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Title: Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana
Author: - To be updated
Language: Spanish
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*** Start of this LibraryBlog Digital Book "Las cien mejores poesías (lí­ricas) de la lengua castellana" ***

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(LÍ­RICAS) DE LA LENGUA CASTELLANA ***

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

  * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
    han convertido a MAYÚSCULAS.

  * Los errores de imprenta han sido corregidos. Para su mejor
    detección, se ha comparado el texto con el de otras ediciones.

  * La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo
    con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española,
    salvo en los casos en los queda afectada la métrica del verso o
    se haya querido preservar el vocabulario arcaico castellano, como
    en los poemas iniciales.

  * Las escasas notas a pie de página han sido renumeradas y ubicadas al
    final del libro.

  * Las páginas en blanco han sido eliminadas.



  LAS CIEN MEJORES POESÍAS
  (LÍRICAS)
  DE LA LENGUA CASTELLANA



_Primera Edición, Agosto 1908. Segunda Edición, Diciembre, 1908.
Tercera Edición, Febrero 1910._



  LAS
  CIEN MEJORES POESÍAS
  (LÍRICAS)
  DE LA LENGUA CASTELLANA


  Escogidas por
  DON M. MENÉNDEZ Y PELAYO


  MADRID: VICTORIANO SUÁREZ, 48 PRECIADOS
  LISBOA: FERREIRA LIMITADA, 132 RUA AUREA
  PARIS: A. PERCHE, 45 RUE JACOB
  LAUSANNE: EDWIN FRANKFURTER, 12 GRAND-CHÊNE
  BERLIN: WILHELM WEICHER, HABERLANDSTR. 4
  LONDON & GLASGOW: GOWANS & GRAY, LTD.
  1910



ADVERTENCIA PRELIMINAR


Comprende este tomo cien poesías líricas escogidas entre lo mejor de la
literatura española antigua y moderna, excluyendo los autores vivos. No
se nos oculta la dificultad de esta selección, en que tanta parte puede
tener el gusto individual, ni presumimos tanto del nuestro que estemos
seguros de haber logrado constantemente el acierto. Hemos procurado,
sin embargo, no omitir ninguna de las poesías ya consagradas por la
universal admiración, ni dar entrada a ninguna que no tenga a nuestros
ojos mérito positivo, aunque no siempre llegue a la absoluta perfección
formal. Hay en algunas de estas composiciones rasgos de mal gusto
propios de una época o escuela determinada, pero hubiera sido temeridad
borrarlos, porque la integridad de los textos es la primera obligación
que la crítica impone al colector de toda antología por diminuta y
popular que sea.

Hemos prescindido de las poesías anteriores al siglo XV porque
exigirían comentario filológico, inoportuno en la ocasión presente. Las
pocas que insertamos del siglo XV son de belleza indudable y de fácil
lectura para todo el mundo. El mayor espacio de nuestra colección va
dedicado naturalmente a la edad de oro de nuestra lírica (siglo XVI
y principios del XVII). Se notarán en ella omisiones que nos duelen
mucho, pero que eran inevitables dentro de los estrechos límites
impuestos a nuestro plan: _spatiis exclusas iniquis_. Nada hemos puesto
de Castillejo, de Acuña, de Valbuena, de Jáuregui, y otros preclaros
ingenios, y hemos tenido que reducir a muy pocas muestras el tesoro
poético de Góngora, de Lope de Vega y de Quevedo.

Nuestra tarea era relativamente fácil tratándose del siglo XVIII,
el mas prosaico de nuestra historia literaria, pero se tornaba
dificilísima respecto de la opulenta producción poética del siglo XIX,
que sin ser superior a la antigua como lo ha sido en Francia y en otras
partes, ha continuado con nuevo espíritu la tradición de las formas
líricas, las ha remozado a veces merced al impulso genial de los poetas
y al contacto con extrañas literaturas, y ofrece buen numero de obras
ya sancionadas por el común aplauso. En esta parte más que en ninguna
solicitamos y esperamos indulgencia.

Aunque se titulan _líricos_ los poemas de esta colección, no ha de
entenderse esta palabra en sentido tan riguroso que excluya algunas
narraciones poéticas breves en que se entremezcla lo épico con lo
lírico. Esta salvedad, que a todas las literaturas alcanza, tiene más
propio lugar en la castellana, que siempre ha conservado rastros de
su origen épico. Por eso incluimos algunos romances antiguos, de los
de tono más lírico, y un par de leyendas de los dos grandes poetas
románticos Zorrilla y el Duque de Rivas.

El orden en que van colocadas las poesías no siempre es estrictamente
cronológico, porque se ha atendido a la sucesión de escuelas y formas
artísticas.

  M. MENÉNDEZ Y PELAYO



ÍNDICE


                                                       PÁGINAS

  _Romances Viejos_
      3. _Romance de Abenámar_                              18
      4. _Romance del rey moro que perdió Alhama_           20
      5. _Romance de Rosa fresca_                           22
      6. _Romance de Fontefrida_                            23
      7. _Romance de Blanca-niña_                           23
      8. _Romance del conde Arnaldos_                       25
      9. _Romance de la hija del rey de Francia_            26
     10. _Romance de doña Alda_                             27

  Alcázar (Baltasar del) (1530-1606)
     32. _Una cena_                                         87

  Anónimo
     23. «_No me mueve, mi Dios, para quererte_»            67

  Argensola (Bartolomé Leonardo de) (1562-1631)
     39. «_Dime, Padre común, pues eres justo_»            104

  Argensola (Lupercio Leonardo de) (1559-1613)
     36. _A la Esperanza_                                  101
     37. «_Imagen espantosa de la muerte_»                 103
     38. «_Llevó tras sí los pámpanos octubre_»            104

  Arguijo (Don Juan de) (1567-1623)
     28. _Al Guadalquivir, en una avenida_                  85
     29. _La tempestad y la calma_                          86
     30. _La avaricia_                                      86
     31. «_En segura pobreza vive Eumelo_»                  87

  Arjona (Don Manuel María de) (1771-1820)
     66. _La diosa del bosque_                             174

  Arolas (Padre Juan) (1805-1849)
     83. _Sé más feliz que yo_                             276

  Avellaneda (Doña Gertrudis Gómez de) (1816-1873)
     86. _Amor y orgullo_                                  283

  Balart (Don Federico) (1831-1905)
     99. _Restitución_                                     343

  Bécquer (Don Gustavo A.) (1836-1870)
     95. _Rimas._ «_Del salón en el ángulo oscuro_»        327
     96. «_Cerraron sus ojos_»                             328

  Bello (Don Andrés) (1781-1865)
     72. _La agricultura de la zona tórrida_               199

  Calderón de la Barca (Don Pedro) (1600-1681)
     60. «_Estas que fueron pompa y alegría_»              146

  Campoamor (Don Ramón de) (1817-1901)
     89. _¡Quién supiera escribir!_                        296
     90. _Lo que hace el tiempo_                           299

  Caro (Rodrigo) (1573-1647)
     34. _A las ruinas de Itálica_                          92

  Cetina (Gutierre de) (1520-1560?)
     13. _Madrigal_                                         46

  Cruz (San Juan de la) (1542-1591)
     22. _Cántico espiritual..._                            60

  Espronceda (Don José de) (1808-1842)
     76. _Himno de la Inmortalidad_                        226
     77. _Canción del Pirata_                              228
     78. _Canto a Teresa_                                  232

  Fernández de Andrada (? - ?)
     35. _Epístola moral_                                   95

  Gallego (Don Juan Nicasio) (1777-1853)
     69. _Elegía a la muerte de la Duquesa de Frías_       184

  Gil (Don Enrique) (1815-1846)
     82. _La violeta_                                      273

  Góngora (Don Luis de) (1561-1627)
     48. _Angélica y Medoro_                               118
     49. «_Servía en Orán al rey_»                         123
     50. «_Entre los sueltos caballos_»                    124
     51. «_Ande yo caliente_»                              128
     52. «_La más bella niña_»                             129

  Heredia (Don José María) (1803-1839)
     73. _Niágara_                                         210

  Herrera (Fernando de) (1534-1597)
     26. _Por la vitoria de Lepanto_                        75
     27. _Por la pérdida del rey don Sebastián_             82

  Jovellanos (Don Gaspar M. de) (1744-1811)
     63. _Epístola de Fabio a Anfriso_                     162

  León (Fray Luis de) (1529-1591)
     14. _Vida retirada_                                    46
     15. _A Francisco Salinas_                              49
     16. _A Felipe Ruiz_                                    51
     17. _Noche serena_                                     53
     18. _Morada del Cielo_                                 56
     19. _En la Ascensión_                                  57
     20. _Imitación de diversos_                            58
     21. _Soneto_                                           60

  Lista (Don Alberto) (1775-1848)
     67. _Al Sueño_                                        176

  López de Ayala (Don Adelardo) (1828-1879)
     88. _Epístola a Emilio Arrieta_                       292

  Manrique, Jorge (1440-1478)
      2. _A la muerte del maestre de Santiago..._            2

  Maury (Don Juan María) (1772-1845)
     70. _La timidez_                                      193

  Meléndez Valdés (Don Juan) (1754-1817)
     64. _Rosana en los fuegos_                            168

  Mira de Mescua (Don Antonio) (1578?-1644)
     61. _Canción_                                         146

  Mora (Don José Joaquín de) (1783-1864)
     71. _El Estío_                                        198

  Moratín (Don Nicolás F. de) (1737-1780)
     62. _Fiesta de toros en Madrid_                       151

  Moratín (Don Leandro F. de) (1760-1828)
     65. _Elegía a las Musas_                              172

  Núñez de Arce (Don Gaspar) (1834-1903)
     93. _Estrofas_                                        315
     94. _Tristezas_                                       322

  Palacio (Don Manuel del) (1832-1906)
    100. _Amor oculto_                                     347

  Pastor Díaz (Don Nicomedes) (1811-1862)
     81. _A la luna_                                       269

  Piferrer (Don Pablo) (1817-1848)
     84. _Canción de la Primavera_                         277

  Polo (Gil) (c. 1535-1591)
     25. _Canción_                                          70

  Querol (Don Vicente W.) (1836-1889)
     97. _Carta al Sr. D. Pedro A. de Alarcón..._          331
     98. _En Noche-Buena..._                               338

  Quevedo (Don Francisco de) (1580-1645)
     53. _El Sueño_                                        131
     54. _Epístola satírica y censoria..._                 134
     55. _Memoria inmortal de don Pedro Girón..._          141
     56. «_Ya formidable y espantoso suena_»               141
     57. «_Miré los muros de la patria mía_»               142
     58. _Letrilla satírica_                               142

  Quintana (Don Manuel José) (1772-1857)
     68. _A España, después de la revolución de Marzo_     179

  Rioja (Francisco de) (1583-1659)
     33. _A la rosa_                                        91

  Rivas (Duque de) (1791-1865)
     74. _El Faro de Malta_                                215
     75. _Un castellano leal_                              217

  Ruiz Aguilera (Don Ventura) (1820-1881)
     92. _Epístola_                                        310

  Santillana (Marqués de) (1398-1458)
      1. _Serranilla_                                        1

  Sanz (Don Eulogio Florentino) (1825-1881)
     87. _Epístola a Pedro_                                286

  Selgas (Don José) (1824-1882)
     91. _El Estío_                                        305

  Tassara (Don Gabriel García) (1817-1875)
     85. _Himno al Mesías_                                 279

  Torre (Francisco de la)[1]
     24. _La cierva_                                        68

  Vega (Garcilaso de la) (1503-1536)
     11. _Égloga primera_                                   29
     12. _A la flor de Gnido_                               42

  Vega (Lope de) (1562-1635)
     40. _Canción_                                         105
     41. «_A mis soledades voy_»                           109
     42. «_Pobre barquilla mía_»                           112
     43. _Judit_                                           116
     44. «_Suelta mi manso, mayoral extraño_»              116
     45. «_¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?_»        117
     46. «_Pastor, que con tus silbos amorosos_»           117
     47. _Temores en el favor_                             118

  Villegas (Don Esteban Manuel de) (1596-1669)
     59. _Oda sáfica_                                      145

  Zorrilla (Don José) (1817-1893)
     79. _Introducción a los «Cantos del Trovador»_        244
     80. _A buen juez, mejor testigo_                      247



MARQUÉS DE SANTILLANA


_1. Serranilla_

      Moça tan fermosa
    Non vi en la frontera,
    Como una vaquera
    _De la Finojosa_.
      Façiendo la vía
    Del Calatraveño
    A Sancta María,
    Vençido del sueño
    Por tierra fragosa
    Perdí la carrera,
    Do vi la vaquera
    _De la Finojosa_.
      En un verde prado
    De rosas e flores,
    Guardando ganado
    Con otros pastores,
    La vi tan graçiosa
    Que apenas creyera
    Que fuesse vaquera
    _De la Finojosa_.
      Non creo las rosas
    De la primavera
    Sean tan fermosas
    Nin de tal manera,
    Fablando sin glosa,
    Si antes sopiera
    D’aquella vaquera
    _De la Finojosa_.
      Non tanto mirara
    Su mucha beldat,
    Porque me dexara
    En mi libertat.
    Mas dixe: «Donosa
    (Por saber quién era),
    ¿Dónde es la vaquera
    _De la Finojosa_?...»
      Bien como riendo,
    Dixo: «Bien vengades;
    Que ya bien entiendo
    Lo que demandades:
    Non es desseosa
    De amar, nin lo espera,
    Aquessa vaquera
    _De la Finojosa_.»



JORGE MANRIQUE


_2. A la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre_

      Recuerde el alma dormida,
    Avive el seso y despierte
    Contemplando
    Cómo se pasa la vida,
    Cómo se viene la muerte
    Tan callando:
    Cuán presto se va el placer,
    Cómo después de acordado
    Da dolor,
    Cómo a nuestro parescer
    Cualquiera tiempo pasado
    Fue mejor.

      Y pues vemos lo presente
    Cómo en un punto es ido
    Y acabado,
    Si juzgamos sabiamente,
    Daremos lo no venido
    Por pasado.
    No se engañe nadie, no,
    Pensando que ha de durar
    Lo que espera
    Más que duró lo que vio,
    Porque todo ha de pasar
    Por tal manera.

      Nuestras vidas son los ríos
    Que van a dar en la mar,
    Que es el morir;
    Allí van los señoríos
    Derechos a se acabar
    Y consumir;
    Allí los ríos caudales,
    Allí los otros medianos
    Y más chicos;
    Allegados, son iguales
    Los que viven por sus manos
    Y los ricos.

INVOCACIÓN

      Dexo las invocaciones
    De los famosos poetas
    Y oradores;
    No curo de sus ficciones,
    Que traen yerbas secretas
    Sus sabores.
    A aquél solo me encomiendo,
    Aquél solo invoco yo
    De verdad,
    Que en este mundo viviendo,
    El mundo no conoció
    Su deidad.

      Este mundo es el camino
    Para el otro, qu’es morada
    Sin pesar;
    Mas cumple tener buen tino
    Para andar esta jornada
    Sin errar.
    Partimos cuando nacemos,
    Andamos mientras vivimos,
    Y llegamos
    Al tiempo que fenecemos;
    Así que cuando morimos
    Descansamos.

      Este mundo bueno fue
    Si bien usásemos d’él
    Como debemos,
    Porque, según nuestra fe,
    Es para ganar aquel
    Que atendemos.
    Y aún el Hijo de Dios,
    Para subirnos al cielo,
    Descendió
    A nacer acá entre nos,
    Y vivir en este suelo
    Do murió.

      Ved de cuán poco valor
    Son las cosas tras que andamos
    Y corremos;
    Que en este mundo traidor
    Aun primero que muramos
    Las perdemos.
    D’ellas deshace la edad,
    D’ellas casos desastrados
    Que acaescen,
    D’ellas, por su calidad,
    En los más altos estados
    Desfallescen.

      Decidme: la hermosura,
    La gentil frescura y tez
    De la cara,
    La color y la blancura,
    Cuando viene la vejez
    ¿Cuál se para?
    Las mañas y ligereza
    Y la fuerça corporal
    De juventud,
    Todo se torna graveza
    Cuando llega al arrabal
    De senectud.

      Pues la sangre de los godos,
    El linaje y la nobleza
    Tan crecida,
    ¡Por cuántas vías e modos
    Se pierde su gran alteza
    En esta vida!
    ¡Unos por poco valer,
    Por cuán bajos y abatidos
    Que los tienen!
    Otros que por no tener,
    Con oficios no debidos
    Se mantienen.

      Los estados y riqueza
    Que nos dexan a deshora
    ¿Quién lo duda?
    No les pidamos firmeza,
    Pues que son de una señora
    Que se muda.
    Que bienes son de fortuna
    Que revuelve con su rueda
    Presurosa,
    La cual no puede ser una,
    Ni ser estable ni queda
    En una cosa.

      Pero digo que acompañen
    Y lleguen hasta la huesa
    Con su dueño;
    Por eso no nos engañen,
    Pues se va la vida apriesa
    Como sueño:
    Y los deleites de acá
    Son en que nos deleitamos
    Temporales,
    Y los tormentos de allá
    Que por ellos esperamos,
    Eternales.

      Los placeres y dulçores
    D’esta vida trabajada
    Que tenemos,
    ¿Qué son sino corredores,
    Y la muerte es la celada
    En que caemos?
    No mirando a nuestro daño
    Corremos a rienda suelta
    Sin parar;
    Des que vemos el engaño
    Y queremos dar la vuelta
    No hay lugar.

      Si fuese en nuestro poder
    Tornar la cara fermosa
    Corporal,
    Como podemos hacer
    El alma tan gloriosa
    Angelical,
    ¡Qué diligencia tan viva
    Tuviéramos cada hora,
    Y tan presta,
    En componer la cativa,
    Dexándonos la señora
    Descompuesta!

      Estos reyes poderosos
    Que vemos por escripturas
    Ya pasadas,
    Con casos tristes, llorosos,
    Fueron sus buenas venturas
    Trastornadas;
    Así que no hay cosa fuerte;
    Que a Papas y Emperadores
    Y Perlados
    Así los trata la muerte
    Como a los pobres pastores
    De ganados.

      Dexemos a los Troyanos,
    Que sus males no los vimos,
    Ni sus glorias;
    Dexemos a los Romanos,
    Aunque oímos y leímos
    Sus historias.
    No curemos de saber
    Lo de aquel siglo pasado
    Qué fue d’ello;
    Vengamos a lo de ayer,
    Que también es olvidado
    Como aquello.

      ¿Qué se hizo el Rey Don Juan?
    Los Infantes de Aragón
    ¿Qué se hicieron?
    ¿Qué fue de tanto galán,
    Qué fue de tanta invención
    Como truxeron?
    Las justas e los torneos,
    Paramentos, bordaduras
    E cimeras,
    ¿Fueron sino devaneos?
    ¿Qué fueron sino verduras
    De las eras?

      ¿Qué se hicieron las damas,
    Sus tocados, sus vestidos,
    Sus olores?
    ¿Qué se hicieron las llamas
    De los fuegos encendidos
    De amadores?
    ¿Qué se hizo aquel trovar,
    Las músicas acordadas
    Que tañían?
    ¿Qué se hizo aquel dançar
    Y aquellas ropas chapadas
    Que traían?

      Pues el otro su heredero,
    Don Enrique ¡qué poderes
    Alcançava!
    ¡Cuán blando, cuán alagüero
    El mundo con sus placeres
    Se le daba!
    Mas verás cuán enemigo,
    Cuán contrario, cuán cruel
    Se le mostró,
    Habiéndole sido amigo,
    ¡Cuán poco duró con él
    Lo que le dio!

      Las dádivas desmedidas,
    Los edificios reales
    Llenos de oro,
    Las vajillas tan fabridas,
    Los enriques y reales
    Del tesoro;
    Los jaeces y cavallos
    De su gente y atavíos
    Tan sobrados,
    ¿Dónde iremos a buscallos?
    ¿Qué fueron sino rocíos
    De los prados?

      Pues su hermano el innocente,
    Que en su vida sucesor
    Se llamó,
    ¡Qué corte tan excelente
    Tuvo y cuánto gran señor
    Que le siguió!
    Mas como fuese mortal,
    Metiolo la muerte luego
    En su fragua.
    ¡Oh juïcio divinal!
    Cuando más ardía el fuego
    Echaste agua.

      Pues aquel gran Condestable
    Maestre que conocimos
    Tan privado,
    No cumple que d’él se hable,
    Sino solo que le vimos
    Degollado.
    Sus infinitos tesoros,
    Sus villas y sus lugares,
    Su mandar,
    ¿Qué le fueron sino lloros?
    ¿Qué fueron sino pesares
    Al dexar?

      Pues los otros dos hermanos,
    Maestres tan prosperados
    Como reyes,
    C’a los grandes y medianos
    Traxeron tan sojuzgados
    A sus leyes;
    Aquella prosperidad
    Que tan alta fue subida
    Y ensalçada,
    ¿Qué fue sino claridad
    Que cuando más encendida
    Fue amatada?

      Tantos Duques excelentes,
    Tantos Marqueses y Condes
    Y Barones
    Como vimos tan potentes,
    Di, muerte, ¿dó los escondes
    Y los pones?
    Y sus muy claras hazañas
    Que hicieron en las guerras
    Y en las paces,
    Cuando tú, cruel, te ensañas,
    Con tu fuerça los atierras
    Y deshaces.

      Las huestes innumerables,
    Los pendones y estandartes
    Y banderas,
    Los castillos impunables,
    Los muros e baluartes
    Y barreras,
    La cava honda chapada,
    O cualquier otro reparo
    ¿Qué aprovecha?
    Cuando tú vienes airada
    Todo lo pasas de claro
    Con tu flecha.

      Aquel de buenos abrigo,
    Amado por virtuoso
    De la gente,
    El Maestre Don Rodrigo
    Manrique, tan famoso
    Y tan valiente,
    Sus grandes hechos y claros
    No cumple que los alabe,
    Pues los vieron,
    Ni los quiero hacer caros,
    Pues el mundo todo sabe
    Cuáles fueron.

      ¡Qué amigo de sus amigos!
    ¡Qué señor para criados
    Y parientes!
    ¡Qué enemigo de enemigos!
    ¡Qué Maestre de esforçados
    Y valientes!
    ¡Qué seso para discretos!
    ¡Qué gracia para donosos!
    ¡Qué razón!
    ¡Cuán benigno a los subjectos,
    Y a los bravos y dañosos
    Un león!

      En ventura Octaviano;
    Julio César en vencer
    Y batallar;
    En la virtud, Africano;
    Aníbal en el saber
    Y trabajar:
    En la bondad un Trajano;
    Tito en liberalidad
    Con alegría;
    En su braço, un Archidano;
    Marco Tulio en la verdad
    Que prometía.

      Antonio Pío en clemencia;
    Marco Aurelio en igualdad
    Del semblante:
    Adriano en elocuencia;
    Teodosio en humanidad
    Y buen talante.
    Aurelio Alexandre fue
    En disciplina y rigor
    De la guerra;
    Un Constantino en la fe;
    Gamelio en el gran amor
    De su tierra.

      No dejó grandes tesoros,
    Ni alcançó muchas riquezas
    Ni vajillas,
    Mas hizo guerra a los moros,
    Ganando sus fortalezas
    Y sus villas;
    Y en las lides que venció
    Caballeros y caballos
    Se prendieron,
    Y en este oficio ganó
    Las rentas e los vasallos
    Que le dieron.

      Pues por su honra y estado
    En otros tiempos pasados
    ¿Cómo se hubo?
    Quedando desamparado,
    Con hermanos y criados
    Se sostuvo.
    Después que hechos famosos
    Hizo en esta dicha guerra
    Que hacía,
    Hizo tratos tan honrosos,
    Que le dieron muy más tierra
    Que tenía.

      Estas sus viejas historias
    Que con su braço pintó
    En la juventud,
    Con otras nuevas victorias
    Agora las renovó
    En la senectud.
    Por su gran habilidad,
    Por méritos y ancianía
    Bien gastada
    Alcançó la dignidad
    De la gran caballería
    Del Espada.

      E sus villas e sus tierras
    Ocupadas de tiranos
    Las halló,
    Mas por cercos e por guerras
    Y por fuerças de sus manos
    Las cobró.
    Pues nuestro Rey natural,
    Si de las obras que obró
    Fue servido,
    Dígalo el de Portugal,
    Y en Castilla quien siguió
    Su partido.

      Después de puesta la vida
    Tantas veces por su ley
    Al tablero;
    Después de tan bien servida
    La corona de su Rey
    Verdadero;
    Después de tanta hazaña
    A que no puede bastar
    Cuenta cierta,
    En la su villa de Ocaña
    Vino la muerte a llamar
    A su puerta.

(HABLA LA MUERTE)

    Diciendo: «Buen caballero,
    Dejad el mundo engañoso
    Y su halago;
    Muestre su esfuerço famoso
    Vuestro coraçón de acero
    En este trago;
    Y pues de vida y salud
    Hiciste tan poca cuenta
    Por la fama,
    Esfuércese la virtud
    Para sufrir esta afrenta
    Que os llama.

      »No se os haga tan amarga
    La batalla temerosa
    Que esperáis,
    Pues otra vida más larga
    De fama tan gloriosa
    Acá dexáis:
    Aunque esta vida de honor
    Tampoco no es eternal
    Ni verdadera,
    Mas con todo es muy mejor
    Que la otra temporal
    Perecedera.

      »El vivir que es perdurable
    No se gana con estados
    Mundanales,
    Ni con vida deleitable
    En que moran los pecados
    Infernales;
    Mas los buenos religiosos
    Gánanlo con oraciones
    Y con lloros;
    Los caballeros famosos
    Con trabajos y aflicciones
    Contra moros.

      »Y pues vos, claro varón,
    Tanta sangre derramastes
    De paganos,
    Esperad el galardón
    Que en este mundo ganastes
    Por las manos;
    Y con esta confianza
    Y con la fe tan entera
    Que tenéis,
    Partid con buena esperança
    Que esta otra vida tercera
    Ganaréis.»

(RESPONDE EL MAESTRE)

      «No gastemos tiempo ya
    En esta vida mezquina
    Por tal modo,
    Que mi voluntad está
    Conforme con la divina
    Para todo;
    Y consiento en mi morir
    Con voluntad placentera,
    Clara, pura,
    Que querer hombre vivir
    Cuando Dios quiere que muera
    Es locura.»

ORACIÓN

      Tú que por nuestra maldad
    Tomaste forma civil
    Y bajo nombre;
    Tú que en tu divinidad
    Juntaste cosa tan vil
    Como el hombre;
    Tú que tan grandes tormentos
    Sufriste sin resistencia
    En tu persona,
    No por mis merecimientos,
    Mas por tu sola clemencia
    Me perdona.

CABO

      Así con tal entender
    Todos sentidos humanos
    Conservados,
    Cercado de su mujer,
    De hijos y de hermanos
    Y criados,
    Dio el alma a quien se la dio,
    (El cual la ponga en el cielo
    Y en su gloria),
    Y aunque la vida murió,
    Nos dexó harto consuelo
    Su memoria.



ROMANCES VIEJOS


_3. Romance de Abenámar_

      --¡Abenámar, Abenámar,
    moro de la morería,
    el día que tú naciste
    grandes señales había!
    Estaba la mar en calma,
    la luna estaba crecida:
    moro que en tal signo nace,
    no debe decir mentira.--
    Allí respondiera el moro,
    bien oiréis lo que decía:
    --Yo te la diré, señor,
    aunque me cueste la vida,
    porque soy hijo de un moro
    y una cristiana cautiva;
    siendo yo niño y muchacho
    mi madre me lo decía:
    que mentira no dijese,
    que era grande villanía:
    por tanto pregunta, rey,
    que la verdad te diría.
    --Yo te agradezco, Abenámar
    aquesa tu cortesía.
    ¿Qué castillos son aquellos?
    ¡Altos son y relucían!
    --El Alhambra era, señor,
    y la otra la mezquita;
    los otros los Alixares,
    labrados a maravilla.
    El moro que los labraba
    cien doblas ganaba al día,
    y el día que no los labra
    otras tantas se perdía.
    El otro es Generalife,
    huerta que par no tenía;
    el otro Torres Bermejas,
    castillo de gran valía.--
    Allí habló el rey don Juan,
    bien oiréis lo que decía:
    --Si tú quisieses, Granada,
    contigo me casaría;
    darete en arras y dote
    a Córdoba y a Sevilla.
    --Casada soy, rey don Juan,
    casada soy, que no viuda;
    el moro que a mí me tiene
    muy grande bien me quería.


_4. Romance del rey moro que perdió Alhama_

      Paseábase el rey moro
    por la ciudad de Granada,
    desde la puerta de Elvira
    hasta la de Vivarrambla.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Cartas le fueron venidas
    que Alhama era ganada:
    las cartas echó en el fuego,
    y al mensajero matara.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Descabalga de una mula,
    y en un caballo cabalga;
    por el Zacatín arriba
    subido se había al Alhambra.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Como en el Alhambra estuvo,
    al mismo punto mandaba
    que se toquen sus trompetas,
    sus añafiles de plata.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Y que las cajas de guerra
    apriesa toquen al arma,
    porque lo oigan sus moros,
    los de la Vega y Granada.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Los moros que el son oyeron
    que al sangriento Marte llama,
    uno a uno y dos a dos
    juntado se ha gran batalla.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Allí habló un moro viejo,
    de esta manera hablara:
    --¿Para qué nos llamas, rey,
    para qué es esta llamada?--
    «¡Ay de mi Alhama!»
    --Habéis de saber, amigos,
    una nueva desdichada:
    que cristianos de braveza
    ya nos han ganado Alhama.--
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Allí habló un alfaquí
    de barba crecida y cana:
    --¡Bien se te emplea, buen rey,
    buen rey, bien se te empleara!
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Mataste los Bencerrajes,
    que eran la flor de Granada;
    cogiste los tornadizos
    de Córdoba la nombrada.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Por eso mereces, rey,
    una pena muy doblada:
    que te pierdas tú y el reino,
    y aquí se pierda Granada.--
    «¡Ay de mi Alhama!»


_5. Romance de Rosa fresca_

      --Rosa fresca, rosa fresca,
    tan garrida y con amor,
    cuando vos tuve en mis brazos,
    no vos supe servir, no;
    y agora que os serviría
    no vos puedo haber, no.
    --Vuestra fue la culpa, amigo,
    vuestra fue, que mía no;
    enviástesme una carta
    con un vuestro servidor,
    y en lugar de recaudar
    él dijera otra razón:
    que érades casado, amigo,
    allá en tierras de León;
    que tenéis mujer hermosa
    y hijos como una flor.
    --Quien os lo dijo, señora,
    no vos dijo verdad, no;
    que yo nunca entré en Castilla
    ni allá en tierras de León,
    sino cuando era pequeño,
    que no sabía de amor.


_6. Romance de Fontefrida_

      Fonte-frida, fonte-frida,
    fonte-frida y con amor,
    do todas las avecicas
    van tomar consolación,
    si no es la tortolica
    que está viuda y con dolor.
    Por allí fuera a pasar
    el traidor del ruiseñor:
    las palabras que le dice
    llenas son de traïción:
    --Si tú quisieses, señora,
    yo sería tu servidor.
    --Vete de ahí, enemigo,
    malo, falso, engañador,
    que ni poso en ramo verde,
    ni en prado que tenga flor;
    que si el agua hallo clara,
    turbia la bebía yo;
    que no quiero haber marido,
    porque hijos no haya, no:
    no quiero placer con ellos,
    ni menos consolación.
    ¡Déjame, triste enemigo,
    malo, falso, mal traidor,
    que no quiero ser tu amiga,
    ni casar contigo, no!


_7. Romance de Blanca-niña_

      Blanca sois, señora mía,
    más que no el rayo del sol:
    ¿si la dormiré esta noche
    desarmado y sin pavor?
    que siete años había, siete,
    que no me desarmo, no.
    Más negras tengo mis carnes
    que un tiznado carbón.
    --Dormilda, señor, dormilda,
    desarmado sin temor,
    que el conde es ido a la caza
    a los montes de León.
    --Rabia le mate los perros,
    y águilas el su halcón,
    y del monte hasta casa
    a él arrastre el morón.--
    Ellos en aquesto estando
    su marido que llegó:
    --¿Qué hacéis, la Blanca-niña,
    hija de padre traidor?
    --Señor, peino mis cabellos,
    péinolos con gran dolor,
    que me dejéis a mi sola
    y a los montes os vais vos.
    --Esa palabra, la niña,
    no era sino traición:
    ¿cúyo es aquel caballo
    que allá bajo relinchó?
    --Señor, era de mi padre,
    y envióoslo para vos.
    --¿Cúyas son aquellas armas
    que están en el corredor?
    --Señor, eran de mi hermano,
    y hoy os las envió.
    --¿Cúya es aquella lanza,
    desde aquí la veo yo?
    --Tomalda, conde, tomalda,
    matadme con ella vos,
    que aquesta muerte, buen conde
    bien os la merezco yo.


_8. Romance del conde Arnaldos_

      ¡Quién hubiese tal ventura
    sobre las aguas del mar,
    como hubo el conde Arnaldos
    la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano
    la caza iba a cazar,
    vio venir una galera
    que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,
    la jarcia de un cendal,
    marinero que la manda
    diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,
    los vientos hace amainar,
    los peces que andan nel hondo
    arriba los hace andar,
    las aves que andan volando
    nel mástel las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,
    bien oiréis lo que dirá:
    --Por Dios te ruego, marinero,
    dígasme ora ese cantar.--
    Respondiole el marinero,
    tal respuesta le fue a dar:
    --Yo no digo esta canción
    sino a quien conmigo va.


_9. Romance de la hija del rey de Francia_

      De Francia partió la niña,
    de Francia la bien guarnida:
    íbase para París,
    do padre y madre tenía.
    Errado lleva el camino,
    errado lleva la guía:
    arrimárase a un roble
    por esperar compañía.
    Vio venir un caballero
    que a París lleva la guía.
    La niña desque lo vido
    de esta suerte le decía:
    --Si te place, caballero,
    llévesme en tu compañía.
    --Pláceme, dijo, señora,
    pláceme, dijo, mi vida.--
    Apeose del caballo
    por hacelle cortesía;
    puso la niña en las ancas
    y él subiérase en la silla.
    En el medio del camino
    de amores la requería.
    La niña desque lo oyera
    díjole con osadía:
    --Tate, tate, caballero,
    no hagáis tal villanía:
    hija soy de un malato
    y de una malatía;
    el hombre que a mí llegase
    malato se tornaría.--
    El caballero con temor
    palabra no respondía.
    A la entrada de París
    la niña se sonreía.
    --¿De qué vos reís, señora?
    ¿de qué vos reís, mi vida?
    --Ríome del caballero,
    y de su gran cobardía,
    ¡tener la niña en el campo
    y catarle cortesía!--
    Caballero con vergüenza
    estas palabras decía:
    --Vuelta, vuelta, mi señora,
    que una cosa se me olvida.--
    La niña como discreta
    dijo: --Yo no volvería,
    ni persona, aunque volviese,
    en mi cuerpo tocaría:
    hija soy del rey de Francia
    y de la reina Constantina,
    el hombre que a mí llegase,
    muy caro le costaría.


_10. Romance de doña Alda_

      En París está doña Alda
    la esposa de don Roldán,
    trescientas damas con ella
    para la acompañar:
    todas visten un vestido,
    todas calzan un calzar,
    todas comen a una mesa,
    todas comían de un pan,
    sino era doña Alda,
    que era la mayoral.
    Las ciento hilaban oro,
    las ciento tejen cendal,
    las ciento tañen instrumentos
    para doña Alda holgar.
    Al son de los instrumentos
    doña Alda adormido se ha:
    ensoñado había un sueño,
    un sueño de gran pesar.
    Recordó despavorida
    y con un pavor muy grand,
    los gritos daba tan grandes
    que se oían en la ciudad.
    Allí hablaron sus doncellas,
    bien oiréis lo que dirán:
    --¿Qué es aquesto, mi señora?
    ¿quién es el que os hizo mal?
    --Un sueño soñé, doncellas,
    que me ha dado gran pesar;
    que me veía en un monte
    en un desierto lugar:
    de so los montes muy altos
    un azor vide volar,
    tras dél viene una aguililla
    que lo ahinca muy mal.
    El azor con grande cuita
    metiose so mi brial;
    el aguililla con grande ira
    de allí lo iba a sacar;
    con las uñas lo despluma,
    con el pico lo deshaz.--
    Allí habló su camarera,
    bien oiréis lo que dirá:
    --Aquese sueño, señora,
    bien os lo entiendo soltar;
    el azor es vuestro esposo,
    que viene de allén la mar;
    el águila sedes vos,
    con la cual ha de casar,
    y aquel monte es la iglesia
    donde os han de velar.
    --Si así es, mi camarera,
    bien te lo entiendo pagar.--
    Otro día de mañana
    cartas de fuera le traen;
    tintas venían de dentro,
    de fuera escritas con sangre,
    que su Roldán era muerto
    en la caza de Roncesvalles.



GARCILASO DE LA VEGA


_11. Égloga primera_

_A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles_

SALICIO, NEMOROSO

      El dulce lamentar de dos pastores,
    Salicio juntamente y Nemoroso,
    He de cantar, sus quejas imitando;
    Cuyas ovejas al cantar sabroso
    Estaban muy atentas, los amores,
    De pacer olvidadas, escuchando.
    Tú, que ganaste obrando
    Un nombre en todo el mundo,
    Y un grado sin segundo,
    Agora estés atento, solo y dado
    Al ínclito gobierno del estado
    Albano; agora vuelto a la otra parte,
    Resplandeciente, armado,
    Representando en tierra el fiero Marte;
      Agora de cuidados enojosos
    Y de negocios libre, por ventura
    Andes a caza, el monte fatigando
    En ardiente jinete, que apresura
    El curso tras los ciervos temerosos,
    Que en vano su morir van dilatando;
    Espera, que en tornando
    A ser restituido
    Al ocio ya perdido,
    Luego verás ejercitar mi pluma
    Por la infinita innumerable suma
    De tus virtudes y famosas obras;
    Antes que me consuma,
    Faltando a ti, que a todo el mundo sobras.
      En tanto que este tiempo que adivino
    Viene a sacarme de la deuda un día,
    Que se debe a tu fama y a tu gloria;
    Que es deuda general, no solo mía,
    Mas de cualquier ingenio peregrino
    Que celebra lo digno de memoria;
    El árbol de vitoria
    Que ciñe estrechamente
    Tu gloriosa frente
    Dé lugar a la hiedra que se planta
    Debajo de tu sombra, y se levanta
    Poco a poco, arrimada a tus loores;
    Y en cuanto esto se canta,
    Escucha tú el cantar de mis pastores.
      Saliendo de las ondas encendido,
    Rayaba de los montes el altura
    El sol, cuando Salicio, recostado
    Al pie de una alta haya, en la verdura,
    Por donde una agua clara con sonido
    Atravesaba el fresco y verde prado;
    Él, con canto acordado
    Al rumor que sonaba
    Del agua que pasaba,
    Se quejaba tan dulce y blandamente
    Como si no estuviera de allí ausente
    La que de su dolor culpa tenía;
    Y así, como presente,
    Razonando con ella, le decía.

SALICIO

      --¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
    Y al encendido fuego en que me quemo
    Más helada que nieve, Galatea!
    Estoy muriendo, y aun la vida temo;
    Témola con razón, pues tú me dejas;
    Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
    Vergüenza he que me vea
    Ninguno en tal estado,
    De ti desamparado,
    Y de mí mismo yo me corro agora.
    ¿De un alma te desdeñas ser señora,
    Donde siempre moraste, no pudiendo
    Della salir un hora?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      El sol tiende los rayos de su lumbre
    Por montes y por valles, despertando
    Las aves y animales y la gente;
    Cuál por el aire claro va volando,
    Cuál por el verde valle o alta cumbre
    Paciendo va segura y libremente,
    Cuál con el sol presente
    Va de nuevo al oficio,
    Y al usado ejercicio
    Do su natura o menester le inclina.
    Siempre está en llanto esta ánima mezquina
    Cuando la sombra el mundo va cubriendo
    O la luz se avecina.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada,
    Sin mostrar un pequeño sentimiento
    De que por ti Salicio triste muera,
    Dejas llevar, desconocida, al viento
    El amor y la fe que ser guardada
    Eternamente solo a mí debiera?
    ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera,
    Pues ves desde tu altura
    Esta falsa perjura
    Causar la muerte de un estrecho amigo,
    No recibe del cielo algún castigo?
    Si en pago del amor yo estoy muriendo,
    ¿Qué hará el enemigo?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Por ti el silencio de la selva umbrosa,
    Por ti la esquividad y apartamiento
    Del solitario monte me agradaba;
    Por ti la verde yerba, el fresco viento,
    El blanco lirio y colorada rosa
    Y dulce primavera deseaba.
    ¡Ay, cuánto me engañaba!
    ¡Ay, cuán diferente era
    Y cuán de otra manera
    Lo que en tu falso pecho se escondía!
    Bien claro con su voz me lo decía
    La siniestra corneja, repitiendo
    La desventura mía.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
    Reputándolo yo por desvarío,
    Vi mi mal entre sueños, desdichado!
    Soñaba que en el tiempo del estío
    Llevaba, por pasar allí la siesta,
    A beber en el Tajo mi ganado;
    Y después de llegado,
    Sin saber de cuál arte,
    Por desusada parte
    Y por nuevo camino el agua se iba;
    Ardiendo yo con la calor estiva,
    El curso enajenado iba siguiendo
    Del agua fugitiva.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
    Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
    ¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
    Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
    ¿Cuál es el cuello que como en cadena
    De tus hermosos brazos anudaste?
    No hay corazón que baste,
    Aunque fuese de piedra,
    Viendo mi amada hiedra,
    De mí arrancada, en otro muro asida,
    Y mi parra en otro olmo entretejida,
    Que no se esté con llanto deshaciendo
    Hasta acabar la vida.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      ¿Qué no se esperará de aquí adelante,
    Por difícil que sea y por incierto?
    O ¿qué discordia no será juntada?
    Y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
    O qué de hoy más no temerá el amante,
    Siendo a todo materia por ti dada?
    Cuando tú enajenada
    De mí, cuitado, fuiste,
    Notable causa diste
    Y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,
    Que el más seguro tema con recelo
    Perder lo que estuviere poseyendo.
    Salid fuera sin duelo,
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Materia diste al mundo de esperanza
    De alcanzar lo imposible y no pensado,
    Y de hacer juntar lo diferente,
    Dando a quien diste el corazón malvado,
    Quitándolo de mí con tal mudanza
    Que siempre sonará de gente en gente.
    La cordera paciente
    Con el lobo hambriento
    Hará su ayuntamiento,
    Y con las simples aves sin ruido
    Harán las bravas sierpes ya su nido;
    Que mayor diferencia comprehendo
    De ti al que has escogido.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Siempre de nueva leche en el verano
    Y en el invierno abundo; en mi majada
    La manteca y el queso está sobrado;
    De mi cantar pues yo te vi agradada,
    Tanto, que no pudiera el mantuano
    Títiro ser de ti más alabado,
    No soy pues, bien mirado,
    Tan disforme ni feo;
    Que aun agora me veo
    En esta agua que corre clara y pura,
    Y cierto no trocara mi figura
    Con ese que de mí se está riendo;
    Trocara mi ventura.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
    ¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
    ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
    Si no tuvieras condición terrible,
    Siempre fuera tenido de ti en precio,
    Y no viera de ti este apartamiento.
    ¿No sabes que sin cuento
    Buscan en el estío
    Mis ovejas el frío
    De la sierra de Cuenca, y el gobierno
    Del abrigado Extremo en el invierno?
    Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
    Me estoy en llanto eterno!
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Con mi llorar las piedras enternecen
    Su natural dureza y la quebrantan,
    Los árboles parece que se inclinan,
    Las aves que me escuchan, cuando cantan,
    Con diferente voz se condolecen,
    Y mi morir cantando me adivinan.
    Las fieras que reclinan
    Su cuerpo fatigado,
    Dejan el sosegado
    Sueño por escuchar mi llanto triste.
    Tú sola contra mí te endureciste,
    Los ojos aun siquiera no volviendo
    A lo que tú hiciste.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.
      Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
    No dejes el lugar que tanto amaste;
    Que bien podrás venir de mí segura;
    Y dejaré el lugar do me dejaste;
    Ven, si por solo esto te detienes.
    Ves aquí un prado lleno de verdura,
    Ves aquí una espesura,
    Ves aquí una agua clara,
    En otro tiempo cara,
    A quien de ti con lágrimas me quejo.
    Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
    Al que todo mi bien quitarme puede;
    Que pues el bien le dejo,
    No es mucho que lugar también le quede.--
      Aquí dio fin a su cantar Salicio,
    Y suspirando en el postrero acento,
    Soltó de llanto una profunda vena.
    Queriendo el monte al grave sentimiento
    De aquel dolor en algo ser propicio,
    Con la pasada voz retumba y suena.
    La blanda Filomena,
    Casi como dolida
    Y a compasión movida,
    Dulcemente responde al son lloroso.
    Lo que cantó tras esto Nemoroso
    Decidlo vos, Pïérides; que tanto
    No puedo yo ni oso,
    Que siento enflaquecer mi débil canto.

NEMOROSO

      --Corrientes aguas, puras, cristalinas;
    Árboles que os estáis mirando en ellas,
    Verde prado de fresca sombra lleno,
    Aves que aquí sembráis vuestras querellas,
    Hiedra que por los árboles caminas,
    Torciendo el paso por su verde seno;
    Yo me vi tan ajeno
    Del grave mal que siento,
    Que de puro contento
    Con vuestra soledad me recreaba,
    Donde con dulce sueño reposaba,
    O con el pensamiento discurría
    Por donde no hallaba
    Sino memorias llenas de alegría;
      Y en este mismo valle, donde agora
    Me entristezco y me canso, en el reposo
    Estuve ya contento y descansado.
    ¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
    Acuérdome durmiendo aquí algún hora,
    Que despertando, a Elisa vi a mi lado.
    ¡Oh miserable hado!
    ¡Oh tela delicada
    Antes de tiempo dada
    A los agudos filos de la muerte!
    Más convenible fuera aquesta suerte
    A los cansados años de mi vida,
    Que es más que el hierro fuerte,
    Pues no la ha quebrantado tu partida.
      ¿Dó están agora aquellos claros ojos
    Que llevaban tras sí como colgada
    Mi ánima do quier que se volvían?
    ¿Dó está la blanca mano delicada,
    Llena de vencimientos y despojos
    Que de mí mis sentidos le ofrecían?
    Los cabellos que vían
    Con gran desprecio al oro,
    Como a menor tesoro
    ¿Adónde están? ¿Adónde el blanco pecho?
    ¿Dó la columna que el dorado techo
    Con presunción graciosa sostenía?
    Aquesto todo agora ya se encierra,
    Por desventura mía,
    En la fría, desierta y dura tierra.
      ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
    Cuando en aqueste valle al fresco viento
    Andábamos cogiendo tiernas flores,
    Que había de ver con largo apartamiento
    Venir el triste y solitario día
    Que diese amargo fin a mis amores?
    El cielo en mis dolores
    Cargó la mano tanto,
    Que a sempiterno llanto
    Y a triste soledad me ha condenado;
    Y lo que siento más es verme atado
    A la pesada vida y enojosa,
    Solo, desamparado,
    Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa.
      Después que nos dejaste, nunca pace
    En hartura el ganado ya, ni acude
    El campo al labrador con mano llena.
    No hay bien que en mal no se convierta y mude:
    La mala yerba al trigo ahoga, y nace
    En lugar suyo la infelice avena;
    La tierra, que de buena
    Gana nos producía
    Flores con que solía
    Quitar en solo vellas mil enojos,
    Produce agora en cambio estos abrojos,
    Ya de rigor de espinas intratable;
    Y yo hago con mis ojos
    Crecer, llorando, el fruto miserable.
      Como al partir del sol la sombra crece,
    Y en cayendo su rayo se levanta
    La negra escuridad que el mundo cubre,
    De do viene el temor que nos espanta,
    Y la medrosa forma en que se ofrece
    Aquello que la noche nos encubre,
    Hasta que el sol descubre
    Su luz pura y hermosa;
    Tal es la tenebrosa
    Noche de tu partir, en que he quedado
    De sombra y de temor atormentado,
    Hasta que muerte el tiempo determine
    Que a ver el deseado
    Sol de tu clara vista me encamine.
      Cual suele el ruiseñor con triste canto
    Quejarse, entre las hojas escondido,
    Del duro labrador, que cautamente
    Le despojó su caro y dulce nido
    De los tiernos hijuelos entre tanto
    Que del amado ramo estaba ausente,
    Y aquel dolor que siente
    Con diferencia tanta
    Por la dulce garganta
    Despide, y a su canto el aire suena,
    Y la callada noche no refrena
    Su lamentable oficio y sus querellas,
    Trayendo de su pena
    Al cielo por testigo y las estrellas;
      Desta manera suelto yo la rienda
    A mi dolor, y así me quejo en vano
    De la dureza de la muerte airada.
    Ella en mi corazón metió la mano,
    Y de allí me llevó mi dulce prenda;
    Que aquel era su nido y su morada.
    ¡Ay muerte arrebatada!
    Por ti me estoy quejando
    Al cielo y enojando
    Con importuno llanto al mundo todo:
    Tan desigual dolor no sufre modo.
    No me podrán quitar el dolorido
    Sentir, si ya del todo
    Primero no me quitan el sentido.
      Una parte guardé de tus cabellos,
    Elisa, envueltos en un blanco paño,
    Que nunca de mi seno se me apartan;
    Descójolos, y de un dolor tamaño
    Enternecerme siento, que sobre ellos
    Nunca mis ojos de llorar se hartan.
    Sin que de allí se partan,
    Con suspiros calientes,
    Más que la llama ardientes,
    Los enjugo del llanto, y de consuno
    Casi los paso y cuento uno a uno;
    Juntándolos, con un cordón los ato.
    Tras esto el importuno
    Dolor me deja descansar un rato.
      Mas luego a la memoria se me ofrece
    Aquella noche tenebrosa, escura,
    Que siempre aflige esta ánima mezquina
    Con la memoria de mi desventura.
    Verte presente agora me parece
    En aquel duro trance de Lucina,
    Y aquella voz divina,
    Con cuyo son y acentos
    A los airados vientos
    Pudieras amansar, que agora es muda,
    Me parece que oigo que a la cruda,
    Inexorable diosa demandabas
    En aquel paso ayuda;
    Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
      ¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
    ¿Íbate tanto en un pastor dormido?
    ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
    Que, conmovida a compasión, oído
    A los votos y lágrimas no dieras
    Por no ver hecha tierra tal belleza,
    O no ver la tristeza
    En que tu Nemoroso
    Queda, que su reposo
    Era seguir tu oficio, persiguiendo
    Las fieras por los montes, y ofreciendo
    A tus sagradas aras los despojos?
    ¿Y tú, ingrata, riendo
    Dejas morir mi bien ante mis ojos?
      Divina Elisa, pues agora el cielo
    Con inmortales pies pisas y mides,
    Y su mudanza ves, estando queda,
    ¿Por qué de mí te olvidas, y no pides
    Que se apresure el tiempo en que este velo
    Rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
    Y en la tercera rueda
    Contigo mano a mano
    Busquemos otro llano,
    Busquemos otros montes y otros ríos,
    Otros valles floridos y sombríos,
    Donde descanse y siempre pueda verte
    Ante los ojos míos,
    Sin miedo y sobresalto de perderte?--
      Nunca pusieran fin al triste lloro
    Los pastores, ni fueran acabadas
    Las canciones que solo el monte oía,
    Si mirando las nubes coloradas,
    Al trasmontar del sol bordadas de oro,
    No vieran que era ya pasado el día.
    La sombra se veía
    Venir corriendo apriesa
    Ya por la falda espesa
    Del altísimo monte, y recordando
    Ambos como de sueño, y acabando
    El fugitivo sol, de luz escaso,
    Su ganado llevando,
    Se fueron recogiendo paso a paso.


_12. A la flor de Gnido_

      Si de mi baja lira
    Tanto pudiese el son, que en un momento
    Aplacase la ira
    Del animoso viento,
    Y la furia del mar y el movimiento;
      Y en ásperas montañas
    Con el suave canto enterneciese
    Las fieras alimañas,
    Los árboles moviese,
    Y al son confusamente los trajese;
      No pienses que cantado
    Sería de mí, hermosa flor de Gnido,
    El fiero Marte airado,
    A muerte convertido,
    De polvo y sangre y de sudor teñido;
      Ni aquellos capitanes
    En las sublimes ruedas colocados,
    Por quien los alemanes
    El fiero cuello atados,
    Y los franceses van domesticados.
      Mas solamente aquella
    Fuerza de tu beldad sería cantada,
    Y alguna vez con ella
    También sería notada
    El aspereza de que estás armada;
      Y cómo por ti sola,
    Y por tu gran valor y hermosura,
    Convertido en viola,
    Llora su desventura
    El miserable amante en tu figura.
      Hablo de aquel cativo,
    De quien tener se debe más cuidado,
    Que está muriendo vivo,
    Al remo condenado,
    En la concha de Venus amarrado.
      Por ti, como solía,
    Del áspero caballo no corrige
    La furia y gallardía,
    Ni con freno le rige,
    Ni con vivas espuelas ya le aflige.
      Por ti, con diestra mano
    No revuelve la espada presurosa,
    Y en el dudoso llano
    Huye la polvorosa
    Palestra como sierpe ponzoñosa.
      Por ti, su blanda musa,
    En lugar de la cítara sonante,
    Tristes querellas usa,
    Que con llanto abundante
    Hacen bañar el rostro del amante.
      Por ti, el mayor amigo
    Le es importuno, grave y enojoso;
    Yo puedo ser testigo
    Que ya del peligroso
    Naufragio fui su puerto y su reposo.
      Y agora en tal manera
    Vence el dolor a la razón perdida,
    Que ponzoñosa fiera
    Nunca fue aborrecida
    Tanto como yo dél, ni tan temida.
      No fuiste tú engendrada
    Ni producida de la dura tierra;
    No debe ser notada
    Que ingratamente yerra
    Quien todo el otro error de sí destierra.
      Hágate temerosa
    El caso de Anaxárete, y cobarde,
    Que de ser desdeñosa
    Se arrepintió muy tarde;
    Y así, su alma con su mármol arde.
      Estábase alegrando
    Del mal ajeno el pecho empedernido,
    Cuando abajo mirando
    El cuerpo muerto vido
    Del miserable amante, allí tendido.
      Y al cuello el lazo atado,
    Con que desenlazó de la cadena
    El corazón cuitado,
    Que con su breve pena
    Compró la eterna punición ajena.
      Sintió allí convertirse
    En piedad amorosa el aspereza.
    ¡Oh tarde arrepentirse!
    ¡Oh última terneza!
    ¿Cómo te sucedió mayor dureza?
      Los ojos se enclavaron
    En el tendido cuerpo que allí vieron,
    Los huesos se tornaron
    Más duros y crecieron,
    Y en sí toda la carne convirtieron;
      Las entrañas heladas
    Tornaron poco a poco en piedra dura;
    Por las venas cuitadas
    La sangre su figura
    Iba desconociendo y su natura;
      Hasta que finalmente
    En duro mármol vuelta y trasformada,
    Hizo de sí la gente
    No tan maravillada
    Cuanto de aquella ingratitud vengada.
      No quieras tú, señora,
    De Némesis airada las saetas
    Probar, por Dios, agora;
    Baste que tus perfetas
    Obras y hermosura a los poetas
      Den inmortal materia,
    Sin que también en verso lamentable
    Celebren la miseria
    De algún caso notable
    Que por ti pase triste y miserable.



GUTIERRE DE CETINA


_13. Madrigal_

      Ojos claros, serenos,
    Si de un dulce mirar sois alabados,
    ¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
    Si cuando más piadosos,
    Más bellos parecéis a aquel que os mira,
    No me miréis con ira,
    Porque no parezcáis menos hermosos.
    ¡Ay tormentos rabiosos!
    Ojos claros, serenos,
    Ya que así me miráis, miradme al menos.



FRAY LUIS DE LEÓN


_14. Vida retirada_

      ¡Qué descansada vida
    la del que huye el mundanal ruïdo,
    y sigue la escondida
    senda por donde han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido!
      Que no le enturbia el pecho
    de los soberbios grandes el estado,
    ni del dorado techo
    se admira, fabricado
    del sabio moro, en jaspes sustentado.
      No cura si la fama
    canta con voz su nombre pregonera,
    ni cura si encarama
    la lengua lisonjera
    lo que condena la verdad sincera.
      ¿Qué presta a mi contento
    si soy del vano dedo señalado,
    si en busca de este viento
    ando desalentado
    con ansias vivas, y mortal cuidado?
      ¡Oh campo, oh monte, oh río!
    ¡oh secreto seguro deleitoso!
    roto casi el navío,
    a vuestro almo reposo
    huyo de aqueste mar tempestuoso.
      Un no rompido sueño,
    un día puro, alegre, libre quiero;
    no quiero ver el ceño
    vanamente severo
    de quien la sangre ensalza o el dinero.
      Despiértenme las aves
    con su cantar süave no aprendido,
    no los cuidados graves
    de que es siempre seguido
    quien al ajeno arbitrio está atenido.
      Vivir quiero conmigo,
    gozar quiero del bien que debo al cielo,
    a solas sin testigo
    libre de amor, de celo,
    de odio, de esperanzas, de recelo.
      Del monte en la ladera
    por mi mano plantado tengo un huerto
    que con la primavera
    de bella flor cubierto
    ya muestra en esperanza el fruto cierto.
      Y como codiciosa
    de ver y acrecentar su hermosura,
    desde la cumbre airosa
    una fontana pura
    hasta llegar corriendo se apresura.
      Y luego sosegada
    el paso entre los árboles torciendo,
    el suelo de pasada
    de verdura vistiendo,
    y con diversas flores va esparciendo.
      El aire el huerto orea,
    y ofrece mil olores al sentido,
    los árboles menea
    con un manso ruido
    que del oro y del cetro pone olvido.
      Ténganse su tesoro
    los que de un flaco leño se confían:
    no es mío ver el lloro
    de los que desconfían
    cuando el cierzo y el ábrego porfían.
      La combatida antena
    cruje, y en ciega noche el claro día
    se torna, al cielo suena
    confusa vocería,
    y la mar enriquecen a porfía.
      A mí una pobrecilla
    mesa de amable paz bien abastada
    me baste, y la vajilla
    de fino oro labrada
    sea de quien la mar no teme airada.
      Y mientras miserable-
    mente se están los otros abrasando
    en sed insaciable
    del no durable mando,
    tendido yo a la sombra esté cantando.
      A la sombra tendido
    de yedra y lauro eterno coronado,
    puesto el atento oído
    al son dulce acordado
    del plectro sabiamente meneado.


_15. A Francisco Salinas_

      El aire se serena
    y viste de hermosura y luz no usada,
    Salinas, cuando suena
    la música extremada
    por vuestra sabia mano gobernada.
      A cuyo son divino
    mi alma que en olvido está sumida,
    torna a cobrar el tino,
    y memoria perdida
    de su origen primera esclarecida.
      Y como se conoce,
    en suerte y pensamientos se mejora;
    el oro desconoce
    que el vulgo ciego adora,
    la belleza caduca engañadora.
      Traspasa el aire todo
    hasta llegar a la más alta esfera,
    y oye allí otro modo
    de no perecedera
    música, que es de todas la primera.
      Ve cómo el gran maestro
    a aquesta inmensa cítara aplicado,
    con movimiento diestro
    produce el son sagrado
    con que este eterno templo es sustentado.
      Y como está compuesta
    de números concordes, luego envía
    consonante respuesta,
    y entrambas a porfía
    mezclan una dulcísima armonía.
      Aquí la alma navega
    por un mar de dulzura, y finalmente
    en él así se anega,
    que ningún accidente
    extraño o peregrino oye o siente.
      ¡Oh desmayo dichoso!
    ¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido!
    ¡durase en tu reposo
    sin ser restituido
    jamás a aqueste bajo y vil sentido!
      A este bien os llamo,
    gloria del Apolíneo sacro coro,
    amigos, a quien amo
    sobre todo tesoro;
    que todo lo demás es triste lloro.
      ¡Oh! suene de contino,
    Salinas, vuestro son en mis oídos,
    por quien al bien divino
    despiertan los sentidos,
    quedando a lo demás amortecidos.


_16. A Felipe Ruiz_

      ¿Cuándo será que pueda
    libre de esta prisión volar al cielo,
    Felipe, y en la rueda
    que huye más del suelo,
    contemplar la verdad pura sin velo?
      Allí a mi vida junto
    en luz resplandeciente convertido,
    veré distinto y junto
    lo que es y lo que ha sido,
    y su principio propio y escondido.
      Entonces veré cómo
    el divino poder echó el cimiento
    tan a nivel y plomo,
    do estable eterno asiento
    posee el pesadísimo elemento.
      Veré las inmortales
    columnas do la tierra está fundada,
    las lindes y señales
    con que a la mar airada
    la Providencia tiene aprisionada.
     Por qué tiembla la tierra,
    por qué las hondas mares se embravecen,
    dó sale a mover guerra
    el cierzo, y por qué crecen
    las aguas del Océano y descrecen.
      De dó manan las fuentes;
    quién ceba, y quién bastece de los ríos
    las perpetuas corrientes;
    de los helados fríos
    veré las causas, y de los estíos.
      Las soberanas aguas
    del aire en la región quién las sostiene;
    de los rayos las fraguas;
    dó los tesoros tiene
    de nieve Dios, y el trueno dónde viene.
      ¿No ves cuando acontece
    turbarse el aire todo en el verano?
    el día se ennegrece,
    sopla el gallego insano,
    y sube hasta el cielo el polvo vano;
      Y entre las nubes mueve
    su carro Dios ligero y reluciente,
    horrible son conmueve,
    relumbra fuego ardiente,
    treme la tierra, humíllase la gente.
      La lluvia baña el techo,
    envían largos ríos los collados;
    su trabajo deshecho,
    los campos anegados
    miran los labradores espantados.
      Y de allí levantado
    veré los movimientos celestiales,
    así el arrebatado
    como los naturales,
    las causas de los hados, las señales.
      Quién rige las estrellas
    veré, y quién las enciende con hermosas
    y eficaces centellas;
    por qué están las dos osas,
    de bañarse en el mar siempre medrosas.
      Veré este fuego eterno
    fuente de vida y luz dó se mantiene;
    y por qué en el invierno
    tan presuroso viene,
    por qué en las noches largas se detiene.
      Veré sin movimiento
    en la más alta esfera las moradas
    del gozo y del contento,
    de oro y luz labradas,
    de espíritus dichosos habitadas.


_17. Noche serena_

      Cuando contemplo el cielo
    de innumerables luces adornado,
    y miro hacia el suelo
    de noche rodeado,
    en sueño y en olvido sepultado:
      El amor y la pena
    despiertan en mi pecho una ansia ardiente;
    despiden larga vena
    los ojos hechos fuente;
    la lengua dice al fin con voz doliente:
      Morada de grandeza,
    templo de claridad y hermosura,
    mi alma que a tu alteza
    nació, ¿qué desventura
    la tiene en esta cárcel baja, oscura?
      ¿Qué mortal desatino
    de la verdad aleja así el sentido,
    que de tu bien divino
    olvidado, perdido
    sigue la vana sombra, el bien fingido?
      El hombre está entregado
    al sueño, de su suerte no cuidando,
    y con paso callado
    el cielo vueltas dando
    las horas del vivir le va hurtando.
      ¡Ay! despertad, mortales;
    mirad con atención en vuestro daño;
    ¿las almas inmortales
    hechas a bien tamaño
    podrán vivir de sombra y solo engaño?
      ¡Ay! levantad los ojos
    a aquesta celestial eterna esfera,
    burlaréis los antojos
    de aquesa lisonjera
    vida, con cuanto teme y cuanto espera.
      ¿Es más que un breve punto
    el bajo y torpe suelo, comparado
    a aqueste gran trasunto,
    do vive mejorado
    lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
      Quien mira el gran concierto
    de aquestos resplandores eternales,
    su movimiento cierto,
    sus pasos desiguales,
    y en proporción concorde tan iguales:
      La luna cómo mueve
    la plateada rueda, y va en pos de ella
    la luz do el saber llueve,
    y la graciosa estrella
    de amor le sigue reluciente y bella:
      Y cómo otro camino
    prosigue el sanguinoso Marte airado,
    y el Júpiter benino
    de bienes mil cercado
    serena el cielo con su rayo amado:
      Rodéase en la cumbre
    Saturno, padre de los siglos de oro,
    tras él la muchedumbre
    del reluciente coro
    su luz va repartiendo y su tesoro:
      ¿Quién es el que esto mira,
    y precia la bajeza de la tierra,
    y no gime y suspira
    por romper lo que encierra
    el alma, y de estos bienes la destierra?
      Aquí vive el contento,
    aquí reina la paz: aquí asentado
    en rico y alto asiento
    está al amor sagrado
    de honra y de deleites rodeado.
      Inmensa hermosura
    aquí se muestra toda; y resplandece
    clarísima luz pura,
    que jamás anochece;
    eterna primavera aquí florece.
      ¡Oh campos verdaderos!
    ¡oh prados con verdad frescos y amenos!
    ¡riquísimos mineros!
    ¡Oh deleitosos senos!
    ¡repuestos valles de mil bienes llenos!


_18. Morada del cielo_

      Alma región luciente,
    prado de bienandanza, que ni al hielo
    ni con el rayo ardiente
    falleces, fértil suelo
    producidor eterno de consuelo:
      De púrpura y de nieve
    florida la cabeza coronado,
    a dulces pastos mueve
    sin honda ni cayado,
    el buen Pastor en ti su hato amado.
      Él va, y en pos dichosas
    le siguen sus ovejas, do las pace
    con inmortales rosas,
    con flor que siempre nace,
    y cuanto más se goza más renace.
      Ya dentro a la montaña
    del alto bien las guía; ya en la vena
    del gozo fiel las baña,
    y les da mesa llena,
    pastor y pasto él solo, y suerte buena.
      Y de su esfera cuando
    la cumbre toca altísimo subido
    el sol, él sesteando
    de su hato ceñido
    con dulce son deleita el santo oído.
      Toca el rabel sonoro,
    y el inmortal dulzor al alma pasa,
    con que envilece el oro,
    y ardiendo se traspasa
    y lanza en aquel bien libre de tasa.
      ¡Oh son, oh voz, siquiera
    pequeña parte alguna descendiese
    en mi sentido, y fuera
    de sí el alma pusiese
    y toda en ti, oh amor, la convirtiese!
      Conocería dónde
    sesteas, dulce Esposo, y desatada
    de esta prisión a donde
    padece, a tu manada
    junta, no ya andará perdida, errada.


_19. En la Ascensión_

      ¡Y dejas, Pastor santo,
    tu grey en este valle hondo, escuro,
    con soledad y llanto,
    y tú rompiendo el puro
    aire, te vas al inmortal seguro!
      ¿Los antes bienhadados,
    y los agora tristes y afligidos,
    a tus pechos criados,
    de Ti desposeídos,
    a dó convertirán ya sus sentidos?
      ¿Qué mirarán los ojos
    que vieron de tu rostro la hermosura,
    que no les sea enojos?
    quien oyó tu dulzura,
    ¿qué no tendrá por sordo y desventura?
      Aqueste mar turbado
    ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
    al viento fiero airado?
    estando tú encubierto
    ¿qué norte guiará la nave al puerto?
      ¡Ay! nube envidïosa
    aun de este breve gozo ¿qué te aquejas?
    ¿dó vuelas presurosa?
    ¡cuán rica tú te alejas!
    ¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!


_20. Imitación de diversos_

      Vuestra tirana exención
    y ese vuestro cuello erguido
    estoy cierto que Cupido
    pondrá en dura sujeción.
    Vivid esquiva y exenta;
    que a mi cuenta
    vos serviréis al amor
    cuando de vuestro dolor
    ninguno quiera hacer cuenta.
      Cuando la dorada cumbre
    fuere de nieve esparcida,
    y las dos luces de vida
    recogieren ya su lumbre:
    cuando la ruga enojosa
    en la hermosa
    frente y cara se mostrare,
    y el tiempo que vuela helare
    esa fresca y linda rosa:
      Cuando os viéredes perdida,
    os perderéis por querer,
    sentiréis que es padecer
    querer y no ser querida.
    Diréis con dolor, Señora,
    cada hora:
    ¡quién tuviera, ay sin ventura,
    o agora aquella hermosura
    o antes el amor de agora!
      A mil gentes que agraviadas
    tenéis con vuestra porfía,
    dejaréis en aquel día
    alegres y bien vengadas.
    Y por mil partes volando
    publicando
    el amor irá este cuento,
    para aviso y escarmiento
    de quien huye de su bando.
      ¡Ay! por Dios, Señora bella,
    mirad por vos, mientras dura
    esa flor graciosa y pura,
    que el no gozalla es perdella,
    y pues no menos discreta
    y perfeta
    sois que bella y desdeñosa,
    mirad que ninguna cosa
    hay que a amor no esté sujeta.
      El amor gobierna el cielo
    con ley dulce eternamente,
    ¿y pensáis vos ser valiente
    contra él acá en el suelo?
    Da movimiento y viveza
    a belleza
    el amor, y es dulce vida;
    y la suerte más valida
    sin él es triste pobreza.
      ¿Qué vale el beber en oro,
    el vestir seda y brocado,
    el techo rico labrado,
    los montones de tesoro?
    ¿Y qué vale si a derecho
    os da pecho
    el mundo todo y adora,
    si a la fin dormís, Señora,
    en el solo y frío lecho?


_21. Soneto_

      Agora con la aurora se levanta
    mi luz, agora coge en rico ñudo
    el hermoso cabello, agora el crudo
    pecho ciñe con oro, y la garganta.
      Agora vuelta al cielo pura y santa
    las manos y ojos bellos alza, y pudo
    dolerse agora de mi mal agudo;
    agora incomparable tañe y canta.
      Ansí digo, y del dulce error llevado,
    presente ante mis ojos la imagino,
    y lleno de humildad y amor la adoro.
      Mas luego vuelve en sí el engañado
    ánimo, y conociendo el desatino,
    la rienda suelta largamente al lloro.



SAN JUAN DE LA CRUZ


_22. Cántico espiritual entre el alma y Cristo su Esposo_

ESPOSA

      ¿Adónde te escondiste,
    Amado, y me dejaste con gemido?
    Como el ciervo huiste,
    Habiéndome herido;
    Salí tras ti clamando, y ya eras ido.
      Pastores, los que fuerdes
    Allá por las majadas al otero,
    Si por ventura vierdes
    Aquel que yo más quiero
    Decidle que adolezco, peno y muero.
      Buscando mis amores,
    Iré por esos montes y riberas,
    Ni cogeré las flores,
    Ni temeré las fieras,
    Y pasaré los fuertes y fronteras.
      ¡Oh bosques y espesuras,
    Plantadas por la mano del Amado,
    Oh prado de verduras,
    De flores esmaltado,
    Decid si por vosotros ha pasado!

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

      Mil gracias derramando
    Pasó por estos sotos con presura,
    Y, yéndolos mirando,
    Con sola su figura
    Vestidos los dejó de su hermosura.

ESPOSA

      ¡Ay, quién podrá sanarme!
    Acaba de entregarte ya de vero,
    No quieras enviarme
    De hoy ya más mensajero,
    Que no saben decirme lo que quiero.
      Y todos cuantos vagan,
    De ti me van mil gracias refiriendo,
    Y todos más me llagan,
    Y déjame muriendo
    Un no sé qué que quedan balbuciendo.
      Mas ¿cómo perseveras,
    Oh vida, no viviendo donde vives,
    Y haciendo porque mueras
    Las flechas que recibes,
    De lo que del Amado en ti concibes?
      ¿Por qué, pues has llagado
    A aqueste corazón, no le sanaste?
    Y pues me le has robado,
    ¿Por qué así lo dejaste,
    Y no tomas el robo que robaste?
      Apaga mis enojos,
    Pues que ninguno basta a deshacellos,
    Y véante mis ojos,
    Pues eres lumbre de ellos
    Y solo para ti quiero tenellos.
      Descubre tu presencia,
    Y máteme tu vista y hermosura:
    Mira que la dolencia
    De amor, que no se cura
    Sino con la presencia y la figura.
      ¡Oh cristalina fuente,
    Si en esos tus semblantes plateados
    Formases de repente
    Los ojos deseados
    Que tengo en mis entrañas dibujados!
      Apártalos, Amado,
    Que voy de vuelo.

ESPOSO

                      Vuélvete, paloma,
    Que el ciervo vulnerado
    Por el otero asoma,
    Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

ESPOSA

      Mi amado, las montañas,
    Los valles solitarios nemorosos,
    Las ínsulas extrañas,
    Los ríos sonorosos,
    El silbo de los aires amorosos.
      La noche sosegada,
    En par de los levantes de la aurora,
    La música callada,
    La soledad sonora,
    La cena, que recrea y enamora.
      Cazadnos las raposas,
    Que está ya florecida nuestra viña,
    En tanto que de rosas
    Hacemos una piña,
    Y no parezca nadie en la montiña.
      Detente, Cierzo muerto:
    Ven, Austro, que recuerdas los amores,
    Aspira por mi huerto,
    Y corran tus olores,
    Y pacerá el Amado entre las flores.
      Oh ninfas de Judea,
    En tanto que en las flores y rosales
    El ámbar perfumea,
    Morá en los arrabales,
    Y no queráis tocar nuestros umbrales.
      Escóndete, Carillo,
    Y mira con tu haz a las montañas,
    Y no quieras decillo;
    Mas mira las compañas
    De la que va por ínsulas extrañas.

ESPOSO

      A las aves ligeras,
    Leones, ciervos, gamos saltadores,
    Montes, valles, riberas,
    Aguas, aires, ardores,
    Y miedos de las noches veladores,
      Por las amenas liras
    Y cantos de sirenas os conjuro
    Que cesen vuestras iras,
    Y no toquéis al muro,
    Porque la Esposa duerma más seguro.
      Entrádose ha la Esposa
    En el ameno huerto deseado,
    Y a su sabor reposa,
    El cuello reclinado
    Sobre los dulces brazos del Amado.
      Debajo del manzano
    Allí conmigo fuiste desposada,
    Allí te di la mano,
    Y fuiste reparada
    Donde tu madre fuera violada.

ESPOSA

      Nuestro lecho florido,
    De cuevas de leones enlazado,
    En púrpura teñido,
    De paz edificado,
    De mil escudos de oro coronado.
      A zaga de tu huella
    Los jóvenes discurren el camino,
    Al toque de centella,
    Al adobado vino,
    Emisiones de bálsamo divino.
      En la interior bodega
    De mi amado bebí, y cuando salía
    Por toda aquesta vega,
    Ya cosa no sabía
    Y el ganado perdí que antes seguía.
      Allí me dio su pecho,
    Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
    Y yo le di de hecho
    A mí, sin dejar cosa,
    Allí le prometí de ser su esposa.
      Mi alma se ha empleado
    Y todo mi caudal en su servicio.
    Ya no guardo ganado,
    Ni ya tengo otro oficio:
    Que ya solo en amar es mi ejercicio.
      Pues ya si en el ejido
    De hoy más no fuere vista ni hallada,
    Diréis que me he perdido,
    Que andando enamorada
    Me hice perdidiza, y fui ganada.
      De flores y esmeraldas
    En las frescas mañanas escogidas,
    Haremos las guirnaldas,
    En tu amor florecidas,
    Y en un cabello mío entretejidas.
      En solo aquel cabello
    Que en mi cuello volar consideraste,
    Mirástele en mi cuello,
    Y en él preso quedaste,
    Y en uno de mis ojos te llagaste.
      Cuando tú me mirabas,
    Su gracia en mí tus ojos imprimían;
    Por eso me adamabas,
    Y en eso merecían
    Los míos adorar lo que en ti vían.
      No quieras despreciarme,
    Que si color moreno en mí hallaste
    Ya bien puedes mirarme,
    Después que me miraste,
    Que gracia y hermosura en mí dejaste.

ESPOSO

      La blanca palomica
    Al arca con el ramo se ha tornado,
    Y ya la tortolica
    Al socio deseado
    En las riberas verdes ha hallado.
      En soledad vivía,
    Y en soledad ha puesto ya su nido,
    Y en soledad la guía
    A solas su querido,
    También en soledad de amor herido.

ESPOSA

      Gocémonos, Amado,
    Y vámonos a ver en tu hermosura
    Al monte y al collado,
    Do mana el agua pura;
    Entremos más adentro en la espesura.
      Y luego a las subidas
    Cavernas de las piedras nos iremos,
    Que están bien escondidas,
    Y allí nos entraremos,
    Y el mosto de granadas gustaremos.
      Allí me mostrarías
    Aquello que mi alma pretendía,
    Y luego me darías
    Allí tú, vida mía,
    Aquello que me diste el otro día.
      El aspirar del aire,
    El canto de la dulce Filomena,
    El soto y su donaire,
    En la noche serena
    Con llama que consume y no da pena.
      Que nadie lo miraba,
    Aminadab tampoco parecía,
    Y el cerco sosegaba,
    Y la caballería
    A vista de las aguas descendía.



ANÓNIMO


_23._

      No me mueve, mi Dios, para quererte
    El cielo que me tienes prometido,
    Ni me mueve el infierno tan temido
    Para dejar por eso de ofenderte.
      Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
    Clavado en una cruz y escarnecido;
    Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
    Muévenme tus afrentas y tu muerte.
      Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
    Que aunque no hubiera cielo, yo te amara.
    Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
      No me tienes que dar porque te quiera;
    Pues aunque lo que espero no esperara,
    Lo mismo que te quiero te quisiera.



FRANCISCO DE LA TORRE


_24. La cierva_

      Doliente cierva, que el herido lado
    De ponzoñosa y cruda yerba lleno,
    Buscas el agua de la fuente pura,
    Con el cansado aliento y con el seno
    Bello de la corriente sangre hinchado,
    Débil y decaída tu hermosura:
    ¡Ay! que la mano dura
    Que tu nevado pecho
    Ha puesto en tal estrecho,
    Gozosa va con tu desdicha, cuando
    Cierva mortal, viviendo, estás penando
    Tu desangrado y dulce compañero,
    El regalado y blando
    Pecho pasado del veloz montero:
      Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde
    Queda muerto tu amor, en vano dando
    Términos desdichados a tu suerte.
    Morirás en su seno, reclinando
    La beldad, que la cruda mano esconde
    Delante de la nube de la muerte.
    Que el paso duro y fuerte,
    Ya forzoso y terrible,
    No puede ser posible
    Que le escusen los cielos, permitiendo
    Crudos astros que muera padeciendo
    Las asechanzas de un montero crudo,
    Que te vino siguiendo
    Por los desiertos de este campo mudo.
      Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente
    Muerte, que en tu sangriento pecho llevas,
    Del crudo amor vencido y maltratado:
    Tú con el fatigado aliento pruebas
    A rendir el espíritu doliente
    En la corriente de este valle amado.
    Que el ciervo desangrado,
    Que contigo la vida
    Tuvo por bien perdida,
    No fue tan poco de tu amor querido,
    Que habiendo tan cruelmente padecido,
    Quieras vivir sin él, cuando pudieras
    Librar el pecho herido
    De crudas llagas y memorias fieras.
      Cuando por la espesura deste prado
    Como tórtolas solas y queridas,
    Solos y acompañados anduvistes:
    Cuando de verde mirto y de floridas
    Violetas, tierno acanto y lauro amado,
    Vuestras frentes bellísimas ceñistes:
    Cuando las horas tristes,
    Ausentes y queridos,
    Con mil mustios bramidos
    Ensordecistes la ribera umbrosa
    Del claro Tajo, rica y venturosa
    Con vuestro bien, con vuestro mal sentida;
    Cuya muerte penosa
    No deja rastro de contenta vida.
      Agora el uno, cuerpo muerto lleno
    De desdén y de espanto, quien solía
    Ser ornamento de la selva umbrosa:
    Tú, quebrantada y mustia, al agonía
    De la muerte rendida, el bello seno
    Agonizando, el alma congojosa:
    Cuya muerte gloriosa,
    En los ojos de aquellos
    Cuyos despojos bellos
    Son victorias del crudo amor furioso,
    Martirio fue de amor, triunfo glorioso
    Con que corona y premia dos amantes
    Que del siempre rabioso
    Trance mortal salieron muy triunfantes.
      Canción, fábula un tiempo, y caso agora
    De una cierva doliente, que la dura
    Flecha del cazador dejó sin vida,
    Errad por la espesura
    Del monte, que de gloria tan perdida
    No hay sino lamentar su desventura.



GIL POLO


_25. Canción_

      En el campo venturoso,
    Donde con clara corriente
    Guadalaviar hermoso
    Dejando el suelo abundoso
    Da tributo al mar potente;
      Galatea, desdeñosa
    Del dolor que a Licio daña,
    Iba alegre y bulliciosa
    Por la ribera arenosa
    Que el mar con sus ondas baña,
      Entre la arena cogiendo
    Conchas y piedras pintadas,
    Muchos cantares diciendo
    Con el son del ronco estruendo
    De las ondas alteradas:
      Junto el agua se ponía,
    Y las ondas aguardaba,
    Y en verlas llegar huía;
    Pero a veces no podía
    Y el blanco pie se mojaba.
      Licio, al cual en sufrimiento
    Amador ninguno iguala,
    Suspendió allí su tormento
    Mientras miraba el contento
    De su pulida zagala.
      Mas cotejando su mal
    Con el gozo que ella había
    El fatigado zagal
    Con voz amarga y mortal
    De esta manera decía:
      Ninfa hermosa, no te vea
    Jugar con el mar horrendo;
    Y aunque más placer te sea,
    Huye del mar, Galatea,
    Como estás de Licio huyendo.
      Deja ahora de jugar,
    Que me es dolor importuno:
    No me hagas más penar,
    Que en verte cerca del mar
    Tengo celos de Neptuno.
      Causa mi triste cuidado
    Que a mi pensamiento crea:
    Porque ya está averiguado
    Que si no es tu enamorado
    Lo será cuando te vea.
      Y está cierto, porque amor
    Sabe desde que me hirió,
    Que para pena mayor
    Me falta un competidor
    Más poderoso que yo.
      Deja la seca ribera,
    Do está el alga infructuosa:
    Guarda que no salga afuera
    Alguna marina fiera
    Enroscada y escamosa.
      Huye ya, y mira que siento
    Por ti dolores sobrados;
    Porque con doble tormento
    Celos me da tu contento
    Y tu peligro cuidados.
      En verte regocijada
    Celos me hacen acordar
    De Europa, ninfa preciada,
    Del toro blanco engañada
    En la ribera del mar.
      Y el ordinario cuidado
    Hace que piense contino
    De aquel desdeñoso alnado,
    Orilla el mar arrastrado,
    Visto aquel monstruo marino.
      Mas no veo en ti temor
    De congoja y pena tanta;
    Que bien sé por mi dolor
    Que a quien no teme al amor
    Ningún peligro le espanta.
      Guarte pues de un gran cuidado:
    Que el vengativo Cupido
    Viéndose menospreciado,
    Lo que no hace de grado,
    Suele hacerlo de ofendido.
      Ven conmigo al bosque ameno,
    Y al apacible sombrío
    De olorosas flores lleno,
    Do en el día más sereno
    No es enojoso el Estío.
      Si el agua te es placentera,
    Hay allí fuente tan bella,
    Que para ser la primera
    Entre todas, solo espera
    Que tú te laves en ella.
      En aqueste raso suelo
    A guardar tu hermosa cara
    No basta sombrero o velo;
    Que estando al abierto cielo
    El sol morena te para.
      No escuchas dulces concentos,
    Sino el espantoso estruendo
    Con que los bravosos vientos
    Con soberbios movimientos
    Van las aguas revolviendo.
      Y tras la fortuna fiera
    Son las vistas más suaves
    Ver llegar a la ribera
    La destrozada madera
    De las anegadas naves.
      Ven a la dulce floresta,
    Do natura no fue escasa:
    Donde haciendo alegre fiesta
    La más calorosa siesta
    Con más deleite se pasa.
      Huye los soberbios mares;
    Ven, verás cómo cantamos
    Tan deleitosos cantares
    Que los más duros pesares
    Suspendemos y engañamos;
      Y aunque quien pasa dolores,
    Amor le fuerza a cantarlos,
    Yo haré que los pastores
    No digan cantos de amores,
    Porque huelgues de escucharlos.
      Allí, por bosques y prados,
    Podrás leer todas horas,
    En mil robles señalados
    Los nombres más celebrados
    De las ninfas y pastoras.
      Mas serate cosa triste
    Ver tu nombre allí pintado,
    En saber que escrita fuiste
    Por el que siempre tuviste
    De tu memoria borrado.
      Y aunque mucho estés airada,
    No creo yo que te asombre
    Tanto el verte allí pintada,
    Como el ver que eres amada
    Del que allí escribió tu nombre.
      No ser querida y amar
    Fuera triste desplacer;
    Mas ¿qué tormento o pesar
    Te puede, Ninfa, causar
    Ser querida y no querer?
      Mas desprecia cuanto quieras
    A tu pastor, Galatea;
    Solo que en estas riberas
    Cerca de las ondas fieras
    Con mis ojos no te vea.
      ¿Qué pasatiempo mejor
    Orilla el mar puede hallarse
    Que escuchar el ruiseñor,
    Coger la olorosa flor
    Y en clara fuente lavarse?
      Pluguiera a Dios que gozaras
    De nuestro campo y ribera,
    Y porque más lo preciaras,
    Ojalá tú lo probaras,
    Antes que yo lo dijera.
      Porque cuanto alabo aquí
    De su crédito lo quito;
    Pues el contentarme a mí
    Bastará para que a ti
    No te venga en apetito.
      Licio mucho más le hablara,
    Y tenía más que hablalle,
    Si ella no se lo estorbara,
    Que con desdeñosa cara
    Al triste dice que calle.
      Volvió a sus juegos la fiera
    Y a sus llantos el pastor,
    Y de la misma manera
    Ella queda en la ribera,
    Y él en su mismo dolor.



FERNANDO DE HERRERA


_26. Por la victoria de Lepanto_

      Cantemos al Señor, que en la llanura
    Venció del ancho mar al Trace fiero;
    Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
    Salud y gloria nuestra.
    Tú rompiste las fuerzas y la dura
    Frente de Faraón, feroz guerrero;
    Sus escogidos príncipes cubrieron
    Los abismos del mar, y descendieron,
    Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
    Los tragó, como arista seca el fuego.
      El soberbio tirano, confiado
    En el grande aparato de sus naves,
    Que de los nuestros la cerviz cautiva
    Y las manos aviva
    Al ministerio injusto de su estado,
    Derribó con los brazos suyos graves
    Los cedros más excelsos de la cima
    Y el árbol que más yerto se sublima,
    Bebiendo ajenas aguas y atrevido
    Pisando el bando nuestro y defendido.
      Temblaron los pequeños, confundidos
    Del impío furor suyo; alzó la frente
    Contra ti, Señor Dios, y con semblante
    Y con pecho arrogante,
    Y los armados brazos extendidos,
    Movió el airado cuello aquel potente;
    Cercó su corazón de ardiente saña
    Contra las dos Hesperias, que el mar baña,
    Porque en ti confiadas le resisten
    Y de armas de tu fe y amor se visten.
      Dijo aquel insolente y desdeñoso:
    «¿No conocen mis iras estas tierras,
    Y de mis padres los ilustres hechos,
    O valieron sus pechos
    Contra ellos con el húngaro medroso,
    Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
    ¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
    Pudo salvar los de Austria y los germanos?
    ¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
    Guardallos de mi diestra vencedora?
      »Su Roma, temerosa y humillada,
    Los cánticos en lágrimas convierte;
    Ella y sus hijos tristes mi ira esperan
    Cuando vencidos mueran;
    Francia está con discordia quebrantada,
    Y en España amenaza horrible muerte
    Quien honra de la luna las banderas;
    Y aquellas en la guerra gentes fieras
    Ocupadas están en su defensa,
    Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?
      »Los poderosos pueblos me obedecen,
    Y el cuello con su daño al yugo inclinan,
    Y me dan por salvarse ya la mano.
    Y su valor es vano;
    Que sus luces cayendo se oscurecen,
    Sus fuertes a la muerte ya caminan,
    Sus vírgenes están en cautiverio,
    Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
    Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,
    Cuanto el sol alto mira todo es mío.»
      Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
    Usurpe quien su fuerza osado estima,
    Prevaleciendo en vanidad y en ira,
    Este soberbio mira,
    Que tus aras afea en su vitoria.
    No dejes que los tuyos así oprima,
    Y en su cuerpo, cruel, las fieras cebe,
    Y en su esparcida sangre el odio pruebe;
    Que hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde
    El Dios de estos está? ¿De quién se asconde?»
      Por la debida gloria de tu nombre,
    Por la justa venganza de tu gente,
    Por aquel de los míseros gemido,
    Vuelve el brazo tendido
    Contra este, que aborrece ya ser hombre;
    Y las honras que celas tú consiente;
    Y tres y cuatro veces el castigo
    Esfuerza con rigor a tu enemigo,
    Y la injuria a tu nombre cometida
    Sea el hierro contrario de su vida.
      Levantó la cabeza el poderoso
    Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
    Juntó el consejo, y contra nos pensaron
    Los que en él se hallaron.
    «Venid, dijeron, y en el mar ondoso
    Hagamos de su sangre un grande lago;
    Deshagamos a estos de la gente,
    Y el nombre de su Cristo juntamente,
    Y dividiendo de ellos los despojos,
    Hártense en muerte suya nuestros ojos.»
      Vinieron de Asia y portentoso Egito
    Los árabes y leves africanos,
    Y los que Grecia junta mal con ellos,
    Con los erguidos cuellos,
    Con gran poder y número infinito;
    Y prometer osaron con sus manos
    Encender nuestros fines y dar muerte
    A nuestra juventud con hierro fuerte,
    Nuestros niños prender y las doncellas,
    Y la gloria manchar y la luz dellas.
      Ocuparon del piélago los senos,
    Puesta en silencio y en temor la tierra,
    Y cesaron los nuestros valerosos,
    Y callaron dudosos,
    Hasta que al fiero ardor de sarracenos
    El Señor eligiendo nueva guerra,
    Se opuso el joven de Austria generoso
    Con el claro español y belicoso;
    Que Dios no sufre ya en Babel cautiva
    Que su Sion querida siempre viva.
      Cual león a la presa apercibido,
    Sin recelo los impíos esperaban
    A los que tú, Señor, eras escudo;
    Que el corazón desnudo
    De pavor, y de amor y fe vestido,
    Con celestial aliento confiaban.
    Sus manos a la guerra compusiste,
    Y sus brazos fortísimos pusiste
    Como el arco acerado, y con la espada
    Vibraste en su favor la diestra armada.
      Turbáronse los grandes, los robustos
    Rindiéronse temblando y desmayaron;
    Y tú entregaste, Dios, como la rueda,
    Como la arista queda
    Al ímpetu del viento, a estos injustos,
    Que mil huyendo de uno se pasmaron.
    Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
    En las espesas cumbres se derrama,
    Tal en tu ira y tempestad seguiste
    Y su faz de ignominia convertiste.
      Quebrantaste al cruel dragón, cortando
    Las alas de su cuerpo temerosas
    Y sus brazos terribles no vencidos;
    Que con hondos gemidos
    Se retira a su cueva, do silbando
    Tiembla con sus culebras venenosas,
    Lleno de miedo torpe sus entrañas,
    De tu león temiendo las hazañas;
    Que, saliendo de España, dio un rugido
    Que lo dejó asombrado y aturdido.
      Hoy se vieron los ojos humillados
    Del sublime varón y su grandeza,
    Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;
    Que tu día es llegado,
    Señor de los ejércitos armados,
    Sobre la alta cerviz y su dureza,
    Sobre derechos cedros y extendidos,
    Sobre empinados montes y crecidos,
    Sobre torres y muros, y las naves
    De Tiro, que a los tuyos fueron graves.
      Babilonia y Egito amedrentada
    Temerá el fuego y la asta violenta,
    Y el humo subirá a la luz del cielo,
    Y faltos de consuelo,
    Con rostro oscuro y soledad turbada
    Tus enemigos llorarán su afrenta.
    Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza
    Egicia y gloria de su confianza,
    Triste que a ella pareces, no temiendo
    A Dios y a tu remedio no atendiendo,
      ¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste
    En adulterio infame a una impía gente,
    Que deseaba profanar tus frutos,
    Y con ojos enjutos
    Sus odiosos pasos imitaste,
    Su aborrecida vida y mal presente?
    Dios vengará sus iras en tu muerte;
    Que llega a tu cerviz con diestra fuerte
    La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,
    Reprimirá su mano desatada?
      Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
    Que en tus naves estabas gloriosa,
    Y el término espantabas de la tierra,
    Y si hacías guerra,
    De temor la cubrías con suspiro
    ¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?
    ¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?
    Dios, para convertir tu gloria en llanto
    Y derribar tus ínclitos y fuertes
    Te hizo perecer con tantas muertes.
      Llorad, naves del mar; que es destruïda
    Vuestra vana soberbia y pensamiento.
    ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
    Tú, que sigues la luna,
    Asia adúltera, en vicios sumergida?
    ¿Quien mostrará un liviano sentimiento?
    ¿Quién rogará por ti?   Que a Dios enciende
    Tu ira y la arrogancia que te ofende,
    Y tus viejos delitos y mudanza
    Han vuelto contra ti a pedir venganza.
      Los que vieron tus brazos quebrantados
    Y de tus pinos ir el mar desnudo,
    Que sus ondas turbaron y llanura,
    Viendo tu muerte oscura,
    Dirán, de tus estragos espantados:
    ¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
    El Señor, que mostró su fuerte mano
    Por la fe de su príncipe cristiano
    Y por el nombre santo de su gloria,
    A su España concede esta vitoria.
      Bendita, Señor, sea tu grandeza;
    Que después de los daños padecidos,
    Después de nuestras culpas y castigo,
    Rompiste al enemigo
    De la antigua soberbia la dureza.
    Adórente, Señor, tus escogidos,
    Confiese cuanto cerca el ancho cielo
    Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!
    Y la cerviz rebelde, condenada,
    Perezca en bravas llamas abrasada.


_27. Por la pérdida del rey don Sebastián_

      Voz de dolor y canto de gemido
    Y espíritu de miedo, envuelto en ira,
    Hagan principio acerbo a la memoria
    De aquel día fatal, aborrecido,
    Que Lusitania mísera suspira,
    Desnuda de valor, falta de gloria;
    Y la llorosa historia
    Asombre con horror funesto y triste
    Desde el áfrico Atlante y seno ardiente
    Hasta do el mar de otro color se viste,
    Y do el límite rojo de oriente
    Y todas sus vencidas gentes fieras
    Ven tremolar de Cristo las banderas.
      ¡Ay de los que pasaron, confiados
    En sus caballos y en la muchedumbre
    De sus carros, en ti, Libia desierta,
    Y en su vigor y fuerzas engañados,
    No alzaron su esperanza a aquella cumbre
    De eterna luz, mas con soberbia cierta
    Se ofrecieron la incierta
    Vitoria, y sin volver a Dios sus ojos,
    Con yerto cuello y corazón ufano
    Solo atendieron siempre a los despojos!
    Y el Santo de Israel abrió su mano,
    Y los dejó, y cayó en despeñadero
    El carro, y el caballo y caballero.
      Vino el día crüel, el día lleno
    De indignación, de ira y furor, que puso
    En soledad y en un profundo llanto,
    De gente y de placer el reino ajeno.
    El cielo no alumbró, quedó confuso
    El nuevo sol, presagio de mal tanto,
    Y con terrible espanto
    El Señor visitó sobre sus males,
    Para humillar los fuertes arrogantes,
    Y levantó los bárbaros no iguales,
    Que con osados pechos y constantes
    No busquen oro, mas con hierro airado
    La ofensa venguen y el error culpado.
      Los impíos y robustos, indinados,
    Las ardientes espadas desnudaron
    Sobre la claridad y hermosura
    De tu gloria y valor, y no cansados
    En tu muerte, tu honor todo afearon,
    Mezquina Lusitania sin ventura;
    Y con frente segura
    Rompieron sin temor con fiero estrago
    Tus armadas escuadras y braveza.
    La arena se tornó sangriento lago,
    La llanura con muertos aspereza;
    Cayó en unos vigor, cayó denuedo;
    Mas en otros desmayo y torpe miedo.
      ¿Son estos por ventura los famosos,
    Los fuertes, los belígeros varones
    Que conturbaron con furor la tierra,
    Que sacudieron reinos poderosos,
    Que domaron las hórridas naciones,
    Que pusieron desierto en cruda guerra
    Cuanto el mar Indo encierra,
    Y soberbias ciudades destruyeron?
    ¿Dó el corazón seguro y la osadía?
    ¿Cómo así se acabaron, y perdieron
    Tanto heroico valor en solo un día;
    Y lejos de su patria derribados,
    No fueron justamente sepultados?
      Tales ya fueron estos, cual hermoso
    Cedro del alto Líbano, vestido
    De ramos, hojas, con excelsa alteza;
    Las aguas lo criaron poderoso
    Sobre empinados árboles crecido,
    Y se multiplicaron en grandeza
    Sus ramos con belleza;
    Y extendiendo su sombra, se anidaron
    Las aves que sustenta el grande cielo,
    Y en sus hojas las fieras engendraron,
    Y hizo a mucha gente umbroso velo;
    No igualó en celsitud y en hermosura
    Jamás árbol alguno a su figura.
      Pero elevose con su verde cima,
    Y sublimó la presunción su pecho,
    Desvanecido todo y confiado,
    Haciendo de su alteza solo estima.
    Por eso Dios lo derribó deshecho,
    A los impíos y ajenos entregado,
    Por la raíz cortado;
    Que opreso de los montes arrojados,
    Sin ramos y sin hojas y desnudo,
    Huyeron dél los hombres, espantados,
    Que su sombra tuvieron por escudo;
    En su ruina y ramos cuantas fueron
    Las aves y las fieras se pusieron.
      Tú, infanda Libia, en cuya seca arena
    Murió el vencido reino lusitano,
    Y se acabó su generosa gloria,
    No estés alegre y de ufanía llena;
    Porque tu temerosa y flaca mano
    Hubo sin esperanza tal vitoria,
    Indina de memoria;
    Que si el justo dolor mueve a venganza
    Alguna vez el español coraje,
    Despedazada con aguda lanza,
    Compensarás muriendo el hecho ultraje;
    Y Luco amedrentado, al mar inmenso
    Pagará de africana sangre el censo.



DON JUAN DE ARGUIJO


_28. Al Guadalquivir, en una avenida_

      Tú, a quien ofrece el apartado polo,
    Hasta donde tu nombre se dilata,
    Preciosos dones de luciente plata,
    Que envidia el rico Tajo y el Pactolo;
      Para cuya corona, como a solo
    Rey de los ríos, entreteje y ata
    Palas su oliva con la rama ingrata
    Que contempla en tus márgenes Apolo;
      Claro Guadalquivir, si impetuoso
    Con crespas ondas y mayor corriente
    Cubrieres nuestros campos mal seguros,
      De la mejor ciudad, por quien famoso
    Alzas igual al mar la altiva frente,
    Respeta humilde los antiguos muros.


_29. La tempestad y la calma_

      Yo vi del rojo sol la luz serena
    Turbarse, y que en un punto desparece
    Su alegre faz, y en torno se oscurece
    El cielo con tiniebla de horror llena.
      El austro proceloso airado suena,
    Crece su furia, y la tormenta crece,
    Y en los hombros de Atlante se estremece
    El alto olimpo y con espanto truena;
      Mas luego vi romperse el negro velo
    Deshecho en agua, y a su luz primera
    Restituirse alegre el claro día,
      Y de nuevo esplendor ornado el cielo
    Miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera
    Igual mudanza a la fortuna mía?


_30. La avaricia_

      Castiga el cielo a Tántalo inhumano,
    Que en impía mesa su rigor provoca,
    Medir queriendo en competencia loca
    Saber divino con engaño humano.
      Agua en las aguas busca, y con la mano
    El árbol fugitivo casi toca;
    Huye el copioso Erídano a su boca,
    Y en vez de fruta toca el aire vano.
      Tú, que espantado de su pena, admiras
    Que el cercano manjar en largo ayuno
    Al gusto falte y a la vida sobre,
      ¿Cómo de muchos Tántalos no miras
    Ejemplo igual? Y si codicias uno,
    Mira el avaro, en sus riquezas pobre.


_31._

      En segura pobreza vive Eumelo
    Con dulce libertad, y le mantienen
    Las simples aves, que engañadas vienen
    A los lazos y liga sin recelo.
      Por mejor suerte no importuna al cielo,
    Ni se muestra envidioso a la que tienen
    Los que con ansia de subir sostienen
    En flacas alas el incierto vuelo.
      Muerte tras luengos años no le espanta,
    Ni la recibe con indigna queja,
    Mas con sosiego grato y faz amiga.
      Al fin, muriendo con pobreza tanta,
    Ricos juzga sus hijos, pues les deja
    La libertad, las aves y la liga.



BALTASAR DEL ALCÁZAR


_32. Una cena_

      En Jaén, donde resido,
    Vive don Lope de Sosa,
    Y direte, Inés, la cosa
    Más brava de él que has oído.
      Tenía este caballero
    Un criado portugués...
    Pero cenemos, Inés,
    Si te parece, primero.
      La mesa tenemos puesta,
    Lo que se ha de cenar junto,
    Las tazas del vino a punto,
    Falta comenzar la fiesta.
      Comience el vinillo nuevo,
    Y échole la bendición;
    Yo tengo por devoción
    De santiguar lo que bebo.
      Franco fue, Inés, este toque;
    Pero arrójame la bota:
    Vale un florín cada gota
    De aqueste vinillo aloque.
      ¿De qué taberna se trajo?
    Mas ya... de la del Castillo;
    Diez y seis vale el cuartillo,
    No tiene vino más bajo.
      Por nuestro Señor, que es mina
    La taberna de Alcocer;
    Grande consuelo es tener
    La taberna por vecina.
      Si es o no invención moderna,
    Vive Dios que no lo sé,
    Pero delicada fue
    La invención de la taberna.
      Porque allí llego sediento,
    Pido vino de lo nuevo,
    Mídenlo, dánmelo, bebo,
    Págolo y voyme contento.
      Esto, Inés, ello se alaba,
    No es menester alaballo;
    Solo una falta le hallo,
    Que con la priesa se acaba.
      La ensalada y salpicón
    Hizo fin: ¿qué viene ahora?
    La morcilla, ¡oh gran señora,
    Digna de veneración!
      ¡Qué oronda viene y qué bella!
    ¡Qué través y enjundia tiene!
    Paréceme, Inés, que viene
    Para que demos en ella.
      Pues sus, encójase y entre,
    Que es algo estrecho el camino.
    No eches agua, Inés, al vino;
    No se escandalice el vientre.
      Echa de lo tras añejo,
    Porque con más gusto comas;
    Dios te guarde, que así tomas,
    Como sabia, mi consejo.
      Mas di, ¿no adoras y precias
    La morcilla ilustre y rica?
    ¡Cómo la traidora pica!
    Tal debe tener especias.
      ¡Qué llena está de piñones!
    Morcilla de cortesanos,
    Y asada por esas manos,
    Hechas a cebar lechones.
      El corazón me revienta
    De placer; no sé de ti.
    ¿Cómo te va? Yo por mí
    Sospecho que estás contenta.
      Alegre estoy, vive Dios;
    Mas oye un punto sutil:
    ¿No pusiste allí un candil?
    ¿Cómo me parecen dos?
      Pero son preguntas viles;
    Ya sé lo que puede ser:
    Con este negro beber
    Se acrecientan los candiles.
      Probemos lo del pichel,
    Alto licor celestial;
    No es el aloquillo tal,
    Ni tiene que ver con él.
      ¡Qué suavidad! ¡qué clareza!
    ¡Qué rancio gusto y olor!
    ¡Qué paladar! ¡qué color!
    ¡Todo con tanta fineza!
      Mas el queso sale a plaza,
    La moradilla va entrando,
    Y ambos vienen preguntando
    Por el pichel y la taza.
      Prueba el queso, que es extremo,
    El de Pinto no le iguala;
    Pues la aceituna no es mala,
    Bien puede bogar su remo.
      Haz pues, Inés, lo que sueles,
    Daca de la bota llena
    Seis tragos; hecha es la cena,
    Levántense los manteles.
      Ya que, Inés, hemos cenado
    Tan bien y con tanto gusto,
    Parece que será justo
    Volver al cuento pasado.
      Pues sabrás, Inés hermana,
    Que el portugués cayó enfermo...
    Las once dan, yo me duermo;
    Quédese para mañana.



FRANCISCO DE RIOJA


_33. A la rosa_

      Pura, encendida rosa,
    Émula de la llama
    Que sale con el día,
    ¿Cómo naces tan llena de alegría
    Si sabes que la edad que te da el cielo
    Es apenas un breve y veloz vuelo?
    Y no valdrán las puntas de tu rama
    Ni tu púrpura hermosa
    A detener un punto
    La ejecución del hado presurosa.
    El mismo cerco alado,
    Que estoy viendo riente,
    Ya temo amortiguado,
    Presto despojo de la llama ardiente.
    Para las hojas de tu crespo seno
    Te dio Amor de sus alas blandas plumas,
    Y oro de su cabello dio a tu frente.
    ¡Oh fiel imagen suya peregrina!
    Bañote en su color sangre divina
    De la deidad que dieron las espumas;
    Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo
    Hacer menos violento el rayo agudo?
    Róbate en una hora,
    Róbate licencioso su ardimiento
    El color y el aliento;
    Tiendes aun no las alas abrasadas,
    Y ya vuelan al suelo desmayadas.
    Tan cerca, tan unida
    Está al morir tu vida,
    Que dudo si en sus lágrimas la aurora
    Mustia tu nacimiento o muerte llora.



RODRIGO CARO


_34. A las ruinas de Itálica_

      Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora
    Campos de soledad, mustio collado,
    Fueron un tiempo Itálica famosa;
    Aquí de Cipión la vencedora
    Colonia fue; por tierra derribado
    Yace el temido honor de la espantosa
    Muralla, y lastimosa
    Reliquia es solamente
    De su invencible gente.
    Solo quedan memorias funerales
    Donde erraron ya sombras de alto ejemplo;
    Este llano fue plaza, allí fue templo;
    De todo apenas quedan las señales.
    Del gimnasio y las termas regaladas
    Leves vuelan cenizas desdichadas;
    Las torres que desprecio al aire fueron
    A su gran pesadumbre se rindieron.
      Este despedazado anfiteatro,
    Impío honor de los dioses, cuya afrenta
    Publica el amarillo jaramago,
    Ya reducido a trágico teatro,
    ¡Oh fábula del tiempo! representa
    Cuánta fue su grandeza y es su estrago.
    ¿Cómo en el cerco vago
    De su desierta arena
    El gran pueblo no suena?
    ¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo
    Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?
    Todo despareció, cambió la suerte
    Voces alegres en silencio mudo;
    Mas aun el tiempo da en estos despojos
    Espectáculos fieros a los ojos,
    Y miran tan confuso lo presente
    Que voces de dolor el alma siente.
      Aquí nació aquel rayo de la guerra,
    Gran padre de la patria, honor de España,
    Pío, felice, triunfador Trajano,
    Ante quien muda se postró la tierra
    Que ve del sol la cuna y la que baña
    El mar, también vencido, gaditano.
    Aquí de Elio Adriano,
    De Teodosio divino,
    De Silio peregrino
    Rodaron de marfil y oro las cunas.
    Aquí ya de laurel, ya de jazmines
    Coronados los vieron los jardines,
    Que ahora son zarzales y lagunas.
    La casa para el César fabricada
    ¡Ay! yace de lagartos vil morada;
    Casas, jardines, césares murieron,
    Y aun las piedras que de ellos se escribieron.
      Fabio, si tú no lloras, pon atenta
    La vista en luengas calles destruïdas;
    Mira mármoles y arcos destrozados,
    Mira estatuas soberbias que violenta
    Némesis derribó, yacer tendidas,
    Y ya en alto silencio sepultados
    Sus dueños celebrados.
    Así a Troya figuro,
    Así a su antiguo muro,
    Y a ti, Roma, a quien queda el nombre apenas,
    ¡Oh patria de los dioses y los reyes!
    Y a ti, a quien no valieron justas leyes,
    Fábrica de Minerva, sabia Atenas,
    Emulación ayer de las edades,
    Hoy cenizas, hoy vastas soledades,
    Que no os respetó el hado, no la muerte,
    ¡Ay! ni por sabia a ti, ni a ti por fuerte.
      Mas ¿para qué la mente se derrama
    En buscar al dolor nuevo argumento?
    Basta ejemplo menor, basta el presente,
    Que aun se ve el humo aquí, se ve la llama,
    Aun se oyen llantos hoy, hoy ronco acento;
    Tal genio o religión fuerza la mente
    De la vecina gente,
    Que refiere admirada
    Que en la noche callada
    Una voz triste se oye, que, llorando
    _Cayó Itálica_ dice, y lastimosa,
    Eco reclama _Itálica_ en la hojosa
    Selva que se le opone, resonando
    _Itálica_, y el claro nombre oído
    De _Itálica_, renuevan el gemido
    Mil sombras nobles de su gran ruina;
    ¡Tanto aun la plebe a sentimiento inclina!
      Esta corta piedad que, agradecido
    Huésped, a tus sagrados manes debo,
    Les do y consagro, _Itálica_ famosa.
    Tú, si lloroso don han admitido
    Las ingratas cenizas, de que llevo
    Dulce noticia asaz, si lastimosa,
    Permíteme, piadosa
    Usura a tierno llanto,
    Que vea el cuerpo santo
    De Geroncio, tu mártir y prelado.
    Muestra de su sepulcro algunas señas,
    Y cavaré con lágrimas las peñas
    Que ocultan su sarcófago sagrado;
    Pero mal pido el único consuelo
    De todo el bien que airado quitó el cielo.
    Goza en las tuyas sus reliquias bellas
    Para envidia del mundo y sus estrellas.



ANÓNIMO SEVILLANO

(Probablemente Fernández de Andrada)


_35. Epístola moral_

      Fabio, las esperanzas cortesanas
    Prisiones son do el ambicioso muere
    Y donde al más astuto nacen canas.
      El que no las limare o las rompiere,
    Ni el nombre de varón ha merecido,
    Ni subir al honor que pretendiere.
      El ánimo plebeyo y abatido
    Elija, en sus intentos temeroso,
    Primero estar suspenso que caído;
      Que el corazón entero y generoso
    Al caso adverso inclinará la frente
    Antes que la rodilla al poderoso.
      Más triunfos, más coronas dio al prudente
    Que supo retirarse, la fortuna,
    Que al que esperó obstinada y locamente.
      Esta invasión terrible e importuna
    De contrarios sucesos nos espera
    Desde el primer sollozo de la cuna.
      Dejémosla pasar como a la fiera
    Corriente del gran Betis, cuando airado
    Dilata hasta los montes su ribera.
      Aquel entre los héroes es contado
    Que el premio mereció, no quien le alcanza
    Por vanas consecuencias del estado.
      Peculio propio es ya de la privanza
    Cuanto de Astrea fue, cuanto regía
    Con su temida espada y su balanza.
      El oro, la maldad, la tiranía
    Del inicuo procede y pasa al bueno.
    ¿Qué espera la virtud o qué confía?
      Ven y reposa en el materno seno
    De la antigua Romúlea, cuyo clima
    Te será más humano y más sereno.
      Adonde por lo menos, cuando oprima
    Nuestro cuerpo la tierra, dirá alguno;
    «Blanda le sea», al derramarla encima;
      Donde no dejarás la mesa ayuno
    Cuando te falte en ella el pece raro
    O cuando su pavón nos niegue Juno.
      Busca pues el sosiego dulce y caro,
    Como en la obscura noche del Egeo
    Busca el piloto el eminente faro;
      Que si acortas y ciñes tu deseo
    Dirás: «Lo que desprecio he conseguido;
    Que la opinión vulgar es devaneo.»
      Más precia el ruiseñor su pobre nido
    De pluma y leves pajas, más sus quejas
    En el bosque repuesto y escondido,
      Que halagar lisonjero las orejas
    De algún príncipe insigne; aprisionado
    En el metal de las doradas rejas.
      Triste de aquel que vive destinado
    A esa antigua colonia de los vicios,
    Augur de los semblantes del privado.
      Cese el ansia y la sed de los oficios;
    Que acepta el don y burla del intento
    El ídolo a quien haces sacrificios.
      Iguala con la vida el pensamiento,
    Y no le pasarás de hoy a mañana,
    Ni quizá de un momento a otro momento.
      Casi no tienes ni una sombra vana
    De nuestra antigua Itálica, y ¿esperas?
    ¡Oh error perpetuo de la suerte humana!
      Las enseñas grecianas, las banderas
    Del senado y romana monarquía
    Murieron, y pasaron sus carreras.
      ¿Qué es nuestra vida más que un breve día
    Do apena sale el sol cuando se pierde
    En las tinieblas de la noche fría?
      ¿Qué más que el heno, a la mañana verde,
    Seco a la tarde? ¡Oh ciego desvarío!
    ¿Será que de este sueño me recuerde?
      ¿Será que pueda ver que me desvío
    De la vida viviendo, y que está unida
    La cauta muerte al simple vivir mío?
      Como los ríos, que en veloz corrida
    Se llevan a la mar, tal soy llevado
    Al último suspiro de mi vida.
      De la pasada edad ¿qué me ha quedado?
    O ¿qué tengo yo, a dicha, en la que espero,
    Sin ninguna noticia de mi hado?
      ¡Oh, si acabase, viendo cómo muero,
    De aprender a morir antes que llegue
    Aquel forzoso término postrero;
      Antes que aquesta mies inútil siegue
    De la severa muerte dura mano,
    Y a la común materia se la entregue!
      Pasáronse las flores del verano,
    El otoño pasó con sus racimos,
    Pasó el invierno con sus nieves cano;
      Las hojas que en las altas selvas vimos
    Cayeron, ¡y nosotros a porfía
    En nuestro engaño inmóviles vivimos!
      Temamos al Señor que nos envía
    Las espigas del año y la hartura,
    Y la temprana pluvia y la tardía.
      No imitemos la tierra siempre dura
    A las aguas del cielo y al arado,
    Ni la vid cuyo fruto no madura.
      ¿Piensas acaso tú que fue criado
    El varón para rayo de la guerra,
    Para surcar el piélago salado,
      Para medir el orbe de la tierra
    Y el cerco donde el sol siempre camina?
    ¡Oh, quien así lo entiende, cuánto yerra!
      Esta nuestra porción, alta y divina,
    A mayores acciones es llamada
    Y en más nobles objetos se termina.
      Así aquella que al hombre solo es dada,
    Sacra razón y pura, me despierta,
    De esplendor y de rayos coronada;
      Y en la fría región dura y desierta
    De aqueste pecho enciende nueva llama,
    Y la luz vuelve a arder que estaba muerta.
      Quiero, Fabio, seguir a quien me llama,
    Y callado pasar entre la gente,
    Que no afecto los nombres ni la fama.
      El soberbio tirano del Oriente
    Que maciza las torres de cien codos
    Del cándido metal puro y luciente
      Apenas puede ya comprar los modos
    Del pecar; la virtud es más barata,
    Ella consigo mesma ruega a todos.
      ¡Pobre de aquel que corre y se dilata
    Por cuantos son los climas y los mares,
    Perseguidor del oro y de la plata!
      Un ángulo me basta entre mis lares,
    Un libro y un amigo, un sueño breve,
    Que no perturben deudas ni pesares.
      Esto tan solamente es cuanto debe
    Naturaleza al simple y al discreto,
    Y algún manjar común, honesto y leve.
      No, porque así te escribo, hagas conceto
    Que pongo la virtud en ejercicio:
    Que aun esto fue difícil a Epiteto.
      Basta al que empieza aborrecer el vicio,
    Y el ánimo enseñar a ser modesto;
    Después le será el cielo más propicio.
      Despreciar el deleite no es supuesto
    De sólida virtud; que aun el vicioso
    En sí propio le nota de molesto.
      Mas no podrás negarme cuán forzoso
    Este camino sea al alto asiento,
    Morada de la paz y del reposo.
      No sazona la fruta en un momento
    Aquella inteligencia que mensura
    La duración de todo a su talento.
      Flor la vimos primero hermosa y pura,
    Luego materia acerba y desabrida,
    Y perfecta después, dulce y madura;
      Tal la humana prudencia es bien que mida
    Y dispense y comparta las acciones
    Que han de ser compañeras de la vida.
      No quiera Dios que imite estos varones
    Que moran nuestras plazas macilentos,
    De la virtud infames histriones;
      Esos inmundos trágicos, atentos
    Al aplauso común, cuyas entrañas
    Son infaustos y oscuros monumentos.
      ¡Cuán callada que pasa las montañas
    El aura, respirando mansamente!
    ¡Qué gárrula y sonante por las cañas!
      ¡Qué muda la virtud por el prudente!
    ¡Qué redundante y llena de ruïdo
    Por el vano, ambicioso y aparente!
      Quiero imitar al pueblo en el vestido,
    En las costumbres solo a los mejores,
    Sin presumir de roto y mal ceñido.
      No resplandezca el oro y los colores
    En nuestro traje, ni tampoco sea
    Igual al de los dóricos cantores.
      Una mediana vida yo posea,
    Un estilo común y moderado,
    Que no lo note nadie que lo vea.
      En el plebeyo barro mal tostado
    Hubo ya quien bebió tan ambicioso
    Como en el vaso Múrino preciado;
      Y alguno tan ilustre y generoso
    Que usó, como si fuera plata neta,
    Del cristal transparente y luminoso.
      Sin la templanza ¿viste tú perfeta
    Alguna cosa? ¡Oh muerte! ven callada,
    Como sueles venir en la saeta,
      No en la tonante máquina preñada
    De fuego y de rumor; que no es mi puerta
    De doblados metales fabricada.
      Así, Fabio, me muestra descubierta
    Su esencia la verdad, y mi albedrío
    Con ella se compone y se concierta.
      No te burles de ver cuánto confío,
    Ni al arte de decir, vana y pomposa,
    El ardor atribuyas de este brío.
      ¿Es por ventura menos poderosa
    Que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte?
    No la arguyas de flaca y temerosa.
      La codicia en las manos de la suerte
    Se arroja al mar, la ira a las espadas,
    Y la ambición se ríe de la muerte.
      Y ¿no serán siquiera tan osadas
    Las opuestas acciones, si las miro
    De más ilustres genios ayudadas?
      Ya, dulce amigo, huyo y me retiro
    De cuanto simple amé; rompí los lazos.
    Ven y verás al alto fin que aspiro,
    Antes que el tiempo muera en nuestros brazos.



LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA


_36. A la esperanza_

      Alivia sus fatigas
    El labrador cansado
    Cuando su yerta barba escarcha cubre,
    Pensando en las espigas
    Del agosto abrasado
    Y en los lagares ricos del octubre;
    La hoz se le descubre
    Cuando el arado apaña,
    Y con dulces memorias le acompaña.
      Carga de hierro duro
    Sus miembros, y se obliga
    El joven al trabajo de la guerra.
    Huye el ocio seguro,
    Trueca por la enemiga
    Su dulce, natural y amiga tierra;
    Mas cuando se destierra
    O al asalto acomete,
    Mil triunfos y mil glorias se promete.
      La vida al mar confía,
    Y a dos tablas delgadas,
    El otro, que del oro está sediento.
    Escóndesele el día,
    Y las olas hinchadas
    Suben a combatir el firmamento;
    Él quita el pensamiento
    De la muerte vecina,
    Y en el oro le pone y en la mina.
      Deja el lecho caliente
    Con la esposa dormida
    El cazador solícito y robusto.
    Sufre el cierzo inclemente,
    La nieve endurecida,
    Y tiene de su afán por premio justo
    Interrumpir el gusto
    Y la paz de las fieras
    En vano cautas, fuertes y ligeras.
      Premio y cierto fin tiene
    Cualquier trabajo humano,
    Y el uno llama al otro sin mudanza;
    El invierno entretiene
    La opinión del verano,
    Y un tiempo sirve al otro de templanza.
    El bien de la esperanza
    Solo quedó en el suelo,
    Cuando todos huyeron para el cielo.
      Si la esperanza quitas,
    ¿Qué le dejas al mundo?
    Su máquina disuelves y destruyes;
    Todo lo precipitas
    En olvido profundo,
    Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?
    Si la cerviz rehuyes
    De los brazos amados,
    ¿Qué premio piensas dar a los cuidados?
      Amor, en diferentes
    Géneros dividido,
    Él publica su fin, y quien le admite.
    Todos los accidentes
    De un amante atrevido
    (Niéguelo o disimúlelo) permite.
    Limite pues, limite
    La vana resistencia;
    Que, dada la ocasión, todo es licencia.


_37._

      Imagen espantosa de la muerte,
    Sueño cruel, no turbes más mi pecho,
    Mostrándome cortado el nudo estrecho,
    Consuelo solo de mi adversa suerte.
      Busca de algún tirano el muro fuerte,
    De jaspe las paredes, de oro el techo,
    O el rico avaro en el angosto lecho
    Haz que temblando con sudor despierte.
      El uno vea el popular tumulto
    Romper con furia las herradas puertas,
    O al sobornado siervo el hierro oculto.
      El otro sus riquezas, descubiertas
    Con llave falsa o con violento insulto,
    Y déjale al amor sus glorias ciertas.


_38._

      Llevó tras sí los pámpanos octubre,
    Y con las grandes lluvias insolente,
    No sufre Ibero márgenes ni puente,
    Mas antes los vecinos campos cubre.
      Moncayo, como suele, ya descubre
    Coronada de nieve la alta frente;
    Y el sol apenas vemos en oriente,
    Cuando la opaca tierra nos lo encubre.
      Sienten el mar y selvas ya la saña
    Del Aquilón, y encierra su bramido
    Gente en el puerto y gente en la cabaña.
      Y Fabio, en el umbral de Tais tendido
    Con vergonzosas lágrimas lo baña,
    Debiéndolas al tiempo que ha perdido.



BARTOLOMÉ LEONARDO DE ARGENSOLA


_39._

      «Dime, Padre común, pues eres justo,
    ¿Por qué ha de permitir tu providencia
    Que, arrastrando prisiones la inocencia,
    Suba la fraude a tribunal augusto?
      »¿Quién da fuerzas al brazo que robusto
    Hace a tus leyes firme resistencia,
    Y que el celo, que más la reverencia,
    Gima a los pies del vencedor injusto?
      »Vemos que vibran victoriosas palmas
    Manos inicuas, la virtud gimiendo
    Del triunfo en el injusto regocijo.»
      Esto decía yo, cuando riendo
    Celestial ninfa apareció, y me dijo:
    «¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»



LOPE DE VEGA


_40. Canción_

      ¡Oh libertad preciosa,
    No comparada al oro,
    Ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
    Más rica y más gozosa
    Que el precioso tesoro
    Que el mar del sur entre su nácar cierra;
    Con armas, sangre y guerra,
    Con las vidas y famas,
    Conquistado en el mundo;
    Paz dulce, amor profundo,
    Que el mal apartas y a tu bien nos llamas:
    En ti sola se anida
    Oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.
      Cuando de las humanas
    Tinieblas vi del cielo
    La luz, principio de mis dulces días,
    Aquellas tres hermanas
    Que nuestro humano velo
    Tejiendo, llevan por inciertas vías,
    Las duras penas mías
    Trocaron en la gloria
    Que en libertad poseo,
    Con siempre igual deseo,
    Donde verá por mi dichosa historia,
    Quien más leyere en ella,
    Que es dulce libertad lo menos della.
      Yo pues, señor exento
    Desta montaña y prado,
    Gozo la gloria y libertad que tengo.
    Soberbio pensamiento
    Jamás ha derribado
    La vida humilde y pobre que sostengo.
    Cuando a las manos vengo
    Con el muchacho ciego,
    Haciendo rostro embisto,
    Venzo, triunfo y resisto
    La flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
    Y con libre albedrío
    Lloro el ajeno mal y canto el mío.
      Cuando el aurora baña
    Con helado rocío
    De aljófar celestial el monte y prado,
    Salgo de mi cabaña,
    Riberas deste río,
    A dar el nuevo pasto a mi ganado,
    Y cuando el sol dorado
    Muestra sus fuerzas graves,
    Al sueño el pecho inclino
    Debajo un sauce o pino,
    Oyendo el son de las parleras aves,
    O ya gozando el aura,
    Donde el perdido aliento se restaura.
      Cuando la noche oscura
    Con su estrellado manto
    El claro día en su tiniebla encierra,
    Y suena en la espesura
    El tenebroso canto
    De los nocturnos hijos de la tierra,
    Al pie de aquesta sierra
    Con rústicas palabras
    Mi ganadillo cuento
    Y el corazón contento
    Del gobierno de ovejas y de cabras,
    La temerosa cuenta
    Del cuidadoso rey me representa.
      Aquí la verde pera
    Con la manzana hermosa,
    De gualda y roja sangre matizada,
    Y de color de rosa
    La cermeña olorosa
    Tengo, y la endrina de color morada;
    Aquí de la enramada
    Parra que al olmo enlaza,
    Melosas uvas cojo;
    Y en cantidad recojo,
    Al tiempo que las ramas desenlaza
    El caluroso estío,
    Membrillos que coronan este río.
      No me da descontento
    El hábito costoso
    Que de lascivo el pecho noble infama;
    Es mi dulce sustento
    Del campo generoso
    Estas silvestres frutas que derrama;
    Mi regalada cama
    De blandas pieles y hojas,
    Que algún rey la envidiara,
    Y de ti, fuente clara,
    Que bullendo, el arena y agua arrojas,
    Estos cristales puros,
    Sustentos pobres, pero bien seguros.
      Estese el cortesano
    Procurando a su gusto
    La blanda cama y el mejor sustento;
    Bese la ingrata mano
    Del poderoso injusto,
    Formando torres de esperanza al viento;
    Viva y muera sediento
    Por el honroso oficio,
    Y goce yo del suelo,
    Al aire, al sol y al hielo,
    Ocupado en mi rústico ejercicio;
    Que más vale pobreza
    En paz, que en guerra mísera riqueza.
      Ni temo al poderoso
    Ni al rico lisonjeo,
    Ni soy camaleón del que gobierna,
    Ni me tiene envidioso
    La ambición y deseo
    De ajena gloria ni de fama eterna;
    Carne sabrosa y tierna,
    Vino aromatizado,
    Pan blanco de aquel día,
    En prado, en fuente fría,
    Halla un pastor con hambre fatigado;
    Que el grande y el pequeño
    Somos iguales lo que dura el sueño.


_41._

      A mis soledades voy,
    De mis soledades vengo,
    Porque para andar conmigo
    Me bastan mis pensamientos.
      ¡No sé qué tiene la aldea
    Donde vivo y donde muero,
    Que con venir de mí mismo
    No puedo venir más lejos!
      Ni estoy bien ni mal conmigo;
    Mas dice mi entendimiento
    Que un hombre que todo es alma
    Está cautivo en su cuerpo.
      Entiendo lo que me basta,
    Y solamente no entiendo
    Cómo se sufre a sí mismo
    Un ignorante soberbio.
      De cuantas cosas me cansan,
    Fácilmente me defiendo;
    Pero no puedo guardarme
    De los peligros de un necio.
      Él dirá que yo lo soy,
    Pero con falso argumento;
    Que humildad y necedad
    No caben en un sujeto.
      La diferencia conozco,
    Porque en él y en mí contemplo,
    Su locura en su arrogancia,
    Mi humildad en su desprecio.
      O sabe naturaleza
    Más que supo en otro tiempo,
    O tantos que nacen sabios
    Es porque lo dicen ellos.
      Solo sé que no sé nada,
    Dijo un filósofo, haciendo
    La cuenta con su humildad,
    Adonde lo más es menos.
      No me precio de entendido,
    De desdichado me precio;
    Que los que no son dichosos,
    ¿Cómo pueden ser discretos?
      No puede durar el mundo,
    Porque dicen, y lo creo,
    Que suena a vidrio quebrado
    Y que ha de romperse presto.
      Señales son del juïcio
    Ver que todos le perdemos,
    Unos por carta de más,
    Otros por carta de menos.
      Dijeron que antiguamente
    Se fue la verdad al cielo:
    Tal la pusieron los hombres
    Que desde entonces no ha vuelto.
      En dos edades vivimos
    Los propios y los ajenos,
    La de plata los extraños,
    Y la de cobre los nuestros.
      ¿A quién no dará cuidado,
    Si es español verdadero,
    Ver los hombres a lo antiguo
    Y el valor a lo moderno?
      Dijo Dios que comería
    Su pan el hombre primero
    Con el sudor de su cara,
    Por quebrar su mandamiento;
      Y algunos inobedientes
    A la vergüenza y al miedo,
    Con las prendas de su honor
    Han trocado los efectos.
      Virtud y filosofía
    Peregrinan como ciegos:
    El uno se lleva al otro,
    Llorando van y pidiendo.
      Dos polos tiene la tierra,
    Universal movimiento,
    La mejor vida el favor,
    La mejor sangre el dinero.
      Oigo tañer las campanas,
    Y no me espanto, aunque puedo,
    Que en lugar de tantas cruces
    Haya tantos hombres muertos.
      Mirando estoy los sepulcros
    Cuyos mármoles eternos
    Están diciendo sin lengua
    Que no lo fueron sus dueños.
      ¡Oh, bien haya quien los hizo,
    Porque solamente en ellos
    De los poderosos grandes
    Se vengaron los pequeños!
      Fea pintan a la envidia:
    Yo confieso que la tengo
    De unos hombres que no saben
    Quien vive pared en medio.
      Sin libros y sin papeles,
    Sin tratos, cuentas ni cuentos,
    Cuando quieren escribir
    Piden prestado el tintero.
      Sin ser pobres ni ser ricos,
    Tienen chimenea y huerto;
    No los despiertan cuidados,
    Ni pretensiones, ni pleitos.
      Ni murmuraron del grande,
    Ni ofendieron al pequeño;
    Nunca, como yo, firmaron
    Parabién, ni pascua dieron.
      Con esta envidia que digo,
    Y lo que paso en silencio,
    A mis soledades voy,
    De mis soledades vengo.


_42._

      ¡Pobre barquilla mía,
    Entre peñascos rota,
    Sin velas desvelada,
    Y entre las olas sola!
      ¿Adónde vas perdida?
    ¿Adónde, di, te engolfas?
    Que no hay deseos cuerdos
    Con esperanzas locas.
      Como las altas naves,
    Te apartas animosa
    De la vecina tierra,
    Y al fiero mar te arrojas.
      Igual en las fortunas,
    Mayor en las congojas,
    Pequeña en las defensas,
    Incitas a las ondas.
      Advierte que te llevan
    A dar entre las rocas
    De la soberbia envidia,
    Naufragio de las honras.
      Cuando por las riberas
    Andabas costa a costa,
    Nunca del mar temiste
    Las iras procelosas.
      Segura navegabas;
    Que por la tierra propia
    Nunca el peligro es mucho
    Adonde el agua es poca.
      Verdad es que en la patria
    No es la virtud dichosa,
    Ni se estima la perla
    Hasta dejar la concha.
      Dirás que muchas barcas
    Con el favor en popa,
    Saliendo desdichadas,
    Volvieron venturosas.
      No mires los ejemplos
    De las que van y tornan,
    Que a muchas ha perdido
    La dicha de las otras.
      Para los altos mares
    No llevas cautelosa,
    Ni velas de mentiras,
    Ni remos de lisonjas.
      ¿Quién te engañó, barquilla?
    Vuelve, vuelve la proa;
    Que presumir de nave
    Fortunas ocasiona.
      ¿Qué jarcias te entretejen?
    ¿Qué ricas banderolas
    Azote son del viento
    Y de las aguas sombra?
      ¿En qué gavia descubres
    Del árbol alta copa,
    La tierra en perspectiva,
    Del mar incultas orlas?
      ¿En qué celajes fundas
    Que es bien echar la sonda,
    Cuando, perdido el rumbo,
    Erraste la derrota?
      Si te sepulta arena,
    ¿Qué sirve fama heroica?
    Que nunca desdichados
    Sus pensamientos logran.
      ¿Qué importa que te ciñan
    Ramas verdes o rojas,
    Que en selvas de corales
    Salado césped brota?
      Laureles de la orilla
    Solamente coronan
    Navíos de alto bordo
    Que jarcias de oro adornan.
      No quieras que yo sea,
    Por tu soberbia pompa,
    Faetonte de barqueros
    Que los laureles lloran.
      Pasaron ya los tiempos
    Cuando lamiendo rosas
    El céfiro bullía
    Y suspiraba aromas.
      Ya fieros huracanes
    Tan arrogantes soplan
    Que, salpicando estrellas,
    Del sol la frente mojan;
      Ya los valientes rayos
    De la vulcana forja,
    En vez de torres altas,
    Abrasan pobres chozas.
      Contenta con tus redes,
    A la playa arenosa
    Mojado me sacabas;
    Pero vivo, ¿qué importa?
      Cuando de rojo nácar
    Se afeitaba la aurora,
    Más peces te llenaban
    Que ella lloraba aljófar.
      Al bello sol que adoro,
    Enjuta ya la ropa,
    Nos daba una cabaña
    La cama de sus hojas.
      Esposa me llamaba,
    Yo la llamaba esposa,
    Parándose de envidia
    La celestial antorcha.
      Sin pleito, sin disgusto,
    La muerte nos divorcia:
    ¡Ay de la pobre barca
    Que en lágrimas se ahoga!
      Quedad sobre la arena,
    Inútiles escotas;
    Que no ha menester velas
    Quien a su bien no torna.
      Si con eternas plantas
    Las fijas luces doras,
    ¡Oh dueño de mi barca!
    Y en dulce paz reposas,
      Merezca que le pidas
    Al bien que eterno gozas,
    Que adonde estás, me lleve,
    Más pura y más hermosa.
      Mi honesto amor te obligue;
    Que no es digna victoria
    Para quejas humanas
    Ser las deidades sordas.
      Mas ¡ay que no me escuchas!
    Pero la vida es corta:
    Viviendo, todo falta;
    Muriendo, todo sobra.


_43. Judit_

      Cuelga sangriento de la cama al suelo
    El hombro diestro del feroz tirano,
    Que opuesto al muro de Betulia en vano,
    Despidió contra sí rayos al cielo.
      Revuelto con el ansia el rojo velo
    Del pabellón a la siniestra mano,
    Descubre el espectáculo inhumano
    Del tronco horrible, convertido en hielo.
      Vertido Baco, el fuerte arnés afea
    Los vasos y la mesa derribada,
    Duermen los guardas, que tan mal emplea;
      Y sobre la muralla, coronada
    Del pueblo de Israel, la casta hebrea
    Con la cabeza resplandece armada.


_44._

      Suelta mi manso, mayoral extraño,
    Pues otro tienes tú de igual decoro:
    Suelta la prenda que en el alma adoro,
    Perdida por tu bien y por mi daño.
      Ponle su esquila de labrado estaño,
    Y no le engañen tus collares de oro:
    Toma en albricias este blanco toro
    Que a las primeras yerbas cumple un año.
      Si pides señas, tiene el vellocino
    Pardo, encrespado, y los ojuelos tiene
    Como durmiendo en regalado sueño.
      Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
    Suelta, y verasle si a mi choza viene;
    Que aun tienen sal las manos de su dueño.


_45._

      ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
    ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
    Que a mi puerta, cubierto de rocío,
    Pasas las noches del invierno escuras?
      ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
    Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
    Si de mi ingratitud el hielo frío
    Secó las llagas de tus plantas puras!
      ¡Cuántas veces el ángel me decía:
    «Alma, asómate agora a la ventana;
    Verás con cuánto amor llamar porfía!»
      Y ¡cuántas, hermosura soberana,
    «Mañana le abriremos,» respondía,
    Para lo mismo responder mañana!


_46._

      Pastor, que con tus silbos amorosos
    Me despertaste del profundo sueño;
    Tú, que hiciste cayado dese leño
    En que tiendes los brazos poderosos;
      Vuelve los ojos a mi fe piadosos,
    Pues te confieso por mi amor y dueño,
    Y la palabra de seguirte empeño
    Tus dulces silbos y tus pies hermosos.
      Oye, Pastor que por amores mueres,
    No te espante el rigor de mis pecados,
    Pues tan amigo de rendidos eres;
      Espera pues, y escucha mis cuidados;
    Pero ¿cómo te digo que me esperes,
    Si estás para esperar los pies clavados?


_47. Temores en el favor_

      Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
    Y la cándida víctima levanto,
    De mi atrevida indignidad me espanto,
    Y la piedad de vuestro pecho admiro.
      Tal vez el alma con temor retiro,
    Tal vez la doy al amoroso llanto;
    Que, arrepentido de ofenderos tanto,
    Con ansias temo y con dolor suspiro.
      Volved los ojos a mirarme humanos;
    Que por las sendas de mi error siniestras
    Me despeñaron pensamientos vanos.
      No sean tantas las miserias nuestras
    Que a quien os tuvo en sus indignas manos
    Vos le dejéis de las divinas vuestras.



DON LUIS DE GÓNGORA


_48. Angélica y Medoro_

      En un pastoral albergue
    Que la guerra entre unos robles
    Lo dejó por escondido
    O lo perdonó por pobre,
      Do la paz viste pellico
    Y conduce entre pastores
    Ovejas del monte al llano
    Y cabras del llano al monte,
      Mal herido y bien curado,
    Se alberga un dichoso joven,
    Que sin clavarle Amor flecha
    Le coronó de favores.
      Las venas con poca sangre,
    Los ojos con mucha noche,
    Lo halló en el campo aquella
    Vida y muerte de los hombres.
      Del palafrén se derriba,
    No porque al moro conoce,
    Sino por ver que la yerba
    Tanta sangre paga en flores.
      Límpiale el rostro, y la mano
    Siente al Amor que se esconde
    Tras las rosas, que la muerte
    Va violando sus colores.
      Escondiose tras las rosas,
    Porque labren sus arpones
    El diamante del Catay
    Con aquella sangre noble.
      Ya le regala los ojos,
    Ya le entra, sin ver por dónde,
    Una piedad mal nacida
    Entre dulces escorpiones.
      Ya es herido el pedernal,
    Ya despide el primer golpe
    Centellas de agua, ¡oh piedad,
    Hija de padres traidores!
      Yerbas le aplica a sus llagas,
    Que si no sanan entonces,
    En virtud de tales manos
    Lisonjean los dolores.
      Amor le ofrece su venda,
    Mas ella sus velos rompe
    Para ligar sus heridas;
    Los rayos del sol perdonen.
      Los últimos nudos daba
    Cuando el cielo la socorre
    De un villano en una yegua
    Que iba penetrando el bosque.
      Enfrénanle de la bella
    Las tristes piadosas voces,
    Que los firmes troncos mueven
    Y las sordas piedras oyen;
      Y la que mejor se halla
    En las selvas que en la corte,
    Simple bondad, al pío ruego
    Cortésmente corresponde.
      Humilde se apea el villano,
    Y sobre la yegua pone
    Un cuerpo con poca sangre,
    Pero con dos corazones.
      A su cabaña los guía;
    Que el sol deja su horizonte
    Y el humo de su cabaña
    Le va sirviendo de norte.
      Llegaron temprano a ella,
    Do una labradora acoge
    Un mal vivo con dos almas,
    Una ciega con dos soles.
      Blando heno en vez de pluma
    Para lecho les compone,
    Que será tálamo luego
    Do el garzón sus dichas logre.
      Las manos, pues, cuyos dedos
    Desta vida fueron dioses,
    Restituyen a Medoro
    Salud nueva, fuerzas dobles,
      Y le entregan, cuando menos,
    Su beldad y un reino en dote,
    Segunda envidia de Marte,
    Primera dicha de Adonis.
      Corona un lascivo enjambre
    De cupidillos menores
    La choza, bien como abejas
    Hueco tronco de alcornoque.
      ¡Qué de nudos le está dando
    A un áspid la envidia torpe,
    Contando de las palomas
    Los arrullos gemidores!
      ¡Qué bien la destierra Amor,
    Haciendo la cuerda azote,
    Porque el caso no se infame
    Y el lugar no se inficione!
      Todo es gala el africano,
    Su vestido espira olores,
    El lunado arco suspende
    Y el corvo alfanje depone.
      Tórtolas enamoradas
    Son sus roncos atambores,
    Y los volantes de Venus
    Sus bien seguidos pendones.
      Desnuda el pecho anda ella,
    Vuela el cabello sin orden;
    Si lo abrocha, es con claveles,
    Con jazmines si lo coge.
      El pie calza en lazos de oro,
    Porque la nieve se goce,
    Y no se vaya por pies
    La hermosura del orbe.
      Todo sirve a los amantes,
    Plumas les baten veloces,
    Airecillos lisonjeros,
    Si no son murmuradores.
      Los campos les dan alfombras,
    Los árboles pabellones,
    La apacible fuente sueño,
    Música los ruiseñores.
      Los troncos les dan cortezas,
    En que se guarden sus nombres
    Mejor que en tablas de mármol
    O que en láminas de bronce.
      No hay verde fresno sin letra,
    Ni blanco chopo sin mote;
    Si un valle _Angélica_ suena,
    Otro _Angélica_ responde.
      Cuevas do el silencio apenas
    Deja que sombras las moren,
    Profanan con sus abrazos
    A pesar de sus horrores.
      Choza pues, tálamo y lecho,
    Contestes destos amores,
    El cielo os guarde, si puede,
    De las locuras del Conde.


_49._

      Servía en Orán al Rey
    Un español con dos lanzas,
    Y con el alma y la vida
    A una gallarda africana,
      Tan noble como hermosa,
    Tan amante como amada,
    Con quien estaba una noche
    Cuando tocaron al arma.
      Trescientos Zenetes eran
    Deste rebato la causa;
    Que los rayos de la luna
    Descubrieron las adargas;
      Las adargas avisaron
    A las mudas atalayas,
    Las atalayas los fuegos,
    Los fuegos a las campanas;
      Y ellas al enamorado,
    Que en los brazos de su dama
    Oyó el militar estruendo
    De las trompas y las cajas.
      Espuelas de honor le pican
    Y freno de amor le para;
    No salir es cobardía,
    Ingratitud es dejalla.
      Del cuello pendiente ella,
    Viéndole tomar la espada,
    Con lágrimas y suspiros
    Le dice aquestas palabras:
      «Salid al campo, Señor,
    Bañen mis ojos la cama;
    Que ella me será también,
    Sin vos, campo de batalla.
      »Vestíos y salid apriesa,
    Que el general os aguarda;
    Yo os hago a vos mucha sobra
    Y vos a él mucha falta.
      »Bien podéis salir desnudo
    Pues mi llanto no os ablanda;
    Que tenéis de acero el pecho
    Y no habéis menester armas.»
      Viendo el español brioso
    Cuánto le detiene y habla,
    Le dice así: «Mi señora,
    Tan dulce como enojada,
      »Porque con honra y amor
    Yo me quede, cumpla y vaya,
    Vaya a los moros el cuerpo,
    Y quede con vos el alma.
      »Concededme, dueño mío,
    Licencia para que salga
    Al rebato en vuestro nombre,
    Y en vuestro nombre combata.»


_50._

      Entre los sueltos caballos
    De los vencidos Zenetes,
    Que por el campo buscaban
    Entre lo rojo lo verde,
      Aquel español de Orán
    Un suelto caballo prende,
    Por sus relinchos lozano
    Y por sus cernejas fuerte,
      Para que lo lleve a él,
    Y a un moro cautivo lleve,
    Que es uno que ha cautivado,
    Capitán de cien Zenetes.
      En el ligero caballo
    Suben ambos, y él parece,
    De cuatro espuelas herido,
    Que cuatro vientos lo mueven.
      Triste camina el alarbe,
    Y lo más bajo que puede
    Ardientes suspiros lanza
    Y amargas lágrimas vierte.
      Admirado el español
    De ver cada vez que vuelve
    Que tan tiernamente llore
    Quien tan duramente hiere,
      Con razones le pregunta
    Comedidas y corteses
    De sus suspiros la causa,
    Si la causa lo consiente.
      El cautivo, como tal,
    Sin excusarlo, obedece,
    Y a su piadosa demanda
    Satisface desta suerte:
      «Valiente eres, capitán,
    Y cortés como valiente;
    Por tu espada y por tu trato
    Me has cautivado dos veces.
      »Preguntado me has la causa
    De mis suspiros ardientes,
    Y débote la respuesta
    Por quien soy y por quien eres.
      »Yo nací en Gelves el año
    Que os perdísteis en los Gelves,
    De una berberisca noble
    Y de un turco mata-siete.
      »En Tremecén me crié
    Con mi madre y mis parientes
    Después que murió mi padre,
    Corsario de tres bajeles.
      »Junto a mi casa vivía,
    Porque más cerca muriese,
    Una dama del linaje
    De los nobles Melioneses:
      »Extremo de las hermosas,
    Cuando no de las crueles,
    Hija al fin destas arenas
    Engendradoras de sierpes.
      »Era tal su hermosura,
    Que se hallaran claveles
    Más ciertos en sus dos labios
    Que en los dos floridos meses.
      »Cada vez que la miraba
    Salía el sol por su frente,
    De tantos rayos vestido
    Cuantos cabellos contiene.
      »Juntos así nos criamos,
    Y Amor en nuestras niñeces
    Hirió nuestros corazones
    Con arpones diferentes.
      »Labró el oro en mis entrañas
    Dulces lazos, tiernas redes,
    Mientras el plomo en las suyas
    Libertades y desdenes.
      »Mas, ya la razón sujeta,
    Con palabras me requiere
    Que su crueldad le perdone
    Y de su beldad me acuerde;
      »Y apenas vide trocada
    La dureza desta sierpe,
    Cuando tú me cautivaste;
    Mira si es bien que lamente.
      »Esta, español, es la causa
    Que a llanto pudo moverme;
    Mira si es razón que llore
    Tantos males juntamente.»
      Conmovido el capitán
    De las lágrimas que vierte,
    Parando el veloz caballo,
    Que paren sus males quiere.
      «Gallardo moro, le dice,
    Si adoras como refieres,
    Y si como dices amas,
    Dichosamente padeces
      »¿Quién pudiera imaginar,
    Viendo tus golpes crueles,
    Que cupiera alma tan tierna
    En pecho tan duro y fuerte?
      »Si eres del Amor cautivo,
    Desde aquí puedes volverte;
    Que me pedirán por robo
    Lo que entendí que era suerte.
      »Y no quiero por rescate
    Que tu dama me presente
    Ni las alfombras más finas
    Ni las granas más alegres.
      »Anda con Dios, sufre y ama,
    Y vivirás si lo hicieres,
    Con tal que cuando la veas
    Pido que de mí te acuerdes.»
      Apeose del caballo,
    Y el moro tras él desciende,
    Y por el suelo postrado,
    La boca a sus pies ofrece.
      «Vivas mil años, le dice,
    Noble capitán valiente,
    Que ganas más con librarme
    Que ganaste con prenderme.
      »Alá se quede contigo
    Y te dé vitoria siempre
    Para que extiendas tu fama
    Con hechos tan excelentes.»


_51._

      _Ande yo caliente,_
    _Y ríase la gente._

      Traten otros del gobierno
    Del mundo y sus monarquías,
    Mientras gobiernan mis días
    Mantequillas y pan tierno,
    Y las mañanas de invierno
    Naranjada y aguardiente,
    _Y ríase la gente_.

      Coma en dorada vajilla
    El príncipe mil cuidados
    Como píldoras dorados;
    Que yo en mi pobre mesilla
    Quiero más una morcilla
    Que en el asador reviente,
    _Y ríase la gente_.

      Cuando cubra las montañas
    De plata y nieve el enero
    Tenga yo lleno el brasero
    De bellotas y castañas,
    Y quien las dulces patrañas
    Del rey que rabió me cuente,
    _Y ríase la gente_.

      Busque muy en hora buena
    El mercader nuevos soles;
    Yo conchas y caracoles
    Entre la menuda arena,
    Escuchando a Filomena
    Sobre el chopo de la fuente,
    _Y ríase la gente_.

      Pase a media noche el mar,
    Y arda en amorosa llama
    Leandro por ver su dama;
    Que yo más quiero pasar
    De Yepes a Madrigar
    La regalada corriente,
    _Y ríase la gente_.

      Pues Amor es tan cruel
    Que de Píramo y su amada
    Hace tálamo una espada,
    Do se junten ella y él,
    Sea mi Tisbe un pastel,
    Y la espada sea mi diente,
    _Y ríase la gente_.


    _52._

      La más bella niña
    De nuestro lugar,
    Hoy viuda y sola
    Y ayer por casar,
    Viendo que sus ojos
    A la guerra van,
    A su madre dice
    Que escucha su mal:
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._
      Pues me disteis, madre,
    En tan tierna edad
    Tan corto el placer,
    Tan largo el penar,
    Y me cautivasteis
    De quien hoy se va
    Y lleva las llaves
    De mi libertad,
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._
      En llorar conviertan
    Mis ojos de hoy más
    El sabroso oficio
    Del dulce mirar,
    Pues que no se pueden
    Mejor ocupar
    Yéndose a la guerra
    Quien era mi paz.
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._
      No me pongáis freno
    Ni queráis culpar;
    Que lo uno es justo,
    Lo otro por demás.
    Si me queréis bien
    No me hagáis mal;
    Harto peor fue
    Morir y callar.
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._
      Dulce madre mía,
    ¿Quién no llorará,
    Aunque tenga el pecho
    Como un pedernal,
    Y no dará voces
    Viendo marchitar
    Los más verdes años
    De mi mocedad?
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._
      Váyanse las noches,
    Pues ido se han
    Los ojos que hacían
    Los míos velar;
    Váyanse, y no vean
    Tanta soledad
    Después que en mi lecho
    Sobra la mitad.
    _Dejadme llorar_
    _Orillas del mar._



DON FRANCISCO DE QUEVEDO


_53. El Sueño_

      ¿Con qué culpa tan grave,
    Sueño blando y suave,
    Pude en largo destierro merecerte
    Que se aparte de mí tu olvido manso?
    Pues no te busco yo por ser descanso,
    Sino por muda imagen de la muerte.
    Cuidados veladores
    Hacen inobedientes mis dos ojos
    A la ley de las horas:
    No han podido vencer a mis dolores
    Las noches, ni dar paz a mis enojos.
    Madrugan más en mí que en las auroras
    Lágrimas a este llano;
    Que amanece a mi mal siempre temprano;
    Y tanto, que persuade la tristeza
    A mis dos ojos, que nacieron antes
    Para llorar que para ver. Tú, sueño,
    De sosiego los tienes ignorantes,
    De tal manera, que al morir el día
    Con luz enferma vi que permitía
    El sol que le mirasen en Poniente.
      Con pies torpes al punto, ciega y fría,
    Cayó de las estrellas blandamente
    La noche, tras las pardas sombras mudas,
    Que el sueño persuadieron a la gente.
    Escondieron las galas a los prados
    Y quedaron desnudas
    Estas laderas y sus peñas solas:
    Duermen ya entre sus montes recostados
    Los mares y las olas.
    Si con algún acento
    Ofenden las orejas,
    Es que entre sueños dan al cielo quejas
    Del yerto lecho y duro acogimiento,
    Que blandos hallan en los cerros duros.
    Los arroyuelos puros
    Se adormecen al son del llanto mío,
    Y a su modo también se duerme el río.
      Con sosiego agradable
    Se dejan poseer de ti las flores;
    Mudos están los males,
    No hay cuidado que hable,
    Faltan lenguas y voz a los dolores,
    Y en todos los mortales
    Yace la vida envuelta en alto olvido.
    Tan solo mi gemido
    Pierde el respeto a tu silencio santo:
    Yo tu quietud molesto con mi llanto,
    Y te desacredito
    El nombre de callado, con mi grito.
    Dame, cortés mancebo, algún reposo:
    No seas digno del nombre de avariento
    En el más desdichado y firme amante
    Que lo merece ser por dueño hermoso.
    Débate alguna pausa mi tormento.
    Gózante en las cabañas
    Y debajo del cielo
    Los ásperos villanos;
    Hállate en el rigor de los pantanos
    Y encuéntrate en las nieves y en el hielo
    El soldado valiente,
    Y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,
    Entre mi pensamiento y mi deseo.
    Ya, pues, con dolor creo
    Que eres más riguroso que la tierra,
    Más duro que la roca,
    Pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,
    Y en ella mi alma por jamás te toca.
    Mira que es gran rigor: dame siquiera
    Lo que de ti desprecia tanto avaro,
    Por el oro en que alegre considera,
    Hasta que da la vuelta el tiempo claro;
    Lo que había de dormir en blando lecho
    Y da el enamorado a su señora,
    Y a ti se te debía de derecho.
    Dame lo que desprecia de ti agora
    Por robar el ladrón; lo que desecha
    El que invidiosos celos tuvo y llora.
    Quede en parte mi queja satisfecha,
    Tócame con el cuento de tu vara:
    Oirán siquiera el ruido de tus plumas
    Mis desventuras sumas;
    Que yo no quiero verte cara a cara,
    Ni que hagas más caso
    De mí, que hasta pasar por mí de paso;
    O que a tu sombra negra por lo menos,
    Si fueres a otra parte peregrino,
    Se le haga camino
    Por estos ojos de sosiego ajenos.
    Quítame, blando sueño, este desvelo,
    O de él alguna parte,
    Y te prometo, mientras viere el cielo,
    De desvelarme solo en celebrarte.


_54. Epístola satírica y censoria_

_contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al
Conde-Duque de Olivares._

      No he de callar, por más que con el dedo,
    Ya tocando la boca, o ya la frente,
    Silencio avises o amenaces miedo.
      ¿No ha de haber un espíritu valiente?
    ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
    ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
      Hoy sin miedo que libre escandalice
    Puede hablar el ingenio, asegurado
    De que mayor poder le atemorice.
      En otros siglos pudo ser pecado
    Severo estudio y la verdad desnuda,
    Y romper el silencio el bien hablado.
      Pues sepa quien lo niega y quien lo duda
    Que es lengua la verdad de Dios severo
    Y la lengua de Dios nunca fue muda.
      Son la verdad y Dios, Dios verdadero:
    Ni eternidad divina los separa,
    Ni de los dos alguno fue primero.
      Si Dios a la verdad se adelantara,
    Siendo verdad, implicación hubiera
    En ser y en que verdad de ser dejara.
      La justicia de Dios es verdadera,
    Y la misericordia, y todo cuanto
    Es Dios todo ha de ser verdad entera.
      Señor Excelentísimo, mi llanto
    Ya no consiente márgenes ni orillas:
    Inundación será la de mi canto.
      Ya sumergirse miro mis mejillas,
    La vista por dos urnas derramada
    Sobre las aras de las dos Castillas.
      Yace aquella virtud desaliñada
    Que fue, si rica menos, más temida,
    En vanidad y en sueño sepultada.
      Y aquella libertad esclarecida
    Que en donde supo hallar honrada muerte
    Nunca quiso tener más larga vida.
      Y pródiga del alma, nación fuerte
    Contaba por afrentas de los años
    Envejecer en brazos de la suerte.
      Del tiempo el ocio torpe, y los engaños
    Del paso de las horas y del día
    Reputaban los nuestros por extraños.
      Nadie contaba cuánta edad vivía,
    Sino de qué manera: ni aun un hora
    Lograba sin afán su valentía.
      La robusta virtud era señora,
    Y sola dominaba al pueblo rudo;
    Edad, si mal hablada, vencedora.
      El temor de la mano daba escudo
    Al corazón, que, en ella confiado,
    Todas las armas despreció desnudo.
      Multiplicó en escuadras un soldado
    Su honor precioso, su ánimo valiente,
    De sola honesta obligación armado.
      Y debajo del cielo aquella gente,
    Si no a más descansado, a más honroso
    Sueño entregó los ojos, no la mente.
      Hilaba la mujer para su esposo
    La mortaja primero que el vestido;
    Menos le vio galán que peligroso.
      Acompañaba el lado del marido
    Más veces en la hueste que en la cama;
    Sano le aventuró, vengole herido.
      Todas matronas y ninguna dama,
    Que nombres del halago cortesano
    No admitió lo severo de su fama.
      Derramado y sonoro el Oceáno
    Era divorcio de las rubias minas
    Que usurparon la paz del pecho humano.
      Ni los trujo costumbres peregrinas
    El áspero dinero, ni el Oriente
    Compró la honestidad con piedras finas.
      Joya fue la virtud pura y ardiente;
    Gala el merecimiento y alabanza;
    Solo se codiciaba lo decente.
      No de la pluma dependió la lanza,
    Ni el cántabro con cajas y tinteros
    Hizo el campo heredad, sino matanza.
      Y España con legítimos dineros,
    No mendigando el crédito a Liguria,
    Más quiso los turbantes que los ceros.
      Menos fuera la pérdida y la injuria
    Si se volvieran Muzas los asientos,
    Que esta usura es peor que aquella furia.
      Caducaban las aves en los vientos,
    Y espiraba decrépito el venado:
    Grande vejez duró en los elementos.
      Que el vientre entonces, bien disciplinado,
    Buscó satisfacción y no hartura,
    Y estaba la garganta sin pecado.
      Del mayor infanzón de aquella pura
    República de grandes hombres, era
    Una vaca sustento y armadura.
      No había venido al gusto lisonjera
    La pimienta arrugada, ni del clavo
    La adulación fragante forastera.
      Carnero y vaca fue principio y cabo,
    Y con rojos pimientos y ajos duros
    Tan bien como el señor comió el esclavo.
      Bebió la sed los arroyuelos puros:
    Después mostraron del carquesio a Baco
    El camino los brindis mal seguros.
      El rostro macilento, el cuerpo flaco,
    Eran recuerdo del trabajo honroso,
    Y honra y provecho andaban en un saco.
      Pudo sin miedo un español velloso
    Llamar a los tudescos bacanales,
    Y al holandés hereje y alevoso.
      Pudo acusar los celos desiguales
    A la Italia; pero hoy de muchos modos
    Somos copias, si son originales.
      Las descendencias gastan muchos godos,
    Todos blasonan, nadie los imita,
    Y no son sucesores, sino apodos.
      Vino el betún precioso que vomita
    La ballena o la espuma de las olas,
    Que el vicio, no el olor, nos acredita.
      Y quedaron las huestes españolas
    Bien perfumadas, pero mal regidas,
    Y alhajas las que fueron pieles solas.
      Estaban las hazañas mal vestidas,
    Y aún no se hartaba de buriel y lana
    La vanidad de hembras presumidas.
      A la seda pomposa siciliana,
    Que manchó ardiente múrice, el romano
    Y el oro hicieron áspera y tirana.
      Nunca al duro español supo el gusano
    Persuadir que vistiese su mortaja,
    Intercediendo el Can por el verano.
      Hoy desprecia el honor al que trabaja,
    Y entonces fue el trabajo ejecutoria,
    Y el vicio gradüó la gente baja.
      Pretende el alentado joven gloria
    Por dejar la vacada sin marido,
    Y de Ceres ofende la memoria.
      Un animal a la labor nacido
    Y símbolo celoso a los mortales,
    Que a Jove fue disfraz y fue vestido;
      Que un tiempo endureció manos reales,
    Y detrás de él los cónsules gimieron,
    Y rumia luz en campos celestiales,
      ¿Por cuál enemistad se persuadieron
    A que su apocamiento fuese hazaña,
    Y a las mieses tan grande ofensa hicieron?
      ¡Qué cosa es ver un infanzón de España
    Abreviado en la silla a la jineta,
    Y gastar un caballo en una caña!
      Que la niñez al gallo le acometa
    Con semejante munición apruebo;
    Mas no la edad madura y la perfeta.
      Ejercite sus fuerzas el mancebo
    En frentes de escuadrones, no en la frente
    Del útil bruto la asta del acebo.
      El trompeta le llame diligente,
    Dando fuerza de ley el viento vano,
    Y al son esté el ejército obediente.
      ¡Con cuánta majestad llena la mano
    La pica, y el mosquete carga el hombro,
    Del que se atreve a ser buen castellano!
      Con asco entre las otras gentes nombro
    Al que de su persona, sin decoro,
    Más quiere nota dar que dar asombro.
      Gineta y cañas son contagio moro;
    Restitúyanse justas y torneos,
    Y hagan paces las capas con el toro.
      Pasadnos vos de juegos a trofeos;
    Que solo grande rey y buen privado
    Pueden ejecutar estos deseos.
      Vos, que hacéis repetir siglo pasado
    Con desembarazarnos las personas
    Y sacar a los miembros de cuidado,
      Vos distes libertad con las valonas,
    Para que sean corteses las cabezas,
    Desnudando el enfado a las coronas;
      Y, pues vos enmendastes las cortezas,
    Dad a la mejor parte medicina:
    Vuélvanse los tablados fortalezas.
      Que la cortés estrella que os inclina
    A privar sin intento y sin venganza,
    Milagro que a la envidia desatina,
      Tiene por sola bienaventuranza
    El reconocimiento temeroso,
    No presumida y ciega confianza.
      Y si os dio el ascendiente generoso
    Escudos, de armas y blasones llenos,
    Y por timbre el martirio glorioso,
      Mejores sean por vos los que eran buenos
    Guzmanes, y la cumbre desdeñosa
    Os muestre a su pesar campos serenos.
      Lograd, señor, edad tan venturosa;
    Y cuando nuestras fuerzas examina
    Persecución unida y belicosa,
      La militar valiente disciplina
    Tenga más platicantes que la plaza:
    Descansen tela falsa y tela fina.
      Suceda a la marlota la coraza,
    Y si el Corpus con danzas no los pide,
    Velillos y oropel no hagan baza.
      El que en treinta lacayos los divide,
    Hace suerte en el toro y con un dedo
    La hace en él la vara que los mide.
      Mandadlo así, que aseguraros puedo
    Que habéis de restaurar más que Pelayo,
    Pues valdrá por ejércitos el miedo
    Y os verá el cielo administrar su rayo.


_55. Memoria inmortal_

_de don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión_

      Faltar pudo su patria al grande Osuna,
    Pero no a su defensa sus hazañas;
    Diéronle muerte y cárcel las Españas,
    De quien él hizo esclava la fortuna.
      Lloraron sus envidias una a una
    Con las propias naciones las extrañas;
    Su tumba son de Flandes las campañas,
    Y su epitafio la sangrienta luna.
      En sus exequias encendió al Vesubio
    Parténope, y Trinacria el Mongibelo;
    El llanto militar creció en diluvio.
      Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
    La Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
    Murmuran con dolor su desconsuelo.


_56._

      Ya formidable y espantoso suena
    Dentro del corazón el postrer día,
    Y la última hora, negra y fría,
    Se acerca, de temor y sombras llena.
      Si agradable descanso, paz serena,
    La muerte en traje de dolor envía,
    Señas da su desdén de cortesía:
    Más tiene de caricia que de pena.
      ¿Qué pretende el temor desacordado
    De la que a rescatar piadosa viene
    Espíritu en miserias añudado?
      Llegue rogada, pues mi bien previene;
    Hálleme agradecido, no asustado;
    Mi vida acabe y mi vivir ordene.


_57._

      Miré los muros de la patria mía,
    Si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
    De la carrera de la edad cansados,
    Por quien caduca ya su valentía.
      Salime al campo, vi que el sol bebía
    Los arroyos del hielo desatados,
    Y del monte quejosos los ganados,
    Que con sombras hurtó su luz al día.
      Entré en mi casa; vi que amancillada
    De anciana habitación era despojos;
    Mi báculo más corvo y menos fuerte.
      Vencida de la edad sentí mi espada,
    Y no hallé cosa en que poner los ojos
    Que no fuese recuerdo de la muerte.


_58. Letrilla satírica_

      Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Madre, yo al oro me humillo:
    Él es mi amante y mi amado,
    Pues de puro enamorado,
    De contino anda amarillo;
    Que pues, doblón o sencillo,
    Hace todo cuanto quiero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Nace en las Indias honrado,
    Donde el mundo le acompaña;
    Viene a morir en España
    Y es en Génova enterrado.
    Y pues quien le trae al lado
    Es hermoso, aunque sea fiero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Es galán y es como un oro,
    Tiene quebrado el color,
    Persona de gran valor,
    Tan cristiano como moro;
    Pues que da y quita el decoro
    Y quebranta cualquier fuero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Son sus padres principales
    Y es de nobles descendiente,
    Porque en las venas de Oriente
    Todas las sangres son reales:
    Y pues es quien hace iguales
    Al duque y al ganadero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Mas ¿a quién no maravilla
    Ver en su gloria sin tasa
    Que es lo menos de su casa
    Doña Blanca de Castilla?
    Pero pues da al bajo silla
    Y al cobarde hace guerrero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Sus escudos de armas nobles
    Son siempre tan principales,
    Que sin sus escudos reales
    No hay escudos de armas dobles;
    Y pues a los mismos robles
    Da codicia su minero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Por importar en los tratos
    Y dar tan buenos consejos,
    En las casas de los viejos
    Gatos le guardan de gatos.
    Y pues él rompe recatos
    Y ablanda al juez más severo,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Y es tanta su majestad
    (Aunque son sus duelos hartos)
    Que con haberle hecho cuartos
    No pierde su autoridad;
    Pero pues da calidad
    Al noble y al pordiosero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Nunca vi damas ingratas
    A su gusto y afición,
    Que a las caras de un doblón
    Hacen sus caras baratas.
    Y pues las hace bravatas
    Desde una bolsa de cuero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.
      Más valen en cualquier tierra,
    Mirad si es harto sagaz,
    Sus escudos en la paz
    Que rodelas en la guerra.
    Y pues al pobre le entierra
    Y hace propio al forastero,
    Poderoso caballero
    Es don Dinero.



DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS


_59. Oda sáfica_

      Dulce vecino de la verde selva,
    Huésped eterno del abril florido,
    Vital aliento de la madre Venus,
              Céfiro blando;
      Si de mis ansias el amor supiste,
    Tú, que las quejas de mi voz llevaste,
    Oye, no temas, y a mi ninfa dile,
              Dile que muero.
      Filis un tiempo mi dolor sabía;
    Filis un tiempo mi dolor lloraba;
    Quísome un tiempo, mas agora temo,
              Temo sus iras.
    Así los dioses con amor paterno,
    Así los cielos con amor benigno,
    Nieguen al tiempo que feliz volares
              Nieve a la tierra.
      Jamás el peso de la nube parda
    Cuando amanece en la elevada cumbre,
    Toque tus hombros ni su mal granizo
              Hiera tus alas.



DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA


_60._

      Estas que fueron pompa y alegría
    Despertando al albor de la mañana,
    A la tarde serán lástima vana
    Durmiendo en brazos de la noche fría.
      Este matiz que al cielo desafía,
    Iris listado de oro, nieve y grana,
    Será escarmiento de la vida humana:
    ¡Tanto se emprende en término de un día!
      A florecer las rosas madrugaron,
    Y para envejecerse florecieron:
    Cuna y sepulcro en un botón hallaron.
      Tales los hombres sus fortunas vieron:
    En un día nacieron y expiraron;
    Que pasados los siglos, horas fueron.



DON ANTONIO MIRA DE MESCUA


_61. Canción_

      Ufano, alegre, altivo, enamorado,
    Rompiendo el aire el pardo jilguerillo,
    Se sentó en los pimpollos de una haya,
    Y con su pico de marfil nevado
    De su pechuelo blanco y amarillo
    La pluma concertó pajiza y baya;
    Y celoso se ensaya
    A discantar en alto contrapunto
    Sus celos y amor junto,
    Y al ramillo, y al prado y a las flores
    Libre y ufano cuenta sus amores.
    Mas ¡ay! que en este estado
    El cazador cruel, de astucia armado,
    Escondido le acecha,
    Y al tierno corazón aguda flecha
    Tira con mano esquiva
    Y envuelto en sangre en tierra lo derriba.
    ¡Ay, vida mal lograda,
    Retrato de mi suerte desdichada!
      De la custodia del amor materno
    El corderillo juguetón se aleja,
    Enamorado de la yerba y flores,
    Y por la libertad del pasto tierno
    El cándido licor olvida y deja
    Por quien hizo a su madre mil amores:
    Sin conocer temores,
    De la florida primavera bella
    El vario manto huella
    Con retozos y brincos licenciosos,
    Y pace tallos tiernos y sabrosos.
    Mas ¡ay! que en un otero
    Dio en la boca de un lobo carnicero,
    Que en partes diferentes
    Lo dividió con sus voraces dientes,
    Y a convertirse vino
    En purpúreo el dorado vellocino.
    ¡Oh inocencia ofendida,
    Breve bien, caro pasto, corta vida!
      Rica con sus penachos y copetes,
    Ufana y loca, con ligero vuelo
    Se remonta la garza a las estrellas,
    Y, puliendo sus negros martinetes,
    Procura ser allá cerca del cielo
    La reina sola de las aves bellas:
    Y por ser ella de ellas
    La que más altanera se remonta,
    Ya se encubre y trasmonta
    A los ojos del lince más atentos
    Y se contempla reina de los vientos.
    Mas ¡ay! que en la alta nube
    El águila la vio y al cielo sube,
    Donde con pico y garra
    El pecho candidísimo desgarra
    Del bello airón que quiso
    Volar tan alto con tan corto aviso.
    ¡Ay, pájaro altanero,
    Retrato de mi suerte verdadero!
      Al son de las belísonas trompetas
    Y al retumbar del sonoroso parche,
    Formó escuadrón el capitán gallardo;
    Con relinchos, bufidos y corvetas
    Pidió el caballo que la gente marche
    Trocando en paso presuroso el tardo:
    Sonó el clarín bastardo
    La esperada señal de arremetida,
    Y en batalla rompida,
    Teniendo cierta de vencer la gloria,
    Oyó a su gente que cantó victoria.
    Mas ¡ay! que el desconcierto
    Del capitán bisoño y poco experto,
    Por no observar el orden
    Causó en su gente general desorden,
    Y, la ocasión perdida,
    El vencedor perdió victoria y vida.
    ¡Ay, fortuna voltaria,
    En mis prósperos fines siempre varia!
      Al cristalino y mudo lisonjero
    La bella dama en su beldad se goza,
    Contemplándose Venus en la tierra,
    Y al más rebelde corazón de acero
    Con su vista enternece y alboroza,
    Y es de las libertades dulce guerra:
    El desamor destierra
    De donde pone sus divinos ojos,
    Y de ellos son despojos
    Los purísimos castos de Diana,
    Y en su belleza se contempla ufana.
    Mas ¡ay! que un accidente,
    Apenas puso el pulso intercadente,
    Cuando cubrió de manchas,
    Cárdenas ronchas y viruelas anchas
    El bello rostro hermoso
    Y lo trocó en horrible y asqueroso.
    ¡Ay, beldad malograda,
    Muerta luz, turbio sol y flor pisada!
      Sobre frágiles leños, que con alas
    De lienzo débil de la mar son carros,
    El mercader surcó sus claras olas:
    Llegó a la India, y, rico de bengalas,
    Perlas, aromas, nácares bizarros,
    Volvió a ver las riberas españolas.
    Tremoló banderolas,
    Flámulas, estandartes, gallardetes:
    Dio premio a los grumetes
    Por haber descubierto
    De la querida patria el dulce puerto.
    Mas ¡ay! que estaba ignoto
    A la experiencia y ciencia del piloto
    En la barra un peñasco,
    Donde, tocando de la nave el casco,
    Dio a fondo, hechos mil piezas,
    Mercader, esperanzas y riquezas.
    ¡Pobre bajel, figura
    Del que anegó mi próspera ventura!
      Mi pensamiento con ligero vuelo
    Ufano, alegre, altivo, enamorado,
    Sin conocer temores la memoria,
    Se remontó, señora, hasta tu cielo,
    Y contrastando tu desdén airado,
    Triunfó mi amor, captó mi fe victoria;
    Y en la sublime gloria
    De esa beldad se contempló mi alma,
    Y el mar de amor sin calma
    Mi navecilla con su viento en popa
    Llevaba navegando a toda ropa.
    Mas ¡ay! que mi contento
    Fue el pajarillo y corderillo exento,
    Fue la garza altanera,
    Fue el capitán que la victoria espera,
    Fue la Venus del mundo,
    Fue la nave del piélago profundo;
    Pues por diversos modos
    Todos los males padecí de todos.
      Canción, ve a la coluna
    Que sustentó mi próspera fortuna,
    Y verás que si entonces
    Te pareció de mármoles y bronces,
    Hoy es mujer; y en suma
    Breve bien, fácil viento, leve espuma.



DON NICOLÁS F. DE MORATÍN


_62. Fiesta de toros en Madrid_

      Madrid, castillo famoso
    Que al rey moro alivia el miedo,
    Arde en fiestas en su coso
    Por ser el natal dichoso
    De Alimenón de Toledo.
      Su bravo alcaide Aliatar,
    De la hermosa Zaida amante,
    Las ordena celebrar
    Por si la puede ablandar
    El corazón de diamante.
      Pasó, vencida a sus ruegos,
    Desde Aravaca a Madrid;
    Hubo pandorgas y fuegos,
    Con otros nocturnos juegos
    Que dispuso el adalid.
      Y en adargas y colores,
    En las cifras y libreas,
    Mostraron los amadores,
    Y en pendones y preseas,
    La dicha de sus amores.
      Vinieron las moras bellas
    De toda la cercanía,
    Y de lejos muchas de ellas:
    Las más apuestas doncellas
    Que España entonces tenía.
      Aja de Getafe vino,
    Y Zahara la de Alcorcón,
    En cuyo obsequio muy fino
    Corrió de un vuelo el camino
    El moraicel de Alcabón.
      Jarifa de Almonacid,
    Que de la Alcarria en que habita
    Llevó a asombrar a Madrid
    Su amante Audalla, adalid
    Del castillo de Zorita.
      De Adamud y la famosa
    Meco llegaron allí
    Dos, cada cual más hermosa,
    Y Fátima la preciosa,
    Hija de Alí el alcadí.
      El ancho circo se llena
    De multitud clamorosa,
    Que atiende a ver en la arena
    La sangrienta lid dudosa,
    Y todo en torno resuena.
      La bella Zaida ocupó
    Sus dorados miradores
    Que el arte afiligranó,
    Y con espejos y flores
    Y damascos adornó.
      Añafiles y atabales,
    Con militar armonía,
    Hicieron salva, y señales
    De mostrar su valentía
    Los moros más principales.
      No en las vegas de Jarama
    Pacieron la verde grama
    Nunca animales tan fieros,
    Junto al puente que se llama,
    Por sus peces, de Viveros,
      Como los que el vulgo vio
    Ser lidiados aquel día;
    Y en la fiesta que gozó,
    La popular alegría
    Muchas heridas costó.
      Salió un toro del toril
    Y a Tarfe tiró por tierra,
    Y luego a Benalguacil;
    Después con Hamete cierra
    El temerón de Conil.
      Traía un ancho listón
    Con uno y otro matiz
    Hecho un lazo por airón,
    Sobre la inhiesta cerviz
    Clavado con un arpón.
      Todo galán pretendía
    Ofrecerle vencedor
    A la dama que servía:
    Por eso perdió Almanzor
    El potro que más quería.
      El alcaide muy zambrero
    De Guadalajara, huyó
    Mal herido al golpe fiero,
    Y desde un caballo overo
    El moro de Horche cayó.
      Todos miran a Aliatar,
    Que, aunque tres toros ha muerto,
    No se quiere aventurar,
    Porque en lance tan incierto
    El caudillo no ha de entrar.
      Mas viendo se culparía,
    Va a ponérsele delante:
    La fiera le acometía,
    Y sin que el rejón la plante
    Le mató una yegua pía.
      Otra monta acelerado:
    Le embiste el toro de un vuelo
    Cogiéndole entablerado;
    Rodó el bonete encarnado
    Con las plumas por el suelo.
      Dio vuelta hiriendo y matando
    A los de a pie que encontrara,
    El circo desocupando,
    Y emplazándose, se para,
    Con la vista amenazando.
      Nadie se atreve a salir:
    La plebe grita indignada,
    Las damas se quieren ir,
    Porque la fiesta empezada
    No puede ya proseguir.
      Ninguno al riesgo se entrega
    Y está en medio el toro fijo,
    Cuando un portero que llega
    De la puerta de la Vega,
    Hincó la rodilla, y dijo:
      Sobre un caballo alazano,
    Cubierto de galas y oro,
    Demanda licencia urbano
    Para alancear a un toro
    Un caballero cristiano.
      Mucho le pesa a Aliatar;
    Pero Zaida dio respuesta
    Diciendo que puede entrar,
    Porque en tan solemne fiesta
    Nada se debe negar.
      Suspenso el concurso entero
    Entre dudas se embaraza,
    Cuando en un potro ligero
    Vieron entrar en la plaza
    Un bizarro caballero.
      Sonrosado, albo color,
    Belfo labio, juveniles
    Alientos, inquieto ardor,
    En el florido verdor
    De sus lozanos abriles.
      Cuelga la rubia guedeja
    Por donde el almete sube,
    Cual mirarse tal vez deja
    Del sol la ardiente madeja
    Entre cenicienta nube.
      Gorguera de anchos follajes,
    De una cristiana primores;
    En el yelmo los plumajes
    Por los visos y celajes
    Vergel de diversas flores.
      En la cuja gruesa lanza,
    Con recamado pendón,
    Y una cifra a ver se alcanza,
    Que es de desesperación,
    O a lo menos de venganza.
      En el arzón de la silla
    Ancho escudo reverbera
    Con blasones de Castilla,
    Y el mote dice a la orilla:
    _Nunca mi espada venciera_.
      Era el caballo galán,
    El bruto más generoso,
    De más gallardo ademán:
    Cabos negros, y brioso,
    Muy tostado, y alazán.
      Larga cola recogida
    En las piernas descarnadas,
    Cabeza pequeña, erguida,
    Las narices dilatadas,
    Vista feroz y encendida.
      Nunca en el ancho rodeo
    Que da Betis con tal fruto
    Pudo fingir el deseo
    Más bella estampa de bruto,
    Ni más hermoso paseo.
      Dio la vuelta al rededor;
    Los ojos que le veían
    Lleva prendados de amor:
    ¡Alah te salve! decían,
    ¡Dete el Profeta favor!
      Causaba lástima y grima
    Su tierna edad floreciente:
    Todos quieren que se exima
    Del riesgo, y él solamente
    Ni recela ni se estima.
      Las doncellas, al pasar,
    Hacen de ámbar y alcanfor
    Pebeteros exhalar,
    Vertiendo pomos de olor,
    De jazmines y azahar.
      Mas cuando en medio se para,
    Y de más cerca le mira
    La cristiana esclava Aldara,
    Con su señora se encara,
    Y así la dice, y suspira:
      Señora, sueños no son;
    Así los cielos, vencidos
    De mi ruego y aflicción,
    Acerquen a mis oídos
    Las campanas de León,
      Como ese doncel, que ufano
    Tanto asombro viene a dar
    A todo el pueblo africano,
    Es Rodrigo de Vivar,
    El soberbio castellano.
      Sin descubrirle quién es,
    La Zaida desde una almena
    Le habló una noche cortés,
    Por donde se abrió después
    El cubo de la Almudena.
      Y supo que, fugitivo
    De la corte de Fernando,
    El cristiano, apenas vivo,
    Está a Jimena adorando
    Y en su memoria cautivo.
      Tal vez a Madrid se acerca
    Con frecuentes correrías
    Y todo en torno la cerca;
    Observa sus saetías,
    Arroyadas y ancha alberca.
      Por eso le ha conocido:
    Que en medio de aclamaciones,
    El caballo ha detenido
    Delante de sus balcones,
    Y la saluda rendido.
      La mora se puso en pie
    Y sus doncellas detrás:
    El alcaide que lo ve,
    Enfurecido además,
    Muestra cuán celoso esté.
      Suena un rumor placentero
    Entre el vulgo de Madrid:
    No habrá mejor caballero,
    Dicen, en el mundo entero,
    Y algunos le llaman Cid.
      Crece la algazara, y él,
    Torciendo las riendas de oro,
    Marcha al combate crüel:
    Alza el galope, y al toro
    Busca en sonoro tropel.
      El bruto se le ha encarado
    Desde que le vio llegar,
    De tanta gala asombrado,
    Y al rededor le ha observado
    Sin moverse de un lugar.
      Cual flecha se disparó
    Despedida de la cuerda,
    De tal suerte le embistió;
    Detrás de la oreja izquierda
    La aguda lanza le hirió.
      Brama la fiera burlada;
    Segunda vez acomete,
    De espuma y sudor bañada,
    Y segunda vez la mete
    Sutil la punta acerada.
      Pero ya Rodrigo espera
    Con heroico atrevimiento,
    El pueblo mudo y atento:
    Se engalla el toro y altera,
    Y finge acometimiento.
      La arena escarba ofendido,
    Sobre la espalda la arroja
    Con el hueso retorcido;
    El suelo huele y le moja
    En ardiente resoplido.
      La cola inquieto menea,
    La diestra oreja mosquea,
    Vase retirando atrás,
    Para que la fuerza sea
    Mayor, y el ímpetu más.
      El que en esta ocasión viera
    De Zaida el rostro alterado,
    Claramente conociera
    Cuanto le cuesta cuidado
    El que tanto riesgo espera.
      Mas ¡ay, que le embiste horrendo
    El animal espantoso!
    Jamás peñasco tremendo
    Del Cáucaso cavernoso
    Se desgaja estrago haciendo,
      Ni llama así fulminante
    Cruza en negra oscuridad
    Con relámpagos delante,
    Al estrépito tronante
    De sonora tempestad,
      Como el bruto se abalanza
    Con terrible ligereza;
    Mas rota con gran pujanza
    La alta nuca, la fiereza
    Y el último aliento lanza.
      La confusa vocería
    Que en tal instante se oyó
    Fue tanta, que parecía
    Que honda mina reventó,
    O el monte y valle se hundía.
      A caballo como estaba
    Rodrigo, el lazo alcanzó
    Con que el toro se adornaba:
    En su lanza le clavó
    Y a los balcones llegaba.
      Y alzándose en los estribos,
    Le alarga a Zaida, diciendo:
    Sultana, aunque bien entiendo
    Ser favores excesivos,
    Mi corto don admitiendo;
      Si no os dignáredes ser
    Con él benigna, advertid
    Que a mí me basta saber
    Que no le debo ofrecer
    A otra persona en Madrid.
      Ella, el rostro placentero,
    Dijo, y turbada: señor,
    Yo le admito y le venero,
    Por conservar el favor
    De tan gentil caballero.
      Y besando el rico don,
    Para agradar al doncel,
    Le prende con afición
    Al lado del corazón
    Por brinquiño y por joyel.
      Pero Aliatar el caudillo
    De envidia ardiendo se ve,
    Y, trémulo y amarillo,
    Sobre un tremecén rosillo
    Lozaneándose fue.
      Y en ronca voz: Castellano,
    Le dice: con más decoros
    Suelo yo dar de mi mano,
    Si no penachos de toros,
    Las cabezas del cristiano.
      Y si vinieras de guerra
    Cual vienes de fiesta y gala,
    Vieras que en toda la tierra,
    Al valor que dentro encierra
    Madrid, ninguno se iguala.
      Así, dijo el de Vivar,
    Respondo; y la lanza al ristre
    Pone, y espera a Aliatar;
    Mas sin que nadie administre
    Orden, tocaron a armar.
      Ya fiero bando con gritos
    Su muerte o prisión pedía,
    Cuando se oyó en los distritos
    Del monte de Leganitos
    Del Cid la trompetería.
      Entre la Monclova y Soto
    Tercio escogido emboscó,
    Que, viendo como tardó,
    Se acerca, oyó el alboroto,
    Y al muro se abalanzó.
      Y si no vieran salir
    Por la puerta a su señor,
    Y Zaida a le despedir,
    Iban la fuerza a embestir:
    Tal era ya su furor.
      El alcaide, recelando
    Que en Madrid tenga partido,
    Se templó disimulando,
    Y por el parque florido
    Salió con él razonando.
      Y es fama que, a la bajada,
    Juró por la cruz el Cid
    De su vencedora espada
    De no quitar la celada
    Hasta que gane a Madrid.



DON GASPAR M. DE JOVELLANOS


_63. Epístola de Fabio a Anfriso_

_Descripción del Paular_

    _Credibile est illi numen inesse loco_
      OVIDIUS

      Desde el oculto y venerable asilo
    Do la virtud austera y penitente
    Vive ignorada y, del liviano mundo
    Huida, en santa soledad se esconde,
    El triste Fabio al venturoso Anfriso
    Salud en versos flébiles envía.
    Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
    De las mantuanas musas, tal vez suele
    Al grave son de su celeste canto
    Precipitar del viejo Manzanares
    El curso perezoso: tal süave
    Suele ablandar con amorosa lira
    La altiva condición de sus zagalas.
    ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
    A quien no dio la suerte tal ventura
    Pudiese huir del mundo y sus peligros!
    ¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
    Logró arribar a puerto tan seguro,
    Que esconderla supiera en este abrigo,
    A tanta luz y ejemplos enseñado!
    Huyera así la furia tempestuosa
    De los contrarios vientos, los escollos,
    Y las fieras borrascas tantas veces
    Entre sustos y lágrimas corridas.
    Así también del mundanal tumulto
    Lejos, y en estos montes guarecido,
    Alguna vez gozara del reposo,
    Que hoy desterrado de su pecho vive.
      Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
    De la virtud arrastra la cadena,
    La pesada cadena con que el mundo
    Oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
    En cuyo oído suena con espanto,
    Por esta oculta soledad rompiendo,
    De su señor el imperioso grito!
      Busco en estas moradas silenciosas
    El reposo y la paz que aquí se esconden,
    Y solo encuentro la inquietud funesta
    Que mis sentidos y razón conturba.
      Busco paz y reposo, pero en vano
    Los busco ¡oh caro Anfriso! que estos dones,
    Herencia santa que al partir del mundo
    Dejó Bruno en sus hijos vinculada,
    Nunca en profano corazón entraron
    Ni a los parciales del placer se dieron.
      Conozco bien que, fuera de este asilo,
    Solo me guarda el mundo sinrazones,
    Vanos deseos, duros desengaños,
    Susto y dolor; empero todavía
    A entrar en él no puedo resolverme.
    No puedo resolverme, y despechado
    Sigo el impulso del fatal destino
    Que a muy más dura esclavitud me guía.
    Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
    Por todas partes los pesados grillos
    Que de la ansiada libertad me privan.
      De afán y angustia el pecho traspasado,
    Pido a la muda soledad consuelo
    Y con dolientes quejas la importuno.
    Salgo al ameno valle, subo al monte,
    Sigo del claro río las corrientes,
    Busco la fresca y deleitosa sombra,
    Corro por todas partes, y no encuentro
    En parte alguna la quietud perdida.
      ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
    Cansados de llorar, presenta el cielo!
    Rodeado de frondosos y altos montes
    Se extiende un valle, que de mil delicias
    Con sabia mano ornó naturaleza.
    Pártele en dos mitades, despeñado
    De las vecinas rocas, el Lozoya,
    Por su pesca famoso y dulces aguas.
    Del claro río sobre el verde margen
    Crecen frondosos álamos, que al cielo
    Ya erguidos alzan las plateadas copas,
    O ya, sobre las aguas encorvados,
    En mil figuras miran con asombro
    Su forma en los cristales retratada.
    De la siniestra orilla un bosque umbrío
    Hasta la falda del vecino monte
    Se extiende: tan ameno y delicioso
    Que le hubiera juzgado el gentilismo
    Morada de algún dios, o a los misterios
    De las silvanas Dríadas guardado.
      Aquí encamino mis inciertos pasos,
    Y en su recinto umbrío y silencioso,
    Mansión la más conforme para un triste,
    Entro a pensar en mi cruel destino.
    La grata soledad, la dulce sombra,
    El aire blando y el silencio mudo,
    Mi desventura y mi dolor adulan.
    No alcanza aquí del padre de las luces
    El rayo acechador, ni su reflejo
    Viene a cubrir de confusión el rostro
    De un infeliz en su dolor sumido.
    El canto de las aves no interrumpe
    Aquí tampoco la quietud de un triste,
    Pues solo de la viuda tortolilla
    Se oye tal vez el lastimero arrullo,
    Tal vez el melancólico trinado
    De la angustiada y dulce Filomena.
    Con blando impulso el céfiro süave,
    Las copas de los árboles moviendo,
    Recrea el alma con el manso ruido,
    Mientras al dulce soplo desprendidas
    Las agostadas hojas, revolando,
    Bajan en lentos círculos al suelo,
    Cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
    Que al árbol adornara en primavera,
    Yace marchita y muestra los rigores
    Del abrasado estío y seco otoño.
      ¡Así también de juventud lozana
    Pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
    Un soplo de inconstancia, de fastidio,
    O de capricho femenil las tala
    Y lleva por el aire, cual las hojas
    De los frondosos árboles caídas.
    Ciegos empero, y tras su vana sombra
    De contino exhalados, en pos de ellas
    Corremos hasta hallar el precipicio
    Do nuestro error y su ilusión nos guían.
    Volamos en pos de ellas como suele
    Volar a la dulzura del reclamo
    Incauto el pajarillo: entre las hojas
    El preparado visco le detiene:
    Lucha cautivo por huir, y en vano,
    Porque un traidor, que en asechanza atisba,
    Con mano infiel la libertad le roba
    Y a muerte le condena o cárcel dura.
      ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
    Un pronto desengaño corrió el velo
    De la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
    Dichoso el solitario penitente
    Que, triunfando del mundo y de sí mismo,
    Vive en la soledad libre y contento!
    Unido a Dios por medio de la santa
    Contemplación, le goza ya en la tierra,
    Y retirado en su tranquilo albergue
    Observa reflexivo los milagros
    De la naturaleza, sin que nunca
    Turben el susto ni el dolor su pecho.
      Regálanle las aves con su canto,
    Mientras la aurora sale refulgente
    A cubrir de alegría y luz el mundo.
    Nácele siempre el sol claro y brillante,
    Y nunca a él levanta conturbados
    Sus ojos, ora en el oriente raye,
    Ora, del cielo a la mitad subiendo,
    En pompa guíe el reluciente carro;
    Ora con tibia luz, más perezoso,
    Su faz esconda en los vecinos montes.
    Cuando en las claras noches cuidadoso
    Vuelve desde los santos ejercicios,
    La plateada luna en lo más alto
    Del cielo mueve la luciente rueda
    Con augusto silencio, y recreando
    Con blando resplandor su humilde vista,
    Eleva su razón, y la dispone
    A contemplar la alteza y la inefable
    Gloria del Padre y Criador del mundo.
    Libre de los cuidados enojosos
    Que en los palacios y dorados techos
    Nos turban de contino, y entregado
    A la inefable y justa Providencia,
    Si al breve sueño alguna pausa pide
    De sus santas tareas, obediente
    Viene a cerrar sus párpados el sueño
    Con mano amiga, y de su lado ahuyenta
    El susto y las fantasmas de la noche.
      ¡Oh suerte venturosa, a los amigos
    De la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
    De los tristes mundanos conocida!
    ¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío!
    ¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria,
    Taciturna mansión! ¡Oh, quién, del alto
    Y proceloso mar del mundo huyendo
    A vuestra santa calma, aquí seguro
    Vivir pudiera siempre, y escondido!
      Tales cosas revuelvo en mi memoria
    En esta triste soledad sumido.
    Llega en tanto la noche, y con su manto
    Cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
    A los medrosos claustros. De una escasa
    Luz el distante y pálido reflejo
    Guía por ellos mis inciertos pasos;
    Y en medio del horror y del silencio,
    ¡Oh fuerza del ejemplo portentosa!
    Mi corazón palpita, en mi cabeza
    Se erizan los cabellos, se estremecen
    Mis carnes, y discurre por mis nervios
    Un súbito rigor que los embarga.
    Parece que oigo que del centro oscuro
    Sale una voz tremenda que, rompiendo
    El eterno silencio, así me dice:
    «Huye de aquí, profano; tú, que llevas
    »De ideas mundanales lleno el pecho,
    »Huye de esta morada, do se albergan
    »Con la virtud humilde y silenciosa
    »Sus escogidos: huye, y no profanes
    »Con tu planta sacrílega este asilo.»
    De aviso tal al golpe confundido,
    Con paso vacilante voy cruzando
    Los pavorosos tránsitos, y llego
    Por fin a mi morada, donde ni hallo
    El ansiado reposo, ni recobran
    La suspirada calma mis sentidos.
    Lleno de congojosos pensamientos
    Paso la triste y perezosa noche
    En molesta vigilia, sin que llegue
    A mis ojos el sueño, ni interrumpan
    Sus regalados bálsamos mi pena.
    Vuelve por fin con la rosada aurora
    La luz aborrecida, y en pos de ella
    El claro día a publicar mi llanto
    Y dar nueva materia al dolor mío.



DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS


_64. Rosana en los fuegos_

      Del sol llevaba la lumbre,
    Y la alegría del alba,
    En sus celestiales ojos
    La hermosísima Rosana,
    Una noche que a los fuegos
    Salió la fiesta de Pascua
    Para abrasar todo el valle
    En mil amorosas ansias.
    Por do quiera que camina
    Lleva tras sí la mañana,
    Y donde se vuelve rinde
    La libertad de mil almas.
    El céfiro la acaricia
    Y mansamente la halaga,
    Los Amores la rodean
    Y las Gracias la acompañan.
    Y ella, así como en el valle
    Descuella la altiva palma
    Cuando sus verdes pimpollos
    Hasta las nubes levanta;
    O cual vid de fruto llena
    Que con el olmo se abraza,
    Y sus vástagos extiende
    Al arbitrio de las ramas;
    Así entre sus compañeras
    El nevado cuello alza,
    Sobresaliendo entre todas
    Cual fresca rosa entre zarzas.
    Todos los ojos se lleva
    Tras sí, todo lo avasalla;
    De amor mata a los pastores
    Y de envidia a las zagalas.
    Ni las músicas se atienden,
    Ni se gozan las lumbradas;
    Que todos corren por verla
    Y al verla todos se abrasan.
    ¡Qué de suspiros se escuchan!
    ¡Qué de vivas y de salvas!
    No hay zagal que no la admire
    Y no se esmere en loarla.
    Cuál absorto la contempla
    Y a la aurora la compara
    Cuando más alegre sale
    Y el cielo de su albor baña;
    Cuál al fresco y verde aliso
    Que crece al margen del agua,
    Cuando más pomposo en hojas
    En su cristal se retrata;
    Cuál a la luna, si muestra
    Llena su esfera de plata,
    Y asoma por los collados
    De luceros coronada.
    Otros pasmados la miran
    Y mudamente la alaban,
    Y cuanto más la contemplan
    Muy más hermosa la hallan.
    Que es como el cielo su rostro
    Cuando en la noche callada
    Brilla con todas sus luces
    Y los ojos embaraza.
    ¡Ay, qué de envidias se encienden!
    ¡Ay, qué de celos que causa
    En las serranas del Tormes
    Su perfección sobrehumana!
    Las más hermosas la temen,
    Mas sin osar murmurarla;
    Que como el oro más puro
    No sufre una leve mancha.
    Bien haya tu gentileza,
    Una y mil veces bien haya,
    Y abrase la envidia al pueblo,
    Hermosísima aldeana.
    Toda, toda eres perfecta,
    Toda eres donaire y gracia,
    El amor vive en tus ojos
    Y la gloria está en tu cara.
    La libertad me has robado,
    Yo la doy por bien robada,
    Mas recibe el don benigna
    Que mi humildad te consagra.
    Esto un zagal la decía
    Con razones mal formadas,
    Que salió libre a los fuegos
    Y volvió cautivo a casa.
    Y desde entonces perdido
    El día a sus puertas le halla;
    Ayer le cantó esta letra
    Echándole la alborada:
      Linda zagaleja
    De cuerpo gentil,
    _Muérome de amores_
    _Desde que te vi._
      Tu talle, tu aseo,
    Tu gala y donaire,
    No tienen, serrana,
    Igual en el valle.
    Del cielo son ellos
    Y tú un serafín:
    _Muérome de amores_
    _Desde que te vi._
      De amores me muero,
    Sin que nada baste
    A darme la vida
    Que allá te llevaste,
    Si ya no te dueles
    Benigna de mí;
    _Que muero de amores_
    _Desde que te vi_.



DON LEANDRO F. DE MORATÍN


_65. Elegía a las Musas_

      Esta corona, adorno de mi frente,
    Esta sonante lira y flautas de oro
    Y máscaras alegres, que algún día
    Me disteis, sacras Musas, de mis manos
    Trémulas recibid, y el canto acabe,
    Que fuera osado intento repetirle.
    He visto ya cómo la edad ligera,
    Apresurando a no volver las horas,
    Robó con ellas su vigor al numen.
    Sé que negáis vuestro favor divino
    A la cansada senectud, y en vano
    Fuera implorarle; pero en tanto, bellas
    Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
    No me neguéis que os agradezca humilde
    Los bienes que os debí. Si pude un día,
    No indigno sucesor de nombre ilustre,
    Dilatarle famoso, a vos fue dado
    Llevar al fin mi atrevimiento. Solo
    Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
    A prestarme constancia en los afanes
    Que turbaron mi paz, cuando insolente
    Vano saber, enconos y venganzas,
    Codicia y ambición, la patria mía
    Abandonaron a civil discordia.
      Yo vi del polvo levantarse audaces,
    A dominar y perecer, tiranos:
    Atropellarse efímeras las leyes,
    Y llamarse virtudes los delitos.
    Vi las fraternas armas nuestros muros
    Bañar en sangre nuestra, combatirse,
    Vencido y vencedor hijos de España,
    Y el trono desplomándose al vendido
    Ímpetu popular. De las arenas
    Que el mar sacude en la fenicia Gades,
    A las que el Tajo lusitano envuelve
    En oro y conchas, uno y otro imperio,
    Iras, desorden esparciendo y luto,
    Comunicarse el funeral estrago.
    Así cuando en Sicilia el Etna ronco
    Revienta incendios, su bifronte cima
    Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
    Turba el Averno sus calladas ondas;
    Y allá del Tibre en la ribera etrusca
    Se estremece la cúpula soberbia
    Que al Vicario de Cristo da sepulcro.
      ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
    ¿Quién dar al verso acordes armonías,
    Oyendo resonar grito de muerte?
    Tronó la tempestad: bramó iracundo
    El huracán, y arrebató a los campos
    Sus frutos, su matiz: la rica pompa
    Destrozó de los árboles sombríos:
    Todas huyeron tímidas las aves
    Del blando nido, en el espanto mudas;
    No más trinos de amor. Así agitaron
    Los tardos años mi existencia, y pudo
    Solo en región extraña el oprimido
    Ánimo hallar dulce descanso y vida.
      Breve será; que ya la tumba aguarda
    Y sus mármoles abre a recibirme;
    Ya los voy a ocupar... Si no es eterno
    El rigor de los hados, y reservan
    A mi patria infeliz mayor ventura,
    Dénsela presto, y mi postrer suspiro
    Será por ella... Prevenid en tanto
    Flébiles tonos, enlazad coronas
    De ciprés funeral, Musas celestes;
    Y donde a las del mar sus aguas mezcla
    El Garona opulento, en silencioso
    Bosque de lauros y menudos mirtos,
    Ocultad entre flores mis cenizas.



DON MANUEL MARÍA DE ARJONA


_66. La diosa del bosque_

      ¡Oh, si bajo estos árboles frondosos
    Se mostrase la célica hermosura
    Que vi algún día en inmortal dulzura
                  Este bosque bañar!
      Del cielo tu benéfico descenso
    Sin duda ha sido, lúcida belleza:
    Deja, pues, diosa, que mi grato incienso
                  Arda sobre tu altar.
      Que no es amor mi tímido alborozo,
    Y me acobarda el rígido escarmiento,
    Que ¡oh Piritöo! condenó tu intento
                  Y tu intento, Ixïón.
      Lejos de mí sacrílega osadía:
    Bástame que con plácido semblante
    Aceptes, diosa, a mis anhelos pía,
                  Mi ardiente adoración.
      Mi adoración y el cántico de gloria
    Que de mí el Pindo atónito ya espera:
    Baja tú a oírme de la sacra esfera
                  ¡Oh radiante deidad!
      Y tu mirar más nítido y süave,
    He de cantar, que fúlgido lucero;
    Y el limpio encanto que infundirnos sabe
                  Tu dulce majestad.
      De pureza jactándose natura,
    Te ha formado del cándido rocío
    Que sobre el nardo al apuntar de estío
                  La aurora derramó;
      Y excelsamente lánguida retrata
    El rosicler pacífico de Mayo
    Tu alma: Favonio su frescura grata
                  A tu hablar trasladó.
      ¡Oh imagen perfectísima del orden
    Que liga en lazos fáciles el mundo,
    Solo en los brazos de la paz fecundo,
                  Solo amable en la paz!
      En vano con espléndido aparato
    Finge el arte solícito grandezas:
    Natura vence con sencillo ornato
                  Tan altivo disfraz.
      Monarcas, que los pérsicos tesoros
    Ostentáis con magnífica porfía,
    Copiad el brillo de un sereno día
                  Sobre el azul del mar:
      O copie estudio de émula hermosura
    De mi deidad el mágico descuido;
    Antes veremos la estrellada altura
                  Los hombres escalar.
      Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento
    Ya las alas del céfiro recibe,
    Y al pecho ilustre en que tu numen vive
                  Vuela, vuela veloz;
      Y en los erguidos álamos ufana
    Penda siempre esta cítara, aunque nueva;
    Que ya a sus ecos hermosura humana
                  No ha de ensalzar mi voz.



DON ALBERTO LISTA


_67. Al Sueño_

_El himno del desgraciado_

  «_El grande y el pequeño_
  _Iguales son lo que les dura el sueño._»

      Desciende a mí, consolador Morfeo,
    Único dios que imploro,
    Antes que muera el esplendor febeo
    Sobre las playas del adusto moro.
      Y en tu regazo el importuno día
    Me encuentre aletargado,
    Cuando triunfante de la niebla umbría
    Asciende al trono del cenit dorado.
      Pierda en la noche y pierda en la mañana
    Tu calma silenciosa
    Aquel feliz que en lecho de oro y grana
    Estrecha al seno la adorada esposa.
      Y el que halagado con los dulces dones
    De Pluto y de Citeres,
    Las que a la tarde fueron ilusiones,
    A la aurora verá ciertos placeres.
      No halle jamás la matutina estrella
    En tus brazos rendido
    Al que bebió en los labios de su bella
    El suspiro de amor correspondido.
      ¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia
    No turbe su contento;
    Que es perpetua delicia su existencia
    Y un siglo de placer cada momento.
      Para ellos nace, el orbe colorando,
    La sonrosada aurora,
    Y el ave sus amores va cantando,
    Y la copia de Abril derrama Flora.
      Para ellos tiende su brillante velo
    La noche sosegada,
    Y de trémula luz esmalta el cielo,
    Y da al amor la sombra deseada.
      Si el tiempo del placer para el dichoso
    Huye en veloz carrera,
    Une con breve y plácido reposo
    Las dichas que ha gozado a las que espera.
      Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida
    Desciende ya propicio;
    Cuanto me quites de la odiosa vida,
    Me quitarás de mi inmortal suplicio.
      ¿De qué me sirve el súbito alborozo
    Que a la aurora resuena,
    Si al despertar el mundo para el gozo,
    Solo despierto yo para la pena?
      ¿De qué el ave canora, o la verdura
    Del prado que florece,
    Si mis ojos no miran su hermosura,
    Y el universo para mí enmudece?
      El ámbar de la vega, el blando ruido,
    Con que el raudal se lanza,
    ¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido,
    Último bien del hombre, la esperanza?
      Girará en vano, cuando el sol se ausente,
    La esfera luminosa;
    En vano, de almas tiernas confidente,
    Los campos bañará la luna hermosa.
      Esa blanda tristeza que derrama
    A un pecho enamorado,
    Si su tranquila amortiguada llama
    Resbala por las faldas del collado,
      No es para un corazón de quien ha huido
    La ilusión lisonjera,
    Cuando pidió, del desengaño herido,
    Su triste antorcha a la razón severa.
      Corta el hilo a mi acerba desventura,
    Oh tú, sueño piadoso;
    Que aquellas horas que tu imperio dura
    Se iguala el infeliz con el dichoso.
      Ignorada de sí yazca mi mente,
    Y muerto mi sentido;
    Empapa el ramo, para herir mi frente,
    En las tranquilas aguas del olvido.
      De la tumba me iguale tu beleño
    A la ceniza yerta,
    Solo ¡ay de mí! que del eterno sueño,
    Mas felice que yo, nunca despierta.
      Ni aviven mi existencia interrumpida
    Fantasmas voladores,
    Ni los sucesos de mi amarga vida
    Con tus pinceles lánguidos colores.
      No me acuerdes crüel de mi tormento
    La triste imagen fiera;
    Bástale su malicia al pensamiento,
    Sin darle tú el puñal para que hiera.
      Ni me halagues con pérfidos placeres,
    Que volarán contigo;
    Y el dolor de perderlos cuando huyeres
    De atreverme a gozar será el castigo.
      Deslízate callado, y encadena
    Mi ardiente fantasía;
    Que asaz libre será para la pena
    Cuando me entregues a la luz del día.
      Ven, termina la mísera querella
    De un pecho acongojado.
    ¡Imagen de la muerte! después de ella
    Eres el bien mayor del desgraciado.



DON MANUEL JOSÉ QUINTANA


_68. A España, después de la revolución de Marzo_

      ¿Qué era, decidme, la nación que un día
    Reina del mundo proclamó el destino,
    La que a todas las zonas extendía
    Su cetro de oro y su blasón divino?
    Volábase a occidente,
    Y el vasto mar Atlántico sembrado
    Se hallaba de su gloria y su fortuna.
    Do quiera España: en el preciado seno
    De América, en el Asia, en los confines
    Del África, allí España. El soberano
    Vuelo de la atrevida fantasía
    Para abarcarla se cansaba en vano;
    La tierra sus mineros le rendía,
    Sus perlas y coral el Oceáno.
    Y donde quier que revolver sus olas
    Él intentase, a quebrantar su furia
    Siempre encontraba costas españolas.
      Ora en el cieno del oprobio hundida,
    Abandonada a la insolencia ajena,
    Como esclava en mercado, ya aguardaba
    La ruda argolla y la servil cadena.
    ¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
    La pestilente fiebre respirando,
    Infestó el aire, emponzoñó la vida;
    La hambre enflaquecida
    Tendió sus brazos lívidos, ahogando
    Cuanto el contagio perdonó; tres veces
    De Jano el templo abrimos,
    Y a la trompa de Marte aliento dimos;
    Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares
    Su escudo nos negaron, y nos vimos
    Rotos en tierra y rotos en los mares.
    ¿Qué en tanto tiempo viste
    Por tus inmensos términos, oh Iberia?
    ¿Qué viste ya sino funesto luto,
    Honda tristeza, sin igual miseria,
    De tu vil servidumbre acerbo fruto?
      Así, rota la vela, abierto el lado,
    Pobre bajel a naufragar camina,
    De tormenta en tormenta despeñado,
    Por los yermos del mar; ya ni en su popa
    Las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
    Ni en señal de esperanza y de contento
    La flámula riendo al aire ondea.
    Cesó en su dulce canto el pasajero,
    Ahogó su vocerío
    El ronco marinero,
    Terror de muerte en torno le rodea,
    Terror de muerte silencioso y frío;
    Y él va a estrellarse al áspero bajío.
      Llega el momento, en fin; tiende su mano
    El tirano del mundo al occidente,
    Y fiero exclama: «El occidente es mío.»
    Bárbaro gozo en su ceñuda frente
    Resplandeció, como en el seno oscuro
    De nube tormentosa en el estío
    Relámpago fugaz brilla un momento
    Que añade horror con su fulgor sombrío.
    Sus guerreros feroces
    Con gritos de soberbia el viento llenan;
    Gimen los yunques, los martillos suenan,
    Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso
    Pensáis que espadas son para el combate
    Las que mueven sus manos codiciosas?
    No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
    Cadenas son que en vergonzosos lazos
    Por siempre amarren tan inertes brazos.
      Estremeciose España
    Del indigno rumor que cerca oía,
    Y al grande impulso de su justa saña
    Rompió el volcán que en su interior hervía.
    Sus déspotas antiguos
    Consternados y pálidos se esconden;
    Resuena el eco de venganza en torno,
    Y del Tajo las márgenes responden:
    «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
    Los colosos de oprobio y de vergüenza
    Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
    Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
    Y tú, orgulloso y fiero,
    Viendo que aun hay Castilla y castellanos,
    Precipitas al mar tus rubias ondas,
    Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»
      ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
    ¿Con que puede ya dar el labio mío
    El nombre augusto de la patria al viento?
    Yo le daré; mas no en el arpa de oro
    Que mi cantar sonoro
    Acompañó hasta aquí; no aprisionado
    En estrecho recinto, en que se apoca
    El numen en el pecho
    Y el aliento fatídico en la boca.
    Desenterrad la lira de Tirteo,
    Y al aire abierto, a la radiante lumbre
    Del sol, en la alta cumbre
    Del riscoso y pinífero Fuenfría,
    Allí volaré yo, y allí cantando
    Con voz que atruene en derredor la sierra,
    Lanzaré por los campos castellanos
    Los ecos de la gloria y de la guerra.
      ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
    Único asilo y sacrosanto escudo
    Al ímpetu sañudo
    Del fiero Atila que a occidente oprime!
    ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
    Ved del Tercer Fernando alzarse airada
    La augusta sombra; su divina frente
    Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
    Blandir el Cid su centellante espada,
    Y allá sobre los altos Pirineos,
    Del hijo de Jimena
    Animarse los miembros giganteos.
    En torvo ceño y desdeñosa pena
    Ved cómo cruzan por los aires vanos;
    Y el valor exhalando que se encierra
    Dentro del hueco de sus tumbas frías,
    En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!
      ¡Pues qué! ¿Con faz serena
    Vierais los campos devastar opimos,
    Eterno objeto de ambición ajena,
    Herencia inmensa que afanando os dimos?
    Despertad, raza de héroes: el momento
    Llegó ya de arrojarse a la victoria;
    Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
    Que vuestra gloria humille nuestra gloria.
    No ha sido en el gran día
    El altar de la patria alzado en vano
    Por vuestra mano fuerte.
    Juradlo, ella os lo manda: _¡Antes la muerte_
    _Que consentir jamás ningún tirano!_»
      Sí, yo lo juro, venerables sombras;
    Yo lo juro también, y en este instante
    Ya me siento mayor. Dadme una lanza,
    Ceñidme el casco fiero y refulgente;
    Volemos al combate, a la venganza;
    Y el que niegue su pecho a la esperanza,
    Hunda en el polvo la cobarde frente.
    Tal vez el gran torrente
    De la devastación en su carrera
    Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
    No se muere una vez? ¿No iré, expirando,
    A encontrar nuestros ínclitos mayores?
    «¡Salud, oh padres de la patria mía,
    Yo les diré, salud! La heroica España
    De entre el estrago universal y horrores
    Levanta la cabeza ensangrentada,
    Y vencedora de su mal destino,
    Vuelve a dar a la tierra amedrentada
    Su cetro de oro y su blasón divino.»



DON JUAN NICASIO GALLEGO


_69. Elegía a la muerte
de la Duquesa de Frías_

      Al sonante bramido
    Del piélago feroz que el viento ensaña
    Lanzando atrás del Turia la corriente;
    En medio al denegrido
    Cerco de nubes que de Sirio empaña
    Cual velo funeral la roja frente;
    Cuando el cárabo oscuro
    Ayes despide entre la breña inculta,
    Y a tardo paso soñoliento Arturo
    En el mar de occidente se sepulta;
    A los mustios reflejos
    Con que en las ondas alteradas tiembla
    De moribunda luna el rayo frío,
    Daré del mundo y de los hombres lejos
    Libre rienda al dolor del pecho mío.
      Sí, que al mortal a quien del hado el ceño
    A infortunios sin término condena,
    Sobre su cuello mísero cargando
    De uno en otro eslabón larga cadena,
    No en jardín halagüeño,
    Ni al puro ambiente de apacible aurora
    Soltar conviene el lastimero canto
    Con que al cielo importuna.
    Solitario arenal, sangrienta luna
    Y embravecidas olas acompañen
    Sus lamentos fatídicos ¡Oh lira
    Que escenas solo de aflicción recuerdas;
    Lira que ven mis ojos con espanto
    Y a recorrer tus cuerdas
    Mi ya trémula mano se resiste!
    Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe!
      ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella
    Gentil, discreta, incomparable amiga,
    Cuya presencia sola
    El tropel de mis penas disipaba!
    ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella
    De la corte española
    Más digno fue y espléndido ornamento?
    ¡Y aquel mágico acento
    Enmudeció por siempre, que llenaba
    De inefable dulzura el alma mía!
    Y ¡qué! fortuna impía,
    ¿Ni su postrer adiós oír me dejas?
    ¿Ni de su esposo amado
    Templar el llanto y las amargas quejas?
    ¿Ni el estéril consuelo
    De acompañar hasta el sepulcro helado
    Sus pálidos despojos?
    ¡Ay! Derramen sin duelo
    Sangre mi corazón, llanto mis ojos.
      ¿Por qué, por qué a la tumba,
    Insaciable de víctimas, tu amigo
    Antes que tú no descendió, Señora?
    ¿Por qué al menos contigo
    La memoria fatal no te llevaste
    Que es un tormento irresistible ahora?
    ¿Qué mármol hay que pueda
    En tan acerba angustia los aciagos
    Recuerdos resistir del bien perdido?
    Aún resuena en mi oído
    El espantoso obús lanzando estragos,
    Cuando mis ojos ávidos te vieron
    Por la primera vez. Cien bombas fueron
    A tu arribo marcial salva triunfante.
    Con inmóvil semblante
    Escucho amedrentado el son horrendo
    De los globos mortíferos, en torno
    Del leño frágil a tus pies cayendo,
    Y el agua que a su empuje se encumbraba
    Y hasta las altas grímpolas saltaba.
      El dulce soplo de Favonio en tanto
    Las velas hinche del bajel ligero,
    Sin que salude con festivo canto
    La suspirada costa el marinero.
    Ardiendo de la patria en fuego santo,
    Insensible al horror del bronce fiero,
    Fijar te miro impávida y serena
    La planta breve en la menuda arena.
    ¡Salve, oh Deidad! --del gaditano muro
    Grita la muchedumbre alborozada;
    ¡Salve, oh Deidad! --de gozo enajenada
    La ruidosa marina
    Que a ti se agolpa y el batel rodea;
    Y al cielo sube el aclamar sonoro
    Como al aplauso del celeste coro
    Salió del mar la hermosa Citerea.
    Absortas contemplaron
    El fuego de tus ojos
    Las bellas ninfas de la bella Gades;
      Absortas te envidiaron
    El pie donoso y la mejilla pura,
    El vivo esmalte de tus labios rojos,
    El albo seno y la gentil cintura.
    Yo te miraba atónito: no empero
    Sentí en el alma el pasador agudo
    De bastarda pasión; que a dicha pudo
    Del honor y el deber la ley severa
    Ser a mi pecho impenetrable escudo.
    Mas ¿quién el homenaje
    De afecto noble, de amistad sincera
    Cual yo te tributó, cuando el tesoro
    De tu divino ingenio descubría,
    Que en cuerpo tan gallardo relucía
    Como rico brillante en joya de oro?
    ¡Cuántas, ay, qué apacibles
    Horas en dulces pláticas pasadas
    Betis me viera de tu voz pendiente!
    ¡Cuántas en las calladas
    Florestas de Aranjuez el eco blando
    Detuvo el paso a la tranquila fuente!
    Ya el primor ensalzando
    Que al fragante clavel las hojas riza
    Y la ancha cola del pavón matiza;
    Ya la varia fortuna
    Del cetro godo y del laurel romano;
    O el poder sobrehumano
    Que de un soplo derroca
    Del alto solio al triunfador de Jena
    Y con duras amarras le encadena,
    Como al antiguo Encélado, a una roca.
      Pero otro don magnífico, sublime,
    Más alto que el ingenio y la hermosura,
    Debiste al Criador, vivaz destello
    De su lumbre inmortal, alma ternura.
    ¿Cuándo, cuándo al gemido
    Negó del infeliz oro tu mano,
    Ayes tu corazón? El escondido
    Volcán que decoroso
    Tu noble aspecto revelaba apenas,
    Un infortunio, un rasgo generoso,
    Un sacrificio heroico hervir hacía.
    Entonces agitado
    Tu rostro angelical resplandecía
    De más purpúreo rosicler cubierto:
    Del seno relevado
    La extraña conmoción, el entreabierto
    Labio, las refulgentes
    Ráfagas de tus ojos
    Que entre los anchos párpados brillaban,
    Las lágrimas ardientes
    Que a tus negras pestañas asomaban,
    El gesto, el ademán, los mal seguros
    Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca
    Tan insigne modelo
    De estro feliz, de inspiración divina
    Mostró Casandra en los dardanios muros
    Ni en las lides olímpicas Corina.
    Y solo al santo fuego
    De un pecho tan magnánimo pudiera
    Deber tu amigo el aire que respira.
    Solo a tu blando ruego
    La Amistad se vistiera
    Máscara y formas del Amor su hermano.
    ¿Quién sino tú, señora,
    Dejando inquieta la mullida pluma
    Antes que el frío tálamo la Aurora,
    Entrar osara en la mansión del crimen?
    ¿Quién sino tú del duro carcelero,
    Menos al son del oro empedernido
    Que al eco de los míseros que gimen,
    Quisiera el ceño soportar? Perdona,
    Cara Piedad, que mi indiscreta musa
    Publique al mundo tan heroico ejemplo,
    Y que mi gratitud cuelgue en el templo
    De la santa Amistad digna corona.
      En el mezquino lecho
    De cárcel solitaria
    Fiebre lenta y voraz me consumía,
    Cuando sordo a mis quejas
    Rayaba apenas en las altas rejas
    El perezoso albor del nuevo día.
    De planta cautelosa
    Insólito rumor hiere mi oído;
    Los vacilantes ojos
    Clavo en la ruda puerta estremecido
    Del súbito crujir de sus cerrojos,
    Y el repugnante gesto
    Del fiero alcaide mi atención excita,
    Que hacia mí sin cesar su mano agita
    Con labio mudo y sonreír funesto.
    Salto del lecho, y sígole azorado,
    Cruzando los revueltos corredores
    De aquella triste y lóbrega caverna
    Hasta un breve recinto iluminado
    De moribunda y fúnebre linterna.
      Y a par que por oculto
    Tránsito desparece
    Como visión fantástica el cerbero,
    De nuevo extraño bulto,
    Sombra confusa, que se acerca y crece,
    La angustia dobla de mi horror primero.
    Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa
    A la pálida luz mi vista errante
    Los bellos rasgos de Piedad divisa
    Entre los pliegues del cendal flotante!
    «¿Por qué, por qué benigna,»
    Clamé bañado en llanto de alborozo,
    «Osas pisar, Señora,
    »Esta morada indigna
    »Que tu respeto y tu virtud desdora?
    »¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo,
    »Del placer celestial que el alma oprime,
    »Hoy a tus plantas expirar consigo,
    »Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo.
      »A este oscuro aposento
    »No a que de pena o de placer expires
    »La voz de la amistad mis pasos guía,
    »Sino a esforzar tu desmayado aliento
    »Contra los golpes de la suerte impía.
    »Su cuello al susto y la congoja doble
    »El que del crimen en su pecho sienta
    »El punzante aguijón; que al alma noble
    »Do la inocencia plácida se anida,
    »Ni el peso de los grillos la atormenta,
    »Ni el son de los cerrojos la intimida.
    »Recobra, amigo caro,
    »La esperanza marchita
    »Y el digno esfuerzo del varón constante.
    »Pronto será que el astro rutilante,
    »Que jamás estas bóvedas visita,
    »De la calumnia vil triunfar te vea:
    »Mi fausto anuncio tu consuelo sea.
      »Seralo, sí; lo juro;
    »Y aunque ese llanto que tu rostro inunda
    »Vaticinio tan próspero desmiente,
    »No me hará de fortuna el torvo ceño
    »Fruncir las cejas ni arrugar la frente;
    »Que el dichoso mortal a quien risueño
    »Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora
    La aciaga voz del carcelero escucho,
    Diciendo: «es tarde; baste ya, Señora.»
      «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso
    »Que al despuntar del sol sacude el sueño
    »Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!»
    «Aguarda»... «¡Adiós!»... Y en soledad sumido
    Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido
    Barrer las gradas la crujiente seda.
    ¡Oh digno, oh generoso
    Dechado de amistad! ¡Oh alegre día!
    ¿Y en dónde estás, en dónde,
    Ángel consolador, Duquesa amada,
    Que no te mueve ya la angustia mía?
    ¡Gran Dios, y ni responde
    De su esposo infeliz al caro acento,
    Aunque en la tumba helada
    Lágrimas de dolor vierte a raudales!
    ¡Ni de su triste huérfana el lamento,
    Con ambos brazos al sepulcro asida,
    Ablanda sus entrañas maternales!
    ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol
    En vano importunáis. Hará el rocío
    Del venidero Abril que al campo vuelva
    La verde pompa que abrasó el estío;
    Mas no esperéis que el túmulo sombrío
    La devorada víctima devuelva,
    Ni a sus profundos huecos
    Otra respuesta oír que sordos ecos.
      En él de bronce y oro,
    Ínclito vate[2], entallarán cinceles
    Vuestro heroico blasón, entretejiendo
    Con sus antiguas palmas tus laureles...
    ¡Inútil afanar! La sien ceñida
    De adelfa y mirto, pulsará tu mano
    La dolorosa cítara, moviendo
    El orbe todo a compasión... ¡En vano!
    Resonarán con ellas
    Mis gemidos simpáticos, y el coro
    De cuantos cisnes tu infortunio inspira
    Alzar podrá a su gloria
    Noble trofeo en canto peregrino.
    Mas ¡ay! ¿podrá su lira
    Forzar las puertas del Edén divino
    Y el diente ensangrentado
    Del áspid arrancar en ti clavado?
      A más alto poder, mísero amigo,
    Los ojos torna y el clamor dirige
    Que entre sollozos lúgubres exhalas.
    Al Ser inmenso que los orbes rige,
    En las rápidas alas
    De ferviente oración remonta el vuelo.
    Yo elevaré contigo
    Mis tiernos votos, y al gemir de aquella,
    Que en mis brazos creció, cándida niña,
    Trasunto vivo de tu esposa bella,
    Dará benigno el cielo
    Paz a su madre, a tu aflicción consuelo.
    Sí; que hasta el solio del Eterno llega
    El ardiente suspiro
    De quien con puro corazón le ruega,
    Como en su templo santo el humo sube
    Del balsámico incienso en vaga nube.



DON JUAN MARÍA MAURY


_70. La timidez_

      A las márgenes alegres
    Que el Guadalquivir fecunda,
    Y adonde ostenta pomposo
    El orgullo de su cuna,
      Vino Rosalba, sirena
    De los mares que tributan
    A España, entre perlas y oro,
    Peregrinas hermosuras.
      Más festiva que las auras,
    Más ligera que la espuma,
    Hermosa como los cielos,
    Gallarda como ninguna,
      Con el hechicero adorno
    De tantas bellezas juntas,
    No hay corazón que no robe,
    Ni quietud que no destruya.
      Así Rosalba se goza,
    Mas la que tanto procura
    Avasallar libertades,
    Al cabo empeña la suya.
      Lisardo, joven amable,
    Sobresale entre la turba
    De esclavos que por Rosalba
    Sufren de amor la coyunda.
      Tal vez sus floridos años
    No bien de la edad adulta
    Acaban de ver cumplida
    La primavera segunda.
      Aventajado en ingenio,
    Rico en bienes de fortuna,
    Dichoso, en fin, si supiera
    Que audacias amor indulta,
      Idólatra más que amante,
    Con adoración profunda,
    A Rosalba reverencia,
    Y deidad se la figura.
      Un día alcanza otro día
    Sin que su amor le descubra;
    El respeto le encadena
    Y ella su respeto culpa.
      Bien a Lisardo sus ojos
    Dijeran que más presuma;
    Pero él, comedido amante,
    O los huye o no los busca.
      Perdido y desconsolado,
    Una noche en que natura
    A meditación convida
    Con su pompa taciturna,
      Mientras el disco mudable,
    En que ceñirse acostumbra,
    Entre celajes de nácar
    Esconde tímida luna;
      Al margen del sacro río
    La inocente suerte acusa,
    Y así fatiga los aires
    Con endechas importunas:
          «Baja tu vuelo
        Amor altivo,
        Mira que al cielo
        Osado va;
        Buscas en vano
        Correspondencia;
        Amor insano,
        Déjame ya.
          »Déjame el alma
        Que otra vez libre
        Plácida calma
        Vuelva a tener:
        ¡Qué digo, necio!
        El cielo sabe
        Si más aprecio
        Mi padecer.
          »Gima y padezca.
        Una esperanza
        Sin que merezca
        A mi deidad;
        Sin que le pida
        Jamás el premio
        De mi perdida
        Felicidad.
          »Tímida boca,
        Nunca le digas
        La pasión loca
        Del corazón,
        Adonde oculto
        Está su templo,
        Y ofrenda y culto
        Lágrimas son.»
      Más dijera, pero el llanto,
    En que sus ojos abundan,
    Le interrumpe, y las palabras
    En la garganta se anudan.
      Cuando junto a la ribera,
    En un valle donde muchas
    Del árbol grato a Minerva
    Opimas ramas se cruzan,
      Süave cuanto sonora,
    Lisardo otra voz escucha,
    Que, enamorando los ecos
    Tales acentos modula:
          «Prepara el ensayo
        De más atractivos
        La rosa en los vivos
        Albores de Mayo:
          »Si al férvido rayo
        Su cáliz expone,
        Que el sol la corone
        En premio ha logrado,
        Y es reina del prado
        Y amor de Dïone.
          »¡Oh fuente! En eterno
        Olvido quedaras
        Si no te lanzaras
        Del seno materno;
          »Tal vez el invierno
        Tu curso demora,
        Mas tú, vencedora,
        Burlando las nieves,
        A tu ímpetu debes
        Los besos de Flora.
          »Y tú, que en dolores
        Consumes los años,
        Autor de tus daños
        Por vanos temores,
          »En pago de amores
        No temas enojos,
        Enjuga los ojos;
        Que el dios que te hiere
        Más culto no quiere
        Que audacias y arrojos.»
      Rayo son estas palabras
    Que al ciego joven alumbran,
    Quien su engaño reconoce
    Y la voz que las pronuncia.
      Y al valle se arroja, adonde
    Testigos de su ventura
    Fueron las amigas sombras
    De la noche y selva muda;
      Mas muda la selva en vano
    Y en vano la sombra oscura;
    No sufre orgullosa Venus
    Que sus victorias se encubran.
      Lo que celaron los ramos
    Las cortezas lo divulgan,
    Que en ellas dulces memorias
    Con emblemas perpetúan.
      Las Náyades en los troncos
    La fe y amor que se juran
    Leyeron, y ruborosas
    Se volvieron a sus urnas.



DON JOSÉ JOAQUÍN DE MORA


_71. El Estío_

      Hermosa fuente que al vecino río
    Sonora envías tu cristal undoso,
    Y tú, blanda cual sueño venturoso,
    Yerba empapada en matinal rocío:
      Augusta soledad del bosque umbrío
    Que da y protege el álamo frondoso,
    Amparad de verano riguroso
    Al inocente y fiel rebaño mío.
      Que ya el suelo feraz de la campiña
    Selló Julio con planta abrasadora
    Y su verdura a marchitar empieza;
      Y alegre ve la pampanosa viña
    En sus yemas la savia bienhechora
    Nuncio feliz de la otoñal riqueza.



DON ANDRÉS BELLO


_72. La agricultura de la zona tórrida_

      ¡Salve, fecunda zona,
    Que al sol enamorado circunscribes
    El vago curso, y cuanto ser se anima
    En cada vario clima,
    Acariciada de su luz, concibes!
    Tú tejes al verano su guirnalda
    De granadas espigas; tú la uva
    Das a la hirviente cuba:
    No de purpúrea flor, o roja, o gualda
    A tus florestas bellas
    Falta matiz alguno; y bebe en ellas
    Aromas mil el viento;
    Y greyes van sin cuento
    Paciendo tu verdura, desde el llano
    Que tiene por lindero el horizonte,
    Hasta el erguido monte,
    De inaccesible nieve siempre cano.
    Tú das la caña hermosa,
    De do la miel se acendra,
    Por quien desdeña el mundo los panales:
    Tú en urnas de coral cuajas la almendra
    Que en la espumante jícara rebosa:
    Bulle carmín viviente en tus nopales,
    Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
    Y de tu añil la tinta generosa
    Émula es de la lumbre del zafiro;
    El vino es tuyo, que la herida agave
    Para los hijos vierte
    Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
    Que cuando de süave
    Humo en espiras vagorosas huya,
    Solazará el fastidio al ocio inerte.
    Tú vistes de jazmines
    El arbusto sabeo,
    Y el perfume le das que en los festines
    La fiebre insana templará a Lieo.
    Para tus hijos la procera palma
    Su vario feudo cría,
    Y el ananás sazona su ambrosía:
    Su blanco pan la yuca,
    Sus rubias pomas la patata educa,
    Y el algodón despliega al aura leve
    Las rosas de oro y el vellón de nieve.
    Tendida para ti la fresca parcha
    En enramadas de verdor lozano,
    Cuelga de sus sarmientos trepadores
    Nectáreos globos y franjadas flores;
    Y para ti el maíz, jefe altanero
    De la espigada tribu, hinche su grano;
    Y para ti el banano
    Desmaya al peso de su dulce carga;
    El banano, primero
    De cuantos concedió bellos presentes
    Providencia a las gentes
    Del Ecuador feliz con mano larga.
    No ya de humanas artes obligado
    El premio rinde opimo:
    No es a la podadera, no al arado
    Deudor de su racimo;
    Escasa industria bástale, cual puede
    Hurtar a sus fatigas mano esclava:
    Crece veloz, y cuando exhausto acaba,
    Adulta prole en torno le sucede.

      Mas ¡oh! si cual no cede
    El tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
    Y como de natura esmero ha sido,
    De tu indolente habitador lo fuera.
    ¡Oh! Si al falaz ruïdo
    La dicha al fin supiese verdadera
    Anteponer, que del umbral le llama
    Del labrador sencillo,
    Lejos del necio y vano
    Fausto, el mentido brillo,
    El ocio pestilente ciudadano.
    ¿Por qué ilusión funesta
    Aquellos que fortuna hizo señores
    De tan dichosa tierra y pingüe y varia,
    Al cuidado abandonan
    Y a la fe mercenaria
    Las patrias heredades,
    Y en el ciego tumulto se aprisionan
    De míseras ciudades,
    Do la ambición proterva
    Sopla la llama de civiles bandos,
    O al patriotismo la desidia enerva;
    Do el lujo las costumbres atosiga,
    Y combaten los vicios
    La incauta edad en poderosa liga?
    No allí con varoniles ejercicios
    Se endurece el mancebo a la fatiga;
    Mas la salud estraga en el abrazo
    De pérfida hermosura,
    Que pone en almoneda los favores;
    Mas pasatiempo estima
    Prender aleve en casto seno el fuego
    De ilícitos amores;
    O embebecido le hallará la aurora
    En mesa infame de ruinoso juego.
    En tanto a la lisonja seductora
    Del asiduo amador fácil oído
    Da la consorte: crece
    En la materna escuela
    De la disipación y el galanteo
    La tierna virgen, y al delito espuela
    Es antes el ejemplo que el deseo.
    ¿Y será que se formen de este modo
    Los ánimos heroicos denodados
    Que fundan y sustentan los Estados?
    ¿De la algazara del festín beodo,
    O de los coros de liviana danza,
    La dura juventud saldrá, modesta,
    Orgullo de la patria y esperanza?
    ¿Sabrá con firme pulso
    De la severa ley regir el freno,
    Brillar en torno aceros homicidas
    En la dudosa lid verá sereno,
    O animoso hará frente al genio altivo
    Del engreído mando en la tribuna,
    Aquel que ya en la cuna
    Durmió al arrullo del cantar lascivo,
    Que riza el pelo, y se unge y se atavía
    Con femenil esmero,
    Y en indolente ociosidad el día,
    O en criminal lujuria pasa entero?
    No así trató la triunfadora Roma
    Las artes de la paz y de la guerra;
    Antes fio las riendas del Estado
    A la mano robusta
    Que tostó el sol y encalleció el arado:
    Y bajo el techo humoso campesino
    Los hijos educó, que el conjurado
    Mundo allanaron al valor latino.

      ¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores
    Habéis nacido de la tierra hermosa
    En que reseña hacer de sus favores,
    Como para ganaros y atraeros,
    Quiso naturaleza bondadosa,
    Romped el duro encanto
    Que os tiene entre murallas prisioneros!
    El vulgo de las artes laborioso,
    El mercader que, necesario al lujo,
    Al lujo necesita,
    Los que anhelando van tras el señuelo
    Del alto cargo y del honor ruidoso,
    La grey de aduladores parasita,
    Gustosos pueblen ese infecto caos;
    El campo es vuestra herencia: en él gozaos.
    ¿Amáis la libertad? El campo habita:
    No allá donde el magnate
    Entre armados satélites se mueve,
    Y de la moda, universal señora,
    Va la razón al triunfal carro atada,
    Y a la fortuna la insensata plebe,
    Y el noble al aura popular adora.
    ¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro,
    La solitaria calma
    En que, juez de sí misma, pasa el alma
    A las acciones muestra,
    Es de la vida la mejor maestra!
    ¿Buscáis durables goces,
    Felicidad, cuanta es al hombre dada
    Y a su terreno asiento, en que vecina
    Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre,
    Donde halaga la flor, punza la espina?
    Id a gozar la suerte campesina;
    La regalada paz, que ni rencores,
    Al labrador, ni envidias acibaran;
    La cama que mullida le preparan
    El contento, el trabajo, el aire puro;
    Y el sabor de los fáciles manjares,
    Que dispendiosa gula no le aceda;
    Y el asilo seguro
    De sus patrios hogares
    Que a la salud y al regocijo hospeda.
    El aura respirad de la montaña,
    Que vuelve al cuerpo laso
    El perdido vigor, que a la enojosa
    Vejez retarda el paso,
    Y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
    ¿Es allí menos blanda por ventura
    De amor la llama, que templó el recato?
    ¿O menos aficiona la hermosura
    Que de extranjero ornato
    Y afeites impostores no se cura?
    ¿O el corazón escucha indiferente
    El lenguaje inocente
    Que los afectos sin disfraz expresa
    Y a la intención ajusta la promesa?
    No del espejo al importuno ensayo
    La risa se compone, el paso, el gesto;
    No falta allí carmín al rostro honesto
    Que la modestia y la salud colora,
    Ni la mirada que lanzó al soslayo
    Tímido amor, la senda al alma ignora.
    ¿Esperaréis que forme
    Más venturosos lazos himeneo,
    Do el interés barata,
    Tirano del deseo,
    Ajena mano y fe por nombre o plata,
    Que do conforme gusto, edad conforme,
    Y elección libre, y mutuo ardor los ata?

      Allí también deberes
    Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
    Heridas de la guerra: el fértil suelo,
    Áspero ahora y bravo,
    Al desacostumbrado yugo torne
    Del arte humana y le tribute esclavo.
    Del obstruido estanque y del molino
    Recuerden ya las aguas el camino:
    El intrincado bosque el hacha rompa,
    Consuma el fuego: abrid en luengas calles
    La obscuridad de su infructuosa pompa.
    Abrigo den los valles
    A la sedienta caña;
    La manzana y la pera
    En la fresca montaña
    El cielo olviden de su madre España;
    Adorne la ladera
    El cafetal; ampare
    A la tierna teobroma en la ribera
    La sombra maternal de su bucare:
    Aquí el vergel, allá la huerta ría...
    ¿Es ciego error de ilusa fantasía?
    Ya dócil a tu voz, agricultura,
    Nodriza de las gentes, la caterva
    Servil armada va de corvas hoces;
    Mírola ya que invade la espesura
    De la floresta opaca; oigo las voces;
    Siento el rumor confuso, el hierro suena;
    Los golpes el lejano
    Eco redobla; gime el ceibo anciano,
    Que a numerosa tropa
    Largo tiempo fatiga:
    Batido de cien hachas se estremece,
    Estalla al fin, y rinde el ancha copa.
    Huyó la fiera; deja el caro nido,
    Deja la prole implume
    El ave, y otro bosque no sabido
    De los humanos, va a buscar doliente...
    ¿Qué miro? Alto torrente
    De sonorosa llama
    Corre, y sobre las áridas ruinas
    De la postrada selva se derrama.
    El raudo incendio a gran distancia brama,
    Y el humo en negro remolino sube,
    Aglomerando nube sobre nube.
    Ya de lo que antes era
    Verdor hermoso y fresca lozanía,
    Solo difuntos troncos,
    Solo cenizas quedan, monumento
    De la dicha mortal, burla del viento.
    Mas al vulgo bravío
    De las tupidas plantas montaraces
    Sucede ya el fructífero plantío
    En muestra ufana de ordenados haces.
    Ya ramo a ramo alcanza
    Y a los rollizos tallos hurta el día:
    Ya la primera flor desvuelve el seno,
    Bello a la vista, alegre a la esperanza:
    A la esperanza, que riendo enjuga
    Del fatigado agricultor la frente,
    Y allá a lo lejos el opimo fruto
    Y la cosecha apañadora pinta,
    Que lleva de los campos el tributo,
    Colmado el cesto, y con la falda en cinta:
    Y bajo el peso de los largos bienes
    Con que al colono acude,
    Hace crujir los vastos almacenes.

      ¡Buen Dios! no en vano sude,
    Mas a merced y compasión te mueva
    La gente agricultora
    Del Ecuador, que del desmayo triste
    Con renovado aliento vuelve ahora,
    Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
    Tantos años de fiera
    Devastación y militar insulto,
    Aun más que tu clemencia antigua implora.
    Su rústica piedad, pero sincera,
    Halle a tus ojos gracia: no el risueño
    Porvenir que las penas le aligera,
    Cual de dorado sueño
    Visión falaz, desvanecido llore:
    Intempestiva lluvia no maltrate
    El delicado embrión: el diente impío
    Del insecto roedor no lo devore:
    Sañudo vendaval no lo arrebate,
    Ni agote al árbol el materno jugo
    La calorosa sed de largo estío.
    Y pues al fin te plugo,
    Árbitro de la suerte soberano,
    Que suelto el cuello de extranjero yugo
    Erguiese al cielo el hombre americano,
    Bendecida de ti se arraigue y medre
    Su libertad; en el más hondo encierra
    De los abismos la malvada guerra,
    Y el miedo de la espada asoladora
    Al suspicaz cultivador no arredre
    Del arte bienhechora,
    Que las familias nutre y los Estados:
    La azorada inquietud deje las almas,
    Deje la triste herrumbre los arados.
    Asaz de nuestros padres malhadados
    Expiamos la bárbara conquista.
    ¿Cuántas doquier la vista
    No asombran erizadas soledades,
    Do cultos campos fueron, do ciudades?
    De muertes, proscripciones,
    Suplicios, orfandades,
    ¿Quién contará la pavorosa suma?
    Saciadas duermen ya de sangre ibera
    Las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
    ¡Ah! Desde el alto asiento
    En que escabel te son alados coros
    Que velan en pasmado acatamiento
    La faz ante la lumbre de tu frente
    (Si merece por dicha una mirada
    Tuya la sin ventura humana gente),
    El ángel nos envía,
    El ángel de la paz, que al crudo ibero
    Haga olvidar la antigua tiranía,
    Y acatar reverente el que a los hombres
    Sagrado diste, imprescriptible fuero;
    Que alargar le haga al injuriado hermano
    (¡Ensangrentola asaz!) la diestra inerme;
    Y si la innata mansedumbre duerme,
    La despierte en el pecho americano.
    El corazón lozano
    Que una feliz obscuridad desdeña,
    Que en el azar sangriento del combate
    Alborozado late,
    Y codicioso de poder o fama,
    Nobles peligros ama;
    Baldón estime solo y vituperio
    El prez que de la patria no reciba,
    La libertad más dulce que el imperio,
    Y más hermosa que el laurel la oliva.
    Ciudadano el soldado,
    Deponga de la guerra la librea:
    El ramo de victoria
    Colgado al ara de la patria sea,
    Y sola adorne al mérito la gloria.
    De su trïunfo entonces patria mía,
    Verá la paz el suspirado día;
    La paz, a cuya vista el mundo llena
    Alma, serenidad y regocijo,
    Vuelve alentado el hombre a la faena,
    Alza el ancla la nave, a las amigas
    Auras encomendándose animosa,
    Enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
    Y no basta la hoz a las espigas.

      ¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
    Alzáis sobre el atónito Occidente
    De tempranos laureles la cabeza!
    Honrad al campo, honrad la simple vida
    Del labrador y su frugal llaneza.
    Así tendrán en vos perpetuamente
    La libertad morada,
    Y freno la ambición, y la ley templo.
    Las gentes a la senda
    De la inmortalidad, ardua y fragosa,
    Se animarán, citando vuestro ejemplo.
    Lo emulará celosa
    Vuestra posteridad, y nuevos nombres
    Añadiendo la fama
    A los que ahora aclama,
    «Hijos son estos, hijos
    (Pregonará a los hombres)
    De los que vencedores superaron
    De los Andes la cima:
    De los que en Boyacá, los que en la arena
    De Maipo y en Junín, y en la campaña
    Gloriosa de Apurima,
    Postrar supieron al león de España.»



DON JOSÉ MARÍA HEREDIA


_73. Niágara_

      Dadme mi lira, dádmela: que siento
    En mi alma estremecida y agitada
    Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
    En tinieblas pasó, sin que mi frente
    Brillase con su luz!... Niágara undoso,
    Sola tu faz sublime ya podría
    Tornarme el don divino, que ensañada
    Me robó del dolor la mano impía.
      Torrente prodigioso, calma, acalla
    Tu trueno aterrador: disipa un tanto
    Las tinieblas que en torno te circundan,
    Y déjame mirar tu faz serena,
    Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
    Yo digno soy de contemplarte: siempre,
    Lo común y mezquino desdeñando,
    Ansié por lo terrífico y sublime.
    Al despeñarse el huracán furioso,
    Al retumbar sobre mi frente el rayo,
    Palpitando gocé: vi al Océano
    Azotado del austro proceloso
    Combatir mi bajel, y ante mis plantas
    Sus abismos abrir, y amé el peligro,
    Y sus iras amé: mas su fiereza
    En mi alma no dejara
    La profunda impresión que tu grandeza.
      Corres sereno y majestuoso, y luego
    En ásperos peñascos quebrantado,
    Te abalanzas violento, arrebatado,
    Como el destino irresistible y ciego.
    ¿Qué voz humana describir podría
    De la sirte rugiente
    La aterradora faz? El alma mía
    En vagos pensamientos se confunde,
    Al contemplar la férvida corriente,
    Que en vano quiere la turbada vista
    En su vuelo seguir al borde oscuro
    Del precipicio altísimo: mil olas,
    Cual pensamiento rápidas pasando,
    Chocan y se enfurecen,
    Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
    Y entre espuma y fragor desaparecen.
    Mas llegan... saltan... el abismo horrendo
    Devora los torrentes despeñados;
    Crúzanse en él mil iris, y asordados
    Vuelven los bosques el fragor tremendo.
    Al golpe violentísimo en las peñas
    Rómpese el agua, y salta, y una nube
    De revueltos vapores
    Cubre el abismo en remolinos, sube,
    Gira en torno, y al cielo
    Cual pirámide inmensa se levanta,
    Y por sobre los bosques que le cercan
    Al solitario cazador espanta.
      Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
    Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
    Alrededor de tu caverna inmensa
    Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
    Que en las llanuras de mi ardiente patria
    Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
    Y al soplo de la brisa del Océano
    Bajo un cielo purísimo se mecen?
    Este recuerdo a mi pesar me viene...
    Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
    Ni otra corona que el agreste pino
    A tu terrible majestad conviene.
    La palma y mirto, y delicada rosa,
    Muelle placer inspiren y ocio blando
    En frívolo jardín: a ti la suerte
    Guarda más digno objeto y más sublime.
    El alma libre, generosa y fuerte,
    Viene, te ve, se asombra,
    Menosprecia los frívolos deleites
    Y aun se siente elevar cuando te nombra.
      ¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas
    Vi monstruos execrables
    Blasfemando tu nombre sacrosanto,
    Sembrar error y fanatismo impío,
    Los campos inundar con sangre y llanto,
    De hermanos atizar la infanda guerra
    Y desolar frenéticos la tierra.
    Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
    En grave indignación. Por otra parte
    Vi mentidos filósofos que osaban
    Escrutar tus misterios, ultrajarte,
    Y de impiedad al lamentable abismo
    A los míseros hombres arrastraban:
    Por eso siempre te buscó mi mente
    En la sublime soledad: ahora
    Entera se abre a ti; tu mano siente
    En esta inmensidad que me circunda,
    Y tu profunda voz baja a mi seno
    De este raudal en el eterno trueno.
      ¡Asombroso torrente!
    ¡Cómo tu vista mi ánimo enajena
    Y de terror y admiración me llena!
    ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza
    Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
    ¿Qué poderosa mano
    Hace que al recibirte
    No rebose en la tierra el Oceáno?
      Abrió el Señor su mano omnipotente,
    Cubrió tu faz de nubes agitadas,
    Dio su voz a tus aguas despeñadas
    Y ornó con su arco tu terrible frente.
      Miro tus aguas que incansables corren,
    Como el largo torrente de los siglos
    Rueda en la eternidad: así del hombre
    Pasan volando los floridos días
    Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada
    Siento mi juventud, mi faz marchita,
    Y la profunda pena que me agita
    Ruga mi frente de dolor nublada.
      Nunca tanto sentí como este día
    Mi mísero aislamiento, mi abandono,
    Mi lamentable desamor... ¿Podría
    Una alma apasionada y borrascosa
    Sin amor ser feliz?... ¡Oh! ¡Si una hermosa
    Digna de mí me amase
    Y de este abismo al borde turbulento
    Mi vago pensamiento
    Y mi andar solitario acompañase!
    ¡Cual gozara al mirar su faz cubrirse
    De leve palidez, y ser más bella
    En su dulce terror, y sonreírse
    Al sostenerla en mis amantes brazos!...
    ¡Delirios de virtud!... ¡Ay! desterrado,
    Sin patria, sin amores,
    Solo miro ante mí llanto y dolores.
      ¡Niágara poderoso!
    Oye mi última voz: en pocos años
    Ya devorado habrá la tumba fría
    A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
    Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso,
    Al contemplar tu faz algún viajero,
    Dar un suspiro a la memoria mía.
    Y yo al hundirse el sol en Occidente,
    Vuele gozoso do el Criador me llama,
    Y al escuchar los ecos de mi fama
    Alce en las nubes la radiosa frente.



DUQUE DE RIVAS


_74. El faro de Malta_

      Envuelve al mundo extenso triste noche,
    Ronco huracán y borrascosas nubes
    Confunden y tinieblas impalpables
            El cielo, el mar, la tierra:
      Y tú invisible te alzas, en tu frente
    Ostentando de fuego una corona,
    Cual rey del caos, que refleja y arde
           Con luz de paz y vida.
      En vano ronco el mar alza sus montes
    Y revienta a tus pies, do rebramante
    Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
            El abrigo del puerto:
      Tú, con lengua de fuego, aquí está dices,
    Sin voz hablando al tímido piloto,
    Que como a numen bienhechor te adora,
            Y en ti los ojos clava.
      Tiende apacible noche el manto rico,
    Que céfiro amoroso desenrolla,
    Recamado de estrellas y luceros,
            Por él rueda la luna;
      Y entonces tú, de niebla vaporosa
    Vestido, dejas ver en formas vagas
    Tu cuerpo colosal, y tu diadema
           Arde al par de los astros.
      Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
    Rocas aleves, áridos escollos;
    Falso señuelo son, lejanas cumbres
            Engañan a las naves.
      Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
    Tú, cuya inmoble posición indica
    El trono de un monarca, eres su norte,
            Les adviertes su engaño.
      Así de la razón arde la antorcha,
    En medio del furor de las pasiones
    O de aleves halagos de fortuna,
            A los ojos del alma.
      Desque refugio de la airada suerte
    En esta escasa tierra que presides,
    Y grato albergue el cielo bondadoso
            Me concedió propicio;
      Ni una vez solo a mis pesares busco
    Dulce olvido del sueño entre los brazos
    Sin saludarte, y sin tornar los ojos
            A tu espléndida frente.
      ¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
    Al par los tornarán!... tras larga ausencia
    Unos, que vuelven a su patria amada,
            A sus hijos y esposa.
      Otros prófugos, pobres, perseguidos,
    Que asilo buscan, cual busqué, lejano,
    Y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
            Hospitalaria estrella.
      Arde, y sirve de norte a los bajeles,
    Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
    Me traen nuevas amargas, y renglones
            Con lágrimas escritos.
      Cuando la vez primera deslumbraste
    Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
    Destrozado y hundido en amargura
            Palpitó venturoso!
      Del Lacio moribundo las riberas
    Huyendo inhospitables, contrastado
    Del viento y mar entre ásperos bajíos
           Vi tu lumbre divina:
      Viéronla como yo los marineros,
    Y, olvidando los votos y plegarias
    Que en las sordas tinieblas se perdían,
            ¡¡Malta!! ¡¡Malta!!, gritaron;
      Y fuiste a nuestros ojos la aureola
    Que orna la frente de la santa imagen
    En quien busca afanoso peregrino
            La salud y el consuelo.
      Jamás te olvidaré, jamás... Tan solo
    Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
    Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
            La benéfica llama,
      Por la llama y los fúlgidos destellos
    Que lanza, reflejando al sol naciente,
    El arcángel dorado que corona
            De Córdoba la torre.


_75. Un castellano leal_

ROMANCE PRIMERO

      «Hola, hidalgos y escuderos
    De mi alcurnia y mi blasón,
    Mirad como bien nacidos
    De mi sangre y casa en pro.
      »Esas puertas se defiendan;
    Que no ha de entrar, vive Dios,
    Por ellas, quien no estuviere
    Más limpio que lo está el sol.
      »No profane mi palacio
    Un fementido traidor
    Que contra su Rey combate
    Y que a su patria vendió.
      »Pues si él es de Reyes primo,
    Primo de Reyes soy yo;
    Y conde de Benavente
    Si él es duque de Borbón.
      »Llevándole de ventaja
    Que nunca jamás manchó
    La traición mi noble sangre,
    Y haber nacido español.»

      Así atronaba la calle
    Una ya cascada voz,
    Que de un palacio salía
    Cuya puerta se cerró;
      Y a la que estaba a caballo
    Sobre un negro pisador,
    Siendo en su escudo las lises
    Más bien que timbre baldón,
      Y de pajes y escuderos
    Llevando un tropel en pos
    Cubiertos de ricas galas,
    El gran duque de Borbón:
      El que lidiando en Pavía,
    Más que valiente, feroz,
    Gozose en ver prisionero
    A su natural señor;
      Y que a Toledo ha venido,
    Ufano de su traición,
    Para recibir mercedes
    Y ver al Emperador.

ROMANCE SEGUNDO

      En una anchurosa cuadra
    Del alcázar de Toledo,
    Cuyas paredes adornan
    Ricos tapices flamencos,
      Al lado de una gran mesa,
    Que cubre de terciopelo
    Napolitano tapete
    Con borlones de oro y flecos;
      Ante un sillón de respaldo
    Que entre bordado arabesco
    Los timbres de España ostentan
    Y el águila del imperio,
      De pie estaba Carlos Quinto,
    Que en España era primero,
    Con gallardo y noble talle,
    Con noble y tranquilo aspecto.

      De brocado de oro y blanco
    Viste tabardo tudesco,
    De rubias martas orlado,
    Y desabrochado y suelto,
      Dejando ver un justillo
    De raso jalde, cubierto
    Con primorosos bordados
    Y costosos sobrepuestos,
      Y la excelsa y noble insignia
    Del Toisón de oro, pendiendo
    De una preciosa cadena
    En la mitad de su pecho.
      Un birrete de velludo
    Con un blanco airón, sujeto
    Por un joyel de diamantes
    Y un antiguo camafeo,
      Descubre por ambos lados,
    Tanta majestad cubriendo,
    Rubio, cual barba y bigote,
    Bien atusado el cabello.
      Apoyada en la cadera
    La potente diestra ha puesto,
    Que aprieta dos guantes de ámbar
    Y un primoroso mosquero,
      Y con la siniestra halaga
    De un mastín muy corpulento,
    Blanco y las orejas rubias,
    El ancho y carnoso cuello.

      Con el Condestable insigne,
    Apaciguador del reino,
    De los pasados disturbios
    Acaso está discurriendo;
      O del trato que dispone
    Con el Rey de Francia preso,
    O de asuntos de Alemania
    Agitada por Lutero;
      Cuando un tropel de caballos
    Oye venir a lo lejos
    Y ante el alcázar pararse,
    Quedando todo en silencio.
      En la antecámara suena
    Rumor impensado luego,
    Ábrese al fin la mampara
    Y entra el de Borbón soberbio,
      Con el semblante de azufre
    Y con los ojos de fuego,
    Bramando de ira y de rabia
    Que enfrena mal el respeto;
      Y con balbuciente lengua,
    Y con mal borrado ceño,
    Acusa al de Benavente,
    Un desagravio pidiendo.

      Del español Condestable
    Latió con orgullo el pecho,
    Ufano de la entereza
    De su esclarecido deudo.
      Y aunque advertido procura
    Disimular cual discreto,
    A su noble rostro asoman
    La aprobación y el contento.
      El Emperador un punto
    Quedó indeciso y suspenso,
    Sin saber qué responderle
    Al francés, de enojo ciego.
      Y aunque en su interior se goza
    Con el proceder violento
    Del conde de Benavente,
    De altas esperanzas lleno
      Por tener tales vasallos,
    De noble lealtad modelos,
    Y con los que el ancho mundo
    Será a sus glorias estrecho.
      Mucho al de Borbón le debe
    Y es fuerza satisfacerlo:
    Le ofrece para calmarlo
    Un desagravio completo.
      Y, llamando a un gentil-hombre,
    Con el semblante severo
    Manda que el de Benavente
    Venga a su presencia presto.

ROMANCE TERCERO

      Sostenido por sus pajes
    Desciende de su litera
    El conde de Benavente
    Del alcázar a la puerta.
      Era un viejo respetable,
    Cuerpo enjuto, cara seca,
    Con dos ojos como chispas,
    Cargados de largas cejas,
      Y con semblante muy noble,
    Mas de gravedad tan seria
    Que veneración de lejos
    Y miedo causa de cerca.
      Eran su traje unas calzas
    De púrpura de Valencia,
    Y de recamado ante
    Un coleto a la leonesa:
      De fino lienzo gallego
    Los puños y la gorguera,
    Unos y otra guarnecidos
    Con randas barcelonesas:
      Un birretón de velludo
    Con su cintillo de perlas,
    Y el gabán de paño verde
    Con alamares de seda.
      Tan solo de Calatrava
    La insignia española lleva;
    Que el Toisón ha despreciado
    Por ser orden extranjera.

      Con paso tardo, aunque firme,
    Sube por las escaleras,
    Y al verle, las alabardas
    Un golpe dan en la tierra.
      Golpe de honor, y de aviso
    De que en el alcázar entra
    Un Grande, a quien se le debe
    Todo honor y reverencia.
      Al llegar a la antesala,
    Los pajes que están en ella
    Con respeto le saludan
    Abriendo las anchas puertas.
      Con grave paso entra el conde
    Sin que otro aviso preceda,
    Salones atravesando
    Hasta la cámara regia.

      Pensativo está el Monarca,
    Discurriendo como pueda
    Componer aquel disturbio
    Sin hacer a nadie ofensa.
      Mucho al de Borbón le debe,
    Aun mucho más de él espera,
    Y al de Benavente mucho
    Considerar le interesa.
      Dilación no admite el caso,
    No hay quien dar consejo pueda
    Y Villalar y Pavía
    A un tiempo se le recuerdan.
      En el sillón asentado
    Y el codo sobre la mesa,
    Al personaje recibe,
    Que comedido se acerca.
      Grave el conde le saluda
    Con una rodilla en tierra,
    Mas como Grande del reino
    Sin descubrir la cabeza.
      El Emperador benigno
    Que alce del suelo le ordena,
    Y la plática difícil
    Con sagacidad empieza.
      Y entre severo y afable
    Al cabo le manifiesta
    Que es el que a Borbón aloje
    Voluntad suya resuelta.
      Con respeto muy profundo,
    Pero con la voz entera,
    Respóndele Benavente,
    Destocando la cabeza:
      «Soy, señor, vuestro vasallo,
    Vos sois mi rey en la tierra,
    A vos ordenar os cumple
    De mi vida y de mi hacienda.
      »Vuestro soy, vuestra mi casa,
    De mí disponed y de ella,
    Pero no toquéis mi honra
    Y respetad mi conciencia.
      »Mi casa Borbón ocupe
    Puesto que es voluntad vuestra,
    Contamine sus paredes,
    Sus blasones envilezca;
      »Que a mí me sobra en Toledo
    Donde vivir, sin que tenga
    Que rozarme con traidores,
    Cuyo solo aliento infesta.
      »Y en cuanto él deje mi casa,
    Antes de tornar yo a ella,
    Purificaré con fuego
    Sus paredes y sus puertas.»
      Dijo el conde, la real mano
    Besó, cubrió su cabeza,
    Y retirose bajando
    A do estaba su litera.
      Y a casa de un su pariente
    Mandó que le condujeran,
    Abandonando la suya
    Con cuanto dentro se encierra.
      Quedó absorto Carlos Quinto
    De ver tan noble firmeza,
    Estimando la de España
    Más que la imperial diadema.

ROMANCE CUARTO

      Muy pocos días el duque
    Hizo mansión en Toledo,
    Del noble conde ocupando
    Los honrados aposentos.
      Y la noche en que el palacio
    Dejó vacío, partiendo,
    Con su séquito y sus pajes,
    Orgulloso y satisfecho,
      Turbó la apacible luna
    Un vapor blanco y espeso
    Que de las altas techumbres
    Se iba elevando y creciendo:
      A poco rato tornose
    En humo confuso y denso
    Que en nubarrones oscuros
    Ofuscaba el claro cielo;
      Después en ardientes chispas,
    Y en un resplandor horrendo
    Que iluminaba los valles
    Dando en el Tajo reflejos,
      Y al fin su furor mostrando
    En embravecido incendio
    Que devoraba altas torres
    Y derrumbaba altos techos.
      Resonaron las campanas,
    Conmoviose todo el pueblo,
    De Benavente el palacio
    Presa de las llamas viendo.
      El Emperador confuso
    Corre a procurar remedio,
    En atajar tanto daño
    Mostrando tenaz empeño.
      En vano todo: tragose
    Tantas riquezas el fuego,
    A la lealtad castellana
    Levantando un monumento.
      Aun hoy unos viejos muros
    Del humo y las llamas negros
    Recuerdan acción tan grande
    En la famosa Toledo.



DON JOSÉ DE ESPRONCEDA


_76. Himno de la Inmortalidad_

      ¡Salve, llama creadora del mundo,
    Lengua ardiente de eterno saber,
    Puro germen, principio fecundo
    Que encadenas la muerte a tus pies!
      Tú la inerte materia espoleas,
    Tú la ordenas juntarse y vivir,
    Tú su lodo modelas, y creas
    Miles seres de formas sin fin.
      Desbarata tus obras en vano
    Vencedora la muerte tal vez;
    De sus restos levanta tu mano
    Nuevas obras triunfante otra vez.
      Tú la hoguera del sol alimentas,
    Tú revistes los cielos de azul,
    Tú la luna en las sombras argentas,
    Tú coronas la aurora de luz.
      Gratos ecos al bosque sombrío,
    Verde pompa a los árboles das,
    Melancólica música al río,
    Ronco grito a las olas del mar.
      Tú el aroma en las flores exhalas,
    En los valles suspiras de amor,
    Tú murmuras del aura en las alas,
    En el Bóreas retumba tu voz.
      Tú derramas el oro en la tierra
    En arroyos de hirviente metal;
    Tú abrillantas la perla que encierra
    En su abismo profundo la mar.
      Tú las cárdenas nubes extiendes,
    Negro manto que agita Aquilón;
    Con tu aliento los aires enciendes,
    Tus rugidos infunden pavor.
      Tú eres pura simiente de vida,
    Manantial sempiterno del bien;
    Luz del mismo Hacedor desprendida,
    Juventud y hermosura es tu ser.
      Tú eres fuerza secreta que el mundo
    En sus ejes impulsa a rodar,
    Sentimiento armonioso y profundo
    De los orbes que anima tu faz.
      De tus obras los siglos que vuelan
    Incansables artífices son,
    Del espíritu ardiente cincelan
    Y embellecen la estrecha prisión.
      Tú en violento, veloz torbellino
    Los empujas enérgica, y van;
    Y adelante en tu raudo camino
    A otros siglos ordenas llegar.
      Y otros siglos ansiosos se lanzan,
    Desparecen y llegan sin fin,
    Y en su eterno trabajo se alcanzan,
    Y se arrancan sin tregua el buril.
      Y afanosos sus fuerzas emplean
    En tu inmenso taller sin cesar,
    Y en la tosca materia golpean,
    Y redobla el trabajo su afán.
      De la vida en el hondo Oceáno
    Flota el hombre en perpetuo vaivén,
    Y derrama abundante tu mano
    La creadora semilla en su ser.
      Hombre débil, levanta la frente,
    Pon tu labio en su eterno raudal;
    Tú serás como el sol en Oriente,
    Tú serás como el mundo, inmortal.


_77. Canción del Pirata_

      Con diez cañones por banda,
    Viento en popa a toda vela,
    No corta el mar, sino vuela
    Un velero bergantín:
      Bajel pirata que llaman,
    Por su bravura, el _Temido_,
    En todo mar conocido
    Del uno al otro confín.
      La luna en el mar riela,
    En la lona gime el viento,
    Y alza en blando movimiento
    Olas de plata y azul;
      Y ve el capitán pirata,
    Cantando alegre en la popa,
    Asia a un lado, al otro Europa,
    Y allá a su frente Estambul,
      «Navega, velero mío,
          Sin temor;
    Que ni enemigo navío,
    Ni tormenta, ni bonanza
    Tu rumbo a torcer alcanza,
    Ni a sujetar tu valor.
            »Veinte presas
          Hemos hecho
          A despecho
          Del inglés,
          Y han rendido
          Sus pendones
          Cien naciones
          A mis pies.»
      _Que es mi barco mi tesoro,_
    _Que es mi Dios la libertad,_
    _Mi ley la fuerza y el viento,_
    _Mi única patria la mar._

      «Allá muevan feroz guerra
          Ciegos reyes
    Por un palmo más de tierra:
    Que yo tengo aquí por mío
    Cuanto abarca el mar bravío,
    A quien nadie impuso leyes.
            »Y no hay playa,
          Sea cualquiera,
          Ni bandera
          De esplendor,
          Que no sienta
          Mi derecho,
          Y dé pecho
          A mi valor.»
      _Que es mi barco mi tesoro..._

      «A la voz de “¡barco viene!”
          Es de ver
    Cómo vira y se previene
    A todo trapo escapar;
    Que yo soy el rey del mar,
    Y mi furia es de temer.
            »En las presas
          Yo divido
          Lo cogido
          Por igual:
          Solo quiero
          Por riqueza
          La belleza
          Sin rival.»
      _Que es mi barco mi tesoro..._

      «¡Sentenciado estoy a muerte!
          Yo me río:
    No me abandone la suerte
    Y al mismo que me condena,
    Colgaré de alguna entena,
    Quizá en su propio navío.
            »Y si caigo,
          ¿Qué es la vida?
          Por perdida
          Ya la di,
          Cuando el yugo
          Del esclavo,
          Como un bravo,
          Sacudí.»
      _Que es mi barco mi tesoro..._

      «Son mi música mejor
          Aquilones:
    El estrépito y temblor
    De los cables sacudidos,
    Del negro mar los bramidos
    Y el rugir de mis cañones
            »Y del trueno
          Al son violento
          Y del viento
          Al rebramar,
          Yo me duermo
          Sosegado,
          Arrullado
          Por el mar.»
      _Que es mi barco mi tesoro,_
    _Que es mi Dios la libertad,_
    _Mi ley la fuerza y el viento,_
    _Mi única patria, la mar._


_78. Canto a Teresa_

_Descansa en paz_

      Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno!
    Como de Dios al fin obra maestra,
    Por todas partes de delicias lleno,
    De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
    Salga la voz alegre de mi seno
    A celebrar esta vivienda nuestra;
    ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
    ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!

      _María_, por D. Miguel de los Santos Álvarez.

      ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
    Tristes recuerdos del placer perdido,
    A aumentar la ansiedad y la agonía
    De este desierto corazón herido?
    ¡Ay! que de aquellas horas de alegría
    Le quedó al corazón solo un gemido,
    Y el llanto que al dolor los ojos niegan
    Lágrimas son de hiel que el alma anegan.

      ¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
    De juventud, de amor y de ventura,
    Regaladas de músicas sonoras,
    Adornadas de luz y de hermosura?
    Imágenes de oro bullidoras.
    Sus alas de carmín y nieve pura,
    Al sol de mi esperanza desplegando,
    Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.

      Gorjeaban los dulces ruiseñores,
    El sol iluminaba mi alegría,
    El aura susurraba entre las flores,
    El bosque mansamente respondía,
    Las fuentes murmuraban sus amores...
    ¡Ilusiones que llora el alma mía!
    ¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
    El bullicio del mundo y su ruïdo!

      Mi vida entonces, cual guerrera nave
    Que el puerto deja por la vez primera,
    Y al soplo de los céfiros suave
    Orgullosa desplega su bandera,
    Y al mar dejando que a sus pies alabe
    Su triunfo en roncos cantos, va velera,
    Una ola tras otra bramadora
    Hollando y dividiendo vencedora.

      ¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
    De amor volaba; el sol de la mañana
    Llevaba yo sobre mi tersa frente,
    Y el alma pura de su dicha ufana:
    Dentro de ella el amor, cual rica fuente
    Que entre frescuras y arboledas mana,
    Brotaba entonces abundante río
    De ilusiones y dulce desvarío.

      Yo amaba todo: un noble sentimiento
    Exaltaba mi ánimo, y sentía
    En mi pecho un secreto movimiento,
    De grandes hechos generoso guía:
    La libertad con su inmortal aliento,
    Santa diosa, mi espíritu encendía,
    Contino imaginando en mi fe pura
    Sueños de gloria al mundo y de ventura.

      El puñal de Catón, la adusta frente
    Del noble Bruto, la constancia fiera
    Y el arrojo de Scévola valiente,
    La doctrina de Sócrates severa,
    La voz atronadora y elocuente
    Del orador de Atenas, la bandera
    Contra el tirano Macedonio alzando,
    Y al espantado pueblo arrebatando:

      El valor y la fe del caballero,
    Del trovador el arpa y los cantares,
    Del gótico castillo el altanero
    Antiguo torreón, do sus pesares
    Cantó tal vez con eco lastimero,
    ¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
    Joven cautiva, al rayo de la luna,
    Lamentando su ausencia y su fortuna:

      El dulce anhelo del amor que aguarda,
    Tal vez inquieto y con mortal recelo;
    La forma bella que cruzó gallarda,
    Allá en la noche, entre medroso velo;
    La ansiada cita que en llegar se tarda
    Al impaciente y amoroso anhelo,
    La mujer y la voz de su dulzura,
    Que inspira al alma celestial ternura:

      A un tiempo mismo en rápida tormenta
    Mi alma alborotaban de contino,
    Cual las olas que azota con violenta
    Cólera impetuoso torbellino:
    Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
    En mi voz escuchaba su destino;
    Ya al caballero, al trovador soñaba,
    Y de gloria y de amores suspiraba.

      Hay una voz secreta, un dulce canto,
    Que el alma solo recogida entiende,
    Un sentimiento misterioso y santo,
    Que del barro al espíritu desprende;
    Agreste, vago y solitario encanto
    Que en inefable amor el alma enciende,
    Volando tras la imagen peregrina
    El corazón de su ilusión divina.

      Yo, desterrado en extranjera playa,
    Con los ojos estático seguía
    La nave audaz que en argentada raya
    Volaba al puerto de la patria mía:
    Yo, cuando en Occidente el sol desmaya,
    Solo y perdido en la arboleda umbría,
    Oír pensaba el armonioso acento
    De una mujer, al suspirar del viento.

      ¡Una mujer! En el templado rayo
    De la mágica luna se colora,
    Del sol poniente al lánguido desmayo
    Lejos entre las nubes se evapora;
    Sobre las cumbres que florece Mayo
    Brilla fugaz al despuntar la aurora,
    Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
    Juega en las aguas del sereno río.

      ¡Una mujer! Deslízase en el cielo
    Allá en la noche desprendida estrella.
    Si aroma el aire recogió en el suelo,
    Es el aroma que le presta ella.
    Blanca es la nube que en callado vuelo
    Cruza la esfera, y que su planta huella.
    Y en la tarde la mar olas le ofrece
    De plata y de zafir, donde se mece.

      Mujer que amor en su ilusión figura,
    Mujer que nada dice a los sentidos,
    Ensueño de suavísima ternura,
    Eco que regaló nuestros oídos;
    De amor la llama generosa y pura,
    Los goces dulces del amor cumplidos,
    Que engalana la rica fantasía,
    Goces que avaro el corazón ansía:

      ¡Ay! aquella mujer, tan solo aquella,
    Tanto delirio a realizar alcanza,
    Y esa mujer tan cándida y tan bella
    Es mentida ilusión de la esperanza:
    Es el alma que vívida destella
    Su luz al mundo cuando en él se lanza,
    Y el mundo con su magia y galanura
    Es espejo no más de su hermosura:

      Es el amor que al mismo amor adora,
    El que creó las Sílfides y Ondinas,
    La sacra ninfa que bordando mora
    Debajo de las aguas cristalinas:
    Es el amor que recordando llora
    Las arboledas del Edén divinas:
    Amor de allí arrancado, allí nacido,
    Que busca en vano aquí su bien perdido.

      ¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
    ¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
    Acaso triste de un perdido cielo,
    Quizá esperanza de futura gloria!
    ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
    ¡Oh qué mujer, qué imagen ilusoria
    Tan pura, tan feliz, tan placentera,
    Brindó el amor a mi ilusión primera!...

      ¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
    ¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
    ¿Por qué, por qué como en mejores días,
    No consoláis vosotras mis pesares?
    ¡Oh! los que no sabéis las agonías
    De un corazón que penas a millares
    ¡Ay! desgarraron y que ya no llora,
    ¡Piedad tened de mi tormento ahora!

      ¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
    Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
    De mí, que entre suspiros angustiosos
    Ahogar me siento en infernal tortura.
    ¡Retuércese entre nudos dolorosos
    Mi corazón, gimiendo de amargura!
    También tu corazón, hecho pavesa,
    ¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

      ¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
    Que fuera eterno manantial de llanto,
    Tanto inocente amor, tanta alegría,
    Tantas delicias y delirio tanto?
    ¿Quién pensara jamás llegase un día
    En que perdido el celestial encanto
    Y caída la venda de los ojos,
    Cuanto diera placer causara enojos?

      Aun parece, Teresa, que te veo
    Aérea como dorada mariposa,
    Ensueño delicioso del deseo,
    Sobre tallo gentil temprana rosa,
    Del amor venturoso devaneo,
    Angélica, purísima y dichosa,
    Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
    Tu aliento perfumado en tu suspiro.

      Y aun miro aquellos ojos que robaron
    A los cielos su azul, y las rosadas
    Tintas sobre la nieve, que envidiaron
    Las de Mayo serenas alboradas:
    Y aquellas horas dulces que pasaron
    Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
    Horas de confianza y de delicias,
    De abandono y de amor y de caricias.

      Que así las horas rápidas pasaban,
    Y pasaba a la par nuestra ventura;
    Y nunca nuestras ansias las contaban,
    Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
    Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
    Llanto tal vez vertiendo de ternura;
    Que nuestro amor y juventud veían,
    Y temblaban las horas que vendrían.

      Y llegaron en fin: ¡oh! ¿quién impío
    ¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
    Tú fuiste un tiempo cristalino río,
    Manantial de purísima limpieza;
    Después torrente de color sombrío,
    Rompiendo entre peñascos y maleza,
    Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
    Entre fétido fango detenidas.

      ¿Cómo caíste despeñado al suelo,
    Astro de la mañana luminoso?
    Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
    A este valle de lágrimas odioso?
    Aun cercaba tu frente el blanco velo
    Del serafín, y en ondas fulguroso
    Rayos al mundo tu esplendor vertía,
    Y otro cielo el amor te prometía.

      Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
    O mujer nada más y lodo inmundo,
    Hermoso ser para llorar nacido,
    O vivir como autómata en el mundo.
    Sí, que el demonio en el Edén perdido,
    Abrasara con fuego del profundo
    La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
    La herencia ha sido de sus hijos luego.

      Brota en el cielo del amor la fuente,
    Que a fecundar el universo mana,
    Y en la tierra su límpida corriente
    Sus márgenes con flores engalana;
    Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
    Que el agua clara por beber se afana,
    Lágrimas verterá de duelo eterno,
    Que su raudal lo envenenó el infierno.

      Huid, si no queréis que llegue un día
    En que enredado en retorcidos lazos
    El corazón, con bárbara porfía
    Luchéis por arrancároslo a pedazos:
    En que al cielo en histérica agonía
    Frenéticos alcéis entrambos brazos,
    Para en vuestra impotencia maldecirle,
    Y escupiros, tal vez, al escupirle.

      Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
    Las dulces esperanzas que trajeron
    Con sus blancos ensueños se llevaron,
    Y el porvenir de oscuridad vistieron:
    Las rosas del amor se marchitaron,
    Las flores en abrojos convirtieron,
    Y de afán tanto y tan soñada gloria
    Solo quedó una tumba, una memoria.

      ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
    Un pesar tan intenso! Embarga impío
    Mi quebrantada voz mi sentimiento,
    Y suspira tu nombre el labio mío:
    Para allí su carrera el pensamiento,
    Hiela mi corazón punzante frío,
    Ante mis ojos la funesta losa,
    Donde vil polvo tu beldad reposa.

      Y tú feliz, que hallastes en la muerte
    Sombra a que descansar en tu camino,
    Cuando llegabas, mísera, a perderte
    Y era llorar tu único destino:
    Cuando en tu frente la implacable suerte
    Grababa de los réprobos el sino.
    Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
    Y otra vez ángel, te volviste al cielo.

      Roída de recuerdos de amargura,
    Árido el corazón, sin ilusiones,
    La delicada flor de tu hermosura
    Ajaron del dolor los aquilones:
    Sola, y envilecida, y sin ventura,
    Tu corazón secaron las pasiones:
    Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
    Y hasta el nombre de madre te negaran.

      Los ojos escaldados de tu llanto,
    Tu rostro cadavérico y hundido;
    Único desahogo en tu quebranto,
    El histérico ¡ay! de tu gemido:
    ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
    Envolver tu desdicha en el olvido,
    Disipar tu dolor y recogerte
    En su seno de paz? ¡Solo la muerte!

      ¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
    Espíritu indomable, alma violenta,
    En ti, mezquina sociedad, lanzada
    A romper tus barreras turbulenta.
    Nave contra las rocas quebrantada,
    Allá vaga, a merced de la tormenta,
    En las olas tal vez náufraga tabla,
    Que solo ya de sus grandezas habla.

      Un recuerdo de amor que nunca muere
    Y está en mi corazón; un lastimero
    Tierno quejido que en el alma hiere,
    Eco suave de su amor primero:
    ¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
    Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
    Que iluminaste con tu luz querida
    La dorada mañana de mi vida.

      Que yo, como una flor que en la mañana
    Abre su cáliz al naciente día,
    ¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
    Y exalté tu inocente fantasía,
    Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
    Al porvenir mi mente sonreía,
    Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
    Pensé contigo remontarme al cielo!

      Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
    En tus brazos en lánguido abandono,
    De glorias y deleites rodeado
    Levantar para ti soñé yo un trono:
    Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
    Vencer del mundo el implacable encono,
    Y en un tiempo, sin horas ni medida,
    Ver como un sueño resbalar la vida.

      ¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
    Áridos ni una lágrima brotaban;
    Cuando ya su color tus labios rojos
    En cárdenos matices se cambiaban;
    Cuando de tu dolor tristes despojos
    La vida y su ilusión te abandonaban,
    Y consumía lenta calentura
    Tu corazón al par de tu amargura;

      Si en tu penosa y última agonía
    Volviste a lo pasado el pensamiento;
    Si comparaste a tu existencia un día
    Tu triste soledad y tu aislamiento;
    Si arrojó a tu dolor tu fantasía
    Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
    A otra mujer tal vez acariciando,
    Madre tal vez a otra mujer llamando;

      Si el cuadro de tus breves glorias viste
    Pasar como fantástica quimera,
    Y si la voz de tu conciencia oíste
    Dentro de ti gritándote severa;
    Sí, en fin, entonces tú llorar quisiste
    Y no brotó una lágrima siquiera
    Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
    Y no te escuchó Dios, y blasfemaste.

      ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
    ¡Espantosa expiación de tu pecado!
    Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
    Morir, ¡el corazón desesperado!
    Tus mismas manos de dolor mordiendo,
    Presente a tu conciencia lo pasado,
    Buscando en vano, con los ojos fijos,
    Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

      ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel!... ¡Ay! yo entre tanto
    Dentro del pecho mi dolor oculto,
    Enjugo de mis párpados el llanto
    Y doy al mundo el exigido culto:
    Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
    Mi propia pena con mi risa insulto,
    Y me divierto en arrancar del pecho
    Mi mismo corazón pedazos hecho.

      Gocemos, sí; la cristalina esfera
    Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
    ¿Quién a parar alcanza la carrera
    Del mundo hermoso que al placer convida?
    Brilla radiante el sol, la primavera
    Los campos pinta en la estación florida:
    Truéquese en risa mi dolor profundo...
    Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?



DON JOSÉ ZORRILLA


_79. Introducción a los «Cantos del Trovador»_

      ¿Qué se hicieron las auras deliciosas
    Que henchidas de perfume se perdían
    Entre los lirios y las frescas rosas
    Que el huerto ameno en derredor ceñían?
    Las brisas del otoño revoltosas
    En rápido tropel las impelían,
    Y ahogaron la estación de los amores
    Entre las hojas de sus yertas flores.
      Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
    En torno de la antigua chimenea,
    Y acaso la ancha sombra recordamos
    De aquel tizón que a nuestros pies humea.
    Y hora tras hora tristes esperamos
    Que pase la estación adusta y fea,
    En pereza febril adormecidos
    Y en las propias memorias embebidos.
      En vano a los placeres avarientos
    Nos lanzamos do quier, y orgías sonoras
    Estremecen los ricos aposentos
    Y fantásticas danzas tentadoras;
    Porque antes y después caminan lentos
    Los turbios días y las lentas horas,
    Sin que alguna ilusión de breve instante
    Del alma el sueño fugitiva encante.
      Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
    Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
    No os dejaré dormir en los salones
    Donde al placer la soledad convida;
    Ni esperar, revolviendo los tizones,
    Al yerto amigo o la falaz querida,
    Sin que más esperanza os alimente
    Que ir contando las horas tristemente.
      Los que vivís de alcázares señores,
    Venid, yo halagaré vuestra pereza;
    Niñas hermosas que morís de amores,
    Venid, yo encantaré vuestra belleza;
    Viejos que idolatráis vuestros mayores,
    Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
    Venid a oír en dulces armonías
    Las sabrosas historias de otros días.
      Yo soy el Trovador que vaga errante:
    Si son de vuestro parque estos linderos,
    No me dejéis pasar, mandad que cante;
    Que yo sé de los bravos caballeros
    La dama ingrata y la cautiva amante,
    La cita oculta y los combates fieros
    Con que a cabo llevaron sus empresas
    Por hermosas esclavas y princesas.
      Venid a mí, yo canto los amores;
    Yo soy el trovador de los festines;
    Yo ciño el arpa con vistosas flores,
    Guirnalda que recojo en mil jardines;
    Yo tengo el tulipán de cien colores
    Que adoran de Estambul en los confines,
    Y el lirio azul incógnito y campestre
    Que nace y muere en el peñón silvestre.
      ¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
    ¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
    Y enciende en mí la llama creadora
    Que del aliento del Querub emana!
    ¡Lejos de mí la historia tentadora
    De ajena tierra y religión profana!
    Mi voz, mi corazón, mi fantasía
    La gloria cantan de la patria mía.
      Venid, yo no hollaré con mis cantares
    Del pueblo en que he nacido la creencia,
    Respetaré su ley y sus altares;
    En su desgracia a par que en su opulencia
    Celebraré su fuerza o sus azares,
    Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
    Levantaré mi voz consoladora
    Sobre las ruinas en que España llora.
      ¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
    Grande, opulenta y vencedora un día,
    Sembrada de recuerdos y de historias,
    Y hollada asaz por la fortuna impía!
    Yo cantaré tus olvidadas glorias;
    Que en alas de la ardiente poesía
    No aspiro a más laurel ni a más hazaña
    Que a una sonrisa de mi dulce España.


_80. A buen juez mejor testigo_

_Tradición de Toledo_

I

      Entre pardos nubarrones
    Pasando la blanca luna,
    Con resplandor fugitivo,
    La baja tierra no alumbra.
    La brisa con frescas alas
    Juguetona no murmura,
    Y las veletas no giran
    Entre la cruz y la cúpula.
    Tal vez un pálido rayo
    La opaca atmósfera cruza,
    Y unas en otras las sombras
    Confundidas se dibujan.
    Las almenas de las torres
    Un momento se columbran,
    Como lanzas de soldados
    Apostados en la altura.
    Reverberan los cristales
    La trémula llama turbia,
    Y un instante entre las rocas
    Riela la fuente oculta.
    Los álamos de la vega
    Parecen en la espesura
    De fantasmas apiñados
    Medrosa y gigante turba;
    Y alguna vez desprendida
    Gotea pesada lluvia,
    Que no despierta a quien duerme,
    Ni a quien medita importuna.
    Yace Toledo en el sueño
    Entre las sombras confusa,
    Y el Tajo a sus pies pasando
    Con pardas ondas lo arrulla.
    El monótono murmullo
    Sonar perdido se escucha,
    Cual si por las hondas calles
    Hirviera del mar la espuma.
    ¡Qué dulce es dormir en calma
    Cuando a lo lejos susurran
    Los álamos que se mecen,
    Las aguas que se derrumban!
    Se sueñan bellos fantasmas
    Que el sueño del triste endulzan,
    Y en tanto que sueña el triste,
    No le aqueja su amargura.
      Tan en calma y tan sombría
    Como la noche que enluta
    La esquina en que desemboca
    Una callejuela oculta,
    Se ve de un hombre que aguarda
    La vigilante figura,
    Y tan a la sombra vela
    Que entre las sombras se ofusca.
    Frente por frente a sus ojos
    Un balcón a poca altura
    Deja escapar por los vidrios
    La luz que dentro le alumbra;
    Mas ni en el claro aposento,
    Ni en la callejuela oscura
    El silencio de la noche
    Rumor sospechoso turba.
    Pasó así tan largo tiempo,
    Que pudiera haberse duda
    De si es hombre, o solamente
    Mentida ilusión nocturna;
    Pero es hombre, y bien se ve,
    Porque con planta segura
    Ganando el centro a la calle
    Resuelto y audaz pregunta:
    --¿Quién va? --y a corta distancia
    El igual compás se escucha
    De un caballo que sacude
    Las sonoras herraduras.
    ¿Quién va? repite, y cercana
    Otra voz menos robusta
    Responde: --Un hidalgo ¡calle!--
    Y el paso el bulto apresura.
    --Téngase el hidalgo --el hombre
    Replica, y la espada empuña.
    --Ved más bien si me haréis calle
    (Repitieron con mesura)
    Que hasta hoy a nadie se tuvo
    Iván de Vargas y Acuña.
    --Pase el Acuña y perdone--
    Dijo el mozo en faz de fuga,
    Pues teniéndose el embozo
    Sopla un silbato, y se oculta.
    Paró el jinete a una puerta,
    Y con precaución difusa
    Salió una niña al balcón
    Que llama interior alumbra.
    --¡Mi padre! --clamó en voz baja
    Y el viejo en la cerradura
    Metió la llave pidiendo
    A sus gentes que le acudan.
    Un negro por ambas bridas
    Tomó la cabalgadura,
    Cerrose detrás la puerta
    Y quedó la calle muda.
    En esto desde el balcón,
    Como quien tal acostumbra,
    Un mancebo por las rejas
    De la calle se asegura.
    Asió el brazo al que apostado
    Hizo cara a Iván de Acuña,
    Y huyeron, en el embozo
    Velando la catadura.

II

      Clara, apacible y serena
    Pasa la siguiente tarde,
    Y el sol tocando su ocaso
    Apaga su luz gigante:
    Se ve la imperial Toledo
    Dorada por los remates,
    Como una ciudad de grana
    Coronada de cristales.
    El Tajo por entre rocas
    Sus anchos cimientos lame,
    Dibujando en las arenas
    Las ondas con que las bate.
    Y la ciudad se retrata
    En las ondas desiguales,
    Como en prendas de que el río
    Tan afanoso la bañe.
    A lo lejos en la vega
    Tiende galán por sus márgenes,
    De sus álamos y huertos
    El pintoresco ropaje,
    Y porque su altiva gala
    Más a los ojos halague,
    La salpica con escombros
    De castillos y de alcázares.
    Un recuerdo es cada piedra
    Que toda una historia vale,
    Cada colina un secreto
    De príncipes o galanes.
    Aquí se bañó la hermosa
    Por quien dejó un rey culpable
    Amor, fama, reino y vida
    En manos de musulmanes.
    Allí recibió Galiana
    A su receloso amante
    En esa cuesta que entonces
    Era un plantel de azahares.
    Allá por aquella torre,
    Que hicieron puerta los árabes,
    Subió el Cid sobre Babieca
    Con su gente y su estandarte.
    Más lejos se ve el castillo
    De San Servando, o Cervantes,
    Donde nada se hizo nunca
    Y nada al presente se hace.
    A este lado está la almena
    Por do sacó vigilante
    El conde Don Peranzules
    Al rey, que supo una tarde
    Fingir tan tenaz modorra,
    Que, político y constante,
    Tuvo siempre el brazo quedo
    Las palmas al horadarle.
    Allí está el circo romano,
    Gran cifra de un pueblo grande,
    Y aquí la antigua Basílica
    De bizantinos pilares,
    Que oyó en el primer concilio
    Las palabras de los Padres
    Que velaron por la Iglesia
    Perseguida o vacilante.
    La sombra en este momento
    Tiende sus turbios cendales
    Por todas esas memorias
    De las pasadas edades,
    Y del Cambrón y Visagra
    Los caminos desiguales,
    Camino a los toledanos
    Hacia las murallas abren.
    Los labradores se acercan
    Al fuego de sus hogares,
    Cargados con sus aperos,
    Cansados de sus afanes.
    Los ricos y sedentarios
    Se tornan con paso grave,
    Calado el ancho sombrero,
    Abrochados los gabanes;
    Y los clérigos y monjes
    Y los prelados y abades
    Sacudiendo el leve polvo
    De capelos y sayales.
    Quédase solo un mancebo
    De impetuosos ademanes,
    Que se pasea ocultando
    Entre la capa el semblante.
    Los que pasan le contemplan
    Con decisión de evitarle,
    Y él contempla a los que pasan
    Como si a alguien aguardase.
    Los tímidos aceleran
    Los pasos al divisarle,
    Cual temiendo de seguro
    Que les proponga un combate;
    Y los valientes le miran
    Cual si sintieran dejarle
    Sin que libres sus estoques
    En riña sonora dancen.
    Una mujer también sola
    Se viene el llano adelante,
    La luz del rostro escondida
    En tocas y tafetanes.
    Mas en lo leve del paso,
    Y en lo flexible del talle,
    Puede a través de los velos
    Una hermosa adivinarse.
    Vase derecha al que aguarda,
    Y él al encuentro la sale
    Diciendo... cuanto se dicen
    En las citas los amantes.
    Mas ella, galanterías
    Dejando severa aparte,
    Así al mancebo interrumpe
    En voz decisiva y grave:

      --Abreviemos de razones,
    Diego Martínez; mi padre,
    Que un hombre ha entrado en su ausencia
    Dentro mi aposento sabe:
    Y así quien mancha mi honra
    Con la suya me la lave;
    O dadme mano de esposo,
    O libre de vos dejadme.--
    Mirola Diego Martínez
    Atentamente un instante,
    Y echando a un lado el embozo,
    Repuso palabras tales:
    --Dentro de un mes, Inés mía,
    Parto a la guerra de Flandes;
    Al año estaré de vuelta
    Y contigo en los altares.
    Honra que yo te desluzca,
    Con honra mía se lave;
    Que por honra vuelven honra
    Hidalgos que en honra nacen.
    --Júralo --exclamó la niña.
    --Más que mi palabra vale
    No te valdrá un juramento.
    --Diego, la palabra es aire.
    --¡Vive Dios que estás tenaz!
    Dalo por jurado y baste.
    --No me basta; que olvidar
    Puedes la palabra en Flandes.
    --¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes?
    --Que a los pies de aquella imagen
    Lo jures como cristiano
    Del santo Cristo delante.--
    Vaciló un punto Martínez,
    Mas porfiando que jurase,
    Llevole Inés hacia el templo
    Que en medio la vega yace.
    Enclavado en un madero,
    En duro y postrero trance,
    Ceñida la sien de espinas,
    Descolorido el semblante,
    Víase allí un crucifijo
    Teñido de negra sangre,
    A quien Toledo devota
    Acude hoy en sus azares.
    Ante sus plantas divinas
    Llegaron ambos amantes,
    Y haciendo Inés que Martínez
    Los sagrados pies tocase,
    Preguntole:
                --Diego, ¿juras
    A tu vuelta desposarme?
    Contestó al mozo:
                      --¡Sí juro!
    Y ambos del templo se salen.

III

      Pasó un día y otro día,
    Un mes y otro mes pasó,
    Y un año pasado había,
    Mas de Flandes no volvía
    Diego, que a Flandes partió.
      Lloraba la bella Inés
    Su vuelta aguardando en vano,
    Oraba un mes y otro mes
    Del crucifijo a los pies
    Do puso el galán su mano.
      Todas las tardes venía
    Después de traspuesto el sol,
    Y a Dios llorando pedía
    La vuelta del español,
    Y el español no volvía.
      Y siempre al anochecer,
    Sin dueña y sin escudero,
    En un manto una mujer
    El campo salía a ver
    Al alto del _Miradero_.
      ¡Ay del triste que consume
    Su existencia en esperar!
    ¡Ay del triste que presume
    Que el duelo con que él se abrume
    Al ausente ha de pesar!
      La esperanza es de los cielos
    Precioso y funesto don,
    Pues los amantes desvelos
    Cambian la esperanza en celos,
    Que abrasan el corazón.
      Si es cierto lo que se espera,
    Es un consuelo en verdad;
    Pero siendo una quimera,
    En tan frágil realidad
    Quien espera desespera.
      Así Inés desesperaba
    Sin acabar de esperar,
    Y su tez se marchitaba,
    Y su llanto se secaba
    Para volver a brotar.
      En vano a su confesor
    Pidió remedio o consejo
    Para aliviar su dolor;
    Que mal se cura el amor
    Con las palabras de un viejo.
      En vano a Iván acudía,
    Llorosa y desconsolada;
    El padre no respondía;
    Que la lengua le tenía
    Su propia deshonra atada.
      Y ambos maldicen su estrella,
    Callando el padre severo
    Y suspirando la bella,
    Porque nació mujer ella,
    Y el viejo nació altanero.
      Dos años al fin pasaron
    En esperar y gemir,
    Y las guerras acabaron,
    Y los de Flandes tornaron
    A sus tierras a vivir.
      Pasó un día y otro día,
    Un mes y otro mes pasó,
    Y el tercer año corría;
    Diego a Flandes se partió,
    Mas de Flandes no volvía.
      Era una tarde serena,
    Doraba el sol de occidente
    Del Tajo la vega amena,
    Y apoyada en una almena
    Miraba Inés la corriente.
      Iban las tranquilas olas
    Las riberas azotando
    Bajo las murallas solas,
    Musgo, espigas y amapolas
    Ligeramente doblando.
      Algún olmo que escondido
    Creció entre la yerba blanda,
    Sobre las aguas tendido
    Se reflejaba perdido
    En su cristalina banda.
      Y algún ruiseñor colgado
    Entre su fresca espesura
    Daba al aire embalsamado
    Su cántico regalado
    Desde la enramada oscura.
      Y algún pez con cien colores,
    Tornasolada la escama,
    Saltaba a besar las flores,
    Que exhalan gratos olores
    A las puntas de una rama.
      Y allá en el trémulo fondo
    El torreón se dibuja
    Como el contorno redondo
    Del hueco sombrío y hondo
    Que habita nocturna bruja.
      Así la niña lloraba
    El rigor de su fortuna,
    Y así la tarde pasaba
    Y al horizonte trepaba
    La consoladora luna.
      A lo lejos por el llano
    En confuso remolino
    Vio de hombres tropel lejano
    Que en pardo polvo liviano
    Dejan envuelto el camino.
      Bajó Inés del torreón,
    Y llegando recelosa
    A las puertas del Cambrón,
    Sintió latir zozobrosa
    Más inquieto el corazón.
      Tan galán como altanero
    Dejó ver la escasa luz
    Por bajo el arco primero
    Un hidalgo caballero
    En un caballo andaluz.
      Jubón negro acuchillado,
    Banda azul, lazo en la hombrera,
    Y sin pluma al diestro lado
    El sombrero derribado
    Tocando con la gorguera.
      Bombacho gris guarnecido,
    Bota de ante, espuela de oro,
    Hierro al cinto suspendido,
    Y a una cadena prendido
    Agudo cuchillo moro.
      Vienen tras este jinete
    Sobre potros jerezanos
    De lanceros hasta siete,
    Y en adarga y coselete
    Diez peones castellanos.
      Asiose a su estribo Inés
    Gritando: --¡Diego, eres tú!--
    Y él viéndola de través
    Dijo: --¡Voto a Belcebú,
    Que no me acuerdo quién es!--
      Dio la triste un alarido
    Tal respuesta al escuchar,
    Y a poco perdió el sentido,
    Sin que más voz ni gemido
    Volviera en tierra a exhalar.
      Frunciendo ambas a dos cejas
    Encomendola a su gente,
    Diciendo: --¡Malditas viejas
    Que a las mozas malamente
    Enloquecen con consejas!--
      Y aplicando el capitán
    A su potro las espuelas
    El rostro a Toledo dan,
    Y a trote cruzando van
    Las oscuras callejuelas.

IV

      Así por sus altos fines
    Dispone y permite el cielo
    Que puedan mudar al hombre
    Fortuna, poder y tiempo.
    A Flandes partió Martínez
    De soldado aventurero,
    Y por su suerte y hazañas
    Allí capitán le hicieron.
    Según alzaba en honores
    Alzábase en pensamientos,
    Y tanto ayudó en la guerra
    Con su valor y altos hechos,
    Que el mismo rey a su vuelta
    Le armó en Madrid caballero,
    Tomándole a su servicio
    Por capitán de Lanceros.
    Y otro no fue que Martínez
    Quien ha poco entró en Toledo,
    Tan orgulloso y ufano
    Cual salió humilde y pequeño.
    Ni es otro a quien se dirige,
    Cobrado el conocimiento,
    La amorosa Inés de Vargas,
    Que vive por él muriendo.
    Mas él, que olvidando todo
    Olvidó su nombre mesmo,
    Puesto que Diego Martínez
    Es el capitán Don Diego,
    Ni se ablanda a sus caricias,
    Ni cura de sus lamentos;
    Diciendo que son locuras
    De gentes de poco seso;
    Que ni él prometió casarse
    Ni pensó jamás en ello.
    ¡Tanto mudan a los hombres
    Fortuna, poder y tiempo!
    En vano porfiaba Inés
    Con amenazas y ruegos;
    Cuanto más ella importuna
    Está Martínez severo.
    Abrazada a sus rodillas
    Enmarañado el cabello,
    La hermosa niña lloraba
    Prosternada por el suelo.
    Mas todo empeño es inútil,
    Porque el capitán Don Diego
    No ha de ser Diego Martínez
    Como lo era en otro tiempo.
    Y así llamando a su gente,
    De amor y piedad ajeno,
    Mandoles que a Inés llevaran
    De grado o de valimiento.
    Mas ella antes que la asieran,
    Cesando un punto en su duelo,
    Así habló, el rostro lloroso
    Hacia Martínez volviendo:
    --Contigo se fue mi honra,
    Conmigo tu juramento;
    Pues buenas prendas son ambas,
    En buen fiel las pesaremos.--
    Y la faz descolorida
    En la mantilla envolviendo
    A pasos desatentados
    Saliose del aposento.

V

      Era entonces de Toledo
    Por el rey gobernador
    El justiciero y valiente
    Don Pedro Ruiz de Alarcón.
    Muchos años por su patria
    El buen viejo peleó;
    Cercenado tiene un brazo,
    Mas entero el corazón.
    La mesa tiene delante,
    Los jueces en derredor,
    Los corchetes a la puerta
    Y en la derecha el bastón.
    Está, como presidente
    Del tribunal superior,
    Entre un dosel y una alfombra
    Reclinado en un sillón
    Escuchando con paciencia
    La casi asmática voz
    Con que un tétrico escribano
    Solfea una apelación.
    Los asistentes bostezan
    Al murmullo arrullador,
    Los jueces medio dormidos
    Hacen pliegues al ropón,
    Los escribanos repasan
    Sus pergaminos al sol,
    Los corchetes a una moza
    Guiñan en un corredor,
    Y abajo en Zocodover
    Gritan en discorde son
    Los que en el mercado venden
    Lo vendido y el valor.
      Una mujer en tal punto,
    En faz de grande aflicción,
    Rojos de llorar los ojos,
    Ronca de gemir la voz,
    Suelto el cabello y el manto,
    Tomó plaza en el salón
    Diciendo a gritos: --¡Justicia,
    Jueces, justicia, señor!--
    Y a los pies se arroja humilde
    De Don Pedro de Alarcón,
    En tanto que los curiosos
    Se agitan al rededor.
    Alzola cortés Don Pedro
    Calmando la confusión
    Y el tumultuoso murmullo
    Que esta escena ocasionó,
    Diciendo:
              --Mujer, ¿qué quieres?
    --Quiero justicia, señor.
    --¿De qué?
               --De una prenda hurtada.
    --¿Qué prenda?
                   --Mi corazón.
    --¿Tú le diste?
                    --Le presté.
    --¿Y no te le han vuelto?
                              --No.
    --¿Tienes testigos?
                        --Ninguno.
    --¿Y promesa?
                  --¡Sí, por Dios!
    Que al partirse de Toledo
    Un juramento empeñó.
    --¿Quién es él?
                    --Diego Martínez.
    --¿Noble?
              --Y capitán, señor.
    --Presentadme al capitán,
    Que cumplirá si juró.--
    Quedó en silencio la sala,
    Y a poco en el corredor
    Se oyó de botas y espuelas
    El acompasado son.
    Un portero, levantando
    El tapiz, en alta voz
    Dijo: --El capitán Don Diego.--
    Y entró luego en el salón
    Diego Martínez, los ojos
    Llenos de orgullo y furor.
    --¿Sois el capitán Don Diego,
    Díjole Don Pedro, vos?--
    Contestó altivo y sereno
    Diego Martínez:
                    --Yo soy.
    --¿Conocéis a esta muchacha?
    --Ha tres años, salvo error.
    --¿Hicísteisla juramento
    De ser su marido?
                      --No.
    --¿Juráis no haberlo jurado?
    --Sí juro.
               --Pues id con Dios.
    --¡Miente! --clamó Inés llorando
    De despecho y de rubor.
    --Mujer, ¡piensa lo que dices!...
    --Digo que miente, juró.
    --¿Tienes testigos?
                        --Ninguno.
    --Capitán, idos con Dios,
    Y dispensad que acusado
    Dudara de vuestro honor.--
      Tornó Martínez la espalda
    Con brusca satisfacción,
    E Inés, que le vio partirse,
    Resuelta y firme gritó:
    --Llamadle, tengo un testigo.
    Llamadle otra vez, señor.--
    Volvió el capitán Don Diego,
    Sentose Ruiz de Alarcón,
    La multitud aquietose
    Y la de Vargas siguió:
    --Tengo un testigo a quien nunca
    Faltó verdad ni razón.
    --¿Quién?
              --Un hombre que de lejos
    Nuestras palabras oyó,
    Mirándonos desde arriba.
    --¿Estaba en algún balcón?
    --No, que estaba en un suplicio
    Donde ha tiempo que expiró.
    --¿Luego es muerto?
                        --No, que vive.
    --Estáis loca, ¡vive Dios!
    ¿Quién fue?
                --El CRISTO de la Vega,
    A cuya faz perjuró.--
      Pusiéronse en pie los jueces
    Al nombre del Redentor,
    Escuchando con asombro
    Tan excelsa apelación.
    Reinó un profundo silencio
    De sorpresa y de pavor,
    Y Diego bajó los ojos
    De vergüenza y confusión.
    Un instante con los jueces
    Don Pedro en secreto habló,
    Y levantose diciendo
    Con respetuosa voz:
      --La ley es ley para todos,
    Tu testigo es el mejor,
    Mas para tales testigos
    No hay más tribunal que Dios.
    Haremos... lo que sepamos;
    Escribano, al caer el sol
    Al CRISTO que está en la Vega
    Tomaréis declaración.--

VI

      Es una tarde serena,
    Cuya luz tornasolada
    Del purpurino horizonte
    Blandamente se derrama.
    Plácido aroma las flores
    Sus hojas plegando exhalan,
    Y el céfiro entre perfumes
    Mece las trémulas alas.
    Brillan abajo en el valle
    Con suave rumor las aguas,
    Y las aves en la orilla
    Despidiendo al día cantan.
      Allá por el _Miradero_
    Por el Cambrón y Visagra
    Confuso tropel de gente
    Del Tajo a la vega baja.
    Vienen delante Don Pedro
    De Alarcón, Iván de Vargas,
    Su hija Inés, los escribanos,
    Los corchetes y los guardias;
    Y detrás monjes, hidalgos,
    Mozas, chicos y canalla.
    Otra turba de curiosos
    En la vega les aguarda,
    Cada cual comentariando
    El caso según le cuadra.
    Entre ellos está Martínez
    En apostura bizarra,
    Calzadas espuelas de oro,
    Valona de encaje blanca,
    Bigote a la borgoñesa,
    Melena desmelenada,
    El sombrero guarnecido
    Con cuatro lazos de plata,
    Un pie delante del otro,
    Y el puño en el de la espada.
    Los plebeyos de reojo
    Le miran de entre las capas,
    Los chicos al uniforme
    Y las mozas a la cara.
    Llegado el gobernador
    Y gente que le acompaña,
    Entraron todos al claustro
    Que iglesia y patio separa.
    Encendieron ante el CRISTO
    Cuatro cirios y una lámpara,
    Y de hinojos un momento
    Le rezaron en voz baja.
      Está el CRISTO de la Vega
    La cruz en tierra posada,
    Los pies alzados del suelo
    Poco menos de una vara;
    Hacia la severa imagen
    Un notario se adelanta,
    De modo que con el rostro
    Al pecho santo llegaba.
    A un lado tiene a Martínez,
    A otro lado a Inés de Vargas,
    Detrás al gobernador
    Con sus jueces y sus guardias.
    Después de leer dos veces
    La acusación entablada,
    El notario a Jesucristo
    Así demandó en voz alta:
    _--Jesús, Hijo de María,_
    _Ante nos esta mañana_
    _Citado como testigo_
    _Por boca de Inés de Vargas,_
    _¿Juráis ser cierto que un día_
    _A vuestras divinas plantas_
    _Juró a Inés Diego Martínez_
    _Por su mujer desposarla?--_
      Asida a un _brazo_ desnudo
    Una _mano_ atarazada
    Vino a posar en los autos
    La seca y hendida palma,
    Y allá en los aires «¡Sí, JURO!»
    Clamó una voz más que humana.
    Alzó la turba medrosa
    La vista a la imagen santa...
    Los labios tenía abiertos,
    Y una mano desclavada.

CONCLUSIÓN

      Las vanidades del mundo
    Renunció allí mismo Inés,
    Y espantado de sí propio
    Diego Martínez también.
    Los escribanos temblando
    Dieron de esta escena fe,
    Firmando como testigos
    Cuantos hubieron poder.
    Fundose un aniversario
    Y una capilla con él,
    Y Don Pedro de Alarcón
    El altar ordenó hacer,
    Donde hasta el tiempo que corre,
    Y en cada año una vez,
    Con la mano desclavada
    El crucifijo se ve.



DON NICOMEDES PASTOR DÍAZ


_81. A la luna_

      Desde el primer latido de mi pecho,
    Condenado al amor y a la tristeza,
    Ni un eco a mi gemir, ni a la belleza
              Un suspiro alcancé:
      Halló por fin mi fúnebre despecho
    Inmenso objeto a mi ilusión amante;
    Y de la luna el célico semblante,
              Y el triste mar amé.

      El mar quedose allá por su ribera;
    Sus olas no treparon las montañas;
    Nunca llega a estas márgenes extrañas
              Su solemne mugir.
      Tú empero que mi amor sigues do quiera,
    Cándida luna, en tu amoroso vuelo,
    Tú eres la misma que miré en el cielo
              De mi patria lucir.

      Tú sola mi beldad, sola mi amante,
    Única antorcha que mis pasos guía,
    Tú sola enciendes en el alma fría
              Una sombra de amor.
      Solo el blando lucir de tu semblante
    Mis ya cansados párpados resisten;
    Solo tus formas inconstantes visten
              Bello, grato color.

      Ora cubra cargada, rubicunda
    Nube de fuego tu ardorosa frente;
    Ora cándida, pura, refulgente,
              Deslumbre tu mirar.
      Ora sumida en soledad profunda
    Te mire el cielo desmayada y yerta,
    Como el semblante de una virgen muerta
              ¡Ah!... que yo vi expirar.

      La he visto ¡ay, Dios!... Al sueño en que reposa
    Yo le cerré los anublados ojos;
    Yo tendí sus angélicos despojos
              Sobre el negro ataúd.
      Yo solo oré sobre la yerta losa
    Donde no corre ya lágrima alguna...
    ¡Báñala al menos tú, pálida luna...
              Báñala con tu luz!

      Tú lo harás... que a los tristes acompañas,
    Y al pensador y al infeliz visitas;
    Con la inocencia o con la muerte habitas:
              El mundo huye de ti.
      Antorcha de alegría en las cabañas,
    Lámpara solitaria en las ruïnas,
    El salón del magnate no iluminas,
              Pero su tumba... sí.

      Cargado a veces de aplomadas nubes
    Amaga el cielo con tormenta oscura;
    Mas ríe al horizonte tu hermosura,
              Y huyó la tempestad.
      Y allá del trono do esplendente subes
    Riges el curso al férvido Oceáno,
    Cual pecho amante, que al mirar lejano
              Hierve, de su beldad.

      Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas:
    Ese hechizo falaz no es de alegría;
    Y huyen tu luz y triste compañía
              Los astros con temor.
      Sola por el vacío te adelantas,
    Y en vano en derredor tus rayos tiendes;
    Que solo al mundo en tu dolor desciendes,
              Cual sube a ti mi amor.

      Y en esta tierra, de aflicción guarida,
    ¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres?
    Del nocturno reposo de los seres
              No turbas la quietud.
      No cantarán las aves tu venida;
    Ni abren su cáliz las dormidas flores:
    ¡Solo un ser... de desvelos y dolores,
              Ama tu yerta luz!...

      ¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto!
    La noche anhelo por vivir contigo,
    Y hacia el ocaso lentamente sigo
              Tu curso al fin veloz.
      Páraste a veces a escuchar mi llanto,
    Y desciende en tus rayos amoroso
    Un espíritu vago, misterioso,
              Que responde a mi voz...

      ¡Ay! calló ya... Mi celestial querida
    Sufrió también mi inexorable suerte...
    Era un sueño de amor... Desvanecerte
              Pudo una realidad.
      Es cieno ya la esqueletada vida;
    No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura;
    La muerte reina ya sobre natura,
              Y la llaman... ¡VERDAD!

      ¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante,
    El hombre de otros tiempos viviría,
    Cuando en el mundo, de los dioses vía
              Do quiera la mansión!
      Cada eco fuera un suspirar amante,
    Una inmortal belleza cada fuente;
    Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente
              Ser pudo un Endimión.

      Ora trocada en un planeta oscuro,
    Girando en los abismos del vacío,
    Do fuerza oculta y ciega, en su extravío,
              Cual piedra te arrojó,
      Es luz de ajena luz tu brillo puro;
    Es ilusión tu mágica influencia,
    Y mi celeste amor... ciega demencia,
              ¡Ay!... que se disipó.

      Astro de paz, belleza de consuelo,
    Antorcha celestial de los amores,
    Lámpara sepulcral de los dolores,
              Tierna y casta deidad,
      ¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo?
    Un peñasco que rueda en el olvido,
    O el cadáver de un sol que, endurecido,
              ¡Yace en la eternidad!



DON ENRIQUE GIL


_82. La violeta_

      Flor deliciosa en la memoria mía,
    Ven mi triste laúd a coronar,
    Y volverán las trovas de alegría
    En sus ecos tal vez a resonar.
      Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas;
    Yo sobre ti no inclinaré mi sien,
    De miedo, pura flor, que entonces pierdas
    Tu tesoro de olores y tu bien.
      Yo, sin embargo, coroné mi frente
    Con tu gala en las tardes del Abril,
    Yo te buscaba orillas de la fuente,
    Yo te adoraba tímida y gentil.
      Porque eras melancólica y perdida,
    Y era perdido y lúgubre mi amor,
    Y en ti miré el emblema de mi vida
    Y mi destino, solitaria flor.
      Tú allí crecías olorosa y pura
    Con tus moradas hojas de pesar;
    Pasaba entre la yerba tu frescura
    De la fuente al confuso murmurar.
      Y pasaba mi amor desconocido,
    De un arpa oscura al apagado son,
    Con frívolos cantares confundido
    El himno de mi amante corazón.
      Yo busqué la hermandad de la desdicha
    En tu cáliz de aroma y soledad,
    Y a tu ventura asemejé mi dicha,
    Y a tu prisión mi antigua libertad.
      ¡Cuántas meditaciones han pasado
    Por mi frente mirando tu arrebol!
    ¡Cuántas veces mis ojos te han dejado
    Para volverse al moribundo sol!
      ¡Qué de consuelos a mi pena diste
    Con tu calma y tu dulce lobreguez,
    Cuando la mente imaginaba triste
    El negro porvenir de la vejez!
      Yo me decía: «Buscaré en las flores
    Seres que escuchen mi infeliz cantar,
    Que mitiguen con bálsamo de olores
    Las ocultas heridas del pesar.»
      Y me apartaba, al alumbrar la luna,
    De ti, bañada en moribunda luz,
    Adormecida en tu vistosa cuna,
    Velada en tu aromático capuz.
      Y una esperanza el corazón llevaba
    Pensando en tu sereno amanecer,
    Y otra vez en tu cáliz divisaba
    Perdidas ilusiones de placer.

      Heme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares!
    ¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir!
    Ya no hay flores que escuchen mis pesares,
    Ni soledad donde poder gemir.
      Lo secó todo el soplo de mi aliento,
    Y naufragué con mi doliente amor:
    Lejos ya de la paz y del contento,
    Mírame aquí en el valle del dolor.
      Era dulce mi pena y mi tristeza;
    Tal vez moraba una ilusión detrás:
    Mas la ilusión voló con su pureza,
    Mis ojos ¡ay! no la verán jamás.
      Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero
    Vuelve al hogar que niño le acogió;
    Pero mis glorias recobrar no espero,
    Solo a buscar la huesa vengo yo.
      Vengo a buscar mi huesa solitaria
    Para dormir tranquilo junto a ti,
    Ya que escuchaste un día mi plegaria,
    Y un ser humano en tu corola vi.
      Ven mi tumba a adornar, triste viola,
    Y embalsama mi oscura soledad;
    Sé de su pobre césped la aureola
    Con tu vaga y poética beldad.
      Quizá al pasar la virgen de los valles,
    Enamorada y rica en juventud,
    Por las umbrosas y desiertas calles
    Do yacerá escondido mi ataúd,
      Irá a cortar la humilde vïoleta
    Y la pondrá en su seno con dolor,
    Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
    ¡Ya está callada el arpa del amor!»



PADRE JUAN AROLAS


_83. Sé más feliz que yo_

      Sobre pupila azul, con sueño leve,
    Tu párpado cayendo amortecido,
    Se parece a la pura y blanca nieve
    Que sobre las violetas reposó:
    Yo el sueño del placer nunca he dormido:
              Sé más feliz que yo.
      Se asemeja tu voz en la plegaria
    Al canto del zorzal de indiano suelo
    Que sobre la pagoda solitaria
    Los himnos de la tarde suspiró:
    Yo solo esta oración dirijo al cielo:
              Sé más feliz que yo.
      Es tu aliento la esencia más fragante
    De los lirios del Arno caudaloso
    Que brotan sobre un junco vacilante
    Cuando el céfiro blando los meció:
    Yo no gozo su aroma delicioso:
              Sé más feliz que yo.
      El amor, que es espíritu de fuego,
    Que de callada noche se aconseja
    Y se nutre con lágrimas y ruego,
    En tus purpúreos labios se escondió:
    Él te guarde el placer y a mí la queja:
              Sé más feliz que yo.
      Bella es tu juventud en sus albores
    Como un campo de rosas del Oriente;
    Al ángel del recuerdo pedí flores
    Para adornar tu sien, y me las dio;
    Yo decía al ponerlas en tu frente:
              Sé más feliz que yo.
      Tu mirada vivaz es de paloma;
    Como la adormidera del desierto
    Causas dulce embriaguez, hurí de aroma
    Que el cielo de topacio abandonó:
    Mi suerte es dura, mi destino incierto:
              Sé más feliz que yo.



DON PABLO PIFERRER


_84. Canción de la Primavera_

        Ya vuelve la primavera:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        Tiende sobre la pradera
    El verde manto--de la esperanza.

        Sopla caliente la brisa:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        Las nubes pasan aprisa,
    Y el azur muestran--de la esperanza.

        La flor ríe en su capullo:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        Canta el agua en su murmullo
    El poder santo--de la esperanza.

        ¿La oís que en los aires trina?
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        --«Abrid a la golondrina,
    Que vuelve en alas--de la esperanza.»--

        Niña, la niña modesta:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        El Mayo trae tu fiesta
    Que el logro trae--de tu esperanza.

        Cubre la tierra el amor:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        El perfume engendrador
    Al seno sube--de la esperanza.

        Todo zumba y reverdece:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        Cuanto el son y el verdor crece,
    Tanto más crece--toda esperanza.

        Sonido, aroma y color
    (Suene la gaita,--ruede la danza)
        Únense en himnos de amor,
    Que engendra el himno--de la esperanza.

        Morirá la primavera:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
        Mas cada año en la pradera
    Tornará el manto--de la esperanza.

        La inocencia de la vida
    (Calle la gaita,--pare la danza)
        No torna una vez perdida:
    ¡Perdí la mía!--¡ay mi esperanza!



DON GABRIEL GARCÍA TASSARA


_85. Himno al Mesías_

      Baja otra vez al mundo,
    ¡Baja otra vez, Mesías!
    De nuevo son los días
    De tu alta vocación;
    Y en su dolor profundo
    La humanidad entera
    El nuevo oriente espera
    De un sol de redención.
      Corrieron veinte edades
    Desde el supremo día
    Que en esa cruz te vía
    Morir Jerusalén;
    Y nuevas tempestades
    Surgieron y bramaron,
    De aquellas que asolaron
    El primitivo Edén.
      De aquellas que le ocultan
    Al hombre su camino
    Con ciego torbellino
    De culpa y expiación;
    De aquellas que sepultan
    En hondos cautiverios
    Cadáveres de imperios
    Que fueron y no son.
      Sereno está en la esfera
    El sol del firmamento:
    La tierra en su cimiento
    Inconmovible está:
    La blanca primavera
    Con su gentil abrazo
    Fecunda el gran regazo
    Que flor y fruto da.
      Mas ¡ay! que de las almas
    El sol yace eclipsado:
    Mas ¡ay! que ha vacilado
    El polo de la fe;
    Mas ¡ay! que ya tus palmas
    Se vuelven al desierto:
    No crecen, no, en el huerto
    Del que tu pueblo fue.
      Tiniebla es ya la Europa:
    Ella agotó la ciencia,
    Maldijo su creencia,
    Se apacentó con hiel;
    Y rota ya la copa
    En que su fe bebía,
    Se alzaba y te decía:
    ¡Señor! yo soy Luzbel.
      Mas ¡ay! que contra el cielo
    No tiene el hombre rayo,
    Y en súbito desmayo
    Cayó de ayer a hoy;
    Y en son de desconsuelo,
    en llanto de impotencia,
    Hoy clama en tu presencia:
    Señor, tu pueblo soy.
      No es, no, la Roma atea
    Que entre aras derrocadas
    Despide a carcajadas
    Los dioses que se van:
    Es la que, humilde rea,
    Baja a las catacumbas,
    Y palpa entre las tumbas
    Los tiempos que vendrán.
      Todo, Señor, diciendo
    Está los grandes días
    De luto y agonías,
    De muerte y orfandad;
    Que, del pecado horrendo
    Envuelta en el sudario,
    Pasa por un Calvario
    La ciega humanidad.
      Baja ¡oh Señor! no en vano
    Siglos y siglos vuelan;
    Los siglos nos revelan
    Con misteriosa luz
    El infinito arcano
    Y la virtud que encierra,
    Trono de cielo y tierra
    Tu sacrosanta cruz.
      Toda la historia humana
    ¡Señor! está en tu nombre;
    Tú fuiste Dios del hombre,
    Dios de la humanidad.
    Tu sangre soberana
    Es su Calvario eterno:
    Tu triunfo del infierno
    Es su inmortalidad.
      ¿Quién dijo, Dios clemente,
    Que tú no volverías,
    Y a horribles gemonías,
    Y a eterna perdición,
    Condena a esta doliente
    Raza del ser humano
    Que espera de tu mano
    Su nueva salvación?
      Sí, tú vendrás. Vencidos
    Serán con nuevo ejemplo
    Los que del santo templo
    Apartan a tu grey.
    Vendrás y confundidos
    Caerán con los ateos
    Los nuevos fariseos
    De la caduca ley.
      ¿Quién sabe si ahora mismo
    Entre alaridos tantos
    De tus profetas santos
    La voz no suena ya?
    Ven, saca del abismo
    A un pueblo moribundo;
    Luzbel ha vuelto al mundo
    Y Dios ¿no volverá?
      ¡Señor! En tus juicios
    La comprensión se abisma;
    Mas es siempre la misma
    Del Gólgota la voz.
    Fatídicos auspicios
    Resonarán en vano;
    No es el destino humano
    La humanidad sin Dios.
      Ya pasarán los siglos
    De la tremenda prueba;
    ¡Ya nacerás, luz nueva
    De la futura edad!
    Ya huiréis ¡negros vestiglos
    De los antiguos días!
    Ya volverás ¡Mesías!
    En gloria y majestad.



DOÑA GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA


_86. Amor y orgullo_

      Un tiempo hollaba por alfombra rosas;
    Y nobles vates, de mentidas diosas
    Prodigábanme nombres;
    Mas yo, altanera, con orgullo vano,
    Cual águila real al vil gusano
    Contemplaba a los hombres.
      Mi pensamiento --en temerario vuelo--
    Ardiente osaba demandar al cielo
    Objeto a mis amores:
    Y si a la tierra con desdén volvía
    Triste mirada, mi soberbia impía
    Marchitaba sus flores.
      Tal vez por un momento caprichosa
    Entre ellas revolé, cual mariposa,
    Sin fijarme en ninguna;
    Pues de místico bien siempre anhelante,
    Clamaba en vano, como tierno infante
    Quiere abrazar la luna.
      Hoy, despeñada de la excelsa cumbre,
    Do osé mirar del sol la ardiente lumbre
    Que fascinó mis ojos,
    Cual hoja seca al raudo torbellino,
    Cedo al poder del áspero destino...
    ¡Me entrego a sus antojos!
      Cobarde corazón, que el nudo estrecho
    Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
    Tu presunción altiva?
    ¿Qué mágico poder, en tal bajeza
    Trocando ya tu indómita fiereza,
    De libertad te priva?
      ¡Mísero esclavo de tirano dueño;
    Tu gloria fue cual mentiroso sueño,
    Que con las sombras huye!
    Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas
    De necia vanidad, débiles plantas
    Que el aquilón destruye?
      En hora infausta a mi feliz reposo,
    ¿No dijiste, soberbio y orgulloso:
    --Quién domará mi brío?
    ¡Con mi solo poder haré, si quiero,
    Mudar de rumbo al céfiro ligero
    Y arder al mármol frío!--
      ¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
    Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano
    Te advirtió tu locura!
    Tú misma te forjaste la cadena,
    Que a servidumbre eterna te condena,
    Y a duelo y amargura.
      Los lazos caprichosos que otros días
    --Por pasatiempo-- a tu placer tejías,
    Fueron de seda y oro:
    Los que hora rinden tu valor primero
    Son eslabones de pesado acero,
    Templados con tu lloro.
      ¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado,
    De inmenso orgullo y presunción hinchado,
    De víboras nutrido?
    Tú --que anhelabas tan sublime objeto--
    ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto
    Te arrastras abatido?
      ¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
    Que por flores tomé duros abrojos
    Y por oro la arcilla?...
    ¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
    Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen
    Del yugo que me humilla!
      ¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
    ¿Y de tu servidumbre haciendo alarde,
    Quieres ver en mi frente
    El sello del amor que te devora?...
    ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora
    De mi baldón la gente.
      ¡Salga del pecho --requemando el labio--
    El caro nombre, de mi orgullo agravio,
    De mi dolor sustento!
    ¿Escrito no le ves en las estrellas
    Y en la luna apacible, que con ellas
    Alumbra el firmamento?
      ¿No le oyes, de las auras al murmullo?
    ¿No le pronuncia --en gemidor arrullo--
    La tórtola amorosa?
    ¿No resuena en los árboles, que el viento
    Halaga con pausado movimiento
    En esa selva hojosa?
      De aquella fuente entre las claras linfas,
    ¿No le articulan invisibles ninfas
    Con eco lisonjero?...
    ¿Por qué callar el nombre que te inflama,
    Si aun el silencio tiene voz, que aclama
    Ese nombre que quiero?
      Nombre que un alma lleva por despojo;
    Nombre que excita con placer enojo,
    Y con ira ternura;
    Nombre más dulce que el primer cariño
    De joven madre al inocente niño,
    Copia de su hermosura:
      Y más amargo que el adiós postrero
    Que al suelo damos, donde el sol primero
    Alumbró nuestra vida.
    Nombre que halaga y halagando mata;
    Nombre que hiere --como sierpe ingrata--
    Al pecho que le anida.
      ¡No, no lo envíes, corazón, al labio!...
    ¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
    ¡Guarda, guarda tu mengua!
    ¡Callad también vosotras, auras, fuente,
    Trémulas hojas, tórtola doliente,
    Como calla mi lengua!



DON EULOGIO FLORENTINO SANZ


_87. Epístola a Pedro_

      Quiero que sepas, aunque bien lo sabes,
    Que a orillas del Spree (ya que del río
    Se hace mención en circunstancias graves)
      Mora un semi-alemán, muy señor mío,
    Que entre los rudos témpanos del Norte
    Recuerda la amistad y olvida el frío.
      Lejos de mi Madrid, la villa y corte,
    Ni de ella falto yo porque esté lejos,
    Ni hay una piedra allí que no me importe;
      Pues sueña con la patria, a los reflejos
    De su distante sol, el desterrado,
    Como con su niñez sueñan los viejos.
      Ver quisiera un momento, y a tu lado,
    Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles
    En carroza triunfal rompe hacia el Prado...
      ¿Ríes?... Juzga el volar cuando no vueles...
    ¡Átomo harás del mundo que poseas
    Y mundo harás del átomo que anheles!
      Al sentir _coram vulgo_ no te creas...
    Al pensar _coram vulgo_, no te olvides
    De compulsar a solas tus ideas.
      Como dejes la España en que resides,
    Donde quiera que estés, ya echarás menos
    Esa patria de Dolfos y de Cides;
      Que obeliscos y pórticos ajenos
    Nunca valdrán los patrios palomares
    Con las memorias de la infancia llenos.
      Por eso, aunque dan son a mis cantares
    Elba, Danubio y Rin, yo los olvido
    Recordando a mi pobre Manzanares.
      ¡Allí mi juventud!... ¡ay! ¿quién no ha oído
    Desde cualquier región, ecos de aquella
    Donde niñez y juventud han sido?
      Hoy mi vida de ayer, pálida o bella,
    Múltiple se repite en mis memorias,
    Como en lágrimas mil única estrella...
      Que quedan en el alma las historias
    De dolor o placer, y allí se hacinan,
    Del fundido metal muertas escorias.
      Y, aunque ya no calientan ni iluminan,
    Si al soplo de un suspiro se estremecen,
    ¡Aún consuelan el alma!... ¡o la asesinan!
      _Cuando al partir del sol las sombras crecen_,
    Y, entre sombras y sol, tibios instantes
    En torno del horario se adormecen;
      El dolor y el placer, férvidos antes,
    Se pierden ya en el alma indefinidos,
    A la luz y a la sombra semejantes.
      Y en esta languidez de los sentidos,
    Crepúsculo moral en que indolente
    Se arrulla el corazón con sus latidos,
      Pláceme contemplar indiferente
    Cuál del dormido Spree sobre la espalda
    Y en lúbrico chapín sesga la gente.
      O recordar el toldo de esmeralda
    Que antes bordó el Abril en donde ahora
    Nieve septentrional tiende su falda:
      Mientras la luz del Héspero incolora
    Baña el campo sin fin, que el Norte rudo
    Salpicó de brillantes a la aurora.

    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

      ¡Hijo de otra región, trémulo y mudo
    Con la mirada que por ti paseo,
    Nieve septentrional, yo te saludo!
      Una tarde de Mayo (casi creo
    Que salta a mi memoria su hermosura
    De este cuadro invernal, como un deseo),
      Una tarde de flores y verdura,
    Rica de cielo azul, sin un celaje,
    Y empapada en aromas y frescura;
      En que, al son de las auras, el ramaje
    Trémulo de los tilos repetía
    De otros lejanos bosques el mensaje;
      Yo, con mi propio afán por compañía,
    Del recinto salí que nombró el mundo
    Corte del rey filósofo algún día.
      A su verdor del Norte sin segundo,
    De un frondoso jardín los laberintos
    Atrajeron mi paso vagabundo...
      En armoniosa confusión distintos,
    Cándidos nardos y claveles rojos,
    Tulipanes, violas y jacintos,
      De admirar el vergel diéronme antojos;
    Y perdime en sus vueltas, rebuscando,
    Ya que no al corazón, pasto a los ojos.
      Y una viola, que al favonio blando
    Columpiaba su tímida corola,
    Quise arrancar... Mas súbito, clavando
      Mis ojos en el césped, donde sola
    Daba al favonio sus esencias puras,
    Respeté por el césped la viola...
      ¡Guirnalda funeral, de desventuras
    Y lágrimas nacida, eran las flores
    De aquel vasto jardín de sepulturas!
      Pero jardín. Allí, cuando los llores,
    Aún te hablarán la amante o el amigo
    Con aromas y jugos y colores...
      ¡Y de tu santo afán mudo testigo,
    Algo en aquellas flores sepulcrales,
    Algo del muerto bien será contigo!
      Dentro de nuestros muros funerales
    Jamás brota una flor... Mal brotaría
    De ese alcázar de cal y mechinales,
      Índice de la nada en simetría,
    Que a la madre común roba los muertos
    Para henchir su profana estantería;
      ¡Ruin estación de huéspedes inciertos
    Que ofreciera a los vivos su morada
    Por alquilar los túmulos abiertos!
      De tierra sobre tierra fabricadas,
    Más solemnes quizá, por más sencillas,
    Las del santo jardín tumbas aisladas,
      Con su césped de flores amarillas
    Se elevan... no muy altas... a la altura
    Del que llore, al besarlas, de rodillas.
      ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura,
    Bajo su cruz de hierro se levanta
    De un hispano cantor la sepultura!...[3]
      Delante de su cruz tuve mi planta...
    Y soñé que en su rótulo leía:
    «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!»
      ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría
    Que el cantor de las flores en tu seno
    Durmiera tan sin flores algún día!
      Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno,
    Por atmósfera extraña sofocado,
    Sobre extraña región cayó en el cieno!
      ¡Ay del vate infeliz que, amortajado
    Con su negro ropón de peregrino,
    Yace en su propia tumba desterrado!
      Yo, al encontrar su cruz en mi camino,
    Como engendra el dolor supersticiones,
    Llamé tres veces al cantor divino.
      Y de su lira desperté los sones,
    Y turbé los sepulcros murmurando
    La más triste canción de sus canciones...
      Y a la viola, que al favonio blando
    Columpiaba allí cerca su corola,
    Volví turbios los ojos... Y clavando
      La rodilla en el césped (donde sola
    Era airón sepulcral de una doncella)
    Desprendí de su césped la viola.
      Y al lado del cantor volví con ella;
    Y así lloré, sobre su cruz mi mano,
    La del pobre cantor mísera estrella:
      --Bien te dice mi voz que soy tu hermano;
    ¿Quién saludara tus despojos fríos
    Sin el ¡ay! de mi acento castellano?
      Diéronte ajena tumba hados impíos...
    ¡Si ojos extraños la contemplan secos,
    Hoy la riegan de lágrimas los míos!
      Solo suena mi voz entre sus huecos,
    Para que en ella, si la escuchas, halles
    Los de tu propria voz póstumos ecos...
      _¡Por las desiertas y sombrías calles_
    _Donde duerme tu féretro escondido,_
    _No pasa_, no, la virgen de los valles!
      Una vez que ha pasado no ha venido...
    Trajéronla con rosas... A tu lado
    La virgen, desde entonces, ha dormido...
      Si su pálida sombra, al compasado
    Son de la media noche, inoportuna,
    Flores entre tu césped ha buscado,
      Bien habrá visto a la menguante luna
    Que en el santo jardín, rico de flores,
    Solo yace tu césped sin ninguna.
      ¡No tienes una flor!... Ni ¿a qué dolores
    Una flor de tu césped respondiera
    Con aromas y jugos y colores?
      Solo al riego de lágrimas naciera,
    Y de tu fosa en el terrón ajeno
    ¿Quién derrama una lágrima siquiera?
      ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno,
    Que, en atmósfera extraña sofocado,
    Sobre extraña región cayó en el cieno!
      Cantor en el sepulcro desterrado,
    Descansa en paz. ¡Adiós!... Y si a deshora
    Un viajero del Sur pasa a tu lado,
      Si al contemplar tu cruz, como yo ahora,
    Con su idioma español el vïajero
    Te llama aquí tres veces y aquí llora,
      Dígale el son del aura lastimero
    Cuál en los brazos de tu cruz escueta
    Peregrino del Sur lloré primero...
      ¡Recibe con mi adiós _tu vïoleta_!
    La tumba de la virgen te la envía...--

    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    ¡Y al unirse la flor con su poeta,
    Ya en el ocaso agonizaba el día!



DON ADELARDO LÓPEZ DE AYALA


_88. Epístola a Emilio Arrieta_

      De nuestra gran virtud y fortaleza
    Al mundo hacemos con placer testigo:
    Las ruindades del alma y su flaqueza
    Solo se cuentan al secreto amigo.
    De mi ardiente ansiedad y mi tristeza
    A solas quiero razonar contigo:
    Rasgue a su alma sin pudor el velo
    Quien busque admiración y no consuelo.
      No quiera Dios que en rimas insolentes
    De mi pesar al mundo le dé indicios,
    Imitando a esos genios impudentes
    Que alzan la voz para cantar sus vicios.
    Yo busco, retirado de las gentes,
    De la amistad los dulces beneficios:
    No hay causa ni razón que me convenza
    De que es genio la falta de vergüenza.
      En esta humilde y escondida estancia,
    Donde aún resuenan con medroso acento
    Los primeros sollozos de mi infancia
    Y de mi padre el postrimer lamento:
    Esclarecido el mundo a la distancia
    A que de aquí le mira el pensamiento,
    Se eleva la verdad que amaba tanto;
    Y, antes que afecto, me produce espanto.
      Aquí, aumentando mi congoja fiera,
    Mi edad pasada y la presente miro.
    La limpia voz de mi virtud entera,
    Hoy convertida en áspero suspiro,
    Y el noble aliento de mi edad primera
    Trocado en la ansiedad con que respiro,
    Claro publican dentro de mi pecho
    Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho.
      Me dotaron los cielos de profundo
    Amor al bien y de valor bastante
    Para exponer al embriagado mundo
    Del vicio vil el sórdido semblante;
    Y al ver que imbécil en el cieno hundo
    De mi existencia la misión brillante,
    Me parece que el hombre en voz confusa
    Me pide el robo y de ladrón me acusa.
      Y estos salvajes montes corpulentos,
    Fieles amigos de la infancia mía,
    Que con la voz de los airados vientos
    Me hablaban de virtud y de energía,
    Hoy con duros semblantes macilentos
    Contemplan mi abandono y cobardía,
    Y gimen de dolor, y cuando braman,
    Ingrato y débil y traidor me llaman.
      Tal vez a la batalla me apercibo;
    Dudo de mi constancia y de esta duda
    Toma ocasión el vicio ejecutivo
    Para moverme guerra más sañuda;
    Y, cuando débil el combate esquivo,
    «Mañana, digo, llegará en mi ayuda;»
    ¡Y _mañana_ es la muerte, y mi ansia vana
    Deja mi redención para mañana!
      Perdido tengo el crédito conmigo,
    Y avanza cual gangrena el desaliento:
    Conozco y aborrezco a mi enemigo,
    Y en sus brazos me arrojo soñoliento.
    La conciencia el deleite que consigo
    Perturba siempre: sofocar su acento
    Quiere el placer, y, lleno de impaciencia,
    Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia.
      Inquieto, vacilante, confundido
    Con la múltiple forma del deseo,
    Impávido una vez, otra corrido
    Del vergonzoso estado en que me veo,
    Al mismo Dios contemplo arrepentido
    De darme un alma que tan mal empleo:
    La hacienda que he perdido no era mía,
    Y el deshonor los tuétanos me enfría.
      Aquí, revuelto en la fatal madeja
    Del torpe amor, disipador cansado
    Del tiempo, que al pasar solo me deja
    El disgusto de haberlo malgastado;
    Si el hondo afán con que de mí se queja
    Todo mi ser, me tiene desvelado,
    ¿Por qué no es antes noble impedimento
    Lo que es después atroz remordimiento?
      ¡Valor! y que resulte de mi daño
    Fecundo el bien: que de la edad perdida
    Brote la clara luz del desengaño
    Iluminando mi razón dormida:
    Para vivir me basta con un año,
    Que envejecer no es alargar la vida:
    ¡Joven murió tal vez que eterno ha sido,
    Y viejos mueren sin haber vivido!
      Que tu voz, queridísimo Emiliano,
    Me mantenga seguro en mi porfía;
    Y así el Creador, que con tan larga mano
    Te regaló fecunda fantasía,
    Te enriquezca, mostrándote el arcano
    De su eterna y espléndida armonía;
    Tanto, que el hombre, en su placer o duelo
    Tu canto elija para hablar al cielo.
      Los ecos de la cándida alborada,
    Que al mundo anima en blando movimiento,
    Te demuestren del alma enamorada
    El dulce anhelo y el primer acento;
    El rumor de la noche sosegada,
    La noble gravedad del pensamiento;
    Y las quejas del ábrego sombrío
    La ronca voz del corazón impío.
      Y el gran torrente que, con pena tanta,
    Por las quiebras del hondo precipicio,
    Rugiendo de amargura, se quebranta,
    Deje en tu alma verdadero indicio
    De la virtud, que gime y se abrillanta
    En las quiebras del rudo sacrificio,
    Y en tu canto resuenen juntamente
    El bien futuro y el dolor presente.
      Y en las férvidas olas impelidas
    Del huracán, que asalta las estrellas,
    Y rebraman, mostrando embravecidas
    Que el aliento de Dios se encierra en ellas,
    Aprendas las canciones dirigidas
    Al que para en su curso las centellas,
    Y resuene tu voz de polo a polo,
    De su grandeza intérprete tú solo.



DON RAMÓN DE CAMPOAMOR


_89. ¡Quién supiera escribir!_

I

    --Escribidme una carta, señor Cura.
            --Ya sé para quién es.
    --¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
            Nos visteis juntos? --Pues.

    --Perdonad; mas... --No extraño ese tropiezo.
            La noche... la ocasión...
    Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:
            _Mi querido Ramón_:

    --¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto...
            --Si no queréis... --¡Sí, sí!
    --_¡Qué triste estoy!_ ¿No es eso? --Por supuesto.
            --_¡Qué triste estoy sin ti!_

    _Una congoja, al empezar, me viene..._
            --¿Cómo sabéis mi mal?
    --Para un viejo, una niña siempre tiene
            El pecho de cristal.

    _¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura._
            _¿Y contigo? Un edén._
    --Haced la letra clara, señor Cura;
            Que lo entienda eso bien.

    --_El beso aquel que de marchar a punto_
            _Te di..._ --¿Cómo sabéis?...
    --Cuando se va y se viene y se está junto
            Siempre... no os afrentéis.

    _Y si volver tu afecto no procura,_
            _Tanto me harás sufrir..._
    --¿Sufrir y nada más? No, señor Cura,
            ¡Que me voy a morir!

    --¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?...
            --Pues, sí, señor, ¡morir!
    --Yo no pongo _morir_. --¡Qué hombre de hielo!
            ¡Quién supiera escribir!

II

    ¡Señor Rector, señor Rector! en vano
            Me queréis complacer,
    Si no encarnan los signos de la mano
            Todo el ser de mi ser.

    Escribidle, por Dios, que el alma mía
            Ya en mí no quiere estar;
    Que la pena no me ahoga cada día...
            Porque puedo llorar.

    Que mis labios, las rosas de su aliento,
            No se saben abrir;
    Que olvidan de la risa el movimiento
            A fuerza de sentir.

    Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,
            Cargados con mi afán,
    Como no tienen quien se mire en ellos,
            Cerrados siempre están.

    Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
            La ausencia el más atroz;
    Que es un perpetuo sueño de mi oído
            El eco de su voz...

    Que siendo por su causa, el alma mía
            ¡Goza tanto en sufrir!..
    Dios mío ¡cuántas cosas le diría
            Si supiera escribir!...

III

EPÍLOGO

    --Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:
            _A don Ramón_... En fin,
    Que es inútil saber para esto arguyo
            Ni el griego ni el latín.


_90. Lo que hace el tiempo_

_A Blanca Rosa de Osma_

      Con mis coplas, Blanca Rosa,
    Tal vez te cause cuidados
              Por cantar
    Con la voz ya temblorosa,
    Y los ojos ya cansados
              De llorar.

      Hoy para ti solo hay glorias,
    Y danzas y flores bellas;
              Mas después,
    Se alzarán tristes memorias,
    Hasta de las mismas huellas
              De tus pies.

      En tus fiestas seductoras
    ¿No oyes del alma en lo interno
              Un rumor,
    Que lúgubre a todas horas,
    Nos dice que no es eterno
              Nuestro amor?

      ¡Cuánto a creer se resiste
    Una verdad tan odiosa
              Tu bondad!
    ¡Y esto fuera menos triste
    Si no fuera, Blanca Rosa,
              Tan verdad!

      Te aseguro, como amigo,
    Que es muy raro, y no te extrañe,
              Amar bien.
    Siento decir lo que digo;
    Pero ¿quieres que te engañe
              Yo también?

      Pasa un viento arrebatado,
    Viene amor, y a dos en uno
              Funde Dios;
    Sopla el desamor helado,
    Y vuelve a hacer, importuno,
              De uno, dos.

      Que amor, de egoísmo lleno,
    A su gusto se acomoda
              Bien y mal;
    En él hasta herir es bueno,
    Se ama o no ama, aquí está toda
              Su moral.

      ¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
    Cuando aún tiene la inocencia,
              Su deber!
    Y ¡cómo, más adelante,
    Aviene con su conciencia
              Su placer!

      ¿Y es culpable el que, sediento,
    Buscando va en nuevos lazos
              Otro amor?
    ¡Sí! culpable como el viento
    Que, al pasar, hace pedazos
              Una flor.

      ¿Verdad que es abominable
    Que el corazón vagabundo
              Mude así,
    Sin ser por ello culpable,
    Porque esto pasa en el mundo
              Porque sí?

      Se ama una vez sin medida,
    Y aun se vuelve a amar sin tino
              Más de dos.
    ¡Cuán versátil es la vida!
    ¡Cuán vano es nuestro destino,
              Santo Dios!

      Él lleve tu labio ayuno
    A algún manantial querido
              De placer,
    Donde dichosa, ninguno
    Te enseñe nunca el olvido
              Del deber.

      Siempre el destino inconstante
    Nos da cual vil usurero
              Su favor:
    Da amor primero y no amante;
    Después mucho amante, pero
              Poco amor.

      Tranquila a veces reposa,
    Y otras se marcha volando
              Nuestra fe.
    Y esto pasa, Blanca Rosa,
    Sin saber cómo, ni cuándo,
              Ni por qué.

      Nunca es estable el deseo,
    Ni he visto jamás terneza
              Siempre igual.
    Y ¿a qué negarlo? No creo
    Ni del bien en la fijeza,
              Ni del mal.

      Este ir y venir sin tasa,
    Y este moverse impaciente,
              Pasa así,
    Porque así ha pasado y pasa,
    Porque sí, y ¡ay! solamente
              Porque sí.

      ¡Cuán inútil es que huyamos
    De los fáciles amores
              Con horror,
    Si cuanto más las pisamos,
    Más nos embriagan las flores
              Con su olor!

      El cielo sin duda envía
    La lucha a la tormentosa
              Juventud;
    Pues ¿qué mérito tendría
    Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
              La virtud?

      ¡Ay! un alma inteligente,
    Siempre en nuestra alma divisa
              Una flor,
    Que se abre infaliblemente
    Al soplo de alguna brisa
              De otro amor.

      Mas dirás: --¿Y en qué consiste
    Que todo a mudar convida?--
              ¡Ay de mí!
    En que la vida es muy triste...
    Pero aunque triste, la vida
              Es así.

      Y si no es amor el vaso
    Donde el sobrante se vierte
              Del dolor,
    Pregunto yo: --¿Es digno acaso
    De ocuparnos vida y muerte
              Tal amor?--

      Nunca sepas, Blanca Rosa,
    Que es la dicha una locura;
              Cual yo sé;
    Si quieres ser venturosa,
    Ten mucha fe en la ventura,
              Mucha fe.

      Si eres feliz algún día,
    ¡Guay, que el recuerdo tirano
              De otro amor
    No se filtre en tu alegría,
    Cual se desliza un gusano
              Roedor!

      Tú eres de las almas buenas,
    Cuyos honrados amores
              Siempre son
    Los que bendicen sus penas,
    Penas que se abren en flores
              De pasión.

      Con tus visiones hermosas,
    Nunca de tu alma el abismo
              Llenarás,
    Pues la fuerza de las cosas
    Puede más que Hércules mismo,
              ¡Mucho más!...

      Si huye una vez la ventura,
    Nadie después ve las flores
              Renacer
    Que cubren la sepultura
    De los recuerdos traidores
              Del ayer.

      ¿Y quién es el responsable
    De hacer tragar sin medida
              Tanta hiel?
    ¡La vida! ¡esa es la culpable!
    La vida, solo es la vida
              Nuestra infiel.

      La vida, que desalada,
    De un vértigo del infierno
              Corre en pos:
    Ella corre hacia la nada;
    ¿Quieres ir hacia lo eterno?
              Ve hacia Dios.

      ¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
    Que tengas siempre una vieja
              Juventud.
    La tumba todo lo traga;
    Solo de tragarse deja
              La virtud.



DON JOSÉ SELGAS


_91. El Estío_

      Mayo recoge el virginal tesoro;
    Desciñe Flora su gentil guirnalda;
    La sombra busca el manantial sonoro
    Del alto monte en la risueña falda;
    Campos son ya de púrpura y de oro
    Los que fueron de rosa y esmeralda;
    Y apenas riza su corriente el río
    A los primeros soplos del Estío.
      El soto ameno y la enramada umbrosa,
    El valle alegre y la feraz ribera,
    Con voz desalentada y cariñosa
    Despiden a la dulce Primavera;
    Muere en su tallo la inocente rosa;
    Desfallece la altiva enredadera;
    Y en desigual y tenue movimiento
    Gime en el bosque fatigado el viento.
      Por la alta cumbre del collado asoma
    La blanca aurora su rosada frente,
    Reparte perlas y recoge aroma;
    Se abre la flor que su mirada siente;
    Repite sus arrullos la paloma
    Bajo las ramas del laurel naciente;
    Y allá por los tendidos olivares
    Se escuchan melancólicos cantares.
      Del aura dócil al impulso blando
    La rubia mies en la llanura ondea;
    Del dulce nido alrededor volando
    La alondra gira y de placer gorjea;
    Las ondas de la fuente suspirando
    Quiebran el rayo de la luz febea,
    Y en delicados mágicos colores
    El fruto asoma al expirar las flores.
      Sobre los montes que cercando toca
    La niebla tiende su bordado encaje;
    Desde el peñón de la desierta roca
    Lánzase audaz el águila salvaje;
    El seco vientecillo que sofoca
    Cubre de polvo el pálido follaje;
    Y por el monte y por la vega umbría
    Crece el calor y se derrama el día.
      Y en el árido ambiente se dilata
    La esencia de la flor de los tomillos,
    Y lento el río su raudal desata
    Entre mimbres y juncos amarillos;
    Y si al cubrir sus círculos de plata
    Con sus plumeros blandos y sencillos
    La caña dócil la corriente roza,
    Trémula el agua de placer solloza.
      Del valle en tanto en la pendiente orilla
    Manso cordero del calor sosiega;
    Se oyen los cantos de la alegre trilla;
    Suenan los ecos de la tarda siega;
    Ardiente el sol en el espacio brilla;
    El cielo azul su majestad despliega,
    Y duermen a la sombra los pastores,
    Y se abrasan de sed los segadores.
      Presta sombra a la rústica majada
    La noble encina que a la edad resiste;
    En su copa de fruto coronada
    La vid de verde majestad se viste;
    A su pie la doncella enamorada
    Canta de amor, pero su canto es triste,
    Que, en el profundo afán que la devora,
    Amores canta porque celos llora.
      Y el eco de su voz, dulce al oído
    Más que el tierno arrullar de la paloma,
    Por el monte y el valle repetido,
    Tristes, confusas vibraciones toma;
    Y en las ondas del aire suspendido
    Se escapa al fin por la quebrada loma,
    Y sin que el aura devolverlo pueda
    Todo en reposo y en silencio queda.
      Mudas están las fuentes y las aves;
    No circula ni un átomo de viento;
    Cortadas por el sol lentas y graves
    Caen las hojas del árbol macilento;
    Tenue vapor en ráfagas suaves
    Se levanta con fácil movimiento,
    Y mezclando en la luz su sombra extraña,
    Va formando la nube en la montaña.
      Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
    Del horizonte azul la nube densa,
    Y el fuego del relámpago la enciende,
    Y gira por la atmósfera suspensa.
    Y ya sus flancos inflamados tiende,
    Ya el vapor de su seno se condensa,
    Y soltando el granizo en lluvia escasa
    La rompe el trueno, y se divide y pasa.
      Y el sol que se reclina en Occidente
    De su encendido manto se despoja,
    Y en los blancos celajes del Oriente
    Se pierde el rayo de su lumbre roja.
    Brilla la gota de agua trasparente
    Detenida en el polvo de la hoja,
    Y tendiendo el crepúsculo su planta
    Del fondo de los valles se levanta.
      Como el ensueño dulce y regalado
    Que en la fiebre de amor templa el desvelo,
    Vertiendo en nuestro espíritu agitado
    La misteriosa esencia del consuelo;
    Así por el ambiente reposado
    De estrellas y vapor bordando el cielo,
    Breves y llenas de feraz rocío
    Cruzan las noches del ardiente Estío.
      Y en tristes ecos el silencio crece,
    Y en tibio resplandor la sombra vaga;
    La luz de las estrellas se estremece
    Y en el limpio raudal brilla y se apaga;
    Naturaleza entera se adormece
    En el hondo placer que la embriaga,
    Y lleva al aura en vacilantes giros
    Besos, sombras, perfumes y suspiros.
      Más puro que la tímida esperanza
    Que sueña el alma en el amor primero,
    Su rayo débil desde Oriente lanza,
    Sol de la noche, virginal lucero;
    Triste y sereno por el cielo avanza
    De la cándida luna mensajero,
    Por ella viene, y suspirando ella,
    Síguele en pos enamorada y bella.
      Cuantos guardáis la tímida inocencia
    Que a la esperanza y al amor convida;
    Los que en el alma la impalpable esencia
    De su primer amor lloráis perdida;
    Cuantos con dolorosa indiferencia
    Vais apurando el cáliz de la vida;
    Todos llegad, y bajo el bosque umbrío
    Sentid las noches del ardiente Estío.
      Las del tirano amor, desengañadas,
    Pálidas y dulcísimas doncellas,
    Vosotras que lloráis desconsoladas
    Solo el delito de nacer tan bellas;
    Mirad entre las nubes sosegadas
    Cómo cruzan el cielo las estrellas;
    Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
    Que no se calme contemplando el cielo.
      Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
    Fuente de virginal melancolía,
    Más hermosa a mis ojos y más pura
    Que el rayo azul con que despunta el día;
    Corazón abrasado de ternura,
    Espíritu de amor y de armonía,
    Ven y derrama en el tranquilo viento
    El ámbar delicado de tu aliento.
      La dulce vaguedad que me enajena
    Aumenta la inquietud de mi deseo;
    Tu voz perdida en el ambiente suena;
    Donde mis ojos van tu sombra veo;
    De amor y afán mi corazón se llena,
    Porque en tu amor y en mi esperanza creo;
    Y así suspende el sentimiento mío
    La tibia noche del ardiente Estío.
      Noche serena y misteriosa, en donde
    Dormido vaga el pensamiento humano,
    Todo a los ecos de tu voz responde,
    La mar, el monte, la espesura, el llano;
    Acaso Dios entre tu sombra esconde
    La impenetrable luz de algún arcano;
    Tal vez cubierta de tu inmenso velo
    Se confunde la tierra con el cielo.



DON VENTURA RUIZ AGUILERA


_92. Epístola_

(_A Don Damián Menéndez Rayón y Don Francisco Giner de los Ríos_)

      No arrojará cobarde el limpio acero
    mientras oiga el clarín de la pelea,
    soldado que su honor conserve entero;
      ni del piloto el ánimo flaquea
    porque rayos alumbren su camino
    y el golfo inmenso alborotarse vea.
      ¡Siempre luchar!... del hombre es el destino;
    y al que impávido lucha, con fe ardiente,
    le da la gloria su laurel divino.
      Por sosiego suspira eternamente;
    pero ¿dónde se oculta, dónde mana
    de esta sed inmortal la ansiada fuente?...
      En el profundo valle, que se afana
    cuando del año la estación florida
    lo viste de verdura y luz temprana;
      en las cumbres salvajes, donde anida
    el águila que pone junto al cielo
    su mansión de huracanes combatida,
      el límite no encuentra de su anhelo;
    ni porque esclava suya haga la suerte,
    tras íntima inquietud y estéril duelo.
      Aquel solo el varón dichoso y fuerte
    será, que viva en paz con su conciencia
    hasta el sueño apacible de la muerte.
      ¿Qué sirve el esplendor, qué la opulencia,
    la oscuridad, ni holgada medianía,
    si a sufrir el delito nos sentencia?
      Choza del campesino, humilde y fría,
    alcázar de los reyes, corpulento,
    cuya altitud al monte desafía,
      bien sé yo que, invisible como el viento,
    huésped que el alma hiela, se ha sentado
    de vuestro hogar al pie el remordimiento.
      ¿Qué fue del corso altivo, no domado
    hasta asomar de España en las fronteras
    cual cometa del cielo desgajado?
      El poder que le dieron sus banderas
    con asombro y terror de las naciones
    ¿colmó sus esperanzas lisonjeras?...
      Cayó; y entre los bárbaros peñones
    de su destierro, en las nocturnas horas
    le acosaron fatídicas visiones;
      y diéronle tristeza las auroras,
    y en el manso murmullo de la brisa
    voces oyó gemir acusadoras.
      Más conforme recibe y más sumisa
    la voluntad de Dios, el alma bella
    que abrojos siempre lacerada pisa.
      Francisco, así pasar vimos aquella
    que te arrulló en sus brazos maternales,
    y hoy, vestida de luz, los astros huella:
      que al tocar del sepulcro los umbrales,
    bañó su dulce faz con dulce rayo
    la alborada de goces inmortales.
      Y así, Damián, en el risueño mayo
    de una vida sin mancha, como arbusto
    que el aquilón derriba en el Moncayo,
      pasó también tu hermano, y la del justo
    severa majestad brilló en su frente,
    de un alma religiosa templo augusto.
      Huya de las ciudades el que intente
    esquivar la batalla de la vida
    y en el ocio perderla muellemente:
      que a la virtud el riesgo no intimida;
    cuando náufragos hay, los ojos cierra
    y se lanza a la mar embravecida.
      Avaro miserable es el que encierra
    la fecunda semilla en el granero,
    cuando larga escasez llora la tierra.
      Compadecer la desventura quiero
    del que, por no mirar la abierta llaga,
    de su limosna priva al pordiosero.
      Ebrio, y alegre, y victorioso vaga
    el vicio por el mundo cortesano:
    su canto de sirena ¿a quién no embriaga?
      Los que dones reciben de su mano
    himnos alzan de júbilo, y de flores
    rinden tributo en el altar profano.
      En tanto, de la fiesta a los rumores,
    criaturas sin fin, herido el seno,
    responden con el ¡ay! de sus dolores.
      Mas el hombre de espíritu sereno
    y de conciencia inquebrantable (roca
    donde se estrella, sin mancharla, el cieno)
      la horrible sien del ídolo destoca,
    y con acento de anatema inflama
    tal vez en noble ardor la turba loca.
      Jinete de experiencia y limpia fama,
    armado va de freno y dura espuela
    donde una voz en abandono clama;
      de heroica pasión en alas vuela,
    y en ella clava el acicate agudo
    por acudir al mal que le desvela.
      Si un instante el error cegarle pudo,
    los engañosos ímpetus reprime,
    y es su propia razón freno y escudo.
      Sin tregua combatir por el que gime;
    defender la justicia y verdad santa,
    llena la mente de ideal sublime;
      caminar hacia el bien con firme planta,
    a la edad consolando que agoniza,
    apóstol de otra edad que se adelanta,
      es empresa que al vulgo escandaliza;
    por loco siempre o necio fue tenido
    quien lanzas en su pro rompe en la liza.
      Si a tierna compasión alguien movido
    vio al generoso hidalgo de Cervantes,
    ¡cuántos, con risa, viéronle caído!
      Acomete a quiméricos gigantes,
    de sus delirios prodigiosa hechura,
    y es de niños escarnio y de ignorantes.
      Mas él, dándoles cuerpo, se figura
    limpiar de monstruos la afligida tierra,
    y llanto arranca al bueno su locura.
      Así debe sufrir, en cruda guerra,
    (sin vergonzoso pacto ni sosiego)
    contra el mal, que a los débiles aterra,
      el que abrasado en el celeste fuego
    de inagotable caridad, no atiende
    solo de su interés el torpe ruego.
      Árbol de seco erial, las ramas tiende
    al que rendido llega de fatiga,
    y del sol, cariñoso, le defiende.
      Él sabe que sus frutos no prodiga
    heredad que se deja sin cultivo;
    sabe que del sudor brota la espiga,
      como de agua sonoro raudal vivo,
    si del trabajo el útil instrumento
    hiende la roca en que durmió cautivo.
      ¡Oh del bosque anhelado apartamiento,
    cuyos olmos son arpas melodiosas
    cuando sacude su follaje el viento!
      ¡Oh fresco valle, donde crecen rosas
    de perfumado cáliz, y azucenas,
    que liban las abejas codiciosas!
      ¡Oh soledades de armonías llenas!
    en vano me brindáis ocio y amores,
    mientras haya un esclavo entre cadenas.
      Que aún pide con sacrílegos rumores
    ver libre a Barrabás la muchedumbre
    y alzados en la Cruz los redentores.
      Que del sombrío Gólgota en la cumbre,
    regada con la sangre del Cordero
    sublime en humildad y mansedumbre,
      mártires ¡ay! aún suben al madero
    que ha de ser, convertido en árbol santo,
    patria y hogar del universo entero.
      Padecer es vivir; riego es el llanto
    a quien la flor del alma, con su esencia
    debe perpetuo y virginal encanto.
      Amigos, bendecid la Providencia
    si mandare a la vuestra ese rocío,
    y nieguen los malvados su clemencia.
      ¡Qué alegre y qué gentil llega el navío
    al puerto salvador, cuando aún le azota
    con fiera saña el huracán bravío!
      Así el justo halla al fin de su derrota
    por el mar de la vida proceloso,
    del claro cielo en la extensión remota
    puerto seguro y eternal reposo.



DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

_93. Estrofas_

I

      La generosa musa de Quevedo
    desbordose una vez como un torrente
    y exclamó llena de viril denuedo:
    «No he de callar, por más que con el dedo,
    ya tocando los labios, ya la frente,
    silencio avises o amenaces miedo.»

II

      Y al estampar sobre la herida abierta
    el hierro de su cólera encendido,
    tembló la concusión que siempre alerta,
    incansable y voraz, labra su nido,
    como gusano ruin en carne muerta,
    en todo Estado exánime y podrido.

III

      Arranque de dolor, de ese profundo
    dolor que se concentra en el misterio
    y huye amargado del rumor del mundo,
    fue su sangrienta sátira, cauterio
    que aplicó sollozando al patrio imperio,
    mísero, gangrenado y moribundo.

IV

      ¡Ah! si hoy pudiera resonar la lira
    que con Quevedo descendió a la tumba,
    en medio de esta universal mentira,
    de este viento de escándalo que zumba,
    de este fétido hedor que se respira,
    de esta España moral que se derrumba;

V

      De la viva y creciente incertidumbre
    que en lucha estéril nuestra fuerza agota;
    del huracán de sangre que alborota
    el mar de la revuelta muchedumbre;
    de la insaciable y honda podredumbre
    que el rostro y la conciencia nos azota;

VI

      De este horror, de este ciego desvarío
    que cubre nuestras almas con un velo,
    como el sepulcro, impenetrable y frío;
    de este insensato pensamiento impío
    que destituye a Dios, despuebla el cielo
    y precipita el mundo en el vacío;

VII

      Si en medio de esta borrascosa orgía
    que infunde repugnancia al par que aterra,
    esa lira estallara ¿qué sería?
    Grito de indignación, canto de guerra,
    que en las entrañas mismas de la tierra
    la muerta humanidad conmovería.

VIII

      Mas ¿porque el gran satírico no aliente
    ha de haber quien contemple y autorice
    tanta degradación, indiferente?
    «¿No ha de haber un espíritu valiente?
    ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
    ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

IX

      ¡Cuántos sueños de gloria evaporados
    como las leves gotas de rocío
    que apenas mojan los sedientos prados!
    ¡Cuánta ilusión perdida en el vacío,
    y cuántos corazones anegados
    en la amarga corriente del hastío!

X

      No es la revolución raudal de plata
    que fertiliza la extendida vega:
    es sorda inundación que se desata.
    No es viva luz que se difunde grata,
    sino confuso resplandor que ciega
    y tormentoso vértigo que mata.

XI

      Al menos en el siglo desdichado
    que aquel ilustre y vigoroso vate
    con el rayo marcó de su censura,
    podía el corazón atribulado
    salir ileso del mortal combate
    en alas de la fe radiante y pura.

XII

      Y apartando la vista de aquel cieno
    social, de aquellos fétidos despojos,
    de aquel lúbrico y torpe desenfreno,
    fijar llorando los ardientes ojos
    en ese cielo azul, limpio y sereno,
    de santa paz y de esperanza lleno.

XIII

      Pero hoy ¿dónde mirar? Un golpe mismo
    hiere al César y a Dios. Sorda carcoma
    prepara el misterioso cataclismo,
    y como en tiempo de la antigua Roma,
    todo cruje, vacila y se desploma
    en el cielo, en la tierra, en el abismo.

XIV

      Perdida en tanta soledad la calma,
    de noche eterna el corazón cubierto,
    la gloria muda, desolada el alma,
    en este pavoroso desconcierto
    se eleva la Razón, como la palma
    que crece triste y sola en el desierto.

XV

      ¡Triste y sola, es verdad! ¿Dónde hay miseria
    mayor? ¿Dónde más rudo desconsuelo?
    ¿De qué la sirve desgarrar el velo
    que envuelve y cubre la vivaz materia,
    y con profundo, inextinguible anhelo
    sondar la tierra, escudriñar el cielo;

XVI

      Entregarse a merced del torbellino
    y en la duda incesante que la aqueja
    el secreto inquirir de su destino,
    si a cada paso que adelanta deja
    su fe inmortal, como el vellón la oveja,
    enredada en las zarzas del camino?

XVII

      ¿Si a su culpada humillación se adhiere
    con la constancia infame del beodo,
    que goza en su abyección, y en ella muere?
    ¿Si ciega, y torpe, y degradada en todo,
    desconoce su origen, y prefiere
    a descender de Dios, surgir del lodo?

XVIII

      ¡Libertad, libertad! No eres aquella
    virgen, de blanca túnica ceñida,
    que vi en mis sueños pudibunda y bella.
    No eres, no, la deidad esclarecida
    que alumbra con su luz, como una estrella,
    los oscuros abismos de la vida.

XIX

      No eres la fuente de perenne gloria
    que dignifica el corazón humano
    y engrandece esta vida transitoria.
    No el ángel vengador que con su mano
    imprime en las espaldas del tirano
    el hierro enrojecido de la historia.

XX

      No eres la vaga aparición que sigo
    con hondo afán desde mi edad primera,
    sin alcanzarla nunca... Mas ¿qué digo?
    No eres la libertad, disfraces fuera,
    ¡licencia desgreñada, vil ramera
    del motín, te conozco y te maldigo!

XXI

      ¡Ah! No es extraño que sin luz ni guía,
    los humanos instintos se desborden
    con el rugido del volcán que estalla,
    y en medio del tumulto y la anarquía,
    como corcel indómito el desorden
    no respete ni látigo ni valla.

XXII

      ¿Quién podrá detenerle en su carrera?
    ¿Quién templar los impulsos de la fiera
    y loca multitud enardecida,
    que principia a dudar y ya no espera
    hallar en otra luminosa esfera,
    bálsamo a los dolores de esta vida?

XXIII

      Como Cristo en la cúspide del monte,
    rotas ya sus mortales ligaduras,
    mira doquier con ojos espantados,
    por toda la extensión del horizonte
    dilatarse a sus pies vastas llanuras,
    ricas ciudades, fértiles collados.

XXIV

      Y excitando su afán calenturiento
    tanta grandeza y tanto poderío,
    de la codicia el persuasivo acento
    grítale audaz: --¡El cielo está vacío!
    ¿A quién temer?-- Y ronca y sin aliento
    la muchedumbre grita: --¡Todo es mío!--

XXV

      Y en el tumulto su puñal afila,
    y la enconada cólera que encierra
    enturbia y enardece su pupila,
    y ensordeciendo el aire en son de guerra
    hace temblar bajo sus pies la tierra,
    como las hordas bárbaras de Atila.

XXVI

      No esperéis que esa turba alborotada
    infunda nueva sangre generosa
    en las venas de Europa desmayada;
    ni que termine su fatal jornada,
    sobre el ara desierta y polvorosa
    otro Dios levantando con su espada.

XXVII

      No esperéis, no, que la confusa plebe,
    como santo depósito en su pecho
    nobles instintos y virtudes lleve.
    Hallará el mundo a su codicia estrecho,
    que es la fuerza, es el número, es el hecho
    brutal ¡es la materia que se mueve!

XXVIII

      Y buscará la libertad en vano;
    que no arraiga en los crímenes la idea,
    ni entre las olas fructifica el grano.
    Su castigo en sus iras centellea
    pronto a estallar; que el rayo y el tirano
    hermanos son. ¡La tempestad los crea!


_94. Tristezas_

      Cuando recuerdo la piedad sincera
                con que en mi edad primera
    entraba en nuestras viejas catedrales,
    donde postrado ante la cruz de hinojos
                alzaba a Dios mis ojos,
    soñando en las venturas celestiales;

      Hoy que mi frente atónito golpeo,
                y con febril deseo
    busco los restos de mi fe perdida,
    por hallarla otra vez, radiante y bella
                como en la edad aquella,
    ¡desgraciado de mí! diera la vida.

      ¡Con qué profundo amor, niño inocente,
                prosternaba mi frente
    en las losas del templo sacrosanto!
    Llenábase mi joven fantasía
                de luz, de poesía,
    de mudo asombro, de terrible espanto.

      Aquellas altas bóvedas que al cielo
                levantaban mi anhelo;
    aquella majestad solemne y grave;
    aquel pausado canto, parecido
                a un doliente gemido,
    que retumbaba en la espaciosa nave;

      Las marmóreas y austeras esculturas
                de antiguas sepulturas,
    aspiración del arte a lo infinito;
    la luz que por los vidrios de colores
                sus tibios resplandores
    quebraba en los pilares de granito;

      Haces de donde en curva fugitiva,
                para formar la ojiva,
    cada ramal subiendo se separa,
    cual del rumor de multitud que ruega,
                cuando a los cielos llega,
    surge cada oración distinta y clara;

      En el gótico altar inmoble y fijo
                el santo crucifijo,
    que extiende sin vigor sus brazos yertos,
    siempre en la sorda lucha de la vida,
                tan áspera y reñida,
    para el dolor y la humildad abiertos;

      El místico clamor de la campana
                que sobre el alma humana
    de las caladas torres se despeña,
    y anuncia y lleva en sus aladas notas
                mil promesas ignotas
    al triste corazón que sufre o sueña;

      Todo elevaba mi ánimo intranquilo
                a más sereno asilo:
    religión, arte, soledad, misterio...
    todo en el templo secular hacía
                vibrar el alma mía,
    como vibran las cuerdas de un salterio.

      Y a esta voz interior que solo entiende
                quien crédulo se enciende
    en fervoroso y celestial cariño,
    envuelta en sus flotantes vestiduras
                volaba a las alturas,
    virgen sin mancha, mi oración de niño.

      Su rauda, viva y luminosa huella
                como fugaz centella
    traspasaba el espacio, y ante el puro
    resplandor de sus alas de querube,
                rasgábase la nube
    que me ocultaba el inmortal seguro.

      ¡Oh anhelo de esta vida transitoria!
                ¡Oh perdurable gloria!
    ¡Oh sed inextinguible del deseo!
    ¡Oh cielo, que antes para mí tenías
                fulgores y armonías,
    y hoy tan oscuro y desolado veo!

      Ya no templas mis íntimos pesares,
                ya al pie de tus altares
    como en mis años de candor no acudo.
    Para llegar a ti perdí el camino,
                y errante peregrino
    entre tinieblas desespero y dudo.

      Voy espantado sin saber por dónde;
                grito, y nadie responde
    a mi angustiada voz; alzo los ojos
    y a penetrar la lobreguez no alcanzo;
                medrosamente avanzo,
    y me hieren el alma los abrojos.

      Hijo del siglo, en vano me resisto
                a su impiedad, ¡oh Cristo!
    Su grandeza satánica me oprime.
    Siglo de maravillas y de asombros,
                levanta sobre escombros
    un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

      ¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena
                faz, de consuelos llena,
    alumbra y guía nuestro incierto paso.
    Es otro Dios incógnito y sombrío:
                su cielo es el vacío,
    Sacerdote el error, ley el Acaso.

      ¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso
                un siglo más inmenso,
    más rebelde a tu voz, más atrevido;
    entre nubes de fuego alza su frente,
                como Luzbel, potente;
    pero también, como Luzbel, caído.

      A medida que marcha y que investiga
                es mayor su fatiga,
    es su noche más honda y más oscura,
    y pasma, al ver lo que padece y sabe,
                cómo en su seno cabe
    tanta grandeza y tanta desventura.

      Como la nave sin timón y rota
                que el ronco mar azota,
    incendia el rayo y la borrasca mece
    en piélago ignorado y proceloso,
                nuestro siglo --coloso--
    con la luz que le abrasa, resplandece.

      ¡Y está la playa mística tan lejos!...
                a los tristes reflejos
    del sol poniente se colora y brilla.
    El huracán arrecia, el bajel arde,
                y es tarde, es ¡ay! muy tarde
    para alcanzar la sosegada orilla.

      ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,
                a todo yugo ajeno,
    que al impulso del vértigo se entrega,
    y a través de intrincadas espesuras,
                desbocado y a oscuras
    avanza sin cesar y nunca llega.

      ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano
                en vano lucha, en vano
    su ley oculta y misteriosa infringe.
    En la lumbre del sol sus alas quema,
                y no aclara el problema,
    ni penetra el enigma de la Esfinge.

      ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto
                que tu poder no ha muerto!
    Salva a esta sociedad desventurada,
    que bajo el peso de su orgullo mismo
                rueda al profundo abismo
    acaso más enferma que culpada.

      La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,
                en nuestras almas deja
    el germen de recónditos dolores,
    como al tender el vuelo hacia la altura,
                deja su larva impura
    el insecto en el cáliz de las flores.

      Si en esta confusión honda y sombría
                es, Señor, todavía
    raudal de vida tu palabra santa,
    di a nuestra fe desalentada y yerta:
                --¡Anímate y despierta!
    Como dijiste a Lázaro: --¡Levanta!



DON GUSTAVO A. BÉCQUER


_95. Rimas_

      Del salón en el ángulo oscuro,
    De su dueño tal vez olvidada,
    Silenciosa y cubierta de polvo
              Veíase el arpa.

      ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
    Como el pájaro duerme en las ramas,
    Esperando la mano de nieve
              Que sabe arrancarla!

      ¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio
    Así duerme en el fondo del alma,
    Y una voz, como Lázaro, espera
    Que le diga: «¡Levántate y anda!»


_96._

      Cerraron sus ojos
    Que aún tenía abiertos;
    Taparon su cara
    Con un blanco lienzo;
    Y unos sollozando,
    Otros en silencio,
    De la triste alcoba
    Todos se salieron.

      La luz, que en un vaso
    Ardía en el suelo,
    Al muro arrojaba
    La sombra del lecho;
    Y entre aquella sombra
    Veíase a intérvalos
    Dibujarse rígida
    La forma del cuerpo.

      Despertaba el día
    Y a su albor primero
    Con sus mil ruïdos
    Despertaba el pueblo.
    Ante aquel contraste
    De vida y misterios,
    De luz y tinieblas,
    Medité un momento:
    «_¡Dios mío, qué solos_
    _Se quedan los muertos!_»

      De la casa en hombros
    Lleváronla al templo
    Y en una capilla
    Dejaron el féretro.
    Allí rodearon
    Sus pálidos restos
    De amarillas velas
    Y de paños negros.

      Al dar de las ánimas
    El toque postrero,
    Acabó una vieja
    Sus últimos rezos;
    Cruzó la ancha nave,
    Las puertas gimieron,
    Y el santo recinto
    Quedose desierto.

      De un reloj se oía
    Compasado el péndulo,
    Y de algunos cirios
    El chisporroteo.
    Tan medroso y triste,
    Tan oscuro y yerto
    Todo se encontraba...
    Que pensé un momento:
    «_¡Dios mío, qué solos
    _Se quedan los muertos!_»

      De la alta campana
    La lengua de hierro,
    Le dio, volteando,
    Su adiós lastimero.
    El luto en las ropas,
    Amigos y deudos
    Cruzaron en fila,
    Formando el cortejo.

      Del último asilo,
    Oscuro y estrecho,
    Abrió la piqueta
    El nicho a un extremo.
    Allí la acostaron,
    Tapiáronle luego,
    Y con un saludo
    Despidiose el duelo.

      La piqueta al hombro,
    El sepulturero
    Cantando entre dientes
    Se perdió a lo lejos.
    La noche se entraba,
    Reinaba el silencio;
    Perdido en las sombras,
    Medité un momento:
    «_¡Dios mío, qué solos_
    _Se quedan los muertos!_»

      En las largas noches
    Del helado invierno,
    Cuando las maderas
    Crujir hace el viento
    Y azota los vidrios
    El fuerte aguacero,
    De la pobre niña
    A solas me acuerdo.

      Allí cae la lluvia
    Con un son eterno;
    Allí la combate
    El soplo del cierzo.
    Del húmedo muro
    Tendida en el hueco,
    ¡Acaso de frío
    Se hielan sus huesos!...

    . . . . . . . . . . . . . . .

      ¿Vuelve el polvo al polvo?
    ¿Vuela el alma al cielo?
    ¿Todo es vil materia,
    Podredumbre y cieno?
    ¡No sé; pero hay algo
    Que explicar no puedo,
    Que al par nos infunde
    Repugnancia y miedo,
    Al dejar tan tristes,
    Tan solos los muertos!



DON VICENTE W. QUEROL


_97. Carta_ _al Sr. D. Pedro A. de Alarcón, acerca de la Poesía_

      Amigo, cedo al fin. Los que dispersos
    Entregué al aire vano
    En mi edad juvenil fútiles versos,
    Hoy con piadosa mano
    Recojo y cierro en el modesto libro,
    Que al triste olvido de la edad entrego,
    O al duro fallo de los tiempos libro.
    Lo engendré en la nocturna
    Fiebre de mis pasiones primerizas,
    Y hoy guardo en él, como en sagrada urna,
    Del corazón las cálidas cenizas.
      En él están mis infantiles sueños,
    El laurel disputado en arduas lizas,
    De la osada ambición locos empeños,
    La fe jurada, la esperanza muerta,
    La aspiración incierta,
    Los horizontes del amor risueños:
    Cuanto amé y esperé. Huecas y frías
    En el oído extraño,
    Ajeno a mi placer, sordo a mi daño,
    Sonarán siempre las canciones mías;
    Pero, al volver sus páginas, yo encuentro
    Mi gozo entre ellas o mi antigua angustia,
    Cual suele hallarse dentro
    De un olvidado libro una flor mustia.

           *       *       *       *       *

      Yo cobarde no oculto
    Mi fe en ti, desdeñada Poesía,
    Ni el ciego amor y el fervoroso culto
    Con que en tus aras me postré algún día:
    No reniego de ti cuando la mofa,
    Cuando el villano insulto
    Responden solo a tu vibrante estrofa:
    No aparto de mi labio
    De tu cáliz de hiel las negras heces,
    Ni te abandono al miserable agravio,
    O a las burlas soeces
    Del vulgo, indigno de tu noble estro;
    Y cuando ante el siniestro
    Tribunal vas de tus inicuos jueces,
    Yo, discípulo tuyo, por tres veces
    No negaré al Maestro.

           *       *       *       *       *

      ¡Santa palabra de Jehová!
                                --Con ella
    Moisés cantó el enojo
    Con que borró de Faraón la huella
    En sus líquidos antros el Mar-Rojo:
    Con ella sobre Nínive, sujeta
    Al yugo del pecado, y sobre Tiro,
    Y en la ancha plaza de Sidón inquieta,
    Quejumbroso suspiro
    O eterna maldición lanzó el Profeta:
    Con ella junto al cauce
    Del extranjero río, su salterio
    Colgando al tronco del umbroso sauce,
    Lloró Judá su amargo cautiverio:
    Con ella dijo su doliente cuita
    Job a la inmunda fiera del desierto;
    Y con ella la hermosa Sulamita
    Cantó al amor en su cercado huerto.

           *       *       *       *       *

      ¡Numen severo de la historia!
                                    --¡Vive
    Todo lo que el poeta
    Con sabio ritmo sonoroso escribe;
    Muere lo que desdeña!-- Allá, en la vaga
    Muda extensión del páramo infinito,
    La soberbia pirámide naufraga:
    La esfinge de granito
    Se hunde en la arena movediza: el verde
    Musgo los templos de Ática sepulta:
    La corva reja del arado muerde
    Las feraces colinas
    Donde su oprobio Babilonia oculta:
    El rebaño del árabe se pierde
    Entre las vastas ruinas
    Que cubren tus llanuras, oh Cartago;
    Mientras que en las vecinas
    Costas de Italia, con el propio estrago,
    Tu egregia vencedora,
    La Reina de las águilas latinas,
    Sola, entre tumbas profanadas llora.

           *       *       *       *       *

      Envuelta en el sudario
    De un vergonzoso olvido,
    Fuera la Tierra el miserable osario
    De las humanas razas, si el gemido
    O el cántico de gloria
    De los antiguos vates,
    Eco veraz de la solemne historia,
    No nos trajera en clamoroso ruido
    Sus fragorosas ruinas y combates,
    Ayes de muerte y gritos de victoria.
    De un siglo al otro siglo el viento lleva
    En las vibrantes cuerdas de la lira,
    La predicción de la esperanza nueva
    O el triste llanto de la edad que expira,
    Y como en la callada
    Soledad de las noches de astro en astro
    Vuela el pálido rastro
    De la luz increada,
    Así el vate, en la oscura
    Noche del tiempo que el pasado esconde,
    Habla a los bardos de la edad futura,
    Y Osián los cantos de Ilión murmura
    Y Dante al salmo de David responde.

           *       *       *       *       *

      ¡Hija de la Belleza!
                           --A la alborada
    De blanca luz ceñida,
    A la aurora de púrpura bañada,
    Y en la tarde apagada
    De húmeda niebla y de vapor vestida.
    Son sus joyas las perlas del rocío,
    Las flores son sus galas,
    Su claro espejo el trasparente río,
    Los céfiros sus alas.
    Las rojas nubes sus movibles tiendas,
    Su blanda cuna las inciertas olas,
    Y el ancho espacio las etéreas sendas
    Por donde marcha a solas.
    Gime en la selva que estremece el viento,
    Triste en la fuente solitaria llora,
    Canta del ave en el alegre acento,
    Ríe en la luz de la naciente aurora;
    Y cuando cruza con callado vuelo
    La tierra, el mar o el cielo,
    Todo en ritmo sonoro
    Vibra al compás del cadencioso metro,
    Y en luminoso coro
    Van las estrellas de oro
    Rodando en torno a su extendido cetro.

           *       *       *       *       *

      ¡Hija del sentimiento!
                             --En la indecisa
    Vaguedad del espíritu: en la calma
    De la conciencia justa:
    Del débil niño en la infantil sonrisa;
    En los deliquios lánguidos del alma;
    Del corazón en la soberbia augusta:
    En la ira noble, en el amor materno,
    En la ansia no cumplida,
    En los hastíos de la humana vida
    Y en el místico amor de un bien eterno:
    En el lóbrego abismo,
    Cárcel que la pasión fiera quebranta,
    En el grito febril del heroísmo,
    Y en la oculta virtud, callada y santa,
    Como en el crimen mismo,
    Ella, la Poesía,
    Surge y cruza sombría,
    Y el puñal blande o la oración murmura:
    Ciñe a la virgen los nupciales velos:
    Solloza en la olvidada sepultura,
    Y, en los humanos duelos,
    Con la tendida diestra
    A toda angustia inconsolable muestra
    La eterna luz de los abiertos cielos.

           *       *       *       *       *

      Tal, en la edad confusa
    En que a la vida el corazón despierta,
    Yo, la soñada Musa
    Vi en el dintel de la cerrada puerta,
    Que mi ambición ilusa
    Juzgó a la gloria y la esperanza abierta.
    No entré... pero en mi oído
    Sonó el grande ruïdo
    De los santos acordes celestiales;
    Y aun hoy, en este olvido
    Y en esta amiga sombra,
    Donde es la paz un díctamo a mis males,
    Entre el silencio escucho, y aun me asombra,
    El rumor de los himnos inmortales.

           *       *       *       *       *

      Tú, que has unido a ellos,
    Oh dulce amigo, tu canción sonora,
    Y alumbraste con vívidos destellos
    Esta noche del alma abrumadora:
    Brioso corazón que en las bastardas
    Horas sin fe que nos legó el destino,
    Inmaculado aun guardas
    De una alta estirpe el resplandor divino,
    Abre el libro y no temas,
    Al revolver las hojas
    De mis pobres poemas,
    Que ose en ellos cantar glorias supremas
    Ni supremas congojas.
    El débil numen que mi verso inspira
    Nunca osó ambicionar más noble palma
    Que traducir fielmente con la lira
    La efusión de mi alma.


_98. En Noche-Buena_

  _A mis ancianos padres_

I

      Un año más en el hogar paterno
    Celebramos la fiesta del Dios-niño,
    Símbolo augusto del amor eterno,
    Cuando cubre los montes el invierno
            Con su manto de armiño.

II

      Como en el día de la fausta boda
    O en el que el santo de los padres llega,
    La turba alegre de los niños juega,
    Y en la ancha sala la familia toda
            De noche se congrega.

III

      La roja lumbre de los troncos brilla
    Del pequeño dormido en la mejilla,
    Que con tímido afán su madre besa;
    Y se refleja alegre en la vajilla
            De la dispuesta mesa.

IV

      A su sobrino, que lo escucha atento,
    Mi hermana dice el pavoroso cuento,
    Y mi otra hermana la canción modula
    Que, o bien surge vibrante, o bien ondula
            Prolongada en el viento.

V

      Mi madre tiende las rugosas manos
    Al nieto que huye por la blanda alfombra;
    Hablan de pie mi padre y mis hermanos,
    Mientras yo, recatándome en la sombra,
            Pienso en hondos arcanos.

VI

      Pienso que de los días de ventura
    Las horas van apresurando el paso,
    Y que empaña el oriente niebla oscura,
    Cuando aun el rayo trémulo fulgura
            Último del ocaso.

VII

      ¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena
    Las breves dichas el temor del daño!
    Hoy presidís nuestra modesta cena,
    Pero en el porvenir... yo sé que un año
            Vendrá sin Noche-Buena.

VIII

      Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo
    Serán muda aflicción y hondo sollozo.
    No cantará mi hermana, y mi sobrina
    No escuchará la historia peregrina
            Que le da miedo y gozo.

IX

      No dará nuestro hogar rojos destellos
    Sobre el limpio cristal de la vajilla,
    Y, si alguien osa hablar, será de aquellos
    Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla
            Con sus blancos cabellos.

X

      Blancos cabellos cuya amada hebra
    Es cual corona de laurel de plata,
    Mejor que esas coronas que celebra
    La vil lisonja, la ignorancia acata,
            Y el infortunio quiebra.

XI

      ¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo
    La sublime bondad de vuestro rostro,
    Mi alma a los trances de la vida templo,
    Y ante esa imagen para orar me postro,
            Cual me postro en el templo.

XII

      Cada arruga que surca ese semblante
    Es del trabajo la profunda huella,
    O fue un dolor de vuestro pecho amante.
    La historia fiel de una época distante
            Puedo leer yo en ella.

XIII

      La historia de los tiempos sin ventura
    En que luchasteis con la adversa suerte,
    Y en que, tras negras horas de amargura,
    Mi madre se sintió más noble y pura
            Y mi padre más fuerte.

XIV

      Cuando la noche toda en la cansada
    Labor tuvísteis vuestros ojos fijos,
    Y, al venceros el sueño a la alborada,
    Fuerzas os dio posar vuestra mirada
            En los dormidos hijos.

XV

      Las lágrimas correr una tras una
    Con noble orgullo por mi faz yo siento,
    Pensando que hayan sido por fortuna,
    Esas honradas manos mi sustento
            Y esos brazos mi cuna.

XVI

      ¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera
    Pagaros hoy la que en mi edad primera
    Sufristeis sin gemir, lenta agonía,
    Y que cada dolor de entonces fuera
            Germen de una alegría.

XVII

      Entonces vuestro mal curaba el gozo
    De ver al hijo convertirse en mozo,
    Mientras que al verme yo en vuestra presencia
    Siento mi dicha ahogada en el sollozo
            De una temida ausencia.

XVIII

      Si el vigor juvenil volver de nuevo
    Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas?
    Yo os daría mi sangre de mancebo,
    Tornando así con ella a vuestras venas
            Esta vida que os debo.

XIX

      Que de tal modo la aflicción me embarga
    Pensando en la posible despedida,
    Que imagino ha de ser tarea amarga
    Llevar la vida, como inútil carga,
            Después de vuestra vida.

XX

      Ese plazo fatal, sordo, inflexible,
    Miro acercarse con profundo espanto,
    Y en dudas grita el corazón sensible:
    «Si aplacar al destino es imposible,
            ¿Para qué amarnos tanto?»

XXI

      Para estar juntos en la vida eterna
    Cuando acabe esta vida transitoria:
    Si Dios, que el curso universal gobierna,
    Nos devuelve en el cielo esta unión tierna,
            Yo no aspiro a más gloria.

XXII

      Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma
    Será que prolonguéis la dulce calma
    Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:
    Para marchar yo solo por la tierra
            No hay fuerzas en mi alma.



DON FEDERICO BALART


_99. Restitución_

    Estas pobres canciones que te consagro,
    En mi mente han nacido por un milagro.
    Desnudas de las galas que presta el arte,
    Mi voluntad en ellas no tiene parte:
    Yo no sé resistirlas ni suscitarlas;
    Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas;
    Y es en mí su lamento, sentido y grave,
    Natural como el trino que lanza el ave.
    Santas inspiraciones que tú me envías,
    Puedo decir, esposa, que no son mías:
    Pensamiento y palabra de ti recibo:
    Tú en silencio las dictas; yo las escribo.

           *       *       *       *       *

    Desde que abandonaste nuestra morada,
    De la mortal escoria purificada,
    Transformado está el fondo del alma mía,
    Y voces oigo en ella que antes no oía.
    Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento,
    Tiene matiz, aroma, forma o acento,
    De mi ánimo abatido turba la calma
    Y en canción se convierte dentro del alma.
    Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo,
    Todo está confundido con tu recuerdo:
    ¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío
    En la tierra y el viento y el mar bravío!

           *       *       *       *       *

    Revueltos peñascales, áspera breña
    Donde salta el torrente de peña en peña;
    Corrientes bullidoras del claro río;
    Religiosos murmullos del bosque umbrío;
    Tórtola que en sus frondas unes tus quejas
    Al calmante zumbido de las abejas;
    Águila que levantas el corvo vuelo
    Por el azul espacio que cubre el cielo;
    Golondrina que emigras cuando el Octubre,
    Con sus pálidas hojas el suelo cubre,
    Y al amor de tu nido tornas ligera
    Cuando esparce sus flores la primavera;
    Aura mansa que llevas, en vuelo tardo,
    Efluvios de azucena, jazmín y nardo;
    Brisas que en el desierto sois mensajeras
    De los tiernos amores de las palmeras
    (¡De las pobres palmeras que, separadas,
    Se miran silenciosas y enamoradas!);
    Pardas nieblas del valle, nieves del monte,
    Cambiantes y vislumbres del horizonte;
    Tempestad que bramando con ronco acento
    Tus cabellos de lluvia tiendes al viento;
    Solitaria ensenada, restinga ignota
    Donde oculta su nido la gavïota;
    Olas embravecidas que pone a raya
    Con sus rubias arenas la corva playa;
    Grutas donde repiten con sordo acento
    Sus querellas y halagos la mar y el viento;
    Velas desconocidas que en lontananza
    Pasáis como los sueños de la esperanza;
    Nebuloso horizonte, tras cuyo velo
    Sus límites confunden la mar y el cielo;
    Rayo de sol poniente que te abres paso
    Por los rotos celajes del triste ocaso;
    Melancólico rayo de blanca luna
    Reflejado en la cresta de escueta duna;
    Negra noche que dejas de monte a monte
    Granizado de estrellas el horizonte;
    Lamento misterioso de la campana
    Que en la nocturna sombra suena lejana,
    Pidiendo por ciudades y por desiertos
    La oración de los vivos para los muertos;
    Plegaria que te elevas entre la nube
    Del incienso que en ondas al cielo sube
    Cuando al Señor dirigen himnos fervientes
    Santos anacoretas y penitentes:
    Catedrales ruinosas, mudas y muertas,
    Cuyas góticas naves hallo desiertas,
    Cuyas leves agujas, al cielo alzadas,
    Parecen oraciones petrificadas;
    Torres donde, por cima de la veleta
    Que a merced de los vientos se agita inquieta,
    Señalando regiones que nadie ha visto
    Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo:
    Luces, sombras, murmullos, flores, espumas,
    Transparentes neblinas, espesas brumas,
    Valles, montes, abismos, tormentas, mares,
    Auras, brisas, aromas, nidos y altares,
    Vosotras en el fondo del alma mía
    Despertáis siempre un eco de poesía:
    Y es que siempre a vosotros encuentro unido
    El recuerdo doliente del bien perdido.
    Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro
    De la tierra y el viento y el mar sonoro?

           *       *       *       *       *

    Ya lo ves: las canciones que te consagro,
    En mi mente han nacido por un milagro.
    Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:
    Por eso a ti, de hinojos, las restituyo.
    ¡Pobres hojas caídas de la arboleda,
    Sin su verdor el alma desnuda queda!

    Pero no, que aún te deben mis desventuras
    Otras más delicadas, otras más puras:
    Canciones que, por miedo de profanarlas,
    En el alma conservo sin pronunciarlas;
    Recuerdos de las horas que, embelesado,
    En nuestro pobre albergue pasé a tu lado,
    Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza
    Juventud y cariño, fe y esperanza;
    Cuando, lejos del mundo parlero y vano,
    Íbamos por la vida mano con mano;
    Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas,
    En una se fundían nuestras dos almas:
    Canciones silenciosas que el alma hieren;
    Canciones que en mí nacen y que en mí mueren;
    ¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto
    A mis áridos ojos se agolpa el llanto!

    Y aun a veces aplacan mis amarguras
    Otras más misteriosas, otras más puras:
    Canciones sin palabra, sin pensamiento,
    Vagas emanaciones del sentimiento;
    Silencioso gemido de amor y pena
    Que, en el fondo del pecho, callado suena;
    Aspiración confusa que, en vivo anhelo,
    Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo;
    Inquietudes del alma, de amor herida;
    Vagos presentimientos de la otra vida;
    Éxtasis de la mente que a Dios se lanza;
    Luminosos destellos de la esperanza;
    Voces que me aseguran que podré verte
    Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte:
    ¡Canciones que, por santas, no tienen nombres
    En la lengua grosera que hablan los hombres!
    Esas son las que endulzan mi amargo duelo;
    Esas son las que el alma llaman al cielo;
    Esas de mi esperanza fijan el polo,
    ¡Y esas son las que guardo para mí solo!



DON MANUEL DEL PALACIO


_100. Amor oculto_

      Ya de mi amor la confesión sincera
    Oyeron tus calladas celosías,
    Y fue testigo de las ansias mías
    La luna, de los tristes compañera.
      Tu nombre dice el ave placentera
    A quien visito yo todos los días,
    Y alegran mis soñadas alegrías
    El valle, el monte, la comarca entera.
      Solo tú mi secreto no conoces,
    Por más que el alma con latido ardiente,
    Sin yo quererlo, te lo diga a voces;
      Y acaso has de ignorarlo eternamente,
    Como las ondas de la mar veloces
    La ofrenda ignoran que les da la fuente.


FIN



NOTAS


[1] Poeta del Siglo XVI. No constan las fechas de su nacimiento ni de
su muerte.

[2] El Duque de Frías.

[3] Enrique Gil.



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