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Title: Amores: elegías amatorias
Author: Ovid
Language: Spanish
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Copyright Status: Not copyrighted in the United States. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading this ebook. See comments about copyright issues at end of book.

*** Start of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Amores: elegías amatorias" ***


  OVIDIO.

  LOS AMORES.

  [Illustration]



  AMORES.

  ELEGÍAS AMATORIAS

  DE

  OVIDIO,

  por primera vez publicadas en lengua castellana.

  _Traduccion hecha sobre el original latino por
  dos literatos valencianos._

  [Illustration]

  VALENCIA; 1878.

  LIBRERÍAS DE JUAN MARIANA Y SANZ, EDITOR,
  librero de la Universidad y Ayuntamiento,

  _Bajada de S. Francisco_,
  núm. 11.

  _Lonja de la Seda_,
  núm. 7.



 Esta obra es propiedad de su editor Sr. Mariana y Sanz, y todos los
 ejemplares llevarán su sello para los efectos de la Ley.

 [Illustration]


 Valencia 1878.--Imp. de M. Alufre, Quevedo, 17.



EPÍGRAMA

DE P. OVIDIO NASON,

SOBRE SUS AMORES.


Nosotros que éramos poco há en número de cinco libros, somos ahora solo
tres: Ovidio, nuestro padre, así lo ha preferido. Si no experimentais
gusto alguno al leernos, la disminucion de dos libros aliviará vuestro
enfado.



LOS TRADUCTORES.


No hay español medianamente instruido, siquiera no posea la lengua
del Lacio, que no conozca á Ovidio por sus célebres _Metamórfosis_,
vertidas al castellano desde antiguo por Antonio Perez Sigler, Felipe
Mey y otros; vulgar se ha hecho ya el conocimiento del mismo eminente
poeta por su famoso _Arte de amar_, cuya última edicion española ha
publicado recientemente el editor del presente libro; á quien registre
nuestras bibliotecas no ha de ser difícil saborear en la propia lengua
de Castilla la traduccion que D. Sebastian de Albarado tituló _Heroyda
Ovidiana_ y hasta las _Epístolas amatorias_, causa, segun se dice, de
la desgracia y destierro de su autor, que tiempo há fueron traducidas
por Diego Megía; pero los AMORES, obra la más expontáneamente producida
por el génio poético del voluptuoso Ovidio, los _Amores_, que reflejan
fielmente la manera más íntima de ser y de pensar, no solo de su autor,
sino de la juventud romana de su época; los _Amores_, que marcan el
grado de la corrupcion de costumbres de la corte de Augusto, digna,
por más de un concepto, de profundo estudio; esos _Amores_ son poco
conocidos en el mundo literario, y jamás hasta ahora, que sepamos, han
sido traducidos á la lengua castellana.

¿Es menguado, acaso, el mérito de las elegías amorosas del autor de las
Metamórfosis?

De ningun modo: Ovidio habia nacido poeta; y á pesar suyo, á pesar
de la promesa de no componer más versos, hecha á su padre al pedirle
perdon, diciendo: «_Parce mihi, nunquam versificabo, pater!_», los
versos, como el anterior, brotaban naturalmente de su mente, como
el agua desbordada de manantial fecundo, hasta el punto de confesar
él mismo: «_Quid quid tentabam scribere, versus erat._» Poeta por
naturaleza, entre todos los géneros de poesía, el que mejor se adaptaba
á su génio é inclinaciones, era sin duda el amoroso.

En vano se propone escribir un poema en doce cantos, para celebrar al
jigante de cien manos Gyges, hijo del cielo y de la tierra; su musa es
el amor: «_hoc quoque jussit amor!_»

Ahora bien; ¿dónde más en su centro pudo encontrarse el génio poético
de Ovidio que al cantar sus propios amores?

Corina, la bella Corina, semejante á Lais y á Semíramis, y principal
objeto de las elegías amorosas de Ovidio, es á este poeta lo que Delia
á Tibulo, lo que Lesbia á Catullo, lo que Cynthia á Propercio, lo
que Lycoris á Galo, lo que Lydia, Gliceria, Cloris, Phyllida, Licia,
Phillis, Neera, Tyndaris y Pyrrhe al voluble Horacio[1].

Del mismo modo á Ovidio, que públicamente ama á Corina, tampoco le son
indiferentes la camarera Cypassis, la peinadora Nape y otras que no
nombra, pero que tambien le inspiran bellos versos como protectoras de
sus intrigas amorosas, á cuya sombra se ocultan.

Al desaparecer estos pasajeros amores, no queda en el pecho del poeta
otro afecto más íntimo que el recuerdo de la amistad consagrado á su
inolvidable compañero Tibulo, á cuya sentida muerte dedica una de sus
más bellas elegías de este libro, en la que evoca los queridos nombres
de Calvo, Catullo y Galo, cantores del amor, cuyos nombres figuran
juntamente en el Eliseo.

Solo otra de las elegías iguala tal vez á esta en fuerza de conviccion
y de sentimiento, y es la XV del libro I, dirigida contra los
detractores de la poesía.

La poesía, la amistad, el amor, hé aquí la trilogia que comprende toda
la vida de Ovidio; tales son la delicia, el consuelo y la necesidad
de su alma. ¿Dónde, pues, ha podido reflejarse mejor esta, que en las
elegías dedicadas á sus más íntimos afectos?

Leyendo las _Metamórfosis_ se puede apreciar la erudicion mitológica,
el ingénio para elegir, la facultad para poetizar de Ovidio; en _Arte
de amar_ hace gala de su aptitud didáctica; pero para conocer á Ovidio
como poeta y como hombre, es necesario leer sus _Amores_.

Verdad es que nada tienen de honestos tales _Amores_, que no serian
dignos de leerse, á no estar engalanados con toda la mágia de la poesía
y de la originalidad. En efecto, los _Amores_ de Ovidio, que no tienen
la tristeza de Tibulo, ni el buen humor y sencillez de Horacio; que
están lejos de los arrebatos de Catulo, y aun más lejos del insulso
platonismo de la mayor parte de los poetas eróticos, son la expresion
del placer y de la voluptuosidad en toda su desnudez, pero presentada
con el decoro del arte.

Si es digna de condenarse á perecer esta clásica obra, cuya traduccion
presentamos, no deben por igual razon quedar en pié las clásicas
estátuas de Vénus, que tambien con toda su desnudez, pero con el
decoro del arte, nos legó la antigüedad, como representacion de la
voluptuosidad, del placer y de la belleza, si es que otra cosa no
representa la infiel esposa de Vulcano y lasciva amante de Adónis.


NOTAS AL PIE:

[1] Ello, no obstante, dice de él el Sr. Alarcon en su discurso de
recepcion por la Real Academia Española, que fué constantemente moral y
muchas veces moralista en sus inmortales versos.



LIBRO PRIMERO.



ELEGIA PRIMERA.

ARGUMENTO.

Por qué el poeta pasa de los versos heróicos á los eróticos.


Las armas y las encarnizadas batallas me preparaba á cantar en forma
heróica. Los versos eran todos de igual medida, pero dicen que se echó
á reir Cupido y acortó un pié. ¿Quién, niño cruel, te ha dado tal
derecho sobre la poesía? De las musas, y no tuyo, somos cortejo los
vates. ¿Qué se diria si Vénus se cubriese con las armas de Minerva
ó si esta atizase tu hacha para avivar su llama? ¿Quién hallaria
conforme que Céres reinase en las frondosas selvas y la vírgen del
Carcax presidiese el cultivo de los campos? ¿Apolo, el de los rubios
cabellos, será armado de aguda lanza mientras que Marte hará vibrar
las cuerdas de la lira Aonia? Demasiado grande y demasiado poderoso,
¡oh muchacho! es tu imperio; ¿por qué aun quieres extenderlo más? ¿Es
todo tuyo? ¿son tuyos el monte Helicon y el valle de Tempe? ¿Tambien ha
de ser tuya la lira de Apolo? El primer verso principiaba rotundamente
mi nuevo poema, cuando el Amor acorta repentinamente mi brio. Para
inspirarme versos más ligeros, no tengo ni un jóven ó una jóven de
blondos cabellos, que me den pié.

Apenas me habia quejado, cuando desligando su carcax, sacó flechas
destinadas á herirme y despues de tender fuertemente sobre la rodilla
su flexible arco: «Recibe, dijo, oh vate, asunto que cantar.»--¡Infeliz
de mí! el niño acertó la puntería. Me abrasó, y en mi pecho, hasta
ahora vacío, reina el Amor. Comencé mi obra con seis piés y acabé con
cinco. Adios, sangrientas guerras; adios, ritmo bélico. Ciñe tu rubia
cabeza con el verde mirto, Musa mia, que no tienes que modular más que
once piés en cada dos versos.



ELEGIA SEGUNDA.

ARGUMENTO.

Descríbese el triunfo del amor.


¿Podrá haber quien me diga por qué me parece tan duro mi lecho, por
qué mi cubrecama no puede permanecer sobre él, por qué esta tan larga
noche ha pasado sin poder yo conciliar el sueño, y por qué, aun echado,
me duelen todos los huesos? Comprendo que así sucediera, si algun amor
viniese á tentarme. ¿Por dónde traidoramente se desliza y callado me
hiere con sus artificios? Sí, eso es: agudas flechas han penetrado mi
corazon, que fiero, el amor trata como pais conquistado. ¿Me daré por
vencido, ó, luchando, daré pábulo á esta súbita llama? Cedamos: leve
se hace la carga cuando se la sabe llevar. Crecen las llamas cuando se
las combate soplando, y se extinguen cuando nadie las toca. Más golpes
llevan los bueyes que repelen el yugo, que los habituados á llevarlo.
El caballo indómito es duramente regido, y ménos siente el freno el
que está pronto á marchar al combate. Así tambien el Amor apremia
más cruelmente á los rebeldes que á los que se conforman á prestarle
vasallaje.

¡Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que
extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz
y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus
armas á un hombre inerme. Corónale de mirto, unce las palomas de tu
madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese
carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador,
y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránte jóvenes cautivos y
cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo,
postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso,
arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos
atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo
á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus
brazos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Victoria!» Las caricias
serán tus compañeras, y la ilusion y la locura tu inseparable escolta.
Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre tu Madre te
aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre
tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas,
y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas
de tu carro. Tambien entonces, si mal no te conozco, inflamarás no
pocos corazones; tambien entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus
flechas, aunque lo quisieras, no pueden estar quietas, tu férvida llama
quema aun en medio del agua.

Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres
conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo
parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor.
Contempla la feliz conquista de tu pariente César: con la misma mano
con que los vence proteje á los vencidos.



ELEGIA TERCERA.

ARGUMENTO.

Se recomienda á su querida por las excelencias de la poesía, la pureza
de sus costumbres y la fidelidad á toda prueba, que ofrece.


Mi plegaria es justa: que la niña que há poco me han robado, ó me ame,
ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que
solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un
amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar
con fidelidad eterna.

Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi
abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa
no se remueven con innumerables arados y mis padres restringen mi
escaso gasto, recomiéndenme no solamente Apolo y sus nueve compañeras
y el inventor de la viña, sino tambien el Amor que me entrega á tí, y
la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi
inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy
burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad,
serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la
Parca me deje, y muera con sentimiento tuyo.

Dame feliz tema para mis versos y serán dignos de quien los inspira. A
la poesía deben su celebridad la ninfa Io, asustada de sus cuernos; y
aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne[2], y la que
robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea
mano[3]. Nosotros tambien seremos cantados por todo el mundo, y siempre
citarán unidos tu nombre y el mio.


NOTAS AL PIE:

[2] Leda.

[3] Europa.



ELEGIA CUARTA.

ARGUMENTO.

Antes de cenar con su querida le indica las señas con que podrán
manifestarse su mútuo amor á presencia del marido.


Tu marido ha de cenar con nosotros; ¡así sea esta su última cena!
¿mientras tanto solo contemplaré á mi amada como convidado? ¿El
derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás
nuevo calor á su seno? ¿Cuando guste, pasará su mano sobre tu cuello?
No atiendas á la que tras el festin de su boda[4] puso en guerra á
los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo
como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que
tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el
tibio Noto.

Llega ántes que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé
primero. Cuando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á ponerte
á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo
que te indiquen mis señas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve
del mismo modo las furtivas señas. Sin voz le hablarán mis cejas y
leerás palabras trazadas con los dedos. Cuando te ocurra la idea de
nuestros placeres, toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas.
Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja
tu blanda mano. Cuando te plazca, sol mio, lo que yo haga ó diga, haz
rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa
del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males
que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide
despues por lo bajo al criado que te sirva el que prefieras. Yo tomaré
el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte
por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado
ántes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas
caricias, ni reposes tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo,
guárdate de darle besos. Si se los das, yo me declararé públicamente tu
amante, diciendo «son mios;» y se los disputaré con mis manos.

Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la
cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus
piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu delicado
pié, su pié grosero.

Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento
con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos
estimulado bajo los vestidos que nos cubrian, el momento del dulce
placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus
espaldas del manto que las cubre. Ruega contínuamente á tu marido que
beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba,
añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto
del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias.

Cuando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides
introducirte en medio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te
encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas.

¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas,
pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encerrará
con ella toda la noche, y yo, bañado de lágrimas, no podré seguirle
sino hasta la puerta. Le dará besos, despues se tomará algo más que
besos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente;
pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la
fuerza. Callen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis
votos, él no hallará placer alguno; á lo menos tú no lo recibas de él.
Por lo demás, cualesquiera que sean los sucesos esta noche, niégame
mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna.


NOTAS AL PIE:

[4] Hippodamia



ELEGÍA QUINTA.

ARGUMENTO.

Alégrase de haber poseido á su amiga.


Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para
descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media
luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la
que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se
distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal
es la luz que ha de prepararse á las niñas vergonzosas, para que su
tímido pudor pueda cohonestarse con la penumbra.

Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello
dividido sobre su blanco cuello, cual se dice iba al tálamo la hermosa
Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos amantes. Le
separé la túnica, que por lo fino no perjudicaba gran cosa, pero
luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere
vencer, fué vencida sin gran pena.

Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo alguno, no apareció ni
una imperfeccion en todo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos ví y
toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su
preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué
descender á detalles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime
su cuerpo con el mio. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos
los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia!



ELEGÍA SEXTA.

ARGUMENTO.

Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.


Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los
goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo
lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion
amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito
para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes,
y dirije, protegiéndolos, mis pasos.

En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me
admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis
oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te
volverás valiente.»

La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que
vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona.
No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo
con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles
barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando
desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora.
Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor
tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que
me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La
noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la
larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!

Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la
puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas
sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes
las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La
noche avanza; descorre los cerrojos.

No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no
viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria
aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á
la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es
lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su
encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.

¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que
sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me
acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba
en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu
lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así
pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza,
descorre los cerrojos.

¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de
que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá
impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado
mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia,
llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego.
Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la
noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á
hierro y á fuego, la puerta que se me niega.

La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no
conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he
probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover,
¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar
la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un
calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo
llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste
frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás
testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo
tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá
experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien,
crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral
cruel como tu guardian, «¡Adios!»



ELEGIA SÉPTIMA.

ARGUMENTO.

Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.


Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si
te _muestras_ amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi
señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz
entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos
dioses.

¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños
á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á
su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos
contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su
peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que
aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco
perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de
Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los
bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus
cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu
templo.

¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado
bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor.
Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su
boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis
brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido
carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis
fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que
ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos
sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los
romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El
hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el
primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él
menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué
cruel con su enemiga.

Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el
laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que
seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya
delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á
la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.

Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello
para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me
desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje,
¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con
demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta
la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo;
pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.

Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el
mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros
temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil
caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus
lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas,
como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á
reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia
sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces
rechazó mis temidas manos.

No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus
uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por
lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina
tus cabellos.


NOTAS AL PIE:

[5] Diómedes.



ELEGIA OCTAVA.

ARGUMENTO.

Contra una alcahueta que intentaba enseñar á la querida del poeta las
artes de la prostitucion.


Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su
nombre lo toma de su oficio[6]; jamás vió en ayunas á la madre del
negro Memnon[7], en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y
los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su
orígen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del
lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando
ella quiere, se llena el cielo de nubes; cuando ella quiere, brilla
la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las
estrellas destilando sangre, y la faz de la luna estaba tambien
ensangrentada.

Sospecho que suele volar viva entre las sombras de la noche y cubrir
con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos
brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los
antepasados, que yacen en los sepulcros, y al són de su plañidero
canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo,
y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo
testigo de su enseñanza, á favor de una doble puerta que me ocultaba,
mientras decia así: «¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un
rico jóven? Te vió y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién
no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí!
faltan galas dignas de tan bellas formas. ¡Quisiera yo que fueses tan
rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido
que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora
Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su llegada: un rico
amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no
desdice de la tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, habrias tú
de comprarle tus encantos.»

La jóven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las
blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos
con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporcion
de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas
Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora escita
Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la
ciudad de su querido Eneas. Divertíos, hermosas jóvenes, solo es casta
aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide,
ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan
á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los
jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de
cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se
desliza el agua del rio, renovada incesantemente. El acero brilla con
el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se
arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y
no son bastantes uno ó dos amantes; ¡cuantos más, es más seguro y fácil
el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero.
Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante
muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto
recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro
sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa
ingeniosa. Ni desdeñes al redimido por merced; pues el tener el pié
marcado con la señal de la esclavitud, no es un crímen; pero tampoco te
dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abuelos
el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una
noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo.

No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo
de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu
antojo. Ningun efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante
es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehusa muchas
veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la
abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero recíbele
á menudo para que no se habitúe á la privacion, ó que no se enfrie
el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que
ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las palabras del
desdeñado. Y no dejes nunca en cualquier desavenencia de quejarte como
primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpaciones; pero
no te abandones demasiado tiempo á la cólera: una cólera prolongada
ha engendrado á menudo el odio.--Aprendan tambien tus ojos á derramar
lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas--y con tal de engañar á
alguno, no temas ser perjura: Vénus hace que los Dioses sean sordos á
las lágrimas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada
hábiles que sepan indicar lo que se haya de comprar para tí, y para
sí pidan cortos regalos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno,
de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu
ama de leche, hagan contribuir á tu amante. Pronto se hace buen botin
cuando muchas manos ayudan á ello. Cuando te falte un pretesto, celebra
tu cumpleaños.

Cuida sobre todo de no dejar creer á tu amante que está seguro sin
rival; sin la rivalidad, poco dura el amor. Vea sobre tu lecho indicios
de otro poseedor de tu belleza, y marcado tu cuello con lascivas
señales, y vea principalmente los regalos que otro te hubiese enviado.
Si nada te lleva, háblale de las novedades que se venden en la Via
sacra. Cuando le hayas sacado bastante, para que no todo sea dar,
pídele prestado lo que nunca le habrás de volver. Ayude tu lengua á lo
que se proponga tu mente; halágale para mejor perderle; el mortífero
veneno se encubre con dulce miel. Si sigues mis lecciones, fruto de una
larga experiencia, y no dejas que mis palabras se las lleve el viento,
llegará dia en que me dirás «vive desahogadamente.» ¡Cuántas veces
despues que yo muera pedirás al cielo que descansen en paz mis huesos!»

Así decia, cuando me delató mi sombra. No sé cómo pude contener mis
manos para no arrancarle su blanco y escaso pelo, sus ojos llorosos de
vino, y sus rugosas mejillas. ¡Sin casa ni hogar, exclamé, dente los
Dioses una miserable vejez, largos inviernos y perpétua sed!


NOTAS AL PIE:

[6] Viene del griego y significa _tener sed_.

[7] La Aurora.



ELEGIA NOVENA.

ARGUMENTO.

Gracioso paralelo entre la guerra y el amor.


Todo amante es soldado, y Cupido tiene su campo: sí, Atico, créeme,
todo amante es soldado.

La edad que conviene para la guerra es la propia para Vénus. ¡Malhaya
un soldado viejo! ¡Malhaya un amante anciano! La edad que quiere un
general en un bravo soldado, es la que pide una jóven beldad en el
poseedor de sus encantos. Uno y otro vigilan; ambos duermen en tierra;
ambos hacen centinela: el uno á la puerta de casa su querida, el otro
en la de su general.

¡Cuánto camino tiene que hacer el soldado! El amante, cuando su
querida está desterrada, la seguirá intrépido hasta el fin del mundo.
Atravesará las montañas más altas y los rios más engruesados por
las tempestades; cruzará las amontonadas nieves. ¿Conviene pasar
los mares? No pretestará los vientos desencadenados; no buscará
el tiempo propicio para la navegacion. ¿Qué otro que un soldado ó
un amante despreciará la frescura de las noches y los torrentes de
lluvia mezclados de nieve? El uno es enviado delante del enemigo como
explorador; el otro tiene los ojos fijos en su rival, como en un
enemigo. Aquel sitia las ciudades amenazadoras, este la casa de su
inflexible dama: más ó menos grandes, ambos baten las puertas para irse
á fondo.

Se fué frecuentemente vencedor, por haber podido sorprender á un
enemigo sumerjido en el sueño, y matar, espada en mano, á un ejército
sin defensa. Así fueron degollados los bravos batallones del tracio
Reso, quien se vió robar sus famosísimos caballos. Tambien con
frecuencia los amantes saben aprovecharse del sueño de los maridos,
y volver sus armas contra el enemigo. El cuidado de escapar á la
vigilancia de los guardas y de los centinelas tiene siempre en suspenso
al soldado y al amante.

Marte es dudoso y Vénus nada tiene de asegurada: los vencidos se
reaniman, y los que os parecen no poder ser derrotados, caen á su vez.
Que se deje, pues, de llamar al amor la desidia: es menester un alma á
toda prueba para amar.

Aquiles arde por Brisada, arrebatada á su amor: mientras que su dolor
os lo permita, Troyanos, quebrantad las fuerzas de la Grecia. De los
abrazos de Andrómaca, Héctor corria á las armas: su esposa le cubria la
cabeza con su casco. El primero de los jefes de la Grecia, el hijo de
Atrea, á la vista de la hija de Priamo con los cabellos esparcidos á la
manera de las bacantes, quedó, se dice, suspenso de admiracion. Pero él
mismo fué preso en el lazo que habia forjado Vulcano: ninguna historia
hizo tanto ruido en el cielo. Yo mismo estaba sosegado y nacido para no
hacer nada: el lecho y el descanso habian ablandado mi alma. El cuidado
de una jóven belleza puso término á mi apatía: ella me mandó hacer mis
primeras armas á su servicio. Desde entonces, me veiais ágil y siempre
ocupado en alguna expedicion nocturna. ¿Quereis no ser cobardes? Amad.



ELEGÍA DÉCIMA.

ARGUMENTO.

A una jóven para apartarla de la prostitucion.


Como la princesa, que arrebatada en las orillas del Eurolas sobre
los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan
larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo
la engañosa apariencia de un cisne de blancas plumas, sedujo con
menosprecio de himeneo; y Anémona corriendo con una urna sobre la
cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos.
Temia para tí la metamórfosis del águila y del toro, y todas las
astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo
nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De
qué proviene, pues, este cambio? me preguntas. Consiste en que tú la
pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrias gustarme. Cuanto
más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaria tu alma y tu cuerpo:
hoy dia, la enfermedad de tu alma ha despojado tu cuerpo de todos sus
encantos. El Amor es á la vez niño y desnudo. Si su edad es tan tierna,
si no lleva ningun vestido, es por mostrarse en toda su sinceridad.
¿Para qué querer que el hijo de Vénus nos haga pagar sus favores? No
tiene ropa donde pueda guardar su precio. Ni Vénus, ni su hijo, son
propios al duro manejo de las armas. ¿Conviene que los Dioses que no
son hechos para la guerra reciban un sueldo?

Una prostituta se vende, á tal precio, al primero que llega: entregando
su cuerpo, es como adquiere miserables riquezas. Aun maldice la tiranía
de su avaro corruptor, y lo que haceis de buen grado, ella no lo hace
más que con desagrado.

Tomad por modelos los animales desprovistos de razon: os abochornareis
al ver que las bestias son más tratables que vosotras. La yegua nada
exige al garañon, ni la vaquilla al toro; el carnero no tiene que pagar
á la oveja que le gusta. Solo la mujer quiere engalanarse con los
despojos del hombre; solo ella pone sus noches á precio, solo ella se
dá en locacion. Vende un placer hecho para dos, un placer que ambos han
buscado; y su tarifa está establecida por ella en razon de su goce.
Cuando el amor debe tener el mismo hechizo para ambos, ¿qué razon para
comprarlo el uno, para venderlo el otro? ¿Por qué perderé yo mientras
que vos ganais, en un juego en que el hombre y la mujer van asociados?

Los testigos no pueden, sin cometer un crímen, perjurarse por el
dinero; sin cometer un crímen, el juez no puede tender la mano á la
seduccion. Es una vergüenza para un abogado el vender sus palabras á
un pobre; es una vergüenza para un tribunal el enriquecerse vendiendo
la justicia; así como es una vergüenza para la mujer aumentar su
patrimonio con las rentas de su cama, y prostituir sus gracias al que
más ofrece. Se debe reconocimiento por un favor gratuito, nunca por
la odiosa locacion de una cama. Una vez recibido el precio de vuestra
mercancía, todo acabó, y el arrendatario no está obligado á más.

Guardaos, bellas, de poner á precio el favor de una noche: una ganancia
mal adquirida nunca aprovecha. ¿Qué valieron los brazaletes de los
Sabinos á la jóven vestal que pereció aplastada bajo el peso de sus
armas? Un hijo traspasó con su espada el vientre de que nació: un
collar fué la causa de su crímen.

No quiere decir esto que sea excusado exijir de un rico algunos
presentes; tiene que satisfacer vuestras exijencias: rebuscad los
racimos en las viñas ricas de uvas; cojed los frutos en los fecundos
vergeles de Alcino. En cuanto al pobre, tomad en cuenta sus buenos
oficios, sus cuidados, su fidelidad. Lo que se tiene, es todo lo
que se puede dar al dueño. Mi riqueza, consiste en ilustrar con mis
versos á las bellas que se hacen dignas. Aquello que me place llega
á ser célebre, en gracia á mi arte. Se verá gastarse los vestidos, y
desgastarse el oro y las piedras preciosas; pero la gloria que darán
mis versos durará eternamente. Lo que me indigna y me subleva, no es el
dar, es ver que se pide un salario. Lo que rehuso á tus solicitaciones,
deja de quererlo, y lo tendrás.



ELEGÍA ONCENA.

ARGUMENTO.

Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina.


¡Oh tú, tan hábil para reunir y disponer con arte los cabellos de
tu dama, y que no te se debe colocar en la clase de los simples
sirvientes, Nape, tú que, no menos hábil en concertar citas nocturnas
que en llevar billetes amorosos, has decidido más de una vez á
la indecisa Corina á venirme á encontrar! Oh tú, cuya fidelidad
frecuentemente me ha sacado de embarazos; toma estas tablillas y
entrégalas, esta mañana misma, á tu señora; que tu solicitud allane
todos los obstáculos. Tú no tienes en el corazon la dureza del
diamante, la inflexibilidad del hierro, y tu simplicidad no es más
grande de lo que conviene: tú, además, verosímilmente, has sentido
los dardos de Cupido; defiende, pues, para mí la bandera bajo la cual
marchamos ambos. Si ella te pregunta cómo estoy, dile que la esperanza
de obtener una noche me hace vivir; en cuanto á lo demás, mi amorosa
mano lo ha confiado á esta cera.

Mientras hablo, el tiempo vuela. Ve, escoje el momento en que estará
sola para entregarle estas tablillas, pero haz de modo que las lea en
seguida. Observa sus ojos y su frente mientras lea: su mirada muda
puede enseñarte mi destino. Así que haya acabado, pídele una larga
respuesta; nada me hace tanto daño como ver un grande espacio de cera
sin llenar. Que estreche sus líneas; que mis ojos estén fijos por largo
tiempo en su letra; que llene hasta las extremidades del márgen. ¿Pero
qué necesidad tengo de que se fatigue en manejar el estilo? Que en la
tableta se lea únicamente esta palabra «_Ven_,» y habré así cubierto de
lauro mis tablillas victoriosas, y bien pronto las habré suspendido en
el templo de Vénus con esta inscripcion: «A Vénus os consagra Ovidio,
fieles instrumentos de su amor, vosotras que ahora mismo no érais más
que un vil fragmento de árbol.»



ELEGIA DUODECIMA.

ARGUMENTO.

Maldice las tabletas portadoras de la respuesta negativa de su dama.


Llorad mi infortunio: mis tabletas han llegado, pero no contienen
mas que esta tan triste palabra: ¡_Imposible_! Los presagios son algo
efectivamente: al salir Nape ha tropezado con el pié en el umbral de la
puerta. De hoy en adelante, cuando te se envíe á alguna parte, procura
salir con más precaucion; y despues de parada, marchar con el pié
levantado. ¡Lejos de mí, siniestras tabletas, madera lúgubre, y tú, cera
maldita, que no me traes mas que una negativa! Extracto de la flor de
la larga cicuta, tú no puedes ser mas que el resíduo de la miel impura
de una abeja Córsica.

Parecias deber tu brillo únicamente al bermellon y era la sangre á
lo que debias tu color. Id á embarazar las encrucijadas, tabletas
inútiles: que la rueda parada del primer trajinero os haga astillas.
No, aquel que os desgajó del árbol, para puliros, no tenia las manos
puras. Ese árbol mismo debió servir únicamente para colgar á algun
infeliz, para suministrar al verdugo infames cruces; para dar lúgubre
sombra al buho graznador, y para sostener sobre sus ramas los huevos
del buitre y del osifraga. ¡Y á esta madera he tenido la locura de
confiar los secretos de mi amor! ¡Á ella he encargado llevar á mi dueña
las palabras más tiernas! A esa cera convenia mucho mejor la insípida
asignacion que despacha el juez en tono feroz; era mucho más propia
para servir de diario al avaro, quien no habria consignado mas que
llorando los gastos hechos con pena. Tabletas engañosas, no sin razon
se os llama dobles; tampoco este número era de buen agüero. ¿Qué puedo
desear para vosotras en mi cólera? Que el tiempo os inme y os roa,
y que la cera que os cubre se enmohezca y sea manchada por un robin
inmundo.



ELEGÍA DÉCIMO TERCIA.

ARGUMENTO.

A la Aurora, para que no acelere demasiado su marcha.


Ya aparece sobre el Océano, al salir de los brazos de su anciano
marido, la blonda diosa, cuyo carro resplandeciente conduce el dia.
¿A dónde corres, bella Aurora? detente; y que á este precio un combate
solemne sea, cada año, ofrecido por las aves á los manes de Memnon.
Vé ahí el momento en que deseo quedar en los brazos cariñosos de mi
dueña; vé ahí el momento, mejor que nunca, de estrechar amorosamente su
cuerpo contra el mio; vé ahí el momento en que el sueño es dulce y el
aire fresco, en que la garganta flexible de las aves, deja oir sonidos
melodiosos. ¿A dónde vas contra los votos de los amantes, contra los
votos de las bellas? Acorta con tu radiosa mano, las riendas húmedas de
tus corceles.

Antes de que asomes, el piloto observa mejor los astros y no vaga á
la aventura en medio de los mares. Cuando apareces, por fatigado que
esté, el viajero se levanta, y el soldado empuña sus armas belicosas.
Eres la primera en ver al trabajador cargado de la azada; la primera en
llamar bajo su yugo al pesado buey. Tú arrancas á los niños al sueño,
y los entregas al pedagogo, para que sus delicadas manos se ofrezcan
á la cruel férula. Tú tambien traes la caucion delante el tribunal,
donde va á pesar sobre ella la responsabilidad de una sola palabra.
Tan importuno para el abogado como para el juez, les obligas cada dia á
levantarse para nuevos procesos. Eres tú aun quien, cuando las mujeres
podrian saborear las dulzuras del descanso, las llamas á hilar la lana
con sus manos laboriosas.

Pasaria por alto lo demás; pero ¿quién sino el que no tenga ninguna,
sufrirá que las bellas se levanten tan de mañana? ¡Cuántas veces he
deseado que la noche no quisiera hacerte lugar, y que los astros
fugitivos no se cubriesen delante de tí! ¡cuántas veces he deseado que
el viento volcara tu carro, ó que uno de tus caballos cayera atascado
en la espesura de una nube! ¡Cruel! ¿A dónde corres? Si has tenido un
hijo cuya piel era negra, debió este color al del corazon de su madre.

¡Qué! si se hubiese abrasado menos de amor por Céfalo, ¿crée que su
culpable pasion nos seria desconocida? Yo quisiera que Tithon pudiese
libremente hablar de tí: jamás nadie hubiera oido en los cielos la
historia de tan vergonzosos amores. Tú huyes de tu viejo esposo, porque
la edad le ha helado, y te apresuras á montar sobre un carro que él
detesta. Pero si tú tuvieras amorosamente en tus brazos algun Céfalo,
se te oiria gritar: caminad lentamente, corceles de la noche.

¿Si tu esposo siente el frio de su perdurable edad, debo yo pagarlo?
¿Soy yo quien te ha unido á un viejo? Vé cuántas horas de sueño la Luna
otorga á su jóven amante; y su belleza no es menor á la tuya. El padre
mismo de los dioses, para no verte con tanta frecuencia, de dos noches
no hace mas que una, á fin de dar un más libre campo al amor.

Habia terminado estos reproches, y, como si ella me hubiese oido, su
frente se enrojecia, sin que no obstante el dia apareciera más tarde
que de costumbre.



ELEGIA DECIMACUARTA.

ARGUMENTO.

A una muchacha vuelta calva de repente.


Bien te lo decia yo: «Deja de teñir tus cabellos.» Hoy dia no tienes
cabellera que teñir. No obstante, si tú lo hubieras querido, ¡qué habia
más hermoso que tus cabellos! Descendian hasta tus rodillas. Tal era
su finura que temias peinarles. No era más fino el tejido de que se
cubren los Tártaros de atezado color; no es más fino el hilo que, con
su delicado pié, desarrolla la araña, suspendida en la viga solitaria,
para tramar allí su desliada tela. Sin embargo, su color no era el del
ébano, no era tampoco el del oro: era una mezcla de ambos. Tal es, en
los delicados valles del monte Ida, el color del alto cedro despojado
de su corteza.

Tal era tambien su flexibilidad, que se prestaban á mil colocaciones,
sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el
diente del peine los partió, jamás tu peinadora tuvo nada que temer.
Muchas veces he asistido á su tocador, y jamás tomó la _aguja para
pincharle los brazos_. Más de una vez tambien, por la mañana, con sus
cabellos aun desordenados, quedó hasta medio dia acostada en su cama
de púrpura, y su descuido no carecia de gracia: se la hubiese tomado
entónces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el
verde césped para reparar sus fatigas.

Aunque sus cabellos fueran tan flexibles como el vello, ¡cuántas veces,
ay fueran puestos en tortura! ¡cuántas veces sufrieron pacientemente
el hierro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crímen
es, exclamaba yo, sí, es un crímen quemar estos cabellos: ellos mismos
se arreglan con gracia: ¡cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa
violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio
á la aguja.»

Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran
estado celosos, aquella cabellera comparable á la que Dione, saliendo
desnuda de la espuma de las olas, sostenia con sus húmedas manos.

¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos?
Insensata, ¿por qué con mano enojada rechazas el espejo? tus ojos no
se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tienes
necesidad de olvidar lo que eras.

Su caida no es debida á las yerbas encantadas de una enemiga, ni al
agua sacada de las fuentes de Hemonia por un pérfido hechicero. No es
efecto tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve),
ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta
está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma
derramabas el veneno sobre tu cabeza. Entretanto la Germanía te
enviará cabellos de esclavos: una nacion vencida se encargará de tu
compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus
cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me
hace parecer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo,
recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigian mas que á
mí misma!»

¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede contener sus lágrimas; con sus
manos oculta su frente, y el rubor ha pintado sus mejillas hechiceras.
Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabellos que no
eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbacion de tu
corazon y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embellecerás
aun, con tu primera cabellera.



ELEGIA DECIMAQUINTA.

ARGUMENTO.

Contra los adversarios de la poesía.


¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer
nada? ¿por qué llamas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué
reprocharme de no seguir las huellas de nuestros antepasados, de no
aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados
del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no
prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras
que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser
celebrado siempre y en todos lugares.

El cantor de Meonia vivirá mientras subsistan Tenedos é Ida, mientras
lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá tambien el poeta de
Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Céres
caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero
del hijo de Batto, aunque en este poeta el arte domine al génio. El
coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol
y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como
el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa,
vivirá Menandro. Ennio, que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos
eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué
siglo no conocerá á Varron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro
conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no
perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores,
Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del
mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas
del Amor, se aprenderán tus cantos melodiosos, elegante Tibulo. Galo
será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los
pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida
Lycoris.

Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente
de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. ¡El cetro con sus
conquistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanselo tambien, las
riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas!

En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos:
yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa llena el agua de Castalia;
que el mirto que teme el frio orne mi cabeza, y que mis versos no dejen
de ser leidos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la
Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la sombra de la gloria que se
ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la
mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.



LIBRO SEGUNDO.



ELEGIA PRIMERA.

ARGUMENTO.

Por qué en lugar de la Gigantomaquia que tenia comenzada, canta sus
Amores.


Vé ahí aun una obra de Ovidio, nacido en la húmeda comarca de los
Sabinos, de Ovidio, el cantor de sus propios devaneos. El Amor es
aun quien lo ha querido. ¡Lejos de aquí, sí, lejos de aquí bellezas
demasiado severas! no sois el auditorio que necesita para sus tiernos
acentos. No quiero para lectores más que á la vírgen que se inflama á
la vista de su prometido, y el novicio adolescente tocado del primer
amor. Quiero que el jóven Romano, herido por el mismo arco que yo,
reconozca en mis versos la imágen del fuego que le quema, y que despues
de un largo aturdimiento exclame: «¿Cómo, pues, este poeta ha sabido el
secreto de mis amores?»

Yo habia osado, me acuerdo, celebrar las guerras de los cielos y el
jigante de cien manos; y no es la fuerza lo que me hubiera faltado.
Iba á borrar la funesta venganza de la Tierra, y la caida del Pelion
rodando con la Ossa desde lo alto del Olimpo donde estaban amontonados.
Yo tenia en mis manos las nubes, Júpiter y su rayo, con el cual no
hubiese dejado de defender su imperio. Mi dueño me cerró su puerta:
inmediatamente dejé allí á Júpiter con su rayo; sí, el mismo Júpiter
salió de mi espíritu. ¡Perdon, Júpiter! para nada me sirven tus flechas;
esta puerta cerrada podia más sobre mí, que tu rayo. Vuelvo á mis
burlas, á mis lijeras elegías; estas son mis únicas armas: la dulzura
de mis cantos ablandó bien pronto la dureza de las puertas.

Los versos hacen descender hácia nosotros el disco ensangrentado de
la Luna: ellos páran, en medio de su curso, los blancos corceles del
Sol. Los versos arrancan á la serpiente su dardo emponzoñado; hacen
remontar las aguas hácia su orígen. Los versos han hecho caer puertas;
han forzado la cerradura, por bien clavada que estuviese sobre un
grueso roble. ¿Qué hubiese yo ganado en cantar al impetuoso Aquiles?
¿Qué hubieran hecho por mí los dos hijos de Atrida, y este rey á quien
la guerra ocupó diez años, y que diez años vagó en la ventura, y ese
Héctor, inhumanamente arrastrado por los corceles de un príncipe de
Hemonia? Pero yo he cantado apenas la belleza de una tierna jóven
cuando ella misma viene al encuentro del poeta para sus versos. Es una
gran recompensa. ¡Adios, pues, héroes de nombres ilustres! vuestros
favores no son los que yo ambiciono. Hermosas niñas, fijad, echad una
dulce mirada sobre los versos que me dicta el purpúreo Amor.



ELEGIA SEGUNDA.

ARGUMENTO.

Al eunuco Bagoas, para que le procure fácil acceso junto á la belleza
confiada á su guarda.


Oh tú, á quien está confiado el cuidado de guardar á tu señora,
escucha, Bagoas, no tengo más que dos palabras que decirte, pero estas
dos palabras son importantes. Ayer la ví pasear bajo el pórtico de las
hijas de Dánae. Luego, prendado de sus gracias, le dirigí por escrito
una súplica. A su vez, ella me escribió con mano trémula: _Imposible_.
¿Y por qué, _imposible_? le pregunté. Ella me respondió que tu
vigilancia era muy severa.

Si quieres ser cuerdo créeme, guardian importuno, deja de merecer el
odio; hacerse temer, es hacerse desear la muerte. Su marido mismo
es un loco: ¿por qué tanto atormentar en defender un bien que,
para quedar intacto, no necesita vigilancia? Le es permitido, sin
duda, dejarse llevar furioso por los transportes de su amor; le es
permitido creer casta á una mujer que gusta á todo el mundo. Por tu
bien déjala en secreto un poco de libertad: la que tú la darás sabrá
bien agradecértela. Consiente en que exista con ella complicidad,
y la señora esté bajo las leyes de su esclavo. ¡Esta complicidad te
horroriza! ya tú puedes cerrar los ojos. ¿Lee ella un billete aparte?
supón que lo recibe de su madre. ¿Llega á ella un desconocido? Tómale
por un antiguo amigo. ¿Vá á ver á una amiga enferma que no lo está?
Figúrate que lo está en efecto. ¿Tarda en volver? Para no aburrirte
en esperar puedes apoyar tu cabeza sobre tus rodillas y roncar á tu
contento. No he de inquirir lo que puede hacer en el templo de Isis, lo
que pueda pasar en los teatros.

Un cómplice discreto obtendrá siempre honores, y por tanto ¿qué hay
menos difícil que callarse? Entonces es amado, gobierna toda la casa;
no tiene que temer las entrevistas; para él omnipotencia; para los
otros, vil rebaño, la servidumbre. Por ocultar á un marido la verdad,
le embauca con quimeras, y, dueños ambos, encuentran bueno lo que no
habia de gustar mas que á la mujer. De un marido, por más que frunza la
ceja, por más que arrugue la frente, obtiene lo que quiere una mujer
cariñosa. Pero es menester que de tiempo en tiempo te busque querella,
que vierta lágrimas fingidas, que te trate de verdugo. Tú, entónces,
suponle faltas de que pueda con facilidad justificarse: acusándole
falsamente, alucina á su marido sobre la verdad. A este precio los
honores, á este precio los escudos lloverán sobre tí. Obra de esta
suerte, y al instante obtendrás tu libertad.

Ves á los delatores con el cuello cargado de estrechas cadenas; ves á
los hombres de pérfido corazon encerrados en oscuros calabozos. Tántalo
busca el agua entre aguas y coje los fugaces frutos: el agua y el fruto
escapan á sus lábios: vé ahí lo que le ha valido su indiscrecion. Por
haber seguido demasiado severamente las órdenes de Juno, el guardian de
Io perece en la flor de la edad, Io es una diosa.

He visto cargar de hierro, que le magullaban las piernas, á un
indiscreto que habia revelado á un marido los amores incestuosos de su
mujer. Merecia un castigo más severo: porque su lengua ruin habia hecho
dos víctimas: sumergia al marido en el dolor, y ajaba el honor de la
esposa.

Créeme: no es el marido quien quiere semejantes acusaciones; puede
oirlas, pero nunca con placer. Si es indiferente, su indiferencia hace
inútil vuestra delacion; si ama, os debe su infelicidad. Por otra
parte, por evidente que sea la falta de una mujer, no es fácil de
probar: tiene en su pro la indulgencia de su juez. Aunque él mismo lo
hubiese visto todo, admitirá la negativa, acusará á sus propios ojos,
se atormentará á sí mismo. Cuando vea á su mujer llorar, llorará con
ella, diciendo: «¡Este maldito hablador me lo pagará caro!» ¡Es desigual
la lucha en que te empeñas! Vencido, pasas por azotes, mientras que la
bella reposa sobre las rodillas de su juez.

No queremos un crímen: no deseamos vernos para componer bebidas
emponzoñadas: en nuestras manos no brilla una espada amenazadora. Lo
que pedimos es que por tu mediacion nos podamos amar sin peligro.

¿Hay ruego más inocente?



ELEGIA TERCERA.

ARGUMENTO.

Al mismo, que se mostraba inflexible.


¡Ay de mí! pues guardas mi señora, tú que no eres ni hombre, ni mujer,
tú que no puedes conocer los placeres que saborean juntamente dos
amantes! El que primero mutiló vergonzosamente la infancia, merecia
sufrir á su vez el mismo suplicio. Serias más complaciente, más
sensible á mis ruegos, si hubieras amado á alguna mujer. No estás hecho
para montar á caballo, para llevar las pesadas armas, para cargar tu
mano con la belicosa lanza. Es menester ser hombre para esto; tú,
renuncia á todo acto viril. No sigo otras banderas que las de tu
señora. A ella es á quien debes servir; aprovecha sus buenas gracias.
Si tú la pierdes, ¿para qué servirias? Su figura, su edad, invitan al
placer: su belleza no debe marchitarse y perecer en perezoso abandono.
Por severo que parezcas, ella no necesita mucho para engañarte. Lo que
han resuelto dos amantes, jamás deja de tener efecto: pero como es más
fácil valerse de los ruegos, te dirigimos los nuestros, mientras aun
tienes tiempo de complacernos.



ELEGIA CUARTA.

ARGUMENTO.

Su inclinacion al amor; por qué todas las bellas, sin distincion, le
agradan.


No pretendo justificar el relajamiento de mis costumbres, ni recurrir
jamás á pretextos engañosos para excusar mis desvaríos. Confieso mis
faltas por si tal declaracion puede ser útil para algo. Ahora que me
reconozco culpable, quiero revelar todas mis locuras. Reniego de mis
errores, y no puedo dejar de complacerme en los errores que maldigo.
¡Oh! ¡Cuán pesado es de llevar el yugo que se querria sacudir! Yo no
tengo ni la fuerza ni el poder de domar mis pasiones: ellas me atraen,
como las rápidas olas llevan la lijera barca.

No es tal ó cual belleza la que me inflama: cien motivos me obligan
á amar siempre. Si alguna tiene sus ojos modestamente inclinados,
mi corazon se enciende, y su pudor es el cepo en que caigo. Si es
incitativa, me dejo apresar porque no es novicia, y porque promete
ser viva y eficaz sobre un mullido lecho. Si veo una cuyo aire arisco
recuerda la severidad de las Sabinas, me figuro que tiene deseos, pero
que sabe disimularlos. ¿Eres sábia? me gustas por tus raros talentos:
¿eres ignorante? me gusta tu simplicidad. Esta halla los versos de
Calímaco sin gracia en comparacion á los mios; lo agradezco y me
gusta al momento: aquella criticando mis versos, me disputa el título
de poeta; á pesar de sus críticas quisiera tocarla de cerca. Esta
marcha muellemente, su suavidad me encanta: aquella, pesadamente; la
aproximidad de un amante le prestará tal vez agilidad. La una canta con
gracia, y su garganta flexible exhala los acentos más melodiosos; yo
quisiera robar un beso á su boca medio abierta; la otra recorre con un
dedo lijero las temblorosas cuerdas de su lira: ¿quién podria dejar de
amar manos tan diestras? Esta otra, en fin, me seduce por su danza: amo
al ver sus lascivas posiciones, el movimiento cadencioso de sus brazos,
su destreza en responder al compás por el contoneo de todo su cuerpo.
No hablemos de mí, que todo me inflamo: colocad á Hipólito delante de
ella; se volvería un Priapo. Tú que eres alta no cedes á las heroinas
de la antigüedad, y tienes tu puesto á lo largo del lecho. Tú que eres
baja sabes gustarme tambien. Ambas me arrebatan; la grande y la pequeña
me convienen igualmente. ¿Esta está sin adorno? pienso en lo que la
compostura podria aumentar sus encantos; ¿aquella está engalanada?
brilla con todos sus atractivos. Soy esclavo de la rubia y de la
morena, que tambien es agradable Vénus bajo atezado color. ¿Flotan
negros cabellos sobre un cuello de nieve? La belleza de Leda consistia
en su negra cabellera. ¿Veo blondos cabellos? Una cabellera dorada hace
la belleza de la Aurora. En todas partes la historia me ayuda para
justificar mi amor. La juventud me encanta, la madurez me seduce: la
una tiene en su favor la belleza del cuerpo, la otra su espíritu. En
una palabra, de todas las bellas que se admiran en Roma, no hay una que
no le apetezca á mi amor.



ELEGIA QUINTA.

ARGUMENTO.

Dirije reproches á su señora, quien, á su vista, mientras fingía
dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor.


¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para
que yo invoque tan frecuentemente la muerte. Sí, yo invoco la muerte
cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna
desgracia. No son tus tablitas mal borradas las que me descubren tu
conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan
tu crímen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte.
¡Infeliz de mí! ¿por qué mi causa es tan buena? Dichoso el amante que
puede defender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede
decir: «¡Yo no soy culpable!» Tiene un corazon de hierro y se abandona
demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensangrentado
por la condenacion de una pérfida.

Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú me creias dormido. Sí,
he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto
vuestra traicion. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras
cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como
palabras. Tus ojos no fueron mudos: se trazaron letras con el vino
sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje.
A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el
sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos
convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se
habian alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la
embriaguez. Yo os ví entonces cambiar culpables besos, besos en los
cuales, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confundian; no de los
besos que recibia de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que
dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podia
dar á Diana, sino de los que Vénus prodigaba á su querido Marte.

«¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me
pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé.
Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un tercero
quiere tener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?»

En estos términos es como se exhalaba mi despecho: el color de la
vergüenza cubrió bien pronto sus culpables mejillas. Así se colora el
cielo al nacer de la esposa de Titon, ó la jóven virgen á la vista
de su prometido: así brillan las rosas en medio de los lirios que
las rodean: tal enrojece la luna, detenida en su curso por algun
encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meome
para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era
el color de la pérfida, y quizás jamás habia estado más bella. Miraba
á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pintada en su
cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan
bello como sus cabellos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas
delicadas, estuve por abofetearlas.

Cuando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á
pesar mio, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que
ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me
diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazon el más
dulce beso, uno de esos besos que arrancarian á la mano irritada de
Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy es el temor de que
mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos
hayan podido ser del mismo género.

Ciertamente habia en aquel beso mucho más arte del que debe á mis
lecciones: me parece que ella habia aprendido algo nuevo. Ese
refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo
que más plugo; nuestras lenguas, cruzándose mútuamente, fueron todas
enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo lo
que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que
me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se
dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable
paga.



ELEGIA SEXTA.

ARGUMENTO.

Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora.


El ave imitador venido de las Indias Orientales, aquel papagayo no
existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos
habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad
con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas! En defecto de plañideras
que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en
defecto de los acentos del clarin que resuena á lo lejos, haced oir
funerarios cantos.

¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el
tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la
muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran motivo de dolor,
pero es un asunto muy antiguo.

Vosotras que os balanceais dulcemente en las llanuras de los cielos,
y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas.
Estuvo toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su
fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego
Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí,
mientras viviste.

¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante
explendor de tu raro plumaje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil
para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á
mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de
las aves, y ya no existes! Tú podrias, por el brillo de tu plumaje,
eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al
brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaria tan bien como
tú: ¡tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que
no habias entendido!

La muerte envidiosa te ha herido; tú no declarabas la guerra á ninguna
ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Vemos
las codornices, siempre en guerra, y por esto mismo quizás, alcanzar
frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer
que encontrabas en hablar no te permitía tomar un frecuente alimento.
Una nuez constituia tu comida; algunas adormideras le invitaban al
sueño; algunas gotas de agua pura extinguian tu sed. Vemos vivir al
insaciable buitre, y al milano, el que en su vuelo, describe grandes
círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia.
Vemos á la corneja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al
cabo de nueve siglos. ¡Y ha muerto el pájaro que sabia imitar tan
bien la voz del hombre, aquel papagayo, raro presente traido de las
extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte
hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más
malas cumplen su destino. Thérsistes vió los tristes funerales de
Phylácides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun
vivian.

¿Á qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada,
votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habias
alcanzado el séptimo dia, que debia ser el último para tí: ya la Parca
habia enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el
valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «¡Corina, adios!»

En el Elíseo, en la pendiente de una colina hay una selva á la que
dan sombra las apiñadas encinas; allí la tierra húmeda está siempre
ornada de un verde césped. Aquel lugar, si se dá crédito á la fábula,
se dice es la mansion de las aves piadosas: las aves de augurios malos
no penetran en él. Es donde habitan los inocentes cisnes y el eterno
fénix, siempre único entre las aves. Es donde el pavo real ostenta con
orgullo su brillante plumaje, y donde la paloma cariñosa prodiga sus
besos á su ávido esposo. Recibido en medio de ellas, en esta riente
floresta, nuestro papagayo llama por su lenguaje la atencion de esas
piadosas aves.

Sus huesos están cubiertos por una tumba, y esta tumba, pequeña como su
cuerpo, presenta una pequeña piedra con esta corta inscripcion: «Por
este monumento se puede juzgar cuánto gusté á mi señora: mi boca para
hablarla sabia más que un pico de ave.»



ELEGIA SÉPTIMA.

ARGUMENTO.

A Corina: niega haber tenido jamás ningun comercio con Cipasis.


¿He de ser siempre el blanco de tus nuevas acusaciones? por más que
hagas, tengo que salir victorioso de esta lucha que se repite á cada
momento. Si dirijo la vista á las más elevadas gradas del teatro, tú
elijes, entre mil, la mujer que debe servir de pretesto á tus quejas.
Si los inocentes ojos de una bella se fijan por casualidad en los mios;
según tú, mi silencio dice bastante, yo me entiendo con ella. Si alabo
á esta, tus uñas acometen sin piedad á tu cabellera; si vitupero á
aquella, entonces es para mejor ocultar mi crímen. Si tengo buen color,
es que estoy frio contigo; si estoy pálido, es que yo muero de amor por
otra.

¡Si al menos tuviera algunas faltas que reprocharme! en este caso se
sufre más pacientemente la pena que se tiene merecida. Pero tú me
acusas sin razon, y por tu inclinacion en creerlo todo intencionado,
destruyes tú misma el efecto que podria causar tu ira. Ves ese animal
con largas orejas, ves al pobre pollino: á pesar de los golpes de azote
con que se le abruma, no va más lijero.

Ve ahí un nuevo motivo de acusacion. Hoy es Cipasis tu hábil peinadora
y dices tú que habrá mancillado conmigo el lecho de su señora.
Presérvenme los dioses, ¡si el deseo me diese de ser culpable, de
querer serlo con una mujer de vil condicion! ¿Qué hombre libre querria
unirse á una esclava, y entre sus brazos apretar un cuerpo magullado
de golpes de azote? Añade que es ella quien pone la última mano á
tu tocado, y que sus hábiles dedos te lo han vuelto precioso. ¿Y yo
insultaria á una muchacha que te es tan adicta? ¿Qué ganaria yo en
ello, sino el ser denunciado, despues de haber sufrido una negativa? Te
lo juro por Vénus y por el arco de su veleidoso hijo, no soy culpable
de este crímen de que me acusas.



ELEGÍA OCTAVA.

ARGUMENTO.

A Cipasis le pregunta cómo Corina ha podido saber el secreto de sus
amores.


Cipasis, tú que tan bien sabes componer de mil maneras un peinado,
tú que eres digna de no peinar mas que á las diosas, tú cuyo mérito
conozco por un dulce latrocinio; tú, tan estimada por tu señora, pero
más por mí, dime ¿quién ha podido revelar el secreto de nuestros
amores? ¿Cómo Corina ha podido sospechar nuestros placeres? Esto
me abochorna. ¿Acaso se me ha escapado una sola palabra que pueda
descubrir nuestras furtivas voluptuosidades? Por el contrario, ¿no
tengo jurado que para querer ser culpable con una sirvienta, era
menester no tener sentido comun?

Y por tanto el héroe de Thesalia se ha consumido de amor por la bella
Briseidos, que no era más que una sirvienta. Una sirvienta fué la
sacerdotisa que supo conquistar al rey Miceno. ¿Soy, pues, más grande
que Aquiles, más grande que el descendiente de Tántalo? ¿Lo que fué
conveniente para los reyes seria para mí un asunto vergonzoso?

Sin embargo, cuando ella fijó en tí sus airadas miradas, ví colorearse
tus mejillas. Para mayor seguridad, si no lo has olvidado, ¡he tomado
en testimonio de mi inocencia á la augusta Vénus! Y tú misma, sí, tú,
bella diosa, ordena que ese perjurio de un corazon inocente, sea por el
ardiente aliento del Noto, llevado más allá de las olas carpathianas.

Por tal servicio, otórgame, morena Cipasis, el dulce favor de
encontrarme hoy á solas contigo. ¿Por qué rehúsas? ¿por qué, ingrata,
finges nuevas alarmas? Basta haber bien merecido de uno de tus amos. Si
eres bastante necia para rechazarme, referiré lo que hemos hecho; yo
me convertiré en mi propio acusador, y diré, Cipasis, sí, yo diré á tu
señora el lugar y el número de nuestras citas, y también el número y
naturaleza de nuestros placeres.



ELEGIA NOVENA.

ARGUMENTO.

A Cupido: le exhorta para que no gaste todas sus flechas contra él solo.


Cupido, oh tú, que siempre te me muestras irritado, tú que nunca
permites el descanso á mi corazon, ¿por qué soy objeto de tus golpes,
yo que nunca he abandonado tu bandera? ¿por qué herirme en mi propio
campo? ¿por qué tu hacha quema á tus amigos? ¿por qué tu arco les
traspasa con sus flechas? Habria más gloria en vencer á un rebelde.
¡Qué! ¿el héroe hemoniano despues de haber pasado á Telefo con su lanza,
no curó con su lanza la herida de su enemigo? El cazador persigue al
animal que huye; y una vez alcanzado le deja para ir siempre á la pista
de una nueva presa. ¡Reservas para nosotros, que somos tus semejantes,
la fuerza de tus armas; y tu brazo entorpecido no sabe herir al enemigo
que te resiste! ¿A qué viene embolar tus afiladas flechas en los huesos
descarnados? porque el amor solo me ha dejado el hueso. ¡Sin amor hay
tantas jóvenes! ¡Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás
un triunfo glorioso.

Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy
no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona
la guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su
prision, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el
buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus
armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar
tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que viviese
tranquilo?

Y sin embargo, si un dios me dijese: «En adelante vive sin amor;» yo me
defenderia; ¡tan dulce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra
mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no
experimento sus fuegos. Como el caballero, recogiendo en vano las
riendas blanqueadas por la espuma, se vé arrebatado en el precipicio
por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar
la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un
golpe de viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el soplo
incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí
sus acostumbradas tretas.

Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros.
Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto
en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á clavarse:
apenas el carcax le es tan conocido como mi corazon. ¡Triste de quien
puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño!
¡Insensato! ¿Qué es el sueño sino la imágen de la fria muerte? Los
destinos te reservan un largo reposo.

Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la
esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que
ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue,
que frecuentemente me rechace. Si Mario, (Marte), es inconstante, lo
es por tí, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí
para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus
alas, y, siempre inconstante, dás y rehusas el placer á medida de tu
capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignais atender
mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi corazon y no lo abandones
jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio:
tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez.



ELEGIA DÉCIMA.

ARGUMENTO.

A Grecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á dos
mujeres á la vez.


Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me negaba que pudiese amar á dos
mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí he sucumbido; gracias á tí he
sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que
amo á dos mujeres á la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen
servicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera
aventaja en belleza á la segunda, esta á la primera: tan pronto es una
como otra la que más me place. Mi corazon, como el esquife batido por
los opuestos vientos, marcha á la ventura, dividido entre estos dos
amores. ¿Por qué, diosa del monte Erycino, multiplicar así mis eternos
tormentos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida?
¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas
á las olas del inmenso Océano?

Prefiero, no obstante, amar así, á consumirme sin amor. ¡Para mis
enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en
una cama solitaria y la facilidad de descansar contentos en medio de
un lecho no dividido! Para mí, quiero que el cruel amor me arranque á
las dulzuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumon de
mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola
puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco,
pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le
falta. Por otra parte la voluptuosidad me animará con su poder: jamás
he quedado en falla junto á una hermosa. Frecuentemente, despues de
una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno
de vigor y dispuesto á la accion. ¡Dichoso quien muere en los dulces
combates de Vénus! ¡Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!

Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre
al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos
las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave,
trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero
encanecer bajo la bandera de Vénus, quiero morir en medio de la lucha,
y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha
vivido.»



ELEGIA ONCENA.

ARGUMENTO.

Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.


El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en
las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos,
para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido
absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal
fatigue con su remo la inmensidad de las olas!

Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos,
Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu
desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento
glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino
ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no
tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde
se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino
en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que
debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo
allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os
cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados
por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los
montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que
otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas:
creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.

Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de
la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante
inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como
las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus
agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los
compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que
vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho,
leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.

Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que
al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer
tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y
Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio,
y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso
Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje
las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma
ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos
ayudarán á hacer mover.

Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y
diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos,
tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu
regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la
lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí
con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás
tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia
mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos.
Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo.
¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá
pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes,
traerme desde luego este dichoso dia!



ELEGIA DUODÉCIMA.

ARGUMENTO.

Se goza de haber por fin obtenido los favores de Corina.


Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está
en mis brazos; aquella que un marido, que un guardian, que una puerta
de encina, ¡que tanto antemural ponian al abrigo de una sorpresa! La
victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es
seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No
son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una
bella es la que he sabido tomar por asalto.

Cuando Pérgamo cayó, despues de diez años de guerra, ¿qué parte de
honor, entre tantos sitiadores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria,
es mia, me es toda personal: ningun soldado puede reclamar su parte,
ninguno tiene título para pretenderla. Como jefe y soldado á la vez
he logrado mis fines: yo mismo fuí á la vez caballero, infante,
abanderado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad. ¡Para mí,
pues, mi triunfo que es premio de mis esfuerzos!

No seré tampoco la causa de una nueva guerra. Sin el rapto de la hija
de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una
mujer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á
los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer
es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar
de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros
tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos
tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros
por una blanca vaquilla, que, espectadora de la lucha, animaba su
valor. Yo tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es
sin efusion de sangre como me hace seguir sus estandartes.



ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.

ARGUMENTO.

A Isis: le pide proteja la preñez de Corina.


La imprudente Corina tratando de desembarazarse de la carga que lleva
en su seno, se expone ella misma á perder la vida. Ciertamente por
haber afrontado, sin saberlo, tan gran peligro, merecia toda mi cólera;
pero la cólera cede ante el temor. Pues ó habia concebido por mi causa
ó al menos yo así lo creo: porque frecuentemente tomo por un hecho
cierto, lo que no es más que posible.

Isis, tú que habitas el Paretonio, y los campos deliciosos de Canope,
y Mémfis, y Pharos fértil en palmeras, y aquellas llanuras en donde el
Nilo, abandonando su vasto cauce, va, por siete bocas, á llevar sus
aguas al mar; yo te conjuro por tu sistro[8], por la cabeza misteriosa
de Anubis, (y que á este precio el pio Osiris acepte siempre tus
sacrificios, la serpiente amodorrada se arrastre lentamente en torno
de las ofrendas, y en medio del cortejo se adelante Apis con su media
luna sobre la frente); fija tus miradas en Corina: ahorra en ella sola
dos víctimas, porque ambas recibiremos la vida, ella de tí, yo de ella.
Muy frecuentemente tú la has visto, en los dias que te son consagrados,
celebrar tus misterios, á la hora en que tus sacerdotes coronen sus
frentes con laureles.

Y tú, que tienes piedad de las jóvenes esposas en los dolores del
parto, cuando el fruto que llevan escondido busca salir de su prisión,
Ilithyia, séasme propicia, y dígnate atender mis súplicas: ella merece
que tú la cuentes en el número de tus protegidas. Y yo, revestido
de una ropa blanca, iré á hacer ahumar el incienso en tus altares:
iré á cumplir mis votos, depositar mis ofrendas á tus piés, con esta
inscripcion: «Ovidio, por la salud de Corina.» Dígnate solamente dar
lugar á mis ofrendas y á esta inscripcion.

Y tú, Corina, si en mi espanto, me es permitido darte un aviso, despues
de una tal lucha, no aventuro una segunda.


NOTAS AL PIE:

[8] Instrumento músico.



ELEGIA DÉCIMOCUARTA.

ARGUMENTO.

A Corina: aprovecha su restablecimiento para exponerle más libremente
la gravedad de su falta.


¿De qué sirve á las bellas el estar fuera de combates, de no tener que
seguir, escudo en mano, nuestras formidables legiones, si, lejos de
los peligros de la guerra, ellas se lastiman con sus propias armas, si
con sus ciegas manos atentan á sus dias? La que primero ensayó hacer
abortar en sus entrañas el tierno fruto que llevaba, merecia perecer en
esta lucha empeñada por ella. ¡Qué! ¡para ahorrar á tu vientre algunas
arrugas, convendrá asolar el triste campo en que se libró el combate!

Si, en las primeras edades del mundo, las madres hubieran tenido
esta viciosa costumbre, el género humano hubiera desaparecido de la
tierra; y para repoblar el universo y sembrar las piedras de que
nacieron nuestros abuelos, seria menester otra Deucalion. ¿Quién
hubiera destruido el imperio de Príamo, si la diosa de los mares,
Thétis, no hubiera querido llevar su fruto hasta el término fijado
por la naturaleza? Si Ilia hubiese ahogado los mellizos de quienes
estaba embarazada, no hubiese existido el fundador de la villa señora
del mundo. Si Vénus hubiese hecho morir á Eneas en su seno, la tierra
hubiese sido privada de los Césares. Tú misma, que debias nacer tan
bella, hubieras perecido, si tu madre hubiese hecho lo que tú acabas
de osar. Y yo, más bien nacido para morir de amor, no hubiese jamás
existido, si mi madre me hubiese muerto de antemano.

¿Por qué despojar á la viña fecunda del racimo que crece? ¿Por qué, con
mano cruel, arrancar el fruto antes de su madurez? muerto caerá por sí
mismo; una vez nacido, déjale crecer; la vida es bastante buen premio
para algunos meses de paciencia.

Mujeres, ¿por qué manchais vuestras entrañas con un hierro homicida?
¿Por qué presentais el cruel veneno al niño que aun no existe? Se
maldice á la madrastra de Colquida, que se manchó con la sangre de
sus hijos y se compadece á Itis degollado por su madre. Sí, estas dos
mujeres fueron bárbaras; pero su barbarie tenia un motivo: se vengaban
de sus esposos en los hijos que tenian de ellos. ¿Os escita, decidme,
algun Tereo, algun Jason á despedazar vuestras entrañas con sacrílega
mano?

Jamás se ha visto tanta crueldad en los tigres de las cuevas de la
Armenia; jamás la leona se atrevió á procurar el aborto. Á las tiernas
bellezas estaba reservado el intentarlo, pero no impunemente. Ahogando
á su hijo en su seno, perece muchas veces la madre. Perece, y se lo
lleva toda desmelenada en su lecho de dolor; y todos exclaman al verla:
«¡Lo tiene bien merecido!»

Pero que mis vanas palabras se pierdan en el aire; ¡que mis presajios
queden sin efecto! Dioses clementes, sufrid que Corina haya cometido
impunemente una primera falla, es todo lo que pido. Que el castigo sea
reservado para la segunda.



ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.

ARGUMENTO.

Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.


Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes
otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente
agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en
su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace
cómodamente su dedo, sin lastimarlo.

Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio
ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe
transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo
de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te
introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de
su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por
encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella
querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse
á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi
bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso
para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su
dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.

Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de
vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te
zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero
quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese
mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.

¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y
que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.



ELEGIA DÉCIMASEXTA.

ARGUMENTO.

Á Corina, induciéndola á que vaya á verle en su casa de campo de
Sulmona.


Estoy en Sulmona, tercer canton del territorio de los Sabinos[9]. Este
canton es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes
de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la
tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos
arroyos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion
vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El pais es fértil en trigo,
más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene
del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al
instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refrescado,
presenta un espeso tapiz de verdura.

Pero allí no se encuentra mi amor; me engaño de una palabra: allí no
se encuentra el objeto de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque
se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querria habitar el
cielo.

¡Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado
los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos
debian mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si
fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que
á mí toca, si habia de trepar, helado de frio, los Alpes expuestos á
todos los vientos, este viaje, penoso como es, me pareceria dulce con
mi señora; con mi señora, no dudaria en atravesar los Sirtes de la
Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á
los mónstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas
gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el infatigable Caribdis,
hartada sin cesar de navíos sumergidos, vomita y engulle de nuevo.

Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se
llevan los dioses que nos protejen, enlaza á mis hombros tus brazos
tan blancos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso.
Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su jóven amante habia atravesado
los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el
camino á sus ojos.

Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos,
de campos en todas partes bañados por límpidos rios; veo al agua,
obedeciendo al cultivador, dividirse en numerosos arroyos, y las
hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de
los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no
encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto
nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los
Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la
sangre de Prometheo.

El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á
menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debias no separarte nunca:
tú me lo habias jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros
tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la
belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas.

Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á
cumplir tus promesas; sube sin más tardar en un carro lijero tirado
por dos veloces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su
clin flotante. Y vosotros, montes orgullosos, humillaos á su paso; y
vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino.


NOTAS AL PIE:

[9] Abruzo.



ELEGIA DÉCIMASÉPTIMA.

ARGUMENTO.

Se compadece de Corina, demasiado engreida de su belleza.


Si hay alguno que piense que es vergonzoso el ser el esclavo de una
bella, acepto su condenacion. Que me declare pues infame, con tal que
la diosa que reina á Paphos y á Cytheres me trate con un poco más
miramiento. ¿Por qué no he sido el esclavo de una amante sensible y
dulce, puesto que yo habia nacido para ser el esclavo de una bella? La
belleza dá orgullo: la belleza de Corina la vuelve intratable. ¡Ay! ¡por
qué se conoce tan bien! De su espejo saca su arrogancia; aunque no se
mira en él mas que despues de componerse.

Si tu belleza, nacida para hechizar mis ojos, te asegura el imperio
de todos los corazones, no debes, comparándome á tí, despreciarme; la
inferioridad puede asociarse con la grandeza. Se sabe que la ninfa
Calipso, ardiendo en amor por un simple mortal, le retiene contra su
voluntad para hacerle su esposo. Se sabe que una de las Nereidas no
se abochornaba por tener comercio con el rey de Phthia, Egeria con el
justo Numa, Vénus con Vulcano, cojo, y todo sucio como está al dejar
su yunque. Estos versos no son de un metro igual, y por tanto el verso
heróico se combina muy bien con un verso de más pequeño corte.

Tú tambien, oh alma mia, acójeme á cualquier título que sea. Que de
lo alto de tu lecho te plazca dictarme leyes. No verás nunca en mí
un acusador pronto á vengarse de su desgracia: no tendrás que negar
nuestro amor.

Que cerca de tí mis versos suplan en mí la riqueza. Más de una bella
quiere deberme su celebridad. Sé de una que en todas partes va
haciéndose pasar por Corina: ¿por serlo efectivamente qué no daria
ella? Pero como no se vé correr por un mismo cauce al fresco Eurotas y
al Pó guarnecido de chopos, del mismo modo ninguna otra que tú será el
objeto de mis cantos: solo á tí está reservado inspirar mi genio.



ELEGIA DÉCIMAOCTAVA.

ARGUMENTO.

A Macer: se justifica de entregarse enteramente á cantos eróticos.


Mientras que juntas en tus versos la cólera de Aquiles, y revistes de
sus primeras armas á los héroes encadenados por sus juramentos, yo,
Macer, gozo del reposo á la sombra de la indolente Vénus, y el tierno
Amor viene á parar el vuelo audaz de mi genio. Más de una vez he dicho
á mi señora: «Basta ya, retírate,» y al punto ella se sienta sobre mis
rodillas. Frecuentemente le he dicho: «En verdad estoy avergonzado;»
y ella, reteniendo con pena sus lágrimas, exclamaba: «¡Qué desgraciada
soy! ¡ya te avergüenzas de amarme!» Entónces estrechándome entre sus
brazos, me prodigaba mil besos de aquellos que hacen mi perdicion.
Estoy vencido; mi espíritu no sueña en los combates: lo que yo canto
son mis hazañas domésticas y mis guerras privadas. No obstante he
manejado el cetro; mi pluma ha osado abordar la trajedia, y la empresa
no era superior á mis fuerzas. El Amor se echó á reir al ver mi noble
manto, mi coturno pintado y mi cetro tan bien llevado por manos para
las cuales está hecho. Las exigencias de una señora imperiosa me han
arrancado de este trabajo, y el poeta de coturno es batido por el Amor.

Puesto que esta es mi suerte, me limito á profesar el arte de amar; y
soy el primero ¡ay! abrumado bajo el peso de mis preceptos. O escribo
una carta de Penélope á Ulyses, ó pinto tus lágrimas, Phyllis, cuando
te ves abandonada. Escribo á Páris y á Macarea, y al ingrato Jason, y
al padre de Hippólyto, y al mismo Hippólyto. Repito los lamentos de la
infortunada Didon, armada de su amenazante espada, y los suspiros de la
heroina de Lesbos, amiga de la lira Eolia.

¡Con qué velocidad mi amigo Sabino ha recorrido el mundo, y traido de
mil diversos lugares la respuesta á estas letras! La casta Penélope
ha reconocido el sello de Ulyses, y la suegra de Hippólyto ha leido
los reproches que él le dirije. Ya el piadoso Eneas ha respondido á
la muy desgraciada Elisa; y Phyllis, si con todo eso ella respirara,
tambien tiene su respuesta. Las tristes despedidas de Jason han llegado
á Hypsipyle; y Safo, querida de Apolo, no tiene mas que depositar á los
piés del Dios la Lyra que le tiene consagrada.

Pero tú tambien, Macer, cantando los combates y los trabajos de Marte,
tú tambien has hablado, tanto como has podido, del amor y de sus
tesoros. En tu poema figuran Páris, y aquel adúltero cuyo crímen ha
hecho tanto ruido, y Laodamia acompañando á su esposo que ya no existe.
Sí, te conozco bien, tratas estos asuntos tan de buena gana como los
combates, y pasas frecuentemente de tu campo al mio.



ELEGIA DÉCIMANOVENA.

ARGUMENTO.

A un hombre cuya mujer amaba.


Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer,
vigílala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos
está permitido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más
fuertemente nuestra pasion.

Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazon de hierro.
En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á
la vez, y, para desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas.

Que no se me hable de una fortuna que me pondria al abrigo de toda
decepcion. No sabria amar lo que no pueda inquietarme en ningun tiempo.
Este es mi flaco; bien lo habia visto la astuta Corina: demasiado sabia
ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay le tengo visto
¡la mentirosa! fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme!
¡Cuántas veces he debido, aunque me costase, alejarme á paso lento!
¡Cuántas veces me ha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha
supuesto la inocente! Despues de haberme atormentado, despues de
haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y
sensible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ternuras entonces me
prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos!

Tú tambien, que recientemente has embelesado mis ojos, recurre
frecuentemente á la astucia, seas á menudo sorda á mis súplicas; déjame
tendido en el umbral de tu puerta, sufrir el penetrante frio de una
larga noche de invierno. Mi amor no tiene fuerza, únicamente á este
precio tiene duracion. Vé ahí lo que le falta, vé ahí lo que alimenta
mi pasion. Un amor llano y sin dificultad me llega á ser insípido: es
como un manjar muy dulce, que no puede excitarme el corazon. Si nunca
Danae hubiese estado encerrada en una torre de metal, jamás Júpiter la
hubiese hecho madre. Juno, haciendo vigilar á Io, con la frente cargada
de cuernos, la volvió á los ojos de Júpiter más graciosa que antes.

Aquel que limita sus deseos á lo que es fácil y permitido, vaya á cojer
la hoja sobre los árboles, y beba en plena ribera. Bellas, si quereis
aseguraros un largo imperio, sabed abusar de vuestros amantes. ¡Ay!
¿Para qué es menester que yo dé lecciones contra mí mismo? No importa;
ame quien quiera una complacencia sin límites: á mí me sirve de
molestia. Yo huyo de quien se detiene á mi paso, y me detengo al paso
de quien de mí huye.

Pero tú, que estás tan seguro á la vista de tu bella compañera,
comienza desde hoy á cerrar tu puerta desde la caida del dia; comienza
á preguntar á quien viene tan frecuentemente á golpearla furtivamente;
lo que hace ladrar á tus perros en el silencio de la noche; entérate
de los billetes que lleva y vuelve á llevar una diligente sirvienta; y
por qué tu bella, tan á menudo, quiere dormir sola en su cama. Deja en
fin estos cuidados roedores penetrar alguna vez hasta la médula de tus
huesos, y dame lugar para recurrir á la astucia.

Ha nacido para hurtar la arena de las riberas desiertas, quien puede
ser amante de la mujer de un tonto. Te prevengo, que si no vigilas
más á tu mujer, no tardará en cesar de ser mi señora. Yo esperaba que
llegaria dia en que tu atenta vigilancia me obligase á más astucia. Tú
no te mueves, tú sufres lo que no sufriria ningun marido. ¡Ah, bien!
soy yo quien pondrá fin á un amor que tú permites.

¡Qué desgraciado soy! ¿No es esto lo mismo que decir que jamás me
impedirás la entrada en tu casa? ¿Que no estaré durante la noche
expuesto á tu venganza? ¿Que jamás tendré nada que temer de tí? ¿Que
jamás encontrará mi sueño un suspiro tímido? ¡Qué! ¿no harás nada que me
dé el derecho de desear tu muerte? ¿Es á mí á quien conviene un marido
fácil, un marido que prostituye á su mujer? Tú acabas de emponzoñar mis
placeres con tu complacencia. ¿Por qué no buscas á otro, que se avenga
á una tan prolongada paciencia? Si te conviene que yo sea tu rival,
prohíbeme serlo.



LIBRO TERCERO.



ELEGÍA PRIMERA.

ARGUMENTO.

La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.


Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido
virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una
fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire
resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un
dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de
obra ocuparia mi musa.

Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con
arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro.
Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de
una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir
tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz,
los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba
con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el
coturno Lydio.

La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el
término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines
licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas.
Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese
poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de
la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo
es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más
elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva
obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes
hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera?
¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu
primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé
conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio
puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con
altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su
cabeza sombreada por una espesa cabellera.

La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si
no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa
Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar
de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en
versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus
sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera
como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la
vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso
Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de
esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á
los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior
al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que
sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian,
á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir
furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á
avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.

«¡Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde,
importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que
la sirvienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta
que vió alejarse al severo guardian de su señora. ¿Te recordaré que
para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me enviabas
á ella en presente, y que me rasgó y me arrojó despiadada en el agua?
Soy yo la primera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de
la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi
rival.»

Las dos Musas habian acabado, y, dirigiéndome á ellas, les dije: «Por
vosotras mismas os conjuro; acojed sin prevencion mis tímidas palabras.
Vosotras me ofreceis el cetro y el noble coturno y ya los acentos
sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras haceis
inmortales mis amores. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mezclar
entre sí el grande y el pequeño verso: otórgame una poca dilacion,
majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente
algunas horas.»

No fué sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar
la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me
apremia.



ELEGIA SEGUNDA.

ARGUMENTO.

Los juegos del Circo.


«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos
corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú
favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no
dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida
y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada,
ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea
quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de
interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria
de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí,
soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo;
más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera
rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me
escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera
en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte,
¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su
señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de
sus bellas!

¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene
al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos
del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente
bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais
colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante
circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla.
Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra;
levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por
cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú
estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que
Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de
Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados,
menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas
que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á
añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto,
lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu
lijera ropa.

¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu
rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos
que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que
te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras
que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca
ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra!
Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es
llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.

En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh
diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á
Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por
lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que
la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo
de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que
Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva,
recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros,
labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos
del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á
tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis
esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje
amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me
ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme
Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo
en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa
corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen
punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes
la punta de tus piés.

Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor
acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un
tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera
que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos
parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del
mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha
rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos
de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos
hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal
sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama:
pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la
simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.

Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales,
á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta
vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante
tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son
efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la
palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante
mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte
darás el resto.


NOTAS AL PIE:

[10] Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)



ELEGÍA TERCERA.

ARGUMENTO.

A su amiga, que habia faltado á sus juramentos.


¿En adelante creeré que hay dioses? ¡Ella ha hecho traicion á la fé
jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su
cabellera antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es
hoy día en que los ha engañado.

Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun
el matiz de las rosas.

Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su
talle era á la vez noble y gracioso; noble y gracioso es aun su talle.
Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos,
semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos.

Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma
belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por
sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la
perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me
habeis penado de su crímen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á
la hija de Cefea, para castigar en ella el orgullo de su madre. Si no
es bastante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y
que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí;
¿será menester aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la
vez víctima y responsable de su perfidia?

Ó la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera
imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un
Dios, no es favorable más que á las bellas y les dá muy exclusivamente
el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte
con homicida espada; solo contra nosotros Pálas vuelve su formidable
lanza. Contra nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros
amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan
penar las ofensas de las bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer,
son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares?
No, los hombres deben tener más corazon.

Júpiter fulmina contra los bosques y las ciudadelas, y prohibe á
su trueno alcanzar á las mujeres perjuras. En presencia de tantos
culpables, la desgraciada Semelé es la sola quemada por el rayo: su
complacencia es la causa de su suplicio. Si hubiera evitado la visita
de su amante, el padre de Baco no hubiese sido cargado del peso que
debia llevar su madre.

Mas ¿por qué estos reproches y esta guerra que hago á todo el cielo?
Los dioses tienen ojos como nosotros, y como nosotros tienen corazon.
Yo mismo, si fuera un dios, no me ofenderia de que una mujer engañara
mi divinidad con una mentira. Atestiguaria con un juramento la verdad
de los juramentos de una bella, y no pasaria por un dios uraño.

Tú, sin embargo, jóven belleza, usa más moderadamente de la proteccion
de los dioses, ó al menos evita la vista de tu amante.



ELEGÍA CUARTA.

ARGUMENTO.

Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.


Intratable esposo, tú has atado un guardian á los pasos de tu jóven
compañera: ¡pena inútil! el guardian de una mujer es su virtud. Es
solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que
es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu contínua
vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazon es adúltero.
No se sabria guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos
entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el
adúltero penetrará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas
comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme,
de incitar al vicio prohibiéndolo: triunfarás mucho mejor por la
complacencia.

Yo ví no há mucho un corcel rebelde al freno ponerse furioso y
dispararse como el rayo: despues se detuvo de un golpe, desde que
sintió las riendas flotar muellemente sobre su larga crin. Nosotros
corremos siempre á lo que es prohibido, y deseamos lo que se nos
rehusa. Así el enfermo desea el agua que le es vedada.

Argos tenia cien ojos en la cabeza y en la frente, y solo el amor supo
frecuentemente engañarle. La roca y la arena componian la imperecedera
torre donde Danae fue encerrada vírgen, y allí llegó á ser madre.
Penélope, sin estar guardada, quedó pura en medio de tantos jóvenes
adoradores.

Cuanto más cuidadosamente se guarda una cosa, más la deseamos: la
vigilancia no es más que una provocacion al ladron: pocas gentes
aman los placeres permitidos. No es la belleza de tu esposa, es tu
amor lo que hace buscarla; se la supone no sé qué atractivos que te
cautivan. Una mujer guardada por su marido, no sea virtuosa, sino que
sea adúltera, y es codiciada. Los peligros que acompañan á la posesion
son más preciosos que la posesion misma. Soy sedicioso, si tú quieres,
yo no amo más que los placeres prohibidos. Agrádame solo aquella que
puede decir: «Tengo miedo.» Y en tanto está permitido tratar como
esclava á la mujer que ha nacido libre, no usamos de esta tiranía más
que con las mujeres de naciones extrañas. Tú sin duda quieres que su
guardian pueda decir: «Eso es gracias á mí.» ¡Ah, bien! Si tu esposa es
casta, que el honor sea todo para tu esclavo.

Es ser muy tonto, ofenderse del adulterio de una esposa: es conocer muy
poco las costumbres de la ciudad en donde no nacieron sin crímen Rómulo
y Remo, hijos de Marte y de Ilia. ¿Por qué tomarla bella si la quieres
virtuosa? virtud y belleza no sabrian ir en compañía.

Si tú haces bien, ten un poco de indulgencia, deja ese aire severo,
y no hagas prevalecer tus derechos como un esposo rígido. Acepta los
amigos que te dé tu esposa; ella te dará muchos; así es como se obtiene
sin trabajo un gran crédito. A este precio tendrás siempre sitio en
los banquetes de una juventud juguetona, y encontrarás en tu casa mil
objetos que no te habrán costado nada.



ELEGÍA QUINTA.

ARGUMENTO.

Sueño.


Era de noche, y el sueño habia cerrado mis fatigados ojos, cuando una
vision vino á traer el terror á mi alma.

Sobre la vertiente de una colina expuesta al Mediodía, habia un bosque
sagrado lleno de robles, cuyas frondosas ramas servian de abrigo á
millares de aves. Más abajo se extendia un llano, revestido del más
verde césped, y regado por un arroyo que allí arrastraba sus aguas con
dulce susurro.

A la sombra de un frondoso roble traté de huir del calor; pero este se
hacia sentir á la misma sombra de los frondosos árboles. Hé aquí que,
paciendo en el césped sembrado de mil diversas flores, se ofreció á mis
miradas una blanca vaquilla, una vaquilla más blanca que la nieve caida
de reciente y que no ha tenido tiempo de transformarse en agua límpida;
más blanca que la tremente espuma de la leche de la oveja que se acaba
de ordeñar.

Junto á ella estaba un toro, su dichoso esposo. Se acostó á su lado,
sobre el espeso tapíz de verdura. Así muellemente tendido, rumia
lentamente la tierna yerba, y se alimenta segunda vez de su primer
alimento; luego el sueño le quitó sus fuerzas, y creí verle dejar caer
en tierra su cabeza armada de cuernos, no pudiendo sostenerla.

Al mismo tiempo ví una corneja, hendiendo rápidamente los aires,
descender graznando, sobre el verde césped. Tres veces hundió el pico
audaz en el pecho de la vaquilla, tres veces arrancó como copos de
nieve. Despues de una larga resistencia, abandonó aquella el sitio y el
toro; pero su blanco pecho dejaba vislumbrar una mancha negra. Desde
que ella vió otros toros que pascían á lo lejos sabrosos pastos (porque
efectivamente otros toros á lo lejos pascían) corrió á mezclarse entre
ellos y tomar su parte de las riquezas de un suelo más fértil.

«Oh tú, intérprete de los sueños de la noche, exclamé, si el mio
encierra alguna verdad, dime lo que significa.» Entonces el intérprete
de los sueños de la noche, reflexionando sobre todos los detalles de
mi sueño, me dió esta respuesta:

«El calor de que procuras guardarte á la sombra del follaje, y que no
alcanzas evitar, es el fuego del amor. La vaquilla, es tu señora: tu
señora es blanca como ella, tú eres el toro que seguia su compañía.
La corneja, cuyo agudo pico se hundía en el pecho de la vaquilla, es
aquel viejo pervertidor que corrompió el corazon de tu amante. La tenaz
resistencia de la vaquilla que abandona en seguida á su toro, es el
alejamiento de tu señora, quien no calentará de nuevo tu solitaria
cama. Las manchas negras que afean el pecho del animal es el signo del
adulterio que deshonra el corazon de tu bella.»

A estas palabras del intérprete, mi sangre huia de mi helado rostro, y
ante mis ojos se extendia una profunda noche.



ELEGIA SEXTA.

ARGUMENTO.

Á un rio que crecía de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al
paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora.


Rio cuyas cañas obstruian las riberas cenagosas, vuelo cerca de mi
señora: deten un momento el curso de tus aguas. Tú no tienes ni puente,
ni barca, que sin remero me lleve á la otra ribera, con ayuda solamente
de un cable.

No há mucho, recuerdo que eras pequeño: no he temido vadearte á pié,
y la superficie de tus aguas apenas mojaba mis talones. Hoy dia,
has crecido por el deshielo de las nieves de la montaña vecina, te
precipitas con furia, y por tu cauce cenagoso, arrastras profundas
aguas.

¿Qué ventaja me trae ser tan apresurado, haber otorgado tan poco tiempo
al sueño, haber hecho de la noche dia, si es preciso que me detenga
aquí, si no hay medio para mí de poner el pié en la otra ribera? ¡No
tener yo en este momento las alas del héroe hijo Danae, cuando llevaba
la cabeza de Medusa, erizada de mil serpientes! ¡No tener yo aquí el
carro de Triptoleme, quien, el primero, enseñó á los salvajes humanos
el arte de confiar á la tierra las semillas de Céres! Estos prodigios,
¡ay! jamás han existido mas que en la imaginacion de los antiguos
poetas: ni se han visto, ni se verán. Pero tú, rio desbordado, (¡ojalá
en recompensa sea eterna tu corriente!), vuelve otra vez á tus primeros
límites. No podrás, créeme, llevar el peso del ódio público, si se sabe
que tú has detenido los pasos de un amante.

Los rios deberian secundar á los jóvenes enamorados; los mismos rios
han sentido lo que es el amor. El pálido Inaco se prendó, segun dicen,
de los encantos de Melia, ninfa de Bithinia, y se abrasó por ella,
hasta en sus frias aguas. Troya no habia aun sostenido sus diez años
de sitio, oh Xantho, cuando Nerea fijó tus miradas. ¿Qué hizo recorrer
á Alfeo tantos países diversos? ¿no fué su amor por una vírgen de
Arcadia? Y tú, Penea, cuando Créusa estaba prometida á Xantho, tú la
tenias, se dice, escondida en los campos de la Phthiótida. ¿Hablaria
yo de Asopo, prendado de los encantos de la guerrera Thebe, Thebe que
debia dar á luz cinco hijos? Y tú, Acheloe, si te pregunto dónde están
hoy tus cuernos, me dirás con dolor que la mano de Hércules con ira
los ha cortado. Esto que no lo hubiese hecho Hércules por Calydon, que
no lo hubiese hecho por Etolia misma, lo hizo por la sola Dejanira.
El Nilo, ese rico rio que precipitándose por siete embocaduras, tan
bien oculta el orígen de sus fecundas aguas, dicen que no pudo en sus
profundos atolladeros, matar la llama que le consumia por Evadna,
hija de Asopo. Enipea, para poder abrazar á la hija de Salmoneo sin
inundarla, Enipea ordenó á sus aguas retirarse, y á su vez las aguas
se retiraron. No te olvidaré tampoco, á tí que, huyendo á través de
las rocas que has socavado, riegas con tus aguas espumosas los campos
del argeo Tíber; ni á tí á quien agradó Ilia, toda descuidada como
estaba en su compostura, después de haberse arrancado los cabellos
y golpeado el rostro con sus uñas. Llorando el sacrilegio de su tio
y el atentado de Marte, vagaba ella, con los piés desnudos, en los
caminos solitarios. Del seno de sus rápidas ondas, el rio generoso la
descubrió, y levantando la cabeza por encima de las olas, le dijo una
voz sonora: «¿Por qué vagar en mis riberas, con un aire inquieto,
Ilia, descendiente de la sangre del Ideo Laomedonte? ¿Qué has hecho de
tus adornos? ¿dónde dirijes tus pasos solitarios? ¿por qué la blanca
cintilla no retiene tus desordenados cabellos? ¿por qué llorar y ajar
con esas lágrimas el brillo de tus ojos? ¿por qué, en tu delirio, te
golpeas así el pecho? Tiene un corazon de roca ó bronce, quien puede
ver, sin conmoverse, un rostro encantador regado por las lágrimas.
Ilia, cesa de temer; mi palacio estará abierto para tí: mis ondas te
protejerán: Ilia, cesa de temer. En medio de más de cien ninfas, tú
sola serás reina; porque más de cien ninfas habitan en el fondo de
mis aguas. No me desdeñes, es todo lo que te pido, ilustre vástago de
Troya. Mis presentes serán superiores á mis promesas.»

Así habia dicho; é Ilia, con los ojos dirigidos humildemente hácia
tierra, bañaba con lágrimas su conmovido seno. Tres veces trató de
huir; tres veces se detuvo en el borde de las profundas aguas, el temor
le quitó la fuerza para correr. Por último, sin embargo, arrancándose
los cabellos con mano enemiga, dejó escapar de su boca balbuciente
estas lamentables palabras: «¡Oh! pluguiese al cielo que mis huesos
hubiesen sido recogidos y encerrados en el sepulcro de mi familia,
cuando eran aun los de una vírgen! ¿Por qué invitarme al himeneo, á mí,
vestal ayer, hija infame hoy dia, indigna en adelante de velar el fuego
sagrado de Ilion? ¿Qué espero aun? Ya se me señala con el dedo como á
una adúltera. ¡Perezca conmigo el pudor que no me permite levantar los
ojos sin sonrojarme!» Dijo, y cubriendo con su ropa sus hermosos ojos
llenos de lágrimas, se precipitó desesperadamente en medio de las olas.
El rio, dicen, la sostuvo, llevando amorosamente la mano bajo su pecho,
y la admitió en su lecho, como á esposa.

Tú mismo, es probable que te hayas tambien consumido por alguna bella:
pero los bosques, las selvas, están allá para ocultar tus crímenes.
Mientras que hablo, tus olas van engrosando siempre, y tu lecho, tan
largo como es, no basta para contener las aguas que á él afluyen de
todas partes. ¿Qué he de disputar contigo, rio furioso? ¿Por qué
diferir los placeres de dos amantes? ¿Por qué detenerme tan brutalmente
en medio de mi camino? Si á lo menos tú corrieras, no debiendo más
que á tí tus olas orgullosas, y envanecido de un nombre conocido por
el universo entero. Un nombre... tú no tienes: tus ondas, las debes á
miserables arroyos. Tú no has tenido nunca ni orígen, ni morada cierta.
Tu orígen, en tí, son las lluvias y las nieves derretidas; riquezas
que debes al perezoso invierno. O llevas espumosas aguas durante la
estacion de las escarchas, ó tu lecho no es durante el estío más que
un sulco ávido y pútrido. ¿Qué viajero ha podido entonces encontrar
en él jamás bastante agua para extinguir su sed, y decirte en su
reconocimiento: «¡Sea eterno tu curso!»

Tu curso es funesto á los rebaños, más funesto aun á los campos. Otros,
quizá, serán sensibles á estos males: yo no lo soy más que á los que
sufro. ¡Qué insensato soy! ¡Le he contado los amores de los rios! Tengo
vergüenza de haber pronunciado tan grandes nombres delante de un tan
pobre arroyo. ¿En qué pensaba yo, pues, al citar delante de él los
nombres de Acheloon é Inaco y el tuyo, Nilo de dilatadas ondas?

¡Pero tú, torrente cenagoso, bien lo mereces, ojalá no veas más que
estíos abrasadores é inviernos siempre secos!



ELEGIA SÉPTIMA.

ARGUMENTO.

Contra él mismo, por haber caido en falta con su querida.


Pero esta muchacha no es bella, ni atractiva. ¡Por eso no ha sido pues
bastante largo tiempo el objeto de mis deseos! ¡Oh vergüenza! la he
tenido en mis brazos, perdiendo el tiempo: en su lecho me he quedado,
como una masa inerte, sin fuerza y sin accion. A pesar de todos mis
deseos, á pesar de los deseos de mi bella, no he podido despertar mi
extenuado órgano del placer. Ella tuvo cuidado en pasar con tiento al
rededor de mi cuello sus brazos de marfil, más blancos que la nieve de
Tracia; ella tuvo cuidado en luchar su lengua amorosa contra la mia
ávida, y meter bajo mi muslo su muslo lascivo; por más que me prodigaba
los nombres más tiernos, me llamaba su vencedor, añadia todo lo que se
repite en semejante caso para excitar la pasion, mi órgano adormecido,
como si hubiera sido frotado con la fria cicuta, no supo llenar su
deber. Quedé como un tronco sin vigor, como una estátua, como una masa
inútil, al punto que ella ha podido dudar si yo era un cuerpo ó una
sombra.

¿Qué haré cuando viejo, suponiendo que llegue, si mi juventud cae en
tal defecto? ¡ay! tengo vergüenza de mi edad: soy jóven, soy hombre,
y no he podido probar á mi señora que soy jóven, que soy hombre. Ella
ha abandonado su lecho como la piadosa sacerdotisa que vela por la
conservacion del fuego eterno de Vesta, tal cual una casta hermana
abandonando á un hermano querido. Poco antes, sin embargo, dos veces
pagaba mi débito con la rubia Chie, tres veces con la blanca Pitho,
tres veces tambien con Libas; y, acosado por Corina, en una corta
noche, nueve veces, recuerdo, tengo librado el combate.

¿Es la virtud mágica de un veneno Thessálico el que embota hoy dia
mis miembros? ¿es un encantamiento, una yerba venenosa, lo que me
reduce á un tan triste estado? ¿ó bien una hechicera habrá grabado mi
nombre sobre la cera roja, y me habrá hundido una aguja en el hígado?
Los tesoros de Céres, golpeados por un encantamiento, no son más que
una yerba estéril; golpeados por un encantamiento los manantiales de
agua viva se secaron; bajo el peso de un encantamiento la bellota se
desune del roble, el racimo cae de la viña, y los frutos abandonan el
árbol sin que se les sacuda. ¿Quién niega que el arte mágico paralice
tambien los nervios? Quizá á él debo haber sido de hielo. A esto añadid
la vergüenza; la misma vergüenza me quitaba mis medios; ella fué la
segunda causa de mi impotencia.

¡Qué belleza, en tanto, se ofrecia á mis miradas, á mis tocamientos!
Porque la toqué como la túnica que la cubre. El rey de Pilos, á este
dulce contacto, habria podido rejuvenecer, y Tithon se sentiria con
fuerzas superiores de su edad. Encontré en ella una mujer: ella no
encontró en mí un hombre. ¿A qué nuevos votos, á qué súplica recurrir
hoy dia? Sin duda despues del vergonzoso uso que tengo hecho, los
dioses están arrepentidos de haberme otorgado un tan raro presente. Me
deshacia por ser admitido cerca de aquella bella; y he sido admitido;
por darla besos, y se los he dado; por obtener todos sus favores, y
los he obtenido. ¿De qué me ha servido ser tan dichoso? ¿De ser rey
sin reinar? ¡Avaro en medio de las riquezas, no he tenido de tantos
tesoros más que la posesion y no el goce! Así abrasa de sed, en medio
de las aguas, al indiscreto Tántalo; así vé al rededor suyo frutos que
no obtendrá jamás; así el marido deja en la madrugada á su cariñosa
esposa, para aproximarse santamente al altar de los dioses.

Pero quizá ella no me ha prodigado sus más dulces y ardientes besos;
quizá ella no lo ha puesto todo en obra para estimularme. Los más
robustos robles, el diamante más duro, los más escabrosos peñascos,
hubiese podido ella animarlos con sus caricias. Hubiese podido mover
todo sér dotado de vida, todo lo que es hombre; pero entonces yo no
era un sér vivo, ni un hombre. ¿Qué placer producirian á un sordo los
cantos de Femio? ¿qué placer causaria un cuadro al desgraciado Thamyras?

¡Qué deleites, empero, no me tenia yo prometidos en secreto! ¡qué
série de placeres, qué variedad de goces no habia imaginado! y mis
miembros, ¡oh vergüenza! han quedado como muertos, más lánguidos que la
rosa cogida de la víspera. Al presente hé ahí que intempestivamente se
reaccionan y vuelven á la vida; hélos ahí que piden obrar y prestar de
nuevo su servicio. ¿No quedas confundida de vergüenza, oh parte la más
vil de mí mismo? así es como he sido juguete de tus promesas. Por tí mi
señora ha sido engañada, por tí me encuentro caido en falta, por tí he
probado la más sensible afrenta, el más grave daño.

Y no obstante mi bella no desdeñó aguijonear con su mano delicada;
pero, viendo que todo su arte no puede nada, que el órgano, olvidando
su antigua arrogancia, se obstina en recaer impotente sobre sí mismo.
«¿Por qué, dice ella, te burlas de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, á
venir, á pesar tuyo, á acostarte en mi cama? ó bien un mágico de Ea,
con su aguja y su lana, te ha hechizado: ó tú vienes enervado de los
brazos de otra.»

Al instante se arrojó de la cama, apenas vestida con su túnica lijera,
y no titubeó en escaparse con los piés desnudos; y no queriendo que
sus camareras dudaran de si salia intacta del combate, tomó agua, para
disimular la afrenta.



ELEGIA OCTAVA.

ARGUMENTO.

A su señora, que habia preferido un amante más rico que Ovidio.


¿Y quién contará ahora con las bellas artes para cosa alguna? ¿Quién
otorgará algun valor á tiernos versos? El génio era en otro tiempo más
precioso que el oro: hoy dia es más bárbaro que el no tener nada. Mis
libros han tenido la dicha de gustar á mi señora: la ventaja de ser
admitidos cerca de la misma han tenido ellos; yo no la tengo. Despues
de haber prodigado elogios al poeta, ella le tiene, á pesar de estos
elogios, cerrada su puerta. Con todo el ingenio que se me concede, se
me deja, confuso, vagar á la ventura. Vese un rico advenedizo que debe
su fortuna á sus heridas, y su título de caballero á la sangre de que
está mantenido, y se le antepone á mí.

¿Puedes, insensata, abrazarle con tus bellos brazos? ¿Puedes,
insensata, echarte en los suyos? si tú lo ignoras, un casco cubria
no mucho esa cabeza; una espada pendía de ese costado que te es tan
adicto. Su mano izquierda, en la cual sienta mal ese anillo de oro, ha
llevado un escudo: toca su mano derecha, está bañada en sangre. Esa
mano homicida ¿puedes bien tocarla? ¿Qué se ha hecho ¡ay! la ternura
de tu corazon? Cuenta aquellas cicatrices, señales de sus antiguos
combates: cuanto posee lo ha adquirido con el precio de su sangre.
¡Quizá te cuente cuántos hombres ha degollado; y tú, avara, tocas manos
tan crueles! ¡Y yo, sacerdote inocente de Apolo y de las Musas, dirijo
inútilmente versos á tu inflexible puerta!

Aprended, vosotros que sois sábios, no á saber lo que nosotros sabemos
para nuestro mal, sino á seguir los ejércitos tumultuosos y el curso de
los combates. En lugar de ser un poeta de génio, sed primer centurion.
Con este título solamente, podrias, si quisieses, Homero, obtener los
favores de la belleza. Júpiter que sabia que nada es tan poderoso como
el oro, fué bajo la forma del mismo el precio de una vírgen seducida.
En tanto que no dió nada, encontró un padre intratable, una hija
inflexible, puertas de hierro, una torre de metal; pero cuando el
seductor, mejor enterado, se mostró bajo la forma de un presente, la
bella descubrió su seno, é invitada á someterse, se sometió.

En otro caso se encontraba bajo el reinado del viejo Saturno: todos los
metales estaban profundamente sepultados en las entrañas de la tierra;
el cobre como la plata, y el oro como el hierro, tocaban al imperio
de los Manes; no se veian tesoros amontonados; pero los que daba la
tierra eran más preciosos; habian ricas mieses sin cultivar, frutos en
abundancia y miel pura depositada en los huecos de los robles. Nadie
se fatigaba en surcar los campos con el arado: no habia agrimensor que
viniese allí á trazar los lindes: no habia remeros que azotasen las
embravecidas olas del mar: sus riberas eran para los mortales, los
limites intransitables del mundo.

¡Oh hombre! contra tí has vuelto tu industria; has sido demasiado
ingenioso para crearte mil males. ¿Qué has ganado en cercar las
ciudades de murallas y torres? ¿Qué has ganado en armar la una contra
la otra, enemigas manos? Dí, ¿qué tenias que debatir con el mar? la
tierra podia bastarte. El cielo es un tercer reino por conquistar. ¿Por
qué no lo atacas? ¿Qué digo? tú aspiras tanto cuanto de tí pende, á
alcanzarlo. Quirino, Baco, Alcides y César tras ellos, tienen cada uno
su templo.

Nosotros cavamos la tierra para sacar el oro macizo en lugar de mieses.
El soldado posee los tesoros adquiridos al precio de su sangre. El
Senado está cerrado para los pobres; la riqueza dá los honores. Ella
es tambien la que dá tanta gravedad al juez, tanta arrogancia al
caballero. ¡En hora buena que solo ellos lo posean todo; que dispongan
como soberanos del campo de Marte y del Foro; que guarden para sí el
derecho de decidir la paz ó la guerra! A lo menos su concupiscencia no
llegue hasta el extremo de arrebatarnos nuestros amores. Todo lo que se
les pide, es que permitan á los pobres tener alguna cosa.

Pero hoy dia una mujer, aunque fuese tan inflexible como las Sabinas,
es tratada como pais conquistado por cualquiera que está en el caso de
dar mucho. El guardian de la bella me rechaza; ella misma teme por mí á
su marido. Si enseño oro, ya no hay guardian, ya no hay marido en toda
la casa. ¡Oh! si existe un Dios vengador de las afrentas del amante, que
reduzca á polvo riquezas tan mal adquiridas!



ELEGIA NOVENA.

ARGUMENTO.

Sobre la muerte de Tíbulo.


Si la madre de Memnon, si la madre de Aquiles han llorado la muerte de
sus hijos; si las más grandes diosas no son insensibles á los golpes
de la suerte, tú tambien, plañidera Elegía, deja caer tus cabellos
en desórden. Tu nombre, ¡ay! no te convendrá nunca mejor que en este
momento.

Este poeta que tú inspirabas y que fue tu gloria, Tíbulo, no es más que
un cuerpo sin vida, que la llama de la pira vá á consumir. Mira, el
hijo de Venus lleva su carcax derribado, los restos de su arco y sus
hachas apagadas. Ved cómo marcha triste con las alas caidas; cómo hiere
con su mano cruel su desnudo pecho. Sus lágrimas se derraman sobre
los cabellos esparcidos que flotan sobre su cuello; su boca deja oir
sollozos entrecortados. Tal, para asistir á los funerales de su hermano
Eneas, salió de tu palacio, encantadora Jule. La misma Vénus no se
conmovió menos por la muerte de Tíbulo que por la de su jóven amante,
cuando le vió desgarrado por un feroz jabalí.

Y no obstante, á los poetas, se nos llama séres sagrados, favoritos
de los dioses. No falta quien nos mira como si hubiera en nosotros
algo divino. Mas ¡ay! la despiadada muerte profana todo lo sagrado, á
todos alcanza su invisible mano. ¿Qué sirvieron á Orfeo el Ismario, ni
su padre ni su madre? ¿Qué le sirvió haber domado y hecho sensibles
á sus cantos los animales más feroces? Lino debia la vida al mismo
padre, y Lino fue, dicen, llorado sobre la lyra en lo más retirado de
las selvas. Añadid al cantor de Meonia, ese manantial inagotable donde
vienen á beber y á inspirarse los poetas. Tambien ha tenido su último
dia, que le ha precipitado al fondo del negro Averno. Solo los versos
escapan á la llama de la ávida pira. La obra del poeta es imperecedera:
siempre se hablará del sitio de Ilion y de aquella tela famosa, que,
gracias á una astucia nocturna, duró tan largo tiempo sin concluir.
Así el nombre de Némesis, así el nombre de Delia será eterno: la una,
última amante de Tíbulo, y la otra, su primer amor.

¿De qué os sirven los sacrificios ofrecidos á los dioses? ¿De qué
os sirven los sistros[11] de los egipcios? ¿De qué os sirve no haber
admitido á nadie en vuestra cama? Cuando veo á los más virtuosos
arrastrados por un destino cruel, perdonadme esta idea, estoy tentado
de creer que no existen dioses. Vivid piadosamente; á pesar de vuestra
piedad, morireis; honrad la religion; la despiadada muerte os arrancará
de los templos, tan religiosos como sois, para precipitaros en el
sepulcro. Contad con vuestro génio poético; hé ahi á Tíbulo muerto: de
un tan grande poeta, apenas queda con qué llenar la más pequeña urna.

¡Qué! ¡es á tí, poeta sagrado, á quien acaba de consumir la llama de la
pira, y no teme alimentarse de tus entrañas! Habrá podido consumir los
templos dorados de los más augustos dioses esa llama que fue para tí
tan culpable. La diosa del monte Erycis desvió sus miradas; tambien
dicen que ella no pudo retener sus lágrimas.

Y sin embargo, la suerte del poeta era menos de lamentar que si, muerto
en el pais de los Feacianos, hubiese sido enterrado sin honor y sin
nombre. Aquí al menos una madre ha cerrado sus ojos cubiertos de las
sombras de la muerte, y llevado sus últimos dones á las cenizas de su
hijo. Aquí al menos una hermana ha partido el dolor de su desgraciada
madre, y, agarrándose los cabellos, ha venido á llorar junto á él.
Némesis y Delia han dado ambas á tus lábios un último beso, y no han
dejado un instante tu pira abandonada. Delia decia alejándose: «Yo soy
la que ha hecho tu amor más dichosa: tú vivias cuando yo era el objeto
de tu llama.»«--¿Qué dices tú? replica Némesis. ¿Te toca llorar la
pérdida que yo he experimentado? Á mí es á quien al morir ha estrechado
la mano con la suya desfallecida.»

Si no obstante queda de nosotros alguna otra cosa que un nombre y una
sombra, Tíbulo habitará en los risueños valles de Elíseo. Ven á su
encuentro, con la frente coronada de yedra, ven aquí con tu querido
Calvo, jóven y docto Catulo. Y tú tambien, si te acusan injustamente de
haber ofendido á un amigo, ven aquí, Galo, pródigo de tu sangre y de tu
vida.

Vé ahí las sombras que deben juntarse á la tuya, si todavía la sombra
de un cuerpo es alguna cosa; porque á sus cantos de amor tú has unido
los tuyos, elegante Tíbulo. ¡Que tus huesos descansen tranquilos y á
salvo en la urna! ¡Que la tierra sea lijera á tu ceniza!


NOTAS AL PIE:

[11] Instrumento músico.



ELEGIA DÉCIMA.

ARGUMENTO.

A Céres: se lamenta de que no le sea permitido asistir á sus misterios
con su señora.


Vé aquí el aniversario de las fiestas de Céres; la jóven bella reposa
sola en su lecho no dividido. Rubia Céres, cuya fina cabellera es
coronada de espigas, ¿por qué, pues, el dia de tu fiesta, nos privas
tú el placer? Sin embargo, oh diosa, las naciones hablan de tu
munificencia, y ninguna otra divinidad es más propicia á los mortales.

Antes de tí, los groseros habitantes de los campos no cocian pan, y el
área era un nombre desconocido entre ellos. Pero los robles, primeros
oráculos, producian la bellota: la bellota y la yerba tierna eran todo
el alimento de los mortales. Céres, la primera, les enseñó á confiar
á la tierra el grano que debia allí multiplicarse, y á segar con la
hoz las espigas doradas; la primera que forzó á los toros á llevar el
yugo, y partió, con el corvo diente del arado, la tierra largo tiempo
ociosa. ¿Quién podria creer, después de esto, que quiera ver correr
las lágrimas de los amantes, y ser honrada con sus tormentos y su
continencia? Ciertamente que para gozar la vida activa de los campos no
tiene aspereza, y su corazon no está cerrado al amor. Tomo por testigo
á los cretenses, y todo no es pura fábula en esta Creta tan ufana
por haber alimentado á Júpiter. Allí se crió el soberano del imperio
celeste: allí mamó con infantiles lábios una leche bienhechora. Los
testigos son aquí dignos de fé: su hijo de leche es el que garantiza su
veracidad, y Céres convendrá, segun creo, en una debilidad muy conocida.

La diosa habia visto, al pié del monte Ida, al jóven Yasio, cuya mano
segura cazaba las bestias feroces. Ella lo vió, y de pronto un fuego
secreto se introdujo en sus venas delicadas. De un lado el pudor, y de
otro el amor se disputaban su corazon; el amor triunfó del pudor. Desde
entonces hubiéseis visto secarse los surcos; y la tierra apenas dió
tantos granos como se la habian confiado. Despues de haber, con ayuda
de azadas, revuelto bien sus campos, y abierto, con la reja del arado,
el regazo rebelde de la tierra; despues de haberla en todas partes
igualmente sembrado el confiado labrador veia defraudados sus deseos.

La diosa que preside á las mieses vivia retirada en lo más espeso de
las selvas. Las coronas de espigas se habian desprendido de su larga
cabellera. La Creta sola tuvo un año fértil y cosechas abundantes.
Todos los lugares por donde la diosa habia pasado, estaban cubiertos
de mieses. La misma Ida habia visto sus bosques llenarse de espigas
amarillentas, y el feroz jabalí se alimentaba de trigo. El legislador
Minos deseó muchos años semejantes; deseó que el amor de Céres fuese de
larga duracion.

La pena que tú hubieras experimentado, rubia diosa, si te hubiese sido
preciso descansar lejos de tu amante, estoy precisado á sufrirla en
este dia consagrado á tus misterios. ¿Por qué es necesario que esté
triste, cuando tú has vuelto á encontrar á una hija, á una reina que
no es inferior á Juno más que por el capricho de la suerte? Los dias
festivos invitan á la voluptuosidad, á los cantos y á los festines:
tales son los presentes que conviene ofrecer á los dioses señores del
universo.



ELEGIA UNDÉCIMA.

ARGUMENTO.

Cansado en fin de los numerosos desprecios de su señora, el poeta hace
aquí el juramento de no volver á amar.


Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu perfidia ha puesto á prueba
mi paciencia. ¡Huye de mi fatigado corazon, vergonzoso amor! Esto es
hecho, me he sustraido al yugo, y he quebrantado mis cadenas: estos
hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de
haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es
verdad, que el bochorno me sube á la cara. ¡Vamos, valor y energía!
Estos males tendrán un dia su recompensa. Los enfermos han debido
frecuentemente su curacion á los venenos más amargos.

¡Qué! ¡yo he podido, yo, despues de tantas humillaciones, olvidarme
hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! ¡Qué! ¡yo he podido,
yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos,
hacerme, como un esclavo, el guardian de la casa que me estaba cerrada!
Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un
veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de
ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos!

¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardian,
á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas
á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha valido buen
número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de
tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos
violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de inteligencia,
dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos
convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia
se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente
perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi
rival.

Vé ahí, sin hablar de otras muchas, las afrentas que he tenido que
sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi
lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse,
el fracaso de las olas que se levantan tras ella. Basta de caricias y
de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco
como lo fuí. Siento luchar en mi corazon, muy lijero y diversamente
agitado, el amor á la vez y el ódio: y si no me engaño es el amor
quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente
mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin
embargo lo lleva.

Huyo de su perfidia: su belleza es la que vuelve mis pasos hácia atrás.
Aborrezco los vicios de su alma; amo los hechizos de su cuerpo. Así yo
no puedo vivir ni sin tí, ni contigo; y yo mismo no sé lo que deseo. Yo
querria que tú fueses ó menos bella ó menos pérfida. Tantos hechizos se
aunan mal con tanta perversidad. Tu conducta escita el ódio, tu belleza
encomienda al amor. ¡Desgraciado soy! sus atractivos pueden más que sus
defectos.

Perdóname, yo te conjuro por los derechos de aquella cama que nos fué
comun, por todos los dioses (¡pudiesen frecuentemente dejarse engañar
por tí!), por tu semblante que adoro como una divinidad poderosa,
por tus ojos que han cautivado los mios: como sea, siempre serás mi
amiga. Escoje solamente si quieres que te ame por gusto ó por fuerza.
¡Ah! despleguemos cuanto antes las velas y aprovechemos los vientos
favorables; porque á pesar de mis esfuerzos, no me veria yo menos
obligado á amar.



ELEGIA DUODÉCIMA.

ARGUMENTO.

Siente que sus escritos hayan dado demasiado á conocer á su bella.


Decidme, lúgubres aves, ¿qué dia fué aquel en que no me augurásteis
sino amores desgraciados? ¿Qué astro supondré sea hostil á mis deseos?
¿Qué dioses debo acusar de hacerme la guerra? Aquella que no há mucho
se llamaba toda mia; aquella de quien fuí el primero y solo amante,
temo no poseerla sino con mil rivales.

¿Me engañé? ¿O es que mis escritos no la han hecho demasiado conocer?
Ella era toda mia; mi genio poético ha hecho de ella una cortesana. Y
yo lo he merecido: ¿tenia yo necesidad, en efecto, de preconizar su
belleza? si ella se vende hoy, la falta es mia. Por mi mediacion ella
agrada: soy yo quien le trae amantes; mis propias manos le abren la
puerta. ¿Son útiles los versos? esta es una cuestion: ciertamente ellos
me han sido siempre funestos; son los que han atraido sobre mi tesoro
las miradas de la envidia.

Cuando yo podia cantar á Thebas, Troya ó los altos hechos de César,
solo Corina encendió mi genio. ¡Ojalá las Musas hubiesen sido rebeldes
á mis primeros esfuerzos, y Febo me hubiese abandonado en medio de mi
carrera! Y sin embargo, como es costumbre tomar por testigos á los
poetas, que hubiese preferido que la medida hubiera faltado á mis
versos.

Nosotros somos los que hemos mostrado á Scyla, arrancando á su anciano
padre el cabello fatal, condenada á ver salir de sus entrañas perros
furiosos. Somos nosotros quienes hemos puesto alas á los piés, y dado
serpientes á la cabellera. A nosotros debe el victorioso pequeño hijo
de Abas el hendir los aires sobre un caballo alado. Nosotros hemos dado
á Tityo su prodigiosa grandeza, y á Cerbero sus tres bocas y su crin
de serpientes. Encélada ha recibido de nosotros mil brazos para lanzar
sus dardos, y por nosotros un jóven májico somete los héroes á sus
encantamientos. Nosotros hemos cerrado los vientos eólicos en los odres
del rey de Itaca; gracias á nosotros el indiscreto Tántalo padece sed
en el seno mismo de las aguas; Nicole se cámbia en peñasco, y una jóven
vírgen en osa; gracias á nosotros el ave de Cécrops canta el Odrysio
Itys; Júpiter se transforma en ave ó en oro; ó, convertido en toro,
hiende las ondas, llevando sobre su espinazo una vírgen tímida. ¿A qué
recordar no solo á Protea, sino aquellos dientes de donde nacieron
los Tebanos? ¿Diré que fué de los toros que vomitaban llamas? ¿ó que
lágrimas de ámbar corrieron de los ojos de tus hermanas, desgraciado
Faeton? ¿que embarcaciones han sido cambiadas en diosas del mar? ¿que
el sol retrocedió de horror, por miedo de alumbrar el horrible festín
de Atrea? ¿que los más duros peñascos fueron sensibles á los acordes de
una lira?

El vuelo del fecundo genio de los poetas no conoce límites; no se
sujeta á la fidelidad de la historia. Tambien se hubieran debido mirar
como falsas las alabanzas que daba á mi señora: vuestra credulidad es
hoy dia la causa de mi desdicha.



ELEGÍA DÉCIMOTERCIA.

ARGUMENTO.

Fiesta de Juno.


Siendo mi mujer originaria del fértil pais de los Faliscos, hemos visto
aquellos muros en otro tiempo vencidos por tí, ilustre Camilo. Las
sacerdotisas de la casta Juno se disponian á celebrar su fiesta con
juegos solemnes y con el sacrificio de una vaquilla indígena. Poderoso
motivo para mí de detenerme; yo queria ver aquella ceremonia, aunque
no se llega al lugar en que se hace, más que por un camino montuoso y
difícil.

Es un antiguo bosque sagrado, cuya espesura le hace impenetrable al
dia; no es menester más que verle para reconocer que una divinidad
reside allí. Un altar recibia las súplicas y el incienso ofrecido
por la piedad, un altar hecho sin arte por las manos de nuestros
antepasados. Allí es de donde á los primeros acentos de la trompeta
cada año el cortejo de Juno parte y avanza por los caminos tapizados.
Conduce, en medio de los aplausos del pueblo, blancas vaquillas
alimentadas con los crasos pastos de Falisca, jóvenes becerros cuya
frente no está aun armada ni amenazante, el humilde puerco, víctima
más modesta, y el jefe del rebaño con la cabeza dura y adornada de
cuernos encorvados. Solo la cabra es odiosa á la potente diosa, despues
que en un bosque espeso descubrió la presencia de Juno, y la obligó á
detenerse en su huida. Además los niños, hoy dia aun, persiguen con sus
flechas á la cabra indiscreta, y el primero que la ha herido la obtiene
en premio de su destreza.

En todas partes por que la diosa debe pasar, tiernos muchachos y
vírgenes tímidas cubren de tapiz los verdes caminos. El oro y las
pedrerías brillan en los cabellos de las jóvenes, y una ropa magnífica
desciende hasta caer sobre sus piés donde brilla el oro. A la manera de
los griegos, sus padres, marchan vestidas de blanco, y llevan sobre
su cabeza los objetos del culto confiados á sus cuidados. El pueblo
guarda silencio durante la marcha del brillante cortejo. En fin, á
continuacion de las sacerdotisas aparece la misma diosa.

La fisonomía de este espectáculo es enteramente griega. Despues del
asesinato de Agamemnon, Haleso no pensó más que en huir del teatro del
crímen y de los ricos dominios de sus padres. Despues de arriesgadas
carreras por tierra y por mar, edificó, bajo felices auspicios, una
ciudad rodeada de altas murallas. De él han aprendido los Faliscos á
celebrar las fiestas de Juno. ¡Que ellas me sean siempre favorables!
¡que ellas lo sean siempre á su pueblo!



ELEGIA DÉCIMOCUARTA.

ARGUMENTO.

A su señora.


Yo no te prohibo, bella como eres, tener algunas debilidades; lo que yo
no quiero, es el dolor y la necesidad para mí de saberlas. No, yo no
exijo censor rígido, que seas casta y púdica; lo que yo te pido es que
procures parecerlo. No es culpable la que puede negar el hecho que se
le imputa; la confesion que hace es la que la deshonra. ¿Qué manía es
esa, de revelar cada mañana los secretos de la noche, y proclamar á la
luz del dia lo que no haces más que en la sombra?

La cortesana antes de abandonarse al primero que llega, tiene cuidado
de poner entre ella y el público una puerta bien cerrada. ¡Y tú, tú
divulgas en todas partes tus vergonzosos extravíos, orgullosa de ser
á la vez la delatora y la culpable! Sé en adelante más casta, ó al
menos imita á las mujeres púdicas. Que yo te crea honesta aunque no lo
seas. Culpable ayer, sé culpable hoy; pero no lo confieses, y no te
avergüences en público de hablar un lenguaje modesto.

Un apartado retiro provoca el desarreglo; que sea el solo teatro de
todos tus placeres, desterrado de allí el pudor. Pero desde que salgas,
no conserves nada de la cortesana, y en tu lecho queden sepultados
tus crímenes. Allí, no te ruborices de quitarle la túnica y sostener
otro muslo apoyado sobre el tuyo. Allí, recibe hasta el fondo de tu
encarnada boca una lengua amorosa, y que para tí el amor invente
mil especies de voluptuosidades. Allí ninguna tregua á los dulces
coloquios, á las palabras halagüeñas, y que tu cama cruja con los vivos
apretones del placer. Toma en seguida, con tus vestidos, la modesta
postura de una virgen tímida, y que el pudor de tu frente niegue la
lascivia de tu conducta. Engaña al público, engáñame; pero permite al
menos que yo lo ignore, y déjame gozar de mi tonta credulidad.

¿Por qué delante de mí, tantos billetes enviados y recibidos? ¿Por qué
tu lecho está batanado á la vez por todos lados? ¿Por qué veo sobre tus
hombros tus cabellos en un desórden que no ha causado el sueño, y sobre
tu cuello la marca de un diente? No te falta más que hacerme testigo
ocular de tu vida licenciosa. ¡Oh! si tú te cuidas poco de atender á tu
reputacion, cuídate de mí al menos. Mi alma me abandona, y me siento
morir todas las veces que tú te reconoces culpable; y en mis venas
corre una sangre helada. Entonces amo, entonces me esfuerzo en vano en
aborrecer lo que me veo forzado á amar; entonces yo quisiera morir,
pero contigo.

No haré yo ninguna averiguacion; no insistiré, desde que te vea pronta
á negar: tu denegacion solo equivaldrá á inocencia. Si no obstante
llegara yo á sorprenderte en flagrante delito, si mis ojos hubieran de
ser un dia testigos de tu vergüenza, lo que yo hubiera visto demasiado
bien, niega que lo haya visto, y mis ojos tendrán menos autoridad que
tus palabras. Así te será fácil vencer á un enemigo que no pide más
que ser vencido. Que solamente tu lengua se acuerde de decir: «No
soy culpable.» Cuando puedes tan fácilmente triunfar con estas dos
palabras, triunfa, si no por la bondad de tu causa, al menos por la
indulgencia de tu juez.



ELEGÍA DÉCIMOQUINTA.

ARGUMENTO.

Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa.


Busca un nuevo poeta, madre de los tiernos Amores; yo no tengo más que
tocar la meta de mi carrera elegíaca. Estos cantos que he compuesto,
yo, hijo de los campos pelignos, han hecho mis delicias y mi nombradía.
Si este honor es alguna cosa, yo he heredado, del primero como del
último de mis antepasados, el título de caballero, y no lo debo al
tumulto de las armas. Mántua está envanecido de Virgilio, Verona de
Catulo: se me llamará á mí, la gloria del pueblo Peligno, de este
pueblo cuyo amor por la libertad le impuso el santo deber de combatir,
en la época en que Roma inquieta tembló delante de las armas reunidas
para su ruina. Un dia, viendo la pantanosa Sulmona encerrada en el
estrecho circuito de sus muros, el viajero exclamará: «Villa que has
sido cuna de tal poeta, tan pequeña como eres, te proclamo grande.»

Amable niño, y tú, Vénus, madre de este amable niño, arrancad de mi
campo vuestros dorados estandartes. El dios cuya frente está armada
de cuernos, Baco, agitando cerca de mí su temible tirso, me apresura
á lanzar los corceles vigorosos en una más vasta carrera. Vosotras,
delicadas elegías, y tú, Musa lijera, adios: mi obra me sobrevivirá.


FIN.



ÍNDICE DE ESTA OBRA.


                                                         Págs.

  Los traductores.                                           7


  LIBRO I.

  _Elegía_ 1.ª--Argumento.--Por qué el poeta pasa
  de los versos heróicos á los eróticos.                    11

  _Elegía_ 2.ª--Argumento.--Descríbese el triunfo
  del amor.                                                 13

  _Elegía_ 3.ª--Argumento.--Se recomienda á su
  querida por las excelencias de la poesía, la
  pureza de sus costumbres y la fidelidad á toda
  prueba que ofrece.                                        16

  _Elegía_ 4.ª--Argumento.--Antes de cenar con
  su querida le indica las señas con que podrán
  manifestarse su mutuo amor á presencia del
  marido.                                                   17

  _Elegía_ 5.ª--Argumento.--Alégrase de haber poseido
  á su amiga.                                               21

  _Elegía_ 6.ª--Argumento.--Imprecaciones contra
  el portero que rehusaba abrirle la puerta.                22

  _Elegía_ 7.ª--Argumento.--Contra sí mismo por
  haberle pegado á su querida.                              26

  _Elegía_ 8.ª--Argumento.--Contra una alcahueta
  que intentaba enseñar á la querida del poeta
  las artes de la prostitucion.                             30

  _Elegía_ 9.ª--Argumento.--Gracioso paralelo entre
  la guerra y el amor.                                      36

  _Elegía_ 10.--Argumento.--A una jóven para
  apartarla de la prostitucion.                             39

  _Elegía_ 11.--Argumento.--Suplica á Nape lleve
  un billete amoroso á Corina.                              43

  _Elegía_ 12.--Argumento.--Maldice las tabletas
  portadoras de la respuesta negativa de su dama.           45

  _Elegía_ 13.--Argumento.--A la Aurora, para que
  no acelere demasiado su marcha.                           46

  _Elegía_ 14.--Argumento.--A una muchacha vuelta
  calva de repente.                                         49

  _Elegía_ 15.--Argumento.--Contra los adversarios
  de la poesía.                                             53


  LIBRO II.

  _Elegía_ 1.ª--Argumento.--Por qué en lugar de la
  jigantomaquia que tenia comenzada, canta sus amores.      56

  _Elegía_ 2.ª--Argumento.--Al eunuco Bagoas,
  para que le procure fácil acceso junto á la
  belleza confiada á su guarda.                             59

  _Elegía_ 3.ª--Argumento.--Al mismo que se mostraba
  inflexible.                                               63

  _Elegía_ 4.ª--Argumento.--Su inclinacion al amor;
  por qué todas las bellas, sin distincion, le agradaban.   64

  _Elegía_ 5.ª--Argumento.--Dirige reproches á su
  señora, quien á su vista mientras fingía dormir,
  habia dado á otro convidado señales inequívocas
  de su amor.                                               67

  _Elegía_ 6.ª--Argumento.--Deplora la muerte del
  papagayo que habia regalado á su señora.                  71

  _Elegía_ 7.ª--Argumento.--A Corina: niega haber
  tenido jamás ningun comercio con Cipasis.                 75

  _Elegía_ 8.ª--Argumento.--A Cipasis le pregunta
  cómo Corina ha podido saber el secreto de sus amores.     77

  _Elegía_ 9.ª--Argumento.--A Cupido: le exhorta
  para que no gaste todas sus flechas contra él solo.       79

  _Elegía_ 10.--Argumento.--A Grecino: se puede
  muy bien, dígase como se quiera, amar á dos
  mujeres á la vez.                                         82

  _Elegía_ 11.--Argumento.--Trata de disuadir á
  Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.      84

  _Elegía_ 12.--Argumento.--Se goza por fin de haber
  obtenido los favores de Corina.                           88

  _Elegía_ 13.--Argumento.--A Isis: le pide proteja
  la preñez de Corina.                                      90

  _Elegía_ 14.--Argumento.--A Corina: aprovecha
  su restablecimiento para exponerle más libremente
  la gravedad de su falta.                                  92

  _Elegía_ 15.--Argumento.--Al anillo que él habia
  enviado como presente á su señora.                        95

  _Elegía_ 16.--Argumento.--A Corina induciéndola
  á que vaya á su casa de campo de Sulmona.                 97

  _Elegía_ 17.--Argumento.--Se compadece de Corina,
  demasiado engreida de su belleza.                        100

  _Elegía_ 18.--Argumento.--A Macer: Se justifica
  de entregarse enteramente á cantos eróticos.             102

  _Elegía_ 19.--Argumento.--A un hombre cuya
  mujer amaba.                                             104


  LIBRO III.

  _Elegía_ 1.ª--Argumento.--La Tragedia y la _Elegía_
  se disputan la posesion de Ovidio.                       109

  _Elegía_ 2.ª--Argumento.--Los juegos del Circo.          113

  _Elegía_ 3.ª--Argumento.--A su amiga, que habia
  faltado á sus juramentos.                                118

  _Elegía_ 4.ª--Argumento.--Exhorta á un marido
  á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.           121

  _Elegía_ 5.ª--Argumento.--Sueño.                         124

  _Elegía_ 6.ª--Argumento.--A un rio que crecia
  de repente de una manera prodigiosa, y se oponia al
  paso del poeta, ansioso de llegar cerca de su señora.    127

  _Elegía_ 7.ª--Argumento.--Contra él mismo por
  haber caido en falta con su querida.                     133

  _Elegía_ 8.ª--Argumento.--A su señora que habia
  preferido un amante más rico que Ovidio.                 138

  _Elegía_ 9.ª--Argumento.--Sobre la muerte de Tíbulo.     142

  _Elegía_ 10.--Argumento.--A Céres: se lamenta de que no
  le sea permitido asistir á sus misterios con su señora.  146

  _Elegía_ 11.--Argumento.--Cansado en fin de los
  numerosos desprecios de su señora, el poeta
  hace aquí el juramento de no volver á amar.              149

  _Elegía_ 12.--Argumento.--Siente que sus escritos
  hayan dado demasiado á conocer á su bella.               152

  _Elegía_ 13.--Argumento.--Fiesta de Juno.                155

  _Elegía_ 14.--Argumento.--A su señora.                   157

  _Elegía_ 15.--Argumento.--Dice adios á su Musa
  lasciva, para seguir otra más severa.                    160



*** End of this Doctrine Publishing Corporation Digital Book "Amores: elegías amatorias" ***

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