principiantes que se le
pusiesen delante.

Pasaron cinco minutos y tosió Murias, sin querer.

Levantó los ojos Sencillo y dijo:--Soy con usted. No puedo interrumpir
ahora esto...

Vamos, pensó Jesús, tiene á algún poeta en el asador y temerá que se le
queme.

El director del periódico, que observaba la escena desde su despacho,
pues estaba la puerta abierta, se levantó, no sin vencer la prosa y
se acercó á la mesa de Sencillo. Conocía al crítico, sabía cómo las
gastaba y le quitaba todas las púas que podía. Allí _El Erizo_ era
Sencillo; el director, D. Autónomo Eufemio de Pérezbueno, era lo menos
áspero que cabía. Era una mantequilla de Soria de mucho bulto y muy
ilustrado. Usaba bata de las talares y babuchas de Tánger. Flemático,
hombre de mucho mundo... corrido con buena correa, no creía en los
malos escritores, á fuerza de creerlos inofensivos... No digo que no
los haya, decía, sino que es lo mismo que si no los hubiera.

Abreviando: Murias salió de allí con muchas ilusiones, gracias á las
buenas palabras de Pérezbueno. Á Sencillo apenas le oyó el metal de su
voz, pero don Autónomo le había dado palabra de que Sencillo--_Bisturí_
en el claustro... crítico--hablaría de los _Ecos_ de todos los ríos y
canales de Castilla y Aragón que se pusieran por delante.

Pasaron años; por lo menos así le parecieron á Murias, aunque no eran
más que días, y Sencillo nada dijo ni de _Ecos_ ni de resonancias.
Murias se atrevió á ponérsele otra vez delante de la mesa. No estaba
el director. Tosió Jesús, sin querer, de puro tísico; le miró Bisturí,
le reparó bien y le mandó sentarse. Asado el poeta del día, Bisturí se
volvió á Jesús y le preguntó, sin echar veneno, qué se le ofrecía...
Murias, balbuciente, aludió á los _Ecos_ que estaban en el cajón de la
derecha... si no recordaba mal. Buscó Bisturí y echó de menos... un
cartucho de dulces que había metido allí. Bronca entre la crítica y la
portería. El portero culpaba á un redactor.

                        _Quel giorno più non..._

No se habló más de los Ecos aquel día. Al siguiente, sí. Estaba el
director. Pareció el libro... debajo de un pie de la mesa. Estaba
haciendo de _forro_. Ni por el forro lo había mirado Bisturí.

Murias empezó á observar al crítico mas en silencio. Pero cada vez más
humilde. Bisturí acabó por fijarse en aquel tipo que venía semanas y
semanas á pedir que lo pusieran en parrillas si lo merecía, pero que se
hablara de él, y que lo pedía poniendo el rostro á todos los desaires.

Todavía no había dicho nada del libro Sencillo, cuando ya era casi como
de la casa, á fuerza de trato y familiaridad, Jesús Murias.

Casi convencido de que no tendrían eco los Ecos, empezó á alimentar
otra esperanza... pensando en que necesitaba alimentarse él. Se habían
acabado los cuartos de Niceno. Jesús aspiraba á ser _meritorio_ en
_El Erizo_. Pérezbueno á los colaboradores regalados no les miraba el
diente. Pero no había plaza. No había dónde poner un alfiler ni un
galicismo en el periódico.

Cierto redactor _maleante_--que era el que se comía los caramelos
del _sacerdote_ con púas--propuso, con la mayor seriedad, que Murias
entrase á formar parte de la colaboración de _El Erizo_ en la
sección... de fajas.

“Podía escribirlas; no pegarlas, por supuesto.”

Murias no le tiró un tintero ni nada al redactor maleante.

No aceptó el empleo. Pero sí otro que le ofreció el director. Fué de
cronista á la tribuna del Senado.--¿Quiere usted que sea cáustico?--Sea
usted el pimiento del baturro zaragozano...

Al día siguiente aquel poeta llamaba animal al respetable presidente de
la Cámara alta; dudaba, con ironía, de la honradez de tres generales
victoriosos y dirigía alusiones pornográficas á lo más augusto. Presidio
seguro para toda la redacción si se publicaba aquello.

_El Erizo_ siguió sin clavarse en la ley de imprenta como hasta
entonces. Y las crónicas del Senado firmadas por Arquiloco salían todos
los días.

“Mis _yambos_ en prosa”, llamaba él á las crónicas, hablando con sus
amigos en Fornos.

--Pero, hombre, le preguntó uno á Pérezbueno, ¿cómo se las echa de
Arquiloco el pobre Jesús, si sus crónicas del Senado son anodinas,
inocentes?...

--¡Oh!--exclamó D. Autónomo--¡Qué han de ser anónimas! ¡Si ustedes las
vieran! Cantáridas, injurias, calumnias, _yambos_ á toca teja... Lo
que hay es que al corregirle las pruebas yo _le quito las ocurrencias_
(Histórico). No queda más que lo que él copia del extracto de una
agencia. Pero él ser, es una ventosa.

Y el pobre Murias aguantaba esto y aguantaba el hambre, porque sueldo
¡Dios lo diera!

Cuando ya Jesús era lo que se llama redactor de _El Erizo_, aunque á
prueba... de pruebas, y sin probar bocado, _por fin_ Bisturí se dignó
hablar de los _Ecos de Entrambasaguas_.

Y decía Bisturí en _El Erizo_: “Ahora se verá si soy ó no imparcial de
veras. El autor es un amigo, un compañero... pues bien, por lo mismo se
le debe la verdad entera...” Y la verdad era digna de los yangüeses que
apalearon á D. Quijote.--Murias se quedó en la cama unos días, porque
se sentía molido materialmente. No se reconocía hueso sano.

No volvió por _El Erizo_, y, en la cama, recibió una carta del Mecenas
de Cantarranas, don Nicomedes, que le decía entre otras cosas: “Nos
hemos equivocado. No es usted lírico. Bisturí ha puesto el filo en
la llaga. Acaso sea usted épico. Pero por si acaso, probemos otra
cosa. Cuente usted conmigo. ¿Quiere usted traducir un diccionario de
teología, en veinticinco tomos? Se trata de la lengua de Fenelón. Cinco
duros por tomo.”

--Bueno, seré _épico_--se dijo Jesús resignado.--Traduciré los
veinticinco tomos. Y ésta es la primera estación. Las que faltan se
recorrerán en el segundo y último capítulo de esta historia, _arrancada
á la realidad_.



                          MANÍN DE PEPA JOSÉ


Manín de Pepa José, si hubiera nacido señorito y hubiera estudiado y
escrito en los periódicos, hubiera sido un _esteta_. Pero en Llantones,
parroquia rural cerca de Gijón, Manín no era más que un _folganzán_,
que no valía la _borona_ que comía... cuando la comía.

Su madre, Pepa José, es decir, una Josefa, mujer de un José, quedó
viuda ya en edad madura, y aunque la _casería_ que llevaba en
arrendamiento, en la escritura del contrato parecía cosa de Manín,
heredero de José, quien mandaba en todo era la madre; sólo con ella se
contaba. Enjuta, alta, de mucho hueso, mirada fiera, actividad febril,
gestos hombrunos, era un águila para el trabajo, para el cuidado de la
hacienda, y sus criados y jornaleros andaban en un pie. Sólo Manín, el
hijo único, gozaba el privilegio de la benevolencia de aquella mujer
que no daba un bocado de pan sin que se lo pagara algún servicio.
Pero Manín era otra cosa; por él y para él trabajaba ella tanto. No
era fuerte, no mostraba aptitud para las faenas del campo, y la madre
había soñado con hacerle sacerdote. Pero él, muy contento con trabajar
poco y cuando quería, no entraba por lo de cantar misa. El trabajo le
repugnaba... pero el ascetismo también. Le gustaba la alegría, el
ruido, el baile. Era gaitero de afición, y de habilidad notoria. Con la
gaita suavizaba el carácter de su madre, aquella fiera; la embelesaba
con aquellos gorgoritos estridentes del puntero y con las notas
asmáticas que salían de las profundas entrañas del fuelle.

Cuando Pepa aturdía á gritos á los vecinos en media legua á la redonda,
riñendo á un criado ó atosigando á un deudor, y las imprecaciones de
aquella Euménide de pan llevar retumbaban en el castañar que rodeaba
la _casería_, Manín, tocando el _Altísimo Señor_ ó la _Praviana_ en la
gaita desafinada y melancólica, aplacaba poco á poco á la furia, la
atraía y acababa por enternecerla.

                   *       *       *       *       *

Manín era de oficio, de verdadero oficio, soñador. Un soñador alegre,
que buscaba la soledad para saborear los recuerdos de las fiestas, de
las romerías, de los bailes alegres, llenos de _ijujús_ tempestuosos,
horrísonos, expresión de _histerismo_ de centauros. Manín no sabía que
el _ijujú_ era celta; él lo consideraba como una manera de _relinchar_
de los mozos de la aldea. Y él relinchaba también, sobre todo allá para
sus adentros.

¡Si el mundo fuera siempre cortejar, bailar la danza prima, disparar el
cachorrillo para solemnizar la procesión, tocar la gaita _al alzar_ en
la misa cantada el día de la fiesta! ¡Y después, á la luz de la luna,
por el _castañeo_ arriba, acompañar á una rapaza, y _echar la presona_
á la puerta de su casa hasta cerca del alba! ¡Y luego, á solas, en la
_llinda_, ó á la hora de la siesta, sentir la brisa llena de olores
queridos, familiares, reclinado el cuerpo sobre la rapada yerba, y
soñar despierto, rumiando recuerdos dulces; como las vacas, sentadas á
la sombra, rumiaban su alimento!

                   *       *       *       *       *

Pero la vida no era eso. En faltándole su madre ¿qué iba á ser de
Manín? Y Pepa envejecía, y tenía achaques, que le procuró el trabajo
excesivo. Se sentía herida de muerte y temblaba por el porvenir de
aquel hijo, incapaz de dirigir la hacienda. Ya se había susurrado por
la aldea que el _amo_, si moría Pepa, y Manín quedaba solo, no le
dejaría seguir con el arrendamiento, porque en poder de tal _casero_
los bienes perderían mucho.

Pepa vió la única salvación de su hijo en casarlo con una mujer que
fuera como ella, que se pusiera los pantalones, y trabajara y dirigiera
la casería. Rosa Francisca de Xunco fué la moza que ella deseaba. Era
como ella, hormiga con alas para la codicia. Era hija de un vecino que
siempre había envidiado la casería de Pepa José.

Rosa se casó con Manín sin mirarle siquiera, pensando nada más que en
mandar allí, donde tanto mandaba Pepa. Eran iguales ambas hembras; pero
por lo mismo eran incompatibles. Eran dos abejas reinas; una tenía
que sucumbir. Como una especie de pacto tácito, venía á ser condición
de la boda que Rosa no tuviera mucho tiempo que obedecer á nadie;
sobraba Pepa, si lo tratado era tratado. Pepa bien lo conocía. Admiraba
á Rosa, veía en ella el futuro amparo, y tirano también, de su Manín;
y aborrecía á Rosa necesitándola, y le envidiaba aquella sucesión que
tenía que dejarle ella. Pero Pepa murió pronto. Rosa Francisca ocupó
su puesto y todo siguió como antes: los criados andaban en un pie, la
_casería_ prosperaba, y Manín tocaba la gaita, soñaba despierto en la
_llinda_, y echaba de menos, un poco, el cariño áspero, pero cierto, de
su madre. Rosa no le mimaba, ciertamente; le despreciaba; le tenía en
constante olvido; pero le dejaba comer sin trabajar apenas.

Manín sintió también, además de la ausencia de su madre, la ausencia de
las aventuras amorosas: ya se había acabado lo de _echar la presona_,
el _cortejar_ los sábados de noche, hasta la aurora del domingo. ¿Con
qué reemplazar aquella dulzura? ¿Con el juego de bolos? Probó... pero
aquello no le hizo gracia. Montaigne no encontraba ni en la gula ni en
placer alguno un sustituto digno del amor: comprendía á los viejos que
se consolaban con los buenos tragos, pero él no podía reemplazar con la
embriaguez el amor. Manín, si no cosa tan delicada como el _rebrincar_
y ergotizar con una buena moza, acabó por encontrar cierto encanto
en las copas de anís escarchado, de malvasía y de rosa. Los licores
dulzones fueron el sucedáneo de los galanteos para aquel epicurista de
montera. Iba á los mercados de Gijón y allí se despachaba á su gusto
bebiendo en un café, entre el _señorío_, aniseta, rosa, málaga y cosas
así. Mucha dulzura, y ver candelillas, y figurarse el mundo menos malo
de lo que positivamente era... Y á casa á dormir, oyendo frases de
desprecio de aquella Rosa, que era su tirano, pero también el amparo
que le había dejado su madre.

                   *       *       *       *       *

Tuvieron una hija. Buenos insultos le costó á Manín. Rosa hubiera
querido un hijo.

No lo hubo. El trabajo mata, por lo visto. Mientras Manín se conservaba
fresco, lozano, pese á los años, Rosa empezó á decaer; una vejez
prematura, precipitada, acabó con ella... y tuvo que pensar en lo mismo
en que había pensado Pepa José algún día. Si moría ella, ¿á quién iría
á parar la casería? El nuevo amo, hijo del otro, tampoco la dejaría
en poder de aquel trasto inútil de Manín... Y Rosa, con el mismo fin
con que Pepa había buscado una mujer para Manín, buscó un marido para
Ramona, la hija de Manín y de Rosa.

Ramona se parecía á su padre: era alegre, soñadora como él, poco
activa, débil de carácter; no servía ella, como su madre y su abuela,
para cuidar la hacienda. Pero Roque de Xuaca, el marido que escogió
Rosa, sin consultar á Ramona, la mujer de Roque, era el aldeano más
codicioso y tenaz para el trabajo de todo el concejo. En su juventud,
mientras fué soltero, nunca fué á las romerías por las mozas, sino por
los bolos. Ganar algunos céntimos en la bolera, á fuerza de sudores,
era todo su recreo. El resto de la semana, en vez de los bolos del
domingo, tenía la _fesoría_, la pala, la guadaña... los céntimos se
los sacaba á la tierra. Se casó sin amor, sin nada más que codicia;
dispuesto á ser el amo cuanto antes. Rosa murió pronto, y Roque empezó
á tratar á su suegro peor que al perro, que le servía más guardándole
la casa.

Manín temblaba ante el marido de su hija; no pensó en disputarle el
dominio: desde luego aceptó su papel de carga inútil. Trabajar de veras
no podía, no sabía; cada vez menos. Á pesar de las buenas apariencias,
Manín por dentro se sentía viejo, muy débil, cada día con más necesidad
de amparo, de que le cuidaran, de que le dejasen sus aficiones de pobre
diablo amigo de los tragos dulces, de la excitación alegre del licor...
Pero Roque no consentía ni siquiera lo que Rosa había tolerado por
desprecio. Roque de Xuaca era brutal, soez, cruel. Á Ramona la tenía
en un puño, y la pobre hija de Manín, siempre enferma, no se atrevía á
defender á su padre. Ni Manín se quejaba delante de Ramona, por miedo
de que el marido la maltratase si ella abogaba por su padre.

Roque ensayó lo imposible: obligar á Manín á trabajar de veras, con
provecho y constancia. Manín sólo tuvo fuerzas de voluntad... para
oponerse á tales ensayos, nuevos en su vida y de fracaso seguro. Lo
que es trabajar como los demás no trabajaría por mucho que mandara
Roque. Podía matarle de hambre, de un palo; pero hacerle pasar el día
encorvado rompiendo terrones, era imposible. Pero el de Xuaca no se
dió por vencido. Renunció á tener en Manín un esclavo que le ahorrase
un criado, pero no renunció á sacar del pobre viejo todo el partido
posible. Como á un chicuelo, se le obligaba á llevar el ganado al
pasto, era el _rapacín de la llinda_ y se le empleaba en otras labores
fáciles, sencillas, pero molestas para un anciano. Y, por supuesto,
se le acortó la ración. Se acabaron los buenos tragos, los viajes en
pollino á la villa, los bocados de pan tierno, la ropa limpia y fresca;
hasta se le echó del cuarto desahogado y caliente que ocupaba en la
casa nueva y se le obligó á vivir en la choza antigua de la casería, á
un tiro de fusil de la vivienda de su hija. Para Roque, su suegro era
menos que el último jornalero.

Manín se sintió aislado, sitiado por hambre; quería matarle á fuerza
de hastío, de soledad, de privaciones... ¡Málaga, rosa, marrasquino!
¡Recuerdos del bien perdido! Ni una _copiquiña_ en un año. _Borona_,
_fabes_, agua... un poco de leche, poco... y lo demás tristeza, frío,
soledad, aburrimiento... Lo que no podía Roque era vencer la afición de
Manín á las delicias de que le privaba. Soñaba con ellas, no pensaba
en otra cosa. La privación de aquellos placeres materiales, de los
buenos tragos, de los buenos bocados, le hacía dar un interés exclusivo
á tales cosas; toda su voluptuosidad, que antes se esparcía en tantas
delicias, el amor, la música, la vaga poesía del ensueño, la danza, la
conversación alegre... ahora se reducía á complacencias del paladar,
que no podía conseguir, y que cada día deseaba con más fuerza.

Cuando le echaban en cara su apego á tales apetitos groseros, Manín se
enternecía, con lástima infinita de sí mismo, y, como un anacreonte
elegíaco, procuraba demostrar que á un pobre viejo que ya no podía
gozar de otros placeres, los buenos tragos, los buenos bocados se le
debían como se le debe el respeto.

Pero Roque le trataba peor cada día: llegó á reducirle á la condición,
casi casi, de un mendigo.

                   *       *       *       *       *

Murió Ramona en un mal parto. Roque, seguro de tiempo atrás de que con
la casería se quedaba él, se vistió de negro, con ropa de invierno en
Agosto, antes de que el cadáver saliera de casa. Puso el rostro duro,
compungido, con mueca avinagrada, y recibió á los señores curas y á
los parientes y vecinos que vinieron al entierro y á los funerales,
con seria amabilidad, sin extremar las manifestaciones del dolor, sin
olvidar sus deberes de amo de casa para con los huéspedes, pero sin
descuidarse un momento en su papel de viudo que debía estar por dentro
muy afligido. Con suspiros contestaba á los consuelos de rúbrica, y en
silencio pagaba con obsequios las máximas filosóficas y religiosas con
que los huéspedes procuraban mitigar la pena que él estaba en el caso
de sentir.

De Manín nadie se acordaba; pero él vino desde su destierro de la
cabaña vieja sin que le llamaran, y á nadie se le ocurrió echarlo de
allí, como tampoco se echaba al perro, que entraba y salía en la alcoba
mortuoria.

Manín estaba, más que afligido, aturdido, desorientado. ¿Qué iba á ser
de él? Algunos, los pocos que no sabían el desprecio con que se miraba
al pobre viejo en la casa, le daban el pésame y procuraban consolarle
también. Estos consuelos le hicieron pensar á Manín algo en lo que le
pasaba: perdía á una hija, á Ramona, su hija única... Su carácter de
padre exigía sentir una pena moral, honda... más honda... Manín sentía
una pereza invencible de padecer. Comprendió que si se empeñaba en
enternecerse, en afligirse, imaginándose _cosas finas_ como antaño
cuando comía y bebía bien y tenía la sangre caliente, conseguiría
algo, conseguiría atormentarse, recordar la niñez de Ramona, remotas
caricias... pero todo eso podía excusarse. Manín suspiraba, murmuraba
frases de resignación mezcladas con otras de dolor... pero se resistía,
en sus adentros, á dejar que la imaginación se le fuese por los campos
negros de la pena. Además, si pensaba en Ramona, tenía que pensar en sí
mismo, en cómo quedaba él... y aquello sí que era serio, terrible, cosa
positiva, perentoria, mal de un vivo, no de muertos, que ya no son...
No, no; nada de pensar en el dolor que le aguardaba...

Por el olfato empezó Manín á separarse de todas aquellas tristezas
imaginarias á que le invitaban los curas y los vecinos que le hablaban
de la muerta.

De la cocina, muy próxima, venían olores que eran delicias positivas
en forma de esperanza que casi se podía paladear. Entró en la cocina.
Se preparaba la gran comilona del funeral, el banquete en la aldea
inexcusable. El _xenru_, el yerno, Roque, estaba en todo; la dignidad
de la casería exigía aquel sacrificio: buena comida y muchos curas
á cobrar la pitanza. Mostrándose rumboso y no dejando un momento el
gesto avinagrado, que él creía de tristeza, probaba Roque lo que debía
á su papel de viudo mejor que con frases que no se le ocurrían. En día
tan lleno de cuidados no pensó en la difunta directamente ni cuatro
veces. Además, allí no había pasado nada en rigor: él ya era el amo;
continuaría siéndolo.

Manín, mientras el clero y los demás del duelo cumplieron con todas
las diligencias debidas al _cuerpo_ (así llamaban todos al cadáver de
Ramona), se quedó en casa alrededor de los pucheros, y cuando volvió
de la lejana iglesia el fúnebre cortejo, ya sabía el pobre hambriento
á qué atenerse; en la mesa principal, la de los clérigos, había puesto
para él, y había dos sopas, dos pucheros, tres principios, arroz con
leche, café, queso y vino y licores. Cuatro botellas de cuello largo
había visto él sobre la masera. Aquellos eran los licores. No sabía
leer y no pudo enterarse por los rótulos del contenido, pero no dudaba
de que algo de aquello sería dulce.

Manín se impacientaba. Tardaban en volver los clérigos y legos que
habían ido á enterrar á su hija, á su Ramona, y á cantarle un gorigori
de los repicoteados. ¿Si se quemaba el arroz con leche? ¿Y la sopa?
¿No se perdería la sopa? Si se hubiera atrevido él á meter baza en
la cocina, habría aconsejado á la respetable María Xuanón, la gran
cocinera de la comarca, que no echase el arroz y los fideos tan pronto,
porque las misas de difuntos cantadas con todo lujo son muy largas.

Manín se plantó, como gallo vigilante, en lo más alto de la
_saltadera_, entre la _quintana_ y la _llosa_, para adelantar los
sucesos, para dominar más camino y ver cuándo aparecían los primeros
señores que habían de volver de la iglesia y del cementerio. Por la
frente, para que no le deslumbrase el sol, Manín divisó el primer
grupo, negro, compacto; después otro de más gente, y otro y otro...
Volvían como bandada de cuervos que se disuelve. ¡Qué poca prisa se
daban! ¡Cuánta hipocresía!--pensaba Manín á su manera.--¡Vienen con
pies de plomo para disimular la gana que tienen de coger las tajadas!
Todos parecen abrumados por la pena, y están sintiendo exclusivamente
el hambre.

Cuando llegaron á la _saltadera_ los del primer grupo, Manín dejó el
paso libre. Los más eran aldeanos que le conocían bien; dos ó tres
que eran de la _villa_ le dieron el pésame otra vez, le estrecharon
la mano. Manín gruñó agradecido, pero algo turbado, como temiendo que
aquel honor no le correspondiera, en concepto de su yerno, el viudo, y
esto pudiera costarle el asiento que tenía á la mesa.

Roque llegó con el último grupo, con el cura de la parroquia, el
arcipreste y otros clérigos. No se dignó mirar al padre de su difunta.
Entre la gente del duelo ya se notaba que empezaba á ser tema viejo y
gastado el del triste suceso que allí los reunía y los daba de comer
aquel día. El elemento laico mostraba más hipocresía ó más cuidado
de las _formas_; aún se repetían los lugares comunes que debieran
servir de consuelo y no sirven; se conservaban los rostros con
expresión compungida. El clero disimulaba menos su indiferencia, y
esta franqueza del egoísmo inconsciente tiene algo de relativamente
simpática. Enterrar al prójimo era el oficio de aquellos buenos
párrocos y capellanes sueltos; de eso vivían; de modo que no era cosa
de llorarlo. Además, sin darse cuenta de ello, los curas mostraban,
entre los aldeanos, cierto aire de superioridad, así como de casta,
ó por lo menos de clase. Hablaban y bromeaban en presencia de los
destripaterrones casi con la misma libertad que empleaban en sus
gaudeamus de las fiestas, cuando todos eran de Iglesia. Las bromas
y libertades de los clérigos rurales podían no ser del mejor gusto,
ni graciosas, ni _correctas_; pero eran inocentes, casi infantiles.
Faltaban á ciertas reglas de urbanidad clerical, si cabe hablar
así, que hubiera exigido la presencia de un obispo, v. gr. Pero que
ofendiesen á Dios aquellas maneras algo descompuestas, no es cosa
segura.

Roque, de vuelta del entierro, ya era otro. Pensaba exclusivamente en
sus huéspedes, no en la difunta. El gesto de vinagre se atenuó; quedaba
el traje negro de invierno encargado de recordar el papel _social_ que
representaba el viudo. Servir bien á los señores sacerdotes, y á los
de la villa, y como se pudiera á los demás, éste era ya el único afán
del que iba á quedarse con la casería de que ya era dueño, _de hecho_,
hacía tantos años.

--¡Señores, á la mesa!--dijo Roque con tono solemne y algo fúnebre,
en pie, en medio de la puerta del corral, donde estaban muchos curas
examinando las vacas y los recentales.

--¡Santa palabra!--se atrevió á decir un capellán, picado de viruelas,
pequeño, vivaracho, que hacía alarde de ser travieso, franco y todo lo
mundano que las sinodales permitían.

Subieron todos al comedor, improvisado en la sala del piso alto,
estrecha, oscura y mal pintada de amarillo y verde; lujo introducido
por Roque, que era ambicioso y aspiraba al sibaritismo, allá, para
cuando ahorrara bastante.

Una cabecera la ocupó el arcipreste y otra el párroco de Llantones, que
fué diciendo:

--Aquí Jove, aquí Puao, aquí Contreces, aquí Granda...

Y así fué señalando silla á cada uno de los curas designándoles con el
nombre de la respectiva parroquia, si la tenían.

Á la derecha del arcipreste sentaron á Manín; á la del párroco de
Llantones se sentó Roque.

Manín hubiera sentido orgullo delicuescente si hubiera sido capaz de
apreciar que aquello del sitio era un honor. Pero él no picaba tan alto
en materia de pompas y vanidades, como la inspección de los pucheros y
ollas le habían dado la seguridad de que sobraba comida, hasta para los
pobres, no daba importancia al sitio, sino al hecho de estar sentado á
la mesa. El dónde, importaba poco.

--¡Don Manuel, ánimo! ¡Hay que comer, qué diantre!--dijo don Primitivo,
el curita de las viruelas, que estaba cerca del aturdido Manín.

--Sí, señor; ya lo creo. Comeremos... ¡qué remedio!...

Iba á suspirar, pero lo dejó, porque lo reputó una excusada y
repugnante hipocresía. Su Ramona, que le vería desde el cielo, ó desde
el purgatorio, de fijo aprobaría su conducta; además, con ella, con su
hija, no tenía para qué andarse con cumplidos: harto sabía ella que su
padre no había comido cosa fina, comida de curas nada menos, muchos
años hacía. ¿Cómo no habían de alegrársele los sentidos? ¡Olía tan bien
la sopa humeante! Estaba la mesa tan blanca, el pan parecía tan tierno,
tan caliente y generoso el vino... ¡Quién dijo pena!... es decir, pena
sí, claro; pero luego, luego... á otra hora, otro día... muchos días...
¡sí, carape, muchos días!... más cada día, acaso... ¡Recontra! ¡pues no
iba á ponerse á pensar en aquello tan negro, tan triste!...

--¿Arroz ó fideos... Manín?--preguntó el arcipreste.

--_Mezámelo, mezámelo_--contestó el padre de Ramona con humildad y
candor de paloma.

Quería decir que le dieran fideos y arroz.

Comía, devoraba Manín; á dos carrillos; engullía de prisa, como perro ó
gato que asalta una despensa, mirando receloso á su yerno entre bocado
y bocado. Roque estaba muy ocupado con sus atenciones de amo de casa
que quiere agasajar á los huéspedes. Por eso--pensaba Manín--le dejaba
á él comer todo lo que quería.

Sonreía el padre de la difunta á derecha é izquierda, mirando á todos
con expresión de agradecimiento y ternura, como diciendo: ¡Gracias,
señores; gracias por admitir al mísero padre de Ramona, que en paz
descanse, á esta mesa tan bien servida, donde va á sacar la tripa de
mal año, de muchos malos años!

La primera copa de buen vino de Toro la recibió el cuerpo de Manín
como si con ella le hubiesen ungido rey y emperador de la felicidad
terrenal. ¡Qué cosas de cariño, de intimidad caliente, familiar, llena
de recuerdos dulcísimos, le decía el jugo de la uva al caerle por la
garganta abajo!

Vino el primer cocido, el puchero fresco, lleno de golosinas, tales
como buen chorizo, jamón, menudos de gallina, tocino rancio, y Manín
dejó que le llenara Don Primitivo el plato, hasta convertírselo en
pirámide, de todas aquellas delicias del estómago.

La conversación empezaba á animarse. No había ya reserva alguna,
hipocresía de ningún género, ni aun por parte del elemento laico, que
antes fingía cierta pena. Así como cuando hay fiesta nadie se acuerda
del santo, ahora nadie se acordaba de la difunta, á cuya salud...
eterna estaba comiendo toda aquella concurrencia de cristianos tibios.

Se habló de la cosecha, del último concurso convocado por el señor
obispo, de los masones; pero la alegría franca, aunque no descarada ni
de manifestaciones bulliciosas, no se mostró hasta que comenzaron los
chascarrillos. Á Manín le parecía inagotable el vino, y como el vino
los cuentos; creía que aquellos señores curas sacaban del fondo de los
vasos todas aquellas historias que acababan siempre por un chiste, que
reían todos, y que él no entendía las más veces, pero celebraba también
con una carcajada y un trago. Los cuentos eran, los más, relativos al
clero; solía ser el héroe un famoso cura de La Parada, á quien Manín
estaba admirando y envidiando, como César á Alejandro. ¡Si él hubiera
sido párroco! ¡Qué tragos, qué pitanzas, qué comilonas!

                   *       *       *       *       *

Vino la morcilla, con las _fabes_ y el _llacón_ y la sidra. ¡Madre de
Dios, qué recuerdos de dicha olímpica despertaban en las entrañas de
Manín aquellos olores! Sí, en las entrañas; porque eran recuerdos,
sensaciones, deleite de paladar _alucinado_ por evocaciones de
remota harturas; asociación de ideas, y aún más, de voluptuosidades;
sentimentalismo de la gula... ¡qué sabía el pobre Manín! Pero ello era
un encanto, estómago y corazón participaban de la delicia...

¡La juventud, la abundancia... el pasado... su madre, su mujer... su
hija... sus ensueños!... Manín aflojó el cinto ruin con que sujetaba
los pantalones, se limpió el sudor de la frente con la servilleta... y
se bebió de un trago un vaso de vino tinto.

Carne asada, un pato, calabacines rellenos... todo eso fué pasando por
la mesa y de todo comió el de Pepa José como por cuatro; y de camino
bebía como seis...

Indudablemente, el mundo ya le parecía otro: quería pensar y echaba de
menos lo que él no sabía que se llamaba lógica; quería sentir y sentía
cosas extrañas, ilógicas también; por ejemplo: perdonaba á su yerno y
le abrazaba, _in mente_ y al recordar á Ramona no le dolía mucho por
dentro, sino que la veía como en el centro de la tierra muerta de risa
y contenta de ver á su padre tan bien comido y en camino de coger una
borrachera de las que se duermen dos días...

Manín, sin miedo á su yerno ni al arcipreste, rompió á hablar alto,
y contó cuentos verdes, y filosofó á su modo acerca de la comunión
de los santos y el perdón de los pecados. Dijo lo que quiso, nadie
le fué á la mano. El infeliz creía que todos estaban tan exaltados
como él; no podía notar que desentonaba, que la alegría de los demás
era contenida, expresiva sin estrépito, sobre todo, sin imprudencias,
sin paradojas sentimentales... Nada de eso podía ver, se puso en pie,
peroró, lloró, abrazó á diestro y siniestro... y cuando llegó la hora
de los licores, abrazado á la botella de aniseta, pegajoso y dulzón,
cantó á su modo, en prosa bable, una égloga elegíaca, invocando el
derecho de gozar del presente, de aquella orgía, que lo era para él la
comilona; y se esforzaba en compaginar, con palabras incoherentes, el
dolor y la alegría, su desgracia cierta y su pasajera delicia, con no
menos poesía, en el fondo, y no menos incomprensible para el vulgo, que
Shelley cuando quiere en el _Epipsychidion_ armonizar el amor á dos
mujeres á un tiempo.

Roque dejaba á su suegro disparatar, desentonar, descomponerse,
escandalizar... Le convenía... Ya lo veían aquellos señores; testigos
eran: quedaba explicado por qué él trataba al padre de su difunta como
á un perro... Si se le dejaba comer y beber bien, se ponía así, loco...

                   *       *       *       *       *

El escándalo fué mayúsculo. “Tenía razón Roque: su suegro era
_imposible_.” La opinión, en las aldeas del contorno, fué unánime. En
la comida del entierro nadie, ni los más indiferentes al duelo de la
casa, se habían extralimitado. Se había querido, como siempre, distraer
á la familia, contando chascarrillos, animando la conversación, pero
todo con cierto tino, sin salir del tono conveniente... y él, Manín,
el padre de la difunta, se había emborrachado, y había cantado coplas
sucias y había llorado... vino y sidra... ¡Horror!

                   *       *       *       *       *

Algunos meses después, ni Roque, ni el párroco de Llantones, ni el
arcipreste, ni ninguno de aquellos comensales tan morigerados se
acordaban ya, ni en sus cortas oraciones, de la pobre Ramona, que comía
tierra. De lo que sí se hablaba algunas veces todavía era del escándalo
que había dado Manín de Pepa José en la comida de los funerales de su
hija...

Manín volvió á su choza miserable, á su vida de perro pastor;
decrépito, comiendo como un anacoreta... borracho de lágrimas, de
recuerdos, de necesidad... lleno de lástima de sí mismo... y viendo el
mundo vacío, enemigo, con él porque por él ya no cuidaba aquella hija
que parecía ruda y era como el aire, como la luz, como el calor... La
necesitaba, con ansias de enfermo caduco... y ella no venía, no volvía,
no podía volver...

Manín deseaba un remedio que no sabía buscar, en sus cortos alcances;
el remedio que él quería era el suicidio, pero no daba con él. Los
animales no suelen suicidarse, aunque padecen mucho á veces. Manín era
como un rocín viejo, podrido, desamparado... que no sabía suicidarse.
Acaso estaba chocho, con la idea-dolor fija de su Ramona... que no
estaba allí, en Llantones... en la casería... para compadecerse del
pobre viejo, y darle aire, luz, calor... vida... la vida aquélla que ni
se marchaba ni se quedaba; que él tenía y no tenía... Para su delirio
de penas, Ramona ausente era el sol muerto, y él, Manín, desnudo, en la
calle, tiritando de frío... ¡con miedo, con sed, con hambre!...



                             ÁLBUM-ABANICO


Ó al revés, abanico-álbum _como gustéis_. La señora de Frondoso tenía
uno, célebre en todo Madrid. Por el tiempo en que comienza esta fiel
historia de sucesos reales, ya el álbum de versos y dibujos era cosa
bastante desacreditada, y el abanico convertido en álbum, el colmo de
lo cursi. Pero la señora de Frondoso había leído en _Pepita Jiménez_
que la esencia de lo cursi estaba en el excesivo temor de parecerlo;
y se hubiera creído más cursi que todas las cursis juntas si hubiera
renunciado á que la pusieran versos en los abanicos, considerando
que se había abusado de este género de galantería, que ya apestaba
al mundo, pero que á ella no le apestaba. Y en el círculo de sus
relaciones, ó mejor, en la corte de Cupido que la rodeaba, lo ridículo
é impertinente era quejarse de la anticuada manía.

--Fulanito, tiene usted que hacerme algo para el abanico--decía la de
Frondoso á cualquier nuevo amigo presentado en su círculo escogido--; y
Fulanito se guardaba de repetir los lugares comunes que corrían contra
los abanicos literarios, y prometía escribir, y escribía y procuraba
esmerarse. ¡Vaya, y que era fácil distinguirse entre aquellas patas
de mosca que llenaban el _país_ del álbum de viento! Ayala á la
derecha; Campoamor por arriba; Núñez de Arce, con su _Excelsior_, por
debajo; Manuel del Palacio á babor...; Echegaray allá á lo lejos...
No había formas desconocidas, ni aficionados completamente memos;
todos los firmantes eran poetas de verdad, ó, por lo menos, mozos de
chispa, ó buenos mozos, ó ilustres políticos, ó periodistas célebres,
ó cómicos insignes. Dígase pronto, porque ello se ha de saber. La
señora de Frondoso amaba mucho; y su marido, secretario del Círculo,
consejero de ferrocarriles y afortunado bolsista, no había sido más
que uno de los primeros eslabones de una cadena de oro con que ella
voluntariamente sujetaba el corazón. Era rica, hermosa todavía, muy
franca, muy bien educada, digámoslo así; muy afable, muy natural, nada
gazmoña. Su esposo era un hombre muy simpático y muy influyente, amigo
y deudo de grandes personajes, algunos de escogida aristocracia... Todo
Madrid sabía que Julita Medero, ó á la francesa, como la llamaban,
Julita Frondoso, era... la _Pródiga_; y sin embargo, no sólo las
catorce señoras malas que hay en la corte, según la estadística del
P. Coloma, sino las muchas docenas de damas intachables de la más
culta y distinguida sociedad, transigían con Julita, y la llevaban en
palmas, siempre que ella quería, que no era todo el año. Porque había
temporadas en que se la veía muy poco entre la gente de su _mundo_, y
entonces ó desaparecía ó iba á sitios poco _distinguidos_ con otras
damas, también ricas y de mucho tono... pero un poco separadas del
trato de las familias más escrupulosas.

La de Frondoso volvía á los _suyos_ siempre que quería, y nadie temía
que trajera consigo la peste que hubieran podido pegarle aquellas
_otras_.

Este privilegio lo debía Julita á muchas cosas. En parte, á su humor
equilibrado, alegre, sin aturdimiento; á su trato simpático, cordial; á
su atractivo singular, que era tal, que muchas veces se vió enamoradas
de ella, en pura amistad, á las mismas que debían estar celosas, por
causa del respectivo marido. Tenía la de Frondoso una particular
complacencia en conquistar á un tiempo á un amigo... y á su mujer; y lo
conseguía no pocas veces. Nadie hablaba mal de ella... en detalle. Se
reconocía, en general, que no había por dónde cogerla, porque eso era
notorio; pero... _nada más_. Nadie comentaba sus aventuras una á una,
ni se hablaba de su querido _actual_; no se la seguían los pasos. Tenía
la gran _virtud_... mundana de _no dar escándalo_. Cierto beneficiado
de una catedral, amigo suyo, había dicho en una ocasión delante de
ella: “Si no puedes ser casto, sé cauto”; y ella había convertido en
dogma de moral la frase, digna de Cicerón. Secreto, siempre secreto.
Nadie tenía pruebas, que pudieran valer en juicio, de lo que era una
convicción común. “Concretamente no se sabe nada”, se repetía por todas
partes. En fin, aquello sí que era cursi y de clavo pasado: hablar de
los adulterios de Julita. ¡Adulterios! ¡Jesús, qué palabrota tan poco
oportuna y tan escandalosa... tratándose de Julita Frondoso! Amigos,
protegidos, así se debían llamar los amantes de aquella señora. No
eran sus _admiradores_, sino mejor sus _admirados_; era ella la que
admiraba. Su especialidad era... el _plato del día_; el hombre de quien
hablaban los periódicos de aquella semana..., ése era el seductor... á
quien Julita procuraba seducir. Parecía á veces la de Frondoso la _flor
natural_ de un certamen. Se _adjudicaba_ al más excelente versificador,
ó al diputado de más labia, ó al espadachín de más agallas y más arte.
Nunca llegó á los toreros. Pero sí á los ministros. Un ministro joven
le parecía un encanto, si no era tonto. Por lo general, prefería las
bellas artes, incluyendo las letras. El poeta era lo mejor, y lo que
más se le pareciese, en seguida. En pintura entró por el naturalismo
primero que en literatura. En la época de los últimos resplandores
de la hermosura de esta señora, empezaba el realismo á estar de moda
en España; y ella lo acogió, en las artes plásticas, concediendo sus
favores á Pablito Fonseca, que era un paisajista de la escuela natural.
Su especialidad eran las vacas sentadas sobre la yerba. Pablito no
tenía dos dedos de frente; pero sus vacas eran _pedazos de la realidad_
puestos en el lienzo. Daban ganas de ordeñarlas. Por unas cuantas
semanas, algunos chuscos llamaron á la de Frondoso la de _Finojosa_. Ya
comprenden ustedes por qué.

Pero, amigo, en materia de novelas, “¡mi Feuillet de mi alma!” decía
Julita; y, dicho sea en puridad, lo que le gustaba á ella de verdad era
el folletín criminal, con un misterio en cada número del respectivo
periódico. Una hija que estaba una porción de semanas sin padre, y que
á lo mejor encontraba tres ó cuatro...; eso, eso era lo que encantaba á
Julita.

Si al cabo entró por la novela más ó menos naturalista, fué gracias
al carácter firme y genio áspero de Ángel Trabanco, poeta lírico
_predominantemente_ descriptivo, que despreciaba de modo olímpico el
argumento, la _fábula_, y en poesía y en novela quería ver el mundo
real pintado por él mismo, por el mundo, no por las aventuras de los
muñecos humanos que lo pisaban y profanaban. Con todo su mal genio,
Trabanco, si quiso conquistar el corazón de Julita, ó por lo menos
alquilarlo por una temporada, no tuvo más remedio que pasar por las
horcas caudinas del _álbum-abanico_. Quedaba un rincón en blanco, y
allí, con letra muy menuda, el poeta descriptivo de mal genio tuvo que
pintar en unos veinte versos, modelo de concisión y fuerza plástica,
_El molino viejo_. Era un molino cansado de moler, en ruinas por fuera
y por dentro; la molinera vieja, la cítola gastada... ¡Magnífico de
verdad y de tristeza! “Ese molino soy yo”, dijo la de Frondoso. No
valieron protestas; se empeñó en que era ella, y le hizo gracia tener
un parroquiano nuevo para el molino viejo de su corazón... Ángel se
hizo querer más que otros, porque era dominante, desconfiado, montaraz,
decía Julita. La convenció de que tenía la pobre muy mal gusto
literario, y le hizo leer las novelas de los Goncourt, que la aburrían,
y las de Balzac y demás maestros consabidos, que no las podía concluir
sin dormirse.

Pero al álbum-abanico no pudo hacerla renunciar. Aquel registro
de notabilidades más ó menos pasajeras siguió siendo la manía de
Julita; los amantes variaban; la manía siempre era la misma. Como se
decía que aquellos abanicos poéticos y artísticos eran las _actas
de los mártires_, es decir, listas de los amantes de Julita, ésta
creyó oportuno advertir á Trabanco que en tal supuesto había notoria
exageración.

--Oye, tú--le dijo un día:--la tirria que le tienes al abanico
ilustrado, como tú dices, no será porque creas que han sido amigos
míos, así como tú, todos estos señores... Te juro que nunca tuve nada
con Zorrilla, ni con Campoamor, ni con Pepe Luis...

--No; si á quien yo temo es al _nuevo Parnaso_.

--Yo soy franca, ya lo sabes; un cómico francés, que fué íntimo de
casa, allá en París, me decía que ya Molière, en una comedia que se
llama _L’Etourdi_, justificaba la brevedad de los amores: cuanto más
breves sean los extravíos, menos malos serán.

Y la de Frondoso, con mediana pronunciación, repetía siempre que
hablaba de esto:

            _Si notre esprit n’est pas sage á toutes les heures,
          Les plus courts erreurs sont toujours les meilleurs._

--Y tú no puedes quejarte, Nerón--añadía la simpática matrona--; hace
un siglo que te quiero.

Y era verdad; la de Frondoso se había acostumbrado á su poeta del
molino viejo, y no llevaba trazas el trueno de venir por causa de ella.

Pero al vate le llamaron á su pueblo, donde le esperaba una buena
moza, que le quería muchos años hacía, y que acababa de heredar algo
más sólido que los poemas descriptivos. Trabanco habló claro. Julita
trató de disuadirle; le aconsejó que se quedara en Madrid para hacerse
_célebre de veras_; esto en el lenguaje de Julita, quería decir:
hacerse hombre político con el riñón cubierto. Le prometió ayudarle
con la influencia de su marido y otras que ella tenía... Quedaron en
discutirlo en el tren, saliendo juntos de Madrid, ella para Francia
y él para su pueblo... Si ella le convencía en unas cuantas horas...
seguirían juntos á Francia...

La de Frondoso no vió á Trabanco ni en la estación ni en el tren. No le
volvió á ver en muchos años. Le perdonó, le escribió; él contestó dos,
tres veces; después, ni cartas.

Julita perdonó esto también... y á los pocos meses para ella Trabanco
era un joven de porvenir, que había cortado la carrera casándose con
una _ingenua_ de pueblo. Y tan amigos.

                   *       *       *       *       *

Pasaron más de doce años, trece ó catorce; la de Frondoso siguió
viviendo en Madrid, y Trabanco en Barcelona, en Sevilla, en el
extranjero algunas temporadas; á Madrid no fué nunca más que de paso.
Muy de tarde en tarde, leía Ángel en los periódicos algo referente
á las tertulias de la señora de Frondoso; según los revisteros de
salones, el encanto de aquella morada era Luz, aquella _Bebé_ de que
tanto le hablaba _illo tempore_ Julita; la niña esbelta y precoz que
había visto él muy pocas veces, siempre de lejos.

Una tarde, en uno de sus raros viajes á la corte, Trabanco hablaba con
varios amigos, políticos y literatos, en un corrillo en la Carrera de
San Jerónimo.

Á tales fechas, Trabanco era muchas cosas antes que lírico. Con el
dinero de su mujer había hecho negocios muy sanos en la industria
taponera; el corcho y su mercado eran una de las preocupaciones más
importantes del poeta de cabeza gris y grandes patas de gallo alrededor
de los ojos, siempre enérgicos y soñadores. El corcho le había llevado
al estudio de ciertas cuestiones económicas muy prácticas; de estas
cuestiones había ido por asociación de hechos á la política, y en la
actualidad era un candidato á la diputación á Cortes, tan encasillado
como otro cualquiera. Pero seguía siendo poeta y viendo el mundo por su
aspecto de hermosura plástica; de tarde en tarde publicaba un tomo de
versos, muy elegante, con grabados muy bonitos. No le atormentaba la
mucha ó poca venta, como antaño; el corcho le permitía estar tranquilo
respecto de este particular. Regalaba muchos ejemplares, recorría
muchas redacciones y se hablaba bastante de los versos de Trabanco, sin
que nadie pusiera interés en negarle el talento poético, que ni subía
ni bajaba. Cuando había alguna vacante de académico de la Española, no
faltaban _críticos_ que _indicaban_ á Trabanco, sin escándalo de nadie.
Y nada más. Ésta era toda su gloria. Como se ve, Trabanco no había
llegado á ser _célebre de veras_, como la de Frondoso hubiera querido,
y acaso hubiera conseguido si él no se hubiese separado de ella y de la
corte.

En fin, aquella tarde, cuando más animada estaba la conversación del
corrillo, dos damas muy bien vestidas, altas las dos, una vieja y otra
muy joven, deslumbradora de lozanía y belleza, pasaron junto á aquel
grupo, que se abrió para dejar libre la acera.

--¡Ibáñez!--exclamó la dama entrada en años deteniéndose y alargando
una mano á un buen mozo, pero muy gastado, que formaba parte del corro.

--Señora... Luz...

--Me tiene usted olvidada.. Y tú, Luz, ríñele...

--No lo crea usted. Mañana mismo...

--Sí, siempre mañana...

--Mañana sin falta tiene usted eso en el palco; ¿no le toca á usted
mañana en el Español?

--Sí, sí; ¿pero están ya hechos?

--Sí, señora, sí. No valen nada... pero...

--¡Oh! eso es modestia... ¡Oh, Trabanco! Usted por aquí... cuánto
tiempo...

--Sí, señora; catorce años lo menos...

--Sí, catorce...

--¿Y ésta es?

--Luz...

--¿Bebé?

--Sí, Bebé... ¿Ha crecido, eh?

Y Luz, sonriente, sencilla, _natural_, mucho más natural que los versos
de Trabanco, miró y saludó con un apretón de manos, al antiguo amante
de aquella madre de quien ella nada malo sabía ni sospechaba.

Siguió la conversación entre las señoras, Ibáñez y Trabanco. Ibáñez era
poeta también, pero de otra generación... literaria, aunque poco menos
viejo que Trabanco. Pero Ibáñez estaba de moda, era entre místico y
diabólico y con las señoras tenía mucho más partido que Trabanco había
tenido en sus mejores tiempos. Además, vivía casi siempre en París ó en
Londres, y esto le refrescaba la fama como si fuera sal.

Lo que Julita Frondoso, anciana respetable, muy bien conservada, le
pedía á Ibáñez era, efectivamente, unos versos para un abanico de Luz.
Luz tenía también álbum-abanico, ó mejor, lo tenía su madre á nombre
de Luz. La arrogante moza, figura de Diana, era pura, noble, enérgica;
si coqueteaba, era por procedimientos que nada tenían que ver con las
letras ni con los abanicos.

Pero Trabanco, al oir lo del álbum, miró á la virgen arrogante y
tranquila, y un momento temió que el álbum de la hija, sugestión de la
madre, fuera un registro simbólico, como aquel otro abanico en que él
había escrito: “El molino viejo”...

Por lo demás, Trabanco y la de Frondoso se miraban y se sonreían, como
dos antiguos conocidos que nada recordaban de intimidades y ternezas...
Aún Trabanco, como poeta, daba cierto tinte de filosófica _añoranza_ á
las reminiscencias comunes... pero la de Frondoso, nada absolutamente,
nada parecía recordar; es decir, se acordaba de todo, pero como si no.
En una casa que veían enfrente habían tenido su nido de amores, pues
allí vivía Ángel, y allí le visitaba Julita. Trabanco lo recordó, miró
á la casa, al balcón de su gabinete... También, por casualidad, la de
Frondoso miró hacia allí... pero sin pensar en nada remoto, pensando en
Ibáñez, en Luz... en el álbum, en los versos que Ibáñez prometía llevar
al teatro al día siguiente...

¡La de Frondoso! ¡Oh! una señora muy respetable. Aquella gente nueva
nada malo sabía de tal dama; se había olvidado su vida alegre; no era
ya nadie más que la madre amabilísima de una de las muchachas más
hermosas y elegantes de Madrid... En cuanto al álbum-abanico... era una
manía inocente, inofensiva, que todos seguían respetando.

Trabanco, viendo seguir calle arriba á la dama vistosa, siempre
alegre... siempre frívola; sin los vicios que la edad le había hecho
abandonar, pero con la manía que era como la cáscara, ya vacía, del
vicio, pensó para sus adentros una porción de cosas, filosóficas como
ellas solas, de una filosofía ni pesimista ni optimista... casi cómica.

Y se dijo lleno de benevolencia irónica...

--¡Qué diferencia entre Julita Frondoso... y la _Magdalena_.



                             UN REPATRIADO


Antonio Casero, de cuarenta años, célibe, doctor en Ciencias, filósofo
de afición, del riñón de Castilla, después de haber creído en muchas
cosas y amado y admirado mucho, había llegado á tener por principal
pasión la sinceridad.

Y por amor de la sinceridad salía de España, por la primera vez de su
vida, á los cuarenta años; acaso, pensaba él, para no volver.

Véanse algunos fragmentos de una carta muy larga en que Casero me
explicaba el motivo de su emigración voluntaria:

“...Ya conoces mi repugnancia al movimiento, á los viajes, al cambio
de _medio_, de costumbres, á toda variación material, que distrae,
pide esfuerzos. Este defecto, porque reconozco que lo es, no deja de
ser bastante general entre los que, como yo, viven poco _por fuera_, y
mucho por dentro, y prefieren el pensamiento á la acción.

“Verdad es que la misma historia de la filosofía nos ofrece ejemplos de
grandes pensadores muy activos, muy metidos en el mundanal trasiego,
como, v. gr.: Platón, con sus idas y venidas á Sicilia, sin contar
otras idas y venidas y su discípulo y rival Aristóteles, que no fué
_peripatético_ sólo en su escuela de Atenas, sino recorriendo mucha
tierra y viendo y haciendo muchas cosas. De los modernos, se puede
citar, entre los muy activos, á Descartes y á Leibnitz, por más
ilustres. Pero, con todo, entre los de nuestras aficiones, son más
los que siguen el ejemplo de Kant, que apenas salió en su vida de su
Königsberg. Carlyle, en su _Viaje á Francia_, póstumo, nos hace ver la
gran importancia que da al acto de _valor personal_... de decidirse
á hacer la maleta y pasar el Estrecho; y Paul Bourget, en su novela
_El discípulo_, nos ofrece la psicología del pensador sedentario que
pasa las de Caín porque tiene que ir de París á una ciudad cercana.
Yo, aunque indigno, también aborrezco los baúles, las facturas, los
andenes, las fondas, los trenes, las caras nuevas, la vida nueva, la
congoja infinita de variar, en todo lo que se refiere á las necesidades
del mísero cuerpo y á las nimiedades de la vida social.

“Muchas veces me han censurado, y hasta se han reído de mí, creo, porque
nunca he salido de España. ¡No he estado en París! ¡París! Magnífico,
si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol... y, por
supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más ó menos,
en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes, y lo que
varía de región á región es lo que mortifica al sedentario maniático,
cual yo, que en ropa, alimento, lecho, vivienda, costumbres de la
vida ordinaria, no puede sufrir las variaciones. Yo me siento hermano
del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera!
Francia es como patria de mi espíritu; pero ¡creo que por allí dan un
chocolate!...

“...Y, á pesar de todo eso, emigro; sí, me voy; dejo á España. _Dimito._

“Sí, dimito, por creerme indigno de ella, mi magistratura de español _en
activo_. Yo, sobre que, después de pensar y sentir muchas cosas en esta
vida, en que tanto he reflexionado y sentido, ahora tengo por _deidad_
la sencillez sincera, la humilde ingenuidad para conmigo mismo; no
quiero, como diría Bacon, _ídolos_ de la _caverna_, ni del _teatro_, ni
del _foro_, ni de la _tribu_; mi ídolo es la sinceridad ¡Culto austero,
amargo; pero noble, sereno!

“Pues, bien, amigo mío, ahondando en mi espíritu, mirando _cara á cara_
mi sentir más íntimo, he llegado á convencerme de que... yo _no siento
la patria_. No, no la siento como se debe sentir; lo mismo me sucede
con la pintura: digo que no la siento, porque comparo el efecto que
me produce con el que causa á otros, y con el que yo experimento en
presencia de la música buena, de la poesía, de la arquitectura, y veo
su inferioridad palmaria. La patria es una madre ó no es nada; es un
_seno_, un _hogar_, se la debe amar, no por _a_ más _b_, no por efecto
de teorías sociológicas, sino como se quiere á los padres, á los hijos,
lo de casa. Yo no amo así á España; me he convencido de ello ahora al
ver nuestras desgracias nacionales y lo poco que, en resumidas cuentas,
las he sentido. No, no me quieras consolar de esta decepción íntima
diciéndome que casi todos los españoles están en el mismo caso. Es
verdad, pero allá ellos; que emigren también. Sí, ya sé que los más,
sin descontar aquéllos que han impreso su dolor patriótico en multitud
de ediciones, en rigor, han visto pasar las cosas como si la lucha de
España y los Estados Unidos fuera _res inter alios acta_.

“La misma observación, honda, amarga, despiadada, pero sincera, que
he aplicado á mis íntimos sentimientos, la he podido hacer en torno
mío. No hablemos de los egoístas francos, militares ó paisanos, que
porque la ley, deficiente sin duda, no les exigía un sacrificio
directo, ni de su persona, ni de sus bienes, veían con la indiferencia
menos disimulada las catástrofes que nos hundían; no hablemos tampoco
de los patrioteros hipócritas que por oficio tienen que emplear á
diario toneladas de lugares comunes elegíacos en lamentar dolores de
la patria que ellos no experimentan; pero ¡si fueran ésos solos! Yo
he observado de cerca á quien ha luchado por España, ha expuesto su
vida defendiéndola, y ha merecido gloriosos laureles... Ese mismo,
que hubiera muerto en su puesto de honor..., lo hacía todo más por el
honor que por cariño real, de hijo, á España. No había más que oirle
relatar nuestras desventuras que había visto de cerca. No, no hubiera
hablado así de las desgracias de una madre, de un hijo. Sin darse él
cuenta, ajeno de hipocresía, bien se dejaba ver que más influía en
su alma la alegría del noble orgullo, por su valor, su pericia, su
brillante campaña, que el dolor por lo que España había perdido. Aquel
héroe vencido, no había alcanzado menos gloria que la que el triunfo le
hubiera podido dar; por eso estaba contento... y la patria, por la que
hubiere muerto, quedaba en su espíritu, allí, en segundo término, como
una abstracción de la geometría moral, exacta, pero fría...”

                   *       *       *       *       *

“Además, yo me siento poco español. Creo en el genio nacional; no sé
en qué consiste precisamente; pero en ciertos momentos de la historia
pragmática, y más en los rasgos populares y en ciertas cosas de
nuestros grandes santos, poetas y artistas, adivino un fondo, mal
estudiado todavía, de grandeza espiritual, de originalidad fuerte.
En Santa Teresa y en Cervantes es donde yo adivino más caracteres
esenciales de ese genio. Pero... ¡es tan recóndito y obscuro todo
eso! En cambio, saltan á la vista, me hieren con tonos chillones y
antipáticos las cualidades nacionales, mejor, los vicios adquiridos,
que me repugnan y ofenden. Este predominio, casi exclusivo, de la vida
exterior, del color sobre la figura, que es la idea; de la fórmula
cristalizada sobre el jugo espiritual de las cosas; este servilismo del
pensamiento, esta ceguedad de la rutina, y tantas y tantas miserias
atávicas contrarias á la natural índole del progreso social en los
países de veras _modernos_, me desorientan, me desaniman, me irritan...
y me marcho, me marcho. Excuso decirte que no creo en regeneraciones
ni en _Geraudeles_ patrioteros... Ni yo merezco vivir en España, ni
España es de mi gusto. Yo no me siento capaz de sacrificar por ella
lo que toda patria merece; no tengo, pues, derecho á que su suelo
me sustente, su ley me ampare. Ella á mí no me ha dado lo que yo
más hubiera querido: una sólida educación intelectual y moral, que
me hubiera ahorrado esta farsa de semisabiduría en que vivimos los
_intelectuales_ en España. No puedes figurarte lo que padece mi amor
de sinceridad, hoy mi fe, con este fingimiento de ciencia prendida con
alfileres á que nos obliga la mala preparación de nuestros estudios
juveniles. Yo veo mi poder reflexivo, mis facultades intuitivas, mi
juicio y mi experiencia, muy superiores á los medios de instrucción
sólida de que dispongo, para aprovechar en la sociedad esas facultades.
Si no fuera español, sino francés, inglés, alemán, no tendría que
lamentar tan bochornosa deficiencia. Ser tuerto en tierra de ciegos, no
puede ser consuelo más que para egoístas y vanidosos. Yo quisiera tener
dos buenos ojos en tierra en que no hubiera ni tuertos ni ciegos. Ser
de la multitud, en Atenas...

“...No se puede creer en regeneradores, porque faltan las primeras
materias para toda regeneración. Emigro; ni yo creo en España, ni ella
debe esperar nada de mí. Cuando perdimos las escuadras, cuando se
rindió Santiago, me puse un poco malo del disgusto... Sí, poco; pronto
sané, más contento con este orgullo de querer _algo_ de veras á la
patria, que apenado con las irremediables desgracias... Por la pérdida
de padres y de hijos, se siente otra cosa más fuerte, más honda: el
dolor por la ausencia de la madre no lo endulza la conciencia de la
ternura filial; en cambio, al sentir que yo quería á España algo más
que los patriotas vocingleros, me sorprendí gozando de cierta alegría
íntima... Y después, ¡qué pronto fuí olvidando las pérdidas, las
vergüenzas nacionales!... No, España; no te merezco. Ni mi espíritu,
hecho extranjero por lectura de franceses, ingleses y alemanes, te
comprende bien, ni soy, en definitiva, un buen hijo. Seré el hijo
pródigo... que no vuelve.”

                   *       *       *       *       *

Pero volvió. Yo me encontré al pobre Antonio Casero en la Puerta del
Sol, disponiéndose á subir á un ómnibus que le llevara á... los toros,
á una novillada cualquiera. Volvía de Inglaterra, Alemania y Francia,
triste, desmejorado, flacucho.

--Estoy--me dijo--como aturdido. He llegado á ese escepticismo de la
conducta, mil veces más angustioso que el de la inteligencia. ¡No sé
qué hacer! ¡No sé dónde estar! Huí de España, como sabes, con gran
esfuerzo, no por apartarme de ella, sino por cambiar, por moverme.
Sabes las razones que tuve para emigrar. Pero ¡fuera de España tampoco
_sabía vivir_! ¡Tenía la patria más arraigada en las entrañas de lo
que yo creía! El clima, el color del cielo, el del paisaje, su figura,
el modo de comer, el modo de hablar, lo extraño de los intereses
públicos, el no importarme nada de cuanto me rodeaba; las costumbres,
que me parecían irracionales por no ser las mías; todo me repugnaba, me
ofendía; todo era hielo y aspereza, una especie de magnetismo enemigo
que me acosaba en todas partes. Hasta respiraba peor. Tal vez lo más
espiritual de mi ser continúa siendo extranjero, pero cuanto en mí es
tierra, barro humano, que es lo más, ¡ay! es español y no puede vivir
fuera de la patria. No, no puedo vivir en España... pero tampoco fuera.
Y en tal conflicto... vuelvo, aborrezco el _españolismo_, pero me
llamo de hoy más _Vicente_, y me voy donde los demás españoles... á
los toros. _Natura naturans._ Después de todo, ¡qué sería de España si
emigrasen todos sus hijos ingratos, que no la aman bastante! Quedaría
desierta.



                               DOBLE VÍA


Al año de ser diputado y madrileño _adoptivo_, Arqueta ya era bastante
célebre para que todo el mundo conociera un epigrama que se había
dignado dedicarle nada menos que el jefe de la minoría más importante
del Congreso.

--“Ese Arqueta, había dicho, no sólo no tiene palabra fácil, sino que
no tiene palabra.”

Eso ya lo sabía Arqueta; nunca había pretendido ir para Demóstenes, ni
ése era el camino; pero el tener palabra difícil no le estorbaba, y el
no ser hombre de palabra le servía muchísimo. Claro que este último
defecto le acarreaba enemistades, pues las víctimas de aquella carencia
le aborrecían é injuriaban; pero ya tenía él buen cuidado de que
siempre fueran los caídos los que pudieran comprobar toda la exactitud
del epigrama... de la minoría. ¿Á que nunca había faltado á la palabra
dada al presidente del Consejo de Ministros ó á cualquier otro
presidente de alguna cosa importante? ¡Ah! pues ahí estaba el toque. Lo
que era, que muchas veces había que navegar de bolina; algunas bordadas
había que darlas en dirección que parecía alejarle de su objeto, del
puerto que buscaba, pero aquel zis-zás le iba acercando, acercando, y
á cada cambiazo, ¡claro!, algún tonto se tenía que quedar con la boca
abierta.

Orador, ¡no! La mayor parte de los paisanos suyos que habían sido
expertos pilotos del cabotaje parlamentario habían sido premiosos de
palabra... y listos de manos. ¡La corrección! ¡Fíate de la corrección y
no corras! En el salón de conferencias, en los pasillos, en el _seno_
de la comisión, en los despachos ministeriales, Arqueta era un águila.
¡Cómo le respetaban los porteros! Olían en él á un futuro personaje.

Además, aunque el diputado Arqueta no esperaba su medro del poder
legislativo, se iba al bulto, ó sea al poder ejecutivo. Se agarró á
las faldas... de la señora del ministro de Hacienda y la declaró buena
presa; los Arqueta y Conchita Manzano, la ministra, se habían conocido
en un balneario del Norte.

Conchita era una jamona que procuraba prolongar el otoño de su vida
hasta bien entrado el invierno. Mejor. Ya sabía Arqueta que no se
le iba á dar miel sobre hojuelas; se contentaba con la miel, con el
turrón. En el balneario, aunque el trato fué de mucha confianza,
Arqueta no pudo conocer, de seguro, si la ministra era una de las
catorce señoras malas del P. Coloma.

En Madrid creció la confianza, por la cuenta que les tenía á _los
diputados_ por Polanueva, y el ministro participó de la intimidad de
los amigos de su mujer. Juana llegó á ser confidente de Concha, que
algo tendría que contarla; y el ministro, Medianez, hizo su favorito de
Arqueta, que era el encargado por su excelencia de no tener palabra,
siempre que convenía dársela á alguno y recogerla sin que él la
devolviese.

La clase de servicios que Arqueta prestaba á Medianez eran todos del
género que á Mariano le gustaba, _entre bastidores_; se referían _á
lo que no puede decirse_ (¡la delicia de Arqueta!), y aquellos lazos
eran de los que sólo abate la muerte; y puede que tampoco, porque lo
probable será encontrarse en el infierno.

Arqueta, cuando convino, fué director general, subsecretario y otra
porción de cosas, algunas sin nombre oficial, ni sueldo _explícito_.

Á pesar de la pureza que el de Polanueva atribuía á la clase de
relaciones que le unían al _hombre público_, ponía su principal
confianza en las delicias del hogar doméstico... del _hombre público_.
Cuando Arqueta pudo afirmar, para su coleto, que Conchita Manzano era
_de las catorce_, fué cuando respiró tranquilo.

                   *       *       *       *       *

Subieron y bajaron varias veces los _suyos_, y Arqueta llegó á verse
con méritos suficientes para _entrar en una combinación_, para ser
ministro, siquiera fuese temporero... que ya sabría él aprovechar la
temporada y aunque fuese el temporal. Un inconveniente de jerarquía
encontraba: que siendo ministro era tanto como su padrino y no estaba
bien. Pero fué el caso que las circunstancias hicieron que Medianez
estuviera _indicadísimo_ para presidir un ministerio de transición,
de perro chico, sin ministros de _altura_; pero que podían ser todo lo
_largos_ que quisieran. Y allí estaba él. Presidente Medianez y él,
Arqueta, en Fomento ó donde Dios fuera servido... ¿por qué no? Así las
categorías seguían respetándose, pues el presidente seguía siendo el
jefe, el amo...

¿Por qué no entraba él en las candidaturas que preparaba Medianez por
si le llamaban?

Siempre había atribuido á las faldas de Conchita la fuerza decisiva,
cuando había que influir en el ánimo de Medianez y hacerle servir en
caso grave los intereses de Arqueta. Ahora había que apretar por este
lado.

“¡Lo que puede el amor!, pensaba Arqueta. Todo el mundo dice, y es
verdad, que Medianez sabe llevar con dignidad los pantalones; que no es
de los políticos que dejan que gobierne su mujer. En efecto, yo noto
que Conchita no suele imponerse á su marido; más bien le teme que le
manda... y, sin embargo, en todo lo referente á mis cosas ¡como una
seda! Pido una gollería, Medianez se enfada, Concha vacila... aprieto
yo, se sacrifica ella, pido, ruego, insisto, mando, y... ¡conseguido!

“Ahora el empeño es grave. Pero hay que echar el resto. Medianez ve en
mí _poco_ ministro; tiene mil compromisos... ¡No importa, venceré!...
Apretemos.”

--¿No te parece á ti que debo apretar?, le decía á su mujer. Y Juana,
sin vacilar, contestaba:

--¡Pues es claro! ¡Aprieta!

Ella también seguía cultivando la amistad de la de Medianez y la
del ministro mismo; pero, es claro, que pasando lo que pasaba, y que
su esposa, naturalmente, no sabía, Arqueta no creía decoroso que
Juana apretase también; aparte de que lo que él no lograra menos lo
conseguiría su pobre mujercita.

La ministra juraba y perjuraba que ella tenía en perpetuo asedio á su
marido para que diera un ministerio, si formaba gabinete, al pobre
Mariano, que era el hombre de mayor confianza que tenían.

--Pero, desengáñate, digas tú lo que quieras yo no mando en Medianez
tanto como tú crees. Me hace caso cuando cree que tengo razón. Así
hablaba, en sus intimidades, la ministra á su amante; pero éste no se
daba á partido; insistía, insistía; aprieta que apretarás.

Era el caso que, por una de esas combinaciones tan comunes en la
política de bastidores (la que gustaba á Mariano), Medianez estaba
haciendo el juego de aquel jefe del partido contrario que decía
epigramas contra Arqueta. El jefe de Medianez no quería ministerios de
transición; el enemigo sí, porque no estaba propuesto para entrar en el
Gobierno; necesitaba dividir al adversario, desacreditar á un Gabinete
intermedio y llegar él á tiempo y como hombre prevenido. Medianez y
Arqueta bien veían el juego, pero como la coyuntura era única para que
Medianez fuera presidente del Consejo, estaban decididos á comprar
aquellos rábanos, que pasaban, y caiga el que caiga.

Lo que no sabía Arqueta era que el jefe del partido contrario, que
ayudaba á subir á la presidencia á Medianez, ponía sus condiciones
al personal del Gabinete futuro, y había declarado que Arqueta no era
_persona grata_.

Medianez ocultaba á su amigo las batallas que reñía con aquel señorón
para obligarle á transigir con el diputado por Polanueva, á quien él
quería á todo trance llevar consigo al Gabinete que iba á presidir.

En fin, para abreviar, vino la crisis, que fué laboriosa; hubo
soluciones á porrillo; ministerios de altura y ministerios de perro
chico... y por fin ¡oh alegría! vino un ministerio que “nacía muerto”
según las oposiciones, pero nacía, que era lo principal: el ministerio
Medianez.

¡Y Arqueta entraba en Fomento!

¡Qué escena, la de Arqueta con la ministra, cuando supo que estaba él
en la lista de ministros!

Concha estaba muy contenta, claro; pero mucho más preocupada. No salía
de su asombro. Estaba segura de no haberle arrancado á su marido
palabra redonda de hacer ministro al buen Arqueta. Pero, en fin, ya era
un hecho.

Con su mujer estuvo Mariano menos expansivo, porque tenía ciertos
resquemores de conciencia, aunque muy leves... Al fin, era por una
infidelidad conyugal por lo que llegaba á la anhelada poltrona...
¡Pobre Juana! Pero, qué diantre, como ella no estaba en el secreto y se
veía ministra, también debía alegrarse muchísimo.

Ya lo creo que se alegraba. Estaba radiante de alegría. Ella fué la que
encargó á escape el uniforme, ó lo sacó de la nada, de repente, según
lo pronto que estuvo listo.

Á las once de la mañana iban á jurar y á las diez Juana ya había
vestido, con sus propias manos, á su marido el vistoso uniforme,
reluciente de oro, con que iba á entrar en la brega ministerial. La
casa se había llenado de amigos y amigas. Y, ¡oh colmo del honor y de
la amabilidad!, á las diez y media recibió el matrimonio un volante de
Medianez en que decía: “Espéreme usted: voy yo á buscarle en mi coche y
á dar la enhorabuena personalmente á Juana.”

Á la cual se le cayeron las lágrimas al leer esto.

¡Qué triunfo!

Llegó el presidente nuevo, Medianez, de uniforme también, aunque no tan
flamante como el de Arqueta.

Aquella casa era una Babel.

Arqueta... tuvo un momento de debilidad.

Todos le decían que estaba muy guapo con el uniforme; pero el caso era
que él, por no parecer fatuo, no había podido mirarse á su gusto en un
espejo, vestido de uniforme. ¡Y era el sueño de su vida!

Tuvo que confesarse que su dicha no hubiera sido completa aquel día,
si no hubiese podido aprovechar dos minutos para contemplarse á solas,
á su gusto, en el espejo, adorando su propia imagen ministerial. En su
gabinete ¡dónde mejor! Allí donde tanto había soñado con el triunfo,
quería verla reflejada en aquel armario de espejo que tantas veces le
había invitado á confiar en la _explotación del físico_.

Nada más fácil, entre el barullo de la multitud que llenaba la casa,
que eclipsarse un momento...

Sin que nadie le echara de menos, con las precauciones de un ratero,
Arqueta se dirigió á su gabinete. Atravesó el despacho; la puerta
estaba entreabierta... enfrente estaba el armario en cuya clara luna se
quería contemplar.

¡Demonio! Antes de que las leyes físicas permitieran que Arqueta
pudiera verse reflejado en el espejo... vió en él, con toda claridad...
un uniforme de ministro. ¡Era el presidente!

Pero no estaba solo; en el espejo también vió Arqueta la imagen de
Juana la regordeta... con cuyas mejillas de rosa hacía Medianez, el
presidente sin cartera, lo mismo que él, Arqueta, había hecho la noche
anterior en las mejillas, menos frescas, de la esposa del presidente.

Arqueta dió un paso atrás. No entró en su gabinete... Entró en el otro,
en el que presidía Medianez, es decir, presidir también presidía el de
Arqueta, por lo visto... pero, en fin, se quiere decir que, rechazando
el primer impulso de echarlo todo á rodar, se decidió á sacrificarse
en aras de la patria. Pensó primero en desgarrar el uniforme que le
quemaba, ó debía quemarle el cuerpo, como la túnica de... no recordaba
quién; pero, no desgarró nada... y cinco minutos después llegaba en el
coche de Medianez á casa de éste, donde aguardaban otros ministros y
muchos políticos importantes. Allí estaba el _protector_ de la nueva
situación, el del epigrama, que iba á gozar de su triunfo subrepticio.

Arqueta reparó que le miraba y le saludaba aquel prócer con sonrisa
burlona, tal vez despreciativa. Hubo más. Notó que en un grupo que
rodeaba al ilustre jefe de la minoría, se celebraba con grandes
carcajadas chistes que el señor del epigrama decía en voz baja... Y á
él, á Mariano Arqueta, le miraban los del grupo con el rabillo del ojo.

Sólo pudo oir esto que dijo el protector del ministerio en voz alta y
solemne:

--_¡Sic itur ad astra!_

Carcajada general.

--“Sí, pensó Arqueta, eso va conmigo; el que sube _así_ á las
estrellas... soy yo!”

Y se puso como un tomate.

--Arqueta--gritó en aquel instante el cáustico jefe de la minoría,
dirigiéndose al nuevo ministro de Fomento:--Arqueta, la calumnia ya se
ceba en usted.

--¡Cómo! ¿Qué dicen?

--Que no va usted á jurar... sino á prometer por su honor. Absurdo,
¿verdad? ¡Calumnia!...



                          EL VIEJO Y LA NIÑA


Viejo precisamente... no. Pero comparado con ella, sí; podía ser su
padre. Eso bastaba para que los dos se vieran separados por un abismo
de tiempo; y lo mismo que ellos, la madre de ella y el mundo, que los
dejaba andar juntos y solos por teatros y paseos, sin desconfianza ni
sospechas de ningún género. Era él primo de la madre, y ésta pensando
en que, de chicos, habían sido algo novios, sacaba en consecuencia que
dejar á su hija confiada á aquel contemporáneo suyo no ofrecía ningún
peligro, ni podía dar que decir á la malicia.

Años y años vivieron así.

Si queréis figuraros cómo era él, recordad á Sagasta, no como está
ahora, naturalmente, sino como estaba allá, por los días en que dijo
que iba “á caer del lado de la libertad”... sin romperse ningún
peroné, por entonces. Tenía don Diego facciones más correctas que don
Práxedes, pero el mismo no sé qué de melancolía elegante, simpática.
Tenía el pelo negro todavía, con algo gris nada más en un bucle, sobre
la sien derecha. En aquel rizo disimulado había una singular tristeza
graciosa, que armonizaba misteriosamente con la mirada entre burlona y
amorosa, algo cansada, y triste, con resignación que dan la piedad y
la experiencia. Vestía con gusto según la elegancia propia de su edad.

Ella... era todo lo bonita que ustedes quieran figurarse. Morena ó
rubia, no importa. Dulce, serena, de humores equilibrados, eso sí.

Volvían del Retiro en una tarde de Septiembre, al morir el día.
Habían estado en una tertulia al aire libre, rodeados, mientras
ocupaban sillas del paseo, de una media docena de adoradores que á
Paquita no le faltaban nunca. Eran todos jóvenes de pocos años; muy
escogidos gomosos, como entonces se decía, de la más fina sociedad.
No eran Sénecas, ni habían asado la manteca. Uno á uno, aislados,
no empalagaban. Todos juntos, parecían ecos repetidos de la misma
insustancialidad. Costaba trabajo distinguirlos, á pesar de las
diferencias físicas.

Paquita, al llegar á la Puerta de Alcalá, se cogió del brazo de su
inofensivo amigo, que venía un poco preocupado, algo conmovido, pero no
con pensamientos tristes.

--¿Pero, ves, que he de estar condenada á bebé perpetuo?

--¿Cómo bebés? Eduardo ya tiene lo menos veinte años y Alfredo sus diez
y nueve.

--¡Ya ves qué gallos!

--¿Y para qué quieres tu gallos?

Callaron los dos. Demasiado sabía don Diego que á Paquita no le
gustaban los pocos años. De esto habían hablado mil veces, con gran
complacencia del muy socarrón amigo, y, como tutor callejero de la
niña.

Varios novios le había conocido don Diego á Paquita; como que él era su
confidente en casos tales. Pero duraban siempre los amores inocentes de
aquella niña, poco, y ahondaban casi nada en su espíritu. Por vanidad,
por curiosidad, por agradar á la madre, que quería _relaciones_ que
fueran _formales_ y procurasen una posición segura á la hija, admitía
aquellos escarceos amorosos Paquita; pero, en rigor nunca había estado
todavía “lo que se llama enamorada”. También esto lo sabía don Diego;
y ella se lo repetía á menudo, casi orgullosa de aquel modo de sentir
suyo, y se lo decía una vez y otra vez á su amigo y Mentor, como quien
insiste en una obra de caridad.

En tantos años de vida íntima, de familiaridad constante, jamás de
los labios de don Diego había salido una palabra que pudiese tomar
Paquita por atrevimiento de galán con pretensiones. En cambio, su vida
común estaba llena de elocuentísimos silencios; y en los contactos
indispensables en paseos, teatros, iglesias, bailes, etc., etc., ni
nunca había habido deshonestos ademanes, ni siquiera insinuaciones que
la joven hubiese podido llevar á mala parte, había tenido por uno y
otro lado no confesada delicia.

Paquita se fijaba en que los novios cambiaban y el _amigo viejo_
siempre era el mismo. Sin decírselo, los dos sabían que el _otro_
pensaba esto; que era mucho más _serio_ aquel contrato _innominado_ de
su amistad extraña, que los amoríos pasajeros, casi infantiles, de la
niña.

Otra cosa sabían los dos: que Paquita estimaba en todo lo que valía
la pulquérrima conducta de don Diego, que jamás, ni con disculpa
del grandísimo deseo ni con disculpa de la insidiosa ocasión, había
sucumbido á las tentaciones que el íntimo y continuo trato le hacía
padecer. Jamás el más pequeño desmán... y eso que la frialdad y apatía
ni el más ciego podía señalarlas como causa de aquella prudencia
sublime. Él y ella se acordaban de los besos que cuando Paquita era
niña, niña del todo, regalaba al buen señor, y aquello había concluido
para no volver; y don Diego había sido el primero á renunciar, sin que
mediaran explicaciones, es claro, á tamaña regalía.

--¿Por qué has reñido con Periquillo?--le preguntaba en una ocasión el
viejo á la niña.

--Porque se empeñaba en que me estuviera al balcón las horas muertas,
viéndole pasear la calle, y yo no quise... porque me aburría.

Y los dos reían á carcajadas, pensando en aquel modo tan singular de
querer á sus novios que tenía Paquita.

                   *       *       *       *       *

Aquella tarde volvía muy contento, para sus adentros, don Diego,
porque en la tertulia, al aire libre, en el Retiro, él había lucido su
ingenio, con gran naturalidad y modestia, á costa de aquellos pobres
sietemesinos. Paquita le había admirado, echando chispas de entusiasmo
contenido por los ojos; bien lo había reparado él. Por eso volvía
tan satisfecho... y con una tentación diabólica, que mil veces había
tenido, pero á que siempre había resistido... y que ahora no creía
poder resistir.

Llegaron al Prado y á Paquita se le ocurrió sentarse allí otra vez. La
tarde, ya cerca del obscurecer, estaba deliciosa; y declaró la niña
que le daba pena meterse en casa tan pronto, perder aquel crepúsculo,
aquella brisa tan dulce...

Se sentaron, muy solos, sin alma viviente que reparase en ellos.

Hablaron con gran calor, muy alegres los dos, sin saber por qué, los
ojos en los ojos.

--¿En qué piensas?--preguntó Paquita al ver de pronto ensimismado á don
Diego.

--Oye, Paca... ¿Quién es en el mundo la persona, sin contar á tu madre,
de tu mayor confianza?

--¿Quién ha de ser? Tú.

--Bueno, pues...--y don Diego empezó á decir unas cosas que dejaba
atónita á la niña. Él habló mucho, con mucha pasión y muchos
circunloquios. Nosotros tenemos más prisa y menos reparos, y tenemos
que decirlo todo en pocas palabras.

Ello fué algo así: don Diego propuso que jugaran á un juego que era una
delicia, pero al cual sólo podían jugar dos personas de sexo diferente,
si el juego había de tener gracia, y que se fiaran en absoluto la una
de la otra. Era menester que se diera mutua palabra, seguro cada cual
de que el otro la cumpliría, de no sacar ninguna consecuencia práctica
del juego aquél; que por eso era juego. Consistía la cosa en confesarse
mutuamente, sin reserva de ningún género, lo que cada cual pensaba y
sentía y había pensado y sentido acerca del otro; lo malo, por malo
que fuere, lo bueno por bueno que fuera también. Y después, como si
nada se hubiera dicho. No debía ofenderse por lo desagradable, ni sacar
partido de lo agradable.

Paquita estaba como la grana; sentía calentura; había comprendido y
sentido la profunda y maliciosa voluptuosidad moral, es decir, inmoral,
del juego que el viejo la proponía. Había que decir todo, todo lo que
se había pensado, á cualquier hora, en cualquier parte, con motivo de
aquel amigo; cuantas escenas la imaginación había trazado haciéndole
figurar á él como personaje...

Paquita, después de parecer de púrpura, se quedó pálida, se puso en
pie, quiso hablar y no pudo. Dos lágrimas se le asomaron á los ojos. Y
sin mirar á don Diego, le volvió la espalda, y con paso lento echó á
andar camino de su casa.

El viejo asustado, horrorizado por lo que había hecho, siguió á la
pobre amiga; pero sin osar emparejarse con ella, detrás, como un criado.

No se atrevía á hablarle. Sólo, al llegar al portal de la casa de ella,
osó él decir:

--Paquita, Paquita, ¿qué tienes? Oye: ¿Qué tienes? ¿Yo, qué te he
hecho? ¿Qué dirá mamá?...

Ella, sin contestarle, ni mover la cabeza, la movió lentamente con
signo negativo.

No, no hablaría: su madre no sabría nada... Pero al llegar á la
escalera echó á correr, subió como huyendo, llamó á la puerta de su
casa apresurada, y cuando abrieron desapareció, y cerró con prisa,
dejando fuera al mísero don Diego.

El cual salió á la calle aturdido y avergonzado, y cuando vió á dos
del orden en una esquina, sintió tentaciones de decirles:

--Llévenme ustedes á la cárcel, soy un criminal; mi delito es de los
más feos, de ésos cuya vista tiene que celebrarse á puertas cerradas,
por respeto al pudor, á la honestidad...



                                 JORGE
                      DIÁLOGO, PERO NO PLATÓNICO


--¿Qué hay de libros nuevos?--me preguntó Jorge, suspirando como
distraído, dejando de pensar en mí y en lo que me había preguntado.

Estaba pálido, ojeroso, con cara de sueño y de mal humor. Yo le miré
con atención y fijeza, y dando cierta intención maliciosa á mis
palabras, contesté:

--Acabo de ver que Carlos Groos, ya sabes, el docto alemán que publicó
en 1896 _Die Spiele der Tiere_ (_Los juegos de los animales_), publica
ahora _Die Spiele der Menschen_ (_Los juegos del hombre_).

--Sí; ya me acuerdo. _Los juegos de los animales_... No hay más juego
que ése. Porque... ¡valientes animales son todos los que juegan!

--Hombre, no _juegues_ tú con el vocablo...

--Ya sé que es feo jugar _de boca_... Y, en rigor, está prohibido...
Véase el artículo...

--No digo eso. Juegas con el vocablo; porque animales...

--Sí; ya te entiendo. Se trata de los animales... no humanos. Bueno,
pues el señor Groos los calumnia. Los animales no juegan. Sólo juega
el hombre, que es el único ser metafísico y jugador. Es un efecto de
la dichosa evolución. ¡Qué remedio! Yo quería corregirme, dejar el
vicio... pero... imposible... Es cosa de la herencia... de la raza. Lo
he leído en Ihering, en la _Historia de los indo-europeos antes de su
separación_. Aquello desconsuela. Nuestros patriarcales y bucólicos
ascendientes remotísimos... eran unos empedernidos jugadores. Mataban
el tiempo, el tiempo monótono de aquella vida lacia, sin variedad,
sin emociones nuevas, jugando y jugando... Y esto, generaciones y
generaciones... ¡Ya ves! ¿Quién puede más que el hábito incrustado en
la herencia?... Pastores... y jugadores...

--Basta de disculpas prehistóricas y darwinistas... No me has
entendido, ó no has querido entenderme... ó todo te sabe á lo que te
pica. El juego de que habla Groos no es ése; es el juego como diversión
ó recreación, según dice el Diccionario, en que no se persigue otro
propósito que la distracción misma...

--Á propósito del Diccionario. Los que hablan mal de ese libro
académico no conocen su gran mérito. Es un libro de moral... Á lo
menos á mí, casi me convirtió. Verás lo que pasó. Un día, viéndome
encenagado en el pícaro juego, sin poder remediarlo, convencido
de que eran inútiles los propósitos de enmienda, quise saber á lo
menos cómo se definía académicamente el vicio que me dominaba, y me
fuí al Diccionario oficial, y leí: “Juego, pasatiempo, recreación,
aquello que se hace por espíritu de alegría y sólo para divertirse y
entretenerse.” No era esto; _mi juego_ no era pasatiempo, ni alegría;
¡era infierno!... Seguí leyendo: “Ejercicio recreativo sometido á
reglas, y en el cual se gana ó se pierde.” Lo de ejercicio no me
_llenaba_, porque ¡se hace tan poco ejercicio pasando doce horas
arrimado al tapete verde! Y lo de “se gana ó se pierde” no es exacto,
porque muchas veces se queda... á juego, ni se pierde ni se gana. Si
el banquero _abate_ con nueve y yo también... ni pierdo ni gano. Y si
salgo del Casino con el mismo dinero con que entré... ni pierdo ni
gano. “Para darle mayor aliciente--continúa el Diccionario--aventúrase
en él con frecuencia algún dinero.” Los académicos deben de ser
_peseteros_ por esa manera de hablar. “Merece reprobación--sigue la
Academia--cuando la ganancia ó la pérdida puede ser importante; cuando
se juega por vicio ó _cuando el jugador no tiene por objeto divertirse
ó entretenerse, sino hacer suyo el dinero ajeno_.” Al leer esto, sentí
toda la sangre en el rostro; estaba muerto de vergüenza. ¡Qué lección
inesperada me daba el _léxico_ oficial! ¡Cuánto había yo leído contra
el juego! Pero nunca aquella bofetada de moralidad me había azotado el
rostro. Tolstoi con su moral de maníaco, combatiendo lo mismo que el
juego el vino, el tabaco... el servicio militar y el trabajo, no me
había hecho sonrojarme. Siempre que se atacaba el juego como _vicio_,
yo me disculpaba con la decencia que pueden tener los viciosos. El
juego me parecía diabólico, pero noble, jugando como caballero, es
claro. ¡Cuántos sofismas había inventado yo para disculpar mi vicio! Le
había encontrado analogías con mil cosas, malas, pero no bochornosas.
Así como el amor ilegal es pecado, pero no sórdido, no bajo, el
juego me parecía incompatible con la vida económica ordenada de la
sociedad... pero no infame, no vil, no mezquino; sin relación con la
codicia, con el robo. ¡Jesús, el robo! Y de repente el Diccionario
¡zás!, me daba aquella bofetada... ¡No me había fijado! Al juego se iba
para _hacer suyo el dinero ajeno_... Era verdad; á eso se iba. Lo mismo
que los usureros y que los ladrones... para hacer de uno el dinero
ajeno... contra la voluntad de su dueño también; porque nadie tiene
voluntad de perder. ¿Que se expone el dinero propio en cambio? También
el avaro expone la salud, la vida; el usurero se expone á quedarse sin
lo prestado, y el ladrón... á ir á presidio. Sí, no cabe duda; el juego
es eso: desear quedarse con el dinero ajeno. ¿Querrás creer que me dió
asco el juego? Vi en mí un pecado de la índole ruin de que siempre me
había creído libre; un pecado sórdido, de injusticia con el prójimo, de
repugnante _psiquis_... (_Pausa._)

--¿Y qué?

--Pues nada. Que estuve sin jugar... mucho tiempo.

--¿Mucho, eh?

--Sí; ¡varias semanas!

--Pero, ¿cómo volviste á lo sórdido, á lo ruin, á lo que... (perdona,
tú lo has dicho) se parecía al robo?...

--Verás. Eché mis cuentas. Según mis cálculos, yo, en conjunto, llevaba
perdido mucho más dinero que ganado. Todavía _me tenían por allá_
algunos miles de duros. Iba por el desquite. Iba por lo mío. Aquello
no era jugar, y no hacía mío el dinero ajeno... sino el mío.

--Vamos, sí; les habías hecho una señal á las monedas y á los billetes,
y cuando no eran los tuyos los que ganabas... los devolvías.

--Ya sabes que el dinero se considera como cosa _fungible_...

--¿Pues entonces?... Además, tus _deudores_(!), es decir, los que te
habían ganado á ti, ¿eran los mismos á quienes tú ganabas?

--Ese argumento tiene menos fuerza que el que empleó para anonadarme la
pícara realidad...

--¿Y fué?...

--Que aquellos señores, que no eran los que me habían ganado... me
ganaron también. (_Nueva pausa._)

Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas
observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil
lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen!

--¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es.
Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene
ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía,
de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no
han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está
sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen
enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del
juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos...
Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese
otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera
usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy
generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller,
en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant,
desenvuelve admirablemente la teoría...

--Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la
que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue
el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría
del arte juego...

--Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo
mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio
Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no
hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que
amor y juego son plétora, lo que rebosa...

--El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural
de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del
espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención
al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es
el juego...

--¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador
no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas
desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma
picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy
por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de
cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley?
¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se
mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde
sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me
ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma,
es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la
_abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás,
todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada
latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega;
cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la
miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento
ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los
_nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por
ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...

“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo
del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos,
mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!...
Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana?
El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera...
¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos,
mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_!
Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En
el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad
y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de
la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es
el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no
es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo
contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la
suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi
todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la
realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador.
El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre
con _fin_, siempre interesada...

--Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el
placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él
llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la
_catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.

--No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el
juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el
dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no,
porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es
voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por
el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene
aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es
borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío
errante, no para nunca su ambición.

--Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar,
de vencer á un contrario...

--Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La
Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El
jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero;
en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos,
ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia,
pérdida. Ésas son las _categorías_.

--Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos
_guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de
azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la
importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el
objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de
la lucha...

--Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería
de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas
emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el
_único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos
cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por
ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no
es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una
maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder,
después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es
como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio
para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz...
El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó
no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace
el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la
realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_...



                      SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2]
                    (SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA).


                                   I

Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en
América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos
políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que
llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y
escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos
y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el
sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en
literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta
de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le
entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á
ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos),
y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y
de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin,
se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su
aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses
y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al
principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en
correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y
Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo
ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no
paró hasta millonario.

La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español,
poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de
seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija
única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y
el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba
la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era
la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas
las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede
añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios
sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en
parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes
garantías para la salud material y moral del idolillo que había
engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de
la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España
maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París,
y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos
meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera
más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.

En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y
cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se
fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y
algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había
comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético
Lerez.

Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo
de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por
una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos
en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de
no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor
propio.

Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo
con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de
los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita;
esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se
movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como
al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía
en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la
ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que
pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco
menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre
todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le
asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno:
pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y
estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los
que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta,
serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal
de ser amigo de _notabilidades_, adulaba á los mismos á quienes solía
dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una
humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los
académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia
de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de
_castidad clásica_, y de los modelos. Con los autores revolucionarios
se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca
y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes
les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los
viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don
Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la
experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es
la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la
sangre de literato degollado vivo sobre el ara.

Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin
que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no
tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre,
ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por
su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un _matiz_ de andaluza,
suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación
completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco
avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo
lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de
doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque
no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así
como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo
menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición
de literato, y bastante conocido.


                                  II

Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque,
magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se
hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias
físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á
los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar
y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de
Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”.

Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar
para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas
se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los
primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de
levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados
y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones
electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista,
y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que
encargárselo.

Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba
la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del
jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que
_militaba_ aquella semana Augusto); llevaba _bombos_ escritos por el
mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe.
Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile,
solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía
pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los
que presumían de literatos.

“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas
pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era
pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en
el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas
ferrocarrileras.

Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro
Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como
preparación para la política y ayuda de gastos.

Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes
en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto
para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca
hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con
mucho empuje.

Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un
puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado
al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de
Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque
fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco
como Segismundo en _La vida es sueño_, diciendo para su capote: “¡Vive
Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había
hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que
tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la
corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía
llegar á ser gobierno, en suma”.

En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija.
Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan
política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño
había aceptado la invitación, porque el político era además literato.
Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños
de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como
un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la
casa. _Hizo furor._ Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien
había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas
con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no
se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de
insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente
al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social
que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios
de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la
familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el
panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre
y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados
fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en _un
hora_ (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único
ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya
esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas.

El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los
periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él,
enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella
noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en
casa de Cofiño.


                                  III

Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía
mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico
cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de
oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño
en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde
en tarde don Elías.

“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de
poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se
reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada
vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle
aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija
de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo
digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas
quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros,
como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro
mundo.

Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el
universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle
á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en _sonetos
esculturales_ de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado
por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan
heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba
la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia
radiante. Antonio Reyes tosía.

Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses
después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos
interesante.

--¿Y Reyes?--dijo cualquiera una noche.

--Se ha ido á París--respondieron.

--¿Quién es ese Reyes?--preguntó Rita á su padre al volver á casa.

--¿Antonio Reyes?--Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale
mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe...,
entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de
corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier
cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque
allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho,
conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy
orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico...,
y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y
que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa.

Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo.


                                  IV

--De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...--dijo una voz
de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina,
cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza
otra mano delgada y larga.

Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la
promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en
su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado
su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los
rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro,
pero tenía otro _color_; ahora expresaba una complacencia entre
melancólica y maliciosa.

El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de
fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su
abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de
Alcalá hacia el Suizo.

Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y
truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro
gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El
Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de
saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga,
aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia
el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo
esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la
tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara.

Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las
más próximas á la calle.

--Se han ido todos--dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba
leyendo _La Correspondencia_.--¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe
usted lo de Augusto?

--¿Qué Augusto?--preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante,
distraído, y sonriendo todavía á sus ideas.

--¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo.

--¿Qué le pasa?--dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude
una conversación inoportuna.

--¡Que al fin le han hecho subsecretario!

--¡Bah!

--¡Es un escándalo!

--¿Por qué?

--¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le
niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir...
Dígalo si no su _Historia del Parlamentarismo_, en que resulta que el
mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su
querida...

Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que
escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se
le caía del rostro hacia el pecho.

--No diga usted... absurdos--(murmuró entre airado y displicente).--No
son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y
envidiosos. Regina es incapaz de...

--¿De faltar al marqués?

--No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento.

Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina
incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante!
Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que
Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora.

--Pero, ¿usted cree que tiene suficiente talla política para
subsecretario?

Reyes contestó con un gesto de indiferencia. Quería dar á entender que
no le gustaba la conversación, por insignificante.

--¿Ha estado aquí Celestino?--preguntó, por hablar de otra cosa.

--¡Pobre! Sí.

--¿Se ha quejado del palo?

--Es un bendito. Él no dice nada; pero ese diablo de Enjuto sacó la
conversación; le preguntó si anoche le habían hecho salir al escenario
todavía..., y él se puso colorado y dijo que sí, entre dientes, como
si se avergonzara de los aplausos del público. La verdad es que el
artículo de Juanito no tiene vuelta de hoja; es implacable, pero no hay
quien las mueva, tiene razón; el drama es malo, perro, y no merece más
que el desprecio y la broma...

--Pues bien aplaudió usted la noche del estreno...

--Diré á usted: la impresión... así, la primera impresión... no es
mala; y como es amigo Celestino, y el público se entusiasmaba...; pero
Reseco ha puesto los puntos sobre las i i. ¡Ése sí que tiene talento!

Otra vez se le avinagró el gesto á Reyes. Sacudió un guante sobre la
mesa y se puso de pie. Aquella noche estaba inaguantable don Elías;
no decía más que necedades. “No había peor bicho que el aficionado de
la literatura”. Sin poder remediarlo, y después de un bostezo, dijo
Antonio:

--Reseco..., ¡ps!..., en tierra de ciegos... En París Reseco sería uno
de tantos muchachos de _sprit_; aquí es el terror de los tontos y de
los Celestinos.

Don Elías admiraba al tal Reseco, aunque no le era simpático; pero la
opinión de Reyes, que venía de París, de vivir entre los literatos
de moda, le parecía muy respetable. Sí; Antoñico, como él le llamaba
delante de gente para indicar la confianza con que le trataba; Antoñico
frecuentaba en París las _brasseries_, donde tomaban café, cerveza ó
chocolate ó ajenjo notables _parnasianos_, ilustres pseudónimos de la
_petite-presse_ y de algunos periódicos de los grandes; Antoñico había
sido corresponsal parisiense de un periódico de mucha circulación, y el
tono desdeñoso con que hablaba en sus cartas de ciertas celebridades
francesas y españolas, había sobrecogido á don Elías, y le había
hecho traspasar poco á poco su consideración de aquellas celebridades
maltratadas al que las zahería. Cofiño siempre había sido un poco
blando en materia de opiniones; pero los años le habían convertido en
cera puesta al fuego. Cualquier libro, comedia, discurso, artículo, ó
lo que fuese, le entusiasmaba fácilmente; pero una opinión contraria
expuesta con valentía, con desprecio franco y con dejos de superioridad
burlona y desdeñosa, le aterraba, le hacía ver un talento colosal en
el que de tal manera censuraba; dejaba de admirar el libro, comedia,
discurso ó lo que fuese para someterse al tirano, al crítico que
había subvertido sus ideas y consagrarle culto idolátrico, mientras
no hubiera mejor postor: otro crítico más fuerte, más burlón, más
desengañado y más desdeñoso.

Comprendió vagamente don Elías que á Reyes le disgustaba, por lo menos
aquella noche, hablar de Reseco y hablar de Rejoncillo; y como la
actualidad del día eran la subsecretaría del uno y el _palo_ que el
otro le había dado al pobre Celestino, y don Elías difícilmente hablaba
de cosa que no fuese la actualidad literaria, ó á lo menos política
de los cafés, teatros, ateneos y plazuelas, pensó que lo mejor era
callarse y levantar la sesión. Y se puso en pie también, preguntando:

--¿Viene usted á Rivas?

--¿Al estreno de Fernando? Antes la muerte. No, señor, tengo que hacer.

--Lo siento. Yo... tengo que ir... Me cargan las zarzuelas de
Fernandito...; pero tengo que ir...; es un compromiso... Además, tengo
que recoger á Rita, que está en el palco de... (don Elías se turbó un
poco, recordando lo que antes había dicho), en el palco de Cenojiles.

--¿Con Regina?

--Sí, con la marquesa... Conque, ¿no viene usted?

Antonio vaciló.

--No (dijo, después de pensarlo mucho); no...; tengo que hacer...;
acaso... allá... al final, á la hora del triunfo.

--Ó de la silba...

--¡Bah! Será triunfo... ¡Ya no hay más que triunfos! Hasta mañana ó
hasta luego...


                                   V

Reyes anhelaba quedarse solo con sus pensamientos; reanudar las
visiones agradables que le habían acompañado desde la Cibeles al
Suizo; pero, ¡cosa rara!, en cuanto desapareció don Elías, se encontró
peor, menos libre, más disgustado. Recordó que cuando era niño y se
divertía cantando á solas ó declamando, si un importuno le interrumpía
un momento, al volver á sus gritos y canciones ya lo hacía sin gusto,
con desabrimiento y algo avergonzado, hasta dejar sus juegos y romper
á llorar. Una impresión análoga sentía ahora: aquel tonto de don Elías
le había hecho caer del quinto cielo; le había hecho derrumbarse desde
gratas ilusiones que halagaban la vanidad, los sentidos y tal vez algo
del corazón, á los cantos rodados de la crónica del día; había caído
de cabeza sobre la subsecretaría de Rejoncillo y sus presuntos amores
con la de Cenojiles; y después, de necedad en necedad, había rebotado
sobre el artículo de Reseco...; y... “¡que un majadero pudiera tener
tanta influencia en sus pensamientos!” Antonio emprendió la marcha
por la calle de Sevilla hacia la del Príncipe, decidido á olvidar
todo aquello y á volver á la idea dulcísima (sí, dulcísima, por más
que coqueteando consigo mismo quisiera negárselo), de sus relaciones
casi seguras, seguras, con Regina Theil. Pero, nada; los halagüeños
pensamientos no volvían; no se ataban aquellos hilos rotos de la novela
que ya él había comenzado á hilvanar, sin quererlo, mientras subía
por la calle de Alcalá. En vez de aventuras graciosas y picantes,
representábasele entre los ojos y las losas mojadas y relucientes á
trechos, la imagen abstracta de la subsecretaría de Rejoncillo; era
vaga, confusa, unas veces en figuras de letras de molde medio borradas,
tal como podrían leerse en _La Correspondencia_; otras veces en la
forma de un sillón lujoso, algo sobado, no se sabía si de raso, si de
piel, ni de qué estructura..., y á lo mejor, ¡zás! Rejoncillo vestido
de frac, con gran pechera reluciente, saltando de suelto en suelto por
los de _La Correspondencia_, hasta plantarse en el de su subsecretaría;
ó bien saludando á muchos señores en una sala, que era igual que el
vestíbulo del Principal, á pesar de ser una sala. “¡Quería decirse
que estaba soñando despierto, y que el sueño, á pesar de la voluntad
vigilante, se empeñaba en ser estúpido, disparatado!”

Y Reyes se detuvo ante los resplandores de las cucharas junto al
escaparate de Meneses. Como si obedeciera á una sugestión, clavaba
los ojos sin poder remediarlo en aquellos reflejos de blancura. No
había motivo para dar un paso adelante ni para darlo hacia atrás, y
se estuvo quieto ante la luz. No sabía adónde ir: ahora se le ocurría
recordar que no tenía plan para aquella noche: un cuarto de hora antes
hubiera jurado que le faltaría tiempo para todo lo que debía hacer
antes de acostarse, para lo mucho que iba á divertirse..., y resultaba
que no había tal cosa; que no tenía plan, que no había pensado nada,
que no tenía dónde pasar el rato, para olvidar aquellas necedades que
se le clavaban en la cabeza. ¿Por qué no estaba ya contento? ¿Por qué
aquel optimismo, que casi como un zumbido agradable de oídos, ó mejor
como una sinfonía, le había acompañado por la calle de Alcalá arriba,
ahora se había convertido en _spleen_ mortal? “Hablemos claro: ¿le
tengo yo envidia á Rejoncillo?” Y Antonio sonrió de tal modo, que
cualquier transeúnte hubiera podido creer que se estaba burlando de
la plata Meneses. “¡Envidia á Rejoncillo!” El pensamiento le pareció
tan ridículo, la reacción del orgullo fué tan fuerte que, como si
todas aquellas pasiones que le tenían parado en la acera se hubiesen
convertido en descarga eléctrica, dió Antonio media vuelta automática,
echó á andar hacia la Carrera de San Jerónimo, descendió por ésta,
atravesó la Puerta del Sol, tomó por la calle de la Montera arriba y
entró en el Ateneo.

Se vió, sin saber cómo, en aquellos pasillos tristes y obscuros, llenos
de humo: allí el calor parecía una pasta pesada que flotaba en el aire,
y que se tragaba y se pegaba al estómago. Sin saber cómo tampoco,
sin darse cuenta de que la voluntad interviniese en sus movimientos,
llegó al salón de periódicos, se fué hacia el extremo de la mesa, y se
sentó decidido á no mirar más que papeles extranjeros, por lo menos
coloniales, que de fijo no hablarían de la subsecretaría de Rejoncillo.
Á él mismo le parecía mentira verse repasando las columnas de una
colección de _Diarios de la Marina_.

Después tomó _Le Journal de Petersbourg_..., que estaba cerca. Allí se
hablaba, en una correspondencia de París, de las últimas poesías de un
escritor francés á quien trataba él. Esta consideración fué un ligero
tónico. Reyes fué acercándose á los periódicos españoles; desde la
mitad de la mesa comenzaban á verse acá y allá ejemplares borrosos de
_La Correspondencia_; tenían algo de pastel de aceite apestoso acabado
de salir del horno. No pudo menos; hizo lo que todos los presentes:
cogió _La Correspondencia_. En la segunda plana, en medio de la tercera
columna, estaba la noticia, poco más ó menos como él la había visto
sobre las losas húmedas y brillantes de la calle de Sevilla. Allí
estaban Augusto Rejoncillo y su subsecretaría; era, efectivamente, la
de Ultramar. Era un hecho el nombramiento; nada de reclamo, no; un
hecho: se había firmado el decreto.

“¡Qué país!”--se puso á pensar Reyes, sin darse cuenta de ello; él, que
hacía alarde desde muy antiguo de despreciar el país absolutamente y no
acordarse de él para nada.--“¡Qué país!” “Todo está perdido; pero ¡esto
es demasiado! Esto da náuseas. ¿Quién quiere ya ser nada? Diputación,
cartera..., ¿qué sería todo eso para el amor propio? Nada..., peor,
un insulto... ¿Cómo me había de halagar á mí ser ministro... habiendo
sido antes Rejoncillo subsecretario? Por este lado no hay que buscar
ya nunca nada; la política ya no es carrera para un hombre como yo; es
una humillación, es una calleja inmunda; hay que tomar en serio esta
resolución estoica de no querer ser diputado ni ministro, ni nada de
eso, por dignidad, por decoro”. Y en el cerebro de Reyes estalló la
idea fugaz y brillante de ser jefe de un nuevo partido, que llamó en
francés, para sus adentros, el partido _zutista_, el de “no ha lugar á
deliberar, el de la anulación de la política, el partido _anarquista_
de la aristocracia del talento y de la distinción”. Sí, había que
matar la política, convertirla en oficio de menestrales, dársela á los
zapateros, á los que no saben leer ni escribir: un político era un
hombre grosero, de alma de madera, limitado en ambiciones y gustos,
un ser antipático: había que proclamar el _zutismo_ ó _chusismo_,
la abstención; las personas de gusto, de talento, de espíritu noble
y delicado no necesitaban gobernar ni ser gobernadas. “Iremos al
Congreso para cerrarlo y tirar la llave á un pozo”--pensaba decir en
el programa del partido. Por supuesto, que en Reyes estos conatos de
grandes resoluciones eran _relámpagos de calor_, menos, fuegos de
artificio á que él no daba ninguna importancia. Dejaba que la fantasía
construyera á su antojo aquellos palacios de humo, y después se quedaba
tan impasible, decidido á no meterse en nada. Sin embargo, la idea del
partido _zutista_ era hermosa, aunque irrealizable. Sobre todo, había
servido para elevarle á sus propios ojos, “sobre aquellas miserias
de subsecretarías y Rejoncillos”. “No, él no tenía envidia á aquel
mamarracho; de esto estaba... seguro”; pero el pensar en ello, el
irritarse ante la majadería del ministerio que hacía tal nombramiento,
ya era indigno de Antonio Reyes; el hombre que llevaba dentro de la
cabeza el plan de aquella novela, que no acababa de escribir por lo
mucho que despreciaba al público que la había de leer.

En el salón de periódicos comenzó cierto movimiento de sillas y
murmullo de conversaciones en voz baja. Los socios pasaban á la cátedra
pública. Los gritos de un conserje sonaban á lo lejos, diciendo:
“¡Sección de ciencias morales y políticas! ¡Sección de ciencias morales
y políticas!...”


                                  VI

La cabeza de Cervantes de yeso, cubierta de polvo, bostezaba sobre una
columna de madera, sumida en la sombra; y los ojos de Reyes, fijos en
ella, querían arrancarle el secreto de su hastío infinito en aquella
vida de perpetua discusión académica, donde los hijos enclenques de
un siglo echado á perder á lo mejor de sus años, gastaban la poca
y mala sangre que tenían en calentarse los cascos discurriendo y
vociferando por culpa de mil palabras y distingos inútiles, de que el
buen Cervantes no había oído jamás hablar en vida. Sobre todo, la
sección de ciencias morales y políticas (pensaba Reyes que debía de
pensar el busto pálido y sucio) era cosa para volver el estómago á una
estatua que ni siquiera lo tenía. Malo era oir á aquellos caballeros
reñir, con motivo de negarle á Cristo la divinidad ó concedérsela;
malo también aguantarlos cuando hablaban de _los ideales del arte_,
de que él, Cervantes, nada había sabido nunca; pero todo era menos
detestable que las discusiones políticas y sociológicas, donde cuanto
había en Madrid de necedad y majadería ilustrada se atrevía á pedir
la palabra y á vociferar sus sandeces, ya retrógradas, ya avanzadas
como un adelantado mayor. Aquellos socios, pensaba Reyes, se dividían
en derecha é izquierda, como si á todos ellos no los uniera su nativo
cretinismo en un gran partido, el partido del _bocio invisible_, del
nihilismo intelectual. Sí, todos eran unos, y ellos creían que no;
todos eran topos, empeñados en ver claro en las más arduas cuestiones
del mundo, las cuestiones prácticas de la vida común y solidaria,
que no podrán ser planteadas con alguna probabilidad de acierto
hasta que cientos y cientos de ciencias auxiliares y preparatorias
se hayan formado, desarrollado y perfeccionado. Entretanto, y hasta
que los hombres verdaderamente sabios, de un porvenir muy lejano,
muy lejano, tal vez de nunca, tomaran por su cuenta esta materia, la
ventilaban con fórmulas de vaciedades históricas ó filosóficas todos
aquellos anémicos de alma, más despreciables todavía que los políticos
prácticos, empíricos; porque éstos, al fin, iban detrás de un interés
real, por una pasión propia, cierta, la ambición, por baja que fuese.
El miserable que en nuestros tiempos de caos intelectual se dedica á
la política abstracta, á las ciencias sociales, le parecía á Reyes el
representante genuino de la estupidez humana, irremediable, en que él
creía como en un dogma. Y si Antonio despreciaba aún á los que pasaban
por sabios en estas materias, ¡qué sentiría ante aquellos buenos
señores y jóvenes imberbes, que repetían allí por milésima vez las
teorías más traídas y llevadas de unas y otras escuelas!

Años atrás, antes de irse él á París se hablaba en la sección de
ciencias morales y políticas de la _cuestión social en conjunto_, y
se discutía si la habría ó no la habría. Los señores _de enfrente_,
los de la derecha (Reyes se sentaba á la izquierda, cerca de un
balcón escondido en las tinieblas), acababan por asegurar que siempre
_habría pobres entre vosotros_, y con otros cinco ó seis textos del
Evangelio daban por resuelta la cuestión. Los de la izquierda, con
motivo de estas citas, negaban la divinidad de Jesucristo; y con
gran escándalo de algunos socios muy amigos del orden y de asistir á
todas las sesiones, «se pasaba de una sección á otra indebidamente»;
pero no importaba, ya se sabía que siempre se iba á dar allí, y el
presidente, experto y tolerante, no ponía veto á las citas de un
krausista de tendencias demagógicas, que “con todo el respeto debido
al Nazareno”, ponía al cristianismo como chupa de dómine, negando que
él, Fernando Chispas, le debiera cosa alguna (á quien él debía era á
la patrona), pues lo que el cristianismo tenía de bueno, lo debía á
la filosofía platónica, á los sabios de Egipto, de Persia, y en fin,
de cualquier parte, pero no á su propio esfuerzo. De una en otra se
llegaba á discutir todo el dogma, toda la moral y toda la disciplina.
Un caballero que hablaba todos los años tres ó cuatro veces en todas
las secciones, se levantaba á echarle en cara á la religión de Jesús,
según venía haciendo desde ocho años á aquella parte, á echarle en cara
que colocase á los ladrones en los altares, y perdonase á los grandes
criminales por un solo rasgo de contrición, estando á los últimos. Y
citaba _La Devoción de la Cruz_, escandalizándose de la moral relajada
de Calderón y de la Iglesia.

Entonces surgía en la derecha un hegeliano católico, casi siempre
consejero de Estado, gran maestro en el manejo del difumino filosófico.
“Se levantaba, decía, á encauzar el debate, á elevarlo á la región pura
de las ideas”; y la emprendía con _Emmanuel_ Kant (así le llamaba),
Fichte, Schelling y Hegel, que eran los cuatro filósofos que citaba
en esta época todo el mundo, exponiendo sus respectivas doctrinas en
cuatro palabras. Los krausistas de escalera abajo replicaban, llenos
de una unción filosófico-teológica, como pudiera tenerla un _bulldog_
amaestrado; y con estudiada preterición citaban al mundo entero, menos
á Krause, el maestro, encontrando la causa de tantos y tantos errores
como, en efecto, deslucen la historia del pensamiento humano, en la
falta de método, y sobre todo en no comenzar ó discurrir cada cual
desde el primer día que se le ocurrió discurrir, por el yo, no como
mero pensamiento, sino en todo lo que en la realidad es...

Todo esto era hacía años, antes de irse él, Reyes, á París. Ahora,
recordando semejantes escaramuzas, y contemplando lo presente, sentía
cierta tristeza, que era producida por la romántica perspectiva de los
recuerdos.

En aquellas famosas discusiones, en que Cristo lo pagaba todo, había á
lo menos cierta libertad de la fantasía; á veces eran aquellas locuras
ideales morales en el fondo, no extrañas por completo á las sugestiones
naturales de la moral práctica; en fin, él les reconocía cierta bondad
y cierta poesía, que tal vez se debía á no ser posible que aquello
volviese; tal vez no tenían más poesía que la que ve la memoria en todo
lo muerto. Ahora el _positivismo_ era el rey de las discusiones. Los
oradores de derecha é izquierda se atenían á los hechos, agarrados á
ellos como las lapas á las peñas. Aquello no era una filosofía; era un
_artículo de París_, la cuestión de los quince, ó el acertijo gráfico
que se llama “¿dónde está la pastora?” Caballeros que nunca habían
visto un cadáver hablaban de anatomía y de fisiología, y cualquiera
podría pensar que pasaban la vida en el anfiteatro rompiendo huesos,
metidos en entrañas humanas, calientes y sangrando, hasta las rodillas.
Había allí una carnicería teórica. Las mismas palabras del tecnicismo
fisiológico iban y venían mil veces, sin que las comprendiera casi
nadie; el individuo era el protoplasma, la familia la célula, y la
sociedad un tejido..., un tejido de disparates.

Antonio, muy satisfecho en el fondo de su alma, porque penetraba
todo lo que había de ridículo en aquella bacanal de la necedad
libre-pensadora, se levantó de su butaca azul y salió á los pasillos,
dejando con la palabra en la boca á un medicucho, que había aprendido
en los manuales de Letourneau toda aquella masa incoherente de datos
problemáticos y casi siempre insignificantes.

--¡Tontos, todos tontos!--pensaba: y una ola de agua rosada le bañaba
el espíritu. Ya no se acordaba de Rejoncillo, ni de Reseco; la
sensación de una superioridad casi tangible le llenaba el ánimo; sí,
sí, era evidente; aquellos hombres que quedaban allí dentro dando voces
ó escuchando con atención seria, algunos de los cuales tenían fama de
talentudos, eran inferiores á él con mucho, incapaces de ver el aspecto
cómico de semejantes disputas, la necedad hereditaria que asomaba en
tamaño apasionamiento por ideas insustanciales, falsas, sin aplicación
posible, sin relación con el mundo serio, digno y noble de la realidad
misteriosa.

En los pasillos también se disputaba. Eran algunos jóvenes que, sin
sospecharlo siquiera Reyes, despreciaban las disputas de la sección.
Hablaban también de filosofía, pero no tenía nada que ver su discusión
con la de allá dentro: éstos habían venido á parar á la cuestión de
si había ó no metafísica, á partir de la última novela publicada en
Francia. Antonio se acercó al grupo, y no estuvo contento mientras notó
alguna originalidad y fuerza en la argumentación. Un joven moreno,
pálido, de ojos azules claros y muy redondos, soñadores, ó por lo
menos distraídos, hablaba con descuido, sin atar las frases, pero con
buen sentido y con entusiasmo contenido.

--¿Quién duda, señores, que, en efecto, el positivismo ha de ir... no
digo que sea en este siglo, ¿eh? pero ha de ir poco á poco..., vamos,
modificándose, cambiando, para acabar por ser una nueva metafísica?...

--Esa tendencia ya aparece en algunos escritores--, dijo otro, pequeño,
rubio, vivaracho, de lentes, que gesticulaba mucho, y al cual el
moreno, el distraído, oía con atención cariñosa. Siguió hablando
el chiquitín de escritores alemanes modernísimos que repasaban la
filosofía de Kant, y la de Fichte, y la de Hegel para ver de encontrar
en ella bases nuevas de una metafísica que había que construir á todo
trance.

Entonces Reyes sonrió con disimulado desprecio, satisfecho, y se apartó
también de aquel grupo. Al fin había encontrado lo que quería. “También
aquéllos disparataban; creían en resurrecciones metafísicas; ¡bah!,
tontos como los otros, como los positivistas de café, como los pobres
diablos de allá dentro, aunque no lo fueran tanto.”

Salió del Ateneo. El cielo se había despejado; los últimos nubarrones
se amontonaban huyendo hacia el Norte; las estrellas brillaban como si
las acabaran de lavar; una poesía sensual bajaba del infinito oscuro.

Reyes comparó al Ateneo con el cielo estrellado y salió perdiendo el
Ateneo. Debía estar prohibido discutir los grandes problemas de la vida
universal, sobre todo cuando se era un _cretino_. Las estrellas, que
de fijo sabían más de esas cosas sublimes que los hombres, callaban
eternamente; callaban y brillaban. Reyes, en el fondo de su alma, se
sintió digno de ser estrella.

Bajó la calle de la Montera. El reloj del Principal dió las diez. Una
mujer triste se acercó á Antonio rebozada en un mantón gris, con una
mano envuelta en el mantón y aplicada á la boca. Él la miró sin verla,
y no oyó lo que ella dijo; pero una asociación de ideas, de que él
mismo no se dió cuenta, le hizo acordarse de repente de su aventura
iniciada. Regina Theil estaba en Rivas. ¡Oh! ¡el amor, el galanteo!
Un temblor dulce le sacudió el cuerpo. Á dos pasos tenía un coche de
punto. El cochero dormía; le despertó dándole con el bastón en un
hombro, montó y dijo al cerrar la portezuela:

--¡Á Rivas, corre!


                                  VII

La berlina, destartalada, vieja y sucia, subió al galope del triste
caballo blanco, flaco y de pelo fino, por la cuesta de la calle de
Alcalá. Antonio, en cuanto el traqueo de las ruedas desvencijadas
le sacudió el cuerpo, sintió una reacción del espíritu, que le hizo
saltar desde el deleite casi místico de la vanidad halagada en su
contemplación solitaria, á una ternura sin nombre, que buscaba alimento
en recuerdos muy lejanos y vagos. Era una voluptuosidad entre dulce
y amarga esforzarse en estar triste, melancólico por lo menos, en
aquellos momentos en que el orgullo satisfecho le gritaba en los oídos
que el mundo era hermoso, dramática la vida, grande él, el hijo de su
padre. El run, run de los vidrios saltando sobre la madera, el ruido
continuo y sordo de las ruedas, le iban sonando á canción de nodriza;
gotas de la reciente tormenta, que aún resbalan en zig-zag por los
cristales, tomaban de las luces de la calle fantásticos reflejos, y con
refracciones caprichosas mostraban los objetos en formas disparatadas.
Un olor punzante, indefinible, pero muy conocido (olor de coche de
alquiler lo llamaba él para sus adentros), le traía multitud de
recuerdos viejos; y se vió de repente sentado en la ceja de otro coche
como aquél, á los cinco años, entre las rodillas de un señor delgado,
que era su padre, su padre que le oprimía dulcemente el cuerpecito
menudo con los huesos de sus piernas flacas y nerviosas. ¡Qué lejos
estaba todo aquello! ¡Qué diferente era el mundo que veía entre sueños
de una conciencia que nace, aquel niño precoz, del mundo verdadero, el
de ahora!

Las rodillas del padre eran almohada dura, pero que al niño se le
antojaba muy blanda, suave, almohada de aquella cabeza rubia, un poco
grande, poblada de fantasmas antes de tiempo, siempre con tendencias á
inclinarse, apoyándose, para soñar.

Reyes atribuía á los recuerdos de su infancia un interés supremo;
conservábalos con vigorosa memoria y con una precisión plástica
que le encantaba; los repasaba muy á menudo como los cantos de un
poema querido. Como aquella poesía de sus primeras visiones no había
otra; desde los seis años su vida interior comenzaba á admirarle; su
precocidad extraordinaria había sido un secreto para el mundo; era un
niño taciturno, que miraba sin verlas apenas las cosas exteriores.

La realidad, tal como era desde que él tenía recuerdos, le había
parecido despreciable; sólo podía valer transformándola, viendo en ella
otras cosas; la actividad era lo peor de la realidad; era enojosa,
insustancial; los resultados que complacían á todos, le repugnaban;
el querer hacer bien algo, era una ambición de los demás, pequeña,
sin sentido. De todo esto había salido muy temprano una injusticia
constante del mundo para con él. Nadie le apreciaba en lo que valía;
nadie le conocía; sólo su padre le adivinaba, por amor. En la escuela,
donde había puesto los pies muy pocas veces, otros ganaban premios
con estrepitosos alardes de sabiduría infantil; él entraba, los pocos
días que entraba, llorando; érale imposible recordar las lecciones
aprendidas al pie de la letra; sabíalas mejor que los otros, estaba
seguro de comprenderlas y el maestro siempre torcía el gesto, porque
Antonio tartamudeaba y decía una cosa por otra. En las reuniones
de familia, donde se celebraban improvisados certámenes de gracias
infantiles, el chico de Reyes siempre quedaba oscurecido por sus
primitos, que saltaban mejor, declamaban escenas de Zorrilla y García
Gutiérrez, recitaban fábulas y tenían _salidas_ graciosas. Se acordaba
como si fueran de aquel instante, de los elogios fríos, de los besos
helados con que amigos y parientes le acariciaban por complacer á su
padre, que sonreía con tristeza y siempre acudía después de los otros á
calentarle el alma con un beso fuerte, apretado y con un estrujón entre
las rodillas temblonas y huesudas. Su padre comprendía que los demás no
encontraban ninguna gracia en su hijo. Á los dos se les olvidaba pronto
y la familia entera se consagraba á cantar las alabanzas del diablejo
de Alberto, del chistosísimo Justo, de Sebastián el sabio, que á los
siete años anunciaban seguras glorias de la familia de los Valcárcel.

Emma Valcárcel se llamaba su madre.

La imagen de aquella mujer flaca, enferma, de una hermosura arruinada,
que jamás había visto él en su esplendor de juventud sana y alegre,
llenó el cerebro de Antonio. Este recuerdo fué un dolor positivo; no
tenía la triste voluptuosidad alambicada de los otros.

“¡Mi madre!...” dijo en voz alta Reyes; y apoyó la cabeza en la fría y
resquebrajada gutapercha que guarnecía el coche miserable. Encogió los
hombros, cerró los ojos y sintió en ellos lágrimas. El ruido de los
cristales y de las ruedas, más fuerte ahora, le resonaba dentro del
cráneo; ya no era como canto de nodriza; tomó un ritmo extraño de coro
infernal, parecido al de los demonios en _El Roberto_.


                                NOTAS:

[2] La novela _Su único hijo_ ha sido ya publicada y forma el
tomo segundo de estas obras completas; de _Una medianía_, que iba
á ser continuación de la anterior, tan sólo ha escrito Clarín el
presente fragmento. No obstante hallarse incompleto (lo mismo que
el cuento _Feminismo_, del que no se publicó más que lo reproducido
anteriormente), creemos que debe figurar en este tomo, en la seguridad
de que el público lo encontrará interesante.



*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Doctor Sutilis - Cuentos (short stories)" ***

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